R. D. del Congo: Compromiso solidario de los escolásticos con la ecología integral en Kinshasa

Por: P. Fernando Zolli, mccj
Desde Kinshasa, RDC

El pasado sábado, 21 de marzo, algunos estudiantes del escolasticado de Kinshasa, miembros de la comisión de ecología integral, en su camino de conversión cuaresmal, pasaron unas horas conviviendo con quienes viven de lo que logran recuperar y reciclar del vertedero. Ha sido un gesto de solidaridad, pero al mismo tiempo una denuncia de las condiciones de vida de demasiadas personas que deben luchar para sobrevivir. Un llamamiento para que la gran Kinshasa vuelva a ser “Kinshasa la belle” (Kinsahsa la hermosa) y no “Kinshasa la poubelle” (Kinshasa el basurero), como le llaman ahora.

La ecología integral, de hecho, se está convirtiendo cada vez más en un eje transversal de la misión y la formación de los misioneros combonianos, para que estén siempre dispuestos a escuchar el grito de la tierra —violada y saqueada sobre todo en la República Democrática del Congo— y atentos al grito de los pobres. Esta es una de las llamadas pastorales específicas, hoy insustituible en un mundo desgarrado por guerras y violencias, donde a miles de millones de personas se les niega el derecho a una vida plena.

Todos estamos llamados a construir un modelo de desarrollo capaz de conjugar la justicia social y la salvaguardia del planeta. No solo está en juego el futuro del planeta, sino también la posibilidad de garantizar una vida digna a todos los pueblos de la tierra.

comboni.org

La Familia comboniana en el mundo

Cuando se cumplen 195 años del nacimiento de nuestro fundador, San Daniel Comboni, les presentamos este dossier sobre la Familia Comboniana, formada por los Misioneros Combonianos, las Misioneras Combonianas, las Misioneras Seculares Combonianas y los Laicos Misioneros Combonianos. Son diferentes maneras de vivir el carisma dado a la Iglesia a través de un gran hombre y un santo misionero.
La Familia Comboniana

La Familia Comboniana es una comunidad de personas que nace en torno a la figura de un misionero, San Daniel Comboni, un hombre nacido hace casi dos siglos, el 15 de marzo de 1831, en un pequeño pueblecito a orillas del lago de Garda, Limone.

Desde Limone sul Garda, Daniel partió para estudiar en Verona, en el Instituto de Don Mazza, y para comprender, con una visión de futuro aún no apagada, cómo un continente lejano como África, desde entonces y aún hoy expoliado de sus riquezas naturales y humanas, tenía la necesidad de emprender un camino que partiera de sí mismo, de su gente.

Daniel invocaba entonces una misión y una Iglesia capaces de unir fuerzas para la salvación de África y de sus pueblos. Es el mismo anhelo que mueve hoy a la Familia Comboniana.

En ese Plan para la regeneración de África que Comboni, por una intuición carismática, comienza a soñar a los pies de la tumba de San Pedro el 15 de septiembre de 1864, se dibuja un mundo diferente que se resume en un lema: «Salvar África con África». Un lema que sueña con convertir a las personas en protagonistas de su presente y su futuro a partir de las realidades cotidianas en las que viven, de las esclavitudes antiguas y modernas que les son impuestas por una riqueza occidental cada vez más ávida.

Comboni sabe que la primera herramienta para la salvación es la educación. Se dedica, ante todo, a la formación de maestros y artesanos, así como de catequistas, religiosas y sacerdotes, para que cada persona, dentro de su propia comunidad, encuentre su manera de vivir el Evangelio, la cercanía y el compartir. Así nace el embrión de un movimiento misionero que reúne a religiosos y laicos, hombres y mujeres, autóctonos y expatriados, capaces de compartir necesidades e intereses en la complementariedad de un objetivo que parte de la conciencia de que cada persona se salva si todos se salvan, que cada persona puede llegar a ser lo que es si los demás tienen la misma posibilidad. Es un proyecto de humanidad que no se limita al continente africano, sino que extiende su huella a toda Europa, que debe conocer esa tierra lejana y contribuir a la salvación.  Comprendiendo la importancia no sólo de la formación, sino también de la información, Comboni piensa en una revista: «Gli Annali del Buon Pastore» (Los Anales del Buen Pastor).

Es una época de trata de esclavos, de grandes discriminaciones basadas en el color y en las diferencias religiosas, Comboni comprendía la necesidad de unir los mundos del saber de entonces, el mundo civil, cultural y político, tendidos hacia una causa común. Su sueño transcendió el tiempo, su sueño sigue siendo actual, no sólo porque se ha cumplido la frase que él mismo pronunció: «Yo muero, pero mi obra no morirá», sino porque aún hoy vivimos una época de esclavitud y de pensamientos de supremacía.

La obra de Daniel vio nacer los institutos religiosos de las Hermanas Misioneras Combonianas y los Misioneros Combonianos y, en tiempos más recientes, las Misioneras Seculares Combonianas y los Laicos Misioneros Combonianos. Así, su anhelo –«si tuviera mil vidas, las daría todas por la misión»– ha seguido manifestándose a lo largo del tiempo, en las vidas de quienes han elegido continuar el Plan, traducirlo en el camino de una familia, la Familia Comboniana.

Somos hombres y mujeres capaces de ampliar los horizontes geográficos de ese sueño, abriéndonos a servir a los más pobres y abandonados presentes tanto en África como también en Europa, América y Asia; en esos lugares fronterizos, en las periferias de un mundo global que se convierte en Casa común, esa Casa que la Familia Comboniana habita allí donde vive su cotidianidad.

Les presentamos, pues, nuestra Familia, una Familia que sigue las huellas de San Daniel Comboni, con la esperanza de que quieran formar parte de un grupo de personas que va más allá de estar físicamente en el mismo lugar haciendo las mismas cosas. Somos una Familia que quiere compartir y acoger la riqueza que reside en la singularidad de cada persona, donde la diversidad del otro se convierte en un don que nos ayuda a comprender mejor nuestra propia identidad.


Misioneros Combonianos
Consejo General de los Misioneros Combonianos

Los Misioneros Combonianos somos una institución misionera católica presente hoy en más de 40 países, en todos los continentes. Nuestra misión es anunciar el Evangelio de Jesucristo, especialmente a los pueblos y grupos humanos que aún no lo conocen.

Todos los misioneros nos consagramos a Dios para esta misión: somos unos 1.500 en total. La mayoría son sacerdotes, aunque todavía hay un número significativo de hermanos, que participan plenamente en la misma misión a través de las más diversas competencias profesionales. Juntos, nos esforzamos por estar atentos a las necesidades concretas de las poblaciones a las que somos enviados, especialmente en el ámbito de la promoción humana, la educación, la salud, las comunicaciones y el desarrollo integral.

Procedentes de Europa, África, América y Asia, los Misioneros Combonianos trabajamos prioritariamente en contextos marcados por la pobreza, la marginación, la injusticia y formas nuevas y antiguas de esclavitud. En estos entornos nos preocupamos de formar comunidades cristianas vivas, capaces de ser fermento de promoción humana y transformación social. Nuestro servicio está animado por la esperanza de contribuir a la construcción de un futuro en el que la humanidad pueda vivir en armonía con la Madre Tierra, en paz entre los pueblos, reconociéndose en la dignidad común de hijos e hijas de Dios.

Fundados por San Daniel Comboni a mediados del siglo XIX, con el sueño de llevar el Evangelio y un desarrollo integral a los pueblos de África, los Misioneros Combonianos trabajamos hoy en todos los continentes. Estamos presentes tanto donde es necesario iniciar nuevas comunidades cristianas, como donde es necesario acompañar y apoyar a las Iglesias locales jóvenes, aún en fase de crecimiento y consolidación.

En el contexto del fuerte aumento de los flujos migratorios de nuestro tiempo, los Misioneros Combonianos desempeñamos hoy una parte significativa de nuestra misión también en el hemisferio norte, en particular en las periferias humanas y sociales de las grandes ciudades. En estos entornos compartimos la fe cristiana como fermento de fraternidad, diálogo intercultural y amistad social entre personas de diferentes pueblos, culturas y religiones.

El lema que guio a San Daniel Comboni, «Salvar África con África», sigue inspirando profundamente a los misioneros y misioneras combonianos. Se traduce en el compromiso de responsabilizar y emancipar a las personas y comunidades locales, para que sean protagonistas de su propio crecimiento cristiano, social y humano. Este estilo misionero se expresa de manera particular en la formación de líderes locales, tanto en las comunidades eclesiales como en los proyectos de desarrollo y justicia social.

En el corazón de cada misionero comboniano sigue «ardiendo la llama» que san Daniel vio salir del corazón abierto de Cristo en la cruz, en un momento contemplativo especial, en la basílica de San Pedro, en Roma, el 15 de septiembre de 1864: es el amor recibido del Corazón de Cristo, Buen Pastor, que aún hoy nos impulsa a ir al encuentro de los más pobres y abandonados. Dondequiera que seamos enviados, esta llama de amor nos anima a entablar un diálogo respetuoso con todos, para compartir la fe y promover caminos de fraternidad que reaviven la esperanza en un mundo reconciliado y en paz.

El carisma misionero donado por Dios a San Daniel Comboni es hoy compartido por diferentes realidades que, en su conjunto, constituyen la Familia Comboniana. Por ello, siempre que es posible, colaboramos estrechamente con las Hermanas Misioneras Combonianas, las Misioneras Seculares Combonianas y los Laicos Misioneros Combonianos. Cada grupo vive y encarna, según su vocación específica, el mismo espíritu misionero que animaba al Fundador.

El carisma de San Daniel Comboni es un don para toda la Iglesia y está abierto a múltiples formas de participación. Parte de la misión de las comunidades combonianas es también compartir este espíritu con las Iglesias de antigua fundación, para que puedan renovar su impulso misionero y colaborar activamente en el anuncio del Evangelio y en gestos concretos de solidaridad, justicia y paz, signos visibles del amor de Dios por toda la humanidad, sin distinción alguna.

Para más información: comboni.org


Misioneras Combonianas
Consejo General de las Misioneras Combonianas

Nacimos de un gran sueño de San Daniel Comboni, de un ideal que nos llena el corazón. Comboni nos dejó una herencia que es gracia y responsabilidad, don y conquista. Veía en nuestra identidad de mujeres misioneras la imagen de las mujeres del Evangelio, como escribió en una de sus cartas: «Si no tuviera tantas ocupaciones, me gustaría darles una idea del apostolado de estas hermanas, la verdadera imagen de las antiguas mujeres del Evangelio» (E. 3554).

Desde entonces, el testimonio de María Magdalena, de las mujeres que llevaban los aromas, de la samaritana, de la mujer que amasa el pan, de las mujeres estériles y hechas fértiles, junto con el de las otras discípulas de Jesús, ilumina nuestro camino y nuestra dedicación misionera como hermanas combonianas.

Como María Magdalena, María la de Santiago y Salomé, que preparando perfumes y movidas por el Amor, van al sepulcro para ungir el cuerpo del Maestro, como estas tres mujeres, pequeña comunidad como muchas de nuestras comunidades, nos sentimos animadas a ponernos en camino cuando aún es de noche, con los ojos y los oídos atentos a los gemidos de la humanidad y del cosmos, a cuidar de la vida más herida, de todas las formas de vida y también de la muerte; a realizar gestos que parecen carecer de sentido; a cuidar de lo que otras personas han abandonado; a reconocer los signos de renacimiento presentes en la historia y ser nosotras mismas generativas; a ser amantes de la Vida y tener el valor y la docilidad de penetrar en el Misterio y dejarnos transformar por Él.

Muchas de nosotras conocemos tierras áridas, aparentemente sin vida, pero la experiencia nos dice que incluso el desierto tiene un potencial generativo, al igual que las mujeres estériles de la Biblia guardan en sí mismas una fecundidad que nadie les puede quitar. Es precisamente en los desiertos geográficos y existenciales donde anunciamos la Fuente de agua viva. A menudo, las realidades a las que somos enviadas parecen tierras áridas, convertidas en tales por la explotación y la violencia sufrida, pero están abiertas a acogernos, con la esperanza de un renacimiento.

Nuestra misión es ser pan, alimento y alegría; existencia entregada para aliviar el sufrimiento humano, para vivir el compartir y movilizar relaciones auténticas y humanizadoras. La mujer de la parábola une la harina, el agua y la levadura; nuestras manos mezclan nuestros conocimientos con los conocimientos de los pueblos a los que somos enviadas. Amasamos el pan de la existencia en sinergia con las fuerzas de otras mujeres y hombres, de organizaciones religiosas y civiles, para construir relaciones comunitarias y solidarias.

Los caminos recorridos son muchos: desiertos y bosques, periferias y fronteras, caminos de tierra, ríos y asfalto, pueblos y ciudades. Nos expresamos a través de diferentes ministerios, pero con un único deseo: cuidar de la vida, de la vida empobrecida y explotada que incluye los cuerpos humanos, pero también los cuerpos-territorio de la tierra, el agua, los bosques, igualmente empobrecidos y explotados. El cuidado es un camino de reciprocidad, porque al cuidar nos sentimos cuidadas, y también porque cuando un ser es violado, toda la red de la vida sufre. El cuidado es un acto comunitario y político. Es ternura, pero también transgresión contra un sistema dominante.

La mujer sin nombre que dialoga con Jesús, la Samaritana, nos recuerda la capacidad de ir más allá de nuestros límites y fronteras, de establecer relaciones en las que circula el poder, de reconocernos capaces de abandonar nuestras seguridades y convicciones para lanzarnos hacia caminos inéditos. La mujer samaritana y el hombre judío que la encuentra en el pozo nos hablan del encuentro posible entre etnias diferentes y de la superación de los prejuicios que separan a hombres y mujeres. Su diálogo pasa de la esfera material a la espiritual, como suele ocurrir en la misión cuando, tras satisfacer las necesidades primarias, se llega, con humildad, a hablar del Misterio, a dar testimonio del Dios-Presencia que rompe todos los esquemas en los que intentamos encerrarlo.

«La Sabiduría clama por las calles, en las plazas hace oír su voz»; Jesús anuncia en las calles y en las casas; Comboni se adentra en los patios y en los desiertos. Alimentados por una espiritualidad femenina, bíblica y místico-política, nuestros pasos siguen sus huellas, anunciadoras de relaciones de reciprocidad, de una humanidad reconciliada consigo misma y con toda la creación.

Para más información: misionerascombonianas.org


Misioneras Seculares Combonianas

«El Señor también os ha elegido para colaborar con la oración, la entrega total de vosotras mismas y la obra del apostolado, incorporándoos a la misma familia fundada por nuestro padre monseñor Daniel Comboni». Esta expresión del padre Egidio Ramponi –a quien se debe la idea fundacional de nuestro Instituto– dirigida a las cuatro primeras jóvenes que el 22 de agosto de 1951 que se entregaron al Señor en lo que sería el Instituto Secular de las Misioneras Combonianas, contiene el núcleo esencial de nuestra vocación y pertenencia a la Familia Comboniana.

La aprobación pontificia del 22 de mayo de 1983 fue una etapa importante para nuestro Instituto, un punto de llegada de una historia que ha ido evolucionando, pero también un punto de partida para un camino que nos ha llevado a enfocar mejor nuestra identidad, hasta hoy. La reciente aprobación de las Constituciones actualizadas, fruto de un largo período de reflexión, es una señal de ello.

Nuestro propio nombre, Misioneras Seculares Combonianas, expresa la identidad de nuestra vocación, que se fundamenta en la misma experiencia de Cristo vivida por Comboni, en su amor por los últimos y en «hacer causa común con ellos». Compartir su pasión por Cristo y por la humanidad se traduce en la entrega total de nosotras mismas en respuesta a la llamada, a través de la profesión de los consejos evangélicos.

Una pasión que se alimenta del encuentro personal con el Señor, del que brota el deseo de compartir con todas las personas, y en particular con las más alejadas, la Buena Nueva del Evangelio, para que todos puedan conocerlo, encontrarlo y tener vida en abundancia (cf. Jn 10, 10).

La «secularidad» es la dimensión que caracteriza el espíritu y la forma en que encarnamos el don del carisma comboniano; esto nos une a la condición de todos los cristianos laicos que viven en el mundo, insertados en su propio ambiente social, profesional y eclesial.

Es una forma de vida que tiene su referencia en la Encarnación del Hijo de Dios y que implica una plena pertenencia a la historia, vivida al estilo de Jesús, el más humano de los hombres, hijo y hermano de todos, que nos lleva a compartir las mismas situaciones, incluso de precariedad e incertidumbre, de la mayoría de la gente común, a hacernos cargo de los retos, los sufrimientos y las esperanzas de la humanidad.

Como Misioneras Seculares Combonianas estamos integradas, cada una en su propio entorno, en su propia situación, viviendo de su propio trabajo. Esta es nuestra forma de transformar el mundo desde dentro con el espíritu del Evangelio.

En sintonía con las imágenes evangélicas de la sal y la levadura, elementos sencillos de la vida cotidiana que actúan desde dentro, ponemos el acento en ser fermento misionero en cada realidad y situación humana, más que en la visibilidad de la organización, de las obras o de las estructuras. Este es el elemento que nos une a todas en la pluralidad de situaciones de vida, entornos, actividades, edades, y que se manifiesta en una multiplicidad de formas de vivir y expresar la misión.

Cultivamos una actitud de apertura a las situaciones fronterizas en nuestro país o en otros países, dispuestas a ir a las diferentes periferias del mundo. Un «ir» que es ante todo salir de nosotras mismas, de nuestros estrechos límites, para ampliar los horizontes al mundo entero, sobre todo a las personas más pobres, a los últimos…; una actitud que impregna toda nuestra experiencia y que puede concretarse también en la elección de un servicio en contextos o lugares diferentes a los de la vida ordinaria.

Nos anima el deseo de mantener viva en todas partes esa apertura misionera que hace del partir hacia los últimos el criterio, no solo de una auténtica vida evangélica, sino también humana.

Nos sentimos llamadas a vivir en primera persona esta «tensión de salida», siendo testigos de ella también ante los demás de todas las formas posibles, en las relaciones interpersonales, en las diferentes situaciones cotidianas, en las comunidades cristianas y en todos los contextos de vida y compromiso, también a través de iniciativas específicas, abiertas a la colaboración con todas las personas de buena voluntad.

Para más información: secolaricomboniane.it


Laicos Misioneros Combonianos
Coordinación general LMC

Desde los inicios de su misión, San Daniel Comboni llevó con él a laicos que pudieran colaborar en África, que pudieran compartir sus profesiones y así ayudar las comunidades necesitadas de desarrollo. Él decía que los misioneros laicos “contribuyen a nuestro apostolado más de lo que los sacerdotes participan en la conversión, porque los alumnos negros y los neófitos están con ellos durante un período de tiempo bastante largo. Éstos, con el ejemplo y la palabra son verdaderos apóstoles para los alumnos, quienes les observan y los escuchan más de lo que pueden observar y escuchar a los sacerdotes” (E 5831).

Y no solo los misioneros, sino que creía que la formación de los laicos y laicas constituía un elemento central de su manera de hacer misión, el insistía en Salvar África con África: “Todos mis esfuerzos están dirigidos a fortalecer estas dos misiones donde preparamos buenos individuos indígenas de las tribus centrales, para que ellos se conviertan en apóstoles de fe y de civilización en su patria” (E 3293); “he conseguido formar competentes maestros y catequistas negros, además de zapateros, albañiles, carpinteros, etc. y proveer las estaciones de Jartum y Cordofán. Indígenas así formados son indispensables para la existencia de una misión”. (E3409).

Representantes de los LMC en la asamblea de Europa

Representantes de los LMC en la asamblea de América

Representantes de los LMC en la asamblea de África

A la luz de este carisma muchos laicos y laicas que acompañaban a los religiosos en las animaciones misioneras de sus países pidieron también poder ser misioneros y misioneras e ir con esta vocación a otros países. Así, a finales de los años ochenta, surgieron los grupos de Laicos Misioneros Combonianos. Grupos de laicos dispuestos a poner sus competencias profesionales y su vida al servicio de la misión. Comboni nos quería Santos y Capaces, por ello nuestro empeño como cristianos es poder compartir nuestra vida de fe y nuestra experiencia profesional con las personas que más lo necesitan.

LMC de México

Actualmente estamos presentes en 21 países de Europa, América y África colaboramos tanto en comunidades internacionales, donde LMC de diversos países nos unimos para tener una presencia misionera común y compartir nuestra vida con las comunidades que lo necesitan en las periferias de las ciudades o en las zonas rurales donde muchos son olvidados, como en nuestros países de origen donde, como laicas y laicos insertos en la sociedad, intentamos plantear un estilo de vida alternativa y solidario con los excluidos de este mundo.

A modo de ejemplo podríamos contaros lo importante de ofrecer formación en agricultura ecológica en el nordeste de Brasil para desde el acompañamiento y formación de las comunidades hacer frente a los grandes latifundios o a las empresas de minería extractivista.

Lo mismo ocurre en la República Centroafricana, donde acompañamos a la población Pigmea-Aka en sus campamentos, con escuelas de integración y procuramos que se les reconozcan sus derechos como ciudadanos de primera en una sociedad que trata de relegarlos.

En Mozambique también estamos empeñados en la formación profesional de los jóvenes de comunidades rurales, ofreciéndoles una cualificación que les permita acceder al mercado laboral, o acompañando a las innumerables comunidades de la parroquia que viven en el interior, donde casi nada llega.

O en las periferias de las grandes ciudades latinoamericanas (Perú, Brasil, Guatemala…) donde hay tantas personas que intentan sobrevivir y ganarse la vida, personas que migran desde el interior para procurar trabajo en la ciudad, pero que a menudo apenas sobreviven por la precariedad laboral que encuentran.

También en Europa encontramos muchas personas migrantes que acompañar, personas procedentes de los países donde estamos presentes y a las que también acompañamos desde nuestra experiencia misionera de vida en África o América, e intentamos que se sientan tan acogidos como nosotros nos sentimos en sus países; acompañándolas y apoyándolas en su integración en la nueva sociedad.

Y todo ello queremos vivirlo desde nuestras comunidades locales, porque sentimos que nuestra llamada misionera ha sido a vivir esta vocación desde la comunidad; por ello nos reunimos para formarnos, rezar, compartir nuestra vida, nuestros sueños y nuestro compromiso misionero.

Para más información: lmcomboni.org

La quema de gas en Ecuador aumenta pese a la sentencia que obliga el cierre de mecheros de los campos petroleros

Las operaciones de los mecheros generan riesgos para la salud de las personas asentadas en las comunidades aledañas a las estructuras. La quema de gas, producto de la extracción de petróleo, ha generado una serie de movilizaciones antes, durante y después del proceso que concluyó con el fallo judicial que obligaba al cierre de más de 400 torres. Hoy se sigue abogando por el cumplimiento del fallo y el respeto de la vida de quienes se ven impactados y por quienes se movilizan en defensa de los pueblos.

Por: Equipo de Comunicaciones de REPAM
Fotos: REPAM Ecuador

Una publicación realizada por Mongabay ha recapitulado la situación de los mecheros que queman gas en la Amazonía ecuatoriana. La nota recoge la base legislativa que ordena el cierre de 424 torres de gas con plazo máximo al año 2030; según Petroecuador, hasta noviembre de 2025 se habían eliminado 170 mecheros en el cumplimiento de la sentencia. Sin embargo, el Banco Mundial ha señalado que la quema de gas habría aumentado desde el año 2021, luego de la emisión del fallo. Además, comunidades como Nueva Esperanza, en la Amazonía ecuatoriana, se ven afectadas por la proximidad de los mecheros a las viviendas (a más o menos 30 metros), un punto que fue considerado en la decisión judicial y que se estaría incumpliendo al no retirar las estructuras.

Entre 2020 y 2021, nueve niñas de las provincias de Orellana y Sucumbíos llevaron al poder judicial una denuncia que exponía las consecuencias ambientales y de salud que generan los mecheros de los campos petroleros. En un primer momento, la Corte Provincial de Sucumbíos falló en favor de las menores y posteriormente la Corte Constitucional del Ecuador avaló la gestión; por ello, el proceso es considerado una sentencia histórica y una gran victoria en la lucha que levantan las comunidades por la defensa del territorio, el medio ambiente y la vida.  

Los mecheros y la salud

Según Mongabay, desde la coordinación jurídica de la Unión de Afectados por Texaco (UDAPT), se explica que “aunque se han eliminado los mecheros se sigue quemando la misma cantidad de gas, porque este es trasladado a mecheros más grandes”. La publicación “The Apaguen los Mecheros campaign: Supporting climate justice in the Amazonian cities of Ecuador by estimating the health risks of gas flaring” recoge una serie de estudios científicos que exponen aspectos fundamentales sobre el impacto en la salud que tiene la quema de gas; los niveles máximos y mínimos de la emisión de óxido de nitrógeno y monóxido de carbono son puntos a considerar en un radio de por lo menos 5 kilómetros, respecto a la instalación de torres para la quema de gas.

Dicha publicación enuncia que “casi la totalidad de los mecheros ponen en riesgo la salud humana (siendo un número reducido las torres que no tienen impacto sustancial)”. También, el análisis científico establece la existencia de 294 mecheros de riesgo moderado, 262 de riesgo alto y 90 de riesgo muy alto; todos llamados a ser clausurados para evitar impactos negativos en la salud de pobladores de comunidades locales. Los excesos de óxidos de nitrógeno, monóxido y dióxido de carbono, metano y dióxido de azufre (generados en el proceso de quema) conllevan a afecciones respiratorias crónicas (bronquitis y asma) y a la reducción de capacidad de la sangre para el transporte de oxígeno. A ello, se suma la emisión de contaminantes altamente tóxicos como el benceno, el etilbenceno y el formaldehído, cuya exposición se vincula al cáncer, la anemia, los daños cerebrales, distintos tipos de malformaciones y trastornos en los procesos reproductivos y de desarrollo.

Apaguen los mecheros

La lucha contra los mecheros ha sido abanderada por la acción de las nueve jóvenes, cuya acción tuvo esa importante victoria en 2021. Pero, es necesario rescatar el accionar de distintos actores comprometidos con la vida y el medio ambiente. En marzo de 2024, habitantes de las comunidades indígenas y activistas ambientales se movilizaron en Quito para exigir el cumplimiento de la sentencia; en dicha acción miembros de las fuerzas armadas retuvieron a una de las jóvenes demandantes, 4 menores más y manifestantes de las comunidades impactadas por las torres. No podemos olvidar la lucha constante de quienes acompañan la campaña “Apaguen los Mecheros”; movilizaciones, plantones, manifestaciones durante audiencias judiciales y actos simbólicos han acompañado el clamor de las comunidades en su lucha.

Es importante preguntarnos ¿vasta una determinación del poder judicial para cambiar la realidad? La respuesta es evidente: estamos lejos de ejecutar en la realidad lo que determinan los documentos judiciales. Alrededor de la extracción de hidrocarburos existen intereses de diversos sectores que, en la mayoría de los casos pasan por encima de la vida y dignidad de los más vulnerables. Actualmente, las cifras de cierre de los mecheros rondan el 40% del total determinado en la sentencia; sin embargo, las amenazas, persecuciones y los daños a la salud humana siguen vigentes en un territorio que en el papel cuenta con garantías y derechos.

REPAM Ecuador

Las chicas primero

La situación de discriminación en el acceso a la educación que sufren las chicas centroafricanas con respecto a los varones motivó la fundación del Internado Sainte Monique, en Mbata. Este proyecto de promoción humana de las Dominicas Misioneras de África ha recibido el apoyo de la ONG española Manos Unidas, que financió la construcción de uno de los edificios de dormitorios del centro. En él 170 chicas se preparan para tener un futuro mejor.

Texto y fotos: P. Enrique Bayo, mccj. MUNDO NEGRO

Dos toques de bocina y unos pocos segundos de espera bastaron para que el guardián abriera el portón del Internado Sainte Monique, situado en la ciudad centroafricana de Mbata, en la provincia de Lobaye. Ante nuestros ojos apareció una gran parcela con varios edificios de planta baja y algunos árboles, debajo de los cuales algunos grupos de chicas de diferentes edades charlaban de manera animada. Algunas de ellas reconocieron al volante del vehículo al misionero comboniano burgalés Mons. Jesús Ruiz, obispo de Mbaiki, y levantaron sus brazos con energía para saludarle.

El coche giró a la izquierda y pocos metros después quedó aparcado junto a la comunidad de las Dominicas Misioneras de África. Antes de que pudiéramos descender, varias religiosas se encontraban al pie del vehículo para darnos la bienvenida «a la africana», con grandes muestras de alegría. 

Mons. Ruiz me había advertido de que nuestra visita iba a ser corta, por lo que en cuanto me presentaron a las cinco religiosas de la comunidad, dos ruandesas y tres centroafricanas, encendí mi grabadora, me colgué al cuello la cámara de fotos y comencé a hacer preguntas. La hermana centroafricana Clémentine Mbanga, superiora de la comunidad y principal responsable del internado, se ofreció a acompañarme y mostrarme el centro. La religiosa estuvo a mi lado durante toda la visita.

Era jueves y las chicas más mayores estaban en clase, mientras que las más jóvenes parecían disfrutar de un momento de recreo en el patio del centro. Por mucho que miraras el entorno, era imposible encontrar entre ellas una cara seria. Me acerqué a una de las chicas, Janice, para preguntarle por qué estaba en el internado y su respuesta me gustó mucho: «Para estudiar y convertirme en alguien que sea útil a la sociedad centroafricana». Por eso de constatar la primera impresión, realicé la misma pregunta a otras tres alumnas del centro con las que tuve la oportunidad de hablar: Sarah, Miséricorde y Gwendoline. Todas respondieron más o menos igual que Janice: querían formarse para contribuir al bien de su país. Ante la firmeza de sus palabras, comprendí que era un mensaje muy bien interiorizado que expresaban con convicción. Las cinco chicas a las que entrevisté se mostraron también unánimes a la hora de valorar de forma muy positiva el cariño y la cercanía que reciben de las hermanas dominicas en Sainte Monique.

Una clase del internado

Un proyecto para paliar una deficiencia

El centro nació en el año 2012 por pura necesidad. Las religiosas dominicas y el entonces obispo de la diócesis de Mbaiki, el comboniano italiano Mons. Guerrino Perin, eran conscientes del bajo porcentaje de escolarización en la República Centroafricana, que en algunas provincias apenas alcanza el 50 % de la población, pero sobre todo les dolía la gran discriminación que sufren las niñas, que no disponen de las mismas oportunidades que los niños para estudiar. Todo ello les llevó a poner en marcha un internado para chicas donde ofrecerles una formación de calidad. «Nuestra mentalidad cultural empuja a las chicas a quedarse en casa para ayudar a sus madres en lugar de ir a la escuela», se lamentaba la Hna. Mbanga, «y nosotras no podemos aceptar una actitud que frena a las chicas y les impide ir adelante con sus vidas». También las palabras de la religiosa sonaban con mucha convicción.

Los comienzos del proyecto tuvieron a la humildad ­como principal seña identitaria. El primer año fueron cuatro las chicas acogidas, al año siguiente eran ya ocho y, poco a poco, gracias al apoyo de diferentes organizaciones y del propio Mons. Jesús Ruiz, el Internado Sainte Monique ha ido creciendo de manera constante. En la actualidad, para el curso 2025/2026, las instalaciones del centro acogen a 170 chicas de entre 7 y 16 años, aunque tiene capacidad para unas 200.

Un viejo caserón remodelado con un porche acoge el pabellón de las clases, mientras que los dos grandes edificios donde viven las chicas, con cinco dormitorios cada uno, fueron construidos después de la fundación del internado. El más reciente fue posible gracias a la ayuda de la ONG católica Manos Unidas y acoge a las chicas de Primaria. Los dormitorios son amplios, cada uno cuenta con capacidad para una veintena de chicas, repartidas en diez literas de dos camas cada una. Los lavabos se encuentran en un pasillo lateral dentro del propio edificio, mientas que los baños y las duchas están situados en el exterior, a pocos metros de distancia.

Para que el funcionamiento de esta comunidad sea armónico, las religiosas prestan especial atención al orden. Por este motivo, en cada dormitorio una chica es elegida como responsable para supervisar la limpieza y asegurar la disciplina entre las chicas. Lo mismo sucede en cada una de las clases, donde las alumnas votan en secreto a su delegada. Austine Mbada, delegada de quinto de Enseñanza Media, ha asumido su rol muy en serio, porque «si me han elegido es para que haga lo que tengo que hacer. Si alguna compañera tiene comportamientos turbulentos, tengo que aconsejarla para que cambie y darle buenos consejos para orientarla y ayudarla».

El comedor del internado.

Disciplina y formación

La mayoría de las muchachas del internado son originarias de la provincia de Lobaye, cuyo territorio coincide con la diócesis de Mbaiki. Proceden de poblaciones como Boda, ­Boganangone, Ngotto, la ciudad de Mbaiki o Mongoumba, pero hay también chicas de otras provincias e incluso de Bangui, la capital del país. No abundan en la República Centroafricana centros que ofrezcan a las chicas una disciplina y una formación de calidad como las que proponen en Sainte Monique, por eso, los padres que pueden permitírselo no dudan en enviar a sus hijas a Mbata.

Estudiar aquí no es gratis, pero el coste se adapta a las circunstancias de cada una de las internas. A las chicas cuyos padres trabajan y tienen posibilidades económicas les piden 300 000 francos CFA al año, unos 460 euros, mientras que para el resto de las chicas el coste es de 170 000 francos –260 euros–. Sin embargo hay situaciones especiales. Por iniciativa de Mons. Jesús Ruiz, las hijas de los catequistas que están dando su vida por la Misión pagan solo 85 000 francos –130 euros–, mientras que los otros 85 000 francos son aportados por la diócesis. En el caso de las jóvenes pigmeas aka, la diócesis se hace cargo de sus estudios y estancia en el internado.

En el presente curso son nueve las chicas aka. Todas estudian Primaria. «Su nivel de estudios es muy bajo y nos vemos obligadas a asignarles clases más bajas que las que les corresponderían por la edad, pero es la única manera de que vayan cogiendo confianza y progresen en los estudios», señala la Hna. Mbanga.

El obispo de Mbaiki, Mons. Jesús Ruiz, en el internado Sainte Monique con varias chicas.

Sistema educativo

Nueve profesores, ocho hombres y una mujer, son los encargados de impartir las clases. Las religiosas dominicas prestan un especial cuidado en el proceso de selección del personal docente. Se les exige que preparen bien sus clases y que den buen ejemplo, pero, además, la Hna. Clémentine indica que, «en diálogo con ellos, se les ha pedido que no faciliten las cosas, que sean exigentes a la hora de evaluar, porque aquí la gente ama la facilidad». Ella misma es profesora e imparte Geografía e Historia tanto en el internado como en la escuela pública de Mbata. «En aquel centro –dice la ­religiosa– soy la única mujer que da clases. Para la mujer es muy difícil alcanzar un nivel de estudios que le permita ser profesora. En toda la provincia de Lobaye solo hay 13 mujeres profesoras en Primaria, mientras que los hombres son centenares. Por suerte, esta mentalidad de relegar a la mujer está cambiando y nuestro internado es expresión de ese cambio».

El sistema educativo centroafricano prevé seis años de Primaria –Fundamental 1–, cuatro de Enseñanza Media –Fundamental 2– y tres de instituto. Los años se cuentan en sentido inverso al sistema educativo español, de manera que la Primaria va de sexto a primero, mientras que la Media comienza en sexto y se extiende hasta tercero. Los tres cursos del instituto son segundo, primero y terminal. El aprobado en este último da acceso a la universidad.

En el Internado se imparten los ciclos completos de Fundamental 1 y 2. Aunque las hermanas tienen intención de comenzar también el instituto, de momento no ha sido posible. No obstante, las chicas que concluyen la Enseñanza Media tienen la oportunidad de trasladarse a la comunidad que las Dominicas Misioneras de África tienen en Bangui ­para ­completar sus estudios. Los frutos, ­enfatizan las religiosas, comienzan a verse.

Una de las primeras chicas en matricularse en el internado hizo en 2025 su primera profesión religiosa como dominica y otras tres jóvenes han llegado a la universidad. Dos están matriculadas en segundo de Medicina y la otra comenzó este curso la licenciatura de Geografía e Historia. «Para nosotras son el orgullo del internado. Seguro que en 20 años o menos habrá chicas salidas de aquí que se habrán convertido en personas influyentes que ayudarán a desarrollar nuestro país», comenta la Hna. Clémentine.

Formación humana y espiritual

Además de la académica, las dominicas se preocupan mucho por la formación humana y espiritual de las internas. Todas siguen el curso de Educación a la Ciudadanía que imparte la Hna. Mbanga, así como también una formación específica sobre vida y amor. «Sorprende la ignorancia con que las chicas llegan al internado en materia de sexualidad, por ejemplo la cuestión de la menstruación es un tabú. Como sus padres no les explican nada, tienen que informarse con sus amigas. Aquí intentamos darles una formación seria en estos aspectos tan importantes», señala la superiora. A ello se añaden las prácticas para aprender a hacer la colada, cocinar, arreglar la cama y la ropa y saber presentarse y comportarse delante de los adultos.

En un lateral del centro, algunas de las chicas cultivan una pequeña huerta donde crecen legumbres, verduras y frutas, alrededor del cual deambulan algunas gallinas camperas. Este servicio ayuda a las chicas a aprender a trabajar la tierra, además de producir alimentos que sirven para el consumo interno. Lo mismo sucede con la cría de unos pocos corderos aunque, como señala la superiora, la falta de medios no les ha permitido desarrollar más esta actividad ganadera.

Con respecto a la formación espiritual, las clase de Religión están aseguradas por un sacerdote de la parroquia. Si bien algunas de las chicas son protestantes e incluso musulmanas, sus familias fueron advertidas antes de matricularse de que el internado ofrece solo formación católica. Todas las internas deben seguir la clase de Religión y están invitadas a participar en los momentos de oración comunitaria. Además de las eucaristías dominicales, cada día se reza el rosario junto a la gruta de la Virgen, situada en un rincón de la parcela, y los domingos dedican 30 minutos a la adoración silenciosa del Santísimo Sacramento.

Exterior de la Parroquia Saints Pierre et Paul, de Mbata, donde las jóvenes participan algunos domingos en la celebración eucarística.

La vida dentro del internado

A escasos 400 metros del internado se encuentra la Parroquia Saints Pierre et Paul, en Mbata, donde las chicas acuden a misa algunos domingos. Cuando es posible, un sacerdote viene al centro para celebrar la eucaristía. Estas ocasionales salidas dominicales y las visitas al dispensario médico en caso de necesidad son las únicas oportunidades que las chicas tienen para salir fuera del centro. Ni siquiera están previstos paseos lúdicos los fines de semana, de manera que toda la vida de las internas se desarrolla en el reducido espacio del internado.

Al preguntar a la Hna. Mbanga si esta situación de semiclausura no se hace demasiado pesada para las jóvenes internas, su rostro refleja cierta resignación. «Es cierto que nos gustaría salir más. Si tuviéramos un autobús podríamos hacer excursiones, pero no es posible. Los chicos están siempre ahí, al acecho de las chicas. A veces incluso trepan el muro para ver lo que hacemos, lo que nos obliga a tener guardianes día y noche para asegurarnos de que a ninguno se le ocurra saltar. En cada uno de los edificios donde están los dormitorios, una hermana o una mujer del personal auxiliar pasa la noche con las internas», dice la religiosa, que enseguida asegura que las «chicas soportan muy bien la vida del internado. Se sienten protegidas y les gusta estar aquí. Durante las vacaciones de fin de curso y durante la Navidad y la Semana Santa regresan a sus casas y siempre dicen a sus padres que tienen ganas de regresar al Sainte Monique».

El centro no dispone de sala de televisión y las chicas no pueden tener teléfono móvil, pero cada sábado de 15 a 17 horas se organiza una sesión de danza tradicional, cantos y pequeños teatros donde las internas disfrutan a lo grande. Ese día, pero también el domingo, las religiosas abren el pequeño almacén de las sorpresas donde se guardan los aperitivos, las patatas fritas y los caramelos que los padres traen para sus hijas y que son distribuidos para alegría de todas.

El portón se volvió a abrir cuando Mons. Jesús Ruiz y yo montamos en el coche para seguir nuestro viaje hasta Mongoumba. Al igual que a nuestra llegada, salimos del internado acompañados por los saludos alegres de las chicas y de las religiosas que las acompañan y educan.  

Mensaje del papa para la Cuaresma

Escuchar y ayunar.
La Cuaresma como tiempo de conversión

Queridos hermanos y hermanas:

La Cuaresma es el tiempo en el que la Iglesia, con solicitud maternal, nos invita a poner de nuevo el misterio de Dios en el centro de nuestra vida, para que nuestra fe recobre su impulso y el corazón no se disperse entre las inquietudes y distracciones cotidianas.

Todo camino de conversión comienza cuando nos dejamos alcanzar por la Palabra y la acogemos con docilidad de espíritu. Existe, por tanto, un vínculo entre el don de la Palabra de Dios, el espacio de hospitalidad que le ofrecemos y la transformación que ella realiza. Por eso, el itinerario cuaresmal se convierte en una ocasión propicia para escuchar la voz del Señor y renovar la decisión de seguir a Cristo, recorriendo con Él el camino que sube a Jerusalén, donde se cumple el misterio de su pasión, muerte y resurrección.

Escuchar

Este año me gustaría llamar la atención, en primer lugar, sobre la importancia de dar espacio a la Palabra a través de la escucha, ya que la disposición a escuchar es el primer signo con el que se manifiesta el deseo de entrar en relación con el otro.

Dios mismo, al revelarse a Moisés desde la zarza ardiente, muestra que la escucha es un rasgo distintivo de su ser: «Yo he visto la opresión de mi pueblo, que está en Egipto, y he oído los gritos de dolor» (Ex 3,7). La escucha del clamor de los oprimidos es el comienzo de una historia de liberación, en la que el Señor involucra también a Moisés, enviándolo a abrir un camino de salvación para sus hijos reducidos a la esclavitud.

Es un Dios que nos atrae, que hoy también nos conmueve con los pensamientos que hacen vibrar su corazón. Por eso, la escucha de la Palabra en la liturgia nos educa para una escucha más verdadera de la realidad.

Entre las muchas voces que atraviesan nuestra vida personal y social, las Sagradas Escrituras nos hacen capaces de reconocer la voz que clama desde el sufrimiento y la injusticia, para que no quede sin respuesta. Entrar en esta disposición interior de receptividad significa dejarnos instruir hoy por Dios para escuchar como Él, hasta reconocer que «la condición de los pobres representa un grito que, en la historia de la humanidad, interpela constantemente nuestra vida, nuestras sociedades, los sistemas políticos y económicos, y especialmente a la Iglesia». [1]

Ayunar

Si la Cuaresma es tiempo de escucha, el ayuno constituye una práctica concreta que dispone a la acogida de la Palabra de Dios. La abstinencia de alimento, en efecto, es un ejercicio ascético antiquísimo e insustituible en el camino de la conversión. Precisamente porque implica al cuerpo, hace más evidente aquello de lo que tenemos “hambre” y lo que consideramos esencial para nuestro sustento. Sirve, por tanto, para discernir y ordenar los “apetitos”, para mantener despierta el hambre y la sed de justicia, sustrayéndola de la resignación, educarla para que se convierta en oración y responsabilidad hacia el prójimo.

San Agustín, con sutileza espiritual, deja entrever la tensión entre el tiempo presente y la realización futura que atraviesa este cuidado del corazón, cuando observa que: «es propio de los hombres mortales tener hambre y sed de la justicia, así como estar repletos de la justicia es propio de la otra vida. De este pan, de este alimento, están repletos los ángeles; en cambio, los hombres, mientras tienen hambre, se ensanchan; mientras se ensanchan, son dilatados; mientras son dilatados, se hacen capaces; y, hechos capaces, en su momento serán repletos». [2] El ayuno, entendido en este sentido, nos permite no sólo disciplinar el deseo, purificarlo y hacerlo más libre, sino también expandirlo, de modo que se dirija a Dios y se oriente hacia el bien.

Sin embargo, para que el ayuno conserve su verdad evangélica y evite la tentación de enorgullecer el corazón, debe vivirse siempre con fe y humildad. Exige permanecer arraigado en la comunión con el Señor, porque «no ayuna de verdad quien no sabe alimentarse de la Palabra de Dios». [3] En cuanto signo visible de nuestro compromiso interior de alejarnos, con la ayuda de la gracia, del pecado y del mal, el ayuno debe incluir también otras formas de privación destinadas a hacernos adquirir un estilo de vida más sobrio, ya que « sólo la austeridad hace fuerte y auténtica la vida cristiana». [4]

Por eso, me gustaría invitarles a una forma de abstinencia muy concreta y a menudo poco apreciada, es decir, la de abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz.  

Juntos

Por último, la Cuaresma pone de relieve la dimensión comunitaria de la escucha de la Palabra y de la práctica del ayuno. También la Escritura subraya este aspecto de muchas maneras. Por ejemplo, cuando narra en el libro de Nehemías que el pueblo se reunió para escuchar la lectura pública del libro de la Ley y, practicando el ayuno, se dispuso a la confesión de fe y a la adoración, con el fin de renovar la alianza con Dios (cf. Ne 9,1-3).

Del mismo modo, nuestras parroquias, familias, grupos eclesiales y comunidades religiosas están llamados a realizar en Cuaresma un camino compartido, en el que la escucha de la Palabra de Dios, así como del clamor de los pobres y de la tierra, se convierta en forma de vida común, y el ayuno sostenga un arrepentimiento real. En este horizonte, la conversión no sólo concierne a la conciencia del individuo, sino también al estilo de las relaciones, a la calidad del diálogo, a la capacidad de dejarse interpelar por la realidad y de reconocer lo que realmente orienta el deseo, tanto en nuestras comunidades eclesiales como en la humanidad sedienta de justicia y reconciliación.

Queridos hermanos, pidamos la gracia de vivir una Cuaresma que haga más atento nuestro oído a Dios y a los más necesitados. Pidamos la fuerza de un ayuno que alcance también a la lengua, para que disminuyan las palabras que hieren y crezca el espacio para la voz de los demás. Y comprometámonos para que nuestras comunidades se conviertan en lugares donde el grito de los que sufren encuentre acogida y la escucha genere caminos de liberación, haciéndonos más dispuestos y diligentes para contribuir a edificar la civilización del amor.

Los bendigo de corazón a todos ustedes, y a su camino cuaresmal.

Vaticano, 5 de febrero de 2026, memoria de santa Águeda, virgen y mártir.

LEÓN XIV PP.

vatican.va

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[1] Exhort. ap. Dilexi te (4 octubre 2025), 9.
[2] S. Agustín, La utilidad del ayuno, 1, 1.
[3] Benedicto XVI, Catequesis (9 marzo 2011).
[4] S. Pablo VI, Catequesis (8 febrero 1978).

Unión de enfermos misioneros. Ser misioneros desde la enfermedad

Todos  hemos escuchado muchas veces que  somos misioneros desde nuestro bautismo. Cuando nuestro Señor nos dijo: «Vayan  al  mundo entero y  prediquen el  Evangelio a toda creatura», estaba dándonos una responsabilidad. Todos somos enviados a llevar el Evangelio «a toda creatura», no sólo a los que están cerca. Por tanto, soy responsable de que el anuncio del Evangelio llegue a todos los continentes: Oceanía, Asia, África, América y Europa. Todos somos misioneros y desde nuestra condición debemos comprometernos con el anuncio del Evangelio. Ante esto nos surgen dos preguntas, ¿cómo vivir esta responsabilidad desde la enfermedad?, ¿cómo ser misionero desde el sufrimiento? La Unión de Enfermos Misioneros (UEM) es una opción concreta para vivir esta responsabilidad que tenemos, para que nadie se quede sin dar una respuesta al mandato misionero. Nos asociamos a esta red conformada por enfermos y visitadores para colaborar juntos en favor de la misión ad gentes.

Por: Hna. Gloria Guadalupe HERNÁNDEZ H., emj 21
Fotos: OMPE

¿Qué es la Unión de Enfermos Misioneros?

Es un programa que está dentro de la Obra de San Pedro Apóstol. Pero más que un programa, la UEM, es una red de cristianos que viven su vocación misionera desde la enfermedad o desde la ancianidad. También es una comunidad conformada por enfermos, ancianos, visitadores, voluntarios en comunión por la misión; comunidad de vida y oración que se ofrece al Señor por la salvación de todos los hombres, por la santificación de los misioneros y por el aumento de vocaciones nativas.

¿Qué busca la UEM?

El objetivo es asociar, animar y formar a enfermos, ancianos, personas con discapacidad, voluntarios y visitadores  para  que, a través de un encuentro personal con Cristo y desde su enfermedad, padecimientos o apostolado misionero, colaboren con Cristo en la misión ad gentes.

La UEM trata de dar una respuesta positiva al misterio del dolor y del sufrimiento, que nuestro mundo tiende a ver sólo como un fenómeno negativo; la ofrenda espiritual que hacen los enfermos, ancianos, excluidos y personas con discapacidad es rica en frutos para la misión de la Iglesia universal. La enfermedad ofrecida es algo que la Iglesia ha tenido siempre como un don valiosísimo. Como dijo san Pablo VI en la clausura del Concilio Vaticano II, «ustedes, que sienten más pesada la carga de la Cruz, tengan ánimo. Ustedes son los preferidos del Reino de Dios, el reino de la esperanza, de la bondad y de la vida. Ustedes son los hermanos de Cristo paciente, y con Él, si quieren, están salvando al mundo».

Lo que sostiene nuestro ser y quehacer en la UEM es vivir de manera sólida los valores cristianos como: la oración, la misericordia, el amor a la cruz, a los sacramentos y a María; la alegría en medio de la cruz y la entrega de todo lo que vivimos. Por ello, hacemos vida el lema: «Viva mi cruz, y yo en ella con Jesús».

Todo el servicio de la UEM está bajo el cuidado y la intercesión  de la Santísima Virgen de Guadalupe, y de santa Teresa del Niño Jesús. Santa María de Guadalupe, por ser la gran misionera de nuestra patria y, a la vez, por socorrer al enfermo (al tío Bernardino); y santa Teresa del Niño Jesús, por ser la patrona de las misiones, por enseñarnos el camino de la infancia espiritual y porque supo ser misionera en la enfermedad.

Los beneficios de la UEM

Los socios de la  UEM  reciben el caudal de oraciones de todos y cada uno de los enfermos inscritos en ella; tienen la  posibilidad de formarse integralmente para hacer una mejor ofrenda espiritual o material en favor de las misiones. Además, los días 12 de cada mes, y muchas más veces durante el año, la   Dirección Nacional de las Obras Misionales Pontificio Episcopales celebra una misa por todos los socios vivos y difuntos. Como símbolo de entrega  al  Señor, los nombres de los socios inscritos en la UEM son depositados en una urna que está a los pies del Santísimo Sacramento en adoración perpetua. De esta manera, todos los socios están en sintonía con la misión evangelizadora de la Iglesia: «o vas, o envías, o ayudas a enviar» (beata Paulina Jaricot).

Para ser socio de la UEM sólo hay dos requisitos: llenar la ficha de inscripción correspondiente y entregarla  al  visitador o directamente al secretario parroquial de la UEM, así como registrarse en la página oficial de las OMPE en el apartado de  la UEM; y rezar diariamente por las misiones y en especial por los no cristianos, ofreciendo sus sufrimientos y uniéndolos a los de Cristo Jesús y María Santísima. El socio deberá pedirle a algún familiar o amigo que, en caso de fallecimiento, lo comunique a su  visitador  para  que la misa de sufragio correspondiente sea aplicada. En la UEM no existe una cuota fija, pero el socio puede ofrecer donativos según sus posibilidades, si así lo desea, y poder hacer vida la petición de san Juan Pablo II: «Que ninguna vocación se pierda por falta de recursos económicos».

El visitador de la UEM

Los visitadores son cristianos en todo el sentido de la palabra, motivan y acompañan a los enfermos y ancianos para que, desde sus sufrimientos, sean misioneros. Los rasgos que identifican al visitador misionero y le dan un perfil propio y característico son los valores, actitudes, habilidades, destrezas y conocimientos que lo capacitan para despertar, avivar y sostener el espíritu misionero universal.

El visitador es testigo, ante todo, del amor de Dios. Es una persona madura,  comprometida con Cristo, de una comunidad eclesial concreta, una persona con sentido de Iglesia universal. Entusiasta, capaz de entusiasmar a los demás y animar. Intérprete de la voz de Dios en los demás. Ama y hace amar a Jesús. No es protagonista. Vive un fuerte espíritu de fe como discípulo misionero, en comunión eclesial fraterna; en obediencia al Padre en relación con la persona de Cristo y en fidelidad y docilidad al Espíritu Santo.

El visitador promueve misioneros; invita a la conversión y al bautismo; ama y respeta a todos; anima a enfermos misioneros; crea ambiente de cooperación misionera; vive integrado en la comunidad eclesial y está atento al camino de la pastoral de conjunto, en comunión con los responsables de las pastorales, en apoyo a las actividades misioneras y en la convivencia con todas las personas.

En definitiva, la UEM es una forma concreta de responder al mandato misionero, y se conforma por enfermos, ancianos y visitadores. Al hacerse socio se posibilita, con la oración y el ofrecimiento de la enfermedad, que el Señor siga enviando operarios a su mies y que la semilla del Evangelio dé frutos en tierras de misión; y a su vez, que el socio crezca en su propio camino de santificación.

Jornada Mundial del Enfermo

Una fecha muy  importante para la UEM es la Jornada Mundial del Enfermo, que se celebra cada año el 11 de febrero. Instituida el 13 de mayo de 1992 por san Juan Pablo II, tiene como objetivo sensibilizar al pueblo de Dios y, por consiguiente, a las diversas instituciones sanitarias  católicas y a la misma  sociedad civil, ante la necesidad de asegurar la mejor asistencia posible a los enfermos.

Ante todo, es una jornada de comunión. En ella, toda la Iglesia se une para orar, acompañar y reconocer el valor de quienes viven la  enfermedad  con  fe. Por eso, la hemos preparado juntos –la Unión de Enfermos Misioneros y la Pastoral de la Salud del Episcopado  Mexicano–,  como  signo  de fraternidad y servicio compartido, todo, para que esta fiesta sea expresión viva del amor y de la cercanía de Cristo hacia todos los que sufren.

En este año 2026, el papa León XIV nos invita a contemplar el tema: «La compasión del samaritano: amar llevando el dolor del otro». Este llamado nos conduce a mirar al buen samaritano del Evangelio como modelo del amor que no pasa de largo ante el sufrimiento, sino que se detiene, se conmueve y actúa. Nuestra Iglesia particular en México, unida a este espíritu, propone vivir esta Jornada bajo el lema: «Los enfermos, misioneros de la paz de Cristo», considerando que la paz es uno de los ejes pastorales propuestos por la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM).

En medio de su fragilidad, nuestros enfermos hacen suyo el grito de toda la humanidad herida por la guerra, la violencia y el odio. A ejemplo del buen samaritano, ellos llevan el dolor del mundo ante el altar del Señor, convirtiendo su sufrimiento en oración, su silencio en ofrenda y su esperanza en testimonio de paz. Así, comprendemos que los enfermos no sólo son objeto de nuestra compasión, sino verdaderos misioneros de la paz de Cristo, y que con su vida, nos enseñan a amar, a llevar el dolor del otro y a transformar el sufrimiento en comunión.

El lema: «El enfermo, misionero de la paz de Cristo» representa un cambio profundo de perspectiva sobre la enfermedad y el sufrimiento en la vida cristiana. Lejos de considerar a los enfermos únicamente como receptores de cuidado y compasión, este lema los reconoce como agentes activos de evangelización y portadores de la paz que sólo Cristo puede dar.

Esta visión se entrelaza armoniosamente con el tema propuesto por el papa León XIV: «La compasión del samaritano: amar llevando el dolor del otro», creando un círculo virtuoso de amor, servicio y testimonio.

El tema papal nos presenta al buen samaritano como modelo de compasión activa: aquel que se acerca, se conmueve y actúa. Sin embargo, nuestro lema complementa esta mirada al reconocer que la persona herida en el camino también tiene una misión.

Cuando el samaritano carga con el dolor del herido, no sólo lo salva físicamente; le devuelve su dignidad y le permite, desde su propia vulnerabilidad, convertirse en testigo del amor de Dios. El enfermo que experimenta esta compasión se transforma en misionero: alguien que, desde su fragilidad, irradia la paz de Cristo a quienes lo rodean.

Objetivos de la UEM para la Jornada Mundial del Enfermo 2026

  • Sensibilizar a las comunidades cristianas, familias y sociedad sobre la importancia de acompañar con amor y dignidad a los enfermos, al compartir con ellos su dolor, como signo de auténtica compasión.
  • Reafirmar el papel evangelizador de los enfermos, cuyo testimonio de fe y esperanza irradia la paz de Cristo y fortalece la vida misionera de la Iglesia.
  • Impulsar la unidad familiar y comunitaria en torno al cuidado y la oración por  los  enfermos,  al hacer de estos espacios verdaderos hogares de misericordia y paz.
  • Fomentar gestos concretos de caridad y solidaridad que manifiesten la cercanía de la Iglesia con los enfermos y con quienes los atienden, a ejemplo del Buen Samaritano.