Las chicas primero

La situación de discriminación en el acceso a la educación que sufren las chicas centroafricanas con respecto a los varones motivó la fundación del Internado Sainte Monique, en Mbata. Este proyecto de promoción humana de las Dominicas Misioneras de África ha recibido el apoyo de la ONG española Manos Unidas, que financió la construcción de uno de los edificios de dormitorios del centro. En él 170 chicas se preparan para tener un futuro mejor.

Texto y fotos: P. Enrique Bayo, mccj. MUNDO NEGRO

Dos toques de bocina y unos pocos segundos de espera bastaron para que el guardián abriera el portón del Internado Sainte Monique, situado en la ciudad centroafricana de Mbata, en la provincia de Lobaye. Ante nuestros ojos apareció una gran parcela con varios edificios de planta baja y algunos árboles, debajo de los cuales algunos grupos de chicas de diferentes edades charlaban de manera animada. Algunas de ellas reconocieron al volante del vehículo al misionero comboniano burgalés Mons. Jesús Ruiz, obispo de Mbaiki, y levantaron sus brazos con energía para saludarle.

El coche giró a la izquierda y pocos metros después quedó aparcado junto a la comunidad de las Dominicas Misioneras de África. Antes de que pudiéramos descender, varias religiosas se encontraban al pie del vehículo para darnos la bienvenida «a la africana», con grandes muestras de alegría. 

Mons. Ruiz me había advertido de que nuestra visita iba a ser corta, por lo que en cuanto me presentaron a las cinco religiosas de la comunidad, dos ruandesas y tres centroafricanas, encendí mi grabadora, me colgué al cuello la cámara de fotos y comencé a hacer preguntas. La hermana centroafricana Clémentine Mbanga, superiora de la comunidad y principal responsable del internado, se ofreció a acompañarme y mostrarme el centro. La religiosa estuvo a mi lado durante toda la visita.

Era jueves y las chicas más mayores estaban en clase, mientras que las más jóvenes parecían disfrutar de un momento de recreo en el patio del centro. Por mucho que miraras el entorno, era imposible encontrar entre ellas una cara seria. Me acerqué a una de las chicas, Janice, para preguntarle por qué estaba en el internado y su respuesta me gustó mucho: «Para estudiar y convertirme en alguien que sea útil a la sociedad centroafricana». Por eso de constatar la primera impresión, realicé la misma pregunta a otras tres alumnas del centro con las que tuve la oportunidad de hablar: Sarah, Miséricorde y Gwendoline. Todas respondieron más o menos igual que Janice: querían formarse para contribuir al bien de su país. Ante la firmeza de sus palabras, comprendí que era un mensaje muy bien interiorizado que expresaban con convicción. Las cinco chicas a las que entrevisté se mostraron también unánimes a la hora de valorar de forma muy positiva el cariño y la cercanía que reciben de las hermanas dominicas en Sainte Monique.

Una clase del internado

Un proyecto para paliar una deficiencia

El centro nació en el año 2012 por pura necesidad. Las religiosas dominicas y el entonces obispo de la diócesis de Mbaiki, el comboniano italiano Mons. Guerrino Perin, eran conscientes del bajo porcentaje de escolarización en la República Centroafricana, que en algunas provincias apenas alcanza el 50 % de la población, pero sobre todo les dolía la gran discriminación que sufren las niñas, que no disponen de las mismas oportunidades que los niños para estudiar. Todo ello les llevó a poner en marcha un internado para chicas donde ofrecerles una formación de calidad. «Nuestra mentalidad cultural empuja a las chicas a quedarse en casa para ayudar a sus madres en lugar de ir a la escuela», se lamentaba la Hna. Mbanga, «y nosotras no podemos aceptar una actitud que frena a las chicas y les impide ir adelante con sus vidas». También las palabras de la religiosa sonaban con mucha convicción.

Los comienzos del proyecto tuvieron a la humildad ­como principal seña identitaria. El primer año fueron cuatro las chicas acogidas, al año siguiente eran ya ocho y, poco a poco, gracias al apoyo de diferentes organizaciones y del propio Mons. Jesús Ruiz, el Internado Sainte Monique ha ido creciendo de manera constante. En la actualidad, para el curso 2025/2026, las instalaciones del centro acogen a 170 chicas de entre 7 y 16 años, aunque tiene capacidad para unas 200.

Un viejo caserón remodelado con un porche acoge el pabellón de las clases, mientras que los dos grandes edificios donde viven las chicas, con cinco dormitorios cada uno, fueron construidos después de la fundación del internado. El más reciente fue posible gracias a la ayuda de la ONG católica Manos Unidas y acoge a las chicas de Primaria. Los dormitorios son amplios, cada uno cuenta con capacidad para una veintena de chicas, repartidas en diez literas de dos camas cada una. Los lavabos se encuentran en un pasillo lateral dentro del propio edificio, mientas que los baños y las duchas están situados en el exterior, a pocos metros de distancia.

Para que el funcionamiento de esta comunidad sea armónico, las religiosas prestan especial atención al orden. Por este motivo, en cada dormitorio una chica es elegida como responsable para supervisar la limpieza y asegurar la disciplina entre las chicas. Lo mismo sucede en cada una de las clases, donde las alumnas votan en secreto a su delegada. Austine Mbada, delegada de quinto de Enseñanza Media, ha asumido su rol muy en serio, porque «si me han elegido es para que haga lo que tengo que hacer. Si alguna compañera tiene comportamientos turbulentos, tengo que aconsejarla para que cambie y darle buenos consejos para orientarla y ayudarla».

El comedor del internado.

Disciplina y formación

La mayoría de las muchachas del internado son originarias de la provincia de Lobaye, cuyo territorio coincide con la diócesis de Mbaiki. Proceden de poblaciones como Boda, ­Boganangone, Ngotto, la ciudad de Mbaiki o Mongoumba, pero hay también chicas de otras provincias e incluso de Bangui, la capital del país. No abundan en la República Centroafricana centros que ofrezcan a las chicas una disciplina y una formación de calidad como las que proponen en Sainte Monique, por eso, los padres que pueden permitírselo no dudan en enviar a sus hijas a Mbata.

Estudiar aquí no es gratis, pero el coste se adapta a las circunstancias de cada una de las internas. A las chicas cuyos padres trabajan y tienen posibilidades económicas les piden 300 000 francos CFA al año, unos 460 euros, mientras que para el resto de las chicas el coste es de 170 000 francos –260 euros–. Sin embargo hay situaciones especiales. Por iniciativa de Mons. Jesús Ruiz, las hijas de los catequistas que están dando su vida por la Misión pagan solo 85 000 francos –130 euros–, mientras que los otros 85 000 francos son aportados por la diócesis. En el caso de las jóvenes pigmeas aka, la diócesis se hace cargo de sus estudios y estancia en el internado.

En el presente curso son nueve las chicas aka. Todas estudian Primaria. «Su nivel de estudios es muy bajo y nos vemos obligadas a asignarles clases más bajas que las que les corresponderían por la edad, pero es la única manera de que vayan cogiendo confianza y progresen en los estudios», señala la Hna. Mbanga.

El obispo de Mbaiki, Mons. Jesús Ruiz, en el internado Sainte Monique con varias chicas.

Sistema educativo

Nueve profesores, ocho hombres y una mujer, son los encargados de impartir las clases. Las religiosas dominicas prestan un especial cuidado en el proceso de selección del personal docente. Se les exige que preparen bien sus clases y que den buen ejemplo, pero, además, la Hna. Clémentine indica que, «en diálogo con ellos, se les ha pedido que no faciliten las cosas, que sean exigentes a la hora de evaluar, porque aquí la gente ama la facilidad». Ella misma es profesora e imparte Geografía e Historia tanto en el internado como en la escuela pública de Mbata. «En aquel centro –dice la ­religiosa– soy la única mujer que da clases. Para la mujer es muy difícil alcanzar un nivel de estudios que le permita ser profesora. En toda la provincia de Lobaye solo hay 13 mujeres profesoras en Primaria, mientras que los hombres son centenares. Por suerte, esta mentalidad de relegar a la mujer está cambiando y nuestro internado es expresión de ese cambio».

El sistema educativo centroafricano prevé seis años de Primaria –Fundamental 1–, cuatro de Enseñanza Media –Fundamental 2– y tres de instituto. Los años se cuentan en sentido inverso al sistema educativo español, de manera que la Primaria va de sexto a primero, mientras que la Media comienza en sexto y se extiende hasta tercero. Los tres cursos del instituto son segundo, primero y terminal. El aprobado en este último da acceso a la universidad.

En el Internado se imparten los ciclos completos de Fundamental 1 y 2. Aunque las hermanas tienen intención de comenzar también el instituto, de momento no ha sido posible. No obstante, las chicas que concluyen la Enseñanza Media tienen la oportunidad de trasladarse a la comunidad que las Dominicas Misioneras de África tienen en Bangui ­para ­completar sus estudios. Los frutos, ­enfatizan las religiosas, comienzan a verse.

Una de las primeras chicas en matricularse en el internado hizo en 2025 su primera profesión religiosa como dominica y otras tres jóvenes han llegado a la universidad. Dos están matriculadas en segundo de Medicina y la otra comenzó este curso la licenciatura de Geografía e Historia. «Para nosotras son el orgullo del internado. Seguro que en 20 años o menos habrá chicas salidas de aquí que se habrán convertido en personas influyentes que ayudarán a desarrollar nuestro país», comenta la Hna. Clémentine.

Formación humana y espiritual

Además de la académica, las dominicas se preocupan mucho por la formación humana y espiritual de las internas. Todas siguen el curso de Educación a la Ciudadanía que imparte la Hna. Mbanga, así como también una formación específica sobre vida y amor. «Sorprende la ignorancia con que las chicas llegan al internado en materia de sexualidad, por ejemplo la cuestión de la menstruación es un tabú. Como sus padres no les explican nada, tienen que informarse con sus amigas. Aquí intentamos darles una formación seria en estos aspectos tan importantes», señala la superiora. A ello se añaden las prácticas para aprender a hacer la colada, cocinar, arreglar la cama y la ropa y saber presentarse y comportarse delante de los adultos.

En un lateral del centro, algunas de las chicas cultivan una pequeña huerta donde crecen legumbres, verduras y frutas, alrededor del cual deambulan algunas gallinas camperas. Este servicio ayuda a las chicas a aprender a trabajar la tierra, además de producir alimentos que sirven para el consumo interno. Lo mismo sucede con la cría de unos pocos corderos aunque, como señala la superiora, la falta de medios no les ha permitido desarrollar más esta actividad ganadera.

Con respecto a la formación espiritual, las clase de Religión están aseguradas por un sacerdote de la parroquia. Si bien algunas de las chicas son protestantes e incluso musulmanas, sus familias fueron advertidas antes de matricularse de que el internado ofrece solo formación católica. Todas las internas deben seguir la clase de Religión y están invitadas a participar en los momentos de oración comunitaria. Además de las eucaristías dominicales, cada día se reza el rosario junto a la gruta de la Virgen, situada en un rincón de la parcela, y los domingos dedican 30 minutos a la adoración silenciosa del Santísimo Sacramento.

Exterior de la Parroquia Saints Pierre et Paul, de Mbata, donde las jóvenes participan algunos domingos en la celebración eucarística.

La vida dentro del internado

A escasos 400 metros del internado se encuentra la Parroquia Saints Pierre et Paul, en Mbata, donde las chicas acuden a misa algunos domingos. Cuando es posible, un sacerdote viene al centro para celebrar la eucaristía. Estas ocasionales salidas dominicales y las visitas al dispensario médico en caso de necesidad son las únicas oportunidades que las chicas tienen para salir fuera del centro. Ni siquiera están previstos paseos lúdicos los fines de semana, de manera que toda la vida de las internas se desarrolla en el reducido espacio del internado.

Al preguntar a la Hna. Mbanga si esta situación de semiclausura no se hace demasiado pesada para las jóvenes internas, su rostro refleja cierta resignación. «Es cierto que nos gustaría salir más. Si tuviéramos un autobús podríamos hacer excursiones, pero no es posible. Los chicos están siempre ahí, al acecho de las chicas. A veces incluso trepan el muro para ver lo que hacemos, lo que nos obliga a tener guardianes día y noche para asegurarnos de que a ninguno se le ocurra saltar. En cada uno de los edificios donde están los dormitorios, una hermana o una mujer del personal auxiliar pasa la noche con las internas», dice la religiosa, que enseguida asegura que las «chicas soportan muy bien la vida del internado. Se sienten protegidas y les gusta estar aquí. Durante las vacaciones de fin de curso y durante la Navidad y la Semana Santa regresan a sus casas y siempre dicen a sus padres que tienen ganas de regresar al Sainte Monique».

El centro no dispone de sala de televisión y las chicas no pueden tener teléfono móvil, pero cada sábado de 15 a 17 horas se organiza una sesión de danza tradicional, cantos y pequeños teatros donde las internas disfrutan a lo grande. Ese día, pero también el domingo, las religiosas abren el pequeño almacén de las sorpresas donde se guardan los aperitivos, las patatas fritas y los caramelos que los padres traen para sus hijas y que son distribuidos para alegría de todas.

El portón se volvió a abrir cuando Mons. Jesús Ruiz y yo montamos en el coche para seguir nuestro viaje hasta Mongoumba. Al igual que a nuestra llegada, salimos del internado acompañados por los saludos alegres de las chicas y de las religiosas que las acompañan y educan.  

El Papa pide “desmasculinizar” la Iglesia

En la audiencia a los miembros de la Comisión Teológica Internacional, el Pontífice les entregó el discurso debido a su estado de salud, que no le permitió leerlo él mismo. Sin embargo, les dirigió una palabras improvisadas en las que les pidió con insistencia “desmasculinizar” la Iglesia. Estas fueron sus palabras (Foto: Vatican News).

«Gracias por esta visita. Y gracias por su trabajo. Aquí hay un bonito discurso con cosas teológicas, pero como yo estoy, mejor no leerlo. Se lo dejo a ustedes.

Les agradezco lo que hacen. La teología, la reflexión teológica, es muy importante. Pero hay algo que no me gusta de ustedes, perdonen mi sinceridad. Una, dos, tres, cuatro mujeres: ¡pobrecitas! ¡Están solas! Ah, perdón, cinco. ¡En esto debemos avanzar! Las mujeres tienen una capacidad de reflexión teológica diferente a la que tenemos los hombres. Debe ser porque he estudiado mucho la teología de una mujer. Me ayudó una excelente alemana, Hanna-Barbara Gerl, sobre Guardini. Ella había estudiado esa historia y la teología de esa mujer no es tan profunda, pero es hermosa, es creativa. Y ahora, en la próxima reunión de los nueve cardenales, tendremos una reflexión sobre la dimensión femenina de la Iglesia.

La Iglesia es mujer. Y si no entendemos lo que es una mujer, lo que es la teología de una mujer, nunca entenderemos lo que es la Iglesia. Uno de los grandes pecados que hemos cometido es “masculinizar” la Iglesia. Y esto no se resuelve por la vía ministerial, esto es otra cosa. Se resuelve por la vía mística, por la vía real. A mí me ha dado mucha luz el pensamiento de Balthasar: principio petrino y principio mariano. Esto se puede debatir, pero los dos principios están ahí. El mariano es más importante que el petrino, porque existe la Iglesia esposa, la Iglesia mujer, sin masculinizarla.

Y os preguntaréis: ¿a dónde lleva este discurso? No sólo para deciros que haya más mujeres aquí -que también-, sino para ayudar a reflexionar. La Iglesia mujer, la Iglesia esposa. Y esta es una tarea que os pido, por favor. Desmasculinizad la Iglesia.

Y gracias por lo que hacéis. Perdonadme, he hablado demasiado y me siento mal, pero ahora, sentados como estamos, podemos rezar juntos un Padrenuestro, cada uno en su lengua, y luego daré la bendición.

Y rezad por mí. Rezad a mi favor, no contra mí, porque este trabajo no es fácil. Gracias».

La religiosa mexicana Dolores Palencia, Presidenta Delegada del Sínodo

Cuando el Vaticano publicó la lista de los 363 participantes de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos convocada por el Papa Francisco, que se reunirán en Roma el próximo mes de octubre, el nombre de la mexicana María de los Dolores Palencia, Hermana de San José de Lyon, era uno de los primeros que se destacaba. Aparecía en el grupo de Presidentes Delegados, a quienes se confía la delicada misión de presidir la asamblea sinodal “en nombre y por autoridad del Sumo Pontífice” cuando él no esté presente. Se trata de una tarea que desde San Pablo VI hasta nuestros días normalmente han ejercido algunos cardenales y obispos. De ahí que en esta oportunidad la Hna. Dolores y la japonesa Momoko Hishimura, visibilizan la importante participación y el liderazgo de las mujeres en la Iglesia.

Crédito: Óscar Elizalde. ADN CELAM

Aquel viernes 7 de julio, América Latina se despertaba con la ‘buena nueva’ de que, en total, serían 79 latinoamericanos los participantes de la Asamblea del Sínodo de la Sinodalidad. Asimismo, de los nueve Presidentes Delegados por el Papa Francisco, tres son de este continente: el cardenal Carlos Aguiar Retes, arzobispo de Ciudad de México y expresidente del Consejo Episcopal Latinoamericano (Celam); Mons. Luis Gerardo Cabrera Herrera, arzobispo de Guayaquil y Presidente de la Conferencia Episcopal Ecuatoriana, y la Hna. María de los Dolores Palencia, quien ha desempeñado importantes servicios en su congregación religiosa, fue vicepresidenta de la Confederación Latinoamericana y Caribeña de Religiosas/os (CLAR) entre 2006 y 2009, y participó como delegada de la vida consagrada en la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, en Aparecida (2007).

Con los migrantes centroamericanos

“Estoy muy emocionada, muy tocada”, fueron las primeras palabras que me compartió la Hna. Dolores, quien ese viernes, como todos los días, madrugaba a recibir a los migrantes que llegaban al “hogar de paso” que las Hermanas de San José de Lyon animan en Tierra Blanca, una obra de misión al sur del Estado de Veracruz, en México. “Tú sabes que ellos no tienen nuestros horarios, ni nuestros tiempos”, me dijo.

Recordé que durante una de las Asambleas Regionales de la Fase Continental del Sínodo de la Sinodalidad, que se celebró en San Salvador, en la que ella fungió como facilitadora y ‘gran maestra’ en la aplicación del método de conversación espiritual, me había compartido sobre sus faenas diarias. Buena parte de los migrantes que llegan a las puertas del Albergue Decanal Guadalupano –así se llama el “hogar de paso”– han decidido emprender su travesía hacia los Estados Unidos abordo de ‘La bestia’, como se le llama al tren de carga que es usado por miles centroamericanos para transportarse ‘sobre su lomo’, gratuitamente, asumiendo todo tipo de riesgos y peligros.

“Por Tierra Blanca pasa el tren –explica la Hna. Dolores–. Muchos llegan maltratados y lastimados”. “Todos los días pasa el tren y todos los días trae migrantes –continúa–, la mayoría han tenido que caminar 18 o 20 días a pie, para cruzar la frontera de Guatemala con México antes de subirse al tren”. Cada semana la religiosa mexicana es testigo de decenas de historias de dolor y desarraigo, de asaltos en el camino, de robos y de tantas otras vejaciones que padecen quienes se encuentran en esta situación de movilidad y, además de su pobreza, experimentan al extremo la vulnerabilidad.

“El viernes pasado no tuve mucho chance de asimilar el nombramiento que me ha hecho el Papa Francisco, porque al abrir el albergue temprano ya había una fila de migrantes hondureños, otros eran venezolanos, y había también un salvadoreño y un guatemalteco”, me cuenta, anticipándome que a esa hora ya sabía que llegaría otro tren trayendo más migrantes. Ese día le llamó particularmente la atención la fragilidad de una mujer y de tres menores de edad, uno de ellos de ocho años.

‘Samaritanear’

Lo suyo es ser ‘buena samaritana’ o ‘samaritanear’, como diría el Papa Francisco. Transmitir la ternura de Dios, prestarle sus brazos para abrazar a los más pobres entre los pobres –en su condición de migrantes–, y poner en práctica la caridad cristiana con el apoyo de un grupo de generosos voluntarios. “Los migrantes llegan todos los días, de noche o de madrugada, porque el tren pasa en varios momentos del día. Aquí les damos las tres comidas, se les atiende, se les da lo que necesitan a nivel humanitario y a nivel de salud, se les da ropa, y les damos orientaciones sobre las situaciones a las que se enfrentarán en la frontera del norte. Ah, también les hablamos sobre sus derechos”. Detalla que los migrantes “en ocasiones se quedan a dormir, pero hay algunos que continúan su camino inmediatamente. Entonces son personas que muchas veces solo vemos durante un día, aunque hay algunos que se quedan dos o tres días”.

De igual forma, comenta con tristeza que “algunas veces los volvemos a ver porque en Migración los detienen más adelante y los regresan, y como para algunos ni siguiera hay posibilidades de retorno, como les pasa a muchos venezolanos, nicaragüenses, haitianos y cubanos, que no pueden regresar a sus países, no son deportados y generalmente los vemos pasar otra vez. Así es que, pues este es el lugar en donde estoy”.

A medida que la escucho no puedo evitar pensar en aquel pasaje bíblico del ‘juicio final’ –en el capítulo 25 del evangelio según San Mateo–, al que tantas veces se ha referido el Papa: “vengan, benditos de mi Padre, reciban en herencia el Reino preparado para ustedes desde la creación del mundo, porque tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber, fui forastero y me recibieron, estuve desnudo y me vistieron, enfermo y me visitaron, en la cárcel y fueron a verme”.

Arriesgarlo todo por un sueño

Me voy dando cuenta que antes de hablar de sí misma y del importante e inédito nombramiento que le ha hecho el Papa Francisco, la Hna. Dolores prefiere referirse a la realidad de los migrantes que acompaña y a lo que ellos le han enseñado. “Aquí es donde esta noticia me encontró, y pues es este pueblo, desde este lugar, desde estos estos migrantes que tanto me han enseñado lo que significa soñar, y lo que significa dar todo por un sueño y arriesgarlo todo por un sueño, y  vivir con la libertad de no llevar nada que no sea necesario para el camino o indispensable para realizar el sueño, es desde aquí que yo podré colaborar con la asamblea del Sínodo en octubre”.

Por eso está convencida de que “este nombramiento y esta designación que el Papa Francisco me ha hecho, como Presidenta Delegada, es una gracia muy grande, un llamado, y lo considero una invitación que viene directamente de Dios a poner lo que soy y lo que puedo aportar al servicio de la Iglesia y del mundo”, dice.

Es consciente de la gran responsabilidad que le espera. Sabe bien que ahora hace parte de un grupo pequeño y cercano al Papa Francisco, y también tiene claridad sobre las implicaciones de esta importante asamblea de obispos, en la que Bergoglio ha abierto inusitados mecanismos de participación. Por ejemplo, 54 de las 85 mujeres que participarán, tendrán derecho a voz y voto. Sin duda, es un paso adelante en la reforma de la Iglesia que viene impulsando.

Una nueva forma de ser Iglesia

“El Papa Francisco nos está mostrando que quienes hacemos parte de la Iglesia somos diversos, tenemos capacidades y potenciales distintos, y que hay que poner todo esto en común para que juntos y juntas podamos avanzar”, subraya la religiosa mexicana. “Ciertamente estoy en un grupo que es especial y diferente, en el que realmente nunca me hubiera pensado o imaginado, pero bendigo a Dios porque es una posibilidad de crecimiento y de aprendizaje, y, al mismo tiempo, es una oportunidad para abrir espacios a lo que las mujeres podemos aportarle a la Iglesia y al mundo, buscando siempre la voluntad de Dios y el bien común”.

¿Qué aporte podrá ofrecer la Iglesia latinoamericana a este Sínodo?, le pregunto. “Será un aporte significativo desde la comunión, la participación y la misión, a partir del caminar que ya se ha hecho con el Sínodo Panamazónico, con la Red Eclesial Panamazónica (REPAM), y ahora a través de la Conferencia Eclesial de la Amazonía (CEAMA), que es una nueva conferencia eclesial, no episcopal, que está marcando un nuevo paso en la historia de la Iglesia”.

La Hna. Dolores valora la receptividad y la actitud proactiva que ha tenido la Iglesia latinoamericana y caribeña frente a la propuesta del Papa se ser una Iglesia en salida a las periferias y sinodal, “con una participación real de todos los bautizados, es decir, del Pueblo de Dios, desde la reflexión, el discernimiento y la construcción de muchos y muchas para abrir los caminos que nos permitan estar presentes, acompañando las realidades de nuestros pueblos, como se está haciendo en la Amazonía, pero también en tantos otros lugares donde habitan los pueblos originarios y los pueblos afro, desde sus raíces y culturas”.

Su experiencia en medio de los migrantes, en la Iglesia latinoamericana y caribeña, y en tantos otros espacios donde ha participado como religiosa desde hace 54 años, le dan la certeza de que algo nuevo está surgiendo. “Vivimos un proceso muy interesante y revelador, trabajando en conjunto con laicos y laicas, gente misionera, equipos de vida religiosa, sacerdotes, obispos, donde lentamente, con aciertos y errores, se va gestando una nueva forma de relacionarse, sin esas estructuras que a veces nos dividen y jerarquizan de una manera innecesaria, y que también hacen sentir como si unos fueran mayores y otros fueran menores de edad. Es un caminar  como pueblo, que nos está ayudando a volver a los valores del Evangelio y da origen a una nueva forma de ser Iglesia”.