Recemos por los catequistas

En la misión, los catequistas han sido y continúan siendo brazo derecho del misionero. Viven con sus familias en centros en que está dividida la misión. Cuentan con una preparación académica-pastoral de dos años. Más que referirme a su ministerio catequético subrayo el valor testimonial familiar cristiano en el lugar en que habitan, es decir, en las aldeas.

Se dirá que es obvio; tal vez. Lo que no es obvio es la apreciación o depreciación de sus familias; tanto de parte del misionero que los asigna, como de parte de la gente que los recibe. Es cierto que habitar en un lugar u otro no lo es todo, pero es lo primero que las familias pagan. Cuesta dejar la propia aldea, la parentela, encargar la casa y rentar la milpa. Pertenencias que vuelven a ver cada año. Cultivar otra milpa y compartir espacios con nuevos vecinos cuesta trabajo. Cuesta trabajo ser familia misionera.

La gente los llama abusa (pastores) y a las esposas amama abusa. Saben de su servicio ministerial y los respetan. Los tiene como visitantes y saben que un día serán reasignados a otro centro. La mudanza y permanencia temporal de los catequistas, con sus familias, llaman a voz la frase vocación misionera laical. Son familias misioneras. Estar en un lugar u otro de la misión es testimonio de vida cristiana en territorio de primera evangelización. Misión difícil para cualquier familia.

Esperar más de los catequistas son retos que a todos nos concierne. Aprecio de la disponibilidad familiar y formación permanente, de parte del misionero y apoyo material de parte de la creciente comunidad de los centros. Los catequistas no son empleados a sueldo por eso necesitan apoyo material y espiritual. En la escasez de dichas necesidades no sorprenden las crisis familiares. Sí Sorprende que varios catequistas abandonen su papel en la misión y haya menos candidatos a la formación catequística. El centro se queda sin testimonio familiar y sin catequesis. El fervor de todo principio pasa. Queda la esperanza de que en el menos, haya más vocación a la misión difícil. Sobre todo que el testimonio familiar ofrecido haya arraigado en más familias.

Pastorear a cristianos de reciente conversión, proponer el evangelio a los no cristianos y atender a los catecúmenos requiere más que buena voluntad. Requiere siempre mayor fuego del Espíritu Santo. Recemos por los catequistas y su familias para que sean perseverantes en su ministerio.

Evangelizando al estilo “chizokole”

Por: P. Gabriel Uribe González
Desde: Chama, Zambia

Chitumbuka es uno de 72 idiomas hablados en las distintas regiones de Zambia. “Chizokole” es una palabra chitumbuka propia de cazadores. En lo que sigue deseo brevemente describir su significado como técnica tradicional de caza y su aplicación figurada en el apostolado misionero.

Pesca y caza son actividades comunales de aldea y se reparten el producto al final de la jornada. Grupos de mujeres atienden la pesca. Los hombres organizan la caza, es decir, el chizokole. No es recomendable ir de caza solos. Se corren riesgos, uno muy real es extraviarse o ser pieza de caza uno mismo. Se sabe que en lugares boscosos se esconden los animales.  La brigada de cazadores se distribuye en torno al lugar elegido. Acto seguido, y a la voz en grito de tikole, tikole, chizokole, es decir, cacemos, cacemos, avanzan hacia el centro del lugar donde se encuentran atrapadas las piezas deseadas.

En el plan anual de la parroquia se programan dos o tres “chizokoles pastorales”. Este fin de semana, viernes y sábado se realiza el segundo, previo aviso parroquial e invitación a quienes deseen participar en él. De hecho, un grupo de mujeres y jóvenes, encabezados por el párroco, recorren e invitan, en dinámica chizokole, a vecinos de una sección de la parroquia de Chama.

El objetivo del chizokole varía. Para los cazadores puede ser un búfalo, pieza grande o venados. En el caso pastoral es re-animar a cristianos flojos o alejados. Otro es reclutar candidatos al catecumenado. Esta vez es formar una comunidad de estudio bíblico (comunidad de base). Ya hay tres comunidades en el entorno. Una de ellas, por extensión territorial y membresía necesita ser dividida. En ambos objetivos se encuentran siempre no cristianos o miembros de otras comuniones cristianas que piden ser admitidos al catecumenado. En tales casos son las comunidades, ya constituidas, las que los acompañarán en su camino al bautismo o al recibimiento formal en la Iglesia católica si ya han sido bautizados. En chizokole pastoral no se trata de fijar un centro de oración, tipo capilla, a la que se acude una vez a la semana. Se trata más bien de promover espíritu de comunidad cristiana en la sección o aldea, vecinos que se reúnen semanalmente en diferentes domicilios; fieles que oran, estudian la biblia y comparten soluciones a necesidades en la sección o aldea. En todo caso, las comunidades vecinas se reúnen en domingo para celebrar la eucaristía. La palabra chizokole para los hablantes chitumbuka es esencial como para nosotros misioneros lo es la palabra animación. Luego el que anima es animado.

Cuidando la creación

Texto y fotos: Hna. Eulalia Capdevila, mc
Desde Madrid, España

Me llamo Eulalia y soy natural de Barcelona. De mi infancia recuerdo las horas pasadas junto a mis hermanos y primos entre frutales y huertas. Éramos agricultores y mi amor al campo, a las plantas y a los árboles creció de forma natural. La situación de nuestra familia hizo que, desde muy pequeños, trabajásemos la tierra y en el mercado para contribuir a la economia familiar.

Mi madre era catequista y mi padre había sido misionero laico en África y nos contaba muchas historias de cuando él estuvo en Camerún. Fui creciendo en este ambiente en el que las narraciones sobre África y las de Jesús se entrelazaban de manera armoniosa.

En mis años de adolescente, los telediarios mostraron la terrible hambruna que sufrieron Etiopía y, más tarde, otros países africanos. Me preguntaba cómo podía morir la gente mientras nosotros teníamos donde cultivar y obtener alimento. Tuve por primera vez el sentimiento de que el mundo era injusto y de que tenía que hacer algo. Más tarde entré en la Escuela de Ingeniería Agrícola pensando en ser útil un día en algún lugar de África, pero la verdad es que todavía no sabía por donde tirar.

En 1997, junto con jóvenes de mi parroquia, participé en la Jornada Mundial de la Juventud en París. Éramos más de un millón de jóvenes y nunca olvidaré la noche en la que Juan Pablo II nos dio una catequesis sobre Juan 1,38: “Maestro, ¿dónde vives? Ven y verás”. Aquella noche comprendí que si no confiaba en la palabra de Jesús no llegaría a ningún lugar. Había que lanzarse.

Conocí a las Misioneras Combonianas a través de un Laico Misionero Comboniano y a través de los mismos Misioneros Combonianos. En mis primeros años de formación puse cimientos sólidos a mi deseo de donación a los demás, sobre todo a los más desfavorecidos, sin olvidar que el seguimiento de Jesús es un camino continuo de crecimiento humano y espiritual.

Mi primera experiencia misionera en Zambia me moldeó de tal manera que fui “bendecida”. Mis palabras se han quedado siempre cortas frente a la generosidad, la acogida y la humanidad que experimenté en este país. Allí viví mi vocación misionera durante 12 años.

Un momento importante de ese período fue cuando comenzamos la sensibilización de la población local sobre el cuidado de la creación, porque la quema de árboles para la producción de carbón vegetal estaba convirtiendo nuestra zona en un desierto. La iniciativa empezó de manera muy humilde, pero con el apoyo del jefe tradicional local, hoy existe un centro llamado Mother Earth (Madre Tierra), que sigue sensibilizando sobre la necesidad de cuidar y gestionar con sabiduría los recursos naturales. Además, acoge varias iniciativas de formación sobre agricultura orgánica, nutrición y otras prácticas sostenibles, cuyo funcionamiento asegura una comunidad internacional de hermanas combonianas.

Me gusta pensar que experiencias como estas han transformado mi mentalidad y mi espiritualidad, esta escuela de vida y de humanidad me ha permitido poner en relación todos los aspectos de la vida. Debemos predicar a Jesús y, al mismo tiempo, intentar aliviar el dolor de nuestros hermanos.

Después de esta experiencia he prestado mi servicio como consejera en el equipo de la Dirección General durante 6 años y ahora estoy en Madrid desde donde coordino los diferentes grupos de trabajo de nuestras provincias en un proceso de cambio y de transformación. Todo ello esperando poder regresar no muy tarde a Zambia.