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Mensaje final del VI Congreso Americano Misionero CAM6

¡Buenas tardes, Iglesia de América!

El Señor Jesús nos ha convocado una vez más en asamblea, como familia misionera, en el Caribe, en la Isla del Encanto: Puerto Rico. Su fuego abrasador nos ha hecho sentir el calor humano de la acogida y fraternidad de nuestros hermanos boricuas. Es en esta región geográfica del continente donde el Paráclito nos ha permitido vivir el Sexto Congreso Americano Misionero, mejor conocido por sus siglas: CAM6. Agradecemos profundamente a la Tercera Persona de la Trinidad por la efusión de sus dones en estos días que han estado repletos de gracias y múltiples bendiciones.

También, nuestro agradecimiento sube hasta el Cielo por la presencia de cientos de hermanos y hermanas de América, que se han dado cita aquí, y de decenas de misioneros del resto del mundo que nos han acompañado en esta celebración de animación, formación, cooperación y espiritualidad misionera. El agradecimiento a Dios por la presencia de todo el Pueblo de Dios, representados en sus pastores, los Obispos; en los sacerdotes, religiosos, religiosas, consagrados, consagradas y en la abundante presencia laical, que confirma una vez más nuestro deseo de evangelizar en sinodalidad hasta los confines de la tierra.

Somos los testigos de Cristo, más de 1,300 participantes de 42 países, y poco más de 900 voluntarios, que nos hemos dejado impulsar con nuevo ardor a la misión ad gentes de la Iglesia, caminando juntos a la escucha del Espíritu, para ser testigos de la fe en Jesucristo en la realidad de nuestros pueblos hasta los confines de la tierra.

En este mes de noviembre de 2024, aquí en Ponce, Ciudad Señorial de esta hermosa isla caribeña, nos hemos sentido acompañados por Dios, celebrando la riqueza del intercambio cultural y eclesial, con participantes desde Canadá en el norte, hasta Chile en el sur, congregados en las Antillas y acompañados por África, Europa y Asia; representados con hermanos de Italia, España, Vietnam, Filipinas y otros.

Este CAM6 es un proceso de reflexión misionológica sinodal construido en tres grandes ejes temáticos que provienen del objetivo del Congreso: Impulsados por el Espíritu, Testigos de Cristo y Hasta los confines de la tierra. Estos ejes han servido para trabajar cada uno de los días del encuentro en dos grandes bloques:

1. Iluminación Misionológica en las mañanas; y
2. Reflexión y Discernimiento Metodológico en las tardes.

Cada día inició con 3 momentos de iluminación misionológica: dos ponencias y un testimonio misionero. En cada espacio se procuró provocar la reflexión teológica sobre la misión ad gentes, la que se hacía concreta con la experiencia vivencial de misioneras en territorios específicos de primera evangelización.
Las tardes se convirtieron en el eco o resonancia de lo que el Espíritu ha querido suscitar a través de tres estrategias metodológicas:

1. Conversación en el Espíritu del Instrumentum laboris;
2. Proyectos y Experiencias, y
3. Testimonios.

Por medio de un intercambio fraternal que permitió compartir profundamente en grupos los desafíos que nuestra realidad misionera tiene en todo el continente y buscar juntos propuestas para ser respuesta testimonial en nuestras Iglesias locales, y más allá de nuestras fronteras.

Esta metodología utilizó como punto de partida los ejes de acción de las Obras Misionales Pontificias: Cooperación, Animación, Formación y Espiritualidad. Todo esto fue acompañado de una efervescente animación misionera que se intercalaba entre los distintos momentos y anunciaba el fruto de la alegría en el Espíritu.

La presencia vivaz de los jóvenes, las presentaciones folclóricas locales, la acogida en los distintos hogares y centros, las experiencias de misión en las periferias urbanas y rurales de la Diócesis, y los encuentros culturales complementaron tan profundo momento de acontecimiento eclesial.

Estos días en el Congreso nos han permitido retomar lo reflexionado en los Simposios Internacionales Misionológicos, y descubrir lo que el Espíritu ha ido confirmando en lo compartido, en tantos grupos, a saber, la percepción del retardo de América en su respuesta ad gentes al mundo. Si bien es cierto, que han sido enviados misioneros más allá de nuestras Iglesias locales, algo que hemos constatado con la riqueza de los testimonios compartidos en la mañana y en los conversatorios de la tarde; este envío no ha sido en la proporción de católicos de nuestro continente, del que desde hace mucho se espera una respuesta más significativa. Esta toma de conciencia nos invita a pedir perdón a nuestros hermanos más lejanos y pobres que aún esperan el anuncio del mensaje liberador del Evangelio en los confines de la tierra.

Intuimos como gran desafío de esta reflexión misionera, que existe aún una resistencia hacia la misión ad gentes, fundamentada por varios aspectos:

a) una introversión eclesial que hace mirar especialmente hacia lo interno de las respectivas realidades: grupos, movimientos, parroquias, diócesis;
b) falta de gratuidad hacia los misioneros y misioneras ad gentes que existen, y que muchas veces parecieran invisibles para sus Iglesias locales y parroquiales;
c) falta de formación misionológica en nuestras Iglesias locales en todos los niveles; y
d) poca infraestructura y estrategia económica, y de recursos humanos, que apoye la salida misionera.

Frente a esto, también se han ido intuyendo propuestas que brotan de lo compartido, tales como:

a) promover desde las Iglesias locales, la constante salida, como ha pedido el Papa Francisco, dando desde nuestra pobreza;
b) conocer y animar a nuestros misioneros, manteniendo una estrecha comunicación con ellos, promocionando su trabajo y apoyándolos con la oración, nuestros servicios y nuestros bienes;
c) dar a conocer los centros formativos misionológicos y las diferentes facultades, promoviendo e invitando constantemente a patrocinarlos. Crear redes internacionales de cooperación entre los mismos para abrir al pueblo de Dios el mayor acceso a ellos. En cada Iglesia local se debe insistir en proveer una formación actualizada y permanente de la misión a todo el cuerpo eclesial; y
d) la cooperación misionera no puede reducirse a una sola jornada anual, sino que debe nutrirse de distintas iniciativas para un apoyo concreto mayor. Debe promoverse una participación más activa de todos los miembros del pueblo de Dios; incentivando a los laicos y las familias, y sobre todo reconocer el espacio vital de los jóvenes en esta realidad.

Vamos vislumbrando en este CAM6, la propuesta para impulsar una animación misionera que se concrete en una cooperación misionera a través de la construcción de redes entre las Iglesias locales y las realidades misioneras existentes.

Lo vivido en el Congreso nos ha interpelado y mostrado que:

Vivimos en un mundo fragmentado y dolido, donde aún la mayor parte del mundo no es cristiano. Aunque compartimos muchos pesares, nos une sobre todo la esperanza porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado, y nos impulsa como testigos;
El encuentro con Jesús, quien es el Reino, es y sigue siendo el camino para la transformación personal y social, en una continua tensión escatológica;
Cristo es el camino propuesto por el Padre para la plenitud de toda experiencia religiosa y espiritual, su anuncio, por tanto, no es una “invasión” ni un “colonialismo”, sino luz y vida para las inquietudes más profundas de todo ser viviente. Es la Vida que atrae a los vivientes;
La misión nos hace, nos configura. Por ello:
Estamos llamados a una conversión integral misionera;
Debemos insistir que la Iglesia existe porque existe la misión, y la misión es la manifestación del Dios Uno-Trino. La Iglesia de Cristo es misionera. La misión no es una opción entre otras, sino la opción primera y frontal. Todos los recursos deben dirigirse a llevar adelante la misión.
El espacio misionero se ha ampliado más allá de un criterio meramente geográfico: es cósmico y existencial. El espacio real no son los lugares, sino que son las relaciones, por lo que estamos llamados, ante todo, a tocar a Cristo en la carne de los hermanos, sobre todo en los más pobres, marginados y excluidos.
La respuesta a nuestra realidad parece dirigirse a una cooperación misionera que hoy nos invita a construir redes con sus respectivo “nudos” e interacciones.
Es necesaria una sinodalidad ministerial: cada vocación, nacida del bautismo, está en función de la misión y llamada a integrarse con todas las otras para así manifestar la riqueza del vasto misterio de la Encarnación.

Se intuye en las diferentes resonancias que la misión hoy tiene como gran desafío:

El miedo y la indiferencia hacia a misión misma, que se traduce en un temor a salir de la zona de comodidad personal y pastoral.

Frente a los desafíos, se constatan propuestas:

a) Un nuevo método para reflexionar y construir caminos, llamado a integrar las diferencias y las experiencias y vivencias de los creyentes.
i. Un método que sea, ante todo, un arte que logre plasmar la Belleza Creadora en un mosaico de diferencias que buscan un fin compartido, a saber, la plenitud de vida en el Viviente, llamada a expresarse en una mayor relación íntima con el Dios Trinitario, a través de la oración y la contemplación activa y transformadora.
b) La misión amplía las particularidades impulsando, con la ayuda del Espíritu, la búsqueda de convergencias, y de ahí, durante el congreso, hemos evidenciado un proceso latente:
i. Ad gentes: Se insiste siempre en ir, porque la Iglesia está siempre “en salida”,
ii. Inter gentes: Salir para encontrarse, para estar “con”,
iii. Cum gentibus: Integrar y aprender de los “mundos otros”, en una clave relacional dinámica,
iv. Omnes gentes/omnes creaturas: Salir a todos y a todo, sabiendo que todo está interconectado y, por ende, se trata de un compromiso de ecología integral.
c) Deriva de todo es un modelo misionero por atracción, que parta de la presencia, el acompañamiento, la cercanía, el diálogo, el reconocimiento y la valoración de unos y otros. La forma de hacer misión es a través de la relación con Cristo, y desde Cristo con el otro como su “sacramento”.

El Congreso nos permitió recoger entre los distintos momentos metodológicos alrededor de 400 aportaciones o resonancias, divididas en desafíos y propuestas, y sectorizadas en los pilares de las Obras Misionales Pontificias (Cooperación, Animación, Formación y Espiritualidad). Esto requerirá ahora un camino de discernimiento y análisis, para acoger lo que el Espíritu Santo quiso comunicar para la misión ad gentes desde el continente y para el mundo.

El fruto de esa reflexión se complementará en la próxima etapa de este proceso, la cual se realizará y materializará en el Post-CAM6, en marzo de 2025 en Costa Rica; y en la que se compartirá la síntesis de este camino misionero a modo de orientaciones generales para toda la Iglesia en América.

Nuestro CAM6 se ha realizado en el contexto del Sínodo de la Sinodalidad, por lo que han resonado sus ejes temáticos: Comunión, Participación y Misión, algo que hemos vivido a plenitud en estos días.

A las puertas del próximo Jubileo, Peregrinos de la Esperanza, nos orientamos a un nuevo Pentecostés misionero en nuestro continente americano, para ser con nuestro testimonio, don de Dios al mundo.

¡América, con la fuerza del Espíritu, testigos de Cristo!

Descarga AQUÍ el mensaje

II Domingo de Adviento. Año C

Preparen el camino

“El año quince del reinado del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea… vino la Palabra de Dios sobre Juan el hijo de Zacarías en el desierto. Y fue por toda la región del Jordán predicando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados, como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías: Voz del que grita en el desierto: preparen el camino al Señor, nivelen sus senderos; todo barranco será llenado y toda montaña o colina será rebajada; los caminos torcidos se enderezarán y los desnivelados se rectificarán. Y todos verán la salvación de Dios”. (Lucas 3, 1-6)

Cada año la liturgia de Adviento y la Palabra de Dios que se nos regalan, nos invitan a asumir una actitud que nos disponga a acoger con alegría al Señor que viene a nuestro encuentro en la sencillez y en la inocencia del recién nacido en la gruta de Belén. 

Es importante tomar conciencia del extraordinario don que se nos concede a través de cuatro semanas en las cuales la palabra de Dios no se cansará de iluminar nuestras vidas para que nos abramos a Dios que viene. Es necesario también prepararnos para que la Navidad no se convierta en una fiesta más, sino que sea un momento único que nos permita abrir el corazón a quien es el único capaz de hacernos vivir en plenitud.

Es probable que, también nosotros, no nos sintamos demasiado sorprendidos por el misterio que estamos por celebrar, pues la costumbre y lo encandilante de los reclamos publicitarios distraen nuestra atención del acontecimiento que puede hacer de nosotros personas nuevas.

Vamos perdiendo la capacidad de sorprendernos.

Estamos en una sociedad que se descristianiza lentamente y en donde se trata, por muchos medios, de sacar a Dios de lo ordinario de la vida; en donde se insiste en ignorar la dimensión espiritual de las personas; en donde se busca recluir lo sagrado del ser humano en los rincones de las sacristías. 

Se trata de un mundo en donde hemos ido haciendo de Dios un desconocido y alguien a quien recurrimos sólo cuando nos sentimos perdidos, y eso si todavía nos queda un poquito de fe en los escondites de nuestro corazón.

Es una sociedad en donde se ha perdido el respeto, el reconocimiento y la necesidad de la presencia de Dios entre nosotros. No es extraño que el tiempo de Adviento y la celebración de Navidad se quieran reducir a una fiesta más, a algo que acaba en una cena fastuosa, en una desvelada agotadora y en unos regalos que representan una alegría que no durará.

Afortunadamente, la Palabra de Dios en este segundo domingo de Adviento viene a ayudarnos y nos invita a darnos una sacudida, a prepararnos para volver a descubrir lo esencial, lo prioritario y lo que realmente vale la pena en el caminar que día a día nos acerca más al encuentro con Aquel que nos ha llamado a la vida.

Preparen los caminos al Señor, ese es el grito que vuelve a resonar desde los desiertos de la región del Jordán y de todos los desiertos de nuestras vidas;  ahí en donde nos sentimos un poco solos y abandonados, confundidos y perdidos porque, a lo mejor sin darnos cuenta, nos hemos salido del camino. 

Hemos dejado que muchos intereses personales, ambiciones y egoísmos se fueran apoderando de lo que consideramos la razón de nuestro existir y nuestra atención se fue convirtiendo en miopía que no nos deja apreciar lo bello de Dios en nuestras vidas. Nos hemos contentado con la apariencia, con lo superficial y nos da miedo ir a lo profundo.

Un grito que nos llega de lejos.

Sí, también a nosotros nos grita Juan, el hijo de Zacarías, y nos invita a rectificar, a enderezar los caminos que nos lleven a Dios. Pero, tal vez más claro, Juan nos invita a tomar conciencia del camino que el Señor ya viene haciendo para llegar a nuestro encuentro porque él no renuncia a nosotros, él no se olvida de que somos lo más bello que ha salido de sus manos, él no cambia su corazón que vive sólo para amarnos, hasta el punto de hacerse uno de nosotros.

El Señor sueña con hacer de nosotros su nueva creación, como lo fue al principio, cuando todo estaba en paz, cuando existía armonía en todo lo que había hecho, cuando los seres humanos vivían en fraternidad y no sabían de envidias ni de esclavitudes, cuando el pecado de nuestras ambiciones y protagonismos no tenían valor.

Juan nos grita desde los desiertos de nuestros mundos egoístas en donde lo único que cuenta es el tener, y su invitación a convertirnos nos toca fuerte cuando en lo profundo de nuestro ser nos decimos que tiene razón. Cuando desde dentro escuchamos una voz que nos dice que lo bello de la vida está en vivir amando y sirviendo a los demás, porque hemos sido llamados a la existencia sólo para amar. 

Juan nos invita a salir de nuestros desiertos de soledad a la que nos condena una sociedad en la que sólo importa el consumir y el acumular. Y sus palabras resuenan como motivo de felicidad cuando hacemos la experiencia de crear comunión y fraternidad, porque eso es lo de Dios que descubrirnos como nuestra verdad.

Juan nos recuerda las palabras del profeta Isaías que nos invitan a la conversión, a darnos cuenta que Dios nos espera, nos perdona y se entrega por nosotros, por amor. Y convertirnos seguramente no significa llegar a la perfección , sino dejarnos reconciliar aceptando nuestra fragilidad y nuestra pobreza, sabiendo que a la misericordia de nuestro Padre nadie le puede ganar.

Hay que abrirle nuestro corazón al Señor

Hay que tener el coraje de enderezar lo torcido de nuestra arrogancia y de la prepotencia de creer que todo lo podemos, sin Dios. Hay que rebajar las colinas de nuestra indiferencia y de nuestra voluntad de protagonismo para darnos cuenta que vamos por este mundo guiados por la mano de Dios que no se equivoca jamás. Hay que nivelar los senderos creando espacios en nuestras vidas para que Dios entre y llene todo lo que somos, para que sea la presencia que nos anima, la fuerza que nos sostiene, la esperanza que nos impulsa a ir más lejos en lo que realmente nos llena de alegría.

Se trata, en este tiempo, de preparar el camino. De darnos la oportunidad de abrirnos a los valores del evangelio, a lo bello de fincar nuestro futuro sobre la experiencia de la fe que nos permite sentir a Dios caminando a nuestro lado. De trabajar en todo aquello que abra posibilidades a una convivencia más fraterna y solidaria. 

Se trata, con toda sencillez, de dejar que Dios haga su obra en nuestras vidas, sin ponerle resistencias, sino, al contrario, acogiéndolo como lo más extraordinario que pudo habernos sucedido en nuestro paso por este mundo. 

Qué sea para cada uno de nosotros tiempo para vivir la salvación de Dios que deja de ser promesa para convertirse en fuente de nuestra alegría. Ojalá que todos estemos preparados.

P. Enrique Sánchez G. Mccj


La Iglesia misionera grita hoy en el desierto del mundo

Baruc  5,1-9; Salmo  125; Filipenses  1,4-6.8-11; Lucas  3,1-6

Reflexiones
El evangelista Lucas empieza a lo grande, como historiador atento a los hechos (Evangelio): enmarca la aparición pública de Juan el Bautista y de Jesús de Nazaret dentro del contexto histórico-geográfico del tiempo. Con exactitud y sobriedad, cita siete personajes contemporáneos del acontecimiento (v. 1-2). También aquí el número siete tiene un significado simbólico: indica la totalidad. Al mencionar a las siete personas con su rol, Lucas quiere afirmar que toda la historia  -pagana y judía, profana y sagrada–  está involucrada en los acontecimientos que él está a punto de narrar. Son hechos que atañen a toda la familia humana con sus instituciones y estructuras religiosas y civiles. Lucas quiere subrayar que el Dios de Jesús es el Dios de la historia. El Dios que se hace cargo de la humanidad.

El acontecimiento es que “vino la Palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto” (v. 2), a orillas del río Jordán, con un mensaje de “conversión para el perdón de los pecados” (v. 3). Lucas, con documentos en la mano, quiere garantizar a sus lectores que la salvación de Dios se realiza en un tiempo, en un lugar y con un programa bien definidos. Queda confirmada aquí la intención que el evangelista ya había expresado en su prólogo: investigarlo todo diligentemente para escribirlo en orden, a fin de que se conozca la solidez de las enseñanzas (Lc 1,3-4). El Evangelio de Jesús se funda sobre hechos ciertos, transmitidos por testigos oculares y creíbles; no queda espacio para inventos humanos o proyecciones ideológicas.

La salvación de Dios se realiza dentro de la historia humana, no fuera de ella; no se sobrepone a la historia, se inserta en ella, aunque la trasciende. Como la sal. Con la fuerza de la semilla y de la levadura. Como un fermento de vida nueva. Es exactamente lo que ha hecho Jesús y lo que los cristianos estamos llamados a hacer en el mundo (ver la Carta a Diogneto). Juan el Bautista lo preanuncia con las palabras de los profetas Isaías y Baruc (I lectura), que toman cuerpo en ese preciso contexto geográfico. Juan predica en el desierto, lugar bíblico, antes que geográfico; lugar y tiempo de fuertes experiencias espirituales (vocación y alianza, tentaciones y fidelidad…), que el pueblo elegido debe revivir continuamente. El Bautista predica a orillas del Jordán: el río que es preciso atravesar (rito del Bautismo) con un cambio de mentalidad y de vida (conversión), para entrar en la tierra prometida. No recorriendo caminos escabrosos y torcidos (símbolos bíblicos de soberbia, arrogancia, atropellos, injusticias…), sino un camino de conversión interior, allanado y recto (v. 4-5). Pablo añade una descripción de esa vida nueva en Cristo (II lectura): rebosante de amor, de integridad moral, de colaboración en la difusión del Evangelio (v. 5.9).

El Adviento nos ofrece la oportunidad de comprender que el “Dios que viene” es el Dios que a menudo se nos revela en el silencio, en el desierto. Que no son realidades vacías que se puedan rellenar con cosas, sonidos y palabras. El silencio nos pone en la condición de escuchar, lo cual es una nueva manera de comunicar. “Necesitamos un poco de desierto, para aprender a hacer silencio, escuchar, re-pensar todo lo que hacemos y decimos, cada día. En estas semanas la Palabra de Dios nos ofrece también un pequeño alfabeto de la esperanza. Virtud que se adquiere en la vida, en el ‘desierto de lo cotidiano’. A menudo la esperanza se hace palabra, gesto, sonrisa; así se manifiesta Dios. También hoy Dios escoge el camino de la periferia: entra en el mundo allí donde hay alguien que no cuenta nada, allí donde hay alguien que sufre” (don Roberto Vinco, Verona).

La salvación de Dios es para todos, insiste el Bautista, citando a Isaías: “Todos verán la salvación de Dios” (v. 6). Todo hombre, toda carne (dice el texto original), es decir, toda persona en su debilidad y fragilidad recibirá la salvación de Dios. Una salvación que Dios ofrece a todas las personas, sin exclusiones. Una salvación que el hombre no puede producir por sí mismo, sino que le llega de afuera: ¡solo de Dios! El escritor ruso Alexander Soljenitsyn describe así la incapacidad radical del hombre para su propia salvación: “Si alguien se está ahogando en un estanque, no se salva tirándose hacia arriba por sus cabellos”. Necesita de una mano de afuera: la mano de Dios. ¡Y necesita de la mano de los amigos de Dios! El tiempo de Adviento, tiempo de la espera de la humanidad, nos invita a pensar y actuar en favor de los numerosos pueblos que todavía no conocen al Salvador que viene.

La mano amiga de Dios se revela igualmente en la presencia maternal de María Inmaculada (8/12), tan cercana a Dios y a la familia humana, como se manifestó en las apariciones de Guadalupe (ver el calendario 12/12). Dios se manifiesta también en la mano amiga de personas de buen corazón, cristianos y no, mano tendida para ayudar a cualquier persona que tenga necesidades materiales o espirituales. Heredera de Juan el Bautista hoy es la Iglesia misionera, que grita en el desierto del mundo: “Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos” (v. 4). Anunciar a Cristo es tarea permanente de los cristianos,  porque Cristo y su Evangelio es el tesoro más precioso de los cristianos; un bien a compartir con toda la familia humana, como lo repite a menudo el Papa Francisco. Porque esta Buena Nueva no es solo una palabra; es ante todo una Persona, Cristo mismo, resucitado, viviente, que te cambia la vida, dándote el sentido pleno, verdadero y gozoso. En Adviento se emplea a menudo la palabra  maranatha, que en arameo significa: ven Señor. De esta manera se saludaban los primeros cristianos. Un saludo hermoso también para nosotros.

P. Romeo Ballan, MCCJ


Tiempo de cambiar

Comentario a Lc 3, 1-6

Leemos en este segundo domingo de adviento los primeros versículos del capítulo tercero de Lucas. Si miramos hacia atrás en este evangelio, podemos comprobar que los dos primeros capítulos están centrados en la infancia del Bautista y de Jesús.

Ahora Lucas da un salto y nos sitúa en otro tiempo de la historia, tanto civil (el tiempo del emperador Tiberio), como religiosa (el tiempo de Anás y Caifás), para anunciarnos un importante evento de salvación: “La Palabra de Dios – afirma el evangelista- descendió sobre el Bautista”. Esta “venida” de la Palabra se da con las siguientes características:

-Siete personajes históricos. Lucas cita a siete personajes, romanos y judíos: Tiberio, Pilato, Herodes, Filipo, Lisanio, Anás y Caifás. Como sabemos, el número siete significa en la Biblia “plenitud”. Lucas nos sugiere que lo que nos cuenta es un hecho de gran trascendencia histórica. No es la única vez que sucede. De vez en cuando la historia humana parece dar un salto cualitativo y hace “surgir” personajes que iluminan la humanidad y la hacen progresar decididamente. Juan el Bautista –nos dice Lucas- es uno de estos personajes. Al leerlo hoy, nosotros nos preguntamos: ¿Qué personaje histórico –del mundo, de la Iglesia, de mi familia- es hoy para mí alguien que me impulsa a un salto de calidad?

-En el desierto.  Esa venida de la Palabra no acontece en los palacios de los gobernantes, ni en los centros de estudios, sino en el desierto, un lugar vacío, donde el ser humano puede liberarse de todo lo accesorio, lo superfluo y banal para abrirse a la verdad de Dios sobre sí mismo y sobre el mundo. El desierto permite escuchar los susurros del Espíritu, darse cuenta de algo que el ruido del mundo habitado no nos deja percibir. Para nosotros hoy es importante encontrar lugares de desierto, de soledad, que nos permitan cuál es la voz de Dios para nosotros en este momento de nuestra vida y del mundo.

-La conversión. Esa es la llamada del Bautista, que Jesús confirmará más tarde, una llamada a cambiar de vida. No se trata de cambiar de religión, de cambiar un sistema de oraciones por otro, sino de un cambio de vida, sean cuales sean nuestros rituales religiosos. Lo importante es que cambie mi manera de vivir: en una relación sincera y honesta conmigo mismo, con los demás y con Dios.

-la salvación de Dios. El objetivo final no es que nos sintamos culpables, que nos volvamos arrugados y obsesivos de nuestros pecados, sino que experimentemos el perdón y la alegría de escuchar “la voz que suena en el desierto”. Jesús insistirá precisamente en esto: Dios no quiere condenar a nadie, sino salvar a todos.
Buen Adviento
P. Antonio Villarino, MCCJ


Lucas 3, 1-6
ABRIR CAMINOS NUEVOS

José A. Pagola

Los primeros cristianos vieron en la actuación del Bautista al profeta que preparó decisivamente el camino a Jesús. Por eso, a lo largo de los siglos, el Bautista se ha convertido en una llamada que nos sigue urgiendo a preparar caminos que nos permitan acoger a Jesús entre nosotros.

Lucas ha resumido su mensaje con este grito tomado del profeta Isaías: “Preparad el camino del Señor”. ¿Cómo escuchar ese grito en la Iglesia de hoy? ¿Cómo abrir caminos para que los hombres y mujeres de nuestro tiempo podamos encontrarnos con él? ¿Cómo acogerlo en nuestras comunidades?

Lo primero es tomar conciencia de que necesitamos un contacto mucho más vivo con su persona. No es posible alimentarnos solo de doctrina religiosa. No es posible seguir a un Jesús convertido en una sublime abstracción. Necesitamos sintonizar vitalmente con él, dejarnos atraer por su estilo de vida, contagiarnos de su pasión por Dios y por el ser humano.

En medio del “desierto espiritual” de la sociedad moderna, hemos de entender y configurar la comunidad cristiana como un lugar donde se acoge el Evangelio de Jesús. Vivir la experiencia de reunirnos creyentes, menos creyentes, poco creyentes e incluso no creyentes en torno al relato evangélico de Jesús. Darle a él la oportunidad de que penetre con su fuerza humanizadora en nuestros problemas, crisis, miedos y esperanzas.

No hemos de olvidarlo. En los evangelios no aprendemos doctrina académica sobre Jesús, destinada inevitablemente a envejecer a lo largo de los siglos. Aprendemos un estilo de vivir realizable en todos los tiempos y en todas las culturas: el estilo de vivir de Jesús. La doctrina no toca el corazón, no convierte ni enamora. Jesús sí.

La experiencia directa e inmediata con el relato evangélico nos hace nacer a una nueva fe, no por vía de “adoctrinamiento” o de “aprendizaje teórico”, sino por el contacto vital con Jesús. Él nos enseña a vivir la fe no por obligación, sino por atracción. Nos hace vivir la vida cristiana no como deber, sino como contagio. En contacto con el Evangelio recuperamos nuestra verdadera identidad de seguidores de Jesús.

Recorriendo los evangelios experimentamos que la presencia invisible y silenciosa del Resucitado adquiere rasgos humanos y recobra voz concreta. De pronto todo cambia: podemos vivir acompañados por alguien que pone sentido, verdad y esperanza en nuestra existencia. El secreto de toda evangelización consiste en ponernos en contacto directo e inmediato con Jesús. Sin él no es posible engendrar una fe nueva.

“Les anuncio una buena noticia…”

Así comienza el mensaje que el ángel da a los pastores ante el nacimiento de Jesús. El evangelio narra que el coro celeste entonó el Gloria a Dios en las alturas…

Por: P. Wédipo Paixão

Jesús dedicó su vida, palabras y obras a demostrar que Dios ama a todos. Él nos invitó a entrar en la lógica de su reinado: en donde «el mayor» es quien sirve por amor, donde la justicia verdadera no consiste en la venganza y donde el corazón es el verdadero santuario donde Dios habita.

Así que estos tiempos de Adviento y Navidad nos convocan para acercarnos a la ternura del «Dios-con-nosotros encarnado», quien nos revela el proyecto del Padre para la humanidad. En consecuencia, esto nos compromete para responder a la invitación que Él nos hace: ser también partícipes en el anuncio y construcción de su proyecto.

Podemos examinar la centralidad de la encarnación, sin negar la importancia de la cruz; de hecho, podemos preguntarnos, ¿qué significa para Dios hacerse humano? ¿Qué nos dice eso sobre la relación de Dios con la humanidad? Si tomamos la encarnación como tema central, y miramos a Jesús como la revelación más perfecta de Dios, entonces, eso nos ofrece «un lente», no sólo para entender toda la Escritura, sino para interpretar nuestras propias acciones en relación con Dios y con otros, a medida que avanzamos en nuestra vida.

El hecho de examinar las acciones de Jesús con quienes eran vistos en su época como los «otros», nos da una idea de lo que Él consideraba «inclusivo». Dios «hecho carne» se sentó con pecadores, conocidos, trabajadoras sexuales y recaudadores de impuestos, todas las personas marginadas de la sociedad.

En un relato del evangelio de Juan, Jesús se sentó junto a un pozo y tuvo una conversación con una mujer que se había casado cinco veces, algo que se consideraría escandaloso en varios niveles, porque era una forastera samaritana y porque los hombres judíos devotos y los rabinos o maestros, no hablaban con mujeres con las que no estaban relacionados, al menos no solos. Jesús dijo que debía pasar por Samaria, y para atravesar dicha región tomó el camino más largo, aquel que evitaría la mayoría de la gente; se sentó junto al pozo como si tuviera una cita con esta mujer marginada de una nación despreciada. Los discípulos quedan asombrados y, podemos deducir, un poco escandalizados cuando regresan para encontrarlo solo con ella. Adondequiera que miremos, Dios nos muestra que su Buena Noticia es que nadie se queda fuera de su amor.

Entonces, el Evangelio es Buena Nueva en la medida en que vivimos encarnados en el espacio comunitario. Noticia que podemos creer como individuos, pero que no es algo que podamos vivir en el terreno individual. El Evangelio es un llamado a participar en la obra de reconciliación y paz (shalom). La Buena Noticia es que nadie queda fuera, ni siquiera usted; y que, participar en el Evangelio, significa vivir una práctica encarnada que tampoco deje nada ni a nadie fuera de los límites de una comunidad justa, equitativa y próspera.

Hay muchas personas esperando por esa Buena Nueva, pero falta quien vaya a anunciarla a sus destinatarios: los pobres, los enfermos, los jóvenes, los migrantes, los olvidados por la cultura del consumismo y el egoísmo. Muchos necesitan una Noticia que les devuelva su dignidad y alegría; una novedad que encienda nuevamente la esperanza en sus corazones.

Faltan hombres y mujeres que se alisten para servir en esta causa tan noble de la misión, y que, experimentando ese amor incondicional de Jesús, dejen todo y vayan a anunciarlo con su vida a donde el Señor los envíe.

Dios se hizo peregrino; no le bastó con amarnos, Él quiso revelarnos su amor. Desde la creación del ser humano, Él «se puso en camino» en la persona de su Hijo. En el inicio, el Hijo era la Palabra con la que Dios hablaba a los patriarcas y profetas del Antiguo Testamento: apeló a la conciencia de Abrahán; se encontró con Moisés en el monte Sinaí; caminó con el pueblo de Israel por el desierto, haciéndose nube de fuego para indicar la dirección; armó su tienda y acampó con ellos; pidió un templo para quedarse cerca de sus casas, pero ni este deseo satisfecho detuvo la peregrinación de Dios.

Finalmente, se sumergió en la humanidad y puso su corazón a disposición del ser humano. ¡Qué riesgo! Jesús es Dios peregrinando en la tierra, Él podía haber estado eternamente en su seguridad del cielo, pero quiso hacer del mundo su santuario.

«Todo niño quiere ser hombre, todo hombre quiere ser rey, todo rey quiere ser Dios, sólo Dios quiso ser niño».

I Domingo de Adviento. Año C

Año C – Adviento – 1er domingo
Lucas 21,25-28.34-36: “Vigilad en todo momento orando”
El milagro de la esperanza

Con el primer domingo de Adviento comienza el año litúrgico “C”, durante el cual tendremos como guía al evangelista Lucas. A lo largo de unos doce meses, reviviremos los misterios de la vida del Señor. Mientras el año civil está marcado por ritmos y eventos específicos, el del cristiano está señalado por los misterios de la vida de Cristo, que dan profundidad y sentido a su historia. Mientras que el año civil tiene una dirección predomi­nantemente circular, caracterizada por la repetición, el del cristiano adopta una forma espiral: no se repite, sino que invita a un progreso continuo. Un nuevo año nos trae la gracia de los comienzos y la posibilidad de retomar la vida con un renovado entusiasmo.

Cada ciclo litúrgico comienza con el tiempo de Adviento. Adviento, del latín Adventus, significa “venida”, la venida de Cristo. Pero, ¿de qué venida se trata? Espontáneamente pensamos en la de la Navidad, pues nos preparamos para celebrar la memoria del nacimiento de Jesús. Sin embargo, el nuevo año litúrgico se conecta con el punto final del anterior: el anuncio del regreso del Señor como Rey del universo, Juez de la humanidad y Omega de la historia. Por eso, en el evangelio de hoy, escuchamos la conclusión del discurso escatológico de Jesús según el Evangelio de Lucas: “Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube con gran poder y gloria”. Este mismo pasaje se proclamó en el Evangelio de Marcos hace dos domingos, y hoy se presenta en la versión lucana.

El Adviento evoca, ante todo, la actitud del cristiano orientado hacia el futuro. ¡Dios viene del futuro! Un futuro que no debemos temer, sino desear, porque no representa el final, sino el fin último, el cumplimiento de nuestra vida y la realización de las promesas divinas: “Cuando comiencen a suceder estas cosas, levantaos y alzad la cabeza, porque vuestra liberación está cerca”. En este primer domingo de Adviento sigue resonando la última invocación de la Iglesia, que espera a su Esposo: “Marana tha! Ven, Señor” (Apocalipsis 22,20).

El Adviento se estructura en cuatro domingos que nos conducen a la Navidad. Es el segundo de los llamados “tiempos fuertes”, en paralelo con la Cuaresma, que prepara la Pascua. Los cuatro domingos del Adviento evocan simbólicamente los 40 días de la Cuaresma. Sin embargo, entre Adviento y Cuaresma existe una gran diferencia: mientras en el tiempo cuaresmal predomina una dimensión penitencial, en el Adviento domina la alegre espera.

El cristiano vive en el “mientras tanto”, entre dos venidas: la de Cristo en la carne y su regreso en la gloria. Sin embargo, en este “mientras tanto” hay también una tercera venida, que se manifiesta en el presente. Como afirma San Bernardo en un célebre sermón sobre el Adviento: “Conocemos una triple venida del Señor. Una venida oculta se sitúa entre las otras dos que son manifiestas. (…) Oculta es, sin embargo, la venida intermedia, en la que solo los elegidos lo ven dentro de sí mismos y sus almas son salvadas por ella. En la primera venida, pues, vino en la debilidad de la carne; en esta intermedia viene en el poder del Espíritu; en la última, vendrá en la majestad de la gloria. Por lo tanto, esta venida intermedia es, por así decirlo, un camino que une la primera con la última”.

Puntos de reflexión

“¡Estad alerta!”: la trompeta del Adviento
“Cuidaos a vosotros mismos, para que vuestros corazones no se carguen con glotonerías, embriagueces y preocupaciones de la vida, y aquel día no os sorprenda de repente”. ¡Cuán fuerte y actual es esta advertencia de Jesús! Es como una trompeta que busca despertar nuestras conciencias, a menudo dormidas, si no anestesiadas. ¿Cuántos de nosotros somos realmente conscientes de que esta es la situación en la que vivimos, perseguida deliberadamente por poderes –no tan ocultos– que manipulan el destino del mundo? Quieren mantenernos dormidos, incapaces de mirar hacia la dirección que llevamos e indiferentes a la injusticia rampante. Hoy, quien está despierto y libre a menudo es considerado una “amenaza”. Pues bien, la Palabra de Dios, en este tiempo de Adviento, es la trompeta que quiere despertarnos antes de que sea demasiado tarde.

“¡Vigilad en todo momento orando!”: la alarma del Adviento
Mantenerse despierto no es fácil. Es fácil dejarse atrapar por el sueño o deslizarse en la somnolencia. Para permanecer vigilantes, Jesús nos recomienda orar en todo momento. La oración nos despierta y afina nuestros sentidos, haciéndonos listos para captar la venida del Señor, que nos visita de maneras siempre nuevas y a menudo inesperadas. El Adviento nos invita a reprogramar la “alarma” de la oración. Esto no significa necesariamente aumentar el tiempo dedicado a orar, sino aprender a “vivir en oración”. ¿Cómo hacerlo? Un modo muy simple es repetir con frecuencia la invocación “Marana tha” – ¡Ven, Señor! – hasta que estas palabras resuenen constantemente dentro de nuestro corazón.

El Adviento y el milagro de la esperanza
La oración del Adviento alimenta especialmente la esperanza. Esperar, en la situación en la que hoy estamos inmersos, es un verdadero milagro. Solo la oración puede obtener esta gracia. De hecho, ¿cómo es posible esperar ante un mundo que a menudo parece como el valle lleno de huesos secos descrito por Ezequiel? (Ez 37). Aquella que era la imagen del pueblo de Dios de entonces, podría ser hoy nuestra realidad. “He aquí que ellos dicen: ‘Nuestros huesos están secos, nuestra esperanza se ha desvanecido, estamos perdidos.’” Dios pregunta al profeta: “¿Pueden revivir estos huesos?” Sí, es posible. “Profetiza sobre estos huesos y diles: ‘Huesos secos, escuchad la palabra del Señor.’”

El profeta es Cristo que viene, pero también lo es cada cristiano por vocación. Esta es la gracia a pedir en Adviento: despertar y difundir la esperanza.

P. Manuel João Pereira Correia, mccj


Erguidos, sobrios y vigilantes

Un comentario a Lc 21, 25-28.34-36

Iniciamos el nuevo año litúrgico (I domingo de adviento), cuyas lecturas parecen enlazarse directamente con las lecturas de la última semana del año anterior. La primera parte del texto de Lucas que leemos hoy (versos 25 a 28) habla con lenguaje apocalíptico del “final de la historia” y de un tiempo en el que parece que “todo se derrumba”. “La angustia –dice Lucas- se apoderará de los pueblos, asustados por el estruendo del mar y de sus olas”.

No hay que olvidar que en la Biblia frecuentemente el mar es el lugar de una violencia incontrolada y una maldad que a veces parece amenazar a la humanidad, como en el caso del Diluvio o del Mar  Rojo que impedía la liberación el pueblo elegido. El mar es imagen de un tiempo de desazón, desorden y confusión que produce temor e inquietud.

En los museos capitolinos de Roma hay una sala dedicada a la “era de la angustia”, en referencia a los siglos de transición de la cultura romana antigua a la era de la cristiandad. Era un tiempo en el que un mundo viejo desaparecía y el nuevo no acababa de afirmarse. Algo así vivieron las primeras comunidades cristianas en el siglo Primero, con la destrucción del Templo, de Jerusalén y del Sistema judío al que pertenecían.

Hoy no usamos ese lenguaje, pero sí hablamos de una época de crisis, en la que parece que ya no vivimos los valores de la Tradición, en la que abunda la confusión y una cierta violencia que nos hace perder la confianza en nosotros mismos y en Dios.

Ante tal situación, la conclusión del evangelista es: cuando suceda todo esto, no se asusten, levántense, alcen la cabeza, manténganse vigilantes y orantes. Quien está con Dios no tiene por qué temer ante las convulsiones dela historia. Como dice San Pablo, ¿quién nos separará del amor de Dios?

Vivir el adviento es renovar esta actitud de esperanza y de orante vigilancia. No se trata de ponernos nerviosos ante los males de nuestro tiempo, sino de mantenernos erguidos, sobrios y vigilantes para ver las nuevas oportunidades que se nos ofrecen.

¡Buen Adviento! ¡Buena preparación de la Navidad!
P. Antonio Villarino, MCCJ


Adviento
tiempo de esperanza y de Misión

Jeremías  33,14-16; Salmo  24; 1Tesalonicenses  3,12-4,2; Lucas  21,25-28.34-36

Reflexiones
Comenzamos hoy el tiempo de Adviento, que significa llegada, espera, encuentro. La buena noticia de Jesús viene a iluminar tres situaciones de la existencia humana y cristiana: la realidad en la cual vivimos, la respuesta de la fe, el camino del cristiano. El Adviento litúrgico nos ayuda a iluminar y vivir el adviento existencial de las esperas personales, entre  los gozos y ansiedades diarias, en las relaciones interpersonales.

1. El evangelista Lucas  -que será nuestro compañero de viaje en el nuevo ciclo litúrgico-  presenta con tono fuerte (Evangelio) la situación real de la humanidad “oprimida por muchos males” (oración colecta): habla de angustia, estruendo, muerte, terror, ansiedad, sacudidas… (v. 25-26). Estos males no se refieren directamente al fin del mundo, sino a la situación actual de la humanidad, con todas sus cargas negativas (múltiples atentados, homicidios, corrupciones, violencias de todo tipo… que siembran muertes, miedos, angustias). La raíz de estos males es el pecado, que contamina todas las relaciones humanas: las relaciones con Dios, consigo mismo, con los demás, con el cosmos. Sumergidos en varias formas de negatividad, algunos dicen que no creen en nada y, sin embargo, luego tienen miedo de todo. El Adviento nos invita a la esperanza: en el derrumbe de los astros podemos leer la caída de  los sistemas humanos de poder, de opresión económica, ideologías, sistemas cerrados que impiden libertad, encuentro, alteridad.

2. La humanidad, sumergida en el mal y en el pecado, es incapaz de salvarse por sí sola. Necesita un Salvador que venga de afuera: Jesús, Hijo de Dios e Hijo del hombre, es el Salvador que viene. Tiene el poder de Dios para debelar cualquier mal del mundo (v. 27). En efecto, no existe ningún mal, caos o situación negativa que sean más fuertes que Él. Esta es la buena noticia: la liberación del mal es posible, está cerca. Basta con mirar hacia Cristo con confianza: “Cobren ánimo y levanten la cabeza” (v. 28). El Señor que viene tiene la lozanía del brote que despunta (I lectura), de la vida que se renueva, de un mundo nuevo. La venida del Señor es siempre buena noticia; Él tiene solamente “palabras buenas” (v. 14) para nuestra existencia: compromisos diarios, afectos, relaciones interpersonales.

3. Este sueño de Dios es posible con una condición: hay que hacer un camino en la vigilancia y en la oración, para que el corazón no se haga pesado por el libertinaje y por las preocupaciones de la vida (v. 34.36); para vivir agradando a Dios (II lectura); para “progresar y sobreabundar en el amor de unos con otros y en el amor para con todos” (v. 12). Los textos litúrgicos de hoy contienen una persistente invitación a la vigilancia, a la oración y a la esperanza, que son actitudes características del tiempo de Adviento. La espera del Señor que salva no acabará en una desilusión, quedará satisfecha. “La vida de cada uno es una espera. El presente no basta para nadie. En un primer momento parece que nos falte algo. Más tarde nos damos cuenta de que nos falta Alguien: y lo esperamos” (don Primo Mazzolari). Su venida  -la de cada día y, en especial, la de Navidad-  es siempre una sorpresa grata, cierta, gozosa.

La liturgia nos invita a vivir la espera del Señor Jesús, haciéndonos revivir eficazmente su primera venida en la Navidad. Esta es, en realidad, la fuerza especial de los sacramentos de la Iglesia, que hacen presentes hoy los misterios cristianos que tuvieron lugar en el pasado. De este modo, la historia se recupera plenamente y se convierte en historia de salvación en el hoy de cada cristiano. Para ello es necesario que la espera se convierta en atención al Señor que viene, es decir, preparación paciente de un corazón disponible y purificado, sensible a las necesidades de los demás, pronto a compartir con otros la propia experiencia de Jesús Salvador.

Nosotros los cristianos, que ya creemos en Cristo, sabemos quién es el Salvador que viene, mientras que los no cristianos  –que son todavía la mayor parte de la humanidad (dos terceras partes)–  esperan aún el primer anuncio de Cristo Salvador. Por esta razón, el Adviento es un tiempo litúrgico muy propicio para fortalecer en los cristianos la gratitud a Dios por el don de  la fe y acrecentar en ellos la conciencia de la responsabilidad misionera. Ya el Papa Pío XII exhortaba a la oración y al compromiso misionero, de manera especial durante el Adviento, que es el tiempo de la espera de la humanidad.

P. Romeo Ballan, mccj


Indignación y esperanza
Lucas 21, 25-28.34-36

Una convicción indestructible sostiene desde sus inicios la fe de los seguidores de Jesús: alentada por Dios, la historia humana se encamina hacia su liberación definitiva. Las contradicciones insoportables del ser humano y los horrores que se cometen en todas las épocas no han de destruir nuestra esperanza.

Este mundo que nos sostiene no es definitivo. Un día la creación entera dará «signos» de que ha llegado a su final para dar paso a una vida nueva y liberada que ninguno de nosotros puede imaginar ni comprender.

Los evangelios recogen el recuerdo de una reflexión de Jesús sobre este final de los tiempos. Paradójicamente, su atención no se concentra en los «acontecimientos cósmicos» que se puedan producir en aquel momento. Su principal objetivo es proponer a sus seguidores un estilo de vivir con lucidez ante ese horizonte.

El final de la historia no es el caos, la destrucción de la vida, la muerte total. Lentamente, en medio de luces y tinieblas, escuchando las llamadas de nuestro corazón o desoyendo lo mejor que hay en nosotros, vamos caminando hacia el misterio último de la realidad que los creyentes llamamos «Dios».

No hemos de vivir atrapados por el miedo o la ansiedad. El «último día» no es un día de ira y de venganza, sino de liberación. Lucas resume el pensamiento de Jesús con estas palabras admirables: «Levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación». Solo entonces conoceremos de verdad cómo ama Dios al mundo.

Hemos de reavivar nuestra confianza, levantar el ánimo y despertar la esperanza. Un día los poderes financieros se hundirán. La insensatez de los poderosos se acabará. Las víctimas de tantas guerras, crímenes y genocidios conocerán la vida. Nuestros esfuerzos por un mundo más humano no se perderán para siempre.

Jesús se esfuerza por sacudir las conciencias de sus seguidores. «Tened cuidado: que no se os embote la mente». No viváis como imbéciles. No os dejéis arrastrar por la frivolidad y los excesos. Mantened viva la indignación. «Estad siempre despiertos». No os relajéis. Vivid con lucidez y responsabilidad. No os canséis. Mantened siempre la tensión.

¿Cómo estamos viviendo estos tiempos difíciles para casi todos, angustiosos para muchos, y crueles para quienes se hunden en la impotencia? ¿Estamos despiertos? ¿Vivimos dormidos? Desde las comunidades cristianas hemos de alentar la indignación y la esperanza. Y solo hay un camino: estar junto a los que se están quedando sin nada, hundidos en la desesperanza, la rabia y la humillación.

José Antonio Pagola

Cardenal Ayuso: «Lo que más me ha servido han sido mis 20 años de experiencia misionera en África»

En homenaje al cardenal Miguel Ángel Ayuso, primer cardenal en la historia del instituto de los Misioneros Combonianos, recientemente fallecido, reproducimos esta entrevista que le hizo la revista comboniana Mundo Negro. Su gran experiencia misionera la ayudó mucho en su trabajo “en la retaguardia”, como dice él mismo, para fomentar el diálogo entre las religiones.

Entrevistó: Javier Fariñas Martín, MUNDO NEGRO
Fotos: Javier Fariñas, Misioneros Combonianos, Mundo Negro

El cardenal comboniano Miguel Ángel Ayuso es el prefecto del Dicasterio para el Diálogo Interreligioso desde 2019. Curtido durante 20 años en el trabajo misionero en África, lidera un equipo de 15 personas dedicado a la promoción del encuentro con el otro.

¿En términos no eclesiales, ¿a qué ministerio equivaldría este dicasterio?

Este dicasterio sería un ministerio de asuntos religiosos. Desde aquí nos dedicamos a establecer relaciones oficiales, institucionales, con las conferencias episcopales o con grupos para alcanzar buenas relaciones interreligiosas. Nosotros no nos ocupamos de, entre comillas, cuestiones políticas. La segunda sección de la Secretaría de Estado del Vaticano es la responsable de la relación con los estados y con las organizaciones internacionales. Aunque a veces en nuestro trabajo nos encontramos con personas, grupos o instituciones que quieren abordar cuestiones de tipo sociopolítico, les hacemos ver que nosotros solo nos ocupamos de asuntos interreligiosos. 

¿Tienen contrapartes al mismo nivel en el resto de confesiones? ¿A quién se dirigen cuando tienen que entablar esas relaciones?

Hay una relación bilateral con grupos e instituciones que se acercan a nosotros y manifiestan el deseo de establecer una colaboración regular para reflexionar y potenciar el diálogo interreligioso. Eso ocurre, por ejemplo, con Irán, país con el que tenemos una relación de colaboración desde hace tiempo. Cada dos años nos encontramos en Roma o en Teherán e intercambiamos ideas y reflexiones. También con Irak hemos mantenido algunos encuentros, el último en Bagdad, con sunitas, chiitas y yazidíes. Nuestra contraparte allí es una institución gubernamental que, sin embargo, en su relación con nosotros, aporta reflexión y colaboración de carácter religioso y no político. También mantenemos relación, por ejemplo, con la Academia Real de los Ulemas de Marruecos. Tenemos establecidas una serie de relaciones para compartir, proponer eventualmente algún tipo de mensaje o, simplemente, crear comunión entre las diferentes confesiones.

¿Cuál es el punto de convergencia en esos diálogos?

Principalmente se trata de compartir desde nuestra tradición religiosa, desde nuestra fe; son encuentros de amistad. Buscamos espacios comunes a partir de la diversidad. No pretendemos discutir cara a cara sobre cuestiones teológicas delicadas para ver quién tiene razón, sino que nos encontramos para mirar juntos nuestro mundo y ver qué podemos hacer. Hay una humanidad herida, y hablamos sobre cómo podemos unir nuestras fuerzas para crear un mundo mejor. Se trata de no ­ponernos enfrente sino al lado del otro. Hay muchos elementos que son necesarios como la libertad religiosa, la cohesión social, la dignidad humana… Es interesante ver que en los temas más espinosos, entre las diferentes tradiciones religiosas o, incluso, a nivel político, suele haber puntos de vista comunes. Así, por ejemplo, vemos cómo la Santa Sede y los países musulmanes se sienten unidos en la defensa de la vida y de la familia. 

¿La religión puede ser un instrumento útil para abordar asuntos políticos?

Sí. Mi predecesor, el cardenal Jean-Louis Tauran, en repetidas ocasiones decía que la religión no es un problema sino que es parte de la solución a los problemas de hoy. El mundo de la política y de lo social no debe mirar con sospecha a la religión o a las diferentes denominaciones religiosas, sino ver en ellas una fuente de donde obtener resultados positivos. En estos últimos años ha habido una especie de interferencia. Aunque a veces lo político ha entrado en lo religioso y viceversa, y esto crea conflictos, divisiones y reacciones de­sagradables, no podemos ignorarnos. 

¿Percibe cierto rechazo a dialogar con el diferente, con el otro?

Sí, he visto que hay miedo, y el miedo es el mayor enemigo del diálogo. En encuentros y reuniones me dicen a veces que hay muchos musulmanes en Europa y que van a invadir e islamizar el continente. Siempre he dicho que no hay que tener miedo a esta presencia extranjera desde el punto de vista social, identitario, intercultural e interreligioso, sino que debemos experimentar la inclusión de la que habla el papa Francisco. A mí lo que me da miedo como cristiano es el abandono de la fe por parte del mundo cristiano, me dan miedo una secularización y una laicización agresivas que luchan contra los valores cristianos. Esto es lo que hace desintegrar nuestra identidad. Esto es lo que me da miedo y me preocupa. Si en Occidente tuviéramos una fe arraigada, no tendríamos miedo de esto. Lo que sí tenemos que hacer es saber acogerlos, aceptarlos e integrarlos desde la diversidad.

¿Este miedo es más propio de los adultos o de los jóvenes?

Este miedo y esta reacción de rechazo que tenemos los adultos se difumina cuando me encuentro con gente joven. No se sienten mal porque viven integrados y aceptan esa integración desde el respeto, la amistad y la colaboración. A veces estamos demasiado preocupados por este asunto. Debemos reconocer que hay una nueva generación que está creciendo y que tiene que aprender estos valores con el objetivo de vivir en diversidad respetando la propia identidad. Una sana diversidad refuerza nuestra identidad. Aquello que nosotros creemos que es un problema, o a lo que tenemos miedo, en realidad dispone de una riqueza potencial enorme siempre que nos lleve a una cultura de la aceptación y la inclusión del otro. Sin embargo, sabemos que esto, muy a menudo, convive por desgracia con una evidente cultura de exclusión.

Hablaba antes del abandono de la fe. ¿Estamos ante un fenómeno eminentemente occidental?

Sí, aunque entre otras confesiones religiosas hay una sensación de que este proceso de secularización, que promueve un modelo de sociedad focalizado en el bienestar desde un punto de vista materialista y que anula la dimensión religiosa que tiene el ser humano, puede provocar la pérdida de nuestras tradiciones.

¿Qué importancia tiene en el diálogo interreligioso el documento sobre la Fraternidad Humana suscrito en Abu Dabi en febrero de 2019?

Es un documento que ha marcado un hito en la historia. Ha tenido una gran recepción en todo el mundo y a todos los niveles porque no es un documento religioso, no es un documento para los cristianos o los musulmanes, sino que es para la humanidad. Se dirige a los líderes políticos y financieros, a los responsables de la sociedad, de las comunidades religiosas, para que se pueda establecer un tipo de convivencia en paz. Todos los participantes en el Congreso de Líderes de Religiones Mundiales y Tradicionales celebrado en septiembre del año pasado en Kazajstán, y en el que participó el Papa, adoptaron el documento. Aunque el texto, que es del papa Francisco y del gran imam de Al Azhar, no está pensado para que otras personas o instituciones lo rubriquen, es importante ver cómo los participantes en el congreso de Kazajstán expresaron su deseo de seguir los pasos propuestos en él. Y no solo eso. El presidente de Timor Este, en su primera comparecencia ante el Parlamento del país, propuso este documento como una hoja de ruta para la labor de su Gobierno.

¿Cuántas veces pasó por las manos del cardenal Ayuso el borrador de este documento?

Es un documento del papa Francisco y del gran imam. Ellos han dicho en numerosas ocasiones que lo han ido trabajando los dos. Sí puedo decir, y no en referencia a este texto, que en la Curia somos y nos sentimos una familia, colaboramos los unos con los otros y estamos al servicio del Santo Padre, de las conferencias episcopales y de las comunidades cristianas en todo el mundo. Por tanto, la actividad del Papa se ve enriquecida por este apoyo que se da en este espíritu de familia y que se expresa, a veces, en documentos como el de la Fraternidad Humana. Es bonito trabajar en la retaguardia.

¿Qué requisitos deben cumplir para trabajar en «esta» retaguardia del Dicasterio para el Diálogo Interreligioso?

Creo que el punto central sobre el cual se apoya todo lo demás es el de la motivación para trabajar y la identificación con la propia fe. Esto nos ayuda a construir después. El conocimiento de las lenguas es un vehículo que ayuda, no es absolutamente necesario pero ayuda mucho. Hay que conocer un poco las tradiciones religiosas, hay que tener una experiencia de vida, de contacto intercultural e interreligioso. A mí lo que más me ha servido han sido mis 20 años de experiencia misionera en África. No soy diplomático, pero sí tengo experiencia pastoral que, con el tiempo, se ha ido completando con una década en el Pontificio Instituto de Estudios Árabes e Islámicos y ahora como prefecto de este dicasterio. Pero lo que realmente vale es la experiencia y estar motivado para trabajar sobre el diálogo. Después, el trabajo diplomático se va aprendiendo poco a poco. Creo que bastaría solo una cosa para abordar las relaciones interculturales e interreligiosas: un poquito, un poquito, un poquito de sentido común. ¡Cuántas cosas y cuántos problemas se podrían solventar con un poquito de sentido común!

Sin hablar de éxito o fracaso, ¿cuándo sienten en el dicasterio que han logrado algo importante?

Más que en términos de éxito, trabajamos en términos de servicio. Tratamos de servir, de hacer el bien sin mirar a quién. Nosotros colaboramos con muchas comunidades religiosas, con el Consejo Mundial de las Iglesias, pero también con diferentes comunidades y denominaciones cristianas porque tenemos una necesidad de comunión entre nosotros para dar testimonio de unidad a los que pertenecen a otras tradiciones religiosas. Aquí, aparte del diálogo interreligioso, nos interesa el diálogo intrarreligioso. ¿El éxito? No nos da tiempo a pensar en él porque cuando obtenemos algún objetivo ya tenemos sobre la mesa cuatro o cinco más.

Cuando el Papa fue a Bangui, pidió permiso y rezó en la mezquita. En las relaciones interreligiosas, ¿qué importancia tienen los gestos?

Son fundamentales. No hay que hacer un revoltijo que haga pensar que con los gestos perdemos nuestra identidad, pero hay momentos en los que se ven cosas que impactan muchísimo, como ver al papa Francisco en los jardines vaticanos con los líderes judío, musulmán y palestino en un clima de oración, pero no para rezar juntos, sino para, juntos, rezar, que es distinto… A veces personas y comunidades con muy buena intención hacen una especie de potaje que no es bueno. Hay gestos de los cuales no podemos escandalizarnos, sino que tenemos que acogerlos como gestos de comunión y no de división, confusión o renuncia a la propia fe.

¿Somos de escándalo fácil?

En el entorno interreligioso, sí. En ocasiones, en todas las tradiciones religiosas hay posiciones radicales, hay tradicionalistas a los que les cuesta acercarse a los demás. He visto trabajos muy bonitos de misioneros en África. Les he preguntado por su actividad y se saben de memoria los nombres y apellidos de todos los fieles de la parroquia, pero si les pregunto si hay protestantes o musulmanes en la aldea, me dicen que ellos no se preocupan de eso, que solo se interesan por los «suyos». Hay personas santas y capaces a las que les falta esa dimensión de apertura a los demás. Se le atribuye a André Malraux la frase que dice que «el siglo XXI será religioso o no será». Y es verdad. Vivimos en sociedades donde las diferentes tradiciones, y en concreto la nuestra, tienen necesidad de dar testimonio de su fe. Esto, no obstante, no debe hacerse desde un punto de vista proselitista, sino desde una perspectiva de acogida del otro para que podamos construir juntos una sociedad mejor. Tenemos un gran desafío y no debemos tener miedo ni ser excluyentes. Si realmente quiero estar identificado con mi fe, con mi cultura, con mi ser, entonces tengo que abrirme a los demás. Cuando salimos de nosotros mismos y descubrimos otras realidades y culturas, volvemos a mirarnos, nos redescubrimos y reforzamos nuestra identidad. En lugar de temer que vamos a perder parte de lo que somos, nos sentimos identificados y, a la vez, diferentes de los otros, pero plenos de humanidad en este mundo en el que vivimos. Como dijo el Papa durante la pandemia, todos estamos en la misma barca.  

Entrevista publicada por la Revista Mundo Negro. Marzo 2023, Pág. 42-47

Compartir la vida de la gente

Por: Hna. Soledad Sáenz, mc
Desde Mamelodi West, Sudáfrica

Soy María Soledad Sáenz Rico, misionera comboniana mexicana. Desde hace más de un año vivo y sirvo en la zona semiurbana de Mamelodi West, cerca de Pretoria, Sudáfrica.

Mamelodi es un municipio de la ciudad de Twane, al noreste de Pretoria, en la provincia de Gauteng. Este pueblo se creó durante la época del apartheid, que suponía la segregación racial y era una zona exclusiva para negros. Por esta razón, fue marginada y abandonada durante décadas, y aún sigue siéndolo hoy.

Nuestra presencia misionera abarca una gran extensión de territorio y una densa población, cuya mayoría vive en asentamientos informales o en pequeñas habitaciones alquiladas. Las condiciones de vida son de gran marginación. Faltan servicios básicos como agua, electricidad y letrinas; hay mucha pobreza, altos índices de inseguridad, vandalismo, drogas, violencia y, sobre todo, segregación racial.

La población está formada principalmente por inmigrantes de distintas provincias de Sudáfrica y de otros países africanos. La gran diversidad de culturas y etnias provoca fragmentación social y añade xenofobia, rechazo y violencia contra los inmigrantes. Además, Sudáfrica es el país con la tasa de desempleo más alta del mundo y las consecuencias son desastrosas en esta región.

Mi día inicia temprano. Me levanto a las cuatro y media de la mañana para hacer mi oración personal. A continuación participamos en la eucaristía y en la oración comunitaria con los misioneros combonianos en la parroquia, después tomamos un rápido desayuno.
Los lunes y miércoles acompaño a un grupo de mujeres que siguen un curso de corte y confección en la parroquia. Iniciamos las actividades con ellas a las 10 de la mañana con una oración y una pequeña reflexión. Luego trabajamos hasta la una y media de la tarde. Los martes, jueves y viernes visito a familias y enfermos, aprovechando que no hay actividades parroquiales debido a que la mayoría de la gente trabaja durante toda la semana y no pueden venir a la parroquia. Los fines de semana tengo encuentros con algunos grupos que acompaño y con los que participo en la celebración de la eucaristía con la comunidad.

Un día, llegó una señora muy preocupada y angustiada. Habló inmediatamente al grupo diciendo: «Hermana, por favor hagamos una fuerte oración, pues ayer desapareció la hija de mi vecina que tiene 12 años y no se sabe qué pasó». Estaba tan preocupada que todas dejamos lo que estábamos haciendo e inmediatamente nos pusimos a rezar.

Alguna sugirió rezar una decena de Ave María a la Virgen para pedir su intercesión, y otra, la oración a los Ángeles Custodios. Cuando estábamos terminando de rezar, sonó el celular de la señora, era su vecina para decirle que su hija ya había aparecido; gracias a Dios, la habían encontrado sana y salva. Nuestra alegría fue grande y muchas de las señoras descubrieron que la potencia de la oración es nuestra fuerza. La clase se convirtió en una fiesta de gozo, con cantos y danzas de todas las que estábamos ahí.

Vivimos y compartimos los gozos y esperanzas de esta gente, a la vez que los sufrimientos y preocupaciones de todas las personas con quienes convivimos sin importar raza, edad o religión. Siempre con el deseo de salir adelante y transformar nuestras vidas para hacer de esta sociedad y de este mundo, un lugar más justo y humano donde reine la paz.