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Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos 2026

La Semana de oración por la unidad de los cristianos tiene lugar del 18 al 25 de enero en el hemisferio norte. Este año, las reflexiones  han sido preparadas por la Iglesia Apostólica Armenia, bajo la coordinación del Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y de la Comisión Fe y Constitución del Consejo Ecuménico de las Iglesias (CEI).

Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos 2026
Uno solo es el cuerpo y uno solo el Espíritu,
como una es la esperanza a la que habéis sido llamados
.”
Efesios 4,4


Materiales para
LA SEMANA DE ORACIÓN POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS
y para todo el año


La Iglesia celebra la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos del 18 al 25 de enero de 2026 este año con el lema «Un solo espíritu, Una sola esperanza». El Pontificio Consejo para la promoción de la unidad de los cristianos y la Comisión de Fe y Constitución del Consejo Ecuménico de Iglesias elaboran conjuntamente los materiales para ayudar a la reflexión y las celebraciones del Octavario. Este año, la Iglesia Apostólica Armenia ha sido la encargada de preparar los textos oracionales y de meditación de esta Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos.

“Hay un solo Cuerpo y un solo Espíritu, así como hay una misma esperanza, a la que ustedes han sido llamados, de acuerdo con la vocación recibida”, de la carta de San Pablo a los Efesios (4,4), es el tema de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos 2026, un versículo bíblico que “resume la profundidad teológica de la unidad cristiana”.

Los textos de este año fueron preparados por la Iglesia Apostólica Armenia y se llevarán a cabo, como de costumbre, del 18 al 25 de enero en el hemisferio norte.

La unidad es un mandamiento divino en el corazón de nuestra identidad cristiana, más que un simple ideal. Representa la esencia de la vocación de la Iglesia: un llamado a reflejar la armonía y la unidad de nuestra vida en Cristo en medio de nuestra diversidad. Esta unidad divina es fundamental para nuestra misión y se sustenta en el profundo amor de Jesucristo, quien nos presentó un propósito unificado, explica la guía del Octavario por la Unidad Cristiana.

El guion para la Octava de 2026 explica que las epístolas de San Pablo “enfatizan la importancia de la unidad dentro de la Iglesia”, exhortando a las personas a vivir su vocación dignamente, “con humildad, mansedumbre, paciencia y amor (Efesios)”, y destaca que su visión de la unidad en Romanos (12:6) muestra la “diversidad de dones que edifican el Cuerpo de Cristo”, mientras que el llamado de San Pablo “a las relaciones armoniosas” (2 Corintios 13:11 y Filipenses 2:1-2) invita a los creyentes a “ser de una sola mente y un solo espíritu en su compromiso con Cristo”.

En la Biblia, está escrito, el llamado de Dios a la unidad “resuena desde los tiempos más remotos”, y el recurso de oración destaca varios ejemplos en el Antiguo y el Nuevo Testamento donde Jesucristo “eleva el concepto de unidad a una dimensión espiritual”, reflejando la profunda relación entre Él y el Padre, y la unidad entre sus seguidores “no es meramente la ausencia de conflicto, sino un profundo vínculo espiritual que refleja la unidad de la Santísima Trinidad”.

Las oraciones y reflexiones para la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos 2026 fueron preparadas por la Iglesia Apostólica Armenia, con “hermanos y hermanas” de las Iglesias católicas y evangélicas locales, en la histórica sede espiritual y administrativa de la Iglesia Apostólica Armenia, la Santa Sede de Etchmiadzin, “durante los inspiradores días de la bendición del Murón (óleo santo) y la consagración de la catedral”, el 28 y 29 de septiembre de 2024.

“Estos recursos se basan en tradiciones centenarias de oración y súplica utilizadas por el pueblo armenio, junto con himnos originados en los antiguos monasterios e iglesias de Armenia, algunos de los cuales datan del siglo IV”, se lee en la guía, que invita a las personas a aprovechar esta “herencia cristiana compartida y a profundizar su comunión en Cristo, que une a los cristianos de todo el mundo”.

También se propone un servicio ecuménico, titulado “Luz de Luz para la Luz”, adaptado de una de las horas diarias de oración de la Iglesia armenia, y este recurso para el Octavario de 2026 se puede descargar del sitio web del Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos de la Santa Sede.

El ecumenismo es el conjunto de iniciativas y actividades destinadas a promover el retorno a la unidad de los cristianos, rota en el pasado por cismas y rupturas. Las principales divisiones entre las iglesias cristianas se produjeron en el siglo V, tras los Concilios de Éfeso y Calcedonia (Iglesia Copta de Egipto, entre otras); en el siglo XI, con el cisma entre Occidente y Oriente (Iglesias Ortodoxas); en el siglo XVI, con la Reforma Protestante y, posteriormente, con la separación de la Iglesia de Inglaterra (Iglesia Anglicana).

La ‘Octava por la Unidad de la Iglesia’, conocida hoy con otro nombre, comenzó a celebrarse en 1908, por iniciativa del estadounidense Paul Wattson, sacerdote anglicano que luego se convirtió al catolicismo.


La Semana de oración por la unidad de los cristianos tiene lugar del 18 al 25 de enero en el hemisferio norte. Este año, las reflexiones  han sido preparadas por la Iglesia Apostólica Armenia, bajo la coordinación del Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y de la Comisión Fe y Constitución del Consejo Ecuménico de las Iglesias (CEI).

Donatella Coalova – Ciudad del Vaticano
Per gentile concessione di
Vatican News

Así como la tierra árida, seca y desolada necesita agua, también el mundo desgarrado y ensangrentado por la guerra y el odio anhela ardientemente la reconciliación y la koinonía -comunión-. En este contexto tan difícil, las palabras del Papa León XIV resuenan con aún más fuerza:

“¡Miren a Cristo! ¡Acérquense a Él! ¡Acojan su Palabra que ilumina y consuela! Escuchen su propuesta de amor para formar su única familia: en el único Cristo nosotros somos uno. Y esta es la vía que hemos de recorrer juntos, unidos entre nosotros, pero también con las Iglesias cristianas hermanas, con quienes transitan otros caminos religiosos, con aquellos que cultivan la inquietud de la búsqueda de Dios, con todas las mujeres y los hombres de buena voluntad, para construir un mundo nuevo donde reine la paz” (Homilía en la celebración eucarística con motivo del inicio del ministerio petrino, 18 de mayo de 2025).

En profunda sintonía con la predicación del Papa, la próxima Semana de oración por la unidad de los cristianos tendrá como tema:

“Uno solo es el cuerpo y uno solo el Espíritu, como una es la esperanza a la que habéis sido llamados” (Efesios 4,4).

La versión definitiva de los textos de este año fue elaborada del 13 al 18 de octubre de 2024 en la Santa Sede de Echmiadzín, en Armenia.

De hecho, el Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y la Comisión Fe y Constitución del Consejo Ecuménico de las Iglesias confiaron la redacción de los textos al Departamento para las Relaciones Interconfesionales de la Iglesia Apostólica Armenia. Este coordinó al grupo ecuménico de cristianos armenios que redactó una primera versión y luego trabajó con el equipo internacional nombrado conjuntamente por el Dicasterio y el Consejo Ecuménico para finalizar los textos.

En Armenia, una constante preocupación por la unidad

Como explican las primeras páginas, las oraciones y reflexiones fueron preparadas por los fieles de la Iglesia Apostólica Armenia en colaboración “con sus hermanos y hermanas de las Iglesias armenias católica y evangélica”. Los armenios tienen un pasado doloroso, marcado por varias dominaciones extranjeras, por las terribles violencias de 1915 y por la dureza del régimen soviético. Pero estas pruebas han despertado en el corazón de este pueblo un deseo apasionado de unidad. San Juan Pablo II escribió con razón en Ut unum sint: “Unidos en el seguimiento de los mártires, los creyentes en Cristo no pueden permanecer divididos”. 

En la introducción teológica y pastoral del material para 2026, los redactores afirman con fuerza: “La unidad, más que un simple ideal, está en el corazón de nuestra identidad cristiana. Representa la esencia de la llamada de la Iglesia a reflejar la unidad armoniosa de nuestra vida en Cristo en la diversidad”.

El texto subraya que en la Iglesia Apostólica Armenia la oración por la unidad es constante: “Al proclamar el Credo, los fieles declaran su fe en la Iglesia ‘una, santa, católica y apostólica’, profesando así la centralidad de la unidad de la fe para su vida espiritual. Este compromiso con la unidad encuentra su plena epresión en las elebraciones eucarísticas de la Iglesia, donde las oraciones de la comunidad se elevan no solo por los cristianos de todo el mundo y sus líderes espirituales, sino también por la unidad de la misma Iglesia. Cada domingo, en la Liturgia, los fieles se unen y cantan: ‘La Iglesia se ha hecho una’, es una manifestación tangible de una misma fe común y de un mismo fin compartido”.

Las oraciones de san Nersés y san Gregorio de Narek

La celebración ecuménica de 2026 lleva por título “Luz de Luz para la Luz”. Se trata de una adaptación de la “Oración del amanecer”, una de las oraciones diarias de la Iglesia armenia, compuesta por el Catholicos san Nersés “el Agraciado” (1102-1173). Gran misionero, concentró en este texto sus reflexiones y oraciones sobre Cristo, Luz de Luz, para captar la atención de sus oyentes, muchos de los cuales pertenecían entonces al grupo de los “adoradores del sol”, muy difundido en Armenia.

Conocido por sus escritos teológicos y sus himnos llenos de poesía y espiritualidad, san Nersés es también recordado por su compromiso en favor de la unidad de los cristianos. San Juan Pablo II habló de él como del “Catholicós que conjugó un amor extraordinario a su pueblo y a su tradición con una clarividente apertura hacia las otras Iglesias, en un esfuerzo ejemplar de búsqueda de la comunión en la plena unidad” (Carta apostólica con ocasión del 1700º aniversario del Bautismo del pueblo armenio, 2 de febrero de 2001, n. 7). La referencia explícita a esta gran figura en el material para la Semana de oración por la unidad de los cristianos 2026 es particularmente significativa.

Igualmente importante es la referencia a otro ilustre teólogo, místico y poeta armenio, venerado como santo tanto por católicos como por ortodoxos: san Gregorio de Narek (950-1005). En 2015, con motivo del centenario de las violencias contra los armenios, la Iglesia católica lo proclamó Doctor de la Iglesia. Inspirándose en uno de sus escritos, el texto para la Semana de oración recoge esta plegaria:

“Oh Jesucristo, Luz de la Luz, habita en nosotros, que nos hemos reunido para adorar tu santo y precioso nombre. Que tu resplandor vivificante encienda en entre nosotros un amor más profundo. Que tu luz radiante nos impulse a una unidad cada vez más floreciente. Como las diversas flores del jardín de tu Reino, que tu divino resplandor nos haga florecer en armonía. Y así, juntos, todos te alabemos y glorifiquemos siempre con alegría a ti, al Padre y al Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén”. 

II Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, vio Juan el Bautista a Jesús, que venía hacia él, y exclamó: Este es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo he dicho: El que viene después de mí, tiene precedencia sobre mí, porque existía, antes que yo. Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua, para que Él sea dado a conocer a Israel.
Entonces Juan dio este testimonio: Vi al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y posarse sobre Él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: Aquel sobre quien veas que baja y se posa e Espíritu Santo, ese es el que ha de bautizar con el Espíritu Santo.
Pues bien, yo lo vi y doy testimonio de que este es el Hijo de Dios”.
(Juan 1, 29-34)


“Este es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo”.
P. Enrique Sánchez G. Mccj

Esta es seguramente la frase más importante que escuchamos hoy en el Evangelio y a través de ella se nos invita a iniciar un camino que nos llevará a sentir la importancia que tiene la presencia de Jesús en nosotros.

En estos cuantos versículos podemos sentir un movimiento que lleva a un encuentro y al reconocimiento de alguien que es el único que le puede dar sentido a nuestras vidas.

Juan el Bautista y Jesús van al encuentro del uno hacia el otro y, con mucha sencillez, en ese ir de Jesús hacia Juan podemos ver, una vez más, como Dios está siempre en camino hacia nosotros.

Dios nos busca y nos ama tanto que no ha dudado en venir a revelarnos su rostro en Jesús, con un único deseo: que lo conozcamos y que le demos la posibilidad de habitar en nuestra vida.

Dios viene a nuestro encuentro y a través de Juan el Bautista nos ayuda a entender que lo más importante en esa historia de amor está en la capacidad de cada uno de nosotros de poder reconocerlo y señalarlo. Es decir, reconocerlo y convertirnos en testigos de su presencia, aquí́ y ahora, en lo más ordinario de nuestra vida.

Para quienes leemos hoy este texto de Evangelio, con nuestras interminables preguntas y búsquedas de respuestas al problema del mal, de la violencia , de las desigualdades. A nuestros gritos desesperados, muchas veces pidiendo a Dios que se haga presente. Cuando le reprochamos su aparente ausencia de los dramas que pueden llenarnos de tristeza. Juan el Bautista parece respondernos diciendo: ahí está Dios, en Jesús, en lo más duro de nuestra vida, viniendo a nuestro encuentro.

Ahí está el Señor y lo único que nos hace falta es dar el primer paso, aceptándolo y reconociéndolo como alguien que viene siempre a nuestro encuentro y que está más cerca de lo que nos imaginamos.

Juan el Bautista fue capaz de dar ese paso y era lo que necesitaban escuchar sus discípulos para entender que él sólo los había ido preparando para que pudiesen encontrarse con Jesús; para que pudiesen reconocerse como los destinatarios de un amor al cual se habían preparado aceptando el bautismo de conversión que habían recibido en el Jordán.

Ahora era tiempo de ir más lejos, justamente, después de que Jesús había sido también bautizado se iniciaba un tiempo nuevo en el cual, recibiendo la fuerza del Espíritu, serían los primeros ciudadanos del Reino.

Para Juan fue el tiempo de desaparecer, de recordar que él sólo había cumplido con la misión de preparar el camino para que nadie fuera excluido del Reino.

Juan reconoce que él no está llamado a estar en el centro, su misión fue prepararlo todo para que Jesús fuera reconocido como el protagonista principal en el plan de salvación que Dios había preparado para toda la humanidad.

Al final, Juan nos ayuda a entender que, también hoy, lo que nuestro mundo necesita no es tanto de protagonistas, sino de testigos que sean capaces de indicar un rumbo que nos pueda llevar al encuentro del Señor.

Y testigos lo podemos ser todos y cada uno en la llamada que el Señor nos ha hecho, en el servicio que nos pide que hagamos en bien de los demás, en el ejercicio de nuestros ministerios y responsabilidades, cumpliendo con alegría nuestra tarea de colaborar en la construcción de un mundo como Dios lo ha soñado para nosotros.

Juan es testigo fiel de alguien a quien nos presenta como el Cordero de Dios, una imagen de Dios que no tiene nada qué ver con el poder, con la fuerza, con la riqueza, con todo aquellos que generalmente nosotros identificamos a los grandes de este mundo.

Él  nos  cambia  la  visión  y  la  lógica  con  que  muchas  veces  nosotros  juzgamos  y pensamos que deberíamos ser.

Hablar de Jesús como el Cordero de Dios es presentarnos a alguien que viene a nosotros con un sólo  deseo, entregarse por nosotros. Es alguien  que se presenta frágil a los ojos del mundo, alguien que decepciona porque quisiéramos que actuara siguiendo nuestros criterios. Es imagen de bondad, de sencillez, de disponibilidad,  de entrega.

A muchos de nuestros contemporáneos y, a lo mejor, a muchos de nosotros mismos nos gustaría un Dios que haga realidad todos nuestros sueños de poder y que los realice inmediatamente.

Afortunadamente, Dios no actúa de esa manera. Él se manifiesta como quien tiene poder, pero su poder es el amor, la misericordia, la compasión.

Usando la imagen del Cordero se hace comprensible que Dios viene a nosotros, pero sin forzar nada, respectando nuestra libertad, ofreciendo y no imponiéndose. De esa manera lo que Dios provoca es el deseo de su presencia en nuestro corazón, provoca el anhelo de poder encontrarnos cara a cara con él.

En un mundo tan complicado como el nuestro, pero tan sorprendente y fascinante al mismo tiempo, reconocer a Jesús como el Cordero de Dios nos obliga a entrar en un camino de conversión que nos lleva a un cambio de mentalidad y de actitudes en donde no son los criterios del dominio, de la fuerza o de la violencia los que guíen nuestro sentir y nuestro actuar.

Seguir a Jesús como el Cordero de Dios en nuestro tiempo implica un cambio de mentalidad y de actitudes que nos permitirán ser más tolerantes en una realidad marcada por la agresividad, pacientes en una sociedad en donde todo son exigencias, en donde cada persona se siente con derecho a estar por encima de los demás, en donde el amor es confundido con el placer pasajero que no respeta al hermano.

Y Juan el Bautista, señalando a Jesús como a quien tenemos que seguir, nos está indicando que sólo en él se logrará construir una humanidad más digna y respetuosa en donde todos podamos reconocernos hermanos y en donde cada uno podremos ser aceptados en nuestras diferencias como una riqueza para los demás.

Finalmente, el Cordero de Dios, al que Juan nos invita a seguir como discípulos no es una propuesta que venga a sacarnos de la realidad en que nos toca vivir, con sus facturas de sufrimiento, sus exigencias   de   sacrificios, con sus momentos de obscuridad, con sus lágrimas ante el dolor.

La invitación no tiene nada de engañosa, pero nos asegura que siguiendo los pasos de Jesús podemos estar seguros de poder llegar al lugar que nos corresponde en el proyecto de amor que Dios ha querido realizar pensando únicamente en nuestra felicidad.

Seguir al Cordero de Dios, como lo indica Juan el Bautista, podría ser para nosotros la experiencia de pasar del camino de la conversión al encuentro con el Espíritu de Dios en el que podemos ser bautizados abriendo nuestro corazón a la presencia de Jesús en nuestras vidas.

Recibir el Espíritu Santo no es otra cosa sino abrirnos y disponernos a que la vida de Dios sea lo que llene nuestros días, su luz la que ilumine nuestros horizontes, su fortaleza la que nos permita vivir reconciliados con nuestras debilidades y con nuestras pobrezas.

En otras palabras, se trata de aceptar que estamos bajo el cuidado de Dios que ha venido entre nosotros en la persona de Jesús y que desea que nuestra vida no se pierda, dejándonos guiar por quienes fácilmente nos pueden llevar por caminos que extravían con promesas que acaban en desilusiones.

Ojalá que también nosotros, como Juan el Bautista, podamos decir que hemos visto  al Señor y que lo hemos reconocido como el Cordero de Dios que vino a quedarse con nosotros para que nos demos cuenta de que Dios sólo existe para amarnos.

Ojalá también que, como misioneros, podamos indicarles a muchos el camino para que puedan encontrarse con Jesús y lo reconozcan como el Hijo de Dios.


¡He aquí el Cordero de Dios!
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

Después de la Epifanía y del Bautismo del Señor, seguimos todavía bajo el signo de las “revelaciones” sobre Jesús. Algunos versículos antes del pasaje del Evangelio de hoy, Juan el Bautista decía: «En medio de vosotros hay uno a quien no conocéis» (Juan 1,26). Y él mismo confiesa dos veces: «Yo no lo conocía». Por desgracia, nosotros, por el contrario, creemos saberlo todo sobre Él. Y quizá no lo conozcamos en absoluto. A menudo, nuestro conocimiento de la persona de Jesús es estático, detenido desde hace años, tal vez desde alguna etapa de nuestra iniciación cristiana. ¡Como si se pudiera llevar para siempre el traje de la primera comunión o de la confirmación!

Una nueva “epifanía”: ¡He aquí el Cordero de Dios!

La vida cristiana es un caminar de epifanía en epifanía, de gloria en gloria, transformados por los misterios que contemplamos. Porque los misterios tienen poder sobre nosotros: «Y todos nosotros, con el rostro descubierto, reflejando como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados en esa misma imagen, de gloria en gloria, por la acción del Espíritu del Señor» (2 Corintios 3,18).

Hoy Juan nos revela algo inédito, que ni él ni nosotros conocíamos. El Bautista señala a Jesús como «el Cordero de Dios». ¿Qué significa esta expresión? Estamos acostumbrados a repetirla durante la Eucaristía, antes de la comunión. Sin embargo, si lo pensamos bien, este título puede resultar bastante inusual e incluso desconcertante. En efecto, pertenece a otra mentalidad religiosa y cultural, que recurría al sacrificio de animales en la relación con la divinidad.

La palabra cordero/corderos aparece con frecuencia en la Biblia. La encontramos unas 150 veces en el Antiguo Testamento (la gran mayoría en los libros del Levítico y de los Números) y unas cuarenta veces en el Nuevo Testamento (en la edición italiana de la Biblia preparada por la CEI, edición 2008).

Podemos hacer tres constataciones. La primera es que el cordero está casi siempre asociado al sacrificio. Es el animal considerado puro, inocente y manso y, por tanto, el preferido para el sacrificio ofrecido a Dios. La segunda es que, en el NT, aparece casi exclusivamente en Juan: en el Evangelio (3 veces) y sobre todo en el Apocalipsis (35 veces). La tercera es que, en el NT, se refiere casi siempre al sacrificio de Cristo: «Sabéis que no fuisteis rescatados de vuestra conducta vana, heredada de vuestros padres, con cosas perecederas como la plata o el oro, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin defecto y sin mancha» (1 Pedro 1,18-19).

La afirmación de Juan «¡He aquí el Cordero de Dios!» evoca en la mente de sus oyentes, ante todo, el cordero pascual, o bien el cordero que se sacrificaba cada día, por la mañana y por la tarde, en el Templo de Jerusalén. Pero la riqueza de este título va mucho más allá. Por ejemplo, podemos encontrar en él una alusión al misterioso «Siervo del Señor» (del que se habla hoy en la primera lectura): «Como cordero llevado al matadero… mientras él cargaba con el pecado de muchos» (Isaías 53,7.12). Tanto más cuanto que, en arameo, la lengua del Bautista, el término talya significa tanto «siervo» como «cordero».
Al poner este título mesiánico excepcional en labios del Bautista, el evangelista Juan tenía casi con certeza en mente el rico y complejo trasfondo bíblico, pero sobre todo el cordero pascual (cf. Juan 19,36).

«¡He aquí el Cordero de Dios!» representa una imagen revolucionaria de Dios, que no pide sacrificios, sino que se sacrifica a sí mismo. El papa Francisco llamaba a esto «la revolución de la ternura».

El Cordero de Dios es el que quita «el pecado del mundo» (en singular), el pecado radical del mundo, el pecado de todos los seres humanos de todos los tiempos. No solo los pecados individuales, sino también la matriz del mal que subyace a toda injusticia: la corrupción de la historia, la degeneración de las culturas, la degradación de las relaciones entre las personas y los pueblos, la contaminación y la explotación de la naturaleza… El Cordero de Dios ha cargado sobre sí todo el peso del mal del mundo.

Es preciso aclarar, sin embargo, que la «justicia» de Dios no exige el sacrificio del Hijo, como podrían sugerir algunas interpretaciones tradicionales. Jesús no es la víctima exigida para «satisfacer la justicia» de Dios. La teología del sacrificio está ciertamente presente en los autores del NT. Se trata, sin embargo, de una relectura de la muerte de Jesús en la cruz a la luz de la tradición bíblica y de la cultura religiosa de la época. Pensándolo bien, esto sería inaceptable: ¿cómo podría un padre exigir la muerte de su hijo para perdonar?

El sacrificio de Jesús es el de su extrema solidaridad: «Él, siendo de condición divina, no consideró como presa el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo, tomando la condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres. Y, apareciendo en su porte como hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Filipenses 2,6-8).

El Cordero inmolado y el León de Judá

El Mesías es comparado simbólicamente con dos figuras opuestas: el cordero y el león, como para subrayar las dimensiones de la mansedumbre y de la fuerza del Mesías. Encontramos ambos títulos en el libro del Apocalipsis. Cristo es representado predominantemente como el Cordero, mencionado 34 veces: «Vi un Cordero de pie, como degollado [es decir, que lleva los signos, las llagas de la Pasión]; tenía siete cuernos [símbolo de poder] y siete ojos [omnisciencia]» (Apocalipsis 5,6).
Pero el Cordero, antes de entrar en escena, es presentado como el León de Judá: «Uno de los ancianos me dijo: “No llores; ha vencido el León de la tribu de Judá, el Retoño de David, y abrirá el libro y sus siete sellos”» (5,5).

Estas dos dimensiones pertenecen también a la vida y al testimonio cristianos: por una parte, la docilidad, la dulzura, la fragilidad y la capacidad de soportar del cordero; por otra, la fuerza, el heroísmo, la nobleza y el coraje del león. Conciliar ambos aspectos no es siempre fácil. Por desgracia, muchas veces, cuando deberíamos ser mansos, nos comportamos como leones, dominadores y agresivos; y cuando deberíamos ser leones, nos comportamos como corderos, temerosos y cobardes.

¡Aquí estoy!

Concluyo aludiendo brevemente al aspecto de la vocación al testimonio que emerge con fuerza de las lecturas: «Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta los confines de la tierra», dice el Señor a su Siervo (Isaías 49,6). Pablo se presenta a la comunidad de Corinto como aquel que fue «llamado a ser apóstol de Cristo Jesús por voluntad de Dios». Y Juan afirma solemnemente: «Y yo he visto y doy testimonio de que este es el Hijo de Dios».

¿Y nosotros? Creo que cada vez que, en la celebración eucarística, Juan el Bautista señala a Cristo diciendo: «¡He aquí el Cordero de Dios!», deberíamos hacer nuestra la respuesta del salmista: «¡Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad!» (Salmo responsorial 39/40).

P. Manuel João Pereira Correia, mccj


Con el fuego en el Espíritu
José Antonio Pagola

Las primeras comunidades cristianas se preocuparon de diferenciar bien el bautismo de Juan que sumergía a las gentes en las aguas del Jordán y el bautismo de Jesús que comunicaba su Espíritu para limpiar, renovar y transformar el corazón de sus seguidores. Sin ese Espíritu de Jesús, la Iglesia se apaga y se extingue.
Sólo el Espíritu de Jesús puede poner más verdad en el cristianismo actual. Solo su Espíritu nos puede conducir a recuperar nuestra verdadera identidad, abandonando caminos que nos desvían una y otra vez del Evangelio. Solo ese Espíritu nos puede dar luz y fuerza para emprender la renovación que necesita hoy la Iglesia.
El Papa Francisco sabe muy bien que el mayor obstáculo para poner en marcha una nueva etapa evangelizadora es la mediocridad espiritual. Lo dice de manera rotunda. Desea alentar con todas sus fuerzas una etapa “más ardiente, alegre, generosa, audaz, llena de amor hasta el fin, y de vida contagiosa”. Pero todo será insuficiente, “si no arde en los corazones el fuego del Espíritu”.
Por eso busca para la Iglesia de hoy “evangelizadores con Espíritu” que se abran sin miedo a su acción y encuentren en ese Espíritu Santo de Jesús “la fuerza para anunciar la verdad del Evangelio con audacia, en voz alta y en todo tiempo y lugar, incluso a contracorriente”.
La renovación que el Papa quiere impulsar en el cristianismo actual no es posible “cuando la falta de una espiritualidad profunda se traduce en pesimismo, fatalismo y desconfianza”, o cuando nos lleva a pensar que “nada puede cambiar” y por tanto “es inútil esforzarse”, o cuando bajamos los brazos definitivamente, “dominados por un descontento crónico o por una acedia que seca el alma”.
Francisco nos advierte que “a veces perdemos el entusiasmo al olvidar que el Evangelio responde a las necesidades más profundas de las personas”. Sin embargo no es así. El Papa expresa con fuerza su convicción: “no es lo mismo haber conocido a Jesús que no conocerlo, no es lo mismo caminar con él que caminar a tientas, no es lo mismo poder escucharlo que ignorar su Palabra… no es lo mismo tratar de construir el mundo con su Evangelio que hacerlo solo con la propia razón”.
Todo esto lo hemos de descubrir por experiencia personal en Jesús. De lo contrario, a quien no lo descubre, “pronto le falta fuerza y pasión; y una persona que no está convencida, entusiasmada, segura, enamorada, no convence a nadie”. ¿No estará aquí uno de los principales obstáculos para impulsar la renovación querida por el Papa Francisco?

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Palabrasa de Juan, el bautizador del Jordán
Dolores Aleixandre

No recuerdo cuando comencé a vivir en el desierto, más bien lo que no consigo saber es cómo pude vivir fuera de él. Supe que era mi lugar desde que escuché de niño las palabras de Isaías: “Una voz grita: En el desierto preparad un camino al Señor, allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios” (Is 40,3) Acepté la misión que se me confiaba y me fui a conocer de cerca aquel sequedal en el que tenía que intentar trazar caminos. Al principio sólo la soledad y el silencio fueron mis compañeros y, junto con ellos, la convicción oscura de estar esperando a alguien que estaba a punto de llegar: “Mirad, yo envío un mensajero a prepararme el camino. ¿Quién resistirá cuando llegue?” (Ml 3,1-2)Lo había dicho un profeta y yo sentía arder en mi voz su misma urgencia por preparar el encuentro. ¡Llega el Ungido de Dios!” comencé un día a gritar . “Él quebrantará al opresor y salvará la vida de los pobres…” (Sal 72,8.4).

Se corrió la noticia de mis palabras y comenzó a acudir gente, movida por una búsqueda incierta en la que yo reconocía la misma tensión que me mantenía en vigilia. Algo estaba a punto de acontecer, y me sentí empujado a trasladarme más cerca del Jordán, como si presintiera que iban a ser sus aguas el origen del nuevo nacimiento que aguardábamos con impaciencia. Muchos me pedían que los bautizara y, al sumergirse en el agua terrosa del río y resurgir de ella, sentían que su antigua vida quedaba sepultaba para siempre. Les exigía ayunos y penitencia y les anunciaba que otro los bautizaría con Espíritu. Yo sólo podía hacerlo con agua: anunciaba unas bodas que no eran las mías, y yo no era digno ni de desatar la correa de las sandalias del Novio.

Antes de comenzar la temporada de lluvias, en un mediodía nubes apelmazadas y calor agobiante, se presentó un grupo de galileos y me pidieron que los bautizase. Fueron descendiendo al río, hasta que quedó en la ribera solamente uno, al que oí que le llamaban Jesús. Al principio no vi en él nada que llamara particularmente mi atención y le señalé el lugar por el que podía descender más fácilmente al agua. Estábamos solos él y yo, los demás se habían marchado a recoger sus ropas junto a los álamos de la orilla. Lo miré sumergirse muy adentro del agua y, al salir, vi que se quedaba quieto, orando con un recogimiento profundo. Tenía la expresión indefinible de estar escuchando algo que le colmaba de júbilo y todo en él irradiaba una serenidad que nunca había visto en nadie.

Se había levantado un viento fuerte que arrastraba los nubarrones que cubrían el cielo y comenzaban a caer gruesas gotas de lluvia. Un relámpago iluminó el cielo anunciando una tormenta que levantaba ya remolinos de polvo. Desde la ribera seguí contemplando al hombre que seguía orando inmóvil, como si nada de lo que ocurriese a su alrededor le afectara. Por fin, después de un largo rato y cuando ya diluviaba, lo vi salir lentamente del río, ponerse su túnica y alejarse en dirección al desierto.

Pasé la noche entera sin conseguir conciliar el sueño. Sin saber por qué, me vino a la memoria un texto profético que nunca había comprendido bien:

“Mirad, el Señor Dios llega con poder. Como un pastor que apacienta el rebaño, su brazo lo reúne, toma en brazos a los corderos y hace recostar a las madres (Is 40,10-11).Nunca había entendido por qué el Señor necesitaba desplegar su poder para realizar las tareas cotidianas de un pastor, ni por qué su venida, anunciada con rasgos tan severos por los profetas, consistiría finalmente en sanar, cuidar y llevar a hombros a su pueblo, sin reclamarle a cambio purificación y penitencia.

Y, sin embargo, aquella noche, las palabras de Isaías invadían mi memoria de manera apremiante, junto con una extraña sensación de estar cobijado y a salvo. Y textos a los que nunca había prestado atención, se agolparon en mi corazón. Era como si hasta este momento sólo hubiera hablado de Dios como de oídas, mientras que ahora Él comenzaba a mostrarme su rostro. Recordé el del galileo al que había visto orando en el río, la expresión de honda paz que irradiaba, y me pregunté si a él se le habría revelado el Dios que no es, como yo pensaba, sólo poder y exigencia, sino también ternura entrañable, amor sin condiciones como el de los padres.

Estaba amaneciendo y en los árboles de la orilla se oía el revuelo de los pájaros y el zurear de las palomas. Recordé las palabras del Cantar describiendo al novio:

“Mi amado…Sus ojos, dos palomas a la vera del agua que se bañan en leche y se posan al borde de la alberca…”(Cant 5, 10-11)

Me di cuenta sorprendido de que, al hablar del Mesías, siempre lo había hecho con imágenes poderosas como la del águila, o de fuerza avasalladora como la del león, mientras que ahora lo que me hacía pensar en él era el vuelo sosegado de las palomas.

Cuando me sobrevino el sueño, la luz se abría ya paso entre los perfiles azulados de los montes de Judea.

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“Este es el Cordero…”: un anuncio cargado de Misión
P. Romeo Ballan, mccj

Continúa la epifanía, la manifestación de Jesús. Después de la estrella de los magos y del bautismo en el Jordán, es otra vez Juan el Bautista quien señala con insistencia a Jesús como al Cordero de Dios (Evangelio). Juan ha ido creciendo en su conocimiento de Jesús: antes no lo conocía (v. 31.33), o lo conocía probablemente solo como su pariente. Ahora lo proclama Cordero de Dios (v. 29), Hijo de Dios (v. 34), lleno del Espíritu, e incluso el que ha de bautizar con Espíritu Santo (v. 33). Juan el Bautista lo declara presente: “Este es el Cordero de Dios…”, el que carga sobre sí y, de esta manera, quita el pecado del mundo (v. 29); es decir, todos los pecados.

Para quitar el pecado del mundo, Jesús no hace uso de mecanismos jurídicos exteriores, como la condonación, el indulto o la amnistía; Él bautiza en el Espíritu Santo; se trata, pues, de la inserción en el corazón de las personas de un dinamismo nuevo, el Espíritu (v. 33), la fuerza del amor, la única energía vencedora sobre todo mal humano. Justamente, porque tan solo el amor transforma y sana el corazón. Como explica el Papa Francisco, el bautismo no es un rito exterior, una formalidad, un acto de inscripción en una sociedad, sino un acto de fe y de amor, un don que enriquece a la persona que lo recibe y marca una diferencia con el que no lo ha recibido.

El segundo canto del Siervo de Yahvé (Is 49, I lectura) contiene una prefiguración del Bautismo de Jesús. Él es el verdadero ‘talya’ (palabra aramea utilizada por Juan el Bautista para decir cordero siervo): es el cordero pascual, inmolado, que quita, cargándolos sobre sí mismo, los pecados del mundo entero; el siervo, llamado desde el vientre materno (v. 5), que se convierte en luz de las naciones, con una misión universal de salvación que sobrepasa los límites nacionales para llegar hasta el confín de la tierra (cfr. v. 6; Lc 2,30-32; Hch 13,47). El salmo responsorial canta la disponibilidad de Jesús – y de la Iglesia evangelizadora – para asumir esta misión sin restricciones ni fronteras: “¡Aquí estoy, Señor!”

Cabe subrayar un detalle importante: Juan habla de “pecado del mundo”, en singular, no de los pecados en plural. Según las primeras páginas de la Biblia, desde siempre el pecado de los orígenes, la causa de toda acción pecaminosa (violencia, odio, injusticia, falsedad…) es el egoísmo-orgullo: el no fiarse de Dios, la arrogancia de considerarse autosuficientes, capaces de prescindir de los demás, e incluso de Dios. La expresión “Cordero de Dios”, utilizada por el Bautista, está cargada de evocaciones bíblicas y de aplicaciones misioneras. Evoca, ante todo, al cordero pascual, cuya sangre fue signo de salvación del exterminio en la noche del éxodo de Egipto (Ex 12,23); remite, asimismo, a la imagen del Siervo sufriente y silencioso, que cargaba con el pecado de la muchedumbre (cfr. Is 53,12). Y finalmente, la expresión del Bautista evoca el sacrificio de Abraham, en el que Isaac se salvó y Dios mismo proveyó el cordero para el holocausto (Gn 22,7-8): no ya el hijo de Abraham, sino el mismo Unigénito Hijo de Dios. En todas las religiones del mundo suele ser el hombre el que sacrifica algo para Dios. Aquí, en cambio, está la novedad de la fe cristiana: es Jesucristo, el cordero-víctima inocente, el que por amor entrega su vida por nosotros.

El progresivo descubrimiento e identificación con Jesús hacen de Juan el Bautista un modelo para la Iglesia misionera y, en ella, para cada evangelizador y evangelizadora: Juan cree en Jesús, lo reverencia, lo anuncia presente, da testimonio de Él hasta derramar su sangre. Juan es consciente que él mismo no es el Mesías, sino una voz que lo anuncia y le prepara el camino; rebosa de gozo por su crecimiento (Jn 3,29-30), y no le importa desaparecer. Descubrimos en Juan aspectos similares al rol de Benedicto, el Papa emérito desde hace ya siete años.

La Iglesia sigue señalando a Jesús con las palabras de Juan; lo hace en la Eucaristía-comunión: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado…”, y lo repite en el anuncio y servicio propios de la misión. El mensaje misionero de la Iglesia será tanto más eficaz y creíble cuanto más sea – al igual que en Juan el Bautista – fruto de contemplación, libertad, austeridad, valentía, profecía, expresión de una Iglesia servidora del Reino, firme en “hacer causa común” (S. Daniel Comboni) con la familia humana en sus sufrimientos y aspiraciones. Solo así, como para Juan el Bautista, la palabra del misionero podrá suscitar nuevos discípulos de Jesús (cfr. Jn 1,35-37).

Esta ha sido también la vocación misionera de San Pablo, apóstol enamorado de Jesucristo: lo menciona cuatro veces en los tres versículos de la II lectura. Su amplio saludo a todos los santificados en Cristo Jesús (bautizados), “llamados a ser santos” (v. 2), sintoniza muy bien con la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos (18-25 de enero). El Ecumenismo y la Misión constituyen un binomio vital e irrenunciable para la Iglesia de Jesús. Por eso, la unidad de la Iglesia está orientada a la misión: unidos “para que el mundo crea” (Jn 17,21). ¡Unidos para ser creíbles! Unidos para vencer el mal y las divisiones, para quitar el pecado del mundo, es decir, el egoísmo, con la ternura, la sencillez, la no violencia: con el programa de las Bienaventuranzas.

Dr. Cédric Ouanekpone, Premio Mundo Negro a la Fraternidad

El próximo 31 de enero el joven doctor centroafricano Cédric Ouanekpone recibirá el Premio Mundo Negro a la Fraternidad 2025 por su compromiso para mejorar el acceso a unas condiciones sanitarias dignas en la República Centroafricana. Pese a tener múltiples ofertas de trabajo en Europa, prefirió quedarse en su país para ayudar a su gente. El premio le será entregado durante el XXXVIII Encuentro África organizado por la revista Mundo Negro.

Al concluir su especialización médica en Estrasburgo (Francia), el doctor Cédric Patrick Ouanekpone tenía muy claro que iba a regresar a su país, la República Centroafricana (RCA). Rechazó el seductor contrato que le ofrecieron y de nada sirvió que intentaran renegociar al alza su salario. Era el primer nefrólogo en su país y sabía que el Centro Nacional de Hemodiálisis de Bangui, construido en 2020 por el Banco Africano de Desarrollo y entregado al Gobierno para su gestión, llevaba dos años sin funcionar por falta de un especialista. Ouanekpone asumió la dirección médica del centro e inmediatamente comenzaron a salvarse vidas.

Nacido en Bangui el 8 de marzo de 1986, Cédric fue bautizado cuando tenía dos años en Nuestra Señora de Fátima, una parroquia muy importante en su historia personal, administrada por los Misioneros Combonianos. Las primeras revueltas que vivió el país en 1996 obligaron a cerrar las escuelas y Cédric se benefició, junto a otros niños y niñas, de un programa de apoyo escolar organizado por la parroquia. En el año 2000 entró en el seminario menor de los Carmelitas. Quería ser religioso, pero tres años después salió atraído por la investigación científica.

Al estallar la rebelión de la Seleka en 2012, el joven había concluido sus estudios de Medicina en la Facultad de Ciencias de la Salud de Bangui, aunque a causa de la guerra tuvo que esperar para obtener su título. El ciclo de la violencia continuó varios años, convirtiendo la Parroquia de Fátima en un inmenso campo de refugiados con más de 5 mil personas acogidas. Su responsable, el ugandés P. Moses Otii, se apoyó en Cédric y en otros jóvenes sanitarios de la parroquia para hacer frente a esa emergencia sanitaria. Cédric atendió sin apenas medios a ancianos y niños y ayudó a dar a luz a decenas de mujeres.

En 2014, en plena crisis, la ONG francesa Cercle de Haute Réflexion sur la Jeunesse llegó al país con un cargamento de medicamentos y Cédric se encargó de consultar y establecer el tratamiento para infinidad de personas, incluso de los barrios musulmanes del PK5. Tuvo que hacerlo casi a escondidas para evitar que lo acusaran de ayudar al enemigo en un conflicto que fue calificado de forma injusta como interreligioso. Cuando la ONG quiso pagar sus servicios según los estándares europeos, el doctor Ouanekpone se negó aduciendo que era su humilde contribución a sus hermanos y hermanas.

Cinco años después, la ONG presentó la candidatura de aquel joven médico al Premio Mundial de Humanismo. En la localidad macedonia de Ohrid recibió este reconocimiento de manos del ex primer ministro italiano Romano Prodi, galardonado también en aquella ocasión.

Cédric Ouanekpone eligió la especialidad de Nefrología, una de las más exigentes, para salvar vidas en su país, donde tantas personas afectadas de insuficiencia renal morían de forma irremisible por falta de cuidados médicos especializados. Después de formarse en su país, continuó sus estudios en Senegal (tres años) y en Francia (uno más), para lo que recibió apoyo, entre otros, de la Parroquia Nuestra Señora de Fátima.

En la actualidad, su servicio en el Centro Nacional de Hemodiálisis de Bangui le permite recibir un sueldo de forma regular, pero guiado por su fe cristiana, Cédric nunca ha cejado en su compromiso social. La falta de servicios sanitarios de calidad le llevó a abanderar el proyecto del complejo médico “Mama Ti Fatima”, amparado por la Asociación Nuestra Señora de Fátima para el Desarrollo, creada el 11 de julio de 2020.

El carácter afable y comunicativo del galeno, pero sobre todo su gran capacidad de liderazgo y de trabajo en equipo, ha conseguido entusiasmar a otros jóvenes médicos y sanitarios que comparten su visión, lo que ha permitido que el complejo médico crezca enfrente de la parroquia. En 2020 se abrió la farmacia y en 2023 el centro de análisis médicos. En diciembre, el apoyo de la organización austriaca Missio-Viena permitió terminar el edificio del ambulatorio de urgencias y pronto comenzarán los trabajos de la maternidad con la financiación de la organización estadounidense The Papal Foundation. Además, la colaboración entre la ANDFD y la Diócesis de Mbaiki ha permitido la organización de nueve clínicas móviles para acercar los cuidados médicos a las personas más desfavorecidas

El sanitario centroafricano compagina sus múltiples actividades con la docencia en la Facultad de Ciencias de la Salud de Bangui, el único centro universitario médico de todo el país. También dirige las tesis doctorales de jóvenes médicos, convencido del papel fundamental de la formación. «Cuantos más profesionales sanitarios tengamos, mejor será nuestro futuro, porque la situación de la RCA es terrible. Tenemos uno de los porcentajes de médicos por habitante más bajos del mundo (0,21 por 10 000 habitantes) y ningún médico especialista en el interior del país. Los pocos que somos estamos en Bangui», señala con tristeza, pero sin un pesimismo paralizante. A aquellos médicos que «por elección libre» trabajan fuera de la RCA les lanza un mensaje: «Nunca es tarde para regresar, porque vuestra presencia aquí es indispensable y podéis ayudar a más personas que si os quedáis fuera». 

MUNDO NEGRO

México: Inicia su andadura el nuevo consejo Provincial

Del 5 al 8 de enero, tuvo lugar en la casa provincial de Xochimilco la primera reunión del nuevo consejo provincial de los Misioneros Combonianos de México. En la mañana del primer día estuvieron presentes el superior provincial y los consejeros salientes. El padre Mario Alberto Pacheco hizo su profesión de fe y su juramento como nuevo superior provincial. En la foto, los consejos entrante y saliente, con los dos provinciales al centro.
El nuevo consejo provincial. Por la izquierda, sentados: P. Mario Alberto Pacheco (nuevo superior provincial) y Hno. Juan Carlos Salgado. De pie: P. Luis Enrique Ibarra, P. Víctor Mejía y P. Lauro Betancourt.

El equipo que dirigirá los destinos de los combonianos en México durante los próximos tres años inició su andadura con la primera reunión que tuvo lugar en la sede provincial de Xochimilco. Durante la mañana del primer día estuvieron presentes el anterior provincial, padre Rafael Güitrón, y sus consejeros. Durante ese encuentro los consejeros salientes compartieron sus impresiones y sentimientos al concluir los tres años de servicio a la provincia. Fueron sentimientos de gratitud y también de apoyo hacia quienes tienen la responsabilidad de tomar el relevo para acompañar y guiar los destinos de los Combonianos durante los tres próximos años, periodo que estará marcado fundamentalmente por la reunificación de las provincias de México y Centroamérica en una sola circunscripción comboniana.

El resto de la mañana de ese primer día se dedicó a poner al corriente al nuevo provincial y su consejo sobre los asuntos en curso y las cuestiones pendientes que tendrán que afrontar. También se dedicó un tiempo a informar al nuevo consejo sobre la situación económica y financiera de la provincia, informe realizado por el administrador provincial, que concluyó con la entrega oficial de los balances y estados de cuentas al nuevo consejo provincial.

Al final del día, en el transcurso de la Eucaristía, el nuevo provincial, el padre Mario Alberto Pacheco, hizo su solemne profesión de fe y el juramento como nuevo superior provincial ante el padre Rafael Güitrón, provincial saliente, ante todos los consejeros y ante la comunidad comboniana presente en la celebración. Los días siguientes, el nuevo consejo provincial inició su propio camino como equipo que guiará a los Misioneros Combonianos de México hasta 2028.

El P. Mario Alberto Pacheco, presta juramento como nuevo superior provincial para el período 2026-2028

El médico Cédric Ouanekpone, Premio Mundo Negro a la Fraternidad 2025

El nefrólogo centroafricano Cédric Ouanekpone, coordinador médico del proyecto Mama Ti Fatima, en la República Centroafricana, ha sido galardonado con el Premio Mundo Negro a la Fraternidad 2025, un premio que otorga cada año la prestigiosa revista de los combonianos de España y que es referencia de la fraternidad, la justicia y el desarrollo del continente africano.

El acto de entrega del premio tendrá lugar el próximo 31 de enero en Madrid, durante el El XXXVIII Encuentro África, que abordará la repercusión que sobre el continente tiene el fenómeno de la fuga de talentos. El premio tiene una dotación de 10 mil euros, que se destinarán al desarrollo de las actividades de esta iniciativa.

Al concluir su especialización médica en Estrasburgo (Francia), el doctor Cédric Patrick Le Grand Ouanekpone tenía muy claro que iba a regresar a su país, la República Centroafricana (RCA). Rechazó el seductor contrato que le ofrecieron y de nada sirvió que intentaran renegociar al alza su salario. Era el primer nefrólogo en su país y sabía que el Centro Nacional de Hemodiálisis de Bangui, construido en 2020 por el Banco Africano de Desarrollo y entregado al Gobierno para su gestión, llevaba dos años sin funcionar por falta de un especialista. Ouanekpone asumió la dirección médica del centro e inmediatamente comenzaron a salvarse vidas.

Nacido en Bangui el 8 de marzo de 1986, Cédric fue bautizado cuando tenía dos años en Nuestra Señora de Fátima, una parroquia administrada por los Misioneros Combonianos muy importante en la biografía del facultativo. Las primeras revueltas que vivió el país en 1996 obligaron a cerrar las escuelas y Cédric se benefició, junto a otros niños y niñas, de un programa de apoyo escolar organizado por la parroquia. Por recomendación del entonces párroco, el italiano P. ­Giovanni Cosentino, en el año 2000 entró en el seminario menor de los Carmelitas. Quería ser religioso, pero tres años después salió atraído por la investigación científica.

Guerra

Al estallar la rebelión de la Seleka en 2012, el joven había concluido sus estudios de Medicina en la Facultad de Ciencias de la Salud de Bangui, aunque a causa de la guerra tuvo que esperar para obtener su título. El ciclo de la violencia continuó varios años, convirtiendo la Parroquia de Fátima en un inmenso campo de refugiados con más de 5 000 personas acogidas. Su responsable, el ugandés P. Moses Otii, se apoyó en Cédric y en otros jóvenes sanitarios de la parroquia para hacer frente, hasta la llegada de las oenegés, a esa emergencia sanitaria (ver MN 711, pp. 44-47). Cédric atendió sin apenas medios a ancianos y niños y ayudó a dar a luz a decenas de mujeres.

En 2014, en plena crisis, la ONG francesa Cercle de Haute Réflexion sur la Jeunesse llegó al país con un cargamento de medicamentos y Cédric se encargó de consultar y establecer el tratamiento para infinidad de personas, incluso de los barrios musulmanes del PK5. Tuvo que hacerlo casi a escondidas para evitar que lo acusaran de ayudar al enemigo en un conflicto que fue calificado de forma injusta como interreligioso. Cuando la ONG quiso pagar sus servicios según los estándares europeos, el doctor Ouanekpone se negó aduciendo que era su humilde contribución a sus hermanos y hermanas.

Cinco años después, la ONG presentó la candidatura de aquel joven médico al Premio Mundial de Humanismo. En la localidad macedonia de Ohrid recibió este reconocimiento de manos del ex primer ministro italiano Romano Prodi, galardonado también en aquella ocasión.

Mama Ti Fatima

Cédric Ouanekpone eligió la especialidad de Nefrología, una de las más exigentes, para salvar vidas en su país, donde tantas personas afectadas de insuficiencia renal morían de forma irremisible por falta de cuidados médicos especializados. Después de formarse en su país, continuó sus estudios en Senegal (tres años) y en Francia (uno más), para lo que recibió apoyo, entre otros, de la Parroquia Nuestra Señora de Fátima.

En la actualidad, su servicio en el Centro Nacional de Hemodiálisis de Bangui le permite recibir un sueldo de forma regular, pero guiado por su fe cristiana, Cédric nunca ha cejado en su compromiso social. La falta de servicios sanitarios de calidad le llevó a abanderar el proyecto del complejo médico Mama Ti Fatima, amparado por la Asociación Nuestra Señora de Fátima para el Desarrollo (ANDFD, por sus siglas en francés), creada el 11 de julio de 2020.

Su carácter afable y comunicativo, pero sobre todo su gran capacidad de liderazgo y de trabajo en equipo, ha conseguido entusiasmar a otros jóvenes médicos y sanitarios que comparten su visión, lo que ha permitido que el complejo médico crezca enfrente de la parroquia. En 2020 se abrió la farmacia y en 2023 el centro de análisis médicos. En diciembre, el apoyo de la organización austriaca Missio-Viena permitió terminar el edificio del ambulatorio de urgencias y pronto comenzarán los trabajos de la maternidad con la financiación de la organización estadounidense The Papal Foundation. Además, la colaboración entre la ANDFD y la Diócesis de Mbaiki ha permitido la organización de nueve clínicas móviles para acercar los cuidados médicos a las personas más desfavorecidas.

El sanitario centroafricano compagina sus múltiples actividades con la docencia en la Facultad de Ciencias de la Salud de Bangui, el único centro universitario médico de todo el país. También dirige las tesis doctorales de jóvenes médicos, convencido del papel fundamental de la formación. «Cuantos más profesionales sanitarios tengamos, mejor será nuestro futuro, porque la situación de la RCA es terrible. Tenemos uno de los porcentajes de médicos por habitante más bajos del mundo (0,21 por 10 000 habitantes) y ningún médico especialista en el interior del país. Los pocos que somos estamos en Bangui», señala con tristeza, pero sin un pesimismo paralizante. A aquellos médicos que «por elección libre» trabajan fuera de la RCA les lanza un mensaje: «Nunca es tarde para regresar, porque vuestra presencia aquí es indispensable y podéis ayudar a más personas que si os quedáis fuera».  

P. Enrique Bayo. MUNDO NEGRO

Bautismo del Señor

“En aquel tiempo, Jesús llegó de Galilea al río Jordán y le pidió a Juan que lo bautizara. Pero Juan se resistía, diciendo: Yo soy quien debe ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a que yo te bautice? Jesús le respondió: Haz ahora lo que te digo, porque es necesario que así cumplamos todo lo que Dios quiere. Entonces Juan accedió a bautizarlo.
Al salir Jesús del agua, una vez bautizado, se le abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios, que descendía sobre Él en forma de paloma y oyó una voz que decía desde el cielo: Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias”
(Mateo 3, 13-17)

comboni2000.org


Bautismo del Señor
P. Enrique Sánchez G., mccj

El evangelio de este domingo nos presenta a Jesús llegando hasta el río Jordán, a un lugar conocido por todos aquellos que acudían a Juan el Bautista para ser bautizados con el deseo de iniciar una nueva vida.

La predicación de Juan efectivamente, consistía en una invitación a la conversión y al arrepentimiento de los pecados para facilitar la llegada del Mesías al corazón de cada uno de sus oyentes. Había que cambiar de vida y pasar por el bautismo para ser purificados del pecado.

Muchas personas que se habían encontrado con Juan habían dado el paso a una nueva vida, convencidos por la radicalidad y la coherencia de vida con la que predicaba la llegada del tiempo en el cual Dios se había manifestado en la persona de Jesús.

El bautismo que Juan ofrecía a las orillas del río Jordán significaba el paso de una vida marcada por el pecado a una vida nueva que, pasando por las aguas, disponía a recibir otro bautismo que Jesús, como Hijo de Dios, venía a derramar a todos los que se abrían a la fe.

Aquel espacio del Jordán representaba el lugar en donde la humanidad pecadora se daba cita para reconocer su fragilidad y su pecado y hasta ahí llegó Jesús para ponerse en la fila y marcar con ese gesto su disponibilidad de ir hasta las ultimas consecuencias en su propósito de asumir la condición humana.

Él, que no sabía de pecado, quiso asumir la condición de pecador para cargar sobre su espalda todo aquello que tenía a la humanidad aplastada.

Sin haber cometido pecado, abrazó la condición pecadora del ser humano para darle la posibilidad de liberarse de lo que era causa de tristeza y de muerte.

Sólo recordando esto, es posible entender por qué Jesús pide a Juan ser bautizado. Juan sabía que el bautismo que llegaría por Jesús sería el único camino para encontrarse con quien lo había hecho libre y lo había destinado a disfrutar de la vida como hijo amado.

Y Juan, que lo reconoce como aquel a quien no es digno ni siquiera de desatar las correas de sus sandalias, no sale de su asombro. Él sabía bien que el bautizo que él ofrecía no era para Jesús, quien no necesita de conversiones y no sabía de pecados.

Pero era necesario para que se cumpliera, como dice el evangelio, la voluntad de Dios. Era necesario para demostrar o para hacer entender lo que Dios tenía en su mente y en su corazón cuando decidió hacerse uno de nosotros.

En el bautismo de Jesús, Dios nos da una lección y nos ayuda a entender qué es lo que ha querido mostrarnos cuando decidió asumir nuestra condición humana. Esa condición frágil y marcada por la debilidad y por la miseria que sigue lastimándonos hasta nuestros días.

Dios quiso apropiarse de todo lo que somos para redimirlo y hacerlo nuevo, como sucede cada vez que alguien recibe el bautismo y lo hizo poniendo a su Hijo en el camino que todo mortal necesariamente tiene que recorrer. El camino del arrepentimiento, de la conversión y del perdón.

Nuestro Padre Dios de hizo uno de nosotros en Jesús y se confundió entre los pecadores para destruir en las aguas del bautismo lo que nos puede mantener esclavizados y sumergidos en el dolor y en la muerte.

Poniéndose entre todos los que buscaban el bautismo de Juan, Jesús nos invita hoy a valorar el bautismo que hemos recibido y a recordar, como dice san Pablo en su carta a los romanos, que si morimos con él, pasando por las aguas del bautismo, diríamos nosotros, seguramente resucitaremos con él ( Romanos 6, 8-10).

Eso significa que recobraremos la dignidad que nos corresponde como hijos de Dios. Por otra parte, es justo antes de iniciar su ministerio y el anuncio de la llegada del Reino que Jesús recibe el bautismo de Juan y es en ese momento en el cual el Padre se manifiesta para reconocer y anunciar que Jesús es su Hijo, lo que más ama, en quien tiene todas sus complacencias. Ahí es en donde el Padre nos manifiesta con qué clase de amor nos busca.

Y el bautismo de su Hijo significa el inicio de un camino de amor que llevará a Jesús hasta la cima de la Cruz para que podamos contemplar y entender que Dios no sólo ha querido hacerse uno de nosotros, sino que ha querido entregarse totalmente para que ya no vivamos esclavos de la muerte y del pecado, sino que tengamos vida y vida en plenitud.

Hoy que corremos el peligro de dejarnos atrapar por tantas ofertas que nos ofrece el mundo y que nos podemos dejar confundir con una infinidad de trampas que nos ponen en nuestro caminar, es importante recordar que Jesús ya se nos adelantó ofreciendo su vida por nosotros y que no tenemos pretextos para impedir que su amor nos envuelva.

Ojalá que el tomar conciencia de nuestro bautismo nos recuerde que hemos sido bautizados en Cristo y que en él hemos tenido la dicha de nacer a una vida nueva en la cual no debería tener cabida la realidad del pecado que nos maltrata y humilla.

El bautismo de Jesús nos recuerda que ya no hay razón para que vivamos esclavos de las pasiones que nos destruyen y destruyen a los demás. Con él hemos nacido a una vida nueva.

Ojalá que nuestro bautismo nos hiciera sentir orgullosos de ser discípulos de Jesús, de reconocernos personas nuevas llamadas a cambiar y a transformar nuestra sociedad, personas alegres, llenas de entusiasmos, de confianza y de esperanza.

Reconozcamos que como cristianos hemos sido bautizados en Cristo, en aquel en quien Dios tiene todas sus complacencias y en quien se nos manifiesta un amor que nos libera y hace de nosotros personas nuevas.


Una nueva etapa
José Antonio Pagola

Antes de narrar su actividad profética, los evangelistas nos hablan de una experiencia que va a transformar radicalmente la vida de Jesús. Después de ser bautizado por Juan, Jesús se siente el Hijo querido de Dios, habitado plenamente por su Espíritu. Alentado por ese Espíritu, Jesús se pone en marcha para anunciar a todos, con su vida y su mensaje, la Buena Noticia de un Dios amigo y salvador del ser humano.
No es extraño que, al invitarnos a vivir en los próximos años “una nueva etapa evangelizadora”, el Papa nos recuerde que la Iglesia necesita más que nunca “evangelizadores con Espíritu”. Sabe muy bien que solo el Espíritu de Jesús nos puede infundir fuerza para poner en marcha la conversión radical que necesita la Iglesia. ¿Por qué caminos?

Esta renovación de la Iglesia solo puede nacer de la novedad del Evangelio. El Papa quiere que la gente de hoy escuche el mismo mensaje que Jesús proclamaba por los caminos de Galilea, no otro diferente. Hemos de “volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio”. Solo de esta manera, “podremos romper esquemas aburridos en los que pretendemos encerrar a Jesucristo”.
El Papa está pensando en una renovación radical, “que no puede dejar las cosas como están; ya no sirve una simple administración”. Por eso, nos pide “abandonar el cómodo criterio pastoral del siempre se ha hecho así” e insiste una y otra vez: “Invito a todos a ser audaces y creativos en esta tarea de repensar los objetivos, las estructuras, el estilo y los métodos evangelizadores de las propias comunidades”.
Francisco busca una Iglesia en la que solo nos preocupe comunicar la Buena Noticia de Jesús al mundo actual. “Más que el temor a no equivocarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: Dadles vosotros de comer”.
El Papa quiere que construyamos “una Iglesia con las puertas abiertas”, pues la alegría del Evangelio es para todos y no se debe excluir a nadie. ¡Qué alegría poder escuchar de sus labios una visión de Iglesia que recupera el Espíritu más genuino de Jesús rompiendo actitudes muy arraigadas durante siglos! “A menudo nos comportamos como controladores de la gracia y no como facilitadotes. Pero la Iglesia no es una aduana, es la casa del Padre donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas”.


Vivir el tiempo ordinario con sentido
Inma Eibe

El evangelio de hoy nos sitúa de esta manera en nuestra cotidianidad. La escena que nos muestra podría ser la de un día cualquiera en la vida de Juan el Bautista, el profeta que predicaba en el desierto y bautizaba en el Jordán. Probablemente cada día habría un buen grupo de personas escuchándole y dejándose bautizar por él, atraídos por sus palabras y sus gestos. Así que a nadie le llamaría la atención aquel hombre que esperaba su turno tranquilamente, como uno más, junto a tantos otros; un hombre que no se había distinguido hasta ahora en nada; un hombre que llevaba una vida sencilla en Nazaret.

Pero cuando ese hombre, llamado Jesús, llega a Juan, el profeta es capaz de reconocerlo como aquel de quien ha estado diciendo que “os bautizará con Espíritu Santo y fuego” (cf. Mt 3,12) y se sobrecoge ante su petición: “Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?”. Jesús acude a Juan para hacerse bautizar y, con este gesto, desciende a lo más bajo, aún más bajo que el pesebre en el que había nacido; aún más bajo que la vida sencilla que había llevado. Jesús toma sobre sí la condición de pecador“Al que no conoció el pecado, por nosotros lo cargó con el pecado, para que, por su medio, obtuviéramos la justificación de Dios” (2Cor 5,21).

Contemplemos el encuentro entre estos dos hombres y prestemos oído a su diálogo. Ambos escuchan al otro en su verdad más plena. Ambos se dejan acompañar. Ambos buscan la voluntad de Dios: “Déjalo ahora”, dice Jesús. “Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere”. Y ambos, gracias al otro, toman consciencia de su identidad. Como lo habían hecho años atrás sus madres en el encuentro en Ain Karem (cf. Lc 1,39-56), tanto Juan como Jesús son ahora reafirmados y fortalecidos en su vocación personal y en su misión. Sobrecoge caer en la cuenta de que las primeras palabras que Mateo pone en boca de Jesús en todo su evangelio sean éstas, referidas cumplir todo lo que Dios quiere, manifestando lo que sería una clave fundamental en su vida: hacer la voluntad del Padre.

El evangelista ha narrado el encuentro con unas imágenes que muestran la fuerza de la teofanía que se describe: el cielo se abre, el Espíritu baja y se oye una voz del cielo. Esta descripción de la apertura de los cielos nos remite a Isaías: “¡Ojalá rasgases el cielo y bajases!” (Is 63,19). El autor pide a Dios que vuelva a abrir el cielo, que se manifieste y descienda en medio del pueblo.

En Jesús se cumple esta Palabra. Dios se ha manifestado y ha descendido hasta ponerse en la cola con los pecadores. Mateo modifica la voz celestial con respecto a los otros dos sinópticos. La manifestación no está en segunda persona, sino en tercera: “Este es mi hijo, el amado, mi predilecto”. No es una revelación dirigida a Jesús, aunque con ello Jesús se reconozca como el HijoEs una revelación dirigida a nosotros, que la escuchamos. Es una invitación a acoger a Jesús como el Hijo y a aceptar que nosotros somos también “hijos en el Hijo” (cf. Jn 1,12).

Hoy, recordando el Bautismo de Jesús, somos invitados a ratificar nuestro propio bautismo, a confirmar nuestra fe desde la experiencia de encuentro personal con Jesús, el que se hizo uno de nosotros para recordarnos que somos hijos amados del Padre. Renovar nuestro propio bautismo hoy nos debe llevar a renovar nuestro compromiso a vivir como hermanos de todos, buscando la voluntad de nuestro Dios Padre-Madre y dejándonos mover por el aliento impetuoso de la Ruah Santa. Preciosa invitación, después de haber vivido en profundidad la Navidad, para comenzar nuestro tiempo “ordinario” con verdadero sentido.


Del Bautismo nace la Misión
Romeo Ballan, mccj

El Bautismo de Jesús en las aguas del río Jordán es una de las tres grandes epifanías que la liturgia de la Iglesia canta en la solemnidad de la Epifanía del Señor, junto con la manifestación a los magos que llegaron de Oriente y con el milagro en las bodas de Caná. También el bautismo es una presencia y una manifestación misionera de Jesús. Litúrgicamente, celebramos hoy una fiesta-puente entre la infancia de Jesús y su vida pública: el tiempo de Navidad termina con la fiesta del Bautismo de Jesús, evento que lo introduce en la vida pública. Pero hay mucho más: desde sus comienzos, la predicación misionera de los Apóstoles arrancaba “a partir del bautismo de Juan hasta el día en que Jesús nos fue llevado” (Hch 1,22). Jesús no inicia su vida pública con un sacrificio en el templo, sino en el río de la vida, en plena solidaridad con las vicisitudes de la familia humana. 

La dimensión universal de esta epifanía brota con fuerza de las lecturas. Lo confirma el mismo San Pedro (II lectura) en la casa del centurión Cornelio en Cesarea. Superada con dificultad la resistencia inicial – la suya propia y la de la comunidad eclesial – Pedro visita, acoge a Cornelio y defiende su entrada en la Iglesia, afirmando una verdad fundamental para la misión y para la teología de la salvación que Dios ofrece a cada persona, aunque no sea oficialmente cristiana: “Dios no hace distinciones, acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea” (v. 34-35).

El hecho del bautismo del Señor arroja una luz intensa sobre la identidad y la misión de Jesús (Evangelio). En Él se manifiesta la Trinidad santa: el Padre proclama a su “Hijo, el amado” (v. 17); el Espíritu desciende sobre Él (v. 16). El Padre es la voz, el Hijo es el rostro, el Espíritu es el vínculo. La misión de Jesús está ya prefigurada en el primer canto del “Siervo del Señor” (I lectura), con una tarea que sobrepasa las fronteras de Israel y llega a las naciones (paganas) como luz y salvación (v. 1 y 6). Su misión rehúye los tonos ruidosos y explosivos (v. 2); será, en cambio, una presencia de apoyo, recuperación y valorización de los más débiles (v. 3 y 7); una misión que podrá contar siempre con la fuerza del que lo ha “cogido de la mano” (v. 6). Se trata de un programa apasionante, que da sentido a la vida de cualquier persona capaz de amor y de ideales generosos. Asimismo, el programa del Siervo vale tanto para los individuos como para una comunidad, e incluso para un pueblo.

En el Evangelio Jesús, haciendo suya la misión del Siervo y sintiéndose, al mismo tiempo, hijo y hermanose pone en fila con los pecadores, hace cola como todos, como un hombre cualquiera espera su turno para recibir, también Él, inocente, el bautismo de Juan el Bautista para el perdón de los pecados. Se manifiesta aquí la total solidaridad que Jesús siente con toda la familia humana, de la que es parte. Una solidaridad hasta el punto de que “no se avergüenza de llamarles hermanos” (Heb 2,11). Profundo es el comentario de S. Gregorio Nacianceno sobre la escena del bautismo: después de sumergirse en el río, “Jesús sube del agua: lo cual nos recuerda que hizo subir al mundo con Él hacia lo alto” (Oficio de Lecturas). Él es verdaderamente el Siervo solidario y sufriente, el Cordero que carga sobre sí los delitos de todos (cf Is 53,4-5.12). Sin embargo, Él es siempre el Hijo predilecto, en el cual el Padre misericordioso se complace.

La profunda reflexión teológica de Gregorio Nacianceno tiene también una correlación geográfica con el lugar donde, presumiblemente, ha ocurrido el bautismo de Jesús. El lugar pudo ser Bet-Araba, en el mismo punto del río por el cual Josué hizo entrar al pueblo en la Tierra prometida (Jos 3,14s). Según los geólogos, este sería el punto más bajo de la tierra: 400 metros por debajo del nivel del mar. Desde esa profundidad deprimida, Jesús emerge del agua del Jordán, se eleva hacia lo alto, cargando sobre sus hombros a la humanidad entera. Su oración al Padre pudo ser la del salmo De Profundis: “Desde lo hondo a Ti grito, oh Señor… Porque del Señor viene la misericordia y la redención copiosa” (Sal 130,1.7). La cercanía solidaria de ese Siervo, Hijo y Hermano, verdadero Dios y Hombre, es la base del compromiso misionero, que para todo cristiano se funda y nace del Bautismo, el sacramento que nos introduce en la vida de la Trinidad y de la Iglesia, para llevar al mundo la vida buena del Evangelio, con la esperanza de un mundo que puede siempre renovarse.


Quiso remontar un abismo con nosotros
Fernando Armellini

Introducción

Los lugares bíblicos tienen con frecuencia un significado teológico. El mar, el monte, el desierto, laGalilea de las naciones, Samaría, las tierras del otro lado del lago de Gennesaret… son mucho más que simples indicaciones geográficas (a menudo ni siquiera exactas).

Lucas no especifica el lugar del bautismo de Jesús; Juan, sin embargo, lo especifica: “tuvo lugar en Betania, al otro lado del Jordán, donde Juan estaba bautizando” (Jn 1,28). La tradición ha localizado justamente el episodio en Betabara, el vado por el que también el pueblo de Israel, guiado por Josué, atravesó el río, entrando en la Tierra Prometida. En el gesto de Jesús se hacen presentes el recuerdo explícito del paso de la esclavitud a la libertad y el comienzo de un nuevo éxodo hacia la Tierra Prometida.

Betabara tiene otra particularidad menos evidente pero igualmente significativa: los geólogos aseguran que este es el punto más bajo de la tierra (400 m bajo el nivel del mar).

La elección de comenzar precisamente aquí la vida pública no puede ser simple casualidad. Jesús, venido de las alturas del cielo para liberar a los hombres; ha descendido hasta el abismo más profundo con el fin de demostrar que quiere la Salvación de todos, aun de los más depravados, aun de aquellos a quienes la culpa y el pecado han arrastrado a una vorágine de la que nadie imagina que se pueda salir. Dios no olvida ni abandona a ninguno de sus hijos.

Primera Lectura del libro del profeta Isaías 42,1-4.6-7

Así habla el Señor: 1”Este es mi Servidor, a quien yo sostengo, mi elegido, en quien se complace mi alma. Yo he puesto mi espíritu sobre él para que lleve el derecho a las naciones. 2Él no gritará, no levantará la voz ni la hará resonar por las calles. 3No romperá la caña quebrada ni apagará la mecha que arde débilmente. Expondrá el derecho con fidelidad; 4no desfallecerá ni se desalentará hasta implantar el derecho en la tierra, y las costas lejanas esperarán su Ley…. 6Yo, el Señor, te llamé en la justicia, te sostuve de la mano, te formé y te destiné a ser la alianza del pueblo, la luz de las naciones, 7para abrir los ojos de los ciegos, para hacer salir de la prisión a los cautivos y de la cárcel a los que habitan en las tinieblas.”

En la segunda parte del libro de Isaías, entra en escena un personaje misterioso a quien el autor llama el “Siervo del Señor”. Su historia viene narrada en cuatro relatos (Is 42,1-7; 49,1-6; 50,4-9; 52,13–53,12).

¿Quién es este siervo? ¿Se trata de un individuo concreto o de una figura simbólica que representa a todo el pueblo de Israel? Los estudiosos de la Biblia no han logrado todavía encontrar una respuesta segura, lo cual, por otra parte, no es tan importante. Lo que nos interesa es que en este Siervo del Señor los primeros cristianos han reconocido inmediatamente a Jesús (cf. Hch 8,30-35). ¿Cómo se llegó a esta identificación?

Todo comenzó en aquel dramático viernes, 7 de abril del año 30 d. C., día en que Jesús fue ejecutado. Los discípulos, desorientados, se preguntaban cómo era posible que la vida de un hombre bueno y justo haya podido terminar en semejante fracaso. Buscando en las Escrituras una solución al enigma encuentran en el libro de Isaías el relato de este Siervo que, después de un proceso inicuo, es quitado de en medio por aquellas mismas personas a quienes él quería liberar. Y comprenden: Dios no salva concediendo la victoria, el éxito, el dominio, sino mediante la derrota, la humillación por parte de los enemigos, mediante el don de la vida. Aquello que el profeta había dicho del “Siervo del Señor” se ha cumplido plenamente en Jesús de Nazaret. La lectura de hoy nos lleva al comienzo del relato de este Siervo.

En primer lugar, se narra su elección (v.1).
Esta parábola no siempre produce en nosotros resonancias positivas. Habla de preferencia a favor de unos y en detrimento de otros. No nos gusta oír hablar de pueblo “elegido” ni de estirpe “elegida” porque estas expresiones nos traen a la memoria recuerdos dramáticos de la locura provocada por la ilusión de pertenecer precisamente a una “raza elegida”.

La elección de Dios no tiene nada que ver con exclusivismos, particularismos o separatismos. Cuando Dios elige a una persona o a un pueblo, lo hace solamente para confiarle una misión (siempre difícil, onerosa y poco gratificante) y pedirle un servicio en favor de los otros.

Es fácil, por desgracia, para quien ha sido escogido por el Señor, interpretar su elección de acuerdo con criterios y categorías humanas, y de arrogarse por consiguiente derechos, honores y privilegios. El personaje de quien nos habla hoy la primera lectura, por el contrario, se identifica desde el principio como un Siervo encargado de llevar a término una empresa comprometida. ¿Quién le dará la fuerza?

El hombre “es carne”, es decir, está revestido de debilidad. Cuando el Señor encomienda a alguien una tarea, le da la capacidad para llevarla a cabo. A su “Siervo”, el Señor le da como apoyo su Espíritu, su fuerza irresistible.

Inmediatamente se indica la primera misión confiada a este Siervo elegido: está destinado a llevar el derecho a las naciones (v. 1), a hacer triunfar en el mundo “la justicia”, la “justicia de Dios” que consiste en su benevolencia, en su Salvación.

En los versículos siguientes (vv. 2-5) se narra cómo el Siervo llevará a cabo su misión. Se comportará de modo inesperado: no se impondrá por la fuerza, con la presión de la Ley, con amenaza de sanciones contra quienes se opongan a sus disposiciones. No gritará, no alzará la voz como hacen los reyes cuando proclaman sus programas o exaltan en las plazas sus gestas. No será intolerante o intransigente con los débiles. No condenará a nadie. Recuperará a quien se ha equivocado en vez de aniquilarlo y destruirlo; reconstruirá con paciencia y respeto todo lo que se estaba arruinando. No existirán para él casos perdidos, situaciones irrecuperables.

Será también tentado por el desaliento ante tarea tan ardua, pero se mantendrá firme y decidido en llevarla a cabo sin arredrarse o amedrentarse ante ningún obstáculo.

Sirviéndose de imágenes, la última parte de la lectura (vv. 6-7) desarrolla la misión del Siervo, de quien dice que será luz para las naciones, abrirá los ojos de los ciegos, liberará a los prisioneros y a los esclavos que caminan en tinieblas.

El relato del Siervo del Señor fue compuesto por un autor anónimo y después insertado en el libro de Isaías alrededor de 500 años antes del nacimiento de Jesús. No sabemos a quién concretamente se refiere el profeta; lo que sí es cierto es que Jesús ha realizado todo cuanto está escrito en el libro de Isaías: Jesús ha sido el Siervo fiel a Dios. En realidad, casi todos los versículos de esta lectura están narrados en los evangelios y aplicados a Jesús (cf. Mt 3,17; 12,18-21; 17,5).

Segunda Lectura: Hechos 10,34-38

34Pedro, tomando la palabra, dijo: “Verdaderamente, comprendo que Dios no hace acepción de personas, 35y que en cualquier nación, todo el que lo teme y practica la justicia es agradable a Él. 36Él envió su Palabra al pueblo de Israel, anunciándoles la Buena Noticia de la paz por medio de Jesucristo, que es el Señor de todos. 37Ustedes ya saben qué ha ocurrido en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicaba Juan: 38cómo Dios ungió a Jesús de Nazaret con el Espíritu Santo, llenándolo de poder. Él pasó haciendo el bien y curando a todos los que habían caído en poder del demonio, porque Dios estaba con Él.”

La lectura narra una parte del discurso pronunciado por Pedro en la casa de Cornelio de Cesárea. Existía en la Iglesia primitiva un problema muy debatido que dividía a la comunidad: ¿Se podía o no admitir al bautismo a los paganos? Pedro, al principio, era más bien reacio, condicionado como estaba por el prejuicio profundamente arraigado en Israel de que los demás pueblos eran inmundos.

Un día, mientras se encontraba rezando en Jaffa, el Señor le reveló que ninguna criatura de Dios es impura y profana. A sus ojos, todas son igualmente puras y privilegiadas. Todos los hombres son llamados a la Salvación, porque Él es el Señor de todos (cf. Rom 10,12).

La expresión “Dios no tiene preferencia de personas” –usada en este pasaje– aparece varias veces en el Nuevo Testamento (Rom 2,11; Gal 2,6; 1 Pe 1,17) para alertarnos de la peligrosa tentación de proyectar en Dios nuestras discriminaciones y para ponernos en guardia contra la presunción de que el Señor trata de manera diferente a los hombres, según la confesión religiosa a la que pertenecen.

El discurso de Pedro sigue con una breve síntesis de la vida de Jesús (vv. 37-38). Con la expresión “pasó haciendo el bien y sanando a todos los que estaban bajo el poder del diablo”, se resume su misión. Jesús se empeña contra toda forma del mal, contra todo lo que impide la vida del hombre. La tarea a realizar fue difícil y comprometida, pero Jesús logró llevarla a término porque estaba lleno del Espíritu del Señor y porque Dios estaba con él.

Se indica también el lugar de la manifestación de la Salvación: Todo comenzó en Galilea, cuando Juan se puso a bautizar a lo largo del Jordán. Con estas palabras define Pedro, de nuevo, el periodo de la vida de Jesús a que debe referirse la fe del creyente, es decir, su vida pública “desde el bautismo de Juan hasta el día en que Jesús de entre nosotros ha sido elevado al cielo” (Hch 1,22).

Evangelio: Mateo 3,13-17

En tiempos de Jesús, muchas sectas religiosas practicaban el bautismo. El rito tenía muchos significados, pero lo que fundamentalmente se quería significar con la inmersión en el agua es que la persona moría a su vida pasada, que era arrastrada como por un torrente, y quien emergía de ella era un nuevo hombre a quien, por eso, se le daba un nuevo nombre.

Juan realizaba esta ceremonia para acoger a aquellos que querían ser sus discípulos. Bautizaba a quien deseaba cambiar de vida para prepararse a la venida del Mesías, anunciada como inminente. La primera condición para recibir el bautismo era reconocerse pecadores; por eso los fariseos y los saduceos, que se consideraban justos y sin pecado, no sentían la necesidad de hacerse bautizar (cf. Lc 7,30).

Si este era el significado del bautismo de Juan, no se comprende la razón por la que Jesús quiso recibirlo: Él no tenía que cambiar de vida, y su gesto podía sugerir la idea de que Juan era superior. Para clarificar esta dificultad, muy sentida entre los primeros cristianos, Mateo introduce en el pasaje el diálogo entre el Bautista que rechaza bautizar a alguien superior a él y Jesús, que insiste para que se cumpla “toda justicia”. Juan debe aceptar y colaborar con la realización del proyecto de Salvación de Dios (esta es “la justicia”), aunque la petición presente aspectos misteriosos e incomprensibles (vv. 14-15). Incluso a una persona espiritualmente madura como el Bautista se le hace difícil aceptar al Mesías de Dios en estas condiciones: queda totalmente sorprendido cuando ve al Santo, al Justo, junto a aquellos pecadores quienes, según la lógica humana, deberían ser aniquilados.

​Se trata de la nueva y desconcertante “justicia de Dios”. Es la “justicia” de aquel que “quiere que todos los hombres se salven” (1 Tm 2,4). El autor de la Carta a los Hebreos expresará esta consoladora verdad en términos conmovedores: Cristo no se avergüenza de llamar “hermanos” a los hombres pecadores (cf. Heb 2,11).

Es ésta una invitación dirigida también a las comunidades cristianas de hoy para que reconsideren aquellas actitudes que rezuman superioridad, presunción, autocomplacencia por la propia justicia, y supriman todo lenguaje que pueda sugerir juicio, condena o marginación contra quienes se han equivocado o continúan equivocándose.

​Después de esta original introducción también Mateo, como Marcos y Lucas, describe la escena siguiente con tres imágenes: la apertura del cielo, la paloma y la voz del cielo. No está recordando hechos prodigiosos de los que haya sido testigo presencial. Emplea imágenes bien conocidas para sus lectores, cuyo significado no es difícil entender incluso para nosotros.

​Comencemos por la apertura del cielo. No se trata de una información meteorológica. No es que entre las nubes densas y oscuras de improviso se ha filtrado un rayo luminoso del Sol. Si hubiera sido así, Mateo no se habría tomado la molestia de narrar detalle tan banal y sin interés alguno para nuestra fe. En realidad, está aludiendo de manera explícita a un texto del Antiguo Testamento, a un pasaje del profeta Isaías que conviene recordar.

​En los últimos siglos antes de Cristo, se había extendido en el pueblo de Israel la creencia de que el cielo se había cerrado. Indignado por los pecados y la infidelidad de su pueblo, Dios se habría recluido en su mundo poniendo fin al envío de profetas y rompiendo así todo diálogo con el hombre. Los israelitas fervorosos se preguntaban: ¿Cuándo terminará este silencio que tanto nos angustia? ¿No volverá el Señor a hablarnos, no nos mostrará su rostro sereno como en tiempos antiguos? Lo invocaban así: “Señor, tú eres nuestro Padre; nosotros somos la arcilla y tú el alfarero; somos obra de tu mano. No te irrites tanto, Señor, no recuerdes siempre nuestra culpa: mira que somos tu pueblo… “¡Ojalá rasgases el cielo y bajases!” (Is 64,7-8; 63,19).

​Afirmando que, con el comienzo de la vida pública de Jesús, los cielos se rasgaron, Mateo da a sus lectores la sorprendente noticia: Dios ha escuchado la súplica de su pueblo, ha abierto de par en par el cielo y no lo cerrará ya más. Ha terminado para siempre la enemistad entre el cielo y la tierra. La puerta de la casa del Padre permanecerá eternamente abierta para acoger a cada hijo que desee entrar; nadie será excluido.

​La segunda imagen es la de la paloma. Mateo no dice que una paloma haya descendido del cielo; sería éste otro detalle banal y superfluo. Dice que Jesús vio al Espíritu de Dios descender del cielo “como una paloma y posarse sobre él”.

​El Bautista recuerda ciertamente que del cielo no solo descendió el “maná” sino también el “agua” destructora del juicio (Gén 7,12) y “el fuego y el azufre” que redujeron a Sodoma y Gomorra a ruinas (cf. Gén 19,24). Probablemente se espera la venida del Espíritu como un fuego devorador de los malvados. El Espíritu, sin embargo, baja sobre Jesús y se posa como una paloma: es todo ternura, afecto, bondad. Movido por el Espíritu, Jesús se acercará a los pecadores siempre con la dulzura y la amabilidad de la paloma. La paloma era también el símbolo del apego al propio nido. Si el evangelista tiene también en mente este apego, entonces quiere decir que el Espíritu busca a Jesús como la paloma busca su nido. Jesús es el templo donde el Espíritu encuentra su morada permanente.

La tercera imagen es la voz del cielo. Era ésta una expresión usada frecuentemente por los rabinos cuando querían atribuir a Dios una afirmación. En nuestro relato tiene por objetivo definir, en nombre de Dios, la identidad de Jesús.

El pasaje ha sido compuesto después de los acontecimientos de la Pascua para responder a los interrogantes suscitados en los discípulos por la muerte ignominiosa del Maestro. Había aparecido ante sus ojos derrotado, rechazado y abandonado por Dios. Sus enemigos, custodios y garantes de la pureza de la fe de Israel, lo habían condenado como blasfemo. La inquietante pregunta era: ¿Está quizás Dios de acuerdo con esta sentencia?

A los cristianos de su comunidad, Mateo refiere el juicio de Dios con tres textos del Antiguo Testamento.

■«Este es mi hijo», en alusión al Salmo 2,7. En la cultura semítica, el término hijo no indicaba solamente la generación biológica, sino que implicaba también la afirmación de una semejanza. Presentando a Jesús como su hijo, Dios se asegura de que lo reconozcan en Él, en sus palabras, en sus obras y, sobre todo, en su gesto supremo de Amor: el don de la vida. Quien quiere conocer a Padre solo tiene que contemplar a este hijo.

■«El predilecto» se refiere al relato de la prueba a que fue sometido Abrahán. Dios le pidió ofrecer a su hijo Isaac, el único, el predilecto (cf. Gén 22,2.12.16). Aplicando a Jesús este título, Dios invita a no considerarlo como a un rey o profeta cualquiera. Él es, como Isaac, el único, el amado.

■«Mi elegido, en quien me complazco.» Esta expresión es ya conocida porque se encuentra en el primer versículo de la lectura de hoy (Is 42,1). Dios declara que Jesús es el Siervo de quien ha hablado el profeta. Él es el enviado a “establecer el derecho y la justicia” en el mundo. Ofrecerá su vida para llevar a cumplimiento esta misión.

La voz del cielo declara falso, por tanto, el juicio pronunciado por los hombres y desmiente las expectativas mesiánicas del pueblo de Israel, que no podía imaginarse un Mesías humillado, derrotado, ejecutado. Cuando Pedro juró en casa del Sumo Sacerdote no conocer a aquel hombre, en el fondo estaba diciendo la verdad: no podía reconocer en Él al Mesías pues no correspondía en absoluto con el Salvador esperado. El modo de cumplir Dios sus promesas ha sido una sorpresa para todos; también para Juan el Bautista.

​Comentando el evangelio de la Sagrada Familia, habíamos dicho que Mateo resalta frecuentemente la semejanza entre Jesús y Moisés. En el pasaje de hoy encontramos otro rasgo de este paralelismo. Moisés recibió el Espíritu de Dios cuando, junto a todo el pueblo, salió de las aguas del Mar Rojo. Aquella fuerza Divina le permitió guiar a los israelitas a través del desierto hasta la tierra prometida. También Jesús recibió el Espíritu después de haber salido del agua del bautismo para reunir y conducir hacia la libertad a cuantos son esclavos del mal.