El «sí», respuesta que se hace vida

Hay pequeñas respuestas que cambian la historia. Palabras que no hacen ruido, pero abren caminos. Decir «sí» es una de ellas. No un «sí» cómodo e ingenuo, sino uno pronunciado desde la fe, la valentía y la disposición total para dar la vida.

Por: Hna. Kathia di Serio, smc

Un «sí» que pronuncié el 29 de julio de 2007 con las Misioneras Combonianas, y que expreso cada día en la misión de Ciudad de México, donde vivo mi entrega cotidiana a Dios y a la misión. Toda vocación nace de una pregunta y se confirma con un «sí» como respuesta. No es perfecto ni definitivo desde el inicio, sino que se aprende a pronunciar en el camino. La historia de la salvación muestra que Dios no llama a «personas terminadas», sino a corazones disponibles, porque dicho recorrido está tejido de estas respuestas positivas. En mi historia vocacional resuena con fuerza el «sí» de María, el de san Daniel Comboni, el de las Misioneras Combonianas y el de otras tantas mujeres en el mundo.

El «sí» de María

La vocación de María inicia con una escucha atenta y una sincera pregunta: «¿Cómo será esto?» (Lc 1,34). María no entiende todo, pero confía. Su respuesta no nace de la seguridad, sino de su cercanía con Dios. Es un primer rasgo vocacional: escuchar, discernir y confiar, aún cuando el futuro no sea claro. Ella nos enseña que la vocación no anula los miedos ni las dudas, pero los integra. Dios no espera certezas absolutas, sino disponibilidad. Todo auténtico llamado comienza cuando alguien se atreve a responder: «Aquí estoy».

La respuesta de María no fue automática ni pasiva. Fue un «sí» discernido y encarnado. Ella escucha, se deja interpelar y, aún sin comprenderlo todo, se fía: «Hágase en mí según tu Palabra» (Lc 1,38). Se entrega, se convierte en mujer que camina, en servidora de la vida, en presencia divina en las periferias humanas. Su respuesta es profundamente revolucionaria: Dios entra en la historia de cada persona y se deja encontrar en lo cotidiano.

El «sí» de Comboni

El «sí» de san Daniel Comboni fue el de un hombre conquistado por una causa que lo superaba. Su vocación misionera nació del encuentro con un pueblo herido y del deseo de devolverle la dignidad. Él dijo «sí» una y otra vez: ante el cansancio, la incomprensión y el fracaso. Su vocación no fue cómoda ni lineal, sino fiel; comprendió que ésta no es un camino individualista, sino una misión compartida: «Salvar África con África».

Desde una perspectiva vocacional, Comboni nos recuerda que el llamado de Dios suele encender una pasión que transforma toda la vida. Decir «sí» implica dejarse moldear, aprender a perseverar y creer que incluso nuestras fragilidades pueden ser fecundas. Una y otra vez Dios cree en la humanidad de cada persona. El «sí» de nuestro santo patrono no fue idealista, sino probado por el fracaso, la enfermedad y la incomprensión. Aún así, pudo exclamar: «Yo muero, pero mi obra no morirá».

El «sí» de Comboni es de quien ama un pueblo hasta dejarse consumir por él; nace de la contemplación del Crucificado, que se traduce en compromiso histórico. Es un «sí» generativo: que abre camino, convoca y sueña comunidad, como cenáculo que irradia amor.

El «sí» de las mujeres

Hay vocaciones que no siempre reciben nombre oficial, pero son profundamente reales. El «sí» de las mujeres en el mundo sostiene a la historia: madres, cuidadoras, defensoras, migrantes, líderes comunitarias. Féminas que he encontrado y acompañado en caminos de crecimiento y búsqueda de la esperanza en contextos de movilidad humana.

Mujeres que dicen «sí» a la vida en contextos de violencia, migración forzada, pobreza y exclusión. Ellas sostienen familias, comunidades y memorias; cuidan, luchan, sanan, organizan y denuncian. Muchas no lo pronuncian con palabras religiosas, pero viven un «sí» profundamente evangélico con gestos concretos de amor, dignidad y resistencia. En ellas, Dios sigue encarnándose hoy.

El «sí» de las Misioneras Combonianas

Es una respuesta que se hace presencia y cercanía, y que se expresa en la opción por los pobres, por las mujeres heridas y las personas migrantes y excluidas. Esta vocación no se vive desde la distancia, sino desde el hecho de compartir la vida. Como María, las combonianas guardan y gestan; como Comboni, se arriesgan y sueñan; como tantas mujeres del mundo, sostienen la esperanza en contextos de frontera. Es un «sí» que acompaña procesos, que camina con ellos, que cree en la vida, incluso cuando todo parece negarla.

Este «sí» es cotidiano: se renueva en la oración, en la comunidad, en el servicio humilde y en la capacidad de permanecer; una vocación que habla más con gestos que con palabras, y que invita a las nuevas generaciones a preguntarse: ¿A dónde estoy siendo llamada para que otros tengan vida? El carisma comboniano vive en las comunidades de mujeres de diversas culturas y nacionalidades. Las combonianas responden al llamado de Dios, caminan con los pueblos y anuncian la Buena Nueva con su propia historia y vida compartidas.

El «sí» de María, de Comboni, de las Misioneras Combonianas y de las mujeres en el mundo no pertenece al pasado; es un llamado abierto. Nos invita a preguntarnos: ¿A qué vida estoy llamado? ¿A quién le genera esperanza mi respuesta positiva? Decir «sí» es un acto de amor y fe. Significa permitir que Dios renueve todas las cosas a través de mi disponible fragilidad. Responder «sí», no implica tener todo claro, sino estar dispuesto a caminar, a arriesgar todo por amor. Todo llamado auténtico comienza cuando alguien se atreve a poner su vida en manos de Dios para que otros tengan vida; porque cuando una mujer dice «sí» a la vida, el mundo vuelve a nacer.