III Domingo de Cuaresma. Año A
“En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaria, llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José. Ahí estaba el pozo de Jacob. Jesús, que venía cansado del camino, se sentó sin más en el brocal del pozo. Era cerca de mediodía.
Entonces llego una mujer de Samaria a sacar agua y Jesús le dijo: Dame de beber. (Sus discípulos habían ido al pueblo a comprar comida). La samaritana le contestó: ¿Cómo es que tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana? (Porque los judíos no tratan a los samaritanos). Jesús le dijo: Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, tú le pedirías a Él, y Él te daría agua viva.
La mujer le respondió: Señor, ni siquiera tienes con qué sacar agua y el pozo es profundo, ¿cómo vas a darme agua viva? ¿Acaso eres tú mas que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo del que bebieron él, sus hijos y sus ganados? Jesús le contestó: El que bebe de esta agua vuelve a tener sed. Pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed. El agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un manantial capaz de dar la vida eterna.
La mujer le dijo: Señor, dame de esa agua para que no vuelva a tener sed ni tenga que venir hasta aquí a sacarla. Él le dijo: Ve a llamar a tu marido y vuelve. La mujer le contestó: No tengo marido. Jesús le dijo: Tienes razón en decir: No tengo marido. Has tenido cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad.
La mujer le dijo: Señor, ya veo que eres profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte y ustedes dicen que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén. Jesús le dijo: Créeme, mujer, que se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adorarán al Padre. Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos. Porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, y ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así como el Padre quiere que se le dé culto. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad.
La mujer le dijo: Ya sé que va a venir el Mesías (es decir, Cristo). Cuando venga, Él nos dará razón de todo. Jesús le dijo: Soy yo, el que habla contigo.
En esto llegaron los discípulos y se sorprendieron de que estuviera conversando con una mujer; sin embargo, ninguno le dijo: ¿Qué le preguntas o de qué hablas con ella?
Entonces la mujer dejó su cántaro, se fue al pueblo y comenzó a decir a la gente : Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será el Mesías? Salieron del pueblo y se pusieron en camino hacia donde Él estaba.
Mientras tanto, sus discípulos le insistían : Maestro, come. Él les dijo: Yo tengo por comida un alimento que ustedes no conocen. Los discípulos comentaban entre sí: ¿Le habrá traído alguien de comer? Jesús les dijo: mi alimento es la voluntad del que me envió y llevar a término su obra. ¿Acaso no dicen ustedes que todavía faltan cuatro mees para la siega? Pues bien, yo les digo: Levanten los ojos y contemplen los campos, que ya están dorados para la siega. Ya el segador recibe su jornal y almacena frutos para la vida eterna. De este modo se alegran por igual el sembrador y el segador. Aquí se cumple el dicho: Uno es el que siembra y otro el que cosecha. Yo los envié a cosechar lo que no habían trabajado. Otros trabajaron y ustedes recogieron su fruto.
Muchos samaritanos de aquel poblado creyeron en Jesús por el testimonio de la mujer: Me dijo todo lo que he hecho. Cuando los samaritanos llegaron a donde Él estaba le rogaban que se quedara con ellos, y se quedó allí dos días. Muchos más creyeron en Él al oír su Palabra. Y decían a la mujer: Ya no creemos por lo que tú nos has contado, pues nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que Él es, de veras, el Salvador del mundo”.
(Juan 4, 5-42)
La Samaritana
P. Enrique Sánchez, mccj
En este tercer domingo de cuaresma nos encontramos con este largo relato del encuentro de Jesús con la Samaritana. Se trata de una página rica de elementos de reflexión que seguramente nos ayudarán a continuar nuestro camino cuaresmal, en la medida que tengamos la valentía de identificarnos con esa mujer a la que el encuentro con Jesús le cambió la vida e hizo de ella misionera del Reino.
Sin la pretensión de explicar cada uno de los detalles que se nos narran en el texto, creo que sería muy aleccionador y de gran provecho fijar nuestra atención primeramente en lo que se pasa en este encuentro, que a primera vista parece casual, pero que revela todo un propósito de vida y de salvación.
Lo primero que san Juan trata de no dejar pasar, como si se tratara de algo sin importancia, es el hecho de que Jesús llega al pozo de Jacob cansado del camino que había recorrido.
Un camino que viene de lejos, no tanto en la distancia que se mide en kilómetros, al encuentro de un corazón que necesita de una presencia verdadera que le pueda devolver la identidad, la dignidad y el sentido de la vida a aquella mujer Samaritana, es decir, que vive fuera del mundo religiosamente aceptado.
Jesús viene al encuentro de alguien que está más allá de las fronteras, en un contexto de exclusión que le impide vivir su relación con Dios con libertad, con confianza y con alegría. Era una samaritana que no podía entrar en contacto con Jesús porque existían prejuicios y prohibiciones que se lo impedían.
Sin embargo, el Señor recorre el camino para provocar el encuentro y romper así toda distancia.
Llega cansado hasta aquel pozo, y eso, de alguna manera, nos ayuda a entender el camino que Jesús está continuamente recorriendo para venir a nuestro encuentro. San Juan lo dirá más adelante en su evangelio: “no son ustedes quienes me han elegido, soy yo quien los he llamado y los he escogido para que sean mis amigos”. (Juan 15)
Más todavía, nos daremos cuenta de que Jesús no sólo está siempre en camino para darnos la posibilidad de encontrarlo en lo concreto de nuestra vida; sino que irá hasta el límite, hasta dar su vida para que tengamos vida, pues para eso ha venido entre nosotros y esa es la única misión que le ha confiado su Padre.
Esto nos ayuda a entender la importancia y el significado que tenía aquel pozo al que Jesús llega cansado.
El pozo es el lugar del encuentro al que todos van a buscar el agua indispensable para vivir en un paisaje en donde lo que abunda es el desierto. Es el lugar de la sobrevivencia, de donde se puede extraer aquello que permite no acabar como una presa más de la muerte.
Era el lugar al que había que ir una y muchas veces para poder obtener un sorbo de vida, pero que Jesús trasformará en fuente inagotable que surgirá en el interior de quienes con fe lo reconozcan como el Mesías.
Es también en lugar del encuentro, en donde se comparte la vida, en donde se comunica lo que sucede en lo ordinario de la existencia, en donde se informan y se transmiten los motivos de dolor y de alegría. Es el lugar en donde las personas no sólo se encuentran, sino que se conocen y se reconocen como parte de un pueblo y de una misma familia.
En aquel pozo, Jesús se da a conocer a la samaritana, le abre su corazón y la mira con compasión y con misericordia. Ahí, la samaritana podrá también hacer la experiencia de reconocerlo como el Señor y no sólo como el hombre que le cambiaría la vida.
Es el lugar en donde se entiende que el encuentro con el Señor se lleva a cabo siempre, cuando dos corazones son capaces de abrirse uno al otro, cuando el conocerse va más allá y se transforma en un reconocerse hechos el uno para el otro, cuando se acepta entrar en un diálogo que va más allá de intercambio de ideas para transformarse en conversión que abre a una existencia nueva.
Y el diálogo entre Jesús y la Samaritana tiene como pretexto el agua que ella va a buscar, cada día, a aquel pozo que ha sido lugar de salvación. Era salvación que había que conseguir muchas veces durante la vida para encontrarse con una Salvación que se reconoce en el don de la persona de Jesús, a quien una vez que se le entrega el corazón ya no habrá que volver cada día.
La mujer buscaba el agua que habría que conseguir muchas veces sin impedirse el sacrificio de ir a buscarla cada día. Jesús le ofrece el agua que será fuente inagotable que brotará del interior de su corazón para que termine con aquellas búsquedas que no acababan de satisfacer los anhelos de su vida.
Jesús no se contenta con darle un agua de la que seguiría teniendo necesidad. Él se ofrece como el agua que dará respuesta no sólo las necesidades ordinarias de la vida, sino que le permitirá encontrarse con él como el único que le puede responder a todas las exigencias de su vida.
El que bebe del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener sed. Esta es la buena noticia que Jesús le propone. Con otras palabras, Jesús confiesa a la samaritana que también él tiene sed, pero es sed de plenitud para ella.
Para entenderse será necesario hacer la experiencia de la conversión, del abandono total y de la confianza en la propuesta que el Señor va haciendo, sin forzar nada y sin precipitar los tiempos.
Será necesario cambiar y renunciar a las propias ideas, a las visiones que se pueden tener de la realidad. Habrá que salir del propio mundo en donde nos podemos sentir seguros, en donde se pretende conocer y dominar todo.
Para la Samaritana significó dejarse conocer por Jesús y aceptar que ante él no se podía esconder nada. Que ante él no importaba la imagen que pretendía defender de si misma.
Su mirada penetraba hasta lo profundo del corazón y ella era conocida a través de una mirada que no enjuiciaba y mucho menos, que no condenaba.
La Samaritana era conocida para que se pudiera descubrir amada y destinada a vivir en plenitud, sin necesidad de seguir buscando la felicidad en los intentos de amores que no le habían dejado nada.
Nosotros también, como la Samaritana, estamos invitados, especialmente en este tiempo de cuaresma, a acercarnos a Jesús, para que él nos dé el agua que necesitamos para vivir auténticamente.
Necesitamos descubrirlo como la fuente que desde lo profundo de nosotros mismos nos invita a no contentarnos con recortes o caricaturas de vida que nunca acabarán por satisfacernos. Necesitamos encontrarnos con el Señor para que haga de nosotros personas nuevas, capaces de cargar con nuestras historias personales, pero sin dejar que se conviertan en yugos que nos impiden levantarnos y caminar. Necesitamos que él toque nuestro corazón para que nos convierta en personas nuevas que se sienten reconocidas, amadas, perdonas e invitadas a ir lejos en nuestro camino de vida y de libertad.
El Señor viene a nuestro encuentro en estos días y nos espera en el broquel del pozo de nuestra historia de vida; ahí en donde vamos haciendo el intento de darle un sentido a lo que somos y a lo que hacemos.
Él no esconde su cansancio, pues, a lo mejor ha tenido que recorrer una distancia enorme, porque seguimos orientando nuestros pasos en direcciones que en lugar de acercarnos a él nos alejan.
Pero deberíamos tomar conciencia de que Él jamás renunciará a su proyecto y nos esperará confiado en que llegará también nuestra hora para que nos dispongamos a acoger su compañía y el don de su misericordia.
Como la Samaritana, tendríamos que dejar que Jesús entre en nuestro interior y que nos ayude a entender que nuestra historia vivida no puede ser un pretexto para que no lo dejemos entrar en nuestros corazones. Él estará siempre dispuesto a ayudarnos a hacer la verdad con nosotros mismos y a reconocer que nada está perdido cuando es contemplado con los ojos de Jesús.
Hoy podría ser el tiempo para decirnos que tal vez ha llegado el momento de dar un paso de calidad de nuestra vida, tan humana, pero al mismo tiempo llamada a dejarse transformar por el Espíritu que siempre será́ capaz de hacer todo nuevo en nosotros.
Qué bello sería que pudiésemos hacer nuestras las palabras de la Samaritana que dice: Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. Vengan a ver a alguien que me ha conocido desde dentro y no me ha juzgado, sino que me ha devuelto la alegría de poder ser aquello que de mí Dios había soñado.
Qué maravilloso nos resultaría escuchar al mismo Jesús que nos dijera que ya no tenemos que andar buscando otros mesías en donde no los encontraremos, sino que él es el único Mesías, nuestro salvador, es él quien nos ha encontrado.
No sería por demás que en estos días pidiéramos la gracia de la conversión, para que como la Samaritana pudiésemos reconocer a Jesús como la presencia que cambia nuestra vida y que le da sentido a lo que somos y nos llena de esperanza y de confianza cuando elevamos nuestra mirada al futuro que nos espera.
Al final de esta historia podemos decir que la Samaritana se convirtió en misionera y que fue a los suyos a dar testimonio de quien le había cambiado la vida.
La misma experiencia podría ser la nuestra, cuando llenos de la alegría de sabernos encontrados por el Señor, con gran entusiasmo abramos nuestros corazones a tantos hermanos que necesitan vivir ese encuentro con el Señor que viene a nosotros como el que salva.
A gusto con Dios
José Antonio Pagola
La escena es cautivadora. Cansado del camino, Jesús se sienta junto al manantial de Jacob. Pronto llega una mujer a sacar agua. Pertenece a un pueblo semipagano, despreciado por los judíos. Con toda espontaneidad, Jesús inicia el diálogo con ella. No sabe mirar a nadie con desprecio, sino con ternura grande. «Mujer, dame de beber».
La mujer queda sorprendida. ¿Cómo se atreve a entrar en contacto con una samaritana? ¿Cómo se rebaja a hablar con una mujer desconocida? Las palabras de Jesús la sorprenderán todavía más: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, sin duda tú misma me pedirías a mí, y yo te daría agua viva».
Son muchas las personas que, a lo largo de estos años, se han ido alejando de Dios sin apenas advertir lo que realmente estaba ocurriendo en su interior. Hoy Dios les resulta un «ser extraño». Todo lo que está relacionado con él les parece vacío y sin sentido: un mundo infantil cada vez más lejano.
Los entiendo. Sé lo que pueden sentir. También yo me he ido alejando poco a poco de aquel «Dios de mi infancia» que despertaba, dentro de mí, miedos, desazón y malestar. Probablemente, sin Jesús nunca me hubiera encontrado con un Dios que hoy es para mí un Misterio de bondad: una presencia amistosa y acogedora en quien puedo confiar siempre.
Nunca me ha atraído la tarea de verificar mi fe con pruebas científicas: creo que es un error tratar el misterio de Dios como si fuera un objeto de laboratorio. Tampoco los dogmas religiosos me han ayudado a encontrarme con Dios. Sencillamente me he dejado conducir por una confianza en Jesús que ha ido creciendo con los años.
No sabría decir exactamente cómo se sostiene hoy mi fe en medio de una crisis religiosa que me sacude también a mí como a todos. Solo diría que Jesús me ha traído a vivir la fe en Dios de manera sencilla desde el fondo de mi ser. Si yo escucho, Dios no se calla. Si yo me abro, él no se encierra. Si yo me confío, él me acoge. Si yo me entrego, él me sostiene. Si yo me hundo, él me levanta.
Creo que la experiencia primera y más importante es encontrarnos a gusto con Dios porque lo percibimos como una «presencia salvadora». Cuando una persona sabe lo que es vivir a gusto con Dios, porque, a pesar de nuestra mediocridad, nuestros errores y egoísmos, él nos acoge tal como somos, y nos impulsa a enfrentarnos a la vida con paz, difícilmente abandonará la fe. Muchas personas están hoy abandonando a Dios antes de haberlo conocido. Si conocieran la experiencia de Dios que Jesús contagia, lo buscarían. Si, acogiendo en su vida a Jesús, conocieran el don de Dios, no lo abandonarían. Se sentirían a gusto con él.
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Ni agua ni pan
José Luis Sicre
Los evangelios de los domingos 3º, 4º y 5º de Cuaresma del ciclo A, tomados de san Juan, presentan a Jesús como fuente de agua viva (Samaritana), luz del mundo (ciego de nacimiento) y vida (resurrección de Lázaro). Tres símbolos de nuestras necesidades más fuertes (agua, luz, vida) y de cómo Jesús puede llenarlas.
Tres aguadores y tres tipos de agua
Las lecturas del próximo domingo hablan de tres personajes famosos (Jacob, Moisés, Jesús) relacionándolos con el don del agua. En gran parte del mundo, beber un vaso de agua no plantea problemas: basta abrir el grifo o servirse de una jarra. Pero quedan todavía millones de personas que viven la tragedia de la sed y saben el don maravilloso que supone una fuente de agua.
En el evangelio, la samaritana recuerda que el patriarca Jacob les regaló un pozo espléndido, del que se puede seguir sacando agua después de tantos siglos. En la primera lectura, Moisés sacia la sed del pueblo golpeando la roca. De vuelta al evangelio, Jesús promete un manantial que dura eternamente.
Aparentemente, el mismo problema y la misma solución. Pero son tres aguas muy distintas: la de Jacob dura siglos, pero no calma la sed; la de Moisés sacia la sed por poco tiempo, en un momento concreto; la de Jesús sacia una sed muy distinta, brota de él y se transforma en fuente dentro de la samaritana. Este milagro es infinitamente superior al de Moisés: por eso la samaritana, cuando termina de hablar con Jesús, deja el cántaro en el pozo y marcha al pueblo. Ya no necesita esa agua que es preciso recoger cada día, Jesús le ha regalado un manantial interior.
Interpretación histórica y comunitaria
Quizá la intención primaria del relato era explicar cómo se formó la primera comunidad cristiana en Samaria. Aquella región era despreciada por los judíos, que la consideraban corrompida por multitud de cultos paganos. De hecho, en el siglo VIII a.C. los asirios deportaron a numerosos samaritanos y los sustituyeron por cinco pueblos que introdujeron allí a sus dioses (2 Reyes 17,30-31); serían los cinco maridos que tuvo anteriormente la samaritana, y el sexto («el que tienes ahora no es tu marido») sería Zeus, introducido más tarde por los griegos. Sin embargo, mientras los judíos odian y desprecian a los samaritanos, Jesús se presenta en su región y él mismo funda allí la primera comunidad. Los samaritanos terminan aceptándolo y le dan un título típico de ellos, que sólo se usa aquí en el Nuevo Testamento: «el Salvador del mundo». En esa primera comunidad samaritana se cumple lo que dice Jesús a los discípulos: «uno es el que siembra, otro el que siega». Él mismo fue el sembrador, y los misioneros posteriores recogieron el fruto de su actividad. Pero el relato destaca el importante papel desempeñado por una mujer que puso en contacto a sus paisanos con la persona de Jesús.
Interpretación individual
Hay dos detalles que obligan a completar la lectura comunitaria con una lectura más personal. El primero es la curiosa referencia al cántaro de la samaritana. Lo ha traído para buscar agua; al final, después de hablar con Jesús, lo deja en el pozo. No necesita esa agua, Jesús le ha dado una distinta, que se ha convertido dentro de ella en un manantial. El segundo detalle es la relación estrecha entre la promesa de Jesús de dar agua, su invitación posterior, durante la fiesta en Jerusalén: «el que tenga sed, que venga a mí y beba» (Juan 7,37-38), y lo que ocurre en el calvario, cuando lo atraviesan con la lanza, y de su costado brota sangre y agua (Juan 19,34). El tema central no es ahora la fundación de una comunidad, sino la relación estrecha de cualquier creyente con él, de esa persona que tiene su sed material cubierta, aunque sea con el esfuerzo diario de buscarse el agua, pero que siente una sed distinta, una insatisfacción que sólo se llena mediante el contacto directo con Jesús y la fe en él.
Ni agua ni pan
Un último detalle sobre la enorme riqueza simbólica de este episodio. La samaritana se olvida de beber. Jesús se olvida de comer. Aunque los discípulos le animen a hacerlo, él tiene otro alimento, igual que la mujer tiene otra agua. Buen motivo para examinarnos sobre de qué tenemos hambre y de qué tenemos sed.
Sed de agua y sed de Dios: tareas para la Misión
Romeo Ballan, mccj
El pasaje del Evangelio de hoy presenta situaciones sencillas, de la vida ordinaria: hace calor, Jesús está cansado del camino, se sienta, tiene sed, busca agua, los discípulos han ido a comprar comida, llega una mujer samaritana al pozo como solía hacerlo cada día; se habla de cántaro, provisiones de alimentos… Son realidades concretas de las que parte la estupenda evangelización de Jesús. Al narrar el encuentro de Jesús con una mujer de Samaria, el evangelista Juan quiere ir más allá de la simple descripción de un hecho cotidiano; él lo enriquece de símbolos, imágenes, referencias bíblicas, que vehiculan un mensaje teológico: la historia de amor de Dios fiel a la alianza esponsal, mientras el pueblo se ha alejado buscando a otros dioses. Es sorprendente: ¡Dios tiene sed! No es la mujer samaritana sino Jesús que dice “Tengo sed”. ¡Es una de las palabras que Jesús dirá también en la cruz!
Jesús involucra y convierte, gradualmente, a la mujer, a la gente del pueblo, a los discípulos. De la búsqueda del agua cotidiana Jesús los lleva “al surtidor de agua que salta hasta la vida eterna” (v. 14); del pozo de Jacob (v. 6) al agua del bautismo y al Espíritu Santo; de los templos sobre los montes a las personas que “adorarán al Padre en espíritu y verdad” (v. 23); de la provisión de comida hasta un alimento que los discípulos no conocen: hacer la voluntad del Padre (v. 31.32.34). Gradualmente Jesús transforma a aquella mujer, etiquetada como hereje y prostituta, en una misionera de las bienaventuranzas; hace de aquella mujer mendiga de agua una mendiga de espíritu, del verdadero Dios. Como buen educador, Jesús no reprocha, no juzga, no castiga a esa pecadora, no la humilla, trata de comprender, le habla sin hacerla enrojecer: le indica salidas diferentes. ¡Una página digna de un buen maestro; una página estupenda de metodología evangelizadora!
El que pide agua para beber (v. 7) es el que después se dará a sí mismo como bebida que quita para siempre la sed de la mujer y de la gente: el Mesías “soy yo: el que habla contigo” (v. 26). ¡Suprema revelación de la identidad de Jesús! Él hace de esa mujer irónica (v. 9), poco seria en su vida sentimental, una misionera entusiasta de la buena noticia del Mesías: “vengan a ver” (v. 29); y hace de muchos samaritanos de ese pueblo unos creyentes que le retienen durante dos días y lo reconocen como el “Salvador del mundo” (v. 42). En efecto, al final de la narración, la mujer, que ahora ha encontrado otra agua, abandona su ánfora (v. 28), tan preciosa hasta ese momento, y corre feliz a anunciar a todos su descubrimiento. Una vez más, del encuentro con Jesús parte la carrera para decírselo a todos.
Los discípulos deben ahora aprender a leer los signos maduros del crecimiento del Reino: “Levanten los ojos y contemplen los campos, que están ya dorados para la siega” (v. 35). Palabras del Maestro, que aluden a la “mies abundante”, en la que faltan obreros; por tanto, es preciso rogar “al dueño de la mies para que envíe obreros para su mies” (Mt 9,37-38). El obrero del Evangelio debe tener ojos y corazón para leer esos signos, porque el Espíritu está trabajando desde antaño, como dice Pablo (II lectura): Cristo ha muerto por nosotros y “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo” (v. 5): Él ya está presente y trabajando entre todos los pueblos, aun antes de la llegada de los misioneros (v. 36-38), transforma el corazón de las personas, incluso de las más imprevisibles.
Jesús introduce el tema del don de la fe y del agua viva, diciendo: “Si tú conocieras el don de Dios…” (v. 10), para llegar después a la misión, es decir, a la difusión del don. Jesús mismo es el don supremo del Padre y, en cuanto tal, se auto-propone para toda la familia humana. Un don que hay que descubrir, acoger, guardar, compartir con otros. Este es el alcance misionero del don de la fe en el Señor Jesús, que es un motivo peculiar de acción de gracias y de renovado compromiso misionero. En efecto, la fe estimula a la misión y, a su vez, la misión fortalece la fe.
Hoy como en el pasado (I lectura), el pueblo está cansado, murmura, reclama agua. ¡Tiene derecho a ello! El pueblo estaba “torturado por la sed” (v. 3). Hoy como entonces. Aun antes del agua de la fe y del Espíritu, la humanidad es cada vez más consciente de la importancia del agua material (el H2o) para la vida humana y para el planeta. Basándose en el desequilibrio meteorológico, con la consiguiente irregularidad de lluvias, escasez de recursos hídricos, aumento de la desertización, etc., los expertos en geopolítica prevén que, en las próximas décadas, el tema de las aguas será una causa para mayores conflictos y guerras a nivel mundial.
La falta de agua potable golpea sobre todo a los países más necesitados y provoca trágicas consecuencias para la salud y la vida. Numerosas poblaciones rurales en África y en Asia tienen escaso acceso (menos del 20%) al agua potable; son elevados los porcentajes de mortalidad infantil (por falta de agua potable, uso de aguas contaminadas…). Estos son tan solo algunos de los graves problemas diarios que atañen a la vida y a la actividad de los misioneros en muchas regiones del mundo, donde la gente tiene hambre y sed de Dios, ciertamente; pero también de justicia, pan, agua… Por lo tanto, hay que apoyar y promover programas e iniciativas como estos: “agua para la vida”, “el agua un derecho para todos”, “H2Oro”, “agua bien común”… ¡En nombre del Evangelio!
