IV Domingo de Cuaresma. Año A

En aquel tiempo, Jesús vio al pasar a un ciego de nacimiento, y sus discípulos le preguntaron: “Maestro, ¿quién pecó para que éste naciera ciego, él o sus padres?” Jesús respondió: “Ni él pecó, ni tampoco sus padres. Nació así para que en él se manifestaran las obras de Dios. Es necesario que yo haga las obras del que me envió, mientras es de día, porque luego llega la noche y ya nadie puede trabajar. Mientras esté en el mundo, yo soy la luz del mundo”.

Dicho esto, escupió en el suelo, hizo lodo con la saliva, se lo puso en los ojos al ciego y le dijo: “Ve a lavarte en la piscina de Siloé” (que significa ‘enviado’). Él fue, se lavó y volvió con vista. Entonces los vecinos y los que lo habían visto antes pidiendo limosna, preguntaban: “¿No es éste el que se sentaba a pedir limosna?” Unos decían: “Es el mismo”. Otros: “No es él, sino que se le parece”. Pero él decía: “Yo soy”. Y le preguntaban: “Entonces, ¿cómo se te abrieron los ojos?” Él les respondió: “El hombre que se llama Jesús hizo lodo, me lo puso en los ojos y me dijo: ‘Ve a Siloé y lávate’. Entonces fui, me lavé y comencé a ver”. Le preguntaron: “¿En dónde está él?” Les contestó: “No lo sé”.

Llevaron entonces ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día en que Jesús hizo lodo y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaron cómo había adquirido la vista. Él les contestó: “Me puso lodo en los ojos, me lavé y veo”. Algunos de los fariseos comentaban: “Ese hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado”. Otros replicaban: “¿Cómo puede un pecador hacer semejantes prodigios?” Y había división entre ellos. Entonces volvieron a preguntarle al ciego: “Y tú, ¿qué piensas del que te abrió los ojos?” Él les contestó: “Que es un profeta”.

Pero los judíos no creyeron que aquel hombre, que había sido ciego, hubiera recobrado la vista. Llamaron, pues, a sus padres y les preguntaron: “¿Es este su hijo, del que ustedes dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?”

Sus padres contestaron: “Sabemos que este es nuestro hijo y que nació ciego. Cómo es que ahora ve o quién le haya dado la vista, no lo sabemos. Pregúntenselo a él; ya tiene edad suficiente y responderá por sí mismo”. Los padres del que había sido ciego dijeron esto por miedo a los judíos, porque estos ya habían convenido en expulsar de la sinagoga a quien reconociera a Jesús como el Mesías. Por eso sus padres dijeron: ‘Ya tiene edad; pregúntenle a él’.

Llamaron de nuevo al que había sido ciego y le dijeron: “Da gloria a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es pecador”. Contestó él: “Si es pecador, yo no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo”. Le preguntaron otra vez: “¿Qué te hizo? ¿Cómo te abrió los ojos?” Les contestó: “Ya se lo dije a ustedes y no me han dado crédito. ¿Para qué quieren oírlo otra vez? ¿Acaso también ustedes quieren hacerse discípulos suyos?” Entonces ellos lo llenaron de insultos y le dijeron: “Discípulo de ese lo serás tú. Nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios. Pero ese, no sabemos de dónde viene”.

Replicó aquel hombre: “Es curioso que ustedes no sepan de dónde viene y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero al que lo teme y hace su voluntad, a ese sí lo escucha. Jamás se había oído decir que alguien abriera los ojos a un ciego de nacimiento. Si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder”. Le replicaron: “Tú eres puro pecado desde que naciste, ¿cómo pretendes darnos lecciones?” Y lo echaron fuera.

Supo Jesús que lo habían echado fuera, y cuando lo encontró, le dijo: “¿Crees tú en el Hijo del hombre?” Él contestó: “¿Y quién es, Señor, para que yo crea en él?” Jesús le dijo: “Ya lo has visto; el que está hablando contigo, ese es”. Él dijo: “Creo, Señor”. Y postrándose, lo adoró. Entonces le dijo Jesús: “Yo he venido a este mundo para que se definan los campos: para que los ciegos vean, y los que ven queden ciegos”. Al oír esto, algunos fariseos que estaban con él le preguntaron: “¿Entonces, también nosotros estamos ciegos?” Jesús les contestó: “Si estuvieran ciegos, no tendrían pecado; pero como dicen que ven, siguen en su pecado”.

(Juan 9, 1-41)


He venido para que los ciegos vean y los que ven queden ciegos
P. Enrique Sánchez, mccj

También este cuarto domingo de cuaresma la liturgia de la palabra nos regala un largo texto para la lectura del evangelio. Se trata de todo el capítulo 9 del evangelio de san Juan en donde el protagonista central es un ciego de nacimiento.

El domingo pasado fue la samaritana quien ocupó toda la atención y nos quedamos con la enseñanza de que Jesús es la fuente inagotable de vida, el único que hace brotar ríos de agua viva de lo profundo de su corazón.

La historia del ciego de nacimiento nos llevará también a explorar lo profundo de nuestro corazón para descubrir que en Jesús se nos ofrece la posibilidad de vivir guiados por una luz que nos permitirá́ entender el plan maravilloso de amor que Dios tiene para nosotros.

En la reflexión de este domingo, les propongo que nos detengamos sobre tres puntos que me parecen importantes para entender cómo esta historia no se interesa sólo de compartirnos un relato interesante, sino que nos lleva a descubrirnos como protagonistas de lo que ahí se nos cuenta.

En primer lugar se nos habla de alguien que vive en carne propia el drama de la ceguera no sólo como una incapacidad de ver lo que está a su alrededor, sino también como una realidad que está considerada experiencia de pecado.

En la experiencia religiosa de los contemporáneos de Jesús estaba claro que la ceguera de nacimiento era fruto de un pecado y alguien tenía que ser el culpable.

La experiencia de este hombre que inicia su historia de vida en las tinieblas, en la obscuridad que le impone su ceguera, en su encuentro con Jesús se convertirá en un nuevo nacimiento que lo abrirá a la experiencia de poder ver, de gozar de la plenitud de la luz, de nacer a una vida de libertad y de apertura a lo bello que Dios le irá manifestando en su camino. Esto será el segundo punto de nuestra reflexión.

Y Finalmente el recuperar la capacidad de ver hará de este hombre un testigo que nadie podrá impedir que cuente las maravillas que el Señor ha hecho en él.

Todo empieza con el paso de Jesús por la vida de este ciego que aparentemente está ahí, al bordo del camino cargando con su fatalidad. El ciego no ve, pero es visto y esto cambiará toda su vida.

La ceguera de este hombre podría ser entendida como el pretexto que el evangelista toma para hacernos entender que existe una realidad en nosotros que no podemos ignorar, nuestras tinieblas que hablan de pecado, de incapacidad de ver el mundo desde la perspectiva de Dios.

La obscuridad, la incapacidad para ver se relaciona con el pecado, que cuando aparece en la vida, se convierte en algo que no permite percibir la realidad con objetividad, como realmente es. El pecado nos hace vivir en un mundo que es irreal y esclavizante.

La ceguera es lo que impide reconocer la luz y ya el mismo san Juan lo decía en el prólogo del evangelio: la luz vino al mundo, pero quienes estaban en las tinieblas no lo reconocieron.

¿Cuántas cosas bellas hace Dios cada día por nosotros, pero resulta que no nos damos cuenta? ¿Cuántas posibilidades se nos brindan de llevar una vida en paz, en armonía con los demás, en fraternidad; pero la presencia del pecado en nuestros corazones nos hace ciegos llenos de violencia, de envidias, de egoísmos o de rencores. Incapaces de ver la bondad y el amor de quien tenemos cerca.

Somos ciegos que tienen ojos, pero no ven, porque vivimos encandilados por la ambición del poder, del prestigio, de la apariencia, del placer sin límites y sin respeto. Somos ciegos a quienes la rabia, el odio y la violencia no les permite ver el dolor que causamos cuando pisoteamos la vida de los demás, cuando tratamos a los hermanos como cosas u objetos que podemos utilizar; cuando justificamos la destrucción y la guerra y no vemos los miles de inocentes que condenamos a desaparecer, simplemente porque nos parece más importante salvaguardar intereses económicos y poder militar.

Muchas veces podemos ser ciegos a quienes el pecado no les permite ver al hermano que sufre, al anciano que está abandonado, al pobre que es explotado, a la madre  que es abandonada con sus hijos…

Afortunadamente, Jesús siempre está de paso y nos encuentra en su camino. También nosotros somos contemplados por él, como tuvo la fortuna de sucederle al ciego de nacimiento, y entonces el milagro sucede. Jesús tiene la paciencia de hacer lodo con la tierra para curarnos.

En este gesto de Jesús hay algo muy importante. Se nos enseña que sólo podremos salir de nuestras cegueras si somos tocados por Jesús y eso significa si llegamos a tener una experiencia personal de encuentro con él.

Muchos de nosotros hemos vivido muchos años sabiendo muchas cosas sobre Jesús. Hemos aprendido lo que era necesario para poder adjudicarnos el título de cristianos, pero queda todo por hacer.

Nunca podremos salir de nuestras cegueras y de nuestra oscuridad si no somos tocados por el Señor y entiendo por tocados, transformados por él.

Sólo volveremos a tener la luz verdadera cuando, desde lo más profundo de nosotros mismos, nos demos cuenta de que estamos habitados por el Espíritu que Jesús nos ha dejado para que vivamos de él.

Esto quiere decir que necesitamos una conversión de vida que nos lleve no sólo a ser mejores, sino a sentir a Jesús como alguien vivo con quien compartimos lo que somos y nos abrimos a todo lo que puede venir de él como posibilidad de vida plena y totalmente libre.

Qué bueno sería también para nosotros poder decir: el que me curó hizo lodo, me lo puso en los ojos, me lavé y ahora puedo ver.

Con otras palabras, he reconocido mis pecados y debilidades, he dejado que el Señor se convierta en el centro de mi vida, me he dejado tocar por  él aceptando  su proyecto de vida, me he puesto en una actitud de conversión, he lavado mi pecado en las aguas del bautismo, en la sangre del Cordero; y ahora doy gracias porque he nacido a la luz que brota de lo más profundo de mi ser.

Y esa luz es lo que me aporta la libertad que me permite ir por la vida sin dejarme más esclavizar por lo turbio de las tinieblas que envuelven a nuestra humanidad con tantas falsas promesas de felicidad.

Y, al final, nos damos cuenta de que cuando damos ese paso de abandono en el Señor nos hacemos merecedores de una gracia, de una bendición especial. “Yo no sé cómo fui curado, lo que sé es que era ciego, pero ahora puedo ver”.

El camino de la cuaresma que vamos recorriendo, al final no nos hace otro anuncio. El Señor, por gracia, porque nos ama, nos quiere llevar a que disfrutemos de la luz resplandeciente que es él en el momento de la resurrección.

Llenos de su luz, ahora podemos ver todo de otra manera. Podemos ver con los ojos de Dios y de esa manera no podemos más que convertirnos en testigos de su presencia, testigos de la luz que puede destruir todas las tinieblas que nos rodean.

Hagamos pues todo lo que está de nuestra parte para vivir en una actitud de profunda conversión que nos ayude a desenmascarar todas nuestras obscuridades, de tal modo que podamos contarnos entre el número de aquellos que siendo ciegos por el pecado que llevamos en nosotros, al encuentro con Jesús nos descubramos con una visión nueva.

Ojalá no nos suceda como a los fariseos que teniendo todo a su alcance para ver las maravillas de Dios, se han quedado en su ceguera, es decir, atrapados en la arrogancia de pensar que todo lo podemos, aún estando lejos de Dios.

Y pensando que eran quienes mejor veían, en realidad han quedado más atrapados en su ceguera, contrariamente a lo que le pasó al ciego que de nacimiento no veía, pero ha nacido a una nueva luz: la luz de Jesús en su vida.

Tengamos la humildad de decirle a Jesús, “creo en ti”, y dejemos que haga el milagro de devolvernos la capacidad de ver lo que sólo con el corazón se puede contemplar.


Para excluidos
José A. Pagola

Es ciego de nacimiento. Ni él ni sus padres tienen culpa alguna, pero su destino quedará marcado para siempre. La gente lo mira como un pecador castigado por Dios. Los discípulos de Jesús le preguntan si el pecado es del ciego o de sus padres.

Jesús lo mira de manera diferente. Desde que lo ha visto, solo piensa en rescatarlo de aquella vida desgraciada de mendigo, despreciado por todos como pecador. Él se siente llamado por Dios a defender, acoger y curar precisamente a los que viven excluidos y humillados.

Después de una curación trabajosa en la que también él ha tenido que colaborar con Jesús, el ciego descubre por vez primera la luz. El encuentro con Jesús ha cambiado su vida. Por fin podrá disfrutar de una vida digna, sin temor a avergonzarse ante nadie.

Se equivoca. Los dirigentes religiosos se sienten obligados a controlar la pureza de la religión. Ellos saben quién no es pecador y quién está en pecado. Ellos decidirán si puede ser aceptado en la comunidad religiosa.

El mendigo curado confiesa abiertamente que ha sido Jesús quien se le ha acercado y lo ha curado, pero los fariseos lo rechazan irritados: “Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador”. El hombre insiste en defender a Jesús: es un profeta, viene de Dios. Los fariseos no lo pueden aguantar: “Empecatado naciste de pies a cabeza y, ¿tú nos vas a dar lecciones a nosotros?”.

El evangelista dice que, “cuando Jesús oyó que lo habían expulsado, fue a encontrarse con él”. El diálogo es breve. Cuando Jesús le pregunta si cree en el Mesías, el expulsado dice: “Y, ¿quién es, Señor, para que crea en él?”. Jesús le responde conmovido: No está lejos de ti. “Lo estás viendo; el que te está hablando, ese es”. El mendigo le dice: “Creo, Señor”.

Así es Jesús. Él viene siempre al encuentro de aquellos que no son acogidos oficialmente por la religión. No abandona a quienes lo buscan y lo aman aunque sean excluidos de las comunidades e instituciones religiosas. Los que no tienen sitio en nuestras iglesias tienen un lugar privilegiado en su corazón.

¿Quién llevará hoy este mensaje de Jesús hasta esos colectivos que, en cualquier momento, escuchan condenas públicas injustas de dirigentes religiosos ciegos; que se acercan a las celebraciones cristianas con temor a ser reconocidos; que no pueden comulgar con paz en nuestras eucaristías; que se ven obligados a vivir su fe en Jesús en el silencio de su corazón, casi de manera secreta y clandestina? Amigos y amigas desconocidos, no lo olvidéis: cuando los cristianos os rechazamos, Jesús os está acogiendo.

José Antonio Pagola
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El caso del testigo condenado
José Luis Sicre

«A mi hijo lo citaron como testigo, lo estuvieron interrogando más de dos horas y al final lo condenaron como culpable.» De esto podrían haberse quejado los padres del ciego de nacimiento, en voz baja, por miedo a los fariseos. Pero sería erróneo limitarse a la queja de los padres, porque el ciego terminó muy contento.

Una discusión absurda

Todo empezó por una discusión absurda entre los discípulos cuando se cruzaron con el ciego: ¿quién tenía la culpa de su ceguera?, ¿él o sus padres? Si hubieran leído al profeta Ezequiel, sabrían que nadie paga por la culpa de sus padres. Y si supieran que el ciego lo era de nacimiento, no podrían haberlo culpado a él. Jesús zanja rápido el problema: ni él ni sus padres. Su ceguera servirá para poner de manifiesto la acción de Dios y que Jesús es la luz del mundo.

Una forma extraña de curar

En el evangelio de Juan, igual que en los Sinópticos, la palabra de Jesús es poderosa. Lo demostrará poco más tarde resucitando a Lázaro con la simple orden: «sal fuera». Sin embargo, para curar al ciego adopta un método muy distinto y complicado. Forma barro con la saliva, le unta los ojos y lo envía a la piscina de Siloé. Un volteriano podría decir que no cabe más mala idea: le tapa los ojos con barro para que vea menos todavía, y lo manda cuesta abajo; más que curarse podría matarse.

¿Qué pretende enseñarnos el evangelista? No es fácil saberlo. San Ireneo, en el siglo II, fijándose en la primera parte, relacionaba el barro con la creación de Adán: Dios crea al primer hombre y Jesús crea a un cristiano; pero esto no explica el uso de la saliva ni el envío a la piscina de Siloé. San Agustín, fijándose en el final, relacionaba el lavarse en la piscina con el bautismo; tampoco esto explica todos los detalles.

Una cosa al menos queda clara: la obediencia del ciego. No entiende lo que hace Jesús, pero cumple de inmediato la orden que le da. No se comporta como el sirio Naamán, que se rebeló contra la orden de Eliseo de lavarse siete veces en el río Jordán. Como Abrahán, por la fe sale de su mundo conocido para marchar hacia un mundo nuevo.

Un anacronismo intencionado

La antítesis del ciego la representan los fariseos. El evangelista deforma la realidad histórica para acomodarla a la situación de su tiempo. En la época de Jesús los fariseos no podían expulsar de la sinagoga; ese poder lo consiguieron después de la caída de Jerusalén en manos de los romanos (año 70), cuando el sacerdocio perdió fuerza y ellos se hicieron con la autoridad religiosa. A finales del siglo I, bastante después de la muerte de Jesús, es cuando comenzaron a enfrentarse decididamente a los cristianos, acusándolos de herejes y expulsándolos de la sinagoga.

El miedo y la osadía

El relato de Juan refleja muy bien, a través de los padres del ciego, el pánico que sentían muchos judíos piadosos a ser declarados herejes, impidiéndoles hacerse cristianos.rse cristianos.

El hijo, en cambio, se muestra cada vez más osado. Tras la curación se forma de Jesús la misma idea que la samaritana: «es un profeta»; porque el profeta no es sólo el que sabe cosas ocultas, sino también el que realiza prodigios sorprendentes. Ante la acusación de que es un pecador, no lo defiende con argumentos teológicos sino de orden práctico: «Si es un pecador, no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo.» Luego no teme recurrir a la ironía, cuando pregunta a los fariseos si también ellos quieren hacerse discípulos de Jesús. Y termina haciendo una apasionada defensa de Jesús: «si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder.»

La verdadera visión y la verdadera luz

Hasta ahora, el ciego sólo sabe que la persona que lo ha curado se llama Jesús. Lo considera un profeta, está convencido de que no es un pecador y de que debe venir de Dios. El ciego ha empezado a ver. Pero la verdadera visión la adquiere en la última escena, cuando se encuentra de nuevo con Jesús, cree en él y se postra a sus pies. Lo importante no es ver personas, árboles, nubes, muros, casas, el sol y la luna… La verdadera visión consiste en descubrir a Jesús y creer en él. Y para ello es preciso que Jesús, luz del mundo, ilumine al ciego poniéndose delante, proyectando una luz intensa, que deslumbra y oculta los demás objetos, para que toda la atención se centre en ella, en Jesús.

No hay peor ciego que quien no quiere ver

Los fariseos representan el polo opuesto. Para ellos, el único enviado de Dios es Moisés. Con respecto a Jesús, a lo sumo podrían considerarlo un israelita piadoso, incluso un buen maestro, si observa estrictamente la Ley de Moisés. Pero está claro que a él no le importa la Ley, ni siquiera un precepto tan santo como el del sábado. Además, nadie sabe de dónde viene. Resuena aquí un tema típico del cuarto evangelio: ¿de dónde viene Jesús? Pregunta ambigua, porque no se refiere a un lugar físico (Nazaret, de donde no puede salir nada bueno, según Natanael; Belén, de donde algunos esperan al Mesías) sino a Dios. Jesús es el enviado de Dios, el que ha salido de Dios. Y esto los fariseos no pueden aceptarlo. Por eso lo consideran un pecador, aunque realice un signo sorprendente. Dios no puede salirse de los estrictos cánones que ellos le imponen. Ellos tienen la luz, están convencidos de que ven lo correcto. Y este convencimiento, como les dice Jesús al final, hace que permanezcan en su pecado.

La samaritana y el ciego

Hay un gran parecido entre estas dos historias tan distintas del evangelio de Juan. En ambas, el protagonista va descubriendo cada vez más la persona de Jesús. Y en ambos casos el descubrimiento les lleva a la acción. La samaritana difunde la noticia en su pueblo. El ciego, entre sus conocidos y, sobre todo, ante los fariseos. En este caso, no se trata de una propagación serena y alegre de la fe sino de una defensa apasionada frente a quienes acusan a Jesús de pecador por no observar el sábado.

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El ciego de nacimiento: ve, cree y anuncia
Romeo Ballan, mccj

El camino hacia la Pascua está marcado por grandes temas catequético-catecumenales-bautismales: la lucha con el tentador, contemplar el rostro de Cristo, los símbolos de agua, luz, vida. En el Evangelio de este domingo es central la figura de Jesús-Luz: Él es el que ve al ciego y va a su encuentro, le unta con barro los ojos, le ordena lavarse en la piscina de Siloé (que significa Enviado). El ciego va, se lava y vuelve con vista (v. 1.6-7). El signo es claro, pero tan solo para el que sabe verlo. Justamente, ese milagro tan patente de Jesús se convierte en signo de contradicción: ante el mismo hecho se producen dos reacciones (la del ciego y la de los fariseos) en direcciones opuestas.

El ciego avanza, gradualmente, hacia el descubrimiento del rostroidentidad de Jesús: de un mero hombre a un profeta, hombre de Dios, Señor… hasta postrarse con fe: “¡Creo, Señor!” (v. 38). Ahora el ciego se ha convertido, está completamente iluminado, en el cuerpo y en el espíritu. Mientras el ciego avanza en el descubrimiento de Jesús, los fariseos, por el contrario, se cierran cada vez más ante la luz, no aceptan el testimonio del ciego sanado, le mandan callarse y lo expulsan (v. 34). La obstinación del corazón lleva a la ceguera interior. Lamentablemente, ¡la fe se puede también rechazar o perder! Tan solo el que acepta que la verdad le cambie la vida, no le tendrá miedo a la luz, al amor, al servicio… Vale, a este respecto, el deseo de S. Agustín, bello, como siempre, también en el texto latino: “Servum te faciat caritas, quia liberum te fecit veritas” (que la caridad te haga servidor, ya que la verdad te ha hecho libre).

Todos nosotros necesitamos de un suplemento de luz. El Principito de Saint-Exupéry nos enseña: “Lo esencial es invisible a los ojos. Se ve bien solo con el corazón”.Las últimas palabras de Johann W. Goethe fueron: “¡Más luz!”. Jesús, con la palabra y el signo, trae la luz nueva que esclarece la realidad del pecado presente en el mundo. El pecado es esa vasta zona oscura, en la que se mueven las personas que no viven a la luz del Evangelio. En esa zona oscura está también la no-comprensión del sentido de la enfermedad, del dolor, de la desgracia, males que a menudo se vinculan, erróneamente, a pecados personales. Emblemática, a este respecto, es la historia de Job, a quien sus visitadores acusan de tener pecados escondidos. Asimismo, los apóstoles son un ejemplo de esa mentalidad: al ver al ciego de nacimiento, preguntan al Maestro: “¿Quién pecó: este o sus padres?” (v. 2). Es el típico planteamiento pre-cristiano del problema del sufrimiento: identificar la causa del dolor o de la enfermedad con el pecado, con el mal de ojo, el maleficio, o cualquier hechizo por parte de otra persona…

Es una mentalidad muy extendida incluso en ámbitos cristianos, típica de personas aún no bien evangelizadas. Pienso en mis años de trabajo misionero en la República Democrática de Congo, donde los problemas y los miedos de los ndoki (palabra en idioma lingala, para decir mal de ojo, brujos…) eran algo cotidiano: muchos cristianos (incluidos algunos catequistas y religiosos) aún no estaban interiormente libres de ello. También en América Latina, en Europa y ahora en Vietnam he visto situaciones parecidas. Se percibe que la vida, sin la luz del Evangelio, es, a menudo, sinónimo de tinieblas, miedos, venganzas, manejos oscuros… que serpentean incluso entre algunos cristianos de todas las latitudes. El corazón humano nunca está del todo convertido. La acción misionera de la Iglesia no se conforma con una evangelización superficial, sino que debe llegar al corazón de las personas y a los valores de las culturas, como enseña muy bien Pablo VI (véase la exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi, 1975, n. 18-20).

Es posible salir de esta mentalidad paganizante tan solo haciendo un camino de conversión permanente, aceptando interiormente y hasta el fondo a Cristo, que ha dicho: “Yo soy la luz del mundo” (v. 5), “la verdad los hará libres” (Jn 8,32). Esta es la clara invitación de San Pablo (II lectura) a caminar como hijos de la luz (v. 8; cfr. Mt 5,14), no tomando parte en las obras estériles y vergonzosas de las tinieblas (v. 11-12), sino mirando a Cristo: “Despierta… y Cristo será tu luz” (v. 14). Cristo es la luz, Él es el Enviado del Padre, la pila en la cual sumergirse con el bautismo. Es conmovedor y significativo el hecho que lo primero que este hombre ciego ve es el rostro de Jesús, aun antes del rostro de su madre. El camino de conversión a Cristo y de misión es posible tan solo si nos abrimos de par en par a Dios en una oración “de corazón a corazón”, como nos enseña el Papa Francisco.

La luz de Cristo ayuda a comprender el sentido de la enfermedad y del dolor, como lo aprendemos del silencioso y paciente testimonio de muchas personas enfermas en el cuerpo, pero interiormente serenas. La fe es una luz nueva que nos permite captar el mensaje de vida presente en el dolor, la oportunidad de purificación y de salvación para sí y para los demás. La fe nos lleva a fiarnos de Dios, el Pastor que nos conduce por rutas seguras (Salmo responsorial). Él tiene caminos y criterios diferentes a los nuestros (I lectura): “El Señor ve el corazón” (v. 7) de las personas, como se ve en la elección de David. Este era el más pequeño, un pastor (cfr. Lc 2,8); sin embargo, Dios hace de él un rey. Los criterios de Dios son sorprendentes: sana al ciego, a un mendigo (v. 8), a un expulsado (v. 34); más tarde también Jesús será rechazado; pero Jesús lo acoge, se le auto-revela, hace de él un creyente, un testigo, un mensajero convencido (v. 30-33). Lo mismo que pasó con la Samaritana (cfr. domingo pasado). Dios nos sorprende: escoge a los últimos para anunciar y hacer crecer su Reino en el mundo.