V Domingo de Pascua. Año A
“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No pierdan la paz. Si creen en Dios, crean también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones. Si no fuera así, yo se los habría dicho a ustedes, porque voy a prepararles un lugar. Cuando me vaya y les prepare un sitio volveré y los llevaré conmigo, para que donde yo esté, estén también ustedes. Y ya saben el camino para llegar al lugar a donde voy”.
Entonces Tomás le dijo: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?” Jesús le respondió: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre si no es por mí. Si ustedes me conocen a mí, conocen también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto”.
Le dijo Felipe: “Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta”. Jesús le replicó: “Felipe, tanto tiempo hace que estoy con ustedes , ¿y todavía no me conoces? Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Entonces por qué dices: Muéstranos al Padre? ¿O no crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que yo les digo, no las digo por mi propia cuenta. Es el Padre que permanece en mí, quien hace las obras. Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Si no me dan fe a mí, créanlo por las obras. Yo les aseguro: el que crea en mí, hará las obras que hago yo y las hará aún mayores, porque yo me voy al Padre”.
(Juan 14, 1-12)
Yo soy el camino, la verdad y la vida
P. Enrique Sánchez G. mccj
Ya en el domingo pasado habíamos empezado a reflexionar sobre la importancia que tiene Jesús en nuestras vidas para poder llegar a encontrarnos con lo que más anhela nuestro corazón.
El deseo más profundo que llevamos en nuestro interior es poder conocer a Dios para entrar en una relación que nos haga experimentar que somos sus hijos.
Jesús, en el evangelio del Buen Pastor que leímos la semana pasada, nos decía que él es la puerta por donde tenemos que pasar para que suceda ese encuentro. Él es la puerta por donde pasan las ovejas que Él conoce y ama y es a través de Él que podemos llegar a conocer a su Padre, que es nuestro Padre, porque Jesús está en el Padre y el Padre en Jesús.
El evangelio de hoy nos invita a continuar en esa búsqueda dejándonos conducir por el Señor y parece que en este texto hay cuatro palabras claves que sirven de marco a lo que Jesús nos quiere enseñar. Las cuatro palabras son: casa, camino, verdad y vida.
La casa es el lugar en donde habita el Padre y en donde Jesús, a través del misterio de su pasión, muerte y resurrección, ha preparado un lugar para nosotros. Nos ha ganado un espacio para que podamos vivir con Él y con su Padre para siempre.
Seguramente podemos entender que la casa no se trata de una edificación hecha de cemento y de ladrillos. No es un espacio físico como el que ocupamos en esta tierra, sino, más bien una realidad en donde podemos estar como somos en Dios, así como Él ha querido estar con nosotros enviándonos a su hijo para que se hiciera una de nosotros.
Jesús quiere que estemos en donde Él está, es decir, gozando de la presencia de Dios en nuestras vidas, como Él permanece para siempre con su Padre después de haber cumplido su misión entre nosotros.
Hemos sido creados para Dios y nuestro corazón no descansa hasta reposar en Él. Así lo decía san Agustín en el libro de las Confesiones y esa es una verdad que llevamos dentro de nosotros mismos y que nos impulsa a ir cada día más lejos en nuestra búsqueda de Dios, con el deseo de encontrar lo que realmente le da sentido a nuestra existencia en este mundo.
Volver a la casa del Padre significa también volver a nuestro origen, pues sabemos que hemos nacido de Dios y nuestro peregrinar por este mundo no es otra cosa sino marchar y volver a donde sabemos que pertenecemos.
Jesús se nos ha adelantado y nos dice que allá nos espera para que ocupemos el lugar que nos corresponde en el corazón de nuestro Padre Dios.
¿Cómo podremos llegar a nuestro destino? Jesús nos dice que tenemos que pasar a través de Él. Esto puede significar, de alguna manera, que tenemos que aprender de Él todo lo que se refiere a la vida verdadera.
Quiere decir que nos toca hacer todo lo que está de nuestra parte para configurar nuestra vida con la suya. Que tenemos que aprender a actuar y a vivir como Él, siendo fieles a su palabra, a sus valores y al ejemplo que nos ha dado.
Tenemos que llegar a hacer nuestra la experiencia de san Pablo cuando dice: “ya no soy yo el que vive, sino Cristo que vive en mí” (Gálatas, 2, 20)
Jesús mismo lo dice: yo soy el camino. Él es quien se pone por delante y nos guía para que lo sigamos como discípulos que caminan sobre sus huellas. Él es quien con su ejemplo, que hemos conservado en el Evangelio, nos enseña qué es lo que tenemos que ser y hacer para poder entrar en el mundo de Dios sin perdernos en otros rumbos que nos llevan a destinos muy distintos.
Si seguimos a Jesús no hay peligro de perdernos o de quedarnos a medio camino. Él es el camino de la salvación. Y ese camino nos lleva a vivir con Él la experiencia de la pasión, de la muerte y de la resurrección, porque, como dicen los Hechos de los Apóstoles, “no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en el que podamos ser salvados” (Hechos 4, 12)
El camino que es Jesús para llegar al Padre, nos lleva por rumbos que nos obligan a desprendernos de nosotros mismos, a poner nuestra confianza en Dios, a vivir en la alegría que no da el saber que le pertenecemos. Nos hace profundamente libres para no dejarnos atrapar por nada que pueda esclavizarnos en este mundo.
Hacer el camino de Jesús es aceptar convertirnos en peregrinos que van en búsqueda de absoluto, de aquello que no podemos encontrar en lo limitado de nuestro mundo. Es lo que nos abre para entender que tenemos una vocación que nos lleva lejos y a no quedarnos atorados en lo inmediato de lo material y pasajero de esta vida.
Jesús se nos presenta también como la verdad y esto quiere decir que en Él podemos encontrar la respuesta a lo que nuestro corazón desea en lo más profundo de nosotros mismos.
La verdad es lo que nos permite caminar por los senderos de lo que es auténtico, honesto, bueno, bello en este mundo. Es lo que nos impide quedarnos atrapados en aquello que nos puede esclavizar y negar nuestra identidad de hijos de Dios.
La verdad es lo que nos permite reconciliarnos con los errores que hayamos podido cometer, con las infidelidades en que nos pudimos ver enredados; es la posibilidad de recobrar con humildad y sencillez lo que realmente somos y valemos a los ojos de Dios.
Todos estamos expuestos a fallar, a caer y a pecar. Todos nos podemos equivocar y encontrarnos un día haciendo lo que sabemos que no nos conviene, como dice san Pablo: “sé el bien que tengo que hacer y me encuentro realizando el mal que no quiero”. (Romanos 7,19)
Eso habla de nuestra fragilidad y nuestra debilidad muy humanas, pero la verdad que llevamos grabada en el corazón nos permite volver sobre nuestros pasos en un camino de conversión para ser lo que realmente nos corresponde en los proyectos de Dios.
La verdad es lo que nos hace libres y en eso Jesús nos ha enseñado no con muchas palabras, sino con el testimonio de coherencia de vida y de entrega radical.
La verdad es lo que nos permite dar la vida, porque hemos podido entender que el secreto de la felicidad no está en lo que tenemos sino en lo que somos para los demás.
La verdad es lo que impide que vivamos engañándonos a nosotros mismos, y nos permite asumir con humildad aquello que reconocemos como extraño a lo que Dios ha querido hacer de nosotros.
Ser verdaderos no quiere decir ser perfectos e intachables, sino más bien ser capaces de vivir reconciliados con lo que descubrimos de nosotros mismos aceptando poner todo lo que esté de nuestra parte para ser una mejor imagen del Dios que nos ha creado a semejanza suya.
La verdad, podríamos decir, es lo que aleja de nosotros el engaño, la mentira, la corrupción, lo fraudulento y lo aparente. Vivir en la verdad, vivir en Cristo, es ser capaces de convertirnos en testigos transparentes del amor de Dios, no obstante nuestros límites y nuestros pecados.
Finalmente, Jesús nos dice que Él es la vida. Y esto no debería sorprendernos, pues Él es el don de Dios para la humanidad y ya nos recordaba con palabras muy sencillas que Él ha venido a cumplir la voluntad de su Padre y lo que el Padre quiere para nosotros es que tengamos vida, y la tengamos en plenitud.
Tener la vida de Jesús bien podría significar estar en este mundo reconociendo todo lo bueno que Dios ha puesto ahí para que vivamos como familia, en la armonía y en la solidaridad, en el respeto y en la paz.
La vida que todos soñamos no está llena de cosas grandiosas y extraordinarias, basta tener lo necesario para vivir con dignidad y la capacidad de reconocer a los demás como nuestra verdadera riqueza.
La vida verdadera será siempre aquella que se vive para los demás. Vivir plenamente es haber entendido que la vida no es para que nos encerremos en nosotros mismos, sino un instrumento para ir al encuentro de los demás, para darnos cuenta que Dios los ha puesto en nuestro camino para brindarnos todo aquello que no encontramos en nosotros mismos.
La vida, por lo tanto, no son unos cuantos años gastados de prisa, cargados de angustias y de preocupaciones. No es el tiempo que tuvimos para acumular todo aquello que no podremos llevarnos en el último instante de nuestra existencia.
La vida es descubrir que somos viajeros que van de paso y que cuando viven en plenitud van dejando una huella en este mundo que servirá para que otros puedan también dirigir sus pasos hacia aquella casa en la que se nos está esperando par que vivamos por siempre y para que gocemos de la presencia de quien no tiene otra preocupación más que amarnos.
Mientras llega ese día, fijemos nuestra mirada en Jesús para descubrirlo como la puerta que nos abre el camino que nos permite transita por la verdad, que nos da la alegría de vivir en el bien y que nos asegura una morada en donde la vida es plenitud y realización de nuestros sueños más profundos.
Que Jesús sea nuestro camino, la verdad que nos ilumina y la vida que nos llena de alegría.
Que nos conceda la gracia de dejarnos conducir por Él al lugar que nos tiene preparado en la casa del Padre.
El caminio
José Antonio Pagola
Al final de la última cena, los discípulos comienzan a intuir que Jesús ya no estará mucho tiempo con ellos. La salida precipitada de Judas, el anuncio de que Pedro lo negará muy pronto, las palabras de Jesús hablando de su próxima partida, han dejado a todos desconcertado y abatidos. ¿Qué va ser de ellos?
Jesús capta su tristeza y su turbación. Su corazón se conmueve. Olvidándose de sí mismo y de lo que le espera, Jesús trata de animarlos:”Que no se turbe vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mí”. Más tarde, en el curso de la conversación, Jesús les hace esta confesión: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí”. No lo han de olvidar nunca.
“Yo soy el camino”. El problema de no pocos no es que viven extraviados o descaminados. Sencillamente, viven sin camino, perdidos en una especie de laberinto: andando y desandando los mil caminos que, desde fuera, les van indicando las consignas y modas del momento.
Y, ¿qué puede hacer un hombre o una mujer cuando se encuentra sin camino? ¿A quién se puede dirigir? ¿Adónde puede acudir? Si se acerca a Jesús, lo que encontrará no es una religión, sino un camino. A veces, avanzará con fe; otras veces, encontrará dificultades; incluso podrá retroceder, pero está en el camino acertado que conduce al Padre. Esta es la promesa de Jesús.
“Yo soy la verdad”. Estas palabras encierran una invitación escandalosa a los oídos modernos. No todo se reduce a la razón. La teoría científica no contiene toda la verdad. El misterio último de la realidad no se deja atrapar por los análisis más sofisticados. El ser humano ha de vivir ante el misterio último de la realidad.
Jesús se presenta como camino que conduce y acerca a ese Misterio último. Dios no se impone. No fuerza a nadie con pruebas ni evidencias. El Misterio último es silencio y atracción respetuosa. Jesús es el camino que nos puede abrir a su Bondad.
“Yo soy la vida”. Jesús puede ir transformando nuestra vida. No como el maestro lejano que ha dejado un legado de sabiduría admirable a la humanidad, sino como alguien vivo que, desde el mismo fondo de nuestro ser, nos infunde un germen de vida nueva.
Esta acción de Jesús en nosotros se produce casi siempre de forma discreta y callada. El mismo creyente solo intuye una presencia imperceptible. A veces, sin embargo, nos invade la certeza, la alegría incontenible, la confianza total: Dios existe, nos ama, todo es posible, incluso la vida eterna. Nunca entenderemos la fe cristiana si no acogemos a Jesús como el camino, la verdad y la vida.
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Confiad en mí
Inma Eibe, ccv
En este V domingo de Pascua, el evangelio de Juan nos vuelve a situar en el cenáculo, en el momento posterior al lavatorio de los pies. Desde la experiencia pascual y para que ésta se sostenga y reafirme, los primeros creyentes necesitan recordar todas las palabras que habían escuchado en boca de Jesús mientras estaba con ellos y cuyo significado, en aquel momento, eran incapaces de comprender del todo.
Situados en el contexto podemos comprender que las primeras palabras de Jesús sean una invitación a mantener la calma. Igualmente los primeros creyentes, para quienes Juan escribe el evangelio, se ven necesitados de aprender a relacionarse de un modo nuevo con un Jesús no visible, pero Vivo y resucitado. Necesitan escuchar una vez más la invitación que éste tantas veces les hizo: “no perdáis la calma”.
También a nosotros nos llega hoy este llamamiento a no perder la paz. “Creed en Dios y creed también en mí”. “Creed plenamente en mí y en mi palabra, porque aunque me voy, no os dejo. Porque el Padre y yo, que somos uno (cf. Jn 10, 30), estamos siempre con vosotros”. “Creer”, en este sentido, no es un movimiento meramente intelectual, sino la acción de depositar nuestra absoluta confianza en Jesús y vivir consecuentemente. Sólo de ahí puede brotar la verdadera calma. Aunque la vida siga trayendo dificultades, aunque no nos falten preocupaciones, aunque sigamos sintiendo miedo por tantas cosas… Jesús nos invita a no perder la paz que brota de la confianza plena en Quien, sabemos, no nos abandona.
“Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto.” Hasta once veces (en doce versículos) pone Juan en boca de Jesús el término “Padre”, además de nombrarlo de otras maneras. En un contexto en el que nuestra atención está centrada en lo que Jesús hace y dice, éste desea desviar nuestra mirada y nuestro corazón hacia el Padre para ratificar que él todo lo ha recibido del Padre y que los dos son uno mismo. “¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí?”, le responde a un Felipe que pronuncia el deseo que todos se hacían: “Muéstranos al Padre y nos basta”.
Eso puede sucedernos también hoy a nosotros. Hemos escuchado y sabemos que Dios está en nosotros, que no hay que buscarle “más allá”… Pero este Misterio nos sobrepasa y nos confunde. Por eso Jesús nos lo recuerda una vez más. “Yo soy el camino hacia el Padre”. En él, con él y por él nosotros somos invitados a entrar en el abrazo de amor de la familia divina. “Conocerle” no es sólo progresar en el conocimiento de su vida, sus gestos y sus palabras. Se trata de un conocimiento vivencial, de entrar en mayor comunión con Jesús, de tener verdadera experiencia de encuentro y amistad con él.
“Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores”. Jesús repite, como consigna, el mismo imperativo que al principio: “creed”, “creed en mí”, “creedme”. “Creed que yo soy el camino, la verdad y la vida”. En este tiempo en el que miles de hermanos transitan por tantos caminos huyendo del horror; en el que todo lo nos llega de nuestros líderes parece bañado por la corrupción y la mentira; en el que nos alcanzan continuamente imágenes que muestran cómo la vida es devaluada; la certeza de que Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida con mayúsculas alienta nuestra marcha como creyentes, alimenta nuestra esperanza y aviva nuestro compromiso. Si creemos en él, si se nos da vivir cada vez más en comunión con él, nuestro anuncio del Padre y su Reino no será sólo de palabra, sino también –como hacía Jesús- con obras. Obras, gestos, miradas, caricias, acompañamientos… que se convierten en los pequeños milagros cotidianos.
En el comienzo del evangelio Jesús habla de las “muchas estancias en la casa del Padre”. Estamos seguros de que, el día de mañana, cuando pasemos a vivir con él definitivamente, encontraremos su abrazo, su regazo para descansar plenamente. Pero si creemos de verdad que Dios Padre-Madre está aquí, a nuestro lado y que Jesús nos acompaña Vivo y resucitado, sabremos descubrir que nos espera ya en muchas “estancias”: la habitación de quien está enfermo en el hospital, en una residencia o quizás en casa; la de aquella persona conocida que sabemos sufre por alguna causa, o está sola; ese tramo de calle donde alguien suplica atención, ayuda, escucha; tantos espacios en los que levantamos muros y rejas para que el dolor hermano no nos salpique…
En todas estas “estancias” él también nos espera para abrazarnos. Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores.” Así sea.
Del miedo al valor de ser comunidad creativa
Romeo Ballan mccj
Las palabras del Evangelio de hoy tienen el sabor y la emoción de un testamento, que Jesús confía a sus discípulos después de la última cena, en las largas horas de la despedida (Jn 13,31-17,26). Son la preciosa enseñanza que Jesús deja a sus discípulos como herencia, pocas horas antes de entrar en su camino (v. 4.6): el camino de la cruz-muerte-resurrección. Testamento y herencia que, en la vida de todos, normalmente se vuelven efectivos tras la muerte del testador. El caso de Jesús es diferente: no es el testamento de un muerto, sino de un viviente. Con razón, la liturgia nos revela este testamento en los domingos después de Pascua y nos lo hace gustar como palabra viva del Resucitado. Ante todo, es una palabra de consuelo y de esperanza para la comunidad de los creyentes, para que no tiemble su corazón, sino que permanezcan fuertes en la fe (v. 1) y estén dispuestos a seguir los pasos del Maestro por el mismo camino: el camino hacia la Pascua, hacia la casa del Padre. La casa del Padre, sin embargo, no es inmediatamente el paraíso, sino ante todo la comunidad de los creyentes, donde también hay “muchas estancias” con un lugar para cada uno (v. 2-3); donde los sitios, los encargos y los servicios por cumplir son muchos; donde el sitio más importante es el que permite servir más y mejor a los demás.
Ayudarse como hermanos, lavarse los pies unos a otros (Jn 13,14), sin títulos de clase, honor, prestigio… Este era el ideal y el gran testimonio de la primera comunidad, en la cual había sí una diferencia, la única, reconocida por todos desde los comienzos: la diferencia en razón del servicio (o ministerio), requerido y brindado a la comunidad. Estamos ante un tema misionero apasionante. El mensaje del Evangelio de este domingo y las experiencias de la primera comunidad cristiana (I y II lectura) contienen luces preciosas para la misión de la Iglesia. El libro de los Hechos (I lectura) presenta un cuadro de dificultades típicas de la misión, concretas y frecuentes: se refieren al crecimiento numérico, al pluralismo cultural de la comunidad (v. 1: conflicto entre los de lengua griega y los de lengua hebrea, con consecuencias sociales y económicas), a la organización de la asistencia a los necesitados… Para encontrar la solución, se emplean criterios básicos para la buena marcha de la misión: amplia consulta en el grupo (v. 2), búsqueda de personas llenas de Espíritu y de sabiduría (v. 3.5), definición de los ministerios (v. 3.4.6). Así: los diáconos para la administración y los Doce Apóstoles para la oración y el servicio de la Palabra.
Hoy diríamos que la solución se encontró gracias a un ejercicio de la autoridad en forma sinodal: en la colegialidad y en la ministerialidad, que han permitido actuar con pluralismo cultural y con descentralización. La Iglesia de Jerusalén salió de aquel percance más madura, enriquecida con nuevas fuerzas para el apostolado, más abierta a las exigencias culturales de los diferentes grupos. Fue una solución creativa y ejemplar, que tuvo inmediatos efectos de irradiación misionera: “la Palabra de Dios iba cundiendo”, mientras crecía el número de discípulos de Jesús (v. 7). Se inscribe en este contexto también la insistencia del Papa Francisco sobre la oración por las vocaciones.
Soluciones de esa naturaleza son propias de un pueblo que San Pedro (II lectura) define real, santo, escogido por Dios (v. 9), llamado a acercarse al “Señor, la piedra viva” y, por tanto, un pueblo formado por “piedras vivas” (v. 4.5). Volvemos aquí al tema de los diferentes servicios en la casa de Dios: no es importante ser piedras de fachada o piedras escondidas en los cimientos. S. Daniel Comboni así lo recomendaba a sus misioneros para África: “El misionero trabaja en una obra de altísimo mérito, ciertamente, pero muy ardua y laboriosa, para ser una piedra escondida bajo tierra, que quizás nunca verá la luz, y que entra a formar parte de los cimientos de un nuevo y colosal edificio, que tan solo la posteridad verá surgir del suelo” (Reglas de 1871, Escritos, n. 2701). Lo que importa es formar parte de la comunidad de discípulos, contentos de ser pueblo, ser activos en el servicio a la misión de Cristo Salvador, acogedores y solidarios hacia las personas más alejadas, extranjeras, solas.
Jesús no ha venido a quitarnos el sufrimiento, sino a darnos valor para afrontar los miedos profundos de la enfermedad, el futuro, la soledad, la muerte… “Dios no ha venido a explicar el sufrimiento; ha venido a llenarlo con su presencia” (Paul Claudel). En la conversación con sus discípulos (Evangelio), Jesús los invita a no perder la tranquilidad ante las pruebas (v. 1). Los exhorta a creer en Él, que es “el camino, la verdad y la vida” (v. 6). Habla de su íntima unidad con el Padre, hasta el punto de que quien le ha visto a Él ha visto al Padre (v. 9). Jesús es el primer misionero del Padre: lo ha revelado y anunciado con la palabra y con las obras (v. 11). Surge aquí la pregunta fundamental para la misión: hoy, ¿a quién le toca revelar al Padre y revelar a Jesús, el Salvador del mundo? El desafío permanente del cristiano es poder decir: ¡quien ve mi vida y escucha mi palabra ve al Padre, ve a Cristo! Aquí tiene sus raíces y su fuerza de irradiación la responsabilidad misionera de todo bautizado.
