XXXII Domingo ordinario. Año A

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: “El Reino de los cielos es semejante a aquellas diez jóvenes, que, tomando sus lámparas, salieron al encuentro del esposo.
Cinco de ellas eran descuidadas y cinco, previsoras. Las descuidadas llevaron sus lámparas, pero no llevaron aceite para llenarlas de nuevo; las previsoras, en cambio, llevaron cada una un frasco de aceite junto con su lámpara. Como el esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron.
A medianoche se oyó un grito: ‘¡Ya viene el esposo! ¡Salgan a su encuentro!’. Se levantaron entonces todas aquellas jóvenes y se pusieron a preparar sus lámparas, y las descuidadas dijeron a las previsoras: ‘Dennos un poco de su aceite, porque nuestras lámparas se están apagando’. Las previsoras les contestaron: ‘No, porque no va a alcanzar para ustedes y para nosotras. Vayan mejor a donde lo venden y cómprenlo’.
Mientras aquéllas iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban listas entraron con   él al banquete de bodas y se cerró la puerta. Más tarde llegaron las otras jóvenes y dijeron: ‘Señor, señor, ábrenos’. Pero él les respondió: ‘Yo les aseguro que no las conozco’.
Estén, pues, preparados, porque no saben ni el día ni la hora”.

(Mateo 25, 1-13)


En camino hacia el encuentro
P. Enrique Sánchez G. mccj

La parábola que nos presenta el evangelio de hoy, para hablarnos del Reino de los cielos, nos menciona a diez vírgenes que nos ayudarán a entender cómo tenemos que disponernos para hacer esa experiencia de entrar en el Reino prometido y cuáles son algunas actitudes y disposiciones que no tenemos que perder de vista en nuestro esfuerzo por entrar en ese Reino.

Un primer detalle que nos puede pasar inadvertido en la reflexión de estos versículos del capítulo 25 de Mateo, es la primera actitud de estas diez vírgenes.

Dice el evangelio que salieron al encuentro del esposo. Salir y encontrar serán las palabras clave para entender aquello que este pequeño texto quiere ayudarnos a descubrir para que también nosotros entremos en el Reino que Dios sigue preparando para nosotros.

Para  comprender  o  para  entrar  en  el  Reino  de  los  cielos  se  afirma  que  la  primera exigencia es “salir” y esto significa ponerse en camino, sin tener miedo a arriesgar para poder recibir la novedad de lo que se nos promete.

Muchas veces decimos que el que no arriesga, no gana. Y quien no tiene grandes ideales no conocerá lo extraordinario que nos esconde la vida.

Salir también quiere decir desprenderse de aquello a lo que nos hemos ido apegando. Hay que elevar nuestra mirada con esperanza hacia el horizonte, con la confianza de que el Señor nos lleva hacia algo que promete llenar nuestro corazón de vida.

Hay que ponerse en camino, corriendo el riesgo de ir a donde no sabemos qué nos tiene preparado la aventura de ponernos en marcha, confiando en que el Señor nos llevará por senderos seguros que nos permitirán entrar en el mundo de Dios.

Esta exigencia es algo muy misionero, pues nos recuerda que quien quiere ser discípulo de Jesús tiene que obedecer al mandato que nos da de ir por todo el mundo para anunciar la llegada y la presencia de su Reino entre nosotros.

“Vayan y anuncien que el Reino de los cielos está cerca” (Mateo, 10, 7-10), ese es el mandato que da Jesús a quienes ha asociado a su misión como enviado de su Padre.

Y la misión, aunque exige una salida que obliga a dejar el propio mundo, dejar lo conocido, la propia cultura, lo que podría darnos una seguridad y tranquilidad; hay una salida más exigente que implica salir de nosotros mismos.

Dicho de otra manera, salir para entrar en el Reino que el Señor nos ofrece significa abrirse a un mundo que no es el nuestro, es reconocer y aceptar un proyecto de Dios que se construye sobre criterios muy distintos a los nuestros.

No  se  trata  de  dar  un  paso  en  el  abismo  o  en  el  vacío,  sino  en  la  confianza  de  que entraremos en un mundo en donde Dios nos está esperando para que se realicen los anhelos y los ideales más grandes que llevamos en el corazón.

De ahí que la otra palabra clave sea: “encuentro”. Hay que salir para darnos la oportunidad de encontrarnos con el Señor que viene hacia nosotros.

El Reino de los cielos, en este sentido, no es un lugar. Es un encuentro con la persona de Jesús en quien todos los valores del Reino se cumplen y se realizan. Jesús es la presencia del Reino de los cielos que se manifiesta ante nuestros ojos.

La parábola nos dice que las diez vírgenes salieron con sus lámparas al encuentro del esposo,  pero  no  todas  fueron  lo  suficientemente  precavidas  para  estar  preparadas cuando llegara su Señor.

Esto nos indica que, para disponernos al encuentro con el Señor, quien nos introducirá a la experiencia de su Reino, es necesario estar preparados, ser vigilantes y estar listos para cuando llegue.

Por otra parte, la experiencia del Reino no es algo que se pueda improvisar o dejar para el último momento de nuestra vida. No sabemos en qué momento y en cuáles circunstancias se nos manifestará el Señor y no podemos perder la oportunidad de encontrarnos con él cuando esté pasando por nuestras vidas.

Hay que estar preparados para que no falte la luz en nuestras lámparas. Eso significa, de alguna manera, que necesitamos nutrir con el aceite de la oración, de la escucha de la Palabra de Dios, de las buenas obras, de la caridad, del amor a los necesitados, con el ejercicio de la justicia y la práctica de la solidaridad, la lámpara de nuestro corazón.

El aceite que las vírgenes prudentes han utilizado para llenar sus lámparas es el amor con que cada día estamos llamados a llenar nuestra existencia. Si nuestras vidas están llenas de amor no nos será difícil descubrir y reconocer el rostro del Señor que viene a nuestro encuentro.

Pero si cometemos la insensatez de vivir distraídos y despreocupados, manteniendo el corazón vacío, es como si hubiésemos mantenido nuestras lámparas con los mínimos o incluso vacías, incapaces de iluminar el rostro de quien se acerca para ser amado.

En esa situación, aunque le digamos Señor, Señor, escucharemos decir: lo siento, no les conozco.

Detrás de las palabras y las imágenes de esta parábola seguramente podemos leer otra historia que nos habla de salvación y de perdición.

Es evidente que todos nos estamos jugando nuestra salvación o nuestra perdición en el día a día de nuestro caminar en este mundo.

En esta realidad que nos acompaña, Jesús esta viniendo a nuestro encuentro y quiere introducirnos a su Reino, pero sólo podemos entrar si lo reconocemos, si identificamos su rostro a través de la luz de nuestras lámparas de la fe.

Podremos entrar en el Reino de los cielos si logramos identificar la voz del Señor que nos llama y eso será posible sólo si nos familiarizamos con sus palabras, si aprendemos su lenguaje, si acercamos nuestro corazón al suyo, para aprender de él lo que significa vivir en el amor y del amor que nos viene de su Padre.

El evangelio llama a un grupo de estas vírgenes “prudentes” porque supieron prepararse con cuidado, supieron estar alertas para que no les ganara el sueño que aletarga y salieron contentas a recibir a su señor.

Otras  fueron  “necias”,  es  decir  negligentes,  superficiales  y  para  nada  previsoras.  A  la hora del encuentro no estuvieron listas y sus lámparas apagadas representan la obscuridad en que uno se puede encontrar cuando le falta la luz del  Espíritu  que ilumina nuestras mentes y nuestros corazones para reconocer a Dios presente en  nuestras vidas.

Tal vez nos convendría preguntarnos cómo estamos con nuestras lámparas. ¿Qué es lo que nos hace resplandecer en el mundo en que estamos presentes? ¿Con qué nutrimos nuestra vida interior para que tenga la luz suficiente para reconocer al Señor que viene a nuestro encuentro?

Ojalá  que  estemos  lo  suficientemente  iluminados  por  la  luz  del  Espíritu  Santo  para percibir la hora en que el Señor llega a nuestras vidas y que su presencia nos haga sentirnos alegres y dichosos de poder entrar a gozar del Reino de los cielos que ya está presente en los amaneceres y en los atardeceres que se nos regalan cada día.

Que el Señor nos conceda ser lo suficientemente previsores y vigilantes para estar listos en el momento en que nos invite a ir a su encuentro.


Encender las lámparas
José Antonio Pagola

Se nos apagan las lámparas.

Entre los primeros cristianos había, sin duda, discípulos «buenos» y discípulos «malos». Sin embargo, al escribir su evangelio, Mateo se preocupa sobre todo de recordar que, dentro de la comunidad cristiana, hay discípulos «sensatos» que están actuando de manera responsable e inteligente, y hay discípulos «necios» que actian de manera frívola y descuidada. ¿Qué quiere decir esto?

Mateo lo explica al recoger dos parábolas de Jesús. La primera es muy clara. Hay algunos que «escuchan las palabras de Jesús», y «las ponen en práctica». Toman en serio el Evangelio y lo traducen en vida. Son como el «hombre sensato» que construye su casa sobre roca. Es el sector más responsable: los que van construyendo su vida y la de la Iglesia sobre la autenticidad y la verdad de Jesús.

Pero hay también quienes escuchan las palabras de Jesús, y «no las ponen en práctica». Son tan «necios» como el hombre que «edifica su casa sobre arena». Su vida es un disparate. Construyen sobre el vacío. Si fuera sólo por ellos, el cristianismo sería pura fachada, sin fundamento real en Jesús.

Esta parábola nos ayuda a captar el mensaje fundamental de otro relato en el que un grupo de jóvenes salen, llenas de alegría, a esperar al esposo, para acompañarlo a la fiesta de su boda. Desde el comienzo se nos advierte que unas son «sensatas» y otras «necias».

Las «sensatas» llevan consigo aceite para mantener encendidas sus lámparas; las «necias» no piensan en nada de esto. El esposo tarda, pero llega a medianoche. Las «sensatas» salen con sus lámparas a iluminar el camino, acompañan al esposo y «entran con él» en la fiesta. Las «necias», por su parte, no saben cómo resolver su problema: «se les apagan las lámparas». Así no pueden acompañar al esposo. Cuando llegan es tarde. La puerta está cerrada.

El mensaje es claro y urgente. Es una insensatez seguir escuchando el Evangelio, sin hacer un esfuerzo mayor para convertirlo en vida: es construir un cristianismo sobre arena. Y es una necedad confesar a Jesucristo con una vida apagada, vacía de su espíritu y su verdad: es esperar a Jesús con las «lámparas apagadas». Jesús puede tardar, pero no podemos retrasar más nuestra conversión.


Lámpara encendidas
Inma Eibe, ccv

El evangelio de hoy es un texto, como mínimo, provocador. En las ocasiones en las que lo he profundizado con otros, sobre todo con jóvenes, ha surgido siempre alguna pregunta por el comportamiento de las llamadas “prudentes” en la parábola. “¿Dónde queda el ser solidario y compartir lo que se tiene?” – preguntan algunos. “¿Esta enseñanza no fomenta el egoísmo?” – cuestionan otros. Si nos quedamos en una primera lectura puede parecer que en el Reino de los cielos no hay cabida para todos o que, si no andamos con cuidado, no se nos perdona un despiste ni se acepta el arrepentimiento. La sabiduría (de la que se habla con entusiasmo en la primera lectura de hoy), relacionada con una postura aparentemente egoísta, no resulta atractiva.

La interpretación más convencional es la escatológica, fundamentada sobre todo en la sentencia final (velad, pues no sabéis el día ni la hora): la figura del novio se identifica con Cristo y se acentúa la invitación a estar preparados para reconocer su presencia y acoger su venida. Adentrándonos en la estructura y composición del texto, encontramos la combinación de dos relatos distintos, fusionados en uno por alguna necesidad pastoral surgida en el seno de la comunidad mateana. Uno de ellos sería el que narra la historia de las jóvenes que celebraron el banquete de bodas con el novio e iría en la línea de parábolas que subrayan la alegría del encuentro, como la de quien halla un tesoro en el campo (13,44) o la del que lo vende todo para comprar una sola perla (13,45). El otro relato sería el que introduce al grupo de quienes no han previsto lo necesario para la fiesta y estaría relacionado con la enseñanza sobre la prudencia/sabiduría o imprudencia/necedad, como en el conflicto con los fariseos (22,15ss).

Esta doble perspectiva nos posibilita sacarle más jugo a la parábola, porque nos recuerda la dimensión de celebración por el encuentro con el novio y de alegría por ser invitados a la fiesta; realidades que, en una lectura rápida, quedan escondidas ante el sinsabor que nos suscita la desesperación de quienes pierden la oportunidad y quedan fuera del banquete.

La realidad es que, desde el inicio del texto, el autor nos hace posicionarnos ante las diez mujeres reconociendo dos grupos absolutamente diferenciados: “cinco eran necias y cinco prudentes”. Nuestra atención se centra en ellas y el símbolo del banquete nupcial pierde fuerza. De hecho, resulta llamativo que se hable del novio, pero no de la novia. Tampoco se nombran otros invitados (aunque sí hay una voz externa que avisa de la llegada del esperado), ni se sabe nada del banquete en sí o de otros preparativos para la fiesta. Es significativo igualmente que se indique el retraso del personaje principal (¡en su propia boda!) y que nos sumerjamos en la narración en una noche profunda que hace que todas (también las prudentes) se duerman.

Desde la perspectiva de los primeros receptores del evangelio de Mateo, en los inicios del cristianismo, podemos captar que están surgiendo dificultades. El retraso de la segunda venida del Mesías, que esperaban inminente, hace dudar a quienes han proclamado su fe en Jesucristo, perdiendo la esperanza y modificando su conducta. Con esta parábola el evangelista los cuestiona. Es el momento de preguntarse sobre qué están, realmente, asentando su esperanza.

Nosotros también podemos hacernos esta pregunta. El texto provoca que, nada más comenzar, tengamos que posicionarnos: ¿en cuál de los dos grupos me encuentro? ¿en cuál de ellos deseo estar? La narración utiliza las lámparas y el aceite como símbolos que marcan la diferencia entre un grupo y otro. Nuestra vida, asentada en la de Quien es la Luz del mundo (Jn 8,12), está llamada a irradiar luz, a iluminar la realidad en la que habitamos, aunque a veces nos envuelva la noche oscura. ¡Vosotros sois la luz del mundo! (5,14).

¿Cómo está mi lámpara? ¿y mi reserva de aceite? ¿de qué modo colaboro para que el Novio pueda celebrar la fiesta? ¿cómo soy luz en medio de tantas noches por las que atraviesa nuestro mundo? Porque la realidad es que todas las jóvenes tenían lámpara. Todas habían sido invitadas a la fiesta. Todas tenían la misma encomienda. El hecho de pertenecer a un grupo o a otro no se les impone desde fuera. Cada uno de los personajes de la parábola, en el fondo, ha sido libre y ha decidido con su actitud (previsora y sabia, o imprudente y descuidada), en qué grupo situarse.

También todos nosotros somos portadores de una lámpara y todos estamos invitados a la fiesta. Podemos alentarnos unos a otros para vivir desde nuestra verdad más profunda, desde la Luz que nos habita, pero, al final, que a nuestra lámpara le falte o no aceite depende de cada una/o, de nuestra responsabilidad, de nuestra previsión, del cuidado delicado y agradecido de todo lo recibido, de la capacidad para sostener la esperanza en las noches, aunque a veces sobrevenga el sueño y… sobre todo, del amor y la alegría que alimentemos en el deseo de encontrarnos, día a día, con el Novio, seguros de que siempre viene. Sólo así seremos luz creíble para otros, alumbraremos -humildemente- alguna oscuridad, y contagiaremos la alegría de sabernos, ¡todos!, invitados a la Fiesta.


Misión es compartir la alegría
del encuentro y del banquete
P. Romeo Ballan, mccj

“La experiencia es un peine que la naturaleza dona a los calvos”. Este proverbio chino, que suena como una admonición a la superficialidad humana, casi una mofa a los arrogantes, es uno de los mensajes que la sabiduría milenaria de los pueblos, de cada época y lugar, lanza a las futuras generaciones, bajo forma de proverbios y axiomas. La Biblia también, sobre todo en los llamados libros “sapienciales”, contiene mensajes ricos de humanidad y de valores espirituales. Lo comprobamos en la I lectura de hoy. Encaminados hacia la conclusión del año litúrgico, las lecturas de hoy nos proponen el tema de la “sabiduría”, que se presenta como sabiduría humana, fruto de la experiencia, pero sobre todo como don gratuito de Dios, que lleva a la verdad sobre las personas y las cosas. La sabiduría aparece a menudo como personificada: “Ella misma busca por todas partes a los que son dignos de ella” (v. 16); y quien temprano la busca, a su puerta la hallará sentada (v. 14). Para cuantos aman la verdad y la sabiduría, es bueno recordar el testimonio de un sabio de la India: “La verdad es como un gran árbol: cuanto más lo cultives, más frutos dará” (Mahatma Gandhi).

La Sabiduría, la Verdad en sumo grado, es Dios mismo. Él es el tesoro que el alma del salmista anhela con el ansia del sediento que busca el agua. El salmo responsorial expresa el intenso gozo de la búsqueda y del encuentro con Dios, dirigiéndose por más de 15 veces (con pronombres y adjetivos) a un “Tú” bien concreto, amado y deseado. Este amigo del corazón es Jesús mismo, el esposo que hoy en la parábola de las diez doncellas (Evangelio) habla a su esposa, la Iglesia, dentro de la cual algunas personas son necias y otras sensatas. La parábola es rica en símbolos y mensajes, que será preciso leer de acuerdo con el contexto bíblico: el simbolismo nupcial que indica la relación Dios-hombre, los símbolos de la vigilia y del sueño, la noche y la luz, el aceite, sabiduría y necedad, la demora del esposo, la puerta cerrada, el banquete nupcial y otros símbolos.

La espera y la acogida del esposo, el Señor Jesús, que llega a cualquier hora, exige una respuesta personal e insustituible, simbolizada en el aceite (solicitado por unas doncellas y denegado por las otras), que cada uno debe procurarse en la vida. La sabiduría es como un aceite que no es fácil repartir: “es un aceite que nosotros mismos producimos, por nuestra interna maceración, con nuestros sufrimientos, nuestros actos de amor… Debemos trabajar para que este aceite no nos falte nunca” (E. Balducci). Es cierto que no podemos sustituir a nadie en la respuesta personal al Dios que llama y salva, pero podemos, debemos, compartir con otros el don de la fe y del conocimiento de Cristo, que nos sustenta en el camino y que puede iluminar igualmente a otras personas que buscan la verdad con corazón sincero.

Al igual que las doncellas de la parábola, nosotros también estamos invitados a “salir al encuentro del Señor que viene” (cfr. Evangelio v. 6), a interpretar nuestra vida como un continuo salir de nosotros para encontrar a Dios y a los demás. Es una tarea laboriosa estar dispuestos a buscar, cambiar, dejar de lado viejas seguridades para abrirse a la novedad de Dios y de los demás. Pero esta es la condición para crecer en sabiduría. Nos consuela saber que «La Sabiduría sale al encuentro de quien la busca» (cfr. I lectura, v. 15-16).

Por la fe sabemos que el esposo a quien esperamos y que llega en la noche es Cristo, el cual nos invita a entrar al banquete de la vida, “y así estaremos siempre con el Señor” (II lectura, v. 17). Esta esperanza nos alienta (v. 13-14.18) y sentimos una responsabilidad misionera: queremos que la puerta del banquete esté abierta también para otros, ¡para todos! Conscientes de que la puerta es Cristo (Jn 10,9), lo anunciamos como maestro y salvador, enfocando el mensaje misionero ante todo sobre su persona. Nos lo enseña también un santo moderno, un jesuita chileno, enamorado de Cristo y de los pobres: “El cristianismo no es una doctrina abstracta: un conjunto de dogmas que creer, preceptos y mandamientos. ¡El cristianismo es Él! El cristianismo es Cristo” (San Alberto Hurtado Cruchaga). Sobre la base de esta fe, él abrió el “Hogar de Cristo” para acoger a pobres, personas abandonadas, sin morada… ¡Los Pobres! Justamente para estos el Papa Francisco ha establecido en el calendario anual de las comunidades cristianas la Jornada mundial de los Pobres , que se celebra el penúltimo domingo del año litúrgico; será el próximo domingo, con el tema: “Tiende tu mano al pobre”.


“Velad, porque no sabéis el día ni la hora”
Fr. Juan Carlos Cordero de la Hera O.P.

La pretensión de todo ser humano es poder conducirse en la vida, saber y conocer cómo actuar, cómo dirigir los pasos para lograr el bienestar y la felicidad. Hay conocimientos que necesitamos para poder acceder al Reino de Dios y otros que son superfluos. No son nuestros conocimientos los que nos garantizan nuestra vida presente y futura. La lectura del libro de la Sabiduría nos invita a buscar, encontrar y poseer la auténtica sabiduría. Jesús es la encarnación de la Sabiduría divina que había de ser buscada sin descanso por nosotros, que queremos ser sus discípulos y testigos, para poder llegar al banquete de la eternidad.

En estos domingos finales del año litúrgico, san Pablo explica la esperanzadora doctrina cristiana sobre los últimos tiempos y sobre la suerte de los difuntos: a los que han muerto en Jesús, Dios los llevará con él.

Pero en el centro de la Palabra de este domingo está el texto del evangelio, cap. 25 de San Mateo, en el que Jesús instruye a los discípulos sobre la manera de estar preparados para el final de los tiempos. Y lo hace cuando presiente que se acerca ya su pasión y entrega definitiva.

La primera condición o enseñanza es la vigilancia, porque no se sabe el día ni la hora de la segunda venida de Cristo. La parábola de las doncellas prudentes nos anima a los cristianos a mantener encendida la luz de la fe y la gracia que recibimos en el bautismo.

¿Cómo tenemos que hacerlo, entonces? Se trata de buscar, desear, estar despiertos, muy atentos. No caer en la desidia, el abandono y el sueño. No podemos vivir como dormidos o anestesiados. Hemos de ser conscientes de las posibilidades que tenemos de estar despiertos o ardiendo; o bien, de vivir como dormidos y apagados. Nos puede pasar como a las doncellas de la parábola: que el esposo tarda en llegar y a todas les entra el sueño y se duermen.

La llamada que se nos hace es a estar bien despiertos y alertas, pero no por temor o miedo. No tiene ningún sentido meter miedo. Dios no se dedica a sorprendernos, a asustarnos, a amenazarnos. No viene como un ladrón, ni siquiera como alguien inoportuno. Lo sabemos bien, aunque quizá no siempre lo creamos y vivamos de verdad.

Por otra parte, vivimos tiempos en la sociedad y en la Iglesia en que es fácil relajarse, caer en el escepticismo e ir tirando por los caminos seguros de siempre, sin adherirnos verdaderamente y de forma responsable, al proyecto de Dios.

Jesús en una nueva parábola del Reino, nos enseña, nos ofrece claves y pistas válidas para nosotros. Se habla de lámparas y de aceite. La metáfora o imagen que aparece es muy acertada. Pero no deja de ser un símbolo. Toda la fuerza de la parábola está en la luz. Es necesaria la lámpara, y también muy necesario el aceite, y la reserva de aceite.

¿Cuál debe ser nuestro aceite? El aceite en la vida del cristiano, de todo ser humano en realidad, es el amor. Sin el amor nuestra vida  está como a oscuras. El aceite solo da luz cuando se consume. Si queremos dar luz sin entrega a los demás, no será posible; estaremos dormidos o apagados.

El mensaje parece claro y urgente. Sería insensato seguir escuchando el evangelio sin hacer un esfuerzo mayor para traducirlo en nuestra vida. Y sería una necedad confesar a Jesucristo con una vida apagada, vacía de su espíritu y su verdad: es como esperar a Jesús con las lámparas apagadas. El Reino definitivo puede tardar, pero nosotros no podemos retrasar más nuestra implicación decidida.

No podemos olvidar que Dios nos creó para ser felices y amarnos unos a otros. El amor es lo que definitivamente nos hace felices en la vida, y nos hace estar alegres. Cuando nos falta el aceite del amor, se nos va apagando la lámpara, dejamos de dar luz. Que no se nos apague el amor, que no se nos acaben las reservas y las ganas de amar más cada día.

Que no dejemos de abrirnos cada día al amor de Dios, a la invitación constante que nos hace a participar en su banquete. Y que vivir esta experiencia nos lleve a dar gracias y alimentar así nuestra propia capacidad de amar.

Vivir en la luz es participar ya en la vida del Reino de Dios. ¿Vivimos ardiendo, con luz… o apagados? ¿Cuál es el “aceite” de nuestra vida?

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