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Celebrar la Navidad en Belén, un privilegio

Así nos narra la Hna. Cecilia Sierra, misionera comboniana, cómo ella y su comunidad celebraron en Belén la noche de Navidad

Por: Hna. Cecilia Sierra, smc

Llegamos a Belén a las 6:30 pm, pedimos posada a las Hermanas de la Presentación y nos acogieron. Comimos y rezamos juntas pues celebraban el aniversario del inicio de su congregación.

Pasadas las 8 pm, nos fuimos a la Basílica de la Natividad, a unos 15 minutos de su casa, a pie. No hay luces navideñas ni el tradicional árbol.

Inmediatamente destaca el nacimiento, los personajes son todos grises, el color del polvo que dejan cuando se derrumban y destruyen los edificios y las casas.

En la plaza, frente a la Basílica está el Pesebre, Jesús, José y Maria y otro personaje aparecen entre escombros y alambrado. La madre sostiene un bebé envuelto en una sábana blanca. Otro personaje sostiene lo que parece ser una sábana mortuoria. Impresionante. Más adelante, vemos a un niño, la tradicional figura de Jesús bebe, pero en gris y dentro de una encubadora. Impresionante. Real.

Nos dirigimos a la cueva de Belén, a la gruta. Antes de la guerra, había filas enormes, ahora entramos como nada. Una señora Palestina de Belén dice que es la primera vez que puede entrar ahí la Noche Buena. Antes, era imposible.

Entramos, está casi solo, silencio.

Consientes del gran privilegio. Oramos ante ese sagrado lugar, en silencio. Permanecemos. Coloco unas imágenes de Jesús bebe, en el preciso lugar donde nació. Aquí fue.

Llegan hermanas y gente Palestina de varias parroquias de Belén e inicia un momento de oración, el rosario meditado. Todo en Árabe, cantos muy sublimes y sentidos. Que hermosa liturgia, sentida. Un pueblo que ora con el corazón en la mano.

Y nosotras Lulu, Julia y yo permanecemos. Sentimos la presencia de Jesús, frágil, vulnerable, marginalizado. En la pobreza, entre los últimos eligió Dios manifestarse. Será que buscamos a Dios en lugares equivocados.

El tercer misterio gozoso. El nacimiento de Jesús en este lugar, aquí…. se siente un escalofrío. Si, fue aquí. Y aquí estuvo Maria con su hijo…. y ángeles cantaron. Miro al techo, la estrella de Belén está ahí. Estamos sentados delante de donde según la tradición fue colocado. Permanecemos horas, cantando y orando.

Casi a media noche llegan los sacerdotes para celebrar la misa. Mientras se prepara, me inclino hacia la estrella en el lugar donde nació Jesús. Permanezco, orando, tantos y tantas que llevo en el corazón y prometí oraciones.

Inicia la misa en árabe. Los niños son quienes más han sufrido los efectos de la guerra, ellos y las mujeres, dice el celebrante. Que esta sea la última vez que celebremos Navidad con guerra. Que sea esta la última guerra en esta Tierra Santa.

Cerca de la una de la madrugada, el Patriarca llega con el Niño en procesión hacia la gruta.

En la gruta, donde nació Jesús, no hay regalos, ni luces, ni esferas ni nochebuena. Todo sencillo, simple, parco, pero mucha fe y un grito que sale de lo profundo… danos tu paz. El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz.

Desde Belén, y la martirizada Tierra Santa, bendiciones y paz en esta Navidad, con paz y justicia.

Un Niño nos ha nacido

Homilía del papa Francisco en la misa de Nochebuena del 2020

En esta noche se cumple la gran profecía de Isaías:
«Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado» (Is 9,5)

Un hijo se nos ha dado. A menudo se oye decir que la mayor alegría de la vida es el nacimiento de un hijo. Es algo extraordinario, que lo cambia todo, que pone en movimiento energías impensables y nos hace superar la fatiga, la incomodidad y las noches de insomnio, porque trae una felicidad grande, ante la cual ya nada parece que pese. La Navidad es así: el nacimiento de Jesús es la novedad que cada año nos permite nacer interiormente de nuevo y encontrar en Él la fuerza para afrontar cada prueba. Sí, porque su nacimiento es para nosotros: para mí, para ti, para todos nosotros. Para es la palabra que se repite en esta noche santa: “Un hijo se nos ha dado para nosotros”, ha profetizado Isaías; “hoy ha nacido para nosotros el Salvador”, hemos repetido en el Salmo; Jesús “se entregó por y para nosotros” (cf. Tt 2,14), ha proclamado san Pablo; y el ángel en el Evangelio ha anunciado: “Ha nacido para vosotros un Salvador” (cf. Lc 2,11). Para mí, para vosotros.

¿Pero qué significa este para nosotros? Que el Hijo de Dios, el bendito por naturaleza, viene a hacernos hijos bendecidos por gracia. Sí, Dios viene al mundo como hijo para hacernos hijos de Dios. ¡Qué regalo tan maravilloso! Hoy Dios nos asombra y nos dice a cada uno: “Tú eres una maravilla”. Hermana, hermano, no te desanimes. ¿Estás tentado de sentirte fuera de lugar? Dios te dice: “No, ¡tú eres mi hijo!”. ¿Tienes la sensación de no lograrlo, miedo de no estar a la altura, temor de no salir del túnel de la prueba? Dios te dice: “Ten valor, yo estoy contigo”. No te lo dice con palabras, sino haciéndote hijo como tú y por ti, para recordarte cuál es el punto de partida para que empieces de nuevo: reconocerte como hijo de Dios, como hija de Dios. Este es el punto de partida para cualquier nuevo nacimiento. Este es el corazón indestructible de nuestra esperanza, el núcleo candente que sostiene la existencia: más allá de nuestras cualidades y de nuestros defectos, más fuerte que las heridas y los fracasos del pasado, que los miedos y la preocupación por el futuro, se encuentra esta verdad: somos hijos amados. Y el amor de Dios por nosotros no depende y no dependerá nunca de nosotros: es amor gratuito. Esta noche no tiene otra explicación: sólo la gracia. Todo es gracia. El don es gratuito, sin ningún mérito de nuestra parte, pura gracia. Esta noche, san Pablo nos ha dicho: «Ha aparecido la gracia de Dios» (Tt 2,11). Nada es más valioso.

Un hijo se nos ha dado. El Padre no nos ha dado algo, sino a su mismo Hijo unigénito, que es toda su alegría. Y, sin embargo, si miramos la ingratitud del hombre hacia Dios y la injusticia hacia tantos de nuestros hermanos, surge una duda: ¿Ha hecho bien el Señor en darnos tanto, hace bien en seguir confiando en nosotros? ¿No nos sobrevalora? Sí, nos sobrevalora, y lo hace porque nos ama hasta el extremo. No es capaz de dejarnos de amar. Él es así, tan diferente a nosotros. Siempre nos ama, más de lo que nosotros mismos seríamos capaces de amarnos. Ese es su secreto para entrar en nuestros corazones. Dios sabe que la única manera de salvarnos, de sanarnos interiormente, es amarnos: no hay otro modo. Sabe que nosotros mejoramos sólo aceptando su amor incansable, que no cambia, sino que nos cambia. Sólo el amor de Jesús transforma la vida, sana las heridas más profundas y nos libera de los círculos viciosos de la insatisfacción, de la ira y de la lamentación.

Un hijo se nos ha dado. En el pobre pesebre de un oscuro establo está, en efecto, el Hijo de Dios. Surge otra pregunta: ¿Por qué nació en la noche, sin alojamiento digno, en la pobreza y el rechazo, cuando merecía nacer como el rey más grande en el más hermoso de los palacios?

¿Por qué? Para hacernos entender hasta qué punto ama nuestra condición humana: hasta el punto de tocar con su amor concreto nuestra peor miseria. El Hijo de Dios nació descartado para decirnos que toda persona descartada es un hijo de Dios. Vino al mundo como un niño viene al mundo, débil y frágil, para que podamos acoger nuestras fragilidades con ternura. Y para descubrir algo importante: como en Belén, también con nosotros Dios quiere hacer grandes cosas a través de nuestra pobreza. Puso toda nuestra salvación en el pesebre de un establo y no tiene miedo a nuestra pobreza. ¡Dejemos que su misericordia transforme nuestras miserias!

Esto es lo que significa que un hijo ha nacido para nosotros. Pero queda todavía otro para, el que el ángel indica a los pastores: «Esta será la señal para vosotros: encontréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lc 2,12). Este signo, el Niño en el pesebre, es también para nosotros, para guiarnos en la vida. En Belén, que significa “Casa del Pan”, Dios está en un pesebre, recordándonos que lo necesitamos para vivir, como el pan para comer. Necesitamos dejarnos atravesar por su amor gratuito, incansable, concreto. Cuántas veces en cambio, hambrientos de entretenimiento, éxito y mundanidad, alimentamos nuestras vidas con comidas que no sacian y dejan un vacío dentro. El Señor, por boca del profeta Isaías, se lamenta de que mientras el buey y el asno conocen su pesebre, nosotros, su pueblo, no lo conocemos a Él, fuente de nuestra vida (cf. Is 1,2-3). Es verdad: insaciables de poseer, nos lanzamos a tantos pesebres de vanidad, olvidando el pesebre de Belén. Ese pesebre, pobre en todo y rico de amor, nos enseña que el alimento de la vida es dejarse amar por Dios y amar a los demás. Jesús nos da el ejemplo: Él, el Verbo de Dios, es un infante; no habla, pero da la vida. Nosotros, en cambio, hablamos mucho, pero a menudo somos analfabetos de bondad.

Un hijo se nos ha dado. Quien tiene un niño pequeño sabe cuánto amor y paciencia se necesitan. Es necesario alimentarlo, atenderlo, limpiarlo, cuidar su fragilidad y sus necesidades, que con frecuencia son difíciles de comprender. Un niño nos hace sentir amados, pero también nos enseña a amar. Dios nació niño para alentarnos a cuidar de los demás. Su llanto tierno nos hace comprender lo inútiles que son nuestros muchos caprichos, y de esos tenemos tantos. Su amor indefenso, que nos desarma, nos recuerda que el tiempo que tenemos no es para autocompadecernos, sino para consolar las lágrimas de los que sufren. Dios viene a habitar entre nosotros, pobre y necesitado, para decirnos que sirviendo a los pobres lo amaremos. Desde esta noche, como escribió una poetisa, «la residencia de Dios está junto a mí. La decoración es el amor» (E. Dickinson, Poems, XVII).

Un hijo se nos ha dado. Eres tú, Jesús, el Hijo que me hace hijo. Me amas como soy, no como yo me creo que soy; yo lo sé. Al abrazarte, Niño del pesebre, abrazo de nuevo mi vida. Acogiéndote, Pan de vida, también yo quiero entregar mi vida. Tú que me salvas, enséñame a servir. Tú que no me dejas solo, ayúdame a consolar a tus hermanos, porque —Tú sabes— desde esta noche todos son mis hermanos.

Vatican.va

¡Feliz Navidad!

Miren, la joven está en cinta y dará a luz un hijo,
y le pondrá por nombre Emmanuel
«Dios con nosotros»
(Isaías 7, 14)

Es Navidad y Dios nos vuelve a sorprender con el don de su presencia entre nosotros.

Es Navidad y el sueño de Dios se hace realidad viene a cargar con nuestra historia para decirnos que sigue creyendo en nosotros.

Es Navidad y la presencia de Dios en Jesús nos recuerda que siempre habrá una oportunidad para la vida, que la guerra es la humillación más escandalosa que cargamos también en nuestros días, que el odio y la violencia no tendrán la última palabra, porque el Dios del amor y de la vida ha entrado en nuestra humanidad para no dejarla jamás.

Es Navidad y la presencia de Jesús en el pesebre llena nuestros corazones de alegría porque descubrimos en su rostro la verdad de nuestras vidas. Somos hijos de Dios en ese pequeño que se nos ha dado para que tengamos vida y la tengamos en abundancia.

Es Navidad y vemos a Dios que se hace misionero para venir al encuentro de los pobres, de los humildes y sencillos; viene al encuentro de todos aquellos que con alegría ponen toda su esperanza en Jesús que viene para cumplir la voluntad de su Padre. Viene para que nos demos cuenta que somos lo que más ama su Padre y nuestro Padre.

Que esta Navidad sepamos acoger a Jesús en nuestros corazones
para que podamos ser testigos y misioneros
de su presencia en nuestras vidas.

Con todo mi afecto, mis mejores deseos y mis recuerdos en la oración.
P. Enrique Sánchez G. Misionero Comboniano

Puentes de amistad en tiempos de guerra

El 7 de octubre, comandos de Hamás masacraron a 1.400 israelíes que vivían cerca de la franja de Gaza. Otros 240 fueron tomados como rehenes. El ataque contra civiles fue repentino, y entre las víctimas había activistas de los derechos palestinos como Vivian Silver. Han pasado varios meses desde aquella tragedia, que el gobierno israelí ha reproducido y amplificado bombardeando repetidamente a la población de Gaza. En Israel/Palestina, las Misioneras Combonianas viven cerca del muro que separa a los dos pueblos, pero también son testigos de la amistad que los une.

Por: Hna. Expedita Pérez, misionera comboniana
combonifem

Durante décadas, laos combonianas hemos cultivado relaciones amistosas con palestinos e israelíes, siendo bien recibidos por ambos. Ahora, sin embargo, todas y cada una de nosotras vivimos con miedo y ha crecido la desconfianza hacia los que son del otro pueblo. Inmediatamente después del 7 de octubre, aumentaron los controles del ejército y la policía israelíes, que impedían a la gente desplazarse al trabajo, al hospital o incluso simplemente ir de compras.
La relación entre palestinos e israelíes que viven en los asentamientos se ha deteriorado aún más, con graves abusos por parte de los colonos, especialmente durante la recogida de la aceituna, una tradición muy importante y sagrada en toda Palestina.

Efectos más graves para quienes viven en los márgenes

Si la vida de la población palestina ha empeorado, la de la población beduina se ha vuelto dramática, porque viven cerca de los asentamientos israelíes y a menudo trabajan allí o en la ciudad industrial cercana a Maale Adumin. Muchos de nuestros amigos beduinos llevan más de un mes sin trabajar.
Uno de ellos nos contó que habían llamado a su hijo, pero a los tres días decidió dejarlo porque un soldado le apuntaba todo el tiempo con un fusil: ¿quién puede trabajar bajo semejante estrés?
Desde hace más de un mes, las escuelas beduinas están cerradas porque los problemas de seguridad impiden que lleguen a ellas profesores de otras ciudades de Palestina. Sólo nuestras cinco guarderías, en funcionamiento desde 2008, siguen abiertas gracias a los maestros beduinos que viven allí. Un niño pregunta a su madre todas las mañanas: “¿Hoy hay guerra o hay guardería?”. Si ella responde que hay jardín de infancia, él se levanta rápidamente con alegría para ir al jardín de infancia acompañado de su madre.

Entre dos amores…

También la semana pasada, fuimos a rezar con familias que pertenecen a una de las comunidades judías mesiánicas que hacen voluntariado en las aldeas beduinas. Ellos, judíos, están preocupados por sus amigos beduinos, pero al mismo tiempo ya no tienen ganas de visitarlos porque tienen miedo. Rezan para que la guerra termine, pero sus hijos e hijas, al ser israelíes, ahora se ven obligados a luchar. Así que tienen el corazón dividido por el amor a los dos pueblos, el israelí y el palestino. En este momento sienten que sólo pueden rezar e invocar el don de la paz y la justicia.

Somos muchos los que invocamos la paz en la justicia y se la pedimos a Dios. Todos los puentes de amistad que tantas personas y movimientos han construido a lo largo de los años no pueden ser completamente destruidos por esta guerra. Sabemos que no será fácil recuperar la confianza necesaria para reencontrarnos y compartir, pero sabemos que es posible. Nos encantaría que nuestras palabras y acciones pudieran conducir a la formación de un gobierno más integrador y justo en esta “Tierra Santa”.

La misión de cuidar y cultivar la tierra…

Somos “un pedazo de tierra” en el mundo

Por: Hno. Joel Cruz. ECOPAX

Si abres tu biblia y buscas el capítulo 2 del libro del Génesis y te detienes en el versículo 7, te vas a dar cuenta que el ser humano, o sea tú, eres “tierra” moldeada por los dedos de Dios. Un “territorio” pensado por el Creador como un jardín y no como un desierto sin vida.

Pensarnos como un “pedazo de tierra” al que Dios mismo, con toda su dedicación personal, lo transforma en un cuerpo en el que no solamente infundió su aliento sino que en él plasmó su propia imagen, debería bastarnos para cuidar este “territorio” al que llamamos “YO” de tal manera que nunca deje de ser un jardín lleno de flores y frutos con semillas que producen vida en todas sus formas.

Si lees todo el relato de la creación (Capítulos 1 y 2 del Génesis), te encontrarás con la misión que tiene este ser humano creado por Dios: “LLENAR DE VIDA LA TIERRA”. Es decir, el ser humano recibió el encargo de parte de su Creador de “CULTIVAR Y CUSTODIAR” la vida en esa “tierra”.

En otras palabras, la misión que tenemos es “CUIDAR LA VIDA”
en este “pedazo de tierra” que llamamos YO.
Si caemos en el descuido, la vida que hay en esa tierra
se irá marchitando hasta secarse,
hasta que ese territorio que lleva nuestro nombre se vuelva estéril,
incapaz de generar vida y termine poseído por la muerte.

 Cultivar y custodiar la vida en nuestra persona implica considerar todas las posibilidades para que la muerte no pueda entrar en nuestro pensamiento, en nuestro espíritu, en nuestro cuerpo… que la negatividad no llegue a poseer nuestra conciencia y nuestra visión, no descuidar nuestra salud física, mental y espiritual, porque si lo hacemos, la enfermedad abrirá el camino a la muerte en este “pedazo de tierra” donde Dios quiere que solo haya vida.

Pero ¿Para qué cultivar y custodiar la vida en nosotros? Para COLABORAR CON DIOS, es decir, para TRABAJAR JUNTO CON ÉL PARA QUE HAYA VIDA EN ABUNDANCIA para todos. Es decir, Dios quiere que seamos portadores de vida donde quiera que vayamos, dondequiera que estemos, no quiere que seamos portadores o sembradores de muerte, de esos ya hay muchos.

Dios nos quiere vivos para que podamos infundir vida ahí donde vivimos y convivimos, en ese lugar que llamamos “SOCIEDAD”, que también es un “TERRITORIO”. Cuando la vida es abundante en nuestro territorio que llamamos “YO”, entonces podemos compartirla, darla, donarla… la vitalidad es tanta que por eso somos capaces de ser fraternos, solidarios, comunitarios, participativos… nos convertimos en promotores de espacios de comunión y participación para que otros puedan aportar vida para muchos.

Quien descuida su vida, poco a poco, el desánimo, el desaliento, la desesperanza, la negatividad… comienzan a poseer su cuerpo, su mente y su espíritu. Por eso deja de colaborar, de participar, de solidarizarse con los demás, de unirse a causas comunes que mejoren las condiciones de vida para todos. La debilidad física, mental y espiritual lo derrumba y lo arrincona al sinsentido de la existencia, al lugar del dolor y el sufrimiento, de la tristeza y la soledad.

 Ser conscientes de que somos hechos de tierra debe hacernos tomar conciencia de nuestra fragilidad humana, que en cualquier momento, si no nos cuidamos, nos podemos romper, hacer pedazos… ser conscientes de que somos “vasijas de barro” que contienen el Espíritu de Dios, debería ser suficiente para cuidar esta “vasija” que llamo “cuerpo”. Descuidarla sería PECADO.

 

Dios dice que NO ES BUENO QUE EL SER HUMANO ESTÉ SOLO, porque cuando alguien está contigo, te ayuda a mirar aquello que no ves, a valorar aquello que no valoras, a cuidar aquello que no cuidas… te ayuda a cuidar la vida que hay en ti, a salvarla, a fortalecerla… Por eso, cuidar la vida que hay en nosotros, implica buscar a los demás para acompañarlos o para sentirnos acompañados, eso nos ayuda a vivir, a querer vivir y vivir mejor.

 Nuestra dignidad como seres humanos y nuestra misión recibida de parte de Dios es muy grande. No hace falta mucha ciencia para comprender esto cuando leemos los relatos de la creación en la Biblia.

Es una dignidad y misión grande y exigente
porque tiene que ver con el cultivo
y el cuidado de la vida para luego compartirla con todos
hasta llenar de vida la tierra.
Tierra que comienza en ese pequeño lugar
que lleva mi nombre y apellido,
porque si ahí no se cultiva y no se cuida la vida,
esta misión nunca se realizará.

 A veces, acostumbramos decir que “hacemos con nuestra vida lo que nos dé la gana”, que es “nuestra vida” y por eso nadie debe decirnos cómo vivirla y cómo manejarla, por eso no dejamos que alguien “se meta” en ella. ¿Pero quién nos dijo que la vida es nuestra? Somos testigos que en cualquier momento, en contra de nuestra voluntad, se nos escapa, se nos quita. Experimentamos la impotencia frente a la enfermedad, ante todo aquello que nos quita la vida, ante la muerte… La realidad nos dice que LA VIDA NO ES NUESTRA.

 

Con frecuencia se nos olvida que ese pedazo de tierra moldeado por los dedos de Dios que llamamos CUERPO, no tiene vida propia, la vida que habita en él no es suya. Dios fue quien infundió su vida en esa materia frágil soplando en sus narices de barro. Esta conciencia debería ayudarnos a aceptar que la vida que llevamos en nuestro cuerpo ES DE DIOS, no es nuestra. Se nos fue dada para cultivarla y cuidarla, para hacerla producir frutos y compartirla con muchos.

 Dios nos dio su vida para compartirla no para desperdiciarla o dejarla secar sin producir ningún fruto. Por eso no podemos hacer con ella lo que nos venga en gana, por eso no podemos descuidarla de ninguna manera. Literalmente es “UN TESORO QUE NO ES NUESTRO Y QUE LO LLEVAMOS EN UNA VASIJA DE BARRO” que es nuestra persona. Si esta vasija se deteriora, se puede romper y el tesoro se perderá.

 Si la vasija se rompe y tira el tesoro de Dios (la vida), cuando estemos frente a Él, nos pedirá cuentas de ese tesoro que puso en nosotros. Nos preguntará ¿qué hicimos con la vida que nos dio? ¿Cómo la cultivamos y la cuidamos? ¿Qué frutos produjo? ¿Cómo la compartimos con los demás? Si la descuidamos, si no la valoramos, si la dejamos marchitar y secar… veremos el rostro decepcionado y entristecido de nuestro Padre Dios, así como te desilusionas tú de la persona que más quieres y eso, duele mucho, tú lo sabes.

Beatificado el cardenal Pironio

La misa de beatificación tuvo lugar el sábado pasado, 16 de diciembre, a las 11 horas (en Argentina), en el santuario de Nuestra Señora de Luján, patrona de Argentina, donde está sepultado el nuevo beato. Presidida por el cardenal Fernando Vérgez Alzaga, delegado del Papa Francisco, durante 23 años secretario personal del cardenal argentino, en sus años de servicio en la Curia Romana, donde concretó la intuición de la JMJ de San Juan Pablo II. Será celebrado litúrgicamente 4 de febrero.

Crédito: Vatican News 

El cardenal Eduardo Francisco Pironio “sabía afrontar las pruebas y las dificultades con serenidad, con una sonrisa en la cara” y la alegría en el sufrimiento “es una característica de los santos”. Para él, como para San Agustín, “la humildad era la patria de la caridad”, pero no “una humildad áspera, ostentosa y exasperada, sino amorosa y alegre”. Así recuerda el cardenal español Fernando Vérgez Alzaga, delegado del Papa Francisco, algunos de los principales rasgos del pastor argentino del que fue secretario personal durante 23 años, desde su llegada a Roma en 1975 hasta su muerte en 1998, en su homilía de la misa de beatificación en el santuario mariano de Nuestra Señora de Luján, en Argentina, donde está enterrado el nuevo beato.

Una profunda humildad que abrió un panorama de santidad 

“¡Magnificat!” es la palabra mariana que, para el actual Presidente del Governatorato del Estado de la Ciudad del Vaticano, resume la vida del Cardenal Pironio, bautizado en el santuario de Luján en 1920, ordenado sacerdote (en diciembre de 1943) y finalmente obispo, el 31 de mayo de 1964. Y es la palabra que repite constantemente en su testamento espiritual. El cardenal Vérgez Alzaga, al agradecer al Papa que haya querido que la beatificación del cardenal argentino se celebre precisamente “a los pies de Nuestra Señora de Luján, corazón de la Argentina”, relee lo que el entonces cardenal Bergoglio, en 2008, escribió sobre Pironio: “Te abrió un panorama de santidad desde su profunda humildad. Te abrió horizontes, experimentaste que nunca cerró la puerta a nadie. Demostró una gran paciencia. En esto reflejaba el amor de Dios por nosotros”.

Defensor incansable de la causa de los hermanos pobres 

El beato cardenal Pironio, un milagro de la Virgen de Luján

En la Carta Apostólica para la beatificación, además, Francisco describe al nuevo beato, recuerda Vérgez, como “un humilde Pastor según el espíritu del Concilio Vaticano II, testigo de esperanza y paciencia evangélica, defensor incansable de la causa de sus hermanos más pobres”. A continuación, el cardenal español resumió la trayectoria humana del cardenal Pironio, desde que ejercía como párroco en el seminario de la diócesis de Mercedes (hoy archidiócesis de Mercedes-Luján), como profesor de literatura, dogmática, cristología, teología sacramental, teología fundamental y filosofía, y ya indisolublemente unido a María, Nuestra Señora de Luján, “venerada aquí por los fieles de toda la Argentina”.

El Padre, la Cruz y María

A continuación, relee la conmovedora oración improvisada por el nuevo Beato el domingo 28 de septiembre de 1975, antes de partir hacia Roma para asumir sus nuevas funciones de pro-prefecto de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, llamado por san Pablo VI. Una oración de obediencia al Padre, aunque le costara sacrificios y renuncias. “Señor, quiero poner en tu corazón mi propia aniquilación”, fue la invocación, “mi propia cruz, lo que me cuesta dejar, lo que me cuesta hacer tu voluntad”. Y Pironio agradeció al Señor que le hiciera sentir tres cosas muy claras: “Que Dios es mi Padre y me ama; que es necesario vivir la fecundidad de la Cruz para ser semilla; y que María, Nuestra Madre, está siempre a mi lado”. El Padre, la Cruz y María.

“No puedo hacer nada. Pero me entrego como María”

El día del inicio de su ministerio en Roma, junto a San Pablo VI, el 9 de diciembre de 1975, el cardenal argentino escribió en su diario: “¡El Papa me ha llamado a trabajar a su lado! No sé nada, no puedo hacer nada. Pero me entrego como María: ‘Sí, soy la esclava del Señor: hágase en mí según tu Palabra'”. Y luego: “¡Cuánto me ha costado dejar la diócesis y el CELAM, la familia y la patria, los amigos y los parientes! Ahora estoy solo en el camino: pero el Señor está conmigo. Qué confianza!”.

Paz interior y amistad con Dios

En su homilía, el cardenal Fernando Vérgez Alzaga subrayó que el inmenso amor de Pironio por Cristo “se transformó en amor por sus hermanos y hermanas, para que también ellos pudieran experimentar las riquezas del Corazón divino”. Por eso “se hizo todo para todos, para velar por ellos en la causa de Cristo”. Como “su secretario personal en Roma durante muchos años”, recuerda el delegado pontificio, “experimenté verdaderamente su paz interior, su profunda amistad con Dios y su espíritu de santidad. Es algo que experimentaron todos los que le conocieron”. Vivía con heroísmo, prosigue, las virtudes de la fe, la esperanza y la caridad, pero las interpretaba “a la luz de las bienaventuranzas, la mansedumbre, la misericordia y la pureza de corazón”.

JMJ: misioneros del Señor en el corazón de la sociedad

La última parte de la homilía está dedicada a sus años como presidente del Consejo Pontificio para los Laicos, de 1984 a 1996: un servicio que el cardenal Pironio desarrolló “en torno a tres prioridades: formación, comunión y participación, en profunda sintonía con san Juan Pablo II”. Su actividad pastoral y apostólica, recuerda Vérgez Alzaga, “se manifestó sobre todo en la organización y promoción del laicado, especialmente de los jóvenes y de las Jornadas Mundiales de la Juventud”. En enero de 1995, durante la X JMJ de Manila (Filipinas), Pironio escribió: “Hoy se trata de volver a elegir al Señor y comprometerse a servirle: como misioneros, en el corazón de la sociedad”.