El Papa: “El clericalismo es una forma de mundanidad que daña al pueblo fiel de Dios”

La tarde del miércoles 25 de octubre, durante la 18 Congregación General de la asamblea sinodal, el Papa Francisco ha hecho la siguiente intervención:

Me gusta pensar la Iglesia como pueblo fiel de Dios, santo y pecador, pueblo convocado y llamado con la fuerza de las bienaventuranzas y de Mateo 25.

Jesús, para su Iglesia, no asumió ninguno de los esquemas políticos de su tiempo: ni fariseos, ni saduceos, ni esenios, ni zelotes. Ninguna “corporación cerrada”; simplemente retoma la tradición de Israel: “tú serás mi pueblo y yo seré tu Dios”.

Me gusta pensar la Iglesia como este pueblo sencillo y humilde que camina en la presencia del Señor (el pueblo fiel de Dios). Este es el sentido religioso de nuestro pueblo fiel. Y digo pueblo fiel para no caer en los tantos enfoques y esquemas ideológicos con que es “reducida” la realidad del pueblo de Dios. Sencillamente pueblo fiel, o también, “santo pueblo fiel de Dios” en camino, santo y pecador. Y la Iglesia es ésta.

Una de las características de este pueblo fiel es su infalibilidad; sí, es infalible in credendo. (In credendo falli nequit, dice LG 12) Infabilitas in credendo. Y lo explico así: “cuando quieras saber lo que cree la Santa Madre Iglesia, andá al Magisterio, porque él es encargado de enseñártelo, pero cuando quieras saber cómo cree la Iglesia, andá al pueblo fiel.

Me viene a la memoria una imagen: el pueblo fiel reunido a la entrada de la Catedral de Éfeso. Dice la historia (o la leyenda) que la gente estaba a ambos lados del camino hacia la Catedral mientras los Obispos en procesión hacían su entrada, y que a coro repetían: “Madre de Dios”, pidiendo a la Jerarquía que declarase dogma esa verdad que ya ellos poseían como pueblo de Dios. (Algunos dicen que tenían palos en las manos y se los mostraban a los Obispos). No sé si es historia o leyenda, pero la imagen es válida.

El pueblo fiel, el santo pueblo fiel de Dios, tiene alma, y porque podemos hablar del alma de un pueblo podemos hablar de una hermenéutica, de una manera de ver la realidad, de una conciencia. Nuestro pueblo fiel tiene conciencia de su dignidad, bautiza a sus hijos, entierra a sus muertos.

Los miembros de la Jerarquía venimos de ese pueblo y hemos recibido la fe de ese pueblo, generalmente de nuestras madres y abuelas, “tu madre y tu abuela” le dice Pablo a Timoteo, una fe transmitida en dialecto femenino, como la Madre de los Macabeos que les hablaba “en dialecto” a sus hijos. Y aquí me gusta subrayar que, en el santo pueblo fiel de Dios, la fe es transmitida en dialecto, y generalmente en dialecto femenino. Esto no sólo porque la Iglesia es Madre y son precisamente las mujeres quienes mejor la reflejan; (la Iglesia es mujer) sino porque son las mujeres quienes saben esperar, saben descubrir los recursos de la Iglesia, del pueblo fiel, se arriesgan más allá del límite, quizá con miedo, pero corajudas, y en el claroscuro de un día que comienza se acercan a un sepulcro con la intuición (todavía no esperanza) de que pueda haber algo de vida.

La mujer del santo pueblo fiel de Dios es reflejo de la Iglesia. La Iglesia es femenina, es esposa, es madre.

Cuando los ministros se exceden en su servicio y maltratan al pueblo de Dios, desfiguran el rostro de la Iglesia con actitudes machistas y dictatoriales (basta recordar la intervención de la Hna. Liliana Franco). Es doloroso encontrar en algunos despachos parroquiales la “lista de precios” de los servicios sacramentales al modo de supermercado. O la Iglesia es el pueblo fiel de Dios en camino, santo y pecador, o termina siendo una empresa de servicios variados. Y cuando los agentes de pastoral toman este segundo camino la Iglesia se convierte en el supermercado de la salvación y los sacerdotes meros empleados de una multinacional. Es la gran derrota a la que nos lleva el clericalismo. Y esto con mucha pena y escándalo (basta ir a sastrerías eclesiásticas en Roma para ver el escándalo de sacerdotes jóvenes probándose sotanas y sombreros o albas y roquetes con encajes).

El clericalismo es un látigo, es un azote, es una forma de mundanidad que ensucia y daña el rostro de la esposa del Señor; esclaviza al santo pueblo fiel de Dios.

Y el pueblo de Dios, el santo pueblo fiel de Dios, sigue adelante con paciencia y humildad soportando los desprecios, maltratos, marginaciones de parte del clericalismo institucionalizado. Y, ¡con cuánta naturalidad hablamos de los príncipes de la Iglesia, o de promociones episcopales como ascensos de carrera! Los horrores del mundo, la mundanidad que maltrata al santo pueblo fiel de Dios.

Carta de la Asamblea Sinodal al Pueblo de Dios

XVI ASAMBLEA GENERAL ORDINARIA DEL SINODO DE LOS OBISPOS

Queridas hermanas, queridos hermanos:

Cuando se acerca la conclusión de los trabajos de la primera sesión de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, queremos, con todos vosotros, dar gracias a Dios por la hermosa y rica experiencia que acabamos de vivir. Este tiempo bendecido lo hemos vivido en profunda comunión con todos vosotros. Hemos sido sostenidos por vuestras oraciones, llevando con nosotros vuestras expectativas, vuestras preguntas y también vuestros miedos.

Han pasado ya dos años desde que, a petición del Papa Francisco, se inició un largo proceso de escucha y discernimiento, abierto a todo el pueblo de Dios, sin excluir a nadie para “caminar juntos”, bajo la guía del Espíritu Santo, discípulos misioneros siguiendo a Jesucristo.

La sesión que nos ha reunido en Roma desde el 30 de septiembre constituye una etapa importante en este proceso. Por muchos motivos, ha sido una experiencia sin precedentes. Por primera vez, por invitación del Papa Francisco, hombres y mujeres han sido invitados, en virtud de su bautismo, a sentarse en la misma mesa para formar parte no solo de las discusiones, sino también de las votaciones de esta Asamblea del Sínodo de los Obispos. Juntos, en la complementariedad de nuestras vocaciones, de nuestros carismas y de nuestros ministerios, hemos escuchado intensamente la Palabra de Dios y la experiencia de los demás. Utilizando el método de la conversación en el Espíritu, hemos compartido con humildad las riquezas y las pobrezas de nuestras comunidades en todos los continentes, tratando de discernir lo que el Espíritu Santo quiere decir a la Iglesia hoy.

Así hemos experimentado también la importancia de favorecer intercambios recíprocos entre la tradición latina y las tradiciones del Oriente cristiano. La participación de delegados fraternos de otras Iglesias y Comunidades eclesiales ha enriquecido profundamente nuestros debates. Nuestra asamblea se ha llevado a cabo en el contexto de un mundo en crisis, cuyas heridas y escandalosas desigualdades han resonado dolorosamente en nuestros corazones y han dado a nuestros trabajos una gravedad peculiar, más aún cuando algunos de nosotros venimos de países en los que la guerra se intensifica.

Hemos rezado por las víctimas de la violencia homicida, sin olvidar a todos a los que la miseria y la corrupción les han arrojado a los peligrosos caminos de la emigración. Hemos garantizado nuestra solidaridad y nuestro compromiso al lado de las mujeres y de los hombres que en cualquier lugar del mundo actúan como artesanos de justicia y de paz.

Por invitación del Santo Padre, hemos dado un espacio importante al silencio, para favorecer entre nosotros la escucha respetuosa y el deseo de comunión en el Espíritu.

Durante la vigilia ecuménica de apertura, experimentamos cómo la sed de unidad crece en la contemplación silenciosa de Cristo crucificado. La cruz es, de hecho, la única cátedra de Aquel que, dando su vida por la salvación del mundo, encomendó sus discípulos al Padre, para que ‘todos sean uno’ (Jn 17,21). Firmemente unidos en la esperanza que nos da Su Resurrección, Le hemos encomendado nuestra Casa común, donde resuenan, cada vez con mayor urgencia, el clamor de la tierra y el clamor de los pobres: ‘¡Laudate Deum!’”, recordó el Papa Francisco precisamente al inicio de nuestros trabajos. Día tras día, hemos sentido el apremiante llamamiento a la conversión pastoral y misionera. Porque la vocación de la Iglesia es anunciar el Evangelio no concentrándose en sí misma, sino poniéndose al servicio del amor infinito con el que Dios ama el mundo (cf. Jn 3,16).

Ante la pregunta de qué esperan de la Iglesia con ocasión de este sínodo, algunas personas sin hogar que viven en los alrededores de la Plaza de San Pedro respondieron: “¡Amor!” Este amor debe seguir siendo siempre el corazón ardiente de la Iglesia, amor trinitario y eucarístico, como recordó el Papa, evocando el 15 de octubre, en la mitad del camino de nuestra asamblea, el mensaje de Santa Teresa del Niño Jesús. “Es la confianza” lo que nos da la audacia y la libertad interior que hemos experimentado, sin dudar en expresar nuestras convergencias y nuestras diferencias, nuestros deseos y nuestras preguntas, libre y humildemente.

¿Y ahora? Esperamos que los meses que nos separan de la segunda sesión, en octubre de 2024, permitan a cada uno participar concretamente en el dinamismo de la comunión misionera indicada en la palabra “sínodo”.  No se trata de una ideología, sino de una experiencia arraigada en la Tradición Apostólica. Como nos recordó el Papa al inicio de este proceso: “Si no se cultiva una praxis eclesial que exprese la sinodalidad […] promoviendo la implicación real de todos y cada uno, la comunión y la misión corren el peligro de quedarse como términos un poco abstractos” (9 de octubre de 2021). Los desafíos son múltiples y las preguntas numerosas: la relación de síntesis de la primera sesión aclarará los puntos de acuerdo alcanzados, evidenciará las cuestiones abiertas e indicará cómo continuar el trabajo”.

Para progresar en su discernimiento, la Iglesia necesita absolutamente escuchar a todos, comenzando por los más pobres. Eso requiere, por su parte, un camino de conversión, que es también un camino de alabanza: “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños” ( Lc 10,21). Se trata de escuchar a aquellos que no tienen derecho a la palabra en la sociedad o que se sienten excluidos, también de la Iglesia. Escuchar a las personas víctimas del racismo en todas sus formas, en particular en algunas regiones de los pueblos indígenas cuyas culturas han sido humilladas. Sobre todo, la Iglesia de nuestro tiempo tiene el deber de escuchar, con espíritu de conversión, a aquellos que han sido víctimas de abusos cometidos por miembros del cuerpo eclesial, y de comprometerse concretamente y estructuralmente para que eso no vuelva a suceder.

La Iglesia necesita también escuchar a los laicos, a las mujeres y a los hombres, todos llamados a la santidad en virtud de su vocación bautismal: el testimonio de los catequistas, que en muchas situaciones son los primeros en anunciar el Evangelio; la sencillez y la vivacidad de los niños, el entusiasmo de los jóvenes, sus preguntas y sus peticiones; los sueños de los ancianos, su sabiduría y su memoria. La Iglesia necesita escuchar a las familias, sus preocupaciones educativas, el testimonio cristiano que ofrecen en el mundo de hoy. Necesita acoger las voces de aquellos que desean ser involucrados en ministerios laicales o en organismos participativos de discernimiento y de decisión.  La Iglesia necesita particularmente, para progresar en el discernimiento sinodal, recoger todavía más las palabras y la experiencia de los ministros ordenados: los sacerdotes, primeros colaboradores de los obispos, cuyo ministerio sacramental es indispensable en la vida de todo el cuerpo; los diáconos, que a través de su ministerio representan la preocupación de toda la Iglesia por el servicio a los más vulnerables. Debe también dejarse interpelar por la voz profética de la vida consagrada, centinela vigilante de las llamadas del Espíritu. Y debe también estar atenta a aquellos que no comparten su fe, pero que buscan la verdad, y en los que está presente y activo el Espíritu, Él que ofrece “a todos la posibilidad de que, en la forma de sólo Dios conocida, se asocien a este misterio pascual” (Gaudium et spes 22).

“El mundo en el que vivimos, y que estamos llamados a amar y servir también en sus contradicciones, exige de la Iglesia el fortalecimiento de las sinergias en todos los ámbitos de su misión. Precisamente el camino de la sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio” (Papa Francisco, 17 de octubre de 2015). No debemos tener miedo de responder a esta llamada. La Virgen María, primera en el camino, nos acompaña en nuestro peregrinaje.  En las alegrías y en los dolores Ella nos muestra a su Hijo y nos invita a la confianza. ¡Es Él, Jesús, nuestra única esperanza!

Ciudad del Vaticano, 25 de octubre de 2023

Centenario de los Misioneros Combonianos en Sudáfrica

El pasado 14 de octubre tuvo lugar una alegre celebración en Maria Trost, Lydenburg, con motivo del inicio del jubileo por el centenario de la presencia comboniana en Sudáfrica (1924-2024).
(En la foto: P. Juan Bautista Opargiw, el obispo Xolelo Kumalo, el p. Fabio Baldán y Mons. Dario Paviša cortando la tarta del centenario comboniano en Maria Trost).

Por: P. Efrem Tresoldi, mccj

Al evento participaron unas 250 personas, entre ellos sacerdotes diocesanos de la diócesis de Witbank y hermanas de diversas congregaciones. Entre los distinguidos invitados estuvieron Mons. Xolelo Thaddaeus Kumalo, obispo de la diócesis de Witbank y mons. Dario Paviša, Encargado de Negocios de la Nunciatura Apostólica de Pretoria.

El Padre John Baptist Keraryo Opargiw, Superior Provincial de Sudáfrica, en su discurso de apertura agradeció a Dios por los cohermanos que nos precedieron y entregaron sus vidas al servicio de Dios y de su pueblo en la zona. También expresó su gratitud por la población local que acogió a nuestros hermanos en el pasado y continúa acogiéndonos hoy. El Padre Fabio Baldan, Superior Provincial de Italia, en su presentación en power point esbozó la historia personal de muchos misioneros combonianos pioneros con su particular contribución al crecimiento de la Iglesia local. El padre John Maneschg, invitado de la DSP que trabajó en Sudáfrica durante más de treinta años, destacó en particular el papel de Mons. Johann Riegler, el primer obispo comboniano de la diócesis de Witbank, quien, adelantado a su tiempo, vio la inculturación como parte integral de la evangelización. En otra presentación en power point, el Padre Efrem Tresoldi mostró cómo se estableció la Iglesia local, a través de fotografías de iglesias parroquiales, de cohermanos y su trabajo en educación, atención médica y desarrollo, a menudo en colaboración con hermanas religiosas.

Luego, los participantes fueron invitados a orar en el cementerio cercano donde descansan muchos de nuestros cohermanos que trabajaron en la diócesis. El padre Chico de Medeiros evocó el recuerdo de algunos de ellos por su dedicación en la obra de evangelización.

La misa al aire libre, animada por el canto del coro de la parroquia del Sagrado Corazón de Mashishing (Lydenburg), fue presidida por Mons. Xolelo Thaddaeus Kumalo y concelebrada por sacerdotes diocesanos y Misioneros Combonianos de la Provincia de Sudáfrica.

En su homilía, el Obispo agradeció a nuestros misioneros que habían dejado sus países de origen para llevar la fe cristiana a la población local que no había oído hablar de ella antes. Animó a nuestra congregación a continuar apoyando a la Iglesia local.

Al final de la celebración eucarística, una señora nonagenaria de la parroquia del Sagrado Corazón habló en isiZulu y elogió a los Misioneros Combonianos que le dieron la posibilidad de ir a la escuela y ser maestra, en tiempos en que la educación era negada a los negros.

Las celebraciones del centenario continuarán durante todo el año 2024. Se llevarán a cabo en las diócesis donde estamos presentes: en la Arquidiócesis de Pretoria el 17 de febrero; en la Arquidiócesis de Durban el 12 de mayo y la celebración de clausura será en la Arquidiócesis de Johannesburgo el 12 de octubre.

(comboni.org)

Llamamiento del Papa por la Paz en Tierra Santa

Al final de su catequesis de hoy, en la que hizo referencia a Carlos de Foucauld, Francisco hizo un llamamiento a todos para que se detenga la guerra en Oriente Medio y convocó una jornada de ayuno y oración el próximo 27 de octubre. Este es el texto completo:

«También hoy el pensamiento va a Israel y Palestina. Las víctimas aumentan y la situación en Gaza es desesperada. ¡Se haga, por favor, todo lo posible para evitar una catástrofe humanitaria!

Preocupa la posible prolongación del conflicto, mientras en el mundo ya hay muchos frentes de guerra abiertos. ¡Callen las armas! ¡Se escuche el grito de paz de los pueblos, de la gente, de los niños! Hermanos y hermanas, la guerra no resuelve ningún problema, sólo siembra muerte y destrucción, aumenta el odio y multiplica la venganza. La guerra cancela el futuro. Exhorto a los creyentes a tomar en este conflicto una sola parte: la de la paz; pero no de palabra, con la oración, con la dedicación total.

Pensando en esto, he decidido convocar, el viernes 27 de octubre, una jornada de ayuno y oración, de penitencia, a la cual invito a unirse, de la forma que consideren oportuno, a las hermanas y los hermanos de las varias confesiones cristianas, los pertenecientes a otras religiones y a cuantos tienen en el corazón la causa de la paz en el mundo. Esa tarde a las 18.00 en San Pedro viviremos, en espíritu de penitencia, una hora de oración para implorar sobre nuestros días la paz, la paz en este mundo. Pido a todas las Iglesias particulares que participen, preparando iniciativas similares que involucren al Pueblo de Dios.»

Foto: vaticannews

Dos vidas consagradas a la misión

Las hermanas Ana Rosa Herrera y María Lourdes García (en el centro de la foto) son dos misioneras combonianas que acaban de hacer sus votos perpetuos, es decir, se acaban de consagrar de por vida para el servicio misionero siguiendo las huellas y el carisma de San Daniel Comboni. Ana Rosa ha sido destinada a Kenia, mientras que María Lourdes espera volver pronto a Palestina, donde lleva ya unos años trabajando con los pueblos beduínos. Las dos nos comparten su testimonio.

Hna. Ana Rosa Herrera Cisneros
El Molino, Huajuapan de León, Oaxaca
Enviada a Kenya

Qué significa para ti tu consagración perpetua para las misiones?

Tiene un sentido de amor, de pertenencia y de compromiso a predicar la Palabra de Dios en tierras lejanas; de ser su testigo para toda mi vida en medio de su pueblo. Significa acoger una llamada a la misión ad gentes y, al mismo tiempo, un compromiso con la Iglesia local y universal. Seguir el envio de Jesús: “vayan por todo el mundo y prediquen el evangelio”.

Qué te motiva regresar próximamente a la misión?

La alegría y la esperanza de compartir la fe en el Resucitado y seguir colaborando con el Reino de Dios con mi presencia y vida misionera. Encontrarme con nuevas personas y realidades, aprender una nueva lengua, conocer una cultura en una comunidad en Kenya; compartir mi fe con los pueblos que aún no conocen a Jesús y ser una mensajera del amor, el perdón, la reconciliación y la paz; saber que Jesús me espera y envía a una tierra nueva, donde me seguirá guiando y acompañando a vivir en plenitud la llamada -“ven y sígueme”- en medio de mis hermanos y hermanas en Kenya.


Hna. María de Lourdes García Grande
Puebla
Enviada a Israel-Palestina

¿Qué significa para ti tu consagración perpetua para las misiones?

para mí es una entrega total a Dios y a los pueblos donde Dios me quiere enviar. En realidad, ya la primera profesión fue para mi esa entrega total, aunque no tenía una experiencia profunda de lo que conlleva la misión. Ahora, con la consagración perpetua, acojo la misión con todo lo que conlleva: tanto alegrías como tristezas y dificultades y, sí, confirmo mi sí para toda la vida con la confianza de que no estoy sola, sino que es Dios quien me guía y va conmigo, con el apoyo de mi familia Comboniana. 

¿Qué te motiva a regresar a tu misión?

El deseo de seguir compartiendo el rostro de Dios con estos pueblos desfavorecidos y decirles: ¡Hey! Dios no te ha abandonado, está aquí y se hace presente aún en tus sufrimientos y dificultades, Dios te ama. Yo no puedo evangelizar con palabras o cursos de pastoral, pero sí en el compartir del día a día con los beduinos (comunidades del desierto en Palestina). Me da mucha vida el compartir con mujeres y niños a través de jardines de infancia y cursos de empoderamiento. Además de eso, también ellos nos hacen partícipes de su vida cotidiana, sus situaciones difíciles o sus alegrías, cuando hay bodas o funerales, cuando los jóvenes obtienen algún logro o en el nacimiento de algún bebé. Son muchas vivencias que me hacen experimentar a un Dios vivo y amoroso que no pone barreras de lengua o religión.

Fiesta de San Daniel Comboni

Cuando la vida continúa para siempre

Por: Hna Maria Teresa Ratti, smc

Hoy, 10 de octubre de 2023, recordamos el día en que nuestro amado padre Daniel Comboni entregó su vida a las manos de Dios para siempre. Era la tarde del 10 de octubre de 1881. En aquellas horas llenas de dolor y tristeza, en la ciudad de Jartum, corazón palpitante de su inmenso Vicariato, los terrones del Evangelio eran fecundados con una semilla preñada de vida entregada en plenitud. Y se regaban con el caudal de una pasión capaz de generar las multitudes que la nigricans margarita llevaba siempre en su seno de Madre de la Humanidad.

Alrededor del moribundo Daniel Comboni estaba, desconsolado, un pequeñísimo grupo de misioneros, rodeados por el pueblo que, en el Mutran es Sudan -el padre de la nigricia- había visto el verdadero signo del cuidado que Dios tiene por todas sus criaturas. Eran todavía un pequeño rebaño que demasiado pronto quedó huérfano de su “pastor, maestro y médico”. Con cada uno de ellos, Mons. Comboni había formado “una causa común”, que le había llevado a declarar que: “Viviré y moriré con África en los labios”. Para siempre.

Muchos gemidos y sollozos se elevaron al cielo cuando se anunció la triste noticia. Sor Teresa Grigolini, su hija espiritual y discípula de la primera hora, recordaba: “La irreparable pérdida del Excelentísimo Monseñor nos sumió a todos en la más profunda pena y dolor. Ah, pobre Monseñor, le recuerdo como si estuviera presente. Su gran corazón abrazaba al mundo entero. La inmensa caridad que fermentaba en su corazón y la ilimitada confianza en Dios que tenía no pueden ser concebidas sino por aquellos que se acercaron a él aquí en África principalmente. A veces decía: cuando quieras consolarme, dime que quieres a África. Era el amigo de todos los pobres, y por eso al conocer la noticia de su muerte hubo un grito general de dolor en toda la ciudad, un movimiento extraordinario. Ah! África ha perdido a su Apóstol más ferviente, y nosotros a un padre amoroso. En cualquier caso, adoramos en silencio las disposiciones divinas’. (cf. Extractos de su carta a un hermano, 10 de noviembre de 1881).

También nosotros queremos hoy detenernos en el silencio, escuchar de nuevo las palabras y los hechos de una vida vivida bajo el signo de una “vocación ardua, difícil y santa” (Escritos, 6814).

O Nigrizia, O Morte” había repetido Daniel Comboni en su vida cotidiana de incansable misionero apostólico. Lo había escrito con letra clara desde la primera redacción del Plan para la Regeneración de África, en 1864: “Este plan no se limitaría, pues, a las antiguas fronteras trazadas por la Misión de África Central (…) sino que abarcaría y, por tanto, explicaría y extendería su actividad sobre casi toda África”. (Escritos, 813)

En aquella triste noche del 10 de octubre de 1881, la muerte cortó los latidos de un corazón que había abarcado el mundo; un corazón que había abarcado la historia de un inmenso continente, del que se había convertido en hijo predilecto y fiel pastor. Al recoger su último aliento, la amada Nigrizia se convirtió en heredera y custodio indiscutible de una herencia preciosa y santa. Para ser regenerada y compartida en la vida de sus gentes y en los caminos de toda la Humanidad.

La extraordinaria fecundidad generada por la vida -y la muerte- de Daniel Comboni se alza ante nuestros ojos como un estandarte de gloria a la fidelidad divina en todas sus obras.

Hoy, en el tiempo de la sinodalidad como paradigma eclesial fundante para vivir la misión evangélica, el dies natalis de San Daniel Comboni nos recuerda que, en la cita del Sínodo de los Obispos que tiene lugar este mes en Roma, la Iglesia que vive en África está presente como protagonista. Sí, la Perla Negra brilla y, desde el Cielo, Comboni sonríe y bendice.