“Voy de pie, contenta, amando mucho y, bendito Dios, sintiéndome muy amada”.

Por: Hna. Lorena Cecilia Sesatty *

En travesía…ya de regreso…casi llegando a la primera parada: Monterrey. El corazón late fuerte, las emociones se sienten hasta en la panza…y las palabras se quedan muy estrechas, limitadas. Esta imagen me ayuda a expresar cuánto agradecimiento, disposición, filiación, apoyo, bendición, responsabilidad y fe siento.

Soy Misionera Comboniana, en la gracia y misericordia de Dios, para siempre. Me siento llamada y acompañada por Dios, por mi Virgen de Guadalupe, mi madre y fiel intercesora. Tan bendecida y afortunada por la bendición y vida de mis papás y mi familia. Mi Madre Iglesia que me envía y acompaña reflejada en mi amada parroquia; ungida por Dios que me consagra para Él y deseosa de seguir los pasos de Jesús, amándolo tiernamente y descubriendo cada vez más y mejor lo que significa un Dios muerto y clavado en la cruz por amor.

Voy de pie, contenta, amando mucho y, bendito Dios, sintiéndome muy amada. Voy también en una mezcla de nervios y confianza, sintiéndome pequeña y limitada ante una realidad retadora e imponente para mí y otras veces sintiéndome grande, en la grandeza de saber que a Dios le pertenezco, su Espíritu habita en mí, Él es quien me envía y la misión es suya.

Gracias Señor por este año precioso de preparación, de vacaciones y de celebrar juntos mis votos perpetuos. Por tanto bien recibido, y experiencias hermosas compartidas. A ti entrego todo lo que carga el corazón, mis alegrías y dolores, luces y sombras, sueños y esperanzas. Camino en ti, confiando en tu promesa de estar siempre conmigo y en tu Gracia.

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* La Hna. Lorena Cecilia Sesatty es misionera comboniana. Tras un año de preparación hizo los votos perpetuos el pasado 16 de noviembre en su pueblo, Nueva Rosita (Coahuila), y ahora regresa a su misión en Betania, Jerusalén.

Evangelizando al estilo “chizokole”

Por: P. Gabriel Uribe González
Desde: Chama, Zambia

Chitumbuka es uno de 72 idiomas hablados en las distintas regiones de Zambia. “Chizokole” es una palabra chitumbuka propia de cazadores. En lo que sigue deseo brevemente describir su significado como técnica tradicional de caza y su aplicación figurada en el apostolado misionero.

Pesca y caza son actividades comunales de aldea y se reparten el producto al final de la jornada. Grupos de mujeres atienden la pesca. Los hombres organizan la caza, es decir, el chizokole. No es recomendable ir de caza solos. Se corren riesgos, uno muy real es extraviarse o ser pieza de caza uno mismo. Se sabe que en lugares boscosos se esconden los animales.  La brigada de cazadores se distribuye en torno al lugar elegido. Acto seguido, y a la voz en grito de tikole, tikole, chizokole, es decir, cacemos, cacemos, avanzan hacia el centro del lugar donde se encuentran atrapadas las piezas deseadas.

En el plan anual de la parroquia se programan dos o tres “chizokoles pastorales”. Este fin de semana, viernes y sábado se realiza el segundo, previo aviso parroquial e invitación a quienes deseen participar en él. De hecho, un grupo de mujeres y jóvenes, encabezados por el párroco, recorren e invitan, en dinámica chizokole, a vecinos de una sección de la parroquia de Chama.

El objetivo del chizokole varía. Para los cazadores puede ser un búfalo, pieza grande o venados. En el caso pastoral es re-animar a cristianos flojos o alejados. Otro es reclutar candidatos al catecumenado. Esta vez es formar una comunidad de estudio bíblico (comunidad de base). Ya hay tres comunidades en el entorno. Una de ellas, por extensión territorial y membresía necesita ser dividida. En ambos objetivos se encuentran siempre no cristianos o miembros de otras comuniones cristianas que piden ser admitidos al catecumenado. En tales casos son las comunidades, ya constituidas, las que los acompañarán en su camino al bautismo o al recibimiento formal en la Iglesia católica si ya han sido bautizados. En chizokole pastoral no se trata de fijar un centro de oración, tipo capilla, a la que se acude una vez a la semana. Se trata más bien de promover espíritu de comunidad cristiana en la sección o aldea, vecinos que se reúnen semanalmente en diferentes domicilios; fieles que oran, estudian la biblia y comparten soluciones a necesidades en la sección o aldea. En todo caso, las comunidades vecinas se reúnen en domingo para celebrar la eucaristía. La palabra chizokole para los hablantes chitumbuka es esencial como para nosotros misioneros lo es la palabra animación. Luego el que anima es animado.

Evangelizar en Estados Unidos

Isabelle Kahambu Valinande, mc
Desde S. Antonio Texas (EEUU)

Me llamo Isabelle Kahambu Valinande y soy de la República Democrática del Congo. Después de haber trabajado casi 10 años en México, ahora vivo otra misión diferente en San Antonio Texas, Estados Unidos, trabajando con los migrantes. ¡Nunca antes había podido imaginar que un país tan grande y poderoso como Estados Unidos necesitara ser evangelizado!

En mi vida he tenido que afrontar muchos retos, uno de los más grandes ha sido la inserción en una nueva cultura. He tenido que dejar de lado lo mío y acoger costumbres y modos de hacer nuevos. He tenido que empezar de cero, haciéndome “ignorante” para dejarme enseñar y aprender a amar lo desconocido. No ha sido fácil para mí.

Actualmente en los Estados Unidos vivo retos nuevos y situaciones que a veces no entiendo. Trabajo en un centro de acogida de migrantes donde llegan personas de diferentes partes del mundo. El sufrimiento que ellos viven en su periplo, es una realidad que destroza mi corazón. Sólo ellos y Dios saben cómo pueden sobrevivir a tales experiencias. ¡Al escuchar sus historias se te encoge el corazón!

Al conocer sus realidades, experimento una gran dificultad e impotencia, al no poder brindarles la ayuda que ellos necesitan. Sin embargo, el tiempo compartido con ellos, la escucha, la acogida, la sonrisa que les brindo, alientan también mi esperanza. Frente a estas actitudes, ellos también, en confianza, abren sus corazones y comparten sus experiencias. Yo correspondo ofreciendo mis oraciones. Algo bello que me inspira esperanza es el contemplar su persistencia, lucha y determinación en alcanzar sus sueños, lograr una vida mejor para sus familias.

Muchas veces me pregunto, ¿por qué tantas personas deben dejar sus tierras, sus costumbres y arriesgar sus vidas para llegar a un nuevo lugar donde nadie los espera, ni tienen casa ni trabajo? Muchas personas han sido obligadas a dejar todo en sus países a cambio de una seguridad en otro país buscando un trato digno para vivir en paz y empezar una nueva vida. ¿Y qué encuentran? Dificultades, incomprensiones, rechazo… ¡Es muy duro sentirse tratado de ese modo!

He conocido a mucha gente que me reta, diciendo que no hay necesidad de ir en misión a Europa o América o Asia porque ellos lo tienen todo… e incluso me dicen que no estoy en misión, que estoy de paseo por Estados Unidos. Desgraciadamente, muchas veces nos quedamos en las apariencias sin conocer la realidad. La verdadera riqueza no se limita a las cosas materiales, sino que se encuentra en la persona de Cristo que nos ama y dio su vida para salvarnos… y no sólo los países o continentes del Tercer Mundo merecen o necesitan ser evangelizados.

Yo vivo también esas incomprensiones e incoherencias. Sin embargo, mi fuerza para seguir adelante ha sido la oración y el aceptar aprender de los demás. He abrazado esta vida para servir a Cristo a través de los demás. Como congregación internacional, estamos dispuestas a entrar en la realidad del mundo donde nos encontremos, es decir, conocer su cultura, sus costumbres y tradiciones, incluyendo el idioma del lugar, lo que nos permite insertarnos. Todo esto me hace sentir feliz y realizada, y es un impulso para seguir adelante.

Me siento orgullosa y feliz de aportar mi contribución a la evangelización allí donde he ido en misión, de compartir mi riqueza familiar, cultural, diocesana y nacional con otras razas, pueblos, naciones… pero también de aprender de ellos.

He descubierto en mi vida que mientras más se comparte con los demás, más se aprende y se adquieren nuevos conocimientos y existe mayor apertura al mundo. Mi felicidad está en el compartir con lo demás los dones y talentos que Dios me ha regalado, es decir, mi vida.

Compartir la vida de la gente

Por: Hna. Soledad Sáenz, mc
Desde Mamelodi West, Sudáfrica

Soy María Soledad Sáenz Rico, misionera comboniana mexicana. Desde hace más de un año vivo y sirvo en la zona semiurbana de Mamelodi West, cerca de Pretoria, Sudáfrica.

Mamelodi es un municipio de la ciudad de Twane, al noreste de Pretoria, en la provincia de Gauteng. Este pueblo se creó durante la época del apartheid, que suponía la segregación racial y era una zona exclusiva para negros. Por esta razón, fue marginada y abandonada durante décadas, y aún sigue siéndolo hoy.

Nuestra presencia misionera abarca una gran extensión de territorio y una densa población, cuya mayoría vive en asentamientos informales o en pequeñas habitaciones alquiladas. Las condiciones de vida son de gran marginación. Faltan servicios básicos como agua, electricidad y letrinas; hay mucha pobreza, altos índices de inseguridad, vandalismo, drogas, violencia y, sobre todo, segregación racial.

La población está formada principalmente por inmigrantes de distintas provincias de Sudáfrica y de otros países africanos. La gran diversidad de culturas y etnias provoca fragmentación social y añade xenofobia, rechazo y violencia contra los inmigrantes. Además, Sudáfrica es el país con la tasa de desempleo más alta del mundo y las consecuencias son desastrosas en esta región.

Mi día inicia temprano. Me levanto a las cuatro y media de la mañana para hacer mi oración personal. A continuación participamos en la eucaristía y en la oración comunitaria con los misioneros combonianos en la parroquia, después tomamos un rápido desayuno.
Los lunes y miércoles acompaño a un grupo de mujeres que siguen un curso de corte y confección en la parroquia. Iniciamos las actividades con ellas a las 10 de la mañana con una oración y una pequeña reflexión. Luego trabajamos hasta la una y media de la tarde. Los martes, jueves y viernes visito a familias y enfermos, aprovechando que no hay actividades parroquiales debido a que la mayoría de la gente trabaja durante toda la semana y no pueden venir a la parroquia. Los fines de semana tengo encuentros con algunos grupos que acompaño y con los que participo en la celebración de la eucaristía con la comunidad.

Un día, llegó una señora muy preocupada y angustiada. Habló inmediatamente al grupo diciendo: «Hermana, por favor hagamos una fuerte oración, pues ayer desapareció la hija de mi vecina que tiene 12 años y no se sabe qué pasó». Estaba tan preocupada que todas dejamos lo que estábamos haciendo e inmediatamente nos pusimos a rezar.

Alguna sugirió rezar una decena de Ave María a la Virgen para pedir su intercesión, y otra, la oración a los Ángeles Custodios. Cuando estábamos terminando de rezar, sonó el celular de la señora, era su vecina para decirle que su hija ya había aparecido; gracias a Dios, la habían encontrado sana y salva. Nuestra alegría fue grande y muchas de las señoras descubrieron que la potencia de la oración es nuestra fuerza. La clase se convirtió en una fiesta de gozo, con cantos y danzas de todas las que estábamos ahí.

Vivimos y compartimos los gozos y esperanzas de esta gente, a la vez que los sufrimientos y preocupaciones de todas las personas con quienes convivimos sin importar raza, edad o religión. Siempre con el deseo de salir adelante y transformar nuestras vidas para hacer de esta sociedad y de este mundo, un lugar más justo y humano donde reine la paz.

Oración en medio del camellón de la carretera

Por: P. Pedro Pablo Hernández, mccj
Desde Hawassa, Etiopía

Desu, mi compañero de misión, un hermano comboniano etíope, regresó el viernes pasado de un viaje de dos semanas visitando en diferentes partes del país a los jóvenes candidatos que desean entrar a nuestro seminario. Platicamos sobre su viaje y sus ‘aventuras misioneras’ al ir de un pueblo a otro, de encontrarse con los párrocos de los jóvenes y de las entrevistas que les hizo en sus casas. Al final de la conversación lo noté cansado y no me llamó la atención de que no se presentara a la oración vespertina ni a la cena… dejé que descansara.

Al día siguiente lo noté más débil y al preguntarle si se encontraba bien, me contestó que estaba saliendo de un resfriado que no sabía dónde lo había agarrado.

El Domingo no lo vi en el día y pensé que después de ir a Misa en la catedral, había ido a visitar una familia. Sin embargo, cuando lo vi en la noche me dijo que se había vuelto a sentir mal y había dormido todo el día en su cuarto.

El lunes lo vi muy activo durante todo el día realizando todas sus tareas. Su entusiasmo y energía en lo que estaba haciendo era tan solo temporal pues el martes en la mañana, después de que regresé de misa, no lo vi. Así que fui a su cuarto y al verlo metido en cama y enfermo todavía, le dije que se parara, que se lavara y que en 10 minutos lo llevaría al hospital de las Hermanas Franciscanas para que valorizaran qué tenía.

Así lo hicimos y en el camino me dijo que estaba muy cansado y débil pues no había dormido nada durante la noche. Al salir del carro lo dejé caminar delante de mí mientras yo iba a registrarlo, y vi que se tambaleaba y caminaba en zig-zag. Tres de las Hermanas Franciscanas vinieron rápido y lo ayudaron a sentarse en la sala de espera. El doctor de turno lo vio y le pidió que se hiciera varios tipos de análisis, llevando al de la sangre a mostrar lo que padecía: había agarrado la terrible malaria. Lo más probable es que un mosquito lo haya picado en la visita que hizo al candidato que se encuentra cerca de la frontera con Sur Sudan.

El doctor les dijo de inmediato a las hermanas que le llevaran la medicina que les indicó, que le hicieran una canaleta en la vena de la mano y empezaran a subministrarle los medicamentos vía intravenosa. Así lo hicieron y me dijo que lo tendrían bajo observación y con medicamentos fuertes por 24 horas.

Las hermanas hicieron todo lo posible para hacerlo sentir bien, le llevaron comida y, como es de costumbre en toda religiosa y mamá de casa, le empezaron a dar miles de consejos, recomendaciones o indicaciones de lo que tenía que hacer para mejorar más rápido. A eso había que multiplicarlo por tres, pues no era una monjita, sino tres, y las tres hablando al mismo tiempo. (¡!!)  Al final me dio gusto que lo había dejado en buenas manos: con la medicina del doctor y el cuidado de las religiosas. 

Al finalizar la misa de esta mañana que presidí junto con el diácono que fue ordenado el sábado pasado y otros cinco sacerdotes de diferentes países: Tanzania, Uganda y Etiopía, (estaban de paso para la reunión de directores de escuelas que el Vicariato organizó para las cinco zonas étnicas donde la Iglesia Católica tiene presencia), le hablé al Hermano Desu para preguntarle cómo estaba y si necesitaba algo de casa. Le llevé un cambio de ropa y al encontrarlo lo vi ya muy recuperado y con entusiasmo, la alegría y la sonrisa habían regresado a su rostro, pues ya había dormido toda la noche y los medicamentos estaban dando resultado. Pero no lo dieron de alta todavía; tenía que seguir recibiendo la medicina y seguir observando si la malaria abandonaba su cuerpo. Sabiendo esto, empecé mi camino de regreso.

Pero no me fui derecho a casa. Entre el pequeño pueblo de Bushulo y la ciudad de Hawassa que ya están prácticamente pegados, hay un lugar muy bonito y relajante donde las aguas del lago llegan hasta la carretera. Ahí me paré no solamente para contemplar la belleza del lugar, sino para elevar también una pequeña oración de acción de gracias por la salud del Hermano Desu.

Mientras lo hacía, escuché a dos hombres que desde lejos me decían algo que no entendía, pero al acercarse más comprendí su pregunta amárico: “¿Has visto las barcas? Tienen pescado por si quieres comprar”. Les dije que no, pues el de ahí era más pequeño que el que vendían al otro lado del lago. Pensé que comenzarían a molestarme, insistiendo en que le comprara algo a sus amigos pescadores.

Sin embargo, la conversación poco a poco se volvió muy amena, platicando de las diferencias de estilo de vida en diferentes países. Yo les hacía notar, por ejemplo, el gran don que tienen los etíopes de hacer amigos con mucha facilidad y que saludaban a todos con mucho respeto. Y como muestra, los invité a que nos paráramos en medio del camellón de la calle-carretera y que se pusieran a ver que a todas las personas que yo saludaría, responderían elevando la mano y mostrando una sonrisa. Lo hice con las personas que pasaba a pie, en moto, en tuk-tuk (triciclo motorizado), o en minibús. Cada vez que alguien contestaba mi saludo, ellos reían abiertamente, junto con los otros jóvenes que ya se habían acercado a seguir nuestra platica.

Entre ellos uno de repente me dijo ‘Padre’. Me sorprendí y le pregunté cómo sabía que era sacerdote. Me contestó que era porque me había puesto a platicar con ellos, así como otros misioneros lo hacían antes cuando empezaron su misión por esos rumbos. Después me dio una lista de los primeros misioneros Combonianos que habían llegado ahí, empezando con el P. Bruno Lonfernini y con el P. Tomasoni quien empezó el hospital.

Posteriormente otro de ellos, el que me había preguntado si quería pescado, salió con que él también era católico, y lo mismo dijo el que estaba a su lado. Al final de nuestra plática, uno de ellos me preguntó: “Bueno, y al final de todo, ¿por qué te detuviste aquí, frente al lago?” Le dije que hice porque quería orar un tenish gizie, un ratito. Al escuchar mi respuesta, uno ellos, me dijo que se despedía para que siguiera mi oración.

En ese momento, en mi mente una ‘vocecita’ me dijo: si ya te dijeron que eran católicos, que conocen a varios misioneros y ya han entablado el inicio de una amistad, ¿qué te detiene a que los invites a orar contigo? Así que inmediatamente les dije, “antes de que nos vayamos, ¿les parece si rezamos el Padre Nuestro juntos?” Sin ninguna demora asintieron a mi pregunta y al poner mis manos en señal de oración, poniendo las palmas hacia arriba, ahí donde estábamos, sin movernos y mientras pasaban carros y motores de un lado y el otro del camellón donde estábamos parados, nos pusimos a rezar juntos el Padre Nuestro en amárico. Mientras lo hacíamos, me fijé que uno de ellos, el que me había preguntado si quería pescado y que decía que era católico, no había abierto la boca durante la oración. Le pregunté por qué no lo había hecho y me contestó que era porque sólo la sabía en Sidamo. Por tal motivo, los invité a que rezaran ahora la misma oración, pero en su lengua.

Terminamos, de mi parte, con mi bendición y de su parte con una invitación: “Padre, ¿cuándo vienes a nuestra capilla a saludar a la comunidad que tenemos aquí cerca y a orar un rato con nosotros? Les dije que con alegría lo haría en el futuro, cuando se lo comente al párroco de ahí me de permiso de ir.

No me sorprendió que antes de que, así como dice el dicho mexicano “aquí se rompió una taza y cada uno se va a su casa”, Fierewu, el joven que me quería vender pescado me pidiera que intercambiáramos números telefónicos. Por este motivo ahora conozco también su nombre y lo recordaré no solamente porque me invitó a visitar la comunidad cristiana (capilla) a la cual pertenece, sino también porque hoy rezamos junto con sus amigos y conocidos sobre el camellón de la calle-carretera.

No hay lugar en el mundo que impida a uno entablar una relación con Dios por más incómodo o impropio que pueda parecer.  En cualquier lugar se puede hacer oración y en cualquier lugar uno puede dar testimonio de su fe, incluso en momentos cuando uno menos lo espera. ¡Dios conceda total salud al Hermano Desu y bendiga a Firewu y su comunidad cristiana!

Cuidando la creación

Texto y fotos: Hna. Eulalia Capdevila, mc
Desde Madrid, España

Me llamo Eulalia y soy natural de Barcelona. De mi infancia recuerdo las horas pasadas junto a mis hermanos y primos entre frutales y huertas. Éramos agricultores y mi amor al campo, a las plantas y a los árboles creció de forma natural. La situación de nuestra familia hizo que, desde muy pequeños, trabajásemos la tierra y en el mercado para contribuir a la economia familiar.

Mi madre era catequista y mi padre había sido misionero laico en África y nos contaba muchas historias de cuando él estuvo en Camerún. Fui creciendo en este ambiente en el que las narraciones sobre África y las de Jesús se entrelazaban de manera armoniosa.

En mis años de adolescente, los telediarios mostraron la terrible hambruna que sufrieron Etiopía y, más tarde, otros países africanos. Me preguntaba cómo podía morir la gente mientras nosotros teníamos donde cultivar y obtener alimento. Tuve por primera vez el sentimiento de que el mundo era injusto y de que tenía que hacer algo. Más tarde entré en la Escuela de Ingeniería Agrícola pensando en ser útil un día en algún lugar de África, pero la verdad es que todavía no sabía por donde tirar.

En 1997, junto con jóvenes de mi parroquia, participé en la Jornada Mundial de la Juventud en París. Éramos más de un millón de jóvenes y nunca olvidaré la noche en la que Juan Pablo II nos dio una catequesis sobre Juan 1,38: “Maestro, ¿dónde vives? Ven y verás”. Aquella noche comprendí que si no confiaba en la palabra de Jesús no llegaría a ningún lugar. Había que lanzarse.

Conocí a las Misioneras Combonianas a través de un Laico Misionero Comboniano y a través de los mismos Misioneros Combonianos. En mis primeros años de formación puse cimientos sólidos a mi deseo de donación a los demás, sobre todo a los más desfavorecidos, sin olvidar que el seguimiento de Jesús es un camino continuo de crecimiento humano y espiritual.

Mi primera experiencia misionera en Zambia me moldeó de tal manera que fui “bendecida”. Mis palabras se han quedado siempre cortas frente a la generosidad, la acogida y la humanidad que experimenté en este país. Allí viví mi vocación misionera durante 12 años.

Un momento importante de ese período fue cuando comenzamos la sensibilización de la población local sobre el cuidado de la creación, porque la quema de árboles para la producción de carbón vegetal estaba convirtiendo nuestra zona en un desierto. La iniciativa empezó de manera muy humilde, pero con el apoyo del jefe tradicional local, hoy existe un centro llamado Mother Earth (Madre Tierra), que sigue sensibilizando sobre la necesidad de cuidar y gestionar con sabiduría los recursos naturales. Además, acoge varias iniciativas de formación sobre agricultura orgánica, nutrición y otras prácticas sostenibles, cuyo funcionamiento asegura una comunidad internacional de hermanas combonianas.

Me gusta pensar que experiencias como estas han transformado mi mentalidad y mi espiritualidad, esta escuela de vida y de humanidad me ha permitido poner en relación todos los aspectos de la vida. Debemos predicar a Jesús y, al mismo tiempo, intentar aliviar el dolor de nuestros hermanos.

Después de esta experiencia he prestado mi servicio como consejera en el equipo de la Dirección General durante 6 años y ahora estoy en Madrid desde donde coordino los diferentes grupos de trabajo de nuestras provincias en un proceso de cambio y de transformación. Todo ello esperando poder regresar no muy tarde a Zambia.