Llamados en el camino, para encontrar nuestra vocación y vivir nuestra misión

En este mes recordaremos la vida de san Pablo, un gran ejemplo de obediencia a la voluntad de Dios. Pablo, antes conocido como Saulo, nació en Tarso. Era un judío fariseo y ciudadano romano, quien fue llamado el «Apóstol de los gentiles».

Texto y fotos: P. José Manuel Hernández Cruz, mccj

Llamado en el camino…
Al hablar de san Pablo debemos pensar en el acontecimiento de Damasco, lugar y camino donde tuvo origen su vocación. Una llamada e invitación que parte de la iniciativa divina y que se presenta en una realidad concreta. Por eso, la importancia histórica de ese sitio como lugar teológico siempre estuvo presente en la vida de Pablo. Damasco se convirtió en el punto de encuentro de Pablo con Cristo Resucitado, y en donde uno se adhiere al cristianismo.

La experiencia de este llamado de Dios fue muy especial para Pablo; sintió que Dios lo llamaba directa e inmediatamente. «Pablo, apóstol, no de parte de hombres ni por medio de hombre alguno, sino por medio de Jesucristo y de Dios el Padre, quien lo resucitó de entre los muertos» (Gal 1,1).

Recordemos la narración de los Hechos de los Apóstoles, donde nos habla de la identidad de Pablo, que de perseguidor, se convierte en un creyente, pues, en su camino a Damasco para arrestar a los cristianos, fue cegado por una luz y oyó la voz de Jesús que lo cuestionaba (Hch 9,1-19). Situar la vocación como «camino» muestra algo intrínseco en nuestra vida; hombres y mujeres de este tiempo, somos peregrinos y constructores de historia, y Dios interviene de forma personal y directa, nos elige, mira y llama por nuestro nombre.

Encuentra su vocación…
«Dios siempre mira nuestra vida, y “su mirada de amor siempre nos alcanza, nos conmueve, nos libera y nos transforma, haciéndonos personas nuevas”. Una mirada como la que tuvo con Saulo, el “duro perseguidor de los cristianos”, vio “al apóstol de los gentiles”», explicaba el papa Francisco.

Diríamos que san Pablo vivió en Damasco su encuentro con Cristo, lugar de la reestructuración, donde tuvo que reformar su sistema de valores religiosos y espirituales, y llegó a comprender el valor fundamental e irremplazable de la fe en Jesucristo (Rom 3,28; Gal 2,16). Cambió radicalmente el rumbo de su vida: ya no vivía para sí mismo, sino en Cristo y para Cristo.

Para Pablo, Cristo se convirtió en el principio y la fuerza motriz de su existencia. El viejo hombre dejó de existir en él y se transformó en el nuevo, en Cristo, mediante su íntima y mística unión con Él: «Para mí, la vida es Cristo» (Flp 1,21). El encuentro en el camino, fue una experiencia directa y reveladora, donde Jesús se identificó con sus seguidores perseguidos. Este encuentro fue una revelación divina de Jesús en Pablo, quien lo eligió como apóstol y le dio la misión de anunciar el Evangelio a los no judíos. Su respuesta inmediata a Jesús fue: «¿Qué quieres que haga?».

Vive su misión…
San Pablo se convirtió en un «instrumento de elección» para llevar su nombre a todas las naciones. Una vez descubierta la vocación, la misión es respuesta a la acción, el propósito o la voluntad divina que se debe realizar. Tras recuperar la vista, san Pablo fue bautizado y llenado del Espíritu Santo, comenzando así su vida de apóstol y misionero.

Su misión fue predicar el evangelio a los gentiles, viajando a través de Asia Menor y Europa, estableciendo comunidades cristianas. El amor por Cristo y la misión fue el motor de su incansable labor, impulsada por el Espíritu Santo y en constante movimiento, a pesar de la persecución y la tribulación.
En la humanidad de san Pablo vemos cómo la acción divina se ha manifestado de muchas maneras y formas, entonces es bueno preguntarnos: En relación a Dios, ¿cuál es mi experiencia? ¿Te has dejado encontrar en el camino? ¿Tal vez vives tu vida buscando y ambicionando otras cosas que te están robando el rumbo de tu existencia y perdiéndote en el camino? ¿Has escuchado la voz de Dios a ejemplo de san Pablo? ¿O «los ruidos de este tiempo» te han perturbado tanto que no sabes distinguir la voz de Dios? ¿Has encontrado tu vocación? ¿O estás invirtiendo tus fuerzas y tiempo en cosas que no te dan felicidad y te roban la paz?

Joven: tú también puedes dejarte llamar en el camino por Cristo, para que así encuentres tu vocación y vivas tu misión. ¡No tengas miedo! Haz tuya la experiencia de san Pablo; ¿Quién me separará del amor de Cristo? (Rom 8,35). ¡Ponte en contacto con nosotros, sé valiente! ¡Haz la diferencia con tu vida, la misión te espera!

“Como el Padre me envió, así los envío yo”

¡Gracias México!
«Como el Padre me envió, así los envío yo» (Jn 20,20). Este fue el lema que elegí para mi ordenación sacerdotal, y que ha marcado todo mi ministerio como comboniano. En octubre pasado, mis superiores me asignaron a un nuevo destino; así se cierra mi experiencia misionera en México y me preparo para la siguiente.

Texto y fotos: P. Wédipo Paixão, mccj

En 2018 mis formadores en el escolasticado de São Paulo, Brasil, me preguntaron cuáles serían mis opciones para trabajar como misionero. En aquel entonces estaba fascinado por Egipto o Líbano y también resonaba en mí Vietnam, pero al fin fui destinado a México. Recibí mi destino a tierras Guadalupanas con alegría y disponibilidad. Ya estaba acostumbrando y sabía el idioma porque había estado en Sahuayo y después en Xochimilco como novicio entre los años 2012 y 2014.

Llevo en mi corazón a muchas personas que conocí en distintas partes del país; conservo las costumbres y culturas, la hospitalidad y la calidez. Uno de tantos bonitos recuerdos que atesoro, lo experimenté en la comunidad de Comalapa, en las sierras veracruzanas, donde la sencillez y la amabilidad me marcaron profundamente, a tal punto, que guardé especial cariño por Veracruz. En todo, reconozco lo que dice Jesús: «El que deja padre y madre, tierra, hermanos por causa del Reino de Dios, encontrará mucho más» (Mt 19,20).

En todos esos años acompañé a muchos jóvenes. Algunos decidieron entrar al seminario, y otros continuaron con sus vidas y respondieron a una vocación específica a la que Dios los llamaba. Siempre he pensado que la vocación es un medio, por el cual, el Padre nos llama a vivir realizados y plenos según su voluntad, y que nos conduce a ser felices. No se trata de hacer sólo lo que nos gusta, sino de amar en tal medida, que abrazamos un estado de vida al servicio del bien común. La existencia es un don único que nos da Dios, y a su vez, la vocación es la forma cómo elegimos vivir, es decir, el medio que nos conduce a la felicidad. Por eso no debemos temer al emprender un camino y confiar en los planes de Dios; Él nunca nos defraudará.

Hay un proverbio chino que dice: «En manos de quien te regala una flor, siempre queda un poco de perfume». Creo que mi memoria está perfumada por el cariño y amistad con que fui recibido y tratado es-tos años en México. La palabra que fluye en mi corazón es de gratitud: doy gracias a Dios por el don de la vocación, y a cada uno de los que interactuaron conmigo durante este periodo. Soy brasileño de nacimiento, pero mexicano de corazón.

Quisiera concluir con un escrito de un gran obispo brasileño, monseñor Hélder Câmara:

  • Misión es partir, salir de sí. Es romper con el cascarón del egoísmo, que nos encierra en nosotros mismos.
  • Misión es dejar de dar vueltas alrededor de nosotros mismos como si fuéramos el centro de la vida o del mundo.
  • Misión es no dejarse bloquear por los problemas del pequeño mundo al que pertenecemos, la humanidad es mayor.
  • Misión es siempre partir, mas no significa devorar kilómetros, es, sobre todo, abrirse al prójimo como hermano, descubrirlo y encontrarlo.
  • Y para descubrirlo y amarlo, es necesario atravesar los mares, volar por los cielos.
  • Entonces, misión es partir hasta los confines del mundo».

Continúo en misión, ahora en Brasil. En qué aspecto en específico, aún no le sé, pero voy con el corazón abierto, atento a lo que el Señor me pide adonde ahora me envía. A todos los que formaron parte de mi vida durante este tiempo, mi gratitud y mis oraciones.

¡Hasta Luego!

«Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir»

Por: P. José Manuel Hernández Cruz, mccj

Mi nombre es José Manuel, soy originario de Coatzacoalcos, Veracruz, mis padres son Víctor Hernández León y Aurora Cruz Ventura, los cuales dieron vida a tres hijos; somos una familia católica.

Las oraciones de mi madre nutrieron mi vocación, la cual nació en mi comunidad de fe. Inicié mi servicio como monaguillo en mi parroquia Santa María Reina del Rosario; la amistad con mi párroco, el presbítero José Ayala Madrigal, su cercanía y testimonio me inspiró para conocer la vida sacerdotal. Ingresé al seminario menor de la diócesis de Coatzacoalcos para estudiar la preparatoria en 2007.

Posteriormente en 2010 ingresé al curso propedéutico. Seguí perseverando en la formación y concluí mis estudios filosóficos en 2014; participé de la síntesis filosófica en la Universidad Pontificia de México, donde conocí a monseñor Vittorino Girardi, misionero comboniano, quien dirigió los ejercicios espirituales de ese ciclo escolar en el seminario mayor de Coatzacoalcos. Desde ese encuentro sentí que Dios despertaba la pasión misionera que siempre había estado en mi corazón y había comenzado a encaminar mi vocación hacia el carisma comboniano.

Mi vocación tomó otra dirección

En 2014 ingresé a la facultad de Teología, movido internamente por la pláticas que había tenido con monseñor Girardi y en diálogo con mi director espiritual, oré y discerní la idea de vivir una experiencia misionera; en 2015 inicié mi proceso vocacional con el padre Moisés García, promotor vocacional de los Misioneros Combonianos.

En ese mismo año, al inicio del ciclo 2015-2016, hubo cambio de rector del seminario diocesano; llegó el presbítero Medel Pérez Hernández, amigo y gran hombre, al cual le planteé mi deseo de vivir esta experiencia, me mostró su cercanía, apoyo y acompañamiento en este proceso; tomé la decisión de reconducir mi vocación por el carisma comboniano, dejando la formación diocesana en junio de 2016.

Animado e inquieto, en julio realicé mi preseminario, y en agosto de ese mismo año ingresé al postulantado comboniano, ubicado en San Francisco del Rincón, Guanajuato; ahí viví una etapa de inserción y conocimiento de la vida comboniana durante dos años y tuve la oportunidad de concluir mis estudios teológicos en el seminario conciliar de León.

En agosto de 2018 inicié el noviciado en Xochimilco, Ciudad de México, donde viví una experiencia de encuentro personal con el carisma y espiritualidad combonianas. Realicé mi primera profesión religiosa el 9 de mayo de 2020, y fui destinado al escolasticado de Casavatore, Nápoles, donde realicé mis estudios de Teología Bíblica.

Mi prueba en la fe llegó

En noviembre de 2020, a dos meses de haber dejado mi país, experimenté la muerte de mi madre; una etapa muy difícil que humanamente me destruyó. Cuando la prueba se presenta todo se derrumba, las seguridades se vuelven miedos y dudas, las respuestas se convierten en preguntas, las alegrías en tristezas; pero como hombre de fe, tomé fuerza para continuar la vida y aprender a confiar plenamente en la voluntad de Dios.

Llevamos un gran don en vasijas de barro

Este 2025 ha sido mi año de gracia, pues el 2 de febrero realicé mi profesión perpetua como misionero comboniano; el 8 de ese mismo mes fui ordenado diácono en la arquidiócesis de Monterrey y el 11 de octubre tuve la gracia de recibir el orden del presbiterado en mi diócesis de Coatzacoalcos, Veracruz. No hay palabras para expresar la alegría y el compromiso que representa la experiencia de este estilo de vida en estos tiempos, sobre todo, lo que significa para vivir coherentemente nuestra fe, con la libertad de hijos de Dios.

Animo a los jóvenes a dejarse seducir por el Señor, déjense guiar por el Maestro; les aseguro que Él nos lleva por caminos seguros de vida y verdadera felicidad.

José Manuel Hernández, nuevo sacerdote comboniano

Este sábado, 11 de octubre, el comboniano José Manuel Hernández Cruz fue ordenado sacerdote en la parroquia de Santa María Reina del Rosario de Coatzacoalcos, Veracruz, por la imposición de manos de Mons. Rutilo Muñoz Zamora, obispo de Coatzacoalcos. El domingo 12 celebrará su primera misa en la parroquia San Rafael Guízar y Valencia de la misma ciudad.

José Manuel Hernández Cruz, originario de la colonia Teresa Morales en Coatzacoalcos, Veracruz, nació en una familia católica. Hijo de Víctor Hernández León y Aurora Cruz Ventura (ya fallecida), comenzó como monaguillo en la capilla Sagrada Familia y colaboró activamente en su parroquia de origen. En 2007 ingresó al seminario menor de la Diócesis de Coatzacoalcos y en 2010 pasó al Seminario Mayor.

Tras un discernimiento espiritual, comenzó su proceso vocacional con los Misioneros Combonianos en 2015. En 2016 ingresó en el postulantado comboniano de San Francisco del Rincón, Guanajuato, donde vivió dos años de formación y concluyó sus estudios teológicos. En 2018 inició el noviciado en Xochimilco y el 9 de mayo de 2020 hizo su primera profesión religiosa. Fue destinado al escolasticado en Casavatore, Italia, donde obtuvo la Licencia en Teología Bíblica. A finales de 2023 regresó a México y en enero de 2024 comenzó su servicio misionero en Monterrey, donde fue ordenado diácono el 8 de febrero del mismo año.

Durante la homilía de ordenación sacerdotal, Mons. Rutilo afirmó que las lecturas escogidas para la ceremonia son las palabras más hermosas que Dios le puede decir a un ser humano: “Antes que yo te formara en el seno materno, te conocí, y antes que nacieras, te consagré profeta para las naciones” (Jr 1,5). Sobre el evangelio, el Obispo invitó a José Manuel a permanecer siempre al lado de Jesús: “Escogió a doce para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar” (Mc 3,14).

El P. José Manuel, que tuvo un recuerdo muy especial para su mamá, que ya goza en la presencia del Señor, celebrará su primera misa al domingo 12 en la parroquia san Rafael Guízar y Valencia, también de Coatzacoalcos.

AQUÍ el video de la ordenación

¡Viva la vocación misionera!

Pr: P. Pedro Andrés Miguel, mccj
Desde Urucancha, Lima (Perú)

El pasado 14 de agosto 2025 estuve celebrando 40 años de haber sido asociado al ministerio sacerdotal del Corazón Traspasado de Jesucristo el Buen Pastor. ¡Bendito sea Dios Padre de nuestro señor Jesucristo que me ha bendecido en Cristo con toda clase de bienes espirituales!

La ordenación sacerdotal significó para mí la encarnación definitiva en mi persona de la vocación misionera como misionero comboniano puesto que previamente había sentido una llamada a consagrar mi vida para el servicio misionero siguiendo los pasos de Cristo Jesús. Todo eso que ya tenía dentro, ahora iba visibilizándolo y tomando conciencia de ello.

Por el bautismo, que recibí a la semana de nacer y demás sacramentos de iniciación, se me incorporó a Cristo sacerdote, profeta y rey. Iba tomando forma mi identidad y pertenencia. Descubrí a Jesús, el hombre libre y liberador, capaz de amar hasta el extremo. Sentí que me llamaba por mi nombre para ser discípulo misionero suyo, imitador de su forma de vida. Se había encarnado pobre, casto y obediente.

Abracé la vida consagrada para la misión con 22 años, en 1981. Seguí con intensidad y entrega la formación comboniana en Chicago (USA).  El día 14 de agosto 1985, en mi pueblo Villarrabé, Palencia (España), fui ungido, agraciado, con el sacramento del orden sacerdotal. Una gracia que no sólo se ha renovado en los diferentes aniversarios sino es una gracia de cada día que regenera mi corazón y sigue deseando tener los mismos sentimientos y disposiciones del Corazón de Jesús, así como lo vivió San Daniel Comboni.

Reconozco en mi corazón un corazón de misionero comboniano, un corazón de misionero pastor. Se renovó en mí esa gracia de muchas maneras: felicitaciones, celebración del aniversario, regalitos, ofrendas, la oración, la Eucaristía, el contacto pastoral… Una muy especial y muy sencilla a la vez, porque toca la raíz, fue visitando la comunidad cristiana que peregrina con esperanza en Urucancha.

Urucancha, es un nuevo asentamiento humano en Nueva Pamplona, San Juan de Miraflores, periferia extrema de Lima. Vivirán en torno a unas 30 familias sin certeza jurídica. Están en manos de negociantes de terrenos. Algunos tienen su propio terreno y otros sólo compran para vender, especulando. Todo es precario: las edificaciones donde viven, tampoco hay escuela, ni siquiera para los más pequeños. Hasta hace poco se disponía de un local donde se tenía la olla común para todos los necesitados y era lugar de encuentro para los niños en edad escolar, para viajar juntos a la escuela. Ahí también celebrábamos la Misa. Ahora ya no existe. Los traficantes vieron que “ahí se movía plata” (apoyo al transporte escolar, comida, las ofrendas de la Misas), y pretendieron tener su parte. Resultado: hubo que dejar ese local.

La pobreza, la precariedad, la injusticia, la discriminación fue lo que primero y más fuerte conmovió mi corazón. En esta visita a la comunidad reunida y esperando que llegara para celebrar la Santa Misa, vi la alegría en sus rostros, la precariedad en su vestimenta de mamás y muchos niños y niñas, el lugar prestado y todos amontonados, su participación en la escucha de la Palabra (algunos niños y niñas leyeron muy bien las lecturas y respondieron muy bien) y en el sacramento (hay algunas catequistas que desde hace un par de años suben cada domingo para la catequesis y la celebración dominical). Todo eso produjo una inmensa alegría en mi y lo asocié a una confirmación más de que la vocación misionera es fuente de profunda alegría y felicidad para quien la sigue, porque quienes te acogen estarán eternamente agradecidos porque un día estuviste con ellos y tu corazón se quedó con ellos.

Amas desde el Corazón traspasado –movido por compasión que los carga sobre sus hombros-, el Corazón traspasado de Cristo Buen Pastor que da vida abundante, que cuida la vida que salva. Ese es el origen de mi vocación, la cuestión humana y social. El año pasado apoyamos a las familias para que sus hijos tuvieran un minibús que los llevara y trajera al colegio. Las familias están muy agradecidas porque solas no hubieran podido.

La vocación comboniana tiene dos pulmones con los que respira y oxigena todo el organismo: la evangelización y la promoción humana. El joven misionero Daniel Comboni, de regreso a Europa después de sus primeras experiencias misioneras en África, va a Roma para el reconocimiento eclesial de la santidad de Santa Margarita María Alacoque (la monja francesa que recibió diversas apariciones del Corazón de Jesús). Allí Comboni concibe un plan para responder a su llamada a la vocación misionera en Africa, que siente viene del Corazón de Jesús, pues dice: «el católico (él mismo) miró a África al puro rayo de su fe y descubrió allí una miríada infinita de hermanos pertenecientes a su misma familia, por tener con ellos un mismo Padre común arriba en el cielo maltratados por Satanás y al borde del más horrendo precipicio (la esclavitud, los esclavizados). Entonces, llevado por el ímpetu de aquella caridad salida del costado del Crucificado para abrazar a toda la familia humana, sintió que se hacían más frecuentes los latidos de su corazón, y una fuerza divina pareció empujarle hacia aquellas tierras para estrechar entre sus brazos y dar un beso de paz y de amor a aquellos infelices hermanos suyos» (Escritos 2742).

San Daniel Comboni, reconocido santo por la iglesia, es un modelo a seguir. Muchos y muchas lo han seguido en estos más de 150 años de misión del Buen Pastor, confiada a la familia comboniana; y, ¡uno de esos soy yo!

 Yo descubrí el sacerdocio como la mejor parte, porque me sentí y me siento llamado a esta vocación. Sacerdocio no del Antiguo Testamento, no es el sacerdocio de sacristía y templo. Más bien, se quiere parecer mucho a la forma del Buen Pastor, a la de San Daniel Comboni.  Implica salir del costado de Cristo para ir al encuentro del excluido, descartado, alejado, del más pobre y abandonado, para hacerle comprender que es hijo creado, igualito que el resto de seres humanos, creados por el Único creador, a su misma imagen y semejanza. Tenemos un origen común y un destino común. El abrazo de paz a quien fue pisoteada su dignidad es un anuncio, le hace nacer a la fraternidad de sentirnos un solo Pueblo fiel de Dios. El sacerdocio misionero es puente con doble dirección, de ida y vuelta, con pertenencia espiritual múltiple anclado en el Corazón del Cielo, Corazón de la Tierra.

He tenido la dicha de caminar con algunos pueblos originarios. Mis diversas entradas y salidas en “porciones” del Único Pueblo de Dios me han dado mucho, mi cosmovisión ha profundizado mucho en lo esencial y se ha ampliado mucho en los horizontes. He podido estar algunos años con los Chinantecos en Oaxaca, México, otros más con los Maya Q’eqchi’ en Petén, Guatemala, y ahora me gustaría acercarme a las Cosmovisión Andina y Pueblos Originarios en la selva peruana. No me siento ni ansioso ni amenazado por las evidentes dificultades de comunicación a causa del idioma. Al contrario, nace en mi una empatía y deseos de estar, de cercanía que creo es captado por muchos de quienes me encuentro. Mi opción misionera andaba por África, se me dio esta otra de la cual me siento plenamente realizado como “comboniano” también. (Tengo pendiente hacer memoria de las gracias recibidas entre los pueblos originarios).

Algunas veces había subido a Urucancha ansioso, preocupado. En esta ocasión tanto subida como bajada estuvieron plagados de semillas de esperanza, ¡será por el Jubileo de la Esperanza! Subí con un grupo de unos 15 jóvenes chicos y chicas de la parroquia que se preparan para la confirmación. En el camino, donde termina la mancha urbana, hay una montañita, que supuestamente está protegida, en la que hay semilleros, recogida de agua con “atrapanieblas” y muchas zonas que verdean las semillas plantadas y las flores autóctonas. Los chicos caminaban para arriba exigidos por el esfuerzo y con mucho respeto, tal vez miedo, por el lugar a dónde íbamos, con sus riesgos y peligros. La alegría exuberante de las dos catequistas que suben frecuentemente y que ya habían informado que yo llegaría.

La acogida de la comunidad es sencilla, afectuosa, sincera, nada interesada. Hermosa la actitud en la Eucaristía y el que muchos recibieran el cuerpo de Cristo. Incluso han arreglado los senderos y tanto subida como bajada son más placenteros, por lo que el regreso fue un Magnificat y un sueño. Soñé que otros, algunos, entre los jóvenes que me acompañaron, en la comunidad donde hicimos Eucaristía, entre los que lean estas líneas, se miren y tal vez cuando sientan dentro un golpeo por el sufrimiento ajeno no miren para otra parte, es Dios que te hace entender sus deseos de que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Necesita de ti para llegar a los que todavía no están. Es la vocación misionera. San Daniel Comboni lo codificó así: “Salvar Africa por medio de Africa”. La gracia para ser “graciosa” necesita la colaboración de la naturaleza de cada uno y la hace digna.

Llamados a ir y anunciar

En octubre estamos invitados a rezar y contribuir de manera concreta con la labor misionera en el mundo y, para nosotros combonianos, es también un mes en el que celebramos el día de nuestro fundador: san Daniel Comboni.

Por: P. Wédipo Paixão, mccj

Nos sentimos agradecidos con Dios por los dones concedidos a su pueblo. Entre esos regalos de su parte, tenemos a los combonianos que este año celebraron su 25 aniversario presbiteral y las ordenaciones de nuevos sacerdotes misioneros originarios de nuestro continente.

Tal es el caso del joven Alex Nunes, de Brasil, ordenado presbítero el pasado 9 de agosto. Fue un momento de gran alegría para todo el continente, en especial, su pueblo natal, que ha dado a nuestra Iglesia más de 30 vocaciones de sacerdotes, religiosos y un cardenal. Alex, es el primer misionero de su localidad, y su próximo destino será Sudán, donde vivirá sus primeros años de ministerio.

Aunque se dice que hay una crisis vocacional para optar por la vida religiosa, es posible distinguir que diversas congregaciones aún cuentan con jóvenes que quieren seguir a Jesús mediante la radicalidad de los consejos evangélicos. El Señor de la mies sigue llamando y enviando a sus discípulos, pues Él nunca abandona a su pueblo.

Hoy, cuando miramos la triste realidad de las guerras, el llamado más fuerte que Dios nos pide realizar es transformarnos en misioneros de la esperanza. Desde nuestro propio país, donde la violencia y la injusticia han robado la alegría y paz de nuestros pueblos, Jesús nos invita a descubrir los caminos de conversión.

San Pablo decía: «Anunciamos a Cristo el Crucificado, muerto y resucitado» (cf 1Cor 1,23); Él es la fuerza de Dios, en la cual depositamos nuestra esperanza y Él nunca nos defrauda. Cristo, el Resucitado, nos invita a realizar su proyecto de vida plena en todos nosotros, y a salir y predicarlo en los rincones más remotos del mundo.

No estamos ante una crisis vocacional, sino ante una dificultad para dar respuesta a una elección. Tenemos muy buenos jóvenes en nuestras familias y parroquias, que realizan cosas maravillosas, que son sensibles a la realidad de los más pobres y que están atentos a los servicios litúrgicos; todo eso es bueno, pero debemos transcender.

La dificultad para decir «sí» a la opción de la vida consagrada se presenta ante el miedo de dejar todo; nos cuesta trabajo abrazar ese proyecto de vida que nos compromete más, como es la vida misionera. Recordemos la respuesta de los primeros discípulos de Jesús cuando les dijo: «Vengan y síganme». Y ellos, «dejando las redes, fueron con Él», nos reseña el evangelista Mateo.

Por ello, en los evangelios siempre escuchamos que el Maestro está en «constante movimiento» con sus discípulos. Él no se queda en los lugares donde la gente lo quiere, y se aleja de los lugares donde lo rechazan, porque el anuncio del Reino debe seguir siempre adelante hasta llegar a todas las realidades.

En otras épocas, se podría argumentar que se limitaba la decisión vocacional y no optábamos por la vida religiosa: «por la distancia, la falta de comunicación, la falta de recursos, etcétera», pero con todas las facilidades que hoy tenemos, ¿cuáles son las resistencias que encontramos a la hora de elegir la vocación a la vida religiosa y misionera?

¿Qué tipo de hombres queremos ser?

«¿Cómo encontrar la valentía para escoger al Maestro?» Esa fue una de las preguntas que los jóvenes formularon al papa León XIV, quien aseguró que «la decisión es un acto humano fundamental.

Observándolo con atención, entendemos que no se trata sólo de elegir algo, sino de optar por alguien. Cuando elegimos, en sentido profundo, decidimos qué deseamos llegar a ser. En efecto, la opción por excelencia, es la decisión sobre nuestra vida: ¿qué tipo de hombre quieres ser?, ¿qué clase de mujer quieres ser?».

El Papa continúa: «Queridos jóvenes, se aprende a elegir a través de las pruebas de la vida, y en primer lugar, recordando que nosotros hemos sido elegidos. Este recuerdo debe explorarse y educarse. Hemos recibido la vida “gratis”, sin elegirla. No somos fruto de nuestra decisión, sino de un amor que nos ha querido. En el curso de la existencia, se demuestra verdaderamente amigo quien nos ayuda a reconocer y renovar esta gracia en las decisiones que estamos llamados a tomar.

Queridos jóvenes, es cierto lo que han dicho: “optar equivale también a renunciar a algo y esto a veces nos bloquea”. Para ser libres, es necesario partir de un fundamento estable, de la roca que sostiene nuestros pasos. […] La valentía de elegir surge del amor que Dios nos manifiesta en Cristo. Él es quien nos ha amado con todo su ser salvando el mundo y mostrándonos así, que el camino para realizarnos como personas es dar la vida. Por eso, el encuentro con Jesús corresponde a las esperanzas más profundas de nuestro corazón, porque Jesús es el amor de Dios hecho hombre».

Finalmente, quisiera recordar una vez más el tema de este año jubilar: Peregrinos y misioneros de la esperanza. Peregrinar es un verbo que indica moverse hacia una dirección y el término «misionero» es un nombre que recibe aquel que trae un mensaje o encargo. En resumen: somos portadores de una Buena Noticia de esperanza, y que debemos vivir y anunciar en nuestro día a día en los ambientes en los que nos movemos.