«Al irse de ahí, Jesús vio a un hombre llamado Mateo, sentado a la mesa de recaudación de impuestos. Jesús le dijo: “Sígueme”. Y Mateo se levantó y lo siguió» (Mt 9,9-13).
Por: P. Wédipo Paixão
Es tiempo de Cuaresma y dicha etapa está marcada por la constante invitación a la conversión, y convertirnos no sólo es dejar de hacer algo malo para hacer algo bueno, sino buscar cada día el modo de sentir, orar, pensar y actuar como Jesús. Toda vocación verdadera nos lleva a una conversión verdadera, pues en el proceso de seguimiento y discernimiento nos vamos dando cuenta que es necesario «dejar» y «renunciar» para seguir a Cristo. Un claro ejemplo es la vocación de Mateo que nos dice que era cobrador de impuestos y que Jesús, al pasar por donde él estaba, lo miró y lo invitó a seguirlo. El evangelio nos cuenta que Mateo se levantó y siguió al Maestro, y que más tarde lo recibió en su casa (Mt 9,10). Jesús pone su mirada amorosa en alguien a quien todos veían de manera indignada, miradas llenas de desaprobación y rencor. Debe haber sido una conmoción para Mateo ser mirado así, situado en donde estaba. En lo más oscuro de su labor, mientras cobraba, quizá de más; mientras ejercía su odiado oficio, alguien pasa y lo ve con una atención que lo ilumina, que no ve lo que ha sido, sino lo que puede ser; una contemplación que no lo juzga por su pasado, sino que lo rescata y le abre una puerta a la esperanza. Aunque su consideración abarca toda la tierra, Jesús posa su mirada en cada uno como si fuera el único habitante del planeta. Su vista tiene varias características que la hacen muy especial: primero que nada hay que decir que está llena de amor. Nadie nunca ha visto con ese amor que viene de Dios desde siempre y que dura por siempre. Por otra parte, es importante destacar que Jesús pone especial atención para ver, conocer y profundizar; contemplación que penetra nuestro interior, ante la cual no cabe esconderse, pretender ser lo que no se es o tratar de engañar. Algo no menos importante, es que la mirada de Jesús es tan profunda y amistosa que invita, comprende y es buena, y que cuando ésta se posa en alguien, ve lo mejor de esa persona y consecuentemente estimula lo mejor de ella. En la bendición que Dios enseñó a Moisés, dice: «Que el Señor te mire con benevolencia y te conceda su paz» (Num 6,26). Sólo el Señor sabe mirar así, por eso su apreciación no se horroriza ni se endurece, ni siquiera cuando ve a este hombre que ejercía un cargo que lo hacía odioso para muchas personas. La reacción de Mateo queda como ejemplo a seguir para todos los que deseamos ser discípulos de Jesús. Alguien podría decir: «Pero si nosotros ya somos discípulos suyos, ya lo estamos siguiendo». A lo que pudiera responderse: «El hecho de ser católicos, ir a misa, leer la Biblia, ser religiosos, etcétera, no nos permite dormirnos en nuestros laureles», y en ocasiones consideramos que «ya la hicimos» y que eso es todo lo que se espera de nosotros. El seguimiento de Jesús es algo que hay que emprender todos los días, algo por lo que hay que optar a cada instante, cada vez que se nos plantea una situación que nos invita a seguir el propio deseo y la propia voluntad o la del Señor. Estamos llamados a reaccionar como Mateo y optar por Jesús.
El misionero comboniano congoleño P. Emmanuel Denima Darama enseña filosofía en el seminario mayor de Juba. Comparte con nosotros sus diez años de docencia. “La filosofía nos ayuda a pensar y dota a nuestros alumnos de un espíritu crítico que les ayuda a liberarse del sentimentalismo”, afirma. (En la imagen, el P. Emmanuel, a la izquierda con un joven sacerdote)
Por: P. Emmanuel Denima, mccj
Mi misión es enseñar filosofía en el Seminario Mayor St. Paul en Juba, una institución que los Misioneros Combonianos ayudaron a fundar. Damos la bienvenida a seminaristas de las siete diócesis de Sudán del Sur y dos de Sudán. Los dos países forman una única conferencia episcopal y este es su único seminario. Aunque durante un tiempo el seminario se trasladó a Jartum debido a la guerra, en 2011, tras la independencia de Sudán del Sur, regresó a Juba, su ubicación original.
Me resultó difícil aceptar este puesto docente, para el que fui designado en 2014. Mi deseo era regresar a algunas de las parroquias sudanesas donde años antes había realizado un gratificante servicio pastoral. La tarea de enseñar no es tan gratificante porque requiere mucha preparación, pero poco a poco fui descubriendo la importancia de lo que hago.
La filosofía nos ayuda a pensar y dota a nuestros alumnos de un espíritu crítico que les ayuda a liberarse del sentimentalismo.
Siento que mi servicio es cien por cien misionero porque trabajo para construir la Iglesia del mañana. No vivo en el seminario sino en la comunidad de Moroyok, donde acompaño a jóvenes aspirantes a misioneros combonianos.
El seminario está ubicado a 13 kilómetros de nuestra casa y voy allí de lunes a viernes para dar las clases. Un equipo de unos ocho sacerdotes diocesanos procedentes de diferentes partes del país gestionan el instituto y el acompañamiento formativo de los seminaristas. Todos son residentes. El año escolar comienza en marzo y termina en diciembre. Este año tenemos alrededor de 150 seminaristas con tres años de filosofía y cuatro de teología.
Uno de los problemas más graves que tenemos es el bajo nivel educativo de los estudiantes y su escaso conocimiento del inglés, que es el idioma que utilizamos para enseñar.
Además, todos nuestros estudiantes han experimentado directa o indirectamente la guerra y, en ocasiones, son un poco violentos. Sin embargo, el desafío fundamental que enfrentamos es el tribalismo, que es mucho más fuerte en Sudán del Sur que, por ejemplo, en mi país, la República Democrática del Congo.
La gente se identifica mucho con su etnia y los dinka, por ejemplo, consideran a los nuer como sus enemigos y viceversa. Desde su llegada al seminario, hemos intentado ayudar a los alumnos a conocerse mejor y mejorar sus relaciones interpersonales. Aunque en los primeros años siempre forman pequeños grupos, conviviendo juntos se dan cuenta de lo falsos que son los prejuicios étnicos y empiezan a hacer amigos. Esto es algo maravilloso de ver.
Otras dificultades a las que nos enfrentamos son los cortes de energía, la mala calidad de nuestra biblioteca, especialmente la de filosofía, o la desesperadamente lenta conexión a Internet. Otro problema que genera preocupación es el elevado número de abandonos escolares en los últimos años de la escuela. Cuando los seminaristas tienen una educación sólida, en lugar de servir a la Iglesia, algunos tienden a buscar trabajo en una ONG u organización internacional que les pague bien. Gracias al apoyo de la Santa Sede y de algunas organizaciones internacionales, el seminario cuenta con buenas instalaciones y todos los estudiantes de teología tienen sus propias habitaciones.
Llevo diez años en Juba, por lo que algunos de mis antiguos alumnos son sacerdotes o diáconos que trabajan en sus diócesis. Esto me da una gran satisfacción porque veo que mis esfuerzos están dando frutos para el bien de la Iglesia.
Soy Alejandro, tengo 31 años y soy originario de Magdalena, en el estado mexicano de Jalisco. Conozco a los Combonianos desde siempre porque todos los meses hacen animación misionera en mi parroquia, sobre todo acompañando a las llamadas Damas Combonianas. A pesar de la avanzada edad de la mayoría de ellas, siguen apoyando y dando lo mejor de sí en favor de los combonianos y de las misiones. Mi madre no pertenecía a este grupo, pero siempre colaboró con las campañas anuales de los combonianos. Después de su fallecimiento, hace ya 21 años, mi familia ha mantenido ese compromiso.
La coordinadora de las Damas Combonianas, María de Jesús Altamiro, ha sido una persona clave en mi decisión de entrar en el instituto comboniano. En 2014 ingresé en el seminario diocesano de Guadalajara, pero salí al año siguiente. De regreso a casa, mi párroco me pidió que le ayudara unas semanas como sacristán mientras encontraba a otra persona, pero lo que iban a ser unos pocos días se convirtieron en cuatro años.
Cada vez que me veía en la parroquia, María de Jesús me hacía una pregunta que me incomodaba: «¿Te vas a pasar la vida limpiando el templo?». Un día me dijo: «El viernes próximo viene el comboniano. Si quieres, habla con él». A pesar de que le respondí que no quería saber nada de seminarios ni de esas cuestiones, hablé con el misionero, que me dio la biografía de san Daniel Comboni. La leí, me impresionó su tenacidad, y el 18 de agosto de 2018 inicié mi formación comboniana. El 13 de mayo de 2023 hice mis primeros votos y fui destinado a Granada para estudiar Teología. Llegué a España el pasado 5 de octubre, cuando ya había comenzado el curso en la Facultad de Teología de Granada, así que solo pude deshacer las maletas y comencé las clases. La primera semana conocí mi lugar de apostolado en la Asociación Calor y Café, donde se ayuda a personas migrantes en situación irregular.
Después de todo el camino recorrido, mezcla de penas y alegrías, desvelos y madrugadas, lágrimas y sonrisas, puedo decir que la vida misionera vale la pena. Me gustaría decirles a los jóvenes que se animen a conocer las «rarezas» de la vocación. La vida religiosa es similar a cuando te gusta una chica o un chico: comienzas con un coqueteo, después llega el noviazgo y vas conociendo a la otra persona hasta tomar una decisión. Por eso animaría a los jóvenes a coquetear con la vida religiosa para conocerla. No se pierde nada, y quizás puedes ganar una gran amiga. Como decimos en México, «el que invita paga». Y si Dios invita, Él pondrá los medios. Será un gusto verte un día por nuestra casa y darte la bienvenida a la gran Familia Comboniana.
Texto: P. Ismael Piñón, mccj Fotos: Seminario Comboniano de Sahuayo
El pasado 31 de enero, el escolástico comboniano Fernando Uribe Mendoza hizo la profesión perpetua en el instituto de los Misioneros Combonianos. Tres días después recibió la ordenación diaconal de manos de Mons. Francisco Figueroa, obispo auxiliar de Zamora.
Terminado su tiempo de formación y tras su experiencia de servicio misionero en la comunidad de Sahuayo, Fernando Uribe quiso dar el sí definitivo, un sí para toda la vida con el que se consagra para siempre al servicio de la misión en la familia de los Misioneros Combonianos. La ceremonia tuvo lugar en el Seminario Comboniano de Sahuayo y estuvo marcada por la emoción que lo embargó al decidir dejarlo todo para servir al Señor, especialmente cuando recibió la bendición de su mamá y de su hermana, que estuvieron presentes para acompañarlo y apoyarlo en este momento tan importante para su vida. “Todo y para siempre”, fueron las palabras pronunciadas en la homilía de la misa y que destacaron la importancia de la profesión perpetua de Fernando.
Tres días después, el 3 de febrero, Fernando recibía por la imposición de manos de Mons. Francisco Figueroa, obispo auxiliar de Zamora, la ordenación diaconal, ceremonia que tuvo lugar en el santuario de Santo Patrón Santiago de Sahuayo. En su homilía, el obispo recordó a Fernando y a todos los presentes que la experiencia de Dios tiene que ser compartida con generosidad y abundancia; es lo que Dios espera de nosotros. “Lo que se impone no seduce -afirmó el obispo-, es el amor de Dios lo que seduce, compartido desde la pobreza y la sencillez”.
Fernando seguirá prestando su servicio misionero en Sahuayo hasta el momento de su ordenación sacerdotal, que tendrá lugar dentro de unos meses. Después, estará dispuesto a ir allá donde los superiores lo envíen, con la alegría de ser ya un misionero comboniano consagrado de por vida para la misión, entregándole a Dios todo y para siempre.
«Dios está en todos lados». Es el lema que a lo largo de estos meses me ha acompañado y del que he buscado empapar a quien me rodea. Mi nombre es Axel, originario de Los Reyes La Paz, Estado de México, y este último año he vivido una experiencia mixta, entre la entrega a mi vocación misionera y a la vida laboral, buscando siempre ser responsable en ambos lados. Sobre todo, enriqueciendo y fortaleciendo mi llamado a partir de las experiencias que he vivido y quiero contarte en estas páginas.
Por: Axel López
Para ponerte un poco en contexto, debo explicar que mi primer llamado lo sentí al salir de la secundaria. Tras un acompañamiento vocacional de un año, previo a concluir mis estudios, ingresé al seminario en la etapa del aspirantado, que anteriormente se encontraba en San Francisco de Rincón, Guanajuato.
Ahí estuve durante tres años, concluí mis estudios de preparatoria y cuando era el momento de pasar a la siguiente etapa, que en ese momento era un año de propedéutico en Cuernavaca, hablé con mis formadores en turno y les comenté mi inquietud de estudiar una carrera, porque quería obtener conocimientos en áreas que la misión quizá no tiene aún fortalecidas. También les dije que tenía ganas de conocer el mundo y aprender de él, pues ingresé a los 14 años. Para ese entonces ya tenía 17, así que estaba en una edad de querer empaparme del mundo que había detrás de las bardas del seminario.
Siempre con la sincera intención de fortalecer mi vocación o de entender hacia dónde Dios me había llamado. Aceptaron, me dieron un par de consejos y antes de regresar a mi tierra le pedí a san Daniel Comboni que jamás me abandonara y me ayudara a saber si me quería como fiel servidor en tierras de misión o tenía para mí una encomienda allá afuera; así concluí mi primera etapa y pasé a una segunda: estudiar una carrera.
Fue la mejor decisión, conocí increíbles personas en la universidad, que al día de hoy son grandes amigos, y al enterarse de mi regreso al seminario fueron los primeros en apoyarme. Tuve que trabajar y estudiar al mismo tiempo para sustentar mis gastos, y eso, más la disciplina del seminario, me ayudaron a valorar muchas cosas. Concluí mis estudios en Arte Digital con especialización en Videoarte.
Pero es hora de dar un salto hasta el leitmotiv para reunirnos a través de estas páginas. Mi amor por la misión jamás desapareció, al contrario, a lo largo de estos años he vivido en tres diferentes ciudades, y en todas he participado en grupos juveniles de la Iglesia, en ellos siempre los empapé y hablé sobre la belleza de encontrarse con Dios a través de la misión y, por supuesto, del carisma comboniano.
Decidí retomar mi camino en la vocación y comencé a llevar un proceso de discernimiento, el cual fue aún más complejo que la primera vez, pues en esta ocasión había de por medio otras situaciones, como el hecho de contar con un trabajo bien establecido y, sobre todo, en un área que me encanta: la música. Pero también estaba el hecho de ser hijo único y el sostén de mi madre. Situaciones que en un primer momento me hicieron dudar mucho sobre si era lo correcto o si Dios y Comboni me querían para consagrarme a ellos.
Me mantuve firme en mi decisión y recordé lo que mi padre siempre dice: «Dios proveerá», así que, con mucha oración y platicando con amigos sacerdotes y mi promotor vocacional, emprendí el camino para preparar mi regreso. Con mi fe puesta en Dios, este año viví el preseminario, en donde se me propuso una modalidad nueva, ya que aún tenía que arreglar unos papeles y cerrar ciclos antes de irme de lleno nuevamente.
Me invitaron a iniciar los estudios de Filosofía en línea, a la par que trabajaba y concluía lo pendiente. Además del apostolado como ministro de la eucaristía en mi parroquia, también apoyé al padre Wédipo Paixão (mi promotor) en la promoción vocacional.
Estudiar, trabajar, vivir un apostolado y velar por mi vocación no ha sido fácil. En ocasiones no me rinde el día, pero los caminos de Dios no son fáciles, si no, todos andaríamos en ellos. Pero no me quejo, es un tiempo de mucho crecimiento y aprendizaje.
Hace un mes, concluí un acompañamiento a jóvenes en situación de «Anexo». Conocí a muchachos de entre 13 y 35 años con una familia que los esperaba afuera. A chicos de «buena familia» que cayeron en las drogas y el alcohol por falta de amor de sus padres; a un vendedor de drogas que sobrevivió a ocho navajazos y que estaba en la calle antes de llegar ahí. Seré franco, la primera vez que me paré ante ellos pensé que no me tomarían en cuenta, serían groseros o sólo estarían ahí por la fuerza. Sin embargo, no fue así, me recibieron con los brazos abiertos, rezaron a todo pulmón conmigo, se mantuvieron atentos y preguntaban con genuino interés. En nuestras reuniones hicimos un hilo de comunión y concluimos con tres interesados en saber más de las misiones y de Dios.
En otra ocasión, el padre Wédipo, dos vocacionados y yo fuimos a Comalapa, Veracruz, a unas rancherías para apoyar al padre Memo. Recuerdo bien la última misa en la que estuvimos. Antes de entrar, amablemente nos ofrecieron de comer en la casa de una servidora de la capilla. Nos contó cómo su sobrino tuvo una experiencia cercana con la muerte y cómo Dios le dio otra oportunidad gracias a la fe y a que rezaron día y noche. Su sobrino había caído de un puente en la moto y no reaccionaba, los médicos habían hecho todo lo posible, sólo quedaba esperar un milagro y jamás voy a olvidar sus palabras: «Yo le pedí al Señor que como fuera su voluntad, pero que le permitiera seguir entre nosotros, que, así como la mujer cananea, yo me conformo con las migajas que caigan de la mesa, pero permítele seguir aquí». Salí con un nudo en la garganta y una muestra de su gran fe y amor por Dios. En ese momento escuché en mi mente a mi padre decir, con su típica sonrisa y mirando al cielo: «Dios proveerá». Vaya que tiene razón.
Podría seguir escribiéndote experiencias similares de estos meses y otras épocas, pero elegí estas dos porque son las que más han fortalecido mi fe y mis ganas de seguir en el camino del Señor. Como ya he dicho, actualmente me encuentro estudiando Filosofía en línea. Soy un seminarista en familia (SEMFAM). Primero Dios, en julio de 2024 me reintegraré con mis compañeros que en este periodo están de lleno en el seminario.
En tanto, mi misión se encuentra aquí, porque mi corazón desea un día estar en África, como nuestro santo fundador. Estas experiencias me permiten entender que también hay necesidades y una labor muy grande en nuestras comunidades. Dios tiene planes para cada uno de nosotros y el hecho de que este año no pudiera entrar de lleno, pero ofrecerme esta modalidad mixta, es una señal de que «Dios está en todos lados», desde el joven que busca componer su camino en el «Anexo», hasta en la ferviente creyente que es feliz con las migajas que Dios le dé y acepta su voluntad, sea cual sea.
También está en mí, que me llena de amor y hace que mi corazón arda de pasión por Él, para compartirte estas líneas y decirte que nunca es tarde para decirle «sí» al Señor. Que habrá situaciones que parezcan imposibles de resolver o que te aten, pero no es así, Él siempre nos dará la respuesta y nos pondrá en el camino con las herramientas que necesitemos.
¿A qué le tienes miedo? Con Dios en tu camino nada te falta, recuerda que «…en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas; me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre» (Sal 22).
El P. Obwaya Justus Oseko, misionero keniano de 35 años, está en Madrid, España para estudiar Comunicación Digital, pero también para trabajar en el centro de Pastoral Juvenil Vocacional, desde el que acompaña a jóvenes en discernimiento vocacional misionero. En esta entrevista nos cuenta la historia de su vocación.
Nací el 12 de febrero de 1988 en el distrito de Gucha, que está en el condado de Kisii (Kenia), en el seno de una familia católica. Soy el cuarto de cinco hermanos, cuatro chicos y una chica. La benjamina de la familia es religiosa de la Congregación de la Adoración y reside en la actualidad en Alemania. Mi padre se llama Evans Obwaya y es maestro de Primaria, mientras que mi madre se llama Florence Moraa y tiene una pequeña granja.
¿Cómo nació tu vocación misionera?
Cada sábado era costumbre en mi familia reunirnos para leer y reflexionar juntos la Palabra de Dios, normalmente el texto del Evangelio del día siguiente. Mi padre jugaba un rol crucial en estos encuentros, era como el presidente de esa pequeña Iglesia doméstica. Nos pedía a cada uno de nosotros que leyéramos el texto y después nos invitaba a compartir aquello que nos había tocado personalmente. Por otro lado, mi madre insistía mucho en que rezáramos el Rosario, una oración que siempre menutrió y me ayudó a comprender la importancia de la Virgen María en nuestro camino de fe. Estas experiencia familiares de cercanía con Dios me animaron a unirme al grupo vocacional de mi parroquia, Nuestra Señora de Asunción, en Nyamagwa, donde creció la semilla que habían plantado mis padres. Entonces me comprometí a ser monaguillo para ayudar a los sacerdotes durante las celebraciones eucarísticas
¿Cómo evolucionó ese compromiso?
Al completar la Secundaria comencé a participar en el coro de la parroquia Reina de los Apóstoles de Nyakegogi. Durante este tiempo aprendí música y cuando los dos maestros principales del coro estaban ausentes, yo mismo dirigía los ensayos del grupo. La presencia en el coro me permitió conocer a mucha gente comprometida con la Iglesia y saber por primera vez de la existencia de los Misioneros Combonianos cuando un compañero me entregó un folleto que hablaba de ellos y de su fundador.
El P. Obwaya Justus con un grupo del World Youth Comboni Gathering.
¿Aquella publicidad fue importante en tu decisión de ser misionero comboniano?
Creo que sí. El folleto se titulaba «Gente de coraje», y me lo entregaron mientras asistía al taller de música en el coro parroquial. Su lectura produjo en mí un gran asombro y el deseo de servir a los más necesitados a través de la vida misionera. Desgraciadamente, no siempre las decisiones que toman los hijos son fáciles de aceptar por los padres. Puede sonar contradictorio, pero mi padre, que tanto me había influenciado para que fuera un buen cristiano, no quería que fuera sacerdote. Estaba convencido de que lo mejor para mí era ser médico. Necesitamos un largo tiempo de reflexión y muchas discusiones entre los dos para que aceptara mi decisión. Estaba entusiasmado con el ejemplo de san Daniel Comboni y su decisión de servir y aliviar los sufrimientos de los pobres. Conocer la vida de este santo fue una epifanía para mí que me motivó a querer seguir sus pasos y unirme a la congregación y colaborar en su acción misionera. Escribí al promotor vocacional, que en aquel momento era el P. Paul Kambo. Me invitó a participar en el encuentro vocacional para candidatos al sacerdocio que tenía como tema «Ven y verás»,donde reafirmé mi opción por la vida misionera.
¿Iniciaste tu formación después de este encuentro?
Sí, apenas unos meses después entré en la etapa que llamamos prepostulantado, que es un tiempo de preparación antes de comenzar los estudios de Filosofía. Esta primera etapa la viví en el barrio de Mukuru Kwa Reubende Nairobi, en el centro que dirigenlas Hermanas de la Misericordia, fundadas por Catalina McAuley. Durante mi estancia, participé en numerosas actividades sociales y me acerqué al sufrimiento de muchas personas. Este servicio junto a los últimos y desechados incrementó en mí el anhelo de servirlos siguiendo el ejemplo de san Daniel Comboni. Al final del prepostulantado me encontraba muy feliz y satisfecho con la labor realizada; mis deseos de ser misionero y de servir a los más necesitados se habían incrementado.
¿Qué vino después?
En 2010 comencé el postulantado y, por tanto, los estudios filosóficos. Después salí por primera vez de mi país para ir a Lusaka (Zambia). La etapa del noviciado, de dos años, fue maravillosa porque tuve una profunda experiencia de la gracia de Dios, que sentía inmerecida. No puedo dejar de citar al P. John Peter Alenyo, que me ayudó mucho a comprender la espiritualidad comboniana. Después di el salto a la comunidad de Pietermaritzburg, en Sudáfrica, para los estudios de Teología. Después de terminar esta etapa en 2018 fui enviado a la parroquia de Amakuriat, en el noroeste de Kenia, para mi servicio misionero, una etapa de preparación pastoral antes de la ordenación sacerdotal. Fueron dos años muy ricos, acompañando a las poblaciones seminómadas pokots. El 6 de agosto de 2020 fui ordenado sacerdote.
Una de las celebraciones de la JMJ en Lisboa.
¿Cómo has vivido estos primeros años de sacerdocio en África y ahora en Europa?
Mi experiencia sacerdotal en África ha sido muy corta, porque enseguida me destinaron a España. Sin embargo, durante el tiempo que permanecí en Kenia ya como sacerdote tuve ocasión de acompañar a diferentes grupos de personas y participar de sus sufrimientos y alegrías. Siempre me han estimulado la fe sencilla y el buen ánimo de las personas que, a pesar de tantas dificultades, mantienen viva la esperanza. A España llegué sin saber absolutamente nada de la lengua y tuve que dedicarme de lleno a estudiarla. No ha resultado nada fácil para mí y agradezco de todo corazón a mis compañeros combonianos de la comunidad de Granada su cálida hospitalidad y, sobre todo, la paciencia que han tenido conmigo. En cuanto mi español me lo permitió, comencé a integrarme en las actividades parroquiales y en el acompañamiento de los grupos infantiles y juveniles. Desde el pasado mes de septiembre estoy en Madrid estudiando Comunicación Digital, con la esperanza de que todo lo que aprenda sea un instrumento para comunicar mejor la Misión.
¿Cómo podrías resumir tu vida misionera?
Mi hasta ahora corta vida misionera ha sido un camino que he realizado con esfuerzo y una constante renovación espiritual. La oración no es opcional para un misionero, sino que es algo fundamental. La oración me ayuda a conocerme mejor, me introduce en una lucha constante por deshacerme de aspectos innecesarios de mi persona e incentiva la adquisición de valores fundamentales para poder servir a la Misión. Siento que el Señor me llama a tener una relación de amor con Él y en la medida que viva esta relación podré reflejar la misericordia de Dios y ayudar a los demás.
¿En qué se traduce esto?
Siempre que pienso en mi vida, siento la necesidad de mostrar mi más sincero agradecimiento a todas las personas que han contribuido positivamente en mi camino de fe y de acercamiento a Dios. Me siento feliz, con una felicidad que no puedo expresar con palabras. Si no fuera por la fe en Dios estaría corriendo como un pollo sin cabeza, bullicioso y apresurado por la vida.
¿Qué dirías a los jóvenes sobre la vocación misionera?
A los jóvenes que anhelan ser misioneros y realizar este noble servicio les digo: ánimo, permitid que Dios obre en vosotros y os moldee. No os desaniméis, no dejéis que las nuevas tecnologías os influyan negativamente, salid y marcad la diferencia en el mundo. Abrid vuestros corazones de par en par a Dios, que os está diciendo: «Venid en pos de mí». Os puedo asegurar que si sois generosos, Dios os dará las fuerzas que necesitáis, pero por vuestra parte tenéis que ser disciplinados y dejaros confrontar y ayudar. Tenéis que creer que el cambio comienza en vosotros mismos y que Dios no se deja ganar en generosidad. Tened confianza, animaos y dejad que Él os guíe. ¡Vamos juntos a servir a Dios!