“Escucha, hijo mío, el más pequeño, Juanito. ¿A dónde te diriges?” (Nican Mopohua)

Con estas palabras llenas de amor y ternura, es como María, la Madre de Dios
se dirige a Juan Diego, a quien encomienda una ardua tarea. En la historia de la salvación, María es una figura que expresa una cercanía sin igual a la humanidad, no sólo por ser madre, sino porque ella también nos enseña que es posible y seguro hacer caso a la voz de Dios.

Por: Esc. Fernando Uribe, misionero comboniano

Por ello, el relato de las apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe en tierras americanas, no es simplemente una historia fantasiosa, sino que demuestra la cercanía y el amor de Dios a un pueblo y a las personas que lo necesitan. Asimismo, nos convoca a una tarea, a una misión, la de llevar el mensaje de reconciliación y unión a donde sea necesario.

De manera personal, María ha sido una figura muy importante en mi camino vocacional, porque en ella he encontrado no sólo una acompañante, sino una guía hacia el encuentro de su Hijo Jesús y una apertura hacia la voluntad de Dios. Recordar a la Guadalupana, es tener presentes las palabras que encontramos en el evangelio de Juan, en donde Jesús entrega a María, su madre, a su discípulo amado, y es en este momento de amor y generosidad total que muestran el gran amor de Dios por nosotros.

Las frases «Mujer, he ahí tu hijo» e «hijo, he ahí tu madre», son palabras que no podemos pasar sin meditarlas realmente con un corazón sencillo y abierto. Tener a María como Madre de Dios y ahora como Madre nuestra, es una gran responsabilidad que nos invita a ser como ella, a seguir su ejemplo, así como un niño ve a sus padres y aprende de ellos. Recibir a María en nuestra casa (cf Jn 19,26-27), no es para guardarla celosa y egoístamente, sino para tener en ella a alguien quien nos consuela y anima a seguir adelante en nuestras vidas.

Muchas veces pensamos que cuando Dios llama, llama a unos pocos, a aquellos que tienen vocación, pero María nos recuerda que Dios nos llama a todos. No tengamos miedo de escuchar la voz de Dios y lo que Él quiere de nosotros, porque no estamos solos, así como María recuerda esto a Juan Diego cuando él, cansado y temeroso de la tarea que se le había encomendado, escucha unas palabras de ternura y amor: «Hijo, ¿no estoy yo aquí que soy tu madre?». María es nuestra Madre y quiere lo mejor para nosotros, y lo mejor que nos puede dar es el encuentro con su hijo Jesús.

Por eso, vivamos esta gran fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe con gran devoción y apertura a lo que Dios quiere de nosotros, y no tengamos miedo de aventurarnos a lo que Él nos pida, porque no estamos solos; tenemos a María, una gran guía en nuestro camino. Presentémonos con un corazón sencillo ante nuestra Madre, la Morenita del Tepeyac, para que sea ella quien nos acompañe y guíe en nuestra vocación, y seamos así unos grandes mensajeros de la Palabra de Dios con nuestra vida.

Jubileos sacerdotales

Durante este año varios misioneros combonianos mexicanos celebraron sus bodas de oro o plata sacerdotales. Estuvieron acompañados por sus familiares, amigos y hermanos de congregación. Damos gracias a Dios por su vocación y su servicio pastoral.

El padre Crisóforo Contreras Ramírez, originario de Celaya, Guanajuato, celebró el pasado 9 de septiembre sus bodas de oro sacerdotales. Son 50 años al servicio de la misión en México y en Kenia, casi siempre en el delicado trabajo de formar jóvenes misioneros. En la actualidad se encuentra en la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción de Temixco, donde sigue ejerciendo su ministerio con alegría.

P. Crisóforo Contreras

El padre Roberto Pérez Córdova, originario de Torreón, Coahuila, festejó sus bodas de plata sacerdotales el pasado 15 de agosto, solemnidad de la Asunción de María. Ejerció su ministerio sacerdotal en Brasil y en México, donde se encuentra actualmente en la comunidad de Cochoapa El Grande, entre los indígenas mixtecos.

El mismo día se cumplieron 25 años de la ordenación sacerdotal del padre José Alberto Pimentel, nacido en Guadalajara, Jalisco. Él tiene una gran experiencia misionera en el mundo árabe y también trabajó en Sudáfrica y Estados Unidos. Actualmente se encuentra en la comunidad de la colonia Moctezuma, en Ciudad de México, desde donde coordina la página de Facebook de los combonianos: «Misión Digital Comboniana».

De izquierda a derecha: P. José Rodrigo Arizaga, P. José Alberto Pimentel y P. Roberto Pérez

El padre José Rodrigo Arizaga Catarino nació en La Barca, Jalisco, y fue ordenado el mismo día que sus compañeros anteriores. Trabajó como misionero en Perú y Centroamérica. Actualmente espera ser destinado a una comunidad en México.

También el 15 de agosto celebró sus bodas de plata sacerdotales el padre José Luis Rodríguez López, oriundo de Yurécuaro, Michoacán. Estudió la Teología en São Paulo, Brasil, donde se encuentra actualmente como formador. Trabajó como misionero en Mozambique y México.

P. José Luis Rodríguez

Que, por intercesión de san Daniel Comboni y de María de Guadalupe, el Señor les ayude a seguir fieles a la vocación misionera y sacerdotal.

Devolver la alegría a quien la necesita

Por: Escolástico Doler Bento, desde São Paulo, Brasil

Nací en Carapira, Nampula, Mozambique, en 1998. Cuando tenía 13 años, perdí a mis padres y me fui a vivir con mi abuela. Ella y mi hermana mayor eran musulmanas, y ambas perdieron la vida en 2015.

Aunque nací en una familia cristiana y crecí cerca de los misioneros combonianos, no me bautizaron de niño. Me gustaba ir a la iglesia no para rezar, sino para jugar con los misioneros. Sólo quería bautizarme y ser cristiano.

Cuando tenía 15 años, mi catequista me invitó: “Doler, eres un buen chico. ¿Por qué no vienes los domingos?”. Estas palabras marcaron una nueva era en mi vida. Empecé a participar y a implicarme en las actividades de la comunidad y de la Infancia Misionera. Después de experimentar tanto sufrimiento, descubrí que había otras personas que sufrían más que yo. Por eso tomé la decisión de intentar devolver la alegría a tantas personas que la necesitan. Empecé a participar en reuniones vocacionales, no para ser sacerdote, sino porque después de la reunión disfrutaba del buen almuerzo y de los juegos de grupo.

Después de escuchar los testimonios de varios misioneros y conocer a Comboni y su experiencia en África, decidí ser misionero. Quería trabajar en la mies del Señor, llegando a los más pobres y abandonados, siendo signo del amor de Jesús y de Comboni. En 2016 me bauticé y me confirmé, y en 2017 lo dejé todo y entré en el seminario. Ya estaba trabajando, pero lo dejé todo y hasta ahora me siento realizado y feliz en mi vida misionera.

Soy misionero y estoy en Brasil, lejos de mi familia, pero no me siento solo. Veo los desafíos, porque todo es nuevo, la cultura, la gente, etc., pero la alegría es mayor que los desafíos. Así como yo salí de África guiada por el amor de Dios por este continente, tú también puedes partir y dejar tu tierra. Este es el momento para que digas sí. No dejes para mañana lo que puedes hacer hoy.

¡Haz ahora tu opción por la vida misionera!

P. João Mponda, misionero comboniano en Ecuador: “Compartir la vida con nuestro pueblo”

P. João Mponda, misionero comboniano en Ecuador: “Compartir la vida con nuestro pueblo”
El padre João Mponda, joven misionero comboniano de Mozambique, comparte su experiencia vocacional y la labor de evangelización que está llevando a cabo en Ecuador, país de América Latina donde se encuentra desde hace un año.

Nací en una familia católica, pero nunca se me había pasado por la cabeza dedicar mi vida al servicio del Señor. Pero las cosas resultaron diferentes y sorprendentes. Todo empezó con mi pasión por el fútbol. En mi barrio sólo había un campo de fútbol y era de la parroquia. Una de las condiciones que los párrocos de Burgos, responsables de la parroquia, pusieron a los jóvenes que querían acudir al terreno de juego fue la de participar en la celebración eucarística dominical.

¡Me obligaron literalmente a asistir a misa para poder jugar! Y fue precisamente uno de esos domingos cuando durante la celebración se proclamó la lectura de Isaías 6,8: “Entonces oí la voz del Señor que clamaba: “¿A quién enviaré? ¿Quién irá por nosotros?” Y yo respondí “Aquí estoy. ¡Envíame!” ¡Esta palabra llegó a mi corazón y me tocó profundamente! Me sentí invitada a responder personalmente a este llamado de Dios.

Entonces comencé a participar activamente en las actividades parroquiales y, después del bautismo y la confirmación, sentí el llamado a la vocación misionera. Decidí discernir mi vocación con los Misioneros Combonianos. Después de completar mis estudios secundarios, entré en el postulantado de los Misioneros Combonianos.

En 2009 comencé mis estudios de filosofía en el Seminario de Matola. En 2012 fui a Santarém, Portugal, para hacer un noviciado de dos años. Una vez cumplida esta etapa y después de haber hecho mis primeros votos religiosos, partí hacia Lima, Perú, para estudiar teología. En enero de 2021 fui ordenado sacerdote.

Poco después me asignaron a Ecuador, país andino donde estoy desde hace un año. Trabajo en el vicariato apostólico de Esmeraldas, en la parroquia San Lorenzo Mártir ubicada en el municipio del mismo nombre. El municipio de San Lorenzo tiene aproximadamente 57.000 habitantes, en su mayoría afroecuatorianos, con una minoría de indígenas y mestizos. Dada esta heterogeneidad de la población, la actividad pastoral tiene sus propios contornos particulares.

Soy responsable de las tres áreas pastorales rurales de la misión comboniana de San Lorenzo, que incluye treinta y tres comunidades que se encuentran en tres regiones geográficas y culturales muy diferentes: la costa, donde se encuentra principalmente la población afroecuatoriana; la selva, donde vive la población indígena y las islas, donde tienen sus hogares los mestizos.

Evangelizar en estas zonas es siempre un gran desafío. Es difícil visitar comunidades, especialmente las indígenas y las islas donde usamos pequeñas canoas. En el caso de los pueblos indígenas, tenemos que caminar un largo trecho, a menudo de tres a cuatro horas. Las principales actividades pastorales que realizamos son la formación de catequistas y líderes locales, formación bíblica, cursos para jóvenes y adolescentes sobre valores cristianos y cursos de música para jóvenes.

Recientemente lanzamos una iniciativa llamada ‘Encuentro Juvenil’, que consiste en un intercambio de experiencias entre jóvenes de diferentes zonas a través de la organización de un campeonato de fútbol en el que participan jugadores afro, indígenas y mestizos. Estos eventos crean conocimiento mutuo y una mayor socialización entre los miembros de la comunidad.

Con estas actividades formativas y lúdicas pretendemos empoderar a los socios como personas y promover una vida en la que estén presentes los valores humanos y cristianos, como son la fraternidad, la tolerancia y el respeto. De esta manera, tienen las herramientas para tomar decisiones conscientes en sus vidas y no dejarse llevar por los caminos fáciles de la delincuencia, el crimen y las drogas.

La situación de la misión de San Lorenzo, plagada de pobreza, inseguridad y criminalidad generalizada en casi todas las comunidades rurales en las que estamos presentes, parece decirnos que nuestro trabajo es una batalla perdida. Sin embargo, sin perder la esperanza, estamos llamados a perseverar e implorar la gracia de Dios. Nuestra cercanía a estas comunidades brinda a las personas consuelo y esperanza. Nuestra presencia les dice que estamos con ellos en la lucha, que no los abandonamos a pesar de la difícil situación que viven.

El compromiso que los Combonianos tenemos con estas comunidades de afrodescendientes, indígenas y mestizos nos lleva a compartir nuestra vida con este pueblo particular y a entregar la vida a su servicio con alegría y disponibilidad.

Estoy convencido de que de estas comunidades cristianas –pobres pero llenas del Espíritu Santo– surgirán diversas vocaciones al servicio eclesial, entre ellas hombres y mujeres que, en nombre de la Iglesia, darán testimonio de la alegría del Evangelio con todos los pueblos del mundo.

P. Rafael González Ponce: “Vale la pena gastar la vida por Dios”

En esta entrevista, presentamos el testimonio vocacional del padre Rafael González Ponce, uno de los primeros combonianos que fueron a compartir el sueño de Comboni en Asia. Él nos cuenta un poco sobre su vocación y nos comparte su experiencia misionera.

– Padre, ¿Podría presentarse a nuestros lectores?

– Con mucho gusto. Me llamo Rafael González Ponce. Nací el 31 de agosto de 1951, soy origina-rio de Guadalajara, Jalisco. Llevo 43 años como sacerdote, de los cuales, 27 han sido como misio-nero fuera de mi país. Tengo la dicha de ser uno de los primeros tres combonianos que iniciamos la misión en Asia.
Luego me pidieron que fuera parte del Consejo General de la Congregación ayudando en Roma. Estuve unos años como formador en el seminario para Hermanos en Bogotá. De ahí pasé a trabajar a nuestras misiones de Ecuador. Desde hace pocos meses me estoy reintegrando a México.

– ¿Cómo conoció a los combonianos?

– Estudié en una escuela de los jesuitas para niños de familias pobres. Ahí se encontraba el padre Francisco Javier Quintana, a quien le habían cortado las plantas de los pies durante la persecución religiosa, él siempre nos hablaba de las misiones y nos infundía un gran amor al Corazón de Jesús y a la Virgen María.
En ese ambiente, a los 12 años, decidí ingresar al seminario menor diocesano. Estando en esta casa de formación, siendo parte del equipo de animación misionera, conocí Esquila Misional. Sus artículos y testimonios de tantos misioneros se convirtieron en alimento para mi ideal misionero.

El «toque de gracia» fueron los campos misión que realizamos los seminaristas entre los indígenas en Donají, cerca de Tehuantepec, Oaxaca, y otro en Loma Bonita, no lejos de Tuxtepec, Oaxaca. Considero una gracia especial que el padre Agustín Pelayo, misionero comboniano, haya venido a visitarnos al seminario mayor (más tarde moriría en un accidente en Burundi, África); sus palabras sencillas y llenas de fuego fueron esenciales para que mi discernimiento madurara.
El rector del seminario me puso a prueba durante tres años, al final él mismo me envió ante el cardenal José Salazar, quien me bendijo y me pidió que siempre me sintiera parte de la diócesis. En resumen, siento que el mismo Corazón de Jesús, que conocí desde pequeño, me acompañó a través de mi iglesia local y me trajo a la familia de san Daniel Comboni.

– Tuvo que dejar a su familia para ser misionero, ¿Cómo lo tomaron sus papás?

– Mi padre falleció antes que yo ingresara al seminario. Mi mamá trabajó incansablemente para sacar adelante a sus seis hijos. Nos llenó de cariño, pero también sabía exigirnos. Todos aprendimos los valores de trabajar duro y compartir, aunque fuera un plato de frijoles, con los más necesitados.
Todos me han apoyado siempre con su oración y con todo lo que estuviera a su alcance. Pero me han dejado libre y me han pedido coherencia y entrega generosa. Las despedidas siempre son dolorosas y, a medida que pasan los años, se hacen más difíciles puesto que las enfermedades y la fragilidad avanzan. Ahí es donde he comprobado su profunda fe y su abandono total en las manos de Dios. En definitiva, mi madre (ya está en el cielo) y mis hermanos han sido el gran cimiento de mi vocación.

– Este año celebramos los 75 años de presencia de los Misioneros Combonianos en México, ¿cómo se siente hoy como comboniano?

– Me siento feliz y con un deseo todavía más intenso para responder positivamente al llamado de Jesús a la vida sacerdotal misionera comboniana. Naturalmente ha habido un sinnúmero de cruces y momentos difíciles que superar. Lo importante es mantenerse humildes, sabiendo que el protagonista es Dios que nos ama y nunca dejará de amarnos.
La gente a la que he podido servir, especialmente a los más pobres, me ha dado y enseñado más de lo que yo he podido ofrecer: sobre todo su esperanza ilimitada y su solidaridad en la lucha cotidiana. Las personas que ya son parte de mí, me brindan esa amistad que rompe toda frontera. Para mí, más que cualquier otra satisfacción, el anunciar a Cristo, un apretón de manos y una sonrisa sincera han valido más que muchos sacrificios.

Ciertamente hoy ya no puedo hacer tantas cosas como antes, pero sí puedo orar y todavía estoy dispuesto a colaborar en los trabajos que se me pidan para que el Evangelio llegue a los corazones necesitados. Y al contemplar los 75 años de los misioneros en México no me canso de decir «¡gracias!».

– ¿Qué mensaje da a los jóvenes?

– Los invito a ir «a contra corriente». Vale la pena gastar la vida por Dios y para que surja una humanidad más fraterna.

Preseminario

El postulantado comboniano de San Francisco del Rincón, Guanajuato, recibe cada año a varios jóvenes que han sido acompañados por lo menos durante un año, para concluir su proceso vocacional y decidir finalmente si quieren ingresar o no al seminario. Damos gracias a Dios por quienes respondieron afirmativamente a este llamado.

Por: P. Sylvain Alohoungo

Seguimos pidiendo al Padre que siga enviando obreros a su mies, como nos los pidió el Señor Jesús: «Él recorría todos los pueblos y aldeas, enseñado en las sinagogas judías, anunciando la Buena Notica del Reino y sanando todas las enfermedades y dolencias. Al ver a la gente, sintió compasión de ellos, porque estaban cansados y desorientados como ovejas sin pastor. Entonces les dijo a sus discípulos: “La cosecha es abundante, pero los obreros son pocos. Rueguen por tanto al dueño de la cosecha que envíe obreros a recogerla”» (Mt 9,35-38). San Daniel Comboni decía que necesitaba jóvenes audaces y generosos para su misión.

Sabemos que son pocos quienes responden al llamado de Dios hoy en día. A este preseminario asistieron 13 muchachos provenientes de varios estados del país. Cada uno de ellos fue favorecido con un proceso de acompañamiento y su participación en el preseminario manifiesta una confirmación de lo que ha sido este proceso.

El 24 de julio llegaron al seminario y luego de un momento de integración y convivencia, comenzamos. El preseminario tiene siempre un enfoque sobre lo que es el postulantado o el aspirantando para los candidatos que ingresan al bachillerato.

Así, del 24 al 30 de julio los jóvenes tuvieron momentos de encuentro con el Señor Jesús en las celebraciones eucarísticas, en la hora santa y en los momentos de oraciones matinales. Después, profundizaron sobre lo que es la congregación de los Misioneros Combonianos. De igual forma, se les explicó lo que es el postulantado, para que conozcan sobre lo que les espera. También hubo momentos de encuentros personales con un psicólogo. Y no faltó el paseo donde fueron a conocer lugares de peregrinación, importantes para nuestra fe, como San Juan y Santo Toribio…

Agradecemos a Dios, porque al término de nuestro preseminario, nueve jóvenes aceptaron dar un paso adelante para seguir discerniendo su vocación; ellos recibieron su carta de aceptación. Los invitamos a pedir por ellos, porque entraran al seminario próximamente y también por los que siguen en proceso.