El «sí», respuesta que se hace vida

Hay pequeñas respuestas que cambian la historia. Palabras que no hacen ruido, pero abren caminos. Decir «sí» es una de ellas. No un «sí» cómodo e ingenuo, sino uno pronunciado desde la fe, la valentía y la disposición total para dar la vida.

Por: Hna. Kathia di Serio, smc

Un «sí» que pronuncié el 29 de julio de 2007 con las Misioneras Combonianas, y que expreso cada día en la misión de Ciudad de México, donde vivo mi entrega cotidiana a Dios y a la misión. Toda vocación nace de una pregunta y se confirma con un «sí» como respuesta. No es perfecto ni definitivo desde el inicio, sino que se aprende a pronunciar en el camino. La historia de la salvación muestra que Dios no llama a «personas terminadas», sino a corazones disponibles, porque dicho recorrido está tejido de estas respuestas positivas. En mi historia vocacional resuena con fuerza el «sí» de María, el de san Daniel Comboni, el de las Misioneras Combonianas y el de otras tantas mujeres en el mundo.

El «sí» de María

La vocación de María inicia con una escucha atenta y una sincera pregunta: «¿Cómo será esto?» (Lc 1,34). María no entiende todo, pero confía. Su respuesta no nace de la seguridad, sino de su cercanía con Dios. Es un primer rasgo vocacional: escuchar, discernir y confiar, aún cuando el futuro no sea claro. Ella nos enseña que la vocación no anula los miedos ni las dudas, pero los integra. Dios no espera certezas absolutas, sino disponibilidad. Todo auténtico llamado comienza cuando alguien se atreve a responder: «Aquí estoy».

La respuesta de María no fue automática ni pasiva. Fue un «sí» discernido y encarnado. Ella escucha, se deja interpelar y, aún sin comprenderlo todo, se fía: «Hágase en mí según tu Palabra» (Lc 1,38). Se entrega, se convierte en mujer que camina, en servidora de la vida, en presencia divina en las periferias humanas. Su respuesta es profundamente revolucionaria: Dios entra en la historia de cada persona y se deja encontrar en lo cotidiano.

El «sí» de Comboni

El «sí» de san Daniel Comboni fue el de un hombre conquistado por una causa que lo superaba. Su vocación misionera nació del encuentro con un pueblo herido y del deseo de devolverle la dignidad. Él dijo «sí» una y otra vez: ante el cansancio, la incomprensión y el fracaso. Su vocación no fue cómoda ni lineal, sino fiel; comprendió que ésta no es un camino individualista, sino una misión compartida: «Salvar África con África».

Desde una perspectiva vocacional, Comboni nos recuerda que el llamado de Dios suele encender una pasión que transforma toda la vida. Decir «sí» implica dejarse moldear, aprender a perseverar y creer que incluso nuestras fragilidades pueden ser fecundas. Una y otra vez Dios cree en la humanidad de cada persona. El «sí» de nuestro santo patrono no fue idealista, sino probado por el fracaso, la enfermedad y la incomprensión. Aún así, pudo exclamar: «Yo muero, pero mi obra no morirá».

El «sí» de Comboni es de quien ama un pueblo hasta dejarse consumir por él; nace de la contemplación del Crucificado, que se traduce en compromiso histórico. Es un «sí» generativo: que abre camino, convoca y sueña comunidad, como cenáculo que irradia amor.

El «sí» de las mujeres

Hay vocaciones que no siempre reciben nombre oficial, pero son profundamente reales. El «sí» de las mujeres en el mundo sostiene a la historia: madres, cuidadoras, defensoras, migrantes, líderes comunitarias. Féminas que he encontrado y acompañado en caminos de crecimiento y búsqueda de la esperanza en contextos de movilidad humana.

Mujeres que dicen «sí» a la vida en contextos de violencia, migración forzada, pobreza y exclusión. Ellas sostienen familias, comunidades y memorias; cuidan, luchan, sanan, organizan y denuncian. Muchas no lo pronuncian con palabras religiosas, pero viven un «sí» profundamente evangélico con gestos concretos de amor, dignidad y resistencia. En ellas, Dios sigue encarnándose hoy.

El «sí» de las Misioneras Combonianas

Es una respuesta que se hace presencia y cercanía, y que se expresa en la opción por los pobres, por las mujeres heridas y las personas migrantes y excluidas. Esta vocación no se vive desde la distancia, sino desde el hecho de compartir la vida. Como María, las combonianas guardan y gestan; como Comboni, se arriesgan y sueñan; como tantas mujeres del mundo, sostienen la esperanza en contextos de frontera. Es un «sí» que acompaña procesos, que camina con ellos, que cree en la vida, incluso cuando todo parece negarla.

Este «sí» es cotidiano: se renueva en la oración, en la comunidad, en el servicio humilde y en la capacidad de permanecer; una vocación que habla más con gestos que con palabras, y que invita a las nuevas generaciones a preguntarse: ¿A dónde estoy siendo llamada para que otros tengan vida? El carisma comboniano vive en las comunidades de mujeres de diversas culturas y nacionalidades. Las combonianas responden al llamado de Dios, caminan con los pueblos y anuncian la Buena Nueva con su propia historia y vida compartidas.

El «sí» de María, de Comboni, de las Misioneras Combonianas y de las mujeres en el mundo no pertenece al pasado; es un llamado abierto. Nos invita a preguntarnos: ¿A qué vida estoy llamado? ¿A quién le genera esperanza mi respuesta positiva? Decir «sí» es un acto de amor y fe. Significa permitir que Dios renueve todas las cosas a través de mi disponible fragilidad. Responder «sí», no implica tener todo claro, sino estar dispuesto a caminar, a arriesgar todo por amor. Todo llamado auténtico comienza cuando alguien se atreve a poner su vida en manos de Dios para que otros tengan vida; porque cuando una mujer dice «sí» a la vida, el mundo vuelve a nacer.

¡Tú no tienes madera para ser Hermano comboniano!

Los Misioneros Combonianos son un Instituto formado por sacerdotes y hermanos. El pasado día 1 de enero, del total de 1.449 combonianos, tan solo 183 eran hermanos. Esta diferencia numérica, en cierto modo, puede justificar la afirmación del sacerdote peruano José Miguel Córdova: «Se habla poco sobre la vocación de hermano comboniano; por eso se me ocurrió escribir este texto que, quién sabe, pueda ayudar a algún joven a seguir este bello camino de vida». (En la foto, el hermano portugués José Eduardo Macedo de Freitas en el hospital de Kalongo, en Uganda).

Por: P. José Miguel Córdova Alcázar, mccj
comboni.org

Recuerdo que durante mi etapa de formación en el seminario, pensé que tal vez mi vocación era la del ser Hermano misionero comboniano y no Sacerdote misionero, así que con toda la fuerza de la vocación que va surgiendo como la lava de un volcán en erupción, fui al encuentro mensual con el formador y sin esperar a que él empiece el diálogo como siempre lo hacía, con el clásico: ¿cómo te sientes?, esta vez disparé yo primero y le dije: “Quiero ser hermano comboniano y no sacerdote” Él con la calma del hombre sabio y acostumbrado a los “disparos” primarios y frutos de la emoción del momento me dijo siéntate y cálmate, y sin más preludio me dijo con cariño: “Tú no tienes madera para ser Hermano Comboniano” y así acabó mi vocación a hermano. Hoy después de algunos años de trabajo misionero en África doy gracias a Dios por la vocación sacerdotal que me regaló y me sigue regalando cada día.

Hace pocos días me encontré con un joven profesional en Administración de empresas, que queriendo aclarar algunas inquietudes que tenía sobre la vida consagrada, me preguntaba precisamente sobre la vocación del hermano Comboniano y la inquietud que sentía sobre la vida consagrada como hermano y no como sacerdote.

Cuando nos encontramos, tuvimos la oportunidad de hablar sobre la Vocación y la consagración del Hermano Comboniano para la misión, mientras le hablaba sobre lo que significa ser Hermano consagrado, pude darme cuenta que sus ojos y su rostro se iluminaba ante lo que le iba presentando como diciéndome: “Sí, esto es lo que busco, este es el modo como quiero vivir.”

Un grupo de hermanos misioneros combonianos, en Roma, durante el Jubileo de 2025.

La vocación del hermano Comboniano es un llamado a vivir y testimoniar la fraternidad de Cristo con todos los hombres, y en todos los campos de la vida profesional y en la que trabaja más específicamente. El testimonio de fraternidad específica a la que está llamado el hermano comboniano, nos hace recordar que los misioneros Combonianos, somos una gran familia de Sacerdotes, hermanos y hermanas y a la vez un “pequeño cenáculo de apóstoles” llamados a irradiar a todo el que se fija en nosotros no otra cosa más que el amor de Cristo por los más pobres y abandonados de este mundo, como lo quería San Daniel Comboni.

Juan Pablo, (así se llama el joven) me dijo: “Padre a ti te dijeron que no tenías madera para ser hermano comboniano, entonces, ¿qué cualidades se necesitan para serlo? ¿qué madera es necesaria? Muchos de nuestros hermanos son profesionales en diferentes campos pero ciertamente no basta el ser profesional como tantos otros, ya hay muchos profesionales en el mundo, y es por esto que el hermano misionero comboniano es primero que nada un consagrado y es desde esta consagración que hace presente a Cristo con su profesión ahí donde es enviado a servir, porque sirviendo al ser humano entonces se sirve a Dios, y se vive el “Africa o muerte”, que los combonianos vivimos hoy en los diferentes lugares del mundo en el que nos encontramos.

“No tienes madera para ser hermano” me dijo mi formador, y sólo ahora comprendo el porqué; porque cuando contemplo la vida de aquellos hermanos santos y capaces que he conocido a lo largo de mi vida como sacerdote misionero, me digo a mí mismo: “mi formador tenía razón, la madera de la que está hecho el hermano comboniano es una madera especial, dura como el roble y al mismo tiempo blanda y ligera como la madera de balsa, pronta a ser transformada y adaptada a las diversas necesidades del trabajo de la misión.

En mis años como sacerdote misionero comboniano en África, me he encontrado con hermanos que, con su profesión de mecánicos, doctores, enfermeros, arquitectos, etc. han dado y siguen dando testimonio de la fraternidad a la que están llamados a vivir. Recuerdo de manera especial a uno con quien tuve la oportunidad de vivir durante algunos años en la misión y cuyo ejemplo de vida hacía que la gente dijera de él “es un hombre de Dios”.

Un grupo de hermanos misioneros combonianos en Nairobi/Kenia, en 2017.

Es que el hermano comboniano está llamado a ser:

  • Hombre de gran piedad, vida pura y virtud sólida.
  • Colaborador de Jesús en la misión.
  • Modelo y evangelio vivo.
  • Sembrador del evangelio.
  • Colaborador del bien común.
  • Como Jesús que vive haciendo el bien.

Todo esto y más tenía el hermano del que estoy hablando, y aunque ahora ya no está físicamente con nosotros, sé que desde el Reino en el cielo que te ganaste construyéndolo entre tus “amados hermanos africanos” sigues intercediendo por nosotros y sobre todo sigues siendo ejemplo para los que de ti recibimos tanto. Porque al conocerte a ti comprendí la frase que por mucho tiempo resonó en mi mente y corazón: “No tienes madera para ser hermano comboniano”, porque hoy sé que esta madera de la que hablaba mi formador, hay que recibirla, es dada, es don que viene de Dios y no es gratuita porque hay que hacer de esta madera vocación de servicio fraterno.”

Hay muchos jóvenes con los que me encuentro y que siendo profesionales o en vía de serlos, sienten el llamado a la vida consagrada no como sacerdotes sino como hermanos consagrados, y buscan esta forma de vida religiosa. Quizá tú tienes la “madera que se necesita para ser hermano Comboniano” y te estás preguntando: ¿porque yo no? Quizá, la madera de la que estas hecho es la que Dios precisamente busca para que la vocación y misión del hermano misionero comboniano se haga presente en el mundo a través de ti porque quizá, ¡tú sí tienes madera para ser Hermano misionero!

El pasado día 1 de enero de 2026, del total de 1.449 combonianos, tan solo 183 eran hermanos.

¿Qué sería de la Iglesia sin la vida consagrada?

«La vida consagrada, enraizada profundamente en los ejemplos y enseñanzas de Cristo el Señor, es un don de Dios Padre a su Iglesia por medio del Espíritu». Así comienza la exhortación apostólica Vita consecrata (VC), de san Juan Pablo II. Los que estamos llamados a vivir de esta forma, somos depositarios de este maravilloso don que enriquece a la Iglesia a través de los siglos.

Texto y fotos: Hno. Juan Carlos Salgado, mccj.

¿Qué sería de nuestra madre Iglesia si no existiera la vida consagrada? Esta manera de vivir es una dimensión esencial y fundamento de la Iglesia católica; sin ella, perdería una fuente vital de santidad, testimonio evangélico y servicio al mundo. Miles de hombres y mujeres consagrados, inspirados en los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia, han enriquecido a la Iglesia y a la sociedad con diversos y múltiples carismas.

De modo singular, los consagrados manifestamos a diario la esperanza y el amor de Dios, fundamentos que abren caminos donde parece imposible superar la secularidad y las dificultades humanas. Por ejemplo, san Daniel Comboni fue signo de esperanza para los pueblos africanos en tiempos donde la esclavitud causaba estragos. Santa Teresa de Calcuta asistió a los últimos, a los más pobres y olvidados en India y en el mundo. San Carlos de Foucauld dio testimonio de comunión entre los tuareg del desierto del Sahara en Argelia.

Sin la vida consagrada, la Iglesia perdería un gran motor de profunda espiritualidad. Desde los primeros siglos, monasterios, conventos y comunidades religiosas han sido espacios de oración, contemplación y búsqueda de santidad que irradian luz a todo el cuerpo eclesial. Las distintas fuentes de espiritualidad, como la de los franciscanos, dominicos, agustinos, carmelitas, jesuitas, etcétera, han formado verdaderas escuelas de santidad, de donde han surgido grandes santos y santas de admirable y respetable devoción.

La vida consagrada es una fuerza muy activa en la evangelización y en el servicio a los más necesitados. Diversos carismas han surgido para atender sectores específicos, como la educación, la salud, la justicia social y la pastoral juvenil. En ocasiones, a través de los carismas de congregaciones religiosas, la Iglesia ha dado respuesta a las necesidades de la gente antes que existieran las instituciones gubernamentales.

Por ejemplo, en Sudán y al norte de Uganda, regiones evangelizadas por los combonianos, gozan de escuelas y hospitales fundados por misioneras y misioneros que, con los años, se convirtieron en instituciones clave para esas naciones. En Uganda tenemos el Hospital de Lachor, uno de los más grandes del país; cuenta con escuelas de enfermería, de parteras, laboratoristas, médicos, anestesiólogos y técnicos en diversos oficios como carpintería, mecánica y electricidad. También contamos con los hospitales de Kalongo, Matany, Kitgum, Angal, Aber, Kyamuhunga, etcétera. Algunos cuentan con sus respectivas escuelas de enfermería.

En Uganda, las escuelas de Layibi y Ombachi llegaron a tener más de mil estudiantes. Además, en las academias técnicas de Carapira, en Mozambique; Lunzu, en Malawi; Chikowa, en Zambia, los hermanos combonianos han formado a cientos de jóvenes como técnicos profesionales. Asimismo, la escuela para chicas en Aboke, dirigida por las combonianas. Mientras que el Comboni College de Jartum es una de las escuelas con más prestigio en Sudán.

En Sudán del Sur, si no existieran el Hospital de Mapuordit, atendido por los combonianos, y el Hospital de Wau, dirigido por las combonianas, la Iglesia vería disminuida su capacidad para llegar a las periferias y responder a las urgencias humanas con tanto amor y profesionalismo.

La vida consagrada mantiene un testimonio profético que recuerda, al mundo y a la misma Iglesia, que el Reino de Dios no pertenece a los poderes temporales, sino a la gratuidad, a la confianza absoluta en Dios y a la búsqueda del bien común, más allá de los intereses personales. Sin ese testimonio, la Iglesia correría el riesgo de volverse mundana y perder la fuerza transformadora que Jesús nos legó.

En conclusión, sin la vida consagrada la Iglesia tendría una realidad mucho más frágil y estaría más limitada en su misión evangelizadora. Los consagrados sirven con generosidad a la humanidad y enriquecen la espiritualidad de todos los creyentes. Por ello, valorar y acompañar dicho modo de vivir es fundamental para la vitalidad y el futuro de la Iglesia.

A lo largo de 30 años de vida consagrada, como misionero comboniano del Corazón de Jesús, experimento la felicidad en mi vocación; son muchas las penurias, renuncias y dificultades sufridas en el apostolado, pero son muchas más las bellas vivencias durante 25 años de misión en África como enfermero y médico misionero.

Tres religiosos de la familia comboniana: el P. Ismael Piñón (sacerdote), la Hna. Tere Soto (religiosa comboniana) y el Hno. Juan Carlos Salgado (religioso comboniano).

La vida consagrada es una aventura que vale la pena experimentar. Las satisfacciones del mundo no se comparan con las de una vida para servir a Dios y a los más necesitados. En ocasiones, al encontrarme con gente en la calle, me decía con una gran sonrisa: «Gracias, doctor, por estar aquí». «Tú me operaste». «Tú me asististe durante el parto». Su gratitud es un gran consuelo para nuestra labor.
Necesitamos jóvenes audaces que den un «sí» al Señor. «La mies es mucha y los obreros pocos, rueguen, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies» (Mt 9,37-38).

Sirviendo a los jóvenes en México

Por: Hna. Philister Tabu, smc
Desde Cerro de la Esperanza (Oaxaca)

Mi nombre es Philister Tabu, y soy de la diócesis de Arua, en Uganda. Mi parroquia natal es la del Santo Rosario, en Logiri. Vengo de una familia de nueve hijos. Asistí a la escuela secundaria para niñas de Logiri durante cuatro años, tras lo cual me incorporé a la de Paidha PTC Kyambogo para realizar un curso de formación docente de grado 3.

A los siete años, me uní al grupo de danza litúrgica y más tarde al coro parroquial. Recuerdo que un día, cuando estaba en segundo curso, volví del colegio y le dije a mi madre que me llevara al lugar donde vivían las monjas, porque ese día la profesora había hablado de los sacerdotes y las monjas católicos. No sabía cómo era una monja porque no había ninguna en nuestra parroquia.

Mi madre me prometió llevarme a la catedral de Ediofe, donde vivían las monjas. Un día le dije que no necesitaba estudiar, explicándole que San Pedro no había estudiado y se había convertido en papa. Estaba lista para unirme a las hermanas. Ella respondió con sabiduría: «Tabu, necesitas aprender a leer y escribir para poder manejar la Biblia». La obedecí. Después de terminar el séptimo curso, le dije que estaba lista para unirme a las hermanas. Ella me dijo de nuevo que eso no era suficiente y que tenía que estudiar más.

En serio, me dijo que tendría que encontrar a las hermanas yo misma. Cuando empecé la secundaria, conocí a las monjas de clausura. Sin embargo, cuando supe cómo era su forma de vida, perdí el interés y decidí que prefería casarme. Pero cuando conocí a las Hermanas Combonianas, las escuché hablar sobre San Daniel Comboni, su trabajo y cómo amaba a los africanos, exclamé: «¡Ahí es donde pertenezco!». Les escribí inmediatamente y recibí una respuesta positiva.

Me convertí en aspirante en 2011. En 2017, me uní al programa de prepostulantado en Arua con las otras aspirantes, acompañadas por un director vocacional. Luego nos enviaron a Nairobi, donde permanecí dos años antes de regresar a Uganda para continuar mi formación en el noviciado. El 14 de septiembre de 2021, hice mis primeros votos en el Centro de Retiros de Namugongo. Me enviaron a trabajar en el Centro de Retiros mientras esperaba mi visa mexicana.

Nuestra misión en México se centra en la comunidad afromexicana, descendiente de los esclavos llevados a América. Muchos de ellos se establecieron en las regiones costeras del Océano Pacífico. He dedicado mi tiempo al apostolado juvenil, proporcionando educación cristiana y formación en liderazgo, y concienciándoles sobre su importancia y su papel en la Iglesia.

Organizo campamentos y retiros juveniles en los que debatimos cuestiones que afectan a los jóvenes de hoy en día. También trabajo con el equipo diocesano de apostolado juvenil para planificar todas las actividades juveniles de la diócesis. Además, colaboro con la asociación de religiosos de la diócesis en la animación vocacional y misionera.

Además de trabajar en el apostolado juvenil, también soy responsable de tres capillas. Todos los domingos celebro la liturgia con la gente y les ayudo a recibir el Santísimo Sacramento en ausencia de un sacerdote. Como las pequeñas comunidades cristianas siguen creciendo, comparto la Palabra de Dios con ellas antes del domingo.

Creo que toda misión tiene sus retos. Sin embargo, me siento aceptado por la gente y me he dado cuenta de que si amas a las personas, ellas te aman a ti.

Llamados en el camino, para encontrar nuestra vocación y vivir nuestra misión

En este mes recordaremos la vida de san Pablo, un gran ejemplo de obediencia a la voluntad de Dios. Pablo, antes conocido como Saulo, nació en Tarso. Era un judío fariseo y ciudadano romano, quien fue llamado el «Apóstol de los gentiles».

Texto y fotos: P. José Manuel Hernández Cruz, mccj

Llamado en el camino…
Al hablar de san Pablo debemos pensar en el acontecimiento de Damasco, lugar y camino donde tuvo origen su vocación. Una llamada e invitación que parte de la iniciativa divina y que se presenta en una realidad concreta. Por eso, la importancia histórica de ese sitio como lugar teológico siempre estuvo presente en la vida de Pablo. Damasco se convirtió en el punto de encuentro de Pablo con Cristo Resucitado, y en donde uno se adhiere al cristianismo.

La experiencia de este llamado de Dios fue muy especial para Pablo; sintió que Dios lo llamaba directa e inmediatamente. «Pablo, apóstol, no de parte de hombres ni por medio de hombre alguno, sino por medio de Jesucristo y de Dios el Padre, quien lo resucitó de entre los muertos» (Gal 1,1).

Recordemos la narración de los Hechos de los Apóstoles, donde nos habla de la identidad de Pablo, que de perseguidor, se convierte en un creyente, pues, en su camino a Damasco para arrestar a los cristianos, fue cegado por una luz y oyó la voz de Jesús que lo cuestionaba (Hch 9,1-19). Situar la vocación como «camino» muestra algo intrínseco en nuestra vida; hombres y mujeres de este tiempo, somos peregrinos y constructores de historia, y Dios interviene de forma personal y directa, nos elige, mira y llama por nuestro nombre.

Encuentra su vocación…
«Dios siempre mira nuestra vida, y “su mirada de amor siempre nos alcanza, nos conmueve, nos libera y nos transforma, haciéndonos personas nuevas”. Una mirada como la que tuvo con Saulo, el “duro perseguidor de los cristianos”, vio “al apóstol de los gentiles”», explicaba el papa Francisco.

Diríamos que san Pablo vivió en Damasco su encuentro con Cristo, lugar de la reestructuración, donde tuvo que reformar su sistema de valores religiosos y espirituales, y llegó a comprender el valor fundamental e irremplazable de la fe en Jesucristo (Rom 3,28; Gal 2,16). Cambió radicalmente el rumbo de su vida: ya no vivía para sí mismo, sino en Cristo y para Cristo.

Para Pablo, Cristo se convirtió en el principio y la fuerza motriz de su existencia. El viejo hombre dejó de existir en él y se transformó en el nuevo, en Cristo, mediante su íntima y mística unión con Él: «Para mí, la vida es Cristo» (Flp 1,21). El encuentro en el camino, fue una experiencia directa y reveladora, donde Jesús se identificó con sus seguidores perseguidos. Este encuentro fue una revelación divina de Jesús en Pablo, quien lo eligió como apóstol y le dio la misión de anunciar el Evangelio a los no judíos. Su respuesta inmediata a Jesús fue: «¿Qué quieres que haga?».

Vive su misión…
San Pablo se convirtió en un «instrumento de elección» para llevar su nombre a todas las naciones. Una vez descubierta la vocación, la misión es respuesta a la acción, el propósito o la voluntad divina que se debe realizar. Tras recuperar la vista, san Pablo fue bautizado y llenado del Espíritu Santo, comenzando así su vida de apóstol y misionero.

Su misión fue predicar el evangelio a los gentiles, viajando a través de Asia Menor y Europa, estableciendo comunidades cristianas. El amor por Cristo y la misión fue el motor de su incansable labor, impulsada por el Espíritu Santo y en constante movimiento, a pesar de la persecución y la tribulación.
En la humanidad de san Pablo vemos cómo la acción divina se ha manifestado de muchas maneras y formas, entonces es bueno preguntarnos: En relación a Dios, ¿cuál es mi experiencia? ¿Te has dejado encontrar en el camino? ¿Tal vez vives tu vida buscando y ambicionando otras cosas que te están robando el rumbo de tu existencia y perdiéndote en el camino? ¿Has escuchado la voz de Dios a ejemplo de san Pablo? ¿O «los ruidos de este tiempo» te han perturbado tanto que no sabes distinguir la voz de Dios? ¿Has encontrado tu vocación? ¿O estás invirtiendo tus fuerzas y tiempo en cosas que no te dan felicidad y te roban la paz?

Joven: tú también puedes dejarte llamar en el camino por Cristo, para que así encuentres tu vocación y vivas tu misión. ¡No tengas miedo! Haz tuya la experiencia de san Pablo; ¿Quién me separará del amor de Cristo? (Rom 8,35). ¡Ponte en contacto con nosotros, sé valiente! ¡Haz la diferencia con tu vida, la misión te espera!

“Como el Padre me envió, así los envío yo”

¡Gracias México!
«Como el Padre me envió, así los envío yo» (Jn 20,20). Este fue el lema que elegí para mi ordenación sacerdotal, y que ha marcado todo mi ministerio como comboniano. En octubre pasado, mis superiores me asignaron a un nuevo destino; así se cierra mi experiencia misionera en México y me preparo para la siguiente.

Texto y fotos: P. Wédipo Paixão, mccj

En 2018 mis formadores en el escolasticado de São Paulo, Brasil, me preguntaron cuáles serían mis opciones para trabajar como misionero. En aquel entonces estaba fascinado por Egipto o Líbano y también resonaba en mí Vietnam, pero al fin fui destinado a México. Recibí mi destino a tierras Guadalupanas con alegría y disponibilidad. Ya estaba acostumbrando y sabía el idioma porque había estado en Sahuayo y después en Xochimilco como novicio entre los años 2012 y 2014.

Llevo en mi corazón a muchas personas que conocí en distintas partes del país; conservo las costumbres y culturas, la hospitalidad y la calidez. Uno de tantos bonitos recuerdos que atesoro, lo experimenté en la comunidad de Comalapa, en las sierras veracruzanas, donde la sencillez y la amabilidad me marcaron profundamente, a tal punto, que guardé especial cariño por Veracruz. En todo, reconozco lo que dice Jesús: «El que deja padre y madre, tierra, hermanos por causa del Reino de Dios, encontrará mucho más» (Mt 19,20).

En todos esos años acompañé a muchos jóvenes. Algunos decidieron entrar al seminario, y otros continuaron con sus vidas y respondieron a una vocación específica a la que Dios los llamaba. Siempre he pensado que la vocación es un medio, por el cual, el Padre nos llama a vivir realizados y plenos según su voluntad, y que nos conduce a ser felices. No se trata de hacer sólo lo que nos gusta, sino de amar en tal medida, que abrazamos un estado de vida al servicio del bien común. La existencia es un don único que nos da Dios, y a su vez, la vocación es la forma cómo elegimos vivir, es decir, el medio que nos conduce a la felicidad. Por eso no debemos temer al emprender un camino y confiar en los planes de Dios; Él nunca nos defraudará.

Hay un proverbio chino que dice: «En manos de quien te regala una flor, siempre queda un poco de perfume». Creo que mi memoria está perfumada por el cariño y amistad con que fui recibido y tratado es-tos años en México. La palabra que fluye en mi corazón es de gratitud: doy gracias a Dios por el don de la vocación, y a cada uno de los que interactuaron conmigo durante este periodo. Soy brasileño de nacimiento, pero mexicano de corazón.

Quisiera concluir con un escrito de un gran obispo brasileño, monseñor Hélder Câmara:

  • Misión es partir, salir de sí. Es romper con el cascarón del egoísmo, que nos encierra en nosotros mismos.
  • Misión es dejar de dar vueltas alrededor de nosotros mismos como si fuéramos el centro de la vida o del mundo.
  • Misión es no dejarse bloquear por los problemas del pequeño mundo al que pertenecemos, la humanidad es mayor.
  • Misión es siempre partir, mas no significa devorar kilómetros, es, sobre todo, abrirse al prójimo como hermano, descubrirlo y encontrarlo.
  • Y para descubrirlo y amarlo, es necesario atravesar los mares, volar por los cielos.
  • Entonces, misión es partir hasta los confines del mundo».

Continúo en misión, ahora en Brasil. En qué aspecto en específico, aún no le sé, pero voy con el corazón abierto, atento a lo que el Señor me pide adonde ahora me envía. A todos los que formaron parte de mi vida durante este tiempo, mi gratitud y mis oraciones.

¡Hasta Luego!