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Dos regalos para el pueblo turkana

Por: P. Aarón Cendejas

El 4 de junio del año pasado, tuvo lugar la consagración episcopal de monseñor John Mbinda (espiritano), como cuarto obispo de la diócesis de Lodwar (al noroeste de Kenia). Previamente, el 3 de junio, el padre Mbinda fue recibido en la parroquia de Kainuk, al sur de la diócesis. Durante el trayecto hacia la ciudad de Lodwar, el «nuevo obispo» tuvo que hacer varias «paradas», para saludar a la gente a lo largo de la carretera. Su mensaje, tomado de su «escudo de armas», siempre era: «Estén alegres…», añadiendo una palabra sobre la importancia de la paz en las regiones fronterizas de su territorio.

El 4 de junio, en el Centro Cultural «Ekaales», el padre John Mbinda, originario de Kanzalu (Machakos, al sur del país), fue consagrado y entronizado obispo de Lodwar, en una colorida ceremonia, presidida por el nuncio apostólico de Kenia y Sudán del Sur, monseñor Bert Van Megen. Para acompañar al nuevo pastor, asistió la mayoría de los obispos de Kenia. Acudieron a la celebración cerca de 10 mil fieles procedentes de todo el país y del extranjero.

Al final de la misa, monseñor Mbinda agradeció a Dios por haberlo elegido, «entre otros sacerdotes mejores y más santos que un servidor». Espera contribuir, con su experiencia de seis años entre los pokot (vecinos y «enemigos» de los turkana), para ayudar a estos pueblos a vivir en armonía y en paz. La Conferencia Episcopal de Kenia felicitó a monseñor Mbinda y le dio la bienvenida al grupo, asegurándole su apoyo.

El nuevo pastor celebró una eucaristía de agradecimiento en la catedral de Lodwar, dedicada a san Agustín y, el 28 de junio visitó la parroquia de Nakwamekwi, atendida por los Misioneros Combonianos. En su homilía, monseñor Mbinda exhortó a los fieles a seguir con valentía a Jesucristo y a convertirse en anunciadores de la Palabra de Dios.

Silas, sacerdote para siempre

El segundo regalo de 2022 consistió en la ordenación sacer-dotal del diácono Silas Mukafwa. La ceremonia tuvo lugar el pasado 28 de agosto en el atrio de la catedral de Lodwar, con gran afluencia de fieles, religiosas, religiosos y sacerdotes. Unas 150 personas, entre familiares y amigos de Silas, llegaron de Kitale y alrededores, ya que él pertenece a la etnia luhya, pero quiso desarrollar su apostolado en la diócesis de Lodwar, entre los turkana.

Vivía en Nakuru con sus padres, William y Florence Mwanambisi; luego, se cambiaron a Sirende-Kitale, región colindante con tierras turkanas. Como seminarista, realizó en 2012 su curso propedéutico y de espiritualidad en Molo; cursó Filosofía en Mabanga (2013-2016) y Teología en Tindiño (2017-2022). Monseñor Mbinda lo ordenó diácono.

En la liturgia de la Palabra, se presentó la vocación de Jeremías sacerdote (Jer 1,4-9), según el orden de Melquisedec (Heb 5,1-10) y enviado a ser «pescador de hombres» (Lc 5,1-11). En la homilía, el obispo exhortó a Silas a ser hombre de oración, «como Pedro, Juan y Santiago, que dejaron sus redes y todo lo demás, incluida la pesca milagrosa… y siguieron inmediatamente a Jesús. Así tú, busca el tiempo, deja cada día todas las “redes” de tu vida, y encuentra a Jesús en la oración. Ponte en las manos de Dios, pues el trabajo apostólico no es nuestro, sino de Él». Monseñor Mbinda también le recomendó a Silas que estuviera siempre dispuesto a celebrar la eucaristía y atender las necesidades espirituales de los fieles: «Has sido elegido –afirmó el prelado– entre el pueblo, para ser “sacrificio”, unido a Jesús… para perdonar los pecados, para ser santificado y hacer que los fieles reciban los dones divinos». Por último, le dijo: «Sé un sacerdote obediente a tu obispo y superiores, un trabajador incansable que ame a su gente sin condiciones ni discriminar naciones… un sacerdote que valora la paz, el amor y la unidad; un clérigo que se da a sí mismo por el bien de los fieles».

Silas ejerce sus primicias sacerdotales como vicario en la parroquia de Lokori, misma que abrió el instituto de los Misioneros Combonianos en 1992.

75 años de bendiciones

No existe un sentimiento más bello que el agradecimiento. Con toda razón un santo decía: “la gratitud es la llave del corazón de Dios” y “quien agradece se abre a nuevas bendiciones”. Nuestro Padre Dios ama las personas agradecidas, porque son humildes y saben reconocer las inmensas bondades recibidas desde la fuente de la Misericordia (cf. I Tesalonicenses 5,16-18).

Los Misioneros Combonianos del Corazón de Jesús estamos celebrando75 años de nuestra llegada a estas benditas tierras mexicanas, y no solamente para recordar el pasado como cuando se visita un museo sino sobre todo para expresar un GRACIAS sincero y lleno de adoración a la Providencia Divina.

Gracias por la infinidad de personas, vivas y difuntas, que han sido parte de nuestra obra misionera… por las vocaciones de Sacerdotes y Hermanos y Hermanas y Laicos Combonianos que se han entregado como semilla buena en los surcos de la evangelización. Gracias por los increíbles sacrificios y toda la vida donada en las misiones de Baja California Sur cuando todo aquello era un gran desierto que debía florecer. Gracias por nuestros seminarios de formación misionera en Tepepan y Cerrito de Xochimilco, La Moctezuma (CDMX), Sahuayo (Michoacán), san Francisco del Rincón (Guanajuato), Guadalajara (Jalisco – hoy el Oasis para los misioneros ancianos), Cuernavaca (Morelos), Monterrey (Nuevo León)… por las hermosas páginas misioneras caminando con los pueblos indígenas de la Chinantla en Oaxaca y más tarde por la sierra en Metlatónoc y Cochoapa en Guerrero, y nuestra labor ante los desafíos urbanos de Ciudad Netzahualcóyotl y el Valle de Chalco, sin olvidar nuestra actual presencia en Comalapa (Veracruz) y Temixco (Morelos)…

Mención especial merece el arduo servicio a la Iglesia mexicana en apoyo a su vocación “ad gentes” a través de las incansables actividades de Animación Misionera, en particular con las revistas Esquila Misional (que está cumpliendo 70 años) Y Aguiluchos “para niños de 5 a 80 años”, y la editorial de libros para formar la conciencia misionera… las Jornadas Misioneras en las parroquias de las diócesis… Los numerosos bienhechores que han hecho posible nuestra tarea con sus oraciones, amistad y colaboración económica… entre ellos los hermosos grupos de Damas Combonianas y Círculos de Oración esparcidos por muchas partes de nuestro país y la red de Misioneros Ancianos y Enfermos… Los que todos los días se inscriben a la Obra del Redentor para unirse a nuestra Eucaristía por sus seres queridos y así colaborar en el anuncio del Evangelio.

Gracias, más que nada, por los más de 150 misioneros y misioneras combonianos mexicanos que han salido, en diferentes épocas, con gran generosidad a llevar la Buena Noticia del amor de Dios a los continentes de África, Asia, América y Europa… varios de ellos ya coronados por una muerte santa.

Y todo esto, y mucho más que se escapa a esta breve reseña, por pura GRACIA de Dios, por pura GRACIA de personas de gran fe y compromiso cristiano, por pura GRACIA de la Iglesia local que nos ha acogido con amor.

La gratitud, todos lo sabemos, nos trae alegría y paz interior. Volteando la mirada hacia los años recorridos, decimos: valió la pena el esfuerzo, el sufrimiento, las dificultades y los gozos celebrados… porque hemos regalado esperanza y hemos sido instrumentos de amor fraterno para los hijos e hijas de Dios que se nos han confiado. Porque hemos puesto nuestro “granito de arena” en la construcción de un mundo más justo y solidario con los más pobres y abandonados, como san Daniel Comboni soñó para su Instituto.

Es verdad que también tenemos que pedir perdón por nuestros errores y caídas – lo hacemos con sinceridad – pero solamente para renovar nuestro Sí a Cristo y seguir caminando con entusiasmo tras de sus huellas. 75 años son “bodas de diamante” de un ideal misionero que no muere porque es obra de Dios. ¡Bendito sea! “Quiero alabarte, Señor, con todo el corazón, y contar todas tus maravillas” (Salmo 9,1)

P. Rafael González Ponce

Tapones de plástico que abren el futuro a jóvenes de Sudán del Sur

Una bonita historia en la que están implicados los combonianos en Sudán del Sur y publicada por Vaticannews. De Villaciambra a Juba, un viaje de 5.000 kilómetros para contar la historia del proyecto “Open Caps”: toneladas de tapones recogidos, vendidos, reciclados, financian becas para jóvenes de este país africano aún golpeado por crisis de diversa índole, que encuentran en la educación una esperanza y una oportunidad en la vida. Marta Genova: Laudato si’ nos enseña que todo es posible si estamos juntos.

Ver aquí el reportaje

«El mundo quiere testigos»

Por: P. Aldo Sierra, desde Pietermaritzburg, Sudáfrica

Nací en Torreón, Coahuila, y desde hace una década trabajo en África, primero en Zambia, en donde pasé ocho años. Desde hace dos, soy el encargado de la formación de jóvenes misioneros. Al inicio me desempeñé como misionero en medio de la gente, ahora soy formador de candidatos a la misión; un estilo de vida muy diferente.

En el primer destino, la necesidad pastoral me condujo a estar más con la gente sencilla y compartía sus penas y alegrías; ahora me enfoco más en la guía de nuestros estudiantes; la mayoría de las veces desde la paciente escucha y guía en una oficina o en el espacio enmarcado sólo por los cuatro muros que circundan el terreno de nuestra casa formativa.

Como misionero, si bien no hay tanta acción en esta segunda etapa, sí tiene mucha pasión. Es un poco como comparar el libro del Apocalipsis y el de Job, mientras que el primero está lleno de fascinación y acción, el segundo carece de acción, pero está lleno de pasión.

En estos años de trabajo en la formación, constato que hay actitudes que deben inculcarse a todo candidato a misionero, me gustaría mencionar tres de ellas: pasión por las personas a la que se es enviado; testimonio y actitud de escucha; y el compromiso por la justicia, la paz e integridad de la creación. Veamos cada una de ellas.

Pasión: Es el compromiso constante de compartir la vida y destino sobre todo con los más pobres y abandonados. Es una entrega fuera de toda ideología, pues no se trata de salvar o cambiar la vida de esas personas vulnerables, sino de regalarles esperanza y confianza en el futuro. El mundo está herido y necesita de misioneros entregados y humildes, que compartan la causa de los que sufren, como nos recuerda la Gaudium et spes: «La alegría y la esperanza, la tristeza y la angustia de las personas de nuestro tiempo, especialmente de los pobres y afligidos por diversas circunstancias, son también la esperanza y la alegría, la tristeza y la angustia de los seguidores de Cristo» (GS 1).

Testimonio y actitud de escucha: El Pueblo de Dios no quiere maestros, sino testigos (cf Redemptoris missio 42) y esto es lo que hay que despertar en los candidatos. No se trata de ir a la misión con la idea de corregir y enseñar, sino de compartir su experiencia de fe y vida. El discípulo humilde es el favorito de Dios y, al igual que María, guarda las cosas en su corazón (Le 2,19) como primera actitud antes de hablar, decir, opinar y juzgar. En la cultura africana se dedica mucho tiempo para escuchar; es más, en las reuniones de las aldeas, el joven es invitado a escuchar al anciano.

En mi experiencia, lo que más atrae de un misionero no son sus discursos u homilías, sino la constante y sencilla entrega de cada día. La gente recuerda gestos de amabilidad, paciencia, apoyo y ternura. A veces, el hecho de venir de otro país y cultura ya atrae a la gente: ¿por qué esta persona viene de tan lejos para hablarnos de la Palabra de Dios? ¿Qué o quién lo motiva? Este testimonio de desprendimiento realmente los conmueve.

Compromiso por la justicia, la paz e integridad de la creación: La justicia es la base para crear una verdadera paz, como decía el papa Pablo VI dirigiéndose a los jóvenes en 1972: «Si quieren paz, trabajen por la justicia». El establecimiento de la justicia requiere de mucho esfuerzo, concientización, lucha por el respeto a los derechos humanos y oposición a todo régimen opresor. La justicia empieza por cultivar buenas relaciones basadas en la colaboración. Ser justos significa dar a cada realidad su verdadero valor, también expresa amor a la verdad, pues ésta nos hace libres (In 8,32). Por desgracia vivimos en un mundo en que la verdad, sobre todo en política y medios de comunicación, cada vez importa menos. Justicia, paz y verdad van de la mano y no se concibe una sin las otras dos. La integridad de la creación es un elemento clave, sobre todo para el papa Francisco en Laudato si’ y Fratelli tutti, donde conceptos como la recuperación y conservación del planeta, entendido como casa común, y la conversión ecológica, han sido grandes temas a desarrollar y tareas pendientes. En pocos años hemos mermado la capacidad de vida de la casa común, con tanta contaminación del aire, del agua, de los bosques y auditiva. El calentamiento global tiene que revertirse. El misionero aporta si, junto a quienes es enviado, transforma la realidad con pequeños actos: separa desechos, impulsa el reciclaje, fomenta la reforestación de los bosques, evita el desperdicio de energía y alimento, etcétera.

Como formador, mi labor es despertar y activar los valores que hay en los jóvenes. Me alegra que hoy la mayoría de misioneros en África sean africanos; almas sensibles, sociales, inteligentes… El candidato africano es capaz, innovador, creativo y sin miedo a los retos.

El continente tiene un gran futuro en sus propias manos. Ahora entiendo por qué san Daniel Comboni basó su estrategia misionera con el lema: «Salvar África con África». Todo su plan muestra la confianza y el optimismo para transformar la realidad africana por medio de la educación y formación de la gente local, y a su vez, ayuden a sus coterráneos.

Agradezco de todo corazón esta experiencia, así como el aporte de mi granito de arena en la construcción de este sueño. A fin de cuentas, el misionero es promotor de la vida y dignidad de la persona a la que es enviado a compartir su mensaje de esperanza. Crear entusiasmo en los jóvenes que se preparan a la misión es un privilegio y un compromiso.

«Nuestra Pascua»

El lingala es una de las lenguas nacionales de República Democrática del Congo (RDC). «Pasika ya biso» quiere decir «nuestra Pascua». Tiene un profundo sentido envolvente de la persona y de la comunidad.

Por: P. Eduardo Pesquera, desde Isiro (RDC)

Para el congoleño que ha optado por Cristo, la Pascua es el centro de su vida, es la experiencia de Jesús que refleja en su ser y acontecer. Una vida llena de oscuridad y dificultad, de vacío y decepción, de guerra e inseguridad, y, al mismo tiempo, una experiencia llena de esperanza, de alegría, de luz, de música y de Dios. Cuando la gente dice «nuestra Pascua» es porque no puede dejarla pasar así nada más. A pesar de las tempestades, ellos saben que es su punto de referencia para vivir.

En este contexto, cada año se prepara la Pascua en esta tierra africana. El año pasado estuvo marcado por la pandemia y, hasta nuestros días, no nos deja tranquilos. Pese a que en RDC la enfermedad no pegó muy fuerte (gracias al clima o a que esta nación ha aprendido a vivir en medio de circunstancias difíciles) hubo disposiciones que se tenían que respetar con un espíritu de protección y solidaridad con el mundo entero.

Una de ellas fue la suspensión de celebraciones religiosas. Con el lento desarrollo de los medios de comunicación en Isiro, las misas y otros actos se realizaron en las iglesias y se difundieron por medio de bocinas; así los cristianos pudieron seguir las celebraciones desde sus casas. Es increíble cómo la gente de nuestra parroquia no dejó su fe, pese a la distancia y a la falta de contacto físico con la eucaristía. Llegó marzo y con ello la Cuaresma, tiempo por excelencia para prepararse a la gran fiesta de Resurrección. Sin embargo, como en casi todo el mundo, no se abrieron las puertas de nuestras iglesias y no se dejó entrar a la gente. Pero no faltó la conversión; tampoco faltaron el viacrucis, la oración y el ayuno. En tiempo de pandemia hubo solidaridad en todo momento.

Con la Cuaresma, el cristiano comienza un proceso de purificación y cambio. La eucaristía y el sacramento de la reconciliación son importantes en este deseo de renovar la vida, y quienes no pueden acercarse a ellos, buscan la presencia de Dios. En esta preparación, el viacrucis es importante, ya que el recorrido de la pasión de Jesús se identifica con el propio sufrimiento. Esto mantiene viva su fe: saber que, quien resucitó, pasó por los sufrimientos que no son ajenos al pueblo, y después de ellos, alcanzó la vida eterna. Para la gente es comprensible esta lógica: un hombre que sufre, un Dios que resucita y nosotros con él.

Durante la Cuaresma, la gente se reúne en sus comunidades para tratar temas relacionados a la conversión, el amor y la ayuda al prójimo. Esto les da fe y esperanza en medio de una situación social, política y económica inestable y aparentemente sin salida. Desde la visión del congoleño, la Pascua de Jesús es ya una respuesta a este laberinto. Por eso dicen: «Pasika ya biso», que quiere decir: «nuestra Pascua, nuestra esperanza, nuestro camino».

En este tiempo los distintos grupos parroquiales se comprometen a realizar actos de solidaridad tales como: juntar ayudas para visitar a los enfermos y necesitados, visitar a los presos en la cárcel y animarlos; ayudar a los alcohólicos y drogadictos a dejar sus vicios; sensibilizar a la gente sobre las injusticias dando a conocer sus derechos como ciudadanos y compartir la experiencia de fe para ayudar a los que están hundidos en la desesperación.

En ese contexto, la liturgia también es esencial e importante. Para la gente en RDC la liturgia es manifestación de la vida. Cada gesto tiene un valioso significado relacionado con la experiencia cotidiana. Por ejemplo, la invocación de los ancestros y de los santos pidiendo su protección; el momento de paz después de la reconciliación como signo del proceso de renovación de la relación con Dios y con los semejantes; el canto y la danza.

Estos gestos forman parte de la atmósfera creada en la celebración del Rito Congoleño, que después de controversias fue aceptado por El Vaticano, gracias al cardenal Malula en los años 70, y se presentó como oportunidad y gran apertura de la Iglesia a la inculturación del Evangelio a las realidades propias de los pueblos. En el caso de los congoleños, desde hace muchas décadas viven gran inestabilidad.

Por eso, este pueblo vive la liturgia desde lo más profundo de su realidad. Y en este tiempo de preparación para recordar y revivir la resurrección de Jesús, igualmente se prepara para vivir «su propia resurrección», aún en medio de dificultades e incertidumbres. Las celebraciones son sobrias y profundas, y se realizan con la escucha de la palabra de Dios, que llama a la conversión, a la lucha por la justicia y la igualdad y a la esperanza de la vida en Dios. El corazón y el cuerpo se preparan, y la comunidad también lo hace ante este gran acontecimiento que es la resurrección de Jesús y la resurrección del pueblo.

Este 2021 hemos iniciado nuestro camino hacia la Pascua. Los misioneros, junto con el pueblo congoleño, tenemos puestos los ojos en Dios con mucha fe, alegría y esperanza. Estamos seguros que será nuevamente: «Pasika ya biso».