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Domingo XXXIII. Año B

Hemos llegado al penúltimo domingo del año litúrgico, que concluirá el próximo domingo con la fiesta de Cristo Rey del Universo. Cada año, en este penúltimo domingo, la Palabra de Dios nos invita a elevar la mirada hacia los horizontes de la historia, para renovar nuestra esperanza en el regreso del Señor. Al mismo tiempo, con la celebración de la Jornada Mundial de los Pobres en este mismo domingo, nos impulsa a reconocer la presencia de Cristo en los más pobres y necesitados. (…)
El horóscopo del cristiano

Aprended de la higuera.
Marcos 13,24-32

Hemos llegado al penúltimo domingo del año litúrgico, que concluirá el próximo domingo con la fiesta de Cristo Rey del Universo. Cada año, en este penúltimo domingo, la Palabra de Dios nos invita a elevar la mirada hacia los horizontes de la historia, para renovar nuestra esperanza en el regreso del Señor. Al mismo tiempo, con la celebración de la Jornada Mundial de los Pobres en este mismo domingo, nos impulsa a reconocer la presencia de Cristo en los más pobres y necesitados.

El pasaje evangélico de hoy es parte del capítulo 13 de San Marcos, dedicado por completo al llamado discurso sobre el fin del mundo. Al inicio del capítulo se describen las circunstancias de este discurso. Al salir del Templo, uno de los discípulos llamó la atención de Jesús sobre la grandeza de su construcción. El Templo, reconstruido por Herodes el Grande, era realmente magnífico, una de las maravillas de la época. Jesús respondió: “¿Ves estas grandes construcciones? No quedará piedra sobre piedra que no sea derribada”. Podemos imaginar el asombro y la perplejidad de todos. Esto se cumplirá con la destrucción de la ciudad en el año 70, a manos de los Romanos.

Mientras estaban en el Monte de los Olivos, sentados frente al Templo, Pedro, Santiago, Juan y Andrés, los primeros cuatro discípulos llamados por Jesús le interrogaron en privado sobre cuándo y cuál sería la señal de que esta profecía estaba a punto de cumplirse. Jesús pronunció entonces el llamado “discurso apocalíptico”, la enseñanza más extensa de Jesús en el Evangelio de Marcos. En relación con la destrucción del Templo y la ciudad santa, Jesús habla del fin del mundo y de su retorno en gloria. Esta asociación entre el fin de la nación judía y el regreso del Señor llevó a los primeros cristianos a pensar que el fin estaba cerca.

Para entender el mensaje del texto, hay que tener en cuenta dos cosas. Primero, el texto está escrito en el género apocalíptico, difícil de entender para nosotros debido a su lenguaje simbólico complejo, a menudo esotérico, y a los escenarios cósmicos. “Apocalipsis” significa “revelación”. Sin embargo, no se trata de una profecía sobre el futuro, como se suele creer, sino de la revelación del sentido de los eventos históricos. Además, este género literario, que floreció entre el siglo II a.C. y el siglo II d.C., no pretendía asustar, sino ofrecer consuelo y esperanza al pueblo de Dios en tiempos de tribulación y persecución, anunciando la intervención de Dios para liberar a su pueblo. Podríamos decir que la literatura apocalíptica no habla del “fin” del mundo, sino del “sentido” del mundo, es decir, hacia dónde se dirige la historia.

Puntos de reflexión

1. ¡El fin de este mundo ya ha comenzado! 

“En aquellos días, el sol se oscurecerá, la luna dejará de brillar, las estrellas caerán del cielo y los astros se conmoverán.” La alteración del sol, la luna y las estrellas parece aludir a la creación en Génesis 1, como si una de-creación estuviera a punto de suceder. Una referencia al escenario cósmico también aparece en el relato de la muerte de Jesús en los Evangelios sinópticos (Marcos, Mateo y Lucas). De hecho, con la crucifixión del Hijo de Dios, caen el “firmamento” del cielo, es decir, las seguridades y referencias del hombre, y todas las imágenes que el hombre tenía de Dios. Con la resurrección de Cristo comienza el proceso de la nueva creación, de cielos nuevos y tierra nueva (2 Pedro 3,13).

2. El fin de este mundo es el objeto de nuestra esperanza 

“Y se verá al Hijo del hombre venir sobre las nubes, lleno de poder y de gloria.” Esperamos esta venida del Señor. Lo profesamos en el corazón de la Eucaristía: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!” Esto no significa desear el “fin del mundo” o una “catástrofe apocalíptica”, y mucho menos tratar de adivinar la hora de su llegada mediante los “signos” de guerras, terremotos, hambrunas, persecuciones, tribulaciones, abominaciones… Estas realidades siempre han existido. Nos basta saber que todo está en manos del Padre.

“Aprendan esta comparación, tomada de la higuera: cuando sus ramas se hacen flexibles y brotan las hojas, ustedes se dan cuenta de que se acerca el verano.” La higuera anuncia la llegada del verano, la estación de los frutos. Así es para el cristiano, que espera con alegría la maduración de los tiempos y el encuentro con Jesús. El libro del Apocalipsis concluye con esta respuesta del Señor a la oración de la Iglesia: “Sí, vengo pronto. Amén. Ven, Señor Jesús.”

3. Operadores del fin de este mundo 

“El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.” Reflexionando sobre este Evangelio, el cristiano crece en la conciencia de la transitoriedad de la vida y la historia. El “fin del mundo” es, en definitiva, una realidad cotidiana: cada día un mundo muere y otro nace. “Vamos de comienzo en comienzo, a través de nuevos comienzos”, dice San Gregorio de Nisa. Todo pasa. Solo dos cosas permanecen: la Palabra del Señor y el amor.

Sin embargo, nuestra espera no es pasiva, sino activa y laboriosa. Estamos involucrados en la preparación de la venida del Reino. ¿Cómo? Sacudiendo el “firmamento” de los astros que rigen el mundo actual. Sol, luna, estrellas, esos astros eran divinidades en el mundo pagano antiguo, que gobernaban la vida de los hombres. Basta pensar que cada día de la semana estaba dedicado a un astro. Los nombres de las estrellas y astros han cambiado, pero el firmamento de nuestro mundo sigue poblado de dioses que deciden la suerte de los hombres: negocios, bolsa de valores, poder, prestigio, belleza, placer… El “horóscopo” del cristiano tiene otro firmamento de astros: amor, fraternidad, solidaridad, servicio, justicia, compasión… Para sacudir los cimientos del “viejo mundo”, hay que sacudir el “firmamento” que lo gobierna. La tarea no es fácil. ¿Por dónde comenzar? Por nosotros mismos: “No os conforméis a este mundo, sino dejaos transformar, renovando vuestro modo de pensar.” (Romanos 12,2).

P. Manuel João Pereira Correia, mccj

Una nueva época misionera

Daniel  12,1-3; Salmo  15; Hebreos  10,11-14.18; Marcos  13,24-32

Reflexiones
El evangelista san Marcos utiliza un lenguaje que causa miedo, pero siempre con un mensaje de salvación y de esperanza. Se trata del lenguaje ‘apocalíptico’, rico en imágenes y palabras, que los evangelistas usan para expresar la destrucción de Jerusalén y, en perspectiva, los acontecimientos postreros de la historia humana. El contexto inmediato en el cual vivían las primeras comunidades cristianas estaba marcado por tensiones internas y por persecuciones externas, que provocaban miedo, desorientación y muchas preguntas: ¿Cuánto tiempo durará la prueba? ¿Cómo permanecer fieles? Al final, ¿quién se salvará?

Marcos y los otros evangelistas, siguiendo la predicación apostólica, quieren dar a las comunidades un mensaje de esperanza y de consuelo, centrado en la cercanía del Maestro (Evangelio): su ausencia es solamente momentánea, Él volverá, envía a sus ángeles protectores, después de una dispersión inicial habrá una gran convocación (v. 26-27). Lo había previsto también el profeta Daniel (I lectura): después de tiempos difíciles, el pueblo encontrará la salvación (v. 1).

La Palabra de Dios en este domingo presenta a varias personas que intervienen, en grados diferentes, en la obra de la salvación. Ante todo, Jesucristo, sumo sacerdote y santificador de la nueva Alianza (II lectura), el único Salvador de todos los pueblos. Vienen luego los que colaboran con el plan de Dios y acompañan a los elegidos y a los hermanos en la fe. Daniel (I lectura) hace un elogio especial de “los que enseñaron a muchos la justicia” (v. 3). Marcos (Evangelio) habla de los ángeles que reúnen a los elegidos “de los cuatro vientos” (v. 27). “Salvar a los hermanos de la pérdida de la fe y de la dispersión es algo que no ocurre por una intervención prodigiosa del Señor, sino por la acción de ángeles, los discípulos, quienes, en el momento de la prueba, han logrado mantenerse firmes en la fe. Ellos son los ángeles encargados de reconducir a los hermanos a la unidad de la Iglesia” (F. Armellini).

Este es el rol del misionero y de quienes acompañan a los demás en el camino al encuentro con Cristo. El camino de la misión entre los diferentes pueblos es arduo y exige tiempos largos. La mies es siempre abundante, pero faltan obreros (Mt 9,37). Sin embargo, el mismo Jesús nos invita a levantar la cabeza y contemplar con esperanza la mies: “Levanten la vista y vean cómo los campos están amarillentos para la siega” (Jn 4,35).

El Señor Jesús alienta la esperanza, asegura que “Él está cerca, a la puerta” (v. 29): a cada persona ofrece su salvación. Y convoca a sus amigos a convertirse en portadores de este anuncio. Juan Pablo II, en la encíclica Redemptoris Missio (1990), afirma que “la misión de Cristo Redentor, confiada a la Iglesia, está aún lejos de cumplirse… Esta misión se halla todavía en los comienzos y debemos comprometernos con todas nuestras energías en su servicio (n. 1). El Papa invita a la esperanza “en esta nueva primavera del cristianismo” (n. 2), mientras ve amanecer una nueva época misionera. Será una estación rica en frutos, si cada cristiano responde “con generosidad y santidad a las solicitaciones y desafíos de nuestro tiempo” (n. 92). Jesús nos invita a aprender del árbol de la higuera para leer los signos que orientan la vida (v. 28).

El profeta Daniel (I lectura), aun en medio de angustiosos escenarios (v. 1), abre horizontes de luz para los sabios y “los que enseñaron a muchos la justicia” (v. 3). Entre ellos están ciertamente los educadores: es decir, los que, de diferentes maneras, ayudan a otros a caminar por senderos de vida y esperanza. Sean ellos padres de familia, maestros, catequistas, escritores, promotores de desarrollo humano integral, defensores de los derechos humanos, agentes de comunicación social, promotores de justicia y paz, de diálogo entre las religiones y las culturas… La Iglesia, y en ella cada creyente en Cristo, está llamada a renovarse constantemente en la fe y en el amor a su Señor, para ser en el mundo faro de luz y de esperanza para cuantos tienen sed de vida, verdad y amor, y buscan salir de situaciones de angustia y muerte. Solo una Iglesia presente en el mundo caminando con la gente podrá responder a los desafíos del anuncio del Evangelio. Nos lo recordaba el Papa Benedicto XVI con estas palabras: “El cristianismo debe estar en el presente para poder dar forma al futuro.

P. Romeo Ballan, mccj

¿Todo acabará mal?

Comentario a Mc 13, 24-32

Estamos al final del Año Litúrgico (después de este domingo ya solo nos queda el último dedicado a Cristo Rey) y leemos parte del último capítulo de Marcos antes de la Pasión. En este capítulo Marcos añade al discurso de las Parábolas y a la narración de los hechos de Jesús el discurso apocalíptico, es decir, sus palabras sobre el final de la historia. Para ello parte de la experiencia histórica de los primeros discípulos de Jesús y de la esperanza que les ayudaba a vivir y dar sentido a sus vidas.

¿Final de la Historia?

Hace algunos años (décadas ya), cuando cayó el Muro de Berlín y colapsó todo el sistema marxista que había resistido por setenta años en la Unión Soviética y otros lugares del mundo, un famoso escritor estadounidense de origen japonés, Fukuyama, escribió un ensayo titulado “el fin de la historia”.  En realidad, el título era exagerado. La Historia no se acababa tan pronto. Pero el autor tenía razón en que una importante época de la Historia dejaba paso a una nueva.

Esta experiencia de cambio radical, similar al que  a veces parecemos experimentar en nuestro tiempo,  la ha hecho la humanidad en diversas transiciones históricas. Una de estas transiciones la vivieron las primeras comunidades cristianas, que experimentaron dos acontecimientos que para ellas fueron inmensas tragedias: la muerte de Jesús en la cruz y la destrucción de Jerusalén, ambas cosas impensables. No podían concebir que el Mesías fuera asesinado y que Jerusalén, la ciudad santa, fuera destruida. Y sin embargo ambas cosas sucedieron. ¿Significaba eso el fin de la historia? ¿Se acababa el mundo? ¿La maldad y la muerte saldrían triunfantes?

La respuesta que las comunidades cristianas tuvieron, recordando a Jesús, nos la transmite Marcos: Ciertamente parece que el sol se apaga, que la luna ya no alumbra, que la creación se desmorona, pero todavía no es el final. En todo caso, después de la “aflicción”, Jesús se hará presente como Juez y Señor de la Historia.

Nuestra historia hoy

Leyendo este texto apocalíptico de Marcos hoy, nosotros nos sentimos alentados a mantener la esperanza “contra toda esperanza”, sabiendo que los sufrimientos personales, las crisis económicas y afectivas, los desmoronamientos de algunas instituciones no son el final de las cosas. Son solo signos, como las yemas de la higuera en primavera, de una nueva vida, una nueva época en la historia, una nueva oportunidad para nuestra vida personal. De hecho, así fue: las comunidades cristianas dieron origen a una nueva manera de vivir en un mundo que por mucho tiempo les era hostil y por mucho tiempo caminaba en sentido opuesto.

Así, los discípulos de Jesús seguimos caminando hoy por la historia de edad en edad, de época en época, purificándonos constantemente, acogiendo las nuevas oportunidades, sabiendo que al final de nuestro camino personal –y de la historia del mundo- no nos espera la destrucción y la muerte, la maldad o la injusticia, sino el encuentro con Jesucristo que “reunirá a sus elegidos” en un mundo nuevo, donde reine para siempre la verdad y el amor.
Antonio Villarino, MCCJ

Nadie sabe el día

Marcos 13, 24-32

El mejor conocimiento del lenguaje apocalíptico, construido de imágenes y recursos simbólicos para hablar del fin del mundo, nos permite hoy escuchar el mensaje esperanzador de Jesús, sin caer en la tentación de sembrar angustia y terror en las conciencias.

Un día la historia apasionante del ser humano sobre la tierra llegará a su final. Esta es la convicción firme de Jesús. Esta es también la previsión de la ciencia actual. El mundo no es eterno. Esta vida terminará. ¿Qué va a ser de nuestras luchas y trabajos, de nuestros esfuerzos y aspiraciones?

Jesús habla con sobriedad. No quiere alimentar ninguna curiosidad morbosa. Corta de raíz cualquier intento de especular con cálculos, fechas o plazos. “Nadie sabe el día o la hora…, sólo el Padre”. Nada de psicosis ante el final. El mundo está en buenas manos. No caminamos hacia el caos. Podemos confiar en Dios, nuestro Creador y Padre.

Desde esta confianza total, Jesús expone su esperanza: la creación actual terminará, pero será para dejar paso a una nueva creación, que tendrá por centro a Cristo resucitado. ¿Es posible creer algo tan grandioso? ¿Podemos hablar así antes de que nada haya ocurrido?

Jesús recurre a imágenes que todos pueden entender. Un día el sol y la luna que hoy iluminan la tierra y hacen posible la vida, se apagarán. El mundo quedará a oscuras. ¿Se apagará también la historia de la Humanidad? ¿Terminarán así nuestras esperanzas?

Según la versión de Marcos, en medio de esa noche se podrá ver al “Hijo del Hombre”, es decir, a Cristo resucitado que vendrá “con gran poder y gloria”. Su luz salvadora lo iluminará todo. Él será el centro de un mundo nuevo, el principio de una humanidad renovada para siempre.

Jesús sabe que no es fácil creer en sus palabras. ¿Cómo puede probar que las cosas sucederán así? Con una sencillez sorprendente, invita a vivir esta vida como una primavera. Todos conocen la experiencia: la vida que parecía muerta durante el invierno comienza a despertar; en las ramas de la higuera brotan de nuevo pequeñas hojas. Todos saben que el verano está cerca.

Esta vida que ahora conocemos es como la primavera. Todavía no es posible cosechar. No podemos obtener logros definitivos. Pero hay pequeños signos de que la vida está en gestación. Nuestros esfuerzos por un mundo mejor no se perderán. Nadie sabe el día, pero Jesús vendrá. Con su venida se desvelará el misterio último de la realidad que los creyentes llamamos Dios. Nuestra historia apasionante llegará a su plenitud.
José Antonio Pagola
[musicaliturgica]

Nuevo Consejo de Presidencia de la Conferencia del Episcopado Mexicano

Comunicado de prensa
Con profunda gratitud a Dios Nuestro Señor y bajo el manto protector de Santa María de Guadalupe, la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) se complace en anunciar a los fieles católicos y a la sociedad en general, la conformación de su nueva estructura directiva para el período 2024-2027.

CONSEJO DE PRESIDENCIA
El Consejo de Presidencia es el principal órgano ejecutivo de la CEM […] El Consejo de Presidencia se compone del Presidente, el Vicepresidente, el Secretario General, el Tesorero General y dos Obispos Vocales elegidos por la Asamblea Plenaria de entre los miembros del Consejo Permanente (Estatutos de la CEM Art. 23-24).

PRESIDENTE

S.E. Mons. Ramón Castro Castro
Obispo de Cuernavaca

VICE-PRESIDENTE

S.E. Mons. Jaime Calderón Calderón
Arzobispo de León

SECRETARIO GENERAL

S.E. Mons. Héctor Mario Pérez Villarreal
Obispo Auxiliar de México

TESORERO GENERAL

S.E. Mons. Jorge Alberto Cavazos Arizpe
Arzobispo de San Luis Potosí

PRIMER VOCAL

S.E. Mons. Roberto Yenny García
Obispo de Ciudad Valles

SEGUNDO VOCAL

S.E. Mons. Rutilo Felipe Pozos Lorenzini
Obispo de Ciudad Obregón

Más información

Cuidando la creación

Texto y fotos: Hna. Eulalia Capdevila, mc
Desde Madrid, España

Me llamo Eulalia y soy natural de Barcelona. De mi infancia recuerdo las horas pasadas junto a mis hermanos y primos entre frutales y huertas. Éramos agricultores y mi amor al campo, a las plantas y a los árboles creció de forma natural. La situación de nuestra familia hizo que, desde muy pequeños, trabajásemos la tierra y en el mercado para contribuir a la economia familiar.

Mi madre era catequista y mi padre había sido misionero laico en África y nos contaba muchas historias de cuando él estuvo en Camerún. Fui creciendo en este ambiente en el que las narraciones sobre África y las de Jesús se entrelazaban de manera armoniosa.

En mis años de adolescente, los telediarios mostraron la terrible hambruna que sufrieron Etiopía y, más tarde, otros países africanos. Me preguntaba cómo podía morir la gente mientras nosotros teníamos donde cultivar y obtener alimento. Tuve por primera vez el sentimiento de que el mundo era injusto y de que tenía que hacer algo. Más tarde entré en la Escuela de Ingeniería Agrícola pensando en ser útil un día en algún lugar de África, pero la verdad es que todavía no sabía por donde tirar.

En 1997, junto con jóvenes de mi parroquia, participé en la Jornada Mundial de la Juventud en París. Éramos más de un millón de jóvenes y nunca olvidaré la noche en la que Juan Pablo II nos dio una catequesis sobre Juan 1,38: “Maestro, ¿dónde vives? Ven y verás”. Aquella noche comprendí que si no confiaba en la palabra de Jesús no llegaría a ningún lugar. Había que lanzarse.

Conocí a las Misioneras Combonianas a través de un Laico Misionero Comboniano y a través de los mismos Misioneros Combonianos. En mis primeros años de formación puse cimientos sólidos a mi deseo de donación a los demás, sobre todo a los más desfavorecidos, sin olvidar que el seguimiento de Jesús es un camino continuo de crecimiento humano y espiritual.

Mi primera experiencia misionera en Zambia me moldeó de tal manera que fui “bendecida”. Mis palabras se han quedado siempre cortas frente a la generosidad, la acogida y la humanidad que experimenté en este país. Allí viví mi vocación misionera durante 12 años.

Un momento importante de ese período fue cuando comenzamos la sensibilización de la población local sobre el cuidado de la creación, porque la quema de árboles para la producción de carbón vegetal estaba convirtiendo nuestra zona en un desierto. La iniciativa empezó de manera muy humilde, pero con el apoyo del jefe tradicional local, hoy existe un centro llamado Mother Earth (Madre Tierra), que sigue sensibilizando sobre la necesidad de cuidar y gestionar con sabiduría los recursos naturales. Además, acoge varias iniciativas de formación sobre agricultura orgánica, nutrición y otras prácticas sostenibles, cuyo funcionamiento asegura una comunidad internacional de hermanas combonianas.

Me gusta pensar que experiencias como estas han transformado mi mentalidad y mi espiritualidad, esta escuela de vida y de humanidad me ha permitido poner en relación todos los aspectos de la vida. Debemos predicar a Jesús y, al mismo tiempo, intentar aliviar el dolor de nuestros hermanos.

Después de esta experiencia he prestado mi servicio como consejera en el equipo de la Dirección General durante 6 años y ahora estoy en Madrid desde donde coordino los diferentes grupos de trabajo de nuestras provincias en un proceso de cambio y de transformación. Todo ello esperando poder regresar no muy tarde a Zambia.

Domingo XXXII ordinario. Año B

Marcos 12,38-44

En aquel tiempo, enseñaba Jesús a la multitud y les decía: “Cuídense de los letrados. Les gusta pasear con largas túnicas, que los saluden por la calle; buscan los primeros asientos en las sinagogas y los mejores puestos en los banquetes. Con pretexto de largas oraciones, devoran los bienes de las viudas. Ellos recibirán una sentencia más severa”. Sentado frente a las alcancías del templo, observaba cómo la gente depositaba su limosna. Muchos ricos daban en abundancia. Llegó una viuda pobre y echó unas moneditas de muy poco valor. Jesús llamó a los discípulos y les dijo: “Les aseguro que esa pobre viuda ha dado más que todos los demás. Porque todos han dado de lo que les sobra pero ésta, en su indigencia, ha dado cuanto tenía para vivir”.


La viuda pobre dio todo lo que tenía
Una viuda en la cátedra

El Evangelio de este domingo se sitúa en el mismo contexto que el del domingo pasado. Estamos en Jerusalén, en el Templo, donde Jesús enseña a una “gran multitud que lo escuchaba con gusto” (Mc 12,37), suscitando la ira de las autoridades religiosas, que ya habían decidido matarlo. Todavía estamos en el tercer día de su llegada a Jerusalén, uno de los días más largos, intensos y decisivos de su ministerio, según el Evangelio de Marcos. Esta es la última vez que Jesús visita el Templo y se dirige a la multitud; tres días después, será crucificado.

El contexto de esta enseñanza es, por tanto, muy especial y otorga un peso excepcional a las palabras de Jesús. Lo que Él dice y hace en este momento tiene el sabor de un testamento espiritual.

El pasaje se divide en dos partes. En la primera, Jesús se dirige a la multitud advirtiéndola contra el comportamiento de los escribas (versículos 38-40). En la segunda, se dirige a sus discípulos para llamar su atención sobre una pobre viuda que da al tesoro del Templo todo lo que posee (versículos 41-44).

Cuidado con…”

“¡Cuidado con los escribas!” Los escribas eran los expertos en la Torá, los maestros de la Ley, los teólogos y juristas de la época. Pero ¿qué les reprocha Jesús? “Les gusta pasear con largas vestiduras, recibir saludos en las plazas, tener los primeros asientos en las sinagogas y los lugares de honor en los banquetes.” Es una crítica muy fuerte dirigida a una categoría de personas generalmente respetadas.

Jesús denuncia el tipo de personas que viven solo de apariencias: exteriormente parecen perfectas, pero interiormente son falsas. Si esta actitud es condenable en la sociedad, lo es aún más en la Iglesia. En lugar de servir a Dios, se sirven de Dios: “oran largamente para ser vistos”; y en lugar de servir al prójimo, lo explotan: “devoran las casas de las viudas”. Es exactamente lo opuesto a lo que Jesús nos enseñó el domingo pasado: amar a Dios y amar al prójimo.

Sin embargo, no pensemos en los escribas de antaño, sino en los de hoy. No miremos a los escribas externos, sino a los que están dentro de nosotros. Porque lo que los escribas amaban, nosotros también lo amamos: aparecer, dar una buena imagen de nosotros mismos, ocupar los primeros lugares, ser respetados y honrados, estar de alguna manera bajo los focos. De estos escribas, maestros o modelos, hay en abundancia, tanto en la sociedad, difundidos por los medios, como en la Iglesia. El camino de las apariencias es resbaladizo y puede fácilmente llevar de la ficción a la falsedad y de la falsedad a la corrupción. “Pecadores sí, corruptos nunca”, diría el Papa Francisco.

Miren a…”

En la segunda parte del texto, el escenario cambia. “Jesús, sentado frente al tesoro, observaba cómo la multitud echaba monedas. Muchos ricos echaban gran cantidad.” En el Templo había trece cajas destinadas a recoger las ofrendas, cada una con un propósito específico, excepto la última, la decimotercera. Frente a cada caja, un servidor controlaba y anunciaba en voz alta el importe donado. Con la cercanía de la Pascua, el número de peregrinos aumentaba, y un río de monedas de oro y plata, tintineando, fluía hacia las cajas del Templo, ¡el mayor banco de Oriente Medio!

“Pero, vino una viuda pobre y echó dos moneditas, que valen un centavo.” La viuda era una de las categorías de personas vulnerables a proteger, según las Sagradas Escrituras: el huérfano, la viuda y el extranjero. Esta mujer, viuda y pobre, echa en la decimotercera caja todo lo que posee: un centavo. Es casi nada, pero es todo para ella. Era poco, pero representaba todo lo que tenía para vivir.

“Entonces, llamando a sus discípulos, les dijo: ‘En verdad les digo: esta viuda, tan pobre, ha echado en el tesoro más que todos los demás.’” El Maestro “llama a sus discípulos” por última vez y coloca a esta viuda en la cátedra para su última enseñanza: – ¡Miren a ella! Esto es lo que quería decir cuando decía: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas.”

Otra viuda, protagonista de la primera lectura, es la pobre viuda de Sarepta, una mujer pagana, que ofrece al extranjero, el profeta Elías, el último puñado de harina que guardaba para ella y su hijo antes de morir. Esto significa “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.”

Puntos de reflexión

– La viuda del Evangelio anticipa proféticamente lo que hará Jesús tres días después, entregando su vida al Padre por nosotros. Él, siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos (2 Corintios 8,9) y se despojó a sí mismo hasta morir como un esclavo en la cruz (Filipenses 2,7-8).

– La generosidad de esta viuda representa también la de la Virgen María que, al pie de la cruz, ofrecerá a su único hijo. Además, anuncia la condición presente de la Iglesia, a la que le ha sido quitado el Esposo (Marcos 2,18-19).

– La pobre viuda, finalmente, nos recuerda nuestra pobreza radical. Viudo/a etimológicamente significa estar privado, carente, desprovisto. En este sentido, todos vivimos en una condición de “viudez”. Más allá de la satisfacción de las necesidades diarias, experimentamos a menudo que nos falta algo esencial para realizar plenamente nuestra existencia. Es importante tomar conciencia de esta carencia profunda. San Agustín lo expresa con su famosa oración: “Nos hiciste para ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que repose en ti.” Paradójicamente, para llenar este vacío, Jesús y su Evangelio nos proponen ofrecer nuestra vida como don: “El que pierda su vida por causa de mí y del Evangelio, la salvará” (Marcos 8,35).

P. Manuel João Pereira Correia, mccj


Lo mejor de la Iglesia
José Antonio Pagola

El contraste entre las dos escenas no puede ser más fuerte. En la primera, Jesús pone a la gente en guardia frente a los dirigentes religiosos: “¡Cuidado con los maestros de la Ley!”, su comportamiento puede hacer mucho daño. En la segunda, llama a sus discípulos para que tomen nota del gesto de una viuda pobre: la gente sencilla les podrá enseñar a vivir el Evangelio.

Es sorprendente el lenguaje duro y certero que emplea Jesús para desenmascarar la falsa religiosidad de los escribas. No puede soportar su vanidad y su afán de ostentación. Buscan vestir de modo especial y ser saludados con reverencia para sobresalir sobre los demás, imponerse y dominar.

La religión les sirve para alimentar fatuidad. Hacen “largos rezos” para impresionar. No crean comunidad, pues se colocan por encima de todos. En el fondo, solo piensan en sí mismos. Viven aprovechándose de las personas débiles a las que deberían servir. Marcos no recoge las palabras de Jesús para condenar a los escribas que había en el Templo de Jerusalén antes de su destrucción, sino para poner en guardia a las comunidades cristianas para las que escribe. Los dirigentes religiosos han de ser servidores de la comunidad. Nada más. Si lo olvidan, son un peligro para todos. Hay que reaccionar para que no hagan daño.

En la segunda escena, Jesús está sentado enfrente del arca de las ofrendas. Muchos ricos van echando cantidades importantes: son los que sostienen el Templo. De pronto se acerca una mujer. Jesús observa que echa dos moneditas de cobre. Es una viuda pobre, maltratada por la vida, sola y sin recursos. Probablemente vive mendigando junto al Templo.

Conmovido, Jesús llama rápidamente a sus discípulos. No han de olvidar el gesto de esta mujer, pues, aunque está pasando necesidad, “ha echado todo lo que necesitaba, todo lo que tenía para vivir”. Mientras los maestros viven aprovechándose de la religión, esta mujer se desprende de todo por los demás, confiando totalmente en Dios.

Su gesto nos descubre el corazón de la verdadera religión: confianza grande en Dios, gratuidad sorprendente, generosidad y amor solidario, sencillez y verdad. No conocemos el nombre de esta mujer ni su rostro. Solo sabemos que Jesús vio en ella un modelo para los futuros dirigentes de su Iglesia.

También hoy, tantas mujeres y hombres de fe sencilla y corazón generoso son lo mejor que tenemos en la Iglesia. No escriben libros ni pronuncian sermones, pero son los que mantienen vivo entre nosotros el Evangelio de Jesús. De ellos hemos de aprender los presbíteros y obispos.

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Tener cuidado con los hipócritas y mirar a la pobre viuda
Papa Francisco

La escena descrita por el Evangelio de la Liturgia de hoy tiene lugar dentro del Templo de Jerusalén. Jesús mira, mira lo que sucede en este lugar, el más sagrado de todos, y ve cómo a los escribas les gusta pasear para hacerse notar, ser saludados y reverenciados, y para tener lugares de honor. Y Jesús añade que «devoran la hacienda de las viudas so capa de largas oraciones» (Mc 12,40). Al mismo tiempo, sus ojos vislumbran otra escena: una pobre viuda, precisamente una de las explotadas por los poderosos, echa en el arca del Tesoro del Templo «todo cuanto poseía» (v.44). Así dice el Evangelio, echa en el tesoro todo lo que tenía para vivir. El Evangelio nos pone delante de este sorprendente contraste: los ricos, que dan lo superfluo para hacerse ver, y una pobre mujer que, sin aparentar, ofrece todo lo poco que tiene. Dos símbolos de actitudes humanas.

Jesús mira las dos escenas. Y es precisamente este verbo —“mirar”— que resume su enseñanza: a quien vive la fe con duplicidad, como esos escribas, “debemos mirar” para no ser como ellos; mientras que a la viuda debemos “mirarla” para tomarla como modelo. Detengámonos en esto: tener cuidado con los hipócritas y mirar a la pobre viuda.  

Ante todo, tener cuidado con los hipócritas, es decir estar atentos a no basar la vida en el culto de la apariencia, de la exterioridad, en el cuidado exagerado de la propia imagen. Y, sobre todo, estar atentos a no doblegar la fe a nuestros intereses. Esos escribas cubrían, con el nombre de Dios, su propia vanagloria y, aún peor, usaban la religión para atender sus negocios, abusando de su autoridad y explotando a los pobres. Aquí vemos esa actitud tan fea que también hoy vemos en muchos puestos, en muchos lugares, el clericalismo, ese estar por encima de los humildes, explotarlos, vapulearlos, sentirse perfectos. Este es el mal del clericalismo. Es una advertencia para toda época y para todos, Iglesia y sociedad: no aprovecharse nunca del propio rol para aplastar a los demás, ¡nunca ganar sobre la piel de los más débiles! Y estar alerta, para no caer en la vanidad, para no obsesionarnos con las apariencias, perdiendo la sustancia y viviendo en la superficialidad. Preguntémonos, nos ayudará: en lo que decimos y hacemos, ¿deseamos ser apreciados y gratificados o dar un servicio a Dios y al prójimo, especialmente a los más débiles? Estemos alerta ante las falsedades del corazón, ante la hipocresía, ¡que es una enfermedad peligrosa del alma! Es un doble pensar, un doble juzgar, como dice la propia palabra: “juzgar por debajo”, aparecer de una manera e “hipo”, por debajo, tener otro pensamiento. Dobles, gente con doble alma, doblez de alma.

Y para sanar de esta enfermedad, Jesús nos invita a mirar a la pobre viuda. El Señor denuncia la explotación hacia esta mujer que, para dar la ofrenda, debe volver a casa sin siquiera lo poco que tiene para vivir. ¡Qué importante es liberar lo sagrado de las ataduras del dinero! Ya lo había dicho Jesús, en otro lugar: no se puede servir a dos señores. O tú sirves a Dios —y nosotros pensamos que diga “o el diablo”, no— o Dios o el dinero. Es un señor, y Jesús dice que no debemos servirlo. Pero, al mismo tiempo, Jesús alaba el hecho de que esta viuda da al Tesoro todo lo que tiene. No le queda nada, pero encuentra en Dios su todo. No teme perder lo poco que tiene, porque confía en el tanto de Dios, y ese tanto de Dios multiplica la alegría de quien dona. Esto nos hace pensar también en esa otra viuda, la del profeta Elías, que iba a hacer pan con la última harina que tenía y el último aceite; Elías le dice: “Dame de comer” y ella le da; y la harina non disminuirá nunca, un milagro (cfr. 1 Re 17,9-16). El Señor siempre, ante la generosidad de la gente, va más allá, es más generoso. Pero es Él, no nuestra avaricia. De esta manera Jesús la propone como maestra de fe, esta señora: ella no frecuenta el Templo para tener la conciencia tranquila, no reza para hacerse ver, no hace alarde de su fe, sino que dona con el corazón, con generosidad y gratuidad. Sus monedas tienen un sonido más bonito que las grandes ofrendas de los ricos, porque expresan una vida dedicada a Dios con sinceridad, una fe que no vive de apariencias sino de confianza incondicional. Aprendamos de ella: una fe sin adornos externos, sino sincera interiormente; una fe hecha de humilde amor a Dios y a los hermanos.

Y ahora nos dirigimos a la Virgen María, que con corazón humilde y transparente ha hecho de toda su vida un don para Dios y para su pueblo.

Angelus, 7/11/2021


¿Cuánto vale el Reino de los Cielos?
Fernando Armellini

Los peligros más graves son los mejor escondidos y camuflados; nos sorprenden sin estar preparados. Si Jesús recomienda a sus discípulos, con insistencia, prestar atención yestar en guardia contra una cierta clase de personas, significa que las trampas que tienden son extremadamente serias. Después de una serie de disputas con los fariseos, saduceos y herodianos en el Templo de Jerusalén, Jesús lanza un ataque directo, valiente y preciso contra los escribas y, para hacerlo más incisivo, recurre a la sátira, a la ironía, a un lenguaje casi demasiado provocativo. Esto revela cuánto le preocupaba que un ciertocomportamiento nefasto pudiera infiltrarse también en la comunidad de sus discípulos.

Los escribas eran originalmente los responsables de procurar documentos de todo tipopero, después del exilio en Babilonia, se habían convertido en los intérpretes oficiales de la Ley (cf. Esd 7,11), en una autoridad en el campo de la legislación. Eran los jueces encargados de pronunciar las sentencias en los tribunales.

Su profesión era legítima. Sin embargo, Jesús tenía bastante que recriminar sobre su comportamiento. La primera recriminación era la vanidad, la ostentación (vv. 38-39). Eran gente que gustaban exhibir sus títulos y, para llamar la atención y no ser confundidos con el pueblo ignorante, no se vestían como los demás sino que iban de uniforme: “les gusta pasear con largas túnicas” (v. 38).

Era por respeto a su vestimenta que la gente los trataba con mil cuidados, les cedían el paso en las calles, les reservaban los primeros puestos en las plazas y en las sinagogas; en el mercado los servían mejor y antes que a otros. No podían ser saludados con un sencillo shalom; exigían reverencias, besamanos y un religioso silencio cada vez que abrían la boca, aunque solo fuera para respirar. Cuando no recibían estas atenciones de deferencia, se indignaban.

El Maestro sostenía que ésta era una comedia ridícula y no la soportaba; era alérgico a sus ropas talares o “divisas” porque, como lo indica la etimología, la palabra viene del verbo “dividir”. Y esto es lo que hacían: dividían, separaban, creaban una casta.

Más que pecado era una enfermedad, una patología que podría haber sido curada fácilmente. Lo que alimentaba la vanidad de los escribas era el servilismo ingenuo de las personas que, con sus honores y reverencias, estaban convencidos de dar gloria a Dios. Para hacerlos bajar del pedestal y dejar que experimentasen la alegría de sentirse hermanos, hubiera sido suficiente que todos se comportaran como Jesús, quien no les reservaba ninguna consideración; a su amistad prefería la de los pecadores, los marginados; no recurría a sus recomendaciones, no buscaba su apoyo.

Frente al comportamiento y las palabras tan claras del Maestro, uno se pregunta cómo puede ser que, en la Iglesia, a veces no nos demos cuenta de lo antievangélica que es la carrera por los primeros puestos, por los títulos honoríficos, y la búsqueda de aplausos y privilegios. Un mundo estructurado en jerarquía piramidal ha sido definitivamentecondenado por Cristo y querer restaurarlo no es un pecado venial sino un ataque frontal contra la lógica del Evangelio.

Pero hay un delito mayor que Jesús imputa a los rabinos: “Devoran los bienes de las viudas” (v. 40). Las viudas, los huérfanos y los extranjeros eran las personas que Dios había puesto bajo su protección (cf. Sal 146,9). ¡Ay de los que maltraten y cometan injusticias contra ellos! El Señor había establecido: “No opriman al extranjero. No aflijan a la viuda o al huérfano. Si los maltratan, y claman a mí, ciertamente oiré yo su clamor, porque soy misericordioso” (Éx 22,20-26).

Jesús acusa a los escribas de “devorar las casas de las viudas”. Probablemente se aprovechaban de la ingenuidad de estas mujeres simples e indefensas para sacarles donaciones o exigirles honorarios exorbitantes por presentar sus casos en los tribunales. La explotación de los más débiles es el principio sobre el que se apoya nuestro mundo competitivo y pendenciero, y es a partir de este principio que nace la sociedad de los listos, que es lo contrario del Evangelio. También los pobres, por su parte, cuando anhelan ocupar el lugar de sus opresores, no sueñan con un nuevo mundo sino que aspiran solo a perpetuar el viejo. No quieren poner fin a la mentalidad de los escribas, sino substituir a los escribas. Proponen apenas un simple cambio de actores cuando lo que Jesús quiere es que sea arrojada al basurero esta obra de teatro que, desde siempre, ha sido representada en el mundo.

La tercera acusación es aún más grave: “con pretexto de largas oraciones” (v. 40). No solo son los explotadores de los débiles sino que recitan una comedia: se exhiben en prácticas religiosas impecables dando pruebas de gran piedad de manera que quede claro a todos que el Señor está de parte de ellos. Juzgarlos, contradecirlos, no someterse a su voluntad, no rendirles los honores que pretenden, no hacer caso a lo que dicen significa estar en contra de Dios.

Las personas sencillas y sinceras no pueden soportar esta religión hipócrita y llegará el momento en que se cansen y puedan incluso abandonar la fe. ¿Quién tiene la culpa de estas deserciones?

En contraposición a los escribas, en la segunda parte de la lectura (vv. 41-44) se introduce un modelo de auténtica religiosidad: una viuda pobre. No es la primera vez que, en el evangelio de Marcos, aparecen mujeres a las que Jesús ha mirado con afecto y admiración. Ya había encontrado una que, sufriendo de hemorragias, se le había acercado para tocar el borde del manto y había reconocido su fe: “Hija, tu fe te ha salvado” (Mc 5,34). El Maestro se había quedado sorprendido de la fe de la mujer sirio-fenicia quien, para pedir la curación de su hija, se había declarado satisfecha con las migajas que caen de la mesa preparada para los hijos. Conmovido, Jesús había exclamado: “¡Oh mujer, grande es tu fe!” (Mt 15,28; Mc 7,24-30).

Estas dos primeras mujeres son modelos de fe: modelo de generosidad total es la viuda del evangelio de hoy y la que, unos días más tarde, ungiría los pies de Jesús “con ungüento de nardo auténtico, muy valioso” (Mc 14,3).

Son cuatro figuras ejemplares, escogidas por Marcos, para mostrar cómo las mujeres, consideradas las últimas por todos, eran en cambio las primeras (cf. Mc 10,31). Ilustran con su vida cómo debe ser el verdadero discípulo.

La primera característica es hoy puesta de relieve por el comportamiento de la viuda que, a diferencia de los rabinos que exhibían su piedad, hizo su gesto sin llamar la atención de nadie, sin ser notada.

Esta mujer no conocía a Jesús, no escuchó sus enseñanzas, no respondió a una llamada suya y no era su discípula. No lo sigue, como lo hicieron los Doce y muchas otras mujeres que lo acompañaron durante los tres años de vida pública (cf. Lc 8,1-3). Y, sin embargo, se comporta de modo evangélico, tal como Jesús había recomendado: “Cuando hagas limosna no hagas tocar la trompeta por delante, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles para que los alabe la gente. Cuando tú hagas limosna, no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; de este modo tu limosna quedará escondida” (Mt 6,2-4). Esta viuda es la imagen de aquellos que, también hoy, dóciles al impulso del Espíritu, viven de forma evangélica, aunque no hayan leído ni una página del Evangelio.

La segunda característica del verdadero Amor es que sea total. El amor a Dios debe involucrar a toda la persona –“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas” (Mc 12,30)–y debe darse sin reservas. Así también debe ser el amor al prójimo. La viuda es presentada como un modelo de este amor. A diferencia de los ricos, que ponían muchas monedas en el tesoro, ella no ha puesto mucho, ha puesto todo lo que tenía; es más –especifica el texto griego–, “de su pobreza echó todo cuanto tenía” (v. 44).

El discípulo no es el que se juega una parte de sí mismo o de lo que tiene, sino el que vende todo lo que tiene y lo da a los pobres y ofrece toda su vida, como lo ha hecho el Maestro. También los que son pobres, como la viuda del evangelio de hoy, están llamados a dar todo. No hay nadie tan pobre que no tenga algo que ofrecer y nadie tan rico que no necesite recibir nada de los demás. Dios ha llenado de regalos a sus hijos para que, siguiendo el ejemplo del Padre que está en los cielos, no los retengan para sí mismos sino que los pongan a disposición de los demás.

Por la totalidad de su amor, la viuda se convierte no solo en la imagen del verdadero discípulo sino también de Dios y de Jesucristo –como señala Pablo– que “siendo rico, se hizo pobre” para enriquecernos por su pobreza (2 Cor 8,9).

El lugar de la máxima revelación del rostro de Dios es el Calvario. Es allí donde Dios ha mostrado su identidad. No pretende, ofrece; se da sí mismo totalmente al hombre. No quiere que éstos se inclinen ante Él sino que se arrodillen ante los hermanos. No pide que le den vida a Él sino que, con Él, se pongan a disposición de los hermanos. La viuda es la imagen de Dios y de Cristo porque se ha despojado de todo lo que tenía y lo ha donado a los demás.

http://www.bibleclaret.org


“Dar desde nuestra pobreza”: criterio de misión
Romeo Ballan, mccj

En la selva de Brasil, un misionero preguntó un día a un indio de la etnia Yanomami: “¿Quién es bueno?” Y el indio contestó: “Bueno es el que comparte”. ¡Una respuesta en sintonía con el Evangelio de Jesús! Dan testimonio de ello las dos mujeres, ambas viudas y pobres, expertas en la lucha por sobrevivir, protagonistas del mensaje bíblico y misionero de este domingo.

En tierra de paganos, al norte de Palestina, la viuda de Sarepta (I lectura), no obstante la escasez de alimentos en tiempo de sequía, comparte el agua y el pan con el profeta Elías, que está huyendo de la persecución del rey Ajab y de la reina Jezabel. Aquella viuda, exhausta (v. 12), se fio de la palabra del hombre de Dios, y Dios le concedió lo necesario para vivir ella, su hijo y otros familiares (v. 15-16). En contraposición a la maldad de esa pareja real, la protección de Dios se manifestó en favor de su enviado (Elías) y de los pobres.

La escena se repite sobre la explanada del templo de Jerusalén, lugar oficial del culto, donde Marcos (Evangelio) presenta dos escenas contrastantes. Por un lado, los escribas: los supuestos sabios de la ley, inflados de vanidad hasta la ostentación (hacen alarde de amplio ropaje, buscan saludos y primeros puestos), pretenden manipular a Dios con “largos rezos”, y llegan hasta devorar los bienes de las viudas (v. 40). Deberían ser los guías del pueblo, pero con su manera de vivir presentan una falsa imagen del Dios de la Biblia. Por eso Jesús dice a la muchedumbre de guardarse de los escribas (v. 38). Por otro lado, Jesús mira con atención el gesto furtivo de una viuda pobre, la cual, con la mayor discreción, sin llamar la atención, echa en el tesoro del templo dos moneditas de poco valor, que eran “todo lo que tenía para vivir” (v. 44). ¡Son pocos céntimos, pero de un valor inmenso! Ella no echa gran cantidad, como los ricos, pero da mucho, todo; como dice el texto griego: “toda su vida”. Muchas personas con sentido común habrían sugerido a las dos viudas guardar para sí lo mínimo necesario para sobrevivir, pero ellas actúan contra toda lógica humana: no piden nada, dan lo que tienen. Se fían de Dios.

“El discípulo es el que da al Señor lo necesario y no lo superfluo. A Dios no le gusta vivir de migajas. Solo se puede aprender a darlo todo con el trato asiduo, perseverante y cotidiano con Aquel que se entregó totalmente por nosotros” (p. Fidèle Katsan, comboniano). El provecho y la gratuidad se contraponen. Los escribas ostentan una religiosidad para provecho personal: hasta haciendo obras buenas, buscan su interés, son víctimas de la cultura de la apariencia. Jesús, por el contrario, exalta en la viuda la gratuidad, la humildad, el desapego: ella se fía de Dios y a Él se abandona para su misma sobrevivencia. Al igual de Cristo que se ha sacrificado a sí mismo en rescate por todos (II lectura, v. 26). La balanza de Dios escruta el corazón, mide la calidad,no la cantidad. La santa madre Teresa de Calcuta nos enseña que “no importa cuánto se da, sino cuánto amor se pone en darlo”.

Para el Reino de Dios no importa dar mucho o poco; lo importante es darlo todo. Ya el Papa san Gregorio Magno (siglo VI) afirmaba: “El Reino de Dios no tiene precio; vale todo cuanto uno posee”. Bastan incluso dos moneditas, o “tan solo un vaso de agua fresca” (Mt 10,42). El don ofrecido desde la propia pobreza es expresión de fe, de amor y de misión. Así se han expresado los obispos de la Iglesia latinoamericana en la Conferencia de Puebla (México, 1979), hablando del compromiso con la misión universal: “Finalmente, ha llegado para América Latina la hora de proyectarse más allá de sus propias fronteras, ad gentes. Es verdad que nosotros mismos necesitamos misioneros; pero debemos dar desde nuestra pobreza” (Puebla n. 368). El compromiso por la misión, dentro y fuera del propio país, es concreto y exigente: se necesitan medios materiales y espirituales, pero sobre todo personas disponibles a salir y a ofrecer su vida por el Reino de Dios.

La pobre de Sarepta y la viuda del Evangelio vuelven a proponer hoy el desafío de una misión vivida con opciones de pobreza, en el uso de medios pobres, fundamentada sobre la fuerza de la Palabra, libre de los condicionamientos del poder, al lado de los últimos de la tierra, en situaciones de fragilidad, contando con la debilidad propia y de los colaboradores, en soledad, entre hostilidades… Pablo, Javier, Comboni, Teresa de Lisieux y muchos otros misioneros, han vivido su vocación bajo el signo de la Cruz, afrontando sufrimientos, obstáculos e incomprensiones, convencidos que “las obras de Dios deben nacer y crecer al pie del Calvario” (Daniel Comboni).

El misionero pone en el centro de su vida al Señor crucificado, resucitado y viviente, porque sabe que la fuerza de Cristo y del Evangelio se manifiesta en la debilidad del apóstol y en la fragilidad de los recursos humanos. San Pablo nos da un claro testimonio de ello en sus sufrimientos personales y apostólicos (cfr. 2Cor 12,7-10). En las situaciones de pobreza, aislamiento y muerte, el misionero descubre en Cristo crucificado la presencia eficaz del Dios de la Vida y una multitud de hermanos y hermanas que esperan amor y aprecio, llevándoles el Evangelio, que es mensaje de vida y esperanza.

40 años de los LMC en Alemania

El 12 de octubre, los misioneros combonianos invitaron a todos los antiguos Laicos Misioneros Combonianos (LMC) a la casa de Ellwangen para reencontrarse después de mucho tiempo. En enero de 1984, Hans Eigner fue el primer LMC que fue a Kenia para una misión de tres años. Desde entonces, más de doscientos jóvenes de ambos sexos han seguido su ejemplo y han invertido un valioso tiempo de sus vidas en solidaridad con los pueblos del Sur Global, adquiriendo muchas experiencias vitales y de fe, confianza y aptitudes interculturales.

Más de treinta antiguos LMC aceptaron la invitación y la alegría de volver a verse fue realmente grande. Todos dijeron estar agradecidos por sus respectivos servicios misioneros en Ecuador, Perú, Sudáfrica, Kenia y Uganda, y felices por la oportunidad de pasar juntos un día de valioso intercambio e interacción.

Tras dar la bienvenida a los invitados y a los hermanos, el superior provincial, P. Hubert Grabmann, describió la situación y los retos de los misioneros combonianos en la provincia de lengua alemana. A pesar del envejecimiento de los hermanos, seguimos en contacto con la Familia Comboniana en otras cicoscripciones, particularmente en Sudán del Sur, Uganda y Kenia.

El Hno. Hans Eigner contó su itinerario personal – primero en el Seminario Menor Comboniano de Neumarkt, después como primer LMC alemán en Kenia – que le llevó a tomar la decisión de hacerse él mismo misionero comboniano: comentó: «Fui a África como “mejorador del mundo” y volví a Alemania como misionero».

El Padre Günther Hofmann explicó los cambios en el movimiento LMC a lo largo de cuarenta años, utilizando fotos tomadas en las misiones durante este tiempo. Al regresar de su experiencia misionera, muchos de ellos tuvieron que completar su formación profesional.

Los LMC de hoy son más jóvenes, normalmente pasan un año comprometidos en un proyecto comboniano en el extranjero para el que están bien preparados y adecuadamente apoyados. La piedra angular de ser LMC siempre ha sido la misma: vivir juntos, rezar juntos y trabajar juntos.

Christoph Koch, antiguo LMC en el campo, informó a los presentes sobre cómo se formó el grupo alemán de LMC y cómo ahora mantiene contactos «en red» con el movimiento internacional de LMC en los diversos distritos combonianos. Las situaciones vitales de los miembros son diferentes: algunos son solteros, otros están casados y viven con sus familias. Todos, sin embargo, llevan a la práctica de diversas maneras el carisma misionero de Daniel Comboni.

Por la tarde hubo ocasión de reunirse en pequeños grupos para intercambiar ideas con quienes han trabajado en el mismo país. Otros reflexionaron sobre Alemania como «país de misión». Todos tuvieron algo que decir y el resultado fue un rico intercambio de experiencias personales, caracterizado por una abundante sabiduría vital.

La jornada concluyó con una solemne Santa Misa, en la que todos expresaron su gratitud y reconocimiento.

Asamblea de los LMC de México

Del 27 al 29 de septiembre tuvimos nuestra asamblea nacional en preparación al encuentro internacional 2024, la cita fue en la ciudad de México donde participamos 15 LMC de los distintos grupos del movimiento nacional, el P. Filomeno Ceja MCCJ como nuestro asesor presente y el P. Luis Enrique Ibarra invitado para dar el tema de Animación Misionera.

Por: LMC México

En un ambiente de oración y dinamismo conseguimos abordar los temas proporcionados por el comité central que nos faltaba trabajar, hicimos grupos donde cada uno tuvimos la oportunidad de expresar nuestro sentir misionero ante la realidad presentada, además que establecimos nuestros compromisos a partir de lo que podemos realizar en nuestra localidad. Hemos conseguido abordar todos los temas aún estamos realizando los documentos que se enviaran al comité central y conseguimos hacer el plan de trabajo para el próximo año.

Hemos establecido fechas donde se destaca los momentos de oración en el retiro mensual presencial en cada grupo, fechas para oración virtual donde todos participemos recordando momentos claves de la vida de Comboni, como para fortalecer el espíritu y nuestro retiro presencial a nivel nacional, así como la fecha para nuestra próxima asamblea.

Las fechas para el inicio y cierre de la experiencia de comunidad.

La formación para el siguiente año.

Las actividades que se realizarán para reunir recursos económicos el siguiente año. Para seguir enviando nuestra aportación al comité central, sostener la experiencia de comunidad y la casa de misión en Metlatónoc.

Cada uno de los miembros escribimos nuestra carta compromiso donde especificamos a lo que nos vamos a comprometer el siguiente año. Misma que fueron recibidas por el Asesor y Coordinador del movimiento LMC en México. Realmente fueron momentos de felicidad al ver concretizar algo puntual por cada uno de los LMC presentes.

La fiesta no se hizo esperar y todos compartimos de lo típico que cada uno tiene en su región. Gracias a Dios todos regresamos con bien a nuestras ciudades.