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V Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: Ustedes son la sal de la tierra. Si la sal se vuelve insípida, ¿con qué se le devolverá el sabor? Ya no sirve para nada y se tira a la calle para que la pise la gente.
Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad construida en lo alto de un monte; y cuando se enciende una vela, no se esconde debajo de una olla, sino que se pone sobre un candelero, para que alumbre a todos los de la casa.
Que de igual manera brille la luz de ustedes ante los hombres para que viendo las buenas obras que ustedes hacen, den gloria a su Padre, que está en los cielos”.
(Mateo 5, 13-16)


Ser Sal de la tierra y luz del mundo
P. Enrique Sánchez G., mccj

El discurso de las Bienaventuranzas, que escuchamos en el Evangelio el domingo pasado, decíamos que era como el contenido formativo que Jesús había dado a sus discípulos, subrayando los valores sobre los que se tenía que construir el Reino de los cielos.

Los discípulos iban descubriendo que su llamada a colaborar en la misión de Jesús era, sobre todo, algo que les abría un camino muy singular para alcanzar una felicidad que no encontraban en el mundo.

Cada una de las Bienaventuranzas ponía en evidencia una situación concreta en la que también nosotros podríamos decir que nos encontramos inmersos, una carencia, un sufrimiento o un dolor que aflige nuestra existencia; pero a esas realidades Dios está siempre dispuesto a dar una alternativa que abre a la esperanza, al optimismo, a la confianza y a la felicidad que se manifiesta en alegría.

El ser discípulos de Jesús parecía ofrecer una posibilidad de vida que invitaba a seguir un camino distinto de lo que el mundo ofrecía. Era una alternativa que obligaba a ver más lejos, a ir más allá de los horizontes no muy alentadores en los que muchos podían sentirse atrapados y sin ilusiones de futuro. Sentirse Bienaventurados seguramente había sido la mejor noticia que habían recibido.

Leyendo el Evangelio es fácil que nos demos cuenta de que hay un movimiento en las palabras y en los acontecimientos que se nos van narrando que nos invita a ir a cada paso un poquito más lejos.

En el texto de este domingo, Jesús continua su enseñanza introduciendo dos elementos muy comunes de la vida ordinaria para ilustrar lo que quiere que quede bien claro en la mente y en los corazones de sus discípulos: la sal y la luz.

La sal, todos sabemos que no es sólo algo que ponemos en la comida para resaltar los sabores y despertar el apetito. No es únicamente lo que da sabor, sino que tiene muchas otras cualidades que en tiempos de Jesús eran de gran valor.

La sal por su componente servía para conservar los alimentos en donde no existían nuestros refrigerados modernos, era una substancia útil para purificar, era un conservante de los alimentos, por mencionar sólo algunos.

En el caso del evangelio lo que se subraya es el sabor que da a los alimentos, lo que resalta y hace sabroso lo que comemos, aunque hoy las nuevas dietas no tengan por bien afamada la sal.

Pero se nos dice también que es algo que se puede contaminar, que puede ser amenazada por otros elementos o impurezas que acaban por hacerla insípida y en ese caso no sirve para nada, como si se convirtiera en polvo.

La sal cuando es sacada del mar tiene una gran concentración de los elementos que la hacen ser justamente salada, pero es fácil que se contamine cuando se deja que se mezcle con la arena u otros bichos y entonces sólo sirve, como dice el evangelio para ser pisoteada, pierde su cualidad y su valor.

Aplicando esta información a la vida de los discípulos y a hasta nuestros días a la vida cristiana, Jesús quiere hacer entender que, tantos ellos como nosotros, estamos invitados a ser una presencia en el mundo que sea capaz de darle un sabor distinto  a la vida de todos nuestros hermanos.

Para ser discípulos no es suficiente aprender la lección y memorizar algunas palabras de lo que Jesús nos enseña; se trata de algo más profundo y exigente. Hay que cambiar la realidad de nuestro mundo dando un testimonio que haga que donde estemos presentes la vida tenga otro sabor, que se resalte lo bueno y lo bello de tener a Dios con nosotros. Que dé gusto consumir todo lo que Jesús nos enseña.

Ser sal del mundo, en nuestro caso, es ser una presencia que permita a nuestros hermanos sentir y descubrir que hay una manera de vivir que vale la pena. Que la vida cristiana no sólo es cumplimiento de mandamientos y acumulación de sacrificios que agobian la existencia; sino que se trata más bien de mostrar con nuestro estar en el mundo que ser cristianos es algo que llena el corazón de satisfacción y de alegría.

Pero aquí es en donde muchas veces nos damos cuenta de que no hemos sabido responder positivamente a esa vocación que es la nuestra. En muchas partes no faltan los cristianos que han dejado de ser significativos, que no entusiasman; al contrario, con su ejemplo alejan a las personas porque nuestro testimonio ha dejado mucho qué desear. Somos sal que perdió su fuerza, que se hizo insípida, se convirtió en polvo que muchos pisotean y desprecian, porque no tiene sabor y ya no despierta el apetito para intentar al menos probar.

El otro elemento, por medio del cual Jesús nos invita a reflexionar, es la luz como algo que se expone en lo alto para que todos puedan ver, para que nadie se quede en la oscuridad; para que quien se sienta iluminado pueda caminar por senderos seguros, por caminos de verdad.

Como la luz no se enciende para ocultarla debajo de la mesa, así la luz del cristiano tiene que ser algo que ilumine, que resplandezca en un mundo en donde no faltan las sombras de la maldad.

El discípulo de Jesús está llamado a irradiar la luz que recibe del Señor. En otras palabras, se trata de ser testigos resplandecientes de una luz que se lleva dentro. La luz que ha vencido las tinieblas que impiden avanzar en la vida.

El testimonio del discípulo tiene que ser como la luz que permite ver, que permite encontrar a quien se busca, al Señor, muchas veces en medio de realidades marcadas por la oscuridad de una sociedad que se empeña en ocultar lo que bueno, noble y santo.

La exigencia de Jesús para que sus discípulos sean luz en el mundo tiene sentido y percibimos su valor cuando nos damos cuenta de cuánta necesidad tenemos de ver a Dios a nuestro lado, de sentir su presencia en los momentos en que todo nos puede parecer confuso, en las ocasiones en que no sabemos a quién creerle; ahí el testimonio del cristiano como discípulo de Jesús que resplandece a través de sus obras se convierte en buena noticia que alienta a los demás a seguir sus pasos.

A este punto, vale la pena preguntarnos ¿qué sabor estamos aportando a la vida ahí en donde nos encontramos? ¿Qué es lo bueno y agradable que estamos poniendo en nuestra vida y en la vida de los demás desde nuestro ser cristianos?

¿Cómo estamos siendo resplandor de la presencia de Dios que pasa a través de nuestras vidas y que entusiasma a los demás diciendo: vean cómo es bello ser cristianos?

Es muy importante que nos convenzamos de que siendo discípulos de Jesús tenemos la gran responsabilidad que nos obliga a aportar al mundo el sabor de Dios, ese gusto particular que permita apreciar cada momento de nuestra historia como una bendición y un don en donde no hay espacio para los tibios.

Tenemos que ser luz que permita a nuestros hermanos descubrir la presencia de Dios en nuestras vidas para que también ellos puedan dar gloria a Dios, es decir, bendecirlo y agradecerle el permitirnos vivir ya desde ahora la maravilla del Reino.

Ustedes son la sal de la tierra. Ustedes son la luz del mundo. Esta es la tarea que nos confía el Señor y el compromiso que queremos asumir para corresponder a la bondad que el Señor tiene para con nosotros.

Pidamos para que se nos conceda entender y vivir con alegría esa gran misión que el Señor comparte con nosotros, que podamos ser presencia de Dios que le da luz y sabor a nuestras vidas y a las vidas de todos aquellos a quienes nos envía como testigos suyos.


La esperanza de una Iglesia Sal y Luz
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

El domingo pasado, el Señor nos sorprendió con las Bienaventuranzas, invirtiendo nuestros criterios de felicidad. Hoy se dirige directamente a nosotros, sus discípulos, y vuelve a sorprendernos, revelando nuestra identidad más profunda: «Vosotros sois la sal de la tierra. Vosotros sois la luz del mundo». Se dirige al grupo de sus discípulos y dice: «Vosotros sois» la sal y la luz, utilizando el verbo en presente y no en futuro. No es una exhortación ni un imperativo para llegar a ser algo que todavía no somos, sino una afirmación. ¡Además, Jesús declara que ellos son «la» sal y «la» luz!

Para captar la carga casi provocadora de una afirmación semejante, basta recordar que los rabinos decían: «La Torá —la Ley dada por Dios a su pueblo— es como la sal, y el mundo no puede vivir sin la sal». Decían también: «Así como el aceite da luz al mundo, así Israel es la luz del mundo». Por lo tanto, lo que Jesús está diciendo es algo paradójico: el pequeño e insignificante grupo de sus discípulos, sin peso social ni religioso, es comparado con las instituciones sagradas de Israel o incluso las sustituye.

«Vosotros sois la sal de la tierra»

Todos podemos percibir la fuerza de esta comparación. La sal da sabor a los alimentos, los hace sabrosos. Sin sal no hay gusto, no hay placer al comer. Así, el discípulo de Jesús da sabor a la tierra, gusto a la convivencia humana, sentido a la vida.

La sal está también vinculada a la inteligencia. El discípulo de Jesús es portador de un saber, de una sabiduría nueva (cf. Pablo en la segunda lectura, 1 Corintios 2,1-5).

Además, la sal se utilizaba para evitar la descomposición de los alimentos. El discípulo de Jesús es, por tanto, un antídoto contra la corrupción de la sociedad. De esta propiedad de la sal provenía también la costumbre de esparcir sal sobre los documentos como signo de su perennidad. Un «pacto de sal» era definitivo, no podía ser quebrantado. Incluso la alianza de Dios era llamada alianza de sal, o «salada», para indicar que era eterna.

Desde la raíz latina, algunas palabras relacionadas con la salud están emparentadas con el término sal, como salvesaludsalvación

¿En qué significados pensaba Jesús cuando nos dice: «Vosotros sois la sal de la tierra»? Muy probablemente en todo este conjunto simbólico.

«Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la hará salada? No sirve para nada más que para ser arrojada fuera y pisoteada por la gente».

Nos parece extraño que la sal pueda perder sus propiedades. Tal vez haya aquí una referencia a cierto tipo de sal extraída del mar Muerto, que perdía fácilmente su sabor. Sin embargo, es interesante notar que la expresión «si la sal pierde su sabor» podría traducirse literalmente como «si la sal enloquece». El discípulo, si pierde su identidad, «enloquece» y ya no sirve para nada.

«Vosotros sois la luz del mundo»

En la Biblia, la luz es una de las realidades más cargadas de simbolismo. Aparece al comienzo como la primera obra de Dios (Génesis 1,3) y se encuentra de nuevo al final: «Ya no necesitarán la luz de una lámpara ni la luz del sol, porque el Señor Dios los iluminará» (Apocalipsis 22,5).

Solo el Evangelio de Mateo atribuye al discípulo la prerrogativa de ser luz. San Juan, el autor que más habla de la luz, la atribuye siempre a Cristo: «Yo soy la luz del mundo» (Jn 8,12; cf. también 9,5). Los discípulos llegan a ser, por reflejo, «hijos de la luz» (Jn 12,36). Encontramos esta expresión también en san Pablo (1 Tesalonicenses 5,5; Efesios 5,8). Es evidente que estas dos afirmaciones no se oponen: el discípulo será siempre una luz reflejada de la del Maestro.

Ser sal y luz entre límites y debilidades

¿Cuál es nuestra reacción ante esta sorprendente revelación de Jesús? La más espontánea sería la alegría y el entusiasmo de vernos así asociados a la vida y a la misión de Jesús. Sin embargo, el peso y la responsabilidad de una vocación tan alta también pueden intimidarnos. Y, sin embargo, Jesús cree en nosotros, confía en nosotros, a pesar de nuestros límites y debilidades.

Pero ¿qué sentiríamos si Jesús nos proclamara sal de la tierra y luz del mundo delante de los no creyentes de hoy? Casi con toda seguridad, un gran embarazo. ¿Cómo podría sostenerse una Iglesia humillada por los escándalos y frenada por un clericalismo que ha transformado el servicio en poder? ¿Una Iglesia desgarrada por luchas internas y dividida por extremismos? ¿Cómo ser creíbles si nos convertimos en sal sin sabor y escondemos la luz bajo el celemín de los oportunismos? ¿Si perdemos la sal del testimonio y la luz de la profecía?

«No temas, pequeño rebaño»

¿Tiene esta Iglesia nuestra la posibilidad de renacer y, aunque sea pequeña, convertirse en la sal de esta tierra y en la luz de nuestro mundo? ¡Sí, la historia bimilenaria de la Iglesia lo demuestra! ¡Sí, la esperanza lo asegura! Sin embargo, hay tres condiciones.

  • Aceptar pasar por el crisol del «pequeño resto» del que hablan los profetas. Dios actúa según la lógica evangélica de la pequeñez. En cada época, cuando la Iglesia tiende a volverse «mundana» y deja de ser sal y luz, debe volver a sus orígenes;
  • Redescubrir nuestra vocación misionera de ser para los demás. El cristiano y la Iglesia existen para dar sentido y sabor a la sociedad en la que vivimos e iluminar la realidad que nos rodea. Como la luz y la sal, estamos llamados a hacerlo con una presencia discreta, que no llama la atención sobre sí misma;
  • Confiar en la palabra de Jesús: «No temas, pequeño rebaño, porque a vuestro Padre le ha parecido bien daros el Reino» (Lc 12,32).

En conclusión, ¿qué espera el Señor de nosotros? Tal vez nos esté pidiendo aceptar la sal del sufrimiento y colocar nuestra luz en el candelero de la cruz.


Salir a las periferias
José Antonio Pagola

Jesús da a conocer con dos imágenes audaces y sorprendentes lo que piensa y espera de sus seguidores. No han de vivir pensando siempre en sus propios intereses, su prestigio o su poder. Aunque son un grupo pequeño en medio del vasto Imperio de Roma, han de ser la “sal” que necesita la tierra y la “luz” que le hace falta al mundo.

“Vosotros sois la sal de la tierra”. Las gentes sencillas de Galilea captan espontáneamente el lenguaje de Jesús. Todo el mundo sabe que la sal sirve, sobre todo, para dar sabor a la comida y para preservar los alimentos de la corrupción. Del mismo modo, los discípulos de Jesús han de contribuir a que las gentes saboreen la vida sin caer en la corrupción.

“Vosotros sois la luz del mundo”. Sin la luz del sol, el mundo se queda a oscuras y no podemos orientarnos ni disfrutar de la vida en medio de las tinieblas. Los discípulos de Jesús pueden aportar la luz que necesitamos para orientarnos, ahondar en el sentido último de la existencia y caminar con esperanza.

Las dos metáforas coinciden en algo muy importante. Si permanece aislada en un recipiente, la sal no sirve para nada. Solo cuando entra en contacto con los alimentos y se disuelve con la comida, puede dar sabor a lo que comemos. Lo mismo sucede con la luz. Si permanece encerrada y oculta, no puede alumbrar a nadie. Solo cuando está en medio de las tinieblas puede iluminar y orientar. Una Iglesia aislada del mundo no puede ser ni sal ni luz.

El Papa Francisco ha visto que la Iglesia vive hoy encerrada en sí misma, paralizada por los miedos, y demasiado alejada de los problemas y sufrimientos como para dar sabor a la vida moderna y para ofrecerle la luz genuina del Evangelio. Su reacción ha sido inmediata: “Hemos de salir hacia las periferias”.

El Papa insiste una y otra vez: “Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrase a las propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termina clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos”.

La llamada de Francisco está dirigida a todos los cristianos: “No podemos quedarnos tranquilos en espera pasiva en nuestros templos”. “El Evangelios nos invita siempre a correr el riesgo del encuentro con el rostro del otro”. El Papa quiere introducir en la Iglesia lo que él llama “la cultura del encuentro”. Está convencido de que “lo que necesita hoy la iglesia es capacidad de curar heridas y dar calor a los corazones”.

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Déjate iluminar;
preocúpate de ser una persona salada
Fray Marcos

El texto que acabamos de escuchar es continuación de las bienaventuranzas, que leímos el domingo pasado. Estamos en el principio del primer discurso de Jesús en el evangelio de Mt. Es, por tanto, un texto al que se le quiere dar suma importancia. Se trata de dos comparaciones aparentemente sin importancia, pero que tienen un mensaje de gran valor para la vida del cristiano, pues su tarea más importante sería estar ardiendo e iluminar.

El mensaje de hoy es simplicísimo, con tal que demos por supuesta una realidad que es de lo más complicada. Efectivamente, todo el que ha alcanzado la iluminación, ilumina. Si una vela está encendida, necesariamente tiene que iluminar. Si echas sal a un alimento, necesariamente quedará salado. Pero, ¿qué queremos decir cuando aplicamos a una persona humana el concepto de iluminado? ¿Qué es una persona plenamente humana?

Todos los líderes espirituales, pero sobre todo el budismo enseñan lo mismo. Buda significa eso: el iluminado. ¡Qué difícil es entender lo que eso significa! En realidad solo lo podemos comprender en la medida que nosotros mismos estemos iluminados. Está claro, sin embargo, que no nos referimos a ninguna clase de luz material. Nos referimos más bien a un ser humano que ha despertado, es decir que ha desplegado todas sus posibilidades de ser humano. Estaríamos hablando del ideal de ser humano.

Esto es precisamente lo que nos está diciendo el evangelio. Da por supuesto todo el proceso de despertar y considera a los discípulos ya iluminados y en consecuencia, capaces de iluminar a los demás. Pero como nos dice el budismo, eso no se puede dar por supuesto, tenemos que emprender la tarea de despertar. Sería inútil que intentáramos iluminar a los demás estando nosotros apagados, dormidos. En el budismo el iluminar a los demás estaría significado por la primera consecuencia de la iluminación, la compasión.

Hay un aspecto en el que la sal y la luz coinciden. Ninguna es provechosa por sí misma. La sal sola no sirve de nada para la salud, solo es útil cuando acompaña a los alimentos. La luz no se puede ver, es absolutamente oscura hasta que tropieza con un objeto. La sal, para salar, tiene que deshacerse, disolverse, dejar de ser lo que era. La lámpara o la vela produce luz, pero el aceite o la cera se consumen. ¡Qué interesante! Resulta que “mi existencia” solo tendrá sentido en la medida que me consuma en beneficio de los demás.

La sal es uno de los minerales más simples (cloruro sódico), pero también más imprescindibles para nuestra alimentación. Pero tiene muchas otras virtudes que pueden ayudarnos a entender el relato. En tiempo de Jesús se usaban bloques de sal para revestir por dentro los hornos de pan. Con ello se conseguía conservar el calor para la cocción. Esta sal con el tiempo perdía su capacidad térmica y había que sustituirla. Los restos de las placas retiradas se utilizaban para compactar la tierra de los caminos.

Ahora podemos comprender la frase del evangelio: “pero si la se vuelve sosa, ¿con qué se salará?; no sirve más que para tirarla y que la pise la gente”. La sal no se vuelve sosa. Esta sal de los hornos, sí podía perder la virtud de conservar el calor. La traducción está mal hecha. El verbo griego que emplea tiene que ver con “perder la cabeza”, “volverse loco”. En latín “evanuerit” significa desvirtuarse, desvanecerse. Debía decir: si la sal se vuelve loca o si la sal pierde su virtud, ¿cómo podrá recuperarse? Esa sal “quemada” no servía más que para tirarla en los caminos.

No podemos hacernos una idea de lo que Jesús pensaba cuando ponía estos ejemplo pero seguro que ya intuían lo que hoy nosotros sabemos. Es curioso que haya llegado a nosotros un proverbio romano que, jugando con las palabras, dice: no hay nada más importante que la sal y el sol. Muy probablemente estas comparaciones, utilizadas en los evangelios, hacen referencia a algún refrán ancestral que no ha llegado hasta nosotros.

La sal actúa desde el anonimato. Si un alimento tiene la cantidad precisa, pasa desapercibida, nadie se acuerda de la sal. Cuando a un alimento le falta o tiene demasiada, entonces nos acordamos de ella. Lo que importa no es la sal, sino la comida sazonada. La sal no se puede salar a sí misma. Pero es imprescindible para los demás alimentos. Era tan apreciada que se repartía en pequeñas cantidades a los trabajadores, de ahí procede la palabra tan utilizada todavía de “salario” y “asalariado”.

Jesús dice que “sois la sal, soy la luz”. El artículo determinado nos advierte que no hay otra sal, que no hay otra luz. Todos tienen derecho a esperar algo de nosotros. El mundo de los cristianos no es un mundo cerrado y aparte. La salvación que propone Jesús es la salvación para todos. La única historia, el único mundo tiene que quedar sazonado e iluminado por la vida de los que siguen a Jesús. Pero cuidado, cuando la comida tiene exceso de sal se hace intragable. La dosis tiene que estar bien calculada.

Cuando se nos pide que seamos luz del mundo, se nos está exigiendo algo decisivo para la vida espiritual propia y de los demás. La luz brota siempre de una fuente incandescente. Si no ardes no podrás emitir luz. Pero si estás ardiendo, no podrás dejar de emitir luz. Solo si vivo mi humanidad, puedo ayudar a los demás a desarrollar la suya propia. Ser luz, significa poner todo nuestro bagaje espiritual al servicio de los demás.

Debemos de tener cuidado de iluminar, no deslumbrar. Debe estar al servicio del otro, pensando en el bien del otro y no en mi vanagloria. Debemos dar lo que el otro espera y necesita, no lo que nosotros queremos ofrecerle. Cuando sacamos a alguien de la oscuridad, debemos dosificar la luz para no dañar sus ojos. Los cristianos somos mucho más aficionados a deslumbrar que a iluminar. Cegamos a la gente con imposiciones excesivas y hacemos inútil el mensaje de Jesús para iluminar la vida real de cada día.

En el último párrafo, hay una enseñanza esclarecedora. “Para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre”. La única manera eficaz para trasmitir el mensaje son las obras. Una actitud verdaderamente evangélica se transformará inevitablemente en obras. Evangelizar no es proponer una doctrina muy elaborada y convincente. No es obligar a los demás a aceptar nuestra propia ideología o manera de entender la realidad.

En las obras que los demás perciben tienen que descubrir mis actitudes internas. Las obras que son fruto solo de una programación externa, no ayudan a los demás a encontrar su propio camino. Solo las obras que son reflejo de una actitud vital auténtica, son cauce de iluminación para los demás. Lo que hay en mi interior, solo puede llegar a los demás a través de las obras. Toda obra hecha desde el amor y la compasión es luz.

Meditación

Puedo desplegar mi capacidad de sazonar
Puedo vivir encendido y dar calor y luz
Soy sal para todos los que me rodean
en la medida en que hago participar a otros de mi plenitud humana.
Soy luz en la medida en que vivo mi verdadero ser
y muestro a otros el camino que les puede llevar a ser en plenitud.

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Las «buenas obras» de la Misión
Romeo Ballan, mccj

Un principio universal de pedagogía reza así: “Las palabras vuelan, los ejemplos arrastran”; y “un solo hecho vale más que mil palabras”. Jesús lo confirma en su programa, anunciado en las Bienaventuranzas (ver domingo anterior) y en todo el sermón de la montaña. Como buen pedagogo y predicador concreto y eficaz, Jesús lo explica tomando los ejemplos diarios de la sal y de la luz (Evangelio). La sal da sabor a la comida, cauteriza heridas, conserva alimentos; pero si pierde fuerza y sabor (es decir, su identidad), no sirve para nada y se arroja a la basura; una sal sosa es un contrasentido (v. 13). Lo mismo vale para la luz: está hecha para alumbrar a las personas, la casa, el camino, las cosas… La lámpara, el candelero, la ciudad puesta sobre un monte (v. 14-15) son otras de las imágenes que aclaran el mensaje de Jesús: la luz está para alumbrar; una luz tapada o escondida no sirve para nadie. La sal y la luz, por su naturaleza, tienden a expandirse e irradiar su presencia; conllevan, por tanto, una idea de universalidad.

Jesús aplica estas imágenes, tomadas de la vida cotidiana, a las “obras buenas” (en griego, las obras bellas) de sus seguidores, quienes, inmersos en el mundo, están llamados a dar y conservar el gusto y el sabor del Evangelio a las realidades de la vida de cada día; a ser puntos de referencia para quienes andan en la oscuridad, extraviados, en busca del camino. Naturalmente, nos advierte Jesús, la motivación y la finalidad de las obras buenas no es la vanidad complaciente del discípulo, sino la gloria del Padre (v. 16). La luz es Jesús mismo, luz para iluminar a los pueblos (Lc 2,32; LG 1). Sin embargo, la luz de Cristo no brilla en el mundo si los discípulos no son también luz. El discípulo tiene y es luz solo si le sigue a Él (Jn 8,12; versículo para el Evangelio). Jesús tiene confianza en los discípulos, les confía la misión de ser sal y luz: sin ellos la tierra no tendría sabor ni gusto, el mundo estaría en tinieblas; la vida humana sería sosa, oscura, sin sentido. Jesús pide a sus seguidores que compartan el don más precioso que tienen: su esperanza, que da sabor a la vida y luz a cuantos viven en la noche de la prueba o caminan en la incertidumbre.

Comentando la imagen del candelero, S. Juan Crisóstomo decía: “No te pido que abandones la ciudad y que rompas todas tus relaciones sociales. No, quédate en la ciudad: aquí es donde tienes que ejercitar la virtud… Porque de aquí se derivará un bien considerable”. Es un mensaje misionero, que vale para cualquier lugar y situación: se trata del valor del testimonio de vida, como primera forma de evangelización. La lectura asidua de la Palabra de Dios nos ayuda a descubrir que Dios está presente en nuestra historia cotidiana y nos lleva gradualmente a una sintonía interior y exterior con Su mensaje de vida.

En muchos casos el testimonio es el único modo posible de ser misioneros, sobre todo en los contextos de minorías cristianas y de persecuciones; a veces es posible tan solo ser grano de trigo que cae en tierra y muere en el surco; el fruto ya vendrá más tarde (cfr. Jn 12,24). En los años sesenta del siglo pasado, que fueron particularmente difíciles para la Iglesia en Sudán (expulsiones, restricciones, cárcel…), a los misioneros que se preguntaban qué debían hacer, la Congregación de Propaganda Fide les contestó en nombre del Papa con un mensaje resumido en “tres P”: presencia, paciencia, plegaria. Si añadimos también pobreza (como en la época del terrorismo en Perú, en los años ‘80-‘90), tenemos la síntesis del testimonio. Un obispo asiático aconsejaba a los nuevos misioneros en dificultad que cultivaran de manera especial “la pacienciay la plegaria”. Cuando el testimonio llega hasta el martirio, la luz del amor y del perdón brilla luminosa, enriquecida por la fuerza de la intercesión.

En la I lectura el profeta Isaías subraya dos veces cuáles son las “obras buenas” que agradan al corazón de Dios: dar de comer al hambriento, vestir al que está desnudo, hospedar en casa a los pobres, a los sin techo, desterrar la opresión… (v. 7.9). Las obras de misericordia tienen su lenguaje, hacen brillar la luz en las tinieblas (v. 8.10); curan nuestras heridas (v. 8); serán el test para el juicio final (Mt 25). “Con las obras de caridad nos cerramos las puertas del infierno y nos abrimos el paraíso”. (San Juan Bosco). Desde siempre las obras de misericordia y de promoción humana acompañan, con su típica elocuencia, la misión de la Iglesia, siempre y cuando se realicen en la gratuidad, sin miras proselitistas u otros intereses (cfr. RMi 42.60).S. Josef Freinademetz, misionero verbita en China, decía: “La caridad es el lenguaje que todos los pueblos entienden”.Las conversiones y los bautismos llegarán más tarde, como dones del Espíritu, cuando Él quiera.

El testimonio misionero – nos enseña San Pablo (II lectura) – se realiza con personas débiles y con medios frágiles (v. 3), pero cuenta “con la manifestación del Espíritu” (v. 4) y el “poder de Dios” (v. 5). “La luz y la sal son elementos hechos para salir, para no quedarse encerrados en sí mismos, aman los espacios, la profundidad, el horizonte. Son materia de alteridad. La luz no se ilumina a sí misma, ni la sal se da sabor a sí misma. La luz se propaga, se difunde. La sal se mezcla, penetra y da gusto a las cosas” (R. Vinco, San Nicolò, Verona). Ser sal y luz revela nuestra identidad y nuestro modo de ser: ser a la manera de la sal y de la luz. Estos elementos no provocan violencia, no se imponen, sino que se difunden dentro las cosas, trabajan en silencio. Estamos ante páginas de gran intensidad misionera.

¡Tú no tienes madera para ser Hermano comboniano!

Los Misioneros Combonianos son un Instituto formado por sacerdotes y hermanos. El pasado día 1 de enero, del total de 1.449 combonianos, tan solo 183 eran hermanos. Esta diferencia numérica, en cierto modo, puede justificar la afirmación del sacerdote peruano José Miguel Córdova: «Se habla poco sobre la vocación de hermano comboniano; por eso se me ocurrió escribir este texto que, quién sabe, pueda ayudar a algún joven a seguir este bello camino de vida». (En la foto, el hermano portugués José Eduardo Macedo de Freitas en el hospital de Kalongo, en Uganda).

Por: P. José Miguel Córdova Alcázar, mccj
comboni.org

Recuerdo que durante mi etapa de formación en el seminario, pensé que tal vez mi vocación era la del ser Hermano misionero comboniano y no Sacerdote misionero, así que con toda la fuerza de la vocación que va surgiendo como la lava de un volcán en erupción, fui al encuentro mensual con el formador y sin esperar a que él empiece el diálogo como siempre lo hacía, con el clásico: ¿cómo te sientes?, esta vez disparé yo primero y le dije: “Quiero ser hermano comboniano y no sacerdote” Él con la calma del hombre sabio y acostumbrado a los “disparos” primarios y frutos de la emoción del momento me dijo siéntate y cálmate, y sin más preludio me dijo con cariño: “Tú no tienes madera para ser Hermano Comboniano” y así acabó mi vocación a hermano. Hoy después de algunos años de trabajo misionero en África doy gracias a Dios por la vocación sacerdotal que me regaló y me sigue regalando cada día.

Hace pocos días me encontré con un joven profesional en Administración de empresas, que queriendo aclarar algunas inquietudes que tenía sobre la vida consagrada, me preguntaba precisamente sobre la vocación del hermano Comboniano y la inquietud que sentía sobre la vida consagrada como hermano y no como sacerdote.

Cuando nos encontramos, tuvimos la oportunidad de hablar sobre la Vocación y la consagración del Hermano Comboniano para la misión, mientras le hablaba sobre lo que significa ser Hermano consagrado, pude darme cuenta que sus ojos y su rostro se iluminaba ante lo que le iba presentando como diciéndome: “Sí, esto es lo que busco, este es el modo como quiero vivir.”

Un grupo de hermanos misioneros combonianos, en Roma, durante el Jubileo de 2025.

La vocación del hermano Comboniano es un llamado a vivir y testimoniar la fraternidad de Cristo con todos los hombres, y en todos los campos de la vida profesional y en la que trabaja más específicamente. El testimonio de fraternidad específica a la que está llamado el hermano comboniano, nos hace recordar que los misioneros Combonianos, somos una gran familia de Sacerdotes, hermanos y hermanas y a la vez un “pequeño cenáculo de apóstoles” llamados a irradiar a todo el que se fija en nosotros no otra cosa más que el amor de Cristo por los más pobres y abandonados de este mundo, como lo quería San Daniel Comboni.

Juan Pablo, (así se llama el joven) me dijo: “Padre a ti te dijeron que no tenías madera para ser hermano comboniano, entonces, ¿qué cualidades se necesitan para serlo? ¿qué madera es necesaria? Muchos de nuestros hermanos son profesionales en diferentes campos pero ciertamente no basta el ser profesional como tantos otros, ya hay muchos profesionales en el mundo, y es por esto que el hermano misionero comboniano es primero que nada un consagrado y es desde esta consagración que hace presente a Cristo con su profesión ahí donde es enviado a servir, porque sirviendo al ser humano entonces se sirve a Dios, y se vive el “Africa o muerte”, que los combonianos vivimos hoy en los diferentes lugares del mundo en el que nos encontramos.

“No tienes madera para ser hermano” me dijo mi formador, y sólo ahora comprendo el porqué; porque cuando contemplo la vida de aquellos hermanos santos y capaces que he conocido a lo largo de mi vida como sacerdote misionero, me digo a mí mismo: “mi formador tenía razón, la madera de la que está hecho el hermano comboniano es una madera especial, dura como el roble y al mismo tiempo blanda y ligera como la madera de balsa, pronta a ser transformada y adaptada a las diversas necesidades del trabajo de la misión.

En mis años como sacerdote misionero comboniano en África, me he encontrado con hermanos que, con su profesión de mecánicos, doctores, enfermeros, arquitectos, etc. han dado y siguen dando testimonio de la fraternidad a la que están llamados a vivir. Recuerdo de manera especial a uno con quien tuve la oportunidad de vivir durante algunos años en la misión y cuyo ejemplo de vida hacía que la gente dijera de él “es un hombre de Dios”.

Un grupo de hermanos misioneros combonianos en Nairobi/Kenia, en 2017.

Es que el hermano comboniano está llamado a ser:

  • Hombre de gran piedad, vida pura y virtud sólida.
  • Colaborador de Jesús en la misión.
  • Modelo y evangelio vivo.
  • Sembrador del evangelio.
  • Colaborador del bien común.
  • Como Jesús que vive haciendo el bien.

Todo esto y más tenía el hermano del que estoy hablando, y aunque ahora ya no está físicamente con nosotros, sé que desde el Reino en el cielo que te ganaste construyéndolo entre tus “amados hermanos africanos” sigues intercediendo por nosotros y sobre todo sigues siendo ejemplo para los que de ti recibimos tanto. Porque al conocerte a ti comprendí la frase que por mucho tiempo resonó en mi mente y corazón: “No tienes madera para ser hermano comboniano”, porque hoy sé que esta madera de la que hablaba mi formador, hay que recibirla, es dada, es don que viene de Dios y no es gratuita porque hay que hacer de esta madera vocación de servicio fraterno.”

Hay muchos jóvenes con los que me encuentro y que siendo profesionales o en vía de serlos, sienten el llamado a la vida consagrada no como sacerdotes sino como hermanos consagrados, y buscan esta forma de vida religiosa. Quizá tú tienes la “madera que se necesita para ser hermano Comboniano” y te estás preguntando: ¿porque yo no? Quizá, la madera de la que estas hecho es la que Dios precisamente busca para que la vocación y misión del hermano misionero comboniano se haga presente en el mundo a través de ti porque quizá, ¡tú sí tienes madera para ser Hermano misionero!

El pasado día 1 de enero de 2026, del total de 1.449 combonianos, tan solo 183 eran hermanos.

Comunicado final del Segundo Diálogo Nacional por la Paz

Guadalajara, Jalisco, 1 de febrero de 2026.

Del 30 de enero al 1 de febrero, en el ITESO, Universidad Jesuita de Guadalajara, más de 1,200 líderes sociales, religiosos, académicos, empresariales, autoridades locales y representantes de la sociedad civil provenientes de todo el país se reunieron en el Segundo Diálogo Nacional por la Paz, un espacio plural para mirar de frente la realidad de la violencia en México, compartir metodologías de construcción de paz y articular respuestas a la altura del momento histórico que vive la nación.

El encuentro reunió voces de todas las regiones del país, reflejando la diversidad de contextos, dolores y esperanzas que hoy atraviesan a México, con un objetivo común: reconstruir la paz desde lo local, con visión nacional y compromiso colectivo.

Durante el Diálogo se llevaron a cabo tres conferencias magistrales.

El académico Mauricio Merino abordó las causas estructurales de la violencia en México, subrayando la urgencia de recuperar al Estado como un espacio de acuerdos colectivos que dé marco institucional a la vida social.

El sacerdote Elías López reflexionó sobre los desafíos de la reconciliación nacional, destacando la necesidad de formar liderazgos comunitarios y sinodales capaces de construir propuestas desde la escucha.

Por su parte, Monseñor Ramón Castro enfatizó que construir la paz exige escuchar, discernir y actuar, es una vocación de toda persona para buscar un orden social de relaciones armonizadas, poniendo en el centro a las víctimas y convencidos que la paz solo se alcanza si hay verdad, justicia y reparación.

Asimismo, se desarrollaron mesas de análisis sobre los principales desafíos del país. El Dr. Alfonso Alfaro llamó a imaginar un Estado capaz de integrar a los jóvenes hoy atrapados por la violencia. Sandra Ley señaló la urgencia de fortalecer a las policías municipales. Sergio López Ayllón propuso la justicia cívica como una vía concreta desde lo local. Daniel Moreno subrayó la importancia de incorporar a los medios de comunicación como actores estratégicos en la construcción de paz. Alberto Olvera llamó a fortalecer las alianzas con la sociedad civil. Elena Azaola recordó la deuda pendiente con las cárceles. Sara González, universitaria, expuso los retos para activar la participación juvenil. Y José Medina Mora presentó el Modelo Inclusivo de Desarrollo como una contribución del sector empresarial a la paz.

En tres mesas adicionales se compartieron experiencias nacionales e internacionales de construcción de paz, confirmando que existen caminos viables con resultados concretos en los territorios. Entre ellas destacaron el Proyecto VIVA y los Centros Manresa en la Sierra Tarahumara, que han atendido a más de 8,000 personas en salud mental, así como experiencias de colaboración en el diseño de Consejos de Paz y Justicia Cívica con el gobierno federal. Los embajadores de Irlanda, Ruairí De Burca, y de Noruega, Dag Nylander, coincidieron en que todo proceso de paz debe construirse junto a las víctimas de la violencia y ofrecer caminos de reinserción para los victimarios.

El Diálogo contó también con la presencia de alcaldes y representantes municipales reconocidos por su trabajo en la construcción de la paz, provenientes de Centro, Tabasco; Escobedo y San Pedro Garza García, Nuevo León; Guadalajara, Zapopan y Jocotepec, Jalisco; Meoqui, Chihuahua; Cherán, Michoacán; y Tepoztlán, Morelos, quienes se sumaron a este esfuerzo como actores clave desde lo local.

De igual manera, diversas comunidades religiosas firmaron un compromiso común y presentaron un plan de trabajo conjunto. Participaron representantes de comunidades budistas, musulmanas, hinduistas, de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, tradiciones indígenas, comunidad ortodoxa, bautista, luterana, pentecostal y católica quienes se comprometieron a formarse frente a los desafíos de la violencia, aportar la riqueza ética de sus espiritualidades y fomentar el encuentro desde la diversidad religiosa en México.

En el marco del encuentro se entregaron reconocimientos a 13 empresas comprometidas con la construcción de una cultura de paz en sus entornos. Este distintivo fue entregado por CONCANACO-SERVYTUR, COPARMEX, CANACINTRA y USEM, y las empresas ganadoras fueron: La Norteñita, Bio TecLab, CEDIMI Laboratorios, Centro de Acopio y Soluciones Ambientales, Combuservicios, Controladora Vía Rápida Poetas, Criser, Estructuras Metálicas de Puebla, Grupo La Paz, La Vencedora, Restaurante Mar y Tierra, Talentoría y Desarrolladora Comuna.

Las metodologías de construcción de paz sistematizadas por este movimiento serán entregadas al gobierno federal, a los gobiernos estatales y a los gobiernos municipales del país aportando con ellas caminos para construcción de la paz desde programas probados en la atención de las violencias. Así como se entregaron a los 9 alcaldes presentes en el Diálogo Nacional por la Paz.

En las conclusiones se destacó que el gran reto es imaginar y reconstruir el Estado que México necesita para recuperar la paz, a partir de acuerdos que regulen la vida institucional y garanticen condiciones de vida digna para todas las personas.

Este segundo encuentro dejó tres claves fundamentales:

  1. El Estado somos todas y todos, y la paz exige acuerdos colectivos desde lo local, esto implica la conversión de quienes lucran con la violencia y quienes permanecen indiferentes ante ella.
  • Es urgente construir un sistema social que integre a las juventudes hoy excluidas y vulnerables, y ahí es importante escucharlos y construir junto con ellos.
  • No será posible una nueva convivencia sin atender y sanar la herida de las personas desaparecidas y acompañar de manera prioritaria a las víctimas de la violencia.

El encuentro concluyó con la lectura de un manifiesto, en el que se afirmó que el camino hacia la paz pasa por refundar la comunidad desde la escucha, el reconocimiento y el compromiso, abrir horizontes de esperanza para las juventudes y caminar del lado de las víctimas, teniendo como eje transversal la cultura del cuidado.

Diálogo Nacional por la Paz


Manifiesto por La Paz

Por aquellos a quienes estamos buscando, por quienes han sido víctimas de las violencias y por quienes vienen detrás, escribimos este manifiesto. 

En el Diálogo Nacional por la Paz decidimos no aceptar que el futuro de niñas y niños se hipoteque por falta de condiciones para crecer. Decidimos no negociar la dignidad humana a cambio de intereses económicos o políticos. Nos negamos a ser indiferentes ante el dolor y la vida que pende de un hilo. Y rechazamos toda complicidad frente a la violencia estructural y sistémica.

Proponemos refundar la comunidad, construir nuevas maneras de encontrarnos, de escucharnos, de navegar los conflictos, de llegar a acuerdos, de exigir, de ofrecer, de resistir, de ser con otros. Una manera distinta de cuidar la fragilidad, de preservar la vida, de posibilitar futuros, desde la familia hasta el estado, pasando por la escuela, la colonia, el centro de trabajo, la parroquia, el barrio con miras a construir un nosotros amplio, permeable y dispuesto a involucrarse y a sostener una esperanza organizada dirigida a la acción.

Cada paso, cada conversatorio, cada acuerdo, cada metodología que decidamos implementar, lo haremos con la conciencia de que estamos, desde el Diálogo Nacional, refundando nuestra forma de ser comunidad, ya sea que esas acciones estén enfocadas a la salud mental, al medio ambiente, a las policías, a las víctimas, a las juventudes o a las escuelas, a los migrantes, los funcionarios públicos, las empresas o universidades. Así, 

–       Habrá paz cuando visibilicemos, rechacemos y encontremos alternativas frente a las violencias de las que formamos parte;

–       Habrá paz cuando seamos capaces de conmovernos y movernos ante el dolor ajeno;

–       Habrá paz cuando cada individuo y cada sector, decidamos ser una voz de corresponsabilidad y trabajo, pero también de exigencia y denuncia, una voz que no tolere la injusticia, el odio, la impunidad;

–       Habrá paz cuando recuperemos nuestra capacidad colectiva de cuidar y ser cuidados, cuando frente a las miradas de niños y niñas, asumamos la responsabilidad de construir las condiciones para que su futuro sea posible.

–       Habrá paz cuando el costo de guardar silencio y ser indiferentes sea impagable; 

Por ti, por mí, por los que vienen, por los que ya no están.

Somos PAZ. Seremos MÁS.

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¿Qué sería de la Iglesia sin la vida consagrada?

«La vida consagrada, enraizada profundamente en los ejemplos y enseñanzas de Cristo el Señor, es un don de Dios Padre a su Iglesia por medio del Espíritu». Así comienza la exhortación apostólica Vita consecrata (VC), de san Juan Pablo II. Los que estamos llamados a vivir de esta forma, somos depositarios de este maravilloso don que enriquece a la Iglesia a través de los siglos.

Texto y fotos: Hno. Juan Carlos Salgado, mccj.

¿Qué sería de nuestra madre Iglesia si no existiera la vida consagrada? Esta manera de vivir es una dimensión esencial y fundamento de la Iglesia católica; sin ella, perdería una fuente vital de santidad, testimonio evangélico y servicio al mundo. Miles de hombres y mujeres consagrados, inspirados en los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia, han enriquecido a la Iglesia y a la sociedad con diversos y múltiples carismas.

De modo singular, los consagrados manifestamos a diario la esperanza y el amor de Dios, fundamentos que abren caminos donde parece imposible superar la secularidad y las dificultades humanas. Por ejemplo, san Daniel Comboni fue signo de esperanza para los pueblos africanos en tiempos donde la esclavitud causaba estragos. Santa Teresa de Calcuta asistió a los últimos, a los más pobres y olvidados en India y en el mundo. San Carlos de Foucauld dio testimonio de comunión entre los tuareg del desierto del Sahara en Argelia.

Sin la vida consagrada, la Iglesia perdería un gran motor de profunda espiritualidad. Desde los primeros siglos, monasterios, conventos y comunidades religiosas han sido espacios de oración, contemplación y búsqueda de santidad que irradian luz a todo el cuerpo eclesial. Las distintas fuentes de espiritualidad, como la de los franciscanos, dominicos, agustinos, carmelitas, jesuitas, etcétera, han formado verdaderas escuelas de santidad, de donde han surgido grandes santos y santas de admirable y respetable devoción.

La vida consagrada es una fuerza muy activa en la evangelización y en el servicio a los más necesitados. Diversos carismas han surgido para atender sectores específicos, como la educación, la salud, la justicia social y la pastoral juvenil. En ocasiones, a través de los carismas de congregaciones religiosas, la Iglesia ha dado respuesta a las necesidades de la gente antes que existieran las instituciones gubernamentales.

Por ejemplo, en Sudán y al norte de Uganda, regiones evangelizadas por los combonianos, gozan de escuelas y hospitales fundados por misioneras y misioneros que, con los años, se convirtieron en instituciones clave para esas naciones. En Uganda tenemos el Hospital de Lachor, uno de los más grandes del país; cuenta con escuelas de enfermería, de parteras, laboratoristas, médicos, anestesiólogos y técnicos en diversos oficios como carpintería, mecánica y electricidad. También contamos con los hospitales de Kalongo, Matany, Kitgum, Angal, Aber, Kyamuhunga, etcétera. Algunos cuentan con sus respectivas escuelas de enfermería.

En Uganda, las escuelas de Layibi y Ombachi llegaron a tener más de mil estudiantes. Además, en las academias técnicas de Carapira, en Mozambique; Lunzu, en Malawi; Chikowa, en Zambia, los hermanos combonianos han formado a cientos de jóvenes como técnicos profesionales. Asimismo, la escuela para chicas en Aboke, dirigida por las combonianas. Mientras que el Comboni College de Jartum es una de las escuelas con más prestigio en Sudán.

En Sudán del Sur, si no existieran el Hospital de Mapuordit, atendido por los combonianos, y el Hospital de Wau, dirigido por las combonianas, la Iglesia vería disminuida su capacidad para llegar a las periferias y responder a las urgencias humanas con tanto amor y profesionalismo.

La vida consagrada mantiene un testimonio profético que recuerda, al mundo y a la misma Iglesia, que el Reino de Dios no pertenece a los poderes temporales, sino a la gratuidad, a la confianza absoluta en Dios y a la búsqueda del bien común, más allá de los intereses personales. Sin ese testimonio, la Iglesia correría el riesgo de volverse mundana y perder la fuerza transformadora que Jesús nos legó.

En conclusión, sin la vida consagrada la Iglesia tendría una realidad mucho más frágil y estaría más limitada en su misión evangelizadora. Los consagrados sirven con generosidad a la humanidad y enriquecen la espiritualidad de todos los creyentes. Por ello, valorar y acompañar dicho modo de vivir es fundamental para la vitalidad y el futuro de la Iglesia.

A lo largo de 30 años de vida consagrada, como misionero comboniano del Corazón de Jesús, experimento la felicidad en mi vocación; son muchas las penurias, renuncias y dificultades sufridas en el apostolado, pero son muchas más las bellas vivencias durante 25 años de misión en África como enfermero y médico misionero.

Tres religiosos de la familia comboniana: el P. Ismael Piñón (sacerdote), la Hna. Tere Soto (religiosa comboniana) y el Hno. Juan Carlos Salgado (religioso comboniano).

La vida consagrada es una aventura que vale la pena experimentar. Las satisfacciones del mundo no se comparan con las de una vida para servir a Dios y a los más necesitados. En ocasiones, al encontrarme con gente en la calle, me decía con una gran sonrisa: «Gracias, doctor, por estar aquí». «Tú me operaste». «Tú me asististe durante el parto». Su gratitud es un gran consuelo para nuestra labor.
Necesitamos jóvenes audaces que den un «sí» al Señor. «La mies es mucha y los obreros pocos, rueguen, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies» (Mt 9,37-38).

Ecuador: Nuevo Consejo Provincial con dos mexicanos

La Provincia comboniana de Ecuador ha iniciado una nueva etapa tras la elección del nuevo Superior Provincial y el nuevo Consejo. Dos mexicanos forman parte del nuevo equipo de dirección: el P. Juan Martín Rodríguez, nuevo Superior Provincial, y el Hno. Armando Ramos, consejero provincial. En la foto, comenzando por la izquierda: P. Ramón Vargas, P. Ghebrezghiabiher Woldehawariat Kidanemariam, P. Juan Martin Rodriguez (Provincial), Hno. Armando Ramos, Y P. Alcides Costa.

Como todas las circunscripciones combonianas distribuidas por todo el mundo, la Provincia de Ecuador ha elegido también a su nuevo equipo de dirección para el trienio 2026-2028. El P. Juan Martín Rodríguez, mexicano, ha sido elegido Superior Provincial.

Originario de La Ribera, en el estado de Jalisco, el P. Juan Martín fue ordenado sacerdote el 25 de febrero de 1995, tras haber estudiado la Teología en Brasil. En 2003 fue destinado a Eritrea, pero cuatro años después se vio obligado a salir tras la expulsión de los misioneros por el gobierno eritreo. Fue destinado a Colombia, donde permaneció seis años. Desde 2014 se encuentra en Ecuador, donde fue formador del postulantado y vicesuperior provincial, hasta que el 1 de enero de este año comenzó su nueva responsabilidad tras ser elegido Superior Provincial.

Por su parte, el Hno. Armando Ramos, nació en Poza Rica de Hidalgo, en el estado de Veracruz. Tras hacer sus primeros votos en 1994, fue destinado a Nairobi, en Kenia, para completar su formación como Hermano Comboniano. Trabajó como misionero en Sudán del Sur, Zambia y Etiopía, alternando períodos de servicio misionero en México. Desde 2023 se encuentra en Ecuador, en el centro afroecuatoriano de Guayaquil. Desde el 1 de enero forma parte del nuevo Consejo Provincial de los Combonianos en Ecuador.

Ambos consejos (saliente y entrante). De izquierda a derecha: P. Ramón Vargas, P. Ottorino Poletto (anterior Provincial), P. Ghebrezghiabiher Woldehawariat Kidanemariam, P. Pablo Jaramillo, Hno. Armando Ramos, P. Juan Martin Rodriguez, P. Alcides Costa

IV Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, cuando Jesús vio a la muchedumbre, subió al monte y se sentó. Entonces se le acercaron sus discípulos. Enseguida comenzó a enseñarles hablándoles así:
Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Dichosos los que lloran, porque serán consolados. Dichosos los sufridos, porque heredarán la tierra. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Dichosos los misericordiosos, porque obtendrán misericordia. Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque se les llamará hijos de Dios. Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos.
Dichosos serán ustedes cuando los injurien, los persigan y digan cosas falsas de ustedes por causa mía.
Alégrense y salten de contento, porque su premio será grande en los cielos”.
(Mateo 5, 1-12)


El sermón sobre la montaña
P. Enrique Sánchez, mccj

En la lectura que vamos haciendo del Evangelio de san Mateo, hoy se nos presenta a Jesús ocupado con sus discı́pulo, preparándolos para la misión que tendrán que vivir con él en la aventura de ir construyendo todo lo necesario para que el Reino de Dios se manifieste.

Jesús habı́a elegido a sus doce compañeros y junto con ellos habı́an muchos otros que empezaban a sentirse discı́pulos de Jesús y comenzaban a acompañarlo por todos los lugares a donde el Señor se dirigı́a.

En esta ocasión el evangelio habla de una muchedumbre y ciertamente no todos estaban ahı́ con las mismas intenciones y no todos acabarı́an siendo verdaderos discı́pulos de Jesús.

Sabemos que, a un momento dado, cuando el Señor empezó a hablar de las exigencias y de los compromisos que tenı́an que asumir sus seguidores, muchos lo dejaron. Jesús, en aquella ocasión preguntó a sus apóstoles, si también ellos querı́an irse. Pero no se fueron, porque en él estaba su alegrı́a.

En el texto del evangelio que leemos hoy para la eucaristı́a de este domingo, vemos a Jesús subir a una montaña para enseñar algo nuevo y definitivo. Se podrı́a decir que era el momento formativo de los discı́pulos. Ahı́, Jesús les habló no tanto de teorı́as, sino de los valores y de las actitudes que tendrı́an que sostener sus vidas como discı́pulos y testigos del Señor.

Entre los varios detalles que no tendrı́amos que dejar pasar en este texto está la montaña, un lugar muy especial que traerá muchos recuerdos a quienes están escuchando a Jesús que habla como el enviado de Dios para instaurar su Reino.

Esa montaña, de alguna manera, les traı́a a la memoria la montaña del Sinaı́ en donde Moisés habı́a recibido la ley que Dios habı́a dado a su pueblo para asegurar una relación y una cercanı́a que acompañarı́a al pueblo de Israel por todo su peregrinar hasta la tierra prometida.

En la montaña en donde se encontraban reunidos los discı́pulos con Jesús, vuelve a suceder que Dios se encuentra con un pueblo que será nuevo y en esta ocasión Jesús podrı́a ser considerado como el nuevo Moisés, el verdadero Mesı́as en el cual el Padre se manifestaba con una nueva ley, la ley que salı́a de la boca de Jesús.

Esa nueva ley, que ahora enseñaba Jesús a la muchedumbre y con especial interés a sus discı́pulos, estaba contenida en ese sermón que conocemos como las Bienaventuranzas o el sermón de la montaña. Era un mensaje que invitaba al regocijo, a la felicidad, a la alegrı́a como sólo podı́a venir de Dios.

Se trataba de un mensaje de buenas noticias que Jesús presentaba a sus discı́pulos como programa de vida, como estilo de vida, para quienes iban aceptando convertirse en seguidores suyos.

Las Bienaventuranzas son un proyecto que Jesús propone para estar presentes en el mundo, en donde las propuestas de Dios y las propuestas de quienes están en el mundo parecen ir por caminos muy distintos.

Siguiendo cada una de las palabras del Señor lo que nos llama la atención en primer lugar es que se trata de un mensaje encuadrado en un ambiente de alegrı́a, de dicha y de felicidad. Jesús invita a una misión que llena siempre el corazón de alegrı́a.

Cada una de las bienaventuranzas se inicia con esa invitación a la alegrı́a y a la felicidad, aunque esta se alcance a través de sacrificio, del dolor, de la pobreza o de las lágrimas. Es la realidad en el amor.

Se trata de vivir cada dı́a con sus dramas y sus contradicciones, con sus promesas y sus sorpresas, con sus luces y sus sombras, convencidos de que al final quien tiene la última palabra es el Señor; es él quien nos asegura la felicidad que nosotros no logramos conquistar con nuestros medios.

Para vivir dichosos, el mensaje de Jesús nos hace entender que poniendo nuestra confianza en él todo se irá acomodando según el querer de Dios, según su voluntad y al final nos daremos cuenta de que todo está orientado hacia la meta que es nuestra felicidad.

Esta nueva ley, presentada por Jesús en la Bienaventuranzas, corresponde a la ley que Moisés habı́a entregado al pueblo resumida en el decálogo y ahora llevada a plenitud.

En aquel tiempo, cumplir la ley era garantı́a de felicidad y de vida. Con Jesús su nueva ley es realización y no promesa de una bendición que se cumple hoy para nosotros.

Con su enseñanza el Señor nos indica que el Reino de Dios ya está entre nosotros y que no tenemos que esperar.

En este Reino todo cambia y quienes viven por un momento la experiencia de sentirse pobres de espı́ritu, incapaces de abrir el corazón a las cosas de Dios, se descubren en el centro de los intereses de Dios; ahora ha llegado para ellos la horade descubrirse los privilegiados ante los ojos de Dios.

Quienes lloran porque ya no pueden cargar con tanto sufrimiento a causa de su fe (como sucede a tantos hermanos nuestros que por ser cristianos son perseguidos, maltratados, marginados, humillados y martirizados), la buena noticia de Jesús resuena fuerte en su interior, escuchando que serán consolados.

Los que sufren porque la vida no les ha brindado las oportunidades para vivir con dignidad. Nosotros decimos muchas veces, que son los que no tienen trabajo, los que viven enfermos o en soledad, los presos que están detenidos injustamente, los condenados a vivir en las calles sin un techo y sin un hogar; todos ellos heredarán la tierra, porque Dios no resiste ver el dolor o el sufrimiento de sus hijos.

Dichosos, dice el evangelio, los que tienen hambre y sed de justicia porque serán saciados. Esto no sólo consuela a quienes viven hoy el drama de la persecución por estar ilegalmente en un paı́s o a quienes son perseguidos por defender la vida y pagan con sus vidas por defender los valores que no se pueden negociar; esto es bálsamo que cura las heridas de quienes no temen arriesgar sus vidas por defender a los demás.

Dichosos los misericordiosos porque nos recuerdan que todos necesitamos de la misericordia. Porque todos sabemos que en este mundo nadie es perfecto y que necesitamos de la paciencia, de la tolerancia y de la comprensión de los demás.

Porque no podemos negar o ocultar nuestros pecados y sólo nos alivia y consuela el perdón que nos pueden ofrecer los demás.

Los misericordiosos son quienes nos permiten reconocer que somos humanos y que no podemos hacer nada sin la presencia sencilla en nuestras vidas de los demás.

Y, puesto que Jesús ha venido a ser presencia del amor de Dios entre nosotros, no podı́a faltar una bienaventuranza que nos recuerde que los limpios de corazón, los que están abiertos al amor de Dios y que se esfuerzan por vivir alejados de todo aquello que nos pueda esclavizar y enredar en lo encandilante de este mundo; son ellos los que nos muestran el camino hacia Dios.

Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios. Por eso, trabajar por la paz será siempre la tarea que permite ir creando los espacios para que Dios sea reconocible entre nosotros, simple y sencillamente. Porque en donde predomina la violencia, el odio y la muerte, ahı́ no está Dios.

Y trabajar por la paz obliga a construir un mundo en donde se recibe y se comparte el amor de Dios y eso no puede más que hacernos felices.

Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos. Dichosos serán ustedes cuando los injurien, los persigan y digan cosas falsas de ustedes por causa mía.

Estas dos bienaventuranzas nos recuerdan finalmente que lo bueno y lo bello de Dios pasará siempre a través de la experiencia de la Cruz, de la entrega y de la donación total, por amor.

En el plan de Dios cada dı́a estaremos llamados a ser bienaventurados, dejando que el amor de Dios nos guı́e y acompañe en la tarea de hacer llegar su Reino a quienes están más lejos y necesitados de su presencia, de su palabra y de su bondad. Estaremos siempre llamados a ser mensajeros y testigos de las bienaventuranzas.

Que el Señor nos conceda ser parte de sus discı́pulos cercanos y que nos contagie la pasión por su Reino, para que nos convirtamos en alegres colaboradores suyos.

Sean todos y todas bienaventurados.


Las ocho puertas del Reino
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

Hemos llegado a la primera etapa de nuestro camino tras Jesús. Haremos una larga parada con el Señor en un monte llamado de las Bienaventuranzas. Aquí Jesús nos dirigirá un largo discurso que ocupa tres capítulos del Evangelio de Mateo (Mt 5–7). Es el primero de los cinco grandes discursos de Jesús según san Mateo y, sin duda, el más decisivo. Se trata de su discurso programático, en el que Jesús presenta la esencia del estilo de vida de su discípulo.

Los siete montes del Evangelio de Mateo

Podemos decir que el evangelista Mateo aprecia los montes. Encontramos catorce veces la palabra “monte” en su Evangelio. Siete montes, en particular, marcan la vida pública de Jesús: desde las tentaciones, después de su Bautismo, hasta el mandato apostólico, tras su Resurrección. No se trata de montes “físicos”, sino de lugares con un valor “teológico”. El monte tiene una fuerte carga simbólica de cercanía a Dios. Por lo tanto, es inútil buscar el monte de las Bienaventuranzas en un mapa geográfico. De hecho, san Lucas sitúa este discurso en una llanura. Estos siete montes, símbolo de plenitud, jalonan el Evangelio de Mateo.

  1. El monte de las Tentaciones (Mt 4,1–11): punto de partida de la misión;
  2. El monte de las Bienaventuranzas (Mt 5,1–7,29): aquí Jesús proclama la “nueva Torá”;
  3. El monte de la Oración (Mt 14,23): lugar de intimidad con el Padre y de discernimiento de la misión;
  4. El monte de la Transfiguración (Mt 17,1–8): donde Jesús es revelado como el Hijo y la Palabra definitiva;
  5. El monte de los Olivos (Mt 24–25; 26,30): el monte de la espera y del juicio, donde Jesús pronuncia el discurso escatológico y afronta la agonía antes de la pasión;
  6. El monte del Calvario (Mt 27,33): aparentemente derrota, en realidad entronización del Rey mesiánico;
  7. El monte de la Misión (Mt 28,16–20), un monte en Galilea (no nombrado): aquí Jesús resucitado confía a los discípulos la misión universal.

Los siete montes forman un itinerario teológico de la vocación cristiana:
Tentación → Ley → Oración → Revelación → Espera → Cruz → Misión.

El monte de las Bienaventuranzas

«Al ver a la multitud, Jesús subió al monte; se sentó, y se le acercaron sus discípulos». La “subida al monte” y el “sentarse” son gestos solemnes del Maestro que se sienta en cátedra. Se trata de una referencia a Moisés en el monte Sinaí. Por lo tanto, este “monte” es el nuevo Sinaí, desde donde el nuevo Moisés promulga la nueva Ley. La Ley de Moisés, con sus prohibiciones, establecía los límites que no debían traspasarse para permanecer en la Alianza de Dios. La nueva Ley, en cambio, abre los horizontes de un nuevo proyecto de vida.

«Y se puso a hablar y les enseñaba diciendo: Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos». El discurso de Jesús se abre con las ocho Bienaventuranzas (la novena, dirigida a los discípulos, es un desarrollo de la octava). Son el prólogo del discurso de Jesús y el compendio del Evangelio. Se trata de un texto muy conocido, pero que, precisamente por eso, corremos el riesgo de recorrer con demasiada rapidez y de casi ignorar, tras la aparente sencillez, su riqueza, profundidad y complejidad. No en vano también Gandhi afirmaba que estas son «las palabras más elevadas del pensamiento humano».

Quisiera invitarles sencillamente a leer, releer, meditar y orar este texto. Me atrevo, no obstante, a compartir con ustedes algunas reflexiones que pueden ayudarnos a acercarnos a él.

Las Bienaventuranzas NO SON…

1. Las Bienaventuranzas no son el sueño de un mundo idealizado e inalcanzable, una utopía para soñadores. Para el cristiano son criterio de vida: o las acogemos o no entraremos en el Reino. No son, sin embargo, una nueva ley moral.

2. Las Bienaventuranzas no son un elogio de la pobreza, del sufrimiento, de la resignación o de la pasividad. Todo lo contrario: son un discurso revolucionario. Precisamente por eso suscitan la oposición violenta de quienes se sienten amenazados en su poder, riqueza y estatus social.

3. Las Bienaventuranzas no son opio para los pobres, los que sufren, los oprimidos o los débiles, porque adormecerían su conciencia de la injusticia de la que son víctimas, llevándolos a la resignación, aunque muchas veces lo hayan sido en el pasado. Por el contrario, son una adrenalina que impulsa al cristiano a comprometerse en la lucha por la eliminación de las causas y raíces de la injusticia.

4. Las Bienaventuranzas no son una postergación de la felicidad para la vida futura, en el más allá. Son fuente de felicidad ya en esta vida. En efecto, la primera y la octava bienaventuranza, que enmarcan a las otras seis, tienen el verbo en presente: «porque de ellos es el Reino de los Cielos». Las otras seis tienen el verbo en futuro. Se trata, sin embargo, de una promesa que hace presente la felicidad ya hoy. Es la garantía de que el mal y la injusticia no tendrán la última palabra. El mundo no es ni será de los ricos y poderosos.

5. Las Bienaventuranzas no son (solo) personales. Es la comunidad cristiana, la Iglesia, la que debe ser pobre, misericordiosa, llorar con los que lloran, tener hambre y sed de justicia… para dar testimonio del Evangelio.

Las Bienaventuranzas SON…

6. Las Bienaventuranzas son un grito de felicidad, un Evangelio dirigido a todos. «Bienaventurado» (makários en griego) puede traducirse como feliz, felicitaciones, enhorabuena, me alegro por ti… Pero debemos darnos cuenta de que este mensaje está en plena contradicción con la mentalidad dominante del mundo.

7. Las Bienaventuranzas son… ¡una sola! Las ocho son variaciones de una única realidad. Cada una ilumina a las demás. Por lo general, los comentaristas consideran la primera como fundamental: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos». Todas las demás son, de algún modo, formas diferentes de pobreza. Cada vez que en la Biblia se busca renovar la Alianza, se comienza restableciendo el derecho de los pobres y de los excluidos. Podríamos preguntarnos: ¿por qué no aparece una bienaventuranza sobre el amor? En realidad, todas son explicitaciones concretas del amor.

8. Las Bienaventuranzas son una persona: son el espejo, el autorretrato de Cristo. Para comprenderlas y captar sus matices es necesario mirar a Jesús y ver cómo cada una de ellas se realiza en su persona.

9. Las Bienaventuranzas son la clave de entrada en el Reino de Dios para todos: cristianos y no cristianos, creyentes y no creyentes. En este sentido, las Bienaventuranzas no son «cristianas». Ellas definen quién entrará en el Reino. Es lo que nos dice Mateo 25 acerca del juicio final.

10. Las Bienaventuranzas son ocho puertas de entrada en el Reino. Para acceder a él, debemos atravesar una de estas puertas y formar parte de una de las ocho categorías de las Bienaventuranzas.

Conclusión: ¿cuál es mi bienaventuranza? ¿Aquella hacia la que me siento particularmente atraído? ¿La que siento como mi vocación, por temperamento y por gracia? ¡Esa es mi puerta de entrada en el Reino!


Una Iglesia Más evangélica
José Antonio Pagola

Al formular las bienaventuranzas, Mateo, a diferencia de Lucas, se preocupa de trazar los rasgos que han de caracterizar a los seguidores de Jesús. De ahí la importancia que tienen para nosotros en estos tiempos en que la Iglesia ha de ir encontrando su propio estilo de vida en medio de una sociedad secularizada.

No es posible proponer la Buena Noticia de Jesús de cualquier forma. El Evangelio solo se difunde desde actitudes evangélicas. Las bienaventuranzas nos indican el espíritu que ha de inspirar la actuación de la Iglesia mientras peregrina hacia el Padre. Las hemos de escuchar en actitud de conversión personal y comunitaria. Solo así hemos de caminar hacia el futuro.

Dichosa la Iglesia «pobre de espíritu» y de corazón sencillo, que actúa sin prepotencia ni arrogancia, sin riquezas ni esplendor, sostenida por la autoridad humilde de Jesús. De ella es el reino de Dios.

Dichosa la Iglesia que «llora» con los que lloran y sufre al ser despojada de privilegios y poder, pues podrá compartir mejor la suerte de los perdedores y también el destino de Jesús. Un día será consolada por Dios.

Dichosa la Iglesia que renuncia a imponerse por la fuerza, la coacción o el sometimiento, practicando siempre la mansedumbre de su Maestro y Señor. Heredará un día la tierra prometida.

Dichosa la Iglesia que tiene «hambre y sed de justicia» dentro de sí misma y para el mundo entero, pues buscará su propia conversión y trabajará por una vida más justa y digna para todos, empezando por los últimos. Su anhelo será saciado por Dios.

Dichosa la Iglesia compasiva que renuncia al rigorismo y prefiere la misericordia antes que los sacrificios, pues acogerá a los pecadores y no les ocultará la Buena Noticia de Jesús. Ella alcanzará de Dios misericordia.

Dichosa la Iglesia de «corazón limpio» y conducta transparente, que no encubre sus pecados ni promueve el secretismo o la ambigüedad, pues caminará en la verdad de Jesús. Un día verá a Dios.

Dichosa la Iglesia que «trabaja por la paz» y lucha contra las guerras, que aúna los corazones y siembra concordia, pues contagiará la paz de Jesús que el mundo no puede dar. Ella será hija de Dios.

Dichosa la Iglesia que sufre hostilidad y persecución a causa de la justicia sin rehuir el martirio, pues sabrá llorar con las víctimas y conocerá la cruz de Jesús. De ella es el reino de Dios.

La sociedad actual necesita conocer comunidades cristianas marcadas por este espíritu de las bienaventuranzas. Solo una Iglesia evangélica tiene autoridad y credibilidad para mostrar el rostro de Jesús a los hombres y mujeres de hoy.

José Antonio Pagola
http://www.musicaliturgica.com


Auditorio de ocho puertas
es fácil colarse
José Luis Sicre

El domingo pasado, el evangelio de Mateo nos presentaba a Jesús recorriendo Galilea y anunciado la buena noticia del Reinado de Dios. A partir de hoy, hace que los oyentes se reúnan en un gran auditorio al aire libre, se sienten en torno a Jesús, y escuchen el programa de ese reino de Dios: el “Sermón del monte”.

La selección del auditorio

Jesús no es un político que quiere ganar votos a todo precio, engañando y haciendo promesas que no cumplirá. Desea dejar claro quiénes sintonizarán con su proyecto y quiénes no. Para que no se llamen a engaño. Y eso lo expone, al principio de todo, en las bienaventuranzas.

Las bienaventuranzas proponen valores desconcertantes

Si Jesús dijera: “Dichoso el que tiene buena salud, el que gana lo suficiente para vivir, el que disfruta con su familia…” no habría necesitado justificar esas afirmaciones. Cualquier persona habría estado de acuerdo. Sin embargo, Jesús proclama dichosa a gente que sufre, llora, es perseguida… Por eso, cada bienaventuranza va seguida de una justificación: «porque de ellos es el reino de los cielos», «porque ellos serán consolados», etc. El premio prometido en la primera y última es «el Reino de los cielos». En realidad, todas las otras se refieren también a ese Reino de Dios, sólo que fijándose en determinados aspectos concretos. Este premio no podemos interpretarlo solo como algo de la otra vida. Comienza a realizarse en esta. Dicho en palabras sencillas, todas esas personas son dichosas porque pueden formar parte de la comunidad cristiana (Reino inicial de los cielos) y, más tarde, del Reino definitivo de Dios.

Las bienaventuranzas no son una carrera de obstáculos

La mención de los pobres, los que lloran, los sufridos… puede crear una sensación de malestar, como si tuviéramos que pasar por todas esas situaciones para formar parte del reinado de Dios. Las bienaventuranzas se nos convierten en una terrible carrera de obstáculos, donde tras cada valla nos espera la siguiente. Sin embargo, las bienaventuranzas son algo muy distinto.

Las bienaventuranzas, ocho puertas para entrar al Reino de Dios

Antonio Barluzzi, el arquitecto italiano que diseñó la Basílica de las bienaventuranzas en 1939, tuvo la bella idea de una planta octogonal, y en cada lado una gran ventana por la que se puede contemplar el paisaje exterior. Sin embargo, las bienaventuranzas no son ventanas para mirar lo que ocurre fuera, sino puertas abiertas por las que se puede entrar a escuchar y seguir a Jesús.

Encima de cada puerta hay una inscripción con la bienaventuranza correspondiente. A veces el sentido del texto resulta discutible (Jesús habló en arameo, luego se tradujo al griego, y ahora lo retraducimos a nuestras lenguas). Hace falta un guía turístico que nos aclare las dudas, dentro de lo posible.

Al final, el guía te dejará solo delante del edificio. Da una vuelta en torno a él y elige la puerta que más se adecue a tu situación. Quizá encuentres varias. Si no encuentras ninguna, cuélate a escuchar lo que dirá Jesús los próximos días. Seguro que te convence.

José Luis Sicre
http://www.feadulta.com


Dichoso el que es humano
y no deshumaniza a los demás
Fray Marcos

Para entender las bienaventuranzas, debemos recordar lo que dijimos el domingo pasado. Para todo el que no haya tenido esa experiencia interior, las bienaventuranzas son un sarcasmo. Es completamente absurdo decirle al pobre, al que pasa hambre, al que llora, al perseguido, ¡Enhorabuena! Intentar explicarlas racionalmente es una quimera, pues están más allá de la lógica. Es el mensaje más provocativo del evangelio.

Sobre las bienaventuranzas se ha dicho de todo. Para Gandhi eran la quintaesencia del cristianismo. Para Nietsche son una maldición, ya que atentan contra la dignidad del hombre. ¿A qué se debe esta abismal diferencia? Muy sencillo. Uno habla desde la mística (no cristiana). El otro pretende comprenderlas desde la racionalidad: y desde la razón, aunque sea la más preclara de los últimos siglos, es imposible entenderlas.

Sería un verdadero milagro hablar de las bienaventuranzas y no caer, en demagogia barata para arremeter contra los ricos, o en un espiritualismo que las deja completamente descafeinadas. Se trata del texto que mejor expresa la radicalidad del evangelio. La formulación, un tanto arcaica, nos impide descubrir su importancia. En realidad lo que quiere decir Jesús es que seríamos todos mucho más felices si tratáramos de desarrollar lo humano en vez de obsesionarnos con las necesidades materiales.

Mt las coloca en el primer discurso programático de Jesús. No es verosímil que Jesús haya comenzado su predicación con un discurso tan solemne y radical. El escenario del sermón nos indica hasta qué punto lo considera importante. El “monte” está haciendo clara referencia al Sinaí. Jesús, el nuevo Moisés, que promulga la “nueva Ley”. Pero hay una gran diferencia. Las bienaventuranzas no son mandamientos o preceptos. Son simples proclamaciones que invitan a seguir un camino inusitado hacia la plenitud humana.

No tiene importancia que Lc proponga cuatro y Mt nueve. Se podrían proponer cientos, pero bastaría con una, para romper los esquemas de cualquier ser humano. Se trata del ser humano que sufre limitaciones materiales o espirituales por caprichos de la naturaleza o por causa de otro, y que unas veces se manifiestan por el hambre y otras por las lágrimas. La circunstancia concreta de cada uno no es lo esencial. Por eso no tiene mayor importancia explicar cada una de ellas por separado. Todas dicen exactamente lo mismo.

La inmensa mayoría de los exegetas están de acuerdo en que las tres primeras bienaventuranzas de Lc, recogidas también en Mt, son las originales e incluso se puede afirmar con cierta probabilidad que se remontan al mismo Jesús. Parece que Mt las espiritualiza, no sólo porque dice pobre de espíritu, y hambre y sed de justicia, sino porque añade: bienaventurados los pacíficos, los limpios de corazón etc.

La diferencia entre Mt y Lc desaparece si descubrimos qué significaba en la Biblia, “pobres” (anawim). Sin este trasfondo bíblico, no podemos entenderlos. Con su despiadada crítica a la sociedad injusta, los profetas Amos, Isaías, Miqueas, denuncian una situación que clama al cielo. Los poderosos se enriquecen a costa de los pobres. No es una crítica social, sino religiosa. Pertenecen todos al mismo pueblo cuyo único Señor es Dios; pero los ricos, al esclavizar a los demás, no reconocen su soberanía…

Las bienaventuranzas no están hablando de la pobreza voluntaria aceptada por los religiosos a través de un voto. Está hablando de la pobreza impuesta por la injusticia de los poderosos. Los que quisieran salir de su pobreza y no pueden. Serán bienaventurados si descubren que nada les puede impedir ser plenamente humanos.

Otra trampa que debemos evitar al tratar este tema es la de proyectar la felicidad prometida para el más allá. Así se ha interpretado muchas veces en el pasado y aún hoy lo he visto en algunas homilías. No, Jesús está proponiendo una felicidad para el más acá. Aquí, puede todo ser humano encontrar la paz y la armonía interior que es el paso a una verdadera felicidad, que no puede consistir en el tener y consumir más que los demás…

Las bienaventuranzas nos están diciendo que otro mundo es posible. Un mundo que no esté basado en el egoísmo sino en el amor. ¿Puede ser justo que yo esté pensando en vivir cada vez mejor (entiéndase consumir más), mientras millones de personas están muriendo, por no tener un puñado de arroz que llevarse a la boca? Si no quieres ser cómplice de la injusticia, escoge la pobreza, entendida como gastar lo imprescindible. Piensa cada día lo que puedes hacer por los que te necesitan aunque te cueste algo.

Fray Marcos
http://www.feadulta.com


Las Bienaventuranzas: corazón del Evangelio y de la Misión
Romeo Ballan, mccj

En la secuencia de epifanías, o progresivas manifestaciones de Jesús (ver domingos anteriores), las Bienaventuranzas son el programa de su misión, la carta magna del pueblo de la nueva Alianza, una especie de constitución del Reino de Dios, valor que hay que buscar por encima de todo (Mt 6,33). Antes de ser un mensaje ético de comportamientos, las Bienaventuranzas son una afirmación teologal de la primacía de Dios, de sus criterios y opciones, a menudo contrarios a los caminos y pensamientos humanos. En realidad, las Bienaventuranzas son una reafirmación del primer mandamiento: “Yo soy el Señor tu Dios: no tendrás otro Dios fuera de mí”. Avidez de riquezas y poder, violencia, soberbia, opresión… son contrarias al programa escogido por Jesús. Él ha decidido que su Reino crezca con personas que optan por la pobreza, la mansedumbre, la pureza de corazón, el trabajo por la paz, la misericordia, la reconciliación, el sufrimiento por el mal y la injusticia… Las Bienaventuranzas reclaman la prioridad del anuncio del Dios viviente, la invitación esencial a fiarse de Dios. Porque “solo Dios basta” (Santa Teresa de Ávila).

Jesús ha vivido las Bienaventuranzas y, tras haberlas vivido, las ha propuesto. Ellas son su autorretrato, trazan su perfil interior de verdadero Dios en carne humana. Antes de ser un programa predicado desde la montaña (v. 1), las Bienaventuranzas son su autobiografía, revelan su identidad íntima, su estilo, sus opciones vitales. Contemplando la vida de Jesús pobre, manso, puro, misericordioso, sediento de amor y de justicia, comprometido por la paz, perseguido y sufriente… es posible reconstruir todo el Sermón de la Montaña, empezando por las Bienaventuranzas.

El autor de la carta a los Hebreos, en su reflexión bíblica y teológica, explica el sentido de las opciones de Cristo: “el cual, en lugar del gozo que se le proponía, soportó la cruz sin miedo a la ignominia, y está sentado a la diestra del trono de Dios” (Heb 12,2). Por tanto, al discípulo se le invita a correr con paciencia la prueba que se le propone, teniendo “fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe” (ibid.). También Jesús buscaba su felicidad, al igual que cualquier otro ser viviente. Y la ha encontrado optando por las Bienaventuranzas. Este ha sido su camino y, por tanto, debe ser también el nuestro. En el programa de las Bienaventuranzas, Jesús habla de sí mismo, pero, al mismo tiempo, habla de nosotros, describe el estilo de nuestra vida de discípulos. Habla de un cambio radical. Las Bienaventuranzas son, en efecto, un vuelco total de los criterios humanos; ¡un desconcertante marchar a contracorriente! Tomarlas en serio y vivirlas así como lo hizo Jesús– produce un salto cualitativo en la vida del mundo: ¡una auténtica revolución en el amor!

El profeta Sofonías (I lectura) exhorta a los humildes de la tierra, para que busquen al Señor, la justicia y la moderación (v. 3), porque el Señor presta una atención especial a los pobres y necesitados (salmo). S. Pablo nos lo confirma, escribiendo a los Corintios (II lectura) que Dios ha escogido lo necio del mundo, la gente baja, lo despreciable, lo que no cuenta… de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor (cfr. v. 27-29). La comunidad cristiana de Corinto es un ejemplo de ello: no hay muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos o aristócratas (v. 26). Situaciones como esta se repiten muy a menudo en las jóvenes Iglesias misioneras, sobre todo en el sur del mundo, donde el anuncio del Evangelio y el crecimiento de las comunidades cristianas se llevan a cabo con escasos y frágiles recursos, a menudo en medio de personas sencillas y humildes, casi siempre en situaciones de minoría, incomprensión, hostilidad. En las situaciones de precariedad humana, tan frecuentes en el mundo misionero, se manifiestan con mayor claridad la fuerza del Evangelio y la gratuidad de las Bienaventuranzas. Son un tesoro que es preciso guardar y preferir a otras propuestas mundanas que no hacen sino contaminar el anuncio misionero.

Es conocida la admiración de Gandhi (del cual se cumple el aniversario del asesinato: 30-1-1948) y de otros líderes espirituales no cristianos, por el mensaje de las Bienaventuranzas proclamadas por Jesús. El programa de las Bienaventuranzas exige la conversión interior de los evangelizadores, sin la cual no son posibles ni misión ad gentes, ni actividad pastoral, ni verdadero ecumenismo. Las Bienaventuranzas de Jesús no son solo un estilo o un método, sino el contenido esencial, el corazón del anuncio misionero.