Mensaje del Papa para la Jornada Mundial de oración por el cuidado de la Creación

MENSAJE DE SU SANTIDAD
PAPA LEÓN XIV
PARA LA XI JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN
POR EL CUIDADO DE LA CREACIÓN 2026
1 de septiembre de 2026

«Con sus espadas forjarán arados
y podaderas con sus lanzas» (Is 2,4)

Queridos hermanos y hermanas:

Nuestro Señor Jesucristo vino para que tengamos vida y la tengamos en abundancia (cf. Jn 10,10). Este regalo de vida yace justo en el corazón de nuestra misión como discípulos y de nuestro llamado común a construir una civilización del amor. Como podemos observar, en esta Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación, se nos invita una vez más a contemplar el don de la vida y a apreciar la tierra que la sustenta, ya que son modos tangibles de alabar a nuestro Creador.

Actualmente, estamos siendo testigos de múltiples crisis y de un gran sufrimiento humano. Al mismo tiempo, pareciera que la alteración del equilibrio armónico de la creación se está acelerando. Estos fenómenos no están disociados; son una única apelación por la sanación y la paz que brota de un mundo herido.

El Dios de la vida, revelado en Jesucristo, ofrece una paz que el mundo no puede dar: «La paz les dejo, mi paz les doy» (Jn 14,27). Esta paz no es ni superficial ni perecedera, mana desde el perpetuo amor de Cristo y de su interés por cada persona humana.

Sin embargo, esta promesa de paz contrasta notablemente con las realidades que vemos en muchas partes del mundo. El profeta Isaías habló de una época en la que las naciones «con sus espadas forjarán arados» (Is 2,4), transformando lo que destruye la vida en aquello que la sostiene. Pero hoy, frecuentemente somos testigos de lo contrario, mientras los esfuerzos se siguen centrando en la violencia y la guerra.

La guerra deja heridas que se extienden mucho más allá del campo de batalla. Cobra vidas, desintegra a las familias y fuerza a millones de personas a abandonar sus hogares, aumentando el miedo, la injusticia y la división (cf. Gaudium et spes, 77-82). La guerra además deja una destrucción social y ecológica que perdura por generaciones. Más aún, la interacción entre conflictos armados y degradación ambiental a menudo crea círculos viciosos que destruyen ecosistemas, contaminan recursos esenciales, como el aire y el agua, y merman la seguridad de los alimentos. Esto genera pobreza, desigualdad y nuevos conflictos sociales que pueden contribuir al resurgimiento de conflictos futuros.

Aparte de esto, la guerra crea lesiones que perjudican todo el entramado de la vida, dañando no sólo a individuos y comunidades, sino a su amplia red de relaciones con la entera familia humana, así como su armonía con la creación. Esto pone de manifiesto un fracaso más profundo cuando se trata de vivir a imagen y semejanza de Dios, de respetar la vida y de cuidar la tierra que se nos ha confiado. No es sólo un fracaso político, sino también moral y espiritual. La guerra, arraigada en deseos distorsionados y en el mal uso de la libertad y el poder humanos, constituye un antitestimonio del Evangelio de la paz.

Las crisis mencionadas anteriormente no sólo exigen responsabilidad sino también una conversión del corazón que rinda frutos en una fidelidad más profunda a Dios, en el amor mutuo y en el respeto por el don de la creación. De hecho, las discordias que presenciamos en el mundo, como la violencia, la injusticia y el daño ecológico, no resultan simplemente de estructuras o sistemas imperfectos; son el “síntoma de una profunda dicotomía arraigada en la misma humanidad (Gaudium et spes, 10). En efecto, el corazón humano resulta ser el lugar donde se llevan a cabo las más duras batallas y donde se revela nuestra condición caída. No es sólo la sede de las emociones, sino el centro de la persona –donde convergen la razón, los deseos, la voluntad, y la conciencia–. Es aquí donde luchamos con nuestros deseos contradictorios entre el amor y la indiferencia, la verdad y la ilusión, la justicia y la injusticia (St 1,14-15). Los daños de la guerra y el deterioro de la tierra están entonces profundamente vinculados con la condición del corazón humano. Los conflictos que atormentan a la humanidad, de diversos modos, son la expresión exterior de la discordia y división interiores. Cuando el corazón está distorsionado, las relaciones sufren y las estructuras que construimos comienzan a reflejar ese desorden.

El Papa Benedicto XVI nos recordó que «los desiertos exteriores se multiplican en el mundo, porque se han extendido los desiertos interiores» (Homilía en el Solemne Inicio del Ministerio Petrino, 24 abril 2005). Esto nos llama a reconocer que lo que está arruinado en nuestro entorno, de alguna manera también lo está dentro de nosotros. Para construir una sociedad pacífica, debemos entonces no sólo reformar estructuras, sino renovar nuestros corazones. Las causas subyacentes del conflicto y la explotación de la creación provienen de una crisis ética y cultural, así como de una pérdida del sentido de los límites, del deseo de dominación, de la búsqueda del beneficio inmediato y de la incapacidad de reconocer la dignidad dada por Dios a cada persona humana.

El adagio profético «con sus espadas forjarán arados» (Is 2,4) no es entonces sólo una visión que atañe a las naciones, sino una llamada a cada persona. Nos invita a transformar la herida en vida. Sin embargo, esta transformación no puede ser llevada a cabo por medio de un simple cambio externo, sino que requiere, a través de nuestra cooperación con la gracia de Dios, de una conversión personal y colectiva más profunda –un regreso a Dios, que reordene nuestros deseos, sane nuestras heridas y nos ayude a crecer en la virtud–.

Con la ausencia de esta transformación interior, la paz permanecerá frágil y será efímera. Pero donde los corazones se renuevan, comienzan a abrirse nuevas posibilidades. Lo que ha sido utilizado para la destrucción puede ser redirigido hacia la vida: al cuidado de los pobres, al sustento alimentario de los hambrientos y al cuidado de la creación. Este es el camino de la auténtica conversión ecológica, donde los efectos de nuestro encuentro con Jesucristo se hacen evidentes en nuestra relación con el mundo que nos rodea (cf. Francisco, Laudato siʼ, 217). La paz entonces comienza en nuestro corazón y se proyecta hacia nuestras relaciones, nuestras comunidades y al mundo en su conjunto.

A pesar de que los desafíos que tenemos por delante son enormes, Dios no nos deja sin los medios para sanar y transformar. En vez de las armas bélicas, el Dios de la paz nos colma de fuerza para sanar, para reconciliar y construir una civilización del amor. En este sentido, estamos llamados al cuidado de los múltiples “ecosistemas” que nos han sido confiados: los ecosistemas de la creación, de las relaciones humanas y los del propio corazón humano.

Imaginémonos un mundo en el que los esfuerzos que actualmente se invierten en la guerra fueran dirigidos al desarrollo humano integral, al combate de la pobreza, a la protección de la dignidad humana y a la reconciliación de la gente que está dividida. Un panorama así refleja la fe en la venida del Reino de Dios.

Los auténticos instrumentos para la construcción de la paz no son las armas destructivas, al contrario, lo son la verdad, el diálogo, la paciencia, la bondad, la justicia, la misericordia, la comprensión, el cuidado y el amor. Estos instrumentos brotan de los corazones formados por el Evangelio y sostenidos por la gracia de Dios. Sólo estas cualidades poseen el poder de transformar individuos, renovar comunidades y sanar las heridas de nuestro mundo.

Queridos hermanos y hermanas, es claro el camino que tenemos por delante, aunque no sea fácil. Estamos llamados a dejar que nuestros corazones sean renovados, de tal manera que favorezcamos la paz y el cuidado de la creación. La Sagrada Escritura nos dice que vigilemos nuestro corazón, porque todo lo que hacemos brota de él (cf. Pr 4,23).

Si asumimos esta tarea con humildad y fe, nos volveremos colaboradores en la obra renovadora de Dios. Avanzaremos despacio pero firmes, desde el desierto hacia el jardín, de la división a la comunión y de la violencia a la paz.

Que el Señor nos conceda la valentía para recorrer esta senda, para que en nuestro tiempo, con las espadas realmente se forjen arados, que la promesa del Evangelio se arraigue en nuestro mundo y que la paz de Cristo reine sobre toda la creación.

Vaticano, 15 de agosto de 2026, Asunción de la Santísima Virgen María.

LEÓN PP. XIV

www.vatican.va

Pascua: El bautismo como inicio de una vida nueva

Texto: P. Ismael Piñón, mccj
Fotos: Misioneros Combonianos

En las comunidades cristianas de África, el bautismo es vivido verdaderamente como un nuevo nacimiento. En el encuentro que tuvo con Nicodemo, Jesús le insistía en la necesidad de “nacer de nuevo”, y especificaba: “si uno no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios” (Jn 3,3-5). Por el Bautismo –que es, junto con la Confirmación y la Eucaristía uno de los sacramentos de la iniciación cristiana– nos hacemos hijos de Dios y entramos a formar parte de la gran familia que es la Iglesia. A través del agua bautismal y con la gracia del Espíritu Santo que nos inunda en el sacramento, nuestra vida inicia una nueva etapa.

En todas las culturas del mundo hay ritos y tradiciones que marcan las diferentes etapas de la vida, desde el nacimiento hasta la muerte. Son ritos y costumbres que, además de tener una fuerte implicación en lo social y lo familiar, están fuertemente impregnados de un sentido religioso. En las culturas africanas, el nacimiento de un bebé se celebra con alegría, porque es un nuevo miembro que llega para enriquecer y reforzar la familia y el clan. Es interpretado como un regalo de la divinidad. Cuando ese bebé llega a la pubertad, tiene que realizar un proceso de iniciación a la vida social y familiar para prepararse a lo que será su responsabilidad de adulto –ya sea como varón o como mujer– con el fin de contribuir al bien y al progreso de la comunidad. Ese proceso iniciático se vive como un nuevo nacimiento, hasta el punto de que una vez completado, el joven o la joven se considera muerto a su vida anterior e inicia una vida completamente nueva, con otro nombre, con responsabilidades concretas, al tiempo que es integrado de forma plena en la comunidad de los adultos. El camino de preparación al bautismo no es ajeno a esa tradición.

En Europa, y aquí en México, el bautismo se suele celebrar a los pocos meses del nacimiento, como mucho a los dos o tres años. No es común ver un bautizo de una persona adolescente o adulta. En África, a medida que la Iglesia se ha ido implantando, se hace cada vez más frecuente bautizar a los niños al poco tiempo de nacer. Sin embargo, en la mayoría de los casos, el bautismo se sigue viviendo como un proceso iniciático que comienza a partir de los ocho o diez años, los más jóvenes. Cuando se trata de un adulto que ya ha vivido su proceso de iniciación tradicional, es vivido con mayor intensidad. Es un camino que puede durar varios años, durante los cuales el catecúmeno tiene la posibilidad de profundizar en el conocimiento de la Palabra de Dios, de la vida de Jesús, o del significado y la responsabilidad que supone pertenecer a la comunidad eclesial entendida como la nueva familia a la que pertenecerá, más allá de su familia de sangre.

Un proceso iniciático

Durante el catecumenado, el candidato al bautismo va tomando conciencia de que, una vez bautizado, su vida será otra, por eso es invitado a elegir un nuevo nombre cristiano. Al igual que en la iniciación tradicional, sabe que morirá a su vida anterior, se perdonarán todos sus pecados y renacerá a una nueva vida para formar parte de una nueva familia, la de los hijos de Dios. Debe aprender a conocerse a sí mismo, reconocer sus defectos y sus debilidades, hacer frente a aquello que le puede separar de Dios o de sus hermanos. Los diferentes momentos que contempla el ritual del bautismo para adultos (escrutinios, exorcismo, unción del oleo de catecúmenos, etc.) los vive como un auténtico proceso iniciático de purificación y de preparación para lo que será su vida como cristiano. Para ello contará también con la ayuda de su padrino o madrina, que tiene un papel muy importante en todo el proceso, al igual que el tutor o el padrino de la iniciación tradicional.

El camino que ha de recorrer no es fácil. Se trata de un itinerario que puede durar varios meses, incluso años. Durante ese tiempo, la comunidad eclesial a la que pertenece lo irá acompañando para que no se sienta solo, para que experimente, ya desde el inicio, que formará parte de una nueva familia. La comunidad tiene también la responsabilidad de verificar que el candidato al bautismo muestra un verdadero deseo de ser cristiano a través de su comportamiento, de su servicio a los más necesitados, de sus relaciones con los demás y de su fidelidad a las catequesis y a la escucha de la Palabra de Dios.

Al igual que la iniciación tradicional, la preparación al bautismo se concibe también como una especie de entrenamiento durante el cual aprenderá y conocerá las herramientas que luego le ayudarán en su nueva vida, lo que los cristianos llamamos las virtudes teologales: fe, esperanza y caridad. Irá tomando conciencia de la importancia de la confianza en Dios, que nunca lo abandonará; de la esperanza en los momentos de dificultad o de debilidad; y de que la caridad es la virtud fundamental que deberá marcar su nueva vida. Aprenderá también a luchar contra el mal que siempre acecha a través de las tentaciones, del deseo de venganza o del sentimiento de rivalidad, de rencor o de envidia hacia los que no son como él.

Una nueva familia

En su diálogo con Nicodemo, Jesús afirma que “de la carne nace carne, del Espíritu nace espíritu” (Jn 3,6). En África el sentido de pertenencia a una familia, a un clan o a una etnia están muy marcados. Aunque en sí es algo positivo, ese sentimiento de pertenencia es causa frecuente de divisiones y enfrentamientos. Las luchas tribales han causado mucho daño y siguen siendo el origen, tanto en el ámbito político y social como incluso en el seno de la Iglesia, de no pocos problemas.

El bautismo, vivido como un nuevo nacimiento, invita al que lo recibe a ir más allá del “nacimiento en la carne” y asumir un nuevo “nacimiento en el Espíritu”, que hace de todos los bautizados, sean del clan que sean, hijos de un mismo Padre y, por lo tanto, miembros de una misma familia en el Espíritu. El Sínodo Especial de los Obispos para África, que tuvo lugar 1994, introdujo la expresión “Iglesia Familia de Dios en África” para subrayar precisamente la importancia de concebir a la Iglesia como una familia que va más allá de los lazos de sangre.

No se trata de renunciar a la propia familia, al clan o a la etnia, sino más bien de vivir ese sentido de pertenencia de una manera más universal y más amplia, de abrir los valores tradicionales de la pertenencia étnica a todos sin excepción. La solidaridad, por ejemplo, que antes se ejercía exclusivamente con los de la misma sangre, se abre a todos los hermanos, hijos de un mismo Padre celestial, independientemente de su origen. El otro ya no es visto como un rival o un enemigo, sino como un hermano.

El inicio de una nueva vida

En esta dinámica iniciática, el bautismo no se concibe como el final de una etapa –la del catecumenado– sino como el inicio de una nueva vida: la de cristiano. En Chad, por ejemplo, los recién bautizados participan en la misa diaria de la parroquia durante los 40 días siguientes, todos vestidos de blanco, como si fuera el mismo día del bautismo. Durante el retiro previo al bautismo, cada catecúmeno asume un compromiso concreto, como visitar a los enfermos, participar en la animación de la liturgia, prepararse para ser un futuro catequista, dar un servicio concreto en la comunidad, etc.

También es importante tomar conciencia de que una vez recibido el bautismo, no se ha alcanzado una meta, sino que se ha iniciado una nueva etapa. El bautismo no es un punto de llegada, sino de partida. Por eso, los nuevos bautizados necesitan un acompañamiento durante un cierto tiempo para no perderse en el camino que han iniciado. El año que sigue al bautismo se les ofrece una serie de catequesis llamadas “mistagógicas”, cuyo nombre viene del griego “mystagogía” (introducción al misterio). En ellas, con la ayuda del sacerdote o de los catequistas, van comprendiendo mejor lo que implica ser cristiano, ya no por las enseñanzas que han recibido, sino por su propia experiencia de cada día.

Durante esas catequesis, los llamados “neófitos” (expresión que viene del griego “neóphytos” y que significa literalmente “recién plantado”) tienen la oportunidad de compartir entre ellos su experiencia como nuevos cristianos y expresar sus dudas y sus dificultades, porque a ser discípulo de Jesús no se aprende en un solo día. Es un largo camino que se va haciendo poco a poco.  En los sacramentos de la Eucaristía y de la Penitencia los “neófitos” irán encontrando alimento y energías para corregir errores y recuperar fuerzas en los momentos de debilidad para seguir caminando.

Por su parte, la comunidad los sigue acompañando como una madre acompaña a su hijo pequeño cuando empieza a dar los primeros pasos, particularmente a través de los padrinos y madrinas. No es fácil. Suele haber caídas, momentos de desaliento, incluso algunos abandonan al poco tiempo porque una cosa es lo que se escucha y otra la realidad que se vive cada día. El mundo y la sociedad no han cambiado, el que debe cambiar es el que ha tomado la decisión de vivir una nueva vida como Hijo de Dios y miembro de la Iglesia. El espíritu Santo, recibido el día del bautismo, lo acompañará.

En muchas comunidades eclesiales de África, durante los dos años que siguen al bautismo, los neófitos se van preparando para el sacramento de la Confirmación. La opción de no confirmarlos el mismo día del bautismo obedece a que el camino iniciático que van haciendo tiene sus tiempos y sus ritmos. Es mejor ir poco a poco, pero asimilando bien las etapas. Llegado el día de la Confirmación, los bautizados darán un nuevo paso adelante, será una nueva transformación: la realizada por el Espíritu Santo, que confirma en la fe y da su luz y su fuerza para continuar en el seguimiento de Cristo en la fidelidad y el compromiso.

Los tres montes de Comboni

(15 de marzo de 1831 – 15 de marzo de 1881 – 15 de marzo de 2026)
La espiritualidad de Comboni es transparente, esencial, sólida, encarnada, con los pies en la tierra, arraigados en el suelo africano y con la mirada fija en la cruz, casi como para recordarse a sí mismo y a sus misioneros y misioneras que la actividad misionera de la Iglesia es siempre la de la misión de Cristo crucificado y resucitado. Al examinar los escritos de Comboni (unas 1300 cartas), podemos decir que en su vida misionera y espiritual visitó tres montes: el monte Moriah, el Tabor y el Gólgota, es decir, el monte de la fe, de la esperanza y del amor. (En la foto, el monte Moriah).

Por: P. Teresino Serra, mccj
www.comboniani.org

EL MONTE MORIAH: es el monte al que Abraham se dirige para sacrificar a su hijo. Dios le dijo a Abraham: «Toma a tu hijo, el único que tienes y al que tanto amas, y ofrécemelo en sacrificio» (Génesis 22).

Esto también le sucedió a la familia de Comboni… De ocho hijos, solo queda Daniel, quien escribe a sus padres: «¡Cada día pienso en el gran sacrificio que habéis hecho de mí al Señor! Nunca dejaré de admiraros, y siempre os daré las gracias por la gracia que me habéis concedido» (S. 175).

Moriah es el Monte del misterio y del silencio de Dios. En el misterio y en el silencio debemos confiar en Dios, como Abraham, como Comboni. La respuesta de Dios siempre llega, tras nuestra espera confiada y obediente. En la vida de Comboni hay otros momentos de prueba, en los que Dios pide a su misionero una confianza total. Son los tres momentos de tentación en su vocación y misión:

Primer momento: Comboni escribe a Francesco Briccolo: «Tendría mil caminos para ser feliz y hacer una gran carrera, aunque sea indigno; pero el afecto y la gratitud por el Instituto me hacen pisotearlo todo» (S. 1166).

Segundo momento: En la carta al P. Sembianti se lee: «Vivo como los demás misioneros, y con ellos, como cualquier religioso; trabajo día y noche para ayudar a la misión, y mientras todos los demás duermen tranquilos, yo velo junto a la mesa por amor a Jesucristo y a los pobres, cuando podría vivir cómodamente en Europa si hubiera querido aceptar espléndidos cargos diplomáticos al servicio de la Iglesia» (S. 6812).

Tercer momento: Comboni escribe de nuevo al P. Sembianti: «Al verme tan abandonado y desolado, tuve cien veces la tentación más fuerte (y también incitaciones de hombres piadosos, respetables, pero sin valor ni confianza en Dios) de abandonarlo todo, ceder la obra a la Propaganda y ponerme como humilde siervo a disposición de la Santa Sede, o del cardenal prefecto, o de algún obispo» (S. 6886).

EL MONTE TABOR: es el monte de la esperanza y de la acción de gracias a Dios.

He aquí, pues, que Comboni se alegra de hacer la voluntad de Dios (S. 3402). Se alegra de sufrir por Cristo en favor de la misión (S. 3477, 5078) y de dar la vida por su pueblo africano (S. 3159). Está sereno ante las muchas humillaciones; y esta serenidad proviene de un corazón habitado por una paz interior (S. 6964). Está feliz por las cruces encontradas en la misión, cruces que lleva de buen grado por amor y por el bien de los demás (S. 7246). He aquí, pues, uno de sus sentimientos expresados en los últimos tiempos de su vida: «Yo, mis misioneros, mis cinco Hermanas Pías Madres de la Nigrizia (que son verdaderos ángeles), somos los más felices de la tierra, pues estamos en manos de Dios y de la Virgen María. Sufrimos por Jesús, lo hemos confiado todo a los brazos de la divina Providencia. ¡Es dulce sufrir por Jesús, con Jesús y por la misión!» (S. 5082). Y el día de su último cumpleaños, el 15 de marzo de 1881, el corazón misionero de Comboni canta el Magnificat de su vida dando gracias a Dios. Escribe: «Hoy cumplo 50 años. ¡Dios mío! Uno envejece a pasos agigantados, sin hacer nada. Es cierto que me encuentro ante el vicariato más laborioso y difícil del mundo, que marcha bastante bien y que, gracias a la gracia divina, ha llegado a un punto que hace ocho años nunca habría creído ver, dados los enormes obstáculos que había previsto, y a cuyo progreso he contribuido, por voluntad de Dios y con su ayuda, también con mi propia mano. Pero, después de todo, es una gracia que yo no haya puesto obstáculos, y que solo pueda exclamar con toda razón con el Apóstol: «servus inutilis sum» (S. 6561).

El Tabor es también el monte de la alegría y del agradecimiento de Daniel Comboni. Después de Dios, nuestro fundador da las gracias a sus padres: «Os doy las gracias y os las daré siempre por haberme concedido, oh amadísimos, seguir mi vocación (s. 162). «Me alegra mucho haceros saber que estoy bien, que pienso en vosotros, rezo por vosotros y, aunque esté lejos de vosotros, vivo siempre para vosotros» (S. 175).  Los padres ayudaron a Comboni a ir más allá. Hubo ocasiones para quedarse en Italia y ser diocesano. Los padres le concedieron esa libertad misionera.

Daniele Comboni, además y sobre todo, nunca olvida dar las gracias a sus misioneros y misioneras: «Todos tenemos un mismo pensamiento, estamos dispuestos y deseosos de sacrificar nuestra vida por amor a Dios, a la Iglesia y a África» (S. 2224, año 1870). Como dice la Hna. Gregolini, pasamos tres cuartas partes del año entre obstáculos y dificultades; trabajamos y sufrimos (S. 6855). Ningún esfuerzo nos desalienta, ninguna dificultad nos detiene, incluso la muerte nos sería querida si pudiera ser de alguna utilidad para la misión (S. 1105)». Todo por la misión querida por Dios

MONTE CALVARIO: es el monte que Comboni visitó a menudo y con generosidad cada día.

Comboni visita el Calvario también y sobre todo en los últimos meses de su vida y escribe: «Son tantas las injusticias y las píldoras amargas que he tenido que tragar de los santos locos, que es un milagro que pueda sobrevivir. Pero yo tengo otras ideas distintas a las suyas: yo trabajo únicamente por la gloria de Dios y por las pobres almas» (S.6682). Por sus escritos comprendemos que Comboni murió también de «desamor» (S. 7001). Los sufrimientos y las tribulaciones le «desgarraron el alma» (S. 7145). Hay muchos otros términos, como angustia, amargura, soledad, agonía, muerte, etc., que aparecen insistentemente en las cartas de los últimos meses y que dan testimonio de su dolor.

Sin duda, Comboni sabía que ponerse al servicio de Dios para la misión significaba tomar la cruz y seguir a Cristo, sacrificarse, amar y sufrir.  Daniele Comboni, además, habla de la cruz que lleva junto a sus compañeros y compañeras de misión: «Aprecio a mis compañeros y me siento apreciado. Todos tenemos un mismo pensamiento, estamos dispuestos y ardientes por sacrificar nuestra vida por amor a Dios, a la Iglesia y a África» (S. 2224). Y además: «Me consuela mucho ver a todos mis misioneros y a todas las Hermanas siempre alegres y contentos, y dispuestos a sufrir y morir cada vez más. Estoy convencido de que, en materia de abnegación y espíritu de sacrificio, ninguna misión tiene misioneros y misioneras tan sólidos como los míos» (S. 6751. Año 1881). En la vida de Comboni también se recuerda un episodio de alegría, de cruz y de fe: «A finales del pasado mes de junio de 1879, el Excmo. Cardenal de Canossa, Obispo de Verona, se dirigió al Instituto de las Pías Madres de la Nigrizia, en Santa María en Organo, y entregó el Crucifijo a dos misioneros y a cinco novicias que estaban a punto de partir hacia arduas y laboriosas misiones de África Central. No se puede describir con palabras la emoción y el santo entusiasmo de aquellas jóvenes elegidas que, formadas en la escuela de Cristo y de la cruz, veían llegar el momento de partir y entregar su vida a la misión» (S. 5737). Comboni, en sus escritos, habla mucho de la misión ardua; la misión fácil, edulcorada, no es comboniana.

Cuaresma, Ramadán… Tiempo de ayuno, tiempo de desierto

Por: Hna. Cecilia Sierra, smc

Como Jesús, también nosotras fuimos conducidas al desierto, al mismo desierto de Judea.

Nos esperaban. Sin maquillaje, con ojos cansados, labios resecos y manos agrietadas. Las mujeres beduinas —que suelen llegar con vestidos vivos y un delicado toque que realza la dignidad de sus rostros— hoy estaban distintas. Es el primer día de Ramadán y el ayuno ya se siente: nada de comida ni agua desde el alba hasta el ocaso.

El Ramadán transforma el ritmo de estas tierras. Antes del amanecer, las familias comparten el suhoor; luego el día se vuelve lento y silencioso. Hacia la tarde el cansancio se hace visible y muchos regresan con prisa para preparar el iftar. El hambre revela la fragilidad humana. Al caer el sol, la oración abre el momento sagrado de romper el ayuno con agua y dátiles.

En el desierto de Judea, entre mantas gastadas y láminas de zinc que crujen al viento, el ayuno es más austero. Vulnerables, sin servicios básicos, el sacrificio es concreto y cotidiano.

Coinciden las fechas: comienza el Ramadán y la Iglesia inicia la Cuaresma. “¿Ayunan ustedes?”, preguntan incluso los niños. Amir, beduino de siete años, ya ayuna. “Su espíritu se fortalecerá”, afirma su madre con la firmeza de quien ha aprendido a resistir.

Pronto emerge lo más doloroso: una situación agravada, una incertidumbre que pesa más que el hambre. Nuestra presencia se vuelve encuentro, espacio para compartir lo que nos une y reconocemos como sagrado. Caminos distintos, una misma sed, un solo Dios. El Espíritu conduce al desierto. En su inmensidad, la necesidad de lo divino se hace más honda. Dios habita también la intemperie.

Quizás el desierto no sea el lugar donde todo falta, sino ámbito de discernimiento. La aridez enseña a custodiar lo esencial, lo nuevo y lo santo; a abrir espacio para que su Palabra desenmascare engaños y sostenga la virtud.

El Espíritu nos conduce al desierto para que el ayuno no sea solo privación, sino fortaleza y solidaridad; para que la oración sea escucha y tu vida y la mía se vuelvan presencia cercana y consuelo para quien clama a Dios compasión y misericordia. Por eso, como a Jesús, el Espíritu sigue llevándonos al desierto.

Las armas y el dinero pretenden dominar

+ Felipe Arizmendi Esquivel
Obispo Emérito de SCLC

HECHOS

Cuando conocí al líder local del grupo armado que, junto con otros dos, controlan y extorsionan a todo mundo en nuestra región, llevaba un arma corta al cinto y le pregunté por qué la llevaba. Sólo me respondió que era su costumbre. Le dije que él debía valer por lo que es, por su persona, no por su pistola. La realidad es que, sin las armas largas que él y su grupo portan consigo, no lograrían imponer sus leyes a toda la comunidad. Tampoco obtendrían el dinero que sacan de las extorsiones, pues campesinos y comerciantes les pagan las cuotas que exigen porque sus armas les dan poder para enriquecerse. Y ese dinero les da capacidad para comprar más armas. Ojalá no tarde el día en que las autoridades federales hagan lo que deben, pues todos conocen a estos líderes y saben dónde viven y cómo actúan. Ciertamente se ve que ya han decidido no seguir esa política nefasta de abrazos hacia ellos, pero es enorme el poder del crimen organizado.

Donald Trump, porque su país es muy rico y enorme su potencial militar, se siente con derecho a intervenir en otros países e imponer sus leyes y sus aranceles. Con su poderío económico y militar, quiere controlar todo. ¿No hay, en USA, quien lo controle? Nuestro país tiene que acceder en muchas cosas que exige, porque de lo contrario nos pone más aranceles y nuestra economía se afecta. Aunque aquí se hable de cooperación, en realidad todo parece sumisión.

Lo mismo pasa en otros niveles. Hay padres de familia que compran con dinero el afecto y el respeto de sus hijos. Abusadores de menores y de mujeres compran con dinero y amenazas de muerte el silencio de sus víctimas. Esposas maltratadas soportan todo con tal de que el marido no les deje sin recursos. El dinero y las armas se imponen, como si la verdad y la justicia se compraran. Los mismos apoyos de gobierno a las personas mayores, que es un acto de justicia, puede ser utilizado para comprar votos. El dinero puede pervertir.

ILUMINACION

El Papa Francisco, en su exhortación Evangelii gaudium, advierte:

“Hemos creado nuevos ídolos. La adoración del antiguo becerro de oro ha encontrado una versión nueva y despiadada en el fetichismo del dinero y en la dictadura de la economía sin un rostro y sin un objetivo verdaderamente humano” (55). “Se instaura una nueva tiranía invisible, a veces virtual, que impone, de forma unilateral e implacable, sus leyes y sus reglas. El afán de poder y de tener no conoce límites” (56).

Tras esta actitud se esconde el rechazo de la ética y el rechazo de Dios. La ética suele ser mirada con cierto desprecio burlón. Se considera contraproducente, demasiado humana, porque relativiza el dinero y el poder. Se la siente como una amenaza, pues condena la manipulación y la degradación de la persona. La ética –una ética no ideologizada– permite crear un equilibrio y un orden social más humano” (57).

“Una reforma financiera que no ignore la ética requeriría un cambio de actitud enérgico por parte de los dirigentes políticos, a quienes exhorto a afrontar este reto con determinación y visión de futuro. ¡El dinero debe servir y no gobernar! El Papa ama a todos, ricos y pobres, pero tiene la obligación, en nombre de Cristo, de recordar que los ricos deben ayudar a los pobres, respetarlos, promocionarlos. Os exhorto a la solidaridad desinteresada y a una vuelta de la economía y las finanzas a una ética en favor del ser humano” (58).

ACCIONES

Demos al dinero la importancia que merece, pero no más. Que el dinero no nos domine y no nos faculte para imponernos a los demás; que no se utilice para comprar o dominar a los hijos o a la esposa. Que el valor de nuestra persona no dependa de las armas y del dinero, ni de amenazas, sino del amor y respeto que demos a los demás.

Foto: Freepik.es

Tarea de Año Nuevo: Los pobres

Por: + Felipe Arizmendi Esquivel
Obispo Emérito de SCLC

HECHOS

Estamos iniciando un nuevo año, 2026. Para algunos, quedan sólo recuerdos de sus andanzas durante las vacaciones pasadas. Nada de replantearse propósitos para ser mejores; sólo esperar los siguientes días festivos y planear nuevos destinos. Nada les importan los demás, los que nunca tienen vacaciones, los que permanentemente pasan muchas carencias. ¿Los pobres? Que los atienda el gobierno… ¡Esa es su justificación! Un nuevo año plagado de egoísmos e injusticias, ¿será mejor?

Para quienes queremos vivir a plenitud este y todos nuestros años, Jesús nos enseña que no podemos desentendernos de los demás, empezando por nuestra familia, sino que debemos ampliar nuestro corazón hacia los pobres, los enfermos, los ancianos, los presos, los migrantes, los subempleados, etc. ¡Sólo dando vida a los que sufren es que tenemos vida y este año será mejor! Disculpen que vuelva a insistir en este punto; es que, en esto, se juega también la plenitud de este nuevo año.

ILUMINACION

El Papa León XIV, en su exhortación Dilexi te sobre el amor a los pobres, de una forma muy sólida y evangélica, nos remarca esta dimensión de nuestra fe, que no se reduce a un mero asistencialismo, sino que exige también luchar por un cambio de estructuras:

“La solidaridad también es luchar contra las causas estructurales de la pobreza, la desigualdad, la falta de trabajo, la tierra y la vivienda, la negación de los derechos sociales y laborales. Es enfrentar los destructores efectos del imperio del dinero… Superar esa idea de las políticas sociales concebidas como una política hacia los pobres, pero nunca con los pobres, nunca de los pobres y mucho menos inserta en un proyecto que reunifique a los pueblos” (81).

“Cristo nuestro Salvador, no sólo amó a los pobres, sino que ‘siendo rico se hizo pobre’, vivió en la pobreza, centró su misión en el anuncio a los pobres de su liberación y fundó su Iglesia como signo de esa pobreza entre los hombres. La pobreza de tantos hermanos clama justicia, solidaridad, testimonio, compromiso, esfuerzo y superación para el cumplimiento pleno de la misión salvífica encomendada por Cristo. No sólo debe compartir la condición de los pobres, sino también ponerse de su lado, comprometiéndose diligentemente en su promoción integral” (89).

“Es preciso seguir denunciando la ‘dictadura de una economía que mata’ y reconocer que mientras las ganancias de unos pocos crecen exponencialmente, las de la mayoría se quedan cada vez más lejos del bienestar de esa minoría feliz… La situación de miseria de muchas personas a quienes esta dignidad se niega debe ser una llamada constante para nuestra conciencia” (92).

“Es responsabilidad de todos los miembros del pueblo de Dios hacer oír, de diferentes maneras, una voz que despierte, que denuncie y que se exponga, aun a costo de parecer ‘estúpidos’ (97). La conversión espiritual, la intensidad del amor a Dios y al prójimo, el celo por la justicia y la paz, el sentido evangélico de los pobres y de la pobreza, son requeridos a todos, y especialmente a los pastores y a los responsables (98). La opción preferencial de la Iglesia por los pobres está implícita en la fe cristológica en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza” (99).

“El cuidado de los pobres forma parte de la gran Tradición de la Iglesia, como un faro de luz que, desde el Evangelio, ha iluminado los corazones y los pasos de los cristianos de todos los tiempos. Por tanto, debemos sentir la urgencia de invitar a todos a sumergirse en este río de luz y de vida que proviene del reconocimiento de Cristo en el rostro de los necesitados y de los que sufren. El amor a los pobres es un elemento esencial de la historia de Dios con nosotros y, desde el corazón de la Iglesia, prorrumpe como una llamada continua en los corazones de los creyentes. La Iglesia, en cuanto Cuerpo de Cristo, siente como su propia ‘carne’ la vida de los pobres, que son parte privilegiada del pueblo que va en camino. Por esta razón, el amor a los que son pobres —en cualquier modo en que se manifieste dicha pobreza— es la garantía evangélica de una Iglesia fiel al corazón de Dios” (103).

“El cristiano no puede considerar a los pobres sólo como un problema social; estos son una ‘cuestión familiar’, son ‘de los nuestros’. Nuestra relación con ellos no se puede reducir a una actividad o a una oficina de la Iglesia” (104). “No pocas veces, la riqueza nos vuelve ciegos, hasta el punto de pensar que nuestra felicidad sólo puede realizarse si logramos prescindir de los demás” (108).

“Para nosotros cristianos, la cuestión de los pobres conduce a lo esencial de nuestra fe. La opción preferencial por los pobres, es decir, el amor de la Iglesia hacia ellos, como enseñaba san Juan Pablo II, ‘es determinante y pertenece a su constante tradición, la impulsa a dirigirse al mundo en el cual, no obstante el progreso técnico-económico, la pobreza amenaza con alcanzar formas gigantescas’. La realidad es que los pobres para los cristianos no son una categoría sociológica, sino la misma carne de Cristo. En efecto, no es suficiente limitarse a enunciar en modo general la doctrina de la encarnación de Dios; para adentrarse en serio en este misterio, en cambio, es necesario especificar que el Señor se hace carne, carne que tiene hambre, que tiene sed, que está enferma, encarcelada. Una Iglesia pobre para los pobres empieza con ir hacia la carne de Cristo. Si vamos hacia la carne de Cristo, comenzamos a entender algo, a entender qué es esta pobreza, la pobreza del Señor. Y esto no es fácil” (110).

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