Pascua: El bautismo como inicio de una vida nueva

Texto: P. Ismael Piñón, mccj
Fotos: Misioneros Combonianos

En las comunidades cristianas de África, el bautismo es vivido verdaderamente como un nuevo nacimiento. En el encuentro que tuvo con Nicodemo, Jesús le insistía en la necesidad de “nacer de nuevo”, y especificaba: “si uno no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios” (Jn 3,3-5). Por el Bautismo –que es, junto con la Confirmación y la Eucaristía uno de los sacramentos de la iniciación cristiana– nos hacemos hijos de Dios y entramos a formar parte de la gran familia que es la Iglesia. A través del agua bautismal y con la gracia del Espíritu Santo que nos inunda en el sacramento, nuestra vida inicia una nueva etapa.

En todas las culturas del mundo hay ritos y tradiciones que marcan las diferentes etapas de la vida, desde el nacimiento hasta la muerte. Son ritos y costumbres que, además de tener una fuerte implicación en lo social y lo familiar, están fuertemente impregnados de un sentido religioso. En las culturas africanas, el nacimiento de un bebé se celebra con alegría, porque es un nuevo miembro que llega para enriquecer y reforzar la familia y el clan. Es interpretado como un regalo de la divinidad. Cuando ese bebé llega a la pubertad, tiene que realizar un proceso de iniciación a la vida social y familiar para prepararse a lo que será su responsabilidad de adulto –ya sea como varón o como mujer– con el fin de contribuir al bien y al progreso de la comunidad. Ese proceso iniciático se vive como un nuevo nacimiento, hasta el punto de que una vez completado, el joven o la joven se considera muerto a su vida anterior e inicia una vida completamente nueva, con otro nombre, con responsabilidades concretas, al tiempo que es integrado de forma plena en la comunidad de los adultos. El camino de preparación al bautismo no es ajeno a esa tradición.

En Europa, y aquí en México, el bautismo se suele celebrar a los pocos meses del nacimiento, como mucho a los dos o tres años. No es común ver un bautizo de una persona adolescente o adulta. En África, a medida que la Iglesia se ha ido implantando, se hace cada vez más frecuente bautizar a los niños al poco tiempo de nacer. Sin embargo, en la mayoría de los casos, el bautismo se sigue viviendo como un proceso iniciático que comienza a partir de los ocho o diez años, los más jóvenes. Cuando se trata de un adulto que ya ha vivido su proceso de iniciación tradicional, es vivido con mayor intensidad. Es un camino que puede durar varios años, durante los cuales el catecúmeno tiene la posibilidad de profundizar en el conocimiento de la Palabra de Dios, de la vida de Jesús, o del significado y la responsabilidad que supone pertenecer a la comunidad eclesial entendida como la nueva familia a la que pertenecerá, más allá de su familia de sangre.

Un proceso iniciático

Durante el catecumenado, el candidato al bautismo va tomando conciencia de que, una vez bautizado, su vida será otra, por eso es invitado a elegir un nuevo nombre cristiano. Al igual que en la iniciación tradicional, sabe que morirá a su vida anterior, se perdonarán todos sus pecados y renacerá a una nueva vida para formar parte de una nueva familia, la de los hijos de Dios. Debe aprender a conocerse a sí mismo, reconocer sus defectos y sus debilidades, hacer frente a aquello que le puede separar de Dios o de sus hermanos. Los diferentes momentos que contempla el ritual del bautismo para adultos (escrutinios, exorcismo, unción del oleo de catecúmenos, etc.) los vive como un auténtico proceso iniciático de purificación y de preparación para lo que será su vida como cristiano. Para ello contará también con la ayuda de su padrino o madrina, que tiene un papel muy importante en todo el proceso, al igual que el tutor o el padrino de la iniciación tradicional.

El camino que ha de recorrer no es fácil. Se trata de un itinerario que puede durar varios meses, incluso años. Durante ese tiempo, la comunidad eclesial a la que pertenece lo irá acompañando para que no se sienta solo, para que experimente, ya desde el inicio, que formará parte de una nueva familia. La comunidad tiene también la responsabilidad de verificar que el candidato al bautismo muestra un verdadero deseo de ser cristiano a través de su comportamiento, de su servicio a los más necesitados, de sus relaciones con los demás y de su fidelidad a las catequesis y a la escucha de la Palabra de Dios.

Al igual que la iniciación tradicional, la preparación al bautismo se concibe también como una especie de entrenamiento durante el cual aprenderá y conocerá las herramientas que luego le ayudarán en su nueva vida, lo que los cristianos llamamos las virtudes teologales: fe, esperanza y caridad. Irá tomando conciencia de la importancia de la confianza en Dios, que nunca lo abandonará; de la esperanza en los momentos de dificultad o de debilidad; y de que la caridad es la virtud fundamental que deberá marcar su nueva vida. Aprenderá también a luchar contra el mal que siempre acecha a través de las tentaciones, del deseo de venganza o del sentimiento de rivalidad, de rencor o de envidia hacia los que no son como él.

Una nueva familia

En su diálogo con Nicodemo, Jesús afirma que “de la carne nace carne, del Espíritu nace espíritu” (Jn 3,6). En África el sentido de pertenencia a una familia, a un clan o a una etnia están muy marcados. Aunque en sí es algo positivo, ese sentimiento de pertenencia es causa frecuente de divisiones y enfrentamientos. Las luchas tribales han causado mucho daño y siguen siendo el origen, tanto en el ámbito político y social como incluso en el seno de la Iglesia, de no pocos problemas.

El bautismo, vivido como un nuevo nacimiento, invita al que lo recibe a ir más allá del “nacimiento en la carne” y asumir un nuevo “nacimiento en el Espíritu”, que hace de todos los bautizados, sean del clan que sean, hijos de un mismo Padre y, por lo tanto, miembros de una misma familia en el Espíritu. El Sínodo Especial de los Obispos para África, que tuvo lugar 1994, introdujo la expresión “Iglesia Familia de Dios en África” para subrayar precisamente la importancia de concebir a la Iglesia como una familia que va más allá de los lazos de sangre.

No se trata de renunciar a la propia familia, al clan o a la etnia, sino más bien de vivir ese sentido de pertenencia de una manera más universal y más amplia, de abrir los valores tradicionales de la pertenencia étnica a todos sin excepción. La solidaridad, por ejemplo, que antes se ejercía exclusivamente con los de la misma sangre, se abre a todos los hermanos, hijos de un mismo Padre celestial, independientemente de su origen. El otro ya no es visto como un rival o un enemigo, sino como un hermano.

El inicio de una nueva vida

En esta dinámica iniciática, el bautismo no se concibe como el final de una etapa –la del catecumenado– sino como el inicio de una nueva vida: la de cristiano. En Chad, por ejemplo, los recién bautizados participan en la misa diaria de la parroquia durante los 40 días siguientes, todos vestidos de blanco, como si fuera el mismo día del bautismo. Durante el retiro previo al bautismo, cada catecúmeno asume un compromiso concreto, como visitar a los enfermos, participar en la animación de la liturgia, prepararse para ser un futuro catequista, dar un servicio concreto en la comunidad, etc.

También es importante tomar conciencia de que una vez recibido el bautismo, no se ha alcanzado una meta, sino que se ha iniciado una nueva etapa. El bautismo no es un punto de llegada, sino de partida. Por eso, los nuevos bautizados necesitan un acompañamiento durante un cierto tiempo para no perderse en el camino que han iniciado. El año que sigue al bautismo se les ofrece una serie de catequesis llamadas “mistagógicas”, cuyo nombre viene del griego “mystagogía” (introducción al misterio). En ellas, con la ayuda del sacerdote o de los catequistas, van comprendiendo mejor lo que implica ser cristiano, ya no por las enseñanzas que han recibido, sino por su propia experiencia de cada día.

Durante esas catequesis, los llamados “neófitos” (expresión que viene del griego “neóphytos” y que significa literalmente “recién plantado”) tienen la oportunidad de compartir entre ellos su experiencia como nuevos cristianos y expresar sus dudas y sus dificultades, porque a ser discípulo de Jesús no se aprende en un solo día. Es un largo camino que se va haciendo poco a poco.  En los sacramentos de la Eucaristía y de la Penitencia los “neófitos” irán encontrando alimento y energías para corregir errores y recuperar fuerzas en los momentos de debilidad para seguir caminando.

Por su parte, la comunidad los sigue acompañando como una madre acompaña a su hijo pequeño cuando empieza a dar los primeros pasos, particularmente a través de los padrinos y madrinas. No es fácil. Suele haber caídas, momentos de desaliento, incluso algunos abandonan al poco tiempo porque una cosa es lo que se escucha y otra la realidad que se vive cada día. El mundo y la sociedad no han cambiado, el que debe cambiar es el que ha tomado la decisión de vivir una nueva vida como Hijo de Dios y miembro de la Iglesia. El espíritu Santo, recibido el día del bautismo, lo acompañará.

En muchas comunidades eclesiales de África, durante los dos años que siguen al bautismo, los neófitos se van preparando para el sacramento de la Confirmación. La opción de no confirmarlos el mismo día del bautismo obedece a que el camino iniciático que van haciendo tiene sus tiempos y sus ritmos. Es mejor ir poco a poco, pero asimilando bien las etapas. Llegado el día de la Confirmación, los bautizados darán un nuevo paso adelante, será una nueva transformación: la realizada por el Espíritu Santo, que confirma en la fe y da su luz y su fuerza para continuar en el seguimiento de Cristo en la fidelidad y el compromiso.

Los tres montes de Comboni

(15 de marzo de 1831 – 15 de marzo de 1881 – 15 de marzo de 2026)
La espiritualidad de Comboni es transparente, esencial, sólida, encarnada, con los pies en la tierra, arraigados en el suelo africano y con la mirada fija en la cruz, casi como para recordarse a sí mismo y a sus misioneros y misioneras que la actividad misionera de la Iglesia es siempre la de la misión de Cristo crucificado y resucitado. Al examinar los escritos de Comboni (unas 1300 cartas), podemos decir que en su vida misionera y espiritual visitó tres montes: el monte Moriah, el Tabor y el Gólgota, es decir, el monte de la fe, de la esperanza y del amor. (En la foto, el monte Moriah).

Por: P. Teresino Serra, mccj
www.comboniani.org

EL MONTE MORIAH: es el monte al que Abraham se dirige para sacrificar a su hijo. Dios le dijo a Abraham: «Toma a tu hijo, el único que tienes y al que tanto amas, y ofrécemelo en sacrificio» (Génesis 22).

Esto también le sucedió a la familia de Comboni… De ocho hijos, solo queda Daniel, quien escribe a sus padres: «¡Cada día pienso en el gran sacrificio que habéis hecho de mí al Señor! Nunca dejaré de admiraros, y siempre os daré las gracias por la gracia que me habéis concedido» (S. 175).

Moriah es el Monte del misterio y del silencio de Dios. En el misterio y en el silencio debemos confiar en Dios, como Abraham, como Comboni. La respuesta de Dios siempre llega, tras nuestra espera confiada y obediente. En la vida de Comboni hay otros momentos de prueba, en los que Dios pide a su misionero una confianza total. Son los tres momentos de tentación en su vocación y misión:

Primer momento: Comboni escribe a Francesco Briccolo: «Tendría mil caminos para ser feliz y hacer una gran carrera, aunque sea indigno; pero el afecto y la gratitud por el Instituto me hacen pisotearlo todo» (S. 1166).

Segundo momento: En la carta al P. Sembianti se lee: «Vivo como los demás misioneros, y con ellos, como cualquier religioso; trabajo día y noche para ayudar a la misión, y mientras todos los demás duermen tranquilos, yo velo junto a la mesa por amor a Jesucristo y a los pobres, cuando podría vivir cómodamente en Europa si hubiera querido aceptar espléndidos cargos diplomáticos al servicio de la Iglesia» (S. 6812).

Tercer momento: Comboni escribe de nuevo al P. Sembianti: «Al verme tan abandonado y desolado, tuve cien veces la tentación más fuerte (y también incitaciones de hombres piadosos, respetables, pero sin valor ni confianza en Dios) de abandonarlo todo, ceder la obra a la Propaganda y ponerme como humilde siervo a disposición de la Santa Sede, o del cardenal prefecto, o de algún obispo» (S. 6886).

EL MONTE TABOR: es el monte de la esperanza y de la acción de gracias a Dios.

He aquí, pues, que Comboni se alegra de hacer la voluntad de Dios (S. 3402). Se alegra de sufrir por Cristo en favor de la misión (S. 3477, 5078) y de dar la vida por su pueblo africano (S. 3159). Está sereno ante las muchas humillaciones; y esta serenidad proviene de un corazón habitado por una paz interior (S. 6964). Está feliz por las cruces encontradas en la misión, cruces que lleva de buen grado por amor y por el bien de los demás (S. 7246). He aquí, pues, uno de sus sentimientos expresados en los últimos tiempos de su vida: «Yo, mis misioneros, mis cinco Hermanas Pías Madres de la Nigrizia (que son verdaderos ángeles), somos los más felices de la tierra, pues estamos en manos de Dios y de la Virgen María. Sufrimos por Jesús, lo hemos confiado todo a los brazos de la divina Providencia. ¡Es dulce sufrir por Jesús, con Jesús y por la misión!» (S. 5082). Y el día de su último cumpleaños, el 15 de marzo de 1881, el corazón misionero de Comboni canta el Magnificat de su vida dando gracias a Dios. Escribe: «Hoy cumplo 50 años. ¡Dios mío! Uno envejece a pasos agigantados, sin hacer nada. Es cierto que me encuentro ante el vicariato más laborioso y difícil del mundo, que marcha bastante bien y que, gracias a la gracia divina, ha llegado a un punto que hace ocho años nunca habría creído ver, dados los enormes obstáculos que había previsto, y a cuyo progreso he contribuido, por voluntad de Dios y con su ayuda, también con mi propia mano. Pero, después de todo, es una gracia que yo no haya puesto obstáculos, y que solo pueda exclamar con toda razón con el Apóstol: «servus inutilis sum» (S. 6561).

El Tabor es también el monte de la alegría y del agradecimiento de Daniel Comboni. Después de Dios, nuestro fundador da las gracias a sus padres: «Os doy las gracias y os las daré siempre por haberme concedido, oh amadísimos, seguir mi vocación (s. 162). «Me alegra mucho haceros saber que estoy bien, que pienso en vosotros, rezo por vosotros y, aunque esté lejos de vosotros, vivo siempre para vosotros» (S. 175).  Los padres ayudaron a Comboni a ir más allá. Hubo ocasiones para quedarse en Italia y ser diocesano. Los padres le concedieron esa libertad misionera.

Daniele Comboni, además y sobre todo, nunca olvida dar las gracias a sus misioneros y misioneras: «Todos tenemos un mismo pensamiento, estamos dispuestos y deseosos de sacrificar nuestra vida por amor a Dios, a la Iglesia y a África» (S. 2224, año 1870). Como dice la Hna. Gregolini, pasamos tres cuartas partes del año entre obstáculos y dificultades; trabajamos y sufrimos (S. 6855). Ningún esfuerzo nos desalienta, ninguna dificultad nos detiene, incluso la muerte nos sería querida si pudiera ser de alguna utilidad para la misión (S. 1105)». Todo por la misión querida por Dios

MONTE CALVARIO: es el monte que Comboni visitó a menudo y con generosidad cada día.

Comboni visita el Calvario también y sobre todo en los últimos meses de su vida y escribe: «Son tantas las injusticias y las píldoras amargas que he tenido que tragar de los santos locos, que es un milagro que pueda sobrevivir. Pero yo tengo otras ideas distintas a las suyas: yo trabajo únicamente por la gloria de Dios y por las pobres almas» (S.6682). Por sus escritos comprendemos que Comboni murió también de «desamor» (S. 7001). Los sufrimientos y las tribulaciones le «desgarraron el alma» (S. 7145). Hay muchos otros términos, como angustia, amargura, soledad, agonía, muerte, etc., que aparecen insistentemente en las cartas de los últimos meses y que dan testimonio de su dolor.

Sin duda, Comboni sabía que ponerse al servicio de Dios para la misión significaba tomar la cruz y seguir a Cristo, sacrificarse, amar y sufrir.  Daniele Comboni, además, habla de la cruz que lleva junto a sus compañeros y compañeras de misión: «Aprecio a mis compañeros y me siento apreciado. Todos tenemos un mismo pensamiento, estamos dispuestos y ardientes por sacrificar nuestra vida por amor a Dios, a la Iglesia y a África» (S. 2224). Y además: «Me consuela mucho ver a todos mis misioneros y a todas las Hermanas siempre alegres y contentos, y dispuestos a sufrir y morir cada vez más. Estoy convencido de que, en materia de abnegación y espíritu de sacrificio, ninguna misión tiene misioneros y misioneras tan sólidos como los míos» (S. 6751. Año 1881). En la vida de Comboni también se recuerda un episodio de alegría, de cruz y de fe: «A finales del pasado mes de junio de 1879, el Excmo. Cardenal de Canossa, Obispo de Verona, se dirigió al Instituto de las Pías Madres de la Nigrizia, en Santa María en Organo, y entregó el Crucifijo a dos misioneros y a cinco novicias que estaban a punto de partir hacia arduas y laboriosas misiones de África Central. No se puede describir con palabras la emoción y el santo entusiasmo de aquellas jóvenes elegidas que, formadas en la escuela de Cristo y de la cruz, veían llegar el momento de partir y entregar su vida a la misión» (S. 5737). Comboni, en sus escritos, habla mucho de la misión ardua; la misión fácil, edulcorada, no es comboniana.

Cuaresma, Ramadán… Tiempo de ayuno, tiempo de desierto

Por: Hna. Cecilia Sierra, smc

Como Jesús, también nosotras fuimos conducidas al desierto, al mismo desierto de Judea.

Nos esperaban. Sin maquillaje, con ojos cansados, labios resecos y manos agrietadas. Las mujeres beduinas —que suelen llegar con vestidos vivos y un delicado toque que realza la dignidad de sus rostros— hoy estaban distintas. Es el primer día de Ramadán y el ayuno ya se siente: nada de comida ni agua desde el alba hasta el ocaso.

El Ramadán transforma el ritmo de estas tierras. Antes del amanecer, las familias comparten el suhoor; luego el día se vuelve lento y silencioso. Hacia la tarde el cansancio se hace visible y muchos regresan con prisa para preparar el iftar. El hambre revela la fragilidad humana. Al caer el sol, la oración abre el momento sagrado de romper el ayuno con agua y dátiles.

En el desierto de Judea, entre mantas gastadas y láminas de zinc que crujen al viento, el ayuno es más austero. Vulnerables, sin servicios básicos, el sacrificio es concreto y cotidiano.

Coinciden las fechas: comienza el Ramadán y la Iglesia inicia la Cuaresma. “¿Ayunan ustedes?”, preguntan incluso los niños. Amir, beduino de siete años, ya ayuna. “Su espíritu se fortalecerá”, afirma su madre con la firmeza de quien ha aprendido a resistir.

Pronto emerge lo más doloroso: una situación agravada, una incertidumbre que pesa más que el hambre. Nuestra presencia se vuelve encuentro, espacio para compartir lo que nos une y reconocemos como sagrado. Caminos distintos, una misma sed, un solo Dios. El Espíritu conduce al desierto. En su inmensidad, la necesidad de lo divino se hace más honda. Dios habita también la intemperie.

Quizás el desierto no sea el lugar donde todo falta, sino ámbito de discernimiento. La aridez enseña a custodiar lo esencial, lo nuevo y lo santo; a abrir espacio para que su Palabra desenmascare engaños y sostenga la virtud.

El Espíritu nos conduce al desierto para que el ayuno no sea solo privación, sino fortaleza y solidaridad; para que la oración sea escucha y tu vida y la mía se vuelvan presencia cercana y consuelo para quien clama a Dios compasión y misericordia. Por eso, como a Jesús, el Espíritu sigue llevándonos al desierto.

Las armas y el dinero pretenden dominar

+ Felipe Arizmendi Esquivel
Obispo Emérito de SCLC

HECHOS

Cuando conocí al líder local del grupo armado que, junto con otros dos, controlan y extorsionan a todo mundo en nuestra región, llevaba un arma corta al cinto y le pregunté por qué la llevaba. Sólo me respondió que era su costumbre. Le dije que él debía valer por lo que es, por su persona, no por su pistola. La realidad es que, sin las armas largas que él y su grupo portan consigo, no lograrían imponer sus leyes a toda la comunidad. Tampoco obtendrían el dinero que sacan de las extorsiones, pues campesinos y comerciantes les pagan las cuotas que exigen porque sus armas les dan poder para enriquecerse. Y ese dinero les da capacidad para comprar más armas. Ojalá no tarde el día en que las autoridades federales hagan lo que deben, pues todos conocen a estos líderes y saben dónde viven y cómo actúan. Ciertamente se ve que ya han decidido no seguir esa política nefasta de abrazos hacia ellos, pero es enorme el poder del crimen organizado.

Donald Trump, porque su país es muy rico y enorme su potencial militar, se siente con derecho a intervenir en otros países e imponer sus leyes y sus aranceles. Con su poderío económico y militar, quiere controlar todo. ¿No hay, en USA, quien lo controle? Nuestro país tiene que acceder en muchas cosas que exige, porque de lo contrario nos pone más aranceles y nuestra economía se afecta. Aunque aquí se hable de cooperación, en realidad todo parece sumisión.

Lo mismo pasa en otros niveles. Hay padres de familia que compran con dinero el afecto y el respeto de sus hijos. Abusadores de menores y de mujeres compran con dinero y amenazas de muerte el silencio de sus víctimas. Esposas maltratadas soportan todo con tal de que el marido no les deje sin recursos. El dinero y las armas se imponen, como si la verdad y la justicia se compraran. Los mismos apoyos de gobierno a las personas mayores, que es un acto de justicia, puede ser utilizado para comprar votos. El dinero puede pervertir.

ILUMINACION

El Papa Francisco, en su exhortación Evangelii gaudium, advierte:

“Hemos creado nuevos ídolos. La adoración del antiguo becerro de oro ha encontrado una versión nueva y despiadada en el fetichismo del dinero y en la dictadura de la economía sin un rostro y sin un objetivo verdaderamente humano” (55). “Se instaura una nueva tiranía invisible, a veces virtual, que impone, de forma unilateral e implacable, sus leyes y sus reglas. El afán de poder y de tener no conoce límites” (56).

Tras esta actitud se esconde el rechazo de la ética y el rechazo de Dios. La ética suele ser mirada con cierto desprecio burlón. Se considera contraproducente, demasiado humana, porque relativiza el dinero y el poder. Se la siente como una amenaza, pues condena la manipulación y la degradación de la persona. La ética –una ética no ideologizada– permite crear un equilibrio y un orden social más humano” (57).

“Una reforma financiera que no ignore la ética requeriría un cambio de actitud enérgico por parte de los dirigentes políticos, a quienes exhorto a afrontar este reto con determinación y visión de futuro. ¡El dinero debe servir y no gobernar! El Papa ama a todos, ricos y pobres, pero tiene la obligación, en nombre de Cristo, de recordar que los ricos deben ayudar a los pobres, respetarlos, promocionarlos. Os exhorto a la solidaridad desinteresada y a una vuelta de la economía y las finanzas a una ética en favor del ser humano” (58).

ACCIONES

Demos al dinero la importancia que merece, pero no más. Que el dinero no nos domine y no nos faculte para imponernos a los demás; que no se utilice para comprar o dominar a los hijos o a la esposa. Que el valor de nuestra persona no dependa de las armas y del dinero, ni de amenazas, sino del amor y respeto que demos a los demás.

Foto: Freepik.es

Tarea de Año Nuevo: Los pobres

Por: + Felipe Arizmendi Esquivel
Obispo Emérito de SCLC

HECHOS

Estamos iniciando un nuevo año, 2026. Para algunos, quedan sólo recuerdos de sus andanzas durante las vacaciones pasadas. Nada de replantearse propósitos para ser mejores; sólo esperar los siguientes días festivos y planear nuevos destinos. Nada les importan los demás, los que nunca tienen vacaciones, los que permanentemente pasan muchas carencias. ¿Los pobres? Que los atienda el gobierno… ¡Esa es su justificación! Un nuevo año plagado de egoísmos e injusticias, ¿será mejor?

Para quienes queremos vivir a plenitud este y todos nuestros años, Jesús nos enseña que no podemos desentendernos de los demás, empezando por nuestra familia, sino que debemos ampliar nuestro corazón hacia los pobres, los enfermos, los ancianos, los presos, los migrantes, los subempleados, etc. ¡Sólo dando vida a los que sufren es que tenemos vida y este año será mejor! Disculpen que vuelva a insistir en este punto; es que, en esto, se juega también la plenitud de este nuevo año.

ILUMINACION

El Papa León XIV, en su exhortación Dilexi te sobre el amor a los pobres, de una forma muy sólida y evangélica, nos remarca esta dimensión de nuestra fe, que no se reduce a un mero asistencialismo, sino que exige también luchar por un cambio de estructuras:

“La solidaridad también es luchar contra las causas estructurales de la pobreza, la desigualdad, la falta de trabajo, la tierra y la vivienda, la negación de los derechos sociales y laborales. Es enfrentar los destructores efectos del imperio del dinero… Superar esa idea de las políticas sociales concebidas como una política hacia los pobres, pero nunca con los pobres, nunca de los pobres y mucho menos inserta en un proyecto que reunifique a los pueblos” (81).

“Cristo nuestro Salvador, no sólo amó a los pobres, sino que ‘siendo rico se hizo pobre’, vivió en la pobreza, centró su misión en el anuncio a los pobres de su liberación y fundó su Iglesia como signo de esa pobreza entre los hombres. La pobreza de tantos hermanos clama justicia, solidaridad, testimonio, compromiso, esfuerzo y superación para el cumplimiento pleno de la misión salvífica encomendada por Cristo. No sólo debe compartir la condición de los pobres, sino también ponerse de su lado, comprometiéndose diligentemente en su promoción integral” (89).

“Es preciso seguir denunciando la ‘dictadura de una economía que mata’ y reconocer que mientras las ganancias de unos pocos crecen exponencialmente, las de la mayoría se quedan cada vez más lejos del bienestar de esa minoría feliz… La situación de miseria de muchas personas a quienes esta dignidad se niega debe ser una llamada constante para nuestra conciencia” (92).

“Es responsabilidad de todos los miembros del pueblo de Dios hacer oír, de diferentes maneras, una voz que despierte, que denuncie y que se exponga, aun a costo de parecer ‘estúpidos’ (97). La conversión espiritual, la intensidad del amor a Dios y al prójimo, el celo por la justicia y la paz, el sentido evangélico de los pobres y de la pobreza, son requeridos a todos, y especialmente a los pastores y a los responsables (98). La opción preferencial de la Iglesia por los pobres está implícita en la fe cristológica en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza” (99).

“El cuidado de los pobres forma parte de la gran Tradición de la Iglesia, como un faro de luz que, desde el Evangelio, ha iluminado los corazones y los pasos de los cristianos de todos los tiempos. Por tanto, debemos sentir la urgencia de invitar a todos a sumergirse en este río de luz y de vida que proviene del reconocimiento de Cristo en el rostro de los necesitados y de los que sufren. El amor a los pobres es un elemento esencial de la historia de Dios con nosotros y, desde el corazón de la Iglesia, prorrumpe como una llamada continua en los corazones de los creyentes. La Iglesia, en cuanto Cuerpo de Cristo, siente como su propia ‘carne’ la vida de los pobres, que son parte privilegiada del pueblo que va en camino. Por esta razón, el amor a los que son pobres —en cualquier modo en que se manifieste dicha pobreza— es la garantía evangélica de una Iglesia fiel al corazón de Dios” (103).

“El cristiano no puede considerar a los pobres sólo como un problema social; estos son una ‘cuestión familiar’, son ‘de los nuestros’. Nuestra relación con ellos no se puede reducir a una actividad o a una oficina de la Iglesia” (104). “No pocas veces, la riqueza nos vuelve ciegos, hasta el punto de pensar que nuestra felicidad sólo puede realizarse si logramos prescindir de los demás” (108).

“Para nosotros cristianos, la cuestión de los pobres conduce a lo esencial de nuestra fe. La opción preferencial por los pobres, es decir, el amor de la Iglesia hacia ellos, como enseñaba san Juan Pablo II, ‘es determinante y pertenece a su constante tradición, la impulsa a dirigirse al mundo en el cual, no obstante el progreso técnico-económico, la pobreza amenaza con alcanzar formas gigantescas’. La realidad es que los pobres para los cristianos no son una categoría sociológica, sino la misma carne de Cristo. En efecto, no es suficiente limitarse a enunciar en modo general la doctrina de la encarnación de Dios; para adentrarse en serio en este misterio, en cambio, es necesario especificar que el Señor se hace carne, carne que tiene hambre, que tiene sed, que está enferma, encarcelada. Una Iglesia pobre para los pobres empieza con ir hacia la carne de Cristo. Si vamos hacia la carne de Cristo, comenzamos a entender algo, a entender qué es esta pobreza, la pobreza del Señor. Y esto no es fácil” (110).

ACCIONES

¿Quieres que tu nuevo año sea mejor? Procura estar cerca de quienes sufren peores carencias que las tuyas y haz algo por asistirles. ¡Será un año nuevo de verdad! ¡Seamos esperanza para los demás!

Navidad: el amor de Dios abraza la humanidad

Texto y fotos: P. Wédipo Paixão, mccj

La palabra “misión” viene del latín misio, que significa “enviar”. El misionero es el enviado, pues porta un mensaje de parte de un emisor hacia un destinatario. Al reflexionar un poco sobre el significado de este verbo, entendamos la Navidad como una celebración de bienvenida al “enviado” del Padre, que es Jesús.

En esta época donde las familias se reúnen, casas y calles se llenan de luces de colores y se intercambian regalos, vale la pena meditar sobre cómo recibimos nosotros el mensaje de Cristo, quien vino para anunciar un novedoso “proyecto de vida”.

La forma en que Dios entra en nuestra historia es un tanto escandalosa. Elige una sencilla y piadosa muchacha de un pueblo casi insignificante, llamado Nazaret. Los evangelios nos dicen que nació en un rincón, entre los pobres, junto a los animales. Quienes esperaban que el Mesías naciera en un palacio, no entendieron la maravillosa sencillez de Dios reflejada en aquel Niño de aquella humilde pareja.

Así, en el misterio de la Navidad, estamos llamados a recibir al enviado del Padre, que es su propio Hijo, y que viene a comunicarnos a un Dios enamorado de su creación, que no soporta vivir lejos de ella, y que, siendo omnipotente y poderoso, se hace frágil y rechaza la soledad; un Padre que abraza a la humanidad desde adentro, desde su propio corazón y no le teme al riesgo de lo que eso pueda significar, porque Él es amoroso.

Cuando una persona ama mucho a otra, una madre, un hijo, un esposo, una esposa… es habitual que le diga: “¡Eres mi vida!” o “¡Vida mía!”. Porque el amor y la vida van siempre unidas. El autor de la vida es el Padre, que es todo amor.

Durante los domingos de Adviento, la Palabra de Dios nos invita a estar atentos y vigilantes a su llegada, a que aumentemos nuestra fe en el Señor de la vida. El nacimiento de Jesús se manifiesta en nuestra existencia y en la de todos los hombres y mujeres ante la expectativa de un Dios que viene a vivir con nosotros y que guía nuestros pasos hacia Él. Nuestra esperanza y fe se fundamentan en ese amor divino que Él nos tiene y que se ha manifestado.

¿Cómo permanecemos ante ese amor? ¿callados? ¿indiferentes? Quizá estos sean algunos de los grandes problemas de nuestra época: esa indiferencia que nos hace insensibles, apáticos y egoístas, que no nos deja sentir y experimentar la ternura divina en nuestras vidas. Desde que Él nos pensó y nos creó, fuimos llamados a la comunión con Él, y no al aislamiento; estamos invitados a entregarnos, y no a ser egoístas.

Dios, que es amor en sí mismo, nos ha creado a su imagen y semejanza, e imprime en nosotros la capacidad y necesidad de amar y ser amados. Las diversas formas de vida que elegimos o en las que nos encontramos –soltería, matrimonio, celibato– son caminos específicos para vivir esta única y fundamental vocación al amor. El amor no es una emoción o sentimiento pasajero, es la esencia misma del Evangelio y el centro de la vida cristiana. Jesús lo dejó claro: el mandamiento más grande es amar a Dios con todo el corazón, con todo nuestro ser, y amar al prójimo como a uno mismo.

El amor tiene un nombre personal: Jesucristo. Él es el amor encarnado, el modelo perfecto de entrega y servicio. Entonces, el amor verdadero, tal como lo enseña, se manifiesta en el respeto profundo hacia todo ser, y en la generosidad, la compasión, el perdón y el servicio hacia todo lo demás. En definitiva, que los demás no sólo sean amados, sino que se sientan de esa manera.

Deseo compartir una pequeña reflexión tomada del libro “El Icono vacío”, de Alicia Torres: «Dios se hizo Peregrino… No bastó que nos amara, nos quiso revelar ese amor. Desde la creación del primer ser humano, Él se puso a caminar en la persona de su Hijo. En el inicio, el Hijo era la Palabra con que Dios entretenía a los patriarcas y profetas del Antiguo Testamento. Él habló a la conciencia de Abrahán. Era poco. Marcó un encuentro con Moisés en el monte Sinaí. Era lejos. Caminó con el pueblo de Israel por el desierto, haciéndose nube de fuego para indicar la dirección. No bastaba. Armó su tienda y acampó con ellos. Era efímero. Pidió un templo para quedarse cerca de sus casas, pero ni este deseo satisfecho detuvo la peregrinación de Dios. Finalmente, Él se sumergió en la humanidad y expuso su corazón a disposición del corazón humano. ¡Qué riesgo! Jesús es Dios peregrinando en la Tierra, Él podía haber estado eternamente seguro en el cielo, pero quiso hacer del corazón humano su santuario».

Parece cumplirse lo que se dice de Él: «Todo niño quiere ser hombre, todo hombre quiere ser rey, todo rey quiere ser dios. Sólo Dios quiso ser niño».