De las “tierras de misión” a la Iglesia en salida: cien años que han cambiado el rostro de la misión

Con motivo de la 100.ª Jornada Mundial de las Misiones, que se celebra el 18 de octubre de 2026, propongo a los lectores de www.comboni2000.org un intento de recorrer la evolución de la conciencia misionera de la Iglesia a través de una sucesión de documentos sobre la misión. Me atrevería incluso a invitar a descubrir en ellos un hilo conductor que atraviesa cuatro siglos de historia, a partir de la institución de Propaganda Fide en 1622.

Con ocasión de la 100.ª Jornada Mundial de las Misiones, que se celebra el 18 de octubre de 2026, resulta particularmente significativo releer no simplemente una sucesión de documentos, sino la evolución de la conciencia misionera de la Iglesia. La Jornada fue instituida por Pío XI en 1926, a propuesta de la Obra de la Propagación de la Fe; León XIV ha indicado para el centenario el tema «Uno en Cristo, unidos en la misión».

Una selección de los documentos fundamentales

FechaDocumentoAutorContribución a la evolución de la misión
1659Instrucción a los Vicarios apostólicosPropaganda FideAnticipa dos ideas destinadas a ser decisivas: clero autóctono y respeto de las culturas. Los misioneros no deben exportar Europa, sus costumbres o identidades nacionales, sino el Evangelio. Es una temprana intuición de la inculturación.
1919Maximum illudBenedicto XVEs el gran giro misionero contemporáneo: separa explícitamente misión y nacionalismo/colonialismo, insiste en la formación del clero local y presenta la misión como responsabilidad universal de la Iglesia.
1922Romanorum PontificumPío XIConvierte en pontificia la Obra de la Propagación de la Fe, reforzando una red universal de cooperación misionera.
1926Rerum EcclesiaePío XIHace avanzar la idea de que el resultado de la misión no debe ser una dependencia permanente del misionero extranjero, sino la constitución de Iglesias locales maduras, con clero y, progresivamente, episcopado propios.
1926Institución de la Jornada Mundial de las MisionesPío XILa misión deja de percibirse como tarea de algunos institutos especializados: cada diócesis, parroquia y fiel participa mediante la oración, las vocaciones y la solidaridad.
1951Evangelii PraeconesPío XIIProfundiza en la atención a las culturas de los pueblos y al nacimiento de Iglesias plenamente arraigadas en sus respectivos entornos sociales y culturales.
1957Fidei DonumPío XIIIntroduce un giro eclesiológico: también las diócesis ya constituidas envían a sus propios sacerdotes a otras Iglesias. La misión se convierte en comunión e intercambio de dones entre Iglesias particulares.
1959Princeps PastorumJuan XXIIILleva a madurez el tema del clero y del laicado locales: las Iglesias jóvenes no son simplemente territorios asistidos por Occidente, sino sujetos responsables de la evangelización.
1964-65Lumen gentium + Ad gentesVaticano IIEl giro decisivo: la misión no es una actividad periférica de la Iglesia, porque la Iglesia es misionera por su propia naturaleza. Su origen está en la misión del Hijo y del Espíritu en el designio del Padre.
1965Nostra aetateVaticano IIInserta la misión en una nueva relación con las religiones: anuncio de Cristo y, al mismo tiempo, diálogo, respeto y discernimiento de las semillas de verdad presentes en las tradiciones religiosas.
1965Dignitatis humanaeVaticano IIEstablece una consecuencia fundamental para el estilo misionero: el acto de fe debe ser libre. Evangelización y coacción son incompatibles.
1965Gaudium et spesVaticano IIAmplía el horizonte: la misión encuentra al ser humano en la historia, la cultura, la sociedad, las alegrías y los sufrimientos. Evangelizar implica diálogo con el mundo y servicio a la humanidad.
1966Ecclesiae SanctaePablo VITraduce Ad gentes a la vida concreta: teología de la misión en la formación eclesial, responsabilidad de las diócesis, cooperación misionera y Jornada Mundial de las Misiones como expresión de la conciencia de todo el Pueblo de Dios.
1975Evangelii nuntiandiPablo VISustituye progresivamente el paradigma restringido de las “misiones” por el más amplio de la evangelización: testimonio, anuncio explícito, conversión personal, transformación de las culturas, promoción humana y comunidad eclesial.
1990Redemptoris missioJuan Pablo IIReafirma la necesidad permanente de la missio ad gentes, distinguiéndola de la pastoral ordinaria y de la nueva evangelización, pero integrándola en la única misión de la Iglesia. Fuerte acento en el Espíritu Santo, el Reino, el diálogo y la inculturación.
1991Diálogo y anuncioPontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso + Congregación para la Evangelización de los PueblosAclara que el diálogo interreligioso y el anuncio no son alternativas: son dos dimensiones auténticas de la misión evangelizadora, aunque no sean intercambiables.
2013Evangelii gaudiumFranciscoColoca la misión en el centro de toda reforma eclesial: «Iglesia en salida», discípulos-misioneros, periferias, conversión pastoral y “estado permanente de misión”. Ya no existen simplemente especialistas de la misión: cada bautizado es sujeto misionero.
2019Centenario de Maximum illud y Mes Misionero ExtraordinarioFranciscoRecupera Maximum illud para relanzar una misión liberada de intereses políticos, económicos y culturales: «Bautizados y enviados» vincula directamente bautismo y misión.
2022Praedicate EvangeliumFranciscoTambién la estructura de la Curia es reinterpretada en clave misionera: nace el Dicasterio para la Evangelización, presidido directamente por el Papa; evangelización y misión asumen simbólicamente una posición central en el gobierno de la Iglesia.
2026«Uno en Cristo, unidos en la misión»León XIVEn el centenario de la Jornada Mundial de las Misiones acentúa la misión como fruto de la comunión en Cristo, colaboración entre Iglesias y carismas, amor de Dios compartido y responsabilidad misionera de todo el Pueblo de Dios.

1. La lejana anticipación: Propaganda Fide y la Instrucción de 1659

Conviene comenzar mucho antes de 1926. Fundada en 1622, la Sagrada Congregación de Propaganda Fide trataba también de sustraer progresivamente la actividad misionera de la dependencia de los intereses de las potencias coloniales europeas. El texto quizá más sorprendente sea la Instrucción de 1659, dirigida a los Vicarios apostólicos en China e Indochina.

La propia Santa Sede la define como una especie de “Magna Charta” de Propaganda Fide y subraya dos elementos: promoción del clero local y respeto de las culturas y tradiciones, salvo aquello que fuera contrario a la fe y a la moral.

Aquí aparece en germen una distinción que se volverá central tres siglos después: evangelizar ≠ occidentalizar.

El misionero lleva el Evangelio, no la cultura de su propia patria. Es la semilla remota de lo que el siglo XX llamará adaptación y, posteriormente, inculturación.

2. Maximum illud (1919): liberar la misión del colonialismo

La verdadera ruptura moderna es la carta apostólica Maximum illud de Benedicto XV, del 30 de noviembre de 1919. Nace inmediatamente después de la Primera Guerra Mundial, cuando el vínculo entre actividad misionera y potencias coloniales europeas aparecía como especialmente problemático.

Benedicto XV insiste en tres cambios:

  • del interés nacional a la misión universal de la Iglesia;
  • del misionero extranjero permanente a la formación del clero autóctono;
  • de la obra de institutos particulares a la responsabilidad eclesial universal.

El misionero no debe tratar de extender la influencia de su propia nación. El objetivo es, por el contrario, el nacimiento de una Iglesia capaz de vivir con sus propios sacerdotes y sus propias estructuras. La biografía oficial vaticana del propio Benedicto XV subraya precisamente la exigencia de preparar un clero indígena capaz de administrarse autónomamente.

Por ello, Maximum illud puede considerarse la puerta de entrada de la misionología católica contemporánea.

3. Pío XI: de la “misión extranjera” a la constitución de las Iglesias locales

Con Rerum Ecclesiae, del 28 de febrero de 1926, Pío XI recoge la herencia de Benedicto XV, pero da un paso más: la misión debe tender a la constitución estable de la Iglesia en cada pueblo, no a perpetuar una estructura dirigida desde el exterior.

Ese mismo año sucede algo pastoralmente revolucionario. El 14 de abril de 1926, a petición de la Obra de la Propagación de la Fe, Pío XI aprueba la institución de la Jornada Misionera para el penúltimo domingo de octubre en toda la Iglesia.

La novedad no es únicamente económica. Mediante la Jornada se educa una nueva conciencia: toda la Iglesia sostiene la misión de toda la Iglesia.

Oración, ofrendas, vocaciones e información misionera transforman progresivamente la relación entre las Iglesias más antiguas y las que están naciendo.

4. Pío XII: de las “misiones” a las Iglesias jóvenes

Con Evangelii Praecones, de 1951, Pío XII puede ya constatar cuánto ha cambiado el panorama en los veinticinco años posteriores a Rerum Ecclesiae.

La perspectiva se desplaza cada vez más de la simple conquista de nuevos territorios a la construcción de comunidades cristianas insertadas en las culturas locales.

Aún más importante es Fidei Donum, de 1957. Pío XII afirma que cada obispo, como sucesor de los Apóstoles, tiene una responsabilidad respecto a la misión de la Iglesia que supera los límites de su propia diócesis.

De aquí nace la experiencia de los sacerdotes fidei donum.

Es un giro decisivo:
antes: Europa “envía misioneros” a territorios dependientes;
ahora: una Iglesia particular ayuda a otra Iglesia particular.

Se prepara así la futura eclesiología conciliar de la communio Ecclesiarum.

5. Juan XXIII: cuando las Iglesias jóvenes se convierten en protagonistas

Con la encíclica Princeps Pastorum, de 1959, Juan XXIII lleva a madurez el tema del clero y del laicado locales. Las Iglesias jóvenes ya no se conciben solamente como destinatarias de la acción misionera, sino como comunidades llamadas a asumir plenamente la responsabilidad de su propia vida y de la evangelización.

Se presta especial atención a la formación, para que sacerdotes, religiosos y laicos puedan actuar de manera realmente arraigada en la cultura y la sociedad de sus respectivos pueblos.

El paso decisivo es, por tanto, este: de Iglesias asistidas desde el exterior a Iglesias locales protagonistas de la misión.

Es una de las premisas más inmediatas de la visión que el Concilio Vaticano II desarrollará pocos años después con Ad gentes.

6. Vaticano II: la revolución eclesiológica de Ad gentes

Aquí se encuentra el paso teológico más profundo de todo el recorrido.

El Decreto Ad gentes, promulgado el 7 de diciembre de 1965, no parte ante todo de los misioneros, de las obras o de los territorios. Parte de Dios.

La Iglesia es enviada porque Dios mismo es misión: el Padre envía al Hijo; el Padre y el Hijo envían al Espíritu; de esta dinámica trinitaria nace el envío de la Iglesia.

Ad gentes define, en efecto, a la Iglesia enviada a las gentes como «sacramento universal de salvación».

El cambio puede expresarse así:
antes: “la Iglesia tiene misiones”;
Vaticano II: “la Iglesia es misionera”.

Esto implica al menos cinco consecuencias.

1) La misión como naturaleza de la Iglesia
No constituye un sector confiado a congregaciones especializadas. Es una dimensión constitutiva de toda la comunidad eclesial.

2) De la plantatio Ecclesiae a la Iglesia local
El objetivo es hacer nacer comunidades plenamente eclesiales, arraigadas en su propio pueblo, con ministerios, carismas y formas de vida propias.

3) Inculturación
El Evangelio debe echar raíces en las culturas, asumiendo cuanto hay en ellas de auténtico y purificándolas desde dentro.

4) Responsabilidad de todos los obispos y de todas las Iglesias
Cada Iglesia particular participa en la misión universal.

5) Misión y testimonio
El anuncio no puede separarse de la vida, la caridad y el servicio.

Significativamente, Ad gentes pide también una transformación de Propaganda Fide: no solo un organismo administrativo, sino un «órgano de dirección dinámica», capaz de utilizar la teología, la metodología y las ciencias pastorales contemporáneas.

7. Los demás documentos conciliares cambian también el modo de entender la misión

Ad gentes no puede aislarse.

Lumen gentium ofrece la nueva eclesiología del Pueblo de Dios: la misión pertenece a todo el pueblo de los bautizados, no solamente al clero o a los religiosos.

Gaudium et spes introduce la actitud de diálogo con la historia y con las aspiraciones de la humanidad. La misión no se desarrolla “fuera” del mundo, sino dentro de las transformaciones culturales y sociales del ser humano.

Nostra aetate modifica profundamente la relación con las demás religiones: el cristiano sigue anunciando a Cristo, pero reconoce, escucha y dialoga con cuanto de verdadero y santo encuentra en las otras tradiciones.

Finalmente, Dignitatis humanae establece un criterio misionero irrenunciable: la fe no puede imponerse. La verdad debe proponerse por su propia fuerza, respetando la dignidad y la libertad de la persona. El Concilio afirma explícitamente que nadie puede ser obligado a abrazar la fe contra su propia voluntad.

Es la superación teológica definitiva de cualquier confusión entre evangelización, poder político y coacción.

8. Pablo VI: de “misión” a “evangelización”

Con el motu proprio Ecclesiae Sanctae, de 1966, Pablo VI aplica concretamente Ad gentes. Pide que la teología de la misión entre en la formación teológica y que la Jornada Mundial de las Misiones sea expresión de la responsabilidad común de todo el Pueblo de Dios.

Pero el documento decisivo es Evangelii nuntiandi, de 1975. Aquí aparece una categoría más amplia que la tradicional de misión: evangelización.

Evangelizar comprende conjuntamente:

  • testimonio de vida;
  • anuncio explícito de Jesucristo;
  • adhesión personal;
  • incorporación a la comunidad eclesial;
  • transformación de las culturas;
  • servicio y promoción del ser humano.

Pablo VI vincula expresamente la exhortación al Vaticano II y afirma que la intención fundamental del Concilio puede entenderse como hacer a la Iglesia contemporánea más capaz de anunciar el Evangelio al hombre contemporáneo.

Se pasa, por tanto, de la pregunta:
«¿Dónde están los territorios de misión?»
a la pregunta:
«¿Cómo puede el Evangelio alcanzar y transformar al ser humano y las culturas?»

9. Juan Pablo II: Redemptoris missio y el reequilibrio entre diálogo y anuncio

A finales de los años ochenta surge una nueva cuestión: si toda la acción de la Iglesia es evangelización, ¿sigue existiendo una misión específica ad gentes?

Juan Pablo II responde con la encíclica Redemptoris missio, de 1990: sí. La misión de Cristo confiada a la Iglesia está todavía lejos de su cumplimiento y la actividad misionera conserva plena actualidad.

La encíclica mantiene unidos diversos elementos que corrían el riesgo de separarse:
Cristo único Salvador — acción universal del Espíritu — valores presentes en las culturas y religiones — diálogo — inculturación — anuncio explícito — libertad de la persona.

Nace una concepción más articulada del panorama eclesial:

  1. pastoral ordinaria, en las comunidades cristianas vivas;
  2. nueva evangelización, allí donde la fe se ha debilitado;
  3. missio ad gentes, hacia pueblos y ambientes en los que Cristo todavía no es realmente conocido.

Esta distinción evita diluir la misión universal en una actividad pastoral genérica.

10. Diálogo interreligioso y misión

Una etapa importante es el documento Diálogo y anuncio, de 1991, elaborado conjuntamente por el Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso y la Congregación para la Evangelización de los Pueblos.

El punto teológico es delicado, pero decisivo:
dialogar no significa renunciar a anunciar;
anunciar no significa rechazar el diálogo.

Ambos pertenecen, de formas diferentes, a la misión evangelizadora. Es uno de los desarrollos más significativos de la línea abierta por Nostra aetate, Ad gentes y Evangelii nuntiandi.

11. Francisco: de la “misión de la Iglesia” a la “Iglesia en salida”

Con Evangelii gaudium (2013) se produce un nuevo desplazamiento.

Francisco no quiere que la misión sea simplemente un sector pastoral. Pide una «conversión misionera» de toda la Iglesia.

La fórmula más conocida es «Iglesia en salida»: cada cristiano y cada comunidad están llamados a abandonar la autorreferencialidad y llegar a las periferias.

El sujeto ya no es solamente “el misionero”, sino el: discípulo-misionero. No se es primero discípulo y después, eventualmente, misionero. Ser alcanzado por el Evangelio genera el envío.

Se completa así una larga transformación:
misioneros → Iglesias misioneras → Pueblo de Dios misionero → cada bautizado discípulo-misionero.

12. También la Curia se vuelve simbólicamente “misionera”

La Constitución apostólica Praedicate Evangelium, de 2022, constituye el Dicasterio para la Evangelización, en el que confluyen también las competencias históricamente vinculadas a Propaganda Fide.

El dato simbólicamente más relevante es que el Dicasterio para la Evangelización está presidido directamente por el Romano Pontífice.

De la Congregación fundada en 1622 se llega así a una estructura en la que:

  • primera evangelización;
  • nuevas Iglesias particulares;
  • cuestiones fundamentales de la evangelización en el mundo

son concebidas dentro de una única perspectiva misionera.

12. El centenario de 2026: León XIV y la misión como comunión

El mensaje de León XIV para la 100.ª Jornada Mundial de las Misiones, fechado el 25 de enero de 2026, ofrece casi una síntesis del recorrido histórico.

El tema es:
«Uno en Cristo, unidos en la misión»

La perspectiva acentúa tres aspectos.

  • Comunión: la unidad en Cristo precede y hace creíble la misión.
  • Sinodalidad misionera: carismas, comunidades e Iglesias colaboran, sin que la unidad signifique uniformidad.
  • Misión del amor: la Buena Noticia no es ante todo una doctrina abstracta que exportar, sino el amor fiel de Dios manifestado en Cristo y compartido a través de la vida de los discípulos.

En el mismo mensaje, León XIV recuerda significativamente que las Obras Misionales Pontificias constituyen una red de oración y caridad que une a las comunidades del mundo entero. La Jornada Mundial de las Misiones vuelve así, cien años después, a su significado más profundo: hacer visible la comunión misionera universal de la Iglesia.

El hilo conductor de cuatro siglos

Si hubiera que sintetizar la evolución en ocho pasos, podría formularse así:

De la concepción……a la concepción
misión vinculada también a la expansión europeamisión distinta del colonialismo
misionero europeo protagonistaIglesia local protagonista
clero extranjeroclero y episcopado autóctonos
conversión acompañada a veces de occidentalizacióninculturación del Evangelio
“territorios de misión”Iglesias particulares en comunión
misión confiada a especialistasresponsabilidad de todo el Pueblo de Dios
anuncio concebido principalmente como predicaciónevangelización como testimonio, anuncio, diálogo y servicio
una Iglesia que “hace misión”una Iglesia que es misionera y vive permanentemente “en salida”

Sin embargo, hay un elemento que no cambia a lo largo de todo este desarrollo: la convicción de que la misión nace del envío de Cristo y de que la Iglesia no puede renunciar al anuncio del Evangelio. Lo que cambia profundamente es la comprensión del sujeto, del estilo, de los destinatarios y de la relación entre Evangelio, culturas, libertad e Iglesias locales.

Por ello, la trayectoria más significativa puede condensarse en esta secuencia:

1659 – respetar a los pueblos →
1919 – liberar la misión del nacionalismo →
1926 – implicar a toda la Iglesia →
1957 – poner a las Iglesias en comunión misionera →
1965 – comprender a la propia Iglesia como misionera →
1975 – concebir la misión como evangelización integral →
1990 – reafirmar la permanente missio ad gentes
→
2013 – transformar a cada bautizado en discípulo-misionero →
2026 – vivir la misión como comunión: “Uno en Cristo, unidos en la misión”.

El centenario, por tanto, no celebra simplemente cien años de una colecta misionera: permite contemplar el paso de una misión concebida principalmente como envío de misioneros a tierras lejanas a una Iglesia mundial formada por Iglesias locales que reciben y se ofrecen recíprocamente el Evangelio, personas, carismas y recursos, permaneciendo juntas responsables del anuncio a quienes todavía no conocen a Cristo.

P. Manuel João Pereira, mccj. comboni2000.org

DOMUND: 100 años apoyando a las misiones

El DOMUND (Domingo Mundial de las Misiones) es una jornada instituida el 14 de abril de 1926 por el papa Pío XI. Se celebra cada penúltimo domingo de octubre para orar por los misioneros y recaudar fondos para el sostenimiento de las Iglesias en los territorios de misión. Este mes se celebrará el domingo 18. Su creación fue el resultado de una evolución histórica que unió el esfuerzo de laicos comprometidos con la visión estratégica de Pío XI, conocido como el «Papa de las Misiones». Hoy, 100 años después, sigue apoyando a las misiones y a los misioneros de todo el mundo a través de la sensibilización de la Iglesia, de la oración y de la colaboración económica.

Aunque la jornada del DOMUND fue instituida como tal en el siglo XX, hay que remontarse al siglo XIX para conocer sus orígenes. En aquella época, la Iglesia en Francia buscaba formas eficientes de apoyar económicamente a los misioneros que trabajaban en lugares lejanos. En 1819 una joven laica llamada Pauline Jaricot –beatificada el 22 de mayo de 2022– con solo 19 años, se sintió impresionada por las cartas que su hermano seminarista le enviaba sobre las dificultades de los misioneros en China. Al leer esos relatos concibió una red de apoyo popular e ideó un sistema piramidal: pequeños grupos de diez personas donde cada una aportaba una moneda semanal (un sous) y se comprometía a rezar por las misiones y a buscar otras diez personas que se unieran a la causa; así creó una estructura masiva y altamente efectiva. Esta red creció exponencialmente, traspasó las fronteras y se convirtió en 1822 en la «Asociación de la Propagación de la Fe». Cien años después, en mayo de 1922, el recién elegido Pío XI, conocido como el «Papa de las Misiones», asumió esta causa. Impresionado por la estructura de Pauline Jaricot, decidió otorgarle el rango de «Pontificia», lo que significaba que la obra ya no dependía de iniciativas particulares en Francia, sino que pasaba a ser el órgano oficial de recaudación de toda la Iglesia. El objetivo central no era solo recaudar donativos, sino también promover la conciencia misionera y la solidaridad entre todos los católicos del mundo.

Pauline Jaricot y el Papa Pío XI

El origen de la colecta

El relato tradicional de las Obras Misionales Pontificias refiere que, durante las celebraciones de la Exposición Misional realizada con motivo del Año Santo 1925 en la Basílica de San Pedro, Pío XI se sintió conmovido ante la presencia y necesidad de los seminaristas y misioneros de los territorios de misión. En un gesto espontáneo y de gran simbolismo, el Papa se quitó el solideo y lo sostuvo con las manos extendidas a modo de «hucha» o alcancía improvisada. Al ver al propio sucesor de Pedro ofreciendo su solideo para recoger limosna, los cardenales, obispos y peregrinos presentes reaccionaron con un entusiasmo enorme, comenzando a echar en él monedas, joyas y donativos directos. Ese gesto simbólico sirvió para inspirar la creación de una colecta unificada en toda la Iglesia universal. En una crónica recopilada años después sobre las audiencias de la Exposición Misional Vaticana de 1925, se recoge la frase atribuida a Pío XI ante la emoción del momento: «Lo que la generosidad espontánea de unos pocos ha hecho hoy en esta basílica, conmovidos por las necesidades de las misiones, debe organizarse para que sea una costumbre universal de toda la Iglesia».

Exposición Misional de 1925 en el Vaticano

El éxito de aquella Exposición Misional demostró que el pueblo católico tenía un enorme deseo de conocer y apoyar el trabajo de los misioneros, pero hacía falta un canal común e institucionalizado para unir a todos los países del mundo en el mismo objetivo. A principios de 1926, el Consejo Superior de la Obra Pontificia de la Propagación de la Fe presentó formalmente una solicitud al papa Pío XI para instituir un día anual de oración y colecta que se celebrara de forma simultánea en todas las parroquias del planeta.

El Papa aceptó de inmediato y el 14 de abril de 1926 la Sagrada Congregación de Ritos publicó el rescripto oficial que instauraba la «Jornada Mundial de las Misiones» con el fin de unir en oración a los católicos de todo el mundo por los misioneros y crear un «Fondo Universal de Solidaridad» para distribuir los recursos equitativamente entre los territorios más desfavorecidos. Desde entonces, todo el dinero que se recolecta en las parroquias y las diócesis durante ese día se destina al Fondo Universal de Solidaridad, el cual se distribuye equitativamente para sostener proyectos pastorales, sociales y educativos en más de mil territorios de misión repartidos por todo el mundo.

El documento establecía cinco objetivos institucionales: hacer comprender a todos los fieles el enorme problema misionero; estimular el fervor misionero de los sacerdotes y de los fieles; dar a conocer mejor la Obra de la Propagación de la Fe; solicitar la ayuda económica en favor de todas las misiones sin distinción y ofrecer una oración ferviente al Señor por la evangelización de los pueblos.

Estos objetivos se concretizaron en tres mandatos: Fijar un domingo específico para la oración y difusión misionera en el mundo (el penúltimo domingo de octubre); celebrar en todas las iglesias una misa especial «por la evangelización de los pueblos» con una predicación enfocada en la causa misionera; y destinar la colecta de ese día íntegramente a las misiones.

Ya antes, en febrero del mismo año, Pío XI había publicado la encíclica Rerum ecclesiae, donde reafirmaba el deber de toda la Iglesia de respaldar la evangelización. En este documento doctrinal fundamental, sentó las bases teológicas del deber misionero de toda la Iglesia desligándolo de cualquier nacionalismo, afirmando que «la Iglesia misma no tiene otra razón de existir sino la de hacer partícipes a todos los hombres de la redención salvadora, por medio de la expansión por todo el mundo del Reino de Cristo».

La fecha y el término DOMUND

La elección de la fecha exacta tampoco fue una casualidad, sino que respondió a una estrategia del calendario litúrgico de la Iglesia: el vínculo con la fiesta de Cristo Rey, instituida por el propio Pío XI el 11 de diciembre de 1925 con la encíclica Quas primas. El Papa determinó que la Jornada Mundial de las Misiones debía celebrarse el penúltimo domingo de octubre porque esta fecha correspondía exactamente al domingo anterior a la fiesta de Cristo Rey. El sentido teológico era claro: para que Cristo reine en el mundo, primero es necesario llevar su mensaje a través de las misiones.

Al colocar la jornada a finales de octubre, todo el mes adoptó de forma natural un carácter misionero de preparación, reflexión y oración por la evangelización en todo el mundo. Por otra parte, este mes está ligado a la evangelización universal, coincide con la festividad de Santa Teresita del Niño Jesús (el 1 de octubre), proclamada más tarde, también por Pío XI, patrona universal de las misiones. Un hecho significativo fue, precisamente, la consagración de los primeros seis obispos chinos el 26 de octubre de 1926.

Los seis primeros obispos chinos, consagrados el 26 de octubre de 1926

Aunque la jornada se instauró de forma oficial el 14 de abril 1926, el acrónimo DOMUND, sin embargo, nació años más tarde. En 1943, el sacerdote español Ángel Sagarmínaga, primer director nacional de las Obras Misionales Pontificias en España y gran difusor del trabajo misionero, buscaba una palabra corta, atractiva y fácil de recordar para las campañas de publicidad en radio, televisión e impresas en todos los medios de comunicación. Decidió fusionar las primeras sílabas de las palabras «Domingo» y «Mundial». Así lo dejó escrito él mismo en sus memorias de comunicación: «Necesitábamos un nombre corto, pegadizo y moderno. La expresión “Domingo Mundial de la Propagación de la Fe” era muy larga y no cabía en un cartel de prensa ni se retenía en la radio. Al unir “DOmingo” y “MUNDial”, creamos una marca para la solidaridad que caló inmediatamente en la gente». La fórmula fue tan exitosa que la Iglesia en España y en gran parte de América Latina la adoptó de forma definitiva para referirse a esta jornada de solidaridad universal.

El DOMUND y las OMPE en México

En 1931 se publicó en México el primer número de los Anales de la Propagación de la Fe y decía: «Con el favor de Dios Nuestro Señor, ha quedado instalado el Consejo Nacional de la Obra de la Propagación de la Fe en la República Mexicana». Su primer presidente fue el presbítero Rafael Vallejo Macouzet, párroco de la Parroquia del Sagrado Corazón de Jesús, quien sería también en 1932 responsable de la Obra de San Pedro Apóstol. El presbítero José Roustan había sido nombrado primer director nacional de la Obra de la Santa Infancia en México ya en 1930. Por su parte, la Pía Unión Misional del Clero tendría al primer presidente nacional en 1938 en la persona de monseñor José Ignacio Márquez. Estas cuatro obras funcionaron independientemente hasta que en 1974 se unieron dando lugar a las actuales OMPE (Obras Misionales Pontificio Episcopales) de México (Ver Esquila Misional, febrero 2024).

Desde entonces, las OMPE siguen trabajando para volver realidad los objetivos marcados en aquel documento de 1926: hacer comprender a todos los fieles el formidable problema misionero; estimular el fervor misionero de los sacerdotes y de los fieles; dar a conocer mejor la Obra de la Propagación de la Fe; solicitar la ayuda económica en favor de todas las misiones sin distinción y ofrecer una oración ferviente al Señor por la evangelización de los pueblos.

Octubre, mes misionero. 100 años del DOMUND

Hoy, fiesta de Santa Teresa del Niño Jesús, patrona de las misiones, iniciamos el mes misionero por excelencia. Este año es muy especial, porque el próximo día 18 celebraremos los 100 años del DOMUND (Domingo Mundial de las Misiones). Cien años de comunión y de apoyo a los que se encuentran en tierras lejanas para anunciar el Evangelio. El Papa León XIV nos anima a estar en comunión con ellos.

En su mensaje para la 100ª Jornada Mundial de las Misiones, que lleva por título «Uno en Cristo, unidos en la misión», León XIV señala como condición indispensable para que el mensaje misionero de la Iglesia sea creíble la necesidad de sentirnos unidos como hermanos que se hacen uno en Cristo.

El Papa insiste en que toda la Iglesia debe sentirse misionera y hace un llamamiento especial recordando a «todos los misioneros y misioneras ad gentes de hoy; personas que, como san Francisco Javier, han dejado su tierra, su familia y toda seguridad para anunciar el Evangelio, llevando a Cristo y su amor a lugares a menudo difíciles, pobres, marcados por conflictos o culturalmente lejanos. Unámonos todos a ellos en la misión evangelizadora mediante el testimonio de la vida en Cristo, la oración y la contribución a las misiones».

Lo que realmente nos anima y sostiene a los misioneros cuando estamos lejos de nuestra tierra –más allá de las ayudas económicas– es saber que lejos de donde estamos, en nuestra tierra de origen o en otros lugares, hay personas que nos recuerdan, que rezan y que viven en comunión con nosotros. Si nos sintiéramos solos, nuestra misión no tendría sentido y duraría menos que una gota de agua en mitad del desierto.

En este mes misionero por excelencia y al cumplirse los 100 años del DOMUND, no caigamos en la fácil tentación de liberar nuestra conciencia dando un pequeño donativo. El Domingo Mundial de las Misiones es mucho más que una simple colecta. El Papa afirma con insistencia que todos somos responsables de todos. Si decimos que somos uno en Cristo, debemos sentirnos unidos unos a otros, tanto con los de aquí como con los hermanos que viven en tierras lejanas.

Ese «sentirnos unidos» va más allá de una simple ayuda económica, debe implicar un esfuerzo por conocer la realidad de nuestros hermanos, sentirnos en comunión con ellos, «reír con los que ríen y llorar con los que lloran», como dice san Pablo; asumir nuestra responsabilidad de seguir enviando misioneros, orar por ellos y colaborar en la medida de nuestras posibilidades. Solo entonces nuestra aportación económica adquirirá un verdadero sentido misionero. Como afirma también el Papa en su mensaje, «cada don, por pequeño que sea, se convierte en un acto significativo de comunión misionera».

El otoño: tiempo de madurez, cosecha y esperanza. Oraciones para el otoño de la vida

El otoño es una de las cuatro estaciones del año y, en el hemisferio norte, marca el paso del calor y de la abundante luz del verano hacia el frío y la oscuridad del invierno. Astronómicamente comienza con el equinoccio de otoño, que se produce normalmente entre el 22 y el 23 de septiembre, cuando el día y la noche tienen aproximadamente la misma duración. El otoño termina con el solsticio de invierno, alrededor del 21 o 22 de diciembre. Desde el punto de vista meteorológico, en cambio, se considera otoño el período comprendido entre el 1 de septiembre y el 30 de noviembre.

Las características del otoño

El otoño es una estación de transformación. Poco a poco disminuyen las horas de luz, las temperaturas bajan y la naturaleza cambia de aspecto. Las hojas de muchos árboles pierden la clorofila, mostrando colores amarillos, ocres, rojos y dorados antes de caer al suelo.

Es también el tiempo de muchas cosechas. Se recogen uvas, manzanas, peras, calabazas, nueces, castañas y numerosos frutos de la tierra. En las regiones vitivinícolas es el tiempo de la vendimia y del vino nuevo.

La naturaleza parece entrar lentamente en un período de descanso. Algunos animales acumulan reservas para el invierno, otros se preparan para la hibernación y numerosas aves migratorias emprenden largos viajes hacia regiones más cálidas.

Por eso el otoño une dos realidades aparentemente opuestas: abundancia y desprendimiento. Es el tiempo de recoger los frutos, pero también el tiempo en que los árboles dejan caer sus hojas.

El otoño y las edades de la vida

Desde la Antigüedad, las cuatro estaciones han sido utilizadas como símbolo de las diferentes edades de la existencia humana.

La primavera representa el nacimiento y la infancia; el verano, la juventud y la plenitud de las fuerzas; el otoño representa sobre todo la madurez de la vida; y el invierno suele simbolizar la vejez y la etapa final de la existencia.

Sin embargo, las fronteras no son rígidas. El otoño puede representar también los primeros años de la vejez, cuando una persona empieza a mirar su existencia desde una perspectiva diferente.

Hablar del “otoño de la vida” no significa hablar solamente de decadencia. Al contrario, la imagen de la cosecha permite comprender esta etapa como el tiempo en que se recogen los frutos de todo lo vivido.

Es el tiempo de la experiencia, de la memoria, de una sabiduría que ya no necesita demostrar continuamente su propia fuerza. Muchas cosas que durante la juventud parecían indispensables empiezan a perder importancia, mientras que adquieren mayor valor los afectos, la amistad, la familia, la reconciliación, la fe y el tiempo compartido.

Como los árboles dejan caer sus hojas, también la persona está llamada, poco a poco, a aprender el arte del desprendimiento: dejar algunas responsabilidades, aceptar los propios límites, perdonar antiguas heridas y renunciar a aquello que ya no puede controlar.

Pero el árbol que pierde las hojas no está muerto. En su interior conserva la vida y prepara silenciosamente una nueva primavera. Por ello el otoño puede convertirse también en símbolo de esperanza.

Costumbres y tradiciones del otoño

Muchas costumbres otoñales nacieron de la antigua relación entre el ser humano y los ciclos de la agricultura.

Las fiestas de la vendimia y de la cosecha expresan la alegría por los frutos recibidos después de meses de trabajo. En muchos lugares existen fiestas dedicadas al vino nuevo, las castañas, las manzanas, las calabazas y otros productos de temporada.

El otoño invita también a recuperar una vida más interior. Los días se acortan, se pasa más tiempo en casa y el ritmo de la naturaleza parece sugerir mayor calma y recogimiento.

Caminar entre los árboles, observar las hojas que caen o contemplar un campo después de la cosecha puede convertirse en una sencilla escuela espiritual. La naturaleza recuerda que no todo consiste en producir continuamente. Existe un tiempo para crecer, un tiempo para dar fruto y también un tiempo para detenerse, agradecer y dejar ir.

El otoño en la tradición cristiana

El simbolismo del otoño posee una profunda afinidad con la espiritualidad cristiana.

La Biblia utiliza frecuentemente imágenes relacionadas con la semilla, la viña, la cosecha y los frutos. La vida humana aparece como un terreno que Dios cultiva y en el cual cada persona está llamada a producir frutos de amor, justicia, misericordia y fidelidad.

El otoño puede convertirse entonces en una pregunta espiritual: ¿qué frutos ha producido mi vida?

No se trata solamente de éxitos visibles. Para el cristiano, los frutos más importantes pueden ser silenciosos: una persona perdonada, un hijo acompañado, una amistad conservada durante años, una oración perseverante, una enfermedad afrontada con confianza, un servicio realizado sin reconocimiento.

Durante el otoño del hemisferio norte se celebran además varias fiestas cristianas especialmente significativas.

El 29 de septiembre, la tradición católica celebra a los santos arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael. El 4 de octubre, san Francisco de Asís recuerda de manera particular la fraternidad con todas las criaturas y el respeto por la creación.

El mes de octubre posee también una fuerte tradición mariana y, particularmente en la Iglesia católica, está asociado a la oración del Rosario.

Al comienzo de noviembre llegan dos celebraciones profundamente relacionadas con los grandes temas del otoño. El 1 de noviembre, solemnidad de Todos los Santos, recuerda la vocación de cada persona a la santidad y contempla la multitud de hombres y mujeres que han alcanzado la plenitud de la vida en Dios.

El 2 de noviembre, conmemoración de los fieles difuntos, lleva a recordar a quienes nos han precedido. En un tiempo del año en que la naturaleza parece apagarse, la fe cristiana proclama que la muerte no posee la última palabra.

Hacia el final del año litúrgico se celebra también la solemnidad de Cristo Rey, y poco después comienza el Adviento. Así, mientras la naturaleza del hemisferio norte entra en el período más oscuro del año, la liturgia cristiana comienza a hablar de espera, vigilancia y de una luz que está por llegar.

Este contraste es particularmente hermoso: precisamente cuando los días se hacen más cortos, el cristianismo invita a esperar la Luz.

El otoño de la vida desde la fe cristiana

Para una persona que entra en el otoño de su existencia, la espiritualidad cristiana propone no solamente mirar hacia atrás, sino también hacia delante.

Existe un momento para preguntarse qué se ha realizado, pero también qué queda todavía por ofrecer.

Una persona mayor puede quizá hacer menos cosas que antes, pero puede convertirse cada vez más en presencia, memoria, consejo, oración y bendición para los demás.

En este sentido, envejecer puede ser entendido como un proceso de simplificación interior. Como el árbol que se desprende de sus hojas, la persona aprende progresivamente a distinguir aquello que permanece de aquello que pasa.

La fe cristiana añade además una dimensión esencial: el otoño no conduce simplemente al invierno. Después del invierno existe una primavera.

Por eso el ciclo de las estaciones puede convertirse en una imagen de la esperanza cristiana en la resurrección.

La semilla desaparece bajo la tierra, pero prepara una vida nueva.



Oraciones para el otoño de la vida

Oración de agradecimiento por los frutos recibidos

Señor Dios,

al entrar en el otoño de mi vida,
quiero detenerme un momento
para contemplar el camino recorrido.

Gracias por las personas que has puesto a mi lado,
por los días luminosos
y también por aquellos que me enseñaron a caminar en la oscuridad.

Gracias por el amor que he recibido
y por el amor que he podido ofrecer.

Gracias por mis trabajos, mis alegrías,
mis errores y mis nuevos comienzos.

Como el campesino contempla su campo después de la cosecha,
enséñame a reconocer los frutos
que tu gracia ha hecho crecer en mi vida.

Y allí donde todavía encuentre tierra árida,
dame tiempo y humildad para sembrar de nuevo.

Amén.

Oración para aprender a dejar ir

Señor,

los árboles del otoño dejan caer sus hojas
sin saber todavía cuándo llegará la primavera.

Enséñame también a mí a desprenderme.

Ayúdame a dejar aquello que ya no necesito,
las antiguas heridas,
los resentimientos,
el deseo de controlar cada cosa
y el miedo ante lo que está por venir.

Dame la libertad de conservar solamente
lo que verdaderamente importa:

la fe,
el amor,
la gratitud,
la amistad
y la esperanza.

Que cada cosa que dejo
haga más espacio en mí para Ti.

Amén.

Oración por la madurez de la vida

Dios de todas las estaciones,

Tú estabas conmigo en la primavera de mi infancia
y en el verano de mi juventud.

Permanece conmigo ahora
en el otoño de mi vida.

Haz que los años no sean solamente tiempo que pasa,
sino sabiduría que crece.

Dame serenidad para aceptar mis límites,
humildad para pedir ayuda,
generosidad para compartir mi experiencia
y un corazón todavía capaz de sorprenderse.

Que nunca piense que mi misión ha terminado.

Muéstrame cada día
a quién puedo escuchar,
a quién puedo consolar,
por quién puedo rezar
y qué semilla de bien puedo todavía plantar.

Amén.

Oración en memoria de quienes ya no están

Señor de la vida,

en estos días en que las hojas caen
recordamos especialmente
a las personas que caminaron junto a nosotros
y que ya no podemos ver.

Gracias por todo lo que recibimos de ellas.

Guarda sus nombres, sus rostros
y sus historias en nuestro corazón.

Cuando su ausencia nos duela,
haz que la memoria se transforme en gratitud.

Y cuando pensemos en nuestra propia muerte,
líbranos del miedo que paraliza.

Danos la esperanza de creer
que nuestra historia no termina en la tumba
y que nada de lo vivido en el amor
se pierde para siempre.

Acoge a nuestros difuntos en tu paz
y condúcenos un día hacia la plenitud de tu vida.

Amén.

Oración breve para cada mañana de otoño

Señor,

gracias por este nuevo día.

Enséñame a recibirlo
como se recibe un fruto maduro:
con gratitud.

Que sepa guardar lo que es bueno,
dejar caer lo que ya no sirve
y confiarte aquello que no puedo cambiar.

Haz fecundo también este día de mi vida.

Amén.

P. Manuel João Pereira Correia, MCCJ
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Sudán del Sur: Evangelizar es sembrar paz

En un Sudán del Sur marcado por la violencia, las divisiones, los conflictos y profundas heridas, evangelizar significa también sembrar paz. Y la paz nace cuando aprendemos a ver en el otro no a un enemigo que hay que eliminar, sino a un hermano que hay que reconocer.

Cuando Jesús envía a los setenta y dos discípulos en misión, les dice una palabra que parece casi escandalosa: «Miren, los envío como corderos en medio de lobos». No dice: «Los envío como leones». No dice: «Los envío más fuertes que sus adversarios». No dice: «Los envío con las herramientas necesarias para vencer». Dice: «Los envío como corderos en medio de lobos».

Esta palabra tiene mucho que decir a la Iglesia que vive y anuncia el Evangelio en Sudán del Sur. Porque, en un país marcado por la violencia, las divisiones, los conflictos y profundas heridas, evangelizar significa también sembrar paz. Y la paz no nace de la victoria de uno sobre el otro. No nace de la eliminación del adversario. Nace cuando aprendemos a ver en el otro no a un enemigo que hay que eliminar, sino a un hermano que hay que reconocer.

El cordero no se convierte en lobo

Nos sentimos espontáneamente atraídos por la fuerza. Cuando hay un lobo, quisiéramos tener un lobo más fuerte. Cuando hay violencia, sentimos la tentación de responder con una violencia mayor. Cuando alguien nos amenaza, quisiéramos tener el poder necesario para imponernos. Pero así corremos el riesgo de adoptar la misma lógica de aquello que queremos combatir.

Jesús propone otro camino. El cordero no vence porque sea más fuerte que el lobo. Vence porque no se convierte en lobo. Esta es la fuerza de la no violencia cristiana. No significa ser débiles. Significa no permitir que el mal del otro determine aquello en lo que yo me convierto. El otro puede odiar, pero yo no debo convertirme en odio. El otro puede ser violento, pero yo no debo convertirme en violencia. El otro puede humillarme, pero yo no debo perder la dignidad de reconocerlo como hermano. Permanecer como corderos significa no permitir que el lobo que hay en el otro haga nacer el lobo que hay dentro de mí. Este es uno de los mayores desafíos de la paz.

La primera palabra del misionero es Paz

Jesús dice a sus discípulos: «En cualquier casa donde entren, digan primero: “Paz a esta casa”». Es significativo. La primera palabra del misionero no es una lección de teología. Es paz. El misionero no llega para conquistar al otro. Llega para entrar en relación con él.

Y Jesús añade: «Coman lo que les ofrezcan». El misionero llega pobre. Se deja acoger. Se sienta a la mesa del otro. Come su comida. Entra en su vida. Y entonces descubre algo fundamental: el otro no es simplemente alguien a quien llevar el Evangelio. Es alguien a través de quien Dios también puede encontrarse conmigo. Esta es una gran escuela de misión.

En Sudán del Sur lo aprendemos cada día: la misión no consiste solamente en hablar a la gente, sino en caminar con la gente. No podemos construir la paz desde arriba. Debemos entrar en las heridas de las comunidades, escuchar, compartir y crear espacios en los que las personas puedan encontrarse y reconocerse nuevamente como hermanos.

Devolver un rostro al enemigo

Uno de los dramas más profundos de la violencia es este: antes de golpear el cuerpo del otro, la violencia mata el rostro del otro dentro de nosotros. Para poder ejercer violencia contra una persona, tengo que dejar de verla como persona. Se convierte en una etiqueta: es de aquella etnia; es extranjero; es un enemigo; es uno de los que nos hicieron daño. Cuando el otro se convierte simplemente en el enemigo, resulta más fácil odiarlo.

Por eso, la misión de la Iglesia consiste también en devolver un rostro a quien ha sido convertido en enemigo. Decir a las comunidades: Antes de pertenecer a esta o aquella etnia, somos personas. Antes de ser adversarios, somos hermanos.

La Iglesia debe ser un espacio en el que las personas aprendan nuevamente a encontrarse. Una Iglesia que atraviesa las divisiones. Una Iglesia que no construye nuevos enemigos. Una Iglesia que denuncia la injusticia sin odiar a quien es injusto. Una Iglesia que enseña la reconciliación sin olvidar a las víctimas. Una Iglesia que desarma no solamente las manos, sino también las palabras y el corazón.

La paz comienza en las pequeñas comunidades

Jesús envía a sus discípulos sin bolsa, sin alforja, sin sandalias de repuesto. Es como si dijera: «No pongan su seguridad en el poder. Su fuerza estará en la relación, en la confianza, en la palabra y en el testimonio». Esto es particularmente importante cuando hablamos de paz. A menudo pensamos que para construir la paz se necesitan, ante todo, instrumentos de poder. El Evangelio nos muestra, en cambio, un poder diferente: el poder desarmado de la fraternidad.

Lo vemos concretamente en los Comités de Justicia y Paz presentes en las diócesis de Sudán del Sur y promovidos por las Iglesias desde una perspectiva ecuménica. No son simplemente personas que hablan de paz. Son personas que buscan construirla allí donde las relaciones están heridas. Entran en las comunidades. Escuchan. Recogen miedos y sufrimientos. Favorecen el diálogo. Intentan impedir que un conflicto se convierta en venganza y que la venganza se convierta en una nueva guerra.

No entran diciendo: «He venido a derrotar a alguien». Entran diciendo: «He venido a escuchar». No llevan un arma; llevan una palabra. No buscan un vencedor. Buscan un camino para que las personas puedan volver a vivir juntas. Y aquí vemos concretamente qué significa ser corderos en medio de lobos.

La paz no comienza solamente en las grandes mesas políticas. Comienza cuando, en una pequeña comunidad, alguien encuentra el valor de decir: «Detengámonos. Escuchémonos. No queremos que nuestros hijos sigan pagando el precio de nuestro odio». Eso ya es Evangelio. Eso ya es evangelización. Eso ya es el Reino de Dios que se acerca.

También el rechazo puede convertirse en testimonio

Jesús no oculta a sus discípulos que podrán ser rechazados. Esto es importante. En la misión podemos pensar que el éxito consiste en ser acogidos. Pero Jesús nos enseña que incluso el rechazo puede convertirse en un lugar de testimonio. Jesús mismo fue rechazado. Y en la cruz, Dios asume sobre sí el rechazo de la humanidad sin responder con otro rechazo.

El mal cae sobre el Cordero y el Cordero no devuelve el mal. Esta es la fuerza de la cruz. No significa buscar el sufrimiento. Significa que el amor verdadero permanece fiel incluso cuando no es correspondido. Por eso, el rechazo no es necesariamente un fracaso de la misión. Puede convertirse en el lugar donde el amor demuestra que es más fuerte que el odio.

Evangelizar significa cambiar de mentalidad

Por eso, la vocación de la Iglesia en Sudán del Sur es grande. No estamos llamados solamente a predicar la paz. Estamos llamados a convertirnos en una comunidad de paz. Evangelizar significa sembrar una mentalidad nueva: de la venganza a la reconciliación; del miedo a la confianza; de la división a la fraternidad; del odio a la responsabilidad por el bien común.

Porque una guerra puede continuar incluso cuando las armas callan, si dentro de nosotros siguen viviendo el resentimiento, la sospecha y el deseo de venganza.

La paz no es solamente el silencio de las armas. Es la transformación del corazón. Y esta transformación debe llegar especialmente a los jóvenes. No podemos permitir que una generación herede la guerra de la generación anterior. Una madre que enseña a sus hijos a no odiar a los hijos de sus enemigos ya está construyendo la paz. Un joven que deja el arma ya está construyendo la paz. Dos comunidades que, después de años de conflicto, aceptan sentarse a la misma mesa ya están construyendo la paz. Una Iglesia que crea ese espacio de encuentro ya está evangelizando. El Reino de Dios se hace cercano cuando una persona decide no vengarse.

Bienaventurados los que trabajan por la paz

Por eso comprendemos mejor la bienaventuranza de Jesús: «Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios». No dice: bienaventurados los que hablan de paz. Dice: bienaventurados los que trabajan por la paz. La paz es un verbo. Es un trabajo. Es una vocación. Es un camino. Y quienes trabajan por la paz son los corderos de los que habla Jesús. No porque sean débiles, sino porque han descubierto una fuerza más grande que la violencia: la fuerza de no devolver mal por mal; la fuerza de permanecer fieles al amor; la fuerza de ver un hermano allí donde otros ven un enemigo.

Esta es quizás una de las mayores formas de testimonio que la Iglesia puede ofrecer a Sudán del Sur y al mundo. No podemos construir la paz eliminando al otro. Construimos la paz cuando reconocemos que el otro pertenece a nuestra misma humanidad. Y aquí llegamos al corazón del Evangelio. El Cordero no mata al lobo. El Cordero ofrece su propia vida. Esta es la lógica de la cruz. Esta es la lógica de la misión. Esta es la lógica de la paz.

La Iglesia está llamada a ser un cordero en medio de los lobos. No un cordero resignado. Un cordero que, con la fuerza desarmante del amor, de la verdad, de la justicia y de la fraternidad, abre un camino nuevo. Porque quizá la pregunta decisiva no sea: «¿Cómo podemos llegar a ser más fuertes que nuestros enemigos?», sino: «¿Cómo podemos hacer para que ya no haya enemigos?» La respuesta del Evangelio es sencilla y radical: reconociéndonos como hermanos. Esta es la paz que debemos sembrar. Esta es la paz que debemos testimoniar. Esta es la paz por la que vale la pena dar la vida.

Bienaventurados los que trabajan por la paz. Bienaventurados los corderos que no se convierten en lobos. Bienaventurados aquellos que dan su vida para que el mundo tenga vida. Serán llamados hijos de Dios.

+ Christian Carlassare, mccj
Obispo de Bentiu (Sudán del Sur)

comboni.org

Cuando la cultura se convierte en frontera: el desafío interior del misionero

«El misionero no es arquitecto, es jardinero. Su tarea no es construir, sino cuidar. No está ahí para reemplazar, sino para acompañar. No es quien modela, sino que es iluminador», escribe padre José Miguel Córdova Alcázar [al centro en la foto], comboniano peruano que trabajó una docena de años en Etiopía, sobre todo entre el pueblo Guji.

Por: Abba Mikael Córdova, mccj

La misión siempre comienza con un desplazamiento dinámico: salir de un lugar para entrar en otro. «Todos nosotros, misioneros combonianos, lo hemos hecho, lo estamos haciendo o nos estamos preparando para vivir esta experiencia.» Pero el desplazamiento más difícil no es geográfico, sino cultural.

El misionero llega a un pueblo con el sincero deseo de amarle, servirle y formar parte de su vida. Sin embargo, lleva dentro una historia, algunos símbolos, una forma de sentir e interpretar el mundo que no puede dejar en el aeropuerto. Su propia cultura viaja con él, aunque no quiera.

Identidad cultural

Esta tensión —entre la cultura que se aporta y la cultura que es bienvenida— es una de las más delicadas y menos comentadas en la vida misionera.

En el ámbito de la misión cristiana hablamos siempre de “inculturación”: adentrarse en una cultura hasta amarla desde dentro, hasta hacer que el Evangelio eche raíces en ella en su propia forma y color. Pero este ideal a menudo choca con un límite humano: la identidad cultural del misionero es fuerte, persistente e inconsciente.

No se trata solo de costumbres visibles, sino de la forma de entender el tiempo, la manera de relacionarse entre nosotros, la sensibilidad al dolor, la forma de organizar la comunidad, la relación con la autoridad, la manera de celebrar, de rezar, de comunicarse.

La cultura es una segunda piel. Y cuando el misionero intenta “dejarla”, a menudo solo consigue ocultarla, pero no transformarla.

Muchos misioneros entran en una nueva cultura con humildad y respeto. Pero, aun así, la propia cultura se filtra en decisiones pequeñas y grandes que se hacen presentes en la labor pastoral que se realiza con la comunidad. Y entonces aparece un fenómeno sutil pero peligroso: la imposición involuntaria.

No es una imposición agresiva, sino una infiltración: en la forma de resolver conflictos, en la forma de hacer catequesis, en la estética de la liturgia, en la planificación de proyectos, en la relación con el tiempo y la eficiencia.

El misionero cree que está ayudando, pero en realidad se está reformando según su plan mental. Y el resultado es una especie de “híbrido cultural” que no pertenece enteramente a nadie: no es completamente del pueblo, ni del misionero.

Esto conduce a confusión, dependencia y, a veces, a una sensación de pérdida de identidad en la comunidad local.

Siempre un invitado

Desde un punto de vista psicológico, el misionero atraviesa un proceso complejo: debe aprender a poner a la gente en el centro, pero sin cancelarse a sí mismo. Si se cancela, pierde autenticidad. Si se impone, pierde la comunión.

La propia cultura de cada uno da seguridad. Renunciar a ello causa parcialmente vulnerabilidad. Esta vulnerabilidad es necesaria, pero también dolorosa.

No puede ser “nativo” de una cultura adoptada. El misionero siempre será un invitado, un hermano que viene de fuera. Aceptar esta realidad en la vida del misionero es un acto de madurez.

Pastoralmente, la misión auténtica no consiste en “crear” una nueva cultura cristiana, sino en hacer florecer la fe en la cultura que ya existe. El misionero no es arquitecto, es jardinero. Su tarea no es construir, sino cuidar. No está ahí para reemplazar, sino para acompañar. No es quien modela, sino que es iluminador.

Cuando el misionero entiende esto, entonces, deja de querer “hacer cosas” y empieza a hacer crecer a la gente.

La misión es un arte. Un arte de la presencia, de la escucha, de la humildad. Un arte que requiere renunciar a la necesidad de controlar y abrazar la belleza de dejar que el otro sea él mismo.

El misionero que logra esto no pierde su identidad. La convierte en un servicio. Y la gente no pierde su cultura. La transforma en “Evangelio Encarnado.”

Esta es la misión más pura: hacer que la fe arraigue sin desarraigar a nadie.

Cuando esto ocurre, la cultura del misionero se vuelve transparente: presente, pero no dominante; fértil, pero no protagonista.

Habitar el misterio

«Quítate las sandalias, porque el lugar donde estás es tierra sagrada» (Éxodo 3:5-10). Hay un momento en la vida del misionero, en el que se descubre que la misión no consiste en “hacer cosas”, sino en habitar un misterio: el misterio de un pueblo, de una historia, de una forma de sentir y vivir que no es suya. Ese misterio es la cultura. Y la cultura es terreno sagrado.

San Daniel Comboni intuyó esto con sorprendente claridad para su época. Cuando dijo «Salva África con África», no se refería solo a la estrategia misionera. Habló de un acto de fe: creer que el pueblo tiene dentro de sí la fuerza, sabiduría y dignidad para ser los protagonistas de su propia salvación.

Esto significa que la cultura del pueblo no es un obstáculo, sino el lugar donde Dios ya está obrando.

Misión es amar

Todavía recuerdo, como si hubiera sido ayer, las palabras de un misionero comboniano con mucha experiencia misionera, sabiduría humana, pero sobre todo con una gran experiencia del amor de Dios en su propia vida. Hace 26 años, cuando dejé mi país para ir a “la misión”, este misionero, —cuyo nombre no es necesario decir porque sé muy bien que recordará el momento cuando me dijo: «Mira Pepe, —porque así me llaman en mi país—, recuerda que lo más importante que tienes que hacer cuando estás en la “misión” es amar a las personas a las que has sido enviado. Nunca lo olvides.»

Cuando un misionero llega a un pueblo, trae consigo una cultura que le ha dado identidad, seguridad y sentido. Y esto no puede olvidarse ni dejarse de lado. Pero la misión le pide hacer algo difícil: descentrarse. No para renunciar a quién es, sino para renunciar a ser el centro.

La cultura del misionero es una luz, pero no es “La Luz” que debe iluminar al pueblo. Su luz, es solo un servicio, es compañía, es presencia.

La cultura del pueblo es la casa. La del misionero es la mochila.

San Daniel Comboni lo expresó con una frase que se convierte en un programa espiritual: «Se han adueñado de mi corazón que vive solamente para ellos» (Escritos. 941).

Y sin ninguna duda podemos decir que esta frase no surge solo por el amor que siente por la gente, su “amado pueblo” por quien ha decidido dar su vida. Es reconocimiento. Es reverencia.

El misionero que ama a un pueblo descubre que su cultura es un tesoro que no necesita ser corregido, purificado o reemplazado. Solo necesita ser recibido, comprendido y hecho fructífero por el Evangelio.

Transparencia misionera

La cultura es el idioma con el que la gente habla con Dios. Cambiarla es silenciarle.

Cuando el misionero no es consciente de la fuerza de su propia cultura, puede acabar creando una especie de “híbrido” que no pertenece a nadie: ni al pueblo, ni a sí mismo.

Esto ocurre cuando organiza la comunidad según esquemas culturales personales, introduce la estética litúrgica de otros, prioriza valores que no son universales, interpreta la fe desde su propia sensibilidad cultural.

Sin querer, el misionero puede confundir identidades y generar dependencia. Puede construir una comunidad que no sea realmente del pueblo, sino una proyección inconsciente de su propia historia.

San Daniel Comboni lo vio claramente: la misión no es colonización espiritual.

El misionero maduro no quiere “crear” una nueva cultura cristiana. Quiere que la fe eche raíces en la cultura que ya existe. El misionero maduro debe saber que está presente en un pueblo: porque, como dije antes, no es el arquitecto: es el jardinero; no es quien construye: es quien cuida; No es quien modela: sino quien acompaña; No reemplaza ni opaca: es quien está llamado a iluminar. «Vosotros sois la luz del mundo» (Mateo 5:14).

Cuando el misionero actúa de esta manera, la cultura del pueblo florece con su propia forma, su propio color y su propia dignidad.

Por tanto, la misión alcanza su plenitud cuando el misionero puede decir: «Lo que nace aquí no es mío.» Y al mismo tiempo, la gente puede decir: «Esto es nuestro, aunque el misionero nos haya ayudado.»

Esto es transparencia misionera: ser necesario sin ser el protagonista, estar presente sin ser central, ser una semilla sin ser un árbol.

Por lo tanto, debemos saber que la cultura no es un campo de evangelización. Es un campo donde Dios ya ha sembrado. El misionero no lleva a Dios a la gente. El misionero descubre a Dios en el pueblo. Entonces, la misión se convierte en un acto de profunda humildad: honrar lo que es el pueblo, porque ahí es donde el Evangelio quiere hacerse carne. «Y la Palabra de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros» (Juan 1:14).

Fui enviado

Sí, han tenido que pasar 26 años, para poder entender esto, y harán falta unos años más para poder comprenderlo completamente. Recuerdo como si hubiera sido ayer el día en que me enviaron el documento con mi primera destinación misionera, el famoso “destinatus est”. Y, recuerdo también al consejero general a quien le dije «que prefería otro lugar y no el que habían pensado para mí» —(Sé que vas a leer este artículo)— y «Me dijiste: Mira, Miguel, lo pensaremos y te llamaré.»

Sigo aún esperando la llamada, pero, aunque es cierto que no me llamó, lo que sí hizo fue enviarme un libro que había escrito sobre el país donde yo sería enviado para mi primera experiencia de misión.

Hoy doy gracias a Dios, por el hecho que no fui a donde quería ir, la realidad es que fui enviado. No elegí el puesto de la misión; fue un regalo precioso de Dios, en mi vida misionera y solo puedo decir: Gracias, Papá y Mamá, Juan, Jorge y Rosita, y a todos los que han hecho posibles estos 26 años de servicio a la misión.

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