El P. Obwaya Justus Oseko, misionero keniano de 35 años, está en Madrid, España para estudiar Comunicación Digital, pero también para trabajar en el centro de Pastoral Juvenil Vocacional, desde el que acompaña a jóvenes en discernimiento vocacional misionero. En esta entrevista nos cuenta la historia de su vocación.

Entrevistó: P. Zoé Musaka, mccj
Mundo Negro

Háblanos de ti y de tu familia.

Nací el 12 de febrero de 1988 en el distrito de Gucha, que está en el condado de Kisii (Kenia), en el seno de una familia católica. Soy el cuarto de cinco hermanos, cuatro chicos y una chica. La benjamina de la familia es religiosa de la Congregación de la Adoración y reside en la actualidad en Alemania. Mi padre se llama Evans Obwaya y es maestro de Primaria, mientras que mi madre se llama Florence Moraa y tiene una pequeña granja.

¿Cómo nació tu vocación misionera?

Cada sábado era costumbre en mi familia reunirnos para leer y reflexionar juntos la Palabra de Dios, normalmente el texto del Evangelio del día siguiente. Mi padre jugaba un rol crucial en estos encuentros, era como el presidente de esa pequeña Iglesia doméstica. Nos pedía a cada uno de nosotros que leyéramos el texto y después nos invitaba a compartir aquello que nos había tocado personalmente. Por otro lado, mi madre insistía mucho en que rezáramos el Rosario, una oración que siempre menutrió y me ayudó a comprender la importancia de la Virgen María en nuestro camino de fe. Estas experiencia familiares de cercanía con Dios me animaron a unirme al grupo vocacional de mi parroquia, Nuestra Señora de Asunción, en Nyamagwa, donde creció la semilla que habían plantado mis padres. Entonces me comprometí a ser monaguillo para ayudar a los sacerdotes durante las celebraciones eucarísticas

¿Cómo evolucionó ese compromiso?

Al completar la Secundaria comencé a participar en el coro de la parroquia Reina de los Apóstoles de Nyakegogi. Durante este tiempo aprendí música y cuando los dos maestros principales del coro estaban ausentes, yo mismo dirigía los ensayos del grupo. La presencia en el coro me permitió conocer a mucha gente comprometida con la Iglesia y saber por primera vez de la existencia de los Misioneros Combonianos cuando un compañero me entregó un folleto que hablaba de ellos y de su fundador. 

El P. Obwaya Justus con un grupo del World Youth Comboni Gathering.

¿Aquella publicidad fue importante en tu decisión de ser misionero comboniano?

Creo que sí. El folleto se titulaba «Gente de coraje», y me lo entregaron mientras asistía al taller de música en el coro parroquial. Su lectura produjo en mí un gran asombro y el deseo de servir a los más necesitados a través de la vida misionera. Desgraciadamente, no siempre las decisiones que toman los hijos son fáciles de aceptar por los padres. Puede sonar contradictorio, pero mi padre, que tanto me había influenciado para que fuera un buen cristiano, no quería que fuera sacerdote. Estaba convencido de que lo mejor para mí era ser médico. Necesitamos un largo tiempo de reflexión y muchas discusiones entre los dos para que aceptara mi decisión. Estaba entusiasmado con el ejemplo de san Daniel Comboni y su decisión de servir y aliviar los sufrimientos de los pobres. Conocer la vida de este santo fue una epifanía para mí que me motivó a querer seguir sus pasos y unirme a la congregación y colaborar en su acción misionera. Escribí al promotor vocacional, que en aquel momento era el P. Paul Kambo. Me invitó a participar en el encuentro vocacional para candidatos al sacerdocio que tenía como tema «Ven y verás»,donde reafirmé mi opción por la vida misionera.

¿Iniciaste tu formación después de este encuentro?

Sí, apenas unos meses después entré en la etapa que llamamos ­prepostulantado, que es un tiempo de preparación antes de comenzar los estudios de Filosofía. Esta primera etapa la viví en el barrio de Mukuru Kwa Reubende Nairobi, en el centro que dirigenlas Hermanas de la Misericordia, fundadas por Catalina McAuley. Durante mi estancia, participé en numerosas actividades sociales y me acerqué al sufrimiento de muchas personas. Este servicio junto a los últimos y ­desechados incrementó en mí el anhelo de servirlos siguiendo el ejemplo de san Daniel Comboni. Al final del prepostulantado me encontraba muy feliz y satisfecho con la labor realizada; mis deseos de ser misionero y de servir a los más necesitados se habían incrementado.

¿Qué vino después?

En 2010 comencé el postulantado y, por tanto, los estudios filosóficos. Después salí por primera vez de mi país para ir a Lusaka (Zambia). La etapa del noviciado, de dos años, fue maravillosa porque tuve una profunda experiencia de la gracia de Dios, que sentía inmerecida. No puedo dejar de citar al P. John ­Peter Alenyo, que me ayudó mucho a comprender la espiritualidad comboniana. Después di el salto a la comunidad de Pietermaritzburg, en Sudáfrica, para los estudios de Teología. Después de terminar esta etapa en 2018 fui enviado a la parroquia de ­Amakuriat, en el noroeste de Kenia, para mi servicio misionero, una etapa de preparación pastoral antes de la ordenación sacerdotal. Fueron dos años muy ricos, acompañando a las poblaciones seminómadas pokots. El 6 de agosto de 2020 fui ordenado sacerdote.

Una de las celebraciones de la JMJ en Lisboa.

¿Cómo has vivido estos primeros años de sacerdocio en África y ahora en Europa?

Mi experiencia sacerdotal en África ha sido muy corta, porque enseguida me destinaron a España. Sin embargo, durante el tiempo que permanecí en Kenia ya como sacerdote tuve ocasión de acompañar a diferentes grupos de personas y participar de sus sufrimientos y alegrías. Siempre me han estimulado la fe sencilla y el buen ánimo de las personas que, a pesar de tantas dificultades, mantienen viva la esperanza. A España llegué sin saber absolutamente nada de la lengua y tuve que dedicarme de lleno a estudiarla. No ha resultado nada fácil para mí y agradezco de todo corazón a mis compañeros combonianos de la comunidad de Granada su cálida hospitalidad y, sobre todo, la paciencia que han tenido conmigo. En cuanto mi español me lo permitió, comencé a integrarme en las actividades parroquiales y en el acompañamiento de los grupos infantiles y juveniles. Desde el pasado mes de septiembre estoy en Madrid estudiando Comunicación Digital, con la esperanza de que todo lo que aprenda sea un instrumento para comunicar mejor la Misión.

¿Cómo podrías resumir tu vida misionera? 

Mi hasta ahora corta vida misionera ha sido un camino que he realizado con esfuerzo y una constante renovación espiritual. La oración no es opcional para un misionero, sino que es algo fundamental. La oración me ayuda a conocerme mejor, me introduce en una lucha constante por deshacerme de aspectos innecesarios de mi persona e incentiva la adquisición de valores fundamentales para poder servir a la Misión. Siento que el Señor me llama a tener una relación de amor con Él y en la medida que viva esta relación podré reflejar la misericordia de Dios y ayudar a los demás. 

¿En qué se traduce esto?

Siempre que pienso en mi vida, siento la necesidad de mostrar mi más sincero agradecimiento a todas las personas que han contribuido positivamente en mi camino de fe y de acercamiento a Dios. Me siento feliz, con una felicidad que no puedo expresar con palabras. Si no fuera por la fe en Dios estaría corriendo como un pollo sin cabeza, bullicioso y apresurado por la vida.

¿Qué dirías a los jóvenes sobre la vocación misionera?

A los jóvenes que anhelan ser misioneros y realizar este noble servicio les digo: ánimo, permitid que Dios obre en vosotros y os moldee. No os desaniméis, no dejéis que las nuevas tecnologías os influyan negativamente, salid y marcad la diferencia en el mundo. Abrid vuestros corazones de par en par a Dios, que os está diciendo: «Venid en pos de mí». Os puedo asegurar que si sois generosos, Dios os dará las fuerzas que necesitáis, pero por vuestra parte tenéis que ser disciplinados y dejaros confrontar y ayudar. Tenéis que creer que el cambio comienza en vosotros mismos y que Dios no se deja ganar en generosidad. Tened confianza, animaos y dejad que Él os guíe. ¡Vamos juntos a servir a Dios!