38 años de presencia de los Misioneros Combonianos en Asia

Los Misioneros Combonianos están presentes en Asia desde 1988, centrándose inicialmente en la evangelización, la promoción vocacional y la formación de los candidatos a la vida misionera. Responden así al llamado de la Iglesia a servir en Asia, el continente menos evangelizado del mundo. (En la foto, el padre Janito Joseph Aldrin Palacios)

P. Víctor Aguilar, mccj
comboni.org

En Filipinas y Vietnam, sus esfuerzos se centran en la animación misionera, la promoción vocacional y la formación de los candidatos a la vida misionera. Mientras tanto, en Macao, su objetivo principal es la primera evangelización, llegando a quienes aún no han conocido la fe cristiana.

Los Misioneros Combonianos establecieron su presencia en Asia en 1988, con el propósito de llevar su servicio misionero, inspirado en el carisma de San Daniel Comboni, a este contexto cultural. Su misión partió de la realidad de que Asia alberga la mayor parte de la población mundial que aún no ha escuchado el Evangelio y que enfrenta importantes dificultades socioeconómicas. Además, con su rica diversidad de religiones del mundo, Asia ha presentado una valiosa oportunidad para fomentar el diálogo interreligioso.

La idea de establecer una presencia de los Misioneros Combonianos en Asia se consideró por primera vez y recibió un respaldo preliminar durante el Capítulo General de 1969, y se le dio mayor énfasis a esta iniciativa en los Capítulos Generales de 1975 y 1979. En el período previo al Capítulo General de 1985, los miembros de la Dirección General realizaron viajes, investigaciones y consultas exhaustivas.

Estos esfuerzos culminaron en la decisión definitiva del Capítulo de 1985 de iniciar la obra misionera en Asia. En ese momento, el Capítulo General dejó claro que el objetivo principal era, ante todo, la evangelización, al tiempo que reconocía la promoción de la misión y de la vocación como aspectos esenciales del carisma comboniano.

Para dar seguimiento a este compromiso, el Consejo General publicó dos documentos el 3 de diciembre de 1987, titulados «Apertura a Asia» y un «Decreto por el que se establece la primera comunidad comboniana en Asia», ubicada en Metro Manila, la capital de Filipinas. Este nuevo grupo se constituyó como «Representación del Superior General», operando directamente bajo su autoridad.

Primera comunidad

Inicialmente, el Consejo General nombró a cinco hermanos para formar la primera comunidad: cuatro sacerdotes y un hermano. Dos sacerdotes y el hermano llegaron a Manila el 4 de enero de 1988, y los dos sacerdotes restantes se unieron a ellos el 11 de julio de ese mismo año.

Para el 9 de septiembre de 1990, este grupo se había expandido en dos comunidades: el Centro Misionero Comboniano, enfocado en la promoción misionera y las publicaciones (con el primer número de la revista World Mission publicado en marzo de 1989) y que servía como residencia del representante del Superior General; y el Seminario Daniele Comboni, dedicado a la formación del postulantado y a la promoción vocacional.

Posteriormente, mediante decreto del Superior General y de su Consejo, con fecha del 9 de octubre de 1992 y con vigencia a partir del 1 de enero de 1999, los Misioneros Combonianos en Asia fueron reconocidos oficialmente como Delegación.

Esta nueva Delegación de Asia fue confiada a la intercesión de los mártires japoneses (incluido San Lorenzo Ruiz, filipino) y de San Daniel Comboni, quien, cuando era estudiante, se había inspirado en las historias de estos mártires. Un crecimiento adicional incluyó la apertura de una casa de noviciado el 9 de septiembre de 1993 en Calamba (diócesis de San Pablo, provincia de Laguna).

Presencia en China

La expansión de la misión en China comenzó el 8 de enero de 1991, con la llegada del primer comboniano a Hong Kong, y se formalizó con la creación de la comunidad de Hong Kong/Macao el 6 de enero de 1992, centrada en el aprendizaje del cantonés y en el compromiso con la primera evangelización entre la población china de Macao.

En 1997, tres misioneros fueron asignados a Taipéi para aprender mandarín. Tras sus estudios lingüísticos y su adaptación cultural, fundaron oficialmente la comunidad de Taipéi el 15 de marzo de 2002, con un enfoque inicial en la evangelización en la Iglesia Católica Ren Ai, en el centro de Taipéi.

Ese mismo año, la comunidad de Macao inició su labor misionera en Iao Hon, la zona norte del enclave, donde se consagró la nueva iglesia de San José Obrero el 1 de mayo de 1999. Además, el año 1999 marcó el inicio de Fen Xiang, una iniciativa de apertura hacia China continental.

Para mejorar los esfuerzos de promoción misionera en la parte sur de Metro Manila, el Centro Misionero Comboniano se trasladó en 2002 a una residencia de nueva construcción en Sucat, en la ciudad de Parañaque. La Residencia del Delegado también se trasladó allí tres años después.

El noviciado de Calamba sufrió varios traslados: se trasladó al Seminario Daniele Comboni en 2004 y luego a una residencia de nueva construcción que sustituyó a la antigua Casa de la Delegación en 2007.

Ese mismo año, se inauguró oficialmente una comunidad en Cebú para enfocarse en la promoción de la misión y la vocación en la región sur de Filipinas. Sin embargo, esta comunidad se suspendió después de tres años debido a la falta de personal y se cerró formalmente en 2011.

En 2010, el propio noviciado se suspendió temporalmente, y los novicios fueron enviados al Noviciado Continental en Sahuayo, México. El 10 de octubre de 2019, el noviciado reabrió sus puertas en su sede anterior, en la avenida Roosevelt, en la ciudad de Quezón.

En marzo de 2007, se creó en Macao una segunda comunidad, San Zhao Rong, dedicada a los esfuerzos de apertura hacia China continental. Finalmente, el 15 de marzo de 2016, las dos comunidades de Macao se fusionaron en una sola entidad, la Comunidad de San Zhao Rong.

En noviembre de 2010, la comunidad de Taipéi se trasladó al barrio obrero de Wugu, donde comenzó su servicio misionero en la parroquia de Santa Ana. El 23 de julio de 2014, amplió sus responsabilidades para incluir la parroquia de Huilong y su comunidad asociada de leprosos. Posteriormente, el 7 de mayo de 2022, un hermano comenzó a prestar servicio en la parroquia del Santísimo Redentor en el condado de Yilan.

Debido a la falta de personal y tras una consulta exhaustiva, el Consejo General decidió suspender temporalmente nuestra presencia en Taiwán. Esto se formalizó mediante un Decreto de Suspensión oficial, que entró en vigor el 8 de marzo de 2026.

Los Misioneros Combonianos iniciamos nuestra presencia en Vietnam en noviembre de 2012, con un hermano que estudiaba el idioma vietnamita.

La primera comunidad, compuesta por tres miembros, se estableció el 26 de julio de 2015 para acoger a los candidatos vietnamitas para el discernimiento vocacional, y los primeros llegaron al Seminario Daniele Comboni en junio de 2016.

El primer sacerdote misionero comboniano vietnamita, el P. Dang Khoa Nguyen Van Tien (Pedro), fue ordenado el 14 de marzo de 2026 en Manila, y el segundo vietnamita, el reverendo Dang Thanh Sang (Domingo), fue ordenado diácono el 27 de mayo de 2026 en la ciudad de Ho Chi Minh.

Pastoral

Para fortalecer aún más nuestro trabajo en Filipinas, en particular en la pastoral, la promoción vocacional y misionera, los Misioneros Combonianos fundaron la comunidad de San Francisco Javier en Bataan el 15 de marzo de 2022.

Esta nueva comunidad se creó para servir a la parroquia de San Daniel Comboni en Limay, dentro de la Diócesis de Balanga. La parroquia abarca todo el barangay de Duale y algunas partes de los barangays de Alangan, Reformista y San Francisco 1 y 2.

Tras un discernimiento adicional dentro de la Delegación, en consonancia con los planes futuros y con la aprobación del Consejo General, se ha asignado a dos jóvenes hermanos a Hong Kong. Su misión es aprender cantonés como preparación para una futura expansión de la Comunidad de San Zhao Rong desde Macao hacia Hong Kong, con el objetivo de servir a la Iglesia local.

Como Misioneros Combonianos, estamos comprometidos a volver a los valores fundamentales de nuestra misión (“retorno a lo esencial”), a reestructurar nuestra circunscripción y a fortalecer nuestras responsabilidades misioneras mediante la reorientación misionera de nuestros compromisos.

El retorno a lo esencial implica dar prioridad a un retorno profundo, espiritual y radical a nuestras raíces fundacionales, centradas en el Evangelio y en el carisma de nuestro fundador, San Daniel Comboni.

Este retorno a lo esencial también implica un cambio hacia la conversión personal, la transformación comunitaria y una renovada dedicación a los más pobres y abandonados, en lugar de centrarnos meramente en actividades, tareas administrativas o servicios.

En conclusión, los Misioneros Combonianos, unidos a la Iglesia universal, creen firmemente que Asia representa la principal frontera para la Iglesia en el tercer milenio.

El creciente número de vocaciones en el continente, junto con su inmensa y variada población, lo convierte en una región fundamental para la proclamación del Evangelio como lugar principal de evangelización inicial entre los no cristianos (según nuestro carisma) y para fomentar el diálogo interreligioso.

Chad: Renuncia de Mons. Miguel Ángel Sebastián, obispo de Sarh.

El jueves 16 de julio de 2026 el Santo Padre aceptó la renuncia al cargo pastoral de la diócesis de Sarh en Chad (África Central), presentada por el comboniano Mons. Miguel Ángel Sebastián Martínez, según anunció la Oficina de Prensa del Vaticano. Mons. Miguel Ángel cumplió 75 años el 28 de septiembre de 2025, fecha en que presentó su renuncia al Papa León XIV.

El misionero comboniano de origen español fue nombrado obispo de Laï, Chad, el 28 de noviembre de 1998 y consagrado el 14 de febrero de 1999. El 30 de enero de 2014, fue nombrado administrador apostólico de la diócesis de Doba, en el mismo país, cargo que ocupó hasta el 18 de febrero de 2017. El papa Francisco lo nombró obispo de Sarh el 10 de octubre de 2018, y tomó posesión del cargo un mes después.

Mons. Miguel Ángel formó parte del primer grupo de misioneros combonianos que llegaron a Chad en 1977, país en el que trabajó durante casi medio siglo, primero como sacerdote y luego como obispo.

«Su ministerio episcopal se caracterizó por la generosidad, la fe y un espíritu de servicio, a través de una presencia atenta y paternal, capaz de ofrecer guía, escucha y cercanía a tantos. Su dedicación fue un auténtico signo de comunión, esperanza y testimonio evangélico para la comunidad cristiana y para todos los que tuvieron la alegría de conocerle», escribió el Superior General de los Misioneros Combonianos, el padre Luigi Codianni, en su mensaje de agradecimiento al prelado emérito de Sarh.

El capuchino Jean Miguina, nuevo obispo de Sarh

El Papa León XIV nombró al P. Jean Miguina, OFM Cap., como nuevo obispo de Sarh.

Jean Miguina nació el 12 de septiembre de 1978 en Laï, en la diócesis del mismo nombre. Fue ordenado sacerdote el 21 de noviembre de 2009 en Moundou. Desde 2024, es miembro del Colegio de Consultores de la Diócesis de Moundou; Asistente espiritual de las Hermanas Franciscanas de Donia; profesor de latín en el Seminario Mayor Saint Mbaga Tuzinde en Sarh. Además, dentro de la Orden Capuchina, es responsable de los aspirantes capuchinos de Chad, así como consejero y custodio de la Custodia de Chad y de la República Centroafricana, y miembro de la Comisión Jurídica.

Carta del Consejo General a las comunidades que viven en tierras marcadas por la prueba

«Como Misioneros Combonianos, queremos renovar ante ustedes nuestro sí: sí al Evangelio; sí a los pueblos olvidados; sí a la justicia; sí a una paz construida con paciencia; sí a la dignidad de toda persona; y sí a una misión vivida como compartir la vida.» (Consejo General)

«Yo estoy con ustedes»
«Y sepan que yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo.» (Mt 28,20b)

Queridos hermanos y hermanas:

Les escribimos mientras nuestro mundo sigue siendo herido por las guerras, la violencia, las graves crisis alimentarias, las persecuciones, las injusticias, la inestabilidad política, las catástrofes naturales y las migraciones forzadas. Muchos de ustedes viven cada día bajo el peso del miedo, la incertidumbre y el duelo. Demasiados niños están aprendiendo demasiado pronto el lenguaje de las armas en lugar del lenguaje de la esperanza.

Como Misioneros Combonianos, no podemos contemplar estos sufrimientos desde la distancia. Habitan nuestra oración, interpelan nuestra conciencia y modelan nuestra misión. Allí donde uno de los pueblos entre los que vivimos sufre, toda nuestra familia misionera sufre con él.

San Daniel Comboni comprendió que la misión nace al pie de la Cruz. No porque amara el sufrimiento, sino porque había contemplado el Corazón de Cristo, traspasado por amor al mundo. En ese Corazón abierto descubrió a un Dios que no salva desde lo alto de su poder, sino entrando en nuestra fragilidad humana. Por eso, Comboni hizo de toda su vida una única opción: hacer causa común con los pueblos más pobres y abandonados a los que había sido enviado.

Hoy esa opción continúa. Hacer causa común con los últimos significa llorar con quienes lloran, esperar con quienes esperan, permanecer cuando otros se marchan, compartir el poco pan que hay y custodiar la dignidad de toda persona cuando todo parece querer borrarla. Significa creer que ningún pueblo ha sido olvidado por Dios y que ninguna periferia está lejos de su Corazón.

Ustedes, hermanos y hermanas que viven en tierras marcadas por la prueba, no son simplemente destinatarios de nuestra misión: son maestros de nuestra fe. Nos enseñan que la esperanza no es optimismo, sino una decisión del corazón. Esperar es encender una lámpara cuando alrededor parece imponerse la oscuridad de la noche.

Nos enseñan que la fraternidad no es una teoría: es compartir el poco arroz que queda con quien llega después de nosotros; es seguir llamándonos hermanos y hermanas cuando la guerra quiere convertir a cada vecino en un enemigo; es creer en la fuerza del Evangelio precisamente cuando parece más frágil.

Nosotros reconocemos a Cristo Resucitado en sus comunidades que continúan orando, en las catequistas y los catequistas que perseveran en su servicio, en las madres que protegen la vida, en los jóvenes que rechazan el odio y en los ancianos que siguen bendiciendo. ¡Esta es la Pascua que crece silenciosamente en la historia!

La violencia pretende convencernos de que la última palabra pertenece a la muerte. Nosotros creemos lo contrario: la última palabra pertenece al Dios de la vida. Por eso, la Iglesia sigue siendo una presencia profética, y cada discípulo y discípula está llamado a defender la dignidad del otro, tendiendo puentes donde otros levantan muros, educando, curando, orando y perdonando.

También nuestros misioneros y misioneras comparten este camino. No son héroes, sino hermanos y hermanas que han elegido, junto con ustedes, habitar esta historia porque Dios mismo sigue habitándola. Su presencia no elimina el dolor, pero hace que sea menos solitario.

A quienes sienten en su corazón la tentación del desaliento les decimos: no se dejen robar la esperanza. La esperanza no nace de que las cosas marchen bien, sino de la certeza de que Dios entró en la noche del mundo y salió de ella vivo.

Cada vez que ustedes eligen la reconciliación en lugar de la venganza, cada vez que protegen una vida frágil, cada vez que comparten el pan y oran por quienes los persiguen, Cristo sigue resucitando.

Como Misioneros Combonianos, queremos renovar ante ustedes nuestro sí: sí al Evangelio; sí a los pueblos olvidados; sí a la justicia; sí a una paz construida con paciencia; sí a la dignidad de toda persona; y sí a una misión vivida como compartir la vida. Seguiremos haciendo oír la voz de quienes con demasiada frecuencia no son escuchados, denunciando todo aquello que hiere la dignidad de los pueblos y anunciando que ningún poder, ninguna arma y ningún interés económico podrán apagar el sueño de Dios para la humanidad.

El Corazón de Jesús, abierto en la Cruz, continúa derramando también hoy su misericordia sobre el mundo. Entremos también nosotros en ese Corazón y aprendamos a mirar a cada persona como a un hermano o una hermana, y a cada pueblo como una sola familia.

Que María, Madre de la Esperanza, camine junto a sus familias. Y que San Daniel Comboni nos alcance el valor de permanecer fieles hasta el final, con el corazón abierto, las manos siempre dispuestas al servicio y la mirada fija en el Reino que ya está creciendo —muchas veces oculto— entre las heridas de la historia.

Los llevamos a todos en nuestro corazón. Cada día. Cada vez que celebramos la Eucaristía. Cada vez que pronunciamos el nombre de Jesús.

Fraternalmente,

El Consejo General
Roma, 14 de julio de 2026

Sudán: el Comboni College reabre en Jartum

El sábado 4 de julio de 2026, el Comboni College de Jartum anunció que la escuela básica y la escuela secundaria reabrirán sus puertas en septiembre para el año académico 2026-2027, dando la bienvenida a los estudiantes después de más de tres años de cierre forzoso.

Cuando estalló la guerra en Jartum el sábado 15 de abril de 2023, el Comboni College era una próspera comunidad educativa. En aquel momento, 1.055 alumnos estaban matriculados en la escuela básica, 827 estudiantes asistían a la escuela secundaria y 786 cursaban estudios en el Comboni College de Ciencia y Tecnología.

En cuestión de horas, la vida de esta comunidad educativa quedó completamente trastocada. Los estudiantes, sus familias, los profesores y la comunidad comboniana se vieron obligados a huir de la capital en busca de seguridad, mientras los feroces combates entre las Fuerzas Armadas Sudanesas (SAF) y las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF) devastaban la ciudad, destruyendo no solo edificios e infraestructuras, sino también las esperanzas y los sueños de miles de personas.

Jartum permaneció bajo el control de las RSF hasta marzo de 2025, cuando las SAF recuperaron la capital, abriendo así el camino para el regreso gradual de los residentes y el largo proceso de reconstrucción.

Cuando por fin pudimos regresar al Comboni College, la escena que se presentó ante nosotros era desgarradora. Todos y cada uno de los cables eléctricos que rodeaban nuestro campus educativo habían sido arrancados. El sistema de agua, destruido. Las computadoras, los aires acondicionados y el equipamiento digital, saqueados. Las paredes estaban marcadas por cientos de impactos de bala y fuego de artillería. En el patio, donde generaciones de niños habían jugado, reído y soñado, yacían los cuerpos de los combatientes de las RSF caídos durante la batalla por la zona.

Sin embargo, en medio de tanta devastación, los Misioneros Combonianos también se dieron cuenta de lo afortunados que habían sido. A diferencia de muchos edificios vecinos que habían sido reducidos a escombros, incendiados o gravemente dañados, las estructuras principales del Comboni College seguían en pie. Habían sobrevivido a la guerra y podían convertirse en el cimiento de un nuevo comienzo.

El sábado 4 de julio de 2026, el Comboni College de Jartum anunció que la escuela básica y la escuela secundaria reabrirán sus puertas en septiembre para el año académico 2026-2027, dando la bienvenida a los estudiantes después de más de tres años de cierre forzoso.

El Comboni College de Ciencia y Tecnología, que había trasladado sus operaciones a Puerto Sudán desde noviembre de 2023, continúa buscando financiación para rehabilitar sus instalaciones en Jartum. Su esperanza es reanudar las actividades académicas en 2027.

La reapertura del Comboni College en Jartum —una institución que ha formado a generaciones de estudiantes sudaneses y sursudaneses desde su fundación en 1929— es mucho más que la reapertura de una escuela. Es un signo tangible de esperanza para los casi seis millones de habitantes del estado de Jartum mientras se esfuerzan por reconstruir su ciudad, sus comunidades y su futuro.

Padre Jorge Naranjo, mccj

Vivir la fraternidad con el pueblo afro de Guayaquil

En 1980, los Misioneros Combonianos fundaron el Centro Cultural Afro de Guayaquil, una ciudad en la costa ecuatoriana del Pacífico. El de Guayaquil fue el primer Centro —en toda América Latina— dedicado exclusivamente al acompañamiento pastoral de los afrodescendientes, quienes hasta el día de hoy representan la parte más pobre y discriminada de la población del Ecuador. De hecho, el rechazo, la exclusión y la falta de oportunidades son la experiencia cotidiana de muchos negros que viven en esta ciudad.

Por: Hno. Alberto Degan, mccj
Desde Guayaquil, Ecuador

Con nuestro servicio misionero, queremos impulsar a las Instituciones y también a la Iglesia a valorar a la persona afrodescendiente y su cultura; al mismo tiempo, queremos que los afroecuatorianos crean en su propia belleza y en sus propios talentos.

Yo tuve la gracia de vivir mi vocación misionera en Guayaquil del 2002 al 2010 y del 2020 al 2024. Como Hermano comboniano me siento comprometido, sobre todo, con la Promoción Humana. Sin embargo, cuando hablamos de Promoción Humana, no nos referimos solo al desarrollo técnico-científico, porque un desarrollo técnico desvinculado de una espiritualidad de la fraternidad y de la justicia aumenta —en lugar de disminuir— la deshumanización. Lo vemos también hoy: los horrores de la guerra se centuplican con el desarrollo de tecnologías avanzadas.

Por eso creemos que Promoción Humana significa —antes que nada— promover la humanidad, valorar las riquezas humanas de nuestra gente y formar personas humanas según el proyecto de Dios, que vino al mundo como “primogénito entre muchos hermanos” (Rom 8, 29) para enseñarnos a vivir la fraternidad. Queremos, por lo tanto, valorar las bellezas humanas y espirituales de las personas que la sociedad margina y no toma en cuenta: los afro, los habitantes de las periferias urbanas, los drogadictos, etc.

En el centro de la foto: Hno. Alberto Degan, misionero comboniano italiano, en Guayaquil (Ecuador).

Un triste récord

Lamentablemente, en estos últimos años Guayaquil ha conquistado un récord no muy envidiable: entró en el top-ten de las diez ciudades más violentas del mundo, con una tasa de 80 homicidios por cada 100.000 habitantes (casi 50 veces la tasa de homicidios que hay en Italia).

De hecho, hoy Ecuador es uno de los países con la tasa de violencia más alta, y esto se debe principalmente a los carteles mexicanos del narcotráfico que, a partir de 2017, entraron en nuestro país, el cual se convirtió en una de las principales tierras de comercializaciòn de droga, gracias también a innegables complicidades con las altas esferas políticas. Y así, ahora, casi todos los barrios de nuestra ciudad están en manos de bandas vinculadas a los carteles. Estas bandas imponen una “vacuna” (extorsión) a todos los pequeños comerciantes, incluso a aquellos que ganan apenas lo suficiente para sobrevivir. Y así, muchos renuncian a los pequeños emprendimientos que habían comenzado (por ejemplo, la venta de “almuercitos”), porque con la “vacuna” no obtendrían casi ninguna ganancia.

A veces, además, nacen disputas internas dentro de la misma banda, causando grandes matanzas. El año pasado, por ejemplo, en el barrio periférico de Socio Vivienda, fueron asesinadas 23 personas —en su mayoría jóvenes— en una sola noche. También en otros barrios ocurren balaceras con frecuencia, por lo que a las 7 de la noche la gente decide encerrarse en sus casas.

¿Quién tiene derecho a una vida buena?

Al azote de la violencia se suma el de la injusticia social: en Ecuador las desigualdades siguen creciendo. En la localidad de Samborondón, justo a las afueras de Guayaquil, se han refugiado muchos ricos: a salvo en sus ciudadelas “fortificadas” y protegidas, no se sienten tan amenazados por la violencia que, en cambio, azota a los barrios populares. Quien vive allí tiene todas las comodidades y goza de todos los derechos.

Por ejemplo, en Ecuador sòlo quien puede permitirse pagar un seguro privado, recibe una atenciòn mèdica excelente. Lamentablemente, muchos niños de los barrios populares no tienen un seguro médico, porque sus padres no pueden pagarlo. Benjamín, por ejemplo, un niño del barrio Nigeria, estuvo muy enfermo el año pasado (con problemas de parásitos, gastritis, etc.), pero su papá —padre de seis hijos— no siempre tenía el dinero para llevarlo al médico. Y así, objetivamente, Benjamín no goza de los mismos derechos que un niño que vive en Samborondón.

Pero nuestra sociedad ha hecho las paces con esta injusticia. ¿Quién tiene derecho a una vida buena? Parece que nos hemos resignado a la idea de que no todos tienen derecho a ella, y que la vida de algunos niños vale menos que la de otros.

Vivir una vida buena en un mundo violento

¿Es posible vivir una vida buena cuando se vive en una sociedad injusta? ¿Es posible ofrecerle a mi hijo una vida bella en una ciudad dominada por la violencia? Esta es una pregunta que està presente en el corazón de muchos guayaquileños. Y es conmovedor ver cómo tanta gente lucha por vivir una vida buena incluso en un contexto tan difícil. Yo creo que precisamente en esto consiste la grandeza del ser humano: en no renunciar nunca a buscar la belleza y la bondad, incluso cuando todo parecería empujarte a rendirte.

Y aquí está, entonces, mi respuesta: sí, incluso en una ciudad violenta como Guayaquil es posible vivir una vida bella. ¿Cómo se fundamenta esta afirmación? De manera desarmante, respondería Jon Sobrino: esto es lo que vemos y experimentamos, esto es lo que sucede entre los pobres.

Pequeños maestros

Sabemos que Jesús nació en una sociedad muy cruel, en la que se perpetraban masacres y muchos condenados a muerte vivían la terrible agonía de la crucifixión. Cristo vino a enseñarnos a vivir una vida bella en un mundo violento, y en Ecuador ha encontrado muchos discípulos que, en su sencillez, se transforman en nuestros pequeños maestros.

Mis primeros maestros son las Misioneras y los Misioneros afro, laicos afro – Bernardo, Amèrica, Juan Carlos, Carmen, Dominga, Marcia, etc. – formados en la espiritualidad comboniana de “Salvar a África con África”, que evangelizan a partir de la cultura y la espiritualidad propias del pueblo negro. A pesar de vivir en los barrios más violentos de la ciudad, Gloria, Estela, Tomasa, Palmenia, Yudi, Francisco, Norma y Carlos siguen organizando en sus casas los “palenques” infantiles. No olvidemos que los mafiosos vinculados al narcotráfico intentan reclutar incluso a niños de 6 o 7 años. Estos palenques, por lo tanto, son espacios alternativos en los que esperamos educar a los constructores de un futuro diferente, dándoles una formación cristiana, enraizada en su espiritualidad afro. En otras palabras, queremos salvar a estos niños de la cultura de la violencia para que, cimentados en Jesús, no se dejen tentar por las sirenas del dinero fácil vinculado a la delincuencia del narcotráfico.

Otra de mi maestras es Orfilia. Fui yo, hace 20 años, quien le dio a conocer los barrios periféricos de Guayaquil donde vive la mayoría de la población negra. Al principio era ella quien me seguía a mí, un poco temerosa. Cuando regresé a Guayaquil, diez años después, era ella quien a menudo me acompañaba a barrios periféricos donde pocos se atreven a entrar. Orfilia, que trabaja como contadora, con la colaboración de algunos amigos ha desarrollado desde hace años un programa de becas de estudio para niños y adolescentes afro, y dedica una buena parte de su tiempo a hacer el seguimiento del rendimiento escolar de estos niños, organizando también para ellos espacios de refuerzo escolar.

Otro de mis maestros es Rodrigo, quien me invitó a colaborar con un centro de rehabilitación para drogadictos dirigido por una iglesia evangélica. Es hermosa esta colaboración con los evangélicos. De hecho, una de las cosas que más me entristece es ver que a todos los problemas que estamos viviendo se suma también el de la “rivalidad” entre las diferentes denominaciones religiosas, lo que causa tanta división en medio de nuestra gente, precisamente en un momento en que se necesitaría mayor unidad y fraternidad. Con estos jóvenes que están luchando por dejar el “vicio” de la droga, buscamos el camino que lleve a un cambio fundamental en nuestra vida, un cambio que es imposible llevar adelante solo con nuestras fuerzas, pero que se vuelve posible si nos ponemos en las manos de Dios. Rodrigo, joven padre de familia, dedica gran parte de su tiempo a estos jóvenes.

Otra de mis maestras es Karen, quien vive en Trinipuerto, uno de los barrios más violentos de la ciudad. Ella trabaja y se dedica a sus dos hijos, pero a pesar de esto —fiel y perseverante— también encuentra tiempo para reunirse con los niños del barrio y con los jóvenes de la Pastoral Afro: lee con ellos la Palabra de Dios y ha logrado consolidar un espacio sano y solidario en un contexto tan problemático. Karen quiere salvar a estos jóvenes de la cultura de la violencia y de la resignación, dándoles herramientas para seguir caminando, luchando y esperando.

Un gran futuro para el Ecuador

Para mí ha sido una verdadera gracia ser parte de la vida, de las esperanzas y de los sufrimientos de este pueblo maravilloso. A menudo vuelvo a mirar las fotos tomadas en estos últimos años en Guayaquil y me digo: ¡pero qué belleza en estos encuentros, en esta gente! ¡Qué belleza en estas ganas de seguir luchando y caminando con esperanza en medio de tantas dificultades!

Una vez, unos amigos italianos mi preguntaron: pero ¿hay esperanza para el Ecuador, que parece oprimido por la violencia? Y yo respondo: sí, mientras haya personas como Rodrigo, Orfilia, Carlos, Elìas y Karen, que siguen testimoniando la belleza del Evangelio en un contexto tan difícil, yo veo un gran futuro para este país.

Sentirse amados

Nosotros, los Hermanos combonianos, acompañamos y nos sentimos acompañados por estas personas: frente a una realidad tan dura nos apoyamos los unos a los otros, y en esta fraternidad sentimos amor y consuelo mutuo. De este modo, Dios nos da la fuerza para seguir caminando y esperando.

Como afirma el padre Glenday: “Si vives la misión como amor, experimentas la transformación. Por un lado, el misionero crece como signo visible de la presencia amorosa de Dios. Por el otro, quienes son acompañados se vuelven más conscientes de su propia dignidad como hijos amados de Dios. Se sienten amados. Así, la misión se convierte en algo recíprocamente generador de vida”.

Yo pienso que esto es lo más importante de la misión: que las personas —sobre todo aquellas que generalmente son marginadas y descartadas— se sientan amadas y valoradas en sus riquezas humanas. Esto es lo que he experimentado en Guayaquil. Y por ello le agradezco a Dios infinitamente.

Hno. Alberto Degan, MCCJ

Mons. Tesfaye Tadesse, nuevo arzobispo de Addis Abeba

El misionero comboniano, Mons. Tesfaye Tadesse, ha sido nombrado en el día de hoy, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, como nuevo arzobispo metropolitano de Addis Abeba, en Etiopía. Mons. Tadesse era hasta hoy obispo auxiliar de esta archieparquía etíope.

El papa León XIV nombró esta mañana a Mons. Tesfaye Tadesse, misionero comboniano, arzobispo titular de la archieparquía de Addis Abeba, Etiopía.

Mons Tadesse fue elegido Superior General de los Combonianos en el Capítulo de 2015 y reelegido para un nuevo mandato de seis años en el Capítulo de 2022. De 2017 a 2022 fue Vicepresidente y Presidente de SEDOS y de 2018 a 2021 miembro del Consejo Ejecutivo de la USG (Uniones de Superiores Generales); participó en la primera y segunda sesiones del Sínodo sobre la Sinodalidad (octubre de 2023 y 2024) como delegado electo de la USG.

El 6 de noviembre de 2024 el papa Francisco lo nombró obispo auxiliar de la Archieparquía de Addis Abeba, Etiopía, asignándole la sede titular de Cleopátide. Este nombramiento hizo que los combonianos tuviesen que elegir un nuevo superior general. El 24 de junio de 2025, el papa León XIV lo nombró miembro del dicasterio vaticano que se encarga de todo lo relacionado con los institutos religiosos y las sociedades de vida apostólica.

En el día de hoy, el Santo Padre aceptó la renuncia al gobierno pastoral de la Arcieparquía de Addis Abeba (Etiopía) presentada por Su Eminencia el Cardenal Berhaneyesus Demerew Souraphiel, C.M. y nombró Arzobispo Metropolitano a Mons. Tesfaye Tadesse Gebresilasie.

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