Cuaresma, Ramadán… Tiempo de ayuno, tiempo de desierto

Por: Hna. Cecilia Sierra, smc

Como Jesús, también nosotras fuimos conducidas al desierto, al mismo desierto de Judea.

Nos esperaban. Sin maquillaje, con ojos cansados, labios resecos y manos agrietadas. Las mujeres beduinas —que suelen llegar con vestidos vivos y un delicado toque que realza la dignidad de sus rostros— hoy estaban distintas. Es el primer día de Ramadán y el ayuno ya se siente: nada de comida ni agua desde el alba hasta el ocaso.

El Ramadán transforma el ritmo de estas tierras. Antes del amanecer, las familias comparten el suhoor; luego el día se vuelve lento y silencioso. Hacia la tarde el cansancio se hace visible y muchos regresan con prisa para preparar el iftar. El hambre revela la fragilidad humana. Al caer el sol, la oración abre el momento sagrado de romper el ayuno con agua y dátiles.

En el desierto de Judea, entre mantas gastadas y láminas de zinc que crujen al viento, el ayuno es más austero. Vulnerables, sin servicios básicos, el sacrificio es concreto y cotidiano.

Coinciden las fechas: comienza el Ramadán y la Iglesia inicia la Cuaresma. “¿Ayunan ustedes?”, preguntan incluso los niños. Amir, beduino de siete años, ya ayuna. “Su espíritu se fortalecerá”, afirma su madre con la firmeza de quien ha aprendido a resistir.

Pronto emerge lo más doloroso: una situación agravada, una incertidumbre que pesa más que el hambre. Nuestra presencia se vuelve encuentro, espacio para compartir lo que nos une y reconocemos como sagrado. Caminos distintos, una misma sed, un solo Dios. El Espíritu conduce al desierto. En su inmensidad, la necesidad de lo divino se hace más honda. Dios habita también la intemperie.

Quizás el desierto no sea el lugar donde todo falta, sino ámbito de discernimiento. La aridez enseña a custodiar lo esencial, lo nuevo y lo santo; a abrir espacio para que su Palabra desenmascare engaños y sostenga la virtud.

El Espíritu nos conduce al desierto para que el ayuno no sea solo privación, sino fortaleza y solidaridad; para que la oración sea escucha y tu vida y la mía se vuelvan presencia cercana y consuelo para quien clama a Dios compasión y misericordia. Por eso, como a Jesús, el Espíritu sigue llevándonos al desierto.

Mensaje del papa para la Cuaresma

Escuchar y ayunar.
La Cuaresma como tiempo de conversión

Queridos hermanos y hermanas:

La Cuaresma es el tiempo en el que la Iglesia, con solicitud maternal, nos invita a poner de nuevo el misterio de Dios en el centro de nuestra vida, para que nuestra fe recobre su impulso y el corazón no se disperse entre las inquietudes y distracciones cotidianas.

Todo camino de conversión comienza cuando nos dejamos alcanzar por la Palabra y la acogemos con docilidad de espíritu. Existe, por tanto, un vínculo entre el don de la Palabra de Dios, el espacio de hospitalidad que le ofrecemos y la transformación que ella realiza. Por eso, el itinerario cuaresmal se convierte en una ocasión propicia para escuchar la voz del Señor y renovar la decisión de seguir a Cristo, recorriendo con Él el camino que sube a Jerusalén, donde se cumple el misterio de su pasión, muerte y resurrección.

Escuchar

Este año me gustaría llamar la atención, en primer lugar, sobre la importancia de dar espacio a la Palabra a través de la escucha, ya que la disposición a escuchar es el primer signo con el que se manifiesta el deseo de entrar en relación con el otro.

Dios mismo, al revelarse a Moisés desde la zarza ardiente, muestra que la escucha es un rasgo distintivo de su ser: «Yo he visto la opresión de mi pueblo, que está en Egipto, y he oído los gritos de dolor» (Ex 3,7). La escucha del clamor de los oprimidos es el comienzo de una historia de liberación, en la que el Señor involucra también a Moisés, enviándolo a abrir un camino de salvación para sus hijos reducidos a la esclavitud.

Es un Dios que nos atrae, que hoy también nos conmueve con los pensamientos que hacen vibrar su corazón. Por eso, la escucha de la Palabra en la liturgia nos educa para una escucha más verdadera de la realidad.

Entre las muchas voces que atraviesan nuestra vida personal y social, las Sagradas Escrituras nos hacen capaces de reconocer la voz que clama desde el sufrimiento y la injusticia, para que no quede sin respuesta. Entrar en esta disposición interior de receptividad significa dejarnos instruir hoy por Dios para escuchar como Él, hasta reconocer que «la condición de los pobres representa un grito que, en la historia de la humanidad, interpela constantemente nuestra vida, nuestras sociedades, los sistemas políticos y económicos, y especialmente a la Iglesia». [1]

Ayunar

Si la Cuaresma es tiempo de escucha, el ayuno constituye una práctica concreta que dispone a la acogida de la Palabra de Dios. La abstinencia de alimento, en efecto, es un ejercicio ascético antiquísimo e insustituible en el camino de la conversión. Precisamente porque implica al cuerpo, hace más evidente aquello de lo que tenemos “hambre” y lo que consideramos esencial para nuestro sustento. Sirve, por tanto, para discernir y ordenar los “apetitos”, para mantener despierta el hambre y la sed de justicia, sustrayéndola de la resignación, educarla para que se convierta en oración y responsabilidad hacia el prójimo.

San Agustín, con sutileza espiritual, deja entrever la tensión entre el tiempo presente y la realización futura que atraviesa este cuidado del corazón, cuando observa que: «es propio de los hombres mortales tener hambre y sed de la justicia, así como estar repletos de la justicia es propio de la otra vida. De este pan, de este alimento, están repletos los ángeles; en cambio, los hombres, mientras tienen hambre, se ensanchan; mientras se ensanchan, son dilatados; mientras son dilatados, se hacen capaces; y, hechos capaces, en su momento serán repletos». [2] El ayuno, entendido en este sentido, nos permite no sólo disciplinar el deseo, purificarlo y hacerlo más libre, sino también expandirlo, de modo que se dirija a Dios y se oriente hacia el bien.

Sin embargo, para que el ayuno conserve su verdad evangélica y evite la tentación de enorgullecer el corazón, debe vivirse siempre con fe y humildad. Exige permanecer arraigado en la comunión con el Señor, porque «no ayuna de verdad quien no sabe alimentarse de la Palabra de Dios». [3] En cuanto signo visible de nuestro compromiso interior de alejarnos, con la ayuda de la gracia, del pecado y del mal, el ayuno debe incluir también otras formas de privación destinadas a hacernos adquirir un estilo de vida más sobrio, ya que « sólo la austeridad hace fuerte y auténtica la vida cristiana». [4]

Por eso, me gustaría invitarles a una forma de abstinencia muy concreta y a menudo poco apreciada, es decir, la de abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz.  

Juntos

Por último, la Cuaresma pone de relieve la dimensión comunitaria de la escucha de la Palabra y de la práctica del ayuno. También la Escritura subraya este aspecto de muchas maneras. Por ejemplo, cuando narra en el libro de Nehemías que el pueblo se reunió para escuchar la lectura pública del libro de la Ley y, practicando el ayuno, se dispuso a la confesión de fe y a la adoración, con el fin de renovar la alianza con Dios (cf. Ne 9,1-3).

Del mismo modo, nuestras parroquias, familias, grupos eclesiales y comunidades religiosas están llamados a realizar en Cuaresma un camino compartido, en el que la escucha de la Palabra de Dios, así como del clamor de los pobres y de la tierra, se convierta en forma de vida común, y el ayuno sostenga un arrepentimiento real. En este horizonte, la conversión no sólo concierne a la conciencia del individuo, sino también al estilo de las relaciones, a la calidad del diálogo, a la capacidad de dejarse interpelar por la realidad y de reconocer lo que realmente orienta el deseo, tanto en nuestras comunidades eclesiales como en la humanidad sedienta de justicia y reconciliación.

Queridos hermanos, pidamos la gracia de vivir una Cuaresma que haga más atento nuestro oído a Dios y a los más necesitados. Pidamos la fuerza de un ayuno que alcance también a la lengua, para que disminuyan las palabras que hieren y crezca el espacio para la voz de los demás. Y comprometámonos para que nuestras comunidades se conviertan en lugares donde el grito de los que sufren encuentre acogida y la escucha genere caminos de liberación, haciéndonos más dispuestos y diligentes para contribuir a edificar la civilización del amor.

Los bendigo de corazón a todos ustedes, y a su camino cuaresmal.

Vaticano, 5 de febrero de 2026, memoria de santa Águeda, virgen y mártir.

LEÓN XIV PP.

vatican.va

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[1] Exhort. ap. Dilexi te (4 octubre 2025), 9.
[2] S. Agustín, La utilidad del ayuno, 1, 1.
[3] Benedicto XVI, Catequesis (9 marzo 2011).
[4] S. Pablo VI, Catequesis (8 febrero 1978).

Via Crucis 2025: Peregrinos de esperanza en un mundo herido

Introducción

El Via Crucis, o las Estaciones de la Cruz, es un profundo viaje que reflexiona sobre la Pasión de Cristo. Al reunirnos para recorrer el Via Crucis durante este Año Jubilar 2025, viajamos como peregrinos de la esperanza en un mundo que anhela sanación y renovación. El Papa Francisco nos recuerda en Laudato Si’ que «la esperanza quiere que reconozcamos que siempre hay una salida, que siempre podemos reorientar nuestros pasos, que siempre podemos hacer algo para resolver nuestros problemas». 

En consonancia con el tema del Jubileo «Peregrinos de la esperanza», contemplamos cada estación a través de nuestros actuales desafíos medioambientales y sociopolíticos, guiados por las intuiciones de la encíclica Laudato Si’ y la exhortación apostólica Laudate Deum del Papa Francisco. Hoy, seguimos el camino de Cristo hacia el Calvario con el corazón abierto, reconociendo en su sufrimiento el dolor de nuestra casa común y de todos los que la habitan. Cada estación nos invita a contemplar tanto la pasión de Cristo como la pasión de nuestro mundo, desafiándonos a convertirnos en agentes de esperanza y transformación.

Al embarcarnos en esta peregrinación espiritual, reconocemos que «somos una sola familia humana» (Laudato Si’, 52). Nuestro viaje refleja las luchas de muchos que se enfrentan a la degradación medioambiental y a las injusticias sociales. A través de estas estaciones, abramos nuestros corazones a los gritos de la tierra y de los pobres, buscando la transformación y la esperanza.

Recemos: Dios amoroso, al iniciar este viaje con tu Hijo, abre nuestros ojos para que veamos las conexiones entre el clamor de la tierra y el clamor de los pobres. Transforma nuestros corazones para que seamos peregrinos de esperanza en un mundo marcado por la indiferencia y la destrucción. Une nuestro sufrimiento al amor redentor de Cristo. Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor. Amén.

Oración final

Dios amoroso, al completar este Vía Crucis, reconocemos que nuestro viaje como peregrinos de la esperanza continúa. La pasión de Cristo y la pasión de nuestra tierra están entrelazadas, llamándonos a la compasión, a la conversión y a la acción. En palabras del Papa Francisco, «no todo está perdido. Los seres humanos, aunque son capaces de lo peor, también son capaces de elevarse por encima de sí mismos, elegir de nuevo lo que es bueno y empezar de nuevo».
Concédenos la sabiduría para ver las conexiones entre todas las formas de sufrimiento en nuestro mundo, el valor para hacer los cambios necesarios para la curación, y la perseverancia para seguir trabajando por la justicia, incluso cuando el progreso parece lento. Que la esperanza de la resurrección nos sostenga mientras trabajamos para restaurar nuestra casa común y construir una civilización de amor.
Te lo pedimos por Cristo, nuestro Señor crucificado y resucitado, que vive y reina contigo y el Espíritu Santo, un solo Dios por los siglos de los siglos. Amén.

Bendición
Que Dios todopoderoso les bendiga, el Padre que creó este hermoso mundo, el Hijo que lo redimió con su sufrimiento y el Espíritu Santo que lo renueva día a día.
* Amén
Vayan como peregrinos de esperanza, para amar y servir al Señor en toda la creación.
* Demos gracias a Dios.

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Tocando fondo

Palabras para la cuaresma
Cuando la Misericordia se convierte en fiesta

”En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores para escucharlo. Por lo cual los fariseos y los escribas murmuraban entre sí : “Este recibe a los pecadores y come con ellos”. Jesús les dijo entonces esta parábola : “Un hombre tenía dos hijos, y el menor de ellos le dijo a su padre: Padre, dame la parte de la herencia que me toca. Y él les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se fue a un país lejano y allá derrochó su fortuna, viviendo de una manera disoluta.

Después de malgastarlo todo, sobrevino en aquella región una gran hambre y él empezó a padecer necesidad. Entonces fue a pedirle trabajo a un habitante de aquel país, el cual lo mandó a sus campos a cuidar cerdos. Tenía ganas de hartarse con las bellotas que comían los cerdos, pero no lo dejaban que se las comiera. Se puso entonces a reflexionar y se dijo: ¡Cuántos trabajadores en casa de mi padre tienen pan de sobra, y yo, aquí, me estoy muriendo de hambre! Me levantaré, volveré a mi padre y le diré : Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. Recíbeme como a uno de tus trabajadores.

Enseguida se puso en camino hacia la casa de su padre. Estaba todavía lejos, cuando su padre lo vio y se enterneció profundamente. Corrió hacia él, y echándole los brazos al cuello, lo cubrió de besos. El muchacho le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”. Pero el padre les dijo a sus criados: ¡pronto!, traigan la túnica más rica y vístansela; pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies; traigan el becerro gordo y mátenlo. Comamos y hagamos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado. Y empezó el banquete.

El hijo mayor estaba en el campo y al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y los cantos. Entonces llamó a uno de los criados y le preguntó qué pasaba. Este le contestó: Tu hermano ha regresado y tu padre mandó matar el becerro gordo, por haberlo recobrado sano y salvo. El hermano mayor se enojó y no quería entrar. Salió entonces el padre y le rogó que entrara; pero él le replicó: ¡Hace tanto tiempo que te sirvo, sin desobedecer jamás una orden tuya, y tú no me has dado nunca ni un cabrito para comérmelo con mis amigos! pero eso sí, viene ese hijo tuyo, que despilfarró tus bienes con malas mujeres y tú mandas matar el becerro gordo. El padre replicó : Hijo, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo. Pero era necesario hacer fiesta y regocijarnos porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado”. (Lucas 15,1-3. 11-32)

Creo que todos estaremos de acuerdo en afirmar que Jesús es un buen acompañante y un maestro extraordinario, cuando se trata de llevarnos al encuentro con su Padre. Sus palabras sencillas no nos dejan indiferentes y sus parábolas, como fotografías que reflejan nuestras propias historias, nos conducen a lo profundo de la experiencia de encontrarnos con Dios que se nos revela como un padre que nos ama entrañablemente.

Un padre que juzga amando y que acoge perdonando. Un padre que no exige cuentas antes de habernos hecho sentir su ternura y su compasión. Un padre que se alegra por tenernos cerca de él; sin importarle los desvíos en que nos podamos haber entretenido antes de llegar hasta él. Un padre que hace fiesta cuando cualquiera de sus hijos tiene la valentía de volver a él reconociendo que lejos de él no hay vida.

La parábola que Lucas nos presenta en esos cuantos versículos del capítulo 15 de su evangelio, nos obliga a contemplar cómo se encuentran dos caminos que buscan llegar a un mismo destino. Al abrazo entrañable del Padre a su hijo.

La parábola nos habla, por una parte, de un padre misericordioso, lleno de ternura, que sale, sin prejuicios, todos los días, seguramente, a la espera y al encuentro de su hijo. Es Dios que nos busca hasta tenernos bajo el cobijo de sus brazos.

Y, por otra parte, nos da los detalles del regreso de un hijo que finalmente se pone en camino para volver al lugar de donde jamás debería haberse ido. Es el camino que lleva a la fiesta del encuentro de un corazón que sólo existe para amar y de un corazón que, en su fragilidad y en su pobreza, sólo siente la necesidad de ser amado.

La parábola se concluye con la alegría del padre que ha recuperado lo que, de alguna manera, se le había perdido y con un gesto y una actitud de acogida que no excluye a nadie y que recuerda que siempre ha estado ahí, aunque su presencia haya pasado desapercibida o simplemente no reconocida.

Leyendo la parábola en nuestros días, los tres personajes principales nos brindan la oportunidad de reflexionar y darnos cuenta de que se trata de una historia que se sigue repitiendo y nos invita a una revisión de vida. Es la historia siempre actual de nuestro Padre Dios que nos busca y nos espera con la esperanza de tenernos para siempre con él.

El hijo menor nos cuestiona y puede ser que hasta nos indigne porque sus actitudes y las opciones de vida que asume nos pueden parecer inaceptables.

Nos puede molestar ver el derroche, el despilfarro y el desorden que se convierte en estilo de vida. Seguramente, es algo intolerable y que contrasta con los auténticos valores que hemos recibido. Pero puede ser reproche intolerable porque son actitudes que, de algún modo, descubrimos en los pliegues de nuestras vidas.

Sí, se trata de algo inaceptable pero, tal vez, lo más grave que se esconde detrás de las decisiones del hijo menor está la voluntad de querer organizar la propia vida lejos de su padre, manifestando un rechazo y la soberbia de querer ser el único patrón de sus propias decisiones. Es esa tentación contemporánea de querer sacar a Dios de nuestras vidas.

Y la aventura funciona hasta que duran los bienes que había recibido como herencia, algo extraño, porque las herencias se deberían de recibir cuando los padres ya no están presentes, pero aquí sería un punto a favor del padre que no se deja ganar en generosidad.

Cuando ya no queda nada, cuando se da cuenta de que no puede ir adelante con sus propias fuerzas, cuando caen por tierra todas sus pretensiones de autosuficiencia, cuando no queda más remedio que aceptar las propias flaquezas y miserias; cuando se llega a tocar fondo y se termina por aceptar con humildad la propia pobreza, ahí nace la posibilidad de una conversión que lleva al reconocimiento de lo que verdaderamente es cada persona en este planeta.

Poniéndonos en los zapatos del hijo menor, creo que no sería muy difícil reconocer que también muchas veces vamos por la vida reclamándole a Dios nuestra herencia y él no se cansa de bendecirnos con una infinidad de dones.

Pero muy pronto olvidamos de dónde vienen y pretendemos organizar nuestras vidas como mejor nos parece. Nos confundimos y pensamos que podemos vivir sin él.

También nosotros tomamos caminos que nos alejan de Dios, nos llenamos de compromisos que ocupan todo nuestro tiempo y una hora a la semana para ir a la iglesia se convierte en algo imposible y lo consideramos innecesario. Los gustos de nuestras vidas se convierten en prioridades que nos obligan a ponernos en el centro. Nos interesan nuestras comodidades, nuestros espacios de confort, los lujos y caprichos que nos hacen consumidores compulsivos.

Vivimos en lo exterior y en lo superficial de la vida, contentándonos con satisfacciones pasajeras que no exigen ni comprometen en nada. Vivimos super preocupados de nosotros mismos y pasamos indiferentes ante el sufrimiento y el dolor de quienes tenemos a un lado.

Todo eso sucede hasta que un día la vida se encarga de ponernos ante la verdad, en nuestro lugar y basta una crisis financiera, una enfermedad inesperada o un mal cálculo en nuestros proyectos tan humanos, para que caigamos en la cuenta de que sin Dios en nuestras vidas no vamos muy lejos y no contamos mucho. Ese día es, en el mejor de los casos, cuando decimos: Señor, ten compasión y apiádate de nosotros porque te habíamos abandonado.

La figura del Padre que nos aparece como segundo protagonista, pero que en realidad es el personaje principal, es sencillamente la buena noticia que nos quiere transmitir esta página del evangelio. El padre se presenta como alguien extraordinariamente generoso, él da sin medida y en toda confianza. El es Padre que respeta la libertad de cada persona y que corre el riesgo de dejarnos ir, aunque algunas de nuestras decisiones le partan el alma.Es Padre que espera siempre y que está atento para acoger enternecido, es decir, con el corazón abierto. Es el padre que abraza con compasión y misericordia, antes de pedir cuentas. Es Padre que perdona y se regocija cuando puede recuperar al hijo que se le había perdido. Es el padre que reviste de dignidad devolviendo con generosidad lo que se había perdido. 

Encontrarnos con un padre así como lo presenta la parábola no puede ser motivo más que de gratitud y de alegría. En este tiempo que estamos viviendo podemos estar seguros que nuestro Padre Dios sale cada día a nuestro encuentro, nos espera con la ilusión de vernos aparecer en el horizonte, qué importa si venimos con los vestidos deshechos y los rostros abatidos.

Qué importa si traemos sobre las espaldas el peso de tantas historias que nos han abatido y entristecido. El Padre nuestro está siempre dispuesto a organizar una fiesta para nosotros, cuando con humildad y sencillez nos acercamos a él con un corazón arrepentido. Él quiere darle a nuestro corazón los auténticos motivos para que vivamos felices y nos quiere sacar de donde pudimos andar perdidos.

El tercer personaje, el hermano mayor, creo que podríamos reconocerlo en algunos de nosotros que consideramos estar con Dios, de tener a Dios en nuestras vidas, pero que en realidad nuestro corazón está lejos de él. Si no somos capaces de sentir la presencia de Dios en nuestras vidas, puede ser que estemos haciendo muchas cosas por él, pero todavía no hemos dejado que Él se convierta en el centro de nuestra vida.

Si no somos capaces de alegrarnos por la conversión, por los cambios y los esfuerzos de ser mejores, de quienes tenemos a un lado, será muy difícil reconocer que es el Espíritu de Dios el que le va dando sentido a lo que somos y a lo que hacemos buscando darle sentido a nuestras vidas.

Si todavía no nos hemos dado cuenta que Dios nos lleva en lo más profundo de su corazón, nos sentiremos con derecho a reclamarle por todo lo que no nos va cuadrando en la vida y continuaremos echándole la culpa de todas nuestras frustraciones y de todas las insatisfacciones que vamos cosechando cada día.Seremos incapaces de compartir su alegría que es el secreto de nuestra felicidad.

Ojalá todos nos sintamos invitados a la fiesta de la reconciliación y que no dudemos de entrar por el camino de la conversión para que podamos hacer la experiencia del Padre bueno que nos está esperando y que sale a nuestro encuentro para abrazarnos al cuello y mostrarnos la alegría que brota de su corazón sólo porque nos hemos dejado amar desprendiéndonos de todos nuestros miedos

P. Enrique Sánchez G., mccj

Cuaresma para la esperanza

+ Felipe Arizmendi Esquivel
Obispo Emérito de SCLC

HECHOS

Este miércoles, empezamos la Cuaresma, cuarenta días de preparación para la celebración central del cristianismo, la muerte y resurrección de Jesús. Su finalidad es purificarnos de cuanto nos impida resucitar con el Señor a una vida nueva. Esto implica morir a fallas y pecados que cada quien podamos tener. Todos queremos que haya una primavera de paz, de justicia, verdad y amor, en nuestras familias y comunidades, así como en todo el mundo; pero esto, ¿de quién depende? De gobernantes y de otras instancias, ciertamente; pero también de nosotros. Tú y yo hemos de hacer lo que nos toca, ser sembradores de esperanza, y no dejar todo al gobierno, ni culpar sólo a los demás, sino asumir nuestra propia responsabilidad en los cambios que anhelamos.

El nuevo Presidente de los Estados Unidos se siente dueño del mundo y, con sus arranques, intenta incidir en todo, teniendo en su mente y corazón principalmente el mayor bienestar económico de su país. Impone aranceles sin diálogos previos con los afectados; amenaza y humilla a quien no se le arrodilla; expulsa a cuanto migrante sea posible; ¿hay una esperanza de controlarlo? Todos pedimos que se acabe la invasión de Rusia a Ucrania, que haya acuerdos de paz en Medio Oriente, que en Haití, Nicaragua y Venezuela haya respeto y armonía social; ¿de quién depende que estos sueños se materialicen? Hemos denunciado la extorsión y la inseguridad que sufren nuestros pueblos; hemos informado de todo esto a quien corresponde vigilar los derechos de los ciudadanos; pero los problemas subsisten; ¿no hay esperanza?

He atendido a personas con cáncer y a otros enfermos; he escuchado a esposas que sufren un machismo persistente; me han pedido intervenir en conflictos entre estudiantes de una institución educativa; he compartido la pena de quienes han sufrido abusos en su infancia, de quienes no encuentran trabajo, de quienes tienen diversos problemas. ¿Hay esperanza? ¿De quiénes depende que estas situaciones cambien?

ILUMINACION

El Papa Francisco, con quien compartimos la preocupación por su salud, escribió su tradicional mensaje para esta Cuaresma, que tituló Caminemos juntos en la esperanza, precisamente para alentarnos en esta virtud; pero nos indica que esto depende también de nosotros.

“El lema del Jubileo, ‘Peregrinos de esperanza’, evoca el largo viaje del pueblo de Israel hacia la tierra prometida. No podemos recordar el éxodo bíblico sin pensar en tantos hermanos y hermanas que hoy huyen de situaciones de miseria y de violencia, buscando una vida mejor para ellos y sus seres queridos. Surge aquí una llamada a la conversión. Cada uno puede preguntarse: ¿cómo me dejo interpelar por esta condición? ¿Estoy realmente en camino o un poco paralizado, estático, con miedo y falta de esperanza; o satisfecho en mi zona de confort? ¿Busco caminos de liberación de las situaciones de pecado y falta de dignidad? Sería un buen ejercicio cuaresmal confrontarse con la realidad concreta de algún inmigrante o peregrino, dejando que nos interpele, para descubrir lo que Dios nos pide, para ser mejores caminantes hacia la casa del Padre. Este es un buen examen.

Los cristianos están llamados a hacer camino juntos, nunca como viajeros solitarios. El Espíritu Santo nos impulsa a salir de nosotros mismos para ir hacia Dios y hacia los hermanos, y nunca a encerrarnos en nosotros mismos. Caminar juntos significa ser artesanos de unidad, partiendo de la dignidad común de hijos de Dios; significa caminar codo a codo, sin pisotear o dominar al otro, sin albergar envidia o hipocresía, sin dejar que nadie se quede atrás o se sienta excluido. Vamos en la misma dirección, hacia la misma meta, escuchándonos los unos a los otros con amor y paciencia. Preguntémonos ante el Señor si tenemos una actitud de acogida, con gestos concretos, hacia las personas que se acercan a nosotros y a cuantos están lejos; si hacemos que la gente se sienta parte de la comunidad o si la marginamos.

Debemos preguntarnos: ¿poseo la convicción de que Dios perdona mis pecados, o me comporto como si pudiera salvarme solo? ¿Anhelo la salvación e invoco la ayuda de Dios para recibirla? ¿Vivo concretamente la esperanza que me ayuda a leer los acontecimientos de la historia y me impulsa al compromiso por la justicia, la fraternidad y el cuidado de la casa común, actuando de manera que nadie quede atrás?”.

ACCIONES

¿Qué puedes hacer para que esta Cuaresma sea un camino primaveral para tu persona, para tu familia y para la comunidad? Está muy bien que ofrezcas algún sacrificio corporal, abstenerte de algunos alimentos o bebidas, pero también decide qué hacer para que algunas situaciones personales, familiares o comunitarias se transformen, y seas constructor de paz, de justicia y fraternidad. Quizá digas que nada puedes hacer para revertir los problemas nacionales e internacionales; pero la esperanza familiar y social depende también de ti. ¿Tú eres esperanza, u obstáculo para lograrla?

Mensaje del Papa para la Cuaresma

MENSAJE DEL SANTO PADRE
FRANCISCO
PARA LA CUARESMA 2025

Caminemos juntos en la esperanza

Queridos hermanos y hermanas:

Con el signo penitencial de las cenizas en la cabeza, iniciamos la peregrinación anual de la santa cuaresma, en la fe y en la esperanza. La Iglesia, madre y maestra, nos invita a preparar nuestros corazones y a abrirnos a la gracia de Dios para poder celebrar con gran alegría el triunfo pascual de Cristo, el Señor, sobre el pecado y la muerte, como exclamaba san Pablo: «La muerte ha sido vencida. ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está tu aguijón?» ( 1 Co 15,54-55). Jesucristo, muerto y resucitado es, en efecto, el centro de nuestra fe y el garante de nuestra esperanza en la gran promesa del Padre: la vida eterna, que ya realizó en Él, su Hijo amado (cf. Jn 10,28; 17,3).

En esta cuaresma, enriquecida por la gracia del Año jubilar, deseo ofrecerles algunas reflexiones sobre lo que significa caminar juntos en la esperanza y descubrir las llamadas a la conversión que la misericordia de Dios nos dirige a todos, de manera personal y comunitaria.

Antes que nada, caminar. El lema del Jubileo, “Peregrinos de esperanza”, evoca el largo viaje del pueblo de Israel hacia la tierra prometida, narrado en el libro del Éxodo; el difícil camino desde la esclavitud a la libertad, querido y guiado por el Señor, que ama a su pueblo y siempre le permanece fiel. No podemos recordar el éxodo bíblico sin pensar en tantos hermanos y hermanas que hoy huyen de situaciones de miseria y de violencia, buscando una vida mejor para ellos y sus seres queridos. Surge aquí una primera llamada a la conversión, porque todos somos peregrinos en la vida. Cada uno puede preguntarse: ¿cómo me dejo interpelar por esta condición? ¿Estoy realmente en camino o un poco paralizado, estático, con miedo y falta de esperanza; o satisfecho en mi zona de confort? ¿Busco caminos de liberación de las situaciones de pecado y falta de dignidad? Sería un buen ejercicio cuaresmal confrontarse con la realidad concreta de algún inmigrante o peregrino, dejando que nos interpele, para descubrir lo que Dios nos pide, para ser mejores caminantes hacia la casa del Padre. Este es un buen “examen” para el viandante.

En segundo lugar, hagamos este viaje juntos. La vocación de la Iglesia es caminar juntos, ser sinodales. Los cristianos están llamados a hacer camino juntos, nunca como viajeros solitarios. El Espíritu Santo nos impulsa a salir de nosotros mismos para ir hacia Dios y hacia los hermanos, y nunca a encerrarnos en nosotros mismos. Caminar juntos significa ser artesanos de unidad, partiendo de la dignidad común de hijos de Dios (cf. Ga 3,26-28); significa caminar codo a codo, sin pisotear o dominar al otro, sin albergar envidia o hipocresía, sin dejar que nadie se quede atrás o se sienta excluido. Vamos en la misma dirección, hacia la misma meta, escuchándonos los unos a los otros con amor y paciencia.

En esta cuaresma, Dios nos pide que comprobemos si en nuestra vida, en nuestras familias, en los lugares donde trabajamos, en las comunidades parroquiales o religiosas, somos capaces de caminar con los demás, de escuchar, de vencer la tentación de encerrarnos en nuestra autorreferencialidad, ocupándonos solamente de nuestras necesidades. Preguntémonos ante el Señor si somos capaces de trabajar juntos como obispos, presbíteros, consagrados y laicos, al servicio del Reino de Dios; si tenemos una actitud de acogida, con gestos concretos, hacia las personas que se acercan a nosotros y a cuantos están lejos; si hacemos que la gente se sienta parte de la comunidad o si la marginamos. Esta es una segunda llamada: la conversión a la sinodalidad.

En tercer lugar, recorramos este camino juntos en la esperanza de una promesa. La esperanza que no defrauda (cf. Rm 5,5), mensaje central del Jubileo, sea para nosotros el horizonte del camino cuaresmal hacia la victoria pascual. Como nos enseñó el Papa Benedicto XVI en la Encíclica Spe salvi, «el ser humano necesita un amor incondicionado. Necesita esa certeza que le hace decir: “Ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro” ( Rm 8,38-39)». Jesús, nuestro amor y nuestra esperanza, ha resucitado, y vive y reina glorioso. La muerte ha sido transformada en victoria y en esto radica la fe y la esperanza de los cristianos, en la resurrección de Cristo.

Esta es, por tanto, la tercera llamada a la conversión: la de la esperanza, la de la confianza en Dios y en su gran promesa, la vida eterna. Debemos preguntarnos: ¿poseo la convicción de que Dios perdona mis pecados, o me comporto como si pudiera salvarme solo? ¿Anhelo la salvación e invoco la ayuda de Dios para recibirla? ¿Vivo concretamente la esperanza que me ayuda a leer los acontecimientos de la historia y me impulsa al compromiso por la justicia, la fraternidad y el cuidado de la casa común, actuando de manera que nadie quede atrás?  

Hermanas y hermanos, gracias al amor de Dios en Jesucristo estamos protegidos por la esperanza que no defrauda (cf. Rm 5,5). La esperanza es “el ancla del alma”, segura y firme. En ella la Iglesia suplica para que «todos se salven» ( 1 Tm 2,4) y espera estar un día en la gloria del cielo unida a Cristo, su esposo. Así se expresaba santa Teresa de Jesús: «Espera, espera, que no sabes cuándo vendrá el día ni la hora. Vela con cuidado, que todo se pasa con brevedad, aunque tu deseo hace lo cierto dudoso, y el tiempo breve largo» ( Exclamaciones del alma a Dios, 15, 3).

Que la Virgen María, Madre de la Esperanza, interceda por nosotros y nos acompañe en el camino cuaresmal.

Roma, San Juan de Letrán, 6 de febrero de 2025, memoria de los santos Pablo Miki y compañeros, mártires.

FRANCISCO

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