Un Niño nos ha nacido

Homilía del papa Francisco en la misa de Nochebuena del 2020

En esta noche se cumple la gran profecía de Isaías:
«Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado» (Is 9,5)

Un hijo se nos ha dado. A menudo se oye decir que la mayor alegría de la vida es el nacimiento de un hijo. Es algo extraordinario, que lo cambia todo, que pone en movimiento energías impensables y nos hace superar la fatiga, la incomodidad y las noches de insomnio, porque trae una felicidad grande, ante la cual ya nada parece que pese. La Navidad es así: el nacimiento de Jesús es la novedad que cada año nos permite nacer interiormente de nuevo y encontrar en Él la fuerza para afrontar cada prueba. Sí, porque su nacimiento es para nosotros: para mí, para ti, para todos nosotros. Para es la palabra que se repite en esta noche santa: “Un hijo se nos ha dado para nosotros”, ha profetizado Isaías; “hoy ha nacido para nosotros el Salvador”, hemos repetido en el Salmo; Jesús “se entregó por y para nosotros” (cf. Tt 2,14), ha proclamado san Pablo; y el ángel en el Evangelio ha anunciado: “Ha nacido para vosotros un Salvador” (cf. Lc 2,11). Para mí, para vosotros.

¿Pero qué significa este para nosotros? Que el Hijo de Dios, el bendito por naturaleza, viene a hacernos hijos bendecidos por gracia. Sí, Dios viene al mundo como hijo para hacernos hijos de Dios. ¡Qué regalo tan maravilloso! Hoy Dios nos asombra y nos dice a cada uno: “Tú eres una maravilla”. Hermana, hermano, no te desanimes. ¿Estás tentado de sentirte fuera de lugar? Dios te dice: “No, ¡tú eres mi hijo!”. ¿Tienes la sensación de no lograrlo, miedo de no estar a la altura, temor de no salir del túnel de la prueba? Dios te dice: “Ten valor, yo estoy contigo”. No te lo dice con palabras, sino haciéndote hijo como tú y por ti, para recordarte cuál es el punto de partida para que empieces de nuevo: reconocerte como hijo de Dios, como hija de Dios. Este es el punto de partida para cualquier nuevo nacimiento. Este es el corazón indestructible de nuestra esperanza, el núcleo candente que sostiene la existencia: más allá de nuestras cualidades y de nuestros defectos, más fuerte que las heridas y los fracasos del pasado, que los miedos y la preocupación por el futuro, se encuentra esta verdad: somos hijos amados. Y el amor de Dios por nosotros no depende y no dependerá nunca de nosotros: es amor gratuito. Esta noche no tiene otra explicación: sólo la gracia. Todo es gracia. El don es gratuito, sin ningún mérito de nuestra parte, pura gracia. Esta noche, san Pablo nos ha dicho: «Ha aparecido la gracia de Dios» (Tt 2,11). Nada es más valioso.

Un hijo se nos ha dado. El Padre no nos ha dado algo, sino a su mismo Hijo unigénito, que es toda su alegría. Y, sin embargo, si miramos la ingratitud del hombre hacia Dios y la injusticia hacia tantos de nuestros hermanos, surge una duda: ¿Ha hecho bien el Señor en darnos tanto, hace bien en seguir confiando en nosotros? ¿No nos sobrevalora? Sí, nos sobrevalora, y lo hace porque nos ama hasta el extremo. No es capaz de dejarnos de amar. Él es así, tan diferente a nosotros. Siempre nos ama, más de lo que nosotros mismos seríamos capaces de amarnos. Ese es su secreto para entrar en nuestros corazones. Dios sabe que la única manera de salvarnos, de sanarnos interiormente, es amarnos: no hay otro modo. Sabe que nosotros mejoramos sólo aceptando su amor incansable, que no cambia, sino que nos cambia. Sólo el amor de Jesús transforma la vida, sana las heridas más profundas y nos libera de los círculos viciosos de la insatisfacción, de la ira y de la lamentación.

Un hijo se nos ha dado. En el pobre pesebre de un oscuro establo está, en efecto, el Hijo de Dios. Surge otra pregunta: ¿Por qué nació en la noche, sin alojamiento digno, en la pobreza y el rechazo, cuando merecía nacer como el rey más grande en el más hermoso de los palacios?

¿Por qué? Para hacernos entender hasta qué punto ama nuestra condición humana: hasta el punto de tocar con su amor concreto nuestra peor miseria. El Hijo de Dios nació descartado para decirnos que toda persona descartada es un hijo de Dios. Vino al mundo como un niño viene al mundo, débil y frágil, para que podamos acoger nuestras fragilidades con ternura. Y para descubrir algo importante: como en Belén, también con nosotros Dios quiere hacer grandes cosas a través de nuestra pobreza. Puso toda nuestra salvación en el pesebre de un establo y no tiene miedo a nuestra pobreza. ¡Dejemos que su misericordia transforme nuestras miserias!

Esto es lo que significa que un hijo ha nacido para nosotros. Pero queda todavía otro para, el que el ángel indica a los pastores: «Esta será la señal para vosotros: encontréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lc 2,12). Este signo, el Niño en el pesebre, es también para nosotros, para guiarnos en la vida. En Belén, que significa “Casa del Pan”, Dios está en un pesebre, recordándonos que lo necesitamos para vivir, como el pan para comer. Necesitamos dejarnos atravesar por su amor gratuito, incansable, concreto. Cuántas veces en cambio, hambrientos de entretenimiento, éxito y mundanidad, alimentamos nuestras vidas con comidas que no sacian y dejan un vacío dentro. El Señor, por boca del profeta Isaías, se lamenta de que mientras el buey y el asno conocen su pesebre, nosotros, su pueblo, no lo conocemos a Él, fuente de nuestra vida (cf. Is 1,2-3). Es verdad: insaciables de poseer, nos lanzamos a tantos pesebres de vanidad, olvidando el pesebre de Belén. Ese pesebre, pobre en todo y rico de amor, nos enseña que el alimento de la vida es dejarse amar por Dios y amar a los demás. Jesús nos da el ejemplo: Él, el Verbo de Dios, es un infante; no habla, pero da la vida. Nosotros, en cambio, hablamos mucho, pero a menudo somos analfabetos de bondad.

Un hijo se nos ha dado. Quien tiene un niño pequeño sabe cuánto amor y paciencia se necesitan. Es necesario alimentarlo, atenderlo, limpiarlo, cuidar su fragilidad y sus necesidades, que con frecuencia son difíciles de comprender. Un niño nos hace sentir amados, pero también nos enseña a amar. Dios nació niño para alentarnos a cuidar de los demás. Su llanto tierno nos hace comprender lo inútiles que son nuestros muchos caprichos, y de esos tenemos tantos. Su amor indefenso, que nos desarma, nos recuerda que el tiempo que tenemos no es para autocompadecernos, sino para consolar las lágrimas de los que sufren. Dios viene a habitar entre nosotros, pobre y necesitado, para decirnos que sirviendo a los pobres lo amaremos. Desde esta noche, como escribió una poetisa, «la residencia de Dios está junto a mí. La decoración es el amor» (E. Dickinson, Poems, XVII).

Un hijo se nos ha dado. Eres tú, Jesús, el Hijo que me hace hijo. Me amas como soy, no como yo me creo que soy; yo lo sé. Al abrazarte, Niño del pesebre, abrazo de nuevo mi vida. Acogiéndote, Pan de vida, también yo quiero entregar mi vida. Tú que me salvas, enséñame a servir. Tú que no me dejas solo, ayúdame a consolar a tus hermanos, porque —Tú sabes— desde esta noche todos son mis hermanos.

Vatican.va

¡Feliz Navidad!

Miren, la joven está en cinta y dará a luz un hijo,
y le pondrá por nombre Emmanuel
«Dios con nosotros»
(Isaías 7, 14)

Es Navidad y Dios nos vuelve a sorprender con el don de su presencia entre nosotros.

Es Navidad y el sueño de Dios se hace realidad viene a cargar con nuestra historia para decirnos que sigue creyendo en nosotros.

Es Navidad y la presencia de Dios en Jesús nos recuerda que siempre habrá una oportunidad para la vida, que la guerra es la humillación más escandalosa que cargamos también en nuestros días, que el odio y la violencia no tendrán la última palabra, porque el Dios del amor y de la vida ha entrado en nuestra humanidad para no dejarla jamás.

Es Navidad y la presencia de Jesús en el pesebre llena nuestros corazones de alegría porque descubrimos en su rostro la verdad de nuestras vidas. Somos hijos de Dios en ese pequeño que se nos ha dado para que tengamos vida y la tengamos en abundancia.

Es Navidad y vemos a Dios que se hace misionero para venir al encuentro de los pobres, de los humildes y sencillos; viene al encuentro de todos aquellos que con alegría ponen toda su esperanza en Jesús que viene para cumplir la voluntad de su Padre. Viene para que nos demos cuenta que somos lo que más ama su Padre y nuestro Padre.

Que esta Navidad sepamos acoger a Jesús en nuestros corazones
para que podamos ser testigos y misioneros
de su presencia en nuestras vidas.

Con todo mi afecto, mis mejores deseos y mis recuerdos en la oración.
P. Enrique Sánchez G. Misionero Comboniano

Mensaje de Navidad del Consejo General

«Cuando un silencio apacible lo envolvía todo,
y la noche llegaba a la mitad de su veloz carrera,
tu omnipotente Palabra se lanzó desde el cielo,
desde el trono real, sobre aquella tierra» (Sabiduría 18, 14-15).

«El pueblo que caminaba en tinieblas ha visto una gran luz;
a los que habitaban en tierra de sombras una luz les ha brillado» (Isaías 9,1).

Queridos hermanos

Un deseo de paz y alegría en el Señor Jesús.

Aturdidos por los trágicos acontecimientos de los últimos meses y días, que han oscurecido el horizonte de todos, especialmente de los pobres y marginados del mundo, ciertamente no es fácil pensar siquiera en la posibilidad de que las tinieblas que nos rodean se rompan, que aparezca «una gran luz» y oigamos una voz que anuncie «una gran alegría, que será para todos» (cf. Lc 2, 9-19). Las noticias que nos llegan a través de los medios de comunicación “frenan” nuestro corazón y apagan nuestro entusiasmo.
A nivel mundial, tenemos repetidas resoluciones de la ONU para mediar en los diversos conflictos que desgarran a muchos países del mundo. Incluso la tierra donde nació Jesús está desgarrada por la violencia, y seguimos con aprensión el sangriento y cruel conflicto entre Palestina e Israel y los intentos de alcanzar una tregua. Por no hablar de los miles y miles de otras intimidaciones que desembocan en violencia, perturbando la vida de millones de personas, reduciendo su libertad y obligándolas a una vida de penurias.
Incluso hoy, como en la época de la primera Navidad, el mundo parece regido y gestionado por decretos, ordenanzas y resoluciones de quienes detentan el poder político y económico. Recordamos cómo José y María tuvieron que ponerse en camino porque César Augusto quería saber el número de sus súbditos para poder cobrarles impuestos a todos y alistar a muchos de ellos en sus legiones. Realmente parecía ser él quien movía el mundo.
Incluso hoy, en Europa (y en otros lugares), hay decretos, ordenanzas y resoluciones sobre las muchas, demasiadas personas que viajan o huyen de la guerra y la pobreza. Hay que detenerlos, frenar y gestionar sus flujos… Y se llega a calificar de “acto subversivo” ofrecerles acogida.
Ante tanta violencia, nos preguntamos cuál es el sentido de la vida y por qué hay tanto sufrimiento, y nos sentimos aplastados por un sentimiento de impotencia y rabia. Verdaderamente, esta Navidad pone ante nosotros todo el peso de nuestra humanidad.
Sin embargo, una vez más, esta fiesta nos revela la locura amorosa de nuestro Dios: su decisión de tomar cuerpo en su Hijo. Dejémonos sorprender por la gramática de un Dios que habla a través de signos muy humildes. Esperaríamos que la salvación que ha prometido llegara con una manifestación de poder y de trueno. Pero debemos recrearnos y aprender que sus planes son distintos y distan mucho de lo que pensamos.
Esto es maravilloso y nos llena de asombro. En las profundidades del silencio nocturno, la naturaleza humana y la divina, el ser y el no ser, el Todo (el Verbo de Dios) y la nada (nuestra realidad humana) se unen en un maravilloso intercambio de vida. El nacimiento de Jesús ilumina las tinieblas del sufrimiento del mundo. No es una luz que deslumbra y lo resuelve todo con un milagro. No ilumina de día, sino que sirve para vislumbrar los rasgos del camino.
Dios no baja del cielo para disolver la crisis. La fe cristiana no vive de expectativas mágicas, sino de una presencia que nos acompaña incluso en las crisis. Y abre atisbos de esperanza. Pero esta fe se convierte en oración y tenacidad. Y así podemos revivir hoy la experiencia de los pastores de Belén «que velaban de noche» (cf. Lc 2,8b): «vieron una luz», escucharon la «buena noticia», creyeron en la salvación prometida («os ha nacido un Salvador» – v. 11), expulsaron el «gran temor» que los paralizaba (v. 9b)), se liberaron de su propia fragilidad, superaron su desconfianza y encontraron el valor para ponerse en camino («Vayamos, pues, … veamos este acontecimiento que el Señor nos ha dado a conocer» – v. 15b).
Fueron y vieron a un “Niño Dios” envuelto en pañales, contemplaron al Hijo eterno del Padre, al Verbo eterno, que se había hecho pequeño, tan pequeño que cabía en un pesebre. Y creyeron. Y volvieron a la vida de siempre, pero ahora radicalmente distinta, «glorificando y alabando a Dios» (v. 20a).
Nadie más que el Verbo hecho carne puede señalar horizontes más allá de la muerte. Sólo los lamentos de aquel niño que luego se convirtió en el rabbì de Nazaret, sus palabras de vida y esperanza esparcidas abundantemente como buena semilla en todos los suelos del mundo, pueden iluminar como antorchas los pasos cotidianos de nuestra vida terrena.
A pocas semanas de la clausura de la Primera Sesión de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos – “Una Iglesia sinodal en misión”, podemos decir que vivir la Navidad es volver a poner a Jesús en el centro, escuchar a tantos compañeros y compañeras de camino, laicos y religiosos, que, como nosotros, se han puesto en camino tras nuestro único Maestro, redescubriendo la belleza de su Evangelio, aprendiendo a vivir en sinodalidad (a nivel pastoral, cultural, educativo, sociopolítico), constantemente al servicio del bien común, heraldos incansables de la “alegre noticia” de la salvación para todos.
Que éste es el camino que debemos y queremos seguir parece confirmarlo también lo que está sucediendo en nuestro Instituto. Y, de hecho, recientemente hemos examinado y aprobado una serie de planes sexenales para nuestras provincias y distritos. La lectura de esas páginas impregnadas de sueños y esperanzas de futuro ha sido para nosotros una experiencia enriquecedora. Al viaje de Dios que viene a nuestro encuentro, convirtiéndose en “Emmanuel” (el-Dios-con-nosotros), respondemos apartándonos del camino de la pérdida, el miedo y la soledad para renovar decididamente nuestra sequela de su Hijo Jesús.
Pensamos, de manera especial, en los hermanos y hermanas que viven en contextos de violencia, llamados a defender la vida en primera línea con todas sus fuerzas, con toda su inteligencia, con toda su libertad y con toda la pasión de la que es capaz su amor. Sí, porque es la “pasión de amor” por el otro la que nos permite transformar nuestra miopía en miradas proféticas y nuestra resignación en esperanza.
Que la gracia de esta Navidad venga en nuestra ayuda, nos eleve y nos ponga serenamente en el camino de la esperanza.

¡Feliz Navidad!

Misioneros Combonianos del Corazón de Jesús
Consejo General

“Una comunidad cristiana renacerá en la Navidad de 2023”

Por: Mons. Christian Carlassare, mccj
Obispo de Rumbek en Sudán del Sur

Este año celebraré la Santa Navidad con la comunidad cristiana de Thiet. El nacimiento de esta comunidad se remonta a 1934, tras una primera visita de misioneros seguida de muchas otras. Procedían de Kwajock, a 150 kilómetros de distancia. Sólo en 1949 se instaló una primera comunidad de misioneros combonianos en Mayom, situada a 6 km de la ciudad de Thiet, por la sencilla razón de que la comunidad protestante había cuestionado la posible presencia católica en la ciudad.

La primera comunidad religiosa estuvo formada por dos sacerdotes y un hermano. La misión, que estaba dedicada al Niño Jesús, creció rápidamente. El pueblo cambia el nombre del lugar a Mayom-Abun, reconociendo así que Mayom es Pan-Abun, es decir, la casa de los Padres o misión. La primera comunidad de monjas llegó en 1955. Pero con la independencia de Inglaterra también llegó el conflicto Anya-nya-1 y, en 1964, con la expulsión de todos los misioneros de Sudán del Sur, las estructuras de las misiones quedaron abandonadas y presa del saqueo. Sólo en los años 1980 se produjeron los primeros intentos de reapertura, pero sin éxito debido a la presencia de soldados del gobierno sudanés. Los salesianos se instalan en la cercana Tonj, a unos 50 km de distancia.

En 1994, Mons. Mazzolari envió a Don Benjamín Madol, sacerdote diocesano, para evaluar una posible reapertura. Pero debido a la inseguridad, don Benjamín se desplazó unos 80 kilómetros más al norte, estableciendo la misión de Marial-Lou, a la que luego se unieron el padre Mario Riva y el padre Mattia Bizzarro, misioneros combonianos. El momento de Thiet aún no había llegado. Tras el acuerdo de paz de 2005 y la posterior independencia de Sudán en 2011, la comunidad cristiana de Thiet se ha ido recomponiendo. En los últimos años la comunidad cristiana ha sido acompañada pastoralmente por los Salesianos de Tonj, que la apoyaron en la construcción de una iglesia y una escuela primaria. Las estructuras de la antigua misión Mayom-Abun están en ruinas; imposible rehabilitarlos. Pero la comunidad cristiana está viva gracias a la presencia de catequistas que, a lo largo de los años, han transmitido la fe a las generaciones más jóvenes.

Ya he tenido la oportunidad de visitar esta comunidad cuatro veces. En la Navidad de 2022 envié a un sacerdote diocesano para que se quedara allí y guiara a la comunidad en el camino hacia la erección de la nueva parroquia. Esta vez justo en el pueblo de Thiet. La comunidad eligió como patrón a San Esteban, el primer mártir cristiano. Me dijeron que Santo Stefano habla de su historia: una comunidad apedreada y dispersada por tanta violencia. Pero también una comunidad que renace gracias a la fe de los catequistas y agentes pastorales laicos; una fe que se expresa en su resistencia y testimonio de vida.

Aquí la fiesta de San Esteban cae justo el día después de la Natividad de Jesús, como para recordarnos que la vida de este niño no será todo rosas y flores, sino que también encontrará espinas y cruces. Pero la victoria no pertenece a quienes hacen alarde de ambición, poder y riqueza. Lo que salva al mundo es la belleza de los sencillos, de los humildes, de los pobres. Es el niño Jesús quien devuelve la humanidad al mundo a partir de quienes se reúnen a su alrededor: los pastores, la gente sencilla del pueblo común. Ésta es también la esperanza de esta pequeña comunidad cristiana de Thiet. Se reúnen en torno a Jesús y los acompañamos con oración para que San Esteban inspire los próximos pasos, proteja a los líderes de la comunidad, reúna a todos en unidad y ayude a las personas a tomar decisiones valientes.

Actualmente nuestra intención es concentrar nuestra intervención en la sede parroquial situada en la localidad. Cavamos un pozo. Tendremos que hacer algunas intervenciones en la iglesia. Construir algunos salones parroquiales. En este mes de noviembre también queremos iniciar la construcción de la rectoría: un edificio sencillo capaz de albergar al párroco y a otros dos colaboradores. También hay que vallar el terreno, incluida la escuela primaria. No falta la necesidad de disponer de instalaciones sanitarias. Luego, con el tiempo, desarrollaremos un proyecto para la antigua misión de Mayom-Abun, probablemente un centro de formación que, además de artes y oficios, también pueda transmitir fe y humanidad. El Señor, a través del genio de la comunidad local, indicará los pasos futuros.

Todavía se necesita más de un mes para celebrar la Navidad, pero por supuesto, como ocurre con todas las vidas nuevas que llegan al mundo, se necesita una buena preparación: acoger la vida y apreciarla cada día. Oremos para que la Navidad sea una celebración de la humanidad redescubierta y de la comunión de la familia humana.