Mensaje del Papa para la Jornada Mundial de la Paz

Perdona nuestras ofensas, concédenos tu paz

I. Escuchando el grito de la humanidad amenazada

1. Al inicio de este nuevo año que nos da el Padre celestial, tiempo jubilar dedicado a la esperanza, dirijo mi más sincero deseo de paz a toda mujer y hombre, en particular a quien se siente postrado por su propia condición existencial, condenado por sus propios errores, aplastado por el juicio de los otros, y ya no logra divisar ninguna perspectiva para su propia vida. A todos ustedes, esperanza y paz, porque este es un Año de gracia que proviene del Corazón del Redentor.

2. En el 2025 la Iglesia católica celebra el Jubileo, evento que colma los corazones de esperanza. El “jubileo” se remonta a una antigua tradición judía, cuando el sonido de un cuerno de carnero —en hebreo yobel— anunciaba, cada cuarenta y nueve años, uno de clemencia y liberación para todo el pueblo (cf. Lv 25,10). Este solemne llamamiento debía resonar idealmente en todo el mundo (cf. Lv 25,9), para restablecer la justicia de Dios en distintos ámbitos de la vida: en el uso de la tierra, en la posesión de los bienes, en la relación con el prójimo, sobre todo respecto a los más pobres y a quienes habían caído en desgracia. El sonido del cuerno recordaba a todo el pueblo —al que era rico y al que se había empobrecido— que ninguna persona viene al mundo para ser oprimida; somos hermanos y hermanas, hijos del mismo Padre, nacidos para ser libres según la voluntad del Señor (cf. Lv 25,17.25.43.46.55).

3. También hoy, el Jubileo es un evento que nos impulsa a buscar la justicia liberadora de Dios sobre toda la tierra. Al comienzo de este Año de gracia, en lugar del cuerno nosotros quisiéramos ponernos a la escucha del «grito desesperado de auxilio» que, como la voz de la sangre de Abel el justo, se eleva desde muchas partes de la tierra (cf. Gn 4,10), y que Dios nunca deja de escuchar. También nosotros nos sentimos llamados a ser voz de tantas situaciones de explotación de la tierra y de opresión del prójimo. Dichas injusticias asumen a menudo la forma de lo que san Juan Pablo II definió como «estructuras de pecado», porque no se deben sólo a la iniquidad de algunos, sino que se han consolidado —por así decirlo— y se sostienen en una complicidad extendida.

4. Cada uno de nosotros debe sentirse responsable de algún modo por la devastación a la que está sometida nuestra casa común, empezando por esas acciones que, aunque sólo sea indirectamente, alimentan los conflictos que están azotando la humanidad. Así se fomentan y se entrelazan desafíos sistémicos, distintos pero interconectados, que asolan nuestro planeta. Me refiero, en particular, a las disparidades de todo tipo, al trato deshumano que se da a las personas migrantes, a la degradación ambiental, a la confusión generada culpablemente por la desinformación, al rechazo de toda forma de diálogo, a las grandes inversiones en la industria militar. Son todos factores de una amenaza concreta para la existencia de la humanidad en su conjunto. Por tanto, al comienzo de este año queremos ponernos a la escucha de este grito de la humanidad para que todos, juntos y personalmente, nos sintamos llamados a romper las cadenas de la injusticia y, así, proclamar la justicia de Dios. Hacer algún acto de filantropía esporádico no es suficiente. Se necesitan, por el contrario, cambios culturales y estructurales, de modo que también se efectúe un cambio duradero.

II. Un cambio cultural: todos somos deudores

5. El evento jubilar nos invita a emprender diversos cambios, para afrontar la actual condición de injusticia y desigualdad, recordándonos que los bienes de la tierra no están destinados sólo a algunos privilegiados, sino a todos. Puede ser útil recordar lo que escribía san Basilio de Cesarea: «¿Qué cosa, dime, te pertenece? ¿De dónde la has tomado para ponerla en tu vida? […] ¿Acaso no saliste desnudo del vientre de tu madre?, ¿no tornarás desnudo nuevamente a la tierra? Los bienes presentes, ¿de dónde te vienen? Si dices del azar, eres impío, porque no reconoces al Creador, ni das gracias al que te ha dado». Cuando falta la gratitud, el hombre deja de reconocer los dones de Dios. Sin embargo, el Señor, en su misericordia infinita, no abandona a los hombres que pecan contra Él; confirma más bien el don de la vida con el perdón de la salvación, ofrecido a todos mediante Jesucristo. Por eso, enseñándonos el “Padre nuestro”, Jesús nos invita a pedir: «Perdona nuestras ofensas» (Mt 6,12).

6. Cuando una persona ignora el propio vínculo con el Padre, comienza a albergar la idea de que las relaciones con los demás puedan ser gobernadas por una lógica de explotación, donde el más fuerte pretende tener el derecho de abusar del más débil. Como las élites en el tiempo de Jesús, que se aprovechaban de los sufrimientos de los más pobres, así hoy en la aldea global interconectada, el sistema internacional, si no se alimenta de lógicas de solidaridad y de interdependencia, genera injusticias, exacerbadas por la corrupción, que atrapan a los países más pobres. La lógica de la explotación del deudor también describe sintéticamente la actual “crisis de la deuda” que afecta a diversos países, sobre todo del sur del mundo.

7. No me canso de repetir que la deuda externa se ha convertido en un instrumento de control, a través del cual algunos gobiernos e instituciones financieras privadas de los países más ricos no tienen escrúpulos de explotar de manera indiscriminada los recursos humanos y naturales de los países más pobres, a fin de satisfacer las exigencias de los propios mercados. A esto se agrega que diversas poblaciones, más abrumadas por la deuda internacional, también se ven obligadas a cargar con el peso de la deuda ecológica de los países más desarrollados. La deuda ecológica y la deuda externa son dos caras de una misma moneda de esta lógica de explotación que culmina en la crisis de la deuda. Pensando en este Año jubilar, invito a la comunidad internacional a emprender acciones de remisión de la deuda externa, reconociendo la existencia de una deuda ecológica entre el norte y el sur del mundo. Es un llamamiento a la solidaridad, pero sobre todo a la justicia.

8. El cambio cultural y estructural para superar esta crisis se realizará cuando finalmente nos reconozcamos todos hijos del Padre y, ante Él, nos confesemos todos deudores, pero también todos necesarios, necesitados unos de otros, según una lógica de responsabilidad compartida y diversificada. Podremos descubrir «definitivamente que nos necesitamos y nos debemos los unos a los otros».

III. Un camino de esperanza: tres acciones posibles

9. Si nos dejamos tocar el corazón por estos cambios necesarios, el Año de gracia del jubileo podrá reabrir la vía de la esperanza para cada uno de nosotros. La esperanza nace de la experiencia de la misericordia de Dios, que es siempre ilimitada.

Dios, que no debe nada a nadie, continúa otorgando sin cesar gracia y misericordia a todos los hombres. Isaac de Nínive, un Padre de la Iglesia oriental del siglo VII, escribía: «Tu amor es más grande que mis ofensas. Insignificantes son las olas del mar respecto al número de mis pecados; pero, si pesamos mis pecados, respecto a tu amor, se esfuman como la nada». Dios no calcula el mal cometido por el hombre, sino que es inmensamente «rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó» (Ef 2,4). Al mismo tiempo, escucha el grito de los pobres y de la tierra. Bastaría detenerse un momento, al inicio de este año, y pensar en la gracia con la que cada vez perdona nuestros pecados y condona todas nuestras deudas, para que nuestro corazón se inunde de esperanza y de paz.

10. Por eso Jesús, en la oración del “Padre nuestro”, establece una afirmación muy exigente: «como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden», después de que hemos pedido al Padre la remisión de nuestras ofensas (cf. Mt 6,12). Para perdonar una ofensa a los demás y darles esperanza es necesario, en efecto, que la propia vida esté llena de esa misma esperanza que llega de la misericordia de Dios. La esperanza es sobreabundante en la generosidad, no calcula, no exige cuentas a los deudores, no se preocupa de la propia ganancia, sino que tiene como punto de mira un sólo fin: levantar al que está caído, vendar los corazones heridos, liberar de toda forma de esclavitud.

11. Al inicio de este Año de gracia, quisiera, por tanto, sugerir tres acciones que puedan restaurar la dignidad en la vida de poblaciones enteras y volver a ponerlas en camino sobre la vía de la esperanza, para que se supere la crisis de la deuda y todos puedan volver a reconocerse deudores perdonados.

Sobre todo, retomo el llamamiento lanzado por san Juan Pablo II con ocasión del Jubileo del año 2000, de pensar «en una notable reducción, si no en una total condonación, de la deuda internacional, que grava sobre el destino de muchas naciones». Que, reconociendo la deuda ecológica, los países más ricos se sientan llamados a hacer lo posible para condonar las deudas de esos países que no están en condiciones de devolver lo que deben. Ciertamente, para que no se trate de un acto aislado de beneficencia, que lleve a correr el riesgo de desencadenar nuevamente un círculo vicioso de financiación-deuda, es necesario, al mismo tiempo, el desarrollo de una nueva arquitectura financiera, que lleve a la creación de un Documento financiero global, fundado en la solidaridad y la armonía entre los pueblos.

Además, pido un compromiso firme para promover el respeto de la dignidad de la vida humana, desde la concepción hasta la muerte natural, para que toda persona pueda amar la propia vida y mirar al futuro con esperanza, deseando el desarrollo y la felicidad para sí misma y para sus propios hijos. Sin esperanza en la vida, en efecto, es difícil que surja en el corazón de los más jóvenes el deseo de generar otras vidas. Aquí, en particular quisiera invitar una vez más a un gesto concreto que pueda favorecer la cultura de la vida. Me refiero a la eliminación de la pena de muerte en todas las naciones. Esta medida, en efecto, además de comprometer la inviolabilidad de la vida, destruye toda esperanza humana de perdón y de renovación.

Me atrevo también a volver a lanzar otro llamamiento, apelándome a san Pablo VI y a Benedicto XVI, para las jóvenes generaciones, en este tiempo marcado por las guerras: utilicemos al menos un porcentaje fijo del dinero empleado en los armamentos para la constitución de un Fondo mundial que elimine definitivamente el hambre y facilite en los países más pobres actividades educativas también dirigidas a promover el desarrollo sostenible, contrastando el cambio climático. Debemos buscar que se elimine todo pretexto que pueda impulsar a los jóvenes a imaginar el propio futuro sin esperanza, o bien como una expectativa para vengar la sangre de sus seres queridos. El futuro es un don para superar los errores del pasado, para construir nuevos caminos de paz.

IV. La meta de la paz

12. Aquellos que emprenderán, por medio de los gestos sugeridos, el camino de la esperanza, podrán ver cada vez más cercana la tan anhelada meta de la paz. El salmista nos confirma en esta promesa: cuando «el Amor y la Verdad se encontrarán, la Justicia y la Paz se abrazarán» ( Sal 85,11). Cuando me despojo del arma del préstamo y restituyo la vía de la esperanza a una hermana o a un hermano, contribuyo al restablecimiento de la justicia de Dios en esta tierra y me encamino con esta persona hacia la meta de la paz. Como decía san Juan XXIII, la verdadera paz sólo podrá nacer de un corazón desarmado de la angustia y el miedo de la guerra.

13. Que el 2025 sea un año en el que crezca la paz. Esa paz real y duradera, que no se detiene en las objeciones de los contratos o en las mesas de compromisos humanos. Busquemos la verdadera paz, que es dada por Dios a un corazón desarmado: un corazón que no se empecina en calcular lo que es mío y lo que es tuyo; un corazón que disipa el egoísmo en la prontitud de ir al encuentro de los demás; un corazón que no duda en reconocerse deudor respecto a Dios y por eso está dispuesto a perdonar las deudas que oprimen al prójimo; un corazón que supera el desaliento por el futuro con la esperanza de que toda persona es un bien para este mundo.

14. El desarme del corazón es un gesto que involucra a todos, a los primeros y a los últimos, a los pequeños y a los grandes, a los ricos y a los pobres. A veces, es suficiente algo sencillo, como «una sonrisa, un gesto de amistad, una mirada fraterna, una escucha sincera, un servicio gratuito». Con estos pequeños-grandes gestos, nos acercamos a la meta de la paz y la alcanzaremos más rápido; es más, a lo largo del camino, junto a los hermanos y hermanas reunidos, nos descubriremos ya cambiados respecto a cómo habíamos partido. En efecto, la paz no se alcanza sólo con el final de la guerra, sino con el inicio de un mundo nuevo, un mundo en el que nos descubrimos diferentes, más unidos y más hermanos de lo que habíamos imaginado.

15. ¡Concédenos tu paz, Señor! Esta es la oración que elevo a Dios, mientras envío mis mejores deseos para el año nuevo a los jefes de estado y de gobierno, a los responsables de las organizaciones internacionales, a los líderes de las diversas religiones, a todas las personas de buena voluntad.

Perdona nuestras ofensas, Señor,
como nosotros perdonamos a los que nos ofenden,
y en este círculo de perdón concédenos tu paz,
esa paz que sólo Tú puedes dar
a quien se deja desarmar el corazón,
a quien con esperanza quiere remitir las deudas de los propios hermanos,
a quien sin temor confiesa de ser tu deudor,
a quien no permanece sordo al grito de los más pobres.

Vaticano, 8 de diciembre de 2024
FRANCISCO

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Jóvenes de Rumbek peregrinan por la paz

Por: Agnes Aineah, ACI África
Fotos: Diócesis de Rumbek

Crédito: ACI África

Jóvenes de la diócesis católica de Rumbek, en Sudán del Sur, caminaron de Rumbek a Tonj, unos 125 kilómetros, en una peregrinación de siete días que iniciaron el domingo 7 de enero para sensibilizar a las comunidades de la nación centro-oriental africana sobre la necesidad de la paz.

Procedentes de las 17 parroquias católicas de la diócesis sursudanesa, los 96 jóvenes, a los que se han unido algunos sacerdotes, así como religiosas y religiosos que sirven en la diócesis, han estado haciendo caminatas de cinco horas por la mañana y pasando las horas de la tarde participando en las actividades de las comunidades donde son acogidos. Su objetivo es demostrar a los miembros de las comunidades locales a lo largo del camino, y donde son acogidos, la importancia de vivir en comunión unos con otros, ha dicho a ACI África el Ordinario Local de la Diócesis de Rumbek, Mons. Christian Carlassare. El Obispo Carlassare habló con ACI África el martes 9 de enero, tercer día de la peregrinación por la paz. Los peregrinos ya habían estado en al menos cuatro parroquias, atrayendo más participación en la peregrinación a lo largo del camino.

Comenzaron marchando por las calles de Rumbek, en el Estado de los Lagos de Sudán del Sur, pasando por las cuatro parroquias del municipio de Rumbek, y terminando en la escuela primaria y secundaria de Loreto Rumbek, donde pasaron la primera noche. Desde Loreto, se dirigieron a Abiriu, una localidad a unos 30 kilómetros de Rumbek donde los jóvenes tuvieron “una maravillosa experiencia ecuménica”, dijo el obispo Carlassare.”Una Iglesia protestante de Abiriu nos acogió en su seno”, recordó la experiencia del lunes 8 de enero. Y añadió refiriéndose al Instituto de Formación del Profesorado Mazzolari de Cueibet, dirigido por miembros de la Compañía de Jesús (jesuitas): “Ahora estamos en un instituto de formación del profesorado dirigido por los jesuitas. Iremos a muchas otras parroquias y esperamos visitar muchas capillas y comunidades”. Y continuó: “La respuesta ha sido muy alentadora. En total, somos unas 100 personas en marcha. Sin embargo, estamos unidos espiritualmente por todos en nuestra Diócesis y en las comunidades donde somos acogidos a lo largo de nuestro viaje.”

El obispo Carlassare dijo que la intención de la peregrinación por la paz ha sido reunir a jóvenes de diferentes parroquias e instituciones de la diócesis de Rumbek para tener una experiencia de viaje juntos, conocerse y hacer comunión unos con otros. Organizada bajo el lema “Sed semillas de esperanza”, la peregrinación se guía por el mensaje que el Papa Francisco pronunció en su peregrinación de paz a Sudán del Sur en febrero de 2023.

El 9 de enero, los peregrinos meditaron sobre dos palabras clave relacionadas con el tema del día, “Viajar”, a saber, “Memoria y compromiso: recordar las huellas de quienes nos han precedido con un buen ejemplo para alcanzar el objetivo común de la comunión” y “comprometernos hacia la unidad y el amor”, publicó uno de los peregrinos en el muro de WhatsApp de la diócesis de Rumbek.

El peregrino continuó: “Predicando el Evangelio de Cristo para llegar a los miembros de nuestra familia y hermanos y hermanas y hacer la obra de Caridad y ser compasivos unos con otros aceptando el sufrimiento de cada uno de nosotros para la gloria de Dios y para dar testimonio de Jesucristo.”

En la entrevista del 9 de enero con ACI África, el obispo Carlassare dijo: “Nuestro tema viene de la llamada del Papa Francisco el año pasado para que seamos ‘semillas de esperanza'”.

Añadió que la peregrinación se inspiró en el Santo Padre, que se refirió a sí mismo como un “Peregrino de la paz” cuando visitó Sudán del Sur. “Estamos haciendo una peregrinación que es una experiencia de oración, un sentimiento de estar en contacto con Dios y con los demás y de comprender la llamada que hemos recibido”, dijo el obispo Carlassare, y añadió: “La segunda palabra es ‘caminar’, que implica un movimiento en el que tenemos que ser activos en la paz que tanto deseamos. La última palabra es caminar y eso significa no quedarnos estancados en nuestros propios lugares”.

El líder de la Iglesia Católica, que comenzó su ministerio sacerdotal en Sudán del Sur en la diócesis católica de Malakal en 2005, dijo además a ACI África: “Sentimos que estamos llamados a ser peregrinos junto con el Papa Francisco”.

“Tenemos que continuar el viaje cada año. Nuestros jóvenes se reúnen para rezar y compartir nuestra esperanza. La esperanza de una paz en la que la juventud deje de estar manipulada por quienes detentan el poder. No queremos ver a la juventud marchando por las calles con armas dispuesta a la violencia. Queremos ver a los jóvenes capaces de cambiar el curso de la historia”, dijo el obispo Carlassare.

El miércoles 10 de enero, cuarto día de la peregrinación, los peregrinos se embarcaron en una caminata de 21 kilómetros, de Cueibet a Angrial. “Seguimos contemplando el mensaje del Papa Francisco de ser Semillas de Esperanza que en un futuro producirán un fruto”, compartió uno de los peregrinos en el muro de WhatsApp de la Diócesis. Antes de la peregrinación, el 7 de enero, fiesta de la Epifanía, el obispo Carlassare compartió este poema y reflexión, que concluyó con su oración de peregrinación:

¿Por qué estás tan confundido, Herodes?
¿Por qué temes al Señor que viene?
Él no derriba ningún reino humano.
El que abre la puerta al reino de Dios. Así puedes acabar enterrado bajo tu palacio
Mientras que los Reyes sabios dejaron sus palacios de antaño
Por algo mejor que la mirra, el incienso y el oro.
No se pusieron en camino a causa de la estrella.
Sino que vieron la estrella porque comenzaron a caminar
una peregrinación de toda la vida junto a todo tipo de personas.
Siempre dispuestos a acoger sueños de amor fraterno
Siempre dispuestos a abrir nuevos caminos de esperanza
Para encontrar al Señor de la Vida en cada pobre choza
De cada nuevo Belén.

Que los jóvenes de Rumbek tengan una peregrinación de paz bendecida y fructífera, ya que comienza hoy y les llevará a encontrarse con varias comunidades hasta llegar a Tonj el domingo 14 de enero.

Oración del Papa a María en la Jornada Mundial de la Paz

En un video el papa Francisco expresa el deseo para el nuevo año dirigido a la Reina de la Paz: cesar la guerra “viaje sin rumbo” que destruye todo, que cancela el futuro, la dignidad, la belleza, la fraternidad. En este día, solemnidad de María Madre de Dios, la oración del Papa se eleva a Ella: abre destellos de luz en la noche de los conflictos.

María, Reina de la Paz
sufre con nosotros y por nosotros
viendo a tantos de sus hijos desgarrados por los conflictos,
angustiados por las guerras que desgarran el mundo.
Esta es una hora oscura. Esta es una hora oscura, Madre.
Pero, Madre, fuiste valiente en tus pruebas,
confiaste en Dios.
Vuelve tu mirada de misericordia sobre la familia humana,
que ha preferido a Caín antes que a Abel.
Intercede por nuestro mundo en peligro y confusión.
Enséñanos a acoger y a cuidar la vida, ¡cada vida humana!
y a repudiar la locura de la guerra,
que siembra muerte y borra el futuro.
Madre, solos no podemos hacerlo.
Madre, abre destellos de luz en la noche de los conflictos.
Madre, Tú, Reina de la Paz,
vierte en los corazones la armonía de Dios.

Vatican News

“¡Estoy contra la guerra y a favor de la paz!”

Por: P. Saverio Paolillo
misionero comboniano en Brasil

Medalla “José Gomes da Silva” por los Derechos Humanos

A quienes me preguntan de qué lado estoy en medio de tantos conflictos armados que son sangrientos en varias regiones del mundo, respondo sin lugar a dudas que estoy del lado de las víctimas de la guerra. Estoy con el pueblo de Israel y Palestina, con el pueblo ruso y el pueblo ucraniano, con el pueblo de Sudán y todos los demás países africanos que enfrentan la tragedia de la guerra y pagan el alto precio por ella. Estoy del lado de los civiles que quieren vivir en paz y ya no pueden soportar las consecuencias de conflictos armados decisivos desatados sin su consentimiento por edificios blindados y adecuadamente protegidos. Estoy junto a los niños separados de sus familias y deportados, que explotan en minas confundidas con juguetes. Estoy junto a las víctimas inocentes que lo pierden todo: su salud física y mental, la seguridad de sus hogares y sus relaciones emocionales. Estoy junto a los millones de refugiados. Estoy junto a los jóvenes que son reclutados por la fuerza, obligados a permanecer en primera línea como “carne de cañón”, arrojados al frente por gobiernos beligerantes y mandos militares que no respetan la vida. Estoy junto a las madres y los padres que lloran frente a sus hogares destruidos y excavan incansablemente entre los escombros de los bombardeos con la esperanza de encontrar a sus seres queridos enterrados vivos allí. Estoy junto a los ancianos que no tienen adónde ir y se quedan atrás, totalmente abandonados. Estoy en el lado más débil del conflicto.

Estoy decididamente en contra de la guerra, de la locura sin retorno, de la “masacre entre personas que no se conocen, en beneficio de personas que se conocen, pero que no se masacran” (Paul Valéry). Estoy en contra de los líderes que lo declaran, de los poderosos de la tierra que lo alientan y de los ricos que lo financian. No me interesan sus orígenes, sus ideologías, sus religiones, sus banderas, los bloques a los que pertenecen y los motivos que les llevan a tomar esta decisión, porque la guerra es siempre una opción irracional e inhumana. Por más necesario y justificable que parezca, es el peor crimen contra la humanidad. Nunca es “santo” y nunca es “justo”. Es un certificado de fracaso, la peor solución o más bien la peor irresolución. Es una derrota de la política, pero también una vergonzosa rendición a las fuerzas del mal. “¡La guerra es un monstruo, es un cáncer que se alimenta tragándolo todo! Además, la guerra es un sacrilegio, que destruye lo más preciado de nuestra tierra, la vida humana, la inocencia de los pequeños, la belleza de la creación” (Papa Francisco). Por eso siempre hay que evitarlo. De hecho erradicado.

Me opongo a quienes difunden el odio y alientan la violencia. Contra quienes viven y se enriquecen a través de la guerra. Contra los que producen armas y las venden, los que son elegidos con la financiación de los productores de armas, y hay que inventar una guerra para devolver el favor recibido.

Estoy en contra de los libros de historia que siempre cuentan la versión de los más fuertes, describen los conflictos armados como momentos de gloria y celebran como héroes a los individuos responsables de masacres sin precedentes.

Estoy del lado de la PAZ. Es caro, pero es la única forma de ser y de vivir que nos hace sentir auténticamente humanos. Apoyo a quienes saben que “la paz sólo se hará realidad cuando comience en todos nosotros, y que la guerra debe detenerse en nuestros corazones antes de que llegue al frente. El odio debe ser erradicado de los corazones antes de que sea demasiado tarde. Para ello necesitamos diálogo, negociación, escucha, capacidad diplomática y creatividad, una política amplia capaz de construir un nuevo sistema de convivencia que ya no se base en las armas, las armas y la disuasión” (Papa Francisco).

Estoy del lado de quienes creen en la solidaridad, la justicia y la hermandad. Estoy con quienes saben que los conflictos y todas las guerras “encuentran sus raíces en el desvanecimiento de los rostros” (Don Tonino Bello). Cuando nos cerramos al rostro del otro y no lo reconocemos como hermano y hermana, las armas entran en juego y la violencia se apodera de nuestras relaciones interpersonales. Si mantenemos ante nuestros ojos a la otra persona, su rostro y su dolor, no podemos desfigurar su dignidad con violencia (Papa Francisco).

Estoy con aquellos que quieren encontrarse, mirarse a la cara con serenidad y redescubrir los rasgos del hermano y de la hermana que hay que amar y acoger y no del rival que hay que eliminar. Estoy con aquellos que no sólo quieren hacer la paz, sino que quieren ser paz.

«Únanse a nosotros en la oración»: Hermana Giovanna, misionera comboniana, en la tierra de Jesús

«Conocen muy bien la realidad que estamos viviendo. La guerra está en curso desde el 7 de octubre: bombardeos en Gaza por parte de Israel tras los ataques de Hamas. Aquí en Jerusalén, donde vivo, la situación es anómala, pero pacífica. No hay peregrinos, no hay turistas».

La hermana Giovanna Sguazza, misionera comboniana en Tierra Santa, está viviendo estos días cargados de violencia junto a sus hermanas y a toda la población. Desde la tierra de Jesús, exhorta a todos a unirse en oración para pedir el don de la paz. «Yo soy una de las ocho hermanas combonianas que viven en Cisjordania, muy cerca del muro de separación. Conocemos bien la realidad palestina e israelí. Todo lo que podemos hacer es rezar, el Señor de la Paz, Shalom, está ahí y vendrá».

«La situación es dramática, da miedo», añade la misionera. «Hay muchos controles militares en casi todas partes. Los viernes, día de oración, hay guardias por toda la ciudad».

La hermana Giovanna comparte las palabras repetidas en los últimos días por el Patriarca latino de Jerusalén, el cardenal Pierbattista Pizzaballa, sobre el nuevo tiempo de atrocidades y violencia que ensangrienta Tierra Santa. «El cardenal Pizzaballa –dice la hermana Giovanna– ha descrito muy bien la situación, y yo, que soy comboniana, me uno a él. Ponemos todo en las manos y en el corazón de Jesús».

«Aquí en Jerusalén –añade la religiosa– muchas iglesias han puesto en marcha iniciativas de oración y nosotras caminamos con confianza. Pido a todos que se unan a nosotros en la oración», concluye la hermana Giovanna.

En su audiencia general del miércoles 18 de octubre en la Plaza de San Pedro, el papa Francisco invitó a todos a dedicar la jornada de hoy, viernes 27 de octubre, a la oración y al ayuno para invocar el don de la paz en todo el mundo.

Crédito: Agencia Fides

“¡Queremos paz!” La Familia Comboniana en Perú se pronuncia sobre la situación en el país

«Los Misioneros Combonianos (MCCJ), las Misioneras Combonianas (HMC) y los Laicos Misioneros Combonianos (LMC), presentes en la Costa, Sierra y Selva del Perú, nos sumamos al llamado de paz con justicia social… ¡No más violencia venga de donde venga!». Con estas palabras comienza el comunicado de la Familia Comboniana en Perú, emitido por los misioneros que trabajan en este país, escenario de violentas manifestaciones.

PRONUNCIAMIENTO

COMISION “JUSTICIA, PAZ E INTEGRACION DE LA CREACION”

«Bienaventurados los que trabajan por la paz,

porque ellos serán llamados hijos de Dios».

(Mt 5.9)

  1. Los Misioneros Combonianos (MCCJ), las Misioneras Combonianas (HMC) y los Laicos Misioneros Combonianos (LMC), presentes en la Costa, Sierra y Selva del Perú, nos sumamos al llamado de paz con justicia social, que diferentes instancias e instituciones de nuestra sociedad civil y de la iglesia, vienen solicitando, y haciendo eco a las palabras de nuestro papa Francisco y de nuestros pastores: «La violencia, apaga la esperanza de una solución justa a los problemas, que nos anima a la vía del dialogo». ¡No más violencia venga de donde venga!
  2. Ante la grave crisis social que atraviesa nuestro país con niveles de violencia cada vez más preocupantes, invocamos a nuestras autoridades, convocar a representantes de todos los sectores posibles, a una mesa de diálogo fraterno para escucharnos y buscar soluciones a la crisis en el corto, mediano y largo plazo. ¡No nos estamos escuchando! Muchos de nosotros estamos utilizando términos que dividen, que estigmatizan, ofenden y discriminan. Busquemos términos y estrategias que nos unan, seamos puentes de unión y reconciliación. ¡Que cada uno de nosotros se convierta en un instrumento de paz!
  3. La pandemia nos mostró con crudeza, como en una radiografía, las debilidades que tenemos como país: pobreza, desigualdades, la precariedad acumulada por décadas de nuestro sistema de salud, también de la educación desigual, regiones y pueblos olvidados por el Estado en donde se carece de los servicios básicos como son agua, desagüe, una posta médica, etc. ¿Cuántas de estas demandas están siendo ya atendidas?
  4. Somos un país rico no solo por nuestros minerales, sino por la diversidad y riqueza cultural de nuestros pueblos. Basta ya de menospreciarnos por el color de nuestra piel o por el lugar de donde provenimos. Todos somos peruanos con los mismos derechos y con el mismo deber de sacar adelante nuestro país. Nuestras diferencias tienen que convertirse en un cauce de gracia y bendición para nuestro pueblo.
  5. Hacemos un llamado a la clase política, y a nuestras autoridades a interpretar el descontento generalizado en nuestro país y utilizar todas las herramientas legales y democráticas para dar solución a la brevedad posible a esta crisis que viene cobrando vidas humanas y paralizando al país. Desde hace décadas, observamos cómo nuestra política se ha ido degradando cada vez más hasta niveles difíciles de entender. Hay una rabia contenida, que empieza a expresarse en formas de violencia cada vez mayores. Sin embargo, todos tenemos el derecho a manifestarnos de manera pacífica, justa y democrática, pero nunca de forma violenta y destructiva venga de donde venga! No es posible que el congreso actual esté más preocupado en aprobar proyectos de ley que favorezcan sus propios intereses, mientras el pueblo al que representan sufre pérdidas de vidas. Es inentendible que, en 6 años, vayamos ya por el sexto presidente y que, de los últimos 10 presidentes del Perú, 7 de ellos tengan problemas con la justicia por delitos de corrupción. ¿Cómo es posible que, de los 26 gobiernos regionales, la mayoría de estos están siendo investigados también por corrupción, lo mismo que muchas alcaldías tanto provinciales como distritales? ¡Corrupción significa menos escuelas, menos hospitales, menos carreteras y menos oportunidades para todos!
  6. Pedimos, a todos los miembros de la familia Combonianas, en sus diversos sectores: misión, formación, animación y todas las personas allegadas y comprometidas con nuestro trabajo, a seguir apostando por la vida, por ser el don más grande que Dios nos ha regalado y a seguir trabajando por la paz y por el bien de nuestras familias, por ser la cuna y primera escuela de valores que hacen posible una vida digna. Sigamos trabajando para que estos momentos tan difíciles que estamos atravesando, nos vuelvan más humanos y más hermanos. ¡Que Nuestra Señora de la paz interceda por nosotros!

¡QUEREMOS PAZ!

FAMILIA COMBONIANA DEL PERU

24 enero 2023