Cuando la cultura se convierte en frontera: el desafío interior del misionero

«El misionero no es arquitecto, es jardinero. Su tarea no es construir, sino cuidar. No está ahí para reemplazar, sino para acompañar. No es quien modela, sino que es iluminador», escribe padre José Miguel Córdova Alcázar [al centro en la foto], comboniano peruano que trabajó una docena de años en Etiopía, sobre todo entre el pueblo Guji.

Por: Abba Mikael Córdova, mccj

La misión siempre comienza con un desplazamiento dinámico: salir de un lugar para entrar en otro. «Todos nosotros, misioneros combonianos, lo hemos hecho, lo estamos haciendo o nos estamos preparando para vivir esta experiencia.» Pero el desplazamiento más difícil no es geográfico, sino cultural.

El misionero llega a un pueblo con el sincero deseo de amarle, servirle y formar parte de su vida. Sin embargo, lleva dentro una historia, algunos símbolos, una forma de sentir e interpretar el mundo que no puede dejar en el aeropuerto. Su propia cultura viaja con él, aunque no quiera.

Identidad cultural

Esta tensión —entre la cultura que se aporta y la cultura que es bienvenida— es una de las más delicadas y menos comentadas en la vida misionera.

En el ámbito de la misión cristiana hablamos siempre de “inculturación”: adentrarse en una cultura hasta amarla desde dentro, hasta hacer que el Evangelio eche raíces en ella en su propia forma y color. Pero este ideal a menudo choca con un límite humano: la identidad cultural del misionero es fuerte, persistente e inconsciente.

No se trata solo de costumbres visibles, sino de la forma de entender el tiempo, la manera de relacionarse entre nosotros, la sensibilidad al dolor, la forma de organizar la comunidad, la relación con la autoridad, la manera de celebrar, de rezar, de comunicarse.

La cultura es una segunda piel. Y cuando el misionero intenta “dejarla”, a menudo solo consigue ocultarla, pero no transformarla.

Muchos misioneros entran en una nueva cultura con humildad y respeto. Pero, aun así, la propia cultura se filtra en decisiones pequeñas y grandes que se hacen presentes en la labor pastoral que se realiza con la comunidad. Y entonces aparece un fenómeno sutil pero peligroso: la imposición involuntaria.

No es una imposición agresiva, sino una infiltración: en la forma de resolver conflictos, en la forma de hacer catequesis, en la estética de la liturgia, en la planificación de proyectos, en la relación con el tiempo y la eficiencia.

El misionero cree que está ayudando, pero en realidad se está reformando según su plan mental. Y el resultado es una especie de “híbrido cultural” que no pertenece enteramente a nadie: no es completamente del pueblo, ni del misionero.

Esto conduce a confusión, dependencia y, a veces, a una sensación de pérdida de identidad en la comunidad local.

Siempre un invitado

Desde un punto de vista psicológico, el misionero atraviesa un proceso complejo: debe aprender a poner a la gente en el centro, pero sin cancelarse a sí mismo. Si se cancela, pierde autenticidad. Si se impone, pierde la comunión.

La propia cultura de cada uno da seguridad. Renunciar a ello causa parcialmente vulnerabilidad. Esta vulnerabilidad es necesaria, pero también dolorosa.

No puede ser “nativo” de una cultura adoptada. El misionero siempre será un invitado, un hermano que viene de fuera. Aceptar esta realidad en la vida del misionero es un acto de madurez.

Pastoralmente, la misión auténtica no consiste en “crear” una nueva cultura cristiana, sino en hacer florecer la fe en la cultura que ya existe. El misionero no es arquitecto, es jardinero. Su tarea no es construir, sino cuidar. No está ahí para reemplazar, sino para acompañar. No es quien modela, sino que es iluminador.

Cuando el misionero entiende esto, entonces, deja de querer “hacer cosas” y empieza a hacer crecer a la gente.

La misión es un arte. Un arte de la presencia, de la escucha, de la humildad. Un arte que requiere renunciar a la necesidad de controlar y abrazar la belleza de dejar que el otro sea él mismo.

El misionero que logra esto no pierde su identidad. La convierte en un servicio. Y la gente no pierde su cultura. La transforma en “Evangelio Encarnado.”

Esta es la misión más pura: hacer que la fe arraigue sin desarraigar a nadie.

Cuando esto ocurre, la cultura del misionero se vuelve transparente: presente, pero no dominante; fértil, pero no protagonista.

Habitar el misterio

«Quítate las sandalias, porque el lugar donde estás es tierra sagrada» (Éxodo 3:5-10). Hay un momento en la vida del misionero, en el que se descubre que la misión no consiste en “hacer cosas”, sino en habitar un misterio: el misterio de un pueblo, de una historia, de una forma de sentir y vivir que no es suya. Ese misterio es la cultura. Y la cultura es terreno sagrado.

San Daniel Comboni intuyó esto con sorprendente claridad para su época. Cuando dijo «Salva África con África», no se refería solo a la estrategia misionera. Habló de un acto de fe: creer que el pueblo tiene dentro de sí la fuerza, sabiduría y dignidad para ser los protagonistas de su propia salvación.

Esto significa que la cultura del pueblo no es un obstáculo, sino el lugar donde Dios ya está obrando.

Misión es amar

Todavía recuerdo, como si hubiera sido ayer, las palabras de un misionero comboniano con mucha experiencia misionera, sabiduría humana, pero sobre todo con una gran experiencia del amor de Dios en su propia vida. Hace 26 años, cuando dejé mi país para ir a “la misión”, este misionero, —cuyo nombre no es necesario decir porque sé muy bien que recordará el momento cuando me dijo: «Mira Pepe, —porque así me llaman en mi país—, recuerda que lo más importante que tienes que hacer cuando estás en la “misión” es amar a las personas a las que has sido enviado. Nunca lo olvides.»

Cuando un misionero llega a un pueblo, trae consigo una cultura que le ha dado identidad, seguridad y sentido. Y esto no puede olvidarse ni dejarse de lado. Pero la misión le pide hacer algo difícil: descentrarse. No para renunciar a quién es, sino para renunciar a ser el centro.

La cultura del misionero es una luz, pero no es “La Luz” que debe iluminar al pueblo. Su luz, es solo un servicio, es compañía, es presencia.

La cultura del pueblo es la casa. La del misionero es la mochila.

San Daniel Comboni lo expresó con una frase que se convierte en un programa espiritual: «Se han adueñado de mi corazón que vive solamente para ellos» (Escritos. 941).

Y sin ninguna duda podemos decir que esta frase no surge solo por el amor que siente por la gente, su “amado pueblo” por quien ha decidido dar su vida. Es reconocimiento. Es reverencia.

El misionero que ama a un pueblo descubre que su cultura es un tesoro que no necesita ser corregido, purificado o reemplazado. Solo necesita ser recibido, comprendido y hecho fructífero por el Evangelio.

Transparencia misionera

La cultura es el idioma con el que la gente habla con Dios. Cambiarla es silenciarle.

Cuando el misionero no es consciente de la fuerza de su propia cultura, puede acabar creando una especie de “híbrido” que no pertenece a nadie: ni al pueblo, ni a sí mismo.

Esto ocurre cuando organiza la comunidad según esquemas culturales personales, introduce la estética litúrgica de otros, prioriza valores que no son universales, interpreta la fe desde su propia sensibilidad cultural.

Sin querer, el misionero puede confundir identidades y generar dependencia. Puede construir una comunidad que no sea realmente del pueblo, sino una proyección inconsciente de su propia historia.

San Daniel Comboni lo vio claramente: la misión no es colonización espiritual.

El misionero maduro no quiere “crear” una nueva cultura cristiana. Quiere que la fe eche raíces en la cultura que ya existe. El misionero maduro debe saber que está presente en un pueblo: porque, como dije antes, no es el arquitecto: es el jardinero; no es quien construye: es quien cuida; No es quien modela: sino quien acompaña; No reemplaza ni opaca: es quien está llamado a iluminar. «Vosotros sois la luz del mundo» (Mateo 5:14).

Cuando el misionero actúa de esta manera, la cultura del pueblo florece con su propia forma, su propio color y su propia dignidad.

Por tanto, la misión alcanza su plenitud cuando el misionero puede decir: «Lo que nace aquí no es mío.» Y al mismo tiempo, la gente puede decir: «Esto es nuestro, aunque el misionero nos haya ayudado.»

Esto es transparencia misionera: ser necesario sin ser el protagonista, estar presente sin ser central, ser una semilla sin ser un árbol.

Por lo tanto, debemos saber que la cultura no es un campo de evangelización. Es un campo donde Dios ya ha sembrado. El misionero no lleva a Dios a la gente. El misionero descubre a Dios en el pueblo. Entonces, la misión se convierte en un acto de profunda humildad: honrar lo que es el pueblo, porque ahí es donde el Evangelio quiere hacerse carne. «Y la Palabra de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros» (Juan 1:14).

Fui enviado

Sí, han tenido que pasar 26 años, para poder entender esto, y harán falta unos años más para poder comprenderlo completamente. Recuerdo como si hubiera sido ayer el día en que me enviaron el documento con mi primera destinación misionera, el famoso “destinatus est”. Y, recuerdo también al consejero general a quien le dije «que prefería otro lugar y no el que habían pensado para mí» —(Sé que vas a leer este artículo)— y «Me dijiste: Mira, Miguel, lo pensaremos y te llamaré.»

Sigo aún esperando la llamada, pero, aunque es cierto que no me llamó, lo que sí hizo fue enviarme un libro que había escrito sobre el país donde yo sería enviado para mi primera experiencia de misión.

Hoy doy gracias a Dios, por el hecho que no fui a donde quería ir, la realidad es que fui enviado. No elegí el puesto de la misión; fue un regalo precioso de Dios, en mi vida misionera y solo puedo decir: Gracias, Papá y Mamá, Juan, Jorge y Rosita, y a todos los que han hecho posibles estos 26 años de servicio a la misión.

comboni.org

Pentecostés

Ven Espíritu Santo

Por: P. Enrique Sánchez G., mccj

Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles,
Y enciende en ellos el fuego de tu amor.
Envía Señor tu Espíritu Santo, y todo será creado, renovarás la faz de la tierra.
Oh Dios, que iluminas los corazones de tus fieles con la luz del Espíritu Santo,
concédenos gustar de todo lo recto, según el mismo Espíritu, y gozar siempre de sus consuelos.
Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén

Durante estos últimos días, al momento de iniciar el tiempo que trato de consagrar cada día al encuentro con el Señor, me ha venido espontáneo iniciar esos instantes invocando al Espíritu con aquellas palabras tan conocidas que dicen:

“Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tu tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor. Envía Señor tu Espíritu y todo será creado y se renovará la faz de la tierra”.

Y he querido dejar que ese Espíritu me acompañe para escribir estas líneas a la vigilia de la grande fiesta de Pentecostés.

Durante cincuenta días nos hemos venido preparando a esta gran celebración viviendo con alegría el misterio de la presencia de nuestro Padre Dios en Jesús resucitado y ahora vivo también entre nosotros a través del Espíritu Santo.

Se trata de un Misterio imposible de decir con nuestras pobres palabras, pero presencia vital que nos permite ir avanzando en los caminos tan complicados de nuestra historia humana.

1.- Invocamos la luz del Espíritu para acercarnos a la realidad de nuestro mundo.

¿En dónde estamos en el momento en que nos preparamos a vivir una vez más la fiesta de Pentecostés? ¿Cuál es el panorama que contemplan nuestros ojos y cuáles horizontes se dibujan ante nosotros?

No hace falta que repita lo que con tanta fuerza e insistencia hemos escuchado en todas partes del mundo, sobre todo a través de los medios de comunicación. Vivimos tiempos difíciles y desafiantes en los que nadie puede sentirse ajeno o indiferente a lo que pasa en nuestra sociedad y en nuestra Iglesia.

Si hasta hace poco a los cristianos nos parecía que el mundo -pensándolo como esa realidad que vive ignorando a Dios o desconociendo el Evangelio- estaba cada vez más enredado en una confusión, en una arrogancia y un egoísmo que no pueden llevar más que al sufrimiento; ahora con mucha humildad nos toca reconocer que no estamos exentos del mal que amenaza siempre al ser humano.

Los últimos tiempos han sido de mucho sufrimiento para la Iglesia y para quienes tratamos de seguir al Señor como discípulos suyos. Nos han lastimado los escándalos y las miserias que descubrimos en nuestra Iglesia, porque de algún modo también nosotros, quien más quien menos, en algún momento no hemos sido los cristianos que deberíamos ser. Y esto duele en lo profundo de nuestro ser.

Seguramente muchos cristianos nos hemos identificado con las palabras del Santo Padre en las muchas ocasiones en que ha pedido perdón y ha reconocido el pecado que como Iglesia no podemos ignorar. El pecado no sólo está fuera de nosotros, está también dentro de nuestra casa, como la cizaña y el trigo en el mismo campo.

El drama de la guerra sigue siendo un látigo que lastima y destruye, que crea dolor y sufrimiento a tantos hermanos nuestros. La violencia y el miedo se han apoderado de nuestros pueblos sencillos y hasta hace poco, tranquilos y hospitalarios. El egoísmo y la indiferencia han contaminado algunos sectores de nuestra sociedad y nos duele en el alma ver a tantas personas tratadas y consideradas como desechos humanos.

Muchas veces me he preguntado ¿qué es lo que sigue después de reconocer nuestra fragilidad y pecado y luego de pedir honestamente perdón?

2.- La posibilidad de comenzar de nuevo.

Siento que del dolor y de la impotencia para hacer desaparecer el mal nace el reto que nos desafía a comenzar de nuevo.

No basta con darse golpes de pecho diciendo: qué mal nos hemos comportado; hace falta volver a lo más profundo de nosotros mismos para recordarnos cuál es nuestra verdad y a qué hemos sido llamados.

Siempre he creído que la experiencia de nuestra pequeñez nos abre caminos nuevos de crecimiento auténtico, pero solos no podemos ir a ninguna parte. Aquí resuenan fuerte las palabras de Jesús que agradece a su Padre el haber revelado los misterios del Reino a los pequeños y a los sencillos. Sólo un corazón humilde puede abrirse al amor de Dios que transforma todo y hace posible que la vida auténtica siga su rumbo y se abra camino en medio de cualquier adversidad.

“Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has revelado todo esto a los pequeños y lo has ocultado a los sabios y a los astutos”. (Mt 11, 25)

Justamente por esto siento que la oración al Espíritu Santo que me ha acompañado en estos días es un don muy especial. Es una gracia que me permite reconocer que el camino de la vida, de nuestras vidas, se hace posible sólo si nos dejamos conducir, llevar de la mano por el Señor.

Pedir al Espíritu Santo que venga y que llene nuestros corazones de su presencia no es otra cosa sino dejar escapar, de lo más profundo de nuestro ser, el deseo de Dios que llevamos inscrito como sello que da garantía y autenticidad a nuestra existencia.

“Si el Señor no construye la casa en vano trabajan los albañiles” (Salmo 127), dice la escritura.

Si no es Dios quien va trabajando nuestro barro como buen alfarero, si no es Él quien nos lleva en sus manos, seguramente diremos como Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Sólo tú tiene palabras de vida eterna.

3.- Suplicar y anhelar la presencia del Espíritu.

Pedir que venga el Espíritu a nosotros es una súplica necesaria e indispensable, pues sólo viviremos si la vida de Dios corre por nuestras venas.

Sólo si el amor de Dios late en nuestros corazones, seremos capaces de desenmascarar nuestros egoísmos y podremos tratar con madurez nuestras naturales flaquezas, sin dejarnos manipulara y llevar a donde no nos conviene.

Sólo si el Espíritu de Dios está en nosotros e invade toda nuestra existencia, entonces podremos superar la amarga constatación que ya san Pablo expresó con tanta claridad:

“Porque yo sé que, por mi condición humana, no habita en mí nada bueno, porque está a mi alcance querer el bien, pero no el realizarlo, ya que no hago el bien que quiero y, en cambio, practico el mal que no quiero. Pero si hago lo que no quiero, ¡no soy yo el que obra así, sino el pecado que me habita! ( Romanos 7, 18-20).

En medio de las borrascas que nos toca afrontar en este tiempo nos tiene que consolar la certeza de que el Espíritu de Dios está siempre a la obra y es un Espíritu que sana, fortifica, consuela, da fuerza y sabiduría, aumenta la esperanza y abre caminos para que nos convirtamos en verdaderos hombres y mujeres de fe.

En esto días deberíamos decir miles de veces, ven Espíritu de Dios, llena nuestras vidas, nuestras familias, nuestras comunidades, nuestra Iglesia, nuestro mundo de tu amor.

Ven y sácanos de nuestras tibiezas, de nuestra incapacidad a vivir nuestro compromiso cristiano sin diluirlo.

Ven y haznos capaces de pagar de persona nuestra convicción de que sólo en ti se encuentra la vida y la felicidad.

Ven para que no vayamos detrás de los ídolos de nuestro tiempo y de todos los tiempos. Ven Espíritu para que tu presencia en nosotros nos permita ser creíbles, auténticos, testigos fieles de tu presencia en este mundo.

Ven Espíritu de Dios y enciendo nuestros corazones con el fuego de tu amor, del amor verdadero que significa renuncia a uno mismo. Amor que se construye en la entrega generosa y cotidiana. Amor que nos hace sensibles y solidarios con los más pobres, los abandonados y miserables de nuestro tiempo.

Ven Espíritu del amor verdadero que no tolera nuestras farsas, nuestras mentiras, nuestras superficialidades. Espíritu de amor que es capaz de calentar lo que nuestros intereses mezquinos han enfriado, lo que nuestras indolencias han congelado.

Ven Espíritu de fuego que consume, destruye y purifica nuestras miserias, las mentiras detrás de las cuales tratamos a diario de hacer creer que puede existir un mundo sin ti. Ven y funde, como el hierro en el horno de la fundición, lo torcido de nuestras mentes, la prepotencia y la arrogancia de nuestros corazones petrificados, disecados e incapaces de latir al ritmo del corazón de nuestro Padre.

Ven, enciende en nuestros corazones el fuego de tu amor. El fuego de la misericordia, del perdón, de la tolerancia, del respeto al que es más débil.

Ven para que aprendamos lo que significa la compasión, el sacrificio, el olvido de sí en bien de los demás.

Ven para que podamos desprendernos de nuestras inseguridades, de nuestros complejos de inferioridad, de las heridas y rencores añejos que se han incrustado en las paredes de nuestro corazón.

4.- El Espíritu todo lo recrea.

Envía Señor tu Espíritu y todas las cosas serán creadas. Envíalo para que podamos seguir maravillándonos cada mañana al despertarnos y contemplar el don de la vida que nos rodea, la creación que pones a nuestra disposición para que disfrutemos de ella. No para que la contaminemos y la destruyamos como salvajes que no saben de respeto, de cuidado y de ternura.

Ven Espíritu y haz que las cosas ocupen el lugar que les corresponde en nuestras vidas. Crea todo nuevamente, pero crea en nosotros también una conciencia nueva que nos permita vivir libres de las cosas, que no seamos avaros, ni tacaños.

Que no nos convirtamos en víctimas de la ambición y que no caigamos en la tentación de vivir acaparando y atesorando las cosas que jamás nos servirán.

Ven y se creará una humanidad nueva en donde será realidad la fraternidad no como algo caído del cielo, sino construido a base de esfuerzos de solidaridad, de reconocimiento de la riqueza que existe en los demás, de rechazo de la violencia y de la muerte que llena de sangre tantos lugares de nuestra casa tierra.

Esa tierra en donde has pensado que todos pueden tener un espacio para vivir sin ser llamados ilegales, refugiados, migrantes, sino hermanos, hijos de un Padre que no sabe de razas, de colores, de creencias y que nos quiere a todos en su hogar.

Ven Espíritu de Dios y estamos seguros que se renovará la faz de la tierra. Ven y cambiará el rostro de quienes hemos puesto nuestra confianza en ti. Ven y esta faz desfigurada, distorsionada por las incoherencias de quienes nos decimos cristianos volverá a ser una faz resplandeciente y auténtica, reflejo del rostro de Cristo que habita en nosotros.

Ven Espíritu Santo y cambiará no sólo el rostro de la Iglesia, que asistida con tu misericordia volverá a ser signo de tu presencia en la humanidad, sino toda la creación en la que cada persona será capaz de vivir sin ser una amenaza para quienes le están cerca.

Ven y la faz de la tierra cambiará porque aparecerán en todo su esplendor las experiencias magníficas de quienes también hoy siguen siendo testigos anónimos y escondidos de tu amor en tantas partes del mundo.

Ven y resplandecerá el rostro de tantas comunidades cristianas jóvenes que en las misiones están creciendo como árboles robustos prometedores de buenos frutos.

Ven Espíritu Santo porque te necesitamos para seguir caminando por los caminos de este mundo en donde nuestro maestro y Señor nos ha dejado recordándonos que estamos aquí, pero que no podemos olvidar que no somos de este mundo.

Ven para que podamos seguir caminando sin olvidar que el Padre nos lleva de la mano.

Textos para nuestra reflexión:
Juan 20, 19-23
1Co 12
Gálatas 5, 16-26