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IV Domingo de Adviento. Año C

La Visitación y la cultura del encuentro

María se levantó y se fue de prisa…
Lucas 1,39-45

Hemos llegado al último domingo de Adviento. La Navidad del Señor está cerca y la espera de su venida crece en el corazón de cada cristiano. La antífona de entrada de la Eucaristía proclama: “Cielos, destilen rocío desde arriba, y que las nubes lluevan al Justo; ábrase la tierra y brote el Salvador” (cf. Is 45,8). Nuestra mirada se dirige al Cielo, en espera del don de Dios, y al mismo tiempo a la tierra, fecundada por el Cielo, para reconocer los signos del “retoño que brota del tronco de Jesé” (Isaías 11,1).

María es la figura central del cuarto domingo de Adviento. El Evangelio relata el episodio de la Visitación. Después de saber por el ángel que su pariente Isabel estaba embarazada de seis meses, María “se levantó y se fue de prisa a la región montañosa, a una ciudad de Judá”. La tradición identifica esta ciudad como Ain Karim, a unos 130 kilómetros de Nazaret.

¿Qué impulsó a María a “levantarse y marchar de prisa” hacia Isabel? Normalmente decimos que quería ayudar a su pariente mayor. O quizás deseaba compartir la alegría del embarazo de Isabel, aquella que “era llamada estéril” (Lc 1,36). También es probable que María sintiera la necesidad de confiar a Isabel el misterio de su maternidad. ¿Quién, mejor que Isabel, podría comprenderla?

Sin embargo, la intención de San Lucas va más allá de estas consideraciones. Recuerda la transferencia del Arca de la Alianza a Jerusalén (cf. 2 Samuel 6 y 1 Crónicas 16). María es presentada como el Arca de la Nueva Alianza, el Tabernáculo viviente que lleva en su seno al Hijo de Dios.

La escena de la Visitación evoca también una pequeña “pentecostés”. En efecto, “apenas oyó Isabel el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno” (Lc 1,41). En ese momento se cumple la promesa del ángel a Zacarías: Juan “será lleno del Espíritu Santo desde el seno de su madre” (Lc 1,15).

Además, el Espíritu Santo, descendido sobre Isabel, ofrece a María una sorpresa inesperada. “Isabel se llenó del Espíritu Santo y exclamó a gran voz: ‘¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!’” (Lc 1,41-42). Antes de que María diga algo a Isabel, es esta última, movida por el Espíritu Santo, quien confirma el misterio que se cumple en ella. Ante esta revelación, María estalla en alegría, gratitud y alabanza en el cántico del Magnificat.

Puntos de reflexión

El relato de la Visitación es un cofre lleno de mensajes para recoger y meditar. Señalamos tres.

La Visitación, icono del encuentro
La relación con los demás es una dimensión esencial de la vida humana. El encuentro entre estas dos mujeres, una joven y otra mayor, revela la belleza de todo encuentro auténtico, abierto a la amistad y al compartir. Entre María e Isabel se da el abrazo de comunión entre la Nueva y la Primera Alianza. Es un encuentro fecundo, en el que ambas mujeres son enriquecidas.
Hoy, nos falta una verdadera cultura del encuentro. Lamentablemente, a menudo prevalece el conflicto, en el que el otro es demonizado. El cristiano contempla, en estas dos mujeres, su vocación de salir al encuentro de los demás con una actitud de apertura y empatía. Bendecidos por Dios, somos portadores de bendiciones. Si llevamos el Espíritu en el corazón, ni siquiera un simple saludo o una sonrisa son gestos triviales.

María embarazada, icono de la Iglesia y del cristiano
La mujer “embarazada, que gritaba con los dolores y angustias del parto” mencionada en el Apocalipsis (capítulo 12) es una representación de María, una imagen de la Iglesia y, en cierto modo, también del cristiano. Orígenes de Alejandría, que vivió en el siglo III, utiliza esta imagen de extraordinaria intensidad para describir la vocación del cristiano: la de una mujer embarazada.
“El cristiano pasa por el mundo embarazado de Dios, ferens Verbum (Orígenes), llevando otra vida dentro de su vida, aprendiendo a respirar con el aliento de Dios, a sentir con los sentimientos de Cristo, como si tuviera dos corazones: el suyo y otro con un latido más fuerte, que nunca dejará de latir. Aún ahora, Dios busca madres para encarnarse” (Ermes Ronchi).
¿Estamos realmente “embarazados de Cristo” por la escucha de su Palabra? Podría sucedernos lo que describe Isaías: “Hemos concebido, sentimos dolores como si fuéramos a dar a luz: sólo fue viento; no hemos traído salvación a la tierra y no nacieron habitantes en el mundo” (Isaías 26,18).

La Visitación, icono de la misión
Finalmente, la Visitación puede representar un icono elocuente de la misión. El misionero, o el cristiano, no es el verdadero precursor de Cristo en los lugares o ámbitos donde es enviado a evangelizar. El verdadero precursor es el Espíritu, que actúa desde siempre en el corazón de cada persona, de cada cultura y de cada pueblo. La misión no consiste solo en evangelizar, sino también en dejarse evangelizar a través del encuentro con el otro.
Christian De Chergé, prior de la Abadía de Tibhirine, asesinado junto con otros seis monjes trapenses en Argelia en mayo de 1996, expresaba esta idea de manera incisiva. En 1977 escribía: “En los últimos tiempos, estoy convencido de que el episodio de la Visitación es el verdadero lugar teológico escritural de la misión, en el respeto por el otro ya investido por el Espíritu”. Así, podríamos decir que Dios nos espera en el otro.

¡Como María, levantémonos y caminemos de prisa hacia el Señor que viene!

P. Manuel João Pereira Correia, mccj


Saborear y anunciar la Navidad

Miqueas  5,1-4; Salmo  79; Hebreos  10,5-10; Lucas  1,39-45

Reflexiones
A las puertas de Navidad, la Palabra de Dios nos ofrece hoy tres claves de lectura para comprender, saborear y anunciar a otros el misterio que celebramos. Estas claves se llaman: María, la carne y la pequeñez.

1-   Ante todo, María, que el evangelista Lucas nos presenta durante la Visitación a su parienta Isabel (Evangelio). En un clima de fe y de intensa alegría, se produce el encuentro entre dos mujeres que han llegado a ser madres gestantes por una especial intervención de Dios: Isabel en su ancianidad, María en su virginidad. Ambas están llenas del Espíritu Santo (v. 41; Lc 1,35), atentas para acoger las señales de su presencia, prontas a alabarlo y a darle gracias por sus obras grandes (v. 42-48). Estos elementos hacen de la Visitación un misterio de fe, alegría, servicio, anuncio misionero. María, apresurada en el viaje (v. 39), llevando en su vientre a Jesús, es imagen de la Iglesia misionera, que lleva al mundo el anuncio del Salvador. (*)

Dichosa tú, que has creído”, exclama Isabel (v. 45). Esta es la primera bienaventuranza que aparece en los Evangelios. Por la fe María ha concebido en su corazón al Hijo de Dios aun antes de engendrarlo en la carne. Ha creído, es decir, se ha fiado, se ha abandonado a Dios. Las palabras de María: “heme aquí, soy la sierva, hágase…” (v. 38) están en sintonía con el ‘’ de Jesús, el cual, según el autor de la carta a los Hebreos (II lectura), al entrar en el mundo ha dicho: “aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad” (v. 7). Este es el único culto que agrada a Dios, el culto de los auténticos adoradores del Padre “en espíritu y verdad”, como el mismo Jesús lo revelará también a la mujer samaritana (Jn 4,23).

2-   La carne es la segunda clave del misterio de la Navidad. Desde hace mucho tiempo  -podemos decir desde siempre–  Dios no se deleita con el perfume del incienso o con el humo de las carnes de animales inmolados en el templo, como repite la carta a los Hebreos (v. 6.8). Él quiere habitar en un templo de carne, en el corazón de las personas, ser el centro de cada pensamiento y de toda aspiración, la razón de cada elección y decisión, la raíz de toda alegría. Solamente llegando a este nivel, se puede hablar de una auténtica conversión del corazón, una conversión que va mucho más allá de unos gestos externos meramente rituales, de prácticas superficiales o de fórmulas abstractas repetidas de memoria.

Jesús es el verdadero adorador del Padre: desde el primer instante de su ingreso en el mundo, no le ofrece animales o incienso (v. 5-6), sino se presenta a sí mismo, en su cuerpo, como ofrenda de amor para santificar a todos (v. 10), sin excluir a nadie, porque Él “no se avergüenza de llamarles hermanos” (Heb 2,11). Los Padres de la Iglesia en los primeros siglos, con gran sentido teológico y antropológico, solían repetir: “Caro salutis est cardo” (la carne es la base de la salvación). Así ponían en evidencia que Dios ha querido manifestar concretamente su salvación, haciéndola pasar a través de la carne humana del Hijo de Dios, que es hijo de María.

3-   Esta maravillosa obra de salvación se realiza en la pequeñez, por medio de signos pequeños y pobres, de personas y realidades humildes. Un ejemplo bíblico del día es Belén (I lectura), aldea chica, pero cuna de uno que “pastoreará con la fuerza del Señor”, dará tranquilidad y paz a su pueblo, “se mostrará grande hasta los confines de la tierra” (v. 3). Belén es un pueblecito insignificante, pero Dios lo escoge para que allí nazca el que es ‘la más Bella Noticia’ para todos los pueblos. En el origen de este acontecimiento está María; que exulta y canta, consciente de que Dios “ha puesto los ojos en la pequeñez de su esclava” (v. 48).

También hoy, Dios realiza sus grandes obras por medio de instrumentos pobres, gestos humildes, situaciones humanamente desesperadas. Y uno se pregunta: entonces, ¿quién se salva? Aquellos que, con corazón sincero y bien dispuesto, acogen el misterio de ese Niño, nacido en Belén hace más de 2000 años; aquellos que escuchan su mensaje, se convierten en constructores de paz, portadores de alegría, mensajeros de su misericordia, misioneros que lo anuncian. ¡Como María, como los pastores!

Palabra del Papa

(*)  “María nos enseña que, en el arte de la misión y de la esperanza, no son necesarias tantas palabras ni programas; su método es muy simple: caminó y cantó. María caminó. Así nos la presenta el evangelio después del anuncio del Ángel. Presurosa  -pero no ansiosa–  caminó hacia la casa de Isabel para acompañarla en la última etapa del embarazo; presurosa caminó hacia Jesús cuando faltó vino en la boda; y ya con los cabellos grises por el pasar de los años, caminó hasta el Gólgota para estar al pie de la cruz: en ese umbral de oscuridad y dolor, no se borró ni se fue, caminó para estar allí. Caminó al Tepeyac para acompañar a Juan Diego y sigue caminando… para decir: «¿No estoy aquí yo, que soy tu madre?»”
Papa Francisco
Homilía en la fiesta de Santa María de Guadalupe, 12 de diciembre de 2018

[P. Romeo Ballan, MCCJ]


MUJERES CREYENTES

Después de recibir la llamada de Dios, anunciándole que será madre del Mesías, María se pone en camino sola. Empieza para ella una vida nueva, al servicio de su Hijo Jesús. Marcha “deprisa”, con decisión. Siente necesidad de compartir con su prima Isabel su alegría y de ponerse cuanto antes a su servicio en los últimos meses de embarazo.

El encuentro de las dos madres es una escena insólita. No están presentes los varones. Solo dos mujeres sencillas, sin ningún título ni relevancia en la religión judía. María, que lleva consigo a todas partes a Jesús, e Isabel que, llena de espíritu profético, se atreve a bendecir a su prima en nombre de Dios.

María entra en casa de Zacarías, pero no se dirige a él. Va directamente a saludar a Isabel. Nada sabemos del contenido de su saludo. Solo que aquel saludo llena la casa de una alegría desbordante. Es la alegría que vive María desde que escuchó el saludo del Ángel: “Alégrate, llena de gracia”.

Isabel no puede contener su sorpresa y su alegría. En cuanto oye el saludo de María, siente los movimientos de la criatura que lleva en su seno, y los interpreta maternalmente  como “saltos de alegría”.  Enseguida, bendice a María “a voz en grito” diciendo: “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre”.

En ningún momento llama a María por su nombre. La contempla totalmente identificada con su misión: es la madre de su Señor. La ve como una mujer creyente en la que se irán cumpliendo los designios de Dios: “Dichosa porque has creído”.

Lo que más le sorprende es la actuación de María. No ha venido a mostrar su dignidad de madre del Mesías. No está allí para ser servida sino para servir. Isabel no sale de su asombro. “¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?”.

Son bastantes las mujeres que no viven con paz en el interior de la Iglesia. En algunas crece el desafecto y el malestar. Sufren al ver que, a pesar de ser las primeras colaboradoras en muchos campos, apenas se cuenta con ellas para pensar, decidir e impulsar la marcha de la Iglesia. Esta situación nos esta haciendo daño a todos.

El peso de una historia multisecular, controlada y dominada por el varón, nos impide tomar conciencia del empobrecimiento que significa para la Iglesia prescindir de una presencia más eficaz de la mujer. Nosotros no las escuchamos, pero Dios puede suscitar mujeres creyentes, llenas de espíritu profético, que nos contagien alegría y den a la Iglesia un rostro más humano. Serán una bendición. Nos enseñarán a seguir a Jesús con más pasión y fidelidad.

José Antonio Pagola

Mensaje del Papa para la Jornada Mundial de la Paz

Perdona nuestras ofensas, concédenos tu paz

I. Escuchando el grito de la humanidad amenazada

1. Al inicio de este nuevo año que nos da el Padre celestial, tiempo jubilar dedicado a la esperanza, dirijo mi más sincero deseo de paz a toda mujer y hombre, en particular a quien se siente postrado por su propia condición existencial, condenado por sus propios errores, aplastado por el juicio de los otros, y ya no logra divisar ninguna perspectiva para su propia vida. A todos ustedes, esperanza y paz, porque este es un Año de gracia que proviene del Corazón del Redentor.

2. En el 2025 la Iglesia católica celebra el Jubileo, evento que colma los corazones de esperanza. El “jubileo” se remonta a una antigua tradición judía, cuando el sonido de un cuerno de carnero —en hebreo yobel— anunciaba, cada cuarenta y nueve años, uno de clemencia y liberación para todo el pueblo (cf. Lv 25,10). Este solemne llamamiento debía resonar idealmente en todo el mundo (cf. Lv 25,9), para restablecer la justicia de Dios en distintos ámbitos de la vida: en el uso de la tierra, en la posesión de los bienes, en la relación con el prójimo, sobre todo respecto a los más pobres y a quienes habían caído en desgracia. El sonido del cuerno recordaba a todo el pueblo —al que era rico y al que se había empobrecido— que ninguna persona viene al mundo para ser oprimida; somos hermanos y hermanas, hijos del mismo Padre, nacidos para ser libres según la voluntad del Señor (cf. Lv 25,17.25.43.46.55).

3. También hoy, el Jubileo es un evento que nos impulsa a buscar la justicia liberadora de Dios sobre toda la tierra. Al comienzo de este Año de gracia, en lugar del cuerno nosotros quisiéramos ponernos a la escucha del «grito desesperado de auxilio» que, como la voz de la sangre de Abel el justo, se eleva desde muchas partes de la tierra (cf. Gn 4,10), y que Dios nunca deja de escuchar. También nosotros nos sentimos llamados a ser voz de tantas situaciones de explotación de la tierra y de opresión del prójimo. Dichas injusticias asumen a menudo la forma de lo que san Juan Pablo II definió como «estructuras de pecado», porque no se deben sólo a la iniquidad de algunos, sino que se han consolidado —por así decirlo— y se sostienen en una complicidad extendida.

4. Cada uno de nosotros debe sentirse responsable de algún modo por la devastación a la que está sometida nuestra casa común, empezando por esas acciones que, aunque sólo sea indirectamente, alimentan los conflictos que están azotando la humanidad. Así se fomentan y se entrelazan desafíos sistémicos, distintos pero interconectados, que asolan nuestro planeta. Me refiero, en particular, a las disparidades de todo tipo, al trato deshumano que se da a las personas migrantes, a la degradación ambiental, a la confusión generada culpablemente por la desinformación, al rechazo de toda forma de diálogo, a las grandes inversiones en la industria militar. Son todos factores de una amenaza concreta para la existencia de la humanidad en su conjunto. Por tanto, al comienzo de este año queremos ponernos a la escucha de este grito de la humanidad para que todos, juntos y personalmente, nos sintamos llamados a romper las cadenas de la injusticia y, así, proclamar la justicia de Dios. Hacer algún acto de filantropía esporádico no es suficiente. Se necesitan, por el contrario, cambios culturales y estructurales, de modo que también se efectúe un cambio duradero.

II. Un cambio cultural: todos somos deudores

5. El evento jubilar nos invita a emprender diversos cambios, para afrontar la actual condición de injusticia y desigualdad, recordándonos que los bienes de la tierra no están destinados sólo a algunos privilegiados, sino a todos. Puede ser útil recordar lo que escribía san Basilio de Cesarea: «¿Qué cosa, dime, te pertenece? ¿De dónde la has tomado para ponerla en tu vida? […] ¿Acaso no saliste desnudo del vientre de tu madre?, ¿no tornarás desnudo nuevamente a la tierra? Los bienes presentes, ¿de dónde te vienen? Si dices del azar, eres impío, porque no reconoces al Creador, ni das gracias al que te ha dado». Cuando falta la gratitud, el hombre deja de reconocer los dones de Dios. Sin embargo, el Señor, en su misericordia infinita, no abandona a los hombres que pecan contra Él; confirma más bien el don de la vida con el perdón de la salvación, ofrecido a todos mediante Jesucristo. Por eso, enseñándonos el “Padre nuestro”, Jesús nos invita a pedir: «Perdona nuestras ofensas» (Mt 6,12).

6. Cuando una persona ignora el propio vínculo con el Padre, comienza a albergar la idea de que las relaciones con los demás puedan ser gobernadas por una lógica de explotación, donde el más fuerte pretende tener el derecho de abusar del más débil. Como las élites en el tiempo de Jesús, que se aprovechaban de los sufrimientos de los más pobres, así hoy en la aldea global interconectada, el sistema internacional, si no se alimenta de lógicas de solidaridad y de interdependencia, genera injusticias, exacerbadas por la corrupción, que atrapan a los países más pobres. La lógica de la explotación del deudor también describe sintéticamente la actual “crisis de la deuda” que afecta a diversos países, sobre todo del sur del mundo.

7. No me canso de repetir que la deuda externa se ha convertido en un instrumento de control, a través del cual algunos gobiernos e instituciones financieras privadas de los países más ricos no tienen escrúpulos de explotar de manera indiscriminada los recursos humanos y naturales de los países más pobres, a fin de satisfacer las exigencias de los propios mercados. A esto se agrega que diversas poblaciones, más abrumadas por la deuda internacional, también se ven obligadas a cargar con el peso de la deuda ecológica de los países más desarrollados. La deuda ecológica y la deuda externa son dos caras de una misma moneda de esta lógica de explotación que culmina en la crisis de la deuda. Pensando en este Año jubilar, invito a la comunidad internacional a emprender acciones de remisión de la deuda externa, reconociendo la existencia de una deuda ecológica entre el norte y el sur del mundo. Es un llamamiento a la solidaridad, pero sobre todo a la justicia.

8. El cambio cultural y estructural para superar esta crisis se realizará cuando finalmente nos reconozcamos todos hijos del Padre y, ante Él, nos confesemos todos deudores, pero también todos necesarios, necesitados unos de otros, según una lógica de responsabilidad compartida y diversificada. Podremos descubrir «definitivamente que nos necesitamos y nos debemos los unos a los otros».

III. Un camino de esperanza: tres acciones posibles

9. Si nos dejamos tocar el corazón por estos cambios necesarios, el Año de gracia del jubileo podrá reabrir la vía de la esperanza para cada uno de nosotros. La esperanza nace de la experiencia de la misericordia de Dios, que es siempre ilimitada.

Dios, que no debe nada a nadie, continúa otorgando sin cesar gracia y misericordia a todos los hombres. Isaac de Nínive, un Padre de la Iglesia oriental del siglo VII, escribía: «Tu amor es más grande que mis ofensas. Insignificantes son las olas del mar respecto al número de mis pecados; pero, si pesamos mis pecados, respecto a tu amor, se esfuman como la nada». Dios no calcula el mal cometido por el hombre, sino que es inmensamente «rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó» (Ef 2,4). Al mismo tiempo, escucha el grito de los pobres y de la tierra. Bastaría detenerse un momento, al inicio de este año, y pensar en la gracia con la que cada vez perdona nuestros pecados y condona todas nuestras deudas, para que nuestro corazón se inunde de esperanza y de paz.

10. Por eso Jesús, en la oración del “Padre nuestro”, establece una afirmación muy exigente: «como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden», después de que hemos pedido al Padre la remisión de nuestras ofensas (cf. Mt 6,12). Para perdonar una ofensa a los demás y darles esperanza es necesario, en efecto, que la propia vida esté llena de esa misma esperanza que llega de la misericordia de Dios. La esperanza es sobreabundante en la generosidad, no calcula, no exige cuentas a los deudores, no se preocupa de la propia ganancia, sino que tiene como punto de mira un sólo fin: levantar al que está caído, vendar los corazones heridos, liberar de toda forma de esclavitud.

11. Al inicio de este Año de gracia, quisiera, por tanto, sugerir tres acciones que puedan restaurar la dignidad en la vida de poblaciones enteras y volver a ponerlas en camino sobre la vía de la esperanza, para que se supere la crisis de la deuda y todos puedan volver a reconocerse deudores perdonados.

Sobre todo, retomo el llamamiento lanzado por san Juan Pablo II con ocasión del Jubileo del año 2000, de pensar «en una notable reducción, si no en una total condonación, de la deuda internacional, que grava sobre el destino de muchas naciones». Que, reconociendo la deuda ecológica, los países más ricos se sientan llamados a hacer lo posible para condonar las deudas de esos países que no están en condiciones de devolver lo que deben. Ciertamente, para que no se trate de un acto aislado de beneficencia, que lleve a correr el riesgo de desencadenar nuevamente un círculo vicioso de financiación-deuda, es necesario, al mismo tiempo, el desarrollo de una nueva arquitectura financiera, que lleve a la creación de un Documento financiero global, fundado en la solidaridad y la armonía entre los pueblos.

Además, pido un compromiso firme para promover el respeto de la dignidad de la vida humana, desde la concepción hasta la muerte natural, para que toda persona pueda amar la propia vida y mirar al futuro con esperanza, deseando el desarrollo y la felicidad para sí misma y para sus propios hijos. Sin esperanza en la vida, en efecto, es difícil que surja en el corazón de los más jóvenes el deseo de generar otras vidas. Aquí, en particular quisiera invitar una vez más a un gesto concreto que pueda favorecer la cultura de la vida. Me refiero a la eliminación de la pena de muerte en todas las naciones. Esta medida, en efecto, además de comprometer la inviolabilidad de la vida, destruye toda esperanza humana de perdón y de renovación.

Me atrevo también a volver a lanzar otro llamamiento, apelándome a san Pablo VI y a Benedicto XVI, para las jóvenes generaciones, en este tiempo marcado por las guerras: utilicemos al menos un porcentaje fijo del dinero empleado en los armamentos para la constitución de un Fondo mundial que elimine definitivamente el hambre y facilite en los países más pobres actividades educativas también dirigidas a promover el desarrollo sostenible, contrastando el cambio climático. Debemos buscar que se elimine todo pretexto que pueda impulsar a los jóvenes a imaginar el propio futuro sin esperanza, o bien como una expectativa para vengar la sangre de sus seres queridos. El futuro es un don para superar los errores del pasado, para construir nuevos caminos de paz.

IV. La meta de la paz

12. Aquellos que emprenderán, por medio de los gestos sugeridos, el camino de la esperanza, podrán ver cada vez más cercana la tan anhelada meta de la paz. El salmista nos confirma en esta promesa: cuando «el Amor y la Verdad se encontrarán, la Justicia y la Paz se abrazarán» ( Sal 85,11). Cuando me despojo del arma del préstamo y restituyo la vía de la esperanza a una hermana o a un hermano, contribuyo al restablecimiento de la justicia de Dios en esta tierra y me encamino con esta persona hacia la meta de la paz. Como decía san Juan XXIII, la verdadera paz sólo podrá nacer de un corazón desarmado de la angustia y el miedo de la guerra.

13. Que el 2025 sea un año en el que crezca la paz. Esa paz real y duradera, que no se detiene en las objeciones de los contratos o en las mesas de compromisos humanos. Busquemos la verdadera paz, que es dada por Dios a un corazón desarmado: un corazón que no se empecina en calcular lo que es mío y lo que es tuyo; un corazón que disipa el egoísmo en la prontitud de ir al encuentro de los demás; un corazón que no duda en reconocerse deudor respecto a Dios y por eso está dispuesto a perdonar las deudas que oprimen al prójimo; un corazón que supera el desaliento por el futuro con la esperanza de que toda persona es un bien para este mundo.

14. El desarme del corazón es un gesto que involucra a todos, a los primeros y a los últimos, a los pequeños y a los grandes, a los ricos y a los pobres. A veces, es suficiente algo sencillo, como «una sonrisa, un gesto de amistad, una mirada fraterna, una escucha sincera, un servicio gratuito». Con estos pequeños-grandes gestos, nos acercamos a la meta de la paz y la alcanzaremos más rápido; es más, a lo largo del camino, junto a los hermanos y hermanas reunidos, nos descubriremos ya cambiados respecto a cómo habíamos partido. En efecto, la paz no se alcanza sólo con el final de la guerra, sino con el inicio de un mundo nuevo, un mundo en el que nos descubrimos diferentes, más unidos y más hermanos de lo que habíamos imaginado.

15. ¡Concédenos tu paz, Señor! Esta es la oración que elevo a Dios, mientras envío mis mejores deseos para el año nuevo a los jefes de estado y de gobierno, a los responsables de las organizaciones internacionales, a los líderes de las diversas religiones, a todas las personas de buena voluntad.

Perdona nuestras ofensas, Señor,
como nosotros perdonamos a los que nos ofenden,
y en este círculo de perdón concédenos tu paz,
esa paz que sólo Tú puedes dar
a quien se deja desarmar el corazón,
a quien con esperanza quiere remitir las deudas de los propios hermanos,
a quien sin temor confiesa de ser tu deudor,
a quien no permanece sordo al grito de los más pobres.

Vaticano, 8 de diciembre de 2024
FRANCISCO

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La ONU proclama un segundo decenio de los afrodescendientes

OHCHR

El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Volker Türk, acogió con satisfacción la proclamación del Segundo Decenio Internacional de los Afrodescendientes por parte de la Asamblea General de las Naciones Unidas ayer, 17 de diciembre. El nuevo decenio, que comenzará en 2025, se basará en los avances de los últimos diez años para promover los derechos humanos de los afrodescendientes en todo el mundo.

“La justicia racial exige una acción colectiva. Para garantizar los plenos derechos y libertades de las personas de ascendencia africana, los Estados y todos nosotros debemos hacer frente de manera eficaz a los legados de la esclavitud y el colonialismo, desmantelar el racismo sistémico y ofrecer justicia reparadora. Necesitamos acciones audaces para lograr un cambio real”, afirmó el Alto Comisionado.

Como coordinador del Decenio Internacional, Türk señaló que otro objetivo importante es la elaboración y adopción de un proyecto de declaración de las Naciones Unidas sobre el respeto, la protección y el cumplimiento de los derechos humanos de los afrodescendientes.

Durante el primer Decenio Internacional, a pesar de los desafíos persistentes, más de 30 países cambiaron sus leyes y políticas para combatir la discriminación racial y abordar cuestiones específicas que enfrentan las personas de ascendencia africana, en algunos casos por primera vez. Se creó el Foro Permanente para las Cuestiones Indígenas sobre los Afrodescendientes, así como Días Internacionales para celebrar las contribuciones de las personas de ascendencia africana, incluidas las mujeres y las niñas.

Un liderazgo firme, voluntad política y mayores recursos financieros y humanos son fundamentales para alcanzar los objetivos finales del Decenio de reconocimiento, justicia y desarrollo para los afrodescendientes. También es esencial garantizar su participación significativa en las políticas y decisiones que afectan a sus vidas.

La Oficina de Derechos Humanos de la ONU seguirá trabajando para promover acciones concretas y significativas y para apoyar a las personas de ascendencia africana en la reivindicación de sus derechos humanos. Esto incluye el apoyo a la implementación de la Agenda del Alto Comisionado para un cambio transformador en pro de la justicia y la igualdad raciales, así como a los ocho mecanismos de derechos humanos de la ONU contra el racismo.

Asamblea general y nueva coordinación de los LMC

Del 9 al 15 de diciembre pasado se celebró la VII Asamblea General de los Laicos Misioneros Combonianos (LMC) en la casa comboniana de Maia (Portugal). El lema de la asamblea fue «Todos juntos para la misión». Los 29 participantes -20 LMC y 9 misioneros combonianos- procedían de 16 países de tres continentes: África (9), América (9) y Europa (11). Durante la asamblea fueron elegidos los miembros del nuevo Comité Central que coordinará los LMC durante los próximos seis años.

comboni.org

La mañana del primer día se dedicó a la oración. La misa de apertura estuvo presidida por el Padre Fernando Domingues, Superior Provincial de Portugal. El martes 10 y el viernes 13 se escucharon testimonios online de los LMC que trabajan en comunidades internacionales en Mozambique, Kenia, República Centroafricana, Perú y Brasil. El miércoles 11 tuvo lugar un encuentro online con representantes de los Consejos Generales de la Familia Comboniana. El jueves por la tarde, los participantes peregrinaron al Santuario Mariano de Fátima.

Los principales temas tratados durante la Asamblea fueron: la presentación del camino recorrido por cada grupo de LMC de los diferentes países durante los últimos seis años, y la reflexión y aprobación del estatuto de los LMC, que será presentado al Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida.

Nuevo comité central 2024, elegido en la asamblea de Maia.

El sábado 14 fueron elegidos los miembros del nuevo Comité Central que coordinará los LMC durante los próximos seis años (en la foto, de izquierda a derecha): Flavio Schmidt, de Brasil, Mukami Anne Mutheede, de Kenia, Anna Obyrtacz, de Polonia, y Alberto de la Portilla, de España, que fue reelegido como coordinador general.

Alberto, en el comunicado que dirigió a los LMC y a toda la Familia Comboniana, subrayó las esperanzas que nacen de esta nueva asamblea: «una asamblea que esperamos nos ayude a madurar y profundizar nuestra vocación en todos los rincones del mundo, y a adquirir responsabilidad en nuestro camino de autonomía a todos los niveles».

Evangelizar en Estados Unidos

Isabelle Kahambu Valinande, mc
Desde S. Antonio Texas (EEUU)

Me llamo Isabelle Kahambu Valinande y soy de la República Democrática del Congo. Después de haber trabajado casi 10 años en México, ahora vivo otra misión diferente en San Antonio Texas, Estados Unidos, trabajando con los migrantes. ¡Nunca antes había podido imaginar que un país tan grande y poderoso como Estados Unidos necesitara ser evangelizado!

En mi vida he tenido que afrontar muchos retos, uno de los más grandes ha sido la inserción en una nueva cultura. He tenido que dejar de lado lo mío y acoger costumbres y modos de hacer nuevos. He tenido que empezar de cero, haciéndome “ignorante” para dejarme enseñar y aprender a amar lo desconocido. No ha sido fácil para mí.

Actualmente en los Estados Unidos vivo retos nuevos y situaciones que a veces no entiendo. Trabajo en un centro de acogida de migrantes donde llegan personas de diferentes partes del mundo. El sufrimiento que ellos viven en su periplo, es una realidad que destroza mi corazón. Sólo ellos y Dios saben cómo pueden sobrevivir a tales experiencias. ¡Al escuchar sus historias se te encoge el corazón!

Al conocer sus realidades, experimento una gran dificultad e impotencia, al no poder brindarles la ayuda que ellos necesitan. Sin embargo, el tiempo compartido con ellos, la escucha, la acogida, la sonrisa que les brindo, alientan también mi esperanza. Frente a estas actitudes, ellos también, en confianza, abren sus corazones y comparten sus experiencias. Yo correspondo ofreciendo mis oraciones. Algo bello que me inspira esperanza es el contemplar su persistencia, lucha y determinación en alcanzar sus sueños, lograr una vida mejor para sus familias.

Muchas veces me pregunto, ¿por qué tantas personas deben dejar sus tierras, sus costumbres y arriesgar sus vidas para llegar a un nuevo lugar donde nadie los espera, ni tienen casa ni trabajo? Muchas personas han sido obligadas a dejar todo en sus países a cambio de una seguridad en otro país buscando un trato digno para vivir en paz y empezar una nueva vida. ¿Y qué encuentran? Dificultades, incomprensiones, rechazo… ¡Es muy duro sentirse tratado de ese modo!

He conocido a mucha gente que me reta, diciendo que no hay necesidad de ir en misión a Europa o América o Asia porque ellos lo tienen todo… e incluso me dicen que no estoy en misión, que estoy de paseo por Estados Unidos. Desgraciadamente, muchas veces nos quedamos en las apariencias sin conocer la realidad. La verdadera riqueza no se limita a las cosas materiales, sino que se encuentra en la persona de Cristo que nos ama y dio su vida para salvarnos… y no sólo los países o continentes del Tercer Mundo merecen o necesitan ser evangelizados.

Yo vivo también esas incomprensiones e incoherencias. Sin embargo, mi fuerza para seguir adelante ha sido la oración y el aceptar aprender de los demás. He abrazado esta vida para servir a Cristo a través de los demás. Como congregación internacional, estamos dispuestas a entrar en la realidad del mundo donde nos encontremos, es decir, conocer su cultura, sus costumbres y tradiciones, incluyendo el idioma del lugar, lo que nos permite insertarnos. Todo esto me hace sentir feliz y realizada, y es un impulso para seguir adelante.

Me siento orgullosa y feliz de aportar mi contribución a la evangelización allí donde he ido en misión, de compartir mi riqueza familiar, cultural, diocesana y nacional con otras razas, pueblos, naciones… pero también de aprender de ellos.

He descubierto en mi vida que mientras más se comparte con los demás, más se aprende y se adquieren nuevos conocimientos y existe mayor apertura al mundo. Mi felicidad está en el compartir con lo demás los dones y talentos que Dios me ha regalado, es decir, mi vida.

Peregrinos y misioneros de la esperanza

San Daniel Comboni, gran misionero de África Central, dijo que si tuviera mil vidas, daría éstas por la misión. Ante tantas dificultades, Comboni se dejó guiar, desde muy joven, por el amor y la esperanza que nacen del corazón del Buen Pastor.

Por: P. Wédipo Paixão, mccj

Dicen por ahí que, «tiempos difíciles, forman hombres fuertes»; a eso añadiría: «en tiempos difíciles, vividos con fe, surgen los santos». Del carisma de Comboni, otras tantas vidas han seguido sus pasos y se han entregado «a los más pobres y abandonados». Hoy más que nunca, la misión requiere de nuevas fuerzas; jóvenes entregados a la causa del Evangelio y que testimonien a Jesús al llevar su amor a quienes viven en las periferias de la existencia.

Un dato visible es que los sacerdotes cada vez son menos y están envejeciendo. También es verdad que muchos jóvenes se han alejado de la Iglesia por diversos motivos, entre ellos están la duda, la desconfianza y hasta el rechazo; promovidos por ambientes anticlericales. La esperanza no nos defrauda, porque ponemos nuestra confianza en manos de Dios, quien tiene la «última palabra», y que es Palabra de vida y salvación para todos.

Al iniciar este año jubilar, el papa Francisco nos invita a redescubrir los tesoros de nuestra fe y a renovar nuestra vocación misionera de bautizados. Esta es la noticia que llena de sentido nuestra existencia. La fe nos motiva para enfrentar el mal, como lo hizo Jesús. Así lo han hecho los mártires y los santos que siguieron su ejemplo.

¿Qué haría Cristo en mi lugar? Sin duda, construir puentes y derribar barreras. La misión de la Iglesia construye puentes, no sólo entre las culturas y las naciones, sino también entre las generaciones. Puentes que sobrepasan el tiempo, «porque el amor es más fuerte que la muerte» (Cant 8,6).

Quien ama, entra en una comunión de vida que supera los tiempos y reúne a todos en un solo pueblo, una sola familia y un solo hogar –el corazón de Dios–, en el que moran todos los justos que han sido, son y serán en el cuerpo de Cristo, extendido en las dimensiones del cosmos y de la historia; y en un solo templo, cuyo arquitecto es el Espíritu Santo, impulso del amor.

La misión consiste en transmitir la fe hasta los confines de la tierra. ¿Cómo se hace esto? El papa Francisco escribe: «Esta transmisión de la fe, corazón de la misión de la Iglesia, se realiza por el “contagio” del amor, en el que la alegría y el entusiasmo expresan el descubrimiento del sentido y la plenitud de la vida. La propagación de la fe por atracción exige corazones abiertos, dilatados por el amor». En efecto, sólo el amor no conoce límites.

Y éste, es especialmente sensible a las extremas periferias de la fe: los alejados, los indiferentes e incluso los opuestos y contrarios. También a cualquier periferia material o espiritual. He aquí una afirmación tan audaz como certera: «Cualquier pobreza material y espiritual, cualquier discriminación de hermanos y hermanas siempre es consecuencia del rechazo a Dios y a su amor».

Con lenguaje accesible para los jóvenes, el Papa les dice que hoy los confines de la tierra parecen fácilmente «navegables» en el mundo digital. «Sin embargo –observa–, sin el compromiso de nuestras vidas, podremos tener miles de contactos, pero no estaremos nunca inmersos en una verdadera comunión de vida».

Podríamos pensar: ¿Es posible lograr una comunión de vida que rompa puentes y barreras al margen de Dios, de Cristo y de la Iglesia? Quienes lo intentan o lo han intentado sin conocer el Evangelio no están «al margen» divino ni de Cristo ni de la Iglesia. Los mártires y los santos han procurado responder a este llamado de Jesús (cf Lc 9,23-25), no como un asunto más para realizar en la vida.

Por ello, el papa Francisco señala: «Me atrevería a decir que, para un joven que quiere seguir a Cristo, lo esencial es la búsqueda y la adhesión a la propia vocación». Ciertamente, al llamado se responde con la misión, y todo cristiano tiene una encomienda: descubrir y seguir la propia vocación, es de lo más fascinante y transcendente. En ese sentido, y aludiendo a las experiencias de voluntariado y evangelización, el Papa añade que la formación de cada uno de los jóvenes no sólo es una preparación para el éxito profesional, «sino el desarrollo y el cuidado de un don del Señor para servir mejor a los demás».

Seguir al Maestro, significa avanzar por aguas más profundas, donde Él nos pide echar las redes. La novedad del seguimiento de Jesús no radica en quedarse a «las orillas de la vida», sino en «avanzar». Quien transita hacia la otra orilla con Cristo, siempre va al encuentro de otros que ya esperan. Con Jesús nos hacemos mensajeros y peregrinos de la esperanza, pues los pobres y marginados ya están cansados de tantas malas noticias y muchos se encuentran enfermos y desesperados, y por ello gritan: «Señor ,ten compasión de mí».

No cerremos nuestros ojos y oídos ante el clamor de nuestros hermanos, porque en ellos está la voz del Señor que nos dice: ¡ven y sígueme! Al ser peregrinos de esperanza, miramos siempre adelante, teniendo nuestros ojos puestos en Jesús, quien nos invita a mantenernos atentos a los signos de los tiempos.

Joven: ¡También tú puedes ser un peregrino-misionero de la esperanza! Atrévete a entrar en contacto con los Misioneros Combonianos y a vivir una profunda experiencia misionera.