Muchas instituciones, grupos, asociaciones y parroquias tienen su fuente de espiritualidad o están consagradas al Sagrado Corazón de Jesús. Dada la importancia de la celebración quisiera ref lexionar en el ámbito vocacional sobre esta devoción que ha iluminado, sostenido y guiado a tantos santos en su misión. Primero, tomemos como fundamento que el corazón es mencionado varias veces en las Sagradas Escrituras como lugar donde la razón y la emoción se encuentran; a partir de éstas (razón y emoción) se toman decisiones, por ello es una forma de simbolizar la conciencia de la persona. Tan es verdad lo anterior, que el mandamiento más importante es «amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y a tu prójimo como a ti mismo» (Mt 27,37-39). Los salmos 51 y 85 rezan «crea en mí un corazón nuevo» (Sal 51) y «mantiene mi corazón en el temor de tu nombre» (Sal 85). Por tanto, el corazón es el símbolo del amor, de lo más íntimo, del afecto, del cariño, de la entrega total. Cuando los enamorados se declaran dicen: «te amo con todo mi corazón» o «te guardo en mi corazón». Jesús dice en los Evangelios: «donde está el corazón, ahí está el tesoro, ahí está el corazón de la persona» (cf Lc 12,34) y que «del corazón salen las cosas malas» (cf Mt 15). El corazón refiere a lo más íntimo que tenemos, a lo más escondido y vital; el «tesoro» es lo que tiene más valor, lo que nos da seguridad para el hoy y para el futuro. Por eso Cristo nos invita a aprender de Él, que tiene un «corazón manso y humilde» (Mt 11,28-30). Pues bien, al hablar del corazón hablamos metafóricamente del amor. Y amar exige responsabilidad y compromiso, requiere un constante donarse a sí mismo, como una vela encendida que se consume en silencio para iluminar a los demás. Del mismo modo que una vela que no se enciende no sirve para nada, una vida sin amor, no tiene sentido.
Qué pena saber que muchos jóvenes han perdido esa capacidad de enamorarse de la vida, de entregarse de corazón, asumiendo los riesgos que eso pueda traer. Por eso debemos pedir que seamos transformados por la caridad, es decir, por el amor que brota del corazón de Jesús, pues al mirar al Crucificado entendemos cuál es la medida a la que es-tamos llamados: amar hasta dar la vida por el prójimo. Toda vida puesta al servicio del Reino de la verdad y de la justicia, es una existencia que no se pierde, sino que se multiplica. En eso consiste la libertad que viene de Cristo, Él nos entrega su vida, y quien con Él sube a la cruz, «muere» por toda la humanidad; ese amor no excluye a nadie… Amar es siempre «un morir» para que otros tengan vida. Una vocación sólo puede realizarse realmente cuando se ama de verdad. Quizá esta sea la paradoja de nuestro tiempo, querer amor sin antes amar, pedir sin antes ofrecer. Amar es un ejercicio que se aprende cada día. Cada vez que abrimos el corazón a la gracia de Dios y al prójimo, nos volvemos más sensibles al dolor del otro, y aunque no podamos resolver todos los sufrimientos ajenos, seremos solidarios con el prójimo. Queridos jóvenes, abramos nuestro interior al corazón del Buen Pastor, para que cada instante de nuestra vida sea un constante «perder la vida» al amar a los más necesitados y abandonados… para que encontremos en el rostro de cada hermano que sufre el rostro del mismo Cristo, que desde la cruz tiene su Corazón desbordado y da su vida para que todos tengamos vida en abundancia (Jn 10,10).
Testimonio de Didier Alonso Bermúdez, novicio comboniano
Cuéntanos de ti
Mi nombre es Didier Alonso Bermúdez Usuga, tengo 29 años, nací en Apartadó, Antioquia, Colombia. Hijo de Pedro Luis Bermúdez Jaramillo, asesinado por los paramilitares y Rosalba Usuga, el menor de 3 hermanos. Hice mis sacramentos en la parroquia de mi barrio San Francisco de Asís, donde crecí frecuentando siempre la santa misa y demás sacramentos, participé de diferentes grupos apostólicos como la infancia misionera, legión de María infantil, grupo juvenil, fui catequista por varios años. Todo ello ayudó a madurar mi fe.
¿Por qué te llamó la atención nuestro instituto misionero?
Conocí los misioneros combonianos gracias a un padre de mi diócesis de Apartadó, el padre Alberto Domicó. Al ver mi entusiasmo misionero me propuso entrar a una comunidad religiosa misionera. El padre Alberto me dio dos números de teléfono para ponerme en contacto con dos comunidades; en la primera que llame no me contestaron y el segundo número era de los misioneros combonianos quienes me contestaron. Allí, empecé mi discernimiento con el padre Martin Bolaños quien me ayudó a conocer a San Daniel Comboni y el instituto.
Cuando visité por primera vez el seminario del postulantado en Medellín, fue de mucho impacto para mí el recibimiento, la acogida, sencillez y apertura del P. Martín Bolaños y del P. Mateo Téllez. Estuve de misión en la Semana Santa del 2018 con los dos padres combonianos junto a otros aspirantes, lo cual me motivó aún más para ingresar. En junio ingresé al seminario comboniano e inicié mis estudios en la CRC (Conferencia de Religiosos de Colombia), conociendo otras comunidades religiosas y la gran riqueza que hay dentro de la Iglesia.
En el año 2019 inicié la filosofía en la Universidad Católica Luis Amigó de esta ciudad donde era el único religioso en las clases de filosofía e inglés. Eso era muy llamativo para los demás y para mí, y el compartir con ellos enriqueció mucho mi vocación.
La pastoral la realicé en la parroquia San Alberto Hurtado de nuestro barrio y el sector la Huerta, donde pude trabajar con alegría y empeño especialmente con los jóvenes. También colaboré en el comedor Emanuel, que le da alimentos todos los días a los habitantes de calle.
¿Cómo es tu vida ahora que estás en el noviciado de México?
El noviciado ha sido una etapa única. El vivir con otros hermanos de distintas nacionalidades, el encontrarme conmigo mismo y con Cristo, el profundizar mi vida de fe y oración, mi confianza en el Señor, el paso de Dios por mi vida ha sido maravilloso, lo cual agradezco todos los días. El conocer y profundizar la vida de San Daniel Comboni, el amor al Instituto, al cual reconozco como mi gran familia misionera, el tener un ritmo de vida dentro del noviciado, con sus espacios para crecer como persona y como cristiano y poder así amar y donarme con alegría a la misión. El padre maestro y su socio son dos grandes amigos que me han ayudado mucho en mi caminar y discernimiento vocacional hacia la vida misionera comboniana.
Algo que también ha marcado mi vida dentro del noviciado han sido las dos experiencias que propone el itinerario formativo. La experiencia de comunidad la hice en el Oasis, lugar de reposo para sacerdotes y hermanos ancianos y enfermos de nuestro Instituto, en Guadalajara, México, donde viví con otros hermanos ya consagrados y ancianos, escuchando sus experiencias vividas que me motivaron mucho a seguir las huellas de Cristo Buen Pastor.
La otra experiencia fue en las montañas de Guerrero, en Metlatónoc, México, entre los mixtecos. Fue un desafío grande aprender algunas palabras en mixteco, además de su cultura, sus tradiciones y su alimentación. Fue una experiencia que me motivó mucho a decir “sí Señor, aquí estoy, envíame a mí”. Creo que la apertura, la alegría y el amor abre toda puerta y derriba toda barrera, y eso permite poder llegar a los niños, jóvenes, familias y ancianos, aunque no te entiendan en español, eso motiva y abre corazones.
El noviciado ha representado para mí un tiempo de gracia y bendición en el cual Dios ha pasado por mi vida y ha hecho grandes cosas. No dejo de reconocer siempre la intercesión y la ayuda de la Santísima Virgen María y la motivación de San Daniel Comboni, que frente a las cruces de cada día sentía el amor de Dios que lo acompañaba en cada momento y circunstancia.
¿Cuáles han sido tus dificultades, logros y desafíos a lo largo de todo este proceso?
Yo no lo llamaría dificultades sino purificaciones; momentos en los cuales Dios me ha hecho más fuerte y valiente en la fe, la perseverancia y la confianza. Un reto y logro ha sido la vida comunitaria. Aquí en el noviciado hay hermanos de diferentes nacionalidades. Ahora somos 16. Es un reto y logro vivir en comunidad reconociendo al otro como mi hermano que me ayuda a crecer.
Mi desafío es seguir respondiendo al Señor con generosidad, entrega, amor y fidelidad, darlo todo en cada momento, con cada persona y vivir con alegría y sencillez el amor de Cristo. Deseo ser un misionero comboniano y promover mucho las vocaciones para el Instituto, en especial en Colombia.
¿Cuál es tu mensaje a los jóvenes?
Los invito a darse esta experiencia, porque estas experiencias con el Señor Jesús es mejor vivirlas y no que nos las cuenten, y si leen y conocen a San Daniel Comboni, se van a enamorar mucho más de Jesús y de la misión. Todo joven que esté pensando y tenga ciertos miedos a responderle al Señor lo invito a que dé una respuesta, que dé pasos firmes a la llamada de Cristo, porque yo no me arrepiento de haberle dicho sí al Señor. Por el contrario, me siento muy contento, feliz y decidido a seguir, porque en la misión encontramos el rostro de Cristo sufriente.
Entrevistó: P. Luis Alfredo Pulido Alvarado. Iglesia sin Fronteras
Soy el P. Aldrin Janito, uno de los primeros combonianos filipinos. Fui ordenado sacerdote el 7 de junio de 1999. Después de mi ordenación, fui promotor vocacional desde 1999 hasta 2003. Fui destinado a las misiones de Sololo, diócesis de Marsabit, en Kenia, de 2003 a 2004. Este servicio misionero de dos años marcó mi vida tras ser testigo de la matanza de mi pueblo keniano, que en su mayoría eran líderes religiosos y jóvenes. Fue una experiencia horrible, pero no acabó con mi espíritu misionero. Mi último destino fue Sudáfrica, donde pasé 16 apasionantes años en dos parroquias, Waterval y Acornhoek. Servir en estas dos parroquias como sacerdote no fue fácil. Algunos de los retos a los que me enfrenté fueron el culto ancestral, los diversos idiomas que se hablan en la zona, el crecimiento espiritual y el compromiso eclesial de los jóvenes durante y después de la pandemia del COVID-19, la deficiente prestación de servicios por parte del gobierno local, el abuso desenfrenado del alcohol y las drogas, la delincuencia, como el robo, los embarazos en la adolescencia, la escasa alfabetización, el VIH/SIDA y el desempleo. Como parroquia, intentamos abordar estos problemas acuciantes utilizando alternativas, como la catequesis itinerante (llegar a la gente allí donde esté), la educación complementaria y los servicios de tutoría después de la escuela, el grupo de apoyo al VIH/SIDA, la creación de orfanatos y centros de acogida, la promoción del ecumenismo con otras sectas e iglesias locales, la escuela dominical, etcétera. Como administrador de estas parroquias, aprendí a escuchar y a ejercer la paciencia. Como dice un refrán swahili, “hara haraka haona baraka”, que significa que el que corre rápido corre solo. El espíritu de “Ubuntu”, de trabajar junto con la gente, es esencial. Un misionero que aprende varios idiomas sin conocer la cultura local y las costumbres de la gente corre el riesgo de convertirse en un idiota. Mi participación en el Año Comboniano en Roma, Italia (2013-2014) fortaleció y renovó mi espíritu misionero en Limone, Italia, hogar de nuestro fundador y padre, San Daniel Comboni. Volver a casa para servir a Filipinas, en mi delegación de origen como nuevo animador misionero, es divertido y desafiante. Como postulantes, aprendimos este servicio de nuestros anteriores formadores, los Padres Alberto Silva y Victor Dias. Básicamente consiste en compartir la propia experiencia misionera con la gente, para estimular el interés, y levantar su espíritu apoyando y sosteniendo la misión de Cristo, cerca y lejos; y difundir la revista World Mission en todas las parroquias de Manila como instrumento de formación de la conciencia misionera. Lo que me hizo feliz fue encontrar colaboradores y voluntarios misioneros que, desde hace varios años, trabajan con nosotros, compartiendo libremente su tiempo, su talento y sus tesoros.
Uno de los principales valores que tenemos como Familia Comboniana es la importancia de estar en comunidad, y ahora que he tenido una experiencia fuera del país, en Sudáfrica, he llegado a asimilar más el hecho de estar juntos. Ciertamente habrá discrepancias al vivir juntos, pero eso es algo que enriquece la vida comunitaria.
Por: Fernando Uribe, escolástico comboniano
Desde que tomé la decisión de unirme a esta aventura misionera, en julio de 2011 hasta la fecha, he vivido muchas experiencias que me llevan a agradecer a Dios por todas ellas y a madurar más mi vocación. Dejar familia, casa y amigos puede sonar a «estar solo», pero como dice la Palabra de Dios, «todo el que haya dejado casas o hermanos o hermanas o padre o madre o hijos o tierras por mi nombre, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna» (cf Mt 29,19). Esto es lo que me acompaña en mi viaje de formación durante estos años, el hecho de sentirse en familia y hacer sentir a los demás que viven dentro de una, y con todo y los problemas que puede haber dentro de un núcleo familiar, lo importante es saber cómo tratarlos y permanecer juntos. Además, es precisamente en las diferencias cuando uno crece y aprecia los dones que Dios da a cada uno de los miembros de la familia. Así, he llegado a entender más el llamado que el papa Francisco hace a la comunidad eclesial, a ser una Iglesia sinodal. Esto puede causar cierta confusión por las palabras usadas, pero para entenderlo debemos visualizarla como una Iglesia fraterna. Y para explicarlo quiero contarles la experiencia que tuve al vivir en Sudáfrica, porque me hizo entender aún más esta realidad.
La Iglesia sudafricana promueve y vive la comunión con otras Iglesias y religiones mediante encuentros en los que comparten las necesidades del pueblo para encontrar la mejor manera de atenderlos. Algunos de los ejemplos más claros que manifestó la importancia de caminar juntos fue atender la pandemia de Covid-19 o los problemas de violencia, ya que fueron tratados desde los ángulos social y espiritual. Ser una Iglesia sinodal es ser una Iglesia que está en comunión, que se abre al otro y ve con ojos de Dios al hermano o hermana que nos necesita. Así que la pregunta es, ¿qué estoy haciendo para fomentar la unidad? Seamos esa Iglesia que construye puentes a pesar de las diferencias; seamos capaces de encontrar lo que nos une, el amor de Dios por cada uno de nosotros.
Por: Elena y Paola, novicias combonianas, en San Antonio, Texas
En la formación del postulantado en Granada, España, compartimos la realidad migratoria que se vive ahí. Uno de los apostolados y ministerios es el «Proyecto Girasol», que acoge a inmigrantes de América Latina, Nigeria, Marruecos y otros países. Este proyecto les ofrece cursos que les ayudan a insertarse a nivel laboral y cultural. Por otro lado, la Familia Comboniana en España acompaña a un grupo juvenil misionero para discernir su camino vocacional y sensibilizarse a la realidad social y sus desafíos. Una de sus actividades más significativas se desarrolla durante la Semana Santa. Se propone una convivencia en la casa de los Misioneros Combonianos para reflexionar sobre el Triduo Pascual y hacernos más conscientes de la presencia de Jesús en nuestra vida y en contexto social. Participamos en un «Vía Crucis» itinerante entre diferentes parroquias, para compartir el camino y conectar con la experiencia de los migrantes.
Ahora en el noviciado estamos en San Antonio, Texas, Estados Unidos, en donde es muy evidente la presencia de los migrantes que buscan refugio y una mejor calidad de vida. Una experiencia inter congregacional del verano pasado, en un Centro de acogida migratorio de Caridades Católicas, en la frontera con México, percibimos el dolor y la angustia de muchas familias que, durante el camino, habían sufrido violencia y persecución. Mientras compartían con nosotras sus historias, vimos que su fe les permitía reconocer la presencia de Jesús en su camino, a pesar de muchas dificultades, y agradecer por esta promesa de nueva vida realizada por el Señor para ellos.
En esto, encontramos el sentido de la Resurrección: ante signos de «muerte» e injusticia, es posible descubrir la presencia de Jesús que camina con nosotros y nos da nueva vida. Estamos invitados, como decía el papa Francisco, a experimentar el resplandor divino de Jesús y «fortalecidos en la fe, proseguir juntos el camino con Él». Y tú, ¿cómo dejas que la Resurrección del Señor ilumine tu mirada hacia la realidad del mundo?
P. David Esquivel, misionero comboniano: “Esto es lo mío”
Por: P. Zoé Musaka, mccj (Mundo Negro)
La vida misionera del P. David Esquivel está entrañablemente unida a Chad, el país que comenzó a amar incluso antes de visitarlo. Una y otra vez, este misionero comboniano mexicano ha regresado a «su» país de misión para compartir su vida con la gente y anunciar la Buena Noticia. La llamada a seguir a Jesús como misionero se cruzó en su vida cuando tenía 18 años y, aunque le costó, terminó por decirle «sí», aunque eso significó tener que abandonar sus prometedores estudios de Ingeniería. Queridos amigos, el P. David nos enseña que hay que atreverse y ser audaces en el seguimiento de Jesús, aunque ello suponga ciertas renuncias. Al final, siempre recibimos el ciento por uno. No dudéis en poner a Cristo en el centro de vuestras vidas. Sed jóvenes audaces, enamorados de Cristo y en búsqueda continua de lo que Él quiere para vosotros. Seguro que es lo mejor.
Háblanos de tu familia y de tu infancia.
Soy el mayor de seis hijos y el único varón. Una de mis hermanas es adoptada. Mi padre murió en 2013 y mi madre vive todavía. Somos una familia cristiana. Mi padre nos llevaba de pequeños todos los domingos a misa, que entonces era en latín, con el sacerdote de espaldas a los fieles. Era un suplicio y se nos hacía eterno, pero a la salida de misa mi padre siempre nos compraba un helado, así que íbamos con esa «devota» motivación. Aunque en México la educación es laica, estudié en un colegio católico y de pequeño me sabía de memoria todos los misterios del rosario. También recuerdo que mi abuelo nos suscribió a una revista editada por los Jesuitas, Vidas Ejemplares, que yo leía con entusiasmo. También cayó en mis manos una vida de san Daniel Comboni, que me gustó mucho, pero sin ninguna particularidad. Era igual que tantas otras vidas ejemplares.
¿Cuándo aparecieron los primeros atisbos de vocación misionera?
Al finalizar Secundaria empecé a estudiar Ingeniería en el Instituto Politécnico Nacional de Ciudad de México. En noviembre de ese año, era 1974, me invitaron a participar en unas jornadas de vida cristiana que organizaban los maristas. Aquellos cuatro días me abrieron completamente los ojos y me dije: «Seguir a Jesucristo. ¡Esto es lo mío!».
Sin embargo, tardaste en decidirte.
Sí, necesité tiempo para ir madurando la decisión. Una noche de febrero de 1976 el Espíritu Santo «estuvo dándome mucho la lata». No pude dormir dando vueltas a lo que debía hacer. Mi padre tenía dos trabajos y se estaba sacrificando mucho para poder pagarme los estudios y que fuera ingeniero que, además, era una profesión que me gustaba. Pero el gusanillo vocacional estaba cada vez más vivo. Confundido, al día siguiente fui a ver al P. Pedro Herrasti, coordinador de aquellas jornadas. El P. Pedro, siempre optimista y tranquilo, me sugirió que me cogiera uno o dos años de descanso del Politécnico y me diera un tiempo de búsqueda; siempre podría regresar para continuar mis estudios. Me habló también de varias congregaciones presentes en México: los Dominicos, los Jesuitas, los propios Maristas o los Misioneros de Guadalupe, muy conocidos en mi país. También nombró a los Combonianos, que eran unos misioneros que iban a África. Al escuchar ese nombre, un clic saltó dentro de mí.
¿Fue entonces cuando te pusiste en contacto con ellos?
Exacto. Me pasaron una dirección de Xochimilco, en la otra punta de Ciudad de México, donde yo vivía, y allí que me fui. El primer comboniano al que conocí fue el P. José Moschetta. Me acogió muy bien y quiso asegurarse de que mi deseo de ser misionero no era una evasiva, pero cuando supo que iba superando bien todas las asignaturas se tranquilizó. El P. Moschetta me invitó a participar en unas jornadas vocacionales que tenían lugar unos meses después. Disfruté tanto en la convivencia con los seminaristas combonianos y con los otros jóvenes participantes que me dije: «Aquí me quedo».
Y tuviste que decírselo a tu familia.
Sí, y no fue nada fácil. Se lo tuve que comunicar de forma un poco brusca, solo tres meses antes de mi entrada en el seminario. Mi madre, que es muy emotiva, lloraba. No lo podía aceptar. De hecho, ocho años después, en vísperas de mi ordenación sacerdotal, mantenía la esperanza de que desistiera de mi decisión de ser misionero. Mi padre no dijo nada, aunque sé que sufría interiormente, pero apoyó incondicionalmente mi vocación. En aquel momento manifesté una firmeza que me sorprendía a mí mismo. Hasta entonces nunca me había caracterizado por mi determinación, más bien todo lo contrario. En agosto de 1976, con 20 años, comencé mi camino formativo.
¿Dónde hiciste tu formación?
Primero en México, en el postulantado de Xochimilco y en el noviciado de Cuernavaca, donde emití mis primeros votos religiosos en abril de 1980. Después me enviaron a Francia, donde estudié cuatro años de Teología en el Instituto Católico de París. Allí conocí a un seminarista chadiano llamado Bernard Bessita que orientó mi vida. Hicimos muy buenas migas y enseguida forjamos una gran amistad. Bernard me presentó a muchas personas y familias chadianas, a las que visitábamos con frecuencia. Como al terminar los estudios los superiores nos dan la oportunidad de presentar nuestras sugerencias sobre los países a los que queremos ser enviados a misión, yo lo tuve muy claro: Chad. La misión en este país es bastante difícil por el calor y las muchas lenguas que tienes que aprender. Esto hace que mucha gente no quiera ir allí, pero a mí sí me escucharon.
¿Cuándo llegaste a Chad?
Fui ordenado sacerdote en México el 8 de septiembre de 1984, y apenas dos meses después ya estaba viajando hacia Chad. Como el país estaba en guerra, aterricé en Bangui, la capital de República Centroafricana, donde permanecí tres meses. El 6 de febrero de 1985 llegué a la ciudad de Sarh, donde pude pisar por primera vez la bendita tierra chadiana, cumpliendo así el sueño de mi vida. Hasta ahora sumo 20 años en este país, que he intercalado con varios períodos en México de trabajo en la promoción vocacional y en la formación.
¿Cuál fue tu primer destino chadiano?
La parroquia Santa Teresa del Niño Jesús de la ciudad de Doba, diócesis de Mundú, de la que directamente me nombraron párroco. Mis tres compañeros de comunidad estaban muy ocupados en los territorios rurales de esta enorme parroquia y yo, sin saber el «oficio», tuve que aprenderlo todo: la lengua ngambay, los programas de catequesis, el funcionamiento de los grupos, la pastoral juvenil, el grupo Kem Kogui para la infancia…, todo, así que estaba ocupado y preocupado de la mañana a la noche. Ahí me di cuenta de lo mucho que los misioneros dependemos de los catequistas. Yo tuve la gran suerte de tener a mi lado tres catequistas experimentados que me ayudaron muchísimo, al igual que las oblatas de Santa Teresa, francesas que trabajaban en la parroquia. Fueron seis años fantásticos, donde me sentí misionero al cien por cien. Además, vivía en una Iglesia nueva que estaba creciendo, donde los sacerdotes diocesanos chadianos en todo el país eran menos de 20 para cuatro diócesis. Aunque nos veíamos poco, hice con ellos una buena amistad. Mi amigo, el P. Bernard Bessita, ya les había hablado de mí. Yo era «el amigo de Bernard», y eso hizo que me trataran con una fraternidad particular.
Pero tuviste que regresar a México…
Mi provincia comboniana de origen me pidió y regresé, obediente, para un servicio de tres años en la promoción de vocaciones más otros tres para comenzar el seminario propedéutico. En 1997, después de participar en el curso comboniano de formación permanente, me permitieron regresar a Chad.
¿A la misma parroquia?
No. Esta vez me destinaron a una parroquia rural, San Miguel Arcángel, en Bodo, donde también viví una experiencia maravillosa. Atendíamos 15 sectores con un gran número de comunidades cristianas y creé lazos de amistad con muchas personas. Creo que a través del encuentro con las personas he aprendido más que en los libros. Siempre digo que Doba fue mi bautismo y Bodo mi confirmación en la misión. Después he estado en otras misiones y he prestado otros servicios como la promoción de Justicia y Paz en contenciosos de tierras entre agricultores y ganaderos, o en la defensa de los derechos de las mujeres, un trabajo específico al que damos mucha importancia en Chad, pero siempre llevo en el corazón a mis dos primeras parroquias.
Si tuvieras que empezar de nuevo, ¿volverías a ser misionero?
Nunca me he arrepentido, aunque tengo que decir que estos últimos años han sido más difíciles. Será la edad o que he tenido relaciones comunitarias muy difíciles con algunos compañeros, pero, en cualquier caso, cuando miro hacia atrás me siento muy feliz. Todo ha cambiado en mi vida al entrar en contacto con personas de otros continentes y culturas. Aunque suene un poco utópico, me siento «ciudadano del mundo».
¿Qué les dirías a los jóvenes?
Que no se reduzcan al mundo virtual de las redes sociales y se atrevan a adentrarse en el mundo real. Mirar, tocar, oler y saborear lo cambia todo. Oler la tierra mojada cuando empiezan las lluvias; ver el verde de los campos húmedos; oír los trinos de los pájaros por la mañana y los de los murciélagos en la noche; escuchar a la gente cuando al alba se va al campo; admirar las misas dominicales con esos ballets de gente que danza cadenciosamente y canta con todas sus fuerzas al ritmo frenético de tambores, alabando a Dios… La propuesta de Jesucristo sigue siendo válida. A mí me ha hecho «ser humano» y me sigue haciendo un poco mejor «hermano». Joven que me lees, esto te exige el máximo, para que, desarrollando todas tus potencialidades, seas mejor humano y mejor hermano. Atrévete, ¡sé audaz!, «suelta las amarras, deja la cómoda bahía y vente a navegar mar adentro», como cantábamos en mi parroquia.