Fiesta del Corpus Christi
En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo les voy a dar es mi carne para que el mundo tenga vida”.
Entonces los judíos se pusieron a discutir entre sí: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?” Jesús les dijo: “Yo les aseguro: Si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no podrán tener vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día.
Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él. Como el Padre, que me ha enviado, posee la vida y yo vivo por él, así también el que me come vivirá por mí.
Este es el pan que ha bajado del cielo; no es como el maná que comieron sus padres, pues murieron. El que come de este pan vivirá para siempre”.
(san Juan 6, 51-58)
Yo soy el Pan vivo que ha bajado del cielo
P. Enrique Sánchez González, mccj
Celebramos hoy el don más grande que Jesús ha dado a todos los que nos sentimos discípulos suyos. Se nos ha entregado en cuerpo y sangre, es decir, totalmente con el único deseo de compartirnos el don de la vida que solo puede venir de Dios.
El cuerpo y la sangre del Señor que tomamos en nuestras manos en cada eucaristía y que compartimos como alimento que nutre nuestra vida se nos entrega en un trozo de pan y en un poco de vino.
Se trata de algo muy sencillo y humilde, pero que contiene lo mejor que pudo regalarnos el Señor para garantizar su presencia entre nosotros.
El pan y el vino es lo que se nos da cada día para que nuestro cuerpo tenga la fuerza necesaria para ir hacia adelante en todo lo que la vida nos va presentando. Y Jesús ha querido quedarse entre nosotros como alimento de vida, alimento que nutre, no solo el cuerpo, sino que hace posible que seamos fortalecidos en el espíritu.
Como en el desierto, cuando el pueblo de Dios estaba a punto de sucumbir por la falta de alimento, Dios en su infinita misericordia le dio a su pueblo el maná. Eran unas semillas que transformadas en harina se convertían en pan, un pan que había bajado del cielo y se había convertido en su salvación.
En los tiempos de Jesús, es él mismo que descendió del cielo, en donde estaba junto a su Padre, ya no para dar a sus discípulos un pan que llenará el vientre, sino algo
más, el Pan de vida, el verdadero pan vivo bajado del cielo, para que quienes se nutran de ese pan tengan vida para siempre, como dicen los primeros versículos del evangelio de este domingo.
Seguramente escuchando estas palabras nos hemos preguntado ¿qué es lo que nutre nuestras vidas hoy? ¿De qué pan nos llenamos el estómago pensando que será lo que nos permita vivir fuertes y saludables? ¿Qué necesitamos realmente para sentir que tenemos vida y que no estamos únicamente sobreviviendo con el pasar de los días?
No podemos ignorar que hoy existe una gran preocupación por todo aquello que consumimos para estar bien. Casi podríamos decir que existe un culto por aquello que se come, aunque la preocupación puede ser sana, pues con tanta manipulación de los alimentos, muchas veces, ya no sabemos lo que comemos.
Detenernos a reflexionar en la palabra del Señor que nos habla del pan que la vida nos hace caer también la cuenta de que vivimos en una sociedad en donde el pan o más bien lo que tiene qué ver con lo que comemos nos hace ver un mundo de contrastes en donde, por una parte la abundancia acaba en el desperdicio y en el desecho escandaloso de alimentos y, por otra parte, muchas personas luchan por tener un bocado para satisfacer el hambre. Y esa realidad no nos puede dejar indiferentes.
Existen muchas personas que son expertas en equilibrar las dietas y los alimentos y sabemos que se tiene que consumir una cantidad determinada de proteínas, que tenemos que consumir frutas y verduras para garantizar la cantidad necesaria de fibra; se nos dice que hay que tener mucho cuidado con las calorías y estar muy atentos con el consumo de azúcar y más todavía con los aceites, que no pueden ser cualesquiera.
El interés por mantener cuerpos sanos, fuertes y bien desarrollados es algo que ocupa la atención y el cuidado de muchas personas y para ello se recomienda evitar las harinas y preferiblemente optar por los panes integrales. Seguramente el pan que Jesús nos ofrece no obedece a esas reglas.
Sin duda, nadie se atrevería a considerar estas preocupaciones como algo desproporcionado y es bueno cuidarse, sobre todo en tiempos en que ya no sabemos mucho qué es lo que llega a nuestras mesas en tantos alimentos procesados.
Pero la pregunta que nos hacemos quiere ir un poquito más allá para ayudarnos a tomar conciencia de que existe algo que está por encima del pan o de los alimentos. Hay una cuestión, una interrogante, que nos obliga a preguntarnos con franqueza ¿cuánto nos estamos alimentando de Cristo?, ¿cuánto estamos reconociendo que sólo Él puede satisfacer las necesidades que nos hacer vivir verdaderamente? y ¿qué nos dice que no es lo que llena el vientre lo que nos puede hacer verdaderamente felices?.
La buena noticia que se nos da en esos cuantos versículos del Evangelio de hoy seguramente nos llenan de alegría, pues nos anuncian que el Señor se ha preocupado por quedarse entre nosotros, justamente como pan que nutre y mantiene vivo a quien lo consume.
Es pan que transforma la vida, porque dejándonos su cuerpo y su sangre es él quien se queda y permanece en nosotros.
Jesús, como pan vivo, es quien responde a nuestra necesidad de nutrir también aquella dimensión de nuestra vida que no puede quedar satisfecha con un trozo de pan. Él es el pan que da vida a nuestra dimensión espiritual.
Él nos ayuda a tomar conciencia de la importancia que tiene alimentarnos de él para no llegar al punto de tener un cuerpo súper bien nutrido y un espíritu raquítico y enfermizo que termine por afectar nuestra vida en su totalidad.
Y, lo más bello que podemos reconocer en la entrega del cuerpo y de la sangre que Jesús nos hace está en que podemos vivir ese gran don cada vez que nos reunimos en su nombre para celebrar la Eucaristía.
En cada eucaristía celebramos el don del pan, primeramente, que se nos da en la celebración que nos permite acoger la Palabra de Dios, como el pan de la Palabra y en la consagración del pan y del vino, que por obra del Espíritu Santo, se transforman para nosotros en el cuerpo y la sangre del Señor.
En la eucaristía recibimos el pan y el vino que se parte y se comparte para que nadie se quede sin el alimento que da vida, para que comulgando al cuerpo y a la sangre del Señor, también nosotros, nos transformemos en pan que se comparte con los necesitados.
Es un pan que estamos llamados a llevar a quienes están aún lejos y que no conocen al Señor. Es el pan de la solidaridad y del servicio, del compromiso y de la entrega misionera a los más necesitados.
Es el pan que se multiplica en la medida en que lo compartimos a través de obras de caridad y de fraternidad.
Finalmente, nutriéndonos del cuerpo y de la sangre del Señor nos damos la oportunidad de poder recibir la vida que solo Dios nos puede dar y seguramente es la vida más saludable que no nos obliga a ajustarnos a dietas exigentes.
Sería muy conveniente que al final de nuestra celebración de esta gran solemnidad pudiésemos grabar en nuestros corazones las palabras del Evangelio que dicen:
Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él. Como el Padre, que me ha enviado, posee la vida y yo vivo por él, así también el que me come vivirá por mí.
Tener presentes estas palabras nos ayudará a desear una mayor participación en nuestras eucaristías y nos permitirán sentir nuestras vidas transformadas por la presencia del Señor que sostiene nuestros cuerpos y nutre nuestro espíritu.
Ojalá esta solemnidad nos ayude a aceptar a Jesús como el único pan del que realmente tenemos necesidad y que comulgando a su cuerpo y a su sangre dejemos que su vida, que es vida eterna, nos mueva a desearlo como el único alimento que nos puede dar la vida que soñamos.
Que, como decimos en cada eucaristía, el cuerpo y la sangre de Cristo sean fuente de vida eterna para quienes vamos a recibirlo.
El sacramento de la memoria
Papa Francisco
«Recuerda todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer» (Dt 8,2). Recuerda: la Palabra de Dios comienza hoy con esa invitación de Moisés. Un poco más adelante, Moisés insiste: “No te olvides del Señor, tu Dios” (cf. v. 14). La Sagrada Escritura se nos dio para evitar que nos olvidemos de Dios. ¡Qué importante es acordarnos de esto cuando rezamos! Como nos enseña un salmo, que dice: «Recuerdo las proezas del Señor; sí, recuerdo tus antiguos portentos» (77,12). También las maravillas y prodigios que el Señor ha hecho en nuestras vidas.
Es fundamental recordar el bien recibido: si no hacemos memoria de él nos convertimos en extraños a nosotros mismos, en “transeúntes” de la existencia. Sin memoria nos desarraigamos del terreno que nos sustenta y nos dejamos llevar como hojas por el viento. En cambio, hacer memoria es anudarse con lazos más fuertes, es sentirse parte de una historia, es respirar con un pueblo. La memoria no es algo privado, sino el camino que nos une a Dios y a los demás. Por eso, en la Biblia el recuerdo del Señor se transmite de generación en generación, hay que contarlo de padres a hijos, como dice un hermoso pasaje:«Cuando el día de mañana te pregunte tu hijo: “¿Qué son esos mandatos […] que os mandó el Señor, nuestro Dios?”, responderás a tu hijo: “Éramos esclavos […] ―toda la historia de la esclavitud― y el Señor hizo signos y prodigios grandes […] ante nuestros ojos» (Dt 6,20-22). Tú le darás la memoria a tu hijo.
Pero hay un problema, ¿qué pasa si la cadena de transmisión de los recuerdos se interrumpe? Y luego, ¿cómo se puede recordar aquello que sólo se ha oído decir, sin haberlo experimentado? Dios sabe lo difícil que es, sabe lo frágil que es nuestra memoria, y por eso hizo algo inaudito por nosotros: nos dejó un memorial. No nos dejó sólo palabras, porque es fácil olvidar lo que se escucha. No nos dejó sólo la Escritura, porque es fácil olvidar lo que se lee. No nos dejó sólo símbolos, porque también se puede olvidar lo que se ve. Nos dio, en cambio, un Alimento, pues es difícil olvidar un sabor. Nos dejó un Pan en el que está Él, vivo y verdadero, con todo el sabor de su amor. Cuando lo recibimos podemos decir: “¡Es el Señor, se acuerda de mí!”. Es por eso que Jesús nos pidió: «Haced esto en memoria mía» (1 Co 11,24). Haced: la Eucaristía no es un simple recuerdo, sino un hecho; es la Pascua del Señor que se renueva por nosotros. En la Misa, la muerte y la resurrección de Jesús están frente a nosotros. Haced esto en memoria mía: reuníos y como comunidad, como pueblo, como familia, celebrad la Eucaristía para que os acordéis de mí. No podemos prescindir de ella, es el memorial de Dios. Y sana nuestra memoria herida.
Ante todo, cura nuestra memoria huérfana. Vivimos en una época de gran orfandad. Cura la memoria huérfana. Muchos tienen la memoria herida por la falta de afecto y las amargas decepciones recibidas de quien habría tenido que dar amor pero que, en cambio, dejó desolado el corazón. Nos gustaría volver atrás y cambiar el pasado, pero no se puede. Sin embargo, Dios puede curar estas heridas, infundiendo en nuestra memoria un amor más grande: el suyo. La Eucaristía nos trae el amor fiel del Padre, que cura nuestra orfandad. Nos da el amor de Jesús, que transformó una tumba de punto de llegada en punto de partida, y que de la misma manera puede cambiar nuestras vidas. Nos comunica el amor del Espíritu Santo, que consuela, porque nunca deja solo a nadie, y cura las heridas.
Con la Eucaristía el Señor también sana nuestra memoria negativa, esa negatividad que aparece muchas veces en nuestro corazón. El Señor sana esta memoria negativa. que siempre hace aflorar las cosas que están mal y nos deja con la triste idea de que no servimos para nada, que sólo cometemos errores, que estamos “equivocados”. Jesús viene a decirnos que no es así. Él está feliz de tener intimidad con nosotros y cada vez que lo recibimos nos recuerda que somos valiosos: somos los invitados que Él espera a su banquete, los comensales que ansía. Y no sólo porque es generoso, sino porque está realmente enamorado de nosotros: ve y ama lo hermoso y lo bueno que somos. El Señor sabe que el mal y los pecados no son nuestra identidad; son enfermedades, infecciones. Y viene a curarlas con la Eucaristía, que contiene los anticuerpos para nuestra memoria enferma de negatividad. Con Jesús podemos inmunizarnos de la tristeza. Ante nuestros ojos siempre estarán nuestras caídas y dificultades, los problemas en casa y en el trabajo, los sueños incumplidos. Pero su peso no nos podrá aplastar porque en lo más profundo está Jesús, que nos alienta con su amor. Esta es la fuerza de la Eucaristía, que nos transforma en portadores de Dios: portadores de alegría y no de negatividad. Podemos preguntarnos: Y nosotros, que vamos a Misa, ¿qué llevamos al mundo? ¿Nuestra tristeza, nuestra amargura o la alegría del Señor? ¿Recibimos la Comunión y luego seguimos quejándonos, criticando y compadeciéndonos a nosotros mismos? Pero esto no mejora las cosas para nada, mientras que la alegría del Señor cambia la vida.
Además, la Eucaristía sana nuestra memoria cerrada. Las heridas que llevamos dentro no sólo nos crean problemas a nosotros mismos, sino también a los demás. Nos vuelven temerosos y suspicaces; cerrados al principio, pero a la larga cínicos e indiferentes. Nos llevan a reaccionar ante los demás con antipatía y arrogancia, con la ilusión de creer que de este modo podemos controlar las situaciones. Pero es un engaño, pues sólo el amor cura el miedo de raíz y nos libera de las obstinaciones que aprisionan. Esto hace Jesús, que viene a nuestro encuentro con dulzura, en la asombrosa fragilidad de una Hostia. Esto hace Jesús, que es Pan partido para romper las corazas de nuestro egoísmo. Esto hace Jesús, que se da a sí mismo para indicarnos que sólo abriéndonos nos liberamos de los bloqueos interiores, de la parálisis del corazón. El Señor, que se nos ofrece en la sencillez del pan, nos invita también a no malgastar nuestras vidas buscando mil cosas inútiles que crean dependencia y dejan vacío nuestro interior. La Eucaristía quita en nosotros el hambre por las cosas y enciende el deseo de servir. Nos levanta de nuestro cómodo sedentarismo y nos recuerda que no somos solamente bocas que alimentar, sino también sus manos para alimentar a nuestro prójimo. Es urgente que ahora nos hagamos cargo de los que tienen hambre de comida y de dignidad, de los que no tienen trabajo y luchan por salir adelante. Y hacerlo de manera concreta, como concreto es el Pan que Jesús nos da. Hace falta una cercanía verdadera, hacen falta auténticas cadenas de solidaridad. Jesús en la Eucaristía se hace cercano a nosotros, ¡no dejemos solos a quienes están cerca nuestro!
Queridos hermanos y hermanas: Sigamos celebrando el Memorial que sana nuestra memoria, ―recordemos: sanar la memoria; la memoria es la memoria del corazón―, este memorial es la Misa. Es el tesoro al que hay dar prioridad en la Iglesia y en la vida. Y, al mismo tiempo, redescubramos la adoración, que continúa en nosotros la acción de la Misa. Nos hace bien, nos sana dentro. Especialmente ahora, que realmente lo necesitamos.
El maná y el Pan de Vida
José Luis Sicre
Esta fiesta comenzó a celebrarse en Bélgica en 1246, y adquirió su mayor difusión pública dos siglos más tarde, en 1447, cuando el Papa Nicolás V recorrió procesionalmente con la Sagrada Forma las calles de Roma. Dos cosas pretende: fomentar la devoción a la Eucaristía y confesar públicamente la presencia real de Jesucristo en el pan y el vino.
Sin embargo, las lecturas del ciclo A conceden más importancia al tema de la vida, con el que es fácil sintonizar en un mundo de guerras y atentados como el que vivimos. El evangelio de hoy comienza y termina con las mismas palabras: «el que coma de este pan vivirá para siempre». Y en medio: «el que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día».
Sobrevivir y vivir eternamente
El 1 de junio de 2009, el vuelo 447 de Air France entre Rio de Janeiro y París desapareció en mitad de la noche con 216 pasajeros y 12 tripulantes. Se salvó un matrimonio, no recuerdo si porque llegó tarde al embarque o por un cambio de última hora. Pero ese matrimonio se hizo famoso porque murió en un accidente de automóvil pocos días después. La supervivencia a un accidente, a un ataque terrorista, a una calamidad, no garantiza vivir eternamente.
Mucha gente acepta la muerte con resignación o fatalismo. Otros se rebelan contra ella, como Unamuno: «Con razón, sin razón, o contra ella, no me da la gana de morirme». El cuarto evangelio también se rebela contra la muerte. Comienza afirmando que en la Palabra de Dios «había vida». Y ha venido al mundo para que nosotros participemos de esa vida eterna.
Para expresar el contraste entre “supervivencia” y “vida eterna” las lecturas de hoy contrastan el maná con el alimento que nos ofrece Jesús. El Deuteronomio (1ª lectura) habla del maná como de un alimento sorprendente, novedoso, «que no conocías tú ni conocieron tus padres». Pero no se detiene, como hace el libro del Éxodo, en sus cualidades sorprendentes y su carácter milagroso. Es un alimento de pura supervivencia, que no garantiza la inmortalidad. En el evangelio, las palabras de Jesús subrayan este aspecto: el pan que comieron vuestros padres no los libró de la muerte. En cambio, el alimento que da Jesús, su cuerpo y su sangre, sí garantiza la vida eterna: «yo lo resucitaré en el último día». Estas palabras, tomadas del largo discurso de Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm, anticipan la resurrección de Lázaro y el destino de todos nosotros.
Inmortalidad y vida eterna
Sin embargo, el alimento que ofrece Jesús no se limita a garantizar la inmortalidad. Tiene también valor para el presente. «El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él». Este es el sentido que tiene a veces el término «vida eterna» en el cuarto evangelio. No es vida de ultratumba, sino vida aquí y ahora, en una dimensión distinta, gracias al contacto íntimo, misterioso, con Jesús.
Unión con Jesús y unión con los hermanos
La idea de que, al comulgar, Jesús habita en nosotros y nosotros en él, corre el peligro de interpretarse de forma muy individualista. La lectura de Pablo a los corintios ayuda a evitar ese error. La comunión con el cuerpo y la sangre de Cristo no es algo que nos aísla. Al contrario, es precisamente lo que nos une, «porque comemos todos del mismo pan».
La Eucaristía, alimento para la Misión en el desierto del mundo
Romeo Ballan, mccj
En el desierto del mundo (I lectura), Jesucristo en la Eucaristía es el viático, el Pan de vida (Evangelio), para que la Iglesia viva y anuncie la comunión y la fraternidad (II lectura). El lenguaje de Jesús en la sinagoga de Cafarnaún (Evangelio) es realista e insistente: su cuerpo y su sangre no son solamente ‘cosas sagradas’, son Jesús mismo. Él es el Pan de vida, que se ha de acoger y recibir con fe, para vivir en esta vida y en la futura. Nos lo asegura el que tiene palabras de vida eterna (cfr. Jn 6,68).
Tras su liberación de la esclavitud de Egipto, el pueblo tuvo que afrontar el desierto (I lectura) “inmenso y terrible, con dragones y alacranes, un sequedal sin una gota de agua” (v. 15). En el duro camino hacia la libertad, el Señor acompaña al pueblo con sus dones, con su palabra y sus acciones: en especial el regalo del maná y del agua sacada de una roca de pedernal (v. 16). Dones que es necesario recordar y no olvidar (v. 2.14).
Jesús promete un don superior al maná (Evangelio, v. 58). Un don que es preciso descubrir y compartir con otros: “Si tú conocieras el don de Dios”, dijo Jesús a la mujer samaritana (Jn 4,10). La Eucaristía es el don nuevo y definitivo que Jesús confía a la Iglesia peregrina y misionera en el desierto del mundo. Es mucho más que el simple recuerdo de una gran hazaña del pasado: es, hoy, el don del Viviente. “El recuerdo bíblico introduce nuevamente al creyente en la historia de la salvación, actualizando en el hoy los eventos del pasado. Este es el sentido de la palabra memorial que en el Nuevo Testamento se aplica también a la Eucaristía… La Eucaristía es el recuerdo de la muerte y resurrección de Cristo, es la certeza de su continua presencia como alimento del hombre peregrino, en la espera de su venida” (G. Ravasi).
La Eucaristía es fuente y sello de unidad (II lectura): siendo comunión con la sangre y el cuerpo de Cristo, debe llevar a la comunión fraterna entre todos los que comen del mismo pan. De la Eucaristía nace necesariamente un generoso estímulo al encuentro ecuménico y a la actividad misionera, “para que una misma fe ilumine y un mismo amor congregue a todos los hombres que habitan en un mismo mundo” (Prefacio). La persona y la comunidad que realizan la experiencia viva de Cristo en la Eucaristía se sienten motivadas a compartir con los demás el don recibido en la Palabra y en el Sacramento: la misión nace de la Eucaristía y conduce a ella.
El misionero lleva por el desierto del mundo la única respuesta válida, Cristo, buena noticia de vida para los pueblos. Cristo es siempre buena noticia en el desierto existencial y espiritual de la vida humana. Cristo es acontecimiento de salvación y misterio adorable aun cuando un misionero celebre la Eucaristía en el desierto africano del Sahara, como lo hicieron Daniel Comboni y sus compañeros en el terrible desierto de Korosko, mientras viajaban de Egipto a Jartum (Sudán) en 1857.
En toda su persona (cuerpo, sangre, alma y divinidad) Jesús se hace Pan y nos invita con insistencia a comer de este Pan (Jn 6,51.53.54.56). Comer el Pan que es Cristo significa asumir su proyecto, su misión, el desafío y la alegría del Evangelio. La Eucaristía nos enseña a derribar las barreras que impiden o mortifican el desarrollo de la vida: nos da la fuerza para defender la vida de cada persona, convencidos de que ‘nadie sobra’ en la aldea global de la humanidad; nos da la confianza para vencer la espiral de violencia mediante el diálogo, el perdón y el sacrificio de sí mismos; nos da el valor para romper las cadenas del acaparamiento de los bienes promoviendo por doquier el compartir y la solidaridad.
“Para Jesús elPadre nuestro y elpan nuestrosoninseparables: cada pan que ofrezco a un hambriento lo ofrezco al mismo Jesús… (tuve hambre…y me diste; estaba enfermo… y has venido a visitarme (Mt. 25,39). No podemos decir en la iglesia ‘Padre nuestro’ y pedir ‘danos hoy nuestro pan de cada día’y luego salir y volver a entrar en la cultura de lo mío: mi casa, mi coche, mi dinero, mi ciudad, mi patria… La lógica de la Eucaristía nos pide: entrar en la iglesia, cada domingo, como mendigos de la Palabra y del pan de Cristo y salir para convertirnos, en la vida, en un pedazo de pan partido, para las personas que encontraremos” (R. Vinco, S. Nicolò, Verona).
La aldea global solo puede tener un único banquete global, en el cual todos los pueblos tienen el mismo derecho a participar; del cual nadie debe ser excluido o discriminado, por ninguna razón. Desde siempre, este es, y solamente este, el proyecto del Padre común para toda la familia humana (cfr. Is 25,6-9). Este es el sueño que Él confía a la comunidad de los creyentes para que lo realicen.









