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XV Domingo ordinario. Año A

“Un día salió Jesús de la casa donde se hospedaba y se sentó a la orilla del mar. Se reunió en torno suyo tanta gente, que él se vio obligado a subir a una barca, donde se sentó, mientras la gente permanecía en la orilla. Entonces Jesús les habló de muchas cosas en parábolas y les dijo:

“Una vez salió un sembrador a sembrar, y al ir arrojando la semilla, unos granos cayeron a lo largo del camino; vinieron los pájaros y se los comieron. Otros granos cayeron en terreno pedregoso, que tenía poca tierra; ahí germinaron pronto, porque la tierra no era gruesa; pero cuando subió el sol, los brotes se marchitaron, y como no tenían raíces, se secaron. Otros cayeron entre espinos, y cuando los espinos crecieron, sofocaron las plantitas. Otros granos cayeron en tierra buena y dieron fruto: unos, ciento por uno; otros, sesenta; y otros, treinta. El que tenga oídos, que oiga”.

Después se le acercaron sus discípulos y le preguntaron: “¿Por qué les hablas en parábolas?”. El les respondió: “A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los cielos, pero a ellos no. Al que tiene, se le dará más y nadará en la abundancia; pero al que tiene poco, aun eso poco se le quitará. Por eso les hablo en parábolas, porque viendo no ven y oyendo no oyen ni entienden.

En ellos se cumple aquella profecía de Isaías que dice: Oirán una y otra vez y no entenderán; mirarán y volverán a mirar, pero no verán; porque este pueblo ha endurecido su corazón, ha cerrado sus ojos y tapado sus oídos, con el fin de no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni comprender con el corazón. Porque no quieren convertirse ni que yo los salve.

Pero dichosos, ustedes, porque sus ojos ven y sus oídos oyen. Yo les aseguro que muchos profetas y muchos justos desearon ver lo que ustedes ven y no lo vieron y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron.

Escuchen, pues, ustedes lo que significa la parábola del sembrador.

A todo hombre que oye la palabra del Reino y no la entiende, le llega el diablo y le arrebata lo sembrado en su corazón. Esto es lo que significan los granos que cayeron a lo largo del camino.

Lo sembrado sobre terreno pedregoso significa al que oye la palabra y la acepta inmediatamente con alegría; pero, como es inconstante, no la deja echar raíces, y apenas le viene una tribulación o una persecución por causa de la palabra, sucumbe.

Lo sembrado entre los espinos representa a aquel que oye la palabra, pero las preocupaciones de la vida y la seducción de las riquezas la sofocan y queda sin fruto.

En cambio, lo sembrado en tierra buena representa a quienes oyen la palabra, la entienden y dan fruto: unos, el ciento por uno; otros, el sesenta; y otros, el treinta”.

(Mateo: 13, 1-23)


Salió el sembrador a sembrar
P. Enrique Sánchez G. mccj

Aquí estamos, de nuevo, con una parábola que Mateo recuerda como una bella historia salida de la boca de Jesús y que se nos ofrece como pretexto inspirador para que vayamos un poquito más a lo profundo de nuestra experiencia de fe.

Esta parábola, como todas las demás, no es un pequeño relato para mantener entretenidos a los oyentes que se habían instalado a las orillas del lago que servía de anfiteatro para escuchar al Señor. Contrariamente a lo que se pudiese pensar, la parábola fue bien una provocación que obligó a los oyentes a tomar conciencia de lo que Dios estaba realizando como prodigio en lo más ordinario de sus vidas y de las consecuencias que aquellas palabras tendrían en lo profundo de sus corazones.

Esta vez no era la primera que Jesús hablaba de siembras a sus oyentes, muchos de los cuales eran seguramente agricultores y que estaban en condiciones de entender a qué se refería cuando les hablaría de siembras, de preparación de terrenos, de calidad de tierras y de cuidados exigidos por los cultivos, si se pretendía llegar a buenas cosechas.

Un poco antes de nuestro texto Jesús había hablado diciendo que Dios hace salir el sol y hace llover no sólo sobre quienes se portan bien, sino que hace recaer su bendición sobre todos (Mateo5,45).Y, ya desde ese momento Jesús establecía que identificando a Dios como un buen sembrador, como sucederá un poco más adelante, era de esperar que lo sembrado por él estaba destinado a dar mucho y buen fruto.

El sembrador que sale temprano, contento y confiado en que su trabajo dará frutos abundantes a su tiempo, lanza la semilla con generosidad y sin prejuicios. Su semilla es buena y se lanza a la tierra con la confianza de que si encuentra una buena tierra y disponible, no tardará en dar frutos que alegrarán su corazón. Como lo hemos visto tantas veces en los rostros de los campesinos que al final de un buen temporal se sienten bendecidos por la abundancia de sus cosechas.

El resultado de la siembra en este caso no está condicionado por la calidad de la semilla, porque un buen agricultor jamás sembrará algo que sea defectuoso o que esté en mal estado, pues sabe, por sentido común, que eso no podría producir absolutamente nada y el trabajo sería inútil.

Lo que puede hacer que la cosecha no sea buena o abundante depende de la acogida de la semilla. Y en esto la parábola no necesita muchas explicaciones. Cuando la semilla cae entre piedras o espinas no es de maravillarse que no dará frutos.

Por el contrario, todos sabemos que cuando una semilla encuentra una tierra buena, limpia, bien abonada y libre de malas yerbas, los frutos serán abundantes y de extraordinaria calidad; pero, como dice la parábola, si la semilla queda en la superficie del camino, ciertamente no se podrá esperar una buena cosecha, esto parece muy claro y da lugar a que los discípulos pregunten por qué Jesús habla en parábolas.

Jesús habla en parábolas porque se trata de temas que deberían ser entendidos sin necesidad de muchas explicaciones, en cuanto a lo que está diciendo; pero en realidad la parábola lo que quiere hacer es ayudar a los oyentes a entender algo que está más allá de las palabras.

Jesús está hablando de la llegada del Reino de Dios y se está manifestando como el Salvador y Mesías, algo que por los signos que va realizando debería ser claro y comprensible, pero en la mente y en el corazón de sus destinatarios sucede lo mismo que pasa con el sembrador que va esparciendo la semilla, muchas veces no encuentra el terreno bien preparado y todo acaba por arruinarse.

La buena noticia que anuncia Jesús resulta que es buena, pero muchas veces sucede que cae en la vida de las personas que lo escuchan como si fuera un camino en donde no puede penetrar y en donde es fácil que se pierda o, como dice la escritura, las aves del cielo se la lleven.

Simplemente, es una buena noticia que no es acogida y que no puede dar fruto porque no encuentra un terreno en donde pueda echar raíces.

Confrontando las palabras de esta parábola con la realidad de nuestra vida, no es difícil constatar que la enseñanza de Jesús sigue manteniendo toda su actualidad y nos sigue desafiando y cuestionando en la manera de cómo aceptamos la buena noticia del evangelio en nuestras vidas.

Como cristianos católicos, no es difícil aplicarnos lo que dice Jesús cuando menciona que la palabra que es anunciada, pero no es entendida se la lleva el diablo. Esto tiene que ver con nuestro desconocimiento de la Escritura, con el poco interés que mostramos por leer, estudiar, profundizar la Palabra de Dios escrita en nuestras biblias.

Muchos de nosotros nos contentamos con tener la Biblia en los libreros de nuestra casa o de adorno en algún rincón de la sala. El Papa Francisco decía que la Biblia la teníamos que llevar siempre con nosotros, en el bolsillo para leerla, para conocerla, para rezar con ella en todo momento.

Cada uno de nosotros debería tener su ejemplar personal, subrayado, con anotaciones, con páginas gastadas por el uso cotidiano; tendríamos que ser, si no expertos, sí conocedores de la palabra porque de ella depende la calidad de nuestra vida.

Hay palabras de Dios que escuchamos y resuenan profundamente en nuestro corazón, pues tocan e iluminan algo que llevamos dentro. La palabra nos entusiasma y nos mueve a reconocerla como algo importante que tendríamos que custodiar como un verdadero tesoro, pues nos inspira los buenos sentimientos y las buenas actitudes que hacen importante lo que vamos construyendo día a día.

Pero, como dice la parábola, aunque la acogemos con alegría, nos falta la perseverancia y dejamos fácilmente que se filtren en nuestro corazón otras palabras que la ahogan y no le permiten que eche raíces en nosotros. Preferimos las palabras del momento, lo que está de moda, lo que hace que pensemos y actuemos como todos los demás.

Y, cuántas palabras no escuchamos a diario que acaban por impedirnos guardar en nuestro interior aquella palabra que sostiene verdaderamente en el momento de dolor o de obscuridad, de tristeza o de enfermedad. Nos faltan las palabras que nos ayuden a sentirnos acompañados y no víctimas de la soledad.

Hoy lo que abundan son las palabras que nos llegan a millones cada día por el teléfono, por la computadora, por tantas aplicaciones que vamos descargando y que nos prometen solucionarnos todo en la vida. Pero son palabras que en el momento de la tribulación se esfuman y se convierten en ruidos que confunden, que aturden; son palabras que no pueden echar raíces en nosotros porque son palabras que se lleva el viento y hacen que aparezca nuestra falta de constancia para fincar el futuro en aquello que nada puede derrumbar.

Hay las palabras que reconocemos como verdaderas, palabras que nos brindan confianza y que le dan fuerza a nuestra vida. Son las palabras que la parábola menciona como aquellas que han sido sembradas entre espinos.

Desafortunadamente, ahí no tienen mucho futuro porque se ven amenazadas y agobiadas por las preocupaciones que nos asaltan en lo inmediato, en lo que se va haciendo cotidiano. Son esas situaciones que nos roban la esperanza y la confianza, que nos hacen pensar que Dios no nos puede sacar del hoyo en que hemos caído.

Son esas espinas que nos dicen que tenemos que aprender a resolverlo todo con nuestros medios y con nuestras fuerzas y desconfían en que Dios tiene una palabra que abre horizontes nuevos, que él está creando a cada instante un mundo nuevo para nosotros, que por su palabra crea y recrea todo aquello que a nosotros nos parecía terminado, caduco y destruido.

La palabra que cae entre nuestras espinas es la que pone de manifiesto nuestras desesperanzas, nuestra negatividad, nuestra falta de confianza y de fe y nos condena a vivir resignados con nuestros fracasos y condenados a creer más en nuestros límites y en nuestras debilidades que en el poder de Dios que nos ofrece a diario la posibilidad de ser distintos, de empezar de nuevo, de vivir descubriendo que él todavía no ha dicho la última palabra sobre lo que nos toca vivir en este mundo.

¿Cuántas preocupaciones no se apoderan a diario de nuestra mente y de nuestro corazón? ¿Cuántos problemas y urgencias nos roban la paz interior y nos empujan a vivir en una angustia constante? ¿Cuántas necesidades inútiles nos fabricamos a diario, pensando que ahí encontraremos la respuesta a todos nuestros males? ¿Cuántos imprevistos nos impone la realidad en la que vivimos que hacen que perdamos de vista el horizonte y que nos imaginemos lo peor para nuestro futuro?

Las preocupaciones ciertamente nunca faltarán, porque hacen parte de nuestra realidad humana, pero existe la posibilidad de vivirlas sin dejar que se conviertan en el centro de atención único de nuestra vida.

La palabra de Dios sembrada en abundancia en nuestros corazones se puede convertir en la medicina que cura nuestras ansiedades, que relativiza nuestras preocupaciones, sin que nos convirtamos en personas irresponsables; la palabra sembrada y acogida como bendición de Dios en cada uno de nosotros es lo que puede ayudarnos a ir dando frutos de paciencia, de tolerancia, de resistencia ante las dificultades, sin perder la cabeza.

Por eso, la parábola de Jesús en este evangelio de Mateo concluye reconociendo que la palabra sembrada y acogida con generosidad y buena disposición. La semilla de la palabra que se busca y se cultiva a diario, en la reflexión, en la meditación y en la oración. La semilla de esa palabra que la ponemos como luz que ilumina nuestros pasos, que nos sostiene en el momento de la dificultad para que no perdamos la calma. Esa palabra que poco a poco la vamos convirtiendo en nuestra regla de vida, en nuestro patrón de conducta, en lo que nos hace adoptar un estilo de vida que busca el modo de vivir reconciliados y en paz, con confianza y apostándole a la fraternidad y a la comunión entre nosotros. Esa es la semilla que plantada en lo más profundo de nosotros seguramente dará frutos.

Poco importa la cantidad y a nadie se le pedirá el ciento por uno, se nos pedirá simplemente que demos el fruto que está a nuestro alcance, pero que hagamos el esfuerzo por ir creando espacios y condiciones para que esa semilla sembrada generosamente en nosotros no quede estéril.

Pidamos para que el Señor no se canse de sembrar su palabra en nuestros corazones y para que nos ayude a ser terreno bien preparado. Que sepamos apartar todo lo que puede ahogar esa semilla en nuestras vidas. Que nos alejemos de la superficialidad y de la indiferencia que puede atrapar nuestro corazón. Que no seamos rocas duras en donde la palabra de Dios no pueda penetrar. Que no nos dejemos ganar por nuestras preocupaciones recordando que Dios ya se preocupa de nosotros y nos da más de lo que necesitamos y merecemos.

Y finalmente, que con un corazón misionero, sepamos convertirnos en sembradores de su palabra en un mundo en donde existen tantas necesidades de su presencia. Que animados por la alegría que genera la palabra en cada uno de nosotros, nos convirtamos en anunciadores entusiastas de la Buena Nueva del Evangelio para que, sembrada en el corazón de quienes están más lejos del Señor veamos surgir frutos nuevos, vida nueva de Dios.

Que el Sembrador que salió a sembrar encuentre en nosotros una tierra dispuesta, fecunda y generosa para que podamos dar frutos abundantes de paz, de fraternidad, de solidaridad y de amor, como lo hemos recibido del Señor.


¡Cada día es tiempo de siembra!
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

Con este domingo comienza el “discurso en parábolas” del capítulo 13 del Evangelio de Mateo. Se trata del tercer discurso de Jesús, después del discurso inaugural “del monte” (caps. 5–7) y el “discurso misionero” de envío de los apóstoles en misión (cap. 10). Este discurso está compuesto por siete parábolas. Las primeras cuatro están dirigidas a la multitud — el sembrador, la cizaña, el grano de mostaza y la levadura — y las otras tres a los discípulos: el tesoro, la perla y la red. Siete parábolas para presentar “los misterios del reino de los cielos” (13,11).

La expresión “reino de los cielos”, “reino de Dios” o simplemente “el reino” aparece unas cincuenta veces en el Evangelio de Mateo: la primera vez en boca de Juan el Bautista (3,2) y la segunda en labios de Jesús: “Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos” (4,17). El reino es el tema de la predicación de Jesús, el objetivo de su vida y de su misión. ¿Qué es el Reino de Dios? Jesús nos lo expone a través de estas parábolas.

¿Qué es una parábola? Es un relato que, partiendo de un hecho, de una historia verosímil o de una realidad de la vida cotidiana, quiere transmitir, de modo simbólico, un mensaje más profundo, a veces misterioso, que requiere un esfuerzo de interpretación. Jesús utilizó a menudo las parábolas en su predicación. Sin embargo, hay que distinguir entre parábola y alegoría. En la alegoría, cada elemento narrativo tiene un significado específico; en la parábola, en cambio, hay que buscar sobre todo el sentido global.

1. La parábola del optimismo y de la esperanza

La parábola del sembrador es una de las más conocidas del Evangelio, “la madre de todas las parábolas”, como la definió el papa Francisco. El pasaje tiene tres partes distintas: en la primera, el relato de la parábola (vv. 1-9); en la segunda, la razón por la que Jesús habla en parábolas (vv. 10-17); en la tercera, una explicación alegórica de la parábola (vv. 18-23).

Esta parábola se sitúa en un momento delicado de la vida de Jesús, cuando comenzaba a perfilarse el aparente fracaso de su misión. En este punto nos preguntamos: ¿por qué el mal parece triunfar siempre? ¿Por qué el bien tiene tanta dificultad para arraigar en el mundo y en el corazón de las personas?

Parecería que la respuesta de la parábola es esta: todo depende de la calidad del terreno sobre el que se esparce la semilla. Sin embargo, la intención principal no es tanto invitarnos a preguntarnos qué tipo de terreno es nuestro corazón, sino más bien animar a los discípulos — y a nosotros — a anunciar el Evangelio “con la esperanza de que haya, en alguna parte, tierra buena” (San Justino).

Los obstáculos, la oposición y el rechazo que encuentra la Palabra pueden inducirnos al pesimismo. Pues bien, Jesús nos anima a seguir anunciando la Palabra, confiando en su fecundidad extraordinaria, prodigiosa, hasta el ciento por uno. En efecto, en el suelo palestino, lo máximo que se podía esperar era el diez por uno: de un grano de trigo, una espiga con diez granos.

2. El principio capitalista del espíritu

A la pregunta de los discípulos: “¿Por qué les hablas en parábolas?”, Jesús parece responder de manera discriminatoria: “Porque a vosotros se os ha dado conocer los misterios del reino de los cielos, pero a ellos no se les ha dado”. ¿Cómo es posible? Parece que Jesús habla adrede en parábolas para no hacerse entender, cuando se esperaría lo contrario. En realidad, se trata de un “semitismo”, es decir, de una forma típica de hablar, entre la ironía, la tristeza y la decepción, ante la cerrazón de los corazones.

Me impresiona la afirmación de Jesús: “Porque al que tiene se le dará y tendrá en abundancia; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará”. Es lo que yo llamaría el “principio capitalista” del espíritu: así como el dinero corre hacia quien tiene mucho y desaparece de los bolsillos del pobre, así ocurre en el ámbito del espíritu. Cuanto más tienes, más gracia recibirás; cuanto menos tienes — por pereza, negligencia o cerrazón de corazón — tanto menos tendrás.

El domingo, muchos millares de personas escucharán esta Palabra en nuestras iglesias: una parte saldrá enriquecida, la otra empobrecida. Pero nadie será igual que antes, porque una oportunidad perdida contribuye a la “esclerocardia” espiritual, es decir, al endurecimiento del corazón, que se vuelve cada vez más insensible a la Palabra.

3. La explicación alegórica de la parábola

“Vosotros, pues, escuchad la parábola del sembrador…”. El evangelista atribuye a Jesús la explicación alegórica de la parábola. En realidad, quizá se trate de una aplicación suya a la vida concreta de la comunidad de Mateo.

Podemos preguntarnos: ¿cómo es que el sembrador esparce el trigo por el camino, en terreno pedregoso y entre los espinos, en lugar de sembrarlo directamente en la tierra buena? Hay que saber que en Palestina primero se sembraba y luego se araba, para enterrar la semilla. Se esperaba que el arado deshiciera el sendero trazado por los transeúntes, levantara las piedras y arrancara los espinos.

Permitidme añadir otro elemento alegórico: en este caso, ¿qué es el arado? ¿Es quizá el de la cruz de Cristo, que, excavando en nuestro corazón, lo convierte en tierra buena? Además, ¡el arado era de madera, con una punta de hierro! Nos hacemos la ilusión de poder evitar todo sufrimiento, de esquivar la cruz, ya que “tenemos que entrar en el reino de Dios a través de muchas tribulaciones” (Hechos 14,22).

Os dejo la tarea de confrontaros con la Palabra y de preguntaros qué tipo de terreno es vuestro corazón. Tal vez la respuesta nos deje un poco desconsolados. Que nos anime entonces esta cita del dramaturgo irlandés Samuel Beckett: “Siempre lo intenté. Siempre fracasé. No importa. Inténtalo otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor”.

Conclusión: “¡He aquí que el sembrador salió a sembrar!”

“Jesús salió de casa y se sentó a la orilla del mar”. Esta Palabra encontrará a algunos de vosotros mientras disfrutan de un merecido tiempo de descanso. Pues bien, ¡Jesús vendrá también a vosotros! ¿Encontraréis un poco de tiempo para escucharlo?

No olvidemos, sin embargo, que los sembradores son muchos. Cuidado con las semillas de cizaña que las manos del maligno siembran abundantemente en nuestro corazón, especialmente de “noche”. Hagamos como la esposa del Cantar de los Cantares: “Yo duermo, pero mi corazón vela” (Ct 5,2).

Por último, recordemos que nosotros también somos sembradores. Cada mañana, antes de salir, llenemos nuestra pequeña mochila para sembrar la buena semilla por dondequiera que pasemos. ¡Cada día es tiempo de siembra!


Salir a sembrar
José Antonio Pagola

Antes de contar la parábola del sembrador que «salió a sembrar», el evangelista nos presenta a Jesús que «sale de casa» a encontrarse con la gente para «sentarse» sin prisas y dedicarse durante «mucho rato» a sembrar el Evangelio entre toda clase de gentes. Según Mateo, Jesús es el verdadero sembrador. De él tenemos que aprender también hoy a sembrar el Evangelio.

Lo primero es salir de nuestra casa. Es lo que pide siempre Jesús a sus discípulos: «Id por todo el mundo…», «Id y haced discípulos…». Para sembrar el Evangelio hemos de salir de nuestra seguridad y nuestros intereses. Evangelizar es “desplazarse”, buscar el encuentro con la gente, comunicarnos con el hombre y la mujer de hoy, no vivir encerrados en nuestro pequeño mundo eclesial.

Esta “salida” hacia los demás no es proselitismo. No tiene nada de imposición o reconquista. Es ofrecer a las personas la oportunidad de encontrarse con Jesús y conocer una Buena Noticia que, si la acogen, les puede ayudar a vivir mejor y de manera más acertada y sana. Es lo esencial.

A sembrar no se puede salir sin llevar con nosotros la semilla. Antes de pensar en anunciar el Evangelio a otros, lo hemos de acoger dentro de la Iglesia, en nuestras comunidades y nuestras vidas. Es un error sentirnos depositarios de la tradición cristiana con la única tarea de transmitirla a otros. Una Iglesia que no vive el Evangelio, no puede contagiarlo. Una comunidad donde no se respira el deseo de vivir tras los pasos de Jesús, no puede invitar a nadie a seguirlo.

Las energías espirituales que hay en nuestras comunidades están quedando a veces sin explotar, bloqueadas por un clima generalizado de desaliento y desencanto. Nos estamos dedicando a “sobrevivir” más que a sembrar vida nueva. Hemos de despertar nuestra fe.

La crisis que estamos viviendo nos está conduciendo a la muerte de un cierto cristianismo, pero también al comienzo de una fe renovada, más fiel a Jesús y más evangélica. El Evangelio tiene fuerza para engendrar en cada época la fe en Cristo de manera nueva. También en nuestros días.

Pero hemos de aprender a sembrarlo con fe, con realismo y con verdad. Evangelizar no es transmitir una herencia, sino hacer posible el nacimiento de una fe que brote, no como “clonación” del pasado, sino como respuesta nueva al Evangelio escuchado desde las preguntas, los sufrimientos, los gozos y las esperanzas de nuestro tiempo .No es el momento de distraer a la gente con cualquier cosa. Es la hora de sembrar en los corazones lo esencial del Evangelio.


La “madre” de todas las parábolas
Papa Francisco

En el Evangelio de este domingo (cfr. Mt 13,1-23) Jesús cuenta a una gran multitud la parábola —que todos conocemos bien— del sembrador, que lanza la semilla en cuatro tipos diferentes de terreno. La Palabra de Dios, representada por las semillas, no es una Palabra abstracta, sino que es Cristo mismo, el Verbo del Padre que se ha encarnado en el vientre de María. Por lo tanto, acoger la Palabra de Dios quiere decir acoger la persona de Cristo, el mismo Cristo.

Hay distintas maneras de recibir la Palabra de Dios. Podemos hacerlo como un camino, donde en seguida vienen los pájaros y se comen las semillas. Esta sería la distracción, un gran peligro de nuestro tiempo. Acosados por tantos chismorreos, por tantas ideologías, por las continuas posibilidades de distraerse dentro y fuera de casa, se puede perder el gusto del silencio, del recogimiento, del diálogo con el Señor, tanto como para correr el riesgo de perder la fe, de no acoger la Palabra de Dios. Estamos viendo todo, distraídos por todo, por las cosas mundanas.

Otra posibilidad: podemos acoger la Palabra de Dios como un pedregal, con poca tierra. Allí la semilla brota en seguida, pero también se seca pronto, porque no consigue echar raíces en profundidad. Es la imagen de aquellos que acogen la Palabra de Dios con entusiasmo momentáneo pero que permanece superficial, no asimila la Palabra de Dios. Y así, ante la primera dificultad, pensemos en un sufrimiento, una turbación de la vida, esa fe todavía débil se disuelve, como se seca la semilla que cae en medio de las piedras.

Podemos, también —una tercera posibilidad de la que Jesús habla en la parábola—, acoger la Palabra de Dios como un terreno donde crecen arbustos espinosos. Y las espinas son el engaño de la riqueza, del éxito, de las preocupaciones mundanas… Ahí la Palabra crece un poco, pero se ahoga, no es fuerte, muere o no da fruto.

Finalmente —la cuarta posibilidad— podemos acogerla como el terreno bueno. Aquí, y solamente aquí la semilla arraiga y da fruto. La semilla que cae en este terreno fértil representa a aquellos que escuchan la Palabra, la acogen, la guardan en el corazón y la ponen en práctica en la vida de cada día.

La parábola del sembrador es un poco la “madre” de todas las parábolas, porque habla de la escucha de la Palabra. Nos recuerda que la Palabra de Dios es una semilla que en sí misma es fecunda y eficaz; y Dios la esparce por todos lados con generosidad, sin importar el desperdicio. ¡Así es el corazón de Dios! Cada uno de nosotros es un terreno sobre el que cae la semilla de la Palabra, ¡sin excluir a nadie! La Palabra es dada a cada uno de nosotros.

Podemos preguntarnos: yo, ¿qué tipo de terreno soy? ¿Me parezco al camino, al pedregal, al arbusto? Pero, si queremos, podemos convertirnos en terreno bueno, labrado y cultivado con cuidado, para hacer madurar la semilla de la Palabra. Está ya presente en nuestro corazón, pero hacerla fructificar depende de nosotros, depende de la acogida que reservamos a esta semilla. A menudo estamos distraídos por demasiados intereses, por demasiados reclamos, y es difícil distinguir, entre tantas voces y tantas palabras, la del Señor, la única que hace libre.

Por esto es importante acostumbrarse a escuchar la Palabra de Dios, a leerla. Y vuelvo, una vez más, a ese consejo: llevad siempre con vosotros un pequeño Evangelio, una edición de bolsillo del Evangelio, en el bolsillo, en el bolso… Y así, leed cada día un fragmento, para que estéis acostumbrados a leer la Palabra de Dios, y entender bien cuál es la semilla que Dios te ofrece, y pensar con qué tierra la recibo.

La Virgen María, modelo perfecto de tierra buena y fértil, nos ayude, con su oración, a convertirnos en terreno disponible sin espinas ni piedras, para que podamos llevar buenos frutos para nosotros y para nuestros hermanos.

Angelus 12 de Julio 2020

Sudán: el Comboni College reabre en Jartum

El sábado 4 de julio de 2026, el Comboni College de Jartum anunció que la escuela básica y la escuela secundaria reabrirán sus puertas en septiembre para el año académico 2026-2027, dando la bienvenida a los estudiantes después de más de tres años de cierre forzoso.

Cuando estalló la guerra en Jartum el sábado 15 de abril de 2023, el Comboni College era una próspera comunidad educativa. En aquel momento, 1.055 alumnos estaban matriculados en la escuela básica, 827 estudiantes asistían a la escuela secundaria y 786 cursaban estudios en el Comboni College de Ciencia y Tecnología.

En cuestión de horas, la vida de esta comunidad educativa quedó completamente trastocada. Los estudiantes, sus familias, los profesores y la comunidad comboniana se vieron obligados a huir de la capital en busca de seguridad, mientras los feroces combates entre las Fuerzas Armadas Sudanesas (SAF) y las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF) devastaban la ciudad, destruyendo no solo edificios e infraestructuras, sino también las esperanzas y los sueños de miles de personas.

Jartum permaneció bajo el control de las RSF hasta marzo de 2025, cuando las SAF recuperaron la capital, abriendo así el camino para el regreso gradual de los residentes y el largo proceso de reconstrucción.

Cuando por fin pudimos regresar al Comboni College, la escena que se presentó ante nosotros era desgarradora. Todos y cada uno de los cables eléctricos que rodeaban nuestro campus educativo habían sido arrancados. El sistema de agua, destruido. Las computadoras, los aires acondicionados y el equipamiento digital, saqueados. Las paredes estaban marcadas por cientos de impactos de bala y fuego de artillería. En el patio, donde generaciones de niños habían jugado, reído y soñado, yacían los cuerpos de los combatientes de las RSF caídos durante la batalla por la zona.

Sin embargo, en medio de tanta devastación, los Misioneros Combonianos también se dieron cuenta de lo afortunados que habían sido. A diferencia de muchos edificios vecinos que habían sido reducidos a escombros, incendiados o gravemente dañados, las estructuras principales del Comboni College seguían en pie. Habían sobrevivido a la guerra y podían convertirse en el cimiento de un nuevo comienzo.

El sábado 4 de julio de 2026, el Comboni College de Jartum anunció que la escuela básica y la escuela secundaria reabrirán sus puertas en septiembre para el año académico 2026-2027, dando la bienvenida a los estudiantes después de más de tres años de cierre forzoso.

El Comboni College de Ciencia y Tecnología, que había trasladado sus operaciones a Puerto Sudán desde noviembre de 2023, continúa buscando financiación para rehabilitar sus instalaciones en Jartum. Su esperanza es reanudar las actividades académicas en 2027.

La reapertura del Comboni College en Jartum —una institución que ha formado a generaciones de estudiantes sudaneses y sursudaneses desde su fundación en 1929— es mucho más que la reapertura de una escuela. Es un signo tangible de esperanza para los casi seis millones de habitantes del estado de Jartum mientras se esfuerzan por reconstruir su ciudad, sus comunidades y su futuro.

Padre Jorge Naranjo, mccj

Gran fiesta en Sahuayo. 60 años de ordenación de los primeros combonianos formados en México

El pasado domingo 5 de julio Mons. Jaime Rodríguez Salazar y los padres Baltasar Zárate Quiroz y Aurelio Cervantes Fajardo, celebraron el 60 aniversario de su ordenación sacerdotal. La fiesta tuvo lugar en el seminario comboniano de Sahuayo, un lugar con un gran significado en la historia de nuestra provincia, donde se formaron gran parte de los combonianos mexicanos. De hecho, Mons. Jaime y los padres Baltasar y Aurelio forman parte del primer grupo de combonianos mexicanos que hicieron su formación en los seminarios de México. Con ellos estaban otros tres, ya fallecidos: el P. Agustín Pelayo, que falleció de accidente en Burundi en 1974; el P. Antonio Álvarez, que murió de covid en 2021 y el P. Héctor Villalba, fallecido en Guadalajara en 2025. Cuatro de ellos fueron ordenados en la Basílica de San Pedro por el Papa San Pablo VI, el 3 de julio de 1966.

De izquierda a derecha: P. Baltasar Zárate, Mons. Jaime Rodríguez y P. Aurelio Cervantes

La misa de acción de gracias tuvo lugar bajo una gran carpa instalada en el terreno del propio seminario. Fue presidida por Mons. Jaime y concelebrada por el P. Baltasar, el P. Aurelio, y un buen grupo de combonianos que se unieron a ellos en la acción de gracias por estos 60 años de sacerdocio. También estuvo presente la comunidad del Oasis de Guadalajara, comunidad que alberga a los misioneros ancianos y enfermos que necesitan ya de cuidados a causa de su edad y de la que forma parte el propio padre Aurelio.

Durante la homilía, Mons. Jaime presentó tres ejemplos de personas que nos pueden ayudar llevar una vida humilde y sencilla, siguiendo las palabras del Evangelio (Mt 11,25-30): Moisés, María y San Daniel Comboni. Agradeció de manera especial al pueblo de Sahuayo por todo el apoyo que durante tantos años ha prestado a la causa misionera y a los misioneros combonianos.

El pueblo de Sahuayo celebró con alegría los 60 años de sacerdocio de los tres misioneros combonianos

El P. Aurelio agradeció, con pocas palabras pero llenas de emoción, el apoyo y la presencia de todos, a quienes llamó “alentadores de la fe que nosotros llevamos a otras personas”. Por su parte, el P. Baltasar recordó de manera muy especial a tantas personas de Sahuayo que en el pasado y también en el presente, han acompañado y siguen acompañando el camino vocacional y misionero de todos los combonianos mexicanos; y les pidió que sigan rezando por las vocaciones misioneras.

Una vez terminada la misa, la fiesta se completó con una comida propiamente mexicana en la que nadie se quedó sin su taco y su refresco. ¡Viva Sahuayo!

XIV Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, Jesús exclamó: “¡Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien.

El Padre ha puesto todas las cosas en mis manos. Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo les daré alivio. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso, porque mi yugo es suave y mi carga ligera”.

(Mateo: 11, 25-30)


Tomen mi yugo
P. Enrique Sánchez G., mccj

La misión de los discípulos había iniciado contando con el apoyo brindado por Jesús a través de los signos y milagros que en muchos lugares se habían realizado. Sin embargo, aquellos que fueron los primeros destinatarios, al parecer, no aceptaron el mensaje rechazando el anuncio y el testimonio dado por el Señor y sus discípulos.

Unos cuantos versículos antes del texto que hemos leído en el evangelio de este domingo, Jesús reprocha a las ciudades de Corazain y de Betsaida por su rechazo y por su cerrazón para aceptar la buena noticia de la llegada del Reino y por no reconocer a Jesús como el Mesías.

Ese rechazo, motivado por la arrogancia, va ir creciendo en la medida en que Jesús se irá manifestando como el enviado del Padre para asegurar la presencia de Dios entre su pueblo, pues la idea de tener que aceptar a un Dios que se entrega por amor, simplemente resultaba imposible e inaceptable.

Teniendo presente este ambiente de hostilidad, las primeras palabras pronunciadas por Jesús en nuestra página del Evangelio resultan muy comprensibles.

Jesús alaba a su Padre porque revela el misterio de su reino a los pequeños, a los sencillos y a los humildes. Es decir, a personas que están en una actitud de apertura y disponibilidad para acoger a Dios como un don que siempre sorprende.

Los sabios y entendidos siempre quedarán atrapados en sus reglas, en sus certezas y en sus convicciones, pensando que pueden controlar y manipular todo a su conveniencia.

Siempre estarán un paso atrás de lo inaudito de Dios, de aquello que no se puede entender con nuestras ideas, con nuestros conceptos, con nuestros parámetros tan limitados.

La novedad de Dios sólo la pueden acoger quienes se sienten pequeños, que saben que les falta mucho por descubrir en la vida; sólo se manifiesta a quienes se sienten dependientes y necesitados de aquellas gracias que sólo Dios puede dar.

Lo que mayor obstáculo crea para poder sentir y vivir en el mundo de Dios es la arrogancia y la prepotencia en que los seres humanos nos vemos atrapados muchas veces, pensando que somos el centro de todo y que Dios simplemente no hace falta. Vivimos en una sociedad en donde se lucha y se trabaja arduamente para no depender de nada ni de nadie. Queremos ser independientes y autosuficientes y eso produce aislamiento y soledad; eso condena a perder lo más sagrado que llevamos  en el corazón que es la capacidad de vivir en relación con los demás.

Y  vivir  en  relación  con  los  demás  significa  que  los  necesitamos,  que  representan aquella parte de la riqueza que soñamos, pero que no poseemos, porque se adquiere sólo cuando aceptamos que no somos ni tenemos todo a nuestra disposición.  Eso,  sólo  los pequeños  lo puede entender porque están  abiertos al don que puede venir   de los demás.

La novedad del Reino que Jesús y sus discípulos anunciaban a las gentes de sus pueblos exigía esa capacidad de creer que Dios podía hacer todas las cosas de nuevo, que podía establecer relaciones nuevas, libres del peso que había adquirido la ley impuesta por los grandes y señores del templo.

Con la expresión de gratitud de Jesús a su Padre, podemos entender por qué los pobres, los marginados, los olvidados, los que no cuentan a los ojos del mundo son los privilegiados, los preferidos por Dios. Porque son los únicos que tendrán siempre un corazón  abierto para recibir a Dios en sus vidas como lo mejor que les pudo haber sucedido.

Sólo quienes acepten derribar los muros de su grandeza serán quiene  podrán  entender que Jesús es el verdadero Mesías, que él es el Salvador,  que en él  Dios nos ha mostrado su rostro y se nos ha dado a conocer. Que conociéndolo a él podremos conocer al Padre.

Y con la invitación que Jesús hace de ir a él, todos los que se sienten cansados y agobiados, queda claro que el camino para llegar a Dios no es otro más que él nos propone a través del anuncio de la llegada de su reino.

Seguramente, en muchos de nosotros han resonado fuerte las palabras del Señor cuando dice: Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo les daré alivio. Porque, efectivamente, es demasiado lo que nos tiene fatigados y agobiados.

En nuestro mundo de carreras, de mil compromisos, de horarios de trabajo que apenas dejan tiempo para dormir unas horas, de preocupaciones por alcanzar todas las metas que nos hemos impuesto y las exigencias que nos vienen de los demás, parece no quedar espacio para más.

Vivimos en un mundo que no puede esconder el cansancio y aunque se nos ofrecen por todas partes muchas propuestas para relajarnos, para liberarnos del estrés, para crear condiciones de tranquilidad y de paz; el hecho es que arriesgamos de ver como la vida se nos va sin haber podido disfrutar verdaderamente de ella, aún cuando sabemos que hemos venido a este mundo para ser felices.

¿Qué es lo que nos ofrece Jesús cuando nos invita a ir hacia él para encontrar alivio? Nos ofrece la posibilidad de ser tratados como personas, nos permite tomar conciencia de aquello que realmente vale la pena en nuestro ir caminando día a día dándonos cuenta de que existen valores que pueden darle otro sentido a nuestra existencia.

Nos enseña que el secreto de la vida no está en la euforia, en la prisa, en los embotellamientos de tráfico que hemos dejado que nos atrapen.

Jesús nos hace entender que necesitamos de espacios y de momentos para encontrarnos con nosotros mismos, para agradecer lo bueno y lo bello que se nos va dando cada día, sin merecerlo.

El alivio que nos ofrece Jesús pasa a través de los momentos que nos permitimos para compartir la vida con los demás, por el gusto de estar con ellos, por la oportunidad que nos brindamos de hacer el bien a alguien por el gusto de brindarle unos minutos de felicidad.

Jesús nos alivia ayudándonos a liberarnos de todas nuestra actitudes egoístas que endurecen el corazón y nos hace sensibles a las necesidades de los demás. Nos abre los ojos al sufrimiento que padecen quienes, muchas veces, tenemos a nuestro lado. Hace que no pasemos indiferentes ante el dolor del hermano que está enfermo o de quien está pasando por una situación de conflicto o de soledad.

Quienes rechazaban el mensaje y los signos de Jesús eran personas que estaban atrapadas bajo el yugo pesante de la ley que se habían impuesto y que habían desfigurado haciéndola un instrumento de esclavitud.

Jesús invita a cargar otro yugo, uno que es suave, que se convierte en instrumento que ayuda a no perder el rumbo, a estar siempre sobre el camino correcto. Es el yugo de la misericordia que Jesús prepara para cada uno de nosotros sabiendo lo que necesitamos y facilitando todo aquello que nos pueda ayudar a ser las personas que Dios ha soñado. Es el yugo de la paciencia que Dios nos tiene cuando nos espera que lleguemos hasta él.

Es el yugo de la mansedumbre, de la humildad de corazón que nos permite, configurándonos con su persona, revestirnos de aquellos sentimientos, como dice san Pablo, que están en Cristo (Colosenses 3, 12-14).

Aprendan de mí, dice Jesús. Esa es nuestra tarea, nuestro reto si queremos verdaderamente hacer un camino que nos lleve por caminos de auténtica libertad, de paz y de fraternidad.

Aprender de Jesús es lo que no llevará a crear espacios de verdadero amor. Y donde hay amor, todo se transforma en algo ligero de llevar sobre nosotros.

Que el Señor nos conceda mantener nuestra mirada fija en él y que nuestro corazón anhele cada día más llenarse de aquellos sentimientos que nos permitan ser presencia de Jesús en nuestro mundo.

Que el Señor nos ayude a llevar sobre nosotros su yugo para que nos convirtamos en personas capaces de vivir siendo ejemplo de humildad, con actitudes de sencillez que nos permitan apreciar como un don a los demás y que aspiremos cada día a la mansedumbre que descubrimos en el corazón del Señor.


«Conyugados» a Cristo
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

Tras el discurso apostólico (Mateo 10), encontramos ahora una sección narrativa (Mateo 11–12), siguiendo el recurso literario tan querido por Mateo, que alterna discursos y relatos.

Esta sección narrativa se caracteriza por un clima de tensión creciente. Jesús se da cuenta de que su mensaje y su obra no son comprendidos: Juan el Bautista tiene dudas sobre su mesianismo; la gente se muestra caprichosa como los niños; las ciudades alrededor del lago, donde había realizado tantos milagros, no se convierten; los escribas y los fariseos se le oponen. Jesús se encuentra así frente al insuceso y a la perspectiva del fracaso. Este es el contexto dramático del pasaje evangélico de hoy.

El texto se articula en tres párrafos bien diferenciados: en el primero, la oración de alabanza que Jesús dirige al Padre; en el segundo, la estrecha relación entre el Padre y el Hijo; en el tercero, la relación entre Jesús y nosotros, con la invitación a acudir a él.

El pasaje griego comienza de manera singular: «En aquel tiempo, Jesús, respondiendo, dijo…». Sin embargo, antes no encontramos ninguna pregunta. Parece casi como si Jesús respondiera a la interrogación que esta situación de aparente fracaso plantea a su misión. ¿Y cuál es su respuesta? «¡Te alabo, Padre!».

  1. Jesús decepcionado, pero no desanimado
    Nos preguntamos: ¿por qué Jesús, en este contexto de oposición y aparente fracaso, reacciona con una oración de alabanza, con una especie de «Magnificat» propio?

El Señor no se desanima ni se desmoraliza, como tal vez lo hubiéramos hecho nosotros. Aunque decepcionado por la cerrazón y la falta de fe de tantos oyentes, testigos de sus milagros, Jesús lleva esta situación a la oración, al diálogo con el Padre. Y descubre que el Padre sigue llevando a cabo su proyecto de amor, no a través de los sabios y los eruditos, sino a través de los pequeños.

Es una situación muy actual. Hoy somos testigos del alejamiento de muchos cristianos y de la marginación de la fe cristiana en la cultura occidental; nos preguntamos, entonces, para qué sirve el anuncio del Evangelio en un contexto así. Quizás también nosotros estemos decepcionados porque las promesas de Dios parecen tardar en cumplirse. Hemos envejecido con la esperanza de una Iglesia renovada. Es fuerte la tentación de la resignación, del desánimo, del pesimismo cínico.

Pues bien, Jesús nos invita al valor de la oración, para discernir de dónde y hacia dónde sopla el Espíritu.

  1. Un nuevo llamado para todos: ¡vengan, tomen, aprendan!
    Jesús sale del encuentro con el Padre renovado en la conciencia de su misión mesiánica: «Todo me ha sido dado por mi Padre». Y se dirige nuevamente a los pequeños, es más, a todos: «Vengan a mí todos los que están cansados y oprimidos, y yo les daré descanso. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí».

¿Quiénes son estas personas cansadas y oprimidas? Son quienes viven bajo el yugo de la Ley. Según la tradición rabínica, de hecho, el yugo era una imagen de la Ley: los 613 preceptos extraídos de las Escrituras y las miles de prescripciones menores que obligaban a «caminar por el buen camino».

El yugo evocaba una condición de esclavitud, ya que por lo general eran los esclavos quienes lo usaban para transportar cargas pesadas (cf. Levítico 26,13).

Jesús invita a romper ese yugo y a acudir a él para encontrar descanso, es decir, el descanso prometido por Dios a su pueblo (cf. Carta a los Hebreos 3–4). Sin embargo, inmediatamente después, nos invita a tomar su yugo y a aprender de él, «manso y humilde de corazón».

Ciertamente podemos aprender de él, maestro de corazón manso y humilde, que no se comporta como los escribas y los fariseos, quienes «atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de la gente» (Mateo 23,4). Sin embargo, no esperaríamos una asociación entre yugo y descanso.

¿Cuál es, entonces, este yugo de Jesús?

El yugo era un instrumento de madera que unía a dos animales para arar o tirar de un carro. El yugo de Jesús es la cruz: aquella que él llevó por nosotros y, por lo tanto, nuestra cruz, nuestro yugo. Jesús se convierte en nuestro Cireneo, se pone a nuestro lado. Es nuestro compañero, nuestro… «cónyuge»!

Sí, porque el término «cónyuge» deriva del latín coniux, formado por cum e iugum: indica a quien está unido al otro bajo el mismo yugo, a quien comparte la misma suerte. De ahí también el verbo «conjugar». Es, por lo tanto, una imagen nupcial.

Jesús afirma: «Mi yugo es suave y mi carga ligera». ¿Por qué es suave? Porque es el yugo del amor. ¿Por qué es ligera? Porque él la lleva con nosotros.

Ante esta invitación de Jesús surgen dos tentaciones.

La primera es querer romper todo yugo y todo vínculo, incluido el «suave y ligero» del amor. Como el falso profeta Ananías, quien rompió el yugo simbólico de madera que llevaba Jeremías, prometiendo al pueblo libertad y prosperidad. El riesgo es terminar con un yugo de hierro (cf. Jeremías 28).

La segunda tentación es confiar en el yugo de las leyes para garantizar el orden y preservar el poder, ya sea en el ámbito social, eclesial, familiar o en cualquier otro contexto, lo que aumenta el esfuerzo y la opresión y sacrifica la solidaridad y el amor.

Ejercicio semanal de reflexión
¿Cómo reacciono ante los fracasos y las decepciones?
¿Quién es mi «compañero» en el camino de la cruz: Cristo o el nuevo mesianismo cultural?
«Quiero darte las gracias, Señor, por el regalo de la vida. Leí en alguna parte que los hombres son ángeles con un solo ala: solo pueden volar si permanecen abrazados. A veces, en momentos de confianza, me atrevo a pensar, Señor, que tú también tienes solo un ala. La otra la mantienes oculta: tal vez para hacerme entender que no quieres volar sin mí» (don Tonino Bello).


El pueblo sencillo
José Antonio Pagola

Jesús no tuvo problemas con la gente sencilla. El pueblo sintonizaba fácilmente con él. Aquellas gentes humildes que vivían trabajando sus tierras para sacar adelante una familia, acogían con gozo su mensaje de un Dios Padre, preocupado de todos sus hijos, sobre todo, de los más olvidados.

Los más desvalidos buscaban su bendición: junto a Jesús sentían a Dios más cercano. Muchos enfermos, contagiados por su fe en un Dios bueno, volvían a confiar en el Padre del cielo. Las mujeres intuían que Dios tiene que amar a sus hijos e hijas como decía Jesús, con entrañas de madre.

El pueblo sentía que Jesús, con su forma de hablar de Dios, con su manera de ser y con su modo de reaccionar ante los más pobres y necesitados, le estaba anunciando al Dios que ellos necesitaban. En Jesús experimentaban la cercanía salvadora de Padre.

La actitud de los “entendidos” era diferente. Lo que al pueblo sencillo le llena de alegría a ellos les indigna. Los maestros de la ley no pueden entender que Jesús se preocupe tanto del sufrimiento y tan poco del cumplimiento del sábado. Los dirigentes religiosos de Jerusalén lo miran con recelo: el Dios Padre del que habla Jesús no es una Buena Noticia, sino un peligro para su religión.

Para Jesús, esta reacción tan diferente ante su mensaje no es algo casual. Al Padre le parece lo mejor. Por eso le da gracias delante de todos: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has dado a conocer a los sencillos. Sí, Padre, así te ha parecido mejor».

También hoy el pueblo sencillo capta mejor que nadie el Evangelio. No tienen problemas para sintonizar con Jesús. A ellos se les revela el Padre mejor que a los “entendidos” en religión. Cuando oyen hablar de Jesús, confían en él de manera casi espontánea.

Hoy, prácticamente, todo lo importante se piensa y se decide en la Iglesia, sin el pueblo sencillo y lejos de él. Sin embargo, difícilmente, se podrá hacer nada nuevo y bueno para el cristianismo del futuro sin contar con él. Es el pueblo sencillo el que nos arrastrará hacia una Iglesia más evangélica, no los teólogos ni los dirigentes religiosos.

Hemos de redescubrir el potencial evangélico que se encierra en el pueblo creyente. Muchos cristianos sencillos intuyen, desean y piden vivir su adhesión a Cristo de manera más evangélica, dentro de una Iglesia renovada por el Espíritu de Jesús. Nos están reclamando más evangelio y menos doctrina. Nos están pidiendo lo esencial, no frivolidades.


La simplicidad de Dios nos asusta
Fray Marcos

En el evangelio de hoy hay tres párrafos bien definidas. El primero se refiere a Dios. El segundo, a la interdependencia total entre Jesús y Dios. El tercero, hace referencia a la relación entre nosotros y Jesús. Los tres manifiestan aspectos esenciales del mensaje de Jesús. Los dos primeras se encuentran también en Lc, pero en el contexto des éxito de los 72 y la intervención del Espíritu que llenó de alegría a Jesús. En la primera comunidad cristiana todos eran personas sencillas, que no podían gloriarse de nada y buscaban ser acogidas y guiadas. ¿Qué hubiera dicho Jesús de la Iglesia después de Constantino?

“Te doy gracias, Padre, porque…” Lo importante no es la acción de gracias en sí sino el motivo. Jesús no puede afirmar que Dios da a algunos lo que niega a otros. Lo que quiere decir es que, el Dios de Jesús no puede ser aceptado más que por la gente sencilla y sin prejuicios. Los engreídos, los soberbios, los sabios tienen capacidad para crearse su propio Dios. Los “sabios y entendidos” eran los especialistas de la Ley. Su pretendido conocimiento de Dios les daba derecho a sentirse seguros, poseedores de la verdad. No tenían nada que aprender. Pero eran los únicos que podían enseñar.

¿Quiénes eran los sencillos? “El “nepios” griego tiene muchos significados, pero todos van en la misma dirección: infantil, niño, menor de edad, incapaz de hablar; y también: tonto, infeliz, ingenuo, débil. En todos descubrimos la ausencia de cálculo, la falta de doblez o segundas intenciones. Para la élite religiosa, los sencillos eran unos malditos, porque no conocían la Ley, y por lo tanto no podían cumplirla. Los sencillos eran los “sin voz”, “la gente de la tierra” a quienes los rabinos despreciaban.

Estas cosas son las experiencias de Dios que Jesús vivió y que les quiere trasmitir. No se trata de conocimiento sino de experiencia profunda. “Todo me lo ha entregado mi Padre…” Ese conocimiento de Dios no es fruto del esfuerzo humano, sino puro don; aunque no se niegue a nadie. El error de nuestra teología, fue creer que conocíamos a Jesús porque conocíamos a Dios; si Jesús era Dios, ya sabíamos lo que era Jesús. El texto nos dice que la única manera de conocer a Dios es aproximarnos a Jesús.

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré. La imagen de yugo se aplicaba a la Ley, que, tal como la imponían los fariseos, era ciertamente insoportable. El hombre desaparecía bajo el peso de más de 600 preceptos y 5.000 prescripciones. Para los fariseos, la Ley era lo único absoluto. Jesús dice lo contrario: “El sábado está hecho para el hombre, no el hombre para el sábado”. La principal tarea de Jesús es liberar al hombre de las ataduras religiosas.

Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera. Jesús libera de los yugos y las cargas que oprimen al hombre y le impiden ser Él. No propone una vida sin esfuerzo; Sería engañar al ser humano que tiene experiencia de las dificultades de la existencia. Sin esfuerzo no hay verdadera vida humana. No es el trabajo exigente lo que malogra una vida, sino los esfuerzos que no llevan a ninguna plenitud. Todo lo que hagamos a favor del hombre se convertirá en felicidad porque traerá plenitud y felicidad.

Jesús propone un “yugo” pero no de opresión que vaya contra el hombre, sino para desplegar todas sus posibilidades de ser más humano. Jesús quiere ayudar al ser humano a desplegar su ser sin opresiones. El yugo y la carga serían, como el peso de las alas para el ave. Claro que las alas tienen su peso, pero si se lo quitas, ¿con qué volará? El motor de un avión es una tremenda carga, pero gracias a ese peso el avión vuela. Nuestras limitaciones son las que nos permiten avanzar hacia la meta.

Lo que acabamos de leer es evangelio (buena noticia). No hemos hecho caso a este mensaje. En cuanto pasaron los primeros siglos de cristianismo, se olvidó totalmente este evangelio, y se recuperó “el sentido común”. Nunca más se ha reconocido que Dios se pueda revelar a la gente sencilla. Es tan sorprendente lo que nos acaba de decir Jesús, que nunca nos lo hemos creído. Dios no comparte con el hombre el conocimiento, sino su misma Vida. Los que no creen en la evolución pueden disfrutar de una buena salud.

Si Dios se revela a la gente sencilla, ¿Qué cauces encontramos en nuestra institución para que esa revelación sea escuchada? ¿No estamos haciendo el ridículo cuando seguimos siendo guiados por los “sabios y entendidos” que se escuchan más a sí mismos que a Dios? A todos los niveles estamos en manos de expertos. En religión la dependencia es absoluta, hasta el punto de prohibirnos pensar por nuestra cuenta. Recordad la frase del catecismo: “doctores tiene la Iglesia que os sabrán responder”.

Jesús no propone una religión menos exigente. Esto sería tergiversar el mensaje. Jesús no quiere saber nada de religiones. Propone una manera de vivir la cercanía de Dios, tal como él la vivió. Esa Vida profunda, es la que puede dar sentido a la existencia, tanto del listo como del tonto, tanto del sabio como del ignorante, tanto del rico como del pobre. Todo lo que nos lleve a plenitud, será ligero. Este camino de sencillez no es fácil.

Los cansados y agobiados eran los que intentaban cumplir la Ley, pero fracasaban en el intento. De esas conciencias atormentadas abusaban los eruditos para someterlos y oprimirlos. Nada ha cambiado desde entonces. Los entendidos de todos los tiempos siguen abusando de los que no lo son y tratando de convencerles de que tienen que hacerles caso en nombre de Dios. Pío IX dijo: “solo hay dos clases de cristianos, los que tienen el derecho de mandar y los que tienen la obligación de obedecer”. Hoy ningún jerarca repetiría esas palabras, pero en la práctica, todos actúan desde esa perspectiva.

Descubramos en qué medida separamos la fe de la vida, la experiencia del conocimiento, el amor del culto, la conciencia de la moralidad, etc. Los predicadores seguimos imponiendo pesados fardos sobre las espaldas de los fieles. Nuestro anuncio no es liberador. Seguimos confiando más en los conocimientos teológicos, en el cumplimiento de unas normas morales y en la práctica de unos ritos, que en la sencillez de sabernos en Dios. Seguimos proponiendo como meta la “Ley”, no la Vida.

La gran carencia de nuestra comunidad hoy es la falta de experiencia interior. Por eso nunca se podrá superar insistiendo en la doctrina, por medio de la condena a los que se atreven a discrepar de la doctrina oficial o con documentos que tratan de zanjar cuestiones discutibles. Lo que hay que enseñar a los cristianos es a vivir la experiencia del Dios de Jesús. Solo ahí encontraremos la liberación de toda opresión. Solo teniendo la misma vivencia de Jesús, descubriremos la libertad para ser nosotros mismos.

Meditación

Venid a mí todos, dice Jesús.
Él conoce a Dios y él nos lo puede revelar.
Debemos superar todo prejuicio
y aceptar ese Dios como el único que puede liberarnos.
Todo dios, que venga de otra parte
o que nos hayamos fabricado nosotros, será opresor.
Mientras más agobiados nos sintamos,
más necesitaremos al Dios de Jesús.


Jesús inaugura la Misión desde la paz, pequeñez y pobreza
Romeo Ballan, mccj

Este pasaje del Evangelio de Mateo hay que leerlo en paralelo con el del evangelista Lucas (10), el cual coloca este mismo episodio de la vida de Jesús en un contexto misionero: la vuelta gozosa de los discípulos después de su primera experiencia de misión. Aunque fue limitada en el espacio y en el tiempo, la experiencia había sido eficaz, capaz de someter incluso a los demonios. Jesús invita a los discípulos a no gozar por esto, sino más bien porque sus nombres “están escritos en los cielos”, es decir, en la mano y en el corazón de Dios. Y Lucas continúa: Jesús “en aquella hora se estremeció de gozo en el Espíritu Santo y dijo: «Te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra…» (10,20s). Estas breves palabras son otra revelación de la Trinidad Santa: Padre, Hijo y Espíritu.

El texto de Mateo (11) se encuentra en el corazón de su Evangelio y los estudiosos lo definen como una gran manifestación del misterio de Dios, un himno de júbilo en la Trinidad Santa. Es el ‘Magníficat’ de Jesús, una expresión de su mundo interior, así como lo expresa el de María (Lc 1). En efecto, esta plegaria de Jesús, narrada por Mateo y Lucas, recoge el programa de las Bienaventuranzas (Mt 5,3s), con una especial atención a los pobres, a los mansos, afligidos, puros, misericordiosos, artífices de paz, perseguidos… La página de Mateo nos ofrece una mirada panorámica sobre todo el Evangelio de Jesús, que gira aquí en torno a algunos temas fundamentales: la alabanza al Padre, Señor y Creador (v. 25); la vida de íntima comunión de la Trinidad (v. 27); la actitud amorosa y activa de Jesús frente al sufrimiento humano, brindando alivio a los que están “cansados y agobiados” (v. 28); la nueva escuela y el estilo del Maestro, que dice a todos: “Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón y encontrarán su descanso” (v. 29-30). Estamos en la escuela de un Maestro especial: si lo contemplamos en la pobreza de Belén y en la humillante derrota del Calvario, entenderemos cuán diferentes son los caminos humanos y los de Dios (Is 55,8-9).

Después de un período de polémicas con escribas y fariseos, y de abandonos por parte de algunos discípulos, el balance humano de ese nuevo Maestro era seguramente decepcionante. Jesús, sin embargo, lejos de abandonar su misión o de retirarse, se reafirma en el camino emprendido, alaba y da gracias al Padre por haber escogido a la gente sencilla, a los pequeños, a los últimos como destinatarios privilegiados de sus extraordinarias revelaciones (v. 25-26).

El ideal de la Iglesia es hacerse discípula de Cristo, tanto en el mensaje como en el estilo, hasta poder decir a todos los pueblos: vengan a mí todos, “cansados y oprimidos” de todos los tiempos y lugares… aprendan de mí que soy manso y humilde… encontrarán alivio y mi yugo les será llevadero. Este es el rostro auténtico y más atractivo de la Iglesia, el único que interesa a la gente, y que los misioneros y toda la comunidad cristiana están llamados a encarnar y proponer. Entre las imágenes más bellas de la Iglesia se encuentran estas dos: la posada y la casa de Pablo. La posadacasa para todos (pandokéion), a la cual el buen samaritano llevó al pobre hombre caído en manos de los bandidos (Lc 10,34); y la casa de Pablo, el cual, cuando llegó prisionero a Roma, vivía en una casa alquilada, donde acogía a todos, anunciaba el Reino de Dios y enseñaba a Jesucristo con toda franqueza (Hch 28,30-31). Dos imágenes que hablan de abertura y acogida, anuncio con pobreza y humildad, valentía evangélica (parresía). Al comienzo de su pontificado, el Papa Francisco dio una prueba de estos valores evangélicos en el viaje a Lampedusa (8 de julio de 2013), su primera visita fuera de Roma. Desde ese mar de tragedias inhumanas, lanzó al mundo entero un fuerte llamado a la acogida y a la solidaridad, partiendo de las preguntas que Dios dirigió a Adán y a Caín después de su pecado.

Hace algunos años (2003) fui invitado a participar en Guatemala en un Congreso misionero para todo el continente americano con un tema significativo: “La misión desde la pequeñez, la pobreza y el martirio”. La Iglesia misionera ofrece a menudo esta imagen de acogida, humildad y austeridad, sobre todo en los países pobres del planeta, pero también en los recodos de las metrópolis más industrializadas. Este estilo de vida y de misión, inaugurado por Jesús, es posible (II lectura) en la medida en que el Espíritu de Dios habita en nosotros. Gracias a su presencia, los frutos asegurados serán la vida, la paz (v. 9.13). El profeta Zacarías (I lectura) presenta el ideal de un rey justo, pacífico y humilde, que cabalga en un asno (v. 9), destruirá los carros y los caballos de guerra y tendrá un claro programa de paz para todas las naciones (v. 10).

Discernimiento ante el ruido exterior

«El discernimiento ayuda a silenciar el bullicio exterior y abre los oídos del corazón para escuchar la voz de Dios». La experiencia del profeta Elías (1Re 19) es un pilar fundamental en la teología espiritual sobre la reflexión profunda y la oración. Cuando el profeta, exhausto y atemorizado, busca a Dios en el monte Horeb, Él le enseña que su voluntad no se manifiesta en fenómenos estruendosos, sino en el «murmullo de una brisa suave», enseñándole a distinguir la voz divina desde la paz.

Elías había enfrentado una intensa batalla espiritual derrotando a los profetas de Baal en el monte Carmelo. Sin embargo, al ser amenazado de muerte por la reina Jezabel, cae en un profundo agotamiento físico y espiritual, deseando morir y escondiéndose en una cueva. En este estado de vulnerabilidad, necesita aprender a reconocer la presencia de Dios más allá de sus propias expectativas de triunfo o castigo.

El profeta se sitúa a la entrada de la cueva esperando una señal de Dios. Tres elementos poderosos se manifiestan. El texto bíblico señala que “el Señor no estaba en ellos” (1Re 19,11-12). Esto representa que el poder de Dios y sus respuestas no siempre coinciden con lo espectacular, lo violento o lo que el ser humano considera “divino”, sino que llega después del estruendo, a través del “sonido de una brisa suave”.

Para Elías, el buen juicio consiste en purificar la imagen que tenía de Dios: el Creador no solo es fuego y justicia, sino misericordia y paz, medios que restauran el alma cansada. Discernir significa detenerse para descubrir aquello que nos ayuda a crecer y aquello que nos aleja de nuestra verdadera identidad. No se trata solo de elegir entre algo “bueno” o “malo”, sino de reconocer qué decisiones nos ayudan a crecer, amar, servir y vivir con paz.

Vivimos una época donde parece que el silencio es incómodo. Todo el tiempo suena algo: notificaciones, videos, música, opiniones, tendencias y miles de voces diciéndonos cómo vestir, qué pensar, qué sentir y hasta cómo debemos vivir. En medio de tanta agitación, muchos jóvenes terminan confundidos, cansados o vacíos, porque escuchan todo, menos a su propio corazón. El silencio suele ser sinónimo de un vacío desconcertante; ante la falta de bullicio exterior, el mutismo nos confronta de golpe con su propia voz interna y evidencia una sobrecarga de pensamientos y ansiedad que intentamos evitar a toda costa.

El mundo de hoy nos ofrece respuestas rápidas y pocas veces nos enseña a reflexionar. Las redes sociales nos “acercan” a muchas personas, pero, al compararnos, también pueden presionarnos y generar ansiedad por intentar aparentar una vida perfecta. A veces seguimos tendencias solo para sentirnos aceptados, olvidando quiénes somos realmente. Por ello, es muy importante el discernimiento, es decir, silenciar nuestro interior para escuchar la voz de Dios, de nuestra conciencia y de la verdad que habita en nosotros. No es fácil, porque muchas veces las voces externas se convierten en ruido interior, y comenzamos a sentir miedo, inseguridad, duda o necesidad de aprobación.

Una enseñanza destacada es que, antes de tomar decisiones importantes, Jesucristo buscaba momentos de oración y soledad. Él sabía que en el silencio se encuentra claridad. El buen juicio no significa tener todas las respuestas, sino aprender a caminar con sabiduría. A veces Dios no habla con exceso de estímulos ni con señales espectaculares; muchas veces nos habla desde la tranquilidad del corazón, con una conversación sincera por medio de la oración; incluso, se comunica cada día a través de una sencilla experiencia.

Hoy, ser joven implica muchos desafíos, pero también grandes oportunidades, como la de elegir conscientemente el camino a seguir. En un mundo que “grita” constantemente, quien aprende a escuchar con el corazón descubre que la verdadera paz no se encuentra en el bullicio, sino en la verdad, en el amor y en Dios. Muchas veces buscamos certezas inmediatas, respuestas claras, señales evidentes. Pero Dios no suele levantar la voz, se insinúa como brisa suave, como intuición luminosa, como paz que crece interiormente. No se impone, más bien, invita. No arrastra, más bien, seduce.

Para lograr discernir, necesitamos cultivar la confianza, abrirnos a lo inesperado, dejarnos sorprender por caminos que no imaginábamos. Hay decisiones que maduran en la oración, en la escucha humilde, en el acompañamiento espiritual. Y otras que van aclarándose mientras caminamos, mientras confiamos. Esto implica que debemos aprender a vivir atentos, sin rigidez, con el alma dispuesta. Porque la voluntad de Dios no se esconde, sino que se revela a quienes desean albergarla con sinceridad y valentía.

El “discernimiento espiritual vocacional” es un proceso en el que una persona busca descubrir el llamado que Dios tiene para su vida. No solo se trata de escoger una profesión o decidir un futuro, sino de reconocer cómo Dios te invita a amar, servir y vivir plenamente. En la experiencia cristiana, toda vocación nace del amor de Dios. Algunos son llamados al matrimonio, otros a la vida sacerdotal, religiosa o misionera, y otros al servicio dentro de la Iglesia y la sociedad.

Discernir ayuda a escuchar dicha llamada y responder con libertad y confianza. Jesús llamó a sus discípulos de manera personal: «Ven y sígueme». Esa invitación sigue resonando hoy en el corazón de muchos jóvenes. Sin embargo, descubrir la propia vocación no siempre es fácil, porque existen dudas, miedos, inseguridades y muchas distracciones que dificultan escuchar la voz de Dios.

A ti, joven, que muchas veces te preguntas qué hacer con tu vida, cuál es tu camino o qué sueña Dios para ti, te invitamos a detenerte un momento para escuchar la voz de tu corazón. Dios sigue llamando en medio de las distracciones del mundo. Si deseas iniciar un camino de acompañamiento vocacional, ¡contáctanos! No temas preguntarle a Dios: «¿Qué quieres de mí?» Muchas veces la respuesta nace en lo más profundo del corazón; ahí es donde Dios continúa hablando. ¡La misión te espera!

Crisis racista en Sudáfrica: A la espera del 30 de junio

«El extranjero que resida entre ustedes será para ustedes como uno de los suyos, y lo amarán como a ustedes mismos, pues ustedes fueron extranjeros en la tierra de Egipto: Yo soy el Señor su Dios». A partir de esta cita del libro del Levítico (19,34), el P. José Aldo Sierra Moreno, misionero comboniano mexicano que trabaja en Sudáfrica, reflexiona sobre las razones profundas que subyacen a la actual ola de xenofobia que afecta a los extranjeros en Sudáfrica (Foto: SANDILE NDLOVU, www.sowetan.co.za).

Por: P. José Aldo Sierra Moreno, mccj
Desde Pietermaritzburg (Sudáfrica)

En Sudáfrica se está viviendo una crisis de odio contra los extranjeros. En especial, el movimiento civil March and March, Till We Win (‘Marcha y marcha hasta que ganemos’) se ha mostrado muy activo a la hora de exigir que todos los extranjeros indocumentados abandonen el país antes de este 30 de junio. La protesta ha generado tensiones y muchos extranjeros, sobre todo procedentes de otros países africanos, que huyeron de la pobreza e intentaron empezar una nueva vida aquí, están siendo acosados y obligados a abandonar Sudáfrica. Una de las provincias que se ha convertido en un campo de batalla es KwaZulu-Natal. Allí se han producido algunos enfrentamientos en los que tanto sudafricanos como extranjeros se han atacado provocando un número significativo de heridos y fallecidos.

Los orígenes

March and March no es el primer movimiento de este tipo en el país. Antes ya hubo otros que defendían prácticamente la misma idea de que «los extranjeros ilegales son la causa de la pobreza y del colapso de los servicios públicos en Sudáfrica». Movimientos como Operación Dudula (‘expulsar’, en lengua zulú) o iniciativas gubernamentales como Shanela (‘barrer’, en zulú) se han utilizado para atacar a los extranjeros pobres, a los que se ha convertido en víctimas y chivos expiatorios de la situación general de colapso social y económico del país.

El sistema del apartheid, que dominó y gobernó Sudáfrica entre 1948 y 1994, tenía como estrategia aislar a los sudafricanos negros de la realidad de otros países africanos, en especial en lo que se refería a los movimientos de liberación y a los logros de la independencia. El aislamiento tuvo tanto éxito que, incluso ahora, más de 30 años después del fin del sistema de segregación, los sudafricanos negros saben muy poco sobre la realidad y la cultura de otros países africanos. Esto ha llevado a que todo lo que proviene del resto de África se considere extraño o sospechoso, sentando así las bases de la xenofobia o, mejor dicho, de la afrofobia. Esta se alimenta por las ideas de un pequeño grupo de extremistas con intereses políticos que se aprovechan de una población que se siente agotada en el país, en su mayoría sin empleo y en una situación de graves dificultades económicas.

Fecha límite

El 30 de junio es la fecha límite fijada por los líderes de March and March para que las personas indocumentadas abandonen de manera definitiva el país. El movimiento, liderado por figuras radicales pero muy populares, como Jacinta Ngobese, ha generado una especie de promesa y expectativa de que, una vez que el país se deshaga de los extranjeros indocumentados, llegarán el éxito y el desarrollo. La realidad es que los problemas de Sudáfrica son mucho más complejos que el mero desafío que plantean las personas migrantes que se encuentran en situación irregular en el país.

Desde la toma del poder del Congreso Nacional Africano (CNA) en 1994 por parte de los que lucharon por la libertad, con Mandela al frente del cambio, la promesa de una nación próspera y multirracial no ha sido más que un sueño. La realidad es que, a lo largo de estos más de 30 años, esa misma promesa se ha desvanecido en un mar de confusión administrativa, mala gestión económica, corrupción y una práctica de control criminal en la gestión del Estado que ha situado a Sudáfrica en una posición muy delicada en el contexto económico internacional, con la huida de numerosas empresas e inversiones, lo que agrava la crisis interna del desempleo (con una tasa del 32% es una de las más altas del mundo).

Como menciona el periodista Allister Sparks en sus memorias, toda esta situación ha creado un sistema tan desigual –con una gran población pobre y una pequeña clase rica privilegiada– que el país puede compararse con «un autobús de dos pisos ocupado por dos clases sin escalera que las separe».

La escalada de la protesta March and March

Aunque la protesta plantea reivindicaciones legítimas, como la falta de medidas por parte del Gobierno para hacer frente a la inmigración ilegal y la crítica a la corrupción de los funcionarios fronterizos, March and March, al igual que otras iniciativas similares anteriores, ha sido manipulada políticamente y utilizada para exacerbar, mediante el discurso del odio, la actitud negativa hacia los extranjeros –en especial los procedentes de otros países africanos–, hasta el punto de que ese odio que se ha difundido, por no hablar de la actitud violenta y justiciera, se ha vuelto insoportable e irracional en algunos rincones del país. La situación ha llegado a tal nivel que ni siquiera las personas en situación regular en el país han sido víctimas de esta hostilidad: «Tú, como extranjero, debes irte, ya que quitas oportunidades a los sudafricanos».

En este contexto, muchos extranjeros ya no se sienten seguros. Además, consideran que Sudáfrica es un país poco acogedor, que ha perdido por completo la sensibilidad y la humanidad hacia las personas tan solo porque proceden de otro país y hablan otro idioma. Es desgarrador ver, por ejemplo, a personas de Malaui obligadas a abandonar el país, hacinadas en campamentos mientras esperan, en el frío de estos meses, la posibilidad de regresar a su país de origen, donde, por cierto, no les queda nada para empezar de nuevo. Entre estos grupos se encuentran bebés y mujeres embarazadas que sufren las condiciones de vida en un campo de refugiados.

Asentamiento informal de Jika Joe, al lado de nuestra casa en Pietermaritzburg,
donde algunos extranjeros han sido atacados e incluso asesinados recientemente.

El chivo expiatorio

Los extranjeros se marcharán, sí, pero un análisis serio demostrará que el problema de la desigualdad y la pobreza seguirá existiendo.

Los extranjeros se han convertido ahora en un chivo expiatorio –situación que ha denunciado también la Conferencia Episcopal Católica del Sur de África– que paga por la realidad creada por años de robo y corrupción en la administración pública. Muchos municipios de Sudáfrica seguirán sin funcionar, el desempleo seguirá siendo elevado, las inversiones serán escasas y la situación social y económica general del país, según los analistas, no mejorará, al menos en un futuro próximo.

A medida que se acercaba el 30 de junio se ha incrementado la tensión. El Gobierno teme otra ola de violencia e incluso saqueos en las principales ciudades del país. Ya se ha reforzado la presencia policial, con el apoyo del Ejército, para vigilar la situación.

En el escolasticado donde vivimos, todos somos extranjeros. Además, estamos rodeados de barrios pobres donde ya se han registrado estos días actos de violencia contra ciudadanos extranjeros. Uno de nuestros estudiantes, procedente de Sudán del Sur, fue acosado y agredido hace poco y, aunque todo apunta a un simple robo, muchos aprovechan las protestas y la confusión de estos días como excusa para cometer delitos.

Que el Señor bendiga y proteja a todos los extranjeros vulnerables y haga que los habitantes locales y los dirigentes de este gran país –en el que también hay muchas personas de buena voluntad y con un enfoque totalmente diferente respecto a este asunto— tengan un corazón lleno de compasión y paciencia.

comboni.org