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El otoño: tiempo de madurez, cosecha y esperanza. Oraciones para el otoño de la vida

El otoño es una de las cuatro estaciones del año y, en el hemisferio norte, marca el paso del calor y de la abundante luz del verano hacia el frío y la oscuridad del invierno. Astronómicamente comienza con el equinoccio de otoño, que se produce normalmente entre el 22 y el 23 de septiembre, cuando el día y la noche tienen aproximadamente la misma duración. El otoño termina con el solsticio de invierno, alrededor del 21 o 22 de diciembre. Desde el punto de vista meteorológico, en cambio, se considera otoño el período comprendido entre el 1 de septiembre y el 30 de noviembre.

Las características del otoño

El otoño es una estación de transformación. Poco a poco disminuyen las horas de luz, las temperaturas bajan y la naturaleza cambia de aspecto. Las hojas de muchos árboles pierden la clorofila, mostrando colores amarillos, ocres, rojos y dorados antes de caer al suelo.

Es también el tiempo de muchas cosechas. Se recogen uvas, manzanas, peras, calabazas, nueces, castañas y numerosos frutos de la tierra. En las regiones vitivinícolas es el tiempo de la vendimia y del vino nuevo.

La naturaleza parece entrar lentamente en un período de descanso. Algunos animales acumulan reservas para el invierno, otros se preparan para la hibernación y numerosas aves migratorias emprenden largos viajes hacia regiones más cálidas.

Por eso el otoño une dos realidades aparentemente opuestas: abundancia y desprendimiento. Es el tiempo de recoger los frutos, pero también el tiempo en que los árboles dejan caer sus hojas.

El otoño y las edades de la vida

Desde la Antigüedad, las cuatro estaciones han sido utilizadas como símbolo de las diferentes edades de la existencia humana.

La primavera representa el nacimiento y la infancia; el verano, la juventud y la plenitud de las fuerzas; el otoño representa sobre todo la madurez de la vida; y el invierno suele simbolizar la vejez y la etapa final de la existencia.

Sin embargo, las fronteras no son rígidas. El otoño puede representar también los primeros años de la vejez, cuando una persona empieza a mirar su existencia desde una perspectiva diferente.

Hablar del “otoño de la vida” no significa hablar solamente de decadencia. Al contrario, la imagen de la cosecha permite comprender esta etapa como el tiempo en que se recogen los frutos de todo lo vivido.

Es el tiempo de la experiencia, de la memoria, de una sabiduría que ya no necesita demostrar continuamente su propia fuerza. Muchas cosas que durante la juventud parecían indispensables empiezan a perder importancia, mientras que adquieren mayor valor los afectos, la amistad, la familia, la reconciliación, la fe y el tiempo compartido.

Como los árboles dejan caer sus hojas, también la persona está llamada, poco a poco, a aprender el arte del desprendimiento: dejar algunas responsabilidades, aceptar los propios límites, perdonar antiguas heridas y renunciar a aquello que ya no puede controlar.

Pero el árbol que pierde las hojas no está muerto. En su interior conserva la vida y prepara silenciosamente una nueva primavera. Por ello el otoño puede convertirse también en símbolo de esperanza.

Costumbres y tradiciones del otoño

Muchas costumbres otoñales nacieron de la antigua relación entre el ser humano y los ciclos de la agricultura.

Las fiestas de la vendimia y de la cosecha expresan la alegría por los frutos recibidos después de meses de trabajo. En muchos lugares existen fiestas dedicadas al vino nuevo, las castañas, las manzanas, las calabazas y otros productos de temporada.

El otoño invita también a recuperar una vida más interior. Los días se acortan, se pasa más tiempo en casa y el ritmo de la naturaleza parece sugerir mayor calma y recogimiento.

Caminar entre los árboles, observar las hojas que caen o contemplar un campo después de la cosecha puede convertirse en una sencilla escuela espiritual. La naturaleza recuerda que no todo consiste en producir continuamente. Existe un tiempo para crecer, un tiempo para dar fruto y también un tiempo para detenerse, agradecer y dejar ir.

El otoño en la tradición cristiana

El simbolismo del otoño posee una profunda afinidad con la espiritualidad cristiana.

La Biblia utiliza frecuentemente imágenes relacionadas con la semilla, la viña, la cosecha y los frutos. La vida humana aparece como un terreno que Dios cultiva y en el cual cada persona está llamada a producir frutos de amor, justicia, misericordia y fidelidad.

El otoño puede convertirse entonces en una pregunta espiritual: ¿qué frutos ha producido mi vida?

No se trata solamente de éxitos visibles. Para el cristiano, los frutos más importantes pueden ser silenciosos: una persona perdonada, un hijo acompañado, una amistad conservada durante años, una oración perseverante, una enfermedad afrontada con confianza, un servicio realizado sin reconocimiento.

Durante el otoño del hemisferio norte se celebran además varias fiestas cristianas especialmente significativas.

El 29 de septiembre, la tradición católica celebra a los santos arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael. El 4 de octubre, san Francisco de Asís recuerda de manera particular la fraternidad con todas las criaturas y el respeto por la creación.

El mes de octubre posee también una fuerte tradición mariana y, particularmente en la Iglesia católica, está asociado a la oración del Rosario.

Al comienzo de noviembre llegan dos celebraciones profundamente relacionadas con los grandes temas del otoño. El 1 de noviembre, solemnidad de Todos los Santos, recuerda la vocación de cada persona a la santidad y contempla la multitud de hombres y mujeres que han alcanzado la plenitud de la vida en Dios.

El 2 de noviembre, conmemoración de los fieles difuntos, lleva a recordar a quienes nos han precedido. En un tiempo del año en que la naturaleza parece apagarse, la fe cristiana proclama que la muerte no posee la última palabra.

Hacia el final del año litúrgico se celebra también la solemnidad de Cristo Rey, y poco después comienza el Adviento. Así, mientras la naturaleza del hemisferio norte entra en el período más oscuro del año, la liturgia cristiana comienza a hablar de espera, vigilancia y de una luz que está por llegar.

Este contraste es particularmente hermoso: precisamente cuando los días se hacen más cortos, el cristianismo invita a esperar la Luz.

El otoño de la vida desde la fe cristiana

Para una persona que entra en el otoño de su existencia, la espiritualidad cristiana propone no solamente mirar hacia atrás, sino también hacia delante.

Existe un momento para preguntarse qué se ha realizado, pero también qué queda todavía por ofrecer.

Una persona mayor puede quizá hacer menos cosas que antes, pero puede convertirse cada vez más en presencia, memoria, consejo, oración y bendición para los demás.

En este sentido, envejecer puede ser entendido como un proceso de simplificación interior. Como el árbol que se desprende de sus hojas, la persona aprende progresivamente a distinguir aquello que permanece de aquello que pasa.

La fe cristiana añade además una dimensión esencial: el otoño no conduce simplemente al invierno. Después del invierno existe una primavera.

Por eso el ciclo de las estaciones puede convertirse en una imagen de la esperanza cristiana en la resurrección.

La semilla desaparece bajo la tierra, pero prepara una vida nueva.



Oraciones para el otoño de la vida

Oración de agradecimiento por los frutos recibidos

Señor Dios,

al entrar en el otoño de mi vida,
quiero detenerme un momento
para contemplar el camino recorrido.

Gracias por las personas que has puesto a mi lado,
por los días luminosos
y también por aquellos que me enseñaron a caminar en la oscuridad.

Gracias por el amor que he recibido
y por el amor que he podido ofrecer.

Gracias por mis trabajos, mis alegrías,
mis errores y mis nuevos comienzos.

Como el campesino contempla su campo después de la cosecha,
enséñame a reconocer los frutos
que tu gracia ha hecho crecer en mi vida.

Y allí donde todavía encuentre tierra árida,
dame tiempo y humildad para sembrar de nuevo.

Amén.

Oración para aprender a dejar ir

Señor,

los árboles del otoño dejan caer sus hojas
sin saber todavía cuándo llegará la primavera.

Enséñame también a mí a desprenderme.

Ayúdame a dejar aquello que ya no necesito,
las antiguas heridas,
los resentimientos,
el deseo de controlar cada cosa
y el miedo ante lo que está por venir.

Dame la libertad de conservar solamente
lo que verdaderamente importa:

la fe,
el amor,
la gratitud,
la amistad
y la esperanza.

Que cada cosa que dejo
haga más espacio en mí para Ti.

Amén.

Oración por la madurez de la vida

Dios de todas las estaciones,

Tú estabas conmigo en la primavera de mi infancia
y en el verano de mi juventud.

Permanece conmigo ahora
en el otoño de mi vida.

Haz que los años no sean solamente tiempo que pasa,
sino sabiduría que crece.

Dame serenidad para aceptar mis límites,
humildad para pedir ayuda,
generosidad para compartir mi experiencia
y un corazón todavía capaz de sorprenderse.

Que nunca piense que mi misión ha terminado.

Muéstrame cada día
a quién puedo escuchar,
a quién puedo consolar,
por quién puedo rezar
y qué semilla de bien puedo todavía plantar.

Amén.

Oración en memoria de quienes ya no están

Señor de la vida,

en estos días en que las hojas caen
recordamos especialmente
a las personas que caminaron junto a nosotros
y que ya no podemos ver.

Gracias por todo lo que recibimos de ellas.

Guarda sus nombres, sus rostros
y sus historias en nuestro corazón.

Cuando su ausencia nos duela,
haz que la memoria se transforme en gratitud.

Y cuando pensemos en nuestra propia muerte,
líbranos del miedo que paraliza.

Danos la esperanza de creer
que nuestra historia no termina en la tumba
y que nada de lo vivido en el amor
se pierde para siempre.

Acoge a nuestros difuntos en tu paz
y condúcenos un día hacia la plenitud de tu vida.

Amén.

Oración breve para cada mañana de otoño

Señor,

gracias por este nuevo día.

Enséñame a recibirlo
como se recibe un fruto maduro:
con gratitud.

Que sepa guardar lo que es bueno,
dejar caer lo que ya no sirve
y confiarte aquello que no puedo cambiar.

Haz fecundo también este día de mi vida.

Amén.

P. Manuel João Pereira Correia, MCCJ
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Obispos combonianos: «Es del corazón de donde nace la misión»

Dieciséis de los 23 obispos combonianos al servicio de las Iglesias locales en África y América Latina se reunieron en Roma, del 16 al 21 de septiembre, para un encuentro de formación y compartir, dejando también un mensaje a la Familia Comboniana en este tiempo de reconfiguración.
MENSAJE DE LOS OBISPOS COMBONIANOS
A LA FAMILIA COMBONIANA

«Al ver a las multitudes, sintió compasión de ellas» Mt 9,36

Queridos hermanos y hermanas,

nosotros, los obispos combonianos, nos reunimos en la Casa General de los Misioneros Combonianos del Corazón de Jesús para un momento de formación permanente y diálogo. Con esta carta queremos, ante todo, expresar nuestra profunda gratitud por esta oportunidad de encuentro y por la acogida en la Casa General. Estar aquí, en la casa que custodia la memoria y el camino del Instituto, nos permite compartir no solo un momento institucional, sino sobre todo una fraternidad comboniana que nace de la misma llamada misionera.

Queremos dar gracias por el don de la vocación misionera en nuestros Institutos, por el servicio que tantos hermanos y hermanas ofrecen a la Iglesia en los diferentes continentes y, sobre todo, por el testimonio de tantos misioneros y misioneras que, a menudo en silencio y en situaciones difíciles, continúan viviendo con fidelidad el carisma de Comboni, participando en la misión de Cristo allí donde la Iglesia está llamada a hacerse presencia, escucha, reconciliación y esperanza.

Quisiéramos compartir con vosotros una palabra que nos parece particularmente importante para este momento de nuestros Institutos y de la misión: el corazón. El papa Francisco, en Dilexit nos, nos invitó a volver al corazón. No como refugio intimista, sino como el lugar en el que la persona recupera su unidad, reconoce lo que verdaderamente importa y se abre al encuentro con Dios y con los demás. El papa León, con Dilexi te, ha profundizado este tema hablando de la necesidad del amor hacia los pobres. El mundo necesita hoy, como siempre, una Iglesia que no pone límites al amor, que no conoce enemigos a los que combatir, sino sólo hombres y mujeres a los que amar (DT 120). El amor a los pobres es la garantía evangélica de una Iglesia fiel al corazón de Dios (DT 103).

Es del corazón de donde nace la misión. Y quizá precisamente aquí se encuentra uno de los desafíos más profundos que hoy tenemos ante nosotros: renovar la misión significa, ante todo, dejarnos renovar el corazón. En un tiempo de cambios epocales, también nuestros Institutos están atravesando profundas transformaciones y sienten la necesidad de repensar las estructuras y las modalidades de acción. La misión nos pide decisiones valientes. Pero toda reorganización adquiere su verdadero significado cuando nace de la escucha de la llamada de Dios y permanece orientada al bien de la misión, sin perder nunca de vista el bien de cada persona.

Por eso no debemos preguntarnos simplemente: ¿cómo podemos seguir haciendo lo que siempre hemos hecho con menos personas y menos recursos? La pregunta más profunda es: ¿qué está pidiendo hoy el Espíritu Santo al carisma comboniano? ¿Qué nueva forma de misión? ¿Qué comprensión renovada de nuestro modo de ser Iglesia? ¿Qué estructuras están realmente al servicio del Evangelio y cuáles, en cambio, corren el riesgo de convertirse en fines en sí mismas? La reorganización de nuestros Institutos es, pues, un camino necesario que debemos afrontar sin miedo y que también puede convertirse en una gracia: la oportunidad de volver a lo esencial y permitir que el carisma recibido de Comboni encuentre nuevas formas, adecuadas a las realidades en las que hoy estamos llamados a vivir. Deseamos que este camino se realice en un estilo de sinodalidad, mediante una relación renovada entre las Iglesias locales y los Institutos de vida consagrada, entre presbíteros y laicos, mujeres y hombres, mayores y jóvenes.

La misión es participación en la misión de Cristo. Y una Iglesia misionera es una Iglesia que no vive para sí misma, sino para los demás. Por eso necesitamos una comprensión renovada de nuestro modo de ser Iglesia. No podemos anunciar la reconciliación si nuestras comunidades no se convierten en lugares de reconciliación. No podemos hablar de paz si no aprendemos a custodiar la paz en nuestras relaciones. No podemos anunciar la fraternidad a un mundo dividido si nosotros mismos no nos convertimos en hermanos capaces de escucharnos, perdonarnos y sostenernos mutuamente.

Por eso quisiéramos también renovar juntos un llamamiento a la paz, al desarme y a la reconciliación. Vivimos en un mundo marcado por guerras, violencia, rearme, polarizaciones y miedo. En muchos de los lugares donde están presentes los misioneros, las poblaciones llevan en el cuerpo y en la memoria las heridas de los conflictos. Como Iglesia no podemos resignarnos a la lógica de la violencia. Y nosotros, los misioneros, estamos llamados a ser artesanos de paz. El desarme no se refiere únicamente a las decisiones políticas e internacionales: también interpela a la conversión del corazón y favorece una disposición no violenta y pacífica en las relaciones. Significa desarmar las manos, pero también las palabras, los juicios, los miedos y las desconfianzas. Una misión reconciliada puede convertirse en semilla de reconciliación.

Durante nuestro encuentro encontramos otra palabra que nos parece decisiva: el cuidado. El cuidado de nosotros mismos, del hermano, de las comunidades eclesiales a las que somos enviados, junto con el cuidado de nuestra casa común. El cuidado no es debilidad ni repliegue sobre nosotros mismos, sino atención amorosa a la vida. Somos conscientes de que el cuidado es parte esencial del ministerio del obispo; por eso pedimos al Señor la sabiduría y la delicadeza necesarias para ser padres acogedores y compañeros de camino de nuestras comunidades. La Iglesia también necesita misioneros que sepan cuidar su vida espiritual, su humanidad, su formación, la profundización de la espiritualidad comboniana, su salud, sus relaciones y su vocación. Un misionero que no se cuida a sí mismo corre el riesgo, con el tiempo, de perder la capacidad de cuidar a los demás. Necesitamos construir comunidades en las que cada uno pueda sentirse acogido, escuchado y acompañado. Necesitamos aprender nuevamente que el hermano no es un obstáculo para la misión: es parte de la misión misma. Y necesitamos cuidar la creación, porque en la belleza de la tierra podemos todavía reconocer algo de la belleza del amor de Dios.

Queridos hermanos y hermanas, mirando el mundo con el corazón de Cristo, ya no vemos solamente problemas que resolver, sino personas a quienes amar, comunidades a las que acompañar en la fe, heridas que vendar y belleza que custodiar. Los tiempos que vivimos no son fáciles, pero si nuestro corazón permanece encendido por el amor de Cristo, entonces, aun en nuestra pobreza, seremos esperanza para el mundo. Pidamos, pues, al Señor que renueve en nosotros el corazón misionero de Comboni. Un corazón capaz de ver, de escuchar, de hacer causa común con quienes sufren y con quienes se alegran, compartiendo sus heridas y sus esperanzas.

Os aseguramos nuestra oración y os pedimos que también recéis por nosotros, para que juntos podamos servir al Pueblo de Dios con humildad y valentía.

Los obispos combonianos

comboni.org

Fallece el P. David Esquivel

Fecha de nacimiento: 06/05/1956
Lugar de nacimiento: Ciudad de México (México)
Votos temporales: 19/04/1980
Votos perpetuos: 30/04/1983
Fecha de ordenación: 08/09/1984
Fecha de fallecimiento: 22/09/2026
Lugar de fallecimiento: Ciudad de México/México

En la mañana del martes 22 de septiembre, el P. David Arturo Esquivel Hernández partió a la casa del Padre a causa de una peritonitis que se agravó fatalmente. El P. David fue operado de urgencia, pero la infección interna se complicó y, tras una segunda intervención, falleció.

El P. David Nació el 6 de mayo de 1956. Acababa de cumplir 70 años. Hizo sus primeros votos el 19 de abril de 1980 y fue destinado al escolasticado de París, Francia, donde estudió la teología. Ordenado sacerdote el 8 de septiembre de 1984, partió a la misión del Chad, donde vivió momentos difíciles a causa de la situación política y de la guerra civil.

En 1990 regresó a México, donde permaneció hasta 1997, año en que fue de nuevo destinado a Chad. En 2010 regresó a México, donde trabajó en la formación de jóvenes postulantes durante unos años. De 2014 a 2017 estuvo en la comunidad comboniana de París y en 2018 regresó de nuevo a Chad.

Desde 2023 estaba de nuevo en México. El 19 de septiembre tuvo que ser operado a causa de una peritonitis. Su delicado estado y una infección posterior a la operación obligaron a los médicos a una segunda intervención. Desgraciadamente nada se pudo hacer por él y falleció el martes 22 de septiembre. Descanse en paz.

Nuestro Centro de Animación Misionera cumple 50 años

Hoy, 21 de septiembre, nuestro Centro de Animación Misionera (CAM), situado en la colonia Tabacalera de Ciudad de México, cumple 50 años. En él se elaboran las revistas Esquila Misional y Aguiluchos, además de la edición de libros y otros materiales de animación misionera.

El CAM fue inaugurado el 21 de septiembre de 1976 en una ceremonia sencilla presidida por el entonces Superior General de los Combonianos, el P. Tarcisio Agostoni. En la ceremonia también estuvieron presentes el embajador de Italia en México, D. Raffaele Marras, numerosos sacerdotes, Damas Combonianas, bienhechores y amigos de los Misioneros Combonianos.

El edificio sufrió graves daños como consecuencia del terrible terremoto de 1985 y tuvo que ser reforzado en su estructura. Hoy sigue funcionando como principal centro de Animación Misionera de los Combonianos en México. Por él han pasado numerosos sacerdotes y hermanos asegurando las tareas de edición de las revistas, administración y contacto con los bienhechores, así como numerosos empleados que han mantenido siempre encendida la llama de la Misión. También se han celebrado en él numerosos actos de animación o de formación misionera.

la comunidad del CAM y los actuales empleados lo han celebrado con una misa de acción de gracias a Dios por este medio siglo de servicio ininterrumpido a la causa misionera. La misa estuvo presidida por el P. Rafael González Ponce, quien fue testigo de los primeros años y que vivió en primera persona los terribles días del terremoto de septiembre de 1985. Durante la misa, el P. Rafael hizo un emotivo recorrido histórico sobre los inicios y los primeros años de funcionamiento del CAM, explicando el contexto social, eclesial y comboniano de aquella época. Tras la misa, los combonianos y los empleados que trabajan en el CAM compartieron una comida fraterna.

El equipo que trabaja actualmente en el CAM con el P. Rafael Ponce y algunos invitados a la fiesta.

Todos los que trabajamos actualmente en este centro agradecemos a Dios por estos 50 años y renovamos nuestro compromiso de seguir dando lo mejor de nosotros mismos para que Esquila Misional y Aguiluchos sigan llegando a todos los hogares de México.

Chad, la misión de las combonianas donde la diversidad es fraternidad

“Quiero una misión católica, universal”: las palabras de san Daniel Comboni se hacen realidad gracias al compromiso de la comunidad internacional de las Hermanas Misioneras Combonianas de Deressia, en el sur del Chad, que acompaña a la población entre educación, salud y formación de las jóvenes.

Por: Hna. Loreta Beccia, SMC
vaticannews.va

Cinco hermanas combonianas: Olga Morales, Raffaella Pironti, Bakita Josephine, Amira William y Elisée Modiri. Tres continentes -América, Europa y África- y cinco países de origen: Guatemala, Italia, Sudán del Sur, Egipto y República Democrática del Congo. Esta es la riqueza de la comunidad de Deressia, en la diócesis de Laï en Chad, una zona que durante la temporada de lluvias solo se puede alcanzar con un carro tirado por bueyes o caballos.

Aquí se realiza el sueño del fundador: una congregación verdaderamente universal, capaz de poner en el centro la misión y el amor por los más pobres y abandonados. San Daniel Comboni decía: “La Obra debe ser católica (universal), no ya española o francesa o alemana o italiana”.

Una presencia nacida de una llamada

La comunidad de Deressia se abrió en 2003, tras la invitación del entonces obispo de la diócesis, monseñor Miguel Sebastián, MCCJ, que con valentía pedía a las Combonianas ser presencia de esperanza en una tierra que el Papa Francisco definiría como “periferia existencial” en la periferia del mundo.

Deressia era, de hecho, la parroquia más grande de la diócesis, con sus 5000 km²: durante seis meses al año, a causa de las inundaciones, permanecía -y sigue estando- completamente aislada. En ese momento se hablaban nueve idiomas diferentes. Hoy en día, esta realidad se ha dividido en varios vicariatos y parroquias.

 Sor Amira y Sor Bakita a su llegada a Deressia - Chad, por Loreta Beccia, SMC
Sor Amira y Sor Bakita a su llegada a Deressia – Chad. Foto: Loreta Beccia, SMC

Entre catequesis, escuela y cuidado de los más frágiles

Las actividades de las hermanas se desarrollan en diferentes ámbitos pastorales y sociales. En el ámbito escolar trabajan a tiempo completo la Hna. Amira y la Hna. Olga, que testimonian la alegría de acompañar a los estudiantes, en particular a las chicas, en su camino de crecimiento. La escuela cuenta con unos 400 alumnos, divididos en 8 clases, desde preescolar hasta sexto de primaria. Siete maestros y una maestra acompañan a las monjas en este delicado servicio educativo.

Sor Olga, con una experiencia previa de 12 años en la República Centroafricana en el trabajo educativo con los pigmeos, se emociona al contar los esfuerzos realizados para crear espacios de convivencia fraterna entre diferentes grupos étnicos y religiosos:

“Hoy, después de 5 años, puedo decir que los alumnos comienzan a reconocerse como hermanos y hermanas, con un único Padre en el cielo”.

Recuerda también cuando una mañana, durante el recreo, una alumna musulmana fue golpeada en la cabeza por una semilla de “domo” -del tamaño de una pelota de tenis- lanzada por un alumno cristiano. Después de medicar a la niña, la monja le preguntó qué pensaba de lo sucedido. La respuesta fue sorprendente:

“Hermana, él también es mi hermano. Todos formamos una sola familia. Fue un accidente, yo estoy bien”.

La Palabra de Dios, compañera de camino

Sor Raffaella es enfermera y responsable del centro de salud “Stella del Mattino”, nacido como una pequeña estructura y hoy reconocido también a nivel gubernamental, punto de referencia para toda la población. Junto con la Hna. Bakita se dedica sobre todo a los niños más vulnerables.

Cuenta que, durante la temporada de lluvias, al regresar de una visita a pueblos lejanos después de un viaje difícil y peligroso, se preguntó si todo esto realmente tenía sentido. Encontró la respuesta durante la Eucaristía: “Yo estaba enfermo y vosotros vinisteis hasta mí”. La Palabra de Dios testimonia, da paz y fuerza para afrontar cualquier dificultad, en el servicio a Dios y en el amor al pueblo.

 Chicas del Foyer, por Loreta Beccia, SMC
Chicas del Foyer. Foto: Loreta Beccia, SMC

El vestíbulo: una casa para crecer juntos

Entre las iniciativas más significativas se encuentra el “Foyer Bethlemme”, un espacio dedicado especialmente a las chicas de los pueblos más lejanos.

Sor Elisée es la responsable directa, pero, en realidad, es toda la comunidad la que acompaña a una quincena de jóvenes en un camino de formación integral, humana y espiritual. En un contexto en el que las mujeres a menudo son marginadas, el vestíbulo se convierte en un lugar de redención y fraternidad, una oportunidad concreta para el renacimiento.

Aquí cobra vida lo que Don Tonino Bello definía como “convivialidad de las diferencias”: cada monja, con su propio estilo y sus propias experiencias, contribuye a crear un ambiente en el que las diversidades se convierten en riqueza compartida y se aprende a vivir juntas con alegría.

Esta experiencia recuerda que la misión nace del encuentro: es en el reconocimiento del otro como don que se construye una fraternidad capaz de transformar el mundo.

XXV Domingo ordinario. Año A

” En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: “El Reino de los cielos es semejante a un propietario que, al amanecer, salió a contratar trabajadores para su viña. Después de quedar con ellos en pagarles un denario por día, los mandó a su viña. Salió otra vez a media mañana, vio a unos que estaban ociosos en la plaza y les dijo: ‘Vayan también ustedes a mi viña y les pagaré lo que sea justo’. Salió de nuevo a medio día y a media tarde e hizo lo mismo.
Por último, salió también al caer la tarde y encontró todavía a otros que estaban en la plaza y les dijo: ‘¿Por qué han estado aquí todo el día sin trabajar?’. Ellos le respondieron: ‘Porque nadie nos ha contratado’. Él les dijo: ‘Vayan también ustedes a mi viña’.
Al atardecer, el dueño de la viña le dijo a su administrador: ‘Llama a los trabajadores y págales su jornal, comenzando por los últimos hasta que llegues a los primeros’. Se acercaron, pues, los que habían llegado al caer la tarde y recibieron un denario cada uno.
Cuando les llegó su turno a los primeros, creyeron que recibirían más; pero también ellos recibieron un denario cada uno. Al recibirlo, comenzaron a reclamarle al propietario, diciéndole: ‘Esos que llegaron al último sólo trabajaron una hora, y sin embargo, les pagas lo mismo que a nosotros, que soportamos el peso del día y del calor’.
Pero él respondió a uno de ellos: ‘Amigo, yo no te hago ninguna injusticia. ¿Acaso no quedamos en que te pagaría un denario? Toma, pues, lo tuyo y vete. Yo quiero darle al que llegó al último lo mismo que a ti. ¿Qué no puedo hacer con lo mío lo que yo quiero? ¿0 vas a tenerme rencor porque yo soy bueno?’.
De igual manera, los últimos serán los primeros, y los primeros, los últimos”.

(Mateo: 20, 1-16)


La generosidad y la bondad del Señor
P. Enrique Sánchez G. mccj

Leyendo esta página del Evangelio me vino espontáneo hacerme la pregunta ¿cuántas veces habrá pasado el Señor por mi vida invitándome a ir con él? ¿Cuántas veces me habrá dicho, ve tú también a mi viña? Ve y participa de lo que soy y de lo que tengo para ti.

Y la respuesta, también inmediata y sin mucho que pensar ha sido: el Señor ha pasado infinidad de veces y lo sigue haciendo hasta en este momento en que me detengo para dejar que su palabra vaya a lo profundo de mi corazón.

El Señor está pasando por nuestras vidas

Una primera reflexión que podríamos hacer acogiendo este evangelio como buena noticia para quienes nos ponemos a su escucha es simplemente constatar que Dios está pasando continuamente por nuestras vidas y nos encuentra en situaciones muy variadas.

Nos podemos dar cuenta que ha pasado en la primavera de nuestras vidas, cuando iniciábamos la aventura de ponernos en camino, a lo mejor con el corazón lleno de ilusiones, de metas y de proyectos. Pasó cuando todo parecía decirnos que teníamos las energías suficientes para comernos el mundo entero. Era el momento en que no sabíamos de miedos y nos parecía que todo estaba a nuestro alcance.

Era la mañana del largo día de nuestra vida que nos invitaba a ponernos en camino con la promesa de un futuro en donde nada nos faltaría. Era el momento en que nuestras capacidades y energías nos susurraban al oído que nada nos podía vencer y que todo nos pertenecía.

Con el pasar del tiempo, la vida nos ha ido pasando sus facturas y los entusiasmos iniciales han ido tomando matices que nos obligaron a ser más prudentes, menos impulsivos y más considerados.

El tiempo se ha ido encargando de ponernos en el lugar que nos conviene, aceptando que los protagonismos no sirven de mucho y que la sencillez y la humildad son maestras necesarias para ayudarnos a aprender que la vida, ciertamente se conquista, pero más aún se recibe como don. Es decir, se recibe para ser puesta al servicio de los demás, para ser donada. Y se necesitan varios años para entenderlo y para aceptarlo.

A la mitad del día

A la mitad de la jornada, que bien podría representar la mitad de nuestras vidas, a lo mejor, nos hemos ido dado cuenta de que ya no somos tan protagonistas y que para encontrarle sentido a la vida tenemos que descubrir y aceptar que hay Alguien más que nos va guiando. No todo sale como lo habíamos pensado o planeado y ese Alguien se va encargando de que todo resulte para bien. Quienes somos cristianos empezamos a entender que estamos en las manos de Dios y que es él el buen pastor que nos va guiando.

Es el momento de la confianza que nos permite asumir nuestros límites, nuestros primeros errores o, incluso, nuestros primeros fracasos, pues lo humano que somos nos recuerda que omnipotente y todo poderoso sólo hay uno. Sólo Dios.

Con sencillez nos rendimos, en el mejor de los casos, a la evidencia de que no somos los protagonistas de nuestro destino, sino que hay Alguien que ya se ha encargado de asegurarnos un buen camino. Y la fe, por pequeña que sea, nos ayuda a sentir que somos bendecidos.

El Señor pasa al mediodía de nuestras vidas para confirmarnos su presencia y para asegurar con su fidelidad que con su presencia compensa nuestras pérdidas de energías. Pasa para poner en su lugar nuestras pretensiones de protagonismo y para que nos demos cuenta de que en su corazón siempre hay un lugar reservado, sin importar la hora, aunque se haga sentir el calor del medio día.

Y quienes aceptan su presencia se dan cuenta de que hay una calidad de vida que se alcanza no tanto con lo que somos capaces de hacer, sino con la conciencia de descubrir que somos algo o alguien en la medida en que aceptamos que la vida se nos va dando, sin merecerla y sin medida.

Al caer de la tarde

Y el Señor se vuelve a hacer presente en el atardecer de nuestra jornada, cuando todo parece irse apagando y cuando lo verdaderamente auténtico empieza a resplandecer.

El Señor aparece cuando ya no podemos presumir de nosotros mismo. Cuando lo único que ilumina las sombras de la tarde es la sabiduría que nos han dejado los años. Cuando lo que nos hace felices no está en lo mucho que podemos hacer con nuestras manos, sino estar en su presencia dejándonos contemplar para sentirnos amados.

El Señor vuelve a pasar, cuando nos tocará recoger lo que la vida nos ha ido dando y en ese momento no podremos más que reconocer que todo ha sido una bendición, que la vida no ha sido más que una oportunidad para descubrir cuánto hemos sido amados y cuánto nos ha hecho felices amar a los demás.

Al final de la jornada, cuando al parecer no queda mucho por hacer, es cuando más apreciada será la presencia del Señor porque nos daremos cuenta que nos busca no tanto por lo que podamos hacer por él, sino por el único deseo y el gusto de estar con nosotros.

En el atardecer de la vida el Señor nos invitará para ayudarnos a entender que lo importante para él no está en lo que podamos producir o rendir a sus intereses, pues él ya tiene lo que necesita y a nosotros siempre nos faltará lo que sólo él puede dar y nos puede satisfacer.

¿No puedo hacer con lo mío lo que yo quiero?

La parábola que hemos leído y sobre todo las últimas palabras nos ponen ante una realidad que nos acompaña hasta nuestros días.

En un mundo en donde lo que importa es producir, enriquecer, rendir, ganar, es normal que la lógica del primer invitado a ir a la viña lo haga sentirse desconcertado, al no recibir lo que se había imaginado.

En nuestro mundo, el que más se esfuerza, quien más invierte, quien muestra mayor dedicación, sacrificio y astucia, aparentemente, es quien tiene derecho a recibir una mayor recompensa.

Esta es la lógica que pone en el centro la ganancia como criterio para medirlo todo y a todos. Quien no produce o quien no rinde en un negocio está condenado a ser descartado,

despedido y quien más se empeña y mejor gasta sus fuerzas, mayor recompensa o salario recibirá.

Cuando sucede esto, se termina siendo esclavos del trabajo y a el se le sacrifica muchos otros valores que son los que realmente le dan sentido a la vida.

Quien vive sólo para trabajar porque tiene que ganar cada día más, termina por olvidarse de la familia, de su comunidad, de disfrutar del descanso necesario para vivir. Ya no hay tiempo para convivir con los demás, para aprovechar de la belleza del mundo, para rezar o para compartir la fe con la comunidad.

Ganar y ganar más es la meta de la vida y eso no permite entender que hay muchas cosas que se alcanzan gratuitamente, porque es Dios quien nos las da.

En la cabeza del primer invitado a la viña estaba dado por descontado que recibiría más que los demás, porque su esfuerzo había sido mayor, pero se olvidó que la generosidad de Dios no se alcanza o no se mide con horas de trabajo. Es bendición que se recibe, simplemente porque Dios es bueno y porque a él nadie le gana en generosidad.

Dios tiene sus tiempos y él sabe muy bien a qué hora tiene que llegar a nuestras vidas. Él pasa y nos invita a la hora menos pensada y lo que ofrece es lo mismo, para todos, sin hacer distinciones y por igual.

Si pretendemos aplicarle al Señor nuestros criterios, por supuesto que aparecerá como injusto, pues aplicando el principio del mérito tendría que recibir más quien aparentemente se ha sacrificado más. Pero en la manera de pensar del Señor eso no funciona y sólo él sabe quién necesita más.

Lo que está en lucha en este evangelio es, por una parte, la mentalidad de quien se empeña pensando el la ganancia que podrá obtener y por otra parte, la generosidad de Dios que no se deja ganar en bondad.

Por eso la respuesta del Señor es tan directa: ¿qué no puedo hacer con lo mío lo que yo quiero? Pues en eso no hay injusticia, porque en su acción nunca existirá la voluntad de perjudicar, siempre lo moverá su generosidad.

Y a nosotros, ¿qué nos tocará?

Tal vez, ante esta palabra, podemos hacernos algunas preguntas para abrir el corazón a todo lo que el Señor nos quiere dar.

¿Cómo vivo mi relación con el Señor, le doy y me sacrifico para que él me recompense en consecuencia?

¿Siento que en este momento el Señor me está invitando a ir a su viña prometiéndome lo que es justo y necesario para que viva con dignidad y en plenitud?

¿Le reclamo a Dios, reprochándole que no me da lo que veo que le otorga a los demás, casi sintiendo que es injusto conmigo?

¿Me siento agradecido con el Señor cuando recibo de él algo que no me esperaba?

Un momento de alegría, una palabra de esperanza, una luz en lo obscuro de un problema que estoy viviendo, una consolación en medio de mis muchos problemas, un logro entre tantos sacrificios.

¿Reconozco que Dios es bueno conmigo? ¿ En dónde veo manifestada su bondad en mi vida?

¿ Qué motivos tendría para ser agradecido con el Señor hoy, en esta hora que me está tocando vivir en mi paso por esta vida?

Que no nos cansemos de reconocer la generosidad y la bondad de Dios, hoy y siempre.


Una generosidad escandalosa
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

Hoy comenzamos un ciclo de tres parábolas de Jesús sobre la viña: la parábola de los jornaleros contratados para trabajar en la viña, este domingo; la de los dos hijos enviados a trabajar en la viña, el próximo domingo; y, finalmente, la parábola de los viñadores homicidas, el domingo siguiente.

La viña tiene un significado profundo en la Biblia. Un detalle de la parábola de hoy llama inmediatamente la atención. Aunque se dice que se trata de la viña de un propietario, este nunca dice «mi viña», sino «la viña»: «¡Id también vosotros a la viña!»

¿Cuál es esta viña? Es la viña del Reino, la viña de Dios. Pero también es la viña de Israel, el pueblo con el que Dios estableció su Alianza (Isaías 5,1-7; Jeremías 2,21; Ezequiel 15,4). Por tanto, este «ir a la viña» no es tanto una invitación a trabajar en ella como a entrar en la Alianza, a compartir el amor de Dios.

Una generosidad escandalosa

La parábola atrae nuestra atención, ante todo, hacia el insólito comportamiento del dueño de la viña, que va cinco veces a la plaza a buscar trabajadores: a las 6 de la mañana, a las 9, al mediodía, a las 3 de la tarde e incluso a las 5, una hora antes de que termine la jornada laboral. El núcleo del relato está precisamente en el contraste entre los trabajadores contratados al amanecer y los de la hora undécima, a quienes el dueño paga de la misma manera: un denario a cada uno, el salario acordado con los primeros.

Pero lo que resulta irritante y provocador en el comportamiento del dueño es el hecho de que hace esperar a los primeros para que sean testigos de su generosidad hacia los últimos. Esta decisión, en un primer momento, aumenta las expectativas de los primeros, que lo consideran un dueño bueno y generoso, para luego suscitar su protesta cuando terminan juzgándolo injusto. Y aún más provocadora es la conclusión de Jesús: «Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos».¡Qué parábola tan extraña!

Una crítica a la meritocracia

Probablemente esta parábola, que encontramos solo en el Evangelio de Mateo, tenía en el punto de mira a un cierto número de creyentes de la primera hora, procedentes del judaísmo, que se consideraban superiores y con mayores derechos que los de la última hora, los paganos recién convertidos. Esta situación de la comunidad de Mateo no es en absoluto ajena a nuestro tiempo. También hoy existen estos «supercristianos». Y ¡ay de nosotros, sacerdotes, si por casualidad nos enfrentamos a ellos!, porque pueden encontrarse precisamente entre los más voluntariosos y comprometidos de la comunidad, ¡los buenos! Es más, podríamos ser precisamente nosotros mismos, tú y yo. Me explico.

A menudo hemos sido educados para concebir la vida cristiana según una lógica casi meritocrática: multiplicar las buenas obras para acumular méritos en el cielo, ante Dios, de modo que podamos recibir una hermosa recompensa en el paraíso. Pero ¿se obtiene realmente así la salvación? Ya la primera lectura nos advierte: «Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, vuestros caminos no son mis caminos». La salvación será siempre un don. No es un derecho adquirido por haber «soportado el peso del día y el calor» (v. 12); no es un salario debido a quien realiza determinadas obras. Y así, el llamado «buen ladrón» es el primero en entrar en el Reino, mientras que el hijo mayor de la parábola del «hijo pródigo» protesta —¡«con razón»!— por lo que considera una afrenta del Padre, después de haberle servido durante tantos años.

Pero, si ante Dios no podemos reivindicar derechos adquiridos, ¿por qué esforzarse tanto? ¿Por qué habría tenido yo que entrar en el seminario a los diez años y hacerme misionero? ¿No habría sido mejor casarme y llevar una vida «normal», como todo el mundo? Así razona quien concibe el Evangelio como un peso, un esfuerzo, una fatiga, un sacrificio y una servidumbre, y no como un golpe de suerte que nos ha permitido encontrar el tesoro en el campo de nuestra vida.

Me viene a la mente aquel sacerdote del relato del jesuita indio Anthony de Mello (en El canto del pájaro), que, al ver que Dios concedía su mismo «premio» a su hermano, que había llevado una vida normal, se alegró enormemente y dijo a Dios: «Señor, eres tan bueno que por ti estaría dispuesto a sacrificar otra vez mi vida».

La vida cristiana vivida como esclavos, siervos o hijos

La vida cristiana puede vivirse con tres actitudes y comportamientos diferentes: la del esclavo, que tiene miedo al castigo y para quien Dios es un juez; la delsiervo, que trabaja por un salario y para quien Dios es un amo; y la del hijo, que trabaja desinteresadamente, por amor, y para quien Dios es un Padre.

Sin embargo, en realidad —¡y esto es lo extraño!— el Evangelio parece dirigirse a estas tres formas de relacionarse con Dios según sus respectivas expectativas. Jesús afirma: «El que diga [a su hermano]: “Necio”, será condenado al fuego de la Gehenna» (5,22). A Pedro, que le pregunta: «Mira, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué nos tocará, pues?», Jesús responde: «Os sentaréis [conmigo] en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel».Y a cuantos lo abandonan todo para seguirlo les promete el «ciento por uno», y concluye diciendo: «Muchos primeros serán últimos y muchos últimos serán primeros», que, curiosamente, ¡sirve de marco al Evangelio de hoy! (Mateo 19,27-30).

¿Por qué recurre Jesús a imágenes deliberadamente fuertes como el castigo de la «Gehenna» (siete veces en Mateo)? ¿Por qué insiste Jesús tanto en la «recompensa» (una docena de veces en Mateo)? Ciertamente, para Jesús Dios es el «Padre» (mencionado unas cuarenta veces en el Evangelio de Mateo, de las cuales 16 como «Padre mío» y 14 como «Padre vuestro»). El Padre no quiere que vivamos como asalariados o esclavos: ¡quiere hijos! Y el objetivo de la misión de Jesús es hacernos semejantes al Padre: «para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos» (Mateo 5,45). Dios nos quiere hijos que lo busquen por amor.

Desgraciadamente, muchas veces son el miedo o el interés los que nos mueven. Y ¡quién sabe si también estas motivaciones imperfectas pueden servir en ciertos momentos de la vida! Tal vez Dios sepa servirse también de estas motivaciones imperfectas, porque no quiere perder a ninguno de sus hijos.

Sorprendentemente, esta convicción de que hay que servir a Dios por amor, y no por interés ni por temor, aparece también en otros contextos religiosos. Es muy elocuente un célebre relato de la tradición sufí atribuido a la mística musulmana Rabia de Basora, del siglo VIII: «Quisiera incendiar el paraíso y apagar el infierno para que estos dos velos desaparezcan y sus siervos Lo adoren sin esperar recompensas y sin temer castigos».

Para la reflexión personal

  • ¿Qué motivación prevalece en mi relación con Dios: el miedo, el interés o el amor?
  • ¿Qué responderías a esta provocación de alguien: «Si el Paraíso no existiera, ¿seguirías creyendo en Dios?»
  • Medita sobre el hermoso testimonio de san Pablo en la segunda lectura de hoy: «Para mí, vivir es Cristo».

Bondad escandalosa
José Antonio Pagola

…Porque soy bueno

Probablemente era otoño y en los pueblos de Galilea se vivía intensamente la vendimia. Jesús veía en las plazas a quienes no tenían tierras propias, esperando a ser contratados para ganarse el sustento del día. ¿Cómo ayudar a esta pobre gente a intuir la bondad misteriosa de Dios hacia todos?

Jesús les contó una parábola sorprendente. Les habló de un señor que contrató a todos los jornaleros que pudo. Él mismo vino a la plaza del pueblo una y otra vez, a horas diferentes. Al final de la jornada, aunque el trabajo había sido absolutamente desigual, a todos les dio un denario: lo que su familia necesitaba para vivir.

El primer grupo protesta. No se quejan de recibir más o menos dinero. Lo que les ofende es que el señor «ha tratado a los últimos igual que a nosotros». La respuesta del señor al que hace de portavoz es admirable: « Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?».

La parábola es tan revolucionaria que, seguramente, después de veinte siglos, no nos atrevemos todavía a tomarla en serio. ¿Será verdad que Dios es bueno incluso con aquellos y aquellas que apenas pueden presentarse ante él con méritos y obras? ¿Será verdad que en su corazón de Padre no hay privilegios basados en el trabajo más o menos meritorio de quienes han trabajado en su viña?

Todos nuestros esquemas se tambalean cuando hace su aparición el amor libre e insondable de Dios. Por eso nos resulta escandaloso que Jesús parezca olvidarse de los «piadosos» cargados de méritos, y se acerque precisamente a los que no tienen derecho a recompensa alguna por parte de Dios: pecadores que no observan la Alianza o prostitutas que no tienen acceso al templo.

Nosotros seguimos muchas veces con nuestros cálculos, sin dejarle a Dios ser bueno con todos. No toleramos su bondad infinita hacia todos. Hay personas que no se lo merecen. Nos parece que Dios tendría que dar a cada uno su merecido, y sólo su merecido. Menos mal que Dios no es como nosotros. Desde su corazón de Padre, Dios sabe entenderse bien con esas personas a las que nosotros rechazamos.


Stop a los ociosos.
¡Todos en Misión! Hay trabajo para todos
Romeo Ballan, mccj

La meritocracia – hoy tan de moda – parece no estar en línea con los criterios de Dios. En la parábola de hoy Jesús presenta la actitud desconcertante, ‘irracional’, provocadora del dueño de la viña, que paga a todos los obreros de la misma manera. Pero, ¿cuál es el mensaje? El texto de Isaías (I lectura) nos ofrece una clave de lectura para entender la parábola de Jesús: “Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos” (v. 8). El salmo responsorial exalta al Señor que es clemente y misericordioso, bueno con todos, es incalculable su grandeza. Solamente con estos parámetros es posible acercarse al misterio de Dios y de sus planes. Para captar el mensaje de Jesús (Evangelio), es preciso salir de una lógica sindical y económica, dejar de lado la mentalidad del contador, optar por la gratuidad, adoptar la lógica del corazón grande y del amor hacia todos, sin exclusiones. Jesús desbarata la tan extendida doctrina del ‘mérito’, según la cual la salvación se convertiría en un derecho para quien ha “aguantado el peso del día y el bochorno” (v. 12), en un salario debido a quien cumple determinadas obras. Y, por tanto, el que más obras cumple más se merece el favor divino. Las protestas contra el amo (v. 11-12) provienen de personas observantes pero mezquinas, envidiosas, como el profeta Jonás (Jon 4,1-2) o el hijo mayor de la parábola (Lc 15,29-30), incapaces de comprender el amor del Padre, celosos e irritados por la acogida y el perdón concedidos al pueblo de Nínive y al hijo menor… A menudo somos nosotros los envidiosos de la parábola.

El Reino de Dios y la salvación que Él ofrece tienen las dimensiones misioneras de la universalidad, son dones abiertos a todos, incluidos especialmente los últimos, los pecadores, los humildes. “El estilo de Jesús es idéntico para todos, judíos y paganos, justos y pecadores. La antigua alianza basada sobre el derecho y la justicia es reemplazada por la nueva, fundada exclusivamente sobre la gracia. El Reino es un don de Dios y no un salario por las obras de la Ley; la salvación no es una recompensa debida casi por contrato; es, ante todo, una iniciativa divina hecha de amor y de comunión, en la que el hombre es invitado a tomar parte con gozo y sin restricciones” (G. Ravasi). Incluidos los pobres, los desamparados, porque Dios cuida en particular de aquellos a los que nadie ha contratado (v. 7); porque también ellos tienen que mantener una familia e hijos. Dios es un amo bondadoso: acoge a todos sin rechazar a nadie, pero es libre de tener sus preferencias (v. 15). Él revela un nuevo estilo de relaciones con las personas, una jerarquía desconcertante, que desbarata los criterios humanos (I lectura). Es la jerarquía definitiva del Reino.

El amo de la viña es una imagen de Dios, que llama a todos a trabajar por el Reino: llama a cada hora, a cualquier edad y condición; llama uno por uno, para tareas diferentes… Aprecia también al que puede dar tan solo un aporte menor, o incluso mínimo. Es un amo con un corazón grande; pide tan solo que los obreros confíen en Él, trabajen por su Reino, por amor, con gratuidad. Él llama a algunos a ser obreros y misioneros de la primera hora: los asocia desde el amanecer al trabajo por el Reino. En la oración colecta, pedimos al Padre que sepamos apreciar el impagable honor de trabajar en la viña desde el amanecer. Para el que ha entrado en la lógica del amor, del servicio, de la gratuidad, el peso del día y el bochorno no son un castigo, sino un privilegio. La Misión a la que Jesús nos llama es diferente en sus formas; está en todo lugar, siempre, sobre todo entre los más lejanos, cerca de los últimos. “Hoy en día todavía hay mucha gente que no conoce a Jesucristo. Por eso es tan urgente la misión ad gentes, en la que todos los miembros de la Iglesia están llamados a participar” (Papa Francisco). Así lo había entendido San Pablo (II lectura), para el cual “la vida es Cristo” (v. 21) y, por tanto, estaba decidido a seguir trabajando por sus hermanos (v. 24).


“Los últimos serán los primeros”
Fray Juan José de León Lastra O.P.

La llamada al Reino

El texto evangélico expone una de las parábolas que se llaman del Reino. Por eso hemos de considerar que Jesús la pronuncia pensando en el mundo judío, desde tanto tiempo pueblo de Dios, llamado a trabajar en la viña desde el amanecer como pueblo. Más es la llamada de Dios la que les convierte en su pueblo. Pero Cristo amplia la llamada a más pueblos. Lo entendieron bien los primeros cristianos que eran judíos. Dudaban de los que se incorporaban tarde al Reino, después de estar tiempo al margen de él: ¿podían ser pueblo que trabajara codo con codo con ellos en la “viña del Señor”?; ¿su trabajo podía ser tan reconocido como el de los de la “primera hora”? Cuando estas preguntas se planteaban es cuando se escribe el texto del evangelio que da a entender cuál es el pensamiento de Jesús. Esta parábola refrendaba la tesis de Pablo, la que se impuso, de que aquellos que no tenían la “tradición judía” tenían las puertas abiertas del Reino, pertenecería él con los mismos derechos y beneficios –salario- que los judíos.

Una pretensión del ser humano: que Dios tome partido por unos frente a otros

No pocas veces se ha pretendido  que Dios tome partido por un grupo humano cuando está en lucha contra otro. Dios sería el encargado de castigar a los que, a juicio de uno de los  grupos, habían actuado perversamente.  El Dios en el que creían era el de la justicia vindicativa o justiciera. Su justicia no podía ser distinta del concepto que ellos tenían de ella y de cómo había que aplicarla. En general se abogaba por una justicia que estaba al margen de la misericordia cuando se juzgaba cómo había que tratar a los otros. La misericordia, aunque no siempre se confesara, Dios la tendría reservada para ellos. Hacen a Dios a su imagen. Pero, “gracias a Dios”, los planes de Dios, sus caminos, como dice Isaías en la primera lectura, no son como los nuestros. Y no son como los nuestros porque Dios da más de lo que merecemos, como aparece en el texto del evangelio, frente al apego que en nosotros existe a ceñirnos, en el mejor de los casos, a que la generosidad deje sitio a la estricta justicia.

 La estricta justicia 

La verdad es que la estricta justicia nuestra no es tan estricta ni tan justicia. Dios nos dice que si fuéramos tratados en estricta justicia por Él –y también por los hombres -, tendríamos menos de lo que tenemos, seríamos menos de lo que somos en la sociedad. A todos nosotros nos ha llegado la generosidad desbordante de Dios, por lo que es farisaico molestarse porque esa generosidad llega a otros. Mejor que protestar por la generosidad de Dios ante el hermano y dejarnos llevar por la envidia, debemos imitar su manera generosa de actuar, tratar de que nuestros planes se acomoden cada vez más a los suyos. Eso es la justicia verdadera.

Para Dios nunca es tarde

Dios no está sometido al tiempo: no hay últimos ni primeros. Ese es un asunto nuestro. Lo que Dios quiere es que se responda a su llamada, “al amanecer” o a “media tarde”. Lo que sí pide que se sea fiel a lo que Dios quiere de cada uno y realicemos lo que se les pide; sin pedir cuantas a Dios por su actitud con los demás. Pues los planes de Dios no son nuestros planes; sus “caminos son más altos que los nuestros”. Desde lo alto Dios tiene una perspectiva más amplia que la nuestra. Hemos de esforzarnos en hacer nuestra esa visión de Dios. San Pablo decía que teníamos que captar la mente de Cristo, pensar como él pensó en su tiempo histórico, tal como nos lo relatan los evangelios. Y el evangelio de este domingo descubre ese pensamiento de Jesús de Nazaret, que supera la pequeñez del nuestro.

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