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Un corazón abierto al amor sin fronteras

 Por: Masaku Folosi, postulante comboniana
Desde Zambia

Me llamo Masaku Folosi, soy postulante comboniana y nací en Zambia, en Salambango, distrito de Mongu. Soy la segunda de cinco hermanos y crecí en una familia unida, marcada por el esfuerzo de mis padres, agricultores, cuyo ejemplo de perseverancia despertó en mí el deseo de estudiar para poder ayudar a mi familia. Con sacrificio y determinación completé mis estudios en escuelas rurales, muchas veces distantes de casa. Fui la primera de mis hermanos en terminar el duodécimo curso. En aquel tiempo, soñaba con ser soldado, pero Dios tenía otro camino para mí. Mis padres, católicos comprometidos con la Iglesia, me acercaron desde joven a la vida de fe: participé en el coro y, en ocasiones, dirigí el servicio litúrgico cuando ningún sacerdote podía celebrar la Eucaristía en la capilla de mi aldea.

La chispa misionera que ilumino mi corazón

El grupo de animadores misioneros formado por la hermana Omaira, una misionera comboniana, fue inspirador para mí, por su espíritu de colaboración, entusiasmo y, sobre todo, su participación activa en la vida de la Iglesia y en los distintos programas de servicio a la comunidad. Fue por ello, que decidí incorporarme al grupo en 2021. Con ellos, experimenté y viví muchos momentos significativos que permanecerán para siempre en mi corazón. Aprendí que la fe no consiste únicamente en creer, sino también en ponerse al servicio de los demás, especialmente de quienes atraviesan situaciones difíciles.

Con los animadores misioneros trabajamos como una familia, dándonos la mano, como decimos en lozi (lengua local): “Munwana ulimumwi hau tubi nda”, que significa que un solo dedo no puede sujetar algo por sí mismo, sino que necesita de los otros dedos. Es decir, juntos somos fuertes, nos necesitamos mutuamente, porque nadie puede vivir sin la ayuda de los demás. También visitamos a nuestras familias para compartir con ellas la Palabra de Dios y hacerlas sentir amadas y cuidadas.

Junto a mis compañeros, ayudábamos a las personas mayores, a los pobres y a los enfermos con sincera dedicación y dentro de nuestras posibilidades: íbamos a buscar agua, recogíamos leña, limpiábamos sus hogares, construíamos refugios, les proveíamos algo de harina de maíz, plantábamos árboles frutales y, sobre todo, rezábamos con ellos. No se trataba únicamente de ofrecer ayuda material, queríamos también devolverles un poco de paz interior, de esperanza y de alegría. Fue precisamente a través de este servicio que mi fe adquirió un significado más profundo y que mi compromiso con la Iglesia se hizo más firme.

Valió la pena el camino

No siempre resultaba sencillo. La iglesia estaba bastante lejos de mi casa y, en ocasiones, el largo camino me dejaba cansada y debilitada, especialmente cuando tenía que recorrerlo sola. Sin embargo, con el tiempo comprendí que aquellas dificultades no eran más que obstáculos pasajeros que no debían apartarme de mi propósito. Me armé de valor y continué adelante. Comprendí que no todas las tormentas que aparecen en mi camino llegan para destruirme; algunas llegan para despejarme el camino. Desde aquel día, participé activamente en todos los programas del grupo porque entendí que, cuando aprendemos a desprendernos de aquello que nos limita, comenzamos a crecer y a abrir el corazón al amor que da vida y esperanza. Y ese mismo amor nos impulsa a compartirlo con los demás.

Esta experiencia también me enseñó a no encerrarme en mi propia realidad, a mantener una actitud abierta y acogedora ante la riqueza que cada persona puede aportar a mi vida. Aprendí a construir relaciones auténticas, y a estar disponible para servir a los demás y compartir con ellos tanto las alegrías como el sufrimiento. Esto me permitió descubrir la paz y la alegría de ser cristiana, en el amor sin fronteras que da la mano a quien lo necesita, sin esperar nada a cambio. Un cristiano está llamado a ser luz y guía para los demás, ayudándoles a reconocer su propia dignidad y animándolos a mirar el futuro con esperanza.

Un encuentro que lo transformo todo

Me gusta recordar aquellos momentos en los que sentí que el Señor salía a mi encuentro de una manera concreta. A través de distintas circunstancias de mi vida, fue mostrándome signos de su poder y de su ternura, fortaleciendo poco a poco mi fe. Mi participación en este grupo me acercó de una manera nueva a la persona de Jesús. Esa cercanía provocó una profunda transformación en mi vida. Me hizo experimentar una libertad interior, una paz y una serenidad que hasta entonces no había conocido.

Me impresionó encontrar a un grupo de jóvenes llenos de entusiasmo, generosidad y disponibilidad, dispuestos a acudir allí donde nuestros hermanos necesitaban ayuda, no solo material, sino de escucha, de un saludo afectuoso, de una sonrisa, de una palabra de aliento. De ellos aprendí el lenguaje del amor, de la acogida, de la caridad y de la alegría que procede de Dios. Ellos me ayudaron a profundizar mi fe y a descubrir el plan de Dios para mí.

Misioneras Combonianas

Una mujer del desierto

Por: Hna. Cecilia Sierra, smc

Llegó agitada y cansada. Esta mujer beduina tiene más de sesenta años y había corrido kilómetros para regresar a su aldea, con miedo de encontrarse con los colonos que merodean por la aldea donde vive desde hace más de cuarenta años.

Había salido a comprar medicinas para su marido enfermo. Ella misma padece diabetes y comienza a perder la vista. Durante semanas lo acompañó en el hospital y, mientras él se recuperaba, ella bordaba y hacía camellos de lana. Ahora, después de una operación que hizo temer incluso por su vida, él empieza a recuperar las fuerzas. Ella sonríe. Está cansada, pero contenta.

Su cuerpo, sin embargo, lleva muchas otras historias: hijos sin trabajo, una casa familiar demolida, enfermedades, pérdidas, un embarazo de alto riesgo de la nuera, nietos que se casan, con riesgo al ir a la escuela, y responsabilidades económicas que se acumulan sobre una familia que conoce demasiado bien la fragilidad de la vida.

Y, sin embargo, hay en ella una fuerza serena.

Se casó muy joven. Durante casi cincuenta años ha compartido la vida con el jefe de la aldea. Juntos han atravesado enfermedades, pérdidas y dificultades que podrían haberlos separado. Y siguen allí, cuidándose y sosteniéndose mutuamente.

Su casa ha sido durante años un lugar de encuentro. Allí recibían peregrinos, sobretodo italianos, asi como grupos de judíos mesiánicos y visitantes de muchos lugares. Ella preparaba la comida, servía el café y acogía. Su marido la quería a su lado y le reconocía públicamente un lugar de respeto y dignidad.

Hoy llegan menos visitantes, pero permanece algo más profundo: una casa que fue puente entre mundos diferentes.
Cada vez que llegamos, salen a nuestro encuentro con una sonrisa: “Bienvenidas”. Nos ofrecen café y, con una sencillez que conmueve, nos dicen: “Esta es su casa”. Es la familia que más visitamos y, con el paso de los años, también nosotros hemos llegado a sentir su casa como nuestra: un lugar donde siempre somos esperadas, acogidas y recibidas como parte de la familia.
En ella reconocemos a tantas mujeres beduinas: fuertes sin perder la ternura, heridas sin perder la dignidad, mujeres que sostienen a sus familias, defienden su tierra y preservan su identidad bordando en medio de la dificultad.

Ella es una de ellas: agotada, enferma, valiente y acogedora. Una mujer del desierto que, en medio de tantas adversidades, sigue de pie.

XXI Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?”. Ellos le respondieron “Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o alguno de los profetas”. Luego les preguntó: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”. Simón Pedro tomó la palabra y le dijo: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.
Jesús le dijo entonces: “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi padre, que esta en los cielos! Y yo te digo a ti que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella. Yo te daré las llaves del Reino de los cielos; todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo”.
Y les ordenó a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías.

(Mateo: 16, 13-20)


¿Quién dicen que soy yo?
P. Enrique Sánchez G. mccj

El evangelio de este domingo podría hacernos pensar a un examen al final de un curso. Es el momento de decir lo que se ha aprendido y de dar respuestas exactas para demostrar que se está en condiciones de empezar a caminar sin necesidad de muchas ayudas.

Hemos visto a lo largo de varias semanas cómo Jesús fue instruyendo y formando a sus discípulos.

Durante un buen tiempo recibieron enseñanzas e informaciones que poco a poco les fueron permitiendo conocer mejor a su maestro. Y, más todavía, Jesús se preocupó no sólo por transmitirles conocimientos acerca del Reino, sino que garantizó la enseñanza con su  ejemplo de vida y con los signos y prodigios que realizó  para pudieran entender,  no sólo con la inteligencia, sino sobre todo, con el corazón.

De muchas maneras, Jesús fue puliendo y probando la fe de sus discípulos sin dejarlos nunca solos. Siempre estuvo a su lado, con la mano tendida para sostenerlos y ayudarlos cuando sus fuerzas o su entendimiento no alcanzaban para entender lo que estaba pasando en sus vidas desde el día que se habían encontrado con él.

Durante tres años de caminar junto a aquel que había terminado por convertirse en su maestro y Señor, los discípulos se fueron convirtiendo en hombres de fe.

Tal vez no era una fe a prueba de todo, pero sí una fe que se fue convirtiendo en vida o una fe que se iba descubriendo en la vida de todos los días.

Jesús, varias veces, les reprochó su falta de fe o la pequeñez de su experiencia en este camino, pero una y muchas veces les ayudó a entender que, convirtiéndose en discípulos suyos, los más grandes combates se llevarían a cabo en el campo de la fe.

Y, para ir más a lo concreto, en lo que el Evangelio quiere dejar claro, habrá que decir que creer, en primer lugar será reconocer a Jesús como el Hijo de Dios, el Mesías y el Salvador. Creer será, simple y sencillamente, poner toda la confianza en Jesús, reconociéndolo como el don de Dios para toda la humanidad.

Tener fe será igualmente decir que Jesús es Dios mismo que camina a nuestro lado. Será confesar que Dios ya no es alguien anónimo, sino un padre que nos ha mostrado su rostro haciéndose uno de nosotros en la persona de Jesús.

Teniendo claro lo anterior, podemos entender mejor el sentido de la página del evangelio que hemos proclamado en nuestra celebración de la eucaristía hoy.

Después de todo el camino recorrido con Jesús, luego de haberse empapado de las palabras que salían de su boca cargadas de sabiduría, teniendo muy presentes los signos y prodigios con que había demostrado que tenía el poder de Dios sobre la vida y la muerte, y, sobre  todo, habiendo puesto al alcance de todos el amor, la misericordia, la compasión y el perdón de Dios.

El paso siguiente era ver hasta dónde habían llegado los discípulos. Y la primera pregunta del examen final es: ¿Qué dice la gente que es el Hijo del hombre?

¿Cuál es la imagen, la idea o la experiencia que han hecho de Dios quienes han entrado en contacto con Jesús?

Las respuestas abundan. Hay quienes se han quedado con la imagen de Jesús que resuelve los problemas y las necesidades inmediatas. Muchos lo seguían porque les había llenado el estómago de pan.

Otros estaban sorprendidos porque lo habían visto aliviar los sufrimientos de muchos enfermos y marginados. Otros más no salían de su asombro, pues habían visto con sus propios ojos cómo había resucitado a muertos.

Jesús era seguramente alguien que se salía del esquema común de los mortales y por ello la gente trataba de darse una explicación diciendo que era alguno de los grandes profetas que había regresado.

Jesús era reconocido como alguien con un poder extraordinario que podía responder a los anhelos que todo buen judío llevaba en su corazón cuando pensaba que volverían los tiempos maravillosos del pasado.

Pero no toda la gente veía a Jesús como a alguien extraordinario que podía hacer sospechar la llegada del Mesías prometido. Al contrario, había quienes pensaban que era un desquiciado, un revoltoso que había venido a poner el desorden en la sociedad y en la religión de su tiempo.

No eran pocos los que lo buscaban para matarlo y que al fin lograron llevarlo sobre la cruz porque lo calificaron de blasfemo, de irreverente y atrevido por decir que era el Hijo de Dios.

Había  quienes  lo  identificaban  como  uno  más,  de  los  varios  que  se  habían  levantado  en contra de los ocupantes del pueblo de Israel y lo veían como un alborotador y una amenaza en la sociedad.

Y no faltaban los que lo consideraban una presencia intolerable e inaceptable por sus ideas y sus maneras de interpretar la ley.

Pero, afortunadamente había también mucha gente sencilla que habían reconocido en él la presencia del Padre que vive volcado hacia su pueblo, que tiene una predilección por los pobres y los sencillos, que se entrega en su Hijo para que todos tengan vida.

Había gente como Pedro que dirá: Señor, ¿a quién iremos, si sólo tu tienes palabras de vida eterna?

La gente tenía sus opiniones y se habían hecho sus ideas sobre Jesús y eso lo sabían los discípulos.   Jesús   podía   se   clasificado   de   muchas   maneras,   según   los   intereses   y conveniencias de quienes se encontraban con él.

La segunda pregunta que hace el Evangelio de hoy obliga a ir un poquito más lejos. No es suficiente saber lo que piensa la gente sobre Jesús, pues nos damos cuenta de que se han escrito millones de libros y la información que se tiene sobre él difícilmente se podría conocer completamente.

El texto de nuestro evangelio nos lleva a entender que sobre Jesús no es suficiente hacerse una opinión o acumular conocimientos. Lo importante es saber que implicación, que efecto y que consecuencias tiene su presencia en nuestras vidas.

A los discípulos Jesús los lleva a esa experiencia soltándoles la pregunta a quemarropa.

¿Y ustedes quién dicen que soy yo?

Esta pregunta no deja espacio a escapatorias. Ante Jesús estamos llamados, como los discípulos, a responder quién es verdaderamente Jesús en nuestras vidas. Y aquí también las respuestas pueden ser muchas, pues hay quienes consideran a Jesús como alguien a quien hay que tenerle una cierta reverencia o devoción, pero dejando una distancia que no nos comprometa.

Hay para quienes Jesús es como la aspirina, de la cual nos recordamos sólo cuando tenemos un fuerte dolor de cabeza; es el Jesús al que recurrimos cuando estamos dentro de un problema que no sabemos cómo resolver y entonces gritamos: Señor ten compasión de mí. Para algunos de nuestros contemporáneos es simplemente alguien desconocido o alguien a quien se le clasifica entre las personas que no nos interesan. Al limite se le reconoce como el personaje que ha marcado, de alguna manera, la historia de nuestra humanidad, pero que se puede dejar a un lado.

La pregunta obligó a los discípulos a tomar una posición, los movió a hacer una opción que marcó y definió sus vidas, pues al final todos tuvieron que dar testimonio de él aceptando el camino del martirio.

La interrogación de Jesús seguramente les recordó a los discípulos otras palabras, como aquellas que el Señor les había dicho como una exigencia, conmigo se está o no se está. Conmigo la respuesta sólo puede ser un sí o un no. O están conmigo o contra mí.

Pedro tuvo la valentía de responder reconociendo que Jesús era el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Pero esa confesión, en el momento que Pedro pronunció esas palabras, eran justamente palabras. Ese reconocimiento de Jesús se va a dar cuando llegará el momento de dar la vida, de aceptar el martirio y de consagrarse enteramente al servicio del Reino.

Viniendo a nosotros, no es difícil reconocer que también existen muchas opiniones sobre quién es Jesús y no son muy distintas o lejanas a las opiniones de todos los tiempos.

A lo mejor no nos cuesta reconocer y confesar que Jesús es el Hijo de Dios y eso nos ayuda a ubicarnos con serenidad en la realidad de nuestro mundo. Pero nos damos cuenta de que no es suficiente decir que Jesús es el Señor, mientras quede lejos de lo que nos toca vivir todos los días.

Como a los discípulos, también hoy el Señor nos pregunta: ¿ Quién soy yo para ti, en tu vida, en lo que vas realizando como proyecto que le da sentido a tu existencia y a tu presencia en este mundo?

¿Quién soy yo para ti? Nos obliga a preguntarnos qué tipo de relación tenemos con el Señor.

¿Lo sentimos como alguien familiar, como alguien con quien vamos compartiendo la vida, con quien nos sentimos en confianza para contarle nuestras alegrías y nuestras penas?

¿Jesús es alguien que sentimos como parte de nuestra vida, como una persona con quien se puede interactuar, con quien podemos discutir, pero en quien podemos confiar plenamente, como lo hacemos con un hermano o un amigo?

Como personas de fe, seguramente nos reconocemos en una relación con Jesús, una relación que se va dando como un proceso y de manera dinámica en donde nos vamos descubriendo mutuamente y en donde la confianza va creciendo en la medida en que nos dedicamos tiempo para estar con él.

Jesús, muy probablemente, es ese misterio de Dios que se nos va revelando poco a poco en nuestra vida, en la medida en que le abrimos espacios para que esté presente. Es el rostro de Dios que vamos aprendiendo a reconocer cuando no dejamos que la indiferencia o la arrogancia de pensar que podemos vivir sin Dios nos gane el corazón

Jesús es la presencia discreta de Dios en nuestra vida, que no interviene con violencia y que no obliga a quemar etapas. Es la imagen paciente de un Padre que nos conoce, que nos espera en nuestros intentos de ir a su encuentro; es la presencia del amor que se hace persona para introducirnos en el corazón del Padre.

¿Quién soy yo para ti? Es la pregunta que nadie puede contestar en el lugar de otra persona. Es la oportunidad que se nos brinda de poder iniciar o continuar una relación con el Señor que nos permite ponernos cara a cara, con el corazón en la mano, con la humildad de que somos capaces, para poder decirle: Señor tú lo eres todo para mí, pero necesito que aumentes mí fe, que no me sueltes de tu mano, que me hagas experimentar a cada paso tu misericordia y que me ayudes a escuchar tu voz, invitándome a ir a tu encuentro.

Podemos decir con sencillez, Señor tú eres nuestro Mesías y nuestro salvador, porque vemos tu huella en todo lo que vamos encontrando, porque sentimos tu presencia en todo aquello que nos toca afrontar como humanos, porque experimentamos el amor que hace de nosotros tus hermanos.

Te reconocemos como el don de Dios y lo más bello que pueda recibir cualquier ser humano. Y ante este don tan extraordinario, sólo podemos decir a cada paso, Señor aumenta nuestra fe para poder reconocerte como lo mejor que nos pudo suceder en nuestro peregrinar en este mundo tan humano.

Señor, que podamos avanzar en el descubrimiento de tu presencia entre nosotros sintiéndonos siempre llevados de tu mano.


Pero tú, Jesús, ¿quién dices que soy yo?
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

El Evangelio de hoy nos presenta la «confesión de fe» de Pedro en las proximidades de la ciudad de Cesarea de Filipo, al nordeste de Israel, en una región semipagana. Jesús se había «retirado» a aquella zona, fuera de los límites habituales de su predicación, para poder estar en la intimidad con los suyos. Estaba a punto de producirse un cambio radical en su misión y Jesús quería preparar a sus discípulos.

En este contexto de retiro —Lucas 9,18 llega incluso a decir que esto sucedió cuando «Jesús se encontraba orando a solas»—, el Señor, que había percibido a su alrededor los indicios de una crisis, hace una especie de… «sondeo»: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre? Ellos contestaron: Unos dicen que Juan el Bautista; otros, Elías; otros, Jeremías o uno de los profetas». Las multitudes, por tanto, vislumbraban en Jesús a un profeta, a un gran profeta, pero lo interpretaban según las categorías del pasado. El mismo sondeo, realizado hoy, arrojaría resultados no muy distintos: un hombre extraordinario, un iluminado, un revolucionario, un innovador, un idealista… Categorías siempre insuficientes.

Jesús prosigue: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Simón Pedro respondió: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo»Pedro, también en nombre de los Doce, pronuncia una profesión personal de fe, que Jesús reconoce como inspirada por el Padre. En ese momento, Jesús revela a Pedro su vocación, su identidad: «Y yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia… Te daré las llaves del Reino de los Cielos: todo lo que ates en la tierra quedará atado en los Cielos, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en los Cielos». Observemos la simetría: «Tú eres el Cristo» y «Tú eres Pedro». Sin embargo, no se trata de un intercambio de cortesías, sino de la revelación de una identidad recíproca.

Tenemos aquí una verdadera investidura, simbolizada por tres signos: el cambio de nombre (Pedro, la piedra), la entrega de las llaves y la potestad de atar y desatar. Podríamos decir que Jesús confiere a Pedro tres de sus prerrogativas mesiánicas: ser Piedra (véanse Daniel 2,31-35; Mateo 21,42; 1 Corintios 10,4), poseer las llaves del Reino y tener el poder de atar y desatar (Apocalipsis 3,7: «El que tiene la llave de David: cuando él abre, nadie puede cerrar; y cuando cierra, nadie puede abrir»). Jesús, el Señor de la Iglesia, confiere en este texto a Pedro una autoridad vicaria al servicio de su Iglesia.

1. ¿Quién soy yo para ti?

Esta pregunta se dirige hoy a nosotros. Cristo no espera la respuesta aprendida en el catecismo. Sería una respuesta enmohecida. No espera una respuesta dictada por la costumbre. Sería una respuesta sin pasión. No espera una respuesta elaborada únicamente por la mente. Sería una respuesta fría, sin corazón. Jesús espera una respuesta que nazca de nuestra intimidad con él¿Cómo podemos encontrarla? Preguntémonos hasta qué punto estamos dispuestos a arriesgar por él.¿La medida extrema? ¡El don de la vida! Hoy el testimonio cristiano puede asumir, bajo diferentes formas, la dimensión del martirio. No solo en Pakistán, India, China o Nigeria… sino también aquí, en Europa, con el continuo goteo de la burla y la indiferencia. A las cuatro notas de la Iglesia —una, santa, católica y apostólica— casi podríamos añadir una quinta: ¡perseguida!

Sin embargo, no basta con dar una respuesta de una vez para siempre. La vida es cambio. En todas las relaciones surgen momentos de crisis en los que nos parece que ya no reconocemos al otro. Es un momento crítico que puede convertirse en ocasión de una ruptura definitiva o en una oportunidad para crecer en el conocimiento mutuo. Esto también puede suceder en nuestra relación con Cristo. También por esta razón algunos cristianos acaban alejándose de él. La relación con Jesús se vuelve rutinaria y sin entusiasmo y, poco a poco, aparecen la indiferencia y el distanciamiento. Presumimos de conocerlo y pensamos que ya no tiene nada que decirnos. Su Evangelio es como un libro «ya leído». Entonces, o nos marchamos, cansados y decepcionados, o nuestra relación con él languidece en una lenta y triste agonía.
¿Cómo podemos evitar este peligro? Podemos señalar dos caminos.

2. ¡Los ojos fijos… en la «liebre»!

¡No apartemos la mirada de Jesús! «Corramos con perseverancia la carrera que tenemos por delante, fijos los ojos en Jesús, quien inicia y completa la fe» (Hebreos 12,1-2). Un relato de los antiguos Padres del Desierto lo expresa de una manera simpática, pero elocuente.

Un joven monje fue un día a visitar a un anciano monje, cargado de años y experiencia, y le dijo: «Padre mío, explícame por qué tantos abrazan la vida monástica y tan pocos perseveran; tantos vuelven atrás». El monje respondió: «Mira, sucede como cuando un perro ve una liebre. Comienza a correr detrás de ella y ladra con fuerza. Otros perros oyen al perro ladrar mientras corre detrás de la liebre y también ellos se ponen a correr: son muchos los que corren juntos, ladrando; sin embargo, solo uno ha visto la liebre, solo uno la sigue con los ojos. En un momento dado, uno tras otro, todos aquellos que no han visto realmente la liebre y corren solamente porque otro la ha visto se cansan y quedan exhaustos. En cambio, el que ha fijado personalmente los ojos en la meta llega hasta el final y atrapa la liebre». Y decía: «Mira, eso mismo les sucede a los monjes. Solo quienes han fijado verdaderamente los ojos en la persona de Jesucristo, nuestro Señor crucificado, llegan hasta el final».

3. Mirarse en la mirada de Cristo

La pregunta de Jesús continúa llegando hasta nosotros: «¿Quién soy yo para ti?». ¿Has pensado alguna vez en dirigirle tú también la misma pregunta: «Pero tú, Jesús, ¿quién dices que soy yo?». Solo su respuesta puede iluminar el misterio de lo que somos; de lo contrario, seguimos siendo una incógnita para nosotros mismos. Solo él puede revelarnos nuestro verdadero nombre (Apocalipsis 2,17), nuestra identidad. Solo este encuentro cara a cara puede dar profundidad y solidez a nuestra relación con él.

«Cuando nos acercamos al misterio de Dios, descubrimos nuestro rostro; cuando nos aproximamos a la Verdad de Dios, recibimos a cambio la verdad sobre nosotros mismos. Confesar la identidad de Cristo nos devuelve nuestra identidad más profunda… Si queréis descubrir quiénes sois verdaderamente, miraos en la mirada de Dios» (Paolo Curtaz).

Para la reflexión personal

1) En un momento de «retiro», interroguemos al Señor y dejémonos interrogar por él: «Señor, ¿quién eres tú para mí? ¿Y quién soy yo para ti?».

2) Confrontémonos con la identidad de Pedro, que ilumina la vocación del cristiano: ser PIEDRA, es decir, servir de apoyo para la fe de los demás, a pesar de la fragilidad de la nuestra; utilizar la LLAVE del Reino, es decir, la cruz de Jesús, para romper las ataduras de la esclavitud y unir a las personas con los vínculos de la fraternidad.


Qué decimos nosotros
José Antonio Pagola

También hoy nos dirige Jesús a los cristianos la misma pregunta que hizo un día a sus discípulos: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. No nos pregunta solo para que nos pronunciemos sobre su identidad misteriosa, sino también para que revisemos nuestra relación con él. ¿Qué le podemos responder desde nuestras comunidades?

¿Conocemos cada vez mejor a Jesús, o lo tenemos “encerrado en nuestros viejos esquemas aburridos” de siempre? ¿Somos comunidades vivas, interesadas en poner a Jesús en el centro de nuestra vida y de nuestras actividades, o vivimos estancados en la rutina y la mediocridad?

¿Amamos a Jesús con pasión o se ha convertido para nosotros en un personaje gastado al que seguimos invocando mientras en nuestro corazón va creciendo la indiferencia y el olvido? ¿Quienes se acercan a nuestras comunidades pueden sentir la fuerza y el atractivo que tiene para nosotros?

¿No sentimos discípulos y discípulas de Jesús? ¿Estamos aprendiendo a vivir con su estilo de vida en medio de la sociedad actual, o nos dejamos arrastrar por cualquier reclamo más apetecible para nuestros intereses? ¿Nos da igual vivir de cualquier manera, o hemos hecho de nuestra comunidad una escuela para aprender a vivir como Jesús?

¿Estamos aprendiendo a mirar la vida como la miraba Jesús? ¿Miramos desde nuestras comunidades a los necesitados y excluidos con compasión y responsabilidad, o nos encerramos en nuestras celebraciones, indiferentes al sufrimiento de los más desvalidos y olvidados: los que fueron siempre los predilectos de Jesús?

¿Seguimos a Jesús colaborando con él en el proyecto humanizador del Padre, o seguimos pensando que lo más importante del cristianismo es preocuparnos exclusivamente de nuestra salvación? ¿Estamos convencidos de que el modo de seguir a Jesús es vivir cada día haciendo la vida más humana y más dichosa para todos?

¿Vivimos el domingo cristiano celebrando la resurrección de Jesús, u organizamos nuestro fin de semana vacío de todo sentido cristiano? ¿Hemos aprendido a encontrar a Jesús en el silencio del corazón, o sentimos que nuestra fe se va apagando ahogada por el ruido y el vacío que hay dentro de nosotros?

¿Creemos en Jesús resucitado que camina con nosotros lleno de vida? ¿Vivimos acogiendo en nuestras comunidades la paz que nos dejó en herencia a sus seguidores? ¿Creemos que Jesús nos ama con un amor que nunca acabará? ¿Creemos en su fuerza renovadora? ¿Sabemos ser testigos del misterio de esperanza que llevamos dentro de nosotros?


Pedro, entre Dios y Satanás
José Luis Sicre

El evangelio de este domingo y el del siguiente forman un díptico indisoluble. En el de hoy, Pedro recibe una revelación de Dios y una misión. En el siguiente, se convierte en portavoz de Satanás. De este modo, Mateo deja claro que lo importante es la misión recibida, no la santidad del receptor.

El evangelio de este domingo se divide en tres partes: 1) lo que piensa la gente a propósito de Jesús; 2) lo que afirma Pedro; 3) las promesas de Jesús a Pedro.

1. Lo que piensa la gente

Camino de Cesarea de Filipo, muy al norte de Israel, Jesús pregunta a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?» La expresión aramea bar enosh, podríamos traducirla con minúscula y con mayúscula.

Con minúscula, «hijo del hombre», significa «este hombre», «yo», y es frecuente en boca de Jesús para referirse a sí mismo. Por ejemplo: «Las zorras tienen madrigueras, las aves del cielo nidos, pero el hijo del hombre [este hombre] no tiene dónde recostar la cabeza» (Mt 8,20); «El hijo del hombre [este hombre, yo] tiene autoridad en la tierra para perdonar los pecados» (Mt 9,6), etc.

Con mayúscula, «Hijo del Hombre», hace pensar en un salvador futuro, extraordinario. «Os aseguro que no habréis recorrido todas las ciudades de Israel antes de que venga el Hijo del Hombre» (Mt 10,23); «El Hijo del Hombre enviará a sus ángeles para que recojan de su reino todos los escándalos y los malhechores» (Mt 13,41); «El Hijo del Hombre ha de venir con la gloria de su Padre y acompañado de sus ángeles» (Mt 16,27).

La gente que escuchaba a Jesús podía sentirse desconcertada. Cuando usaba la expresión «el Hijo del Hombre», ¿hablaba de sí mismo, de un salvador futuro o de un gran personaje religioso? Por eso no extrañan las respuestas que recogen los discípulos. Para unos, el Hijo del Hombre es Juan Bautista; para otros, de mayor formación teológica, Elías, porque está profetizado que volverá al final de los tiempos; para otros, no sabemos por qué motivo, Jeremías o alguno de los grandes profetas. Lo común a todas las respuestas es que ninguna identifica al Hijo del Hombre con Jesús, y todas lo identifican con un profeta, pero un profeta muerto, bien hace nueve siglos (Elías) o recientemente (Juan Bautista). Es obvio que Jesús no se explicaba en este caso con suficiente claridad o era intencionadamente ambiguo.

2. Lo que afirma Pedro: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo».

Estamos tan acostumbrados a escuchar la respuesta de Pedro que nos parece normal. Sin embargo, de normal no tiene nada. Los grupos que esperaban al Mesías lo concebían como un personaje extraordinario, que traería una situación maravillosa desde el punto de vista político (liberación de los romanos), económico (prosperidad), social (justicia) y religioso (plena entrega del pueblo a Dios). Jesús es un galileo mal vestido, sin residencia fija, que vive de limosna, acompañado de un grupo de pescadores, campesinos, un recaudador de impuestos y diversas mujeres. Para confesarlo como Mesías hace falta estar loco o tener una inspiración divina.

3. Las promesas de Jesús a Pedro

Esta tercera parte es exclusiva de Mateo. En los evangelios de Marcos y Lucas, el pasaje de la confesión de Pedro en Cesarea de Felipe termina con las palabras: “Prohibió terminantemente a los discípulos decirle a nadie que él era el Mesías”. Sin embargo, Mateo introduce aquí unas palabras de Jesús a Pedro.

Comienzan con una bendición, que subraya la importancia del título de Mesías que Pedro acaba de conceder a Jesús. No es un hereje ni un loco, sus palabras son fruto de una revelación del Padre. Nos vienen a la memoria lo dicho en 11,25-30: “Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y aquel a quien el Padre se lo quiere revelar”.

Basándose en esta revelación, no en los méritos de Pedro, Jesús le comunica unas promesas: 1) sobre él, esta roca, edificará su Iglesia; 2) le dará las llaves del Reino de Dios; 3) como consecuencia de lo anterior, lo que él decida en la tierra será refrendado en el cielo.

Las afirmaciones más sorprendentes son la primera y la tercera. En el AT, la “roca” es Dios. En el NT, la imagen se aplica a Jesús. Que el mismo Jesús diga que la roca es Pedro supone algo inimaginable, que difícilmente podrían haber inventado los cristianos posteriores. (La escapatoria de quienes afirman que Jesús, al pronunciar las palabras “y sobre esta piedra edificaré mi iglesia” se refiere a él mismo, no a Pedro, es poco seria).

La segunda afirmación (“te daré las llaves del Reino de Dios”) se entiende recordando la promesa de Is 22,22 al mayordomo de palacio Eliaquín, tema de la primera lectura de hoy: “Colgaré de su hombro la llave del palacio de David: lo que él abra nadie lo cerrará, lo que él cierre nadie lo abrirá”. Se concede al personaje una autoridad absoluta en su campo de actividad. Curiosamente, el texto de Mateo cambia de imagen, y no habla luego de abrir y cerrar sino de atar y desatar. Pero la idea de fondo es la misma.

El texto contiene otra afirmación importantísima: la intención de Jesús de formar una nueva comunidad, que se mantendrá eternamente. Todo lo que se dice a Pedro está en función de esta idea.

¿Por qué pone de relieve Mateo este papel de Pedro? ¿Le guía una intención eclesiológica, para indicar cómo concibe Jesús a su comunidad? ¿O tienen una finalidad mucho más práctica? Ambas ideas no se excluyen, y la teología católica ha insistido básicamente en la primera: Jesús, consciente de que su comunidad necesita un responsable último, encomienda esta misión a Pedro y a sus sucesores.

Es posible que haya también de fondo una idea más práctica, relacionada con el papel de Pedro en la iglesia primitiva. Uno de los mayores conflictos que se plantearon desde el primer momento fue el de la aceptación o rechazo de los paganos en la comunidad, y las condiciones requeridas para ello. Los Hechos de los Apóstoles dan testimonio de estos problemas. En su solución desempeñó un papel capital Pedro, enfrentándose a la postura de otros grupos cristianos conservadores (Hechos 10-11; 15). En aquella época, en la que Pedro no era “el Papa”, ni gozaba de la “infalibilidad pontificia”, las palabras de Mateo suponen un espaldarazo a su postura en favor de los paganos. “Lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo”. Es Pedro el que ha recibido la máxima autoridad y el que tiene la decisión última.

Apéndice 1. El papel de Pedro en la iglesia primitiva

Un detalle común a las más diversas tradiciones del Nuevo Testamento es la importancia que se concede a Pedro. El dato más antiguo y valioso, desde el punto de vista histórico, lo ofrece Pablo en su carta a los Gálatas, donde escribe que tres años después de su conversión subió a Jerusalén «a conocer a Cefas [Pedro] y me quedé quince días con él» (Gálatas 1,18). Este simple detalle demuestra la importancia excepcional de Pedro. Y catorce años más tarde, cuando se plantea el problema de la predicación del evangelio a los paganos, escribe Pablo: «reconocieron que me habían confiado anunciar la buena noticia a los paganos, igual que Pedro a los judíos; pues el que asistía a Pedro en su apostolado con los judíos, me asistía a mí en el mío con los paganos» (Gálatas 2,7).

Esta primacía de Pedro queda reflejada en diversos episodios de los distintos evangelios. Basta recordar el triple encargo («apacienta mis corderos», «apacientas mis ovejas», «apacientas mis ovejas») en el evangelio de Juan (21,15-17), equivalente a lo que acabamos de leer en Mateo.

Lo mismo ocurre  en los Hechos de los Apóstoles. Después de la ascensión, es Pedro quien toma la palabra y propone elegir un sustituto de Judas. El día de Pentecostés, es Pedro quien se dirige a todos los presentes. Su autoridad será decisiva para la aceptación de los paganos en la iglesia (Hechos 10-11). Este episodio capital es el mejor ejemplo práctico de la promesa: «lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo».

Apéndice 2. Mateo: ¿falsario o teólogo?

Lo anterior ayuda a responder una pregunta elemental desde el punto de vista histórico: si las promesas de Jesús a Pedro sólo se encuentran en el evangelio de Mateo, ¿no serán un invento del evangelista? Así piensan muchos autores.

Pero el término «invento» se presta a confusión, como si todo lo que se cuenta fuera mentira. Los escritores antiguos tenían un concepto de verdad histórica muy distinto del nuestro, como he intentado demostrar en mi libro Satán contra los evangelistas. Para nosotros, la verdad debe ir envuelta en la verdad. Todo, lo que se cuenta y la forma de contarlo, debe ser cierto (esto en teoría, porque infinitos libros de historia se presentan como verdaderos, aunque mienten en lo que cuentan y en la forma de contarlo). Para los antiguos, la verdad se podía envolver en un ropaje de ficción.

La verdad, testimoniada por autores tan distintos como Pablo, Juan, Lucas, Marcos, es que Pedro ocupaba un puesto de especial responsabilidad en la iglesia primitiva, y que ese encargo se lo había hecho el mismo Dios, como reconocen Pablo y Juan. Lo único que hace Mateo es envolver esa verdad en unas palabras distintas, quizá inventadas por él, para dejar claro que la primacía de Pedro no es cuestión de inteligencia, ni de osadía, se debe a una decisión de Jesús. Y para corroborar que no son los méritos de Pedro, añade el episodio que leeremos el próximo domingo.


Pedro, piedra que da solidez a la Unidad y a la Misión
P. Romeo Ballan, mccj

Jesús hace un sondeo de opinión sobre su Persona, pero va más allá de los resultados del sondeo (Evangelio). ¿Quién es Jesús? ¿Cuál es su verdadera identidad? ¿Qué opina la gente de Él? Y ustedes, ¿quién dicen que soy? Son preguntas que nos rebotan del pasado y que son siempre actuales. La afirmación central de este domingo es la respuesta de Simón Pedro, en nombre también de los demás, sobre la identidad de Jesús: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” (v. 16). La opinión de la gente (v. 14) coloca a Jesús entre los grandes profetas de Israel (Elías, Jeremías, Juan el Bautista…), lo cual ya es una buena aproximación, aunque todavía en un nivel espectacular. La gente reconoce la grandeza de Jesús (milagros, doctrina…), pero no llega a conocer plenamente su identidad.

Para alcanzarla, se necesitan criterios interpretativos nuevos. Es necesario un suplemento de fe. La respuesta de Pedro, en efecto, es fruto de una luz superior, que viene del Padre (v. 17); por eso va más allá de la capacidad humana (de la carne y la sangre). Pero, a pesar de esta luz nueva, Pedro comprende solo parcialmente la identidad y la misión de Jesús: lo comprueba el texto del Evangelio de Mateo que sigue sobre la cruz (cfr. Evangelio del próximo domingo). Esto demuestra la dificultad de creer; es difícil para todos. Cristianos no se nace, pero se llega a ello. Creer en Jesús quiere decir “seguirle”, es decir, ponerse en camino y buscar cada día asumir sus ‘sentimientos’ de total abandono en el Padre, “imitar” su mismo ‘estilo de vida’ a través de gestos de bondad, misericordia, acogida, compartir…

En un intercambio de mutuas confidencias, Pedro reconoce la identidad de Jesús (Tú eres el Cristo…); Jesús revela la identidad de Pedro (Tú eres Pedro…) y lo compromete en su proyecto por una nueva comunidad: su Iglesia, que durará por los siglos (v. 18). A pesar de las dificultades y las resistencias históricas ante este texto de Mateo, el plan de Jesús para su Iglesia sigue vigente. Según la tradicional interpretación católica, las tres metáforas de la piedra (v. 18), las llaves (v. 19) y el binomio atar-desatar (v. 19) se complementan con la entrega post-pascual a Pedro del servicio de apacentar, con amor, al pueblo de la nueva alianza (cfr. Jn 21,15s). La fe de Pedro – y la de sus sucesores – es prioritaria y fundamental: solo así nace, se funda, crece la Iglesia. En el testimonio humilde del apóstol Pedro el Señor ha puesto el fundamento de nuestra fe, para que nosotros también seamos piedras vivas para la edificación de la Iglesia (Oración colecta).

No cualquier forma de ejercer la autoridad es agradable a Dios y buena para el pueblo, como lo confirma la destitución de Sebná, intrigante mayordomo de palacio (I lectura, v. 19), porque el Señor quiere un “padre para los habitantes de Jerusalén” (v. 21). Para Jesús, que es “el Señor y el Maestro” (Jn 13,14), que “no ha venido para ser servido, sino para servir y dar su vida” (Mt 20,28), la autoridad (las llaves) se entrega a Pedro y a la Iglesia para un servicio al pueblo de Dios en una diaconía sin fin. Cuanto más amplia es la autoridad, más intenso ha de ser el amor y generoso el servicio. ¡Para que en la tierra todos tengan vida y la familia humana viva unida! Es este el objetivo de la misión, que el Papa Francisco vuelve a proponer cada vez que habla de la Iglesia.

El Concilio nos da la dimensión teológica y misionera del proyecto de Jesús: “La Iglesia peregrinante es misionera por su naturaleza” (AG 2). Porque “la Iglesia existe para evangelizar” (Pablo VI, en EN 14). No es un hecho marginal que Jesús hable de su proyecto de Iglesia, estando en un territorio pagano (v. 13: región de Cesarea de Filipo), en un contexto geográfico y étnico semejante al de la mujer cananea (ver el Evangelio del domingo pasado). Estos dos hechos (la cananea y Pedro), que Mateo narra, revelan dos valores importantes para comprender la identidad de Jesús: la fe y la misión. ¡Dos valores necesarios! Ante todo, Jesús elogia la fe de ambos, aunque la expresan de manera diferente. Además, los dos hechos revelan el carácter universal de la misión de Cristo y de la Iglesia. ¡Una misión de salvación abierta a todos los pueblos, cercanos y lejanos!

Un sondeo de opinión acerca de la identidad de Jesús, realizado en nuestros días, nos daría igualmente resultados aproximativos y reductivos. Es un hecho que una proporción elevada de fieles bautizados se han alejado de la Iglesia, del Evangelio y de Cristo, si bien nunca se puede medir el nivel de fe de una persona. Para ellos se requiere una nueva evangelización, con los contenidos y métodos de la misión ad gentes, es decir, la primera evangelización (cfr. RMi 33). Para muchos es necesario comenzar nuevamente por los fundamentos de la fe cristiana, utilizando adecuados métodos pedagógicos.

El Evangelio de hoy y algunas fiestas de la época veraniega vuelven a proponer tres elementos típicos del identikit del católico. Estos valores son: Eucaristía, Virgen María y Papa, los tres a la vez. Son elementos que sostienen y fortalecen la fe del cristiano, iluminan su sentido de pertenencia a la Iglesia, esclarecen su identidad, lo ayudan a ser sal y luz dentro del confuso panorama religioso de nuestro tiempo, ante los no cristianos. En especial, ante no cristianos, o protestantes, ortodoxos, evangélicos y otros grupos. No se trata de polemizar o establecer confrontaciones odiosas. Para el católico, son tres amores irrenunciables, que estamos llamados a compartir y a proponer a los demás con humildad y respeto; son valores que llenan de gozo la vida y la misión del cristiano en cualquier lugar del mundo.

Cuando profesamos nuestra fe, decimos: Creo la Iglesia una, santa, católica y apostólica; podríamos añadir también una quinta nota: perseguida, lo cual es una realidad permanente en la historia, hasta nuestros días en muchos lugares del mundo. “Ser hombres-mujeres de Iglesiaquiere decir ser hombres-mujeres de comunión”, nos recuerda el Papa Francisco. Pertenecer a la Iglesia es un valor grande, un don precioso del Señor. Un regalo que postula nuestro agradecimiento constante y nuestro compromiso para custodiarlo y compartirlo con humildad y respeto. Pidamos al Señor que nos conceda, como a santa Teresa de Ávila, el gozo de vivir y de “morir como hijos-hijas de la Iglesia”.

Mensaje del Papa para la Jornada Mundial de oración por el cuidado de la Creación

MENSAJE DE SU SANTIDAD
PAPA LEÓN XIV
PARA LA XI JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN
POR EL CUIDADO DE LA CREACIÓN 2026
1 de septiembre de 2026

«Con sus espadas forjarán arados
y podaderas con sus lanzas» (Is 2,4)

Queridos hermanos y hermanas:

Nuestro Señor Jesucristo vino para que tengamos vida y la tengamos en abundancia (cf. Jn 10,10). Este regalo de vida yace justo en el corazón de nuestra misión como discípulos y de nuestro llamado común a construir una civilización del amor. Como podemos observar, en esta Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación, se nos invita una vez más a contemplar el don de la vida y a apreciar la tierra que la sustenta, ya que son modos tangibles de alabar a nuestro Creador.

Actualmente, estamos siendo testigos de múltiples crisis y de un gran sufrimiento humano. Al mismo tiempo, pareciera que la alteración del equilibrio armónico de la creación se está acelerando. Estos fenómenos no están disociados; son una única apelación por la sanación y la paz que brota de un mundo herido.

El Dios de la vida, revelado en Jesucristo, ofrece una paz que el mundo no puede dar: «La paz les dejo, mi paz les doy» (Jn 14,27). Esta paz no es ni superficial ni perecedera, mana desde el perpetuo amor de Cristo y de su interés por cada persona humana.

Sin embargo, esta promesa de paz contrasta notablemente con las realidades que vemos en muchas partes del mundo. El profeta Isaías habló de una época en la que las naciones «con sus espadas forjarán arados» (Is 2,4), transformando lo que destruye la vida en aquello que la sostiene. Pero hoy, frecuentemente somos testigos de lo contrario, mientras los esfuerzos se siguen centrando en la violencia y la guerra.

La guerra deja heridas que se extienden mucho más allá del campo de batalla. Cobra vidas, desintegra a las familias y fuerza a millones de personas a abandonar sus hogares, aumentando el miedo, la injusticia y la división (cf. Gaudium et spes, 77-82). La guerra además deja una destrucción social y ecológica que perdura por generaciones. Más aún, la interacción entre conflictos armados y degradación ambiental a menudo crea círculos viciosos que destruyen ecosistemas, contaminan recursos esenciales, como el aire y el agua, y merman la seguridad de los alimentos. Esto genera pobreza, desigualdad y nuevos conflictos sociales que pueden contribuir al resurgimiento de conflictos futuros.

Aparte de esto, la guerra crea lesiones que perjudican todo el entramado de la vida, dañando no sólo a individuos y comunidades, sino a su amplia red de relaciones con la entera familia humana, así como su armonía con la creación. Esto pone de manifiesto un fracaso más profundo cuando se trata de vivir a imagen y semejanza de Dios, de respetar la vida y de cuidar la tierra que se nos ha confiado. No es sólo un fracaso político, sino también moral y espiritual. La guerra, arraigada en deseos distorsionados y en el mal uso de la libertad y el poder humanos, constituye un antitestimonio del Evangelio de la paz.

Las crisis mencionadas anteriormente no sólo exigen responsabilidad sino también una conversión del corazón que rinda frutos en una fidelidad más profunda a Dios, en el amor mutuo y en el respeto por el don de la creación. De hecho, las discordias que presenciamos en el mundo, como la violencia, la injusticia y el daño ecológico, no resultan simplemente de estructuras o sistemas imperfectos; son el “síntoma de una profunda dicotomía arraigada en la misma humanidad (Gaudium et spes, 10). En efecto, el corazón humano resulta ser el lugar donde se llevan a cabo las más duras batallas y donde se revela nuestra condición caída. No es sólo la sede de las emociones, sino el centro de la persona –donde convergen la razón, los deseos, la voluntad, y la conciencia–. Es aquí donde luchamos con nuestros deseos contradictorios entre el amor y la indiferencia, la verdad y la ilusión, la justicia y la injusticia (St 1,14-15). Los daños de la guerra y el deterioro de la tierra están entonces profundamente vinculados con la condición del corazón humano. Los conflictos que atormentan a la humanidad, de diversos modos, son la expresión exterior de la discordia y división interiores. Cuando el corazón está distorsionado, las relaciones sufren y las estructuras que construimos comienzan a reflejar ese desorden.

El Papa Benedicto XVI nos recordó que «los desiertos exteriores se multiplican en el mundo, porque se han extendido los desiertos interiores» (Homilía en el Solemne Inicio del Ministerio Petrino, 24 abril 2005). Esto nos llama a reconocer que lo que está arruinado en nuestro entorno, de alguna manera también lo está dentro de nosotros. Para construir una sociedad pacífica, debemos entonces no sólo reformar estructuras, sino renovar nuestros corazones. Las causas subyacentes del conflicto y la explotación de la creación provienen de una crisis ética y cultural, así como de una pérdida del sentido de los límites, del deseo de dominación, de la búsqueda del beneficio inmediato y de la incapacidad de reconocer la dignidad dada por Dios a cada persona humana.

El adagio profético «con sus espadas forjarán arados» (Is 2,4) no es entonces sólo una visión que atañe a las naciones, sino una llamada a cada persona. Nos invita a transformar la herida en vida. Sin embargo, esta transformación no puede ser llevada a cabo por medio de un simple cambio externo, sino que requiere, a través de nuestra cooperación con la gracia de Dios, de una conversión personal y colectiva más profunda –un regreso a Dios, que reordene nuestros deseos, sane nuestras heridas y nos ayude a crecer en la virtud–.

Con la ausencia de esta transformación interior, la paz permanecerá frágil y será efímera. Pero donde los corazones se renuevan, comienzan a abrirse nuevas posibilidades. Lo que ha sido utilizado para la destrucción puede ser redirigido hacia la vida: al cuidado de los pobres, al sustento alimentario de los hambrientos y al cuidado de la creación. Este es el camino de la auténtica conversión ecológica, donde los efectos de nuestro encuentro con Jesucristo se hacen evidentes en nuestra relación con el mundo que nos rodea (cf. Francisco, Laudato siʼ, 217). La paz entonces comienza en nuestro corazón y se proyecta hacia nuestras relaciones, nuestras comunidades y al mundo en su conjunto.

A pesar de que los desafíos que tenemos por delante son enormes, Dios no nos deja sin los medios para sanar y transformar. En vez de las armas bélicas, el Dios de la paz nos colma de fuerza para sanar, para reconciliar y construir una civilización del amor. En este sentido, estamos llamados al cuidado de los múltiples “ecosistemas” que nos han sido confiados: los ecosistemas de la creación, de las relaciones humanas y los del propio corazón humano.

Imaginémonos un mundo en el que los esfuerzos que actualmente se invierten en la guerra fueran dirigidos al desarrollo humano integral, al combate de la pobreza, a la protección de la dignidad humana y a la reconciliación de la gente que está dividida. Un panorama así refleja la fe en la venida del Reino de Dios.

Los auténticos instrumentos para la construcción de la paz no son las armas destructivas, al contrario, lo son la verdad, el diálogo, la paciencia, la bondad, la justicia, la misericordia, la comprensión, el cuidado y el amor. Estos instrumentos brotan de los corazones formados por el Evangelio y sostenidos por la gracia de Dios. Sólo estas cualidades poseen el poder de transformar individuos, renovar comunidades y sanar las heridas de nuestro mundo.

Queridos hermanos y hermanas, es claro el camino que tenemos por delante, aunque no sea fácil. Estamos llamados a dejar que nuestros corazones sean renovados, de tal manera que favorezcamos la paz y el cuidado de la creación. La Sagrada Escritura nos dice que vigilemos nuestro corazón, porque todo lo que hacemos brota de él (cf. Pr 4,23).

Si asumimos esta tarea con humildad y fe, nos volveremos colaboradores en la obra renovadora de Dios. Avanzaremos despacio pero firmes, desde el desierto hacia el jardín, de la división a la comunión y de la violencia a la paz.

Que el Señor nos conceda la valentía para recorrer esta senda, para que en nuestro tiempo, con las espadas realmente se forjen arados, que la promesa del Evangelio se arraigue en nuestro mundo y que la paz de Cristo reine sobre toda la creación.

Vaticano, 15 de agosto de 2026, Asunción de la Santísima Virgen María.

LEÓN PP. XIV

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El Consejo General de los Combonianos solidario con la población de Colombia

Colombia fue violentamente sacudida por un terremoto de gran intensidad el pasado 10 de agosto. El sismo ha causado numerosas víctimas y grandes destrucciones. El Consejo General de los Misioneros Combonianos ha emitido una nota a los superiores de las circunscripciones del Instituto, lanzando un llamamiento a la solidaridad con las víctimas. 
[Foto: Desperfectos causados por el temblor en la parroquia María Madre del Buen Pastor, en Charco Azul, Cali, en la que se encuentra el comboniano mexicano P. Guillermo Aguiñaga]

Queridos Provinciales y Delegados:
Un cordial saludo desde Roma.

El Consejo General expresa su profunda cercanía y solidaridad con el pueblo de Colombia y con los Misioneros Combonianos que desempeñan su servicio en ese país, uniéndose al dolor de tantas personas que se han visto duramente afectadas por el fuerte terremoto que sacudió el país el 10 de agosto, causando numerosas víctimas, heridos y graves daños en las viviendas y las infraestructuras.

En este momento de prueba, queremos hacer sentir a las comunidades afectadas nuestra cercanía fraterna y nuestra solidaridad, especialmente a las familias que han perdido a sus seres queridos, a quienes han resultado heridos o han perdido sus hogares y a todos aquellos que están viviendo momentos de miedo, dolor y precariedad.

Expresamos también nuestro aprecio y gratitud a todas las personas que, con generosidad y valentía, están comprometidas en las operaciones de rescate, asistencia y ayuda a las poblaciones afectadas.

Como Misioneros Combonianos, acompañamos con nuestra oración a los pueblos de Colombia y Venezuela, pidiendo al Señor de la vida que acoja en Su misericordia a quienes han perdido la vida, sostenga a las personas heridas y a las familias afligidas por el duelo, y conceda fuerza, valor y esperanza a todos aquellos que están comprometidos en la asistencia y en la difícil tarea de la reconstrucción.

Por este motivo, tenemos la intención de extender a Colombia la colecta de solidaridad lanzada con ocasión del reciente terremoto en Venezuela. Por ello, hacemos un llamamiento a las Circunscripciones que deseen adherirse a esta iniciativa para que comuniquen al Economato General el importe que desean que les sea cargado con este fin. Los fondos recaudados serán destinados a las necesidades más urgentes de las poblaciones afectadas, para hacerles sentir que nadie está solo ante el sufrimiento, la pérdida y la difícil tarea de la reconstrucción.

Que María, Madre de la Esperanza, acompañe y proteja a los pueblos de Colombia y Venezuela y sostenga a todos aquellos que, en este momento difícil, se hacen cercanos a las personas más vulnerables, poniendo a su disposición su tiempo, sus energías y sus recursos.

Que el Señor conceda a las comunidades afectadas consuelo y esperanza y nos haga capaces a todos, mediante nuestra solidaridad, de ser un signo concreto de Su presencia y de Su misericordia.

Fraternamente,
El Consejo general

Entre la distracción y la abstracción

Texto y foto: P. Juan G. Núñez, mccj
Desde Shafina, Etiopía

Hoy me he dejado alimentar por los recuerdos en la misión de Shafina, mientras asistía a la ordenación sacerdotal de Daniel Dawit, nacido en esta parroquia. Más que distraído, casi diría que estuve abstraído, dejando que mi mente reconstruyera episodios relacionados con esta misión, con el Vicariato de Awasa y con mis 50 años en Etiopía. 

Shafina es anterior a mi llegada. Se remonta casi a los comienzos del Vicariato, en diciembre de 1964. «Comienzos» no es una palabra dicha al azar. Awasa comenzó con dos padres combonianos a quienes se les había confiado un territorio con ocho millones de habitantes y ningún católico. Luego, de prisa, cada año nuevos misioneros y nuevas misiones. Shafina fue la cuarta, abierta en 1968. Estaba situada en un lugar frondoso y fértil, donde crecía el café y todo lo que plantaras de frutas y hortalizas, sin mucho frío ni mucho calor. Casi el paraíso terrenal.

Mi primera visita fue en 1977 por motivos más bien sentimentales. Había hecho el curso de amárico junto a un comboniano que llegó a Etiopía al mismo tiempo que yo. Al terminar la formación, a él lo destinaron a Shafina y a mí a Dilla, dos misiones no muy lejanas. En 1977 vine a verlo para consolarnos mutuamente contándonos nuestras historias. Ambos hemos cumplido 50 años en Etiopía. Él acaba de ser destinado a Italia para ser superior de una comunidad nueva, mientras que yo sigo aquí.

Tras cinco años en Dilla, fui llamado a abrir el seminario mayor interdiocesano en Adís Abeba. Allí me llegaron, en su momento, tres candidatos de Shafina. Todos fueron ordenados sacerdotes, aunque dos de ellos lo dejaron al poco tiempo. Esto fue lo que pasó con bastantes de los que llegarían al sacerdocio a lo largo de estos años.

A Daniel lo he conocido recientemente y lo he seguido, aunque de lejos, en mi período de administrador apostólico del Vicariato. Pequeño y delgado, discreto, pero no apocado. Hoy está a los pies del altar ante el nuevo obispo de Awasa, que le impondrá las manos. Y todos los muchos sacerdotes que estamos concelebrando se las impondremos, implorando la fuerza del Espíritu sobre él, Espíritu que suplican también las más de 1 000 personas que abarrotan la nueva y espaciosa iglesia de Shafina. Dios le necesita para mantener viva esta iglesia de Awasa con sus 300 000 católicos.

Yo imploro y recuerdo. Comencé mi vida misionera aquí, en la misión de Dilla, durante cinco años. Luego me fui, aunque sin perder nunca el contacto con ella, hasta que, 40 años más tarde, cojo de oído y manco de vista, fui llamado para dirigirla, haciendo por cuatro años de obispo sin serlo. Y ahora aquí estoy de nuevo, prestando algún servicio en la medida de mis fuerzas. Mañana celebraré en la catedral las dos misas del domingo, cada una de más de dos horas. Parece tarea titánica, pero no lo es. Es cuestión de relajarse y disfrutar de lo que allí se realiza. La mayoría del tiempo lo ocupan los cantos, que son muy hermosos. Otra buena parte se la llevan los comentarios a las lecturas, algunos casi homilías. Lo mío es lo estrictamente reservado al sacerdote y una homilía que, siguiendo los consejos del papa Francisco, intento que sea breve y jugosa. Y hasta que Dios quiera.

Mundo Negro