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XXVII Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «Escuchan otra parábola: Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos.
Llegado el tiempo de los frutos, envió sus criados a los labradores para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro, y a otro lo apedrearon.
Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último les mandó a su hijo, diciéndose: Tendrán respeto a mi hijo.
Pero los labradores, al ver al hijo se dijeron: Este es el heredero: vamos, lo matamos y nos quedamos con su herencia.
Y, agarrándolo, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron. Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?».
Le contestaron: «Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a sus tiempos».
Y Jesús les dice: «¿No han leído nunca en la Escritura? La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente.
Por eso les digo que se les quitará a ustedes el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos».

(Mateo 21, 33-43)


La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular
P. Enrique Sánchez G. mccj

Seguimos escuchando en la lectura del Evangelio las parábolas en donde el tema de la viña sigue apareciendo como algo importante para nuestra reflexión.

El evangelio de hoy nos presenta dos pequeñas parábolas que nos invitan a ir más en profundidad sobre la comprensión de la palabra de Dios. La primera parábola nos presenta la viña que es entregada a unas personas que no saben cuidarla y se convierten en asesinos, un modo de reconocerlos como destructores y obstáculos en la realización del proyecto de Dios.

La segunda parábola, más pequeña y aparentemente insignificante, nos habla de la piedra despreciada que se convierte en piedra angular, es decir la piedra sobre la cual se puede dar origen a algo nuevo, bello y valioso.

En el texto de la primera parábola la viña se nos presenta como una plantación bien cuidada, preparada con esmero, embellecida y protegida, asegurada con una cerca a su alrededor y bien custodiada desde la torre plantada en su interior.

Esa descripción nos hace pensar a esas bellas propiedades que existen en muchas partes, en donde se observan enormes campos de cultivos bien ordenados o con sus grandes potreros, en donde pasta tranquilamente el ganado. Son lugares en donde no es difícil pensar a buenas cosechas, a frutos abundantes y, sobre todo a espacios que hablan de prosperidad, de bienestar y de tranquilidad.

La viña en las páginas del evangelio es siempre imagen del Reino que Dios ha pensado, querido y preparado para que en esa realidad estuvieran todos sus hijos. El Reino siempre se nos ha presentado como un mundo en donde se ha establecido la justicia, la fraternidad, la paz, la tranquilidad que sólo Dios puede ofrecer y la felicidad que sólo puede venir de él. No es necesario quebrarse mucho la cabeza para entender que Dios, desde siempre, soñó con un mundo bello, generoso, armónico para que ahí el ser humano pudiese crecer y desarrollar la semilla divina que Dios ha depositado en cada corazón.

Y la vocación de la viña, como la realidad del Reino, es que en ella se den muchos y buenos frutos, frutos que alegren el corazón.

Fijando nuestra atención en los protagonistas de esta parábola, es evidente que Dios tiene un proyecto en donde aparece con claridad el cuidado y, podríamos decir, la ternura con que se ocupa de su viña, es decir, de su pueblo, de sus hijos, de cada uno de nosotros.

Es un proyecto en donde la generosidad desborda, en donde los detalles de bondad abundan y en donde el cariño y el amor son como el perfume que llena todo el ambiente.

Por otra parte están los labradores a quienes les fue confiada la viña. En ellos se manifiestan otros intereses. Ellos actúan movidos por la ambición y por el deseo de apoderarse para ellos mismos de la viña.

Se dejan atrapar por el egoísmo de quererlo todo para ellos, cuando lo que Dios había preparado era algo en lo que todos tendrían un lugar y la posibilidad de disfrutar, en la alegría que da el saber compartir.

La ambición y la codicia llevó a aquellos labradores a convertirse en instrumentos de violencia, de sufrimiento y de dolor para quienes habían sido enviados a reclamar los frutos de la viña. Llegan incluso a sentirse con derecho a disponer de la vida de los demás.

No dudaron en asesinar al hijo del dueño de la viña, con tal de quedarse con ella.

Esta parábola nos cuenta, de esta manera, la historia de la salvación. Dios ha preparado una bella viña en donde todos podríamos estar felices y vivir disfrutando de todo lo que el ha hecho para alegría nuestra. Ha puesto, a lo largo de la historia, muchas personas que han venido hasta nosotros para invitarnos a entrar a esa viña; nos han invitado a ser partícipes y beneficiarios de la salvación que el Señor nos ofrece.

Pero no han faltado los malos labradores que han sembrado en el corazón de muchas personas la mala semilla de la ambición. Esa semilla que hace imposible reconocer al Salvador que Dios nos sigue enviando en la persona de Jesús.

Hoy existen muchas personas que pretenden sacar a Jesús de nuestras vidas, pensando que de esa manera se puede manipular más fácilmente las conciencias y las voluntades.

Se ha tratado matar a todo aquello que tenga qué ver con Dios para reducir a las personas a objetos que se pueden manipular y a los que se pueden explotar. Y esto funciona en muchos ámbitos de nuestra sociedad, en el comercio, en la publicidad, en el ejercicio de la autoridad.

Afortunadamente, todavía no llega el día en que alguien pueda presumir de haber acabado con Dios.

Cuando parecía que en ciertos ambientes había desaparecido, resurge con una vitalidad que nadie puede contener. Y cuando nos hemos obstinado en destruir la parte espiritual que nos hace personas, nos damos cuenta de que aparece una necesidad mayor de reconocer la presencia del Espíritu de Dios en nosotros.

Aquí podríamos reconocer la importancia de la segunda parábola de nuestro evangelio, que nos dice: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular”.

La primera parábola pone en evidencia que los sumos sacerdotes y los ancianos, quienes deberían haber sido los primeros en reconocer el don de Jesús como Mesías y salvador, así como muchos otros que habían tenido la oportunidad de recibir el anuncio del Reino, no supieron aceptarlo y acogerlo.

Se ensañaron y decidieron acabar con él, llevándolo a la muerte. En otras palabras, lo rechazaron y prefirieron mantenerse en una actitud de soberbia construida sobre la ambición y el poder.

Pero lo que fue rechazado por ellos, Dios lo escogió para ser inicio de una humanidad nueva. Cristo, el Mesías, es esa piedra angular sobre la que se construye un edificio nuevo, que por estar construido sobre buenos cimientos no correrá el riesgo de ser destruido.

Lo que rechazaron los sumos sacerdotes y los ancianos, Dios lo ha convertido en un mundo nuevo en donde toda persona que ponga su confianza en Jesús podrá vivir desde ahora la novedad del Reino y se descubrirá amada profundamente por el Señor.

Para nuestra reflexión

+ Seguramente nos damos cuenta de que a lo largo de nuestra vida el Señor ha ido enviando a muchas personas a nuestra vida para que reconozcamos cómo Dios nos sigue buscando de muchas maneras y en todas las circunstancias que nos va presentando la vida. Dios no se cansa de hacernos ver que tiene un plan de vida para cada uno de nosotros que garantiza que lleguemos a vivir plenamente.

+ Pero igual, nos damos cuenta de que muchas veces parece que estamos en el lugar equivocado. Es decir, asumimos las actitudes de los labradores ambiciosos que no saben situarse en la vida siguiendo los valores del Reino o del evangelio. Preferimos actuar movidos por la ambición.

+ Pretendiendo acabar con todo aquello que nos invita a llevar una vida más en armonía con lo que el Señor nos va revelando en su palabra, caemos en la trampa de quienes sienten que Dios nos les hace falta, lo sienten incómodo y pretenden simplemente sacarlo de sus vidas. Y, qué fuertes sonaron las palabras del Papa León XIV hace sólo unos cuantos días cuando decía en su visita a Francia, que “Dios no pide permiso para entrar en nuestras vidas”. Con esto no se afirma que Dios invada nuestras vidas de manera violenta o arbitraria, sino que tarde o temprano las personas nos damos cuenta de que sin Dios la vida es algo vacío y sin sentido. Sin Dios no podemos ir muy lejos y el Espíritu acaba siempre ganando la batalla a aquellos que tratan de acallarlo.

+ Esta palabra que nos regala el Señor hoy, nos lleva a preguntarnos ¿Qué estoy haciendo para reconocer todo lo que Dios está haciendo en mi vida viniendo a mi encuentro para hacerme participar de su Reino?

+ ¿Vivo el don de Jesús en mi vida reconociéndolo como un cimiento firme sobre el cual puedo confiar y construir toda mi vida?

+ ¿Me doy cuenta de que soy parte de ese pueblo al que se le ha dado lo que otros han rechazado, para que como misionero lo lleve a todos aquellos que lo están esperando con un corazón abierto?

Ojalá la meditación de esta página del Evangelio nos ayude a ponernos en una actitud de conversión profunda que nos permita poner a Cristo en el centro de todo aquello que vamos construyendo en nuestra vida.

Que sepamos reconocerlo como el don de Dios, el enviado para que podamos entrar y gozar de la viña del Señor, que no es otra cosa sino la posibilidad de vivir en un mundo en donde podamos reconocernos hermanos.


¿Custodios o depredadores?
P. Manuel João Pereira, mccj

El Evangelio de este domingo nos ofrece la tercera parábola que tiene como tema la viña. Al igual que la de los dos hijos enviados a la viña del domingo pasado, está dirigida a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, así como a los fariseos (cf. v. 45), que, en un primer momento, no se dan cuenta de que va dirigida precisamente a ellos. La parábola, conocida como la de los “viñadores homicidas”, es pronunciada en el Templo, tiene tonos dramáticos y prefigura proféticamente el trágico final de Jesús, “agarrado, echado fuera de la viña y matado” fuera de las murallas de Jerusalén.

1. Dios es un viñador

La simbología de la viña como representación del pueblo de Dios, Israel, es bien conocida y queda iluminada por la primera lectura del profeta Isaías (5,1-7). Jesús, sin embargo, cuenta la parábola contra los responsables religiosos que se han adueñado de esta viña, sordos a las llamadas de los profetas (los “siervos” de la parábola) y ahora también a la del Hijo, enviado por Dios, el Dueño de la viña.

Las primeras generaciones cristianas interpretaron la parábola alegóricamente: el primer grupo de siervos representaría a los profetas y el segundo a los apóstoles. Su conclusión: “Se os quitará el Reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos”, ha sido interpretada a veces como el anuncio de la sustitución de Israel por la Iglesia. Sin embargo, no parece que este sea el sentido principal de la parábola, sino más bien una fuerte reprensión a las autoridades religiosas de su tiempo y de todos los tiempos.

2. Nosotros somos la viña de Dios

Me parece oportuno detenernos, ante todo, en el cuidado amoroso de Dios hacia su viña, que refleja su amor por su pueblo y por cada uno de nosotros. “¿Qué más cabía hacer por mi viña que yo no haya hecho?”, se lamenta el Señor, constatando que la viña, en lugar de producir uvas, ha dado agrazones (Isaías 5,1-7).

Aquella viña plantada “en una fértil colina”, “cavada y despedregada” para que se convirtiera en buena tierra, y formada por “cepas escogidas”, se refiere también a nosotros. También nosotros formamos parte de aquella viña, sarmientos unidos a aquel que es la vid verdadera (Juan 15). En nuestro corazón ha construido una “torre”, no la de Babel, sino la de Pentecostés del Espíritu. Ha “cavado un lagar”, que nos recuerda el agua del Bautismo y el vino de la Eucaristía. Nos ha protegido dentro del recinto de la Iglesia…

Esta es, por tanto, una buena oportunidad para reconocer que “el Señor ha hecho grandes cosas por nosotros” (Salmo 125,3). Pero también es una ocasión para preguntarnos por los frutos que está produciendo nuestra vida cristiana: ¿uvas o agrazones?

3. Nosotros somos los viñadores de Dios

Dios “se marchó lejos” y, con una confianza extraordinaria, nos confió su viña para que la cuidáramos. Es decir, confió sus dones a nuestra responsabilidad: la vida y la salud, la tierra y los bienes, las capacidades y los talentos, la fe y las gracias espirituales… Todo para administrarlo con sabiduría al servicio de todos.

La gran tentación es adueñarse de la “viña”, es decir, de aquello que Dios ha confiado a nuestra custodia, utilizándolo a nuestro gusto y para nuestro exclusivo beneficio. Por otra parte, ya en el relato del primer pecado encontramos la tentación de apropiarse de lo que no nos pertenece. Nuestra codicia nos lleva a acaparar los bienes, a ignorar las necesidades de los demás y sus justas reivindicaciones, a someter a las personas a nuestro servicio, a pisotear a los pobres e incluso a matar, como ilustra muy bien la parábola.

Preguntémonos cuál es nuestra “viña” y cómo la estamos gestionando: ¿como propietarios o como arrendatarios? ¿Cómo ejercemos una función: como servicio o como poder? El Señor nos preguntará: ¿qué habéis hecho de mi viña? ¿Cómo habéis acogido a mis mensajeros? ¿Cómo habéis tratado a mi Hijo? ¡Y tengamos presente que hay muchas maneras de matar a Cristo!…

4. En la viña de la creación: ¿custodios o depredadores?

Esta responsabilidad no afecta únicamente a los dones personales, sino que se extiende también a la gran “viña” que Dios ha confiado a la humanidad: la creación. El 4 de octubre de 2023, el papa Francisco publicó la exhortación apostólica Laudate Deum, continuación de Laudato si’, en la que llamaba a todos a asumir la responsabilidad en la gestión de los bienes de la tierra. Las consecuencias de un uso desenfrenado, egoísta y depredador de la naturaleza están a la vista de todos.

A menudo adoptamos una actitud de casi indiferencia o de minimización, como si la cuestión no nos afectara demasiado, quizá porque no estamos dispuestos a cambiar nuestro estilo de vida. Otras veces descargamos la responsabilidad sobre los demás, especialmente sobre los políticos, a menudo condicionados por grandes intereses económicos, pero no asumimos nuestra parte de responsabilidad, tal vez por considerarla insignificante. ¡Hacer de la tierra un paraíso o un desierto depende también de cada uno de nosotros!

Ante la insuficiencia de las respuestas puestas en práctica por muchos gobiernos y por la comunidad internacional, el papa Francisco lanzaba por ello un nuevo grito de alarma, invitando a actuar antes de que fuera demasiado tarde. Nos recordaba que “el mundo que nos rodea no es un objeto de explotación, de uso desenfrenado, de ambición ilimitada” (n. 25). “Hemos realizado progresos tecnológicos impresionantes y sorprendentes, y no advertimos que al mismo tiempo nos hemos convertido en seres altamente peligrosos, capaces de poner en riesgo la vida de muchos seres y nuestra propia supervivencia” (n. 28).

Y el Papa concluía diciendo: “‘Alaben a Dios’ es el nombre de esta carta. Porque un ser humano que pretende ocupar el lugar de Dios se convierte en el peor peligro para sí mismo” (n. 73).

Preguntémonos: ¿nuestra relación con la naturaleza es un acto de alabanza a Dios o una manera de pisotear su don? En la viña de la creación, ¿nos comportamos como custodios o como dueños y depredadores?

Para la reflexión semanal

  1. Para comprobar si nuestra vida está produciendo la buena uva del amor y de la justicia o, por el contrario, los agrazones del egoísmo y de la injusticia, confrontémonos con las ocho características del obrar cristiano indicadas por san Pablo en la segunda lectura de hoy: “Todo lo que es verdadero, todo lo que es noble, todo lo que es justo, todo lo que es puro, todo lo que es amable, todo lo que es honorable, todo lo que es virtud y todo lo que merece alabanza, sea esto objeto de vuestros pensamientos” (Filipenses 4,6-9).
  2. ¿Qué podrías hacer concretamente para “contaminar menos, reducir los desperdicios, consumir con prudencia” (n. 71) y crear una nueva sensibilidad de respeto hacia la “viña” de la creación?

Un pueblo que dé fruto
José Antonio Pagola

A un pueblo que produzca frutos.

La parábola de los «viñadores homicidas» es, sin duda, la más dura que Jesús pronunció contra los dirigentes religiosos de su pueblo. No es fácil remontarse hasta el relato original que pudo salir de sus labios, pero probablemente no era muy diferente del que podemos leer hoy en la tradición evangélica.

Los protagonistas de mayor relieve son, sin duda, los labradores encargados de trabajar la viña. Su actuación es siniestra. No se parecen en absoluto al dueño que cuida la viña con solicitud y amor para que no carezca de nada.

No aceptan al señor al que pertenece la viña. Quieren ser ellos los únicos dueños. Uno tras otro, van eliminando a los siervos que él les  envía con paciencia increíble. No respetan ni a su hijo. Cuando llega, lo «echan fuera de la viña» y lo matan. Su única obsesión es «quedarse con la herencia».

¿Qué puede hacer el dueño? Terminar con estos viñadores y entregar su viña a otros «que le entreguen los frutos». La conclusión de Jesús es trágica: «Yo os aseguro que a vosotros se os quitará el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos».

A partir de la destrucción de Jerusalén el año setenta, la parábola fue leída como una confirmación de que la Iglesia había tomado el relevo de Israel, pero nunca fue interpretada como si en el «nuevo Israel» estuviera garantizada la fidelidad al dueño de la viña. Jesús no dice que la viña será entregada a la Iglesia o a una nueva institución, sino a «un pueblo que produzca frutos».

El reino de Dios no es de la Iglesia. No pertenece a la Jerarquía. No es propiedad de estos teólogos o de aquellos. Nadie se ha de sentir propietario de su verdad ni de su espíritu. El reino de Dios está en «el pueblo que produce sus frutos» de justicia, compasión y defensa de los últimos.

La mayor tragedia que puede succederle al cristianismo de hoy y de siempre es que mate la voz de los profetas, que los sacerdotes se sientan dueños de la «viña del Señor» y que, entre todos, echemos al Hijo «fuera», ahogando su Espíritu. Si la Iglesia no responde a las esperanzas que ha puesto en ella su Señor, Dios abrirá nuevos caminos de salvación en pueblos que produzcan frutos.


Dar nuevo vigor a la Fe
Promover la Misión
Romeo Ballan, mccj

La viña tiene su cantor. El profeta Isaías, llamado el “Dante de la literatura bíblica”, dedica uno de sus más apasionados cánticos de amor a la viña de un amigo (I lectura). Se trata de una viña plantada con cariño, cuidada, protegida, mimada con gozo y esperanza (v. 1-2.4). “La viña del Señor es su pueblo” (v. 7 y el salmo responsorial). Lamentablemente, la viña – es decir, el pueblo – ha sido infiel. En el momento de la vendimia, los frutos esperados chocan con decepciones y amarguras: agrazones en lugar de uva (v. 4); en vez de frutos de justicia y rectitud, el pueblo ha producido asesinatos y lamentos (v. 7). El drama de esa viña se vuelve, de hecho, en tragedia en la parábola de Jesús (Evangelio). Los labradores, además de adueñarse de la vendimia, se convierten en homicidas: apalean, apedrean y matan a los criados del dueño, e incluso a su hijo (v. 35-39). La aplicación a los hechos de la muerte de Jesús es directa. Sin embargo, el amor de Dios a su pueblo supera cualquier maldad humana. Dios, que se ha insertado en la historia, da un sentido nuevo a los acontecimientos humanos: recupera la piedra – ¡Jesús! – desechada por los constructores y hace de ella la piedra angular (v. 42), es decir, la base de la salvación para todos los pueblos. Ahora el plan está claro: el que rechaza a Dios se autocondena a la infructuosidad; tan solo el que lo acepta y permanece en Él da mucho fruto. Porque sin Él no podemos hacer nada (Jn 15,5). Dios quiere obstinadamente nuestro bien, y, por tanto, no se desanima, no cede ante la decepción, no renuncia a los frutos. Lo intenta de nuevo tras cada rechazo: vuelve a proponer al mismo Salvador ante nuevos pueblos, para que, unidos a Él, den frutos de vida (v. 34.41.43).

La historia del anuncio del Evangelio en el mundo da cuenta de peripecias y cambios de pueblos que, en épocas sucesivas, acogieron o rechazaron el mensaje cristiano, con distintas consecuencias para bien o para mal. Ningún pueblo puede autodefinirse como mejor que los otros, o considerarse evangelizado de una vez por todas. El hecho del nacimiento, el florecer y luego la desaparición de numerosas comunidades en diferentes regiones del planeta, invita a hacer serias reflexiones misioneras. De muchas comunidades cristianas del Norte de África y de Asia Menor – aunque fueron fundadas por Apóstoles o guiadas por Padres de la Iglesia – nos quedan tan solo los nombres, unos restos arqueológicos y poco más. Mientras tanto, otros pueblos y continentes se han abierto al Evangelio y siguen dando frutos (en África, América, Asia, Oceanía…); mientras que algunos pueblos del Occidente cristiano, que en tiempos pasados eran fuertes en la fe, viven ahora situaciones de cansancio y caídas, con escasos frutos. ¿Cómo recuperar lozanía y vigor en la fe? He aquí el gran desafío para una eficaz acción misionera.

San Pablo, al escribir a los Filipenses (II lectura), habla a una comunidad que, en su momento, dio buenos frutos. Él enumera ocho frutos que es preciso cultivar y promover: lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, honorable, virtuoso, encomiable (v. 8), como garantía de paz con Dios y con los demás (v. 8-9). Son valores que invitan a pensar en positivo, y constituyen la base para los caminos de la Misión en el mundo, tales como: diálogo con las otras religiones, inculturación, diálogo ecuménico, promoción de la justicia, salvaguarda de la creación…

Pablo recomienda estos frutos y valores a los cristianos de Filipos, la primera comunidad que él fundó en Europa durante su segundo viaje misionero (años 49-50); una comunidad con la cual estableció relaciones muy cariñosas. Los orígenes de esta comunidad ofrecen pautas misioneras interesantes. Después del concilio de Jerusalén (Hch 15), Pablo visitó nuevamente las comunidades de Asia Menor (que él había fundado el año anterior), nombró allí unos responsables y se puso a buscar nuevos campos de evangelización (Hch 16,6-7). Estando en Tróada (Asia Menor), tuvo la visión nocturna de un macedonio, que le abrió el camino hacia un mundo nuevo: “Pasa a Macedonia y ayúdanos” (Hch 16,9-10). El mar por delante era estrecho, pero el paso era muy significativo: para Pablo y sus compañeros esa fue la entrada al Imperio romano. Desde entonces la mirada de Pablo ya estaba puesta en Roma, la capital del Imperio.

Los comienzos de la comunidad de Filipos y la invitación del macedonio (“Pasa… y ayúdanos”) constituyen un hecho emblemático y un llamado misionero a las comunidades eclesiales de todo tiempo y lugar, para que acojan el grito – abierto o silencioso – de los muchos macedonios de hoy (personas, pueblos, situaciones, acontecimientos…). Son temas permanentes, que exigen oración, reflexión y compromiso en el octubre misionero y en la fiesta misionera del DOMUND. Pero también después. ¡Siempre!

Superior General y Vicario visitan la Provincia de México

Del 18 al 26 de septiembre, en en la Provincia de México, tuvimos el gusto de recibir la visita de los Padres Luigi Codianni y David Costa, Superior General y Vicario General, quienes tenían como objetivo encontrarse con la comisión regional para la unificación de las provincias, así como visitar las comunidades combonianas ubicadas en el valle de México. (En la foto, el Superior General -tercero por la derecha- con la comunidad del noviciado de Xochimilco).

Al día siguiente de su llegada a tierras mexicanas, la comunidad religiosa del noviciado y los dos novicios de primer año abrieron las puertas de su casa para dar una cálida bienvenida al P. Luigi Codianni y al P. David Costa.

Los religiosos y los novicios se congregaron en un espacio en el que el Superior General y el Vicario General compartieron elementos clave sobre la reorganización de nuestras circunscripciones y el caminar de las actualizaciones formativas.

Informaron de la situación en números y la geografía vocacional. Hablaron del gran número de combonianos de edad avanzada y enfermos. Del número cada vez menor de hermanos combonianos, y todo esto como una gran preocupación de la Dirección General.

El otro tema en cuestión fue sobre la necesidad de reunificación de provincias cercanas para favorecer las presencias combonianas. Este tema es el principal motivo de su visita al Brasil y a México.

Más adelante, la comunidad religiosa sostuvo un encuentro particular con los dos para presentar la realidad del noviciado y conocer sus apreciaciones.

Tras concluir el diálogo, nos unimos en torno al altar para celebrar la Eucaristía. El encuentro culminó con una convivencia a través de los tradicionales canales de Xochimilco a bordo de las trajineras (algo así como las góndolas). 

Se abrió el diálogo personal para quien así lo necesitara en el noviciado y en la casa provincial con amplio espacio de tiempo. Hicimos una experiencia bonita, fraterna y de comunión a través de ellos con todo el instituto.

Otro sitio que los Padres Luigi y David pudieron visitar a su paso por México fue la comunidad conocida como La Moctezuma, en donde los Combonianos atendemos la rectoría Mártires de Uganda y donde ahora se encuentra el centro vocacional.

Ahí se tuvo una reunión con la comunidad religiosa para después celebrar misa dominical con los fieles. Después de la Eucaristía, tuvo lugar una convivencia fraterna para compartir los alimentos.

El vicario General presidió la Eucaristía en la capilla Mártires de Uganda, con la comunidad de la Moctezuma

Como última actividad del día, se tuvo, después de la cena, un encuentro con la comunidad religiosa de la casa provincial, espacio en el que el Superior General agradeció el servicio que se ofrece a los cohermanos que pasan por ahí, ya porque regresan de las misiones, ya porque vienen de las diferentes comunidades para atender asuntos varios.

Tanto el P. Luigi como el P. David invitaron a la comunidad a no solo acoger a los co-hermanos y facilitarles su estancia, sino a procurar que la casa provincial sea un lugar donde cada Comboniano encuentre serenidad e incluso un espacio para re-hacerse, para re-crearse.

Después de estos encuentros, los Padres David y Luigi se reunieron con la comisión regional para la unificación de las provincias de la región Centroamérica-México además de la NAP, la Provincia Norteamericana, que eventualmente se uniría a esta región.

La comisión compartió el trabajo elaborado hasta ahora: el proceso de sensibilización y presentación de un bosquejo que finalmente se convertiría en el proyecto regional de esta parte del continente. El trabajo fue de revisión, reflexión y compartir entre los miembros del Consejo General y la comisión.

Hacia el final de su paso por México, nuestros visitantes también estuvieron en la comunidad del CAM – Centro de Animación Misionera – ubicada muy cerca del centro histórico de la Ciudad.

Ahí tuvieron la oportunidad de encontrarse con la comunidad religiosa y también con quienes laboran con nosotros en la elaboración de las revistas Esquila misional y Aguiluchos y en otros departamentos y áreas de esta obra de la provincia. Siendo este el último punto de su programa de visita, el Superior General y el Vicario se prepararon para regresar a la Ciudad Eterna: Roma.

Agradecemos de corazón al Padre Luigi y al Padre David la visita que tuvieron a bien hacer para estar con nosotros en el camino hacia la recualificación de nuestras presencias mediante la unificación. Su “estar” entre nosotros y con nosotros mientras caminamos haciendo el proceso nos habla ciertamente de comunión.

Gracias por su vista, vuelvan pronto.

P. Mario Alberto Pacheco Zamora, mccj

comboni.org

Nuevo Consejo Provincial de las Misioneras Combonianas

Tras las recientes elecciones que han tenido lugar hace unas semanas, la Provincia de América de las Misioneras Combonianas, que comprende Brasil, Costa Rica, Ecuador, Perú, México, República Dominicana, Haití y San Antonio (USA), tiene nuevo Consejo Provincial.

La nueva Superiora Provincial es la Hna. Rosa Téllez, de origen peruano (primera por la izquierda). El Consejo Provincial está formado por las Hnas. (de izquierda a derecha) Hiwet Negusse, eritrea nacionalizada mexicana; Yolanda Ramírez, de Costa Rica; Elisabetta Pompei, italiana y Amelia Romo, mexicana.

Este es el segundo Consejo Provincial de la Provincia de América, desde que hace tres años las diferentes circunscripciones de las combonianas presentes en el continente americano se unieran en una sola región.

Octubre, mes misionero. 100 años del DOMUND

Hoy, fiesta de Santa Teresa del Niño Jesús, patrona de las misiones, iniciamos el mes misionero por excelencia. Este año es muy especial, porque el próximo día 18 celebraremos los 100 años del DOMUND (Domingo Mundial de las Misiones). Cien años de comunión y de apoyo a los que se encuentran en tierras lejanas para anunciar el Evangelio. El Papa León XIV nos anima a estar en comunión con ellos.

En su mensaje para la 100ª Jornada Mundial de las Misiones, que lleva por título «Uno en Cristo, unidos en la misión», León XIV señala como condición indispensable para que el mensaje misionero de la Iglesia sea creíble la necesidad de sentirnos unidos como hermanos que se hacen uno en Cristo.

El Papa insiste en que toda la Iglesia debe sentirse misionera y hace un llamamiento especial recordando a «todos los misioneros y misioneras ad gentes de hoy; personas que, como san Francisco Javier, han dejado su tierra, su familia y toda seguridad para anunciar el Evangelio, llevando a Cristo y su amor a lugares a menudo difíciles, pobres, marcados por conflictos o culturalmente lejanos. Unámonos todos a ellos en la misión evangelizadora mediante el testimonio de la vida en Cristo, la oración y la contribución a las misiones».

Lo que realmente nos anima y sostiene a los misioneros cuando estamos lejos de nuestra tierra –más allá de las ayudas económicas– es saber que lejos de donde estamos, en nuestra tierra de origen o en otros lugares, hay personas que nos recuerdan, que rezan y que viven en comunión con nosotros. Si nos sintiéramos solos, nuestra misión no tendría sentido y duraría menos que una gota de agua en mitad del desierto.

En este mes misionero por excelencia y al cumplirse los 100 años del DOMUND, no caigamos en la fácil tentación de liberar nuestra conciencia dando un pequeño donativo. El Domingo Mundial de las Misiones es mucho más que una simple colecta. El Papa afirma con insistencia que todos somos responsables de todos. Si decimos que somos uno en Cristo, debemos sentirnos unidos unos a otros, tanto con los de aquí como con los hermanos que viven en tierras lejanas.

Ese «sentirnos unidos» va más allá de una simple ayuda económica, debe implicar un esfuerzo por conocer la realidad de nuestros hermanos, sentirnos en comunión con ellos, «reír con los que ríen y llorar con los que lloran», como dice san Pablo; asumir nuestra responsabilidad de seguir enviando misioneros, orar por ellos y colaborar en la medida de nuestras posibilidades. Solo entonces nuestra aportación económica adquirirá un verdadero sentido misionero. Como afirma también el Papa en su mensaje, «cada don, por pequeño que sea, se convierte en un acto significativo de comunión misionera».

XXVI Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: ¿Qué opinan de esto? Un hombre que tenía dos hijos fue a ver al primero y le ordenó: ‘Hijo, ve a trabajar hoy en la viña’. Él le contestó: ‘Ya voy, señor’, pero no fue. El padre se dirigió al segundo y le dijo lo mismo. Este le respondió: ‘No quiero ir’, pero se arrepintió y fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?”. Ellos le respondieron: “El segundo”.
Entonces Jesús les dijo: “Yo les aseguro que los publicanos y las prostitutas se les han adelantado en el camino del Reino de Dios. Porque vino a ustedes Juan, predicó el camino de la justicia y no le creyeron; en cambio, los publicanos y las prostitutas sí le creyeron; ustedes, ni siquiera después de haber visto, se han arrepentido ni han creído en él”.

(Mateo 21, 28-32)


¿Cuál de los dos hizo la voluntad del Padre?
P. Enrique Sánchez G. mccj

¿Cuál de los dos hizo la voluntad del Padre? Esta pregunta parece estar en el centro de nuestro texto del evangelio este domingo y seguramente nos sentimos en condiciones de dar una respuesta tajante y precisa. El segundo, por su puesto.

Pero resulta que si nos detenemos un poquito a meditar sobre lo que acontece en esta pequeña historia nos damos cuenta de que algo se mueve también en lo profundo de nuestro corazón, pues se refiere a una experiencia que muchas veces nos toca vivir.

Muchas personas se han encontrado confrontadas con una situación parecida en algún momento de su vida. Se nos ha pedido algo y con mucha facilidad y sin pensarlo demasiado damos una respuesta y después resulta que no cumplimos con la palabra dada.

A veces, por salir de una situación y para no tener que dar muchas explicaciones, se responde sin tomar en cuenta a qué nos comprometemos. Decimos algo y luego no lo cumplimos por muchas razones.

Así sucedió con el primero de los hijos de este hombre que, a lo mejor, para que su padre no lo estuviera molestando respondió diciendo, sí ya voy, pero no lo hizo, no fue.

El evangelio nos ayuda a tomar conciencia de que muchas veces podemos decir con las palabras muchas cosas y al mismo tiempo es fácil tomar compromisos que sin dificultad olvidamos o de los cuales nos desentendemos.

En la vida no bastan las palabras, es necesario que vayan acompañadas de los hechos. Incluso sabemos que dice más una acción, una obra realizada con amor, que mil palabras que se lleva el viento.

En este sentido, el evangelio nos ayuda a tomar conciencia de la importancia que tiene la coherencia en nuestra vida.

Nos invita a decir lo que llevamos en el corazón con las obras y con los hechos que quedarán ahí, en la vida de los demás, como huellas que no se pueden borrar.

El evangelio nos ayuda a entender también la importancia que puede tener la humildad que nos permite volver sobre nuestros pasos cuando hemos hecho o vivido algo que exige un arrepentimiento, una conversión o simplemente una corrección.

Todos podemos equivocarnos en algún momento de nuestra vida y eso no es grave, lo triste es cuando nos quedamos ahí atorados, pensando que todo puede pasar sin que los demás lo perciban ni se den cuenta.

Es decir, cuando nos instalamos en un modo de actuar que no es honesto o coherente con lo que decimos o lo que pretendemos enseñar a los demás.

Volver sobre nuestros pasos cuando nos hemos dado cuenta de que no hemos hecho algo correcto, eso no es un defecto o una debilidad, es más bien una muestra de riqueza interior que nos permite descubrir que también de los errores y de las fallas se aprende.

El segundo de los hijos, aunque había dado una respuesta equivocada o inapropiada, tuvo el valor de reconsiderar lo que había hecho y supo poner remedio, actuando como era justo desde un principio.

Eso hizo que su recuerdo quedará para siempre en esta página del evangelio como un ejemplo que nos ayuda a tomar conciencia de la importancia que tiene en la vida la coherencia.

El evangelio subraya también algo que es muy importante en la actitud del segundo hijo y que marca la diferencia y lo muestra como modelo a seguir.

Dice el evangelio que se arrepintió y fue a la viña, como su padre se lo había pedido.

El arrepentimiento, como capacidad de saber volver sobre sus pasos, es una virtud que nos ayuda a descubrir lo que realmente vale la pena en la vida.

Es lo que aleja de la pretensión de tener siempre la razón y nos impide instalarnos en la actitud arrogante que no nos permite que lo grande de este mundo pasa a través de los pequeños gestos de sencillez y de humildad, del reconocimiento de la necesidad que tenemos de los demás.

Aunque la respuesta parece evidente, es interesante saber por qué Jesús pregunta ¿cuál de los dos hijos hizo lo que era correcto y conveniente?

Con su pregunta nos ayuda a entender que en la vida, muchas veces, las apariencias engañan y nos podemos encontrar con personas que son muy elocuentes, pero que sus acciones dejan mucho que desear.

Sabemos que Jesús era alguien que luchaba abiertamente contra aquellos que decían muchas palabras, pero que luego eran incapaces de cumplirlas. Como era el caso de los maestros de la ley, quienes eran muy hábiles para cargar sobre la espalda de los demás lo más riguroso de la ley, pero ellos no eran capaces de hacer nada por cumplirla.

Así pues, está claro que Jesús quiere enseñar a sus discípulos a estar atentos para no juzgar por las apariencias, pues nos podemos equivocar rotundamente.

La mención de las prostitutas y los publicanos como personas que preceden a la entrada en el Reino de los cielos, no quiere decir que por lo que eran tenían un pase privilegiado, sino que Jesús sabía que muchos de ellos estaban en una actitud de acogida de su mensaje que no encontraba en muchos de los que por tradición o por conocimientos deberían estar más dispuestos a reconocerlo como el salvador.

Creo que no es difícil darnos cuenta que también en nuestros días estamos expuestos a dejarnos llevar por una forma de pensar que juzga por las apariencias, sin conocer lo que realmente existe en el corazón de las personas.

En nuestras criticas y en la manera de clasificar a las personas, pensamos que alguien que se presenta con ropa sencilla o porque no demuestra tener una grande elocuencia en su manera de hablar o de comunicarse con los demás ya está listo para ser catalogado entre las personas que hay que excluir y evitar.

Y qué sorpresas nos llevamos, pues cuando abrimos el corazón a los demás sin enjuiciarlos nos encontramos con tesoros de personas que nos enriquecen sin necesidad de mucho hablar.

Seguramente, el evangelio de este domingo no nos dejará tranquilos hasta que nos demos cuenta si somos de las personas que se llenan la boca de palabras, que son capaces de elaborar discursos muy bien equilibrados y elocuentes, o si somos de las personas que sabemos guardar silencio para que nuestras obras den testimonio de lo que llevamos en el corazón.

Qué nuestra caridad se manifieste sin necesidad de muchas palabras y que el Señor nos conceda la gracia de volver sobre nuestros pasos cuando sea necesario.


¡Se busca un tercer hijo!
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

Hoy escuchamos la segunda parábola relacionada con la viña. El domingo pasado se hablaba de jornaleros llamados a trabajar en la viña; hoy, en cambio, se trata de dos hijos a quienes el padre invita a ir a ella.

1. ¡Un Dios que lo trastoca todo!

«¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se dirigió al primero y le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña”. Él respondió: “No quiero”. Pero después se arrepintió y fue. Se dirigió al segundo y le dijo lo mismo. Este respondió: “Sí, señor”. Pero no fue. ¿Cuál de los dos cumplió la voluntad del padre?». Respondieron: «El primero».

¿Quiénes son estos dos hijos? Jesús los identifica claramente. El primero, que dice NO pero después cambia de parecer, representa a los publicanos y a las prostitutas, las dos categorías de pecadores más despreciadas, consideradas “inconvertibles” y acusadas de retrasar la llegada del Reino de Dios.

El segundo representa a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, a quienes Jesús se está dirigiendo. A estos podríamos añadir los escribas y los fariseos, tantas veces reprendidos por Jesús: aquellos que se consideraban justos y, por consiguiente, no necesitados de conversión.

Pues bien, a estos, cuyo SÍ es en realidad un NO, a quienes «dicen y no hacen» (Mateo 23,3), Jesús dirige una afirmación escandalosa, hiriente: «En verdad os digo: los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios».

¡Realmente hay que decir que Dios no respeta nuestros esquemas, nuestras categorías, nuestros criterios de orden y de valor!

2. ¿En cuál de los hijos me veo reflejado?

¿Con cuál de los dos hijos nos identificamos? Quizá sintamos cierto malestar al tener que escoger uno u otro. ¡Nos haría falta un tercer hijo, uno que diga SÍ y vaya de verdad a la viña! Sin embargo, este tercer hijo ideal no existe. O mejor dicho: sí existe, pero no somos nosotros. Es Cristo, cuya vida fue un SÍ: «En él se realizó el “sí”. Pues todas las promesas de Dios han alcanzado su “sí” en él» (2 Corintios 1,19-20).

Pero la Palabra nos obliga a confrontarnos con estos dos hijos. Si lo pensamos bien, los dos conviven dentro de nosotros. Goethe decía: «Dos almas habitan, ¡ay!, en mi pecho». Por lo demás, el mismo Pablo dijo: «No logro entender lo que hago, pues no hago lo que quiero, sino lo que detesto» (Romanos 7,15).

También nosotros hablamos muchas veces «con doble corazón», como dice el salmista (Salmo 12,3). ¡Cuántas veces invocamos «Señor, Señor» (Mateo 7,21), y cuántos Amenes —es decir, cuántos SÍES— pronunciamos que contrastan con nuestra vida concreta!

Cada mañana, cada día, digo SÍ al Señor escuchando su Palabra. ¿Y después? Después el día es otra cosa completamente distinta. Claro. Pero ¿cómo podría decir NO al Padre?

Me sucede un poco como en algunas culturas africanas en las que he trabajado, donde sería una falta de respeto decir NO. Como mucho, te dicen: «Mañana». Y ese «mañana», ya lo sabes, significa NO.

Así hago yo también con Dios: ¡cortésmente desobediente!

Las fronteras entre nuestros SÍES y nuestros NOES son muy difusas. Comenta el padre Ermes Ronchi: «Un hombre tenía dos hijos. Y se podría decir: un hombre tenía dos corazones. Porque aquellos dos hijos son nuestro corazón dividido, un corazón que dice sí y dice no, un corazón que dice algo y luego se contradice… Una de las oraciones más importantes de los salmos pide: Señor, dame un corazón íntegro; haz que no tenga dos corazones en lucha entre sí; dame un corazón unificado (cf. Salmo 101)».

3. ¿Quién es mi hermano?

¡Dos hijos, dos hermanos! Sí, porque la filiación crea fraternidad.

¿Quién es mi hermano? Quizá aquel que tiene la osadía de decir NO, que aprecia su libertad frente a cualquier vínculo, un rebelde. Pienso en quien se declara indiferente o no practicante, no creyente… Sin embargo, con gran sorpresa, lo encuentro trabajando en la viña de la solidaridad y de la fraternidad, luchando por un mundo mejor.

«¿Qué os parece?… ¿Cuál de los dos cumplió la voluntad del padre?» Yo también respondo: «El primero», es decir, aquel a quien yo consideraba lejano y que pensaba que no se preocupaba en absoluto por la viña.

4. ¡Se busca al tercer hijo y hermano!

Alguien ha imaginado la presencia de un tercer hijo en la parábola. Este había oído al Padre invitar a sus dos hermanos y, en silencio, sin decir una sola palabra, había ido a trabajar en la viña.

No sé si habéis encontrado alguna vez a este tercer hermano. Yo lo he encontrado muchas veces en nuestras comunidades: hermanos discretos, generosos, disponibles y diligentes que, sin hacerse notar ni tener que ser rogados, hacen que encontremos las cosas ya hechas. Son una bendición para una comunidad. Es una pena que muchas veces solo nos demos cuenta de ello cuando ya no están.

En las familias suele haber alguien que asume este papel —muy a menudo han sido, y siguen siendo, las madres—. Pues bien, este tercer hijo o esta tercera hija hace presente la figura de Jesús, «el que está en medio de nosotros como el que sirve» (cf. Lucas 22,27). El Padre busca hijos e hijas así: «los verdaderos adoradores» (cf. Juan 4,23).

Para la reflexión y la oración personal

  • «Vosotros decís: “No es justo el proceder del Señor”» (Ezequiel 18,25-28, primera lectura).
    ¡Cuántas veces lo he pensado también yo en mi moralismo satisfecho! Conviérteme, Señor, a tu manera de actuar.
  • «Cada uno de vosotros, con toda humildad, considere a los demás superiores a sí mismo» (Filipenses 2,1-11, segunda lectura).
    Líbrame, Señor, de la envidia y haz que mi corazón se alegre del bien de los demás.
  • «En verdad os digo: los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios» (Evangelio).
    Despójame, Señor, de mis pretensiones de superioridad. Haz que me maraville al verme adelantado por los últimos de la fila y que vaya contento a ocupar «el último puesto» (Lucas 14,9).

Cada día es el HOY de la parábola:
«Hijo, hoy ve a trabajar en la viña».


Por delante de nosotros
José Antonio Pagola

Un día, Jesús pronunció estas duras palabras contra los dirigentes religiosos de su pueblo: «Os aseguro que los publicanos y las prostitutas entrarán antes que vosotros en el reino de Dios». Hace unos años pude comprobar que la afirmación de Jesús no es una exageración.

Un grupo de prostitutas de diferentes países, acompañadas por algunas Hermanas Oblatas, reflexionaron sobre Jesús con la ayuda de mi libro Jesús. Aproximación histórica. Todavía me conmueve la fuerza y el atractivo que tiene Jesús para estas mujeres de alma sencilla y corazón bueno. Rescato algunos de sus testimonios.

«Me sentía sucia, vacía y poca cosa, todo el mundo me usaba. Ahora me siento con ganas de seguir viviendo, porque Dios sabe mucho de mi sufrimiento […] Dios está dentro de mí. Dios está dentro de mí. Dios está dentro de mí. ¡Este Jesús me entiende…!».

«Ahora, cuando llego a casa después del trabajo, me lavo con agua muy caliente para arrancar de mi piel la suciedad y después le rezo a este Jesús porque él sí me entiende y sabe mucho de mi sufrimiento […] Jesús, quiero cambiar de vida, guíame, porque tú solo conoces mi futuro».

«Yo pido a Jesús todo el día que me aparte de este modo de vida. Siempre que me ocurre algo yo le llamo y él me ayuda. Él está cerca de mí, es maravilloso […] Él me lleva en sus manos, él carga conmigo, siento su presencia».

«En la madrugada es cuando más hablo con él. Él me escucha mejor, porque en este horario la gente duerme. Él está aquí, no duerme. Él siempre está aquí. A puerta cerrada me arrodillo y le pido que merezca su ayuda, que me perdone, que yo lucharé por él».

«Un día, yo estaba sentada en la plaza y dije: “Oh, Dios mío, ¿será que yo solo sirvo para esto? ¿Solo para la prostitución?” […] Entonces es el momento en que más sentí a Dios cargando conmigo, ¿entendiste?, transformándome. Fue en aquel momento. Tanto que yo no me olvido. ¿Entendiste?».

«Yo ahora hablo con Jesús y le digo: aquí estoy, acompáñame. Tú viste lo que le sucedió a mi compañera [se refiere a una compañera asesinada en un hotel]. Te ruego por ella y pido que nada malo les suceda a mis compañeras. Yo no hablo, pero pido por ellas, pues ellas son personas como yo».

«Estoy furiosa, triste, dolida, rechazada, nadie me quiere, no sé a quién culpar, o sería mejor odiar a la gente y a mí, o al mundo. Fíjate, desde que era niña yo creí en ti y has permitido que esto me pasara. Te doy otra oportunidad para protegerme ahora. Bien, yo te perdono, pero, por favor, no me dejes de nuevo».

¿Qué misterio se encierra en Jesús para tener ese poder en el corazón de las personas? Cómo cambiaría la vida de muchos si le conocieran mejor.


“¡Vete hoy a trabajar…!”
Actualidad de la misión
Romeo Ballan, mccj

Un padre, dos hijos, una hacienda familiar que llevar adelante con el trabajo de todos, haciendo equipo, sin echarse atrás… Es la escena que Jesús presenta en la parábola (Evangelio), con la invitación-mandato a ir a trabajar en la viña. Es decir, para el crecimiento del Reino de Dios en el mundo. Retorna aquí el mensaje del domingo pasado sobre el trabajo en el campo de Dios, la conversión del corazón, la gratuidad del amor y del servicio, la aceptación del plan de Dios Padre… El Señor no se conforma con palabras, se fija en los frutos: “No todo el que me diga: ‘Señor, Señor’, entrará en el Reino de los cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial” (Mt 7,21). La palabra de Jesús y el mensaje de la parábola suenan como una fuerte llamada a la conversión, a la coherencia entre fe y obras. Una llamada que aparece evidente en los frecuentes debates-polémicas entre Jesús y los fariseos. Cuando Mateo, algunas décadas después de la muerte y resurrección de Jesús, escribía estos textos, las comunidades cristianas estaban ya formadas principalmente por personas procedentes del paganismo, mientras que la mayoría de los hijos de Israel no había reconocido en Jesús al Mesías prometido, y, por tanto, había rehusado entrar en la viña.

La profecía de Jesús ya se había hecho realidad: “Los publicanos y las prostitutas les llevan la delantera en el camino del Reino de Dios” (v. 31). Esta palabra no da pie a una gradación de mérito o de lugares privilegiados, indica tan solo una precedencia en la disponibilidad y apertura a la novedad de Dios. Jesús no quiere elogiar la prostitución, sino más bien elogiar a quien tiene el valor de cambiar su vida, de convertirse, como la adúltera, como Mateo y Zaqueo. La parábola nos garantiza que nuestro Padre bueno acepta que uno se atrase y necesite tiempo para recapacitar, acoge incluso a aquellos que parecen los más indignos, si creen y se arrepienten (v. 32). Porque Él es un Dios especial, que manifiesta su poder sobre todo con el perdón y la misericordia.

Los dos hijos de la parábola son dos pueblos (Israel y los paganos), son dos corazones con diversas vicisitudes, son dos caras de la misma moneda. En realidad, los dos hijos somos cada uno de nosotros, con nuestros altibajos e incoherencias, en una mixtura de Sí y de No, entre tiempos de fidelidad y de fragilidad, según los momentos y épocas de la existencia… La fe no se limita a un sentimiento interior, conlleva un estilo de vida, listos para cambiar, emprender un nuevo camino. No basta con decirse creyentes, hace falta ser creíbles. Ya a finales del primer siglo cristiano (hace unos 1.900 años), san Ignacio de Antioquía escribía: “Es mejor ser cristianos sin decirlo, que decirlo sin serlo”.

Además de los dos hijos de la parábola con su Sí y No, hay un tercer hijo, que no somos nosotros: es Jesús, Hijo del Padre, que conoce y realiza una sola palabra: el Sí de Dios para la salvación de la humanidad (cfr. 2Cor 1,19; Mt 11,26). El grandioso himno cristológico en la carta de San Pablo a los Filipenses (II lectura) es una contemplación orante del misterio de Cristo Jesús: Él es Dios como el Padre y el Espíritu, pero se anonada, se despoja de su rango, toma la condición de siervo obediente, se humilla hasta la muerte de cruz. Pero Dios lo exalta por encima de todos, hasta el punto de que toda lengua proclame que “Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre” (v. 11). Cristo no se ha encerrado en sus intereses, ha buscado el interés de los demás (v. 4): Él, el Misionero del Padre, ha entregado su vida por todos; por tanto, todo cristiano, cada misionero está llamado a seguir su ejemplo, asumiendo los sentimientos de Cristo Jesús (v. 5): amor, humildad, compasión, entrega total. Él es el camino de la misión.

La orden del padre a los hijos es clara: “Hijo, vete hoy a trabajar a la viña” (v. 28). Esta escena agrícola está en conexión con otra invitación de Jesús a hacerse cargo de la mies ya madura: “Alcen sus ojos y vean los campos que blanquean ya para la siega” (Jn 4,35). Se trata de una mies abundante, para la cual, lamentablemente, faltan obreros (cfr. Mt 9,37). La orden es clara y plenamente actual: “Hijo, vete hoy…” Es una orden para nuestro tiempo. ¡Es para hoy! Las necesidades son cuantiosas y urgentes: en la Jornada mundial del migrante y del refugiado, al comienzo del octubre misionero y cercanos ya al DOMUND, es fácil identificar la viña de la parábola con el mundo de las misiones, donde el trabajo por el anuncio del Evangelio es proverbialmente inmenso, mientras que las fuerzas disponibles – personas y medios – escasean. La orden de Jesús es semejante a la invitación que el sacerdote dirige a los fieles al final de la Misa: vayan en paz a realizar la misión. En latín se decía: ‘Ite, missa est’, que equivale a: ‘Ite, missio est’; es decir: “Vayan. ¡Es la hora de la Misión!Jesucristo espera de cada uno una respuesta personal, libre, generosa y coherente.


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El otoño: tiempo de madurez, cosecha y esperanza. Oraciones para el otoño de la vida

El otoño es una de las cuatro estaciones del año y, en el hemisferio norte, marca el paso del calor y de la abundante luz del verano hacia el frío y la oscuridad del invierno. Astronómicamente comienza con el equinoccio de otoño, que se produce normalmente entre el 22 y el 23 de septiembre, cuando el día y la noche tienen aproximadamente la misma duración. El otoño termina con el solsticio de invierno, alrededor del 21 o 22 de diciembre. Desde el punto de vista meteorológico, en cambio, se considera otoño el período comprendido entre el 1 de septiembre y el 30 de noviembre.

Las características del otoño

El otoño es una estación de transformación. Poco a poco disminuyen las horas de luz, las temperaturas bajan y la naturaleza cambia de aspecto. Las hojas de muchos árboles pierden la clorofila, mostrando colores amarillos, ocres, rojos y dorados antes de caer al suelo.

Es también el tiempo de muchas cosechas. Se recogen uvas, manzanas, peras, calabazas, nueces, castañas y numerosos frutos de la tierra. En las regiones vitivinícolas es el tiempo de la vendimia y del vino nuevo.

La naturaleza parece entrar lentamente en un período de descanso. Algunos animales acumulan reservas para el invierno, otros se preparan para la hibernación y numerosas aves migratorias emprenden largos viajes hacia regiones más cálidas.

Por eso el otoño une dos realidades aparentemente opuestas: abundancia y desprendimiento. Es el tiempo de recoger los frutos, pero también el tiempo en que los árboles dejan caer sus hojas.

El otoño y las edades de la vida

Desde la Antigüedad, las cuatro estaciones han sido utilizadas como símbolo de las diferentes edades de la existencia humana.

La primavera representa el nacimiento y la infancia; el verano, la juventud y la plenitud de las fuerzas; el otoño representa sobre todo la madurez de la vida; y el invierno suele simbolizar la vejez y la etapa final de la existencia.

Sin embargo, las fronteras no son rígidas. El otoño puede representar también los primeros años de la vejez, cuando una persona empieza a mirar su existencia desde una perspectiva diferente.

Hablar del “otoño de la vida” no significa hablar solamente de decadencia. Al contrario, la imagen de la cosecha permite comprender esta etapa como el tiempo en que se recogen los frutos de todo lo vivido.

Es el tiempo de la experiencia, de la memoria, de una sabiduría que ya no necesita demostrar continuamente su propia fuerza. Muchas cosas que durante la juventud parecían indispensables empiezan a perder importancia, mientras que adquieren mayor valor los afectos, la amistad, la familia, la reconciliación, la fe y el tiempo compartido.

Como los árboles dejan caer sus hojas, también la persona está llamada, poco a poco, a aprender el arte del desprendimiento: dejar algunas responsabilidades, aceptar los propios límites, perdonar antiguas heridas y renunciar a aquello que ya no puede controlar.

Pero el árbol que pierde las hojas no está muerto. En su interior conserva la vida y prepara silenciosamente una nueva primavera. Por ello el otoño puede convertirse también en símbolo de esperanza.

Costumbres y tradiciones del otoño

Muchas costumbres otoñales nacieron de la antigua relación entre el ser humano y los ciclos de la agricultura.

Las fiestas de la vendimia y de la cosecha expresan la alegría por los frutos recibidos después de meses de trabajo. En muchos lugares existen fiestas dedicadas al vino nuevo, las castañas, las manzanas, las calabazas y otros productos de temporada.

El otoño invita también a recuperar una vida más interior. Los días se acortan, se pasa más tiempo en casa y el ritmo de la naturaleza parece sugerir mayor calma y recogimiento.

Caminar entre los árboles, observar las hojas que caen o contemplar un campo después de la cosecha puede convertirse en una sencilla escuela espiritual. La naturaleza recuerda que no todo consiste en producir continuamente. Existe un tiempo para crecer, un tiempo para dar fruto y también un tiempo para detenerse, agradecer y dejar ir.

El otoño en la tradición cristiana

El simbolismo del otoño posee una profunda afinidad con la espiritualidad cristiana.

La Biblia utiliza frecuentemente imágenes relacionadas con la semilla, la viña, la cosecha y los frutos. La vida humana aparece como un terreno que Dios cultiva y en el cual cada persona está llamada a producir frutos de amor, justicia, misericordia y fidelidad.

El otoño puede convertirse entonces en una pregunta espiritual: ¿qué frutos ha producido mi vida?

No se trata solamente de éxitos visibles. Para el cristiano, los frutos más importantes pueden ser silenciosos: una persona perdonada, un hijo acompañado, una amistad conservada durante años, una oración perseverante, una enfermedad afrontada con confianza, un servicio realizado sin reconocimiento.

Durante el otoño del hemisferio norte se celebran además varias fiestas cristianas especialmente significativas.

El 29 de septiembre, la tradición católica celebra a los santos arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael. El 4 de octubre, san Francisco de Asís recuerda de manera particular la fraternidad con todas las criaturas y el respeto por la creación.

El mes de octubre posee también una fuerte tradición mariana y, particularmente en la Iglesia católica, está asociado a la oración del Rosario.

Al comienzo de noviembre llegan dos celebraciones profundamente relacionadas con los grandes temas del otoño. El 1 de noviembre, solemnidad de Todos los Santos, recuerda la vocación de cada persona a la santidad y contempla la multitud de hombres y mujeres que han alcanzado la plenitud de la vida en Dios.

El 2 de noviembre, conmemoración de los fieles difuntos, lleva a recordar a quienes nos han precedido. En un tiempo del año en que la naturaleza parece apagarse, la fe cristiana proclama que la muerte no posee la última palabra.

Hacia el final del año litúrgico se celebra también la solemnidad de Cristo Rey, y poco después comienza el Adviento. Así, mientras la naturaleza del hemisferio norte entra en el período más oscuro del año, la liturgia cristiana comienza a hablar de espera, vigilancia y de una luz que está por llegar.

Este contraste es particularmente hermoso: precisamente cuando los días se hacen más cortos, el cristianismo invita a esperar la Luz.

El otoño de la vida desde la fe cristiana

Para una persona que entra en el otoño de su existencia, la espiritualidad cristiana propone no solamente mirar hacia atrás, sino también hacia delante.

Existe un momento para preguntarse qué se ha realizado, pero también qué queda todavía por ofrecer.

Una persona mayor puede quizá hacer menos cosas que antes, pero puede convertirse cada vez más en presencia, memoria, consejo, oración y bendición para los demás.

En este sentido, envejecer puede ser entendido como un proceso de simplificación interior. Como el árbol que se desprende de sus hojas, la persona aprende progresivamente a distinguir aquello que permanece de aquello que pasa.

La fe cristiana añade además una dimensión esencial: el otoño no conduce simplemente al invierno. Después del invierno existe una primavera.

Por eso el ciclo de las estaciones puede convertirse en una imagen de la esperanza cristiana en la resurrección.

La semilla desaparece bajo la tierra, pero prepara una vida nueva.



Oraciones para el otoño de la vida

Oración de agradecimiento por los frutos recibidos

Señor Dios,

al entrar en el otoño de mi vida,
quiero detenerme un momento
para contemplar el camino recorrido.

Gracias por las personas que has puesto a mi lado,
por los días luminosos
y también por aquellos que me enseñaron a caminar en la oscuridad.

Gracias por el amor que he recibido
y por el amor que he podido ofrecer.

Gracias por mis trabajos, mis alegrías,
mis errores y mis nuevos comienzos.

Como el campesino contempla su campo después de la cosecha,
enséñame a reconocer los frutos
que tu gracia ha hecho crecer en mi vida.

Y allí donde todavía encuentre tierra árida,
dame tiempo y humildad para sembrar de nuevo.

Amén.

Oración para aprender a dejar ir

Señor,

los árboles del otoño dejan caer sus hojas
sin saber todavía cuándo llegará la primavera.

Enséñame también a mí a desprenderme.

Ayúdame a dejar aquello que ya no necesito,
las antiguas heridas,
los resentimientos,
el deseo de controlar cada cosa
y el miedo ante lo que está por venir.

Dame la libertad de conservar solamente
lo que verdaderamente importa:

la fe,
el amor,
la gratitud,
la amistad
y la esperanza.

Que cada cosa que dejo
haga más espacio en mí para Ti.

Amén.

Oración por la madurez de la vida

Dios de todas las estaciones,

Tú estabas conmigo en la primavera de mi infancia
y en el verano de mi juventud.

Permanece conmigo ahora
en el otoño de mi vida.

Haz que los años no sean solamente tiempo que pasa,
sino sabiduría que crece.

Dame serenidad para aceptar mis límites,
humildad para pedir ayuda,
generosidad para compartir mi experiencia
y un corazón todavía capaz de sorprenderse.

Que nunca piense que mi misión ha terminado.

Muéstrame cada día
a quién puedo escuchar,
a quién puedo consolar,
por quién puedo rezar
y qué semilla de bien puedo todavía plantar.

Amén.

Oración en memoria de quienes ya no están

Señor de la vida,

en estos días en que las hojas caen
recordamos especialmente
a las personas que caminaron junto a nosotros
y que ya no podemos ver.

Gracias por todo lo que recibimos de ellas.

Guarda sus nombres, sus rostros
y sus historias en nuestro corazón.

Cuando su ausencia nos duela,
haz que la memoria se transforme en gratitud.

Y cuando pensemos en nuestra propia muerte,
líbranos del miedo que paraliza.

Danos la esperanza de creer
que nuestra historia no termina en la tumba
y que nada de lo vivido en el amor
se pierde para siempre.

Acoge a nuestros difuntos en tu paz
y condúcenos un día hacia la plenitud de tu vida.

Amén.

Oración breve para cada mañana de otoño

Señor,

gracias por este nuevo día.

Enséñame a recibirlo
como se recibe un fruto maduro:
con gratitud.

Que sepa guardar lo que es bueno,
dejar caer lo que ya no sirve
y confiarte aquello que no puedo cambiar.

Haz fecundo también este día de mi vida.

Amén.

P. Manuel João Pereira Correia, MCCJ
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