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XXIV Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, Pedro se acercó a Jesús y le preguntó: “Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?”, Jesús le contestó: “No solo hasta siete, sino hasta setenta veces siete”.
Entonces Jesús les dijo: “El Reino de los cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus servidores. El primero que le presentaron le debía muchos millones. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él, a su mujer, a sus hijos y todas sus posesiones, para saldar la deuda. El servidor, arrojándose a sus pies, le suplicaba, diciendo: ’Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. El rey tuvo lástima de aquel servidor, lo soltó y hasta le perdonó la deuda.
Pero, apenas había salido aquel servidor, se encontró con uno de sus compañeros, que le debía poco dinero. Entonces lo agarró por el cuello y casi lo estrangulaba, mientras le decía: ‘Págame lo que me debes’. El compañero se le arrodilló y le rogaba: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. Pero el otro no quiso escucharlo, sino que fue y lo metió en la cárcel hasta que le pagara la deuda.
Al ver lo ocurrido, sus compañeros se llenaron de indignación y fueron a contar al rey lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: ‘Siervo malvado. Te perdoné toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también haber tenido compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti? Y el señor, encolerizado, lo entregó a los verdugos para que no lo soltaran hasta que pagara lo que debía.
Pues lo mismo hará mi Padre celestial con ustedes, si cada cual no perdona de corazón a su hermano”.

(Mateo: 18, 21-35)


Perdonar de corazón
P. Enrique Sánchez G. mccj

Para una mentalidad calculadora, como la nuestra, es muy fácil pensar que todo se puede pesar, medir y contar. Todo tiene que estar bajo nuestro control, bien calculado y determinado. Que nada escape a nuestro control.

Esa forma de pensar, supuestamente, da seguridad y garantías al deseo de querer estar, lo más posible sobre los demás, sin tener deudas con nadie.

Pero hay muchas realidades en nuestras vidas que no se dejan atrapar en esos esquemas que tratamos de hacer funcionar a nuestra conveniencia. Basta pensar en el amor, ¿de qué color es o cuánto mide? Y la ternura, ¿se puede repartir en envases de cuántas onzas? Y la alegría, ¿se puede medir en centímetros o en pulgadas?

Pues, algo parecido sucede con el perdón, no se puede hacer entrar en la práctica que se agotaría en unas cuantas veces.

Jesús, en el evangelio de este domingo, nos invita a salir de esa mentalidad en donde las cosas esenciales para la vida no pueden ser atrapadas en el simple cumplimiento de unas cuantas reglas o normas establecidas con claridad.

Nuestro espíritu y nuestro corazón han sido diseñados para vivir en una libertad que a cada paso y a cada instante nos pueden sorprender y nos pueden hacer entender que hemos sido pensados para hacer el bien sin límites.

La pregunta que Pedro le hace al Señor no se trata de un cuestionamiento fuera de lugar, al contrario, revela un conocimiento de la ley judía que todo buen practicante tenía que haber adquirido.

Detrás de la pregunta estaba aquello que los sacerdotes y los ancianos o los maestros de la ley conocían perfectamente. Ellos enseñaban que en la práctica de la ley, hasta los más justos estaban expuestos a fallar y a caer, al menos siete veces al día. Casi como para decir que para los seres humanos era imposible cumplir totalmente con las exigencias de la ley.

Si el más bueno, según la ley, peca siete veces al día, ¿será suficiente perdonarlo siete veces, y ası́ todo mundo estará en paz?

Esa era, en cierto modo, la respuesta que Pedro se esperaba de Jesús, pero responder de esa manera hubiese sido quedarse en aquella mentalidad calculadora y fría que le habían aplicado al cumplimiento de la ley.

Bastaba ser observantes, sabiendo que lo torcido del espíritu humano encontraría siempre la manera de darle la vuelta a la ley para interpretarla de acuerdo a los propios intereses. En otro texto Jesús le reprochará a los maestros de la ley que son capaces de decir que lo que tienen es “Corban”, es decir algo destinado para las ofrendas del templo y por lo tanto, imposible de destinarlo para ayudar a los demás. (Marcos 7, 11-15)

En el ejercicio del perdón no funcionan las cuentas porque no se aplica la regla de la conveniencia, sino que se deja que lo que mueva a la acción sea el corazón y el corazón no sabe de medidas.

Perdonar es un ejercicio que tiene su origen en lo más noble que puede existir en el ser humano y es una tarea que estamos llamados a practicar a lo largo de toda nuestra vida. Así, como dice la canción, que nunca es suficiente para amar, ası́ también, la vida nos enseña que nunca será suficiente para perdonar. Y la dinámica del perdón hace que, mientras más perdonamos, más libres somos y más disfrutamos al perdonar.

Un corazón que no perdona vive condenado a cargar sufriendo con el mal o el dolor que le han causado.

Muchas veces hemos conocido a personas que se han amargado muchos años de su vida, porque se negaron a derramar el ungüento del perdón sobre un daño que sufrieron. Pagaron una factura muy alta e hicieron que el mal sufrido se convirtiera en algo personal. Mientras que quienes ocasionaron el mal siguieron su vida muy campantes y, muy frecuentemente, sin recordar más lo que había sucedido.

Perdonar, por otra parte, no significa olvidar o hacer desaparecer de nuestra memoria lo que nos ha sucedido.

El dolor que ha causado una ofensa, un abuso o un maltrato de parte de otra persona hacia nosotros, estará siempre ahí, pero la diferencia consiste en que no viviré para darle culto a ese mal que me han hecho, ni pondré en el centro de mi vida la ofensa que he recibido. Perdonar será dejar que nuestro corazón sea quien nos guíe y no permita entender que vivimos para ser don y para recibir el don que son los demás para nosotros.

Perdonando nos damos la posibilidad de vivir profundamente libres, recordándonos que nuestra existencia no depende de lo que piensen o de lo que quieran los demás de nosotros.

El mal que podemos recibir de los demás no tiene por qué convertirse en la pauta que guíe nuestras vidas y el perdón es justamente lo que nos permite iniciar una y mil veces la aventura de vivir, aunque la vida esté hecha de miles de situaciones que pretenden impedirnos el caminar hacia la meta de la plenitud y de la auténtica felicidad.

Perdonar, contrariamente a lo que podemos pensar, no es algo que nos humilla o que nos hace situarnos por debajo de los demás; al contrario, es nobleza que se ejerce y manifiesta la grandeza que llevamos dentro.

El que perdona siempre gana, porque demuestra estar más allá de lo que pretende aplastar al otro o de lo que busca humillarlo y despreciarlo. Quien perdona demuestra estar viviendo ya a otro nivel, por encima de lo ordinario y pasajero.

Pero perdonar no es algo evidente y espontáneo. La parábola de este domingo nos da un ejemplo muy claro. El servidor del Rey que había hecho la experiencia del perdón lo demuestra.

Todos nos esperaríamos que hubiese actuado en consecuencia con la experiencia que había vivido, pero, al contrario se revela duro, insensible, cruel y despiadado.

Ası́ nos puede pasar a nosotros. Cuando queremos que nos perdonen, hacemos hasta lo imposible para ganar ese don, pero cuando nos toca perdonar, algunas veces se nos olvida lo frágiles y necesitados que pueden estar los demás de nuestra compasión y de nuestro perdón.

Recibir el perdón es casi siempre algo que nos agrada, casi como sintiéndonos con derecho a recibirlo, pero cuando nos toca perdonar, nos puede pasar que le damos muchas vueltas en la cabeza y nos resistimos a usar el corazón.

Se da el caso también, sobre todo cuando nos ponemos en frente del Señor, que nos llena de paz saber que Dios nos ha perdonado, pero nos resistimos a acoger ese perdón.

Nos gana la duda de saber si realmente hamos sido perdonados y nos cuesta perdonarnos a nosotros mismos, aceptando con humildad que el perdón es una oportunidad para ponernos de pie para seguir caminando.

Finalmente, la parábola nos hace reflexionar para que no confundamos el perdón con lo que podría ser una justificación o una disculpa ante las responsabilidades que necesariamente tenemos que asumir ante lo que vamos viviendo cada día .

El perdón que Jesús nos propone tiene como cimientos la verdad y la justicia, al mismo tiempo que nos recuerda la misericordia y la compasión.

Seguramente, en el ejercicio de nuestra vida cristiana, muchas veces nos encontraremos ante el Señor, como el servidor ante su Rey e imploraremos misericordia, paciencia y perdón.

Ojalá que esa misma actitud seamos capaces de ponerla en practica ante aquellos que con humildad se presentan ante nosotros suplicando nuestra comprensión y perdón.

Que el Señor nos dé un corazón grande, para que, desde una profunda experiencia de su amor, podamos vivir en la libertad que nos permita perdonar, sabiendo que siempre recibiremos más de lo que podemos dar.

Que Dios nos enseñe a perdonar con el corazón.


Vivir perdonando
José Antonio Pagola

Los discípulos le han oído a Jesús decir cosas increíbles sobre el amor a los enemigos, la oración al Padre por los que nos persiguen, el perdón a quien nos hace daño. Seguramente les parece un mensaje extraordinario pero poco realista y muy problemático.

Pedro se acerca ahora a Jesús con un planteamiento más práctico y concreto que les permita, al menos, resolver los problemas que surgen entre ellos: recelos, envidias, enfrentamientos, conflictos y rencillas. ¿Cómo tienen que actuar en aquella familia de seguidores que caminan tras sus pasos. En concreto: «Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar?».

Antes que Jesús le responda, el impetuoso Pedro se le adelanta a hacerle su propia sugerencia: «¿Hasta siete veces?». Su propuesta es de una generosidad muy superior al clima justiciero que se respira en la sociedad judía. Va más allá incluso de lo que se practica entre los rabinos y los grupos esenios que hablan como máximo de perdonar hasta cuatro veces.

Sin embargo Pedro se sigue moviendo en el plano de la casuística judía donde se prescribe el perdón como arreglo amistoso y reglamentado para garantizar el funcionamiento ordenado de la convivencia entre quienes pertenecen al mismo grupo.

La respuesta de Jesús exige ponerse en otro registro. En el perdón no hay límites: «No te digo hasta siete veces sino hasta setenta veces siete». No tiene sentido llevar cuentas del perdón. El que se pone a contar cuántas veces está perdonando al hermano se adentra por un camino absurdo que arruina el espíritu que ha de reinar entre sus seguidores.

Entre los judíos era conocido un “Canto de venganza” de Lámek, un legendario héroe del desierto, que decía así: “Caín será vengado siete veces, pero Lámek será vengado setenta veces siete”. Frente esta cultura de la venganza sin límites, Jesús canta el perdón sin límites entre sus seguidores.

En muy pocos años el malestar ha ido creciendo en el interior de la Iglesia provocando conflictos y enfrentamientos cada vez más desgarradores y dolorosos. La falta de respeto mutuo, los insultos y las calumnias son cada vez más frecuentes. Sin que nadie los desautorice, sectores que se dicen cristianos se sirven de internet para sembrar agresividad y odio destruyendo sin piedad el nombre y la trayectoria de otros creyentes.

Necesitamos urgentemente testigos de Jesús, que anuncien con palabra firme su Evangelio y que contagien con corazón humilde su paz. Creyentes que vivan perdonando y curando esta obcecación enfermiza que ha penetrado en su Iglesia.


¿Cuántas veces tiene que perdonarte a ti?
Fray Marcos

El evangelio de hoy es continuación del que leíamos el domingo pasado. Allí se daba por supuesto el perdón. Hoy es el tema principal. Mt sigue con la instrucción sobre como comportarse con los hermanos dentro de la comunidad. Sin perdón mutuo sería imposible cualquier clase de comunidad. El perdónes la más alta manifestación del amor y está en conexión directa con el amor al enemigo. Entre los seres humanos es impensable un verdadero amor que no lleve implícito el perdón. Dejaríamos de ser humanos si pudiéramos eliminar la posibilidad de fallar y el fallo real.

La frase “setenta veces siete“, no podemos entender­la literalmente; como si dijera que hay que perdonar 490 veces. Quiere decir que hay que perdonar siempre. El perdón tiene que ser, no un acto, sino una actitud que se mantiene durante toda la vida y ante cualquier ofensa. Los rabinos más generosos del tiempo de Jesús hablaban de perdonar las ofensas hasta cuatro veces. Pedro se siente mucho más generoso y añade otras tres. Siete era ya un número que indicaba plenitud, pero Jesús quiere dejar muy claro que no es suficiente, porque todavía supone que se lleva cuenta de las ofensas.

La parábola de los dos deudores no necesita explicación. El punto de inflexión está en la desorbitada diferencia de la deuda de uno y otro. El señor es capaz de perdonar una inmensa deuda (270 t. de plata). El empleado es incapaz de perdonar una minucia (400 grs.). Al final del texto, encontramos un ramalazo de AT: “Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo”. Jesús nunca pudo dar a entender que un Dios vengativo puede castigar de esa manera, o negarse a perdonar hasta que cumplamos unos requisitos.

El perdón sólo puede nacer de un verdadero amor. No es fácil perdonar, como no es fácil amar. Va en contra de todos los instintos. Va en contra de lo razonable. Desde nuestra conciencia de individuos aislados en nuestro ego, es imposible entender el perdón de evangelio. El ego necesita enfrentarse al otro para sobrevivir y potenciarse. Desde esa conciencia, el perdón se convierte en un factor de afianzamiento del ego. Perdono (la vida) al otro porque así dejo clara mi superioridad moral. Expresión de este perdón es la famosa frase: “perdono, pero no olvido” que es la práctica común en nuestra sociedad.

Para entrar en la dinámica del perdón, debemos tomar conciencia de nuestro verdadero ser y de la manera de ser de Dios. Experimentando la ÚNICA REALIDAD, descubriré que no hay nada que perdonar, porque no hay otro. Con un ejemplo podemos aproximarnos a la idea. Si tengo una infección en el dedo meñique del pie y me causa unos dolores inaguantables, ¿puedo echar la culpa al dedo de causarme dolor? El dedo forma parte de mí y no hay manera de considerarlo como un objeto agresor. Hago todo lo posible por curarlo porque es la única manera de ayudarme a mí mismo.

Desde nuestro concepto de pecado como mala voluntad por parte del otro, es imposible que nos sintamos capaces de perdonar. El pecado no es fruto nunca de una mala voluntad, sino de una ignorancia. La voluntad no puede ser mala, porque no es movida por el mal. La voluntad solo puede ser atraída por el bien. La trampa está en que se trata del bien o el mal que le presenta la inteligencia, que con demasiada frecuencia se equivoca y presenta a la voluntad como bueno, lo que en realidad es malo. Sin esta aclaración, es imposible entrar en una auténtica dinámica del perdón.

“Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo”. Dios no tiene acciones, mucho menos puede tener reacciones. Dios es amor y por lo tanto es también perdón. No tiene que hacer ningún acto para perdonar; está siempre perdonando. Su amor es perdón porque llega a nosotros sin merecerlo. Ese perdón de Dios es lo primero. Si lo aceptamos, nos hará capaces de perdonar a los demás. Eso sí, la única manera de estar seguros de que lo hemos descubierto y aceptado, es que perdonamos. Por eso se puede decir, aunque de manera impropia, que Dios nos perdona en la medida en que nosotros perdonamos.

Es muy difícil armonizar el perdón con la justicia. Nuestra cultura cristiana tiene fallos garrafales. Se trata de un cristianismo troquelado por el racionalismo griego y encorsetado hasta la asfixia por el jurisdicismo romano. El cristianismo resultante, que es el nuestro, no se parece en nada a lo que vivió y enseñó Jesús. En nuestra sociedad se está acentuando cada vez más el sentimiento de Justicia, pero se trata de una justicia racional e inmisericorde, que la mayoría de las veces esconde nuestro afán de venganza. El razonamiento de que sin justicia los malos se adueñarían del mundo, no tiene sentido.

Nuestro sentido de la justicia se la hemos aplicado al mismo Dios y lo hemos convertido en un monstruo que tiene que hacer morir a su propio Hijo para “justificar” su perdón. Es completamente descabellado pensar que un verdadero amor está en contra de una verdadera justicia. Luchar por la justicia es conseguir que ningún ser humano haga daño a otro en ninguna circunstancia. La justicia no consiste en que una persona perjudicada, consiga perjudicar al agresor. Seguiremos utilizando la justicia para dañar al otro.

Lo que decimos en el Padrenuestro es un disparate. No es un defecto de traducción. En el AT está muy clara esta idea. En la primera lectura nos decía exactamente: “Del vengativo se vengará el Señor”. “Perdona la ofensa de tu prójimo y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas”. Cuando el mismo evangelista Mateo relata el Padrenues­tro, la única petición que merece un comentario es ésta, para decir: “…Porque si perdonáis a vuestros hermanos, también vuestro Padre os perdonará; pero si no perdonáis, tampoco vuestro Padre os perdonará (Mt 6,14). ¿No sería más lógico pedir a Dios que nos perdone como solo Él sabe hacerlo, y aprendamos de Él nosotros a perdonar a los demás?

Para descubrir por qué tenemos que seguir amando al que me ha hecho daño, tenemos que descubrir los motivos del verdadero amor a los demás. Si yo amo solamente a las personas que son amables, no salgo de la dinámica del egoísmo. El amor verdadero tiene su justificación en la persona que ama, no en el objeto del amor y sus cualidades. El amor a los que son amables no es garantía ninguna del amor verdaderamente humano y cristiano. Si no perdonamos a todos y por todo, nuestro amor es cero, porque si perdonamos una ofensa y otra no, las razones de ese perdón no son genuinas.

No solo el ofendido necesita perdonar para ser humano. También el que ofende necesita del perdón para recuperar su humanidad. La dinámica del perdón responde a la necesidad psicológica del ser humano de un marco de aceptación. Cuando el hombre se encuentra con sus fallos, necesita una certeza de que las posibilidades de rectificar siguen abiertas. A esto le llamamos perdón de Dios. Descubrir, después de un fallo grave, que Dios me sigue queriendo, me llevará a la recuperación, a superar la desintegración que lleva consigo un fallo grave. La mejor manera de convencerme de que Dios me ha perdonado es descubrir que aquel a quien ofendí me ha perdonado.


El perdón regenera a la persona y a las comunidades
Romeo Ballan, mccj

El tema central de los cinco textos bíblicos de hoy, incluido el Padre nuestro, es el perdón. Pedro, como hebreo observante de la Ley, pregunta a Jesús cuántas veces debe perdonar y el Maestro le explica la necesidad de perdonar hasta setenta veces siete”, es decir, siempre, como enseña Jesús en el pasaje del Evangelio, que continúa y concluye el discurso eclesial-comunitario (Mt 18) sobre las relaciones entre las personas. Se trata de una enseñanza insistente de Jesús, que va desde el sermón de la montaña con la bienaventuranza de los misericordiosos, hasta el Calvario (Mt 5,7; 6,14-15; 9,2-6; 12,31-32; 18,21-35; 26,28). Después de la palabra, Jesús nos da el ejemplo en la cruz: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”; y más: “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23,34.43). Es lo máximo del amor, el amor sin medida: ¡el perdón de los enemigos! “Mateo quiere sacudir a una comunidad que corre el riesgo de subestimar el compromiso del perdón fraterno; el perdón es signo de la autenticidad de nuestra oración… Para Mateo, es especialmente en la praxis del perdón en donde la comunidad se revela como verdadera y auténtica fraternidad” (C. Ginami).

La Biblia da cuenta de un progreso en la comprensión de la ley y en la praxis del perdón. En los tiempos arcaicos, el brutal Lamec, hijo de Caín, conoce tan solo la represalia cruel, la venganza sin límites, hasta ‘setenta veces siete’ (cfr. Gen 4,23-24). Más tarde, se introduce una reacción más equitativa, con la primitiva ley del talión: “ojo por ojo, diente por diente, mano por mano…” (Ex 21,24). Lo cual no se debe entender como una incitación a devolver el mal recibido, sino como un tope que no se ha de sobrepasar en la respuesta. Se llega, finalmente, al punto más alto en el Antiguo Testamento, con la invitación a rechazar venganzas y rencores, y a amar al prójimo como a sí mismo (cfr. Lv 19,18); el texto del Eclesiástico (I lectura) refleja esta postura. Los rabinos del tiempo de Jesús limitaban el perdón hasta tres veces. Pedro llega hasta siete (Mt 18,21), pero Jesús no admite topes: “hasta setenta veces siete”. El perdón debe ser sin medida, así como la misericordia del Padre es infinita, sin medida (Lc 6,36). Realmente, ¡el perdón es un “híper-don”, un súper-don! Porque Dios es perdón. El perdón va más allá de la justicia y del derecho humanos. Perdonar tiene algo extraordinario, “divino”; nos hace más semejantes a Dios.

Las lecturas presentan varios fundamentos del perdón. La parábola de Jesús(Evangelio) pone de manifiesto la inmensa distancia entre el corazón de Dios, que lo perdona todo y siempre (Salmo responsorial), y el corazón del hombre, que a menudo es estrecho y mezquino (Mt 18,33). El Eclesiástico (I lectura) amonesta severamente: “Piensa en tu fin… en la muerte” (v. 6). La agresividad vengativa se diluye cuando se piensa en las limitaciones humanas. “Puede parecer un axioma banal, pero tiene una profundidad sicológica: el rechazo de la muerte está en la raíz de la violencia… Rechazar el sentido de la finitud humana significa haber puesto en nuestras raíces las premisas de todos los sin sentidos” (E. Balducci). El apóstol Pablo (II lectura) invita a la acogida y a la comprensión mutua, poniendo en el centro de la vida no al yo egoísta sino a Cristo, que ha muerto y ha resucitado por todos (v. 9), el único que da sentido y valor a la vida y a la muerte (v. 7). La experiencia de la misericordia del Señor que perdona y regenera nos empuja a vivir por Él. Sentirnos perdonados nos hace capaces de perdonar, de comprometernos en la misión, para invitar a todos a abrir de par en par el corazón a Cristo.

¿Por qué perdonar? ¿Qué quiere decir? Con la parábola de hoy Jesús nos dice que perdonar significa tomar conciencia de que todos nos equivocamos, cometemos errores, todos somos deudores, necesitados de que se nos perdone. Solo el perdón logra romper la cadena de la venganza y la violencia. Pero perdonar no significa ser ingenuos, dejar correr las cosas; es bien compatible con la exigencia de una justa compensación. Además, perdonar no significa olvidar el pasado, cosa, a menudo, psicológicamente imposible. Perdonar es una opción cristiana difícil y sufrida, que produce frutos preciosos: libera el corazón de sentimientos de odio y venganza; abre a un futuro de libertad y paz; da confianza al que se ha equivocado, para que pueda corregirse. El perdón es una terapia benéfica para quien lo ofrece, para quien lo recibe y para la comunidad humana.

El perdón regenera interiormente a la persona y a las comunidades, en todo nivel; las hace semejantes a Dios, a su imagen; libera de tensiones y agresividades que a menudo contaminan las relaciones interpersonales y sociales; rompe la cadena de venganzas; pone de manifiesto la grandeza de ánimo de una persona y de una institución. El perdón es creativo, porque es capaz de abrir caminos que parecían cerrados. Además del ámbito interpersonal y doméstico, el perdón cristiano tiene dimensiones y aplicaciones sobre todo en los grupos, sociedades y naciones; es, a menudo, un criterio y un camino de solución de las tensiones entre los pueblos. “El perdón tiene también un valor civil y político. Mientras no se llegue a renunciar a algo a lo que se tendría teóricamente derecho, si se exige a toda costa lo que corresponde, lo que es de derecho propio, y se siguen enumerando las razones de cada uno, nunca se llegará a la paz, porque no se quiere pagar nada. La paz, en cambio, tiene su costo… La paz supone una constante voluntad de perdón: en las familias, en el seno de las comunidades, en las Iglesias entre sí, y aún más en el contexto civil” (Carlos M. Martini). La paz y el perdón son mensajes prioritarios de la misión: perdonar de corazón (Mt 18,35) y amar a los enemigos (Mt 5,44) son Evangelio puro, la novedad cristiana.

La literatura mundial ofrece un florilegio de expresiones sobre el tema del perdón, tanto el de Dios como el del hombre. He aquí algunas. “¡Dios perdona muchas cosas por una obra de misericordia!” (A. Manzoni). – “El perdón no cambia el pasado, pero dilata el futuro” (Boros S.). – “Solo el que es fuerte es capaz de perdonar” (Gandhi). – “Perdonen enseguida: ahorrarán un tiempo precioso, y harán mejor su digestión” (Card. O’Connell).

El susurro de Dios que lo cambió todo

Por: Napoliana Vagmaker Faria, novicia comboniana

Misioneras Combonianas España

Me llamo Napoliana Vagmaker Faria y soy brasileña. Tengo 29 años y actualmente soy novicia comboniana. Nací y crecí en el barrio Santa María, a las afueras de São Mateus, en el estado de Espírito Santo. Desde pequeña, participaba con mi madre en la comunidad eclesial dedicada a Santa Ana, en Boa Esperança. A los 11 años, mientras me preparaba para la primera confesión, empecé a buscar más a Dios y a servir en la Iglesia. Mi diócesis (São Mateus) es misionera por naturaleza, lo que me otorgó la gracia de crecer cultivando ese mismo espíritu en mi interior.

La fuerza de una semilla misionera

A los 20 años, incluso antes de comprender y percibir la llamada a la vida religiosa, ya tenía la firme convicción de querer ir a la misión. Tuve la oportunidad de participar en numerosas pastorales y movimientos, como la pastoral litúrgica, catequética, juvenil y de la sobriedad, además de la Renovación Carismática y la justicia restaurativa. Sin embargo, durante mi etapa universitaria, sentía que todo esto no era suficiente; había un vacío que no lograba llenar. Al compartir esta inquietud con un sacerdote, me presentó a una hermana comboniana. A partir de ese encuentro, mi vida cambió por completo.

Sentí que por fin encontraba aquello que buscaba, algo que aún no tenía nombre ni entendía, pero que despertaba en mí una profunda inquietud. En ese momento, todos mis planes de futuro dieron un giro. Durante aquel proceso de discernimiento y acercamiento a las Combonianas, sentía inevitable el miedo al futuro. Implicaba un cambio radical: dejar atrás a mis amigos, mi vida cotidiana y a mi familia, siendo además hija única. ¡Sin embargo, abrazar los planes de Dios ha sido la mejor decisión de mi vida! Frente a ese miedo, el Señor me infundió un valor increíble. Viví una experiencia de un mes en una comunidad comboniana en el norte de Brasil y, a cada paso, confirmaba que estaba en el lugar donde Dios me quería; aquella llama en mi interior crecía cada día más.

Modelando mi vida según el carisma de Comboni

En septiembre de 2022, inicié mi etapa de postulantado en São Paulo, mi primera comunidad. Estoy profundamente agradecida por los dos años que viví allí, así como por las hermanas que me acogieron y me enseñaron tanto. Al lado de los hermanos y hermanas en situación de calle, de los jóvenes y de tantas personas con las que me encontré, viví una de las catequesis más hermosas: una fe encarnada en la vida. Allí pude conocer a Jesús de una manera totalmente nueva, en una realidad distinta a todo lo que había visto hasta entonces.

A finales de 2024 llegué a Brescia (Italia) para comenzar la etapa del noviciado, la cual ha sido mi primera experiencia internacional y de inculturación. Ha sido un periodo lleno de retos, pero, sobre todo, de incontables bendiciones. En esta etapa me doy cuenta con mayor claridad de hasta qué punto Dios está presente en mi vida y de cómo me guía. Ahora me preparo para dar mi «sí» y consagrar mi vida a Él, con el fin de seguir sus caminos y responder a su llamada:

«Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda criatura» (Mc 16,15).

Por intercesión de nuestro fundador, San Daniel Comboni, deseo seguir su ejemplo y plasmar sus palabras y acciones en todo lo que yo sea y haga:

«…el día y la noche, el sol y la lluvia me encontrarán siempre dispuesto a atender sus necesidades espirituales; el rico y el pobre, el sano y el enfermo, el joven y el anciano, el amo y el siervo tendrán siempre el mismo acceso a mi corazón. su bien será el mío y sus penas serán también las mías». (Comboni, 1873)

Grupo de novicias con las hermanas de la comunidad formativa en Brescia- Italia

Más testimonios: https://misionerascombonianasdemadrid.blogspot.com/

Sudán del Sur: Evangelizar es sembrar paz

En un Sudán del Sur marcado por la violencia, las divisiones, los conflictos y profundas heridas, evangelizar significa también sembrar paz. Y la paz nace cuando aprendemos a ver en el otro no a un enemigo que hay que eliminar, sino a un hermano que hay que reconocer.

Cuando Jesús envía a los setenta y dos discípulos en misión, les dice una palabra que parece casi escandalosa: «Miren, los envío como corderos en medio de lobos». No dice: «Los envío como leones». No dice: «Los envío más fuertes que sus adversarios». No dice: «Los envío con las herramientas necesarias para vencer». Dice: «Los envío como corderos en medio de lobos».

Esta palabra tiene mucho que decir a la Iglesia que vive y anuncia el Evangelio en Sudán del Sur. Porque, en un país marcado por la violencia, las divisiones, los conflictos y profundas heridas, evangelizar significa también sembrar paz. Y la paz no nace de la victoria de uno sobre el otro. No nace de la eliminación del adversario. Nace cuando aprendemos a ver en el otro no a un enemigo que hay que eliminar, sino a un hermano que hay que reconocer.

El cordero no se convierte en lobo

Nos sentimos espontáneamente atraídos por la fuerza. Cuando hay un lobo, quisiéramos tener un lobo más fuerte. Cuando hay violencia, sentimos la tentación de responder con una violencia mayor. Cuando alguien nos amenaza, quisiéramos tener el poder necesario para imponernos. Pero así corremos el riesgo de adoptar la misma lógica de aquello que queremos combatir.

Jesús propone otro camino. El cordero no vence porque sea más fuerte que el lobo. Vence porque no se convierte en lobo. Esta es la fuerza de la no violencia cristiana. No significa ser débiles. Significa no permitir que el mal del otro determine aquello en lo que yo me convierto. El otro puede odiar, pero yo no debo convertirme en odio. El otro puede ser violento, pero yo no debo convertirme en violencia. El otro puede humillarme, pero yo no debo perder la dignidad de reconocerlo como hermano. Permanecer como corderos significa no permitir que el lobo que hay en el otro haga nacer el lobo que hay dentro de mí. Este es uno de los mayores desafíos de la paz.

La primera palabra del misionero es Paz

Jesús dice a sus discípulos: «En cualquier casa donde entren, digan primero: “Paz a esta casa”». Es significativo. La primera palabra del misionero no es una lección de teología. Es paz. El misionero no llega para conquistar al otro. Llega para entrar en relación con él.

Y Jesús añade: «Coman lo que les ofrezcan». El misionero llega pobre. Se deja acoger. Se sienta a la mesa del otro. Come su comida. Entra en su vida. Y entonces descubre algo fundamental: el otro no es simplemente alguien a quien llevar el Evangelio. Es alguien a través de quien Dios también puede encontrarse conmigo. Esta es una gran escuela de misión.

En Sudán del Sur lo aprendemos cada día: la misión no consiste solamente en hablar a la gente, sino en caminar con la gente. No podemos construir la paz desde arriba. Debemos entrar en las heridas de las comunidades, escuchar, compartir y crear espacios en los que las personas puedan encontrarse y reconocerse nuevamente como hermanos.

Devolver un rostro al enemigo

Uno de los dramas más profundos de la violencia es este: antes de golpear el cuerpo del otro, la violencia mata el rostro del otro dentro de nosotros. Para poder ejercer violencia contra una persona, tengo que dejar de verla como persona. Se convierte en una etiqueta: es de aquella etnia; es extranjero; es un enemigo; es uno de los que nos hicieron daño. Cuando el otro se convierte simplemente en el enemigo, resulta más fácil odiarlo.

Por eso, la misión de la Iglesia consiste también en devolver un rostro a quien ha sido convertido en enemigo. Decir a las comunidades: Antes de pertenecer a esta o aquella etnia, somos personas. Antes de ser adversarios, somos hermanos.

La Iglesia debe ser un espacio en el que las personas aprendan nuevamente a encontrarse. Una Iglesia que atraviesa las divisiones. Una Iglesia que no construye nuevos enemigos. Una Iglesia que denuncia la injusticia sin odiar a quien es injusto. Una Iglesia que enseña la reconciliación sin olvidar a las víctimas. Una Iglesia que desarma no solamente las manos, sino también las palabras y el corazón.

La paz comienza en las pequeñas comunidades

Jesús envía a sus discípulos sin bolsa, sin alforja, sin sandalias de repuesto. Es como si dijera: «No pongan su seguridad en el poder. Su fuerza estará en la relación, en la confianza, en la palabra y en el testimonio». Esto es particularmente importante cuando hablamos de paz. A menudo pensamos que para construir la paz se necesitan, ante todo, instrumentos de poder. El Evangelio nos muestra, en cambio, un poder diferente: el poder desarmado de la fraternidad.

Lo vemos concretamente en los Comités de Justicia y Paz presentes en las diócesis de Sudán del Sur y promovidos por las Iglesias desde una perspectiva ecuménica. No son simplemente personas que hablan de paz. Son personas que buscan construirla allí donde las relaciones están heridas. Entran en las comunidades. Escuchan. Recogen miedos y sufrimientos. Favorecen el diálogo. Intentan impedir que un conflicto se convierta en venganza y que la venganza se convierta en una nueva guerra.

No entran diciendo: «He venido a derrotar a alguien». Entran diciendo: «He venido a escuchar». No llevan un arma; llevan una palabra. No buscan un vencedor. Buscan un camino para que las personas puedan volver a vivir juntas. Y aquí vemos concretamente qué significa ser corderos en medio de lobos.

La paz no comienza solamente en las grandes mesas políticas. Comienza cuando, en una pequeña comunidad, alguien encuentra el valor de decir: «Detengámonos. Escuchémonos. No queremos que nuestros hijos sigan pagando el precio de nuestro odio». Eso ya es Evangelio. Eso ya es evangelización. Eso ya es el Reino de Dios que se acerca.

También el rechazo puede convertirse en testimonio

Jesús no oculta a sus discípulos que podrán ser rechazados. Esto es importante. En la misión podemos pensar que el éxito consiste en ser acogidos. Pero Jesús nos enseña que incluso el rechazo puede convertirse en un lugar de testimonio. Jesús mismo fue rechazado. Y en la cruz, Dios asume sobre sí el rechazo de la humanidad sin responder con otro rechazo.

El mal cae sobre el Cordero y el Cordero no devuelve el mal. Esta es la fuerza de la cruz. No significa buscar el sufrimiento. Significa que el amor verdadero permanece fiel incluso cuando no es correspondido. Por eso, el rechazo no es necesariamente un fracaso de la misión. Puede convertirse en el lugar donde el amor demuestra que es más fuerte que el odio.

Evangelizar significa cambiar de mentalidad

Por eso, la vocación de la Iglesia en Sudán del Sur es grande. No estamos llamados solamente a predicar la paz. Estamos llamados a convertirnos en una comunidad de paz. Evangelizar significa sembrar una mentalidad nueva: de la venganza a la reconciliación; del miedo a la confianza; de la división a la fraternidad; del odio a la responsabilidad por el bien común.

Porque una guerra puede continuar incluso cuando las armas callan, si dentro de nosotros siguen viviendo el resentimiento, la sospecha y el deseo de venganza.

La paz no es solamente el silencio de las armas. Es la transformación del corazón. Y esta transformación debe llegar especialmente a los jóvenes. No podemos permitir que una generación herede la guerra de la generación anterior. Una madre que enseña a sus hijos a no odiar a los hijos de sus enemigos ya está construyendo la paz. Un joven que deja el arma ya está construyendo la paz. Dos comunidades que, después de años de conflicto, aceptan sentarse a la misma mesa ya están construyendo la paz. Una Iglesia que crea ese espacio de encuentro ya está evangelizando. El Reino de Dios se hace cercano cuando una persona decide no vengarse.

Bienaventurados los que trabajan por la paz

Por eso comprendemos mejor la bienaventuranza de Jesús: «Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios». No dice: bienaventurados los que hablan de paz. Dice: bienaventurados los que trabajan por la paz. La paz es un verbo. Es un trabajo. Es una vocación. Es un camino. Y quienes trabajan por la paz son los corderos de los que habla Jesús. No porque sean débiles, sino porque han descubierto una fuerza más grande que la violencia: la fuerza de no devolver mal por mal; la fuerza de permanecer fieles al amor; la fuerza de ver un hermano allí donde otros ven un enemigo.

Esta es quizás una de las mayores formas de testimonio que la Iglesia puede ofrecer a Sudán del Sur y al mundo. No podemos construir la paz eliminando al otro. Construimos la paz cuando reconocemos que el otro pertenece a nuestra misma humanidad. Y aquí llegamos al corazón del Evangelio. El Cordero no mata al lobo. El Cordero ofrece su propia vida. Esta es la lógica de la cruz. Esta es la lógica de la misión. Esta es la lógica de la paz.

La Iglesia está llamada a ser un cordero en medio de los lobos. No un cordero resignado. Un cordero que, con la fuerza desarmante del amor, de la verdad, de la justicia y de la fraternidad, abre un camino nuevo. Porque quizá la pregunta decisiva no sea: «¿Cómo podemos llegar a ser más fuertes que nuestros enemigos?», sino: «¿Cómo podemos hacer para que ya no haya enemigos?» La respuesta del Evangelio es sencilla y radical: reconociéndonos como hermanos. Esta es la paz que debemos sembrar. Esta es la paz que debemos testimoniar. Esta es la paz por la que vale la pena dar la vida.

Bienaventurados los que trabajan por la paz. Bienaventurados los corderos que no se convierten en lobos. Bienaventurados aquellos que dan su vida para que el mundo tenga vida. Serán llamados hijos de Dios.

+ Christian Carlassare, mccj
Obispo de Bentiu (Sudán del Sur)

comboni.org

San Pedro Claver, el esclavo de los esclavos

El 9 de septiembre se celebra la fiesta de San Pedro Claver, el gran misionero de los esclavos. Los Misioneros Combonianos lo tenemos como patrono de nuestro instituto. Este recorrido histórico por su vida y su obra fue publicado en la revista Mundo Negro de España (MN septiembre 2011, pp. 41-46), gracias a la estimable colaboración del P. Tulio Aristizábal, jesuita y gran conocedor de la vida y la historia de este gran misionero. El P. Tulio fue durante muchos años el custodio del santuario de San Pedro Claver en Cartagena de Indias (Colombia), donde se conservan los restos del que se autoproclamó “esclavo de los esclavos”.

El santuario de San Pedro Claver se encuentra en el casco histórico de Cartagena de Indias, justo frente al puerto al que llegaban los barcos negreros procedentes de África y del que salían las naves cargadas con todo tipo de mercancías rumbo a Europa. Cartagena era puerta de entrada y de salida para toda Sudamérica.

Santuario actual de San Pedro Claver

Hoy el santuario es una parroquia singular. Sus fieles son los turistas que llegan, admiradores y devotos de San Pedro Claver, gente que vive en los alrededores y algún que otro vendedor ambulante que, antes de poner su puesto en la calle, acude a Misa.

Los jesuitas llegaron Colombia en 1604 y se encontraron con el gran problema de la esclavitud. Al principio se instalan en una casa pequeña en el centro de la ciudad. Poco después, el gobernador les cede un terreno en una zona privilegiada, en el puerto principal de la ciudad.

 Pedro Claver nació en Verdú, provincia de Lleida, en España, el 26 de junio de 1580. Fue enviado a estudiar a la isla de Mallorca. Allí se hizo muy amigo del portero del colegio, Alonso Rodríguez, quien empieza a inspirarle la vocación a la misión, especialmente a la misión en las Indias. Pedro pide ir a América y en segundo año de Teología es enviado a la Provincia jesuita de Nueva Granada (que comprendía lo que hoy son Colombia y Venezuela).

Así pues, el joven Pedro Claver llega a Cartagena sin ser aún sacerdote y con la orden de ir a Santa Fe de Bogotá para terminar sus estudios. Al llegar a Cartagena se encuentra con el drama de la esclavitud y conoce al P. Alonso de Sandoval, encargado de atender a los esclavos. Pedro no fue el primero ni el último en dedicarse a los esclavos llegados de África, sino que fue uno de tantos, aunque también uno de los más grandes.

El trabajo del P. Sandoval despierta en él un enorme entusiasmo y una gran admiración, y pide a sus superiores ser enviado a Cartagena para ayudarle. Sin embargo, debe primero terminar su formación. Va a Bogotá para completar sus estudios de Teología y en 1615 regresa a Cartagena, donde recibe la ordenación sacerdotal al año siguiente. Desde entonces y hasta el momento de su muerte se dedicará plenamente a atender a los esclavos. Se dedicará a esa obra en cuerpo y alma durante 38 años.

Pintura sobre San Pedro Claver, curando a los enfermos esclavos

Tras la muerte de Pedro Claver, los jesuitas continuaron su trabajo, compaginando la atención y la catequización de los esclavos negros con la educación de los hijos de los españoles. Todavía se conserva una lista con todos los sacerdotes que sucedieron a Pedro Claver en ese trabajo, hasta que en 1767 el rey Carlos III expulsa a la Compañía de Jesús de España y de todas sus colonias. Los jesuitas se ven obligados a abandonar Cartagena y el edificio se convierte entonces en un hospital regentado por los Hermanos de San Juan de Dios. Así permanecerá hasta el final de la colonia y durante los primeros años de la independencia.

Cuando el general Tomás Cipriano de Mosquera alcanza la presidencia de Colombia, dicta un decreto para despojar a todos los religiosos de sus bienes, expulsa a los Hermanos de San Juan de Dios y convierte el edificio en cuartel del Ejército. Así continúa durante todo el siglo XIX, hasta que Mons. Eugenio Biffi, un gran obispo que llega desde Italia, pide al nuevo presidente, Rafael Núñez, la devolución del edificio con el argumento añadido de que la canonización de Pedro Claver estaba en camino.

El nuevo presidente accede a devolver sólo la mitad, puesto que no tenía en aquel entonces donde llevarse al Ejército. El obispo se instala en él. Recuperada parte del edificio y tras la canonización de San Pedro Claver, los jesuitas quieren hacer del lugar un santuario que mantenga viva su memoria y muestre al mundo todo el trabajo que hizo en favor de los esclavos. Quieren resucitar la presencia del P. Claver, donde vivió, donde estaba su aposento, donde trabajaba y acogía a los esclavos… Sin embargo, los jesuitas se encontraron con el problema de la falta de datos.

Dos documentos fueron claves para recuperar la memoria de San Pedro Claver. El primero fue el proceso de canonización. Cuando el P. Claver muere, todo el mundo lo considera un santo y desde todas partes empiezan a escribir cartas al Papa para que lo canonice. El proceso se abre apenas tres años después de su muerte. El tribunal consulta a 153 testigos. Los testimonios son traducidos del español al italiano y al latín, y una parte de ellos se publica en 1696. Ese documento es fundamental para conocer a San Pedro Claver. Es la principal biografía que existe de él, porque no está escrita a través de la interpretación de un autor, sino que son testimonios directos hechos bajo juramento por los que fueron testigos de todo lo que hacía el P. Claver, cómo se vestía, cómo salía a la calle, cómo celebraba la Misa, cómo trataba a los esclavos…

El original del documento en español desapareció. En el año 2000 una historiadora italiana, María Splendiani, se propuso retraducirlo al español. Hoy es lo mejor que hay para conocer la vida y la obra de San Pedro Claver.

El segundo documento son dos placas, una de mármol negro y otra de mármol blanco. Las dos contienen la misma inscripción: “En este aposento murió el venerable P. Pedro Claver el 8 de septiembre de 1654”. Ambas placas habían sido removidas de su lugar y fueron encontradas en un rincón perdido del santuario. Se encontró un agujero en uno de los muros con las medidas justas de una de las placas. Justo en la entrada de un cuarto en el piso superior está una de las dos placas y en el interior se encuentra la otra. Se trata de la enfermería del colegio, en la que Pedro Claver pasó los cuatro últimos años de su vida.

Aposento donde murió S. Pedro Claver. Al fondo, la placa de mármol que así lo identifica.

En el libro del proceso se habla también con todo detalle de dónde vivía, dónde pasaba la mayor parte de su tiempo. Esa descripción coincide total y únicamente con uno de los cuartos del santuario. El libro dice que era un aposento muy oscuro, que no entraba apenas el sol, pero que a través de las ventanas se veía el puerto. Desde uno de los ventanucos, aunque la vista está ahora tapada por una construcción, es evidente que entonces se podía ver el puerto principal de Cartagena, de tal manera que Pedro Claver veía la llegada de los barcos negreros.

Dice también el libro que en su aposento había un lugar en el que almacenaba las ropas, las medicinas y los alimentos que la gente buena le daba para sus esclavos y que bien podía ser este sitio. No hay en toda la casa otro cuarto que sea así. Los demás son o muy claros o muy estrechos, pero que coincidan con la descripción del libro, no hay ninguno; por lo que ese lugar quedó moralmente identificado como el aposento de San Pedro Claver.

Cuarto de S. Pedro Claver, con el ventanuco desde el que veía el puerto a donde llegaban los esclavos.

En un cuarto contiguo dormía el grupito de esclavos que Pedro Claver tenía a su servicio para que le ayudaran, sobre todo como intérpretes. Aunque Pedro sabía la lengua de Angola, necesitaba intérpretes para las otras lenguas y dialectos de otras partes de África.

Los esclavos llegaban físicamente agotados y moralmente hundidos, porque habían sido obligados a abandonar todo y estaban convencidos de que los habían llevado para matarlos y comérselos. La primera labor era tranquilizarlos y decirles que aunque iban a tener una situación difícil, nadie los iba a matar ni a comer. Dice el libro que, más que las palabras, era la actitud del P. Claver la que los conquistaba, que los rescataba de esa sensación de nulidad y hacía que se sintieran personas dignas de respeto. Ésa fue la principal labor de Pedro Claver durante toda su vida.

El P. Claver murió el 8 de septiembre de 1654 a las dos de la mañana. Cuando amaneció y se empezó a correr la voz entre los esclavos, aquello fue algo espectacular. Entraron en el convento, subían y bajaban por las escaleras, le cortaban trozos del vestido y hasta le cortaron las uñas de los pies para tener algún recuerdo suyo. El rector se puso muy nervioso ante la multitud que estaba entrando en el colegio. Entonces dio orden de que lo enterraran inmediatamente, a las 8 de la mañana. Cuando el gobernador de Cartagena, Pedro Zapata Mendoza, lo supo, suplicó al rector que aplazase el entierro hasta el día siguiente para poder avisar a la gente de Cartagena, ya que el P. Claver era una persona muy especial y la ciudad le debía mucho. El rector aceptó y Pedro Claver fue enterrado al día siguiente, el 9 de septiembre.

Tres meses antes de morir, Pedro había dicho al Hno. González, el sacristán, que quería que lo enterraran debajo de su confesonario, situado en la puerta del perdón, una puerta lateral de la iglesia y desde el que se veía la capilla de la Virgen del Milagro, en la que Pedro Claver había celebrado su primera Misa y por la que sentía una especial devoción. El Hno. González, sin embargo, y para evitar que la gente pisara su sepulcro al entrar y salir de la iglesia, le propuso enterrarlo en la capilla del Cristo, que se hallaba en la sacristía. Ese fue su primer sepulcro.

Tres años y medio después, el provincial de los jesuitas vio que los esclavos traían a sus enfermos, especialmente a los niños, y los colocaban justo sobre el sepulcro del P. Claver para que los curara. Eso suponía dos problemas: uno de higiene y otro debido al hecho de que se estaba empezando a rendir culto a un difunto, algo que no estaba permitido sin la correspondiente autorización de las autoridades eclesiásticas. Dio orden de que lo desenterraran, abrieran un hueco en el muro de la capilla, colocasen allí el cadáver y lo cerrasen con unas maderas y una puerta para que nadie pudiese acercarse. Allí estuvo hasta que se construyó la nueva iglesia.

Una vez que había preparado a los catecúmenos, Pedro los reunía en el claustro, los repartía en grupos y los bautizaba dando un nombre a cada grupo. Ellos conservaban ese nombre y añadían como apellido su nombre original de África.

Claustro donde S. Pedro Claver instruía a los catecúmenos.

La iglesia actual es de estilo colonial, grande, amplia, con el suelo de mármol italiano y muy bien iluminada. El P. Claver no la conoció. En su lugar se encontraban entonces los campos de juego de los muchachos. Ya entrado el siglo XVIII, la ciudad había crecido y la vieja iglesia se había quedado pequeña. Dos jesuitas, uno alemán y otro holandés, construyeron el templo 50 años después de la muerte del P. Claver.

En 1746, cuando la construcción de la nueva iglesia estaba bastante avanzada, el Papa Benedicto XIV vio la importancia que estaba tomando la fama y la devoción hacia Pedro Claver y empezó a considerar la conveniencia de declararlo santo. Se le dio el título de venerable. Se trasladaron sus restos de la vieja y pequeña iglesia, ya medio demolida, y se colocaron en una de las columnas que sostienen la cúpula. En dicha columna hay hoy una gran placa de mármol con una inscripción que así lo certifica. Ahí estuvo durante el tiempo en que los jesuitas abandonaron la ciudad tras ser expulsados por el rey y el lugar pasó a manos de los Hermanos de San Juan de Dios quienes respetaron siempre la tumba de Pedro Claver.

Cuando todo pasó a manos del Ejército, lo primero que hicieron fue abrir las tumbas de todos los jesuitas buscando posibles tesoros, pero la del P. Pedro Claver no la tocaron, por respeto y también por temor, ya que era tenido por todos como un santo.

Cuando el obispo Eugenio Biffi recupera la iglesia y se instala en el colegio, constata con tristeza que el templo se había convertido en una pesebrera y lo primero que hace es vallarlo, restaurarlo y adecentarlo. Como era italiano, hizo llegar de Italia todo el mármol que pudo. Todo el piso y el retablo de la iglesia están hechos con mármol de Carrara.

En 1888 el P. Pedro Claver es proclamado santo por el Papa León XIII y sus restos son trasladados de la columna al altar mayor –también de mármol, evidentemente–, que es donde reposan en la actualidad. Debajo del altar se aprecia una urna de cristal y madera tallada, decorada con piezas doradas, que contiene actualmente sus restos.

A través del cristal se puede ver sin dificultad el cráneo del que fue esclavo de los esclavos. El esqueleto no está completo porque muchos huesos fueron llevados a otras iglesias como reliquias. Es una tumba muy visitada por peregrinos llegados de todas las partes del mundo.

Restos de S. Pedro Claver en el Santuario de Cartagena de Indias (Colombia)

“El esclavo de los esclavos para siempre” –así firmó el propio Pedro Claver su profesión solemne– es hoy venerado por la Iglesia misionera, que lo tiene como patrono de las misiones entre los negros. En 1985 el Congreso de la República de Colombia lo proclamó “defensor de los derechos humanos”.

Cuando la cultura se convierte en frontera: el desafío interior del misionero

«El misionero no es arquitecto, es jardinero. Su tarea no es construir, sino cuidar. No está ahí para reemplazar, sino para acompañar. No es quien modela, sino que es iluminador», escribe padre José Miguel Córdova Alcázar [al centro en la foto], comboniano peruano que trabajó una docena de años en Etiopía, sobre todo entre el pueblo Guji.

Por: Abba Mikael Córdova, mccj

La misión siempre comienza con un desplazamiento dinámico: salir de un lugar para entrar en otro. «Todos nosotros, misioneros combonianos, lo hemos hecho, lo estamos haciendo o nos estamos preparando para vivir esta experiencia.» Pero el desplazamiento más difícil no es geográfico, sino cultural.

El misionero llega a un pueblo con el sincero deseo de amarle, servirle y formar parte de su vida. Sin embargo, lleva dentro una historia, algunos símbolos, una forma de sentir e interpretar el mundo que no puede dejar en el aeropuerto. Su propia cultura viaja con él, aunque no quiera.

Identidad cultural

Esta tensión —entre la cultura que se aporta y la cultura que es bienvenida— es una de las más delicadas y menos comentadas en la vida misionera.

En el ámbito de la misión cristiana hablamos siempre de “inculturación”: adentrarse en una cultura hasta amarla desde dentro, hasta hacer que el Evangelio eche raíces en ella en su propia forma y color. Pero este ideal a menudo choca con un límite humano: la identidad cultural del misionero es fuerte, persistente e inconsciente.

No se trata solo de costumbres visibles, sino de la forma de entender el tiempo, la manera de relacionarse entre nosotros, la sensibilidad al dolor, la forma de organizar la comunidad, la relación con la autoridad, la manera de celebrar, de rezar, de comunicarse.

La cultura es una segunda piel. Y cuando el misionero intenta “dejarla”, a menudo solo consigue ocultarla, pero no transformarla.

Muchos misioneros entran en una nueva cultura con humildad y respeto. Pero, aun así, la propia cultura se filtra en decisiones pequeñas y grandes que se hacen presentes en la labor pastoral que se realiza con la comunidad. Y entonces aparece un fenómeno sutil pero peligroso: la imposición involuntaria.

No es una imposición agresiva, sino una infiltración: en la forma de resolver conflictos, en la forma de hacer catequesis, en la estética de la liturgia, en la planificación de proyectos, en la relación con el tiempo y la eficiencia.

El misionero cree que está ayudando, pero en realidad se está reformando según su plan mental. Y el resultado es una especie de “híbrido cultural” que no pertenece enteramente a nadie: no es completamente del pueblo, ni del misionero.

Esto conduce a confusión, dependencia y, a veces, a una sensación de pérdida de identidad en la comunidad local.

Siempre un invitado

Desde un punto de vista psicológico, el misionero atraviesa un proceso complejo: debe aprender a poner a la gente en el centro, pero sin cancelarse a sí mismo. Si se cancela, pierde autenticidad. Si se impone, pierde la comunión.

La propia cultura de cada uno da seguridad. Renunciar a ello causa parcialmente vulnerabilidad. Esta vulnerabilidad es necesaria, pero también dolorosa.

No puede ser “nativo” de una cultura adoptada. El misionero siempre será un invitado, un hermano que viene de fuera. Aceptar esta realidad en la vida del misionero es un acto de madurez.

Pastoralmente, la misión auténtica no consiste en “crear” una nueva cultura cristiana, sino en hacer florecer la fe en la cultura que ya existe. El misionero no es arquitecto, es jardinero. Su tarea no es construir, sino cuidar. No está ahí para reemplazar, sino para acompañar. No es quien modela, sino que es iluminador.

Cuando el misionero entiende esto, entonces, deja de querer “hacer cosas” y empieza a hacer crecer a la gente.

La misión es un arte. Un arte de la presencia, de la escucha, de la humildad. Un arte que requiere renunciar a la necesidad de controlar y abrazar la belleza de dejar que el otro sea él mismo.

El misionero que logra esto no pierde su identidad. La convierte en un servicio. Y la gente no pierde su cultura. La transforma en “Evangelio Encarnado.”

Esta es la misión más pura: hacer que la fe arraigue sin desarraigar a nadie.

Cuando esto ocurre, la cultura del misionero se vuelve transparente: presente, pero no dominante; fértil, pero no protagonista.

Habitar el misterio

«Quítate las sandalias, porque el lugar donde estás es tierra sagrada» (Éxodo 3:5-10). Hay un momento en la vida del misionero, en el que se descubre que la misión no consiste en “hacer cosas”, sino en habitar un misterio: el misterio de un pueblo, de una historia, de una forma de sentir y vivir que no es suya. Ese misterio es la cultura. Y la cultura es terreno sagrado.

San Daniel Comboni intuyó esto con sorprendente claridad para su época. Cuando dijo «Salva África con África»no se refería solo a la estrategia misionera. Habló de un acto de fe: creer que el pueblo tiene dentro de sí la fuerza, sabiduría y dignidad para ser los protagonistas de su propia salvación.

Esto significa que la cultura del pueblo no es un obstáculo, sino el lugar donde Dios ya está obrando.

Misión es amar

Todavía recuerdo, como si hubiera sido ayer, las palabras de un misionero comboniano con mucha experiencia misionera, sabiduría humana, pero sobre todo con una gran experiencia del amor de Dios en su propia vida. Hace 26 años, cuando dejé mi país para ir a “la misión”, este misionero, —cuyo nombre no es necesario decir porque sé muy bien que recordará el momento cuando me dijo«Mira Pepe, —porque así me llaman en mi país—, recuerda que lo más importante que tienes que hacer cuando estás en la “misión” es amar a las personas a las que has sido enviado. Nunca lo olvides.»

Cuando un misionero llega a un pueblo, trae consigo una cultura que le ha dado identidad, seguridad y sentido. Y esto no puede olvidarse ni dejarse de lado. Pero la misión le pide hacer algo difícil: descentrarse. No para renunciar a quién es, sino para renunciar a ser el centro.

La cultura del misionero es una luz, pero no es “La Luz” que debe iluminar al pueblo. Su luz, es solo un servicio, es compañía, es presencia.

La cultura del pueblo es la casa. La del misionero es la mochila.

San Daniel Comboni lo expresó con una frase que se convierte en un programa espiritual: «Se han adueñado de mi corazón que vive solamente para ellos» (Escritos. 941).

Y sin ninguna duda podemos decir que esta frase no surge solo por el amor que siente por la gente, su “amado pueblo” por quien ha decidido dar su vida. Es reconocimiento. Es reverencia.

El misionero que ama a un pueblo descubre que su cultura es un tesoro que no necesita ser corregido, purificado o reemplazado. Solo necesita ser recibido, comprendido y hecho fructífero por el Evangelio.

Transparencia misionera

La cultura es el idioma con el que la gente habla con Dios. Cambiarla es silenciarle.

Cuando el misionero no es consciente de la fuerza de su propia cultura, puede acabar creando una especie de “híbrido” que no pertenece a nadie: ni al pueblo, ni a sí mismo.

Esto ocurre cuando organiza la comunidad según esquemas culturales personales, introduce la estética litúrgica de otros, prioriza valores que no son universales, interpreta la fe desde su propia sensibilidad cultural.

Sin querer, el misionero puede confundir identidades y generar dependencia. Puede construir una comunidad que no sea realmente del pueblo, sino una proyección inconsciente de su propia historia.

San Daniel Comboni lo vio claramente: la misión no es colonización espiritual.

El misionero maduro no quiere “crear” una nueva cultura cristiana. Quiere que la fe eche raíces en la cultura que ya existe. El misionero maduro debe saber que está presente en un pueblo: porque, como dije antes, no es el arquitecto: es el jardinero; no es quien construye: es quien cuida; No es quien modela: sino quien acompaña; No reemplaza ni opaca: es quien está llamado a iluminar. «Vosotros sois la luz del mundo» (Mateo 5:14).

Cuando el misionero actúa de esta manera, la cultura del pueblo florece con su propia forma, su propio color y su propia dignidad.

Por tanto, la misión alcanza su plenitud cuando el misionero puede decir: «Lo que nace aquí no es mío.» Y al mismo tiempo, la gente puede decir: «Esto es nuestro, aunque el misionero nos haya ayudado.»

Esto es transparencia misionera: ser necesario sin ser el protagonista, estar presente sin ser central, ser una semilla sin ser un árbol.

Por lo tanto, debemos saber que la cultura no es un campo de evangelización. Es un campo donde Dios ya ha sembrado. El misionero no lleva a Dios a la gente. El misionero descubre a Dios en el pueblo. Entonces, la misión se convierte en un acto de profunda humildad: honrar lo que es el pueblo, porque ahí es donde el Evangelio quiere hacerse carne. «Y la Palabra de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros» (Juan 1:14).

Fui enviado

Sí, han tenido que pasar 26 años, para poder entender esto, y harán falta unos años más para poder comprenderlo completamente. Recuerdo como si hubiera sido ayer el día en que me enviaron el documento con mi primera destinación misionera, el famoso “destinatus est”. Y, recuerdo también al consejero general a quien le dije «que prefería otro lugar y no el que habían pensado para mí» —(Sé que vas a leer este artículo)— y «Me dijiste: Mira, Miguel, lo pensaremos y te llamaré.»

Sigo aún esperando la llamada, pero, aunque es cierto que no me llamó, lo que sí hizo fue enviarme un libro que había escrito sobre el país donde yo sería enviado para mi primera experiencia de misión.

Hoy doy gracias a Dios, por el hecho que no fui a donde quería ir, la realidad es que fui enviado. No elegí el puesto de la misión; fue un regalo precioso de Dios, en mi vida misionera y solo puedo decir: Gracias, Papá y Mamá, Juan, Jorge y Rosita, y a todos los que han hecho posibles estos 26 años de servicio a la misión.

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Abune Tesfaye, instalado como nuevo arzobispo de Addís Abeba

El domingo 6 de septiembre de 2026, monseñor Tesfaye Tadesse Gebresilasie, nombrado arzobispo de Addis Abeba el pasado 12 de junio, fue instalado como nuevo responsable de la Arquidiócesis Católica de Addis Abeba, Etiopía, durante una emotiva celebración litúrgica que duró más de cuatro horas. [Fotos: Pax CTV Ethiopia]

La ocasión marcó un día histórico para la Iglesia católica en Etiopía y, en particular, para la Arcieparquía de Addis Abeba. Después de casi 27 años de liderazgo pastoral, el cardenal Berhaneyesus Demerew Souraphiel entregó el ministerio pastoral de la Arcieparquía al recién nombrado Arcieparca Metropolitano, Abune Tesfaye (Tesfasilasie) Tadesse Gebresilasie.

Entre los presentes en la Eucaristía de toma de posesión se encontraban el Nuncio Apostólico en Etiopía, Somalia y Yibuti, arzobispo Brian Udaigwe; numerosos obispos etíopes; sacerdotes, hermanos y hermanas que trabajan en Addis Abeba y en otros lugares; así como miembros de la familia comboniana, entre ellos el Hermano Alberto Lamana, Asistente General.

También estuvieron presentes un obispo y el secretario del Patriarca de la Iglesia Ortodoxa, representantes de otras Iglesias y de varias organizaciones internacionales asociadas a la Iglesia, así como benefactores, familiares y amigos de Abune Tesfaye.

El traspaso del ministerio pastoral se celebró bajo el lema: «Mirando atrás con gratitud, caminando hacia adelante con esperanza».

Una solemne celebración en el rito católico etíope

La solemne Eucaristía, celebrada según el rito católico etíope, comenzó aproximadamente a las 8:00 de la mañana bajo la presidencia del cardenal Berhaneyesus. Tras la homilía y el traspaso formal de la responsabilidad pastoral, Abune Tesfaye continuó presidiendo la celebración.

En su homilía, arzobispo Brian Udaigwe señaló que tenía pocos consejos que ofrecer al nuevo Arcieparca, dado que Abune Tesfaye ya contaba con una considerable experiencia como obispo.

Mons. Tesfaye es obispo desde febrero de 2025.

Sin embargo, el Nuncio Apostólico lo invitó a mantener la mirada fija en Jesucristo, el Buen Pastor y modelo de todos los pastores. Recordó que Jesús no vino a liberar a su pueblo mediante el poder de las armas, como muchos israelitas esperaban, sino mediante el amor y, en última instancia, a través de la Cruz.

«Él nos dio ejemplo de cómo guiar y gobernar al pueblo», afirmó el Nuncio.

Monseñor Udaigwe explicó que un pastor está llamado a caminar delante del rebaño para mostrar el camino, en medio del rebaño para mantenerlo unido y detrás del rebaño para asegurarse de que nadie se quede atrás.

También animó a Abune Tesfaye a duc in altum —«rema mar adentro»— sin miedo. Dirigiéndose al clero y a los fieles, el Nuncio los exhortó a colaborar estrechamente con su nuevo obispo.

Concluyó su homilía agradeciendo a la familia comboniana por ofrecer a uno de sus miembros a la Iglesia para un servicio tan noble.

Una llamada a la renovación y a la esperanza

En su mensaje de gratitud y bienvenida, la Arcieparquía de Addis Abeba invitó a los fieles a considerar la toma de posesión no simplemente como un acto ceremonial, sino como una oportunidad de renovación espiritual:

«Que esta toma de posesión y el traspaso del ministerio pastoral sean más que una ceremonia. Que sean una renovación de nuestro compromiso bautismal. Que sea un momento en el que cada católico se pregunte: ¿Qué me pide Cristo ahora? ¿Adónde me envía? ¿A quién estoy llamado a servir? … Que la Iglesia católica en Etiopía continúe su servicio con confianza: agradecida por el pasado, atenta al presente y valiente ante el futuro».

La celebración concluyó aproximadamente a las 12:15. A continuación, tuvo lugar una comida fraterna y diversas actuaciones culturales a cargo de diferentes grupos religiosos y participantes. También se presentaron regalos al nuevo Arcieparca como signo de bienvenida y apoyo a su nueva misión pastoral.

Padre Hippolyte Awoumessi Apedovi, mccj

comboni.org