XXVII Domingo ordinario. Año A
“En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «Escuchan otra parábola: Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos.
Llegado el tiempo de los frutos, envió sus criados a los labradores para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro, y a otro lo apedrearon.
Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último les mandó a su hijo, diciéndose: Tendrán respeto a mi hijo.
Pero los labradores, al ver al hijo se dijeron: Este es el heredero: vamos, lo matamos y nos quedamos con su herencia.
Y, agarrándolo, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron. Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?».
Le contestaron: «Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a sus tiempos».
Y Jesús les dice: «¿No han leído nunca en la Escritura? La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente.
Por eso les digo que se les quitará a ustedes el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos».
(Mateo 21, 33-43)
La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular
P. Enrique Sánchez G. mccj
Seguimos escuchando en la lectura del Evangelio las parábolas en donde el tema de la viña sigue apareciendo como algo importante para nuestra reflexión.
El evangelio de hoy nos presenta dos pequeñas parábolas que nos invitan a ir más en profundidad sobre la comprensión de la palabra de Dios. La primera parábola nos presenta la viña que es entregada a unas personas que no saben cuidarla y se convierten en asesinos, un modo de reconocerlos como destructores y obstáculos en la realización del proyecto de Dios.
La segunda parábola, más pequeña y aparentemente insignificante, nos habla de la piedra despreciada que se convierte en piedra angular, es decir la piedra sobre la cual se puede dar origen a algo nuevo, bello y valioso.
En el texto de la primera parábola la viña se nos presenta como una plantación bien cuidada, preparada con esmero, embellecida y protegida, asegurada con una cerca a su alrededor y bien custodiada desde la torre plantada en su interior.
Esa descripción nos hace pensar a esas bellas propiedades que existen en muchas partes, en donde se observan enormes campos de cultivos bien ordenados o con sus grandes potreros, en donde pasta tranquilamente el ganado. Son lugares en donde no es difícil pensar a buenas cosechas, a frutos abundantes y, sobre todo a espacios que hablan de prosperidad, de bienestar y de tranquilidad.
La viña en las páginas del evangelio es siempre imagen del Reino que Dios ha pensado, querido y preparado para que en esa realidad estuvieran todos sus hijos. El Reino siempre se nos ha presentado como un mundo en donde se ha establecido la justicia, la fraternidad, la paz, la tranquilidad que sólo Dios puede ofrecer y la felicidad que sólo puede venir de él. No es necesario quebrarse mucho la cabeza para entender que Dios, desde siempre, soñó con un mundo bello, generoso, armónico para que ahí el ser humano pudiese crecer y desarrollar la semilla divina que Dios ha depositado en cada corazón.
Y la vocación de la viña, como la realidad del Reino, es que en ella se den muchos y buenos frutos, frutos que alegren el corazón.
Fijando nuestra atención en los protagonistas de esta parábola, es evidente que Dios tiene un proyecto en donde aparece con claridad el cuidado y, podríamos decir, la ternura con que se ocupa de su viña, es decir, de su pueblo, de sus hijos, de cada uno de nosotros.
Es un proyecto en donde la generosidad desborda, en donde los detalles de bondad abundan y en donde el cariño y el amor son como el perfume que llena todo el ambiente.
Por otra parte están los labradores a quienes les fue confiada la viña. En ellos se manifiestan otros intereses. Ellos actúan movidos por la ambición y por el deseo de apoderarse para ellos mismos de la viña.
Se dejan atrapar por el egoísmo de quererlo todo para ellos, cuando lo que Dios había preparado era algo en lo que todos tendrían un lugar y la posibilidad de disfrutar, en la alegría que da el saber compartir.
La ambición y la codicia llevó a aquellos labradores a convertirse en instrumentos de violencia, de sufrimiento y de dolor para quienes habían sido enviados a reclamar los frutos de la viña. Llegan incluso a sentirse con derecho a disponer de la vida de los demás.
No dudaron en asesinar al hijo del dueño de la viña, con tal de quedarse con ella.
Esta parábola nos cuenta, de esta manera, la historia de la salvación. Dios ha preparado una bella viña en donde todos podríamos estar felices y vivir disfrutando de todo lo que el ha hecho para alegría nuestra. Ha puesto, a lo largo de la historia, muchas personas que han venido hasta nosotros para invitarnos a entrar a esa viña; nos han invitado a ser partícipes y beneficiarios de la salvación que el Señor nos ofrece.
Pero no han faltado los malos labradores que han sembrado en el corazón de muchas personas la mala semilla de la ambición. Esa semilla que hace imposible reconocer al Salvador que Dios nos sigue enviando en la persona de Jesús.
Hoy existen muchas personas que pretenden sacar a Jesús de nuestras vidas, pensando que de esa manera se puede manipular más fácilmente las conciencias y las voluntades.
Se ha tratado matar a todo aquello que tenga qué ver con Dios para reducir a las personas a objetos que se pueden manipular y a los que se pueden explotar. Y esto funciona en muchos ámbitos de nuestra sociedad, en el comercio, en la publicidad, en el ejercicio de la autoridad.
Afortunadamente, todavía no llega el día en que alguien pueda presumir de haber acabado con Dios.
Cuando parecía que en ciertos ambientes había desaparecido, resurge con una vitalidad que nadie puede contener. Y cuando nos hemos obstinado en destruir la parte espiritual que nos hace personas, nos damos cuenta de que aparece una necesidad mayor de reconocer la presencia del Espíritu de Dios en nosotros.
Aquí podríamos reconocer la importancia de la segunda parábola de nuestro evangelio, que nos dice: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular”.
La primera parábola pone en evidencia que los sumos sacerdotes y los ancianos, quienes deberían haber sido los primeros en reconocer el don de Jesús como Mesías y salvador, así como muchos otros que habían tenido la oportunidad de recibir el anuncio del Reino, no supieron aceptarlo y acogerlo.
Se ensañaron y decidieron acabar con él, llevándolo a la muerte. En otras palabras, lo rechazaron y prefirieron mantenerse en una actitud de soberbia construida sobre la ambición y el poder.
Pero lo que fue rechazado por ellos, Dios lo escogió para ser inicio de una humanidad nueva. Cristo, el Mesías, es esa piedra angular sobre la que se construye un edificio nuevo, que por estar construido sobre buenos cimientos no correrá el riesgo de ser destruido.
Lo que rechazaron los sumos sacerdotes y los ancianos, Dios lo ha convertido en un mundo nuevo en donde toda persona que ponga su confianza en Jesús podrá vivir desde ahora la novedad del Reino y se descubrirá amada profundamente por el Señor.
Para nuestra reflexión
+ Seguramente nos damos cuenta de que a lo largo de nuestra vida el Señor ha ido enviando a muchas personas a nuestra vida para que reconozcamos cómo Dios nos sigue buscando de muchas maneras y en todas las circunstancias que nos va presentando la vida. Dios no se cansa de hacernos ver que tiene un plan de vida para cada uno de nosotros que garantiza que lleguemos a vivir plenamente.
+ Pero igual, nos damos cuenta de que muchas veces parece que estamos en el lugar equivocado. Es decir, asumimos las actitudes de los labradores ambiciosos que no saben situarse en la vida siguiendo los valores del Reino o del evangelio. Preferimos actuar movidos por la ambición.
+ Pretendiendo acabar con todo aquello que nos invita a llevar una vida más en armonía con lo que el Señor nos va revelando en su palabra, caemos en la trampa de quienes sienten que Dios nos les hace falta, lo sienten incómodo y pretenden simplemente sacarlo de sus vidas. Y, qué fuertes sonaron las palabras del Papa León XIV hace sólo unos cuantos días cuando decía en su visita a Francia, que “Dios no pide permiso para entrar en nuestras vidas”. Con esto no se afirma que Dios invada nuestras vidas de manera violenta o arbitraria, sino que tarde o temprano las personas nos damos cuenta de que sin Dios la vida es algo vacío y sin sentido. Sin Dios no podemos ir muy lejos y el Espíritu acaba siempre ganando la batalla a aquellos que tratan de acallarlo.
+ Esta palabra que nos regala el Señor hoy, nos lleva a preguntarnos ¿Qué estoy haciendo para reconocer todo lo que Dios está haciendo en mi vida viniendo a mi encuentro para hacerme participar de su Reino?
+ ¿Vivo el don de Jesús en mi vida reconociéndolo como un cimiento firme sobre el cual puedo confiar y construir toda mi vida?
+ ¿Me doy cuenta de que soy parte de ese pueblo al que se le ha dado lo que otros han rechazado, para que como misionero lo lleve a todos aquellos que lo están esperando con un corazón abierto?
Ojalá la meditación de esta página del Evangelio nos ayude a ponernos en una actitud de conversión profunda que nos permita poner a Cristo en el centro de todo aquello que vamos construyendo en nuestra vida.
Que sepamos reconocerlo como el don de Dios, el enviado para que podamos entrar y gozar de la viña del Señor, que no es otra cosa sino la posibilidad de vivir en un mundo en donde podamos reconocernos hermanos.
¿Custodios o depredadores?
P. Manuel João Pereira, mccj
El Evangelio de este domingo nos ofrece la tercera parábola que tiene como tema la viña. Al igual que la de los dos hijos enviados a la viña del domingo pasado, está dirigida a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, así como a los fariseos (cf. v. 45), que, en un primer momento, no se dan cuenta de que va dirigida precisamente a ellos. La parábola, conocida como la de los “viñadores homicidas”, es pronunciada en el Templo, tiene tonos dramáticos y prefigura proféticamente el trágico final de Jesús, “agarrado, echado fuera de la viña y matado” fuera de las murallas de Jerusalén.
1. Dios es un viñador
La simbología de la viña como representación del pueblo de Dios, Israel, es bien conocida y queda iluminada por la primera lectura del profeta Isaías (5,1-7). Jesús, sin embargo, cuenta la parábola contra los responsables religiosos que se han adueñado de esta viña, sordos a las llamadas de los profetas (los “siervos” de la parábola) y ahora también a la del Hijo, enviado por Dios, el Dueño de la viña.
Las primeras generaciones cristianas interpretaron la parábola alegóricamente: el primer grupo de siervos representaría a los profetas y el segundo a los apóstoles. Su conclusión: “Se os quitará el Reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos”, ha sido interpretada a veces como el anuncio de la sustitución de Israel por la Iglesia. Sin embargo, no parece que este sea el sentido principal de la parábola, sino más bien una fuerte reprensión a las autoridades religiosas de su tiempo y de todos los tiempos.
2. Nosotros somos la viña de Dios
Me parece oportuno detenernos, ante todo, en el cuidado amoroso de Dios hacia su viña, que refleja su amor por su pueblo y por cada uno de nosotros. “¿Qué más cabía hacer por mi viña que yo no haya hecho?”, se lamenta el Señor, constatando que la viña, en lugar de producir uvas, ha dado agrazones (Isaías 5,1-7).
Aquella viña plantada “en una fértil colina”, “cavada y despedregada” para que se convirtiera en buena tierra, y formada por “cepas escogidas”, se refiere también a nosotros. También nosotros formamos parte de aquella viña, sarmientos unidos a aquel que es la vid verdadera (Juan 15). En nuestro corazón ha construido una “torre”, no la de Babel, sino la de Pentecostés del Espíritu. Ha “cavado un lagar”, que nos recuerda el agua del Bautismo y el vino de la Eucaristía. Nos ha protegido dentro del recinto de la Iglesia…
Esta es, por tanto, una buena oportunidad para reconocer que “el Señor ha hecho grandes cosas por nosotros” (Salmo 125,3). Pero también es una ocasión para preguntarnos por los frutos que está produciendo nuestra vida cristiana: ¿uvas o agrazones?
3. Nosotros somos los viñadores de Dios
Dios “se marchó lejos” y, con una confianza extraordinaria, nos confió su viña para que la cuidáramos. Es decir, confió sus dones a nuestra responsabilidad: la vida y la salud, la tierra y los bienes, las capacidades y los talentos, la fe y las gracias espirituales… Todo para administrarlo con sabiduría al servicio de todos.
La gran tentación es adueñarse de la “viña”, es decir, de aquello que Dios ha confiado a nuestra custodia, utilizándolo a nuestro gusto y para nuestro exclusivo beneficio. Por otra parte, ya en el relato del primer pecado encontramos la tentación de apropiarse de lo que no nos pertenece. Nuestra codicia nos lleva a acaparar los bienes, a ignorar las necesidades de los demás y sus justas reivindicaciones, a someter a las personas a nuestro servicio, a pisotear a los pobres e incluso a matar, como ilustra muy bien la parábola.
Preguntémonos cuál es nuestra “viña” y cómo la estamos gestionando: ¿como propietarios o como arrendatarios? ¿Cómo ejercemos una función: como servicio o como poder? El Señor nos preguntará: ¿qué habéis hecho de mi viña? ¿Cómo habéis acogido a mis mensajeros? ¿Cómo habéis tratado a mi Hijo? ¡Y tengamos presente que hay muchas maneras de matar a Cristo!…
4. En la viña de la creación: ¿custodios o depredadores?
Esta responsabilidad no afecta únicamente a los dones personales, sino que se extiende también a la gran “viña” que Dios ha confiado a la humanidad: la creación. El 4 de octubre de 2023, el papa Francisco publicó la exhortación apostólica Laudate Deum, continuación de Laudato si’, en la que llamaba a todos a asumir la responsabilidad en la gestión de los bienes de la tierra. Las consecuencias de un uso desenfrenado, egoísta y depredador de la naturaleza están a la vista de todos.
A menudo adoptamos una actitud de casi indiferencia o de minimización, como si la cuestión no nos afectara demasiado, quizá porque no estamos dispuestos a cambiar nuestro estilo de vida. Otras veces descargamos la responsabilidad sobre los demás, especialmente sobre los políticos, a menudo condicionados por grandes intereses económicos, pero no asumimos nuestra parte de responsabilidad, tal vez por considerarla insignificante. ¡Hacer de la tierra un paraíso o un desierto depende también de cada uno de nosotros!
Ante la insuficiencia de las respuestas puestas en práctica por muchos gobiernos y por la comunidad internacional, el papa Francisco lanzaba por ello un nuevo grito de alarma, invitando a actuar antes de que fuera demasiado tarde. Nos recordaba que “el mundo que nos rodea no es un objeto de explotación, de uso desenfrenado, de ambición ilimitada” (n. 25). “Hemos realizado progresos tecnológicos impresionantes y sorprendentes, y no advertimos que al mismo tiempo nos hemos convertido en seres altamente peligrosos, capaces de poner en riesgo la vida de muchos seres y nuestra propia supervivencia” (n. 28).
Y el Papa concluía diciendo: “‘Alaben a Dios’ es el nombre de esta carta. Porque un ser humano que pretende ocupar el lugar de Dios se convierte en el peor peligro para sí mismo” (n. 73).
Preguntémonos: ¿nuestra relación con la naturaleza es un acto de alabanza a Dios o una manera de pisotear su don? En la viña de la creación, ¿nos comportamos como custodios o como dueños y depredadores?
Para la reflexión semanal
- Para comprobar si nuestra vida está produciendo la buena uva del amor y de la justicia o, por el contrario, los agrazones del egoísmo y de la injusticia, confrontémonos con las ocho características del obrar cristiano indicadas por san Pablo en la segunda lectura de hoy: “Todo lo que es verdadero, todo lo que es noble, todo lo que es justo, todo lo que es puro, todo lo que es amable, todo lo que es honorable, todo lo que es virtud y todo lo que merece alabanza, sea esto objeto de vuestros pensamientos” (Filipenses 4,6-9).
- ¿Qué podrías hacer concretamente para “contaminar menos, reducir los desperdicios, consumir con prudencia” (n. 71) y crear una nueva sensibilidad de respeto hacia la “viña” de la creación?
Un pueblo que dé fruto
José Antonio Pagola
A un pueblo que produzca frutos.
La parábola de los «viñadores homicidas» es, sin duda, la más dura que Jesús pronunció contra los dirigentes religiosos de su pueblo. No es fácil remontarse hasta el relato original que pudo salir de sus labios, pero probablemente no era muy diferente del que podemos leer hoy en la tradición evangélica.
Los protagonistas de mayor relieve son, sin duda, los labradores encargados de trabajar la viña. Su actuación es siniestra. No se parecen en absoluto al dueño que cuida la viña con solicitud y amor para que no carezca de nada.
No aceptan al señor al que pertenece la viña. Quieren ser ellos los únicos dueños. Uno tras otro, van eliminando a los siervos que él les envía con paciencia increíble. No respetan ni a su hijo. Cuando llega, lo «echan fuera de la viña» y lo matan. Su única obsesión es «quedarse con la herencia».
¿Qué puede hacer el dueño? Terminar con estos viñadores y entregar su viña a otros «que le entreguen los frutos». La conclusión de Jesús es trágica: «Yo os aseguro que a vosotros se os quitará el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos».
A partir de la destrucción de Jerusalén el año setenta, la parábola fue leída como una confirmación de que la Iglesia había tomado el relevo de Israel, pero nunca fue interpretada como si en el «nuevo Israel» estuviera garantizada la fidelidad al dueño de la viña. Jesús no dice que la viña será entregada a la Iglesia o a una nueva institución, sino a «un pueblo que produzca frutos».
El reino de Dios no es de la Iglesia. No pertenece a la Jerarquía. No es propiedad de estos teólogos o de aquellos. Nadie se ha de sentir propietario de su verdad ni de su espíritu. El reino de Dios está en «el pueblo que produce sus frutos» de justicia, compasión y defensa de los últimos.
La mayor tragedia que puede succederle al cristianismo de hoy y de siempre es que mate la voz de los profetas, que los sacerdotes se sientan dueños de la «viña del Señor» y que, entre todos, echemos al Hijo «fuera», ahogando su Espíritu. Si la Iglesia no responde a las esperanzas que ha puesto en ella su Señor, Dios abrirá nuevos caminos de salvación en pueblos que produzcan frutos.
Dar nuevo vigor a la Fe
Promover la Misión
Romeo Ballan, mccj
La viña tiene su cantor. El profeta Isaías, llamado el “Dante de la literatura bíblica”, dedica uno de sus más apasionados cánticos de amor a la viña de un amigo (I lectura). Se trata de una viña plantada con cariño, cuidada, protegida, mimada con gozo y esperanza (v. 1-2.4). “La viña del Señor es su pueblo” (v. 7 y el salmo responsorial). Lamentablemente, la viña – es decir, el pueblo – ha sido infiel. En el momento de la vendimia, los frutos esperados chocan con decepciones y amarguras: agrazones en lugar de uva (v. 4); en vez de frutos de justicia y rectitud, el pueblo ha producido asesinatos y lamentos (v. 7). El drama de esa viña se vuelve, de hecho, en tragedia en la parábola de Jesús (Evangelio). Los labradores, además de adueñarse de la vendimia, se convierten en homicidas: apalean, apedrean y matan a los criados del dueño, e incluso a su hijo (v. 35-39). La aplicación a los hechos de la muerte de Jesús es directa. Sin embargo, el amor de Dios a su pueblo supera cualquier maldad humana. Dios, que se ha insertado en la historia, da un sentido nuevo a los acontecimientos humanos: recupera la piedra – ¡Jesús! – desechada por los constructores y hace de ella la piedra angular (v. 42), es decir, la base de la salvación para todos los pueblos. Ahora el plan está claro: el que rechaza a Dios se autocondena a la infructuosidad; tan solo el que lo acepta y permanece en Él da mucho fruto. Porque sin Él no podemos hacer nada (Jn 15,5). Dios quiere obstinadamente nuestro bien, y, por tanto, no se desanima, no cede ante la decepción, no renuncia a los frutos. Lo intenta de nuevo tras cada rechazo: vuelve a proponer al mismo Salvador ante nuevos pueblos, para que, unidos a Él, den frutos de vida (v. 34.41.43).
La historia del anuncio del Evangelio en el mundo da cuenta de peripecias y cambios de pueblos que, en épocas sucesivas, acogieron o rechazaron el mensaje cristiano, con distintas consecuencias para bien o para mal. Ningún pueblo puede autodefinirse como mejor que los otros, o considerarse evangelizado de una vez por todas. El hecho del nacimiento, el florecer y luego la desaparición de numerosas comunidades en diferentes regiones del planeta, invita a hacer serias reflexiones misioneras. De muchas comunidades cristianas del Norte de África y de Asia Menor – aunque fueron fundadas por Apóstoles o guiadas por Padres de la Iglesia – nos quedan tan solo los nombres, unos restos arqueológicos y poco más. Mientras tanto, otros pueblos y continentes se han abierto al Evangelio y siguen dando frutos (en África, América, Asia, Oceanía…); mientras que algunos pueblos del Occidente cristiano, que en tiempos pasados eran fuertes en la fe, viven ahora situaciones de cansancio y caídas, con escasos frutos. ¿Cómo recuperar lozanía y vigor en la fe? He aquí el gran desafío para una eficaz acción misionera.
San Pablo, al escribir a los Filipenses (II lectura), habla a una comunidad que, en su momento, dio buenos frutos. Él enumera ocho frutos que es preciso cultivar y promover: lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, honorable, virtuoso, encomiable (v. 8), como garantía de paz con Dios y con los demás (v. 8-9). Son valores que invitan a pensar en positivo, y constituyen la base para los caminos de la Misión en el mundo, tales como: diálogo con las otras religiones, inculturación, diálogo ecuménico, promoción de la justicia, salvaguarda de la creación…
Pablo recomienda estos frutos y valores a los cristianos de Filipos, la primera comunidad que él fundó en Europa durante su segundo viaje misionero (años 49-50); una comunidad con la cual estableció relaciones muy cariñosas. Los orígenes de esta comunidad ofrecen pautas misioneras interesantes. Después del concilio de Jerusalén (Hch 15), Pablo visitó nuevamente las comunidades de Asia Menor (que él había fundado el año anterior), nombró allí unos responsables y se puso a buscar nuevos campos de evangelización (Hch 16,6-7). Estando en Tróada (Asia Menor), tuvo la visión nocturna de un macedonio, que le abrió el camino hacia un mundo nuevo: “Pasa a Macedonia y ayúdanos” (Hch 16,9-10). El mar por delante era estrecho, pero el paso era muy significativo: para Pablo y sus compañeros esa fue la entrada al Imperio romano. Desde entonces la mirada de Pablo ya estaba puesta en Roma, la capital del Imperio.
Los comienzos de la comunidad de Filipos y la invitación del macedonio (“Pasa… y ayúdanos”) constituyen un hecho emblemático y un llamado misionero a las comunidades eclesiales de todo tiempo y lugar, para que acojan el grito – abierto o silencioso – de los muchos macedonios de hoy (personas, pueblos, situaciones, acontecimientos…). Son temas permanentes, que exigen oración, reflexión y compromiso en el octubre misionero y en la fiesta misionera del DOMUND. Pero también después. ¡Siempre!








