Blog

Una mexicana, Prefecta del Dicasterio para la Comunicación

El Papa León XIV ha nombrado a la mexicana María Montserrat Alvarado, actual presidenta y directora de operaciones de EWTN News, prefecta del Dicasterio para la Comunicación a partir del primero noviembre de 2026. Sucederá en el cargo a Paolo Ruffini, continuando el camino de reforma y renovación iniciado por el Papa Francisco (Fotos: Vatican News).

Vatican News

Nacida en Ciudad de México, María Montserrat Alvarado obtuvo títulos académicos de la Universidad Internacional de Florida y la Universidad George Washington. De 2009 a 2023, ocupó puestos de liderazgo en el Becket Fund for Religious Liberty, participando en iniciativas dedicadas a la defensa de la libertad religiosa y la promoción de la dignidad humana. Desde 2023, ha desempeñado el cargo de presidenta y directora de operaciones de EWTN News, la división de noticias de la Eternal Word Television Network, supervisando plataformas mediáticas internacionales que producen contenidos en siete idiomas a través de televisión, radio, prensa escrita, medios digitales y redes sociales.

Con el nombramiento de Alvarado, el Papa León XIV continúa el camino de reforma y renovación de la Curia Romana iniciado por el Papa Francisco, que ha visto cómo se ha confiado a fieles laicos, hombres y mujeres, puestos de liderazgo y responsabilidad al servicio de la Iglesia universal. Alvarado es la primera mujer no religiosa en ser nombrada prefecta de un dicasterio de la Santa Sede.

Creado por el Papa Francisco el 27 de junio de 2015 como parte de la reforma de la Curia Romana, el Dicasterio para la Comunicación supervisa los sistemas de comunicación de la Santa Sede, entre los que se incluyen Vatican News, Radio Vaticana, L’Osservatore Romano, Vatican Media (servicios de foto, audio y vídeo), la Oficina de Prensa de la Santa Sede, la editorial vaticana, la Imprenta Vaticana y la Filmoteca Vaticana. Además de las funciones operativas y tecnológicas que le han sido asignadas, el Dicasterio también profundiza y desarrolla los aspectos propiamente teológicos y pastorales de la actividad de la Iglesia en el ámbito de la comunicación. Alvarado sucederá a Paolo Ruffini, a quien el Papa Francisco nombró en 2018 como el primer prefecto laico de un dicasterio de la Curia Romana, y que cumplirá 70 años el próximo mes de octubre.

Foto: Vatican News

En una declaración publicada tras el anuncio, Alvarado afirmó: “Aunque este nombramiento ha sido inesperado, lo recibo con un sincero deseo de servir al Santo Padre, el Papa, en el inicio de su pontificado. Y estoy agradecida a Paolo Ruffini por su liderazgo a lo largo de los últimos años y espero continuar, con amistad y esperanza, la importante labor de fortalecer el Dicasterio para que pueda seguir sirviendo a la Iglesia en Roma y en todas partes para comunicar a Cristo al mundo”.

Ruffini envió una carta a los empleados del Dicasterio para la Comunicación y declaró: “El Dicasterio lleva grabado en su propio ADN el deber de mantenerse constantemente en sintonía con el mundo de la comunicación, en rápida evolución. Desde el momento en que nacimos como institución, nuestra estrella guía ha sido y sigue siendo esta: no detenernos nunca, pasar el testigo sin dejar de correr, estar presentes aquí y ahora, en este mismo instante, como piedra de toque de una comunicación que es instrumento de una comunión que crece con el tiempo. He entrado en la recta final de la carrera, antes del momento en que —en el largo viaje que es nuestra vida laboral—, al haber alcanzado los 70 años, la edad fijada para la jubilación, pasaré el testigo a Montserrat Alvarado como próxima prefecta. Nos conocemos bien. Y en los próximos meses trabajaremos en estrecha colaboración, en el espíritu de comunión que nos une en la Iglesia”.

“Agradezco a la gran familia del Dicasterio —añadió— el camino que hemos recorrido juntos durante estos ocho años. Iniciamos ahora el proceso, que se desarrollará en los próximos meses, para una transición fluida, con el fin de ayudar al Dicasterio a seguir creciendo al servicio del Santo Padre y en su misión de servir con espíritu de unidad y apertura”.

Michael P. Warsaw, presidente del consejo de administración y director ejecutivo de EWTN, afirmó que Alvarado se había ganado “la confianza y el respeto de todos los que tuvieron el privilegio de trabajar a su lado” durante sus años en la cadena. Añadió: «Le ofrecemos nuestras oraciones, nuestro ánimo y todo el apoyo de la familia EWTN ahora que emprende esta importante misión al servicio del Papa León XIV y de su pontificado».

159 años de la fundación de los Combonianos

San Daniel Comboni, nacido en Limone sul Garda (Brescia) el 15 de marzo de 1831, se inicia en el ideal misionero en el Instituto de Don Nicola Mazza en Verona, donde en 1849 consagra su vida a la evangelización de África.

Ordenado sacerdote en 1854, tres años más tarde parte hacia África. Confiando en que los propios africanos se convertirían en protagonistas de su evangelización, pone en marcha un proyecto (Plan de 1864) cuyo objetivo es «salvar África con África».

Fiel a su lema «O Nigrizia o muerte», a pesar de las dificultades, prosigue con su proyecto, fundando el 1 de junio de 1867 el Instituto para las Misiones de la Nigrizia (hoy los Misioneros Combonianos) y el 1 de enero de 1872 el de las Pías Madres de la Nigrizia (Hermanas Misioneras Combonianas).

Voz profética, anuncia a la Iglesia, especialmente en Europa, que ha llegado la hora de la salvación de los pueblos de África. No duda por ello en presentarse, él, un simple sacerdote, ante el Concilio Vaticano I para pedir a los obispos que cada Iglesia local se implique en la conversión de África (Postulatum 1870).

En 1877 es consagrado obispo de África Central. Dedicó todas sus energías a los africanos y luchó por la abolición de la esclavitud. Murió en Jartum (Sudán), abatido por las fatigas y las cruces, en la tarde del 10 de octubre de 1881.

En San Pedro, en Roma, Juan Pablo II lo proclamó beato el 17 de marzo de 1996 y santo el 5 de octubre de 2003. Fruto del carisma comboniano nacieron el Instituto Secular de las Misioneras Combonianas (1969) y, en 1991, los Misioneros Laicos Combonianos.

Santísima Trinidad. Año A

“Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por él. El que cree en él no será condenado; pero el que no cree ya está condenado, por no haber creído en el Hijo único de Dios”.

(San Juan 3, 16-18)


Santísima Trinidad
P. Enrique Sánchez, mccj

En la primera lectura de este domingo, el libro del Éxodo conserva unas palabras que nos pueden ayudar a la reflexión sobre la manifestación de Dios como Trinidad. Moisés pide a Dios que se digne venir en medio de su pueblo, aunque sea un pueblo de cabeza dura, indigno y cargado de pecados.

Hace esa petición porque Dios mismo se ha manifestado como el Señor compasivo, clemente, paciente, misericordioso y fiel.

En la segunda lectura, Pablo invita a estar alegres, a trabajar en aquello que nos acerque a la perfección, a vivir en paz y en armonía. Para que el Dios del amor y de la paz esté con nosotros.

Hablar de la Trinidad es acercarnos a uno de los grandes misterios de nuestra fe, que resulta difícil comprender con nuestras formas de pensar y con los criterios que habitualmente usamos para entender lo que está más allá de nosotros.

Decir que en la Trinidad existen tres personas distintas, pero que son un único Dios, simplemente la cabeza no nos da para entenderlo y eso no es algo que tendría que desanimarnos, pues para entender las cosas de Dios hay otros caminos que no son necesariamente los que corresponden a la claridad de nuestras ideas.

Para entender a Dios Trinidad lo que se necesita es entrar en el misterio de su amor, es decir, a Dios se le conoce amándolo. Y si es así, el evangelio nos da la llave de entrada para responder a ese interrogante que nos acompaña desde que tenemos uso de razón.

¿Quién es Dios? Esa es la pregunta que aparece en nosotros cuando empezamos a tomar la responsabilidad de nuestra vida, cuando empezamos a tomar la iniciativa para darle un sentido y un rumbo a nuestra existencia.

Muchos de nuestros contemporáneos cuando llegan a este interrogante no saben qué decir y prefieren ignorar la pregunta, sin darse cuenta de que de ella depende el futuro de lo que seremos en nuestro paso por este mundo.

Es el momento en que se empieza a ser indiferentes a las cosas de Dios y se termina por sacarlo de la vida, como a alguien que no tiene importancia y que no vale la pena considerarlo en lo inmediato de la existencia.

Para muchas personas es el momento en el cual se pretende dar razón de todo considerando que el ser humano puede estar en el centro de la vida.

Ahí es importante lo que se tiene, el dinero del que se dispone, el tiempo que se puede disfrutar al propio antojo; es la hora en la que consideramos que basta ir viviendo y disfrutando el momento presente y ahí, Dios no hace falta, pues tratamos de llenar el vacío de su ausencia con las mil cosas que podemos adquirir.

Pero, si somos honestos con nosotros mismos, nos damos cuenta de que hemos sido creados para ser habitados por la presencia de Dios y nada podrá satisfacer nuestros anhelos y necesidades, sólo Dios podrá colmarlas, porque hemos sido creados para amar y Dios Trinidad es la expresión más perfecta de lo que significa amar.

El Dios de Moisés, cuyo rostro no se atreve a ver cara a cara, es el Señor que se manifiesta, dice el texto del éxodo, compasivo, clemente, paciente, misericordioso y fiel y esto se puede decir con una sola palabra, eso es amor.

Al celebrar hoy a la Santísima Trinidad estamos celebrando y reconociendo a Dios como el amor que nos ha amado y que nos sigue amando, porque sabe que de eso depende nuestra vida y nuestra felicidad en este mundo.

Y el amor de la Trinidad no es una idea o una imagen que reproducimos para poder entenderlo. Es la experiencia de una relación única y profunda que se vive al interior mismo de lo que es Dios.

La  Trinidad  es  el  amor  del  Padre  por  Jesús  y  es  el  amor  que  se  manifiesta  en  la persona del Espíritu Santo, quien podemos decir que es la personificación de ese amor perfecto que es Dios.

Celebrando este misterio nos damos cuenta de que Dios es amor y que hemos nacido de ese amor y para ese amor.

Dios es ese Padre bueno que, como dice el evangelio: Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna.

Dios, a través del misterio de la Santísima Trinidad, nos ayuda a entender que para saber  quién  es  no  hacen  falta  nuestras  grandes  ideas,  es  suficiente  con  que  nos dispongamos a amar. A Dios, por tanto se le conoce y se le descubre, sólo amándolo y dejándose amar por él.

Y, ¿cómo podemos reconocer ese amor en nosotros? San Pablo nos dice en la segunda lectura que vivamos en la alegría, que trabajemos en aquello que nos acerque a la perfección, a vivir en paz y en armonía. Eso es lo que nosotros, con nuestras palabras, muchas pobres y limitadas usamos para definir lo que es el amor. El amor es lo que nos hace vivir, pues es el don que Dios nos ha hecho al entregarse a nosotros en su Hijo.

Tanto nos amó Dios que entregó a su Hijo, a quien más amaba. ¿Para qué? Para que tengamos en él vida eterna, es decir plena, para que seamos felices.

Seguramente, escuchando estas lecturas de la Palabra de Dios hemos sentido que dentro de nosotros se mueve ese gran deseo de vivir para amar y nos damos cuentas de que eso es lo único que puede llenar nuestra existencia.

Podemos alcanzar grandes niveles de seguridad económica, de confort y de comodidad en la vida; podemos vivir obedeciendo a estándares de vida que nos impiden sufrir lo que muchos de nuestros contemporáneos padecen, porque la vida no les ha permitido gozar de las mismas posibilidades… Pero el corazón nos dice que si el amor de Dios no es lo que dirige nuestros pasos, todo resulta inútil y efímero. Son alegrías que duran un momento, pero que se esfuman sin que las podamos retener como quisiéramos.

Amar al estilo de Dios implica desprendimiento de todo, especialmente de lo que trata de apoderarse de nuestro corazón. Tal vez por eso nos damos cuenta de que la verdadera felicidad en nuestra vida no esta en aquello que nos da satisfacciones, sino en la capacidad que tengamos de hacer felices a los demás.

Es por eso que, el Evangelio lo dice claro, Dios no ha querido enviar a su Hijo para condenar  al  mundo,  sino  que  lo  ha  enviado  para  salvarlo  y  esto  significa  darle  la posibilidad de descubriese amado.

Y amamos de verdad sólo cuando asumimos la misma actitud de nuestro Padre Dios, quien incluso dentro de la Trinidad nos enseña que es verdaderamente Padre

cuando desborda su amor hacia el Hijo. El amor se vive sólo cuando nos ponemos en camino y nos dirigimos a los demás, no para satisfacer nuestras necesidades, sino para vivir la alegría que produce el amar.

Pidamos la gracia de saber amar y que se nos conceda abrir el corazón para que el amor de Dios sea lo que nos mueva en lo cotidiano de nuestras vidas y para que sepamos crear relaciones entre nosotros que sean exigencias de amar y de dejarnos amar por los demás.


¡Todo navega en el Mar infinito del Amor!
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

Celebramos hoy la Solemnidad de la Santísima Trinidad. Es una fiesta relativamente reciente: fue introducida en el calendario litúrgico en 1334 por el papa Juan XXII. El motivo principal era dar una celebración solemne al misterio central de nuestra fe: Dios uno y trino, Padre, Hijo y Espíritu Santo. La encarnación y la Trinidad son los dos misterios esenciales de la fe cristiana. En efecto, todos los cristianos son bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

La colocación de esta solemnidad en el domingo después de Pentecostés no es casual. A lo largo de los noventa días del tiempo cuaresmal y pascual, con la Semana Santa de la Pasión, muerte y resurrección de Jesús en el centro, hemos hecho experiencia de la acción salvífica del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. En este domingo después de Pentecostés contemplamos la acción amorosa de las tres Personas divinas en su unidad y comunión. “Esta fiesta es como un oasis de contemplación, después de la plenitud de Pentecostés” (don Angelo Casati).

A todos les es posible llegar a la existencia de Dios a través de su epifanía en la creación. La inteligencia humana puede también llegar a la unicidad de Dios, es decir, al monoteísmo. A la Trinidad de las Personas en el único Dios, en cambio, nos ha guiado la fe en Jesús, porque “a Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo unigénito nos lo ha revelado” (Juan 1,18). No se trata, sin embargo, de un conocimiento teórico o puramente dogmático, que serviría de poco o de nada, sino de una introducción a la intimidad de Dios, de una inmersión en su misterio inmenso, sorprendente y fascinante.

Dios es amor

Las lecturas propuestas por la liturgia, breves pero densas, nos ayudan a profundizar en este misterio. Todas subrayan el amor de Dios. En la primera lectura, el Señor se presenta como “Dios misericordioso y piadoso, lento a la ira y rico en amor y fidelidad” (Éxodo 34). En la segunda, conclusión de la segunda carta a los Corintios, san Pablo, con palabras llenas de ternura, se despide de la comunidad diciendo: “Hermanos, estad alegres, buscad la perfección, animaos mutuamente, tened los mismos sentimientos, vivid en paz, y el Dios del amor y de la paz estará con vosotros” (2 Corintios 13,11-13). El Evangelio nos presenta una de las afirmaciones más extraordinarias y revolucionarias de toda la Sagrada Escritura: “Dios amó tanto al mundo que entregó a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna”.

En su primera carta, san Juan desarrolla esta verdad hasta afirmar: “Dios es amor” (1 Juan 4,16). La Trinidad es una exigencia del amor: Dios es amor, por eso es Trinidad. En la meditación de este Misterio permanece insuperable la intuición de san Agustín, que define al Padre como el amante, al Hijo como el amado y al Espíritu Santo como el amor que los une.

Mientras no acojamos en el corazón esta novedad evangélica, corremos el riesgo de hacer de Dios un ídolo, construido a “nuestra imagen y semejanza”: desde el dios juez hasta las distorsiones más perversas, como podemos ver en ciertos fundamentalismos. Pero no pretendamos conocer demasiado deprisa a Dios. La Palabra nos presenta “al Dios desconocido” a los atenienses, pero también a nosotros (Hechos 17,23).

¿Cómo percibir el amor de Dios? ¿Cómo llegar a lo que san Pablo desea a los Efesios: “Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, y así, arraigados y cimentados en la caridad, seáis capaces de comprender con todos los santos cuál es la anchura, la longitud, la altura y la profundidad, y de conocer el amor de Cristo, que supera todo conocimiento” (Efesios 3,17-19)?

Un viaje desde el exterior hacia las profundidades

Hoy vivimos proyectados hacia el mundo y el universo, deseosos —justamente— de descubrir los misterios del cosmos y de la vida. También buscamos conocer el “cosmos” que llevamos dentro: qué nos hace humanos, qué nos hace únicos, qué nos distingue de la inteligencia artificial… Sin embargo, pocos parecen interesados en profundizar en el Misterio por excelencia.

Los progresos asombrosos de las ciencias, nuestros conocimientos sobre el origen y la expansión del universo, sobre la evolución y sobre las leyes que hicieron saltar la chispa de la vida, suscitan asombro y maravilla. A pesar de todo, sin embargo, el sentido del infinito y el significado profundo de la vida parecen escapársenos, inasibles. Parecen remitirnos siempre… más allá. Nosotros mismos seguimos siendo un enigma para nosotros mismos. Al creyente le surge espontáneamente pensar: ¿no será quizá que solo el conocimiento de Dios y de su Misterio puede ofrecernos la clave de la existencia?

Así habla de ello el teólogo italiano Paolo Scquizzato:
“Dios-Trinidad, el Misterio insondable, quién sabe, quizá sea el Fondo del ser, la creatividad del Universo, la Belleza de lo bello, la Bondad del bien, la Vida de los vivientes, la Información del Cosmos, el Alma del mundo, la Conciencia del Universo, la ternura de los amantes, la Levadura de la materia, el Amor que me pide a cada instante expresarme plenamente y captar la sacralidad de todo lo que existe”.

Un cambio de dirección: desde dentro hacia fuera

“El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado”, afirma san Pablo en la carta a los Romanos (5,5). Habitualmente hablamos de “seguir a Jesús”, de ir detrás de él. Es la perspectiva de los Evangelios sinópticos: Marcos, Mateo y Lucas. Sin embargo, san Juan y sobre todo san Pablo prefieren hablar de Cristo y de Dios “en nosotros”: “Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Gálatas 2,20). Cristo habita en Pablo, lo anima, lo transforma.

Quizá no hemos profundizado suficientemente en esta dimensión. No hay que buscar a Dios quién sabe dónde, fuera de nosotros. Él está en lo íntimo de cada uno, en el núcleo más profundo, allí donde recibimos nuestro ser del amor de Dios. Jesús viene a nuestro encuentro “desde dentro hacia fuera”, dice el beato Juan de Ruusbroec, místico medieval. Nosotros estamos naturalmente orientados hacia el exterior; él, en cambio, está dentro. Esta maravillosa realidad hace exclamar a san Agustín, con asombro: “Tú eras más íntimo a mí que yo mismo y más alto que lo más alto que hay en mí”. Dios está escondido en nuestro corazón. Allí encontramos la fuente de la dignidad de nuestra humanidad.

¿Cómo concluir nuestra reflexión?

Los cristianos no son aquellos que creen simplemente en Dios creador del cielo y de la tierra, un Dios eterno y omnipotente. De un Dios así podríamos tener miedo. Podríamos respetarlo, pero no amarlo. Podríamos desconfiar de él y verlo como una amenaza para nuestra libertad. Los cristianos, en cambio, se definen así: “Nosotros hemos creído en el amor que Dios nos tiene” (1 Juan 4,16). A un Dios así podemos amarlo. De un Dios así podemos fiarnos y a él podemos abandonarnos.

Propuesta de oración para la semana:

Trinidad eterna, eres como un mar profundo, en el que cuanto más busco, más encuentro; y cuanto más encuentro, más crece la sed de buscarte. Tú eres insaciable; y el alma, saciándose en tu abismo, no se sacia, porque permanece con hambre de ti, cada vez te anhela más, oh Trinidad eterna, deseando verte con la luz de tu luz.” (Santa Catalina de Siena)


La intimidad de Dios
José Antonio Pagola

Si por un imposible la Iglesia dijera un día que Dios no es Trinidad, ¿cambiaría en algo la existencia de muchos creyentes? Probablemente no. Por eso queda uno sorprendido ante esta confesión del P. Varillon: «Pienso que, si Dios no fuera Trinidad, yo sería probablemente ateo […] En cualquier caso, si Dios no es Trinidad, yo no comprendo ya absolutamente nada».

La inmensa mayoría de los cristianos no sabe que al adorar a Dios como Trinidad estamos confesando que Dios, en su intimidad más profunda, es solo amor, acogida, ternura. Esta es quizá la conversión que más necesitan no pocos cristianos: el paso progresivo de un Dios considerado como Poder a un Dios adorado gozosamente como Amor.

Dios no es un ser «omnipotente y sempiterno» cualquiera. Un ser poderoso puede ser un déspota, un tirano destructor, un dictador arbitrario: una amenaza para nuestra pequeña y débil libertad. ¿Podríamos confiar en un Dios del que solo supiéramos que es omnipotente? Es muy difícil abandonarse a alguien infinitamente poderoso. Parece más fácil desconfiar, ser cautos y salvaguardar nuestra independencia.
Pero Dios es Trinidad, es un misterio de Amor. Y su omnipotencia es la omnipotencia de quien solo es amor, ternura insondable e infinita. Es el amor de Dios el que es omnipotente. Dios no lo puede todo. Dios no puede sino lo que puede el amor infinito. Y siempre que lo olvidamos y nos salimos de la esfera del amor nos fabricamos un Dios falso, una especie de ídolo extraño que no existe.

Cuando no hemos descubierto todavía que Dios es solo Amor, fácilmente nos relacionamos con él desde el interés o el miedo. Un interés que nos mueve a utilizar su omnipotencia para nuestro provecho. O un miedo que nos lleva a buscar toda clase de medios para defendernos de su poder amenazador. Pero esta religión hecha de interés y de miedos está más cerca de la magia que de la verdadera fe cristiana.
Solo cuando uno intuye desde la fe que Dios es solo Amor y descubre fascinado que no puede ser otra cosa sino Amor presente y palpitante en lo más hondo de nuestra vida, comienza a crecer libre en nuestro corazón la confianza en un Dios Trinidad del que lo único que sabemos por Jesús es que no puede sino amarnos.

José Antonio Pagola
http://www.musicaliturgica.com


La Santa Trinidad:
manantial de misericordia y de misión
Romeo Ballan, mccj

¿Cómo es Dios por dentro? ¿Cómo vive? ¿Qué hace? ¿Dónde habita?… Son preguntas que todo ser humano se hace, por lo menos en algunas etapas de la vida. A estas y a otras preguntas responde, sobre todo para los cristianos, la fiesta de la Santísima Trinidad. Es la fiesta del “Dios uno en Tres Personas”, como enseña el catecismo. Con eso está dicho todo, pero, a la vez, todo queda por ser explicado y ser entendido, acogido con amor y adorado en la contemplación. Este tema tiene una importancia central para la misión. En efecto, se afirma con facilidad que todos los pueblos –incluidos los no cristianos– saben que Dios existe, lo mencionan y lo invocan de diferentes maneras; se afirma igualmente que también los ‘paganos’ creen en Dios. Esta verdad compartida – aunque con diferencias y reservas – hace posible el diálogo entre cristianos y seguidores de otras religiones. Sobre la base de un Dios único común a todos, es posible tejer un entendimiento entre los pueblosincluso no cristianos, con vistas a acciones concertadas: favorecer la paz, defender los derechos humanos, realizar proyectos de desarrollo humano y social, como ya se viene haciendo en muchos lugares.

Sin embargo, para la actividad evangelizadora de la Iglesia, estas iniciativas no son sino una parte del mensaje cristiano. Además, en el Evangelio la familia humana encuentra recursos nuevos e inagotables para su propio subsistir y progreso humano y espiritual: ¡acogiendo la novedad de Cristo! El cristiano no se limita a fundar su vida espiritual solo sobre la existencia de un Dios único, y mucho menos lo puede hacer un misionero consciente de la extraordinaria riqueza del don de Jesucristo, que nos introduce de lleno en el misterio de Dios-Amor. El Evangelio que el misionero lleva al mundo, además de enriquecer la comprensión del monoteísmo, abre al inmenso y siempre sorprendente misterio de Dios, que es comunión de Personas. Aquí la palabra misterio no alude a verdades escondidas, difíciles de entender, sino más bien a verdades siempre nuevas, por descubrir y sobre todo vivir. La fe no es un saber. La fe es experiencia de vida.

En esta materia es mejor dejar la palabra a los místicos. Para S. Juan de la Cruz Hay mucho que ahondar en Cristo, porque es como una abundante mina con muchos senos de tesoros, que por más que ahonden, nunca les hallan fin ni término, antes van en cada seno hallando nuevas venas de nuevas riquezas acá y allá”. Por su parte, hablándole a la Trinidad, S. Catalina de Sienaexclama: “Tú, Trinidad eterna, eres como un mar profundo, en el que cuanto más busco, más encuentro, y cuanto más hallo, más crece la sed de buscarte. Tú eres insaciable; y el alma, saciándose en tu abismo, no se sacia, porque sigue con el hambre de ti, siempre más te desea, oh Trinidad eterna”.

La revelación de Dios uno y trino lleva a consecuencias inmediatas y renovadoras para la vida del creyente: ofrece parámetros nuevos sobre el misterio de Dios, sobre la manera de tejer las relaciones entre las personas humanas, sobre la relación del hombre con la creación… También el diálogo entre las religiones se enriquece con perspectivas nuevas, aunque difíciles, como lo indican, por ejemplo, las primeras afirmaciones de un diálogo escueto entre un musulmán y un cristiano:

– El musulmán dice: “Dios, para nosotros, es uno; ¿cómo podría tener un hijo?”

– El cristiano responde: “Dios, para nosotros, es amor; ¿cómo podría estar solo?”

Este es tan solo el comienzo de un largo camino para el encuentro; queda el desafío: cómo continuar el diálogo, ante todo en las relaciones interpersonales y sociales, y luego en el nivel doctrinal.

El Dios cristiano es trinitario: es uno pero no solitario; es comunitario. Esta revelación enriquece también al monoteísmo hebraico, islámico y de las otras religiones. En efecto, el Dios revelado por Jesús (Evangelio) es Dios-amor, Dios que quiere la vida del mundo, Dios que ofrece salvación a todos los pueblos (v. 16-17; cfr. 1Jn 4,8). Él se revela siempre como “Dios compasivo y misericordioso… rico en clemencia y lealtad” (I lectura, v. 6); “el Dios del amor y de la paz” (II lectura, v. 11); “Dios rico en misericordia” (Ef 2,4).

Es vana la pretensión humana de explicar a Dios; se le puede seguir, sentir, entrever. La Biblia no nos habla de Dios en lenguaje teórico, sino dinámico; nos presenta la historia, los hechos en los cuales Dios se comunica, se manifiesta. La narración bíblica nos muestra lo que Dios-Trinidad ha hecho por nosotros; y desde sus obras podemos entrever algo de cómo es la Trinidad por dentro. Estamos ante un ‘monoteísmo convivial’: hay un Dios uno en la divinidad, pero diferente en las Tres Personas. Dios es comunión de personas y, al mismo tiempo, custodio de las diferencias. La Biblia nos revela que nosotros estamos hechos a imagen y semejanza de la Trinidad (cfr. Gén 1,26-27): estamos creados, pues, para la vida, la relación, la convivialidad. El desafío para todos nosotros, hombres y mujeres, hechos a imagen de Dios, consiste ahora en declinar entre nosotros, de manera armoniosa, la comunión y las diferencias.

Todos los pueblos tienen el derecho y la necesidad de conocer el verdadero rostro de Dios, que Jesús ha revelado.Y los misioneros tienen el encargo de anunciarlo. Como afirma el Concilio, “la Iglesia peregrinante es misionera por su naturaleza, puesto que tiene su origen en la misión del Hijo y del Espíritu Santo, según el designio de Dios Padre” (Ad Gentes 2). Palabras claras del Concilio sobre el origen y el fundamento trinitario de la misión universalde la Iglesia.

“¿Dónde habita Dios?” Es otra de las preguntas iniciales. El catecismo responde: “Dios está en el cielo, en la tierra y en todo lugar”. Es verdad, pero hay una respuesta aún más vital y personal. Un día el rabí Mendel de Kotzk preguntó a unos huéspedes cultos: “¿Dónde habita Dios?” Ellos reaccionaron diciendo: “¿Cómo? ¿No lo sabes? ¿Acaso el mundo no está lleno de su gloria?” El rabí, en cambio, replicó: “Dios habita allí donde se le deja entrar”. Dios está allí donde hay personas que se aman. Dios busca el encuentro personal, llama a la puerta de cada corazón, ofrece su amistad. Con una intimidad que calienta el corazón, regala vida y gozo y desemboca en la misión.


Fiesta de la Santísima Trinidad
José Luis Sicre

El año litúrgico comienza celebrando cómo Dios Padre envía a su Hijo al mundo. En los domingos siguientes recordamos la actividad y el mensaje de Jesús. Cuando sube al cielo nos envía su Espíritu, tema del domingo pasado. Ya tenemos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Estamos preparados para celebrar a los tres en una sola fiesta, la de la Trinidad.

Esta fiesta surge bastante tarde, en 1334, y fue el Papa Juan XII quien la instituyó. Quizá se pretendía (como ocurrió con la del Corpus) contrarrestar a grupos heréticos que negaban la divinidad de Jesús o la del Espíritu Santo. Así se explica que el lenguaje usado en el Prefacio sea más propio de una clase de teología que de una celebración litúrgica. En cambio, las lecturas son breves y fáciles de entender, centrándose en el amor de Dios.

La única definición bíblica de Dios (Éxodo 34,4b-6.8-9)

La primera lectura, tomada del libro del Éxodo, ofrece la única definición (mejor, autodefinición) de Dios en el Antiguo Testamento y rebate la idea de que el Dios del Antiguo Testamento es un Dios terrible, amenazador, a diferencia del Dios del Nuevo Testamento propuesto por Jesús, que sería un Dios de amor y bondad. La liturgia ha mutilado el texto, pero conviene conocerlo entero.

Moisés se encuentra en la cumbre del monte Sinaí. Poco antes, le ha pedido a Dios ver su gloria, a lo que el Señor responde: «Yo haré pasar ante ti toda mi riqueza, y pronunciaré ante ti el nombre de Yahvé» (Ex 33,19). Para un israelita, el nombre y la persona se identifican. Por eso, «pronunciar el nombre de Yahvé» equivale a darse a conocer por completo. Es lo que ocurre poco más tarde, cuando el Señor pasa ante Moisés proclamando: 

«Yahvé, Yahvé, el Dios compasivo y clemente, paciente y misericordioso y fiel, que conserva la misericordia hasta la milésima generación, que perdona culpas, delitos y pecados, aunque no deja impune y castiga la culpa de los padres en los hijos, nietos y bisnietos» (Ex 34,6-7).

Así es como Dios se autodefine. Con cinco adjetivos que subrayan su compasión, clemencia, paciencia, misericordia, fidelidad. Nada de esto tiene que ver con el Dios del terror y del castigo. Y lo que sigue tira por tierra ese falso concepto de justicia divina que «premia a los buenos y castiga a los malos», como si en la balanza divina castigo y perdón estuviesen perfectamente equilibrados. Es cierto que Dios no tolera el mal. Pero su capacidad de perdonar es infinitamente superior a la de castigar. Así lo expresa la imagen de las generaciones. Mientras la misericordia se extiende a mil, el castigo sólo abarca a cuatro (padres, hijos, nietos, bisnietos). No hay que interpretar esto en sentido literal, como si Dios castigase arbitrariamente a los hijos por el pecado de los padres. Lo que subraya el texto es el contraste entre mil y cuatro, entre la inmensa capacidad de amar y la escasa capacidad de castigar. Esta idea la recogen otros pasajes del AT: 

«Tú, Señor, Dios compasivo y piadoso,
paciente, misericordioso y fiel» (Salmo 86,15). 

«El Señor es compasivo y clemente,
paciente y misericordioso; 
no está siempre acusando ni guarda rencor perpetuo. 
No nos trata como merecen nuestros pecados 
ni nos paga según nuestras culpas; 
como se levanta el cielo sobre la tierra, 
se levanta su bondad sobre sus fieles; 
como dista el oriente del ocaso, 
así aleja de nosotros nuestros delitos; 
como un padres siente cariño por sus hijos, 
siente el Señor cariño por sus fieles» (Salmo 103, 8-14).

«El Señor es clemente y compasivo,
paciente y misericordioso; 
El Señor es bueno con todos, 
es cariñoso con todas sus criaturas» (Salmo 145,8-9).

«Sé que eres un dios compasivo y clemente,
paciente y misericordioso,
que se arrepiente de las amenazas» (Jonás 4,2).

Como consecuencia de lo anterior, Dios se convierte para Moisés en modelo de amor al pueblo: las etapas del desierto han sido momentos de incomprensión mutua, de críticas acervas, de relación a punto de romperse. Ahora, las palabras de Dios mueven a Moisés a interesarse por el pueblo y a demostrarle el mismo amor que Dios le tiene.

El amor de Dios al mundo (Juan 3,16-18)

Este breve fragmento, tomado del extenso diálogo entre Nicodemo y Jesús, insiste en el tema del amor de Dios llevándolo a sus últimas consecuencias. No se trata solo de que Dios perdone o sea comprensivo con nuestras debilidades y fallos. Su amor es tan grande que nos entrega a su propio hijo para que nos salvemos y obtengamos la vida eterna. «De tal manera amó Dios al mundo…». La palabra «mundo» puede significar en Juan el conjunto de todo lo malo que se opone a Dios. Pero en este caso se refiere a las personas que lo habitan, a las que Dios ama de una forma casi imposible de imaginar. Dios no pretende condenar, como muchas veces se predica y se piensa, sino salvar, dar la vida. Una vida que consiste, desde ahora, en conocer a Dios como Padre y a su enviado, Jesucristo, y que se prolongará, después de la muerte, en una vida eterna. En estos meses de pandemia, que nos han puesto en contacto frecuente con la muerte, las palabras de Jesús nos sirven de ánimo y consuelo.

Nuestra respuesta: amor con amor se paga (2 Corintios 13,11-13)

En la primera lectura, Dios se convertía en modelo para Moisés, animándolo al amor y al perdón. En la carta de Pablo a los corintios, Dios se convierte en modelo para los cristianos. La misma unión y acuerdo que existe entre el Padre, el Hijo y el Espíritu debe darse entre nosotros, teniendo un mismo sentir, viviendo en paz, animándonos mutuamente, corrigiéndonos en lo necesario, siempre alegres.

Esta lectura ha sido elegida porque menciona juntos (cosa no demasiado frecuente) a Jesucristo, a Dios Padre y al Espíritu Santo. En esas palabras se inspira uno de los posibles saludos iniciales de la misa.

Conclusión

«Escucha, Israel: el Señor, tu Dios, es solamente uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser».

http://www.feadulta.com

Pentecostés. Año A

“Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Dicho esto, les mostró las manos y el costado.

Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría. De nuevo les dijo Jesús: “La paz esté con ustedes.

Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”.

Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar”.

(Juan 20, 19-23)


Reciban el Espíritu Santo
P. Enrique Sánchez G. mccj

Luego de celebrar durante cincuenta días la alegría de la Pascua, que nos ha recordado muchas veces que el Señor está vivo entre nosotros, llegamos a la fiesta de Pentecostés con la cual tomamos conciencia de la promesa que el mismo Señor nos ha hecho desde que estaba entre nosotros: no les dejaré solos, les enviaré al Espíritu.

Vivimos en este momento, a través de la entrada del Espíritu en acción, el acontecimiento extraordinario por el cual el Señor nos manifiesta su voluntad de permanecer fiel al proyecto del Padre. Aquel proyecto que se puede sintetizar en las pocas palabras que el evangelio ha querido atesorar recordándonos que Dios nos ha amado tanto que ha querido hacerse uno de nosotros para siempre.

La presencia del Espíritu es la prueba de la seriedad con que Dios nos quiere tratar y nos manifiesta su amor paternal acompañando cada uno de nuestros pasos y cada instante de nuestra vida.

El Espíritu es el sí de Dios que se sostiene y se mantiene como palabra dada para que se cumpla en nosotros el sueño de Dios que es vernos unidos, en paz, alegres y responsables en la construcción de un mundo que sea verdadera continuación de lo iniciado por Él en el momento de la creación.

La manifestación del Espíritu en cada uno de nosotros como fuente de vida, como luz que nos permite caminar en medio de las tinieblas, como fuerza de Dios que nos da la fortaleza para proyectarnos hacia el futuro con confianza, no puede ser otra cosa que el don más extraordinario que podamos recibir para que nos convirtamos en signos de la presencia de Dios en nuestro mundo.

Pentecostés, en este sentido, no es solo otra cita importante en nuestro caminar cristiano que no podemos dejar pasar como un acontecimiento cualquiera. Es la fiesta que nos invita a tomar conciencia de la presencia del Espíritu de Dios en medio de nosotros; la presencia de Dios mismo que sigue paso a paso el caminar de la Iglesia.

La venida del Espíritu Santo al mundo es Dios mismo que se compromete de nuevo en el caminar de la humanidad, en el esfuerzo de cada uno de nosotros en la búsqueda de autenticidad, de felicidad y de vida plena.

Si nos detenemos un momento a reflexionar nos vamos a dar cuenta fácilmente de que Pentecostés es la fiesta del Espíritu que viene a enriquecer nuestras vidas con su dones y carismas y con ello nos ofrece la oportunidad de descubrirnos formando parte de una Iglesia, comunidad de discípulos del Señor, bendecida, fortalecida, guiada y acompañada por ese Espíritu que hace todas las cosas nuevas.

La celebración de Pentecostés es el momento en el cual nos descubrimos Iglesia habitada por la presencia del Espíritu que actúa en ella, haciéndola depositaria de todas las gracias que Dios.

Por eso, Pentecostés es fiesta de alegría, de libertad o de liberación de todos los miedos y ataduras que nos podían tener sujetos y paralizados en nuestras miserias y egoísmos.

Es la fiesta de la manifestación del poder de Dios que no tiene nada que ver con nuestras violencias y nuestras guerras. Es la fiesta de la confianza y del optimismo que nos permite esperar tiempos en los que el amor de Dios acabará por desenmascarar todas nuestras mentiras y las pretensiones de poder construir un mundo fincado solo sobre nuestras fuerzas y nuestro poder.

Pentecostés es la fiesta del Espíritu que nos obliga a salir de nuestros escondites, de los refugios en donde nos hemos atrincherado por miedo a ser testigos del Dios vivo que en Cristo Resucitado nos ha manifestado su poder.

Es fiesta del Espíritu que nos obliga a salir de nuestras seguridades para convertirnos en testigos valientes, en discípulos arriesgados, en cristianos felices de llevar este nombre.

Pentecostés es el tiempo en que el Espíritu nos atrapa en su torbellino de fuerza y nos lanza, parafraseando al filósofo Emmanuel Mounier, a los cuatro rincones del mundo, allá en donde un hermano nuestro se encuentra en situación de necesidad.

Pentecostés es fiesta misionera, como todos los momentos importantes en los que celebramos el misterio de la revelación de Dios, que nos envía para que no nos quedemos encerrados, complacidos o engolosinados con la experiencia que hemos hecho de encontrarnos con él.

Al Dios vivo, que se nos ha manifestado en Cristo Resucitado, ahora nos toca anunciarlo al mundo, llevarlo urgentemente a todos los que no se han encontrado con Él, para que todos los seres humanos tengan la oportunidad de conocerlo y conociéndolo puedan compartir y disfrutar de la vida plena que solo Dios nos puede dar.

El Espíritu que celebramos en esta fiesta de Pentecostés, ciertamente es el Espíritu consolador que nos permite ver el futuro con optimismo, pero no tiene nada que ver con el espíritu conformador que nos empuja a instalarnos en una vivencia cómoda de nuestra fe.

No tiene nada que ver con el espíritu mediocre que nos seduce invitándonos a quedarnos en una visión intimista de nuestra relación con Dios y con los demás.

No tiene nada de familiar con el espíritu paralizador que nos impide ir al encuentro de los demás para asumir compromisos de solidaridad y de responsabilidad ante los dramas que vive nuestra humanidad.

El Espíritu que celebramos en Pentecostés es el mismo que movió a María, la madre de Jesús, a dejarlo todo, para llevar la buena noticia a los más pobres.

Es la fuerza que la llenó de confianza en los planes de Dios para su vida, que la mantuvo siempre con el corazón lleno de esperanza, porque sabía que Dios hace todas las cosas bien. Era el Espíritu que la transformó en verdadera creyente que supo llegar hasta los pies de la cruz y después discretamente acompañó a la Iglesia. Ese mismo Espíritu es el que nos invade hoy y quiere penetrar en lo más profundo de nuestros corazones, para hacernos personas nuevas, para orientarnos hacia el bien, para que no tengamos miedo de alzar nuestras manos para alabar al Señor.

Es el Espíritu que nos anima a tender la mano al necesitado, a dirigir nuestros pasos hacia el abandonado, el que nos provoca para que nos convirtamos en artesanos de la paz.

Él nos anima en la construcción de una comunidad humana más fraterna. Él nos hace soñar en un mundo más globalizado también en los proyectos de bien, de justicia y de respeto a los más frágiles y desfavorecidos.

Pentecostés es la fiesta que nos invita a reconocer la acción del Espíritu en cada uno de nosotros y en nuestras comunidades como fuerza y presencia amorosa de Dios que no se cansa de hacer todas las cosas nuevas y que nos invita a seguir poniendo nuestra confianza en él como el único de quien puede venir nuestra auténtica felicidad.

Que a todos se nos conceda vivir con gran disponibilidad a nueva Pentecostés que nos haga personas llenas de Dios, hombres y mujeres alegres.


Los cuatro Pentecostés
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

Hoy la Iglesia celebra la gran solemnidad de Pentecostés, la fiesta de la venida del Espíritu Santo, cincuenta días después de la Pascua, según el relato de los Hechos de los Apóstoles (véase la primera lectura). Pentecostés, que significa “quincuagésimo (día)” en griego, era una fiesta judía, una de las tres grandes peregrinaciones al Templo de Jerusalén: la Pascua, Pentecostés y la Fiesta de las Tiendas (la fiesta de la cosecha en otoño). Era una celebración agrícola de acción de gracias por los primeros frutos de la cosecha, celebrada el día 50 después de la Pascua. También se la llamaba “Fiesta de las Semanas”, ya que tenía lugar siete semanas después de la Pascua. Esta fiesta agrícola fue asociada más tarde al recuerdo de la entrega de la Ley o Torá por parte de Moisés en el monte Sinaí.

El Pentecostés cristiano es el cumplimiento y la conclusión del tiempo pascual. Es nuestra Pascua, el paso a una nueva condición, ya no bajo el dominio de la Ley, sino guiados por el Espíritu. Es la fiesta del nacimiento de la Iglesia y el comienzo de la Misión.

Las lecturas de la fiesta nos presentan, en realidad, cuatro venidas del Espíritu Santo, o cuatro modos distintos pero complementarios de su presencia. Podríamos decir que hay cuatro “Pentecostés”.

1. El Pentecostés de la Iglesia

La primera lectura (Hechos 2,1-11) nos muestra una venida del Espíritu sorprendente, impetuosa y luminosa:
“Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente, vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa donde estaban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego, que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse.”
Es una venida que provoca asombro y admiración, entusiasmo y euforia, consuelo y valentía. Es totalmente gratuita, impredecible y nunca programable. Son casos excepcionales. Algunos están recogidos en el libro de los Hechos, y ha habido otros a lo largo de la historia de la Iglesia, quizá menos espectaculares, pero siempre profundamente fecundos. De hecho, Pentecostés siempre viene seguido de una primavera eclesial. ¡Y Dios sabe cuánto la necesitamos en este invierno eclesial que vivimos en Occidente! Solo la oración constante de la Iglesia, la humilde paciencia del sembrador y la docilidad al Espíritu pueden alcanzar tal gracia.

2. El Pentecostés del mundo

La efusión del Espíritu se extiende a toda la creación. Él es “el que da la vida y santifica el universo” (Plegaria Eucarística III). Es Él quien “lleva el polen de la primavera al corazón de la historia y de todas las cosas” (Ermes Ronchi). Por eso, con el salmista, invocamos el Pentecostés sobre toda la tierra: “Envía tu Espíritu, Señor, y renueva la faz de la tierra.” (Salmo 103/104)
Esta debería ser una oración típica y habitual del cristiano: invocar el Pentecostés sobre el mundo, sobre las dinámicas que rigen nuestra vida social, sobre los acontecimientos de la historia. Todos se quejan de “cómo está el mundo”, del “mal espíritu” que lo mueve… pero ¿cuántos de nosotros invocamos realmente al Espíritu sobre las personas, las situaciones y los hechos de nuestra vida diaria?

3. El Pentecostés de los carismas o del servicio

El apóstol Pablo, en la segunda lectura (1 Corintios 12), nos llama la atención sobre otra manifestación del Espíritu: los carismas.
“Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu… A cada uno se le concede la manifestación del Espíritu para el bien común…”
Hoy se habla mucho de los carismas y del reparto de los servicios eclesiales, pero hay una creciente y preocupante desafección entre las generaciones más jóvenes. El sacramento de la confirmación —el “Pentecostés personal”, que debería ser el paso hacia una participación plena en la vida de la Iglesia— es, tristemente, a menudo el momento del abandono. Es un signo claro de que hemos fallado en el objetivo de la iniciación cristiana. ¿Qué hacer entonces? La Iglesia debe dotarse de un oído extremadamente fino y reforzar sus antenas para captar la Voz del Espíritu en este momento concreto de su historia. Me atrevo a decir que el problema más grave es la mediocridad espiritual de nuestras comunidades. Preocupadas por mantener la ortodoxia y el orden litúrgico, hemos perdido de vista lo esencial: la experiencia de la fe.

4. El Pentecostés del domingo

La liturgia nos vuelve a proponer el evangelio de la aparición de Jesús resucitado en la tarde del Domingo de Pascua (Juan 20,19-23), un evangelio cargado de resonancias pascuales:
“Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos por miedo a los judíos, llegó Jesús, se puso en medio y les dijo: ‘La paz esté con vosotros.’ Y diciendo esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: ‘La paz esté con vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.’ Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: ‘Recibid el Espíritu Santo. A quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.’”
Este evangelio es conocido como el “pequeño Pentecostés” del evangelio de san Juan, porque aquí Pascua y Pentecostés coinciden. El Resucitado entrega el Espíritu la misma tarde de Pascua. Todo este contexto evoca la asamblea dominical y la Eucaristía. Es ahí donde el Espíritu “aleteaba sobre las aguas” (Génesis 1,2) del caos y del miedo a la muerte, y aporta paz, armonía y alegría de vivir. El papel central del Espíritu debe ser redescubierto. Este es su tiempo. Sin Él, no podemos proclamar que “Jesús es el Señor” (1 Corintios 12,3), ni clamar “¡Abbá, Padre!” (Gálatas 4,6). No hay Eucaristía sin la acción del Espíritu. Por eso, entremos en la Eucaristía suplicando desde el corazón:
¡Ven, ven, Espíritu Santo!

Para concluir: ¿cómo navegas tú en el mar de la vida, a remo o a vela?

Respiramos al Espíritu Santo. Él es el oxígeno del cristiano. Sin Él, la vida cristiana es ley y deber, es remar constantemente con esfuerzo y cansancio. Con Él, es la alegría de vivir y amar, es la ligereza de navegar con el viento en popa. Ahora que, tras el tiempo pascual, volvemos al tiempo ordinario y a la rutina de la vida, ¿cómo te preparas para navegar: con la fuerza de tus brazos o dejándote llevar por el Viento que sopla en la vela desplegada de tu corazón?

comboni2000.org


Vivir a Dios desde dentro
José Antonio Pagola

Hace unos años, el gran teólogo alemán, Karl Rahner, se atrevía a afirmar que el principal y más urgente problema de la Iglesia de nuestro tiempo es su “mediocridad espiritual”. Estas eran sus palabras: el verdadero problema de la Iglesia es “seguir caminando con resignación y aburrimiento cada vez mayores caminos comunes de una mediocridad espiritual.”

El problema no ha hecho más que agravarse en estas últimas décadas. De poco han servido los intentos de reforzar las instituciones, salvaguardar la liturgia o vigilar la ortodoxia. En el corazón de muchos cristianos se está apagando la experiencia interior de Dios.

La sociedad moderna ha apostado por “el exterior”. Todo nos invita a vivir desde fuera. Todo nos presiona para movernos con prisa, casi sin detenerse en nada ni en nadie. La paz no encuentra rendijas para penetrar hasta nuestro corazón. Vivimos casi siempre en la corteza de la vida. Se nos está olvidando lo que es saborear la vida desde dentro. Por ser humana, a nuestra vida le falta una dimensión esencial: la interioridad.

Es triste observar que tampoco en las comunidades cristianas sabemos cuidar y promover la vida interior. Muchos no saben lo que es el silencio del corazón, no se enseña a vivir la fe desde dentro. Privados de la experiencia interior, sobrevivimos olvidando nuestra alma: escuchando palabras con los oidos y pronunciando oraciones con los labios, mientras nuestro corazón está ausente.

En la Iglesia se habla mucho de Dios, pero, ¿dónde y cuándo escuchamos los creyentes la presencia callada de Dios en lo más profundo del corazón? ¿Dónde y cuándo acogemos al Espíritu del Resucitado en nuestro interior? ¿Cuándo vivimos en comunión con el Misterio de Dios desde dentro?

Acoger el Espíritu de Dios quiere decir dejar de hablar sólo con un Dios al que casi siempre colocamos lejos y fuera de nosotros, y aprender a escucharlo en el silencio del corazón. Dejar de pensar a Dios con la cabeza, y aprender a percibirlo en lo más íntimo de nuestro ser.

Esta experiencia interior de Dios, real y concreta, transforma nuestra fe. Uno se sorprende de cómo ha podido vivir sin descubrirlo antes. Ahora sabe por qué es posible creer incluso en una cultura secularizada. Ahora conoce una alegría interior nueva y diferente. Me parece muy difícil de mantener por mucho tiempo la fe en Dios en medio de la agitación y la frivolidad de la vida moderna, sin conocer, aunque sea de manera humilde y sencilla, alguna experiencia interior del Misterio de Dios.

http://www.musicaliturgica.com


Dios es Espíritu
Fray Marcos

Hablar del Espíritu Santo es pretender recoger agua de lluvia en un cesto de mimbres. Espíritu es el concepto más escurridizo de la teología. Más de 500 veces encontramos la palabra en la Biblia y apenas podremos descubrir dos pasajes en los que tenga el mismo significado. En ningún caso podemos entenderlo como una entidad separada.

Los evangelios escenifican diversas venidas del Espíritu, aunque más sencillas que la de Lucas. Esas “venidas” indican claramente que Dios-Espíritu-Vida no tiene que venir de ninguna parte. No estamos recordando un hecho que aconteció en el pasado. Estamos viviendo una realidad que está sucediendo en este instante como hace dos mil años.

La fiesta de Pentecostés es la expresión más completa de la experiencia pascual. Los primeros cristianos tenían muy claro que todo lo que estaba pasando en ellos era obra de Dios-Espíritu-Vida. Vivieron la presencia de Jesús de una manera más real que su presencia física. Ahora, Jesús estaba de verdad realizando su obra de salvación en ellos.

Pablo dijo que sin el Espíritu no podríamos decir: “Jesús es el Señor”, ni: “Abba”. Pero con la misma rotundidad hay que decir que nunca podrá faltarnos el Espíritu, porque no puede faltarnos Dios. El Espíritu no es un privilegio ni siquiera para los que creen. Todos estamos fundamentados en Dios-Espíritu, aunque no seamos conscientes de ello.

El evangelio no deja ninguna duda sobre la relación de Jesús con Dios-Espíritu: Lo llama papá, hace su voluntad; le escucha siempre. El mensaje de Jesús se reduce a manifestar esa experiencia de Dios. Su predicación estuvo encaminada a hacer ver a sus seguidores que tenían que vivir esa misma experiencia para alcanzar la plenitud que él alcanzó.

El Espíritu nos hace libres. “No habéis recibido un espíritu de esclavos, sino de hijos”. El Espíritu tiene como misión hacernos ser nosotros mismos. Eso supone no dejarnos atrapar por cualquier clase de sometimiento alienante. El Espíritu es la energía que lucha contra las fuerzas desintegradoras: “demonios”, pecado, ley, ritos, teologías, intereses, miedos.

Si Dios está en todos, no puede haber privilegiados. Dios no se puede partir. Si todos los miembros de la comunidad son una cosa con Dios, ninguna estructura de poder o dominio se justifica apelando a Él. “El que quiera ser primero sea el servidor de todos.” “No llaméis a nadie padre, no llaméis a nadie Señor, no llaméis a nadie maestro”.

El Espíritu es la fuerza que mantiene a cada uno integrado en la comunidad. En el relato de los Hechos, las personas de distinta lengua se entienden. La lengua del Espíritu es el amor, es el único lenguaje que todos entienden. Es lo contrario de lo que pasó en Babel. “Dios hace de todos los pueblos uno, destruyendo el muro que los separaba, el odio”.

Para las primeras comunidades, Pentecostés fue el fundamento de la Iglesia naciente. Está claro que para ellas la única fuerza de cohesión era la fe en Jesús que seguía presente en ellos por el Espíritu. No duró mucho esa vivencia generalizada y pronto dejó de ser comunidad de Espíritu para convertirse en una institución jurídica.

“Obediencia” fue la palabra que caracterizó la vida de Jesús. Pero si nos acercamos a Jesús con el concepto equivocado de obediencia, quedamos desconcertados. No fue obediente en absoluto, ni a su familia ni a los sacerdotes ni a la Ley ni a las autoridades civiles. Pero se atrevió a decir: “mi alimento es hacer la voluntad del Padre”.

Para salir de una falsa obediencia debemos entrar en la dinámica de la escucha del Espíritu. Tanto el superior como el inferior, tienen que abrirse al Espíritu y dejarse guiar por él. Pero debemos estar también atentos a las experiencias de los demás. Creernos privilegiados con relación a los demás anulará una verdadera escucha del Espíritu.

https://www.feadulta.com


Espíritu de misericordia, paz, unidad, sanación y misión
Romeo Ballan, mccj

¡Pentecostés es una fiesta de maravillas! “Los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua” (I lectura, v. 11). La sorpresa sacude a la gente de Jerusalén y a los mismos Apóstoles, en esa mañana de Pentecostés (I lectura). Muchos pueblos distintos (se nombran hasta 17 pueblos), con idiomas diferentes, hablan una lengua común: todos comentan al unísono las maravillas de Dios (v. 8-11). El Espíritu Santo, que acaba de descender sobre la comunidad reunida en el Cenáculo, es el autor de esta maravilla: es decir, la superación de Babel y el paso a una vida de comunión fraterna y de impulso misionero. En efecto, en Babel la confusión de las lenguas había provocado la dispersión de los pueblos que, en actitud orgullosa y egoísta, querían edificarse una ciudad y hacerse famosos (Gen 11,1-9); por el contrario, en Jerusalén, cuando el Espíritu desciende, pueblos diferentes logran entenderse y comunicar las maravillas de Dios. En Babel todos hablaban el mismo idioma, pero nadie lograba entender al otro. En Pentecostés hablan lenguas diferentes y, sin embargo, todos se entienden como si hablaran un único idioma. En el corazón de las personas, el Espíritu desplaza el centro de interés: ya no es la búsqueda egoísta de sí mismos o de hacerse famosos, sino vivir en Dios y narrar sus obras, en beneficio de toda la familia humana.

La fiesta hebraica de Pentecostés se había convertido progresivamente en un memorial de las grandes alianzas de Dios con su pueblo (con Noé, Abrahán, Moisés, Jeremías, Ezequiel…). Ahora en la culminación de Pentecostés (v. 1) es el don del Espíritu, que se nos da como definitivo principio de vida nueva: es Espíritu de unidad, de fe y de amor, en la pluralidad de carismas y de culturas. San Pablo atribuye claramente al Espíritu la capacidad de hacer a la Iglesia unida y múltiple en la pluralidad de dones, ministerios, funciones (v. 4-6). El Espíritu quiere una Iglesia rica en dones diversos, pero unida; una Iglesia que no anula, sino que valora las diferencias. ¡Porque constituyen una riqueza! El Espíritu realiza la convivialidad de las diferencias: no las anula, ni las homologa, más bien las salva, las purifica, las custodia, las enriquece, las armoniza. El Papa Francisco nos recuerda que Pentecostés es la fiesta del nacimiento de la Iglesia; es el “cumpleaños de la Iglesia”.

El Espíritu Santo es el fruto más grande y más hermoso de la Pascua, ya desde el último respiro de Jesús en la cruz, que marcó el comienzo de la vida nueva en el Espíritu. En sentido pleno, el texto “expiró” (Lc 23,46; Jn 19,30) se puede traducir: entregó-transmitió el Espíritu (Santo), preludio de Pentecostés. Además, en su resurrección Jesús insufla el Espíritu sobre los discípulos (Evangelio): “Reciban el Espíritu Santo; a quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados” (v. 22-23). Él es el Espíritu de vida y de la misericordia de Dios para el perdón de los pecados. Por tanto, es Espíritu de paz: con Dios y con los hermanos. Es Espíritu de unidad en la pluralidad. Es el Espíritu de la misión universal; es, incluso, el protagonista de la misión que Jesús confía a los Apóstoles y a sus sucesores (cfr. RMi cap. III; EN 75s): “Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo” (v. 21). Son palabras que vinculan para siempre la misión de los apóstoles y de los fieles cristianos con la vida de la Trinidad: el Hijo es el primer misionero enviado por el Padre para salvar al mundo, por el amor (Jn 15,9); el Espíritu impulsa a toda la Iglesia a la misión y en el camino hacia la unidad de los cristianos.

El soplo de Jesús sobre los Apóstoles en la tarde de Pascua (v. 22), para el evangelista Juan es ya Pentecostés y evoca la creación nueva, que es obra del Espíritu: Él transforma desde dentro a cada persona y la dispone a acoger el don de la salvación en Cristo. De manera real, aunque por caminos invisibles que se nos escapan, el Espíritu dispone los corazones de las personas, incluidos los no cristianos, para el necesario encuentro salvífico con Cristo, como lo enseña el Concilio: “Debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma por Dios conocida, se asocien al misterio pascual” (GS22; es un texto valiente que Juan Pablo II cita tres veces en la RMi, n. 6.10.28).

Estrechamente vinculada a la obra creativa y purificadora del Espíritu está también su acción capaz de sanar y curar el alma y el cuerpo de las personas. Se trata de una energía real y eficaz, ante la cual existe una particular sensibilidad en el mundo misionero, aunque a menudo no es fácil discernir. La acción sanadora alcanza a veces también el cuerpo, pero más a menudo toca el espíritu humano, sanando las heridas interiores y derramando el bálsamo de la reconciliación y de la paz. Se abren ante la Iglesia campos siempre nuevos para su actividad misionera, en los que está llamada a trabajar con creciente impulso y creatividad. ¡Confiando en la acción del Espíritu!

Profesión religiosa en Xochimilco

El pasado 16 de mayo tres novicios combonianos hicieron su primera profesión religiosa en el noviciado continental de Xochimilco, en la Ciudad de México. César Adrián Avitud Guerrero, Aristóteles Hegel Ortega Trinidad –ambos mexicanos– y Luis Enrique Fuentes Mejía –de El Salvador– se consagraron a Dios para las misiones en el instituto de los Misioneros Combonianos.

En una ceremonia alegre y festiva, animada con cantos y danzas de las culturas latinoamericanas, los tres jóvenes hicieron voto de pobreza, castidad y obediencia por un año según las constituciones de los Misioneros Combonianos del Corazón de Jesús. Estuvieron presentes sus familiares y amigos y un nutrido grupo de combonianos y combonianas que los acompañaron en el primer paso de un camino que los llevará a entregar totalmente sus vidas al anuncio del evangelio.

La ceremonia estuvo presidida por el P. Mario Alberto Pacheco, superior provincial de los Misioneros Combonianos de México, acompañado por el P. Enrique Sánchez, provincial de Centroamérica y los formadores del noviciado: P. Leonardo Leandro, P. Abel Torres y P. Elías Arroyo, quien será a partir de ahora el nuevo padre maestro.

En su homilía, el P. Mario invitó a los tres profesos a seguir las huellas de San Daniel Comboni en la entrega a Dios para el servicio misionero y a imitar la disponibilidad de Abraham para dejar su patria y abrirse a otras culturas, allá donde serán enviados, porque la vida religiosa consiste en «la búsqueda de Dios para después llevarlo a los demás». Por su parte, el P. Enrique Sánchez los exhortó al final de la misa a darse completamente: «Hoy el instituto necesita de ustedes, vengan a dar lo mejor de si mismos», les dijo.

César Adrián Avitud
Luis Enrique Fuentes
Ariastóteles Hégel Ortega

César Adrián continuará sus estudios en el escolasticado internacional de Lima, en Perú; Luis Enrique Fuentes ha sido destinado al escolasticado internacional de Casavatore, en Italia; y Aristóteles Hegel al escolasticado internacional de Pietermaritzburg, en Sudáfrica.


El comboniano P. Manuel Augusto Lopes Ferreira, nombrado director nacional de las OMP de Portugal

El padre Manuel Augusto Lopes Ferreira, misionero comboniano de 76 años, es el nuevo director nacional de las Obras Misionales Pontificias (OMP) en Portugal. Fue el cardenal Luis Antonio G. Tagle, pro-prefecto del Dicasterio para la Evangelización (Sección para la Primera Evangelización y las Nuevas Iglesias Particulares), quien lo nombró para un mandato de cinco años (2026-2031), sucediendo al padre José António Mendes Rebelo, también comboniano.

En declaraciones a la Agencia Ecclesia, en Fátima, el padre Manuel Augusto subrayó el riesgo de que «la “Iglesia en salida” se quede solo en palabras», afirmando que «quiere dar un impulso a la misión de las comunidades». Añadió: «Pensé que, a mi edad, ya no me pedirían esto, pero me lo pidieron y acepté, con el simple deseo de estar disponible para contribuir a esta promoción de la comunión entre las Iglesias locales y la Sede Apostólica, para reavivar el espíritu misionero de nuestras comunidades».

El padre Manuel Augusto considera que la función de las OMP es promover la comunión «que conduce a un compromiso misionero», y destaca que, afortunadamente, hoy se vive una Iglesia que se concibe «en salida», citando al papa Francisco. «En verdad –dijo–, corremos el riesgo de quedarnos solo en las buenas palabras. Las Obras Misioneras tienen la tarea de animar y promover iniciativas concretas; esto comienza con la animación de cara a la Jornada Mundial de las Misiones, que se celebra en octubre, pero también incluye muchas otras iniciativas. Esto, precisamente, para mantener vivo el espíritu misionero».

A pesar de que el pasado misionero portugués es «grande», el padre Manuel observa que en la actualidad la realidad es diferente, subrayando que las necesidades están agotando las energías.

«Debemos responder al desafío misionero aquí, pero no podemos olvidar el horizonte universal. Y, por lo tanto, no podemos olvidar la comunión que debemos tener con el Santo Padre en la promoción de la Misión Universal de la Iglesia», ha destacado.

Al ser preguntado sobre el deseo misionero de algunos sacerdotes diocesanos, el nuevo director nacional de las POM afirmó: «Me parece muy bonito y muy positivo que los sacerdotes decidan salir de sus propias iglesias y vivir una experiencia misionera». Añadió: «Debemos hacer lo posible para que esto continúe y para que quienes asumen la misión universal, los institutos misioneros tradicionales, puedan ser percibidos por las comunidades eclesiales como expresión de este compromiso misionero y sean apoyados en este sentido».

El padre Manuel Augusto nació el 20 de enero de 1950 en Arcozelo das Maias, en el municipio de Oliveira de Frades, en la diócesis de Viseu.

Fue director de las revistas misioneras combonianas de Lisboa, Além-Mar y Audácia, y de World Mission, publicada por los misioneros combonianos en Manila, Filipinas.

El padre Manuel Augusto fue misionero en Kenia, como superior del Centro Internacional para los Hermanos en Nairobi (1984-1988), y en Filipinas. También fue superior general de los Misioneros Combonianos (MCCJ) de 1997 a 2003.

Dirigió el Studium Combonianum, la Oficina de Investigación Histórica de los Misioneros Combonianos, de 2015 a 2025 en Italia, primero en Limone sul Garda y luego en Roma.

PR/LJ/OC – Ecclesia