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Concluida en Verona la fase diocesana de la investigación sobre la fama de santidad de Mons. Roveggio

El 10 de octubre de 2026, en la Casa Madre de los Misioneros Combonianos, en Verona, concluyó la fase diocesana de la investigación sobre la persistente fama de santidad y de signos del Siervo de Dios, Mons. Antonio Maria Roveggio.

P. Cosimo De Iaco, mccj
Postulador general

comboni.org

La celebración de la misa, en la solemnidad de san Daniel Comboni, fue presidida por el P. Pietro Ciucculla, superior provincial. Entre los concelebrantes se encontraban el obispo emérito de Goroka, Papúa Nueva Guinea, el misionero del Verbo Divino Mons. Francesco Sarego, natural de Cologna Veneta; Mons. Rino Parrigato, antiguo nuncio apostólico en Portugal; el P. Sindjalim Essognimam Elias, en representación del Consejo General del Instituto, y numerosos cohermanos.

Tras la celebración, se pasó directamente al acto jurídico formal. En su discurso introductorio, el postulador general, P. Cosimo De Iaco, subrayó que este acto no era una mera formalidad prevista por el derecho canónico. Se trataba de un acontecimiento de gracia para la diócesis de Verona, la Familia Comboniana y toda la Iglesia.

Los testimonios y documentos examinados durante esta fase de la investigación han confirmado que la santidad de Mons. Roveggio no se ha desvanecido con el paso de los años, sino que sigue brillando como un faro de esperanza y de entrega total.

El misterio del Corazón traspasado de Jesús, Buen Pastor, que había inflamado el corazón de san Daniel Comboni, encendió también el corazón de Mons. Roveggio con el mismo amor y la misma entrega a los pueblos de África Central.

Nota biográfica

Antonio Maria Roveggio nació en Cologna Veneta (Verona) el 23 de septiembre de 1858. Siendo un joven sacerdote de la diócesis de Vicenza, ingresó en el instituto misionero fundado en Verona por san Daniel Comboni en 1867.

Tras emitir su profesión religiosa, partió hacia Egipto, donde, en diciembre de 1890, se convirtió en director de la Colonia Antiesclavista León XIII, en Gesira, y superior de la comunidad.

En 1895, con tan solo 37 años, fue nombrado vicario apostólico de África Central. Consagrado obispo en Verona el 21 de abril, eligió para su escudo episcopal el lema In Omnibus Caritas (La caridad en todas las cosas).

Cinco años más tarde, en enero de 1900, pudo llegar finalmente a Omdurmán, Sudán. Desde allí organizó dos expediciones misioneras hacia el corazón de África. A bordo del Redemptor, navegando por las aguas del Nilo, visitó numerosos pueblos, entre ellos los shilluk, dinka, anuak, nuer y otros.

Fundó la misión de Lui en 1900 e intentó, sin éxito, llegar a Uganda. Agotado por las enfermedades y las adversidades, se vio obligado a regresar a Jartum. Murió en Berber, el 2 de mayo de 1902, a la edad de tan solo 43 años, mientras viajaba en tren hacia Egipto.

Cinco razones significativas

A la luz de esta vida misionera breve, pero intensa, el postulador señaló cinco razones que hacen que esta causa sea significativa y actual, no solo para los misioneros y las misioneras combonianos, sino también para las comunidades cristianas de Vicenza y Verona, así como para las de Egipto y Sudán, por las que entregó su vida.

Son como los rayos de una estrella que esperamos que pronto pueda brillar en el firmamento de los beatos y santos de la Iglesia, iluminando la vida y la acción evangelizadora de la Iglesia. Estas razones son: la solidaridad humana y cristiana con los pobres y explotados; la primacía de la vida interior y de la oración; la comunión y la corresponsabilidad en la acción misionera; el Corazón de Cristo, fuente de la misión; y, por último, la firme esperanza en el futuro de la misión.

Mons. Roveggio nos enseña que la misión da fruto únicamente cuando se vive como una consagración total de uno mismo a Dios y a los más pobres; cuando se lleva a cabo con caridad y humildad, y cuando se alimenta de la oración y de proyectos audaces.

Durante sus históricos viajes por el río Nilo, a bordo del Redemptor, Mons. Roveggio no buscaba otra cosa que encontrarse con los pueblos lejanos de África Central, movido por la urgencia de anunciarles el Evangelio de Jesucristo.

Aunque breve en el tiempo, su ministerio fue inmenso en caridad, fortaleza de espíritu y obediencia filial a la Iglesia. Supo hacerse «todo para todos», afrontando duras fatigas, enfermedades y aislamiento con la fuerza de la fe y la certeza de que África salvaría a África. Cansado, pero animado por una firme esperanza, expresó esta convicción con las palabras del salmo 126: «Estoy contento de sembrar entre lágrimas para que otros recojan con alegría».

Lectura del acta y agradecimientos

Tras la introducción, y con el fin de fundamentar la validez de una causa iniciada hace ya mucho tiempo, en 1952, se dio lectura al acta de la sesión conclusiva. A continuación, todos los miembros del tribunal diocesano firmaron los documentos y el canciller episcopal selló los sobres que contenían el original y las copias autenticadas. El P. De Iaco, encargado de llevar la documentación al Dicasterio para las Causas de los Santos, prestó y firmó el juramento correspondiente.

Concluido este procedimiento, el postulador expresó su más sincero agradecimiento a Mons. Domenico Pompili, ausente en aquella ocasión, por haber acogido y promovido la reapertura de la causa; al delegado diocesano, Mons. Tiziano Bonomi, por su compromiso generoso, constante y competente; al promotor de justicia, al notario y a todos los oficiales del Tribunal Eclesiástico de Verona por haber puesto su tiempo y sus conocimientos al servicio de la causa de manera totalmente gratuita, trabajando con rigor científico y pasión eclesial.

Extendió asimismo su agradecimiento a los miembros de la comisión histórica y a los censores teológicos por los informes presentados; al profesor Giancarlo Volpato por su biografía de Mons. Antonio Maria Roveggio, reconstruida con gran precisión documental; y al P. Arnaldo Baritussio, su predecesor en el cargo de postulador general de los Misioneros Combonianos.

Al Dicasterio

La causa pasa ahora al Dicasterio para las Causas de los Santos, en Roma, al que se entregará toda la documentación, con la oración de que el Señor quiera glorificar pronto a este siervo fiel suyo, ofreciendo a la Iglesia universal un modelo luminoso de pastor y misionero, capaz de inspirar todavía hoy nuevas vocaciones y de inflamar los corazones para anunciar el Reino.

El P. Ciucculla, superior provincial, tomó entonces la palabra para agradecer al alcalde de Cologna Veneta, a las autoridades civiles y a todos los presentes.

Por último, el P. Sindjalim, consejero general, en nombre de los Misioneros Combonianos y como africano, agradeció a las Iglesias de Vicenza y Verona haber dado a África dos apóstoles ilustres: san Daniel Comboni y el Siervo de Dios, Mons. Antonio Maria Roveggio.

XXIX Domingo ordinario. Año A

En aquel tiempo, se reunieron los fariseos para ver la manera de hacer caer a Jesús, con preguntas insidiosas, en algo de que pudieran acusarlo.
Le enviaron, pues, a algunos de sus secuaces, junto con algunos del partido de Herodes, para que le dijeran: “Maestro, sabemos que eres sincero y enseñas con verdad el camino de Dios, y que nada te arredra, porque no buscas el favor de nadie. Dinos, pues, qué piensas:
¿Es lícito o no pagar el tributo al César?”.
Conociendo Jesús la malicia de sus intenciones, les contestó: “Hipócritas, ¿por qué tratan de sorprenderme? Enséñenme la moneda del tributo”. Ellos le presentaron una moneda. Jesús les preguntó: “¿De quién es esta imagen y esta inscripción?”. Le respondieron: “Del César”.
Y Jesús concluyó: “Den, pues, al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”.

(Mateo: 22, 15-21)


Dar al César y a Dios
P. Enrique Sánchez G. mccj

En este domingo dividiremos nuestra reflexión en dos partes. Un pequeño pensamiento sobre el evangelio que nos presenta la liturgia hoy y una pequeña reflexión inspirada en el Mensaje del S. Padre León XIV para la Jornada mundial de oración por las misiones.

El Evangelio nos presenta a unas personas que se acercan a Jesús y pretenden confundirlo con sus palabras aduladoras, reconociendo que sus enseñanzas son buenas y verdaderas, pero que no acaban de aceptarlas.

Buscan la manera de ponerlo a prueba para hacerlo caer y de esa manera poder decir que se trata de un charlatán más y que sus enseñanzas no tienen valor. Pero Jesús no se deja atrapar y les demuestra con sus propias palabras y acciones que están equivocados y que de esa manera jamás se encontrarán con la verdad.

La interpretación de la ley que Jesús pone ante sus interlocutores demuestra no sólo que conoce bien la ley, sino que está familiarizado con el espíritu profundo de la misma ley.

La verdad y la justicia mueven necesariamente a comportarse de manera correcta y a cumplir con todas las obligaciones que tenemos como miembros de una sociedad en donde la ley existe para favorecer aquello que permita el bien para todos.

La ley no se ha establecido para transgredirla o manipularla a nuestro antojo o conveniencia y cumplirla correctamente es una obligación que permite vivir en un ambiente sano, respetuoso de los derechos de los demás y en donde cada uno puede, sin dificultad reconocer igualmente sus obligaciones.

Darle al César lo que es del César es una manera muy sencilla de decir que nada nos exenta de nuestros compromisos en la construcción de una sociedad en donde se busque el bien común y en donde se reconozcan y se respeten los derechos de todas las personas por igual.

Darle a Dios lo que le corresponde a Dios, por su parte, lo podemos entender como la necesidad de tener un referente en nuestras vidas que nos ilumine para vivir los valores que nos permitan actuar según la verdad, la justicia y la fraternidad.

Darle a Dios lo que es de Dios significa estar conscientes de la necesidad que tenemos de su Espíritu, de su presencia y de su asistencia para poder actuar de manera que crezcamos en lo que realmente es importante y necesario en la vida.

Darle a Dios no es otra cosa sino permitirnos salir de lo estrecho de nuestras maneras de ver y de actuar en la vida para dejarnos inspirar por los valores que encontramos en el Evangelio y en toda la Palabra de Dios.

Pero, con cierta frecuencia, sucede que nuestra práctica de la ley no va en la línea de buscar lo que es justo, sino, al contrario, se trata de encontrar la manera de distorsionar el valor de la ley para hacerla funcionar según nuestros intereses y nuestras conveniencias.

Un ejemplo lo tenemos en la experiencia de la corrupción que existe tan difundida en nuestra sociedad. No hace falta buscar mucho para encontrarnos con situaciones muy claras en donde la ley no ha sido respetada, ha sido comprada o manipulada. Y esto vale desde el pequeño soborno que se ofrece para evitarse la molestia de cumplir con una obligación marcada por la ley, hasta los grandes escándalos que hace ver como el mal uso de la ley ha servido para proteger a culpables y castigar a inocentes.

La pequeña frase del evangelio de hoy nos invita a no hacerlo cómplices de quienes desvirtúan a la ley con tal de no asumir sus responsabilidades con los demás para construir un mundo verdaderamente fraterno.

Y, por otra parte, nos anima a darle el lugar que le corresponde a Dios en nuestras vidas, para que inspirados y guiados por sus valores y su presencia seamos capaces de vivir respetando a los demás y favoreciendo todo aquello que nos permita crear espacios de auténtica fraternidad.

Démosle a Dios el lugar que le corresponde en nuestras vidas y hagamos el esfuerzo por cumplir con nuestras obligaciones con la sociedad en donde nos encontramos para que podamos vivir en la justicia y en la paz.

Domingo Mundial de las Misiones

En este domingo leamos estos fragmentos del mensaje del Papa León XIV para esta jornada que celebra el Centenario de su institución en 1926 por el Papa Pío XI.

Que la meditación de estas palabras despierte en nosotros un nuevo entusiasmo misionero y nos muevan a un compromiso más decidido de apoyo en la tarea de llevar el Evangelio a todos los rincones de nuestro mundo.

Uno en Cristo, unidos en la misión

Queridos hermanos y hermanas:

Para la Jornada Mundial de las Misiones de 2026, que marca el centenario de esta celebración, instituida por Pío XI y tan querida por la Iglesia, he elegido el tema “Uno en Cristo, unidos en la misión”.

1. Uno en Cristo. Discípulos misioneros unidos en Él y con los hermanos y hermanas

En el centro de la misión está el misterio de la unión con Cristo. Antes de su Pasión, Jesús oró al Padre: «Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste» (Jn 17,21).

Ser cristianos no es ante todo un conjunto de prácticas o ideas; es una vida en unión con Cristo, en la que participamos de la relación filial que Él vive con el Padre en el Espíritu Santo. Significa permanecer en Cristo como los sarmientos en la vid (cf. Jn 15,4), inmersos en la vida trinitaria. De esta unión brota la comunión recíproca entre los creyentes y nace toda fecundidad misionera.

Por eso, la primera responsabilidad misionera de la Iglesia es renovar y mantener viva la unidad espiritual y fraterna entre sus miembros.

La misión evangelizadora, que Cristo confió a sus discípulos, requiere ante todo corazones reconciliados y deseosos de comunión.

Por último —pero no menos importante—, ser “uno en Cristo” nos llama a mantener siempre la mirada fija en el Señor, para que Él sea verdaderamente el centro de nuestra vida personal y comunitaria, de cada palabra, acción y relación interpersonal, de modo que podamos decir con asombro: «Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Ga 2,20).

Por lo tanto, cuanto más unidos estemos en Cristo, tanto más podremos cumplir juntos la misión que Él nos confía.

2. Unidos en la misión. Para que el mundo crea en Cristo Señor

La unidad de los discípulos no es un fin en sí misma: está ordenada a la misión. Jesús lo afirma con claridad: «Para que el mundo crea que tú me enviaste» (Jn 17,21). Es en el testimonio de una comunidad reconciliada, fraterna y solidaria donde el anuncio del Evangelio encuentra toda su fuerza comunicativa.

En esta perspectiva, vale la pena recordar el lema del beato Paolo Manna: “Toda la Iglesia para la conversión de todo el mundo”.

Por eso, estar unidos en la misión significa custodiar y alimentar la espiritualidad de comunión y colaboración misionera. Al crecer cada día en esta actitud, aprendemos con la gracia divina a mirar cada vez más a nuestros hermanos y hermanas con ojos de fe, a reconocer con alegría el bien que el Espíritu suscita en cada uno, a acoger la diversidad como riqueza, a llevar las cargas los unos de los otros y a buscar siempre la unidad que viene de lo Alto.

La unidad misionera, obviamente, no debe entenderse como uniformidad, sino como convergencia de los diferentes carismas con el mismo objetivo: hacer visible el amor de Cristo e invitar a todos al encuentro con Él. La evangelización se realiza cuando las comunidades locales colaboran entre sí y cuando las diferencias culturales, espirituales y litúrgicas se expresan plena y armoniosamente en la misma fe. Por lo tanto, animo a las instituciones y realidades eclesiales a fortalecer el sentido de comunión misionera eclesial y a desarrollar con creatividad formas concretas de colaboración entre ellas, para y en la misión.

3. Misión de amor. Anunciar, vivir y compartir el amor fiel de Dios

Si la unidad es la condición de la misión, el amor es su esencia. La Buena Nueva que estamos enviados a anunciar al mundo no es un ideal abstracto; es el Evangelio del amor fiel de Dios, encarnado en el rostro y en la vida de Jesucristo.

La misión de los discípulos y de toda la Iglesia es la prolongación, en el Espíritu Santo, de la misión de Cristo; una misión que nace del amor, se vive en el amor y conduce al amor. Tanto es así que el mismo Señor, en su gran oración al Padre antes de la pasión, después de invocar la unidad de los discípulos, concluye de este modo: «Para que el amor con que tú me amaste esté en ellos, y yo también esté en ellos» (Jn 17,26). Los apóstoles evangelizaron impulsados por el amor de Cristo y por Cristo (cf. 2 Co 5,14). De la misma manera, a lo largo de los siglos, multitudes de cristianos,  mártires, confesores, misioneros han dado la vida para dar a conocer este amor divino al mundo. Así, la misión evangelizadora de la Iglesia continúa bajo la guía del Espíritu Santo, Espíritu de amor, hasta el fin de los tiempos.

Por eso, deseo agradecer especialmente a los misioneros y misioneras ad gentes de hoy; personas que, como san Francisco Javier, han dejado su tierra, su familia y toda seguridad para anunciar el Evangelio, llevando a Cristo y su amor  a lugares a menudo difíciles, pobres, marcados por conflictos o culturalmente lejanos. Siguen entregándose con alegría a pesar de las adversidades y las limitaciones humanas, porque saben que Cristo mismo, con su Evangelio, es la mayor riqueza que se puede compartir. Con su perseverancia muestran que el amor de Dios es más fuerte que cualquier barrera. El mundo sigue necesitando estos valientes testigos de Cristo, y las comunidades eclesiales siguen necesitando nuevas vocaciones misioneras, que debemos tener siempre en el corazón y por las que debemos rogar continuamente al Padre. Que Él nos conceda el don de jóvenes y adultos dispuestos a dejarlo todo para seguir a Cristo en el camino de la evangelización hasta los confines de la tierra.

Al admirar a los misioneros y misioneras, hago un llamamiento especial a toda la Iglesia: unámonos todos a ellos en la misión evangelizadora mediante el testimonio de la vida en Cristo, la oración y la contribución a las misiones. Animados por estos testimonios, comprometámonos todos a contribuir, cada uno según su vocación y los dones recibidos, a la gran misión evangelizadora, que es  siempre obra del amor. Sus oraciones y su apoyo concreto, especialmente con motivo de la Jornada Mundial de las Misiones, serán de gran ayuda para llevar el Evangelio del amor de Dios a todos, especialmente a los más pobres y necesitados. Y para favorecer la comunión espiritual, les dejo, junto con mi bendición, esta sencilla oración:

Padre santo, concédenos ser uno en Cristo, arraigados en su amor que une y renueva.

Haz que todos los miembros de la Iglesia estén unidos en la misión, dóciles al Espíritu Santo, valientes en dar testimonio del Evangelio, anunciando y encarnando cada día tu amor fiel por cada criatura.

Bendice a los misioneros y misioneras, apóyalos en su esfuerzo, presérvalos en la esperanza.

María, Reina de las misiones, acompaña nuestra labor evangelizadora en todos los rincones de la tierra; haznos instrumentos de paz y haz que el mundo entero reconozca en Cristo la luz que salva.

Amén.

Desde el Vaticano, 25 de enero de 2026, III domingo del Tiempo Ordinario, fiesta de la Conversión del apóstol san Pablo

LEÓN PP. XIV

Motivados por las palabras del Papa León XIV hagamos el esfuerzo por vivir unidos a la persona de Jesús, para que podamos hacer la experiencia de la comunión fraterna que nos mueve a ser testigos del amor que el Señor ha sembrado en nuestros corazones.

Que podamos ser testigos de comunión, llenos del amor del Señor y que nuestra pasión por el anuncio del Evangelio no conozca fronteras, para que en todas partes nos convirtamos en presencia del Señor que nos envía por el mundo como testigos de su amor.

Que, como misioneros, seamos capaces de contagiar la alegría que nos da el sabernos instrumentos en las manos del Señor para seguir construyendo su Reino.

Que la jornada mundial de las misiones se convierta para todos los cristianos en un motivo para asumir la responsabilidad de llevar el Evangelio a todos los que aún no lo conocen.


¿A quién pertenezco?
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

En los domingos anteriores hemos escuchado cómo Jesús denunció duramente a los jefes religiosos y políticos mediante tres parábolas, atrayéndose su hostilidad: ya habían decidido eliminarlo. Ahora sólo buscan un pretexto.

1. Una trampa bien urdida

«Los fariseos se fueron y se pusieron de acuerdo para sorprender a Jesús en alguna palabra. Le enviaron, pues, a sus discípulos, junto con los herodianos».

Herodianos y fariseos se alían, aunque son adversarios entre sí, con la intención de encontrar una manera de eliminar a Jesús. Los discípulos de los fariseos comienzan tejiendo un largo elogio del «Maestro», antes de plantearle la cuestión acordada con los herodianos: «Dinos, pues, qué opinas: ¿es lícito pagar el tributo al César o no?»
La trampa estaba bien preparada. Si Jesús hubiera respondido «sí», habría corrido el riesgo de enemistarse con el pueblo, que soportaba mal el dominio romano. Si hubiera respondido «no», podrían haberlo acusado de ser un subversivo.

2. Jesús, maestro de discernimiento

En la respuesta de Jesús podemos entrever, a pesar de su brevedad, una verdadera lección sobre el discernimiento del cristiano y, concretamente, cuatro indicaciones preciosas también para nosotros.

1) LIBERTAD: «¡Hipócritas!»

Primer paso: Jesús se manifiesta como una persona libre. No se deja conquistar por la adulación de los fariseos y desenmascara su hipocresía.
Y es precisamente aquí donde tantas veces tropezamos también nosotros. Nos dejamos condicionar por los elogios o por la opinión ajena, acabando por limitar nuestra libertad y nuestra lucidez.

2) PREGUNTAR: «¿Por qué me ponéis a prueba?»

Jesús responde a menudo a una pregunta con otra pregunta. Hacer preguntas a quien nos interpela es una manera de involucrarlo, responsabilizarlo e invitarlo a reflexionar.
Una actitud pasiva ante los problemas ha sido una de las limitaciones que han marcado a una parte del laicado católico, también como consecuencia de un clericalismo que, durante siglos, ha incidido profundamente en la vida de la Iglesia. También la manera de presentarse a veces como quien posee ya todas las respuestas puede haber contribuido a la dificultad que la Iglesia experimenta hoy para dialogar con algunos ámbitos de la cultura occidental.
Me parece que también debemos aprender a decir: «No lo sé». Significa reconocer con humildad nuestros límites ante la complejidad y la novedad de muchas cuestiones contemporáneas, sin renunciar a la búsqueda, sino poniéndonos sinceramente en camino para comprender mejor.

3) MIRAR: «Mostradme la moneda del tributo»

Jesús da un tercer paso decisivo: mirar la realidad concreta. Pide ver la moneda del tributo y, al hacerlo, desconcierta a sus interlocutores.
Aquella moneda, con la efigie de Tiberio y una inscripción de fuerte significado religioso, hacía visible el poder de Roma. El hecho de que se encontrara precisamente en el área del Templo ponía además de manifiesto una contradicción evidente, dada la desconfianza judía hacia las imágenes que podían asumir un carácter idolátrico.
Así, quienes querían poner a Jesús a prueba terminan siendo ellos mismos confrontados con sus propias contradicciones.

4) RECOLOCAR: «Dad, pues, al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».

El cuarto momento consiste en situar de nuevo la realidad concreta dentro de un horizonte más amplio. Una cuestión aislada y absolutizada corre el riesgo de convertirse en una verdad parcial y, precisamente por eso, engañosa. Sólo una luz mayor permite redimensionarla y colocarla en la perspectiva adecuada.

«Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» es una de las frases más famosas del Evangelio, pero también una de las más enigmáticas. A menudo se interpreta como si existieran dos ámbitos claramente separados: las «cosas terrenas» confiadas al César y las «cosas espirituales» reservadas a Dios.

Pero ¿qué pertenece al César? Al César le corresponde lo que se refiere a la vida civil: garantizar el orden, la paz social, la libertad y la justicia.

¿Y qué pertenece a Dios? Todo. «Yo soy el Señor y no hay otro; fuera de mí no hay dios… Yo soy el Señor, no hay ningún otro» (Isaías 45,1.4-6).

Si la moneda lleva la imagen del César y por eso puede ser devuelta al César, el ser humano lleva impresa la imagen de Dios. Es, pues, a Dios a quien debe devolverse el ser humano entero. Aquí está la gran reivindicación de Jesús: «¡Dad a Dios lo que es de Dios!»

De aquí nace una pregunta decisiva: ¿a quién pertenezco yo? ¿A una familia, a una profesión, a un grupo social, a un pueblo, a una nación? Ciertamente. Pero Jesús nos recuerda que existe una pertenencia más profunda que todas las demás: tú perteneces a Dios.

3. El dinero del César y la moneda de Jesús

Permitidme ahora una imagen un poco atrevida. El dinero del impuesto al César me hace pensar en aquella moneda que Pedro, por indicación de Jesús, saca de la boca del pez para pagar el tributo del Templo (Mateo 17,24-27). Una sola moneda para Jesús y para Pedro: ambos, de algún modo, asociados en aquella moneda.

¿Qué imagen simbólica podríamos imaginar grabada en ella? En el anverso, la imagen de Cristo; en el reverso, la de Pedro. La imagen de Cristo delante y, detrás, la mía o la tuya. ¡Dos caras de la misma moneda! Cada uno de nosotros pertenece a Cristo y Cristo… “pertenece” a cada uno de nosotros (cf. 1 Corintios 3,22-23).

Para la reflexión y la oración personal

Hoy, penúltimo domingo de octubre, la Iglesia celebra la Jornada Mundial de las Misiones. Instituida por Pío XI en 1926, este año celebra su centésima edición. El papa León XIV ha elegido como tema de la Jornada: «Uno en Cristo, unidos en la misión». Os invito a leer el Mensaje del Santo Padre y, durante esta semana, a retomar la oración que encontramos en su conclusión:

Padre santo, concédenos ser uno en Cristo, arraigados en su amor que une y renueva. Haz que todos los miembros de la Iglesia estén unidos en la misión, dóciles al Espíritu Santo, valientes en dar testimonio del Evangelio, anunciando y encarnando cada día tu amor fiel por cada criatura.
Bendice a los misioneros y misioneras, apóyalos en su esfuerzo, presérvalos en la esperanza.
María, Reina de las misiones, acompaña nuestra labor evangelizadora en todos los rincones de la tierra; haznos instrumentos de paz y haz que el mundo entero reconozca en Cristo la luz que salva. Amén.


Lo que es de Dios
José Antonio Pagola

A  Dios lo que es de Dios.

La trampa que tienden a Jesús está bien pensada: «¿Es lícito pagar tributos al César o no?». Si responde negativamente, lo podrán acusar de rebelión contra Roma. Si acepta la tributación, quedará desacreditado ante aquellas gentes que viven en la miseria exprimidas por los impuestos, y a las que él tanto quiere y defiende.

Jesús les pide que le enseñen «la moneda del impuesto». El no la tiene, pues vive como un vagabundo itinerante, sin tierras ni trabajo fijo; hace tiempo que no tiene problemas con los recaudadores. Después les pregunta por la imagen que aparece en aquel denario de plata. Representa a Tiberio y la leyenda decía: «Tiberius Caesar, Divi Augusti Filius Augustus». En el reverso se podía leer: «Pontifex Maximus».

El gesto de Jesús es ya clarificador. Sus adversarios viven esclavos del sistema pues, al utilizar aquella moneda acuñada con símbolos políticos y religiosos, están reconociendo la soberanía del emperador. No es el caso de Jesús que vive de manera pobre pero libre, dedicado a los más pobres y excluidos del imperio.

Jesús añade entonces algo que nadie le ha planteado. Le preguntan por los derechos del César y él les responde recordando los derechos de Dios: «Pagadle al César lo que es del César, pero dad a Dios lo que es de Dios». La moneda lleva la imagen del emperador, pero el ser humano, como lo recuerda el viejo libro del Génesis, es «imagen de Dios». Por eso, nunca ha de ser sometido a ningún emperador. Jesús lo había recordado muchas veces. Los pobres son de Dios. Los pequeños son sus hijos predilectos. El reino de Dios les pertenece. Nadie ha de abusar de ellos.

Jesús no dice que una mitad de la vida, la material y económica, pertenece a la esfera del César, y la otra mitad, la espiritual y religiosa, a la esfera de Dios. Su mensaje es otro: si entramos en el reino, no hemos de consentir que ningún César sacrifique lo que sólo le pertenece a Dios: los hambrientos del mundo, los subsaharianos abandonados en el desierto, los sinpapeles de nuestras ciudades. Que ningún César cuente con nosotros.


¿Yo, qué imagen llevo dentro de mí?
Papa Francisco

El Evangelio de la Liturgia de hoy nos relata que algunos fariseos se unen a los herodianos para tender una trampa a Jesús. Siempre buscaban tenderle trampas. Van donde Él y le preguntan: «¿Es lícito pagar impuesto al César o no?» (Mt 22,17). Es un engaño: si Jesús legitima el impuesto, se pone de parte de un poder político mal respaldado por el pueblo, mientras que si dice de no pagarlo puede ser acusado de rebelión contra el imperio. Una auténtica trampa. Pero Él escapa de esta insidia. Pide que le muestren una moneda, que lleva impresa la imagen del César, y les dice: «Pues dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» (v. 21). ¿Qué significa esto?

Estas palabras de Jesús se han convertido en algo de uso común, pero a veces se han utilizado de manera equivocada – o al menos reductiva – para hablar de las relaciones entre Iglesia y Estado, entre cristianos y política; a menudo se entienden como si Jesús quisiera separar a “César” y a “Dios”, es decir, la realidad terrenal de la espiritual. A veces, también nosotros pensamos así: una cosa es la fe con sus prácticas y otra cosa, la vida de todos los días. Y esto no funciona. Esto es una “esquizofrenia”, como si la fe no tuviera nada que ver con la vida concreta, con los desafíos de la sociedad, con la justicia social, con la política y etcétera.

En realidad, Jesús quiere ayudarnos a colocar al “César” y a “Dios” cada uno en su importancia. Al César – es decir, a la política, a las instituciones civiles, a los procesos sociales y económicos – pertenece el cuidado del orden terrenal, y nosotros, que en esta realidad estamos inmersos, debemos restituir a la sociedad lo que nos ofrece a través de nuestra contribución de ciudadanos responsables, prestando atención a lo que se nos confía, promoviendo el derecho y la justicia en el mundo del trabajo, pagando honestamente los impuestos, comprometiéndonos por el bien común y etcétera. Pero, al mismo tiempo, Jesús afirma la realidad fundamental: que a Dios pertenece el hombre, todo hombre y todo ser humano. Y esto significa que nosotros no pertenecemos a ninguna realidad terrenal, a ningún “César” de turno. Somos del Señor y no debemos ser esclavos de ningún poder mundano. En la moneda, por lo tanto, está la imagen del emperador, pero Jesús nos recuerda que en nuestra vida está impresa la imagen de Dios, que nada ni nadie puede ensombrecer. Al César pertenecen las cosas de este mundo, pero el hombre y el mundo mismo pertenecen a Dios: ¡no lo olvidemos!

Comprendamos entonces que Jesús nos está devolviendo a cada uno de nosotros a la propia identidad: en la moneda de este mundo está la imagen de César, pero, ¿tú – yo, cualquiera de nosotros – qué imagen llevas dentro de ti? Hagámonos esta pregunta: ¿yo, qué imagen llevo dentro de mí? ¿Tú, de quién eres imagen en tu vida? ¿Nos acordamos de pertenecer al Señor, o nos dejamos modelar por las lógicas del mundo y hacemos del trabajo, de la política, del dinero, nuestros ídolos a adorar?

Que la Virgen Santa nos ayude a reconocer y a honrar nuestra dignidad y la de todo ser humano.

Angelus, 22/10/2023


Misión es anunciar la prioridad de Dios y la salvación en Jesucristo
P. Romeo Ballan, mccj

Jesús en el Evangelio desarma la trampa que fariseos y herodianos le habían tendido sobre el tema espinoso de los impuestos a pagar al emperador de Roma, al cual estaba sometida Palestina en tiempos de Jesús. «¿Es lícito pagar tributo al César o no?» (v. 17). Por cualquier respuesta de Jesús a esa pregunta maliciosa, hubieran podido acusarle de estar a favor o en contra Roma. Jesús va más allá de los dos bandos polémicos; distingue, es más, vuelca la manera de entender la autoridad político-humana y la autoridad suprema de Dios. La “moneda del impuesto” en cuestión (v. 19), en oro u otro metal, era acuñada por el emperador, que era el propietario de la misma; el deudor era tan solo un propietario temporáneo, con la obligación de devolverla al emperador. Un deber que también Jesús reconoce (v. 21).

Pero aquella moneda llevaba una inscripción: “al divino César” o “al dios César”, que Jesús rechaza y vuelca proféticamente: “Devuelvan a Dios lo que es de Dios” (21). César puede tener cierto derecho sobre las cosas, pero no sobre las personas. «César no tiene derecho de vida y de muerte sobre las personas, no tiene derecho a violar sus conciencias, no puede adueñarse de su libertad. A César no le pertenece el corazón, la mente, el alma. Incumben solo a Dios. A cada poder humano hay que decirle: no te adueñes del hombre. El hombre pertenece a Otro. Es cosa de Dios… Sin embargo, para Jesús Dios no es el poder por encima de todo poder, es amor. No es el dueño de las vidas, es el servidor de los vivientes. No un César más grande que otros césares, sino un siervo sufriente por amor. Toda otra manera de ser Dios» (E. Ronchi).

La Palabra de Dios en este domingo proyecta una luz nueva sobre las relaciones entre los hombres, entre el hombre y Dios, entre el hombre y las demás criaturas; entre religión y Estado, entre Evangelio y política, misión y libertad religiosa, fe y libertad de conciencia, Iglesia y gobiernos, laicidad del Estado e imperativos éticos… Son relaciones delicadas y complejas, que afectan de cerca a la conciencia individual de las personas y, a la vez, el trabajo de los que anuncian ampliamente el Evangelio. En particular, la libertad religiosa, un valor promovido por el Concilio Vaticano II, lejos de eximir, postula la propuesta misionera del Evangelio de Cristo, con miras a una libre opción personal y con consecuencias en el ambiente familiar y social.

La respuesta de Jesús establece la autonomía de las dos esferas de acción, humana y divina (v. 21), reivindicando, aquí y en otros pasajes del Evangelio, la prioridad de Dios, de quien todos los seres reciben vida, destino, sentido. Una sana autonomía exige claridad de funciones, respeto mutuo, colaboración en la complementariedad y subsidiariedad, evitando las ingerencias de un sistema teocrático, así como las evasiones de un espiritualismo intimista. Todos, sin embargo, están llamados a sostener las iniciativas para la promoción integral de la persona y el desarrollo solidario de la humanidad. Bajo esta luz, también la acción política de Ciro, rey de los persas (I lectura), definido el “ungido” del Señor (v. 1), se interpreta como salvación para el pueblo hebreo, esclavo en Babilonia. Asimismo, la madurez espiritual de los cristianos (II lectura), con los valores de fe activa, caridad operativa y esperanza firme (v. 3), tiene necesariamente consecuencias positivas para la convivencia familiar, política y social.

Prioridad de Dios, salvación en Jesucristo, conocido y amado por todos para que todos encuentren en Él vida, dignidad, salvación plena… Estos son los objetivos de la obra evangelizadora de la Iglesia, la cual en este día celebra el Domingo Mundial de las Misiones (DOMUND). Porque, como afirma el Papa Francisco: “Hoy en día todavía hay mucha gente que no conoce a Jesucristo; … la humanidad tiene una gran necesidad de aprovechar la salvación que nos ha traído Cristo”. En efecto, anunciar el Evangelio es el mejor servicio que la Iglesia puede ofrecer al mundo, porque el Evangelio tiene siempre una eficacia positiva sobre la vida de la familia humana:educación, economía, trabajo, salud, relaciones familiares y sociales, política, paz, libertad, derechos humanos… El Evangelio es contrario a la evasión de las realidades terrenas; el cristiano está llamado a comprometerse concretamente en ellas, a iluminaras, transformarlas, enriquecerlas con la luz que viene de Dios, supremo bien para una vida humana digna, libre y feliz.

Comboni Connected: la actualidad de la misión comboniana, también en una app

Con motivo de la fiesta de San Daniel Comboni, llega a Google Play Comboni Connected, una nueva aplicación pensada para llevar la actualidad de comboni.org directamente a tu smartphone.

Disponible para dispositivos Android, la aplicación permite seguir de forma sencilla e inmediata las noticias, iniciativas y testimonios que dan a conocer la vida y la misión de los Misioneros Combonianos en todo el mundo.

Comboni Connected ofrece una selección de los contenidos publicados en el sitio web oficial, disponibles en tres idiomas: italiano, inglés y español. Es una herramienta práctica para mantenerse al día sobre las actividades misioneras, conocer las experiencias de las comunidades y descubrir los numerosos lugares donde el carisma de San Daniel Comboni sigue vivo y dando frutos.

Entre las funciones de la aplicación se encuentra también la posibilidad de compartir fácilmente las publicaciones, contribuyendo así a difundir noticias, historias y experiencias misioneras. Además, al activar las notificaciones, se recibe un aviso cada vez que se publica un nuevo contenido, para no perderse las últimas novedades.

Con Comboni Connected, la comunicación misionera se vuelve aún más accesible y cercana a las personas. Es una manera de permanecer en contacto con la familia comboniana, seguir su compromiso en los distintos continentes y sentirse parte de una misión que continúa construyendo puentes de solidaridad, fraternidad y esperanza.

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Oficina de Comunicación

Una religiosa, nueva presidenta de las Obras Misionales Pontificias

El Papa León XIV ha nombrado a la hermana Mary Teresa Barron secretaria adjunta del Dicasterio para la Evangelización y presidenta de las Obras Misionales Pontificias. Actualmente Superiora General de su congregación, las Hermanas de Nuestra Señora de los Apóstoles, asumirá esta nueva responsabilidad el próximo 4 de enero. Es la primera mujer que ocupa el cargo de mayor responsabilidad en la actividad misionera de la Iglesia. En la foto, La Hna. Barron saluda al papa Francisco durante la primera asamblea del Sínodo de 2023 (Foto: Maria Langarica, Vatican Media)

Con información de OMPRESS-Roma

La hermana Barron nació en Donegal, Irlanda, el 7 de noviembre de 1968. Está titulada en Administración de Salud Pública, en el Instituto de Administración Pública de Dublín, y en Desarrollo Internacional, por el Instituto Kimmage de Dublín. Tras sus primeros votos religiosos en 1995, partió a la misión en Tanzania, a zonas rurales del centro del país, comunidades como Mwamapalala y Bugisi, en el acompañamiento diario a familias en condiciones de extrema pobreza, y organizando programas educativos para la infancia y juventud rural.

Su segundo destino misionero fue Nigeria, donde su congregación tiene una fuerte presencia. Una de sus tareas fue la lucha contra el VIH Sida, coordinando programas de salud pública enfocados en la prevención de la enfermedad, así como en la acogida, el cuidado médico y psicológico y el acompañamiento de personas contagiadas y familias estigmatizadas por el virus. Fiel al carisma original del fundador de las Hermanas de Nuestra Señora de los Apóstoles, llevó adelante talleres y proyectos socioeconómicos diseñados para dotar de autonomía económica y social a las mujeres nigerianas. Todo ello mientras colaboraba activamente en la pastoral juvenil y en redes locales intercongregacionales que servían de puente en comunidades afectadas por contextos de violencia o inestabilidad social.

Desde 2018 es Superiora General de las Hermanas Misioneras de Nuestra Señora de los Apóstoles. Entre 2022 y 2025, fue presidenta del Servicio de Documentación y Estudio sobre la Misión Global (SEDOS) y, de 2023 a 2025, presidió la Unión Internacional de Superioras Generales en Roma.

En declaraciones a medios irlandeses, como RTE.ie o Donegallive, la hermana Barron reconocía que, “como la primera mujer a quien se le confía esta responsabilidad, recibo este honor con humildad y con la profunda convicción de que trasciende mi persona. Lo veo como un reconocimiento a las innumerables mujeres, religiosas y laicas, que han dedicado sus vidas a proclamar el Evangelio y a servir al pueblo de Dios en todos los rincones del mundo. Este año, mi propia Congregación celebra 150 años de servicio misionero, especialmente en África. Miles de religiosas me precedieron, allanando el camino para nuestro compromiso misionero de generación en generación. Las honro a todas al aceptar este cargo”.

También daba las gracias al Santo Padre por su confianza y que “haya reconocido el valor de la experiencia misionera para este cargo. Los misioneros viven cerca de las realidades, las esperanzas y los desafíos de las iglesias locales, y espero aportar esa perspectiva al servicio de las Obras Misionales Pontificias.” Una experiencia misionera que ha adquirido “a través del carisma de mi Congregación y del testimonio de generaciones de hermanas que han consagrado sus vidas a la misión de Dios. Llevo conmigo su espíritu, su sabiduría y su compromiso a esta nueva responsabilidad”.

Reconoce que como misionera irlandesa es especialmente consciente “de formar parte de una tradición extraordinaria que ha contribuido enormemente a la vida de la Iglesia universal”. Así, “durante generaciones, los misioneros irlandeses dejaron sus hogares y familias para servir a comunidades en África, Asia, Latinoamérica, Oceanía y más allá. Con su dedicación, sacrificio, fe y valentía, llevaron el Evangelio, fundaron escuelas y hospitales, apoyaron a las comunidades locales y ayudaron a construir iglesias locales vibrantes. Me siento profundamente honrada de representar esa herencia misionera y agradecida por el testimonio de quienes nos precedieron. Su legado continúa inspirándonos hoy mientras buscamos nuevas maneras de vivir y compartir el Evangelio en un mundo en constante cambio”.

“Vuelve a casa” – León XIV en Perú

Durante su viaje apostólico por Sudamérica, del 6 al 17 de noviembre, el papa León XIV visitará Perú del 11 al 17. El Hno. Eloy Díaz, misionero comboniano peruano, comparte sus reflexiones sobre el regreso del Papa al país del que también es ciudadano.

Llevo algunos años siguiendo un llamado que me sacó de mi tierra. Allí aprendí algo que muchas veces no se aprende en los libros: que la fe no se predica primero con palabras, sino con la disposición de quedarse, de estar ahí, de «perder el tiempo» con la gente, comer lo mismo que come el pueblo, aprender su idioma, caminar a su ritmo, compartir sus alegrías y sus preocupaciones. Y es así como uno entiende que evangelizar no significa simplemente llevar algo a los demás, sino dejarse transformar, también, por ellos. 

El papa León XIV visita al Perú en el mes de noviembre; el lema que acompaña su regreso es «VUELVE A CASA». Y, en cierto modo, este lema es verdad. Pero también podríamos decir que nunca se fue del todo, porque fue aquí donde vivió como misionero agustino; aquí fue nombrado obispo de Chiclayo y, durante años, caminó por las mismas calles que hoy sigue caminando su gente.

Aquí enterró a muchos de nuestros hermanos peruanos, bautizó a tantos otros y, sin duda, compartió la mesa y la comida sencilla de las familias del norte del país. Y es aquí, en el Perú, que recibió la ciudadanía peruana. Por eso, su regreso no es solamente el de un papa que visita un país: es también el regreso de un pastor a una tierra que forma parte de su propia historia.

La cercanía de León XIV con este país no comenzó el día en que fue elegido papa. Comenzó mucho antes, cuando aprendió a escuchar de cerca al pueblo y a cargar con las preocupaciones de la Iglesia peruana. Por eso, ahora que regresa, no vuelve únicamente como sucesor de Pedro o como jefe de Estado de la Ciudad del Vaticano. Vuelve, antes que nada, como alguien que tiene una deuda de gratitud con la gente sencilla que lo ayudó a formarse como pastor.

Una de las metodologías de evangelización de los Misioneros Combonianos es «Salvar África con África». Aplicada a nuestra realidad, podríamos decir: evangelizar el Perú con el Perú. Esto significa que la misión no puede ser una importación ni una propuesta elaborada desde fuera y trasladada a una realidad determinada. Tiene que nacer desde dentro, desde la historia, la cultura, las heridas, la fe y las esperanzas de cada pueblo.

En ese sentido, León XIV encarna de alguna manera esa lógica. Aunque nació en Chicago, se dejó transformar por la realidad peruana; se dejó «peruanizar» por un pueblo con hambre de Dios, pero también con hambre de justicia, dignidad y oportunidades. Y es precisamente desde esa experiencia que ahora ejerce su servicio como pastor de la Iglesia universal.

Sin embargo, el Perú al que regresa no es el mismo país que conoció hace algunos años. En este momento es un país cansado: cansado de presidentes que se suceden unos tras otros; de un Congreso que muchas veces parece legislar de espaldas a las necesidades de la gente; de una economía que puede mostrar cifras de crecimiento, pero que no siempre se traduce en bienestar para quienes viven en condiciones de precariedad; y, sobre todo, cansado por una violencia y una extorsión que, para demasiadas familias, se han convertido en parte del pan de cada día.

Al mismo tiempo, este Perú sigue siendo un país profundamente religioso. Las procesiones multitudinarias, los santuarios, las fiestas patronales, el Señor de los Milagros, San Martín de Porres, Santa Rosa de Lima, las Cruces de Mayo y tantas otras expresiones de fe muestran que la religiosidad popular continúa teniendo una enorme fuerza. Para muchos peruanos, esa fe constituye, todavía, un espacio de esperanza, consuelo y encuentro; un refugio emocional y espiritual en medio de una realidad que muchas veces parece no ofrecer demasiadas certezas.

Me parece muy significativo que el itinerario de la visita incluya Lima, pero también Chiclayo, Cusco y Pucallpa. En este sentido, no se trata solamente de recorrer distintas ciudades.

Es, de alguna manera, una oportunidad para recordar que el Perú es costa, sierra y selva; que es ciudad y campo, modernidad y precariedad; pueblos indígenas, comunidades campesinas, migrantes, trabajadores informales, profesionales, familias, jóvenes y religiosos. Es un país diverso, lleno de riquezas, pero también de heridas que no pueden quedar escondidas detrás de una celebración multitudinaria.

Precisamente por eso, no podemos recibir al papa únicamente con banderas, escenarios y grandes celebraciones. Todo ello forma parte de nuestra religiosidad popular y merece respeto.

Pero una visita papal no puede agotarse en la emoción de unos días. Si la presencia del papa nos conmueve, pero no nos transforma; si nos reúne, pero no nos hace escuchar; si nos emociona, pero no nos compromete, corremos el riesgo de convertir un acontecimiento importante en un simple recuerdo.

La visita debería ayudarnos, entonces, a preguntarnos qué Iglesia queremos ser. Necesitamos una Iglesia en salida, como tantas veces nos recordó el papa Francisco y como también nos invita a vivir hoy León XIV: una Iglesia que visite, que escuche, que acompañe, que camine con la gente y que no tenga miedo de estar allí donde están los pobres, los excluidos y quienes muchas veces no encuentran un lugar dentro de la sociedad.

Además, esta visita tiene una dimensión que va más allá del Perú. Se trata de la primera gran gira del papa León XIV por Sudamérica, un continente que durante muchos años fue considerado principalmente territorio de misión, un lugar al que otros enviaban misioneros.

Hoy, sin embargo, desde este continente sale también una voz que tiene algo que decir a la Iglesia universal.

Con Francisco, argentino, y ahora con León XIV, cuya experiencia pastoral quedó profundamente marcada por el Perú, América Latina aparece no solamente como destinataria de la evangelización, sino también como sujeto de misión.

Ya no somos únicamente quienes reciben la fe; somos también quienes la pensamos, la vivimos, la sufrimos, la celebramos y podemos ofrecerla al mundo desde nuestra propia experiencia. La «Iglesia en salida» de la que tanto se ha hablado adquiere así un rostro profundamente latinoamericano.

No obstante, existe un riesgo que no podemos ignorar: que la visita del papa termine convirtiéndose en un trofeo político. Ya lo hemos visto antes: autoridades calculando cuántos turistas llegarán, midiendo el supuesto «impacto económico» de la fe, mientras algunos políticos que difícilmente pisan una parroquia aparecen de pronto como anfitriones devotos.

Por eso, es fundamental que la Iglesia peruana no permita que la visita sea apropiada por intereses políticos o utilizada para maquillar una realidad que necesita ser transformada.

En pocas palabras, la visita de León XIV puede animarnos, confirmarnos en la fe y ayudarnos a mirar nuestra realidad con otros ojos. Pero después somos nosotros quienes tendremos que seguir caminando. El Perú no puede quedarse esperando que el papa nos diga qué tenemos que hacer. Tampoco podemos delegar en él aquello que corresponde a nuestra propia responsabilidad.

La tarea pertenece a las comunidades, a las parroquias, a los jóvenes, a las familias, a los religiosos y religiosas, a los sacerdotes, a los obispos y, en definitiva, a todos los bautizados. La visita del papa puede ser un impulso, una confirmación y una oportunidad; pero la transformación de nuestra realidad tendrá que comenzar desde nosotros mismos, allí donde vivimos y donde estamos llamados a servir.

Quizá ese sea el mejor fruto que pueda dejarnos la visita de León XIV al Perú; no solamente haber visto al papa, escuchado sus palabras o participado en una gran celebración, sino haber permitido que su presencia nos recuerde quiénes somos, a quiénes estamos llamados a servir, qué Iglesia queremos construir y, en especial, nos haga capaces de volver a lo esencial: a Jesús, a los pobres, a la comunidad y a la misión.

Nuestro pastor «vuelve a casa» pero, cuando vuelva a partir, la pregunta quedará entre nosotros: ¿seremos capaces de continuar caminando?

Hno. Eloy Díaz Beltrán, mccj
comboni.org

XXVIII Domingo ordinario. Año A

En aquel tiempo, volvió Jesús a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo: “El Reino de los cielos es semejante a un rey que preparó un banquete de bodas para su hijo. Mandó a sus criados que llamaran a los invitados, pero éstos no quisieron ir.
Envió de nuevo a otros criados que les dijeran: ‘Tengo preparado el banquete; he hecho matar mis terneras y los otros animales gordos; todo está listo. Vengan a la boda’. Pero los invitados no hicieron caso. Uno se fue a su campo, otro a su negocio y los demás se les echaron encima a los criados, los insultaron y los mataron.
Entonces el rey se llenó de cólera y mandó sus tropas, que dieron muerte a aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad.
Luego les dijo a sus criados: ‘La boda está preparada; pero los que habían sido invitados no fueron dignos. Salgan, pues, a los cruces de los caminos y conviden al banquete de bodas a todos los que encuentren’. Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala del banquete se llenó de convidados.
Cuando el rey entró a saludar a los convidados, vio entre ellos a un hombre que no iba vestido con traje de fiesta y le preguntó: ‘Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de fiesta?’.
Aquel hombre se quedó callado. Entonces el rey dijo a los criados: ‘Átenlo de pies y manos y arrójenlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y la desesperación’. Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos”.

(Mateo, 22, 1-14)


Muchos son los llamados y pocos los escogidos
P. Enrique Sánchez G., mccj

Una parábola más en nuestro caminar guiados por la Palabra de Dios. En este domingo el escenario es el de un banquete al cual los principales invitados no se dieron cita y rechazaron la invitación.

Estaban demasiado entretenidos y ocupados en lo rutinario de sus vidas como para darse cuenta de lo extraordinario que se les estaba presentando como una oportunidad para descubrir otro modo de vivir muy distinto.

En nuestra parábola están presentes, un Señor que quiere compartir lo que es con los demás, unos empleados enviados a llevar un mensaje de buenas noticias, unos destinatario encerrados en sus mundos egoístas, una violencia que se desata por la arrogancia de pensar que todo tiene que girar obedeciendo a las ambiciones exaltadas en el mundo y el mismo Señor que no renuncia a entrar en la vida de quienes ama y a quienes busca, a cualquier precio.

El esquema de nuestra parábola hoy es prácticamente igual al de las parábolas que hemos escuchado en los domingos anteriores.

Hay un Señor o propietario que prepara algo bueno y bello para aquellos que quiere que participen de su alegría, de su vida, de todo lo que él tiene; pero más todavía, de lo que él es.

Todo eso lo identificamos con la promesa de salvación y de vida plena que Dios nos está continuamente ofreciendo, invitándonos a entrar en su banquete.

Luego hay unos destinatarios que no abren su corazón al don que se les ofrece y acaban atrapados en un mundo absurdo, marcado por la violencia, la ambición o la indiferencia. Son todos aquellos que a lo largo de la historia se han cerrado al encuentro con el Señor, por los motivos más variados que nos podemos imaginar.

Pero podemos reconocer un grupo al que finalmente se le concede la alegría de entrar en la experiencia del reino. Son todos aquellos pequeños y sencillos de los que Jesús habla en el Evangelio que saben abrir su corazón a las misericordias del Señor.

Que sea una viña o un banquete, no es mucha la diferencia. De lo que se trata es de una promesa de vida plena que se esconde detrás del relato que suena a historia que todos podemos entender.

Quienes tendrían que beneficiarse de la oferta del Señor en la parábola del banquete, simplemente se desentienden o inventan mil pretextos para no acoger lo que se les ofrece. Parece ganar la indiferencia y el rechazo que brotan de un corazón duro y empobrecido.

En el caso de hoy, los principales invitados no hicieron caso, no les interesó, aunque el rey había preparado con esmero y cuidando todos los detalles para que la fiesta fuera un éxito.

Como sabemos, por otras parábolas, así se hacía. Basta recordar la parábola del hijo pródigo que cuando regresa a su casa, su padre manda matar el becerro gordo, lo viste con un traje nuevo, le pone en los pies unas sandalias y en su mano el mejor anillo.

Los  invitados,  aparentemente,  prefirieron  seguir  en  lo  ordinario  de  sus  vidas.  Unos entretenidos  en  sus  campos,  otros  prefirieron  sus  negocios  y,  como  en  las  parábolas anteriores, hubo quienes incluso se echaron encima a quienes habían sido enviados a llevar la invitación.

El evangelio de este domingo nos dice que el rey se llenó de cólera y podemos entender que su reacción podría ser interpretada diciendo que tenía todo el derecho a manifestar  su enojo y su desilusión al constatar la incapacidad de los invitados para entender la calidad del don que se les estaba ofreciendo.

Pero el rey no renuncia a su proyecto y, dejando a un lado a los que habían sido los elegidos, manda a sus criados para que llamen a todos aquellos que, curiosamente para nosotros, estaban en el margen de la sociedad, los que se encontraban en los caminos, es decir, quienes no tenían nada en sus vidas.

Buenos y malos son invitados, porque en el banquete preparado por el rey hay lugar para todos y nadie puede ser excluido, sólo aquel que no se reviste de la condición nueva que le da el ser invitado al banquete.

A todos, seguramente, nos llama la atención en esta parábola que haya un invitado que es echado fuera del banquete por no llevar el traje de fiesta.

Existe un comentario que explica que en esos banquetes todo estaba muy bien preparado y cuidados todos los detalles, incluso estaba previsto ofrecer los trajes a los invitados para participar en la fiesta.

En el caso del invitado que es arrojado fuera, se dice que el rey ordena que lo saquen porque no ha querido vestirse con el traje de fiesta que hacía de él una persona nueva. Quien no está disponible para acoger el don de Dios en su vida, es muy difícil que pueda participar de las alegrías que se le ofrecen, porque de alguna manera, él mismo se marginaliza y desentona en la realidad de la fiesta.

¿Qué enseñanza podría dejarnos a quienes leemos hoy esta parábola? ¿Cómo nos reconocemos en esta historia que se nos cuenta?¿ Qué actitudes deberíamos asumir dejándonos interpelar por esta palabra del Señor?

Dios sigue teniendo un banquete preparado para nosotros y se ha esmerado para que todos podamos disfrutarlo. Nos está invitando de muchas maneras y a través de múltiples mediaciones. Dios quiere que estemos con él siempre.

Pero tenemos que reconocer que, como los invitados de la parábola, muchos de nosotros hoy sentimos que el tiempo no nos alcanza para detenernos a escuchar lo que el Señor nos está proponiendo.

Somos hijos de un momento de la historia en donde vivimos corriendo, sin llegar a nuestras metas. Nos falta el tiempo para encontrarnos con nosotros mismos, para darnos la oportunidad del silencio, del recogimiento, del descubrimiento de lo que llevamos en lo más profundo de nuestros corazones.

Somos personas que vivimos en lo superficial, en lo efímero y pasajero, en lo que no deja huella en nuestras vidas, pero que tampoco acaba por responder a nuestros anhelos más profundos.

Preferimos ir a nuestros campos marcados por la monotonía y la rutina, en donde nos sentimos seguros, porque tenemos la impresión de que todo lo tenemos bajo control, y nos negamos la oportunidad de dejarnos sorprender por lo que Dios ha preparado para nosotros.

Como les sucedió a otros invitados al banquete, muchos de nuestros contemporáneos y seguramente también no pocos de nosotros, vivimos preocupados por nuestros negocios,  por  lo  que  nos  pueda  redituar  ganancias  y  beneficios.  Por  aquello  que, falsamente pensamos que puede ser la seguridad y la garantía de un futuro que se puede construir con riquezas.

No nos damos cuenta de que mañana puede ser nuestro último día. Qué importante es saber crear el equilibrio para que los negocios no nos impidan darle el espacio y el tiempo que le pertenecen al Señor y que para nosotros son vida.

Y, ¿qué decir de quienes abiertamente se oponen a la presencia de Dios en sus vidas?

La gran enfermedad de nuestro tiempo será recordada como la época en que se trató de sacar a Dios de nuestras vidas. Será el tiempo en que se pretendió arrancar del corazón humano su riqueza espiritual y se buscó hacer creer que todo empezaba y terminaba en el ser humano.

Esos fueron y siguen siendo los invitados que, en lugar de abrir su corazón con alegría a la invitación del Señor, lo persiguieron, lo maltrataron y trataron de hacerlo desaparecer de la vida, porque era incómodo o porque invitaba a tomar en serio lo que realmente somos como seres humanos.

Pero, afortunadamente la historia no termina dándoles razón a los invitados malagradecidos.  La  fiesta  del  reino  sigue  siendo  una  oportunidad  que  el  Señor  nos brinda y la invitación sigue siendo válida. ¿Sabremos acogerla y responder con gratitud   a tanto cariño del Señor por nosotros?

¿Será que podremos contarnos entre los pocos escogidos de entre los muchos llamados?

Que el Señor nos conceda contarnos entre los invitados al banquete en el que podamos reconocernos amados por un Padre que hace fiesta para estar entre nosotros.


Invitación
José Antonio Pagola

Jesús conocía muy bien cómo disfrutaban los campesinos de Galilea en las bodas que se celebraban en las aldeas. Sin duda, él mismo tomó parte en más de una. ¿Qué experiencia podía haber más gozosa para aquellas gentes que ser invitados a una boda y poder sentarse con los vecinos a compartir juntos un banquete de bodas?

Este recuerdo vivido desde niño le ayudó en algún momento a comunicar su experiencia de Dios de una manera nueva y sorprendente. Según Jesús, Dios está preparando un banquete final para todos sus hijos pues a todos los quiere ver sentados, junto a él, disfrutando para siempre de una vida plenamente dichosa.

Podemos decir que Jesús entendió su vida entera como una gran invitación a una fiesta final en nombre de Dios. Por eso, Jesús no impone nada a la fuerza, no presiona a nadie. Anuncia la Buena Noticia de Dios, despierta la confianza en el Padre, enciende en los corazones la esperanza. A todos les ha de llegar su invitación.

¿Qué ha sido de esta invitación de Dios? ¿Quién la anuncia? ¿Quién la escucha? ¿Dónde se habla en la Iglesia de esta fiesta final? Satisfechos con nuestro bienestar, sordos a lo que no sea nuestros intereses inmediatos, nos parece que ya no necesitamos de Dios ¿Nos acostumbraremos poco a poco a vivir sin necesidad de alimentar una esperanza última?

Jesús era realista. Sabía que la invitación de Dios puede ser rechazada. En la parábola de “los invitados a la boda” se habla de diversas reacciones de los invitados. Unos rechazan la invitación de manera consciente y rotunda: “no quisieron ir. Otros responden con absoluta indiferencia: “no hicieron caso”. Les importan más sus tierras y negocios.

Pero, según la parábola, Dios no se desalienta. Por encima de todo, habrá una fiesta final. El deseo de Dios es que la sala del banquete se llene de invitados. Por eso, hay que ir a “los cruces de los caminos”, por donde caminan tantas gentes errantes, que viven sin esperanza y sin futuro. La Iglesia ha de seguir anunciando con fe y alegría la invitación de Dios proclamada en el Evangelio de Jesús.

El papa Francisco está preocupado por una predicación que se obsesiona “por la transmisión desarticulada de una multitud de doctrinas que se intenta imponer a fuerza de insistencia”. El mayor peligro está según él en que ya “no será propiamente el Evangelio lo que se anuncie, sino algunos acentos doctrinales o morales que proceden de determinadas opciones ideológicas. El mensaje correrá el riesgo de perder su frescura y dejará de tener olor a Evangelio”.


El banquete del Rey
Dolores Aleixandre

Hace ya muchos años que no sé lo que es dormir bajo techo. Una racha de malas cosechas arruinó a mi familia, y yo me vine solo a Jerusalén, siendo aún joven, atraído por el lujo de la ciudad y esperando encontrar algún trabajo para sobrevivir. Las cosas me fueron mal también aquí, y ahora vivo pidiendo limosna y haciendo, de vez en cuando, algún trabajo duro y mal pagado. A pesar de ello no he perdido la fe en Dios, y hasta solía acudir el sábado a la sinagoga, asistiendo al culto desde un rincón, hasta que un día escuché estas palabras de un salmo: “El Señor alza de la basura al pobre, levanta del polvo al humilde para sentarlo con los príncipes, los príncipes de su pueblo…”(Sal 113,7-8)

Ese día sonreí con amargo escepticismo, porque no es ése el Dios que yo conozco: a mí me deja seguir hundido en el estiércol de la pobreza, y creo que es así como voy a morir; por eso no he vuelto a pisar la sinagoga ni el templo, ni creo que haya nadie capaz de hacerme retornar a ellos. Una tarde, oí revuelo en la Puerta Hermosa: había llegado a Jerusalén el rabí de Galilea que estaba dando tanto que hablar. Lleno de curiosidad, me mezclé con la multitud para ver cómo era y qué decía, y me senté entre los que escuchaban la historia que estaba contando: -“Se parece el reino de los cielos a un rey que quiso celebrar un banquete de bodas para su hijo, y envió a sus servidores a convidar a los invitados…”  (Como siempre, pensé yo. Otro que nos va a repetir la misma cantinela de que Dios premia ya en esta vida a los buenos colmándolos de agasajos y riquezas y deja en la cuneta a los pobres diablos como yo, llenos de pecados y miserias). Pero el cuento que él contaba empezó a interesarme cuando oí que la gente importante que había sido invitada (fariseos, escribas, sacerdotes y gente de dinero sin duda), se negaban a participar en el banquete y ponían pretextos para acudir. Y el anfitrión se encontró con la cena preparada y el comedor vacío. (¿Qué hará ahora el rey?, me pregunté. Seguramente aplazará el convite mientras convence a los invitados para que asistan. Suspiré con envidia y de nuevo me asaltó la rebeldía: ¿por qué mientras a unos les sobraba, otros pasábamos hambre? ¿Por qué más fiestas y banquetes para los que ya estaban saciados…?)

Volví a prestar atención a la historia, y me quedé sorprendido ante el desenlace: el rey decidió sustituir a los convidados ausentes por los desconocidos de la calle, y envió a sus servidores a las plazas y calles de la ciudad para que trajeran al banquete a pobres, lisiados, ciegos y cojos. Salieron los siervos a las encrucijadas de los caminos y veredas, reunieron a cuantos encontraron y la sala quedó llena de convidados. Y comenzó la mejor fiesta que el dueño hubiera podido soñar. En un sector de la multitud hubo un rumor de protesta, y muchos se levantaron del corro y se fueron indignados: eran fariseos que siempre proclamaban convencidos que eran ellos los primeros invitados al banquete del Reino, y que los demás no tendríamos derecho ni a las migas que cayeran de la mesa. Estaban indignados de que los invitados definitivos fueran gente de las encrucijadas de los caminos, y no les faltaba razón porque, de todos es sabido, el tipo de gente que deambulamos por esos lugares… Oí a uno decir: – “A este hombre habría que denunciarle y pararle los pies: su doctrina es peligrosa y contradice claramente lo que sabemos por la Ley…”

Solo nos quedamos con él un pequeño grupo, entre los que reconocí a los que pedían limosna conmigo, a algún ladronzuelo del mercado, y a los que cada noche se arrimaban como yo a la muralla, buscando protección del relente de la noche. Quizá se habían sentido también aludidos por la parábola, y estaban tan sorprendidos como yo al saberse destinatarios, al menos imaginarios, del banquete de un rey. Jesús siguió hablando, ahora más relajado porque sólo le rodeábamos hombres y mujeres sin importancia, gente de los caminos, sin más posesiones que la túnica vieja y el par de sandalias que llevábamos puestas, y quizá con sólo un mendrugo de pan en la alforja.

A medida que le escuchaba, algo iba cambiando dentro de mí, como si aquellas palabras me enderezaran y tuvieran el poder de devolverme mi dignidad. Todo lo que yo creía que era valioso y que daba categoría e importancia a un hombre: el dinero, la fama, el poder, la ciencia…, aparecía de pronto hueco y sin brillo, y Jesús nos lo hacía ver con la misma facilidad con que hasta el más ignorante sabe descubrir si una calabaza está vacía o un árbol sin savia.

-“Dios no le da importancia a nada de eso”, decía, – “es el corazón lo que cuenta para él, y la verdadera dicha está en que vuestros nombres están escritos en el Reino de los cielos. Porque el Padre se revela a los que son humildes, los sienta a su mesa y les confía sus secretos…” Y yo me iba sintiendo libre, humano, digno, como el hombre abatido del salmo, alzado de la basura e invitado a sentarse entre príncipes.

Había anochecido y los hombres y mujeres que acompañaban a Jesús trajeron panes y aceitunas, y los repartieron entre todos. También nosotros sacamos las provisiones que llevábamos en nuestros zurrones y lo compartimos todo. Era un extraño festín con unos extraños invitados. Pero aquel anochecer al raso, mientras salían las primeras estrellas, los que rodeábamos a Jesús nos sabíamos huéspedes de un rey.

Un  rey sentado entre nosotros, que llevaba unas sandalias tan polvorientas como las nuestras, dormía también a la intemperie y, cuando hablaba, tenía el acento inconfundible de los campesinos de Galilea.


Dios no se desanima:
¡quiere a todos en su banquete!
Romeo Ballan, mccj

Hoy la invitación es para un banquete de bodas, para una fiesta, para la vida; ¡no solo para trabajar en la viña! De la viña del Señor al banquete de los pueblos: después de tres domingos con el tema del trabajo en la viña, hoy el mensaje de las lecturas bíblicas está centrado en el banquete de la vida, al que Dios invita a todos los pueblos. Este proyecto del Padre aparece ya en el Primer Testamento, desde la creación, en la que Dios prepara un jardín para sus hijos e hijas. El profeta Isaías (I lectura), con lenguaje apocalíptico proyectado al futuro, habla de un banquete para todos los pueblos: “un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera” (v. 6). ¡Humillación, muerte, lágrimas, esclavitud… serán cosas del pasado! ¿Se trata solo de un sueño, una ilusión? ¡No! Es el proyecto del Padre de la vida, para con todas las naciones (v. 7), que se va realizando gradualmente en el camino hacia el Reino definitivo. Por tanto, es preciso celebrar y gozar con la salvación que viene de Dios (v. 9). Aun en medio de las tribulaciones, junto con Él, que es el Pastor bueno, nada nos falta: Él nos asegura el alimento y el agua, prepara una mesa abundante para todos (Salmo).

El icono del banquete es muy querido y familiar en las acciones y enseñanzas de Jesús. Él sabe ayunar y llevar una vida austera, pero le gusta también estar con la gente y hacer fiesta. Estrena sus signos en un festín de bodas en Caná; acepta los banquetes ofrecidos por Mateo y Zaqueo, por Simón el leproso y por el amigo Lázaro; luego vienen las multiplicaciones de los panes, la última cena, la mesa de Emaús, el desayuno a orillas del lago; las enseñanzas sobre los asientos a la mesa, el ayuno, la vigilancia de las doncellas para entrar a la fiesta de boda, y otras como la parábola de hoy del banquete de boda por el hijo del rey (Evangelio).

El icono del banquete (imagen y realidad) subraya el proyecto del Padre para la vida del mundo. Su invitación no es solo a trabajar en la viña (ver las parábolas de los domingos anteriores), sino a entrar con gozo en el banquete de boda del Hijo: es decir, ser hijos e hijas en el Hijo, hermanos y hermanas por el bautismo; participar en el banquete de la Eucaristía; tomar parte activa en el proyecto del Reino y llevar esta bella noticia a otros en un compartir misionero. Todo esto, antes de ser un compromiso, es un don, una dignidad, una fiesta. Ser cristianos, discípulos y misioneros del Evangelioes mucho más que una tarea o una disciplina: es motivo de gozo y de esperanza, es un servicio al Reino, es vida.

La fiesta está preparada (v. 8): el Hijo ha venido, está presente. Este plan salvífico de Dios es para todos los pueblos. Su Reino tiene dimensiones universales, sin restricciones, como se deduce de la parábola: el Padre invita a todos, quiere que la casa se llene con todos sus hijos e hijas, “malos y buenos”, recogidos de todos los caminos del mundo (v. 9-10). Dios ‘invita’ al banquete de bodas, pero nos deja libres de decir sí o no: nos toca a nosotros tomar una decisión de responsabilidad; de ella depende nuestra felicidad. Dios es sensible al rechazo de los primeros invitados, pero no renuncia. “El plan de Dios no se suspende, la invitación queda en pie, resuena incluso con mayor intensidad por esos extraños personajes que ningún judío hubiera aceptado que accedieran a su mesa purificada y ritualmente perfecta. Es el mundo de los pobres, de los sufridos, marginados dispersos por los caminos del mundo. A la arrogante autosuficiencia de los que se consideraban propietarios de la elección y de la salvación… sucede la nueva comunidad de las Bienaventuranzas” (G. Ravasi). Dios no se deja vencer por nuestros rechazos: en su ‘fantasía’ busca siempre nuevos caminos.

Para formar parte de la comunidad de las Bienaventuranzas, se necesita, sin embargo, el traje de fiesta (v. 12). Una exigencia que parece contrastar con la amplitud y la prisa de esa convocatoria general… Podría tratarse de otra parábola de Jesús para un contexto diferente. En todo caso, el mensaje es coherente con la libertad personal y la disponibilidad de cada uno ante la llamada de Dios. Para entrar a la fiesta será necesario vestir “el traje de bodas” (v. 11-12): no se trata de un distintivo exterior sino interior. Son condiciones irrenunciables: despojarse del hombre viejo, renovar el espíritu y revestirse del Hombre Nuevo (Ef 4,22-24), según la exhortación de San Pablo (II lectura), el cual se fía totalmente de Dios: “todo lo puedo en aquel que me da la fuerza” (v. 13).

El traje de fiesta es Cristo, Él es el hombre nuevo: “Revístanse del Señor Jesucristo”, insiste Pablo (Rom 13,14). S. Gregorio Magno comenta: “La caridad es el traje de fiesta, porque nuestro Redentor la revistió cuando vino para unir en sí como esposa a su Iglesia. Es el amor de Dios que movió al Hijo a reunir en torno a sí a los elegidos”. Es un mensaje que ilumina el compromiso de todo cristiano y de cada comunidad para este octubre misionero. Somos nosotros los servidores, que el Padre envía hoy por los caminos del mundo para anunciar el Evangelio de Jesús, para que todos los miembros de la familia humana se conviertan en comensales en el banquete de la vida nueva, en Cristo. Los cristianos somos “bautizados-enviados”, llamados a ser misioneros: es decir, “tejedores de fraternidad”, contentos de ser anillos de la cadena de transmisión del Evangelio.