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XXVIII Domingo ordinario. Año A

En aquel tiempo, volvió Jesús a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo: “El Reino de los cielos es semejante a un rey que preparó un banquete de bodas para su hijo. Mandó a sus criados que llamaran a los invitados, pero éstos no quisieron ir.
Envió de nuevo a otros criados que les dijeran: ‘Tengo preparado el banquete; he hecho matar mis terneras y los otros animales gordos; todo está listo. Vengan a la boda’. Pero los invitados no hicieron caso. Uno se fue a su campo, otro a su negocio y los demás se les echaron encima a los criados, los insultaron y los mataron.
Entonces el rey se llenó de cólera y mandó sus tropas, que dieron muerte a aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad.
Luego les dijo a sus criados: ‘La boda está preparada; pero los que habían sido invitados no fueron dignos. Salgan, pues, a los cruces de los caminos y conviden al banquete de bodas a todos los que encuentren’. Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala del banquete se llenó de convidados.
Cuando el rey entró a saludar a los convidados, vio entre ellos a un hombre que no iba vestido con traje de fiesta y le preguntó: ‘Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de fiesta?’.
Aquel hombre se quedó callado. Entonces el rey dijo a los criados: ‘Átenlo de pies y manos y arrójenlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y la desesperación’. Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos”.

(Mateo, 22, 1-14)


Muchos son los llamados y pocos los escogidos
P. Enrique Sánchez G., mccj

Una parábola más en nuestro caminar guiados por la Palabra de Dios. En este domingo el escenario es el de un banquete al cual los principales invitados no se dieron cita y rechazaron la invitación.

Estaban demasiado entretenidos y ocupados en lo rutinario de sus vidas como para darse cuenta de lo extraordinario que se les estaba presentando como una oportunidad para descubrir otro modo de vivir muy distinto.

En nuestra parábola están presentes, un Señor que quiere compartir lo que es con los demás, unos empleados enviados a llevar un mensaje de buenas noticias, unos destinatario encerrados en sus mundos egoístas, una violencia que se desata por la arrogancia de pensar que todo tiene que girar obedeciendo a las ambiciones exaltadas en el mundo y el mismo Señor que no renuncia a entrar en la vida de quienes ama y a quienes busca, a cualquier precio.

El esquema de nuestra parábola hoy es prácticamente igual al de las parábolas que hemos escuchado en los domingos anteriores.

Hay un Señor o propietario que prepara algo bueno y bello para aquellos que quiere que participen de su alegría, de su vida, de todo lo que él tiene; pero más todavía, de lo que él es.

Todo eso lo identificamos con la promesa de salvación y de vida plena que Dios nos está continuamente ofreciendo, invitándonos a entrar en su banquete.

Luego hay unos destinatarios que no abren su corazón al don que se les ofrece y acaban atrapados en un mundo absurdo, marcado por la violencia, la ambición o la indiferencia. Son todos aquellos que a lo largo de la historia se han cerrado al encuentro con el Señor, por los motivos más variados que nos podemos imaginar.

Pero podemos reconocer un grupo al que finalmente se le concede la alegría de entrar en la experiencia del reino. Son todos aquellos pequeños y sencillos de los que Jesús habla en el Evangelio que saben abrir su corazón a las misericordias del Señor.

Que sea una viña o un banquete, no es mucha la diferencia. De lo que se trata es de una promesa de vida plena que se esconde detrás del relato que suena a historia que todos podemos entender.

Quienes tendrían que beneficiarse de la oferta del Señor en la parábola del banquete, simplemente se desentienden o inventan mil pretextos para no acoger lo que se les ofrece. Parece ganar la indiferencia y el rechazo que brotan de un corazón duro y empobrecido.

En el caso de hoy, los principales invitados no hicieron caso, no les interesó, aunque el rey había preparado con esmero y cuidando todos los detalles para que la fiesta fuera un éxito.

Como sabemos, por otras parábolas, así se hacía. Basta recordar la parábola del hijo pródigo que cuando regresa a su casa, su padre manda matar el becerro gordo, lo viste con un traje nuevo, le pone en los pies unas sandalias y en su mano el mejor anillo.

Los  invitados,  aparentemente,  prefirieron  seguir  en  lo  ordinario  de  sus  vidas.  Unos entretenidos  en  sus  campos,  otros  prefirieron  sus  negocios  y,  como  en  las  parábolas anteriores, hubo quienes incluso se echaron encima a quienes habían sido enviados a llevar la invitación.

El evangelio de este domingo nos dice que el rey se llenó de cólera y podemos entender que su reacción podría ser interpretada diciendo que tenía todo el derecho a manifestar  su enojo y su desilusión al constatar la incapacidad de los invitados para entender la calidad del don que se les estaba ofreciendo.

Pero el rey no renuncia a su proyecto y, dejando a un lado a los que habían sido los elegidos, manda a sus criados para que llamen a todos aquellos que, curiosamente para nosotros, estaban en el margen de la sociedad, los que se encontraban en los caminos, es decir, quienes no tenían nada en sus vidas.

Buenos y malos son invitados, porque en el banquete preparado por el rey hay lugar para todos y nadie puede ser excluido, sólo aquel que no se reviste de la condición nueva que le da el ser invitado al banquete.

A todos, seguramente, nos llama la atención en esta parábola que haya un invitado que es echado fuera del banquete por no llevar el traje de fiesta.

Existe un comentario que explica que en esos banquetes todo estaba muy bien preparado y cuidados todos los detalles, incluso estaba previsto ofrecer los trajes a los invitados para participar en la fiesta.

En el caso del invitado que es arrojado fuera, se dice que el rey ordena que lo saquen porque no ha querido vestirse con el traje de fiesta que hacía de él una persona nueva. Quien no está disponible para acoger el don de Dios en su vida, es muy difícil que pueda participar de las alegrías que se le ofrecen, porque de alguna manera, él mismo se marginaliza y desentona en la realidad de la fiesta.

¿Qué enseñanza podría dejarnos a quienes leemos hoy esta parábola? ¿Cómo nos reconocemos en esta historia que se nos cuenta?¿ Qué actitudes deberíamos asumir dejándonos interpelar por esta palabra del Señor?

Dios sigue teniendo un banquete preparado para nosotros y se ha esmerado para que todos podamos disfrutarlo. Nos está invitando de muchas maneras y a través de múltiples mediaciones. Dios quiere que estemos con él siempre.

Pero tenemos que reconocer que, como los invitados de la parábola, muchos de nosotros hoy sentimos que el tiempo no nos alcanza para detenernos a escuchar lo que el Señor nos está proponiendo.

Somos hijos de un momento de la historia en donde vivimos corriendo, sin llegar a nuestras metas. Nos falta el tiempo para encontrarnos con nosotros mismos, para darnos la oportunidad del silencio, del recogimiento, del descubrimiento de lo que llevamos en lo más profundo de nuestros corazones.

Somos personas que vivimos en lo superficial, en lo efímero y pasajero, en lo que no deja huella en nuestras vidas, pero que tampoco acaba por responder a nuestros anhelos más profundos.

Preferimos ir a nuestros campos marcados por la monotonía y la rutina, en donde nos sentimos seguros, porque tenemos la impresión de que todo lo tenemos bajo control, y nos negamos la oportunidad de dejarnos sorprender por lo que Dios ha preparado para nosotros.

Como les sucedió a otros invitados al banquete, muchos de nuestros contemporáneos y seguramente también no pocos de nosotros, vivimos preocupados por nuestros negocios,  por  lo  que  nos  pueda  redituar  ganancias  y  beneficios.  Por  aquello  que, falsamente pensamos que puede ser la seguridad y la garantía de un futuro que se puede construir con riquezas.

No nos damos cuenta de que mañana puede ser nuestro último día. Qué importante es saber crear el equilibrio para que los negocios no nos impidan darle el espacio y el tiempo que le pertenecen al Señor y que para nosotros son vida.

Y, ¿qué decir de quienes abiertamente se oponen a la presencia de Dios en sus vidas?

La gran enfermedad de nuestro tiempo será recordada como la época en que se trató de sacar a Dios de nuestras vidas. Será el tiempo en que se pretendió arrancar del corazón humano su riqueza espiritual y se buscó hacer creer que todo empezaba y terminaba en el ser humano.

Esos fueron y siguen siendo los invitados que, en lugar de abrir su corazón con alegría a la invitación del Señor, lo persiguieron, lo maltrataron y trataron de hacerlo desaparecer de la vida, porque era incómodo o porque invitaba a tomar en serio lo que realmente somos como seres humanos.

Pero, afortunadamente la historia no termina dándoles razón a los invitados malagradecidos.  La  fiesta  del  reino  sigue  siendo  una  oportunidad  que  el  Señor  nos brinda y la invitación sigue siendo válida. ¿Sabremos acogerla y responder con gratitud   a tanto cariño del Señor por nosotros?

¿Será que podremos contarnos entre los pocos escogidos de entre los muchos llamados?

Que el Señor nos conceda contarnos entre los invitados al banquete en el que podamos reconocernos amados por un Padre que hace fiesta para estar entre nosotros.


Invitación
José Antonio Pagola

Jesús conocía muy bien cómo disfrutaban los campesinos de Galilea en las bodas que se celebraban en las aldeas. Sin duda, él mismo tomó parte en más de una. ¿Qué experiencia podía haber más gozosa para aquellas gentes que ser invitados a una boda y poder sentarse con los vecinos a compartir juntos un banquete de bodas?

Este recuerdo vivido desde niño le ayudó en algún momento a comunicar su experiencia de Dios de una manera nueva y sorprendente. Según Jesús, Dios está preparando un banquete final para todos sus hijos pues a todos los quiere ver sentados, junto a él, disfrutando para siempre de una vida plenamente dichosa.

Podemos decir que Jesús entendió su vida entera como una gran invitación a una fiesta final en nombre de Dios. Por eso, Jesús no impone nada a la fuerza, no presiona a nadie. Anuncia la Buena Noticia de Dios, despierta la confianza en el Padre, enciende en los corazones la esperanza. A todos les ha de llegar su invitación.

¿Qué ha sido de esta invitación de Dios? ¿Quién la anuncia? ¿Quién la escucha? ¿Dónde se habla en la Iglesia de esta fiesta final? Satisfechos con nuestro bienestar, sordos a lo que no sea nuestros intereses inmediatos, nos parece que ya no necesitamos de Dios ¿Nos acostumbraremos poco a poco a vivir sin necesidad de alimentar una esperanza última?

Jesús era realista. Sabía que la invitación de Dios puede ser rechazada. En la parábola de “los invitados a la boda” se habla de diversas reacciones de los invitados. Unos rechazan la invitación de manera consciente y rotunda: “no quisieron ir. Otros responden con absoluta indiferencia: “no hicieron caso”. Les importan más sus tierras y negocios.

Pero, según la parábola, Dios no se desalienta. Por encima de todo, habrá una fiesta final. El deseo de Dios es que la sala del banquete se llene de invitados. Por eso, hay que ir a “los cruces de los caminos”, por donde caminan tantas gentes errantes, que viven sin esperanza y sin futuro. La Iglesia ha de seguir anunciando con fe y alegría la invitación de Dios proclamada en el Evangelio de Jesús.

El papa Francisco está preocupado por una predicación que se obsesiona “por la transmisión desarticulada de una multitud de doctrinas que se intenta imponer a fuerza de insistencia”. El mayor peligro está según él en que ya “no será propiamente el Evangelio lo que se anuncie, sino algunos acentos doctrinales o morales que proceden de determinadas opciones ideológicas. El mensaje correrá el riesgo de perder su frescura y dejará de tener olor a Evangelio”.


El banquete del Rey
Dolores Aleixandre

Hace ya muchos años que no sé lo que es dormir bajo techo. Una racha de malas cosechas arruinó a mi familia, y yo me vine solo a Jerusalén, siendo aún joven, atraído por el lujo de la ciudad y esperando encontrar algún trabajo para sobrevivir. Las cosas me fueron mal también aquí, y ahora vivo pidiendo limosna y haciendo, de vez en cuando, algún trabajo duro y mal pagado. A pesar de ello no he perdido la fe en Dios, y hasta solía acudir el sábado a la sinagoga, asistiendo al culto desde un rincón, hasta que un día escuché estas palabras de un salmo: “El Señor alza de la basura al pobre, levanta del polvo al humilde para sentarlo con los príncipes, los príncipes de su pueblo…”(Sal 113,7-8)

Ese día sonreí con amargo escepticismo, porque no es ése el Dios que yo conozco: a mí me deja seguir hundido en el estiércol de la pobreza, y creo que es así como voy a morir; por eso no he vuelto a pisar la sinagoga ni el templo, ni creo que haya nadie capaz de hacerme retornar a ellos. Una tarde, oí revuelo en la Puerta Hermosa: había llegado a Jerusalén el rabí de Galilea que estaba dando tanto que hablar. Lleno de curiosidad, me mezclé con la multitud para ver cómo era y qué decía, y me senté entre los que escuchaban la historia que estaba contando: -“Se parece el reino de los cielos a un rey que quiso celebrar un banquete de bodas para su hijo, y envió a sus servidores a convidar a los invitados…”  (Como siempre, pensé yo. Otro que nos va a repetir la misma cantinela de que Dios premia ya en esta vida a los buenos colmándolos de agasajos y riquezas y deja en la cuneta a los pobres diablos como yo, llenos de pecados y miserias). Pero el cuento que él contaba empezó a interesarme cuando oí que la gente importante que había sido invitada (fariseos, escribas, sacerdotes y gente de dinero sin duda), se negaban a participar en el banquete y ponían pretextos para acudir. Y el anfitrión se encontró con la cena preparada y el comedor vacío. (¿Qué hará ahora el rey?, me pregunté. Seguramente aplazará el convite mientras convence a los invitados para que asistan. Suspiré con envidia y de nuevo me asaltó la rebeldía: ¿por qué mientras a unos les sobraba, otros pasábamos hambre? ¿Por qué más fiestas y banquetes para los que ya estaban saciados…?)

Volví a prestar atención a la historia, y me quedé sorprendido ante el desenlace: el rey decidió sustituir a los convidados ausentes por los desconocidos de la calle, y envió a sus servidores a las plazas y calles de la ciudad para que trajeran al banquete a pobres, lisiados, ciegos y cojos. Salieron los siervos a las encrucijadas de los caminos y veredas, reunieron a cuantos encontraron y la sala quedó llena de convidados. Y comenzó la mejor fiesta que el dueño hubiera podido soñar. En un sector de la multitud hubo un rumor de protesta, y muchos se levantaron del corro y se fueron indignados: eran fariseos que siempre proclamaban convencidos que eran ellos los primeros invitados al banquete del Reino, y que los demás no tendríamos derecho ni a las migas que cayeran de la mesa. Estaban indignados de que los invitados definitivos fueran gente de las encrucijadas de los caminos, y no les faltaba razón porque, de todos es sabido, el tipo de gente que deambulamos por esos lugares… Oí a uno decir: – “A este hombre habría que denunciarle y pararle los pies: su doctrina es peligrosa y contradice claramente lo que sabemos por la Ley…”

Solo nos quedamos con él un pequeño grupo, entre los que reconocí a los que pedían limosna conmigo, a algún ladronzuelo del mercado, y a los que cada noche se arrimaban como yo a la muralla, buscando protección del relente de la noche. Quizá se habían sentido también aludidos por la parábola, y estaban tan sorprendidos como yo al saberse destinatarios, al menos imaginarios, del banquete de un rey. Jesús siguió hablando, ahora más relajado porque sólo le rodeábamos hombres y mujeres sin importancia, gente de los caminos, sin más posesiones que la túnica vieja y el par de sandalias que llevábamos puestas, y quizá con sólo un mendrugo de pan en la alforja.

A medida que le escuchaba, algo iba cambiando dentro de mí, como si aquellas palabras me enderezaran y tuvieran el poder de devolverme mi dignidad. Todo lo que yo creía que era valioso y que daba categoría e importancia a un hombre: el dinero, la fama, el poder, la ciencia…, aparecía de pronto hueco y sin brillo, y Jesús nos lo hacía ver con la misma facilidad con que hasta el más ignorante sabe descubrir si una calabaza está vacía o un árbol sin savia.

-“Dios no le da importancia a nada de eso”, decía, – “es el corazón lo que cuenta para él, y la verdadera dicha está en que vuestros nombres están escritos en el Reino de los cielos. Porque el Padre se revela a los que son humildes, los sienta a su mesa y les confía sus secretos…” Y yo me iba sintiendo libre, humano, digno, como el hombre abatido del salmo, alzado de la basura e invitado a sentarse entre príncipes.

Había anochecido y los hombres y mujeres que acompañaban a Jesús trajeron panes y aceitunas, y los repartieron entre todos. También nosotros sacamos las provisiones que llevábamos en nuestros zurrones y lo compartimos todo. Era un extraño festín con unos extraños invitados. Pero aquel anochecer al raso, mientras salían las primeras estrellas, los que rodeábamos a Jesús nos sabíamos huéspedes de un rey.

Un  rey sentado entre nosotros, que llevaba unas sandalias tan polvorientas como las nuestras, dormía también a la intemperie y, cuando hablaba, tenía el acento inconfundible de los campesinos de Galilea.


Dios no se desanima:
¡quiere a todos en su banquete!
Romeo Ballan, mccj

Hoy la invitación es para un banquete de bodas, para una fiesta, para la vida; ¡no solo para trabajar en la viña! De la viña del Señor al banquete de los pueblos: después de tres domingos con el tema del trabajo en la viña, hoy el mensaje de las lecturas bíblicas está centrado en el banquete de la vida, al que Dios invita a todos los pueblos. Este proyecto del Padre aparece ya en el Primer Testamento, desde la creación, en la que Dios prepara un jardín para sus hijos e hijas. El profeta Isaías (I lectura), con lenguaje apocalíptico proyectado al futuro, habla de un banquete para todos los pueblos: “un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera” (v. 6). ¡Humillación, muerte, lágrimas, esclavitud… serán cosas del pasado! ¿Se trata solo de un sueño, una ilusión? ¡No! Es el proyecto del Padre de la vida, para con todas las naciones (v. 7), que se va realizando gradualmente en el camino hacia el Reino definitivo. Por tanto, es preciso celebrar y gozar con la salvación que viene de Dios (v. 9). Aun en medio de las tribulaciones, junto con Él, que es el Pastor bueno, nada nos falta: Él nos asegura el alimento y el agua, prepara una mesa abundante para todos (Salmo).

El icono del banquete es muy querido y familiar en las acciones y enseñanzas de Jesús. Él sabe ayunar y llevar una vida austera, pero le gusta también estar con la gente y hacer fiesta. Estrena sus signos en un festín de bodas en Caná; acepta los banquetes ofrecidos por Mateo y Zaqueo, por Simón el leproso y por el amigo Lázaro; luego vienen las multiplicaciones de los panes, la última cena, la mesa de Emaús, el desayuno a orillas del lago; las enseñanzas sobre los asientos a la mesa, el ayuno, la vigilancia de las doncellas para entrar a la fiesta de boda, y otras como la parábola de hoy del banquete de boda por el hijo del rey (Evangelio).

El icono del banquete (imagen y realidad) subraya el proyecto del Padre para la vida del mundo. Su invitación no es solo a trabajar en la viña (ver las parábolas de los domingos anteriores), sino a entrar con gozo en el banquete de boda del Hijo: es decir, ser hijos e hijas en el Hijo, hermanos y hermanas por el bautismo; participar en el banquete de la Eucaristía; tomar parte activa en el proyecto del Reino y llevar esta bella noticia a otros en un compartir misionero. Todo esto, antes de ser un compromiso, es un don, una dignidad, una fiesta. Ser cristianos, discípulos y misioneros del Evangelioes mucho más que una tarea o una disciplina: es motivo de gozo y de esperanza, es un servicio al Reino, es vida.

La fiesta está preparada (v. 8): el Hijo ha venido, está presente. Este plan salvífico de Dios es para todos los pueblos. Su Reino tiene dimensiones universales, sin restricciones, como se deduce de la parábola: el Padre invita a todos, quiere que la casa se llene con todos sus hijos e hijas, “malos y buenos”, recogidos de todos los caminos del mundo (v. 9-10). Dios ‘invita’ al banquete de bodas, pero nos deja libres de decir sí o no: nos toca a nosotros tomar una decisión de responsabilidad; de ella depende nuestra felicidad. Dios es sensible al rechazo de los primeros invitados, pero no renuncia. “El plan de Dios no se suspende, la invitación queda en pie, resuena incluso con mayor intensidad por esos extraños personajes que ningún judío hubiera aceptado que accedieran a su mesa purificada y ritualmente perfecta. Es el mundo de los pobres, de los sufridos, marginados dispersos por los caminos del mundo. A la arrogante autosuficiencia de los que se consideraban propietarios de la elección y de la salvación… sucede la nueva comunidad de las Bienaventuranzas” (G. Ravasi). Dios no se deja vencer por nuestros rechazos: en su ‘fantasía’ busca siempre nuevos caminos.

Para formar parte de la comunidad de las Bienaventuranzas, se necesita, sin embargo, el traje de fiesta (v. 12). Una exigencia que parece contrastar con la amplitud y la prisa de esa convocatoria general… Podría tratarse de otra parábola de Jesús para un contexto diferente. En todo caso, el mensaje es coherente con la libertad personal y la disponibilidad de cada uno ante la llamada de Dios. Para entrar a la fiesta será necesario vestir “el traje de bodas” (v. 11-12): no se trata de un distintivo exterior sino interior. Son condiciones irrenunciables: despojarse del hombre viejo, renovar el espíritu y revestirse del Hombre Nuevo (Ef 4,22-24), según la exhortación de San Pablo (II lectura), el cual se fía totalmente de Dios: “todo lo puedo en aquel que me da la fuerza” (v. 13).

El traje de fiesta es Cristo, Él es el hombre nuevo: “Revístanse del Señor Jesucristo”, insiste Pablo (Rom 13,14). S. Gregorio Magno comenta: “La caridad es el traje de fiesta, porque nuestro Redentor la revistió cuando vino para unir en sí como esposa a su Iglesia. Es el amor de Dios que movió al Hijo a reunir en torno a sí a los elegidos”. Es un mensaje que ilumina el compromiso de todo cristiano y de cada comunidad para este octubre misionero. Somos nosotros los servidores, que el Padre envía hoy por los caminos del mundo para anunciar el Evangelio de Jesús, para que todos los miembros de la familia humana se conviertan en comensales en el banquete de la vida nueva, en Cristo. Los cristianos somos “bautizados-enviados”, llamados a ser misioneros: es decir, “tejedores de fraternidad”, contentos de ser anillos de la cadena de transmisión del Evangelio.

DOMUND: 100 años apoyando a las misiones

El DOMUND (Domingo Mundial de las Misiones) es una jornada instituida el 14 de abril de 1926 por el papa Pío XI. Se celebra cada penúltimo domingo de octubre para orar por los misioneros y recaudar fondos para el sostenimiento de las Iglesias en los territorios de misión. Este mes se celebrará el domingo 18. Su creación fue el resultado de una evolución histórica que unió el esfuerzo de laicos comprometidos con la visión estratégica de Pío XI, conocido como el «Papa de las Misiones». Hoy, 100 años después, sigue apoyando a las misiones y a los misioneros de todo el mundo a través de la sensibilización de la Iglesia, de la oración y de la colaboración económica.

Aunque la jornada del DOMUND fue instituida como tal en el siglo XX, hay que remontarse al siglo XIX para conocer sus orígenes. En aquella época, la Iglesia en Francia buscaba formas eficientes de apoyar económicamente a los misioneros que trabajaban en lugares lejanos. En 1819 una joven laica llamada Pauline Jaricot –beatificada el 22 de mayo de 2022– con solo 19 años, se sintió impresionada por las cartas que su hermano seminarista le enviaba sobre las dificultades de los misioneros en China. Al leer esos relatos concibió una red de apoyo popular e ideó un sistema piramidal: pequeños grupos de diez personas donde cada una aportaba una moneda semanal (un sous) y se comprometía a rezar por las misiones y a buscar otras diez personas que se unieran a la causa; así creó una estructura masiva y altamente efectiva. Esta red creció exponencialmente, traspasó las fronteras y se convirtió en 1822 en la «Asociación de la Propagación de la Fe». Cien años después, en mayo de 1922, el recién elegido Pío XI, conocido como el «Papa de las Misiones», asumió esta causa. Impresionado por la estructura de Pauline Jaricot, decidió otorgarle el rango de «Pontificia», lo que significaba que la obra ya no dependía de iniciativas particulares en Francia, sino que pasaba a ser el órgano oficial de recaudación de toda la Iglesia. El objetivo central no era solo recaudar donativos, sino también promover la conciencia misionera y la solidaridad entre todos los católicos del mundo.

Pauline Jaricot y el Papa Pío XI

El origen de la colecta

El relato tradicional de las Obras Misionales Pontificias refiere que, durante las celebraciones de la Exposición Misional realizada con motivo del Año Santo 1925 en la Basílica de San Pedro, Pío XI se sintió conmovido ante la presencia y necesidad de los seminaristas y misioneros de los territorios de misión. En un gesto espontáneo y de gran simbolismo, el Papa se quitó el solideo y lo sostuvo con las manos extendidas a modo de «hucha» o alcancía improvisada. Al ver al propio sucesor de Pedro ofreciendo su solideo para recoger limosna, los cardenales, obispos y peregrinos presentes reaccionaron con un entusiasmo enorme, comenzando a echar en él monedas, joyas y donativos directos. Ese gesto simbólico sirvió para inspirar la creación de una colecta unificada en toda la Iglesia universal. En una crónica recopilada años después sobre las audiencias de la Exposición Misional Vaticana de 1925, se recoge la frase atribuida a Pío XI ante la emoción del momento: «Lo que la generosidad espontánea de unos pocos ha hecho hoy en esta basílica, conmovidos por las necesidades de las misiones, debe organizarse para que sea una costumbre universal de toda la Iglesia».

Exposición Misional de 1925 en el Vaticano

El éxito de aquella Exposición Misional demostró que el pueblo católico tenía un enorme deseo de conocer y apoyar el trabajo de los misioneros, pero hacía falta un canal común e institucionalizado para unir a todos los países del mundo en el mismo objetivo. A principios de 1926, el Consejo Superior de la Obra Pontificia de la Propagación de la Fe presentó formalmente una solicitud al papa Pío XI para instituir un día anual de oración y colecta que se celebrara de forma simultánea en todas las parroquias del planeta.

El Papa aceptó de inmediato y el 14 de abril de 1926 la Sagrada Congregación de Ritos publicó el rescripto oficial que instauraba la «Jornada Mundial de las Misiones» con el fin de unir en oración a los católicos de todo el mundo por los misioneros y crear un «Fondo Universal de Solidaridad» para distribuir los recursos equitativamente entre los territorios más desfavorecidos. Desde entonces, todo el dinero que se recolecta en las parroquias y las diócesis durante ese día se destina al Fondo Universal de Solidaridad, el cual se distribuye equitativamente para sostener proyectos pastorales, sociales y educativos en más de mil territorios de misión repartidos por todo el mundo.

El documento establecía cinco objetivos institucionales: hacer comprender a todos los fieles el enorme problema misionero; estimular el fervor misionero de los sacerdotes y de los fieles; dar a conocer mejor la Obra de la Propagación de la Fe; solicitar la ayuda económica en favor de todas las misiones sin distinción y ofrecer una oración ferviente al Señor por la evangelización de los pueblos.

Estos objetivos se concretizaron en tres mandatos: Fijar un domingo específico para la oración y difusión misionera en el mundo (el penúltimo domingo de octubre); celebrar en todas las iglesias una misa especial «por la evangelización de los pueblos» con una predicación enfocada en la causa misionera; y destinar la colecta de ese día íntegramente a las misiones.

Ya antes, en febrero del mismo año, Pío XI había publicado la encíclica Rerum ecclesiae, donde reafirmaba el deber de toda la Iglesia de respaldar la evangelización. En este documento doctrinal fundamental, sentó las bases teológicas del deber misionero de toda la Iglesia desligándolo de cualquier nacionalismo, afirmando que «la Iglesia misma no tiene otra razón de existir sino la de hacer partícipes a todos los hombres de la redención salvadora, por medio de la expansión por todo el mundo del Reino de Cristo».

La fecha y el término DOMUND

La elección de la fecha exacta tampoco fue una casualidad, sino que respondió a una estrategia del calendario litúrgico de la Iglesia: el vínculo con la fiesta de Cristo Rey, instituida por el propio Pío XI el 11 de diciembre de 1925 con la encíclica Quas primas. El Papa determinó que la Jornada Mundial de las Misiones debía celebrarse el penúltimo domingo de octubre porque esta fecha correspondía exactamente al domingo anterior a la fiesta de Cristo Rey. El sentido teológico era claro: para que Cristo reine en el mundo, primero es necesario llevar su mensaje a través de las misiones.

Al colocar la jornada a finales de octubre, todo el mes adoptó de forma natural un carácter misionero de preparación, reflexión y oración por la evangelización en todo el mundo. Por otra parte, este mes está ligado a la evangelización universal, coincide con la festividad de Santa Teresita del Niño Jesús (el 1 de octubre), proclamada más tarde, también por Pío XI, patrona universal de las misiones. Un hecho significativo fue, precisamente, la consagración de los primeros seis obispos chinos el 26 de octubre de 1926.

Los seis primeros obispos chinos, consagrados el 26 de octubre de 1926

Aunque la jornada se instauró de forma oficial el 14 de abril 1926, el acrónimo DOMUND, sin embargo, nació años más tarde. En 1943, el sacerdote español Ángel Sagarmínaga, primer director nacional de las Obras Misionales Pontificias en España y gran difusor del trabajo misionero, buscaba una palabra corta, atractiva y fácil de recordar para las campañas de publicidad en radio, televisión e impresas en todos los medios de comunicación. Decidió fusionar las primeras sílabas de las palabras «Domingo» y «Mundial». Así lo dejó escrito él mismo en sus memorias de comunicación: «Necesitábamos un nombre corto, pegadizo y moderno. La expresión “Domingo Mundial de la Propagación de la Fe” era muy larga y no cabía en un cartel de prensa ni se retenía en la radio. Al unir “DOmingo” y “MUNDial”, creamos una marca para la solidaridad que caló inmediatamente en la gente». La fórmula fue tan exitosa que la Iglesia en España y en gran parte de América Latina la adoptó de forma definitiva para referirse a esta jornada de solidaridad universal.

El DOMUND y las OMPE en México

En 1931 se publicó en México el primer número de los Anales de la Propagación de la Fe y decía: «Con el favor de Dios Nuestro Señor, ha quedado instalado el Consejo Nacional de la Obra de la Propagación de la Fe en la República Mexicana». Su primer presidente fue el presbítero Rafael Vallejo Macouzet, párroco de la Parroquia del Sagrado Corazón de Jesús, quien sería también en 1932 responsable de la Obra de San Pedro Apóstol. El presbítero José Roustan había sido nombrado primer director nacional de la Obra de la Santa Infancia en México ya en 1930. Por su parte, la Pía Unión Misional del Clero tendría al primer presidente nacional en 1938 en la persona de monseñor José Ignacio Márquez. Estas cuatro obras funcionaron independientemente hasta que en 1974 se unieron dando lugar a las actuales OMPE (Obras Misionales Pontificio Episcopales) de México (Ver Esquila Misional, febrero 2024).

Desde entonces, las OMPE siguen trabajando para volver realidad los objetivos marcados en aquel documento de 1926: hacer comprender a todos los fieles el formidable problema misionero; estimular el fervor misionero de los sacerdotes y de los fieles; dar a conocer mejor la Obra de la Propagación de la Fe; solicitar la ayuda económica en favor de todas las misiones sin distinción y ofrecer una oración ferviente al Señor por la evangelización de los pueblos.

P. Rafael Huerta, 50 años de sacerdocio

El pasado 5 de octubre, en la parroquia San Francisco de Asís, del la ciudad de Tepatitlán, Jalisco, zona de Los Altos, el padre Rafael Huerta, misionero comboniano, ofreció su acción de gracias a Dios por llegar a sus 50 años de sacerdocio. Lo acompañaron familiares y una buena asistencia de feligreses de la parroquia. Con el padre Rafa concelebraron padres combonianos de las comunidades de San Francisco del Rincón, Gto; Sahuayo, Mich; Zapopan, Jal; y Xochimilco.

El padre Rafa, durante su homilía, evocó su misión en Etiopía, país del este del África, donde vivió 22 años de trabajo pastoral, que fueron, según contó, los más felices y fecundos de su vida misionera.

Con actitud humilde, al ofrecer su acción de gracias, reconoció como ser humano sus fragilidades, pero que lo poco o mucho que pudo haber hecho fue porque la bondad de Dios ha sido muy grande con él, y lo ha sostenido para seguir adelante en la mision. Por eso, señaló, es muy importante fijarse, no tanto en la persona, sino en el Señor, que por pura gracia suya hace que uno lleve a la práctica lo más que se pueda su voluntad.

Mencionó también que, al inicio de su vocación, lo único que le interesaba era llegar a ser misionero, que eso de ser comboniano y religioso lo vino a descubrir después, pues su primer propósito era salir a anunciar el evangelio en donde más hiciera falta en el mundo. Y para su buena fortuna la providencia de Dios lo llevó como de la mano hasta Etiopía, donde pudo vivir entre la gente y para la gente, no para hacer proselitismo, sino para buscar en todo momento dar testimonio del evangelio de Jesucristo, nuestro Señor, el único capaz de transformar nuestras vidas.

El padre Lauro Betancourt, en representación del Consejo Provincial, agradeció a la parroquia el cariño que han brindado al padre Rafa durante tantos años, y aunque muchos años estuvo en la misión fuera del país, siempre fue bien recibido cada vez que volvía, gesto que a uno como misionero lo alienta más a seguir fiel al Señor.

Posterior a la celebración se ofreció una recepción, donde entre música de mariachis, se compartieron los sagrados alimentos en un ambiente de auténtica alegría y fraternidad.

Texto y fotos: P. Fernando Cortés B. MCCJ

XXVII Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «Escuchan otra parábola: Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos.
Llegado el tiempo de los frutos, envió sus criados a los labradores para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro, y a otro lo apedrearon.
Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último les mandó a su hijo, diciéndose: Tendrán respeto a mi hijo.
Pero los labradores, al ver al hijo se dijeron: Este es el heredero: vamos, lo matamos y nos quedamos con su herencia.
Y, agarrándolo, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron. Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?».
Le contestaron: «Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a sus tiempos».
Y Jesús les dice: «¿No han leído nunca en la Escritura? La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente.
Por eso les digo que se les quitará a ustedes el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos».

(Mateo 21, 33-43)


La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular
P. Enrique Sánchez G. mccj

Seguimos escuchando en la lectura del Evangelio las parábolas en donde el tema de la viña sigue apareciendo como algo importante para nuestra reflexión.

El evangelio de hoy nos presenta dos pequeñas parábolas que nos invitan a ir más en profundidad sobre la comprensión de la palabra de Dios. La primera parábola nos presenta la viña que es entregada a unas personas que no saben cuidarla y se convierten en asesinos, un modo de reconocerlos como destructores y obstáculos en la realización del proyecto de Dios.

La segunda parábola, más pequeña y aparentemente insignificante, nos habla de la piedra despreciada que se convierte en piedra angular, es decir la piedra sobre la cual se puede dar origen a algo nuevo, bello y valioso.

En el texto de la primera parábola la viña se nos presenta como una plantación bien cuidada, preparada con esmero, embellecida y protegida, asegurada con una cerca a su alrededor y bien custodiada desde la torre plantada en su interior.

Esa descripción nos hace pensar a esas bellas propiedades que existen en muchas partes, en donde se observan enormes campos de cultivos bien ordenados o con sus grandes potreros, en donde pasta tranquilamente el ganado. Son lugares en donde no es difícil pensar a buenas cosechas, a frutos abundantes y, sobre todo a espacios que hablan de prosperidad, de bienestar y de tranquilidad.

La viña en las páginas del evangelio es siempre imagen del Reino que Dios ha pensado, querido y preparado para que en esa realidad estuvieran todos sus hijos. El Reino siempre se nos ha presentado como un mundo en donde se ha establecido la justicia, la fraternidad, la paz, la tranquilidad que sólo Dios puede ofrecer y la felicidad que sólo puede venir de él. No es necesario quebrarse mucho la cabeza para entender que Dios, desde siempre, soñó con un mundo bello, generoso, armónico para que ahí el ser humano pudiese crecer y desarrollar la semilla divina que Dios ha depositado en cada corazón.

Y la vocación de la viña, como la realidad del Reino, es que en ella se den muchos y buenos frutos, frutos que alegren el corazón.

Fijando nuestra atención en los protagonistas de esta parábola, es evidente que Dios tiene un proyecto en donde aparece con claridad el cuidado y, podríamos decir, la ternura con que se ocupa de su viña, es decir, de su pueblo, de sus hijos, de cada uno de nosotros.

Es un proyecto en donde la generosidad desborda, en donde los detalles de bondad abundan y en donde el cariño y el amor son como el perfume que llena todo el ambiente.

Por otra parte están los labradores a quienes les fue confiada la viña. En ellos se manifiestan otros intereses. Ellos actúan movidos por la ambición y por el deseo de apoderarse para ellos mismos de la viña.

Se dejan atrapar por el egoísmo de quererlo todo para ellos, cuando lo que Dios había preparado era algo en lo que todos tendrían un lugar y la posibilidad de disfrutar, en la alegría que da el saber compartir.

La ambición y la codicia llevó a aquellos labradores a convertirse en instrumentos de violencia, de sufrimiento y de dolor para quienes habían sido enviados a reclamar los frutos de la viña. Llegan incluso a sentirse con derecho a disponer de la vida de los demás.

No dudaron en asesinar al hijo del dueño de la viña, con tal de quedarse con ella.

Esta parábola nos cuenta, de esta manera, la historia de la salvación. Dios ha preparado una bella viña en donde todos podríamos estar felices y vivir disfrutando de todo lo que el ha hecho para alegría nuestra. Ha puesto, a lo largo de la historia, muchas personas que han venido hasta nosotros para invitarnos a entrar a esa viña; nos han invitado a ser partícipes y beneficiarios de la salvación que el Señor nos ofrece.

Pero no han faltado los malos labradores que han sembrado en el corazón de muchas personas la mala semilla de la ambición. Esa semilla que hace imposible reconocer al Salvador que Dios nos sigue enviando en la persona de Jesús.

Hoy existen muchas personas que pretenden sacar a Jesús de nuestras vidas, pensando que de esa manera se puede manipular más fácilmente las conciencias y las voluntades.

Se ha tratado matar a todo aquello que tenga qué ver con Dios para reducir a las personas a objetos que se pueden manipular y a los que se pueden explotar. Y esto funciona en muchos ámbitos de nuestra sociedad, en el comercio, en la publicidad, en el ejercicio de la autoridad.

Afortunadamente, todavía no llega el día en que alguien pueda presumir de haber acabado con Dios.

Cuando parecía que en ciertos ambientes había desaparecido, resurge con una vitalidad que nadie puede contener. Y cuando nos hemos obstinado en destruir la parte espiritual que nos hace personas, nos damos cuenta de que aparece una necesidad mayor de reconocer la presencia del Espíritu de Dios en nosotros.

Aquí podríamos reconocer la importancia de la segunda parábola de nuestro evangelio, que nos dice: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular”.

La primera parábola pone en evidencia que los sumos sacerdotes y los ancianos, quienes deberían haber sido los primeros en reconocer el don de Jesús como Mesías y salvador, así como muchos otros que habían tenido la oportunidad de recibir el anuncio del Reino, no supieron aceptarlo y acogerlo.

Se ensañaron y decidieron acabar con él, llevándolo a la muerte. En otras palabras, lo rechazaron y prefirieron mantenerse en una actitud de soberbia construida sobre la ambición y el poder.

Pero lo que fue rechazado por ellos, Dios lo escogió para ser inicio de una humanidad nueva. Cristo, el Mesías, es esa piedra angular sobre la que se construye un edificio nuevo, que por estar construido sobre buenos cimientos no correrá el riesgo de ser destruido.

Lo que rechazaron los sumos sacerdotes y los ancianos, Dios lo ha convertido en un mundo nuevo en donde toda persona que ponga su confianza en Jesús podrá vivir desde ahora la novedad del Reino y se descubrirá amada profundamente por el Señor.

Para nuestra reflexión

+ Seguramente nos damos cuenta de que a lo largo de nuestra vida el Señor ha ido enviando a muchas personas a nuestra vida para que reconozcamos cómo Dios nos sigue buscando de muchas maneras y en todas las circunstancias que nos va presentando la vida. Dios no se cansa de hacernos ver que tiene un plan de vida para cada uno de nosotros que garantiza que lleguemos a vivir plenamente.

+ Pero igual, nos damos cuenta de que muchas veces parece que estamos en el lugar equivocado. Es decir, asumimos las actitudes de los labradores ambiciosos que no saben situarse en la vida siguiendo los valores del Reino o del evangelio. Preferimos actuar movidos por la ambición.

+ Pretendiendo acabar con todo aquello que nos invita a llevar una vida más en armonía con lo que el Señor nos va revelando en su palabra, caemos en la trampa de quienes sienten que Dios nos les hace falta, lo sienten incómodo y pretenden simplemente sacarlo de sus vidas. Y, qué fuertes sonaron las palabras del Papa León XIV hace sólo unos cuantos días cuando decía en su visita a Francia, que “Dios no pide permiso para entrar en nuestras vidas”. Con esto no se afirma que Dios invada nuestras vidas de manera violenta o arbitraria, sino que tarde o temprano las personas nos damos cuenta de que sin Dios la vida es algo vacío y sin sentido. Sin Dios no podemos ir muy lejos y el Espíritu acaba siempre ganando la batalla a aquellos que tratan de acallarlo.

+ Esta palabra que nos regala el Señor hoy, nos lleva a preguntarnos ¿Qué estoy haciendo para reconocer todo lo que Dios está haciendo en mi vida viniendo a mi encuentro para hacerme participar de su Reino?

+ ¿Vivo el don de Jesús en mi vida reconociéndolo como un cimiento firme sobre el cual puedo confiar y construir toda mi vida?

+ ¿Me doy cuenta de que soy parte de ese pueblo al que se le ha dado lo que otros han rechazado, para que como misionero lo lleve a todos aquellos que lo están esperando con un corazón abierto?

Ojalá la meditación de esta página del Evangelio nos ayude a ponernos en una actitud de conversión profunda que nos permita poner a Cristo en el centro de todo aquello que vamos construyendo en nuestra vida.

Que sepamos reconocerlo como el don de Dios, el enviado para que podamos entrar y gozar de la viña del Señor, que no es otra cosa sino la posibilidad de vivir en un mundo en donde podamos reconocernos hermanos.


¿Custodios o depredadores?
P. Manuel João Pereira, mccj

El Evangelio de este domingo nos ofrece la tercera parábola que tiene como tema la viña. Al igual que la de los dos hijos enviados a la viña del domingo pasado, está dirigida a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, así como a los fariseos (cf. v. 45), que, en un primer momento, no se dan cuenta de que va dirigida precisamente a ellos. La parábola, conocida como la de los “viñadores homicidas”, es pronunciada en el Templo, tiene tonos dramáticos y prefigura proféticamente el trágico final de Jesús, “agarrado, echado fuera de la viña y matado” fuera de las murallas de Jerusalén.

1. Dios es un viñador

La simbología de la viña como representación del pueblo de Dios, Israel, es bien conocida y queda iluminada por la primera lectura del profeta Isaías (5,1-7). Jesús, sin embargo, cuenta la parábola contra los responsables religiosos que se han adueñado de esta viña, sordos a las llamadas de los profetas (los “siervos” de la parábola) y ahora también a la del Hijo, enviado por Dios, el Dueño de la viña.

Las primeras generaciones cristianas interpretaron la parábola alegóricamente: el primer grupo de siervos representaría a los profetas y el segundo a los apóstoles. Su conclusión: “Se os quitará el Reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos”, ha sido interpretada a veces como el anuncio de la sustitución de Israel por la Iglesia. Sin embargo, no parece que este sea el sentido principal de la parábola, sino más bien una fuerte reprensión a las autoridades religiosas de su tiempo y de todos los tiempos.

2. Nosotros somos la viña de Dios

Me parece oportuno detenernos, ante todo, en el cuidado amoroso de Dios hacia su viña, que refleja su amor por su pueblo y por cada uno de nosotros. “¿Qué más cabía hacer por mi viña que yo no haya hecho?”, se lamenta el Señor, constatando que la viña, en lugar de producir uvas, ha dado agrazones (Isaías 5,1-7).

Aquella viña plantada “en una fértil colina”, “cavada y despedregada” para que se convirtiera en buena tierra, y formada por “cepas escogidas”, se refiere también a nosotros. También nosotros formamos parte de aquella viña, sarmientos unidos a aquel que es la vid verdadera (Juan 15). En nuestro corazón ha construido una “torre”, no la de Babel, sino la de Pentecostés del Espíritu. Ha “cavado un lagar”, que nos recuerda el agua del Bautismo y el vino de la Eucaristía. Nos ha protegido dentro del recinto de la Iglesia…

Esta es, por tanto, una buena oportunidad para reconocer que “el Señor ha hecho grandes cosas por nosotros” (Salmo 125,3). Pero también es una ocasión para preguntarnos por los frutos que está produciendo nuestra vida cristiana: ¿uvas o agrazones?

3. Nosotros somos los viñadores de Dios

Dios “se marchó lejos” y, con una confianza extraordinaria, nos confió su viña para que la cuidáramos. Es decir, confió sus dones a nuestra responsabilidad: la vida y la salud, la tierra y los bienes, las capacidades y los talentos, la fe y las gracias espirituales… Todo para administrarlo con sabiduría al servicio de todos.

La gran tentación es adueñarse de la “viña”, es decir, de aquello que Dios ha confiado a nuestra custodia, utilizándolo a nuestro gusto y para nuestro exclusivo beneficio. Por otra parte, ya en el relato del primer pecado encontramos la tentación de apropiarse de lo que no nos pertenece. Nuestra codicia nos lleva a acaparar los bienes, a ignorar las necesidades de los demás y sus justas reivindicaciones, a someter a las personas a nuestro servicio, a pisotear a los pobres e incluso a matar, como ilustra muy bien la parábola.

Preguntémonos cuál es nuestra “viña” y cómo la estamos gestionando: ¿como propietarios o como arrendatarios? ¿Cómo ejercemos una función: como servicio o como poder? El Señor nos preguntará: ¿qué habéis hecho de mi viña? ¿Cómo habéis acogido a mis mensajeros? ¿Cómo habéis tratado a mi Hijo? ¡Y tengamos presente que hay muchas maneras de matar a Cristo!…

4. En la viña de la creación: ¿custodios o depredadores?

Esta responsabilidad no afecta únicamente a los dones personales, sino que se extiende también a la gran “viña” que Dios ha confiado a la humanidad: la creación. El 4 de octubre de 2023, el papa Francisco publicó la exhortación apostólica Laudate Deum, continuación de Laudato si’, en la que llamaba a todos a asumir la responsabilidad en la gestión de los bienes de la tierra. Las consecuencias de un uso desenfrenado, egoísta y depredador de la naturaleza están a la vista de todos.

A menudo adoptamos una actitud de casi indiferencia o de minimización, como si la cuestión no nos afectara demasiado, quizá porque no estamos dispuestos a cambiar nuestro estilo de vida. Otras veces descargamos la responsabilidad sobre los demás, especialmente sobre los políticos, a menudo condicionados por grandes intereses económicos, pero no asumimos nuestra parte de responsabilidad, tal vez por considerarla insignificante. ¡Hacer de la tierra un paraíso o un desierto depende también de cada uno de nosotros!

Ante la insuficiencia de las respuestas puestas en práctica por muchos gobiernos y por la comunidad internacional, el papa Francisco lanzaba por ello un nuevo grito de alarma, invitando a actuar antes de que fuera demasiado tarde. Nos recordaba que “el mundo que nos rodea no es un objeto de explotación, de uso desenfrenado, de ambición ilimitada” (n. 25). “Hemos realizado progresos tecnológicos impresionantes y sorprendentes, y no advertimos que al mismo tiempo nos hemos convertido en seres altamente peligrosos, capaces de poner en riesgo la vida de muchos seres y nuestra propia supervivencia” (n. 28).

Y el Papa concluía diciendo: “‘Alaben a Dios’ es el nombre de esta carta. Porque un ser humano que pretende ocupar el lugar de Dios se convierte en el peor peligro para sí mismo” (n. 73).

Preguntémonos: ¿nuestra relación con la naturaleza es un acto de alabanza a Dios o una manera de pisotear su don? En la viña de la creación, ¿nos comportamos como custodios o como dueños y depredadores?

Para la reflexión semanal

  1. Para comprobar si nuestra vida está produciendo la buena uva del amor y de la justicia o, por el contrario, los agrazones del egoísmo y de la injusticia, confrontémonos con las ocho características del obrar cristiano indicadas por san Pablo en la segunda lectura de hoy: “Todo lo que es verdadero, todo lo que es noble, todo lo que es justo, todo lo que es puro, todo lo que es amable, todo lo que es honorable, todo lo que es virtud y todo lo que merece alabanza, sea esto objeto de vuestros pensamientos” (Filipenses 4,6-9).
  2. ¿Qué podrías hacer concretamente para “contaminar menos, reducir los desperdicios, consumir con prudencia” (n. 71) y crear una nueva sensibilidad de respeto hacia la “viña” de la creación?

Un pueblo que dé fruto
José Antonio Pagola

A un pueblo que produzca frutos.

La parábola de los «viñadores homicidas» es, sin duda, la más dura que Jesús pronunció contra los dirigentes religiosos de su pueblo. No es fácil remontarse hasta el relato original que pudo salir de sus labios, pero probablemente no era muy diferente del que podemos leer hoy en la tradición evangélica.

Los protagonistas de mayor relieve son, sin duda, los labradores encargados de trabajar la viña. Su actuación es siniestra. No se parecen en absoluto al dueño que cuida la viña con solicitud y amor para que no carezca de nada.

No aceptan al señor al que pertenece la viña. Quieren ser ellos los únicos dueños. Uno tras otro, van eliminando a los siervos que él les  envía con paciencia increíble. No respetan ni a su hijo. Cuando llega, lo «echan fuera de la viña» y lo matan. Su única obsesión es «quedarse con la herencia».

¿Qué puede hacer el dueño? Terminar con estos viñadores y entregar su viña a otros «que le entreguen los frutos». La conclusión de Jesús es trágica: «Yo os aseguro que a vosotros se os quitará el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos».

A partir de la destrucción de Jerusalén el año setenta, la parábola fue leída como una confirmación de que la Iglesia había tomado el relevo de Israel, pero nunca fue interpretada como si en el «nuevo Israel» estuviera garantizada la fidelidad al dueño de la viña. Jesús no dice que la viña será entregada a la Iglesia o a una nueva institución, sino a «un pueblo que produzca frutos».

El reino de Dios no es de la Iglesia. No pertenece a la Jerarquía. No es propiedad de estos teólogos o de aquellos. Nadie se ha de sentir propietario de su verdad ni de su espíritu. El reino de Dios está en «el pueblo que produce sus frutos» de justicia, compasión y defensa de los últimos.

La mayor tragedia que puede succederle al cristianismo de hoy y de siempre es que mate la voz de los profetas, que los sacerdotes se sientan dueños de la «viña del Señor» y que, entre todos, echemos al Hijo «fuera», ahogando su Espíritu. Si la Iglesia no responde a las esperanzas que ha puesto en ella su Señor, Dios abrirá nuevos caminos de salvación en pueblos que produzcan frutos.


Dar nuevo vigor a la Fe
Promover la Misión
Romeo Ballan, mccj

La viña tiene su cantor. El profeta Isaías, llamado el “Dante de la literatura bíblica”, dedica uno de sus más apasionados cánticos de amor a la viña de un amigo (I lectura). Se trata de una viña plantada con cariño, cuidada, protegida, mimada con gozo y esperanza (v. 1-2.4). “La viña del Señor es su pueblo” (v. 7 y el salmo responsorial). Lamentablemente, la viña – es decir, el pueblo – ha sido infiel. En el momento de la vendimia, los frutos esperados chocan con decepciones y amarguras: agrazones en lugar de uva (v. 4); en vez de frutos de justicia y rectitud, el pueblo ha producido asesinatos y lamentos (v. 7). El drama de esa viña se vuelve, de hecho, en tragedia en la parábola de Jesús (Evangelio). Los labradores, además de adueñarse de la vendimia, se convierten en homicidas: apalean, apedrean y matan a los criados del dueño, e incluso a su hijo (v. 35-39). La aplicación a los hechos de la muerte de Jesús es directa. Sin embargo, el amor de Dios a su pueblo supera cualquier maldad humana. Dios, que se ha insertado en la historia, da un sentido nuevo a los acontecimientos humanos: recupera la piedra – ¡Jesús! – desechada por los constructores y hace de ella la piedra angular (v. 42), es decir, la base de la salvación para todos los pueblos. Ahora el plan está claro: el que rechaza a Dios se autocondena a la infructuosidad; tan solo el que lo acepta y permanece en Él da mucho fruto. Porque sin Él no podemos hacer nada (Jn 15,5). Dios quiere obstinadamente nuestro bien, y, por tanto, no se desanima, no cede ante la decepción, no renuncia a los frutos. Lo intenta de nuevo tras cada rechazo: vuelve a proponer al mismo Salvador ante nuevos pueblos, para que, unidos a Él, den frutos de vida (v. 34.41.43).

La historia del anuncio del Evangelio en el mundo da cuenta de peripecias y cambios de pueblos que, en épocas sucesivas, acogieron o rechazaron el mensaje cristiano, con distintas consecuencias para bien o para mal. Ningún pueblo puede autodefinirse como mejor que los otros, o considerarse evangelizado de una vez por todas. El hecho del nacimiento, el florecer y luego la desaparición de numerosas comunidades en diferentes regiones del planeta, invita a hacer serias reflexiones misioneras. De muchas comunidades cristianas del Norte de África y de Asia Menor – aunque fueron fundadas por Apóstoles o guiadas por Padres de la Iglesia – nos quedan tan solo los nombres, unos restos arqueológicos y poco más. Mientras tanto, otros pueblos y continentes se han abierto al Evangelio y siguen dando frutos (en África, América, Asia, Oceanía…); mientras que algunos pueblos del Occidente cristiano, que en tiempos pasados eran fuertes en la fe, viven ahora situaciones de cansancio y caídas, con escasos frutos. ¿Cómo recuperar lozanía y vigor en la fe? He aquí el gran desafío para una eficaz acción misionera.

San Pablo, al escribir a los Filipenses (II lectura), habla a una comunidad que, en su momento, dio buenos frutos. Él enumera ocho frutos que es preciso cultivar y promover: lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, honorable, virtuoso, encomiable (v. 8), como garantía de paz con Dios y con los demás (v. 8-9). Son valores que invitan a pensar en positivo, y constituyen la base para los caminos de la Misión en el mundo, tales como: diálogo con las otras religiones, inculturación, diálogo ecuménico, promoción de la justicia, salvaguarda de la creación…

Pablo recomienda estos frutos y valores a los cristianos de Filipos, la primera comunidad que él fundó en Europa durante su segundo viaje misionero (años 49-50); una comunidad con la cual estableció relaciones muy cariñosas. Los orígenes de esta comunidad ofrecen pautas misioneras interesantes. Después del concilio de Jerusalén (Hch 15), Pablo visitó nuevamente las comunidades de Asia Menor (que él había fundado el año anterior), nombró allí unos responsables y se puso a buscar nuevos campos de evangelización (Hch 16,6-7). Estando en Tróada (Asia Menor), tuvo la visión nocturna de un macedonio, que le abrió el camino hacia un mundo nuevo: “Pasa a Macedonia y ayúdanos” (Hch 16,9-10). El mar por delante era estrecho, pero el paso era muy significativo: para Pablo y sus compañeros esa fue la entrada al Imperio romano. Desde entonces la mirada de Pablo ya estaba puesta en Roma, la capital del Imperio.

Los comienzos de la comunidad de Filipos y la invitación del macedonio (“Pasa… y ayúdanos”) constituyen un hecho emblemático y un llamado misionero a las comunidades eclesiales de todo tiempo y lugar, para que acojan el grito – abierto o silencioso – de los muchos macedonios de hoy (personas, pueblos, situaciones, acontecimientos…). Son temas permanentes, que exigen oración, reflexión y compromiso en el octubre misionero y en la fiesta misionera del DOMUND. Pero también después. ¡Siempre!

Superior General y Vicario visitan la Provincia de México

Del 18 al 26 de septiembre, en en la Provincia de México, tuvimos el gusto de recibir la visita de los Padres Luigi Codianni y David Costa, Superior General y Vicario General, quienes tenían como objetivo encontrarse con la comisión regional para la unificación de las provincias, así como visitar las comunidades combonianas ubicadas en el valle de México. (En la foto, el Superior General -tercero por la derecha- con la comunidad del noviciado de Xochimilco).

Al día siguiente de su llegada a tierras mexicanas, la comunidad religiosa del noviciado y los dos novicios de primer año abrieron las puertas de su casa para dar una cálida bienvenida al P. Luigi Codianni y al P. David Costa.

Los religiosos y los novicios se congregaron en un espacio en el que el Superior General y el Vicario General compartieron elementos clave sobre la reorganización de nuestras circunscripciones y el caminar de las actualizaciones formativas.

Informaron de la situación en números y la geografía vocacional. Hablaron del gran número de combonianos de edad avanzada y enfermos. Del número cada vez menor de hermanos combonianos, y todo esto como una gran preocupación de la Dirección General.

El otro tema en cuestión fue sobre la necesidad de reunificación de provincias cercanas para favorecer las presencias combonianas. Este tema es el principal motivo de su visita al Brasil y a México.

Más adelante, la comunidad religiosa sostuvo un encuentro particular con los dos para presentar la realidad del noviciado y conocer sus apreciaciones.

Tras concluir el diálogo, nos unimos en torno al altar para celebrar la Eucaristía. El encuentro culminó con una convivencia a través de los tradicionales canales de Xochimilco a bordo de las trajineras (algo así como las góndolas). 

Se abrió el diálogo personal para quien así lo necesitara en el noviciado y en la casa provincial con amplio espacio de tiempo. Hicimos una experiencia bonita, fraterna y de comunión a través de ellos con todo el instituto.

Otro sitio que los Padres Luigi y David pudieron visitar a su paso por México fue la comunidad conocida como La Moctezuma, en donde los Combonianos atendemos la rectoría Mártires de Uganda y donde ahora se encuentra el centro vocacional.

Ahí se tuvo una reunión con la comunidad religiosa para después celebrar misa dominical con los fieles. Después de la Eucaristía, tuvo lugar una convivencia fraterna para compartir los alimentos.

El vicario General presidió la Eucaristía en la capilla Mártires de Uganda, con la comunidad de la Moctezuma

Como última actividad del día, se tuvo, después de la cena, un encuentro con la comunidad religiosa de la casa provincial, espacio en el que el Superior General agradeció el servicio que se ofrece a los cohermanos que pasan por ahí, ya porque regresan de las misiones, ya porque vienen de las diferentes comunidades para atender asuntos varios.

Tanto el P. Luigi como el P. David invitaron a la comunidad a no solo acoger a los co-hermanos y facilitarles su estancia, sino a procurar que la casa provincial sea un lugar donde cada Comboniano encuentre serenidad e incluso un espacio para re-hacerse, para re-crearse.

Después de estos encuentros, los Padres David y Luigi se reunieron con la comisión regional para la unificación de las provincias de la región Centroamérica-México además de la NAP, la Provincia Norteamericana, que eventualmente se uniría a esta región.

La comisión compartió el trabajo elaborado hasta ahora: el proceso de sensibilización y presentación de un bosquejo que finalmente se convertiría en el proyecto regional de esta parte del continente. El trabajo fue de revisión, reflexión y compartir entre los miembros del Consejo General y la comisión.

Hacia el final de su paso por México, nuestros visitantes también estuvieron en la comunidad del CAM – Centro de Animación Misionera – ubicada muy cerca del centro histórico de la Ciudad.

Ahí tuvieron la oportunidad de encontrarse con la comunidad religiosa y también con quienes laboran con nosotros en la elaboración de las revistas Esquila misional y Aguiluchos y en otros departamentos y áreas de esta obra de la provincia. Siendo este el último punto de su programa de visita, el Superior General y el Vicario se prepararon para regresar a la Ciudad Eterna: Roma.

Agradecemos de corazón al Padre Luigi y al Padre David la visita que tuvieron a bien hacer para estar con nosotros en el camino hacia la recualificación de nuestras presencias mediante la unificación. Su “estar” entre nosotros y con nosotros mientras caminamos haciendo el proceso nos habla ciertamente de comunión.

Gracias por su vista, vuelvan pronto.

P. Mario Alberto Pacheco Zamora, mccj

comboni.org

Nuevo Consejo Provincial de las Misioneras Combonianas

Tras las recientes elecciones que han tenido lugar hace unas semanas, la Provincia de América de las Misioneras Combonianas, que comprende Brasil, Costa Rica, Ecuador, Perú, México, República Dominicana, Haití y San Antonio (USA), tiene nuevo Consejo Provincial.

La nueva Superiora Provincial es la Hna. Rosa Téllez, de origen peruano (primera por la izquierda). El Consejo Provincial está formado por las Hnas. (de izquierda a derecha) Hiwet Negusse, eritrea nacionalizada mexicana; Yolanda Ramírez, de Costa Rica; Elisabetta Pompei, italiana y Amelia Romo, mexicana.

Este es el segundo Consejo Provincial de la Provincia de América, desde que hace tres años las diferentes circunscripciones de las combonianas presentes en el continente americano se unieran en una sola región.