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Provincia de México: Ejercicios espirituales y Asamblea Provincial. Dos semanas intensas de oración, discernimiento y fraternidad

La Provincia comboniana de México ha vivido estas dos últimas semanas un tiempo muy intenso de oración, discernimiento y encuentro fraterno de todos sus miembros con los ejercicios espirituales y la Asamblea Provincial que se celebraron en la casa provincial de Xochimilco.

Del 27 al 31 de julio más de una veintena de miembros de la Provincia de México vivimos un tiempo especial de oración y recogimiento en los ejercicios espirituales animados por el P. Juan Martín Rodríguez, misionero comboniano mexicano, Provincial de Ecuador.

Ejercicios espirituales, animados por el P. Juan Martín Rodríguez

Con un lenguaje sencillo, cercano y fraterno, y compartiendo desde su propia experiencia espiritual y misionera, el P. Juan Martín nos invitó a hacer historia, a volver a los orígenes del llamado que un día recibimos del Señor para, a partir de ahí, vivir en acción de gracias y en disponibilidad lo que Dios nos llama a ser y a vivir hoy como religiosos y combonianos. Fueron cinco días intensos en los que el clima, el hermoso entorno natural de la casa de Xochimilco y la maravillosa acogida de su comunidad nos ayudaron a ponernos en presencia de Dios para retomar fuerzas y seguir caminando en el seguimiento de Cristo a través de nuestro carisma comboniano.

Participantes en los ejercicios

Después de un fin de semana de descanso, el martes 4 de agosto dio comienzo la Asamblea Provincial, en la que participó un buen número de padres y hermanos miembros de la Provincia.

Los dos primeros días estuvieron dedicados casi íntegramente al tema de la reunificación de ciscunscripciones, más concretamente, a nuestra unificación con la Provincia de Centroamérica. Por ello, también participaron en nuestra Asamblea el P. Jorge Ochoa, Provincial de Estados Unidos; y el P. Enrique Sánchez, Provincial de Centroamérica.

El primer día contamos con la ayuda de la Dra. Ana Lilia Vera Perdono, quien nos dio una ponencia sobre el tema de la globalización en relación a nuestro proceso de reunificación. La globalización nos transforma y nos invita a hablar de lo que nos une. A partir de su inteervención y de la realidad que vivimos nos dimos un tiempo de reflexión personal y en grupos con las siguientes preguntas:

Ponencia de la Dra. Ana Lilia Vera

Reflexión personal:
1.- Delante del Señor, ¿Cómo me siento con todo este tema de la unificación?
2.- ¿Cuáles son mis temores y esperanzas?
3.- ¿Estoy dispuesto, y cómo, a colaborar con el Instituto ante este proceso inminente?

Reflexión por secretariados:
1.- Retos que vislumbramos
2.- ¿Cómo se conformarían esos servicios?
3.- ¿Qué oportunidades tendríamos?

La reflexión fue muy enriquecedora y nos ayudó a vivir este proceso con confianza y esperanza. El próximo mes de septiembre tendremos la visita del Superior General, que se reunirá con las comisiones creadas en México y Centroamérica para seguir avanzando en el proceso.

El último día de la Asamblea estuvo dedicado a los reportes de los diferentes secretariados y del propio Consejo Provincial, para evaluar el camino que hemos ido haciendo este año como Provincia y programar y planificar el próximo curso.

No faltaron tampoco los momentos de esparcimiento, deporte y convivencia, que ayudaron a que el ambiente fuera muy alegre y fraterno durante toda la asamblea.

XIX Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, inmediatamente después de la multiplicación de los panes, Jesús hizo que sus discípulos subieran a la barca y se dirigieran a la otra orilla, mientras el despedía a la gente. Después de despedirla, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba él solo allí.
Entre tanto, la barca iba ya muy lejos de la costa y las olas la sacudían, porque el viento era contrario. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el agua. Los discípulos, al verlo andar sobre el agua, se espantaron y decían: “¡Es un fantasma!”. Y daban gritos de  terror. Pero Jesús les dijo enseguida: “Tranquilícense y no teman. Soy yo”.
Entonces le dijo Pedro: “Señor, si eres tú, mándame ir a ti caminando sobre el agua”. Jesús le contestó: “Ven”. Pedro bajó de la barca y comenzó a caminar sobre el agua hacia Jesús; pero al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, comenzó a hundirse y gritó: “¡Sálvame, Señor!”. Inmediatamente Jesús le tendió la mano, lo sostuvo y le dijo: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”.
En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en la barca se postraron ante Jesús, diciendo: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios”.

(Mateo 14, 22-33)


No tengan miedo
P. Enrique Sánchez G., mccj

Una vez más el evangelio nos presenta a Jesús que se retira, buscando un espacio de soledad para dedicarse a la oración. Tal vez, porque era solo la oración que podría poner un poco de serenidad en su corazón después  de haber hecho la experiencia de la muerte de  Juan el Bautista.

En esta ocasión invita a sus discípulos a ponerse en camino sobre el lago, como si quisiera alejarlos de aquel ambiente en donde se respiraba la tristeza y el dolor. Y, desafortunadamente, parece que las cosas no son mejores cuando se encuentran en medio del lago y la tormenta se lanza en su contra.

Es incluso probable que los discípulos estuvieran atrapados en el miedo, pues habiendo sabido como había terminado Juan el Bautista, no era improbable que también a ellos empezaran a llegar algunas amenazas. Y lo peor que les podía caer encima era el verse paralizados por el miedo y el temor sobre sus vidas.

Las olas que sacudían la barca podrían representar algunos de los muchos temores que invadían sus corazones y en medio de la oscuridad de la noche resultaba difícil encontrar un camino de salida.

Podría poder entenderse ese escenario también como lo que sucede cuando Jesús no está presente entre ellos o cuando simplemente parece alejarse un poco de sus vidas. La realidad se vuelve confusa e insegura, por no decir temerosa y amenazante.

Pero Jesús nunca los abandonará, toma el camino, en medio de la noche para atravesar las tinieblas y empezar a iluminar sus horizontes y devolverles la confianza necesaria para seguir avanzando en medio de las tinieblas sin dejarse atrapar por el terror.

No tengan miedo, no soy un fantasma, seguramente les gritó el Señor, devolviéndoles la serenidad que les permitirá́ recuperar la tranquilidad y superar los miedos que les  paralizaban y los aterrorizaban.

No tengan miedo, soy yo. Ese “Soy yo” es como el eco de aquellas palabras que ya habían sido pronunciadas en el libro del Éxodo, cuando Moisés tenía que presentarse ante el faraón.

El que es me manda, Dios, el que siempre está presente y en medio de su pueblo, el que no abandona nunca. Ese mismo es quien ahora calma el corazón inquieto de los discípulos que se sienten perdidos en medio de la tempestad.

Esto nos ayuda a pensar en nuestra propia experiencia personal. ¿Cuántas veces no nos encontramos también nosotros atrapados en tantas tempestades que nos impone la vida?

¿Cuántas veces nos resulta difícil ver el futuro con serenidad, porque se nos presenta amenazante y difícil de entender? ¿Cuántas veces sentimos que las olas de las dificultades, de los imprevistos, de lo que no estaba contemplado que tuviese que suceder en nuestras vidas, de repente se presenta como algo que no sabemos cómo integrar o simplemente aceptar?

Todos, quien más o quien menos, pero todos, nos encontramos ante tempestades en la vida que nos asustan cuando pensamos que tenemos que resolverlas con nuestras fuerzas, cuando pensamos o nos sentimos solos, porque nos parece que Dios está ocupado en los asuntos de otras personas y que nuestras angustias podrían ser consideradas poca cosa.

Sin embargo, justo en el momento en que nos puede parecer que todo está perdido, que no hay salida y que todo se hace más oscuro; justo ahí́, aparece el Señor y nos dice con mucha delicadeza y con gran decisión: no tengas miedo, soy yo.

Y, de pronto, nos damos cuenta de que no se trata de un fantasma. Nos damos cuenta de que el Espíritu de Jesús se convierte en fuerza que nos sostiene, en confianza que nos anima ante la dificultad, en luz que disipa nuestras dudas y tinieblas.

Es presencia real que entra en nuestro corazón de manera misteriosa, devolviéndonos la alegría, llenándonos de confianza, despertándonos a una fe más profunda.

Soy yo, es Jesús, que nos toma en sus manos y nos ayuda a entender que nuestros miedos no tienen sentido, que nuestras desconfianzas se pueden diluir y transformar en gestos de abandono, de ese abandono que genera fuerza interior para seguir trabajando y comprometiéndose, haciendo como si todo dependiera de nosotros, pero sabiendo que nada se escapa de su voluntad. Voluntad que no es otra cosa más que deseo de bien, de plenitud y de felicidad para quienes abren el corazón a su presencia.

Ciertamente, muchas veces haremos la experiencia de sentir que nos hundimos, que no sabemos en donde poner los pies para poder seguir avanzando en medio de la realidad que nos toca vivir.

Ahí́ se presentará una gran oportunidad para dejar que el Señor intervenga y haga su obra en nosotros.

En esos momentos, como Pedro, también nosotros tendremos necesidad de decir: Señor, sálvame. Señor conviértete en el protagonista de mi vida, dirige mis caminos por donde tú quieras, sácame de aquello que me tiene atrapado y paralizado en un estilo de vida que no genera confianza.

Señor, sálvame, ayúdame a entender tus caminos, ayúdame a liberarme de los miedos que paralizan y que impiden correr a tu encuentro reconociéndote como la meta de nuestras vidas.

Señor, sálvame, es el grito de la fe que brota de lo profundo de nuestro ser cuando nos damos cuenta de que sin Dios no podemos ir muy lejos en nuestras búsquedas y en nuestros proyectos.

Le gritamos a ese Señor que ha subido a nuestra barca, que nos recuerda de alguna manera a la Iglesia en donde vamos navegando y que va siendo guiada por el Señor hacia puertos seguros.

La mano tendida de Jesús que atrapa a Pedro para que no naufrague en lo profundo del mar, representa la mano con la que Jesús nos sostiene igualmente en nuestras batallas cotidianas, cuando nos volteamos a verlo diciéndole: Señor nos hace falta tu ayuda, nos urge tu presencia, imploramos tu compañía, te pedimos que no nos abandones.

Esa mano tendida representa la disponibilidad del Señor a estar siempre ahí́ en donde solos no podemos llegar a ninguna parte, es la mano que consuela, que perdona, que levanta de  las caídas, que da confianza cuando lo pasos se hacen torpes.

La experiencia de la presencia de Jesús aquella noche de tinieblas, de tormentas borrascosas, de olas contrarias y amenazantes es el escenario que se nos invita a crear en nuestras vidas para poder llegar a decir: verdaderamente este es el Hijo de Dios, verdaderamente Jesús es nuestro salvador.

Ojalá esta palabra nos ayude a dar un pasito más en nuestro camino de fe, que nos ayuden a entender más claramente la voz del Señor que nos invita a poner nuestra confianza en él. Qué nos libere de nuestros miedos y oscuridades y nos abra a horizontes de luz y de alegría. Qué podamos seguir al Señor obedeciendo a su palabra y alejando de nuestro camino todo aquello que nos pueda entretener e impedir dar pasos de verdadera fe.

Que su palabra nos libre del temor y nos dé la valentía de convertirnos en testigos Fieles y en misioneros valientes, disponibles a atravesar todos los mares para llevar la alegría del evangelio a todos aquellos que aún no se han encontrado con él.

No tengan miedo, soy yo, dice el Señor.


«¡Mándame ir hacia ti!»
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

El Evangelio del domingo pasado nos narraba el milagro de la multiplicación de los panes para una gran multitud, en un lugar desierto, que concluyó con la recogida de doce canastos llenos de sobras. A aquel acontecimiento le sigue el conocido episodio de hoy, en el que Jesús camina sobre el mar.

Estos dos milagros —la multiplicación de los cinco panes y los dos peces y el caminar de Jesús sobre las aguas— constituyen una nueva manifestación de la identidad de Jesús. Él se revela como el Mesías —quien, según una tradición, renovaría el prodigio del maná— y como el Hijo de Dios: caminar sobre las aguas, en efecto, era considerado una prerrogativa divina.

Entre ambos episodios, el Evangelio nos presenta a Jesús orando, solo, durante la noche, en el monte.

1. «Sal y permanece en el monte» (Elías, primera lectura)

Ante esta epifanía, pidamos al Señor la gracia de salir de las cavernas en las que nos hemos refugiado, como el profeta Elías, para acoger la novedad del paso de Dios por nuestra vida.

Tal vez Dios ya no se manifieste como «un viento fuerte e impetuoso» —como en nuestra juventud— ni como el terremoto o el fuego de nuestros primeros años de compromiso cristiano, sino como «el susurro de una brisa suave», perceptible únicamente en el silencio del corazón.

2. «Mándame ir hacia ti» (Pedro, en el Evangelio)

a) Empujados hacia la otra orilla

«Después de que la multitud hubo comido, enseguida Jesús obligó a los discípulos a subir a la barca y a adelantársele hacia la otra orilla».

Es significativo que, en este episodio, Jesús «obligue» a los discípulos a partir. Podemos imaginarlo mientras les hace cargar los doce canastos llenos de sobras y los empuja a subir a la barca, a pesar de las protestas de los Doce: ¡es demasiado tarde, el viento es contrario, es imprudente dirigirse hacia la otra orilla del lago, hacia un territorio predominantemente pagano y extranjero! ¿Y por qué dejar solo a Jesús?

Los apóstoles habrían preferido quedarse allí y disfrutar de aquel momento de euforia junto con la multitud. Pero no hay nada que hacer: parten de mala gana hacia la otra orilla, casi como para indicar que también hasta allí deberá llevarse el pan.

¡Así nos sucede también a nosotros, Iglesia a la que Cristo empuja continuamente hacia «la otra orilla»!

b) A merced del mar y de los fantasmas

«Al final de la noche, él fue hacia ellos caminando sobre el mar».

¡A los elementos amenazadores del mar, la noche y el viento se añade ahora un fantasma! Presos del terror, los Doce gritan de miedo. «Pero enseguida Jesús les habló diciendo: ¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!».

El miedo es nuestro compañero habitual; la invitación de Dios a no temer es su antídoto cotidiano. «No tengáis miedo», porque «soy yo»; más aún, «Yo Soy», expresión que evoca el Nombre mismo de Dios.

c) ¡Mándame!

Pedro toma la iniciativa y dice a Jesús: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti sobre las aguas». «Si eres tú…». ¿Se trata de una duda y de una petición de prueba? ¿Del efecto de una emoción incontrolada después del miedo? ¿De una reacción infantil y entusiasta? ¿O de un impulso de confianza en el Señor? ¡Quizá ni siquiera Pedro lo sepa con precisión, como tantas veces nos sucede también a nosotros!

Llama la atención, sin embargo, el modo en que Pedro formula su petición: «Mándame ir hacia ti sobre las aguas». ¡Mándame! No dice: «Haz que vaya…» o «Concédeme ir…». No, pide hacerlo en virtud del mandato de Jesús. Y Jesús accede.

«¡Mándame ir hacia ti sobre las aguas!». Esta puede convertirse también en nuestra petición. Nuestra vida casi nunca es un crucero tranquilo. A menudo se parece a la navegación en una frágil barquichuela a merced de las olas. A veces, además, nos parece que incluso aquella precaria seguridad desaparece bajo nuestros pies. Entonces no nos queda más que la fe desnuda, capaz de caminar sobre las aguas: no por nuestro valor o por nuestra iniciativa, sino por la confianza depositada en el mandato del Señor.

Mándame, y caminaré sobre el mar agitado de la enfermedad o del duelo.
Mándame, y afrontaré las aguas amenazadoras de una crisis matrimonial.
Mándame, y atravesaré la tormenta de una relación difícil con un hijo o una hija.
Mándame, y cruzaré el temporal que ha trastornado mi vida.

d) ¡Sálvame!

La fe es algo tremendamente serio: preciosa y frágil como la vida. El verdadero creyente lo sabe y lo experimenta. Basta apartar por un instante la mirada de Cristo para sentir que uno se hunde.

¡Pobre Pedro y pobres de nosotros! ¿Por qué duda Pedro precisamente en medio del milagro? Tal vez esperaba que las olas del mar se calmaran para poder caminar con toda tranquilidad. Pero no sucede así. Las circunstancias externas no cambian. La fe no nos libra de los riesgos.

Entonces no nos queda más que gritar: «¡Señor, sálvame!». Y el pescador… ¡es pescado!
Hoy parece más difícil gritar: «¡Sálvame!», también porque Cristo no siempre es percibido como el Salvador. ¿Salvarnos de qué?

Es muy elocuente lo que le sucedió a un sacerdote que presidía una celebración eucarística de primeras comuniones. Después de invitar a los niños a formular oraciones espontáneas, quedó sorprendido cuando una niña dijo: «Gracias, Jesús, porque me has salvado… ¡aunque ahora no recuerdo de qué!». Toda la asamblea se rio con ganas. Pero ¿cuántos de los presentes habrían sabido ir más allá de la respuesta formal aprendida en la catequesis?

3. «El gran dolor» (Pablo, segunda lectura)

Quien ha experimentado la mano que salva no puede permanecer indiferente ante quien parece perderse. Este es el sufrimiento que san Pablo confiesa en la segunda lectura: «Tengo en mi corazón un gran dolor y un sufrimiento continuo» a causa de «mis hermanos, los de mi raza según la carne» (Romanos 9,1-5).

Ver a los propios conciudadanos, a la propia familia y a los propios amigos lejos de Cristo es, para el creyente, una espina clavada en el costado. Rezar por ellos no es simplemente una «buena obra», sino una responsabilidad, una respuesta a la pregunta de Dios: «¿Dónde está tu hermano?».

Matta el Meskin, monje cristiano egipcio († 2006), afirma: «Con la oración, el hombre se convierte en sacerdote, en el sentido de que se hace responsable de la salvación de los demás […]. Cargando con el pecado de ellos, gimiendo desde lo más profundo del corazón bajo su peso y haciendo penitencia, se vuelve capaz, haciéndose pecador en su lugar, de pedir perdón y obtenerlo para ellos».

Para reflexionar

  • ¿Cómo me comporto en el momento de la prueba: con ira o con paciencia? ¿Con miedo o con confianza? ¿Con desánimo o con esperanza?
  • En medio de las tormentas de la vida, ¿grito también yo: «¡Mándame! ¡Sálvame, Señor!»?
  • ¿Estoy dispuesto, estoy dispuesta, a tender la mano para agarrar a quien se está hundiendo?

En medio de la crisis
José Antonio Pagola

No es difícil ver en la barca de los discípulos de Jesús, sacudida por las olas y desbordada por el fuerte viento en contra, la figura de la Iglesia actual, amenazada desde fuera por toda clase de fuerzas adversas y tentada desde dentro por el miedo y la poca fe. ¿Cómo leer este relato evangélico desde la crisis en la que la Iglesia parece hoy naufragar?

Según el evangelista, “Jesús se acerca a la barca caminando sobre el agua”. Los discípulos no son capaces de reconocerlo en medio de la tormenta y la oscuridad de la noche. Les parece un “fantasma”. El miedo los tiene aterrorizados. Lo único real es aquella fuerte tempestad.

Este es nuestro primer problema. Estamos viviendo la crisis de la Iglesia contagiándonos unos a otros desaliento, miedo y falta de fe. No somos capaces de ver que Jesús se nos está acercando precisamente desde esta fuerte crisis. Nos sentimos más solos e indefensos que nunca.

Jesús les dice tres palabras: “Ánimo. Soy yo. No temáis”. Solo Jesús les puede hablar así. Pero sus oídos solo oyen el estruendo de las olas y la fuerza del viento. Este es también nuestro error. Si no escuchamos la invitación de Jesús a poner en él nuestra confianza incondicional, ¿a quién acudiremos?

Pedro siente un impulso interior y sostenido por la llamada de Jesús, salta de la barca y “se dirige hacia Jesús andando sobre las aguas”. Así hemos de aprender hoy a caminar hacia Jesús en medio de la crisis: apoyándonos, no en el poder, el prestigio y las seguridades del pasado, sino en el deseo de encontrarnos con Jesús en medio de la oscuridad y las incertidumbres de estos tiempos.
No es fácil. También nosotros podemos vacilar y hundirnos como Pedro. Pero lo mismo que él, podemos experimentar que Jesús extiende su mano y nos salva mientras nos dice: “Hombres de poca fe, ¿por qué dudáis?”.

¿Por qué dudamos tanto? ¿Por qué no estamos aprendiendo apenas nada nuevo de la crisis? ¿Por qué seguimos buscando falsas seguridades para “sobrevivir” dentro de nuestras comunidades, sin aprender a caminar con fe renovada hacia Jesús en el interior mismo de la sociedad secularizada de nuestros días?

Esta crisis no es el final de la fe cristiana. Es la purificación que necesitamos para liberarnos de intereses mundanos, triunfalismos engañosos y deformaciones que nos han ido alejando de Jesús a lo largo de los siglos. Él está actuando en esta crisis. Él nos está conduciendo hacia una Iglesia más evangélica. Reavivemos nuestra confianza en Jesús. No tengamos miedo.


Remando contra viento y marea
José Luis Sicre

La tempestad calmada y el viento en contra

Hay dos episodios en los evangelios bastante parecidos, aunque muy diferentes. Se parecen en el escenario (una barca en medio del lago de Galilea en circunstancias adversas) y en los protagonistas (Jesús y los discípulos). Se diferencian en que, en el primer caso, la barca está a punto de zozobrar y los discípulos corren peligro de muerte; en el segundo, sólo se enfrentan a un fuerte viento en contra que hace inútiles todos sus esfuerzos.

Traducido a la experiencia de nuestros días, la tempestad calmada recuerda a numerosas comunidades cristianas, sobre todo de África y Oriente Medio, que se ven amenazadas de muerte y gritan a Jesús: «¡Señor, sálvanos, que perecemos!» El viento en contra hace pensar en tantas otras comunidades, especialmente de occidente, que luchan contra viento y marea, cada vez con menos fuerzas, y sin ver resultados tangibles.

El primer episodio, la tempestad calmada, tiene un claro paralelo en el Salmo 107 (106), 23-32, donde los navegantes gritan a Dios en el peligro y él los salva; en el evangelio, los discípulos gritan a Jesús y es este quien los salva.

Pero el segundo episodio, el de la barca con viento en contra y Jesús caminando sobre el agua, no me recuerda ningún episodio del Antiguo Testamento. Sin embargo, está tan anclado en la primitiva tradición cristiana que no sólo lo cuentan Marcos y Mateo, sino incluso Juan, que generalmente va por sus caminos. Es muy curioso que Lucas omita esta escena: probablemente pensó que presentar a Jesús caminando sobre el agua y confundido con un fantasma iba a plantear a sus cristianos más problemas que beneficios.

El relato de Mateo

Se inspira en el de Marcos, pero introduciendo cambios muy significativos. Podemos dividirlo en cuatro escenas.

Primera escena: Jesús se separa de los discípulos

Hablando en términos cinematográficos, es un montaje en paralelo. Inmediatamente después de la comida, Jesús obliga a sus discípulos a embarcarse, mientras él despide a la gente. Luego se retira a rezar «a solas» y, al anochecer, «seguía allí solo». Mientras, los discípulos se encuentran «a muchos estadios de tierra» (Juan dice que a unos 25-30 estadios, 5-6 km, lo que supone en mitad del lago). Con esto se acentúa la distancia física de Jesús con respecto a los discípulos; y también la distancia temporal, porque los despide por la tarde y no se dirige hacia ellos hasta el final de la noche. [La traducción litúrgica dice «de madrugada»; el texto griego, «a la cuarta vela», entre las 3 y las 6 a.m.; los romanos dividían la noche en cuatro velas, desde las 6 p.m. hasta las 6 a.m.]. A nivel simbólico, quedan contrapuestos dos mundos: el de la intimidad con Dios (Jesús orando) y el de la dura realidad (los discípulos remando). Ha sido Jesús el que los ha abandonado a su destino.

Segunda escena: Jesús se acerca a los discípulos

Mateo cuenta con asombrosa naturalidad y sencillez algo inaudito: el hecho de que Jesús se acerque caminando sobre el lago. Los discípulos no reaccionan con la misma naturalidad: se asustan, porque piensan que es un fantasma, tienen miedo, gritan. Es la única vez que se usa en el Nuevo Testamento el término “fantasma”, que en griego clásico se aplica a los espíritus que se aparecen, o a «las visiones fantasmagóricas de mis ensueños» (Esquilo, Los siete contra Tebas, 710). Es la única vez que Jesús provoca en sus discípulos un pánico que los hace gritar de miedo. Es la única vez que les dice «¡animaos!». Una escena peculiar sobre la que volveremos más adelante.

Tercera escena: Jesús y Pedro

Quien conoce los relatos de Marcos y Juan advierte aquí una gran diferencia. En esos dos evangelios, Jesús sube a la barca y el viento se calma. Pero Mateo introduce una escena exclusivamente suya, que subraya la relación especial entre Jesús y Pedro. Igual que en otros pasajes de su evangelio, Mateo aporta rasgos de la personalidad de Pedro que justifican su importancia posterior dentro del grupo de los Doce. Pero no ofrece una imagen idealizada, sino real, con virtudes y defectos. Su decisión de ir hacia Jesús caminando sobre el agua lo pone por encima de los demás, igual que ocurrirá más adelante en Cesarea de Filipo. Pero Pedro muestra también su falta de fe y su temor. Incluso entonces, es salvado por la intervención de Jesús. Dentro de la sobriedad de Mateo, esta escena llama la atención por la abundancia de detalles expresivos, que adquieren su punto culminante en la imagen de Jesús alargando la mano y agarrando a Pedro.

Cuarta escena: confesión de los discípulos (32-33)

Marcos termina su relato diciendo que los discípulos «no cabían en sí de estupor, pues no habían entendido lo de los panes, ya que tenían la mente obcecada» (Mc 6,51-52). Mateo introduce un cambio radical: los discípulos no se asombran, sino que se postran ante Jesús y confiesan: «realmente eres Hijo de Dios». Esta actitud y estas palabras significan un gran avance. Anteriormente, en el relato de la tempestad calmada (Mt 8,23-27), los discípulos terminan preguntándose: «¿Quién será éste que hasta el viento y el agua le obedecen?» Desde entonces, el conocimiento más profundo de Jesús ha provocado un cambio en ellos. Ya no se preguntan quién es; confiesan abiertamente que es «hijo de Dios», y lo adoran. Este título no podemos interpretarlo con toda la carga teológica que le dio más tarde el Concilio de Calcedonia (año 451). También el centurión que está junto a Jesús en la cruz reconoce que «este hombre era hijo de Dios». Lo que quiere expresar este título es la estrecha vinculación de Jesús con Dios, que lo sitúa a un nivel muy superior al de cualquier otro hombre. De aquí a confesar la filiación divina de Jesús sólo queda un pequeño paso.

Anticipando la gloria de Jesús resucitado.

Este relato, tal como lo cuenta Mateo, ofrece tres datos curiosos: 1) el cuerpo de Jesús desafía las leyes físicas; 2) los discípulos no reconocen a Jesús, lo confunden con un fantasma; 3) Jesús, a pesar del poder que manifiesta, trata a los apóstoles con toda naturalidad.

Estos tres detalles son típicos de los relatos de apariciones de Jesús resucitado: 1) su cuerpo aparece y desaparece, atraviesa muros, etc.; 2) ni la Magdalena, ni los dos de Emaús, ni los siete a los que se aparece en el lago, reconocen a Jesús; 3) Jesús resucitado nunca hace manifestaciones extraordinarias de poder, habla y actúa con toda naturalidad.

Por consiguiente, lo que tenemos en Mateo (no en Marcos) es algo muy parecido a un relato de aparición de Jesús resucitado. ¿Qué sentido tiene en este momento del evangelio? Anticipar su gloria. Igual que el relato de la muerte de Juan Bautista, contado poco antes, anticipa su pasión, su maravilloso caminar sobre el agua anticipa su resurrección.

Sentido eclesial y personal

Desde antiguo, se ha visto en la barca una imagen de la Iglesia, metida por Jesús en una difícil aventura y, aparentemente, abandonada por él en medio de la tormenta. Este sentido, que estaba ya en Marcos, lo completa Mateo con un aspecto más personal, al añadir la escena de Pedro: el discípulo que, confiando en Jesús, se lanza a una aventura humanamente imposible y siente que fracasa, pero es rescatado por el Señor. En la imagen de Pedro podían reconocerse muchos apóstoles y misioneros de la Iglesia primitiva, y podemos vernos también a nosotros mismos en algunos instantes de nuestra vida: cuando parece que todos nuestros esfuerzos son inútiles, cuando nos sentimos empujados y abandonados por Dios, cuando nosotros mismos, con algo de buena voluntad y un mucho de presunción, queremos caminar sobre el agua, emprender tareas que nos superan. Ellos vivenciaron que Jesús los agarraba de la mano y los salvaba. La misma confianza debemos tener nosotros.

La primera lectura

Ha sido elegida porque en ella Dios se revela en la brisa suave, después del viento huracanado, el fuego y el terremoto. En el evangelio, después de la tormenta, cuando Jesús sube a la barca, el viento amaina. Este paralelismo no impide que la lectura parezca traída por los pelos; es preferible no detenerse en ella.


Oh, Dios, ¿dónde estás para que podamos conocer y revelar tu rostro?
Romeo Ballan, mccj

Las lecturas de hoy nos presentan un tema fundamental. ¿Cómo es Dios? ¿Qué hace con todo su poder? ¿Qué tiene que ver Dios con mi vida? ¿Cómo se manifiesta? Son las preguntas que cada persona se hace, tarde o temprano; de una u otra manera. Inútilmente algunos ‘ateos’ quisieran borrar esta realidad. Las etapas de la manifestación de Dios y los pasos del hombre en la búsqueda de su Señor y Padre van desde la creación a Cristo, al testimonio de los creyentes. Este es el hilo conductor que une las lecturas de hoy. De manera libre y sorprendente, Dios se manifiesta a los hombres: primero en la creación del mundo y de cada persona; luego, por medio de las alianzas y de los profetas; y, finalmente, en el evento único y definitivo de Jesucristo, Dios hecho carne, que acompaña la historia humana

Ante la manifestación gratuita de Dios, normalmente se produce la respuesta del hombre, en una búsqueda a menudo trabajosa e incierta. Todas las religiones y filosofías de los pueblos son un índice y el resultado del deseo profundo que Dios ha inscrito en el corazón de las personas y de las culturas: ¿Quién es Dios? ¿Dónde está? ¿Qué hace?… Las religiones naturales son diferentes según las épocas y las culturas, pero tienen un origen común: la aspiración humana a establecer una relación con la divinidad. Este es el terreno religioso natural en el cual los misioneros encuentran a los pueblos ya desde el primer anuncio del Evangelio.

La teología cristiana, desde sus inicios (s. II, con los santos Justino e Ireneo), enseña a los obreros del Evangelio que han de descubrir las “semillas del Verbo”, es decir, los valores humanos y espirituales presentes en las culturas. Por la acción del Verbo, por medio del cual han sido creadas todas las cosas (cfr. Col 1,15-17), y gracias a la presencia del Espíritu Santo, protagonista de la misión (cfr. RMi 21s), estos valores se encuentran ya en las culturas de los pueblos, aun antes de que se les anuncie la Buena Nueva de Cristo. En virtud de su origen divino, estos valores constituyen una buena preparación para acoger el Evangelio. La presencia del Verbo y del Espíritu, que anteceden la llegada del misionero, crea una especial sintonía entre el Evangelio y las culturas, que en general facilita la recepción del mensaje cristiano. Cristo llega como plenitud de la revelación de Dios, como don gratuito, pero no por eso es algo opcional o alternativo. Viene aquí muy oportuna la invitación del Papa Francisco a buscar y dejarse encontrar por Cristo.

Además de la revelación basada en la creación, Dios se reserva la iniciativa de manifestarse en el modo, en el tiempo y en las personas que Él quiere. En el caso de Elías (I lectura) la manifestación de Dios se da con signos diferentes a la de Moisés, aunque se realice sobre el mismo monte. Elías está regresando de las faldas del monte Carmelo, donde, en un exceso de celo y fanatismo, ha masacrado a los profetas de Baal (cfr. 1Reyes 18); ahora Elías necesita convertirse: reconocer a Dios no a través de signos fuertes (viento huracanado, terremoto y fuego), sino en el “susurro” (v. 12). En el mar borrascoso y entre los gritos de miedo a los fantasmas (Evangelio), Jesús se revela primero como orante solitario sobre el monte (v.23) y luego como portador de paz y seguridad: “¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!” (v.27). Al igual que en otras epifanías de Jesús, la conclusión es la fe de los discípulos (v.33). Más ampliamente, es la comunidad misionera de Mateo la que, probada por las incipientes persecuciones y la “poca fe” (v.31), renueva la adhesión a su Señor resucitado, invocándolo con el título pascual de Kurios, Señor (v. 28.30).

En la historia de las personas y de los pueblos se van alternando a menudo épocas de apertura y de cerrazónante el misterio de Dios, períodos de indiferencia, resistencia, y hasta de rechazo. Ante estas situaciones, el misionero adopta una actitud humilde y orante: la fuerza para la misión procede de la fe y de la oración. Es el caso de Pablo (II lectura), que siente un dolor grande y un continuo sufrimiento (v. 2) por sus hermanos y correligionarios (v. 3). Lamentablemente, la mayoría del pueblo judío, si bien recibió, a lo largo de los siglos, hasta ocho privilegios inestimables (v. 4-5), se ha cerrado al Mesías, que nació “de los patriarcas, según lo humano”: No lo reconocen como el Salvador, muerto y resucitado, como Dios bendito por los siglos (v. 5).

El misterio del pueblo elegido lleva a pensar en la realidad misionera de tantos pueblos que aún no se han abierto al Evangelio, con excepción de unas minorías. Cabe pensar en China, India, Japón, en el mundo budista, islámico… Ciertamente estos pueblos no están fuera de la acción salvífica de Cristo, el único salvador de todos; sin embargopermanece el misterio de su llamada a la Fe en Cristo y de su pertenencia a la Iglesia. También para ellos Dios tiene su proyecto y los tiempos precisos. Nosotros no conocemos los tiempos y los caminos por los cuales el Espíritu realiza el encuentro salvífico de cada persona con Cristo (GS 22). Pero la certeza que este encuentro se realiza, sostiene la esperanza del misionero, incluso cuando la barca está sacudida por las olas (Evangelio) y el viento es contrario (v. 24).

XVIII Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan el Bautista, subió a una barca y se dirigió a un lugar apartado y solitario. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Cuando Jesús desembarcó, vio aquella muchedumbre, se compadeció de ella y curó a los enfermos.
Como ya se hacía tarde, se acercaron sus discípulos a decirle: “Estamos en despoblado y empieza a oscurecer. Despide a la gente para que vayan a los caseríos y compren algo de comer”. Pero Jesús les replicó: “No hace falta que vayan. Denles ustedes de comer”. Ellos le contestaron: “No tenemos aquí más que cinco panes y dos pescados” Él les dijo: “Tráiganmelos”.
Luego mandó que la gente se sentara sobre el pasto. Tomó los cinco panes y los dos pescados, y mirando al cielo, pronunció una bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos para que los distribuyeran a la gente.
Todos comieron hasta saciarse, y con los pedazos que habían sobrado, se llenaron doce canastos. Los que comieron eran unos cinco mil hombres sin contar a las mujeres y a los niños”.

(Mateo 14, 13-21)


La multiplicación de los panes
P. Enrique Sánchez G. mccj

Comenzando la lectura de estos cuantos versículos del evangelio de Mateo, seguramente nos hemos preguntado ¿por qué menciona la muerte de Juan el Bautista? ¿No podía comenzar diciendo que Jesús se había encontrado, una vez más con una multitud que lo seguía?

El hecho de que Jesús se haya ido a un lugar apartado y solitario nos puede hacer entender que llevaba en su corazón una aflicción muy grande, llevaba el dolor de haber perdido a alguien que amaba profundamente y con quien había establecido una relación muy cercana. Llevaba el dolor de saber que Juan había sido asesinado de una manera cruel y despiadada. Necesitaba estar lejos y en silencio para poner en orden todo lo que se movía en su interior y para no dejarse ganar por el sentimiento de la venganza o del odio.

Necesitaba que lo mejor de él mismo se pudiese manifestar. Y, así fue, cuando desembarcando se encontró con aquella multitud que lo seguía y lo buscaba porque, de alguna manera se había dado cuenta de que era el Mesías, el Salvador que esperaban.

Lo que broto de su corazón fue un sentimiento de compasión, de ternura y de solidaridad con aquella gente que sufría física y espiritualmente.

Fijándonos atentamente en lo que nos transmite Mateo a través de su evangelio, nos podemos dar cuenta de que existen muchas referencias al antiguo testamento en donde la figura de Moisés ocupa la plaza principal como el mesías que acompañó al pueblo de Dios hasta la tierra prometida, haciéndolo pasar por el desierto y velando para que no muriera en aquellos lugares. Basta pensar en la delicadeza de Dios cuando mando el mana y las codornices para que el pueblo no sucumbiera de hambre.

Ahora, los discípulos y todos aquellos que se habían dado cita para encontrarse con Jesús, van a tener la posibilidad de hacer la experiencia de reconocerlo como el verdadero Mesías que los nutrirá con el pan de su palabra.

Cinco panes y dos pescados. A todos nos puede parecer imposible que pudiesen alcanzar para alimentar a aquella multitud. Y, efectivamente, leyendo el texto con los criterios que nos caracterizan en nuestro tiempo. Aquí, en donde todo es pesado y medido con exactitud, en donde todo es programado y proyectado con estudios de mercado. Claro que cinco panes y dos pescados no iban a ser la respuesta a aquella emergencia que se había presentado.

Lo que cambia todo en este relato es la oración que Jesús hace recibiendo aquellos panes y pescados. En sus manos ya no es la cantidad lo que cuenta, sino la fe que puede mover a quienes tiene delante de el.

La bendición de Dios, que muchas veces nosotros la llamamos providencia, siempre nos sorprenderá y nunca le ganaremos en generosidad. Dios, que hace todas las cosas bien y buenas, estará dispuesto a venir a nuestro encuentro cuando las fuerzas ya no nos alcanzan o cuando nos sentimos perdidos y no sabemos por donde seguir el camino.

Dios nos sorprenderá estando un paso adelante de nosotros, esperándonos para darnos lo que nuestro corazón necesita.

Un detalle sencillo e importante esta en el hecho de que Jesús pide a sus discípulos aquello que llevan consigo. Era nada, aparentemente, pues, como ellos mismos lo dirán: ¿que son cinco panes y dos pescados para esta multitud?

También aquí podemos decir que es nada, pero es importante entender que ahora a los discípulos les toca empezar una experiencia nueva estando con Jesús.

Durante mucho tiempo ya habían visto milagros y signos extraordinarios de la parte de Jesús, habían recibido toda una enseñanza que los había formado y los iba preparando para este momento que ahora se presentaba.

Los cinco panes y los dos pescados, entre las varias interpretaciones que se le puede dar, significan aquello que Dios ha puesto en cada uno de nosotros como un don especial, particular y que nadie posee en nuestro lugar.

Jesús, al pedir a sus discípulos que se encarguen ellos de darles de comer, los esta invitando a poner al servicio del Reino de Dios lo que cada uno de ellos era y no tanto lo que poseían. Dios ha podido siempre realizar su proyecto de salvación sin necesidad de nuestra aportación, pero curiosamente nunca ha querido imponernos algo que no pase por la mediación de aquellos que nos reconocemos hijos suyos y discípulos misioneros de Jesús.

Tal vez aquí, como en otras reflexiones, nos convendría preguntarnos ¿que son en mi vida esos cinco panes y esos dos pescados que el Señor me pide que ponga a su disposición?

¿Qué es lo que el Señor me está pidiendo compartir con los demás? A lo mejor es mi tiempo, mis conocimientos, mi presencia con aquella persona que esta sola, los dones que descubro que Dios me ha dado y que llenan mi corazón de felicidad.

Aquí lo que importa no es la cantidad, sino la disponibilidad. Jesús lo dice con un imperativo fuerte: Tráiganlos aquí.

Eso nos ayuda a entender que lo importante es lo que viene después, la bendición que Dios derrama sobre nuestros dones y los multiplica. Es una bendición que hace sentir que los primeros beneficiados somos cada uno de nosotros, cuando con generosidad ponemos en las manos de Dios lo que somos y lo que tenemos.

El pan que Jesús repartió aquel día, san Mateo nos dice que alcanzo para que todos comieran hasta saciarse y sobraron doce canastas.

De esa manera se comporta el Señor en nuestras vidas, satisface nuestras necesidades, de todo tipo, y nos da más de lo que muchas veces le pedimos.

Para concluir, yo creo que leyendo este texto desde nuestra experiencia cristiana, seguramente ha venido a nuestra mente la experiencia que hacemos en cada eucaristía, en donde se nos parte y comparte el pan para que nadie se sienta privado de la cercanía de Dios en su vida.

Y, como misioneros, no podemos cerrar nuestros oídos a la invitación que Jesús nos hace de poner a su disposición lo que somos, para que bendecidos por su Padre, podamos seguir llegando a la vida de tantos hermanos nuestros que necesitan de Dios.

También hoy nos encontramos con multitudes de personas, como Jesús al bajar de la barca, que esperan un gesto de misericordia, de cariño y de solidaridad.

Que el Señor nos de un corazón generoso para multiplicar nuestros panes y nuestros peces entre los mas necesitados.


Necesidades de la gente
José Antonio Pagola

Mateo introduce su relato diciendo que Jesús, al ver el gentío que lo ha seguido por tierra desde sus pueblos hasta aquel lugar solitario, «se conmovió hasta las entrañas». No es un detalle pintoresco del narrador. La compasión hacia esa gente donde hay muchas mujeres y niños, es lo que va a inspirar toda la actuación de Jesús.

De hecho, Jesús no se dedica a predicarles su mensaje. Nada se dice de su enseñanza. Jesús está pendiente de sus necesidades. El evangelista solo habla de sus gestos de bondad y cercanía. Lo único que hace en aquel lugar desértico es «curar» a los enfermos y «dar de comer» a la gente.

El momento es difícil. Se encuentran en un lugar despoblado donde no hay comida ni alojamiento. Es muy tarde y la noche está cerca. El diálogo entre los discípulos y Jesús nos va revelar la actitud del Profeta de la compasión: sus seguidores no han de desentenderse de los problemas materiales de la gente.

Los discípulos le hacen una sugerencia llena de realismo: «Despide a la multitud», que se vayan a las aldeas y se compren de comer. Jesús reacciona de manera inesperada. No quiere que se vayan en esas condiciones, sino que se queden junto a él. Esa pobre gente es la que más le necesita. Entonces les ordena lo imposible: «Dadles vosotros de comer».

De nuevo los discípulos le hacen una llamada al realismo: «No tenemos más que cinco panes y dos peces». No es posible alimentar con tan poco el hambre de tantos. Pero Jesús no los puede abandonar. Sus discípulos han de aprender a ser más sensibles a los sufrimientos de la gente. Por eso, les pide que le traigan lo poco que tienen.

Al final, es Jesús quien los alimenta a todos y son sus discípulos los que dan de comer a la gente. En manos de Jesús lo poco se convierte en mucho. Aquella aportación tan pequeña e insuficiente adquiere con Jesús una fecundidad sorprendente.

No hemos de olvidar los cristianos que la compasión de Jesús ha de estar siempre en el centro de su Iglesia como principio inspirador de todo lo que hacemos. Nos alejamos de Jesús siempre que reducimos la fe a un falso espiritualismo que nos lleva a desentendernos de los problemas materiales de las personas.

En nuestras comunidades cristianas son hoy más necesarios los gestos de solidaridad que las palabras hermosas. Hemos de descubrir también nosotros que con poco se puede hacer mucho. Jesús puede multiplicar nuestros pequeños gestos solidarios y darles una eficacia grande. Lo importante es no desentendernos de nadie que necesite acogida y ayuda.


Jesús alimenta a su comunidad
José Luís Sicre

Una vez terminado el discurso en parábolas sobre el Reino de Dios, el evangelio de Mateo ofrece una sección que podríamos titular «Del escándalo a la fe» (13,53-16,20). El escándalo se da en Nazaret, donde sus paisanos lo rechazan; la fe, en la confesión de Pedro en Cesarea de Felipe. En conjunto se trata de nueve episodios, de los que la liturgia ha elegido cuatro para los próximos domingos:

― la multiplicación de los panes (domingo 18)

― la tempestad calmada (domingo 19)

― la curación de la hija de la mujer sirofenicia (domingo 20)

― la confesión de Pedro (domingo 21)

Suave tarea veraniega

Quienes no sepan en qué entretenerse durante el mes de agosto, pueden leer estos capítulos de Mateo, con las sugerencias que ofrezco a continuación.

a) El tema capital de la sección es la pregunta: ¿quién es Jesús? Encontrará respuestas muy distintas:

los nazarenos: un hombre (13,55-56)

Herodes: Juan Bautista resucitado (14,2)

los de la nave: Hijo de Dios (14,33)

la cananea: Señor, hijo de David (15,22)

la gente: diversidad de opiniones (16,14)

Pedro: el Mesías (16,16)

b) Jesús intensifica su contacto con los extranjeros viajando a Tiro, Sidón (15,21) y Magadán (15,39). Por el contrario, su patria, Nazaret, lo rechaza; y de Jerusalén viene el peligro, la oposi­ción (15,1).

c) Jesús aparece en continuo movimiento. Mateo parece sugerir que la actividad misionera es intensa, aunque la mayoría de los episodios se sitúa en torno al lago de Galilea. A pesar del movimiento continuo, la gente cada vez se une más a él. Y Jesús les demuestra su preocupación y afecto de modo cada vez mayor.

d) El tema de los milagros (dynameis) es fundamental; más aún que en los capítulos anteriores. Se convierten en signo de la salvación mesiánica y, al mismo tiempo, de la aceptación o rechazo de Jesús, de la fe o incredulidad.

Jesús alimenta a su comunidad (la multiplicación de los panes)

Cuando los discípulos de Juan le comunican a Jesús la muerte del maestro, Jesús se retira en barca a un sitio apartado. Este detalle es significativo de la postura de Jesús. No va en busca de Herodes a denunciarlo. Huye, para poder seguir cumpliendo su misión.

Le sigue mucha gente de todas los pueblecillos, Jesús siente lástima y cura a los enfermos. Pero lo más importante ocurre al caer la tarde, cuando Jesús multiplica los panes para alimentar a una gran multitud formada por cinco mil varones acompañados de mujeres y niños. ¿Cómo hay que interpretar este episodio?

Problemas de la interpretación puramente histórica

Podríamos entender el relato como el recuerdo de un hecho histórico que demostraría el poder de Jesús y su preocupación, no sólo por la formación espiritual de la gente, sino también por sus necesidades materiales. Esta interpretación histórica encuentra grandes dificultades cuando intentamos imaginar la escena.

Se trata de una multitud enorme, quizá diez o quince mil personas, si incluimos mujeres y niños. Para reunir esa multitud tendrían que haberse quedados vacíos varios pueblos de aquella zona.

La propuesta de los discípulos de ir a los pueblos cercanos a comprar comida resulta difícil de cumplir: harían falta varios supermercados para alimentar de pronto a tanta gente.

Aun admitiendo que Jesús multiplicase los panes, su reparto entre esa multitud, llevado a cabo por sólo doce camareros (a unas mil personas por cabeza) plantea grandes problemas.

¿Cómo se multiplican los panes? ¿En manos de Jesús, o en manos de Jesús y de cada apóstol? ¿Tienen que ir dando viajes de ida y vuelta para coger nuevos trozos cada vez que se acaban?

¿Por qué no dice nada Mateo del reparto de los peces? ¿Es que éstos no se multiplican?

Después de repartir la comida a una multitud tan grande, ya casi de noche, ¿a quién se le ocurre ir a recoger las sobras en mitad del campo?

¿No resulta mucha casualidad que recojan precisamente doce cestos, uno por apóstol? ¿Y cómo es que los apóstoles no se extrañan de lo sucedido?

Estas preguntas, que parecen ridículas, y que a algunos pueden molestar, son importantes para valorar rectamente lo que cuenta Mateo. ¿Se basa su relato en un hecho histórico, y quiere recordarlo para dejar claro el poder y la misericordia de Jesús? ¿Se trata de algo puramente inventado por el evangelista para transmitir una enseñanza?

Problema de la interpretación racionalista y moralizante

En el siglo XIX, por influjo especialmente de la Vida de Jesús de Renan, se difundió la tendencia a interpretar los milagros de forma racionalista, que no supusieran una dificultad para la fe.

En concreto, lo que ocurrió en la multiplicación de los panes fue lo siguiente: Jesús animó a sus discípulos y a la gente a compartir lo que tenían, y así todos terminaron saciados. El relato pretende fomentar la generosidad y la participación de los bienes.

Esta opinión, que sigue apareciendo incluso en libros pretendidamente científicos, inventa algo que el evangelio no cuenta, incluso en contradicción expresa con él, e ignora el mundo en el que fueron redactados los evangelios.

La interpretación simbólica y eucarística

A la comunidad de Mateo este episodio no le resultaría extraño. Con su conocimiento del Antiguo Testamento vería en el relato la referencia clarísima a dos pasajes bíblicos.

En primer lugar, la imagen de una gran multitud de hombres, mujeres y niños, en el desierto, sin posibilidad de alimentarse, evoca la del antiguo Israel, en su marcha desde Egipto a Canaán, cuando es alimentado por Dios con el maná y las codornices gracias a la intercesión de Moisés.

Hay también otro relato sobre Eliseo que les vendría espontáneo a la memoria. Este profeta, uno de los más famosos de los primeros tiempos, estaba rodeado de un grupo abundante de discípulos de origen bastante humilde y pobre. Un día ocurrió lo siguiente:

«Uno de Baal Salisá vino a traer al profeta el pan de las primicias, veinte panes de cebada y grano reciente en la alforja. Eliseo dijo:

– Dáselos a la gente, que coman.

El criado replicó:

– ¿Qué hago yo con esto para cien personas?

Eliseo insistió:

– Dáselos a la gente, que coman. Porque así dice el Señor: Comerán y sobrará.

Entonces el criado se los sirvió, comieron y sobró, como había dicho el Señor” (2 Reyes 4,42-44).

Cualquier lector de Mateo podía extraer fácilmente una conclusión: Jesús se preocupa por las personas que le siguen, las alimenta en medio de las dificultades, igual que hicieron Moisés y Eliseo en tiempos antiguos.

Al mismo tiempo, quedan claras ciertas diferencias. En comparación con Moisés, Jesús no tiene que pedirle a Dios que resuelva el problema, él mismo tiene capacidad de hacerlo. En comparación con Eliseo, su poder lo sobrepasa también de forma extraordinaria: no alimenta a cien personas con veinte panes, sino a varios miles con solo cinco, y sobran doce cestos. La misericordia y el poder de Jesús quedan subrayados de forma absoluta.

Sin embargo, aquellos lectores antiguos se preguntarían qué sentido tenía ese relato para ellos. Porque su generación no podía beneficiarse del poder y la misericordia de Jesús para saciar su hambre en momentos de necesidad. Y sabían que otros muchos contemporáneos de Jesús habían pasado hambre sin ser testigos de ningún milagro parecido. En el fondo, la pregunta es: ¿sigue saciando Jesús nuestra hambre, nos sigue ayudando en los momentos de necesidad?

Aquí entra en juego un aspecto esencial del relato: su relación con la celebración eucarística en las primeras comunidades cristianas. Es cierto que estos detalles no pueden exagerarse. Por ejemplo, el levantar la vista y pronunciar la bendición antes de la comida era un gesto normal en cualquier familia piadosa. También era normal recoger las sobras.

Sin embargo, Mateo ofrece un detalle importante: omite los peces en el momento de la multiplicación. Algunos autores se niegan a darle valor a este detalle. Pero es interesantísimo. Cuando se come pan y pescado, lo importante es el pescado, no el pan. Carece de sentido omitir la mención del alimento principal. Si se omite, es por una intención premeditada: acentuar la importancia del pan, con su clara referencia a la eucaristía. Porque en ella acontece lo mismo que en la multiplicación de los panes.

Jesús la instituye antes de morir con el sentido expreso de alimento: «Tomad y comed… tomad y bebed». Los cristianos saben que con ese alimento no se sacia el hambre física; pero también saben que ese alimento es esencial para sobrevivir espiritualmente. De la eucaristía, donde recuerdan la muerte y resurrección de Jesús, sacan fuerzas para amar a Dios y al prójimo, para superar las dificultades, para resistir en medio de las persecuciones e incluso entregarse a la muerte.

Un cristiano de hoy debería sacar el mismo mensaje de este pasaje: Jesús se compadece de nosotros y manifiesta su poder alimentándonos con su cuerpo y su sangre, mucho más importante que la multiplicación de los panes y los peces.

También podríamos sacar otras enseñanzas: la obligación de preocuparnos por las necesidades materiales de los demás, de poner a disposición de los otros lo poco o mucho que tengamos. Así, los benedictinos alemanes han querido recordar la preocupación de Jesús por los necesitados instituyendo en el sitio donde se recuerda la multiplicación de los panes un centro de atención a niños disminuidos físicos. Pero lo esencial del relato es lo que decíamos anteriormente.


Compartir con los muchos ‘Lázaros’ hambrientos que pueblan el planeta
P. Romeo Ballan, mccj

El proyecto de Dios es claro: ¡que todos tengan vida en abundancia! (Jn 10,10). En las lecturas de hoy se habla de abundancia, de gratuidad. Esta es la salvación que nuestro Dios ofrece generosamente. ¡A todos! El profeta (I lectura) invita a todos a beber agua, vino y leche en abundancia, “sin dinero, sin pagar” (v. 1), promete que comerán y comerán bien. El Salmo responsorial insiste sobre la ternura y bondad del Señor, que es clemente y misericordioso con todos, sacia de favores a todo viviente y está cerca de los que lo invocan con corazón sincero. El apóstol Pablo (II lectura) afirma con entusiasmo que ninguna criatura nos podrá apartar del amor de Cristo, porque en todo “vencemos fácilmente por Aquel que nos ha amado” (v. 37). Un signo tangible de esa abundancia es la multiplicación de los panes y peces (Evangelio), en la que todos comieron “hasta quedar satisfechos”, y hasta sobró.

Para las primeras comunidades cristianas la multiplicación de los panes fue un acontecimiento extraordinario. Los cuatro evangelistas nos lo narran hasta seis veces. La inicial situación de carencia (es tarde, lugar desértico, falta de comida y de dinero, cantidad de gente…) queda superada por la compasión de Jesús hacia el gentío (v. 14). Él no duda en renunciar incluso al tiempo de luto por la muerte de su amigo y pariente Juan el Bautista (v. 13), activa su poder milagroso y el compartir, a fin de que el alimento llegue a todos, y con abundancia. La primera reacción de Jesús es la compasión, le empatía con la gente: capta su cansancio, la desesperación, los escucha, sana sus enfermos (v.14). Después decide tomar una solución innovadora, ejemplar.

Para resolver el problema de la gente hambrienta, la primera reacción suele ser superficial: ‘vayan a comprarse algo, cada uno se las arregle…’ También los discípulos piensan en dos soluciones: despedirlos o comprar… Jesús se opone a estas dos propuestas. “Jesús no despide a la gente, jamás ha despedido a nadie. Los discípulos hablan de comprar, Jesús habla de dar. Abre una nueva manera de ser: dar sin calcular, dar sin pedir, generosamente, gratuitamente. Cuando mi pan se convierte en nuestro pan, el don es semilla de milagro” (Hermes Ronchi). Jesús involucra a los discípulos y los compromete en la solución del problema: “Denles ustedes de comer” (v. 16). El milagro comienza a partir de lo poco que los discípulos ofrecen: cinco panes y dos peces, que en las manos de Jesús se convierten en muchos, hasta sobreabundar. Comprar se sustituye con compartir. El sistema de comprar crea afortunados y desafortunados: los hay que pueden y otros que no pueden. Según el Evangelio la palabra de orden es: ¡compartir!

Jesús quiere que los discípulos tomen conciencia de ello; que busquen con creatividad y audacia las soluciones posibles. ¡Sin descargar sobre otros y sin retrasos! Solamente en la lógica del compartir es posible superar problemas tan graves como el hambre en el mundo, las enfermedades endémicas… Donde no hay compartir prevalece la lógica de la acumulación, por la cual la mayor multiplicación de bienes acaba en las manos de pocas personas. Donde no hay compartir impera el egoísmo. Son frecuentes los llamados de los Papas a la solidaridad y al compartir, con documentos, en las cumbres de la FAO, de los G8 y en otras ocasiones, levantando la voz contra el escándalo del hambre y en favor de los pobres de la tierra, especialmente de África, continente a menudo postergado y muy necesitado.

Sobre los arenales de Villa El Salvador, en la periferia del sur de Lima (Perú), la mañana del 5 de febrero de 1985, el Santo Papa Juan Pablo II se reunió con un millón de pobres. Durante la liturgia de la Palabra, se proclamó el Evangelio de la multiplicación de los panes y el Papa pronunció su homilía. Al final del encuentro, visiblemente emocionado por el comportamiento humilde y devoto de esa muchedumbre, improvisó una síntesis de su mensaje con estas palabras: “Hambre de Dios, SÍ. Hambre de pan, NO”. Inmediatamente esta síntesis misionera dio la vuelta al mundo y quedó grabada también en el monumento que recuerda, para perpetua memoria, esa visita del Papa. Se trata de una síntesis que explica y sustenta el trabajo misionero: una tarea exigente para fomentar el hambre de Dios y acabar con el hambre de pan.

Las palabras y los gestos de Jesús en la multiplicación de los panes son los mismos de la Última Cena; por tanto, el milagro tiene una evidente referencia a la Eucaristía, sobre todo en cuanto banquete del Pan de vida que se parte y se multiplica para todos. También la misión es pan partido para la vida del mundo. Eucaristía, misión y compartir constituyen un trinomio inseparable. La Eucaristía es el banquete de los pueblos: la misión convoca a todas las gentes para este banquete de la Vida de gracia; y estimula a compartir de manera fraterna y solidaria, para que haya pan sobre la mesa de todos. Nosotros los cristianos, que nos alimentamos con el pan de la Palabra y de la Eucaristía, y a menudo estamos hartos del pan sobre la mesa, estamos fuertemente interpelados para un mayor compromiso con la misión y con la sustentación de los pobres.

La mejor manera de participar en la Eucaristía es hacer de nuestra vida un don, es hacerse pan partido para los demás. Aquel muchacho dio de lo suyo (su comida) y se hizo solidario con todos. La Eucaristía que celebramos se convierte en signo auténtico de un mundo que cambia, cuando mi pan se convierte en pan nuestro. Oremos “que el pan multiplicado por la Providencia sea partido en la caridad” y que nos abramos “al diálogo y al servicio hacia todos” (Oración colecta). ¡Para que todos tengan Vida en abundancia! (Jn 10,10).

XVII Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en un campo. El que lo encuentra lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, va y vende cuanto tiene y compra aquel campo.
El Reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas Ainas que, al encontrar una perla muy valiosa, va y vende cuanto tiene y la compra.
También se parece el Reino de los cielos a la red que los pescadores echan en el mar y recoge toda clase de peces. Cuando se llena la red, los pescadores la sacan a la playa y se sientan a escoger los pescados; ponen los buenos en canastos y tiran los malos. Lo mismo sucederá al final de los tiempos: vendrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los arrojarán al horno encendido. Allí será el llanto y la desesperación. ¿Han entendido todo esto?”

Ellos le contestaron: “Sí”. Entonces él les dijo: “Por eso, todo escriba instruido en las cosas del Reino de los cielos es semejante al padre de familia, que va sacando de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas”.

(Mateo 13, 44-52)


Un tesoro escondido
P. Enrique Sánchez G. mccj

Con el texto que nos presenta el evangelio de este domingo, llegamos al final de lo que san Mateo ha definido como la enseñanza en parábolas a los discípulos, a las multitudes que seguían al Señor y a nosotros mismos que hemos tenido la oportunidad de enriquecernos con estas palabras.

Hoy nos encontramos con otras tres parábolas que, por su sencillez, nos permiten abrir el corazón al mensaje del Señor, pues todos hemos soñado alguna vez con descubrir un tesoro que nos cambiaría la vida; siempre nos hemos sentido fascinados con la belleza de las perlas convertidas en joyas preciosas que hacen resaltar la belleza de quien las lleva como adorno en el cuello.

Y, seguramente, nos hemos encontrado, en un momento, a la orilla del mar, contemplando a los pescadores que regresan, después de horas de fatiga en el mar y antes de bajar de sus barcas, separando los peces que realmente vale la pena poner en los canastos.

Jesús utiliza esos tres ejemplos para concluir, de alguna manera, la enseñanza que ha querido transmitir a sus discípulos para que se abrieran a la novedad del Reino de Dios que estaba empezando a manifestarse entre ellos a través de la acción del Señor.

El Reino de Dios, dice Jesús, es como un tesoro escondido, pero que en un cierto momento es descubierto y llena el corazón de alegría. Es algo que responde a los anhelos profundos que cada persona lleva en su interior.

Podríamos decir que es aquello que nos hace soñar y que nos mueve a luchar para encontrar lo que hace que podamos decir que vale la pena estar en este mundo y que hay motivos para esperar algo que nos haga ser verdaderamente felices, pues al final de cuentas eso es para lo que Dios nos ha puesto en esta tierra.

Un tesoro representa en nuestra imaginación algo que tiene un valor tan grande que consideramos que sería suficiente para responder a todo lo que necesitamos. Lo imaginamos como aquello que bastaría para ver satisfechas nuestras urgencias materiales, pero también lo que llenaría nuestros ideales y aspiraciones más profundas o espirituales. Seguramente, todos conocemos muchas historias, algunas ciertas y otras imaginarias, que nos cuentan que han existido personas que lo han dejado todo para ir a la búsqueda de los tesoros escondidos misteriosamente en lo profundo de las montañas o en el fondo de los océanos.

Han existido grandes aventureros y exploradores que no tuvieron miedo de ir a lugares lejanos, fantásticos o misteriosos en búsqueda de una cueva o de un cofre en el fondo del mar en donde se escondía el tesoro que les cambiaría la vida.

Algo parecido nos sugiere Jesús con la parábola del tesoro descubierto y que es vuelto a esconder para no arriesgar que otros lo encuentren mientras se reúne todo lo necesario para poder tomar posesión de él. Este detalle manifiesta una exigencia esencial para poder apoderarse del Reino de Dios.

Jesús nos enseña que para apropiarse el tesoro del Reino es necesario empezar por un desprendimiento que obliga a considerar como lo único valioso e importante lo que hemos encontrado al descubrirlo a él en nuestra vida.

Hay que ir y dejarlo todo, que nada pueda ocupar el lugar que le corresponde al Señor en nuestro corazón, para que él se convierta en lo más valioso, en lo más importante, en lo único a lo que vale la pena sacrificarle nuestra vida entera.

Aquí podría surgir para nosotros una serie de preguntas que vale la pena acoger con humildad, con sencillez y con la disponibilidad suficiente para dejarnos transformar y para empezar a caminar por otros rumbos en donde algunos tesoros que considerábamos importantes y necesarios pierden su valor ante nuestros ojos.

¿Cuáles son mis tesoros en este momento de mi vida? ¿Qué es lo que considero más importante y a lo que me resulta difícil renunciar? ¿Qué es lo que brilla ante mis ojos y me encandila, impidiéndome ver lo que hay en lo más profundo de mi vida? ¿Por qué me siento apegado a alguna cosa, a alguna propiedad, a algo que considero mi riqueza porque me brinda seguridad?

¿Cómo podemos descubrir nuestros tesoros? El evangelio, en algún momento nos da la respuesta diciendo: “ahí en donde esta tu tesoro, ahí está tu corazón”. ¿En dónde sentimos vibrar con mayor intensidad nuestro corazón?

¿Qué me pide el Señor que le entregue para que pueda poseerlo a él, como mi único y gran tesoro? ¿Qué estoy dispuesto a vender de lo que tengo, y no me refiero a cosas materiales, para adquirir el tesoro que realmente puede llenar mi corazón?

La parábola de la perla preciosa, nos habla igualmente de exigencias de desprendimiento, pero con una razón que justifica el sacrificio. Se renuncia a todo para adquirir lo que es más bello, lo más valioso. Y lo más bello y lo más valioso generalmente no tiene un precio, vale más de lo que se paga por ello.

Lo bello vale por lo que significa en el corazón de una persona y no por el precio que se puede pagar.

Una  flor  que  se  ofrece  como  signo  de  cariño  o  de  amor  no  cuesta  una  fortuna,  pero representa algo que no se puede decir con las palabras y que todo el dinero del mundo no bastaría para expresar lo que se siente dentro de nosotros.

La perla preciosa puede hacer que se venda todo lo que se posee porque se ha entendido que aquella perla, y no otra, será la única que podrá satisfacer lo que el corazón esperaba.

El Reino de Dios se presenta igualmente como lo único a lo cual vale la pena sacrificarle todo lo que somos y lo que tenemos, porque en él se esconde lo bello de las promesas que Dios quiere cumplir en cada uno de nosotros, pero que exigen que estemos totalmente dispuestos a acogerlo. Que no haya nada, ni nadie que pueda ocupar el lugar que sólo le corresponde al Señor en nuestras vidas.

Todo esto no quiere decir que estamos condenados a aislarnos de los demás o a considera como obstáculos a quienes Dios a puesto a nuestro lado como sacramentos de su cercanía y de su presencia.

Hacer de Dios el absoluto de nuestra vida significa aprender a ver todo a través de lo que él es en nosotros mismos. Es descubrir su belleza en el hermano a quien estamos llamados a amar con todo el corazón. Es ver su presencia en el mundo en donde nos ha puesto y en la creación que nos ha dado para que hagamos ahí nuestro hogar y nuestra morada.

Es darnos cuenta de que el Reino de Dios lleva consigo una belleza que sólo puede ser entendida, aceptada y vivida por quienes están llenos de la presencia del Señor.

Aquí también valdría la pena preguntarnos ¿qué es lo que considero lo más bello de mi vida? ¿Quiénes se convierten en el rostro bello de Dios que se me manifiesta de manera sorpresiva a cada instante? ¿Quiénes son esa perla preciosa por la que estaría dispuesto a vender todo lo que tengo para quedarme sólo que aquella que se ha ganado mi corazón?

Finalmente, llegamos a la parábola de la red que los pescadores llevan hasta la orilla del mar para separar ahí los peces que vale la pena conservar.

El Reino de Dios implica también una selección y no se trata de ser excluidos del Reino, pues ahí todos tenemos un lugar que ha sido reservado y que el Señor ha preparado para todos.

Aquí sería bello recordar aquella palabra del evangelio que nos dice que “Dios hace salir el sol para los buenos al igual que para los malos” (Mateo 5, 45)

La tarea de los pescadores nos permite entender que, en el trabajo para poder entrar en las caminos que nos conducen al Reino de los cielos, hay un compromiso de discernimiento que nos obliga a hacer las buenas elecciones, a optar por lo que es conveniente, aunque no siempre sea placentero.

Para entrar en el Reino de los cielos, de alguna manera, hay que aceptar una disciplina que nos ayude a tener y desear lo que es bueno para nuestro crecimiento personal y comunitario. Hay que buscar el bien y lo que es bueno.

Saber sacar de nuestras redes lo que no vale la pena es algo sabio que nos permitirá estar siempre atentos a los signos de Dios que pasa en nuestra vida a través de todo lo que nos toca vivir.

Y la vida, al menos hoy en día, muchas veces se presenta como un río revuelto en el cual nos encontramos con todo, pero no por ello tenemos que dejar que nuestro corazón se nutra de lo que no le conviene.

No se trata de asustarnos con el mal que está presente, como ya lo reflexionábamos en la parábola de la cizaña y el trigo, que tienen que crecer juntos; pero si tenemos que aprender a discernir para poder elegir lo bueno, lo noble, lo bello y lo santo que Dios va poniendo a nuestro alcance.

El Reino de los cielos es justamente esa realidad en donde podremos sentirnos cobijados y acompañados por el Señor, en la medida en que hagamos las buenas opciones, que nos sintamos profundamente amados para vivir desprendidos y en libertad y que sepamos dejarlo todo para conseguir aquella perla preciosa que el Señor nos está ofreciendo de muchas maneras en lo ordinario de nuestra vida.

Ojalá que las enseñanzas recibidas, a través de todas estas parábolas que hemos ido meditando a lo largo de estos últimos domingos, nos ayuden a acoger la palabra de Dios como una semilla que nos bendice y que nos impulsa a ir cada día más lejos en nuestro deseos de ser testigos y misioneros del Señor.

Que seamos auténticos constructores de su Reino, aunque tengamos que seguir navegando con todo aquello que se apega a nuestro corazón y nos impide entregarnos totalmente al Señor.

Que Jesús nos fortalezca y nos ayude a vivir con humildad nuestro compromiso misionero anunciando con alegría y generosidad lo bello de su Palabra y que encuentre en nosotros aquellos discípulos, que aún con sus límites y pecados pueden llegar a ser buenos colaboradores en la construcción del Reino.

Finalmente, que el Señor nos conceda encontrarlo en lo más profundo de nuestro corazón como el tesoro que Dios ha escondido para que vivamos en plenitud.

Sigamos siendo discípulos apasionados en la construcción del Reino y que el Señor encuentre en cada uno de nosotros buenos colaboradores suyos.


¿Dónde está tu tesoro?
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

Este domingo concluimos la lectura del capítulo 13 del Evangelio de Mateo, que contiene el tercer gran discurso de Jesús, en el que el Reino de Dios es presentado mediante siete parábolas. Hoy escuchamos las tres últimas, dirigidas a los apóstoles: el tesoro escondido, el mercader de perlas y la red que recoge toda clase de peces.

Las dos primeras son semejantes y nos hablan de la alegría de quien ha descubierto el Reino. La tercera, en cambio, recuerda la parábola del trigo y la cizaña, que escuchamos el domingo pasado, y trata de la convivencia entre el bien y el mal.

La parábola de la red, como la del trigo y la cizaña, evoca el «fin del mundo», es decir, la conclusión de nuestra vida, como el momento supremo en el que se comprobará su autenticidad y quedará desenmascarada la falsedad de aquellos que «llaman bien al mal y mal al bien, que tienen las tinieblas por luz y la luz por tinieblas, lo amargo por dulce y lo dulce por amargo» (Isaías 5,20).

Detengámonos en las dos breves parábolas del tesoro y de la perla.

1. ¿QUIÉNES son los buscadores de tesoros y perlas?

«El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra y lo vuelve a esconder; después, lleno de alegría, va, vende todos sus bienes y compra aquel campo».

Las historias de tesoros siempre resultan fascinantes, tanto hoy como en tiempos de Jesús. En una tierra que con frecuencia era escenario de guerras, era habitual, ante la llegada de un enemigo, esconder las propias riquezas enterrándolas en un campo o bajo el suelo de la casa antes de huir, con la esperanza de poder recuperarlas más tarde. Sin embargo, esto no siempre sucedía.

Pues bien, el pobre jornalero de la parábola es uno de los afortunados que, por una circunstancia inesperada, encuentra la gran oportunidad de su vida y no la deja escapar: lleno de alegría, vende todos sus bienes y compra aquel campo.

«El Reino de los cielos se parece también a un mercader que busca perlas preciosas; al encontrar una perla de gran valor, va, vende todos sus bienes y la compra».

En Oriente, las perlas eran consideradas una de las cosas más valiosas, como lo son para nosotros los diamantes. Eran símbolo de belleza, hasta el punto de que «Peninná», es decir, «Perla», era también un nombre que se daba a las niñas (cf. 1 Samuel 1,2). El mercader de la parábola buscaba estas perlas y, cuando encuentra una de gran valor, tampoco duda en vender todos sus bienes para adquirirla.

Ambos, el pobre campesino y el rico mercader, actúan de la misma manera: encuentran el tesoro o la perla, van, venden todo y compran. Pero, mientras el campesino encuentra el tesoro inesperadamente, el mercader encuentra la perla después de haberla buscado durante mucho tiempo.

Nosotros somos esos buscadores de tesoros y perlas, de riqueza y belleza, de perfección e infinito. Nuestra vida es un campo sembrado de tesoros escondidos bajo nuestros pies, pero el «barro» nos impide verlos. Nuestra vida es un bazar lleno de perlas, a menudo demasiado cubiertas de polvo para que podamos percibir su esplendor. Sin embargo, sucede que lo sacrificamos todo, la vida y el alma, deslumbrados por algo falso, para acabar después con las manos vacías.

2. ¿QUÉ son el tesoro y la perla?

¿Qué representan aquel tesoro y aquella perla? Para Salomón son la Sabiduría (cf. la primera lectura); para el salmista son la Ley, la Torá (cf. el Salmo responsorial 118); para san Pablo son la vocación y el proyecto de Dios para nuestra vida (cf. la segunda lectura). Para Jesús, en cambio, son el Reino. No obstante, podemos reflexionar sobre las dos parábolas ampliando aún más su perspectiva.

El tesoro es, ante todo, Cristo. Por él, los apóstoles lo abandonaron todo, y lo mismo hicieron muchos otros después de ellos. Pablo consideró todo como basura ante la excelencia del conocimiento de Cristo (cf. Filipenses 3,8). Muchos cristianos están dispuestos a dar incluso su propia vida con tal de no perderlo.

Pero también están aquellos que no han descubierto este tesoro en Jesús: como el joven rico, que se marchó triste; como Judas, que lo vendió por treinta monedas; y como tantos cristianos que, al no haberlo encontrado nunca de verdad, lo han cambiado por unas cuantas baratijas.

Sin embargo, también nosotros somos aquel tesoro y aquella perla que Cristo encontró en el campo o en el mercado del mundo. Por eso nos rescató «no con bienes corruptibles, como la plata y el oro, […] sino con la sangre preciosa de Cristo» (1 Pedro 1,18-19).

También son perlas las personas que están a nuestro lado, a menudo ocultas tras sus defectos, su carácter áspero y sus conchas.

3. ¿DÓNDE encontrar el tesoro?

¿Dónde y cómo podemos encontrar el tesoro o la perla? Permitidme que os lo explique mediante un relato jasídico —el jasidismo es un movimiento espiritual judío—: la historia del rabino Eisik, hijo del rabino Jekel, de Cracovia, narrada por Martin Buber, filósofo judío.

«Después de muchos años de dura miseria, que, sin embargo, no había quebrantado su confianza en Dios, el rabino Eisik recibió en sueños la orden de ir a Praga para buscar un tesoro bajo el puente que conducía al palacio real. Cuando el sueño se repitió por tercera vez, Eisik se puso en camino y llegó a Praga a pie.
Sin embargo, el puente estaba vigilado día y noche por centinelas, y él no tuvo el valor de excavar en el lugar indicado. Aun así, regresaba al puente cada mañana y merodeaba por sus alrededores hasta la noche. Finalmente, el capitán de la guardia, que había observado sus idas y venidas, se acercó a él y le preguntó amablemente si había perdido algo o si estaba esperando a alguien. Eisik le contó el sueño que lo había llevado hasta allí desde su lejano país.
El capitán rompió a reír: “¿Y tú, pobre hombre, por hacer caso a un sueño has venido hasta aquí a pie? ¡Ja, ja, ja! ¡Vas listo si te fías de los sueños! Entonces también yo debería haberme puesto en camino para obedecer a un sueño e ir hasta Cracovia, a la casa de un judío, un tal Eisik, hijo de Jekel, para buscar un tesoro debajo de la estufa. Eisik, hijo de Jekel… ¿estás bromeando? ¡Ya me veo entrando y poniendo patas arriba todas las casas de una ciudad en la que la mitad de los judíos se llaman Eisik y la otra mitad Jekel!”. Y volvió a reír. Eisik se despidió de él, regresó a su casa y desenterró el tesoro».

Martin Buber concluye: «Hay algo que no puedes encontrar en ninguna otra parte del mundo; y, sin embargo, existe un lugar donde puedes encontrarlo: allí donde estás, ¡en lo más íntimo de ti mismo!» (El camino del hombre).


Un tesoro sin descubrir
José Antonio Pagola

Se parece a un tesoro escondido.

No todos se entusiasmaban con el proyecto de Jesús. En bastantes surgían no pocas dudas e interrogantes. ¿Era razonable seguirle? ¿No era una locura? Son las preguntas de aquellos galileos y de todos los que se encuentran con Jesús a un nivel un poco profundo.

Jesús contó dos pequeñas parábolas para «seducir» a quienes permanecían indiferentes. Quería sembrar en todos un interrogante decisivo: ¿no habrá en la vida un «secreto» que todavía no hemos descubierto?

Todos entendieron la parábola de aquel labrador pobre que, estando cavando en una tierra que no era suya, encontró un tesoro escondido en un cofre. No se lo pensó dos veces. Era la ocasión de su vida. No la podía desaprovechar. Vendió todo lo que tenía y, lleno de alegría, se hizo con el tesoro.

Lo mismo hizo un rico traficante de perlas cuando descubrió una de valor incalculable. Nunca había visto algo semejante. Vendió todo lo que poseía y se hizo con la perla.

Las palabras de Jesús eran seductoras. ¿Será Dios así?, ¿será esto encontrarse con él?, ¿descubrir un «tesoro» más bello y atractivo, más sólido y verdadero que todo lo que nosotros estamos viviendo y disfrutando?

Jesús estaba comunicando su experiencia de Dios: lo que había transformado por entero su vida. ¿Tendrá razón? ¿Será esto seguirle?, ¿encontrar lo esencial, tener la inmensa fortuna de hallar lo que el ser humano está anhelando desde siempre?
En los países del Primer Mundo mucha gente está abandonando la religión sin haber saboreado a Dios. Les entiendo. Yo haría lo mismo. Si uno no ha descubierto un poco la experiencia de Dios que vivía Jesús, la religión es un aburrimiento. No merece la pena.

Lo triste es encontrar a tantos cristianos cuyas vidas no están marcadas por la alegría, el asombro o la sorpresa de Dios. No lo han estado nunca. Viven encerrados en su religión, sin haber encontrado ningún «tesoro». Entre los seguidores de Jesús, cuidar la vida interior no es una cosa más. Es imprescindible para vivir abiertos a la sorpresa de Dios.


Parábolas para tiempo de crisis
José Luis Sicre

En los dos domingos anteriores, el discurso en parábolas ha respondido a tres preguntas que se hace la antigua comunidad cristiana y que nos seguimos planteando nosotros:

1) ¿Por qué no aceptan todos el mensaje de Jesús? (parábola del sembrador).
2) ¿Qué hacer con quienes no lo aceptan? (el trigo y la cizaña).
3) ¿Tiene futuro esta comunidad tan pequeña? (el grano de mostaza y la levadura)

Quedan todavía otras dos preguntas por plantear y responder.

¿Vale la pena?

La pregunta que puede seguir rondando en la cabeza de los segui­dores de Jesús es si todo esto vale la pena. A la pregunta responden dos parábolas muy breves, aparentemente idénticas en el desarrollo y con gran parecido en las imágenes. Por eso se las conoce como las parábolas del tesoro y la perla. Lo que ocurre en ambos casos es lo siguiente:

a) El protagonista descubre algo de enorme valor.
b) Con tal de conseguirlo, vende todo lo que tiene.
c) Compra el objeto deseado.

Sin embargo, hay curiosas diferencias entre las dos parábolas, empezando por los protagonistas.

El suertudo y el concienzudo (el tesoro y la perla)

El protagonista de la primera es un hombre con suerte. Mientras camina por el campo, encuentra un tesoro. Su primera reacción no es llevarlo a la oficina de objetos perdidos (que entonces no existe) ni poner un anuncio en el periódico (que tampoco existe). Ante todo, lo esconde. Repuesto de la sorpresa, se llena de alegría y decide apropiarse del tesoro, pero legalmente. La única solución es comprar el campo. Es grande y caro. No importa. Vende todo lo que tiene y lo compra.

El protagonista de la segunda parábola es muy distinto. No pierde el tiempo paseando por el campo. Es un comerciante concienzudo que va en busca de perlas de gran valor. Por desgracia, la traducción litúrgica ignora este aspecto: en vez de “El Reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas”, debería decir “a un comerciante en busca de perlas finas”. No la encuentra por casualidad, va tras ella con ahínco. Como buen comerciante, calculador y frío, no salta de alegría cuando la encuentra, igual que el protagonista de la primera parábola. Pero hace lo mismo: vende todo lo que tiene para comprarla.

La perla y el comerciante. Otra diferencia curiosa es que la primera parábola compara el Reino de los Cielos con un tesoro, pero la segunda no lo compara con una perla preciosa, sino con un comerciante. Este detalle ofrece una pista para interpretar las dos parábolas.

Ni bonos basura ni timo de la estampita. No olvidemos que estas parábolas se dirigen a una comunidad que sufre una crisis profunda y se pregunta si ser cristiano tiene valor. En términos modernos: ¿me han vendido bonos basura o me han dado el timo de la estampita? La respuesta pretende revivir la experiencia primitiva, cuando cada cual decidió seguir a Jesús. Unos entraron en contacto con la comunidad de forma puramente casual, y descubrieron en ella un tesoro por el que merecía la pena renunciar a todo. Otros descubrieron la comunidad tras años de inquietud religiosa y búsqueda intensa, como ocurrió a numerosos paganos en contacto previo con el judaísmo; también éstos debieron renunciar y vender para adquirir.

Las parábolas, aparte de infundir ilusión, animan también a un examen de conciencia. ¿Sigue siendo para mí la fe en Jesús y la comunidad cristiana un tesoro inapreciable o se ha convertido en un objeto inútil y polvoriento que conservo sólo por rutina?

Al mismo tiempo, nos enseñan algo muy importan­te: es el cristiano, con su actitud, quien revela a los demás el valor supremo del Reino. Si no se llena de alegría al descubrir­lo, si no renuncia a todo por conseguirlo, no hará perceptible su valor. Estas parábo­las parecen decir: «Cuando te pregunten si ser cristiano vale la pena, no sueltes un discurso; demuestra con tu actitud que vale la pena».

¿Qué ocurrirá a quienes aceptan el Reino, pero no viven de acuerdo con sus ideales?

A esta última pregunta responde la parábola de la red lanzada al mar. No queda claro si se habla de toda la humanidad, donde hay buenos y malos, o de la comunidad cristiana, donde puede ocurrir lo mismo. Ya que el tema del juicio universal se ha tratado a propósito del trigo y la cizaña, parece más probable que se refiera al problema interno de la comunidad cristiana. Interpretada de este modo, empalmaría muy  bien con las dos anteriores. Hay gente dentro de la comunidad que no vive de acuerdo con los valores del evangelio, que no mantiene esa experiencia de haber descubierto un tesoro o una perla. ¿Qué ocurrirá con ellos? La respuesta es muy dura («a los malos los echarán al horno encendido») pero convie­ne completarla con la última parábola del evangelio de Mateo, la del Juicio final (Mt 25,31-46), donde queda claro cuáles son los peces buenos y cuáles los malos. Los buenos son quienes, sabiéndolo o no, dan de comer al hambriento, de beber al sediento, visten al desnudo, hospedan al que no tiene techo… Los que ayudan al necesitado, aunque ni siquiera intuyan que dentro de ellos está el mismo Jesús.

Conclusión

Mateo termina las siete parábolas comparando al predicador del evangelio con un padre de familia. Parece un nuevo enigma, esta vez sin explicación. En sentido inmediato, el escriba que entiende del reinado de Dios es Jesús. Para exponer su mensaje ha usado cosas nuevas y viejas. Del baúl de sus recuerdos ha sacado cosas antiguas: alguna alusión al Antiguo Testamento, la técnica parabólica y el lenguaje imaginati­vo de los profetas. Pero la mayor parte consta de cosas nuevas, fruto de su experiencia y de su capacidad de observación: la vida del campesino, del ama de casa, del pescador, del comerciante, de la gente que lo rodea, le sirven para exponer con interés su mensaje. Por eso, la comparación final es también una invitación a los discípulos y a los predicadores del evangelio a ser creativos, a renovar su lenguaje, a no repetir meramente lo aprendido.

La primera lectura nos invita a pedir a Dios esta sabiduría, igual que Salomón se la pidió para gobernar a su pueblo.


Jesucristo, tesoro por descubrir, amar y compartir
Romeo Ballan, mccj

Es siempre apasionante la búsqueda de un tesoro escondido; el encanto de una perla preciosa enciende la fantasía… Tesoro y perla (Evangelio), descubiertos de manera gratuita, remiten directamente a la palabra de Jesús: “Donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón” (Mt 6,21). El discurso parabólico de Jesús, que abarca siete parábolas (Mt 13), concluye con las tres parábolas de hoy: el tesoro escondido (v. 44)la perla preciosa (v. 45-46) y la red para pescar (v. 47-48). El tesoro y la perla tienen una conexión ideal con las parábolas (anteriores) del sembrador, del granito de mostaza y de la levadura; mientras que la cizaña y la red tienen una dinámica parecida entre sí.

Las siete imágenes son instrumentos didácticos que Jesús utiliza para introducir a sus discípulos en la comprensión de la realidad misteriosa del Reino de Dios o Reino de los cielos. Las siete llevan a una opción de vida: el discípulo debe optar; la puesta en juego en esta opción es el mismo Jesús, porque Él es la plenitud del Reino. El tesoro es Dios, que se manifiesta en la vida, acciones y palabras de Jesús. El Reino es el proyecto, el sueño de Dios que se manifiesta en la vida de Jesús. Él es la semilla buena, la Palabra que el Padre siembra en el campo del mundo, con capacidad para transformarlo desde dentro, por la fuerza intrínseca del granito de mostaza y de la pizca de levadura. Él es el tesoro escondido y la perla preciosa, que es preciso buscar y preferir a cualquier otro valor, abriéndole camino a Él, solamente a Él, evitando así el riesgo de ser tirados como la cizaña y los peces malos (v. 48).

Con la imagen del tesoro y de la perla, Jesús evoca las tradiciones, fábulas y novelas de muchos pueblos en la búsqueda legendaria de tesoros y de joyas. Mirando el Evangelio y la experiencia cristiana, el Reino de los cielos es multiforme en su realidad y expresiones: para Jesús el Reino de los cielos es ante todo Dios mismo amado, gozado y anunciado; el Reino es la hermosura de la gracia divina, que nos hace semejantes al Hijo (II lectura); es la misión que hay que llevar a los pueblos que aún no conocen a Cristo; es la fidelidad en el amor familiar; es la vocación de consagración; es un proyecto de bien por realizar; es la sabiduría del corazón, que Salomón implora de Dios (I lectura), don más importante que una vida longeva, la riqueza o la victoria sobre los enemigos.

Para Jesús descubrir el “tesoro” es descubrir el sentido de la vida; es descubrir que Él mismo da ese sentidoPor este valor supremo, por Jesucristo, los mártires dieron su vida, los misioneros dejan la familia y la patria, el cristiano renuncia a muchas cosas. ¡Con gozo y determinación! (v. 44). Las parábolas subrayan el momento del descubrimiento del tesoro y de la perla: “llenos de gozo”. Escoger a Jesús y el camino de las Bienaventuranzas quiere decir escoger la ruta que nos hace gustar plenamente la vida. Porque en el encuentro con Jesucristo y su Evangelio “siempre nace y renace la alegría”. Pensar que ser cristiano/a es “un regalo-un tesoro” significa concebir la fe no como una renuncia o una carga de deberes, sino como una energía vital, que transforma la vida en una relación constructiva y gozosa con la naturaleza, con los demás, con Dios. Este es el tesoro que Dios nos ofrece y el sentido verdadero de la vida.

En resumen, podemos decir que el tesoro es Cristo, un don totalmente gratuito; la plenitud del Reino es el mismo Jesucristo, conocido, amado, anunciado. El Papa Pablo VI nos dejó un vivo testimonio de ello en la apasionada homilía misionera del 29 de noviembre de 1970, ante dos millones de personas en el “Quezon Circle” de Manila: «¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio! (1Cor 9,16). Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios vivo. Él es el Maestro y Redentor de los hombres. Él es el centro de la historia y del universo. Él nos conoce y nos ama, compañero y amigo de nuestra vida, hombre de dolor y de esperanza… Yo nunca me cansaría de hablar de Él; Él es la luz, la verdad, más aún, ‘el camino, y la verdad, y la vida’ (Jn 14,6). Él es el pan y la fuente de agua viva que satisface nuestra hambre y nuestra sed; Él es nuestro pastor, nuestro guía, nuestro ejemplo, nuestro consuelo, nuestro hermano… A todos lo anuncio: Jesucristo es el principio y el fin; el alfa y la omega, el rey del mundo nuevo, la arcana y suprema razón de la historia humana y de nuestro destino; Él es el mediador, a manera de puente, entre la tierra y el cielo; Él es el Hijo del hombre por antonomasia, porque es el Hijo de Dios, eterno, infinito, y el Hijo de María. ¡Jesucristo! Recuérdenlo: Él es el objeto perenne de nuestra predicación; nuestro anhelo es que su nombre resuene hasta los confines de la tierra y por los siglos de los siglos». (cf. Liturgia de las Horas, II lectura, Dom. XIII T.O.). Hoy también, Jesucristo es el tema principal del anuncio misionero, porque la mayor parte de la familia humana aún no lo conoce. ¡Hace falta un mayor número de testigos y mensajeros!

38 años de presencia de los Misioneros Combonianos en Asia

Los Misioneros Combonianos están presentes en Asia desde 1988, centrándose inicialmente en la evangelización, la promoción vocacional y la formación de los candidatos a la vida misionera. Responden así al llamado de la Iglesia a servir en Asia, el continente menos evangelizado del mundo. (En la foto, el padre Janito Joseph Aldrin Palacios)

P. Víctor Aguilar, mccj
comboni.org

En Filipinas y Vietnam, sus esfuerzos se centran en la animación misionera, la promoción vocacional y la formación de los candidatos a la vida misionera. Mientras tanto, en Macao, su objetivo principal es la primera evangelización, llegando a quienes aún no han conocido la fe cristiana.

Los Misioneros Combonianos establecieron su presencia en Asia en 1988, con el propósito de llevar su servicio misionero, inspirado en el carisma de San Daniel Comboni, a este contexto cultural. Su misión partió de la realidad de que Asia alberga la mayor parte de la población mundial que aún no ha escuchado el Evangelio y que enfrenta importantes dificultades socioeconómicas. Además, con su rica diversidad de religiones del mundo, Asia ha presentado una valiosa oportunidad para fomentar el diálogo interreligioso.

La idea de establecer una presencia de los Misioneros Combonianos en Asia se consideró por primera vez y recibió un respaldo preliminar durante el Capítulo General de 1969, y se le dio mayor énfasis a esta iniciativa en los Capítulos Generales de 1975 y 1979. En el período previo al Capítulo General de 1985, los miembros de la Dirección General realizaron viajes, investigaciones y consultas exhaustivas.

Estos esfuerzos culminaron en la decisión definitiva del Capítulo de 1985 de iniciar la obra misionera en Asia. En ese momento, el Capítulo General dejó claro que el objetivo principal era, ante todo, la evangelización, al tiempo que reconocía la promoción de la misión y de la vocación como aspectos esenciales del carisma comboniano.

Para dar seguimiento a este compromiso, el Consejo General publicó dos documentos el 3 de diciembre de 1987, titulados «Apertura a Asia» y un «Decreto por el que se establece la primera comunidad comboniana en Asia», ubicada en Metro Manila, la capital de Filipinas. Este nuevo grupo se constituyó como «Representación del Superior General», operando directamente bajo su autoridad.

Primera comunidad

Inicialmente, el Consejo General nombró a cinco hermanos para formar la primera comunidad: cuatro sacerdotes y un hermano. Dos sacerdotes y el hermano llegaron a Manila el 4 de enero de 1988, y los dos sacerdotes restantes se unieron a ellos el 11 de julio de ese mismo año.

Para el 9 de septiembre de 1990, este grupo se había expandido en dos comunidades: el Centro Misionero Comboniano, enfocado en la promoción misionera y las publicaciones (con el primer número de la revista World Mission publicado en marzo de 1989) y que servía como residencia del representante del Superior General; y el Seminario Daniele Comboni, dedicado a la formación del postulantado y a la promoción vocacional.

Posteriormente, mediante decreto del Superior General y de su Consejo, con fecha del 9 de octubre de 1992 y con vigencia a partir del 1 de enero de 1999, los Misioneros Combonianos en Asia fueron reconocidos oficialmente como Delegación.

Esta nueva Delegación de Asia fue confiada a la intercesión de los mártires japoneses (incluido San Lorenzo Ruiz, filipino) y de San Daniel Comboni, quien, cuando era estudiante, se había inspirado en las historias de estos mártires. Un crecimiento adicional incluyó la apertura de una casa de noviciado el 9 de septiembre de 1993 en Calamba (diócesis de San Pablo, provincia de Laguna).

Presencia en China

La expansión de la misión en China comenzó el 8 de enero de 1991, con la llegada del primer comboniano a Hong Kong, y se formalizó con la creación de la comunidad de Hong Kong/Macao el 6 de enero de 1992, centrada en el aprendizaje del cantonés y en el compromiso con la primera evangelización entre la población china de Macao.

En 1997, tres misioneros fueron asignados a Taipéi para aprender mandarín. Tras sus estudios lingüísticos y su adaptación cultural, fundaron oficialmente la comunidad de Taipéi el 15 de marzo de 2002, con un enfoque inicial en la evangelización en la Iglesia Católica Ren Ai, en el centro de Taipéi.

Ese mismo año, la comunidad de Macao inició su labor misionera en Iao Hon, la zona norte del enclave, donde se consagró la nueva iglesia de San José Obrero el 1 de mayo de 1999. Además, el año 1999 marcó el inicio de Fen Xiang, una iniciativa de apertura hacia China continental.

Para mejorar los esfuerzos de promoción misionera en la parte sur de Metro Manila, el Centro Misionero Comboniano se trasladó en 2002 a una residencia de nueva construcción en Sucat, en la ciudad de Parañaque. La Residencia del Delegado también se trasladó allí tres años después.

El noviciado de Calamba sufrió varios traslados: se trasladó al Seminario Daniele Comboni en 2004 y luego a una residencia de nueva construcción que sustituyó a la antigua Casa de la Delegación en 2007.

Ese mismo año, se inauguró oficialmente una comunidad en Cebú para enfocarse en la promoción de la misión y la vocación en la región sur de Filipinas. Sin embargo, esta comunidad se suspendió después de tres años debido a la falta de personal y se cerró formalmente en 2011.

En 2010, el propio noviciado se suspendió temporalmente, y los novicios fueron enviados al Noviciado Continental en Sahuayo, México. El 10 de octubre de 2019, el noviciado reabrió sus puertas en su sede anterior, en la avenida Roosevelt, en la ciudad de Quezón.

En marzo de 2007, se creó en Macao una segunda comunidad, San Zhao Rong, dedicada a los esfuerzos de apertura hacia China continental. Finalmente, el 15 de marzo de 2016, las dos comunidades de Macao se fusionaron en una sola entidad, la Comunidad de San Zhao Rong.

En noviembre de 2010, la comunidad de Taipéi se trasladó al barrio obrero de Wugu, donde comenzó su servicio misionero en la parroquia de Santa Ana. El 23 de julio de 2014, amplió sus responsabilidades para incluir la parroquia de Huilong y su comunidad asociada de leprosos. Posteriormente, el 7 de mayo de 2022, un hermano comenzó a prestar servicio en la parroquia del Santísimo Redentor en el condado de Yilan.

Debido a la falta de personal y tras una consulta exhaustiva, el Consejo General decidió suspender temporalmente nuestra presencia en Taiwán. Esto se formalizó mediante un Decreto de Suspensión oficial, que entró en vigor el 8 de marzo de 2026.

Los Misioneros Combonianos iniciamos nuestra presencia en Vietnam en noviembre de 2012, con un hermano que estudiaba el idioma vietnamita.

La primera comunidad, compuesta por tres miembros, se estableció el 26 de julio de 2015 para acoger a los candidatos vietnamitas para el discernimiento vocacional, y los primeros llegaron al Seminario Daniele Comboni en junio de 2016.

El primer sacerdote misionero comboniano vietnamita, el P. Dang Khoa Nguyen Van Tien (Pedro), fue ordenado el 14 de marzo de 2026 en Manila, y el segundo vietnamita, el reverendo Dang Thanh Sang (Domingo), fue ordenado diácono el 27 de mayo de 2026 en la ciudad de Ho Chi Minh.

Pastoral

Para fortalecer aún más nuestro trabajo en Filipinas, en particular en la pastoral, la promoción vocacional y misionera, los Misioneros Combonianos fundaron la comunidad de San Francisco Javier en Bataan el 15 de marzo de 2022.

Esta nueva comunidad se creó para servir a la parroquia de San Daniel Comboni en Limay, dentro de la Diócesis de Balanga. La parroquia abarca todo el barangay de Duale y algunas partes de los barangays de Alangan, Reformista y San Francisco 1 y 2.

Tras un discernimiento adicional dentro de la Delegación, en consonancia con los planes futuros y con la aprobación del Consejo General, se ha asignado a dos jóvenes hermanos a Hong Kong. Su misión es aprender cantonés como preparación para una futura expansión de la Comunidad de San Zhao Rong desde Macao hacia Hong Kong, con el objetivo de servir a la Iglesia local.

Como Misioneros Combonianos, estamos comprometidos a volver a los valores fundamentales de nuestra misión (“retorno a lo esencial”), a reestructurar nuestra circunscripción y a fortalecer nuestras responsabilidades misioneras mediante la reorientación misionera de nuestros compromisos.

El retorno a lo esencial implica dar prioridad a un retorno profundo, espiritual y radical a nuestras raíces fundacionales, centradas en el Evangelio y en el carisma de nuestro fundador, San Daniel Comboni.

Este retorno a lo esencial también implica un cambio hacia la conversión personal, la transformación comunitaria y una renovada dedicación a los más pobres y abandonados, en lugar de centrarnos meramente en actividades, tareas administrativas o servicios.

En conclusión, los Misioneros Combonianos, unidos a la Iglesia universal, creen firmemente que Asia representa la principal frontera para la Iglesia en el tercer milenio.

El creciente número de vocaciones en el continente, junto con su inmensa y variada población, lo convierte en una región fundamental para la proclamación del Evangelio como lugar principal de evangelización inicial entre los no cristianos (según nuestro carisma) y para fomentar el diálogo interreligioso.

Curso Latinoamericano de Animación Misionera

Del 28 de junio al 24 de julio se está desarrollando en la sede de las OMPE (Obras Misionales Pontificio Episcopales de México) la 48ª edición del Curso Latinoamericano de Animación Misionera (CLAEM).

www.fides.org
Fotos: PUM/OMPE México

«No es la Iglesia la que tiene una misión, sino la misión de Dios la que tiene una Iglesia». Este es el eje central de la reflexión propuesta por el padre John Kennedy Joseph, misionero del Verbo Divino, profesor en diversas instituciones de educación superior en México y especialista en eclesiología y pastoral, durante la cuadragésima octava edición del Curso Latinoamericano de Animación Misionera (CLAEM), uno de los principales espacios de formación misionera en América Latina.

El Curso, que se desarrolla del 28 de junio al 24 de julio, ofrece un itinerario de profundización teológica y pastoral sobre la «Missio Dei», la iniciativa trinitaria de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, que envía a la Iglesia a participar, como sacramento del Reino, en su obra de reconciliación, justicia y salvación en la historia.

Un camino bíblico y teológico

El CLAEM, organizado en Ciudad de México por las Pontificias Obras Misionales en colaboración con el Instituto Intercontinental de Misionología, reúne durante cuatro semanas a directores diocesanos de misiones, sacerdotes, religiosos y religiosas, seminaristas y laicos implicados en la animación misionera. El objetivo es fortalecer su formación bíblica, teológica y pastoral.

El camino de reflexión sobre la Missio Dei comienza con las grandes páginas del Antiguo Testamento: desde la vocación de Abrahán y la historia del pueblo liberado de Egipto hasta la figura del Siervo del Señor y el ministerio profético, la misión se presenta como un hilo conductor que atraviesa toda la Escritura, preparando la plena revelación del designio salvífico de Dios en Jesucristo.

La primera semana, animada por la hermana María del Socorro Becerra Molina, HMSP, ha permitido volver a leer la historia de la salvación como expresión de la misericordia de Dios que ve la aflicción, escucha el clamor de los pobres y desciende para liberar, y ayudó a contemplar al Espíritu Santo como verdadero protagonista de la evangelización, a partir de Pentecostés y de los Hechos de los Apóstoles.

La misión como «forma histórica del amor trinitario»

Durante la segunda semana, el padre John Kennedy Joseph ha dedicada varias conferencias a la eclesiología de la misión, desarrollando su fórmula: «No es la Iglesia la que tiene una misión, sino la misión de Dios la que tiene una Iglesia». Desde esta perspectiva, la misión de la Iglesia nace de la misión de Cristo, enviado a su vez por el Padre, y se despliega bajo la fuerza del Espíritu; por ello, explicó el ponente, «toda misión cristiana es trinitaria: encuentra su origen en el Padre, su forma en Cristo y su fuerza en el Espíritu».

Lejos de toda lógica de conquista o de propaganda religiosa, la Missio Dei es, según el padre John Kennedy, la forma que toma históricamente el amor trinitario: Dios crea, llama, libera, perdona, sana y reconcilia, y la Iglesia existe para servir y dar testimonio de este amor en contextos concretos.

De este modo, la misionología (que contempla la Missio Dei) y la eclesiología del Pueblo de Dios aparecen íntimamente vinculadas: la misión como iniciativa del Dios Uno y Trino está relacionada con la Iglesia, pueblo histórico y sacramental, como forma concreta a través de la cual este amor se manifiesta en las culturas, en los territorios y en las periferias.

Pueblo de Dios, territorio y semillas del Reino

El padre John Kennedy Joseph también ha vuelto a proponer la renovación eclesiológica del Concilio Vaticano II a la luz de la noción de Missio Dei, insistiendo en la categoría de «Pueblo de Dios». A la luz de la Constitución conciliar sobre la Iglesia Lumen gentium, ha recordado que la Iglesia no se define ante todo como una sociedad perfecta, sino como misterio de comunión, pueblo convocado por Dios y sacramento de salvación, en el que el bautismo funda la igualdad radical entre todos los fieles.

Se trata de un pueblo descrito como una comunidad histórica, visible y situada, que vive en culturas determinadas, habita territorios concretos, afronta conflictos reales y discierne los signos de los tiempos en medio de pueblos concretos. El territorio, por tanto, no es solamente un espacio geográfico, sino un lugar marcado por la vida del pueblo que lo habita, con su memoria, sus sufrimientos y sus esperanzas.

«Jesús no anunció en primer lugar la Iglesia, sino el Reino. La Iglesia existe para servir al Reino». Una vocación –ha recordado el padre Kennedy– que se realiza encontrando el modo de caminar juntos. Por ello, la auténtica sinodalidad en la Iglesia no es una invención metodológica ni una receta de «construcción de equipos», sino la forma histórica experimentada de la vida como Pueblo de Dios: laicos, mujeres, jóvenes, pobres, pueblos indígenas, migrantes, víctimas, ministros ordenados y consagrados, llamados a vivir y discernir juntos lo que el Espíritu pide, orientados al servicio de la misión.

Es el pueblo de una «Iglesia en salida» –según la expresión desarrollada por el Papa Francisco–, solícita en acercarse a los excluidos y en servir al Reino en sociedades marcadas por la injusticia, la violencia y las crisis ecológicas.

Para el padre Kennedy, el Reino constituye, por tanto, el horizonte de la misión. Don gratuito de Dios y tarea histórica, se hace visible allí donde se manifiestan la vida, la justicia, la reconciliación, la fraternidad y la paz, especialmente entre los pobres y excluidos, según las grandes intuiciones desarrolladas y asumidas después del Concilio Vaticano II también en las grandes Asambleas continentales de las Iglesias latinoamericanas de Medellín (1968), Puebla (1979), Santo Domingo (1992) y Aparecida (2007).