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Cuando la cultura se convierte en frontera: el desafío interior del misionero

«El misionero no es arquitecto, es jardinero. Su tarea no es construir, sino cuidar. No está ahí para reemplazar, sino para acompañar. No es quien modela, sino que es iluminador», escribe padre José Miguel Córdova Alcázar [al centro en la foto], comboniano peruano que trabajó una docena de años en Etiopía, sobre todo entre el pueblo Guji.

Por: Abba Mikael Córdova, mccj

La misión siempre comienza con un desplazamiento dinámico: salir de un lugar para entrar en otro. «Todos nosotros, misioneros combonianos, lo hemos hecho, lo estamos haciendo o nos estamos preparando para vivir esta experiencia.» Pero el desplazamiento más difícil no es geográfico, sino cultural.

El misionero llega a un pueblo con el sincero deseo de amarle, servirle y formar parte de su vida. Sin embargo, lleva dentro una historia, algunos símbolos, una forma de sentir e interpretar el mundo que no puede dejar en el aeropuerto. Su propia cultura viaja con él, aunque no quiera.

Identidad cultural

Esta tensión —entre la cultura que se aporta y la cultura que es bienvenida— es una de las más delicadas y menos comentadas en la vida misionera.

En el ámbito de la misión cristiana hablamos siempre de “inculturación”: adentrarse en una cultura hasta amarla desde dentro, hasta hacer que el Evangelio eche raíces en ella en su propia forma y color. Pero este ideal a menudo choca con un límite humano: la identidad cultural del misionero es fuerte, persistente e inconsciente.

No se trata solo de costumbres visibles, sino de la forma de entender el tiempo, la manera de relacionarse entre nosotros, la sensibilidad al dolor, la forma de organizar la comunidad, la relación con la autoridad, la manera de celebrar, de rezar, de comunicarse.

La cultura es una segunda piel. Y cuando el misionero intenta “dejarla”, a menudo solo consigue ocultarla, pero no transformarla.

Muchos misioneros entran en una nueva cultura con humildad y respeto. Pero, aun así, la propia cultura se filtra en decisiones pequeñas y grandes que se hacen presentes en la labor pastoral que se realiza con la comunidad. Y entonces aparece un fenómeno sutil pero peligroso: la imposición involuntaria.

No es una imposición agresiva, sino una infiltración: en la forma de resolver conflictos, en la forma de hacer catequesis, en la estética de la liturgia, en la planificación de proyectos, en la relación con el tiempo y la eficiencia.

El misionero cree que está ayudando, pero en realidad se está reformando según su plan mental. Y el resultado es una especie de “híbrido cultural” que no pertenece enteramente a nadie: no es completamente del pueblo, ni del misionero.

Esto conduce a confusión, dependencia y, a veces, a una sensación de pérdida de identidad en la comunidad local.

Siempre un invitado

Desde un punto de vista psicológico, el misionero atraviesa un proceso complejo: debe aprender a poner a la gente en el centro, pero sin cancelarse a sí mismo. Si se cancela, pierde autenticidad. Si se impone, pierde la comunión.

La propia cultura de cada uno da seguridad. Renunciar a ello causa parcialmente vulnerabilidad. Esta vulnerabilidad es necesaria, pero también dolorosa.

No puede ser “nativo” de una cultura adoptada. El misionero siempre será un invitado, un hermano que viene de fuera. Aceptar esta realidad en la vida del misionero es un acto de madurez.

Pastoralmente, la misión auténtica no consiste en “crear” una nueva cultura cristiana, sino en hacer florecer la fe en la cultura que ya existe. El misionero no es arquitecto, es jardinero. Su tarea no es construir, sino cuidar. No está ahí para reemplazar, sino para acompañar. No es quien modela, sino que es iluminador.

Cuando el misionero entiende esto, entonces, deja de querer “hacer cosas” y empieza a hacer crecer a la gente.

La misión es un arte. Un arte de la presencia, de la escucha, de la humildad. Un arte que requiere renunciar a la necesidad de controlar y abrazar la belleza de dejar que el otro sea él mismo.

El misionero que logra esto no pierde su identidad. La convierte en un servicio. Y la gente no pierde su cultura. La transforma en “Evangelio Encarnado.”

Esta es la misión más pura: hacer que la fe arraigue sin desarraigar a nadie.

Cuando esto ocurre, la cultura del misionero se vuelve transparente: presente, pero no dominante; fértil, pero no protagonista.

Habitar el misterio

«Quítate las sandalias, porque el lugar donde estás es tierra sagrada» (Éxodo 3:5-10). Hay un momento en la vida del misionero, en el que se descubre que la misión no consiste en “hacer cosas”, sino en habitar un misterio: el misterio de un pueblo, de una historia, de una forma de sentir y vivir que no es suya. Ese misterio es la cultura. Y la cultura es terreno sagrado.

San Daniel Comboni intuyó esto con sorprendente claridad para su época. Cuando dijo «Salva África con África»no se refería solo a la estrategia misionera. Habló de un acto de fe: creer que el pueblo tiene dentro de sí la fuerza, sabiduría y dignidad para ser los protagonistas de su propia salvación.

Esto significa que la cultura del pueblo no es un obstáculo, sino el lugar donde Dios ya está obrando.

Misión es amar

Todavía recuerdo, como si hubiera sido ayer, las palabras de un misionero comboniano con mucha experiencia misionera, sabiduría humana, pero sobre todo con una gran experiencia del amor de Dios en su propia vida. Hace 26 años, cuando dejé mi país para ir a “la misión”, este misionero, —cuyo nombre no es necesario decir porque sé muy bien que recordará el momento cuando me dijo«Mira Pepe, —porque así me llaman en mi país—, recuerda que lo más importante que tienes que hacer cuando estás en la “misión” es amar a las personas a las que has sido enviado. Nunca lo olvides.»

Cuando un misionero llega a un pueblo, trae consigo una cultura que le ha dado identidad, seguridad y sentido. Y esto no puede olvidarse ni dejarse de lado. Pero la misión le pide hacer algo difícil: descentrarse. No para renunciar a quién es, sino para renunciar a ser el centro.

La cultura del misionero es una luz, pero no es “La Luz” que debe iluminar al pueblo. Su luz, es solo un servicio, es compañía, es presencia.

La cultura del pueblo es la casa. La del misionero es la mochila.

San Daniel Comboni lo expresó con una frase que se convierte en un programa espiritual: «Se han adueñado de mi corazón que vive solamente para ellos» (Escritos. 941).

Y sin ninguna duda podemos decir que esta frase no surge solo por el amor que siente por la gente, su “amado pueblo” por quien ha decidido dar su vida. Es reconocimiento. Es reverencia.

El misionero que ama a un pueblo descubre que su cultura es un tesoro que no necesita ser corregido, purificado o reemplazado. Solo necesita ser recibido, comprendido y hecho fructífero por el Evangelio.

Transparencia misionera

La cultura es el idioma con el que la gente habla con Dios. Cambiarla es silenciarle.

Cuando el misionero no es consciente de la fuerza de su propia cultura, puede acabar creando una especie de “híbrido” que no pertenece a nadie: ni al pueblo, ni a sí mismo.

Esto ocurre cuando organiza la comunidad según esquemas culturales personales, introduce la estética litúrgica de otros, prioriza valores que no son universales, interpreta la fe desde su propia sensibilidad cultural.

Sin querer, el misionero puede confundir identidades y generar dependencia. Puede construir una comunidad que no sea realmente del pueblo, sino una proyección inconsciente de su propia historia.

San Daniel Comboni lo vio claramente: la misión no es colonización espiritual.

El misionero maduro no quiere “crear” una nueva cultura cristiana. Quiere que la fe eche raíces en la cultura que ya existe. El misionero maduro debe saber que está presente en un pueblo: porque, como dije antes, no es el arquitecto: es el jardinero; no es quien construye: es quien cuida; No es quien modela: sino quien acompaña; No reemplaza ni opaca: es quien está llamado a iluminar. «Vosotros sois la luz del mundo» (Mateo 5:14).

Cuando el misionero actúa de esta manera, la cultura del pueblo florece con su propia forma, su propio color y su propia dignidad.

Por tanto, la misión alcanza su plenitud cuando el misionero puede decir: «Lo que nace aquí no es mío.» Y al mismo tiempo, la gente puede decir: «Esto es nuestro, aunque el misionero nos haya ayudado.»

Esto es transparencia misionera: ser necesario sin ser el protagonista, estar presente sin ser central, ser una semilla sin ser un árbol.

Por lo tanto, debemos saber que la cultura no es un campo de evangelización. Es un campo donde Dios ya ha sembrado. El misionero no lleva a Dios a la gente. El misionero descubre a Dios en el pueblo. Entonces, la misión se convierte en un acto de profunda humildad: honrar lo que es el pueblo, porque ahí es donde el Evangelio quiere hacerse carne. «Y la Palabra de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros» (Juan 1:14).

Fui enviado

Sí, han tenido que pasar 26 años, para poder entender esto, y harán falta unos años más para poder comprenderlo completamente. Recuerdo como si hubiera sido ayer el día en que me enviaron el documento con mi primera destinación misionera, el famoso “destinatus est”. Y, recuerdo también al consejero general a quien le dije «que prefería otro lugar y no el que habían pensado para mí» —(Sé que vas a leer este artículo)— y «Me dijiste: Mira, Miguel, lo pensaremos y te llamaré.»

Sigo aún esperando la llamada, pero, aunque es cierto que no me llamó, lo que sí hizo fue enviarme un libro que había escrito sobre el país donde yo sería enviado para mi primera experiencia de misión.

Hoy doy gracias a Dios, por el hecho que no fui a donde quería ir, la realidad es que fui enviado. No elegí el puesto de la misión; fue un regalo precioso de Dios, en mi vida misionera y solo puedo decir: Gracias, Papá y Mamá, Juan, Jorge y Rosita, y a todos los que han hecho posibles estos 26 años de servicio a la misión.

comboni.org

Abune Tesfaye, instalado como nuevo arzobispo de Addís Abeba

El domingo 6 de septiembre de 2026, monseñor Tesfaye Tadesse Gebresilasie, nombrado arzobispo de Addis Abeba el pasado 12 de junio, fue instalado como nuevo responsable de la Arquidiócesis Católica de Addis Abeba, Etiopía, durante una emotiva celebración litúrgica que duró más de cuatro horas. [Fotos: Pax CTV Ethiopia]

La ocasión marcó un día histórico para la Iglesia católica en Etiopía y, en particular, para la Arcieparquía de Addis Abeba. Después de casi 27 años de liderazgo pastoral, el cardenal Berhaneyesus Demerew Souraphiel entregó el ministerio pastoral de la Arcieparquía al recién nombrado Arcieparca Metropolitano, Abune Tesfaye (Tesfasilasie) Tadesse Gebresilasie.

Entre los presentes en la Eucaristía de toma de posesión se encontraban el Nuncio Apostólico en Etiopía, Somalia y Yibuti, arzobispo Brian Udaigwe; numerosos obispos etíopes; sacerdotes, hermanos y hermanas que trabajan en Addis Abeba y en otros lugares; así como miembros de la familia comboniana, entre ellos el Hermano Alberto Lamana, Asistente General.

También estuvieron presentes un obispo y el secretario del Patriarca de la Iglesia Ortodoxa, representantes de otras Iglesias y de varias organizaciones internacionales asociadas a la Iglesia, así como benefactores, familiares y amigos de Abune Tesfaye.

El traspaso del ministerio pastoral se celebró bajo el lema: «Mirando atrás con gratitud, caminando hacia adelante con esperanza».

Una solemne celebración en el rito católico etíope

La solemne Eucaristía, celebrada según el rito católico etíope, comenzó aproximadamente a las 8:00 de la mañana bajo la presidencia del cardenal Berhaneyesus. Tras la homilía y el traspaso formal de la responsabilidad pastoral, Abune Tesfaye continuó presidiendo la celebración.

En su homilía, arzobispo Brian Udaigwe señaló que tenía pocos consejos que ofrecer al nuevo Arcieparca, dado que Abune Tesfaye ya contaba con una considerable experiencia como obispo.

Mons. Tesfaye es obispo desde febrero de 2025.

Sin embargo, el Nuncio Apostólico lo invitó a mantener la mirada fija en Jesucristo, el Buen Pastor y modelo de todos los pastores. Recordó que Jesús no vino a liberar a su pueblo mediante el poder de las armas, como muchos israelitas esperaban, sino mediante el amor y, en última instancia, a través de la Cruz.

«Él nos dio ejemplo de cómo guiar y gobernar al pueblo», afirmó el Nuncio.

Monseñor Udaigwe explicó que un pastor está llamado a caminar delante del rebaño para mostrar el camino, en medio del rebaño para mantenerlo unido y detrás del rebaño para asegurarse de que nadie se quede atrás.

También animó a Abune Tesfaye a duc in altum —«rema mar adentro»— sin miedo. Dirigiéndose al clero y a los fieles, el Nuncio los exhortó a colaborar estrechamente con su nuevo obispo.

Concluyó su homilía agradeciendo a la familia comboniana por ofrecer a uno de sus miembros a la Iglesia para un servicio tan noble.

Una llamada a la renovación y a la esperanza

En su mensaje de gratitud y bienvenida, la Arcieparquía de Addis Abeba invitó a los fieles a considerar la toma de posesión no simplemente como un acto ceremonial, sino como una oportunidad de renovación espiritual:

«Que esta toma de posesión y el traspaso del ministerio pastoral sean más que una ceremonia. Que sean una renovación de nuestro compromiso bautismal. Que sea un momento en el que cada católico se pregunte: ¿Qué me pide Cristo ahora? ¿Adónde me envía? ¿A quién estoy llamado a servir? … Que la Iglesia católica en Etiopía continúe su servicio con confianza: agradecida por el pasado, atenta al presente y valiente ante el futuro».

La celebración concluyó aproximadamente a las 12:15. A continuación, tuvo lugar una comida fraterna y diversas actuaciones culturales a cargo de diferentes grupos religiosos y participantes. También se presentaron regalos al nuevo Arcieparca como signo de bienvenida y apoyo a su nueva misión pastoral.

Padre Hippolyte Awoumessi Apedovi, mccj

comboni.org

XXIII Domingo ordinario. Año A

“En aquel tempo, Jesús dijo a sus discípulos “Si tu hermano comete un pecado, ve y amonéstalo a solas, si te escucha, habrás salvado a tu hermano. Si no te hace caso, hazte acompañar de  una o dos personas, para que todo lo que se diga conste por boca de dos o tres testigos. Pero si ni así te hace caso, díselo a la comunidad; y si ni a la comunidad le hace caso, apártate de él como de un pagano o de un publicano.
Yo les aseguro que todo lo que aten en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra quedará desatado en el cielo.
Yo les aseguro también que si dos de ustedes se ponen de acuerdo para pedir algo, sea lo que fuere, mi Padre celestial se lo concederá; pues donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos”.

Mateo: 18, 15-20


Si tu hermano comete un pecado
P. Enrique Sánchez G. mccj

Seguramente todos nos hemos encontrado alguna vez en la situación de ser corregidos o de llamarle la atención a alguna persona con el fin de ayudar a llevar una vida mejor.

Todos nos equivocamos en algún momento y no hay quien pueda presumir de no haber cometido algún error en su vida. A veces por ignorancia o por imprudencia, por negligencia o simplemente por fragilidad humana no ha faltado algo que nos diga que nuestro comportamiento fue incorrecto o inadecuado.

Con la ayuda de los demás podemos salir adelante, también en situaciones que no deberían haberse dado en nuestra vida y nos damos cuenta de que la corrección fraterna no es un juicio o una condena que pretenda hundirnos más en el abismo en que pudimos haber caído.

Corregir y dejarnos corregir

El evangelio de este domingo nos invita a hacer una reflexión sobre la necesidad de corregir a nuestros hermanos y dejarnos corregir por ellos. Jesús, nos hace ver el evangelio, no se asusta ante el pecado, lo que le interesa es que quien ha caído pueda ponerse de pie y volver al camino justo.

Pero, llamar la atención y hacer ver a los demás los errores o fallas en que se encuentran no es siempre fácil y lo más común es que exista un rechazo o una defensa que impide brindar la ayuda a quien lo necesita.

Nosotros mismos, cuando alguien nos hace ver que nos hemos equivocado en algo, es muy fácil que encontremos modos de justificarnos y de defendernos, porque a nadie le gusta que le digan en su cara lo que no ha estado bien o que le remarquen sus límites

Queriendo mantener nuestra imagen en alto e irreprochable es muy fácil que usemos como mecanismo de defensa una actitud que hace que no nos reconozcamos en lo que los demás pueden estar diciéndonos que tenemos que tener cuidado o que tenemos que cambiar.

Casi siempre partimos con la convicción de que a nosotros no hay nada que se nos pueda reprochar y que en líneas generales, estamos bien.

El camino propuesto por Jesús

Teniendo en cuenta esta dificultad, parece que Jesús en el evangelio de hoy nos sugiere una cierta pedagogía para hacer correctamente la corrección fraterna, de manera que no se interprete como una pretensión o critica o de juicio a los demás.

Lo primero que propone Jesús es acercarnos individualmente al hermano haciendo que se sienta que nos movemos en un ambiente de respeto, de discreción o, como decimos muchas veces hoy, en respeto a la privacidad. Se trata de acercarse al hermano movidos por la caridad, queriendo ayudar a que vuelva al orden lo que pudo haber sido afectado.

La corrección tendría que percibirse como una manifestación de cariño profundo. Porque te quiero, me atrevo a hacerte notar que hay algo en tu vida que podría ser mejor o que te  estás alejando de algo que hace de tu vida algo bello.

Si al primer intento no se logra el objetivo, el Señor sugiere ir acompañados de dos o tres testigos, para que se entienda que no se trata de algo personal y que conste que la corrección es una manera de decir que se están acercando a quien lo necesita porque es alguien importante y querido por los demás.

La corrección fraterna tiene sentido, y eso lo entendemos por lo que nos enseña el evangelio, si tiene como fin el ofrecer la calidad de vida que todo hermano se merece y que sabemos que todos estamos, en cualquier momento expuestos a perder. Por lo tanto, este acercarnos al hermano no puede ser un motivo para reprocharle el mal que pudo haber cometido, sino para recordarle el bien en el que está llamado a crecer cada día.

En la propuesta de Jesús se va más lejos y nos recuerda que no es suficiente insistir dos veces, como diciendo, pues si no quieres, arréglatelas como puedas.

Si entre pocos no se logra, hay que recurrir a la comunidad. Esto nos hace entender que en este proceso lo importante no son los resultados inmediatos, sino la paciencia en el acompañamiento.

Claro que la comunidad puede ser más exigente e imponer reglas, a lo mejor más estrictas, pero en realidad lo que está detrás de todo es la convicción que nos enseña la paciencia que tiene Dios con cada uno de nosotros para dejarnos que hagamos el camino y que lleguemos, aunque tarde a donde el nos espera.

Se trata de sumar

Por lo tanto, la lección nos enseña que no se trata de enjuiciar o de condenar cuando vemos que alguien pierde el rumbo y se desbalaga, sino lo que se espera es que sepamos acercarnos con comprensión y cariño a quien lo necesita.

Aquí es cuestión, como nos gusta decir con frecuencia, de sumar y no de restar, de ganar y no de perder, de unir y de favorecer todo lo que nos permita crecer en comunión y en fraternidad.

El evangelio lo dice con palabras que nos pueden parecer fuera de contexto, pero que en realidad son el centro del mensaje. Es cuestión de unir para que todo aquello que es de Dios crezca y se consolide y lo que desune y divide desaparezca y quede en el olvido, porque seguramente no viene de Dios.

Otra lección

Los últimos versículos del evangelio de hoy nos dan otra lección que, justamente, nos permite entender cómo podemos hacer nuestra tarea cuando se trata de acercarnos al hermano que necesita una palabra de nuestra parte.

En primer lugar nos hace entender que ser cristianos nos pone al opuesto de toda mentalidad individualista, en donde nadie puede hacer el camino en solitario. Si dos o tres se ponen de acuerdo, si viven la experiencia de la comunión, de la fraternidad, cualquier cosa que pidan se les concederá.

En segundo lugar, esas pocas palabras nos recuerdan la importancia de la oración. No es con nuestras fuerzas y con nuestras ideas, con nuestros criterios y visiones como podemos acercarnos al hermano que necesita de nuestra corrección. Es abriendo un espacio a Dios  en nuestras mentes y en nuestros corazones para que nos guíe e ilumine, para que nos dé las palabras justas y las actitudes lo suficientemente prudentes para que, a través de nosotros, se manifieste el amor, la paciencia y la misericordia que Dios nos tiene.

La corrección fraterna tiene como finalidad hacer que el hermano que se ha distanciado vuelva a la comunión, que se integre a la comunidad y que redescubra el valor de la fraternidad.

Que vuelva para que haga parte de esos dos o tres en medio de los cuales está el Señor. Para que no se sienta excluido de lo que puede ser la única fuente de su felicidad.

Nuestra reflexión personal

En nuestra reflexión personal podríamos preguntarnos: ¿cuándo he corregido a algún hermano me he sentido movido por sentimientos de caridad o de juicio? ¿Cómo reacciono cuando alguien se acerca para hacerme alguna observación, considerando que algo tendría que cambiar en mi vida? ¿Soy misericordioso y paciente cuando expreso mis puntos de vista sobre las actitudes o comportamientos de los demás?

¿Alguna vez he hecho la experiencia de sentir la presencia de Dios cuando comparto la vida con mis hermanos en comunidad, en familia, en mi parroquia o simplemente con las personas que amo?

¿Me armo, con el Espíritu de Dios, en la oración cuando tengo que corregir o llamarle la atención a algún hermano para que no sean mis criterios los que trate de imponerle?

Si tu hermano comete un pecado, tenle paciencia, al menos un poquito de la paciencia que Dios tiene con nosotros.


¡El chismorreo es una peste más fea que el Covid!
Papa Francisco

El Evangelio de este domingo (cf. Mt 18, 15-20) está tomado del cuarto discurso de Jesús en el relato de Mateo, conocido como discurso “comunitario” o “eclesial”. El pasaje de hoy habla de la corrección fraterna, y nos invita a reflexionar sobre la doble dimensión de la existencia cristiana: la comunitaria, que exige la protección de la comunión, es decir de la Iglesia, y la personal, que requiere la atención y el respeto de cada conciencia individual.

Para corregir al hermano que se ha equivocado, Jesús sugiere una pedagogía de recuperación. Y siempre la pedagogía de Jesús es pedagogía de la recuperación; Él siempre busca recuperar, salvar. Y esta pedagogía de la recuperación está articulada en tres pasajes. Primero dice: «Ve y corrígele, a solas tú con él» (v. 15), es decir, no pongas su pecado delante de todos. Se trata de ir al hermano con discreción, no para juzgarlo, sino para ayudarlo a darse cuenta de lo que ha hecho. Cuántas veces hemos tenido esta experiencia: viene alguien y nos dice: “Oye, en esto te has equivocado. Deberías cambiar un poco en esto”. Tal vez al inicio nos da rabia, pero después se lo agradecemos porque es un gesto de fraternidad, de comunión, de ayuda, de recuperación.

Y no es fácil poner en práctica esta enseñanza de Jesús, por varias razones. Existe el temor de que el hermano o la hermana reaccionen mal; a veces no hay suficiente confianza con él o ella… Y otros motivos. Pero cada vez que hemos hecho esto, hemos sentido que era justo el camino del Señor.

Sin embargo, puede suceder que, a pesar de mis buenas intenciones, la primera intervención fracase. En este caso está bien no desistir y decir: “Que se las arregle, yo me lavo las manos”. No, esto no es cristiano. No hay que desistir, sino recurrir a la ayuda de algún otro hermano o hermana. Dice Jesús: «Si no te escucha, toma todavía contigo uno o dos, para que todo asunto quede zanjado por la palabra de dos o tres testigos» (v. 16). Este es un precepto de la Ley de Moisés (cf. Dt 19,15). Aunque parezca contra el acusado, en realidad servía para protegerlo de falsos acusadores. Pero Jesús va más allá: los dos testigos son requeridos no para acusar y juzgar, sino para ayudar. “Pongámonos de acuerdo, tú y yo, vayamos a hablar con éste, con ésta que se está equivocando, que está quedando mal. Pero vayamos a hablarle como hermanos”. Este es el comportamiento de la recuperación que Jesús quiere de nosotros. De hecho, Jesús considera que también puede fracasar este enfoque —el segundo enfoque— con testigos, a diferencia de la Ley de Moisés, para la cual el testimonio de dos o tres era suficiente para la condena.

De hecho, incluso el amor de dos o tres hermanos puede ser insuficiente, porque él o ella son testarudos. En este caso, añade Jesús, «díselo a la comunidad» (v. 17), es decir, a la Iglesia. En algunas situaciones toda la comunidad está involucrada. Hay cosas que no pueden dejar indiferentes a los otros hermanos: se necesita un amor mayor para recuperar al hermano. Pero, a veces, incluso esto puede no ser suficiente. Y Jesús dice: «Y si ni a la comunidad hace caso, considéralo ya como al gentil y al publicano» (ibid.). Esta expresión, aparentemente tan despectiva, en realidad nos invita a poner a nuestro hermano de nuevo en las manos de Dios: sólo el Padre podrá mostrar un amor más grande que el de todos los hermanos juntos. Esta enseñanza de Jesús nos ayuda mucho, porque —pensemos en un ejemplo— cuando nosotros vemos un error, un defecto, una equivocación, en tal hermano o hermana, habitualmente la primera cosa que hacemos es ir a contárselo a los demás, a chismorrear. Y los chismes cierran el corazón de la comunidad, cierran la unidad de la Iglesia. El gran chismoso es el diablo, que siempre está diciendo cosas feas de los demás, porque él es el mentiroso que busca dividir a la Iglesia, de alejar a los hermanos y de no hacer comunidad. Por favor, hermanos y hermanas, hagamos un esfuerzo para no chismorrear. ¡El chismorreo es una peste más fea que el Covid! Hagamos un esfuerzo: nada de chismes. Es el amor de Jesús, que acogió a publicanos y paganos, escandalizando a las personas rígidas de la época. Por lo tanto, no se trata de una condena sin apelación, sino del reconocimiento de que a veces nuestros intentos humanos pueden fracasar, y que sólo estando ante Dios puede poner a nuestro hermano ante su propia conciencia y la responsabilidad de sus actos. Y si no funciona, silencio y oración por el hermano y la hermana que se equivocan, pero nunca el chismorreo.

Que la Virgen María nos ayude a hacer de la corrección fraterna un hábito saludable, para que en nuestras comunidades se puedan establecer siempre nuevas relaciones fraternas, basadas en el perdón mutuo y, sobre todo, en la fuerza invencible de la misericordia de Dios.

Angelus 6/9/2020


Comunidad misionera para una pastoral de los alejados
P. Romeo Ballan, mccj

¿Cómo acabar con los chismes y reproches? ¿Por qué amonestar al que ha cometido una falta? ¿Cómo corregir a quien está equivocado? Corregir a los demás es un asunto difícil; es un arte que requiere de humildad y sabiduría; es difícil hacerlo y hacerlo bien; es más fácil – y más frecuente, lamentablemente – hablar con otros de los defectos y errores ajenos; o limitarse a humillarlos y ofenderlos con reproches… O bien, ¿por qué no dejarlos con su problema, sin tomarse la molestia de amonestarles? ¿Qué actitud de caridad debemos asumir en esas circunstancias? Muy probablemente, el pasaje del Evangelio de hoy, sobre la ‘corrección fraterna’, es el espejo de situaciones concretas que ya se vivían en la primera comunidad cristiana para la cual Mateo escribía su Evangelio. El pasaje forma parte del llamado ‘discurso eclesiástico’ (Mt 18), en el cual el evangelista recoge varias enseñanzas de Jesús sobre las relaciones en el interior de la comunidad, con los siguientes pasos: la grandeza auténtica consiste en hacerse pequeños y en ponerse a servir (v. 1-5), la gravedad del escándalo a los pequeños (v. 6-11), la búsqueda del que se ha alejado (v. 12-14), la corrección fraterna (v. 15-18), la oración en común (v. 19-20) y, finalmente, el perdón de las ofensas y la reconciliación (v. 23-35).

El objetivo de la corrección fraterna (Evangelio) es la recuperación y la salvación del hermano/hermana que se ha equivocado o se ha descarriado. Para que la amonestación surta el efecto deseado, Jesús invita a proceder por etapas: en primer lugar, a nivel personal, de tú a tú (v. 15); después con la ayuda de una o dos personas (v. 16); y después con el recurso a la comunidad (v. 17). El hecho de que, al final, un hermano/hermana no haga caso de nadie y se le considere “como un pagano o un publicano” (v 17), no conlleva ni autoriza un abandono, sino más bien una atención especial hacia estas personas, como lo hacía Jesús, que era “amigo de publicanos y de pecadores” (Mt 11,19; cfr. Lc 15,1-2). La clave para entender esta terca amistad y preferencia de Jesús está en la parábola del Buen Pastor que deja “en los montes las 99 ovejas, para ir en busca de la descarriada” (Mt 18,12). Jesús concluye la parábola con una afirmación fuerte: “De la misma manera no es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno de estos pequeños” (Mt 18,14).

Esta es la Palabra que antecede inmediatamente al texto sobre la corrección fraterna. Dios tiene más prisa y ganas de perdonar que nosotros de ser perdonados. De veras, Dios cree en la recuperación de las personas. Este es el fundamento y la esperanza de la pastoral misionera hacia los lejanos. Aun con limitaciones, errores y frustraciones, pero siempre con misericordia, porque tal es el verdadero rostro de Dios, que Jesús ha venido a manifestarnos.

Dios rechaza la actitud de Caín al que no le importa su hermano (cfr. Gen 4,9); más bien (I lectura) hace de nosotros centinelas para los demás (v. 7) y pedirá cuentas al que no pone “en guardia al malvado para que cambie de conducta” (v. 8). No se trata de interferir en la vida de los demás, ni de recortar su libertad personal (v. 9), sino de ser una presencia fraterna y amiga, inspirada en el amor y en la búsqueda del auténtico bien del hermano/hermana. Porque el amor mutuo (II lectura) es la mayor obligación hacia los demás; en efecto, “amar es cumplir la ley entera” (v. 10). San Pablo vivía como enamorado de Cristo y, por tanto, estaba preocupado por todas las Iglesias (2Cor 11,28), quería anunciar a todos el Evangelio de Jesús y no tenía miedo a dar fuertes y saludables amonestaciones a sus comunidades. Pero ¡siempre con amor!

El amor mutuo, que tiene como objetivo recuperar la persona que se equivoca, es el fundamento de la corrección fraterna. Incluyendo los riesgos que esta conlleva, sobre todo cuando se ha de llamar la atención a los poderosos de la tierra. El martirio de S. Juan Bautista (ver memoria litúrgica el 29/8), fue la consecuencia extrema de un preciso y valiente reproche a un rey adúltero y corrupto. El mensaje de hoy no atañe solamente a los pequeños contratiempos de la vida familiar o comunitaria, sino que ilumina también la conducta del cristiano (pastores y simples fieles) frente a los responsables de los peores males de la sociedad: leyes inicuas, degradación moral y social, graves injusticias, corrupción, sistemas mafiosos, escándalos públicos…, ante los cuales el silencio y el desinterés equivalen a debilidad, miedo, cobardía, complicidad.

El delicado ministerio de la amonestación-corrección mutua, se omite con excesiva frecuencia, como afirmaba también el Card. Carlos M. Martini (+ 31-8-2012). El difícil servicio de la corrección-reconciliación fraterna, en la verdad y en la caridad, resulta más fácil y eficaz cuando tiene el soporte de una comunidad de hermanos que viven la comunión y la oración, disfrutando así de la presencia del Señor, porque están reunidos en su nombre: “Donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí Yo-Estoy en medio de ellos” (Mt 18,20). Con estas palabras Jesús nos da una de las más hermosas descripciones-definiciones de “Iglesia-comunidad”. ¡Tal es la fuerza misionera y explosiva de una comunidad reconciliada y orante que vive la fraternidad!


Reunidos por Jesús
José Antonio Pagola

Al parecer, el crecimiento del cristianismo en medio del imperio romano fue posible gracias al nacimiento incesante de grupos pequeños y casi insignificantes que se reunían en el nombre de Jesús para aprender juntos a vivir animados por su Espíritu y siguiendo sus pasos.

Sin duda, fue importante la intervención de Pablo, Pedro, Bernabé y otros misioneros y profetas. También las cartas y escritos que circulaban por diversas regiones. Sin embargo, el hecho decisivo fue la fe sencilla de creyentes cuyos nombres no conocemos, que se reunían para recordar a Jesús, escuchar su mensaje y celebrar la cena del Señor.

No hemos de pensar en grandes comunidades sino en grupos de vecinos, familiares o amigos, reunidos en casa de alguno de ellos. El evangelista Mateo los tiene presentes cuando recoge estas palabras de Jesús: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

No pocos teólogos piensan que el futuro del cristianismo en occidente dependerá en buena parte del nacimiento y el vigor de pequeños grupos de creyentes que, atraídos por Jesús, se reúnan en torno al Evangelio para experimentar la fuerza real que tiene Cristo para engendrar nuevos seguidores.

La fe cristiana no podrá apoyarse en el ambiente sociocultural. Estructuras territoriales que hoy sostienen la fe de quienes no han abandonado la Iglesia quedarán desbordadas por el estilo de vida de la sociedad moderna, la movilidad de las gentes, la penetración de la cultura virtual y el modo de vivir el fin de semana.

Los sectores más lúcidos del cristianismo se irán concentrando en el Evangelio como el reducto o la fuerza decisiva para engendrar la fe. Ya el concilio Vaticano II hace esta afirmación: “El Evangelio… es para la Iglesia principio de vida para toda la duración de su tiempo”. En cualquier época y en cualquier sociedad es el Evangelio el que engendra y funda la Iglesia, no nosotros.

Nadie conoce el futuro. Nadie tiene recetas para garantizar nada. Muchas de las iniciativas que hoy se impulsan pasarán rápidamente, pues no resistirán la fuerza de la sociedad secular, plural e indiferente. Dentro de pocos años sólo nos podremos ocupar de lo esencial.

Tal vez Jesús irrumpirá con una fuerza desconocida en esta sociedad descreída y satisfecha a través de pequeños grupos de cristianos sencillos, atraídos por su mensaje de un Dios Bueno, abiertos al sufrimiento de las gentes y dispuestos a trabajar por una vida más humana. Con Jesús todo es posible. Hemos de estar muy atentos a sus llamadas.


¡Qué fácil es criticar, qué difícil es corregir!
José Luis Sicre

La formación de los discípulos

A partir del primer anuncio de la pasión-resurrección y de la confesión de Pedro, Jesús se centra en la formación de sus discípulos. No sólo mediante un discurso, como en el c.18, sino a través de las diversos acontecimientos que se van presentando. Los temas podemos agruparlos en tres apartados:

1. Los peligros del discípulo:
* ambición (18,1-5)
* escándalo (18,6-9)
* despreocupación por los pequeños (18,10-14)

2. Las obligaciones del discípulo:
* corrección fraterna (18,15-20)
* perdón (18,21-35)

3. El desconcierto del discípulo:
* ante el matrimonio (19,3-12)
* ante los niños (19,13-15)
* ante la riqueza (19,16-29)
* ante la recompensa (19,30-20,16)

De estos temas, la liturgia dominical ha seleccionado el 2º, corrección fraterna y perdón, que leeremos en los dos próximos domingos (23 y 24 del Tiempo Ordinario) y el último punto del 3º, desconcierto ante la recompensa (domingo 25).

La corrección fraterna

Como punto de partida es muy válida la primera lectura, tomada del profeta Ezequiel. Cuando alguien se porta de forma indebida, lo normal es criticarlo, procurando que la persona no se entere de nuestra crítica. Sin embargo, Dios advierte al profeta que no puede cometer ese error. Su misión no es criticar por la espalda, sino dirigirse al malvado y animarlo a cambiar de conducta.

En la misma línea debemos entender el evangelio de hoy, que se dirige a los apóstoles y a los responsables posteriores de las comunidades. No pueden permanecer indiferentes, deben procurar el cambio de la persona. Pero es posible que ésta se muestre reacia y no acepte la corrección. Por eso se sugieren cuatro pasos: 1) tratar el tema entre los dos; 2) si no se atiene a razones, se llama a otro o a otros testigos; 3) si sigue sin hacer caso, se acude a toda la comunidad; 4) si ni siquie­ra entonces se atiene a razones, hay que considerarlo «como un gentil o un publicano».

Esta práctica recuerda en parte la costumbre de la comunidad de Qumrán. La Regla de la Congregación, sin expresarse de forma tan sistemática como Mateo, da por supuestos cuatro pasos: 1) corrección fraterna; 2) invocación de dos testi­gos; 3) recurso a «los grandes», los miembros más antiguos e importantes; 4) finalmente, si la persona no quiere corregirse, se le excluye de la comunidad.

La novedad del evangelio radica en que no se acude en tercera instancia a los «grandes», sino a toda la comunidad, subrayando el carácter democrático de la vivencia cristiana. Hay otra diferencia notable entre Qumrán y Jesús: en Qumrán se estipulan una serie de sanciones cuando se ofende a alguno, cosa que falta en el Nuevo Testamento. Copio algunas de ellas en el Apéndice.

Hay un punto de difícil interpretación: ¿qué signifi­ca la frase final, «considéralo como un gentil o un publicano»? Generalmente la interpretamos como un rechazo total de esa persona. Pero no es tan claro, si tenemos en cuenta que Jesús era el «amigo de publicanos» y que siempre mostró una actitud positiva ante los paganos. Por consiguiente, quizá la última frase debamos entenderla en sentido positivo: incluso cuando parece que esa persona es insalvable, sigue considerándola como alguien que en algún momento puede aceptar a Jesús y volver a él. Esta debe ser la actitud personal («considéralo»), aunque la comunidad haya debido tomar una actitud disciplinaria más dura.

¿Qué valor tiene la decisión tomada en estos casos? Un valor absoluto. Por eso, se añaden unas palabras muy parecidas a las dichas a Pedro poco antes, pero dirigidas ahora a todos los discípulos y a toda la comunidad: «Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo.» La decisión adoptada por ellos será refrendada por Dios en el cielo.

Relacionado con este tema están las frases finales. Generalmente se los aplica a la oración y a la presencia de Cristo en general. Pero, dado lo anterior y lo que sigue, parece importante relacionar esta oración y esta presencia de Cristo con los temas de la corrección y del perdón.

El conjunto podríamos explicarlo del modo siguiente. La correc­ción fraterna y la decisión comunitaria sobre un individuo son algo muy delicado. Hace falta luz, hallar las palabras adecuadas, el momento justo, paciencia. Todo esto es imposible sin oración. Jesús da por supuesto -quizá supone mucho- que esta oración va a darse. Y anima a los discípulos asegurándoles la ayuda del Padre, ya que El estará presente. Esta interpretación no excluye la otra, más amplia, de la oración y la presencia de Cristo en general. Lo importante es no olvidar la oración y la presencia de Jesús en el difícil momento de la reconciliación.

Apéndice: la práctica de la comunidad de Qumrán

Nota: En el siglo II a.C., un grupo de judíos, descontentos del comportamiento del clero y de las autoridades de Jerusalén, se retiró al desierto de Judá y fundó junto al Mar Muerto una comunidad. Se ha discutido mucho sobre su influjo en Juan Bautista, en Jesús y en los primeros cristianos. El interesado puede leer J. L. Sicre, El cuadrante. Vol. II: La apuesta, cap. 15.

Los cuatro pasos en la Regla de la congregación

1) «Que se corrijan uno a otro con verdad, con tranquilidad y con amor lleno de buena voluntad y benevolencia para cada uno» (V, 23-24).

2 y 3) «Igualmente, que nadie acuse a otro en presencia de los “grandes” sin haberle avisado antes delante de dos testigos» (VI, 1).

4) «El que calumnia a los “grandes”, que sea despedido y no vuelva más. Igualmente, que sea despedido y no vuelva nunca el que murmura contra la autoridad de la asamblea (…) Todo el que después de haber permanecido diez años en el consejo de la comunidad se vuelva atrás, traicionando a la comunidad… que no vuelva al consejo de la comunidad. Los miembros de la comunidad que estén en contacto con él en materia de purificación y de bienes sin haber informado de esto a la comunidad serán tratados de igual manera. No se deje de expulsarlos» (VII,16-25).

Algunos castigos

«Si alguien habla a su prójimo con arrogancia o se dirige a él groseramente, hiriendo la dignidad del hermano, o se opone a las órdenes dadas por un colega superior a él, será castigado durante un año…»

«Si alguno habló con cólera a uno de los sacerdotes inscritos en el libro, que sea castigado durante un año. Durante ese tiempo no participará del baño de purificación con el resto de los grandes.»

«El que calumnia injustamente a su prójimo, que sea castigado durante un año y apartado de la comunidad.»

«Si únicamente hablo de su prójimo con amargura o lo engañó conscientemente, su castigo durará seis meses.

«El que se despereza, cabecea o duerme en la reunión de los “grandes” será castigado treinta días».

Septiembre: Tiempo de oración por la Creación

Los 10 mandamientos del cristiano amigo de la Creación
y un gesto misionero asociado a cada uno

1.º — Amarás la Creación como un don de Dios
No considerarás la naturaleza como algo que te pertenece, sino como un regalo que has recibido y que tienes la responsabilidad de entregar a las próximas generaciones.
Gesto misionero: Elegiré un lugar de la naturaleza —un árbol, un jardín, un río, una playa— y me detendré unos minutos ante él. Lo observaré, daré gracias a Dios y me comprometeré a cuidar este pedacito de la Casa Común.

2.º — No malgastarás
Agua, alimentos, energía, ropa, papel, tiempo… El despilfarro parece insignificante, pero multiplicado por millones de personas se convierte en una enorme herida en la Tierra. Antes de tirar algo, te preguntarás: «¿De verdad no lo necesito? ¿No conozco a nadie que lo necesite?». El despilfarro es una forma silenciosa de injusticia.
Gesto misionero: No tiraré comida que aún se pueda aprovechar. La guardaré, la congelaré, reinventaré una comida o la compartiré con alguien.

3.º — No convertirás el consumo en un dios
No comprarás solo porque puedas comprar. Aprenderás a distinguir entre lo que necesitas y lo que simplemente deseas. La felicidad no cabe en un carrito de la compra.
Gesto misionero: Antes de comprar algo, esperaré 24 horas y me preguntaré: «¿De verdad necesito esto?». Si la respuesta es no, no lo compraré. Guardaré ese dinero para algo verdaderamente necesario o para ayudar a alguien.

4.º — Respetarás el agua
No dejarás que el grifo gotee inútilmente, no malgastarás el agua como si fuera inagotable y defenderás los ríos, los arroyos, los acuíferos y los océanos. El agua es vida. No puedes comportarte como si fuera infinita.
Gesto misionero: Cerraré el grifo mientras me lavo los dientes y reduciré el tiempo de la ducha. Y calcularé cuánta agua he conseguido ahorrar en todas las actividades a lo largo del día.

5.º — No convertirás la Tierra en tu cubo de basura
Reducirás, reutilizarás, repararás y reciclarás. Y recordarás que la mejor basura es aquella que nunca se ha producido. Serás consciente de que el planeta no puede seguir recibiendo todo lo que decides tirar, y de que reducir es mejor que reciclar.
Gesto misionero: Optaré por productos no desechables en todas las tareas domésticas. Evitaré las bolsas innecesarias. Rechazaré los envases que no necesite.

6.º — Protegerás a los animales y a las plantas
No considerarás inútil a una abeja, una golondrina, un árbol o una pequeña flor. Cada criatura tiene su lugar en la obra de Dios y en la maravillosa red de la vida.
Gesto misionero: Plantaré una flor, una hierba aromática u otra especie adecuada para mi espacio que pueda alimentar o dar cobijo a los insectos. Si no dispongo de espacio, patrocinaré una zona verde.

7.º — Cuidarás del clima también con tus pies
Siempre que puedas, irás a pie, en bicicleta o en transporte público y reducirás aquello que contribuye innecesariamente al calentamiento del planeta.
Gesto misionero: Elegiré al menos un día de esta semana para realizar a pie, en bicicleta o en transporte público un trayecto que normalmente haría en coche.

8.º — No serás indiferente
Cuando veas un bosque destruido, un río contaminado, una playa llena de basura o una especie amenazada, no dirás simplemente: «Alguien debería hacer algo». Tú eres «alguien». Cuando la Creación está amenazada, todos estamos llamados a actuar.
Gesto misionero: Elegiré un problema medioambiental de mi tierra —basura, desperdicio de agua, árboles amenazados, contaminación, abandono de espacios verdes— y me informaré sobre él. Después, hablaré de ello con al menos una persona y aportaré mi granito de arena lo mejor que pueda.

9.º — No utilizarás la naturaleza solo para tu propio placer
Cuando vayas a la playa, a la montaña o al campo, recuerda: estás visitando una casa que no es tuya. Solo dejarás huellas a tu paso, y te llevarás contigo fotografías, recuerdos y gratitud.
Gesto misionero: En mis paseos, daré las gracias a los trabajadores que mantienen limpios estos espacios; recogeré los residuos que encuentre por el camino (no hace falta esperar a una gran campaña para hacer una pequeña limpieza); y llamaré la atención a quien esté contaminando o ensuciando.

10.º — Convertirás la oración en acción
Rezarás por la Creación, sí. Pero la oración no puede terminar cuando dices «Amén». Te levantarás y harás algo por ella. Porque no basta con pedirle a Dios que cuide de nuestra Casa Común si nosotros mismos nos negamos a cuidarla.
Gesto misionero: Rezaré cada día una breve oración por la Casa Común. Y, justo después, realizaré un gesto concreto de cuidado por la naturaleza. Una oración. Un gesto. Todos los días.

Y un 11.º mandamiento… — No dirás: «Es solo una cosita».

Un grifo cerrado.
Una comida que no se desperdicia.
Una botella reutilizada.
Un árbol plantado.
Un trayecto hecho a pie.
Un trozo de basura recogido de la playa.
Un niño al que se le enseña a amar una flor.
Parecen cosas pequeñas.
Pero es de las cosas pequeñas de las que Dios hace surgir grandes cambios.
La conversión ecológica no empieza en el planeta.
Empieza en mí.

Y quizá la pregunta más importante de este mes sea esta:
«¿Qué cambio en mi vida surgirá de mi oración por la Creación?»

Texto de Fernando Ferreira, periodista

Los Combonianos regresan a Jartum: «Valor para hoy y esperanza obstinada para el futuro»

Seis  combonianos han regresado a Jartum, Sudán, devolviendo la vida pastoral y la educación a una ciudad todavía marcada por la guerra. Tres de ellos están reorganizando la parroquia de Masalma, en Omdurmán, mientras que los otros tres se dedican a reparar el Comboni College Khartoum y a inscribir alumnos para la reapertura de la escuela en octubre. Todos ellos están inspirados por el valor y la obstinada determinación de Daniel Comboni.

Por: P. Roy Carlos Zúñiga Paredes, mccj
Desde Jartum, Sudán

Mientras me siento a escribir, escucho al cercano muecín llamando a los fieles a la oración del mediodía. Esto me recuerda que vivo en un ambiente musulmán, pero también que nosotros, los cristianos –y los combonianos–, todavía tenemos una misión que cumplir en Sudán: queremos seguir siendo un signo de esperanza obstinada, al estilo más característico de nuestro querido fundador, san Daniel Comboni.

Es una esperanza que brilla como un rayo de luz en medio de las tinieblas que aún rodean nuestro recinto del Comboni College Khartoum (CCK). La mayoría de los edificios vecinos siguen en pie, pero permanecen como testigos silenciosos de todo el caos y la destrucción que esta insensata guerra civil ha traído a esta tierra.

Una ciudad que vuelve lentamente a la vida

Por la noche, mientras doy un breve paseo por el patio de la escuela secundaria, a menudo me pregunto: ¿qué garantía tenemos de que la violencia no volverá a desatarse sobre la capital sudanesa?

¿La respuesta? Confiamos en que Dios, en su infinita misericordia, no permita que semejante mal vuelva a suceder.

Mientras Jartum intenta recuperar durante el día parte de la vida que tenía antes, Omdurmán, al otro lado del puente sobre el río Nilo, rebosa de actividad tanto de día como de noche. Son señales claras de una nación que lucha por volver a ponerse en pie y que anhela la paz.

Personalmente, sigo comprometido con el ideal de Comboni de «salvar África con África». Su memoria continúa impulsándonos, aunque de vez en cuando escuchamos el sonido de drones derribados por el ejército sudanés, el mismo ejército cuya presencia está haciendo posible nuevamente la vida aquí, en Jartum.

Mantener viva la llama de la fe

Actualmente somos seis misioneros combonianos en Jartum: tres en la ciudad y tres en la parroquia de Masalma, en Omdurmán. Nuestra tarea es mantener viva y activa en Sudán la esperanza obstinada de los Combonianos. Esto exige valor de todos nosotros, y me siento honrado de formar parte del grupo de misioneros a quienes se ha confiado la misión de mantener viva aquí la llama de la fe.

Cada domingo vamos a celebrar la Misa en diferentes iglesias y capillas. Somos solamente cuatro sacerdotes combonianos, junto con dos o tres sacerdotes diocesanos, tratando de responder a las necesidades espirituales de todos los católicos de Jartum y Omdurmán. Los fieles nos reciben con alegría y alivio cada vez que venimos a celebrar con ellos la Eucaristía. Se sienten felices de ver a sus pastores compartiendo sus luchas y dificultades.

Un nuevo comienzo para Comboni College

En este momento, mi rutina diaria está centrada en la inscripción de niños y niñas para las clases de primaria y secundaria básica del CCK. Los padres acuden a nosotros porque desean una educación de calidad para sus hijos. El nuevo año escolar está previsto que comience a principios de octubre.

Ya hemos inscrito a más de cien alumnos y todavía tenemos todo el mes de septiembre para continuar con este trabajo. Nadie sabe cuántos más vendrán. Probablemente no podremos responder a toda la demanda, porque actualmente nuestra escuela es la única escuela católica disponible.

Las otras escuelas sufrieron graves daños y las demás congregaciones solo están considerando regresar cuando tengan la certeza de que hay paz y estabilidad. Por el momento, nadie puede saber cuándo será posible.

Y, sin embargo, ver llegar cada día a los más pequeños para las entrevistas y contemplar cómo los espacios de la escuela vuelven poco a poco a llenarse de vida me llena de gratitud. Alabo y doy gracias a Dios, que nos permite una vez más seguir el sueño de san Daniel Comboni en su querida Jartum.

comboni.org

«Y dejando las redes, lo siguieron»

Fieles al ideal de nuestro fundador, san Daniel Comboni, seguimos animando a los jóvenes para que sean “santos y capaces” y no teman responder con generosidad al llamado de Dios. Recordemos que el Señor invita a personas reales, con historias concretas y en circunstancias específicas para vivir la misión que les confía.

Nuestro preseminario tuvo como lema: “Y dejando las redes, lo siguieron”, inspirado en el pasaje del Evangelio de san Marcos (1,18), en el que Jesús invita a sus primeros discípulos –Pedro, Andrés, Santiago y Juan– a seguirlo a orillas del mar de Galilea. Con este lema queremos reafirmar que la vocación es una invitación de parte de Dios, y no, de los méritos humanos. Quien llama es Dios mismo, presente en la persona de Jesús.

Este año, la sede de nuestro encuentro fue el postulantado de San Francisco del Rincón, Guanajuato, y se realizó del 13 al 17 de julio. Contó con la participación de once jóvenes provenientes de distintos estados de la República Mexicana: Guanajuato, Michoacán, Ja-lisco, Veracruz, Zacatecas, Coahuila y Ciudad de México. Animados por el deseo de profun-dizar en el misterio de su vocación, los participantes respondieron con generosidad a la invitación que Dios les hizo.

El objetivo del preseminario fue ayudar a los jóvenes que sienten el llamado al sacerdocio o a la vida religiosa misionera a encontrar criterios y pistas que les permitan discernir, fortalecer y madurar su vocación. Los asistentes se retiraron varios días de su rutina cotidiana para concentrarse, meditar y escuchar la voz de Dios y así aclarar sus inquietudes.

El encuentro se caracterizó por diversos espacios formativos y de convivencia. Se ofrecieron tiempos para la reflexión personal y grupal y así discernir si Dios los llama a la vida religiosa misionera. Asimismo, se facilitaron momentos para experimentar el don de la vida comunitaria mediante actividades de diálogo, recreación, deporte y convivencia fraterna. Espacios que permitieron a los jóvenes interactuar directamente con sacerdotes, Hermanos combonianos y seminaristas del postulantado.

También se vivieron con intensidad diversos momentos de oración: la celebración diaria de la Eucaristía, el rezo de la Liturgia de las Horas –laudes, vísperas y completas–, el rosario y la adoración al Santísimo Sacramento. Además se impartieron charlas vocacionales a cargo de sacerdotes combonianos. En ellas se presentaron la vida, vocación y carisma de nuestro fundador, la historia del Instituto, las etapas formativas y la presencia de la Familia Comboniana en el mundo. Del mismo modo, se abordó la importancia de la vocación cristiana y se expusieron las distintas formas de servir a la Iglesia.

Es preciso recordar que toda vocación se encarna en una persona concreta que, con sus límites y capacidades, procura responder al llamado de Dios. Los asistentes al preseminario buscaron vivir la misma experiencia de los primeros discípulos. Con el lema “Y dejando las redes, lo siguieron”, quisimos destacar que en toda vocación está presente la exigencia del Maestro. Jesús respeta plenamente nuestra libertad; no impone condiciones, sino que invita para que nuestra respuesta se transforme, por amor, en una donación total.

Reconozcamos que toda respuesta vocacional pasa por experiencias semejantes a las que vivieron los primeros discípulos. La primera es el desapego: las redes representaban su trabajo y sustento, y dejarlas significa estar dispuestos a dejar nuestra zona de confort y las seguridades materiales por un bien mayor. La segunda es la inmediatez de la respuesta: el evangelista señala que lo siguieron “de inmediato”. Esto nos enseña que, cuando se reconoce el llamado de Dios, dudar o postergar indefinidamente la decisión, puede alejarnos del proyecto que Él tiene para nosotros. La tercera es la transformación de la misión: los pescadores no dejaron de ser útiles; simplemente cambiaron su enfoque. Pasaron de “pescar peces” a ser “pescadores de hombres”, lo que significa poner nuestras habilidades y talentos al servicio de los demás para transformar positivamente sus vidas.

Les pedimos que oren por la vocación de estos jóvenes que han respondido al llamado de Dios para iniciar la vida misionera. Pidamos al Señor que, a ejemplo de los primeros discípulos, perseveren con fidelidad en esta opción fundamental de sus vidas y que, aun en medio de las dudas, los temores e incertidumbres propias de todo proceso vocacional, sepan siempre “dejar sus redes y seguir al Maestro”. Que vivan con alegría, fidelidad y perseverancia esta primera etapa de su formación misionera comboniana.

Si deseas experientar un acompañamiento vocacional, no lo dudes:
¡CONTÁCTANOS! La misión te espera. ¡No tengas miedo!