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La quema de gas en Ecuador aumenta pese a la sentencia que obliga el cierre de mecheros de los campos petroleros

Las operaciones de los mecheros generan riesgos para la salud de las personas asentadas en las comunidades aledañas a las estructuras. La quema de gas, producto de la extracción de petróleo, ha generado una serie de movilizaciones antes, durante y después del proceso que concluyó con el fallo judicial que obligaba al cierre de más de 400 torres. Hoy se sigue abogando por el cumplimiento del fallo y el respeto de la vida de quienes se ven impactados y por quienes se movilizan en defensa de los pueblos.

Por: Equipo de Comunicaciones de REPAM
Fotos: REPAM Ecuador

Una publicación realizada por Mongabay ha recapitulado la situación de los mecheros que queman gas en la Amazonía ecuatoriana. La nota recoge la base legislativa que ordena el cierre de 424 torres de gas con plazo máximo al año 2030; según Petroecuador, hasta noviembre de 2025 se habían eliminado 170 mecheros en el cumplimiento de la sentencia. Sin embargo, el Banco Mundial ha señalado que la quema de gas habría aumentado desde el año 2021, luego de la emisión del fallo. Además, comunidades como Nueva Esperanza, en la Amazonía ecuatoriana, se ven afectadas por la proximidad de los mecheros a las viviendas (a más o menos 30 metros), un punto que fue considerado en la decisión judicial y que se estaría incumpliendo al no retirar las estructuras.

Entre 2020 y 2021, nueve niñas de las provincias de Orellana y Sucumbíos llevaron al poder judicial una denuncia que exponía las consecuencias ambientales y de salud que generan los mecheros de los campos petroleros. En un primer momento, la Corte Provincial de Sucumbíos falló en favor de las menores y posteriormente la Corte Constitucional del Ecuador avaló la gestión; por ello, el proceso es considerado una sentencia histórica y una gran victoria en la lucha que levantan las comunidades por la defensa del territorio, el medio ambiente y la vida.  

Los mecheros y la salud

Según Mongabay, desde la coordinación jurídica de la Unión de Afectados por Texaco (UDAPT), se explica que “aunque se han eliminado los mecheros se sigue quemando la misma cantidad de gas, porque este es trasladado a mecheros más grandes”. La publicación “The Apaguen los Mecheros campaign: Supporting climate justice in the Amazonian cities of Ecuador by estimating the health risks of gas flaring” recoge una serie de estudios científicos que exponen aspectos fundamentales sobre el impacto en la salud que tiene la quema de gas; los niveles máximos y mínimos de la emisión de óxido de nitrógeno y monóxido de carbono son puntos a considerar en un radio de por lo menos 5 kilómetros, respecto a la instalación de torres para la quema de gas.

Dicha publicación enuncia que “casi la totalidad de los mecheros ponen en riesgo la salud humana (siendo un número reducido las torres que no tienen impacto sustancial)”. También, el análisis científico establece la existencia de 294 mecheros de riesgo moderado, 262 de riesgo alto y 90 de riesgo muy alto; todos llamados a ser clausurados para evitar impactos negativos en la salud de pobladores de comunidades locales. Los excesos de óxidos de nitrógeno, monóxido y dióxido de carbono, metano y dióxido de azufre (generados en el proceso de quema) conllevan a afecciones respiratorias crónicas (bronquitis y asma) y a la reducción de capacidad de la sangre para el transporte de oxígeno. A ello, se suma la emisión de contaminantes altamente tóxicos como el benceno, el etilbenceno y el formaldehído, cuya exposición se vincula al cáncer, la anemia, los daños cerebrales, distintos tipos de malformaciones y trastornos en los procesos reproductivos y de desarrollo.

Apaguen los mecheros

La lucha contra los mecheros ha sido abanderada por la acción de las nueve jóvenes, cuya acción tuvo esa importante victoria en 2021. Pero, es necesario rescatar el accionar de distintos actores comprometidos con la vida y el medio ambiente. En marzo de 2024, habitantes de las comunidades indígenas y activistas ambientales se movilizaron en Quito para exigir el cumplimiento de la sentencia; en dicha acción miembros de las fuerzas armadas retuvieron a una de las jóvenes demandantes, 4 menores más y manifestantes de las comunidades impactadas por las torres. No podemos olvidar la lucha constante de quienes acompañan la campaña “Apaguen los Mecheros”; movilizaciones, plantones, manifestaciones durante audiencias judiciales y actos simbólicos han acompañado el clamor de las comunidades en su lucha.

Es importante preguntarnos ¿vasta una determinación del poder judicial para cambiar la realidad? La respuesta es evidente: estamos lejos de ejecutar en la realidad lo que determinan los documentos judiciales. Alrededor de la extracción de hidrocarburos existen intereses de diversos sectores que, en la mayoría de los casos pasan por encima de la vida y dignidad de los más vulnerables. Actualmente, las cifras de cierre de los mecheros rondan el 40% del total determinado en la sentencia; sin embargo, las amenazas, persecuciones y los daños a la salud humana siguen vigentes en un territorio que en el papel cuenta con garantías y derechos.

REPAM Ecuador

Las chicas primero

La situación de discriminación en el acceso a la educación que sufren las chicas centroafricanas con respecto a los varones motivó la fundación del Internado Sainte Monique, en Mbata. Este proyecto de promoción humana de las Dominicas Misioneras de África ha recibido el apoyo de la ONG española Manos Unidas, que financió la construcción de uno de los edificios de dormitorios del centro. En él 170 chicas se preparan para tener un futuro mejor.

Texto y fotos: P. Enrique Bayo, mccj. MUNDO NEGRO

Dos toques de bocina y unos pocos segundos de espera bastaron para que el guardián abriera el portón del Internado Sainte Monique, situado en la ciudad centroafricana de Mbata, en la provincia de Lobaye. Ante nuestros ojos apareció una gran parcela con varios edificios de planta baja y algunos árboles, debajo de los cuales algunos grupos de chicas de diferentes edades charlaban de manera animada. Algunas de ellas reconocieron al volante del vehículo al misionero comboniano burgalés Mons. Jesús Ruiz, obispo de Mbaiki, y levantaron sus brazos con energía para saludarle.

El coche giró a la izquierda y pocos metros después quedó aparcado junto a la comunidad de las Dominicas Misioneras de África. Antes de que pudiéramos descender, varias religiosas se encontraban al pie del vehículo para darnos la bienvenida «a la africana», con grandes muestras de alegría. 

Mons. Ruiz me había advertido de que nuestra visita iba a ser corta, por lo que en cuanto me presentaron a las cinco religiosas de la comunidad, dos ruandesas y tres centroafricanas, encendí mi grabadora, me colgué al cuello la cámara de fotos y comencé a hacer preguntas. La hermana centroafricana Clémentine Mbanga, superiora de la comunidad y principal responsable del internado, se ofreció a acompañarme y mostrarme el centro. La religiosa estuvo a mi lado durante toda la visita.

Era jueves y las chicas más mayores estaban en clase, mientras que las más jóvenes parecían disfrutar de un momento de recreo en el patio del centro. Por mucho que miraras el entorno, era imposible encontrar entre ellas una cara seria. Me acerqué a una de las chicas, Janice, para preguntarle por qué estaba en el internado y su respuesta me gustó mucho: «Para estudiar y convertirme en alguien que sea útil a la sociedad centroafricana». Por eso de constatar la primera impresión, realicé la misma pregunta a otras tres alumnas del centro con las que tuve la oportunidad de hablar: Sarah, Miséricorde y Gwendoline. Todas respondieron más o menos igual que Janice: querían formarse para contribuir al bien de su país. Ante la firmeza de sus palabras, comprendí que era un mensaje muy bien interiorizado que expresaban con convicción. Las cinco chicas a las que entrevisté se mostraron también unánimes a la hora de valorar de forma muy positiva el cariño y la cercanía que reciben de las hermanas dominicas en Sainte Monique.

Una clase del internado

Un proyecto para paliar una deficiencia

El centro nació en el año 2012 por pura necesidad. Las religiosas dominicas y el entonces obispo de la diócesis de Mbaiki, el comboniano italiano Mons. Guerrino Perin, eran conscientes del bajo porcentaje de escolarización en la República Centroafricana, que en algunas provincias apenas alcanza el 50 % de la población, pero sobre todo les dolía la gran discriminación que sufren las niñas, que no disponen de las mismas oportunidades que los niños para estudiar. Todo ello les llevó a poner en marcha un internado para chicas donde ofrecerles una formación de calidad. «Nuestra mentalidad cultural empuja a las chicas a quedarse en casa para ayudar a sus madres en lugar de ir a la escuela», se lamentaba la Hna. Mbanga, «y nosotras no podemos aceptar una actitud que frena a las chicas y les impide ir adelante con sus vidas». También las palabras de la religiosa sonaban con mucha convicción.

Los comienzos del proyecto tuvieron a la humildad ­como principal seña identitaria. El primer año fueron cuatro las chicas acogidas, al año siguiente eran ya ocho y, poco a poco, gracias al apoyo de diferentes organizaciones y del propio Mons. Jesús Ruiz, el Internado Sainte Monique ha ido creciendo de manera constante. En la actualidad, para el curso 2025/2026, las instalaciones del centro acogen a 170 chicas de entre 7 y 16 años, aunque tiene capacidad para unas 200.

Un viejo caserón remodelado con un porche acoge el pabellón de las clases, mientras que los dos grandes edificios donde viven las chicas, con cinco dormitorios cada uno, fueron construidos después de la fundación del internado. El más reciente fue posible gracias a la ayuda de la ONG católica Manos Unidas y acoge a las chicas de Primaria. Los dormitorios son amplios, cada uno cuenta con capacidad para una veintena de chicas, repartidas en diez literas de dos camas cada una. Los lavabos se encuentran en un pasillo lateral dentro del propio edificio, mientas que los baños y las duchas están situados en el exterior, a pocos metros de distancia.

Para que el funcionamiento de esta comunidad sea armónico, las religiosas prestan especial atención al orden. Por este motivo, en cada dormitorio una chica es elegida como responsable para supervisar la limpieza y asegurar la disciplina entre las chicas. Lo mismo sucede en cada una de las clases, donde las alumnas votan en secreto a su delegada. Austine Mbada, delegada de quinto de Enseñanza Media, ha asumido su rol muy en serio, porque «si me han elegido es para que haga lo que tengo que hacer. Si alguna compañera tiene comportamientos turbulentos, tengo que aconsejarla para que cambie y darle buenos consejos para orientarla y ayudarla».

El comedor del internado.

Disciplina y formación

La mayoría de las muchachas del internado son originarias de la provincia de Lobaye, cuyo territorio coincide con la diócesis de Mbaiki. Proceden de poblaciones como Boda, ­Boganangone, Ngotto, la ciudad de Mbaiki o Mongoumba, pero hay también chicas de otras provincias e incluso de Bangui, la capital del país. No abundan en la República Centroafricana centros que ofrezcan a las chicas una disciplina y una formación de calidad como las que proponen en Sainte Monique, por eso, los padres que pueden permitírselo no dudan en enviar a sus hijas a Mbata.

Estudiar aquí no es gratis, pero el coste se adapta a las circunstancias de cada una de las internas. A las chicas cuyos padres trabajan y tienen posibilidades económicas les piden 300 000 francos CFA al año, unos 460 euros, mientras que para el resto de las chicas el coste es de 170 000 francos –260 euros–. Sin embargo hay situaciones especiales. Por iniciativa de Mons. Jesús Ruiz, las hijas de los catequistas que están dando su vida por la Misión pagan solo 85 000 francos –130 euros–, mientras que los otros 85 000 francos son aportados por la diócesis. En el caso de las jóvenes pigmeas aka, la diócesis se hace cargo de sus estudios y estancia en el internado.

En el presente curso son nueve las chicas aka. Todas estudian Primaria. «Su nivel de estudios es muy bajo y nos vemos obligadas a asignarles clases más bajas que las que les corresponderían por la edad, pero es la única manera de que vayan cogiendo confianza y progresen en los estudios», señala la Hna. Mbanga.

El obispo de Mbaiki, Mons. Jesús Ruiz, en el internado Sainte Monique con varias chicas.

Sistema educativo

Nueve profesores, ocho hombres y una mujer, son los encargados de impartir las clases. Las religiosas dominicas prestan un especial cuidado en el proceso de selección del personal docente. Se les exige que preparen bien sus clases y que den buen ejemplo, pero, además, la Hna. Clémentine indica que, «en diálogo con ellos, se les ha pedido que no faciliten las cosas, que sean exigentes a la hora de evaluar, porque aquí la gente ama la facilidad». Ella misma es profesora e imparte Geografía e Historia tanto en el internado como en la escuela pública de Mbata. «En aquel centro –dice la ­religiosa– soy la única mujer que da clases. Para la mujer es muy difícil alcanzar un nivel de estudios que le permita ser profesora. En toda la provincia de Lobaye solo hay 13 mujeres profesoras en Primaria, mientras que los hombres son centenares. Por suerte, esta mentalidad de relegar a la mujer está cambiando y nuestro internado es expresión de ese cambio».

El sistema educativo centroafricano prevé seis años de Primaria –Fundamental 1–, cuatro de Enseñanza Media –Fundamental 2– y tres de instituto. Los años se cuentan en sentido inverso al sistema educativo español, de manera que la Primaria va de sexto a primero, mientras que la Media comienza en sexto y se extiende hasta tercero. Los tres cursos del instituto son segundo, primero y terminal. El aprobado en este último da acceso a la universidad.

En el Internado se imparten los ciclos completos de Fundamental 1 y 2. Aunque las hermanas tienen intención de comenzar también el instituto, de momento no ha sido posible. No obstante, las chicas que concluyen la Enseñanza Media tienen la oportunidad de trasladarse a la comunidad que las Dominicas Misioneras de África tienen en Bangui ­para ­completar sus estudios. Los frutos, ­enfatizan las religiosas, comienzan a verse.

Una de las primeras chicas en matricularse en el internado hizo en 2025 su primera profesión religiosa como dominica y otras tres jóvenes han llegado a la universidad. Dos están matriculadas en segundo de Medicina y la otra comenzó este curso la licenciatura de Geografía e Historia. «Para nosotras son el orgullo del internado. Seguro que en 20 años o menos habrá chicas salidas de aquí que se habrán convertido en personas influyentes que ayudarán a desarrollar nuestro país», comenta la Hna. Clémentine.

Formación humana y espiritual

Además de la académica, las dominicas se preocupan mucho por la formación humana y espiritual de las internas. Todas siguen el curso de Educación a la Ciudadanía que imparte la Hna. Mbanga, así como también una formación específica sobre vida y amor. «Sorprende la ignorancia con que las chicas llegan al internado en materia de sexualidad, por ejemplo la cuestión de la menstruación es un tabú. Como sus padres no les explican nada, tienen que informarse con sus amigas. Aquí intentamos darles una formación seria en estos aspectos tan importantes», señala la superiora. A ello se añaden las prácticas para aprender a hacer la colada, cocinar, arreglar la cama y la ropa y saber presentarse y comportarse delante de los adultos.

En un lateral del centro, algunas de las chicas cultivan una pequeña huerta donde crecen legumbres, verduras y frutas, alrededor del cual deambulan algunas gallinas camperas. Este servicio ayuda a las chicas a aprender a trabajar la tierra, además de producir alimentos que sirven para el consumo interno. Lo mismo sucede con la cría de unos pocos corderos aunque, como señala la superiora, la falta de medios no les ha permitido desarrollar más esta actividad ganadera.

Con respecto a la formación espiritual, las clase de Religión están aseguradas por un sacerdote de la parroquia. Si bien algunas de las chicas son protestantes e incluso musulmanas, sus familias fueron advertidas antes de matricularse de que el internado ofrece solo formación católica. Todas las internas deben seguir la clase de Religión y están invitadas a participar en los momentos de oración comunitaria. Además de las eucaristías dominicales, cada día se reza el rosario junto a la gruta de la Virgen, situada en un rincón de la parcela, y los domingos dedican 30 minutos a la adoración silenciosa del Santísimo Sacramento.

Exterior de la Parroquia Saints Pierre et Paul, de Mbata, donde las jóvenes participan algunos domingos en la celebración eucarística.

La vida dentro del internado

A escasos 400 metros del internado se encuentra la Parroquia Saints Pierre et Paul, en Mbata, donde las chicas acuden a misa algunos domingos. Cuando es posible, un sacerdote viene al centro para celebrar la eucaristía. Estas ocasionales salidas dominicales y las visitas al dispensario médico en caso de necesidad son las únicas oportunidades que las chicas tienen para salir fuera del centro. Ni siquiera están previstos paseos lúdicos los fines de semana, de manera que toda la vida de las internas se desarrolla en el reducido espacio del internado.

Al preguntar a la Hna. Mbanga si esta situación de semiclausura no se hace demasiado pesada para las jóvenes internas, su rostro refleja cierta resignación. «Es cierto que nos gustaría salir más. Si tuviéramos un autobús podríamos hacer excursiones, pero no es posible. Los chicos están siempre ahí, al acecho de las chicas. A veces incluso trepan el muro para ver lo que hacemos, lo que nos obliga a tener guardianes día y noche para asegurarnos de que a ninguno se le ocurra saltar. En cada uno de los edificios donde están los dormitorios, una hermana o una mujer del personal auxiliar pasa la noche con las internas», dice la religiosa, que enseguida asegura que las «chicas soportan muy bien la vida del internado. Se sienten protegidas y les gusta estar aquí. Durante las vacaciones de fin de curso y durante la Navidad y la Semana Santa regresan a sus casas y siempre dicen a sus padres que tienen ganas de regresar al Sainte Monique».

El centro no dispone de sala de televisión y las chicas no pueden tener teléfono móvil, pero cada sábado de 15 a 17 horas se organiza una sesión de danza tradicional, cantos y pequeños teatros donde las internas disfrutan a lo grande. Ese día, pero también el domingo, las religiosas abren el pequeño almacén de las sorpresas donde se guardan los aperitivos, las patatas fritas y los caramelos que los padres traen para sus hijas y que son distribuidos para alegría de todas.

El portón se volvió a abrir cuando Mons. Jesús Ruiz y yo montamos en el coche para seguir nuestro viaje hasta Mongoumba. Al igual que a nuestra llegada, salimos del internado acompañados por los saludos alegres de las chicas y de las religiosas que las acompañan y educan.  

III Domingo de Cuaresma. Año A

“En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaria, llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José. Ahí estaba el pozo de Jacob. Jesús, que venía cansado del camino, se sentó sin más en el brocal del pozo. Era cerca de mediodía.

Entonces llego una mujer de Samaria a sacar agua y Jesús le dijo: Dame de beber. (Sus discípulos habían ido al pueblo a comprar comida). La samaritana le contestó: ¿Cómo es que tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana? (Porque los judíos no tratan a los samaritanos). Jesús le dijo: Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, tú le pedirías a Él, y Él te daría agua viva.

La mujer le respondió: Señor, ni siquiera tienes con qué sacar agua y el pozo es profundo, ¿cómo vas a darme agua viva? ¿Acaso eres tú mas que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo del que bebieron él, sus hijos y sus ganados? Jesús le contestó: El que bebe de esta agua vuelve a tener sed. Pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed. El agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un manantial capaz de dar la vida eterna.

La mujer le dijo: Señor, dame de esa agua para que no vuelva a tener sed ni tenga que venir hasta aquí a sacarla. Él le dijo: Ve a llamar a tu marido y vuelve. La mujer le contestó: No tengo marido. Jesús le dijo: Tienes razón en decir: No tengo marido. Has tenido cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad.

La mujer le dijo: Señor, ya veo que eres profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte y ustedes dicen que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén. Jesús le dijo: Créeme, mujer, que se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adorarán al Padre. Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos. Porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, y ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así como el Padre quiere que se le dé culto. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad.

La mujer le dijo: Ya sé que va a venir el Mesías (es decir, Cristo). Cuando venga, Él nos dará razón de todo. Jesús le dijo: Soy yo, el que habla contigo.

En esto llegaron los discípulos y se sorprendieron de que estuviera conversando con una mujer; sin embargo, ninguno le dijo: ¿Qué le preguntas o de qué hablas con ella?

Entonces la mujer dejó su cántaro, se fue al pueblo y comenzó a decir a la gente : Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será el Mesías? Salieron del pueblo y se pusieron en camino hacia donde Él estaba.

Mientras tanto, sus discípulos le insistían : Maestro, come. Él les dijo: Yo tengo por comida un alimento que ustedes no conocen. Los discípulos comentaban entre sí: ¿Le habrá traído alguien de comer? Jesús les dijo: mi alimento es la voluntad del que me envió y llevar a término su obra. ¿Acaso no dicen ustedes que todavía faltan cuatro mees para la siega? Pues bien, yo les digo: Levanten los ojos y contemplen los campos, que ya están dorados para la siega. Ya el segador recibe su jornal y almacena frutos para la vida eterna. De este modo se alegran por igual el sembrador y el segador. Aquí se cumple el dicho: Uno es el que siembra y otro el que cosecha. Yo los envié a cosechar lo que no habían trabajado. Otros trabajaron y ustedes recogieron su fruto.

Muchos samaritanos de aquel poblado creyeron en Jesús por el testimonio de la mujer: Me dijo todo lo que he hecho. Cuando los samaritanos llegaron a donde Él estaba le rogaban que se quedara con ellos, y se quedó allí dos días. Muchos más creyeron en Él al oír su Palabra. Y decían a la mujer: Ya no creemos por lo que tú nos has contado, pues nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que Él es, de veras, el Salvador del mundo”.

(Juan 4, 5-42)


La Samaritana
P. Enrique Sánchez, mccj

En este tercer domingo de cuaresma nos encontramos con este largo relato del encuentro de Jesús con la Samaritana. Se trata de una página rica de elementos de reflexión que seguramente nos ayudarán a continuar nuestro camino cuaresmal, en la medida que tengamos la valentía de identificarnos con esa mujer a la que el encuentro con Jesús le cambió la vida e hizo de ella misionera del Reino.

Sin la pretensión de explicar cada uno de los detalles que se nos narran en el texto, creo que sería muy aleccionador y de gran provecho fijar nuestra atención primeramente en lo que se pasa en este encuentro, que a primera vista parece casual, pero que revela todo un propósito de vida y de salvación.

Lo primero que san Juan trata de no dejar pasar, como si se tratara de algo sin importancia, es el hecho de que Jesús llega al pozo de Jacob cansado del camino que había recorrido.

Un camino que viene de lejos, no tanto en la distancia que se mide en kilómetros, al encuentro de un corazón que necesita de una presencia verdadera que le pueda devolver la identidad, la dignidad y el sentido de la vida a aquella mujer Samaritana, es decir, que vive fuera del mundo religiosamente aceptado.

Jesús viene al encuentro de alguien que está más allá de las fronteras, en un contexto de exclusión que le impide vivir su relación con Dios con libertad, con confianza y con alegría. Era una samaritana que no podía entrar en contacto con Jesús porque existían prejuicios y prohibiciones que se lo impedían.

Sin embargo, el Señor recorre el camino para provocar el encuentro y romper así toda distancia.

Llega cansado hasta aquel pozo, y eso, de alguna manera, nos ayuda a entender el camino que Jesús está continuamente recorriendo para venir a nuestro encuentro. San Juan lo dirá más adelante en su evangelio: “no son ustedes quienes me han elegido, soy yo quien los he llamado y los he escogido para que sean mis amigos”. (Juan 15)

Más todavía, nos daremos cuenta de que Jesús no sólo está siempre en camino para darnos la posibilidad de encontrarlo en lo concreto de nuestra vida; sino que irá hasta el límite, hasta dar su vida para que tengamos vida, pues para eso ha venido entre nosotros y esa es la única misión que le ha confiado su Padre.

Esto nos ayuda a entender la importancia y el significado que tenía aquel pozo al que Jesús llega cansado.

El pozo es el lugar del encuentro al que todos van a buscar el agua indispensable para vivir en un paisaje en donde lo que abunda es el desierto. Es el lugar de la sobrevivencia, de donde se puede extraer aquello que permite no acabar como una presa más de la muerte.

Era el lugar al que había que ir una y muchas veces para poder obtener un sorbo de vida, pero que Jesús trasformará en fuente inagotable que surgirá en el interior de quienes con fe lo reconozcan como el Mesías.

Es también en lugar del encuentro, en donde se comparte la vida, en donde se comunica lo que sucede en lo ordinario de la existencia, en donde se informan y se transmiten los motivos de dolor y de alegría. Es el lugar en donde las personas no sólo se encuentran, sino que se conocen y se reconocen como parte de un pueblo y de una misma familia.

En aquel pozo, Jesús se da a conocer a la samaritana, le abre su corazón y la mira con compasión y con misericordia. Ahí, la samaritana podrá también hacer la experiencia de reconocerlo como el Señor y no sólo como el hombre que le cambiaría la vida.

Es el lugar en donde se entiende que el encuentro con el Señor se lleva a cabo siempre, cuando dos corazones son capaces de abrirse uno al otro, cuando el conocerse va más allá y se transforma en un reconocerse hechos el uno para el otro, cuando se acepta entrar en un diálogo que va más allá de intercambio de ideas para transformarse en conversión que abre a una existencia nueva.

Y el diálogo entre Jesús y la Samaritana tiene como pretexto el agua que ella va a buscar, cada día, a aquel pozo que ha sido lugar de salvación. Era salvación que había que conseguir muchas veces durante la vida para encontrarse con una Salvación que se reconoce en el don de la persona de Jesús, a quien una vez que se le entrega el corazón ya no habrá que volver cada día.

La mujer buscaba el agua que habría que conseguir muchas veces sin impedirse el sacrificio de ir a buscarla cada día. Jesús le ofrece el agua que será fuente inagotable que brotará del interior de su corazón para que termine con aquellas búsquedas que no acababan de satisfacer los anhelos de su vida.

Jesús no se contenta con darle un agua de la que seguiría teniendo necesidad. Él se ofrece como el agua que dará respuesta no sólo las necesidades ordinarias de la vida, sino que le permitirá encontrarse con él como el único que le puede responder a todas las exigencias de su vida.

El que bebe del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener sed. Esta es la buena noticia que Jesús le propone. Con otras palabras, Jesús confiesa a la samaritana que también él tiene sed, pero es sed de plenitud para ella.

Para entenderse será necesario hacer la experiencia de la conversión, del abandono total y de la confianza en la propuesta que el Señor va haciendo, sin forzar nada y sin precipitar los tiempos.

Será necesario cambiar y renunciar a las propias ideas, a las visiones que se pueden tener de la realidad. Habrá que salir del propio mundo en donde nos podemos sentir seguros, en donde se pretende conocer y dominar todo.

Para la Samaritana significó dejarse conocer por Jesús y aceptar que ante él no se podía esconder nada. Que ante él no importaba la imagen que pretendía defender de si misma.

Su mirada penetraba hasta lo profundo del corazón y ella era conocida a través de una mirada que no enjuiciaba y mucho menos, que no condenaba.

La Samaritana era conocida para que se pudiera descubrir amada y destinada a vivir en plenitud, sin necesidad de seguir buscando la felicidad en los intentos de amores que no le habían dejado nada.

Nosotros también, como la Samaritana, estamos invitados, especialmente en este tiempo de cuaresma, a acercarnos a Jesús, para que él nos dé el agua que necesitamos para vivir auténticamente.

Necesitamos descubrirlo como la fuente que desde lo profundo de nosotros mismos nos invita a no contentarnos con recortes o caricaturas de vida que nunca acabarán por satisfacernos. Necesitamos encontrarnos con el Señor para que haga de nosotros personas nuevas, capaces de cargar con nuestras historias personales, pero sin dejar que se conviertan en yugos que nos impiden levantarnos y caminar. Necesitamos que él toque nuestro corazón para que nos convierta en personas nuevas que se sienten reconocidas, amadas, perdonas e invitadas a ir lejos en nuestro camino de vida y de libertad.

El Señor viene a nuestro encuentro en estos días y nos espera en el broquel del pozo de nuestra historia de vida; ahí en donde vamos haciendo el intento de darle un sentido a lo que somos y a lo que hacemos.

Él no esconde su cansancio, pues, a lo mejor ha tenido que recorrer una distancia enorme, porque seguimos orientando nuestros pasos en direcciones que en lugar de acercarnos a él nos alejan.

Pero deberíamos tomar conciencia de que Él jamás renunciará a su proyecto y nos esperará confiado en que llegará también nuestra hora para que nos dispongamos a acoger su compañía y el don de su misericordia.

Como la Samaritana, tendríamos que dejar que Jesús entre en nuestro interior y que nos ayude a entender que nuestra historia vivida no puede ser un pretexto para que no lo dejemos entrar en nuestros corazones. Él estará siempre dispuesto a ayudarnos a hacer la verdad con nosotros mismos y a reconocer que nada está perdido cuando es contemplado con los ojos de Jesús.

Hoy podría ser el tiempo para decirnos que tal vez ha llegado el momento de dar un paso de calidad de nuestra vida, tan humana, pero al mismo tiempo llamada a dejarse transformar por el Espíritu que siempre será́ capaz de hacer todo nuevo en nosotros.

Qué bello sería que pudiésemos hacer nuestras las palabras de la Samaritana que dice: Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. Vengan a ver a alguien que me ha conocido desde dentro y no me ha juzgado, sino que me ha devuelto la alegría de poder ser aquello que de mí Dios había soñado.

Qué maravilloso nos resultaría escuchar al mismo Jesús que nos dijera que ya no tenemos que andar buscando otros mesías en donde no los encontraremos, sino que él es el único Mesías, nuestro salvador, es él quien nos ha encontrado.

No sería por demás que en estos días pidiéramos la gracia de la conversión, para que como la Samaritana pudiésemos reconocer a Jesús como la presencia que cambia nuestra vida y que le da sentido a lo que somos y nos llena de esperanza y de confianza cuando elevamos nuestra mirada al futuro que nos espera.

Al final de esta historia podemos decir que la Samaritana se convirtió en misionera y que fue a los suyos a dar testimonio de quien le había cambiado la vida.

La misma experiencia podría ser la nuestra, cuando llenos de la alegría de sabernos encontrados por el Señor, con gran entusiasmo abramos nuestros corazones a tantos hermanos que necesitan vivir ese encuentro con el Señor que viene a nosotros como el que salva.


A gusto con Dios
José Antonio Pagola

La escena es cautivadora. Cansado del camino, Jesús se sienta junto al manantial de Jacob. Pronto llega una mujer a sacar agua. Pertenece a un pueblo semipagano, despreciado por los judíos. Con toda espontaneidad, Jesús inicia el diálogo con ella. No sabe mirar a nadie con desprecio, sino con ternura grande. «Mujer, dame de beber».

La mujer queda sorprendida. ¿Cómo se atreve a entrar en contacto con una samaritana? ¿Cómo se rebaja a hablar con una mujer desconocida? Las palabras de Jesús la sorprenderán todavía más: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, sin duda tú misma me pedirías a mí, y yo te daría agua viva».

Son muchas las personas que, a lo largo de estos años, se han ido alejando de Dios sin apenas advertir lo que realmente estaba ocurriendo en su interior. Hoy Dios les resulta un «ser extraño». Todo lo que está relacionado con él les parece vacío y sin sentido: un mundo infantil cada vez más lejano.

Los entiendo. Sé lo que pueden sentir. También yo me he ido alejando poco a poco de aquel «Dios de mi infancia» que despertaba, dentro de mí, miedos, desazón y malestar. Probablemente, sin Jesús nunca me hubiera encontrado con un Dios que hoy es para mí un Misterio de bondad: una presencia amistosa y acogedora en quien puedo confiar siempre.

Nunca me ha atraído la tarea de verificar mi fe con pruebas científicas: creo que es un error tratar el misterio de Dios como si fuera un objeto de laboratorio. Tampoco los dogmas religiosos me han ayudado a encontrarme con Dios. Sencillamente me he dejado conducir por una confianza en Jesús que ha ido creciendo con los años.

No sabría decir exactamente cómo se sostiene hoy mi fe en medio de una crisis religiosa que me sacude también a mí como a todos. Solo diría que Jesús me ha traído a vivir la fe en Dios de manera sencilla desde el fondo de mi ser. Si yo escucho, Dios no se calla. Si yo me abro, él no se encierra. Si yo me confío, él me acoge. Si yo me entrego, él me sostiene. Si yo me hundo, él me levanta.

Creo que la experiencia primera y más importante es encontrarnos a gusto con Dios porque lo percibimos como una «presencia salvadora». Cuando una persona sabe lo que es vivir a gusto con Dios, porque, a pesar de nuestra mediocridad, nuestros errores y egoísmos, él nos acoge tal como somos, y nos impulsa a enfrentarnos a la vida con paz, difícilmente abandonará la fe. Muchas personas están hoy abandonando a Dios antes de haberlo conocido. Si conocieran la experiencia de Dios que Jesús contagia, lo buscarían. Si, acogiendo en su vida a Jesús, conocieran el don de Dios, no lo abandonarían. Se sentirían a gusto con él.

http://www.musicaliturgica.com


Ni agua ni pan
José Luis Sicre

Los evangelios de los domingos 3º, 4º y 5º de Cuaresma del ciclo A, tomados de san Juan, presentan a Jesús como fuente de agua viva (Samaritana), luz del mundo (ciego de nacimiento) y vida (resurrección de Lázaro). Tres símbolos de nuestras necesida­des más fuertes (agua, luz, vida) y de cómo Jesús puede llenar­las.

Tres aguadores y tres tipos de agua

Las lecturas del próximo domingo hablan de tres personajes famosos (Jacob, Moisés, Jesús) relacionándolos con el don del agua. En gran parte del mundo, beber un vaso de agua no plantea problemas: basta abrir el grifo o servirse de una jarra. Pero quedan todavía millones de personas que viven la tragedia de la sed y saben el don maravilloso que supone una fuente de agua.

En el evangelio, la samaritana recuerda que el patriarca Jacob les regaló un pozo espléndido, del que se puede seguir sacando agua después de tantos siglos. En la primera lectura, Moisés sacia la sed del pueblo golpeando la roca. De vuelta al evangelio, Jesús promete un manantial que dura eternamente.

Aparentemente, el mismo problema y la misma solución. Pero son tres aguas muy distintas: la de Jacob dura siglos, pero no calma la sed; la de Moisés sacia la sed por poco tiempo, en un momento concreto; la de Jesús sacia una sed muy distinta, brota de él y se transforma en fuente dentro de la samaritana. Este milagro es infinitamente superior al de Moisés: por eso la samaritana, cuando termina de hablar con Jesús, deja el cántaro en el pozo y marcha al pueblo. Ya no necesita esa agua que es preciso recoger cada día, Jesús le ha regalado un manantial interior.

Interpretación histórica y comunitaria

Quizá la intención primaria del relato era explicar cómo se formó la primera comunidad cristiana en Samaria. Aquella región era despreciada por los judíos, que la consideraban corrompida por multitud de cultos paganos. De hecho, en el siglo VIII a.C. los asirios deportaron a numerosos samaritanos y los sustituyeron por cinco pueblos que introdujeron allí a sus dioses (2 Reyes 17,30-31); serían los cinco maridos que tuvo anteriormente la samaritana, y el sexto («el que tienes ahora no es tu marido») sería Zeus, introducido más tarde por los griegos. Sin embargo, mientras los judíos odian y desprecian a los samaritanos, Jesús se presenta en su región y él mismo funda allí la primera comunidad. Los samaritanos terminan aceptándolo y le dan un título típico de ellos, que sólo se usa aquí en el Nuevo Testamento: «el Salvador del mundo». En esa primera comunidad samaritana se cumple lo que dice Jesús a los discípulos: «uno es el que siembra, otro el que siega». Él mismo fue el sembrador, y los misioneros posteriores recogieron el fruto de su actividad. Pero el relato destaca el importante papel desempeñado por una mujer que puso en contacto a sus paisanos con la persona de Jesús.

Interpretación individual

Hay dos detalles que obligan a completar la lectura comunitaria con una lectura más personal. El primero es la curiosa referencia al cántaro de la samaritana. Lo ha traído para buscar agua; al final, después de hablar con Jesús, lo deja en el pozo. No necesita esa agua, Jesús le ha dado una distinta, que se ha convertido dentro de ella en un manantial. El segundo detalle es la relación estrecha entre la promesa de Jesús de dar agua, su invitación posterior, durante la fiesta en Jerusalén: «el que tenga sed, que venga a mí y beba» (Juan 7,37-38), y lo que ocurre en el calvario, cuando lo atraviesan con la lanza, y de su costado brota sangre y agua (Juan 19,34). El tema central no es ahora la fundación de una comunidad, sino la relación estrecha de cualquier creyente con él, de esa persona que tiene su sed material cubierta, aunque sea con el esfuerzo diario de buscarse el agua, pero que siente una sed distinta, una insatisfacción que sólo se llena mediante el contacto directo con Jesús y la fe en él.

Ni agua ni pan

Un último detalle sobre la enorme riqueza simbólica de este episodio. La samaritana se olvida de beber. Jesús se olvida de comer. Aunque los discípulos le animen a hacerlo, él tiene otro alimento, igual que la mujer tiene otra agua. Buen motivo para examinarnos sobre de qué tenemos hambre y de qué tenemos sed.

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Sed de agua y sed de Dios: tareas para la Misión
Romeo Ballan, mccj

El pasaje del Evangelio de hoy presenta situaciones sencillas, de la vida ordinaria: hace calor, Jesús está cansado del camino, se sienta, tiene sed, busca agua, los discípulos han ido a comprar comida, llega una mujer samaritana al pozo como solía hacerlo cada día; se habla de cántaro, provisiones de alimentos… Son realidades concretas de las que parte la estupenda evangelización de Jesús. Al narrar el encuentro de Jesús con una mujer de Samaria, el evangelista Juan quiere ir más allá de la simple descripción de un hecho cotidiano; él lo enriquece de símbolos, imágenes, referencias bíblicas, que vehiculan un mensaje teológico: la historia de amor de Dios fiel a la alianza esponsal, mientras el pueblo se ha alejado buscando a otros dioses. Es sorprendente: ¡Dios tiene sed! No es la mujer samaritana sino Jesús que dice “Tengo sed”. ¡Es una de las palabras que Jesús dirá también en la cruz!

Jesús involucra y convierte, gradualmente, a la mujer, a la gente del pueblo, a los discípulos. De la búsqueda del agua cotidiana Jesús los lleva “al surtidor de agua que salta hasta la vida eterna” (v. 14); del pozo de Jacob (v. 6) al agua del bautismo y al Espíritu Santo; de los templos sobre los montes a las personas que “adorarán al Padre en espíritu y verdad” (v. 23); de la provisión de comida hasta un alimento que los discípulos no conocen: hacer la voluntad del Padre (v. 31.32.34). Gradualmente Jesús transforma a aquella mujer, etiquetada como hereje y prostituta, en una misionera de las bienaventuranzas; hace de aquella mujer mendiga de agua una mendiga de espíritu, del verdadero Dios. Como buen educador, Jesús no reprocha, no juzga, no castiga a esa pecadora, no la humilla, trata de comprender, le habla sin hacerla enrojecer: le indica salidas diferentes. ¡Una página digna de un buen maestro; una página estupenda de metodología evangelizadora!

El que pide agua para beber (v. 7) es el que después se dará a sí mismo como bebida que quita para siempre la sed de la mujer y de la gente: el Mesías “soy yo: el que habla contigo” (v. 26). ¡Suprema revelación de la identidad de Jesús! Él hace de esa mujer irónica (v. 9), poco seria en su vida sentimental, una misionera entusiasta de la buena noticia del Mesías: “vengan a ver” (v. 29); y hace de muchos samaritanos de ese pueblo unos creyentes que le retienen durante dos días y lo reconocen como el “Salvador del mundo” (v. 42). En efecto, al final de la narración, la mujer, que ahora ha encontrado otra agua, abandona su ánfora (v. 28), tan preciosa hasta ese momento, y corre feliz a anunciar a todos su descubrimiento. Una vez más, del encuentro con Jesús parte la carrera para decírselo a todos.

Los discípulos deben ahora aprender a leer los signos maduros del crecimiento del Reino: “Levanten los ojos y contemplen los campos, que están ya dorados para la siega” (v. 35). Palabras del Maestro, que aluden a la “mies abundante”, en la que faltan obreros; por tanto, es preciso rogar “al dueño de la mies para que envíe obreros para su mies” (Mt 9,37-38). El obrero del Evangelio debe tener ojos y corazón para leer esos signos, porque el Espíritu está trabajando desde antaño, como dice Pablo (II lectura): Cristo ha muerto por nosotros y “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo” (v. 5): Él ya está presente y trabajando entre todos los pueblos, aun antes de la llegada de los misioneros (v. 36-38), transforma el corazón de las personas, incluso de las más imprevisibles.

Jesús introduce el tema del don de la fe y del agua viva, diciendo: “Si tú conocieras el don de Dios…” (v. 10), para llegar después a la misión, es decir, a la difusión del don. Jesús mismo es el don supremo del Padre y, en cuanto tal, se auto-propone para toda la familia humana. Un don que hay que descubrir, acoger, guardar, compartir con otros. Este es el alcance misionero del don de la fe en el Señor Jesús, que es un motivo peculiar de acción de gracias y de renovado compromiso misionero. En efecto, la fe estimula a la misión y, a su vez, la misión fortalece la fe.

Hoy como en el pasado (I lectura), el pueblo está cansado, murmura, reclama agua. ¡Tiene derecho a ello! El pueblo estaba “torturado por la sed” (v. 3). Hoy como entonces. Aun antes del agua de la fe y del Espíritu, la humanidad es cada vez más consciente de la importancia del agua material (el H2o) para la vida humana y para el planeta. Basándose en el desequilibrio meteorológico, con la consiguiente irregularidad de lluvias, escasez de recursos hídricos, aumento de la desertización, etc., los expertos en geopolítica prevén que, en las próximas décadas, el tema de las aguas será una causa para mayores conflictos y guerras a nivel mundial.

La falta de agua potable golpea sobre todo a los países más necesitados y provoca trágicas consecuencias para la salud y la vida. Numerosas poblaciones rurales en África y en Asia tienen escaso acceso (menos del 20%) al agua potable; son elevados los porcentajes de mortalidad infantil (por falta de agua potable, uso de aguas contaminadas…). Estos son tan solo algunos de los graves problemas diarios que atañen a la vida y a la actividad de los misioneros en muchas regiones del mundo, donde la gente tiene hambre y sed de Dios, ciertamente; pero también de justicia, pan, agua… Por lo tanto, hay que apoyar y promover programas e iniciativas como estos: “agua para la vida”, “el agua un derecho para todos”, “H2Oro”, “agua bien común”… ¡En nombre del Evangelio!

El «sí», respuesta que se hace vida

Hay pequeñas respuestas que cambian la historia. Palabras que no hacen ruido, pero abren caminos. Decir «sí» es una de ellas. No un «sí» cómodo e ingenuo, sino uno pronunciado desde la fe, la valentía y la disposición total para dar la vida.

Por: Hna. Kathia di Serio, smc

Un «sí» que pronuncié el 29 de julio de 2007 con las Misioneras Combonianas, y que expreso cada día en la misión de Ciudad de México, donde vivo mi entrega cotidiana a Dios y a la misión. Toda vocación nace de una pregunta y se confirma con un «sí» como respuesta. No es perfecto ni definitivo desde el inicio, sino que se aprende a pronunciar en el camino. La historia de la salvación muestra que Dios no llama a «personas terminadas», sino a corazones disponibles, porque dicho recorrido está tejido de estas respuestas positivas. En mi historia vocacional resuena con fuerza el «sí» de María, el de san Daniel Comboni, el de las Misioneras Combonianas y el de otras tantas mujeres en el mundo.

El «sí» de María

La vocación de María inicia con una escucha atenta y una sincera pregunta: «¿Cómo será esto?» (Lc 1,34). María no entiende todo, pero confía. Su respuesta no nace de la seguridad, sino de su cercanía con Dios. Es un primer rasgo vocacional: escuchar, discernir y confiar, aún cuando el futuro no sea claro. Ella nos enseña que la vocación no anula los miedos ni las dudas, pero los integra. Dios no espera certezas absolutas, sino disponibilidad. Todo auténtico llamado comienza cuando alguien se atreve a responder: «Aquí estoy».

La respuesta de María no fue automática ni pasiva. Fue un «sí» discernido y encarnado. Ella escucha, se deja interpelar y, aún sin comprenderlo todo, se fía: «Hágase en mí según tu Palabra» (Lc 1,38). Se entrega, se convierte en mujer que camina, en servidora de la vida, en presencia divina en las periferias humanas. Su respuesta es profundamente revolucionaria: Dios entra en la historia de cada persona y se deja encontrar en lo cotidiano.

El «sí» de Comboni

El «sí» de san Daniel Comboni fue el de un hombre conquistado por una causa que lo superaba. Su vocación misionera nació del encuentro con un pueblo herido y del deseo de devolverle la dignidad. Él dijo «sí» una y otra vez: ante el cansancio, la incomprensión y el fracaso. Su vocación no fue cómoda ni lineal, sino fiel; comprendió que ésta no es un camino individualista, sino una misión compartida: «Salvar África con África».

Desde una perspectiva vocacional, Comboni nos recuerda que el llamado de Dios suele encender una pasión que transforma toda la vida. Decir «sí» implica dejarse moldear, aprender a perseverar y creer que incluso nuestras fragilidades pueden ser fecundas. Una y otra vez Dios cree en la humanidad de cada persona. El «sí» de nuestro santo patrono no fue idealista, sino probado por el fracaso, la enfermedad y la incomprensión. Aún así, pudo exclamar: «Yo muero, pero mi obra no morirá».

El «sí» de Comboni es de quien ama un pueblo hasta dejarse consumir por él; nace de la contemplación del Crucificado, que se traduce en compromiso histórico. Es un «sí» generativo: que abre camino, convoca y sueña comunidad, como cenáculo que irradia amor.

El «sí» de las mujeres

Hay vocaciones que no siempre reciben nombre oficial, pero son profundamente reales. El «sí» de las mujeres en el mundo sostiene a la historia: madres, cuidadoras, defensoras, migrantes, líderes comunitarias. Féminas que he encontrado y acompañado en caminos de crecimiento y búsqueda de la esperanza en contextos de movilidad humana.

Mujeres que dicen «sí» a la vida en contextos de violencia, migración forzada, pobreza y exclusión. Ellas sostienen familias, comunidades y memorias; cuidan, luchan, sanan, organizan y denuncian. Muchas no lo pronuncian con palabras religiosas, pero viven un «sí» profundamente evangélico con gestos concretos de amor, dignidad y resistencia. En ellas, Dios sigue encarnándose hoy.

El «sí» de las Misioneras Combonianas

Es una respuesta que se hace presencia y cercanía, y que se expresa en la opción por los pobres, por las mujeres heridas y las personas migrantes y excluidas. Esta vocación no se vive desde la distancia, sino desde el hecho de compartir la vida. Como María, las combonianas guardan y gestan; como Comboni, se arriesgan y sueñan; como tantas mujeres del mundo, sostienen la esperanza en contextos de frontera. Es un «sí» que acompaña procesos, que camina con ellos, que cree en la vida, incluso cuando todo parece negarla.

Este «sí» es cotidiano: se renueva en la oración, en la comunidad, en el servicio humilde y en la capacidad de permanecer; una vocación que habla más con gestos que con palabras, y que invita a las nuevas generaciones a preguntarse: ¿A dónde estoy siendo llamada para que otros tengan vida? El carisma comboniano vive en las comunidades de mujeres de diversas culturas y nacionalidades. Las combonianas responden al llamado de Dios, caminan con los pueblos y anuncian la Buena Nueva con su propia historia y vida compartidas.

El «sí» de María, de Comboni, de las Misioneras Combonianas y de las mujeres en el mundo no pertenece al pasado; es un llamado abierto. Nos invita a preguntarnos: ¿A qué vida estoy llamado? ¿A quién le genera esperanza mi respuesta positiva? Decir «sí» es un acto de amor y fe. Significa permitir que Dios renueve todas las cosas a través de mi disponible fragilidad. Responder «sí», no implica tener todo claro, sino estar dispuesto a caminar, a arriesgar todo por amor. Todo llamado auténtico comienza cuando alguien se atreve a poner su vida en manos de Dios para que otros tengan vida; porque cuando una mujer dice «sí» a la vida, el mundo vuelve a nacer.

II Domingo de Cuaresma. Año A

“En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, el hermano de este, y los hizo subir a solas con Él a un monte elevado. Ahí se transfiguró en su presencia: su rostro se puso resplandeciente como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve. De pronto aparecieron ante ellos Moisés y Elías, conversando con Jesús.
Entonces Pedro le dijo a Jesús: Señor, ¡qué bueno sería quedarnos aquí! Si quieres, haremos aquí tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.
Cuando aún estaba hablando, una nube luminosa los cubrió y de ella salió una voz que decía: Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias; escúchenlo. Al oír esto, los discípulos cayeron rostro en tierra, llenos de un gran temor. Jesús se acercó a ellos, los tocó y les dijo: Levántense y no teman. Alzando entonces los ojos, ya no vieron a nadie más que a Jesús.
Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: No le cuenten a nadie lo que han visto, hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos”.

(Mateo 17, 1-9)


Ahí se transfiguró
P. Enrique Sánchez G. Mccj

¡Señor, qué bueno sería quedarnos aquí! Estas palabras saltan a la vista en cuanto leemos estos cuantos versículos del capítulo 17 del evangelio de San Mateo porque será algo bello estar cerca del Señor que nos revela lo extraordinaria que puede ser nuestra vida cuando tenemos a Dios cerca de nosotros.

El momento que nos relata el evangelio de este segundo domingo de cuaresma, seguramente, fue uno de las experiencias que marcaron más profundamente la vida de aquellos tres apóstoles que podrían ser considerados como privilegiados, pues habían visto con sus propios ojos la gloria de Dios manifestada en la persona de Jesús.

La Transfiguración era, una vez más, el testimonio que Dios mismo daba de que en la persona de Jesús era Dios mismo que venía al encuentro de una humanidad que encontraba dificultades para reconocer su presencia y su propósito de quedarse para siempre como el único capaz de devolver a cada persona la dignidad que le correspondía como hija de Dios.

Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias. Estas palabras no sólo resonaron en los oídos de aquellos tres discípulos, que no acababan de entender lo que estaba pasando; sino que tuvieron un efecto en sus corazones, lo que les permitiría, a partir de ese momento, ir hasta el final de lo que estaba por comenzar.

Lo que les esperaba era el camino por el que acompañarían a Jesús en aquella terrible experiencia de la pasión, del viacrucis, que terminaría en aquel espectáculo, inaceptable a los ojos.

Era algo insoportable ver a su Señor humillado, condenado injustamente y Finalmente colgado aquel madero destinado a los peores criminales de su tiempo.

Había sido necesario que la Transfiguración tuviera lugar en aquella montaña en donde la gloria de Dios se manifestaba en todo su resplandor para confirmar la fe tambaleante aún de los discípulos, quienes, no obstante que habían visto tantos signos y milagros, acababan de entender con los ojos de la fe quién era verdaderamente Jesús.

Ahora, ahí ante sus ojos habían visto a Moisés y a Elías juntos lo que significaba que los tiempos de la salvación habían llegado. La ley y los profetas unidos en aquellos dos grandes personajes del antiguo testamento eran la garantía de el momento había llegado y con la presencia de Jesús entre ellos, ya no había que seguir esperando la realización del plan de Dios. El Mesías estaba ya ahí́, para que el Reino de Dios pudiese empezar y establecerse definitivamente.

Curiosamente y contrariamente a lo que todo mundo se hubiese imaginado, el Señor que aparecía resplandeciente ante los ojos de aquellos discípulos, no llegaba como muchos lo estaban esperando. No se presentaba como el Mesías acompañado de ejércitos, con el poder de destruir y de responder a la violencia con la guerra. Su poder no estaba respaldado en la fuerza que somete y esclaviza, sino que se presentaba como el Señor en quien se manifestaría su grandeza y su gloria en la medida en que abrazaba el camino de la entrega y de la Cruz, en donde se mostraría la fuerza del amor que salva.

La Transfiguración había sido necesaria para que aquellos discípulos. Para ellos que tendrían la misión de acompañar a Jesús en todo su itinerario, hasta ser testigos de otro momento único el día de la resurrección en donde otra luz resplandecería, la luz que acabaría con las tinieblas de la muerte.

Transfigurado ante sus ojos, Jesús les estaba dando la última lección de lo que implicaría ser sus discípulos. Ahora, también a ellos les tocaría hacer el camino de la renuncia de sí́ mismos, de la aceptación de dejarlo todo por amor a su maestro y Señor; les tocaría caminar tras sus huellas, en silencio, dando testimonio de lo exigente que puede ser el amor a Jesús.

Al aparecer resplandeciente ante sus ojos, Jesús estaba enseñando a sus discípulos lo que les tocaría vivir también a ellos. Verían la gloria de Dios resplandecer no sólo ante sus ojos, sino en lo profundo de sus corazones.

Aceptando seguir los pasos del Señor, les tocaría igualmente hacer en carne propia la experiencia del sufrimiento, de la entrega total de sus vidas y, sin duda, también del resplandeciente momento de la resurrección.

Llegados a este punto de la aventura de ser seguidores de Jesús empezaban a darse cuenta de que las palabras saldrían sobrando, y tal vez por eso Jesús mismo les prohíbe que hablen de lo que han contemplado sobre la montaña. Nadie les entendería y muy difícilmente les creerían.

Ahora era el momento del silencio, de la ausencia de las muchas palabras con las cuales se evita que Dios manifieste sus planes en la vida.

Tal vez era la ocasión de no decir nada para entender mejor las cosas, para hacerse capaces de aquella escucha en la cual se entienden muchas cosas, porque se deja que sea el Señor que hable.

Y será justamente, después de la resurrección, que aquellos discípulos aturdidos y encandilados por la contemplación que habían tenido el día de la Transfiguración, que empezarán a dar testimonio.

No se tratará de compartir con palabras lo que habían aprendido del Señor, ni de dar la información que habían ido acumulando a lo largo de los tres años que lo habían acompañado en la misión que el Padre le había confiado.

Ahora se trataba de transmitir de lo que habían vivido estando a su lado y compartiendo cada instante de su vida.

Viniendo a nosotros, seguramente no tendremos la ocasión de hacer la experiencia de Pedro, de Santiago y de Juan, porque sabemos que la Transfiguración esa manera no sucede todos los días. Pero eso no impide que reconozcamos que el Señor se va transfigurando cada día de muchas otras maneras.

Dios está presente en nuestras vidas y no lo podemos negar, cuando creamos un mínimo de condiciones para estar en su presencia. Cuando salimos de nuestros mundos tan materializados y nos abrimos a otras realidades en donde los valores que nos mueven están en el orden de lo que no se puede controlar, dominar con nuestros intereses. Cuando nos abrimos o nos damos tiempo para contemplar lo bello que Dios va creando cada día para nosotros. Cuando disfrutamos lo satisfactorio que puede ser establecer lazos de cariño, de cordialidad, de respeto, de aceptación con las personas que Dios pone ahí́ tan cerca de nosotros.

Dios se nos transfigura en la persona de Jesús que lo podemos contemplar en la eucaristía que celebramos cada día, en donde lo reconocemos en su cuerpo y en su sangre. Lo vemos en el Santísimo Sacramente que con humildad exponemos ante nosotros para su adoración.

Y no tendríamos que olvidar que también se nos transfigura en el hermano que sufre, en el que vive abandonado, en el que está solo no muy lejos de donde habitamos, del enfermo que necesita una palabra de aliento y una mano tendida en su dolor.

Se nos transfigura también en aquella madre que ha sido abandonada y que está obligada a cargar con la responsabilidad de sus hijos. Está en el joven que no encuentra su camino y al que no se le brinda la oportunidad de crearse un futuro con serenidad y confianza.

Se nos transfigura igualmente en los momentos bellos que podemos vivir en la experiencia de oración que nos llenan el corazón, como seguramente las estamos viviendo en este tiempo de cuaresma durante el cual hemos querido ponernos a la escucha del Señor que nos habla.

Jesús se nos transfigura, también a nosotros, para que no olvidemos que tenemos muchos hermanos lejanos y cercanos que esperan de nosotros un testimonio auténtico como personas que son responsables llevar la buena noticia a todos y especialmente a los más alejados, para que la luz de Cristo resplandezca también entre ellos.

El Señor nos invita a no decir muchas palabras, pero nos pide que estemos presentes ahí́ en donde hace falta que alguien recuerde a nuestros hermanos que Cristo, el Mesías, ya está entre nosotros y que una vez más está dando su vida para que podamos tener la vida en plenitud.

Pidamos la gracia de ser esos misioneros capaces de seguir las huellas del Señor por los caminos que conducen al calvario, que nos dé la valentía para no echarnos para atrás en el momento de la prueba y del sufrimiento y que nos conceda estar presentes en el momento en que nos invitará a participar con él de la gloria resplandeciente de su resurrección.


Escuchar a Jesús
José Antonio Pagola

El centro de ese relato complejo, llamado tradicionalmente la «transfiguración de Jesús», lo ocupa una voz que viene de una extraña «nube luminosa», símbolo que se emplea en la Biblia para hablar de la presencia siempre misteriosa de Dios, que se nos manifiesta y, al mismo tiempo, se nos oculta.

La voz dice estas palabras: «Este es mi Hijo, en quien me complazco. Escuchadlo». Los discípulos no han de confundir a Jesús con nadie, ni siquiera con Moisés o Elías, representantes y testigos del Antiguo Testamento. Solo Jesús es el Hijo querido de Dios, el que tiene su rostro «resplandeciente como el sol».
Pero la voz añade algo más: «Escuchadlo». En otros tiempos, Dios había revelado su voluntad por medio de los «diez mandamientos» de la Ley. Ahora la voluntad de Dios se resume y concreta en un solo mandato: «Escuchad a Jesús». La escucha establece la verdadera relación entre los seguidores y Jesús.

Al oír esto, los discípulos caen por los suelos «aterrados de miedo». Están sobrecogidos por aquella experiencia tan cercana de Dios, pero también asustados por lo que han oído: ¿podrán vivir escuchando solo a Jesús, reconociendo solo en él la presencia misteriosa de Dios?

Entonces Jesús «se acerca, los toca y les dice: “Levantaos. No tengáis miedo”». Sabe que necesitan experimentar su cercanía humana: el contacto de su mano, no solo el resplandor divino de su rostro. Siempre que escuchamos a Jesús en el silencio de nuestro ser, sus primeras palabras nos dicen: «Levántate, no tengas miedo».

Muchas personas solo conocen a Jesús de oídas. Su nombre les resulta tal vez familiar, pero lo que saben de él no va más allá de algunos recuerdos e impresiones de la infancia. Incluso, aunque se llamen cristianos, viven sin escuchar en su interior a Jesús. Y sin esa experiencia no es posible conocer su paz inconfundible ni su fuerza para alentar y sostener nuestra vida.

Cuando un creyente se detiene a escuchar en silencio a Jesús, en el interior de su conciencia escucha siempre algo como esto:

«No tengas miedo. Abandónate con toda sencillez en el misterio de Dios. Tu poca fe basta. No te inquietes. Si me escuchas, descubrirás que el amor de Dios consiste en estar siempre perdonándote. Y, si crees esto, tu vida cambiará. Conocerás la paz del corazón».

En el libro del Apocalipsis se puede leer así: «Mira, estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa». Jesús llama a la puerta de cristianos y no cristianos. Podemos abrirle la puerta o rechazarlo. Pero no es lo mismo vivir con Jesús que sin él.

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Escuchadle
Inma Eibe, ccv

En el tiempo de Cuaresma, la liturgia del segundo domingo nos acerca cada año al relato de la Transfiguración de Jesús. Después de acompañarle en el desierto (el primer domingo), somos llevados a una montaña alta de la mano de Jesús.

Del desierto al monte. Conocemos la simbología de estos dos espacios. El desierto es el lugar de la soledad y el silencio, de la sequía, del ardor y la sed, del calor y la ausencia de caminos claros por los que avanzar. Pero, como bien sabemos, es también (y por ello mismo) el lugar del encuentro con el Dios de la Vida, con Aquel que está enamorado de nosotros (cf. Os 2,14). El monte es el lugar por excelencia de la comunicación de Dios. En el monte Dios se revela, se muestra, se comunica. En todas las tradiciones religiosas es el ámbito de lo divino.

El relato ante el que nos encontramos está muy elaborado y en él se presenta una teofanía descrita con la estructura y los elementos que hallamos en el Antiguo Testamento. Los primeros cristianos, tras la experiencia pascual, construyen un relato para expresarnos la presencia divina en Jesús con los elementos que para ellos eran conocidos y comprensibles.

Si lo que nos relatan lo hubieran experimentado los discípulos con anterioridad a la muerte de Jesús, seguramente se hubieran enfrentado al final de su vida de otra manera. Pero, como bien sabemos, la confirmación de quién era realmente Jesús les llega a los discípulos sólo tras la experiencia pascual. Es entonces cuando son capaces de entender y acoger que el Jesús Resucitado con el que se encontraron tras la experiencia en Jerusalén es el mismo que caminó con anterioridad junto a ellos por los caminos de Palestina, el mismo que murió en una cruz. Y es entonces cuando pueden elaborar este texto, tan cargado de simbolismo y expresividad.

En muchas cosas nos recuerda al del Bautismo (Mt 3,17). La voz de Dios expresa prácticamente lo mismo: “Este es mi hijo, el amado, mi predilecto”. Sin embargo, hay una novedad: el imperativo “escuchadle”.

Pedro, Santiago y Juan suben junto a Jesús al monte como lo hicieron Aarón, Nadab y Abiú y 70 ancianos acompañando a Moisés (Ex 24,1). Moisés y Elías, representantes de la Ley y los profetas, son mostrados en diálogo con Jesús. Pero Jesús y su Evangelio trascienden todo lo vivido anteriormente. Por eso, aunque Pedro propone levantar una tienda igual para cada uno, es Dios mismo quien le interrumpe (“Todavía estaba hablando…”) para que todo quede resituado.

Es a él, a Jesús, a su Hijo amado, a quien hay que escuchar. En griego, “akouete autou” significa escuchadle a él solo. Dios se hace presente como lo ha hecho a lo largo de toda la historia pero ahora, en Jesús, lo lleva a cabo de un modo nuevo. Por eso hay que escucharlo. Y escuchar al Hijo predilecto es conformarse con él, transformarse en él y vivir como él, entregando la vida hasta el final por amor.

El espanto con el que los discípulos caen de bruces en el suelo es el propio de las teofanías. La presencia de lo divino asusta al ser humano porque éste se hace consciente de quién es él y quién es Dios. Pero el miedo que este relato nos describe podemos entenderlo también como aquel que brota en el creyente ante esta conciencia. ¿Cómo puede Dios mismo manifestarse ante mí? ¿Y cómo puede ser que se manifieste en Jesús, cuyo camino pasa por la cruz y la muerte?

No debemos olvidar el contexto en el que Mateo introduce este relato. Se incluye inmediatamente después del primer anuncio de la Pasión y de la reacción enardecida de un Pedro que no termina de enterarse bien y a quien Jesús regaña fuertemente. ¿Cómo no temer cuando lo último que Jesús les ha dicho es: “si alguno quiere venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, cargue con sus cruz y me siga” (Mt 16,24)?

Los discípulos caen aterrados de miedoJesús se acerca y los toca. Como lo hizo siempre en el camino ante quienes sufrían alguna enfermedad o estaban abatidos. Jesús, a quien reconocemos como nuestro Dios y Señor, no se queda en el monte ni en la nube, ni en la luz resplandeciente… Nuestro Dios y Señor se acerca una y otra vez a ti, a mí… nos toca y nos habla invitándonos a no tener miedo y a ponernos en pie; invitándonos a volver a los caminos sanando, proclamando la Buena Noticia, liberando.

En este tiempo de Cuaresma, tiempo intenso de oración y de preparación, tiempo de conversión, este relato se nos regala como una invitación a mantener la esperanza y la consciencia de que caminamos hacia la Pascua y Resurrección. Pero no de cualquier modo, lo hacemos de la mano de Jesús, a quien debemos escuchar y quien nos conduce por los caminos invitándonos a vivir como él, quien –si caemos por alguna razón– se acerca siempre, nos levanta y nos dice: “no temas”.

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El Rostro ‘transfigurado’no quiere rostros ‘desfigurados’
Romeo Ballan, mccj

En el segundo domingo de Cuaresma tenemos una cita anual fija: la Transfiguración de Jesús sobre el monte Tabor (Evangelio). El hecho ocurre “seis días después” (v. 1) de los encuentros en Cesarea de Felipe (con la profesión de fe de Pedro, la promesa de su primacía, el primer anuncio de la pasión (Mt 16,13-28). Cada uno de estos hechos aporta piezas significativas para la configuración del verdadero rostro de Cristo, hacia el cual la antífona de entrada nos invita a mirar: “Busquen mi rostro. Tu rostro buscaré, Señor; no me escondas tu rostro” (Sal 26,8-9). Una respuesta a tan insistente súplica llega de un alto monte (v. 1), donde Jesús se transfiguró ante tres discípulos escogidos: “Su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz” (v. 2). La luz no viene de afuera, sino que emana desde dentro de la persona de Jesús. Con razón, Lucas, en el texto paralelo, subraya que Jesús subió al monte “para orar, y mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió” (Lc 9,28-29). De la relación con su Padre, Jesús sale transformado interiormente; la plena identificación con el Padre resplandece en el rostro de Jesús (cfr. Jn 4,34; 14,11).

Jesús no busca su auto-glorificación; quiere que sus discípulos descubran mejor su identidad y su misión. Para tal fin, sobre el monte se realiza una manifestación de la Trinidad a través de tres signos: la voz, la luz y la nube. La voz del Padre proclama a Jesús su “Hijo, el amado. Escúchenlo” (v. 5); la luz emana del cuerpo mismo del Hijo Jesús; la nube es símbolo de la presencia del Espíritu. En ese contexto de gloria, que es un adelanto de su Pascua, Jesús habla con Moisés y Elías “de su partida, que estaba para cumplirse en Jerusalén” (Lc 9,31). Oración y revelación de la Trinidad, pasión y glorificación: ahora los discípulos pueden entender algo más acerca de su Maestro. Podemos acoger una invitación para cada uno de nosotros: busquémonos un tiempo -posiblemente prolongado – para contemplar el rostro de Jesús, hasta poder decir, como Pedro: “Señor, bueno es estarnos aquí” (v. 4).

Nunca la verdadera oración es evasión. Para Jesús la oración era un momento fuerte de identificación con el Padre y de adhesión coherente y confiada a su plan de salvación. Este camino de transformación interior es el mismo para Jesús, para el discípulo y para el apóstol. La oración, vivida como escucha-diálogo de fe y de humilde abandono en Dios, tiene la capacidad de transformar la vida del cristiano y del misionero; es la única experiencia fundante de la misión. La oración alcanza su momento más verdadero cuando desemboca en el servicio al prójimo necesitado. El B. Óscar A. Romero, obispo y mártir en El Salvador (+24.3.1980) era tajante en declarar: “Una religión de misas dominicales, pero de semanas injustas, no le gusta al Señor; una religión llena de oraciones, pero sin denunciar las injusticias, no es cristiana”. En una homilía cuaresmal Benedicto XVI explicó muy bien la dimensión misionera de la oración “La oración es garantía de apertura a los demás. La verdadera oración nunca es egocéntrica; siempre está centrada en los demás. La verdadera oración es el motor del mundo, porque lo tiene abierto a Dios”.

El discípulo-misionero está convencido de que Dios es fiel y lo acompaña en todas las etapas y peripecias de la vida: en los comienzos, en los momentos de Tabor y en los momentos de Getsemaní. Dan testimonio de ello también Abrahán y Pablo. Abrahán se fio de Dios (I lectura) que lo invitaba a salir de su tierra y a dejar sus parientes para ir hacia un país desconocido (v. 1), que Dios le habría mostrado. Igualmente, San Pablo dejó el camino de Damasco para correr la nueva aventura con Jesús. Por tanto, podía exhortar al discípulo Timoteo (II lectura): “Según la fuerza de Dios,toma parte en los duros trabajos del Evangelio” (v. 8).

El Evangelio de Jesús requiere necesariamente un compromiso tenaz por la defensa y la promoción de las personas más débiles, cuya dignidad humana se ve a menudo afeada y desfigurada por tantas formas de violencia, explotación, abandono, hambre, enfermedades, ignorancia. ¡Cualquier afeamiento de la dignidad humana es contrario al proyecto original de Dios, Padre de la Vida! ¡Allí donde hay un rostro humano afeado y desfigurado, es imperiosa y urgente la presencia de la Iglesia y de los misioneros del Evangelio! Jesús, con su rostro hermoso y ‘transfigurado’, no quiere que haya hermanos y hermanas con rostros ‘desfigurados’. La actividad misionera se hace, por tanto, cercanía a las personas que están en el dolor, contacto con las heridas y curación de las llagas – físicas o morales – de los que sufren.

I Domingo de Cuaresma. Año A

En aquel tiempo, Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el demonio. Pasó cuarenta días y cuarenta noches sin comer y, al final, tuvo hambre. Entonces se le acercó el tentador y le dijo: Si tú eres el Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes. Jesús le respondió: Está escrito: no sólo de pan vive el hombre, sino también de toda palabra que sale de la boca de Dios.

Entonces el díablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en la parte más alta del templo y le dijo: Si eres el Hijo de Dios, échate para abajo, porque está escrito: Mandará a sus ángeles que te cuiden y ellos te tomarán en sus manos, para que no tropiece tu pie en piedra alguna. Jesús le contestó: también está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios.

Luego lo llevó el diablo a un monte muy alto y desde ahí le hizo ver la grandeza de todos los reinos del mundo y le dijo: Te daré todo esto, si te postras y me adoras. Pero Jesús le replicó: Retírate, Satanás, porque está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios y a Él solo servirás.

Entonces lo dejó el diablo y se acercaron los ángeles para servirle”.

(Mateo 4, 1-11)


Si tú eres el Hijo de Dios
P. Enrique Sanchez G., mccj

Aquí estamos, una vez más, al inicio de la Cuaresma. Cuarenta días que nos irán preparando a la celebración de la Pascua, de la resurrección del Señor.

Será un tiempo que nos invita a hacer un alto, nuevamente, en nuestras vidas para preguntarnos ¿hasta dónde hemos llegado en nuestra experiencia de vida cristiana? Será un tiempo para entrar en nosotros mismos y descubrir qué es lo verdaderamente importante, lo esencial de nuestro caminar, para reafirmar lo que nos ha ayudado a crecer y también para tratar de liberarnos de todo aquello que se ha convertido en un peso muerto que cargamos con fatiga y no nos deja avanzar.

Ya en este primer domingo de cuaresma se nos marca una ruta y se nos invita a entrar en el camino fijando nuestra mirada en Jesús que inicia el viaje que lo llevará hasta la cima del calvario y lo hará pasar por los abismos de la tumba para salir vencedor de la muerte, resucitado, fuente de luz y de vida para todos los que tengamos el coraje de acompañarlo hasta el final.

En estos primeros pasos de Jesús, lo vemos dirigirse al desierto, al lugar en donde no existe nada en lo que se pueda uno refugiar, en donde se experimenta la fragilidad y la pobreza humana, que se revela tan necesitada y dependiente de todo y especialmente de los demás.

Ahí es el lugar de la soledad, en donde no se puede escapar de uno mismo, en donde estamos obligados a no mentirnos, a no engañarnos, pues estamos sólo nosotros y nuestra verdad; es decir, aquello sobre lo que fundamos nuestra existencia y lo que le da sentido a lo que va siendo la historia de nuestras vidas.

Jesús va al desierto movido por el Espíritu y esa presencia será lo que le permita no perder el rumbo; será la fuerza que le dará la sabiduría para no dejarse vencer en el momento en que la tentación será fuerte, astuta y maligna.

El Espíritu está ahí, cuando la humanidad de Jesús sentirá su flaqueza y cuando las seducciones del maligno se presentarán fascinantes, pero ilusorias.

El Espíritu será el que irá poniendo en su boca la palabra justa para responder al mal sin dejarse confundir y sin dejarse seducir con propuestas fáciles, pero tramposas; será el momento de abrir el corazón para mostrar en quién tiene puesta toda su confianza.

Será el momento indicado para compartir su extraordinaria experiencia de confianza y de abandono en Aquel que lo convirtió en misionero, en enviado que le da un rostro al amor que Dios nos tiene.

Jesús fue al desierto y ahí fue tentado. En primer lugar siente en su cuerpo la necesidad del alimento que permite subsistir día a día, siente la necesidad muy humana de satisfacer sus necesidades inmediatas, siente hambre.

Pero, en esta situación es en donde descubre, para sí y para todos los que llegarán a ser discípulos suyos, que hay algo más que satisfacer el vientre.

Que  no  basta  con  llenarse  el  estómago,  que  no  es  suficiente  para  satisfacer  las ambiciones humanas; que no basta con llenarse de riquezas que no son más que las ambiciones tan terrenas y pasajeras.

Al sentir hambre, Jesús nos recuerda que hay algo más allá de las cosas, de las satisfacciones de aquello que se hará presente cada mañana. Nos enseña que no es suficiente llenar el vientre, si el corazón permanece vacío, cuando nos contentamos con quedarnos al nivel de lo terrenal.

Jesús nos recuerda que el hambre que se satisface, para poder vivir verdaderamente, es la que permite reconocer a Dios como al único que puede llenar todos los espacios de la vida y del corazón; pues, lo que realmente nutre lo más valioso de nuestro ser humanos, es lo que el espíritu anhela: a Dios como su todo y como su padre.

Si tú eres Dios, dice nuevamente el tentador a Jesús, pon a prueba a Dios para ver si realmente te responde, para ver si cumple con todo lo que te ha prometido; que te lo demuestre con algo que se pueda verificar con nuestros criterios.

¿Cuántas veces, también nosotros, nos sentimos en la misma situación? Queremos que Dios actúe obedeciendo a nuestros caprichos, a nuestras urgencias, a nuestra necesidad de mantener el control sobre todo lo que nos pasa en la vida.

¿Cuántas veces le ponemos condiciones a Dios, para después decirle que sí creemos en él? O ¿cuántas veces nos alejamos de nuestras comunidades considerando que ahí se va sólo a perder el tiempo? Nos convertimos en creyentes sociales u ocasionales que se acercan a Dios sólo cuando hay un evento al cual no podemos dejar de estar presentes por temor a ser criticados o simplemente para evitar el qué dirán si no cumplimos con la formalidad de la ocasión.

Pero Jesús no cae en la trampa y con mucha sencillez responde que a Dios no hace falta desafiarlo, no tiene por qué demostrar nada y antes de que le pidamos pruebas, él ya se encargo de darnos lo que realmente necesitamos.

Dios, mejor que nadie, sabe lo que nos sobra y lo que nos falta en la vida, y si hay alguien que está al pendiente de nosotros es justamente él. Dios conoce las necesidades de sus hijos antes de que se las pidan (Mateo, 6, 8) y siempre está dispuesto a otorgar lo que nos conviene.

Por eso Jesús no tiene dificultad en decir: ya está escrito que no es necesario tentar a Dios y mucho menos dudar de su generosidad y de su bondad para quienes ama.

Afrontando esta segunda tentación, el Señor nos enseña la importancia de la fe y de la confianza que estamos llamados a poner en práctica cada dı́a.

Vivir con la certeza de que Dios va guiando nuestros pasos y que estamos en sus manos es algo que llena de esperanza y que permite contemplar el futuro con confianza y sin necesidad de vivir en la angustia de querer saber lo que nos espera en un mañana que Dios ya ha preparado para nosotros.

Finalmente, en la tercera tentación vemos a Jesús en la cima del monte, podríamos decir por encima del mundo, y el tentador lo provoca con algo que está  muy  presente también en nuestra realidad humana: la tentación del poder.

Quién más o quién menos, pero todos estamos tentados por el poder. Nos gusta estar por encima de los demás, dar órdenes, tener personas que nos sirvan, sentirnos el centro de todo.

Queremos que nuestra palabra sea escuchada, atendida, respetada, acatada y obedecida. No nos gusta ser cuestionados y mucho menos contradecidos. Nadie debería estar por encima de nosotros.

Tener poder, por pequeño que sea, nos hace creer que contamos y valemos más que los demás y que, por lo tanto, tenemos derecho a estar en medio de todos nuestros semejantes, considerándonos como puntos de referencia y con autoridad para mandar.

Y la respuesta de Jesús, en su sencillez, nos descubre que la verdadera grandeza y el único poder que realmente valen la pena está en la capacidad de ser agradecidos y capaces de ponerse al servicio de los demás.

El poder para los cristianos no se ejerce desde los tronos y no se impone con actitudes de fuerza y de violencia. El poder en la Iglesia, decía el Papa Francisco, es sinónimo de servicio.

Somos grandes y poderosos sólo cuando aprendemos a ponernos al nivel de quienes en la vida les toca ocupar el lugar más sencillo; seremos grandes cuando aprendamos a sentir que no tenemos derecho a exigir nada en la vida, porque todo se nos dará como don.

Podremos acumular todos los tesoros del mundo, pero si nos falta Dios en nuestras vidas seguramente pasaremos al lado de lo más importante que pudo existir para nosotros en este mundo.

Tener a Dios con nosotros es todo, y teniéndolo a él, como decía santa Teresa de Avila, nada nos falta.

Tal vez sea conveniente dejar que el Espíritu nos lleve al desierto, también a nosotros en esta cuaresma que iniciamos y que no tengamos miedo a confrontarnos con nuestras tentaciones, tan frecuentes y ordinarias.

A lo mejor serı́a conveniente preguntarnos:

¿Qué es lo que me preocupa y me quita el sueño? ¿Vivo sólo para satisfacer el estomago?

¿Vivo de fe, poniendo a Dios en el centro, como el referente y la fuente de inspiración que me motiva a caminar con confianza, sabiendo que estoy en sus manos?

¿Me afana el deseo de controlar todo en mi vida, de tener el poder para sentirme con derecho a estar por encima de los demás?

¿Me preocupo por hacer crecer en mi interior los valores de la gratitud, del reconocimiento de la bondad de Dios en mi vida y de la necesidad del servicio gratuito a los demás, por amor a Dios?

¿Hacia dónde quisiera que el Señor me llevará durante esta cuaresma?

Que el Espı́ritu Santo nos lleve de la mano a donde realmente nos convenga.


Nuestra gran tentación
José Antonio Pagola

La escena de “las tentaciones de Jesús” es un relato que no hemos de interpretar ligeramente. Las tentaciones que se nos describen no son propiamente de orden moral. El relato nos está advirtiendo de que podemos arruinar nuestra vida, si nos desviamos del camino que sigue Jesús.

La primera tentación es de importancia decisiva, pues puede pervertir y corromper nuestra vida de raíz. Aparentemente, a Jesús se le ofrece algo bien inocente y bueno: poner a Dios al servicio de su hambre. “Si eres Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes”.

Sin embargo, Jesús reacciona de manera rápida y sorprendente: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de boca de Dios”. No hará de su propio pan un absoluto. No pondrá a Dios al servicio de su propio interés, olvidando el proyecto del Padre. Siempre buscará primero el reino de Dios y su justicia. En todo momento escuchará su Palabra.

Nuestra necesidades no quedan satisfechas solo con tener asegurado nuestro pan. El ser humano necesita y anhela mucho más. Incluso, para rescatar del hambre y la miseria a quienes no tienen pan, hemos de escuchar a Dios, nuestro Padre, y despertar en nuestra conciencia el hambre de justicia, la compasión y la solidaridad.

Nuestra gran tentación es hoy convertirlo todo en pan. Reducir cada vez más el horizonte de nuestra vida a la mera satisfacción de nuestros deseos; hacer de la obsesión por un bienestar siempre mayor o del consumismo indiscriminado y sin límites el ideal casi único de nuestras vidas.

Nos engañamos si pensamos que ese es el camino a seguir hacia el progreso y la liberación. ¿No estamos viendo que una sociedad que arrastra a las personas hacia el consumismo sin límites y hacia la autosatisfacción, no hace sino generar vacío y sinsentido en las personas, y egoísmo, insolidaridad e irresponsabilidad en la convivencia?

¿Por qué nos estremecemos de que vaya aumentando de manera trágica el número de personas que se suicidan cada día? ¿Por qué seguimos encerrados en nuestro falso bienestar, levantando barreras cada vez más inhumanas para que los hambrientos no entren en nuestros países, no lleguen hasta nuestras residencias ni llamen a nuestra puerta?

La llamada de Jesús nos puede ayudar a tomar más conciencia de que no sólo de bienestar vive el hombre. El ser humano necesita también cultivar el espíritu, conocer el amor y la amistad, desarrollar la solidaridad con los que sufren, escuchar su conciencia con responsabilidad, abrirse al Misterio último de la vida con esperanza.

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“No tentarás al Señor tu Dios”
Fray Vicente Niño Orti O.P.

“Se les abrieron los ojos a los dos y descubrieron que estaban desnudos”

El relato del pecado original, como todo relato mítico, recoge una profunda verdad: que la tentación es siempre un engaño. Nos promete plenitud, felicidad, sentido, verdad… y es una inmensa mentira.

Si caemos en ella, descubrimos que ese engaño nos lleva a todo lo contrario: al sufrimiento, el miedo, a perdernos a nosotros mismos. A perder no sólo la paz, sino todo lo que nos une a los demás y a nosotros mismos. A perder nuestra identidad. A perder a Dios.

Y toda tentación, todo pecado, viene de la misma clave: del engaño de que sin Dios seríamos más plenos. De no fiarnos de Él, de dudar de que sus planes para nuestra vida son los que realmente nos harían plenos, felices, llenos de vida. Por no fiarnos de Dios, por dudar de sus mandatos, lo perdemos todo. En pos de una quimera, caemos en el engaño. Perdiendo a Dios, perdemos lo que somos, para no ganar nada…

“…por un acto de justicia resultó justificación y vida para todos”

Pero Dios no abandona al ser humano a merced de ese pecado. Toda la historia de la Salvación es un acercarse constante de Dios al ser humano para devolverle su identidad perdida. Para recordarle cómo vivir en plenitud desde la justicia y el amor, desde el perdón y la entrega.

Una historia de salvación la historia de la humanidad, que culmina en la encarnación del Hijo de Dios en Cristo, y de su entrega por amor hasta la muerte por el género humano, para acabar con esa huella de mal y de pecado del corazón del hombre, para reconciliarlo cada vez que sucumbe al engaño.

Eso dice Pablo en este pasaje de Romanos. Como por Adán entró el pecado –en el relato mítico escuchado en Génesis- por Jesús y su entrega de amor, llegó el perdón. La desobediencia de Adán y la obediencia de Cristo, la desconfianza del primer hombre, y la entrega absoluta y confiada de Jesús de Nazaret, verdadero Dios, pero también verdadero hombre.

“Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado”

La central declaración de nuestra fe es ésa: la condición de verdadero Dios y verdadero Hombre, en todo menos en el pecado, de Jesús de Nazaret.

Eso quiere decir que como verdadero hombre, aunque Él no cayó en la tentación, sí que fue tentado con las mismas tentaciones que cualquier hombre.

Este pasaje de Mateo nos habla de tres tentaciones, que recogen casi todas las tentaciones que el ser humano puede vivir. Son como las tres claves que subyacen a cualquier pecado humano: tener, parecer y poder.

“Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes”

Aquí nos habla de la tentación de tener en todo su más amplio espectro. La tentación de creer que las cosas saciarán nuestra hambre profunda de vida y de sentido, que consumiendo, cubriendo nuestras apetencias materiales, ya estaría la vida llena…

Olvidarnos de que el hombre vive de más cosas que sólo de tener, alejarnos de Dios tal cual nos hizo, con ese deseo profundo de Él y de amor, para pensar que las cosas materiales llenarán nuestra vida.

Renunciar a Dios como fuente de plenitud, para caer en la tentación de que lo que realmente nos haría felices no es Dios, sino tener, acumular, la comodidad, el placer… como este nuestro mundo constantemente nos dice.

“Si eres Hijo de Dios, tírate abajo y te sostendrán en sus manos sus ángeles”.

La tentación del parecer, del ser reconocido, del ser importante, de que nos quieran y nos valoren, de ponernos a nosotros mismos en el centro. El diablo le sube al alero del templo a Jesús para que todos puedan verlo y se asombren y lo adoren…

Y nos habla también de nuestros propios pecados. De hacer lo que sea para parecer importante, para que nos adulen, para que nos valoren, seamos considerados, seamos importantes…

Y olvidarnos de la humildad, de que lo pequeño es lo que llena el corazón del ser humano. Que no es en nosotros mismos donde hay que poner el foco, que cuanto más nos olvidemos de nosotros y más vivamos en don, en amor y en entrega, más realmente seremos quienes estamos llamados a ser. Olvidar la paradoja central del evangelio, que muriendo a nosotros mismos, es cuando más vivos estaremos. Quitar a Dios del centro para ponernos a nosotros…

“Todo esto te daré, si te postras y me adoras”

La tentación del poder, del dominio, de ejercer control para que el mundo, la vida, las cosas marchen y funcionen y se organicen como uno cree.

La tentación del tener razón siempre y que los demás nos hagan caso en todo. La tentación de ser dioses que ordenen la existencia según nuestros propios criterios.

La tentación de no aceptar que con otros, con sus propias ideas y criterios, se vive mejor. No aceptar ni la pluralidad, ni que hay una realidad creada por Dios de la mejor manera posible. Del individualismo salvaje de ser uno mismo lo más importante que existe y quien realmente sabe cómo todo iría mejor…

Olvidarnos que Dios es la realidad que mejor nos enseña cómo vivir en este mundo, para vivir según nuestros antojos

“He aquí que se acercaron los ángeles y lo servían”

Igual a todos los hombres fue Jesús en todo, menos en el pecado. No sucumbe al engaño, a la tentación, no olvida a Dios, y nos recuerda a quienes hoy escuchamos sus respuestas a cada tentación –No solo de pan vive el hombre; No tentarás al Señor, tu Dios; Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto– que la verdad frente al engaño y la mentira de la tentación, es que solo Dios puede dar la plenitud al ser humano.

Sólo la realidad de acoger y abrirnos a cómo nos ha hecho Dios, a cómo está hecho el mundo, solo aceptar éso, sólo buscar a Dios y su mensaje de cómo vivir desde el amor, es lo que puede llenar el corazón del hombre.

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