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Solemnidad de Todos los Santos

En aquel tiempo, cuando Jesús vio a la muchedumbre, subió al monte y se sentó. Entonces se le acercaron sus discípulos. Enseguida comenzó a enseñarles, y les dijo: “Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos.
Dichosos los que lloran, porque serán consolados. Dichosos los sufridos, porque heredarán la tierra.
Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Dichosos los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.
Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios.
Dichosos los que trabajan por la paz, porque se les llamará hijos de Dios.
Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos. Dichosos serán ustedes cuando los injurien, los persigan y digan cosas falsas de ustedes  por causa mía. Alégrense y salten de contento, porque su premio será grande en los cielos”.

(Mateo: 5, 1-12)


Santos y Dichosos
P. Enrique Sánchez G. mccj

Nuestra eucaristía este domingo coincide con la celebración de todos nuestros hermanos que nos han precedido en el camino de la santidad que, de alguna manera, todos vamos recorriendo y en el cual nos vamos esforzando por llegar a la meta.

Ser santos, esa es nuestra vocación y la finalidad de nuestra vida en esta tierra, pero parece que esa aspiración está siendo considerada hoy como pasada de moda y desentona con los intereses y prioridades de nuestros contemporáneos.

No es de extrañarse que quien dice que quiere ser santo entre sus conocidos y sus amistades sea visto como alguien raro o considerado como perteneciendo a un tiempo lejano o a una realidad de la que nos hemos emancipado.

Sin negar que existen muchas personas, más de las que nos imaginamos, que están haciendo un verdadero y auténtico camino de santidad, no podemos decir que esa sea una de las principales preocupaciones de nuestros contemporáneos.

Sin embargo, cuando nos damos la oportunidad de ver que es lo que realmente importa en nuestra vida, no es difícil reconocer que hemos sido creados para ser santos.

Ya en el antiguo testamento leemos en el libro del Levítico aquellas palabras en las que Yahvé pide que se hable a toda la comunidad de Israel diciéndoles: “Sean santos, porque yo, el Señor su Dios, soy santo” (Levítico 19, 2).

La santidad es lo que nos hace verdaderamente humanos y lo que nos permite entender en dónde está nuestra identidad. Es lo que le da sentido a nuestra vida y lo único que debería preocuparnos, pues de ella depende el que seamos realmente felices.

Y Pedro en su primera carta escribe: “Más bien, sean ustedes santos en todo lo que hagan, como también es santo quien los llamó; pues está escrito; “sean santos, porque yo  soy  santo”. (I Pedro 1, 15-19)

¿Qué es lo que tenemos que hacer para caminar hacia la santidad? Tal vez lo primero es entender que no se trata de una meta o simplemente de un trofeo que hay que conquistar, pues nos sentiríamos fácilmente defraudados. Nadie que sea verdaderamente santo puede decir yo ya lo logré.

Se trata de un camino que estamos llamados a recorrer día con día, a lo largo de toda nuestra vida. Santos, nos vamos haciendo, en la medida en que nos aplicamos a buscar la santidad no como una perfección, humanamente hablando, sino como una gracia que vamos acogiendo y reconociendo ya presente en nosotros.

La santidad es una forma de ser y de vivir en nuestro tiempo, dejando que a través de nosotros pase la santidad de Dios. Es decir, que se manifieste aquello que es bello, que es noble, que es auténtico, que transmite felicidad.

¿No es eso que decimos cuando nos encontramos con alguien que sin decir una palabra proyecta algo que llamamos aire de santidad?

Pero, hay que recordar también que la santidad y la humanidad son compañeras. Uno se  hace santo cargando con su humanidad, puliéndola y configurándola con la santidad que descubrimos perfecta sólo en Dios.

Aquí es en donde el evangelio de este domingo nos ayuda a entender que la escuela de la santidad son las bienaventuranzas que hemos escuchado hoy, como los nuevos mandamientos dados por Jesús para que, poniéndolos en practica, podamos realizar las metas de nuestra vida; para que alcancemos la santidad que anhelamos.

Santo o santa sólo pueden serlo quienes se descubren necesitados, quienes saben que la vida es un don que se tiene que pedir todos los días. No se puede pensar que el mundo lo conquistamos con nuestras propias fuerzas y con nuestros medios y con nuestros recursos. Hay que hacerse pobres de espíritu para reconocer con humildad que en la vida habrá que recomenzar muchas veces.

Y el verdaderamente santo es aquella persona que reconociendo su fragilidad pone toda su confianza en el Señor y tiene la valentía de recomenzar una y mil veces, si es necesario.

Santos son quienes encuentran la dicha en la experiencia de recibir el consuelo en sus sufrimientos como un don inmerecido. Son quienes lloran y sus lagrimas son recogidas por el Señor, porque en él han puesto toda su confianza.

Felices son los que sufren y les cuesta caminar en este mundo, pero que no se desesperan y tienen puesta su confianza en Dios, harán la experiencia de la Providencia que les entregará la tierra para que nada les falte.

Santos son los que tienen sed de justicia y su felicidad será sentirse llevados en las manos de Dios, quien hará que no les falte nada y que teniéndolo a él se sientan protegidos y amparados.

Santo es quien sabe tratar a los demás  con misericordia, porque él  ha sido el primero que   ha vivido de la misericordia de Dios, de ese Dios que no le lleva cuenta de los delitos y de los pecados. Que juzga con la medida del amor.

No hay santo que no haya ejercido de manera extraordinaria la virtud de compasión hacia sus hermanos y que no haya renunciado a sí mismo para aliviar el dolor y el sufrimiento de sus semejantes.

En este sentido, santo es toda persona que deja mover su corazón ante  quien  tiene  necesidad y pide ayuda. En otras palabras, santo es quien sabe contemplar a los demás con los ojos del corazón porque eso significa misericordia.

En el camino de la santidad es muy importante también saber dejarse sorprender para descubrir lo que muchas veces los ojos no son capaces de percibir, lo que las simples miradas no están en medida de descubrir. Eso quiere decir ser felices porque nos descubrimos con un corazón limpio, que no sabe de malicia ni de prejuicios.

El corazón limpio es el que nos mueve a ver más allá de las apariencias, el que nos permite descubrir lo que hay más allá de las palabras, de las ofensas, de los gestos que nos pudieron lastimar en algún momento, porque no siempre las personas nos tratan como lo esperaríamos, porque las consideramos torpes o descuidadas.

El corazón limpio es lo que nos concede entrar y descubrir los hilos de bondad que existen en todas las personas, no obsstante sus desatinos o sus errores. Siempre hay algo bueno en  los demás que nos mueve a la esperanza y a la confianza. Los corazones limpios es lo que nos permite ver a Dios presente en donde menos lo imaginábamos.

Felices cuando los persigan por mi causa, eso nos recuerda que no hay santidad sin sacrificio, sin cruz, sin renuncias y entrega.

La santidad es algo que nos permite vivir con alegría y ser felices compartiendo la cruz de Cristo, dejándonos cambiar el corazón y ser transformados cada vez que lavamos lo que somos en la sangre del Cordero y revistiéndonos de los trajes resplandecientes de Jesús resucitado.

Ser santos, en pocas palabras, es vivir haciendo de las bienaventuranzas el programa de nuestras vidas, tratando de poner en practica con humildad y sencillez las virtudes que

Jesús ha sembrado en nuestros corazones para que aparezca claro que somos del Señor y que nuestra felicidad sólo la encontraremos en él, siendo santos, como él es Santo.

Que el evangelio de este domingo nos ayude a ponernos en el camino de la santidad, sabiendo que es promesa de felicidad y que no hay santidad que no sea otorgada como don que viene de Dios.

Que nuestro esfuerzo por crecer en santidad nos lleve a reconocer la bondad del Señor que se manifiesta en la fragilidad y en la pobreza que brota del corazón y que humildemente nos abre a reconocer la misericordia de Dios.

Una última palabra, sólo para recordar, a quienes hemos recibido la vocación a la vida misionera, que el verdadero misionero tiene que ser santo, como amaba decirlo San Juan Pablo II.

Ojalá que nuestro compromiso y entrega a la misión nos haga crecer cada día en santidad para que lo que anunciamos manifieste claramente la invitación que nos hace el Señor a ser felices, a vivir dichosos, haciendo nuestras cada una de las bienaventuranzas.

Sean santos como nuestro Padre Dios es santo.


¡Ánimo, humildes del mundo!”
(El sermón del monte)
P. Antonio Villarino, mccj

Leemos, en este día de Todos los Santos, el texto conocido como “las bienaventuranzas” en el evangelio de Mateo. Se dice que el padre de la India moderna, Mohatma Ghandi, mostró una gran admiración por este texto de extraordinaria belleza, aunque los cristianos no siempre lo entendemos bien.  También se dice que este texto es como la carta magna del Evangelio, de ese modo de vida, que llamamos santidad. En este breve comentario tampoco yo no voy a entrar en esa dimensión de santidad, sino en su dimensión de “buena noticia” para los pobres:

1. La gente a la que se dirige Jesús

Ante de reproducir estas palabras que conocemos como “las bienaventuranzas”, Mateo nos describe el tipo de gente que seguía a Jesús por los pueblos y caminos de Galilea: “Le trajeron todos los que se sentían mal, aquejados de enfermedades y sufrimientos diversos, endemoniados, lunáticos y paralíticos…”.

A Jesús acudían multitudes de personas que se sentían pobres y abandonadas, llenas de problemas, necesitadas de sanación, consuelo y esperanza. ¿Piensan que eso sucedía solo en tiempos de Jesús? Yo sigo viendo a miles y miles de personas que acuden hoy a los santuarios o a muchos otros lugares en busca de sostén físico y espiritual. ¿Nos contamos también nosotros entre los miembros de esas multitudes necesitadas de sanación, ánimo y consuelo? Yo creo que sí. Cuando nos quitamos una cierta máscara de orgullo, en el fondo de nosotros mismos muchas veces nos sentimos pobres y desanimados.

2. Un mensaje de parte de Dios

“Al ver a la gente –sigue Mateo– Jesús subió al monte, se sentó y se le acercaron sus discípulos. Entonces comenzó a enseñarles”.

Como sabemos “subir al monte” significa “ponerse en contacto con Dios” y “sentarse” significa “ocupar la cátedra”, enseñar con autoridad, la autoridad que viene de una sabiduría adquirida en la relación con Dios (oración), una sabiduría que va más allá de la rutina y de los eslóganes al uso, una sabiduría que ve las cosas con más profundidad y verdad, una sabiduría nueva que ilumina en profundidad nuestra vida.

Participar en la Eucaristía dominical, leer y meditar la Palabra, escuchar al Espíritu que nos habla en nuestro propio corazón o  a través de alguna persona nos ayuda a ir más allá de una sabiduría “rastrera”, empequeñecida, de bajos vuelos. Con Jesús vemos las cosas mejor, con una mirada más amplia y más profunda.

3. El mensaje es: “ánimo, adelante, no se desanimen”

Como sabemos, el evangelio de Mateo escribió en griego, aunque refiriéndose frecuentemente a expresiones probablemente dichas en arameo o leídas en el hebreo de la Biblia. Ahora nosotros lo leemos en nuestra propia lengua, pero cuando se traduce de una lengua a  otra no siempre es fácil dar la idea exacta del original. En este caso, algunas biblias usan la expresión “bienaventurados”; otras prefieren la palabra “dichosos”; algunas escriben “felices”. A mí, personalmente, me gusta la que usa Richard, un biblista que trabajó en Centroamérica hace algunos años. Él traduce: “Arriba, adelante”.  Es decir, “ánimo, no tengan miedo, levántense, pónganse en pie, renueven su esperanza”.

De hecho, muchas veces Jesús se dirige a los enfermos o a los pecadores con expresiones similares: “levántate”, “ánimo, tu fe te ha salvado”, “nadie te ha condenado… vete y no peques más”. Y ese es el mensaje para los que alguna vez, a pesar de actuar honesta y sinceramente, se sienten disminuidos, humillados, perseguidos, cansados y con ganas de “arrojar la toalla”. Jesús les dice: ánimo, no se cansen, confíen en Dios, el bien va a triunfar sobre el mal, la verdad sobre la mentira, la humildad sobre el orgullo, la honestidad sobre la corrupción. No se desanimen, sigan confiando, que el Reino de Dios está en ustedes.

Si escuchamos este mensaje, nuestra vida adquiere unos tonos de confianza y esperanza, que nos hace dichosos, bienaventurados, afortunados. Seguir a Jesús es verdaderamente una gran fortuna. Que nadie nos robe esta alegría, que nadie apague en nosotros esta esperanza.

Es bueno que cada uno de nosotros lea estos versículos con calma, con el corazón abierto, sin anteojos ideológicos o “moralistas” sabiendo que la intención de Jesús es darnos una palabra de verdad y de vida. Desde esta perspectiva, si me lo permiten, me atrevo a reformular las famosas ocho bienaventuranzas a mi modo (no para cambiarlas, sino para entenderlas desde mi vida). Veamos:

– Si quieres gozar de una vida nueva, llena de sentido y de amor (entrar en el reino de los cielos), sé sencillo y humilde, desprendido de las riquezas innecesarias y de un orgullo que te engaña;
– Si quieres saber lo que es el consuelo y la propia estima, no tengas miedo a sufrir, a arriesgarte, a ser generoso en tu entrega, porque sólo quien se juega su vida a fondo encuentra aprecio y una vida de la que estar sanamente orgulloso.
– Si quieres “poseer la tierra” (tener un lugar en la sociedad y una vida realizada), sé manso y humilde, porque “se cazan más moscas con un poquito de miel que con un gran tarro de hiel”; no te aferres angustiosamente a tus “derechos” o privilegios; confía en Dios y confía en el triunfo de la Verdad y de la Bondad.
– Si quieres estar “satisfecho” y contento con tu vida, no escondas tu sed y hambre de justicia en tu vida y en el mundo. Sólo quien tiene hambre, aprecia el alimento; sólo quien busca la justicia, encuentra la alegría de una vida justa y honesta.
– Si quieres misericordia, practica la misericordia. Cada uno recoge lo que siembra; quien siembra prepotencia, recoge “tempestades” de resentimiento; quien tiene un corazón capaz de sintonizar con el límite de los otros, transforma sus propios límites en camino de perfección.
– Si quieres ver a Dios, purifica tu corazón. No en la línea de pretender un corazón totalmente “inmaculado”, ignorando el propio pecado, sino en la línea de un corazón sin dobleces e hipocresías, que sabe escuchar, como pedía el rey Salomón.
– Si quieres ser hijo de Dios, busca la paz, una paz que no es tanto ausencia de guerra o de conflicto, cuanto reconocimiento y aceptación de la realidad del otro. Sólo quien acepta, respeta y “adora” a los otros, puede ser llamado hijo de un Dios que se identifica con los necesitados.
– Si quieres formar parte del reino de los cielos, ama la justicia (es decir, busca la lealtad y la honestidad) y no tengas miedo a que te hagan la vida difícil por eso.

Al escuchar estas bienaventuranzas en la Eucaristía, cada uno de nosotros las hace propias en sintonía y comunión con la comunidad de sus discípulos, que en el mundo entero vive y hace suyas estas palabras santas de Jesús, verdadero Maestro.


Santos y difuntos:
solidaridad e intercesión misionera
P. Romeo Ballan, mccj

Reflexiones

¡Fiesta de familia, fiesta de fraternidad solidaria! La fiesta de Todos los Santos y el recuerdo de los Fieles Difuntos nos ayudan a sentirnos miembros de una familia grande, alargada hasta los confines del mundo. Son dos días (1 y 2 de noviembre) que nos invitan a nuestra celebración familiar. Nuestra, porque los santos y los difuntos forman parte de la única familia de Dios y de los hombres, nuestra familia. Es la familia de todos los santos: no solamente de los pocos reconocidos oficialmente como tales por la Iglesia, sino de todas las personas de buena voluntad, de todos los que han buscado a Dios con corazón sincero y respetando al prójimo. Es la familia de todos los difuntos, no solamente de nuestros parientes y amigos. Con todos ellos compartimos vicisitudes comunes, hechas de gozos, esperanzas, dolor, fragilidad, fatigas… Hasta la inevitable calle estrecha de la muerte, en un camino por el cual pasamos todos por igual: santos y pecadores, ricos y pobres, creyentes y no… Somos parte de una familia innumerable de mujeres y de hombres de toda lengua, color, raza, religión, cultura, condición social…

Es la fiesta de la familia alargada, con dimensiones universales, sin límites, en la que nadie es desconocido o extranjero para Dios y para quienes viven en Él. En la que Dios conoce cada rostro y llama a cada uno por su nombre. Una familia en donde hay una fraternidad circular de relaciones en beneficio de todos: los santos del cielo interceden ante Dios en nuestro favor, mientras estamos peregrinando en la tierra; nosotros, los peregrinos, damos gracias y alabanzas a Dios por su misericordia y por las cosas bellas que Él realiza en los santos; nosotros y los santos ofrecemos súplicas por los difuntos que aún esperan el momento de contemplar plenamente el rostro de Dios; también los difuntos, de una manera que no conocemos, viven una especial comunión con Dios que redunda en beneficio nuestro… Es, por tanto, una intercesión circular: de Cristo y de los santos por nosotros; de nosotros en favor de los difuntos; y de los difuntos – que ya son salvos – en favor de los parientes y de toda la familia humana.

La circunstancia es propicia para reflexionar y vivir los valores de la familia, la fraternidad, la universalidad, en una especial comunión con los antepasados: tanto los antepasados en el clan y en la cultura popular, como los antepasados en la fe cristiana, que son los santos. Es decir, aquellos que han realizado al más alto nivel, e incluso con heroísmo, los ideales y valores del Evangelio y de las culturas de los pueblos. Son ellos los gigantes espirituales, los modelos logrados de la humanidad renovada en Cristo, que es para todos el Hombre nuevo, el modelo perfecto, el inspirador de toda forma de santidad. ¡Se trata de un tema de particular resonancia para todos los que anuncian el Evangelio, también entre los pueblos no cristianos! El Papa Francisco nos dice que la santidad es “el rostro más bello de la Iglesia”; nos habla de la “santidad en la vida cotidiana”, que muchas veces es “la santidad de la puerta de al lado”. (*)

Este tipo de reflexiones no quita nada al rigor y amargura de la muerte, esa “dura calle”, de dantesca memoria, que da miedo, y, sin embargo, es el paso obligado hacia la Vida plena. Un paso que es preciso afrontar sin evasiones, con realismo humano y cristiano. Nos ha dado un ejemplo de ello, entre otros, el Card. Carlos Maria Martini, jesuita, maestro en la doctrina, arzobispo de Milán (+ 2012): enfermo de Parkinson, “en el contexto de una muerte inminente”, sintiéndose “ya en la última sala de espera, o la penúltima”, confesaba haberse “varias veces quejado con el Señor” por la necesidad de tener que morir. Martini no escondía su tormento interior hasta llegar a aceptar esa dura calle, oscura y dolorosa: “Me he apaciguado con el pensamiento de tener que morir cuando he comprendido que sin la muerte no llegaríamos nunca a hacer un acto de plena confianza en Dios. En efecto, en cada decisión importante nosotros tenemos siempre algunas salidas de seguridad. En cambio, la muerte nos obliga a fiarnos totalmente de Dios”. Ante el misterio de la muerte, que nos exige “un acto de confianza total”, Martini concluía: “Deseamos estar con Jesús y este deseo lo expresamos con los ojos cerrados, a ciegas, abandonándonos completamente en sus manos”.

Ante la muerte, aparece aún más precioso el don de la fe cristiana, la única que es capaz de arrojar una luz nueva y definitiva sobre el sentido de la vida, de Dios, del dolor, de la historia… Una luz que marca la diferencia. Una luz que otras religiones no logran dar. Una vez más, emerge la novedad del mensaje cristiano. Y, por tanto, la urgencia de la Misión.

Palabra del Papa

(*) «Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad “de la puerta de al lado”, de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios, o, para usar otra expresión, “la clase media de la santidad”. Dejémonos estimular por los signos de santidad que el Señor nos presenta a través de los más humildes miembros del pueblo de Dios… La santidad es el rostro más bello de la Iglesia. Pero aun fuera de la Iglesia Católica y en ámbitos muy diferentes, el Espíritu suscita “signos de su presencia, que ayudan a los mismos discípulos de Cristo”». 

Papa Francisco
Exhortación apostólica Gaudete et exsultate (2018), nn. 7.8.9


La felicidad no se compra
José Antonio Pagola

Nadie sabemos dar una respuesta demasiado clara cuando se nos pregunta por la felicidad. ¿Qué es de verdad la felicidad? ¿En qué consiste realmente? ¿Cómo alcanzarla? ¿Por qué caminos?

Ciertamente no es fácil acertar a ser feliz. No se logra la felicidad de cualquier manera. No basta conseguir lo que uno andaba buscando. No es suficiente satisfacer los deseos. Cuando uno ha conseguido lo que quería, descubre que está de nuevo buscando ser feliz. También es claro que la felicidad no se puede comprar. No se la puede adquirir en ninguna planta de ningún gran almacén, como tampoco la alegría, la amistad o la ternura. Con dinero sólo podemos comprar apariencia de felicidad.

Por eso, hay tantas personas tristes en nuestras calles. La felicidad ha sido sustituida por el placer, la comodidad y el bienestar. Pero nadie sabe cómo devolverle al hombre de hoy el gozo, la libertad, la experiencia de plenitud. Nosotros tenemos nuestras «bienaventuranzas». Suenan así: Dichosos los que tienen una buena cuenta corriente, los que se pueden comprar el último modelo, los que siempre triunfan, a costa de lo que sea, los que son aplaudidos, los que disfrutan de la vida sin escrúpulos, los que se desentienden de los problemas…

Jesús ha puesto nuestra «felicidad» cabeza abajo. Ha dado un vuelco total a nuestra manera de entender la vida y nos ha descubierto que estamos corriendo «en dirección contraria». Hay otro camino verdadero para ser feliz, que a nosotros nos parece falso e increíble. La verdadera felicidad es algo que uno se la encuentra de paso, como fruto de un seguimiento sencillo y fiel a Jesús. ¿En qué creer? ¿En las bienaventuranzas de Jesús o en los reclamos de felicidad de nuestra sociedad?
Tenemos que elegir entre estos dos caminos. O bien, tratar de asegurar nuestra pequeña felicidad y sufrir lo menos posible, sin amar, sin tener piedad de nadie, sin compartir… O bien, amar… buscar la justicia, estar cerca del que sufre y aceptar el sufrimiento que sea necesario, creyendo en una felicidad más profunda.

Uno se va haciendo creyente cuando va descubriendo prácticamente que el hombre es más feliz cuando ama, incluso sufriendo, que cuando no ama y por lo tanto no sufre por ello. Es una equivocación pensar que el cristiano está llamado a vivir fastidiándose más que los demás, de manera más infeliz que los otros. Ser cristiano, por el contrario, es buscar la verdadera felicidad por el camino señalado por Jesús. Una felicidad que comienza aquí, aunque alcanza su plenitud en el encuentro final con Dios. 


El camino de la felicidad
Papa Francisco

La primera lectura de hoy, del Libro del Apocalipsis, nos habla del cielo y nos coloca ante «una muchedumbre inmensa», que nadie podía contar, «de toda nación, razas, pueblos y lenguas» (Apocalipsis 7, 9). Son los santos. ¿Qué hacen «allá arriba»? Cantan juntos, alaban a Dios con alegría. Sería hermoso escuchar su canto … Pero podemos imaginarlo: ¿sabéis cuándo? Durante la misa, cuando cantamos «Santo, santo, santo el Señor, Dios del universo …». Es un himno, dice la Biblia, que viene del cielo, que se canta allí (cf. Isaias 6, 3, Apocalipsis 4, 8), un himno de alabanza. Entonces, cantando el «Santo», no solo pensamos en los santos, sino que hacemos lo que ellos hacen: en ese momento, en la misa, nos unimos a ellos más que nunca.

Y estamos unidos a todos los santos: no solo a los más conocidos, del calendario, sino también a los «de la puerta de al lado», a los miembros de nuestra familia y conocidos que ahora forman parte de esa inmensa multitud. Hoy, pues, es una fiesta familiar. Los santos están cerca de nosotros, de hecho, son nuestros verdaderos hermanos y hermanas. Nos entienden, nos aman, saben lo que es nuestro verdadero bien, nos ayudan y nos esperan. Son felices y nos quieren felices con ellos en el paraíso.

Por este motivo, nos invitan al camino de la felicidad, indicado en el Evangelio de hoy, tan hermoso y conocido: «Bienaventurados los pobres de espíritu […] Bienaventurados los mansos, Bienaventurados los limpios de corazón… » (cf. Mateo 5, 3-8). El Evangelio dice bienaventurados los pobres, mientras que el mundo dice bienaventurados los ricos. El Evangelio dice bienaventurados los mansos, mientras que el mundo dice bienaventurados los prepotentes. El Evangelio dice bienaventurados los puros, mientras que el mundo dice bienaventurados los astutos y los vividores. Este camino de la bienaventuranza, de la santidad, parece conducir al fracaso. Y, sin embargo, —la primera lectura nos lo recuerda de nuevo— los santos tienen «palmas en sus manos» (v. 9), es decir, los símbolos de la victoria. Han ganado ellos, no el mundo. Y nos exhortan a elegir su parte, la de Dios que es santo.

Preguntémonos de qué lado estamos: ¿del cielo o de la tierra? ¿Vivimos para el Señor o para nosotros mismos, para la felicidad eterna o para alguna satisfacción ahora? Preguntémonos: ¿realmente queremos la santidad? ¿O nos contentamos con ser cristianos sin pena ni gloria, que creen en Dios y estiman a los demás pero sin exagerar? El Señor «lo pide todo, y lo que ofrece es la verdadera vida, la felicidad para la cual fuimos creados» (Exhortación apostólica Gaudete et exsultate, 1). En resumen, ¡o santidad o nada! Es bueno para nosotros dejarnos provocar por los santos, que no han tenido medias tintas aquí y desde allí nos «animan» para que elijamos a Dios, la humildad, la mansedumbre, la misericordia, la pureza, para que nos apasionemos por el cielo más que por la tierra.

Hoy, nuestros hermanos y hermanas no nos piden que escuchemos otra vez un bello Evangelio, sino que lo pongamos en práctica, que emprendamos el camino de las Bienaventuranzas. No se trata de hacer cosas extraordinarias, sino de seguir todos los días este camino que nos lleva al cielo, nos lleva a la familia, nos lleva a casa. Así que hoy vislumbramos nuestro futuro y celebramos aquello por lo que nacimos: nacimos para no morir nunca más, ¡nacimos para disfrutar de la felicidad de Dios! El Señor nos anima y quienquiera que tome el camino de las Bienaventuranzas dice: «Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos» (Mateo 5, 12). ¡Que la Santa Madre de Dios, Reina de los santos, nos ayude a caminar decididos por la senda de la santidad! Que Ella, que es la Puerta del Cielo, lleve a nuestros amados difuntos a la familia celesti.

Misioneras combonianas: de nuevo en Sudán para llevar la esperanza

Cuatro misioneras combonianas, de cuatro países diferentes y tres continente, han regresado a Sudán para llevar esperanza a un pueblo que sigue sufriendo las consecuencias de la guerra. Una de ellas, la hermana Expedita Pérez León, cuenta cómo han sido los primeros días en su nueva misión. En la foto (de izquierda a derecha), las cuatro misioneras: Lucia Disconsi, italiana; Expedita Pérez, española; Elisabeth Kanini, keniana y Guadalupe Castillo, mexicana.

Por: Hna. Expedita Pérez, smc.
Desde Omdurman, Sudán

Llevamos aquí 15 días y siento que son como un año o más. Esto porque cada día es intenso y los rostros e historias son muchas.

La vida aquí en, en Ondurman parece normal, pero no lo es. La vida es muy cara. Un cartón de huevos de 30 nos ha costado hoy 45 mil Liras Sudanesas, son 66.66 euros; dos panes para el desayuno de una persona cuestan mil liras sudanesas (1,48 euros). Aquí se habla solo de miles y de millones. No hay mucho dinero en contante. Hay que usar una cuenta en el banco para poder pagar en la mayoría de los negocios. El sueldo base está alrededor de las 80 mil liras sudaneses, 118,51 euros. El internet para un mes con gigas suficientes va de las 35mil a las 55 mil liras sudanesas (51,85-81,47 euros).

Otro problema es la gasolina. Casi no hay y para poder llenar el depósito tienes que estar en fila horas o, incluso, un día y medio. Y sucede que después de haber esperado por horas, cuando te llega el turno ya no queda gasolina y tienes que buscar otra gasolinera. Ir con el transporte público no es tan fácil precisamente por la falta de medios públicos y por la cantidad de gente. Nuestra pastoral y servicio dependen también de la gasolina y eso nos limita bastante. Ir a pie no es posible sea por el calor, por las distancias y por la seguridad.

Nosotras por ahora nos estamos moviendo con nuestros hermanos combonianos, pero más adelante tendremos que hacerlo por nuestra cuenta, en coche o con los medios públicos.

La gente lucha por sobrevivir día tras día, simplemente para tener lo esencial. Muchos niños de aquí y Sudan del Sur que viven aquí no se han registrado en las escuelas del gobierno porque no tienen dinero para ello. Solo algunas de las escuelas de la Iglesia están abiertas y solo los niños que viven cerca pueden frecuentarlas. Nosotras podríamos acoger a otros niños en la única escuela que hemos abierto pero el transporte para traerlos es muy caro. Estamos intentando ver cómo ayudarlos a pagar el registro en las escuelas del gobierno y esperando que nuestro obispo pueda reabrir las escuelas de la Iglesia, que son muchas y que están en los puestos más alejados y pobres.

No osbstante todas estas dificultades, ellos sonríen y viven esperando tiempos mejores. Algunos han empezado a contarnos los traumas y tragedias vividas durante estos tres años de guerra. Una señora anciana me dijo: hay cosas que no puedo y no quiero recordar, porque han sido demasiado fuertes. Mejor dejarlas donde están y no traerlas al presente.

Hoy hemos celebrado la Eucaristía en la parroquia de Jabarona, dedicada a Santa Bakhita. La iglesia es enorme y estaba llena. Hemos celebrado 45 bautizos de niños pequeños. Todo ha sido una celebración de alegría y fe. Su párroco salió de allí hace casi un año para recuperarse del trauma. En su ausencia, los combonianos van una vez al mes para la Eucaristía. Son pobres pero muy generosos. Cada vez que vamos nos ofrecen algo de comer antes de volver a nuestra casa.

En este momento las dos ciudades y sus alrededores, cuentan con 4 sacerdotes combonianos y uno diocesano. Estamos hablando de cerca de 30 parroquias o centros, distantes entre sí. Cada centro o parroquia celebra cada domingo la liturgia de la Palabra con su catequista. Y cuando el sacerdote puede ir, la Eucaristía. Las religiosas somos 4 Combonianas y 4 Hermanas de Madre Teresa de Calcuta. Ellas y nosotras empezaremos a llevar la Comunión en los centros donde el sacerdote no puede ir a partir de la próxima semana. La mies es mucha y los trabajadores somos pocos, recemos para que muchos otros puedan unirse en esta misión, que está abierta a todas las vocaciones de la Iglesia. Os pido de seguir acompañándonos con vuestra oración. Gracias por ello y por vuestro cariño y cercanía.

Domingo XXX ordinario. Año A

En aquel tiempo, habiéndose enterado los fariseos de que Jesús había dejado callados a los saduceos, se acercaron a él. Uno de ellos, que era doctor de la ley, le preguntó para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la ley?”.
Jesús le respondió: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el más grande y el primero de los mandamientos. Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se fundan toda la ley y los profetas”.

(Mateo: 22, 34-40)


Amarás a tu Dios con todo tu corazón
P. Enrique Sánchez G. mccj

¿Cuál es el mandamiento más grande? Como cristianos, seguramente, también nosotros nos hemos interrogado sobre aquello que podría ser lo más importante o lo más grande en nuestro camino de fe, en nuestro estilo de vida o simplemente en el intento que vamos haciendo por vivir correctamente.

Antes de responder, podríamos reconocer que hay muchas cosas que son importantes, como podría ser el vivir en paz con los demás, el trabajar en la construcción de un mundo más humano, el estar atentos a las necesidades de nuestros hermanos, el practicar la justicia y el respeto de los derechos de los demás, el interesarnos por quien está solo o que necesita de nuestra ayuda para poder seguir adelante con la vida dignamente.

Es importante usar bien del tiempo que se pone a nuestra disposición para continuar en nuestro proceso de crecimiento como personas. Es importante cuidar de nuestro mundo, de nuestro planeta, pues es la casa que se nos ha dado para vivir. Es importante poner nuestro granito de arena en aquello que pueda servir para crear espacios en donde nos sintamos bien, seguros, alegres, felices por hacer parte de esta humanidad.

La lista de todo aquello que descubrimos importante en nuestra vida podría continuar y a cada uno nos toca hacer un alto en nuestras vidas para tomar conciencia de lo que realmente es importante, es decir, lo que es fundamental para que podamos alcanzar aquello que nos hace verdaderamente humanos y por lo tanto, llamados a vivir en la felicidad.

Seguramente, haciendo la lista de aquello que consideramos importante nos damos cuenta de que todo nos lleva a descubrir que lo más grande y lo más importante es vivir nuestra vocación al amor, es vivir de Dios y para Dios.

La pregunta del evangelio nos obliga a interrogarnos sobre aquello que consideramos lo más grande para poder llegar hasta Dios y, diciendo esto, no estamos afirmando otra cosa que lo más grande en nuestra vida es aquello que nos permita descubrir que somos hijos de Dios, que hemos nacido del amor y para amar.

Para Jesús la respuesta es clara. El mandamiento más grande es amar y eso significa poner a Dios en nuestras vidas por encima de todo lo que podamos considerar importante.

Dios en nuestras vidas es quien hace que las cosas, el tiempo, lo que somos y lo que vivimos adquieran su verdadero valor. Amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente no significa que se tenga que vivir en otro mundo en donde no tendríamos que afrontar las dificultades, las luchas cotidianas, los fracasos en nuestros intentos por ser mejores.

Cumplir con el mandamiento más importante nos lleva a dar razón de lo que le da valor y sentido a todo en nuestra vida, a nuestros sueños y anhelos, a nuestros esfuerzos y sacrificios, a nuestras esperanzas y confianza en un mañana que está en las manos de Dios.

Amar a Dios con todo el corazón sabemos que quiere decir reconocerle un lugar importante en los momentos en que tenemos que hacer nuestras opciones de vida. Significa buscar, movidos por el corazón, aquello que nos conviene según los planes de Dios y no dejarnos llevar sólo por lo que nos gusta, pues cuando se trata de amar lo primero que se pide es estar disponibles al sacrificio, a la renuncia, a la fe.

Amar con todo el corazón a Dios quiere decir reconocerle un lugar único en nuestras vidas, permitiéndole que nos lleve por los caminos que él considera los mejores para nosotros y eso se logra entender y aceptar sólo cuando dejamos que sea el corazón quien nos conduzca. Se trata de dejar que el corazón nos lleve por los caminos que muchas veces la razón no entiende.

Amar a Dios con todo el alma, podríamos decir que es poner en práctica la capacidad de amar entrañablemente, es decir, sin permitir que haya otros amores en nuestra vida. Amar con todo el alma es amar con todas las fuerzas de que somos capaces, haciendo de Dios el único y el exclusivo objeto de nuestra capacidad de amar.

De alguna manera, amar con todo el alma es cumplir aquella parte de la alianza que el Señor ha hecho con nosotros cuando se compromete a ser nuestro único Dios exigiéndonos que seamos su pueblo. Es aquella manera de amar que no impide caer en las trampas de la idolatría que lleva a poner en el centro todo aquello que no es Dios y que nos fabricamos para responder a la ilusión de que podemos ir por el mundo dejándolo a un lado.

Cuando decimos que amamos con todo el alma nos damos cuenta de que no puede haber nadie que pueda ocupar el lugar que le corresponde sólo a quien amamos.

Amar a Dios de esta manera nos lleva a decir, con la vida, que no hay nadie que pueda llenar el espacio que le corresponde en nuestro corazón y que aceptamos vivir sólo para él.

Amar a Dios con toda la mente, se trata de otra exigencia del amor que obliga o exige poner en el centro de nuestros intereses a aquel que debería estar siempre presente.

La experiencia de amar a alguien nos enseña que cuando esa persona entra en nuestro corazón, de donde brota nuestro amor, lo llevamos siempre en la mente con el deseo de estar siempre en su presencia.

Esta exigencia nos ayuda a entender la necesidad que tenemos en nuestros días de mantener nuestras mentes libres de todo aquello que nos distrae y nos quiere llenar el pensamiento de otros intereses que nos alejan de la verdadera experiencia de amar.

Lo que llena hoy nuestras mentes, muchas veces, es lo que estamos dejando entrar a través de los medios de comunicación, del teléfono, de la publicidad, de las ideologías  que tratan de imponerse, muchas de las cuales tienen el interés de alejarnos de Dios, de negar la dimensión espiritual de nuestra vida.

No podemos vivir en un mundo ajeno a todas esas realidades, pero sí podemos ser lo suficientemente inteligentes y maduros para dejar que llegue a nuestra mente lo que nos permite mantener el lugar que le corresponde a Dios.

Jesús, en la oración que hizo a su Padre por todos aquellos que le había dado, pedía que no los sacara del mundo, pero que los librara de caer en las trampas del maligno, es decir de aquello que pretende ocupar en el corazón lo que sólo le pertenece a Dios.

El mandamiento más grande es amar a Dios con todo, pero Jesús nos dice que ese mandamiento tiene otra exigencia para ser completo. Hay que amar de la misma manera al prójimo, al hermano que tenemos cerca, a aquel que es sacramento de Dios, es decir presencia que podemos ver y tocar.

No podemos decir que amamos totalmente a Dios si somos indiferentes o sordos a las necesidades de nuestros hermanos, si pasamos de largo ante los reclamos de amor que nos llegan de quienes comparten la vida con nosotros en nuestro peregrinar por este mundo. La perfección en el amor se logra cuando somos capaces de crear ese equilibrio que nos permite poner a Dios en el centro de nuestras vidas, reconociéndolo presente en el rostro y en la historia de cada hermano con quienes compartimos la aventura de existir en este mundo en donde Dios nos llama a reconocernos hermanos.

Como misioneros muchas veces hemos tenido la oportunidad de hacer la experiencia de sentirnos profundamente inspirados a seguir al Señor dejándolo todo para demostrar el amor que sentimos en lo más profundo de nuestro ser. Y, al mismo tiempo, hemos podido ver y sentir como ese amor se hace algo real y concreto cuando hemos intentado entregar nuestra vida al servicio de aquellos hermanos que están necesitados del amor del Señor.

Es amando a los demás como mejor podemos comprender el amor que Dios espera de nosotros y en la medida que abrimos nuestros corazones a su amor, más fácil resulta descubrir su rostro en el hermano que ha puesto a nuestro lado.

Pidamos en este domingo para que el Señor ponga en nosotros el deseo de amarlo sobre todo, con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con toda nuestra mente. Que nos conceda amarlo sin límites en aquellas personas que ha puesto a nuestro lado como peregrinos con quienes vamos caminando con el deseo de perdernos en el Amor.


Lo primero
José Antonio Pagola

En cierta ocasión los fariseos se reunieron en grupo y le hicieron a Jesús una pregunta que era motivo de discusión y debate entre los sectores más preocupados de cumplir escrupulosamente los seiscientos trece preceptos más importantes sobre el sábado, la pureza ritual, los diezmos y otras cuestiones: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?».

La respuesta de Jesús es muy conocida entre los cristianos: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser». Este es el más importante. Luego añadió: «El segundo es semejante a éste: amarás a tu prójimo como a ti mismo». Y concluyó con esta afirmación: «Estos dos mandamientos sostienen la Ley y los profetas».

Nos interesa mucho escuchar bien las palabras de Jesús pues también en la Iglesia, como en el antiguo Israel, ha ido creciendo a lo largo de los siglos el número de preceptos, normas y prohibiciones para regular los diversos aspectos de la vida cristiana. ¿Qué es lo primero y más importante? ¿Qué es lo esencial para vivir como seguidores de Jesús?

Jesús deja claro que no todo es igualmente importante. Es un error dar mucha importancia a cuestiones secundarias de carácter litúrgico o disciplinar descuidando lo esencial. No hemos de olvidar nunca que sólo el amor sincero a Dios y al prójimo es el criterio principal y primero de nuestro seguimiento a Jesús.

Según él, ese amor es la actitud de fondo, la fuerza clave e insustituible que pone verdad y sentido a nuestra relación religiosa con Dios y a nuestro comportamiento con las personas. ¿Qué es la religión cristiana sin amor? ¿A qué queda reducida nuestra vida en el interior de la Iglesia y en medio de la sociedad sin amor?

El amor libera nuestro corazón del riesgo de vivir empobrecidos, empequeñecidos o paralizados por la atención insana a toda clase de normas y ritos. ¿Qué es la vida de un practicante sin amor vivo a Dios? ¿Qué verdad hay en nuestra vida cristiana sin amor práctico al prójimo necesitado?

El amor se opone a dos actitudes bastantes difundidas. En primer lugar, la indiferencia entendida como insensibilidad, rigidez de mente, falta de corazón. En segundo lugar, el egocentrismo y desinterés por los demás.

En estos tiempos tan críticos nada hay más importante que cuidar humildemente lo esencial: el amor sincero a Dios alimentado en celebraciones sentidas y vividas desde dentro; el amor al prójimo fortaleciendo el trato amistoso entre los creyentes e impulsando el compromiso con los necesitados. Contamos con el aliento de Jesús.


Aprenda a salvarse en treinta minutos
José Luis Sicre

¿Cuál es el mandamiento principal? Muchos católicos responderían: «Ir a misa el domingo». Los que piensan así probablemente no irán a misa este domingo. A los que piensen de otro modo y vayan, les gustará recordar lo que pensaba Jesús.

El problema de sus contemporáneos

En los domingos anteriores, diversos grupos religiosos se han ido enfrentado a Jesús, y no han salido bien parados. Los fariseos envían ahora a un especialista, un doctor de la Ley, que le plantea la pregunta sobre el mandamiento principal. Para comprenderla, debemos recordar que la antigua sinagoga contaba 613 mandamientos (248 preceptos y 365 prohibiciones), que se dividían en fáciles y difíciles: fáciles, los que exigían poco esfuer­zo o poco dinero; difíciles, los que exigían mucho dinero (como honrar padre y madre) o ponían en peligro la vida (la circuncisión). Generalmente se pensaba que los importantes eran los difíciles, y entre ellos estaban los relativos a la idolatría, la lascivia, el asesinato, la profanación del nombre divino, la santificación del sábado, la calumnia, el estudio de la Torá.

¿Se puede reducir todo a uno?

Ante este cúmulo de mandamientos, es lógico que surgiese el deseo de sintetizar, de saber qué era lo más importante. Este deseo se encuentra en una anécdota a propósito de los famosos rabinos Shammai y Hillel, que vivie­ron pocos años antes de Jesús. Una vez llegó un pagano a Shammai y le dijo: «Me haré prosélito con la condición de que me enseñes toda la Torá mien­tras aguanto a pata coja». Shammai lo despidió amenazándolo con una vara de medir que tenía en la mano. El pagano acudió entonces a Hillel, que le dijo: «Lo que no te guste, no se lo hagas a tu prójimo. En esto consiste toda la Ley, lo demás es interpreta­ción” (Schabat 31a). También el Rabí Aquiba (+ hacia 135 d.C.) sintetizó toda la Ley en una sola frase: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo; este es un gran princi­pio general en la Torá».

La novedad de Jesús

Mateo había puesto en boca de Jesús una síntesis parecida al final del Sermón del Monte: «Todo lo que querríais que hicieran los demás por vosotros, hacedlo vosotros por ellos, porque eso significan la Ley y los Profetas» (Mt 7,12). Pero en el evangelio de hoy Jesús responde con una cita expresa de la Escritura:

En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús habla hecho callar a los saduceos, formaron grupo, y uno de ellos, que era experto en la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba:

̶ Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?

Él le dijo:

̶  Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas.

«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente» (Deuteronomio 6,5). Son parte de las palabras que cualquier judío piadoso recita todos los días, al levantarse y al ponerse el sol. En este sentido, la respuesta de Jesús es irreprochable. No peca de originalidad, sino que aduce lo que la fe está confesando continuamente.

La novedad de la respuesta de Jesús radica en que le han preguntado por el manda­miento principal, y añade un segundo, tan importante como el primero: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Levítico 19,18). Una vez más, su respuesta entronca en la más auténtica tradición profética. Los profetas denunciaron continuamente el deseo del hombre de llegar a Dios por un camino individual e intimista, que olvida fácilmente al prójimo. Durante siglos, muchos israelitas, igual que muchos cristianos, pensaron que a Dios se llegaba a través de actos de culto, peregrinaciones, ofrendas para el templo, sacrificios costosos… Sin embargo, los profetas les enseñaban que, para llegar a Dios, hay que dar necesariamente el rodeo del prójimo, preocuparse por los pobres y oprimidos, buscar una sociedad justa. Dios y el prójimo no son magnitudes separables. Tampoco se puede decir que el amor a Dios es más importante que el amor al prójimo. Ambos preceptos, en la mentalidad de los profetas y de Jesús, están al mismo nivel, deben ir siempre unidos. «De estos dos mandamientos penden la Ley entera y los Profetas» (v.40).

El prójimo son los más pobres (1ª lectura)

En esta misma línea, la primera lectura es muy significativa. Podían haber elegido el texto de Deuteronomio 6,4ss donde se dice lo mismo que Jesús al principio: «Escucha, Israel, el Señor tu Dios es uno. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón…» Sin embargo, han elegido un texto del Éxodo que subraya la preocupación por los inmigrantes, viudas y huérfanos, que son los grupos más débiles de la sociedad (la traducción que se usa en España dice los «forasteros», pero en realidad son los inmigrantes, los obligados a abandonar su patria en busca de la supervivencia, marroquíes, senegaleses, rumanos, etc.). Luego habla del préstamo, indicando dos normas: si se presta dinero, no se pueden cobrar intereses; si se pide el manto como garantía, hay que devolverlo antes de ponerse el sol, para que el pobre no pase frío. Es una forma de acentuar lo que dice Jesús: sin amor al prójimo, sobre todo sin amor y preocupación por los más pobres, no se puede amar a Dios.

Así dice el Señor: «No oprimirás ni vejarás al forastero, porque forasteros fuisteis vosotros en Egipto. No explotarás a viudas ni a huérfanos, porque, si los explotas y ellos gritan a mí, yo los escucharé. Se encenderá mi ira y os haré morir a espada, dejando a vuestras mujeres viudas y a vuestros hijos huérfanos. Si prestas dinero a uno de mi pueblo, a un pobre que habita contigo, no serás con él un usurero, cargándole intereses. Si tomas en prenda el manto de tu prójimo, se lo devolverás antes de ponerse el sol, porque no tiene otro vestido para cubrir su cuerpo, ¿y dónde, si no, se va a acostar? Si grita a mí, yo lo escucharé, porque yo soy compasivo.»


Misión es amor a Dios y al prójimo,
y acogida a los extranjeros
Romeo Ballan, mccj

Octubre misioneroy la actividad evangelizadora en el mundo reciben hoy nueva inspiración y energía de la Palabra de Dios: el libro del Éxodo (I lectura) reivindica con fuerza la atención a los forasteros, a los débiles e indigentes; y en el Evangelio Jesús une indisolublemente el amor a Dios y el amor al prójimo, que son la síntesis del mensaje de toda la Biblia. Con relación a los textos bíblicos anteriores, Jesús aporta una originalidad; añade una pequeña palabra: “semejante”. Los “dos amores”, a Dios y alprójimo, están en un mismo plano. El apóstol Juan lo dirá con claridad: “El que no ama al hermano que ve no puede amar a Dios a quien no ve” (1Jn 4,20). El prójimo, el otro, es “semejante” a Dios; el otro es “sagrado” como Dios. Los demás son “tabernáculos” vivientes de Dios. La verdaderaadoración a Dios consiste también en detenerme a enjugar las lágrimas del que está herido. Muy hermosa es la imagen que nos brinda el teólogo D. Bonhoeffer: el amor del cristiano es un amor polifónico. Un canto a tres voces. Una melodía que sabe conjugar a Dios, al otro y a sí mismos”(Roberto Vinco).

Jesús debe enfrentarse a una nueva trampa, después de la anterior (ver domingo pasado) sobre el impuesto al César. La cuestión planteada ahora a Jesús no es la pregunta inocente de un niño de catequesis, sino una nueva trampa farisaica, que tiene sus raíces en el laberinto de los 613 preceptos extraídos de la Biblia, entre mayores y menores; 365 negativos –no hagas… y 248 positivos –haz esto…, sobre cuya jerarquía cavilaban los doctores de la ley. Jesús desarticula todo ese aparato y simplifica las normas morales yendo al corazón de los mandamientos: toda la Ley se resume en el amor (v. 40). “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón” (Dt 6,5) y “amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lv 19,18): son, para Jesús, mandamientos semejantes, (v. 37.39), complementarios; son como dos ramas de la misma planta, que tienen una raíz común y una misma savia: el amor. Lo explica bien S. Agustín: “El amor a Dios es el primero que se nos manda, pero el amor al prójimo es el primero que se ha de practicar… Amando al prójimo, purificas tu ojo para poder ver a Dios”.

En el contexto del octubre misionero y de la actividad evangelizadora de la Iglesia, esta enseñanza tiene aplicaciones inmediatas, porque la misión es una expresión de amor. El anuncio del Evangelio es la forma más elevada de amor a Dios y al prójimo: es el servicio más eficaz, el mejor que la Iglesia puede ofrecer a los pueblos para la renovación de las personas y de la sociedad. Por eso la misión de la Iglesia ofrece – desde siempre – una vasta gama de servicios materiales sobre todo a las personas necesitadas, gracias a los generosos aportes de los fieles cristianos.

El amor al prójimo tiene destinatarios concretos y cotidianos (I lectura): los forasteros, la viuda, el huérfano, los pobres… Dios se ha comprometido solemnemente a escuchar su grito de ayuda (v. 22.26), y castigará al que los explota (v. 22.23). Él es un Dios compasivo y concreto, que se preocupa de cómo el pobre podría cubrir su cuerpo de noche, sin el manto (v. 26). Nuestro Dios es grande, pero no es lejano, está cerca: tiene concretas preocupaciones para quienes sufren necesidad. Por eso, Jesús eleva el amor al prójimo al rango del amor a Dios. “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (v. 39) significa que el prójimo es uno de los tuyos, de tu casa, de tu familia, te pertenece; por tanto, nadie es extraño, o extranjero. El prójimo es como tú, es semejante a Dios, es como Dios. En el juicio final, Jesús nos dirá – para bien o para mal, de acuerdo a nuestras obras – “a Mí me lo hicieron” (Mt 25,40). Una vez más, en la reciente carta encíclica “Hermanos todos”, el Papa Francisco nos exhorta a todos a abrirnos a las dimensiones universales de la fraternidad.

La amonestación de Dios es tajante para la acogida de los extranjeros: “No oprimirás ni vejarás al forastero, porque forasteros fueron ustedes en Egipto” (v. 20). La acogida de los migrantes y extranjeros es hoy un tema sensible, urgente e incluso conflictivo aquí y en muchos países y situaciones sociales. Lamentablemente, los migrantes son a menudo víctimas de injustas generalizaciones y equivalencias entre migrantes = clandestinos = criminales. No se trata de hacer una acogida masiva e indiscriminada, sino una acogida fraterna y atenta al fin de proteger, promover e integrar a los migrantes, prófugos, desplazados, como nos indica con insistencia el Papa Francisco.

Va creciendo el compromiso de la sociedad civil, de muchos jóvenes y de varios grupos que proclaman con determinación: “¡En mi ciudad nadie es extranjero!” – “Abre tu casa al mundo y el mundo será tu casa”. En general, los jóvenes, sobre todo, son muy sensibles y dispuestos a comprometerse sobre estos frentes. ¡La sociedad y la misión en el mundo los necesitan! Y ellos necesitan de la misión, porque la misión los regenera. La apertura y la acogida de los demás – alejados y diferentes – tienen una estrecha relación con la actividad misionera, en cuanto esta conlleva una educación a la mundialidad y una benéfica apertura de horizontes humanos y espirituales.

De las “tierras de misión” a la Iglesia en salida: cien años que han cambiado el rostro de la misión

Con motivo de la 100.ª Jornada Mundial de las Misiones, que se celebra el 18 de octubre de 2026, propongo a los lectores de www.comboni2000.org un intento de recorrer la evolución de la conciencia misionera de la Iglesia a través de una sucesión de documentos sobre la misión. Me atrevería incluso a invitar a descubrir en ellos un hilo conductor que atraviesa cuatro siglos de historia, a partir de la institución de Propaganda Fide en 1622.

Con ocasión de la 100.ª Jornada Mundial de las Misiones, que se celebra el 18 de octubre de 2026, resulta particularmente significativo releer no simplemente una sucesión de documentos, sino la evolución de la conciencia misionera de la Iglesia. La Jornada fue instituida por Pío XI en 1926, a propuesta de la Obra de la Propagación de la Fe; León XIV ha indicado para el centenario el tema «Uno en Cristo, unidos en la misión».

Una selección de los documentos fundamentales

FechaDocumentoAutorContribución a la evolución de la misión
1659Instrucción a los Vicarios apostólicosPropaganda FideAnticipa dos ideas destinadas a ser decisivas: clero autóctono y respeto de las culturas. Los misioneros no deben exportar Europa, sus costumbres o identidades nacionales, sino el Evangelio. Es una temprana intuición de la inculturación.
1919Maximum illudBenedicto XVEs el gran giro misionero contemporáneo: separa explícitamente misión y nacionalismo/colonialismo, insiste en la formación del clero local y presenta la misión como responsabilidad universal de la Iglesia.
1922Romanorum PontificumPío XIConvierte en pontificia la Obra de la Propagación de la Fe, reforzando una red universal de cooperación misionera.
1926Rerum EcclesiaePío XIHace avanzar la idea de que el resultado de la misión no debe ser una dependencia permanente del misionero extranjero, sino la constitución de Iglesias locales maduras, con clero y, progresivamente, episcopado propios.
1926Institución de la Jornada Mundial de las MisionesPío XILa misión deja de percibirse como tarea de algunos institutos especializados: cada diócesis, parroquia y fiel participa mediante la oración, las vocaciones y la solidaridad.
1951Evangelii PraeconesPío XIIProfundiza en la atención a las culturas de los pueblos y al nacimiento de Iglesias plenamente arraigadas en sus respectivos entornos sociales y culturales.
1957Fidei DonumPío XIIIntroduce un giro eclesiológico: también las diócesis ya constituidas envían a sus propios sacerdotes a otras Iglesias. La misión se convierte en comunión e intercambio de dones entre Iglesias particulares.
1959Princeps PastorumJuan XXIIILleva a madurez el tema del clero y del laicado locales: las Iglesias jóvenes no son simplemente territorios asistidos por Occidente, sino sujetos responsables de la evangelización.
1964-65Lumen gentium + Ad gentesVaticano IIEl giro decisivo: la misión no es una actividad periférica de la Iglesia, porque la Iglesia es misionera por su propia naturaleza. Su origen está en la misión del Hijo y del Espíritu en el designio del Padre.
1965Nostra aetateVaticano IIInserta la misión en una nueva relación con las religiones: anuncio de Cristo y, al mismo tiempo, diálogo, respeto y discernimiento de las semillas de verdad presentes en las tradiciones religiosas.
1965Dignitatis humanaeVaticano IIEstablece una consecuencia fundamental para el estilo misionero: el acto de fe debe ser libre. Evangelización y coacción son incompatibles.
1965Gaudium et spesVaticano IIAmplía el horizonte: la misión encuentra al ser humano en la historia, la cultura, la sociedad, las alegrías y los sufrimientos. Evangelizar implica diálogo con el mundo y servicio a la humanidad.
1966Ecclesiae SanctaePablo VITraduce Ad gentes a la vida concreta: teología de la misión en la formación eclesial, responsabilidad de las diócesis, cooperación misionera y Jornada Mundial de las Misiones como expresión de la conciencia de todo el Pueblo de Dios.
1975Evangelii nuntiandiPablo VISustituye progresivamente el paradigma restringido de las “misiones” por el más amplio de la evangelización: testimonio, anuncio explícito, conversión personal, transformación de las culturas, promoción humana y comunidad eclesial.
1990Redemptoris missioJuan Pablo IIReafirma la necesidad permanente de la missio ad gentes, distinguiéndola de la pastoral ordinaria y de la nueva evangelización, pero integrándola en la única misión de la Iglesia. Fuerte acento en el Espíritu Santo, el Reino, el diálogo y la inculturación.
1991Diálogo y anuncioPontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso + Congregación para la Evangelización de los PueblosAclara que el diálogo interreligioso y el anuncio no son alternativas: son dos dimensiones auténticas de la misión evangelizadora, aunque no sean intercambiables.
2013Evangelii gaudiumFranciscoColoca la misión en el centro de toda reforma eclesial: «Iglesia en salida», discípulos-misioneros, periferias, conversión pastoral y “estado permanente de misión”. Ya no existen simplemente especialistas de la misión: cada bautizado es sujeto misionero.
2019Centenario de Maximum illud y Mes Misionero ExtraordinarioFranciscoRecupera Maximum illud para relanzar una misión liberada de intereses políticos, económicos y culturales: «Bautizados y enviados» vincula directamente bautismo y misión.
2022Praedicate EvangeliumFranciscoTambién la estructura de la Curia es reinterpretada en clave misionera: nace el Dicasterio para la Evangelización, presidido directamente por el Papa; evangelización y misión asumen simbólicamente una posición central en el gobierno de la Iglesia.
2026«Uno en Cristo, unidos en la misión»León XIVEn el centenario de la Jornada Mundial de las Misiones acentúa la misión como fruto de la comunión en Cristo, colaboración entre Iglesias y carismas, amor de Dios compartido y responsabilidad misionera de todo el Pueblo de Dios.

1. La lejana anticipación: Propaganda Fide y la Instrucción de 1659

Conviene comenzar mucho antes de 1926. Fundada en 1622, la Sagrada Congregación de Propaganda Fide trataba también de sustraer progresivamente la actividad misionera de la dependencia de los intereses de las potencias coloniales europeas. El texto quizá más sorprendente sea la Instrucción de 1659, dirigida a los Vicarios apostólicos en China e Indochina.

La propia Santa Sede la define como una especie de “Magna Charta” de Propaganda Fide y subraya dos elementos: promoción del clero local y respeto de las culturas y tradiciones, salvo aquello que fuera contrario a la fe y a la moral.

Aquí aparece en germen una distinción que se volverá central tres siglos después: evangelizar ≠ occidentalizar.

El misionero lleva el Evangelio, no la cultura de su propia patria. Es la semilla remota de lo que el siglo XX llamará adaptación y, posteriormente, inculturación.

2. Maximum illud (1919): liberar la misión del colonialismo

La verdadera ruptura moderna es la carta apostólica Maximum illud de Benedicto XV, del 30 de noviembre de 1919. Nace inmediatamente después de la Primera Guerra Mundial, cuando el vínculo entre actividad misionera y potencias coloniales europeas aparecía como especialmente problemático.

Benedicto XV insiste en tres cambios:

  • del interés nacional a la misión universal de la Iglesia;
  • del misionero extranjero permanente a la formación del clero autóctono;
  • de la obra de institutos particulares a la responsabilidad eclesial universal.

El misionero no debe tratar de extender la influencia de su propia nación. El objetivo es, por el contrario, el nacimiento de una Iglesia capaz de vivir con sus propios sacerdotes y sus propias estructuras. La biografía oficial vaticana del propio Benedicto XV subraya precisamente la exigencia de preparar un clero indígena capaz de administrarse autónomamente.

Por ello, Maximum illud puede considerarse la puerta de entrada de la misionología católica contemporánea.

3. Pío XI: de la “misión extranjera” a la constitución de las Iglesias locales

Con Rerum Ecclesiae, del 28 de febrero de 1926, Pío XI recoge la herencia de Benedicto XV, pero da un paso más: la misión debe tender a la constitución estable de la Iglesia en cada pueblo, no a perpetuar una estructura dirigida desde el exterior.

Ese mismo año sucede algo pastoralmente revolucionario. El 14 de abril de 1926, a petición de la Obra de la Propagación de la Fe, Pío XI aprueba la institución de la Jornada Misionera para el penúltimo domingo de octubre en toda la Iglesia.

La novedad no es únicamente económica. Mediante la Jornada se educa una nueva conciencia: toda la Iglesia sostiene la misión de toda la Iglesia.

Oración, ofrendas, vocaciones e información misionera transforman progresivamente la relación entre las Iglesias más antiguas y las que están naciendo.

4. Pío XII: de las “misiones” a las Iglesias jóvenes

Con Evangelii Praecones, de 1951, Pío XII puede ya constatar cuánto ha cambiado el panorama en los veinticinco años posteriores a Rerum Ecclesiae.

La perspectiva se desplaza cada vez más de la simple conquista de nuevos territorios a la construcción de comunidades cristianas insertadas en las culturas locales.

Aún más importante es Fidei Donum, de 1957. Pío XII afirma que cada obispo, como sucesor de los Apóstoles, tiene una responsabilidad respecto a la misión de la Iglesia que supera los límites de su propia diócesis.

De aquí nace la experiencia de los sacerdotes fidei donum.

Es un giro decisivo:
antes: Europa “envía misioneros” a territorios dependientes;
ahora: una Iglesia particular ayuda a otra Iglesia particular.

Se prepara así la futura eclesiología conciliar de la communio Ecclesiarum.

5. Juan XXIII: cuando las Iglesias jóvenes se convierten en protagonistas

Con la encíclica Princeps Pastorum, de 1959, Juan XXIII lleva a madurez el tema del clero y del laicado locales. Las Iglesias jóvenes ya no se conciben solamente como destinatarias de la acción misionera, sino como comunidades llamadas a asumir plenamente la responsabilidad de su propia vida y de la evangelización.

Se presta especial atención a la formación, para que sacerdotes, religiosos y laicos puedan actuar de manera realmente arraigada en la cultura y la sociedad de sus respectivos pueblos.

El paso decisivo es, por tanto, este: de Iglesias asistidas desde el exterior a Iglesias locales protagonistas de la misión.

Es una de las premisas más inmediatas de la visión que el Concilio Vaticano II desarrollará pocos años después con Ad gentes.

6. Vaticano II: la revolución eclesiológica de Ad gentes

Aquí se encuentra el paso teológico más profundo de todo el recorrido.

El Decreto Ad gentes, promulgado el 7 de diciembre de 1965, no parte ante todo de los misioneros, de las obras o de los territorios. Parte de Dios.

La Iglesia es enviada porque Dios mismo es misión: el Padre envía al Hijo; el Padre y el Hijo envían al Espíritu; de esta dinámica trinitaria nace el envío de la Iglesia.

Ad gentes define, en efecto, a la Iglesia enviada a las gentes como «sacramento universal de salvación».

El cambio puede expresarse así:
antes: “la Iglesia tiene misiones”;
Vaticano II: “la Iglesia es misionera”.

Esto implica al menos cinco consecuencias.

1) La misión como naturaleza de la Iglesia
No constituye un sector confiado a congregaciones especializadas. Es una dimensión constitutiva de toda la comunidad eclesial.

2) De la plantatio Ecclesiae a la Iglesia local
El objetivo es hacer nacer comunidades plenamente eclesiales, arraigadas en su propio pueblo, con ministerios, carismas y formas de vida propias.

3) Inculturación
El Evangelio debe echar raíces en las culturas, asumiendo cuanto hay en ellas de auténtico y purificándolas desde dentro.

4) Responsabilidad de todos los obispos y de todas las Iglesias
Cada Iglesia particular participa en la misión universal.

5) Misión y testimonio
El anuncio no puede separarse de la vida, la caridad y el servicio.

Significativamente, Ad gentes pide también una transformación de Propaganda Fide: no solo un organismo administrativo, sino un «órgano de dirección dinámica», capaz de utilizar la teología, la metodología y las ciencias pastorales contemporáneas.

7. Los demás documentos conciliares cambian también el modo de entender la misión

Ad gentes no puede aislarse.

Lumen gentium ofrece la nueva eclesiología del Pueblo de Dios: la misión pertenece a todo el pueblo de los bautizados, no solamente al clero o a los religiosos.

Gaudium et spes introduce la actitud de diálogo con la historia y con las aspiraciones de la humanidad. La misión no se desarrolla “fuera” del mundo, sino dentro de las transformaciones culturales y sociales del ser humano.

Nostra aetate modifica profundamente la relación con las demás religiones: el cristiano sigue anunciando a Cristo, pero reconoce, escucha y dialoga con cuanto de verdadero y santo encuentra en las otras tradiciones.

Finalmente, Dignitatis humanae establece un criterio misionero irrenunciable: la fe no puede imponerse. La verdad debe proponerse por su propia fuerza, respetando la dignidad y la libertad de la persona. El Concilio afirma explícitamente que nadie puede ser obligado a abrazar la fe contra su propia voluntad.

Es la superación teológica definitiva de cualquier confusión entre evangelización, poder político y coacción.

8. Pablo VI: de “misión” a “evangelización”

Con el motu proprio Ecclesiae Sanctae, de 1966, Pablo VI aplica concretamente Ad gentes. Pide que la teología de la misión entre en la formación teológica y que la Jornada Mundial de las Misiones sea expresión de la responsabilidad común de todo el Pueblo de Dios.

Pero el documento decisivo es Evangelii nuntiandi, de 1975. Aquí aparece una categoría más amplia que la tradicional de misión: evangelización.

Evangelizar comprende conjuntamente:

  • testimonio de vida;
  • anuncio explícito de Jesucristo;
  • adhesión personal;
  • incorporación a la comunidad eclesial;
  • transformación de las culturas;
  • servicio y promoción del ser humano.

Pablo VI vincula expresamente la exhortación al Vaticano II y afirma que la intención fundamental del Concilio puede entenderse como hacer a la Iglesia contemporánea más capaz de anunciar el Evangelio al hombre contemporáneo.

Se pasa, por tanto, de la pregunta:
«¿Dónde están los territorios de misión?»
a la pregunta:
«¿Cómo puede el Evangelio alcanzar y transformar al ser humano y las culturas?»

9. Juan Pablo II: Redemptoris missio y el reequilibrio entre diálogo y anuncio

A finales de los años ochenta surge una nueva cuestión: si toda la acción de la Iglesia es evangelización, ¿sigue existiendo una misión específica ad gentes?

Juan Pablo II responde con la encíclica Redemptoris missio, de 1990: sí. La misión de Cristo confiada a la Iglesia está todavía lejos de su cumplimiento y la actividad misionera conserva plena actualidad.

La encíclica mantiene unidos diversos elementos que corrían el riesgo de separarse:
Cristo único Salvador — acción universal del Espíritu — valores presentes en las culturas y religiones — diálogo — inculturación — anuncio explícito — libertad de la persona.

Nace una concepción más articulada del panorama eclesial:

  1. pastoral ordinaria, en las comunidades cristianas vivas;
  2. nueva evangelización, allí donde la fe se ha debilitado;
  3. missio ad gentes, hacia pueblos y ambientes en los que Cristo todavía no es realmente conocido.

Esta distinción evita diluir la misión universal en una actividad pastoral genérica.

10. Diálogo interreligioso y misión

Una etapa importante es el documento Diálogo y anuncio, de 1991, elaborado conjuntamente por el Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso y la Congregación para la Evangelización de los Pueblos.

El punto teológico es delicado, pero decisivo:
dialogar no significa renunciar a anunciar;
anunciar no significa rechazar el diálogo.

Ambos pertenecen, de formas diferentes, a la misión evangelizadora. Es uno de los desarrollos más significativos de la línea abierta por Nostra aetate, Ad gentes y Evangelii nuntiandi.

11. Francisco: de la “misión de la Iglesia” a la “Iglesia en salida”

Con Evangelii gaudium (2013) se produce un nuevo desplazamiento.

Francisco no quiere que la misión sea simplemente un sector pastoral. Pide una «conversión misionera» de toda la Iglesia.

La fórmula más conocida es «Iglesia en salida»: cada cristiano y cada comunidad están llamados a abandonar la autorreferencialidad y llegar a las periferias.

El sujeto ya no es solamente “el misionero”, sino el: discípulo-misionero. No se es primero discípulo y después, eventualmente, misionero. Ser alcanzado por el Evangelio genera el envío.

Se completa así una larga transformación:
misioneros → Iglesias misioneras → Pueblo de Dios misionero → cada bautizado discípulo-misionero.

12. También la Curia se vuelve simbólicamente “misionera”

La Constitución apostólica Praedicate Evangelium, de 2022, constituye el Dicasterio para la Evangelización, en el que confluyen también las competencias históricamente vinculadas a Propaganda Fide.

El dato simbólicamente más relevante es que el Dicasterio para la Evangelización está presidido directamente por el Romano Pontífice.

De la Congregación fundada en 1622 se llega así a una estructura en la que:

  • primera evangelización;
  • nuevas Iglesias particulares;
  • cuestiones fundamentales de la evangelización en el mundo

son concebidas dentro de una única perspectiva misionera.

12. El centenario de 2026: León XIV y la misión como comunión

El mensaje de León XIV para la 100.ª Jornada Mundial de las Misiones, fechado el 25 de enero de 2026, ofrece casi una síntesis del recorrido histórico.

El tema es:
«Uno en Cristo, unidos en la misión»

La perspectiva acentúa tres aspectos.

  • Comunión: la unidad en Cristo precede y hace creíble la misión.
  • Sinodalidad misionera: carismas, comunidades e Iglesias colaboran, sin que la unidad signifique uniformidad.
  • Misión del amor: la Buena Noticia no es ante todo una doctrina abstracta que exportar, sino el amor fiel de Dios manifestado en Cristo y compartido a través de la vida de los discípulos.

En el mismo mensaje, León XIV recuerda significativamente que las Obras Misionales Pontificias constituyen una red de oración y caridad que une a las comunidades del mundo entero. La Jornada Mundial de las Misiones vuelve así, cien años después, a su significado más profundo: hacer visible la comunión misionera universal de la Iglesia.

El hilo conductor de cuatro siglos

Si hubiera que sintetizar la evolución en ocho pasos, podría formularse así:

De la concepción……a la concepción
misión vinculada también a la expansión europeamisión distinta del colonialismo
misionero europeo protagonistaIglesia local protagonista
clero extranjeroclero y episcopado autóctonos
conversión acompañada a veces de occidentalizacióninculturación del Evangelio
“territorios de misión”Iglesias particulares en comunión
misión confiada a especialistasresponsabilidad de todo el Pueblo de Dios
anuncio concebido principalmente como predicaciónevangelización como testimonio, anuncio, diálogo y servicio
una Iglesia que “hace misión”una Iglesia que es misionera y vive permanentemente “en salida”

Sin embargo, hay un elemento que no cambia a lo largo de todo este desarrollo: la convicción de que la misión nace del envío de Cristo y de que la Iglesia no puede renunciar al anuncio del Evangelio. Lo que cambia profundamente es la comprensión del sujeto, del estilo, de los destinatarios y de la relación entre Evangelio, culturas, libertad e Iglesias locales.

Por ello, la trayectoria más significativa puede condensarse en esta secuencia:

1659 – respetar a los pueblos →
1919 – liberar la misión del nacionalismo →
1926 – implicar a toda la Iglesia →
1957 – poner a las Iglesias en comunión misionera →
1965 – comprender a la propia Iglesia como misionera →
1975 – concebir la misión como evangelización integral →
1990 – reafirmar la permanente missio ad gentes
→
2013 – transformar a cada bautizado en discípulo-misionero →
2026 – vivir la misión como comunión: “Uno en Cristo, unidos en la misión”.

El centenario, por tanto, no celebra simplemente cien años de una colecta misionera: permite contemplar el paso de una misión concebida principalmente como envío de misioneros a tierras lejanas a una Iglesia mundial formada por Iglesias locales que reciben y se ofrecen recíprocamente el Evangelio, personas, carismas y recursos, permaneciendo juntas responsables del anuncio a quienes todavía no conocen a Cristo.

P. Manuel João Pereira, mccj. comboni2000.org

La Agencia Fides publica las estadísticas de la Iglesia Católica

Con motivo de la 100ª Jornada Mundial de las Misiones, que se celebró el domingo 18 de octubre 2026 sobre el tema “Uno en Cristo, unidos en la misión” la Agencia Fides presentó algunas estadísticas recopiladas para ofrecer un cuadro panorámico de la Iglesia misionera en el mundo.

Dosier elaborado por Luca Mainoldi, Agencia Fides

Todos los datos de este dosier, y la elaboración posterior de las tablas han sido extrapolados del último «Anuario Estadístico de la Iglesia» publicado este año (el volumen esta actualizado a fecha del 31 de diciembre de 2024), y se refieren a los miembros de la Iglesia, sus estructuras pastorales, las actividades en el campo sanitario, asistencial y educativo.

Entre paréntesis se indica la variación, aumento (+) o disminución (-) con respecto al año anterior (31 de diciembre de 2023), según la comparación efectuada por la Agencia Fides. Por último, se incluyen las circunscripciones eclesiásticas encomendadas al Dicasterio para la Evangelización, Sección para la primera evangelización y las nuevas Iglesias particulares.

Población mundial

Al 30 de junio del 2024 la población mundial era de 7.995.573.000 personas, con un aumento de 80.990.000 unidades respecto al año anterior. Se confirma la tendencia positiva en todos los continentes. El aumento más consistente se registra en África (+34.659.000), que supera como el año pasado a Asia (+31.370.000). Les siguen América (+13.878.000), Oceanía (+949.000) y por ultimo Europa (+134.000).

Número de católicos y porcentaje

A fecha del 30 de junio del 2023, el número de católicos era de 1.422.144.000 personas, con un aumento total de 16.690.000 católicos respecto al año anterior. Este año, el aumento de católicos también se produce en los cinco continentes, incluida Europa, donde se confirma el incremento ya registrado el año pasado.

Como en años anteriores, el aumento de católicos es mayor en África (+7.580.000), aunque con un aumento inferior a la estadística anterior, y en América (+6.992.000). Le siguen Asia (+968.000), Europa (+911.000) y Oceanía (+239.000).

El porcentaje de católicos dentro de la población mundial permanece sin variación respecto al año precedente, y equivale al 17,8%. En lo que respecta a los distintos continentes, las variaciones de este dato con respecto a la estadística anterior son mínimas.

Habitantes y católicos por sacerdote

El número de habitantes por sacerdote ha aumentado este año también, por un total de 186 unidades alcanzando la cuota de 16.104 (el año anterior era 15.918). La distribución por continentes ve incrementos en Oceanía (+290), América (+102) y Europa (+77), mientras disminuye en Asia (-182) y África (-148), confirmando una tendencia registrada en las mediciones del año anterior. También ha aumentado el número de católicos por sacerdote: 3.491 (+38 unidades más con respecto al año anterior). Los aumentos se registran en América (+50), Europa (+36) y Oceanía (+73); mientras que el número de católicos por sacerdote disminuye en Asia (-17) como el año pasado y en contraste con años anteriores, también disminuye en África (-17).

Circunscripciones eclesiásticas y estaciones misioneras

Por Circunscripciones Eclesiásticas se entienden las Sedes Patriarcales, Metropolitanas, Arzobispales y Episcopales, las Prelaturas Territoriales y Abadías Territoriales, los Exarcados y Ordinariatos, los Ordinariatos Militares, los Vicariatos Apostólicos, las Prefecturas Apostólicas, las Administraciones Apostólicas, las Misiones sui iuris y los Exarcados Patriarcales. En el último año analizado, en total, las circunscripciones eclesiásticas han aumentado de 6 en comparación con el año anterior, alcanzando las 3.047. Se han creado nuevas circunscripciones en África (+3), América (+2) y Asia (+1). Se mantiene sin cambios con respecto al año anterior el dato de Oceanía (81), y de Europa (759).

Según las últimas cifras, en el mundo hay 111.602 estaciones misioneras (el año precedente eran 122.777). Las estaciones misioneras con sacerdote residente son en total 4.187 (+987). El aumento se refiere a África (+181), Asia (+556) América (+183), y a diferencia del año pasado también en Europa (+89), mientras que se registra un descenso en Oceanía (-22).

En la última publicación disponible las estaciones misioneras sin sacerdote residente han disminuido con respecto al año anterior (-12.162 unidades), deteniéndose en el número de 107.415 El descenso se registra en todos los continentes excepto en Europa (+78), que el año pasado también disminuyó. El mayor descenso de estaciones misioneras se registra en Asia (-6.262) seguida de África (-4.337), América (-1.560) y Oceanía (-81). Con respecto al año anterior las disminuciones más fuertes han sido en Asia y África.

Obispos

El número de los Obispos en todo mundo ha aumentado de 95 unidades con respecto al año anterior, llegando a ser en total 5.525. Aumentan los obispos diocesanos (+107) y disminuyen los obispos religiosos (- 12), en línea con la tendencia registrada el año pasado. I Los obispos diocesanos son 4.365, mientras que los religiosos son 1.160. Los obispos diocesanos han aumentado en todos los continentes: en África (+22), en América (+25), en Asia (+36), en Europa (+21) y e Oceanía (+3). Los obispos religiosos han disminuido en todos los continentes excepto en América (+2): África (-2), Asia (-8), Europa (-3) y Oceanía (-1).

Sacerdotes

Por primera vez en cinco años, aumenta el número total de sacerdotes en el mundo. La cifra ha pasado de los 406.996 registrados en el informe anterior a 407.421 en el de este año, lo que supone un incremento de 425 sacerdotes.

Europa vuelve a registrar un descenso (-2.483), al igual que Oceanía (-32). En cambio, como el año pasado, se observan aumentos significativos en África (+1.676) y Asia (+1.065). América invierte la tendencia del año anterior y vuelve a registrar un saldo positivo (+199).

Los sacerdotes diocesanos en el mundo ha disminuido globalmente en 496 unidades, situándose en el número de 279.238. El número de sacerdotes diocesanos ha aumentado en África (+1.778) y Asia (+541) y cambiando la tendencia del año pasado, también en América (+430). Continúa la disminución en Oceanía (-22) y, sobre todo, en Europa (-1631).

También se registra un descenso en los sacerdotes religiosos, que son actualmente 128.183 (-71). El número ha aumentado en África (+498) y en Asia (+524). Mientras que han disminuido en América (-231) Europa (-852) y también en Oceania donde se ha invertido la tendencia (-10).

Diáconos permanentes

Según el último anuario, también este año el número de diáconos permanentes en el mundo sigue aumentando (+669), llegando a alcanzar los 52.102. Se confirma el incremento en América (+424) y ha diferencia del año pasado también en África (+23) y sobre todo en Europa (+236). Disminuyen, aunque levemente en Asia (-13) y Oceanía (-1).

Religiosos (no sacerdotes) y religiosas

Los religiosos no sacerdotes han disminuido de 237 unidades con respecto al año anterior, alcanzando un total de 48.511. Las disminuciones se registran en Europa (-346), en América (-137), y en Oceanía (-59) mientras aumentan en África (+97) y al contrario del año pasado aumentan también en Asia (+208).

En las estadísticas más recientes se confirma la tendencia a la disminución global de las religiosas que ocurre desde hace tiempo: son 580.131 (-9.292). Los aumentos se registran solo en África (+2.190), y las disminuciones también en Asia (-320) que el año pasado era en aumento, en Europa (-6.473),en América (- 4.432) y Oceanía (–257).

Institutos seculares

Los miembros de los Institutos seculares masculinos son en total 600 por lo que permanecen sin variaciones con respecto al año pasado. Disminuyen en África (-11), y al contrario del año pasado aumentan aunque poco en Europa (+6), América (+1) y en Asia (+4). El Oceanía permanecen estables.

Continúa la tendencia a disminuir de los Institutos seculares femeninos: -349 unidades, con un total de 17.917. Aumentan levemente solo en África (+32) y permanecen sin variaciones en Oceanía, mientras que disminuyen en Asia (-32), Europa (-268) y América (-81).

Misioneros laicos y catequistas

El número de Misioneros laicos en el mundo es de 463.079, con un aumento global de 18.473 unidades. N En el detalle por continentes, el aumento se registra en América (+20.492), en Africa (+578) y Oceanía (+60) mientras su número disminuye en Europa (-88) y sobre todo en Asia (-2569), al contrario de la tendencia de la última estadística realizada.

Los Catequistas en el mundo han aumentado con respecto al año anterior de 22.370 unidades, alcanzando los 2.889.336. Las disminuciones se han registrado en África (-206 menos fuerte del año pasado) y en Europa (-7.603). Se confirma la tendencia al alza registrada en el informe anterior, con un fuerte aumento en Asia (+13.616) y América (+16.515), y un incremento más moderado en Oceanía (+48).

Seminaristas mayores

El número de seminaristas mayores, tanto diocesanos como religiosos, también ha disminuido en el último recuento anual realizado: en todo el mundo son 103.604 (el año anterior eran 106.495). Se registra un fuerte aumento sólo en África (+786) mientras disminuyen en América (-227), Asia (-2.733), Europa (-701) y Oceanía (-16).

Los seminaristas mayores diocesanos disminuyen a 63.856 (-207) al igual que los religiosos que son 39.748 (-2.684). Para los seminaristas mayores diocesanos, los aumentos conciernen sólo a África, como el año pasado (+658) y a Oceanía (+6), mientras que hay descensos en América (-316), Europa (-355) y Asia (- 200). En lo que se refiere a los seminaristas mayores religiosos, como el año pasado, han aumentado en África (+128) y en América (+89), mientras que se observa una disminución en Asia (-2.533), Europa (-346) y Oceanía (-22).

Seminaristas menores

El número de seminaristas menores, diocesanos y religiosos, también ha disminuido situándose en 94.041 (-980). En detalle, la tendencia se invierte en África, que pasa del descenso registrado en el informe anual anterior (-90) al aumento reflejado en el último (+132). También Oceanía registra un incremento (+20) con respecto al año pasado. En cambio, se observa un fuerte descenso en Europa (-872), así como en Asia (-182) y América (-78), que invierten la tendencia al alza registrada en el informe anterior.

A escala mundial, el número de seminaristas menores diocesanos desciende a 71.934 (-720), mientras que el de los seminaristas menores religiosos baja a 22.107 (-260). En cuanto a los seminaristas menores diocesanos, se registran descensos en todos los continentes, con la excepción parcial de Asia (+233) y Oceanía (+1). Las cifras disminuyen en Europa (-575), África (-376) y América (-3). Por su parte, los seminaristas menores religiosos aumentan únicamente en África (+508), donde se invierte la tendencia del año pasado, y en Oceanía (+19). En cambio, descienden en Europa (-297), Asia (-415) y América (-75).

Institutos de instrucción y educación

En el campo de la instrucción y la educación la Iglesia administra en el mundo 75.448 escuelas infantiles frecuentadas por 7.480.373 alumnos (obsérvese que, en comparación con el año anterior, las escuelas infantiles gestionadas por la Iglesia han aumentado en 898 unidades, pero este aumento no se ha traducido en un mayor número de alumnos, que, por el contrario, ha disminuido en 158.678). En cuanto a las escuelas primarias, hay 103.666 centros, con un total de 36.314.935 alumnos (el año anterior eran 102.455 centros y 36.199.844 alumnos). Por su parte, las escuelas de educación secundaria, tanto de primer como de segundo grado, ascienden a 51.810, con 20.340.808 alumnos (en el informe anterior eran 52.085 centros, con un total de 20.724.361 estudiantes Además, 2.685.027 estudiantes asisten a centros de educación superior y 4.091.087 a instituciones universitarias vinculadas a la Iglesia católica.

Institutos sanitarios, de beneficencia y asistencia

Los institutos sanitarios de beneficencia y asistencia administrados en el mundo por la Iglesia engloban 101.110 estructuras e incluyen: 5.397 hospitales y 13.646 dispensarios, la mayor parte en África (1.651 hospitales y 4.839 dispensarios) y en América (1.340 hospitales y 3.451 dispensarios); 468 504 leproserías, principalmente en Asia (253) y África (167); 16.263 casas para ancianos, enfermos crónicos y discapacitados la mayor parte en Europa (9.205); 8.138 orfanatos en su mayoría en Asia (2.822) y Europa (2.194); 10.352 escuelas  infantiles; 10.624  consultorios  matrimoniales, en gran parte en Europa (5.221) y América (2.865); 3.194 centros de educación o reeducación social la gran mayoría en América (1.493) y 33.028 instituciones de otros tipos ubicadas sobre todo en América (15.515) y Europa (12.927).

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Concluida en Verona la fase diocesana de la investigación sobre la fama de santidad de Mons. Roveggio

El 10 de octubre de 2026, en la Casa Madre de los Misioneros Combonianos, en Verona, concluyó la fase diocesana de la investigación sobre la persistente fama de santidad y de signos del Siervo de Dios, Mons. Antonio Maria Roveggio.

P. Cosimo De Iaco, mccj
Postulador general

comboni.org

La celebración de la misa, en la solemnidad de san Daniel Comboni, fue presidida por el P. Pietro Ciucculla, superior provincial. Entre los concelebrantes se encontraban el obispo emérito de Goroka, Papúa Nueva Guinea, el misionero del Verbo Divino Mons. Francesco Sarego, natural de Cologna Veneta; Mons. Rino Parrigato, antiguo nuncio apostólico en Portugal; el P. Sindjalim Essognimam Elias, en representación del Consejo General del Instituto, y numerosos cohermanos.

Tras la celebración, se pasó directamente al acto jurídico formal. En su discurso introductorio, el postulador general, P. Cosimo De Iaco, subrayó que este acto no era una mera formalidad prevista por el derecho canónico. Se trataba de un acontecimiento de gracia para la diócesis de Verona, la Familia Comboniana y toda la Iglesia.

Los testimonios y documentos examinados durante esta fase de la investigación han confirmado que la santidad de Mons. Roveggio no se ha desvanecido con el paso de los años, sino que sigue brillando como un faro de esperanza y de entrega total.

El misterio del Corazón traspasado de Jesús, Buen Pastor, que había inflamado el corazón de san Daniel Comboni, encendió también el corazón de Mons. Roveggio con el mismo amor y la misma entrega a los pueblos de África Central.

Nota biográfica

Antonio Maria Roveggio nació en Cologna Veneta (Verona) el 23 de septiembre de 1858. Siendo un joven sacerdote de la diócesis de Vicenza, ingresó en el instituto misionero fundado en Verona por san Daniel Comboni en 1867.

Tras emitir su profesión religiosa, partió hacia Egipto, donde, en diciembre de 1890, se convirtió en director de la Colonia Antiesclavista León XIII, en Gesira, y superior de la comunidad.

En 1895, con tan solo 37 años, fue nombrado vicario apostólico de África Central. Consagrado obispo en Verona el 21 de abril, eligió para su escudo episcopal el lema In Omnibus Caritas (La caridad en todas las cosas).

Cinco años más tarde, en enero de 1900, pudo llegar finalmente a Omdurmán, Sudán. Desde allí organizó dos expediciones misioneras hacia el corazón de África. A bordo del Redemptor, navegando por las aguas del Nilo, visitó numerosos pueblos, entre ellos los shilluk, dinka, anuak, nuer y otros.

Fundó la misión de Lui en 1900 e intentó, sin éxito, llegar a Uganda. Agotado por las enfermedades y las adversidades, se vio obligado a regresar a Jartum. Murió en Berber, el 2 de mayo de 1902, a la edad de tan solo 43 años, mientras viajaba en tren hacia Egipto.

Cinco razones significativas

A la luz de esta vida misionera breve, pero intensa, el postulador señaló cinco razones que hacen que esta causa sea significativa y actual, no solo para los misioneros y las misioneras combonianos, sino también para las comunidades cristianas de Vicenza y Verona, así como para las de Egipto y Sudán, por las que entregó su vida.

Son como los rayos de una estrella que esperamos que pronto pueda brillar en el firmamento de los beatos y santos de la Iglesia, iluminando la vida y la acción evangelizadora de la Iglesia. Estas razones son: la solidaridad humana y cristiana con los pobres y explotados; la primacía de la vida interior y de la oración; la comunión y la corresponsabilidad en la acción misionera; el Corazón de Cristo, fuente de la misión; y, por último, la firme esperanza en el futuro de la misión.

Mons. Roveggio nos enseña que la misión da fruto únicamente cuando se vive como una consagración total de uno mismo a Dios y a los más pobres; cuando se lleva a cabo con caridad y humildad, y cuando se alimenta de la oración y de proyectos audaces.

Durante sus históricos viajes por el río Nilo, a bordo del Redemptor, Mons. Roveggio no buscaba otra cosa que encontrarse con los pueblos lejanos de África Central, movido por la urgencia de anunciarles el Evangelio de Jesucristo.

Aunque breve en el tiempo, su ministerio fue inmenso en caridad, fortaleza de espíritu y obediencia filial a la Iglesia. Supo hacerse «todo para todos», afrontando duras fatigas, enfermedades y aislamiento con la fuerza de la fe y la certeza de que África salvaría a África. Cansado, pero animado por una firme esperanza, expresó esta convicción con las palabras del salmo 126: «Estoy contento de sembrar entre lágrimas para que otros recojan con alegría».

Lectura del acta y agradecimientos

Tras la introducción, y con el fin de fundamentar la validez de una causa iniciada hace ya mucho tiempo, en 1952, se dio lectura al acta de la sesión conclusiva. A continuación, todos los miembros del tribunal diocesano firmaron los documentos y el canciller episcopal selló los sobres que contenían el original y las copias autenticadas. El P. De Iaco, encargado de llevar la documentación al Dicasterio para las Causas de los Santos, prestó y firmó el juramento correspondiente.

Concluido este procedimiento, el postulador expresó su más sincero agradecimiento a Mons. Domenico Pompili, ausente en aquella ocasión, por haber acogido y promovido la reapertura de la causa; al delegado diocesano, Mons. Tiziano Bonomi, por su compromiso generoso, constante y competente; al promotor de justicia, al notario y a todos los oficiales del Tribunal Eclesiástico de Verona por haber puesto su tiempo y sus conocimientos al servicio de la causa de manera totalmente gratuita, trabajando con rigor científico y pasión eclesial.

Extendió asimismo su agradecimiento a los miembros de la comisión histórica y a los censores teológicos por los informes presentados; al profesor Giancarlo Volpato por su biografía de Mons. Antonio Maria Roveggio, reconstruida con gran precisión documental; y al P. Arnaldo Baritussio, su predecesor en el cargo de postulador general de los Misioneros Combonianos.

Al Dicasterio

La causa pasa ahora al Dicasterio para las Causas de los Santos, en Roma, al que se entregará toda la documentación, con la oración de que el Señor quiera glorificar pronto a este siervo fiel suyo, ofreciendo a la Iglesia universal un modelo luminoso de pastor y misionero, capaz de inspirar todavía hoy nuevas vocaciones y de inflamar los corazones para anunciar el Reino.

El P. Ciucculla, superior provincial, tomó entonces la palabra para agradecer al alcalde de Cologna Veneta, a las autoridades civiles y a todos los presentes.

Por último, el P. Sindjalim, consejero general, en nombre de los Misioneros Combonianos y como africano, agradeció a las Iglesias de Vicenza y Verona haber dado a África dos apóstoles ilustres: san Daniel Comboni y el Siervo de Dios, Mons. Antonio Maria Roveggio.