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El padre Diego Dalle Carbonare recibe el Premio Cuore Amico 2026

La Asociación Misionera Cuore Amico Fraternità ETS de Italia ha concedido al padre Diego Dalle Carbonare, Superior Provincial de los Misioneros Combonianos en Egipto-Sudán, el Premio Cuore Amico 2026 (el llamado «Nobel de los Misioneros») en la categoría de Religiosos.

En la comunicación oficial, con fecha del 5 de junio de 2026, la Asociación destaca que el reconocimiento se ha otorgado por su compromiso misionero en Sudán, un contexto marcado por la guerra, el sufrimiento y graves emergencias humanitarias. En particular, se valora la labor de coordinación y apoyo a las comunidades misioneras combonianas que siguen estando presentes junto a la población, a través de actividades pastorales, educativas y caritativas en favor de las personas desplazadas y más vulnerables.

Instituido hace 36 años por don Mario Pasini, sacerdote y periodista de Brescia, el Premio Cuore Amico está considerado uno de los más importantes galardones misioneros italianos y se concede anualmente a sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos que se distinguen en el servicio a los más pobres.

El premio incluye una dotación de 50 000 euros que se destinará a un proyecto de relevancia social de la Provincia comboniana en Sudán. La ceremonia de entrega tendrá lugar el 17 de octubre de 2026 en la iglesia de San Cristo, en Brescia.

Este reconocimiento representa una muestra de agradecimiento por el compromiso de los misioneros combonianos que, a pesar de las dificultades y la inestabilidad del Sudán, siguen dando testimonio de la cercanía de la Iglesia a las poblaciones más afectadas por la crisis. Este premio es motivo de alegría para toda la familia comboniana y anima a continuar con renovada esperanza el servicio de cercanía, solidaridad y anuncio del Evangelio junto a las poblaciones más castigadas por la guerra y sus consecuencias.

comboni.org

«La vocación se sostiene en la fidelidad»

Estoy convencido de que el camino más seguro para encontrar la felicidad y la paz interior que todos anhelamos no se encuentra en la posesión de abundantes bienes materiales o en tener una buena posición social. Se encuentra, más bien, en poner nuestra confianza en el Señor y entregar la vida al servicio de los demás.

Nuestra protagonista es una religiosa filipina, la Hna. Rose Guevara. Ingeniera de profesión, disponía de trabajo estable en una multinacional con sede en Manila, la capital de su país, pero una inquietud profunda y una sensación de vacío inundaba a veces su corazón. Diferentes situaciones y encuentros la llevaron a conocer a las Hermanas Carmelitas. Tras vencer muchas resistencias, decidió hacerse una de ellas. Desde hace 21 años, la Hna. Rose es misionera en Malaui, un país donde se siente «en casa». Esta es su historia vocacional.

Por: Hna. Rose Guevara
Coordina: P. Zoé Musaka

Mundo Negro



Soy una misionera carmelita originaria de Filipinas. En casa era la menor de tres hermanos. Mi formación como ingeniera me condujo a desempeñar mi labor profesional durante algunos años en una multinacional en Manila. Sin embargo, en medio de aquella estabilidad laboral, comenzó a crecer en mí una inquietud profunda. Tenía la sensación de que me faltaba algo esencial para dar pleno sentido a mi vida. En un primer momento pensé que la respuesta podría encontrarse en mejores oportunidades laborales o en una mayor seguridad económica, pero, aun habiendo alcanzado aquello que muchas personas consideraban como un éxito, dentro de mí experimentaba un vacío que el dinero no lograba colmar. 

En una ocasión, yendo de camino a ver a unas amigas, experimenté una extraña llamada interior que me invitaba a entrar en una iglesia. Sin embargo, me resistí. Me repetía una y otra vez que no tenía una inclinación natural hacia lo religioso. Pensé entonces que, tal vez, lo que necesitaba era buscar nuevos horizontes, algo más acorde con mi espíritu aventurero, como la práctica del montañismo, que tanto me atraía.

La segunda vez que sentí aquella invitación a entrar en una iglesia no pude resistirme. En mi trabajo, después de una reunión en la que se cuestionó mi integridad, salí enfadada de la oficina y mis pasos me condujeron a la iglesia de San Lorenzo, en Manila. Allí, en silencio, comenzó a abrirse en mí una nueva actitud. En aquel templo vi unos carteles que proponían un «desafío». Aquella palabra tocó algo profundo en mí, quizás por la escalada, porque siempre me han atraído los retos, las experiencias que exigen entrega y superación. Entre las imágenes que se mostraban en aquellos carteles había una en particular en la que se veía a niños africanos siguiendo a un misionero montado a caballo. Anoté un número de teléfono y llamé sin saber muy bien por qué. Me dieron información sobre el próximo encuentro de orientación vocacional que tendría lugar en el Scout Madriñan, en Quezon City. Así comenzó mi camino vocacional. Esto sucedió en el mes misionero por excelencia, en octubre de 1994. 

El camino hasta aquel lugar no fue sencillo. A pesar de conocer bien la ciudad de Manila, me perdí varias veces. Tras cambiar de transporte en varias ocasiones, me dije a mí misma que aquel sería el último intento. Si no encontraba el lugar, regresaría a casa y lo olvidaría todo. Pero en ese trayecto, una joven sentada a mi lado resultó providencial, porque ella también iba al encuentro. Llegamos juntas a la comunidad de las Hermanas Misioneras Carmelitas.

Al entrar, mi primera impresión fue de desconcierto. Ver a tantas religiosas en oración era algo que no encajaba con lo que yo imaginaba para mi vida. Pero algo cambió en mi interior y me envolvió una profunda serenidad. Escuché el testimonio de una hermana que contó su experiencia misionera en Kuwait, cómo huían y se escondían durante la guerra. Aquellas palabras despertaron en mí una atracción inesperada. Por primera vez pensé que quizás esa fuera la vida que estaba buscando. Terminado el encuentro, aquella joven con la que había llegado se convirtió en mi compañera de camino.

Semanas después, en diciembre, me invitó a participar en otro encuentro en Calambá, al sur de Manila. Le pregunté en qué consistía y me respondió que nos dirigíamos a la montaña. Pensé que se trataba de una simple excursión, pero una vez allí, una carmelita me descolocó con una pregunta directa: «¿Por qué quieres ser hermana?». Mi respuesta fue inmediata y sincera: «¿Yo? No, no quiero ser religiosa, aunque me atrae vuestro estilo de vida». Al finalizar el encuentro, en medio del desconcierto, empecé a intuir que tal vez debía dar un paso más, abrirme a la posibilidad y ver hasta dónde me conducía aquel camino.

Admisión del hospital de Kapiri. Fotografía: Boniface Gbama

Reacción de la familia

No fue fácil comunicar la decisión a mi familia. Mis padres reaccionaron con sorpresa y oposición. Mi madre, por ejemplo, no aceptaba perder a su única hija: «Quiero tener nietos contigo», me decía. Mi padre guardó silencio. Solo mi hermano mayor me ofreció su apoyo: «No te preocupes, hermana, sigue el deseo de tu corazón, yo te apoyaré». Aquellas palabras me dieron la fuerza necesaria para continuar. Esa noche terminamos cenando en silencio hasta que todo el mundo se fue a su habitación sin pronunciar palabra.

Poco después recibí la carta de aceptación. Era enero y tuve que unirme a las hermanas en mayo en Laguna. En el ámbito laboral, se abría ante mí una prometedora promoción como gerente de la empresa. Sin embargo, opté por seguir la llamada que había comenzado a tomar forma en mi interior, así que presenté mi dimisión al responsable de la compañía. Se mostró sorprendido y me confesó con franqueza que no percibía en mí signos de una vocación religiosa. Con serenidad, le pedí un año para discernir y probar este camino. Si no era el mío, regresaría. Aceptó, e incluso me ofreció el sueldo de un año sabiendo que no tendría ingresos con las hermanas.

Los inicios en la comunidad no estuvieron exentos de dificultades. La vida cotidiana estaba marcada por tareas domésticas: hacer la limpieza, trabajar en el jardín, lavar y planchar la ropa… Éramos 23 jóvenes, además de las hermanas. Al cabo de una semana me puse enferma, ya que no estaba acostumbrada a un ritmo tan exigente de trabajo. En Manila nunca había realizado labores de ese tipo. Después de dos semanas, agobiada por el servicio en la comunidad, expresé a las hermanas mi desánimo. Sentía que aquella no era mi vocación. Como al día siguiente estaba prevista la jornada de visitas, comuniqué a las hermanas mi decisión de regresar a casa con mis padres. Ellas, con serenidad, me invitaron a descansar y a llevar esa inquietud a la oración. Aquella noche dije: «Señor, esta no es la vida que yo esperaba». A la mañana siguiente, las hermanas me preguntaron a qué hora llegarían mis padres y si ya había preparado mis cosas. Mi respuesta fue: «¿Para qué?». Me avergonzaba reconocer que quería abandonar por algo tan sencillo como las tareas domésticas. Decidí permanecer porque comprendí que la vocación no se sostiene en ideales románticos, sino en la fidelidad cotidiana.

La Hna. Rose delante de una pequeña tienda que las religiosas han abierto para cubrir las necesidades de los familiares de los ingresados en el centro sanitario. Fotografía: Boniface Gbama

África y un hospital

Con el paso del tiempo fui dando pasos firmes. La primera profesión fue en 1999, y la profesión perpetua en 2005, en Manila. Poco antes de esta última, expresé mi deseo de ser enviada a África. Era un sueño que llevaba en el corazón desde pequeña, así que cuando la superiora me comunicó el destino, lo acogí con alegría. Mi llegada al continente marcó un antes y un después. En julio de 2005, tras una breve estancia en Kenia y Tanzania, fui destinada a Malaui, a la comunidad de Kapiri. Cuando llegué, asumí la responsabilidad de la administración del hospital, una tarea para la que no me sentía preparada. Entre mis responsabilidades se encontraba la adquisición de medicamentos y del equipamiento sanitario. No tenía la más mínima idea de por dónde empezar. Fue, una vez más, el estudio lo que me permitió formarme y responder, con el tiempo, a las necesidades con-cretas del hospital. Los desafíos fueron numerosos: el idioma, la cultura, la falta de recursos o las limitaciones materiales. Fui enviada a estudiar chichewa, pero la urgencia en el hospital hizo que, apenas dos días después, tuviera que incorporarme a las tareas asistenciales. Al final, lo aprendí de manera autodidacta, con los medios disponibles, leyendo libros, porque aún no había Internet.

En Kapiri, donde continúo, la realidad socioeconómica de la población es precaria. La gente vive, en gran medida, de la agricultura de subsistencia, lo que condiciona incluso el acceso a la atención médica. No son pocos los casos en los que los pacientes no pueden hacer frente a los costes del hospital porque aún están a la espera de la cosecha. Ante esta situación, optamos por atenderles y esperar a que vendan la cosecha para que puedan abonar la atención que les hemos prestado. A pesar de las dificultades, amo profundamente Malaui y a su gente. Aquí me siento en casa. Tras 21 años de presencia en el país, he experimentado con claridad que mi vocación está ligada a esta tierra. No obstante, mantengo el corazón abierto a cualquier destino al que mi congregación considere oportuno enviarme.

A los jóvenes que se encuentran ante decisiones importantes en sus vidas, quisiera decirles que permanezcan abiertos a la llamada del Espíritu Santo. Es importante que no tengan miedo. A mí me sirvieron las palabras de nuestro fundador, Francisco Palau: «Iremos adonde la gloria del Señor nos llame, y mi vida es lo mínimo que puedo ofrecer en respuesta a su amor».   

Una jornada de fe, aprendizaje y esperanza en Manzanillo

LMC Guatemala

El pasado sábado 6 de junio, los Laicos Misioneros Combonianos de Guatemala tuvimos la alegría de compartir nuevamente una jornada de misión en la comunidad de Manzanillo.

Durante la mañana, realizamos actividades con los niños y niñas de la comunidad, profundizando en el tema de La Anunciación del Ángel a María. A través de dinámicas, cantos, bailes, momentos de oración y espacios de reflexión, los pequeños pudieron conocer mejor la respuesta generosa de María al llamado de Dios y descubrir cómo también ellos pueden decir “sí” a Jesús en su vida cotidiana.

Fue una mañana llena de entusiasmo, sonrisas y participación, donde cada actividad se convirtió en una oportunidad para sembrar valores cristianos y fortalecer la fe de los más pequeños.

Por la tarde, el encuentro continuó con los adultos de la comunidad. En esta ocasión reflexionamos sobre el tema “Dios habitó entre nosotros”, profundizando en el inmenso amor de Dios que se hizo cercano a la humanidad a través de Jesucristo. El diálogo y la reflexión permitieron compartir experiencias de fe y fortalecer el sentido de comunidad.

Como parte de la jornada, también se desarrolló un taller práctico sobre la elaboración de dulces típicos, con el propósito de brindar una herramienta adicional que pueda contribuir al desarrollo económico de las familias de la comunidad. Esta iniciativa busca fomentar nuevas oportunidades de emprendimiento y fortalecer las capacidades locales para mejorar las condiciones de vida de sus habitantes.

Damos gracias a Dios por esta hermosa experiencia de misión, por cada niño, joven y adulto que participó, y por todas las personas que hicieron posible esta actividad. Seguimos caminando junto a las comunidades, compartiendo la fe, promoviendo la dignidad humana y anunciando el Evangelio con alegría, siguiendo el ejemplo de San Daniel Comboni.

“Salvar África con África”, decía San Daniel Comboni. Hoy seguimos creyendo que el verdadero desarrollo nace cuando las comunidades descubren y fortalecen los dones que Dios ha sembrado en ellas.

X Domingo ordinario. Año A

En aquel tiempo, vio Jesús a un hombre llamado Mateo, sentado en el despacho de impuestos, y le dice: Sígueme. Él se levantó y le siguió. Y sucedió que estando Él a la mesa en casa de Mateo, vinieron muchos publicanos y pecadores, y estaban a la mesa con Jesús y sus discípulos. Al verlo los fariseos decían a los discípulos: ¿Por qué come vuestro maestro con los publicanos y pecadores? Mas Él, al oírlo, dijo: No necesitan médico los que están fuertes sino los que están mal. Vayan, pues, a aprendan qué significa aquello de: Misericordia quiero, y no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores.

Mateo 9,9-13


Nos pide solo una cosa y nos da todo
Papa Francisco

Ahora quisiera deciros algo sobre el Evangelio. Jesús vio a un hombre llamado Mateo, sentado en el banco de los impuestos ( Mt 9, 9). Era un publicano. Esta gente era considerada de lo peor porque hacían pagar impuestos, y el dinero se lo mandaban a los romanos. Y una parte se la metían ellos en su bolsillo. Se lo daban a los romanos: vendían la libertad de su patria, por eso los odiaban tanto. Eran traidores de la patria. Jesús lo llamó. Lo vio y lo llamó. «Sígueme». Jesús escogió a un apóstol entre aquella gente, la peor. A continuación, este Mateo, invitado a comer, estaba alegre.

Antes, cuando me alojaba en Via della Scrofa, me gustaba ir, ahora no puedo, a San Luis de los Franceses para ver el cuadro de Caravaggio, La conversión de Mateo : él agarrado al dinero así [hace el gesto] y Jesús lo indica con el dedo. Se aferraba al dinero. Y Jesús lo escoge. Invita a toda la banda a almorzar, a los traidores, los cobradores de impuestos. Al ver esto, los fariseos que se creían justos, que juzgaban a todos y decían: «Pero ¿por qué vuestro Maestro tiene esa compañía?». Jesús dice: «No he venido a llamar a justos, sino a pecadores».

Esto me consuela mucho, porque creo que Jesús ha venido por mí. Porque todos somos pecadores. Todos. Todos tenemos esta «licenciatura», somos licenciados. Cada uno sabe cuál es su pecado, su debilidad más fuerte. En primer lugar debemos reconocer esto: ninguno de nosotros, todos los que estamos aquí, puede decir: «Yo no soy un pecador». Los fariseos lo decían y Jesús los condena. Eran soberbios, altivos, se creían superiores a los demás. En cambio, todos somos pecadores. Es nuestro título y es también la posibilidad de atraer a Jesús a nosotros. Jesús viene a nosotros, viene a mí porque soy un pecador.

Por eso vino Jesús, por los pecadores, no por los justos. Esos no lo necesitan. Dijo Jesús: «No necesitan médicos los sanos, sino los que están mal. Id, pues, a aprender lo que significa aquello de: Misericordia quiero y no sacrificios . Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores» ( Mt 9, 12-13). Cuando leo esto me siento llamado por Jesús, y todos podemos decir lo mismo: Jesús ha venido por mí. Cada uno de nosotros.

Este es nuestro consuelo y nuestra confianza: él siempre perdona, cura el alma siempre, siempre. «Pero yo soy débil, voy a tener una recaída…», Jesús te levantará, te curará siempre. Este es nuestro consuelo, Jesús vino por mí, para darme fuerzas, para hacerme feliz, para que tuviera la conciencia tranquila. No tengáis miedo. En los malos momentos, cuando uno siente el peso de tantas cosas que hicimos, de tantos resbalones en la vida, tantas cosas, y se siente el peso… Jesús me ama porque soy así.

Me acuerdo de un pasaje de la vida de un gran santo, Jerónimo que tenía muy mal genio, y trató de ser manso, pero con ese genio… porque era un dálmata y los de Dalmacia son fuertes… Había logrado dominar su forma de ser, y así ofrecía al Señor tantas cosas, tanto trabajo, y le preguntaba al Señor: «¿Qué quieres de mí?» —«Todavía no me has dado todo.» —«Pero Señor, te he dado esto, esto y esto…» —«Falta algo.» —«¿Qué falta?» —«Dame tus pecados». Es hermoso escuchar esto: «Dame tus pecados, tus debilidades, te curaré, tu sigue adelante».

Hoy, en este primer viernes, pensemos en el corazón de Jesús, para que nos haga comprender esto, con el corazón misericordioso, que sólo nos dice: «Dame tus debilidades, dame tus pecados, yo perdono todo». Jesús perdona todo, siempre perdona.

Que ésta sea nuestra alegría.

Papa Francisco
Homilía del 7 de julio de 2017


Misericordia quiero
Julio Alonso Ampuero

«Sígueme». Una vez más la voz de Jesús resuena nítida y poderosa. Una vez más Él se adelanta, toma la iniciativa. Y una vez más levanta al hombre de su postración. Mateo estaba «sentado al mostrador de sus impuestos»; pero estaba sobre todo hundido en su codicia, en su afán de poseer. «Él se levantó y lo siguió». Remite a otras escenas evangélicas; por ejemplo, la resurrección de Lázaro: «Lázaro, sal fuera». Levantar a Mateo de la postración y de la corrupción de su pecado no es menor milagro que hacer salir a Lázaro de la tumba cuando ya olía mal.

«Muchos pecadores… se sentaron con Jesús». El Hijo de Dios se ha hecho hombre para eso, para compartir la mesa de los pecadores. No rechaza a nadie, no se escandaliza de nada. Sabe que todo hombre está enfermo, y ha venido precisamente como médico, para buscar a los pecadores, para sanar la enfermedad peor y más terrible: el pecado que gangrena y destruye en su raíz la vida y la felicidad de los hombres.

«Misericordia quiero». Una vez más, Jesús tiene que enfrentarse con la dureza de corazón de los fariseos. En cambio Mateo, pecador público, ha experimentado la misericordia de Jesús, su amor gratuito; y por eso se convierte en instrumento de ese amor y de esa misericordia para muchos otros. Lo que él ha recibido gratis lo ofrece –también gratuitamente– a los demás. La conversión de Mateo es ocasión de conversión para muchos otros…


Cristo vino a llamar a los pecadores
Manuel Garrido Bonaño

Cristo vino a llamar a los pecadores. Él es infinitamente misericordioso y no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y se salve. La Misa de hoy nos lo muestra con el texto evangélico y el del profeta Oseas. Para esto necesitamos fe, como enseña San Pablo en la segunda lectura, la fe en la muerte y resurrección del Señor. La liturgia de este Domingo nos enseña a que suba hasta Dios el homenaje de su amor y su confianza. Dios es la fuente de todo bien, como se dice en la colecta, y nos ha dado a conocer su ser íntimo: «Dios es amor».

Oseas 6,3-6Quiero misericordia y no sacrificio. San Agustín explica la importancia del perdón:

«Centraos, hermanos míos, en el amor que la Escritura alaba de tal manera que admite que nada puede comparársele. Cuando Dios nos exhorta a que nos amemos mutuamente, ¿acaso te exhorta a que ames solamente a quienes te amen a ti? Este es un amor de compensación, que Dios no considera suficiente. Él quiso que se llegara a amar a los enemigos (Mt 5,44-45). Quien te enseñó a orar es quien ruega por ti, puesto que eras culpable. Salta de gozo, porque entonces será tu juez quien ahora es tu abogado. Dado que tendrás que orar y defender tu causa con pocas palabras, has de llegar a aquellas: Perdónanos nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores» (Mt 6,12) (Sermón 386,1).

–Con el Salmo 49 decimos: «Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios». Este Salmo es algo más que una simple, pero durísima requisitoria contra la hipocresía de ciertas prácticas religiosas que carecen de sentido, porque no tienen el aliento vital del espíritu. El sacrificio que Dios quiere es el de la alabanza, o lo que es lo mismo, que el hombre integre en sus sacrificios y ofrendas su misma persona, todo lo que él es.

Romanos 4,18-25Fue confortado en la fe por la gloria dada a Dios. Somos obra de Dios no sólo en cuanto justos. San Agustín dice:

«Conservemos esta justificación en la medida en que la poseamos, aumentémosla en la proporción que requiere su pequeñez para que sea plena… Todo proviene de Dios, sin que esta afirmación signifique que podamos echarnos a dormir o que nos ahorremos cualquier esfuerzo o hasta el mismo querer. Si tú no quieres, no residirá en ti la justicia de Dios. Pero aunque la voluntad no es sino tuya, la justicia no es más que de Dios. La justicia de Dios puede existir sin tu voluntad.. Serás obra de Dios, no sólo por ser hombre… Quien te hizo sin ti, no te santificará sin ti… La participación en los dolores de Cristo será tu fuerza» (Sermón 169,13).

Mateo 9, 9-13No he venido a llamar a los justos sino a los pecadores. La conversión de San Mateo es una gran enseñanza siempre actual. Todos somos pecadores. Comenta San Efrén:

«Él escogió a Mateo el publicano (Mt 9,9-13) para estimular a sus colegas a venirse con él. Él ve a los pecadores y los llama, y les hace sentarse a su lado. ¡Espectáculo admirable; los ángeles están de pie temblando, mientras los publicanos, sentados, gozan; los ángeles temen, a causa de su grandeza, y los pecadores comen y beben con Él; los escribas rabian de envidia y los publicanos exultan y se admiran de su misericordia!

«Los cielos viven este espectáculo y se admiran, los infiernos lo vieron y deliraron. Satanás lo vio ardiendo de furor, la muerte lo vio y experimentó su debilidad; los escribas lo vieron y quedaron ofuscados por ello. Hubo gozo en los cielos y alegría en los ángeles, porque los rebeldes eran dominados, los indóciles sometidos, los pecadores enmendados, y porque los publicanos eran justificados. A pesar de las exhortaciones de sus amigos, Él no renunció a la ignominia de la cruz y, a pesar de las burlas de los enemigos, no renunció a la compañía de los publicanos. Él ha despreciado la burla y desdeña las alabanzas, así contribuía mejor a la utilidad de los hombres» (Comentario sobre el Diatésaron 5,17).

Fiesta del Corpus Christi

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo les voy a dar es mi carne para que el mundo tenga vida”.

Entonces los judíos se pusieron a discutir entre sí: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?” Jesús les dijo: “Yo les aseguro: Si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no podrán tener vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día.

Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él. Como el Padre, que me ha enviado, posee la vida y yo vivo por él, así también el que me come vivirá por mí.

Este es el pan que ha bajado del cielo; no es como el maná que comieron sus padres, pues murieron. El que come de este pan vivirá para siempre”.

(san Juan 6, 51-58)


Yo soy el Pan vivo que ha bajado del cielo
P. Enrique Sánchez González, mccj

Celebramos hoy el don más grande que Jesús ha dado a todos los que nos sentimos discípulos suyos. Se nos ha entregado en cuerpo y sangre, es decir, totalmente con el único deseo de compartirnos el don de la vida que solo puede venir de Dios.

El cuerpo y la sangre del Señor que tomamos en nuestras manos en cada eucaristía y que compartimos como alimento que nutre nuestra vida se nos entrega en un trozo de pan y en un poco de vino.

Se trata de algo muy sencillo y humilde, pero que contiene lo mejor que pudo regalarnos el Señor para garantizar su presencia entre nosotros.

El pan y el vino es lo que se nos da cada día para que nuestro cuerpo tenga la fuerza necesaria para ir hacia adelante en todo lo que la vida nos va presentando. Y Jesús ha querido quedarse entre nosotros como alimento de vida, alimento que nutre, no solo el cuerpo, sino que hace posible que seamos fortalecidos en el espíritu.

Como en el desierto, cuando el pueblo de Dios estaba a punto de sucumbir por la falta de alimento, Dios en su infinita misericordia le dio a su pueblo el maná. Eran unas semillas que transformadas en harina se convertían en pan, un pan que había bajado del cielo y se había convertido en su salvación.

En los tiempos de Jesús, es él mismo que descendió del cielo, en donde estaba junto a su Padre, ya no para dar a sus discípulos un pan que llenará el vientre, sino algo

más, el Pan de vida, el verdadero pan vivo bajado del cielo, para que quienes se nutran de ese pan tengan vida para siempre, como dicen los primeros versículos del evangelio de este domingo.

Seguramente escuchando estas palabras nos hemos preguntado ¿qué es lo que nutre nuestras vidas hoy? ¿De qué pan nos llenamos el estómago pensando que será lo que nos permita vivir fuertes y saludables? ¿Qué necesitamos realmente para sentir que tenemos vida y que no estamos únicamente sobreviviendo con el pasar de los días?

No podemos ignorar que hoy existe una gran preocupación por todo aquello que consumimos para estar bien. Casi podríamos decir que existe un culto por aquello que se come, aunque la preocupación puede ser sana, pues con tanta manipulación de los alimentos, muchas veces, ya no sabemos lo que comemos.

Detenernos a reflexionar en la palabra del Señor que nos habla del pan que la vida nos hace caer también la cuenta de que vivimos en una sociedad en donde el pan o más bien lo que tiene qué ver con lo que comemos nos hace ver un mundo de contrastes en donde, por una parte la abundancia acaba en el desperdicio y en el desecho escandaloso de alimentos y, por otra parte, muchas personas luchan por tener un bocado para satisfacer el hambre. Y esa realidad no nos puede dejar indiferentes.

Existen muchas personas que son expertas en equilibrar las dietas y los alimentos y sabemos que se tiene que consumir una cantidad determinada de proteínas, que tenemos que consumir frutas y verduras para garantizar la cantidad necesaria de fibra; se nos dice que hay que tener mucho cuidado con las calorías y estar muy atentos con el consumo de azúcar y más todavía con los aceites, que no pueden ser cualesquiera.

El interés por mantener cuerpos sanos, fuertes y bien desarrollados es algo que ocupa la atención y el cuidado de muchas personas y para ello se recomienda evitar las harinas y preferiblemente optar por los panes integrales. Seguramente el pan que Jesús nos ofrece no obedece a esas reglas.

Sin duda, nadie se atrevería a considerar estas preocupaciones como algo desproporcionado y es bueno cuidarse, sobre todo en tiempos en que ya no sabemos mucho qué es lo que llega a nuestras mesas en tantos alimentos procesados.

Pero la pregunta que nos hacemos quiere ir un poquito más allá para ayudarnos a tomar conciencia de que existe algo que está por encima del pan o de los alimentos. Hay una cuestión, una interrogante, que nos obliga a preguntarnos con franqueza ¿cuánto nos estamos alimentando de Cristo?, ¿cuánto estamos reconociendo que sólo Él puede satisfacer las necesidades que nos hacer vivir verdaderamente? y ¿qué nos dice que no es lo que llena el vientre lo que nos puede hacer verdaderamente felices?.

La buena noticia que se nos da en esos cuantos versículos del Evangelio de hoy seguramente nos llenan de alegría, pues nos anuncian que el Señor se ha preocupado por quedarse entre nosotros, justamente como pan que nutre y mantiene vivo a quien lo consume.

Es pan que transforma la vida, porque dejándonos su cuerpo y su sangre es él quien se queda y permanece en nosotros.

Jesús, como pan vivo, es quien responde a nuestra necesidad de nutrir también aquella dimensión de nuestra vida que no puede quedar satisfecha con un trozo de pan. Él es el pan que da vida a nuestra dimensión espiritual.

Él nos ayuda a tomar conciencia de la importancia que tiene alimentarnos de él para no llegar al punto de tener un cuerpo súper bien nutrido y un espíritu raquítico y enfermizo que termine por afectar nuestra vida en su totalidad.

Y, lo más bello que podemos reconocer en la entrega del cuerpo y de la sangre que Jesús nos hace está en que podemos vivir ese gran don cada vez que nos reunimos en su nombre para celebrar la Eucaristía.

En cada eucaristía celebramos el don del pan, primeramente, que se nos da en la celebración que nos permite acoger la Palabra de Dios, como el pan de la Palabra y en la consagración del pan y del vino, que por obra del Espíritu Santo, se transforman para nosotros en el cuerpo y la sangre del Señor.

En la eucaristía recibimos el pan y el vino que se parte y se comparte para que nadie se quede sin el alimento que da vida, para que comulgando al cuerpo y a la sangre del Señor, también nosotros, nos transformemos en pan que se comparte con los necesitados.

Es un pan que estamos llamados a llevar a quienes están aún lejos y que no conocen al Señor. Es el pan de la solidaridad y del servicio, del compromiso y de la entrega misionera a los más necesitados.

Es el pan que se multiplica en la medida en que lo compartimos a través de obras de caridad y de fraternidad.

Finalmente, nutriéndonos del cuerpo y de la sangre del Señor nos damos la oportunidad de poder recibir la vida que solo Dios nos puede dar y seguramente es la vida más saludable que no nos obliga a ajustarnos a dietas exigentes.

Sería muy conveniente que al final de nuestra celebración de esta gran solemnidad pudiésemos grabar en nuestros corazones las palabras del Evangelio que dicen:

Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él. Como el Padre, que me ha enviado, posee la vida y yo vivo por él, así también el que me come vivirá por mí.

Tener presentes estas palabras nos ayudará a desear una mayor participación en nuestras eucaristías y nos permitirán sentir nuestras vidas transformadas por la presencia del Señor que sostiene nuestros cuerpos y nutre nuestro espíritu.

Ojalá esta solemnidad nos ayude a aceptar a Jesús como el único pan del que realmente tenemos necesidad y que comulgando a su cuerpo y a su sangre dejemos que su vida, que es vida eterna, nos mueva a desearlo como el único alimento que nos puede dar la vida que soñamos.

Que, como decimos en cada eucaristía, el cuerpo y la sangre de Cristo sean fuente de vida eterna para quienes vamos a recibirlo.


El sacramento de la memoria
Papa Francisco 

«Recuerda todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer» (Dt 8,2). Recuerda: la Palabra de Dios comienza hoy con esa invitación de Moisés. Un poco más adelante, Moisés insiste: “No te olvides del Señor, tu Dios” (cf. v. 14). La Sagrada Escritura se nos dio para evitar que nos olvidemos de Dios. ¡Qué importante es acordarnos de esto cuando rezamos! Como nos enseña un salmo, que dice: «Recuerdo las proezas del Señor; sí, recuerdo tus antiguos portentos» (77,12). También las maravillas y prodigios que el Señor ha hecho en nuestras vidas.

Es fundamental recordar el bien recibido: si no hacemos memoria de él nos convertimos en extraños a nosotros mismos, en “transeúntes” de la existencia. Sin memoria nos desarraigamos del terreno que nos sustenta y nos dejamos llevar como hojas por el viento. En cambio, hacer memoria es anudarse con lazos más fuertes, es sentirse parte de una historia, es respirar con un pueblo. La memoria no es algo privado, sino el camino que nos une a Dios y a los demás. Por eso, en la Biblia el recuerdo del Señor se transmite de generación en generación, hay que contarlo de padres a hijos, como dice un hermoso pasaje:«Cuando el día de mañana te pregunte tu hijo: “¿Qué son esos mandatos […] que os mandó el Señor, nuestro Dios?”, responderás a tu hijo: “Éramos esclavos […] ―toda la historia de la esclavitud― y el Señor hizo signos y prodigios grandes […] ante nuestros ojos» (Dt 6,20-22). Tú le darás la memoria a tu hijo.

Pero hay un problema, ¿qué pasa si la cadena de transmisión de los recuerdos se interrumpe? Y luego, ¿cómo se puede recordar aquello que sólo se ha oído decir, sin haberlo experimentado? Dios sabe lo difícil que es, sabe lo frágil que es nuestra memoria, y por eso hizo algo inaudito por nosotros: nos dejó un memorial. No nos dejó sólo palabras, porque es fácil olvidar lo que se escucha. No nos dejó sólo la Escritura, porque es fácil olvidar lo que se lee. No nos dejó sólo símbolos, porque también se puede olvidar lo que se ve. Nos dio, en cambio, un Alimento, pues es difícil olvidar un sabor. Nos dejó un Pan en el que está Él, vivo y verdadero, con todo el sabor de su amor. Cuando lo recibimos podemos decir: “¡Es el Señor, se acuerda de mí!”. Es por eso que Jesús nos pidió: «Haced esto en memoria mía» (1 Co 11,24). Haced: la Eucaristía no es un simple recuerdo, sino un hecho; es la Pascua del Señor que se renueva por nosotros. En la Misa, la muerte y la resurrección de Jesús están frente a nosotros. Haced esto en memoria mía: reuníos y como comunidad, como pueblo, como familia, celebrad la Eucaristía para que os acordéis de mí. No podemos prescindir de ella, es el memorial de Dios. Y sana nuestra memoria herida.

Ante todo, cura nuestra memoria huérfana. Vivimos en una época de gran orfandad. Cura la memoria huérfana.  Muchos tienen la memoria herida por la falta de afecto y las amargas decepciones recibidas de quien habría tenido que dar amor pero que, en cambio, dejó desolado el corazón. Nos gustaría volver atrás y cambiar el pasado, pero no se puede. Sin embargo, Dios puede curar estas heridas, infundiendo en nuestra memoria un amor más grande: el suyo. La Eucaristía nos trae el amor fiel del Padre, que cura nuestra orfandad. Nos da el amor de Jesús, que transformó una tumba de punto de llegada en punto de partida, y que de la misma manera puede cambiar nuestras vidas. Nos comunica el amor del Espíritu Santo, que consuela, porque nunca deja solo a nadie, y cura las heridas.

Con la Eucaristía el Señor también sana nuestra memoria negativa, esa negatividad que aparece muchas veces en nuestro corazón. El Señor sana esta memoria negativa.  que siempre hace aflorar las cosas que están mal y nos deja con la triste idea de que no servimos para nada, que sólo cometemos errores, que estamos “equivocados”. Jesús viene a decirnos que no es así. Él está feliz de tener intimidad con nosotros y cada vez que lo recibimos nos recuerda que somos valiosos: somos los invitados que Él espera a su banquete, los comensales que ansía. Y no sólo porque es generoso, sino porque está realmente enamorado de nosotros: ve y ama lo hermoso y lo bueno que somos. El Señor sabe que el mal y los pecados no son nuestra identidad; son enfermedades, infecciones. Y viene a curarlas con la Eucaristía, que contiene los anticuerpos para nuestra memoria enferma de negatividad. Con Jesús podemos inmunizarnos de la tristeza. Ante nuestros ojos siempre estarán nuestras caídas y dificultades, los problemas en casa y en el trabajo, los sueños incumplidos. Pero su peso no nos podrá aplastar porque en lo más profundo está Jesús, que nos alienta con su amor. Esta es la fuerza de la Eucaristía, que nos transforma en portadores de Dios: portadores de alegría y no de negatividad. Podemos preguntarnos: Y nosotros, que vamos a Misa, ¿qué llevamos al mundo? ¿Nuestra tristeza, nuestra amargura o la alegría del Señor? ¿Recibimos la Comunión y luego seguimos quejándonos, criticando y compadeciéndonos a nosotros mismos? Pero esto no mejora las cosas para nada, mientras que la alegría del Señor cambia la vida.

Además, la Eucaristía sana nuestra memoria cerrada. Las heridas que llevamos dentro no sólo nos crean problemas a nosotros mismos, sino también a los demás. Nos vuelven temerosos y suspicaces; cerrados al principio, pero a la larga cínicos e indiferentes. Nos llevan a reaccionar ante los demás con antipatía y arrogancia, con la ilusión de creer que de este modo podemos controlar las situaciones. Pero es un engaño, pues sólo el amor cura el miedo de raíz y nos libera de las obstinaciones que aprisionan. Esto hace Jesús, que viene a nuestro encuentro con dulzura, en la asombrosa fragilidad de una Hostia. Esto hace Jesús, que es Pan partido para romper las corazas de nuestro egoísmo. Esto hace Jesús, que se da a sí mismo para indicarnos que sólo abriéndonos nos liberamos de los bloqueos interiores, de la parálisis del corazón. El Señor, que se nos ofrece en la sencillez del pan, nos invita también a no malgastar nuestras vidas buscando mil cosas inútiles que crean dependencia y dejan vacío nuestro interior. La Eucaristía quita en nosotros el hambre por las cosas y enciende el deseo de servir. Nos levanta de nuestro cómodo sedentarismo y nos recuerda que no somos solamente bocas que alimentar, sino también sus manos para alimentar a nuestro prójimo. Es urgente que ahora nos hagamos cargo de los que tienen hambre de comida y de dignidad, de los que no tienen trabajo y luchan por salir adelante. Y hacerlo de manera concreta, como concreto es el Pan que Jesús nos da. Hace falta una cercanía verdadera, hacen falta auténticas cadenas de solidaridad. Jesús en la Eucaristía se hace cercano a nosotros, ¡no dejemos solos a quienes están cerca nuestro!

Queridos hermanos y hermanas: Sigamos celebrando el Memorial que sana nuestra memoria, ―recordemos: sanar la memoria; la memoria es la memoria del corazón―, este memorial es la Misa. Es el tesoro al que hay dar prioridad en la Iglesia y en la vida. Y, al mismo tiempo, redescubramos la adoración, que continúa en nosotros la acción de la Misa. Nos hace bien, nos sana dentro. Especialmente ahora, que realmente lo necesitamos.

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El maná y el Pan de Vida
José Luis Sicre

Esta fiesta comenzó a celebrarse en Bélgica en 1246, y adquirió su mayor difusión pública dos siglos más tarde, en 1447, cuando el Papa Nicolás V recorrió procesionalmente con la Sagrada Forma las calles de Roma. Dos cosas pretende: fomentar la devoción a la Eucaristía y confesar públicamente la presencia real de Jesucristo en el pan y el vino.

Sin embargo, las lecturas del ciclo A conceden más importancia al tema de la vida, con el que es fácil sintonizar en un mundo de guerras y atentados como el que vivimos. El evangelio de hoy comienza y termina con las mismas palabras: «el que coma de este pan vivirá para siempre». Y en medio: «el que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día».

Sobrevivir y vivir eternamente

El 1 de junio de 2009, el vuelo 447 de Air France entre Rio de Janeiro y París desapareció en mitad de la noche con 216 pasajeros y 12 tripulantes. Se salvó un matrimonio, no recuerdo si porque llegó tarde al embarque o por un cambio de última hora. Pero ese matrimonio se hizo famoso porque murió en un accidente de automóvil pocos días después. La supervivencia a un accidente, a un ataque terrorista, a una calamidad, no garantiza vivir eternamente.

Mucha gente acepta la muerte con resignación o fatalismo. Otros se rebelan contra ella, como Unamuno: «Con razón, sin razón, o contra ella, no me da la gana de morirme». El cuarto evangelio también se rebela contra la muerte. Comienza afirmando que en la Palabra de Dios «había vida». Y ha venido al mundo para que nosotros participemos de esa vida eterna.

Para expresar el contraste entre “supervivencia” y “vida eterna” las lecturas de hoy contrastan el maná con el alimento que nos ofrece Jesús. El Deuteronomio (1ª lectura) habla del maná como de un alimento sorprendente, novedoso, «que no conocías tú ni conocieron tus padres». Pero no se detiene, como hace el libro del Éxodo, en sus cualidades sorprendentes y su carácter milagroso. Es un alimento de pura supervivencia, que no garantiza la inmortalidad. En el evangelio, las palabras de Jesús subrayan este aspecto: el pan que comieron vuestros padres no los libró de la muerte. En cambio, el alimento que da Jesús, su cuerpo y su sangre, sí garantiza la vida eterna: «yo lo resucitaré en el último día».      Estas palabras, tomadas del largo discurso de Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm, anticipan la resurrección de Lázaro y el destino de todos nosotros.

Inmortalidad y vida eterna

Sin embargo, el alimento que ofrece Jesús no se limita a garantizar la inmortalidad. Tiene también valor para el presente. «El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él». Este es el sentido que tiene a veces el término «vida eterna» en el cuarto evangelio. No es vida de ultratumba, sino vida aquí y ahora, en una dimensión distinta, gracias al contacto íntimo, misterioso, con Jesús.

Unión con Jesús y unión con los hermanos

La idea de que, al comulgar, Jesús habita en nosotros y nosotros en él, corre el peligro de interpretarse de forma muy individualista. La lectura de Pablo a los corintios ayuda a evitar ese error. La comunión con el cuerpo y la sangre de Cristo no es algo que nos aísla. Al contrario, es precisamente lo que nos une, «porque comemos todos del mismo pan».

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La Eucaristía, alimento para la Misión en el desierto del mundo
Romeo Ballan, mccj

En el desierto del mundo (I lectura), Jesucristo en la Eucaristía es el viático, el Pan de vida (Evangelio), para que la Iglesia viva y anuncie la comunión y la fraternidad (II lectura). El lenguaje de Jesús en la sinagoga de Cafarnaún (Evangelio) es realista e insistente: su cuerpo y su sangre no son solamente ‘cosas sagradas’, son Jesús mismo. Él es el Pan de vida, que se ha de acoger y recibir con fe, para vivir en esta vida y en la futura. Nos lo asegura el que tiene palabras de vida eterna (cfr. Jn 6,68).

Tras su liberación de la esclavitud de Egipto, el pueblo tuvo que afrontar el desierto (I lectura) “inmenso y terrible, con dragones y alacranes, un sequedal sin una gota de agua” (v. 15). En el duro camino hacia la libertad, el Señor acompaña al pueblo con sus dones, con su palabra y sus acciones: en especial el regalo del maná y del agua sacada de una roca de pedernal (v. 16). Dones que es necesario recordar y no olvidar (v. 2.14).

Jesús promete un don superior al maná (Evangelio, v. 58). Un don que es preciso descubrir y compartir con otros: “Si tú conocieras el don de Dios”, dijo Jesús a la mujer samaritana (Jn 4,10). La Eucaristía es el don nuevo y definitivo que Jesús confía a la Iglesia peregrina y misionera en el desierto del mundo. Es mucho más que el simple recuerdo de una gran hazaña del pasado: es, hoy, el don del Viviente. “El recuerdo bíblico introduce nuevamente al creyente en la historia de la salvación, actualizando en el hoy los eventos del pasado. Este es el sentido de la palabra memorial que en el Nuevo Testamento se aplica también a la Eucaristía… La Eucaristía es el recuerdo de la muerte y resurrección de Cristo, es la certeza de su continua presencia como alimento del hombre peregrino, en la espera de su venida” (G. Ravasi).

La Eucaristía es fuente y sello de unidad (II lectura): siendo comunión con la sangre y el cuerpo de Cristo, debe llevar a la comunión fraterna entre todos los que comen del mismo pan. De la Eucaristía nace necesariamente un generoso estímulo al encuentro ecuménico y a la actividad misionera, “para que una misma fe ilumine y un mismo amor congregue a todos los hombres que habitan en un mismo mundo” (Prefacio). La persona y la comunidad que realizan la experiencia viva de Cristo en la Eucaristía se sienten motivadas a compartir con los demás el don recibido en la Palabra y en el Sacramento: la misión nace de la Eucaristía y conduce a ella.

El misionero lleva por el desierto del mundo la única respuesta válida, Cristo, buena noticia de vida para los pueblos. Cristo es siempre buena noticia en el desierto existencial y espiritual de la vida humana. Cristo es acontecimiento de salvación y misterio adorable aun cuando un misionero celebre la Eucaristía en el desierto africano del Sahara, como lo hicieron Daniel Comboni y sus compañeros en el terrible desierto de Korosko, mientras viajaban de Egipto a Jartum (Sudán) en 1857.

En toda su persona (cuerpo, sangre, alma y divinidad) Jesús se hace Pan y nos invita con insistencia a comer de este Pan (Jn 6,51.53.54.56). Comer el Pan que es Cristo significa asumir su proyecto, su misión, el desafío y la alegría del Evangelio. La Eucaristía nos enseña a derribar las barreras que impiden o mortifican el desarrollo de la vida: nos da la fuerza para defender la vida de cada persona, convencidos de que ‘nadie sobra’ en la aldea global de la humanidad; nos da la confianza para vencer la espiral de violencia mediante el diálogo, el perdón y el sacrificio de sí mismos; nos da el valor para romper las cadenas del acaparamiento de los bienes promoviendo por doquier el compartir y la solidaridad.

“Para Jesús elPadre nuestro y elpan nuestrosoninseparables: cada pan que ofrezco a un hambriento lo ofrezco al mismo Jesús… (tuve hambre…y me diste; estaba enfermo… y has venido a visitarme (Mt. 25,39). No podemos decir en la iglesia ‘Padre nuestro’ y pedir ‘danos hoy nuestro pan de cada díay luego salir y volver a entrar en la cultura de lo mío: mi casa, mi coche, mi dinero, mi ciudad, mi patria… La lógica de la Eucaristía nos pide: entrar en la iglesia, cada domingo, como mendigos de la Palabra y del pan de Cristo y salir para convertirnos, en la vida, en un pedazo de pan partido, para las personas que encontraremos” (R. Vinco, S. Nicolò, Verona).

La aldea global solo puede tener un único banquete global, en el cual todos los pueblos tienen el mismo derecho a participar; del cual nadie debe ser excluido o discriminado, por ninguna razón. Desde siempre, este es, y solamente este, el proyecto del Padre común para toda la familia humana (cfr. Is 25,6-9). Este es el sueño que Él confía a la comunidad de los creyentes para que lo realicen.

Una mexicana, Prefecta del Dicasterio para la Comunicación

El Papa León XIV ha nombrado a la mexicana María Montserrat Alvarado, actual presidenta y directora de operaciones de EWTN News, prefecta del Dicasterio para la Comunicación a partir del primero noviembre de 2026. Sucederá en el cargo a Paolo Ruffini, continuando el camino de reforma y renovación iniciado por el Papa Francisco (Fotos: Vatican News).

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Nacida en Ciudad de México, María Montserrat Alvarado obtuvo títulos académicos de la Universidad Internacional de Florida y la Universidad George Washington. De 2009 a 2023, ocupó puestos de liderazgo en el Becket Fund for Religious Liberty, participando en iniciativas dedicadas a la defensa de la libertad religiosa y la promoción de la dignidad humana. Desde 2023, ha desempeñado el cargo de presidenta y directora de operaciones de EWTN News, la división de noticias de la Eternal Word Television Network, supervisando plataformas mediáticas internacionales que producen contenidos en siete idiomas a través de televisión, radio, prensa escrita, medios digitales y redes sociales.

Con el nombramiento de Alvarado, el Papa León XIV continúa el camino de reforma y renovación de la Curia Romana iniciado por el Papa Francisco, que ha visto cómo se ha confiado a fieles laicos, hombres y mujeres, puestos de liderazgo y responsabilidad al servicio de la Iglesia universal. Alvarado es la primera mujer no religiosa en ser nombrada prefecta de un dicasterio de la Santa Sede.

Creado por el Papa Francisco el 27 de junio de 2015 como parte de la reforma de la Curia Romana, el Dicasterio para la Comunicación supervisa los sistemas de comunicación de la Santa Sede, entre los que se incluyen Vatican News, Radio Vaticana, L’Osservatore Romano, Vatican Media (servicios de foto, audio y vídeo), la Oficina de Prensa de la Santa Sede, la editorial vaticana, la Imprenta Vaticana y la Filmoteca Vaticana. Además de las funciones operativas y tecnológicas que le han sido asignadas, el Dicasterio también profundiza y desarrolla los aspectos propiamente teológicos y pastorales de la actividad de la Iglesia en el ámbito de la comunicación. Alvarado sucederá a Paolo Ruffini, a quien el Papa Francisco nombró en 2018 como el primer prefecto laico de un dicasterio de la Curia Romana, y que cumplirá 70 años el próximo mes de octubre.

Foto: Vatican News

En una declaración publicada tras el anuncio, Alvarado afirmó: “Aunque este nombramiento ha sido inesperado, lo recibo con un sincero deseo de servir al Santo Padre, el Papa, en el inicio de su pontificado. Y estoy agradecida a Paolo Ruffini por su liderazgo a lo largo de los últimos años y espero continuar, con amistad y esperanza, la importante labor de fortalecer el Dicasterio para que pueda seguir sirviendo a la Iglesia en Roma y en todas partes para comunicar a Cristo al mundo”.

Ruffini envió una carta a los empleados del Dicasterio para la Comunicación y declaró: “El Dicasterio lleva grabado en su propio ADN el deber de mantenerse constantemente en sintonía con el mundo de la comunicación, en rápida evolución. Desde el momento en que nacimos como institución, nuestra estrella guía ha sido y sigue siendo esta: no detenernos nunca, pasar el testigo sin dejar de correr, estar presentes aquí y ahora, en este mismo instante, como piedra de toque de una comunicación que es instrumento de una comunión que crece con el tiempo. He entrado en la recta final de la carrera, antes del momento en que —en el largo viaje que es nuestra vida laboral—, al haber alcanzado los 70 años, la edad fijada para la jubilación, pasaré el testigo a Montserrat Alvarado como próxima prefecta. Nos conocemos bien. Y en los próximos meses trabajaremos en estrecha colaboración, en el espíritu de comunión que nos une en la Iglesia”.

“Agradezco a la gran familia del Dicasterio —añadió— el camino que hemos recorrido juntos durante estos ocho años. Iniciamos ahora el proceso, que se desarrollará en los próximos meses, para una transición fluida, con el fin de ayudar al Dicasterio a seguir creciendo al servicio del Santo Padre y en su misión de servir con espíritu de unidad y apertura”.

Michael P. Warsaw, presidente del consejo de administración y director ejecutivo de EWTN, afirmó que Alvarado se había ganado “la confianza y el respeto de todos los que tuvieron el privilegio de trabajar a su lado” durante sus años en la cadena. Añadió: «Le ofrecemos nuestras oraciones, nuestro ánimo y todo el apoyo de la familia EWTN ahora que emprende esta importante misión al servicio del Papa León XIV y de su pontificado».