Blog

Curso Latinoamericano de Animación Misionera

Del 28 de junio al 24 de julio se está desarrollando en la sede de las OMPE (Obras Misionales Pontificio Episcopales de México) la 48ª edición del Curso Latinoamericano de Animación Misionera (CLAEM).

www.fides.org
Fotos: PUM/OMPE México

«No es la Iglesia la que tiene una misión, sino la misión de Dios la que tiene una Iglesia». Este es el eje central de la reflexión propuesta por el padre John Kennedy Joseph, misionero del Verbo Divino, profesor en diversas instituciones de educación superior en México y especialista en eclesiología y pastoral, durante la cuadragésima octava edición del Curso Latinoamericano de Animación Misionera (CLAEM), uno de los principales espacios de formación misionera en América Latina.

El Curso, que se desarrolla del 28 de junio al 24 de julio, ofrece un itinerario de profundización teológica y pastoral sobre la «Missio Dei», la iniciativa trinitaria de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, que envía a la Iglesia a participar, como sacramento del Reino, en su obra de reconciliación, justicia y salvación en la historia.

Un camino bíblico y teológico

El CLAEM, organizado en Ciudad de México por las Pontificias Obras Misionales en colaboración con el Instituto Intercontinental de Misionología, reúne durante cuatro semanas a directores diocesanos de misiones, sacerdotes, religiosos y religiosas, seminaristas y laicos implicados en la animación misionera. El objetivo es fortalecer su formación bíblica, teológica y pastoral.

El camino de reflexión sobre la Missio Dei comienza con las grandes páginas del Antiguo Testamento: desde la vocación de Abrahán y la historia del pueblo liberado de Egipto hasta la figura del Siervo del Señor y el ministerio profético, la misión se presenta como un hilo conductor que atraviesa toda la Escritura, preparando la plena revelación del designio salvífico de Dios en Jesucristo.

La primera semana, animada por la hermana María del Socorro Becerra Molina, HMSP, ha permitido volver a leer la historia de la salvación como expresión de la misericordia de Dios que ve la aflicción, escucha el clamor de los pobres y desciende para liberar, y ayudó a contemplar al Espíritu Santo como verdadero protagonista de la evangelización, a partir de Pentecostés y de los Hechos de los Apóstoles.

La misión como «forma histórica del amor trinitario»

Durante la segunda semana, el padre John Kennedy Joseph ha dedicada varias conferencias a la eclesiología de la misión, desarrollando su fórmula: «No es la Iglesia la que tiene una misión, sino la misión de Dios la que tiene una Iglesia». Desde esta perspectiva, la misión de la Iglesia nace de la misión de Cristo, enviado a su vez por el Padre, y se despliega bajo la fuerza del Espíritu; por ello, explicó el ponente, «toda misión cristiana es trinitaria: encuentra su origen en el Padre, su forma en Cristo y su fuerza en el Espíritu».

Lejos de toda lógica de conquista o de propaganda religiosa, la Missio Dei es, según el padre John Kennedy, la forma que toma históricamente el amor trinitario: Dios crea, llama, libera, perdona, sana y reconcilia, y la Iglesia existe para servir y dar testimonio de este amor en contextos concretos.

De este modo, la misionología (que contempla la Missio Dei) y la eclesiología del Pueblo de Dios aparecen íntimamente vinculadas: la misión como iniciativa del Dios Uno y Trino está relacionada con la Iglesia, pueblo histórico y sacramental, como forma concreta a través de la cual este amor se manifiesta en las culturas, en los territorios y en las periferias.

Pueblo de Dios, territorio y semillas del Reino

El padre John Kennedy Joseph también ha vuelto a proponer la renovación eclesiológica del Concilio Vaticano II a la luz de la noción de Missio Dei, insistiendo en la categoría de «Pueblo de Dios». A la luz de la Constitución conciliar sobre la Iglesia Lumen gentium, ha recordado que la Iglesia no se define ante todo como una sociedad perfecta, sino como misterio de comunión, pueblo convocado por Dios y sacramento de salvación, en el que el bautismo funda la igualdad radical entre todos los fieles.

Se trata de un pueblo descrito como una comunidad histórica, visible y situada, que vive en culturas determinadas, habita territorios concretos, afronta conflictos reales y discierne los signos de los tiempos en medio de pueblos concretos. El territorio, por tanto, no es solamente un espacio geográfico, sino un lugar marcado por la vida del pueblo que lo habita, con su memoria, sus sufrimientos y sus esperanzas.

«Jesús no anunció en primer lugar la Iglesia, sino el Reino. La Iglesia existe para servir al Reino». Una vocación –ha recordado el padre Kennedy– que se realiza encontrando el modo de caminar juntos. Por ello, la auténtica sinodalidad en la Iglesia no es una invención metodológica ni una receta de «construcción de equipos», sino la forma histórica experimentada de la vida como Pueblo de Dios: laicos, mujeres, jóvenes, pobres, pueblos indígenas, migrantes, víctimas, ministros ordenados y consagrados, llamados a vivir y discernir juntos lo que el Espíritu pide, orientados al servicio de la misión.

Es el pueblo de una «Iglesia en salida» –según la expresión desarrollada por el Papa Francisco–, solícita en acercarse a los excluidos y en servir al Reino en sociedades marcadas por la injusticia, la violencia y las crisis ecológicas.

Para el padre Kennedy, el Reino constituye, por tanto, el horizonte de la misión. Don gratuito de Dios y tarea histórica, se hace visible allí donde se manifiestan la vida, la justicia, la reconciliación, la fraternidad y la paz, especialmente entre los pobres y excluidos, según las grandes intuiciones desarrolladas y asumidas después del Concilio Vaticano II también en las grandes Asambleas continentales de las Iglesias latinoamericanas de Medellín (1968), Puebla (1979), Santo Domingo (1992) y Aparecida (2007).

Chad: Renuncia de Mons. Miguel Ángel Sebastián, obispo de Sarh.

El jueves 16 de julio de 2026 el Santo Padre aceptó la renuncia al cargo pastoral de la diócesis de Sarh en Chad (África Central), presentada por el comboniano Mons. Miguel Ángel Sebastián Martínez, según anunció la Oficina de Prensa del Vaticano. Mons. Miguel Ángel cumplió 75 años el 28 de septiembre de 2025, fecha en que presentó su renuncia al Papa León XIV.

El misionero comboniano de origen español fue nombrado obispo de Laï, Chad, el 28 de noviembre de 1998 y consagrado el 14 de febrero de 1999. El 30 de enero de 2014, fue nombrado administrador apostólico de la diócesis de Doba, en el mismo país, cargo que ocupó hasta el 18 de febrero de 2017. El papa Francisco lo nombró obispo de Sarh el 10 de octubre de 2018, y tomó posesión del cargo un mes después.

Mons. Miguel Ángel formó parte del primer grupo de misioneros combonianos que llegaron a Chad en 1977, país en el que trabajó durante casi medio siglo, primero como sacerdote y luego como obispo.

«Su ministerio episcopal se caracterizó por la generosidad, la fe y un espíritu de servicio, a través de una presencia atenta y paternal, capaz de ofrecer guía, escucha y cercanía a tantos. Su dedicación fue un auténtico signo de comunión, esperanza y testimonio evangélico para la comunidad cristiana y para todos los que tuvieron la alegría de conocerle», escribió el Superior General de los Misioneros Combonianos, el padre Luigi Codianni, en su mensaje de agradecimiento al prelado emérito de Sarh.

El capuchino Jean Miguina, nuevo obispo de Sarh

El Papa León XIV nombró al P. Jean Miguina, OFM Cap., como nuevo obispo de Sarh.

Jean Miguina nació el 12 de septiembre de 1978 en Laï, en la diócesis del mismo nombre. Fue ordenado sacerdote el 21 de noviembre de 2009 en Moundou. Desde 2024, es miembro del Colegio de Consultores de la Diócesis de Moundou; Asistente espiritual de las Hermanas Franciscanas de Donia; profesor de latín en el Seminario Mayor Saint Mbaga Tuzinde en Sarh. Además, dentro de la Orden Capuchina, es responsable de los aspirantes capuchinos de Chad, así como consejero y custodio de la Custodia de Chad y de la República Centroafricana, y miembro de la Comisión Jurídica.

XVI Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, Jesús propuso esta parábola a la muchedumbre: “El Reino de los cielos se parece a un hombre que siembra buena semilla en su campo; pero mientras los trabajadores dormían, llegó un enemigo del dueño, sembró cizaña entre el trigo y se marchó.

Cuando crecieron las plantas y se empezaba a formar la espiga, apareció también la cizaña. Entonces los trabajadores fueron a decirle al amo: ‘Señor, ¿qué no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde, pues, salió esta cizaña?’. El amo les respondió: ‘De seguro lo hizo un enemigo mío’. Ellos le dijeron: ‘¿Quieres que vayamos a arrancarla?’. Pero él les contestó:

‘No. No sea que al arrancar la cizaña, arranquen también el trigo. Dejen que crezcan juntos hasta el tiempo de la cosecha y, cuando llegue la cosecha, diré a los segadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en gavillas para quemarla, y luego almacenen el trigo en mi granero”.

Luego les propuso esta otra parábola: “El Reino de los cielos es semejante a la semilla de mostaza que un hombre siembra en un huerto. Ciertamente es la más pequeña de todas las semillas, pero cuando crece, llega a ser más grande que las hortalizas y se convierte en un arbusto, de manera que los pájaros vienen y hacen su nido en las ramas”

Les dijo también otra parábola: “El Reino de los cielos se parece a un poco de levadura que tomó una mujer y la mezcló con tres medidas de harina, y toda la masa acabó por fermentar” Jesús decía a la muchedumbre todas estas cosas con parábolas, y sin parábolas nada les decía, para que se cumpliera lo que dijo el profeta: Abriré mi boca y les hablaré con parábolas; anunciaré lo que estaba oculto desde la creación del mundo.

Luego despidió a la multitud y se fue a su casa. Entonces se le acercaron sus discípulos y le dijeron: “Explícanos la parábola de la cizaña sembrada en el campo”.

Jesús les contestó: “El sembrador de la buena semilla es el Hijo del hombre, el campo es el mundo, la buena semilla son los ciudadanos del Reino, la cizaña son los partidarios del maligno, el enemigo que la siembra es el diablo, el tiempo de la cosecha es el fin del mundo,

y los segadores son los ángeles.

Y así como recogen la cizaña y la queman en el fuego, así sucederá al fin del mundo: el Hijo del hombre enviará a sus ángeles para que arranquen de su Reino a todos los que inducen a otros al pecado y a todos los malvados, y los arrojen en el horno encendido. Allí será el llanto y la desesperación. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre.

El que tenga oídos, que oiga”.

(Mateo: 13, 24-43)


El trigo y la cizaña
P. Enrique Sánchez G. mccj

En este domingo seguimos leyendo el capítulo 13 del evangelio de san Mateo en el cual Jesús continúa instruyendo a sus discípulos con enseñanzas sencillas, pero profundas que nunca olvidarán.

En esta ocasión escucharemos tres parábolas que se refieren, una vez más, a la siembra de la buena semilla que el Señor pone en el corazón de quienes se disponen a hacer de su corazón tierra buena que acoge la Palabra del Señor y la atesora, para que lo guíe cada día en el caminar de su vida.

En la primera parábola se trata de la siembra de una buena semilla de trigo que el dueño de los campos siembra con generosidad y en buena manera. Seguramente después de haber preparado sus campos correctamente y eso es reconocido por sus trabajadores, quiénes no se explican lo sucedido al ver surgir la cizaña entre el trigo.

En la respuesta del dueño de los campos se deja sentir una convicción que genera serenidad y confianza.

Él confirma que ha sembrado buena semilla, pero, al mismo tiempo reconoce, sin alarmarse, que alguien con malas intenciones ha ido de noche, mientras los trabajadores dormían y ha sembrado la cizaña.

En estas pocas palabras el evangelio nos enseña que no es de extrañarse que aparezca la cizaña, pues es un hecho que todos experimentamos que en la vida de todos los días nos damos cuenta cómo el bien y el mal están presentes. No vivimos en un mundo protegido por una burbuja o en un ambiente de laboratorio en donde es muy difícil que se filtre lo que puede dañar y contaminar lo que es puro, sano o inmaculado.

La vida nos enseña que todos los días estamos obligados a hacer un continuo discernimiento para no dejar que lo que no nos conviene se filtre en lo habitual de nuestra vida y para que no caigamos en la trampa de confundir el mal con el bien, lo sano con lo enfermizo, lo noble y santo con lo que viene del espíritu del maligno.

Sabemos que Dios siempre está trabajando por nuestro bien y está sembrando en nuestros corazones aquello que nos hace crecer y que da sentido y felicidad a nuestras vidas. Pero igualmente el espíritu del mal no descansa y es muy astuto buscando la manera de atraparnos en sus propuestas y seducciones. Muchas veces, con pesar, tenemos que reconocer que nos gana en la batalla.

Pero el Señor en su sabiduría nos ayuda a entender que lo peligroso no es que exista el mal, siempre ha existido y será una realidad que no podremos ignorar o hacernos los desentendidos; lo que importa es que vayamos creciendo en el espíritu de Dios para poder reconocer todo aquello que no viene de él y, en su momento, podamos deshacernos de sus engaños.

Dejar que el trigo y la cizaña crezcan juntos, como propone el dueño del campo que sembró buen trigo, quiere decir que lo importante es que al final sepamos elegir, lo que realmente es bueno en nuestra vida y que nos quedemos con lo que vale la pena.

Quiere decir también que aprendamos a no dejarnos confundir, como muchas veces nos puede suceder, por la debilidad de nuestro espíritu o la fragilidad de nuestra fe.

Es muy fácil que nos dejemos encandilar y seducir por las propuestas que nos vienen del espíritu del mal y seguramente caemos, pero lo importante es saber reaccionar y tener el valor de optar siempre por el bien, por lo noble y lo bueno que Dios pone en nuestro camino.

Siempre será conveniente, para crecer en el camino del bien, preguntarnos ¿Cuáles son las cizañas que van creciendo en mi vida? ¿Cuáles son las tentaciones que me provocan y tratan de seducirme cada día? ¿Soy capaz de llamar por su nombre al mal que muchas veces trata de gobernar mi vida? ¿Me preocupo por desenmascarar aquello que es mal en mi modo de ser y que trato de hacerlo pasar por bien, justificando mis maneras de actuar, de sentir y de relacionarme con los demás?

La segunda parábola nos ayuda a entender que el mal muchas veces nos puede parecer más imponente, más hábil para ganarse nuestro corazón. Nos puede parecer que ante el mal no tenemos muchas armas con qué defendernos y que al final siempre saldrá vencedor. Eso, muchas veces lo confirmamos diciendo que basta ver un poco lo que sucede en nuestro mundo. En ese mundo en donde los malvados parecen llevar la delantera e imponer sus puntos de vista.

Muchas veces decimos que no vale la pena esforzarse en hacer el bien y en llevar una vida recta, pues al final a quienes les va bien es a los malvados, a los que siembran la violencia y a los que viven haciendo sufrir a los demás. Pero eso no es verdad.

Los cristianos tenemos la experiencia de saber que el bien no hace ruido y que, a su tiempo, demuestra ser quien tiene la última palabra, quien acaba por convencer y que tiene la razón.

Y, ahí la segunda parábola que nos habla de la pequeña semilla de mostaza nos muestra con mucha sencillez y elocuencia su verdad. Esa pequeña semilla, la más pequeña de todas las semillas, parecería que no tiene un gran valor. No aparece con poder y pasa casi por ser ignorada.

Sin embargo, como dice el Señor es una semilla que se convierte en algo grande, en un árbol capaz de dar acogida a los pájaros. Es decir es una semilla que se transforma en espacio de bienestar, de protección y de cuidado para quien tiene necesidad. En otras palabras, es una semilla que genera lo bueno que lleva dentro de ella y se convierte en refugio de quienes tienen necesidad.

Ese es el secreto de lo bueno que existe en Dios y que al llamarnos a la vida ha puesto en lo más profundo de nosotros. Hemos sido creados para hacer el bien y nuestra felicidad más grande será siempre ver que por nuestro ser y por nuestro quehacer podemos hacer que otros encuentren la felicidad en sus vidas.

No habrá jamás mayor felicidad en nuestro corazón que la felicidad que logremos producir en la vida de los demás.

Ese pequeño gesto de bondad, de cordialidad, de paciencia, de respeto, de amor que podamos dejar en el corazón de los demás será siempre como esa pequeña semilla de mostaza, que aparentemente no sirve para nada, pero que sembrada con generosidad y alegría será capaz de crear un mundo nuevo, será lo que nos ayude a descubrirnos cada día más hermanos y destinados a crear una humanidad en donde la fraternidad y el respeto, en donde la justicia y la solidaridad dejarán de ser ideales lejanos para convertirse en realidad. Y será siempre eso pequeño, a lo cual tal vez no le damos demasiada importancia, lo que puede hacer de nosotros personas únicas, personas buenas, personas amables, personas con las que da gusto estar.

Finalmente, la tercera parábola nos habla de la pequeña cantidad de levadura capaz de fermentar toda la masa. Esa pequeña cantidad de levadura que tiene por vocación perderse entre la harina que se trabaja con esfuerzo y con cariño al mismo tiempo.

Esa levadura es la que permite que al final se logre un pan sabroso, nutritivo; un pan que da gusto compartir con los demás en la mesa que nos une en familia. El pan que se convierte no sólo en alimento que nutre, sino en motivo de comunión, de acción de gracias por tenernos los unos a los otros, se convierte en Eucaristía, presencia del Señor que nos llena de vida.

Pues bien, ese pequeño trozo de levadura, tan eficaz y tan necesario, acepta perderse, desaparecer en medio de la masa para cumplir con su función. Renuncia a sí mismo, al punto que el pan no tendrá un sabor a levadura, pero no será pan sin que ella esté presente. Esa levadura nos recuerda que las cosas grandes que Dios quiere realizar siempre en nosotros y a través de nosotros, pasan a través de lo pequeño, de lo insignificante, aparentemente, y nos pide que aprendamos a perdernos a nosotros mismos, que no tengamos miedo a renunciar a lo que consideramos como algo que nos pertenece y que sin ello desapareceríamos.

Las grandes cosas de Dios en nuestra vida se convierten en milagros cuando empezamos a entender que de lo pequeño que somos, de lo inadecuados que nos podemos reconocer, de lo pecadores que seguramente nos sentimos, que de lo poco que podemos significar a los ojos de los los demás; justamente de ahí, es de donde Dios empieza a hacer cosas grandes, porque en su modo de actuar, es en lo insignificante, en lo despreciable de este mundo, en el pecado que cargamos cada uno, ahí es en donde se manifiesta su grandeza y su poder.

El puñadito de levadura que podemos ser cada uno de nosotros, cuando aceptamos entrar en la refriega del mundo y lo aportamos como lo mejor que hemos recibido del Señor, sorpresivamente se convierte en algo que nos transforma y que transforma el mundo.

Nuestros pequeños gestos de bondad, de perdón, de paciencia, de resistencia en la adversidad, de comprensión y de aceptación de la diversidad que nos rodea. Todos esos pequeños detalles de misericordia hacia los demás y con nosotros mismos, reconociendo

con humildad que no hemos sido siempre aquello que Dios había soñado para nosotros, eso es lo que acabará por cambiar el mundo.

Esa pequeña levadura que haremos que se pierda en la masa de los grandes conflictos de nuestro mundo que genera cada día tanto dolor y sufrimiento, que nos hace creer que la guerra es lo normal y aceptable, que pretende vendernos la idea de que la miseria que acompaña a tantos hermanos nuestros es un destino desafortunado que les ha tocado vivir; esa levadura será la que nos permitirá ver cómo el mundo cambia en la medida en que cambiamos en lo pequeño y en lo inmediato de nuestras vidas, haciéndonos personas capaces de generar esperanza, confianza, optimismo, caridad, amor y fe a nuestro alrededor.

Pidamos al Señor que nos ayude a no espantarnos al descubrir la maldad como cizaña también presente en nosotros, pero que nos haga entender que estamos bajo su cuidado y protección y que el mal no prevalecerá en aquellos que tienen puesta su confianza en él.

Que seamos capaces de aceptar que somos pequeñas semillas de mostaza, a lo mejor insignificantes a los ojos de nuestro mundo, pero destinadas a dar frutos de bondad que cambiarán aquellos espacios en donde nos toca estar presentes hoy como cristianos.

Roguemos para que esa levadura que llevamos en nosotros, como gracia otorgada por el Señor, nos haga ser presencia discreta de su amor entre todos nuestros hermanos y que nos dé la valentía de llevarlo a todos los rincones del mundo, en donde nuestra presencia como testigos y misioneros suyos se convierta en levadura que convierta la masa de nuestro mundo en pan, en cuerpo del Señor, que se comparte para ser alegría en el corazón de todos los que peregrinamos por este mundo.

Que la cizaña no logre ahogar el buen trigo que ha sido sembrado en nuestros corazones.


¡Tres parábolas escandalosas!
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

«El Reino de los cielos se parece a…». Después de la parábola del sembrador, que escuchamos el domingo pasado, el Evangelio de hoy nos propone otras tres parábolas que revelan el misterio de la presencia del Reino de los cielos en medio de nosotros. Nos encontramos en el capítulo 13 del Evangelio según san Mateo, en el llamado «discurso de las parábolas».

Jesús continúa hablando mediante la sabiduría de las parábolas, accesible a todos, porque el Reino de Dios no es una realidad abstracta, encerrada en conceptos filosóficos o en formulaciones teológicas, sino una realidad viva y cercana a todos aquellos que tienen «ojos para ver» y «oídos para escuchar».

1. La parábola del trigo y la cizaña: ¡el escándalo del mal!

¡Un campo, la siembra del buen trigo y la desagradable sorpresa de la cizaña! La cizaña es una planta muy parecida al trigo, pero sus granos oscuros son tóxicos y pueden producir efectos narcóticos. El texto habla de «cizañas», en plural, como para recordarnos cuán numerosas son las formas en las que el mal se manifiesta en el campo del mundo.

También nosotros conocemos bien esta amarga sorpresa: en la realidad del mundo, de la Iglesia, de la familia y de nuestra propia existencia.

Nuestra primera reacción es interrogar al dueño: «Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde viene entonces la cizaña?». La siembra, en efecto, era responsabilidad del dueño de la casa. ¿No eres tú, Señor, el Creador de un mundo bello y bueno? ¿De dónde viene, entonces, el mal? Dios es casi siempre el primer acusado en nuestras quejas.

Nuestra segunda reacción es inmediata: «¿Quieres que vayamos a arrancarla?». ¡Deseamos un campo limpio de toda mala hierba! Pero la respuesta del dueño es desconcertante: «No, no sea que, al arrancar la cizaña, arranquéis también con ella el trigo. Dejad que ambos crezcan juntos hasta la siega».

Pero ¿cómo es posible? ¿No afirma el profeta: «Todo tu pueblo estará formado por justos» (Isaías 60,21)? ¿No había dicho Juan el Bautista que el hacha ya estaba puesta a la raíz de los árboles y que el Mesías vendría a bautizar con fuego, a recoger el trigo y a quemar la paja en un fuego que no se apaga (cf. Mateo 3,10-12)?

Los apóstoles piden explicaciones sobre la parábola, quizá no porque no la hayan comprendido, sino porque les cuesta aceptarla. ¡Y también a nosotros nos cuesta!

Nuestro sueño, en cierto sentido, es el del profeta Elías y el de Juan el Bautista: reducir inmediatamente a cenizas la cizaña y la paja. Pero, como recuerda san Agustín, solo Dios conoce verdaderamente a quienes le pertenecen. En efecto, el bien y el mal no conviven únicamente en el mundo: también atraviesan el corazón de cada uno de nosotros. Arrancar precipitadamente el mal podría significar herir o destruir también el bien que está creciendo.

Nunca han faltado «zelotes» en la historia de la Iglesia. ¡Cuántas condenas, pronunciadas sin discernimiento, han acabado por meter a todos en el mismo saco, provocando consecuencias dramáticas! Por eso Dios se reserva para sí el papel de juez. El juicio de Dios busca justificar y salvar; el nuestro, con demasiada frecuencia, condena y mata.

2. La parábola del grano de mostaza: ¡el escándalo de la pequeñez!

Inmediatamente después, Jesús añade otra parábola: «El Reino de los cielos se parece a un grano de mostaza […] la más pequeña de todas las semillas, pero, cuando crece, es mayor que las demás plantas del huerto y se convierte en un árbol».

La mostaza negra de Palestina, de la que se obtiene un condimento muy sabroso, puede crecer hasta convertirse en un gran arbusto y alcanzar incluso tres o cuatro metros de altura, especialmente en la región del lago de Tiberíades. Mediante el contraste entre «la más pequeña de todas las semillas» y «la mayor de las plantas del huerto», Jesús quiere subrayar el sorprendente desarrollo del Reino de Dios.

Sin embargo, hay algo insólito en esta comparación. La mostaza es una planta resistente, casi invasora: sus diminutas semillas se esparcen fácilmente y llegan a todas partes. Además, en la Biblia, la mostaza aparece únicamente en las palabras de Jesús, en esta parábola y en la enseñanza sobre la fe capaz de trasladar montañas (cf. Mateo 17,20).

Quizá Jesús aluda también a la profecía de Ezequiel 17,22-23, en la que Dios toma un pequeño brote de la copa de un cedro y lo planta en una montaña elevada de Israel. Este se convierte en un cedro magnífico, bajo cuyas ramas vienen a habitar todas las aves, símbolo de los pueblos de la tierra.

Pero la pequeñez del grano de mostaza no podía satisfacer las expectativas de los oyentes de Jesús, que esperaban un reino mesiánico visible, poderoso e imponente. Esta pequeñez también nos escandaliza a nosotros, que desearíamos señales más evidentes y extraordinarias de la presencia de Dios.

3. La parábola de la levadura: ¡el escándalo de la humildad!

«Les dijo otra parábola: “El Reino de los cielos se parece a la levadura que una mujer tomó y mezcló con tres medidas de harina, hasta que toda la masa quedó fermentada”».

Tres medidas de harina equivalen aproximadamente a cuarenta kilos: una cantidad enorme, capaz de alimentar a muchísimas personas. Sin embargo, toda aquella masa es fermentada por una pequeña cantidad de levadura, que actúa silenciosamente y desaparece dentro de la masa.

El Reino, escondido en la historia, está haciendo fermentar el mundo. Es una presencia discreta, humilde, delicada y misteriosa, que contrasta con nuestra búsqueda de visibilidad, con el deseo de ser reconocidos y de tener importancia en el espacio público.

El Reino, por el contrario, no hace ruido.

¡Así es Dios! ¡Así es el amor!

Para nuestra reflexión semanal

Intentemos ahora aplicar estas parábolas a nuestra vida.

La parábola de la cizaña nos advierte contra la tentación de pretender una comunidad formada exclusivamente por personas perfectas. Esta tentación puede manifestarse en nuestra intolerancia hacia quienes se equivocan, pero también en nuestro perfeccionismo, incapaz de aceptar nuestros límites personales.

¿Creo en Dios Padre, paciente y misericordioso con todos?

La parábola del grano de mostaza nos advierte contra la tentación de la grandeza. En nuestro imaginario, Dios es ante todo el Todopoderoso; sin embargo, en Jesús se hizo frágil como nosotros.

¿Creo en Jesús, que se hizo pequeño y eligió medios humildes para instaurar el Reino?

La parábola de la levadura nos advierte contra la tentación de la ostentación y del protagonismo. Nos invita a actuar con humildad y discreción.

¿Creo en la acción del Espíritu, que discretamente está haciendo fermentar la masa del mundo?


La paciencia de Dios
Papa Francisco

La página evangélica de hoy propone tres parábolas con las cuales Jesús habla a las masas del Reino de Dios. Me detengo en la primera: la del grano bueno y la cizaña, que ilustra el problema del mal en el mundo y pone de relieve la paciencia de Dios (cf. Mateo 13, 24-30. 36-43). ¡Cuánta paciencia tiene Dios! También cada uno de nosotros puede decir esto: «¡Cuánta paciencia tiene Dios conmigo!». La narración se desarrolla en un campo con dos protagonistas opuestos.

Por una parte el dueño del campo que representa a Dios y esparce la semilla buena; por otra el enemigo que representa a Satanás y esparce la hierba mala. Con el pasar del tiempo, en medio del grano crece también la cizaña y ante este hecho el dueño y sus siervos tienen actitudes distintas. Los siervos querrían intervenir arrancando la cizaña; pero el dueño, que está preocupado sobre todo por salvar el grano, se opone diciendo: «no, no sea que, al recoger la cizaña, arranquéis a la vez el trigo» (v. 29). Con esta imagen, Jesús nos dice que en este mundo el bien y el mal están tan entrelazados, que es imposible separarlos y extirpar todo el mal. Solo Dios puede hacer esto, y lo hará en el juicio final. Con sus ambigüedades y su carácter complejo, la situación presente es el campo de la libertad, el campo de la libertad de los cristianos, en el cual se cumple el difícil ejercicio del discernimiento entre el bien y el mal. Y en este campo se trata entonces de combinar, con gran confianza en Dios y en su providencia, dos actitudes aparentemente contradictorias: la decisión y la paciencia. La decisión es la de querer ser buen grano —todos lo queremos—, con todas nuestras fuerzas, y entonces alejarse del maligno y de sus seducciones. La paciencia significa preferir una Iglesia que es levadura en la pasta, que no teme ensuciarse las manos lavando las ropas de sus hijos, antes que una Iglesia de «puros», que pretende juzgar antes del tiempo quién está en el Reino y quién no.

El Señor, que es la Sabiduría encarnada, hoy nos ayuda a comprender que el bien y el mal no se pueden identificar con territorios definidos o determinados grupos humanos: «Estos son los buenos, estos son los malos». Él nos dice que la línea de frontera entre el bien y el mal pasa por el corazón de cada persona, pasa por el corazón de cada uno de nosotros, es decir: todos somos pecadores. Me gustaría preguntaros: «quien no es pecador levante la mano». ¡Nadie! Porque todos lo somos, todos somos pecadores. Jesucristo, con su muerte en la cruz y su resurrección, nos ha liberado de la esclavitud del pecado y nos da la gracia de caminar en una vida nueva; pero con el Bautismo nos ha dado también la Confesión, porque siempre necesitamos ser perdonados por nuestros pecados. Mirar siempre y solamente el mal que está fuera de nosotros, significa no querer reconocer el pecado que está también en nosotros.

Y luego Jesús nos enseña un modo diverso de mirar el campo del mundo, de observar la realidad. Estamos llamados a aprender los tiempos de Dios —que no son nuestros tiempos— y también la «mirada» de Dios: gracias al influjo benéfico de una trepidante espera, lo que era cizaña o parecía cizaña, puede convertirse en un producto bueno. Es la realidad de la conversión. ¡Es la perspectiva de la esperanza!

La Virgen María nos ayude a percibir en la realidad que nos rodea no solo la suciedad y el mal, sino también el bien y lo bonito; a desenmascarar la obra de Satanás, pero sobre todo a confiar en la acción de Dios que fecunda la historia.

Angelus 23/07/2017


Dios conoce a los suyos
José Antonio Pagola

Dejadlos crecer juntos.

Vivimos en una sociedad caracterizada por lo que algunos autores llaman «la diseminación religiosa». Podemos encontramos con creyentes piadosos y con ateos convencidos, con personas indiferentes a lo religioso y con adeptos a nuevas religiones y movimientos, con gente que cree vagamente en «algo» y con individuos que se han hecho una «religión a la carta» para su uso particular, con personas que no saben si creen o no creen y con personas que desean creer y no saben cómo hacerlo.

Sin embargo, aunque vivimos juntos y mezclados, y nos encontramos diariamente en el trabajo, el descanso y la convivencia, lo cierto es que sabemos muy poco de lo que realmente piensa el otro acerca de Dios, de la fe o del sentido último de la vida. A veces ni las parejas conocen el mundo interior del otro. Cada uno lleva en su corazón cuestiones, dudas, incertidumbres y búsquedas que no conocemos.

Entre nosotros se llama «increyentes» a los que han abandonado la fe religiosa. No parece un término muy adecuado. Es cierto que estas personas han abandonado «algo» que un día vivieron, pero su vida no se asienta en ese rechazo o abandono. Son personas que viven de otras convicciones, difíciles a veces de formular, pero que a ellas les ayudan a vivir, luchar, sufrir y hasta morir con un determinado sentido. En el fondo de cada vida hay unas convicciones, compromisos y fidelidades que dan consistencia a la persona.

No es fácil saber cómo Dios se abre hoy camino en la conciencia de cada uno. La «parábola del trigo y la cizaña» nos invita a no precipitarnos. No nos toca a nosotros identificar a cada individuo. Menos aún excluir y excomulgar a quienes no se identifican en el «ideal de cristiano» que nosotros nos fabricamos desde nuestra manera de entender el cristianismo y que, probablemente, no es tan perfecta como nosotros pensamos.

«Sólo Dios conoce a los suyos» decía san Agustín. Sólo él sabe quién vive con el corazón abierto a su Misterio, quién responde a su deseo profundo de paz, amor y solidaridad entre los hombres. Los que nos llamamos «cristianos» hemos de estar atentos a los que se sitúan fuera de la fe religiosa, pues Dios está también vivo y operante en sus corazones. Descubriremos que hay en ellos mucho de bueno, noble y sincero. Descubriremos, sobre todo, que Dios puede ser buscado siempre por todos.


Se parece a…
María Dolores López Guzmán

Las “cosas de Dios” nos parece que deben ser tan elevadas que cuando alguien las explica de manera asequible apenas nos las creemos y solemos “pedir una explicación”. Esto también les sucedió a los discípulos incluso con el Señor; por eso, cuando Jesús les hablaba en parábolas, le pedían que les aclarara lo que les había contado. La simplicidad cuesta mucho. Demasiado. Asociamos la complejidad a Dios, cuando es todo lo contrario. Por eso a los seguidores del Maestro les resultaba asombroso que no necesitaran ser doctos y “entendidos” en la materia para comprender un mínimo del estilo con el que el Señor había planteado su forma de implementar el Reino.

Que el mismo Jesús utilizara imágenes de la cotidianeidad para hacernos ver cómo es el reino de los cielos es maravilloso. Con ello quiere decir que la Creación es tan rica y significativa que tiene capacidad para remitir a lo divino; transmite así, que lo natural, lo común, encierra verdades hondas. Además, de este modo el mensaje resulta accesible a la mayoría; y entre todos, no solo podemos hacernos una idea, de verdad, de cómo está funcionando ya el Reino, sino saber dónde buscarlo y dónde mirar para encontrarlo.

Tres comparaciones propone el Señor en el evangelio de hoy:

En la primera identifica el Reino con su persona –se parece a un hombre que sembró buena semilla–. Y explica que la semilla son ya los ciudadanos de ese reino, es decir, los que viven con Él y en Él. Pero junto al trigo crece la cizaña. Una compañía nada agradable que a veces ahoga al mejor de los frutos. Una imagen de las mezclas tan potentes que se dan en la vida. Sin embargo, solo a Dios le corresponde recoger la cosecha y separarlos. Porque Él siempre estará atento para que no se pierda ningún tallo, ramita, u hojarasca, por pequeña que sea, que contenga algo aprovechable y salvable. Recolectar así es laborioso, pero se gana mucho (y sobre todo, ganamos todos).

En la segunda, el Reino es como un minúsculo grano de mostaza, de un tamaño parecido a la punta de un alfiler, que la persona siembra en su huerto. El Señor se hace semilla; y no entra en nuestra vida como un huracán, sino como una brisa suave; tampoco como una tormenta, sino como una suave lluvia. Apenas se percibe su presencia, pero va penetrando y haciendo su obra.

En la tercera, compara el Reino de los cielos con la levadura. Un ingrediente muy apreciado por los cocineros pues hace crecer de forma asombrosa la harina que utilizamos para elaborar, por ejemplo, lo bizcochos y el pan. Lo curioso es que con una medida casi ridícula es suficiente para que salgan unas raciones generosas. No hay proporción entre cada uno de los ingredientes. Con un poco de levadura bien repartida la masa “se crece”.

Tres parábolas que nos ayudan a grabarnos a fuego algunas ideas importantes: que el Reino no es otro que Jesús, su persona, pero que en esta vida está amenazado; que no nos corresponde a nosotros cosechar (siempre nos llevaríamos a alguien por delante); y que su apariencia es pequeña y penetra en la realidad de una forma apenas perceptible, en lo oculto, entremezclado con la realidad, y allí, dentro, queda activo y activado, creciendo a su ritmo de una manera misteriosa.


El trigo, al final, vencerá a la cizaña
Romeo Ballan, mccj

¡Está prohibido poner barreras y crear separaciones entre buenos y malos, entre santos y malvados! ¿Por qué existe el mal en el mundo? ¿De dónde viene la cizaña? Nos lo explica Jesús. En las tres parábolas del Evangelio (cizaña, grano de mostaza y levadura) afloran las enseñanzas de la parábola del sembrador (cfr. domingo XV): la insignificante pequeñez de la semilla en comparación con sus potencialidades internas; el dueño que siembra buena semilla en su campo, mientras que el enemigo siembra allí la cizaña; la vengativa impaciencia de los criados y la tolerante paciencia del dueño… (v. 25.28-29). Al final, en el tiempo de la cosecha y la siega, llega el momento del balance definitivo: se evalúan los resultados, con el consiguiente premio o castigo (v. 30). Nuevamente, Jesús mismo nos da la clave para interpretar su parábola, que se aplica a la vida de cada uno (todos somos un poco buenos y un poco menos), a la vida y a la historia de la Iglesia, la cual está llamada a vivir inmersa en un mundo de violencias y de injusticias, pero siempre animada por la esperanza y la paciencia de Dios. En cada tiempo y lugar, la Iglesia misionera “debe continuar su peregrinación entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios” (S. Agustín, De civitate Dei).

El santo Papa Karol Wojtyla, en uno de sus libros, nos ha dejado un comentario autorizado sobre el mysterium iniquitatis que azota el mundo y la historia, y sobre la coexistencia del bien y del mal, haciendo una referencia explícita a la parábola de hoy: “La manera como el mal crece y se desarrolla sobre el terreno sano del bien constituye un misterio. Misterio es también esa parte de bien que el mal no ha logrado destruir y que se propaga, a pesar del mal, avanzando incluso sobre el mismo terreno. Es inmediata la alusión a la parábola evangélica del trigo y de la cizaña… En efecto, esta parábola puede considerarse como una clave de toda la historia del hombre. En distintas épocas y en diferente medida, el trigo crece junto a la cizaña y la cizaña junto al trigoLa historia de la humanidad es el teatro de la coexistencia del bien y del mal. Esto significa que, si el mal existe al lado del bien, el bien, sin embargo, persevera al lado del mal y crece, por así decirlo, sobre el mismo terreno, que es la naturaleza humana” (cfr. Memoria e Identidad, p. 14).

La aplicación de este mensaje al mundo misionero es inmediata. Ante el mal que avanza o la cerrazón y maldad de muchas personas, a menudo el misionero y el educador se ven tentados a jugar el papel de los siervos de la parábola, que quieren arrancar en seguida la cizaña (v. 28). A menudo ostentan el cuchillo del ‘celo’ para aplicar el aut-aut (o-o). Jesús, el divino sembrador del buen grano, invita a tener más paciencia y misericordia, concede tiempo para la maduración, respetando los tiempos de Dios, el único juez que sabe lo que hay en el corazón humano.

Aun teniendo la fuerza incontenible del Evangelio (v. 31-32), la misión comienza siempre en situaciones de pequeñez y de fragilidad de cara a la fuerza poderosa del maligno. El misionero es, ciertamente, portador de una levadura capaz de renovar el mundo desde dentro (v. 33), pero actúa en los tiempos largos de la paciencia, de la escasa relevancia, de la derrota momentánea y de la tolerancia. Ya lo había prefigurado el libro de la Sabiduría (I lectura): oh Dios, “tu soberanía universal te hace perdonar a todos” (v. 16). Mientras los poderosos de la tierra a menudo se exceden y abusan del poder, Dios es siempre “poderoso soberano”, juzga con mansedumbre, nos gobierna “con gran indulgencia” (v. 18). El Dios cristiano manifiesta su omnipotencia sobre todo perdonando y usando misericordia. En efecto, Él otorga a sus hijos la “dulce esperanza” de que, tras el pecado, da “lugar al arrepentimiento”. Este es el estilo de Jesús, que el discípulo y el misionero asumen como programa de vida y de acción.

El corazón humano es un campo de buen grano mezclado con cizaña, bajo la presión del maligno y los embates de la intolerancia. Necesitamos que el Espíritu (II lectura) venga en ayuda de nuestra debilidad (v. 26), nos sostenga en el tiempo de la coexistencia del bien y del mal, aliente nuestra esperanza y nos eduque según el corazón misericordioso de Dios (v. 27).

Carta del Consejo General a las comunidades que viven en tierras marcadas por la prueba

«Como Misioneros Combonianos, queremos renovar ante ustedes nuestro sí: sí al Evangelio; sí a los pueblos olvidados; sí a la justicia; sí a una paz construida con paciencia; sí a la dignidad de toda persona; y sí a una misión vivida como compartir la vida.» (Consejo General)

«Yo estoy con ustedes»
«Y sepan que yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo.» (Mt 28,20b)

Queridos hermanos y hermanas:

Les escribimos mientras nuestro mundo sigue siendo herido por las guerras, la violencia, las graves crisis alimentarias, las persecuciones, las injusticias, la inestabilidad política, las catástrofes naturales y las migraciones forzadas. Muchos de ustedes viven cada día bajo el peso del miedo, la incertidumbre y el duelo. Demasiados niños están aprendiendo demasiado pronto el lenguaje de las armas en lugar del lenguaje de la esperanza.

Como Misioneros Combonianos, no podemos contemplar estos sufrimientos desde la distancia. Habitan nuestra oración, interpelan nuestra conciencia y modelan nuestra misión. Allí donde uno de los pueblos entre los que vivimos sufre, toda nuestra familia misionera sufre con él.

San Daniel Comboni comprendió que la misión nace al pie de la Cruz. No porque amara el sufrimiento, sino porque había contemplado el Corazón de Cristo, traspasado por amor al mundo. En ese Corazón abierto descubrió a un Dios que no salva desde lo alto de su poder, sino entrando en nuestra fragilidad humana. Por eso, Comboni hizo de toda su vida una única opción: hacer causa común con los pueblos más pobres y abandonados a los que había sido enviado.

Hoy esa opción continúa. Hacer causa común con los últimos significa llorar con quienes lloran, esperar con quienes esperan, permanecer cuando otros se marchan, compartir el poco pan que hay y custodiar la dignidad de toda persona cuando todo parece querer borrarla. Significa creer que ningún pueblo ha sido olvidado por Dios y que ninguna periferia está lejos de su Corazón.

Ustedes, hermanos y hermanas que viven en tierras marcadas por la prueba, no son simplemente destinatarios de nuestra misión: son maestros de nuestra fe. Nos enseñan que la esperanza no es optimismo, sino una decisión del corazón. Esperar es encender una lámpara cuando alrededor parece imponerse la oscuridad de la noche.

Nos enseñan que la fraternidad no es una teoría: es compartir el poco arroz que queda con quien llega después de nosotros; es seguir llamándonos hermanos y hermanas cuando la guerra quiere convertir a cada vecino en un enemigo; es creer en la fuerza del Evangelio precisamente cuando parece más frágil.

Nosotros reconocemos a Cristo Resucitado en sus comunidades que continúan orando, en las catequistas y los catequistas que perseveran en su servicio, en las madres que protegen la vida, en los jóvenes que rechazan el odio y en los ancianos que siguen bendiciendo. ¡Esta es la Pascua que crece silenciosamente en la historia!

La violencia pretende convencernos de que la última palabra pertenece a la muerte. Nosotros creemos lo contrario: la última palabra pertenece al Dios de la vida. Por eso, la Iglesia sigue siendo una presencia profética, y cada discípulo y discípula está llamado a defender la dignidad del otro, tendiendo puentes donde otros levantan muros, educando, curando, orando y perdonando.

También nuestros misioneros y misioneras comparten este camino. No son héroes, sino hermanos y hermanas que han elegido, junto con ustedes, habitar esta historia porque Dios mismo sigue habitándola. Su presencia no elimina el dolor, pero hace que sea menos solitario.

A quienes sienten en su corazón la tentación del desaliento les decimos: no se dejen robar la esperanza. La esperanza no nace de que las cosas marchen bien, sino de la certeza de que Dios entró en la noche del mundo y salió de ella vivo.

Cada vez que ustedes eligen la reconciliación en lugar de la venganza, cada vez que protegen una vida frágil, cada vez que comparten el pan y oran por quienes los persiguen, Cristo sigue resucitando.

Como Misioneros Combonianos, queremos renovar ante ustedes nuestro sí: sí al Evangelio; sí a los pueblos olvidados; sí a la justicia; sí a una paz construida con paciencia; sí a la dignidad de toda persona; y sí a una misión vivida como compartir la vida. Seguiremos haciendo oír la voz de quienes con demasiada frecuencia no son escuchados, denunciando todo aquello que hiere la dignidad de los pueblos y anunciando que ningún poder, ninguna arma y ningún interés económico podrán apagar el sueño de Dios para la humanidad.

El Corazón de Jesús, abierto en la Cruz, continúa derramando también hoy su misericordia sobre el mundo. Entremos también nosotros en ese Corazón y aprendamos a mirar a cada persona como a un hermano o una hermana, y a cada pueblo como una sola familia.

Que María, Madre de la Esperanza, camine junto a sus familias. Y que San Daniel Comboni nos alcance el valor de permanecer fieles hasta el final, con el corazón abierto, las manos siempre dispuestas al servicio y la mirada fija en el Reino que ya está creciendo —muchas veces oculto— entre las heridas de la historia.

Los llevamos a todos en nuestro corazón. Cada día. Cada vez que celebramos la Eucaristía. Cada vez que pronunciamos el nombre de Jesús.

Fraternalmente,

El Consejo General
Roma, 14 de julio de 2026

XV Domingo ordinario. Año A

“Un día salió Jesús de la casa donde se hospedaba y se sentó a la orilla del mar. Se reunió en torno suyo tanta gente, que él se vio obligado a subir a una barca, donde se sentó, mientras la gente permanecía en la orilla. Entonces Jesús les habló de muchas cosas en parábolas y les dijo:

“Una vez salió un sembrador a sembrar, y al ir arrojando la semilla, unos granos cayeron a lo largo del camino; vinieron los pájaros y se los comieron. Otros granos cayeron en terreno pedregoso, que tenía poca tierra; ahí germinaron pronto, porque la tierra no era gruesa; pero cuando subió el sol, los brotes se marchitaron, y como no tenían raíces, se secaron. Otros cayeron entre espinos, y cuando los espinos crecieron, sofocaron las plantitas. Otros granos cayeron en tierra buena y dieron fruto: unos, ciento por uno; otros, sesenta; y otros, treinta. El que tenga oídos, que oiga”.

Después se le acercaron sus discípulos y le preguntaron: “¿Por qué les hablas en parábolas?”. El les respondió: “A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los cielos, pero a ellos no. Al que tiene, se le dará más y nadará en la abundancia; pero al que tiene poco, aun eso poco se le quitará. Por eso les hablo en parábolas, porque viendo no ven y oyendo no oyen ni entienden.

En ellos se cumple aquella profecía de Isaías que dice: Oirán una y otra vez y no entenderán; mirarán y volverán a mirar, pero no verán; porque este pueblo ha endurecido su corazón, ha cerrado sus ojos y tapado sus oídos, con el fin de no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni comprender con el corazón. Porque no quieren convertirse ni que yo los salve.

Pero dichosos, ustedes, porque sus ojos ven y sus oídos oyen. Yo les aseguro que muchos profetas y muchos justos desearon ver lo que ustedes ven y no lo vieron y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron.

Escuchen, pues, ustedes lo que significa la parábola del sembrador.

A todo hombre que oye la palabra del Reino y no la entiende, le llega el diablo y le arrebata lo sembrado en su corazón. Esto es lo que significan los granos que cayeron a lo largo del camino.

Lo sembrado sobre terreno pedregoso significa al que oye la palabra y la acepta inmediatamente con alegría; pero, como es inconstante, no la deja echar raíces, y apenas le viene una tribulación o una persecución por causa de la palabra, sucumbe.

Lo sembrado entre los espinos representa a aquel que oye la palabra, pero las preocupaciones de la vida y la seducción de las riquezas la sofocan y queda sin fruto.

En cambio, lo sembrado en tierra buena representa a quienes oyen la palabra, la entienden y dan fruto: unos, el ciento por uno; otros, el sesenta; y otros, el treinta”.

(Mateo: 13, 1-23)


Salió el sembrador a sembrar
P. Enrique Sánchez G. mccj

Aquí estamos, de nuevo, con una parábola que Mateo recuerda como una bella historia salida de la boca de Jesús y que se nos ofrece como pretexto inspirador para que vayamos un poquito más a lo profundo de nuestra experiencia de fe.

Esta parábola, como todas las demás, no es un pequeño relato para mantener entretenidos a los oyentes que se habían instalado a las orillas del lago que servía de anfiteatro para escuchar al Señor. Contrariamente a lo que se pudiese pensar, la parábola fue bien una provocación que obligó a los oyentes a tomar conciencia de lo que Dios estaba realizando como prodigio en lo más ordinario de sus vidas y de las consecuencias que aquellas palabras tendrían en lo profundo de sus corazones.

Esta vez no era la primera que Jesús hablaba de siembras a sus oyentes, muchos de los cuales eran seguramente agricultores y que estaban en condiciones de entender a qué se refería cuando les hablaría de siembras, de preparación de terrenos, de calidad de tierras y de cuidados exigidos por los cultivos, si se pretendía llegar a buenas cosechas.

Un poco antes de nuestro texto Jesús había hablado diciendo que Dios hace salir el sol y hace llover no sólo sobre quienes se portan bien, sino que hace recaer su bendición sobre todos (Mateo5,45).Y, ya desde ese momento Jesús establecía que identificando a Dios como un buen sembrador, como sucederá un poco más adelante, era de esperar que lo sembrado por él estaba destinado a dar mucho y buen fruto.

El sembrador que sale temprano, contento y confiado en que su trabajo dará frutos abundantes a su tiempo, lanza la semilla con generosidad y sin prejuicios. Su semilla es buena y se lanza a la tierra con la confianza de que si encuentra una buena tierra y disponible, no tardará en dar frutos que alegrarán su corazón. Como lo hemos visto tantas veces en los rostros de los campesinos que al final de un buen temporal se sienten bendecidos por la abundancia de sus cosechas.

El resultado de la siembra en este caso no está condicionado por la calidad de la semilla, porque un buen agricultor jamás sembrará algo que sea defectuoso o que esté en mal estado, pues sabe, por sentido común, que eso no podría producir absolutamente nada y el trabajo sería inútil.

Lo que puede hacer que la cosecha no sea buena o abundante depende de la acogida de la semilla. Y en esto la parábola no necesita muchas explicaciones. Cuando la semilla cae entre piedras o espinas no es de maravillarse que no dará frutos.

Por el contrario, todos sabemos que cuando una semilla encuentra una tierra buena, limpia, bien abonada y libre de malas yerbas, los frutos serán abundantes y de extraordinaria calidad; pero, como dice la parábola, si la semilla queda en la superficie del camino, ciertamente no se podrá esperar una buena cosecha, esto parece muy claro y da lugar a que los discípulos pregunten por qué Jesús habla en parábolas.

Jesús habla en parábolas porque se trata de temas que deberían ser entendidos sin necesidad de muchas explicaciones, en cuanto a lo que está diciendo; pero en realidad la parábola lo que quiere hacer es ayudar a los oyentes a entender algo que está más allá de las palabras.

Jesús está hablando de la llegada del Reino de Dios y se está manifestando como el Salvador y Mesías, algo que por los signos que va realizando debería ser claro y comprensible, pero en la mente y en el corazón de sus destinatarios sucede lo mismo que pasa con el sembrador que va esparciendo la semilla, muchas veces no encuentra el terreno bien preparado y todo acaba por arruinarse.

La buena noticia que anuncia Jesús resulta que es buena, pero muchas veces sucede que cae en la vida de las personas que lo escuchan como si fuera un camino en donde no puede penetrar y en donde es fácil que se pierda o, como dice la escritura, las aves del cielo se la lleven.

Simplemente, es una buena noticia que no es acogida y que no puede dar fruto porque no encuentra un terreno en donde pueda echar raíces.

Confrontando las palabras de esta parábola con la realidad de nuestra vida, no es difícil constatar que la enseñanza de Jesús sigue manteniendo toda su actualidad y nos sigue desafiando y cuestionando en la manera de cómo aceptamos la buena noticia del evangelio en nuestras vidas.

Como cristianos católicos, no es difícil aplicarnos lo que dice Jesús cuando menciona que la palabra que es anunciada, pero no es entendida se la lleva el diablo. Esto tiene que ver con nuestro desconocimiento de la Escritura, con el poco interés que mostramos por leer, estudiar, profundizar la Palabra de Dios escrita en nuestras biblias.

Muchos de nosotros nos contentamos con tener la Biblia en los libreros de nuestra casa o de adorno en algún rincón de la sala. El Papa Francisco decía que la Biblia la teníamos que llevar siempre con nosotros, en el bolsillo para leerla, para conocerla, para rezar con ella en todo momento.

Cada uno de nosotros debería tener su ejemplar personal, subrayado, con anotaciones, con páginas gastadas por el uso cotidiano; tendríamos que ser, si no expertos, sí conocedores de la palabra porque de ella depende la calidad de nuestra vida.

Hay palabras de Dios que escuchamos y resuenan profundamente en nuestro corazón, pues tocan e iluminan algo que llevamos dentro. La palabra nos entusiasma y nos mueve a reconocerla como algo importante que tendríamos que custodiar como un verdadero tesoro, pues nos inspira los buenos sentimientos y las buenas actitudes que hacen importante lo que vamos construyendo día a día.

Pero, como dice la parábola, aunque la acogemos con alegría, nos falta la perseverancia y dejamos fácilmente que se filtren en nuestro corazón otras palabras que la ahogan y no le permiten que eche raíces en nosotros. Preferimos las palabras del momento, lo que está de moda, lo que hace que pensemos y actuemos como todos los demás.

Y, cuántas palabras no escuchamos a diario que acaban por impedirnos guardar en nuestro interior aquella palabra que sostiene verdaderamente en el momento de dolor o de obscuridad, de tristeza o de enfermedad. Nos faltan las palabras que nos ayuden a sentirnos acompañados y no víctimas de la soledad.

Hoy lo que abundan son las palabras que nos llegan a millones cada día por el teléfono, por la computadora, por tantas aplicaciones que vamos descargando y que nos prometen solucionarnos todo en la vida. Pero son palabras que en el momento de la tribulación se esfuman y se convierten en ruidos que confunden, que aturden; son palabras que no pueden echar raíces en nosotros porque son palabras que se lleva el viento y hacen que aparezca nuestra falta de constancia para fincar el futuro en aquello que nada puede derrumbar.

Hay las palabras que reconocemos como verdaderas, palabras que nos brindan confianza y que le dan fuerza a nuestra vida. Son las palabras que la parábola menciona como aquellas que han sido sembradas entre espinos.

Desafortunadamente, ahí no tienen mucho futuro porque se ven amenazadas y agobiadas por las preocupaciones que nos asaltan en lo inmediato, en lo que se va haciendo cotidiano. Son esas situaciones que nos roban la esperanza y la confianza, que nos hacen pensar que Dios no nos puede sacar del hoyo en que hemos caído.

Son esas espinas que nos dicen que tenemos que aprender a resolverlo todo con nuestros medios y con nuestras fuerzas y desconfían en que Dios tiene una palabra que abre horizontes nuevos, que él está creando a cada instante un mundo nuevo para nosotros, que por su palabra crea y recrea todo aquello que a nosotros nos parecía terminado, caduco y destruido.

La palabra que cae entre nuestras espinas es la que pone de manifiesto nuestras desesperanzas, nuestra negatividad, nuestra falta de confianza y de fe y nos condena a vivir resignados con nuestros fracasos y condenados a creer más en nuestros límites y en nuestras debilidades que en el poder de Dios que nos ofrece a diario la posibilidad de ser distintos, de empezar de nuevo, de vivir descubriendo que él todavía no ha dicho la última palabra sobre lo que nos toca vivir en este mundo.

¿Cuántas preocupaciones no se apoderan a diario de nuestra mente y de nuestro corazón? ¿Cuántos problemas y urgencias nos roban la paz interior y nos empujan a vivir en una angustia constante? ¿Cuántas necesidades inútiles nos fabricamos a diario, pensando que ahí encontraremos la respuesta a todos nuestros males? ¿Cuántos imprevistos nos impone la realidad en la que vivimos que hacen que perdamos de vista el horizonte y que nos imaginemos lo peor para nuestro futuro?

Las preocupaciones ciertamente nunca faltarán, porque hacen parte de nuestra realidad humana, pero existe la posibilidad de vivirlas sin dejar que se conviertan en el centro de atención único de nuestra vida.

La palabra de Dios sembrada en abundancia en nuestros corazones se puede convertir en la medicina que cura nuestras ansiedades, que relativiza nuestras preocupaciones, sin que nos convirtamos en personas irresponsables; la palabra sembrada y acogida como bendición de Dios en cada uno de nosotros es lo que puede ayudarnos a ir dando frutos de paciencia, de tolerancia, de resistencia ante las dificultades, sin perder la cabeza.

Por eso, la parábola de Jesús en este evangelio de Mateo concluye reconociendo que la palabra sembrada y acogida con generosidad y buena disposición. La semilla de la palabra que se busca y se cultiva a diario, en la reflexión, en la meditación y en la oración. La semilla de esa palabra que la ponemos como luz que ilumina nuestros pasos, que nos sostiene en el momento de la dificultad para que no perdamos la calma. Esa palabra que poco a poco la vamos convirtiendo en nuestra regla de vida, en nuestro patrón de conducta, en lo que nos hace adoptar un estilo de vida que busca el modo de vivir reconciliados y en paz, con confianza y apostándole a la fraternidad y a la comunión entre nosotros. Esa es la semilla que plantada en lo más profundo de nosotros seguramente dará frutos.

Poco importa la cantidad y a nadie se le pedirá el ciento por uno, se nos pedirá simplemente que demos el fruto que está a nuestro alcance, pero que hagamos el esfuerzo por ir creando espacios y condiciones para que esa semilla sembrada generosamente en nosotros no quede estéril.

Pidamos para que el Señor no se canse de sembrar su palabra en nuestros corazones y para que nos ayude a ser terreno bien preparado. Que sepamos apartar todo lo que puede ahogar esa semilla en nuestras vidas. Que nos alejemos de la superficialidad y de la indiferencia que puede atrapar nuestro corazón. Que no seamos rocas duras en donde la palabra de Dios no pueda penetrar. Que no nos dejemos ganar por nuestras preocupaciones recordando que Dios ya se preocupa de nosotros y nos da más de lo que necesitamos y merecemos.

Y finalmente, que con un corazón misionero, sepamos convertirnos en sembradores de su palabra en un mundo en donde existen tantas necesidades de su presencia. Que animados por la alegría que genera la palabra en cada uno de nosotros, nos convirtamos en anunciadores entusiastas de la Buena Nueva del Evangelio para que, sembrada en el corazón de quienes están más lejos del Señor veamos surgir frutos nuevos, vida nueva de Dios.

Que el Sembrador que salió a sembrar encuentre en nosotros una tierra dispuesta, fecunda y generosa para que podamos dar frutos abundantes de paz, de fraternidad, de solidaridad y de amor, como lo hemos recibido del Señor.


¡Cada día es tiempo de siembra!
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

Con este domingo comienza el “discurso en parábolas” del capítulo 13 del Evangelio de Mateo. Se trata del tercer discurso de Jesús, después del discurso inaugural “del monte” (caps. 5–7) y el “discurso misionero” de envío de los apóstoles en misión (cap. 10). Este discurso está compuesto por siete parábolas. Las primeras cuatro están dirigidas a la multitud — el sembrador, la cizaña, el grano de mostaza y la levadura — y las otras tres a los discípulos: el tesoro, la perla y la red. Siete parábolas para presentar “los misterios del reino de los cielos” (13,11).

La expresión “reino de los cielos”, “reino de Dios” o simplemente “el reino” aparece unas cincuenta veces en el Evangelio de Mateo: la primera vez en boca de Juan el Bautista (3,2) y la segunda en labios de Jesús: “Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos” (4,17). El reino es el tema de la predicación de Jesús, el objetivo de su vida y de su misión. ¿Qué es el Reino de Dios? Jesús nos lo expone a través de estas parábolas.

¿Qué es una parábola? Es un relato que, partiendo de un hecho, de una historia verosímil o de una realidad de la vida cotidiana, quiere transmitir, de modo simbólico, un mensaje más profundo, a veces misterioso, que requiere un esfuerzo de interpretación. Jesús utilizó a menudo las parábolas en su predicación. Sin embargo, hay que distinguir entre parábola y alegoría. En la alegoría, cada elemento narrativo tiene un significado específico; en la parábola, en cambio, hay que buscar sobre todo el sentido global.

1. La parábola del optimismo y de la esperanza

La parábola del sembrador es una de las más conocidas del Evangelio, “la madre de todas las parábolas”, como la definió el papa Francisco. El pasaje tiene tres partes distintas: en la primera, el relato de la parábola (vv. 1-9); en la segunda, la razón por la que Jesús habla en parábolas (vv. 10-17); en la tercera, una explicación alegórica de la parábola (vv. 18-23).

Esta parábola se sitúa en un momento delicado de la vida de Jesús, cuando comenzaba a perfilarse el aparente fracaso de su misión. En este punto nos preguntamos: ¿por qué el mal parece triunfar siempre? ¿Por qué el bien tiene tanta dificultad para arraigar en el mundo y en el corazón de las personas?

Parecería que la respuesta de la parábola es esta: todo depende de la calidad del terreno sobre el que se esparce la semilla. Sin embargo, la intención principal no es tanto invitarnos a preguntarnos qué tipo de terreno es nuestro corazón, sino más bien animar a los discípulos — y a nosotros — a anunciar el Evangelio “con la esperanza de que haya, en alguna parte, tierra buena” (San Justino).

Los obstáculos, la oposición y el rechazo que encuentra la Palabra pueden inducirnos al pesimismo. Pues bien, Jesús nos anima a seguir anunciando la Palabra, confiando en su fecundidad extraordinaria, prodigiosa, hasta el ciento por uno. En efecto, en el suelo palestino, lo máximo que se podía esperar era el diez por uno: de un grano de trigo, una espiga con diez granos.

2. El principio capitalista del espíritu

A la pregunta de los discípulos: “¿Por qué les hablas en parábolas?”, Jesús parece responder de manera discriminatoria: “Porque a vosotros se os ha dado conocer los misterios del reino de los cielos, pero a ellos no se les ha dado”. ¿Cómo es posible? Parece que Jesús habla adrede en parábolas para no hacerse entender, cuando se esperaría lo contrario. En realidad, se trata de un “semitismo”, es decir, de una forma típica de hablar, entre la ironía, la tristeza y la decepción, ante la cerrazón de los corazones.

Me impresiona la afirmación de Jesús: “Porque al que tiene se le dará y tendrá en abundancia; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará”. Es lo que yo llamaría el “principio capitalista” del espíritu: así como el dinero corre hacia quien tiene mucho y desaparece de los bolsillos del pobre, así ocurre en el ámbito del espíritu. Cuanto más tienes, más gracia recibirás; cuanto menos tienes — por pereza, negligencia o cerrazón de corazón — tanto menos tendrás.

El domingo, muchos millares de personas escucharán esta Palabra en nuestras iglesias: una parte saldrá enriquecida, la otra empobrecida. Pero nadie será igual que antes, porque una oportunidad perdida contribuye a la “esclerocardia” espiritual, es decir, al endurecimiento del corazón, que se vuelve cada vez más insensible a la Palabra.

3. La explicación alegórica de la parábola

“Vosotros, pues, escuchad la parábola del sembrador…”. El evangelista atribuye a Jesús la explicación alegórica de la parábola. En realidad, quizá se trate de una aplicación suya a la vida concreta de la comunidad de Mateo.

Podemos preguntarnos: ¿cómo es que el sembrador esparce el trigo por el camino, en terreno pedregoso y entre los espinos, en lugar de sembrarlo directamente en la tierra buena? Hay que saber que en Palestina primero se sembraba y luego se araba, para enterrar la semilla. Se esperaba que el arado deshiciera el sendero trazado por los transeúntes, levantara las piedras y arrancara los espinos.

Permitidme añadir otro elemento alegórico: en este caso, ¿qué es el arado? ¿Es quizá el de la cruz de Cristo, que, excavando en nuestro corazón, lo convierte en tierra buena? Además, ¡el arado era de madera, con una punta de hierro! Nos hacemos la ilusión de poder evitar todo sufrimiento, de esquivar la cruz, ya que “tenemos que entrar en el reino de Dios a través de muchas tribulaciones” (Hechos 14,22).

Os dejo la tarea de confrontaros con la Palabra y de preguntaros qué tipo de terreno es vuestro corazón. Tal vez la respuesta nos deje un poco desconsolados. Que nos anime entonces esta cita del dramaturgo irlandés Samuel Beckett: “Siempre lo intenté. Siempre fracasé. No importa. Inténtalo otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor”.

Conclusión: “¡He aquí que el sembrador salió a sembrar!”

“Jesús salió de casa y se sentó a la orilla del mar”. Esta Palabra encontrará a algunos de vosotros mientras disfrutan de un merecido tiempo de descanso. Pues bien, ¡Jesús vendrá también a vosotros! ¿Encontraréis un poco de tiempo para escucharlo?

No olvidemos, sin embargo, que los sembradores son muchos. Cuidado con las semillas de cizaña que las manos del maligno siembran abundantemente en nuestro corazón, especialmente de “noche”. Hagamos como la esposa del Cantar de los Cantares: “Yo duermo, pero mi corazón vela” (Ct 5,2).

Por último, recordemos que nosotros también somos sembradores. Cada mañana, antes de salir, llenemos nuestra pequeña mochila para sembrar la buena semilla por dondequiera que pasemos. ¡Cada día es tiempo de siembra!


Salir a sembrar
José Antonio Pagola

Antes de contar la parábola del sembrador que «salió a sembrar», el evangelista nos presenta a Jesús que «sale de casa» a encontrarse con la gente para «sentarse» sin prisas y dedicarse durante «mucho rato» a sembrar el Evangelio entre toda clase de gentes. Según Mateo, Jesús es el verdadero sembrador. De él tenemos que aprender también hoy a sembrar el Evangelio.

Lo primero es salir de nuestra casa. Es lo que pide siempre Jesús a sus discípulos: «Id por todo el mundo…», «Id y haced discípulos…». Para sembrar el Evangelio hemos de salir de nuestra seguridad y nuestros intereses. Evangelizar es “desplazarse”, buscar el encuentro con la gente, comunicarnos con el hombre y la mujer de hoy, no vivir encerrados en nuestro pequeño mundo eclesial.

Esta “salida” hacia los demás no es proselitismo. No tiene nada de imposición o reconquista. Es ofrecer a las personas la oportunidad de encontrarse con Jesús y conocer una Buena Noticia que, si la acogen, les puede ayudar a vivir mejor y de manera más acertada y sana. Es lo esencial.

A sembrar no se puede salir sin llevar con nosotros la semilla. Antes de pensar en anunciar el Evangelio a otros, lo hemos de acoger dentro de la Iglesia, en nuestras comunidades y nuestras vidas. Es un error sentirnos depositarios de la tradición cristiana con la única tarea de transmitirla a otros. Una Iglesia que no vive el Evangelio, no puede contagiarlo. Una comunidad donde no se respira el deseo de vivir tras los pasos de Jesús, no puede invitar a nadie a seguirlo.

Las energías espirituales que hay en nuestras comunidades están quedando a veces sin explotar, bloqueadas por un clima generalizado de desaliento y desencanto. Nos estamos dedicando a “sobrevivir” más que a sembrar vida nueva. Hemos de despertar nuestra fe.

La crisis que estamos viviendo nos está conduciendo a la muerte de un cierto cristianismo, pero también al comienzo de una fe renovada, más fiel a Jesús y más evangélica. El Evangelio tiene fuerza para engendrar en cada época la fe en Cristo de manera nueva. También en nuestros días.

Pero hemos de aprender a sembrarlo con fe, con realismo y con verdad. Evangelizar no es transmitir una herencia, sino hacer posible el nacimiento de una fe que brote, no como “clonación” del pasado, sino como respuesta nueva al Evangelio escuchado desde las preguntas, los sufrimientos, los gozos y las esperanzas de nuestro tiempo .No es el momento de distraer a la gente con cualquier cosa. Es la hora de sembrar en los corazones lo esencial del Evangelio.


La “madre” de todas las parábolas
Papa Francisco

En el Evangelio de este domingo (cfr. Mt 13,1-23) Jesús cuenta a una gran multitud la parábola —que todos conocemos bien— del sembrador, que lanza la semilla en cuatro tipos diferentes de terreno. La Palabra de Dios, representada por las semillas, no es una Palabra abstracta, sino que es Cristo mismo, el Verbo del Padre que se ha encarnado en el vientre de María. Por lo tanto, acoger la Palabra de Dios quiere decir acoger la persona de Cristo, el mismo Cristo.

Hay distintas maneras de recibir la Palabra de Dios. Podemos hacerlo como un camino, donde en seguida vienen los pájaros y se comen las semillas. Esta sería la distracción, un gran peligro de nuestro tiempo. Acosados por tantos chismorreos, por tantas ideologías, por las continuas posibilidades de distraerse dentro y fuera de casa, se puede perder el gusto del silencio, del recogimiento, del diálogo con el Señor, tanto como para correr el riesgo de perder la fe, de no acoger la Palabra de Dios. Estamos viendo todo, distraídos por todo, por las cosas mundanas.

Otra posibilidad: podemos acoger la Palabra de Dios como un pedregal, con poca tierra. Allí la semilla brota en seguida, pero también se seca pronto, porque no consigue echar raíces en profundidad. Es la imagen de aquellos que acogen la Palabra de Dios con entusiasmo momentáneo pero que permanece superficial, no asimila la Palabra de Dios. Y así, ante la primera dificultad, pensemos en un sufrimiento, una turbación de la vida, esa fe todavía débil se disuelve, como se seca la semilla que cae en medio de las piedras.

Podemos, también —una tercera posibilidad de la que Jesús habla en la parábola—, acoger la Palabra de Dios como un terreno donde crecen arbustos espinosos. Y las espinas son el engaño de la riqueza, del éxito, de las preocupaciones mundanas… Ahí la Palabra crece un poco, pero se ahoga, no es fuerte, muere o no da fruto.

Finalmente —la cuarta posibilidad— podemos acogerla como el terreno bueno. Aquí, y solamente aquí la semilla arraiga y da fruto. La semilla que cae en este terreno fértil representa a aquellos que escuchan la Palabra, la acogen, la guardan en el corazón y la ponen en práctica en la vida de cada día.

La parábola del sembrador es un poco la “madre” de todas las parábolas, porque habla de la escucha de la Palabra. Nos recuerda que la Palabra de Dios es una semilla que en sí misma es fecunda y eficaz; y Dios la esparce por todos lados con generosidad, sin importar el desperdicio. ¡Así es el corazón de Dios! Cada uno de nosotros es un terreno sobre el que cae la semilla de la Palabra, ¡sin excluir a nadie! La Palabra es dada a cada uno de nosotros.

Podemos preguntarnos: yo, ¿qué tipo de terreno soy? ¿Me parezco al camino, al pedregal, al arbusto? Pero, si queremos, podemos convertirnos en terreno bueno, labrado y cultivado con cuidado, para hacer madurar la semilla de la Palabra. Está ya presente en nuestro corazón, pero hacerla fructificar depende de nosotros, depende de la acogida que reservamos a esta semilla. A menudo estamos distraídos por demasiados intereses, por demasiados reclamos, y es difícil distinguir, entre tantas voces y tantas palabras, la del Señor, la única que hace libre.

Por esto es importante acostumbrarse a escuchar la Palabra de Dios, a leerla. Y vuelvo, una vez más, a ese consejo: llevad siempre con vosotros un pequeño Evangelio, una edición de bolsillo del Evangelio, en el bolsillo, en el bolso… Y así, leed cada día un fragmento, para que estéis acostumbrados a leer la Palabra de Dios, y entender bien cuál es la semilla que Dios te ofrece, y pensar con qué tierra la recibo.

La Virgen María, modelo perfecto de tierra buena y fértil, nos ayude, con su oración, a convertirnos en terreno disponible sin espinas ni piedras, para que podamos llevar buenos frutos para nosotros y para nuestros hermanos.

Angelus 12 de Julio 2020

Sudán: el Comboni College reabre en Jartum

El sábado 4 de julio de 2026, el Comboni College de Jartum anunció que la escuela básica y la escuela secundaria reabrirán sus puertas en septiembre para el año académico 2026-2027, dando la bienvenida a los estudiantes después de más de tres años de cierre forzoso.

Cuando estalló la guerra en Jartum el sábado 15 de abril de 2023, el Comboni College era una próspera comunidad educativa. En aquel momento, 1.055 alumnos estaban matriculados en la escuela básica, 827 estudiantes asistían a la escuela secundaria y 786 cursaban estudios en el Comboni College de Ciencia y Tecnología.

En cuestión de horas, la vida de esta comunidad educativa quedó completamente trastocada. Los estudiantes, sus familias, los profesores y la comunidad comboniana se vieron obligados a huir de la capital en busca de seguridad, mientras los feroces combates entre las Fuerzas Armadas Sudanesas (SAF) y las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF) devastaban la ciudad, destruyendo no solo edificios e infraestructuras, sino también las esperanzas y los sueños de miles de personas.

Jartum permaneció bajo el control de las RSF hasta marzo de 2025, cuando las SAF recuperaron la capital, abriendo así el camino para el regreso gradual de los residentes y el largo proceso de reconstrucción.

Cuando por fin pudimos regresar al Comboni College, la escena que se presentó ante nosotros era desgarradora. Todos y cada uno de los cables eléctricos que rodeaban nuestro campus educativo habían sido arrancados. El sistema de agua, destruido. Las computadoras, los aires acondicionados y el equipamiento digital, saqueados. Las paredes estaban marcadas por cientos de impactos de bala y fuego de artillería. En el patio, donde generaciones de niños habían jugado, reído y soñado, yacían los cuerpos de los combatientes de las RSF caídos durante la batalla por la zona.

Sin embargo, en medio de tanta devastación, los Misioneros Combonianos también se dieron cuenta de lo afortunados que habían sido. A diferencia de muchos edificios vecinos que habían sido reducidos a escombros, incendiados o gravemente dañados, las estructuras principales del Comboni College seguían en pie. Habían sobrevivido a la guerra y podían convertirse en el cimiento de un nuevo comienzo.

El sábado 4 de julio de 2026, el Comboni College de Jartum anunció que la escuela básica y la escuela secundaria reabrirán sus puertas en septiembre para el año académico 2026-2027, dando la bienvenida a los estudiantes después de más de tres años de cierre forzoso.

El Comboni College de Ciencia y Tecnología, que había trasladado sus operaciones a Puerto Sudán desde noviembre de 2023, continúa buscando financiación para rehabilitar sus instalaciones en Jartum. Su esperanza es reanudar las actividades académicas en 2027.

La reapertura del Comboni College en Jartum —una institución que ha formado a generaciones de estudiantes sudaneses y sursudaneses desde su fundación en 1929— es mucho más que la reapertura de una escuela. Es un signo tangible de esperanza para los casi seis millones de habitantes del estado de Jartum mientras se esfuerzan por reconstruir su ciudad, sus comunidades y su futuro.

Padre Jorge Naranjo, mccj