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Crisis racista en Sudáfrica: A la espera del 30 de junio

«El extranjero que resida entre ustedes será para ustedes como uno de los suyos, y lo amarán como a ustedes mismos, pues ustedes fueron extranjeros en la tierra de Egipto: Yo soy el Señor su Dios». A partir de esta cita del libro del Levítico (19,34), el P. José Aldo Sierra Moreno, misionero comboniano mexicano que trabaja en Sudáfrica, reflexiona sobre las razones profundas que subyacen a la actual ola de xenofobia que afecta a los extranjeros en Sudáfrica (Foto: SANDILE NDLOVU, www.sowetan.co.za).

Por: P. José Aldo Sierra Moreno, mccj
Desde Pietermaritzburg (Sudáfrica)

En Sudáfrica se está viviendo una crisis de odio contra los extranjeros. En especial, el movimiento civil March and March, Till We Win (‘Marcha y marcha hasta que ganemos’) se ha mostrado muy activo a la hora de exigir que todos los extranjeros indocumentados abandonen el país antes de este 30 de junio. La protesta ha generado tensiones y muchos extranjeros, sobre todo procedentes de otros países africanos, que huyeron de la pobreza e intentaron empezar una nueva vida aquí, están siendo acosados y obligados a abandonar Sudáfrica. Una de las provincias que se ha convertido en un campo de batalla es KwaZulu-Natal. Allí se han producido algunos enfrentamientos en los que tanto sudafricanos como extranjeros se han atacado provocando un número significativo de heridos y fallecidos.

Los orígenes

March and March no es el primer movimiento de este tipo en el país. Antes ya hubo otros que defendían prácticamente la misma idea de que «los extranjeros ilegales son la causa de la pobreza y del colapso de los servicios públicos en Sudáfrica». Movimientos como Operación Dudula (‘expulsar’, en lengua zulú) o iniciativas gubernamentales como Shanela (‘barrer’, en zulú) se han utilizado para atacar a los extranjeros pobres, a los que se ha convertido en víctimas y chivos expiatorios de la situación general de colapso social y económico del país.

El sistema del apartheid, que dominó y gobernó Sudáfrica entre 1948 y 1994, tenía como estrategia aislar a los sudafricanos negros de la realidad de otros países africanos, en especial en lo que se refería a los movimientos de liberación y a los logros de la independencia. El aislamiento tuvo tanto éxito que, incluso ahora, más de 30 años después del fin del sistema de segregación, los sudafricanos negros saben muy poco sobre la realidad y la cultura de otros países africanos. Esto ha llevado a que todo lo que proviene del resto de África se considere extraño o sospechoso, sentando así las bases de la xenofobia o, mejor dicho, de la afrofobia. Esta se alimenta por las ideas de un pequeño grupo de extremistas con intereses políticos que se aprovechan de una población que se siente agotada en el país, en su mayoría sin empleo y en una situación de graves dificultades económicas.

Fecha límite

El 30 de junio es la fecha límite fijada por los líderes de March and March para que las personas indocumentadas abandonen de manera definitiva el país. El movimiento, liderado por figuras radicales pero muy populares, como Jacinta Ngobese, ha generado una especie de promesa y expectativa de que, una vez que el país se deshaga de los extranjeros indocumentados, llegarán el éxito y el desarrollo. La realidad es que los problemas de Sudáfrica son mucho más complejos que el mero desafío que plantean las personas migrantes que se encuentran en situación irregular en el país.

Desde la toma del poder del Congreso Nacional Africano (CNA) en 1994 por parte de los que lucharon por la libertad, con Mandela al frente del cambio, la promesa de una nación próspera y multirracial no ha sido más que un sueño. La realidad es que, a lo largo de estos más de 30 años, esa misma promesa se ha desvanecido en un mar de confusión administrativa, mala gestión económica, corrupción y una práctica de control criminal en la gestión del Estado que ha situado a Sudáfrica en una posición muy delicada en el contexto económico internacional, con la huida de numerosas empresas e inversiones, lo que agrava la crisis interna del desempleo (con una tasa del 32% es una de las más altas del mundo).

Como menciona el periodista Allister Sparks en sus memorias, toda esta situación ha creado un sistema tan desigual –con una gran población pobre y una pequeña clase rica privilegiada– que el país puede compararse con «un autobús de dos pisos ocupado por dos clases sin escalera que las separe».

La escalada de la protesta March and March

Aunque la protesta plantea reivindicaciones legítimas, como la falta de medidas por parte del Gobierno para hacer frente a la inmigración ilegal y la crítica a la corrupción de los funcionarios fronterizos, March and March, al igual que otras iniciativas similares anteriores, ha sido manipulada políticamente y utilizada para exacerbar, mediante el discurso del odio, la actitud negativa hacia los extranjeros –en especial los procedentes de otros países africanos–, hasta el punto de que ese odio que se ha difundido, por no hablar de la actitud violenta y justiciera, se ha vuelto insoportable e irracional en algunos rincones del país. La situación ha llegado a tal nivel que ni siquiera las personas en situación regular en el país han sido víctimas de esta hostilidad: «Tú, como extranjero, debes irte, ya que quitas oportunidades a los sudafricanos».

En este contexto, muchos extranjeros ya no se sienten seguros. Además, consideran que Sudáfrica es un país poco acogedor, que ha perdido por completo la sensibilidad y la humanidad hacia las personas tan solo porque proceden de otro país y hablan otro idioma. Es desgarrador ver, por ejemplo, a personas de Malaui obligadas a abandonar el país, hacinadas en campamentos mientras esperan, en el frío de estos meses, la posibilidad de regresar a su país de origen, donde, por cierto, no les queda nada para empezar de nuevo. Entre estos grupos se encuentran bebés y mujeres embarazadas que sufren las condiciones de vida en un campo de refugiados.

Asentamiento informal de Jika Joe, al lado de nuestra casa en Pietermaritzburg,
donde algunos extranjeros han sido atacados e incluso asesinados recientemente.

El chivo expiatorio

Los extranjeros se marcharán, sí, pero un análisis serio demostrará que el problema de la desigualdad y la pobreza seguirá existiendo.

Los extranjeros se han convertido ahora en un chivo expiatorio –situación que ha denunciado también la Conferencia Episcopal Católica del Sur de África– que paga por la realidad creada por años de robo y corrupción en la administración pública. Muchos municipios de Sudáfrica seguirán sin funcionar, el desempleo seguirá siendo elevado, las inversiones serán escasas y la situación social y económica general del país, según los analistas, no mejorará, al menos en un futuro próximo.

A medida que se acercaba el 30 de junio se ha incrementado la tensión. El Gobierno teme otra ola de violencia e incluso saqueos en las principales ciudades del país. Ya se ha reforzado la presencia policial, con el apoyo del Ejército, para vigilar la situación.

En el escolasticado donde vivimos, todos somos extranjeros. Además, estamos rodeados de barrios pobres donde ya se han registrado estos días actos de violencia contra ciudadanos extranjeros. Uno de nuestros estudiantes, procedente de Sudán del Sur, fue acosado y agredido hace poco y, aunque todo apunta a un simple robo, muchos aprovechan las protestas y la confusión de estos días como excusa para cometer delitos.

Que el Señor bendiga y proteja a todos los extranjeros vulnerables y haga que los habitantes locales y los dirigentes de este gran país –en el que también hay muchas personas de buena voluntad y con un enfoque totalmente diferente respecto a este asunto— tengan un corazón lleno de compasión y paciencia.

comboni.org

XIII Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.
El que salve su vida la perderá y el que la pierda por mí, la salvará.
Quien los recibe a ustedes me recibe a mí; y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado.
El que recibe a un profeta por ser profeta, recibirá recompensa de profeta; el que recibe a un justo por ser justo, recibirá recompensa de justo.
Quien diere, aunque no sea más que un vaso de agua fría a uno de estos pequeños, por ser discípulo mío, yo les aseguro que no perderá su recompensa”

(Mateo 10, 37-42)


Desprendimiento total
P. Enrique Sánchez G. mccj

El capítulo décimo del evangelio de san Mateo nos presenta el discurso misionero de Jesús y llegando a estos últimos versículos nos muestra la exigencia radical de parte de Jesús a quienes llama para que lo sigan como colaboradores y continuadores de su misión.

En los domingos anteriores hemos escuchado cómo Jesús llama a los doce apóstoles a seguirlo y entre ellos hay una diversidad extraordinaria de personalidades, caracteres, cualidades y limitaciones. Pero, para cada uno de los llamados hay un lugar que ninguna otra persona puede ocupar.

En la misión hay un lugar para todos y nadie se puede excluir, pues la misión se realiza no tanto con lo que se tiene sino con lo que se es. Podríamos decir que la misión no se hace, se vive día a día en los pequeños y grandes acontecimientos que nos va presentando la vida.

A la misión, que nosotros podríamos bien identificar con nuestro compromiso cristiano, se invita a ir en total libertad y sin cargarse de aquello que pueda hacer el camino y complicar la entrega. Hay que ir ligeros de equipaje y con la seguridad de que nada faltará a quien se entrega con generosidad a la construcción del Reino.

No hay que llevar nada para el camino, sólo la confianza y el abandono en Aquel que nos ha llamado y que se encargará de irnos proporcionando lo que sea necesario para que podamos sembrar su palabra en el corazón de los hermanos.

La misión a la que Jesús invita no se limita a un quehacer que hay que desempeñar o un trabajo con el que hay que cumplir; se trata más bien de una manera de vivir que hace de los discípulos testigos de quien los ha llamado. La misión nos hace presencia del Señor que sirviéndose de lo que somos, de nuestras cualidades y virtudes, así como de nuestros límites y debilidades, sigue mostrando su presencia a todos aquellos que abren su corazón para acogerlo con humildad y gratitud.

Como testigos lo importante será lo que se anuncia o a quien se anuncia y para cumplir con esa tarea será necesario hacerlo sin miedo, con valentía y entusiasmo; aunque nos encontremos en situaciones muchas veces adversas e incluso amenazantes. Simplemente, no hay que tener miedo a comprometerse, porque está la garantía del respaldo del Señor que promete estar siempre con nosotros como alguien que se preocupa por todo lo que nos puede suceder.

Hoy el discurso sobre la misión que nos presenta el evangelio va un poquito más lejos y nos habla de la radicalidad que exige la misión. El Señor cuando llama a seguirlo pide que estemos dispuestos a desprendernos de todo, incluso de lo que más amamos y que nos podría parecer imposible dejar o desprendernos.

Dejar al padre y a la madre podría parecer una exigencia ingrata y sin sentimientos, pero no se trata de ser indiferentes con el amor y el cariño que debemos a los seres que más queremos en la vida.

Lo que el evangelio trata de hacernos entender es que la misión exige otro amor que es requisito esencial para poder ponerse en camino. Y ese amor es el que estamos llamados a tener por Jesús.

No se puede ser verdaderamente misioneros y no partimos de un gran cariño y de una amistad profunda con el Señor. Sólo quien se siente profundamente amado por Jesús y que lo ama con todo lo que puede será capaz de amar a los demás con un autentico cariño.

De hecho, todos los misioneros podemos decir que en el fondo de nuestra vocación está la convicción de que hemos sido amados y por eso el Señor nos ha llamado y es ese amor el que no permite permanecer en la misión.

Cuando se nos habla de misión se nos menciona igualmente que hay una cruz que tiene que ser cargada para poder seguir a Jesús.

Cargar la cruz significa aceptar que la misión está hecha de sacrificios y de renuncias, de entrega cotidiana, de sufrimientos que purifican el corazón para poder mostrar que lo único que nos mueve es el amor a Dios y a los hermanos.

La cruz es lo que hace que no confundamos la misión con un viaje turístico a donde se va como exploradores a descubrir paisajes y costumbres distintos a los nuestros. La misión no es la alternativa para ir a descubrir el mundo en sus lugares más lejanos y exóticos.

La cruz, que significa el sacrificio y la renuncia, la entrega y la muestra más extraordinaria de amor por aquellos hermanos que están más lejos, es la garantía de una misión auténtica. Ella representa la disponibilidad a la entrega total de la vida, porque es en la cruz en donde el Señor ha demostrado hasta dónde llegaba su amor por nosotros.

Por eso Jesús no esconde que el que salve su vida la perderá y el que la pierda por mí, la salvará. Esta es la lógica del evangelio, tan distinta a la nuestra, en la misión se gana perdiendo y la experiencia enseña que es más lo que ganamos que lo que perdemos.

Muchas veces vamos pensando que llevaremos muchas cosas y que transformaremos la realidad con nuestros medios y nuestras ideas, con nuestros proyectos y nuestros recursos y nos damos cuenta de que, cuando volvemos de la misión, es mucho más lo que hemos recibido y hemos vuelto enriquecidos.

En la misión nos damos cuenta que el Señor nos estaba esperando para hacernos crecer para que lo pudiésemos encontrar en todos aquellos hermanos y hermanas que nos estaban esperando.

Entonces nos damos cuenta que cuando hemos tenido el valor de olvidarnos de nosotros mismos, aunque sea un poquito, y nos hemos dejado ganar por la alegría de dar lo mucho o lo poco que somos buscando la felicidad de los demás, ahí es cuando la vida se nos ha presentado como algo que realmente poseemos.

Finalmente, vivir de esa manera dice el evangelio que nos convierte en profetas y el profeta es aquel que habla en nombre de Dios y manifiesta su presencia entre su pueblo. La misión nos hace profetas, presencia de Dios entre nuestros hermanos hoy y eso nos hace merecedores igualmente de las bendiciones que sólo Dios puede dar.

A quien es reconocido como presencia de Dios no se le niega nada de lo que necesita para ejercer su ministerio y es bendecido con más de lo que podría necesitar.

Todos los misioneros hacemos esa experiencia a diario, pues lo que sostiene la misión no son empresas o negocios que reditúen ganancias que garanticen los buenos resultados de la misión.

Todas las misiones se han sostenido siempre con la generosidad de gente pobre y sencilla que, como la viuda del evangelio, se desprenden muchas veces de lo necesario para apoyar la obra que permita llevar el evangelio hasta los extremos del mundo.

Esta última parte del discurso misionero de Jesús, con el cual envía a sus discípulos a llevar la Buena Nueva a la gente de su tiempo, debería ayudarnos a cada uno de nosotros a preguntarnos cómo estamos viviendo nuestro compromiso misionero.

¿Nos sentimos llamados, invitados a continuar con la misión de Jesús en nuestro tiempo y en medio de las realidades en que nos encontramos hoy? ¿Estamos dispuestos a poner al servicio del Señor lo que somos para que nos utilice como instrumentos efectivos para llegar a todos aquellos que no lo conocen o que están alejados de él?

¿Deseamos crecer en nuestra relación personal con el Señor para sentirnos amados y enviados a ser testigos de su amor?

¿Estaríamos dispuestos a cargar la cruz del Señor sabiendo que, como amaba decir san Daniel Comboni, las obras de Dios nacen y crecen a los pies de la Cruz? ¿Nos asusta el sacrificio y la renuncia a todo aquello que nos puede estar dando seguridad o nos dejamos interpelar por las necesidades de nuestros hermanos viendo en eso una posibilidad de amar?

¿Habrá algo en particular de lo que el Señor me está pidiendo que me desprenda para disponer mi corazón a recibir lo que realmente necesito para descubrirme amado y llamado a ponerme a su servicio?

Mirando un poco a mi alrededor, ¿en dónde me está esperando la misión hoy? ¿Quiénes son los destinatarios de mi anuncio, de mi testimonio cristiano, a quienes me está pidiendo el Señor que les entregue mi vida?

Que el Señor nos ayude a responder a la misión con generosidad y con mucho amor.


¡Todo el Evangelio en un vaso de agua!
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

El Evangelio de este domingo concluye el discurso apostólico, o discurso de la misión, de Mateo 10. Es un discurso que atañe a todo cristiano: mediante el bautismo se convierte en discípulo de Jesús, en su apóstol y misionero.

El pasaje del Evangelio (Mateo 10,37-42) se articula en dos partes distintas. La primera presenta las condiciones y exigencias para ser discípulos y apóstoles de Jesús:

Quien ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí;
quien ama a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí;
quien no toma su propia cruz y no me sigue no es digno de mí.
Quien haya conservado para sí su vida, la perderá; y quien haya perdido su vida por causa mía, la encontrará.

Estas son quizá las palabras más duras del Evangelio. Son como los «deberes» del discípulo de Jesús. Las conocemos bien, tanto porque se repiten a menudo como por su dureza.

La segunda parte del pasaje es más consoladora. Nos presenta sus «privilegios»:

Quien os recibe a vosotros me recibe a mí, y quien me recibe a mí recibe a aquel que me ha enviado.
Quien recibe a un profeta por ser profeta tendrá la recompensa del profeta;
Quien recibe a un justo por ser justo tendrá la recompensa del justo.
Quien dé de beber, aunque solo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser discípulo, en verdad os digo: no perderá su recompensa.

1. IDENTIDAD: ¿Quién quiero ser?

La primera palabra que quisiera subrayar es el pronombre «quien», que aparece diez veces en el texto. Nos recuerda que la vida está hecha de elecciones. ¿Quién quiero ser? ¿En cuál de las alternativas presentadas por Jesús me reconozco? ¿Entre los que son dignos de él? ¿Entre los que arriesgan su vida por él? ¿Entre los que lo acogen?

2. RADICALIDAD: ¿Soy digno de él?

Las condiciones para ser discípulos de Jesús son ciertamente exigentes. Jesús lo aclara tres veces: «Quien… quien… quien… ¡no es digno de mí!». Él quiere, es más, exige, el primer lugar en los afectos y en los proyectos. Ningún rabino había formulado jamás pretensiones semejantes. Pero solo una gran pasión por Cristo y una entrega total al Reino de Dios pueden sostener una vida de compromiso radical en la construcción de la nueva humanidad.

En estos pocos versículos se repiten varias veces el pronombre y el adjetivo posesivo de primera persona. Quien no lo conociera podría juzgarlo un megalómano y le preguntaría espontáneamente, como los judíos: «¿Quién te crees que eres?» (Juan 8,53). Él nos respondería: «Precisamente lo que os digo» (Juan 8,25).

Él reclama para sí el amor reservado únicamente a Dios: «Escucha, Israel: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Deuteronomio 6,4-5). Jesús no pone en duda el amor al padre, a la madre, al hijo o a la hija; más bien nos cuestiona sobre nuestras prioridades: ¿cuál es el amor más grande de tu vida?

3. ACOGIDA: ¿Tengo un corazón acogedor?

El verbo «acoger» se repite varias veces en el texto: acoger al apóstol, al profeta, al justo y al pequeño. Al acogerlos a todos ellos, acogemos a Cristo y, en él, al Padre.

Tener un corazón acogedor es hoy más necesario que nunca, en una sociedad que cierra puertas y levanta barreras, por egoísmo o por miedo a quien es diferente. La acogida no es solo una obra de misericordia. En la Biblia, además de ser un acto de temor de Dios, era ocasión de recibir una bendición muy deseada, llevada por el huésped. Recordemos a Abraham ante los tres viajeros desconocidos: «Señor mío, si he hallado gracia a tus ojos, no pases de largo sin detenerte junto a tu siervo» (Génesis 18,3). El autor de la Carta a los Hebreos comenta: «No olvidéis la hospitalidad; algunos, practicándola, sin saberlo acogieron a ángeles» (Hebreos 13,2).

En la primera lectura encontramos un bello ejemplo de acogida: el de la mujer que recibe al profeta Eliseo: «Hagamos una pequeña habitación alta, de obra, pongamos en ella una cama, una mesa, una silla y una lámpara; así, cuando venga a nosotros, podrá retirarse allí» (2 Reyes 4).

Me gusta ver aquí, como en un icono, una alusión simbólica a las condiciones esenciales para acoger a Dios en nuestra vida. Cada uno de nosotros necesita esta «pequeña habitación alta» del profeta, «de obra», es decir, sólida y estable, donde cultivar la interioridad y encontrarse con el Señor.

En ella reinan la sobriedad y lo esencial: una cama, una mesa, una silla y una lámpara. La cama nos recuerda la necesidad de un sano equilibrio entre la actividad y el descanso; la mesa y la silla evocan la reflexión; finalmente, la lámpara recuerda la meditación de la Palabra, «lámpara para nuestros pasos» (Salmo 119,105).

4. RECOMPENSA: ¿Cuál será mi recompensa?

Jesús habla tres veces de recompensa. La Sagrada Escritura habla de ella a menudo, y también Jesús vuelve a ella con frecuencia. Todo camino de fe comienza con una promesa: «Tu recompensa será muy grande» (Génesis 15,1). Los apóstoles no dudan en preguntarle a Jesús: «Mira, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué tendremos, entonces?» (Mateo 19,27).

Hoy, sin embargo, casi nos avergonzamos de hablar de recompensa en el ámbito de la fe, como si fuera una traición a la gratuidad del amor. Sin embargo, nuestra dimensión corporal reclama su parte y, si se la ignora, acaba buscándola en el goce inmediato de los sentidos.

Cuán útil es recordar la promesa del Señor: todo pequeño gesto realizado por amor tendrá su recompensa. «Todo el Evangelio está en la Cruz, pero todo el Evangelio está también en un vaso de agua» (Ermes Ronchi).

Nuestro corazón no es «puro», es decir, «de una sola pieza», sino impuro y compuesto. Solo Dios es puro: puro amor. La Palabra de Dios se dirige a nuestra persona en toda su complejidad.

En nosotros está el «esclavo» que teme el «castigo». La Palabra educa a nuestro esclavo para que pase del miedo al temor reverencial de Dios.

En nosotros está el «siervo» que trabaja por el «salario», por interés. La Palabra lo educa para pasar de la mentalidad del «mérito» —idea pagana de la retribución— a la de la promesa de Dios; de la condición de «siervo» a la de «amigo» (Juan 15,15).

Finalmente, en nosotros está el «hijo» que actúa por amor. La Palabra lo educa para que sea cada vez más consciente de estas palabras del Padre en la parábola del hijo pródigo: «Todo lo mío es tuyo»; y para que llegue a ser un hijo adulto, responsable de sus hermanos.

Ejercicio espiritual para la semana

Un posible doble ejercicio para la semana puede consistir en meditar las ocho afirmaciones propuestas por el Evangelio de este domingo y en comprometerse a construir una «pequeña habitación alta, de obra». Concretamente, ¿qué podrían ser, en mi vida, la cama, la mesa, la silla y la lámpara de esa habitación?


Por eso deja el hombre a su padre y a su madre
y se une a Jesucristo, y se hacen una sola cosa
Papa Francisco 

Queridos hermanos y hermanas:
La liturgia nos presenta las últimas frases del discurso misionero del capítulo 10 del Evangelio de Mateo (cf. 10, 37), con el cual Jesús instruye a los doce apóstoles en el momento en el que, por primera vez les envía en misión a las aldeas de Galilea y Judea. En esta parte final Jesús subraya dos aspectos esenciales para la vida del discípulo misionero: el primero, que su vínculo con Jesús es más fuerte que cualquier otro vínculo; el segundo, que el misionero no se lleva a sí mismo, sino a Jesús, y mediante él, el amor del Padre celestial. Estos dos aspectos están conectados, porque cuanto más está Jesús en el centro del corazón y de la vida del discípulo, más “transparente” es este discípulo ante su presencia. Van juntos, los dos.

«El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí…» (v. 37), dice Jesús. El afecto de un padre, la ternura de una madre, la dulce amistad entre hermanos y hermanas, todo esto, aun siendo muy bueno y legítimo, no puede ser antepuesto a Cristo. No porque Él nos quiera sin corazón y sin gratitud, al contrario, es más, sino porque la condición del discípulo exige una relación prioritaria con el maestro. Cualquier discípulo, ya sea un laico, una laica, un sacerdote, un obispo: la relación prioritaria. Quizás la primera pregunta que debemos hacer a un cristiano es: «¿Pero tú te encuentras con Jesús? ¿Tú rezas a Jesús?». La relación.

Se podría casi parafrasear el Libro del Génesis: Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a Jesucristo, y se hacen una sola cosa (cf. Génesis 2, 24). Quien se deja atraer por este vínculo de amor y de vida con el Señor Jesús, se convierte en su representante, en su “embajador”, sobre todo con el modo de ser, de vivir. Hasta el punto en que Jesús mismo, enviando a sus discípulos en misión, les dice: «Quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado» (Mateo 10, 40). Es necesario que la gente pueda percibir que para ese discípulo Jesús es verdaderamente “el Señor”, es verdaderamente el centro de su vida, el todo de la vida. No importa si luego, como toda persona humana, tiene sus límites y también sus errores —con tal de que tenga la humildad de reconocerlos—; lo importante es que no tenga el corazón doble —y esto es peligroso. Yo soy cristiano, soy discípulo de Jesús, soy sacerdote, soy obispo, pero tengo el corazón doble. No, esto no va.

No debe tener el corazón doble, sino el corazón simple, unido; que no tenga el pie en dos zapatos, sino que sea honesto consigo mismo y con los demás. La doblez no es cristiana. Por esto Jesús reza al Padre para que los discípulos no caigan en el espíritu del mundo. O estás con Jesús, con el espíritu de Jesús, o estás con el espíritu del mundo. Y aquí nuestra experiencia de sacerdotes nos enseña una cosa muy bonita, una cosa muy importante: es precisamente esta acogida del santo pueblo fiel de Dios, es precisamente ese «vaso de agua fresca» (v. 42) del cual habla el Señor hoy en el Evangelio, dado con fe afectuosa, ¡que te ayuda a ser un buen sacerdote! Hay una reciprocidad también en la misión: si tú dejas todo por Jesús, la gente reconoce en ti al Señor; pero al mismo tiempo te ayuda a convertirte cada día a Él, a renovarte y purificarte de los compromisos y a superar las tentaciones. Cuanto más cerca esté un sacerdote del pueblo de Dios, más se sentirá próximo a Jesús, y un sacerdote cuanto más cercano sea a Jesús, más próximo se sentirá al pueblo de Dios.

La Virgen María experimentó en primera persona qué significa amar a Jesús separándose de sí misma, dando un nuevo sentido a los vínculos familiares, a partir de la fe en Él. Con su materna intercesión, nos ayude a ser libres y felices misioneros del Evangelio.

Angelus 2/7/2017


Indignidad, acogida y recompensa
José Luis Sicre

El largo discurso dirigido a los apóstoles (resumido en los domingos 11-13) termina con una serie de frases de Jesús que son, al mismo tiempo, muy severas y muy consoladoras. Las severas se dirigen a los apóstoles; las consoladoras, a quienes los acogen.

¿Quién no es digno de Jesús?

La sección comienza con tres frases que terminan de la misma manera: “no es digno de mí”. Las dos primeras están muy relacionadas: no es digno de Jesús el que ama a su padre o a su madre más que a él, o el que ama a sus hijos o a su hija más que a él. Estas frases recuerdan lo que se dice en Deuteronomio 33,9 a propósito de los levitas. En un caso de grave conflicto entre los vínculos familiares y la fidelidad a Dios, optaron por lo segundo. Leví, representación de todos los levitas, “dijo a sus padres: ‘No os hago caso’; a sus hermanos: ‘No os reconozco’; a sus hijos: ‘No os conozco’. Cumplieron tus mandatos y guardaron tu alianza.”

Se podría decir que Jesús exige a sus discípulos la misma actitud de los levitas. Pero hay una diferencia importantísima. los levitas se comportaron así por fidelidad a los mandatos de Dios y a su alianza. Los discípulos deben hacerlo por amor a Jesús. Al exigir este amor superior al de los seres más queridos, Jesús se está poniendo al nivel de Dios, al que hay que amar sobre todas las cosas.

Los primeros cristianos, en momentos de persecución, se vieron a veces en la necesidad de optar entre el amor y la fidelidad a Jesús y el amor a la familia. La elección era dura, pero muchos la hicieron, convencidos de que recuperarían a sus padres e hijos en la vida futura.

La frase siguiente (“el que no carga su cruz…”) también se entiende mejor a la luz del texto del Deuteronomio. En él se dice que los levitas, por haber mostrado esa fidelidad a Dios, recibieron un gran premio y dignidad: “Enseñarán tus preceptos a Jacob y tu ley a Israel; ofrecerán incienso en tu presencia y holocaustos en tu altar.” Jesús no promete nada de esto a sus discípulos. Añade una nueva exigencia, mucho más dura: ya no se trata de posponer a los seres queridos sino de renunciar a la propia vida, con la seguridad de recobrarla en el futuro.

Acogida y recompensa

La última parte se dirige a las personas que acojan a los discípulos: recibirlos a ellos equivale a recibir a Jesús y recibir al Padre. Estas palabras los sitúan muy por encima de profetas y justos, los grandes personajes religiosos de la época. La primera lectura cuenta como un matrimonio de Sunám decidió acoger en su casa al profeta Eliseo cuando pasaba por el pueblo; le construyeron una habitación en el piso de arriba y le proporcionaron una cama, una silla, una mesa y un candil. Una gran inversión para aquel tiempo. Pero recibieron su recompensa con el nacimiento de un hijo.

En comparación con Eliseo, los discípulos pueden parecer unos “pobrecillos” sin importancia. A nadie se le ocurrirá darles alojamiento permanente. Pero basta un vaso de agua fresca (algo muy de agradecer cuando no existen bares ni agua corriente en las casas) para que esas personas reciban su recompensa.

Si en la primera parte entreveíamos los grandes conflictos familiares provocados por las persecuciones, en este final intuimos lo que experimentaron muchas veces los misioneros cristianos: la acogida amable y sencilla de personas que no los conocían. De estos últimos versículos, sólo uno tiene paralelo en el evangelio de Marcos. El resto es original de Mateo, que ha querido redactar un final consolador, que deje buen sabor de boca.


Misión como acogida:
de Jesús y de los suyos
Romeo Ballan, mccj

En la conclusión del “discurso misionero” (Mt 10), Jesús invita a sus discípulos a asumir dos actitudes necesarias para cualquier persona enviada a anunciar el Reino: la vocación con sus exigencias y la misión como acogida. Un mensaje que toca de cerca a todo cristiano, no solamente a los misioneros ‘oficiales’. Ante todo,la vocación vivida con amor. En efecto, Jesús habla de amor (v. 37) y de vida (v. 39). Está en juego la opciónpor un amor más grande. El amor a los familiares –deber-derecho-bendición- es preciso verlo junto y comparado con el amor por Jesús. Solamente a la luz del amor y de la vida tienen sentido las exigencias de una vocación de servicio a la misión de Jesús; solo por amor es posible hacer opciones arduas, que resultan incomprensibles para el que esté fuera de esta lógica. Teniendo en cuenta el bien supremo -que es siempre y solamente Dios- se puede dar el justo peso incluso a valores humanos tan importantes como son los afectos familiares o los intereses profesionales, reservando a Dios el primer lugar, la primera opción.

El lenguaje de Jesús (‘tomar la cruz’, ‘perder la vida’) es escandaloso, hasta parece cruel, pero es la única palabra que libera de las ilusiones y que realmente nos hace encontrar la vida (v. 39); la vía de la cruz es la única que desemboca en la vida verdadera: la resurrección. Son siempre actuales las palabras de San Juan Pablo II: -¡No tengan miedo de Cristo! Él no quita nada. Y lo dona todo. El que se entrega a Él, recibe el céntuplo. Sí, abran, abran de par en par las puertas a Cristo y encontrarán la verdadera vida-. Este mensaje vale tanto para el misionero que anuncia el Evangelio como para los que lo escuchan. A esta misma radicalidad nos llama también San Pablo (II lectura): por el Bautismo estamos llamados a “andar en una vida nueva” (v. 4), porque “hemos muerto con Cristo” y “viviremos con Él” (v. 8.11).

El segundo gran tema misionero de este domingo es la acogida. Es ejemplar la hospitalidad que la mujer de Sunem y su marido brindan al profeta Eliseo (I lectura), pero lo es igualmente la gratitud de este ‘hombre de Dios’ hacia aquella pareja estéril: tras hablar con su criado Giezi, Eliseo profetiza que pronto tendrán un hijo. Se trata de un intercambio de dones, ofrecidos en la gratuidad. Jesús ensalza el gesto sencillo, gratuito, del que “dé de beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca” (Mt 10,42). Cabe fijarse en el detalle del agua fresca, particularmente apetecible en los países cálidos. La misión como acogida tiene su fundamento en la identidad que Jesús establece entre Él y los suyos: “El que los recibe a ustedes me recibe a mí” (v. 40); palabras que recuerdan el test del juicio final: “Tuve sed y ustedes me dieron de beber” (Mt 25,35).

Acoger en casa o en el propio país al que pasa necesidades, o al que huye de guerras, o busca en otros países condiciones de vida más dignas para sí y su familia, ha sido siempre una merecedora obra de misericordia, nuevamente según las palabras de Jesús: “era forastero y me han acogido” (Mt 25,35). Hoy en día, lamentablemente, este complejo problema de la acogida a migrantes-refugiados-prófugos se ha convertido en un encendido tema político a nivel nacional, europeo y mundial, materia de continuos debates públicos y privados, cargados a menudo de ideologías contrapuestas. El escaso compromiso de privados, asociaciones y gobiernos en buscar soluciones adecuadas a las migraciones está, por lo menos en parte, en la base de numerosas tragedias y muertes en tierra y mar, incluso de mujeres, mamás y niños.

Se abre aquí el tema de la cooperación misionera a las tareas de evangelización y promoción humana, que es un derecho-deber de todo bautizado, tanto en las formas siempre válidas de la oración, sacrificio, donativos…, como en las modalidades nuevas: información, formación, compromiso por la justicia, derechos humanos… para un mundo más fraterno y solidario.

“Soy especial, soy única, gracias por ser como soy”

Por: Hna. Cecilia Sierra, smc
Desde el desierto de Judea

La conocimos hace tres años. Una pequeña niña beduina en una aldea del desierto. Extremadamente tímida. Siempre apartada. Casi sin hablar. Parecía vivir detrás de un muro invisible.

Esta semana, durante el campamento de verano en su aldea, apenas podíamos creer lo que veíamos.

Hoy tiene seis años. Y es otra niña.

Creció junto a una hermanita apenas un año mayor, espontánea, segura y extrovertida.

Desde el primer día repetimos una y otra vez el mensaje del campamento: “Soy especial. Soy única. Gracias por ser como soy.”

Al ritmo del himno que acompañó estos días, la vimos sonreír, jugar, participar, hablar y acercarse. La niña que antes se escondía ahora corre a nuestro encuentro. Busca a los demás niños, comparte, colabora y regala abrazos llenos de confianza.

Esta transformación no nació en un instante. Es fruto de años de presencia, cercanía y cariño. Fruto de sentirse querida, aceptada y valorada. Fruto de un camino recorrido junto a ella, su madre y toda su familia.

Durante estos cuatro días vimos hacerse realidad cada uno de los temas del campamento.

El primer día: “Yo soy especial.” Y comenzó a creerlo.

El segundo día: “Puedo cambiar y hacer la diferencia.” Su propia historia fue el mejor ejemplo.

El tercer día: “No estoy sola, tengo muchos amigos.” Y allí estaba ella, rodeada de niños, disfrutando de una amistad que antes parecía imposible.

El cuarto día: “Quiero sembrar la paz.” Y eso es exactamente lo que está haciendo: sanando heridas, venciendo miedos, abriendo el corazón y tendiendo puentes.

Han sido cuatro días intensos en dos aldeas del desierto. Aprestados y ansiosos los niños por estar juntos, jugar. La mayoria de ellos no va a la escuela. La escuela mas cercana esta en Jerico, a kilometros de su aldea.
Llegaban tempranisimo, limpios, ansiosos, cargados de energia. Receptivos al aprendizaje, a los juegos y con corazones cargados de esperanza. Bajo el sol ardiente, suavizado este año por una brisa fresca que sentimos como un regalo de Dios.

Esta pequeña nos recuerda que el amor transforma. Que la cercanía sana.

Hoy sonríe cuando canta: “Soy especial.”

Y al verla, nosotros también lo creemos.

Aquí, en medio del desierto, en Tierra Santa, esta pequeña niña beduina, con esta extraordinaria capacidad de transformacion, ya está sembrando paz.

XII Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: “No teman a los hombres. No hay nada oculto que no llegue a descubrirse; no hay nada secreto que no llegue a saberse.
Lo que les digo de noche, repítanlo en pleno día, y lo que les digo al oído, pregónenlo desde las azoteas.
No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman, más bien, a quien puede arrojar al lugar de castigo el alma y el cuerpo.
¿No es verdad que se venden dos pajarillos por una moneda? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae por tierra si no lo permite el Padre. En cuanto a ustedes, hasta los cabellos de su cabeza están contados. Por lo tanto, no tengan miedo, porque ustedes valen mucho más que todos los pájaros del mundo. A quien me reconozca delante de los hombres, yo también lo reconoceré ante mi Padre, que está en los cielos; pero al que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre, que está en los cielos”.

(Mateo 10, 26-33)


No tengan miedo
P. Enrique Sánchez G. mccj

Después de leer esta página del Evangelio es muy probable que las palabras que han quedado resonando en nuestro interior son: No tengan miedo. No teman a los hombres.

Ya desde hace tiempo hemos venido escuchando, como mensaje de esperanza y de confianza, que quien permanece en Dios, quien hace de su amor el objetivo de la vida, simplemente no puede vivir en el temor.

No podemos negar que vivimos en un mundo en donde las amenazas, las inseguridades, los riesgos que atentan contra nuestra vida o contra nuestra paz parecen ser el pan de cada día. Muchas veces decimos que salimos de nuestra casa, pero no sabemos si regresaremos con bien. Los motivos para el temor no hace falta inventarlos y muchas veces pueden paralizarnos.

La astucia de quienes se dedican a hacer el mal parece ser cada día más sofisticada y nos sorprende la habilidad con que se logra usar de herramientas que deberían servir para el bien, para crear situaciones de maldad.

Y, sin embargo, la palabra del Evangelio no se pierde, no baja su intensidad y nos permite escuchar con fuerza la voz del Señor que nos anima a no quedarnos petrificados ante las amenazas del mal.

“No teman a los hombres” es más que una recomendación nacida de la promesa que el Señor nos ha hecho de no dejarnos solos, de no permitir que el mal triunfe y que el miedo nos robe la esperanza y nos impida ser testigos de su presencia entre nosotros.

El mandato de pregonar y de anunciar lo que el Señor nos va revelando a través de nuestro peregrinar cristiano nos impulsa y nos anima a no perder el entusiasmo misionero.

Hay que decir en voz alta al mundo que Dios sigue siendo quien lleva las riendas de nuestra historia y es él quien nos llena de valor, incluso en los momentos en que nos podemos sentir amenazados o confundidos por las tinieblas que nos pueden rodear.

“No tengan miedo a quienes matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma”. Ciertamente no podemos ser ingenuos y pensar que nada nos puede suceder, si nos arriesgamos a ser fieles al mandato del Señor de ir por todas partes a anunciarlo.

No podemos cerrar los ojos y negar que existen tantas víctimas de la maldad que terminan sus vidas de manera trágica. Vidas que son arrebatadas injustamente por quienes han perdido el respeto por la vida, por quienes no tienen conciencia y consideran a los demás como cosas que se pueden desechar o destruir.

Es un hecho, que no podemos negar, que hoy existe una forma de pensar en algunas partes de nuestro mundo que no respeta la vida y no faltan personas en nuestro tiempo quienes no se tientan el corazón para matar y sembrar la tristeza y el dolor.

Pero aún en esas situaciones el Señor nos anima a seguir adelante, a no perder la confianza, pues habrá quien acabe con la vida, pero el espíritu que llevamos dentro de nuestro corazón, ese nada ni nadie lo podrá destruir.

Y seguirán existiendo miles de cristianos que estarán siempre dispuestos a dar su vida buscando la manera de permanecer fieles a su fe en Jesús. Discípulos que no le temen a nada y que están dispuestos a todo por decir con sus vidas que el Señor está entre nosotros.

Todos conocemos la situación de muchos cristianos que son hoy perseguidos y no faltan las noticias de comunidades que han sido atacadas brutalmente asesinando a muchos cristianos. Sabemos de hermanos nuestros en la fe que son obligados a emigrar, a dejar su tierra, sus familias porque son condenado a desaparecer. Y ahí se escucha la palabra del Señor que los sostiene y los anima diciendo “podrán matar el cuerpo, pero no el alma”.

Y en las palabras que siguen en el relato de nuestro Evangelio escuchamos a Jesús que nos confirma en la esperanza.

Dios toma cuidado de los pajarillos y nada de lo que nos pueda suceder en la vida se le escapa. Todo está bajo su mirada y no deberíamos preocuparnos por nada, pues hasta los cabellos de nuestra cabeza los tiene contados y nada puede suceder sin que él lo permita.

Estamos en las manos de Dios y somos el motivo de su amor y de su preocupación. Eso debería generar en nuestro interior una gran alegría, una inmensa gratitud; pero sobre todo una confianza sin límites. Pues a cada paso que demos, el Señor se nos irá adelantando para que podamos avanzar con la serenidad y la paz en nuestros corazones.

Si en días anteriores decíamos que lo más bello que nos puede suceder en la vida es descubrir que somos lo que más ama Dios, hoy, escuchando este Evangelio, deberíamos sentirnos mucho más felices, porque valiendo mucho más que los pájaros del cielo, de los cuales Dios se toma cuidado, podremos decir que todo lo que nos suceda será siempre una bendición del Padre que nos va cuidando y bendiciendo.

De ahí debe nacer nuestra valentía y el ánimo de seguir adelante, sin temor y sin miedo. Pues, como dice el Salmo, “aunque pase por valles oscuros, nada temeré; porque el Señor me guía y me conduce” (Sal 23, 1-6)

Por lo tanto, no tengamos miedo, dejemos que el Espíritu del Señor actúe en nuestros corazones para que podamos dar testimonio de él en todas las circunstancias de nuestra vida. Que la fe que nos mueve a la esperanza y a la confianza nos permita confesar con nuestras obras y con el testimonio de nuestras vidas que somos del Señor, que todo lo esperamos de él y que en él tenemos puesta toda nuestra confianza.

Confesemos al Señor con valor y alegría y pidamos que sostenidos por él podamos ser en nuestro mundo aquellos que han vencido el miedo no con nuestras fuerzas, sino con la fortaleza que nos otorga el Señor a través de su Espíritu.

Sintámonos orgullosos de ser discípulos de Jesús y no nos cansemos de anunciarlo en nuestro mundo que tanta necesidad tiene de él.


No tengan miedo
Antonio Guerra

El texto que hoy meditamos forma parte del discurso apostólico (Mt 10). En el contexto inmediato a la lectura, Jesús ha descrito a sus discípulos un cuadro de violencia y persecución. Esto podría provocarles miedo e impulsarlos a retroceder, por eso resuena en el evangelio por tres veces el no tengan miedo (vv. 26.28.31). Jesús los invita a tener confianza en la asistencia del Padre y los impulsa a sentirse llamados a dar testimonio del amor de Dios.

Primera exhortación. La tarea del anuncio y la pertenencia al grupo de Jesús los hace todavía más vulnerables. A pesar de todo, les dice “no tengan miedo”, que es como decir: “no permitan que el miedo los arrastre y les haga abandonar la fidelidad a su misión con tal de salvar su vida”. Lo que Jesús les ha confiado han de anunciarlo con franqueza y apertura, a la luz del sol y en público.

En la segunda exhortación Jesús pide coraje también frente al daño extremo e irrevocable que podemos sufrir frente a la muerte. Jesús recuerda que la vida terrena no es el mayor bien y que la muerte no es el mal más grave. Jesús los invita a la valentía de abandonarse en Dios, no porque éste vaya a frenar a los hombres, impidiéndoles que le maten, sino porque, matando, los hombres no pueden influir lo más mínimo sobre el destino último de la salvación definitiva: sólo de Dios depende nuestro destino definitivo, la vida eterna o la perdición eterna. Nada de lo que nos suceda dejará de estar en las manos de Dios.

Tercera exhortación. El discípulo es por encima de todo uno que no teme mostrar la propia identidad confesándola públicamente. Quien reconoce a Jesús como su maestro delante de los demás, será reconocido como su discípulo también delante del Padre. Quien da espacio al miedo, anula todos los pasos hechos en el camino del seguimiento, desconectándose del vínculo de amistad profundo que ha sido tejido con Jesús.


Nuestros miedos
José Antonio Pagola

Cuando nuestro corazón no está habitado por un amor fuerte o una fe firme, fácilmente queda nuestra vida a merced de nuestros miedos. A veces es el miedo a perder prestigio, seguridad, comodidad o bienestar lo que nos detiene al tomar las decisiones. No nos atrevemos a arriesgar nuestra posición social, nuestro dinero o nuestra pequeña felicidad.

Otras veces nos paraliza el miedo a no ser acogidos. Nos atemoriza la posibilidad de quedarnos solos, sin la amistad o el amor de las personas. Tener que enfrentarnos a la vida diaria sin la compañía cercana de nadie.

Con frecuencia vivimos preocupados solo de quedar bien. Nos da miedo hacer el ridículo, confesar nuestras verdaderas convicciones, dar testimonio de nuestra fe. Tememos las críticas, los comentarios y el rechazo de los demás. No queremos ser clasificados. Otras veces nos invade el temor al futuro. No vemos claro nuestro porvenir. No tenemos seguridad en nada. Quizá no confiamos en nadie. Nos da miedo enfrentarnos al mañana.

Siempre ha sido tentador para los creyentes buscar en la religión un refugio seguro que nos libere de nuestros miedos, incertidumbres y temores. Pero sería un error ver en la fe el agarradero fácil de los pusilánimes, los cobardes y asustadizos.

La fe confiada en Dios, cuando es bien entendida, no conduce al creyente a eludir su propia responsabilidad ante los problemas. No le lleva a huir de los conflictos para encerrarse cómodamente en el aislamiento. Al contrario, es la fe en Dios la que llena su corazón de fuerza para vivir con más generosidad y de manera más arriesgada. Es la confianza viva en el Padre la que le ayuda a superar cobardías y miedos para defender con más audacia y libertad el reino de Dios y su justicia.

La fe no crea hombres cobardes, sino personas resueltas y audaces. No encierra a los creyentes en sí mismos, sino que los abre más a la vida problemática y conflictiva de cada día. No los envuelve en la pereza y la comodidad, sino que los anima para el compromiso.

Cuando un creyente escucha de verdad en su corazón las palabras de Jesús: «No tengáis miedo», no se siente invitado a eludir sus compromisos, sino alentado por la fuerza de Dios para enfrentarse a ellos.


Ni miedo a hablar, ni miedo a morir
José Luis Sicre

El evangelio de este domingo es parte del segundo gran discurso que Mateo pone en boca de Jesús. Dirigido a los apóstoles, comienza con unas instrucciones sobre cómo deben anunciar el Reinado de Dios, insistiendo en el desinterés y la pobreza (Mt 10,5-15). No pueden imaginar que la predicación de este mensaje, o curar enfermos, sobre todo sin pedir nada a cambio, pueda provocarles calumnias y persecuciones. Sin embargo, repetir el mensaje de Jesús y vivir como él vivió provoca mucho malestar en ciertos ambientes. Por eso, les deja claro a los discípulos que van a ser muy perseguidos (10,16-25). Ante esto, corren dos peligros: el de callar, para no meterse en complicaciones; y el de dejarse arrastrar por el miedo a la muerte. La forma en que Jesús aborda este tema resulta de una frialdad pasmosa, usando tres argumentos muy distintos: 1) la muerte del cuerpo no tiene importancia alguna, lo importante es la muerte del alma; 2) todo lo que pueda ocurriros lo dispone Dios; 3) la actitud que adoptéis con respecto a mí la adoptaré yo con respecto a vosotros.

Mateo ha recogido en este breve fragmento frases pronunciadas por Jesús en distintos momentos de su vida. Por eso, pueden desconcertar un poco. En el primer caso, a quien deben temer los apóstoles es a Dios, el único que puede matar el alma. En el tercero, a quien deben temer es a Jesús, que podría negarlos ante el Padre del cielo. En cualquier caso, a quienes no deben temer es a los hombres, idea que se repite tres veces en estos pocos versículos.

Cuando se piensa en los asesinatos de cristianos en Egipto, Siria y otros países, quienes vivimos en una sociedad tranquila y segura (por mucho que nos quejemos) podemos tener la impresión de que estas palabras son inhumanas, casi crueles. Sin embargo, es probable, incluso seguro, que a esos cristianos perseguidos les infundan enorme esperanza y energía para confesar su fe. Han preferido la muerte a renegar de Jesús; han preferido ponerse de su parte, salvar el alma antes que el cuerpo.

La primera lectura sirve de contraste (aunque es probable que quienes la eligieron no cayeran en la cuenta de este detalle). El destino de Jeremías, calumniado y perseguido por sus paisanos de Anatot y por las autoridades religiosas y políticas de Jerusalén, recuerda lo que anuncia Jesús a sus discípulos. Pero hay una gran diferencia entre esta primera lectura y el evangelio. El profeta termina pidiendo a Dios que lo vengue de sus enemigos. Jesús nunca sugiere algo parecido a sus discípulos. Al contrario, morirá perdonando a quienes lo matan.


“No tengan miedo”
Misión es fidelidad de amor hasta el Martirio
Romeo Ballan, mccj

En el centro del ‘discurso misionero’ de Jesús, que envía a sus discípulos a anunciar el Reino, está la perspectiva cercana y concreta de la persecución, quizás como un reflejo de la experiencia que las primeras comunidades de fieles ya estaban sufriendo, cuando se escribían los Evangelios (Mt 10; Mc 6; Lc 10). De ahí la insistencia de Mateo (Evangelio) en recordar hasta por tres veces la palabra confortadora del Maestro: ‘No tengan miedo’ (v. 26.28.31). Desde siempre, estas palabras han dado ánimo a los pregoneros del Evangelio y han sostenido la fidelidad de los mártires de todos los tiempos.

La superación del miedo y el valor de dar testimonio se basan:

– en el destino universal del mensaje de Jesús: es para todos los pueblos, es un mensaje que es preciso anunciar en pleno día y pregonar desde la azotea (v. 27);

– en el santo temor de Dios: el sentido profundo de su santidad y majestad exige que el primer lugar corresponda siempre y solo a Aquel que tiene la palabra definitiva para la salvación del alma y del cuerpo (v. 28);

– en la bondad del Padre que cuida con amor cosas tan pequeñas como los pajaritos, y cuenta hasta los cabellos de la cabeza (v. 29-31);

– en la necesidad de estar unidos y ser fieles a Cristo, por amor, y, en Él, estar unidos al Padre (v. 32-33).

El profeta Jeremías (I lectura) experimentó la amargura de la calumnia y el terror de la persecución (v. 10), pero, a la vez, la presencia del Señor a su lado “como fuerte soldado” (v. 11), al que él encomienda su causa (v. 12). Por eso, invita a alabar al Señor “que libró la vida del pobre de manos de los impíos” (v. 13). San Pablo (II lectura) alienta la esperanza de los cristianos de Roma, afirmando que el proyecto salvífico de Dios en favor de todos los hombres supera cualquier condicionamiento impuesto por la historia y por el pecado del hombre. En efecto, “no como fue el delito, así también fue el don”, porque la gracia va mucho más allá: “mucho más, gracias a Jesucristo, la benevolencia y el don de Dios se han desbordado sobre todos” (v. 15). ¡En virtud del misterio pascual en la muerte y resurrección de Cristo!

A la luz de ese misterio, hay que interpretar las palabras de un profeta de nuestro tiempo, Dietrich Bonhoeffer (1906-1945), teólogo luterano y mártir del nazismo alemán: “Dios nos ha salvado no en virtud de su potencia, sino en virtud de su impotencia”. Y más todavía: “¡Es el fin! Para mí es el comienzo de la vida”. Recordemos, en el centenario de su nacimiento (1920), al Papa Juan Pablo II, que en 1978 inauguró su pontificado con una clara exhortación a superar el miedo: “¡No tengan miedo! ¡Abran las puertas a Cristo!” En nuestros días el miedo es uno de los sentimientos más extendidos; algunos políticos lo alimentan hábilmente, haciendo de él un uso instrumental en orden a sus proyectos. “El miedo se ha convertido en un instrumento político; nuestros miedos ocultos, de hecho, hacen de nosotros personas expuestas a dejarse manipular fácilmente”, decía el P. Adolfo Nicolás (+2020), Superior general de los jesuitas. El miedo, además, es siempre un pésimo consejero.

La superación del miedo y la fidelidad hasta el martirio acompañan siempre a la Iglesia en todo tiempo y lugar. Hay una continuidad entre los cristianos perseguidos en los primeros siglos y los testimonios de mártires recientes, igualmente fieles al anuncio del Evangelio y a la denuncia profética. El arzobispo Óscar A. Romero, poco antes de ser asesinado (El Salvador, 1980), declaró con firmeza a las fuerzas del orden público: “En nombre de Dios y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada vez más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno: en nombre de Dios, cese la represión”. Jesús lo había predicho: Los perseguirán también a ustedes… Pero no tengan miedo. ¡Yo he vencido al mundo!

Vivir la fraternidad con el pueblo afro de Guayaquil

En 1980, los Misioneros Combonianos fundaron el Centro Cultural Afro de Guayaquil, una ciudad en la costa ecuatoriana del Pacífico. El de Guayaquil fue el primer Centro —en toda América Latina— dedicado exclusivamente al acompañamiento pastoral de los afrodescendientes, quienes hasta el día de hoy representan la parte más pobre y discriminada de la población del Ecuador. De hecho, el rechazo, la exclusión y la falta de oportunidades son la experiencia cotidiana de muchos negros que viven en esta ciudad.

Por: Hno. Alberto Degan, mccj
Desde Guayaquil, Ecuador

Con nuestro servicio misionero, queremos impulsar a las Instituciones y también a la Iglesia a valorar a la persona afrodescendiente y su cultura; al mismo tiempo, queremos que los afroecuatorianos crean en su propia belleza y en sus propios talentos.

Yo tuve la gracia de vivir mi vocación misionera en Guayaquil del 2002 al 2010 y del 2020 al 2024. Como Hermano comboniano me siento comprometido, sobre todo, con la Promoción Humana. Sin embargo, cuando hablamos de Promoción Humana, no nos referimos solo al desarrollo técnico-científico, porque un desarrollo técnico desvinculado de una espiritualidad de la fraternidad y de la justicia aumenta —en lugar de disminuir— la deshumanización. Lo vemos también hoy: los horrores de la guerra se centuplican con el desarrollo de tecnologías avanzadas.

Por eso creemos que Promoción Humana significa —antes que nada— promover la humanidad, valorar las riquezas humanas de nuestra gente y formar personas humanas según el proyecto de Dios, que vino al mundo como “primogénito entre muchos hermanos” (Rom 8, 29) para enseñarnos a vivir la fraternidad. Queremos, por lo tanto, valorar las bellezas humanas y espirituales de las personas que la sociedad margina y no toma en cuenta: los afro, los habitantes de las periferias urbanas, los drogadictos, etc.

En el centro de la foto: Hno. Alberto Degan, misionero comboniano italiano, en Guayaquil (Ecuador).

Un triste récord

Lamentablemente, en estos últimos años Guayaquil ha conquistado un récord no muy envidiable: entró en el top-ten de las diez ciudades más violentas del mundo, con una tasa de 80 homicidios por cada 100.000 habitantes (casi 50 veces la tasa de homicidios que hay en Italia).

De hecho, hoy Ecuador es uno de los países con la tasa de violencia más alta, y esto se debe principalmente a los carteles mexicanos del narcotráfico que, a partir de 2017, entraron en nuestro país, el cual se convirtió en una de las principales tierras de comercializaciòn de droga, gracias también a innegables complicidades con las altas esferas políticas. Y así, ahora, casi todos los barrios de nuestra ciudad están en manos de bandas vinculadas a los carteles. Estas bandas imponen una “vacuna” (extorsión) a todos los pequeños comerciantes, incluso a aquellos que ganan apenas lo suficiente para sobrevivir. Y así, muchos renuncian a los pequeños emprendimientos que habían comenzado (por ejemplo, la venta de “almuercitos”), porque con la “vacuna” no obtendrían casi ninguna ganancia.

A veces, además, nacen disputas internas dentro de la misma banda, causando grandes matanzas. El año pasado, por ejemplo, en el barrio periférico de Socio Vivienda, fueron asesinadas 23 personas —en su mayoría jóvenes— en una sola noche. También en otros barrios ocurren balaceras con frecuencia, por lo que a las 7 de la noche la gente decide encerrarse en sus casas.

¿Quién tiene derecho a una vida buena?

Al azote de la violencia se suma el de la injusticia social: en Ecuador las desigualdades siguen creciendo. En la localidad de Samborondón, justo a las afueras de Guayaquil, se han refugiado muchos ricos: a salvo en sus ciudadelas “fortificadas” y protegidas, no se sienten tan amenazados por la violencia que, en cambio, azota a los barrios populares. Quien vive allí tiene todas las comodidades y goza de todos los derechos.

Por ejemplo, en Ecuador sòlo quien puede permitirse pagar un seguro privado, recibe una atenciòn mèdica excelente. Lamentablemente, muchos niños de los barrios populares no tienen un seguro médico, porque sus padres no pueden pagarlo. Benjamín, por ejemplo, un niño del barrio Nigeria, estuvo muy enfermo el año pasado (con problemas de parásitos, gastritis, etc.), pero su papá —padre de seis hijos— no siempre tenía el dinero para llevarlo al médico. Y así, objetivamente, Benjamín no goza de los mismos derechos que un niño que vive en Samborondón.

Pero nuestra sociedad ha hecho las paces con esta injusticia. ¿Quién tiene derecho a una vida buena? Parece que nos hemos resignado a la idea de que no todos tienen derecho a ella, y que la vida de algunos niños vale menos que la de otros.

Vivir una vida buena en un mundo violento

¿Es posible vivir una vida buena cuando se vive en una sociedad injusta? ¿Es posible ofrecerle a mi hijo una vida bella en una ciudad dominada por la violencia? Esta es una pregunta que està presente en el corazón de muchos guayaquileños. Y es conmovedor ver cómo tanta gente lucha por vivir una vida buena incluso en un contexto tan difícil. Yo creo que precisamente en esto consiste la grandeza del ser humano: en no renunciar nunca a buscar la belleza y la bondad, incluso cuando todo parecería empujarte a rendirte.

Y aquí está, entonces, mi respuesta: sí, incluso en una ciudad violenta como Guayaquil es posible vivir una vida bella. ¿Cómo se fundamenta esta afirmación? De manera desarmante, respondería Jon Sobrino: esto es lo que vemos y experimentamos, esto es lo que sucede entre los pobres.

Pequeños maestros

Sabemos que Jesús nació en una sociedad muy cruel, en la que se perpetraban masacres y muchos condenados a muerte vivían la terrible agonía de la crucifixión. Cristo vino a enseñarnos a vivir una vida bella en un mundo violento, y en Ecuador ha encontrado muchos discípulos que, en su sencillez, se transforman en nuestros pequeños maestros.

Mis primeros maestros son las Misioneras y los Misioneros afro, laicos afro – Bernardo, Amèrica, Juan Carlos, Carmen, Dominga, Marcia, etc. – formados en la espiritualidad comboniana de “Salvar a África con África”, que evangelizan a partir de la cultura y la espiritualidad propias del pueblo negro. A pesar de vivir en los barrios más violentos de la ciudad, Gloria, Estela, Tomasa, Palmenia, Yudi, Francisco, Norma y Carlos siguen organizando en sus casas los “palenques” infantiles. No olvidemos que los mafiosos vinculados al narcotráfico intentan reclutar incluso a niños de 6 o 7 años. Estos palenques, por lo tanto, son espacios alternativos en los que esperamos educar a los constructores de un futuro diferente, dándoles una formación cristiana, enraizada en su espiritualidad afro. En otras palabras, queremos salvar a estos niños de la cultura de la violencia para que, cimentados en Jesús, no se dejen tentar por las sirenas del dinero fácil vinculado a la delincuencia del narcotráfico.

Otra de mi maestras es Orfilia. Fui yo, hace 20 años, quien le dio a conocer los barrios periféricos de Guayaquil donde vive la mayoría de la población negra. Al principio era ella quien me seguía a mí, un poco temerosa. Cuando regresé a Guayaquil, diez años después, era ella quien a menudo me acompañaba a barrios periféricos donde pocos se atreven a entrar. Orfilia, que trabaja como contadora, con la colaboración de algunos amigos ha desarrollado desde hace años un programa de becas de estudio para niños y adolescentes afro, y dedica una buena parte de su tiempo a hacer el seguimiento del rendimiento escolar de estos niños, organizando también para ellos espacios de refuerzo escolar.

Otro de mis maestros es Rodrigo, quien me invitó a colaborar con un centro de rehabilitación para drogadictos dirigido por una iglesia evangélica. Es hermosa esta colaboración con los evangélicos. De hecho, una de las cosas que más me entristece es ver que a todos los problemas que estamos viviendo se suma también el de la “rivalidad” entre las diferentes denominaciones religiosas, lo que causa tanta división en medio de nuestra gente, precisamente en un momento en que se necesitaría mayor unidad y fraternidad. Con estos jóvenes que están luchando por dejar el “vicio” de la droga, buscamos el camino que lleve a un cambio fundamental en nuestra vida, un cambio que es imposible llevar adelante solo con nuestras fuerzas, pero que se vuelve posible si nos ponemos en las manos de Dios. Rodrigo, joven padre de familia, dedica gran parte de su tiempo a estos jóvenes.

Otra de mis maestras es Karen, quien vive en Trinipuerto, uno de los barrios más violentos de la ciudad. Ella trabaja y se dedica a sus dos hijos, pero a pesar de esto —fiel y perseverante— también encuentra tiempo para reunirse con los niños del barrio y con los jóvenes de la Pastoral Afro: lee con ellos la Palabra de Dios y ha logrado consolidar un espacio sano y solidario en un contexto tan problemático. Karen quiere salvar a estos jóvenes de la cultura de la violencia y de la resignación, dándoles herramientas para seguir caminando, luchando y esperando.

Un gran futuro para el Ecuador

Para mí ha sido una verdadera gracia ser parte de la vida, de las esperanzas y de los sufrimientos de este pueblo maravilloso. A menudo vuelvo a mirar las fotos tomadas en estos últimos años en Guayaquil y me digo: ¡pero qué belleza en estos encuentros, en esta gente! ¡Qué belleza en estas ganas de seguir luchando y caminando con esperanza en medio de tantas dificultades!

Una vez, unos amigos italianos mi preguntaron: pero ¿hay esperanza para el Ecuador, que parece oprimido por la violencia? Y yo respondo: sí, mientras haya personas como Rodrigo, Orfilia, Carlos, Elìas y Karen, que siguen testimoniando la belleza del Evangelio en un contexto tan difícil, yo veo un gran futuro para este país.

Sentirse amados

Nosotros, los Hermanos combonianos, acompañamos y nos sentimos acompañados por estas personas: frente a una realidad tan dura nos apoyamos los unos a los otros, y en esta fraternidad sentimos amor y consuelo mutuo. De este modo, Dios nos da la fuerza para seguir caminando y esperando.

Como afirma el padre Glenday: “Si vives la misión como amor, experimentas la transformación. Por un lado, el misionero crece como signo visible de la presencia amorosa de Dios. Por el otro, quienes son acompañados se vuelven más conscientes de su propia dignidad como hijos amados de Dios. Se sienten amados. Así, la misión se convierte en algo recíprocamente generador de vida”.

Yo pienso que esto es lo más importante de la misión: que las personas —sobre todo aquellas que generalmente son marginadas y descartadas— se sientan amadas y valoradas en sus riquezas humanas. Esto es lo que he experimentado en Guayaquil. Y por ello le agradezco a Dios infinitamente.

Hno. Alberto Degan, MCCJ

Mons. Tesfaye Tadesse, nuevo arzobispo de Addis Abeba

El misionero comboniano, Mons. Tesfaye Tadesse, ha sido nombrado en el día de hoy, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, como nuevo arzobispo metropolitano de Addis Abeba, en Etiopía. Mons. Tadesse era hasta hoy obispo auxiliar de esta archieparquía etíope.

El papa León XIV nombró esta mañana a Mons. Tesfaye Tadesse, misionero comboniano, arzobispo titular de la archieparquía de Addis Abeba, Etiopía.

Mons Tadesse fue elegido Superior General de los Combonianos en el Capítulo de 2015 y reelegido para un nuevo mandato de seis años en el Capítulo de 2022. De 2017 a 2022 fue Vicepresidente y Presidente de SEDOS y de 2018 a 2021 miembro del Consejo Ejecutivo de la USG (Uniones de Superiores Generales); participó en la primera y segunda sesiones del Sínodo sobre la Sinodalidad (octubre de 2023 y 2024) como delegado electo de la USG.

El 6 de noviembre de 2024 el papa Francisco lo nombró obispo auxiliar de la Archieparquía de Addis Abeba, Etiopía, asignándole la sede titular de Cleopátide. Este nombramiento hizo que los combonianos tuviesen que elegir un nuevo superior general. El 24 de junio de 2025, el papa León XIV lo nombró miembro del dicasterio vaticano que se encarga de todo lo relacionado con los institutos religiosos y las sociedades de vida apostólica.

En el día de hoy, el Santo Padre aceptó la renuncia al gobierno pastoral de la Arcieparquía de Addis Abeba (Etiopía) presentada por Su Eminencia el Cardenal Berhaneyesus Demerew Souraphiel, C.M. y nombró Arzobispo Metropolitano a Mons. Tesfaye Tadesse Gebresilasie.

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