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XX Domingo ordinario. Año A

En aquel tiempo, Jesús se retiró a la comarca de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea le salió al encuentro y se puso a gritar: “Señor, hijo de David, ten compasión de mi. Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio”. Jesús no le contestó una sola palabra; pero los discípulos se acercaron y le rogaban: “Atiéndela, porque viene gritando detrás de nosotros”.
Él les contestó: “Yo no he sido enviado sino a las ovejas descarriadas de la casa de Israel”.
Ella se acercó entonces a Jesús y, postrada ante él, le dijo: “¡Señor, ayúdame!”. Él le respondió: “No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos”. Pero ella replicó: Es cierto, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de  sus  amos”. Entonces Jesús le respondió: “Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas”. Y en aquel mismo instante quedó curada su hija.

(Mateo: 15, 21-28)


¡Qué grande es tu fe!
P. Enrique Sánchez G. mccj

Una vez más, el tema de la fe está en el centro de nuestra reflexión. Escuchando estos cuantos versículos del evangelio de san Mateo que nos regala la liturgia de la Palabra este domingo, también hoy somos invitados a dar un pasito más lejos en nuestro camino de fe y de reconocimiento de la presencia de Dios en nuestras vidas.

La palabra de Dios, que estaba destinada de manera particular al pueblo judío, en las lecturas de este día, abren las puertas a otros destinatarios que están más allá de las fronteras del pueblo elegido. Y nos involucran a quienes acogemos con gratitud esta Buena Noticia para seguir en el camino de la fe.

El profeta Isaías en la primera lectura habla de extranjeros que han adherido al Pueblo de Dios y que serán conducidos al monte santo para llenarlos de alegría. San Pablo, en la segunda lectura, se dirige a los que no son judíos para provocarlos y hacer que se abran al anuncio de la buena nueva de Jesús.

En el evangelio, de alguna manera, el personaje central es una mujer cananea, por lo tanto extranjera y considerada lejana de todas las promesas que habían sido hechas al pueblo de Israel. Era alguien que hizo la experiencia de encontrarse con Jesús y humildemente se acercó suplicando ser acogida, aunque se sabía que no tenía derecho a pretender nada de Jesús.

Esta mujer, a quien se le subraya ser cananea y por lo tanto, extranjera, será el ejemplo que Jesús pone ante sus discípulos y ante todos aquellos que lo rodean, para ayudarles a entender que de ahora en adelante lo que dará una identidad a los hijos de Dios ya no será sólo la pertenencia a un pueblo, sino que será una gracia ofrecida a toda persona que sea capaz de reconocer en Jesús al salvador.

Con la llegada de Jesús entre nosotros se abren los horizontes de la salvación y ya nadie puede ser excluido o privado de la posibilidad de reconocerse llamado a ser hijo de Dios.

De ahora en adelante la compasión de Dios está destinada a llenar todos los corazones de quienes se sienten en la necesidad de tener a Dios en sus vidas.

En las palabras de la cananea está el reconocimiento de Jesús como el Mesías, el salvador. Es él aquel hijo de David que Dios había prometido hacer surgir como un brote nuevo del tronco caído y aparentemente destruido en el pueblo de Israel.

Y, justamente, es una mujer venida de lejos quien hace esa confesión de fe que reconoce a Jesús como el hijo de David, en quien Dios manifiesta su presencia en medio de aquellos, que ya no sólo pertenecen a su pueblo, sino a todos los que abren su corazón para reconocerlo como su Dios.

Ante la súplica de la mujer, Jesús parece asumir una actitud de indiferencia y casi de rechazo, pero en realidad de lo que se trata es de una prueba para obligar a sus discípulos a confrontarse con la experiencia de fe que van haciendo estando con él.

A los discípulos les molesta la insistencia de la mujer, que ruega y suplica, convencida de que sólo Jesús puede dar la respuesta necesaria a sus búsquedas y necesidades.

Ella ha llegado al punto de reconocer que Jesús tiene poder sobre la vida y la muerte, pues es Dios, Mesías, presente entre nosotros y, movida por su convicción, no habrá nada que la pueda detener hasta llenar su vida de aquella presencia que le cambiará la existencia, no sólo a ella, sino a lo que más ama.

A la mujer no le molesta importunar y molestar, tal vez porque se ha dado cuenta de que las cosas de Dios no se dan en un momento o inmediatamente, sino que exigen constancia y perseverancia, pues ella vive la experiencia de constatar que Dios tiene sus caminos, sus modos de hacer las cosas y sus tiempos.

Ante eso queda claro que lo importante es saber perseverar, confiar e insistir, pues Dios nunca deja sin respuesta cualquiera que sea el ruego o la súplica que se le presente.

Pasando del texto del evangelio a la experiencia de nuestras vidas, nos damos seguramente cuenta de que muchas veces nos encontramos en la situación de esa mujer extranjera.

A lo mejor nos sentimos sin derecho a pedirle demasiado a Dios, porque justamente nos sentimos o nos descubrimos muy lejos de él, casi como extranjeros y ajenos a lo que Dios nos va mostrando cada día de él.

Vivimos en mundos en donde la realidad, las preocupaciones o los intereses parecen ser muy distintos de lo que descubrimos cuando nos vamos acercando al mundo de Dios y puede ser que nos sintamos hasta torpes a la hora de querer entrar en contacto con él. No sabemos qué decir, qué pedir, qué confiar en sus manos.

Nos sentimos extranjeros, porque nos hemos acostumbrado a hablar un lenguaje que es muy distinto al que usa el Señor cuando entra en contacto con nosotros. Jesús nos habla de confianza, de amor, de fraternidad, de justicia, de servicio, de entrega desinteresada, de pasión por las cosas de Dios.

Nos invita a usar el lenguaje de la oración para comunicarnos con nuestro Padre, nos habla a través de los bello de las celebraciones de los sacramentos, de la comunión que podemos experimentar al sentirnos parte de una comunidad, de la alegría de poder anunciar a otros su palabra…

Nos habla desde un mundo que está muy cercano a nosotros, pero que muchas veces sentimos lejano por las fronteras que hemos elevado quedándonos en lo que nos brinda pequeñas seguridades o comodidades que no acaban por satisfacer lo que el corazón nos reclama desde lo más profundo de nosotros mismos.

La cananea nos enseña igualmente que la experiencia de fe no es algo que surge espontáneamente, sin luchas y sin sacrificios. Tener fe, al final no es sólo adherir a algo que nos convence o que nos parece razonable y confiable.

Es algo mucho más profundo. Se trata de un encuentro con alguien, con quien nos tenemos que confrontar y en cierto modo con quienes tenemos que luchar para convencernos desde el corazón.

Es encuentro en el que se comparten sentimientos, ideas, convicciones, puntos de vista; pero al mismo tiempo es encuentro de apertura, de confianza y de abandono. De lucha interior para dejarnos vencer por algo que nos hace sentir amados y nunca sometidos u obligados.

La cananea supo ponerse delante de Jesús con valentía y con confianza, exponiendo sus urgencias y sus necesidades, pero sin dudar que obtendría lo que realmente sería conveniente en su vida. Sabía que aún las migajas que podían caer de la mesa, viniendo de Dios, se podían convertir en bendiciones que no tenían medida y que Dios nunca se dejará ganar en generosidad.

Y es aquí en donde la experiencia de fe de esta mujer llegada de lejos, esta mujer que se sabe sin derecho a pretender o exigir hace la experiencia de recibir más de lo que estaba pidiendo. Su fe, expresada a través de gestos de sencillez y de humildad hacen, como siempre, posible el milagro de ver realizado lo que ella profundamente deseaba.

¿Cuántas cosas podrían ser distintas en nuestra vida si tuviésemos el reflejo para dejar  actuar la fe en nuestro vivir cotidiano? No es difícil ver cómo muchas veces renunciamos a vivir la experiencia de fe porque nos gana la necesidad de obtener respuestas inmediatas, porque no sabemos entender que Dios ya está trabajando en nuestros proyectos, que, como leímos hace unos días en la Carta de Bernabé, “Cualquier cosa que te suceda, recíbela como un bien, consciente de que nada pasa sin que Dios lo haya dispuesto”.

¿Cuánto ganaríamos en calidad de vida si aprendiéramos a descubrir no sólo las migajas de providencia y de amor que el Señor va dejando caer de su mesa para que se conviertan en abundancia en todas las dimensiones de nuestra vida? Pero nos cuesta ponernos en una actitud de humildad y de sencillez ante el Señor, aceptando que ya hay un plan que tiene por objetivo nuestra felicidad y la realización plena de nuestra vida.

Y no se trata, de ninguna manera, de determinismos o de destinos marcados ante los cuales sólo tendríamos que asumir una actitud de sumisión y de conformismo. Se trata de experiencia de fe profunda, que se construye sobre la confianza y el abandono; pero al mismo tiempo en la búsqueda, en el compromiso personal que implica renuncias y sacrificios personales.

En otras palabras, se trata de creer, abriéndonos a lo inaudito y sorpresivo que puede ser Dios en nuestras vidas.

La mujer cananea supo confiar, supo esperar, supo entrar en la lucha de la confrontación humilde y respetuosa con el Señor; pero decidida y confiada en que al final lo que se manifestaría no serían sus necesidades o sus urgencias, sino la generosidad extraordinaria de Dios que nunca se deja ganar cuando se trata de amar.

Qué bello sería escuchar a Jesús que nos dijera al oído, ¡Qué grande es tu fe! Nunca será tarde para que el milagro se realice también en nuestras vidas.

¿Tendremos el valor de decir como la mujer cananea, “Es cierto, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos”.

Que el Señor aumente nuestra fe y que cumpla lo que nuestro corazón más anhela.


Jesús, arquero de la fe
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

El Evangelio de este vigésimo domingo nos presenta el encuentro de Jesús, fuera de las fronteras de Israel, con una mujer cananea que le suplica que cure a su hija. A primera vista, el episodio puede parecer desconcertante e incluso escandaloso: ante los gritos angustiados de la mujer, Jesús responde primero con el silencio —«no le respondió palabra alguna»—; después, a pesar de la intervención de los discípulos, con un rechazo: «Solo he sido enviado a las ovejas perdidas de la casa de Israel»; finalmente, recurre a una expresión muy dura: «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos». Solo después de esta dramática secuencia Jesús acoge la petición de la mujer y elogia su fe.

El relato se encuentra también en el Evangelio de Marcos, de forma más concisa (Marcos 7,24-30). Lucas no recoge este episodio, quizá porque desarrolla en otros relatos el tema de la apertura a los paganos.

¿Cómo entender este pasaje evangélico? Podemos proponer tres claves de lectura.

  1. Una explicación relacionada con las circunstancias. Jesús se había alejado de Galilea para retirarse con los suyos, después de un durísimo enfrentamiento con los escribas y los fariseos enviados desde Jerusalén sobre la cuestión de lo puro y lo impuro. Deseaba, por tanto, pasar inadvertido. Así lo confirma Marcos 7,24: «No quería que nadie lo supiera, pero no pudo permanecer oculto».
  2. Una explicación metodológica. Durante su ministerio terrenal, Jesús reconoce una prioridad a la misión entre el pueblo de Israel, sin excluir significativas aperturas hacia los paganos.
  3. Una explicación pedagógica. Según una posible lectura pedagógica, mediante este intenso diálogo Jesús conduce a la mujer pagana a manifestar una fe extraordinaria y la presenta como ejemplo a los discípulos y a nosotros. El contraste con Pedro resulta particularmente significativo, pues en el Evangelio del domingo anterior Jesús lo había llamado «hombre de poca fe».

Pero procedamos por etapas.

1. Jesús, un hombre dispuesto a dejarse… interrumpir

Jesús no era un profeta que vagaba sin rumbo, dejándose guiar únicamente por las circunstancias o por encuentros casuales. Había recibido del Padre una misión y la llevaba adelante con constancia y determinación, orientando tanto los lugares —«Es necesario que anuncie también a las otras ciudades la Buena Noticia del Reino de Dios, porque para esto he sido enviado» (Lucas 4,43)— como los tiempos: «Id a decir a ese zorro [el rey Herodes]: “Yo expulso demonios y realizo curaciones hoy y mañana; y al tercer día mi obra estará cumplida”» (Lucas 13,32).

Y, sin embargo, ¡cuántas veces Jesús se dejó «interrumpir» por los acontecimientos y por las personas! Recordemos, por ejemplo, cuando quiso retirarse con los suyos a un lugar solitario, pero cambió sus planes porque se encontró ante una gran multitud y sintió compasión de ella (cf. Marcos 6,30-34). Lo mismo sucede aquí, en el encuentro con la mujer cananea. Algo parecido ya había ocurrido en Caná, cuando María, su madre, lo había instado a actuar antes de que llegara «su hora».

Jesús se deja alcanzar por el sufrimiento concreto de las personas. La suya es una vida abierta a lo imprevisto, hasta la interrupción extrema y dramática de la cruz.

Esto debería hacernos reflexionar sobre nuestra vida —y también sobre la vida de la Iglesia—, a veces tan programada y planificada que no deja espacio para interrupción alguna; ni siquiera para aquella que resulta necesaria a fin de detenerse ante el hombre abandonado, medio muerto, al borde del camino.

2. Jesús, el profeta que… cruza fronteras

La entrada de Jesús en los territorios paganos pone de manifiesto un rasgo característico de su misión: supera las barreras y los cercados producidos por interpretaciones rígidas de la Ley, por ciertas costumbres sociales y por cualquier forma de exclusivismo religioso. Aunque declara que, en aquella etapa de su misión, se dirige a las «ovejas perdidas de la casa de Israel», Jesús no se deja aprisionar por esquemas rígidos y preconcebidos.

Se acerca a quienes la sociedad religiosa considera impuros o pecadores, no divide el mundo de manera simplista entre buenos y malos y sabe reconocer el bien dondequiera que se encuentre. Es como una abeja que recoge el néctar de cada flor y transforma cada encuentro en una oportunidad de vida.

También aquí encontramos un verdadero desafío para nosotros, los creyentes. A menudo «traspasamos los límites» mediante la crítica, las habladurías y la intromisión indebida en la vida ajena; al mismo tiempo, sin embargo, confinamos nuestras relaciones, levantamos cercas, cortamos puentes y cultivamos localismos que crean mundos separados e incomunicados. Jesús nos invita, en cambio, a «cruzar fronteras» mediante el diálogo y el encuentro con quienes son diferentes de nosotros.

3. Jesús, … arquero de la fe

Al comentar el episodio de la mujer cananea, el cardenal Carlo Maria Martini utilizó una imagen que me impresionó: la de un arquero que prueba un arco nuevo y comprueba su resistencia.

Así parece actuar Jesús con la fe de esta mujer, a través de la dramática secuencia de sus tres respuestas: primero el silencio, después la negativa y, finalmente, la comparación entre los hijos y los perritos, que a oídos de la mujer podía sonar humillante. El diálogo parece llevar su fe hasta el límite, casi con el riesgo de quebrarla. Aquella madre podría haberse alejado, indignada por la aparente insensibilidad de Jesús y por la aspereza de sus palabras.

Jesús, en cambio, demuestra que confía en ella y le ofrece el espacio necesario para manifestar toda la fuerza de su fe. La mujer se convierte así en un ejemplo luminoso: «Mujer, ¡qué grande es tu fe!». Su perseverancia, su humildad y su agudeza transforman la confrontación en un encuentro de salvación.

A nadie le gusta ser puesto a prueba. Por eso, en el Padrenuestro pedimos: «No nos dejes caer en la tentación», invocando la ayuda del Padre para no sucumbir en el momento de la prueba. Dios permite que nuestra fe sea probada y, mediante la prueba, la purifica y la hace madurar. El Eclesiástico nos advierte: «Hijo, si te presentas para servir al Señor, prepárate para la prueba» (Eclesiástico 2,1). La conciencia de nuestra debilidad puede hacernos temer la hora de la prueba, pero la fidelidad de Dios nos sostiene y nos abre a la confianza.

Tres puntos para la reflexión

  1. ¿Me dejo «interrumpir» por las personas y por sus necesidades, o soy celoso de mi tiempo y de mis planes? ¿Acojo con disponibilidad y con una sonrisa a quienes interrumpen mis proyectos?
  2. ¿Soy una persona de mente abierta, dispuesta al diálogo y al encuentro, o me aferro rígidamente a mis posiciones?
  3. ¿Cómo reacciono ante las pruebas de la vida: con impaciencia y pesimismo, o con paciencia y confianza?

Khalil Gibran, escritor libanés cristiano maronita (1883-1931), utiliza una metáfora —también iluminadora para nosotros— en la que Dios es el Arquero, los padres son los arcos y los hijos, las flechas:
«Vosotros sois los arcos desde los que vuestros hijos, como flechas vivas, son lanzados. El Arquero ve el blanco en el sendero del infinito y os tensa con su fuerza para que sus flechas vuelen rápidas y lejos. Que sea alegre y gozoso ese ser doblados por la mano del Arquero, pues, así como ama la flecha que lanza, ama también el arco que permanece firme».


Jesús es de todos
José Antonio Pagola

Una mujer pagana toma la iniciativa de acudir a Jesús aunque no pertenece al pueblo judío. Es una madre angustiada que vive sufriendo con una hija “atormentada por un demonio”. Sale al encuentro de Jesús dando gritos: “Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David”.

La primera reacción de Jesús es inesperada. Ni siquiera se detiene para escucharla. Todavía no ha llegado la hora de llevar la Buena Noticia de Dios a los paganos. Como la mujer insiste, Jesús justifica su actuación: “Solo me han enviado a las ovejas descarriadas de la casa de Israel”.

La mujer no se echa atrás. Superará todas las dificultades y resistencias. En un gesto audaz se postra ante Jesús, detiene su marcha y de rodillas, con un corazón humilde pero firme, le dirige un solo grito: “Señor, socórreme”.

La respuesta de Jesús es insólita. Aunque en esa época los judíos llamaban con toda naturalidad “perros” a los paganos, sus palabras resultan ofensivas a nuestros oídos: “No está bien echar a los perros el pan de los hijos”. Retomando su imagen de manera inteligente, la mujer se atreve desde el suelo a corregir a Jesús: “Tienes razón, Señor, pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los señores”.

Su fe es admirable. Seguro que en la mesa del Padre se pueden alimentar todos: los hijos de Israel y también los perros paganos. Jesús parece pensar solo en las “ovejas perdidas” de Israel, pero también ella es una “oveja perdida”. El Enviado de Dios no puede ser solo de los judíos. Ha de ser de todos y para todos.

Jesús se rinde ante la fe de la mujer. Su respuesta nos revela su humildad y su grandeza: “Mujer, ¡qué grande es tu fe! que se cumpla como deseas”. Esta mujer le está descubriendo que la misericordia de Dios no excluye a nadie. El Padre Bueno está por encima de las barreras étnicas y religiosas que trazamos los humanos.

Jesús reconoce a la mujer como creyente aunque vive en una religión pagana. Incluso encuentra en ella una “fe grande”, no la fe pequeña de sus discípulos a los que recrimina más de una vez como “hombres de poca fe”. Cualquier ser humano puede acudir a Jesús con confianza. Él sabe reconocer su fe aunque viva fuera de la Iglesia. Siempre encontrarán en él un Amigo y un Maestro de vida.

Los cristianos nos hemos de alegrar de que Jesús siga atrayendo hoy a tantas personas que viven fuera de la Iglesia. Jesús es más grande que todas nuestras instituciones. Él sigue haciendo mucho bien, incluso a aquellos que se han alejado de nuestras comunidades


La mujer que calló a Jesús
José Luis Sicre

A Jesús nadie era capaz de callarlo. Ni los sabihondos escribas, ni los piadosos fariseos, por no hablar de sacerdotes y políticos. La única persona que lo calló fue una mujer. Y encima, pagana.

Dos reacciones muy distintas ante un texto escandaloso

El evangelio de Marcos cuenta el encuentro de una mujer pagana con Jesús, en el que este responde a su petición de forma fría, casi insultante. Lucas, tan interesado por los paganos, omitió este pasaje en su evangelio. Mateo, igualmente defensor de los paganos, adoptó una postura muy distinta: en vez de omitir el episodio, lo amplió, haciéndolo mucho más dramático.

El Mesías antipático y la pagana insistente

Para entender la versión que ofrece Mateo de este episodio hay que conocer la de Marcos, que le sirve como punto de partida. Marcos cuenta una escena más sencilla. Jesús llega al territorio de Tiro, entra en una casa y se queda en ella. Una mujer que tiene a su hija enferma acude a Jesús, se postra ante él y le pide que la cure. Jesús le responde que no está bien quitar el pan a los hijos para echárselo a los perritos. Ella le dice que tiene razón, pero que también los perritos comen de las migajas de los niños. Y Jesús: «Por eso que has dicho, ve, que el demonio ha salido de tu hija».

Mateo describe una escena más dramática cambiando el escenario y añadiendo detalles nuevos, todos los que aparece en cursiva y negrita en el texto siguiente.

«En aquel tiempo, Jesús se marchó y se retiró al país de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananeasaliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle:
― Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.
Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle:
― Atiéndela, que viene detrás gritando.
Él les contestó:
― Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.
Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió:
― Señor, socórreme.
Él le contestó:
― No está bien echar a los perros el pan de los hijos.
Pero ella repuso:
― Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos.
Jesús le respondió:
― Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.
En aquel momento quedó curada su hija.

Los cambios que introduce Mateo

El encuentro no tiene lugar dentro de la casa, sino en el camino. Esto le permite presentar a Jesús y a los discípulos andando, y la cananea detrás de ellos.

La cananea no comienza postrándose ante Jesús, lo sigue gritándole: «Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.» Pero Jesús, que siempre muestra tanta compasión con los enfermos y los que sufren, no le dirige ni una palabra.

La mujer insiste tanto que los discípulos, muertos de vergüenza, le piden a Jesús que la atienda. Y él responde secamente: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.»

La cananea no se da por vencida. Se adelanta, se postra ante Jesús, obligándole a detenerse, y le pide: «Señor, socórreme». Vienen a la mente las palabras de Mt 6,7: «Cuando recéis, no seáis palabreros como los paganos, que se imaginan que por hablar mucho les harán más caso». Esta pagana no es palabrera; pide como una cristiana. Imposible mayor sobriedad.

Sigue el mismo diálogo que en Marcos sobre el pan de los hijos y las migajas que comen los perritos.

Pero el final es muy distinto. Jesús, en vez de decirle que su hija está curada, le dice: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.»

Estos cambios se resumen en la forma de presentar a Jesús y a la cananea.

1) A Jesús lo presenta de forma antipática: no responde una palabra a pesar de que la mujer va gritando detrás de él; parece un nacionalista furibundo al que le traen sin cuidado los paganos; es capaz de avergonzar a sus mismos discípulos.

2) En la mujer, acentúa su angustia y su constancia. Ella no se limita a exponer su caso (como en Marcos), sino que intenta conmover a Jesús con su sufrimiento: «Ten compasión de mí, Señor», «Señor, socórreme». Y lo hace de manera insistente, obstinada, llegando a cerrarle el paso a Jesús, forzándolo a detenerse y a escucharla.

Ni obstinación ni sabiduría, fe

Jesús podría haberle dicho: «¡Qué pesada eres! Vete ya, y que se cure tu hija». O también: «¡Qué lista eres!» Pero lo que alaba en la mujer no es su obstinación, ni su inteligencia, sino su fe. «¡Qué grande es tu fe!». Poco antes, a Pedro, cuando comienza a hundirse en el lago, le ha dicho que tiene poca fe. Más adelante dirá lo mismo al resto de los discípulos. En cambio, la pagana tiene gran fe. Y esto trae a la memoria otro pagano del que ha hablado antes Mateo: el centurión de Cafarnaúm, con una fe tan grande que también admira a Jesús.

Con algunas mujeres no puede ni Dios

El episodio de la cananea recuerda otro aparentemente muy distinto: las bodas de Caná. También allí encontramos a un Jesús antipático, que responde a su madre de mala manera cuando le pide un milagro (las palabras que le dirige siempre se usan en la Biblia en contexto de reproche), y que busca argumentos teológicos para no hacer nada: «Todavía no ha llegado mi hora». Sólo le interesa respetar el plan de Dios, no hacer nada antes de que él se lo ordene o lo permita.

En el caso de la cananea, Jesús también se refugia en la voluntad y el plan de Dios: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.» Yo no puedo hacer algo distinto de lo que me han mandado.

Sin embargo, ni a María ni a la cananea le convence este recurso al plan de Dios. En ambos casos, el plan de Dios se contrapone a algo beneficioso para el hombre, bien sea algo importante, como la salud de la hija, o aparentemente secundario, como la falta de vino. Ellas están convencidas de que el verdadero plan de Dios es el bien del ser humano, y las dos, cada una a su manera, consiguen de Jesús lo que pretenden.

Gracias a este conocimiento del plan de Dios a nivel profundo, no superficial, Isabel alaba a María «porque creíste» y Jesús a la cananea «por tu gran fe».

En realidad, el título de este apartado se presta a error. Sería más correcto: «Dios, a través de algunas mujeres, deja clara cuál es su voluntad». Pero resulta menos llamativo.

«Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.»

Con estas palabras pretende justificar Jesús su actitud con la cananea. Si los discípulos hubieran sido tan listos como la mujer, podrían haber puesto a Jesús en un apuro. Bastaba hacerle dos preguntas:

1) «Si sólo te han enviado a las ovejas descarriadas de Israel, ¿por qué nos has traído hasta Tiro y Sidón, que llevamos ya un montón de días hartos de subir y bajar cuestas?»

2) «Si sólo te han enviado a las ovejas descarriadas de Israel, ¿por qué curaste al hijo del centurión de Cafarnaúm, y encima lo pusiste como modelo diciendo que no habías encontrado en ningún israelita tanta fe?»

Como los discípulos no preguntaron, no sabemos lo que habría respondido Jesús. Pero en el evangelio de Mateo queda claro desde el comienzo que Jesús ha sido enviado a todos, judíos y paganos. Por eso, los primeros que van a adorarlo de niño son los magos de Oriente, que anticipan al centurión de Cafarnaúm, a la cananea, y a todos nosotros.

Primera lectura y evangelio

La primera lectura ofrece un punto de contacto con el evangelio (por su aceptación de los paganos), pero también una notable diferencia. En ella se habla de los paganos que se entregan al Señor para servirlo, observando el sábado y la alianza. Como premio, podrán ofrecer en el templo sus holocaustos y sacrificios y serán acogidos en esa casa de oración. La cananea no observa el sábado ni la alianza, no piensa ofrecer un novillo ni un cordero en acción de gracias. Experimenta la fe en Jesús de forma misteriosa, pero con una intensidad mayor que la que pueden expresar todas las acciones cultuales.


El Evangelio de la Vida enseña:
¡No excluyas a nadie!
Romeo Ballan mccj

Nadie está lejos, ni mucho menos excluido, del corazón de Dios. El mensaje central de las cuatro lecturas bíblicas de este domingo es claro: Dios ofrece su salvación libremente, sin exclusiones, a cada persona, a todos los pueblos. Esta afirmación, para nosotros, hoy, es clara y sin discusiones. Sin embargo, fue una conquista atormentada para la comunidad de los judío-cristianos, para los cuales Mateo escribió su Evangelio. Es notorio que el judaísmo, tanto en la antigüedad como en tiempos de Jesús, vivía la salvación y la alianza como propiedades privadas, casi exclusivas del pueblo elegido, frente a los “paganos, que a los ojos de los judíos no eran más que perros” (epíteto despectivo), como anota la ‘Biblia de Jerusalén’ en Mt 15,26. El libro de los Hechos de los Apóstoles da cuenta del difícil camino y de la lenta apertura de la primera comunidad cristiana sobre esta cuestión. La complicada gestión del caso de Cornelio para Pedro y para la comunidad (Hechos 10-11), el debate en el Concilio de Jerusalén (Hechos 15), las controversias de Pablo con los judío-cristianos… son testimonios patentes de lo difícil que resultó para la Iglesia primitiva la admisión de nuevos miembros procedentes del mundo pagano, es decir, de origen no judío. Aún más inconcebible era aceptarlos sin que se sometieran a la Ley antigua.

El texto de Isaías (I lectura) ofrece un aliento de universalidad: los extranjeros entran con alegría en la casa de oración, sus sacrificios son agradables a Dios en su templo, que Él abrirá a todos los pueblos (v. 7). Este universalismo, cantado con gozo también por el salmista (salmo responsorial), queda todavía condicionado por la observancia del sábado y de la peregrinación al monte santo (cfr. Is 56,6-7), elementos que perderán validez después de la resurrección de Jesús. El difícil crecimiento hacia la universalidad es patente en el diálogo y el milagro de Jesús con la mujer cananea (Evangelio), natural de la región pagana de Tiro y Sidón (v. 21), en el norte de Palestina. También el evangelista Marcos insiste en presentarla como extranjera, pagana, “sirio-fenicia de nacimiento” (Mc 7,26).

La superación del exclusivismo aparece clara, al final, en la admiración de Jesús por la fe de aquella mujer extranjera y pagana. Ella es consciente de no ser hija, sino perrito, con derecho a alimentarse por lo menos de las migajas de los amos (cfr. v. 26-27); está segura, sin embargo, de tener un puesto en el corazón de Dios. Jesús exalta la fe grande de esa madre: «Mujer, grande es tu fe». Y Jesús la atiende curando al instante a su hija enferma (v. 28). Al final, Jesús llama a aquella extranjera: “Mujer” (gr. ‘gúnai’), titulo dado a las reinas; con la misma palabra Jesús se dirige a su madre en Caná y desde la cruz (cfr. Jn 2,4 y 19,26). Del mismo modo, Jesús había sanado al criado del centurión pagano de Cafarnaúm, alabando su fe como primicia de los nuevos comensales del Reino, que “vendrán de oriente y occidente” (cfr. Mt 8,10-13).

Ante hechos como estos, está claro que la pertenencia al nuevo pueblo de Dios ya no se dará por mera descendencia de sangre (raza), sino por la fe, que es siempre y solo un don gratuito de Dios, Padre misericordioso de todos. Padre de los judíos, primero, y luego de los paganos, como lo explica san Pablo a los Romanos (II lectura): la prioridad histórica de los judíos permanece verdadera: «Que los dones y la vocación de Dios (a Israel) son irrevocables» (v. 29); pero esto no significa exclusión de los demás pueblos. Según Pablo, todos los pueblos han sido igualmente desobedientes, rebeldes e infieles a Dios: en primer lugar, los paganos, y ahora también los judíos; pero Dios quiere tener misericordia de todos (v. 32). Este es el don y el misterio del amor misericordioso de Dios. ¡Con todos! Este es el Evangelio, la buena noticia misionera que siempre el mundo necesita. ¡Para su vida y su gozo! El Papa Francisco exhorta a hacer una pastoral misionera, “que realmente llegue a todos sin excepciones ni exclusiones. (*)

Hoy no se niega, teóricamente, la admisión de todos a la salvación en Cristo, pero, en la práctica, existe el peligro de considerar el Evangelio como propiedad privada, de uso personal. No se llega a negar que todos estén igualmente llamados a conocer a Cristo, pero, de hecho, se hace poco o nada para anunciarlo a los que todavía no lo conocen. Se piensa: ‘¡Sí, tienen derecho, pero pueden seguir esperando, algún día alguien lo hará’… Es preciso descubrir la misión como un don y un compromiso urgente. A ello nos empuja el Evangelio de Mateo: “Vayan, pues, y hagan discípulos a todas las gentes” (28,19).

Jesús no solía hacer elogios, pero los evangelistas nos dan cuenta de tres, y justamente con personas consideradas oficialmente “irregulares”: la pecadora, el oficial romano, la cananea. “La cananea es una mujer que no va al templo, hoy diríamos que no va a la iglesia. Es una pagana, que invoca a otros dioses, o ídolos. Posee la fe de una madre desesperada, que no pide nada para sí, desea tan solo la sanación de su criatura. Es una mujer obstinada, testaruda, que no se resigna ante las primeras dificultades; no se rinde ante los silencios de Dios” (R. Vinco). El episodio de la cananeaacogida por Jesús, así como otros episodios, vuelven a proponer en nuestros días el tema de la acogida de los extranjeros en la sociedad. Merecen, por tanto, apoyo todas las iniciativas que promueven la solidaridad y la integración entre pueblos y grupos diferentes. Porque es justo y necesario afirmar: “¡En mi ciudad nadie es extranjero!

Palabra del Papa

(*) “Una pastoral en clave misionera no se obsesiona por la transmisión desarticulada de una multitud de doctrinas que se intenta imponer a fuerza de insistencia. Cuando se asume un objetivo pastoral y un estilo misionero, que realmente llegue a todos sin excepciones ni exclusiones, el anuncio se concentra en lo esencial, que es lo más bello, lo más grande, lo más atractivo y al mismo tiempo lo más necesario. La propuesta se simplifica, sin perder por ello profundidad y verdad, y así se vuelve más contundente y radiante”.
Papa Francisco
Exhortación apostólica Evangelii Gaudium (2013), n. 35

Anunciada la sesión conclusiva de la investigación sobre la fama de santidad de Mons. Roveggio

El 10 de octubre de 2026, en la Casa Madre de los Combonianos en Verona, se llevará a cabo la sesión conclusiva de la investigación sobre la fama continuada de santidad del obispo comboniano Mons. Antonio María Roveggio (1858-1902), sucesor de Mons. Daniel Comboni en el Vicariato de África Central; un paso importante en el camino hacia la causa de beatificación.

El proceso apostólico sobre las virtudes heroicas se inició en la diócesis de Jartum el 7 de junio de 1952, seguido de un proceso rogatorio en la diócesis de Verona desde septiembre de 1952 hasta noviembre de 1954, con el fin de recabar más testimonios sobre la vida y las virtudes del obispo comboniano. En enero de 1969, tras quince años, la Congregación para las Causas de los Santos entregó a la Postulación la Copia Pública para la redacción de la posición.

Siguieron 41 años de silencio. La razón principal de ese silencio fue que todos los esfuerzos se canalizaron hacia la reanudación de la causa del fundador, Mons. Daniel Comboni, que tuvo un resultado extraordinario con la beatificación de 1996 y la canonización de 2003.

De hecho, un año después, en 2004, se abrió en Verona el proceso relativo a Mons. Roveggio, sobre la fama de santidad continuada. El mismo proceso se inició en Jartum en 2010. En ese momento, el obispo de Verona solicitó y obtuvo el traslado de la competencia del foro de Jartum a Verona el 2 de julio de 2010. En Verona, el 4 de noviembre de 2015 se inició un segundo proceso sobre la fama continuada de santidad, con el nombramiento de los tres miembros de la comisión histórica y de los dos censores teólogos. El trabajo avanzó con notorias dificultades.

El 5 de septiembre de 2025 se reanuda por tercera vez el proceso sobre la fama continuada de santidad. Gracias al ingente volumen de trabajo realizado por el postulador anterior, el padre Arnaldo Baritussio, el nuevo postulador, el padre Cosimo De Iaco, puede continuar con la labor. Bajo la dirección del delegado diocesano, monseñor Tiziano Bonomi, quien sigue con gran competencia y diligencia las distintas etapas, se recogen los votos de los teólogos (el P. Ubando Terinoni y el Dr. Carmelo Dotolo) y el informe de la comisión histórica (don Agostino Bertolotti; el Prof. Fulvio De Giorgi; el Dr. Renato Zironda), y se completan otros trámites.

¿Cuál es el significado de la sesión del 10 de octubre de 2026 en Verona?

En esta sesión, el obispo declarará oficialmente concluida la investigación diocesana. Los sobres con toda la documentación, debidamente catalogada y numerada, serán cerrados y sellados. En esta sesión conclusiva, el obispo, los miembros del tribunal y el postulador juran haber cumplido fielmente con su encargo; el portador jura cumplir con su encargo de llevar y entregar personalmente, en mano, todo el material al Dicasterio para las Causas de los Santos. Dicha sesión se llevará a cabo de manera pública, en presencia de los miembros de la familia comboniana y de otros fieles interesados. El 10 de octubre, fiesta litúrgica de San Daniel Comboni, se convierte así en una fecha doblemente significativa: indica, en efecto, la continuidad histórica y carismática desde el santo fundador hasta su sucesor en la sede episcopal del Vicariato de África Central.

¿Cómo seguirá la causa a partir de ahora?

En este punto, el Dicasterio examinará el material entregado y procederá al nombramiento de un relator teólogo con quien el postulador deberá dialogar para la preparación de una «positio» actualizada, que incluirá tanto los testimonios y documentos presentados en 1952 como los testimonios recopilados y los documentos y publicaciones realizados en los años posteriores.

La prolongación de la causa de San Daniel Comboni fue una oportunidad para profundizar en sus escritos y en su figura, ahora plenamente reconocida no solo en la familia comboniana, sino en toda la Iglesia y en los estudios sobre África.

Esperamos que también este retraso en el proceso de la causa de Mons. Antonio María Roveggio sea una oportunidad para conocer a fondo la persona, la obra y las virtudes de Mons. Roveggio. Su actividad misionera en el delicado período de la Mahdia, su papel en los años difíciles de la supervivencia y formación del grupo de misioneros de Comboni, transformado en congregación religiosa.

Su profunda espiritualidad, centrada en la devoción al Sagrado Corazón de Jesús y moldeada según las enseñanzas de los jesuitas —quienes se hicieron cargo del instituto hasta 1899—, se pondrá de relieve en la redacción de la «positio», tanto en fidelidad a los datos históricos como en respuesta a las necesidades de la Iglesia en África y de la familia comboniana en las circunstancias actuales.

Por ello, esperamos que la causa pueda avanzar con renovado vigor e interés para llegar a la próxima etapa, con el decreto de venerabilidad.

Padre Cosimo De Iaco, mccj
Postulador de la Causa

comboni.org

El arzobispo Tesfaye Tadesse, elegido presidente de la Conferencia Episcopal de Etiopía

El arzobispo de Adís Abeba, mons. Tesfaye (Tesfasilasie) Tadesse Gebresilasie, misionero comboniano, ha sido elegido nuevo presidente de la Conferencia Episcopal Católica de Etiopía, según anunció ayer este organismo eclesial en su página web.

Mons. Tesfaye, misionero comboniano, fue elegido y nombrado nuevo presidente de la nueva Conferencia Episcopal Católica de Etiopía (CBCE) el 6 de agosto de 2026, durante la 60.ª Asamblea Anual Ordinaria celebrada en Adís Abeba. Asume también el cargo de canciller de la Universidad Católica de Etiopía en virtud de su cargo.

La elección se produce tras el retiro del cardenal Berhaneyesus Demerew Souraphiel, C.M., quien se desempeñó como presidente de la Conferencia y canciller de la Universidad Católica de Etiopía durante muchos años.

«La Conferencia Episcopal Católica de Etiopía expresa su profundo agradecimiento a Su Eminencia el cardenal Abune Berhaneyesus por su dedicado liderazgo durante los últimos 28 años. Gracias a su visión, compromiso y guía pastoral, la Conferencia logró un crecimiento significativo y numerosos logros en su misión de servir a la Iglesia y a la sociedad en Etiopía”, afirma la CBCE en un comunicado.

«La Conferencia – añade el comunicado – extiende sus más sinceras felicitaciones y mejores deseos a Su Excelencia el arzobispo Tesfaselassie Tadesse con motivo de su elección. Unidos en oración, los obispos piden a Dios que derrame abundantes bendiciones sobre su ministerio y liderazgo, con la confianza de que su servicio como presidente será fructífero y lleno de gracia para la Iglesia en Etiopía».

Mons. Tesfaye inaugurará su servicio como nuevo arzobispo de Adís Abeba el 6 de septiembre de 2026.

comboni.org

Provincia de México: Ejercicios espirituales y Asamblea Provincial. Dos semanas intensas de oración, discernimiento y fraternidad

La Provincia comboniana de México ha vivido estas dos últimas semanas un tiempo muy intenso de oración, discernimiento y encuentro fraterno de todos sus miembros con los ejercicios espirituales y la Asamblea Provincial que se celebraron en la casa provincial de Xochimilco.

Del 27 al 31 de julio más de una veintena de miembros de la Provincia de México vivimos un tiempo especial de oración y recogimiento en los ejercicios espirituales animados por el P. Juan Martín Rodríguez, misionero comboniano mexicano, Provincial de Ecuador.

Ejercicios espirituales, animados por el P. Juan Martín Rodríguez

Con un lenguaje sencillo, cercano y fraterno, y compartiendo desde su propia experiencia espiritual y misionera, el P. Juan Martín nos invitó a hacer historia, a volver a los orígenes del llamado que un día recibimos del Señor para, a partir de ahí, vivir en acción de gracias y en disponibilidad lo que Dios nos llama a ser y a vivir hoy como religiosos y combonianos. Fueron cinco días intensos en los que el clima, el hermoso entorno natural de la casa de Xochimilco y la maravillosa acogida de su comunidad nos ayudaron a ponernos en presencia de Dios para retomar fuerzas y seguir caminando en el seguimiento de Cristo a través de nuestro carisma comboniano.

Participantes en los ejercicios

Después de un fin de semana de descanso, el martes 4 de agosto dio comienzo la Asamblea Provincial, en la que participó un buen número de padres y hermanos miembros de la Provincia.

Asamblea Provincial

Los dos primeros días estuvieron dedicados casi íntegramente al tema de la reunificación de ciscunscripciones, más concretamente, a nuestra unificación con la Provincia de Centroamérica. Por ello, también participaron en nuestra Asamblea el P. Jorge Ochoa, Provincial de Estados Unidos; y el P. Enrique Sánchez, Provincial de Centroamérica.

El primer día contamos con la ayuda de la Dra. Ana Lilia Vera Perdono, quien nos dio una ponencia sobre el tema de la globalización en relación a nuestro proceso de reunificación. La globalización nos transforma y nos invita a hablar de lo que nos une. A partir de su inteervención y de la realidad que vivimos nos dimos un tiempo de reflexión personal y en grupos con las siguientes preguntas:

Ponencia de la Dra. Ana Lilia Vera

Reflexión personal:
1.- Delante del Señor, ¿Cómo me siento con todo este tema de la unificación?
2.- ¿Cuáles son mis temores y esperanzas?
3.- ¿Estoy dispuesto, y cómo, a colaborar con el Instituto ante este proceso inminente?

Reflexión por secretariados:
1.- Retos que vislumbramos
2.- ¿Cómo se conformarían esos servicios?
3.- ¿Qué oportunidades tendríamos?

La reflexión fue muy enriquecedora y nos ayudó a vivir este proceso con confianza y esperanza. El próximo mes de septiembre tendremos la visita del Superior General, que se reunirá con las comisiones creadas en México y Centroamérica para seguir avanzando en el proceso.

Asamblea Provincial

El último día de la Asamblea estuvo dedicado a los reportes de los diferentes secretariados y del propio Consejo Provincial, para evaluar el camino que hemos ido haciendo este año como Provincia y programar y planificar el próximo curso.

No faltaron tampoco los momentos de esparcimiento, deporte y convivencia, que ayudaron a que el ambiente fuera muy alegre y fraterno durante toda la asamblea.

XIX Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, inmediatamente después de la multiplicación de los panes, Jesús hizo que sus discípulos subieran a la barca y se dirigieran a la otra orilla, mientras el despedía a la gente. Después de despedirla, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba él solo allí.
Entre tanto, la barca iba ya muy lejos de la costa y las olas la sacudían, porque el viento era contrario. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el agua. Los discípulos, al verlo andar sobre el agua, se espantaron y decían: “¡Es un fantasma!”. Y daban gritos de  terror. Pero Jesús les dijo enseguida: “Tranquilícense y no teman. Soy yo”.
Entonces le dijo Pedro: “Señor, si eres tú, mándame ir a ti caminando sobre el agua”. Jesús le contestó: “Ven”. Pedro bajó de la barca y comenzó a caminar sobre el agua hacia Jesús; pero al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, comenzó a hundirse y gritó: “¡Sálvame, Señor!”. Inmediatamente Jesús le tendió la mano, lo sostuvo y le dijo: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”.
En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en la barca se postraron ante Jesús, diciendo: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios”.

(Mateo 14, 22-33)


No tengan miedo
P. Enrique Sánchez G., mccj

Una vez más el evangelio nos presenta a Jesús que se retira, buscando un espacio de soledad para dedicarse a la oración. Tal vez, porque era solo la oración que podría poner un poco de serenidad en su corazón después  de haber hecho la experiencia de la muerte de  Juan el Bautista.

En esta ocasión invita a sus discípulos a ponerse en camino sobre el lago, como si quisiera alejarlos de aquel ambiente en donde se respiraba la tristeza y el dolor. Y, desafortunadamente, parece que las cosas no son mejores cuando se encuentran en medio del lago y la tormenta se lanza en su contra.

Es incluso probable que los discípulos estuvieran atrapados en el miedo, pues habiendo sabido como había terminado Juan el Bautista, no era improbable que también a ellos empezaran a llegar algunas amenazas. Y lo peor que les podía caer encima era el verse paralizados por el miedo y el temor sobre sus vidas.

Las olas que sacudían la barca podrían representar algunos de los muchos temores que invadían sus corazones y en medio de la oscuridad de la noche resultaba difícil encontrar un camino de salida.

Podría poder entenderse ese escenario también como lo que sucede cuando Jesús no está presente entre ellos o cuando simplemente parece alejarse un poco de sus vidas. La realidad se vuelve confusa e insegura, por no decir temerosa y amenazante.

Pero Jesús nunca los abandonará, toma el camino, en medio de la noche para atravesar las tinieblas y empezar a iluminar sus horizontes y devolverles la confianza necesaria para seguir avanzando en medio de las tinieblas sin dejarse atrapar por el terror.

No tengan miedo, no soy un fantasma, seguramente les gritó el Señor, devolviéndoles la serenidad que les permitirá́ recuperar la tranquilidad y superar los miedos que les  paralizaban y los aterrorizaban.

No tengan miedo, soy yo. Ese “Soy yo” es como el eco de aquellas palabras que ya habían sido pronunciadas en el libro del Éxodo, cuando Moisés tenía que presentarse ante el faraón.

El que es me manda, Dios, el que siempre está presente y en medio de su pueblo, el que no abandona nunca. Ese mismo es quien ahora calma el corazón inquieto de los discípulos que se sienten perdidos en medio de la tempestad.

Esto nos ayuda a pensar en nuestra propia experiencia personal. ¿Cuántas veces no nos encontramos también nosotros atrapados en tantas tempestades que nos impone la vida?

¿Cuántas veces nos resulta difícil ver el futuro con serenidad, porque se nos presenta amenazante y difícil de entender? ¿Cuántas veces sentimos que las olas de las dificultades, de los imprevistos, de lo que no estaba contemplado que tuviese que suceder en nuestras vidas, de repente se presenta como algo que no sabemos cómo integrar o simplemente aceptar?

Todos, quien más o quien menos, pero todos, nos encontramos ante tempestades en la vida que nos asustan cuando pensamos que tenemos que resolverlas con nuestras fuerzas, cuando pensamos o nos sentimos solos, porque nos parece que Dios está ocupado en los asuntos de otras personas y que nuestras angustias podrían ser consideradas poca cosa.

Sin embargo, justo en el momento en que nos puede parecer que todo está perdido, que no hay salida y que todo se hace más oscuro; justo ahí́, aparece el Señor y nos dice con mucha delicadeza y con gran decisión: no tengas miedo, soy yo.

Y, de pronto, nos damos cuenta de que no se trata de un fantasma. Nos damos cuenta de que el Espíritu de Jesús se convierte en fuerza que nos sostiene, en confianza que nos anima ante la dificultad, en luz que disipa nuestras dudas y tinieblas.

Es presencia real que entra en nuestro corazón de manera misteriosa, devolviéndonos la alegría, llenándonos de confianza, despertándonos a una fe más profunda.

Soy yo, es Jesús, que nos toma en sus manos y nos ayuda a entender que nuestros miedos no tienen sentido, que nuestras desconfianzas se pueden diluir y transformar en gestos de abandono, de ese abandono que genera fuerza interior para seguir trabajando y comprometiéndose, haciendo como si todo dependiera de nosotros, pero sabiendo que nada se escapa de su voluntad. Voluntad que no es otra cosa más que deseo de bien, de plenitud y de felicidad para quienes abren el corazón a su presencia.

Ciertamente, muchas veces haremos la experiencia de sentir que nos hundimos, que no sabemos en donde poner los pies para poder seguir avanzando en medio de la realidad que nos toca vivir.

Ahí́ se presentará una gran oportunidad para dejar que el Señor intervenga y haga su obra en nosotros.

En esos momentos, como Pedro, también nosotros tendremos necesidad de decir: Señor, sálvame. Señor conviértete en el protagonista de mi vida, dirige mis caminos por donde tú quieras, sácame de aquello que me tiene atrapado y paralizado en un estilo de vida que no genera confianza.

Señor, sálvame, ayúdame a entender tus caminos, ayúdame a liberarme de los miedos que paralizan y que impiden correr a tu encuentro reconociéndote como la meta de nuestras vidas.

Señor, sálvame, es el grito de la fe que brota de lo profundo de nuestro ser cuando nos damos cuenta de que sin Dios no podemos ir muy lejos en nuestras búsquedas y en nuestros proyectos.

Le gritamos a ese Señor que ha subido a nuestra barca, que nos recuerda de alguna manera a la Iglesia en donde vamos navegando y que va siendo guiada por el Señor hacia puertos seguros.

La mano tendida de Jesús que atrapa a Pedro para que no naufrague en lo profundo del mar, representa la mano con la que Jesús nos sostiene igualmente en nuestras batallas cotidianas, cuando nos volteamos a verlo diciéndole: Señor nos hace falta tu ayuda, nos urge tu presencia, imploramos tu compañía, te pedimos que no nos abandones.

Esa mano tendida representa la disponibilidad del Señor a estar siempre ahí́ en donde solos no podemos llegar a ninguna parte, es la mano que consuela, que perdona, que levanta de  las caídas, que da confianza cuando lo pasos se hacen torpes.

La experiencia de la presencia de Jesús aquella noche de tinieblas, de tormentas borrascosas, de olas contrarias y amenazantes es el escenario que se nos invita a crear en nuestras vidas para poder llegar a decir: verdaderamente este es el Hijo de Dios, verdaderamente Jesús es nuestro salvador.

Ojalá esta palabra nos ayude a dar un pasito más en nuestro camino de fe, que nos ayuden a entender más claramente la voz del Señor que nos invita a poner nuestra confianza en él. Qué nos libere de nuestros miedos y oscuridades y nos abra a horizontes de luz y de alegría. Qué podamos seguir al Señor obedeciendo a su palabra y alejando de nuestro camino todo aquello que nos pueda entretener e impedir dar pasos de verdadera fe.

Que su palabra nos libre del temor y nos dé la valentía de convertirnos en testigos Fieles y en misioneros valientes, disponibles a atravesar todos los mares para llevar la alegría del evangelio a todos aquellos que aún no se han encontrado con él.

No tengan miedo, soy yo, dice el Señor.


«¡Mándame ir hacia ti!»
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

El Evangelio del domingo pasado nos narraba el milagro de la multiplicación de los panes para una gran multitud, en un lugar desierto, que concluyó con la recogida de doce canastos llenos de sobras. A aquel acontecimiento le sigue el conocido episodio de hoy, en el que Jesús camina sobre el mar.

Estos dos milagros —la multiplicación de los cinco panes y los dos peces y el caminar de Jesús sobre las aguas— constituyen una nueva manifestación de la identidad de Jesús. Él se revela como el Mesías —quien, según una tradición, renovaría el prodigio del maná— y como el Hijo de Dios: caminar sobre las aguas, en efecto, era considerado una prerrogativa divina.

Entre ambos episodios, el Evangelio nos presenta a Jesús orando, solo, durante la noche, en el monte.

1. «Sal y permanece en el monte» (Elías, primera lectura)

Ante esta epifanía, pidamos al Señor la gracia de salir de las cavernas en las que nos hemos refugiado, como el profeta Elías, para acoger la novedad del paso de Dios por nuestra vida.

Tal vez Dios ya no se manifieste como «un viento fuerte e impetuoso» —como en nuestra juventud— ni como el terremoto o el fuego de nuestros primeros años de compromiso cristiano, sino como «el susurro de una brisa suave», perceptible únicamente en el silencio del corazón.

2. «Mándame ir hacia ti» (Pedro, en el Evangelio)

a) Empujados hacia la otra orilla

«Después de que la multitud hubo comido, enseguida Jesús obligó a los discípulos a subir a la barca y a adelantársele hacia la otra orilla».

Es significativo que, en este episodio, Jesús «obligue» a los discípulos a partir. Podemos imaginarlo mientras les hace cargar los doce canastos llenos de sobras y los empuja a subir a la barca, a pesar de las protestas de los Doce: ¡es demasiado tarde, el viento es contrario, es imprudente dirigirse hacia la otra orilla del lago, hacia un territorio predominantemente pagano y extranjero! ¿Y por qué dejar solo a Jesús?

Los apóstoles habrían preferido quedarse allí y disfrutar de aquel momento de euforia junto con la multitud. Pero no hay nada que hacer: parten de mala gana hacia la otra orilla, casi como para indicar que también hasta allí deberá llevarse el pan.

¡Así nos sucede también a nosotros, Iglesia a la que Cristo empuja continuamente hacia «la otra orilla»!

b) A merced del mar y de los fantasmas

«Al final de la noche, él fue hacia ellos caminando sobre el mar».

¡A los elementos amenazadores del mar, la noche y el viento se añade ahora un fantasma! Presos del terror, los Doce gritan de miedo. «Pero enseguida Jesús les habló diciendo: ¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!».

El miedo es nuestro compañero habitual; la invitación de Dios a no temer es su antídoto cotidiano. «No tengáis miedo», porque «soy yo»; más aún, «Yo Soy», expresión que evoca el Nombre mismo de Dios.

c) ¡Mándame!

Pedro toma la iniciativa y dice a Jesús: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti sobre las aguas». «Si eres tú…». ¿Se trata de una duda y de una petición de prueba? ¿Del efecto de una emoción incontrolada después del miedo? ¿De una reacción infantil y entusiasta? ¿O de un impulso de confianza en el Señor? ¡Quizá ni siquiera Pedro lo sepa con precisión, como tantas veces nos sucede también a nosotros!

Llama la atención, sin embargo, el modo en que Pedro formula su petición: «Mándame ir hacia ti sobre las aguas». ¡Mándame! No dice: «Haz que vaya…» o «Concédeme ir…». No, pide hacerlo en virtud del mandato de Jesús. Y Jesús accede.

«¡Mándame ir hacia ti sobre las aguas!». Esta puede convertirse también en nuestra petición. Nuestra vida casi nunca es un crucero tranquilo. A menudo se parece a la navegación en una frágil barquichuela a merced de las olas. A veces, además, nos parece que incluso aquella precaria seguridad desaparece bajo nuestros pies. Entonces no nos queda más que la fe desnuda, capaz de caminar sobre las aguas: no por nuestro valor o por nuestra iniciativa, sino por la confianza depositada en el mandato del Señor.

Mándame, y caminaré sobre el mar agitado de la enfermedad o del duelo.
Mándame, y afrontaré las aguas amenazadoras de una crisis matrimonial.
Mándame, y atravesaré la tormenta de una relación difícil con un hijo o una hija.
Mándame, y cruzaré el temporal que ha trastornado mi vida.

d) ¡Sálvame!

La fe es algo tremendamente serio: preciosa y frágil como la vida. El verdadero creyente lo sabe y lo experimenta. Basta apartar por un instante la mirada de Cristo para sentir que uno se hunde.

¡Pobre Pedro y pobres de nosotros! ¿Por qué duda Pedro precisamente en medio del milagro? Tal vez esperaba que las olas del mar se calmaran para poder caminar con toda tranquilidad. Pero no sucede así. Las circunstancias externas no cambian. La fe no nos libra de los riesgos.

Entonces no nos queda más que gritar: «¡Señor, sálvame!». Y el pescador… ¡es pescado!
Hoy parece más difícil gritar: «¡Sálvame!», también porque Cristo no siempre es percibido como el Salvador. ¿Salvarnos de qué?

Es muy elocuente lo que le sucedió a un sacerdote que presidía una celebración eucarística de primeras comuniones. Después de invitar a los niños a formular oraciones espontáneas, quedó sorprendido cuando una niña dijo: «Gracias, Jesús, porque me has salvado… ¡aunque ahora no recuerdo de qué!». Toda la asamblea se rio con ganas. Pero ¿cuántos de los presentes habrían sabido ir más allá de la respuesta formal aprendida en la catequesis?

3. «El gran dolor» (Pablo, segunda lectura)

Quien ha experimentado la mano que salva no puede permanecer indiferente ante quien parece perderse. Este es el sufrimiento que san Pablo confiesa en la segunda lectura: «Tengo en mi corazón un gran dolor y un sufrimiento continuo» a causa de «mis hermanos, los de mi raza según la carne» (Romanos 9,1-5).

Ver a los propios conciudadanos, a la propia familia y a los propios amigos lejos de Cristo es, para el creyente, una espina clavada en el costado. Rezar por ellos no es simplemente una «buena obra», sino una responsabilidad, una respuesta a la pregunta de Dios: «¿Dónde está tu hermano?».

Matta el Meskin, monje cristiano egipcio († 2006), afirma: «Con la oración, el hombre se convierte en sacerdote, en el sentido de que se hace responsable de la salvación de los demás […]. Cargando con el pecado de ellos, gimiendo desde lo más profundo del corazón bajo su peso y haciendo penitencia, se vuelve capaz, haciéndose pecador en su lugar, de pedir perdón y obtenerlo para ellos».

Para reflexionar

  • ¿Cómo me comporto en el momento de la prueba: con ira o con paciencia? ¿Con miedo o con confianza? ¿Con desánimo o con esperanza?
  • En medio de las tormentas de la vida, ¿grito también yo: «¡Mándame! ¡Sálvame, Señor!»?
  • ¿Estoy dispuesto, estoy dispuesta, a tender la mano para agarrar a quien se está hundiendo?

En medio de la crisis
José Antonio Pagola

No es difícil ver en la barca de los discípulos de Jesús, sacudida por las olas y desbordada por el fuerte viento en contra, la figura de la Iglesia actual, amenazada desde fuera por toda clase de fuerzas adversas y tentada desde dentro por el miedo y la poca fe. ¿Cómo leer este relato evangélico desde la crisis en la que la Iglesia parece hoy naufragar?

Según el evangelista, “Jesús se acerca a la barca caminando sobre el agua”. Los discípulos no son capaces de reconocerlo en medio de la tormenta y la oscuridad de la noche. Les parece un “fantasma”. El miedo los tiene aterrorizados. Lo único real es aquella fuerte tempestad.

Este es nuestro primer problema. Estamos viviendo la crisis de la Iglesia contagiándonos unos a otros desaliento, miedo y falta de fe. No somos capaces de ver que Jesús se nos está acercando precisamente desde esta fuerte crisis. Nos sentimos más solos e indefensos que nunca.

Jesús les dice tres palabras: “Ánimo. Soy yo. No temáis”. Solo Jesús les puede hablar así. Pero sus oídos solo oyen el estruendo de las olas y la fuerza del viento. Este es también nuestro error. Si no escuchamos la invitación de Jesús a poner en él nuestra confianza incondicional, ¿a quién acudiremos?

Pedro siente un impulso interior y sostenido por la llamada de Jesús, salta de la barca y “se dirige hacia Jesús andando sobre las aguas”. Así hemos de aprender hoy a caminar hacia Jesús en medio de la crisis: apoyándonos, no en el poder, el prestigio y las seguridades del pasado, sino en el deseo de encontrarnos con Jesús en medio de la oscuridad y las incertidumbres de estos tiempos.
No es fácil. También nosotros podemos vacilar y hundirnos como Pedro. Pero lo mismo que él, podemos experimentar que Jesús extiende su mano y nos salva mientras nos dice: “Hombres de poca fe, ¿por qué dudáis?”.

¿Por qué dudamos tanto? ¿Por qué no estamos aprendiendo apenas nada nuevo de la crisis? ¿Por qué seguimos buscando falsas seguridades para “sobrevivir” dentro de nuestras comunidades, sin aprender a caminar con fe renovada hacia Jesús en el interior mismo de la sociedad secularizada de nuestros días?

Esta crisis no es el final de la fe cristiana. Es la purificación que necesitamos para liberarnos de intereses mundanos, triunfalismos engañosos y deformaciones que nos han ido alejando de Jesús a lo largo de los siglos. Él está actuando en esta crisis. Él nos está conduciendo hacia una Iglesia más evangélica. Reavivemos nuestra confianza en Jesús. No tengamos miedo.


Remando contra viento y marea
José Luis Sicre

La tempestad calmada y el viento en contra

Hay dos episodios en los evangelios bastante parecidos, aunque muy diferentes. Se parecen en el escenario (una barca en medio del lago de Galilea en circunstancias adversas) y en los protagonistas (Jesús y los discípulos). Se diferencian en que, en el primer caso, la barca está a punto de zozobrar y los discípulos corren peligro de muerte; en el segundo, sólo se enfrentan a un fuerte viento en contra que hace inútiles todos sus esfuerzos.

Traducido a la experiencia de nuestros días, la tempestad calmada recuerda a numerosas comunidades cristianas, sobre todo de África y Oriente Medio, que se ven amenazadas de muerte y gritan a Jesús: «¡Señor, sálvanos, que perecemos!» El viento en contra hace pensar en tantas otras comunidades, especialmente de occidente, que luchan contra viento y marea, cada vez con menos fuerzas, y sin ver resultados tangibles.

El primer episodio, la tempestad calmada, tiene un claro paralelo en el Salmo 107 (106), 23-32, donde los navegantes gritan a Dios en el peligro y él los salva; en el evangelio, los discípulos gritan a Jesús y es este quien los salva.

Pero el segundo episodio, el de la barca con viento en contra y Jesús caminando sobre el agua, no me recuerda ningún episodio del Antiguo Testamento. Sin embargo, está tan anclado en la primitiva tradición cristiana que no sólo lo cuentan Marcos y Mateo, sino incluso Juan, que generalmente va por sus caminos. Es muy curioso que Lucas omita esta escena: probablemente pensó que presentar a Jesús caminando sobre el agua y confundido con un fantasma iba a plantear a sus cristianos más problemas que beneficios.

El relato de Mateo

Se inspira en el de Marcos, pero introduciendo cambios muy significativos. Podemos dividirlo en cuatro escenas.

Primera escena: Jesús se separa de los discípulos

Hablando en términos cinematográficos, es un montaje en paralelo. Inmediatamente después de la comida, Jesús obliga a sus discípulos a embarcarse, mientras él despide a la gente. Luego se retira a rezar «a solas» y, al anochecer, «seguía allí solo». Mientras, los discípulos se encuentran «a muchos estadios de tierra» (Juan dice que a unos 25-30 estadios, 5-6 km, lo que supone en mitad del lago). Con esto se acentúa la distancia física de Jesús con respecto a los discípulos; y también la distancia temporal, porque los despide por la tarde y no se dirige hacia ellos hasta el final de la noche. [La traducción litúrgica dice «de madrugada»; el texto griego, «a la cuarta vela», entre las 3 y las 6 a.m.; los romanos dividían la noche en cuatro velas, desde las 6 p.m. hasta las 6 a.m.]. A nivel simbólico, quedan contrapuestos dos mundos: el de la intimidad con Dios (Jesús orando) y el de la dura realidad (los discípulos remando). Ha sido Jesús el que los ha abandonado a su destino.

Segunda escena: Jesús se acerca a los discípulos

Mateo cuenta con asombrosa naturalidad y sencillez algo inaudito: el hecho de que Jesús se acerque caminando sobre el lago. Los discípulos no reaccionan con la misma naturalidad: se asustan, porque piensan que es un fantasma, tienen miedo, gritan. Es la única vez que se usa en el Nuevo Testamento el término “fantasma”, que en griego clásico se aplica a los espíritus que se aparecen, o a «las visiones fantasmagóricas de mis ensueños» (Esquilo, Los siete contra Tebas, 710). Es la única vez que Jesús provoca en sus discípulos un pánico que los hace gritar de miedo. Es la única vez que les dice «¡animaos!». Una escena peculiar sobre la que volveremos más adelante.

Tercera escena: Jesús y Pedro

Quien conoce los relatos de Marcos y Juan advierte aquí una gran diferencia. En esos dos evangelios, Jesús sube a la barca y el viento se calma. Pero Mateo introduce una escena exclusivamente suya, que subraya la relación especial entre Jesús y Pedro. Igual que en otros pasajes de su evangelio, Mateo aporta rasgos de la personalidad de Pedro que justifican su importancia posterior dentro del grupo de los Doce. Pero no ofrece una imagen idealizada, sino real, con virtudes y defectos. Su decisión de ir hacia Jesús caminando sobre el agua lo pone por encima de los demás, igual que ocurrirá más adelante en Cesarea de Filipo. Pero Pedro muestra también su falta de fe y su temor. Incluso entonces, es salvado por la intervención de Jesús. Dentro de la sobriedad de Mateo, esta escena llama la atención por la abundancia de detalles expresivos, que adquieren su punto culminante en la imagen de Jesús alargando la mano y agarrando a Pedro.

Cuarta escena: confesión de los discípulos (32-33)

Marcos termina su relato diciendo que los discípulos «no cabían en sí de estupor, pues no habían entendido lo de los panes, ya que tenían la mente obcecada» (Mc 6,51-52). Mateo introduce un cambio radical: los discípulos no se asombran, sino que se postran ante Jesús y confiesan: «realmente eres Hijo de Dios». Esta actitud y estas palabras significan un gran avance. Anteriormente, en el relato de la tempestad calmada (Mt 8,23-27), los discípulos terminan preguntándose: «¿Quién será éste que hasta el viento y el agua le obedecen?» Desde entonces, el conocimiento más profundo de Jesús ha provocado un cambio en ellos. Ya no se preguntan quién es; confiesan abiertamente que es «hijo de Dios», y lo adoran. Este título no podemos interpretarlo con toda la carga teológica que le dio más tarde el Concilio de Calcedonia (año 451). También el centurión que está junto a Jesús en la cruz reconoce que «este hombre era hijo de Dios». Lo que quiere expresar este título es la estrecha vinculación de Jesús con Dios, que lo sitúa a un nivel muy superior al de cualquier otro hombre. De aquí a confesar la filiación divina de Jesús sólo queda un pequeño paso.

Anticipando la gloria de Jesús resucitado.

Este relato, tal como lo cuenta Mateo, ofrece tres datos curiosos: 1) el cuerpo de Jesús desafía las leyes físicas; 2) los discípulos no reconocen a Jesús, lo confunden con un fantasma; 3) Jesús, a pesar del poder que manifiesta, trata a los apóstoles con toda naturalidad.

Estos tres detalles son típicos de los relatos de apariciones de Jesús resucitado: 1) su cuerpo aparece y desaparece, atraviesa muros, etc.; 2) ni la Magdalena, ni los dos de Emaús, ni los siete a los que se aparece en el lago, reconocen a Jesús; 3) Jesús resucitado nunca hace manifestaciones extraordinarias de poder, habla y actúa con toda naturalidad.

Por consiguiente, lo que tenemos en Mateo (no en Marcos) es algo muy parecido a un relato de aparición de Jesús resucitado. ¿Qué sentido tiene en este momento del evangelio? Anticipar su gloria. Igual que el relato de la muerte de Juan Bautista, contado poco antes, anticipa su pasión, su maravilloso caminar sobre el agua anticipa su resurrección.

Sentido eclesial y personal

Desde antiguo, se ha visto en la barca una imagen de la Iglesia, metida por Jesús en una difícil aventura y, aparentemente, abandonada por él en medio de la tormenta. Este sentido, que estaba ya en Marcos, lo completa Mateo con un aspecto más personal, al añadir la escena de Pedro: el discípulo que, confiando en Jesús, se lanza a una aventura humanamente imposible y siente que fracasa, pero es rescatado por el Señor. En la imagen de Pedro podían reconocerse muchos apóstoles y misioneros de la Iglesia primitiva, y podemos vernos también a nosotros mismos en algunos instantes de nuestra vida: cuando parece que todos nuestros esfuerzos son inútiles, cuando nos sentimos empujados y abandonados por Dios, cuando nosotros mismos, con algo de buena voluntad y un mucho de presunción, queremos caminar sobre el agua, emprender tareas que nos superan. Ellos vivenciaron que Jesús los agarraba de la mano y los salvaba. La misma confianza debemos tener nosotros.

La primera lectura

Ha sido elegida porque en ella Dios se revela en la brisa suave, después del viento huracanado, el fuego y el terremoto. En el evangelio, después de la tormenta, cuando Jesús sube a la barca, el viento amaina. Este paralelismo no impide que la lectura parezca traída por los pelos; es preferible no detenerse en ella.


Oh, Dios, ¿dónde estás para que podamos conocer y revelar tu rostro?
Romeo Ballan, mccj

Las lecturas de hoy nos presentan un tema fundamental. ¿Cómo es Dios? ¿Qué hace con todo su poder? ¿Qué tiene que ver Dios con mi vida? ¿Cómo se manifiesta? Son las preguntas que cada persona se hace, tarde o temprano; de una u otra manera. Inútilmente algunos ‘ateos’ quisieran borrar esta realidad. Las etapas de la manifestación de Dios y los pasos del hombre en la búsqueda de su Señor y Padre van desde la creación a Cristo, al testimonio de los creyentes. Este es el hilo conductor que une las lecturas de hoy. De manera libre y sorprendente, Dios se manifiesta a los hombres: primero en la creación del mundo y de cada persona; luego, por medio de las alianzas y de los profetas; y, finalmente, en el evento único y definitivo de Jesucristo, Dios hecho carne, que acompaña la historia humana

Ante la manifestación gratuita de Dios, normalmente se produce la respuesta del hombre, en una búsqueda a menudo trabajosa e incierta. Todas las religiones y filosofías de los pueblos son un índice y el resultado del deseo profundo que Dios ha inscrito en el corazón de las personas y de las culturas: ¿Quién es Dios? ¿Dónde está? ¿Qué hace?… Las religiones naturales son diferentes según las épocas y las culturas, pero tienen un origen común: la aspiración humana a establecer una relación con la divinidad. Este es el terreno religioso natural en el cual los misioneros encuentran a los pueblos ya desde el primer anuncio del Evangelio.

La teología cristiana, desde sus inicios (s. II, con los santos Justino e Ireneo), enseña a los obreros del Evangelio que han de descubrir las “semillas del Verbo”, es decir, los valores humanos y espirituales presentes en las culturas. Por la acción del Verbo, por medio del cual han sido creadas todas las cosas (cfr. Col 1,15-17), y gracias a la presencia del Espíritu Santo, protagonista de la misión (cfr. RMi 21s), estos valores se encuentran ya en las culturas de los pueblos, aun antes de que se les anuncie la Buena Nueva de Cristo. En virtud de su origen divino, estos valores constituyen una buena preparación para acoger el Evangelio. La presencia del Verbo y del Espíritu, que anteceden la llegada del misionero, crea una especial sintonía entre el Evangelio y las culturas, que en general facilita la recepción del mensaje cristiano. Cristo llega como plenitud de la revelación de Dios, como don gratuito, pero no por eso es algo opcional o alternativo. Viene aquí muy oportuna la invitación del Papa Francisco a buscar y dejarse encontrar por Cristo.

Además de la revelación basada en la creación, Dios se reserva la iniciativa de manifestarse en el modo, en el tiempo y en las personas que Él quiere. En el caso de Elías (I lectura) la manifestación de Dios se da con signos diferentes a la de Moisés, aunque se realice sobre el mismo monte. Elías está regresando de las faldas del monte Carmelo, donde, en un exceso de celo y fanatismo, ha masacrado a los profetas de Baal (cfr. 1Reyes 18); ahora Elías necesita convertirse: reconocer a Dios no a través de signos fuertes (viento huracanado, terremoto y fuego), sino en el “susurro” (v. 12). En el mar borrascoso y entre los gritos de miedo a los fantasmas (Evangelio), Jesús se revela primero como orante solitario sobre el monte (v.23) y luego como portador de paz y seguridad: “¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!” (v.27). Al igual que en otras epifanías de Jesús, la conclusión es la fe de los discípulos (v.33). Más ampliamente, es la comunidad misionera de Mateo la que, probada por las incipientes persecuciones y la “poca fe” (v.31), renueva la adhesión a su Señor resucitado, invocándolo con el título pascual de Kurios, Señor (v. 28.30).

En la historia de las personas y de los pueblos se van alternando a menudo épocas de apertura y de cerrazónante el misterio de Dios, períodos de indiferencia, resistencia, y hasta de rechazo. Ante estas situaciones, el misionero adopta una actitud humilde y orante: la fuerza para la misión procede de la fe y de la oración. Es el caso de Pablo (II lectura), que siente un dolor grande y un continuo sufrimiento (v. 2) por sus hermanos y correligionarios (v. 3). Lamentablemente, la mayoría del pueblo judío, si bien recibió, a lo largo de los siglos, hasta ocho privilegios inestimables (v. 4-5), se ha cerrado al Mesías, que nació “de los patriarcas, según lo humano”: No lo reconocen como el Salvador, muerto y resucitado, como Dios bendito por los siglos (v. 5).

El misterio del pueblo elegido lleva a pensar en la realidad misionera de tantos pueblos que aún no se han abierto al Evangelio, con excepción de unas minorías. Cabe pensar en China, India, Japón, en el mundo budista, islámico… Ciertamente estos pueblos no están fuera de la acción salvífica de Cristo, el único salvador de todos; sin embargopermanece el misterio de su llamada a la Fe en Cristo y de su pertenencia a la Iglesia. También para ellos Dios tiene su proyecto y los tiempos precisos. Nosotros no conocemos los tiempos y los caminos por los cuales el Espíritu realiza el encuentro salvífico de cada persona con Cristo (GS 22). Pero la certeza que este encuentro se realiza, sostiene la esperanza del misionero, incluso cuando la barca está sacudida por las olas (Evangelio) y el viento es contrario (v. 24).

XVIII Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan el Bautista, subió a una barca y se dirigió a un lugar apartado y solitario. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Cuando Jesús desembarcó, vio aquella muchedumbre, se compadeció de ella y curó a los enfermos.
Como ya se hacía tarde, se acercaron sus discípulos a decirle: “Estamos en despoblado y empieza a oscurecer. Despide a la gente para que vayan a los caseríos y compren algo de comer”. Pero Jesús les replicó: “No hace falta que vayan. Denles ustedes de comer”. Ellos le contestaron: “No tenemos aquí más que cinco panes y dos pescados” Él les dijo: “Tráiganmelos”.
Luego mandó que la gente se sentara sobre el pasto. Tomó los cinco panes y los dos pescados, y mirando al cielo, pronunció una bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos para que los distribuyeran a la gente.
Todos comieron hasta saciarse, y con los pedazos que habían sobrado, se llenaron doce canastos. Los que comieron eran unos cinco mil hombres sin contar a las mujeres y a los niños”.

(Mateo 14, 13-21)


La multiplicación de los panes
P. Enrique Sánchez G. mccj

Comenzando la lectura de estos cuantos versículos del evangelio de Mateo, seguramente nos hemos preguntado ¿por qué menciona la muerte de Juan el Bautista? ¿No podía comenzar diciendo que Jesús se había encontrado, una vez más con una multitud que lo seguía?

El hecho de que Jesús se haya ido a un lugar apartado y solitario nos puede hacer entender que llevaba en su corazón una aflicción muy grande, llevaba el dolor de haber perdido a alguien que amaba profundamente y con quien había establecido una relación muy cercana. Llevaba el dolor de saber que Juan había sido asesinado de una manera cruel y despiadada. Necesitaba estar lejos y en silencio para poner en orden todo lo que se movía en su interior y para no dejarse ganar por el sentimiento de la venganza o del odio.

Necesitaba que lo mejor de él mismo se pudiese manifestar. Y, así fue, cuando desembarcando se encontró con aquella multitud que lo seguía y lo buscaba porque, de alguna manera se había dado cuenta de que era el Mesías, el Salvador que esperaban.

Lo que broto de su corazón fue un sentimiento de compasión, de ternura y de solidaridad con aquella gente que sufría física y espiritualmente.

Fijándonos atentamente en lo que nos transmite Mateo a través de su evangelio, nos podemos dar cuenta de que existen muchas referencias al antiguo testamento en donde la figura de Moisés ocupa la plaza principal como el mesías que acompañó al pueblo de Dios hasta la tierra prometida, haciéndolo pasar por el desierto y velando para que no muriera en aquellos lugares. Basta pensar en la delicadeza de Dios cuando mando el mana y las codornices para que el pueblo no sucumbiera de hambre.

Ahora, los discípulos y todos aquellos que se habían dado cita para encontrarse con Jesús, van a tener la posibilidad de hacer la experiencia de reconocerlo como el verdadero Mesías que los nutrirá con el pan de su palabra.

Cinco panes y dos pescados. A todos nos puede parecer imposible que pudiesen alcanzar para alimentar a aquella multitud. Y, efectivamente, leyendo el texto con los criterios que nos caracterizan en nuestro tiempo. Aquí, en donde todo es pesado y medido con exactitud, en donde todo es programado y proyectado con estudios de mercado. Claro que cinco panes y dos pescados no iban a ser la respuesta a aquella emergencia que se había presentado.

Lo que cambia todo en este relato es la oración que Jesús hace recibiendo aquellos panes y pescados. En sus manos ya no es la cantidad lo que cuenta, sino la fe que puede mover a quienes tiene delante de el.

La bendición de Dios, que muchas veces nosotros la llamamos providencia, siempre nos sorprenderá y nunca le ganaremos en generosidad. Dios, que hace todas las cosas bien y buenas, estará dispuesto a venir a nuestro encuentro cuando las fuerzas ya no nos alcanzan o cuando nos sentimos perdidos y no sabemos por donde seguir el camino.

Dios nos sorprenderá estando un paso adelante de nosotros, esperándonos para darnos lo que nuestro corazón necesita.

Un detalle sencillo e importante esta en el hecho de que Jesús pide a sus discípulos aquello que llevan consigo. Era nada, aparentemente, pues, como ellos mismos lo dirán: ¿que son cinco panes y dos pescados para esta multitud?

También aquí podemos decir que es nada, pero es importante entender que ahora a los discípulos les toca empezar una experiencia nueva estando con Jesús.

Durante mucho tiempo ya habían visto milagros y signos extraordinarios de la parte de Jesús, habían recibido toda una enseñanza que los había formado y los iba preparando para este momento que ahora se presentaba.

Los cinco panes y los dos pescados, entre las varias interpretaciones que se le puede dar, significan aquello que Dios ha puesto en cada uno de nosotros como un don especial, particular y que nadie posee en nuestro lugar.

Jesús, al pedir a sus discípulos que se encarguen ellos de darles de comer, los esta invitando a poner al servicio del Reino de Dios lo que cada uno de ellos era y no tanto lo que poseían. Dios ha podido siempre realizar su proyecto de salvación sin necesidad de nuestra aportación, pero curiosamente nunca ha querido imponernos algo que no pase por la mediación de aquellos que nos reconocemos hijos suyos y discípulos misioneros de Jesús.

Tal vez aquí, como en otras reflexiones, nos convendría preguntarnos ¿que son en mi vida esos cinco panes y esos dos pescados que el Señor me pide que ponga a su disposición?

¿Qué es lo que el Señor me está pidiendo compartir con los demás? A lo mejor es mi tiempo, mis conocimientos, mi presencia con aquella persona que esta sola, los dones que descubro que Dios me ha dado y que llenan mi corazón de felicidad.

Aquí lo que importa no es la cantidad, sino la disponibilidad. Jesús lo dice con un imperativo fuerte: Tráiganlos aquí.

Eso nos ayuda a entender que lo importante es lo que viene después, la bendición que Dios derrama sobre nuestros dones y los multiplica. Es una bendición que hace sentir que los primeros beneficiados somos cada uno de nosotros, cuando con generosidad ponemos en las manos de Dios lo que somos y lo que tenemos.

El pan que Jesús repartió aquel día, san Mateo nos dice que alcanzo para que todos comieran hasta saciarse y sobraron doce canastas.

De esa manera se comporta el Señor en nuestras vidas, satisface nuestras necesidades, de todo tipo, y nos da más de lo que muchas veces le pedimos.

Para concluir, yo creo que leyendo este texto desde nuestra experiencia cristiana, seguramente ha venido a nuestra mente la experiencia que hacemos en cada eucaristía, en donde se nos parte y comparte el pan para que nadie se sienta privado de la cercanía de Dios en su vida.

Y, como misioneros, no podemos cerrar nuestros oídos a la invitación que Jesús nos hace de poner a su disposición lo que somos, para que bendecidos por su Padre, podamos seguir llegando a la vida de tantos hermanos nuestros que necesitan de Dios.

También hoy nos encontramos con multitudes de personas, como Jesús al bajar de la barca, que esperan un gesto de misericordia, de cariño y de solidaridad.

Que el Señor nos de un corazón generoso para multiplicar nuestros panes y nuestros peces entre los mas necesitados.


Necesidades de la gente
José Antonio Pagola

Mateo introduce su relato diciendo que Jesús, al ver el gentío que lo ha seguido por tierra desde sus pueblos hasta aquel lugar solitario, «se conmovió hasta las entrañas». No es un detalle pintoresco del narrador. La compasión hacia esa gente donde hay muchas mujeres y niños, es lo que va a inspirar toda la actuación de Jesús.

De hecho, Jesús no se dedica a predicarles su mensaje. Nada se dice de su enseñanza. Jesús está pendiente de sus necesidades. El evangelista solo habla de sus gestos de bondad y cercanía. Lo único que hace en aquel lugar desértico es «curar» a los enfermos y «dar de comer» a la gente.

El momento es difícil. Se encuentran en un lugar despoblado donde no hay comida ni alojamiento. Es muy tarde y la noche está cerca. El diálogo entre los discípulos y Jesús nos va revelar la actitud del Profeta de la compasión: sus seguidores no han de desentenderse de los problemas materiales de la gente.

Los discípulos le hacen una sugerencia llena de realismo: «Despide a la multitud», que se vayan a las aldeas y se compren de comer. Jesús reacciona de manera inesperada. No quiere que se vayan en esas condiciones, sino que se queden junto a él. Esa pobre gente es la que más le necesita. Entonces les ordena lo imposible: «Dadles vosotros de comer».

De nuevo los discípulos le hacen una llamada al realismo: «No tenemos más que cinco panes y dos peces». No es posible alimentar con tan poco el hambre de tantos. Pero Jesús no los puede abandonar. Sus discípulos han de aprender a ser más sensibles a los sufrimientos de la gente. Por eso, les pide que le traigan lo poco que tienen.

Al final, es Jesús quien los alimenta a todos y son sus discípulos los que dan de comer a la gente. En manos de Jesús lo poco se convierte en mucho. Aquella aportación tan pequeña e insuficiente adquiere con Jesús una fecundidad sorprendente.

No hemos de olvidar los cristianos que la compasión de Jesús ha de estar siempre en el centro de su Iglesia como principio inspirador de todo lo que hacemos. Nos alejamos de Jesús siempre que reducimos la fe a un falso espiritualismo que nos lleva a desentendernos de los problemas materiales de las personas.

En nuestras comunidades cristianas son hoy más necesarios los gestos de solidaridad que las palabras hermosas. Hemos de descubrir también nosotros que con poco se puede hacer mucho. Jesús puede multiplicar nuestros pequeños gestos solidarios y darles una eficacia grande. Lo importante es no desentendernos de nadie que necesite acogida y ayuda.


Jesús alimenta a su comunidad
José Luís Sicre

Una vez terminado el discurso en parábolas sobre el Reino de Dios, el evangelio de Mateo ofrece una sección que podríamos titular «Del escándalo a la fe» (13,53-16,20). El escándalo se da en Nazaret, donde sus paisanos lo rechazan; la fe, en la confesión de Pedro en Cesarea de Felipe. En conjunto se trata de nueve episodios, de los que la liturgia ha elegido cuatro para los próximos domingos:

― la multiplicación de los panes (domingo 18)

― la tempestad calmada (domingo 19)

― la curación de la hija de la mujer sirofenicia (domingo 20)

― la confesión de Pedro (domingo 21)

Suave tarea veraniega

Quienes no sepan en qué entretenerse durante el mes de agosto, pueden leer estos capítulos de Mateo, con las sugerencias que ofrezco a continuación.

a) El tema capital de la sección es la pregunta: ¿quién es Jesús? Encontrará respuestas muy distintas:

los nazarenos: un hombre (13,55-56)

Herodes: Juan Bautista resucitado (14,2)

los de la nave: Hijo de Dios (14,33)

la cananea: Señor, hijo de David (15,22)

la gente: diversidad de opiniones (16,14)

Pedro: el Mesías (16,16)

b) Jesús intensifica su contacto con los extranjeros viajando a Tiro, Sidón (15,21) y Magadán (15,39). Por el contrario, su patria, Nazaret, lo rechaza; y de Jerusalén viene el peligro, la oposi­ción (15,1).

c) Jesús aparece en continuo movimiento. Mateo parece sugerir que la actividad misionera es intensa, aunque la mayoría de los episodios se sitúa en torno al lago de Galilea. A pesar del movimiento continuo, la gente cada vez se une más a él. Y Jesús les demuestra su preocupación y afecto de modo cada vez mayor.

d) El tema de los milagros (dynameis) es fundamental; más aún que en los capítulos anteriores. Se convierten en signo de la salvación mesiánica y, al mismo tiempo, de la aceptación o rechazo de Jesús, de la fe o incredulidad.

Jesús alimenta a su comunidad (la multiplicación de los panes)

Cuando los discípulos de Juan le comunican a Jesús la muerte del maestro, Jesús se retira en barca a un sitio apartado. Este detalle es significativo de la postura de Jesús. No va en busca de Herodes a denunciarlo. Huye, para poder seguir cumpliendo su misión.

Le sigue mucha gente de todas los pueblecillos, Jesús siente lástima y cura a los enfermos. Pero lo más importante ocurre al caer la tarde, cuando Jesús multiplica los panes para alimentar a una gran multitud formada por cinco mil varones acompañados de mujeres y niños. ¿Cómo hay que interpretar este episodio?

Problemas de la interpretación puramente histórica

Podríamos entender el relato como el recuerdo de un hecho histórico que demostraría el poder de Jesús y su preocupación, no sólo por la formación espiritual de la gente, sino también por sus necesidades materiales. Esta interpretación histórica encuentra grandes dificultades cuando intentamos imaginar la escena.

Se trata de una multitud enorme, quizá diez o quince mil personas, si incluimos mujeres y niños. Para reunir esa multitud tendrían que haberse quedados vacíos varios pueblos de aquella zona.

La propuesta de los discípulos de ir a los pueblos cercanos a comprar comida resulta difícil de cumplir: harían falta varios supermercados para alimentar de pronto a tanta gente.

Aun admitiendo que Jesús multiplicase los panes, su reparto entre esa multitud, llevado a cabo por sólo doce camareros (a unas mil personas por cabeza) plantea grandes problemas.

¿Cómo se multiplican los panes? ¿En manos de Jesús, o en manos de Jesús y de cada apóstol? ¿Tienen que ir dando viajes de ida y vuelta para coger nuevos trozos cada vez que se acaban?

¿Por qué no dice nada Mateo del reparto de los peces? ¿Es que éstos no se multiplican?

Después de repartir la comida a una multitud tan grande, ya casi de noche, ¿a quién se le ocurre ir a recoger las sobras en mitad del campo?

¿No resulta mucha casualidad que recojan precisamente doce cestos, uno por apóstol? ¿Y cómo es que los apóstoles no se extrañan de lo sucedido?

Estas preguntas, que parecen ridículas, y que a algunos pueden molestar, son importantes para valorar rectamente lo que cuenta Mateo. ¿Se basa su relato en un hecho histórico, y quiere recordarlo para dejar claro el poder y la misericordia de Jesús? ¿Se trata de algo puramente inventado por el evangelista para transmitir una enseñanza?

Problema de la interpretación racionalista y moralizante

En el siglo XIX, por influjo especialmente de la Vida de Jesús de Renan, se difundió la tendencia a interpretar los milagros de forma racionalista, que no supusieran una dificultad para la fe.

En concreto, lo que ocurrió en la multiplicación de los panes fue lo siguiente: Jesús animó a sus discípulos y a la gente a compartir lo que tenían, y así todos terminaron saciados. El relato pretende fomentar la generosidad y la participación de los bienes.

Esta opinión, que sigue apareciendo incluso en libros pretendidamente científicos, inventa algo que el evangelio no cuenta, incluso en contradicción expresa con él, e ignora el mundo en el que fueron redactados los evangelios.

La interpretación simbólica y eucarística

A la comunidad de Mateo este episodio no le resultaría extraño. Con su conocimiento del Antiguo Testamento vería en el relato la referencia clarísima a dos pasajes bíblicos.

En primer lugar, la imagen de una gran multitud de hombres, mujeres y niños, en el desierto, sin posibilidad de alimentarse, evoca la del antiguo Israel, en su marcha desde Egipto a Canaán, cuando es alimentado por Dios con el maná y las codornices gracias a la intercesión de Moisés.

Hay también otro relato sobre Eliseo que les vendría espontáneo a la memoria. Este profeta, uno de los más famosos de los primeros tiempos, estaba rodeado de un grupo abundante de discípulos de origen bastante humilde y pobre. Un día ocurrió lo siguiente:

«Uno de Baal Salisá vino a traer al profeta el pan de las primicias, veinte panes de cebada y grano reciente en la alforja. Eliseo dijo:

– Dáselos a la gente, que coman.

El criado replicó:

– ¿Qué hago yo con esto para cien personas?

Eliseo insistió:

– Dáselos a la gente, que coman. Porque así dice el Señor: Comerán y sobrará.

Entonces el criado se los sirvió, comieron y sobró, como había dicho el Señor” (2 Reyes 4,42-44).

Cualquier lector de Mateo podía extraer fácilmente una conclusión: Jesús se preocupa por las personas que le siguen, las alimenta en medio de las dificultades, igual que hicieron Moisés y Eliseo en tiempos antiguos.

Al mismo tiempo, quedan claras ciertas diferencias. En comparación con Moisés, Jesús no tiene que pedirle a Dios que resuelva el problema, él mismo tiene capacidad de hacerlo. En comparación con Eliseo, su poder lo sobrepasa también de forma extraordinaria: no alimenta a cien personas con veinte panes, sino a varios miles con solo cinco, y sobran doce cestos. La misericordia y el poder de Jesús quedan subrayados de forma absoluta.

Sin embargo, aquellos lectores antiguos se preguntarían qué sentido tenía ese relato para ellos. Porque su generación no podía beneficiarse del poder y la misericordia de Jesús para saciar su hambre en momentos de necesidad. Y sabían que otros muchos contemporáneos de Jesús habían pasado hambre sin ser testigos de ningún milagro parecido. En el fondo, la pregunta es: ¿sigue saciando Jesús nuestra hambre, nos sigue ayudando en los momentos de necesidad?

Aquí entra en juego un aspecto esencial del relato: su relación con la celebración eucarística en las primeras comunidades cristianas. Es cierto que estos detalles no pueden exagerarse. Por ejemplo, el levantar la vista y pronunciar la bendición antes de la comida era un gesto normal en cualquier familia piadosa. También era normal recoger las sobras.

Sin embargo, Mateo ofrece un detalle importante: omite los peces en el momento de la multiplicación. Algunos autores se niegan a darle valor a este detalle. Pero es interesantísimo. Cuando se come pan y pescado, lo importante es el pescado, no el pan. Carece de sentido omitir la mención del alimento principal. Si se omite, es por una intención premeditada: acentuar la importancia del pan, con su clara referencia a la eucaristía. Porque en ella acontece lo mismo que en la multiplicación de los panes.

Jesús la instituye antes de morir con el sentido expreso de alimento: «Tomad y comed… tomad y bebed». Los cristianos saben que con ese alimento no se sacia el hambre física; pero también saben que ese alimento es esencial para sobrevivir espiritualmente. De la eucaristía, donde recuerdan la muerte y resurrección de Jesús, sacan fuerzas para amar a Dios y al prójimo, para superar las dificultades, para resistir en medio de las persecuciones e incluso entregarse a la muerte.

Un cristiano de hoy debería sacar el mismo mensaje de este pasaje: Jesús se compadece de nosotros y manifiesta su poder alimentándonos con su cuerpo y su sangre, mucho más importante que la multiplicación de los panes y los peces.

También podríamos sacar otras enseñanzas: la obligación de preocuparnos por las necesidades materiales de los demás, de poner a disposición de los otros lo poco o mucho que tengamos. Así, los benedictinos alemanes han querido recordar la preocupación de Jesús por los necesitados instituyendo en el sitio donde se recuerda la multiplicación de los panes un centro de atención a niños disminuidos físicos. Pero lo esencial del relato es lo que decíamos anteriormente.


Compartir con los muchos ‘Lázaros’ hambrientos que pueblan el planeta
P. Romeo Ballan, mccj

El proyecto de Dios es claro: ¡que todos tengan vida en abundancia! (Jn 10,10). En las lecturas de hoy se habla de abundancia, de gratuidad. Esta es la salvación que nuestro Dios ofrece generosamente. ¡A todos! El profeta (I lectura) invita a todos a beber agua, vino y leche en abundancia, “sin dinero, sin pagar” (v. 1), promete que comerán y comerán bien. El Salmo responsorial insiste sobre la ternura y bondad del Señor, que es clemente y misericordioso con todos, sacia de favores a todo viviente y está cerca de los que lo invocan con corazón sincero. El apóstol Pablo (II lectura) afirma con entusiasmo que ninguna criatura nos podrá apartar del amor de Cristo, porque en todo “vencemos fácilmente por Aquel que nos ha amado” (v. 37). Un signo tangible de esa abundancia es la multiplicación de los panes y peces (Evangelio), en la que todos comieron “hasta quedar satisfechos”, y hasta sobró.

Para las primeras comunidades cristianas la multiplicación de los panes fue un acontecimiento extraordinario. Los cuatro evangelistas nos lo narran hasta seis veces. La inicial situación de carencia (es tarde, lugar desértico, falta de comida y de dinero, cantidad de gente…) queda superada por la compasión de Jesús hacia el gentío (v. 14). Él no duda en renunciar incluso al tiempo de luto por la muerte de su amigo y pariente Juan el Bautista (v. 13), activa su poder milagroso y el compartir, a fin de que el alimento llegue a todos, y con abundancia. La primera reacción de Jesús es la compasión, le empatía con la gente: capta su cansancio, la desesperación, los escucha, sana sus enfermos (v.14). Después decide tomar una solución innovadora, ejemplar.

Para resolver el problema de la gente hambrienta, la primera reacción suele ser superficial: ‘vayan a comprarse algo, cada uno se las arregle…’ También los discípulos piensan en dos soluciones: despedirlos o comprar… Jesús se opone a estas dos propuestas. “Jesús no despide a la gente, jamás ha despedido a nadie. Los discípulos hablan de comprar, Jesús habla de dar. Abre una nueva manera de ser: dar sin calcular, dar sin pedir, generosamente, gratuitamente. Cuando mi pan se convierte en nuestro pan, el don es semilla de milagro” (Hermes Ronchi). Jesús involucra a los discípulos y los compromete en la solución del problema: “Denles ustedes de comer” (v. 16). El milagro comienza a partir de lo poco que los discípulos ofrecen: cinco panes y dos peces, que en las manos de Jesús se convierten en muchos, hasta sobreabundar. Comprar se sustituye con compartir. El sistema de comprar crea afortunados y desafortunados: los hay que pueden y otros que no pueden. Según el Evangelio la palabra de orden es: ¡compartir!

Jesús quiere que los discípulos tomen conciencia de ello; que busquen con creatividad y audacia las soluciones posibles. ¡Sin descargar sobre otros y sin retrasos! Solamente en la lógica del compartir es posible superar problemas tan graves como el hambre en el mundo, las enfermedades endémicas… Donde no hay compartir prevalece la lógica de la acumulación, por la cual la mayor multiplicación de bienes acaba en las manos de pocas personas. Donde no hay compartir impera el egoísmo. Son frecuentes los llamados de los Papas a la solidaridad y al compartir, con documentos, en las cumbres de la FAO, de los G8 y en otras ocasiones, levantando la voz contra el escándalo del hambre y en favor de los pobres de la tierra, especialmente de África, continente a menudo postergado y muy necesitado.

Sobre los arenales de Villa El Salvador, en la periferia del sur de Lima (Perú), la mañana del 5 de febrero de 1985, el Santo Papa Juan Pablo II se reunió con un millón de pobres. Durante la liturgia de la Palabra, se proclamó el Evangelio de la multiplicación de los panes y el Papa pronunció su homilía. Al final del encuentro, visiblemente emocionado por el comportamiento humilde y devoto de esa muchedumbre, improvisó una síntesis de su mensaje con estas palabras: “Hambre de Dios, SÍ. Hambre de pan, NO”. Inmediatamente esta síntesis misionera dio la vuelta al mundo y quedó grabada también en el monumento que recuerda, para perpetua memoria, esa visita del Papa. Se trata de una síntesis que explica y sustenta el trabajo misionero: una tarea exigente para fomentar el hambre de Dios y acabar con el hambre de pan.

Las palabras y los gestos de Jesús en la multiplicación de los panes son los mismos de la Última Cena; por tanto, el milagro tiene una evidente referencia a la Eucaristía, sobre todo en cuanto banquete del Pan de vida que se parte y se multiplica para todos. También la misión es pan partido para la vida del mundo. Eucaristía, misión y compartir constituyen un trinomio inseparable. La Eucaristía es el banquete de los pueblos: la misión convoca a todas las gentes para este banquete de la Vida de gracia; y estimula a compartir de manera fraterna y solidaria, para que haya pan sobre la mesa de todos. Nosotros los cristianos, que nos alimentamos con el pan de la Palabra y de la Eucaristía, y a menudo estamos hartos del pan sobre la mesa, estamos fuertemente interpelados para un mayor compromiso con la misión y con la sustentación de los pobres.

La mejor manera de participar en la Eucaristía es hacer de nuestra vida un don, es hacerse pan partido para los demás. Aquel muchacho dio de lo suyo (su comida) y se hizo solidario con todos. La Eucaristía que celebramos se convierte en signo auténtico de un mundo que cambia, cuando mi pan se convierte en pan nuestro. Oremos “que el pan multiplicado por la Providencia sea partido en la caridad” y que nos abramos “al diálogo y al servicio hacia todos” (Oración colecta). ¡Para que todos tengan Vida en abundancia! (Jn 10,10).