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XXVI Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: ¿Qué opinan de esto? Un hombre que tenía dos hijos fue a ver al primero y le ordenó: ‘Hijo, ve a trabajar hoy en la viña’. Él le contestó: ‘Ya voy, señor’, pero no fue. El padre se dirigió al segundo y le dijo lo mismo. Este le respondió: ‘No quiero ir’, pero se arrepintió y fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?”. Ellos le respondieron: “El segundo”.
Entonces Jesús les dijo: “Yo les aseguro que los publicanos y las prostitutas se les han adelantado en el camino del Reino de Dios. Porque vino a ustedes Juan, predicó el camino de la justicia y no le creyeron; en cambio, los publicanos y las prostitutas sí le creyeron; ustedes, ni siquiera después de haber visto, se han arrepentido ni han creído en él”.

(Mateo 21, 28-32)


¿Cuál de los dos hizo la voluntad del Padre?
P. Enrique Sánchez G. mccj

¿Cuál de los dos hizo la voluntad del Padre? Esta pregunta parece estar en el centro de nuestro texto del evangelio este domingo y seguramente nos sentimos en condiciones de dar una respuesta tajante y precisa. El segundo, por su puesto.

Pero resulta que si nos detenemos un poquito a meditar sobre lo que acontece en esta pequeña historia nos damos cuenta de que algo se mueve también en lo profundo de nuestro corazón, pues se refiere a una experiencia que muchas veces nos toca vivir.

Muchas personas se han encontrado confrontadas con una situación parecida en algún momento de su vida. Se nos ha pedido algo y con mucha facilidad y sin pensarlo demasiado damos una respuesta y después resulta que no cumplimos con la palabra dada.

A veces, por salir de una situación y para no tener que dar muchas explicaciones, se responde sin tomar en cuenta a qué nos comprometemos. Decimos algo y luego no lo cumplimos por muchas razones.

Así sucedió con el primero de los hijos de este hombre que, a lo mejor, para que su padre no lo estuviera molestando respondió diciendo, sí ya voy, pero no lo hizo, no fue.

El evangelio nos ayuda a tomar conciencia de que muchas veces podemos decir con las palabras muchas cosas y al mismo tiempo es fácil tomar compromisos que sin dificultad olvidamos o de los cuales nos desentendemos.

En la vida no bastan las palabras, es necesario que vayan acompañadas de los hechos. Incluso sabemos que dice más una acción, una obra realizada con amor, que mil palabras que se lleva el viento.

En este sentido, el evangelio nos ayuda a tomar conciencia de la importancia que tiene la coherencia en nuestra vida.

Nos invita a decir lo que llevamos en el corazón con las obras y con los hechos que quedarán ahí, en la vida de los demás, como huellas que no se pueden borrar.

El evangelio nos ayuda a entender también la importancia que puede tener la humildad que nos permite volver sobre nuestros pasos cuando hemos hecho o vivido algo que exige un arrepentimiento, una conversión o simplemente una corrección.

Todos podemos equivocarnos en algún momento de nuestra vida y eso no es grave, lo triste es cuando nos quedamos ahí atorados, pensando que todo puede pasar sin que los demás lo perciban ni se den cuenta.

Es decir, cuando nos instalamos en un modo de actuar que no es honesto o coherente con lo que decimos o lo que pretendemos enseñar a los demás.

Volver sobre nuestros pasos cuando nos hemos dado cuenta de que no hemos hecho algo correcto, eso no es un defecto o una debilidad, es más bien una muestra de riqueza interior que nos permite descubrir que también de los errores y de las fallas se aprende.

El segundo de los hijos, aunque había dado una respuesta equivocada o inapropiada, tuvo el valor de reconsiderar lo que había hecho y supo poner remedio, actuando como era justo desde un principio.

Eso hizo que su recuerdo quedará para siempre en esta página del evangelio como un ejemplo que nos ayuda a tomar conciencia de la importancia que tiene en la vida la coherencia.

El evangelio subraya también algo que es muy importante en la actitud del segundo hijo y que marca la diferencia y lo muestra como modelo a seguir.

Dice el evangelio que se arrepintió y fue a la viña, como su padre se lo había pedido.

El arrepentimiento, como capacidad de saber volver sobre sus pasos, es una virtud que nos ayuda a descubrir lo que realmente vale la pena en la vida.

Es lo que aleja de la pretensión de tener siempre la razón y nos impide instalarnos en la actitud arrogante que no nos permite que lo grande de este mundo pasa a través de los pequeños gestos de sencillez y de humildad, del reconocimiento de la necesidad que tenemos de los demás.

Aunque la respuesta parece evidente, es interesante saber por qué Jesús pregunta ¿cuál de los dos hijos hizo lo que era correcto y conveniente?

Con su pregunta nos ayuda a entender que en la vida, muchas veces, las apariencias engañan y nos podemos encontrar con personas que son muy elocuentes, pero que sus acciones dejan mucho que desear.

Sabemos que Jesús era alguien que luchaba abiertamente contra aquellos que decían muchas palabras, pero que luego eran incapaces de cumplirlas. Como era el caso de los maestros de la ley, quienes eran muy hábiles para cargar sobre la espalda de los demás lo más riguroso de la ley, pero ellos no eran capaces de hacer nada por cumplirla.

Así pues, está claro que Jesús quiere enseñar a sus discípulos a estar atentos para no juzgar por las apariencias, pues nos podemos equivocar rotundamente.

La mención de las prostitutas y los publicanos como personas que preceden a la entrada en el Reino de los cielos, no quiere decir que por lo que eran tenían un pase privilegiado, sino que Jesús sabía que muchos de ellos estaban en una actitud de acogida de su mensaje que no encontraba en muchos de los que por tradición o por conocimientos deberían estar más dispuestos a reconocerlo como el salvador.

Creo que no es difícil darnos cuenta que también en nuestros días estamos expuestos a dejarnos llevar por una forma de pensar que juzga por las apariencias, sin conocer lo que realmente existe en el corazón de las personas.

En nuestras criticas y en la manera de clasificar a las personas, pensamos que alguien que se presenta con ropa sencilla o porque no demuestra tener una grande elocuencia en su manera de hablar o de comunicarse con los demás ya está listo para ser catalogado entre las personas que hay que excluir y evitar.

Y qué sorpresas nos llevamos, pues cuando abrimos el corazón a los demás sin enjuiciarlos nos encontramos con tesoros de personas que nos enriquecen sin necesidad de mucho hablar.

Seguramente, el evangelio de este domingo no nos dejará tranquilos hasta que nos demos cuenta si somos de las personas que se llenan la boca de palabras, que son capaces de elaborar discursos muy bien equilibrados y elocuentes, o si somos de las personas que sabemos guardar silencio para que nuestras obras den testimonio de lo que llevamos en el corazón.

Qué nuestra caridad se manifieste sin necesidad de muchas palabras y que el Señor nos conceda la gracia de volver sobre nuestros pasos cuando sea necesario.


¡Se busca un tercer hijo!
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

Hoy escuchamos la segunda parábola relacionada con la viña. El domingo pasado se hablaba de jornaleros llamados a trabajar en la viña; hoy, en cambio, se trata de dos hijos a quienes el padre invita a ir a ella.

1. ¡Un Dios que lo trastoca todo!

«¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se dirigió al primero y le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña”. Él respondió: “No quiero”. Pero después se arrepintió y fue. Se dirigió al segundo y le dijo lo mismo. Este respondió: “Sí, señor”. Pero no fue. ¿Cuál de los dos cumplió la voluntad del padre?». Respondieron: «El primero».

¿Quiénes son estos dos hijos? Jesús los identifica claramente. El primero, que dice NO pero después cambia de parecer, representa a los publicanos y a las prostitutas, las dos categorías de pecadores más despreciadas, consideradas “inconvertibles” y acusadas de retrasar la llegada del Reino de Dios.

El segundo representa a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, a quienes Jesús se está dirigiendo. A estos podríamos añadir los escribas y los fariseos, tantas veces reprendidos por Jesús: aquellos que se consideraban justos y, por consiguiente, no necesitados de conversión.

Pues bien, a estos, cuyo SÍ es en realidad un NO, a quienes «dicen y no hacen» (Mateo 23,3), Jesús dirige una afirmación escandalosa, hiriente: «En verdad os digo: los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios».

¡Realmente hay que decir que Dios no respeta nuestros esquemas, nuestras categorías, nuestros criterios de orden y de valor!

2. ¿En cuál de los hijos me veo reflejado?

¿Con cuál de los dos hijos nos identificamos? Quizá sintamos cierto malestar al tener que escoger uno u otro. ¡Nos haría falta un tercer hijo, uno que diga SÍ y vaya de verdad a la viña! Sin embargo, este tercer hijo ideal no existe. O mejor dicho: sí existe, pero no somos nosotros. Es Cristo, cuya vida fue un SÍ: «En él se realizó el “sí”. Pues todas las promesas de Dios han alcanzado su “sí” en él» (2 Corintios 1,19-20).

Pero la Palabra nos obliga a confrontarnos con estos dos hijos. Si lo pensamos bien, los dos conviven dentro de nosotros. Goethe decía: «Dos almas habitan, ¡ay!, en mi pecho». Por lo demás, el mismo Pablo dijo: «No logro entender lo que hago, pues no hago lo que quiero, sino lo que detesto» (Romanos 7,15).

También nosotros hablamos muchas veces «con doble corazón», como dice el salmista (Salmo 12,3). ¡Cuántas veces invocamos «Señor, Señor» (Mateo 7,21), y cuántos Amenes —es decir, cuántos SÍES— pronunciamos que contrastan con nuestra vida concreta!

Cada mañana, cada día, digo SÍ al Señor escuchando su Palabra. ¿Y después? Después el día es otra cosa completamente distinta. Claro. Pero ¿cómo podría decir NO al Padre?

Me sucede un poco como en algunas culturas africanas en las que he trabajado, donde sería una falta de respeto decir NO. Como mucho, te dicen: «Mañana». Y ese «mañana», ya lo sabes, significa NO.

Así hago yo también con Dios: ¡cortésmente desobediente!

Las fronteras entre nuestros SÍES y nuestros NOES son muy difusas. Comenta el padre Ermes Ronchi: «Un hombre tenía dos hijos. Y se podría decir: un hombre tenía dos corazones. Porque aquellos dos hijos son nuestro corazón dividido, un corazón que dice sí y dice no, un corazón que dice algo y luego se contradice… Una de las oraciones más importantes de los salmos pide: Señor, dame un corazón íntegro; haz que no tenga dos corazones en lucha entre sí; dame un corazón unificado (cf. Salmo 101)».

3. ¿Quién es mi hermano?

¡Dos hijos, dos hermanos! Sí, porque la filiación crea fraternidad.

¿Quién es mi hermano? Quizá aquel que tiene la osadía de decir NO, que aprecia su libertad frente a cualquier vínculo, un rebelde. Pienso en quien se declara indiferente o no practicante, no creyente… Sin embargo, con gran sorpresa, lo encuentro trabajando en la viña de la solidaridad y de la fraternidad, luchando por un mundo mejor.

«¿Qué os parece?… ¿Cuál de los dos cumplió la voluntad del padre?» Yo también respondo: «El primero», es decir, aquel a quien yo consideraba lejano y que pensaba que no se preocupaba en absoluto por la viña.

4. ¡Se busca al tercer hijo y hermano!

Alguien ha imaginado la presencia de un tercer hijo en la parábola. Este había oído al Padre invitar a sus dos hermanos y, en silencio, sin decir una sola palabra, había ido a trabajar en la viña.

No sé si habéis encontrado alguna vez a este tercer hermano. Yo lo he encontrado muchas veces en nuestras comunidades: hermanos discretos, generosos, disponibles y diligentes que, sin hacerse notar ni tener que ser rogados, hacen que encontremos las cosas ya hechas. Son una bendición para una comunidad. Es una pena que muchas veces solo nos demos cuenta de ello cuando ya no están.

En las familias suele haber alguien que asume este papel —muy a menudo han sido, y siguen siendo, las madres—. Pues bien, este tercer hijo o esta tercera hija hace presente la figura de Jesús, «el que está en medio de nosotros como el que sirve» (cf. Lucas 22,27). El Padre busca hijos e hijas así: «los verdaderos adoradores» (cf. Juan 4,23).

Para la reflexión y la oración personal

  • «Vosotros decís: “No es justo el proceder del Señor”» (Ezequiel 18,25-28, primera lectura).
    ¡Cuántas veces lo he pensado también yo en mi moralismo satisfecho! Conviérteme, Señor, a tu manera de actuar.
  • «Cada uno de vosotros, con toda humildad, considere a los demás superiores a sí mismo» (Filipenses 2,1-11, segunda lectura).
    Líbrame, Señor, de la envidia y haz que mi corazón se alegre del bien de los demás.
  • «En verdad os digo: los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios» (Evangelio).
    Despójame, Señor, de mis pretensiones de superioridad. Haz que me maraville al verme adelantado por los últimos de la fila y que vaya contento a ocupar «el último puesto» (Lucas 14,9).

Cada día es el HOY de la parábola:
«Hijo, hoy ve a trabajar en la viña».


Por delante de nosotros
José Antonio Pagola

Un día, Jesús pronunció estas duras palabras contra los dirigentes religiosos de su pueblo: «Os aseguro que los publicanos y las prostitutas entrarán antes que vosotros en el reino de Dios». Hace unos años pude comprobar que la afirmación de Jesús no es una exageración.

Un grupo de prostitutas de diferentes países, acompañadas por algunas Hermanas Oblatas, reflexionaron sobre Jesús con la ayuda de mi libro Jesús. Aproximación histórica. Todavía me conmueve la fuerza y el atractivo que tiene Jesús para estas mujeres de alma sencilla y corazón bueno. Rescato algunos de sus testimonios.

«Me sentía sucia, vacía y poca cosa, todo el mundo me usaba. Ahora me siento con ganas de seguir viviendo, porque Dios sabe mucho de mi sufrimiento […] Dios está dentro de mí. Dios está dentro de mí. Dios está dentro de mí. ¡Este Jesús me entiende…!».

«Ahora, cuando llego a casa después del trabajo, me lavo con agua muy caliente para arrancar de mi piel la suciedad y después le rezo a este Jesús porque él sí me entiende y sabe mucho de mi sufrimiento […] Jesús, quiero cambiar de vida, guíame, porque tú solo conoces mi futuro».

«Yo pido a Jesús todo el día que me aparte de este modo de vida. Siempre que me ocurre algo yo le llamo y él me ayuda. Él está cerca de mí, es maravilloso […] Él me lleva en sus manos, él carga conmigo, siento su presencia».

«En la madrugada es cuando más hablo con él. Él me escucha mejor, porque en este horario la gente duerme. Él está aquí, no duerme. Él siempre está aquí. A puerta cerrada me arrodillo y le pido que merezca su ayuda, que me perdone, que yo lucharé por él».

«Un día, yo estaba sentada en la plaza y dije: “Oh, Dios mío, ¿será que yo solo sirvo para esto? ¿Solo para la prostitución?” […] Entonces es el momento en que más sentí a Dios cargando conmigo, ¿entendiste?, transformándome. Fue en aquel momento. Tanto que yo no me olvido. ¿Entendiste?».

«Yo ahora hablo con Jesús y le digo: aquí estoy, acompáñame. Tú viste lo que le sucedió a mi compañera [se refiere a una compañera asesinada en un hotel]. Te ruego por ella y pido que nada malo les suceda a mis compañeras. Yo no hablo, pero pido por ellas, pues ellas son personas como yo».

«Estoy furiosa, triste, dolida, rechazada, nadie me quiere, no sé a quién culpar, o sería mejor odiar a la gente y a mí, o al mundo. Fíjate, desde que era niña yo creí en ti y has permitido que esto me pasara. Te doy otra oportunidad para protegerme ahora. Bien, yo te perdono, pero, por favor, no me dejes de nuevo».

¿Qué misterio se encierra en Jesús para tener ese poder en el corazón de las personas? Cómo cambiaría la vida de muchos si le conocieran mejor.


“¡Vete hoy a trabajar…!”
Actualidad de la misión
Romeo Ballan, mccj

Un padre, dos hijos, una hacienda familiar que llevar adelante con el trabajo de todos, haciendo equipo, sin echarse atrás… Es la escena que Jesús presenta en la parábola (Evangelio), con la invitación-mandato a ir a trabajar en la viña. Es decir, para el crecimiento del Reino de Dios en el mundo. Retorna aquí el mensaje del domingo pasado sobre el trabajo en el campo de Dios, la conversión del corazón, la gratuidad del amor y del servicio, la aceptación del plan de Dios Padre… El Señor no se conforma con palabras, se fija en los frutos: “No todo el que me diga: ‘Señor, Señor’, entrará en el Reino de los cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial” (Mt 7,21). La palabra de Jesús y el mensaje de la parábola suenan como una fuerte llamada a la conversión, a la coherencia entre fe y obras. Una llamada que aparece evidente en los frecuentes debates-polémicas entre Jesús y los fariseos. Cuando Mateo, algunas décadas después de la muerte y resurrección de Jesús, escribía estos textos, las comunidades cristianas estaban ya formadas principalmente por personas procedentes del paganismo, mientras que la mayoría de los hijos de Israel no había reconocido en Jesús al Mesías prometido, y, por tanto, había rehusado entrar en la viña.

La profecía de Jesús ya se había hecho realidad: “Los publicanos y las prostitutas les llevan la delantera en el camino del Reino de Dios” (v. 31). Esta palabra no da pie a una gradación de mérito o de lugares privilegiados, indica tan solo una precedencia en la disponibilidad y apertura a la novedad de Dios. Jesús no quiere elogiar la prostitución, sino más bien elogiar a quien tiene el valor de cambiar su vida, de convertirse, como la adúltera, como Mateo y Zaqueo. La parábola nos garantiza que nuestro Padre bueno acepta que uno se atrase y necesite tiempo para recapacitar, acoge incluso a aquellos que parecen los más indignos, si creen y se arrepienten (v. 32). Porque Él es un Dios especial, que manifiesta su poder sobre todo con el perdón y la misericordia.

Los dos hijos de la parábola son dos pueblos (Israel y los paganos), son dos corazones con diversas vicisitudes, son dos caras de la misma moneda. En realidad, los dos hijos somos cada uno de nosotros, con nuestros altibajos e incoherencias, en una mixtura de Sí y de No, entre tiempos de fidelidad y de fragilidad, según los momentos y épocas de la existencia… La fe no se limita a un sentimiento interior, conlleva un estilo de vida, listos para cambiar, emprender un nuevo camino. No basta con decirse creyentes, hace falta ser creíbles. Ya a finales del primer siglo cristiano (hace unos 1.900 años), san Ignacio de Antioquía escribía: “Es mejor ser cristianos sin decirlo, que decirlo sin serlo”.

Además de los dos hijos de la parábola con su Sí y No, hay un tercer hijo, que no somos nosotros: es Jesús, Hijo del Padre, que conoce y realiza una sola palabra: el Sí de Dios para la salvación de la humanidad (cfr. 2Cor 1,19; Mt 11,26). El grandioso himno cristológico en la carta de San Pablo a los Filipenses (II lectura) es una contemplación orante del misterio de Cristo Jesús: Él es Dios como el Padre y el Espíritu, pero se anonada, se despoja de su rango, toma la condición de siervo obediente, se humilla hasta la muerte de cruz. Pero Dios lo exalta por encima de todos, hasta el punto de que toda lengua proclame que “Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre” (v. 11). Cristo no se ha encerrado en sus intereses, ha buscado el interés de los demás (v. 4): Él, el Misionero del Padre, ha entregado su vida por todos; por tanto, todo cristiano, cada misionero está llamado a seguir su ejemplo, asumiendo los sentimientos de Cristo Jesús (v. 5): amor, humildad, compasión, entrega total. Él es el camino de la misión.

La orden del padre a los hijos es clara: “Hijo, vete hoy a trabajar a la viña” (v. 28). Esta escena agrícola está en conexión con otra invitación de Jesús a hacerse cargo de la mies ya madura: “Alcen sus ojos y vean los campos que blanquean ya para la siega” (Jn 4,35). Se trata de una mies abundante, para la cual, lamentablemente, faltan obreros (cfr. Mt 9,37). La orden es clara y plenamente actual: “Hijo, vete hoy…” Es una orden para nuestro tiempo. ¡Es para hoy! Las necesidades son cuantiosas y urgentes: en la Jornada mundial del migrante y del refugiado, al comienzo del octubre misionero y cercanos ya al DOMUND, es fácil identificar la viña de la parábola con el mundo de las misiones, donde el trabajo por el anuncio del Evangelio es proverbialmente inmenso, mientras que las fuerzas disponibles – personas y medios – escasean. La orden de Jesús es semejante a la invitación que el sacerdote dirige a los fieles al final de la Misa: vayan en paz a realizar la misión. En latín se decía: ‘Ite, missa est’, que equivale a: ‘Ite, missio est’; es decir: “Vayan. ¡Es la hora de la Misión!Jesucristo espera de cada uno una respuesta personal, libre, generosa y coherente.


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El otoño: tiempo de madurez, cosecha y esperanza. Oraciones para el otoño de la vida

El otoño es una de las cuatro estaciones del año y, en el hemisferio norte, marca el paso del calor y de la abundante luz del verano hacia el frío y la oscuridad del invierno. Astronómicamente comienza con el equinoccio de otoño, que se produce normalmente entre el 22 y el 23 de septiembre, cuando el día y la noche tienen aproximadamente la misma duración. El otoño termina con el solsticio de invierno, alrededor del 21 o 22 de diciembre. Desde el punto de vista meteorológico, en cambio, se considera otoño el período comprendido entre el 1 de septiembre y el 30 de noviembre.

Las características del otoño

El otoño es una estación de transformación. Poco a poco disminuyen las horas de luz, las temperaturas bajan y la naturaleza cambia de aspecto. Las hojas de muchos árboles pierden la clorofila, mostrando colores amarillos, ocres, rojos y dorados antes de caer al suelo.

Es también el tiempo de muchas cosechas. Se recogen uvas, manzanas, peras, calabazas, nueces, castañas y numerosos frutos de la tierra. En las regiones vitivinícolas es el tiempo de la vendimia y del vino nuevo.

La naturaleza parece entrar lentamente en un período de descanso. Algunos animales acumulan reservas para el invierno, otros se preparan para la hibernación y numerosas aves migratorias emprenden largos viajes hacia regiones más cálidas.

Por eso el otoño une dos realidades aparentemente opuestas: abundancia y desprendimiento. Es el tiempo de recoger los frutos, pero también el tiempo en que los árboles dejan caer sus hojas.

El otoño y las edades de la vida

Desde la Antigüedad, las cuatro estaciones han sido utilizadas como símbolo de las diferentes edades de la existencia humana.

La primavera representa el nacimiento y la infancia; el verano, la juventud y la plenitud de las fuerzas; el otoño representa sobre todo la madurez de la vida; y el invierno suele simbolizar la vejez y la etapa final de la existencia.

Sin embargo, las fronteras no son rígidas. El otoño puede representar también los primeros años de la vejez, cuando una persona empieza a mirar su existencia desde una perspectiva diferente.

Hablar del “otoño de la vida” no significa hablar solamente de decadencia. Al contrario, la imagen de la cosecha permite comprender esta etapa como el tiempo en que se recogen los frutos de todo lo vivido.

Es el tiempo de la experiencia, de la memoria, de una sabiduría que ya no necesita demostrar continuamente su propia fuerza. Muchas cosas que durante la juventud parecían indispensables empiezan a perder importancia, mientras que adquieren mayor valor los afectos, la amistad, la familia, la reconciliación, la fe y el tiempo compartido.

Como los árboles dejan caer sus hojas, también la persona está llamada, poco a poco, a aprender el arte del desprendimiento: dejar algunas responsabilidades, aceptar los propios límites, perdonar antiguas heridas y renunciar a aquello que ya no puede controlar.

Pero el árbol que pierde las hojas no está muerto. En su interior conserva la vida y prepara silenciosamente una nueva primavera. Por ello el otoño puede convertirse también en símbolo de esperanza.

Costumbres y tradiciones del otoño

Muchas costumbres otoñales nacieron de la antigua relación entre el ser humano y los ciclos de la agricultura.

Las fiestas de la vendimia y de la cosecha expresan la alegría por los frutos recibidos después de meses de trabajo. En muchos lugares existen fiestas dedicadas al vino nuevo, las castañas, las manzanas, las calabazas y otros productos de temporada.

El otoño invita también a recuperar una vida más interior. Los días se acortan, se pasa más tiempo en casa y el ritmo de la naturaleza parece sugerir mayor calma y recogimiento.

Caminar entre los árboles, observar las hojas que caen o contemplar un campo después de la cosecha puede convertirse en una sencilla escuela espiritual. La naturaleza recuerda que no todo consiste en producir continuamente. Existe un tiempo para crecer, un tiempo para dar fruto y también un tiempo para detenerse, agradecer y dejar ir.

El otoño en la tradición cristiana

El simbolismo del otoño posee una profunda afinidad con la espiritualidad cristiana.

La Biblia utiliza frecuentemente imágenes relacionadas con la semilla, la viña, la cosecha y los frutos. La vida humana aparece como un terreno que Dios cultiva y en el cual cada persona está llamada a producir frutos de amor, justicia, misericordia y fidelidad.

El otoño puede convertirse entonces en una pregunta espiritual: ¿qué frutos ha producido mi vida?

No se trata solamente de éxitos visibles. Para el cristiano, los frutos más importantes pueden ser silenciosos: una persona perdonada, un hijo acompañado, una amistad conservada durante años, una oración perseverante, una enfermedad afrontada con confianza, un servicio realizado sin reconocimiento.

Durante el otoño del hemisferio norte se celebran además varias fiestas cristianas especialmente significativas.

El 29 de septiembre, la tradición católica celebra a los santos arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael. El 4 de octubre, san Francisco de Asís recuerda de manera particular la fraternidad con todas las criaturas y el respeto por la creación.

El mes de octubre posee también una fuerte tradición mariana y, particularmente en la Iglesia católica, está asociado a la oración del Rosario.

Al comienzo de noviembre llegan dos celebraciones profundamente relacionadas con los grandes temas del otoño. El 1 de noviembre, solemnidad de Todos los Santos, recuerda la vocación de cada persona a la santidad y contempla la multitud de hombres y mujeres que han alcanzado la plenitud de la vida en Dios.

El 2 de noviembre, conmemoración de los fieles difuntos, lleva a recordar a quienes nos han precedido. En un tiempo del año en que la naturaleza parece apagarse, la fe cristiana proclama que la muerte no posee la última palabra.

Hacia el final del año litúrgico se celebra también la solemnidad de Cristo Rey, y poco después comienza el Adviento. Así, mientras la naturaleza del hemisferio norte entra en el período más oscuro del año, la liturgia cristiana comienza a hablar de espera, vigilancia y de una luz que está por llegar.

Este contraste es particularmente hermoso: precisamente cuando los días se hacen más cortos, el cristianismo invita a esperar la Luz.

El otoño de la vida desde la fe cristiana

Para una persona que entra en el otoño de su existencia, la espiritualidad cristiana propone no solamente mirar hacia atrás, sino también hacia delante.

Existe un momento para preguntarse qué se ha realizado, pero también qué queda todavía por ofrecer.

Una persona mayor puede quizá hacer menos cosas que antes, pero puede convertirse cada vez más en presencia, memoria, consejo, oración y bendición para los demás.

En este sentido, envejecer puede ser entendido como un proceso de simplificación interior. Como el árbol que se desprende de sus hojas, la persona aprende progresivamente a distinguir aquello que permanece de aquello que pasa.

La fe cristiana añade además una dimensión esencial: el otoño no conduce simplemente al invierno. Después del invierno existe una primavera.

Por eso el ciclo de las estaciones puede convertirse en una imagen de la esperanza cristiana en la resurrección.

La semilla desaparece bajo la tierra, pero prepara una vida nueva.



Oraciones para el otoño de la vida

Oración de agradecimiento por los frutos recibidos

Señor Dios,

al entrar en el otoño de mi vida,
quiero detenerme un momento
para contemplar el camino recorrido.

Gracias por las personas que has puesto a mi lado,
por los días luminosos
y también por aquellos que me enseñaron a caminar en la oscuridad.

Gracias por el amor que he recibido
y por el amor que he podido ofrecer.

Gracias por mis trabajos, mis alegrías,
mis errores y mis nuevos comienzos.

Como el campesino contempla su campo después de la cosecha,
enséñame a reconocer los frutos
que tu gracia ha hecho crecer en mi vida.

Y allí donde todavía encuentre tierra árida,
dame tiempo y humildad para sembrar de nuevo.

Amén.

Oración para aprender a dejar ir

Señor,

los árboles del otoño dejan caer sus hojas
sin saber todavía cuándo llegará la primavera.

Enséñame también a mí a desprenderme.

Ayúdame a dejar aquello que ya no necesito,
las antiguas heridas,
los resentimientos,
el deseo de controlar cada cosa
y el miedo ante lo que está por venir.

Dame la libertad de conservar solamente
lo que verdaderamente importa:

la fe,
el amor,
la gratitud,
la amistad
y la esperanza.

Que cada cosa que dejo
haga más espacio en mí para Ti.

Amén.

Oración por la madurez de la vida

Dios de todas las estaciones,

Tú estabas conmigo en la primavera de mi infancia
y en el verano de mi juventud.

Permanece conmigo ahora
en el otoño de mi vida.

Haz que los años no sean solamente tiempo que pasa,
sino sabiduría que crece.

Dame serenidad para aceptar mis límites,
humildad para pedir ayuda,
generosidad para compartir mi experiencia
y un corazón todavía capaz de sorprenderse.

Que nunca piense que mi misión ha terminado.

Muéstrame cada día
a quién puedo escuchar,
a quién puedo consolar,
por quién puedo rezar
y qué semilla de bien puedo todavía plantar.

Amén.

Oración en memoria de quienes ya no están

Señor de la vida,

en estos días en que las hojas caen
recordamos especialmente
a las personas que caminaron junto a nosotros
y que ya no podemos ver.

Gracias por todo lo que recibimos de ellas.

Guarda sus nombres, sus rostros
y sus historias en nuestro corazón.

Cuando su ausencia nos duela,
haz que la memoria se transforme en gratitud.

Y cuando pensemos en nuestra propia muerte,
líbranos del miedo que paraliza.

Danos la esperanza de creer
que nuestra historia no termina en la tumba
y que nada de lo vivido en el amor
se pierde para siempre.

Acoge a nuestros difuntos en tu paz
y condúcenos un día hacia la plenitud de tu vida.

Amén.

Oración breve para cada mañana de otoño

Señor,

gracias por este nuevo día.

Enséñame a recibirlo
como se recibe un fruto maduro:
con gratitud.

Que sepa guardar lo que es bueno,
dejar caer lo que ya no sirve
y confiarte aquello que no puedo cambiar.

Haz fecundo también este día de mi vida.

Amén.

P. Manuel João Pereira Correia, MCCJ
comboni2000.0rg

Obispos combonianos: «Es del corazón de donde nace la misión»

Dieciséis de los 23 obispos combonianos al servicio de las Iglesias locales en África y América Latina se reunieron en Roma, del 16 al 21 de septiembre, para un encuentro de formación y compartir, dejando también un mensaje a la Familia Comboniana en este tiempo de reconfiguración.
MENSAJE DE LOS OBISPOS COMBONIANOS
A LA FAMILIA COMBONIANA

«Al ver a las multitudes, sintió compasión de ellas» Mt 9,36

Queridos hermanos y hermanas,

nosotros, los obispos combonianos, nos reunimos en la Casa General de los Misioneros Combonianos del Corazón de Jesús para un momento de formación permanente y diálogo. Con esta carta queremos, ante todo, expresar nuestra profunda gratitud por esta oportunidad de encuentro y por la acogida en la Casa General. Estar aquí, en la casa que custodia la memoria y el camino del Instituto, nos permite compartir no solo un momento institucional, sino sobre todo una fraternidad comboniana que nace de la misma llamada misionera.

Queremos dar gracias por el don de la vocación misionera en nuestros Institutos, por el servicio que tantos hermanos y hermanas ofrecen a la Iglesia en los diferentes continentes y, sobre todo, por el testimonio de tantos misioneros y misioneras que, a menudo en silencio y en situaciones difíciles, continúan viviendo con fidelidad el carisma de Comboni, participando en la misión de Cristo allí donde la Iglesia está llamada a hacerse presencia, escucha, reconciliación y esperanza.

Quisiéramos compartir con vosotros una palabra que nos parece particularmente importante para este momento de nuestros Institutos y de la misión: el corazón. El papa Francisco, en Dilexit nos, nos invitó a volver al corazón. No como refugio intimista, sino como el lugar en el que la persona recupera su unidad, reconoce lo que verdaderamente importa y se abre al encuentro con Dios y con los demás. El papa León, con Dilexi te, ha profundizado este tema hablando de la necesidad del amor hacia los pobres. El mundo necesita hoy, como siempre, una Iglesia que no pone límites al amor, que no conoce enemigos a los que combatir, sino sólo hombres y mujeres a los que amar (DT 120). El amor a los pobres es la garantía evangélica de una Iglesia fiel al corazón de Dios (DT 103).

Es del corazón de donde nace la misión. Y quizá precisamente aquí se encuentra uno de los desafíos más profundos que hoy tenemos ante nosotros: renovar la misión significa, ante todo, dejarnos renovar el corazón. En un tiempo de cambios epocales, también nuestros Institutos están atravesando profundas transformaciones y sienten la necesidad de repensar las estructuras y las modalidades de acción. La misión nos pide decisiones valientes. Pero toda reorganización adquiere su verdadero significado cuando nace de la escucha de la llamada de Dios y permanece orientada al bien de la misión, sin perder nunca de vista el bien de cada persona.

Por eso no debemos preguntarnos simplemente: ¿cómo podemos seguir haciendo lo que siempre hemos hecho con menos personas y menos recursos? La pregunta más profunda es: ¿qué está pidiendo hoy el Espíritu Santo al carisma comboniano? ¿Qué nueva forma de misión? ¿Qué comprensión renovada de nuestro modo de ser Iglesia? ¿Qué estructuras están realmente al servicio del Evangelio y cuáles, en cambio, corren el riesgo de convertirse en fines en sí mismas? La reorganización de nuestros Institutos es, pues, un camino necesario que debemos afrontar sin miedo y que también puede convertirse en una gracia: la oportunidad de volver a lo esencial y permitir que el carisma recibido de Comboni encuentre nuevas formas, adecuadas a las realidades en las que hoy estamos llamados a vivir. Deseamos que este camino se realice en un estilo de sinodalidad, mediante una relación renovada entre las Iglesias locales y los Institutos de vida consagrada, entre presbíteros y laicos, mujeres y hombres, mayores y jóvenes.

La misión es participación en la misión de Cristo. Y una Iglesia misionera es una Iglesia que no vive para sí misma, sino para los demás. Por eso necesitamos una comprensión renovada de nuestro modo de ser Iglesia. No podemos anunciar la reconciliación si nuestras comunidades no se convierten en lugares de reconciliación. No podemos hablar de paz si no aprendemos a custodiar la paz en nuestras relaciones. No podemos anunciar la fraternidad a un mundo dividido si nosotros mismos no nos convertimos en hermanos capaces de escucharnos, perdonarnos y sostenernos mutuamente.

Por eso quisiéramos también renovar juntos un llamamiento a la paz, al desarme y a la reconciliación. Vivimos en un mundo marcado por guerras, violencia, rearme, polarizaciones y miedo. En muchos de los lugares donde están presentes los misioneros, las poblaciones llevan en el cuerpo y en la memoria las heridas de los conflictos. Como Iglesia no podemos resignarnos a la lógica de la violencia. Y nosotros, los misioneros, estamos llamados a ser artesanos de paz. El desarme no se refiere únicamente a las decisiones políticas e internacionales: también interpela a la conversión del corazón y favorece una disposición no violenta y pacífica en las relaciones. Significa desarmar las manos, pero también las palabras, los juicios, los miedos y las desconfianzas. Una misión reconciliada puede convertirse en semilla de reconciliación.

Durante nuestro encuentro encontramos otra palabra que nos parece decisiva: el cuidado. El cuidado de nosotros mismos, del hermano, de las comunidades eclesiales a las que somos enviados, junto con el cuidado de nuestra casa común. El cuidado no es debilidad ni repliegue sobre nosotros mismos, sino atención amorosa a la vida. Somos conscientes de que el cuidado es parte esencial del ministerio del obispo; por eso pedimos al Señor la sabiduría y la delicadeza necesarias para ser padres acogedores y compañeros de camino de nuestras comunidades. La Iglesia también necesita misioneros que sepan cuidar su vida espiritual, su humanidad, su formación, la profundización de la espiritualidad comboniana, su salud, sus relaciones y su vocación. Un misionero que no se cuida a sí mismo corre el riesgo, con el tiempo, de perder la capacidad de cuidar a los demás. Necesitamos construir comunidades en las que cada uno pueda sentirse acogido, escuchado y acompañado. Necesitamos aprender nuevamente que el hermano no es un obstáculo para la misión: es parte de la misión misma. Y necesitamos cuidar la creación, porque en la belleza de la tierra podemos todavía reconocer algo de la belleza del amor de Dios.

Queridos hermanos y hermanas, mirando el mundo con el corazón de Cristo, ya no vemos solamente problemas que resolver, sino personas a quienes amar, comunidades a las que acompañar en la fe, heridas que vendar y belleza que custodiar. Los tiempos que vivimos no son fáciles, pero si nuestro corazón permanece encendido por el amor de Cristo, entonces, aun en nuestra pobreza, seremos esperanza para el mundo. Pidamos, pues, al Señor que renueve en nosotros el corazón misionero de Comboni. Un corazón capaz de ver, de escuchar, de hacer causa común con quienes sufren y con quienes se alegran, compartiendo sus heridas y sus esperanzas.

Os aseguramos nuestra oración y os pedimos que también recéis por nosotros, para que juntos podamos servir al Pueblo de Dios con humildad y valentía.

Los obispos combonianos

comboni.org

Fallece el P. David Esquivel

Fecha de nacimiento: 06/05/1956
Lugar de nacimiento: Ciudad de México (México)
Votos temporales: 19/04/1980
Votos perpetuos: 30/04/1983
Fecha de ordenación: 08/09/1984
Fecha de fallecimiento: 22/09/2026
Lugar de fallecimiento: Ciudad de México/México

En la mañana del martes 22 de septiembre, el P. David Arturo Esquivel Hernández partió a la casa del Padre a causa de una peritonitis que se agravó fatalmente. El P. David fue operado de urgencia, pero la infección interna se complicó y, tras una segunda intervención, falleció.

El P. David Nació el 6 de mayo de 1956. Acababa de cumplir 70 años. Hizo sus primeros votos el 19 de abril de 1980 y fue destinado al escolasticado de París, Francia, donde estudió la teología. Ordenado sacerdote el 8 de septiembre de 1984, partió a la misión del Chad, donde vivió momentos difíciles a causa de la situación política y de la guerra civil.

En 1990 regresó a México, donde permaneció hasta 1997, año en que fue de nuevo destinado a Chad. En 2010 regresó a México, donde trabajó en la formación de jóvenes postulantes durante unos años. De 2014 a 2017 estuvo en la comunidad comboniana de París y en 2018 regresó de nuevo a Chad.

Desde 2023 estaba de nuevo en México. El 19 de septiembre tuvo que ser operado a causa de una peritonitis. Su delicado estado y una infección posterior a la operación obligaron a los médicos a una segunda intervención. Desgraciadamente nada se pudo hacer por él y falleció el martes 22 de septiembre. Descanse en paz.

Nuestro Centro de Animación Misionera cumple 50 años

Hoy, 21 de septiembre, nuestro Centro de Animación Misionera (CAM), situado en la colonia Tabacalera de Ciudad de México, cumple 50 años. En él se elaboran las revistas Esquila Misional y Aguiluchos, además de la edición de libros y otros materiales de animación misionera.

El CAM fue inaugurado el 21 de septiembre de 1976 en una ceremonia sencilla presidida por el entonces Superior General de los Combonianos, el P. Tarcisio Agostoni. En la ceremonia también estuvieron presentes el embajador de Italia en México, D. Raffaele Marras, numerosos sacerdotes, Damas Combonianas, bienhechores y amigos de los Misioneros Combonianos.

El edificio sufrió graves daños como consecuencia del terrible terremoto de 1985 y tuvo que ser reforzado en su estructura. Hoy sigue funcionando como principal centro de Animación Misionera de los Combonianos en México. Por él han pasado numerosos sacerdotes y hermanos asegurando las tareas de edición de las revistas, administración y contacto con los bienhechores, así como numerosos empleados que han mantenido siempre encendida la llama de la Misión. También se han celebrado en él numerosos actos de animación o de formación misionera.

la comunidad del CAM y los actuales empleados lo han celebrado con una misa de acción de gracias a Dios por este medio siglo de servicio ininterrumpido a la causa misionera. La misa estuvo presidida por el P. Rafael González Ponce, quien fue testigo de los primeros años y que vivió en primera persona los terribles días del terremoto de septiembre de 1985. Durante la misa, el P. Rafael hizo un emotivo recorrido histórico sobre los inicios y los primeros años de funcionamiento del CAM, explicando el contexto social, eclesial y comboniano de aquella época. Tras la misa, los combonianos y los empleados que trabajan en el CAM compartieron una comida fraterna.

El equipo que trabaja actualmente en el CAM con el P. Rafael Ponce y algunos invitados a la fiesta.

Todos los que trabajamos actualmente en este centro agradecemos a Dios por estos 50 años y renovamos nuestro compromiso de seguir dando lo mejor de nosotros mismos para que Esquila Misional y Aguiluchos sigan llegando a todos los hogares de México.

Chad, la misión de las combonianas donde la diversidad es fraternidad

“Quiero una misión católica, universal”: las palabras de san Daniel Comboni se hacen realidad gracias al compromiso de la comunidad internacional de las Hermanas Misioneras Combonianas de Deressia, en el sur del Chad, que acompaña a la población entre educación, salud y formación de las jóvenes.

Por: Hna. Loreta Beccia, SMC
vaticannews.va

Cinco hermanas combonianas: Olga Morales, Raffaella Pironti, Bakita Josephine, Amira William y Elisée Modiri. Tres continentes -América, Europa y África- y cinco países de origen: Guatemala, Italia, Sudán del Sur, Egipto y República Democrática del Congo. Esta es la riqueza de la comunidad de Deressia, en la diócesis de Laï en Chad, una zona que durante la temporada de lluvias solo se puede alcanzar con un carro tirado por bueyes o caballos.

Aquí se realiza el sueño del fundador: una congregación verdaderamente universal, capaz de poner en el centro la misión y el amor por los más pobres y abandonados. San Daniel Comboni decía: “La Obra debe ser católica (universal), no ya española o francesa o alemana o italiana”.

Una presencia nacida de una llamada

La comunidad de Deressia se abrió en 2003, tras la invitación del entonces obispo de la diócesis, monseñor Miguel Sebastián, MCCJ, que con valentía pedía a las Combonianas ser presencia de esperanza en una tierra que el Papa Francisco definiría como “periferia existencial” en la periferia del mundo.

Deressia era, de hecho, la parroquia más grande de la diócesis, con sus 5000 km²: durante seis meses al año, a causa de las inundaciones, permanecía -y sigue estando- completamente aislada. En ese momento se hablaban nueve idiomas diferentes. Hoy en día, esta realidad se ha dividido en varios vicariatos y parroquias.

 Sor Amira y Sor Bakita a su llegada a Deressia - Chad, por Loreta Beccia, SMC
Sor Amira y Sor Bakita a su llegada a Deressia – Chad. Foto: Loreta Beccia, SMC

Entre catequesis, escuela y cuidado de los más frágiles

Las actividades de las hermanas se desarrollan en diferentes ámbitos pastorales y sociales. En el ámbito escolar trabajan a tiempo completo la Hna. Amira y la Hna. Olga, que testimonian la alegría de acompañar a los estudiantes, en particular a las chicas, en su camino de crecimiento. La escuela cuenta con unos 400 alumnos, divididos en 8 clases, desde preescolar hasta sexto de primaria. Siete maestros y una maestra acompañan a las monjas en este delicado servicio educativo.

Sor Olga, con una experiencia previa de 12 años en la República Centroafricana en el trabajo educativo con los pigmeos, se emociona al contar los esfuerzos realizados para crear espacios de convivencia fraterna entre diferentes grupos étnicos y religiosos:

“Hoy, después de 5 años, puedo decir que los alumnos comienzan a reconocerse como hermanos y hermanas, con un único Padre en el cielo”.

Recuerda también cuando una mañana, durante el recreo, una alumna musulmana fue golpeada en la cabeza por una semilla de “domo” -del tamaño de una pelota de tenis- lanzada por un alumno cristiano. Después de medicar a la niña, la monja le preguntó qué pensaba de lo sucedido. La respuesta fue sorprendente:

“Hermana, él también es mi hermano. Todos formamos una sola familia. Fue un accidente, yo estoy bien”.

La Palabra de Dios, compañera de camino

Sor Raffaella es enfermera y responsable del centro de salud “Stella del Mattino”, nacido como una pequeña estructura y hoy reconocido también a nivel gubernamental, punto de referencia para toda la población. Junto con la Hna. Bakita se dedica sobre todo a los niños más vulnerables.

Cuenta que, durante la temporada de lluvias, al regresar de una visita a pueblos lejanos después de un viaje difícil y peligroso, se preguntó si todo esto realmente tenía sentido. Encontró la respuesta durante la Eucaristía: “Yo estaba enfermo y vosotros vinisteis hasta mí”. La Palabra de Dios testimonia, da paz y fuerza para afrontar cualquier dificultad, en el servicio a Dios y en el amor al pueblo.

 Chicas del Foyer, por Loreta Beccia, SMC
Chicas del Foyer. Foto: Loreta Beccia, SMC

El vestíbulo: una casa para crecer juntos

Entre las iniciativas más significativas se encuentra el “Foyer Bethlemme”, un espacio dedicado especialmente a las chicas de los pueblos más lejanos.

Sor Elisée es la responsable directa, pero, en realidad, es toda la comunidad la que acompaña a una quincena de jóvenes en un camino de formación integral, humana y espiritual. En un contexto en el que las mujeres a menudo son marginadas, el vestíbulo se convierte en un lugar de redención y fraternidad, una oportunidad concreta para el renacimiento.

Aquí cobra vida lo que Don Tonino Bello definía como “convivialidad de las diferencias”: cada monja, con su propio estilo y sus propias experiencias, contribuye a crear un ambiente en el que las diversidades se convierten en riqueza compartida y se aprende a vivir juntas con alegría.

Esta experiencia recuerda que la misión nace del encuentro: es en el reconocimiento del otro como don que se construye una fraternidad capaz de transformar el mundo.