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III Domingo ordinario. Año A

“Al enterarse Jesús de que Juan había sido arrestado, se retiró a Galilea, y dejando el pueblo de Nazaret, se fue a vivir a Cafarnaún, junto al lago, en territorio de Zabulón y Neftalí, para que así se cumpliera lo que había anunciado el profeta Isaías: Tierra de Zabulón y Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los paganos. El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz. Sobre los que vivían en tierra de sombras una luz resplandeció.
Desde entonces comenzó Jesús a predicar, diciendo: Conviértanse, porque ya esta cerca el Reino de los cielos.
Una vez que Jesús caminaba por la ribera del mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón, llamado después Pedro, y Andrés, los cuales estaban echando las redes al mar, porque eran pescadores. Jesús les dijo: “Síganme y los haré pescadores de hombres”.
Ellos inmediatamente dejando las redes lo siguieron. Pasando más adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que estaban con su padre en la barca, remendando las redes, y los llamó también. Ellos, dejando enseguida la barca y a su padre, lo siguieron.
Andaba por toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando la Buena Nueva del Reino de Dios y curando a la gente de toda enfermedad y dolencia”.

(Mateo 4, 12-23)


Síganme y los haré pescadores de hombres
P. Enrique Sánchez G. mccj

El evangelio de este domingo nos invita a fijar nuestra atención en dos aspectos que son muy importantes en nuestra vida como cristianos y que no deberíamos perder de vista en nuestro intento de seguir los pasos del Señor.

La primera cosa que atrae nuestra atención es ver a Jesús que inicia su ministerio, después de haber sido bautizado por Juan en el Jordán, poniéndose en camino.

De ahora en adelante se dedicará a anunciar la llegada del Reino invitando a todas las gentes a convertirse.

Esta palabra, convertirse, significa orientar toda la vida hacia Dios, abrir el corazón a las propuestas y a los valores que Dios quiere sembrar en nuestro interior para que nos decidamos a vivir siguiendo el ejemplo de Jesús.

Jesús se pone en camino y se dirige a una región en donde el mundo y la religión judía no eran el centro. Se va a la periferia, en donde residen los que no conocen a Dios; el mundo de los paganos, en donde Dios no significa nada para sus habitantes. Este detalle es muy importante porque nos hace entender que Jesús, como él mismo lo dirá, no ha venido para los bien estantes, no ha venido para los que están sanos, no ha venido para los que ya han tenido la oportunidad de conocer a Dios, pero no lo han aceptado.

Jesús inicia su ministerio lejos, con una actitud misionera, preocupado por llegar a todos aquellos que no han tenido la oportunidad de escuchar sus buenas noticias. Esto muestra también algo que chocó seguramente con la mentalidad religiosa de su tiempo, con la mentalidad de aquellos que se consideraban seguros y privilegiados por saber que eran el pueblo de Dios. Jesús no viene a ocuparse de aquellos que pretenden tener a Dios ya bajo control.

La opción de Jesús de irse a Galilea muestra que el Evangelio es para todas las gentes, sin importar el lugar, la raza, la lengua y la cultura.

Todos, y especialmente los más lejanos están llamados a encontrarse con el Señor para descubrir en él el proyecto de amor que su Padre ha establecido para todos los seres humanos.

Actuando de esa manera, Jesús da su primera lección sobre lo que tendrá que ser el apostolado de sus futuros discípulos. Será una misión con especial atención por los más lejanos y los más abandonados.

El Señor enseña que su mensaje es una propuesta de vida que va al encuentro, en primer lugar, de quienes más lo necesitan.

Es una propuesta que busca entrar en diálogo con quienes son indiferentes o simplemente, con quienes no han tenido la oportunidad de encontrarse con la buena noticia del Evangelio; los que podríamos considerar que están fuera y que no han tenido la dicha de nacer en un contexto en donde la fe y la experiencia de encuentro con Dios está por todas partes.

La profecía de Isaías, a la que hace referencia el evangelio de hoy, se cumple en aquellas tierras de Galilea. Con la llegada de Jesús, también para ellos resplandece una luz que transforma las tinieblas de la vida en espacios de luz en donde se puede reconocer la bondad de Dios que acompaña a su pueblo.

Para nosotros cristianos hoy, el evangelio viene a recordarnos nuestro compromiso con el anuncio del Evangelio y nos ayuda a tomar conciencia de que existen, más allá de nuestras fronteras, muchos hermanos que están esperando que se les anuncie el Evangelio.

En nuestras diócesis y comunidades continuamente escuchamos decir que la Iglesia tiene que ser misionera y que tiene que armarse de valentía para ir al encuentro de los que están lejos, no sólo en la fe o geográficamente; pero, desafortunadamente, son invitaciones que se pierden en el vacío y no logran mover los corazones para dar una respuesta que se convierta en compromiso de vida.

Como cristianos no podemos quedarnos tranquilos, como si todo estuviera bien, cuando vemos a tantos hermanos que están alejados o que se han enfriado en la práctica de la fe.

Todos estamos llamados a dar un testimonio de alegría cristiana que ayude a entender que ser cristianos no es cuestión sólo de practicar una religión o de participar en algunos ritos o devociones.

No podemos quedarnos indiferentes ante tantos hermanos que viven lejos por su apatía o porque simplemente han caído en estilos de vida en donde la comodidad y el confort se han convertido en algo prioritario.

La segunda parte del Evangelio nos muestra otra escena también muy importante para quienes nos sentimos discípulos de Jesús, llamados a seguirlo caminando sobre sus huellas.

Se trata de la llamada de los primeros apóstoles, de sus primeros discípulos. Ellos eran personas muy normales que estaban ocupadas en lo ordinario de sus vidas. Eran hombres que luchaban cada día, como todos nosotros, para ganarse el sustento y para disfrutar, en la medida de lo posible, de lo bello de la vida.

Un día Jesús pasó por sus vidas y todo cambió. Dejando sus trabajos y lo que más amaban se pusieron en camino, sin tener oportunidad de negociar nada ante la invitación que les había hecho el Señor.

El evangelio dice únicamente que dejándolo todo lo siguieron.

Así es cuando Jesús pone su mirada sobre nosotros también. Nos llama mientras va de paso, porque la misión es algo urgente. Llama sin hacer promesas y sin ofrecer seguridades. Llama invitando a un total desprendimiento de uno mismo y de todo aquello que podría convertirse en un apego que podría obstaculizar una respuesta de entrega radical.

Jesús está pasando también hoy muy cerca y fija su mirada en cada uno de nosotros, invitándonos a compartir con él lo bello de su misión. Esa misión que nosotros podemos continuar haciendo para que muchos de nuestros hermanos puedan encontrarse con Jesús.

El Señor nos llama a ser pescadores de hombres y eso significa acercarnos a quienes tienen necesidad de sentirse amados por Dios. Significa sembrar la palabra del Evangelio en el corazón de tantas personas que hoy viven vacías, porque lo que les propone el mundo no les satisface. Significa ser presencias que ofrecen horizontes llenos de esperanza en nuestra sociedad porque le recordamos que Jesús va caminando con nosotros y no hay motivo para vivir en el miedo o en la soledad.

Jesús nos invita a seguirlo por los caminos del mundo y eso no quiere decir necesariamente irse al otro lado del planeta. Quiere decir vivir nuestra fe dando un testimonio que sea capaz de entusiasmar a quienes se han enfriado un poco en su experiencia de fe.

¿Seremos capaces de responder como esos primeros cuatro discípulos, que, dejándolo todo, no dudaron en ponerse en camino al lado de Jesús para ir a hacer el bien a quienes tanto lo necesitaban?

Que el Señor nos conceda la gracia del entusiasmo misionero y que nunca nos cansemos de anunciar su palabra en cualesquiera que sea la situación de nuestra vida.


Cuando todo parece terminado,
¡es hora de volver a empezar
Manuel João Pereira Correia, mccj

Hoy comenzamos la lectura del Evangelio según Mateo, que nos acompañará durante más de treinta domingos (excepto durante el tiempo de Cuaresma y Pascua).
El pasaje del Evangelio de este domingo narra el inicio del ministerio público de Jesús. ¡Hoy entra en escena públicamente! Todo lo que había sucedido antes —el bautismo y la estancia en el desierto— fue solo un preámbulo. Veamos cómo tiene lugar este comienzo.

Crisis y discernimiento

Todo comienza con un acontecimiento dramático: el arresto de Juan, un momento de crisis también para Jesús. Juan era un amigo y un punto de referencia. Su desaparición de la escena debió de dejar desconcertados a sus discípulos. «Cuando Jesús supo que Juan había sido arrestado, se retiró a Galilea». Parece una huida. Deja Judea y se retira a su tierra. Este contratiempo se transforma en un momento decisivo de discernimiento. Jesús percibe que el movimiento iniciado por Juan no debe desaparecer. Alguien debe continuarlo. Jesús se siente interpelado por el Padre: ha llegado su momento, ahora le toca a él. Entonces Jesús da un paso al frente: «Dejó Nazaret y fue a vivir a Cafarnaúm, a orillas del mar». Y así, cuando todo parecía terminado, ¡todo vuelve a empezar!

A menudo pensamos que Jesús lo sabía todo de antemano, que todo le era claro desde el principio: su identidad, su misión, los pasos a dar, los tiempos… Algunos incluso creen que, ya en el seno materno, Jesús era consciente de ser el Hijo de Dios. Pero eso sería ignorar la encarnación. Jesús, como cada uno de nosotros, «crecía» (Lucas 2,40). En el bautismo toma conciencia de ser el Hijo de Dios; en el desierto se interroga sobre su mesianismo…

Nos encontramos ante el misterio insondable de la autoconciencia de Jesús, que, sin embargo, es inseparable del misterio de la encarnación. También Jesús tuvo que pasar por dudas, incertidumbres, reflexión sobre los acontecimientos y oración para discernir la voluntad del Padre. «Él mismo fue probado en todo como nosotros, excepto en el pecado» (Hebreos 4,15). Hombre como nosotros, tuvo que aprender, incluso de forma dramática: «Aunque era Hijo, aprendió la obediencia por lo que padeció» (Hebreos 5,8).

Caminar, la condición del cristiano

En el Evangelio de hoy llama la atención la importancia concedida a los verbos de movimiento. Aparecen nada menos que nueve veces. Caminar se convierte en el modus vivendi de Jesús y de sus discípulos, es decir, de quienes lo siguen. Jesús deja su aldea, Nazaret, y va a vivir a Cafarnaúm, eligiendo esta ciudad como base de su misión. Es solo el punto de partida, porque inmediatamente después comienza a recorrer toda Galilea, Palestina y los territorios vecinos. No se detendrá más hasta su regreso al Padre que lo envió. Su morada será el camino, hasta el punto de que él mismo se convertirá en el Camino (Juan 14,6).

El camino abierto por Jesús será llamado «el Camino», y los cristianos serán conocidos como «seguidores del Camino» (Hechos de los Apóstoles 9,2). Y desde entonces todo sucede en el camino. Por eso, no hay condición más contraria a la vocación cristiana que detenerse, pensar que ya se ha caminado lo suficiente o, peor aún, creerse llegado a la meta. Una fe acomodada, refugiada en la madriguera de las propias seguridades, sean humanas o eclesiales, es una fe sin aliento, paralizada.

¿Desde dónde partir? Desde donde estamos, desde nuestra «Galilea», desde nuestro ámbito de vida, desde nuestra cotidianidad, desde la «Galilea de las naciones», una sociedad paganizada. Allí se manifestará la «gran luz» (cf. primera lectura: Isaías 8,23–9,3).

¿Hacia dónde vamos? La meta es el «monte de la misión», el desenlace final del Evangelio de Mateo (28,16-20). ¿Y el itinerario? No lo sabemos. Solo sabemos que debemos seguir a Jesús. Quizá ni siquiera él lo conozca de antemano. También él es guiado por el Espíritu y por los acontecimientos de la vida. También para él, el Caminante, no hay un sendero ya trazado. Caminando, el camino se abre… Será quizá un viaje más inseguro, expuesto a lo imprevisto, pero respiraremos el sabor de la libertad y de la novedad.

¿Qué equipaje llevar? No necesitaremos mochilas llenas. Solo necesitamos la Palabra. La expresión bíblica elegida para el Domingo de la Palabra de Dios, que hoy celebramos, es: «Que la palabra de Cristo habite en vosotros» (Colosenses 3,16). «Pablo no pide que la Palabra sea solo escuchada o estudiada: quiere que “habite”, es decir, que haga morada estable, que modele los pensamientos, oriente los deseos y haga creíble el testimonio de los discípulos» (de la presentación del Mensaje). Por tanto, no basta con poner la Biblia en la mochila. Es necesario que la Palabra se haga carne de nuestra carne, para poder decir, como Pablo: «Cristo vive en mí» (Gálatas 2,20).

Un deseo:

Que el camino se abra ante ti,
que el viento sople siempre a tu espalda,
que el sol ilumine y caliente tu rostro,
que Dios te guarde en la palma de su mano.
(Bendición irlandesa)


El Señor pasa por la plaza
Papa Francisco

El Evangelio de este domingo relata los inicios de la vida pública de Jesús en las ciudades y en los poblados de Galilea. Su misión no parte de Jerusalén, es decir, del centro religioso, centro incluso social y político, sino que parte de una zona periférica, una zona despreciada por los judíos más observantes, con motivo de la presencia en esa región de diversas poblaciones extranjeras; por ello el profeta Isaías la indica como «Galilea de los gentiles» (Is 8, 23).

Es una tierra de frontera, una zona de tránsito donde se encuentran personas diversas por raza, cultura y religión. La Galilea se convierte así en el lugar simbólico para la apertura del Evangelio a todos los pueblos. Desde este punto de vista, Galilea se asemeja al mundo de hoy: presencia simultánea de diversas culturas, necesidad de confrontación y necesidad de encuentro. También nosotros estamos inmersos cada día en una «Galilea de los gentiles», y en este tipo de contexto podemos asustarnos y ceder a la tentación de construir recintos para estar más seguros, más protegidos. Pero Jesús nos enseña que la Buena Noticia, que Él trae, no está reservada a una parte de la humanidad, sino que se ha de comunicar a todos. Es un feliz anuncio destinado a quienes lo esperan, pero también a quienes tal vez ya no esperan nada y no tienen ni siquiera la fuerza de buscar y pedir.

Partiendo de Galilea, Jesús nos enseña que nadie está excluído de la salvación de Dios, es más, que Dios prefiere partir de la periferia, de los últimos, para alcanzar a todos. Nos enseña un método, su método, que expresa el contenido, es decir, la misericordia del Padre. «Cada cristiano y cada comunidad discernirá cuál es el camino que el Señor le pide, pero todos somos invitados a aceptar este llamado: salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 20).

Jesús comienza su misión no sólo desde un sitio descentrado, sino también con hombres que se catalogarían, así se puede decir, «de bajo perfil». Para elegir a sus primeros discípulos y futuros apóstoles, no se dirige a las escuelas de los escribas y doctores de la Ley, sino a las personas humildes y a las personas sencillas, que se preparan con diligencia para la venida del reino de Dios. Jesús va a llamarles allí donde trabajan, a orillas del lago: son pescadores. Les llama, y ellos le siguen, inmediatamente. Dejan las redes y van con Él: su vida se convertirá en una aventura extraordinaria y fascinante.

Queridos amigos y amigas, el Señor llama también hoy. El Señor pasa por los caminos de nuestra vida cotidiana. Incluso hoy, en este momento, aquí, el Señor pasa por la plaza. Nos llama a ir con Él, a trabajar con Él por el reino de Dios, en las «Galileas» de nuestros tiempos. Cada uno de vosotros piense: el Señor pasa hoy, el Señor me mira, me está mirando. ¿Qué me dice el Señor? Y si alguno de vosotros percibe que el Señor le dice «sígueme» sea valiente, vaya con el Señor. El Señor jamás decepciona. Escuchad en vuestro corazón si el Señor os llama a seguirle. Dejémonos alcanzar por su mirada, por su voz, y sigámosle. «Para que la alegría del Evangelio llegue hasta los confines de la tierra y ninguna periferia se prive de su luz» (ibid., 288).

Angelus 26/01/2014


Seguidores
José A. Pagola

Cuando Jesús se entera de que el Bautista ha sido encarcelado, abandona su aldea de Nazaret y marcha a la ribera del lago de Galilea para comenzar su misión. Su primera intervención no tiene nada de espectacular. No realiza un prodigio. Sencillamente, llama a unos pescadores que responden inmediatamente a su voz: “Seguidme”.

Así comienza el movimiento de seguidores de Jesús. Aquí está el germen humilde de lo que un día será su Iglesia. Aquí se nos manifiesta por vez primera la relación que ha de mantenerse siempre viva entre Jesús y quienes creen en él. El cristianismo es, antes que nada, seguimiento a Jesucristo.

Esto significa que la fe cristiana no es sólo adhesión doctrinal, sino conducta y vida marcada por nuestra vinculación a Jesús. Creer en Jesucristo es vivir su estilo de vida, animados por su Espíritu, colaborando en su proyecto del reino de Dios y cargando con su cruz para compartir su resurrección.

Nuestra tentación es siempre querer ser cristianos sin seguir a Jesús, reduciendo nuestra fe a una afirmación dogmática o a un culto a Jesús como Señor e Hijo de Dios. Sin embargo, el criterio para verificar si creemos en Jesús como Hijo encarnado de Dios es comprobar si le seguimos sólo a él.

La adhesión a Jesús no consiste sólo en admirarlo como hombre ni en adorarlo como Dios. Quien lo admira o lo adora, quedándose personalmente fuera, sin descubrir en él la exigencia a seguirle de cerca, no vive la fe cristiana de manera integral. Sólo el que sigue a Jesús se coloca en la verdadera perspectiva para entender y vivir la experiencia cristiana de forma auténtica.

En el cristianismo actual vivimos una situación paradójica. A la Iglesia no sólo pertenecen los que siguen o intentan seguir a Jesús, sino, además, los que no se preocupan en absoluto de caminar tras sus pasos. Basta estar bautizado y no romper la comunión con la institución, para pertenecer oficialmente a la Iglesia de Jesús, aunque jamás se haya propuesto seguirle.

Lo primero que hemos de escuchar de Jesús en esta Iglesia es su llamada a seguirle sin reservas, liberándonos de ataduras, cobardías y desviaciones que nos impiden caminar tras él. Estos tiempos de crisis pueden ser la mejor oportunidad para corregir el cristianismo y mover a la Iglesia en dirección hacia Jesús.

Hemos de aprender a vivir en nuestras comunidades y grupos cristianos de manera dinámica, con los ojos fijos en él, siguiendo sus pasos y colaborando con él en humanizar la vida. Disfrutaremos de nuestra fe de manera nueva.

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Comienzo de la actividad de Jesús
José Luis Sicre

En los dos domingos anteriores estuvimos junto al río Jordán, recordando el bautismo de Jesús y el testimonio que ofreció de él Juan Bautista. La liturgia da ahora un salto notable. Omite las tentaciones de Jesús (que se leerán el primer domingo de Cuaresma) y nos sitúa en un momento posterior, cuando Herodes, molesto por la predicación de Juan, decide meterlo en la cárcel. Lo que ocurre a continuación lo cuenta el evangelio de Mateo del modo siguiente (Mt 4,12-23). Este pasaje podemos dividirlo en tres partes.

1. La actividad inicial de Jesús

Quien se sienta desconcertado por la presentación inicial de Jesús, poniéndose en la fila de los pecadores para bautizarse, tiene motivos para desconcertarse todavía más al leer los comienzos de su actividad. Dicho en palabras muy rápidas, lo primero que hace es huir; lo segundo, actuar en la región más olvidada; lo tercero, repetir al pie de la letra la predicación de Juan Bautista. Pero todo esto encierra un misterio que Mt nos ayuda a desentrañar.

Momento de actividad

Es una pena que los evangelistas sean tan sobrios, porque el primer dato resulta más profundo de lo que parece a primera vista. Jesús no empieza a actuar hasta que encarcelan a Juan Bautista. Como si ese acontecimiento despertase en él la conciencia de que debe continuar la obra de Juan.

Nosotros estamos acostumbrados a ver a Jesús de manera demasiado divina, como si supiese perfectamente lo que debe hacer en cada instante. Pero es muy probable que Dios Padre le hablase a Jesús igual que nos habla a nosotros, a través de los acontecimientos. Y el gran acontecimiento es la desaparición de Juan Bautista y la necesidad de llenar su vacío.

Pero hay una diferencia muy sutil entre Mc y Mt. Según Mc, en cuanto encarcelan a Juan comienza Jesús a predicar. Según Mt, lo primero que hace Jesús es retirarse a Nazaret. Desde un punto de vista histórico y psicológico parece una interpretación más adecuada, que abre paso también a una visión más humana de Jesús, como si se tomase un tiempo de reflexión y decisión.

Lugar de actividad

La elección del lugar de actividad es sorprendente, más aún que en el caso de Juan Bautista. Juan no predica su mensaje de penitencia en Jerusalén, pero el lugar donde actúa, el desierto, está lleno de reminiscencias simbólicas. Es el lugar donde se espera la manifestación de Dios. Jesús, en cambio, se retira a una región que carece de importancia dentro de la historia judía, incluso conocida con el despreciativo nombre de «Galilea de los paganos». Desde un punto de vista histórico, la elección de Galilea por parte de Jesús tiene sus ventajas y sus riesgos. Ventajas: moverse en una región conocida, y la posibilidad de escapar fácilmente hacia el norte en caso de persecución. Riesgo: proclamar su mensaje en la zona más politizada de Palestina, en un ambiente bastante revolucionario, que se presta a graves conflictos.

Dentro de Galilea, escoge Cafarnaúm, ciudad de pescadores, campesinos y comerciantes, lugar de paso, que le permite el contacto con gran variedad de gente y un fácil acceso a los pueblecitos cercanos.

Sin embargo, Mt ve las cosas de forma distinta que el historiador moderno. La elección de Galilea le recuerda una profecía de Isaías, en la que se habla de las terribles desgracias sufridas por esa región durante la invasión asiria del siglo VIII a.C. y se le anuncia la salvación para el futuro.

Para Mateo, lo esencial es que Jesús no va a dirigirse a la gente importante, a los que pueden cambiar el mundo, sino a «los que habitan en tinieblas», «los que habitaban en tierra y sombra de muerte». La gente más despreciada y olvidada (campesinos y pescadores) será el primer auditorio de Jesús. Para ellos se convierte en una «gran luz».

El mensaje inicial

Mc dice: «Se ha cumplido el plazo, el reinado de Dios está cerca. Arrepentíos y creed la buena noticia». La fuerza recae en la inminencia del reinado de Dios, una buena noticia que exige el arrepentimiento. Estas palabras podían provocar la impresión ‒y de hecho la crearon‒ de que el fin del mundo era inminente. Las primeras comunidades cristianas vivieron casi con angustia esta sensación.

Mt, que escribe hacia los años 70/80, quiere evitar este equívoco y, al mismo tiempo, subrayar la idea del arrepentimiento. Para ello, las dos afirmaciones de Mc las resume en una sola: «arrepentíos, que el reinado de Dios está cerca». Al suprimir las palabras «se ha cumplido el plazo» evita la impresión de que el fin del mundo es inminente.

Por otra parte, aunque este resumen del mensaje coincide con el de Juan Bautista (3,2), no debemos interpretarlo como falta de originalidad por parte de Jesús, sino como un acuerdo básico con la predicación de Juan. Ambos coinciden en lo esencial y esto debe provocar en el lector del evangelio el interés por el tema. De hecho, Mt esta insinuando aquí lo que será el contenido primario del mensaje de Jesús: en qué consiste el Reino de Dios y cómo se puede formar parte de él.

2. Los primeros discípulos

La segunda escena es capital para comprender a Jesús. Desde el primer momento busca unos discípulos que le acompañen y ayuden en su tarea. No es el predicador solitario, ni el individualista que piensa poder hacerlo todo por sí solo.

En este contexto encaja el llamamiento de los cuatro primeros discípulos: Pedro y Andrés, Santiago y Juan. Mateo, siguiendo a Marcos, presenta los hechos de la forma más normal del mundo. «Paseando junto al lago de Galilea vio a dos hermanos…» Esto provoca extrañeza en el lector. ¿Es posible que cuatro muchachos sigan a Jesús sin conocerlo? Quien ha leído el evangelio de Juan sabe que Jesús los conoció cuando el bautismo.

Pero estos detalles psicológicos e históricos no les interesan a Mt y Mc, que prefieren presentar de forma radical el seguimiento de Jesús. El relato de Mt es casi idéntico al de Mc. Sólo hay una diferencia de detalle, que puede parecer mínima, pero que considero significativa. Mc dice que Santiago y Juan, al ser llamados por Jesús, «dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon con él». Mt suprime la mención de los jornaleros, con lo cual la escena resulta más dura para el padre y los hijos. Resuena aquí el tema del seguimiento de Jesús, que será esencial en el evangelio.

La frase final, tan breve, puede pasar desapercibida. Pero supone un complemento esencial a lo dicho en el punto 1. Allí, la actividad de Jesús se centra en la enseñanza. Aquí, la enseñanza va acompañada de la acción: recorre, enseña, proclama, cura. Curar enfermedades y dolencias ocupa gran parte del tiempo de Jesús. Hace dos domingos, Pedro resumía todo con las palabras: «pasó haciendo el bien». Pero hay en este resumen algo que generalmente no valoramos: Recorría toda Galilea. Supone esfuerzo, sacrificio, pasar de 38º en el lago a pueblecillos nevados en invierno.Por eso añado un complemento sobre esta región tan importante en la vida de Jesús.

José Luis Sicre
https://www.feadulta.com


Llamados a la conversión y a la Misión
Romeo Ballan, mccj

El Evangelio de este domingo presenta el comienzo de la vida pública de Jesús con su mensaje de vida y de esperanza. Él es verdaderamente el nuevo comienzo, ha venido a traer la vida nueva y abundante para todos (cfr. Jn 10,10). Él es compañero de viaje, aliado y amigo de cada pueblo y cultura. Él ha venido a dar plenitud y cumplimiento a las más profundas aspiraciones de cada persona y de todos los pueblos. La palabra del Papa Francisco es muy clara sobre este punto.

Desde sus primeras manifestaciones en público (Evangelio), Jesús se presenta como un misionero itinerante: de un poblado a otro, enseña, predica la Buena Nueva del Reino, cura a enfermos, llama a discípulos… (v. 23). No empieza su misión en el templo, ni en otros lugares importantes y religiosos como Jerusalén, sino en zonas periféricas, entre los lejanos, los heterodoxos, los menos religiosos, semi-paganos, los impuros en contacto con los paganos. Así se consideraba a los habitantes de Galilea (v. 15), región en el norte de Palestina. Dejando Nazaret, Jesús se establece en Cafarnaúm, ciudad de frontera, con una aduana para las mercancías de paso por el “camino del mar” (v. 13.15), la ruta imperial que unía Egipto, Palestina, Siria y la región de Mesopotamia. Desde la antigüedad, por tanto, Galilea era una zona de encrucijada de pueblos, sometida al paso de tropas y al control del comercio, con las consiguientes contaminaciones, corrupción y recaídas morales.

El evangelista Mateo ve que la profecía de Isaías (II lectura) se ha cumplido con la presencia de Jesús (Evangelio, v. 14-17), que da inicio a una misión cargado de esperanza (v. 23), sobre la base, sin embargo, de un exigente programa de conversión a Dios y de compromiso por su Reino: “Conviértanse, porque el Reino de los cielos está cerca” (v. 17).

Con esta inicial opción de campo, Jesús muestra que los primeros destinatarios de su Evangelio y del Reino no son los justos, los observantes o los que se consideran tales, sino los lejanos, los excluidos… Este es el comienzo humilde de una misión que tendrá horizontes universales, que será llevada adelante por los discípulos y sus sucesores que están llamados a seguir a Jesús para ser, en cualquier parte del mundo, “pescadores de hombres” (v. 19).

La vocación por el Reino conlleva siempre un éxodo, una salida, a menudo también geográfica, dejar algo y a alguien; alejarse del propio ambiente estrecho, salir del propio egoísmo. Aquí Jesús deja Nazaret (v. 13); Abrahán fue invitado a salir de su tierra y de su familia; así dos grupos de hermanos, llamados por Jesús a seguirle, abandonan redes, barca y padres (v. 20.22). En cada caso, la vocación no es una salida hacia el vacío: es dejar algo para seguir a Alguien; una salida al encuentro con Otro. En el primer lugar están siempre el encuentro y la adhesión a la persona de Jesús.

Esta vocación-misión se arraiga en una conversión (“Conviértanse…”: v. 17), en un cambio de mentalidad, en una orientación nueva hacia Dios y su Reino, del que Jesucristo es la plenitud. La conversión a Cristo conlleva el seguimiento y la misión, estar bien arraigados en Él y bien insertados en los caminos del mundo: “los haré pescadores de hombres” (v. 19).

La propuesta misionera y vocacional de Jesús (Evangelio) es global: se articula en cuatro momentos:

  • 1. mirada a la situación del mundo: pueblos alejados y periféricos, poco religiosos (v. 13-16);
  • 2. invitación a la conversión del corazón hacia Dios y su Reino (v. 17);
  • 3. encuentro y seguimiento de Cristo: “vengan tras de mí…” (v. 19.21);
  • 4. misión en el mundo: “pescadores de hombres” (v. 19), entregados sobre todo a enfermos y otras personas frágiles (v. 23).

La misión pública de Jesús empezó en la Galilea de los gentiles (v. 15) e igualmente (según el evangelista Mateo) Jesús resucitado la concluirá en Galilea (Mt 28,7.10.16), enviando desde allí a los Apóstoles en misión entre todas las naciones (Mt 28,19).

Sirviendo a los jóvenes en México

Por: Hna. Philister Tabu, smc
Desde Cerro de la Esperanza (Oaxaca)

Mi nombre es Philister Tabu, y soy de la diócesis de Arua, en Uganda. Mi parroquia natal es la del Santo Rosario, en Logiri. Vengo de una familia de nueve hijos. Asistí a la escuela secundaria para niñas de Logiri durante cuatro años, tras lo cual me incorporé a la de Paidha PTC Kyambogo para realizar un curso de formación docente de grado 3.

A los siete años, me uní al grupo de danza litúrgica y más tarde al coro parroquial. Recuerdo que un día, cuando estaba en segundo curso, volví del colegio y le dije a mi madre que me llevara al lugar donde vivían las monjas, porque ese día la profesora había hablado de los sacerdotes y las monjas católicos. No sabía cómo era una monja porque no había ninguna en nuestra parroquia.

Mi madre me prometió llevarme a la catedral de Ediofe, donde vivían las monjas. Un día le dije que no necesitaba estudiar, explicándole que San Pedro no había estudiado y se había convertido en papa. Estaba lista para unirme a las hermanas. Ella respondió con sabiduría: «Tabu, necesitas aprender a leer y escribir para poder manejar la Biblia». La obedecí. Después de terminar el séptimo curso, le dije que estaba lista para unirme a las hermanas. Ella me dijo de nuevo que eso no era suficiente y que tenía que estudiar más.

En serio, me dijo que tendría que encontrar a las hermanas yo misma. Cuando empecé la secundaria, conocí a las monjas de clausura. Sin embargo, cuando supe cómo era su forma de vida, perdí el interés y decidí que prefería casarme. Pero cuando conocí a las Hermanas Combonianas, las escuché hablar sobre San Daniel Comboni, su trabajo y cómo amaba a los africanos, exclamé: «¡Ahí es donde pertenezco!». Les escribí inmediatamente y recibí una respuesta positiva.

Me convertí en aspirante en 2011. En 2017, me uní al programa de prepostulantado en Arua con las otras aspirantes, acompañadas por un director vocacional. Luego nos enviaron a Nairobi, donde permanecí dos años antes de regresar a Uganda para continuar mi formación en el noviciado. El 14 de septiembre de 2021, hice mis primeros votos en el Centro de Retiros de Namugongo. Me enviaron a trabajar en el Centro de Retiros mientras esperaba mi visa mexicana.

Nuestra misión en México se centra en la comunidad afromexicana, descendiente de los esclavos llevados a América. Muchos de ellos se establecieron en las regiones costeras del Océano Pacífico. He dedicado mi tiempo al apostolado juvenil, proporcionando educación cristiana y formación en liderazgo, y concienciándoles sobre su importancia y su papel en la Iglesia.

Organizo campamentos y retiros juveniles en los que debatimos cuestiones que afectan a los jóvenes de hoy en día. También trabajo con el equipo diocesano de apostolado juvenil para planificar todas las actividades juveniles de la diócesis. Además, colaboro con la asociación de religiosos de la diócesis en la animación vocacional y misionera.

Además de trabajar en el apostolado juvenil, también soy responsable de tres capillas. Todos los domingos celebro la liturgia con la gente y les ayudo a recibir el Santísimo Sacramento en ausencia de un sacerdote. Como las pequeñas comunidades cristianas siguen creciendo, comparto la Palabra de Dios con ellas antes del domingo.

Creo que toda misión tiene sus retos. Sin embargo, me siento aceptado por la gente y me he dado cuenta de que si amas a las personas, ellas te aman a ti.

Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos 2026

La Semana de oración por la unidad de los cristianos tiene lugar del 18 al 25 de enero en el hemisferio norte. Este año, las reflexiones  han sido preparadas por la Iglesia Apostólica Armenia, bajo la coordinación del Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y de la Comisión Fe y Constitución del Consejo Ecuménico de las Iglesias (CEI).

Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos 2026
Uno solo es el cuerpo y uno solo el Espíritu,
como una es la esperanza a la que habéis sido llamados
.”
Efesios 4,4


Materiales para
LA SEMANA DE ORACIÓN POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS
y para todo el año


La Iglesia celebra la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos del 18 al 25 de enero de 2026 este año con el lema «Un solo espíritu, Una sola esperanza». El Pontificio Consejo para la promoción de la unidad de los cristianos y la Comisión de Fe y Constitución del Consejo Ecuménico de Iglesias elaboran conjuntamente los materiales para ayudar a la reflexión y las celebraciones del Octavario. Este año, la Iglesia Apostólica Armenia ha sido la encargada de preparar los textos oracionales y de meditación de esta Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos.

“Hay un solo Cuerpo y un solo Espíritu, así como hay una misma esperanza, a la que ustedes han sido llamados, de acuerdo con la vocación recibida”, de la carta de San Pablo a los Efesios (4,4), es el tema de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos 2026, un versículo bíblico que “resume la profundidad teológica de la unidad cristiana”.

Los textos de este año fueron preparados por la Iglesia Apostólica Armenia y se llevarán a cabo, como de costumbre, del 18 al 25 de enero en el hemisferio norte.

La unidad es un mandamiento divino en el corazón de nuestra identidad cristiana, más que un simple ideal. Representa la esencia de la vocación de la Iglesia: un llamado a reflejar la armonía y la unidad de nuestra vida en Cristo en medio de nuestra diversidad. Esta unidad divina es fundamental para nuestra misión y se sustenta en el profundo amor de Jesucristo, quien nos presentó un propósito unificado, explica la guía del Octavario por la Unidad Cristiana.

El guion para la Octava de 2026 explica que las epístolas de San Pablo “enfatizan la importancia de la unidad dentro de la Iglesia”, exhortando a las personas a vivir su vocación dignamente, “con humildad, mansedumbre, paciencia y amor (Efesios)”, y destaca que su visión de la unidad en Romanos (12:6) muestra la “diversidad de dones que edifican el Cuerpo de Cristo”, mientras que el llamado de San Pablo “a las relaciones armoniosas” (2 Corintios 13:11 y Filipenses 2:1-2) invita a los creyentes a “ser de una sola mente y un solo espíritu en su compromiso con Cristo”.

En la Biblia, está escrito, el llamado de Dios a la unidad “resuena desde los tiempos más remotos”, y el recurso de oración destaca varios ejemplos en el Antiguo y el Nuevo Testamento donde Jesucristo “eleva el concepto de unidad a una dimensión espiritual”, reflejando la profunda relación entre Él y el Padre, y la unidad entre sus seguidores “no es meramente la ausencia de conflicto, sino un profundo vínculo espiritual que refleja la unidad de la Santísima Trinidad”.

Las oraciones y reflexiones para la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos 2026 fueron preparadas por la Iglesia Apostólica Armenia, con “hermanos y hermanas” de las Iglesias católicas y evangélicas locales, en la histórica sede espiritual y administrativa de la Iglesia Apostólica Armenia, la Santa Sede de Etchmiadzin, “durante los inspiradores días de la bendición del Murón (óleo santo) y la consagración de la catedral”, el 28 y 29 de septiembre de 2024.

“Estos recursos se basan en tradiciones centenarias de oración y súplica utilizadas por el pueblo armenio, junto con himnos originados en los antiguos monasterios e iglesias de Armenia, algunos de los cuales datan del siglo IV”, se lee en la guía, que invita a las personas a aprovechar esta “herencia cristiana compartida y a profundizar su comunión en Cristo, que une a los cristianos de todo el mundo”.

También se propone un servicio ecuménico, titulado “Luz de Luz para la Luz”, adaptado de una de las horas diarias de oración de la Iglesia armenia, y este recurso para el Octavario de 2026 se puede descargar del sitio web del Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos de la Santa Sede.

El ecumenismo es el conjunto de iniciativas y actividades destinadas a promover el retorno a la unidad de los cristianos, rota en el pasado por cismas y rupturas. Las principales divisiones entre las iglesias cristianas se produjeron en el siglo V, tras los Concilios de Éfeso y Calcedonia (Iglesia Copta de Egipto, entre otras); en el siglo XI, con el cisma entre Occidente y Oriente (Iglesias Ortodoxas); en el siglo XVI, con la Reforma Protestante y, posteriormente, con la separación de la Iglesia de Inglaterra (Iglesia Anglicana).

La ‘Octava por la Unidad de la Iglesia’, conocida hoy con otro nombre, comenzó a celebrarse en 1908, por iniciativa del estadounidense Paul Wattson, sacerdote anglicano que luego se convirtió al catolicismo.


La Semana de oración por la unidad de los cristianos tiene lugar del 18 al 25 de enero en el hemisferio norte. Este año, las reflexiones  han sido preparadas por la Iglesia Apostólica Armenia, bajo la coordinación del Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y de la Comisión Fe y Constitución del Consejo Ecuménico de las Iglesias (CEI).

Donatella Coalova – Ciudad del Vaticano
Per gentile concessione di
Vatican News

Así como la tierra árida, seca y desolada necesita agua, también el mundo desgarrado y ensangrentado por la guerra y el odio anhela ardientemente la reconciliación y la koinonía -comunión-. En este contexto tan difícil, las palabras del Papa León XIV resuenan con aún más fuerza:

“¡Miren a Cristo! ¡Acérquense a Él! ¡Acojan su Palabra que ilumina y consuela! Escuchen su propuesta de amor para formar su única familia: en el único Cristo nosotros somos uno. Y esta es la vía que hemos de recorrer juntos, unidos entre nosotros, pero también con las Iglesias cristianas hermanas, con quienes transitan otros caminos religiosos, con aquellos que cultivan la inquietud de la búsqueda de Dios, con todas las mujeres y los hombres de buena voluntad, para construir un mundo nuevo donde reine la paz” (Homilía en la celebración eucarística con motivo del inicio del ministerio petrino, 18 de mayo de 2025).

En profunda sintonía con la predicación del Papa, la próxima Semana de oración por la unidad de los cristianos tendrá como tema:

“Uno solo es el cuerpo y uno solo el Espíritu, como una es la esperanza a la que habéis sido llamados” (Efesios 4,4).

La versión definitiva de los textos de este año fue elaborada del 13 al 18 de octubre de 2024 en la Santa Sede de Echmiadzín, en Armenia.

De hecho, el Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y la Comisión Fe y Constitución del Consejo Ecuménico de las Iglesias confiaron la redacción de los textos al Departamento para las Relaciones Interconfesionales de la Iglesia Apostólica Armenia. Este coordinó al grupo ecuménico de cristianos armenios que redactó una primera versión y luego trabajó con el equipo internacional nombrado conjuntamente por el Dicasterio y el Consejo Ecuménico para finalizar los textos.

En Armenia, una constante preocupación por la unidad

Como explican las primeras páginas, las oraciones y reflexiones fueron preparadas por los fieles de la Iglesia Apostólica Armenia en colaboración “con sus hermanos y hermanas de las Iglesias armenias católica y evangélica”. Los armenios tienen un pasado doloroso, marcado por varias dominaciones extranjeras, por las terribles violencias de 1915 y por la dureza del régimen soviético. Pero estas pruebas han despertado en el corazón de este pueblo un deseo apasionado de unidad. San Juan Pablo II escribió con razón en Ut unum sint: “Unidos en el seguimiento de los mártires, los creyentes en Cristo no pueden permanecer divididos”. 

En la introducción teológica y pastoral del material para 2026, los redactores afirman con fuerza: “La unidad, más que un simple ideal, está en el corazón de nuestra identidad cristiana. Representa la esencia de la llamada de la Iglesia a reflejar la unidad armoniosa de nuestra vida en Cristo en la diversidad”.

El texto subraya que en la Iglesia Apostólica Armenia la oración por la unidad es constante: “Al proclamar el Credo, los fieles declaran su fe en la Iglesia ‘una, santa, católica y apostólica’, profesando así la centralidad de la unidad de la fe para su vida espiritual. Este compromiso con la unidad encuentra su plena epresión en las elebraciones eucarísticas de la Iglesia, donde las oraciones de la comunidad se elevan no solo por los cristianos de todo el mundo y sus líderes espirituales, sino también por la unidad de la misma Iglesia. Cada domingo, en la Liturgia, los fieles se unen y cantan: ‘La Iglesia se ha hecho una’, es una manifestación tangible de una misma fe común y de un mismo fin compartido”.

Las oraciones de san Nersés y san Gregorio de Narek

La celebración ecuménica de 2026 lleva por título “Luz de Luz para la Luz”. Se trata de una adaptación de la “Oración del amanecer”, una de las oraciones diarias de la Iglesia armenia, compuesta por el Catholicos san Nersés “el Agraciado” (1102-1173). Gran misionero, concentró en este texto sus reflexiones y oraciones sobre Cristo, Luz de Luz, para captar la atención de sus oyentes, muchos de los cuales pertenecían entonces al grupo de los “adoradores del sol”, muy difundido en Armenia.

Conocido por sus escritos teológicos y sus himnos llenos de poesía y espiritualidad, san Nersés es también recordado por su compromiso en favor de la unidad de los cristianos. San Juan Pablo II habló de él como del “Catholicós que conjugó un amor extraordinario a su pueblo y a su tradición con una clarividente apertura hacia las otras Iglesias, en un esfuerzo ejemplar de búsqueda de la comunión en la plena unidad” (Carta apostólica con ocasión del 1700º aniversario del Bautismo del pueblo armenio, 2 de febrero de 2001, n. 7). La referencia explícita a esta gran figura en el material para la Semana de oración por la unidad de los cristianos 2026 es particularmente significativa.

Igualmente importante es la referencia a otro ilustre teólogo, místico y poeta armenio, venerado como santo tanto por católicos como por ortodoxos: san Gregorio de Narek (950-1005). En 2015, con motivo del centenario de las violencias contra los armenios, la Iglesia católica lo proclamó Doctor de la Iglesia. Inspirándose en uno de sus escritos, el texto para la Semana de oración recoge esta plegaria:

“Oh Jesucristo, Luz de la Luz, habita en nosotros, que nos hemos reunido para adorar tu santo y precioso nombre. Que tu resplandor vivificante encienda en entre nosotros un amor más profundo. Que tu luz radiante nos impulse a una unidad cada vez más floreciente. Como las diversas flores del jardín de tu Reino, que tu divino resplandor nos haga florecer en armonía. Y así, juntos, todos te alabemos y glorifiquemos siempre con alegría a ti, al Padre y al Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén”. 

II Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, vio Juan el Bautista a Jesús, que venía hacia él, y exclamó: Este es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo he dicho: El que viene después de mí, tiene precedencia sobre mí, porque existía, antes que yo. Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua, para que Él sea dado a conocer a Israel.
Entonces Juan dio este testimonio: Vi al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y posarse sobre Él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: Aquel sobre quien veas que baja y se posa e Espíritu Santo, ese es el que ha de bautizar con el Espíritu Santo.
Pues bien, yo lo vi y doy testimonio de que este es el Hijo de Dios”.
(Juan 1, 29-34)


“Este es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo”.
P. Enrique Sánchez G. Mccj

Esta es seguramente la frase más importante que escuchamos hoy en el Evangelio y a través de ella se nos invita a iniciar un camino que nos llevará a sentir la importancia que tiene la presencia de Jesús en nosotros.

En estos cuantos versículos podemos sentir un movimiento que lleva a un encuentro y al reconocimiento de alguien que es el único que le puede dar sentido a nuestras vidas.

Juan el Bautista y Jesús van al encuentro del uno hacia el otro y, con mucha sencillez, en ese ir de Jesús hacia Juan podemos ver, una vez más, como Dios está siempre en camino hacia nosotros.

Dios nos busca y nos ama tanto que no ha dudado en venir a revelarnos su rostro en Jesús, con un único deseo: que lo conozcamos y que le demos la posibilidad de habitar en nuestra vida.

Dios viene a nuestro encuentro y a través de Juan el Bautista nos ayuda a entender que lo más importante en esa historia de amor está en la capacidad de cada uno de nosotros de poder reconocerlo y señalarlo. Es decir, reconocerlo y convertirnos en testigos de su presencia, aquí́ y ahora, en lo más ordinario de nuestra vida.

Para quienes leemos hoy este texto de Evangelio, con nuestras interminables preguntas y búsquedas de respuestas al problema del mal, de la violencia , de las desigualdades. A nuestros gritos desesperados, muchas veces pidiendo a Dios que se haga presente. Cuando le reprochamos su aparente ausencia de los dramas que pueden llenarnos de tristeza. Juan el Bautista parece respondernos diciendo: ahí está Dios, en Jesús, en lo más duro de nuestra vida, viniendo a nuestro encuentro.

Ahí está el Señor y lo único que nos hace falta es dar el primer paso, aceptándolo y reconociéndolo como alguien que viene siempre a nuestro encuentro y que está más cerca de lo que nos imaginamos.

Juan el Bautista fue capaz de dar ese paso y era lo que necesitaban escuchar sus discípulos para entender que él sólo los había ido preparando para que pudiesen encontrarse con Jesús; para que pudiesen reconocerse como los destinatarios de un amor al cual se habían preparado aceptando el bautismo de conversión que habían recibido en el Jordán.

Ahora era tiempo de ir más lejos, justamente, después de que Jesús había sido también bautizado se iniciaba un tiempo nuevo en el cual, recibiendo la fuerza del Espíritu, serían los primeros ciudadanos del Reino.

Para Juan fue el tiempo de desaparecer, de recordar que él sólo había cumplido con la misión de preparar el camino para que nadie fuera excluido del Reino.

Juan reconoce que él no está llamado a estar en el centro, su misión fue prepararlo todo para que Jesús fuera reconocido como el protagonista principal en el plan de salvación que Dios había preparado para toda la humanidad.

Al final, Juan nos ayuda a entender que, también hoy, lo que nuestro mundo necesita no es tanto de protagonistas, sino de testigos que sean capaces de indicar un rumbo que nos pueda llevar al encuentro del Señor.

Y testigos lo podemos ser todos y cada uno en la llamada que el Señor nos ha hecho, en el servicio que nos pide que hagamos en bien de los demás, en el ejercicio de nuestros ministerios y responsabilidades, cumpliendo con alegría nuestra tarea de colaborar en la construcción de un mundo como Dios lo ha soñado para nosotros.

Juan es testigo fiel de alguien a quien nos presenta como el Cordero de Dios, una imagen de Dios que no tiene nada qué ver con el poder, con la fuerza, con la riqueza, con todo aquellos que generalmente nosotros identificamos a los grandes de este mundo.

Él  nos  cambia  la  visión  y  la  lógica  con  que  muchas  veces  nosotros  juzgamos  y pensamos que deberíamos ser.

Hablar de Jesús como el Cordero de Dios es presentarnos a alguien que viene a nosotros con un sólo  deseo, entregarse por nosotros. Es alguien  que se presenta frágil a los ojos del mundo, alguien que decepciona porque quisiéramos que actuara siguiendo nuestros criterios. Es imagen de bondad, de sencillez, de disponibilidad,  de entrega.

A muchos de nuestros contemporáneos y, a lo mejor, a muchos de nosotros mismos nos gustaría un Dios que haga realidad todos nuestros sueños de poder y que los realice inmediatamente.

Afortunadamente, Dios no actúa de esa manera. Él se manifiesta como quien tiene poder, pero su poder es el amor, la misericordia, la compasión.

Usando la imagen del Cordero se hace comprensible que Dios viene a nosotros, pero sin forzar nada, respectando nuestra libertad, ofreciendo y no imponiéndose. De esa manera lo que Dios provoca es el deseo de su presencia en nuestro corazón, provoca el anhelo de poder encontrarnos cara a cara con él.

En un mundo tan complicado como el nuestro, pero tan sorprendente y fascinante al mismo tiempo, reconocer a Jesús como el Cordero de Dios nos obliga a entrar en un camino de conversión que nos lleva a un cambio de mentalidad y de actitudes en donde no son los criterios del dominio, de la fuerza o de la violencia los que guíen nuestro sentir y nuestro actuar.

Seguir a Jesús como el Cordero de Dios en nuestro tiempo implica un cambio de mentalidad y de actitudes que nos permitirán ser más tolerantes en una realidad marcada por la agresividad, pacientes en una sociedad en donde todo son exigencias, en donde cada persona se siente con derecho a estar por encima de los demás, en donde el amor es confundido con el placer pasajero que no respeta al hermano.

Y Juan el Bautista, señalando a Jesús como a quien tenemos que seguir, nos está indicando que sólo en él se logrará construir una humanidad más digna y respetuosa en donde todos podamos reconocernos hermanos y en donde cada uno podremos ser aceptados en nuestras diferencias como una riqueza para los demás.

Finalmente, el Cordero de Dios, al que Juan nos invita a seguir como discípulos no es una propuesta que venga a sacarnos de la realidad en que nos toca vivir, con sus facturas de sufrimiento, sus exigencias   de   sacrificios, con sus momentos de obscuridad, con sus lágrimas ante el dolor.

La invitación no tiene nada de engañosa, pero nos asegura que siguiendo los pasos de Jesús podemos estar seguros de poder llegar al lugar que nos corresponde en el proyecto de amor que Dios ha querido realizar pensando únicamente en nuestra felicidad.

Seguir al Cordero de Dios, como lo indica Juan el Bautista, podría ser para nosotros la experiencia de pasar del camino de la conversión al encuentro con el Espíritu de Dios en el que podemos ser bautizados abriendo nuestro corazón a la presencia de Jesús en nuestras vidas.

Recibir el Espíritu Santo no es otra cosa sino abrirnos y disponernos a que la vida de Dios sea lo que llene nuestros días, su luz la que ilumine nuestros horizontes, su fortaleza la que nos permita vivir reconciliados con nuestras debilidades y con nuestras pobrezas.

En otras palabras, se trata de aceptar que estamos bajo el cuidado de Dios que ha venido entre nosotros en la persona de Jesús y que desea que nuestra vida no se pierda, dejándonos guiar por quienes fácilmente nos pueden llevar por caminos que extravían con promesas que acaban en desilusiones.

Ojalá que también nosotros, como Juan el Bautista, podamos decir que hemos visto  al Señor y que lo hemos reconocido como el Cordero de Dios que vino a quedarse con nosotros para que nos demos cuenta de que Dios sólo existe para amarnos.

Ojalá también que, como misioneros, podamos indicarles a muchos el camino para que puedan encontrarse con Jesús y lo reconozcan como el Hijo de Dios.


¡He aquí el Cordero de Dios!
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

Después de la Epifanía y del Bautismo del Señor, seguimos todavía bajo el signo de las “revelaciones” sobre Jesús. Algunos versículos antes del pasaje del Evangelio de hoy, Juan el Bautista decía: «En medio de vosotros hay uno a quien no conocéis» (Juan 1,26). Y él mismo confiesa dos veces: «Yo no lo conocía». Por desgracia, nosotros, por el contrario, creemos saberlo todo sobre Él. Y quizá no lo conozcamos en absoluto. A menudo, nuestro conocimiento de la persona de Jesús es estático, detenido desde hace años, tal vez desde alguna etapa de nuestra iniciación cristiana. ¡Como si se pudiera llevar para siempre el traje de la primera comunión o de la confirmación!

Una nueva “epifanía”: ¡He aquí el Cordero de Dios!

La vida cristiana es un caminar de epifanía en epifanía, de gloria en gloria, transformados por los misterios que contemplamos. Porque los misterios tienen poder sobre nosotros: «Y todos nosotros, con el rostro descubierto, reflejando como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados en esa misma imagen, de gloria en gloria, por la acción del Espíritu del Señor» (2 Corintios 3,18).

Hoy Juan nos revela algo inédito, que ni él ni nosotros conocíamos. El Bautista señala a Jesús como «el Cordero de Dios». ¿Qué significa esta expresión? Estamos acostumbrados a repetirla durante la Eucaristía, antes de la comunión. Sin embargo, si lo pensamos bien, este título puede resultar bastante inusual e incluso desconcertante. En efecto, pertenece a otra mentalidad religiosa y cultural, que recurría al sacrificio de animales en la relación con la divinidad.

La palabra cordero/corderos aparece con frecuencia en la Biblia. La encontramos unas 150 veces en el Antiguo Testamento (la gran mayoría en los libros del Levítico y de los Números) y unas cuarenta veces en el Nuevo Testamento (en la edición italiana de la Biblia preparada por la CEI, edición 2008).

Podemos hacer tres constataciones. La primera es que el cordero está casi siempre asociado al sacrificio. Es el animal considerado puro, inocente y manso y, por tanto, el preferido para el sacrificio ofrecido a Dios. La segunda es que, en el NT, aparece casi exclusivamente en Juan: en el Evangelio (3 veces) y sobre todo en el Apocalipsis (35 veces). La tercera es que, en el NT, se refiere casi siempre al sacrificio de Cristo: «Sabéis que no fuisteis rescatados de vuestra conducta vana, heredada de vuestros padres, con cosas perecederas como la plata o el oro, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin defecto y sin mancha» (1 Pedro 1,18-19).

La afirmación de Juan «¡He aquí el Cordero de Dios!» evoca en la mente de sus oyentes, ante todo, el cordero pascual, o bien el cordero que se sacrificaba cada día, por la mañana y por la tarde, en el Templo de Jerusalén. Pero la riqueza de este título va mucho más allá. Por ejemplo, podemos encontrar en él una alusión al misterioso «Siervo del Señor» (del que se habla hoy en la primera lectura): «Como cordero llevado al matadero… mientras él cargaba con el pecado de muchos» (Isaías 53,7.12). Tanto más cuanto que, en arameo, la lengua del Bautista, el término talya significa tanto «siervo» como «cordero».
Al poner este título mesiánico excepcional en labios del Bautista, el evangelista Juan tenía casi con certeza en mente el rico y complejo trasfondo bíblico, pero sobre todo el cordero pascual (cf. Juan 19,36).

«¡He aquí el Cordero de Dios!» representa una imagen revolucionaria de Dios, que no pide sacrificios, sino que se sacrifica a sí mismo. El papa Francisco llamaba a esto «la revolución de la ternura».

El Cordero de Dios es el que quita «el pecado del mundo» (en singular), el pecado radical del mundo, el pecado de todos los seres humanos de todos los tiempos. No solo los pecados individuales, sino también la matriz del mal que subyace a toda injusticia: la corrupción de la historia, la degeneración de las culturas, la degradación de las relaciones entre las personas y los pueblos, la contaminación y la explotación de la naturaleza… El Cordero de Dios ha cargado sobre sí todo el peso del mal del mundo.

Es preciso aclarar, sin embargo, que la «justicia» de Dios no exige el sacrificio del Hijo, como podrían sugerir algunas interpretaciones tradicionales. Jesús no es la víctima exigida para «satisfacer la justicia» de Dios. La teología del sacrificio está ciertamente presente en los autores del NT. Se trata, sin embargo, de una relectura de la muerte de Jesús en la cruz a la luz de la tradición bíblica y de la cultura religiosa de la época. Pensándolo bien, esto sería inaceptable: ¿cómo podría un padre exigir la muerte de su hijo para perdonar?

El sacrificio de Jesús es el de su extrema solidaridad: «Él, siendo de condición divina, no consideró como presa el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo, tomando la condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres. Y, apareciendo en su porte como hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Filipenses 2,6-8).

El Cordero inmolado y el León de Judá

El Mesías es comparado simbólicamente con dos figuras opuestas: el cordero y el león, como para subrayar las dimensiones de la mansedumbre y de la fuerza del Mesías. Encontramos ambos títulos en el libro del Apocalipsis. Cristo es representado predominantemente como el Cordero, mencionado 34 veces: «Vi un Cordero de pie, como degollado [es decir, que lleva los signos, las llagas de la Pasión]; tenía siete cuernos [símbolo de poder] y siete ojos [omnisciencia]» (Apocalipsis 5,6).
Pero el Cordero, antes de entrar en escena, es presentado como el León de Judá: «Uno de los ancianos me dijo: “No llores; ha vencido el León de la tribu de Judá, el Retoño de David, y abrirá el libro y sus siete sellos”» (5,5).

Estas dos dimensiones pertenecen también a la vida y al testimonio cristianos: por una parte, la docilidad, la dulzura, la fragilidad y la capacidad de soportar del cordero; por otra, la fuerza, el heroísmo, la nobleza y el coraje del león. Conciliar ambos aspectos no es siempre fácil. Por desgracia, muchas veces, cuando deberíamos ser mansos, nos comportamos como leones, dominadores y agresivos; y cuando deberíamos ser leones, nos comportamos como corderos, temerosos y cobardes.

¡Aquí estoy!

Concluyo aludiendo brevemente al aspecto de la vocación al testimonio que emerge con fuerza de las lecturas: «Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta los confines de la tierra», dice el Señor a su Siervo (Isaías 49,6). Pablo se presenta a la comunidad de Corinto como aquel que fue «llamado a ser apóstol de Cristo Jesús por voluntad de Dios». Y Juan afirma solemnemente: «Y yo he visto y doy testimonio de que este es el Hijo de Dios».

¿Y nosotros? Creo que cada vez que, en la celebración eucarística, Juan el Bautista señala a Cristo diciendo: «¡He aquí el Cordero de Dios!», deberíamos hacer nuestra la respuesta del salmista: «¡Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad!» (Salmo responsorial 39/40).

P. Manuel João Pereira Correia, mccj


Con el fuego en el Espíritu
José Antonio Pagola

Las primeras comunidades cristianas se preocuparon de diferenciar bien el bautismo de Juan que sumergía a las gentes en las aguas del Jordán y el bautismo de Jesús que comunicaba su Espíritu para limpiar, renovar y transformar el corazón de sus seguidores. Sin ese Espíritu de Jesús, la Iglesia se apaga y se extingue.
Sólo el Espíritu de Jesús puede poner más verdad en el cristianismo actual. Solo su Espíritu nos puede conducir a recuperar nuestra verdadera identidad, abandonando caminos que nos desvían una y otra vez del Evangelio. Solo ese Espíritu nos puede dar luz y fuerza para emprender la renovación que necesita hoy la Iglesia.
El Papa Francisco sabe muy bien que el mayor obstáculo para poner en marcha una nueva etapa evangelizadora es la mediocridad espiritual. Lo dice de manera rotunda. Desea alentar con todas sus fuerzas una etapa “más ardiente, alegre, generosa, audaz, llena de amor hasta el fin, y de vida contagiosa”. Pero todo será insuficiente, “si no arde en los corazones el fuego del Espíritu”.
Por eso busca para la Iglesia de hoy “evangelizadores con Espíritu” que se abran sin miedo a su acción y encuentren en ese Espíritu Santo de Jesús “la fuerza para anunciar la verdad del Evangelio con audacia, en voz alta y en todo tiempo y lugar, incluso a contracorriente”.
La renovación que el Papa quiere impulsar en el cristianismo actual no es posible “cuando la falta de una espiritualidad profunda se traduce en pesimismo, fatalismo y desconfianza”, o cuando nos lleva a pensar que “nada puede cambiar” y por tanto “es inútil esforzarse”, o cuando bajamos los brazos definitivamente, “dominados por un descontento crónico o por una acedia que seca el alma”.
Francisco nos advierte que “a veces perdemos el entusiasmo al olvidar que el Evangelio responde a las necesidades más profundas de las personas”. Sin embargo no es así. El Papa expresa con fuerza su convicción: “no es lo mismo haber conocido a Jesús que no conocerlo, no es lo mismo caminar con él que caminar a tientas, no es lo mismo poder escucharlo que ignorar su Palabra… no es lo mismo tratar de construir el mundo con su Evangelio que hacerlo solo con la propia razón”.
Todo esto lo hemos de descubrir por experiencia personal en Jesús. De lo contrario, a quien no lo descubre, “pronto le falta fuerza y pasión; y una persona que no está convencida, entusiasmada, segura, enamorada, no convence a nadie”. ¿No estará aquí uno de los principales obstáculos para impulsar la renovación querida por el Papa Francisco?

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Palabrasa de Juan, el bautizador del Jordán
Dolores Aleixandre

No recuerdo cuando comencé a vivir en el desierto, más bien lo que no consigo saber es cómo pude vivir fuera de él. Supe que era mi lugar desde que escuché de niño las palabras de Isaías: “Una voz grita: En el desierto preparad un camino al Señor, allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios” (Is 40,3) Acepté la misión que se me confiaba y me fui a conocer de cerca aquel sequedal en el que tenía que intentar trazar caminos. Al principio sólo la soledad y el silencio fueron mis compañeros y, junto con ellos, la convicción oscura de estar esperando a alguien que estaba a punto de llegar: “Mirad, yo envío un mensajero a prepararme el camino. ¿Quién resistirá cuando llegue?” (Ml 3,1-2)Lo había dicho un profeta y yo sentía arder en mi voz su misma urgencia por preparar el encuentro. ¡Llega el Ungido de Dios!” comencé un día a gritar . “Él quebrantará al opresor y salvará la vida de los pobres…” (Sal 72,8.4).

Se corrió la noticia de mis palabras y comenzó a acudir gente, movida por una búsqueda incierta en la que yo reconocía la misma tensión que me mantenía en vigilia. Algo estaba a punto de acontecer, y me sentí empujado a trasladarme más cerca del Jordán, como si presintiera que iban a ser sus aguas el origen del nuevo nacimiento que aguardábamos con impaciencia. Muchos me pedían que los bautizara y, al sumergirse en el agua terrosa del río y resurgir de ella, sentían que su antigua vida quedaba sepultaba para siempre. Les exigía ayunos y penitencia y les anunciaba que otro los bautizaría con Espíritu. Yo sólo podía hacerlo con agua: anunciaba unas bodas que no eran las mías, y yo no era digno ni de desatar la correa de las sandalias del Novio.

Antes de comenzar la temporada de lluvias, en un mediodía nubes apelmazadas y calor agobiante, se presentó un grupo de galileos y me pidieron que los bautizase. Fueron descendiendo al río, hasta que quedó en la ribera solamente uno, al que oí que le llamaban Jesús. Al principio no vi en él nada que llamara particularmente mi atención y le señalé el lugar por el que podía descender más fácilmente al agua. Estábamos solos él y yo, los demás se habían marchado a recoger sus ropas junto a los álamos de la orilla. Lo miré sumergirse muy adentro del agua y, al salir, vi que se quedaba quieto, orando con un recogimiento profundo. Tenía la expresión indefinible de estar escuchando algo que le colmaba de júbilo y todo en él irradiaba una serenidad que nunca había visto en nadie.

Se había levantado un viento fuerte que arrastraba los nubarrones que cubrían el cielo y comenzaban a caer gruesas gotas de lluvia. Un relámpago iluminó el cielo anunciando una tormenta que levantaba ya remolinos de polvo. Desde la ribera seguí contemplando al hombre que seguía orando inmóvil, como si nada de lo que ocurriese a su alrededor le afectara. Por fin, después de un largo rato y cuando ya diluviaba, lo vi salir lentamente del río, ponerse su túnica y alejarse en dirección al desierto.

Pasé la noche entera sin conseguir conciliar el sueño. Sin saber por qué, me vino a la memoria un texto profético que nunca había comprendido bien:

“Mirad, el Señor Dios llega con poder. Como un pastor que apacienta el rebaño, su brazo lo reúne, toma en brazos a los corderos y hace recostar a las madres (Is 40,10-11).Nunca había entendido por qué el Señor necesitaba desplegar su poder para realizar las tareas cotidianas de un pastor, ni por qué su venida, anunciada con rasgos tan severos por los profetas, consistiría finalmente en sanar, cuidar y llevar a hombros a su pueblo, sin reclamarle a cambio purificación y penitencia.

Y, sin embargo, aquella noche, las palabras de Isaías invadían mi memoria de manera apremiante, junto con una extraña sensación de estar cobijado y a salvo. Y textos a los que nunca había prestado atención, se agolparon en mi corazón. Era como si hasta este momento sólo hubiera hablado de Dios como de oídas, mientras que ahora Él comenzaba a mostrarme su rostro. Recordé el del galileo al que había visto orando en el río, la expresión de honda paz que irradiaba, y me pregunté si a él se le habría revelado el Dios que no es, como yo pensaba, sólo poder y exigencia, sino también ternura entrañable, amor sin condiciones como el de los padres.

Estaba amaneciendo y en los árboles de la orilla se oía el revuelo de los pájaros y el zurear de las palomas. Recordé las palabras del Cantar describiendo al novio:

“Mi amado…Sus ojos, dos palomas a la vera del agua que se bañan en leche y se posan al borde de la alberca…”(Cant 5, 10-11)

Me di cuenta sorprendido de que, al hablar del Mesías, siempre lo había hecho con imágenes poderosas como la del águila, o de fuerza avasalladora como la del león, mientras que ahora lo que me hacía pensar en él era el vuelo sosegado de las palomas.

Cuando me sobrevino el sueño, la luz se abría ya paso entre los perfiles azulados de los montes de Judea.

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“Este es el Cordero…”: un anuncio cargado de Misión
P. Romeo Ballan, mccj

Continúa la epifanía, la manifestación de Jesús. Después de la estrella de los magos y del bautismo en el Jordán, es otra vez Juan el Bautista quien señala con insistencia a Jesús como al Cordero de Dios (Evangelio). Juan ha ido creciendo en su conocimiento de Jesús: antes no lo conocía (v. 31.33), o lo conocía probablemente solo como su pariente. Ahora lo proclama Cordero de Dios (v. 29), Hijo de Dios (v. 34), lleno del Espíritu, e incluso el que ha de bautizar con Espíritu Santo (v. 33). Juan el Bautista lo declara presente: “Este es el Cordero de Dios…”, el que carga sobre sí y, de esta manera, quita el pecado del mundo (v. 29); es decir, todos los pecados.

Para quitar el pecado del mundo, Jesús no hace uso de mecanismos jurídicos exteriores, como la condonación, el indulto o la amnistía; Él bautiza en el Espíritu Santo; se trata, pues, de la inserción en el corazón de las personas de un dinamismo nuevo, el Espíritu (v. 33), la fuerza del amor, la única energía vencedora sobre todo mal humano. Justamente, porque tan solo el amor transforma y sana el corazón. Como explica el Papa Francisco, el bautismo no es un rito exterior, una formalidad, un acto de inscripción en una sociedad, sino un acto de fe y de amor, un don que enriquece a la persona que lo recibe y marca una diferencia con el que no lo ha recibido.

El segundo canto del Siervo de Yahvé (Is 49, I lectura) contiene una prefiguración del Bautismo de Jesús. Él es el verdadero ‘talya’ (palabra aramea utilizada por Juan el Bautista para decir cordero siervo): es el cordero pascual, inmolado, que quita, cargándolos sobre sí mismo, los pecados del mundo entero; el siervo, llamado desde el vientre materno (v. 5), que se convierte en luz de las naciones, con una misión universal de salvación que sobrepasa los límites nacionales para llegar hasta el confín de la tierra (cfr. v. 6; Lc 2,30-32; Hch 13,47). El salmo responsorial canta la disponibilidad de Jesús – y de la Iglesia evangelizadora – para asumir esta misión sin restricciones ni fronteras: “¡Aquí estoy, Señor!”

Cabe subrayar un detalle importante: Juan habla de “pecado del mundo”, en singular, no de los pecados en plural. Según las primeras páginas de la Biblia, desde siempre el pecado de los orígenes, la causa de toda acción pecaminosa (violencia, odio, injusticia, falsedad…) es el egoísmo-orgullo: el no fiarse de Dios, la arrogancia de considerarse autosuficientes, capaces de prescindir de los demás, e incluso de Dios. La expresión “Cordero de Dios”, utilizada por el Bautista, está cargada de evocaciones bíblicas y de aplicaciones misioneras. Evoca, ante todo, al cordero pascual, cuya sangre fue signo de salvación del exterminio en la noche del éxodo de Egipto (Ex 12,23); remite, asimismo, a la imagen del Siervo sufriente y silencioso, que cargaba con el pecado de la muchedumbre (cfr. Is 53,12). Y finalmente, la expresión del Bautista evoca el sacrificio de Abraham, en el que Isaac se salvó y Dios mismo proveyó el cordero para el holocausto (Gn 22,7-8): no ya el hijo de Abraham, sino el mismo Unigénito Hijo de Dios. En todas las religiones del mundo suele ser el hombre el que sacrifica algo para Dios. Aquí, en cambio, está la novedad de la fe cristiana: es Jesucristo, el cordero-víctima inocente, el que por amor entrega su vida por nosotros.

El progresivo descubrimiento e identificación con Jesús hacen de Juan el Bautista un modelo para la Iglesia misionera y, en ella, para cada evangelizador y evangelizadora: Juan cree en Jesús, lo reverencia, lo anuncia presente, da testimonio de Él hasta derramar su sangre. Juan es consciente que él mismo no es el Mesías, sino una voz que lo anuncia y le prepara el camino; rebosa de gozo por su crecimiento (Jn 3,29-30), y no le importa desaparecer. Descubrimos en Juan aspectos similares al rol de Benedicto, el Papa emérito desde hace ya siete años.

La Iglesia sigue señalando a Jesús con las palabras de Juan; lo hace en la Eucaristía-comunión: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado…”, y lo repite en el anuncio y servicio propios de la misión. El mensaje misionero de la Iglesia será tanto más eficaz y creíble cuanto más sea – al igual que en Juan el Bautista – fruto de contemplación, libertad, austeridad, valentía, profecía, expresión de una Iglesia servidora del Reino, firme en “hacer causa común” (S. Daniel Comboni) con la familia humana en sus sufrimientos y aspiraciones. Solo así, como para Juan el Bautista, la palabra del misionero podrá suscitar nuevos discípulos de Jesús (cfr. Jn 1,35-37).

Esta ha sido también la vocación misionera de San Pablo, apóstol enamorado de Jesucristo: lo menciona cuatro veces en los tres versículos de la II lectura. Su amplio saludo a todos los santificados en Cristo Jesús (bautizados), “llamados a ser santos” (v. 2), sintoniza muy bien con la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos (18-25 de enero). El Ecumenismo y la Misión constituyen un binomio vital e irrenunciable para la Iglesia de Jesús. Por eso, la unidad de la Iglesia está orientada a la misión: unidos “para que el mundo crea” (Jn 17,21). ¡Unidos para ser creíbles! Unidos para vencer el mal y las divisiones, para quitar el pecado del mundo, es decir, el egoísmo, con la ternura, la sencillez, la no violencia: con el programa de las Bienaventuranzas.

Dr. Cédric Ouanekpone, Premio Mundo Negro a la Fraternidad

El próximo 31 de enero el joven doctor centroafricano Cédric Ouanekpone recibirá el Premio Mundo Negro a la Fraternidad 2025 por su compromiso para mejorar el acceso a unas condiciones sanitarias dignas en la República Centroafricana. Pese a tener múltiples ofertas de trabajo en Europa, prefirió quedarse en su país para ayudar a su gente. El premio le será entregado durante el XXXVIII Encuentro África organizado por la revista Mundo Negro.

Al concluir su especialización médica en Estrasburgo (Francia), el doctor Cédric Patrick Ouanekpone tenía muy claro que iba a regresar a su país, la República Centroafricana (RCA). Rechazó el seductor contrato que le ofrecieron y de nada sirvió que intentaran renegociar al alza su salario. Era el primer nefrólogo en su país y sabía que el Centro Nacional de Hemodiálisis de Bangui, construido en 2020 por el Banco Africano de Desarrollo y entregado al Gobierno para su gestión, llevaba dos años sin funcionar por falta de un especialista. Ouanekpone asumió la dirección médica del centro e inmediatamente comenzaron a salvarse vidas.

Nacido en Bangui el 8 de marzo de 1986, Cédric fue bautizado cuando tenía dos años en Nuestra Señora de Fátima, una parroquia muy importante en su historia personal, administrada por los Misioneros Combonianos. Las primeras revueltas que vivió el país en 1996 obligaron a cerrar las escuelas y Cédric se benefició, junto a otros niños y niñas, de un programa de apoyo escolar organizado por la parroquia. En el año 2000 entró en el seminario menor de los Carmelitas. Quería ser religioso, pero tres años después salió atraído por la investigación científica.

Al estallar la rebelión de la Seleka en 2012, el joven había concluido sus estudios de Medicina en la Facultad de Ciencias de la Salud de Bangui, aunque a causa de la guerra tuvo que esperar para obtener su título. El ciclo de la violencia continuó varios años, convirtiendo la Parroquia de Fátima en un inmenso campo de refugiados con más de 5 mil personas acogidas. Su responsable, el ugandés P. Moses Otii, se apoyó en Cédric y en otros jóvenes sanitarios de la parroquia para hacer frente a esa emergencia sanitaria. Cédric atendió sin apenas medios a ancianos y niños y ayudó a dar a luz a decenas de mujeres.

En 2014, en plena crisis, la ONG francesa Cercle de Haute Réflexion sur la Jeunesse llegó al país con un cargamento de medicamentos y Cédric se encargó de consultar y establecer el tratamiento para infinidad de personas, incluso de los barrios musulmanes del PK5. Tuvo que hacerlo casi a escondidas para evitar que lo acusaran de ayudar al enemigo en un conflicto que fue calificado de forma injusta como interreligioso. Cuando la ONG quiso pagar sus servicios según los estándares europeos, el doctor Ouanekpone se negó aduciendo que era su humilde contribución a sus hermanos y hermanas.

Cinco años después, la ONG presentó la candidatura de aquel joven médico al Premio Mundial de Humanismo. En la localidad macedonia de Ohrid recibió este reconocimiento de manos del ex primer ministro italiano Romano Prodi, galardonado también en aquella ocasión.

Cédric Ouanekpone eligió la especialidad de Nefrología, una de las más exigentes, para salvar vidas en su país, donde tantas personas afectadas de insuficiencia renal morían de forma irremisible por falta de cuidados médicos especializados. Después de formarse en su país, continuó sus estudios en Senegal (tres años) y en Francia (uno más), para lo que recibió apoyo, entre otros, de la Parroquia Nuestra Señora de Fátima.

En la actualidad, su servicio en el Centro Nacional de Hemodiálisis de Bangui le permite recibir un sueldo de forma regular, pero guiado por su fe cristiana, Cédric nunca ha cejado en su compromiso social. La falta de servicios sanitarios de calidad le llevó a abanderar el proyecto del complejo médico “Mama Ti Fatima”, amparado por la Asociación Nuestra Señora de Fátima para el Desarrollo, creada el 11 de julio de 2020.

El carácter afable y comunicativo del galeno, pero sobre todo su gran capacidad de liderazgo y de trabajo en equipo, ha conseguido entusiasmar a otros jóvenes médicos y sanitarios que comparten su visión, lo que ha permitido que el complejo médico crezca enfrente de la parroquia. En 2020 se abrió la farmacia y en 2023 el centro de análisis médicos. En diciembre, el apoyo de la organización austriaca Missio-Viena permitió terminar el edificio del ambulatorio de urgencias y pronto comenzarán los trabajos de la maternidad con la financiación de la organización estadounidense The Papal Foundation. Además, la colaboración entre la ANDFD y la Diócesis de Mbaiki ha permitido la organización de nueve clínicas móviles para acercar los cuidados médicos a las personas más desfavorecidas

El sanitario centroafricano compagina sus múltiples actividades con la docencia en la Facultad de Ciencias de la Salud de Bangui, el único centro universitario médico de todo el país. También dirige las tesis doctorales de jóvenes médicos, convencido del papel fundamental de la formación. «Cuantos más profesionales sanitarios tengamos, mejor será nuestro futuro, porque la situación de la RCA es terrible. Tenemos uno de los porcentajes de médicos por habitante más bajos del mundo (0,21 por 10 000 habitantes) y ningún médico especialista en el interior del país. Los pocos que somos estamos en Bangui», señala con tristeza, pero sin un pesimismo paralizante. A aquellos médicos que «por elección libre» trabajan fuera de la RCA les lanza un mensaje: «Nunca es tarde para regresar, porque vuestra presencia aquí es indispensable y podéis ayudar a más personas que si os quedáis fuera». 

MUNDO NEGRO

México: Inicia su andadura el nuevo consejo Provincial

Del 5 al 8 de enero, tuvo lugar en la casa provincial de Xochimilco la primera reunión del nuevo consejo provincial de los Misioneros Combonianos de México. En la mañana del primer día estuvieron presentes el superior provincial y los consejeros salientes. El padre Mario Alberto Pacheco hizo su profesión de fe y su juramento como nuevo superior provincial. En la foto, los consejos entrante y saliente, con los dos provinciales al centro.
El nuevo consejo provincial. Por la izquierda, sentados: P. Mario Alberto Pacheco (nuevo superior provincial) y Hno. Juan Carlos Salgado. De pie: P. Luis Enrique Ibarra, P. Víctor Mejía y P. Lauro Betancourt.

El equipo que dirigirá los destinos de los combonianos en México durante los próximos tres años inició su andadura con la primera reunión que tuvo lugar en la sede provincial de Xochimilco. Durante la mañana del primer día estuvieron presentes el anterior provincial, padre Rafael Güitrón, y sus consejeros. Durante ese encuentro los consejeros salientes compartieron sus impresiones y sentimientos al concluir los tres años de servicio a la provincia. Fueron sentimientos de gratitud y también de apoyo hacia quienes tienen la responsabilidad de tomar el relevo para acompañar y guiar los destinos de los Combonianos durante los tres próximos años, periodo que estará marcado fundamentalmente por la reunificación de las provincias de México y Centroamérica en una sola circunscripción comboniana.

El resto de la mañana de ese primer día se dedicó a poner al corriente al nuevo provincial y su consejo sobre los asuntos en curso y las cuestiones pendientes que tendrán que afrontar. También se dedicó un tiempo a informar al nuevo consejo sobre la situación económica y financiera de la provincia, informe realizado por el administrador provincial, que concluyó con la entrega oficial de los balances y estados de cuentas al nuevo consejo provincial.

Al final del día, en el transcurso de la Eucaristía, el nuevo provincial, el padre Mario Alberto Pacheco, hizo su solemne profesión de fe y el juramento como nuevo superior provincial ante el padre Rafael Güitrón, provincial saliente, ante todos los consejeros y ante la comunidad comboniana presente en la celebración. Los días siguientes, el nuevo consejo provincial inició su propio camino como equipo que guiará a los Misioneros Combonianos de México hasta 2028.

El P. Mario Alberto Pacheco, presta juramento como nuevo superior provincial para el período 2026-2028