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XII Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: “No teman a los hombres. No hay nada oculto que no llegue a descubrirse; no hay nada secreto que no llegue a saberse.
Lo que les digo de noche, repítanlo en pleno día, y lo que les digo al oído, pregónenlo desde las azoteas.
No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman, más bien, a quien puede arrojar al lugar de castigo el alma y el cuerpo.
¿No es verdad que se venden dos pajarillos por una moneda? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae por tierra si no lo permite el Padre. En cuanto a ustedes, hasta los cabellos de su cabeza están contados. Por lo tanto, no tengan miedo, porque ustedes valen mucho más que todos los pájaros del mundo. A quien me reconozca delante de los hombres, yo también lo reconoceré ante mi Padre, que está en los cielos; pero al que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre, que está en los cielos”.

(Mateo 10, 26-33)


No tengan miedo
P. Enrique Sánchez G. mccj

Después de leer esta página del Evangelio es muy probable que las palabras que han quedado resonando en nuestro interior son: No tengan miedo. No teman a los hombres.

Ya desde hace tiempo hemos venido escuchando, como mensaje de esperanza y de confianza, que quien permanece en Dios, quien hace de su amor el objetivo de la vida, simplemente no puede vivir en el temor.

No podemos negar que vivimos en un mundo en donde las amenazas, las inseguridades, los riesgos que atentan contra nuestra vida o contra nuestra paz parecen ser el pan de cada día. Muchas veces decimos que salimos de nuestra casa, pero no sabemos si regresaremos con bien. Los motivos para el temor no hace falta inventarlos y muchas veces pueden paralizarnos.

La astucia de quienes se dedican a hacer el mal parece ser cada día más sofisticada y nos sorprende la habilidad con que se logra usar de herramientas que deberían servir para el bien, para crear situaciones de maldad.

Y, sin embargo, la palabra del Evangelio no se pierde, no baja su intensidad y nos permite escuchar con fuerza la voz del Señor que nos anima a no quedarnos petrificados ante las amenazas del mal.

“No teman a los hombres” es más que una recomendación nacida de la promesa que el Señor nos ha hecho de no dejarnos solos, de no permitir que el mal triunfe y que el miedo nos robe la esperanza y nos impida ser testigos de su presencia entre nosotros.

El mandato de pregonar y de anunciar lo que el Señor nos va revelando a través de nuestro peregrinar cristiano nos impulsa y nos anima a no perder el entusiasmo misionero.

Hay que decir en voz alta al mundo que Dios sigue siendo quien lleva las riendas de nuestra historia y es él quien nos llena de valor, incluso en los momentos en que nos podemos sentir amenazados o confundidos por las tinieblas que nos pueden rodear.

“No tengan miedo a quienes matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma”. Ciertamente no podemos ser ingenuos y pensar que nada nos puede suceder, si nos arriesgamos a ser fieles al mandato del Señor de ir por todas partes a anunciarlo.

No podemos cerrar los ojos y negar que existen tantas víctimas de la maldad que terminan sus vidas de manera trágica. Vidas que son arrebatadas injustamente por quienes han perdido el respeto por la vida, por quienes no tienen conciencia y consideran a los demás como cosas que se pueden desechar o destruir.

Es un hecho, que no podemos negar, que hoy existe una forma de pensar en algunas partes de nuestro mundo que no respeta la vida y no faltan personas en nuestro tiempo quienes no se tientan el corazón para matar y sembrar la tristeza y el dolor.

Pero aún en esas situaciones el Señor nos anima a seguir adelante, a no perder la confianza, pues habrá quien acabe con la vida, pero el espíritu que llevamos dentro de nuestro corazón, ese nada ni nadie lo podrá destruir.

Y seguirán existiendo miles de cristianos que estarán siempre dispuestos a dar su vida buscando la manera de permanecer fieles a su fe en Jesús. Discípulos que no le temen a nada y que están dispuestos a todo por decir con sus vidas que el Señor está entre nosotros.

Todos conocemos la situación de muchos cristianos que son hoy perseguidos y no faltan las noticias de comunidades que han sido atacadas brutalmente asesinando a muchos cristianos. Sabemos de hermanos nuestros en la fe que son obligados a emigrar, a dejar su tierra, sus familias porque son condenado a desaparecer. Y ahí se escucha la palabra del Señor que los sostiene y los anima diciendo “podrán matar el cuerpo, pero no el alma”.

Y en las palabras que siguen en el relato de nuestro Evangelio escuchamos a Jesús que nos confirma en la esperanza.

Dios toma cuidado de los pajarillos y nada de lo que nos pueda suceder en la vida se le escapa. Todo está bajo su mirada y no deberíamos preocuparnos por nada, pues hasta los cabellos de nuestra cabeza los tiene contados y nada puede suceder sin que él lo permita.

Estamos en las manos de Dios y somos el motivo de su amor y de su preocupación. Eso debería generar en nuestro interior una gran alegría, una inmensa gratitud; pero sobre todo una confianza sin límites. Pues a cada paso que demos, el Señor se nos irá adelantando para que podamos avanzar con la serenidad y la paz en nuestros corazones.

Si en días anteriores decíamos que lo más bello que nos puede suceder en la vida es descubrir que somos lo que más ama Dios, hoy, escuchando este Evangelio, deberíamos sentirnos mucho más felices, porque valiendo mucho más que los pájaros del cielo, de los cuales Dios se toma cuidado, podremos decir que todo lo que nos suceda será siempre una bendición del Padre que nos va cuidando y bendiciendo.

De ahí debe nacer nuestra valentía y el ánimo de seguir adelante, sin temor y sin miedo. Pues, como dice el Salmo, “aunque pase por valles oscuros, nada temeré; porque el Señor me guía y me conduce” (Sal 23, 1-6)

Por lo tanto, no tengamos miedo, dejemos que el Espíritu del Señor actúe en nuestros corazones para que podamos dar testimonio de él en todas las circunstancias de nuestra vida. Que la fe que nos mueve a la esperanza y a la confianza nos permita confesar con nuestras obras y con el testimonio de nuestras vidas que somos del Señor, que todo lo esperamos de él y que en él tenemos puesta toda nuestra confianza.

Confesemos al Señor con valor y alegría y pidamos que sostenidos por él podamos ser en nuestro mundo aquellos que han vencido el miedo no con nuestras fuerzas, sino con la fortaleza que nos otorga el Señor a través de su Espíritu.

Sintámonos orgullosos de ser discípulos de Jesús y no nos cansemos de anunciarlo en nuestro mundo que tanta necesidad tiene de él.


No tengan miedo
Antonio Guerra

El texto que hoy meditamos forma parte del discurso apostólico (Mt 10). En el contexto inmediato a la lectura, Jesús ha descrito a sus discípulos un cuadro de violencia y persecución. Esto podría provocarles miedo e impulsarlos a retroceder, por eso resuena en el evangelio por tres veces el no tengan miedo (vv. 26.28.31). Jesús los invita a tener confianza en la asistencia del Padre y los impulsa a sentirse llamados a dar testimonio del amor de Dios.

Primera exhortación. La tarea del anuncio y la pertenencia al grupo de Jesús los hace todavía más vulnerables. A pesar de todo, les dice “no tengan miedo”, que es como decir: “no permitan que el miedo los arrastre y les haga abandonar la fidelidad a su misión con tal de salvar su vida”. Lo que Jesús les ha confiado han de anunciarlo con franqueza y apertura, a la luz del sol y en público.

En la segunda exhortación Jesús pide coraje también frente al daño extremo e irrevocable que podemos sufrir frente a la muerte. Jesús recuerda que la vida terrena no es el mayor bien y que la muerte no es el mal más grave. Jesús los invita a la valentía de abandonarse en Dios, no porque éste vaya a frenar a los hombres, impidiéndoles que le maten, sino porque, matando, los hombres no pueden influir lo más mínimo sobre el destino último de la salvación definitiva: sólo de Dios depende nuestro destino definitivo, la vida eterna o la perdición eterna. Nada de lo que nos suceda dejará de estar en las manos de Dios.

Tercera exhortación. El discípulo es por encima de todo uno que no teme mostrar la propia identidad confesándola públicamente. Quien reconoce a Jesús como su maestro delante de los demás, será reconocido como su discípulo también delante del Padre. Quien da espacio al miedo, anula todos los pasos hechos en el camino del seguimiento, desconectándose del vínculo de amistad profundo que ha sido tejido con Jesús.


Nuestros miedos
José Antonio Pagola

Cuando nuestro corazón no está habitado por un amor fuerte o una fe firme, fácilmente queda nuestra vida a merced de nuestros miedos. A veces es el miedo a perder prestigio, seguridad, comodidad o bienestar lo que nos detiene al tomar las decisiones. No nos atrevemos a arriesgar nuestra posición social, nuestro dinero o nuestra pequeña felicidad.

Otras veces nos paraliza el miedo a no ser acogidos. Nos atemoriza la posibilidad de quedarnos solos, sin la amistad o el amor de las personas. Tener que enfrentarnos a la vida diaria sin la compañía cercana de nadie.

Con frecuencia vivimos preocupados solo de quedar bien. Nos da miedo hacer el ridículo, confesar nuestras verdaderas convicciones, dar testimonio de nuestra fe. Tememos las críticas, los comentarios y el rechazo de los demás. No queremos ser clasificados. Otras veces nos invade el temor al futuro. No vemos claro nuestro porvenir. No tenemos seguridad en nada. Quizá no confiamos en nadie. Nos da miedo enfrentarnos al mañana.

Siempre ha sido tentador para los creyentes buscar en la religión un refugio seguro que nos libere de nuestros miedos, incertidumbres y temores. Pero sería un error ver en la fe el agarradero fácil de los pusilánimes, los cobardes y asustadizos.

La fe confiada en Dios, cuando es bien entendida, no conduce al creyente a eludir su propia responsabilidad ante los problemas. No le lleva a huir de los conflictos para encerrarse cómodamente en el aislamiento. Al contrario, es la fe en Dios la que llena su corazón de fuerza para vivir con más generosidad y de manera más arriesgada. Es la confianza viva en el Padre la que le ayuda a superar cobardías y miedos para defender con más audacia y libertad el reino de Dios y su justicia.

La fe no crea hombres cobardes, sino personas resueltas y audaces. No encierra a los creyentes en sí mismos, sino que los abre más a la vida problemática y conflictiva de cada día. No los envuelve en la pereza y la comodidad, sino que los anima para el compromiso.

Cuando un creyente escucha de verdad en su corazón las palabras de Jesús: «No tengáis miedo», no se siente invitado a eludir sus compromisos, sino alentado por la fuerza de Dios para enfrentarse a ellos.


Ni miedo a hablar, ni miedo a morir
José Luis Sicre

El evangelio de este domingo es parte del segundo gran discurso que Mateo pone en boca de Jesús. Dirigido a los apóstoles, comienza con unas instrucciones sobre cómo deben anunciar el Reinado de Dios, insistiendo en el desinterés y la pobreza (Mt 10,5-15). No pueden imaginar que la predicación de este mensaje, o curar enfermos, sobre todo sin pedir nada a cambio, pueda provocarles calumnias y persecuciones. Sin embargo, repetir el mensaje de Jesús y vivir como él vivió provoca mucho malestar en ciertos ambientes. Por eso, les deja claro a los discípulos que van a ser muy perseguidos (10,16-25). Ante esto, corren dos peligros: el de callar, para no meterse en complicaciones; y el de dejarse arrastrar por el miedo a la muerte. La forma en que Jesús aborda este tema resulta de una frialdad pasmosa, usando tres argumentos muy distintos: 1) la muerte del cuerpo no tiene importancia alguna, lo importante es la muerte del alma; 2) todo lo que pueda ocurriros lo dispone Dios; 3) la actitud que adoptéis con respecto a mí la adoptaré yo con respecto a vosotros.

Mateo ha recogido en este breve fragmento frases pronunciadas por Jesús en distintos momentos de su vida. Por eso, pueden desconcertar un poco. En el primer caso, a quien deben temer los apóstoles es a Dios, el único que puede matar el alma. En el tercero, a quien deben temer es a Jesús, que podría negarlos ante el Padre del cielo. En cualquier caso, a quienes no deben temer es a los hombres, idea que se repite tres veces en estos pocos versículos.

Cuando se piensa en los asesinatos de cristianos en Egipto, Siria y otros países, quienes vivimos en una sociedad tranquila y segura (por mucho que nos quejemos) podemos tener la impresión de que estas palabras son inhumanas, casi crueles. Sin embargo, es probable, incluso seguro, que a esos cristianos perseguidos les infundan enorme esperanza y energía para confesar su fe. Han preferido la muerte a renegar de Jesús; han preferido ponerse de su parte, salvar el alma antes que el cuerpo.

La primera lectura sirve de contraste (aunque es probable que quienes la eligieron no cayeran en la cuenta de este detalle). El destino de Jeremías, calumniado y perseguido por sus paisanos de Anatot y por las autoridades religiosas y políticas de Jerusalén, recuerda lo que anuncia Jesús a sus discípulos. Pero hay una gran diferencia entre esta primera lectura y el evangelio. El profeta termina pidiendo a Dios que lo vengue de sus enemigos. Jesús nunca sugiere algo parecido a sus discípulos. Al contrario, morirá perdonando a quienes lo matan.


“No tengan miedo”
Misión es fidelidad de amor hasta el Martirio
Romeo Ballan, mccj

En el centro del ‘discurso misionero’ de Jesús, que envía a sus discípulos a anunciar el Reino, está la perspectiva cercana y concreta de la persecución, quizás como un reflejo de la experiencia que las primeras comunidades de fieles ya estaban sufriendo, cuando se escribían los Evangelios (Mt 10; Mc 6; Lc 10). De ahí la insistencia de Mateo (Evangelio) en recordar hasta por tres veces la palabra confortadora del Maestro: ‘No tengan miedo’ (v. 26.28.31). Desde siempre, estas palabras han dado ánimo a los pregoneros del Evangelio y han sostenido la fidelidad de los mártires de todos los tiempos.

La superación del miedo y el valor de dar testimonio se basan:

– en el destino universal del mensaje de Jesús: es para todos los pueblos, es un mensaje que es preciso anunciar en pleno día y pregonar desde la azotea (v. 27);

– en el santo temor de Dios: el sentido profundo de su santidad y majestad exige que el primer lugar corresponda siempre y solo a Aquel que tiene la palabra definitiva para la salvación del alma y del cuerpo (v. 28);

– en la bondad del Padre que cuida con amor cosas tan pequeñas como los pajaritos, y cuenta hasta los cabellos de la cabeza (v. 29-31);

– en la necesidad de estar unidos y ser fieles a Cristo, por amor, y, en Él, estar unidos al Padre (v. 32-33).

El profeta Jeremías (I lectura) experimentó la amargura de la calumnia y el terror de la persecución (v. 10), pero, a la vez, la presencia del Señor a su lado “como fuerte soldado” (v. 11), al que él encomienda su causa (v. 12). Por eso, invita a alabar al Señor “que libró la vida del pobre de manos de los impíos” (v. 13). San Pablo (II lectura) alienta la esperanza de los cristianos de Roma, afirmando que el proyecto salvífico de Dios en favor de todos los hombres supera cualquier condicionamiento impuesto por la historia y por el pecado del hombre. En efecto, “no como fue el delito, así también fue el don”, porque la gracia va mucho más allá: “mucho más, gracias a Jesucristo, la benevolencia y el don de Dios se han desbordado sobre todos” (v. 15). ¡En virtud del misterio pascual en la muerte y resurrección de Cristo!

A la luz de ese misterio, hay que interpretar las palabras de un profeta de nuestro tiempo, Dietrich Bonhoeffer (1906-1945), teólogo luterano y mártir del nazismo alemán: “Dios nos ha salvado no en virtud de su potencia, sino en virtud de su impotencia”. Y más todavía: “¡Es el fin! Para mí es el comienzo de la vida”. Recordemos, en el centenario de su nacimiento (1920), al Papa Juan Pablo II, que en 1978 inauguró su pontificado con una clara exhortación a superar el miedo: “¡No tengan miedo! ¡Abran las puertas a Cristo!” En nuestros días el miedo es uno de los sentimientos más extendidos; algunos políticos lo alimentan hábilmente, haciendo de él un uso instrumental en orden a sus proyectos. “El miedo se ha convertido en un instrumento político; nuestros miedos ocultos, de hecho, hacen de nosotros personas expuestas a dejarse manipular fácilmente”, decía el P. Adolfo Nicolás (+2020), Superior general de los jesuitas. El miedo, además, es siempre un pésimo consejero.

La superación del miedo y la fidelidad hasta el martirio acompañan siempre a la Iglesia en todo tiempo y lugar. Hay una continuidad entre los cristianos perseguidos en los primeros siglos y los testimonios de mártires recientes, igualmente fieles al anuncio del Evangelio y a la denuncia profética. El arzobispo Óscar A. Romero, poco antes de ser asesinado (El Salvador, 1980), declaró con firmeza a las fuerzas del orden público: “En nombre de Dios y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada vez más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno: en nombre de Dios, cese la represión”. Jesús lo había predicho: Los perseguirán también a ustedes… Pero no tengan miedo. ¡Yo he vencido al mundo!

Vivir la fraternidad con el pueblo afro de Guayaquil

En 1980, los Misioneros Combonianos fundaron el Centro Cultural Afro de Guayaquil, una ciudad en la costa ecuatoriana del Pacífico. El de Guayaquil fue el primer Centro —en toda América Latina— dedicado exclusivamente al acompañamiento pastoral de los afrodescendientes, quienes hasta el día de hoy representan la parte más pobre y discriminada de la población del Ecuador. De hecho, el rechazo, la exclusión y la falta de oportunidades son la experiencia cotidiana de muchos negros que viven en esta ciudad.

Por: Hno. Alberto Degan, mccj
Desde Guayaquil, Ecuador

Con nuestro servicio misionero, queremos impulsar a las Instituciones y también a la Iglesia a valorar a la persona afrodescendiente y su cultura; al mismo tiempo, queremos que los afroecuatorianos crean en su propia belleza y en sus propios talentos.

Yo tuve la gracia de vivir mi vocación misionera en Guayaquil del 2002 al 2010 y del 2020 al 2024. Como Hermano comboniano me siento comprometido, sobre todo, con la Promoción Humana. Sin embargo, cuando hablamos de Promoción Humana, no nos referimos solo al desarrollo técnico-científico, porque un desarrollo técnico desvinculado de una espiritualidad de la fraternidad y de la justicia aumenta —en lugar de disminuir— la deshumanización. Lo vemos también hoy: los horrores de la guerra se centuplican con el desarrollo de tecnologías avanzadas.

Por eso creemos que Promoción Humana significa —antes que nada— promover la humanidad, valorar las riquezas humanas de nuestra gente y formar personas humanas según el proyecto de Dios, que vino al mundo como “primogénito entre muchos hermanos” (Rom 8, 29) para enseñarnos a vivir la fraternidad. Queremos, por lo tanto, valorar las bellezas humanas y espirituales de las personas que la sociedad margina y no toma en cuenta: los afro, los habitantes de las periferias urbanas, los drogadictos, etc.

En el centro de la foto: Hno. Alberto Degan, misionero comboniano italiano, en Guayaquil (Ecuador).

Un triste récord

Lamentablemente, en estos últimos años Guayaquil ha conquistado un récord no muy envidiable: entró en el top-ten de las diez ciudades más violentas del mundo, con una tasa de 80 homicidios por cada 100.000 habitantes (casi 50 veces la tasa de homicidios que hay en Italia).

De hecho, hoy Ecuador es uno de los países con la tasa de violencia más alta, y esto se debe principalmente a los carteles mexicanos del narcotráfico que, a partir de 2017, entraron en nuestro país, el cual se convirtió en una de las principales tierras de comercializaciòn de droga, gracias también a innegables complicidades con las altas esferas políticas. Y así, ahora, casi todos los barrios de nuestra ciudad están en manos de bandas vinculadas a los carteles. Estas bandas imponen una “vacuna” (extorsión) a todos los pequeños comerciantes, incluso a aquellos que ganan apenas lo suficiente para sobrevivir. Y así, muchos renuncian a los pequeños emprendimientos que habían comenzado (por ejemplo, la venta de “almuercitos”), porque con la “vacuna” no obtendrían casi ninguna ganancia.

A veces, además, nacen disputas internas dentro de la misma banda, causando grandes matanzas. El año pasado, por ejemplo, en el barrio periférico de Socio Vivienda, fueron asesinadas 23 personas —en su mayoría jóvenes— en una sola noche. También en otros barrios ocurren balaceras con frecuencia, por lo que a las 7 de la noche la gente decide encerrarse en sus casas.

¿Quién tiene derecho a una vida buena?

Al azote de la violencia se suma el de la injusticia social: en Ecuador las desigualdades siguen creciendo. En la localidad de Samborondón, justo a las afueras de Guayaquil, se han refugiado muchos ricos: a salvo en sus ciudadelas “fortificadas” y protegidas, no se sienten tan amenazados por la violencia que, en cambio, azota a los barrios populares. Quien vive allí tiene todas las comodidades y goza de todos los derechos.

Por ejemplo, en Ecuador sòlo quien puede permitirse pagar un seguro privado, recibe una atenciòn mèdica excelente. Lamentablemente, muchos niños de los barrios populares no tienen un seguro médico, porque sus padres no pueden pagarlo. Benjamín, por ejemplo, un niño del barrio Nigeria, estuvo muy enfermo el año pasado (con problemas de parásitos, gastritis, etc.), pero su papá —padre de seis hijos— no siempre tenía el dinero para llevarlo al médico. Y así, objetivamente, Benjamín no goza de los mismos derechos que un niño que vive en Samborondón.

Pero nuestra sociedad ha hecho las paces con esta injusticia. ¿Quién tiene derecho a una vida buena? Parece que nos hemos resignado a la idea de que no todos tienen derecho a ella, y que la vida de algunos niños vale menos que la de otros.

Vivir una vida buena en un mundo violento

¿Es posible vivir una vida buena cuando se vive en una sociedad injusta? ¿Es posible ofrecerle a mi hijo una vida bella en una ciudad dominada por la violencia? Esta es una pregunta que està presente en el corazón de muchos guayaquileños. Y es conmovedor ver cómo tanta gente lucha por vivir una vida buena incluso en un contexto tan difícil. Yo creo que precisamente en esto consiste la grandeza del ser humano: en no renunciar nunca a buscar la belleza y la bondad, incluso cuando todo parecería empujarte a rendirte.

Y aquí está, entonces, mi respuesta: sí, incluso en una ciudad violenta como Guayaquil es posible vivir una vida bella. ¿Cómo se fundamenta esta afirmación? De manera desarmante, respondería Jon Sobrino: esto es lo que vemos y experimentamos, esto es lo que sucede entre los pobres.

Pequeños maestros

Sabemos que Jesús nació en una sociedad muy cruel, en la que se perpetraban masacres y muchos condenados a muerte vivían la terrible agonía de la crucifixión. Cristo vino a enseñarnos a vivir una vida bella en un mundo violento, y en Ecuador ha encontrado muchos discípulos que, en su sencillez, se transforman en nuestros pequeños maestros.

Mis primeros maestros son las Misioneras y los Misioneros afro, laicos afro – Bernardo, Amèrica, Juan Carlos, Carmen, Dominga, Marcia, etc. – formados en la espiritualidad comboniana de “Salvar a África con África”, que evangelizan a partir de la cultura y la espiritualidad propias del pueblo negro. A pesar de vivir en los barrios más violentos de la ciudad, Gloria, Estela, Tomasa, Palmenia, Yudi, Francisco, Norma y Carlos siguen organizando en sus casas los “palenques” infantiles. No olvidemos que los mafiosos vinculados al narcotráfico intentan reclutar incluso a niños de 6 o 7 años. Estos palenques, por lo tanto, son espacios alternativos en los que esperamos educar a los constructores de un futuro diferente, dándoles una formación cristiana, enraizada en su espiritualidad afro. En otras palabras, queremos salvar a estos niños de la cultura de la violencia para que, cimentados en Jesús, no se dejen tentar por las sirenas del dinero fácil vinculado a la delincuencia del narcotráfico.

Otra de mi maestras es Orfilia. Fui yo, hace 20 años, quien le dio a conocer los barrios periféricos de Guayaquil donde vive la mayoría de la población negra. Al principio era ella quien me seguía a mí, un poco temerosa. Cuando regresé a Guayaquil, diez años después, era ella quien a menudo me acompañaba a barrios periféricos donde pocos se atreven a entrar. Orfilia, que trabaja como contadora, con la colaboración de algunos amigos ha desarrollado desde hace años un programa de becas de estudio para niños y adolescentes afro, y dedica una buena parte de su tiempo a hacer el seguimiento del rendimiento escolar de estos niños, organizando también para ellos espacios de refuerzo escolar.

Otro de mis maestros es Rodrigo, quien me invitó a colaborar con un centro de rehabilitación para drogadictos dirigido por una iglesia evangélica. Es hermosa esta colaboración con los evangélicos. De hecho, una de las cosas que más me entristece es ver que a todos los problemas que estamos viviendo se suma también el de la “rivalidad” entre las diferentes denominaciones religiosas, lo que causa tanta división en medio de nuestra gente, precisamente en un momento en que se necesitaría mayor unidad y fraternidad. Con estos jóvenes que están luchando por dejar el “vicio” de la droga, buscamos el camino que lleve a un cambio fundamental en nuestra vida, un cambio que es imposible llevar adelante solo con nuestras fuerzas, pero que se vuelve posible si nos ponemos en las manos de Dios. Rodrigo, joven padre de familia, dedica gran parte de su tiempo a estos jóvenes.

Otra de mis maestras es Karen, quien vive en Trinipuerto, uno de los barrios más violentos de la ciudad. Ella trabaja y se dedica a sus dos hijos, pero a pesar de esto —fiel y perseverante— también encuentra tiempo para reunirse con los niños del barrio y con los jóvenes de la Pastoral Afro: lee con ellos la Palabra de Dios y ha logrado consolidar un espacio sano y solidario en un contexto tan problemático. Karen quiere salvar a estos jóvenes de la cultura de la violencia y de la resignación, dándoles herramientas para seguir caminando, luchando y esperando.

Un gran futuro para el Ecuador

Para mí ha sido una verdadera gracia ser parte de la vida, de las esperanzas y de los sufrimientos de este pueblo maravilloso. A menudo vuelvo a mirar las fotos tomadas en estos últimos años en Guayaquil y me digo: ¡pero qué belleza en estos encuentros, en esta gente! ¡Qué belleza en estas ganas de seguir luchando y caminando con esperanza en medio de tantas dificultades!

Una vez, unos amigos italianos mi preguntaron: pero ¿hay esperanza para el Ecuador, que parece oprimido por la violencia? Y yo respondo: sí, mientras haya personas como Rodrigo, Orfilia, Carlos, Elìas y Karen, que siguen testimoniando la belleza del Evangelio en un contexto tan difícil, yo veo un gran futuro para este país.

Sentirse amados

Nosotros, los Hermanos combonianos, acompañamos y nos sentimos acompañados por estas personas: frente a una realidad tan dura nos apoyamos los unos a los otros, y en esta fraternidad sentimos amor y consuelo mutuo. De este modo, Dios nos da la fuerza para seguir caminando y esperando.

Como afirma el padre Glenday: “Si vives la misión como amor, experimentas la transformación. Por un lado, el misionero crece como signo visible de la presencia amorosa de Dios. Por el otro, quienes son acompañados se vuelven más conscientes de su propia dignidad como hijos amados de Dios. Se sienten amados. Así, la misión se convierte en algo recíprocamente generador de vida”.

Yo pienso que esto es lo más importante de la misión: que las personas —sobre todo aquellas que generalmente son marginadas y descartadas— se sientan amadas y valoradas en sus riquezas humanas. Esto es lo que he experimentado en Guayaquil. Y por ello le agradezco a Dios infinitamente.

Hno. Alberto Degan, MCCJ

Mons. Tesfaye Tadesse, nuevo arzobispo de Addis Abeba

El misionero comboniano, Mons. Tesfaye Tadesse, ha sido nombrado en el día de hoy, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, como nuevo arzobispo metropolitano de Addis Abeba, en Etiopía. Mons. Tadesse era hasta hoy obispo auxiliar de esta archieparquía etíope.

El papa León XIV nombró esta mañana a Mons. Tesfaye Tadesse, misionero comboniano, arzobispo titular de la archieparquía de Addis Abeba, Etiopía.

Mons Tadesse fue elegido Superior General de los Combonianos en el Capítulo de 2015 y reelegido para un nuevo mandato de seis años en el Capítulo de 2022. De 2017 a 2022 fue Vicepresidente y Presidente de SEDOS y de 2018 a 2021 miembro del Consejo Ejecutivo de la USG (Uniones de Superiores Generales); participó en la primera y segunda sesiones del Sínodo sobre la Sinodalidad (octubre de 2023 y 2024) como delegado electo de la USG.

El 6 de noviembre de 2024 el papa Francisco lo nombró obispo auxiliar de la Archieparquía de Addis Abeba, Etiopía, asignándole la sede titular de Cleopátide. Este nombramiento hizo que los combonianos tuviesen que elegir un nuevo superior general. El 24 de junio de 2025, el papa León XIV lo nombró miembro del dicasterio vaticano que se encarga de todo lo relacionado con los institutos religiosos y las sociedades de vida apostólica.

En el día de hoy, el Santo Padre aceptó la renuncia al gobierno pastoral de la Arcieparquía de Addis Abeba (Etiopía) presentada por Su Eminencia el Cardenal Berhaneyesus Demerew Souraphiel, C.M. y nombró Arzobispo Metropolitano a Mons. Tesfaye Tadesse Gebresilasie.

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Sagrado Corazón de Jesús

Mensaje del Consejo General de los Combonianos
para la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús

Queridos hermanos: La Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús nos invita a volver a la fuente de nuestra vocación y de nuestra misión. Al contemplar el Corazón traspasado del Buen Pastor, reconocemos el amor sin medida de Dios por la humanidad: un amor que se hace cercanía, compasión, misericordia y entrega total de sí mismo.

El Corazón de Jesús no es solamente un símbolo de nuestra fe; es el lugar donde aprendemos a conocer la manera de amar de Dios y el criterio con el que discernimos nuestra vida misionera. En él descubrimos un amor que no excluye a nadie, que se deja herir por el sufrimiento del mundo y que continúa buscando a quienes están perdidos, olvidados o descartados.

San Daniel Comboni encontró en el Corazón de Cristo el secreto de su pasión misionera. De aquella contemplación nació su amor por los pueblos más abandonados y su capacidad de compartir su historia hasta sentirlos verdaderamente como hermanos. También para nosotros, “hijos” de tan gran Apóstol de África, la misión encuentra su origen y su renovación en dejarnos modelar por el Corazón de Jesús, para que nuestra mirada, nuestras decisiones y nuestras relaciones reflejen cada vez más sus mismos sentimientos.

El Papa Francisco nos recordó que «el Corazón de Cristo, que simboliza su centro personal del que brota su amor por nosotros, es el núcleo vivo del primer anuncio» (Dilexit Nos, 32). Solo permaneciendo unidos a este centro podremos evitar que la misión se reduzca a eficiencia, organización o simple actividad. Antes que trabajadores, somos discípulos; antes de hablar de Cristo, estamos llamados a dejarnos transformar por su amor.

Vivimos en un mundo marcado por profundas heridas. Guerras, violencias, desigualdades, migraciones forzadas, pobrezas antiguas y nuevas siguen afectando a millones de personas. Muchos hombres y mujeres buscan esperanza, escucha y dignidad; muchos jóvenes buscan un futuro; numerosas comunidades viven situaciones de fragilidad e incertidumbre. Frente a estas realidades, la tentación de la indiferencia o de la resignación está siempre al acecho.

El Corazón de Cristo, en cambio, nos llama a una cercanía valiente. Nos invita a no pasar de largo, a no encerrarnos en nuestras seguridades, sino a compartir la vida de los pueblos a los que somos enviados. La misión nace precisamente de este movimiento del corazón: salir de nosotros mismos para encontrarnos con el otro, reconociéndolo como hermano o hermana amada por Dios. Dando prioridad a los últimos, a los más marginados y a los más pobres, hasta desear, como decía Daniel Comboni, «estrechar entre los brazos y dar el beso de paz y de amor a aquellos infelices hermanos nuestros» (Escritos, 2742). Sí, como combonianos, estamos llamados a ser signo de este amor que acoge y reconcilia, que crea fraternidad y genera esperanza en las periferias del mundo.

Nuestra presencia en las diversas Iglesias y entre los distintos pueblos del mundo adquiere credibilidad cuando se convierte en testimonio de comunión, especialmente en nuestras comunidades internacionales e interculturales. La diversidad de nuestros orígenes no es un obstáculo para la misión, sino uno de sus signos más elocuentes: el Evangelio es capaz de unir aquello que el mundo tantas veces divide.

En esta fiesta, pidamos, pues, la gracia de un “corazón misionero”, capaz de compasión, escucha y cercanía; un corazón libre de toda forma de cerrazón y dispuesto a dejarse interpelar por los sufrimientos de los más pobres y abandonados; un corazón que sepa reconocer la presencia de Dios en las periferias humanas y existenciales de nuestro tiempo.

Confiamos al Sagrado Corazón de Jesús nuestro Instituto, las comunidades en las que vivimos, los pueblos a los que servimos y a todos aquellos que llevamos en la oración y en el trabajo cotidiano. Que este Corazón renueve en nosotros la alegría del Evangelio, reavive el fuego de la misión y nos haga testigos creíbles de su amor en el mundo.

Con afecto fraterno, les deseamos una santa y gozosa Fiesta.

El Consejo General MCCJ


“Dios es amor, y el que permanece en el amor
permanece en Dios y Dios en él”.
P. Enrique Sánchez, mccj

Dios es amor y la manera más sencilla de hacer la experiencia de esta buena noticia es fijar nuestra mirada en el Corazón de Jesús. Un corazón que nos recuerda que ahí se concentra todo lo que podemos decir y experimentar cuando pronunciamos la palabra “Dios”.

Hablar del corazón de Jesús es descubrirnos amados, deseados y elegidos por el Señor como lo mejor que puede ocupar su corazón. Porque nos amó nos llamó y es en su amor que encontramos el sentido último de nuestras vidas, de nuestro ser y de nuestro quehacer, de nuestra vocación y misión en este mundo.

El amor que contemplamos en el Corazón de Jesús no se pierde en palabras y no se esfuma en los discursos que podríamos hacer sobre él. Es amor que se compromete y se realiza ante nosotros a cada paso que vamos dando en nuestro peregrinar por este mundo.

Lejos de ser sentimiento o simple expresión afectiva, el amor de Cristo, manifestado en el corazón que se ofrece, que se presenta como provocación, que atrae y seduce; ese amor es entrega que se sacrifica como ofrenda sobre la cruz. Es sangre que, como vehículo de vida, se derrama para que todos tengamos vida, es amor que llena los corazones sedientos de Dios.

El amor de Dios podría ser muy bien contemplado como “Sagrado Corazón, Corazón divino, Corazón sublime expresión de Dios”, pero no. El amor de Dios se revela como Corazón de Jesús, corazón del Hijo que impide hacer poesía o transformarlo en ilusiones pasajeras.

El Corazón de Jesús nos habla de un amor que se presenta principalmente a través de las experiencia de la compasión y de la misericordia. Es un amor que no pasa indiferente ante las necesidades tan humanas que gritan desde el sufrimiento y el dolor, desde la soledad y el abandono, desde la indiferencia y la exclusión.

El amor de Dios manifestado en Jesucristo, en su Sagrado Corazón, es amor que pasa por la compasión, que ve a los demás con la pasión del corazón que no existe más que para amar. Es el amor que sufre ante el dolor de quien ya no puede con la vida, es el amor que responde a quien grita desde la miseria de su pecado con la esperanza de ser rescatado y redimido. Es el amor que padece con quien se ha equivocado y ha cometido errores en la vida; pero que siente que en aquel Corazón que tanto ha amado puede encontrar una segunda oportunidad para poder seguir amando, pero sintiéndose sostenido por quien primero lo ha amado.

El Corazón de Jesús habla de compasión que hace sentir cómo Dios se inclina, se arrodilla, se abaja para ponerse al nivel de quien ha perdido las fuerzas y que la miseria ha intentado arrebatarle el aliento para seguir esperando.

Es amor que acaba con el temor y con el miedo, que devuelve la confianza y que dibuja horizontes nuevos de esperanza. Porque en el amor de Dios nada está perdido y todo vuelve a ser posible.

Porque Dios no cambia, es siempre el mismo, es amor que se hace eterno y que no se queda atorado ante las miserias que en algún momento nos han hecho creer que nuestros amores eran más fuertes que el suyo.

La compasión que expresa Jesús a través de su Corazón traspasado es la imagen que no necesita explicaciones para hacer entender que el amor de Dios es una pasión que atraviesa todos los obstáculos que nuestra fragilidad humana puede interponer queriendo impedir que el único amor penetre hasta lo más profundo de nuestros corazones.

Y el Corazón de Jesús igualmente nos habla de misericordia, como la otra ala que hacen que el corazón pueda volar e ir al encuentro de quienes más lo necesitan.

Misericordia es la otra manera de definir el amor que existe en el Corazón de Jesús. Es la mirada desde el corazón con la cual nos contempla el Señor. Es mirada que no enjuicia, que no condena y si se quiere hablar de juicio, es el que juzga con el amor.

La misericordia es el amor que invita, como dice el evangelio, a todos aquellos que van por el mundo cansados y agobiados; aquellos que se saben destinados a vivir en el amor y por el amor, pero que la vida les ha negado esa oportunidad.

Vengan, dice el Señor, y yo pondré sobre ustedes el yugo de amor, el yugo llevadero que permite entender y sentir que somos lo más amado por Dios y que jamás exigirá algo que pueda sumergirnos en la tristeza, en el sufrimiento o en dolor.

Porque hemos sido creados por el amor y para amar. Esa será siempre nuestra vocación y el camino por el que tendremos que transitar por este mundo.

Por eso, como decía san Pablo, nada ni nadie nos podrá separar del amor de Dios que se ha manifestad en Cristo. (Romanos 8, 38-39)

Hemos nacido del Amor y no podremos terminar nuestro peregrinar más que en el amor, porque somos de Dios. Y si lo dudábamos, Dios ha entregado lo que más amaba para que muriendo por amor pusiera en cada uno de nosotros el tesoro de su amor.

Finalmente, en el Corazón de Jesús, que nos ama con compasión y misericordia se nos hace entender también que, en ese amor y por ese amor, porque hemos sido amados, por eso somos enviados a ser testigos del amor.

El amor de Dios, manifestado en el Corazón de Jesús, nos hace entender que no es algo que queda atrapado al interior de la Trinidad, sino que es un amor que sale de sí, porque esa es la naturaleza del amor, es lo propio de Dios. Es un amor que se entrega hasta el límite.

El evangelio nos recuerda que uno puede dar la vida por quienes ama, pero el amor de Cristo nos impulsa a ir más lejos y nos dice que el amor verdadero es capaz de llevarnos a dar la vida hasta por quienes nos odian y nos persiguen.

Ese es amor cristiano, el amor que sólo puede brotar del Corazón del Señor. Es el amor que se deja atravesar el corazón por una lanza sobre la cruz, para que en aquella herida de amor puedan encontrar refugio y cobijo todas las personas que han sido llamadas a ser hijas de Dios.

El Corazón de Jesús, en este sentido, es la expresión más bella de lo que nos toca vivir cuando somos llamados a convertirnos en testigos y misioneros del Señor. De ese costado abierto nace la misión y de ese Corazón que tanto nos ha amado, surge también la fuerza y el entusiasmo para vivir la misión, el ser misioneros, como signos de la presencia del amor de Dios en nuestro mundo hoy.

Que el el Sagrado Corazón inflame nuestros corazones de su amor para que vivamos nuestro compromiso misionero con una gran pasión y que en los momentos de dificultad recordemos que en este mundo todo pasa, pero sólo el amor no pasará.

Sagrado Corazón de Jesús, en ti confiamos y a ti consagramos lo que somos y lo que hacemos movidos por tu amor.


Dios quiere los vínculos, crea vínculos
Papa Francisco

«El Señor se ha unido a vosotros y os ha elegido» (cf. Dt 7, 7).

Dios se ha unido a nosotros, nos ha elegido, este vínculo es para siempre, no tanto porque nosotros somos fieles, sino porque el Señor es fiel y soporta nuestras infidelidades, nuestra lentitud, nuestras caídas.

Dios no tiene miedo de vincularse. Esto nos puede parecer extraño: a veces llamamos a Dios «el Absoluto», que significa literalmente «libre, independiente, ilimitado»; pero, en realidad, nuestro Padre es «absoluto» siempre y solamente en el amor: por amor sella una alianza con Abraham, con Isaac, con Jacob, etc. Quiere los vínculos, crea vínculos; vínculos que liberan, que no obligan.

Con el Salmo hemos repetido: «El amor del Señor es para siempre» (cf. Sal 103). En cambio, de nosotros, hombres y mujeres, otro salmo afirma: «Desaparece la lealtad entre los hombres» (Sal 12, 2). Hoy, en particular, la fidelidad es un valor en crisis porque nos inducen a buscar siempre el cambio, una supuesta novedad, negociando las raíces de nuestra existencia, de nuestra fe. Pero sin fidelidad a sus raíces, una sociedad no va adelante: puede hacer grandes progresos técnicos, pero no un progreso integral, de todo el hombre y de todos los hombres.

El amor fiel de Dios a su pueblo se manifestó y se realizó plenamente en Jesucristo, el cual, para honrar el vínculo de Dios con su pueblo, se hizo nuestro esclavo, se despojó de su gloria y asumió la forma de siervo. En su amor, no se rindió ante nuestra ingratitud y ni siquiera ante el rechazo. Nos lo recuerda san Pablo: «Si somos infieles, Él —Jesús— permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo» (2 Tm 2, 13). Jesús permanece fiel, no traiciona jamás: aun cuando nos equivocamos, Él nos espera siempre para perdonarnos: es el rostro del Padre misericordioso.

Este amor, esta fidelidad del Señor manifiesta la humildad de su corazón: Jesús no vino a conquistar a los hombres como los reyes y los poderosos de este mundo, sino que vino a ofrecer amor con mansedumbre y humildad. Así se definió a sí mismo: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11, 29). Y el sentido de la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, que celebramos hoy, es que descubramos cada vez más y nos envuelva la fidelidad humilde y la mansedumbre del amor de Cristo, revelación de la misericordia del Padre. Podemos experimentar y gustar la ternura de este amor en cada estación de la vida: en el tiempo de la alegría y en el de la tristeza, en el tiempo de la salud y en el de la enfermedad y la dificultad.

La fidelidad de Dios nos enseña a acoger la vida como acontecimiento de su amor y nos permite testimoniar este amor a los hermanos mediante un servicio humilde y manso

Queridos hermanos: En Cristo contemplamos la fidelidad de Dios. Cada gesto, cada palabra de Jesús transparenta el amor misericordioso y fiel del Padre. Y entonces, ante Él, nos preguntamos: ¿cómo es mi amor al prójimo? ¿Sé ser fiel? ¿O soy voluble, sigo mis estados de humor y mis simpatías? Cada uno de nosotros puede responder en su propia conciencia. Pero, sobre todo, podemos decirle al Señor: Señor Jesús, haz que mi corazón sea cada vez más semejante al tuyo, pleno de amor y fidelidad.

Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús 2014


Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús
Vaticannews

La solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús se celebra el viernes siguiente a la solemnidad del Corpus Christi, casi como para sugerirnos que la Eucaristía no es otra cosa que el Corazón mismo de Jesús, de Aquel que de corazón cuida de nosotros. En esta misma fecha, la Iglesia celebra la Jornada mundial de oración por la Santificación de los Sacerdotes.
Precisamente fue un sacerdote, el normando Juan Eudes, quien celebró esta fiesta por primera vez el 20 de octubre de 1672. Pero ya algunas místicas alemanas de la Edad Media —Matilda de Magdeburgo (1212-1283), Matilde de Hackeborn (1241-1298) y  Gertrudis de Helfta (1256-1302)—, así como el dominico Beato Enrique Suso (1295 – 1366), habían cultivado la devoción al Sagrado Corazón de Jesús.
A la difusión del culto contribuyeron las revelaciones privadas recibidas por la religiosa visitandina Margarita María Alacoque (1647-1690). Margarita Alacoque vivía en el convento de Paray-le-Monial (Francia) desde 1671. Tenía ya fama de gran mística cuando el 27 de diciembre de 1673 recibió la primera visita de Jesús, que quiso compartir con ella los sufrimientos de su Corazón rebosante de amor por el Padre y por toda la humanidad, del mismo modo que los compartió con el discípulo Juan durante la Última Cena. “Mi divino corazón está tan apasionado de amor por la humanidad que, incapaz de contener en sí mismo las llamas de su ardiente caridad, debe difundirlas. Te he elegido para este gran proyecto”, le dice.
Al año siguiente, Margarita tuvo otras dos visiones. En la primera apareció el corazón de Jesús en un trono de llamas, más brillante que el sol y más transparente que el cristal, rodeado de una corona de espinas; en la segunda, Margarita contempló a Cristo resplandeciente de gloria, con rayos de luz que salían su pecho y se expandían por todos lados. Jesús le habló de nuevo y le pidió que comulgara cada primer viernes de mes durante nueve meses consecutivos, y que se postrase en tierra en oración durante una hora en la noche entre los jueves y los viernes. Nacieron así las devociones de los nueve viernes y de la hora santa de adoración.
En una cuarta visión, Cristo le pidió que se instituyera una fiesta para honrar su Corazón y reparar, mediante la oración, las ofensas que recibe. De parte de Jesús, Margarita también recibió una gran promesa de perdón: quien se acerque dignamente a la Eucaristía y comulgue durante nueve meses consecutivos el primer viernes del mes, con espíritu de expiación por las ofensas cometidas contra el Santísimo Sacramento, amando, honrando y consolando al Corazón de Jesús, recibirá el don de la perseverancia final, es decir, terminará su vida con la gracia de los sacramentos y de la remisión de sus ofensas a Dios y al prójimo.
En 1856, Pío IX ordenó que la fiesta del Sagrado Corazón fuera extendida universalmente a toda la Iglesia. En 1995, San Juan Pablo II instituyó en este mismo día la Jornada Mundial de Oración por la Santificación del Clero, para que Jesús custodie el sacerdocio en su corazón.

Los pequeños del Evangelio

La liturgia nos presenta una oración de Jesús en la que alaba al Padre, es decir, reconoce públicamente lo que ha hecho y hace en favor de los “pequeños”, en detrimento de los sabios y entendidos. El contenido de lo revelado queda plasmado en la expresión “estas cosas”; por los versos que preceden a este texto, “estas cosas” se refiere a la comprensión de la persona de Jesús, a quien los “sabios y entendidos” de la época rechazaron. Por otra parte, los “pequeños” pueden ser los pobres a los que se anuncia el Evangelio, y los humildes, es decir, los que escuchan y aceptan la Palabra. Una clave para entender que el Sacratísimo Corazón de Jesús sólo es comprensible en la medida en que nos hacemos pequeños, humildes.

Mi yugo es suave

El yugo es un dispositivo destinado a la tracción de los animales que permite sujetarlos a un carro, arado u otro apero y hacerlos maniobrar. A partir de esta experiencia tomada de la vida agrícola, Jesús invita a los “pequeños” a confiar en Él, garantizando el descanso, la paz, la liberación, porque su yugo no es opresivo. Jesús no sobrecarga a los que se acercan a Él, no los oprime cargando pesos que los amos de la época no movían ni con un dedo. Jesús, humilde y puro de corazón, es el que dice haciendo, el que acepta la voluntad del Padre y la vive en primera persona, compartiendo con los “pequeños” el compromiso requerido. Por eso el yugo de Jesús es suave, no porque esté “aguado”, sino porque ha eliminado las incrustaciones legalistas y ha devuelto la ley de Dios a su origen, revelando que Dios es amor misericordioso. Amor para siempre, nos recuerda el salmo.

El corazón

En el lenguaje bíblico, el corazón tiene un significado mucho más amplio del que nosotros le atribuimos ordinariamente: indica toda la persona en la unidad de su conciencia, inteligencia, voluntad, libertad. El corazón indica la interioridad del hombre.  Con su costado abierto, Jesús nos dice: “Tú me interesas”, “Tomo tu vida en mi corazón“. Pero también nos dice: “Haz esto en memoria mía: cuida de los demás. Con todo el corazón. Es decir, experimenta los mismos sentimientos de mi corazón y toma las mismas decisiones que yo he tomado”.

Oración

Divino Corazón de Jesús,
te ofrezco por medio del Corazón Inmaculado de María,
madre de la Iglesia, en unión con el sacrificio eucarístico,
las oraciones, acciones, alegrías y sufrimientos de este día
en reparación de los pecados y por la salvación de todos los hombres,
en la gracia del Espíritu Santo, para gloria del Padre Divino.
Amén.

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XI Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, al ver Jesús a las multitudes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor. Entonces dijo a sus discípulos: “La cosecha es mucha y los trabajadores, pocos. Rueguen, por tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos”.

Después, llamando a sus doce discípulos, les dio poder para expulsar a los espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias.

Estos son los nombres de los doce apóstoles: el primero de todos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago y su hermano Juan, hijos de Zebedeo; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo; Simón, el cananeo, y Judas Iscariote, que fue el traidor.

A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: “No vayan a tierra de paganos ni entren en ciudades de samaritanos. Vayan más bien en busca de las ovejas perdidas de la casa de Israel. Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos. Curen a los leprosos y demás enfermos; resuciten a los muertos y echen fuera a los demonios. Gratuitamente han recibido este poder; ejérzanlo, pues, gratuitamente”.

(Mateo 9, 36–10, 8)


La cosecha es mucha y los trabajadores, pocos
P. Enrique Sánchez, mccj

Después del largo periodo pascual y de las fiestas que hemos celebrado en los últimos domingos, nos disponemos hoy a retomar el tiempo ordinario que habíamos dejado prácticamente al comenzar la cuaresma.

En aquel momento habíamos leído en el evangelio lo que llamamos el sermón de la montaña, unos capítulos antes del evangelio de san Mateo que retomamos en este domingo.

Hoy nos encontramos con el discurso misionero de Jesús dirigido a los apóstoles, con el cual se iniciará una etapa nueva en la vida de aquellos que habían sido escogidos por el Señor para que fueran sus testigos más cercanos.

Todo comienza presentándonos a Jesús compadecido por las multitudes que lo seguían, cansadas y extenuadas por no encontrar lo que realmente necesitaban en sus vidas y en sus corazones.

Jesús se muestra sensible y dispuesto a dar una respuesta a quienes van por la vida sin encontrar un consuelo, a lo mejor decepcionados, frustrados y cansados de ir de un lado para otro en sus búsquedas.

Al iniciar esta nueva etapa en el anuncio y la construcción del Reino, Jesús se sitúa en la misma línea del Padre que lo envió. Como dice el libro del Éxodo: “He visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, he escuchado el clamor ante sus opresores. Como conozco sus sufrimientos, he bajado para arrancarlo de la mano de los egipcios y hacerlo subir de esta tierra una tierra buena y espaciosa, a una tierra que mana leche y miel…(Ex 3,7-8)

Jesús, viendo a las multitudes, siente compasión y al igual que su Padre da una respuesta iniciando la misión de ir por todas partes anunciando la llegada del Reino. La cosecha es mucha, pero los trabajadores pocos y por esa razón la nueva etapa en la construcción del Reino de Dios se iniciará con la elección de los doce apóstoles. Doce que se convertirán en pilares sobre los que se construirá la realidad nueva que el Señor está por iniciar.

La misión que está por iniciar será una obra en la que todos seremos involucrados, recordando aquello que decía san Agustín: el que todo lo puede sin ti, no hace nada sin ti.

De los doce, se trata de hombres, cada una con su historia, con su carácter, con sus cualidades y con sus límites, con sus virtudes y seguramente también con sus pecados. No es un grupo de élite o de privilegiados. Son personas como tú y como yo, que tendrán  que hacer el camino dejándose  transformar por la presencia, la palabra  y el testimonio que Jesús irá sembrando en sus corazones.

En el grupo de los doce hay lugar para todos y nadie puede ser excluido, nadie puede presentar excusas para no aceptar la invitación y nadie puede esconderse en falsos prejuicios para no comprometerse. Esto habría que decirlo alto y fuerte, sobre todo hoy cuando tratamos de escurrirnos a la hora de asumir compromisos para dar testimonio de nuestra fe.

Habría que decir que Jesús sigue llamando también a otros doce entre los cuales nos podemos encontrar muchos cristianos de nuestro tiempo que aún con sus limitaciones están llamados a venir y colaborar en la construcción del Reino, porque la realidad sigue siendo la misma y las necesidades se han ido multiplicando.

Podemos estar seguros que cuando Jesús contempla la humanidad de nuestros días su corazón se mueve a compasión, porque para cualquier lado que voltee es muy fácil que contemple muchas ovejas que andan desorientadas, sin saber a dónde ir y que les falta un verdadero pastor que las guíe.

Que la cosecha es mucha, eso nadie lo pude negar, porque no hace falta mucho para que nos demos cuenta de que existe una gran necesidad de Dios en nuestra sociedad.

La cosecha es abundante, porque hay muchas personas que están deseosas de hacer una experiencia espiritual. Porque hay signos muy claros de que la necesidad de una vida que va más allá de lo material y de lo inmediato está entre los anhelos profundos de nuestros hermanos hoy. Porque el Señor nos sigue sorprendiendo con los testimonios de tantas personas que confiesan que han encontrado a Dios y que sus vidas han sido transformadas.

Basta recordar algunos momentos de los tantos encuentros que tuvo el Papa León pasando entre tanta gente durante su visita a España. Gente muy conocida y famosa, pero igual personas sencillas y humildes han dicho, con palabras que han encontrado eco en nuestros corazones, que el encuentro con Dios les había cambiado la vida, que habían vivido momentos que se habían convertido en una segunda oportunidad para seguir adelante en la maravillosa experiencia de vivir y que se sentían felices de haberse encontrado con el Señor.

Y es que eso hace Dios cuando se mezcla en nuestras historias tan humanas y se filtra discretamente en los sentimientos, en los afectos, en los valores y en las opciones de que somos capaces cuando aspiramos a salir de lo ordinario de una existencia que se conforma con compensaciones que confunden y que no satisfacen. La cosecha es abundante y Jesús quiere que nos ocupemos de ella, que no nos asustemos porque los trabajadores son pocos.

Y así será siempre mientras utilicemos nuestros sistemas para medir, olvidando que Dios usa otro sistema métrico y nos sorprende.

Hay que reconocer que, aunque sean pocos los obreros, así ha sido siempre, el Señor no se cansa de seguir confiando en que basta uno que ponga su confianza en él y en el llamado que hace para que suceda el milagro y empiece a surgir un pedacito del Reino, ahí́ en donde nos han plantado.

Aquí no se trata de cantidad, ni de números y las estadísticas poco importan; lo que está en juego es la posibilidad de un mundo distinto en donde los valores del Reino marquen la existencia de quienes ponen su confianza en el Señor.

Curen a los leprosos y demás enfermos; resuciten a los muertos y echen fuera a los demonios. Este es el programa, el mandato y la buena noticia.

Curar a los leprosos es trabajar en la construcción de una sociedad en donde no haya más excluidos, en donde nadie se sienta marginado por ninguna razón.

La lepra en tiempos de Jesús era no solo una enfermedad, sino un motivo para ser marginado de la comunidad. Quien enfermaba de lepra era visto como impuro y pecador.

En su misión, Jesús envía a los doce a construir un mundo en donde cada persona sea acogida y amada, sin importar cuál sea su condición o su situación. En la casa del Padre hay un lugar para todas sus criaturas, esa será la buena noticia proclamada en todo lugar y en todo tiempo.

Curar a los enfermos significa ayudar a quien la está pasando mal, ya sea en lo físico, en lo moral o en lo espiritual. La enfermedad es lo que roba la salud y va disminuyendo poco a poco la vida.

Curar a los enfermos es comprometerse en la creación de condiciones de vida que sean dignas para todos; es dar la oportunidad de curarse también a quien no tiene los recursos para pagarse un buen cuidado médico, sobre todo hoy que en muchas partes la salud y su cuidado se ha convertido en un negocio de hospitales y farmacéuticas.

Jesús va más lejos y pide que resuciten a los muertos. Y ciertamente no significa hacer caminar a los cadáveres. Se trata de ayudar a salir de su situación a quienes se han dejado atrapar en dinámicas de muerte.

Hay que liberar a quienes viven en el rencor y el odio, a quienes viven esclavos y dependientes de una adicción o de un vicio. A quienes se han enredado en espirales de violencia, de odio, de egoísmo, de indiferencia ante las necesidades de los demás. Resucitar a los muertos significa, de alguna manera, comprometernos en la construcción de una realidad en donde se apueste por la vida, por el respeto a la dignidad de los hermanos.

Es comprometerse en la creación de espacios en donde todos tengan las mismas oportunidades, en donde todos los seres humanos nos podamos reconocer hermanos, miembros de una sola familia.

Se trata de construir mundos en donde la guerra no tenga la última palabra, en donde no sean más importantes las riquezas que se pueden explotar en un territorio que las personas que lo habitan.

Y luego se habla también de echar fuera a los demonios, dicho en otras palabras es sacar de nuestras vidas lo que nos divide a todos los niveles.

A nivel personal sería todo aquello que nos impide ser honestos, coherentes, enemigos de la mentira y encerrados en nosotros mismos.

En la sociedad es desenmascarar toda clase de racismo, de prejuicios en contra de los demás, toda la tentación de dividirnos en clases según los criterios del poder y del dinero.

De alguna manera también quiere decir, alejar de nuestras vidas lo que nos puede atrapar en la malicia, en el desorden, en lo mundano, como le gustaba decir al Papa Francisco.

Esa es la misión a la que Jesús envió a aquellos doce apóstoles que, a lo mejor sin saber en donde se estaban metiendo, aceptaron ponerse en camino y se entusiasmaron porque Jesús iba caminando a su lado y mostrándoles con el ejemplo lo que les estaba pidiendo y confiando.

Hoy nos toca tomar el relevo y con la misma confianza y osadía, se nos pide que vayamos por el mundo entero, porque sigue existiendo la misma urgencia de la presencia del Reino y porque la cosecha sigue siendo mucha.

Y porque la necesidad de llevar a Jesús hasta los rincones del mundo es hoy más urgente y porque existen muchos hermanos que esperan que alguien tenga la  valentía de anunciarles lo bello del Evangelio y lo maravillosos que es tener a Jesús en nuestras vidas.

Ojalá que no nos quedemos haciendo cálculos o paralizados por nuestros límites y pecados, sino todo lo contrario, que animados por el Espíritu de Dios nos sintamos entusiastas y animados para decirle al mundo que somos los discípulos que Jesús ha enviado para que su Reino nazca entre nosotros como bendición y fuente de alegría. Qué el Señor nos conceda un corazón muy misionero.


¡De la compasión a la misión!
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

Después del camino cuaresmal y pascual y de la celebración de las grandes solemnidades, volvemos al Tiempo ordinario, durante el cual nos acompañará el Evangelio según san Mateo. Se nos invita a retomar la “ordinariedad” de nuestra vida cristiana, vivida en el seguimiento de Jesús.

El pasaje evangélico de hoy nos introduce en el segundo de los cinco grandes discursos de Jesús presentados por el evangelista Mateo: el llamado “discurso de la misión”, que ocupa el capítulo 10. El primero había sido el discurso programático pronunciado en el monte de las Bienaventuranzas, en los capítulos 5-7. Después de haber “hablado”, Jesús había “actuado”, curando “toda enfermedad y toda dolencia” en los capítulos 8-9.

“Jesús, al ver a las multitudes, se compadeció de ellas, porque estaban cansadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor”.

Este segundo discurso, como el primero, nace de una mirada de Jesús que le toca profundamente el corazón: una mirada de compasión. ¡Cuánto quisiéramos sentir también nosotros esta mirada posarse sobre nosotros cuando nos sentimos cansados, desanimados y extraviados!

Y, sin embargo, esa misma mirada continúa posándose sobre las multitudes sufrientes de hoy, sobre cada hombre y cada mujer, sobre cada uno de nosotros. ¿Por qué lo dudamos? ¿Acaso se ha vuelto miope la mirada de Jesús? ¿Acaso se ha endurecido su corazón?

¿No corremos el riesgo de razonar como sucede en algunas tradiciones religiosas de África occidental, donde viví la misión? Se cree en un dios supremo, Mawu, pero se lo imagina lejano, retirado en el cielo para no ser molestado por los hombres, después de haber confiado la tierra a los vodús, que la gobernarían a su antojo. Solo que nuestros vodús tienen nombres distintos: riqueza, poder, fortuna, destino, mala suerte…

También algunas corrientes del pensamiento contemporáneo pueden conducir, en la práctica, a una mentalidad semejante. Pensemos, por ejemplo, en una visión filosófica que concibe al Creador como aislado y ajeno a su creación. También algunas formas extremas de la teología post-teísta corren el riesgo de poner en cuestión la encarnación y los principios fundamentales del mensaje cristiano.

– Oh Jesús, te rogamos: cruza hoy tu mirada con la nuestra y cura nuestra manera de mirar.

“Entonces dijo a sus discípulos: La mies es abundante, pero los obreros son pocos”.

¿La mies es abundante? ¿Acaso Jesús se refiere al vasto campo que aún hay que sembrar? No, habla precisamente de una mies lista para ser recogida, pero que corre el riesgo de perderse por falta de obreros.

¿Y dónde se encontraría esa mies? “¡Ciertamente no aquí, donde solo crece la cizaña!”, diría alguien. A veces incluso nos preguntamos si todavía vale la pena predicar el Evangelio en una sociedad que parece no preocuparse en absoluto por él. Jesús, en cambio, con su mirada de compasión, descubre precisamente aquí una mies abundante que recoger en su granero.

– Oh Jesús, danos tu mirada limpia, libre de prejuicios, profunda y solidaria, capaz de reconocer el bien “abundante” todavía presente hoy en nuestra sociedad.

“Rogad, pues, al señor de la mies que envíe obreros a su mies”.

¿Rezar por las vocaciones? ¡Eso sí! Pero ¿por qué el dueño de la mies se deja rogar tanto? ¿No ve él mismo que faltan agentes pastorales, apóstoles y misioneros?

El Señor, en cambio, nos invita a rezar para que nuestra mirada cambie y nuestro corazón se vuelva semejante al suyo. Y luego… ¡nos envía a nosotros! Sí: no piensa solo en los sacerdotes y las religiosas; piensa en cada uno de nosotros. ¡Y aquí la cosa se pone seria!

– Señor, haz que nuestro oído sea sensible a tu llamada a trabajar en tu viña.

“Llamando a sus doce discípulos, les dio poder sobre los espíritus impuros para expulsarlos y para curar toda enfermedad y toda dolencia”.

He aquí que Jesús nos llama y nos prepara. No nos envía a la aventura ante una tarea tan inmensa. Se trata, en efecto, de combatir los “espíritus impuros” que atenazan a nuestra sociedad. Son muchos: la guerra, el hambre, la injusticia, la explotación, el consumismo… ¡Hay que expulsarlos y devolverlos al infierno!

Pero ¿creemos realmente en el poder que el Señor nos ha confiado, en la fuerza del mismo Espíritu que actuaba en él?

Se trata, además, de curar “toda enfermedad y toda dolencia”, física y espiritual, porque el Señor quiere promover la plenitud de la vida y nuestra auténtica libertad. Pero atención: nosotros mismos somos sanadores heridos, no inmunes a estas dolencias. También nosotros estamos marcados por el egoísmo, la envidia, el amor propio, la indiferencia, el miedo, la duda y la violencia.

– Señor, haznos más audaces ante los desafíos del mundo de hoy. Haznos conscientes de que también nosotros estamos heridos por la vida, pero, como decía el papa Francisco: “Pecadores sí, corruptos nunca”.

“Los nombres de los doce apóstoles son estos: primero, Simón, llamado Pedro, y Andrés, su hermano; Santiago, hijo de Zebedeo, y Juan, su hermano; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo; Simón el Cananeo y Judas Iscariote, el que luego lo traicionó”.

Son doce. Representan a las doce tribus de Israel y, por tanto, a la totalidad del pueblo de Dios. ¿Solo hombres? No se trata de una intención exclusivista por parte de Jesús: hoy somos muy conscientes de ello. Lo que cuenta, en el relato evangélico, es la totalidad simbolizada por el número doce.

Notemos, ante todo, que son personas muy distintas entre sí, cada una con sus cualidades y defectos. Ciertamente no eran ya todos “santos y capaces”, como Comboni deseaba que fueran sus misioneros. ¡No sé cuántos de ellos, hoy, serían considerados aptos para entrar en el seminario! Esto nos recuerda que Jesús no busca personas perfectas: ¡te busca a ti y me busca a mí!

Notemos, además, que los apóstoles son nombrados por parejas. No se trata solo de un recurso mnemotécnico: significa que no somos francotiradores. Somos testigos sostenidos por una comunidad y enviados junto con otros.

Notemos, por último, que en la “foto de familia” aparece una figura incómoda: Judas. ¿Por qué? Es una advertencia: Judas puede representar a cada uno de nosotros.

“Estos son los Doce que Jesús envió, dándoles esta orden: No vayáis a tierra de paganos ni entréis en las ciudades de los samaritanos; id más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel”.

Ay, Jesús nos envía precisamente entre los nuestros, entre los cercanos, entre los de casa. “¿No fuiste tú mismo, Jesús, quien dijo que ningún profeta es bien recibido en su tierra?”. ¡Yo preferiría ir a África!

“Por el camino, proclamad que el Reino de los Cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios. Gratis habéis recibido, dad gratis”.

Somos enviados a testimoniar, con la sonrisa y la alegría, con la bondad y el perdón, que el Reino de los Cielos está cerca.

Somos enviados a realizar prodigios: no necesariamente los clamorosos, sino los pequeños milagros cotidianos, gratuitos y a menudo inadvertidos. Son gestos de amor capaces de curar heridas, de resucitar la esperanza en alguien, de purificar las lepras del alma y de expulsar los demonios de los corazones.

¡Buena misión!


Se compadecía
José Antonio Pagola

Jesús le daba una importancia grande a la manera de mirar a las personas. De ello depende, en buena parte nuestra manera de actuar. Una de las fuentes más antiguas recoge esta observación de Jesús: «La lámpara de tu cuerpo son tus ojos. Si tus ojos están sanos, todo tu cuerpo estará iluminado. Pero si tus ojos están enfermos, tu cuerpo entero estará a oscuras». Una mirada clara permite que la luz entre dentro de nosotros y podamos actuar con lucidez.

¿Cómo era la mirada de Jesús?, ¿cómo veía a la gente? Los evangelistas repiten una y otra vez que su mirada era diferente. No era como la de los fariseos radicales que sólo veían impiedad, ignorancia de la ley e indiferencia religiosa. Tampoco miraba como el Bautista que veía en el pueblo pecado, corrupción e inconsciencia ante la llegada inminente de Dios.

La mirada de Jesús estaba llena de cariño, respeto y amor. «Al ver a las gentes, se compadecía de ellas porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas sin pastor». Sufría al ver tanta gente perdida y sin orientación. Le dolía el abandono en que se encontraban tantas personas solas, cansadas y maltratadas por la vida.

Aquellas gentes eran víctimas más que culpables. No necesitaban oír más condenas sino conocer una vida más sana. Por eso, inició un movimiento nuevo e inconfundible. Llamó a sus discípulos y les dio «autoridad», no para condenar sino para «curar toda enfermedad y dolencia».

En la Iglesia cambiaremos cuando empecemos a mirar a la gente de otra manera: como la miraba Jesús. Cuando veamos a las personas más como víctimas que como culpables, cuando nos fijemos más en sus sufrimientos que en su pecado, cuando miremos a todos con menos miedo y más piedad.

Nadie hemos recibido de Jesús «autoridad» para condenar sino para curar. No nos llama Jesús a juzgar el mundo sino a sanar la vida. Nunca quiso poner en marcha un movimiento para combatir, condenar y derrotar a sus adversarios. Pensaba en discípulos que miraran el mundo con ternura. Los quería ver dedicados a aliviar el sufrimiento e infundir esperanza. Ésa es su herencia, no otra.

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Una mirada a la muchedumbre
Quique Martínez de la Lama-Noriega

Los comienzos de la Escritura nos cuentan que Dios puso su mirada en un grupo muy heterogéneo de esclavos en Egipto. Y se «fijó» en su sufrimiento y «escuchó» sus lamentos y gritos. Y decidió «bajar» para liberarlos, buscando como «instrumento» suyo Moisés. Más adelante, a los pies del Sinaí, aquella «muchedumbre» de fugitivos a los que había ido guiando y purificando, recibió una promesa:“Vosotros seréis mi pueblo”. Dejarán de ser «muchedumbre» para convertirse en pueblo de la nueva alianza, propiedad de Dios. Y es que las muchedumbres suelen ser fácilmente manipulables, funcionan más a golpe de afectividad y contagio, que de lógica o razonamientos; están formadas por personas anónimas e indiferentes entre sí, aunque estén juntas, pero que tienen algún problema o necesidad común… No es «eso» con lo que quiere tratar Dios. Él quiere construir un pueblo donde unos a otros se miren, se respeten, se cuiden, se apoyen y se acompañen (por eso llegarán los Diez Mandamientos).

También Jesús anda mirando a las gentes. Se deja impresionar, afectar, cuestionar por lo que vive la muchedumbre. No es una mirada para acusar, reprochar o escandalizarse. Es una mirada para comprender: Quiere captar su mundo interior, lo que sienten, lo que sufren, lo que necesitan, lo que esperan. Una mirada «compasiva», que le toca en lo más hondo de su corazón…

Andaban extenuadas y abandonadas, como ovejas sin pastor. Pero pastores tenían, y en abundancia. Todo el gremio de sacerdotes, con su milimétrico cuidado del culto del templo, los letrados y fariseos, bien formados, con la doctrina clara, precisa y minuciosa, como para resolver todas las situaciones que pudieran plantearse y marcar lo correcto y lo incorrecto, lo moral y lo inmoral. Expertos en casuística (aunque no en personas), se consideraban portavoces cualificados de la voluntad de Dios… Aquellos pastores andaban escasos de misericordia y desentendidos de los sufrimientos del pueblo, sin presentarles alternativas ni ayudarles a salir de su penosa situación…

Por eso, llama a «otros». A los que han escuchado el mensaje de las bienaventuranzas y están dispuestos a vivir de un modo diferente, y que convierten su relación con Dios en un camino de felicidad, donde el que está mal es el centro principal del Reino, de la relación con Dios, donde nadie que excluido.

Son un grupo de Apóstoles/pastores que reciben un bello y difícil encargo: «proclamad, curad, resucitad, limpiad echad demonios». Como se ve por todos estos imperativos, se trata en primer lugar de anunciar con gozo (sin riñas, ni amenazas, ni obligaciones) la cercanía, presencia y compromiso de Dios (eso es el Reino). Y esa presencia, para que no se quede en palabras vacías (de las que ya están muy hartas las ovejas) se comprobará en que éstas irán siendo reintegradas en la comunidad, se harán conscientes de su dignidad y su preferencia por parte de Dios, se les aliviará su sufrimiento, se luchará contra las causas de sus heridas, de su suciedad, de su falta de vida, de sus sufrimientos. En definitiva: se trata de que pasen de ser «muchedumbre» a ser «comunidades» donde se aman, lo tienen todo en común y se atiende a cada cual según sus necesidades. Yo entiendo que esta sería la misión principal de cualquier Obispo, párroco o agente de pastoral (con la implicación de todos los demás, claro)…

Eduquemos, pues, nuestra «mirada» para ser capaces de compadecer, convocar, proclamar, sanar, limpiar, resucitar, curar y desterrar demonios de modo que seamos una Iglesia misionera, una Iglesia compasiva y misericordiosa, una Iglesia humanizadora, una Iglesia acogedora e integradora, una Iglesia sinodal, una Iglesia de personas felices, portadoras de una misericordia y una fidelidad que ha de llegar a todas las generaciones.

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De la compasión a la Misión
Romeo Ballan, mccj

La docena de versículos del Evangelio de hoy ofrece un cuadro global de la misión de Jesús y de los discípulos: están presentes todos los elementos de la misión de la Iglesia, según los contenidos y el estilo de Jesús. El cuadro resulta más completo si se incluye el versículo anterior (Mt 9,35), que presenta a Jesús misionero itinerante: “Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia”. Jesús es el ideal, el proyecto primigenio de todo misionero: cercano a la gente, itinerante, maestro, predicador, sanador, compasivo, totalmente volcado hacia Dios, del cual anuncia el Reino, y apasionado por el bien de la gente, sobre todo de los que sufren.

Nunca Jesús pasa al lado del dolor humano sin experimentar un íntimo sufrimiento por ello y sin aportar un remedio, una solución. Las gentes “estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor” y Él “se compadecía de ellas” (v. 36). Su compasión es mucho más que un sentimiento. La traducción exacta sería: ‘sintió una total conmoción visceral. En efecto, el verbo griego subyacente (splanknízomai-esplanknisthe), que se emplea doce veces en los Evangelios, expresa la profunda conmoción de Dios y de Cristo por el hombre. La conmoción de las vísceras (splankna) hace referencia a la conmoción de la madre en el momento del parto. Por tanto, esta palabra del Evangelio (v. 36) nos permite vislumbrar el rostro materno de Dios. La misión de Jesús -y, por ende, la misión de la Iglesia- ahonda sus raíces en la ternura y compasión de Dios por la humanidad: “por la entrañable misericordia de nuestro Dios…” (Lc 1,78). De este amor misericordioso y misionero, el Corazón de Cristo es un signo patente y un instrumento eficaz, como lo enseña el Papa Benedicto XVI.

El cristiano que mira al mundo como lo hacía Jesús, con los ojos y el corazón llenos de misericordia, descubre que hay inmensas realidades humanas que necesitan la misión, es decir, necesitan ser iluminadas y sanadas por el Evangelio. ¡Para que todos tengan vida en abundancia! (Jn 10,10). Darse cuenta que también hoy, aquí y en el mundo entero, “la mies es mucha y los obreros pocos” (v. 37), es ya un buen comienzo de misión. Jesús nos indica dos respuestas básicas ante las urgencias de la misión: rogar e ir. Ante todo, rogar al Dueño de la mies, por la buena calidad y el número de los obreros en la mies (v. 38): rogarle, porque es Él el Señor del Reino. Orar está bien, pero, a la vez, es preciso ir: Jesús llama al primer grupo, a los Doce; los llama a cada uno por su nombre (v. 10,2-4), les da el poder de predicar, curar las enfermedades, expulsar a los demonios y realizar otros signos. Los envía (v. 5) de dos en dos (en pequeños núcleos comunitarios), para realizar una primera misión de ensayo y adiestramiento, limitada en el tiempo y en el espacio (v. 5): de momento, los destinatarios son “las ovejas descarriadas de Israel” (v. 6). Después de su resurrección y con la fuerza del Espíritu, Jesús los enviará definitivamente al mundo entero: “Vayan, pues, y hagan discípulos a todas las gentes” (Mt 28,19). A partir de ese momento. la misión será ir siempre más allá, superar metas, en busca de otras mieses y de otras ovejas sin pastor. ¡Dondequiera que estén! ¡Será una misión sin fronteras! ¡Con un amor inmenso!

El mensaje de la misión hace referencia al Reino de los cielos, que ya está cerca (v. 7); por tanto, es necesario convertirse y creer en el Evangelio (Mc 1,15: cf Canto al Evangelio). El Evangelio, sin embargo, no es un documento o un código: es, ante todo, una Persona, Jesucristo, que nos ha dado gratuitamente su amor, la salvación y la reconciliación (II lectura), hasta morir “por nosotros, siendo nosotros todavía pecadores” (v. 8). De esta manera, descubrimos la grandeza del amor de Dios por su pueblo, como Él ya lo había manifestado en el Antiguo Testamento (I lectura), liberando a los israelitas de la esclavitud de Egipto, llevándolos “sobre alas de águila” (v. 4), haciendo de ellos una “propiedad personal entre todos los pueblos… y una nación santa” (v. 5-6).

El misionero que ha hecho la experiencia personal de la grandeza y de la gratuidad del amor de Cristo se siente interiormente llamado a compartirla con gratuidad con aquellos que aún no le conocen o no le aman. El mandato de Jesús de servir al Evangelio con gratuidad, sin servirse de ello, se convierte así en una invitación gozosa a dar con gratuidad (v. 8). Lo había entendido muy bien el apóstol Pablo, el cual, en el momento de hacer un balance de su vida misionera, recordaba justamente esta palabra de Jesús: “¡Hay más alegría en dar que en recibir!” (Hch 20,35). Siempre, la misión nace y se realiza en el amor.

El padre Diego Dalle Carbonare recibe el Premio Cuore Amico 2026

La Asociación Misionera Cuore Amico Fraternità ETS de Italia ha concedido al padre Diego Dalle Carbonare, Superior Provincial de los Misioneros Combonianos en Egipto-Sudán, el Premio Cuore Amico 2026 (el llamado «Nobel de los Misioneros») en la categoría de Religiosos.

En la comunicación oficial, con fecha del 5 de junio de 2026, la Asociación destaca que el reconocimiento se ha otorgado por su compromiso misionero en Sudán, un contexto marcado por la guerra, el sufrimiento y graves emergencias humanitarias. En particular, se valora la labor de coordinación y apoyo a las comunidades misioneras combonianas que siguen estando presentes junto a la población, a través de actividades pastorales, educativas y caritativas en favor de las personas desplazadas y más vulnerables.

Instituido hace 36 años por don Mario Pasini, sacerdote y periodista de Brescia, el Premio Cuore Amico está considerado uno de los más importantes galardones misioneros italianos y se concede anualmente a sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos que se distinguen en el servicio a los más pobres.

El premio incluye una dotación de 50 000 euros que se destinará a un proyecto de relevancia social de la Provincia comboniana en Sudán. La ceremonia de entrega tendrá lugar el 17 de octubre de 2026 en la iglesia de San Cristo, en Brescia.

Este reconocimiento representa una muestra de agradecimiento por el compromiso de los misioneros combonianos que, a pesar de las dificultades y la inestabilidad del Sudán, siguen dando testimonio de la cercanía de la Iglesia a las poblaciones más afectadas por la crisis. Este premio es motivo de alegría para toda la familia comboniana y anima a continuar con renovada esperanza el servicio de cercanía, solidaridad y anuncio del Evangelio junto a las poblaciones más castigadas por la guerra y sus consecuencias.

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