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Mons. Dominic Eibu, obispo comboniano de Uganda: «Confiando en la gracia de Dios»

El obispo comboniano Dominic Eibu, de la diócesis de Kotido, comparte su camino vocacional y su experiencia misionera.

No tenía ni idea de lo que era el sacerdocio, aunque me gustaba ver a los sacerdotes cuando venían a la capilla de nuestro pueblo, lo cual era algo raro. ¡En la escuela secundaria quería ser director de banco! Me inspiré para unirme a los Misioneros Combonianos de una manera muy curiosa mientras estudiaba en la Moroto High School. Todo ocurrió así: solía rezar en la Catedral Regina Mundi, donde el párroco era amigo de la familia.

Durante las vacaciones del primer trimestre, me pidió que le ayudara en la oficina parroquial anotando en los registros los nombres de las personas que habían recibido los sacramentos. Una tarde, de camino al trabajo, me encontré con un anciano que conducía una vieja motocicleta Vespa y que probablemente salía para cumplir con su misión.

¡No lo conocía! Me detuve y me asaltaron algunas preguntas que me vinieron a la mente en ese mismo instante: ¿quién es este anciano, que parece tan comprometido con nuestra gente, pero que no es ugandés? ¿Qué pasará cuando muera? ¿Quién continuará su obra? Continué hacia la oficina parroquial para recoger mi tarea y, al llegar donde el párroco, le pregunté quién era aquel anciano, describiéndoselo tal como lo había visto. Me dijo que era un misionero comboniano. Entonces le pregunté cómo se podía uno unir a ellos.

Aunque se lo pregunté, tenía una “dificultad” que creía que me impediría ingresar al sacerdocio: no había estudiado Religión en el colegio, ya que me habían asignado a la modalidad de ciencias.

Cuando le hablé al párroco de esta “dificultad”, me aseguró que aún podía solicitar el ingreso al seminario si estaba interesado en la vida seminarística. Sin embargo, me dijo que los Padres de Verona – como los combonianos también eran conocidos –  solo aceptan candidatos que hayan terminado el bachillerato. Ni siquiera conocía la diferencia entre los sacerdotes, si eran misioneros o diocesanos, ni nada por el estilo. Aun así, el párroco me animó a presentar mi solicitud para entrar al seminario.

Presenté la solicitud sin saber a dónde iba, ¡solo sabía que quería convertirme en misionero comboniano! Tras aprobar los exámenes, fui admitido en el Seminario Menor de los Apóstoles de Jesús en Nadiket, Moroto. Cuando llegué a Nadiket, no vi al anciano, así que le pregunté al párroco dónde estaba. Me volvió a explicar que eran Misioneros Combonianos, pero me animó a estudiar allí para mis A-Levels. Me aseguró que, si al terminar seguía interesado, le avisaría al director de vocaciones de los Misioneros Combonianos.

Después de mis exámenes finales, recibí una carta suya pidiéndome que me preparara para reunirme con el director de vocaciones en la Casa Comboni de Moroto un día determinado, y así lo hice. Tuve un encuentro muy positivo con el director de vocaciones, quien me pidió que presentara la solicitud en ese mismo momento. Lo hice, y me invitó a ir a Kampala para unirme a otros candidatos en el programa de orientación.

El programa de orientación duró una semana, durante la cual nos informó de que consultaría nuestros resultados en la sede del Ministerio de Educación. Quienes obtuvieran las calificaciones requeridas recibirían una carta de admisión. También dijo que los aceptados deberían presentarse en Kampala para ser trasladados a Jinja y comenzar su postulantado.

Mi camino comenzó en 1993 con un curso de filosofía en Jinja. De 1996 a 1998, realicé mi formación de noviciado en Namugongo, seguida de los estudios de teología de 1998 a 2002. Inicialmente, los estudios de teología debían cursarse en Kinshasa, Congo, pero debido a la inestabilidad política, fui enviado a Roma en su lugar. Fui ordenado sacerdote en 2002 y destinado a Jartum, en Sudán. Antes de ir allí, fui enviado a el Cairo para estudiar árabe de 2002 a 2003, y luego a Roma de 2003 a 2005 para estudiar islamología. Me trasladé a Jartum en 2005.

Mi primer destino fue Egipto para estudiar árabe, y finalmente fui asignado a Jartum, en Sudán. Mientras estuve en Sudán, llevé a cabo labor pastoral en una escuela. De 2006 a 2016, trabajé como director en el Comboni College de Jartum (CCK) y en la Escuela Primaria de Niños de Omdurmán, en Sudán. De 2017 a 2022, estuve destinado en el Cairo, en el Instituto Dar Comboni para la Lengua y la Cultura Árabes, donde también fui director de tres escuelas para refugiados pertenecientes a nuestra parroquia del Sagrado Corazón de Sakakini.

De 2017 a 2022, estuve destinado en la parroquia, primero como vicario parroquial y luego, a partir de 2020, como párroco. Durante este tiempo, también presté mis servicios en el instituto mencionado anteriormente. Por lo tanto, tengo experiencia tanto en el apostolado escolar como en el parroquial. Trabajé en países árabes durante un total de 16 años: 11 años en Jartum, Sudán, y 5 años en El Cairo, Egipto.

Cuando fui nombrado obispo, ¡me sentí perdido! Esto se debió a que me encontré en una realidad nueva donde tenía que empezar a afrontar responsabilidades mucho mayores que el trabajo parroquial, escolar o en el instituto. Confiando en la gracia de Dios y en la confianza de la Iglesia, lo asumí con fe y con el apoyo de la Iglesia.

Ahora, tres años después, he llegado a amar mis responsabilidades, a la gente y al lugar. Sigo aprendiendo a servir bien a mi pueblo, lo que incluye aprender su idioma, sus costumbres y su cultura, para sentirme completamente en casa con ellos y en mi rol. No comprendo del todo el corazón de la gente, ¡pero siento que me quieren y yo también los quiero a ellos! He sido muy bien acogido en la diócesis, como demuestra el nuevo nombre que me pusieron, “Lokut”, el día de mi consagración episcopal. Este nombre refleja las condiciones meteorológicas de mi consagración como obispo: ¡hacía muchísimo viento!

comboni.org

XXII Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, comenzó Jesús a anunciar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén para padecer allí mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que tenía que ser condenado a muerte y resucitar al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y trató de disuadirlo, diciéndole: “No lo permita Dios, Señor. Eso no te puede suceder a ti”. Pero Jesús se volvió a Pedro y le dijo: “¡Apártate de mí, Satanás, y no intentes hacerme tropezar en mi camino, porque tu modo de pensar no es el de Dios, sino el de los hombres!”.
Luego Jesús dijo a sus discípulos: “El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero, si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar uno a cambio para recobrarla?
Porque el Hijo del hombre ha de venir rodeado de la gloria de su Padre, en compañía de sus ángeles, y entonces le dará a cada uno lo que merecen sus obras”

(Mateo: 16, 21-27)


¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero,
si pierde su vida?
P. Enrique Sánchez G. mccj

Jesús anuncia que el momento ha llegado. Es la hora de subir a Jerusalén para dar cumplimiento a todo lo que durante tres años había anunciado. Tengo que subir a Jerusalén para sufrir, para vivir días de pasión, de dolor, de entrega total, de muerte por amor.

Ahí, en Jerusalén sería en donde las palabras pasarían a segundo término y el silencio de Jesús iría acompañado por la entrega, sin reproches y sin defensas. Había venido a dar su vida por amor, para mostrar cuánto ama Dios a sus hijos y la hora era aquella, ya no había que esperar, pues quienes se habían obstinado en no reconocerlo como Mesías ya no cambiarían y seguirían con su cerrazón de mente y de corazón.

Los sumos sacerdotes, los ancianos y los escribas ya tenían preparado su plan y ya habían decidido dar muerte a Jesús porque les era insoportable y su presencia les ponía delante de la incoherencia de sus vidas.

Por su parte, Pedro no había entendido todavía lo que estaba pasando y las palabras de   Jesús le creaban una gran confusión porque le rompían los esquemas que se había hecho, él   y todos los demás discípulos.

Todos pensaban que la historia de Jesús terminaría en un triunfo muy al estilo humano. Con su poder y su fuerza, pensaban, pondría en orden todo lo que se había ido descomponiendo y finalmente habría alguien que dirigiría al pueblo con autoridad.

En esa realidad que se habían imaginado, seguramente ya se veía cada uno ocupando un lugar privilegiado, pues por eso lo habían seguido y no lo habían abandonado, como lo hicieron muchos otros discípulos que se habían acercado a Jesús.

Pedro trata de convencer a Jesús de que el camino del sufrimiento y de la muerte no es el mejor. Pensando como los hombres había que disuadir a Jesús de su proyecto y había que hacerlo entrar en razón. Pero Jesús lo pone en su lugar.

Retírate Pedro porque con tus palabras estás demostrando que no has entendido nada de la manera de actuar de Dios, cuando se trata de amar. Piensas como el diablo, como el que razona poniéndose en el centro y buscando sus intereses. El diablo que está en lo opuesto al amor que es entrega y donación de sí.

Aléjate, le dice Jesús, porque tú piensas como piensa el mundo, en donde el sacrificio y la donación de la vida es algo absurdo, algo inaceptable.

Tu modo de pensar no es el de Dios, sino el de los hombres. Aquí cabe la pregunta, ¿y cómo piensa Dios? ¿Cómo piensan los hombres?

Basta decir que Dios piensa con el corazón, amando. Dios piensa con generosidad, buscando la felicidad de los demás, como lo único que lo hace feliz. Dios piensa buscando el bien y comprometiéndose en la construcción de un mundo más fraterno y solidario.

Dios piensa apostándole a la paz y rechazando toda violencia. Dios piensa en lo que favorece la justicia y la igualdad entre sus hijos. Dios piensa con lo que es bello y con lo que dignifica a las personas.

¿Cómo piensan los hombres? También como Dios, cuando se dejan guiar por su espíritu, cuando lo involucran en sus proyectos de vida, cuando se inspiran en sus palabras y en los valores que propone.

Pero aquí Jesús hace entender que las cosas no se dan de esa manera siempre y los hombre muchas veces piensan movidos por sus intereses egoístas, por sus ambiciones de poder, por la codicia que se apodera de sus mentes y de sus corazones.

Los hombres muchas veces piensan que tienen todos los derechos y para ellos no son los deberes. Piensan que vivir para los demás es una tontería y una pérdida de oportunidades para ser lo que realmente uno quiere.

Los hombres piensan que el sacrificio, el dolor y la muerte vivida como entrega de amor por los demás es algo inaceptable e intolerable. Así piensan los hombres, aunque no todos, porque existen también aquellos que se dejan fascinar por Dios y sorprenden con su capacidad de amar y de servir.

Pedro no puede entender lo que está por sucederle a Jesús, él sigue pensando como pensaban los hombres de su tiempo y como lo siguen haciendo también muchos de nuestros contemporáneos.

Pedro va a tener que acompañar a Jesús, paso a paso, por las calles de Jerusalén, haciendo suya la experiencia de su maestro y todo le resultará comprensible hasta el momento en que lo vea clavado en la cruz y comprenda que ese va a ser también su fin, que su vida terminará también en una cruz, porque hará la experiencia de convertirse al amor.

La llegada a Jerusalén con Jesús, se convierte en el momento de la verdad para sus discípulos. Es la hora en que hay que hacer la opción que marcará  el resto de sus vidas.  Todo  dependerá  de la disponibilidad para abrazar la propuesta de Jesús,  entendiendo que   es algo que funciona con una lógica que no es humana, pues va en sentido contrario de lo que habitualmente pensamos.

Aquí se trata de entregar la vida, lo único que podríamos considerar nuestro, aunque sólo la tengamos prestada, pues nadie viene a este mundo el día que quiere y nadie elige la hora en que dice adiós.

El que quiera seguir siendo discípulo de Jesús va a tener que estar dispuesto a perder su vida, a olvidarse de sí, a vivir en el registro del amor. Va a tener que entender que vida verdadera se logra sólo cuando somos capaces de generar vida y felicidad en los demás, cuando finalmente entendemos que hay que pasar por un proceso vital que nos permite aceptar que no somos ni estamos en el centro del mundo. Que la vida nos la ganamos dándola a otros y que vivimos plenamente cuando vemos que hemos sido capaces de hacer que otros vivan mejor que nosotros mismos.

Y en todo esto, la palabra clave es: Renuncia. Hay que renunciar a nuestras visiones muy estrechas de nosotros mismos, hay que renunciar a la presunción de que tenemos derecho a todo.

Hay que renunciar a las actitudes y comportamientos egoístas que nos engañan haciéndonos pensar que somos los mejor del mundo. Hay que renunciar a la prepotencia que nos hace creer que tenemos derecho a exigir, a usar y a explotar a los demás a nuestro antojo.

Si no hay renuncia a aquello a lo que nos sentimos más apegados, nunca seremos lo suficientemente  libres,  no  sólo  para  dar lo  que  se  nos  podía  multiplicar,  sino  que  nunca podremos estar abiertos para recibir lo que incluso con nuestros mejores esfuerzos jamás conseguiremos.

Aquí lo que funciona es la lógica de Dios, la lógica que descubrimos presente en el Evangelio; es la lógica del amor que no nos es desconocida como personas que nos sabemos capaces de amar.

Y, ¿por qué Jesús habla de esta manera a Pedro y a sus discípulos? Creo que la respuesta sencilla es porque los está preparando a los acontecimientos que están por suceder en Jerusalén. Si no les hubiese hablado de esa manera, no habrían soportado acompañarlo paso a paso por el camino que lo conduciría al Calvario.

Si no les hubiese hablado de perder la vida, de renunciar a sí mismos, no hubiese podido educar sus corazones a las exigencias del amor, como Dios quiere que sea vivido.

Y ahora, ese mismo discurso, esas mismas palabras y exigencias nos las dirige el Señor a cada uno de nosotros. También hoy nosotros tenemos que preguntarnos ¿cuál es nuestra forma de pensar y de sentir? ¿Pensamos como Dios o como el mundo? ¿Tenemos miedo a renunciar a nuestra vida, con todo lo que eso implica? ¿Nos damos cuenta de que no existe amor más grande que el que nos obliga a dar la vida por los demás, y eso sin hacer mucha poesía.

Dar la vida por quienes tenemos cerca, pero también, con un corazón misionero, no podemos olvidarnos de quienes están lejos, de quienes no hay tenido las oportunidades de creer que a nosotros se nos han concedido.

¿Estamos dispuestos a dejarnos interpelar, una y otra vez, por la palabra de Jesús que con su vida nos muestra el camino?

¿Vale la pena gastar todas nuestras energías en ganar lo que el mundo nos ofrece o no sería mejor trabajar en desarrollar nuestra capacidad de ser agradecidos para alegrarnos con lo que la vida nos va ofreciendo y que podemos compartir con los demás?

¿De qué sirve ganarnos el mundo entero si cuando tengamos que irnos de aquí no podremos llevarnos más que el amor que pudimos sembrar en el corazón de nuestros hermanos?

Que el Señor nos conceda la sabiduría para poder hacer la buena opción.


Detrás de Jesús
José Antonio Pagola

Jesús pasó algún tiempo recorriendo las aldeas de Galilea. Allí vivió los mejores momentos de su vida. La gente sencilla se conmovía ante su mensaje de un Dios bueno y perdonador. Los pobres se sentían defendidos. Los enfermos y desvalidos agradecían a Dios su poder de curar y aliviar su sufrimiento. Sin embargo no se quedó para siempre entre aquellas gentes que lo querían tanto.

Explicó a sus discípulos su decisión: «tenía que ir a Jerusalén», era necesario anunciar la Buena Noticia de Dios y su proyecto de un mundo más justo, en el centro mismo de la religión judía. Era peligroso. Sabía que «allí iba a padecer mucho». Los dirigentes religiosos y las autoridades del templo lo iban a ejecutar. Confiaba en el Padre: «resucitaría al tercer día».

Pedro se rebela ante lo que está oyendo. Le horroriza imaginar a Jesús clavado en una cruz. Sólo piensa en un Mesías triunfante. A Jesús todo le tiene que salir bien. Por eso, lo toma aparte y se pone a reprenderle: «No lo permita Dios, Señor. Eso no puede pasarte».

Jesús reacciona con una dureza inesperada. Este Pedro le resulta desconocido y extraño. No es el que poco antes lo ha reconocido como “Hijo del Dios vivo”. Es muy peligroso lo que está insinuando. Por eso lo rechaza con toda su energía: «Apártate de mí Satanás». El texto dice literalmente: «Ponte detrás de mí». Ocupa tu lugar de discípulo y aprende a seguirme. No te pongas delante de mí desviándonos a todos de la voluntad del Padre.

Jesús quiere dejar las cosas muy claras. Ya no llama a Pedro «piedra» sobre la que edificará su Iglesia; ahora lo llama «piedra» que me hace tropezar y me obstaculiza el camino. Ya no le dice que habla así porque el Padre se lo ha revelado; le hace ver que su planteamiento viene de Satanás.

La gran tentación de los cristianos es siempre imitar a Pedro: confesar solemnemente a Jesús como “Hijo del Dios vivo” y luego pretender seguirle sin cargar con la cruz. Vivir el Evangelio sin renuncia ni coste alguno. Colaborar en el proyecto del reino de Dios y su justicia sin sentir el rechazo o la persecución. Queremos seguir a Jesús sin que nos pase lo que a él le pasó.

No es posible. Seguir los pasos de Jesús siempre es peligroso. Quien se decide a ir detrás de él, termina casi siempre envuelto en tensiones y conflictos. Será difícil que conozca la tranquilidad. Sin haberlo buscado, se encontrará cargando con su cruz. Pero se encontrará también con su paz y su amor inconfundible. Los cristianos no podemos ir delante de Jesús sino detrás de él.


Ni el placer ni el dolor deben condicionar mi plenitud
Fray Marcos

El texto es continuación del leído el domingo pasado. Hoy en Cesarea de Filipo, también fuera del territorio de Palestina. Lo que Mt pone hoy en boca de Jesús, ni siquiera es aceptable para los seguidores. Jesús acaba de felicitar a Pedro por expresar pensamientos divinos. Ahora le critica muy duramente por pensar como los hombres. La diferencia es abismal, solo a unas líneas de distancia en el mismo evangelio. Como Pedro, los cristianos en todas las épocas, nos hemos escandalizado de la cruz. Ninguno hubiera elegido para Jesús ese camino. ¿Dónde queda la imagen de Mesías victorioso, Señor o Hijo de Dios?

A pesar de las palabras de Pedro, la actitud ante el anuncio de la muerte demuestra que, ni él ni los demás, habían entendido lo que significaba Jesús. El mayor escollo para poder aceptar lo nuevo, fue su religión. Para entender a Jesús, hay que dejar de pensar como los hombres y empezar a pensar como Dios. Pensar como Dios, es dejar de ajustarse a este mundo; es transfor­marse por la renovación de la mente (Pablo). Para aceptar el mensaje de Jesús, tenemos que cambiar radicalmente nuestra imagen de Dios.

La muerte de Jesús fue para los primeros cristianos el punto más impactante de su vida. Seguramente el primer núcleo de los evangelios lo constituyó un relato de su pasión. No nos debe extrañar que, al redactar el resto de su vida se haga desde esa perspectiva. Hasta cuatro veces anuncia Jesús su muerte en el evangelio de Mt. No hacía falta ser profeta para darse cuenta de que la vida de Jesús corría serio peligro. Lo que decía y lo que hacía estaba en contra de la doctrina oficial, y los encargados de su custodia tenían el poder suficiente para eliminar a una persona tan peligrosa para sus intereses.

Pedro responde a Jesús con toda lógica. ¿Podía Pedro dejar de pensar como judío? Incluso el día que vinieron a prenderle, Pedro saca la espada y atizó un buen golpe a Malco, para evitar que se llevaran al Maestro. Era inconcebible para un judío, que al Mesías lo mataran los más altos representantes de Dios. El texto quiere transmitirnos que la idea falsa de Dios, que manejan, hacía a Jesús inaceptable como representante de Dios. La crítica de Jesús va dirigida a los de dentro, no a los de fuera.

La respuesta de Jesús a Pedro es la misma que dio al diablo en las tentaciones. Ni a los fariseos, ni a los letrados, ni a los sacerdotes dirige Jesús palabra tan duras. Quiere indicar que la propuesta de Pedro era la gran tentación, también para Jesús. La verdadera tentación no viene de fuera, sino de dentro. Lo difícil no es vencerla sino desenmascararla y tomar conciencia de que ella es la que puede arruinar nuestra Vida. Jesús no rechaza a Pedro, pero quiere que descubra su verdadero mesianismo, que no coincide ni con el del judaísmo oficial ni con lo que esperaban los discípulos.

El seguimiento es muy importante en todos los evangelios. Se trata de abandonar cualquier otra manera de relacionarse con Dios y entrar en la dinámica espiritual que Jesús manifiesta en su vida. Es identificarse con Jesús en su entrega a los demás, sin buscar para sí poder o gloria. Negarse a sí mismo supone renunciar a toda ambición personal. El individualismo, el egoísmo, quedan descartados de Jesús y del que quiera seguirlo. Cargar con la cruz es aceptar la oposición del mundo. Se trata de la cruz que nos infligen otras personas -sean amigas o enemigas- por ser fieles al evangelio.

En tiempo de Jesús, la cruz era la manera más denigrante de ejecutar a un reo. El carácter simbólico solo llegó para los cristianos después de comprender la muerte de Jesús. Como el relato habla de la cruz en sentido simbólico, es improbable que esas palabras las pronunciara Jesús. El condenado era obligado a cargar con la parte trasversal de la cruz (patibulum). No está hablando de la cruz aceptada voluntariamente, sino de la impuesta por haber sido fiel a sí mismo y Dios. Lo que debemos buscar es la fidelidad. La cruz será consecuencia inevitable de esa fidelidad.

Jesús nos muestra el camino que nos puede llevar más lejos hacia mayor humanidad. La propuesta de Jesús es la única manera de ser humano. Todo ser humano debe aspirar a ser más; incluso a ser como Dios. Pero debe encontrar el camino que le lleve a su plenitud. Los argumentos finales dejan claro que las exigencias, que parecen tan duras, son las únicas sensatas. Lo que Jesús exige a sus seguidores es que vayan por el camino del amor, por el camino del servicio a los demás, aunque ese camino nos cueste esfuerzo. Aquí está la esencia del mensaje cristiano. No se trata de renunciar a nada, sino de elegir en cada momento lo mejor para mí. Interpretarlo como renuncia es no haber entendido ni jota.

Jesús no pretende deshumanizarnos como se ha entendido con frecuencia sino llevarnos a la verdadera plenitud humana. No se trata de sacrificarse, creyendo que eso es lo que quiere Dios. Dios quiere nuestra felicidad en todos los sentidos. Dios no puede “querer” ninguna clase de sufrimiento; Él es amor y solo puede querer para nosotros lo mejor. Nuestra limitación es la causa de que, a veces, el conseguir lo mejor exige elegir entre distintas posibilidades, y el reclamo del gozo inmediato inclina la balanza hacia lo que es menos bueno e incluso malo; entonces mi verdadero ser queda sometido al falso yo.

La mayoría de nuestras oraciones pretenden poner a Dios de nuestra parte en un afán de salvar el ego y la individualidad, exigiéndole que supere con su poder nuestras limitaciones. Lo que Jesús nos propone es alcanzar la plenitud despegándonos de todo apego. Si descubrimos lo que nos hace más humanos, será fácil volcarnos hacia esa escala de valores. En la medida que disminuyo mi necesidad de seguridades materiales, más a gusto, más feliz y más humano me sentiré. Estaré más dispuesto a dar y a darme, aunque me duela, porque eso es lo que me hace crecer en mi verdadero ser.

Una perfecta vida biológica, no supone ninguna garantía de mayor humanidad. Todo lo contrario, ganar la Vida es perder la vida, yendo más allá del hedonismo. Lo biológico es necesario, pero no es lo importante. Sin dejar de dar la importancia que tiene a la parte sensible, debes descubrir tu verdadero ser y empezar a vivir en plenitud. La muerte afecta solo a tu ser biológico, pero se pierde siempre. Si accedes a la verdadera Vida, la muerte pierde su importancia. La plenitud se encuentra más allá de lo caduco: no más allá en tiempo, sino más allá en profundidad, pero aquí y ahora.

Para ser cristiano, hay que trasformarse. Hay que nacer de nuevo. Lo natural, lo cómodo, lo que me pide el cuerpo, es acomodarme a este mundo. Lo que pide mi verdadero ser es que vaya más allá de todo lo sensible y descubra lo que de verdad es mejor para la persona entera, no para una parte de ella. Los instintos no son malos; que los sentidos quieran conseguir su objeto no es malo. Sin embargo la plenitud del ser humano está más allá de los sentidos y de los instintos. La vida humana no se nos da para que la guardemos y preservemos, sino para que la consumamos en beneficio de los demás.


La cruz, camino misionero, por amor de Cristo
Romeo Ballan, mccj

Es espléndida la afirmación de Pedro en el Evangelio del domingo pasado: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16,16). Pero aún no es todo sobre la identidad de Jesús. Es importante afirmar la divinidad de Jesucristo, pero es más difícil afirmar su humanidad, con la consecuente posibilidad de sufrir y de morir (Evangelio). Por eso, Jesús, tras haber elogiado a Pedro por la profesión de fe sobre su mesianidad, da comienzo a una nueva fase en su predicación: “Desde entonces empezó Jesús a explicar…” (v. 21). Lo mismo que al comienzo de la vida pública, después de la fase preparatoria (bautismo en el Jordán y tentaciones en el desierto), Mateo escribe: “Desde entonces empezó Jesús a predicar y decir ‘conviértanse’…” (Mt 4,17).

En el bautismo y en el desierto, Jesús había tomado decisiones muy claras sobre la manera de realizar la misión recibida del Padre para la salvación de la humanidad: la opción de vivir como hijo y hermano, de renunciar a los medios fáciles e ilusorios del poder, la gloria y el bienestar, de estar del lado de los pobres… Fiel a sus opciones, hechas según el corazón de Dios, Jesús avanza con determinación hacia su hora, camina hacia Jerusalén, dispuesto a las consecuencias extremas. Se confronta con sus discípulos; la reacción de Pedro es lógica, instintiva; cualquiera de nosotros hubiera reaccionado de la misma manera. Pero Jesús no acepta componendas, revisiones a la baja o descuentos por parte de quienes piensan solo de tejas abajo, según la carne y la sangre (v. 17.23). Jesús muestra con claridad el choque, la incompatibilidad entre la manera de pensar según Dios o la manera de pensar según Satán, según los hombres (v. 23).

En línea con este planteamiento, el Evangelio de hoy continúa con la revelación de la identidad de Jesús con nuevos elementos. Él no es solamente el Mesías-Cristo, el Hijo de Dios (v. 16), sino también el siervo, que tiene que “padecer mucho… ser ejecutado y resucitar” (v. 21). Jesús enseña que en la Iglesia, su nueva familia que acaba de anunciar (ver el Evangelio del domingo pasado), también sus discípulos deberán compartir sus opciones, recorrer el mismo camino, si quieren continuar la misma misión. Por eso, Jesús habla abiertamente a sus discípulos de la necesidad de negarse a sí mismos, cargar con su cruz y seguirle, perder la propia vida por causa de Él (v. 24.25), hacerse samaritanos y cirineos de los más débiles, rechazar el conformismo, la indiferencia, el individualismo que esclavizan, y optar, en cambio, por Cristo y por el anuncio del Evangelio, don de vida y libertad.

La expresión “tomar su propia cruz” no es una invitación a ‘buscar’ el sufrimiento; Jesús no es un masoquista, no elogia, no exalta el sufrimiento; más bien Él sana y ayuda a los que sufren. La cruz es la consecuencia de vivir según la lógica del amor, de donar, servir, lavar los pies. La cruz es la consecuencia de estar del lado de los débiles, del que sufre, del que no cuenta. Por tanto, la cruz no es solamente un peso que es preciso cargar con resignación, sino la consecuencia necesariade una decisión tomada libremente por Jesús en el desierto. Él se mantiene firme en su opción, rechaza las increpaciones de Pedro, nuevo Satanás (v. 22.23) y lo coloca en su lugar de discípulo: a Pedro no le corresponde indicar, sino seguir los pasos del Maestro. De lo contrario, la ‘piedra de construcción’ (v. 18) se convierte en ‘piedra de tropiezo’, escándalo, satán (v. 23).

“Pedro somos todos nosotros. La suya es la reacción humana e instintiva de cada uno de nosotros. Pasar de la lógica de los hombres a la lógica de Dios concretamente, hoy quiere decir, por ejemplo, pasar del dicho: ‘somos dueños en nuestra casa’ a la cultura del ‘somos todos ciudadanos del mundo’. Quiere decir construir puentes, no muros; construir ciudades donde nadie se sienta extranjero. Tomar la cruz quiere decir, como hizo Jesús,no callar ante las injusticias, levantar la voz contra quien abusa de su poder, no aceptar que se utilice a Dios como una bandera para pisotear los derechos de la gente pobre” (R. Vinco, Verona).

Al igual que el profeta, que a menudo resulta incómodo (I lectura), también el misionero, seducido por el Señor (v. 7), vive identificado con su Maestro, lleva en sus entrañas un fuego incontenible que lo empuja a superar el desánimo y las adversidades (v. 9). Y a ofrecerse en cuerpo y alma como hostia viva (II lectura, v. 1), renovándose interiormente para saber “discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que agrada, lo perfecto” (v. 2). La naturaleza misma de la misión impone al evangelizador actuar inspirándose en el único Maestro y Salvador: Cristo. La historia de las misiones está llena de apóstoles apasionados por Cristo y por la humanidad: Francisco de Asís, Teresa de Ávila, Daniel Comboni, Teresa de Calcuta, Óscar Romero, Francisco Javier… quienes optaron por Cristo antes que ganar el mundo entero (Mt 16,26). Asimismo, los numerosos mártires de todos los tiempos. Esta fidelidad radical a Cristo es condición indispensable de eficacia apostólica. Y de verdadera felicidad en el servicio misionero.

“Feliz con mi servicio misionero”

Por: Padre Tamirat Tegegn Tanga, mccj

El padre Tamirat Tegegn Tanga, misionero comboniano del sur de Etiopía, estudió la teología en Perú. Después de su servicio misionero en el país andino, regresó a su patria para hacer los votos perpetuos y recibir la ordenación sacerdotal. Recién ordenado regresó a Perú para iniciar una nueva página de su vida misionera.

Fui ordenado sacerdote el 28 de octubre de 2023 en mi parroquia natal San Miguel de Hembecho, en el Vicariato de Sodo, en el sur de Etiopía. Regresé a Perú en un plazo de tres días para evitar perder mi permiso de residencia. Llegué a Perú el 2 de noviembre a medianoche, hora local. El provincial me asignó a la parroquia Santa Cruz de Baños.

Baños es uno de los siete distritos dentro de la provincia de Lauricocha, en el departamento de Huánuco. Se alza a más de tres mil 400 metros de altitud, en la región de Quechua. Geográficamente, abarca una superficie de 82,66 kilómetros cuadrados. Su relieve es accidentado, famoso por sus manantiales y pozas de aguas termo-medicinales. Este distrito está rodeado por diferentes montañas de los Andes, las cordilleras de los incas.

Desde mi llegada, se me encomendó la responsabilidad de ser administrador de la parroquia, y animador vocacional. Aunque fui asignado como vicario, ejercía como párroco, ya que no había ningún otro padre en ese momento.

Gracias a Dios, solía escuchar los consejos del padre comboniano Lino Eccher, vicario parroquial de las tres comunidades que confinan con mi parroquia. Me ayudó mucho al comienzo de mi ministerio sacerdotal, porque él lleva 22 años en la misma parroquia.

Luego, me adentré profundamente en mi ministerio sacerdotal y realmente me ayudó mucho conocer poco a poco la cultura, la tradición, la forma de comer y celebrar las fiestas del pueblo, y en general, las costumbres y normas.

No soy yo quien les predica el Evangelio, sino que ellos también me enseñan mucho con su forma de vestir, la manera de recibir a los visitantes, la caridad con los recién llegados. Fue un buen momento para conocer a la gente en profundidad.

Después de servir en Baños durante un año y un mes, mis superiores me pidieron que fuera a otra parroquia en el mismo departamento: San Pedro de Huánuco. Acepté. Esta nueva parroquia es muy buena para mí porque tiene un clima más moderado; no sufrí tanto como en la de Baños.

En San Pedro de Huánuco, somos cinco padres combonianos y me corresponde atender a las personas que están en el campamento, aunque a veces el padre Sergio Agustoni ayuda cuando es necesario.

En esta parroquia, a veces me quedo a dormir en casa de algunas personas. Donde tenemos una capilla con espacio para descansar me quedo allá. Pero la mayor parte del tiempo, atiendo a las personas y regreso a la comunidad comboniana.

Desde que llegué a esta nueva parroquia, estoy feliz con mi servicio misionero que Dios me ha encomendado, y que yo voy aprendiendo.

¡Gracias!

comboni.org

Un corazón abierto al amor sin fronteras

 Por: Masaku Folosi, postulante comboniana
Desde Zambia

Me llamo Masaku Folosi, soy postulante comboniana y nací en Zambia, en Salambango, distrito de Mongu. Soy la segunda de cinco hermanos y crecí en una familia unida, marcada por el esfuerzo de mis padres, agricultores, cuyo ejemplo de perseverancia despertó en mí el deseo de estudiar para poder ayudar a mi familia. Con sacrificio y determinación completé mis estudios en escuelas rurales, muchas veces distantes de casa. Fui la primera de mis hermanos en terminar el duodécimo curso. En aquel tiempo, soñaba con ser soldado, pero Dios tenía otro camino para mí. Mis padres, católicos comprometidos con la Iglesia, me acercaron desde joven a la vida de fe: participé en el coro y, en ocasiones, dirigí el servicio litúrgico cuando ningún sacerdote podía celebrar la Eucaristía en la capilla de mi aldea.

La chispa misionera que ilumino mi corazón

El grupo de animadores misioneros formado por la hermana Omaira, una misionera comboniana, fue inspirador para mí, por su espíritu de colaboración, entusiasmo y, sobre todo, su participación activa en la vida de la Iglesia y en los distintos programas de servicio a la comunidad. Fue por ello, que decidí incorporarme al grupo en 2021. Con ellos, experimenté y viví muchos momentos significativos que permanecerán para siempre en mi corazón. Aprendí que la fe no consiste únicamente en creer, sino también en ponerse al servicio de los demás, especialmente de quienes atraviesan situaciones difíciles.

Con los animadores misioneros trabajamos como una familia, dándonos la mano, como decimos en lozi (lengua local): “Munwana ulimumwi hau tubi nda”, que significa que un solo dedo no puede sujetar algo por sí mismo, sino que necesita de los otros dedos. Es decir, juntos somos fuertes, nos necesitamos mutuamente, porque nadie puede vivir sin la ayuda de los demás. También visitamos a nuestras familias para compartir con ellas la Palabra de Dios y hacerlas sentir amadas y cuidadas.

Junto a mis compañeros, ayudábamos a las personas mayores, a los pobres y a los enfermos con sincera dedicación y dentro de nuestras posibilidades: íbamos a buscar agua, recogíamos leña, limpiábamos sus hogares, construíamos refugios, les proveíamos algo de harina de maíz, plantábamos árboles frutales y, sobre todo, rezábamos con ellos. No se trataba únicamente de ofrecer ayuda material, queríamos también devolverles un poco de paz interior, de esperanza y de alegría. Fue precisamente a través de este servicio que mi fe adquirió un significado más profundo y que mi compromiso con la Iglesia se hizo más firme.

Valió la pena el camino

No siempre resultaba sencillo. La iglesia estaba bastante lejos de mi casa y, en ocasiones, el largo camino me dejaba cansada y debilitada, especialmente cuando tenía que recorrerlo sola. Sin embargo, con el tiempo comprendí que aquellas dificultades no eran más que obstáculos pasajeros que no debían apartarme de mi propósito. Me armé de valor y continué adelante. Comprendí que no todas las tormentas que aparecen en mi camino llegan para destruirme; algunas llegan para despejarme el camino. Desde aquel día, participé activamente en todos los programas del grupo porque entendí que, cuando aprendemos a desprendernos de aquello que nos limita, comenzamos a crecer y a abrir el corazón al amor que da vida y esperanza. Y ese mismo amor nos impulsa a compartirlo con los demás.

Esta experiencia también me enseñó a no encerrarme en mi propia realidad, a mantener una actitud abierta y acogedora ante la riqueza que cada persona puede aportar a mi vida. Aprendí a construir relaciones auténticas, y a estar disponible para servir a los demás y compartir con ellos tanto las alegrías como el sufrimiento. Esto me permitió descubrir la paz y la alegría de ser cristiana, en el amor sin fronteras que da la mano a quien lo necesita, sin esperar nada a cambio. Un cristiano está llamado a ser luz y guía para los demás, ayudándoles a reconocer su propia dignidad y animándolos a mirar el futuro con esperanza.

Un encuentro que lo transformo todo

Me gusta recordar aquellos momentos en los que sentí que el Señor salía a mi encuentro de una manera concreta. A través de distintas circunstancias de mi vida, fue mostrándome signos de su poder y de su ternura, fortaleciendo poco a poco mi fe. Mi participación en este grupo me acercó de una manera nueva a la persona de Jesús. Esa cercanía provocó una profunda transformación en mi vida. Me hizo experimentar una libertad interior, una paz y una serenidad que hasta entonces no había conocido.

Me impresionó encontrar a un grupo de jóvenes llenos de entusiasmo, generosidad y disponibilidad, dispuestos a acudir allí donde nuestros hermanos necesitaban ayuda, no solo material, sino de escucha, de un saludo afectuoso, de una sonrisa, de una palabra de aliento. De ellos aprendí el lenguaje del amor, de la acogida, de la caridad y de la alegría que procede de Dios. Ellos me ayudaron a profundizar mi fe y a descubrir el plan de Dios para mí.

Misioneras Combonianas

Una mujer del desierto

Por: Hna. Cecilia Sierra, smc

Llegó agitada y cansada. Esta mujer beduina tiene más de sesenta años y había corrido kilómetros para regresar a su aldea, con miedo de encontrarse con los colonos que merodean por la aldea donde vive desde hace más de cuarenta años.

Había salido a comprar medicinas para su marido enfermo. Ella misma padece diabetes y comienza a perder la vista. Durante semanas lo acompañó en el hospital y, mientras él se recuperaba, ella bordaba y hacía camellos de lana. Ahora, después de una operación que hizo temer incluso por su vida, él empieza a recuperar las fuerzas. Ella sonríe. Está cansada, pero contenta.

Su cuerpo, sin embargo, lleva muchas otras historias: hijos sin trabajo, una casa familiar demolida, enfermedades, pérdidas, un embarazo de alto riesgo de la nuera, nietos que se casan, con riesgo al ir a la escuela, y responsabilidades económicas que se acumulan sobre una familia que conoce demasiado bien la fragilidad de la vida.

Y, sin embargo, hay en ella una fuerza serena.

Se casó muy joven. Durante casi cincuenta años ha compartido la vida con el jefe de la aldea. Juntos han atravesado enfermedades, pérdidas y dificultades que podrían haberlos separado. Y siguen allí, cuidándose y sosteniéndose mutuamente.

Su casa ha sido durante años un lugar de encuentro. Allí recibían peregrinos, sobretodo italianos, asi como grupos de judíos mesiánicos y visitantes de muchos lugares. Ella preparaba la comida, servía el café y acogía. Su marido la quería a su lado y le reconocía públicamente un lugar de respeto y dignidad.

Hoy llegan menos visitantes, pero permanece algo más profundo: una casa que fue puente entre mundos diferentes.
Cada vez que llegamos, salen a nuestro encuentro con una sonrisa: “Bienvenidas”. Nos ofrecen café y, con una sencillez que conmueve, nos dicen: “Esta es su casa”. Es la familia que más visitamos y, con el paso de los años, también nosotros hemos llegado a sentir su casa como nuestra: un lugar donde siempre somos esperadas, acogidas y recibidas como parte de la familia.
En ella reconocemos a tantas mujeres beduinas: fuertes sin perder la ternura, heridas sin perder la dignidad, mujeres que sostienen a sus familias, defienden su tierra y preservan su identidad bordando en medio de la dificultad.

Ella es una de ellas: agotada, enferma, valiente y acogedora. Una mujer del desierto que, en medio de tantas adversidades, sigue de pie.

XXI Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?”. Ellos le respondieron “Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o alguno de los profetas”. Luego les preguntó: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”. Simón Pedro tomó la palabra y le dijo: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.
Jesús le dijo entonces: “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi padre, que esta en los cielos! Y yo te digo a ti que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella. Yo te daré las llaves del Reino de los cielos; todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo”.
Y les ordenó a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías.

(Mateo: 16, 13-20)


¿Quién dicen que soy yo?
P. Enrique Sánchez G. mccj

El evangelio de este domingo podría hacernos pensar a un examen al final de un curso. Es el momento de decir lo que se ha aprendido y de dar respuestas exactas para demostrar que se está en condiciones de empezar a caminar sin necesidad de muchas ayudas.

Hemos visto a lo largo de varias semanas cómo Jesús fue instruyendo y formando a sus discípulos.

Durante un buen tiempo recibieron enseñanzas e informaciones que poco a poco les fueron permitiendo conocer mejor a su maestro. Y, más todavía, Jesús se preocupó no sólo por transmitirles conocimientos acerca del Reino, sino que garantizó la enseñanza con su  ejemplo de vida y con los signos y prodigios que realizó  para pudieran entender,  no sólo con la inteligencia, sino sobre todo, con el corazón.

De muchas maneras, Jesús fue puliendo y probando la fe de sus discípulos sin dejarlos nunca solos. Siempre estuvo a su lado, con la mano tendida para sostenerlos y ayudarlos cuando sus fuerzas o su entendimiento no alcanzaban para entender lo que estaba pasando en sus vidas desde el día que se habían encontrado con él.

Durante tres años de caminar junto a aquel que había terminado por convertirse en su maestro y Señor, los discípulos se fueron convirtiendo en hombres de fe.

Tal vez no era una fe a prueba de todo, pero sí una fe que se fue convirtiendo en vida o una fe que se iba descubriendo en la vida de todos los días.

Jesús, varias veces, les reprochó su falta de fe o la pequeñez de su experiencia en este camino, pero una y muchas veces les ayudó a entender que, convirtiéndose en discípulos suyos, los más grandes combates se llevarían a cabo en el campo de la fe.

Y, para ir más a lo concreto, en lo que el Evangelio quiere dejar claro, habrá que decir que creer, en primer lugar será reconocer a Jesús como el Hijo de Dios, el Mesías y el Salvador. Creer será, simple y sencillamente, poner toda la confianza en Jesús, reconociéndolo como el don de Dios para toda la humanidad.

Tener fe será igualmente decir que Jesús es Dios mismo que camina a nuestro lado. Será confesar que Dios ya no es alguien anónimo, sino un padre que nos ha mostrado su rostro haciéndose uno de nosotros en la persona de Jesús.

Teniendo claro lo anterior, podemos entender mejor el sentido de la página del evangelio que hemos proclamado en nuestra celebración de la eucaristía hoy.

Después de todo el camino recorrido con Jesús, luego de haberse empapado de las palabras que salían de su boca cargadas de sabiduría, teniendo muy presentes los signos y prodigios con que había demostrado que tenía el poder de Dios sobre la vida y la muerte, y, sobre  todo, habiendo puesto al alcance de todos el amor, la misericordia, la compasión y el perdón de Dios.

El paso siguiente era ver hasta dónde habían llegado los discípulos. Y la primera pregunta del examen final es: ¿Qué dice la gente que es el Hijo del hombre?

¿Cuál es la imagen, la idea o la experiencia que han hecho de Dios quienes han entrado en contacto con Jesús?

Las respuestas abundan. Hay quienes se han quedado con la imagen de Jesús que resuelve los problemas y las necesidades inmediatas. Muchos lo seguían porque les había llenado el estómago de pan.

Otros estaban sorprendidos porque lo habían visto aliviar los sufrimientos de muchos enfermos y marginados. Otros más no salían de su asombro, pues habían visto con sus propios ojos cómo había resucitado a muertos.

Jesús era seguramente alguien que se salía del esquema común de los mortales y por ello la gente trataba de darse una explicación diciendo que era alguno de los grandes profetas que había regresado.

Jesús era reconocido como alguien con un poder extraordinario que podía responder a los anhelos que todo buen judío llevaba en su corazón cuando pensaba que volverían los tiempos maravillosos del pasado.

Pero no toda la gente veía a Jesús como a alguien extraordinario que podía hacer sospechar la llegada del Mesías prometido. Al contrario, había quienes pensaban que era un desquiciado, un revoltoso que había venido a poner el desorden en la sociedad y en la religión de su tiempo.

No eran pocos los que lo buscaban para matarlo y que al fin lograron llevarlo sobre la cruz porque lo calificaron de blasfemo, de irreverente y atrevido por decir que era el Hijo de Dios.

Había  quienes  lo  identificaban  como  uno  más,  de  los  varios  que  se  habían  levantado  en contra de los ocupantes del pueblo de Israel y lo veían como un alborotador y una amenaza en la sociedad.

Y no faltaban los que lo consideraban una presencia intolerable e inaceptable por sus ideas y sus maneras de interpretar la ley.

Pero, afortunadamente había también mucha gente sencilla que habían reconocido en él la presencia del Padre que vive volcado hacia su pueblo, que tiene una predilección por los pobres y los sencillos, que se entrega en su Hijo para que todos tengan vida.

Había gente como Pedro que dirá: Señor, ¿a quién iremos, si sólo tu tienes palabras de vida eterna?

La gente tenía sus opiniones y se habían hecho sus ideas sobre Jesús y eso lo sabían los discípulos.   Jesús   podía   se   clasificado   de   muchas   maneras,   según   los   intereses   y conveniencias de quienes se encontraban con él.

La segunda pregunta que hace el Evangelio de hoy obliga a ir un poquito más lejos. No es suficiente saber lo que piensa la gente sobre Jesús, pues nos damos cuenta de que se han escrito millones de libros y la información que se tiene sobre él difícilmente se podría conocer completamente.

El texto de nuestro evangelio nos lleva a entender que sobre Jesús no es suficiente hacerse una opinión o acumular conocimientos. Lo importante es saber que implicación, que efecto y que consecuencias tiene su presencia en nuestras vidas.

A los discípulos Jesús los lleva a esa experiencia soltándoles la pregunta a quemarropa.

¿Y ustedes quién dicen que soy yo?

Esta pregunta no deja espacio a escapatorias. Ante Jesús estamos llamados, como los discípulos, a responder quién es verdaderamente Jesús en nuestras vidas. Y aquí también las respuestas pueden ser muchas, pues hay quienes consideran a Jesús como alguien a quien hay que tenerle una cierta reverencia o devoción, pero dejando una distancia que no nos comprometa.

Hay para quienes Jesús es como la aspirina, de la cual nos recordamos sólo cuando tenemos un fuerte dolor de cabeza; es el Jesús al que recurrimos cuando estamos dentro de un problema que no sabemos cómo resolver y entonces gritamos: Señor ten compasión de mí. Para algunos de nuestros contemporáneos es simplemente alguien desconocido o alguien a quien se le clasifica entre las personas que no nos interesan. Al limite se le reconoce como el personaje que ha marcado, de alguna manera, la historia de nuestra humanidad, pero que se puede dejar a un lado.

La pregunta obligó a los discípulos a tomar una posición, los movió a hacer una opción que marcó y definió sus vidas, pues al final todos tuvieron que dar testimonio de él aceptando el camino del martirio.

La interrogación de Jesús seguramente les recordó a los discípulos otras palabras, como aquellas que el Señor les había dicho como una exigencia, conmigo se está o no se está. Conmigo la respuesta sólo puede ser un sí o un no. O están conmigo o contra mí.

Pedro tuvo la valentía de responder reconociendo que Jesús era el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Pero esa confesión, en el momento que Pedro pronunció esas palabras, eran justamente palabras. Ese reconocimiento de Jesús se va a dar cuando llegará el momento de dar la vida, de aceptar el martirio y de consagrarse enteramente al servicio del Reino.

Viniendo a nosotros, no es difícil reconocer que también existen muchas opiniones sobre quién es Jesús y no son muy distintas o lejanas a las opiniones de todos los tiempos.

A lo mejor no nos cuesta reconocer y confesar que Jesús es el Hijo de Dios y eso nos ayuda a ubicarnos con serenidad en la realidad de nuestro mundo. Pero nos damos cuenta de que no es suficiente decir que Jesús es el Señor, mientras quede lejos de lo que nos toca vivir todos los días.

Como a los discípulos, también hoy el Señor nos pregunta: ¿ Quién soy yo para ti, en tu vida, en lo que vas realizando como proyecto que le da sentido a tu existencia y a tu presencia en este mundo?

¿Quién soy yo para ti? Nos obliga a preguntarnos qué tipo de relación tenemos con el Señor.

¿Lo sentimos como alguien familiar, como alguien con quien vamos compartiendo la vida, con quien nos sentimos en confianza para contarle nuestras alegrías y nuestras penas?

¿Jesús es alguien que sentimos como parte de nuestra vida, como una persona con quien se puede interactuar, con quien podemos discutir, pero en quien podemos confiar plenamente, como lo hacemos con un hermano o un amigo?

Como personas de fe, seguramente nos reconocemos en una relación con Jesús, una relación que se va dando como un proceso y de manera dinámica en donde nos vamos descubriendo mutuamente y en donde la confianza va creciendo en la medida en que nos dedicamos tiempo para estar con él.

Jesús, muy probablemente, es ese misterio de Dios que se nos va revelando poco a poco en nuestra vida, en la medida en que le abrimos espacios para que esté presente. Es el rostro de Dios que vamos aprendiendo a reconocer cuando no dejamos que la indiferencia o la arrogancia de pensar que podemos vivir sin Dios nos gane el corazón

Jesús es la presencia discreta de Dios en nuestra vida, que no interviene con violencia y que no obliga a quemar etapas. Es la imagen paciente de un Padre que nos conoce, que nos espera en nuestros intentos de ir a su encuentro; es la presencia del amor que se hace persona para introducirnos en el corazón del Padre.

¿Quién soy yo para ti? Es la pregunta que nadie puede contestar en el lugar de otra persona. Es la oportunidad que se nos brinda de poder iniciar o continuar una relación con el Señor que nos permite ponernos cara a cara, con el corazón en la mano, con la humildad de que somos capaces, para poder decirle: Señor tú lo eres todo para mí, pero necesito que aumentes mí fe, que no me sueltes de tu mano, que me hagas experimentar a cada paso tu misericordia y que me ayudes a escuchar tu voz, invitándome a ir a tu encuentro.

Podemos decir con sencillez, Señor tú eres nuestro Mesías y nuestro salvador, porque vemos tu huella en todo lo que vamos encontrando, porque sentimos tu presencia en todo aquello que nos toca afrontar como humanos, porque experimentamos el amor que hace de nosotros tus hermanos.

Te reconocemos como el don de Dios y lo más bello que pueda recibir cualquier ser humano. Y ante este don tan extraordinario, sólo podemos decir a cada paso, Señor aumenta nuestra fe para poder reconocerte como lo mejor que nos pudo suceder en nuestro peregrinar en este mundo tan humano.

Señor, que podamos avanzar en el descubrimiento de tu presencia entre nosotros sintiéndonos siempre llevados de tu mano.


Pero tú, Jesús, ¿quién dices que soy yo?
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

El Evangelio de hoy nos presenta la «confesión de fe» de Pedro en las proximidades de la ciudad de Cesarea de Filipo, al nordeste de Israel, en una región semipagana. Jesús se había «retirado» a aquella zona, fuera de los límites habituales de su predicación, para poder estar en la intimidad con los suyos. Estaba a punto de producirse un cambio radical en su misión y Jesús quería preparar a sus discípulos.

En este contexto de retiro —Lucas 9,18 llega incluso a decir que esto sucedió cuando «Jesús se encontraba orando a solas»—, el Señor, que había percibido a su alrededor los indicios de una crisis, hace una especie de… «sondeo»: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre? Ellos contestaron: Unos dicen que Juan el Bautista; otros, Elías; otros, Jeremías o uno de los profetas». Las multitudes, por tanto, vislumbraban en Jesús a un profeta, a un gran profeta, pero lo interpretaban según las categorías del pasado. El mismo sondeo, realizado hoy, arrojaría resultados no muy distintos: un hombre extraordinario, un iluminado, un revolucionario, un innovador, un idealista… Categorías siempre insuficientes.

Jesús prosigue: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Simón Pedro respondió: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo»Pedro, también en nombre de los Doce, pronuncia una profesión personal de fe, que Jesús reconoce como inspirada por el Padre. En ese momento, Jesús revela a Pedro su vocación, su identidad: «Y yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia… Te daré las llaves del Reino de los Cielos: todo lo que ates en la tierra quedará atado en los Cielos, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en los Cielos». Observemos la simetría: «Tú eres el Cristo» y «Tú eres Pedro». Sin embargo, no se trata de un intercambio de cortesías, sino de la revelación de una identidad recíproca.

Tenemos aquí una verdadera investidura, simbolizada por tres signos: el cambio de nombre (Pedro, la piedra), la entrega de las llaves y la potestad de atar y desatar. Podríamos decir que Jesús confiere a Pedro tres de sus prerrogativas mesiánicas: ser Piedra (véanse Daniel 2,31-35; Mateo 21,42; 1 Corintios 10,4), poseer las llaves del Reino y tener el poder de atar y desatar (Apocalipsis 3,7: «El que tiene la llave de David: cuando él abre, nadie puede cerrar; y cuando cierra, nadie puede abrir»). Jesús, el Señor de la Iglesia, confiere en este texto a Pedro una autoridad vicaria al servicio de su Iglesia.

1. ¿Quién soy yo para ti?

Esta pregunta se dirige hoy a nosotros. Cristo no espera la respuesta aprendida en el catecismo. Sería una respuesta enmohecida. No espera una respuesta dictada por la costumbre. Sería una respuesta sin pasión. No espera una respuesta elaborada únicamente por la mente. Sería una respuesta fría, sin corazón. Jesús espera una respuesta que nazca de nuestra intimidad con él¿Cómo podemos encontrarla? Preguntémonos hasta qué punto estamos dispuestos a arriesgar por él.¿La medida extrema? ¡El don de la vida! Hoy el testimonio cristiano puede asumir, bajo diferentes formas, la dimensión del martirio. No solo en Pakistán, India, China o Nigeria… sino también aquí, en Europa, con el continuo goteo de la burla y la indiferencia. A las cuatro notas de la Iglesia —una, santa, católica y apostólica— casi podríamos añadir una quinta: ¡perseguida!

Sin embargo, no basta con dar una respuesta de una vez para siempre. La vida es cambio. En todas las relaciones surgen momentos de crisis en los que nos parece que ya no reconocemos al otro. Es un momento crítico que puede convertirse en ocasión de una ruptura definitiva o en una oportunidad para crecer en el conocimiento mutuo. Esto también puede suceder en nuestra relación con Cristo. También por esta razón algunos cristianos acaban alejándose de él. La relación con Jesús se vuelve rutinaria y sin entusiasmo y, poco a poco, aparecen la indiferencia y el distanciamiento. Presumimos de conocerlo y pensamos que ya no tiene nada que decirnos. Su Evangelio es como un libro «ya leído». Entonces, o nos marchamos, cansados y decepcionados, o nuestra relación con él languidece en una lenta y triste agonía.
¿Cómo podemos evitar este peligro? Podemos señalar dos caminos.

2. ¡Los ojos fijos… en la «liebre»!

¡No apartemos la mirada de Jesús! «Corramos con perseverancia la carrera que tenemos por delante, fijos los ojos en Jesús, quien inicia y completa la fe» (Hebreos 12,1-2). Un relato de los antiguos Padres del Desierto lo expresa de una manera simpática, pero elocuente.

Un joven monje fue un día a visitar a un anciano monje, cargado de años y experiencia, y le dijo: «Padre mío, explícame por qué tantos abrazan la vida monástica y tan pocos perseveran; tantos vuelven atrás». El monje respondió: «Mira, sucede como cuando un perro ve una liebre. Comienza a correr detrás de ella y ladra con fuerza. Otros perros oyen al perro ladrar mientras corre detrás de la liebre y también ellos se ponen a correr: son muchos los que corren juntos, ladrando; sin embargo, solo uno ha visto la liebre, solo uno la sigue con los ojos. En un momento dado, uno tras otro, todos aquellos que no han visto realmente la liebre y corren solamente porque otro la ha visto se cansan y quedan exhaustos. En cambio, el que ha fijado personalmente los ojos en la meta llega hasta el final y atrapa la liebre». Y decía: «Mira, eso mismo les sucede a los monjes. Solo quienes han fijado verdaderamente los ojos en la persona de Jesucristo, nuestro Señor crucificado, llegan hasta el final».

3. Mirarse en la mirada de Cristo

La pregunta de Jesús continúa llegando hasta nosotros: «¿Quién soy yo para ti?». ¿Has pensado alguna vez en dirigirle tú también la misma pregunta: «Pero tú, Jesús, ¿quién dices que soy yo?». Solo su respuesta puede iluminar el misterio de lo que somos; de lo contrario, seguimos siendo una incógnita para nosotros mismos. Solo él puede revelarnos nuestro verdadero nombre (Apocalipsis 2,17), nuestra identidad. Solo este encuentro cara a cara puede dar profundidad y solidez a nuestra relación con él.

«Cuando nos acercamos al misterio de Dios, descubrimos nuestro rostro; cuando nos aproximamos a la Verdad de Dios, recibimos a cambio la verdad sobre nosotros mismos. Confesar la identidad de Cristo nos devuelve nuestra identidad más profunda… Si queréis descubrir quiénes sois verdaderamente, miraos en la mirada de Dios» (Paolo Curtaz).

Para la reflexión personal

1) En un momento de «retiro», interroguemos al Señor y dejémonos interrogar por él: «Señor, ¿quién eres tú para mí? ¿Y quién soy yo para ti?».

2) Confrontémonos con la identidad de Pedro, que ilumina la vocación del cristiano: ser PIEDRA, es decir, servir de apoyo para la fe de los demás, a pesar de la fragilidad de la nuestra; utilizar la LLAVE del Reino, es decir, la cruz de Jesús, para romper las ataduras de la esclavitud y unir a las personas con los vínculos de la fraternidad.


Qué decimos nosotros
José Antonio Pagola

También hoy nos dirige Jesús a los cristianos la misma pregunta que hizo un día a sus discípulos: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. No nos pregunta solo para que nos pronunciemos sobre su identidad misteriosa, sino también para que revisemos nuestra relación con él. ¿Qué le podemos responder desde nuestras comunidades?

¿Conocemos cada vez mejor a Jesús, o lo tenemos “encerrado en nuestros viejos esquemas aburridos” de siempre? ¿Somos comunidades vivas, interesadas en poner a Jesús en el centro de nuestra vida y de nuestras actividades, o vivimos estancados en la rutina y la mediocridad?

¿Amamos a Jesús con pasión o se ha convertido para nosotros en un personaje gastado al que seguimos invocando mientras en nuestro corazón va creciendo la indiferencia y el olvido? ¿Quienes se acercan a nuestras comunidades pueden sentir la fuerza y el atractivo que tiene para nosotros?

¿No sentimos discípulos y discípulas de Jesús? ¿Estamos aprendiendo a vivir con su estilo de vida en medio de la sociedad actual, o nos dejamos arrastrar por cualquier reclamo más apetecible para nuestros intereses? ¿Nos da igual vivir de cualquier manera, o hemos hecho de nuestra comunidad una escuela para aprender a vivir como Jesús?

¿Estamos aprendiendo a mirar la vida como la miraba Jesús? ¿Miramos desde nuestras comunidades a los necesitados y excluidos con compasión y responsabilidad, o nos encerramos en nuestras celebraciones, indiferentes al sufrimiento de los más desvalidos y olvidados: los que fueron siempre los predilectos de Jesús?

¿Seguimos a Jesús colaborando con él en el proyecto humanizador del Padre, o seguimos pensando que lo más importante del cristianismo es preocuparnos exclusivamente de nuestra salvación? ¿Estamos convencidos de que el modo de seguir a Jesús es vivir cada día haciendo la vida más humana y más dichosa para todos?

¿Vivimos el domingo cristiano celebrando la resurrección de Jesús, u organizamos nuestro fin de semana vacío de todo sentido cristiano? ¿Hemos aprendido a encontrar a Jesús en el silencio del corazón, o sentimos que nuestra fe se va apagando ahogada por el ruido y el vacío que hay dentro de nosotros?

¿Creemos en Jesús resucitado que camina con nosotros lleno de vida? ¿Vivimos acogiendo en nuestras comunidades la paz que nos dejó en herencia a sus seguidores? ¿Creemos que Jesús nos ama con un amor que nunca acabará? ¿Creemos en su fuerza renovadora? ¿Sabemos ser testigos del misterio de esperanza que llevamos dentro de nosotros?


Pedro, entre Dios y Satanás
José Luis Sicre

El evangelio de este domingo y el del siguiente forman un díptico indisoluble. En el de hoy, Pedro recibe una revelación de Dios y una misión. En el siguiente, se convierte en portavoz de Satanás. De este modo, Mateo deja claro que lo importante es la misión recibida, no la santidad del receptor.

El evangelio de este domingo se divide en tres partes: 1) lo que piensa la gente a propósito de Jesús; 2) lo que afirma Pedro; 3) las promesas de Jesús a Pedro.

1. Lo que piensa la gente

Camino de Cesarea de Filipo, muy al norte de Israel, Jesús pregunta a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?» La expresión aramea bar enosh, podríamos traducirla con minúscula y con mayúscula.

Con minúscula, «hijo del hombre», significa «este hombre», «yo», y es frecuente en boca de Jesús para referirse a sí mismo. Por ejemplo: «Las zorras tienen madrigueras, las aves del cielo nidos, pero el hijo del hombre [este hombre] no tiene dónde recostar la cabeza» (Mt 8,20); «El hijo del hombre [este hombre, yo] tiene autoridad en la tierra para perdonar los pecados» (Mt 9,6), etc.

Con mayúscula, «Hijo del Hombre», hace pensar en un salvador futuro, extraordinario. «Os aseguro que no habréis recorrido todas las ciudades de Israel antes de que venga el Hijo del Hombre» (Mt 10,23); «El Hijo del Hombre enviará a sus ángeles para que recojan de su reino todos los escándalos y los malhechores» (Mt 13,41); «El Hijo del Hombre ha de venir con la gloria de su Padre y acompañado de sus ángeles» (Mt 16,27).

La gente que escuchaba a Jesús podía sentirse desconcertada. Cuando usaba la expresión «el Hijo del Hombre», ¿hablaba de sí mismo, de un salvador futuro o de un gran personaje religioso? Por eso no extrañan las respuestas que recogen los discípulos. Para unos, el Hijo del Hombre es Juan Bautista; para otros, de mayor formación teológica, Elías, porque está profetizado que volverá al final de los tiempos; para otros, no sabemos por qué motivo, Jeremías o alguno de los grandes profetas. Lo común a todas las respuestas es que ninguna identifica al Hijo del Hombre con Jesús, y todas lo identifican con un profeta, pero un profeta muerto, bien hace nueve siglos (Elías) o recientemente (Juan Bautista). Es obvio que Jesús no se explicaba en este caso con suficiente claridad o era intencionadamente ambiguo.

2. Lo que afirma Pedro: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo».

Estamos tan acostumbrados a escuchar la respuesta de Pedro que nos parece normal. Sin embargo, de normal no tiene nada. Los grupos que esperaban al Mesías lo concebían como un personaje extraordinario, que traería una situación maravillosa desde el punto de vista político (liberación de los romanos), económico (prosperidad), social (justicia) y religioso (plena entrega del pueblo a Dios). Jesús es un galileo mal vestido, sin residencia fija, que vive de limosna, acompañado de un grupo de pescadores, campesinos, un recaudador de impuestos y diversas mujeres. Para confesarlo como Mesías hace falta estar loco o tener una inspiración divina.

3. Las promesas de Jesús a Pedro

Esta tercera parte es exclusiva de Mateo. En los evangelios de Marcos y Lucas, el pasaje de la confesión de Pedro en Cesarea de Felipe termina con las palabras: “Prohibió terminantemente a los discípulos decirle a nadie que él era el Mesías”. Sin embargo, Mateo introduce aquí unas palabras de Jesús a Pedro.

Comienzan con una bendición, que subraya la importancia del título de Mesías que Pedro acaba de conceder a Jesús. No es un hereje ni un loco, sus palabras son fruto de una revelación del Padre. Nos vienen a la memoria lo dicho en 11,25-30: “Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y aquel a quien el Padre se lo quiere revelar”.

Basándose en esta revelación, no en los méritos de Pedro, Jesús le comunica unas promesas: 1) sobre él, esta roca, edificará su Iglesia; 2) le dará las llaves del Reino de Dios; 3) como consecuencia de lo anterior, lo que él decida en la tierra será refrendado en el cielo.

Las afirmaciones más sorprendentes son la primera y la tercera. En el AT, la “roca” es Dios. En el NT, la imagen se aplica a Jesús. Que el mismo Jesús diga que la roca es Pedro supone algo inimaginable, que difícilmente podrían haber inventado los cristianos posteriores. (La escapatoria de quienes afirman que Jesús, al pronunciar las palabras “y sobre esta piedra edificaré mi iglesia” se refiere a él mismo, no a Pedro, es poco seria).

La segunda afirmación (“te daré las llaves del Reino de Dios”) se entiende recordando la promesa de Is 22,22 al mayordomo de palacio Eliaquín, tema de la primera lectura de hoy: “Colgaré de su hombro la llave del palacio de David: lo que él abra nadie lo cerrará, lo que él cierre nadie lo abrirá”. Se concede al personaje una autoridad absoluta en su campo de actividad. Curiosamente, el texto de Mateo cambia de imagen, y no habla luego de abrir y cerrar sino de atar y desatar. Pero la idea de fondo es la misma.

El texto contiene otra afirmación importantísima: la intención de Jesús de formar una nueva comunidad, que se mantendrá eternamente. Todo lo que se dice a Pedro está en función de esta idea.

¿Por qué pone de relieve Mateo este papel de Pedro? ¿Le guía una intención eclesiológica, para indicar cómo concibe Jesús a su comunidad? ¿O tienen una finalidad mucho más práctica? Ambas ideas no se excluyen, y la teología católica ha insistido básicamente en la primera: Jesús, consciente de que su comunidad necesita un responsable último, encomienda esta misión a Pedro y a sus sucesores.

Es posible que haya también de fondo una idea más práctica, relacionada con el papel de Pedro en la iglesia primitiva. Uno de los mayores conflictos que se plantearon desde el primer momento fue el de la aceptación o rechazo de los paganos en la comunidad, y las condiciones requeridas para ello. Los Hechos de los Apóstoles dan testimonio de estos problemas. En su solución desempeñó un papel capital Pedro, enfrentándose a la postura de otros grupos cristianos conservadores (Hechos 10-11; 15). En aquella época, en la que Pedro no era “el Papa”, ni gozaba de la “infalibilidad pontificia”, las palabras de Mateo suponen un espaldarazo a su postura en favor de los paganos. “Lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo”. Es Pedro el que ha recibido la máxima autoridad y el que tiene la decisión última.

Apéndice 1. El papel de Pedro en la iglesia primitiva

Un detalle común a las más diversas tradiciones del Nuevo Testamento es la importancia que se concede a Pedro. El dato más antiguo y valioso, desde el punto de vista histórico, lo ofrece Pablo en su carta a los Gálatas, donde escribe que tres años después de su conversión subió a Jerusalén «a conocer a Cefas [Pedro] y me quedé quince días con él» (Gálatas 1,18). Este simple detalle demuestra la importancia excepcional de Pedro. Y catorce años más tarde, cuando se plantea el problema de la predicación del evangelio a los paganos, escribe Pablo: «reconocieron que me habían confiado anunciar la buena noticia a los paganos, igual que Pedro a los judíos; pues el que asistía a Pedro en su apostolado con los judíos, me asistía a mí en el mío con los paganos» (Gálatas 2,7).

Esta primacía de Pedro queda reflejada en diversos episodios de los distintos evangelios. Basta recordar el triple encargo («apacienta mis corderos», «apacientas mis ovejas», «apacientas mis ovejas») en el evangelio de Juan (21,15-17), equivalente a lo que acabamos de leer en Mateo.

Lo mismo ocurre  en los Hechos de los Apóstoles. Después de la ascensión, es Pedro quien toma la palabra y propone elegir un sustituto de Judas. El día de Pentecostés, es Pedro quien se dirige a todos los presentes. Su autoridad será decisiva para la aceptación de los paganos en la iglesia (Hechos 10-11). Este episodio capital es el mejor ejemplo práctico de la promesa: «lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo».

Apéndice 2. Mateo: ¿falsario o teólogo?

Lo anterior ayuda a responder una pregunta elemental desde el punto de vista histórico: si las promesas de Jesús a Pedro sólo se encuentran en el evangelio de Mateo, ¿no serán un invento del evangelista? Así piensan muchos autores.

Pero el término «invento» se presta a confusión, como si todo lo que se cuenta fuera mentira. Los escritores antiguos tenían un concepto de verdad histórica muy distinto del nuestro, como he intentado demostrar en mi libro Satán contra los evangelistas. Para nosotros, la verdad debe ir envuelta en la verdad. Todo, lo que se cuenta y la forma de contarlo, debe ser cierto (esto en teoría, porque infinitos libros de historia se presentan como verdaderos, aunque mienten en lo que cuentan y en la forma de contarlo). Para los antiguos, la verdad se podía envolver en un ropaje de ficción.

La verdad, testimoniada por autores tan distintos como Pablo, Juan, Lucas, Marcos, es que Pedro ocupaba un puesto de especial responsabilidad en la iglesia primitiva, y que ese encargo se lo había hecho el mismo Dios, como reconocen Pablo y Juan. Lo único que hace Mateo es envolver esa verdad en unas palabras distintas, quizá inventadas por él, para dejar claro que la primacía de Pedro no es cuestión de inteligencia, ni de osadía, se debe a una decisión de Jesús. Y para corroborar que no son los méritos de Pedro, añade el episodio que leeremos el próximo domingo.


Pedro, piedra que da solidez a la Unidad y a la Misión
P. Romeo Ballan, mccj

Jesús hace un sondeo de opinión sobre su Persona, pero va más allá de los resultados del sondeo (Evangelio). ¿Quién es Jesús? ¿Cuál es su verdadera identidad? ¿Qué opina la gente de Él? Y ustedes, ¿quién dicen que soy? Son preguntas que nos rebotan del pasado y que son siempre actuales. La afirmación central de este domingo es la respuesta de Simón Pedro, en nombre también de los demás, sobre la identidad de Jesús: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” (v. 16). La opinión de la gente (v. 14) coloca a Jesús entre los grandes profetas de Israel (Elías, Jeremías, Juan el Bautista…), lo cual ya es una buena aproximación, aunque todavía en un nivel espectacular. La gente reconoce la grandeza de Jesús (milagros, doctrina…), pero no llega a conocer plenamente su identidad.

Para alcanzarla, se necesitan criterios interpretativos nuevos. Es necesario un suplemento de fe. La respuesta de Pedro, en efecto, es fruto de una luz superior, que viene del Padre (v. 17); por eso va más allá de la capacidad humana (de la carne y la sangre). Pero, a pesar de esta luz nueva, Pedro comprende solo parcialmente la identidad y la misión de Jesús: lo comprueba el texto del Evangelio de Mateo que sigue sobre la cruz (cfr. Evangelio del próximo domingo). Esto demuestra la dificultad de creer; es difícil para todos. Cristianos no se nace, pero se llega a ello. Creer en Jesús quiere decir “seguirle”, es decir, ponerse en camino y buscar cada día asumir sus ‘sentimientos’ de total abandono en el Padre, “imitar” su mismo ‘estilo de vida’ a través de gestos de bondad, misericordia, acogida, compartir…

En un intercambio de mutuas confidencias, Pedro reconoce la identidad de Jesús (Tú eres el Cristo…); Jesús revela la identidad de Pedro (Tú eres Pedro…) y lo compromete en su proyecto por una nueva comunidad: su Iglesia, que durará por los siglos (v. 18). A pesar de las dificultades y las resistencias históricas ante este texto de Mateo, el plan de Jesús para su Iglesia sigue vigente. Según la tradicional interpretación católica, las tres metáforas de la piedra (v. 18), las llaves (v. 19) y el binomio atar-desatar (v. 19) se complementan con la entrega post-pascual a Pedro del servicio de apacentar, con amor, al pueblo de la nueva alianza (cfr. Jn 21,15s). La fe de Pedro – y la de sus sucesores – es prioritaria y fundamental: solo así nace, se funda, crece la Iglesia. En el testimonio humilde del apóstol Pedro el Señor ha puesto el fundamento de nuestra fe, para que nosotros también seamos piedras vivas para la edificación de la Iglesia (Oración colecta).

No cualquier forma de ejercer la autoridad es agradable a Dios y buena para el pueblo, como lo confirma la destitución de Sebná, intrigante mayordomo de palacio (I lectura, v. 19), porque el Señor quiere un “padre para los habitantes de Jerusalén” (v. 21). Para Jesús, que es “el Señor y el Maestro” (Jn 13,14), que “no ha venido para ser servido, sino para servir y dar su vida” (Mt 20,28), la autoridad (las llaves) se entrega a Pedro y a la Iglesia para un servicio al pueblo de Dios en una diaconía sin fin. Cuanto más amplia es la autoridad, más intenso ha de ser el amor y generoso el servicio. ¡Para que en la tierra todos tengan vida y la familia humana viva unida! Es este el objetivo de la misión, que el Papa Francisco vuelve a proponer cada vez que habla de la Iglesia.

El Concilio nos da la dimensión teológica y misionera del proyecto de Jesús: “La Iglesia peregrinante es misionera por su naturaleza” (AG 2). Porque “la Iglesia existe para evangelizar” (Pablo VI, en EN 14). No es un hecho marginal que Jesús hable de su proyecto de Iglesia, estando en un territorio pagano (v. 13: región de Cesarea de Filipo), en un contexto geográfico y étnico semejante al de la mujer cananea (ver el Evangelio del domingo pasado). Estos dos hechos (la cananea y Pedro), que Mateo narra, revelan dos valores importantes para comprender la identidad de Jesús: la fe y la misión. ¡Dos valores necesarios! Ante todo, Jesús elogia la fe de ambos, aunque la expresan de manera diferente. Además, los dos hechos revelan el carácter universal de la misión de Cristo y de la Iglesia. ¡Una misión de salvación abierta a todos los pueblos, cercanos y lejanos!

Un sondeo de opinión acerca de la identidad de Jesús, realizado en nuestros días, nos daría igualmente resultados aproximativos y reductivos. Es un hecho que una proporción elevada de fieles bautizados se han alejado de la Iglesia, del Evangelio y de Cristo, si bien nunca se puede medir el nivel de fe de una persona. Para ellos se requiere una nueva evangelización, con los contenidos y métodos de la misión ad gentes, es decir, la primera evangelización (cfr. RMi 33). Para muchos es necesario comenzar nuevamente por los fundamentos de la fe cristiana, utilizando adecuados métodos pedagógicos.

El Evangelio de hoy y algunas fiestas de la época veraniega vuelven a proponer tres elementos típicos del identikit del católico. Estos valores son: Eucaristía, Virgen María y Papa, los tres a la vez. Son elementos que sostienen y fortalecen la fe del cristiano, iluminan su sentido de pertenencia a la Iglesia, esclarecen su identidad, lo ayudan a ser sal y luz dentro del confuso panorama religioso de nuestro tiempo, ante los no cristianos. En especial, ante no cristianos, o protestantes, ortodoxos, evangélicos y otros grupos. No se trata de polemizar o establecer confrontaciones odiosas. Para el católico, son tres amores irrenunciables, que estamos llamados a compartir y a proponer a los demás con humildad y respeto; son valores que llenan de gozo la vida y la misión del cristiano en cualquier lugar del mundo.

Cuando profesamos nuestra fe, decimos: Creo la Iglesia una, santa, católica y apostólica; podríamos añadir también una quinta nota: perseguida, lo cual es una realidad permanente en la historia, hasta nuestros días en muchos lugares del mundo. “Ser hombres-mujeres de Iglesiaquiere decir ser hombres-mujeres de comunión”, nos recuerda el Papa Francisco. Pertenecer a la Iglesia es un valor grande, un don precioso del Señor. Un regalo que postula nuestro agradecimiento constante y nuestro compromiso para custodiarlo y compartirlo con humildad y respeto. Pidamos al Señor que nos conceda, como a santa Teresa de Ávila, el gozo de vivir y de “morir como hijos-hijas de la Iglesia”.