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Los LMC de la NAP iniciamos un nuevo camino de formación y discernimiento

¡Nueve candidatos, una familia misionera
y un hermoso nuevo comienzo!

El sábado 17 de octubre, los Laicos Misioneros Combonianos de la Provincia de Norteamérica (CLM NAP) iniciaron oficialmente un nuevo camino de formación básica y discernimiento con nueve candidatos que dan juntos sus primeros pasos en el descubrimiento de la vocación misionera.

La mañana reunió a los participantes en un encuentro híbrido especial: algunos se reunieron en persona en el precioso jardín del Centro Misionero Comboniano de Covina, California, mientras que otros se unieron a través de Zoom. Nuestros participantes en línea se conectaron desde Nueva York, Ohio y Bakersfield (California), reuniendo así a miembros de diferentes partes del país para esta ocasión especial.

Gracias a la tecnología actual, pudimos conectar a pesar de la distancia de tal manera que todos se sintieron parte del mismo encuentro. Los que se unieron en línea pudieron ver y oír a los que estaban en persona, y los reunidos en el jardín también pudieron ver y oír a sus hermanos y hermanas que participaban virtualmente. ¿Quién dice que la distancia tiene que separar a una familia misionera?

Desde por la mañana hasta el mediodía, compartimos oraciones, presentaciones, preguntas, experiencias y reflexiones, dando inicio a lo que esperamos sea un significativo camino de fe, amistad y discernimiento.

La mañana comenzó con una oración, seguida de una cálida bienvenida por parte de Rossie Patlan, directora del LMC NAP. Tanto ella como el P. Maciej Zielinski, MCCJ, presentaron a los Laicos Misioneros Combonianos, ayudando a los candidatos a descubrir más sobre la identidad, la espiritualidad y la vocación misionera de los LMC. A través de su presentación, sus preguntas y sus experiencias personales, ofrecieron una visión más profunda de lo que significa vivir el espíritu misionero comboniano hoy en día.

Uno de los momentos más destacados de la mañana fue el testimonio de Linda, una laica misionera comboniana italiana que actualmente presta servicio en Kenia. A partir de su experiencia misionera, Linda compartió una hermosa reflexión titulada «La belleza de ser LMC». Su testimonio ofreció a las candidatas una visión de las alegrías, los retos y las bendiciones de la vida misionera. Escuchar a alguien que vive la misión de primera mano fue un maravilloso recordatorio de que la familia LMC se extiende mucho más allá de las fronteras, los idiomas y los continentes. ¡Un solo corazón, una sola misión, una sola familia!

También tuvimos la suerte de escuchar a Olivia Anguiano, una candidata a LMC que lleva casi dos años en el camino de la formación. Olivia compartió su experiencia personal de formación, ofreciendo una perspectiva sincera y alentadora sobre lo que significa dedicar tiempo a aprender, crecer, hacer preguntas y discernir la llamada de Dios. Su testimonio fue un recordatorio significativo de que la formación no consiste simplemente en asistir a clases, sino en permitir que Dios actúe en nuestro interior y transforme nuestros corazones a lo largo del camino.

La mañana incluyó también la presentación de las expectativas y directrices para los candidatos, lo que ayudó a todos a comprender el camino que tienen por delante. La formación es una invitación a crecer en la fe, a conocer la espiritualidad de San Daniel Comboni, a descubrir nuestros dones y a discernir en la oración cómo Dios puede estar llamándonos a servir.

Es importante destacar que se recordó a los candidatos que este camino no tiene que ver con la presión ni con tener todas las respuestas. Se trata de acudir con el corazón abierto, con ganas de aprender y con la libertad de descubrir adónde nos lleva Dios a cada uno. El servicio misionero puede adoptar diferentes formas, ya sea en el extranjero o apoyando y sirviendo a la misión aquí mismo, en Norteamérica.

Tras la oración de clausura, la reunión en línea concluyó al mediodía, mientras que los reunidos en Covina continuaron con el almuerzo y un rato para socializar, compartiendo la comunión y conociéndose unos a otros más allá de las presentaciones.

Este primer encuentro marca un paso emocionante en la renovación y el crecimiento de la comunidad de los Laicos Misioneros Combonianos de la NAP. Con nueve candidatos que comienzan su formación, estamos agradecidos a todas las personas que han dicho «sí» a explorar este camino. También damos las gracias a Linda, al P. Maciej, a Olivia y a todos los que han contribuido a hacer posible este día.

Como nos recuerda San Daniel Comboni a través de su testimonio misionero, la misión comienza cuando permitimos que nuestro corazón se conmueva ante las necesidades de los demás y respondemos con amor.

¡Y esto es solo el principio!

Esperamos con ilusión nuestro próximo encuentro de formación el mes que viene, para seguir creciendo juntos como familia misionera. También animamos calurosamente a cualquier persona interesada en conocer mejor a los Laicos Misioneros Combonianos a que se unan a nosotros. ¡Nunca es demasiado tarde para empezar, y todo el mundo es bienvenido! No hace falta tener todo el futuro planeado. A veces, basta con un simple «sí» para descubrir lo que Dios ha puesto en tu corazón.

Que el Espíritu Santo siga guiando a nuestros nueve candidatos y a toda la familia de los Laicos Misioneros Combonianos mientras avanzamos juntos.

¡Nueve corazones, una misión, una familia!

LMC NAP

Una sonrisa que cambió mi destino

Texto y fotos: Tireza Itana, Novicia Comboniana

misionerascombonianasdemadrid.blogspot.com

Mi nombre es Tireza Itana. Soy originaria de Etiopía, de la diócesis de Nekemte. Soy la segunda de cinco hermanos, dos hermanas y dos hermanos. Crecí en una familia profundamente cristiana, un hogar donde la fe siempre ha ocupado un lugar importante en nuestra vida cotidiana. Mi padre es director de una escuela primaria, y mi madre es ama de casa. Desde pequeña sentí un amor especial y una gran compasión por las personas más pobres y vulnerables. En aquel entonces, no alcanzaba a comprender del todo el porqué de ese sentimiento, pero hoy sé que era la primera semillita que Dios estaba plantando en mi corazón.

El latido de una llamada

En 2021, en Adís Abeba, conocí a las Hermanas Misioneras Combonianas. Más tarde, empecé a leer sobre la vida de San Daniel Comboni, y me conmovió profundamente su espíritu misionero y su carisma: anunciar el Evangelio a quienes aún no conocen a Jesús y estar cerca de los más pobres y abandonados. Su historia tocó mi corazón profundamente, porque su amor por la misión reflejaba perfectamente ese deseo que yo misma guardaba desde la infancia. Fue así como descubrí que mi amor por los demás podía convertirse en un camino real para seguir a Jesús y servir a su pueblo. Al conocer más a fondo la Congregación y su espiritualidad, comprendí que ese anhelo que latía en mi interior era, en realidad, una invitación de Dios para consagrar mi vida entera a Él en la vida misionera.

Hna. Liliana Rivetta, misionera comboniana asesinada en Uganda en 1981

Recuerdo una experiencia concreta que me conmovió profundamente. Un día, justo a la entrada de mi habitación, me encontré con una fotografía grande de una religiosa joven. Le pregunté a la hermana que me acompañaba quién era aquella joven y ella me explicó que se trataba de la hermana Liliana Rivetta, una misionera que había entregado su vida en Uganda. Al quedarme contemplando la imagen, no pude evitar conmoverme con su rostro tan joven y su sonrisa tan acogedora. En ese momento me asaltó una pregunta: ¿Qué habría recibido esta hermana de parte de Dios para ser tan valiente y entregar su vida de forma tan absoluta, incluso hasta la muerte?

Dejar la comodidad para abrazar el mundo

Me quedé pensando mucho en eso y, en el silencio de mi corazón, sentí que nacía una respuesta: lo que la movía era un amor inmenso a Jesús y una profunda misericordia por los demás. Su testimonio me ayudó a comprender que la misión no es simplemente un servicio, sino que puede llegar a ser la entrega total de nuestra propia vida. Con esto en el corazón, y tras terminar mi etapa de aspirantado, llegó el momento de partir hacia Zambia para comenzar el postulantado. No les miento si les digo que sentía mucho miedo antes de aquel viaje, porque era la primera vez que dejaba mi país y todo lo que me resultaba familiar. Sin embargo, las hermanas me acompañaron, me dieron mucho ánimo y me ayudaron a vencer todos mis temores. 

Tireza Itana, novicia comboniana

Mi etapa de postulantado en Zambia fue un tiempo precioso e inolvidable. El hecho de convivir con personas de una cultura tan distinta a la mía me abrió los ojos a nuevos idiomas, tradiciones y formas diferentes de ver la vida y de celebrar la fe. Tuve la oportunidad de conocer a personas maravillosas y de construir amistades que enriquecieron mi vida de una manera profunda. Esta experiencia no solo amplió mis horizontes, sino que transformó mi forma de pensar. Fue ahí donde empecé a comprender que la vida misionera implica ir mucho más allá de lo que nos resulta familiar y cómodo; significa tener la valentía de cruzar fronteras, abrazar a personas con culturas e idiomas distintos y, sobre todo, dejarnos transformar por la belleza de esos encuentros.

Hoy en día, me encuentro en mi segundo año de noviciado en Italia, continuando con alegría este camino de discernimiento y preparación para consagrar mi vida entera a Dios. Para mí, el noviciado está siendo un tiempo hermoso y valioso. Es un espacio en el que se me invita a abrirme más a Dios, a escuchar con el corazón su Palabra y a permitir que Él vaya moldeando mi interior según su voluntad. En este tiempo, he descubierto que la misión no consiste solo en ir a un lugar a dar algo a los demás. Significa, en igual medida, aprender a recibir, a escuchar, a aprender y a dejarnos evangelizar por las personas con las que nos encontramos.

XXXII Domingo ordinario. Año A

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: “El Reino de los cielos es semejante a aquellas diez jóvenes, que, tomando sus lámparas, salieron al encuentro del esposo.
Cinco de ellas eran descuidadas y cinco, previsoras. Las descuidadas llevaron sus lámparas, pero no llevaron aceite para llenarlas de nuevo; las previsoras, en cambio, llevaron cada una un frasco de aceite junto con su lámpara. Como el esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron.
A medianoche se oyó un grito: ‘¡Ya viene el esposo! ¡Salgan a su encuentro!’. Se levantaron entonces todas aquellas jóvenes y se pusieron a preparar sus lámparas, y las descuidadas dijeron a las previsoras: ‘Dennos un poco de su aceite, porque nuestras lámparas se están apagando’. Las previsoras les contestaron: ‘No, porque no va a alcanzar para ustedes y para nosotras. Vayan mejor a donde lo venden y cómprenlo’.
Mientras aquéllas iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban listas entraron con   él al banquete de bodas y se cerró la puerta. Más tarde llegaron las otras jóvenes y dijeron: ‘Señor, señor, ábrenos’. Pero él les respondió: ‘Yo les aseguro que no las conozco’.
Estén, pues, preparados, porque no saben ni el día ni la hora”.

(Mateo 25, 1-13)


En camino hacia el encuentro
P. Enrique Sánchez G. mccj

La parábola que nos presenta el evangelio de hoy, para hablarnos del Reino de los cielos, nos menciona a diez vírgenes que nos ayudarán a entender cómo tenemos que disponernos para hacer esa experiencia de entrar en el Reino prometido y cuáles son algunas actitudes y disposiciones que no tenemos que perder de vista en nuestro esfuerzo por entrar en ese Reino.

Un primer detalle que nos puede pasar inadvertido en la reflexión de estos versículos del capítulo 25 de Mateo, es la primera actitud de estas diez vírgenes.

Dice el evangelio que salieron al encuentro del esposo. Salir y encontrar serán las palabras clave para entender aquello que este pequeño texto quiere ayudarnos a descubrir para que también nosotros entremos en el Reino que Dios sigue preparando para nosotros.

Para  comprender  o  para  entrar  en  el  Reino  de  los  cielos  se  afirma  que  la  primera exigencia es “salir” y esto significa ponerse en camino, sin tener miedo a arriesgar para poder recibir la novedad de lo que se nos promete.

Muchas veces decimos que el que no arriesga, no gana. Y quien no tiene grandes ideales no conocerá lo extraordinario que nos esconde la vida.

Salir también quiere decir desprenderse de aquello a lo que nos hemos ido apegando. Hay que elevar nuestra mirada con esperanza hacia el horizonte, con la confianza de que el Señor nos lleva hacia algo que promete llenar nuestro corazón de vida.

Hay que ponerse en camino, corriendo el riesgo de ir a donde no sabemos qué nos tiene preparado la aventura de ponernos en marcha, confiando en que el Señor nos llevará por senderos seguros que nos permitirán entrar en el mundo de Dios.

Esta exigencia es algo muy misionero, pues nos recuerda que quien quiere ser discípulo de Jesús tiene que obedecer al mandato que nos da de ir por todo el mundo para anunciar la llegada y la presencia de su Reino entre nosotros.

“Vayan y anuncien que el Reino de los cielos está cerca” (Mateo, 10, 7-10), ese es el mandato que da Jesús a quienes ha asociado a su misión como enviado de su Padre.

Y la misión, aunque exige una salida que obliga a dejar el propio mundo, dejar lo conocido, la propia cultura, lo que podría darnos una seguridad y tranquilidad; hay una salida más exigente que implica salir de nosotros mismos.

Dicho de otra manera, salir para entrar en el Reino que el Señor nos ofrece significa abrirse a un mundo que no es el nuestro, es reconocer y aceptar un proyecto de Dios que se construye sobre criterios muy distintos a los nuestros.

No  se  trata  de  dar  un  paso  en  el  abismo  o  en  el  vacío,  sino  en  la  confianza  de  que entraremos en un mundo en donde Dios nos está esperando para que se realicen los anhelos y los ideales más grandes que llevamos en el corazón.

De ahí que la otra palabra clave sea: “encuentro”. Hay que salir para darnos la oportunidad de encontrarnos con el Señor que viene hacia nosotros.

El Reino de los cielos, en este sentido, no es un lugar. Es un encuentro con la persona de Jesús en quien todos los valores del Reino se cumplen y se realizan. Jesús es la presencia del Reino de los cielos que se manifiesta ante nuestros ojos.

La parábola nos dice que las diez vírgenes salieron con sus lámparas al encuentro del esposo,  pero  no  todas  fueron  lo  suficientemente  precavidas  para  estar  preparadas cuando llegara su Señor.

Esto nos indica que, para disponernos al encuentro con el Señor, quien nos introducirá a la experiencia de su Reino, es necesario estar preparados, ser vigilantes y estar listos para cuando llegue.

Por otra parte, la experiencia del Reino no es algo que se pueda improvisar o dejar para el último momento de nuestra vida. No sabemos en qué momento y en cuáles circunstancias se nos manifestará el Señor y no podemos perder la oportunidad de encontrarnos con él cuando esté pasando por nuestras vidas.

Hay que estar preparados para que no falte la luz en nuestras lámparas. Eso significa, de alguna manera, que necesitamos nutrir con el aceite de la oración, de la escucha de la Palabra de Dios, de las buenas obras, de la caridad, del amor a los necesitados, con el ejercicio de la justicia y la práctica de la solidaridad, la lámpara de nuestro corazón.

El aceite que las vírgenes prudentes han utilizado para llenar sus lámparas es el amor con que cada día estamos llamados a llenar nuestra existencia. Si nuestras vidas están llenas de amor no nos será difícil descubrir y reconocer el rostro del Señor que viene a nuestro encuentro.

Pero si cometemos la insensatez de vivir distraídos y despreocupados, manteniendo el corazón vacío, es como si hubiésemos mantenido nuestras lámparas con los mínimos o incluso vacías, incapaces de iluminar el rostro de quien se acerca para ser amado.

En esa situación, aunque le digamos Señor, Señor, escucharemos decir: lo siento, no les conozco.

Detrás de las palabras y las imágenes de esta parábola seguramente podemos leer otra historia que nos habla de salvación y de perdición.

Es evidente que todos nos estamos jugando nuestra salvación o nuestra perdición en el día a día de nuestro caminar en este mundo.

En esta realidad que nos acompaña, Jesús esta viniendo a nuestro encuentro y quiere introducirnos a su Reino, pero sólo podemos entrar si lo reconocemos, si identificamos su rostro a través de la luz de nuestras lámparas de la fe.

Podremos entrar en el Reino de los cielos si logramos identificar la voz del Señor que nos llama y eso será posible sólo si nos familiarizamos con sus palabras, si aprendemos su lenguaje, si acercamos nuestro corazón al suyo, para aprender de él lo que significa vivir en el amor y del amor que nos viene de su Padre.

El evangelio llama a un grupo de estas vírgenes “prudentes” porque supieron prepararse con cuidado, supieron estar alertas para que no les ganara el sueño que aletarga y salieron contentas a recibir a su señor.

Otras  fueron  “necias”,  es  decir  negligentes,  superficiales  y  para  nada  previsoras.  A  la hora del encuentro no estuvieron listas y sus lámparas apagadas representan la obscuridad en que uno se puede encontrar cuando le falta la luz del  Espíritu  que ilumina nuestras mentes y nuestros corazones para reconocer a Dios presente en  nuestras vidas.

Tal vez nos convendría preguntarnos cómo estamos con nuestras lámparas. ¿Qué es lo que nos hace resplandecer en el mundo en que estamos presentes? ¿Con qué nutrimos nuestra vida interior para que tenga la luz suficiente para reconocer al Señor que viene a nuestro encuentro?

Ojalá  que  estemos  lo  suficientemente  iluminados  por  la  luz  del  Espíritu  Santo  para percibir la hora en que el Señor llega a nuestras vidas y que su presencia nos haga sentirnos alegres y dichosos de poder entrar a gozar del Reino de los cielos que ya está presente en los amaneceres y en los atardeceres que se nos regalan cada día.

Que el Señor nos conceda ser lo suficientemente previsores y vigilantes para estar listos en el momento en que nos invite a ir a su encuentro.


Encender las lámparas
José Antonio Pagola

Se nos apagan las lámparas.

Entre los primeros cristianos había, sin duda, discípulos «buenos» y discípulos «malos». Sin embargo, al escribir su evangelio, Mateo se preocupa sobre todo de recordar que, dentro de la comunidad cristiana, hay discípulos «sensatos» que están actuando de manera responsable e inteligente, y hay discípulos «necios» que actian de manera frívola y descuidada. ¿Qué quiere decir esto?

Mateo lo explica al recoger dos parábolas de Jesús. La primera es muy clara. Hay algunos que «escuchan las palabras de Jesús», y «las ponen en práctica». Toman en serio el Evangelio y lo traducen en vida. Son como el «hombre sensato» que construye su casa sobre roca. Es el sector más responsable: los que van construyendo su vida y la de la Iglesia sobre la autenticidad y la verdad de Jesús.

Pero hay también quienes escuchan las palabras de Jesús, y «no las ponen en práctica». Son tan «necios» como el hombre que «edifica su casa sobre arena». Su vida es un disparate. Construyen sobre el vacío. Si fuera sólo por ellos, el cristianismo sería pura fachada, sin fundamento real en Jesús.

Esta parábola nos ayuda a captar el mensaje fundamental de otro relato en el que un grupo de jóvenes salen, llenas de alegría, a esperar al esposo, para acompañarlo a la fiesta de su boda. Desde el comienzo se nos advierte que unas son «sensatas» y otras «necias».

Las «sensatas» llevan consigo aceite para mantener encendidas sus lámparas; las «necias» no piensan en nada de esto. El esposo tarda, pero llega a medianoche. Las «sensatas» salen con sus lámparas a iluminar el camino, acompañan al esposo y «entran con él» en la fiesta. Las «necias», por su parte, no saben cómo resolver su problema: «se les apagan las lámparas». Así no pueden acompañar al esposo. Cuando llegan es tarde. La puerta está cerrada.

El mensaje es claro y urgente. Es una insensatez seguir escuchando el Evangelio, sin hacer un esfuerzo mayor para convertirlo en vida: es construir un cristianismo sobre arena. Y es una necedad confesar a Jesucristo con una vida apagada, vacía de su espíritu y su verdad: es esperar a Jesús con las «lámparas apagadas». Jesús puede tardar, pero no podemos retrasar más nuestra conversión.


Lámpara encendidas
Inma Eibe, ccv

El evangelio de hoy es un texto, como mínimo, provocador. En las ocasiones en las que lo he profundizado con otros, sobre todo con jóvenes, ha surgido siempre alguna pregunta por el comportamiento de las llamadas “prudentes” en la parábola. “¿Dónde queda el ser solidario y compartir lo que se tiene?” – preguntan algunos. “¿Esta enseñanza no fomenta el egoísmo?” – cuestionan otros. Si nos quedamos en una primera lectura puede parecer que en el Reino de los cielos no hay cabida para todos o que, si no andamos con cuidado, no se nos perdona un despiste ni se acepta el arrepentimiento. La sabiduría (de la que se habla con entusiasmo en la primera lectura de hoy), relacionada con una postura aparentemente egoísta, no resulta atractiva.

La interpretación más convencional es la escatológica, fundamentada sobre todo en la sentencia final (velad, pues no sabéis el día ni la hora): la figura del novio se identifica con Cristo y se acentúa la invitación a estar preparados para reconocer su presencia y acoger su venida. Adentrándonos en la estructura y composición del texto, encontramos la combinación de dos relatos distintos, fusionados en uno por alguna necesidad pastoral surgida en el seno de la comunidad mateana. Uno de ellos sería el que narra la historia de las jóvenes que celebraron el banquete de bodas con el novio e iría en la línea de parábolas que subrayan la alegría del encuentro, como la de quien halla un tesoro en el campo (13,44) o la del que lo vende todo para comprar una sola perla (13,45). El otro relato sería el que introduce al grupo de quienes no han previsto lo necesario para la fiesta y estaría relacionado con la enseñanza sobre la prudencia/sabiduría o imprudencia/necedad, como en el conflicto con los fariseos (22,15ss).

Esta doble perspectiva nos posibilita sacarle más jugo a la parábola, porque nos recuerda la dimensión de celebración por el encuentro con el novio y de alegría por ser invitados a la fiesta; realidades que, en una lectura rápida, quedan escondidas ante el sinsabor que nos suscita la desesperación de quienes pierden la oportunidad y quedan fuera del banquete.

La realidad es que, desde el inicio del texto, el autor nos hace posicionarnos ante las diez mujeres reconociendo dos grupos absolutamente diferenciados: “cinco eran necias y cinco prudentes”. Nuestra atención se centra en ellas y el símbolo del banquete nupcial pierde fuerza. De hecho, resulta llamativo que se hable del novio, pero no de la novia. Tampoco se nombran otros invitados (aunque sí hay una voz externa que avisa de la llegada del esperado), ni se sabe nada del banquete en sí o de otros preparativos para la fiesta. Es significativo igualmente que se indique el retraso del personaje principal (¡en su propia boda!) y que nos sumerjamos en la narración en una noche profunda que hace que todas (también las prudentes) se duerman.

Desde la perspectiva de los primeros receptores del evangelio de Mateo, en los inicios del cristianismo, podemos captar que están surgiendo dificultades. El retraso de la segunda venida del Mesías, que esperaban inminente, hace dudar a quienes han proclamado su fe en Jesucristo, perdiendo la esperanza y modificando su conducta. Con esta parábola el evangelista los cuestiona. Es el momento de preguntarse sobre qué están, realmente, asentando su esperanza.

Nosotros también podemos hacernos esta pregunta. El texto provoca que, nada más comenzar, tengamos que posicionarnos: ¿en cuál de los dos grupos me encuentro? ¿en cuál de ellos deseo estar? La narración utiliza las lámparas y el aceite como símbolos que marcan la diferencia entre un grupo y otro. Nuestra vida, asentada en la de Quien es la Luz del mundo (Jn 8,12), está llamada a irradiar luz, a iluminar la realidad en la que habitamos, aunque a veces nos envuelva la noche oscura. ¡Vosotros sois la luz del mundo! (5,14).

¿Cómo está mi lámpara? ¿y mi reserva de aceite? ¿de qué modo colaboro para que el Novio pueda celebrar la fiesta? ¿cómo soy luz en medio de tantas noches por las que atraviesa nuestro mundo? Porque la realidad es que todas las jóvenes tenían lámpara. Todas habían sido invitadas a la fiesta. Todas tenían la misma encomienda. El hecho de pertenecer a un grupo o a otro no se les impone desde fuera. Cada uno de los personajes de la parábola, en el fondo, ha sido libre y ha decidido con su actitud (previsora y sabia, o imprudente y descuidada), en qué grupo situarse.

También todos nosotros somos portadores de una lámpara y todos estamos invitados a la fiesta. Podemos alentarnos unos a otros para vivir desde nuestra verdad más profunda, desde la Luz que nos habita, pero, al final, que a nuestra lámpara le falte o no aceite depende de cada una/o, de nuestra responsabilidad, de nuestra previsión, del cuidado delicado y agradecido de todo lo recibido, de la capacidad para sostener la esperanza en las noches, aunque a veces sobrevenga el sueño y… sobre todo, del amor y la alegría que alimentemos en el deseo de encontrarnos, día a día, con el Novio, seguros de que siempre viene. Sólo así seremos luz creíble para otros, alumbraremos -humildemente- alguna oscuridad, y contagiaremos la alegría de sabernos, ¡todos!, invitados a la Fiesta.


Misión es compartir la alegría
del encuentro y del banquete
P. Romeo Ballan, mccj

“La experiencia es un peine que la naturaleza dona a los calvos”. Este proverbio chino, que suena como una admonición a la superficialidad humana, casi una mofa a los arrogantes, es uno de los mensajes que la sabiduría milenaria de los pueblos, de cada época y lugar, lanza a las futuras generaciones, bajo forma de proverbios y axiomas. La Biblia también, sobre todo en los llamados libros “sapienciales”, contiene mensajes ricos de humanidad y de valores espirituales. Lo comprobamos en la I lectura de hoy. Encaminados hacia la conclusión del año litúrgico, las lecturas de hoy nos proponen el tema de la “sabiduría”, que se presenta como sabiduría humana, fruto de la experiencia, pero sobre todo como don gratuito de Dios, que lleva a la verdad sobre las personas y las cosas. La sabiduría aparece a menudo como personificada: “Ella misma busca por todas partes a los que son dignos de ella” (v. 16); y quien temprano la busca, a su puerta la hallará sentada (v. 14). Para cuantos aman la verdad y la sabiduría, es bueno recordar el testimonio de un sabio de la India: “La verdad es como un gran árbol: cuanto más lo cultives, más frutos dará” (Mahatma Gandhi).

La Sabiduría, la Verdad en sumo grado, es Dios mismo. Él es el tesoro que el alma del salmista anhela con el ansia del sediento que busca el agua. El salmo responsorial expresa el intenso gozo de la búsqueda y del encuentro con Dios, dirigiéndose por más de 15 veces (con pronombres y adjetivos) a un “Tú” bien concreto, amado y deseado. Este amigo del corazón es Jesús mismo, el esposo que hoy en la parábola de las diez doncellas (Evangelio) habla a su esposa, la Iglesia, dentro de la cual algunas personas son necias y otras sensatas. La parábola es rica en símbolos y mensajes, que será preciso leer de acuerdo con el contexto bíblico: el simbolismo nupcial que indica la relación Dios-hombre, los símbolos de la vigilia y del sueño, la noche y la luz, el aceite, sabiduría y necedad, la demora del esposo, la puerta cerrada, el banquete nupcial y otros símbolos.

La espera y la acogida del esposo, el Señor Jesús, que llega a cualquier hora, exige una respuesta personal e insustituible, simbolizada en el aceite (solicitado por unas doncellas y denegado por las otras), que cada uno debe procurarse en la vida. La sabiduría es como un aceite que no es fácil repartir: “es un aceite que nosotros mismos producimos, por nuestra interna maceración, con nuestros sufrimientos, nuestros actos de amor… Debemos trabajar para que este aceite no nos falte nunca” (E. Balducci). Es cierto que no podemos sustituir a nadie en la respuesta personal al Dios que llama y salva, pero podemos, debemos, compartir con otros el don de la fe y del conocimiento de Cristo, que nos sustenta en el camino y que puede iluminar igualmente a otras personas que buscan la verdad con corazón sincero.

Al igual que las doncellas de la parábola, nosotros también estamos invitados a “salir al encuentro del Señor que viene” (cfr. Evangelio v. 6), a interpretar nuestra vida como un continuo salir de nosotros para encontrar a Dios y a los demás. Es una tarea laboriosa estar dispuestos a buscar, cambiar, dejar de lado viejas seguridades para abrirse a la novedad de Dios y de los demás. Pero esta es la condición para crecer en sabiduría. Nos consuela saber que «La Sabiduría sale al encuentro de quien la busca» (cfr. I lectura, v. 15-16).

Por la fe sabemos que el esposo a quien esperamos y que llega en la noche es Cristo, el cual nos invita a entrar al banquete de la vida, “y así estaremos siempre con el Señor” (II lectura, v. 17). Esta esperanza nos alienta (v. 13-14.18) y sentimos una responsabilidad misionera: queremos que la puerta del banquete esté abierta también para otros, ¡para todos! Conscientes de que la puerta es Cristo (Jn 10,9), lo anunciamos como maestro y salvador, enfocando el mensaje misionero ante todo sobre su persona. Nos lo enseña también un santo moderno, un jesuita chileno, enamorado de Cristo y de los pobres: “El cristianismo no es una doctrina abstracta: un conjunto de dogmas que creer, preceptos y mandamientos. ¡El cristianismo es Él! El cristianismo es Cristo” (San Alberto Hurtado Cruchaga). Sobre la base de esta fe, él abrió el “Hogar de Cristo” para acoger a pobres, personas abandonadas, sin morada… ¡Los Pobres! Justamente para estos el Papa Francisco ha establecido en el calendario anual de las comunidades cristianas la Jornada mundial de los Pobres , que se celebra el penúltimo domingo del año litúrgico; será el próximo domingo, con el tema: “Tiende tu mano al pobre”.


“Velad, porque no sabéis el día ni la hora”
Fr. Juan Carlos Cordero de la Hera O.P.

La pretensión de todo ser humano es poder conducirse en la vida, saber y conocer cómo actuar, cómo dirigir los pasos para lograr el bienestar y la felicidad. Hay conocimientos que necesitamos para poder acceder al Reino de Dios y otros que son superfluos. No son nuestros conocimientos los que nos garantizan nuestra vida presente y futura. La lectura del libro de la Sabiduría nos invita a buscar, encontrar y poseer la auténtica sabiduría. Jesús es la encarnación de la Sabiduría divina que había de ser buscada sin descanso por nosotros, que queremos ser sus discípulos y testigos, para poder llegar al banquete de la eternidad.

En estos domingos finales del año litúrgico, san Pablo explica la esperanzadora doctrina cristiana sobre los últimos tiempos y sobre la suerte de los difuntos: a los que han muerto en Jesús, Dios los llevará con él.

Pero en el centro de la Palabra de este domingo está el texto del evangelio, cap. 25 de San Mateo, en el que Jesús instruye a los discípulos sobre la manera de estar preparados para el final de los tiempos. Y lo hace cuando presiente que se acerca ya su pasión y entrega definitiva.

La primera condición o enseñanza es la vigilancia, porque no se sabe el día ni la hora de la segunda venida de Cristo. La parábola de las doncellas prudentes nos anima a los cristianos a mantener encendida la luz de la fe y la gracia que recibimos en el bautismo.

¿Cómo tenemos que hacerlo, entonces? Se trata de buscar, desear, estar despiertos, muy atentos. No caer en la desidia, el abandono y el sueño. No podemos vivir como dormidos o anestesiados. Hemos de ser conscientes de las posibilidades que tenemos de estar despiertos o ardiendo; o bien, de vivir como dormidos y apagados. Nos puede pasar como a las doncellas de la parábola: que el esposo tarda en llegar y a todas les entra el sueño y se duermen.

La llamada que se nos hace es a estar bien despiertos y alertas, pero no por temor o miedo. No tiene ningún sentido meter miedo. Dios no se dedica a sorprendernos, a asustarnos, a amenazarnos. No viene como un ladrón, ni siquiera como alguien inoportuno. Lo sabemos bien, aunque quizá no siempre lo creamos y vivamos de verdad.

Por otra parte, vivimos tiempos en la sociedad y en la Iglesia en que es fácil relajarse, caer en el escepticismo e ir tirando por los caminos seguros de siempre, sin adherirnos verdaderamente y de forma responsable, al proyecto de Dios.

Jesús en una nueva parábola del Reino, nos enseña, nos ofrece claves y pistas válidas para nosotros. Se habla de lámparas y de aceite. La metáfora o imagen que aparece es muy acertada. Pero no deja de ser un símbolo. Toda la fuerza de la parábola está en la luz. Es necesaria la lámpara, y también muy necesario el aceite, y la reserva de aceite.

¿Cuál debe ser nuestro aceite? El aceite en la vida del cristiano, de todo ser humano en realidad, es el amor. Sin el amor nuestra vida  está como a oscuras. El aceite solo da luz cuando se consume. Si queremos dar luz sin entrega a los demás, no será posible; estaremos dormidos o apagados.

El mensaje parece claro y urgente. Sería insensato seguir escuchando el evangelio sin hacer un esfuerzo mayor para traducirlo en nuestra vida. Y sería una necedad confesar a Jesucristo con una vida apagada, vacía de su espíritu y su verdad: es como esperar a Jesús con las lámparas apagadas. El Reino definitivo puede tardar, pero nosotros no podemos retrasar más nuestra implicación decidida.

No podemos olvidar que Dios nos creó para ser felices y amarnos unos a otros. El amor es lo que definitivamente nos hace felices en la vida, y nos hace estar alegres. Cuando nos falta el aceite del amor, se nos va apagando la lámpara, dejamos de dar luz. Que no se nos apague el amor, que no se nos acaben las reservas y las ganas de amar más cada día.

Que no dejemos de abrirnos cada día al amor de Dios, a la invitación constante que nos hace a participar en su banquete. Y que vivir esta experiencia nos lleve a dar gracias y alimentar así nuestra propia capacidad de amar.

Vivir en la luz es participar ya en la vida del Reino de Dios. ¿Vivimos ardiendo, con luz… o apagados? ¿Cuál es el “aceite” de nuestra vida?

dominicos.org

El horizonte de los misioneros digitales

Después de participar en un taller sobre comunicación pastoral y herramientas digitales, sentí el deseo de compartir algunas reflexiones sobre cómo la tecnología, especialmente la inteligencia artificial, puede ponerse al servicio del Evangelio.

Vivimos en la era digital. Para nosotros, los misioneros, la cuestión ya no es si debemos utilizar las herramientas digitales, sino cómo hacerlo con sabiduría y discernimiento.

Jesús dice que todo escriba que se ha convertido en discípulo del Reino de los cielos es semejante al dueño de una casa que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas (Mateo 13,52).

Nuestro tesoro está constituido por la Sagrada Escritura, la Tradición y los años de formación. Las herramientas digitales representan las cosas nuevas que podemos sacar de ese tesoro para ponerlas al servicio de la Palabra.

La Iglesia lleva tiempo animándonos a recorrer este camino. Benedicto XVI definió las redes sociales como «nuevos espacios de evangelización». El papa Francisco nos recuerda que los jóvenes viven en el mundo digital, un entorno que ofrece grandes oportunidades, pero que también presenta riesgos.

El papa León XIV, en Magnifica Humanitas, advierte del peligro de que la tecnología se convierta en una nueva Torre de Babel, construida sobre el orgullo tecnocrático y el dominio comercial. Al igual que en la reconstrucción de Jerusalén en tiempos de Nehemías, la tecnología debería contribuir a la paciente reconstrucción de la fraternidad humana.

Encontrar a las personas allí donde se encuentran

Felipe se encontró con un funcionario etíope en el camino, escuchó lo que estaba leyendo y luego le anunció la Buena Noticia (Hechos de los Apóstoles 8,26-40).

Hoy, ese camino pasa muchas veces por una pantalla. He aquí algunas maneras concretas de recorrerlo:

  • Grupos de mensajería: Crear grupos en WhatsApp o Telegram para jóvenes o catequistas. Cada semana, compartir un mensaje de voz de dos minutos sobre el Evangelio del domingo, acompañado de una pregunta para la reflexión y el diálogo.
  • Vídeos cortos: Explicar las lecturas del domingo en vídeos de 60 a 90 segundos, utilizando las lenguas locales. La inteligencia artificial puede ayudar a crear subtítulos y realizar traducciones.
  • Audio: Grabar las homilías y utilizar después la inteligencia artificial (IA) para transcribirlas, resumirlas y traducirlas. Los contenidos pueden compartirse mediante mensajes de voz o a través de las emisoras de radio comunitarias.
  • Infografías: Preparar guías para el Adviento y la Cuaresma, explicar las distintas partes de la Misa o resumir documentos de la Iglesia para los grupos de estudio.
  • Oración en línea: Organizar encuentros de Lectio Divina o el rezo del Rosario mediante videollamadas, incluyendo a los enfermos, los migrantes y quienes viven lejos.
  • Accesibilidad: Añadir subtítulos y versiones de audio para que nadie quede excluido.

De la pantalla a los sacramentos

La pastoral digital es un umbral, no un santuario. Una pantalla puede despertar el interés y ofrecer oportunidades de acompañamiento. Sin embargo, no puede sustituir a la Eucaristía ni a la comunidad de los creyentes.

Utilizamos el contacto digital para acompañar a las personas hacia la parroquia, los sacramentos y el servicio a nuestros hermanos y hermanas.

Utilizar la IA con discernimiento

La tecnología debe estar al servicio de la persona humana. El papa Francisco nos invita a una comunicación guiada por la «sabiduría del corazón», mientras que el documento Antiqua et Nova enseña que la inteligencia artificial debe complementar y apoyar la inteligencia humana, nunca sustituirla.

En la práctica, esto significa:

  • Verificar: La IA puede inventar hechos, citas y referencias bíblicas. Por eso, es necesario comprobar cada contenido a la luz de la Sagrada Escritura, el Catecismo y otras fuentes originales.
  • Proteger la privacidad: No introducir nunca información pastoral confidencial ni los nombres de personas vulnerables en las herramientas de IA.
  • Proteger a los menores: Seguir las políticas de la diócesis y de la propia congregación. Utilizar grupos moderados por varios adultos responsables y evitar los mensajes privados individuales.
  • Ser transparentes: Indicar cuándo se ha utilizado la IA. Las personas buscan una voz auténtica, no una voz artificial.
  • Permanecer humildes: Buscar la comunión con la Iglesia local, no el número de seguidores ni la fama. Estamos llamados a ser pastores, no influencers.

El corazón de la misión

La verdadera sabiduría viene únicamente de Dios. La inteligencia artificial no puede sustituir los nueve o doce años de oración, estudio, experiencia pastoral y vida comunitaria que han contribuido a nuestra formación. Puede ayudarnos a compartir los frutos de nuestra meditación, pero no puede meditar por nosotros.

El horizonte que se abre ante nosotros es amplio. Que podamos caminar hacia él con valentía, humildad y fidelidad a Aquel a quien servimos.

Diácono Sylvestre Davon Kossigan, mccj
comboni.org

Solemnidad de Todos los Santos

En aquel tiempo, cuando Jesús vio a la muchedumbre, subió al monte y se sentó. Entonces se le acercaron sus discípulos. Enseguida comenzó a enseñarles, y les dijo: “Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos.
Dichosos los que lloran, porque serán consolados. Dichosos los sufridos, porque heredarán la tierra.
Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Dichosos los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.
Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios.
Dichosos los que trabajan por la paz, porque se les llamará hijos de Dios.
Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos. Dichosos serán ustedes cuando los injurien, los persigan y digan cosas falsas de ustedes  por causa mía. Alégrense y salten de contento, porque su premio será grande en los cielos”.

(Mateo: 5, 1-12)


Santos y Dichosos
P. Enrique Sánchez G. mccj

Nuestra eucaristía este domingo coincide con la celebración de todos nuestros hermanos que nos han precedido en el camino de la santidad que, de alguna manera, todos vamos recorriendo y en el cual nos vamos esforzando por llegar a la meta.

Ser santos, esa es nuestra vocación y la finalidad de nuestra vida en esta tierra, pero parece que esa aspiración está siendo considerada hoy como pasada de moda y desentona con los intereses y prioridades de nuestros contemporáneos.

No es de extrañarse que quien dice que quiere ser santo entre sus conocidos y sus amistades sea visto como alguien raro o considerado como perteneciendo a un tiempo lejano o a una realidad de la que nos hemos emancipado.

Sin negar que existen muchas personas, más de las que nos imaginamos, que están haciendo un verdadero y auténtico camino de santidad, no podemos decir que esa sea una de las principales preocupaciones de nuestros contemporáneos.

Sin embargo, cuando nos damos la oportunidad de ver que es lo que realmente importa en nuestra vida, no es difícil reconocer que hemos sido creados para ser santos.

Ya en el antiguo testamento leemos en el libro del Levítico aquellas palabras en las que Yahvé pide que se hable a toda la comunidad de Israel diciéndoles: “Sean santos, porque yo, el Señor su Dios, soy santo” (Levítico 19, 2).

La santidad es lo que nos hace verdaderamente humanos y lo que nos permite entender en dónde está nuestra identidad. Es lo que le da sentido a nuestra vida y lo único que debería preocuparnos, pues de ella depende el que seamos realmente felices.

Y Pedro en su primera carta escribe: “Más bien, sean ustedes santos en todo lo que hagan, como también es santo quien los llamó; pues está escrito; “sean santos, porque yo  soy  santo”. (I Pedro 1, 15-19)

¿Qué es lo que tenemos que hacer para caminar hacia la santidad? Tal vez lo primero es entender que no se trata de una meta o simplemente de un trofeo que hay que conquistar, pues nos sentiríamos fácilmente defraudados. Nadie que sea verdaderamente santo puede decir yo ya lo logré.

Se trata de un camino que estamos llamados a recorrer día con día, a lo largo de toda nuestra vida. Santos, nos vamos haciendo, en la medida en que nos aplicamos a buscar la santidad no como una perfección, humanamente hablando, sino como una gracia que vamos acogiendo y reconociendo ya presente en nosotros.

La santidad es una forma de ser y de vivir en nuestro tiempo, dejando que a través de nosotros pase la santidad de Dios. Es decir, que se manifieste aquello que es bello, que es noble, que es auténtico, que transmite felicidad.

¿No es eso que decimos cuando nos encontramos con alguien que sin decir una palabra proyecta algo que llamamos aire de santidad?

Pero, hay que recordar también que la santidad y la humanidad son compañeras. Uno se  hace santo cargando con su humanidad, puliéndola y configurándola con la santidad que descubrimos perfecta sólo en Dios.

Aquí es en donde el evangelio de este domingo nos ayuda a entender que la escuela de la santidad son las bienaventuranzas que hemos escuchado hoy, como los nuevos mandamientos dados por Jesús para que, poniéndolos en practica, podamos realizar las metas de nuestra vida; para que alcancemos la santidad que anhelamos.

Santo o santa sólo pueden serlo quienes se descubren necesitados, quienes saben que la vida es un don que se tiene que pedir todos los días. No se puede pensar que el mundo lo conquistamos con nuestras propias fuerzas y con nuestros medios y con nuestros recursos. Hay que hacerse pobres de espíritu para reconocer con humildad que en la vida habrá que recomenzar muchas veces.

Y el verdaderamente santo es aquella persona que reconociendo su fragilidad pone toda su confianza en el Señor y tiene la valentía de recomenzar una y mil veces, si es necesario.

Santos son quienes encuentran la dicha en la experiencia de recibir el consuelo en sus sufrimientos como un don inmerecido. Son quienes lloran y sus lagrimas son recogidas por el Señor, porque en él han puesto toda su confianza.

Felices son los que sufren y les cuesta caminar en este mundo, pero que no se desesperan y tienen puesta su confianza en Dios, harán la experiencia de la Providencia que les entregará la tierra para que nada les falte.

Santos son los que tienen sed de justicia y su felicidad será sentirse llevados en las manos de Dios, quien hará que no les falte nada y que teniéndolo a él se sientan protegidos y amparados.

Santo es quien sabe tratar a los demás  con misericordia, porque él  ha sido el primero que   ha vivido de la misericordia de Dios, de ese Dios que no le lleva cuenta de los delitos y de los pecados. Que juzga con la medida del amor.

No hay santo que no haya ejercido de manera extraordinaria la virtud de compasión hacia sus hermanos y que no haya renunciado a sí mismo para aliviar el dolor y el sufrimiento de sus semejantes.

En este sentido, santo es toda persona que deja mover su corazón ante  quien  tiene  necesidad y pide ayuda. En otras palabras, santo es quien sabe contemplar a los demás con los ojos del corazón porque eso significa misericordia.

En el camino de la santidad es muy importante también saber dejarse sorprender para descubrir lo que muchas veces los ojos no son capaces de percibir, lo que las simples miradas no están en medida de descubrir. Eso quiere decir ser felices porque nos descubrimos con un corazón limpio, que no sabe de malicia ni de prejuicios.

El corazón limpio es el que nos mueve a ver más allá de las apariencias, el que nos permite descubrir lo que hay más allá de las palabras, de las ofensas, de los gestos que nos pudieron lastimar en algún momento, porque no siempre las personas nos tratan como lo esperaríamos, porque las consideramos torpes o descuidadas.

El corazón limpio es lo que nos concede entrar y descubrir los hilos de bondad que existen en todas las personas, no obstante sus desatinos o sus errores. Siempre hay algo bueno en  los demás que nos mueve a la esperanza y a la confianza. Los corazones limpios es lo que nos permite ver a Dios presente en donde menos lo imaginábamos.

Felices cuando los persigan por mi causa, eso nos recuerda que no hay santidad sin sacrificio, sin cruz, sin renuncias y entrega.

La santidad es algo que nos permite vivir con alegría y ser felices compartiendo la cruz de Cristo, dejándonos cambiar el corazón y ser transformados cada vez que lavamos lo que somos en la sangre del Cordero y revistiéndonos de los trajes resplandecientes de Jesús resucitado.

Ser santos, en pocas palabras, es vivir haciendo de las bienaventuranzas el programa de nuestras vidas, tratando de poner en practica con humildad y sencillez las virtudes que Jesús ha sembrado en nuestros corazones para que aparezca claro que somos del Señor y que nuestra felicidad sólo la encontraremos en Él, siendo santos, como Él es Santo.

Que el evangelio de este domingo nos ayude a ponernos en el camino de la santidad, sabiendo que es promesa de felicidad y que no hay santidad que no sea otorgada como don que viene de Dios.

Que nuestro esfuerzo por crecer en santidad nos lleve a reconocer la bondad del Señor que se manifiesta en la fragilidad y en la pobreza que brota del corazón y que humildemente nos abre a reconocer la misericordia de Dios.

Una última palabra, sólo para recordar, a quienes hemos recibido la vocación a la vida misionera, que el verdadero misionero tiene que ser santo, como amaba decirlo San Juan Pablo II.

Ojalá que nuestro compromiso y entrega a la misión nos haga crecer cada día en santidad para que lo que anunciamos manifieste claramente la invitación que nos hace el Señor a ser felices, a vivir dichosos, haciendo nuestras cada una de las bienaventuranzas.

Sean santos como nuestro Padre Dios es santo.


¡Ánimo, humildes del mundo!”
(El sermón del monte)
P. Antonio Villarino, mccj

Leemos, en este día de Todos los Santos, el texto conocido como “las bienaventuranzas” en el evangelio de Mateo. Se dice que el padre de la India moderna, Mahatma Ghandi, mostró una gran admiración por este texto de extraordinaria belleza, aunque los cristianos no siempre lo entendemos bien.  También se dice que este texto es como la carta magna del Evangelio, de ese modo de vida, que llamamos santidad. En este breve comentario tampoco yo no voy a entrar en esa dimensión de santidad, sino en su dimensión de “buena noticia” para los pobres:

1. La gente a la que se dirige Jesús

Antes de reproducir estas palabras que conocemos como “las bienaventuranzas”, Mateo nos describe el tipo de gente que seguía a Jesús por los pueblos y caminos de Galilea: “Le trajeron todos los que se sentían mal, aquejados de enfermedades y sufrimientos diversos, endemoniados, lunáticos y paralíticos…”.

A Jesús acudían multitudes de personas que se sentían pobres y abandonadas, llenas de problemas, necesitadas de sanación, consuelo y esperanza. ¿Piensan que eso sucedía solo en tiempos de Jesús? Yo sigo viendo a miles y miles de personas que acuden hoy a los santuarios o a muchos otros lugares en busca de sostén físico y espiritual. ¿Nos contamos también nosotros entre los miembros de esas multitudes necesitadas de sanación, ánimo y consuelo? Yo creo que sí. Cuando nos quitamos una cierta máscara de orgullo, en el fondo de nosotros mismos muchas veces nos sentimos pobres y desanimados.

2. Un mensaje de parte de Dios

“Al ver a la gente –sigue Mateo– Jesús subió al monte, se sentó y se le acercaron sus discípulos. Entonces comenzó a enseñarles”.

Como sabemos “subir al monte” significa “ponerse en contacto con Dios” y “sentarse” significa “ocupar la cátedra”, enseñar con autoridad, la autoridad que viene de una sabiduría adquirida en la relación con Dios (oración), una sabiduría que va más allá de la rutina y de los eslóganes al uso, una sabiduría que ve las cosas con más profundidad y verdad, una sabiduría nueva que ilumina en profundidad nuestra vida.

Participar en la Eucaristía dominical, leer y meditar la Palabra, escuchar al Espíritu que nos habla en nuestro propio corazón o  a través de alguna persona nos ayuda a ir más allá de una sabiduría “rastrera”, empequeñecida, de bajos vuelos. Con Jesús vemos las cosas mejor, con una mirada más amplia y más profunda.

3. El mensaje es: “ánimo, adelante, no se desanimen”

Como sabemos, el evangelio de Mateo se escribió en griego, aunque refiriéndose frecuentemente a expresiones probablemente dichas en arameo o leídas en el hebreo de la Biblia. Ahora nosotros lo leemos en nuestra propia lengua, pero cuando se traduce de una lengua a  otra no siempre es fácil dar la idea exacta del original. En este caso, algunas biblias usan la expresión “bienaventurados”; otras prefieren la palabra “dichosos”; algunas escriben “felices”. A mí, personalmente, me gusta la que usa Richard, un biblista que trabajó en Centroamérica hace algunos años. Él traduce: “Arriba, adelante”.  Es decir, “ánimo, no tengan miedo, levántense, pónganse en pie, renueven su esperanza”.

De hecho, muchas veces Jesús se dirige a los enfermos o a los pecadores con expresiones similares: “levántate”, “ánimo, tu fe te ha salvado”, “nadie te ha condenado… vete y no peques más”. Y ese es el mensaje para los que alguna vez, a pesar de actuar honesta y sinceramente, se sienten disminuidos, humillados, perseguidos, cansados y con ganas de “arrojar la toalla”. Jesús les dice: ánimo, no se cansen, confíen en Dios, el bien va a triunfar sobre el mal, la verdad sobre la mentira, la humildad sobre el orgullo, la honestidad sobre la corrupción. No se desanimen, sigan confiando, que el Reino de Dios está en ustedes.

Si escuchamos este mensaje, nuestra vida adquiere unos tonos de confianza y esperanza, que nos hace dichosos, bienaventurados, afortunados. Seguir a Jesús es verdaderamente una gran fortuna. Que nadie nos robe esta alegría, que nadie apague en nosotros esta esperanza.

Es bueno que cada uno de nosotros lea estos versículos con calma, con el corazón abierto, sin anteojos ideológicos o “moralistas” sabiendo que la intención de Jesús es darnos una palabra de verdad y de vida. Desde esta perspectiva, si me lo permiten, me atrevo a reformular las famosas ocho bienaventuranzas a mi modo (no para cambiarlas, sino para entenderlas desde mi vida). Veamos:

– Si quieres gozar de una vida nueva, llena de sentido y de amor (entrar en el reino de los cielos), sé sencillo y humilde, desprendido de las riquezas innecesarias y de un orgullo que te engaña;
– Si quieres saber lo que es el consuelo y la propia estima, no tengas miedo a sufrir, a arriesgarte, a ser generoso en tu entrega, porque sólo quien se juega su vida a fondo encuentra aprecio y una vida de la que estar sanamente orgulloso.
– Si quieres “poseer la tierra” (tener un lugar en la sociedad y una vida realizada), sé manso y humilde, porque “se cazan más moscas con un poquito de miel que con un gran tarro de hiel”; no te aferres angustiosamente a tus “derechos” o privilegios; confía en Dios y confía en el triunfo de la Verdad y de la Bondad.
– Si quieres estar “satisfecho” y contento con tu vida, no escondas tu sed y hambre de justicia en tu vida y en el mundo. Sólo quien tiene hambre, aprecia el alimento; sólo quien busca la justicia, encuentra la alegría de una vida justa y honesta.
– Si quieres misericordia, practica la misericordia. Cada uno recoge lo que siembra; quien siembra prepotencia, recoge “tempestades” de resentimiento; quien tiene un corazón capaz de sintonizar con el límite de los otros, transforma sus propios límites en camino de perfección.
– Si quieres ver a Dios, purifica tu corazón. No en la línea de pretender un corazón totalmente “inmaculado”, ignorando el propio pecado, sino en la línea de un corazón sin dobleces e hipocresías, que sabe escuchar, como pedía el rey Salomón.
– Si quieres ser hijo de Dios, busca la paz, una paz que no es tanto ausencia de guerra o de conflicto, cuanto reconocimiento y aceptación de la realidad del otro. Sólo quien acepta, respeta y “adora” a los otros, puede ser llamado hijo de un Dios que se identifica con los necesitados.
– Si quieres formar parte del reino de los cielos, ama la justicia (es decir, busca la lealtad y la honestidad) y no tengas miedo a que te hagan la vida difícil por eso.

Al escuchar estas bienaventuranzas en la Eucaristía, cada uno de nosotros las hace propias en sintonía y comunión con la comunidad de sus discípulos, que en el mundo entero vive y hace suyas estas palabras santas de Jesús, verdadero Maestro.


Santos y difuntos:
solidaridad e intercesión misionera
P. Romeo Ballan, mccj

Reflexiones

¡Fiesta de familia, fiesta de fraternidad solidaria! La fiesta de Todos los Santos y el recuerdo de los Fieles Difuntos nos ayudan a sentirnos miembros de una familia grande, alargada hasta los confines del mundo. Son dos días (1 y 2 de noviembre) que nos invitan a nuestra celebración familiar. Nuestra, porque los santos y los difuntos forman parte de la única familia de Dios y de los hombres, nuestra familia. Es la familia de todos los santos: no solamente de los pocos reconocidos oficialmente como tales por la Iglesia, sino de todas las personas de buena voluntad, de todos los que han buscado a Dios con corazón sincero y respetando al prójimo. Es la familia de todos los difuntos, no solamente de nuestros parientes y amigos. Con todos ellos compartimos vicisitudes comunes, hechas de gozos, esperanzas, dolor, fragilidad, fatigas… Hasta la inevitable calle estrecha de la muerte, en un camino por el cual pasamos todos por igual: santos y pecadores, ricos y pobres, creyentes y no… Somos parte de una familia innumerable de mujeres y de hombres de toda lengua, color, raza, religión, cultura, condición social…

Es la fiesta de la familia alargada, con dimensiones universales, sin límites, en la que nadie es desconocido o extranjero para Dios y para quienes viven en Él. En la que Dios conoce cada rostro y llama a cada uno por su nombre. Una familia en donde hay una fraternidad circular de relaciones en beneficio de todos: los santos del cielo interceden ante Dios en nuestro favor, mientras estamos peregrinando en la tierra; nosotros, los peregrinos, damos gracias y alabanzas a Dios por su misericordia y por las cosas bellas que Él realiza en los santos; nosotros y los santos ofrecemos súplicas por los difuntos que aún esperan el momento de contemplar plenamente el rostro de Dios; también los difuntos, de una manera que no conocemos, viven una especial comunión con Dios que redunda en beneficio nuestro… Es, por tanto, una intercesión circular: de Cristo y de los santos por nosotros; de nosotros en favor de los difuntos; y de los difuntos – que ya son salvos – en favor de los parientes y de toda la familia humana.

La circunstancia es propicia para reflexionar y vivir los valores de la familia, la fraternidad, la universalidad, en una especial comunión con los antepasados: tanto los antepasados en el clan y en la cultura popular, como los antepasados en la fe cristiana, que son los santos. Es decir, aquellos que han realizado al más alto nivel, e incluso con heroísmo, los ideales y valores del Evangelio y de las culturas de los pueblos. Son ellos los gigantes espirituales, los modelos logrados de la humanidad renovada en Cristo, que es para todos el Hombre nuevo, el modelo perfecto, el inspirador de toda forma de santidad. ¡Se trata de un tema de particular resonancia para todos los que anuncian el Evangelio, también entre los pueblos no cristianos! El Papa Francisco nos dice que la santidad es “el rostro más bello de la Iglesia”; nos habla de la “santidad en la vida cotidiana”, que muchas veces es “la santidad de la puerta de al lado”. (*)

Este tipo de reflexiones no quita nada al rigor y amargura de la muerte, esa “dura calle”, de dantesca memoria, que da miedo, y, sin embargo, es el paso obligado hacia la Vida plena. Un paso que es preciso afrontar sin evasiones, con realismo humano y cristiano. Nos ha dado un ejemplo de ello, entre otros, el Card. Carlos Maria Martini, jesuita, maestro en la doctrina, arzobispo de Milán (+ 2012): enfermo de Parkinson, “en el contexto de una muerte inminente”, sintiéndose “ya en la última sala de espera, o la penúltima”, confesaba haberse “varias veces quejado con el Señor” por la necesidad de tener que morir. Martini no escondía su tormento interior hasta llegar a aceptar esa dura calle, oscura y dolorosa: “Me he apaciguado con el pensamiento de tener que morir cuando he comprendido que sin la muerte no llegaríamos nunca a hacer un acto de plena confianza en Dios. En efecto, en cada decisión importante nosotros tenemos siempre algunas salidas de seguridad. En cambio, la muerte nos obliga a fiarnos totalmente de Dios”. Ante el misterio de la muerte, que nos exige “un acto de confianza total”, Martini concluía: “Deseamos estar con Jesús y este deseo lo expresamos con los ojos cerrados, a ciegas, abandonándonos completamente en sus manos”.

Ante la muerte, aparece aún más precioso el don de la fe cristiana, la única que es capaz de arrojar una luz nueva y definitiva sobre el sentido de la vida, de Dios, del dolor, de la historia… Una luz que marca la diferencia. Una luz que otras religiones no logran dar. Una vez más, emerge la novedad del mensaje cristiano. Y, por tanto, la urgencia de la Misión.

Palabra del Papa

(*) «Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad “de la puerta de al lado”, de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios, o, para usar otra expresión, “la clase media de la santidad”. Dejémonos estimular por los signos de santidad que el Señor nos presenta a través de los más humildes miembros del pueblo de Dios… La santidad es el rostro más bello de la Iglesia. Pero aun fuera de la Iglesia Católica y en ámbitos muy diferentes, el Espíritu suscita “signos de su presencia, que ayudan a los mismos discípulos de Cristo”». 

Papa Francisco
Exhortación apostólica Gaudete et exsultate (2018), nn. 7.8.9


La felicidad no se compra
José Antonio Pagola

Nadie sabemos dar una respuesta demasiado clara cuando se nos pregunta por la felicidad. ¿Qué es de verdad la felicidad? ¿En qué consiste realmente? ¿Cómo alcanzarla? ¿Por qué caminos?

Ciertamente no es fácil acertar a ser feliz. No se logra la felicidad de cualquier manera. No basta conseguir lo que uno andaba buscando. No es suficiente satisfacer los deseos. Cuando uno ha conseguido lo que quería, descubre que está de nuevo buscando ser feliz. También es claro que la felicidad no se puede comprar. No se la puede adquirir en ninguna planta de ningún gran almacén, como tampoco la alegría, la amistad o la ternura. Con dinero sólo podemos comprar apariencia de felicidad.

Por eso, hay tantas personas tristes en nuestras calles. La felicidad ha sido sustituida por el placer, la comodidad y el bienestar. Pero nadie sabe cómo devolverle al hombre de hoy el gozo, la libertad, la experiencia de plenitud. Nosotros tenemos nuestras «bienaventuranzas». Suenan así: Dichosos los que tienen una buena cuenta corriente, los que se pueden comprar el último modelo, los que siempre triunfan, a costa de lo que sea, los que son aplaudidos, los que disfrutan de la vida sin escrúpulos, los que se desentienden de los problemas…

Jesús ha puesto nuestra «felicidad» cabeza abajo. Ha dado un vuelco total a nuestra manera de entender la vida y nos ha descubierto que estamos corriendo «en dirección contraria». Hay otro camino verdadero para ser feliz, que a nosotros nos parece falso e increíble. La verdadera felicidad es algo que uno se la encuentra de paso, como fruto de un seguimiento sencillo y fiel a Jesús. ¿En qué creer? ¿En las bienaventuranzas de Jesús o en los reclamos de felicidad de nuestra sociedad?
Tenemos que elegir entre estos dos caminos. O bien, tratar de asegurar nuestra pequeña felicidad y sufrir lo menos posible, sin amar, sin tener piedad de nadie, sin compartir… O bien, amar… buscar la justicia, estar cerca del que sufre y aceptar el sufrimiento que sea necesario, creyendo en una felicidad más profunda.

Uno se va haciendo creyente cuando va descubriendo prácticamente que el hombre es más feliz cuando ama, incluso sufriendo, que cuando no ama y por lo tanto no sufre por ello. Es una equivocación pensar que el cristiano está llamado a vivir fastidiándose más que los demás, de manera más infeliz que los otros. Ser cristiano, por el contrario, es buscar la verdadera felicidad por el camino señalado por Jesús. Una felicidad que comienza aquí, aunque alcanza su plenitud en el encuentro final con Dios. 


El camino de la felicidad
Papa Francisco

La primera lectura de hoy, del Libro del Apocalipsis, nos habla del cielo y nos coloca ante «una muchedumbre inmensa», que nadie podía contar, «de toda nación, razas, pueblos y lenguas» (Apocalipsis 7, 9). Son los santos. ¿Qué hacen «allá arriba»? Cantan juntos, alaban a Dios con alegría. Sería hermoso escuchar su canto … Pero podemos imaginarlo: ¿sabéis cuándo? Durante la misa, cuando cantamos «Santo, santo, santo el Señor, Dios del universo …». Es un himno, dice la Biblia, que viene del cielo, que se canta allí (cf. Isaias 6, 3, Apocalipsis 4, 8), un himno de alabanza. Entonces, cantando el «Santo», no solo pensamos en los santos, sino que hacemos lo que ellos hacen: en ese momento, en la misa, nos unimos a ellos más que nunca.

Y estamos unidos a todos los santos: no solo a los más conocidos, del calendario, sino también a los «de la puerta de al lado», a los miembros de nuestra familia y conocidos que ahora forman parte de esa inmensa multitud. Hoy, pues, es una fiesta familiar. Los santos están cerca de nosotros, de hecho, son nuestros verdaderos hermanos y hermanas. Nos entienden, nos aman, saben lo que es nuestro verdadero bien, nos ayudan y nos esperan. Son felices y nos quieren felices con ellos en el paraíso.

Por este motivo, nos invitan al camino de la felicidad, indicado en el Evangelio de hoy, tan hermoso y conocido: «Bienaventurados los pobres de espíritu […] Bienaventurados los mansos, Bienaventurados los limpios de corazón… » (cf. Mateo 5, 3-8). El Evangelio dice bienaventurados los pobres, mientras que el mundo dice bienaventurados los ricos. El Evangelio dice bienaventurados los mansos, mientras que el mundo dice bienaventurados los prepotentes. El Evangelio dice bienaventurados los puros, mientras que el mundo dice bienaventurados los astutos y los vividores. Este camino de la bienaventuranza, de la santidad, parece conducir al fracaso. Y, sin embargo, —la primera lectura nos lo recuerda de nuevo— los santos tienen «palmas en sus manos» (v. 9), es decir, los símbolos de la victoria. Han ganado ellos, no el mundo. Y nos exhortan a elegir su parte, la de Dios que es santo.

Preguntémonos de qué lado estamos: ¿del cielo o de la tierra? ¿Vivimos para el Señor o para nosotros mismos, para la felicidad eterna o para alguna satisfacción ahora? Preguntémonos: ¿realmente queremos la santidad? ¿O nos contentamos con ser cristianos sin pena ni gloria, que creen en Dios y estiman a los demás pero sin exagerar? El Señor «lo pide todo, y lo que ofrece es la verdadera vida, la felicidad para la cual fuimos creados» (Exhortación apostólica Gaudete et exsultate, 1). En resumen, ¡o santidad o nada! Es bueno para nosotros dejarnos provocar por los santos, que no han tenido medias tintas aquí y desde allí nos «animan» para que elijamos a Dios, la humildad, la mansedumbre, la misericordia, la pureza, para que nos apasionemos por el cielo más que por la tierra.

Hoy, nuestros hermanos y hermanas no nos piden que escuchemos otra vez un bello Evangelio, sino que lo pongamos en práctica, que emprendamos el camino de las Bienaventuranzas. No se trata de hacer cosas extraordinarias, sino de seguir todos los días este camino que nos lleva al cielo, nos lleva a la familia, nos lleva a casa. Así que hoy vislumbramos nuestro futuro y celebramos aquello por lo que nacimos: nacimos para no morir nunca más, ¡nacimos para disfrutar de la felicidad de Dios! El Señor nos anima y quienquiera que tome el camino de las Bienaventuranzas dice: «Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos» (Mateo 5, 12). ¡Que la Santa Madre de Dios, Reina de los santos, nos ayude a caminar decididos por la senda de la santidad! Que Ella, que es la Puerta del Cielo, lleve a nuestros amados difuntos a la familia celestial.

Misioneras combonianas: de nuevo en Sudán para llevar la esperanza

Cuatro misioneras combonianas, de cuatro países diferentes y tres continente, han regresado a Sudán para llevar esperanza a un pueblo que sigue sufriendo las consecuencias de la guerra. Una de ellas, la hermana Expedita Pérez León, cuenta cómo han sido los primeros días en su nueva misión. En la foto (de izquierda a derecha), las cuatro misioneras: Lucia Disconsi, italiana; Expedita Pérez, española; Elisabeth Kanini, keniana y Guadalupe Castillo, mexicana.

Por: Hna. Expedita Pérez, smc.
Desde Omdurman, Sudán

Llevamos aquí 15 días y siento que son como un año o más. Esto porque cada día es intenso y los rostros e historias son muchas.

La vida aquí en, en Ondurman parece normal, pero no lo es. La vida es muy cara. Un cartón de huevos de 30 nos ha costado hoy 45 mil Liras Sudanesas, son 66.66 euros; dos panes para el desayuno de una persona cuestan mil liras sudanesas (1,48 euros). Aquí se habla solo de miles y de millones. No hay mucho dinero en contante. Hay que usar una cuenta en el banco para poder pagar en la mayoría de los negocios. El sueldo base está alrededor de las 80 mil liras sudaneses, 118,51 euros. El internet para un mes con gigas suficientes va de las 35mil a las 55 mil liras sudanesas (51,85-81,47 euros).

Otro problema es la gasolina. Casi no hay y para poder llenar el depósito tienes que estar en fila horas o, incluso, un día y medio. Y sucede que después de haber esperado por horas, cuando te llega el turno ya no queda gasolina y tienes que buscar otra gasolinera. Ir con el transporte público no es tan fácil precisamente por la falta de medios públicos y por la cantidad de gente. Nuestra pastoral y servicio dependen también de la gasolina y eso nos limita bastante. Ir a pie no es posible sea por el calor, por las distancias y por la seguridad.

Nosotras por ahora nos estamos moviendo con nuestros hermanos combonianos, pero más adelante tendremos que hacerlo por nuestra cuenta, en coche o con los medios públicos.

La gente lucha por sobrevivir día tras día, simplemente para tener lo esencial. Muchos niños de aquí y Sudan del Sur que viven aquí no se han registrado en las escuelas del gobierno porque no tienen dinero para ello. Solo algunas de las escuelas de la Iglesia están abiertas y solo los niños que viven cerca pueden frecuentarlas. Nosotras podríamos acoger a otros niños en la única escuela que hemos abierto pero el transporte para traerlos es muy caro. Estamos intentando ver cómo ayudarlos a pagar el registro en las escuelas del gobierno y esperando que nuestro obispo pueda reabrir las escuelas de la Iglesia, que son muchas y que están en los puestos más alejados y pobres.

No osbstante todas estas dificultades, ellos sonríen y viven esperando tiempos mejores. Algunos han empezado a contarnos los traumas y tragedias vividas durante estos tres años de guerra. Una señora anciana me dijo: hay cosas que no puedo y no quiero recordar, porque han sido demasiado fuertes. Mejor dejarlas donde están y no traerlas al presente.

Hoy hemos celebrado la Eucaristía en la parroquia de Jabarona, dedicada a Santa Bakhita. La iglesia es enorme y estaba llena. Hemos celebrado 45 bautizos de niños pequeños. Todo ha sido una celebración de alegría y fe. Su párroco salió de allí hace casi un año para recuperarse del trauma. En su ausencia, los combonianos van una vez al mes para la Eucaristía. Son pobres pero muy generosos. Cada vez que vamos nos ofrecen algo de comer antes de volver a nuestra casa.

En este momento las dos ciudades y sus alrededores, cuentan con 4 sacerdotes combonianos y uno diocesano. Estamos hablando de cerca de 30 parroquias o centros, distantes entre sí. Cada centro o parroquia celebra cada domingo la liturgia de la Palabra con su catequista. Y cuando el sacerdote puede ir, la Eucaristía. Las religiosas somos 4 Combonianas y 4 Hermanas de Madre Teresa de Calcuta. Ellas y nosotras empezaremos a llevar la Comunión en los centros donde el sacerdote no puede ir a partir de la próxima semana. La mies es mucha y los trabajadores somos pocos, recemos para que muchos otros puedan unirse en esta misión, que está abierta a todas las vocaciones de la Iglesia. Os pido de seguir acompañándonos con vuestra oración. Gracias por ello y por vuestro cariño y cercanía.