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Nuestro Centro de Animación Misionera cumple 50 años

Hoy, 21 de septiembre, nuestro Centro de Animación Misionera (CAM), situado en la colonia Tabacalera de Ciudad de México, cumple 50 años. En él se elaboran las revistas Esquila Misional y Aguiluchos, además de la edición de libros y otros materiales de animación misionera.

El CAM fue inaugurado el 21 de septiembre de 1976 en una ceremonia sencilla presidida por el entonces Superior General de los Combonianos, el P. Tarcisio Agostoni. En la ceremonia también estuvieron presentes el embajador de Italia en México, D. Raffaele Marras, numerosos sacerdotes, Damas Combonianas, bienhechores y amigos de los Misioneros Combonianos.

El edificio sufrió graves daños como consecuencia del terrible terremoto de 1985 y tuvo que ser reforzado en su estructura. Hoy sigue funcionando como principal centro de Animación Misionera de los Combonianos en México. Por él han pasado numerosos sacerdotes y hermanos asegurando las tareas de edición de las revistas, administración y contacto con los bienhechores, así como numerosos empleados que han mantenido siempre encendida la llama de la Misión. También se han celebrado en él numerosos actos de animación o de formación misionera.

la comunidad del CAM y los actuales empleados lo han celebrado con una misa de acción de gracias a Dios por este medio siglo de servicio ininterrumpido a la causa misionera. La misa estuvo presidida por el P. Rafael González Ponce, quien fue testigo de los primeros años y que vivió en primera persona los terribles días del terremoto de septiembre de 1985. Durante la misa, el P. Rafael hizo un emotivo recorrido histórico sobre los inicios y los primeros años de funcionamiento del CAM, explicando el contexto social, eclesial y comboniano de aquella época. Tras la misa, los combonianos y los empleados que trabajan en el CAM compartieron una comida fraterna.

El equipo que trabaja actualmente en el CAM con el P. Rafael Ponce y algunos invitados a la fiesta.

Todos los que trabajamos actualmente en este centro agradecemos a Dios por estos 50 años y renovamos nuestro compromiso de seguir dando lo mejor de nosotros mismos para que Esquila Misional y Aguiluchos sigan llegando a todos los hogares de México.

Chad, la misión de las combonianas donde la diversidad es fraternidad

“Quiero una misión católica, universal”: las palabras de san Daniel Comboni se hacen realidad gracias al compromiso de la comunidad internacional de las Hermanas Misioneras Combonianas de Deressia, en el sur del Chad, que acompaña a la población entre educación, salud y formación de las jóvenes.

Por: Hna. Loreta Beccia, SMC
vaticannews.va

Cinco hermanas combonianas: Olga Morales, Raffaella Pironti, Bakita Josephine, Amira William y Elisée Modiri. Tres continentes -América, Europa y África- y cinco países de origen: Guatemala, Italia, Sudán del Sur, Egipto y República Democrática del Congo. Esta es la riqueza de la comunidad de Deressia, en la diócesis de Laï en Chad, una zona que durante la temporada de lluvias solo se puede alcanzar con un carro tirado por bueyes o caballos.

Aquí se realiza el sueño del fundador: una congregación verdaderamente universal, capaz de poner en el centro la misión y el amor por los más pobres y abandonados. San Daniel Comboni decía: “La Obra debe ser católica (universal), no ya española o francesa o alemana o italiana.

Una presencia nacida de una llamada

La comunidad de Deressia se abrió en 2003, tras la invitación del entonces obispo de la diócesis, monseñor Miguel Sebastián, MCCJ, que con valentía pedía a las Combonianas ser presencia de esperanza en una tierra que el Papa Francisco definiría como “periferia existencial” en la periferia del mundo.

Deressia era, de hecho, la parroquia más grande de la diócesis, con sus 5000 km²: durante seis meses al año, a causa de las inundaciones, permanecía -y sigue estando- completamente aislada. En ese momento se hablaban nueve idiomas diferentes. Hoy en día, esta realidad se ha dividido en varios vicariatos y parroquias.

 Sor Amira y Sor Bakita a su llegada a Deressia - Chad, por Loreta Beccia, SMC
Sor Amira y Sor Bakita a su llegada a Deressia – Chad. Foto: Loreta Beccia, SMC

Entre catequesis, escuela y cuidado de los más frágiles

Las actividades de las hermanas se desarrollan en diferentes ámbitos pastorales y sociales. En el ámbito escolar trabajan a tiempo completo la Hna. Amira y la Hna. Olga, que testimonian la alegría de acompañar a los estudiantes, en particular a las chicas, en su camino de crecimiento. La escuela cuenta con unos 400 alumnos, divididos en 8 clases, desde preescolar hasta sexto de primaria. Siete maestros y una maestra acompañan a las monjas en este delicado servicio educativo.

Sor Olga, con una experiencia previa de 12 años en la República Centroafricana en el trabajo educativo con los pigmeos, se emociona al contar los esfuerzos realizados para crear espacios de convivencia fraterna entre diferentes grupos étnicos y religiosos:

“Hoy, después de 5 años, puedo decir que los alumnos comienzan a reconocerse como hermanos y hermanas, con un único Padre en el cielo”.

Recuerda también cuando una mañana, durante el recreo, una alumna musulmana fue golpeada en la cabeza por una semilla de “domo” -del tamaño de una pelota de tenis- lanzada por un alumno cristiano. Después de medicar a la niña, la monja le preguntó qué pensaba de lo sucedido. La respuesta fue sorprendente:

“Hermana, él también es mi hermano. Todos formamos una sola familia. Fue un accidente, yo estoy bien”.

La Palabra de Dios, compañera de camino

Sor Raffaella es enfermera y responsable del centro de salud “Stella del Mattino”, nacido como una pequeña estructura y hoy reconocido también a nivel gubernamental, punto de referencia para toda la población. Junto con la Hna. Bakita se dedica sobre todo a los niños más vulnerables.

Cuenta que, durante la temporada de lluvias, al regresar de una visita a pueblos lejanos después de un viaje difícil y peligroso, se preguntó si todo esto realmente tenía sentido. Encontró la respuesta durante la Eucaristía: “Yo estaba enfermo y vosotros vinisteis hasta mí”. La Palabra de Dios testimonia, da paz y fuerza para afrontar cualquier dificultad, en el servicio a Dios y en el amor al pueblo.

 Chicas del Foyer, por Loreta Beccia, SMC
Chicas del Foyer. Foto: Loreta Beccia, SMC

El vestíbulo: una casa para crecer juntos

Entre las iniciativas más significativas se encuentra el “Foyer Bethlemme”, un espacio dedicado especialmente a las chicas de los pueblos más lejanos.

Sor Elisée es la responsable directa, pero, en realidad, es toda la comunidad la que acompaña a una quincena de jóvenes en un camino de formación integral, humana y espiritual. En un contexto en el que las mujeres a menudo son marginadas, el vestíbulo se convierte en un lugar de redención y fraternidad, una oportunidad concreta para el renacimiento.

Aquí cobra vida lo que Don Tonino Bello definía como “convivialidad de las diferencias”: cada monja, con su propio estilo y sus propias experiencias, contribuye a crear un ambiente en el que las diversidades se convierten en riqueza compartida y se aprende a vivir juntas con alegría.

Esta experiencia recuerda que la misión nace del encuentro: es en el reconocimiento del otro como don que se construye una fraternidad capaz de transformar el mundo.

XXV Domingo ordinario. Año A

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: “El Reino de los cielos es semejante a un propietario que, al amanecer, salió a contratar trabajadores para su viña. Después de quedar con ellos en pagarles un denario por día, los mandó a su viña. Salió otra vez a media mañana, vio a unos que estaban ociosos en la plaza y les dijo: ‘Vayan también ustedes a mi viña y les pagaré lo que sea justo’. Salió de nuevo a medio día y a media tarde e hizo lo mismo.
Por último, salió también al caer la tarde y encontró todavía a otros que estaban en la plaza y les dijo: ‘¿Por qué han estado aquí todo el día sin trabajar?’. Ellos le respondieron: ‘Porque nadie nos ha contratado’. Él les dijo: ‘Vayan también ustedes a mi viña’.
Al atardecer, el dueño de la viña le dijo a su administrador: ‘Llama a los trabajadores y págales su jornal, comenzando por los últimos hasta que llegues a los primeros’. Se acercaron, pues, los que habían llegado al caer la tarde y recibieron un denario cada uno.
Cuando les llegó su turno a los primeros, creyeron que recibirían más; pero también ellos recibieron un denario cada uno. Al recibirlo, comenzaron a reclamarle al propietario, diciéndole: ‘Esos que llegaron al último sólo trabajaron una hora, y sin embargo, les pagas lo mismo que a nosotros, que soportamos el peso del día y del calor’.
Pero él respondió a uno de ellos: ‘Amigo, yo no te hago ninguna injusticia. ¿Acaso no quedamos en que te pagaría un denario? Toma, pues, lo tuyo y vete. Yo quiero darle al que llegó al último lo mismo que a ti. ¿Qué no puedo hacer con lo mío lo que yo quiero? ¿0 vas a tenerme rencor porque yo soy bueno?’.
De igual manera, los últimos serán los primeros, y los primeros, los últimos”.

(Mateo: 20, 1-16)


La generosidad y la bondad del Señor
P. Enrique Sánchez G. mccj

Leyendo esta página del Evangelio me vino espontáneo hacerme la pregunta ¿cuántas veces habrá pasado el Señor por mi vida invitándome a ir con él? ¿Cuántas veces me habrá dicho, ve tú también a mi viña? Ve y participa de lo que soy y de lo que tengo para ti.

Y la respuesta, también inmediata y sin mucho que pensar ha sido: el Señor ha pasado infinidad de veces y lo sigue haciendo hasta en este momento en que me detengo para dejar que su palabra vaya a lo profundo de mi corazón.

El Señor está pasando por nuestras vidas

Una primera reflexión que podríamos hacer acogiendo este evangelio como buena noticia para quienes nos ponemos a su escucha es simplemente constatar que Dios está pasando continuamente por nuestras vidas y nos encuentra en situaciones muy variadas.

Nos podemos dar cuenta que ha pasado en la primavera de nuestras vidas, cuando iniciábamos la aventura de ponernos en camino, a lo mejor con el corazón lleno de ilusiones, de metas y de proyectos. Pasó cuando todo parecía decirnos que teníamos las energías suficientes para comernos el mundo entero. Era el momento en que no sabíamos de miedos y nos parecía que todo estaba a nuestro alcance.

Era la mañana del largo día de nuestra vida que nos invitaba a ponernos en camino con la promesa de un futuro en donde nada nos faltaría. Era el momento en que nuestras capacidades y energías nos susurraban al oído que nada nos podía vencer y que todo nos pertenecía.

Con el pasar del tiempo, la vida nos ha ido pasando sus facturas y los entusiasmos iniciales han ido tomando matices que nos obligaron a ser más prudentes, menos impulsivos y más considerados.

El tiempo se ha ido encargando de ponernos en el lugar que nos conviene, aceptando que los protagonismos no sirven de mucho y que la sencillez y la humildad son maestras necesarias para ayudarnos a aprender que la vida, ciertamente se conquista, pero más aún se recibe como don. Es decir, se recibe para ser puesta al servicio de los demás, para ser donada. Y se necesitan varios años para entenderlo y para aceptarlo.

A la mitad del día

A la mitad de la jornada, que bien podría representar la mitad de nuestras vidas, a lo mejor, nos hemos ido dado cuenta de que ya no somos tan protagonistas y que para encontrarle sentido a la vida tenemos que descubrir y aceptar que hay Alguien más que nos va guiando. No todo sale como lo habíamos pensado o planeado y ese Alguien se va encargando de que todo resulte para bien. Quienes somos cristianos empezamos a entender que estamos en las manos de Dios y que es él el buen pastor que nos va guiando.

Es el momento de la confianza que nos permite asumir nuestros límites, nuestros primeros errores o, incluso, nuestros primeros fracasos, pues lo humano que somos nos recuerda que omnipotente y todo poderoso sólo hay uno. Sólo Dios.

Con sencillez nos rendimos, en el mejor de los casos, a la evidencia de que no somos los protagonistas de nuestro destino, sino que hay Alguien que ya se ha encargado de asegurarnos un buen camino. Y la fe, por pequeña que sea, nos ayuda a sentir que somos bendecidos.

El Señor pasa al mediodía de nuestras vidas para confirmarnos su presencia y para asegurar con su fidelidad que con su presencia compensa nuestras pérdidas de energías. Pasa para poner en su lugar nuestras pretensiones de protagonismo y para que nos demos cuenta de que en su corazón siempre hay un lugar reservado, sin importar la hora, aunque se haga sentir el calor del medio día.

Y quienes aceptan su presencia se dan cuenta de que hay una calidad de vida que se alcanza no tanto con lo que somos capaces de hacer, sino con la conciencia de descubrir que somos algo o alguien en la medida en que aceptamos que la vida se nos va dando, sin merecerla y sin medida.

Al caer de la tarde

Y el Señor se vuelve a hacer presente en el atardecer de nuestra jornada, cuando todo parece irse apagando y cuando lo verdaderamente auténtico empieza a resplandecer.

El Señor aparece cuando ya no podemos presumir de nosotros mismo. Cuando lo único que ilumina las sombras de la tarde es la sabiduría que nos han dejado los años. Cuando lo que nos hace felices no está en lo mucho que podemos hacer con nuestras manos, sino estar en su presencia dejándonos contemplar para sentirnos amados.

El Señor vuelve a pasar, cuando nos tocará recoger lo que la vida nos ha ido dando y en ese momento no podremos más que reconocer que todo ha sido una bendición, que la vida no ha sido más que una oportunidad para descubrir cuánto hemos sido amados y cuánto nos ha hecho felices amar a los demás.

Al final de la jornada, cuando al parecer no queda mucho por hacer, es cuando más apreciada será la presencia del Señor porque nos daremos cuenta que nos busca no tanto por lo que podamos hacer por él, sino por el único deseo y el gusto de estar con nosotros.

En el atardecer de la vida el Señor nos invitará para ayudarnos a entender que lo importante para él no está en lo que podamos producir o rendir a sus intereses, pues él ya tiene lo que necesita y a nosotros siempre nos faltará lo que sólo él puede dar y nos puede satisfacer.

¿No puedo hacer con lo mío lo que yo quiero?

La parábola que hemos leído y sobre todo las últimas palabras nos ponen ante una realidad que nos acompaña hasta nuestros días.

En un mundo en donde lo que importa es producir, enriquecer, rendir, ganar, es normal que la lógica del primer invitado a ir a la viña lo haga sentirse desconcertado, al no recibir lo que se había imaginado.

En nuestro mundo, el que más se esfuerza, quien más invierte, quien muestra mayor dedicación, sacrificio y astucia, aparentemente, es quien tiene derecho a recibir una mayor recompensa.

Esta es la lógica que pone en el centro la ganancia como criterio para medirlo todo y a todos. Quien no produce o quien no rinde en un negocio está condenado a ser descartado,

despedido y quien más se empeña y mejor gasta sus fuerzas, mayor recompensa o salario recibirá.

Cuando sucede esto, se termina siendo esclavos del trabajo y a el se le sacrifica muchos otros valores que son los que realmente le dan sentido a la vida.

Quien vive sólo para trabajar porque tiene que ganar cada día más, termina por olvidarse de la familia, de su comunidad, de disfrutar del descanso necesario para vivir. Ya no hay tiempo para convivir con los demás, para aprovechar de la belleza del mundo, para rezar o para compartir la fe con la comunidad.

Ganar y ganar más es la meta de la vida y eso no permite entender que hay muchas cosas que se alcanzan gratuitamente, porque es Dios quien nos las da.

En la cabeza del primer invitado a la viña estaba dado por descontado que recibiría más que los demás, porque su esfuerzo había sido mayor, pero se olvidó que la generosidad de Dios no se alcanza o no se mide con horas de trabajo. Es bendición que se recibe, simplemente porque Dios es bueno y porque a él nadie le gana en generosidad.

Dios tiene sus tiempos y él sabe muy bien a qué hora tiene que llegar a nuestras vidas. Él pasa y nos invita a la hora menos pensada y lo que ofrece es lo mismo, para todos, sin hacer distinciones y por igual.

Si pretendemos aplicarle al Señor nuestros criterios, por supuesto que aparecerá como injusto, pues aplicando el principio del mérito tendría que recibir más quien aparentemente se ha sacrificado más. Pero en la manera de pensar del Señor eso no funciona y sólo él sabe quién necesita más.

Lo que está en lucha en este evangelio es, por una parte, la mentalidad de quien se empeña pensando el la ganancia que podrá obtener y por otra parte, la generosidad de Dios que no se deja ganar en bondad.

Por eso la respuesta del Señor es tan directa: ¿qué no puedo hacer con lo mío lo que yo quiero? Pues en eso no hay injusticia, porque en su acción nunca existirá la voluntad de perjudicar, siempre lo moverá su generosidad.

Y a nosotros, ¿qué nos tocará?

Tal vez, ante esta palabra, podemos hacernos algunas preguntas para abrir el corazón a todo lo que el Señor nos quiere dar.

¿Cómo vivo mi relación con el Señor, le doy y me sacrifico para que él me recompense en consecuencia?

¿Siento que en este momento el Señor me está invitando a ir a su viña prometiéndome lo que es justo y necesario para que viva con dignidad y en plenitud?

¿Le reclamo a Dios, reprochándole que no me da lo que veo que le otorga a los demás, casi sintiendo que es injusto conmigo?

¿Me siento agradecido con el Señor cuando recibo de él algo que no me esperaba?

Un momento de alegría, una palabra de esperanza, una luz en lo obscuro de un problema que estoy viviendo, una consolación en medio de mis muchos problemas, un logro entre tantos sacrificios.

¿Reconozco que Dios es bueno conmigo? ¿ En dónde veo manifestada su bondad en mi vida?

¿ Qué motivos tendría para ser agradecido con el Señor hoy, en esta hora que me está tocando vivir en mi paso por esta vida?

Que no nos cansemos de reconocer la generosidad y la bondad de Dios, hoy y siempre.


Una generosidad escandalosa
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

Hoy comenzamos un ciclo de tres parábolas de Jesús sobre la viña: la parábola de los jornaleros contratados para trabajar en la viña, este domingo; la de los dos hijos enviados a trabajar en la viña, el próximo domingo; y, finalmente, la parábola de los viñadores homicidas, el domingo siguiente.

La viña tiene un significado profundo en la Biblia. Un detalle de la parábola de hoy llama inmediatamente la atención. Aunque se dice que se trata de la viña de un propietario, este nunca dice «mi viña», sino «la viña»: «¡Id también vosotros a la viña!»

¿Cuál es esta viña? Es la viña del Reino, la viña de Dios. Pero también es la viña de Israel, el pueblo con el que Dios estableció su Alianza (Isaías 5,1-7; Jeremías 2,21; Ezequiel 15,4). Por tanto, este «ir a la viña» no es tanto una invitación a trabajar en ella como a entrar en la Alianza, a compartir el amor de Dios.

Una generosidad escandalosa

La parábola atrae nuestra atención, ante todo, hacia el insólito comportamiento del dueño de la viña, que va cinco veces a la plaza a buscar trabajadores: a las 6 de la mañana, a las 9, al mediodía, a las 3 de la tarde e incluso a las 5, una hora antes de que termine la jornada laboral. El núcleo del relato está precisamente en el contraste entre los trabajadores contratados al amanecer y los de la hora undécima, a quienes el dueño paga de la misma manera: un denario a cada uno, el salario acordado con los primeros.

Pero lo que resulta irritante y provocador en el comportamiento del dueño es el hecho de que hace esperar a los primeros para que sean testigos de su generosidad hacia los últimos. Esta decisión, en un primer momento, aumenta las expectativas de los primeros, que lo consideran un dueño bueno y generoso, para luego suscitar su protesta cuando terminan juzgándolo injusto. Y aún más provocadora es la conclusión de Jesús: «Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos».¡Qué parábola tan extraña!

Una crítica a la meritocracia

Probablemente esta parábola, que encontramos solo en el Evangelio de Mateo, tenía en el punto de mira a un cierto número de creyentes de la primera hora, procedentes del judaísmo, que se consideraban superiores y con mayores derechos que los de la última hora, los paganos recién convertidos. Esta situación de la comunidad de Mateo no es en absoluto ajena a nuestro tiempo. También hoy existen estos «supercristianos». Y ¡ay de nosotros, sacerdotes, si por casualidad nos enfrentamos a ellos!, porque pueden encontrarse precisamente entre los más voluntariosos y comprometidos de la comunidad, ¡los buenos! Es más, podríamos ser precisamente nosotros mismos, tú y yo. Me explico.

A menudo hemos sido educados para concebir la vida cristiana según una lógica casi meritocrática: multiplicar las buenas obras para acumular méritos en el cielo, ante Dios, de modo que podamos recibir una hermosa recompensa en el paraíso. Pero ¿se obtiene realmente así la salvación? Ya la primera lectura nos advierte: «Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, vuestros caminos no son mis caminos». La salvación será siempre un don. No es un derecho adquirido por haber «soportado el peso del día y el calor» (v. 12); no es un salario debido a quien realiza determinadas obras. Y así, el llamado «buen ladrón» es el primero en entrar en el Reino, mientras que el hijo mayor de la parábola del «hijo pródigo» protesta —¡«con razón»!— por lo que considera una afrenta del Padre, después de haberle servido durante tantos años.

Pero, si ante Dios no podemos reivindicar derechos adquiridos, ¿por qué esforzarse tanto? ¿Por qué habría tenido yo que entrar en el seminario a los diez años y hacerme misionero? ¿No habría sido mejor casarme y llevar una vida «normal», como todo el mundo? Así razona quien concibe el Evangelio como un peso, un esfuerzo, una fatiga, un sacrificio y una servidumbre, y no como un golpe de suerte que nos ha permitido encontrar el tesoro en el campo de nuestra vida.

Me viene a la mente aquel sacerdote del relato del jesuita indio Anthony de Mello (en El canto del pájaro), que, al ver que Dios concedía su mismo «premio» a su hermano, que había llevado una vida normal, se alegró enormemente y dijo a Dios: «Señor, eres tan bueno que por ti estaría dispuesto a sacrificar otra vez mi vida».

La vida cristiana vivida como esclavos, siervos o hijos

La vida cristiana puede vivirse con tres actitudes y comportamientos diferentes: la del esclavo, que tiene miedo al castigo y para quien Dios es un juez; la delsiervo, que trabaja por un salario y para quien Dios es un amo; y la del hijo, que trabaja desinteresadamente, por amor, y para quien Dios es un Padre.

Sin embargo, en realidad —¡y esto es lo extraño!— el Evangelio parece dirigirse a estas tres formas de relacionarse con Dios según sus respectivas expectativas. Jesús afirma: «El que diga [a su hermano]: “Necio”, será condenado al fuego de la Gehenna» (5,22). A Pedro, que le pregunta: «Mira, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué nos tocará, pues?», Jesús responde: «Os sentaréis [conmigo] en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel».Y a cuantos lo abandonan todo para seguirlo les promete el «ciento por uno», y concluye diciendo: «Muchos primeros serán últimos y muchos últimos serán primeros», que, curiosamente, ¡sirve de marco al Evangelio de hoy! (Mateo 19,27-30).

¿Por qué recurre Jesús a imágenes deliberadamente fuertes como el castigo de la «Gehenna» (siete veces en Mateo)? ¿Por qué insiste Jesús tanto en la «recompensa» (una docena de veces en Mateo)? Ciertamente, para Jesús Dios es el «Padre» (mencionado unas cuarenta veces en el Evangelio de Mateo, de las cuales 16 como «Padre mío» y 14 como «Padre vuestro»). El Padre no quiere que vivamos como asalariados o esclavos: ¡quiere hijos! Y el objetivo de la misión de Jesús es hacernos semejantes al Padre: «para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos» (Mateo 5,45). Dios nos quiere hijos que lo busquen por amor.

Desgraciadamente, muchas veces son el miedo o el interés los que nos mueven. Y ¡quién sabe si también estas motivaciones imperfectas pueden servir en ciertos momentos de la vida! Tal vez Dios sepa servirse también de estas motivaciones imperfectas, porque no quiere perder a ninguno de sus hijos.

Sorprendentemente, esta convicción de que hay que servir a Dios por amor, y no por interés ni por temor, aparece también en otros contextos religiosos. Es muy elocuente un célebre relato de la tradición sufí atribuido a la mística musulmana Rabia de Basora, del siglo VIII: «Quisiera incendiar el paraíso y apagar el infierno para que estos dos velos desaparezcan y sus siervos Lo adoren sin esperar recompensas y sin temer castigos».

Para la reflexión personal

  • ¿Qué motivación prevalece en mi relación con Dios: el miedo, el interés o el amor?
  • ¿Qué responderías a esta provocación de alguien: «Si el Paraíso no existiera, ¿seguirías creyendo en Dios?»
  • Medita sobre el hermoso testimonio de san Pablo en la segunda lectura de hoy: «Para mí, vivir es Cristo».

Bondad escandalosa
José Antonio Pagola

…Porque soy bueno

Probablemente era otoño y en los pueblos de Galilea se vivía intensamente la vendimia. Jesús veía en las plazas a quienes no tenían tierras propias, esperando a ser contratados para ganarse el sustento del día. ¿Cómo ayudar a esta pobre gente a intuir la bondad misteriosa de Dios hacia todos?

Jesús les contó una parábola sorprendente. Les habló de un señor que contrató a todos los jornaleros que pudo. Él mismo vino a la plaza del pueblo una y otra vez, a horas diferentes. Al final de la jornada, aunque el trabajo había sido absolutamente desigual, a todos les dio un denario: lo que su familia necesitaba para vivir.

El primer grupo protesta. No se quejan de recibir más o menos dinero. Lo que les ofende es que el señor «ha tratado a los últimos igual que a nosotros». La respuesta del señor al que hace de portavoz es admirable: « Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?».

La parábola es tan revolucionaria que, seguramente, después de veinte siglos, no nos atrevemos todavía a tomarla en serio. ¿Será verdad que Dios es bueno incluso con aquellos y aquellas que apenas pueden presentarse ante él con méritos y obras? ¿Será verdad que en su corazón de Padre no hay privilegios basados en el trabajo más o menos meritorio de quienes han trabajado en su viña?

Todos nuestros esquemas se tambalean cuando hace su aparición el amor libre e insondable de Dios. Por eso nos resulta escandaloso que Jesús parezca olvidarse de los «piadosos» cargados de méritos, y se acerque precisamente a los que no tienen derecho a recompensa alguna por parte de Dios: pecadores que no observan la Alianza o prostitutas que no tienen acceso al templo.

Nosotros seguimos muchas veces con nuestros cálculos, sin dejarle a Dios ser bueno con todos. No toleramos su bondad infinita hacia todos. Hay personas que no se lo merecen. Nos parece que Dios tendría que dar a cada uno su merecido, y sólo su merecido. Menos mal que Dios no es como nosotros. Desde su corazón de Padre, Dios sabe entenderse bien con esas personas a las que nosotros rechazamos.


Stop a los ociosos.
¡Todos en Misión! Hay trabajo para todos
Romeo Ballan, mccj

La meritocracia – hoy tan de moda – parece no estar en línea con los criterios de Dios. En la parábola de hoy Jesús presenta la actitud desconcertante, ‘irracional’, provocadora del dueño de la viña, que paga a todos los obreros de la misma manera. Pero, ¿cuál es el mensaje? El texto de Isaías (I lectura) nos ofrece una clave de lectura para entender la parábola de Jesús: “Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos” (v. 8). El salmo responsorial exalta al Señor que es clemente y misericordioso, bueno con todos, es incalculable su grandeza. Solamente con estos parámetros es posible acercarse al misterio de Dios y de sus planes. Para captar el mensaje de Jesús (Evangelio), es preciso salir de una lógica sindical y económica, dejar de lado la mentalidad del contador, optar por la gratuidad, adoptar la lógica del corazón grande y del amor hacia todos, sin exclusiones. Jesús desbarata la tan extendida doctrina del ‘mérito’, según la cual la salvación se convertiría en un derecho para quien ha “aguantado el peso del día y el bochorno” (v. 12), en un salario debido a quien cumple determinadas obras. Y, por tanto, el que más obras cumple más se merece el favor divino. Las protestas contra el amo (v. 11-12) provienen de personas observantes pero mezquinas, envidiosas, como el profeta Jonás (Jon 4,1-2) o el hijo mayor de la parábola (Lc 15,29-30), incapaces de comprender el amor del Padre, celosos e irritados por la acogida y el perdón concedidos al pueblo de Nínive y al hijo menor… A menudo somos nosotros los envidiosos de la parábola.

El Reino de Dios y la salvación que Él ofrece tienen las dimensiones misioneras de la universalidad, son dones abiertos a todos, incluidos especialmente los últimos, los pecadores, los humildes. “El estilo de Jesús es idéntico para todos, judíos y paganos, justos y pecadores. La antigua alianza basada sobre el derecho y la justicia es reemplazada por la nueva, fundada exclusivamente sobre la gracia. El Reino es un don de Dios y no un salario por las obras de la Ley; la salvación no es una recompensa debida casi por contrato; es, ante todo, una iniciativa divina hecha de amor y de comunión, en la que el hombre es invitado a tomar parte con gozo y sin restricciones” (G. Ravasi). Incluidos los pobres, los desamparados, porque Dios cuida en particular de aquellos a los que nadie ha contratado (v. 7); porque también ellos tienen que mantener una familia e hijos. Dios es un amo bondadoso: acoge a todos sin rechazar a nadie, pero es libre de tener sus preferencias (v. 15). Él revela un nuevo estilo de relaciones con las personas, una jerarquía desconcertante, que desbarata los criterios humanos (I lectura). Es la jerarquía definitiva del Reino.

El amo de la viña es una imagen de Dios, que llama a todos a trabajar por el Reino: llama a cada hora, a cualquier edad y condición; llama uno por uno, para tareas diferentes… Aprecia también al que puede dar tan solo un aporte menor, o incluso mínimo. Es un amo con un corazón grande; pide tan solo que los obreros confíen en Él, trabajen por su Reino, por amor, con gratuidad. Él llama a algunos a ser obreros y misioneros de la primera hora: los asocia desde el amanecer al trabajo por el Reino. En la oración colecta, pedimos al Padre que sepamos apreciar el impagable honor de trabajar en la viña desde el amanecer. Para el que ha entrado en la lógica del amor, del servicio, de la gratuidad, el peso del día y el bochorno no son un castigo, sino un privilegio. La Misión a la que Jesús nos llama es diferente en sus formas; está en todo lugar, siempre, sobre todo entre los más lejanos, cerca de los últimos. “Hoy en día todavía hay mucha gente que no conoce a Jesucristo. Por eso es tan urgente la misión ad gentes, en la que todos los miembros de la Iglesia están llamados a participar” (Papa Francisco). Así lo había entendido San Pablo (II lectura), para el cual “la vida es Cristo” (v. 21) y, por tanto, estaba decidido a seguir trabajando por sus hermanos (v. 24).


“Los últimos serán los primeros”
Fray Juan José de León Lastra O.P.

La llamada al Reino

El texto evangélico expone una de las parábolas que se llaman del Reino. Por eso hemos de considerar que Jesús la pronuncia pensando en el mundo judío, desde tanto tiempo pueblo de Dios, llamado a trabajar en la viña desde el amanecer como pueblo. Más es la llamada de Dios la que les convierte en su pueblo. Pero Cristo amplia la llamada a más pueblos. Lo entendieron bien los primeros cristianos que eran judíos. Dudaban de los que se incorporaban tarde al Reino, después de estar tiempo al margen de él: ¿podían ser pueblo que trabajara codo con codo con ellos en la “viña del Señor”?; ¿su trabajo podía ser tan reconocido como el de los de la “primera hora”? Cuando estas preguntas se planteaban es cuando se escribe el texto del evangelio que da a entender cuál es el pensamiento de Jesús. Esta parábola refrendaba la tesis de Pablo, la que se impuso, de que aquellos que no tenían la “tradición judía” tenían las puertas abiertas del Reino, pertenecería él con los mismos derechos y beneficios –salario- que los judíos.

Una pretensión del ser humano: que Dios tome partido por unos frente a otros

No pocas veces se ha pretendido  que Dios tome partido por un grupo humano cuando está en lucha contra otro. Dios sería el encargado de castigar a los que, a juicio de uno de los  grupos, habían actuado perversamente.  El Dios en el que creían era el de la justicia vindicativa o justiciera. Su justicia no podía ser distinta del concepto que ellos tenían de ella y de cómo había que aplicarla. En general se abogaba por una justicia que estaba al margen de la misericordia cuando se juzgaba cómo había que tratar a los otros. La misericordia, aunque no siempre se confesara, Dios la tendría reservada para ellos. Hacen a Dios a su imagen. Pero, “gracias a Dios”, los planes de Dios, sus caminos, como dice Isaías en la primera lectura, no son como los nuestros. Y no son como los nuestros porque Dios da más de lo que merecemos, como aparece en el texto del evangelio, frente al apego que en nosotros existe a ceñirnos, en el mejor de los casos, a que la generosidad deje sitio a la estricta justicia.

 La estricta justicia 

La verdad es que la estricta justicia nuestra no es tan estricta ni tan justicia. Dios nos dice que si fuéramos tratados en estricta justicia por Él –y también por los hombres -, tendríamos menos de lo que tenemos, seríamos menos de lo que somos en la sociedad. A todos nosotros nos ha llegado la generosidad desbordante de Dios, por lo que es farisaico molestarse porque esa generosidad llega a otros. Mejor que protestar por la generosidad de Dios ante el hermano y dejarnos llevar por la envidia, debemos imitar su manera generosa de actuar, tratar de que nuestros planes se acomoden cada vez más a los suyos. Eso es la justicia verdadera.

Para Dios nunca es tarde

Dios no está sometido al tiempo: no hay últimos ni primeros. Ese es un asunto nuestro. Lo que Dios quiere es que se responda a su llamada, “al amanecer” o a “media tarde”. Lo que sí pide que se sea fiel a lo que Dios quiere de cada uno y realicemos lo que se les pide; sin pedir cuantas a Dios por su actitud con los demás. Pues los planes de Dios no son nuestros planes; sus “caminos son más altos que los nuestros”. Desde lo alto Dios tiene una perspectiva más amplia que la nuestra. Hemos de esforzarnos en hacer nuestra esa visión de Dios. San Pablo decía que teníamos que captar la mente de Cristo, pensar como él pensó en su tiempo histórico, tal como nos lo relatan los evangelios. Y el evangelio de este domingo descubre ese pensamiento de Jesús de Nazaret, que supera la pequeñez del nuestro.

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XXIV Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, Pedro se acercó a Jesús y le preguntó: “Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?”, Jesús le contestó: “No solo hasta siete, sino hasta setenta veces siete”.
Entonces Jesús les dijo: “El Reino de los cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus servidores. El primero que le presentaron le debía muchos millones. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él, a su mujer, a sus hijos y todas sus posesiones, para saldar la deuda. El servidor, arrojándose a sus pies, le suplicaba, diciendo: ’Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. El rey tuvo lástima de aquel servidor, lo soltó y hasta le perdonó la deuda.
Pero, apenas había salido aquel servidor, se encontró con uno de sus compañeros, que le debía poco dinero. Entonces lo agarró por el cuello y casi lo estrangulaba, mientras le decía: ‘Págame lo que me debes’. El compañero se le arrodilló y le rogaba: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. Pero el otro no quiso escucharlo, sino que fue y lo metió en la cárcel hasta que le pagara la deuda.
Al ver lo ocurrido, sus compañeros se llenaron de indignación y fueron a contar al rey lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: ‘Siervo malvado. Te perdoné toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también haber tenido compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti? Y el señor, encolerizado, lo entregó a los verdugos para que no lo soltaran hasta que pagara lo que debía.
Pues lo mismo hará mi Padre celestial con ustedes, si cada cual no perdona de corazón a su hermano”.

(Mateo: 18, 21-35)


Perdonar de corazón
P. Enrique Sánchez G. mccj

Para una mentalidad calculadora, como la nuestra, es muy fácil pensar que todo se puede pesar, medir y contar. Todo tiene que estar bajo nuestro control, bien calculado y determinado. Que nada escape a nuestro control.

Esa forma de pensar, supuestamente, da seguridad y garantías al deseo de querer estar, lo más posible sobre los demás, sin tener deudas con nadie.

Pero hay muchas realidades en nuestras vidas que no se dejan atrapar en esos esquemas que tratamos de hacer funcionar a nuestra conveniencia. Basta pensar en el amor, ¿de qué color es o cuánto mide? Y la ternura, ¿se puede repartir en envases de cuántas onzas? Y la alegría, ¿se puede medir en centímetros o en pulgadas?

Pues, algo parecido sucede con el perdón, no se puede hacer entrar en la práctica que se agotaría en unas cuantas veces.

Jesús, en el evangelio de este domingo, nos invita a salir de esa mentalidad en donde las cosas esenciales para la vida no pueden ser atrapadas en el simple cumplimiento de unas cuantas reglas o normas establecidas con claridad.

Nuestro espíritu y nuestro corazón han sido diseñados para vivir en una libertad que a cada paso y a cada instante nos pueden sorprender y nos pueden hacer entender que hemos sido pensados para hacer el bien sin límites.

La pregunta que Pedro le hace al Señor no se trata de un cuestionamiento fuera de lugar, al contrario, revela un conocimiento de la ley judía que todo buen practicante tenía que haber adquirido.

Detrás de la pregunta estaba aquello que los sacerdotes y los ancianos o los maestros de la ley conocían perfectamente. Ellos enseñaban que en la práctica de la ley, hasta los más justos estaban expuestos a fallar y a caer, al menos siete veces al día. Casi como para decir que para los seres humanos era imposible cumplir totalmente con las exigencias de la ley.

Si el más bueno, según la ley, peca siete veces al día, ¿será suficiente perdonarlo siete veces, y ası́ todo mundo estará en paz?

Esa era, en cierto modo, la respuesta que Pedro se esperaba de Jesús, pero responder de esa manera hubiese sido quedarse en aquella mentalidad calculadora y fría que le habían aplicado al cumplimiento de la ley.

Bastaba ser observantes, sabiendo que lo torcido del espíritu humano encontraría siempre la manera de darle la vuelta a la ley para interpretarla de acuerdo a los propios intereses. En otro texto Jesús le reprochará a los maestros de la ley que son capaces de decir que lo que tienen es “Corban”, es decir algo destinado para las ofrendas del templo y por lo tanto, imposible de destinarlo para ayudar a los demás. (Marcos 7, 11-15)

En el ejercicio del perdón no funcionan las cuentas porque no se aplica la regla de la conveniencia, sino que se deja que lo que mueva a la acción sea el corazón y el corazón no sabe de medidas.

Perdonar es un ejercicio que tiene su origen en lo más noble que puede existir en el ser humano y es una tarea que estamos llamados a practicar a lo largo de toda nuestra vida. Así, como dice la canción, que nunca es suficiente para amar, ası́ también, la vida nos enseña que nunca será suficiente para perdonar. Y la dinámica del perdón hace que, mientras más perdonamos, más libres somos y más disfrutamos al perdonar.

Un corazón que no perdona vive condenado a cargar sufriendo con el mal o el dolor que le han causado.

Muchas veces hemos conocido a personas que se han amargado muchos años de su vida, porque se negaron a derramar el ungüento del perdón sobre un daño que sufrieron. Pagaron una factura muy alta e hicieron que el mal sufrido se convirtiera en algo personal. Mientras que quienes ocasionaron el mal siguieron su vida muy campantes y, muy frecuentemente, sin recordar más lo que había sucedido.

Perdonar, por otra parte, no significa olvidar o hacer desaparecer de nuestra memoria lo que nos ha sucedido.

El dolor que ha causado una ofensa, un abuso o un maltrato de parte de otra persona hacia nosotros, estará siempre ahí, pero la diferencia consiste en que no viviré para darle culto a ese mal que me han hecho, ni pondré en el centro de mi vida la ofensa que he recibido. Perdonar será dejar que nuestro corazón sea quien nos guíe y no permita entender que vivimos para ser don y para recibir el don que son los demás para nosotros.

Perdonando nos damos la posibilidad de vivir profundamente libres, recordándonos que nuestra existencia no depende de lo que piensen o de lo que quieran los demás de nosotros.

El mal que podemos recibir de los demás no tiene por qué convertirse en la pauta que guíe nuestras vidas y el perdón es justamente lo que nos permite iniciar una y mil veces la aventura de vivir, aunque la vida esté hecha de miles de situaciones que pretenden impedirnos el caminar hacia la meta de la plenitud y de la auténtica felicidad.

Perdonar, contrariamente a lo que podemos pensar, no es algo que nos humilla o que nos hace situarnos por debajo de los demás; al contrario, es nobleza que se ejerce y manifiesta la grandeza que llevamos dentro.

El que perdona siempre gana, porque demuestra estar más allá de lo que pretende aplastar al otro o de lo que busca humillarlo y despreciarlo. Quien perdona demuestra estar viviendo ya a otro nivel, por encima de lo ordinario y pasajero.

Pero perdonar no es algo evidente y espontáneo. La parábola de este domingo nos da un ejemplo muy claro. El servidor del Rey que había hecho la experiencia del perdón lo demuestra.

Todos nos esperaríamos que hubiese actuado en consecuencia con la experiencia que había vivido, pero, al contrario se revela duro, insensible, cruel y despiadado.

Ası́ nos puede pasar a nosotros. Cuando queremos que nos perdonen, hacemos hasta lo imposible para ganar ese don, pero cuando nos toca perdonar, algunas veces se nos olvida lo frágiles y necesitados que pueden estar los demás de nuestra compasión y de nuestro perdón.

Recibir el perdón es casi siempre algo que nos agrada, casi como sintiéndonos con derecho a recibirlo, pero cuando nos toca perdonar, nos puede pasar que le damos muchas vueltas en la cabeza y nos resistimos a usar el corazón.

Se da el caso también, sobre todo cuando nos ponemos en frente del Señor, que nos llena de paz saber que Dios nos ha perdonado, pero nos resistimos a acoger ese perdón.

Nos gana la duda de saber si realmente hamos sido perdonados y nos cuesta perdonarnos a nosotros mismos, aceptando con humildad que el perdón es una oportunidad para ponernos de pie para seguir caminando.

Finalmente, la parábola nos hace reflexionar para que no confundamos el perdón con lo que podría ser una justificación o una disculpa ante las responsabilidades que necesariamente tenemos que asumir ante lo que vamos viviendo cada día .

El perdón que Jesús nos propone tiene como cimientos la verdad y la justicia, al mismo tiempo que nos recuerda la misericordia y la compasión.

Seguramente, en el ejercicio de nuestra vida cristiana, muchas veces nos encontraremos ante el Señor, como el servidor ante su Rey e imploraremos misericordia, paciencia y perdón.

Ojalá que esa misma actitud seamos capaces de ponerla en practica ante aquellos que con humildad se presentan ante nosotros suplicando nuestra comprensión y perdón.

Que el Señor nos dé un corazón grande, para que, desde una profunda experiencia de su amor, podamos vivir en la libertad que nos permita perdonar, sabiendo que siempre recibiremos más de lo que podemos dar.

Que Dios nos enseñe a perdonar con el corazón.


¿Cuántas veces has perdonado a Dios?
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

Hoy concluimos el cuarto discurso de Jesús, que reúne las enseñanzas del Señor sobre la vida comunitaria. El pasaje evangélico es la continuación del del domingo pasado, dedicado a la corrección fraterna.

En este contexto, Pedro pregunta a Jesús: «Señor, si mi hermano comete faltas contra mí, ¿cuántas veces tendré que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?» Pedro propone una cifra generosa: siete, el número de la plenitud. Seguramente sabía que los rabinos hablaban de tres o, como máximo, cuatro veces, pero tenía muy presente la insistencia de Jesús en el perdón.

En efecto, al enseñar a los discípulos el Padrenuestro, la única petición de la oración que Jesús comentó después explícitamente fue precisamente la relativa al perdón: «Porque si perdonáis a los demás sus faltas, también vuestro Padre celestial os perdonará a vosotros; pero si no perdonáis a los demás, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras faltas» (cf. Mateo 6,14-15).

Y, en un contexto semejante, Jesús habría dicho: «Y si [tu hermano] comete una falta contra ti siete veces al día y siete veces vuelve a ti diciendo: “Me arrepiento”, tú lo perdonarás» […] y apenas cien denarios, el equivalente a unos cien días de trabajo. Cuando el señor se entera de lo ocurrido, se indigna y revoca la condonación de la deuda. Y la conclusión de Jesús es, una vez más, sorprendente y severa: «Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial si cada uno no perdona de corazón a su hermano».

1. El perdón es una decisión… ¡en camino!

Todos somos muy conscientes de lo difícil que es perdonar. El perdón casi nunca es espontáneo. Espontáneos son, más bien, la rabia, el resentimiento y las ganas de devolver mal por mal. Dice un viejo refrán: «La primera se perdona, la segunda se tolera y a la tercera, se responde». Algunos incluso consideran que el perdón es una forma de debilidad: quien perdona sería incapaz de hacer valer sus derechos; la bondad sería incapacidad de rebelarse, la paciencia cobardía y el perdón incapacidad de vengarse (Nietzsche).

La palabra perdonar procede del latín y refuerza la idea de «dar»: es un dar plenamente. Pero para quien perdona no se trata en absoluto de un gesto «barato». A veces cuesta sangre y lágrimas. También la gracia de Dios, recordaba Bonhoeffer, no es una «gracia barata»: el perdón nos ha sido dado a través del amor de Cristo llevado hasta la cruz.

Por eso el perdón es fruto de una decisión sostenida por la gracia. Y no siempre es una decisión tomada de una vez para siempre. A menudo es necesario renovarla cada vez que la memoria trae de nuevo a la mente la ofensa y reaviva en el corazón el sufrimiento. El perdón madura progresivamente, hasta convertirse en una disposición profunda y estable.

Se aprende a perdonar… caminando por la senda del perdón.

Muchos cristianos, por desgracia, escucharán esta palabra llevando en el corazón rencor hacia alguien, quizá desde hace años, decididos a no perdonar una ofensa sufrida. Y podrían escucharla sin sentirse mínimamente interpelados. «Sí, sí —se dicen—, es algo hermoso, pero irreal. ¡La vida real es otra cosa! Y, además, lo que me hizo es demasiado grave…».

2. Pero… ¿cuántas veces perdona Dios?

La respuesta parece obvia: ¡siempre! Pero ¿estamos realmente convencidos de ello?

En tiempos de Jesús, algunos rabinos discutían incluso sobre el número de veces que Dios perdonaría antes de castigar. Sin embargo, el Antiguo Testamento nos habla continuamente del amor y de la misericordia de Dios, como proclama el salmo responsorial de hoy: «El Señor es bueno y grande en el amor» (cf. Salmo 102).

Hay, sin embargo, textos que emplean un lenguaje muy duro, como el del profeta Nahúm: «El Señor es un Dios celoso y vengador; vengador es el Señor y está lleno de cólera. El Señor se venga de sus adversarios y guarda rencor contra sus enemigos» (Nahúm 1,2).

El pueblo de Dios fue comprendiendo progresivamente la profundidad del amor divino. En Jesús, esta revelación alcanza su plenitud: Dios es Padre, Dios es amor, Dios es misericordia. Y, sin embargo, también nosotros corremos el riesgo de imaginar a Dios a nuestra imagen y semejanza: no un Dios justo, sino un justiciero; no un Padre, sino un amo; no Alguien a quien amar, sino alguien a quien temer y a quien hay que «tener contento».

Pero entonces, ¿por qué Jesús parece casi amenazarnos al concluir la parábola: «Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial si cada uno no perdona de corazón a su hermano»? Jesús quiere subrayar con fuerza hasta qué punto el perdón recibido y el perdón dado son inseparables. No porque la misericordia de Dios tenga una medida o se conceda solo bajo determinadas condiciones, sino porque el corazón puede cerrarse al don. El perdón de Dios pide ser acogido. Negarse obstinadamente a perdonar es como extender sobre uno mismo una lona impermeable: el agua de la misericordia sigue cayendo, pero no consigue penetrar.

3. Y tú, ¿cuántas veces has «perdonado» a Dios?

La pregunta puede sorprender e incluso provocar una sonrisa. Naturalmente, Dios, en sentido estricto, no necesita nuestro perdón, porque no comete injusticias ni faltas contra nosotros. Y, sin embargo, nuestro corazón puede llegar a acusarlo, a sentirse herido por él e incluso a alimentar resentimiento hacia él.

Todos conocemos a alguien que se ha alejado de la fe enfadado con Dios porque, en un momento de angustia, una oración pareció quedar sin respuesta; porque Dios habría «permitido» una desgracia; por un duelo trágico; por una enfermedad; por un dolor incomprensible. ¿Y qué decir de las guerras, del sufrimiento de los inocentes y de las injusticias que se extienden por el mundo?

Me atrevería a decir que casi todos tenemos algo que «perdonar» a Dios, es decir, algún reproche, alguna pregunta sin respuesta, alguna herida que le atribuimos. A veces ni siquiera tenemos el valor de reconocerlo y lo enterramos en lo más profundo del corazón.

Tal vez deberíamos tener el valor de presentarnos ante Dios con toda nuestra verdad. Incluso después de la confesión, podríamos levantar los ojos al cielo y decirle: «Señor, hay cosas que todavía no comprendo. ¿Dónde estabas cuando me sucedió esto? ¿Por qué permitiste aquello otro? He sufrido y, a veces, también me he enfadado contigo. Pero quiero seguir confiando en ti. Te confío mis preguntas, mi rabia y mis heridas, porque te quiero».

También esto puede ser un camino de reconciliación con Dios: no porque sea él quien necesite ser perdonado, sino porque somos nosotros quienes necesitamos sanar la imagen herida que guardamos de él.

4. Y tú, ¿cuántas veces te has perdonado a ti mismo?

A menudo nos cuesta perdonar a los demás porque no estamos en paz con nosotros mismos. Quizá no nos hemos perdonado un fracaso, la humillación de una debilidad, una decisión equivocada o algún problema que hemos causado. Podemos saber que Dios nos ha perdonado y haber sido perdonados también por las personas a las que hemos herido y, sin embargo, seguir condenándonos interiormente.

Necesitamos entonces pedir la gracia de acoger plenamente el perdón recibido y aprender también a perdonarnos a nosotros mismos. Podría decirme: «Manuel João, Dios te ha perdonado. Acoge su misericordia. No permanezcas prisionero de tus errores. Aprende de ellos y ¡vete en paz!».

Perdonarse a uno mismo no significa banalizar el mal cometido ni eludir las propias responsabilidades. Significa reconocer que ningún error tiene derecho a pronunciar la última palabra sobre nuestra vida.

La última palabra pertenece siempre a la misericordia.

Para meditar…

  • Efesios 4,32 — «Sed bondadosos y misericordiosos unos con otros, perdonándoos mutuamente como Dios os perdonó en Cristo».
  • Colosenses 3,13 — «Sobrellevaos mutuamente y perdonaos unos a otros… Como el Señor os ha perdonado, haced vosotros lo mismo».
  • 2 Corintios 5,18-20 — Dios «nos ha confiado el ministerio de la reconciliación»: el cristiano está llamado a ser embajador de la reconciliación.

Vivir perdonando
José Antonio Pagola

Los discípulos le han oído a Jesús decir cosas increíbles sobre el amor a los enemigos, la oración al Padre por los que nos persiguen, el perdón a quien nos hace daño. Seguramente les parece un mensaje extraordinario pero poco realista y muy problemático.

Pedro se acerca ahora a Jesús con un planteamiento más práctico y concreto que les permita, al menos, resolver los problemas que surgen entre ellos: recelos, envidias, enfrentamientos, conflictos y rencillas. ¿Cómo tienen que actuar en aquella familia de seguidores que caminan tras sus pasos. En concreto: «Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar?».

Antes que Jesús le responda, el impetuoso Pedro se le adelanta a hacerle su propia sugerencia: «¿Hasta siete veces?». Su propuesta es de una generosidad muy superior al clima justiciero que se respira en la sociedad judía. Va más allá incluso de lo que se practica entre los rabinos y los grupos esenios que hablan como máximo de perdonar hasta cuatro veces.

Sin embargo Pedro se sigue moviendo en el plano de la casuística judía donde se prescribe el perdón como arreglo amistoso y reglamentado para garantizar el funcionamiento ordenado de la convivencia entre quienes pertenecen al mismo grupo.

La respuesta de Jesús exige ponerse en otro registro. En el perdón no hay límites: «No te digo hasta siete veces sino hasta setenta veces siete». No tiene sentido llevar cuentas del perdón. El que se pone a contar cuántas veces está perdonando al hermano se adentra por un camino absurdo que arruina el espíritu que ha de reinar entre sus seguidores.

Entre los judíos era conocido un “Canto de venganza” de Lámek, un legendario héroe del desierto, que decía así: “Caín será vengado siete veces, pero Lámek será vengado setenta veces siete”. Frente esta cultura de la venganza sin límites, Jesús canta el perdón sin límites entre sus seguidores.

En muy pocos años el malestar ha ido creciendo en el interior de la Iglesia provocando conflictos y enfrentamientos cada vez más desgarradores y dolorosos. La falta de respeto mutuo, los insultos y las calumnias son cada vez más frecuentes. Sin que nadie los desautorice, sectores que se dicen cristianos se sirven de internet para sembrar agresividad y odio destruyendo sin piedad el nombre y la trayectoria de otros creyentes.

Necesitamos urgentemente testigos de Jesús, que anuncien con palabra firme su Evangelio y que contagien con corazón humilde su paz. Creyentes que vivan perdonando y curando esta obcecación enfermiza que ha penetrado en su Iglesia.


¿Cuántas veces tiene que perdonarte a ti?
Fray Marcos

El evangelio de hoy es continuación del que leíamos el domingo pasado. Allí se daba por supuesto el perdón. Hoy es el tema principal. Mt sigue con la instrucción sobre como comportarse con los hermanos dentro de la comunidad. Sin perdón mutuo sería imposible cualquier clase de comunidad. El perdónes la más alta manifestación del amor y está en conexión directa con el amor al enemigo. Entre los seres humanos es impensable un verdadero amor que no lleve implícito el perdón. Dejaríamos de ser humanos si pudiéramos eliminar la posibilidad de fallar y el fallo real.

La frase “setenta veces siete“, no podemos entender­la literalmente; como si dijera que hay que perdonar 490 veces. Quiere decir que hay que perdonar siempre. El perdón tiene que ser, no un acto, sino una actitud que se mantiene durante toda la vida y ante cualquier ofensa. Los rabinos más generosos del tiempo de Jesús hablaban de perdonar las ofensas hasta cuatro veces. Pedro se siente mucho más generoso y añade otras tres. Siete era ya un número que indicaba plenitud, pero Jesús quiere dejar muy claro que no es suficiente, porque todavía supone que se lleva cuenta de las ofensas.

La parábola de los dos deudores no necesita explicación. El punto de inflexión está en la desorbitada diferencia de la deuda de uno y otro. El señor es capaz de perdonar una inmensa deuda (270 t. de plata). El empleado es incapaz de perdonar una minucia (400 grs.). Al final del texto, encontramos un ramalazo de AT: “Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo”. Jesús nunca pudo dar a entender que un Dios vengativo puede castigar de esa manera, o negarse a perdonar hasta que cumplamos unos requisitos.

El perdón sólo puede nacer de un verdadero amor. No es fácil perdonar, como no es fácil amar. Va en contra de todos los instintos. Va en contra de lo razonable. Desde nuestra conciencia de individuos aislados en nuestro ego, es imposible entender el perdón de evangelio. El ego necesita enfrentarse al otro para sobrevivir y potenciarse. Desde esa conciencia, el perdón se convierte en un factor de afianzamiento del ego. Perdono (la vida) al otro porque así dejo clara mi superioridad moral. Expresión de este perdón es la famosa frase: “perdono, pero no olvido” que es la práctica común en nuestra sociedad.

Para entrar en la dinámica del perdón, debemos tomar conciencia de nuestro verdadero ser y de la manera de ser de Dios. Experimentando la ÚNICA REALIDAD, descubriré que no hay nada que perdonar, porque no hay otro. Con un ejemplo podemos aproximarnos a la idea. Si tengo una infección en el dedo meñique del pie y me causa unos dolores inaguantables, ¿puedo echar la culpa al dedo de causarme dolor? El dedo forma parte de mí y no hay manera de considerarlo como un objeto agresor. Hago todo lo posible por curarlo porque es la única manera de ayudarme a mí mismo.

Desde nuestro concepto de pecado como mala voluntad por parte del otro, es imposible que nos sintamos capaces de perdonar. El pecado no es fruto nunca de una mala voluntad, sino de una ignorancia. La voluntad no puede ser mala, porque no es movida por el mal. La voluntad solo puede ser atraída por el bien. La trampa está en que se trata del bien o el mal que le presenta la inteligencia, que con demasiada frecuencia se equivoca y presenta a la voluntad como bueno, lo que en realidad es malo. Sin esta aclaración, es imposible entrar en una auténtica dinámica del perdón.

“Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo”. Dios no tiene acciones, mucho menos puede tener reacciones. Dios es amor y por lo tanto es también perdón. No tiene que hacer ningún acto para perdonar; está siempre perdonando. Su amor es perdón porque llega a nosotros sin merecerlo. Ese perdón de Dios es lo primero. Si lo aceptamos, nos hará capaces de perdonar a los demás. Eso sí, la única manera de estar seguros de que lo hemos descubierto y aceptado, es que perdonamos. Por eso se puede decir, aunque de manera impropia, que Dios nos perdona en la medida en que nosotros perdonamos.

Es muy difícil armonizar el perdón con la justicia. Nuestra cultura cristiana tiene fallos garrafales. Se trata de un cristianismo troquelado por el racionalismo griego y encorsetado hasta la asfixia por el jurisdicismo romano. El cristianismo resultante, que es el nuestro, no se parece en nada a lo que vivió y enseñó Jesús. En nuestra sociedad se está acentuando cada vez más el sentimiento de Justicia, pero se trata de una justicia racional e inmisericorde, que la mayoría de las veces esconde nuestro afán de venganza. El razonamiento de que sin justicia los malos se adueñarían del mundo, no tiene sentido.

Nuestro sentido de la justicia se la hemos aplicado al mismo Dios y lo hemos convertido en un monstruo que tiene que hacer morir a su propio Hijo para “justificar” su perdón. Es completamente descabellado pensar que un verdadero amor está en contra de una verdadera justicia. Luchar por la justicia es conseguir que ningún ser humano haga daño a otro en ninguna circunstancia. La justicia no consiste en que una persona perjudicada, consiga perjudicar al agresor. Seguiremos utilizando la justicia para dañar al otro.

Lo que decimos en el Padrenuestro es un disparate. No es un defecto de traducción. En el AT está muy clara esta idea. En la primera lectura nos decía exactamente: “Del vengativo se vengará el Señor”. “Perdona la ofensa de tu prójimo y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas”. Cuando el mismo evangelista Mateo relata el Padrenues­tro, la única petición que merece un comentario es ésta, para decir: “…Porque si perdonáis a vuestros hermanos, también vuestro Padre os perdonará; pero si no perdonáis, tampoco vuestro Padre os perdonará (Mt 6,14). ¿No sería más lógico pedir a Dios que nos perdone como solo Él sabe hacerlo, y aprendamos de Él nosotros a perdonar a los demás?

Para descubrir por qué tenemos que seguir amando al que me ha hecho daño, tenemos que descubrir los motivos del verdadero amor a los demás. Si yo amo solamente a las personas que son amables, no salgo de la dinámica del egoísmo. El amor verdadero tiene su justificación en la persona que ama, no en el objeto del amor y sus cualidades. El amor a los que son amables no es garantía ninguna del amor verdaderamente humano y cristiano. Si no perdonamos a todos y por todo, nuestro amor es cero, porque si perdonamos una ofensa y otra no, las razones de ese perdón no son genuinas.

No solo el ofendido necesita perdonar para ser humano. También el que ofende necesita del perdón para recuperar su humanidad. La dinámica del perdón responde a la necesidad psicológica del ser humano de un marco de aceptación. Cuando el hombre se encuentra con sus fallos, necesita una certeza de que las posibilidades de rectificar siguen abiertas. A esto le llamamos perdón de Dios. Descubrir, después de un fallo grave, que Dios me sigue queriendo, me llevará a la recuperación, a superar la desintegración que lleva consigo un fallo grave. La mejor manera de convencerme de que Dios me ha perdonado es descubrir que aquel a quien ofendí me ha perdonado.


El perdón regenera a la persona y a las comunidades
Romeo Ballan, mccj

El tema central de los cinco textos bíblicos de hoy, incluido el Padre nuestro, es el perdón. Pedro, como hebreo observante de la Ley, pregunta a Jesús cuántas veces debe perdonar y el Maestro le explica la necesidad de perdonar hasta setenta veces siete”, es decir, siempre, como enseña Jesús en el pasaje del Evangelio, que continúa y concluye el discurso eclesial-comunitario (Mt 18) sobre las relaciones entre las personas. Se trata de una enseñanza insistente de Jesús, que va desde el sermón de la montaña con la bienaventuranza de los misericordiosos, hasta el Calvario (Mt 5,7; 6,14-15; 9,2-6; 12,31-32; 18,21-35; 26,28). Después de la palabra, Jesús nos da el ejemplo en la cruz: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”; y más: “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23,34.43). Es lo máximo del amor, el amor sin medida: ¡el perdón de los enemigos! “Mateo quiere sacudir a una comunidad que corre el riesgo de subestimar el compromiso del perdón fraterno; el perdón es signo de la autenticidad de nuestra oración… Para Mateo, es especialmente en la praxis del perdón en donde la comunidad se revela como verdadera y auténtica fraternidad” (C. Ginami).

La Biblia da cuenta de un progreso en la comprensión de la ley y en la praxis del perdón. En los tiempos arcaicos, el brutal Lamec, hijo de Caín, conoce tan solo la represalia cruel, la venganza sin límites, hasta ‘setenta veces siete’ (cfr. Gen 4,23-24). Más tarde, se introduce una reacción más equitativa, con la primitiva ley del talión: “ojo por ojo, diente por diente, mano por mano…” (Ex 21,24). Lo cual no se debe entender como una incitación a devolver el mal recibido, sino como un tope que no se ha de sobrepasar en la respuesta. Se llega, finalmente, al punto más alto en el Antiguo Testamento, con la invitación a rechazar venganzas y rencores, y a amar al prójimo como a sí mismo (cfr. Lv 19,18); el texto del Eclesiástico (I lectura) refleja esta postura. Los rabinos del tiempo de Jesús limitaban el perdón hasta tres veces. Pedro llega hasta siete (Mt 18,21), pero Jesús no admite topes: “hasta setenta veces siete”. El perdón debe ser sin medida, así como la misericordia del Padre es infinita, sin medida (Lc 6,36). Realmente, ¡el perdón es un “híper-don”, un súper-don! Porque Dios es perdón. El perdón va más allá de la justicia y del derecho humanos. Perdonar tiene algo extraordinario, “divino”; nos hace más semejantes a Dios.

Las lecturas presentan varios fundamentos del perdón. La parábola de Jesús(Evangelio) pone de manifiesto la inmensa distancia entre el corazón de Dios, que lo perdona todo y siempre (Salmo responsorial), y el corazón del hombre, que a menudo es estrecho y mezquino (Mt 18,33). El Eclesiástico (I lectura) amonesta severamente: “Piensa en tu fin… en la muerte” (v. 6). La agresividad vengativa se diluye cuando se piensa en las limitaciones humanas. “Puede parecer un axioma banal, pero tiene una profundidad sicológica: el rechazo de la muerte está en la raíz de la violencia… Rechazar el sentido de la finitud humana significa haber puesto en nuestras raíces las premisas de todos los sin sentidos” (E. Balducci). El apóstol Pablo (II lectura) invita a la acogida y a la comprensión mutua, poniendo en el centro de la vida no al yo egoísta sino a Cristo, que ha muerto y ha resucitado por todos (v. 9), el único que da sentido y valor a la vida y a la muerte (v. 7). La experiencia de la misericordia del Señor que perdona y regenera nos empuja a vivir por Él. Sentirnos perdonados nos hace capaces de perdonar, de comprometernos en la misión, para invitar a todos a abrir de par en par el corazón a Cristo.

¿Por qué perdonar? ¿Qué quiere decir? Con la parábola de hoy Jesús nos dice que perdonar significa tomar conciencia de que todos nos equivocamos, cometemos errores, todos somos deudores, necesitados de que se nos perdone. Solo el perdón logra romper la cadena de la venganza y la violencia. Pero perdonar no significa ser ingenuos, dejar correr las cosas; es bien compatible con la exigencia de una justa compensación. Además, perdonar no significa olvidar el pasado, cosa, a menudo, psicológicamente imposible. Perdonar es una opción cristiana difícil y sufrida, que produce frutos preciosos: libera el corazón de sentimientos de odio y venganza; abre a un futuro de libertad y paz; da confianza al que se ha equivocado, para que pueda corregirse. El perdón es una terapia benéfica para quien lo ofrece, para quien lo recibe y para la comunidad humana.

El perdón regenera interiormente a la persona y a las comunidades, en todo nivel; las hace semejantes a Dios, a su imagen; libera de tensiones y agresividades que a menudo contaminan las relaciones interpersonales y sociales; rompe la cadena de venganzas; pone de manifiesto la grandeza de ánimo de una persona y de una institución. El perdón es creativo, porque es capaz de abrir caminos que parecían cerrados. Además del ámbito interpersonal y doméstico, el perdón cristiano tiene dimensiones y aplicaciones sobre todo en los grupos, sociedades y naciones; es, a menudo, un criterio y un camino de solución de las tensiones entre los pueblos. “El perdón tiene también un valor civil y político. Mientras no se llegue a renunciar a algo a lo que se tendría teóricamente derecho, si se exige a toda costa lo que corresponde, lo que es de derecho propio, y se siguen enumerando las razones de cada uno, nunca se llegará a la paz, porque no se quiere pagar nada. La paz, en cambio, tiene su costo… La paz supone una constante voluntad de perdón: en las familias, en el seno de las comunidades, en las Iglesias entre sí, y aún más en el contexto civil” (Carlos M. Martini). La paz y el perdón son mensajes prioritarios de la misión: perdonar de corazón (Mt 18,35) y amar a los enemigos (Mt 5,44) son Evangelio puro, la novedad cristiana.

La literatura mundial ofrece un florilegio de expresiones sobre el tema del perdón, tanto el de Dios como el del hombre. He aquí algunas. “¡Dios perdona muchas cosas por una obra de misericordia!” (A. Manzoni). – “El perdón no cambia el pasado, pero dilata el futuro” (Boros S.). – “Solo el que es fuerte es capaz de perdonar” (Gandhi). – “Perdonen enseguida: ahorrarán un tiempo precioso, y harán mejor su digestión” (Card. O’Connell).

El susurro de Dios que lo cambió todo

Por: Napoliana Vagmaker Faria, novicia comboniana

Misioneras Combonianas España

Me llamo Napoliana Vagmaker Faria y soy brasileña. Tengo 29 años y actualmente soy novicia comboniana. Nací y crecí en el barrio Santa María, a las afueras de São Mateus, en el estado de Espírito Santo. Desde pequeña, participaba con mi madre en la comunidad eclesial dedicada a Santa Ana, en Boa Esperança. A los 11 años, mientras me preparaba para la primera confesión, empecé a buscar más a Dios y a servir en la Iglesia. Mi diócesis (São Mateus) es misionera por naturaleza, lo que me otorgó la gracia de crecer cultivando ese mismo espíritu en mi interior.

La fuerza de una semilla misionera

A los 20 años, incluso antes de comprender y percibir la llamada a la vida religiosa, ya tenía la firme convicción de querer ir a la misión. Tuve la oportunidad de participar en numerosas pastorales y movimientos, como la pastoral litúrgica, catequética, juvenil y de la sobriedad, además de la Renovación Carismática y la justicia restaurativa. Sin embargo, durante mi etapa universitaria, sentía que todo esto no era suficiente; había un vacío que no lograba llenar. Al compartir esta inquietud con un sacerdote, me presentó a una hermana comboniana. A partir de ese encuentro, mi vida cambió por completo.

Sentí que por fin encontraba aquello que buscaba, algo que aún no tenía nombre ni entendía, pero que despertaba en mí una profunda inquietud. En ese momento, todos mis planes de futuro dieron un giro. Durante aquel proceso de discernimiento y acercamiento a las Combonianas, sentía inevitable el miedo al futuro. Implicaba un cambio radical: dejar atrás a mis amigos, mi vida cotidiana y a mi familia, siendo además hija única. ¡Sin embargo, abrazar los planes de Dios ha sido la mejor decisión de mi vida! Frente a ese miedo, el Señor me infundió un valor increíble. Viví una experiencia de un mes en una comunidad comboniana en el norte de Brasil y, a cada paso, confirmaba que estaba en el lugar donde Dios me quería; aquella llama en mi interior crecía cada día más.

Modelando mi vida según el carisma de Comboni

En septiembre de 2022, inicié mi etapa de postulantado en São Paulo, mi primera comunidad. Estoy profundamente agradecida por los dos años que viví allí, así como por las hermanas que me acogieron y me enseñaron tanto. Al lado de los hermanos y hermanas en situación de calle, de los jóvenes y de tantas personas con las que me encontré, viví una de las catequesis más hermosas: una fe encarnada en la vida. Allí pude conocer a Jesús de una manera totalmente nueva, en una realidad distinta a todo lo que había visto hasta entonces.

A finales de 2024 llegué a Brescia (Italia) para comenzar la etapa del noviciado, la cual ha sido mi primera experiencia internacional y de inculturación. Ha sido un periodo lleno de retos, pero, sobre todo, de incontables bendiciones. En esta etapa me doy cuenta con mayor claridad de hasta qué punto Dios está presente en mi vida y de cómo me guía. Ahora me preparo para dar mi «sí» y consagrar mi vida a Él, con el fin de seguir sus caminos y responder a su llamada:

«Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda criatura» (Mc 16,15).

Por intercesión de nuestro fundador, San Daniel Comboni, deseo seguir su ejemplo y plasmar sus palabras y acciones en todo lo que yo sea y haga:

«…el día y la noche, el sol y la lluvia me encontrarán siempre dispuesto a atender sus necesidades espirituales; el rico y el pobre, el sano y el enfermo, el joven y el anciano, el amo y el siervo tendrán siempre el mismo acceso a mi corazón. su bien será el mío y sus penas serán también las mías». (Comboni, 1873)

Grupo de novicias con las hermanas de la comunidad formativa en Brescia- Italia

Más testimonios: https://misionerascombonianasdemadrid.blogspot.com/

Sudán del Sur: Evangelizar es sembrar paz

En un Sudán del Sur marcado por la violencia, las divisiones, los conflictos y profundas heridas, evangelizar significa también sembrar paz. Y la paz nace cuando aprendemos a ver en el otro no a un enemigo que hay que eliminar, sino a un hermano que hay que reconocer.

Cuando Jesús envía a los setenta y dos discípulos en misión, les dice una palabra que parece casi escandalosa: «Miren, los envío como corderos en medio de lobos». No dice: «Los envío como leones». No dice: «Los envío más fuertes que sus adversarios». No dice: «Los envío con las herramientas necesarias para vencer». Dice: «Los envío como corderos en medio de lobos».

Esta palabra tiene mucho que decir a la Iglesia que vive y anuncia el Evangelio en Sudán del Sur. Porque, en un país marcado por la violencia, las divisiones, los conflictos y profundas heridas, evangelizar significa también sembrar paz. Y la paz no nace de la victoria de uno sobre el otro. No nace de la eliminación del adversario. Nace cuando aprendemos a ver en el otro no a un enemigo que hay que eliminar, sino a un hermano que hay que reconocer.

El cordero no se convierte en lobo

Nos sentimos espontáneamente atraídos por la fuerza. Cuando hay un lobo, quisiéramos tener un lobo más fuerte. Cuando hay violencia, sentimos la tentación de responder con una violencia mayor. Cuando alguien nos amenaza, quisiéramos tener el poder necesario para imponernos. Pero así corremos el riesgo de adoptar la misma lógica de aquello que queremos combatir.

Jesús propone otro camino. El cordero no vence porque sea más fuerte que el lobo. Vence porque no se convierte en lobo. Esta es la fuerza de la no violencia cristiana. No significa ser débiles. Significa no permitir que el mal del otro determine aquello en lo que yo me convierto. El otro puede odiar, pero yo no debo convertirme en odio. El otro puede ser violento, pero yo no debo convertirme en violencia. El otro puede humillarme, pero yo no debo perder la dignidad de reconocerlo como hermano. Permanecer como corderos significa no permitir que el lobo que hay en el otro haga nacer el lobo que hay dentro de mí. Este es uno de los mayores desafíos de la paz.

La primera palabra del misionero es Paz

Jesús dice a sus discípulos: «En cualquier casa donde entren, digan primero: “Paz a esta casa”». Es significativo. La primera palabra del misionero no es una lección de teología. Es paz. El misionero no llega para conquistar al otro. Llega para entrar en relación con él.

Y Jesús añade: «Coman lo que les ofrezcan». El misionero llega pobre. Se deja acoger. Se sienta a la mesa del otro. Come su comida. Entra en su vida. Y entonces descubre algo fundamental: el otro no es simplemente alguien a quien llevar el Evangelio. Es alguien a través de quien Dios también puede encontrarse conmigo. Esta es una gran escuela de misión.

En Sudán del Sur lo aprendemos cada día: la misión no consiste solamente en hablar a la gente, sino en caminar con la gente. No podemos construir la paz desde arriba. Debemos entrar en las heridas de las comunidades, escuchar, compartir y crear espacios en los que las personas puedan encontrarse y reconocerse nuevamente como hermanos.

Devolver un rostro al enemigo

Uno de los dramas más profundos de la violencia es este: antes de golpear el cuerpo del otro, la violencia mata el rostro del otro dentro de nosotros. Para poder ejercer violencia contra una persona, tengo que dejar de verla como persona. Se convierte en una etiqueta: es de aquella etnia; es extranjero; es un enemigo; es uno de los que nos hicieron daño. Cuando el otro se convierte simplemente en el enemigo, resulta más fácil odiarlo.

Por eso, la misión de la Iglesia consiste también en devolver un rostro a quien ha sido convertido en enemigo. Decir a las comunidades: Antes de pertenecer a esta o aquella etnia, somos personas. Antes de ser adversarios, somos hermanos.

La Iglesia debe ser un espacio en el que las personas aprendan nuevamente a encontrarse. Una Iglesia que atraviesa las divisiones. Una Iglesia que no construye nuevos enemigos. Una Iglesia que denuncia la injusticia sin odiar a quien es injusto. Una Iglesia que enseña la reconciliación sin olvidar a las víctimas. Una Iglesia que desarma no solamente las manos, sino también las palabras y el corazón.

La paz comienza en las pequeñas comunidades

Jesús envía a sus discípulos sin bolsa, sin alforja, sin sandalias de repuesto. Es como si dijera: «No pongan su seguridad en el poder. Su fuerza estará en la relación, en la confianza, en la palabra y en el testimonio». Esto es particularmente importante cuando hablamos de paz. A menudo pensamos que para construir la paz se necesitan, ante todo, instrumentos de poder. El Evangelio nos muestra, en cambio, un poder diferente: el poder desarmado de la fraternidad.

Lo vemos concretamente en los Comités de Justicia y Paz presentes en las diócesis de Sudán del Sur y promovidos por las Iglesias desde una perspectiva ecuménica. No son simplemente personas que hablan de paz. Son personas que buscan construirla allí donde las relaciones están heridas. Entran en las comunidades. Escuchan. Recogen miedos y sufrimientos. Favorecen el diálogo. Intentan impedir que un conflicto se convierta en venganza y que la venganza se convierta en una nueva guerra.

No entran diciendo: «He venido a derrotar a alguien». Entran diciendo: «He venido a escuchar». No llevan un arma; llevan una palabra. No buscan un vencedor. Buscan un camino para que las personas puedan volver a vivir juntas. Y aquí vemos concretamente qué significa ser corderos en medio de lobos.

La paz no comienza solamente en las grandes mesas políticas. Comienza cuando, en una pequeña comunidad, alguien encuentra el valor de decir: «Detengámonos. Escuchémonos. No queremos que nuestros hijos sigan pagando el precio de nuestro odio». Eso ya es Evangelio. Eso ya es evangelización. Eso ya es el Reino de Dios que se acerca.

También el rechazo puede convertirse en testimonio

Jesús no oculta a sus discípulos que podrán ser rechazados. Esto es importante. En la misión podemos pensar que el éxito consiste en ser acogidos. Pero Jesús nos enseña que incluso el rechazo puede convertirse en un lugar de testimonio. Jesús mismo fue rechazado. Y en la cruz, Dios asume sobre sí el rechazo de la humanidad sin responder con otro rechazo.

El mal cae sobre el Cordero y el Cordero no devuelve el mal. Esta es la fuerza de la cruz. No significa buscar el sufrimiento. Significa que el amor verdadero permanece fiel incluso cuando no es correspondido. Por eso, el rechazo no es necesariamente un fracaso de la misión. Puede convertirse en el lugar donde el amor demuestra que es más fuerte que el odio.

Evangelizar significa cambiar de mentalidad

Por eso, la vocación de la Iglesia en Sudán del Sur es grande. No estamos llamados solamente a predicar la paz. Estamos llamados a convertirnos en una comunidad de paz. Evangelizar significa sembrar una mentalidad nueva: de la venganza a la reconciliación; del miedo a la confianza; de la división a la fraternidad; del odio a la responsabilidad por el bien común.

Porque una guerra puede continuar incluso cuando las armas callan, si dentro de nosotros siguen viviendo el resentimiento, la sospecha y el deseo de venganza.

La paz no es solamente el silencio de las armas. Es la transformación del corazón. Y esta transformación debe llegar especialmente a los jóvenes. No podemos permitir que una generación herede la guerra de la generación anterior. Una madre que enseña a sus hijos a no odiar a los hijos de sus enemigos ya está construyendo la paz. Un joven que deja el arma ya está construyendo la paz. Dos comunidades que, después de años de conflicto, aceptan sentarse a la misma mesa ya están construyendo la paz. Una Iglesia que crea ese espacio de encuentro ya está evangelizando. El Reino de Dios se hace cercano cuando una persona decide no vengarse.

Bienaventurados los que trabajan por la paz

Por eso comprendemos mejor la bienaventuranza de Jesús: «Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios». No dice: bienaventurados los que hablan de paz. Dice: bienaventurados los que trabajan por la paz. La paz es un verbo. Es un trabajo. Es una vocación. Es un camino. Y quienes trabajan por la paz son los corderos de los que habla Jesús. No porque sean débiles, sino porque han descubierto una fuerza más grande que la violencia: la fuerza de no devolver mal por mal; la fuerza de permanecer fieles al amor; la fuerza de ver un hermano allí donde otros ven un enemigo.

Esta es quizás una de las mayores formas de testimonio que la Iglesia puede ofrecer a Sudán del Sur y al mundo. No podemos construir la paz eliminando al otro. Construimos la paz cuando reconocemos que el otro pertenece a nuestra misma humanidad. Y aquí llegamos al corazón del Evangelio. El Cordero no mata al lobo. El Cordero ofrece su propia vida. Esta es la lógica de la cruz. Esta es la lógica de la misión. Esta es la lógica de la paz.

La Iglesia está llamada a ser un cordero en medio de los lobos. No un cordero resignado. Un cordero que, con la fuerza desarmante del amor, de la verdad, de la justicia y de la fraternidad, abre un camino nuevo. Porque quizá la pregunta decisiva no sea: «¿Cómo podemos llegar a ser más fuertes que nuestros enemigos?», sino: «¿Cómo podemos hacer para que ya no haya enemigos?» La respuesta del Evangelio es sencilla y radical: reconociéndonos como hermanos. Esta es la paz que debemos sembrar. Esta es la paz que debemos testimoniar. Esta es la paz por la que vale la pena dar la vida.

Bienaventurados los que trabajan por la paz. Bienaventurados los corderos que no se convierten en lobos. Bienaventurados aquellos que dan su vida para que el mundo tenga vida. Serán llamados hijos de Dios.

+ Christian Carlassare, mccj
Obispo de Bentiu (Sudán del Sur)

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