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XIV Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, Jesús exclamó: “¡Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien.

El Padre ha puesto todas las cosas en mis manos. Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo les daré alivio. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso, porque mi yugo es suave y mi carga ligera”.

(Mateo: 11, 25-30)


Tomen mi yugo
P. Enrique Sánchez G., mccj

La misión de los discípulos había iniciado contando con el apoyo brindado por Jesús a través de los signos y milagros que en muchos lugares se habían realizado. Sin embargo, aquellos que fueron los primeros destinatarios, al parecer, no aceptaron el mensaje rechazando el anuncio y el testimonio dado por el Señor y sus discípulos.

Unos cuantos versículos antes del texto que hemos leído en el evangelio de este domingo, Jesús reprocha a las ciudades de Corazain y de Betsaida por su rechazo y por su cerrazón para aceptar la buena noticia de la llegada del Reino y por no reconocer a Jesús como el Mesías.

Ese rechazo, motivado por la arrogancia, va ir creciendo en la medida en que Jesús se irá manifestando como el enviado del Padre para asegurar la presencia de Dios entre su pueblo, pues la idea de tener que aceptar a un Dios que se entrega por amor, simplemente resultaba imposible e inaceptable.

Teniendo presente este ambiente de hostilidad, las primeras palabras pronunciadas por Jesús en nuestra página del Evangelio resultan muy comprensibles.

Jesús alaba a su Padre porque revela el misterio de su reino a los pequeños, a los sencillos y a los humildes. Es decir, a personas que están en una actitud de apertura y disponibilidad para acoger a Dios como un don que siempre sorprende.

Los sabios y entendidos siempre quedarán atrapados en sus reglas, en sus certezas y en sus convicciones, pensando que pueden controlar y manipular todo a su conveniencia.

Siempre estarán un paso atrás de lo inaudito de Dios, de aquello que no se puede entender con nuestras ideas, con nuestros conceptos, con nuestros parámetros tan limitados.

La novedad de Dios sólo la pueden acoger quienes se sienten pequeños, que saben que les falta mucho por descubrir en la vida; sólo se manifiesta a quienes se sienten dependientes y necesitados de aquellas gracias que sólo Dios puede dar.

Lo que mayor obstáculo crea para poder sentir y vivir en el mundo de Dios es la arrogancia y la prepotencia en que los seres humanos nos vemos atrapados muchas veces, pensando que somos el centro de todo y que Dios simplemente no hace falta. Vivimos en una sociedad en donde se lucha y se trabaja arduamente para no depender de nada ni de nadie. Queremos ser independientes y autosuficientes y eso produce aislamiento y soledad; eso condena a perder lo más sagrado que llevamos  en el corazón que es la capacidad de vivir en relación con los demás.

Y  vivir  en  relación  con  los  demás  significa  que  los  necesitamos,  que  representan aquella parte de la riqueza que soñamos, pero que no poseemos, porque se adquiere sólo cuando aceptamos que no somos ni tenemos todo a nuestra disposición.  Eso,  sólo  los pequeños  lo puede entender porque están  abiertos al don que puede venir   de los demás.

La novedad del Reino que Jesús y sus discípulos anunciaban a las gentes de sus pueblos exigía esa capacidad de creer que Dios podía hacer todas las cosas de nuevo, que podía establecer relaciones nuevas, libres del peso que había adquirido la ley impuesta por los grandes y señores del templo.

Con la expresión de gratitud de Jesús a su Padre, podemos entender por qué los pobres, los marginados, los olvidados, los que no cuentan a los ojos del mundo son los privilegiados, los preferidos por Dios. Porque son los únicos que tendrán siempre un corazón  abierto para recibir a Dios en sus vidas como lo mejor que les pudo haber sucedido.

Sólo quienes acepten derribar los muros de su grandeza serán quiene  podrán  entender que Jesús es el verdadero Mesías, que él es el Salvador,  que en él  Dios nos ha mostrado su rostro y se nos ha dado a conocer. Que conociéndolo a él podremos conocer al Padre.

Y con la invitación que Jesús hace de ir a él, todos los que se sienten cansados y agobiados, queda claro que el camino para llegar a Dios no es otro más que él nos propone a través del anuncio de la llegada de su reino.

Seguramente, en muchos de nosotros han resonado fuerte las palabras del Señor cuando dice: Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo les daré alivio. Porque, efectivamente, es demasiado lo que nos tiene fatigados y agobiados.

En nuestro mundo de carreras, de mil compromisos, de horarios de trabajo que apenas dejan tiempo para dormir unas horas, de preocupaciones por alcanzar todas las metas que nos hemos impuesto y las exigencias que nos vienen de los demás, parece no quedar espacio para más.

Vivimos en un mundo que no puede esconder el cansancio y aunque se nos ofrecen por todas partes muchas propuestas para relajarnos, para liberarnos del estrés, para crear condiciones de tranquilidad y de paz; el hecho es que arriesgamos de ver como la vida se nos va sin haber podido disfrutar verdaderamente de ella, aún cuando sabemos que hemos venido a este mundo para ser felices.

¿Qué es lo que nos ofrece Jesús cuando nos invita a ir hacia él para encontrar alivio? Nos ofrece la posibilidad de ser tratados como personas, nos permite tomar conciencia de aquello que realmente vale la pena en nuestro ir caminando día a día dándonos cuenta de que existen valores que pueden darle otro sentido a nuestra existencia.

Nos enseña que el secreto de la vida no está en la euforia, en la prisa, en los embotellamientos de tráfico que hemos dejado que nos atrapen.

Jesús nos hace entender que necesitamos de espacios y de momentos para encontrarnos con nosotros mismos, para agradecer lo bueno y lo bello que se nos va dando cada día, sin merecerlo.

El alivio que nos ofrece Jesús pasa a través de los momentos que nos permitimos para compartir la vida con los demás, por el gusto de estar con ellos, por la oportunidad que nos brindamos de hacer el bien a alguien por el gusto de brindarle unos minutos de felicidad.

Jesús nos alivia ayudándonos a liberarnos de todas nuestra actitudes egoístas que endurecen el corazón y nos hace sensibles a las necesidades de los demás. Nos abre los ojos al sufrimiento que padecen quienes, muchas veces, tenemos a nuestro lado. Hace que no pasemos indiferentes ante el dolor del hermano que está enfermo o de quien está pasando por una situación de conflicto o de soledad.

Quienes rechazaban el mensaje y los signos de Jesús eran personas que estaban atrapadas bajo el yugo pesante de la ley que se habían impuesto y que habían desfigurado haciéndola un instrumento de esclavitud.

Jesús invita a cargar otro yugo, uno que es suave, que se convierte en instrumento que ayuda a no perder el rumbo, a estar siempre sobre el camino correcto. Es el yugo de la misericordia que Jesús prepara para cada uno de nosotros sabiendo lo que necesitamos y facilitando todo aquello que nos pueda ayudar a ser las personas que Dios ha soñado. Es el yugo de la paciencia que Dios nos tiene cuando nos espera que lleguemos hasta él.

Es el yugo de la mansedumbre, de la humildad de corazón que nos permite, configurándonos con su persona, revestirnos de aquellos sentimientos, como dice san Pablo, que están en Cristo (Colosenses 3, 12-14).

Aprendan de mí, dice Jesús. Esa es nuestra tarea, nuestro reto si queremos verdaderamente hacer un camino que nos lleve por caminos de auténtica libertad, de paz y de fraternidad.

Aprender de Jesús es lo que no llevará a crear espacios de verdadero amor. Y donde hay amor, todo se transforma en algo ligero de llevar sobre nosotros.

Que el Señor nos conceda mantener nuestra mirada fija en él y que nuestro corazón anhele cada día más llenarse de aquellos sentimientos que nos permitan ser presencia de Jesús en nuestro mundo.

Que el Señor nos ayude a llevar sobre nosotros su yugo para que nos convirtamos en personas capaces de vivir siendo ejemplo de humildad, con actitudes de sencillez que nos permitan apreciar como un don a los demás y que aspiremos cada día a la mansedumbre que descubrimos en el corazón del Señor.


«Conyugados» a Cristo
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

Tras el discurso apostólico (Mateo 10), encontramos ahora una sección narrativa (Mateo 11–12), siguiendo el recurso literario tan querido por Mateo, que alterna discursos y relatos.

Esta sección narrativa se caracteriza por un clima de tensión creciente. Jesús se da cuenta de que su mensaje y su obra no son comprendidos: Juan el Bautista tiene dudas sobre su mesianismo; la gente se muestra caprichosa como los niños; las ciudades alrededor del lago, donde había realizado tantos milagros, no se convierten; los escribas y los fariseos se le oponen. Jesús se encuentra así frente al insuceso y a la perspectiva del fracaso. Este es el contexto dramático del pasaje evangélico de hoy.

El texto se articula en tres párrafos bien diferenciados: en el primero, la oración de alabanza que Jesús dirige al Padre; en el segundo, la estrecha relación entre el Padre y el Hijo; en el tercero, la relación entre Jesús y nosotros, con la invitación a acudir a él.

El pasaje griego comienza de manera singular: «En aquel tiempo, Jesús, respondiendo, dijo…». Sin embargo, antes no encontramos ninguna pregunta. Parece casi como si Jesús respondiera a la interrogación que esta situación de aparente fracaso plantea a su misión. ¿Y cuál es su respuesta? «¡Te alabo, Padre!».

  1. Jesús decepcionado, pero no desanimado
    Nos preguntamos: ¿por qué Jesús, en este contexto de oposición y aparente fracaso, reacciona con una oración de alabanza, con una especie de «Magnificat» propio?

El Señor no se desanima ni se desmoraliza, como tal vez lo hubiéramos hecho nosotros. Aunque decepcionado por la cerrazón y la falta de fe de tantos oyentes, testigos de sus milagros, Jesús lleva esta situación a la oración, al diálogo con el Padre. Y descubre que el Padre sigue llevando a cabo su proyecto de amor, no a través de los sabios y los eruditos, sino a través de los pequeños.

Es una situación muy actual. Hoy somos testigos del alejamiento de muchos cristianos y de la marginación de la fe cristiana en la cultura occidental; nos preguntamos, entonces, para qué sirve el anuncio del Evangelio en un contexto así. Quizás también nosotros estemos decepcionados porque las promesas de Dios parecen tardar en cumplirse. Hemos envejecido con la esperanza de una Iglesia renovada. Es fuerte la tentación de la resignación, del desánimo, del pesimismo cínico.

Pues bien, Jesús nos invita al valor de la oración, para discernir de dónde y hacia dónde sopla el Espíritu.

  1. Un nuevo llamado para todos: ¡vengan, tomen, aprendan!
    Jesús sale del encuentro con el Padre renovado en la conciencia de su misión mesiánica: «Todo me ha sido dado por mi Padre». Y se dirige nuevamente a los pequeños, es más, a todos: «Vengan a mí todos los que están cansados y oprimidos, y yo les daré descanso. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí».

¿Quiénes son estas personas cansadas y oprimidas? Son quienes viven bajo el yugo de la Ley. Según la tradición rabínica, de hecho, el yugo era una imagen de la Ley: los 613 preceptos extraídos de las Escrituras y las miles de prescripciones menores que obligaban a «caminar por el buen camino».

El yugo evocaba una condición de esclavitud, ya que por lo general eran los esclavos quienes lo usaban para transportar cargas pesadas (cf. Levítico 26,13).

Jesús invita a romper ese yugo y a acudir a él para encontrar descanso, es decir, el descanso prometido por Dios a su pueblo (cf. Carta a los Hebreos 3–4). Sin embargo, inmediatamente después, nos invita a tomar su yugo y a aprender de él, «manso y humilde de corazón».

Ciertamente podemos aprender de él, maestro de corazón manso y humilde, que no se comporta como los escribas y los fariseos, quienes «atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de la gente» (Mateo 23,4). Sin embargo, no esperaríamos una asociación entre yugo y descanso.

¿Cuál es, entonces, este yugo de Jesús?

El yugo era un instrumento de madera que unía a dos animales para arar o tirar de un carro. El yugo de Jesús es la cruz: aquella que él llevó por nosotros y, por lo tanto, nuestra cruz, nuestro yugo. Jesús se convierte en nuestro Cireneo, se pone a nuestro lado. Es nuestro compañero, nuestro… «cónyuge»!

Sí, porque el término «cónyuge» deriva del latín coniux, formado por cum e iugum: indica a quien está unido al otro bajo el mismo yugo, a quien comparte la misma suerte. De ahí también el verbo «conjugar». Es, por lo tanto, una imagen nupcial.

Jesús afirma: «Mi yugo es suave y mi carga ligera». ¿Por qué es suave? Porque es el yugo del amor. ¿Por qué es ligera? Porque él la lleva con nosotros.

Ante esta invitación de Jesús surgen dos tentaciones.

La primera es querer romper todo yugo y todo vínculo, incluido el «suave y ligero» del amor. Como el falso profeta Ananías, quien rompió el yugo simbólico de madera que llevaba Jeremías, prometiendo al pueblo libertad y prosperidad. El riesgo es terminar con un yugo de hierro (cf. Jeremías 28).

La segunda tentación es confiar en el yugo de las leyes para garantizar el orden y preservar el poder, ya sea en el ámbito social, eclesial, familiar o en cualquier otro contexto, lo que aumenta el esfuerzo y la opresión y sacrifica la solidaridad y el amor.

Ejercicio semanal de reflexión
¿Cómo reacciono ante los fracasos y las decepciones?
¿Quién es mi «compañero» en el camino de la cruz: Cristo o el nuevo mesianismo cultural?
«Quiero darte las gracias, Señor, por el regalo de la vida. Leí en alguna parte que los hombres son ángeles con un solo ala: solo pueden volar si permanecen abrazados. A veces, en momentos de confianza, me atrevo a pensar, Señor, que tú también tienes solo un ala. La otra la mantienes oculta: tal vez para hacerme entender que no quieres volar sin mí» (don Tonino Bello).


El pueblo sencillo
José Antonio Pagola

Jesús no tuvo problemas con la gente sencilla. El pueblo sintonizaba fácilmente con él. Aquellas gentes humildes que vivían trabajando sus tierras para sacar adelante una familia, acogían con gozo su mensaje de un Dios Padre, preocupado de todos sus hijos, sobre todo, de los más olvidados.

Los más desvalidos buscaban su bendición: junto a Jesús sentían a Dios más cercano. Muchos enfermos, contagiados por su fe en un Dios bueno, volvían a confiar en el Padre del cielo. Las mujeres intuían que Dios tiene que amar a sus hijos e hijas como decía Jesús, con entrañas de madre.

El pueblo sentía que Jesús, con su forma de hablar de Dios, con su manera de ser y con su modo de reaccionar ante los más pobres y necesitados, le estaba anunciando al Dios que ellos necesitaban. En Jesús experimentaban la cercanía salvadora de Padre.

La actitud de los “entendidos” era diferente. Lo que al pueblo sencillo le llena de alegría a ellos les indigna. Los maestros de la ley no pueden entender que Jesús se preocupe tanto del sufrimiento y tan poco del cumplimiento del sábado. Los dirigentes religiosos de Jerusalén lo miran con recelo: el Dios Padre del que habla Jesús no es una Buena Noticia, sino un peligro para su religión.

Para Jesús, esta reacción tan diferente ante su mensaje no es algo casual. Al Padre le parece lo mejor. Por eso le da gracias delante de todos: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has dado a conocer a los sencillos. Sí, Padre, así te ha parecido mejor».

También hoy el pueblo sencillo capta mejor que nadie el Evangelio. No tienen problemas para sintonizar con Jesús. A ellos se les revela el Padre mejor que a los “entendidos” en religión. Cuando oyen hablar de Jesús, confían en él de manera casi espontánea.

Hoy, prácticamente, todo lo importante se piensa y se decide en la Iglesia, sin el pueblo sencillo y lejos de él. Sin embargo, difícilmente, se podrá hacer nada nuevo y bueno para el cristianismo del futuro sin contar con él. Es el pueblo sencillo el que nos arrastrará hacia una Iglesia más evangélica, no los teólogos ni los dirigentes religiosos.

Hemos de redescubrir el potencial evangélico que se encierra en el pueblo creyente. Muchos cristianos sencillos intuyen, desean y piden vivir su adhesión a Cristo de manera más evangélica, dentro de una Iglesia renovada por el Espíritu de Jesús. Nos están reclamando más evangelio y menos doctrina. Nos están pidiendo lo esencial, no frivolidades.


La simplicidad de Dios nos asusta
Fray Marcos

En el evangelio de hoy hay tres párrafos bien definidas. El primero se refiere a Dios. El segundo, a la interdependencia total entre Jesús y Dios. El tercero, hace referencia a la relación entre nosotros y Jesús. Los tres manifiestan aspectos esenciales del mensaje de Jesús. Los dos primeras se encuentran también en Lc, pero en el contexto des éxito de los 72 y la intervención del Espíritu que llenó de alegría a Jesús. En la primera comunidad cristiana todos eran personas sencillas, que no podían gloriarse de nada y buscaban ser acogidas y guiadas. ¿Qué hubiera dicho Jesús de la Iglesia después de Constantino?

“Te doy gracias, Padre, porque…” Lo importante no es la acción de gracias en sí sino el motivo. Jesús no puede afirmar que Dios da a algunos lo que niega a otros. Lo que quiere decir es que, el Dios de Jesús no puede ser aceptado más que por la gente sencilla y sin prejuicios. Los engreídos, los soberbios, los sabios tienen capacidad para crearse su propio Dios. Los “sabios y entendidos” eran los especialistas de la Ley. Su pretendido conocimiento de Dios les daba derecho a sentirse seguros, poseedores de la verdad. No tenían nada que aprender. Pero eran los únicos que podían enseñar.

¿Quiénes eran los sencillos? “El “nepios” griego tiene muchos significados, pero todos van en la misma dirección: infantil, niño, menor de edad, incapaz de hablar; y también: tonto, infeliz, ingenuo, débil. En todos descubrimos la ausencia de cálculo, la falta de doblez o segundas intenciones. Para la élite religiosa, los sencillos eran unos malditos, porque no conocían la Ley, y por lo tanto no podían cumplirla. Los sencillos eran los “sin voz”, “la gente de la tierra” a quienes los rabinos despreciaban.

Estas cosas son las experiencias de Dios que Jesús vivió y que les quiere trasmitir. No se trata de conocimiento sino de experiencia profunda. “Todo me lo ha entregado mi Padre…” Ese conocimiento de Dios no es fruto del esfuerzo humano, sino puro don; aunque no se niegue a nadie. El error de nuestra teología, fue creer que conocíamos a Jesús porque conocíamos a Dios; si Jesús era Dios, ya sabíamos lo que era Jesús. El texto nos dice que la única manera de conocer a Dios es aproximarnos a Jesús.

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré. La imagen de yugo se aplicaba a la Ley, que, tal como la imponían los fariseos, era ciertamente insoportable. El hombre desaparecía bajo el peso de más de 600 preceptos y 5.000 prescripciones. Para los fariseos, la Ley era lo único absoluto. Jesús dice lo contrario: “El sábado está hecho para el hombre, no el hombre para el sábado”. La principal tarea de Jesús es liberar al hombre de las ataduras religiosas.

Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera. Jesús libera de los yugos y las cargas que oprimen al hombre y le impiden ser Él. No propone una vida sin esfuerzo; Sería engañar al ser humano que tiene experiencia de las dificultades de la existencia. Sin esfuerzo no hay verdadera vida humana. No es el trabajo exigente lo que malogra una vida, sino los esfuerzos que no llevan a ninguna plenitud. Todo lo que hagamos a favor del hombre se convertirá en felicidad porque traerá plenitud y felicidad.

Jesús propone un “yugo” pero no de opresión que vaya contra el hombre, sino para desplegar todas sus posibilidades de ser más humano. Jesús quiere ayudar al ser humano a desplegar su ser sin opresiones. El yugo y la carga serían, como el peso de las alas para el ave. Claro que las alas tienen su peso, pero si se lo quitas, ¿con qué volará? El motor de un avión es una tremenda carga, pero gracias a ese peso el avión vuela. Nuestras limitaciones son las que nos permiten avanzar hacia la meta.

Lo que acabamos de leer es evangelio (buena noticia). No hemos hecho caso a este mensaje. En cuanto pasaron los primeros siglos de cristianismo, se olvidó totalmente este evangelio, y se recuperó “el sentido común”. Nunca más se ha reconocido que Dios se pueda revelar a la gente sencilla. Es tan sorprendente lo que nos acaba de decir Jesús, que nunca nos lo hemos creído. Dios no comparte con el hombre el conocimiento, sino su misma Vida. Los que no creen en la evolución pueden disfrutar de una buena salud.

Si Dios se revela a la gente sencilla, ¿Qué cauces encontramos en nuestra institución para que esa revelación sea escuchada? ¿No estamos haciendo el ridículo cuando seguimos siendo guiados por los “sabios y entendidos” que se escuchan más a sí mismos que a Dios? A todos los niveles estamos en manos de expertos. En religión la dependencia es absoluta, hasta el punto de prohibirnos pensar por nuestra cuenta. Recordad la frase del catecismo: “doctores tiene la Iglesia que os sabrán responder”.

Jesús no propone una religión menos exigente. Esto sería tergiversar el mensaje. Jesús no quiere saber nada de religiones. Propone una manera de vivir la cercanía de Dios, tal como él la vivió. Esa Vida profunda, es la que puede dar sentido a la existencia, tanto del listo como del tonto, tanto del sabio como del ignorante, tanto del rico como del pobre. Todo lo que nos lleve a plenitud, será ligero. Este camino de sencillez no es fácil.

Los cansados y agobiados eran los que intentaban cumplir la Ley, pero fracasaban en el intento. De esas conciencias atormentadas abusaban los eruditos para someterlos y oprimirlos. Nada ha cambiado desde entonces. Los entendidos de todos los tiempos siguen abusando de los que no lo son y tratando de convencerles de que tienen que hacerles caso en nombre de Dios. Pío IX dijo: “solo hay dos clases de cristianos, los que tienen el derecho de mandar y los que tienen la obligación de obedecer”. Hoy ningún jerarca repetiría esas palabras, pero en la práctica, todos actúan desde esa perspectiva.

Descubramos en qué medida separamos la fe de la vida, la experiencia del conocimiento, el amor del culto, la conciencia de la moralidad, etc. Los predicadores seguimos imponiendo pesados fardos sobre las espaldas de los fieles. Nuestro anuncio no es liberador. Seguimos confiando más en los conocimientos teológicos, en el cumplimiento de unas normas morales y en la práctica de unos ritos, que en la sencillez de sabernos en Dios. Seguimos proponiendo como meta la “Ley”, no la Vida.

La gran carencia de nuestra comunidad hoy es la falta de experiencia interior. Por eso nunca se podrá superar insistiendo en la doctrina, por medio de la condena a los que se atreven a discrepar de la doctrina oficial o con documentos que tratan de zanjar cuestiones discutibles. Lo que hay que enseñar a los cristianos es a vivir la experiencia del Dios de Jesús. Solo ahí encontraremos la liberación de toda opresión. Solo teniendo la misma vivencia de Jesús, descubriremos la libertad para ser nosotros mismos.

Meditación

Venid a mí todos, dice Jesús.
Él conoce a Dios y él nos lo puede revelar.
Debemos superar todo prejuicio
y aceptar ese Dios como el único que puede liberarnos.
Todo dios, que venga de otra parte
o que nos hayamos fabricado nosotros, será opresor.
Mientras más agobiados nos sintamos,
más necesitaremos al Dios de Jesús.


Jesús inaugura la Misión desde la paz, pequeñez y pobreza
Romeo Ballan, mccj

Este pasaje del Evangelio de Mateo hay que leerlo en paralelo con el del evangelista Lucas (10), el cual coloca este mismo episodio de la vida de Jesús en un contexto misionero: la vuelta gozosa de los discípulos después de su primera experiencia de misión. Aunque fue limitada en el espacio y en el tiempo, la experiencia había sido eficaz, capaz de someter incluso a los demonios. Jesús invita a los discípulos a no gozar por esto, sino más bien porque sus nombres “están escritos en los cielos”, es decir, en la mano y en el corazón de Dios. Y Lucas continúa: Jesús “en aquella hora se estremeció de gozo en el Espíritu Santo y dijo: «Te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra…» (10,20s). Estas breves palabras son otra revelación de la Trinidad Santa: Padre, Hijo y Espíritu.

El texto de Mateo (11) se encuentra en el corazón de su Evangelio y los estudiosos lo definen como una gran manifestación del misterio de Dios, un himno de júbilo en la Trinidad Santa. Es el ‘Magníficat’ de Jesús, una expresión de su mundo interior, así como lo expresa el de María (Lc 1). En efecto, esta plegaria de Jesús, narrada por Mateo y Lucas, recoge el programa de las Bienaventuranzas (Mt 5,3s), con una especial atención a los pobres, a los mansos, afligidos, puros, misericordiosos, artífices de paz, perseguidos… La página de Mateo nos ofrece una mirada panorámica sobre todo el Evangelio de Jesús, que gira aquí en torno a algunos temas fundamentales: la alabanza al Padre, Señor y Creador (v. 25); la vida de íntima comunión de la Trinidad (v. 27); la actitud amorosa y activa de Jesús frente al sufrimiento humano, brindando alivio a los que están “cansados y agobiados” (v. 28); la nueva escuela y el estilo del Maestro, que dice a todos: “Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón y encontrarán su descanso” (v. 29-30). Estamos en la escuela de un Maestro especial: si lo contemplamos en la pobreza de Belén y en la humillante derrota del Calvario, entenderemos cuán diferentes son los caminos humanos y los de Dios (Is 55,8-9).

Después de un período de polémicas con escribas y fariseos, y de abandonos por parte de algunos discípulos, el balance humano de ese nuevo Maestro era seguramente decepcionante. Jesús, sin embargo, lejos de abandonar su misión o de retirarse, se reafirma en el camino emprendido, alaba y da gracias al Padre por haber escogido a la gente sencilla, a los pequeños, a los últimos como destinatarios privilegiados de sus extraordinarias revelaciones (v. 25-26).

El ideal de la Iglesia es hacerse discípula de Cristo, tanto en el mensaje como en el estilo, hasta poder decir a todos los pueblos: vengan a mí todos, “cansados y oprimidos” de todos los tiempos y lugares… aprendan de mí que soy manso y humilde… encontrarán alivio y mi yugo les será llevadero. Este es el rostro auténtico y más atractivo de la Iglesia, el único que interesa a la gente, y que los misioneros y toda la comunidad cristiana están llamados a encarnar y proponer. Entre las imágenes más bellas de la Iglesia se encuentran estas dos: la posada y la casa de Pablo. La posadacasa para todos (pandokéion), a la cual el buen samaritano llevó al pobre hombre caído en manos de los bandidos (Lc 10,34); y la casa de Pablo, el cual, cuando llegó prisionero a Roma, vivía en una casa alquilada, donde acogía a todos, anunciaba el Reino de Dios y enseñaba a Jesucristo con toda franqueza (Hch 28,30-31). Dos imágenes que hablan de abertura y acogida, anuncio con pobreza y humildad, valentía evangélica (parresía). Al comienzo de su pontificado, el Papa Francisco dio una prueba de estos valores evangélicos en el viaje a Lampedusa (8 de julio de 2013), su primera visita fuera de Roma. Desde ese mar de tragedias inhumanas, lanzó al mundo entero un fuerte llamado a la acogida y a la solidaridad, partiendo de las preguntas que Dios dirigió a Adán y a Caín después de su pecado.

Hace algunos años (2003) fui invitado a participar en Guatemala en un Congreso misionero para todo el continente americano con un tema significativo: “La misión desde la pequeñez, la pobreza y el martirio”. La Iglesia misionera ofrece a menudo esta imagen de acogida, humildad y austeridad, sobre todo en los países pobres del planeta, pero también en los recodos de las metrópolis más industrializadas. Este estilo de vida y de misión, inaugurado por Jesús, es posible (II lectura) en la medida en que el Espíritu de Dios habita en nosotros. Gracias a su presencia, los frutos asegurados serán la vida, la paz (v. 9.13). El profeta Zacarías (I lectura) presenta el ideal de un rey justo, pacífico y humilde, que cabalga en un asno (v. 9), destruirá los carros y los caballos de guerra y tendrá un claro programa de paz para todas las naciones (v. 10).

Discernimiento ante el ruido exterior

«El discernimiento ayuda a silenciar el bullicio exterior y abre los oídos del corazón para escuchar la voz de Dios». La experiencia del profeta Elías (1Re 19) es un pilar fundamental en la teología espiritual sobre la reflexión profunda y la oración. Cuando el profeta, exhausto y atemorizado, busca a Dios en el monte Horeb, Él le enseña que su voluntad no se manifiesta en fenómenos estruendosos, sino en el «murmullo de una brisa suave», enseñándole a distinguir la voz divina desde la paz.

Elías había enfrentado una intensa batalla espiritual derrotando a los profetas de Baal en el monte Carmelo. Sin embargo, al ser amenazado de muerte por la reina Jezabel, cae en un profundo agotamiento físico y espiritual, deseando morir y escondiéndose en una cueva. En este estado de vulnerabilidad, necesita aprender a reconocer la presencia de Dios más allá de sus propias expectativas de triunfo o castigo.

El profeta se sitúa a la entrada de la cueva esperando una señal de Dios. Tres elementos poderosos se manifiestan. El texto bíblico señala que “el Señor no estaba en ellos” (1Re 19,11-12). Esto representa que el poder de Dios y sus respuestas no siempre coinciden con lo espectacular, lo violento o lo que el ser humano considera “divino”, sino que llega después del estruendo, a través del “sonido de una brisa suave”.

Para Elías, el buen juicio consiste en purificar la imagen que tenía de Dios: el Creador no solo es fuego y justicia, sino misericordia y paz, medios que restauran el alma cansada. Discernir significa detenerse para descubrir aquello que nos ayuda a crecer y aquello que nos aleja de nuestra verdadera identidad. No se trata solo de elegir entre algo “bueno” o “malo”, sino de reconocer qué decisiones nos ayudan a crecer, amar, servir y vivir con paz.

Vivimos una época donde parece que el silencio es incómodo. Todo el tiempo suena algo: notificaciones, videos, música, opiniones, tendencias y miles de voces diciéndonos cómo vestir, qué pensar, qué sentir y hasta cómo debemos vivir. En medio de tanta agitación, muchos jóvenes terminan confundidos, cansados o vacíos, porque escuchan todo, menos a su propio corazón. El silencio suele ser sinónimo de un vacío desconcertante; ante la falta de bullicio exterior, el mutismo nos confronta de golpe con su propia voz interna y evidencia una sobrecarga de pensamientos y ansiedad que intentamos evitar a toda costa.

El mundo de hoy nos ofrece respuestas rápidas y pocas veces nos enseña a reflexionar. Las redes sociales nos “acercan” a muchas personas, pero, al compararnos, también pueden presionarnos y generar ansiedad por intentar aparentar una vida perfecta. A veces seguimos tendencias solo para sentirnos aceptados, olvidando quiénes somos realmente. Por ello, es muy importante el discernimiento, es decir, silenciar nuestro interior para escuchar la voz de Dios, de nuestra conciencia y de la verdad que habita en nosotros. No es fácil, porque muchas veces las voces externas se convierten en ruido interior, y comenzamos a sentir miedo, inseguridad, duda o necesidad de aprobación.

Una enseñanza destacada es que, antes de tomar decisiones importantes, Jesucristo buscaba momentos de oración y soledad. Él sabía que en el silencio se encuentra claridad. El buen juicio no significa tener todas las respuestas, sino aprender a caminar con sabiduría. A veces Dios no habla con exceso de estímulos ni con señales espectaculares; muchas veces nos habla desde la tranquilidad del corazón, con una conversación sincera por medio de la oración; incluso, se comunica cada día a través de una sencilla experiencia.

Hoy, ser joven implica muchos desafíos, pero también grandes oportunidades, como la de elegir conscientemente el camino a seguir. En un mundo que “grita” constantemente, quien aprende a escuchar con el corazón descubre que la verdadera paz no se encuentra en el bullicio, sino en la verdad, en el amor y en Dios. Muchas veces buscamos certezas inmediatas, respuestas claras, señales evidentes. Pero Dios no suele levantar la voz, se insinúa como brisa suave, como intuición luminosa, como paz que crece interiormente. No se impone, más bien, invita. No arrastra, más bien, seduce.

Para lograr discernir, necesitamos cultivar la confianza, abrirnos a lo inesperado, dejarnos sorprender por caminos que no imaginábamos. Hay decisiones que maduran en la oración, en la escucha humilde, en el acompañamiento espiritual. Y otras que van aclarándose mientras caminamos, mientras confiamos. Esto implica que debemos aprender a vivir atentos, sin rigidez, con el alma dispuesta. Porque la voluntad de Dios no se esconde, sino que se revela a quienes desean albergarla con sinceridad y valentía.

El “discernimiento espiritual vocacional” es un proceso en el que una persona busca descubrir el llamado que Dios tiene para su vida. No solo se trata de escoger una profesión o decidir un futuro, sino de reconocer cómo Dios te invita a amar, servir y vivir plenamente. En la experiencia cristiana, toda vocación nace del amor de Dios. Algunos son llamados al matrimonio, otros a la vida sacerdotal, religiosa o misionera, y otros al servicio dentro de la Iglesia y la sociedad.

Discernir ayuda a escuchar dicha llamada y responder con libertad y confianza. Jesús llamó a sus discípulos de manera personal: «Ven y sígueme». Esa invitación sigue resonando hoy en el corazón de muchos jóvenes. Sin embargo, descubrir la propia vocación no siempre es fácil, porque existen dudas, miedos, inseguridades y muchas distracciones que dificultan escuchar la voz de Dios.

A ti, joven, que muchas veces te preguntas qué hacer con tu vida, cuál es tu camino o qué sueña Dios para ti, te invitamos a detenerte un momento para escuchar la voz de tu corazón. Dios sigue llamando en medio de las distracciones del mundo. Si deseas iniciar un camino de acompañamiento vocacional, ¡contáctanos! No temas preguntarle a Dios: «¿Qué quieres de mí?» Muchas veces la respuesta nace en lo más profundo del corazón; ahí es donde Dios continúa hablando. ¡La misión te espera!

Crisis racista en Sudáfrica: A la espera del 30 de junio

«El extranjero que resida entre ustedes será para ustedes como uno de los suyos, y lo amarán como a ustedes mismos, pues ustedes fueron extranjeros en la tierra de Egipto: Yo soy el Señor su Dios». A partir de esta cita del libro del Levítico (19,34), el P. José Aldo Sierra Moreno, misionero comboniano mexicano que trabaja en Sudáfrica, reflexiona sobre las razones profundas que subyacen a la actual ola de xenofobia que afecta a los extranjeros en Sudáfrica (Foto: SANDILE NDLOVU, www.sowetan.co.za).

Por: P. José Aldo Sierra Moreno, mccj
Desde Pietermaritzburg (Sudáfrica)

En Sudáfrica se está viviendo una crisis de odio contra los extranjeros. En especial, el movimiento civil March and March, Till We Win (‘Marcha y marcha hasta que ganemos’) se ha mostrado muy activo a la hora de exigir que todos los extranjeros indocumentados abandonen el país antes de este 30 de junio. La protesta ha generado tensiones y muchos extranjeros, sobre todo procedentes de otros países africanos, que huyeron de la pobreza e intentaron empezar una nueva vida aquí, están siendo acosados y obligados a abandonar Sudáfrica. Una de las provincias que se ha convertido en un campo de batalla es KwaZulu-Natal. Allí se han producido algunos enfrentamientos en los que tanto sudafricanos como extranjeros se han atacado provocando un número significativo de heridos y fallecidos.

Los orígenes

March and March no es el primer movimiento de este tipo en el país. Antes ya hubo otros que defendían prácticamente la misma idea de que «los extranjeros ilegales son la causa de la pobreza y del colapso de los servicios públicos en Sudáfrica». Movimientos como Operación Dudula (‘expulsar’, en lengua zulú) o iniciativas gubernamentales como Shanela (‘barrer’, en zulú) se han utilizado para atacar a los extranjeros pobres, a los que se ha convertido en víctimas y chivos expiatorios de la situación general de colapso social y económico del país.

El sistema del apartheid, que dominó y gobernó Sudáfrica entre 1948 y 1994, tenía como estrategia aislar a los sudafricanos negros de la realidad de otros países africanos, en especial en lo que se refería a los movimientos de liberación y a los logros de la independencia. El aislamiento tuvo tanto éxito que, incluso ahora, más de 30 años después del fin del sistema de segregación, los sudafricanos negros saben muy poco sobre la realidad y la cultura de otros países africanos. Esto ha llevado a que todo lo que proviene del resto de África se considere extraño o sospechoso, sentando así las bases de la xenofobia o, mejor dicho, de la afrofobia. Esta se alimenta por las ideas de un pequeño grupo de extremistas con intereses políticos que se aprovechan de una población que se siente agotada en el país, en su mayoría sin empleo y en una situación de graves dificultades económicas.

Fecha límite

El 30 de junio es la fecha límite fijada por los líderes de March and March para que las personas indocumentadas abandonen de manera definitiva el país. El movimiento, liderado por figuras radicales pero muy populares, como Jacinta Ngobese, ha generado una especie de promesa y expectativa de que, una vez que el país se deshaga de los extranjeros indocumentados, llegarán el éxito y el desarrollo. La realidad es que los problemas de Sudáfrica son mucho más complejos que el mero desafío que plantean las personas migrantes que se encuentran en situación irregular en el país.

Desde la toma del poder del Congreso Nacional Africano (CNA) en 1994 por parte de los que lucharon por la libertad, con Mandela al frente del cambio, la promesa de una nación próspera y multirracial no ha sido más que un sueño. La realidad es que, a lo largo de estos más de 30 años, esa misma promesa se ha desvanecido en un mar de confusión administrativa, mala gestión económica, corrupción y una práctica de control criminal en la gestión del Estado que ha situado a Sudáfrica en una posición muy delicada en el contexto económico internacional, con la huida de numerosas empresas e inversiones, lo que agrava la crisis interna del desempleo (con una tasa del 32% es una de las más altas del mundo).

Como menciona el periodista Allister Sparks en sus memorias, toda esta situación ha creado un sistema tan desigual –con una gran población pobre y una pequeña clase rica privilegiada– que el país puede compararse con «un autobús de dos pisos ocupado por dos clases sin escalera que las separe».

La escalada de la protesta March and March

Aunque la protesta plantea reivindicaciones legítimas, como la falta de medidas por parte del Gobierno para hacer frente a la inmigración ilegal y la crítica a la corrupción de los funcionarios fronterizos, March and March, al igual que otras iniciativas similares anteriores, ha sido manipulada políticamente y utilizada para exacerbar, mediante el discurso del odio, la actitud negativa hacia los extranjeros –en especial los procedentes de otros países africanos–, hasta el punto de que ese odio que se ha difundido, por no hablar de la actitud violenta y justiciera, se ha vuelto insoportable e irracional en algunos rincones del país. La situación ha llegado a tal nivel que ni siquiera las personas en situación regular en el país han sido víctimas de esta hostilidad: «Tú, como extranjero, debes irte, ya que quitas oportunidades a los sudafricanos».

En este contexto, muchos extranjeros ya no se sienten seguros. Además, consideran que Sudáfrica es un país poco acogedor, que ha perdido por completo la sensibilidad y la humanidad hacia las personas tan solo porque proceden de otro país y hablan otro idioma. Es desgarrador ver, por ejemplo, a personas de Malaui obligadas a abandonar el país, hacinadas en campamentos mientras esperan, en el frío de estos meses, la posibilidad de regresar a su país de origen, donde, por cierto, no les queda nada para empezar de nuevo. Entre estos grupos se encuentran bebés y mujeres embarazadas que sufren las condiciones de vida en un campo de refugiados.

Asentamiento informal de Jika Joe, al lado de nuestra casa en Pietermaritzburg,
donde algunos extranjeros han sido atacados e incluso asesinados recientemente.

El chivo expiatorio

Los extranjeros se marcharán, sí, pero un análisis serio demostrará que el problema de la desigualdad y la pobreza seguirá existiendo.

Los extranjeros se han convertido ahora en un chivo expiatorio –situación que ha denunciado también la Conferencia Episcopal Católica del Sur de África– que paga por la realidad creada por años de robo y corrupción en la administración pública. Muchos municipios de Sudáfrica seguirán sin funcionar, el desempleo seguirá siendo elevado, las inversiones serán escasas y la situación social y económica general del país, según los analistas, no mejorará, al menos en un futuro próximo.

A medida que se acercaba el 30 de junio se ha incrementado la tensión. El Gobierno teme otra ola de violencia e incluso saqueos en las principales ciudades del país. Ya se ha reforzado la presencia policial, con el apoyo del Ejército, para vigilar la situación.

En el escolasticado donde vivimos, todos somos extranjeros. Además, estamos rodeados de barrios pobres donde ya se han registrado estos días actos de violencia contra ciudadanos extranjeros. Uno de nuestros estudiantes, procedente de Sudán del Sur, fue acosado y agredido hace poco y, aunque todo apunta a un simple robo, muchos aprovechan las protestas y la confusión de estos días como excusa para cometer delitos.

Que el Señor bendiga y proteja a todos los extranjeros vulnerables y haga que los habitantes locales y los dirigentes de este gran país –en el que también hay muchas personas de buena voluntad y con un enfoque totalmente diferente respecto a este asunto— tengan un corazón lleno de compasión y paciencia.

comboni.org

XIII Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.
El que salve su vida la perderá y el que la pierda por mí, la salvará.
Quien los recibe a ustedes me recibe a mí; y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado.
El que recibe a un profeta por ser profeta, recibirá recompensa de profeta; el que recibe a un justo por ser justo, recibirá recompensa de justo.
Quien diere, aunque no sea más que un vaso de agua fría a uno de estos pequeños, por ser discípulo mío, yo les aseguro que no perderá su recompensa”

(Mateo 10, 37-42)


Desprendimiento total
P. Enrique Sánchez G. mccj

El capítulo décimo del evangelio de san Mateo nos presenta el discurso misionero de Jesús y llegando a estos últimos versículos nos muestra la exigencia radical de parte de Jesús a quienes llama para que lo sigan como colaboradores y continuadores de su misión.

En los domingos anteriores hemos escuchado cómo Jesús llama a los doce apóstoles a seguirlo y entre ellos hay una diversidad extraordinaria de personalidades, caracteres, cualidades y limitaciones. Pero, para cada uno de los llamados hay un lugar que ninguna otra persona puede ocupar.

En la misión hay un lugar para todos y nadie se puede excluir, pues la misión se realiza no tanto con lo que se tiene sino con lo que se es. Podríamos decir que la misión no se hace, se vive día a día en los pequeños y grandes acontecimientos que nos va presentando la vida.

A la misión, que nosotros podríamos bien identificar con nuestro compromiso cristiano, se invita a ir en total libertad y sin cargarse de aquello que pueda hacer el camino y complicar la entrega. Hay que ir ligeros de equipaje y con la seguridad de que nada faltará a quien se entrega con generosidad a la construcción del Reino.

No hay que llevar nada para el camino, sólo la confianza y el abandono en Aquel que nos ha llamado y que se encargará de irnos proporcionando lo que sea necesario para que podamos sembrar su palabra en el corazón de los hermanos.

La misión a la que Jesús invita no se limita a un quehacer que hay que desempeñar o un trabajo con el que hay que cumplir; se trata más bien de una manera de vivir que hace de los discípulos testigos de quien los ha llamado. La misión nos hace presencia del Señor que sirviéndose de lo que somos, de nuestras cualidades y virtudes, así como de nuestros límites y debilidades, sigue mostrando su presencia a todos aquellos que abren su corazón para acogerlo con humildad y gratitud.

Como testigos lo importante será lo que se anuncia o a quien se anuncia y para cumplir con esa tarea será necesario hacerlo sin miedo, con valentía y entusiasmo; aunque nos encontremos en situaciones muchas veces adversas e incluso amenazantes. Simplemente, no hay que tener miedo a comprometerse, porque está la garantía del respaldo del Señor que promete estar siempre con nosotros como alguien que se preocupa por todo lo que nos puede suceder.

Hoy el discurso sobre la misión que nos presenta el evangelio va un poquito más lejos y nos habla de la radicalidad que exige la misión. El Señor cuando llama a seguirlo pide que estemos dispuestos a desprendernos de todo, incluso de lo que más amamos y que nos podría parecer imposible dejar o desprendernos.

Dejar al padre y a la madre podría parecer una exigencia ingrata y sin sentimientos, pero no se trata de ser indiferentes con el amor y el cariño que debemos a los seres que más queremos en la vida.

Lo que el evangelio trata de hacernos entender es que la misión exige otro amor que es requisito esencial para poder ponerse en camino. Y ese amor es el que estamos llamados a tener por Jesús.

No se puede ser verdaderamente misioneros y no partimos de un gran cariño y de una amistad profunda con el Señor. Sólo quien se siente profundamente amado por Jesús y que lo ama con todo lo que puede será capaz de amar a los demás con un autentico cariño.

De hecho, todos los misioneros podemos decir que en el fondo de nuestra vocación está la convicción de que hemos sido amados y por eso el Señor nos ha llamado y es ese amor el que no permite permanecer en la misión.

Cuando se nos habla de misión se nos menciona igualmente que hay una cruz que tiene que ser cargada para poder seguir a Jesús.

Cargar la cruz significa aceptar que la misión está hecha de sacrificios y de renuncias, de entrega cotidiana, de sufrimientos que purifican el corazón para poder mostrar que lo único que nos mueve es el amor a Dios y a los hermanos.

La cruz es lo que hace que no confundamos la misión con un viaje turístico a donde se va como exploradores a descubrir paisajes y costumbres distintos a los nuestros. La misión no es la alternativa para ir a descubrir el mundo en sus lugares más lejanos y exóticos.

La cruz, que significa el sacrificio y la renuncia, la entrega y la muestra más extraordinaria de amor por aquellos hermanos que están más lejos, es la garantía de una misión auténtica. Ella representa la disponibilidad a la entrega total de la vida, porque es en la cruz en donde el Señor ha demostrado hasta dónde llegaba su amor por nosotros.

Por eso Jesús no esconde que el que salve su vida la perderá y el que la pierda por mí, la salvará. Esta es la lógica del evangelio, tan distinta a la nuestra, en la misión se gana perdiendo y la experiencia enseña que es más lo que ganamos que lo que perdemos.

Muchas veces vamos pensando que llevaremos muchas cosas y que transformaremos la realidad con nuestros medios y nuestras ideas, con nuestros proyectos y nuestros recursos y nos damos cuenta de que, cuando volvemos de la misión, es mucho más lo que hemos recibido y hemos vuelto enriquecidos.

En la misión nos damos cuenta que el Señor nos estaba esperando para hacernos crecer para que lo pudiésemos encontrar en todos aquellos hermanos y hermanas que nos estaban esperando.

Entonces nos damos cuenta que cuando hemos tenido el valor de olvidarnos de nosotros mismos, aunque sea un poquito, y nos hemos dejado ganar por la alegría de dar lo mucho o lo poco que somos buscando la felicidad de los demás, ahí es cuando la vida se nos ha presentado como algo que realmente poseemos.

Finalmente, vivir de esa manera dice el evangelio que nos convierte en profetas y el profeta es aquel que habla en nombre de Dios y manifiesta su presencia entre su pueblo. La misión nos hace profetas, presencia de Dios entre nuestros hermanos hoy y eso nos hace merecedores igualmente de las bendiciones que sólo Dios puede dar.

A quien es reconocido como presencia de Dios no se le niega nada de lo que necesita para ejercer su ministerio y es bendecido con más de lo que podría necesitar.

Todos los misioneros hacemos esa experiencia a diario, pues lo que sostiene la misión no son empresas o negocios que reditúen ganancias que garanticen los buenos resultados de la misión.

Todas las misiones se han sostenido siempre con la generosidad de gente pobre y sencilla que, como la viuda del evangelio, se desprenden muchas veces de lo necesario para apoyar la obra que permita llevar el evangelio hasta los extremos del mundo.

Esta última parte del discurso misionero de Jesús, con el cual envía a sus discípulos a llevar la Buena Nueva a la gente de su tiempo, debería ayudarnos a cada uno de nosotros a preguntarnos cómo estamos viviendo nuestro compromiso misionero.

¿Nos sentimos llamados, invitados a continuar con la misión de Jesús en nuestro tiempo y en medio de las realidades en que nos encontramos hoy? ¿Estamos dispuestos a poner al servicio del Señor lo que somos para que nos utilice como instrumentos efectivos para llegar a todos aquellos que no lo conocen o que están alejados de él?

¿Deseamos crecer en nuestra relación personal con el Señor para sentirnos amados y enviados a ser testigos de su amor?

¿Estaríamos dispuestos a cargar la cruz del Señor sabiendo que, como amaba decir san Daniel Comboni, las obras de Dios nacen y crecen a los pies de la Cruz? ¿Nos asusta el sacrificio y la renuncia a todo aquello que nos puede estar dando seguridad o nos dejamos interpelar por las necesidades de nuestros hermanos viendo en eso una posibilidad de amar?

¿Habrá algo en particular de lo que el Señor me está pidiendo que me desprenda para disponer mi corazón a recibir lo que realmente necesito para descubrirme amado y llamado a ponerme a su servicio?

Mirando un poco a mi alrededor, ¿en dónde me está esperando la misión hoy? ¿Quiénes son los destinatarios de mi anuncio, de mi testimonio cristiano, a quienes me está pidiendo el Señor que les entregue mi vida?

Que el Señor nos ayude a responder a la misión con generosidad y con mucho amor.


¡Todo el Evangelio en un vaso de agua!
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

El Evangelio de este domingo concluye el discurso apostólico, o discurso de la misión, de Mateo 10. Es un discurso que atañe a todo cristiano: mediante el bautismo se convierte en discípulo de Jesús, en su apóstol y misionero.

El pasaje del Evangelio (Mateo 10,37-42) se articula en dos partes distintas. La primera presenta las condiciones y exigencias para ser discípulos y apóstoles de Jesús:

Quien ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí;
quien ama a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí;
quien no toma su propia cruz y no me sigue no es digno de mí.
Quien haya conservado para sí su vida, la perderá; y quien haya perdido su vida por causa mía, la encontrará.

Estas son quizá las palabras más duras del Evangelio. Son como los «deberes» del discípulo de Jesús. Las conocemos bien, tanto porque se repiten a menudo como por su dureza.

La segunda parte del pasaje es más consoladora. Nos presenta sus «privilegios»:

Quien os recibe a vosotros me recibe a mí, y quien me recibe a mí recibe a aquel que me ha enviado.
Quien recibe a un profeta por ser profeta tendrá la recompensa del profeta;
Quien recibe a un justo por ser justo tendrá la recompensa del justo.
Quien dé de beber, aunque solo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser discípulo, en verdad os digo: no perderá su recompensa.

1. IDENTIDAD: ¿Quién quiero ser?

La primera palabra que quisiera subrayar es el pronombre «quien», que aparece diez veces en el texto. Nos recuerda que la vida está hecha de elecciones. ¿Quién quiero ser? ¿En cuál de las alternativas presentadas por Jesús me reconozco? ¿Entre los que son dignos de él? ¿Entre los que arriesgan su vida por él? ¿Entre los que lo acogen?

2. RADICALIDAD: ¿Soy digno de él?

Las condiciones para ser discípulos de Jesús son ciertamente exigentes. Jesús lo aclara tres veces: «Quien… quien… quien… ¡no es digno de mí!». Él quiere, es más, exige, el primer lugar en los afectos y en los proyectos. Ningún rabino había formulado jamás pretensiones semejantes. Pero solo una gran pasión por Cristo y una entrega total al Reino de Dios pueden sostener una vida de compromiso radical en la construcción de la nueva humanidad.

En estos pocos versículos se repiten varias veces el pronombre y el adjetivo posesivo de primera persona. Quien no lo conociera podría juzgarlo un megalómano y le preguntaría espontáneamente, como los judíos: «¿Quién te crees que eres?» (Juan 8,53). Él nos respondería: «Precisamente lo que os digo» (Juan 8,25).

Él reclama para sí el amor reservado únicamente a Dios: «Escucha, Israel: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Deuteronomio 6,4-5). Jesús no pone en duda el amor al padre, a la madre, al hijo o a la hija; más bien nos cuestiona sobre nuestras prioridades: ¿cuál es el amor más grande de tu vida?

3. ACOGIDA: ¿Tengo un corazón acogedor?

El verbo «acoger» se repite varias veces en el texto: acoger al apóstol, al profeta, al justo y al pequeño. Al acogerlos a todos ellos, acogemos a Cristo y, en él, al Padre.

Tener un corazón acogedor es hoy más necesario que nunca, en una sociedad que cierra puertas y levanta barreras, por egoísmo o por miedo a quien es diferente. La acogida no es solo una obra de misericordia. En la Biblia, además de ser un acto de temor de Dios, era ocasión de recibir una bendición muy deseada, llevada por el huésped. Recordemos a Abraham ante los tres viajeros desconocidos: «Señor mío, si he hallado gracia a tus ojos, no pases de largo sin detenerte junto a tu siervo» (Génesis 18,3). El autor de la Carta a los Hebreos comenta: «No olvidéis la hospitalidad; algunos, practicándola, sin saberlo acogieron a ángeles» (Hebreos 13,2).

En la primera lectura encontramos un bello ejemplo de acogida: el de la mujer que recibe al profeta Eliseo: «Hagamos una pequeña habitación alta, de obra, pongamos en ella una cama, una mesa, una silla y una lámpara; así, cuando venga a nosotros, podrá retirarse allí» (2 Reyes 4).

Me gusta ver aquí, como en un icono, una alusión simbólica a las condiciones esenciales para acoger a Dios en nuestra vida. Cada uno de nosotros necesita esta «pequeña habitación alta» del profeta, «de obra», es decir, sólida y estable, donde cultivar la interioridad y encontrarse con el Señor.

En ella reinan la sobriedad y lo esencial: una cama, una mesa, una silla y una lámpara. La cama nos recuerda la necesidad de un sano equilibrio entre la actividad y el descanso; la mesa y la silla evocan la reflexión; finalmente, la lámpara recuerda la meditación de la Palabra, «lámpara para nuestros pasos» (Salmo 119,105).

4. RECOMPENSA: ¿Cuál será mi recompensa?

Jesús habla tres veces de recompensa. La Sagrada Escritura habla de ella a menudo, y también Jesús vuelve a ella con frecuencia. Todo camino de fe comienza con una promesa: «Tu recompensa será muy grande» (Génesis 15,1). Los apóstoles no dudan en preguntarle a Jesús: «Mira, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué tendremos, entonces?» (Mateo 19,27).

Hoy, sin embargo, casi nos avergonzamos de hablar de recompensa en el ámbito de la fe, como si fuera una traición a la gratuidad del amor. Sin embargo, nuestra dimensión corporal reclama su parte y, si se la ignora, acaba buscándola en el goce inmediato de los sentidos.

Cuán útil es recordar la promesa del Señor: todo pequeño gesto realizado por amor tendrá su recompensa. «Todo el Evangelio está en la Cruz, pero todo el Evangelio está también en un vaso de agua» (Ermes Ronchi).

Nuestro corazón no es «puro», es decir, «de una sola pieza», sino impuro y compuesto. Solo Dios es puro: puro amor. La Palabra de Dios se dirige a nuestra persona en toda su complejidad.

En nosotros está el «esclavo» que teme el «castigo». La Palabra educa a nuestro esclavo para que pase del miedo al temor reverencial de Dios.

En nosotros está el «siervo» que trabaja por el «salario», por interés. La Palabra lo educa para pasar de la mentalidad del «mérito» —idea pagana de la retribución— a la de la promesa de Dios; de la condición de «siervo» a la de «amigo» (Juan 15,15).

Finalmente, en nosotros está el «hijo» que actúa por amor. La Palabra lo educa para que sea cada vez más consciente de estas palabras del Padre en la parábola del hijo pródigo: «Todo lo mío es tuyo»; y para que llegue a ser un hijo adulto, responsable de sus hermanos.

Ejercicio espiritual para la semana

Un posible doble ejercicio para la semana puede consistir en meditar las ocho afirmaciones propuestas por el Evangelio de este domingo y en comprometerse a construir una «pequeña habitación alta, de obra». Concretamente, ¿qué podrían ser, en mi vida, la cama, la mesa, la silla y la lámpara de esa habitación?


Por eso deja el hombre a su padre y a su madre
y se une a Jesucristo, y se hacen una sola cosa
Papa Francisco 

Queridos hermanos y hermanas:
La liturgia nos presenta las últimas frases del discurso misionero del capítulo 10 del Evangelio de Mateo (cf. 10, 37), con el cual Jesús instruye a los doce apóstoles en el momento en el que, por primera vez les envía en misión a las aldeas de Galilea y Judea. En esta parte final Jesús subraya dos aspectos esenciales para la vida del discípulo misionero: el primero, que su vínculo con Jesús es más fuerte que cualquier otro vínculo; el segundo, que el misionero no se lleva a sí mismo, sino a Jesús, y mediante él, el amor del Padre celestial. Estos dos aspectos están conectados, porque cuanto más está Jesús en el centro del corazón y de la vida del discípulo, más “transparente” es este discípulo ante su presencia. Van juntos, los dos.

«El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí…» (v. 37), dice Jesús. El afecto de un padre, la ternura de una madre, la dulce amistad entre hermanos y hermanas, todo esto, aun siendo muy bueno y legítimo, no puede ser antepuesto a Cristo. No porque Él nos quiera sin corazón y sin gratitud, al contrario, es más, sino porque la condición del discípulo exige una relación prioritaria con el maestro. Cualquier discípulo, ya sea un laico, una laica, un sacerdote, un obispo: la relación prioritaria. Quizás la primera pregunta que debemos hacer a un cristiano es: «¿Pero tú te encuentras con Jesús? ¿Tú rezas a Jesús?». La relación.

Se podría casi parafrasear el Libro del Génesis: Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a Jesucristo, y se hacen una sola cosa (cf. Génesis 2, 24). Quien se deja atraer por este vínculo de amor y de vida con el Señor Jesús, se convierte en su representante, en su “embajador”, sobre todo con el modo de ser, de vivir. Hasta el punto en que Jesús mismo, enviando a sus discípulos en misión, les dice: «Quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado» (Mateo 10, 40). Es necesario que la gente pueda percibir que para ese discípulo Jesús es verdaderamente “el Señor”, es verdaderamente el centro de su vida, el todo de la vida. No importa si luego, como toda persona humana, tiene sus límites y también sus errores —con tal de que tenga la humildad de reconocerlos—; lo importante es que no tenga el corazón doble —y esto es peligroso. Yo soy cristiano, soy discípulo de Jesús, soy sacerdote, soy obispo, pero tengo el corazón doble. No, esto no va.

No debe tener el corazón doble, sino el corazón simple, unido; que no tenga el pie en dos zapatos, sino que sea honesto consigo mismo y con los demás. La doblez no es cristiana. Por esto Jesús reza al Padre para que los discípulos no caigan en el espíritu del mundo. O estás con Jesús, con el espíritu de Jesús, o estás con el espíritu del mundo. Y aquí nuestra experiencia de sacerdotes nos enseña una cosa muy bonita, una cosa muy importante: es precisamente esta acogida del santo pueblo fiel de Dios, es precisamente ese «vaso de agua fresca» (v. 42) del cual habla el Señor hoy en el Evangelio, dado con fe afectuosa, ¡que te ayuda a ser un buen sacerdote! Hay una reciprocidad también en la misión: si tú dejas todo por Jesús, la gente reconoce en ti al Señor; pero al mismo tiempo te ayuda a convertirte cada día a Él, a renovarte y purificarte de los compromisos y a superar las tentaciones. Cuanto más cerca esté un sacerdote del pueblo de Dios, más se sentirá próximo a Jesús, y un sacerdote cuanto más cercano sea a Jesús, más próximo se sentirá al pueblo de Dios.

La Virgen María experimentó en primera persona qué significa amar a Jesús separándose de sí misma, dando un nuevo sentido a los vínculos familiares, a partir de la fe en Él. Con su materna intercesión, nos ayude a ser libres y felices misioneros del Evangelio.

Angelus 2/7/2017


Indignidad, acogida y recompensa
José Luis Sicre

El largo discurso dirigido a los apóstoles (resumido en los domingos 11-13) termina con una serie de frases de Jesús que son, al mismo tiempo, muy severas y muy consoladoras. Las severas se dirigen a los apóstoles; las consoladoras, a quienes los acogen.

¿Quién no es digno de Jesús?

La sección comienza con tres frases que terminan de la misma manera: “no es digno de mí”. Las dos primeras están muy relacionadas: no es digno de Jesús el que ama a su padre o a su madre más que a él, o el que ama a sus hijos o a su hija más que a él. Estas frases recuerdan lo que se dice en Deuteronomio 33,9 a propósito de los levitas. En un caso de grave conflicto entre los vínculos familiares y la fidelidad a Dios, optaron por lo segundo. Leví, representación de todos los levitas, “dijo a sus padres: ‘No os hago caso’; a sus hermanos: ‘No os reconozco’; a sus hijos: ‘No os conozco’. Cumplieron tus mandatos y guardaron tu alianza.”

Se podría decir que Jesús exige a sus discípulos la misma actitud de los levitas. Pero hay una diferencia importantísima. los levitas se comportaron así por fidelidad a los mandatos de Dios y a su alianza. Los discípulos deben hacerlo por amor a Jesús. Al exigir este amor superior al de los seres más queridos, Jesús se está poniendo al nivel de Dios, al que hay que amar sobre todas las cosas.

Los primeros cristianos, en momentos de persecución, se vieron a veces en la necesidad de optar entre el amor y la fidelidad a Jesús y el amor a la familia. La elección era dura, pero muchos la hicieron, convencidos de que recuperarían a sus padres e hijos en la vida futura.

La frase siguiente (“el que no carga su cruz…”) también se entiende mejor a la luz del texto del Deuteronomio. En él se dice que los levitas, por haber mostrado esa fidelidad a Dios, recibieron un gran premio y dignidad: “Enseñarán tus preceptos a Jacob y tu ley a Israel; ofrecerán incienso en tu presencia y holocaustos en tu altar.” Jesús no promete nada de esto a sus discípulos. Añade una nueva exigencia, mucho más dura: ya no se trata de posponer a los seres queridos sino de renunciar a la propia vida, con la seguridad de recobrarla en el futuro.

Acogida y recompensa

La última parte se dirige a las personas que acojan a los discípulos: recibirlos a ellos equivale a recibir a Jesús y recibir al Padre. Estas palabras los sitúan muy por encima de profetas y justos, los grandes personajes religiosos de la época. La primera lectura cuenta como un matrimonio de Sunám decidió acoger en su casa al profeta Eliseo cuando pasaba por el pueblo; le construyeron una habitación en el piso de arriba y le proporcionaron una cama, una silla, una mesa y un candil. Una gran inversión para aquel tiempo. Pero recibieron su recompensa con el nacimiento de un hijo.

En comparación con Eliseo, los discípulos pueden parecer unos “pobrecillos” sin importancia. A nadie se le ocurrirá darles alojamiento permanente. Pero basta un vaso de agua fresca (algo muy de agradecer cuando no existen bares ni agua corriente en las casas) para que esas personas reciban su recompensa.

Si en la primera parte entreveíamos los grandes conflictos familiares provocados por las persecuciones, en este final intuimos lo que experimentaron muchas veces los misioneros cristianos: la acogida amable y sencilla de personas que no los conocían. De estos últimos versículos, sólo uno tiene paralelo en el evangelio de Marcos. El resto es original de Mateo, que ha querido redactar un final consolador, que deje buen sabor de boca.


Misión como acogida:
de Jesús y de los suyos
Romeo Ballan, mccj

En la conclusión del “discurso misionero” (Mt 10), Jesús invita a sus discípulos a asumir dos actitudes necesarias para cualquier persona enviada a anunciar el Reino: la vocación con sus exigencias y la misión como acogida. Un mensaje que toca de cerca a todo cristiano, no solamente a los misioneros ‘oficiales’. Ante todo,la vocación vivida con amor. En efecto, Jesús habla de amor (v. 37) y de vida (v. 39). Está en juego la opciónpor un amor más grande. El amor a los familiares –deber-derecho-bendición- es preciso verlo junto y comparado con el amor por Jesús. Solamente a la luz del amor y de la vida tienen sentido las exigencias de una vocación de servicio a la misión de Jesús; solo por amor es posible hacer opciones arduas, que resultan incomprensibles para el que esté fuera de esta lógica. Teniendo en cuenta el bien supremo -que es siempre y solamente Dios- se puede dar el justo peso incluso a valores humanos tan importantes como son los afectos familiares o los intereses profesionales, reservando a Dios el primer lugar, la primera opción.

El lenguaje de Jesús (‘tomar la cruz’, ‘perder la vida’) es escandaloso, hasta parece cruel, pero es la única palabra que libera de las ilusiones y que realmente nos hace encontrar la vida (v. 39); la vía de la cruz es la única que desemboca en la vida verdadera: la resurrección. Son siempre actuales las palabras de San Juan Pablo II: -¡No tengan miedo de Cristo! Él no quita nada. Y lo dona todo. El que se entrega a Él, recibe el céntuplo. Sí, abran, abran de par en par las puertas a Cristo y encontrarán la verdadera vida-. Este mensaje vale tanto para el misionero que anuncia el Evangelio como para los que lo escuchan. A esta misma radicalidad nos llama también San Pablo (II lectura): por el Bautismo estamos llamados a “andar en una vida nueva” (v. 4), porque “hemos muerto con Cristo” y “viviremos con Él” (v. 8.11).

El segundo gran tema misionero de este domingo es la acogida. Es ejemplar la hospitalidad que la mujer de Sunem y su marido brindan al profeta Eliseo (I lectura), pero lo es igualmente la gratitud de este ‘hombre de Dios’ hacia aquella pareja estéril: tras hablar con su criado Giezi, Eliseo profetiza que pronto tendrán un hijo. Se trata de un intercambio de dones, ofrecidos en la gratuidad. Jesús ensalza el gesto sencillo, gratuito, del que “dé de beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca” (Mt 10,42). Cabe fijarse en el detalle del agua fresca, particularmente apetecible en los países cálidos. La misión como acogida tiene su fundamento en la identidad que Jesús establece entre Él y los suyos: “El que los recibe a ustedes me recibe a mí” (v. 40); palabras que recuerdan el test del juicio final: “Tuve sed y ustedes me dieron de beber” (Mt 25,35).

Acoger en casa o en el propio país al que pasa necesidades, o al que huye de guerras, o busca en otros países condiciones de vida más dignas para sí y su familia, ha sido siempre una merecedora obra de misericordia, nuevamente según las palabras de Jesús: “era forastero y me han acogido” (Mt 25,35). Hoy en día, lamentablemente, este complejo problema de la acogida a migrantes-refugiados-prófugos se ha convertido en un encendido tema político a nivel nacional, europeo y mundial, materia de continuos debates públicos y privados, cargados a menudo de ideologías contrapuestas. El escaso compromiso de privados, asociaciones y gobiernos en buscar soluciones adecuadas a las migraciones está, por lo menos en parte, en la base de numerosas tragedias y muertes en tierra y mar, incluso de mujeres, mamás y niños.

Se abre aquí el tema de la cooperación misionera a las tareas de evangelización y promoción humana, que es un derecho-deber de todo bautizado, tanto en las formas siempre válidas de la oración, sacrificio, donativos…, como en las modalidades nuevas: información, formación, compromiso por la justicia, derechos humanos… para un mundo más fraterno y solidario.

“Soy especial, soy única, gracias por ser como soy”

Por: Hna. Cecilia Sierra, smc
Desde el desierto de Judea

La conocimos hace tres años. Una pequeña niña beduina en una aldea del desierto. Extremadamente tímida. Siempre apartada. Casi sin hablar. Parecía vivir detrás de un muro invisible.

Esta semana, durante el campamento de verano en su aldea, apenas podíamos creer lo que veíamos.

Hoy tiene seis años. Y es otra niña.

Creció junto a una hermanita apenas un año mayor, espontánea, segura y extrovertida.

Desde el primer día repetimos una y otra vez el mensaje del campamento: “Soy especial. Soy única. Gracias por ser como soy.”

Al ritmo del himno que acompañó estos días, la vimos sonreír, jugar, participar, hablar y acercarse. La niña que antes se escondía ahora corre a nuestro encuentro. Busca a los demás niños, comparte, colabora y regala abrazos llenos de confianza.

Esta transformación no nació en un instante. Es fruto de años de presencia, cercanía y cariño. Fruto de sentirse querida, aceptada y valorada. Fruto de un camino recorrido junto a ella, su madre y toda su familia.

Durante estos cuatro días vimos hacerse realidad cada uno de los temas del campamento.

El primer día: “Yo soy especial.” Y comenzó a creerlo.

El segundo día: “Puedo cambiar y hacer la diferencia.” Su propia historia fue el mejor ejemplo.

El tercer día: “No estoy sola, tengo muchos amigos.” Y allí estaba ella, rodeada de niños, disfrutando de una amistad que antes parecía imposible.

El cuarto día: “Quiero sembrar la paz.” Y eso es exactamente lo que está haciendo: sanando heridas, venciendo miedos, abriendo el corazón y tendiendo puentes.

Han sido cuatro días intensos en dos aldeas del desierto. Aprestados y ansiosos los niños por estar juntos, jugar. La mayoria de ellos no va a la escuela. La escuela mas cercana esta en Jerico, a kilometros de su aldea.
Llegaban tempranisimo, limpios, ansiosos, cargados de energia. Receptivos al aprendizaje, a los juegos y con corazones cargados de esperanza. Bajo el sol ardiente, suavizado este año por una brisa fresca que sentimos como un regalo de Dios.

Esta pequeña nos recuerda que el amor transforma. Que la cercanía sana.

Hoy sonríe cuando canta: “Soy especial.”

Y al verla, nosotros también lo creemos.

Aquí, en medio del desierto, en Tierra Santa, esta pequeña niña beduina, con esta extraordinaria capacidad de transformacion, ya está sembrando paz.

XII Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: “No teman a los hombres. No hay nada oculto que no llegue a descubrirse; no hay nada secreto que no llegue a saberse.
Lo que les digo de noche, repítanlo en pleno día, y lo que les digo al oído, pregónenlo desde las azoteas.
No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman, más bien, a quien puede arrojar al lugar de castigo el alma y el cuerpo.
¿No es verdad que se venden dos pajarillos por una moneda? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae por tierra si no lo permite el Padre. En cuanto a ustedes, hasta los cabellos de su cabeza están contados. Por lo tanto, no tengan miedo, porque ustedes valen mucho más que todos los pájaros del mundo. A quien me reconozca delante de los hombres, yo también lo reconoceré ante mi Padre, que está en los cielos; pero al que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre, que está en los cielos”.

(Mateo 10, 26-33)


No tengan miedo
P. Enrique Sánchez G. mccj

Después de leer esta página del Evangelio es muy probable que las palabras que han quedado resonando en nuestro interior son: No tengan miedo. No teman a los hombres.

Ya desde hace tiempo hemos venido escuchando, como mensaje de esperanza y de confianza, que quien permanece en Dios, quien hace de su amor el objetivo de la vida, simplemente no puede vivir en el temor.

No podemos negar que vivimos en un mundo en donde las amenazas, las inseguridades, los riesgos que atentan contra nuestra vida o contra nuestra paz parecen ser el pan de cada día. Muchas veces decimos que salimos de nuestra casa, pero no sabemos si regresaremos con bien. Los motivos para el temor no hace falta inventarlos y muchas veces pueden paralizarnos.

La astucia de quienes se dedican a hacer el mal parece ser cada día más sofisticada y nos sorprende la habilidad con que se logra usar de herramientas que deberían servir para el bien, para crear situaciones de maldad.

Y, sin embargo, la palabra del Evangelio no se pierde, no baja su intensidad y nos permite escuchar con fuerza la voz del Señor que nos anima a no quedarnos petrificados ante las amenazas del mal.

“No teman a los hombres” es más que una recomendación nacida de la promesa que el Señor nos ha hecho de no dejarnos solos, de no permitir que el mal triunfe y que el miedo nos robe la esperanza y nos impida ser testigos de su presencia entre nosotros.

El mandato de pregonar y de anunciar lo que el Señor nos va revelando a través de nuestro peregrinar cristiano nos impulsa y nos anima a no perder el entusiasmo misionero.

Hay que decir en voz alta al mundo que Dios sigue siendo quien lleva las riendas de nuestra historia y es él quien nos llena de valor, incluso en los momentos en que nos podemos sentir amenazados o confundidos por las tinieblas que nos pueden rodear.

“No tengan miedo a quienes matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma”. Ciertamente no podemos ser ingenuos y pensar que nada nos puede suceder, si nos arriesgamos a ser fieles al mandato del Señor de ir por todas partes a anunciarlo.

No podemos cerrar los ojos y negar que existen tantas víctimas de la maldad que terminan sus vidas de manera trágica. Vidas que son arrebatadas injustamente por quienes han perdido el respeto por la vida, por quienes no tienen conciencia y consideran a los demás como cosas que se pueden desechar o destruir.

Es un hecho, que no podemos negar, que hoy existe una forma de pensar en algunas partes de nuestro mundo que no respeta la vida y no faltan personas en nuestro tiempo quienes no se tientan el corazón para matar y sembrar la tristeza y el dolor.

Pero aún en esas situaciones el Señor nos anima a seguir adelante, a no perder la confianza, pues habrá quien acabe con la vida, pero el espíritu que llevamos dentro de nuestro corazón, ese nada ni nadie lo podrá destruir.

Y seguirán existiendo miles de cristianos que estarán siempre dispuestos a dar su vida buscando la manera de permanecer fieles a su fe en Jesús. Discípulos que no le temen a nada y que están dispuestos a todo por decir con sus vidas que el Señor está entre nosotros.

Todos conocemos la situación de muchos cristianos que son hoy perseguidos y no faltan las noticias de comunidades que han sido atacadas brutalmente asesinando a muchos cristianos. Sabemos de hermanos nuestros en la fe que son obligados a emigrar, a dejar su tierra, sus familias porque son condenado a desaparecer. Y ahí se escucha la palabra del Señor que los sostiene y los anima diciendo “podrán matar el cuerpo, pero no el alma”.

Y en las palabras que siguen en el relato de nuestro Evangelio escuchamos a Jesús que nos confirma en la esperanza.

Dios toma cuidado de los pajarillos y nada de lo que nos pueda suceder en la vida se le escapa. Todo está bajo su mirada y no deberíamos preocuparnos por nada, pues hasta los cabellos de nuestra cabeza los tiene contados y nada puede suceder sin que él lo permita.

Estamos en las manos de Dios y somos el motivo de su amor y de su preocupación. Eso debería generar en nuestro interior una gran alegría, una inmensa gratitud; pero sobre todo una confianza sin límites. Pues a cada paso que demos, el Señor se nos irá adelantando para que podamos avanzar con la serenidad y la paz en nuestros corazones.

Si en días anteriores decíamos que lo más bello que nos puede suceder en la vida es descubrir que somos lo que más ama Dios, hoy, escuchando este Evangelio, deberíamos sentirnos mucho más felices, porque valiendo mucho más que los pájaros del cielo, de los cuales Dios se toma cuidado, podremos decir que todo lo que nos suceda será siempre una bendición del Padre que nos va cuidando y bendiciendo.

De ahí debe nacer nuestra valentía y el ánimo de seguir adelante, sin temor y sin miedo. Pues, como dice el Salmo, “aunque pase por valles oscuros, nada temeré; porque el Señor me guía y me conduce” (Sal 23, 1-6)

Por lo tanto, no tengamos miedo, dejemos que el Espíritu del Señor actúe en nuestros corazones para que podamos dar testimonio de él en todas las circunstancias de nuestra vida. Que la fe que nos mueve a la esperanza y a la confianza nos permita confesar con nuestras obras y con el testimonio de nuestras vidas que somos del Señor, que todo lo esperamos de él y que en él tenemos puesta toda nuestra confianza.

Confesemos al Señor con valor y alegría y pidamos que sostenidos por él podamos ser en nuestro mundo aquellos que han vencido el miedo no con nuestras fuerzas, sino con la fortaleza que nos otorga el Señor a través de su Espíritu.

Sintámonos orgullosos de ser discípulos de Jesús y no nos cansemos de anunciarlo en nuestro mundo que tanta necesidad tiene de él.


No tengan miedo
Antonio Guerra

El texto que hoy meditamos forma parte del discurso apostólico (Mt 10). En el contexto inmediato a la lectura, Jesús ha descrito a sus discípulos un cuadro de violencia y persecución. Esto podría provocarles miedo e impulsarlos a retroceder, por eso resuena en el evangelio por tres veces el no tengan miedo (vv. 26.28.31). Jesús los invita a tener confianza en la asistencia del Padre y los impulsa a sentirse llamados a dar testimonio del amor de Dios.

Primera exhortación. La tarea del anuncio y la pertenencia al grupo de Jesús los hace todavía más vulnerables. A pesar de todo, les dice “no tengan miedo”, que es como decir: “no permitan que el miedo los arrastre y les haga abandonar la fidelidad a su misión con tal de salvar su vida”. Lo que Jesús les ha confiado han de anunciarlo con franqueza y apertura, a la luz del sol y en público.

En la segunda exhortación Jesús pide coraje también frente al daño extremo e irrevocable que podemos sufrir frente a la muerte. Jesús recuerda que la vida terrena no es el mayor bien y que la muerte no es el mal más grave. Jesús los invita a la valentía de abandonarse en Dios, no porque éste vaya a frenar a los hombres, impidiéndoles que le maten, sino porque, matando, los hombres no pueden influir lo más mínimo sobre el destino último de la salvación definitiva: sólo de Dios depende nuestro destino definitivo, la vida eterna o la perdición eterna. Nada de lo que nos suceda dejará de estar en las manos de Dios.

Tercera exhortación. El discípulo es por encima de todo uno que no teme mostrar la propia identidad confesándola públicamente. Quien reconoce a Jesús como su maestro delante de los demás, será reconocido como su discípulo también delante del Padre. Quien da espacio al miedo, anula todos los pasos hechos en el camino del seguimiento, desconectándose del vínculo de amistad profundo que ha sido tejido con Jesús.


Nuestros miedos
José Antonio Pagola

Cuando nuestro corazón no está habitado por un amor fuerte o una fe firme, fácilmente queda nuestra vida a merced de nuestros miedos. A veces es el miedo a perder prestigio, seguridad, comodidad o bienestar lo que nos detiene al tomar las decisiones. No nos atrevemos a arriesgar nuestra posición social, nuestro dinero o nuestra pequeña felicidad.

Otras veces nos paraliza el miedo a no ser acogidos. Nos atemoriza la posibilidad de quedarnos solos, sin la amistad o el amor de las personas. Tener que enfrentarnos a la vida diaria sin la compañía cercana de nadie.

Con frecuencia vivimos preocupados solo de quedar bien. Nos da miedo hacer el ridículo, confesar nuestras verdaderas convicciones, dar testimonio de nuestra fe. Tememos las críticas, los comentarios y el rechazo de los demás. No queremos ser clasificados. Otras veces nos invade el temor al futuro. No vemos claro nuestro porvenir. No tenemos seguridad en nada. Quizá no confiamos en nadie. Nos da miedo enfrentarnos al mañana.

Siempre ha sido tentador para los creyentes buscar en la religión un refugio seguro que nos libere de nuestros miedos, incertidumbres y temores. Pero sería un error ver en la fe el agarradero fácil de los pusilánimes, los cobardes y asustadizos.

La fe confiada en Dios, cuando es bien entendida, no conduce al creyente a eludir su propia responsabilidad ante los problemas. No le lleva a huir de los conflictos para encerrarse cómodamente en el aislamiento. Al contrario, es la fe en Dios la que llena su corazón de fuerza para vivir con más generosidad y de manera más arriesgada. Es la confianza viva en el Padre la que le ayuda a superar cobardías y miedos para defender con más audacia y libertad el reino de Dios y su justicia.

La fe no crea hombres cobardes, sino personas resueltas y audaces. No encierra a los creyentes en sí mismos, sino que los abre más a la vida problemática y conflictiva de cada día. No los envuelve en la pereza y la comodidad, sino que los anima para el compromiso.

Cuando un creyente escucha de verdad en su corazón las palabras de Jesús: «No tengáis miedo», no se siente invitado a eludir sus compromisos, sino alentado por la fuerza de Dios para enfrentarse a ellos.


Ni miedo a hablar, ni miedo a morir
José Luis Sicre

El evangelio de este domingo es parte del segundo gran discurso que Mateo pone en boca de Jesús. Dirigido a los apóstoles, comienza con unas instrucciones sobre cómo deben anunciar el Reinado de Dios, insistiendo en el desinterés y la pobreza (Mt 10,5-15). No pueden imaginar que la predicación de este mensaje, o curar enfermos, sobre todo sin pedir nada a cambio, pueda provocarles calumnias y persecuciones. Sin embargo, repetir el mensaje de Jesús y vivir como él vivió provoca mucho malestar en ciertos ambientes. Por eso, les deja claro a los discípulos que van a ser muy perseguidos (10,16-25). Ante esto, corren dos peligros: el de callar, para no meterse en complicaciones; y el de dejarse arrastrar por el miedo a la muerte. La forma en que Jesús aborda este tema resulta de una frialdad pasmosa, usando tres argumentos muy distintos: 1) la muerte del cuerpo no tiene importancia alguna, lo importante es la muerte del alma; 2) todo lo que pueda ocurriros lo dispone Dios; 3) la actitud que adoptéis con respecto a mí la adoptaré yo con respecto a vosotros.

Mateo ha recogido en este breve fragmento frases pronunciadas por Jesús en distintos momentos de su vida. Por eso, pueden desconcertar un poco. En el primer caso, a quien deben temer los apóstoles es a Dios, el único que puede matar el alma. En el tercero, a quien deben temer es a Jesús, que podría negarlos ante el Padre del cielo. En cualquier caso, a quienes no deben temer es a los hombres, idea que se repite tres veces en estos pocos versículos.

Cuando se piensa en los asesinatos de cristianos en Egipto, Siria y otros países, quienes vivimos en una sociedad tranquila y segura (por mucho que nos quejemos) podemos tener la impresión de que estas palabras son inhumanas, casi crueles. Sin embargo, es probable, incluso seguro, que a esos cristianos perseguidos les infundan enorme esperanza y energía para confesar su fe. Han preferido la muerte a renegar de Jesús; han preferido ponerse de su parte, salvar el alma antes que el cuerpo.

La primera lectura sirve de contraste (aunque es probable que quienes la eligieron no cayeran en la cuenta de este detalle). El destino de Jeremías, calumniado y perseguido por sus paisanos de Anatot y por las autoridades religiosas y políticas de Jerusalén, recuerda lo que anuncia Jesús a sus discípulos. Pero hay una gran diferencia entre esta primera lectura y el evangelio. El profeta termina pidiendo a Dios que lo vengue de sus enemigos. Jesús nunca sugiere algo parecido a sus discípulos. Al contrario, morirá perdonando a quienes lo matan.


“No tengan miedo”
Misión es fidelidad de amor hasta el Martirio
Romeo Ballan, mccj

En el centro del ‘discurso misionero’ de Jesús, que envía a sus discípulos a anunciar el Reino, está la perspectiva cercana y concreta de la persecución, quizás como un reflejo de la experiencia que las primeras comunidades de fieles ya estaban sufriendo, cuando se escribían los Evangelios (Mt 10; Mc 6; Lc 10). De ahí la insistencia de Mateo (Evangelio) en recordar hasta por tres veces la palabra confortadora del Maestro: ‘No tengan miedo’ (v. 26.28.31). Desde siempre, estas palabras han dado ánimo a los pregoneros del Evangelio y han sostenido la fidelidad de los mártires de todos los tiempos.

La superación del miedo y el valor de dar testimonio se basan:

– en el destino universal del mensaje de Jesús: es para todos los pueblos, es un mensaje que es preciso anunciar en pleno día y pregonar desde la azotea (v. 27);

– en el santo temor de Dios: el sentido profundo de su santidad y majestad exige que el primer lugar corresponda siempre y solo a Aquel que tiene la palabra definitiva para la salvación del alma y del cuerpo (v. 28);

– en la bondad del Padre que cuida con amor cosas tan pequeñas como los pajaritos, y cuenta hasta los cabellos de la cabeza (v. 29-31);

– en la necesidad de estar unidos y ser fieles a Cristo, por amor, y, en Él, estar unidos al Padre (v. 32-33).

El profeta Jeremías (I lectura) experimentó la amargura de la calumnia y el terror de la persecución (v. 10), pero, a la vez, la presencia del Señor a su lado “como fuerte soldado” (v. 11), al que él encomienda su causa (v. 12). Por eso, invita a alabar al Señor “que libró la vida del pobre de manos de los impíos” (v. 13). San Pablo (II lectura) alienta la esperanza de los cristianos de Roma, afirmando que el proyecto salvífico de Dios en favor de todos los hombres supera cualquier condicionamiento impuesto por la historia y por el pecado del hombre. En efecto, “no como fue el delito, así también fue el don”, porque la gracia va mucho más allá: “mucho más, gracias a Jesucristo, la benevolencia y el don de Dios se han desbordado sobre todos” (v. 15). ¡En virtud del misterio pascual en la muerte y resurrección de Cristo!

A la luz de ese misterio, hay que interpretar las palabras de un profeta de nuestro tiempo, Dietrich Bonhoeffer (1906-1945), teólogo luterano y mártir del nazismo alemán: “Dios nos ha salvado no en virtud de su potencia, sino en virtud de su impotencia”. Y más todavía: “¡Es el fin! Para mí es el comienzo de la vida”. Recordemos, en el centenario de su nacimiento (1920), al Papa Juan Pablo II, que en 1978 inauguró su pontificado con una clara exhortación a superar el miedo: “¡No tengan miedo! ¡Abran las puertas a Cristo!” En nuestros días el miedo es uno de los sentimientos más extendidos; algunos políticos lo alimentan hábilmente, haciendo de él un uso instrumental en orden a sus proyectos. “El miedo se ha convertido en un instrumento político; nuestros miedos ocultos, de hecho, hacen de nosotros personas expuestas a dejarse manipular fácilmente”, decía el P. Adolfo Nicolás (+2020), Superior general de los jesuitas. El miedo, además, es siempre un pésimo consejero.

La superación del miedo y la fidelidad hasta el martirio acompañan siempre a la Iglesia en todo tiempo y lugar. Hay una continuidad entre los cristianos perseguidos en los primeros siglos y los testimonios de mártires recientes, igualmente fieles al anuncio del Evangelio y a la denuncia profética. El arzobispo Óscar A. Romero, poco antes de ser asesinado (El Salvador, 1980), declaró con firmeza a las fuerzas del orden público: “En nombre de Dios y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada vez más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno: en nombre de Dios, cese la represión”. Jesús lo había predicho: Los perseguirán también a ustedes… Pero no tengan miedo. ¡Yo he vencido al mundo!