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XVII Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en un campo. El que lo encuentra lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, va y vende cuanto tiene y compra aquel campo.
El Reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas Ainas que, al encontrar una perla muy valiosa, va y vende cuanto tiene y la compra.
También se parece el Reino de los cielos a la red que los pescadores echan en el mar y recoge toda clase de peces. Cuando se llena la red, los pescadores la sacan a la playa y se sientan a escoger los pescados; ponen los buenos en canastos y tiran los malos. Lo mismo sucederá al final de los tiempos: vendrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los arrojarán al horno encendido. Allí será el llanto y la desesperación. ¿Han entendido todo esto?”

Ellos le contestaron: “Sí”. Entonces él les dijo: “Por eso, todo escriba instruido en las cosas del Reino de los cielos es semejante al padre de familia, que va sacando de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas”.

(Mateo 13, 44-52)


Un tesoro escondido
P. Enrique Sánchez G. mccj

Con el texto que nos presenta el evangelio de este domingo, llegamos al final de lo que san Mateo ha definido como la enseñanza en parábolas a los discípulos, a las multitudes que seguían al Señor y a nosotros mismos que hemos tenido la oportunidad de enriquecernos con estas palabras.

Hoy nos encontramos con otras tres parábolas que, por su sencillez, nos permiten abrir el corazón al mensaje del Señor, pues todos hemos soñado alguna vez con descubrir un tesoro que nos cambiaría la vida; siempre nos hemos sentido fascinados con la belleza de las perlas convertidas en joyas preciosas que hacen resaltar la belleza de quien las lleva como adorno en el cuello.

Y, seguramente, nos hemos encontrado, en un momento, a la orilla del mar, contemplando a los pescadores que regresan, después de horas de fatiga en el mar y antes de bajar de sus barcas, separando los peces que realmente vale la pena poner en los canastos.

Jesús utiliza esos tres ejemplos para concluir, de alguna manera, la enseñanza que ha querido transmitir a sus discípulos para que se abrieran a la novedad del Reino de Dios que estaba empezando a manifestarse entre ellos a través de la acción del Señor.

El Reino de Dios, dice Jesús, es como un tesoro escondido, pero que en un cierto momento es descubierto y llena el corazón de alegría. Es algo que responde a los anhelos profundos que cada persona lleva en su interior.

Podríamos decir que es aquello que nos hace soñar y que nos mueve a luchar para encontrar lo que hace que podamos decir que vale la pena estar en este mundo y que hay motivos para esperar algo que nos haga ser verdaderamente felices, pues al final de cuentas eso es para lo que Dios nos ha puesto en esta tierra.

Un tesoro representa en nuestra imaginación algo que tiene un valor tan grande que consideramos que sería suficiente para responder a todo lo que necesitamos. Lo imaginamos como aquello que bastaría para ver satisfechas nuestras urgencias materiales, pero también lo que llenaría nuestros ideales y aspiraciones más profundas o espirituales. Seguramente, todos conocemos muchas historias, algunas ciertas y otras imaginarias, que nos cuentan que han existido personas que lo han dejado todo para ir a la búsqueda de los tesoros escondidos misteriosamente en lo profundo de las montañas o en el fondo de los océanos.

Han existido grandes aventureros y exploradores que no tuvieron miedo de ir a lugares lejanos, fantásticos o misteriosos en búsqueda de una cueva o de un cofre en el fondo del mar en donde se escondía el tesoro que les cambiaría la vida.

Algo parecido nos sugiere Jesús con la parábola del tesoro descubierto y que es vuelto a esconder para no arriesgar que otros lo encuentren mientras se reúne todo lo necesario para poder tomar posesión de él. Este detalle manifiesta una exigencia esencial para poder apoderarse del Reino de Dios.

Jesús nos enseña que para apropiarse el tesoro del Reino es necesario empezar por un desprendimiento que obliga a considerar como lo único valioso e importante lo que hemos encontrado al descubrirlo a él en nuestra vida.

Hay que ir y dejarlo todo, que nada pueda ocupar el lugar que le corresponde al Señor en nuestro corazón, para que él se convierta en lo más valioso, en lo más importante, en lo único a lo que vale la pena sacrificarle nuestra vida entera.

Aquí podría surgir para nosotros una serie de preguntas que vale la pena acoger con humildad, con sencillez y con la disponibilidad suficiente para dejarnos transformar y para empezar a caminar por otros rumbos en donde algunos tesoros que considerábamos importantes y necesarios pierden su valor ante nuestros ojos.

¿Cuáles son mis tesoros en este momento de mi vida? ¿Qué es lo que considero más importante y a lo que me resulta difícil renunciar? ¿Qué es lo que brilla ante mis ojos y me encandila, impidiéndome ver lo que hay en lo más profundo de mi vida? ¿Por qué me siento apegado a alguna cosa, a alguna propiedad, a algo que considero mi riqueza porque me brinda seguridad?

¿Cómo podemos descubrir nuestros tesoros? El evangelio, en algún momento nos da la respuesta diciendo: “ahí en donde esta tu tesoro, ahí está tu corazón”. ¿En dónde sentimos vibrar con mayor intensidad nuestro corazón?

¿Qué me pide el Señor que le entregue para que pueda poseerlo a él, como mi único y gran tesoro? ¿Qué estoy dispuesto a vender de lo que tengo, y no me refiero a cosas materiales, para adquirir el tesoro que realmente puede llenar mi corazón?

La parábola de la perla preciosa, nos habla igualmente de exigencias de desprendimiento, pero con una razón que justifica el sacrificio. Se renuncia a todo para adquirir lo que es más bello, lo más valioso. Y lo más bello y lo más valioso generalmente no tiene un precio, vale más de lo que se paga por ello.

Lo bello vale por lo que significa en el corazón de una persona y no por el precio que se puede pagar.

Una  flor  que  se  ofrece  como  signo  de  cariño  o  de  amor  no  cuesta  una  fortuna,  pero representa algo que no se puede decir con las palabras y que todo el dinero del mundo no bastaría para expresar lo que se siente dentro de nosotros.

La perla preciosa puede hacer que se venda todo lo que se posee porque se ha entendido que aquella perla, y no otra, será la única que podrá satisfacer lo que el corazón esperaba.

El Reino de Dios se presenta igualmente como lo único a lo cual vale la pena sacrificarle todo lo que somos y lo que tenemos, porque en él se esconde lo bello de las promesas que Dios quiere cumplir en cada uno de nosotros, pero que exigen que estemos totalmente dispuestos a acogerlo. Que no haya nada, ni nadie que pueda ocupar el lugar que sólo le corresponde al Señor en nuestras vidas.

Todo esto no quiere decir que estamos condenados a aislarnos de los demás o a considera como obstáculos a quienes Dios a puesto a nuestro lado como sacramentos de su cercanía y de su presencia.

Hacer de Dios el absoluto de nuestra vida significa aprender a ver todo a través de lo que él es en nosotros mismos. Es descubrir su belleza en el hermano a quien estamos llamados a amar con todo el corazón. Es ver su presencia en el mundo en donde nos ha puesto y en la creación que nos ha dado para que hagamos ahí nuestro hogar y nuestra morada.

Es darnos cuenta de que el Reino de Dios lleva consigo una belleza que sólo puede ser entendida, aceptada y vivida por quienes están llenos de la presencia del Señor.

Aquí también valdría la pena preguntarnos ¿qué es lo que considero lo más bello de mi vida? ¿Quiénes se convierten en el rostro bello de Dios que se me manifiesta de manera sorpresiva a cada instante? ¿Quiénes son esa perla preciosa por la que estaría dispuesto a vender todo lo que tengo para quedarme sólo que aquella que se ha ganado mi corazón?

Finalmente, llegamos a la parábola de la red que los pescadores llevan hasta la orilla del mar para separar ahí los peces que vale la pena conservar.

El Reino de Dios implica también una selección y no se trata de ser excluidos del Reino, pues ahí todos tenemos un lugar que ha sido reservado y que el Señor ha preparado para todos.

Aquí sería bello recordar aquella palabra del evangelio que nos dice que “Dios hace salir el sol para los buenos al igual que para los malos” (Mateo 5, 45)

La tarea de los pescadores nos permite entender que, en el trabajo para poder entrar en las caminos que nos conducen al Reino de los cielos, hay un compromiso de discernimiento que nos obliga a hacer las buenas elecciones, a optar por lo que es conveniente, aunque no siempre sea placentero.

Para entrar en el Reino de los cielos, de alguna manera, hay que aceptar una disciplina que nos ayude a tener y desear lo que es bueno para nuestro crecimiento personal y comunitario. Hay que buscar el bien y lo que es bueno.

Saber sacar de nuestras redes lo que no vale la pena es algo sabio que nos permitirá estar siempre atentos a los signos de Dios que pasa en nuestra vida a través de todo lo que nos toca vivir.

Y la vida, al menos hoy en día, muchas veces se presenta como un río revuelto en el cual nos encontramos con todo, pero no por ello tenemos que dejar que nuestro corazón se nutra de lo que no le conviene.

No se trata de asustarnos con el mal que está presente, como ya lo reflexionábamos en la parábola de la cizaña y el trigo, que tienen que crecer juntos; pero si tenemos que aprender    a discernir para poder elegir lo bueno, lo noble, lo bello y lo santo que Dios va poniendo a nuestro alcance.

El Reino de los cielos es justamente esa realidad en donde podremos sentirnos cobijados y acompañados por el Señor, en la medida en que hagamos las buenas opciones, que nos sintamos profundamente amados para vivir desprendidos y en libertad y que sepamos dejarlo todo para conseguir aquella perla preciosa que el Señor nos está ofreciendo de muchas maneras en lo ordinario de nuestra vida.

Ojalá que las enseñanzas recibidas, a través de todas estas parábolas que hemos ido meditando a lo largo de estos últimos domingos, nos ayuden a acoger la palabra de Dios como una semilla que nos bendice y que nos impulsa a ir cada día más lejos en nuestro deseos de ser testigos y misioneros del Señor.

Que seamos auténticos constructores de su Reino, aunque tengamos que seguir navegando con todo aquello que se apega a nuestro corazón y nos impide entregarnos totalmente al Señor.

Que Jesús nos fortalezca y nos ayude a vivir con humildad nuestro compromiso misionero anunciando con alegría y generosidad lo bello de su Palabra y que encuentre en nosotros aquellos discípulos, que aún con sus límites y pecados pueden llegar a ser buenos colaboradores en la construcción del Reino.

Finalmente, que el Señor nos conceda encontrarlo en lo más profundo de nuestro corazón como el tesoro que Dios ha escondido para que vivamos en plenitud.

Sigamos siendo discípulos apasionados en la construcción del Reino y que el Señor encuentre en cada uno de nosotros buenos colaboradores suyos.


Un tesoro sin descubrir
José Antonio Pagola

Se parece a un tesoro escondido.

No todos se entusiasmaban con el proyecto de Jesús. En bastantes surgían no pocas dudas e interrogantes. ¿Era razonable seguirle? ¿No era una locura? Son las preguntas de aquellos galileos y de todos los que se encuentran con Jesús a un nivel un poco profundo.

Jesús contó dos pequeñas parábolas para «seducir» a quienes permanecían indiferentes. Quería sembrar en todos un interrogante decisivo: ¿no habrá en la vida un «secreto» que todavía no hemos descubierto?

Todos entendieron la parábola de aquel labrador pobre que, estando cavando en una tierra que no era suya, encontró un tesoro escondido en un cofre. No se lo pensó dos veces. Era la ocasión de su vida. No la podía desaprovechar. Vendió todo lo que tenía y, lleno de alegría, se hizo con el tesoro.

Lo mismo hizo un rico traficante de perlas cuando descubrió una de valor incalculable. Nunca había visto algo semejante. Vendió todo lo que poseía y se hizo con la perla.

Las palabras de Jesús eran seductoras. ¿Será Dios así?, ¿será esto encontrarse con él?, ¿descubrir un «tesoro» más bello y atractivo, más sólido y verdadero que todo lo que nosotros estamos viviendo y disfrutando?

Jesús estaba comunicando su experiencia de Dios: lo que había transformado por entero su vida. ¿Tendrá razón? ¿Será esto seguirle?, ¿encontrar lo esencial, tener la inmensa fortuna de hallar lo que el ser humano está anhelando desde siempre?
En los países del Primer Mundo mucha gente está abandonando la religión sin haber saboreado a Dios. Les entiendo. Yo haría lo mismo. Si uno no ha descubierto un poco la experiencia de Dios que vivía Jesús, la religión es un aburrimiento. No merece la pena.

Lo triste es encontrar a tantos cristianos cuyas vidas no están marcadas por la alegría, el asombro o la sorpresa de Dios. No lo han estado nunca. Viven encerrados en su religión, sin haber encontrado ningún «tesoro». Entre los seguidores de Jesús, cuidar la vida interior no es una cosa más. Es imprescindible para vivir abiertos a la sorpresa de Dios.


Parábolas para tiempo de crisis
José Luis Sicre

En los dos domingos anteriores, el discurso en parábolas ha respondido a tres preguntas que se hace la antigua comunidad cristiana y que nos seguimos planteando nosotros:

1) ¿Por qué no aceptan todos el mensaje de Jesús? (parábola del sembrador).
2) ¿Qué hacer con quienes no lo aceptan? (el trigo y la cizaña).
3) ¿Tiene futuro esta comunidad tan pequeña? (el grano de mostaza y la levadura)

Quedan todavía otras dos preguntas por plantear y responder.

¿Vale la pena?

La pregunta que puede seguir rondando en la cabeza de los segui­dores de Jesús es si todo esto vale la pena. A la pregunta responden dos parábolas muy breves, aparentemente idénticas en el desarrollo y con gran parecido en las imágenes. Por eso se las conoce como las parábolas del tesoro y la perla. Lo que ocurre en ambos casos es lo siguiente:

a) El protagonista descubre algo de enorme valor.
b) Con tal de conseguirlo, vende todo lo que tiene.
c) Compra el objeto deseado.

Sin embargo, hay curiosas diferencias entre las dos parábolas, empezando por los protagonistas.

El suertudo y el concienzudo (el tesoro y la perla)

El protagonista de la primera es un hombre con suerte. Mientras camina por el campo, encuentra un tesoro. Su primera reacción no es llevarlo a la oficina de objetos perdidos (que entonces no existe) ni poner un anuncio en el periódico (que tampoco existe). Ante todo, lo esconde. Repuesto de la sorpresa, se llena de alegría y decide apropiarse del tesoro, pero legalmente. La única solución es comprar el campo. Es grande y caro. No importa. Vende todo lo que tiene y lo compra.

El protagonista de la segunda parábola es muy distinto. No pierde el tiempo paseando por el campo. Es un comerciante concienzudo que va en busca de perlas de gran valor. Por desgracia, la traducción litúrgica ignora este aspecto: en vez de “El Reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas”, debería decir “a un comerciante en busca de perlas finas”. No la encuentra por casualidad, va tras ella con ahínco. Como buen comerciante, calculador y frío, no salta de alegría cuando la encuentra, igual que el protagonista de la primera parábola. Pero hace lo mismo: vende todo lo que tiene para comprarla.

La perla y el comerciante. Otra diferencia curiosa es que la primera parábola compara el Reino de los Cielos con un tesoro, pero la segunda no lo compara con una perla preciosa, sino con un comerciante. Este detalle ofrece una pista para interpretar las dos parábolas.

Ni bonos basura ni timo de la estampita. No olvidemos que estas parábolas se dirigen a una comunidad que sufre una crisis profunda y se pregunta si ser cristiano tiene valor. En términos modernos: ¿me han vendido bonos basura o me han dado el timo de la estampita? La respuesta pretende revivir la experiencia primitiva, cuando cada cual decidió seguir a Jesús. Unos entraron en contacto con la comunidad de forma puramente casual, y descubrieron en ella un tesoro por el que merecía la pena renunciar a todo. Otros descubrieron la comunidad tras años de inquietud religiosa y búsqueda intensa, como ocurrió a numerosos paganos en contacto previo con el judaísmo; también éstos debieron renunciar y vender para adquirir.

Las parábolas, aparte de infundir ilusión, animan también a un examen de conciencia. ¿Sigue siendo para mí la fe en Jesús y la comunidad cristiana un tesoro inapreciable o se ha convertido en un objeto inútil y polvoriento que conservo sólo por rutina?

Al mismo tiempo, nos enseñan algo muy importan­te: es el cristiano, con su actitud, quien revela a los demás el valor supremo del Reino. Si no se llena de alegría al descubrir­lo, si no renuncia a todo por conseguirlo, no hará perceptible su valor. Estas parábo­las parecen decir: «Cuando te pregunten si ser cristiano vale la pena, no sueltes un discurso; demuestra con tu actitud que vale la pena».

¿Qué ocurrirá a quienes aceptan el Reino, pero no viven de acuerdo con sus ideales?

A esta última pregunta responde la parábola de la red lanzada al mar. No queda claro si se habla de toda la humanidad, donde hay buenos y malos, o de la comunidad cristiana, donde puede ocurrir lo mismo. Ya que el tema del juicio universal se ha tratado a propósito del trigo y la cizaña, parece más probable que se refiera al problema interno de la comunidad cristiana. Interpretada de este modo, empalmaría muy  bien con las dos anteriores. Hay gente dentro de la comunidad que no vive de acuerdo con los valores del evangelio, que no mantiene esa experiencia de haber descubierto un tesoro o una perla. ¿Qué ocurrirá con ellos? La respuesta es muy dura («a los malos los echarán al horno encendido») pero convie­ne completarla con la última parábola del evangelio de Mateo, la del Juicio final (Mt 25,31-46), donde queda claro cuáles son los peces buenos y cuáles los malos. Los buenos son quienes, sabiéndolo o no, dan de comer al hambriento, de beber al sediento, visten al desnudo, hospedan al que no tiene techo… Los que ayudan al necesitado, aunque ni siquiera intuyan que dentro de ellos está el mismo Jesús.

Conclusión

Mateo termina las siete parábolas comparando al predicador del evangelio con un padre de familia. Parece un nuevo enigma, esta vez sin explicación. En sentido inmediato, el escriba que entiende del reinado de Dios es Jesús. Para exponer su mensaje ha usado cosas nuevas y viejas. Del baúl de sus recuerdos ha sacado cosas antiguas: alguna alusión al Antiguo Testamento, la técnica parabólica y el lenguaje imaginati­vo de los profetas. Pero la mayor parte consta de cosas nuevas, fruto de su experiencia y de su capacidad de observación: la vida del campesino, del ama de casa, del pescador, del comerciante, de la gente que lo rodea, le sirven para exponer con interés su mensaje. Por eso, la comparación final es también una invitación a los discípulos y a los predicadores del evangelio a ser creativos, a renovar su lenguaje, a no repetir meramente lo aprendido.

La primera lectura nos invita a pedir a Dios esta sabiduría, igual que Salomón se la pidió para gobernar a su pueblo.


Jesucristo, tesoro por descubrir, amar y compartir
Romeo Ballan, mccj

Es siempre apasionante la búsqueda de un tesoro escondido; el encanto de una perla preciosa enciende la fantasía… Tesoro y perla (Evangelio), descubiertos de manera gratuita, remiten directamente a la palabra de Jesús: “Donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón” (Mt 6,21). El discurso parabólico de Jesús, que abarca siete parábolas (Mt 13), concluye con las tres parábolas de hoy: el tesoro escondido (v. 44)la perla preciosa (v. 45-46) y la red para pescar (v. 47-48). El tesoro y la perla tienen una conexión ideal con las parábolas (anteriores) del sembrador, del granito de mostaza y de la levadura; mientras que la cizaña y la red tienen una dinámica parecida entre sí.

Las siete imágenes son instrumentos didácticos que Jesús utiliza para introducir a sus discípulos en la comprensión de la realidad misteriosa del Reino de Dios o Reino de los cielos. Las siete llevan a una opción de vida: el discípulo debe optar; la puesta en juego en esta opción es el mismo Jesús, porque Él es la plenitud del Reino. El tesoro es Dios, que se manifiesta en la vida, acciones y palabras de Jesús. El Reino es el proyecto, el sueño de Dios que se manifiesta en la vida de Jesús. Él es la semilla buena, la Palabra que el Padre siembra en el campo del mundo, con capacidad para transformarlo desde dentro, por la fuerza intrínseca del granito de mostaza y de la pizca de levadura. Él es el tesoro escondido y la perla preciosa, que es preciso buscar y preferir a cualquier otro valor, abriéndole camino a Él, solamente a Él, evitando así el riesgo de ser tirados como la cizaña y los peces malos (v. 48).

Con la imagen del tesoro y de la perla, Jesús evoca las tradiciones, fábulas y novelas de muchos pueblos en la búsqueda legendaria de tesoros y de joyas. Mirando el Evangelio y la experiencia cristiana, el Reino de los cielos es multiforme en su realidad y expresiones: para Jesús el Reino de los cielos es ante todo Dios mismo amado, gozado y anunciado; el Reino es la hermosura de la gracia divina, que nos hace semejantes al Hijo (II lectura); es la misión que hay que llevar a los pueblos que aún no conocen a Cristo; es la fidelidad en el amor familiar; es la vocación de consagración; es un proyecto de bien por realizar; es la sabiduría del corazón, que Salomón implora de Dios (I lectura), don más importante que una vida longeva, la riqueza o la victoria sobre los enemigos.

Para Jesús descubrir el “tesoro” es descubrir el sentido de la vida; es descubrir que Él mismo da ese sentidoPor este valor supremo, por Jesucristo, los mártires dieron su vida, los misioneros dejan la familia y la patria, el cristiano renuncia a muchas cosas. ¡Con gozo y determinación! (v. 44). Las parábolas subrayan el momento del descubrimiento del tesoro y de la perla: “llenos de gozo”. Escoger a Jesús y el camino de las Bienaventuranzas quiere decir escoger la ruta que nos hace gustar plenamente la vida. Porque en el encuentro con Jesucristo y su Evangelio “siempre nace y renace la alegría”. Pensar que ser cristiano/a es “un regalo-un tesoro” significa concebir la fe no como una renuncia o una carga de deberes, sino como una energía vital, que transforma la vida en una relación constructiva y gozosa con la naturaleza, con los demás, con Dios. Este es el tesoro que Dios nos ofrece y el sentido verdadero de la vida.

En resumen, podemos decir que el tesoro es Cristo, un don totalmente gratuito; la plenitud del Reino es el mismo Jesucristo, conocido, amado, anunciado. El Papa Pablo VI nos dejó un vivo testimonio de ello en la apasionada homilía misionera del 29 de noviembre de 1970, ante dos millones de personas en el “Quezon Circle” de Manila: «¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio! (1Cor 9,16). Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios vivo. Él es el Maestro y Redentor de los hombres. Él es el centro de la historia y del universo. Él nos conoce y nos ama, compañero y amigo de nuestra vida, hombre de dolor y de esperanza… Yo nunca me cansaría de hablar de Él; Él es la luz, la verdad, más aún, ‘el camino, y la verdad, y la vida’ (Jn 14,6). Él es el pan y la fuente de agua viva que satisface nuestra hambre y nuestra sed; Él es nuestro pastor, nuestro guía, nuestro ejemplo, nuestro consuelo, nuestro hermano… A todos lo anuncio: Jesucristo es el principio y el fin; el alfa y la omega, el rey del mundo nuevo, la arcana y suprema razón de la historia humana y de nuestro destino; Él es el mediador, a manera de puente, entre la tierra y el cielo; Él es el Hijo del hombre por antonomasia, porque es el Hijo de Dios, eterno, infinito, y el Hijo de María. ¡Jesucristo! Recuérdenlo: Él es el objeto perenne de nuestra predicación; nuestro anhelo es que su nombre resuene hasta los confines de la tierra y por los siglos de los siglos». (cf. Liturgia de las Horas, II lectura, Dom. XIII T.O.). Hoy también, Jesucristo es el tema principal del anuncio misionero, porque la mayor parte de la familia humana aún no lo conoce. ¡Hace falta un mayor número de testigos y mensajeros!

38 años de presencia de los Misioneros Combonianos en Asia

Los Misioneros Combonianos están presentes en Asia desde 1988, centrándose inicialmente en la evangelización, la promoción vocacional y la formación de los candidatos a la vida misionera. Responden así al llamado de la Iglesia a servir en Asia, el continente menos evangelizado del mundo. (En la foto, el padre Janito Joseph Aldrin Palacios)

P. Víctor Aguilar, mccj
comboni.org

En Filipinas y Vietnam, sus esfuerzos se centran en la animación misionera, la promoción vocacional y la formación de los candidatos a la vida misionera. Mientras tanto, en Macao, su objetivo principal es la primera evangelización, llegando a quienes aún no han conocido la fe cristiana.

Los Misioneros Combonianos establecieron su presencia en Asia en 1988, con el propósito de llevar su servicio misionero, inspirado en el carisma de San Daniel Comboni, a este contexto cultural. Su misión partió de la realidad de que Asia alberga la mayor parte de la población mundial que aún no ha escuchado el Evangelio y que enfrenta importantes dificultades socioeconómicas. Además, con su rica diversidad de religiones del mundo, Asia ha presentado una valiosa oportunidad para fomentar el diálogo interreligioso.

La idea de establecer una presencia de los Misioneros Combonianos en Asia se consideró por primera vez y recibió un respaldo preliminar durante el Capítulo General de 1969, y se le dio mayor énfasis a esta iniciativa en los Capítulos Generales de 1975 y 1979. En el período previo al Capítulo General de 1985, los miembros de la Dirección General realizaron viajes, investigaciones y consultas exhaustivas.

Estos esfuerzos culminaron en la decisión definitiva del Capítulo de 1985 de iniciar la obra misionera en Asia. En ese momento, el Capítulo General dejó claro que el objetivo principal era, ante todo, la evangelización, al tiempo que reconocía la promoción de la misión y de la vocación como aspectos esenciales del carisma comboniano.

Para dar seguimiento a este compromiso, el Consejo General publicó dos documentos el 3 de diciembre de 1987, titulados «Apertura a Asia» y un «Decreto por el que se establece la primera comunidad comboniana en Asia», ubicada en Metro Manila, la capital de Filipinas. Este nuevo grupo se constituyó como «Representación del Superior General», operando directamente bajo su autoridad.

Primera comunidad

Inicialmente, el Consejo General nombró a cinco hermanos para formar la primera comunidad: cuatro sacerdotes y un hermano. Dos sacerdotes y el hermano llegaron a Manila el 4 de enero de 1988, y los dos sacerdotes restantes se unieron a ellos el 11 de julio de ese mismo año.

Para el 9 de septiembre de 1990, este grupo se había expandido en dos comunidades: el Centro Misionero Comboniano, enfocado en la promoción misionera y las publicaciones (con el primer número de la revista World Mission publicado en marzo de 1989) y que servía como residencia del representante del Superior General; y el Seminario Daniele Comboni, dedicado a la formación del postulantado y a la promoción vocacional.

Posteriormente, mediante decreto del Superior General y de su Consejo, con fecha del 9 de octubre de 1992 y con vigencia a partir del 1 de enero de 1999, los Misioneros Combonianos en Asia fueron reconocidos oficialmente como Delegación.

Esta nueva Delegación de Asia fue confiada a la intercesión de los mártires japoneses (incluido San Lorenzo Ruiz, filipino) y de San Daniel Comboni, quien, cuando era estudiante, se había inspirado en las historias de estos mártires. Un crecimiento adicional incluyó la apertura de una casa de noviciado el 9 de septiembre de 1993 en Calamba (diócesis de San Pablo, provincia de Laguna).

Presencia en China

La expansión de la misión en China comenzó el 8 de enero de 1991, con la llegada del primer comboniano a Hong Kong, y se formalizó con la creación de la comunidad de Hong Kong/Macao el 6 de enero de 1992, centrada en el aprendizaje del cantonés y en el compromiso con la primera evangelización entre la población china de Macao.

En 1997, tres misioneros fueron asignados a Taipéi para aprender mandarín. Tras sus estudios lingüísticos y su adaptación cultural, fundaron oficialmente la comunidad de Taipéi el 15 de marzo de 2002, con un enfoque inicial en la evangelización en la Iglesia Católica Ren Ai, en el centro de Taipéi.

Ese mismo año, la comunidad de Macao inició su labor misionera en Iao Hon, la zona norte del enclave, donde se consagró la nueva iglesia de San José Obrero el 1 de mayo de 1999. Además, el año 1999 marcó el inicio de Fen Xiang, una iniciativa de apertura hacia China continental.

Para mejorar los esfuerzos de promoción misionera en la parte sur de Metro Manila, el Centro Misionero Comboniano se trasladó en 2002 a una residencia de nueva construcción en Sucat, en la ciudad de Parañaque. La Residencia del Delegado también se trasladó allí tres años después.

El noviciado de Calamba sufrió varios traslados: se trasladó al Seminario Daniele Comboni en 2004 y luego a una residencia de nueva construcción que sustituyó a la antigua Casa de la Delegación en 2007.

Ese mismo año, se inauguró oficialmente una comunidad en Cebú para enfocarse en la promoción de la misión y la vocación en la región sur de Filipinas. Sin embargo, esta comunidad se suspendió después de tres años debido a la falta de personal y se cerró formalmente en 2011.

En 2010, el propio noviciado se suspendió temporalmente, y los novicios fueron enviados al Noviciado Continental en Sahuayo, México. El 10 de octubre de 2019, el noviciado reabrió sus puertas en su sede anterior, en la avenida Roosevelt, en la ciudad de Quezón.

En marzo de 2007, se creó en Macao una segunda comunidad, San Zhao Rong, dedicada a los esfuerzos de apertura hacia China continental. Finalmente, el 15 de marzo de 2016, las dos comunidades de Macao se fusionaron en una sola entidad, la Comunidad de San Zhao Rong.

En noviembre de 2010, la comunidad de Taipéi se trasladó al barrio obrero de Wugu, donde comenzó su servicio misionero en la parroquia de Santa Ana. El 23 de julio de 2014, amplió sus responsabilidades para incluir la parroquia de Huilong y su comunidad asociada de leprosos. Posteriormente, el 7 de mayo de 2022, un hermano comenzó a prestar servicio en la parroquia del Santísimo Redentor en el condado de Yilan.

Debido a la falta de personal y tras una consulta exhaustiva, el Consejo General decidió suspender temporalmente nuestra presencia en Taiwán. Esto se formalizó mediante un Decreto de Suspensión oficial, que entró en vigor el 8 de marzo de 2026.

Los Misioneros Combonianos iniciamos nuestra presencia en Vietnam en noviembre de 2012, con un hermano que estudiaba el idioma vietnamita.

La primera comunidad, compuesta por tres miembros, se estableció el 26 de julio de 2015 para acoger a los candidatos vietnamitas para el discernimiento vocacional, y los primeros llegaron al Seminario Daniele Comboni en junio de 2016.

El primer sacerdote misionero comboniano vietnamita, el P. Dang Khoa Nguyen Van Tien (Pedro), fue ordenado el 14 de marzo de 2026 en Manila, y el segundo vietnamita, el reverendo Dang Thanh Sang (Domingo), fue ordenado diácono el 27 de mayo de 2026 en la ciudad de Ho Chi Minh.

Pastoral

Para fortalecer aún más nuestro trabajo en Filipinas, en particular en la pastoral, la promoción vocacional y misionera, los Misioneros Combonianos fundaron la comunidad de San Francisco Javier en Bataan el 15 de marzo de 2022.

Esta nueva comunidad se creó para servir a la parroquia de San Daniel Comboni en Limay, dentro de la Diócesis de Balanga. La parroquia abarca todo el barangay de Duale y algunas partes de los barangays de Alangan, Reformista y San Francisco 1 y 2.

Tras un discernimiento adicional dentro de la Delegación, en consonancia con los planes futuros y con la aprobación del Consejo General, se ha asignado a dos jóvenes hermanos a Hong Kong. Su misión es aprender cantonés como preparación para una futura expansión de la Comunidad de San Zhao Rong desde Macao hacia Hong Kong, con el objetivo de servir a la Iglesia local.

Como Misioneros Combonianos, estamos comprometidos a volver a los valores fundamentales de nuestra misión (“retorno a lo esencial”), a reestructurar nuestra circunscripción y a fortalecer nuestras responsabilidades misioneras mediante la reorientación misionera de nuestros compromisos.

El retorno a lo esencial implica dar prioridad a un retorno profundo, espiritual y radical a nuestras raíces fundacionales, centradas en el Evangelio y en el carisma de nuestro fundador, San Daniel Comboni.

Este retorno a lo esencial también implica un cambio hacia la conversión personal, la transformación comunitaria y una renovada dedicación a los más pobres y abandonados, en lugar de centrarnos meramente en actividades, tareas administrativas o servicios.

En conclusión, los Misioneros Combonianos, unidos a la Iglesia universal, creen firmemente que Asia representa la principal frontera para la Iglesia en el tercer milenio.

El creciente número de vocaciones en el continente, junto con su inmensa y variada población, lo convierte en una región fundamental para la proclamación del Evangelio como lugar principal de evangelización inicial entre los no cristianos (según nuestro carisma) y para fomentar el diálogo interreligioso.

Curso Latinoamericano de Animación Misionera

Del 28 de junio al 24 de julio se está desarrollando en la sede de las OMPE (Obras Misionales Pontificio Episcopales de México) la 48ª edición del Curso Latinoamericano de Animación Misionera (CLAEM).

www.fides.org
Fotos: PUM/OMPE México

«No es la Iglesia la que tiene una misión, sino la misión de Dios la que tiene una Iglesia». Este es el eje central de la reflexión propuesta por el padre John Kennedy Joseph, misionero del Verbo Divino, profesor en diversas instituciones de educación superior en México y especialista en eclesiología y pastoral, durante la cuadragésima octava edición del Curso Latinoamericano de Animación Misionera (CLAEM), uno de los principales espacios de formación misionera en América Latina.

El Curso, que se desarrolla del 28 de junio al 24 de julio, ofrece un itinerario de profundización teológica y pastoral sobre la «Missio Dei», la iniciativa trinitaria de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, que envía a la Iglesia a participar, como sacramento del Reino, en su obra de reconciliación, justicia y salvación en la historia.

Un camino bíblico y teológico

El CLAEM, organizado en Ciudad de México por las Pontificias Obras Misionales en colaboración con el Instituto Intercontinental de Misionología, reúne durante cuatro semanas a directores diocesanos de misiones, sacerdotes, religiosos y religiosas, seminaristas y laicos implicados en la animación misionera. El objetivo es fortalecer su formación bíblica, teológica y pastoral.

El camino de reflexión sobre la Missio Dei comienza con las grandes páginas del Antiguo Testamento: desde la vocación de Abrahán y la historia del pueblo liberado de Egipto hasta la figura del Siervo del Señor y el ministerio profético, la misión se presenta como un hilo conductor que atraviesa toda la Escritura, preparando la plena revelación del designio salvífico de Dios en Jesucristo.

La primera semana, animada por la hermana María del Socorro Becerra Molina, HMSP, ha permitido volver a leer la historia de la salvación como expresión de la misericordia de Dios que ve la aflicción, escucha el clamor de los pobres y desciende para liberar, y ayudó a contemplar al Espíritu Santo como verdadero protagonista de la evangelización, a partir de Pentecostés y de los Hechos de los Apóstoles.

La misión como «forma histórica del amor trinitario»

Durante la segunda semana, el padre John Kennedy Joseph ha dedicada varias conferencias a la eclesiología de la misión, desarrollando su fórmula: «No es la Iglesia la que tiene una misión, sino la misión de Dios la que tiene una Iglesia». Desde esta perspectiva, la misión de la Iglesia nace de la misión de Cristo, enviado a su vez por el Padre, y se despliega bajo la fuerza del Espíritu; por ello, explicó el ponente, «toda misión cristiana es trinitaria: encuentra su origen en el Padre, su forma en Cristo y su fuerza en el Espíritu».

Lejos de toda lógica de conquista o de propaganda religiosa, la Missio Dei es, según el padre John Kennedy, la forma que toma históricamente el amor trinitario: Dios crea, llama, libera, perdona, sana y reconcilia, y la Iglesia existe para servir y dar testimonio de este amor en contextos concretos.

De este modo, la misionología (que contempla la Missio Dei) y la eclesiología del Pueblo de Dios aparecen íntimamente vinculadas: la misión como iniciativa del Dios Uno y Trino está relacionada con la Iglesia, pueblo histórico y sacramental, como forma concreta a través de la cual este amor se manifiesta en las culturas, en los territorios y en las periferias.

Pueblo de Dios, territorio y semillas del Reino

El padre John Kennedy Joseph también ha vuelto a proponer la renovación eclesiológica del Concilio Vaticano II a la luz de la noción de Missio Dei, insistiendo en la categoría de «Pueblo de Dios». A la luz de la Constitución conciliar sobre la Iglesia Lumen gentium, ha recordado que la Iglesia no se define ante todo como una sociedad perfecta, sino como misterio de comunión, pueblo convocado por Dios y sacramento de salvación, en el que el bautismo funda la igualdad radical entre todos los fieles.

Se trata de un pueblo descrito como una comunidad histórica, visible y situada, que vive en culturas determinadas, habita territorios concretos, afronta conflictos reales y discierne los signos de los tiempos en medio de pueblos concretos. El territorio, por tanto, no es solamente un espacio geográfico, sino un lugar marcado por la vida del pueblo que lo habita, con su memoria, sus sufrimientos y sus esperanzas.

«Jesús no anunció en primer lugar la Iglesia, sino el Reino. La Iglesia existe para servir al Reino». Una vocación –ha recordado el padre Kennedy– que se realiza encontrando el modo de caminar juntos. Por ello, la auténtica sinodalidad en la Iglesia no es una invención metodológica ni una receta de «construcción de equipos», sino la forma histórica experimentada de la vida como Pueblo de Dios: laicos, mujeres, jóvenes, pobres, pueblos indígenas, migrantes, víctimas, ministros ordenados y consagrados, llamados a vivir y discernir juntos lo que el Espíritu pide, orientados al servicio de la misión.

Es el pueblo de una «Iglesia en salida» –según la expresión desarrollada por el Papa Francisco–, solícita en acercarse a los excluidos y en servir al Reino en sociedades marcadas por la injusticia, la violencia y las crisis ecológicas.

Para el padre Kennedy, el Reino constituye, por tanto, el horizonte de la misión. Don gratuito de Dios y tarea histórica, se hace visible allí donde se manifiestan la vida, la justicia, la reconciliación, la fraternidad y la paz, especialmente entre los pobres y excluidos, según las grandes intuiciones desarrolladas y asumidas después del Concilio Vaticano II también en las grandes Asambleas continentales de las Iglesias latinoamericanas de Medellín (1968), Puebla (1979), Santo Domingo (1992) y Aparecida (2007).

Chad: Renuncia de Mons. Miguel Ángel Sebastián, obispo de Sarh.

El jueves 16 de julio de 2026 el Santo Padre aceptó la renuncia al cargo pastoral de la diócesis de Sarh en Chad (África Central), presentada por el comboniano Mons. Miguel Ángel Sebastián Martínez, según anunció la Oficina de Prensa del Vaticano. Mons. Miguel Ángel cumplió 75 años el 28 de septiembre de 2025, fecha en que presentó su renuncia al Papa León XIV.

El misionero comboniano de origen español fue nombrado obispo de Laï, Chad, el 28 de noviembre de 1998 y consagrado el 14 de febrero de 1999. El 30 de enero de 2014, fue nombrado administrador apostólico de la diócesis de Doba, en el mismo país, cargo que ocupó hasta el 18 de febrero de 2017. El papa Francisco lo nombró obispo de Sarh el 10 de octubre de 2018, y tomó posesión del cargo un mes después.

Mons. Miguel Ángel formó parte del primer grupo de misioneros combonianos que llegaron a Chad en 1977, país en el que trabajó durante casi medio siglo, primero como sacerdote y luego como obispo.

«Su ministerio episcopal se caracterizó por la generosidad, la fe y un espíritu de servicio, a través de una presencia atenta y paternal, capaz de ofrecer guía, escucha y cercanía a tantos. Su dedicación fue un auténtico signo de comunión, esperanza y testimonio evangélico para la comunidad cristiana y para todos los que tuvieron la alegría de conocerle», escribió el Superior General de los Misioneros Combonianos, el padre Luigi Codianni, en su mensaje de agradecimiento al prelado emérito de Sarh.

El capuchino Jean Miguina, nuevo obispo de Sarh

El Papa León XIV nombró al P. Jean Miguina, OFM Cap., como nuevo obispo de Sarh.

Jean Miguina nació el 12 de septiembre de 1978 en Laï, en la diócesis del mismo nombre. Fue ordenado sacerdote el 21 de noviembre de 2009 en Moundou. Desde 2024, es miembro del Colegio de Consultores de la Diócesis de Moundou; Asistente espiritual de las Hermanas Franciscanas de Donia; profesor de latín en el Seminario Mayor Saint Mbaga Tuzinde en Sarh. Además, dentro de la Orden Capuchina, es responsable de los aspirantes capuchinos de Chad, así como consejero y custodio de la Custodia de Chad y de la República Centroafricana, y miembro de la Comisión Jurídica.

XVI Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, Jesús propuso esta parábola a la muchedumbre: “El Reino de los cielos se parece a un hombre que siembra buena semilla en su campo; pero mientras los trabajadores dormían, llegó un enemigo del dueño, sembró cizaña entre el trigo y se marchó.

Cuando crecieron las plantas y se empezaba a formar la espiga, apareció también la cizaña. Entonces los trabajadores fueron a decirle al amo: ‘Señor, ¿qué no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde, pues, salió esta cizaña?’. El amo les respondió: ‘De seguro lo hizo un enemigo mío’. Ellos le dijeron: ‘¿Quieres que vayamos a arrancarla?’. Pero él les contestó:

‘No. No sea que al arrancar la cizaña, arranquen también el trigo. Dejen que crezcan juntos hasta el tiempo de la cosecha y, cuando llegue la cosecha, diré a los segadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en gavillas para quemarla, y luego almacenen el trigo en mi granero”.

Luego les propuso esta otra parábola: “El Reino de los cielos es semejante a la semilla de mostaza que un hombre siembra en un huerto. Ciertamente es la más pequeña de todas las semillas, pero cuando crece, llega a ser más grande que las hortalizas y se convierte en un arbusto, de manera que los pájaros vienen y hacen su nido en las ramas”

Les dijo también otra parábola: “El Reino de los cielos se parece a un poco de levadura que tomó una mujer y la mezcló con tres medidas de harina, y toda la masa acabó por fermentar” Jesús decía a la muchedumbre todas estas cosas con parábolas, y sin parábolas nada les decía, para que se cumpliera lo que dijo el profeta: Abriré mi boca y les hablaré con parábolas; anunciaré lo que estaba oculto desde la creación del mundo.

Luego despidió a la multitud y se fue a su casa. Entonces se le acercaron sus discípulos y le dijeron: “Explícanos la parábola de la cizaña sembrada en el campo”.

Jesús les contestó: “El sembrador de la buena semilla es el Hijo del hombre, el campo es el mundo, la buena semilla son los ciudadanos del Reino, la cizaña son los partidarios del maligno, el enemigo que la siembra es el diablo, el tiempo de la cosecha es el fin del mundo,

y los segadores son los ángeles.

Y así como recogen la cizaña y la queman en el fuego, así sucederá al fin del mundo: el Hijo del hombre enviará a sus ángeles para que arranquen de su Reino a todos los que inducen a otros al pecado y a todos los malvados, y los arrojen en el horno encendido. Allí será el llanto y la desesperación. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre.

El que tenga oídos, que oiga”.

(Mateo: 13, 24-43)


El trigo y la cizaña
P. Enrique Sánchez G. mccj

En este domingo seguimos leyendo el capítulo 13 del evangelio de san Mateo en el cual Jesús continúa instruyendo a sus discípulos con enseñanzas sencillas, pero profundas que nunca olvidarán.

En esta ocasión escucharemos tres parábolas que se refieren, una vez más, a la siembra de la buena semilla que el Señor pone en el corazón de quienes se disponen a hacer de su corazón tierra buena que acoge la Palabra del Señor y la atesora, para que lo guíe cada día en el caminar de su vida.

En la primera parábola se trata de la siembra de una buena semilla de trigo que el dueño de los campos siembra con generosidad y en buena manera. Seguramente después de haber preparado sus campos correctamente y eso es reconocido por sus trabajadores, quiénes no se explican lo sucedido al ver surgir la cizaña entre el trigo.

En la respuesta del dueño de los campos se deja sentir una convicción que genera serenidad y confianza.

Él confirma que ha sembrado buena semilla, pero, al mismo tiempo reconoce, sin alarmarse, que alguien con malas intenciones ha ido de noche, mientras los trabajadores dormían y ha sembrado la cizaña.

En estas pocas palabras el evangelio nos enseña que no es de extrañarse que aparezca la cizaña, pues es un hecho que todos experimentamos que en la vida de todos los días nos damos cuenta cómo el bien y el mal están presentes. No vivimos en un mundo protegido por una burbuja o en un ambiente de laboratorio en donde es muy difícil que se filtre lo que puede dañar y contaminar lo que es puro, sano o inmaculado.

La vida nos enseña que todos los días estamos obligados a hacer un continuo discernimiento para no dejar que lo que no nos conviene se filtre en lo habitual de nuestra vida y para que no caigamos en la trampa de confundir el mal con el bien, lo sano con lo enfermizo, lo noble y santo con lo que viene del espíritu del maligno.

Sabemos que Dios siempre está trabajando por nuestro bien y está sembrando en nuestros corazones aquello que nos hace crecer y que da sentido y felicidad a nuestras vidas. Pero igualmente el espíritu del mal no descansa y es muy astuto buscando la manera de atraparnos en sus propuestas y seducciones. Muchas veces, con pesar, tenemos que reconocer que nos gana en la batalla.

Pero el Señor en su sabiduría nos ayuda a entender que lo peligroso no es que exista el mal, siempre ha existido y será una realidad que no podremos ignorar o hacernos los desentendidos; lo que importa es que vayamos creciendo en el espíritu de Dios para poder reconocer todo aquello que no viene de él y, en su momento, podamos deshacernos de sus engaños.

Dejar que el trigo y la cizaña crezcan juntos, como propone el dueño del campo que sembró buen trigo, quiere decir que lo importante es que al final sepamos elegir, lo que realmente es bueno en nuestra vida y que nos quedemos con lo que vale la pena.

Quiere decir también que aprendamos a no dejarnos confundir, como muchas veces nos puede suceder, por la debilidad de nuestro espíritu o la fragilidad de nuestra fe.

Es muy fácil que nos dejemos encandilar y seducir por las propuestas que nos vienen del espíritu del mal y seguramente caemos, pero lo importante es saber reaccionar y tener el valor de optar siempre por el bien, por lo noble y lo bueno que Dios pone en nuestro camino.

Siempre será conveniente, para crecer en el camino del bien, preguntarnos ¿Cuáles son las cizañas que van creciendo en mi vida? ¿Cuáles son las tentaciones que me provocan y tratan de seducirme cada día? ¿Soy capaz de llamar por su nombre al mal que muchas veces trata de gobernar mi vida? ¿Me preocupo por desenmascarar aquello que es mal en mi modo de ser y que trato de hacerlo pasar por bien, justificando mis maneras de actuar, de sentir y de relacionarme con los demás?

La segunda parábola nos ayuda a entender que el mal muchas veces nos puede parecer más imponente, más hábil para ganarse nuestro corazón. Nos puede parecer que ante el mal no tenemos muchas armas con qué defendernos y que al final siempre saldrá vencedor. Eso, muchas veces lo confirmamos diciendo que basta ver un poco lo que sucede en nuestro mundo. En ese mundo en donde los malvados parecen llevar la delantera e imponer sus puntos de vista.

Muchas veces decimos que no vale la pena esforzarse en hacer el bien y en llevar una vida recta, pues al final a quienes les va bien es a los malvados, a los que siembran la violencia y a los que viven haciendo sufrir a los demás. Pero eso no es verdad.

Los cristianos tenemos la experiencia de saber que el bien no hace ruido y que, a su tiempo, demuestra ser quien tiene la última palabra, quien acaba por convencer y que tiene la razón.

Y, ahí la segunda parábola que nos habla de la pequeña semilla de mostaza nos muestra con mucha sencillez y elocuencia su verdad. Esa pequeña semilla, la más pequeña de todas las semillas, parecería que no tiene un gran valor. No aparece con poder y pasa casi por ser ignorada.

Sin embargo, como dice el Señor es una semilla que se convierte en algo grande, en un árbol capaz de dar acogida a los pájaros. Es decir es una semilla que se transforma en espacio de bienestar, de protección y de cuidado para quien tiene necesidad. En otras palabras, es una semilla que genera lo bueno que lleva dentro de ella y se convierte en refugio de quienes tienen necesidad.

Ese es el secreto de lo bueno que existe en Dios y que al llamarnos a la vida ha puesto en lo más profundo de nosotros. Hemos sido creados para hacer el bien y nuestra felicidad más grande será siempre ver que por nuestro ser y por nuestro quehacer podemos hacer que otros encuentren la felicidad en sus vidas.

No habrá jamás mayor felicidad en nuestro corazón que la felicidad que logremos producir en la vida de los demás.

Ese pequeño gesto de bondad, de cordialidad, de paciencia, de respeto, de amor que podamos dejar en el corazón de los demás será siempre como esa pequeña semilla de mostaza, que aparentemente no sirve para nada, pero que sembrada con generosidad y alegría será capaz de crear un mundo nuevo, será lo que nos ayude a descubrirnos cada día más hermanos y destinados a crear una humanidad en donde la fraternidad y el respeto, en donde la justicia y la solidaridad dejarán de ser ideales lejanos para convertirse en realidad. Y será siempre eso pequeño, a lo cual tal vez no le damos demasiada importancia, lo que puede hacer de nosotros personas únicas, personas buenas, personas amables, personas con las que da gusto estar.

Finalmente, la tercera parábola nos habla de la pequeña cantidad de levadura capaz de fermentar toda la masa. Esa pequeña cantidad de levadura que tiene por vocación perderse entre la harina que se trabaja con esfuerzo y con cariño al mismo tiempo.

Esa levadura es la que permite que al final se logre un pan sabroso, nutritivo; un pan que da gusto compartir con los demás en la mesa que nos une en familia. El pan que se convierte no sólo en alimento que nutre, sino en motivo de comunión, de acción de gracias por tenernos los unos a los otros, se convierte en Eucaristía, presencia del Señor que nos llena de vida.

Pues bien, ese pequeño trozo de levadura, tan eficaz y tan necesario, acepta perderse, desaparecer en medio de la masa para cumplir con su función. Renuncia a sí mismo, al punto que el pan no tendrá un sabor a levadura, pero no será pan sin que ella esté presente. Esa levadura nos recuerda que las cosas grandes que Dios quiere realizar siempre en nosotros y a través de nosotros, pasan a través de lo pequeño, de lo insignificante, aparentemente, y nos pide que aprendamos a perdernos a nosotros mismos, que no tengamos miedo a renunciar a lo que consideramos como algo que nos pertenece y que sin ello desapareceríamos.

Las grandes cosas de Dios en nuestra vida se convierten en milagros cuando empezamos a entender que de lo pequeño que somos, de lo inadecuados que nos podemos reconocer, de lo pecadores que seguramente nos sentimos, que de lo poco que podemos significar a los ojos de los los demás; justamente de ahí, es de donde Dios empieza a hacer cosas grandes, porque en su modo de actuar, es en lo insignificante, en lo despreciable de este mundo, en el pecado que cargamos cada uno, ahí es en donde se manifiesta su grandeza y su poder.

El puñadito de levadura que podemos ser cada uno de nosotros, cuando aceptamos entrar en la refriega del mundo y lo aportamos como lo mejor que hemos recibido del Señor, sorpresivamente se convierte en algo que nos transforma y que transforma el mundo.

Nuestros pequeños gestos de bondad, de perdón, de paciencia, de resistencia en la adversidad, de comprensión y de aceptación de la diversidad que nos rodea. Todos esos pequeños detalles de misericordia hacia los demás y con nosotros mismos, reconociendo

con humildad que no hemos sido siempre aquello que Dios había soñado para nosotros, eso es lo que acabará por cambiar el mundo.

Esa pequeña levadura que haremos que se pierda en la masa de los grandes conflictos de nuestro mundo que genera cada día tanto dolor y sufrimiento, que nos hace creer que la guerra es lo normal y aceptable, que pretende vendernos la idea de que la miseria que acompaña a tantos hermanos nuestros es un destino desafortunado que les ha tocado vivir; esa levadura será la que nos permitirá ver cómo el mundo cambia en la medida en que cambiamos en lo pequeño y en lo inmediato de nuestras vidas, haciéndonos personas capaces de generar esperanza, confianza, optimismo, caridad, amor y fe a nuestro alrededor.

Pidamos al Señor que nos ayude a no espantarnos al descubrir la maldad como cizaña también presente en nosotros, pero que nos haga entender que estamos bajo su cuidado y protección y que el mal no prevalecerá en aquellos que tienen puesta su confianza en él.

Que seamos capaces de aceptar que somos pequeñas semillas de mostaza, a lo mejor insignificantes a los ojos de nuestro mundo, pero destinadas a dar frutos de bondad que cambiarán aquellos espacios en donde nos toca estar presentes hoy como cristianos.

Roguemos para que esa levadura que llevamos en nosotros, como gracia otorgada por el Señor, nos haga ser presencia discreta de su amor entre todos nuestros hermanos y que nos dé la valentía de llevarlo a todos los rincones del mundo, en donde nuestra presencia como testigos y misioneros suyos se convierta en levadura que convierta la masa de nuestro mundo en pan, en cuerpo del Señor, que se comparte para ser alegría en el corazón de todos los que peregrinamos por este mundo.

Que la cizaña no logre ahogar el buen trigo que ha sido sembrado en nuestros corazones.


¡Tres parábolas escandalosas!
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

«El Reino de los cielos se parece a…». Después de la parábola del sembrador, que escuchamos el domingo pasado, el Evangelio de hoy nos propone otras tres parábolas que revelan el misterio de la presencia del Reino de los cielos en medio de nosotros. Nos encontramos en el capítulo 13 del Evangelio según san Mateo, en el llamado «discurso de las parábolas».

Jesús continúa hablando mediante la sabiduría de las parábolas, accesible a todos, porque el Reino de Dios no es una realidad abstracta, encerrada en conceptos filosóficos o en formulaciones teológicas, sino una realidad viva y cercana a todos aquellos que tienen «ojos para ver» y «oídos para escuchar».

1. La parábola del trigo y la cizaña: ¡el escándalo del mal!

¡Un campo, la siembra del buen trigo y la desagradable sorpresa de la cizaña! La cizaña es una planta muy parecida al trigo, pero sus granos oscuros son tóxicos y pueden producir efectos narcóticos. El texto habla de «cizañas», en plural, como para recordarnos cuán numerosas son las formas en las que el mal se manifiesta en el campo del mundo.

También nosotros conocemos bien esta amarga sorpresa: en la realidad del mundo, de la Iglesia, de la familia y de nuestra propia existencia.

Nuestra primera reacción es interrogar al dueño: «Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde viene entonces la cizaña?». La siembra, en efecto, era responsabilidad del dueño de la casa. ¿No eres tú, Señor, el Creador de un mundo bello y bueno? ¿De dónde viene, entonces, el mal? Dios es casi siempre el primer acusado en nuestras quejas.

Nuestra segunda reacción es inmediata: «¿Quieres que vayamos a arrancarla?». ¡Deseamos un campo limpio de toda mala hierba! Pero la respuesta del dueño es desconcertante: «No, no sea que, al arrancar la cizaña, arranquéis también con ella el trigo. Dejad que ambos crezcan juntos hasta la siega».

Pero ¿cómo es posible? ¿No afirma el profeta: «Todo tu pueblo estará formado por justos» (Isaías 60,21)? ¿No había dicho Juan el Bautista que el hacha ya estaba puesta a la raíz de los árboles y que el Mesías vendría a bautizar con fuego, a recoger el trigo y a quemar la paja en un fuego que no se apaga (cf. Mateo 3,10-12)?

Los apóstoles piden explicaciones sobre la parábola, quizá no porque no la hayan comprendido, sino porque les cuesta aceptarla. ¡Y también a nosotros nos cuesta!

Nuestro sueño, en cierto sentido, es el del profeta Elías y el de Juan el Bautista: reducir inmediatamente a cenizas la cizaña y la paja. Pero, como recuerda san Agustín, solo Dios conoce verdaderamente a quienes le pertenecen. En efecto, el bien y el mal no conviven únicamente en el mundo: también atraviesan el corazón de cada uno de nosotros. Arrancar precipitadamente el mal podría significar herir o destruir también el bien que está creciendo.

Nunca han faltado «zelotes» en la historia de la Iglesia. ¡Cuántas condenas, pronunciadas sin discernimiento, han acabado por meter a todos en el mismo saco, provocando consecuencias dramáticas! Por eso Dios se reserva para sí el papel de juez. El juicio de Dios busca justificar y salvar; el nuestro, con demasiada frecuencia, condena y mata.

2. La parábola del grano de mostaza: ¡el escándalo de la pequeñez!

Inmediatamente después, Jesús añade otra parábola: «El Reino de los cielos se parece a un grano de mostaza […] la más pequeña de todas las semillas, pero, cuando crece, es mayor que las demás plantas del huerto y se convierte en un árbol».

La mostaza negra de Palestina, de la que se obtiene un condimento muy sabroso, puede crecer hasta convertirse en un gran arbusto y alcanzar incluso tres o cuatro metros de altura, especialmente en la región del lago de Tiberíades. Mediante el contraste entre «la más pequeña de todas las semillas» y «la mayor de las plantas del huerto», Jesús quiere subrayar el sorprendente desarrollo del Reino de Dios.

Sin embargo, hay algo insólito en esta comparación. La mostaza es una planta resistente, casi invasora: sus diminutas semillas se esparcen fácilmente y llegan a todas partes. Además, en la Biblia, la mostaza aparece únicamente en las palabras de Jesús, en esta parábola y en la enseñanza sobre la fe capaz de trasladar montañas (cf. Mateo 17,20).

Quizá Jesús aluda también a la profecía de Ezequiel 17,22-23, en la que Dios toma un pequeño brote de la copa de un cedro y lo planta en una montaña elevada de Israel. Este se convierte en un cedro magnífico, bajo cuyas ramas vienen a habitar todas las aves, símbolo de los pueblos de la tierra.

Pero la pequeñez del grano de mostaza no podía satisfacer las expectativas de los oyentes de Jesús, que esperaban un reino mesiánico visible, poderoso e imponente. Esta pequeñez también nos escandaliza a nosotros, que desearíamos señales más evidentes y extraordinarias de la presencia de Dios.

3. La parábola de la levadura: ¡el escándalo de la humildad!

«Les dijo otra parábola: “El Reino de los cielos se parece a la levadura que una mujer tomó y mezcló con tres medidas de harina, hasta que toda la masa quedó fermentada”».

Tres medidas de harina equivalen aproximadamente a cuarenta kilos: una cantidad enorme, capaz de alimentar a muchísimas personas. Sin embargo, toda aquella masa es fermentada por una pequeña cantidad de levadura, que actúa silenciosamente y desaparece dentro de la masa.

El Reino, escondido en la historia, está haciendo fermentar el mundo. Es una presencia discreta, humilde, delicada y misteriosa, que contrasta con nuestra búsqueda de visibilidad, con el deseo de ser reconocidos y de tener importancia en el espacio público.

El Reino, por el contrario, no hace ruido.

¡Así es Dios! ¡Así es el amor!

Para nuestra reflexión semanal

Intentemos ahora aplicar estas parábolas a nuestra vida.

La parábola de la cizaña nos advierte contra la tentación de pretender una comunidad formada exclusivamente por personas perfectas. Esta tentación puede manifestarse en nuestra intolerancia hacia quienes se equivocan, pero también en nuestro perfeccionismo, incapaz de aceptar nuestros límites personales.

¿Creo en Dios Padre, paciente y misericordioso con todos?

La parábola del grano de mostaza nos advierte contra la tentación de la grandeza. En nuestro imaginario, Dios es ante todo el Todopoderoso; sin embargo, en Jesús se hizo frágil como nosotros.

¿Creo en Jesús, que se hizo pequeño y eligió medios humildes para instaurar el Reino?

La parábola de la levadura nos advierte contra la tentación de la ostentación y del protagonismo. Nos invita a actuar con humildad y discreción.

¿Creo en la acción del Espíritu, que discretamente está haciendo fermentar la masa del mundo?


La paciencia de Dios
Papa Francisco

La página evangélica de hoy propone tres parábolas con las cuales Jesús habla a las masas del Reino de Dios. Me detengo en la primera: la del grano bueno y la cizaña, que ilustra el problema del mal en el mundo y pone de relieve la paciencia de Dios (cf. Mateo 13, 24-30. 36-43). ¡Cuánta paciencia tiene Dios! También cada uno de nosotros puede decir esto: «¡Cuánta paciencia tiene Dios conmigo!». La narración se desarrolla en un campo con dos protagonistas opuestos.

Por una parte el dueño del campo que representa a Dios y esparce la semilla buena; por otra el enemigo que representa a Satanás y esparce la hierba mala. Con el pasar del tiempo, en medio del grano crece también la cizaña y ante este hecho el dueño y sus siervos tienen actitudes distintas. Los siervos querrían intervenir arrancando la cizaña; pero el dueño, que está preocupado sobre todo por salvar el grano, se opone diciendo: «no, no sea que, al recoger la cizaña, arranquéis a la vez el trigo» (v. 29). Con esta imagen, Jesús nos dice que en este mundo el bien y el mal están tan entrelazados, que es imposible separarlos y extirpar todo el mal. Solo Dios puede hacer esto, y lo hará en el juicio final. Con sus ambigüedades y su carácter complejo, la situación presente es el campo de la libertad, el campo de la libertad de los cristianos, en el cual se cumple el difícil ejercicio del discernimiento entre el bien y el mal. Y en este campo se trata entonces de combinar, con gran confianza en Dios y en su providencia, dos actitudes aparentemente contradictorias: la decisión y la paciencia. La decisión es la de querer ser buen grano —todos lo queremos—, con todas nuestras fuerzas, y entonces alejarse del maligno y de sus seducciones. La paciencia significa preferir una Iglesia que es levadura en la pasta, que no teme ensuciarse las manos lavando las ropas de sus hijos, antes que una Iglesia de «puros», que pretende juzgar antes del tiempo quién está en el Reino y quién no.

El Señor, que es la Sabiduría encarnada, hoy nos ayuda a comprender que el bien y el mal no se pueden identificar con territorios definidos o determinados grupos humanos: «Estos son los buenos, estos son los malos». Él nos dice que la línea de frontera entre el bien y el mal pasa por el corazón de cada persona, pasa por el corazón de cada uno de nosotros, es decir: todos somos pecadores. Me gustaría preguntaros: «quien no es pecador levante la mano». ¡Nadie! Porque todos lo somos, todos somos pecadores. Jesucristo, con su muerte en la cruz y su resurrección, nos ha liberado de la esclavitud del pecado y nos da la gracia de caminar en una vida nueva; pero con el Bautismo nos ha dado también la Confesión, porque siempre necesitamos ser perdonados por nuestros pecados. Mirar siempre y solamente el mal que está fuera de nosotros, significa no querer reconocer el pecado que está también en nosotros.

Y luego Jesús nos enseña un modo diverso de mirar el campo del mundo, de observar la realidad. Estamos llamados a aprender los tiempos de Dios —que no son nuestros tiempos— y también la «mirada» de Dios: gracias al influjo benéfico de una trepidante espera, lo que era cizaña o parecía cizaña, puede convertirse en un producto bueno. Es la realidad de la conversión. ¡Es la perspectiva de la esperanza!

La Virgen María nos ayude a percibir en la realidad que nos rodea no solo la suciedad y el mal, sino también el bien y lo bonito; a desenmascarar la obra de Satanás, pero sobre todo a confiar en la acción de Dios que fecunda la historia.

Angelus 23/07/2017


Dios conoce a los suyos
José Antonio Pagola

Dejadlos crecer juntos.

Vivimos en una sociedad caracterizada por lo que algunos autores llaman «la diseminación religiosa». Podemos encontramos con creyentes piadosos y con ateos convencidos, con personas indiferentes a lo religioso y con adeptos a nuevas religiones y movimientos, con gente que cree vagamente en «algo» y con individuos que se han hecho una «religión a la carta» para su uso particular, con personas que no saben si creen o no creen y con personas que desean creer y no saben cómo hacerlo.

Sin embargo, aunque vivimos juntos y mezclados, y nos encontramos diariamente en el trabajo, el descanso y la convivencia, lo cierto es que sabemos muy poco de lo que realmente piensa el otro acerca de Dios, de la fe o del sentido último de la vida. A veces ni las parejas conocen el mundo interior del otro. Cada uno lleva en su corazón cuestiones, dudas, incertidumbres y búsquedas que no conocemos.

Entre nosotros se llama «increyentes» a los que han abandonado la fe religiosa. No parece un término muy adecuado. Es cierto que estas personas han abandonado «algo» que un día vivieron, pero su vida no se asienta en ese rechazo o abandono. Son personas que viven de otras convicciones, difíciles a veces de formular, pero que a ellas les ayudan a vivir, luchar, sufrir y hasta morir con un determinado sentido. En el fondo de cada vida hay unas convicciones, compromisos y fidelidades que dan consistencia a la persona.

No es fácil saber cómo Dios se abre hoy camino en la conciencia de cada uno. La «parábola del trigo y la cizaña» nos invita a no precipitarnos. No nos toca a nosotros identificar a cada individuo. Menos aún excluir y excomulgar a quienes no se identifican en el «ideal de cristiano» que nosotros nos fabricamos desde nuestra manera de entender el cristianismo y que, probablemente, no es tan perfecta como nosotros pensamos.

«Sólo Dios conoce a los suyos» decía san Agustín. Sólo él sabe quién vive con el corazón abierto a su Misterio, quién responde a su deseo profundo de paz, amor y solidaridad entre los hombres. Los que nos llamamos «cristianos» hemos de estar atentos a los que se sitúan fuera de la fe religiosa, pues Dios está también vivo y operante en sus corazones. Descubriremos que hay en ellos mucho de bueno, noble y sincero. Descubriremos, sobre todo, que Dios puede ser buscado siempre por todos.


Se parece a…
María Dolores López Guzmán

Las “cosas de Dios” nos parece que deben ser tan elevadas que cuando alguien las explica de manera asequible apenas nos las creemos y solemos “pedir una explicación”. Esto también les sucedió a los discípulos incluso con el Señor; por eso, cuando Jesús les hablaba en parábolas, le pedían que les aclarara lo que les había contado. La simplicidad cuesta mucho. Demasiado. Asociamos la complejidad a Dios, cuando es todo lo contrario. Por eso a los seguidores del Maestro les resultaba asombroso que no necesitaran ser doctos y “entendidos” en la materia para comprender un mínimo del estilo con el que el Señor había planteado su forma de implementar el Reino.

Que el mismo Jesús utilizara imágenes de la cotidianeidad para hacernos ver cómo es el reino de los cielos es maravilloso. Con ello quiere decir que la Creación es tan rica y significativa que tiene capacidad para remitir a lo divino; transmite así, que lo natural, lo común, encierra verdades hondas. Además, de este modo el mensaje resulta accesible a la mayoría; y entre todos, no solo podemos hacernos una idea, de verdad, de cómo está funcionando ya el Reino, sino saber dónde buscarlo y dónde mirar para encontrarlo.

Tres comparaciones propone el Señor en el evangelio de hoy:

En la primera identifica el Reino con su persona –se parece a un hombre que sembró buena semilla–. Y explica que la semilla son ya los ciudadanos de ese reino, es decir, los que viven con Él y en Él. Pero junto al trigo crece la cizaña. Una compañía nada agradable que a veces ahoga al mejor de los frutos. Una imagen de las mezclas tan potentes que se dan en la vida. Sin embargo, solo a Dios le corresponde recoger la cosecha y separarlos. Porque Él siempre estará atento para que no se pierda ningún tallo, ramita, u hojarasca, por pequeña que sea, que contenga algo aprovechable y salvable. Recolectar así es laborioso, pero se gana mucho (y sobre todo, ganamos todos).

En la segunda, el Reino es como un minúsculo grano de mostaza, de un tamaño parecido a la punta de un alfiler, que la persona siembra en su huerto. El Señor se hace semilla; y no entra en nuestra vida como un huracán, sino como una brisa suave; tampoco como una tormenta, sino como una suave lluvia. Apenas se percibe su presencia, pero va penetrando y haciendo su obra.

En la tercera, compara el Reino de los cielos con la levadura. Un ingrediente muy apreciado por los cocineros pues hace crecer de forma asombrosa la harina que utilizamos para elaborar, por ejemplo, lo bizcochos y el pan. Lo curioso es que con una medida casi ridícula es suficiente para que salgan unas raciones generosas. No hay proporción entre cada uno de los ingredientes. Con un poco de levadura bien repartida la masa “se crece”.

Tres parábolas que nos ayudan a grabarnos a fuego algunas ideas importantes: que el Reino no es otro que Jesús, su persona, pero que en esta vida está amenazado; que no nos corresponde a nosotros cosechar (siempre nos llevaríamos a alguien por delante); y que su apariencia es pequeña y penetra en la realidad de una forma apenas perceptible, en lo oculto, entremezclado con la realidad, y allí, dentro, queda activo y activado, creciendo a su ritmo de una manera misteriosa.


El trigo, al final, vencerá a la cizaña
Romeo Ballan, mccj

¡Está prohibido poner barreras y crear separaciones entre buenos y malos, entre santos y malvados! ¿Por qué existe el mal en el mundo? ¿De dónde viene la cizaña? Nos lo explica Jesús. En las tres parábolas del Evangelio (cizaña, grano de mostaza y levadura) afloran las enseñanzas de la parábola del sembrador (cfr. domingo XV): la insignificante pequeñez de la semilla en comparación con sus potencialidades internas; el dueño que siembra buena semilla en su campo, mientras que el enemigo siembra allí la cizaña; la vengativa impaciencia de los criados y la tolerante paciencia del dueño… (v. 25.28-29). Al final, en el tiempo de la cosecha y la siega, llega el momento del balance definitivo: se evalúan los resultados, con el consiguiente premio o castigo (v. 30). Nuevamente, Jesús mismo nos da la clave para interpretar su parábola, que se aplica a la vida de cada uno (todos somos un poco buenos y un poco menos), a la vida y a la historia de la Iglesia, la cual está llamada a vivir inmersa en un mundo de violencias y de injusticias, pero siempre animada por la esperanza y la paciencia de Dios. En cada tiempo y lugar, la Iglesia misionera “debe continuar su peregrinación entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios” (S. Agustín, De civitate Dei).

El santo Papa Karol Wojtyla, en uno de sus libros, nos ha dejado un comentario autorizado sobre el mysterium iniquitatis que azota el mundo y la historia, y sobre la coexistencia del bien y del mal, haciendo una referencia explícita a la parábola de hoy: “La manera como el mal crece y se desarrolla sobre el terreno sano del bien constituye un misterio. Misterio es también esa parte de bien que el mal no ha logrado destruir y que se propaga, a pesar del mal, avanzando incluso sobre el mismo terreno. Es inmediata la alusión a la parábola evangélica del trigo y de la cizaña… En efecto, esta parábola puede considerarse como una clave de toda la historia del hombre. En distintas épocas y en diferente medida, el trigo crece junto a la cizaña y la cizaña junto al trigoLa historia de la humanidad es el teatro de la coexistencia del bien y del mal. Esto significa que, si el mal existe al lado del bien, el bien, sin embargo, persevera al lado del mal y crece, por así decirlo, sobre el mismo terreno, que es la naturaleza humana” (cfr. Memoria e Identidad, p. 14).

La aplicación de este mensaje al mundo misionero es inmediata. Ante el mal que avanza o la cerrazón y maldad de muchas personas, a menudo el misionero y el educador se ven tentados a jugar el papel de los siervos de la parábola, que quieren arrancar en seguida la cizaña (v. 28). A menudo ostentan el cuchillo del ‘celo’ para aplicar el aut-aut (o-o). Jesús, el divino sembrador del buen grano, invita a tener más paciencia y misericordia, concede tiempo para la maduración, respetando los tiempos de Dios, el único juez que sabe lo que hay en el corazón humano.

Aun teniendo la fuerza incontenible del Evangelio (v. 31-32), la misión comienza siempre en situaciones de pequeñez y de fragilidad de cara a la fuerza poderosa del maligno. El misionero es, ciertamente, portador de una levadura capaz de renovar el mundo desde dentro (v. 33), pero actúa en los tiempos largos de la paciencia, de la escasa relevancia, de la derrota momentánea y de la tolerancia. Ya lo había prefigurado el libro de la Sabiduría (I lectura): oh Dios, “tu soberanía universal te hace perdonar a todos” (v. 16). Mientras los poderosos de la tierra a menudo se exceden y abusan del poder, Dios es siempre “poderoso soberano”, juzga con mansedumbre, nos gobierna “con gran indulgencia” (v. 18). El Dios cristiano manifiesta su omnipotencia sobre todo perdonando y usando misericordia. En efecto, Él otorga a sus hijos la “dulce esperanza” de que, tras el pecado, da “lugar al arrepentimiento”. Este es el estilo de Jesús, que el discípulo y el misionero asumen como programa de vida y de acción.

El corazón humano es un campo de buen grano mezclado con cizaña, bajo la presión del maligno y los embates de la intolerancia. Necesitamos que el Espíritu (II lectura) venga en ayuda de nuestra debilidad (v. 26), nos sostenga en el tiempo de la coexistencia del bien y del mal, aliente nuestra esperanza y nos eduque según el corazón misericordioso de Dios (v. 27).

Carta del Consejo General a las comunidades que viven en tierras marcadas por la prueba

«Como Misioneros Combonianos, queremos renovar ante ustedes nuestro sí: sí al Evangelio; sí a los pueblos olvidados; sí a la justicia; sí a una paz construida con paciencia; sí a la dignidad de toda persona; y sí a una misión vivida como compartir la vida.» (Consejo General)

«Yo estoy con ustedes»
«Y sepan que yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo.» (Mt 28,20b)

Queridos hermanos y hermanas:

Les escribimos mientras nuestro mundo sigue siendo herido por las guerras, la violencia, las graves crisis alimentarias, las persecuciones, las injusticias, la inestabilidad política, las catástrofes naturales y las migraciones forzadas. Muchos de ustedes viven cada día bajo el peso del miedo, la incertidumbre y el duelo. Demasiados niños están aprendiendo demasiado pronto el lenguaje de las armas en lugar del lenguaje de la esperanza.

Como Misioneros Combonianos, no podemos contemplar estos sufrimientos desde la distancia. Habitan nuestra oración, interpelan nuestra conciencia y modelan nuestra misión. Allí donde uno de los pueblos entre los que vivimos sufre, toda nuestra familia misionera sufre con él.

San Daniel Comboni comprendió que la misión nace al pie de la Cruz. No porque amara el sufrimiento, sino porque había contemplado el Corazón de Cristo, traspasado por amor al mundo. En ese Corazón abierto descubrió a un Dios que no salva desde lo alto de su poder, sino entrando en nuestra fragilidad humana. Por eso, Comboni hizo de toda su vida una única opción: hacer causa común con los pueblos más pobres y abandonados a los que había sido enviado.

Hoy esa opción continúa. Hacer causa común con los últimos significa llorar con quienes lloran, esperar con quienes esperan, permanecer cuando otros se marchan, compartir el poco pan que hay y custodiar la dignidad de toda persona cuando todo parece querer borrarla. Significa creer que ningún pueblo ha sido olvidado por Dios y que ninguna periferia está lejos de su Corazón.

Ustedes, hermanos y hermanas que viven en tierras marcadas por la prueba, no son simplemente destinatarios de nuestra misión: son maestros de nuestra fe. Nos enseñan que la esperanza no es optimismo, sino una decisión del corazón. Esperar es encender una lámpara cuando alrededor parece imponerse la oscuridad de la noche.

Nos enseñan que la fraternidad no es una teoría: es compartir el poco arroz que queda con quien llega después de nosotros; es seguir llamándonos hermanos y hermanas cuando la guerra quiere convertir a cada vecino en un enemigo; es creer en la fuerza del Evangelio precisamente cuando parece más frágil.

Nosotros reconocemos a Cristo Resucitado en sus comunidades que continúan orando, en las catequistas y los catequistas que perseveran en su servicio, en las madres que protegen la vida, en los jóvenes que rechazan el odio y en los ancianos que siguen bendiciendo. ¡Esta es la Pascua que crece silenciosamente en la historia!

La violencia pretende convencernos de que la última palabra pertenece a la muerte. Nosotros creemos lo contrario: la última palabra pertenece al Dios de la vida. Por eso, la Iglesia sigue siendo una presencia profética, y cada discípulo y discípula está llamado a defender la dignidad del otro, tendiendo puentes donde otros levantan muros, educando, curando, orando y perdonando.

También nuestros misioneros y misioneras comparten este camino. No son héroes, sino hermanos y hermanas que han elegido, junto con ustedes, habitar esta historia porque Dios mismo sigue habitándola. Su presencia no elimina el dolor, pero hace que sea menos solitario.

A quienes sienten en su corazón la tentación del desaliento les decimos: no se dejen robar la esperanza. La esperanza no nace de que las cosas marchen bien, sino de la certeza de que Dios entró en la noche del mundo y salió de ella vivo.

Cada vez que ustedes eligen la reconciliación en lugar de la venganza, cada vez que protegen una vida frágil, cada vez que comparten el pan y oran por quienes los persiguen, Cristo sigue resucitando.

Como Misioneros Combonianos, queremos renovar ante ustedes nuestro sí: sí al Evangelio; sí a los pueblos olvidados; sí a la justicia; sí a una paz construida con paciencia; sí a la dignidad de toda persona; y sí a una misión vivida como compartir la vida. Seguiremos haciendo oír la voz de quienes con demasiada frecuencia no son escuchados, denunciando todo aquello que hiere la dignidad de los pueblos y anunciando que ningún poder, ninguna arma y ningún interés económico podrán apagar el sueño de Dios para la humanidad.

El Corazón de Jesús, abierto en la Cruz, continúa derramando también hoy su misericordia sobre el mundo. Entremos también nosotros en ese Corazón y aprendamos a mirar a cada persona como a un hermano o una hermana, y a cada pueblo como una sola familia.

Que María, Madre de la Esperanza, camine junto a sus familias. Y que San Daniel Comboni nos alcance el valor de permanecer fieles hasta el final, con el corazón abierto, las manos siempre dispuestas al servicio y la mirada fija en el Reino que ya está creciendo —muchas veces oculto— entre las heridas de la historia.

Los llevamos a todos en nuestro corazón. Cada día. Cada vez que celebramos la Eucaristía. Cada vez que pronunciamos el nombre de Jesús.

Fraternalmente,

El Consejo General
Roma, 14 de julio de 2026