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XXIII Domingo ordinario. Año A

“En aquel tempo, Jesús dijo a sus discípulos “Si tu hermano comete un pecado, ve y amonéstalo a solas, si te escucha, habrás salvado a tu hermano. Si no te hace caso, hazte acompañar de  una o dos personas, para que todo lo que se diga conste por boca de dos o tres testigos. Pero si ni así te hace caso, díselo a la comunidad; y si ni a la comunidad le hace caso, apártate de él como de un pagano o de un publicano.
Yo les aseguro que todo lo que aten en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra quedará desatado en el cielo.
Yo les aseguro también que si dos de ustedes se ponen de acuerdo para pedir algo, sea lo que fuere, mi Padre celestial se lo concederá; pues donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos”.

Mateo: 18, 15-20


Si tu hermano comete un pecado
P. Enrique Sánchez G. mccj

Seguramente todos nos hemos encontrado alguna vez en la situación de ser corregidos o de llamarle la atención a alguna persona con el fin de ayudar a llevar una vida mejor.

Todos nos equivocamos en algún momento y no hay quien pueda presumir de no haber cometido algún error en su vida. A veces por ignorancia o por imprudencia, por negligencia o simplemente por fragilidad humana no ha faltado algo que nos diga que nuestro comportamiento fue incorrecto o inadecuado.

Con la ayuda de los demás podemos salir adelante, también en situaciones que no deberían haberse dado en nuestra vida y nos damos cuenta de que la corrección fraterna no es un juicio o una condena que pretenda hundirnos más en el abismo en que pudimos haber caído.

Corregir y dejarnos corregir

El evangelio de este domingo nos invita a hacer una reflexión sobre la necesidad de corregir a nuestros hermanos y dejarnos corregir por ellos. Jesús, nos hace ver el evangelio, no se asusta ante el pecado, lo que le interesa es que quien ha caído pueda ponerse de pie y volver al camino justo.

Pero, llamar la atención y hacer ver a los demás los errores o fallas en que se encuentran no es siempre fácil y lo más común es que exista un rechazo o una defensa que impide brindar la ayuda a quien lo necesita.

Nosotros mismos, cuando alguien nos hace ver que nos hemos equivocado en algo, es muy fácil que encontremos modos de justificarnos y de defendernos, porque a nadie le gusta que le digan en su cara lo que no ha estado bien o que le remarquen sus límites

Queriendo mantener nuestra imagen en alto e irreprochable es muy fácil que usemos como mecanismo de defensa una actitud que hace que no nos reconozcamos en lo que los demás pueden estar diciéndonos que tenemos que tener cuidado o que tenemos que cambiar.

Casi siempre partimos con la convicción de que a nosotros no hay nada que se nos pueda reprochar y que en líneas generales, estamos bien.

El camino propuesto por Jesús

Teniendo en cuenta esta dificultad, parece que Jesús en el evangelio de hoy nos sugiere una cierta pedagogía para hacer correctamente la corrección fraterna, de manera que no se interprete como una pretensión o critica o de juicio a los demás.

Lo primero que propone Jesús es acercarnos individualmente al hermano haciendo que se sienta que nos movemos en un ambiente de respeto, de discreción o, como decimos muchas veces hoy, en respeto a la privacidad. Se trata de acercarse al hermano movidos por la caridad, queriendo ayudar a que vuelva al orden lo que pudo haber sido afectado.

La corrección tendría que percibirse como una manifestación de cariño profundo. Porque te quiero, me atrevo a hacerte notar que hay algo en tu vida que podría ser mejor o que te  estás alejando de algo que hace de tu vida algo bello.

Si al primer intento no se logra el objetivo, el Señor sugiere ir acompañados de dos o tres testigos, para que se entienda que no se trata de algo personal y que conste que la corrección es una manera de decir que se están acercando a quien lo necesita porque es alguien importante y querido por los demás.

La corrección fraterna tiene sentido, y eso lo entendemos por lo que nos enseña el evangelio, si tiene como fin el ofrecer la calidad de vida que todo hermano se merece y que sabemos que todos estamos, en cualquier momento expuestos a perder. Por lo tanto, este acercarnos al hermano no puede ser un motivo para reprocharle el mal que pudo haber cometido, sino para recordarle el bien en el que está llamado a crecer cada día.

En la propuesta de Jesús se va más lejos y nos recuerda que no es suficiente insistir dos veces, como diciendo, pues si no quieres, arréglatelas como puedas.

Si entre pocos no se logra, hay que recurrir a la comunidad. Esto nos hace entender que en este proceso lo importante no son los resultados inmediatos, sino la paciencia en el acompañamiento.

Claro que la comunidad puede ser más exigente e imponer reglas, a lo mejor más estrictas, pero en realidad lo que está detrás de todo es la convicción que nos enseña la paciencia que tiene Dios con cada uno de nosotros para dejarnos que hagamos el camino y que lleguemos, aunque tarde a donde el nos espera.

Se trata de sumar

Por lo tanto, la lección nos enseña que no se trata de enjuiciar o de condenar cuando vemos que alguien pierde el rumbo y se desbalaga, sino lo que se espera es que sepamos acercarnos con comprensión y cariño a quien lo necesita.

Aquí es cuestión, como nos gusta decir con frecuencia, de sumar y no de restar, de ganar y no de perder, de unir y de favorecer todo lo que nos permita crecer en comunión y en fraternidad.

El evangelio lo dice con palabras que nos pueden parecer fuera de contexto, pero que en realidad son el centro del mensaje. Es cuestión de unir para que todo aquello que es de Dios crezca y se consolide y lo que desune y divide desaparezca y quede en el olvido, porque seguramente no viene de Dios.

Otra lección

Los últimos versículos del evangelio de hoy nos dan otra lección que, justamente, nos permite entender cómo podemos hacer nuestra tarea cuando se trata de acercarnos al hermano que necesita una palabra de nuestra parte.

En primer lugar nos hace entender que ser cristianos nos pone al opuesto de toda mentalidad individualista, en donde nadie puede hacer el camino en solitario. Si dos o tres se ponen de acuerdo, si viven la experiencia de la comunión, de la fraternidad, cualquier cosa que pidan se les concederá.

En segundo lugar, esas pocas palabras nos recuerdan la importancia de la oración. No es con nuestras fuerzas y con nuestras ideas, con nuestros criterios y visiones como podemos acercarnos al hermano que necesita de nuestra corrección. Es abriendo un espacio a Dios  en nuestras mentes y en nuestros corazones para que nos guíe e ilumine, para que nos dé las palabras justas y las actitudes lo suficientemente prudentes para que, a través de nosotros, se manifieste el amor, la paciencia y la misericordia que Dios nos tiene.

La corrección fraterna tiene como finalidad hacer que el hermano que se ha distanciado vuelva a la comunión, que se integre a la comunidad y que redescubra el valor de la fraternidad.

Que vuelva para que haga parte de esos dos o tres en medio de los cuales está el Señor. Para que no se sienta excluido de lo que puede ser la única fuente de su felicidad.

Nuestra reflexión personal

En nuestra reflexión personal podríamos preguntarnos: ¿cuándo he corregido a algún hermano me he sentido movido por sentimientos de caridad o de juicio? ¿Cómo reacciono cuando alguien se acerca para hacerme alguna observación, considerando que algo tendría que cambiar en mi vida? ¿Soy misericordioso y paciente cuando expreso mis puntos de vista sobre las actitudes o comportamientos de los demás?

¿Alguna vez he hecho la experiencia de sentir la presencia de Dios cuando comparto la vida con mis hermanos en comunidad, en familia, en mi parroquia o simplemente con las personas que amo?

¿Me armo, con el Espíritu de Dios, en la oración cuando tengo que corregir o llamarle la atención a algún hermano para que no sean mis criterios los que trate de imponerle?

Si tu hermano comete un pecado, tenle paciencia, al menos un poquito de la paciencia que Dios tiene con nosotros.


¡El chismorreo es una peste más fea que el Covid!
Papa Francisco

El Evangelio de este domingo (cf. Mt 18, 15-20) está tomado del cuarto discurso de Jesús en el relato de Mateo, conocido como discurso “comunitario” o “eclesial”. El pasaje de hoy habla de la corrección fraterna, y nos invita a reflexionar sobre la doble dimensión de la existencia cristiana: la comunitaria, que exige la protección de la comunión, es decir de la Iglesia, y la personal, que requiere la atención y el respeto de cada conciencia individual.

Para corregir al hermano que se ha equivocado, Jesús sugiere una pedagogía de recuperación. Y siempre la pedagogía de Jesús es pedagogía de la recuperación; Él siempre busca recuperar, salvar. Y esta pedagogía de la recuperación está articulada en tres pasajes. Primero dice: «Ve y corrígele, a solas tú con él» (v. 15), es decir, no pongas su pecado delante de todos. Se trata de ir al hermano con discreción, no para juzgarlo, sino para ayudarlo a darse cuenta de lo que ha hecho. Cuántas veces hemos tenido esta experiencia: viene alguien y nos dice: “Oye, en esto te has equivocado. Deberías cambiar un poco en esto”. Tal vez al inicio nos da rabia, pero después se lo agradecemos porque es un gesto de fraternidad, de comunión, de ayuda, de recuperación.

Y no es fácil poner en práctica esta enseñanza de Jesús, por varias razones. Existe el temor de que el hermano o la hermana reaccionen mal; a veces no hay suficiente confianza con él o ella… Y otros motivos. Pero cada vez que hemos hecho esto, hemos sentido que era justo el camino del Señor.

Sin embargo, puede suceder que, a pesar de mis buenas intenciones, la primera intervención fracase. En este caso está bien no desistir y decir: “Que se las arregle, yo me lavo las manos”. No, esto no es cristiano. No hay que desistir, sino recurrir a la ayuda de algún otro hermano o hermana. Dice Jesús: «Si no te escucha, toma todavía contigo uno o dos, para que todo asunto quede zanjado por la palabra de dos o tres testigos» (v. 16). Este es un precepto de la Ley de Moisés (cf. Dt 19,15). Aunque parezca contra el acusado, en realidad servía para protegerlo de falsos acusadores. Pero Jesús va más allá: los dos testigos son requeridos no para acusar y juzgar, sino para ayudar. “Pongámonos de acuerdo, tú y yo, vayamos a hablar con éste, con ésta que se está equivocando, que está quedando mal. Pero vayamos a hablarle como hermanos”. Este es el comportamiento de la recuperación que Jesús quiere de nosotros. De hecho, Jesús considera que también puede fracasar este enfoque —el segundo enfoque— con testigos, a diferencia de la Ley de Moisés, para la cual el testimonio de dos o tres era suficiente para la condena.

De hecho, incluso el amor de dos o tres hermanos puede ser insuficiente, porque él o ella son testarudos. En este caso, añade Jesús, «díselo a la comunidad» (v. 17), es decir, a la Iglesia. En algunas situaciones toda la comunidad está involucrada. Hay cosas que no pueden dejar indiferentes a los otros hermanos: se necesita un amor mayor para recuperar al hermano. Pero, a veces, incluso esto puede no ser suficiente. Y Jesús dice: «Y si ni a la comunidad hace caso, considéralo ya como al gentil y al publicano» (ibid.). Esta expresión, aparentemente tan despectiva, en realidad nos invita a poner a nuestro hermano de nuevo en las manos de Dios: sólo el Padre podrá mostrar un amor más grande que el de todos los hermanos juntos. Esta enseñanza de Jesús nos ayuda mucho, porque —pensemos en un ejemplo— cuando nosotros vemos un error, un defecto, una equivocación, en tal hermano o hermana, habitualmente la primera cosa que hacemos es ir a contárselo a los demás, a chismorrear. Y los chismes cierran el corazón de la comunidad, cierran la unidad de la Iglesia. El gran chismoso es el diablo, que siempre está diciendo cosas feas de los demás, porque él es el mentiroso que busca dividir a la Iglesia, de alejar a los hermanos y de no hacer comunidad. Por favor, hermanos y hermanas, hagamos un esfuerzo para no chismorrear. ¡El chismorreo es una peste más fea que el Covid! Hagamos un esfuerzo: nada de chismes. Es el amor de Jesús, que acogió a publicanos y paganos, escandalizando a las personas rígidas de la época. Por lo tanto, no se trata de una condena sin apelación, sino del reconocimiento de que a veces nuestros intentos humanos pueden fracasar, y que sólo estando ante Dios puede poner a nuestro hermano ante su propia conciencia y la responsabilidad de sus actos. Y si no funciona, silencio y oración por el hermano y la hermana que se equivocan, pero nunca el chismorreo.

Que la Virgen María nos ayude a hacer de la corrección fraterna un hábito saludable, para que en nuestras comunidades se puedan establecer siempre nuevas relaciones fraternas, basadas en el perdón mutuo y, sobre todo, en la fuerza invencible de la misericordia de Dios.

Angelus 6/9/2020


Comunidad misionera para una pastoral de los alejados
P. Romeo Ballan, mccj

¿Cómo acabar con los chismes y reproches? ¿Por qué amonestar al que ha cometido una falta? ¿Cómo corregir a quien está equivocado? Corregir a los demás es un asunto difícil; es un arte que requiere de humildad y sabiduría; es difícil hacerlo y hacerlo bien; es más fácil – y más frecuente, lamentablemente – hablar con otros de los defectos y errores ajenos; o limitarse a humillarlos y ofenderlos con reproches… O bien, ¿por qué no dejarlos con su problema, sin tomarse la molestia de amonestarles? ¿Qué actitud de caridad debemos asumir en esas circunstancias? Muy probablemente, el pasaje del Evangelio de hoy, sobre la ‘corrección fraterna’, es el espejo de situaciones concretas que ya se vivían en la primera comunidad cristiana para la cual Mateo escribía su Evangelio. El pasaje forma parte del llamado ‘discurso eclesiástico’ (Mt 18), en el cual el evangelista recoge varias enseñanzas de Jesús sobre las relaciones en el interior de la comunidad, con los siguientes pasos: la grandeza auténtica consiste en hacerse pequeños y en ponerse a servir (v. 1-5), la gravedad del escándalo a los pequeños (v. 6-11), la búsqueda del que se ha alejado (v. 12-14), la corrección fraterna (v. 15-18), la oración en común (v. 19-20) y, finalmente, el perdón de las ofensas y la reconciliación (v. 23-35).

El objetivo de la corrección fraterna (Evangelio) es la recuperación y la salvación del hermano/hermana que se ha equivocado o se ha descarriado. Para que la amonestación surta el efecto deseado, Jesús invita a proceder por etapas: en primer lugar, a nivel personal, de tú a tú (v. 15); después con la ayuda de una o dos personas (v. 16); y después con el recurso a la comunidad (v. 17). El hecho de que, al final, un hermano/hermana no haga caso de nadie y se le considere “como un pagano o un publicano” (v 17), no conlleva ni autoriza un abandono, sino más bien una atención especial hacia estas personas, como lo hacía Jesús, que era “amigo de publicanos y de pecadores” (Mt 11,19; cfr. Lc 15,1-2). La clave para entender esta terca amistad y preferencia de Jesús está en la parábola del Buen Pastor que deja “en los montes las 99 ovejas, para ir en busca de la descarriada” (Mt 18,12). Jesús concluye la parábola con una afirmación fuerte: “De la misma manera no es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno de estos pequeños” (Mt 18,14).

Esta es la Palabra que antecede inmediatamente al texto sobre la corrección fraterna. Dios tiene más prisa y ganas de perdonar que nosotros de ser perdonados. De veras, Dios cree en la recuperación de las personas. Este es el fundamento y la esperanza de la pastoral misionera hacia los lejanos. Aun con limitaciones, errores y frustraciones, pero siempre con misericordia, porque tal es el verdadero rostro de Dios, que Jesús ha venido a manifestarnos.

Dios rechaza la actitud de Caín al que no le importa su hermano (cfr. Gen 4,9); más bien (I lectura) hace de nosotros centinelas para los demás (v. 7) y pedirá cuentas al que no pone “en guardia al malvado para que cambie de conducta” (v. 8). No se trata de interferir en la vida de los demás, ni de recortar su libertad personal (v. 9), sino de ser una presencia fraterna y amiga, inspirada en el amor y en la búsqueda del auténtico bien del hermano/hermana. Porque el amor mutuo (II lectura) es la mayor obligación hacia los demás; en efecto, “amar es cumplir la ley entera” (v. 10). San Pablo vivía como enamorado de Cristo y, por tanto, estaba preocupado por todas las Iglesias (2Cor 11,28), quería anunciar a todos el Evangelio de Jesús y no tenía miedo a dar fuertes y saludables amonestaciones a sus comunidades. Pero ¡siempre con amor!

El amor mutuo, que tiene como objetivo recuperar la persona que se equivoca, es el fundamento de la corrección fraterna. Incluyendo los riesgos que esta conlleva, sobre todo cuando se ha de llamar la atención a los poderosos de la tierra. El martirio de S. Juan Bautista (ver memoria litúrgica el 29/8), fue la consecuencia extrema de un preciso y valiente reproche a un rey adúltero y corrupto. El mensaje de hoy no atañe solamente a los pequeños contratiempos de la vida familiar o comunitaria, sino que ilumina también la conducta del cristiano (pastores y simples fieles) frente a los responsables de los peores males de la sociedad: leyes inicuas, degradación moral y social, graves injusticias, corrupción, sistemas mafiosos, escándalos públicos…, ante los cuales el silencio y el desinterés equivalen a debilidad, miedo, cobardía, complicidad.

El delicado ministerio de la amonestación-corrección mutua, se omite con excesiva frecuencia, como afirmaba también el Card. Carlos M. Martini (+ 31-8-2012). El difícil servicio de la corrección-reconciliación fraterna, en la verdad y en la caridad, resulta más fácil y eficaz cuando tiene el soporte de una comunidad de hermanos que viven la comunión y la oración, disfrutando así de la presencia del Señor, porque están reunidos en su nombre: “Donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí Yo-Estoy en medio de ellos” (Mt 18,20). Con estas palabras Jesús nos da una de las más hermosas descripciones-definiciones de “Iglesia-comunidad”. ¡Tal es la fuerza misionera y explosiva de una comunidad reconciliada y orante que vive la fraternidad!


Reunidos por Jesús
José Antonio Pagola

Al parecer, el crecimiento del cristianismo en medio del imperio romano fue posible gracias al nacimiento incesante de grupos pequeños y casi insignificantes que se reunían en el nombre de Jesús para aprender juntos a vivir animados por su Espíritu y siguiendo sus pasos.

Sin duda, fue importante la intervención de Pablo, Pedro, Bernabé y otros misioneros y profetas. También las cartas y escritos que circulaban por diversas regiones. Sin embargo, el hecho decisivo fue la fe sencilla de creyentes cuyos nombres no conocemos, que se reunían para recordar a Jesús, escuchar su mensaje y celebrar la cena del Señor.

No hemos de pensar en grandes comunidades sino en grupos de vecinos, familiares o amigos, reunidos en casa de alguno de ellos. El evangelista Mateo los tiene presentes cuando recoge estas palabras de Jesús: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

No pocos teólogos piensan que el futuro del cristianismo en occidente dependerá en buena parte del nacimiento y el vigor de pequeños grupos de creyentes que, atraídos por Jesús, se reúnan en torno al Evangelio para experimentar la fuerza real que tiene Cristo para engendrar nuevos seguidores.

La fe cristiana no podrá apoyarse en el ambiente sociocultural. Estructuras territoriales que hoy sostienen la fe de quienes no han abandonado la Iglesia quedarán desbordadas por el estilo de vida de la sociedad moderna, la movilidad de las gentes, la penetración de la cultura virtual y el modo de vivir el fin de semana.

Los sectores más lúcidos del cristianismo se irán concentrando en el Evangelio como el reducto o la fuerza decisiva para engendrar la fe. Ya el concilio Vaticano II hace esta afirmación: “El Evangelio… es para la Iglesia principio de vida para toda la duración de su tiempo”. En cualquier época y en cualquier sociedad es el Evangelio el que engendra y funda la Iglesia, no nosotros.

Nadie conoce el futuro. Nadie tiene recetas para garantizar nada. Muchas de las iniciativas que hoy se impulsan pasarán rápidamente, pues no resistirán la fuerza de la sociedad secular, plural e indiferente. Dentro de pocos años sólo nos podremos ocupar de lo esencial.

Tal vez Jesús irrumpirá con una fuerza desconocida en esta sociedad descreída y satisfecha a través de pequeños grupos de cristianos sencillos, atraídos por su mensaje de un Dios Bueno, abiertos al sufrimiento de las gentes y dispuestos a trabajar por una vida más humana. Con Jesús todo es posible. Hemos de estar muy atentos a sus llamadas.


¡Qué fácil es criticar, qué difícil es corregir!
José Luis Sicre

La formación de los discípulos

A partir del primer anuncio de la pasión-resurrección y de la confesión de Pedro, Jesús se centra en la formación de sus discípulos. No sólo mediante un discurso, como en el c.18, sino a través de las diversos acontecimientos que se van presentando. Los temas podemos agruparlos en tres apartados:

1. Los peligros del discípulo:
* ambición (18,1-5)
* escándalo (18,6-9)
* despreocupación por los pequeños (18,10-14)

2. Las obligaciones del discípulo:
* corrección fraterna (18,15-20)
* perdón (18,21-35)

3. El desconcierto del discípulo:
* ante el matrimonio (19,3-12)
* ante los niños (19,13-15)
* ante la riqueza (19,16-29)
* ante la recompensa (19,30-20,16)

De estos temas, la liturgia dominical ha seleccionado el 2º, corrección fraterna y perdón, que leeremos en los dos próximos domingos (23 y 24 del Tiempo Ordinario) y el último punto del 3º, desconcierto ante la recompensa (domingo 25).

La corrección fraterna

Como punto de partida es muy válida la primera lectura, tomada del profeta Ezequiel. Cuando alguien se porta de forma indebida, lo normal es criticarlo, procurando que la persona no se entere de nuestra crítica. Sin embargo, Dios advierte al profeta que no puede cometer ese error. Su misión no es criticar por la espalda, sino dirigirse al malvado y animarlo a cambiar de conducta.

En la misma línea debemos entender el evangelio de hoy, que se dirige a los apóstoles y a los responsables posteriores de las comunidades. No pueden permanecer indiferentes, deben procurar el cambio de la persona. Pero es posible que ésta se muestre reacia y no acepte la corrección. Por eso se sugieren cuatro pasos: 1) tratar el tema entre los dos; 2) si no se atiene a razones, se llama a otro o a otros testigos; 3) si sigue sin hacer caso, se acude a toda la comunidad; 4) si ni siquie­ra entonces se atiene a razones, hay que considerarlo «como un gentil o un publicano».

Esta práctica recuerda en parte la costumbre de la comunidad de Qumrán. La Regla de la Congregación, sin expresarse de forma tan sistemática como Mateo, da por supuestos cuatro pasos: 1) corrección fraterna; 2) invocación de dos testi­gos; 3) recurso a «los grandes», los miembros más antiguos e importantes; 4) finalmente, si la persona no quiere corregirse, se le excluye de la comunidad.

La novedad del evangelio radica en que no se acude en tercera instancia a los «grandes», sino a toda la comunidad, subrayando el carácter democrático de la vivencia cristiana. Hay otra diferencia notable entre Qumrán y Jesús: en Qumrán se estipulan una serie de sanciones cuando se ofende a alguno, cosa que falta en el Nuevo Testamento. Copio algunas de ellas en el Apéndice.

Hay un punto de difícil interpretación: ¿qué signifi­ca la frase final, «considéralo como un gentil o un publicano»? Generalmente la interpretamos como un rechazo total de esa persona. Pero no es tan claro, si tenemos en cuenta que Jesús era el «amigo de publicanos» y que siempre mostró una actitud positiva ante los paganos. Por consiguiente, quizá la última frase debamos entenderla en sentido positivo: incluso cuando parece que esa persona es insalvable, sigue considerándola como alguien que en algún momento puede aceptar a Jesús y volver a él. Esta debe ser la actitud personal («considéralo»), aunque la comunidad haya debido tomar una actitud disciplinaria más dura.

¿Qué valor tiene la decisión tomada en estos casos? Un valor absoluto. Por eso, se añaden unas palabras muy parecidas a las dichas a Pedro poco antes, pero dirigidas ahora a todos los discípulos y a toda la comunidad: «Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo.» La decisión adoptada por ellos será refrendada por Dios en el cielo.

Relacionado con este tema están las frases finales. Generalmente se los aplica a la oración y a la presencia de Cristo en general. Pero, dado lo anterior y lo que sigue, parece importante relacionar esta oración y esta presencia de Cristo con los temas de la corrección y del perdón.

El conjunto podríamos explicarlo del modo siguiente. La correc­ción fraterna y la decisión comunitaria sobre un individuo son algo muy delicado. Hace falta luz, hallar las palabras adecuadas, el momento justo, paciencia. Todo esto es imposible sin oración. Jesús da por supuesto -quizá supone mucho- que esta oración va a darse. Y anima a los discípulos asegurándoles la ayuda del Padre, ya que El estará presente. Esta interpretación no excluye la otra, más amplia, de la oración y la presencia de Cristo en general. Lo importante es no olvidar la oración y la presencia de Jesús en el difícil momento de la reconciliación.

Apéndice: la práctica de la comunidad de Qumrán

Nota: En el siglo II a.C., un grupo de judíos, descontentos del comportamiento del clero y de las autoridades de Jerusalén, se retiró al desierto de Judá y fundó junto al Mar Muerto una comunidad. Se ha discutido mucho sobre su influjo en Juan Bautista, en Jesús y en los primeros cristianos. El interesado puede leer J. L. Sicre, El cuadrante. Vol. II: La apuesta, cap. 15.

Los cuatro pasos en la Regla de la congregación

1) «Que se corrijan uno a otro con verdad, con tranquilidad y con amor lleno de buena voluntad y benevolencia para cada uno» (V, 23-24).

2 y 3) «Igualmente, que nadie acuse a otro en presencia de los “grandes” sin haberle avisado antes delante de dos testigos» (VI, 1).

4) «El que calumnia a los “grandes”, que sea despedido y no vuelva más. Igualmente, que sea despedido y no vuelva nunca el que murmura contra la autoridad de la asamblea (…) Todo el que después de haber permanecido diez años en el consejo de la comunidad se vuelva atrás, traicionando a la comunidad… que no vuelva al consejo de la comunidad. Los miembros de la comunidad que estén en contacto con él en materia de purificación y de bienes sin haber informado de esto a la comunidad serán tratados de igual manera. No se deje de expulsarlos» (VII,16-25).

Algunos castigos

«Si alguien habla a su prójimo con arrogancia o se dirige a él groseramente, hiriendo la dignidad del hermano, o se opone a las órdenes dadas por un colega superior a él, será castigado durante un año…»

«Si alguno habló con cólera a uno de los sacerdotes inscritos en el libro, que sea castigado durante un año. Durante ese tiempo no participará del baño de purificación con el resto de los grandes.»

«El que calumnia injustamente a su prójimo, que sea castigado durante un año y apartado de la comunidad.»

«Si únicamente hablo de su prójimo con amargura o lo engañó conscientemente, su castigo durará seis meses.

«El que se despereza, cabecea o duerme en la reunión de los “grandes” será castigado treinta días».

Septiembre: Tiempo de oración por la Creación

Los 10 mandamientos del cristiano amigo de la Creación
y un gesto misionero asociado a cada uno

1.º — Amarás la Creación como un don de Dios
No considerarás la naturaleza como algo que te pertenece, sino como un regalo que has recibido y que tienes la responsabilidad de entregar a las próximas generaciones.
Gesto misionero: Elegiré un lugar de la naturaleza —un árbol, un jardín, un río, una playa— y me detendré unos minutos ante él. Lo observaré, daré gracias a Dios y me comprometeré a cuidar este pedacito de la Casa Común.

2.º — No malgastarás
Agua, alimentos, energía, ropa, papel, tiempo… El despilfarro parece insignificante, pero multiplicado por millones de personas se convierte en una enorme herida en la Tierra. Antes de tirar algo, te preguntarás: «¿De verdad no lo necesito? ¿No conozco a nadie que lo necesite?». El despilfarro es una forma silenciosa de injusticia.
Gesto misionero: No tiraré comida que aún se pueda aprovechar. La guardaré, la congelaré, reinventaré una comida o la compartiré con alguien.

3.º — No convertirás el consumo en un dios
No comprarás solo porque puedas comprar. Aprenderás a distinguir entre lo que necesitas y lo que simplemente deseas. La felicidad no cabe en un carrito de la compra.
Gesto misionero: Antes de comprar algo, esperaré 24 horas y me preguntaré: «¿De verdad necesito esto?». Si la respuesta es no, no lo compraré. Guardaré ese dinero para algo verdaderamente necesario o para ayudar a alguien.

4.º — Respetarás el agua
No dejarás que el grifo gotee inútilmente, no malgastarás el agua como si fuera inagotable y defenderás los ríos, los arroyos, los acuíferos y los océanos. El agua es vida. No puedes comportarte como si fuera infinita.
Gesto misionero: Cerraré el grifo mientras me lavo los dientes y reduciré el tiempo de la ducha. Y calcularé cuánta agua he conseguido ahorrar en todas las actividades a lo largo del día.

5.º — No convertirás la Tierra en tu cubo de basura
Reducirás, reutilizarás, repararás y reciclarás. Y recordarás que la mejor basura es aquella que nunca se ha producido. Serás consciente de que el planeta no puede seguir recibiendo todo lo que decides tirar, y de que reducir es mejor que reciclar.
Gesto misionero: Optaré por productos no desechables en todas las tareas domésticas. Evitaré las bolsas innecesarias. Rechazaré los envases que no necesite.

6.º — Protegerás a los animales y a las plantas
No considerarás inútil a una abeja, una golondrina, un árbol o una pequeña flor. Cada criatura tiene su lugar en la obra de Dios y en la maravillosa red de la vida.
Gesto misionero: Plantaré una flor, una hierba aromática u otra especie adecuada para mi espacio que pueda alimentar o dar cobijo a los insectos. Si no dispongo de espacio, patrocinaré una zona verde.

7.º — Cuidarás del clima también con tus pies
Siempre que puedas, irás a pie, en bicicleta o en transporte público y reducirás aquello que contribuye innecesariamente al calentamiento del planeta.
Gesto misionero: Elegiré al menos un día de esta semana para realizar a pie, en bicicleta o en transporte público un trayecto que normalmente haría en coche.

8.º — No serás indiferente
Cuando veas un bosque destruido, un río contaminado, una playa llena de basura o una especie amenazada, no dirás simplemente: «Alguien debería hacer algo». Tú eres «alguien». Cuando la Creación está amenazada, todos estamos llamados a actuar.
Gesto misionero: Elegiré un problema medioambiental de mi tierra —basura, desperdicio de agua, árboles amenazados, contaminación, abandono de espacios verdes— y me informaré sobre él. Después, hablaré de ello con al menos una persona y aportaré mi granito de arena lo mejor que pueda.

9.º — No utilizarás la naturaleza solo para tu propio placer
Cuando vayas a la playa, a la montaña o al campo, recuerda: estás visitando una casa que no es tuya. Solo dejarás huellas a tu paso, y te llevarás contigo fotografías, recuerdos y gratitud.
Gesto misionero: En mis paseos, daré las gracias a los trabajadores que mantienen limpios estos espacios; recogeré los residuos que encuentre por el camino (no hace falta esperar a una gran campaña para hacer una pequeña limpieza); y llamaré la atención a quien esté contaminando o ensuciando.

10.º — Convertirás la oración en acción
Rezarás por la Creación, sí. Pero la oración no puede terminar cuando dices «Amén». Te levantarás y harás algo por ella. Porque no basta con pedirle a Dios que cuide de nuestra Casa Común si nosotros mismos nos negamos a cuidarla.
Gesto misionero: Rezaré cada día una breve oración por la Casa Común. Y, justo después, realizaré un gesto concreto de cuidado por la naturaleza. Una oración. Un gesto. Todos los días.

Y un 11.º mandamiento… — No dirás: «Es solo una cosita».

Un grifo cerrado.
Una comida que no se desperdicia.
Una botella reutilizada.
Un árbol plantado.
Un trayecto hecho a pie.
Un trozo de basura recogido de la playa.
Un niño al que se le enseña a amar una flor.
Parecen cosas pequeñas.
Pero es de las cosas pequeñas de las que Dios hace surgir grandes cambios.
La conversión ecológica no empieza en el planeta.
Empieza en mí.

Y quizá la pregunta más importante de este mes sea esta:
«¿Qué cambio en mi vida surgirá de mi oración por la Creación?»

Texto de Fernando Ferreira, periodista

Los Combonianos regresan a Jartum: «Valor para hoy y esperanza obstinada para el futuro»

Seis  combonianos han regresado a Jartum, Sudán, devolviendo la vida pastoral y la educación a una ciudad todavía marcada por la guerra. Tres de ellos están reorganizando la parroquia de Masalma, en Omdurmán, mientras que los otros tres se dedican a reparar el Comboni College Khartoum y a inscribir alumnos para la reapertura de la escuela en octubre. Todos ellos están inspirados por el valor y la obstinada determinación de Daniel Comboni.

Por: P. Roy Carlos Zúñiga Paredes, mccj
Desde Jartum, Sudán

Mientras me siento a escribir, escucho al cercano muecín llamando a los fieles a la oración del mediodía. Esto me recuerda que vivo en un ambiente musulmán, pero también que nosotros, los cristianos –y los combonianos–, todavía tenemos una misión que cumplir en Sudán: queremos seguir siendo un signo de esperanza obstinada, al estilo más característico de nuestro querido fundador, san Daniel Comboni.

Es una esperanza que brilla como un rayo de luz en medio de las tinieblas que aún rodean nuestro recinto del Comboni College Khartoum (CCK). La mayoría de los edificios vecinos siguen en pie, pero permanecen como testigos silenciosos de todo el caos y la destrucción que esta insensata guerra civil ha traído a esta tierra.

Una ciudad que vuelve lentamente a la vida

Por la noche, mientras doy un breve paseo por el patio de la escuela secundaria, a menudo me pregunto: ¿qué garantía tenemos de que la violencia no volverá a desatarse sobre la capital sudanesa?

¿La respuesta? Confiamos en que Dios, en su infinita misericordia, no permita que semejante mal vuelva a suceder.

Mientras Jartum intenta recuperar durante el día parte de la vida que tenía antes, Omdurmán, al otro lado del puente sobre el río Nilo, rebosa de actividad tanto de día como de noche. Son señales claras de una nación que lucha por volver a ponerse en pie y que anhela la paz.

Personalmente, sigo comprometido con el ideal de Comboni de «salvar África con África». Su memoria continúa impulsándonos, aunque de vez en cuando escuchamos el sonido de drones derribados por el ejército sudanés, el mismo ejército cuya presencia está haciendo posible nuevamente la vida aquí, en Jartum.

Mantener viva la llama de la fe

Actualmente somos seis misioneros combonianos en Jartum: tres en la ciudad y tres en la parroquia de Masalma, en Omdurmán. Nuestra tarea es mantener viva y activa en Sudán la esperanza obstinada de los Combonianos. Esto exige valor de todos nosotros, y me siento honrado de formar parte del grupo de misioneros a quienes se ha confiado la misión de mantener viva aquí la llama de la fe.

Cada domingo vamos a celebrar la Misa en diferentes iglesias y capillas. Somos solamente cuatro sacerdotes combonianos, junto con dos o tres sacerdotes diocesanos, tratando de responder a las necesidades espirituales de todos los católicos de Jartum y Omdurmán. Los fieles nos reciben con alegría y alivio cada vez que venimos a celebrar con ellos la Eucaristía. Se sienten felices de ver a sus pastores compartiendo sus luchas y dificultades.

Un nuevo comienzo para Comboni College

En este momento, mi rutina diaria está centrada en la inscripción de niños y niñas para las clases de primaria y secundaria básica del CCK. Los padres acuden a nosotros porque desean una educación de calidad para sus hijos. El nuevo año escolar está previsto que comience a principios de octubre.

Ya hemos inscrito a más de cien alumnos y todavía tenemos todo el mes de septiembre para continuar con este trabajo. Nadie sabe cuántos más vendrán. Probablemente no podremos responder a toda la demanda, porque actualmente nuestra escuela es la única escuela católica disponible.

Las otras escuelas sufrieron graves daños y las demás congregaciones solo están considerando regresar cuando tengan la certeza de que hay paz y estabilidad. Por el momento, nadie puede saber cuándo será posible.

Y, sin embargo, ver llegar cada día a los más pequeños para las entrevistas y contemplar cómo los espacios de la escuela vuelven poco a poco a llenarse de vida me llena de gratitud. Alabo y doy gracias a Dios, que nos permite una vez más seguir el sueño de san Daniel Comboni en su querida Jartum.

comboni.org

«Y dejando las redes, lo siguieron»

Fieles al ideal de nuestro fundador, san Daniel Comboni, seguimos animando a los jóvenes para que sean “santos y capaces” y no teman responder con generosidad al llamado de Dios. Recordemos que el Señor invita a personas reales, con historias concretas y en circunstancias específicas para vivir la misión que les confía.

Nuestro preseminario tuvo como lema: “Y dejando las redes, lo siguieron”, inspirado en el pasaje del Evangelio de san Marcos (1,18), en el que Jesús invita a sus primeros discípulos –Pedro, Andrés, Santiago y Juan– a seguirlo a orillas del mar de Galilea. Con este lema queremos reafirmar que la vocación es una invitación de parte de Dios, y no, de los méritos humanos. Quien llama es Dios mismo, presente en la persona de Jesús.

Este año, la sede de nuestro encuentro fue el postulantado de San Francisco del Rincón, Guanajuato, y se realizó del 13 al 17 de julio. Contó con la participación de once jóvenes provenientes de distintos estados de la República Mexicana: Guanajuato, Michoacán, Ja-lisco, Veracruz, Zacatecas, Coahuila y Ciudad de México. Animados por el deseo de profun-dizar en el misterio de su vocación, los participantes respondieron con generosidad a la invitación que Dios les hizo.

El objetivo del preseminario fue ayudar a los jóvenes que sienten el llamado al sacerdocio o a la vida religiosa misionera a encontrar criterios y pistas que les permitan discernir, fortalecer y madurar su vocación. Los asistentes se retiraron varios días de su rutina cotidiana para concentrarse, meditar y escuchar la voz de Dios y así aclarar sus inquietudes.

El encuentro se caracterizó por diversos espacios formativos y de convivencia. Se ofrecieron tiempos para la reflexión personal y grupal y así discernir si Dios los llama a la vida religiosa misionera. Asimismo, se facilitaron momentos para experimentar el don de la vida comunitaria mediante actividades de diálogo, recreación, deporte y convivencia fraterna. Espacios que permitieron a los jóvenes interactuar directamente con sacerdotes, Hermanos combonianos y seminaristas del postulantado.

También se vivieron con intensidad diversos momentos de oración: la celebración diaria de la Eucaristía, el rezo de la Liturgia de las Horas –laudes, vísperas y completas–, el rosario y la adoración al Santísimo Sacramento. Además se impartieron charlas vocacionales a cargo de sacerdotes combonianos. En ellas se presentaron la vida, vocación y carisma de nuestro fundador, la historia del Instituto, las etapas formativas y la presencia de la Familia Comboniana en el mundo. Del mismo modo, se abordó la importancia de la vocación cristiana y se expusieron las distintas formas de servir a la Iglesia.

Es preciso recordar que toda vocación se encarna en una persona concreta que, con sus límites y capacidades, procura responder al llamado de Dios. Los asistentes al preseminario buscaron vivir la misma experiencia de los primeros discípulos. Con el lema “Y dejando las redes, lo siguieron”, quisimos destacar que en toda vocación está presente la exigencia del Maestro. Jesús respeta plenamente nuestra libertad; no impone condiciones, sino que invita para que nuestra respuesta se transforme, por amor, en una donación total.

Reconozcamos que toda respuesta vocacional pasa por experiencias semejantes a las que vivieron los primeros discípulos. La primera es el desapego: las redes representaban su trabajo y sustento, y dejarlas significa estar dispuestos a dejar nuestra zona de confort y las seguridades materiales por un bien mayor. La segunda es la inmediatez de la respuesta: el evangelista señala que lo siguieron “de inmediato”. Esto nos enseña que, cuando se reconoce el llamado de Dios, dudar o postergar indefinidamente la decisión, puede alejarnos del proyecto que Él tiene para nosotros. La tercera es la transformación de la misión: los pescadores no dejaron de ser útiles; simplemente cambiaron su enfoque. Pasaron de “pescar peces” a ser “pescadores de hombres”, lo que significa poner nuestras habilidades y talentos al servicio de los demás para transformar positivamente sus vidas.

Les pedimos que oren por la vocación de estos jóvenes que han respondido al llamado de Dios para iniciar la vida misionera. Pidamos al Señor que, a ejemplo de los primeros discípulos, perseveren con fidelidad en esta opción fundamental de sus vidas y que, aun en medio de las dudas, los temores e incertidumbres propias de todo proceso vocacional, sepan siempre “dejar sus redes y seguir al Maestro”. Que vivan con alegría, fidelidad y perseverancia esta primera etapa de su formación misionera comboniana.

Si deseas experientar un acompañamiento vocacional, no lo dudes:
¡CONTÁCTANOS! La misión te espera. ¡No tengas miedo!

Mons. Dominic Eibu, obispo comboniano de Uganda: «Confiando en la gracia de Dios»

El obispo comboniano Dominic Eibu, de la diócesis de Kotido, comparte su camino vocacional y su experiencia misionera.

No tenía ni idea de lo que era el sacerdocio, aunque me gustaba ver a los sacerdotes cuando venían a la capilla de nuestro pueblo, lo cual era algo raro. ¡En la escuela secundaria quería ser director de banco! Me inspiré para unirme a los Misioneros Combonianos de una manera muy curiosa mientras estudiaba en la Moroto High School. Todo ocurrió así: solía rezar en la Catedral Regina Mundi, donde el párroco era amigo de la familia.

Durante las vacaciones del primer trimestre, me pidió que le ayudara en la oficina parroquial anotando en los registros los nombres de las personas que habían recibido los sacramentos. Una tarde, de camino al trabajo, me encontré con un anciano que conducía una vieja motocicleta Vespa y que probablemente salía para cumplir con su misión.

¡No lo conocía! Me detuve y me asaltaron algunas preguntas que me vinieron a la mente en ese mismo instante: ¿quién es este anciano, que parece tan comprometido con nuestra gente, pero que no es ugandés? ¿Qué pasará cuando muera? ¿Quién continuará su obra? Continué hacia la oficina parroquial para recoger mi tarea y, al llegar donde el párroco, le pregunté quién era aquel anciano, describiéndoselo tal como lo había visto. Me dijo que era un misionero comboniano. Entonces le pregunté cómo se podía uno unir a ellos.

Aunque se lo pregunté, tenía una “dificultad” que creía que me impediría ingresar al sacerdocio: no había estudiado Religión en el colegio, ya que me habían asignado a la modalidad de ciencias.

Cuando le hablé al párroco de esta “dificultad”, me aseguró que aún podía solicitar el ingreso al seminario si estaba interesado en la vida seminarística. Sin embargo, me dijo que los Padres de Verona – como los combonianos también eran conocidos –  solo aceptan candidatos que hayan terminado el bachillerato. Ni siquiera conocía la diferencia entre los sacerdotes, si eran misioneros o diocesanos, ni nada por el estilo. Aun así, el párroco me animó a presentar mi solicitud para entrar al seminario.

Presenté la solicitud sin saber a dónde iba, ¡solo sabía que quería convertirme en misionero comboniano! Tras aprobar los exámenes, fui admitido en el Seminario Menor de los Apóstoles de Jesús en Nadiket, Moroto. Cuando llegué a Nadiket, no vi al anciano, así que le pregunté al párroco dónde estaba. Me volvió a explicar que eran Misioneros Combonianos, pero me animó a estudiar allí para mis A-Levels. Me aseguró que, si al terminar seguía interesado, le avisaría al director de vocaciones de los Misioneros Combonianos.

Después de mis exámenes finales, recibí una carta suya pidiéndome que me preparara para reunirme con el director de vocaciones en la Casa Comboni de Moroto un día determinado, y así lo hice. Tuve un encuentro muy positivo con el director de vocaciones, quien me pidió que presentara la solicitud en ese mismo momento. Lo hice, y me invitó a ir a Kampala para unirme a otros candidatos en el programa de orientación.

El programa de orientación duró una semana, durante la cual nos informó de que consultaría nuestros resultados en la sede del Ministerio de Educación. Quienes obtuvieran las calificaciones requeridas recibirían una carta de admisión. También dijo que los aceptados deberían presentarse en Kampala para ser trasladados a Jinja y comenzar su postulantado.

Mi camino comenzó en 1993 con un curso de filosofía en Jinja. De 1996 a 1998, realicé mi formación de noviciado en Namugongo, seguida de los estudios de teología de 1998 a 2002. Inicialmente, los estudios de teología debían cursarse en Kinshasa, Congo, pero debido a la inestabilidad política, fui enviado a Roma en su lugar. Fui ordenado sacerdote en 2002 y destinado a Jartum, en Sudán. Antes de ir allí, fui enviado a el Cairo para estudiar árabe de 2002 a 2003, y luego a Roma de 2003 a 2005 para estudiar islamología. Me trasladé a Jartum en 2005.

Mi primer destino fue Egipto para estudiar árabe, y finalmente fui asignado a Jartum, en Sudán. Mientras estuve en Sudán, llevé a cabo labor pastoral en una escuela. De 2006 a 2016, trabajé como director en el Comboni College de Jartum (CCK) y en la Escuela Primaria de Niños de Omdurmán, en Sudán. De 2017 a 2022, estuve destinado en el Cairo, en el Instituto Dar Comboni para la Lengua y la Cultura Árabes, donde también fui director de tres escuelas para refugiados pertenecientes a nuestra parroquia del Sagrado Corazón de Sakakini.

De 2017 a 2022, estuve destinado en la parroquia, primero como vicario parroquial y luego, a partir de 2020, como párroco. Durante este tiempo, también presté mis servicios en el instituto mencionado anteriormente. Por lo tanto, tengo experiencia tanto en el apostolado escolar como en el parroquial. Trabajé en países árabes durante un total de 16 años: 11 años en Jartum, Sudán, y 5 años en El Cairo, Egipto.

Cuando fui nombrado obispo, ¡me sentí perdido! Esto se debió a que me encontré en una realidad nueva donde tenía que empezar a afrontar responsabilidades mucho mayores que el trabajo parroquial, escolar o en el instituto. Confiando en la gracia de Dios y en la confianza de la Iglesia, lo asumí con fe y con el apoyo de la Iglesia.

Ahora, tres años después, he llegado a amar mis responsabilidades, a la gente y al lugar. Sigo aprendiendo a servir bien a mi pueblo, lo que incluye aprender su idioma, sus costumbres y su cultura, para sentirme completamente en casa con ellos y en mi rol. No comprendo del todo el corazón de la gente, ¡pero siento que me quieren y yo también los quiero a ellos! He sido muy bien acogido en la diócesis, como demuestra el nuevo nombre que me pusieron, “Lokut”, el día de mi consagración episcopal. Este nombre refleja las condiciones meteorológicas de mi consagración como obispo: ¡hacía muchísimo viento!

comboni.org

XXII Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, comenzó Jesús a anunciar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén para padecer allí mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que tenía que ser condenado a muerte y resucitar al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y trató de disuadirlo, diciéndole: “No lo permita Dios, Señor. Eso no te puede suceder a ti”. Pero Jesús se volvió a Pedro y le dijo: “¡Apártate de mí, Satanás, y no intentes hacerme tropezar en mi camino, porque tu modo de pensar no es el de Dios, sino el de los hombres!”.
Luego Jesús dijo a sus discípulos: “El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero, si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar uno a cambio para recobrarla?
Porque el Hijo del hombre ha de venir rodeado de la gloria de su Padre, en compañía de sus ángeles, y entonces le dará a cada uno lo que merecen sus obras”

(Mateo: 16, 21-27)


¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero,
si pierde su vida?
P. Enrique Sánchez G. mccj

Jesús anuncia que el momento ha llegado. Es la hora de subir a Jerusalén para dar cumplimiento a todo lo que durante tres años había anunciado. Tengo que subir a Jerusalén para sufrir, para vivir días de pasión, de dolor, de entrega total, de muerte por amor.

Ahí, en Jerusalén sería en donde las palabras pasarían a segundo término y el silencio de Jesús iría acompañado por la entrega, sin reproches y sin defensas. Había venido a dar su vida por amor, para mostrar cuánto ama Dios a sus hijos y la hora era aquella, ya no había que esperar, pues quienes se habían obstinado en no reconocerlo como Mesías ya no cambiarían y seguirían con su cerrazón de mente y de corazón.

Los sumos sacerdotes, los ancianos y los escribas ya tenían preparado su plan y ya habían decidido dar muerte a Jesús porque les era insoportable y su presencia les ponía delante de la incoherencia de sus vidas.

Por su parte, Pedro no había entendido todavía lo que estaba pasando y las palabras de   Jesús le creaban una gran confusión porque le rompían los esquemas que se había hecho, él   y todos los demás discípulos.

Todos pensaban que la historia de Jesús terminaría en un triunfo muy al estilo humano. Con su poder y su fuerza, pensaban, pondría en orden todo lo que se había ido descomponiendo y finalmente habría alguien que dirigiría al pueblo con autoridad.

En esa realidad que se habían imaginado, seguramente ya se veía cada uno ocupando un lugar privilegiado, pues por eso lo habían seguido y no lo habían abandonado, como lo hicieron muchos otros discípulos que se habían acercado a Jesús.

Pedro trata de convencer a Jesús de que el camino del sufrimiento y de la muerte no es el mejor. Pensando como los hombres había que disuadir a Jesús de su proyecto y había que hacerlo entrar en razón. Pero Jesús lo pone en su lugar.

Retírate Pedro porque con tus palabras estás demostrando que no has entendido nada de la manera de actuar de Dios, cuando se trata de amar. Piensas como el diablo, como el que razona poniéndose en el centro y buscando sus intereses. El diablo que está en lo opuesto al amor que es entrega y donación de sí.

Aléjate, le dice Jesús, porque tú piensas como piensa el mundo, en donde el sacrificio y la donación de la vida es algo absurdo, algo inaceptable.

Tu modo de pensar no es el de Dios, sino el de los hombres. Aquí cabe la pregunta, ¿y cómo piensa Dios? ¿Cómo piensan los hombres?

Basta decir que Dios piensa con el corazón, amando. Dios piensa con generosidad, buscando la felicidad de los demás, como lo único que lo hace feliz. Dios piensa buscando el bien y comprometiéndose en la construcción de un mundo más fraterno y solidario.

Dios piensa apostándole a la paz y rechazando toda violencia. Dios piensa en lo que favorece la justicia y la igualdad entre sus hijos. Dios piensa con lo que es bello y con lo que dignifica a las personas.

¿Cómo piensan los hombres? También como Dios, cuando se dejan guiar por su espíritu, cuando lo involucran en sus proyectos de vida, cuando se inspiran en sus palabras y en los valores que propone.

Pero aquí Jesús hace entender que las cosas no se dan de esa manera siempre y los hombre muchas veces piensan movidos por sus intereses egoístas, por sus ambiciones de poder, por la codicia que se apodera de sus mentes y de sus corazones.

Los hombres muchas veces piensan que tienen todos los derechos y para ellos no son los deberes. Piensan que vivir para los demás es una tontería y una pérdida de oportunidades para ser lo que realmente uno quiere.

Los hombres piensan que el sacrificio, el dolor y la muerte vivida como entrega de amor por los demás es algo inaceptable e intolerable. Así piensan los hombres, aunque no todos, porque existen también aquellos que se dejan fascinar por Dios y sorprenden con su capacidad de amar y de servir.

Pedro no puede entender lo que está por sucederle a Jesús, él sigue pensando como pensaban los hombres de su tiempo y como lo siguen haciendo también muchos de nuestros contemporáneos.

Pedro va a tener que acompañar a Jesús, paso a paso, por las calles de Jerusalén, haciendo suya la experiencia de su maestro y todo le resultará comprensible hasta el momento en que lo vea clavado en la cruz y comprenda que ese va a ser también su fin, que su vida terminará también en una cruz, porque hará la experiencia de convertirse al amor.

La llegada a Jerusalén con Jesús, se convierte en el momento de la verdad para sus discípulos. Es la hora en que hay que hacer la opción que marcará  el resto de sus vidas.  Todo  dependerá  de la disponibilidad para abrazar la propuesta de Jesús,  entendiendo que   es algo que funciona con una lógica que no es humana, pues va en sentido contrario de lo que habitualmente pensamos.

Aquí se trata de entregar la vida, lo único que podríamos considerar nuestro, aunque sólo la tengamos prestada, pues nadie viene a este mundo el día que quiere y nadie elige la hora en que dice adiós.

El que quiera seguir siendo discípulo de Jesús va a tener que estar dispuesto a perder su vida, a olvidarse de sí, a vivir en el registro del amor. Va a tener que entender que vida verdadera se logra sólo cuando somos capaces de generar vida y felicidad en los demás, cuando finalmente entendemos que hay que pasar por un proceso vital que nos permite aceptar que no somos ni estamos en el centro del mundo. Que la vida nos la ganamos dándola a otros y que vivimos plenamente cuando vemos que hemos sido capaces de hacer que otros vivan mejor que nosotros mismos.

Y en todo esto, la palabra clave es: Renuncia. Hay que renunciar a nuestras visiones muy estrechas de nosotros mismos, hay que renunciar a la presunción de que tenemos derecho a todo.

Hay que renunciar a las actitudes y comportamientos egoístas que nos engañan haciéndonos pensar que somos los mejor del mundo. Hay que renunciar a la prepotencia que nos hace creer que tenemos derecho a exigir, a usar y a explotar a los demás a nuestro antojo.

Si no hay renuncia a aquello a lo que nos sentimos más apegados, nunca seremos lo suficientemente  libres,  no  sólo  para  dar lo  que  se  nos  podía  multiplicar,  sino  que  nunca podremos estar abiertos para recibir lo que incluso con nuestros mejores esfuerzos jamás conseguiremos.

Aquí lo que funciona es la lógica de Dios, la lógica que descubrimos presente en el Evangelio; es la lógica del amor que no nos es desconocida como personas que nos sabemos capaces de amar.

Y, ¿por qué Jesús habla de esta manera a Pedro y a sus discípulos? Creo que la respuesta sencilla es porque los está preparando a los acontecimientos que están por suceder en Jerusalén. Si no les hubiese hablado de esa manera, no habrían soportado acompañarlo paso a paso por el camino que lo conduciría al Calvario.

Si no les hubiese hablado de perder la vida, de renunciar a sí mismos, no hubiese podido educar sus corazones a las exigencias del amor, como Dios quiere que sea vivido.

Y ahora, ese mismo discurso, esas mismas palabras y exigencias nos las dirige el Señor a cada uno de nosotros. También hoy nosotros tenemos que preguntarnos ¿cuál es nuestra forma de pensar y de sentir? ¿Pensamos como Dios o como el mundo? ¿Tenemos miedo a renunciar a nuestra vida, con todo lo que eso implica? ¿Nos damos cuenta de que no existe amor más grande que el que nos obliga a dar la vida por los demás, y eso sin hacer mucha poesía.

Dar la vida por quienes tenemos cerca, pero también, con un corazón misionero, no podemos olvidarnos de quienes están lejos, de quienes no hay tenido las oportunidades de creer que a nosotros se nos han concedido.

¿Estamos dispuestos a dejarnos interpelar, una y otra vez, por la palabra de Jesús que con su vida nos muestra el camino?

¿Vale la pena gastar todas nuestras energías en ganar lo que el mundo nos ofrece o no sería mejor trabajar en desarrollar nuestra capacidad de ser agradecidos para alegrarnos con lo que la vida nos va ofreciendo y que podemos compartir con los demás?

¿De qué sirve ganarnos el mundo entero si cuando tengamos que irnos de aquí no podremos llevarnos más que el amor que pudimos sembrar en el corazón de nuestros hermanos?

Que el Señor nos conceda la sabiduría para poder hacer la buena opción.


Detrás de Jesús
José Antonio Pagola

Jesús pasó algún tiempo recorriendo las aldeas de Galilea. Allí vivió los mejores momentos de su vida. La gente sencilla se conmovía ante su mensaje de un Dios bueno y perdonador. Los pobres se sentían defendidos. Los enfermos y desvalidos agradecían a Dios su poder de curar y aliviar su sufrimiento. Sin embargo no se quedó para siempre entre aquellas gentes que lo querían tanto.

Explicó a sus discípulos su decisión: «tenía que ir a Jerusalén», era necesario anunciar la Buena Noticia de Dios y su proyecto de un mundo más justo, en el centro mismo de la religión judía. Era peligroso. Sabía que «allí iba a padecer mucho». Los dirigentes religiosos y las autoridades del templo lo iban a ejecutar. Confiaba en el Padre: «resucitaría al tercer día».

Pedro se rebela ante lo que está oyendo. Le horroriza imaginar a Jesús clavado en una cruz. Sólo piensa en un Mesías triunfante. A Jesús todo le tiene que salir bien. Por eso, lo toma aparte y se pone a reprenderle: «No lo permita Dios, Señor. Eso no puede pasarte».

Jesús reacciona con una dureza inesperada. Este Pedro le resulta desconocido y extraño. No es el que poco antes lo ha reconocido como “Hijo del Dios vivo”. Es muy peligroso lo que está insinuando. Por eso lo rechaza con toda su energía: «Apártate de mí Satanás». El texto dice literalmente: «Ponte detrás de mí». Ocupa tu lugar de discípulo y aprende a seguirme. No te pongas delante de mí desviándonos a todos de la voluntad del Padre.

Jesús quiere dejar las cosas muy claras. Ya no llama a Pedro «piedra» sobre la que edificará su Iglesia; ahora lo llama «piedra» que me hace tropezar y me obstaculiza el camino. Ya no le dice que habla así porque el Padre se lo ha revelado; le hace ver que su planteamiento viene de Satanás.

La gran tentación de los cristianos es siempre imitar a Pedro: confesar solemnemente a Jesús como “Hijo del Dios vivo” y luego pretender seguirle sin cargar con la cruz. Vivir el Evangelio sin renuncia ni coste alguno. Colaborar en el proyecto del reino de Dios y su justicia sin sentir el rechazo o la persecución. Queremos seguir a Jesús sin que nos pase lo que a él le pasó.

No es posible. Seguir los pasos de Jesús siempre es peligroso. Quien se decide a ir detrás de él, termina casi siempre envuelto en tensiones y conflictos. Será difícil que conozca la tranquilidad. Sin haberlo buscado, se encontrará cargando con su cruz. Pero se encontrará también con su paz y su amor inconfundible. Los cristianos no podemos ir delante de Jesús sino detrás de él.


Ni el placer ni el dolor deben condicionar mi plenitud
Fray Marcos

El texto es continuación del leído el domingo pasado. Hoy en Cesarea de Filipo, también fuera del territorio de Palestina. Lo que Mt pone hoy en boca de Jesús, ni siquiera es aceptable para los seguidores. Jesús acaba de felicitar a Pedro por expresar pensamientos divinos. Ahora le critica muy duramente por pensar como los hombres. La diferencia es abismal, solo a unas líneas de distancia en el mismo evangelio. Como Pedro, los cristianos en todas las épocas, nos hemos escandalizado de la cruz. Ninguno hubiera elegido para Jesús ese camino. ¿Dónde queda la imagen de Mesías victorioso, Señor o Hijo de Dios?

A pesar de las palabras de Pedro, la actitud ante el anuncio de la muerte demuestra que, ni él ni los demás, habían entendido lo que significaba Jesús. El mayor escollo para poder aceptar lo nuevo, fue su religión. Para entender a Jesús, hay que dejar de pensar como los hombres y empezar a pensar como Dios. Pensar como Dios, es dejar de ajustarse a este mundo; es transfor­marse por la renovación de la mente (Pablo). Para aceptar el mensaje de Jesús, tenemos que cambiar radicalmente nuestra imagen de Dios.

La muerte de Jesús fue para los primeros cristianos el punto más impactante de su vida. Seguramente el primer núcleo de los evangelios lo constituyó un relato de su pasión. No nos debe extrañar que, al redactar el resto de su vida se haga desde esa perspectiva. Hasta cuatro veces anuncia Jesús su muerte en el evangelio de Mt. No hacía falta ser profeta para darse cuenta de que la vida de Jesús corría serio peligro. Lo que decía y lo que hacía estaba en contra de la doctrina oficial, y los encargados de su custodia tenían el poder suficiente para eliminar a una persona tan peligrosa para sus intereses.

Pedro responde a Jesús con toda lógica. ¿Podía Pedro dejar de pensar como judío? Incluso el día que vinieron a prenderle, Pedro saca la espada y atizó un buen golpe a Malco, para evitar que se llevaran al Maestro. Era inconcebible para un judío, que al Mesías lo mataran los más altos representantes de Dios. El texto quiere transmitirnos que la idea falsa de Dios, que manejan, hacía a Jesús inaceptable como representante de Dios. La crítica de Jesús va dirigida a los de dentro, no a los de fuera.

La respuesta de Jesús a Pedro es la misma que dio al diablo en las tentaciones. Ni a los fariseos, ni a los letrados, ni a los sacerdotes dirige Jesús palabra tan duras. Quiere indicar que la propuesta de Pedro era la gran tentación, también para Jesús. La verdadera tentación no viene de fuera, sino de dentro. Lo difícil no es vencerla sino desenmascararla y tomar conciencia de que ella es la que puede arruinar nuestra Vida. Jesús no rechaza a Pedro, pero quiere que descubra su verdadero mesianismo, que no coincide ni con el del judaísmo oficial ni con lo que esperaban los discípulos.

El seguimiento es muy importante en todos los evangelios. Se trata de abandonar cualquier otra manera de relacionarse con Dios y entrar en la dinámica espiritual que Jesús manifiesta en su vida. Es identificarse con Jesús en su entrega a los demás, sin buscar para sí poder o gloria. Negarse a sí mismo supone renunciar a toda ambición personal. El individualismo, el egoísmo, quedan descartados de Jesús y del que quiera seguirlo. Cargar con la cruz es aceptar la oposición del mundo. Se trata de la cruz que nos infligen otras personas -sean amigas o enemigas- por ser fieles al evangelio.

En tiempo de Jesús, la cruz era la manera más denigrante de ejecutar a un reo. El carácter simbólico solo llegó para los cristianos después de comprender la muerte de Jesús. Como el relato habla de la cruz en sentido simbólico, es improbable que esas palabras las pronunciara Jesús. El condenado era obligado a cargar con la parte trasversal de la cruz (patibulum). No está hablando de la cruz aceptada voluntariamente, sino de la impuesta por haber sido fiel a sí mismo y Dios. Lo que debemos buscar es la fidelidad. La cruz será consecuencia inevitable de esa fidelidad.

Jesús nos muestra el camino que nos puede llevar más lejos hacia mayor humanidad. La propuesta de Jesús es la única manera de ser humano. Todo ser humano debe aspirar a ser más; incluso a ser como Dios. Pero debe encontrar el camino que le lleve a su plenitud. Los argumentos finales dejan claro que las exigencias, que parecen tan duras, son las únicas sensatas. Lo que Jesús exige a sus seguidores es que vayan por el camino del amor, por el camino del servicio a los demás, aunque ese camino nos cueste esfuerzo. Aquí está la esencia del mensaje cristiano. No se trata de renunciar a nada, sino de elegir en cada momento lo mejor para mí. Interpretarlo como renuncia es no haber entendido ni jota.

Jesús no pretende deshumanizarnos como se ha entendido con frecuencia sino llevarnos a la verdadera plenitud humana. No se trata de sacrificarse, creyendo que eso es lo que quiere Dios. Dios quiere nuestra felicidad en todos los sentidos. Dios no puede “querer” ninguna clase de sufrimiento; Él es amor y solo puede querer para nosotros lo mejor. Nuestra limitación es la causa de que, a veces, el conseguir lo mejor exige elegir entre distintas posibilidades, y el reclamo del gozo inmediato inclina la balanza hacia lo que es menos bueno e incluso malo; entonces mi verdadero ser queda sometido al falso yo.

La mayoría de nuestras oraciones pretenden poner a Dios de nuestra parte en un afán de salvar el ego y la individualidad, exigiéndole que supere con su poder nuestras limitaciones. Lo que Jesús nos propone es alcanzar la plenitud despegándonos de todo apego. Si descubrimos lo que nos hace más humanos, será fácil volcarnos hacia esa escala de valores. En la medida que disminuyo mi necesidad de seguridades materiales, más a gusto, más feliz y más humano me sentiré. Estaré más dispuesto a dar y a darme, aunque me duela, porque eso es lo que me hace crecer en mi verdadero ser.

Una perfecta vida biológica, no supone ninguna garantía de mayor humanidad. Todo lo contrario, ganar la Vida es perder la vida, yendo más allá del hedonismo. Lo biológico es necesario, pero no es lo importante. Sin dejar de dar la importancia que tiene a la parte sensible, debes descubrir tu verdadero ser y empezar a vivir en plenitud. La muerte afecta solo a tu ser biológico, pero se pierde siempre. Si accedes a la verdadera Vida, la muerte pierde su importancia. La plenitud se encuentra más allá de lo caduco: no más allá en tiempo, sino más allá en profundidad, pero aquí y ahora.

Para ser cristiano, hay que trasformarse. Hay que nacer de nuevo. Lo natural, lo cómodo, lo que me pide el cuerpo, es acomodarme a este mundo. Lo que pide mi verdadero ser es que vaya más allá de todo lo sensible y descubra lo que de verdad es mejor para la persona entera, no para una parte de ella. Los instintos no son malos; que los sentidos quieran conseguir su objeto no es malo. Sin embargo la plenitud del ser humano está más allá de los sentidos y de los instintos. La vida humana no se nos da para que la guardemos y preservemos, sino para que la consumamos en beneficio de los demás.


La cruz, camino misionero, por amor de Cristo
Romeo Ballan, mccj

Es espléndida la afirmación de Pedro en el Evangelio del domingo pasado: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16,16). Pero aún no es todo sobre la identidad de Jesús. Es importante afirmar la divinidad de Jesucristo, pero es más difícil afirmar su humanidad, con la consecuente posibilidad de sufrir y de morir (Evangelio). Por eso, Jesús, tras haber elogiado a Pedro por la profesión de fe sobre su mesianidad, da comienzo a una nueva fase en su predicación: “Desde entonces empezó Jesús a explicar…” (v. 21). Lo mismo que al comienzo de la vida pública, después de la fase preparatoria (bautismo en el Jordán y tentaciones en el desierto), Mateo escribe: “Desde entonces empezó Jesús a predicar y decir ‘conviértanse’…” (Mt 4,17).

En el bautismo y en el desierto, Jesús había tomado decisiones muy claras sobre la manera de realizar la misión recibida del Padre para la salvación de la humanidad: la opción de vivir como hijo y hermano, de renunciar a los medios fáciles e ilusorios del poder, la gloria y el bienestar, de estar del lado de los pobres… Fiel a sus opciones, hechas según el corazón de Dios, Jesús avanza con determinación hacia su hora, camina hacia Jerusalén, dispuesto a las consecuencias extremas. Se confronta con sus discípulos; la reacción de Pedro es lógica, instintiva; cualquiera de nosotros hubiera reaccionado de la misma manera. Pero Jesús no acepta componendas, revisiones a la baja o descuentos por parte de quienes piensan solo de tejas abajo, según la carne y la sangre (v. 17.23). Jesús muestra con claridad el choque, la incompatibilidad entre la manera de pensar según Dios o la manera de pensar según Satán, según los hombres (v. 23).

En línea con este planteamiento, el Evangelio de hoy continúa con la revelación de la identidad de Jesús con nuevos elementos. Él no es solamente el Mesías-Cristo, el Hijo de Dios (v. 16), sino también el siervo, que tiene que “padecer mucho… ser ejecutado y resucitar” (v. 21). Jesús enseña que en la Iglesia, su nueva familia que acaba de anunciar (ver el Evangelio del domingo pasado), también sus discípulos deberán compartir sus opciones, recorrer el mismo camino, si quieren continuar la misma misión. Por eso, Jesús habla abiertamente a sus discípulos de la necesidad de negarse a sí mismos, cargar con su cruz y seguirle, perder la propia vida por causa de Él (v. 24.25), hacerse samaritanos y cirineos de los más débiles, rechazar el conformismo, la indiferencia, el individualismo que esclavizan, y optar, en cambio, por Cristo y por el anuncio del Evangelio, don de vida y libertad.

La expresión “tomar su propia cruz” no es una invitación a ‘buscar’ el sufrimiento; Jesús no es un masoquista, no elogia, no exalta el sufrimiento; más bien Él sana y ayuda a los que sufren. La cruz es la consecuencia de vivir según la lógica del amor, de donar, servir, lavar los pies. La cruz es la consecuencia de estar del lado de los débiles, del que sufre, del que no cuenta. Por tanto, la cruz no es solamente un peso que es preciso cargar con resignación, sino la consecuencia necesariade una decisión tomada libremente por Jesús en el desierto. Él se mantiene firme en su opción, rechaza las increpaciones de Pedro, nuevo Satanás (v. 22.23) y lo coloca en su lugar de discípulo: a Pedro no le corresponde indicar, sino seguir los pasos del Maestro. De lo contrario, la ‘piedra de construcción’ (v. 18) se convierte en ‘piedra de tropiezo’, escándalo, satán (v. 23).

“Pedro somos todos nosotros. La suya es la reacción humana e instintiva de cada uno de nosotros. Pasar de la lógica de los hombres a la lógica de Dios concretamente, hoy quiere decir, por ejemplo, pasar del dicho: ‘somos dueños en nuestra casa’ a la cultura del ‘somos todos ciudadanos del mundo’. Quiere decir construir puentes, no muros; construir ciudades donde nadie se sienta extranjero. Tomar la cruz quiere decir, como hizo Jesús,no callar ante las injusticias, levantar la voz contra quien abusa de su poder, no aceptar que se utilice a Dios como una bandera para pisotear los derechos de la gente pobre” (R. Vinco, Verona).

Al igual que el profeta, que a menudo resulta incómodo (I lectura), también el misionero, seducido por el Señor (v. 7), vive identificado con su Maestro, lleva en sus entrañas un fuego incontenible que lo empuja a superar el desánimo y las adversidades (v. 9). Y a ofrecerse en cuerpo y alma como hostia viva (II lectura, v. 1), renovándose interiormente para saber “discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que agrada, lo perfecto” (v. 2). La naturaleza misma de la misión impone al evangelizador actuar inspirándose en el único Maestro y Salvador: Cristo. La historia de las misiones está llena de apóstoles apasionados por Cristo y por la humanidad: Francisco de Asís, Teresa de Ávila, Daniel Comboni, Teresa de Calcuta, Óscar Romero, Francisco Javier… quienes optaron por Cristo antes que ganar el mundo entero (Mt 16,26). Asimismo, los numerosos mártires de todos los tiempos. Esta fidelidad radical a Cristo es condición indispensable de eficacia apostólica. Y de verdadera felicidad en el servicio misionero.