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«Tú vas a salir para las misiones»

Por P. Miąsik Maciej Tomasz, mccj
Mundo Negro

Procedo de una familia cristiana católica de raíces campesinas y obreras de las periferias de Rzeszów (Polonia), la capital de mi región, que limita con Eslovaquia y Ucrania. Mi niñez y adolescencia estuvieron marcadas por el fin de la transición del comunismo al sistema demócratico. Fui bautizado a las pocas semanas de nacer y desde mi infancia recibí formación cristiana en el seno de mi familia. Junto a mis dos hermanos menores, aprendí de boca de mi madre las oraciones básicas. Desde que tengo memoria, recuerdo que mi familia tenía la rutina de participar regularmente en las misas dominicales y festivas en mi parroquia. También nos compraban libros con historias bíblicas que me encantaba leer. A los 10 años era monaguillo y más tarde lector. Poco a poco fui conociendo más a fondo la fe y la persona de Jesús. También crecía en el amor a Dios y en el espíritu de servicio.

La adolescencia trajo consigo ciertas crisis de fe y en mi relación con Dios. Atravesarlas me llevó, sin embargo, a renovar y fortalecer mi relación con Él en una profunda experiencia de su amor paterno que llenaba mi corazón. Por eso me comprometí en los grupos juveniles de mi parroquia y del colegio. Gracias a la oración, la meditación cotidiana de la Palabra y los encuentros con personas de fe, nació en mí un deseo fuerte de querer compartir esta experiencia transformadora de Dios con aquellas personas que no lo conocían. Aunque yo estaba todavía en Secundaria, este deseo muy pronto desembocó en la decisión de dedicarle mi vida.

El impacto de las palabras

Mi discernimiento sobre la forma concreta de consagrarme al servicio de Dios y a su Reino fue tomando cuerpo. Primero, la voluntad de ser sacerdote; después, serlo dentro de la vida religiosa y, por último, como misionero. «Tú vas a partir para las misiones. Tienes la misma mirada al escuchar un testimonio misionero que tenía un amigo mío que luego dio ese paso». Estas palabras marcaron mi camino. Me las dirigió un sacerdote amigo después de escuchar juntos las palabras de un franciscano que venía de Lima (Perú).

Por aquel tiempo me topé por primera vez con los Misioneros Combonianos. Vinieron a mi parroquia para hacer animación misionera y sentí que con ellos podría realizar mi vocación. La decisión final la tomé al leer una pequeña biografía de san Daniel Comboni. Me decía a mí mismo: «Si tengo que ser misionero, quiero serlo a su estilo, siguiendo su carisma». Tenía 18 años y me faltaba un semestre para terminar Secundaria cuando participé en mi primer encuentro vocacional con ellos. El promotor vocacional despejó mis dudas sobre si mi salud me permitiría trabajar como misionero. Una vez terminada la Secundaria empecé mi formación con los Combonianos.

Formación misionera

Estuve tres años en el postulantado de Varsovia, en la única comunidad comboniana que había entonces en Polonia. Después, junto a otros cuatro compañeros, fuimos a Italia para los dos años del noviciado. No solo fue un tiempo para madurar mi consagración religiosa, sino también para aprender a vivir en una comunidad con personas de diferentes orígenes y en un país con una cultura diferente a la mía. Después de los primeros votos fui enviado al escolasticado de Lima para seguir la formación misionera.

El P. Maciej durante la celebración de un bautismo en Pangoa. 

Los desafíos culturales, los estudios de Teología y el trabajo pastoral me daban a veces mucha satisfacción, pero otras cuestionaban mi mentalidad religiosa, mi visión de la fe, de la Iglesia y de la Misión. Las misiones de verano me provocaban una alegría particular. Durante tres años seguidos estuve yendo, junto a otros dos compañeros, a pasar dos meses en una comunidad indígena de la selva central peruana, donde sentía que mis sueños misioneros se hacían realidad poco a poco.

Al concluir el escolasticado, y antes de los votos perpetuos, pedí hacer mi servicio misionero de un año en la nueva comunidad comboniana de Pangoa, a orillas de la Amazonia, para trabajar con los nativos nomatsiguengas. Esta experiencia de formar una comunidad misionera, en la que convivíamos peruanos, mexicanos, italianos y polacos, marcó mi vida comboniana, dio el último impulso y selló de alguna manera mi decisión de consagrarme de manera definitiva como misionero según el carisma de san Daniel Comboni.

Polonia

No pude realizar mi deseo de continuar la misión de primera evangelización en Perú después de mi ordenación sacerdotal. Tuve que aceptar la decisión de los superiores y quedarme en Polonia algunos años desarrollando el trabajo de animador misionero, promotor vocacional y formador de jóvenes postulantes. Al inicio me costó mucho asumir ese tipo de servicio a la Misión que suponía quedarme en mi país y postergar el deseo de trabajar en la pastoral directa. Fueron unos años en los que, en apariencia, no hubo muchos frutos, sobre todo desde el punto de vista vocacional. Sin embargo, luego me di cuenta de que, aunque en esa década no tuvimos nuevos postulantes, sí florecieron muchas vocaciones de laicos misioneros combonianos y mucha gente se solidarizó con las misiones ayudándonos de diferentes maneras.

Regreso

Desde hace cinco años estoy de vuelta en la Amazonia peruana. Junto a otros dos combonianos, el padre español Lorenzo Díez Maeso y el escolástico zambiano Mathews Mwaba, tenemos a nuestro cargo la parroquia de Pangoa. Es para mí una gran alegría haber podido volver después de tanto tiempo a esta misión. Me estoy encontrando con muchas personas que conocí cuando era escolástico.

Lo que más me alegra es ver a las personas a las que he acompañado en su camino de fe y de crecimiento humano, como cristianos y misioneros, y constatar que han respondido a la gracia de Dios y están dando frutos abundantes. Me alegra haber podido acompañarlos en su camino de iniciación cristiana y de crecimiento en la fe, no solo a nivel personal, sino también como familias, porque son muchas las parejas a las que he acompañado en su preparación al matrimonio, cuya alianza también he bendecido.

Los momentos más duros vienen cuando tienes que cambiar de país después de haber vivido en un lugar muchos años y haber tejido hermosas relaciones, amistades y empezado de alguna manera a echar raíces. Me refiero a mi primera experiencia, al momento en el que tuve que dejar Perú después de casi seis años allí. Pero también a cuando tuve que abandonar Polonia para volver a tierras peruanas después de casi 11 años en la comunidad de Cracovia. Aunque cada cambio conllevó una nueva adaptación bastante rápida, intuyo que el peligro pasa por no querer echar raíces en un lugar para no sufrir más tarde un nuevo desarraigo.

Una niña de la localidad de Pangoa. Fotografía: Pueblo de Dios/TVE

Me quedo acá

Después de tantos años en este camino misionero, no me imagino para mí otra manera de vivir. Si retrocediera en el tiempo y tuviera que escoger de nuevo, tomaría la misma decisión. Siento que me he impregnado de este estilo de vida y ahora es parte de mi identidad profunda, tanto cristiana como religiosa, sacerdotal y misionera. Con sus luces y sus sombras, he vivido distintas facetas en mi vida misionera comboniana, desde la animación misionera, la promoción vocacional o la formación a la pastoral directa en la que trabajo en la actualidad. Todo me ha enriquecido como persona y como misionero. Espero poder brindar mi mejor servicio a la Misión donde Dios me lo pida a través de mis superiores, pero ahora estoy feliz en Pangoa y por el momento me quedo acá.

Jóvenes

A los jóvenes españoles que están dando vueltas a la vocación misionera les invito, antes que nada, a plantearse con sinceridad y valentía lo que desean hacer con sus vidas y también a que se pregunten cuál creen que es el sueño de Dios para ellos. Estoy convencido de que, en el fondo, estos sueños y deseos se entrelazan y compenetran, ya que es el Señor quien pone en nuestro corazón tanto el deseo de una vida plena como la llamada a que cada uno de nosotros pueda realizarla de manera particular e irrepetible. Él ha moldeado y sigue moldeando nuestros corazones para que podamos descubrir y elegir los caminos para vivir una vida llena de sentido.

Querido joven, para lograr una vida feliz es imprescindible que te preguntes: «¿Para quién vivo?». Si descubres que Dios te ha creado y te llama para la vida misionera, sea como laico, laica, religiosa, religioso, sacerdote o hermano, no dudes en decirle que sí y poner tu vida en sus manos. Si tienes dudas o miedo, Él pondrá en tu camino personas que te ayudarán a despejarlos y discernir tu itinerario. Que no te falte la valentía y la generosidad para emprender este camino.

III Domingo de Pascua. Año A

“El mismo día de la resurrección, iban dos de los discípulos hacia un pueblo llamado Emaús, situado a unos once kilómetros de Jerusalén, y comentaban todo lo que había sucedido.

Mientras conversaban y discutían, Jesús se les acercó y comenzó a caminar con ellos; pero los ojos de los dos discípulos estaban velados y no lo reconocieron. Él les preguntó: “¿De qué cosas vienen hablando, tan llenos de tristeza?”

Uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: “¿Eres tú el único forastero que no sabe lo que ha sucedido estos días en Jerusalén?” Él les preguntó: “¿Qué cosa?” Ellos le respondieron: “Lo de Jesús el nazareno, que era un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo. Cómo los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron.

Nosotros esperábamos que él sería el libertador de Israel, y sin embargo, han pasado ya tres días desde que estas cosas sucedieron. Es cierto que algunas mujeres de nuestro grupo nos han desconcertado, pues fueron de madrugada al sepulcro, no encontraron el cuerpo y llegaron contando que se les habían aparecido unos ángeles, que les dijeron que estaba vivo. Algunos de nuestros compañeros fueron al sepulcro y hallaron todo como habían dicho las mujeres, pero a él no lo vieron”.

Entonces Jesús les dijo: “¡Qué insensatos son ustedes y qué duros de corazón para creer todo lo anunciado por los profetas! ¿Acaso no era necesario que el Mesías padeciera todo esto y así entrara en su gloria?” Y comenzando por Moisés y siguiendo con todos los profetas, les explicó todos los pasajes de la Escritura que se referían a él.

Ya cerca del pueblo a donde se dirigían, él hizo como que iba más lejos; pero ellos le insistieron, diciendo: “Quédate con nosotros, porque ya es tarde y pronto va a oscurecer”.

Y entró para quedarse con ellos. Cuando estaban a la mesa, tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio.

Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él se les desapareció. Y ellos se decían el uno al otro: “¡Con razón nuestro corazón ardía, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras!”

Se levantaron inmediatamente y regresaron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, los cuales les dijeron: “De veras ha resucitado el Señor y se le ha aparecido a Simón”. Entonces ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

(San Lucas 24, 13-35)


En el camino de Emaús
P. Enrique Sánchez G. mccj

El camino que separaba Emaús de Jerusalén, a simple vista, parecería un camino sin importancia mayor, apenas siete kilómetros de distancia que se podrían recorrer en un corto tiempo. Sin embargo, es un camino muy importante porque representa, de alguna manera, la distancia que existe entre el desconocimiento de Jesús y el descubrimiento de su presencia en nuestras vidas reconociéndolo como resucitado, es decir, vivo hoy para nosotros.

Por aquel camino iban dos hombres que habían andado entre los discípulos del Señor, y muy probablemente eran dos de aquellos que estaban en el círculo cercano de quienes compartían la vida de Jesús en su andar por los pueblos anunciando la llegada del Reino de Dios.

De uno de ellos se nos da el nombre, se llamaba Cleofás, y seguramente era conocido entre los seguidores del Señor. El otro aparece anónimo en el texto del evangelio y algunas personas que han estudiado este pasaje del evangelio dicen que ha sido algo que el autor ha querido escribir de esa manera para que quienes leen este relato puedan ocupara un lugar como protagonistas.

El otro discípulo somos los lectores que a lo largo del tiempo nos encontramos confrontados al encuentro con Jesús en aquel camino que nos lleva a dar un paso que desemboca en la experiencia de fe que confiesa que Jesús ha resucitado y vive hoy entre nosotros.

Los dos discípulos iban desconsolados, desconcertados, defraudados y desilusionados. Ellos se habían hecho una idea del Reino iniciado por Jesús que no correspondía a la realidad. Soñaban con un reinado seguramente como en tiempos de David o de Salomón, durante el cual Israel había conocido un esplendor y un poderío extraordinario. Pensaban que con Jesús se acabaría la dominación ejercida por la presencia de los romanos…

Pero Jesús ya lo había dicho, mi reinado no tiene nada qué ver con los reinos de este mundo.

Contando la historia, como la habían vivido ellos en aquellos últimos tres días, les parecía un fracaso total. Ver clavado en la cruz a quien se había presentado y había dado pruebas de ser el Mesías, el Salvador de Israel, era algo que simplemente no les cabía en la cabeza y menos en el corazón. “Nosotros habíamos creído”

El espectáculo de la pasión y de la muerte del Señor había hecho que sus ánimos se encontraran por los suelos y volvían a su pueblo, a lo ordinario de sus vidas, con la convicción de que no había valido la pena poner sus esperanzas en Jesús.

Cuántas veces también nosotros caemos en esos estados de ánimo que matan todas nuestras esperanzas, que hacen que veamos el futuro con sospecha e incertidumbre. Cuántas veces, aparentemente cansados de pedirle al Señor que nos escuche, que nos ayude, nos dan ganas de volver a lo ordinario de la vida contentándonos con la rutina y lo ordinario que mata las ilusiones, apaga los ideales y nos condena al conformismo de pensar que todo inicia y termina en nosotros mismos.

Queremos volver a nuestro Emaús de la vida que no se arriesga, que no confía, que nada espera.

Pero el Señor no nos deja, como no dejó a aquellos dos discípulos a quienes se les vuelve a acercar en el camino. Se pone a la par compartiendo el dolor y la desilusión que hace pesado el corazón y que impide ver más allá de la punta de nuestras narices.

Con paciencia Jesús, se interesa de lo que es, en aquel momento, el drama de sus vidas y les vuelve a anunciar la Palabra que ya estaba presente en sus corazones, pero que no lograban ver porque sus ojos, los ojos de la fe, estaban empañados con sus pretensiones fallidas.

Muchas veces, también Jesús se pone a caminar a nuestro lado para cargar con los dramas que nos aplastan en la ruta de nuestras experiencias de vida. Ahí va, pero no nos damos cuenta porque estamos ocupados tratando de resolver lo que sólo él puede y está dispuesto a hacer, sabiendo de nuestras miserias y fragilidades.

Y del anuncio de la Palabra pasa a la entrega de sí mismo manifestándose en el momento de la eucaristía. Que hacía que ardieran sus corazones.

Antes de llegar a ese momento, por la presencia de la Palabra que volvía a trabajar desde dentro, aquellos discípulos habían sentido la necesidad de que se quedara con ellos. Como si el camino de la fe y de la comprensión del misterio que habían contemplado se fuera haciendo más comprensivo y claro.

“Quédate porque se hace tarde” era en aquel momento la súplica que pedía que Jesús permaneciera con ellos para no acabar de nuevo en lo oscuro de la tarde y de la noche que ya caía.

Cuántas veces tendríamos que decir, también nosotros, quédate Señor porque la oscuridad de nuestro mundo nos impide reconocerte y amarte como nuestro Salvador. Quédate porque contigo nuestro caminar se hace más ligero, porque en tu compañía no nos asustamos ante las dificultades que nos toca afrontar. Quédate porque estando contigo el mañana se nos antoja lleno de promesas que se realizarán.

Hizo falta que tomara aquel pedazo de pan y lo bendijera ante sus ojos para que pudieran entender que en la eucaristía se quedaría para siempre y ahí se manifestaría el milagro de su presencia siempre viva y actual.

Ahí se les abrieron los ojos del corazón y se dieron cuenta de que su presencia ya no les faltaría jamás. Cuando voltearon a buscarlo después de la fracción del pan ya no lo vieron, pero poco importó, porque ya lo habían reconocido en lo profundo de su corazón.

Ahora empezaban a comprender lo que había sucedido en el calvario y más todavía en lo que las mujeres habían ido a decir cuando hacían el anuncio de su resurrección.

También ellos se habían dado cuenta de que estaba vivo y habían hecho la experiencia sin necesidad de recibir muchas explicaciones, pues el Señor había tenido la paciencia de conducirlos hasta el encuentro que se dio en el momento de partir el pan.

Y volvieron sobre el mismo camino, pero esta vez sus rostros, sus ánimos y su corazón iban transformados. Iban llenos de alegría, de entusiasmo y de pasión misionera. Ya no fue un camino de tristeza y de desolación, sino un camino de confianza, de esperanza y de valentía.

Lo que habían vivido al reconocer al Señor resucitado, había hecho de ellos personas nuevas, les había convertido en testigos que se sentían urgidos de llevar a todas partes la buena noticia del amor que el Padre había manifestado en Jesús Resucitado.

En este relato en el que Jesús, una vez más, da signos de su resurrección nos damos cuentas de que todo termina haciendo que los discípulos que viven esta experiencia se transforman en misioneros que van presurosos a llevar la noticia a quienes la están esperando.

Seguramente esto nos ayuda a entender que a nosotros hoy nos corresponde hacer la misma experiencia. Hemos celebrado a Jesús resucitado y seguramente hemos vivido momentos de una gran alegría sintiendo cómo su presencia nos transforma en personas nuevas.

Hemos recibido la invitación a permanecer en la paz y a renovar nuestra confianza para creer que del polvo que somos, el Señor puede hacer algo bello; que de los errores que podemos reconocer en algunos momentos de la vida, él puede ayudarnos a ponernos de píe para continuar el camino sabiendo que estaremos sostenidos por su fuerza.

Hemos sepultado nuestros pecados que él cargó sobre la cruz y confiados en su misericordia podemos escuchar desde la tumba vacía que nos dice que ha resucitado para que tengamos vida con él.

Y a través de los muchos encuentros que nos va permitiendo tener con él como resucitado, nos invita a volver sobre nuestros caminos con un corazón renovado para que como misioneros vayamos por todo el mundo a decir a nuestros hermanos que ha resucitado y que también nosotros lo reconocemos en la fracción del pan.


¿Cuál es nuestro Emaús?
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

La Iglesia celebra el misterio de la Pascua durante siete semanas, desde Pascua hasta Pentecostés, un período de cincuenta días, el tiempo de la «santa alegría», considerado por los antiguos Padres de la Iglesia como «el gran domingo». Durante todo este tiempo, la oración litúrgica se realizaba de pie, como signo de la resurrección: «Consideramos que no nos está permitido ayunar o rezar de rodillas el domingo. Practicamos con alegría esta misma norma desde el día de Pascua hasta Pentecostés» (Tertuliano).

Estos siete domingos nos invitan a celebrar la Pascua… siete veces (¡la plenitud!). El domingo pasado fue la Pascua de Tomás; hoy es la Pascua de los dos discípulos de Emaús, narrada por Lucas. Con esto concluyen los (tres) domingos en los que el Evangelio nos presenta relatos de la resurrección.

Las tres apariciones de Lucas

En el capítulo 24, que concluye su Evangelio, Lucas nos narra tres apariciones:

  1. la primera, en la mañana de Pascua, la de los ángeles a las mujeres junto al sepulcro vacío;
  2. la segunda, por la tarde del mismo día, la aparición del Resucitado a los dos discípulos mientras caminaban por el camino de Jerusalén a Emaús;
  3. la tercera, al anochecer, la aparición de Jesús a los Once en Jerusalén.

Estas tres apariciones no sirven solo para dar testimonio de la resurrección, sino también para ayudar a los discípulos a comprender el sentido de lo ocurrido, que los había escandalizado tanto y dejado en una profunda consternación.

Todo concluye con la ascensión al cielo. Notemos bien que todo sucede el mismo día, el día de Pascua. ¡Es un día exageradamente largo! ¿Cómo explicarlo? ¿Cómo conciliarlo con lo que cuentan los otros evangelistas? Hay que recordar que los Evangelios fueron escritos varias décadas después. Los hechos ya eran conocidos en el ámbito de las comunidades cristianas, transmitidos oralmente. Los evangelistas, al escribir, tienen en cuenta no solo la historia, sino sobre todo la situación de sus comunidades. Es decir, tienen una intención teológica y catequética. Aquí Lucas quiere presentarnos lo que es el domingo típico del cristiano. Se trata de un recurso literario. De hecho, al inicio de los Hechos de los Apóstoles presenta las cosas de manera un poco diferente: «Se les presentó vivo después de su pasión con muchas pruebas, durante cuarenta días» (1,3).

El relato de la aparición del Resucitado a los dos discípulos que caminan hacia Emaús es uno de los más sugestivos de los Evangelios. Es un «Evangelio en miniatura —comenta el cardenal Martini—, un relato donde fe y emoción, razón y sentimiento, dolor y alegría, duda y certeza se funden, tocando las fibras más profundas del lector, sea creyente o simplemente alguien en búsqueda, creando profundas resonancias en el deseo de ponerse en camino hacia Aquel que ofrece la plenitud de la felicidad».

La huida ¿Quiénes son los dos discípulos?

¿Quiénes son los dos discípulos que huyen de Jerusalén? Uno se llama Cleofás. Según una tradición del siglo II, Cleofás sería un tío de Jesús, hermano de san José, una persona conocida en la comunidad cristiana. Del otro discípulo no se da el nombre. Esto nos permite identificarnos con él o… ¡con ella! Sí, porque, según Juan 19,25 —véase la Biblia de Jerusalén—, Cleofás tendría como esposa a María, hermana de María, la madre de Jesús. El otro discípulo, por tanto, podría ser… ¡su esposa! Entonces, ¿una pareja?

El viaje hacia Emaús no es un paseo de ocio, sino más bien el regreso a su aldea, a su pasado, tras la gran decepción; la huida del Crucificado después de la clamorosa derrota. «Nosotros esperábamos que él sería quien liberaría a Israel».

El tema del camino es querido por Lucas. Hablar caminando es lo que hace Jesús en su «gran viaje» hacia Jerusalén, que ocupa diez capítulos (9,51-19,27). Mientras Jesús subía a Jerusalén, estos dos se alejan. La huida es el pecado original del ser humano y cada uno tiene su propio Emaús. No se trata de un lugar, sino de un mecanismo de fuga que a menudo se repite en nuestra vida.

¿Cuál es nuestro Emaús? Ante la decepción respecto a Dios y a sus promesas, la duda y la tentación nos asaltan. ¿No nos habremos ilusionado? ¿No habremos perseguido una quimera? ¿Hemos tomado un camino equivocado? ¿No habremos desperdiciado años o incluso toda nuestra vida? ¿No habría sido mejor quedarse en la aldea y llevar la vida de todos? Sin embargo, la huida y el deseo de volver «a la vida de antes» se revelarán como un intento vano, porque nada podrá ser como antes.

El encuentro. Un compañero de camino

«Jesús en persona se acercó y caminaba con ellos». Pero estaban demasiado tristes y decepcionados para reconocerlo. El Señor les deja contar su (Su) historia y, con la Palabra de la Escritura, les ayuda a releerla y comprenderla; la ilumina y le da sentido. Entonces el corazón se enciende y la esperanza vuelve: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?».

Es la Palabra la que interpreta la vida. Nuestra mirada sobre el sentido de la existencia, sobre el significado de los acontecimientos de nuestra historia, todo depende de la palabra que escuchamos. ¿Qué palabra elegimos escuchar para releer nuestra vida? ¿La del mundo o la de Cristo?

El Señor resucitado nos sigue en nuestras huidas, como el buen Pastor que busca a la oveja perdida que se ha alejado de la comunidad. El teólogo italiano Pierangelo Sequeri llega incluso a decir que Dios nos precede en nuestros caminos de extravío para prepararnos una trampa y hacernos caer así en sus brazos. Él es «el Dios de las mil emboscadas».

El retorno. Una presencia invisible

Atraídos por el misterioso peregrino, los dos caminantes lo invitan a quedarse con ellos: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado». Y al «partir el pan» (una expresión de la Eucaristía), «se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista». Cuando finalmente lo ven, puede hacerse invisible. ¡Porque ya no está fuera, sino dentro de ellos! Y regresan a Jerusalén, a la comunidad, para compartir su alegría y, a su vez, ser fortalecidos por el testimonio de los demás. Porque la alegría, como la fe, se multiplica al compartirla.

En conclusión, este relato es una pequeña obra maestra, un refinado resumen del domingo, con la alusión a la comunidad cristiana, a la liturgia de la Palabra, a la liturgia eucarística y a la misión del cristiano: dar testimonio de que Cristo ha resucitado.

Y nosotros, ¿qué camino estamos recorriendo? ¿Estamos huyendo o estamos en el camino de regreso a Jerusalén? ¿Hemos reconocido al Resucitado a lo largo del camino de nuestra vida?

El domingo, cada domingo, es domingo de Pascua: día de reunión de nuestras diásporas, para redescubrir la «gran alegría» (Lc 24,52).


Acoger la fuerza del Evangelio
José Antonio Pagola

Dos discípulos de Jesús se van alejando de Jerusalén. Caminan tristes y desolados. Cuando lo han visto morir en la cruz, en su corazón se ha apagado la esperanza que habían puesto en él. Sin embargo continúan pensando en él. No lo pueden olvidar. ¿Habrá sido todo una ilusión?

Mientras conversan y discuten de todo lo vivido, Jesús se acerca y se pone a caminar con ellos. Sin embargo, los discípulos no lo reconocen. Aquel Jesús en el que tanto habían confiado y al que habían amado con pasión les parece ahora un caminante extraño.

Jesús se une a su conversación. Los caminantes lo escuchan primero sorprendidos, pero poco a poco algo se va despertando en su corazón. No saben exactamente qué les está sucediendo. Más tarde dirán: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?».

Los caminantes se sienten atraídos por las palabras de Jesús. Llega un momento en que necesitan su compañía. No quieren dejarle marchar: «Quédate con nosotros». Durante la cena se les abrirán los ojos y lo reconocerán. Este es el gran mensaje de este relato: cuando acogemos a Jesús como compañero de camino, sus palabras pueden despertar en nosotros la esperanza perdida.

Durante estos años, muchas personas han perdido su confianza en Jesús. Poco a poco se les ha ido convirtiendo en un personaje extraño e irreconocible. Todo lo que saben de él es lo que pueden reconstruir, de manera parcial y fragmentaria, a partir de lo que han escuchado a predicadores y catequistas.

Sin duda, la homilía de los domingos cumple una tarea insustituible, pero resulta claramente insuficiente para que las personas de hoy puedan entrar en contacto directo y vivo con el Evangelio. Tal como se lleva a cabo, ante un pueblo que ha de permanecer mudo, sin exponer sus inquietudes, interrogantes y problemas, es difícil que logre regenerar la fe vacilante de tantas personas que buscan, a veces sin saberlo, encontrarse con Jesús.

¿No ha llegado el momento de instaurar, fuera del contexto de la liturgia dominical, un espacio nuevo y diferente para escuchar juntos el Evangelio de Jesús? ¿Por qué no reunirnos laicos y presbíteros, mujeres y hombres, cristianos convencidos y personas que se interesan por la fe, a escuchar, compartir, dialogar y acoger el Evangelio de Jesús?

Hemos de dar al Evangelio la oportunidad de entrar con toda su fuerza transformadora en contacto directo e inmediato con los problemas, crisis, miedos y esperanzas de la gente de hoy. Pronto será demasiado tarde para recuperar entre nosotros la frescura original del Evangelio. Hoy es posible. Esto es lo que se pretende con la propuesta de los Grupos de Jesús.

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De Emaús al mundo:
para anunciar la experiencia del encuentro con el Resucitado
Romeo Ballan, mccj

La experiencia pascual de los dos discípulos de Emaús (Evangelio) está marcada por etapas evidentes, parecidas al camino espiritual de muchas personas. El evangelista construye toda la narración en torno a la imagen del camino: un camino de ida y un camino de vuelta. Un camino que lleva lejos de Jerusalén (con sentimientos de desilusión, tristeza, aislamiento…) y un camino de vuelta (con ojos abiertos, corazón ardiente, paso veloz, alegría por llevar una ‘buena noticia’…). Se trata de una experiencia ejemplar, emblemática. El itinerario de Emaús es, en realidad, el camino de todo cristiano, de toda persona. El texto de Lucas señala también una clara metodología misionera y catequética, con las etapas del método pastoral: ver, juzgar, actuar, celebrar…

– 1. La experiencia arranca de una realidad de frustración y de fracaso: los dos discípulos, incapaces, igual que los otros, de encontrar un sentido a los hechos ocurridos en esa pascua, se aíslan alejándose del grupo (v. 13-14), están tristes (v. 17), “nosotros esperábamos… ya han pasado dos días…” v. 21).

– 2. El cambio de escenario se produce con la llegada de un forastero que parece ignorar completamente los hechos del día (v. 15-18). Los dos aceptan compartir el viaje con él y lo escuchan. Entran así en una etapa de iluminación sobre los acontecimientos, hecha por Jesús mismo, que les explica “lo que se refería a Él en toda la Escritura” (v. 27).

– 3. Ahora ya están preparados para la celebración y la contemplación: el corazón de los discípulos está ardiendo (v. 32); brota la oración: “Quédate con nosotros” (v. 29); están sentados a la mesa juntos (v. 30); Jesús cumple el gesto ritual de tomar el pan, reza la bendición, lo parte y se lo da (v. 30); se les abren los ojos y lo reconocen (v. 31).

– 4. Y finalmente llega el momento de actuar, la hora de la misión: levantándose al momento, se vuelven a Jerusalén, como siguiendo un imperativo que nace del encuentro con Jesús. Se reintegran a la comunidad de los otros discípulos y comparten cada cual su experiencia del Resucitado (v. 33-35). Ahora los discípulos están seguros de que Cristo ha resucitado y todos ellos son testigos, como lo proclama con valentía Pedro (I lectura) en la plaza de Jerusalén la mañana de Pentecostés (v. 32).

¿Qué es lo que ha cambiado? La ruta Jerusalén-Emaús, el panorama, los kilómetros del recorrido, las vicisitudes de la muerte de Jesús y la tumba vacía… Los hechos siguen siendo los mismos. Pero ahora hay una perspectiva nueva: la fe ha cambiado definitivamente la manera de ver y de vivir esos hechos. La fe marca la diferencia. “Según la narración evangélica, la transformación se debe a la explicación de las Sagradas Escrituras… El itinerario abierto por la palabra de Jesús se cruza con el triste viaje de retorno de los dos discípulos y lo convierte en un camino de esperanza, en un progresivo acercamiento a los proyectos de Dios, en peregrinación hacia la Pascua, la Eucaristía, la Iglesia, la misión hasta los extremos confines de la tierra” (Card. Carlos M. Martini).

Quédate con nosotros, porque atardece” (v. 29). Es la primera y la más conmovedora oración de la comunidad cristiana dirigida a Jesús resucitado. San Juan Pablo II en la carta Mane Nobiscum Domine (Quédate con nosotros, Señor), pone en evidencia el dinamismo misionero que nace de la Eucaristía: “Los dos discípulos «levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén» (Lc 24,33) para comunicar lo que habían visto y oído… El encuentro con Cristo, profundizado continuamente en la intimidad eucarística, suscita en la Iglesia y en cada cristianola exigencia de evangelizar y dar testimonio… La despedida al finalizar la Misa es como una consigna que impulsa al cristiano a comprometerse en la propagación del Evangelio y en la animación cristiana de la sociedad”. Por su parte, el Papa Francisco habla de la atracción, del contagio misionero, de la alegría cristiana, que acompañan la difusión del Evangelio.

Los Evangelios de la Pascua subrayan con claridad la dificultad y, a la vez, el gozo de creer. Los dos de Emaús reconocen que ese compañero de camino es Jesús cuando Él parte el pan (v. 35). Cuando nosotros compartimos nuestra vida y nos hacemos pan partido para los demás, es el momento en el que hacemos experiencia de resurrección; las desilusiones se transforman en esperanza. En el momento en que nos hacemos don para los demás, la vida se enciende de luz y gozo: ¡es Pascua!

Segundo Domingo de Pascua. Año A

“Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría.

De nuevo les dijo Jesús: “La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”. Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban al Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar”.

Tomás, uno de los Doce, a quien llamaban el Gemelo, no estaba con ellos cuando vino Jesús, y los otros discípulos le decían: “Hemos visto al Señor”. Pero él les contestó: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y si no meto mi dedo en los agujeros de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré”.

Ocho días después, estaban reunidos los discípulos a puerta cerrada y Tomás estaba con ellos. Jesús se presentó de nuevo en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Luego le dijo a Tomás: “Aquí están mis manos; acerca tu dedo. Trae acá tu mano, métela en mi costado y no sigas dudando, sino cree”. Tomás le respondió: “¡Señor mío y Dios mío!” Jesús añadió: “Tú crees porque me has visto; dichosos los que creen sin haber visto”.

Otras muchas señales milagrosas hizo Jesús en presencia de sus discípulos, pero no están escritas en este libro. Se escribieron éstas para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida en su nombre”.

(San Juan 20, 19-31)


La paz esté con ustedes
P. Enrique Sánchez, mccj

De noche, cuando la oscuridad se impone, con las puertas cerradas y atrapados por el miedo a acabar como su maestro, los discípulos no habían tenido el tiempo para digerir los acontecimientos que se habían precipitado en tan pocos días.

Todo parecía haber sucedido tan rápido y de una manera tan absurda y complicada que seguramente la pregunta que todos se hacían era: ¿pero qué fue lo que realmente aconteció?

En tres días todo había cambiado totalmente y a partir de la madrugada de aquel domingo algo nuevo, pero todavía difícil de entender, estaba cambiando la historia de toda la humanidad.

Y, justo en aquella hora del atardecer Jesús se presenta para aplacar todas las incertidumbres y para acabar con el miedo que paralizaba el corazón de todos sus discípulos. No era posible que el miedo se convirtiera en la regla de vida, después de haber visto que el Señor había vencido a la muerte y se había alejado del sepulcro en donde muchos habrían querido que permaneciera para siempre.

Jesús se presentó en medio de aquel grupo de incondicionales que lo habían seguido hasta el final y que ahora se encontraban confundidos sin saber cuál sería el rumbo que tenía que seguir en sus vidas. Y, de en medio de aquellas tinieblas sólo bastó escuchar la voz del Señor que ofrecía lo que sus corazones más necesitaban: la Paz.

La paz que Jesús aportaba en aquel momento no era sólo el don que hacía desaparecer el miedo que les tenía paralizados, sino que se trataba de algo más. Era la posibilidad de vivir ahora en una libertad que, como se verá más adelante, derrumbaría las puertas para lanzarlos como testigos en los cuatro rincones del mundo.

“La paz esté con ustedes” eran más que palabras, era una posibilidad de vida nueva que les permitiría a todos los que reconocieran al Señor vivir como él resucitados, es decir, vencedores de la muerte y de todo aquello que les mantenía encerrados en sus temores y en el miedo de perder la vida.

El regalo de Jesús al transmitir la paz a sus discípulos es algo que se transforma en alegría. Del temor se pasó a la fiesta y ya no hubo motivo para sentirse acobardados ante quienes podían amenazarlos con arrebatarles la vida. Teniendo a Jesús con ellos ya no importaría incluso morir en esta vida, pues su presencia resucitado permitía entender en dónde estaba la verdadera vida.

Al mostrarles el Señor sus manos atravesadas por los clavos y su costado abierto por la lanza les hacía entender en primer lugar que no se trataba de un fantasma. Era el cuerpo destrozado por la violencia de la cruz, el cuerpo que se había hecho pedazos para entregarse. Recordando lo que había sucedido apenas unos días antes en el cenáculo, en donde partiendo el pan lo había entregado como su cuerpo que se convertiría en alimento de vida para quienes harían memorial de ese momento a lo largo del tiempo.

Era el cuerpo de la nueva alianza que Jesús establecía en aquel momento con aquella comunidad también hecha pedazos por su incapacidad de entender lo que realmente había sucedido.

Se trataba en ese momento del símbolo de una alianza única y eterna que ahora Jesús resucitado establecía con quienes serían sus testigos hasta el final de los tiempos.

En un segundo momento Jesús vuelve a otorgar el don de la paz del resucitado cuando soplando sobre todos les otorga la gracia del Espíritu Santo. La paz será a partir de aquel momento el don que pasa a través de la acción del Espíritu de Dios que acompañará a la comunidad hasta el final de la historia humana.

El Espíritu Santo, el abogado y mediador entre Dios y la humanidad será quien permita vivir en la paz, que no sólo es ausencia de violencia y de guerra, sino posibilidad de vivir gozando de la presencia de Dios entre nosotros. Seguramente en aquel momento muchos de los discípulos se recordaron de la promesa de Jesús quien les había dicho que no les dejaría huérfanos.

¡Cuánto necesitamos hoy la presencia de ese Espíritu! Necesitamos de la paz en nuestra sociedad, en nuestros hogares, en nosotros mismos. Hemos perdido mucho el sentido de la fraternidad, de la comunión y de la confianza. También hoy, nos sentimos atrapados detrás de los muros que se construyen por todas partes, de las rejas que pretenden dar un poco de seguridad y de protección.

Hemos perdido muchos espacios de sana convivencia, de hospitalidad y acogida y va ganando terreno la desconfianza, la sospecha y el miedo a quien se acerca como desconocido. Ahí llega también Jesús y nos ofrece su paz, la paz del Espíritu que enriquece con los dones del amor, del respeto, del reconocimiento de los demás como hermanos.

Como en la tarde de aquel día de la resurrección, también en nuestros días hay muchos hermanos, afortunadamente, que se acercan a nosotros diciéndonos con sus vidas que el Señor ha resucitado, que ellos se han encontrado con él y ha transformado sus vidas.

Muchos cristianos son presencia viva de Jesús en nuestros pueblos y en nuestras ciudades y es un gusto encontrarse con ellos. Son personas que viven experiencias profundas de fe que se expresa a través de la oración, del servicio y del compromiso en muchos actos de caridad.

Pero igualmente nos encontramos con el Tomás que todos llevamos dentro. El Tomás que duda y que trata de desafiar al Señor, que busca ponerlo a prueba, que pide demostraciones para poder sostener una fe que ni viendo los signos se convence.

Muchos de nosotros nos comportamos como Tomás que queremos tocar, atrapar y medir a Dios en lo ordinario de nuestra vida pidiéndole que actúe a conveniencia nuestra. Queremos un Señor que cumpla nuestros caprichos y nos dispense del compromiso que exige ser discípulos. Nos falta la confianza y el abandono y nos resulta muy difícil aceptar que la vida puede estar más allá de lo que controlamos, de lo que acumulamos o del poder que jamás será suficiente para satisfacernos.

Y, el Señor parece aceptar nuestras exigencias, nos demuestra su paciencia y su disponibilidad para darnos el tiempo que necesitamos para que el corazón se doblegue y se rinda ante el amor que todo lo puede.

Hoy deberíamos abrir bien los oídos para escuchar al Señor resucitado que nos dice, ven, acércate, mete tus dedos en mis llagas y tu mano en mi costado, no seas incrédulo, ten fe. Esas palabras que se repiten para nosotros son garantía para que podamos alcanzar la paz que se convierte en manantial de vida. Es la paz que nos perdona, que nos pone de píe ante nuestras caídas, que nos limpia de nuestros pecados y nos garantiza la humildad necesaria para entender que el amor y la misericordia pasan a través del hermano que Dios ha puesto a nuestro lado, a través del sacerdote que se convierte en instrumento de misericordia y que desde su pobreza nos dice: ponte de píe y vete en paz porque Dios te ha perdonado.

Ojalá que podamos llegar más allá de la experiencia de conversión de Tomás, quien ante Jesús resucitado supo reconocerlo como su Dios y Señor. Sería maravilloso que nos pudiésemos contar entre aquellos que Jesús llama dichosos por haber creído sin haber mirado o buscado algo extraordinario.

Que la paz que Jesús resucitado siga haciendo el milagro de liberarnos de nuestros miedos. Que abra las puertas de nuestros pequeños mundos en los cuales nos hemos atrincherado paralizados por el temor a ser reconocidos como discípulos del resucitado. Que nos llene del Espíritu Santo que sigue siendo el protagonista de aquella misión que nos pide que seamos presencia suya en un mundo en donde la paz es una tarea que no se ha completado.

Y, finalmente, que el don de su paz se transforme en cada uno de nosotros en experiencia de fe que nos permita decir “Señor mío y Dios mío” sintiéndonos cobijados por el amor que sólo puede venir del Resucitado.


La Pascua de Tomás
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

Hoy, segundo domingo de Pascua, celebramos… la “Pascua de San Tomás”, ¡el apóstol que estaba ausente de la comunidad apostólica el domingo pasado! Este domingo también se llama el “Domingo de la Divina Misericordia”, desde el 30 de abril de 2011, día de la canonización de Sor Faustina por el Papa Juan Pablo II. Mientras alabamos al Señor por su misericordia, le damos las gracias de forma muy especial por el don del Papa Francisco, que ha hecho de la misericordia uno de los “leitmotiv” de su pontificado.

Los temas que nos propone el evangelio son muchos: el domingo (“el primer día de la semana”); la Paz del Resucitado y la alegría de los apóstoles; el “Pentecostés” y la Misión de los apóstoles (según el evangelio de Juan); el don y la tarea confiados a los apóstoles de perdonar los pecados (razón por la que celebramos hoy el “Domingo de la Divina Misericordia”); el tema de la comunidad (¡de la cual Tomás se había ausentado!); pero sobre todo, ¡el tema de la fe! Me limitaré a centrarme en la figura de Tomás.

Tomás, nuestro gemelo

Su nombre significa “doble” o “gemelo”. Tomás ocupa un lugar destacado entre los apóstoles: tal vez por ello se le atribuyeron los Hechos y el Evangelio de Tomás, apócrifos del siglo IV, “importantes para el estudio de los orígenes cristianos” (Benedicto XVI, 27.09.2006).

Nos gustaría saber de quién es gemelo Tomás. Podría ser de Natanael (Bartolomé). De hecho, esta última profesión de fe de Tomás encuentra correspondencia con la primera, hecha por Natanael, al inicio del evangelio de Juan (1,45-51). Además, su carácter y comportamiento son sorprendentemente similares. Por último, ambos nombres aparecen relativamente cercanos en la lista de los Doce (véase Mateo 10,3; Hechos 1,13; y también Juan 21,2).

Esta incógnita da pie a afirmar que Tomás es “el gemelo de cada uno de nosotros” (Don Tonino Bello). Tomás nos consuela en nuestras dudas de creyentes. En él nos reflejamos y, a través de sus ojos y sus manos, también nosotros “vemos” y “tocamos” el cuerpo del Resucitado. ¡Una interpretación con mucho encanto!

Tomás, ¿un “doble”?

En la Biblia, la pareja de gemelos más famosa es la de Esaú y Jacob (Génesis 25,24-28), eternos antagonistas, expresión de la dicotomía y polaridad de la condición humana. ¿No será que Tomás (¡el “doble”!) lleva dentro de sí el antagonismo de esta dualidad? Capaz, a veces, de gestos de gran generosidad y valentía, y otras veces, incrédulo y terco. Pero, enfrentado con el Maestro, vuelve a surgir su profunda identidad de creyente que proclama la fe con prontitud y convicción.

Tomás lleva dentro a su “gemelo”. El evangelio apócrifo de Tomás subraya esta duplicidad: “Antes erais uno, pero os habéis convertido en dos” (nº 11); “Jesús dijo: Cuando hagáis de los dos uno solo, entonces os convertiréis en hijos de Adán” (nº 105). Tomás es imagen de todos nosotros. También nosotros llevamos dentro ese “gemelo”, inflexible y tenaz defensor de sus ideas, obstinado y caprichoso en su actitud.
Estas dos realidades o “criaturas” (el Adán antiguo y el nuevo) coexisten mal, en contraste, a veces en guerra abierta, en nuestro corazón. ¿Quién no ha experimentado nunca el sufrimiento de esta desgarradora división interior?

Ahora, Tomás tiene el valor de afrontar esta realidad. Permite que se manifieste su lado oscuro, contrario e incrédulo, y lo lleva a enfrentarse con Jesús. Acepta el desafío lanzado por su interioridad “rebelde” que pide ver y tocar… Lo lleva ante Jesús y, ante la evidencia, ocurre el “milagro”. Los dos “Tomás” se convierten en uno solo y proclaman la misma fe: “¡Señor mío y Dios mío!”

Por desgracia, no es lo que nos ocurre a nosotros. Nuestras comunidades cristianas están frecuentadas casi exclusivamente por “gemelos buenos” y sumisos, ¡pero también… pasivos y amorfos! El caso es que no están allí en toda su “integridad”. La parte enérgica, instintiva, el otro gemelo, la que tendría necesidad de ser evangelizada, no aparece en el “encuentro” con Cristo.

Jesús dijo que venía por los pecadores, pero nuestras iglesias están frecuentadas muchas veces por “justos” que… ¡no sienten la necesidad de convertirse! Aquel que debería convertirse, el otro gemelo, el “pecador”, lo dejamos tranquilamente en casa. Es domingo, aprovecha para “descansar” y deja el día al “gemelo bueno”. El lunes, entonces, el gemelo de los instintos y pasiones estará en plena forma para retomar el mando.

Jesús en busca de Tomás

¡Ojalá Jesús tuviera muchos Tomás! En la celebración dominical, es sobre todo a ellos a quienes el Señor sale a buscar… ¡Serán sus “gemelos”! Dios busca hombres y mujeres “reales”, que se relacionen con Él tal como son: pecadores que sufren en su carne la tiranía de los instintos. Creyentes que no se avergüenzan de aparecer con esa parte incrédula y resistente a la gracia. Que no vienen a quedar bien en la “asamblea de los creyentes”, sino a encontrarse con el Médico de la Divina Misericordia y ser curados. ¡Con estos es con quienes Jesús se hace hermano!

El mundo necesita el testimonio de creyentes honestos, capaces de reconocer sus errores, dudas y dificultades, y que no esconden su “duplicidad” tras una fachada de “respetabilidad” farisaica. La misión necesita verdaderamente discípulos que sean personas auténticas y no “de cuello torcido”. ¡Cristianos que miren de frente la realidad del sufrimiento y toquen con sus manos las llagas de los crucificados de hoy!…

¡Tomás nos invita a reconciliar nuestra doblez para celebrar la Pascua!
Palabra de Jesús, según el Evangelio de Tomás (nº 22 y nº 27): “Cuando hagáis que los dos sean uno, y que lo interior sea como lo exterior y lo exterior como lo interior, y lo alto como lo bajo, y cuando hagáis del varón y de la mujer una sola cosa (…) ¡entonces entraréis en el Reino!”


Señor mío y Dios mío
José Antonio Pagola

++ Eran constantes en la escucha de la enseñanza de los apóstoles y en la fracción del pan, y ponían en común sus bienes (Hch 2 ).

Venimos recorriendo el libro de los Hechos de los Apóstoles como un maravilloso archipiélago, contemplado en una visión de conjunto, visitando isla por isla, acompañados de San Pedro y San Pablo, para terminar buceando en nuestra exploración algunos de sus temas fundamentales. Entre ellos destacamos la primacía de la fe sobre la ley, el Espíritu Santo como alma de la Iglesia, a María como Reina de los Apóstoles, la proyección universalista del mensaje cristiano, la misión como esencia del mismo, las exigencias y contenido del kerigma pascual, presentado en 14 discursos en miniatura – que Cristo ha muerto y ha resucitado – y hoy pone especial atención en la vida comunitaria de los los primeros cristianos como espacio para crecer en la fe, basada en el trípode de enseñanza apostólica, participación en la eucaristía y servicio a los hermanos.

Asistimos, pues, al nacimiento del nuevo pueblo de Dios en un contexto judío, Jerusalén, y pagano, Antioquia y Roma, siguiendo muy de cerca a Pedro y a Pablo en sus aventuras misioneras. Se van organizando las iglesias-domésticas bajo la guía de un apóstol con tal fuerza que el estilo ejemplar de los primeros cristianos atraía la mirada de todos y poco a poco se iban convirtiendo.

++ A través de los diversos sumarios, que los textos litúrgicos nos ofrecen en estos días, descubrimos un modelo de Iglesia válido para todos los tiempos.

En sus días fue muy alabada la serie televisiva de Rosellini sobre los Hechos de los Apóstoles. Durante las horas de su proyección las calles de Roma estaban vacías, porque los televidentes la seguían con interés. Rosellini en su guión, como ya hemos dicho en otra ocasión, ofrece al mundo escéptico una nueva forma de dar sentido a la vida, partiendo de la novedad histórica de este hecho, la persona omnipresente de Jesús que nos lanza a testimoniarle con nuestras palabras y obras. Desarrolla el tema: la Iglesia como comunidad orante, convocada por la palabra de Dios bajo la acción del Espíritu para ser instrumento de salvación al servicio del hombre.

++ ¡Señor mío y Dios mío! ( Jn.20)

La primera lectura, como retrato-robot, nos sirve de termómetro para analizar nuestra comunidad, como comunidad creyente, misionera y sacramental, que celebra el domingo como día del Señor, y bajo la acción del Espíritu continua la misión de Cristo en el mundo como mensajera de la paz y del perdón.

Entra ahora en escena Santo Tomas, el que el día antes de la pasión quiere conocer el camino que lleva al Padre y el que esta dispuesto a dar la vida por Jesús. Pero ante la confesión de sus compañeros¬-…hemos visto al Señor-se define como escéptico, terco, desconfiado, positivista e incrédulo como nuestros ateos y agnósticos modernos. Basta una semana para que Dios opere un cambio radical en su vida, expresado con ese credo tan corto: ¡Señor mío y Dios mío!

Con Santo Tomas de Aquino ponemos en nuestros labios la estrofa del Adoro te devote: no veo las llagas como las vio Tómas /pero confieso que eres mi Dios:/Haz que yo crea más y más en ti, /que en ti espere que ame.

Ayer fue Santo Tómas, defraudado y deprimido por el ambiente adverso, por la huida y el miedo, quien al tocar las llagas del Resucitado exclamó: ¡ Señor mío y Dios mío¡ y se convierte en el otro de Jesús. Hoy somos nosotros que, al romperse la unidad de nuestro ser, se abre una zanja profunda de indiferencia, con sus placas de represión y agresión; pero Cristo sale a nuestro encuentro para alimentar nuestra fe operativa, nuestra esperanza constante y nuestra caridad comprometida.

El creyente no es el hombre que dice-creo porque sí, sino creo ¡sí¡-,porque en el fondo describe que siendo razonable la fe, no se desarrolla en vía cartesiana, pienso luego existo, -sino en vía de Pascal- Amo, luego existo, como María Magdalena, Pedro y Juan en el Tiberiades. Ahí están lo grandes conversos de nuestros días como Edith Stein y García Morente.

Si has leído el Principito habrás descubierto que lo esencial de nuestra vida se ve con el corazón. La misma experiencia nos hace comprender que cuando intentamos llegar a Dios por solo el raciocinio frio de nuestra mente nuestra ideas prefabricadas chocan con lo trascendente y salta ese chispazo, nada positivo, como al rozar dos piedras con fuerza, mientras si entran por nuestro corazón (el corazón tiene sus razones que el mismo corazón desconoce), caldeadas por el amor entran de lleno en nuestra cabeza.

A la luz de estas lecturas valoramos la importancia del domingo; por algo el Resucitado solía aparecerse en domingo y desde un principio los cristianos santificamos el día del Señor. ¿No significa nada para ti que miles de cristianos hayan dado su vida por defender el día del Señor.? ¿No es aún indicativo que todos los domingos nos reunamos en España mas de 8 millones de cristianos para participar en la eucaristía, y que a su vez se reiteran las mismas palabras y gestos en mas de 300 idiomas. Verdad que si la Eucaristía sigue en pie después de 20 siglos es que es obra de Dios y no de los hombres.

Por razón de tiempo nos contentamos en grabar en nuestros corazones y mentes que hemos visto al Seño en muchas Eucaristías y obras de caridad…., que la paz, saludo del resucitado, es tarea prioritaria, haciendo que las lanzas se conviertan en arados y que si tenemos algo contra el hermano dejemos la ofrenda y vayamos a reconciliarnos con el…., y que en este tiempo Pascual en el sacramento de la Penitencia nos espera el mejor de los cirujanos para extinguir nuestro tumor canceroso, y el mejor de los fisioterapeutas para poner en movimiento todo nuestro ser. ¿No te sugiere que, el que en cada aparición el resucitado compartiera su comida con sus amigos, nos lleva a nuestra Eucaristía, en cuya primera parte nos sentamos en la mesa de la palabra y en la segunda nos ofrecemos con Cristo y comulgamos con Él.

++ Dad gracias al Señor, por que es bueno, por que es eterna su misericordia (Slm.117)

Peregrinemos con nuestra imaginación a muchos de los Santuarios dedicados al misterio de la misericordia de Dios por tierras de Argentina, Estados Unidos, México, y sobre todo Polonia, en el distrito de Cracovia, donde está ubicado el Templo de la Divina Misericordia junto al Templo que custodia las reliquias de Santa Faustina Kowsalska, apóstol de este tributo. Juan Pablo II, que tantas veces recorrió este camino para ir al trabajo de la mina durante la dominación nazi, en el 2002 consagra esta nueva Basílica a la Divina Misericordia, encomendando al mundo al amor misericordioso infinito de Dios, que es donde el mundo encontrará la paz y la felicidad.

Recuerda que toda la Biblia es un canto a la misericordia divina: en la misma alborada de la creación hay un rayo de luz después de la caída de nuestros padres…,purificada la tierra con el diluvio, el arco iris es la firma con la que Dios sella su pacto de amor con el hombre…, Moisés, al ver a su pueblo de rodillas ante el becerro de oro, apela a la misericordia divina para que lo perdone…., David llora su pecado, entonando el Miserere…,para los profetas la misericordia prevalece sobre la infidelidad; y lo salmos son un canto perenne a la misericordia. El mismo Jesús es la gran parábola de la misericordia de Dios. La Misericordia es el tema principal de su predicación: Hijo prodigo, buen samaritano, buen pastor, bienaventuranzas, perdón y misterio pascual como culmen de su amor misericordioso, clavando en la cruz nuestros pecados y devolviéndonos la luz y la vida en la resurrección, confiando a su vez a su iglesia el poder de perdonar los pecados. Por eso, con el salmo 117 proclamamos la bondad de Dios en los misterios de la creación y redención, edificamos la nueva humanidad sobre piedra angular, que desecharon nuestros padres y con alegría y notas de victoria cantamos: dad gracias al Señor porque es bueno, y por que es eterna su misericordia.


Cuatro regalos del Resucitado:
la paz, el Espíritu, el perdón, la misión
Romeo Ballan, mccj

Es significativa la cronología que nos da el Evangelio de Juan sobre ‘aquel día, el primero de la semana’ (v. 19), el día más importante de la historia. Porque en ese día Cristo resucitó. Aquel día había comenzado con la ida de María Magdalena al sepulcro “al amanecer, cuando aún estaba oscuro” (Jn 20,1). En el Evangelio de hoy estamos “al anochecer de aquel día… estaban… con las puertas cerradas, por miedo a los judíos” (v. 19). La ambientación espacio-temporal, e incluso psicológica, es completa. Ya ha comenzado la nueva historia de la humanidad, en el signo de Cristo resucitado. Ya no se podrá prescindir de Él: esto significaría una pérdida de valores y un riesgo para la misma supervivencia humana.

Las puertas cerradas y el miedo se superan con la presencia de Jesús, el Viviente, quien por tres veces anuncia: “Paz a ustedes” (v. 19.21.26), provocando el gozo rebosante de los discípulos “al ver al Señor” (v. 20). Paz y gozo son evidentes características de la primera comunidad cristiana (I lectura): “comían juntos alabando a Dios con alegría y… eran bien vistos de todo el pueblo” (v. 46-47). Era un aprecio bien merecido, dada la solidez y la irradiación misionera del grupo, que se sustentaba en cuatro pilares (v. 42): enseñanza de los apóstoles, fracción del pan, oraciones koinonía (unión fraterna, compartir los bienes). San Pedro (II lectura), por su parte, exhorta a los fieles a alegrarse por la salvación recibida, aunque de momento tengan que “sufrir un poco, en pruebas diversas” (v. 6). La Pascua de Jesús ayuda a superar los miedos; la fe, que lleva al encuentro con Cristo resucitado, ayuda a superar también muchas dificultades psicológicas, como la angustia, los miedos, la depresión…

Además de la paz, Cristo ofrece a la comunidad de los creyentes otros tres grandes regalos: el Espíritu Santo, el perdón de los pecados y la misión. El mayor fruto de la Pascua es ciertamente el don del Espíritu Santo, que Jesús exhala sobre los discípulos: “Reciban el Espíritu Santo” (v. 22). Es el Espíritu de la creación redimida y renovada, que Jesús derrama en el momento de la muerte en la cruz (Jn 19,30), como preludio de Pentecostés (Hechos 2).

Para San Juan el don del Espíritu está necesariamente vinculado con el don de la paz y, por tanto, al perdón de los pecados, como dijo Jesús: “A quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados” (v. 23). La auténtica paz ahonda sus raíces en la purificación de los corazones, en la reconciliación con Dios, con los hermanos y con toda la creación. Esta reconciliación es obra del Espíritu, porque “Él es el perdón de todos los pecados”, como afirman claramente la oración sobre las ofrendas en la Misa del sábado antes de Pentecostés, y asimismo la nueva fórmula de la absolución sacramental. Para el evangelista Lucas, “la conversión y el perdón de los pecados” son el mensaje que los discípulos deberán predicar “a todos los pueblos” (Lc 24,47). El sacramento de la reconciliación es un inestimable regalo pascual de Jesús: es el “sacramento de la alegría cristiana” (Bernardo Häring).

Los dones del Resucitado han de anunciarse y ser compartidos con toda la familia humana: por eso, Jesús, aquella misma tarde anuncia una misión universal, que Él confía a los apóstoles y a sus sucesores: “Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo” (v. 21). Son palabras que vinculan para siempre la misión de la Iglesia con la vida de la Trinidad, porque el Hijo es el misionero enviado por el Padre para salvar al mundo, por el amor.

“Como el Padre me ha enviado, así también yo los envío”; palabras a leerse en paralelo con estas: “Como el Padre me ha amado, yo también los he amado a ustedes” (Jn 15,9).

Estas dos afirmaciones establecen un vínculo indestructible entre misión-amor, amor-misión. Con estas palabras queda definitivamente establecido que la Misión universal nace de la Trinidad (Concilio, AG 1-6) y es un don-compromiso pascual de Jesús resucitado.

Los dones del Resucitado: la paz, el Espíritu, la reconciliación y la misión, los vivimos en la fe. El Señor Jesús llama “dichosos” (v. 29) a los que creen en Él y lo aman, aun sin verlo. Tomás, llamado gemelo (v. 24) es, en el lenguaje popular, el escéptico, el que se resiste a creer, el que quiere meter la nariz antes… (v. 25). Es la imagen de todos nosotros que – entre dudas, incertidumbres, búsquedas, incredulidades, obstinaciones – experimentamos la fatiga de creer. Estas son dificultades normales en la vida de un cristiano, ya que, como afirma el Card. Martini, cada uno lleva dentro de sí un poco del creyente y del no-creyente. En el difícil camino del creyente, Tomás se hace nuestro hermano gemelo; dichosos nosotros si, como él, damos el salto, nos fiamos de Dios, y hacemos nuestra también su total profesión de fe: “¡Señor mío y Dios mío!” (V. 28).

Desde el Cenáculo Jesús nos ofrece otra Bienaventuranza: “Dichosos los que no han visto y han creído” (v. 29).Esta bienaventuranza es para nosotros, aquí, hoyque tratamos de creer en Jesucristo, aunque no lo hemos visto. Jesús nos dice: “dichosos ustedes”; y el evangelista Juan explica en qué sentido: “porque, creyendo, tengan la vida en Su nombre” (v. 31); somos dichosos, porque creer nos ayuda a vivir, nos enseña cómo abordar preguntas difíciles sobre el sentido de la vida, el misterio del mal y de la muerte. La fe no te hace la vida más sana, más rica, más cómoda o más larga. El creer no te libera del dolor ni de la enfermedad, pero te da la fuerza de vivir en ellos sin desesperarte; de aceptarlos como camino de salvación para ti mismo y para otros, porque sabes que Jesús está cerca de ti y que también Él carga un poco de tu cruz.

Estamos, por tanto, agradecidos al apóstol Tomás que ha querido meter su mano (v. 25; ver la famosa pintura de Caravaggio) en la herida del Corazón de Cristo, que “cubiculum est Ecclesiae”, como afirma S. Ambrosio, es decir, el habitáculo íntimo de la Iglesia. Ese Corazón es el santuario de la Divina Misericordia, título-tesoro que en este domingo se celebra con creciente fe y devoción. “El culto a la Misericordia divina no es una devoción secundaria, sino una dimensión integrante de la fe y de la oración del cristiano” (Benedicto XVI). La misericordia divina es, desde siempre, la más global y consoladora revelación del misterio cristiano: “La tierra está llena de miseria humana, pero está rebosante de la misericordia de Dios” (S. Agustín). Esta es la ‘buena noticia’, sólida y permanente, que la Misión lleva a toda la humanidad.

P. Rómulo Panis: «Si pudiera retroceder en el tiempo, volvería a entrar en el seminario»

Tras una infancia marcada por la Eucaristía y la dulce guía de María, el padre Rómulo respondió a un llamado que lo llevó a campos misioneros en África y Centroamérica, donde la fe, el peligro y la cultura forjaron una vida de servicio.

Por: P. Rómulo Panis
desde Filipinas

Mi padre era ministro extraordinario de la Eucaristía y también miembro de los Caballeros de Colón. Mis padres solían decirnos que pusiéramos a Dios en primer lugar en nuestras vidas; que participáramos primero en la celebración eucarística, y luego podríamos dedicarnos a otras actividades.

Nuestra Santísima Virgen María influyó profundamente en mi vocación. Después de mi Primera Comunión, mi catequista me regaló un rosario. Ese rosario me acompañó a todas partes, hasta que lo perdí recientemente antes de regresar a Filipinas. Me entristeció mucho. Mi rosario había estado conmigo durante cincuenta años.

Sin embargo, lo más importante es mi relación personal y mi amor por la Santísima Virgen María, quien siempre me acompañó desde el principio. Me convertí en catequista voluntario y miembro del coro de nuestra parroquia. Fui a una zona pobre de mi parroquia y di clases de catecismo. Terminé mis estudios y luego comencé a trabajar.

Un día, un misionero comboniano me invitó a un programa de tres días para el discernimiento vocacional. Allí descubrí que Dios me llamaba a ser misionero. Me sentí atraído por los misioneros que trabajaban en África. Ingresé al Seminario San Daniel Comboni y estudié filosofía en el Seminario Cristo Rey, en Manila.

Luego, continué mi formación como seminarista en Nairobi, Kenia, donde estudié teología y misiología. Tras mi segundo año de teología, nos enviaron a una zona de misión para experimentar la vida comunitaria y las realidades de la misión. Me enviaron a Lira, en el norte de Uganda, donde contraje malaria grave; afortunadamente, sobreviví gracias al medicamento de quinina.

Contraer malaria es como un bautismo para ser misionero comboniano en África. Cuando llegué a Lira, Uganda, no pude dormir durante una semana a causa de la guerra. No sabíamos cuándo llegarían los rebeldes a nuestra zona de misión. Durante ese tiempo, hubo disturbios civiles debido a la guerra. Muchos niños fueron secuestrados por los rebeldes para ser entrenados como soldados.

Estas experiencias desafiantes durante mi formación me ayudaron a preguntarme: «Rómulo, ahora sabes lo que significa ser un misionero comboniano. ¿Sigues pensando en ordenarte?». Y me dije: «Si pudiera retroceder en el tiempo, antes de entrar al seminario, decidiría volver a entrar».

Fui ordenado sacerdote el 30 de junio de 2001. Mi primera misión fue en Centroamérica. Estudié español en Guatemala en septiembre de 2001 y luego fui a El Salvador en 2003, a la parroquia de San Arnulfo Romero. Sin embargo, surgió otra realidad de violencia, esta vez a manos de la banda de pandilleros conocida como los Mareros.

Muchos murieron a manos de estos pandilleros, y mucha gente temía salir de sus casas por la noche. En 2018, me enviaron a Guatemala, a la parroquia de San Luis IX Rey de Francia, Petén. El territorio tiene una superficie aproximada de 2915 km², y su población está compuesta en un 80% por indígenas mayas q’eqchi’. La parroquia cuenta con 145 comunidades.

Los misioneros combonianos trabajan en la inculturación dentro de la cultura q’eqchi’. La inculturación del Evangelio es un proceso profundo y transformador que busca integrar los valores y tradiciones culturales de los pueblos con el mensaje universal de Cristo en el contexto de nuestra querida parroquia. Existe un diálogo entre la fe y la cultura que permite que el Evangelio resuene de manera auténtica y significativa en los corazones de las personas. El diálogo entre la fe cristiana y la cultura local es esencial para la inculturación del Evangelio. Este proceso profundo y respetuoso permite que el mensaje cristiano se encarne en la cultura.

Antes de regresar a Filipinas para una nueva misión, recibí una carta de un joven de la comunidad donde servía; me conmovió profundamente. Escribió: «Querido Padre Rómulo: Hoy le escribo con el corazón lleno de gratitud, y también con un poco de tristeza, porque sé que su regreso está cerca y probablemente no volverá a nuestra comunidad. Aunque compartimos misas y servicios durante varios años, tal vez no me recuerde por mi nombre».

La carta continúa: “Sin embargo, te recuerdo muy bien, porque tu presencia como misionero dejó una huella en todos nosotros, especialmente en quienes tuvimos el privilegio de servir como monaguillos a tu lado. Gracias a ti, aprendimos que ser sacerdote misionero es más que celebrar la Misa. Es vivir con la gente, reír, enseñar, acompañar, estar presente y dar esperanza… Y eso fue lo que hiciste. Y aunque han pasado los años y quizás no tuviste tiempo de conocernos a fondo, tu dedicación habló más fuerte que mil palabras… Con todo mi cariño y mis oraciones, César Augusto (monaguillo de Chacte, Guatemala)”.

«Pasión Amazonas»: exposición de los dibujos del padre Ezechiele Ramin

Del 8 al 16 de abril de 2026, la Pontificia Universidad de la Santa Cruz de Roma acoge la exposición «Pasión Amazonas», una muestra dedicada al testimonio del misionero comboniano Ezechiele Ramin, hoy Siervo de Dios, asesinado en Cacoal (Brasil) en 1985, mientras defendía los derechos de los pueblos indígenas y de los campesinos sin tierra. La exposición estará abierta al público a partir del 8 de abril, con la inauguración oficial el miércoles 9 de abril.

Promovida por la asociación Terra e Missione Aps, en colaboración con la Oficina para la Cooperación Misionera de la diócesis de Roma, los Misioneros Combonianos, el Movimiento Laudato Si’ y el Instituto Superior de Ciencias Religiosas del Apollinare, la exposición se propone como un espacio de reflexión eclesial y misionera sobre los temas de la justicia social, la custodia de la creación y la dignidad de los pueblos indígenas.

El recorrido expositivo se articula en 12 paneles que establecen un diálogo entre los dibujos realizados por el padre Ramin sobre la Pasión de Cristo y escenas de la vida de los pueblos de la Amazonía. De ello surge un camino espiritual que invita a leer los sufrimientos de los pueblos indígenas a la luz de la Pasión del Señor, captando en su vivencia una profunda analogía con el misterio de la Cruz.

A través de imágenes, textos y meditaciones en audio, la exposición acompaña al visitante en un itinerario que entrelaza fe e historia, denuncia y esperanza. Las heridas de la Amazonía, marcadas por las injusticias, la explotación y la violencia, se convierten así en un lugar de revelación, donde resuena el grito de los pobres y de la tierra, pero también la posibilidad de un renacimiento.

La figura del padre Ezechiele Ramin, fallecido a los 32 años durante una misión de paz, sigue hablando hoy como signo profético de justicia, fraternidad y compromiso con la casa común. Sus dibujos, nacidos de la experiencia directa en tierra brasileña, ofrecen una mirada capaz de reconocer, junto al sufrimiento, la dignidad y la resistencia de los pueblos amazónicos.

En la inauguración intervendrán el comboniano padre Giulio Albanese, de la Oficina de Comunicaciones Sociales y de la Oficina de Cooperación Misionera entre las Iglesias del Vicariato de Roma; Carla Rossi Espagnet, directora del Instituto Superior de Ciencias Religiosas del Apollinare; y Verónica Coraddu, coordinadora italiana de Animadores y Círculos del Movimiento Laudato Si’.

Pero el momento más esperado será la presencia de Antonio y Fabiano Ramin, hermanos del padre Ezechiele. No traerán solo un recuerdo, sino un testimonio vivo, capaz de devolver el rostro humano de una elección radical. En sus palabras, la historia de «Lele» no aparece como un gesto heroico aislado, sino como una provocación aún abierta: ¿hasta qué punto estamos dispuestos a dejarnos involucrar por la vida de los demás?

«Pasión Amazonas» nace precisamente de esta herida que se convierte en llamada. Los dibujos realizados por el padre Ramin durante sus años de misión en Brasil, yuxtapuestos a las escenas de la Pasión de Cristo, revelan una continuidad incómoda y real: la que existe entre el Evangelio y la historia, entre la Cruz y las cruces de hoy.

No se trata de mirar, sino de dejarse mirar. No de observar desde fuera, sino de entrar en una realidad que nos concierne a todos. Porque las injusticias que atraviesan la Amazonía no están lejos, sino que hablan también de nuestra forma de habitar el mundo.

«Pasión Amazonía» se inscribe, por tanto, en el camino de la Iglesia tras el Sínodo para la Amazonía y recuerda la urgencia de un compromiso compartido por un futuro más humano, en el que el cuidado de la creación y la defensa de los más vulnerables estén en el centro de la vida eclesial y social.

La exposición se puede visitar de forma gratuita previa reserva, escribiendo a info@terraemissione.org o a través de WhatsApp al número 3470300998.

Anna Moccia
comboni.org

Pascua: El bautismo como inicio de una vida nueva

Texto: P. Ismael Piñón, mccj
Fotos: Misioneros Combonianos

En las comunidades cristianas de África, el bautismo es vivido verdaderamente como un nuevo nacimiento. En el encuentro que tuvo con Nicodemo, Jesús le insistía en la necesidad de “nacer de nuevo”, y especificaba: “si uno no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios” (Jn 3,3-5). Por el Bautismo –que es, junto con la Confirmación y la Eucaristía uno de los sacramentos de la iniciación cristiana– nos hacemos hijos de Dios y entramos a formar parte de la gran familia que es la Iglesia. A través del agua bautismal y con la gracia del Espíritu Santo que nos inunda en el sacramento, nuestra vida inicia una nueva etapa.

En todas las culturas del mundo hay ritos y tradiciones que marcan las diferentes etapas de la vida, desde el nacimiento hasta la muerte. Son ritos y costumbres que, además de tener una fuerte implicación en lo social y lo familiar, están fuertemente impregnados de un sentido religioso. En las culturas africanas, el nacimiento de un bebé se celebra con alegría, porque es un nuevo miembro que llega para enriquecer y reforzar la familia y el clan. Es interpretado como un regalo de la divinidad. Cuando ese bebé llega a la pubertad, tiene que realizar un proceso de iniciación a la vida social y familiar para prepararse a lo que será su responsabilidad de adulto –ya sea como varón o como mujer– con el fin de contribuir al bien y al progreso de la comunidad. Ese proceso iniciático se vive como un nuevo nacimiento, hasta el punto de que una vez completado, el joven o la joven se considera muerto a su vida anterior e inicia una vida completamente nueva, con otro nombre, con responsabilidades concretas, al tiempo que es integrado de forma plena en la comunidad de los adultos. El camino de preparación al bautismo no es ajeno a esa tradición.

En Europa, y aquí en México, el bautismo se suele celebrar a los pocos meses del nacimiento, como mucho a los dos o tres años. No es común ver un bautizo de una persona adolescente o adulta. En África, a medida que la Iglesia se ha ido implantando, se hace cada vez más frecuente bautizar a los niños al poco tiempo de nacer. Sin embargo, en la mayoría de los casos, el bautismo se sigue viviendo como un proceso iniciático que comienza a partir de los ocho o diez años, los más jóvenes. Cuando se trata de un adulto que ya ha vivido su proceso de iniciación tradicional, es vivido con mayor intensidad. Es un camino que puede durar varios años, durante los cuales el catecúmeno tiene la posibilidad de profundizar en el conocimiento de la Palabra de Dios, de la vida de Jesús, o del significado y la responsabilidad que supone pertenecer a la comunidad eclesial entendida como la nueva familia a la que pertenecerá, más allá de su familia de sangre.

Un proceso iniciático

Durante el catecumenado, el candidato al bautismo va tomando conciencia de que, una vez bautizado, su vida será otra, por eso es invitado a elegir un nuevo nombre cristiano. Al igual que en la iniciación tradicional, sabe que morirá a su vida anterior, se perdonarán todos sus pecados y renacerá a una nueva vida para formar parte de una nueva familia, la de los hijos de Dios. Debe aprender a conocerse a sí mismo, reconocer sus defectos y sus debilidades, hacer frente a aquello que le puede separar de Dios o de sus hermanos. Los diferentes momentos que contempla el ritual del bautismo para adultos (escrutinios, exorcismo, unción del oleo de catecúmenos, etc.) los vive como un auténtico proceso iniciático de purificación y de preparación para lo que será su vida como cristiano. Para ello contará también con la ayuda de su padrino o madrina, que tiene un papel muy importante en todo el proceso, al igual que el tutor o el padrino de la iniciación tradicional.

El camino que ha de recorrer no es fácil. Se trata de un itinerario que puede durar varios meses, incluso años. Durante ese tiempo, la comunidad eclesial a la que pertenece lo irá acompañando para que no se sienta solo, para que experimente, ya desde el inicio, que formará parte de una nueva familia. La comunidad tiene también la responsabilidad de verificar que el candidato al bautismo muestra un verdadero deseo de ser cristiano a través de su comportamiento, de su servicio a los más necesitados, de sus relaciones con los demás y de su fidelidad a las catequesis y a la escucha de la Palabra de Dios.

Al igual que la iniciación tradicional, la preparación al bautismo se concibe también como una especie de entrenamiento durante el cual aprenderá y conocerá las herramientas que luego le ayudarán en su nueva vida, lo que los cristianos llamamos las virtudes teologales: fe, esperanza y caridad. Irá tomando conciencia de la importancia de la confianza en Dios, que nunca lo abandonará; de la esperanza en los momentos de dificultad o de debilidad; y de que la caridad es la virtud fundamental que deberá marcar su nueva vida. Aprenderá también a luchar contra el mal que siempre acecha a través de las tentaciones, del deseo de venganza o del sentimiento de rivalidad, de rencor o de envidia hacia los que no son como él.

Una nueva familia

En su diálogo con Nicodemo, Jesús afirma que “de la carne nace carne, del Espíritu nace espíritu” (Jn 3,6). En África el sentido de pertenencia a una familia, a un clan o a una etnia están muy marcados. Aunque en sí es algo positivo, ese sentimiento de pertenencia es causa frecuente de divisiones y enfrentamientos. Las luchas tribales han causado mucho daño y siguen siendo el origen, tanto en el ámbito político y social como incluso en el seno de la Iglesia, de no pocos problemas.

El bautismo, vivido como un nuevo nacimiento, invita al que lo recibe a ir más allá del “nacimiento en la carne” y asumir un nuevo “nacimiento en el Espíritu”, que hace de todos los bautizados, sean del clan que sean, hijos de un mismo Padre y, por lo tanto, miembros de una misma familia en el Espíritu. El Sínodo Especial de los Obispos para África, que tuvo lugar 1994, introdujo la expresión “Iglesia Familia de Dios en África” para subrayar precisamente la importancia de concebir a la Iglesia como una familia que va más allá de los lazos de sangre.

No se trata de renunciar a la propia familia, al clan o a la etnia, sino más bien de vivir ese sentido de pertenencia de una manera más universal y más amplia, de abrir los valores tradicionales de la pertenencia étnica a todos sin excepción. La solidaridad, por ejemplo, que antes se ejercía exclusivamente con los de la misma sangre, se abre a todos los hermanos, hijos de un mismo Padre celestial, independientemente de su origen. El otro ya no es visto como un rival o un enemigo, sino como un hermano.

El inicio de una nueva vida

En esta dinámica iniciática, el bautismo no se concibe como el final de una etapa –la del catecumenado– sino como el inicio de una nueva vida: la de cristiano. En Chad, por ejemplo, los recién bautizados participan en la misa diaria de la parroquia durante los 40 días siguientes, todos vestidos de blanco, como si fuera el mismo día del bautismo. Durante el retiro previo al bautismo, cada catecúmeno asume un compromiso concreto, como visitar a los enfermos, participar en la animación de la liturgia, prepararse para ser un futuro catequista, dar un servicio concreto en la comunidad, etc.

También es importante tomar conciencia de que una vez recibido el bautismo, no se ha alcanzado una meta, sino que se ha iniciado una nueva etapa. El bautismo no es un punto de llegada, sino de partida. Por eso, los nuevos bautizados necesitan un acompañamiento durante un cierto tiempo para no perderse en el camino que han iniciado. El año que sigue al bautismo se les ofrece una serie de catequesis llamadas “mistagógicas”, cuyo nombre viene del griego “mystagogía” (introducción al misterio). En ellas, con la ayuda del sacerdote o de los catequistas, van comprendiendo mejor lo que implica ser cristiano, ya no por las enseñanzas que han recibido, sino por su propia experiencia de cada día.

Durante esas catequesis, los llamados “neófitos” (expresión que viene del griego “neóphytos” y que significa literalmente “recién plantado”) tienen la oportunidad de compartir entre ellos su experiencia como nuevos cristianos y expresar sus dudas y sus dificultades, porque a ser discípulo de Jesús no se aprende en un solo día. Es un largo camino que se va haciendo poco a poco.  En los sacramentos de la Eucaristía y de la Penitencia los “neófitos” irán encontrando alimento y energías para corregir errores y recuperar fuerzas en los momentos de debilidad para seguir caminando.

Por su parte, la comunidad los sigue acompañando como una madre acompaña a su hijo pequeño cuando empieza a dar los primeros pasos, particularmente a través de los padrinos y madrinas. No es fácil. Suele haber caídas, momentos de desaliento, incluso algunos abandonan al poco tiempo porque una cosa es lo que se escucha y otra la realidad que se vive cada día. El mundo y la sociedad no han cambiado, el que debe cambiar es el que ha tomado la decisión de vivir una nueva vida como Hijo de Dios y miembro de la Iglesia. El espíritu Santo, recibido el día del bautismo, lo acompañará.

En muchas comunidades eclesiales de África, durante los dos años que siguen al bautismo, los neófitos se van preparando para el sacramento de la Confirmación. La opción de no confirmarlos el mismo día del bautismo obedece a que el camino iniciático que van haciendo tiene sus tiempos y sus ritmos. Es mejor ir poco a poco, pero asimilando bien las etapas. Llegado el día de la Confirmación, los bautizados darán un nuevo paso adelante, será una nueva transformación: la realizada por el Espíritu Santo, que confirma en la fe y da su luz y su fuerza para continuar en el seguimiento de Cristo en la fidelidad y el compromiso.