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Segundo Domingo de Pascua. Año A

“Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría.

De nuevo les dijo Jesús: “La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”. Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban al Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar”.

Tomás, uno de los Doce, a quien llamaban el Gemelo, no estaba con ellos cuando vino Jesús, y los otros discípulos le decían: “Hemos visto al Señor”. Pero él les contestó: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y si no meto mi dedo en los agujeros de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré”.

Ocho días después, estaban reunidos los discípulos a puerta cerrada y Tomás estaba con ellos. Jesús se presentó de nuevo en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Luego le dijo a Tomás: “Aquí están mis manos; acerca tu dedo. Trae acá tu mano, métela en mi costado y no sigas dudando, sino cree”. Tomás le respondió: “¡Señor mío y Dios mío!” Jesús añadió: “Tú crees porque me has visto; dichosos los que creen sin haber visto”.

Otras muchas señales milagrosas hizo Jesús en presencia de sus discípulos, pero no están escritas en este libro. Se escribieron éstas para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida en su nombre”.

(San Juan 20, 19-31)


La paz esté con ustedes
P. Enrique Sánchez, mccj

De noche, cuando la oscuridad se impone, con las puertas cerradas y atrapados por el miedo a acabar como su maestro, los discípulos no habían tenido el tiempo para digerir los acontecimientos que se habían precipitado en tan pocos días.

Todo parecía haber sucedido tan rápido y de una manera tan absurda y complicada que seguramente la pregunta que todos se hacían era: ¿pero qué fue lo que realmente aconteció?

En tres días todo había cambiado totalmente y a partir de la madrugada de aquel domingo algo nuevo, pero todavía difícil de entender, estaba cambiando la historia de toda la humanidad.

Y, justo en aquella hora del atardecer Jesús se presenta para aplacar todas las incertidumbres y para acabar con el miedo que paralizaba el corazón de todos sus discípulos. No era posible que el miedo se convirtiera en la regla de vida, después de haber visto que el Señor había vencido a la muerte y se había alejado del sepulcro en donde muchos habrían querido que permaneciera para siempre.

Jesús se presentó en medio de aquel grupo de incondicionales que lo habían seguido hasta el final y que ahora se encontraban confundidos sin saber cuál sería el rumbo que tenía que seguir en sus vidas. Y, de en medio de aquellas tinieblas sólo bastó escuchar la voz del Señor que ofrecía lo que sus corazones más necesitaban: la Paz.

La paz que Jesús aportaba en aquel momento no era sólo el don que hacía desaparecer el miedo que les tenía paralizados, sino que se trataba de algo más. Era la posibilidad de vivir ahora en una libertad que, como se verá más adelante, derrumbaría las puertas para lanzarlos como testigos en los cuatro rincones del mundo.

“La paz esté con ustedes” eran más que palabras, era una posibilidad de vida nueva que les permitiría a todos los que reconocieran al Señor vivir como él resucitados, es decir, vencedores de la muerte y de todo aquello que les mantenía encerrados en sus temores y en el miedo de perder la vida.

El regalo de Jesús al transmitir la paz a sus discípulos es algo que se transforma en alegría. Del temor se pasó a la fiesta y ya no hubo motivo para sentirse acobardados ante quienes podían amenazarlos con arrebatarles la vida. Teniendo a Jesús con ellos ya no importaría incluso morir en esta vida, pues su presencia resucitado permitía entender en dónde estaba la verdadera vida.

Al mostrarles el Señor sus manos atravesadas por los clavos y su costado abierto por la lanza les hacía entender en primer lugar que no se trataba de un fantasma. Era el cuerpo destrozado por la violencia de la cruz, el cuerpo que se había hecho pedazos para entregarse. Recordando lo que había sucedido apenas unos días antes en el cenáculo, en donde partiendo el pan lo había entregado como su cuerpo que se convertiría en alimento de vida para quienes harían memorial de ese momento a lo largo del tiempo.

Era el cuerpo de la nueva alianza que Jesús establecía en aquel momento con aquella comunidad también hecha pedazos por su incapacidad de entender lo que realmente había sucedido.

Se trataba en ese momento del símbolo de una alianza única y eterna que ahora Jesús resucitado establecía con quienes serían sus testigos hasta el final de los tiempos.

En un segundo momento Jesús vuelve a otorgar el don de la paz del resucitado cuando soplando sobre todos les otorga la gracia del Espíritu Santo. La paz será a partir de aquel momento el don que pasa a través de la acción del Espíritu de Dios que acompañará a la comunidad hasta el final de la historia humana.

El Espíritu Santo, el abogado y mediador entre Dios y la humanidad será quien permita vivir en la paz, que no sólo es ausencia de violencia y de guerra, sino posibilidad de vivir gozando de la presencia de Dios entre nosotros. Seguramente en aquel momento muchos de los discípulos se recordaron de la promesa de Jesús quien les había dicho que no les dejaría huérfanos.

¡Cuánto necesitamos hoy la presencia de ese Espíritu! Necesitamos de la paz en nuestra sociedad, en nuestros hogares, en nosotros mismos. Hemos perdido mucho el sentido de la fraternidad, de la comunión y de la confianza. También hoy, nos sentimos atrapados detrás de los muros que se construyen por todas partes, de las rejas que pretenden dar un poco de seguridad y de protección.

Hemos perdido muchos espacios de sana convivencia, de hospitalidad y acogida y va ganando terreno la desconfianza, la sospecha y el miedo a quien se acerca como desconocido. Ahí llega también Jesús y nos ofrece su paz, la paz del Espíritu que enriquece con los dones del amor, del respeto, del reconocimiento de los demás como hermanos.

Como en la tarde de aquel día de la resurrección, también en nuestros días hay muchos hermanos, afortunadamente, que se acercan a nosotros diciéndonos con sus vidas que el Señor ha resucitado, que ellos se han encontrado con él y ha transformado sus vidas.

Muchos cristianos son presencia viva de Jesús en nuestros pueblos y en nuestras ciudades y es un gusto encontrarse con ellos. Son personas que viven experiencias profundas de fe que se expresa a través de la oración, del servicio y del compromiso en muchos actos de caridad.

Pero igualmente nos encontramos con el Tomás que todos llevamos dentro. El Tomás que duda y que trata de desafiar al Señor, que busca ponerlo a prueba, que pide demostraciones para poder sostener una fe que ni viendo los signos se convence.

Muchos de nosotros nos comportamos como Tomás que queremos tocar, atrapar y medir a Dios en lo ordinario de nuestra vida pidiéndole que actúe a conveniencia nuestra. Queremos un Señor que cumpla nuestros caprichos y nos dispense del compromiso que exige ser discípulos. Nos falta la confianza y el abandono y nos resulta muy difícil aceptar que la vida puede estar más allá de lo que controlamos, de lo que acumulamos o del poder que jamás será suficiente para satisfacernos.

Y, el Señor parece aceptar nuestras exigencias, nos demuestra su paciencia y su disponibilidad para darnos el tiempo que necesitamos para que el corazón se doblegue y se rinda ante el amor que todo lo puede.

Hoy deberíamos abrir bien los oídos para escuchar al Señor resucitado que nos dice, ven, acércate, mete tus dedos en mis llagas y tu mano en mi costado, no seas incrédulo, ten fe. Esas palabras que se repiten para nosotros son garantía para que podamos alcanzar la paz que se convierte en manantial de vida. Es la paz que nos perdona, que nos pone de píe ante nuestras caídas, que nos limpia de nuestros pecados y nos garantiza la humildad necesaria para entender que el amor y la misericordia pasan a través del hermano que Dios ha puesto a nuestro lado, a través del sacerdote que se convierte en instrumento de misericordia y que desde su pobreza nos dice: ponte de píe y vete en paz porque Dios te ha perdonado.

Ojalá que podamos llegar más allá de la experiencia de conversión de Tomás, quien ante Jesús resucitado supo reconocerlo como su Dios y Señor. Sería maravilloso que nos pudiésemos contar entre aquellos que Jesús llama dichosos por haber creído sin haber mirado o buscado algo extraordinario.

Que la paz que Jesús resucitado siga haciendo el milagro de liberarnos de nuestros miedos. Que abra las puertas de nuestros pequeños mundos en los cuales nos hemos atrincherado paralizados por el temor a ser reconocidos como discípulos del resucitado. Que nos llene del Espíritu Santo que sigue siendo el protagonista de aquella misión que nos pide que seamos presencia suya en un mundo en donde la paz es una tarea que no se ha completado.

Y, finalmente, que el don de su paz se transforme en cada uno de nosotros en experiencia de fe que nos permita decir “Señor mío y Dios mío” sintiéndonos cobijados por el amor que sólo puede venir del Resucitado.


La Pascua de Tomás
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

Hoy, segundo domingo de Pascua, celebramos… la “Pascua de San Tomás”, ¡el apóstol que estaba ausente de la comunidad apostólica el domingo pasado! Este domingo también se llama el “Domingo de la Divina Misericordia”, desde el 30 de abril de 2011, día de la canonización de Sor Faustina por el Papa Juan Pablo II. Mientras alabamos al Señor por su misericordia, le damos las gracias de forma muy especial por el don del Papa Francisco, que ha hecho de la misericordia uno de los “leitmotiv” de su pontificado.

Los temas que nos propone el evangelio son muchos: el domingo (“el primer día de la semana”); la Paz del Resucitado y la alegría de los apóstoles; el “Pentecostés” y la Misión de los apóstoles (según el evangelio de Juan); el don y la tarea confiados a los apóstoles de perdonar los pecados (razón por la que celebramos hoy el “Domingo de la Divina Misericordia”); el tema de la comunidad (¡de la cual Tomás se había ausentado!); pero sobre todo, ¡el tema de la fe! Me limitaré a centrarme en la figura de Tomás.

Tomás, nuestro gemelo

Su nombre significa “doble” o “gemelo”. Tomás ocupa un lugar destacado entre los apóstoles: tal vez por ello se le atribuyeron los Hechos y el Evangelio de Tomás, apócrifos del siglo IV, “importantes para el estudio de los orígenes cristianos” (Benedicto XVI, 27.09.2006).

Nos gustaría saber de quién es gemelo Tomás. Podría ser de Natanael (Bartolomé). De hecho, esta última profesión de fe de Tomás encuentra correspondencia con la primera, hecha por Natanael, al inicio del evangelio de Juan (1,45-51). Además, su carácter y comportamiento son sorprendentemente similares. Por último, ambos nombres aparecen relativamente cercanos en la lista de los Doce (véase Mateo 10,3; Hechos 1,13; y también Juan 21,2).

Esta incógnita da pie a afirmar que Tomás es “el gemelo de cada uno de nosotros” (Don Tonino Bello). Tomás nos consuela en nuestras dudas de creyentes. En él nos reflejamos y, a través de sus ojos y sus manos, también nosotros “vemos” y “tocamos” el cuerpo del Resucitado. ¡Una interpretación con mucho encanto!

Tomás, ¿un “doble”?

En la Biblia, la pareja de gemelos más famosa es la de Esaú y Jacob (Génesis 25,24-28), eternos antagonistas, expresión de la dicotomía y polaridad de la condición humana. ¿No será que Tomás (¡el “doble”!) lleva dentro de sí el antagonismo de esta dualidad? Capaz, a veces, de gestos de gran generosidad y valentía, y otras veces, incrédulo y terco. Pero, enfrentado con el Maestro, vuelve a surgir su profunda identidad de creyente que proclama la fe con prontitud y convicción.

Tomás lleva dentro a su “gemelo”. El evangelio apócrifo de Tomás subraya esta duplicidad: “Antes erais uno, pero os habéis convertido en dos” (nº 11); “Jesús dijo: Cuando hagáis de los dos uno solo, entonces os convertiréis en hijos de Adán” (nº 105). Tomás es imagen de todos nosotros. También nosotros llevamos dentro ese “gemelo”, inflexible y tenaz defensor de sus ideas, obstinado y caprichoso en su actitud.
Estas dos realidades o “criaturas” (el Adán antiguo y el nuevo) coexisten mal, en contraste, a veces en guerra abierta, en nuestro corazón. ¿Quién no ha experimentado nunca el sufrimiento de esta desgarradora división interior?

Ahora, Tomás tiene el valor de afrontar esta realidad. Permite que se manifieste su lado oscuro, contrario e incrédulo, y lo lleva a enfrentarse con Jesús. Acepta el desafío lanzado por su interioridad “rebelde” que pide ver y tocar… Lo lleva ante Jesús y, ante la evidencia, ocurre el “milagro”. Los dos “Tomás” se convierten en uno solo y proclaman la misma fe: “¡Señor mío y Dios mío!”

Por desgracia, no es lo que nos ocurre a nosotros. Nuestras comunidades cristianas están frecuentadas casi exclusivamente por “gemelos buenos” y sumisos, ¡pero también… pasivos y amorfos! El caso es que no están allí en toda su “integridad”. La parte enérgica, instintiva, el otro gemelo, la que tendría necesidad de ser evangelizada, no aparece en el “encuentro” con Cristo.

Jesús dijo que venía por los pecadores, pero nuestras iglesias están frecuentadas muchas veces por “justos” que… ¡no sienten la necesidad de convertirse! Aquel que debería convertirse, el otro gemelo, el “pecador”, lo dejamos tranquilamente en casa. Es domingo, aprovecha para “descansar” y deja el día al “gemelo bueno”. El lunes, entonces, el gemelo de los instintos y pasiones estará en plena forma para retomar el mando.

Jesús en busca de Tomás

¡Ojalá Jesús tuviera muchos Tomás! En la celebración dominical, es sobre todo a ellos a quienes el Señor sale a buscar… ¡Serán sus “gemelos”! Dios busca hombres y mujeres “reales”, que se relacionen con Él tal como son: pecadores que sufren en su carne la tiranía de los instintos. Creyentes que no se avergüenzan de aparecer con esa parte incrédula y resistente a la gracia. Que no vienen a quedar bien en la “asamblea de los creyentes”, sino a encontrarse con el Médico de la Divina Misericordia y ser curados. ¡Con estos es con quienes Jesús se hace hermano!

El mundo necesita el testimonio de creyentes honestos, capaces de reconocer sus errores, dudas y dificultades, y que no esconden su “duplicidad” tras una fachada de “respetabilidad” farisaica. La misión necesita verdaderamente discípulos que sean personas auténticas y no “de cuello torcido”. ¡Cristianos que miren de frente la realidad del sufrimiento y toquen con sus manos las llagas de los crucificados de hoy!…

¡Tomás nos invita a reconciliar nuestra doblez para celebrar la Pascua!
Palabra de Jesús, según el Evangelio de Tomás (nº 22 y nº 27): “Cuando hagáis que los dos sean uno, y que lo interior sea como lo exterior y lo exterior como lo interior, y lo alto como lo bajo, y cuando hagáis del varón y de la mujer una sola cosa (…) ¡entonces entraréis en el Reino!”


Señor mío y Dios mío
José Antonio Pagola

++ Eran constantes en la escucha de la enseñanza de los apóstoles y en la fracción del pan, y ponían en común sus bienes (Hch 2 ).

Venimos recorriendo el libro de los Hechos de los Apóstoles como un maravilloso archipiélago, contemplado en una visión de conjunto, visitando isla por isla, acompañados de San Pedro y San Pablo, para terminar buceando en nuestra exploración algunos de sus temas fundamentales. Entre ellos destacamos la primacía de la fe sobre la ley, el Espíritu Santo como alma de la Iglesia, a María como Reina de los Apóstoles, la proyección universalista del mensaje cristiano, la misión como esencia del mismo, las exigencias y contenido del kerigma pascual, presentado en 14 discursos en miniatura – que Cristo ha muerto y ha resucitado – y hoy pone especial atención en la vida comunitaria de los los primeros cristianos como espacio para crecer en la fe, basada en el trípode de enseñanza apostólica, participación en la eucaristía y servicio a los hermanos.

Asistimos, pues, al nacimiento del nuevo pueblo de Dios en un contexto judío, Jerusalén, y pagano, Antioquia y Roma, siguiendo muy de cerca a Pedro y a Pablo en sus aventuras misioneras. Se van organizando las iglesias-domésticas bajo la guía de un apóstol con tal fuerza que el estilo ejemplar de los primeros cristianos atraía la mirada de todos y poco a poco se iban convirtiendo.

++ A través de los diversos sumarios, que los textos litúrgicos nos ofrecen en estos días, descubrimos un modelo de Iglesia válido para todos los tiempos.

En sus días fue muy alabada la serie televisiva de Rosellini sobre los Hechos de los Apóstoles. Durante las horas de su proyección las calles de Roma estaban vacías, porque los televidentes la seguían con interés. Rosellini en su guión, como ya hemos dicho en otra ocasión, ofrece al mundo escéptico una nueva forma de dar sentido a la vida, partiendo de la novedad histórica de este hecho, la persona omnipresente de Jesús que nos lanza a testimoniarle con nuestras palabras y obras. Desarrolla el tema: la Iglesia como comunidad orante, convocada por la palabra de Dios bajo la acción del Espíritu para ser instrumento de salvación al servicio del hombre.

++ ¡Señor mío y Dios mío! ( Jn.20)

La primera lectura, como retrato-robot, nos sirve de termómetro para analizar nuestra comunidad, como comunidad creyente, misionera y sacramental, que celebra el domingo como día del Señor, y bajo la acción del Espíritu continua la misión de Cristo en el mundo como mensajera de la paz y del perdón.

Entra ahora en escena Santo Tomas, el que el día antes de la pasión quiere conocer el camino que lleva al Padre y el que esta dispuesto a dar la vida por Jesús. Pero ante la confesión de sus compañeros¬-…hemos visto al Señor-se define como escéptico, terco, desconfiado, positivista e incrédulo como nuestros ateos y agnósticos modernos. Basta una semana para que Dios opere un cambio radical en su vida, expresado con ese credo tan corto: ¡Señor mío y Dios mío!

Con Santo Tomas de Aquino ponemos en nuestros labios la estrofa del Adoro te devote: no veo las llagas como las vio Tómas /pero confieso que eres mi Dios:/Haz que yo crea más y más en ti, /que en ti espere que ame.

Ayer fue Santo Tómas, defraudado y deprimido por el ambiente adverso, por la huida y el miedo, quien al tocar las llagas del Resucitado exclamó: ¡ Señor mío y Dios mío¡ y se convierte en el otro de Jesús. Hoy somos nosotros que, al romperse la unidad de nuestro ser, se abre una zanja profunda de indiferencia, con sus placas de represión y agresión; pero Cristo sale a nuestro encuentro para alimentar nuestra fe operativa, nuestra esperanza constante y nuestra caridad comprometida.

El creyente no es el hombre que dice-creo porque sí, sino creo ¡sí¡-,porque en el fondo describe que siendo razonable la fe, no se desarrolla en vía cartesiana, pienso luego existo, -sino en vía de Pascal- Amo, luego existo, como María Magdalena, Pedro y Juan en el Tiberiades. Ahí están lo grandes conversos de nuestros días como Edith Stein y García Morente.

Si has leído el Principito habrás descubierto que lo esencial de nuestra vida se ve con el corazón. La misma experiencia nos hace comprender que cuando intentamos llegar a Dios por solo el raciocinio frio de nuestra mente nuestra ideas prefabricadas chocan con lo trascendente y salta ese chispazo, nada positivo, como al rozar dos piedras con fuerza, mientras si entran por nuestro corazón (el corazón tiene sus razones que el mismo corazón desconoce), caldeadas por el amor entran de lleno en nuestra cabeza.

A la luz de estas lecturas valoramos la importancia del domingo; por algo el Resucitado solía aparecerse en domingo y desde un principio los cristianos santificamos el día del Señor. ¿No significa nada para ti que miles de cristianos hayan dado su vida por defender el día del Señor.? ¿No es aún indicativo que todos los domingos nos reunamos en España mas de 8 millones de cristianos para participar en la eucaristía, y que a su vez se reiteran las mismas palabras y gestos en mas de 300 idiomas. Verdad que si la Eucaristía sigue en pie después de 20 siglos es que es obra de Dios y no de los hombres.

Por razón de tiempo nos contentamos en grabar en nuestros corazones y mentes que hemos visto al Seño en muchas Eucaristías y obras de caridad…., que la paz, saludo del resucitado, es tarea prioritaria, haciendo que las lanzas se conviertan en arados y que si tenemos algo contra el hermano dejemos la ofrenda y vayamos a reconciliarnos con el…., y que en este tiempo Pascual en el sacramento de la Penitencia nos espera el mejor de los cirujanos para extinguir nuestro tumor canceroso, y el mejor de los fisioterapeutas para poner en movimiento todo nuestro ser. ¿No te sugiere que, el que en cada aparición el resucitado compartiera su comida con sus amigos, nos lleva a nuestra Eucaristía, en cuya primera parte nos sentamos en la mesa de la palabra y en la segunda nos ofrecemos con Cristo y comulgamos con Él.

++ Dad gracias al Señor, por que es bueno, por que es eterna su misericordia (Slm.117)

Peregrinemos con nuestra imaginación a muchos de los Santuarios dedicados al misterio de la misericordia de Dios por tierras de Argentina, Estados Unidos, México, y sobre todo Polonia, en el distrito de Cracovia, donde está ubicado el Templo de la Divina Misericordia junto al Templo que custodia las reliquias de Santa Faustina Kowsalska, apóstol de este tributo. Juan Pablo II, que tantas veces recorrió este camino para ir al trabajo de la mina durante la dominación nazi, en el 2002 consagra esta nueva Basílica a la Divina Misericordia, encomendando al mundo al amor misericordioso infinito de Dios, que es donde el mundo encontrará la paz y la felicidad.

Recuerda que toda la Biblia es un canto a la misericordia divina: en la misma alborada de la creación hay un rayo de luz después de la caída de nuestros padres…,purificada la tierra con el diluvio, el arco iris es la firma con la que Dios sella su pacto de amor con el hombre…, Moisés, al ver a su pueblo de rodillas ante el becerro de oro, apela a la misericordia divina para que lo perdone…., David llora su pecado, entonando el Miserere…,para los profetas la misericordia prevalece sobre la infidelidad; y lo salmos son un canto perenne a la misericordia. El mismo Jesús es la gran parábola de la misericordia de Dios. La Misericordia es el tema principal de su predicación: Hijo prodigo, buen samaritano, buen pastor, bienaventuranzas, perdón y misterio pascual como culmen de su amor misericordioso, clavando en la cruz nuestros pecados y devolviéndonos la luz y la vida en la resurrección, confiando a su vez a su iglesia el poder de perdonar los pecados. Por eso, con el salmo 117 proclamamos la bondad de Dios en los misterios de la creación y redención, edificamos la nueva humanidad sobre piedra angular, que desecharon nuestros padres y con alegría y notas de victoria cantamos: dad gracias al Señor porque es bueno, y por que es eterna su misericordia.


Cuatro regalos del Resucitado:
la paz, el Espíritu, el perdón, la misión
Romeo Ballan, mccj

Es significativa la cronología que nos da el Evangelio de Juan sobre ‘aquel día, el primero de la semana’ (v. 19), el día más importante de la historia. Porque en ese día Cristo resucitó. Aquel día había comenzado con la ida de María Magdalena al sepulcro “al amanecer, cuando aún estaba oscuro” (Jn 20,1). En el Evangelio de hoy estamos “al anochecer de aquel día… estaban… con las puertas cerradas, por miedo a los judíos” (v. 19). La ambientación espacio-temporal, e incluso psicológica, es completa. Ya ha comenzado la nueva historia de la humanidad, en el signo de Cristo resucitado. Ya no se podrá prescindir de Él: esto significaría una pérdida de valores y un riesgo para la misma supervivencia humana.

Las puertas cerradas y el miedo se superan con la presencia de Jesús, el Viviente, quien por tres veces anuncia: “Paz a ustedes” (v. 19.21.26), provocando el gozo rebosante de los discípulos “al ver al Señor” (v. 20). Paz y gozo son evidentes características de la primera comunidad cristiana (I lectura): “comían juntos alabando a Dios con alegría y… eran bien vistos de todo el pueblo” (v. 46-47). Era un aprecio bien merecido, dada la solidez y la irradiación misionera del grupo, que se sustentaba en cuatro pilares (v. 42): enseñanza de los apóstoles, fracción del pan, oraciones koinonía (unión fraterna, compartir los bienes). San Pedro (II lectura), por su parte, exhorta a los fieles a alegrarse por la salvación recibida, aunque de momento tengan que “sufrir un poco, en pruebas diversas” (v. 6). La Pascua de Jesús ayuda a superar los miedos; la fe, que lleva al encuentro con Cristo resucitado, ayuda a superar también muchas dificultades psicológicas, como la angustia, los miedos, la depresión…

Además de la paz, Cristo ofrece a la comunidad de los creyentes otros tres grandes regalos: el Espíritu Santo, el perdón de los pecados y la misión. El mayor fruto de la Pascua es ciertamente el don del Espíritu Santo, que Jesús exhala sobre los discípulos: “Reciban el Espíritu Santo” (v. 22). Es el Espíritu de la creación redimida y renovada, que Jesús derrama en el momento de la muerte en la cruz (Jn 19,30), como preludio de Pentecostés (Hechos 2).

Para San Juan el don del Espíritu está necesariamente vinculado con el don de la paz y, por tanto, al perdón de los pecados, como dijo Jesús: “A quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados” (v. 23). La auténtica paz ahonda sus raíces en la purificación de los corazones, en la reconciliación con Dios, con los hermanos y con toda la creación. Esta reconciliación es obra del Espíritu, porque “Él es el perdón de todos los pecados”, como afirman claramente la oración sobre las ofrendas en la Misa del sábado antes de Pentecostés, y asimismo la nueva fórmula de la absolución sacramental. Para el evangelista Lucas, “la conversión y el perdón de los pecados” son el mensaje que los discípulos deberán predicar “a todos los pueblos” (Lc 24,47). El sacramento de la reconciliación es un inestimable regalo pascual de Jesús: es el “sacramento de la alegría cristiana” (Bernardo Häring).

Los dones del Resucitado han de anunciarse y ser compartidos con toda la familia humana: por eso, Jesús, aquella misma tarde anuncia una misión universal, que Él confía a los apóstoles y a sus sucesores: “Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo” (v. 21). Son palabras que vinculan para siempre la misión de la Iglesia con la vida de la Trinidad, porque el Hijo es el misionero enviado por el Padre para salvar al mundo, por el amor.

“Como el Padre me ha enviado, así también yo los envío”; palabras a leerse en paralelo con estas: “Como el Padre me ha amado, yo también los he amado a ustedes” (Jn 15,9).

Estas dos afirmaciones establecen un vínculo indestructible entre misión-amor, amor-misión. Con estas palabras queda definitivamente establecido que la Misión universal nace de la Trinidad (Concilio, AG 1-6) y es un don-compromiso pascual de Jesús resucitado.

Los dones del Resucitado: la paz, el Espíritu, la reconciliación y la misión, los vivimos en la fe. El Señor Jesús llama “dichosos” (v. 29) a los que creen en Él y lo aman, aun sin verlo. Tomás, llamado gemelo (v. 24) es, en el lenguaje popular, el escéptico, el que se resiste a creer, el que quiere meter la nariz antes… (v. 25). Es la imagen de todos nosotros que – entre dudas, incertidumbres, búsquedas, incredulidades, obstinaciones – experimentamos la fatiga de creer. Estas son dificultades normales en la vida de un cristiano, ya que, como afirma el Card. Martini, cada uno lleva dentro de sí un poco del creyente y del no-creyente. En el difícil camino del creyente, Tomás se hace nuestro hermano gemelo; dichosos nosotros si, como él, damos el salto, nos fiamos de Dios, y hacemos nuestra también su total profesión de fe: “¡Señor mío y Dios mío!” (V. 28).

Desde el Cenáculo Jesús nos ofrece otra Bienaventuranza: “Dichosos los que no han visto y han creído” (v. 29).Esta bienaventuranza es para nosotros, aquí, hoyque tratamos de creer en Jesucristo, aunque no lo hemos visto. Jesús nos dice: “dichosos ustedes”; y el evangelista Juan explica en qué sentido: “porque, creyendo, tengan la vida en Su nombre” (v. 31); somos dichosos, porque creer nos ayuda a vivir, nos enseña cómo abordar preguntas difíciles sobre el sentido de la vida, el misterio del mal y de la muerte. La fe no te hace la vida más sana, más rica, más cómoda o más larga. El creer no te libera del dolor ni de la enfermedad, pero te da la fuerza de vivir en ellos sin desesperarte; de aceptarlos como camino de salvación para ti mismo y para otros, porque sabes que Jesús está cerca de ti y que también Él carga un poco de tu cruz.

Estamos, por tanto, agradecidos al apóstol Tomás que ha querido meter su mano (v. 25; ver la famosa pintura de Caravaggio) en la herida del Corazón de Cristo, que “cubiculum est Ecclesiae”, como afirma S. Ambrosio, es decir, el habitáculo íntimo de la Iglesia. Ese Corazón es el santuario de la Divina Misericordia, título-tesoro que en este domingo se celebra con creciente fe y devoción. “El culto a la Misericordia divina no es una devoción secundaria, sino una dimensión integrante de la fe y de la oración del cristiano” (Benedicto XVI). La misericordia divina es, desde siempre, la más global y consoladora revelación del misterio cristiano: “La tierra está llena de miseria humana, pero está rebosante de la misericordia de Dios” (S. Agustín). Esta es la ‘buena noticia’, sólida y permanente, que la Misión lleva a toda la humanidad.

P. Rómulo Panis: «Si pudiera retroceder en el tiempo, volvería a entrar en el seminario»

Tras una infancia marcada por la Eucaristía y la dulce guía de María, el padre Rómulo respondió a un llamado que lo llevó a campos misioneros en África y Centroamérica, donde la fe, el peligro y la cultura forjaron una vida de servicio.

Por: P. Rómulo Panis
desde Filipinas

Mi padre era ministro extraordinario de la Eucaristía y también miembro de los Caballeros de Colón. Mis padres solían decirnos que pusiéramos a Dios en primer lugar en nuestras vidas; que participáramos primero en la celebración eucarística, y luego podríamos dedicarnos a otras actividades.

Nuestra Santísima Virgen María influyó profundamente en mi vocación. Después de mi Primera Comunión, mi catequista me regaló un rosario. Ese rosario me acompañó a todas partes, hasta que lo perdí recientemente antes de regresar a Filipinas. Me entristeció mucho. Mi rosario había estado conmigo durante cincuenta años.

Sin embargo, lo más importante es mi relación personal y mi amor por la Santísima Virgen María, quien siempre me acompañó desde el principio. Me convertí en catequista voluntario y miembro del coro de nuestra parroquia. Fui a una zona pobre de mi parroquia y di clases de catecismo. Terminé mis estudios y luego comencé a trabajar.

Un día, un misionero comboniano me invitó a un programa de tres días para el discernimiento vocacional. Allí descubrí que Dios me llamaba a ser misionero. Me sentí atraído por los misioneros que trabajaban en África. Ingresé al Seminario San Daniel Comboni y estudié filosofía en el Seminario Cristo Rey, en Manila.

Luego, continué mi formación como seminarista en Nairobi, Kenia, donde estudié teología y misiología. Tras mi segundo año de teología, nos enviaron a una zona de misión para experimentar la vida comunitaria y las realidades de la misión. Me enviaron a Lira, en el norte de Uganda, donde contraje malaria grave; afortunadamente, sobreviví gracias al medicamento de quinina.

Contraer malaria es como un bautismo para ser misionero comboniano en África. Cuando llegué a Lira, Uganda, no pude dormir durante una semana a causa de la guerra. No sabíamos cuándo llegarían los rebeldes a nuestra zona de misión. Durante ese tiempo, hubo disturbios civiles debido a la guerra. Muchos niños fueron secuestrados por los rebeldes para ser entrenados como soldados.

Estas experiencias desafiantes durante mi formación me ayudaron a preguntarme: «Rómulo, ahora sabes lo que significa ser un misionero comboniano. ¿Sigues pensando en ordenarte?». Y me dije: «Si pudiera retroceder en el tiempo, antes de entrar al seminario, decidiría volver a entrar».

Fui ordenado sacerdote el 30 de junio de 2001. Mi primera misión fue en Centroamérica. Estudié español en Guatemala en septiembre de 2001 y luego fui a El Salvador en 2003, a la parroquia de San Arnulfo Romero. Sin embargo, surgió otra realidad de violencia, esta vez a manos de la banda de pandilleros conocida como los Mareros.

Muchos murieron a manos de estos pandilleros, y mucha gente temía salir de sus casas por la noche. En 2018, me enviaron a Guatemala, a la parroquia de San Luis IX Rey de Francia, Petén. El territorio tiene una superficie aproximada de 2915 km², y su población está compuesta en un 80% por indígenas mayas q’eqchi’. La parroquia cuenta con 145 comunidades.

Los misioneros combonianos trabajan en la inculturación dentro de la cultura q’eqchi’. La inculturación del Evangelio es un proceso profundo y transformador que busca integrar los valores y tradiciones culturales de los pueblos con el mensaje universal de Cristo en el contexto de nuestra querida parroquia. Existe un diálogo entre la fe y la cultura que permite que el Evangelio resuene de manera auténtica y significativa en los corazones de las personas. El diálogo entre la fe cristiana y la cultura local es esencial para la inculturación del Evangelio. Este proceso profundo y respetuoso permite que el mensaje cristiano se encarne en la cultura.

Antes de regresar a Filipinas para una nueva misión, recibí una carta de un joven de la comunidad donde servía; me conmovió profundamente. Escribió: «Querido Padre Rómulo: Hoy le escribo con el corazón lleno de gratitud, y también con un poco de tristeza, porque sé que su regreso está cerca y probablemente no volverá a nuestra comunidad. Aunque compartimos misas y servicios durante varios años, tal vez no me recuerde por mi nombre».

La carta continúa: “Sin embargo, te recuerdo muy bien, porque tu presencia como misionero dejó una huella en todos nosotros, especialmente en quienes tuvimos el privilegio de servir como monaguillos a tu lado. Gracias a ti, aprendimos que ser sacerdote misionero es más que celebrar la Misa. Es vivir con la gente, reír, enseñar, acompañar, estar presente y dar esperanza… Y eso fue lo que hiciste. Y aunque han pasado los años y quizás no tuviste tiempo de conocernos a fondo, tu dedicación habló más fuerte que mil palabras… Con todo mi cariño y mis oraciones, César Augusto (monaguillo de Chacte, Guatemala)”.

«Pasión Amazonas»: exposición de los dibujos del padre Ezechiele Ramin

Del 8 al 16 de abril de 2026, la Pontificia Universidad de la Santa Cruz de Roma acoge la exposición «Pasión Amazonas», una muestra dedicada al testimonio del misionero comboniano Ezechiele Ramin, hoy Siervo de Dios, asesinado en Cacoal (Brasil) en 1985, mientras defendía los derechos de los pueblos indígenas y de los campesinos sin tierra. La exposición estará abierta al público a partir del 8 de abril, con la inauguración oficial el miércoles 9 de abril.

Promovida por la asociación Terra e Missione Aps, en colaboración con la Oficina para la Cooperación Misionera de la diócesis de Roma, los Misioneros Combonianos, el Movimiento Laudato Si’ y el Instituto Superior de Ciencias Religiosas del Apollinare, la exposición se propone como un espacio de reflexión eclesial y misionera sobre los temas de la justicia social, la custodia de la creación y la dignidad de los pueblos indígenas.

El recorrido expositivo se articula en 12 paneles que establecen un diálogo entre los dibujos realizados por el padre Ramin sobre la Pasión de Cristo y escenas de la vida de los pueblos de la Amazonía. De ello surge un camino espiritual que invita a leer los sufrimientos de los pueblos indígenas a la luz de la Pasión del Señor, captando en su vivencia una profunda analogía con el misterio de la Cruz.

A través de imágenes, textos y meditaciones en audio, la exposición acompaña al visitante en un itinerario que entrelaza fe e historia, denuncia y esperanza. Las heridas de la Amazonía, marcadas por las injusticias, la explotación y la violencia, se convierten así en un lugar de revelación, donde resuena el grito de los pobres y de la tierra, pero también la posibilidad de un renacimiento.

La figura del padre Ezechiele Ramin, fallecido a los 32 años durante una misión de paz, sigue hablando hoy como signo profético de justicia, fraternidad y compromiso con la casa común. Sus dibujos, nacidos de la experiencia directa en tierra brasileña, ofrecen una mirada capaz de reconocer, junto al sufrimiento, la dignidad y la resistencia de los pueblos amazónicos.

En la inauguración intervendrán el comboniano padre Giulio Albanese, de la Oficina de Comunicaciones Sociales y de la Oficina de Cooperación Misionera entre las Iglesias del Vicariato de Roma; Carla Rossi Espagnet, directora del Instituto Superior de Ciencias Religiosas del Apollinare; y Verónica Coraddu, coordinadora italiana de Animadores y Círculos del Movimiento Laudato Si’.

Pero el momento más esperado será la presencia de Antonio y Fabiano Ramin, hermanos del padre Ezechiele. No traerán solo un recuerdo, sino un testimonio vivo, capaz de devolver el rostro humano de una elección radical. En sus palabras, la historia de «Lele» no aparece como un gesto heroico aislado, sino como una provocación aún abierta: ¿hasta qué punto estamos dispuestos a dejarnos involucrar por la vida de los demás?

«Pasión Amazonas» nace precisamente de esta herida que se convierte en llamada. Los dibujos realizados por el padre Ramin durante sus años de misión en Brasil, yuxtapuestos a las escenas de la Pasión de Cristo, revelan una continuidad incómoda y real: la que existe entre el Evangelio y la historia, entre la Cruz y las cruces de hoy.

No se trata de mirar, sino de dejarse mirar. No de observar desde fuera, sino de entrar en una realidad que nos concierne a todos. Porque las injusticias que atraviesan la Amazonía no están lejos, sino que hablan también de nuestra forma de habitar el mundo.

«Pasión Amazonía» se inscribe, por tanto, en el camino de la Iglesia tras el Sínodo para la Amazonía y recuerda la urgencia de un compromiso compartido por un futuro más humano, en el que el cuidado de la creación y la defensa de los más vulnerables estén en el centro de la vida eclesial y social.

La exposición se puede visitar de forma gratuita previa reserva, escribiendo a info@terraemissione.org o a través de WhatsApp al número 3470300998.

Anna Moccia
comboni.org

Pascua: El bautismo como inicio de una vida nueva

Texto: P. Ismael Piñón, mccj
Fotos: Misioneros Combonianos

En las comunidades cristianas de África, el bautismo es vivido verdaderamente como un nuevo nacimiento. En el encuentro que tuvo con Nicodemo, Jesús le insistía en la necesidad de “nacer de nuevo”, y especificaba: “si uno no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios” (Jn 3,3-5). Por el Bautismo –que es, junto con la Confirmación y la Eucaristía uno de los sacramentos de la iniciación cristiana– nos hacemos hijos de Dios y entramos a formar parte de la gran familia que es la Iglesia. A través del agua bautismal y con la gracia del Espíritu Santo que nos inunda en el sacramento, nuestra vida inicia una nueva etapa.

En todas las culturas del mundo hay ritos y tradiciones que marcan las diferentes etapas de la vida, desde el nacimiento hasta la muerte. Son ritos y costumbres que, además de tener una fuerte implicación en lo social y lo familiar, están fuertemente impregnados de un sentido religioso. En las culturas africanas, el nacimiento de un bebé se celebra con alegría, porque es un nuevo miembro que llega para enriquecer y reforzar la familia y el clan. Es interpretado como un regalo de la divinidad. Cuando ese bebé llega a la pubertad, tiene que realizar un proceso de iniciación a la vida social y familiar para prepararse a lo que será su responsabilidad de adulto –ya sea como varón o como mujer– con el fin de contribuir al bien y al progreso de la comunidad. Ese proceso iniciático se vive como un nuevo nacimiento, hasta el punto de que una vez completado, el joven o la joven se considera muerto a su vida anterior e inicia una vida completamente nueva, con otro nombre, con responsabilidades concretas, al tiempo que es integrado de forma plena en la comunidad de los adultos. El camino de preparación al bautismo no es ajeno a esa tradición.

En Europa, y aquí en México, el bautismo se suele celebrar a los pocos meses del nacimiento, como mucho a los dos o tres años. No es común ver un bautizo de una persona adolescente o adulta. En África, a medida que la Iglesia se ha ido implantando, se hace cada vez más frecuente bautizar a los niños al poco tiempo de nacer. Sin embargo, en la mayoría de los casos, el bautismo se sigue viviendo como un proceso iniciático que comienza a partir de los ocho o diez años, los más jóvenes. Cuando se trata de un adulto que ya ha vivido su proceso de iniciación tradicional, es vivido con mayor intensidad. Es un camino que puede durar varios años, durante los cuales el catecúmeno tiene la posibilidad de profundizar en el conocimiento de la Palabra de Dios, de la vida de Jesús, o del significado y la responsabilidad que supone pertenecer a la comunidad eclesial entendida como la nueva familia a la que pertenecerá, más allá de su familia de sangre.

Un proceso iniciático

Durante el catecumenado, el candidato al bautismo va tomando conciencia de que, una vez bautizado, su vida será otra, por eso es invitado a elegir un nuevo nombre cristiano. Al igual que en la iniciación tradicional, sabe que morirá a su vida anterior, se perdonarán todos sus pecados y renacerá a una nueva vida para formar parte de una nueva familia, la de los hijos de Dios. Debe aprender a conocerse a sí mismo, reconocer sus defectos y sus debilidades, hacer frente a aquello que le puede separar de Dios o de sus hermanos. Los diferentes momentos que contempla el ritual del bautismo para adultos (escrutinios, exorcismo, unción del oleo de catecúmenos, etc.) los vive como un auténtico proceso iniciático de purificación y de preparación para lo que será su vida como cristiano. Para ello contará también con la ayuda de su padrino o madrina, que tiene un papel muy importante en todo el proceso, al igual que el tutor o el padrino de la iniciación tradicional.

El camino que ha de recorrer no es fácil. Se trata de un itinerario que puede durar varios meses, incluso años. Durante ese tiempo, la comunidad eclesial a la que pertenece lo irá acompañando para que no se sienta solo, para que experimente, ya desde el inicio, que formará parte de una nueva familia. La comunidad tiene también la responsabilidad de verificar que el candidato al bautismo muestra un verdadero deseo de ser cristiano a través de su comportamiento, de su servicio a los más necesitados, de sus relaciones con los demás y de su fidelidad a las catequesis y a la escucha de la Palabra de Dios.

Al igual que la iniciación tradicional, la preparación al bautismo se concibe también como una especie de entrenamiento durante el cual aprenderá y conocerá las herramientas que luego le ayudarán en su nueva vida, lo que los cristianos llamamos las virtudes teologales: fe, esperanza y caridad. Irá tomando conciencia de la importancia de la confianza en Dios, que nunca lo abandonará; de la esperanza en los momentos de dificultad o de debilidad; y de que la caridad es la virtud fundamental que deberá marcar su nueva vida. Aprenderá también a luchar contra el mal que siempre acecha a través de las tentaciones, del deseo de venganza o del sentimiento de rivalidad, de rencor o de envidia hacia los que no son como él.

Una nueva familia

En su diálogo con Nicodemo, Jesús afirma que “de la carne nace carne, del Espíritu nace espíritu” (Jn 3,6). En África el sentido de pertenencia a una familia, a un clan o a una etnia están muy marcados. Aunque en sí es algo positivo, ese sentimiento de pertenencia es causa frecuente de divisiones y enfrentamientos. Las luchas tribales han causado mucho daño y siguen siendo el origen, tanto en el ámbito político y social como incluso en el seno de la Iglesia, de no pocos problemas.

El bautismo, vivido como un nuevo nacimiento, invita al que lo recibe a ir más allá del “nacimiento en la carne” y asumir un nuevo “nacimiento en el Espíritu”, que hace de todos los bautizados, sean del clan que sean, hijos de un mismo Padre y, por lo tanto, miembros de una misma familia en el Espíritu. El Sínodo Especial de los Obispos para África, que tuvo lugar 1994, introdujo la expresión “Iglesia Familia de Dios en África” para subrayar precisamente la importancia de concebir a la Iglesia como una familia que va más allá de los lazos de sangre.

No se trata de renunciar a la propia familia, al clan o a la etnia, sino más bien de vivir ese sentido de pertenencia de una manera más universal y más amplia, de abrir los valores tradicionales de la pertenencia étnica a todos sin excepción. La solidaridad, por ejemplo, que antes se ejercía exclusivamente con los de la misma sangre, se abre a todos los hermanos, hijos de un mismo Padre celestial, independientemente de su origen. El otro ya no es visto como un rival o un enemigo, sino como un hermano.

El inicio de una nueva vida

En esta dinámica iniciática, el bautismo no se concibe como el final de una etapa –la del catecumenado– sino como el inicio de una nueva vida: la de cristiano. En Chad, por ejemplo, los recién bautizados participan en la misa diaria de la parroquia durante los 40 días siguientes, todos vestidos de blanco, como si fuera el mismo día del bautismo. Durante el retiro previo al bautismo, cada catecúmeno asume un compromiso concreto, como visitar a los enfermos, participar en la animación de la liturgia, prepararse para ser un futuro catequista, dar un servicio concreto en la comunidad, etc.

También es importante tomar conciencia de que una vez recibido el bautismo, no se ha alcanzado una meta, sino que se ha iniciado una nueva etapa. El bautismo no es un punto de llegada, sino de partida. Por eso, los nuevos bautizados necesitan un acompañamiento durante un cierto tiempo para no perderse en el camino que han iniciado. El año que sigue al bautismo se les ofrece una serie de catequesis llamadas “mistagógicas”, cuyo nombre viene del griego “mystagogía” (introducción al misterio). En ellas, con la ayuda del sacerdote o de los catequistas, van comprendiendo mejor lo que implica ser cristiano, ya no por las enseñanzas que han recibido, sino por su propia experiencia de cada día.

Durante esas catequesis, los llamados “neófitos” (expresión que viene del griego “neóphytos” y que significa literalmente “recién plantado”) tienen la oportunidad de compartir entre ellos su experiencia como nuevos cristianos y expresar sus dudas y sus dificultades, porque a ser discípulo de Jesús no se aprende en un solo día. Es un largo camino que se va haciendo poco a poco.  En los sacramentos de la Eucaristía y de la Penitencia los “neófitos” irán encontrando alimento y energías para corregir errores y recuperar fuerzas en los momentos de debilidad para seguir caminando.

Por su parte, la comunidad los sigue acompañando como una madre acompaña a su hijo pequeño cuando empieza a dar los primeros pasos, particularmente a través de los padrinos y madrinas. No es fácil. Suele haber caídas, momentos de desaliento, incluso algunos abandonan al poco tiempo porque una cosa es lo que se escucha y otra la realidad que se vive cada día. El mundo y la sociedad no han cambiado, el que debe cambiar es el que ha tomado la decisión de vivir una nueva vida como Hijo de Dios y miembro de la Iglesia. El espíritu Santo, recibido el día del bautismo, lo acompañará.

En muchas comunidades eclesiales de África, durante los dos años que siguen al bautismo, los neófitos se van preparando para el sacramento de la Confirmación. La opción de no confirmarlos el mismo día del bautismo obedece a que el camino iniciático que van haciendo tiene sus tiempos y sus ritmos. Es mejor ir poco a poco, pero asimilando bien las etapas. Llegado el día de la Confirmación, los bautizados darán un nuevo paso adelante, será una nueva transformación: la realizada por el Espíritu Santo, que confirma en la fe y da su luz y su fuerza para continuar en el seguimiento de Cristo en la fidelidad y el compromiso.

Domingo de Pascua. Año A

“El primer día después del sábado, estando todavía oscuro, fue María Magdalena al sepulcro y vio removida la piedra que lo cerraba. Echó a correr, llegó a la casa donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto”. Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos iban corriendo juntos, pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro y llegó primero al sepulcro, e inclinándose, miró los lienzos puestos en el suelo, pero no entró. En eso llegó también Simón Pedro, que lo venía siguiendo, y entró en el sepulcro. Contempló los lienzos puestos en el suelo y el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, puesto no con los lienzos en el suelo, sino doblado en sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, y vio y creyó, porque hasta entonces no habían entendido las Escrituras, según las cuales Jesús debía resucitar de entre los muertos”.

(Juan 20, 1-9)


Jesús debía resucitar
P. Enrique Sánchez, mccj

Resucitó. Esta es la noticia dada en la madrugada del tercer día después de que Jesús había sido crucificado en la montaña del calvario a las afueras de Jerusalén. Ese fue el grito de las mujeres que mostrando, como siempre, una valentía extraordinaria, se habían acercado al sepulcro en donde habían pretendido encerrar para siempre a Jesús.

Y, para sorpresa de todos, de quienes habían creído en él y de quienes habían sido confirmados en sus dudas; en medio de la oscuridad que cubría el día que todavía no empezaba, Jesús no estaba en aquella habitación fría destinada a custodiar los restos de quien no podía permanecer entre los muertos.

María Magdalena, con dos palabras que resonarán a lo largo de toda la historia de la humanidad, había constatado con toda claridad que no estaba ahí.

Estaba vivo, pero era algo que ella todavía no alcazaba a comprender porque lo buscaba en donde no lo encontraría jamás. ¿En dónde lo andamos buscando nosotros?

Lo que Jesús había anunciado y prometido, ahora era realidad y se había cumplido. El lugar destinado a los muertos no se había podido apropiar de él. Y ante aquella tumba vacía se iniciaba el camino de la fe que permitirá ver lo invisible, lo que las tinieblas del amanecer pretendían ocultar a los ojos del corazón. El amor venció a la muerte y las tinieblas no pudieron opacar a la luz.

Había resucitado y eso sólo se entenderá cuando, poco a poco, María Magdalena y los discípulos se irán introduciendo en un misterio que se iluminará cuando entiendan que Jesús no está en una tumba vacía, sino en lo más profundo de sus vidas. De ahora en adelante el Señor vivirá en cada uno de nosotros.

El no encontrar a Jesús en la tumba se había convertido en el primer testimonio de la resurrección de Jesús, no sólo por la ausencia, sino por la necesidad de decir que ya no pertenecía al mundo de los muertos, sino que ahora era el Señor de la vida.

La tumba vacía representa el reto a desprenderse de todas aquellas imágenes que se habían hecho de Jesús.

Habría que desprenderse de la tentación de poder seguir teniéndolo como lo habían conocido y como lo habían tratado a lo largo de los años de su misión.

Había que dejar a un lado las opiniones que les habían convencido y permitido llegar, aunque tímidamente, a decir que él era el Mesías.

Jesús ya no será más el personaje que cautiva y que arrastra a seguirlo, ahora empezará a ser el Señor que los habita. Será la presencia de Dios que cumplirá aquellas palabras que Jesús les había dicho seguramente muchas veces: no tengan miedo, yo estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo.

La tumba vacía por eso, no sólo es un lugar que de pronto queda inhabitado, es más bien un espacio que reta y desafía a ir más lejos, a no quedarse en lo inmediato, en lo efímero que se pierde en el tiempo.

Aquella tumba vacía de pronto se convierte en punto de partida para poder reconocer a Jesús vivo en todos los momentos de la existencia.

Presente, cuando los criterios de este mundo no bastan para darle sentido a la vida, a los momentos bellos al igual que a los que nos toca vivir cargados de pruebas, sufrimientos, sacrificios y contradicciones.

Para muchos de nosotros seguramente no será difícil identificarnos con María Magdalena que va al cementerio, en medio de las tumbas que hablan de muerte. De nuestras muertes a las que nos sentimos aficionados e incapaces de desprendernos porque nos brindan seguridad y comodidad.

Como ella, nos gustaría encontrarnos con el Jesús que nos ha cambiado la vida, que nos ha ayudado a comprender lo que somos y el valor que tenemos a los ojos de Dios, pero nos gustaría que no nos exigiera demasiado. Pero ahora, como resucitado, nos pide ir más lejos, a vivir como resucitados.

Nos ayuda a entender que no basta con decir, sí Jesús es el Mesías y él me ha salvado. Hace falta dar un paso más decidido, haciendo de su vida nuestra vida.

Urge empezar a poner en práctica lo que, durante su vida ha enseñado y lo que nos ha dejado como legado en su palabra y en el testimonio que sus primeros discípulos jamás olvidaron.

María Magdalena nos enseña que ante el misterio de la resurrección no se puede quedar uno paralizado; es necesario ponerse en camino y con premura, para decir con la vida que la resurrección nos ha cambiado.

Pedro y el otro discípulo hacen la misma experiencia y salen corriendo, seguramente no para satisfacer su curiosidad o para verificar la veracidad de las noticias recibidas.

Salen de prisa porque encontrarse con Jesús resucitado significa la garantía de futuro en sus vidas. Porque vivir con Jesús resucitado no podía ser más que fuente de inmensa alegría.

Encontrarse con Jesús resucitado no significaba poder volver al pasado, a repetir lo conocido y lo ya vivido; todo lo contrario, era darse la posibilidad de iniciar una vida distinta. Lo que hasta ahora había sido promesa podía convertirse en algo que cambiaría para siempre sus historias, sus proyectos y la posibilidad de ver realizados los anhelos que Jesús había ido sembrando en sus corazones.

Estos discípulos, y todos los que vendrán después a lo largo de la historia, saben bien que el anuncio de la resurrección no es un testimonio proclamado con muchas palabras.

No se trata de un discurso bien pensado, usando los argumentos más convincentes para demostrar algo que no era necesario que fuese demostrado.

El anuncio de la resurrección es un motivo de alegría profunda que se contagia y que genera el entusiasmo que lleva a decir con la vida que ha valido la pena poner la confianza en Jesús y que es un privilegio ser sus discípulos.

El sepulcro vacío se convierte en el primer anuncio de la resurrección, que con palabras del evangelista san Lucas, dirá: no busquen entre los muertos al que vive (Lucas 24, 5).

Agradecidos por todo lo que viviremos o hemos vivido durante estos días del Triduo Pascual, sería bueno que con palabras sencillas, pero que broten de lo más profundo de nuestros corazones, digamos con sencillez y gratitud que nos sentimos felices, pues con la resurrección del Señor también nosotros hemos renacido.

Que la alegría de la Pascua nos acompañe a lo largo de este tiempo que iniciaremos ahora hasta la fiesta de Pentecostés y que cada día nos demos la oportunidad de reconocer a Jesús vivo que nos acompaña y nos bendice en las luchas que seguiremos abrazando, pero esta vez con la certeza de que no vamos solos por el camino.

Que Jesús resucitado llene nuestras vidas de la alegría que necesitamos para convertirnos en colaboradores suyos en la transformación de mundo en que nos toca vivir.

El Señor ha resucitado y está presente entre nosotros, como misioneros vayamos a todas partes llevando esa buena noticia.

Feliz Pascua de Resurrección.


Cuéntanos, María:
¿qué has visto en el camino?
P. Manuel João Pereira Correia, MCCJ

«Cuéntanos, María:
¿qué has visto en el camino?»
«El sepulcro de Cristo vivo,
la gloria de Cristo resucitado,
y los ángeles, sus testigos,
el sudario y sus vestiduras.
Cristo, mi esperanza, ha resucitado:
va delante de los suyos a Galilea».

María Magdalena, la mujer de la aurora gloriosa, es la primera anunciadora de la resurrección de Cristo. Ella, esposa apasionada que pasa la noche buscando a su Amado, es imagen de la Iglesia. María permanece estrechamente unida al acontecimiento que está en el origen y en el centro de nuestra profesión de fe: la fiesta de Pascua.

La Pascua es el triunfo inesperado de la vida que hace renacer la esperanza. La Pascua es la estrella de la mañana que ilumina la noche profunda y abre el camino al sol del mediodía. La Pascua es la explosión de la primavera que inaugura un tiempo de belleza, estación de los colores, del canto y de las flores.

María, la mujer de la aurora

María Magdalena es la primera testigo de la Pascua (Juan 20,1-18). Su amor ardiente por el Maestro mantuvo su corazón despierto durante toda la noche del gran “paso”: «Yo duermo, pero mi corazón vela» (Cantar de los Cantares 5,2). Y precisamente porque el amor la hizo velar, el Amado se le manifiesta primero a ella.

Es a ella, por tanto, a quien queremos preguntar: «Cuéntanos, María: ¿qué has visto en el camino?» (Secuencia pascual). Queremos beber en la fuente fresca y viva de los primeros testigos de la resurrección. María es custodio de un testimonio de primera mano, primicia femenina, «apóstol de los apóstoles», como la llaman los antiguos Padres de la Iglesia.

Cuéntanos, María: ¿qué has visto en el camino? ¡Cuéntalo con el fuego de tu pasión! Déjanos contemplar en tus ojos lo que ha visto tu corazón. ¡Porque la vocación de un apóstol no tiene valor si no se vive con tu pasión!

Veamos entonces qué hizo de María la primera testigo del Resucitado.

María, la amante

¿Qué caracteriza a María Magdalena? ¡Un gran amor! Es una mujer apasionada por Jesús que no se resigna ante la perspectiva de perderlo. Se aferra a aquel cuerpo inerte como última oportunidad de poder tocar «Aquel a quien ama su corazón» (Ct 3,1-4). Si el «discípulo amado» (el apóstol Juan, según la tradición) es el prototipo del discípulo, María Magdalena es su correspondiente femenino (sin por ello eclipsar la figura de la Virgen María). Ella es la «discípula preferida» y la «primera apóstol» de Cristo Resucitado.

Llamada dos veces con el nombre genérico de «mujer», representa a la nueva humanidad sufriente y redimida. Es la Eva convertida por el Amor del Esposo, aquel amor perdido en el jardín del Edén y ahora recuperado en el nuevo jardín (Juan 19,41), donde había descendido su Amado (Ct 5,1).

Permanecer y llorar

María Magdalena está movida por el amor y, al mismo tiempo, por la fe. Fe y amor son ambos necesarios: la fe da la fuerza para caminar, el amor da alas para volar. La fe sin amor no arriesga, pero el amor sin fe puede perderse en muchos cruces. La esperanza es hija de ambos.

Son el amor y la fe los que impulsan a María a permanecer junto al sepulcro, a llorar y a esperar, aunque no sepa bien por qué. Mientras Pedro (figura de la fe) y Juan (figura del amor) se alejan del sepulcro, ella, que reúne en sí ambas dimensiones, «permanece» y «llora».

Su permanecer es fruto de la fe y su llorar es fruto del amor. Permanece porque su fe persevera en la búsqueda, no se desanima ante el fracaso, pregunta a los ángeles y al jardinero, como la Amada del Cantar de los Cantares. ¡Espera contra toda esperanza! Hasta que, al encontrar de nuevo al Amado, se arroja a sus pies, abrazándolos en el vano intento de no dejarlo marchar (Ct 3,1-4).

Hoy nosotros, apóstoles, discípulos y amigos de Jesús, a menudo capitulamos fácilmente ante el «sepulcro», alejándonos de él. Nos falta la fe para esperar que de una situación de muerte, de vacío y de derrota pueda renacer la vida. Nos falta la fe para creer en un Dios capaz de «resucitar a los muertos». Nos apresuramos a cerrar esos «sepulcros» con la «piedra muy grande» (Marcos 16,4) de nuestra incredulidad.

Nuestra misión se convierte entonces en una lucha desesperada contra la muerte, una empresa condenada al fracaso, porque la muerte reina desde el principio del mundo. Terminamos por conformarnos con la obra de misericordia de «enterrar a los muertos», olvidando que los apóstoles han sido enviados por Jesús para «resucitarlos» (Mateo 10,8).

Afrontar el drama de la muerte y del sepulcro es como la travesía del Mar Rojo para el cristiano. Sin quitar la piedra de nuestra incredulidad, para afrontar y vencer a este terrible enemigo, no veremos la gloria de Dios: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?» (Juan 11,40).

Nos cuesta llorar, quizá porque amamos poco. Nuestro corazón olvida demasiado pronto a sus «muertos». «La vida sigue y no podemos detenernos», decimos. ¡No tenemos tiempo para «permanecer» y «llorar» con los que sufren!

La audacia de permanecer y llorar no es estéril. A las lágrimas de María Magdalena responden los ángeles. No le devuelven el cadáver que buscaba, sino que le anuncian que «Aquel a quien ama su corazón» está vivo.

Sus ojos, sin embargo, necesitan ver y sus manos tocar al Amado, y Jesús cede a la insistencia del corazón de María y sale a su encuentro. Cuando la llama por su nombre, «Mariam», su corazón se estremece de emoción al reconocer la voz del Maestro.

Ser llamado por el propio nombre, ser reconocido, es el deseo más profundo que llevamos dentro. Solo entonces la persona puede alcanzar la plenitud de su ser y la conciencia de su identidad. Solo entonces podrá decir, con el fuego de un corazón enamorado: «¡He visto al Señor!». Y ese día, como María, también nosotros nos convertiremos en testigos de primera mano:
«…lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos…» (1 Juan 1,1-4).

Felicitación pascual

Busquemos al Crucificado con la fe y el amor de María Magdalena, y el Resucitado vendrá a nuestro encuentro llamándonos por nuestro nombre. Lloremos a los muertos de hoy —los de las injusticias y las guerras—, pero que nuestra mirada se dirija hacia el futuro, hacia el Resucitado, y no solo hacia el pasado, hacia el Crucificado, olvidando la resurrección.

Entonces nuestra oración será la que concluye la Escritura: «¡Ven, Señor Jesús!» (Apocalipsis 22,20). Con la Pascua, la Iglesia ha entrado en la tensión escatológica: «Anunciamos tu muerte, Señor, proclamamos tu resurrección, ¡ven, Señor Jesús!».

¡Feliz Pascua, y que nuestra vida manifieste la presencia del Resucitado en nuestra “Galilea” de cada día!

comboni2000.org


Creer en el resucitado
José Antonio Pagola

Los cristianos no hemos de olvidar que la fe en Jesucristo resucitado es mucho más que el asentimiento a una fórmula del credo. Mucho más incluso que la afirmación de algo extraordinario que le aconteció al muerto Jesús hace aproximadamente dos mil años.

Creer en el Resucitado es creer que ahora Cristo está vivo, lleno de fuerza y creatividad, impulsando la vida hacia su último destino y liberando a la humanidad de caer en el caos definitivo.

Creer en el Resucitado es creer que Jesús se hace presente en medio de los creyentes. Es tomar parte activa en los encuentros y las tareas de la comunidad cristiana, sabiendo con gozo que, cuando dos o tres nos reunimos en su nombre, allí está él poniendo esperanza en nuestras vidas.

Creer en el Resucitado es descubrir que nuestra oración a Cristo no es un monólogo vacío, sin interlocutor que escuche nuestra invocación, sino diálogo con alguien vivo que está junto a nosotros en la misma raíz de la vida.

Creer en el Resucitado es dejarnos interpelar por su palabra viva recogida en los evangelios, e ir descubriendo prácticamente que sus palabras son «espíritu y vida» para el que sabe alimentarse de ellas.

Creer en el Resucitado es vivir la experiencia personal de que Jesús tiene fuerza para cambiar nuestras vidas, resucitar lo bueno que hay en nosotros e irnos liberando de lo que mata nuestra libertad.

Creer en el Resucitado es vivir la experiencia personal de que Jesús tiene fuerza para cambiar nuestras vidas, resucitar lo bueno que hay en nosotros e irnos liberando de lo que mata nuestra libertad.

Creer en el Resucitado es saber descubrirlo vivo en el último y más pequeño de los hermanos, llamándonos a la compasión y la solidaridad.

Creer en el Resucitado es creer que él es «el primogénito de entre los muertos», en el que se inicia ya nuestra resurrección y en el que se nos abre ya la posibilidad de vivir eternamente.

Creer en el Resucitado es creer que ni el sufrimiento, ni la injusticia, ni el cáncer, ni el infarto, ni la metralleta, ni la opresión, ni la muerte tienen la última palabra. Solo el Resucitado es Señor de la vida y de la muerte.

www.feadulta.com


Cristo Resucitado:
la buena noticia que cambia al hombre y la historia
P. Romeo Ballan, mccj

“El primer día de la semana” (Evangelio, v. 1) ¡Jesús ha resucitado! Explosiona la vida, comienza la historia nueva de la humanidad: nada es igual que antes, todo tiene un sentido nuevo, positivo, definitivo. El anuncio de este hecho histórico – que es el tesoro fundacional de la comunidad de los creyentes en Cristo – resuena de casa en casa, de iglesia en iglesia, en todas las latitudes, en todos los rincones del mundo; se hace ‘evangelio-buena noticia’ para todos los pueblos. “El sepulcro vacío se ha convertido en la cuna del cristianismo” (San Jerónimo). La tumba vacía ha marcado para Juan el paso decisivo de la fe: él corrió al sepulcro, y, “asomándose, vio las vendas en el suelo, pero no entró”; más tarde entró junto con Pedro, “vio y creyó” (v. 4.5.8). Era el comienzo de la fe en Jesús resucitado, que más tarde se fortaleció cuando lo vieron viviente.

La fe es gradual: María Magdalena, Pedro y Juan corrieron al sepulcro con la intención de rescatar un cadáver desaparecido; no estaban preparados para un acontecimiento que no entraba en sus cálculos; tan solo más adelante llegaron a creer en el Señor resucitado e incluso se convirtieron en sus testigos y pregoneros valientes (I lectura): “Nosotros somos testigos… los testigos que Dios había designado… Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio…” (v. 39.41.42). Desde entonces el camino ordinario de la transmisión de la fe cristiana es el testimonio de personas que creyeron antes que nosotros. Por eso, nosotros profesamos que la fe es apostólica: porque está arraigada en la de los Apóstoles y en su testimonio. “El hecho principal en la historia del cristianismo consiste en un cierto número de personas que afirman haber visto al Resucitado” (Sinclair Lewis).

Desde siempre, la Iglesia misionera da vida a nuevas comunidades de fieles anunciando que Jesucristo es el Hijo de Dios, crucificado y resucitado. Él es el motivo radical y el fundamento de la misión. El hecho histórico de la resurrección de Cristo, ocurrido en torno al año 30 de nuestra era, constituye el núcleo central y ‘explosivo’ del mensaje cristiano; la catequesis lo enriquece y lo acompaña con la metodología adecuada. La misión es portadora del mensaje de vida que es Jesús mismo: el Viviente por su resurrección, después de su pasión y muerte. Este es el kerigma, anuncio esencial para los que todavía no son cristianos; es anuncio fundamental también para despertar y purificar la fe de los que se detienen casi exclusivamente en la primera parte del misterio pascual. En efecto, hay cristianos que se concentran casi tan solo sobre el Cristo sufriente en la pasión, y casi no dan el salto de la fe en Cristo resucitado. Les parece más fácil y consolador identificarse con el Cristo muerto, sobre todo cuando se viven situaciones de sufrimiento, pobreza, depresión, humillación, luto… Sin embargo, ese consuelo sería tan solo aparente y pasajero sin la fe en el Señor Resucitado.

El testimonio, que une a la vez anuncio y coherencia de vida, es la primera forma de misión (cfr. AG 11-12; EN 21; RMi 42-44). Los auténticos testigos del Resucitado son personas contagiosas. Las personas transformadas por el Evangelio de Jesús resucitado, que viven los valores superiores del espíritu (II lectura), son las únicas capaces de contagiar a otras personas y hacer que se interesen por los mismos valores, tales como: la aceptación y la serenidad en el sufrimiento, la esperanza incluso frente a la muerte, la oración como abandono en las manos del Padre, el gozo en el servicio a los demás, la honestidad a toda prueba, la humildad y el autocontrol, la promoción del bien de los demás, la atención a las necesidades de los últimos, el testimonio de lo Invisible…Así se extiende y se realiza capilarmente la misión, aun antes y mejor que a través de las palabras, de las meras estructuras y de las jerarquías. “Celebra la Pascua con Cristo tan solo el que sabe amar, sabe perdonar… con un corazón grande como el mundo, sin enemigos, sin resentimientos”, como lo enseñaba en una catequesis el obispo Mons. Óscar Arnulfo Romero, asesinado en San Salvador, el 24 de marzo de 1980.

La misión es un acontecimiento eminentemente pascual, porque ahonda sus raíces y contenidos en la Resurrección de Cristo. Esta es la mejor buena nueva que el mundo necesita: en Cristo crucificado, muerto y resucitado “Dios da la nueva vida, divina y eterna. Esta es la Buena Nueva que cambia al hombre y la historia de la humanidad, y que todos los pueblos tienen el derecho a conocer” (Juan Pablo II, en RMi, n. 44). “La evangelización, en nuestro tiempo, solo será posible por medio del contagio de la alegría” (Papa Francisco). Esta evangelización –gozosa, paciente y progresiva– es la primera actividad de la Iglesia misionera entre todos los pueblos.

Triduo Pascual. Año A

Textos tomados de: www.dominicos.org

Jueves Santo
Fr. Juan Carlos Cordero de la Hera O.P.

Si en el calendario cristiano hay un día señalado, especialísimo, en el que tiene sentido celebrar la Eucaristía, ese día es hoy, cada JUEVES SANTO.

El Jueves Santo es un día de recuerdos en nuestra historia de Salvación; día del “memorial” de la entrega total de Dios a la humanidad. Día en que recordamos la Alianza Nueva y Definitiva.

El contexto del Jueves Santo es la Pascua Judía en la que el pueblo celebraba cada año el paso del Señor; el paso de Dios dando vida y liberación a su pueblo, a sus hijos. Dios toma la iniciativa, siempre. Pero en esta ocasión hay algo nuevo: Jesús va a ser el cordero pascual, que va a derramar su sangre por nosotros, para liberarnos de la esclavitud del pecado y darnos la libertad de los hijos de Dios.

Jesús sabía que aquella Pascua era la última, sabía que estaba decretada su muerte y por eso es tan especial aquella “última cena”; por eso, antes de despedirse de los suyos, quiso resumir con unos gestos todo el sentido de su vida y su enseñanza.

Esta tarde también nosotros podemos entrar en este cenáculo en el que Jesús está reunido con sus discípulos para comer juntos la cena de Pascua y contemplar el gesto de ponerse de rodillas delante de cada uno de los discípulos para lavarles los pies, y de partir el pan.

Memorial con el pan y el vino

El pan: el alimento básico y elemental para nosotros, que mantiene nuestra vida día a día; que deshaciéndose, se transforma en parte de nosotros y en energía vital. Si el pan es fruto del trabajo humano, nuestro trabajo, nuestro quehacer es fruto del pan, del alimento que tomamos. El pan, además, es sencillo, humilde, no se da importancia… es como la prosa de cada día.

El vino: es la poesía, la propina, la fiesta. Pan y agua son lo indispensable. Pero cuando se agasaja o festeja a alguien se ofrece pan y vino (ya en el Gn. al vencedor en la batalla, Melquisedec le ofrece un banquete, convite, fiesta)

Participar en la Eucaristía, comer su Cuerpo, beber su Sangre es entrar y asumir el proyecto de vida de Jesús; es intentar actuar en la vida con los criterios que Jesús actuó.

El lavatorio de los pies

Es el otro sacramento del Jueves Santo. Para entenderlo tenemos que olvidarnos de nuestras calles asfaltadas, cuidadas. En la época de Jesús muy pocas personas usaban calzado; los que lo hacían, solo tenían unas simples sandalias. En las calles de tierra se tiraban los restos orgánicos, las comidas de los animales, etc. Lavarse los pies al entrar en casa era un ritual obligado y necesario. Correspondía hacerlo a los esclavos o a los siervos. En las familias pobres, a la esposa o a las hijas.

Jesús que lava los pies, se pone en el lugar más bajo, indicando dos cosas: él viene a servir, no a ser servido; y no admite que unas personas sean consideradas inferiores a otras. Jesús es el señor que atiende a los criados, que sirve. Y con este gesto nos está enseñando, además, cuál es la manera acertada de estar ante “lo sucio” de los otros, ante sus defectos, fallos, pecados… y nos invita a ponernos de rodillas para lavarlo y devolverles la posibilidad de continuar caminando; es preciso arrodillarse ante el hermano, a pesar de…

Impresiona ver a Jesús lavando los pies a sus discípulos; desde entonces entendemos mejor que el cristiano no puede dejar de servir, y que es con esta actitud de servicio y entrega como se concreta llevar a la vida diaria “el testamento de Jesús”, el mandamiento del amor. Jesús no nos pide que seamos buenas personas, que nos amemos mucho. Él quiere más de nosotros, sus discípulos. Que amemos “como Él nos ha amado”.

Ojalá que estas actitudes, este estilo de vida y entrega de Jesús sean el referente que dé sentido a la vida de todos los sacerdotes, como servidores a la comunidad. Pidamos juntos a Dios que nos esforcemos por celebrar la Eucaristía después de habernos dejado lavar el corazón por Él; y de habernos arrodillado sirviendo en el día a día a nuestros hermanos.

¿Seremos capaces de perpetuar su memoria? ¿Estamos dispuestos hoy, y cada día, a amar y amarnos, como Él lo hizo y sigue haciéndolo?

dominicos.org


Viernes Santo
Fray Diego Rojas O.P.

Una mirada diferente sobre la pasión

Hay relatos que nos cuentan lo que pasó. Y hay relatos que, además, nos cambian la manera de mirar lo que pasó. En todo su evangelio Juan nos hace ver los acontecimientos casi como un director de cine que coloca la cámara de manera novedosa y estratégica para ofrecernos otra perspectiva del mismo acontecimiento. Hace algo parecido a lo que realiza el director Alejandro González Iñárritu. En películas como Babel o Amores perros, la historia no se cuenta desde una sola mirada. Las escenas se entrelazan, las vidas se cruzan, y el espectador descubre que lo que parecía una historia trágica también puede ser una historia de revelación y transformación.

Juan hace algo parecido con la pasión. No cambia los hechos fundamentales, pero cambia la mirada. Y al cambiar la mirada, cambia también el significado.

El arresto: Jesús se entrega libremente

La primera escena ya lo sugiere. Cuando vienen a arrestarlo, Jesús no huye ni se esconde. Sale al encuentro de quienes lo buscan y pregunta: “¿A quién buscáis?”. Cuando responden: “A Jesús de Nazaret”, él dice simplemente: “Yo soy”.

No es solo una forma de identificarse. Es una expresión que remite al nombre mismo de Dios. Y el evangelista añade un detalle sorprendente: cuando Jesús pronuncia esas palabras, los soldados retroceden y caen al suelo.

Es como si, por un instante, el relato nos dejara ver lo que normalmente permanece oculto: el hombre que van a arrestar no es una víctima indefensa. Es el Hijo que se entrega libremente.

Por eso, a lo largo de todo el relato, la cruz aparece bajo una luz inesperada. Lo que para el mundo es derrota, Juan lo contempla como glorificación. La crucifixión no es solo una ejecución: es también revelación, manifestación de quién es realmente Jesús.

En la cruz se revela un amor que no se impone, sino que se entrega.

De la muerte brota vida

Esa mirada alcanza su punto culminante en el momento de la muerte. Juan escribe que Jesús, inclinando la cabeza, entregó el espíritu.

No dice simplemente que murió. Usa una expresión que sugiere también otra realidad: Jesús comunica el Espíritu. En el instante de su muerte comienza una vida nueva para los demás. Donde parecía haber solo final, hay también comienzo. La cruz se convierte así en fuente de vida.

Y el relato termina con un detalle lleno de esperanza. Aparecen dos hombres que hasta entonces habían permanecido en la sombra: José de Arimatea y Nicodemo. Eran discípulos en secreto. Habían seguido a Jesús con discreción, quizá con miedo. Pero cuando todo parece perdido, cuando el maestro ha muerto y la historia parece terminada, ellos dan un paso al frente. Piden el cuerpo, lo bajan de la cruz y lo sepultan con honor.

La muerte de Jesús hace visible lo que estaba oculto. La fe que permanecía escondida encuentra el valor para manifestarse.

Mirar la cruz hoy

También nosotros vivimos en un mundo donde la fe muchas veces permanece en silencio. En una sociedad secularizada, la cruz puede parecer simplemente un símbolo religioso del pasado o una historia de fracaso. Pero el evangelio nos invita a mirarla de otra manera.

Cuando contemplamos la cruz con la mirada del Evangelio de Juan, descubrimos que allí no hay solo dolor, sino amor que se entrega; no solo derrota, sino gloria escondida; no solo final, sino vida que comienza. Esa mirada transforma también nuestra vida. Nos da la valentía para no vivir la fe escondidos, para ser testigos discretos pero reales, como José de Arimatea y Nicodemo.

Y quizá aquí se esconde una clave importante del relato. Todo comienza con aquella palabra que Jesús pronuncia en el momento del arresto: “Yo soy”. Esa afirmación resuena al inicio de la pasión como una luz que acompaña todo el camino hasta la cruz. El que es detenido, juzgado y crucificado no es simplemente un hombre derrotado por la violencia del mundo: es aquel en quien Dios mismo se hace presente. Por eso la cruz, contemplada desde esta perspectiva, deja de ser solo un signo de fracaso para convertirse en un lugar de revelación.

Quizá el mundo no siempre comprenda la lógica de la cruz. Pero precisamente en esa lógica —la del amor que se entrega— se revela la verdadera fuerza de Dios.

¿Desde qué mirada suelo contemplar la cruz: desde el sufrimiento y el fracaso, o desde el amor que se entrega? ¿Hay aspectos de mi fe que todavía vivo “en secreto”, como Nicodemo o José de Arimatea?

En una sociedad donde la fe no siempre es comprendida, ¿qué me ayudaría a ser testigo con mayor libertad y serenidad? ¿Qué cambia en mi vida cuando descubro que incluso en los momentos de oscuridad Dios puede estar revelando su gloria?

dominicos.org


Vigilia Pascual
Fr. César Valero Bajo O.P.

¡HA RESUCITADO!

En la Palabra de la liturgia eucarística de esta noche de gloria resuena el grito jubiloso: ¡Ha resuciatado!. En esta ocasión son el evangelio de San Mateo y la carta de San Pablo a los Romanos los que nos van a aproximar al acontecimiento único de la resurrección del Señor y a sus implicaciones para nosotros en este momento que nos toca vivir y, en cierto modo, protagonizar.

“Vosotras no temáis. No está aquí: ¡ha resucitado!”

Son las palabras que el Ángel dirige a las mujeres, asustadas como los guardianes del sepulcro, por lo extraordinario y sobrenatural de lo acontecido. “No temáis. ¡Ha resucitado!”. Qué hermoso anuncio también para nosotros hoy, acosados por temores tan diversos. La resurrección del Señor hace brotar el resplandor de la esperanza en medio de las tinieblas existenciales (violencias, injusticias, enfermedades, soledad, fracasos, desamores, esclavitudes de índole diversa…) que puedan envolvernos.

Esta noche santa es invitación para renovarnos en la esperanza y en la confianza de esta actuación del poder del Padre Dios que con la fuerza de su Espíritu ha roto en su Hijo Unigénito las cadenas de la muerte y el poder del mal.

“Va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis”

Galilea, donde comenzó el encuentro con el Señor Jesucristo, donde convivieron con Él y donde aprendieron de Él. Galilea, donde ahora van a ser confirmados en la fe en el Resucitado. Galilea, desde donde van a ser enviados al mundo entero para ser portadores e instructores de la Buena Noticia.

Por esto es también para nosotros esta Noche Santa oportunidad para renovar el compromiso de ser testigos del Resucitado; atentos y vigilantes, valientes y coherentes, para que en el cotidiano desenvolvimiento de la vida, rezumemos gozo pascual.

“Jesús les salió al encuentro y les dijo: ¡Alegraos!”

Parte irrenunciable del testimonio pascual es la alegría incomparable que encierra en sí mismo. No es la alegría transitoria de nuestras programaciones y eventos. No es la alegría del éxito de los ídolos de temporada. No es la alegría del efímero aplauso social. No es la alegría hueca de nuestros triunfos humanos, tantas veces demasiado humanos.

Es la alegría de la plenitud. Es la alegría de quien sabe de quién se ha fiado. Es la alegría de quien en medio de cuaquier quebranto se sabe en comunión íntima con el Resucitado, y con Él y desde Él sabe y testimonia que la Victoria sobre todo mal es segura. Es la alegría que también permanece cuando nos anegan las lágrimas. Es la alegría de quien vislumbra los cielos nuevos y la tierra nueva en los que al fin habiten la justicia y la paz y la dicha sin ocaso.

“Consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús”

¡Qué hermosa realidad y elocuente compromiso para ser renovados en esta Noche Santa!

San Pablo a través del contenido de su Carta a los Romanos comparte con nosotros en esta Noche Santa la hondura teológica y vital de nuestro bautismo en el nombre del Señor Jesucristo.

Muertos al pecado: a todo lo que destruye la vida, a lo que nos aisla e individualiza, a lo que nos encadena y esclaviza, atenazando nuestra libertad; a lo que nos confronta, a lo que borra en nosotros la imagen amorosa de nuestro Creador; a lo que despierta la codicia, el aparentar, el creernos más que nadie; a lo que oscurece y camufla la verdad, a todo aquello que debilita la coherencia…

Vivos para Dios en Cristo Jesus: para ponerle a Él en el centro, para vivir el asombro de su amor, para irradiar la luz de su Verdad, para construir su deseada comunión, para servirnos mutuamente, para llenarnos de su esperanza, para llenarnos de la fuerza de su Espíritu, para vivir VIVIÉNDOLE…

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Domingo de Pascua
Fr. César Valero Bajo O.P.

“Y creyó que Él había de resucitar de entre los muertos”

Corramos también nosotros con Pedro y Juan hacia el sepulcro. Como ellos, entremos y veamos. Y dejemos que se afiance en nosotros la fe en la Resurrección del Señor. De hecho, el evangelio de San Juan es una invitación constante a despertar y consolidar la fe en Jesús de Nazaret, Verbo Eterno del Padre y Salvador del mundo. Con este mismo propósito concluye su evangelio: “Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Estas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre” (Jn 20, 30-31).

En este Domingo de Gloria renovemos también nosotros nuestra fe en el Señor y comprometamos nuestra vida en ser testigos y anunciadores de este inagotable manantial de Vida y Esperanza que es el Señor Resucitado.

Me sorprendieron, hace ya algunas décadas, unas palabras de un sacerdote del norte de España que exhortaba hacia este objetivo de testimoniar con toda nuestra vida la fe en el Resucitado. Venía a decirnos: “Las personas que dicen no creer en Cristo Resucitado, tal vez comiencen a creer en Él cuando un día nos vean a nosotros vivir como ya resucitados. Afrontar el fracaso y el dolor, como ya resucitados. Adentrarnos en la enfermedad y la muerte como ya resucitados”.

Se trata, por tanto, de impregnar todo los ámbitos y aspectos de nuestra existencia de gozo pascual, de alegría inexplicable, de confianza inquebrantable en el poderoso amor que se nos manifiesta en su cruz gloriosa.

“Que pasó por el mundo haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo”

Con estas palabras, los Hechos de los apóstoles nos presentan cómo San Pedro ofrece un magnífico resumen del evangelio, y el camino a recorrer por quienes nos declaramos y sentimos sus discípulos.

Pasar por el mundo haciendo el bien: un imperativo que hoy cobra una particular intensidad. Hacer el bien que hace desaparecer confrontaciones. Hacer el bien que lo busca para todo ser humano, cuando el bien común está arrinconado por ambiciones múltiples. Hacer el bien para recuperar la verdad. Hacer el bien para crecer en justicia, en dignidad, en paz. Hacer el bien para que la compasión no claudique ante la competición. Hacer el bien para que lo que agrada a Dios, lo bueno, lo perfecto ( cf Rm 12,2) crezcan en nuestro mundo.

Curando a los oprimidos por el Diablo: el mal está ahí, fuerte, despiadado, destructor. El Señor Jesucristo no pasó de largo ni ante el mal, ni ante el Maligno. En su actuación descubrías la práctica admirable del samaritano, y cómo doblegó los estragos directos del Maligno. ¡Con que contundencia le apartó de su camino tras el retiro en el desierto!

Se ha indicado con certeza que para que el mal progrese basta con que las personas de bien no hagamos nada.

Su resurrección nos fortalece para discernir y optar siempre por el bien. Sin ingenuidad. El misterio del mal está ahí: poderoso, y poderosamente destructor, hilvanándose con nuestros pasos.

Pero en comunión con el Resucitado se desvanecen los temores de hacerle frente. Con Él y por Él sabemos que la victoria es segura. El mal y el Maligno nunca tendrán la última palabra. Su cabeza ya ha sido aplastada. La lucha será ardua. Imprescindible la oración.

Y siempre ciertos de que el horizonte final está ya iluminado por la luz del lucero que no conoce el ocaso. Es el tiempo de la gracia, de la vida, de la salvación. Es la Pascua del Señor. Que lo sea en verdad en lo más profundo del ser de cada uno de nosotros.

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