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V Domingo de Pascua. Año A

“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No pierdan la paz. Si creen en Dios, crean también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones. Si no fuera así, yo se los habría dicho a ustedes, porque voy a prepararles un lugar. Cuando me vaya y les prepare un sitio volveré y los llevaré conmigo, para que donde yo esté, estén también ustedes. Y ya saben el camino para llegar al lugar a donde voy”.

Entonces Tomás le dijo: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?” Jesús le respondió: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre si no es por mí. Si ustedes me conocen a mí, conocen también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto”.

Le dijo Felipe: “Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta”. Jesús le replicó: “Felipe, tanto tiempo hace que estoy con ustedes , ¿y todavía no me conoces? Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Entonces por qué dices: Muéstranos al Padre? ¿O no crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que yo les digo, no las digo por mi propia cuenta. Es el Padre que permanece en mí, quien hace las obras. Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Si no me dan fe a mí, créanlo por las obras. Yo les aseguro: el que crea en mí, hará las obras que hago yo y las hará aún mayores, porque yo me voy al Padre”.

(Juan 14, 1-12)


Yo soy el camino, la verdad y la vida
P. Enrique Sánchez G. mccj

Ya en el domingo pasado habíamos empezado a reflexionar sobre la importancia que tiene Jesús en nuestras vidas para poder llegar a encontrarnos con lo que más anhela nuestro corazón.

El deseo más profundo que llevamos en nuestro interior es poder conocer a Dios para entrar en una relación que nos haga experimentar que somos sus hijos.

Jesús, en el evangelio del Buen Pastor que leímos la semana pasada, nos decía que él es la puerta por donde tenemos que pasar para que suceda ese encuentro. Él es la puerta por donde pasan las ovejas que Él conoce y ama y es a través de Él que podemos llegar a conocer a su Padre, que es nuestro Padre, porque Jesús está en el Padre y el Padre en Jesús.

El evangelio de hoy nos invita a continuar en esa búsqueda dejándonos conducir por el Señor y parece que en este texto hay cuatro palabras claves que sirven de marco a lo que Jesús nos quiere enseñar. Las cuatro palabras son: casa, camino, verdad y vida.

La casa es el lugar en donde habita el Padre y en donde Jesús, a través del misterio de su pasión, muerte y resurrección, ha preparado un lugar para nosotros. Nos ha ganado un espacio para que podamos vivir con Él y con su Padre para siempre.

Seguramente podemos entender que la casa no se trata de una edificación hecha de cemento y de ladrillos. No es un espacio físico como el que ocupamos en esta tierra, sino, más bien una realidad en donde podemos estar como somos en Dios, así como Él ha querido estar con nosotros enviándonos a su hijo para que se hiciera una de nosotros.

Jesús quiere que estemos en donde Él está, es decir, gozando de la presencia de Dios en nuestras vidas, como Él permanece para siempre con su Padre después de haber cumplido su misión entre nosotros.

Hemos sido creados para Dios y nuestro corazón no descansa hasta reposar en Él. Así lo decía san Agustín en el libro de las Confesiones y esa es una verdad que llevamos dentro de nosotros mismos y que nos impulsa a ir cada día más lejos en nuestra búsqueda de Dios, con el deseo de encontrar lo que realmente le da sentido a nuestra existencia en este mundo.

Volver a la casa del Padre significa también volver a nuestro origen, pues sabemos que hemos nacido de Dios y nuestro peregrinar por este mundo no es otra cosa sino marchar y volver a donde sabemos que pertenecemos.

Jesús se nos ha adelantado y nos dice que allá nos espera para que ocupemos el lugar que nos corresponde en el corazón de nuestro Padre Dios.

¿Cómo podremos llegar a nuestro destino? Jesús nos dice que tenemos que pasar a través de Él. Esto puede significar, de alguna manera, que tenemos que aprender de Él todo lo que se refiere a la vida verdadera.

Quiere decir que nos toca hacer todo lo que está de nuestra parte para configurar nuestra vida con la suya. Que tenemos que aprender a actuar y a vivir como Él, siendo fieles a su palabra, a sus valores y al ejemplo que nos ha dado.

Tenemos que llegar a hacer nuestra la experiencia de san Pablo cuando dice: “ya no soy yo el que vive, sino Cristo que vive en mí” (Gálatas, 2, 20)

Jesús mismo lo dice: yo soy el camino. Él es quien se pone por delante y nos guía para que lo sigamos como discípulos que caminan sobre sus huellas. Él es quien con su ejemplo, que hemos conservado en el Evangelio, nos enseña qué es lo que tenemos que ser y hacer para poder entrar en el mundo de Dios sin perdernos en otros rumbos que nos llevan a destinos muy distintos.

Si seguimos a Jesús no hay peligro de perdernos o de quedarnos a medio camino. Él es el camino de la salvación. Y ese camino nos lleva a vivir con Él la experiencia de la pasión, de la muerte y de la resurrección, porque, como dicen los Hechos de los Apóstoles, “no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en el que podamos ser salvados” (Hechos 4, 12)

El camino que es Jesús para llegar al Padre, nos lleva por rumbos que nos obligan a desprendernos de nosotros mismos, a poner nuestra confianza en Dios, a vivir en la alegría que no da el saber que le pertenecemos. Nos hace profundamente libres para no dejarnos atrapar por nada que pueda esclavizarnos en este mundo.

Hacer el camino de Jesús es aceptar convertirnos en peregrinos que van en búsqueda de absoluto, de aquello que no podemos encontrar en lo limitado de nuestro mundo. Es lo que nos abre para entender que tenemos una vocación que nos lleva lejos y a no quedarnos atorados en lo inmediato de lo material y pasajero de esta vida.

Jesús se nos presenta también como la verdad y esto quiere decir que en Él podemos encontrar la respuesta a lo que nuestro corazón desea en lo más profundo de nosotros mismos.

La verdad es lo que nos permite caminar por los senderos de lo que es auténtico, honesto, bueno, bello en este mundo. Es lo que nos impide quedarnos atrapados en aquello que nos puede esclavizar y negar nuestra identidad de hijos de Dios.

La verdad es lo que nos permite reconciliarnos con los errores que hayamos podido cometer, con las infidelidades en que nos pudimos ver enredados; es la posibilidad de recobrar con humildad y sencillez lo que realmente somos y valemos a los ojos de Dios.

Todos estamos expuestos a fallar, a caer y a pecar. Todos nos podemos equivocar y encontrarnos un día haciendo lo que sabemos que no nos conviene, como dice san Pablo: “sé el bien que tengo que hacer y me encuentro realizando el mal que no quiero”. (Romanos 7,19)

Eso habla de nuestra fragilidad y nuestra debilidad muy humanas, pero la verdad que llevamos grabada en el corazón nos permite volver sobre nuestros pasos en un camino de conversión para ser lo que realmente nos corresponde en los proyectos de Dios.

La verdad es lo que nos hace libres y en eso Jesús nos ha enseñado no con muchas palabras, sino con el testimonio de coherencia de vida y de entrega radical.

La verdad es lo que nos permite dar la vida, porque hemos podido entender que el secreto de la felicidad no está en lo que tenemos sino en lo que somos para los demás.

La verdad es lo que impide que vivamos engañándonos a nosotros mismos, y nos permite asumir con humildad aquello que reconocemos como extraño a lo que Dios ha querido hacer de nosotros.

Ser verdaderos no quiere decir ser perfectos e intachables, sino más bien ser capaces de vivir reconciliados con lo que descubrimos de nosotros mismos aceptando poner todo lo que esté de nuestra parte para ser una mejor imagen del Dios que nos ha creado a semejanza suya.

La verdad, podríamos decir, es lo que aleja de nosotros el engaño, la mentira, la corrupción, lo fraudulento y lo aparente. Vivir en la verdad, vivir en Cristo, es ser capaces de convertirnos en testigos transparentes del amor de Dios, no obstante nuestros límites y nuestros pecados.

Finalmente, Jesús nos dice que Él es la vida. Y esto no debería sorprendernos, pues Él es el don de Dios para la humanidad y ya nos recordaba con palabras muy sencillas que Él ha venido a cumplir la voluntad de su Padre y lo que el Padre quiere para nosotros es que tengamos vida, y la tengamos en plenitud.

Tener la vida de Jesús bien podría significar estar en este mundo reconociendo todo lo bueno que Dios ha puesto ahí para que vivamos como familia, en la armonía y en la solidaridad, en el respeto y en la paz.

La vida que todos soñamos no está llena de cosas grandiosas y extraordinarias, basta tener lo necesario para vivir con dignidad y la capacidad de reconocer a los demás como nuestra verdadera riqueza.

La vida verdadera será siempre aquella que se vive para los demás. Vivir plenamente es haber entendido que la vida no es para que nos encerremos en nosotros mismos, sino un instrumento para ir al encuentro de los demás, para darnos cuenta que Dios los ha puesto en nuestro camino para brindarnos todo aquello que no encontramos en nosotros mismos.

La vida, por lo tanto, no son unos cuantos años gastados de prisa, cargados de angustias y de preocupaciones. No es el tiempo que tuvimos para acumular todo aquello que no podremos llevarnos en el último instante de nuestra existencia.

La vida es descubrir que somos viajeros que van de paso y que cuando viven en plenitud van dejando una huella en este mundo que servirá para que otros puedan también dirigir sus pasos hacia aquella casa en la que se nos está esperando par que vivamos por siempre y para que gocemos de la presencia de quien no tiene otra preocupación más que amarnos.

Mientras llega ese día, fijemos nuestra mirada en Jesús para descubrirlo como la puerta que nos abre el camino que nos permite transita por la verdad, que nos da la alegría de vivir en el bien y que nos asegura una morada en donde la vida es plenitud y realización de nuestros sueños más profundos.

Que Jesús sea nuestro camino, la verdad que nos ilumina y la vida que nos llena de alegría.

Que nos conceda la gracia de dejarnos conducir por Él al lugar que nos tiene preparado en la casa del Padre.


El caminio
José Antonio Pagola

Al final de la última cena, los discípulos comienzan a intuir que Jesús ya no estará mucho tiempo con ellos. La salida precipitada de Judas, el anuncio de que Pedro lo negará muy pronto, las palabras de Jesús hablando de su próxima partida, han dejado a todos desconcertado y abatidos. ¿Qué va ser de ellos?

Jesús capta su tristeza y su turbación. Su corazón se conmueve. Olvidándose de sí mismo y de lo que le espera, Jesús trata de animarlos:”Que no se turbe vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mí”. Más tarde, en el curso de la conversación, Jesús les hace esta confesión: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí”. No lo han de olvidar nunca.

“Yo soy el camino”. El problema de no pocos no es que viven extraviados o descaminados. Sencillamente, viven sin camino, perdidos en una especie de laberinto: andando y desandando los mil caminos que, desde fuera, les van indicando las consignas y modas del momento.

Y, ¿qué puede hacer un hombre o una mujer cuando se encuentra sin camino? ¿A quién se puede dirigir? ¿Adónde puede acudir? Si se acerca a Jesús, lo que encontrará no es una religión, sino un camino. A veces, avanzará con fe; otras veces, encontrará dificultades; incluso podrá retroceder, pero está en el camino acertado que conduce al Padre. Esta es la promesa de Jesús.

“Yo soy la verdad”. Estas palabras encierran una invitación escandalosa a los oídos modernos. No todo se reduce a la razón. La teoría científica no contiene toda la verdad. El misterio último de la realidad no se deja atrapar por los análisis más sofisticados. El ser humano ha de vivir ante el misterio último de la realidad.

Jesús se presenta como camino que conduce y acerca a ese Misterio último. Dios no se impone. No fuerza a nadie con pruebas ni evidencias. El Misterio último es silencio y atracción respetuosa. Jesús es el camino que nos puede abrir a su Bondad.

“Yo soy la vida”. Jesús puede ir transformando nuestra vida. No como el maestro lejano que ha dejado un legado de sabiduría admirable a la humanidad, sino como alguien vivo que, desde el mismo fondo de nuestro ser, nos infunde un germen de vida nueva.

Esta acción de Jesús en nosotros se produce casi siempre de forma discreta y callada. El mismo creyente solo intuye una presencia imperceptible. A veces, sin embargo, nos invade la certeza, la alegría incontenible, la confianza total: Dios existe, nos ama, todo es posible, incluso la vida eterna. Nunca entenderemos la fe cristiana si no acogemos a Jesús como el camino, la verdad y la vida.

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Confiad en mí
Inma Eibe, ccv

En este V domingo de Pascua, el evangelio de Juan nos vuelve a situar en el cenáculo, en el momento posterior al lavatorio de los pies. Desde la experiencia pascual y para que ésta se sostenga y reafirme, los primeros creyentes necesitan recordar todas las palabras que habían escuchado en boca de Jesús mientras estaba con ellos y cuyo significado, en aquel momento, eran incapaces de comprender del todo.

Situados en el contexto podemos comprender que las primeras palabras de Jesús sean una invitación a mantener la calma. Igualmente los primeros creyentes, para quienes Juan escribe el evangelio, se ven necesitados de aprender a relacionarse de un modo nuevo con un Jesús no visible, pero Vivo y resucitado. Necesitan escuchar una vez más la invitación que éste tantas veces les hizo: “no perdáis la calma”.

También a nosotros nos llega hoy este llamamiento a no perder la paz. “Creed en Dios y creed también en mí. “Creed plenamente en mí y en mi palabra, porque aunque me voy, no os dejo. Porque el Padre y yo, que somos uno (cf. Jn 10, 30), estamos siempre con vosotros”. “Creer”, en este sentido, no es un movimiento meramente intelectual, sino la acción de depositar nuestra absoluta confianza en Jesús y vivir consecuentemente. Sólo de ahí puede brotar la verdadera calma. Aunque la vida siga trayendo dificultades, aunque no nos falten preocupaciones, aunque sigamos sintiendo miedo por tantas cosas… Jesús nos invita a no perder la paz que brota de la confianza plena en Quien, sabemos, no nos abandona.

“Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto.” Hasta once veces (en doce versículos) pone Juan en boca de Jesús el término “Padre”, además de nombrarlo de otras maneras. En un contexto en el que nuestra atención está centrada en lo que Jesús hace y dice, éste desea desviar nuestra mirada y nuestro corazón hacia el Padre para ratificar que él todo lo ha recibido del Padre y que los dos son uno mismo. “¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí?”, le responde a un Felipe que pronuncia el deseo que todos se hacían: “Muéstranos al Padre y nos basta”.

Eso puede sucedernos también hoy a nosotros. Hemos escuchado y sabemos que Dios está en nosotros, que no hay que buscarle “más allá”… Pero este Misterio nos sobrepasa y nos confunde. Por eso Jesús nos lo recuerda una vez más. “Yo soy el camino hacia el Padre”. En él, con él y por él nosotros somos invitados a entrar en el abrazo de amor de la familia divina. “Conocerle” no es sólo progresar en el conocimiento de su vida, sus gestos y sus palabras. Se trata de un conocimiento vivencial, de entrar en mayor comunión con Jesús, de tener verdadera experiencia de encuentro y amistad con él.

“Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores”Jesús repite, como consigna, el mismo imperativo que al principio: “creed”, “creed en mí”, “creedme”. “Creed que yo soy el camino, la verdad y la vida”. En este tiempo en el que miles de hermanos transitan por tantos caminos huyendo del horror; en el que todo lo nos llega de nuestros líderes parece bañado por la corrupción y la mentira; en el que nos alcanzan continuamente imágenes que muestran cómo la vida es devaluada; la certeza de que Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida con mayúsculas alienta nuestra marcha como creyentes, alimenta nuestra esperanza y aviva nuestro compromiso. Si creemos en él, si se nos da vivir cada vez más en comunión con él, nuestro anuncio del Padre y su Reino no será sólo de palabra, sino también –como hacía Jesús- con obras. Obras, gestos, miradas, caricias, acompañamientos… que se convierten en los pequeños milagros cotidianos.

En el comienzo del evangelio Jesús habla de las “muchas estancias en la casa del Padre”. Estamos seguros de que, el día de mañana, cuando pasemos a vivir con él definitivamente, encontraremos su abrazo, su regazo para descansar plenamente. Pero si creemos de verdad que Dios Padre-Madre está aquí, a nuestro lado y que Jesús nos acompaña Vivo y resucitado, sabremos descubrir que nos espera ya en muchas “estancias”: la habitación de quien está enfermo en el hospital, en una residencia o quizás en casa; la de aquella persona conocida que sabemos sufre por alguna causa, o está sola; ese tramo de calle donde alguien suplica atención, ayuda, escucha; tantos espacios en los que levantamos muros y rejas para que el dolor hermano no nos salpique…

En todas estas “estancias” él también nos espera para abrazarnos. Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores.” Así sea.

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Del miedo al valor de ser comunidad creativa
Romeo Ballan mccj

Las palabras del Evangelio de hoy tienen el sabor y la emoción de un testamento, que Jesús confía a sus discípulos después de la última cena, en las largas horas de la despedida (Jn 13,31-17,26). Son la preciosa enseñanza que Jesús deja a sus discípulos como herencia, pocas horas antes de entrar en su camino (v. 4.6): el camino de la cruz-muerte-resurrección. Testamento y herencia que, en la vida de todos, normalmente se vuelven efectivos tras la muerte del testador. El caso de Jesús es diferente: no es el testamento de un muerto, sino de un viviente. Con razón, la liturgia nos revela este testamento en los domingos después de Pascua y nos lo hace gustar como palabra viva del Resucitado. Ante todo, es una palabra de consuelo y de esperanza para la comunidad de los creyentes, para que no tiemble su corazón, sino que permanezcan fuertes en la fe (v. 1) y estén dispuestos a seguir los pasos del Maestro por el mismo camino: el camino hacia la Pascua, hacia la casa del Padre. La casa del Padre, sin embargo, no es inmediatamente el paraíso, sino ante todo la comunidad de los creyentes, donde también hay “muchas estancias” con un lugar para cada uno (v. 2-3); donde los sitios, los encargos y los servicios por cumplir son muchos; donde el sitio más importante es el que permite servir más y mejor a los demás.

Ayudarse como hermanos, lavarse los pies unos a otros (Jn 13,14), sin títulos de clase, honor, prestigio… Este era el ideal y el gran testimonio de la primera comunidad, en la cual había sí una diferencia, la única, reconocida por todos desde los comienzos: la diferencia en razón del servicio (o ministerio), requerido y brindado a la comunidad. Estamos ante un tema misionero apasionante. El mensaje del Evangelio de este domingo y las experiencias de la primera comunidad cristiana (y II lectura) contienen luces preciosas para la misión de la Iglesia. El libro de los Hechos (I lectura) presenta un cuadro de dificultades típicas de la misión, concretas y frecuentes: se refieren al crecimiento numérico, al pluralismo cultural de la comunidad (v. 1: conflicto entre los de lengua griega y los de lengua hebrea, con consecuencias sociales y económicas), a la organización de la asistencia a los necesitados… Para encontrar la solución, se emplean criterios básicos para la buena marcha de la misión: amplia consulta en el grupo (v. 2), búsqueda de personas llenas de Espíritu y de sabiduría (v. 3.5), definición de los ministerios (v. 3.4.6). Así: los diáconos para la administración y los Doce Apóstoles para la oración y el servicio de la Palabra.

Hoy diríamos que la solución se encontró gracias a un ejercicio de la autoridad en forma sinodal: en la colegialidad y en la ministerialidad, que han permitido actuar con pluralismo cultural y con descentralización. La Iglesia de Jerusalén salió de aquel percance más madura, enriquecida con nuevas fuerzas para el apostolado, más abierta a las exigencias culturales de los diferentes grupos. Fue una solución creativa y ejemplar, que tuvo inmediatos efectos de irradiación misionera: “la Palabra de Dios iba cundiendo”, mientras crecía el número de discípulos de Jesús (v. 7). Se inscribe en este contexto también la insistencia del Papa Francisco sobre la oración por las vocaciones.

Soluciones de esa naturaleza son propias de un pueblo que San Pedro (II lectura) define real, santo, escogido por Dios (v. 9), llamado a acercarse al “Señor, la piedra viva” y, por tanto, un pueblo formado por “piedras vivas” (v. 4.5). Volvemos aquí al tema de los diferentes servicios en la casa de Dios: no es importante ser piedras de fachada o piedras escondidas en los cimientos. S. Daniel Comboni así lo recomendaba a sus misioneros para África: “El misionero trabaja en una obra de altísimo mérito, ciertamente, pero muy ardua y laboriosa, para ser una piedra escondida bajo tierra, que quizás nunca verá la luz, y que entra a formar parte de los cimientos de un nuevo y colosal edificio, que tan solo la posteridad verá surgir del suelo” (Reglas de 1871, Escritos, n. 2701). Lo que importa es formar parte de la comunidad de discípulos, contentos de ser pueblo, ser activos en el servicio a la misión de Cristo Salvador, acogedores y solidarios hacia las personas más alejadas, extranjeras, solas.

Jesús no ha venido a quitarnos el sufrimiento, sino a darnos valor para afrontar los miedos profundos de la enfermedad, el futuro, la soledad, la muerte… “Dios no ha venido a explicar el sufrimiento; ha venido a llenarlo con su presencia” (Paul Claudel). En la conversación con sus discípulos (Evangelio), Jesús los invita a no perder la tranquilidad ante las pruebas (v. 1). Los exhorta a creer en Él, que es “el camino, la verdad y la vida” (v. 6). Habla de su íntima unidad con el Padre, hasta el punto de que quien le ha visto a Él ha visto al Padre (v. 9). Jesús es el primer misionero del Padre: lo ha revelado y anunciado con la palabra y con las obras (v. 11). Surge aquí la pregunta fundamental para la misión: hoy, ¿a quién le toca revelar al Padre y revelar a Jesús, el Salvador del mundo? El desafío permanente del cristiano es poder decir: ¡quien ve mi vida y escucha mi palabra ve al Padre, ve a Cristo! Aquí tiene sus raíces y su fuerza de irradiación la responsabilidad misionera de todo bautizado.

Fallece el P. Tano Beltrami

Fecha de nacimiento: 04/09/1941
Lugar de nacimiento: Ariano Polesine, d. Adria-Rovigo (I)
Votos temporales: 09/09/1967
Votos perpetuos: 30/05/1970
Fecha de ordenación: 10/10/1970
Llegada a México: 1978
Fecha de fallecimiento: 29/04/2026
Lugar de fallecimiento: Verona/I

Con tristeza recibimos hoy la noticia del fallecimiento del P. Gaetano Beltrami, misionero comboniano italiano que trabajó 17 años en México.

El P. Tano, como era conocido aquí en México, nació en 1941, tenía 84 años de edad, en Ariano Polesine, Italia. Fue ordenado sacerdote en el día de Comboni, el 10 de octubre de 1970, después de haber estudiado en Sunningdale (Inglaterra) y Crema (Italia). Los primeros ocho años de su vida sacerdotal los pasó en Italia. En 1978 fue destinado a México, donde trabajó durante 17 años, casi siempre en casas de Formación. Pasó por las comunidades de Moctezuma, en Ciudad de México, el CAM (también en Ciudad de México), Cuernavaca, San Francisco del Rincón y el postulantado de Xochimilco. En 1984 hizo un paréntesis para hacer un curso de formación permanente en Roma.

En 1995 regresó a Italia y en 2005 fue destinado a Perú, donde permaneció once años. Regresa a Italia en 2016, de donde no se moverá ya hasta el día de su fallecimiento. Pertenecía a la comunidad de Castel d’Azzano.

Damos gracias a Dios por su gran trabajo en la formación de jóvenes seminaristas mexicanos y pedimos a nuestra Madre María de Guadalupe que interceda por él ante su Hijo. DEP.

Misionera sin fronteras

La hermana Vera Lúcia Belo Rocha es una misionera comboniana portuguesa. Hizo su consagración perpetua a Dios el pasado mes de diciembre, dando su «sí» definitivo al servicio de la misión según el carisma de San Daniel Comboni. Desde Portugal, donde se encuentra actualmente, comparte con nosotros la historia de su llamada a la vida misionera.

Pertenezco a la parroquia de Nuestra Señora de la Concepción de los Olivais, en Lisboa. Mi madre forma parte de la comunidad neocatecumenal y me llevaba con ella a las celebraciones; fue a partir de ahí que empecé a integrarme en la parroquia, como ministra de la Eucaristía. La fe fue adquiriendo en mí cierta solidez, gracias a los miembros de la comunidad con quienes aprendí a rezar y a servir. Creo firmemente que mi vocación misionera nació en el seno de la parroquia, acunada por la comunidad neocatecumenal que me introdujo en la misión sin fronteras.

Un día percibí la presencia de las Hermanas Misioneras Combonianas, cuya comunidad está integrada en esta parroquia. Busqué saber más sobre el carisma y decidí iniciar el proceso de formación requerido por este instituto femenino exclusivamente misionero.

La formación inicial comprende dos períodos de formación de dos años cada uno. Realicé, pues, el postulantado en Granada, España, y el noviciado en Quito, Ecuador. Estas etapas me ayudaron a permanecer en el camino que conduce a la comunión con Dios y con los hermanos, aprendiendo a cultivar relaciones de gratuidad y fraternidad.

En la completa disponibilidad y apertura al amor de Dios y a los hermanos encontré la verdadera alegría y la plena realización de mis más íntimas aspiraciones. Para mí es necesario escuchar, discernir y vivir en la escucha de la Palabra de Dios en la vida concreta, aprendiendo a leer los acontecimientos con ojos de fe y buscando abrirme a las sorpresas del Espíritu.

He descubierto, a lo largo del proceso, que esta es mi forma concreta de responder a la predilección de Dios que transforma mi vida y me envía más allá de mí misma y de mis propias raíces, para seguir caminando en su presencia, descubriéndole y amándole en los rostros de las personas que encuentro por el camino y que me hablan al corazón. La profesión religiosa-misionera es solo esto: la entrega total de todo lo que soy y tengo para llevar la alegría del Evangelio dondequiera que esté.

En 2020, fui enviada en misión a Costa Chica, al sur de México. Allí acompañé a las pequeñas comunidades católicas de los tres grupos étnicos que viven en armonía y solidaridad en la región: los pueblos afromexicanos, los indígenas y los mestizos.

Costa Chica y su gente me hicieron sentir en familia. Me recibieron con alegría y sencillez, abriéndome las puertas de sus casas y de sus corazones. Su cariño, generosidad y cercanía alimentaron mi corazón en el poco tiempo que pude caminar con aquel pueblo indígena y afromexicano.

Lo que más me gustó de Costa Chica fueron los niños curiosos y sus carcajadas; los pies descalzos que caminan ágiles, decididos; las manos que golpean con la misma facilidad la tortilla y el tambor; la fe compartida en la celebración de la Palabra y alrededor de una mesa; las mujeres comprometidas con servicio y el trabajo junto a las «Madres Combonianas».

Me gustaron los campesinos que trabajan la tierra con sudor bajo el sol, los jóvenes que se arriesgan por caminos que les pueden llevar a un futuro mejor, las familias separadas por una frontera… Hay de todo en ese «pedazo de paraíso», y yo encontré a Dios en las alegrías y en las penas compartidas con este pueblo. Gracias, Costa Chica, por haberme enseñado que lo importante es «ser», «estar», compartir mi vida y esperanza con todos lo que tan amablemente me acogieron en su tierra.

Mensaje final del VIII Simposio de Teología India

Del 20 al 25 de abril tuvo lugar en Riobamba, Ecuador el VIII Simposio de Teología India, que reunió a más de 60 representantes indígenas, teólogos, agentes de pastoral, religiosos y obispos de 12 países de América Latina. Este es el mensaje final, que reafirma la vigencia de una teología arraigada en la sabiduría ancestral y el Evangelio y destaca la riqueza de la diversidad cultural que distingue a la Iglesia. (Fotos: ADN CELAM)

VIII SIMPOSIO DE TEOLOGIA INDIA
Iglesia y Pueblos Originarios Riobamba, Ecuador, 20 al 25 de abril de 2026
MENSAJE FINAL

“Hay diversidad de dones, pero el mismo Espíritu. Hay diversos ministerios, pero el mismo Señor. Hay diversas actividades, pero el mismo Dios que hace todas las cosas en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común. A uno el Espíritu le da palabra de sabiduría; a otro, palabra de conocimiento, según el mismo Espíritu.” (1 Cor 12,4-8).

A todo el Pueblo de Dios,

Y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad.

Los Pueblos Originarios mesoamericanos, andinos, amazónicos, del Cono Sur, laicos y laicas, teólogos y teólogas, vida consagrada, sacerdotes y obispos, movidos por el Espíritu Santo y convocados por el equipo de Asesores de Teología India del CELAM, presididos por el Cardenal Álvaro Ramazzini, al VIII Simposio de Teología India en la Casa Hogar Santa Cruz de Riobamba Ecuador, bendecimos a Dios por la vida, la sorofraternidad latinoamericana, por la variedad y riqueza intercultural, y por la larga historia de personas que han dejado todo para hacerse uno con nuestros pueblos originarios, anunciando la Buena Nueva de Jesucristo y construyendo el Reino de Dios.

Habiendo compartido las realidades sociales y pastorales de nuestros países, escuchando los gritos, clamores de nuestros pueblos y de la Madre Tierra, lamentamos las tragedias y las sistemáticas violaciones a los derechos humanos, derechos colectivos y de la naturaleza. Junto con nuestras hermanas y hermanos indígenas cobramos fuerza en la sabiduría ancestral, en la fe a la luz del Evangelio que nos mantiene en la esperanza activa y fortalece el compromiso de seguir sirviendo al estilo de Jesús “Que no vino a ser servido, sino a servir” (Mt 20,28).

Queremos ser una Iglesia Católica aliada, fiel, servidora, comprometida e incondicional con los pueblos originarios de nuestra querida Abya Yala, “para que en Él tengan vida, y vida en abundancia” (Jn 10,10), reflejada en el Buen Vivir de los pueblos originarios, invitados a ser “Iglesia abogada de la justicia y defensora de los pobres” (DA n. 395)

A lo largo del caminar de la Teología India en todos estos años, hemos experimentado esa búsqueda sincera de la inculturación del Evangelio en nuestras culturas, donde brota la Teología India como expresión de vivir y el sentipensar de Dios presente en la vida de los pueblos y transmitida en la sabiduría de los ancestros.

Como Iglesia reconocemos que la Teología India es un camino legítimo que enriquece la catolicidad con la pluralidad cultural, “hay diversidad de dones y carismas, pero una sola fe” (1 Cor 12,4-11). La Teología India es el Espíritu que sopla en la sabiduría ancestral, en el respeto a la Madre Tierra, en la comunidad como lugar de Dios, lugar teológico, en la palabra de las abuelas y abuelos, en la celebración de la vida como regalo sagrado.

Hoy, como herederos de este proceso, nos exige lo mismo que ayer: descolonizar la mente y el corazón, desaprender para aprender y dejar que el Espíritu nos hable desde abajo, desde la periferia, desde la cruz de los empobrecidos. Porque no hay verdadera liberación si no es liberación integral: del alma, del cuerpo, de la cultura y de la tierra. Este caminar no es un interés personal y sí un don de Dios, una acción del Espíritu y de la Iglesia. Somos servidores e instrumentos de Dios que nos exige una gran responsabilidad para mantener la esperanza entre las luces y sombras de nuestros pueblos.

En este VIII Simposio de Teología India, hemos hecho memoria agradecida del legado del Papa Francisco en los diferentes documentos, que es fuente de inspiración, de forma especial, los cuatro sueños de Querida Amazonia, para seguir construyendo una nueva conciencia ecológica integral y social y una Iglesia con rostro y corazón indígena, sinodal y misionera.

Con los aportes de los diferentes pueblos originarios del Continente, agentes de pastoral y el Magisterio de la Iglesia, hemos profundizado sobre la Iglesia autóctona,

Ministerios y servicios, Ministerios femeninos y nuevas generaciones, que nos han dado muchas luces y desafíos para proseguir el camino de profundización de los contenidos doctrinales de la Teología India, para avanzar en su clarificación a la luz de la Palabra de Dios y del Magisterio de la Iglesia, dialogando entre todos, y así construir “Iglesias autóctonas particulares” con rostro y corazón Indígena (cfr. QA 5- 7).

Hemos reflexionado que la Iglesia autóctona es una Iglesia encarnada, con rostro propio, que brota del encuentro entre el Evangelio de Jesucristo y las culturas vivas de los pueblos originarios; es una Iglesia que dialoga y acompaña, que reconoce la riqueza de la diversidad y enriquece a la Iglesia Universal.

La Iglesia autóctona tiene su propia espiritualidad, cosmovisión y cosmovivencia, en profunda relación con la Madre Tierra, con la comunidad y con lo sagrado de la vida.

La Iglesia autóctona hace teología, vive los servicios y ministerios desde su realidad y celebra una liturgia inculturada, que se va fortaleciendo y tejiendo en comunión con el Evangelio, el Magisterio de la Iglesia y la sabiduría ancestral.

Profundizamos que los servicios y ministerios en la Iglesia autóctona son expresiones vivas del Espíritu que actúa en los pueblos originarios. Su ministerialidad es una praxis integral: espiritual, pastoral, política, ecológica y cósmica, enraizada en su vida cotidiana y comunitaria. En la ministerialidad de los pueblos originarios, hemos visto el papel fundamental y protagónico de la mujer indígena, que se vincula inseparablemente con la defensa de la vida, del territorio, como ser vivo y sujeto de derechos; con ternura, cuidado y amor, desde una espiritualidad encarnada y de resistencia en los pueblos.

En este VIII Simposio de Teología India, celebramos y agradecemos la presencia de los jóvenes de los pueblos originarios, que nos interpelan para que la Iglesia se abra a su presencia con acogida, acompañamiento y confiando en su protagonismo, como nuevos agentes de pastoral en la evangelización de los pueblos.

Sabemos que en este proceso surgen varios desafíos que requieren seguir reflexionando, dialogando, discerniendo a la luz del Evangelio, del Magisterio de la Iglesia y de la sabiduría de los Pueblos para ir clarificando el caminar de la Teología India en la Iglesia.

Damos gracias a Dios por la riqueza de este VIII Simposio de Teología India, las contribuciones significativas de todos los participantes presencial y virtualmente, el aporte y acompañamiento del CELAM. También agradecemos la ayuda solidaria de los benefactores y de la Diócesis de Riobamba por su acogida y servicio generoso.

Nos encomendamos a la ternura de Santa María de Guadalupe, Madre de América para que, como ella sigamos diciendo sí al Proyecto de Dios, como lo han hecho nuestros mártires defendiendo la fe, la vida y la Casa Común.

Riobamba a 25 de abril de 2026


Noticias combonianas desde Oriente Medio

Aprovechando el alto el fuego temporal, el 25 de abril, festividad de San Marcos Evangelista, los siete escolásticos combonianos de la comunidad de Beirut renovaron sus votos en presencia del provincial de Egipto-Sudán, el padre Diego Dalle Carbonare.

El 25 de abril, siete escolásticos combonianos de la comunidad de Beirut renovaron sus votos en presencia del provincial de Egipto-Sudán, el padre Diego Dalle Carbonare.
La vida en el Líbano parece reanudarse tras semanas de tensión, con la imposición de un toque de queda que —esperamos— pueda poner fin a los bombardeos, que han sido muy intensos, sobre todo en el sur de la capital y del país.

Cinco de los siete escolásticos que han renovado los votos están terminando sus estudios teológicos. Los acompañamos con nuestra oración y nuestra amistad mientras algunos se preparan para el servicio misionero y otros para los votos perpetuos. Que el Señor bendiga sus próximas asignaciones misioneras con la paz y los convierta en misioneros de paz y reconciliación en la provincia de Egipto-Sudán y en todo el mundo.

Por otra parte, el viernes 17 de abril, que según el calendario oriental cae en la semana in albis, los más de 150 sudaneses adultos que recibieron el bautismo durante el Sábado Santo en las distintas parroquias de El Cairo realizaron una peregrinación a Alejandría. Les guiaba Mons. Claudio Lurati, comboniano y vicario apostólico de Alejandría, es decir, el único obispo de rito latino en Egipto.

Durante la peregrinación, cada neófito depositó la túnica blanca recibida en el bautismo sobre el altar de Santa Sabina, mártir, en el interior de la iglesia de Santa Catalina, para luego recibir del obispo el mandato de continuar su camino de fe con alegría y generosidad, siguiendo el ejemplo de los mártires.

En una época en la que los migrantes se enfrentan a enormes dificultades en su proceso de integración, esta peregrinación a 200 km de El Cairo representa un momento de gran aliento. Al igual que los discípulos de Emaús, sabemos que no estamos solos en el camino.

comboni.org

IV Domingo de Pascua. Año A

“En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: “Yo les aseguro que el que no entra por la puerta del redil de las ovejas, sino que salta por otro lado, es un ladrón, un bandido; pero el que entra por la puerta, ése es el pastor de las ovejas. A ése le abre el que cuida la puerta, y las ovejas reconocen su voz; él llama a cada una por su nombre y las conduce afuera. Y cuando ha sacado a todas sus ovejas, camina delante de ellas, y ellas lo siguen, porque conocen su voz. Pero a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños”.

Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron lo que les quería decir. Por eso añadió: “Les aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes que yo, son ladrones y bandidos; pero mis ovejas no los han escuchado.

Yo soy la puerta; quien entre por mí se salvará, podrá entrar y salir y encontrará pastos. El ladrón sólo viene a robar, a matar y a destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”.

(Juan 10, 1-10)


El Buen Pastor
P. Enrique Sánchez G., mccj

La figura del Buen Pastor es algo que trae a nuestros corazones muchos buenos sentimientos. Es una imagen que genera confianza, serenidad, esperanza, alegría, por mencionar sólo algunos de esos sentimientos.

Jesús se presenta a nosotros, a través de este evangelio, como un pastor que se pone por delante y nos llama a seguirlo, depositando en él toda nuestra confianza. Nos invita a dar ese paso diciendo que nos conoce a cada uno por nuestro nombre y que es alguien que vela por el bienestar de aquellos que le pertenecen.

A sus ovejas las conoce, la quiere, las cuida y las conduce por caminos seguros. Las lleva a pastos abundantes en donde no les faltará nada y en donde podrán estar tranquilas.

Seguramente los oyentes de Jesús, cuando les hablaba del cuidado que él tenía por todos aquellos que su Padre le había confiado, se recordaban del salmo 23 que muchas veces recitaban en la sinagoga o en sus casas en los momentos de oración reconociendo a Dios como el padre bueno que guiaba sus pasos.

El ejemplo del pastor que Jesús pone ante la mirada de sus interlocutores no era difícil de entender en un pueblo en donde una de las actividades importantes era el pastoreo de las ovejas. Todos sabían que los buenos logros que podrían recogerse de un rebaño dependían de las capacidades y del cuidado del pastor.

Jesús, presentándose como aquel que conoce a sus ovejas y que ellas lo reconocen y lo siguen, nos da a entender que aquí no se trata sólo de cuidados, hay algo más. Hay un conocimiento mutuo, de reconocimiento de ambas partes que se traduce en confianza y en disponibilidad para ponerse a caminar tras sus huellas.

A Jesús se le podrá seguir siempre, en la medida en que nazca una auténtica y profunda amistad fundada en el conocimiento mutuo. Y esto habla de una experiencia profunda de amor.

Por eso, cuando pensamos a nuestras vocaciones, al llamado que el Señor nos ha hecho, nos damos cuenta de que lo más importante en esa experiencia no está tanto en lo que somos llamados a hacer, sino a ser con él.

El evangelio de Marcos, cuando nos habla de la llamada de los discípulos, nos recuerda que los llamó principalmente para que estuvieran con él. Y ese estar con él es lo que habitualmente nosotros llamamos amistad, cariño, amor.

San Pablo dirá en su carta a los Gálatas: “me amó y se entregó por mí”. De ahí nace toda vocación.

En esa relación existe algo importante que el evangelio lo señala al inicio. Ahí se menciona como una necesidad de pasar por la puerta del redil para poder ser reconocido y para no confundir al responsable del redil a la hora de entrar. Se tiene que pasar por él. Luego el evangelio termina con aquella frase que dice: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” y precisamente, quienes quieran alcanzar esa vida abundante, lo lograrán en la medida que pasen por Cristo, es decir, que ponga al Señor en el centro de su vida.

Tener a Jesús como nuestro pastor es algo muy alentador, pues sintiéndonos conocidos por él no hay nada ni nadie que nos pueda impedir ponernos en el camino para seguirlo. Sintiéndonos amados por él nos descubrimos perdonados y el amor junto con el perdón hacen que no existan más obstáculos que nos impidan entregarle lo que somos.

Como Buen Pastor el Señor también hoy se nos presenta como la puerta abierta por la cual somos invitados a pasar para entrar a hacer la experiencia de la salvación, es decir, sentir que somos amados de una manera especial por el Señor que nos da la posibilidad de vivir intensamente realizando lo que nuestro corazón más profundamente desea.

Este evangelio de hoy nos es propuesto para que motivemos nuestra oración por las vocaciones, en especial por las vocaciones a la vida consagrada al servicio del Evangelio y de los más pobres en la Iglesia. Pero también para que pidamos por todas las vocaciones.

Jesús, Buen Pastor, nos llama a cada uno por nuestro nombre y conociendo lo que somos cada uno, nos invita a seguirlo poniendo a su disposición nuestras vidas para el servicio y la entrega a los demás.

Toda vocación es una llamada a vivir una experiencia extraordinaria del amor y a cada uno el Señor nos indica un camino en donde seremos capaces de amar con todo lo que somos.

Y ese amor lo percibimos en nosotros justamente cuando descubrimos que Jesús nos conoce tal y como somos y que, teniendo en cuenta nuestra realidad, nos perdona y nos llama.

Por ese motivo, mientras más conocemos a Jesús y más nos descubrimos amados y perdonados por él, nuestra respuesta a su llamada se hace más clara, aunque la respuesta implique sacrificios y renuncias, nada impide a dar un sí. Ese sí que después a lo largo de toda la vida será sostenido por el Señor en los momentos de mucho entusiasmo, pero al igual en los días de oscuridad, de duda y de fragilidad.

Responder al Señor con generosidad, con confianza y con alegría es lo que permitirá que en la realización de nuestra vocación encontremos aquella plenitud de vida con la que el Señor ha marcado nuestro corazón como tratándose del anhelo más grande de nuestra vida.

Pidamos a Jesús, el Buen Pastor, que lo sepamos reconocer presente en nosotros, que seamos capaces de escuchar su voz, cuando nos llama por nuestro nombre, porque nos conoce.

Que nos sintamos profundamente amados por él para que nos dejemos guiar por los caminos por donde nos quiere conducir y que podamos realizar el proyecto que Dios ha soñado para cada uno de nosotros, sabiendo que Dios quiere en nuestras vidas lo que más profundamente queremos, cuando se trata de amar con todo el corazón.

Que en esta jornada mundial de oración por las vocaciones el Buen Pastor toque el corazón de muchas personas para que sepan poner a disposición sus vidas al servicio del Evangelio en cualesquiera que sea nuestra vocación.

Y, finalmente, que el Señor nos conceda ser fieles y perseverantes en nuestra vocación.


Jesús es la puerta
José Antonio Pagola

Jesús propone a un grupo de fariseos un relato metafórico en el que critica con dureza a los dirigentes religiosos de Israel. La escena está tomada de la vida pastoril. El rebaño está recogido dentro de un aprisco, rodeado por un vallado o pequeño muro, mientras un guarda vigila el acceso. Jesús centra precisamente su atención en esa «puerta» que permite llegar hasta las ovejas.

Hay dos maneras de entrar en el redil. Todo depende de lo que uno pretenda hacer con el rebaño. Si alguien se acerca al redil y «no entra por la puerta», sino que salta «por otra parte», es evidente que no es el pastor. No viene a cuidar a su rebaño. Es «un extraño» que viene a «robar, matar y hacer daño».

La actuación del verdadero pastor es muy diferente. Cuando se acerca al redil, «entra por la puerta», va llamando a las ovejas por su nombre y ellas atienden su voz. Las saca fuera y, cuando las ha reunido a todas, se pone a la cabeza y va caminando delante de ellas hacia los pastos donde se podrán alimentar. Las ovejas lo siguen porque reconocen su voz.

¿Qué secreto se encierra en esa «puerta» que legitima a los verdaderos pastores que pasan por ella y desenmascara a los extraños que entran «por otra parte», no para cuidar del rebaño, sino para hacerle daño? Los fariseos no entienden de qué les está hablando aquel Maestro.

Entonces Jesús les da la clave del relato: «Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas». Quienes entran por el camino abierto por Jesús y le siguen viviendo su evangelio son verdaderos pastores: sabrán alimentar a la comunidad cristiana. Quienes entran en el redil dejando de lado a Jesús e ignorando su causa son pastores extraños: harán daño al pueblo cristiano.

En no pocas Iglesias estamos sufriendo todos mucho: los pastores y el pueblo de Dios. Las relaciones entre la jerarquía y el pueblo cristiano se viven con frecuencia de manera recelosa, crispada y conflictiva: hay obispos que se sienten rechazados; hay sectores cristianos que se sienten marginados.

Sería demasiado fácil atribuirlo todo al autoritarismo abusivo de la jerarquía o a la insumisión inaceptable de los fieles. La raíz es más profunda y compleja. Hemos creado entre todos una situación difícil. Hemos perdido la paz. Vamos a necesitar cada vez más a Jesús.

Hemos de hacer crecer entre nosotros el respeto mutuo y la comunicación, el diálogo y la búsqueda sincera de verdad evangélica. Necesitamos respirar cuanto antes un clima más amable en la Iglesia. No saldremos de esta crisis si no volvemos todos al espíritu de Jesús. Él es «la puerta».

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Jesús como el Buen Pastor

Este IV Domingo del Tiempo Pascual nos permite profundizar en Jesús como el Buen Pastor y a nosotros como ovejas de su rebaño. Es un tema que ha alimentado la fe y la devoción de los cristianos a lo largo de los siglos. Los primeros cristianos no se atrevían a pintar a Jesús crucificado; sin embargo, en las pinturas de las catacumbas y en los sarcófagos paleocristianos es muy común encontrar representaciones de Jesucristo con una oveja sobre sus hombros. Los presbiterios de las antiguas Basílicas suelen estar decorados con mosaicos que representan dos filas de ovejas acercándose a beber de una fuente. La imagen de Jesús Pastor es tan rica, que nos ayuda a comprender su identidad, su misión y su relación con el Padre y con nosotros.

Hoy se celebra la LVI jornada mundial de oración por las vocaciones, cuyo tema es: La valentía de arriesgar la vida por  la promesa de Dios. La Liturgia nos presenta como centro de nuestra celebración la figura de Jesús que habla de sí mismo como buen Pastor. Su presencia resucitada en medio de sus Apóstoles nos invita a orar y pedir por los Pastores: Papa Francisco, Obispos, Sacerdotes, y por todos los que se preparan para la vida sacerdotal Y religiosa, por las familias que promueven la cultura vocacional con amor por la Iglesia.

El texto de Jesús Buen Pastor debe ser leído y meditado a la luz del capitulo 34 del profeta Ezequiel que anuncia un pastor que en nombre de Dios hará alianza con su pueblo. Quien es el verdadero pastor? El que se sacrifica por la comunidad. Jesús también es ”puerta”, pues su Palabra conduce a la vida nueva, a la verdad, a la misión.

Él nos dice: Yo soy el Buen Pastor, conozco mis ovejas y ellas me conocen, Yo soy la puerta de las ovejas, Yo he venido para que tengan vida y vida en abundancia. Esta conclusión ilumina todo el texto que se divide en dos partes, la primera habla del pastor y del ladrón: Jn. 10,1- 6. El pastor que es el dueño de las ovejas entra por la puerta; las ovejas conocen su voz y lo siguen, mientras el extraño no lo reconocen. Quien lo está escuchando no comprende que Jesús habla de sí mismo. En la segunda parte: Jn. 10, 7- 10 Jesús se declara diciendo: “Yo soy la puerta se las ovejas”, Quien vino antes de Él, ha pasado por otra parte, por eso es un ladrón y brigante, en fin la contraposición!: el ladrón viene a robar y a asesinar; en vez Jesús ha venido para darnos vida y vida en abundancia, vino para conocer y para guiar, El dona la salvación.

Jesús es la Puerta, es decir sacramento principal del cual nos da toda gracia, en una palabra Él es nuestra Pascua= pasaje; es por medio de Él que la vida de Dios desciende a nosotros del Padre; y es por medio de Él que nuestra respuesta sale al Padre; y es en la Iglesia que, guiada por los pastores, continua su presencia salvadora.
Dios quiere encontrar al hombre porque ha venido allí, donde el hombre le busca. Como padres, educadores, sacerdotes, religiosos, animadores y hermanos ¿estamos dispuestos a entregar nuestras capacidades, nuestro tiempo, nuestra propia vida por los que están a nuestro cargo?
Jesús no llama con palabras aduladoras. Nos dice: el que quiera seguirme, que tome su cruz de cada día y me siga. Su amor y su bondad nos acompañan todos los días de nuestra vida.


Señor y mesías, modelo, puerta del aprisco
José Luis Sicre

Los cuatro títulos iniciales resumen lo que afirman de Jesús: que es Señor y Mesías lo dice Pedro en el libro de los Hechos (1ª lectura); como modelo a la hora de soportar el sufrimiento lo propone la 1ª carta de Pedro (2ª lectura); puerta del aprisco es la imagen que se aplica a sí mismo Jesús en el evangelio de Juan. En resumen, las lecturas nos proponen una catequesis sobre Jesús, lo que significó para los primeros cristianos y lo que debe seguir significando para nosotros.

No quedarnos en el próximo domingo, mirar hasta el 7º

Cabe el peligro de vivir la liturgia de las próximas semanas sin advertir el mensaje global que intentan transmitirnos las lecturas dominicales: pretenden prepararnos a las dos grandes fiestas de la Ascensión y Pentecostés, y lo hacen tratando tres temas a partir de tres escritos del Nuevo Testamento.

  1. La iglesia (1ª lectura, de los Hechos de los Apóstoles). Se describe el aumento de la comunidad (4º domingo), la institución de los diáconos (5º), el don del Espíritu en Samaria (6º), y cómo la comunidad se prepara para Pentecostés (7º). Adviértase la enorme importancia del Espíritu en estas lecturas.
  2. Vivir cristianamente en un mundo hostil (2ª lectura, de la Primera carta de Pedro). Los primeros cristianos sufrieron persecuciones de todo tipo, como las que padecen algunas comunidades actuales. La primera carta de Pedro nos recuerda el ejemplo de Jesús, que debemos imitar (4º domingo); la propia dignidad, a pesar de lo que digan de nosotros (5º); la actitud que debemos adoptar ante las calumnias (6º), y los ultrajes (7º).
  3. Jesús (evangelio: Juan). Los pasajes elegidos constituyen una gran catequesis sobre la persona de Jesús: es la puerta por la que todos debemos entrar (4º); camino, verdad y vida (5º); el que vive junto al Padre y con nosotros (6º); el que ora e intercede por nosotros (7º).

Jesús, Señor y Mesías (Hechos 2,14a.36-41)

Esta lectura tiene interés especial desde un punto de vista histórico y catequético. Según Lucas, el grupo de seguidores de Jesús (120 personas) experimentó un notable aumento el día de Pentecostés. Después de cincuenta días de miedo, silencio y oración, el Espíritu Santo impulsa a Pedro a dirigirse a la gente presentando a ese Jesús al que habían rucificado, constituido Señor y Mesías por Dios. El pueblo, conmovido, pregunta qué debe hacer, y Pedro los anima a convertirse y bautizarse en nombre de Jesucristo. (…)

Jesús modelo (1 Pedro 2,20b-25)

En la segunda mitad del siglo I, los cristianos eran a menudo insultados, difamados, perseguidos, se confiscaban a veces sus bienes, se los animaba a apostatar… En este contexto, la 1ª carta de Pedro los anima recordándoles que ese mismo fue el destino de Jesús, que aceptó sin devolver insultos ni amenazas: «Cristo padeció su pasión por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas». Al final de esta lectura encontramos la imagen de Jesús como buen pastor («Andabais descarriados como ovejas, pero ahora habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras vidas»). Pero este no es el tema principal del evangelio, que introduce un cambio sorprendente.

Jesús, puerta del aprisco (Juan 10,1-10)

El autor del cuarto evangelio disfruta tendiendo trampas al lector. Al principio, todo parece muy sencillo. Un redil, con su cerca y su guarda. Se aproxima uno que no entra por la puerta ni habla con el guarda, sino que salta la valla: es un ladrón. En cambio, el pastor llega al rebaño, habla con el guarda, le abre la puerta, llama a las ovejas, ellas lo siguen y las saca a pastar. Lo entienden hasta los niños.

Sin embargo, inmediatamente después añade el evangelista: “ellos no entendieron de qué les hablaba”. Muchos lectores actuales pensarán: “Son tontos. Está clarísimo, habla de Jesús como buen pastor”. Y se equivocan. Eso es verdad a partir del versículo 11, donde Jesús dice expresamente: “Yo soy el buen pastor”. Pero en el texto que se lee hoy, el inmediatamente anterior (Juan 10,1-10), Jesús se aplica una imagen muy distinta: no se presenta como el buen pastor sino como la puerta por la que deben entrar todos los pastores (“yo soy la puerta del redil”).

Con ese radicalismo típico del cuarto evangelio, se afirma que todos los personajes anteriores a Jesús, al no entrar por él, que es la puerta, no eran en realidad pastores, sino ladrones y bandidos, que sólo pretenden “robar y matar y hacer estrago”.

Resuenan en estas duras palabras un eco de lo que denunciaba el profeta Ezequiel en los pastores (los reyes) de Israel: en vez de apacentar a las ovejas (al pueblo) se apacienta a sí mismos, se comen su enjundia, se visten con su lana, no curan las enfermas, no vendan las heridas, no recogen las descarriadas ni buscan las perdidas; por culpa de esos malos pastores que no cumplían con su deber, Israel terminó en el destierro (Ez 34).

La consecuencia lógica sería presentar a Jesús como buen pastor que da la vida por sus ovejas. Pero eso vendrá más adelante, no se lee hoy. En lo que sigue, Jesús se presenta como la puerta por la que el rebaño puede salir para tener buenos pastos y vida abundante.

En este momento cabría esperar una referencia a la obligación de los pastores, los responsables de la comunidad cristiana, a entrar y salir por la puerta del rebaño: Jesús. Todo contacto que no se establezca a través de él es propio de bandidos y está condenado al fracaso (“las ovejas no les hicieron caso”). Aunque el texto no formula de manera expresa esta obligación, se deduce de él fácilmente.

En realidad, esta parte del discurso termina dirigiéndose no a los pastores sino al rebaño, recordándole que “quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos”.

Ya que es frecuente echar la culpa a los pastores de los males de la iglesia, al rebaño le conviene recordar que siempre dispone de una puerta por la que salvarse y tener vida abundante.

http://www.feadulta.com


El Buen Pastor llama a otros a ser pastores buenos
Romeo Ballan, mccj

El cuarto domingo de Pascua es el “Domingo del Buen Pastor”, por el pasaje del Evangelio de hoy. El Buen Pastor es la primera imagen utilizada por los cristianos en las catacumbas para representar a Jesucristo, muchos siglos antes de la imagen del crucifijo. La razón de esta antigüedad radica ciertamente en la riqueza bíblica de la imagen del ‘pastor’ ya en el Antiguo Testamento (cfr. Éxodo, Ezequiel, Salmos…). Jesús se ha identificado con el pastor: Yo soy el buen pastor. El evangelista Juan lo presenta con abundantes expresiones que indican la relación vital entre el pastor y las ovejas: entrar-salir, abrir, llamar-escuchar, conducir, caminar-seguir, conocer, pacer… Hasta la identificación de Jesús con la ‘puerta’ (v. 7.9); puerta de salvación, que significa ‘vida en abundancia’ (v. 9.10). En efecto, Jesús se autodefine como el buen pastor que entrega su vida por las ovejas (v. 11). Es interesante notar que el texto griego emplea un sinónimo: el pastor hermoso (v. 11.14), es decir, bueno, perfecto, que reúne en sí la perfección estética y ética.

Él ofrece su vida por todos: Él tiene también otras ovejas a las que debe recoger, hasta formar un solo rebaño con un solo pastor (v. 16). Él no renuncia a ninguna de ellas, aunque estén lejos o no le conozcan: todas tienen que entrar por la puerta que es Él mismo, porque Él es el único Salvador. La misión de la Iglesia se mueve entre estos parámetros de oblación y de universalidad: vida ofrecida por todos, la perspectiva del único rebaño, la vida en abundancia… Aunque la grey sea numerosa, nadie queda perdido en el anonimato, nadie sobra, antes bien las relaciones son personales e íntimas: el pastor conoce a sus ovejas, las llama a cada una por el nombre y las saca fuera (v. 3).

Jesús habla de un pastor que no explota las ovejas, sino que las ayuda a vivir ‘en abundancia’; Él critica duramente la conducta de los jefes religiosos del Templo. En ese contexto, Jesús por dos veces subraya el hecho de que el pastor saca las ovejas ‘fuera’ del recinto (v. 3-4). Es decir, fuera del atrio-recinto del Templo. Porque Jesús se encontró con una religión que no hacía libres a las personas, sino esclavas: esclavas de reglas y leyes, esclavas del poder religioso de escribas, fariseos y sacerdotes, que Jesús llama ‘mercaderes del templo’. Jesús no quiere explotadores, guetos y divisiones. Jesús no está en contra del templo como tal, sino que lo quiere libre de todo tipo de ‘mercaderes’. Solo así el templo continúa siendo un lugar importante para encontrar a Dios, escuchar su Palabra, celebrar la Eucaristía, orar juntos al Padre… Todo ello para recibir luz y fuerza para luego salir y encontrar a Dios en la historia, en la vida diaria, el trabajo, la familia, la enfermedad, la diversión… Para sembrar en todas partes alegría y esperanza.

Jesús se opone a ese poder que a través de la religión deshumanizaba a las personas. El Dios de Jesucristo no quiere mujeres y hombres esclavos, sinolibres, autónomos, responsables; gozosos de “adorar al Padre en espíritu y en verdad” (Jn 4,23); prontos en hacer comunión con los demás, generosos en servir a los más necesitados. En este nuevo estilo de vida, inaugurado por Jesús, se comprende la otra bella imagen bajo la cual se presenta Jesús: “Yo soy la puerta” (v. 7.9). La puerta de la vida nueva: a través de Él se establece un nuevo estilo de relaciones con Dios, consigo mismo, los demás, la cultura y la política, el cosmos, e incluso la vida eterna… Jesús es la puerta que nos regala la posibilidad degustar verdaderamente la vida. Él afirma claramente: “Yo he venido para que tengan la vida y la tengan en abundancia” (v.10). En el centro de su Evangelio Jesús pone la vida; aun antes del pecado. Él ha venido para darnos la vida, para enseñarnos a vivir: amándonos unos a otros como Él mismo nos ha amado.

El amor apasionado con que el Buen Pastor ofrece su vida por las ovejas aparece en las dos lecturas. Pedro el día de Pentecostés (I lectura) predica e invita a la conversión, al bautismo y a recibir el don del Espíritu Santo (v. 38); asimismo, en su carta, Pedro (II lectura) se inspira en el cuarto cántico del Siervo (Is 53): Cristo padeció por nosotros, dejándonos un ejemplo, para que sigamos sus huellas (v. 21); sus heridas nos han curado. La familia humana, descarriada y errante por causa del pecado, ha encontrado salvación y unidad en Cristo, pastor y guardián de la vida de todos (v. 25).

Seguir las huellas del Buen Pastor es la invitación y el objetivo que se propone la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, que se celebra hoy: el Señor sigue llamando también a otros a compartir su destino y su misión para la vida de toda la familia humana. Aun a riesgo de sufrir persecuciones violentas, como en el caso frecuente de los misioneros mártires. En el mensaje para la Jornada de hoy, el Papa Francisco invita a los llamados, a confiar siempre en el Dios que nos llama, porque Él está presente y nos acompaña también en la oscura noche de tempestad.

Las vocaciones de especial consagración (sacerdocio, vida consagrada, vida misionera, servicios laicales…) encuentran solidez, gozo y libertad interior (Jn 10,9) en la experiencia personal de sentirse amado y llamado por Alguien que existe antes que nosotros. Se trata de una experiencia fundante, la misma que el teólogo protestante K. Barth, superando el idealismo cartesiano, expresa así: “Cogitor, ergo sum” (soy pensado, luego existo). El Salmo 22 expresa, con lenguaje de alta poesía, la seguridad y la tranquilidad interior del que pone su confianza plena en el Señor, el Buen Pastor (Salmo responsorial). El Papa Francisco expresa esta seguridad en términos vitales y vocacionales: “Soy amado, luego existo; he sido perdonado, entonces renazco a una vida nueva” (Misericordia et misera, n. 16). Este es el camino para una vocación segura, radical y duradera.