La Familia comboniana en el mundo

Cuando se cumplen 195 años del nacimiento de nuestro fundador, San Daniel Comboni, les presentamos este dossier sobre la Familia Comboniana, formada por los Misioneros Combonianos, las Misioneras Combonianas, las Misioneras Seculares Combonianas y los Laicos Misioneros Combonianos. Son diferentes maneras de vivir el carisma dado a la Iglesia a través de un gran hombre y un santo misionero.
La Familia Comboniana

La Familia Comboniana es una comunidad de personas que nace en torno a la figura de un misionero, San Daniel Comboni, un hombre nacido hace casi dos siglos, el 15 de marzo de 1831, en un pequeño pueblecito a orillas del lago de Garda, Limone.

Desde Limone sul Garda, Daniel partió para estudiar en Verona, en el Instituto de Don Mazza, y para comprender, con una visión de futuro aún no apagada, cómo un continente lejano como África, desde entonces y aún hoy expoliado de sus riquezas naturales y humanas, tenía la necesidad de emprender un camino que partiera de sí mismo, de su gente.

Daniel invocaba entonces una misión y una Iglesia capaces de unir fuerzas para la salvación de África y de sus pueblos. Es el mismo anhelo que mueve hoy a la Familia Comboniana.

En ese Plan para la regeneración de África que Comboni, por una intuición carismática, comienza a soñar a los pies de la tumba de San Pedro el 15 de septiembre de 1864, se dibuja un mundo diferente que se resume en un lema: «Salvar África con África». Un lema que sueña con convertir a las personas en protagonistas de su presente y su futuro a partir de las realidades cotidianas en las que viven, de las esclavitudes antiguas y modernas que les son impuestas por una riqueza occidental cada vez más ávida.

Comboni sabe que la primera herramienta para la salvación es la educación. Se dedica, ante todo, a la formación de maestros y artesanos, así como de catequistas, religiosas y sacerdotes, para que cada persona, dentro de su propia comunidad, encuentre su manera de vivir el Evangelio, la cercanía y el compartir. Así nace el embrión de un movimiento misionero que reúne a religiosos y laicos, hombres y mujeres, autóctonos y expatriados, capaces de compartir necesidades e intereses en la complementariedad de un objetivo que parte de la conciencia de que cada persona se salva si todos se salvan, que cada persona puede llegar a ser lo que es si los demás tienen la misma posibilidad. Es un proyecto de humanidad que no se limita al continente africano, sino que extiende su huella a toda Europa, que debe conocer esa tierra lejana y contribuir a la salvación.  Comprendiendo la importancia no sólo de la formación, sino también de la información, Comboni piensa en una revista: «Gli Annali del Buon Pastore» (Los Anales del Buen Pastor).

Es una época de trata de esclavos, de grandes discriminaciones basadas en el color y en las diferencias religiosas, Comboni comprendía la necesidad de unir los mundos del saber de entonces, el mundo civil, cultural y político, tendidos hacia una causa común. Su sueño transcendió el tiempo, su sueño sigue siendo actual, no sólo porque se ha cumplido la frase que él mismo pronunció: «Yo muero, pero mi obra no morirá», sino porque aún hoy vivimos una época de esclavitud y de pensamientos de supremacía.

La obra de Daniel vio nacer los institutos religiosos de las Hermanas Misioneras Combonianas y los Misioneros Combonianos y, en tiempos más recientes, las Misioneras Seculares Combonianas y los Laicos Misioneros Combonianos. Así, su anhelo –«si tuviera mil vidas, las daría todas por la misión»– ha seguido manifestándose a lo largo del tiempo, en las vidas de quienes han elegido continuar el Plan, traducirlo en el camino de una familia, la Familia Comboniana.

Somos hombres y mujeres capaces de ampliar los horizontes geográficos de ese sueño, abriéndonos a servir a los más pobres y abandonados presentes tanto en África como también en Europa, América y Asia; en esos lugares fronterizos, en las periferias de un mundo global que se convierte en Casa común, esa Casa que la Familia Comboniana habita allí donde vive su cotidianidad.

Les presentamos, pues, nuestra Familia, una Familia que sigue las huellas de San Daniel Comboni, con la esperanza de que quieran formar parte de un grupo de personas que va más allá de estar físicamente en el mismo lugar haciendo las mismas cosas. Somos una Familia que quiere compartir y acoger la riqueza que reside en la singularidad de cada persona, donde la diversidad del otro se convierte en un don que nos ayuda a comprender mejor nuestra propia identidad.


Misioneros Combonianos
Consejo General de los Misioneros Combonianos

Los Misioneros Combonianos somos una institución misionera católica presente hoy en más de 40 países, en todos los continentes. Nuestra misión es anunciar el Evangelio de Jesucristo, especialmente a los pueblos y grupos humanos que aún no lo conocen.

Todos los misioneros nos consagramos a Dios para esta misión: somos unos 1.500 en total. La mayoría son sacerdotes, aunque todavía hay un número significativo de hermanos, que participan plenamente en la misma misión a través de las más diversas competencias profesionales. Juntos, nos esforzamos por estar atentos a las necesidades concretas de las poblaciones a las que somos enviados, especialmente en el ámbito de la promoción humana, la educación, la salud, las comunicaciones y el desarrollo integral.

Procedentes de Europa, África, América y Asia, los Misioneros Combonianos trabajamos prioritariamente en contextos marcados por la pobreza, la marginación, la injusticia y formas nuevas y antiguas de esclavitud. En estos entornos nos preocupamos de formar comunidades cristianas vivas, capaces de ser fermento de promoción humana y transformación social. Nuestro servicio está animado por la esperanza de contribuir a la construcción de un futuro en el que la humanidad pueda vivir en armonía con la Madre Tierra, en paz entre los pueblos, reconociéndose en la dignidad común de hijos e hijas de Dios.

Fundados por San Daniel Comboni a mediados del siglo XIX, con el sueño de llevar el Evangelio y un desarrollo integral a los pueblos de África, los Misioneros Combonianos trabajamos hoy en todos los continentes. Estamos presentes tanto donde es necesario iniciar nuevas comunidades cristianas, como donde es necesario acompañar y apoyar a las Iglesias locales jóvenes, aún en fase de crecimiento y consolidación.

En el contexto del fuerte aumento de los flujos migratorios de nuestro tiempo, los Misioneros Combonianos desempeñamos hoy una parte significativa de nuestra misión también en el hemisferio norte, en particular en las periferias humanas y sociales de las grandes ciudades. En estos entornos compartimos la fe cristiana como fermento de fraternidad, diálogo intercultural y amistad social entre personas de diferentes pueblos, culturas y religiones.

El lema que guio a San Daniel Comboni, «Salvar África con África», sigue inspirando profundamente a los misioneros y misioneras combonianos. Se traduce en el compromiso de responsabilizar y emancipar a las personas y comunidades locales, para que sean protagonistas de su propio crecimiento cristiano, social y humano. Este estilo misionero se expresa de manera particular en la formación de líderes locales, tanto en las comunidades eclesiales como en los proyectos de desarrollo y justicia social.

En el corazón de cada misionero comboniano sigue «ardiendo la llama» que san Daniel vio salir del corazón abierto de Cristo en la cruz, en un momento contemplativo especial, en la basílica de San Pedro, en Roma, el 15 de septiembre de 1864: es el amor recibido del Corazón de Cristo, Buen Pastor, que aún hoy nos impulsa a ir al encuentro de los más pobres y abandonados. Dondequiera que seamos enviados, esta llama de amor nos anima a entablar un diálogo respetuoso con todos, para compartir la fe y promover caminos de fraternidad que reaviven la esperanza en un mundo reconciliado y en paz.

El carisma misionero donado por Dios a San Daniel Comboni es hoy compartido por diferentes realidades que, en su conjunto, constituyen la Familia Comboniana. Por ello, siempre que es posible, colaboramos estrechamente con las Hermanas Misioneras Combonianas, las Misioneras Seculares Combonianas y los Laicos Misioneros Combonianos. Cada grupo vive y encarna, según su vocación específica, el mismo espíritu misionero que animaba al Fundador.

El carisma de San Daniel Comboni es un don para toda la Iglesia y está abierto a múltiples formas de participación. Parte de la misión de las comunidades combonianas es también compartir este espíritu con las Iglesias de antigua fundación, para que puedan renovar su impulso misionero y colaborar activamente en el anuncio del Evangelio y en gestos concretos de solidaridad, justicia y paz, signos visibles del amor de Dios por toda la humanidad, sin distinción alguna.

Para más información: comboni.org


Misioneras Combonianas
Consejo General de las Misioneras Combonianas

Nacimos de un gran sueño de San Daniel Comboni, de un ideal que nos llena el corazón. Comboni nos dejó una herencia que es gracia y responsabilidad, don y conquista. Veía en nuestra identidad de mujeres misioneras la imagen de las mujeres del Evangelio, como escribió en una de sus cartas: «Si no tuviera tantas ocupaciones, me gustaría darles una idea del apostolado de estas hermanas, la verdadera imagen de las antiguas mujeres del Evangelio» (E. 3554).

Desde entonces, el testimonio de María Magdalena, de las mujeres que llevaban los aromas, de la samaritana, de la mujer que amasa el pan, de las mujeres estériles y hechas fértiles, junto con el de las otras discípulas de Jesús, ilumina nuestro camino y nuestra dedicación misionera como hermanas combonianas.

Como María Magdalena, María la de Santiago y Salomé, que preparando perfumes y movidas por el Amor, van al sepulcro para ungir el cuerpo del Maestro, como estas tres mujeres, pequeña comunidad como muchas de nuestras comunidades, nos sentimos animadas a ponernos en camino cuando aún es de noche, con los ojos y los oídos atentos a los gemidos de la humanidad y del cosmos, a cuidar de la vida más herida, de todas las formas de vida y también de la muerte; a realizar gestos que parecen carecer de sentido; a cuidar de lo que otras personas han abandonado; a reconocer los signos de renacimiento presentes en la historia y ser nosotras mismas generativas; a ser amantes de la Vida y tener el valor y la docilidad de penetrar en el Misterio y dejarnos transformar por Él.

Muchas de nosotras conocemos tierras áridas, aparentemente sin vida, pero la experiencia nos dice que incluso el desierto tiene un potencial generativo, al igual que las mujeres estériles de la Biblia guardan en sí mismas una fecundidad que nadie les puede quitar. Es precisamente en los desiertos geográficos y existenciales donde anunciamos la Fuente de agua viva. A menudo, las realidades a las que somos enviadas parecen tierras áridas, convertidas en tales por la explotación y la violencia sufrida, pero están abiertas a acogernos, con la esperanza de un renacimiento.

Nuestra misión es ser pan, alimento y alegría; existencia entregada para aliviar el sufrimiento humano, para vivir el compartir y movilizar relaciones auténticas y humanizadoras. La mujer de la parábola une la harina, el agua y la levadura; nuestras manos mezclan nuestros conocimientos con los conocimientos de los pueblos a los que somos enviadas. Amasamos el pan de la existencia en sinergia con las fuerzas de otras mujeres y hombres, de organizaciones religiosas y civiles, para construir relaciones comunitarias y solidarias.

Los caminos recorridos son muchos: desiertos y bosques, periferias y fronteras, caminos de tierra, ríos y asfalto, pueblos y ciudades. Nos expresamos a través de diferentes ministerios, pero con un único deseo: cuidar de la vida, de la vida empobrecida y explotada que incluye los cuerpos humanos, pero también los cuerpos-territorio de la tierra, el agua, los bosques, igualmente empobrecidos y explotados. El cuidado es un camino de reciprocidad, porque al cuidar nos sentimos cuidadas, y también porque cuando un ser es violado, toda la red de la vida sufre. El cuidado es un acto comunitario y político. Es ternura, pero también transgresión contra un sistema dominante.

La mujer sin nombre que dialoga con Jesús, la Samaritana, nos recuerda la capacidad de ir más allá de nuestros límites y fronteras, de establecer relaciones en las que circula el poder, de reconocernos capaces de abandonar nuestras seguridades y convicciones para lanzarnos hacia caminos inéditos. La mujer samaritana y el hombre judío que la encuentra en el pozo nos hablan del encuentro posible entre etnias diferentes y de la superación de los prejuicios que separan a hombres y mujeres. Su diálogo pasa de la esfera material a la espiritual, como suele ocurrir en la misión cuando, tras satisfacer las necesidades primarias, se llega, con humildad, a hablar del Misterio, a dar testimonio del Dios-Presencia que rompe todos los esquemas en los que intentamos encerrarlo.

«La Sabiduría clama por las calles, en las plazas hace oír su voz»; Jesús anuncia en las calles y en las casas; Comboni se adentra en los patios y en los desiertos. Alimentados por una espiritualidad femenina, bíblica y místico-política, nuestros pasos siguen sus huellas, anunciadoras de relaciones de reciprocidad, de una humanidad reconciliada consigo misma y con toda la creación.

Para más información: misionerascombonianas.org


Misioneras Seculares Combonianas

«El Señor también os ha elegido para colaborar con la oración, la entrega total de vosotras mismas y la obra del apostolado, incorporándoos a la misma familia fundada por nuestro padre monseñor Daniel Comboni». Esta expresión del padre Egidio Ramponi –a quien se debe la idea fundacional de nuestro Instituto– dirigida a las cuatro primeras jóvenes que el 22 de agosto de 1951 que se entregaron al Señor en lo que sería el Instituto Secular de las Misioneras Combonianas, contiene el núcleo esencial de nuestra vocación y pertenencia a la Familia Comboniana.

La aprobación pontificia del 22 de mayo de 1983 fue una etapa importante para nuestro Instituto, un punto de llegada de una historia que ha ido evolucionando, pero también un punto de partida para un camino que nos ha llevado a enfocar mejor nuestra identidad, hasta hoy. La reciente aprobación de las Constituciones actualizadas, fruto de un largo período de reflexión, es una señal de ello.

Nuestro propio nombre, Misioneras Seculares Combonianas, expresa la identidad de nuestra vocación, que se fundamenta en la misma experiencia de Cristo vivida por Comboni, en su amor por los últimos y en «hacer causa común con ellos». Compartir su pasión por Cristo y por la humanidad se traduce en la entrega total de nosotras mismas en respuesta a la llamada, a través de la profesión de los consejos evangélicos.

Una pasión que se alimenta del encuentro personal con el Señor, del que brota el deseo de compartir con todas las personas, y en particular con las más alejadas, la Buena Nueva del Evangelio, para que todos puedan conocerlo, encontrarlo y tener vida en abundancia (cf. Jn 10, 10).

La «secularidad» es la dimensión que caracteriza el espíritu y la forma en que encarnamos el don del carisma comboniano; esto nos une a la condición de todos los cristianos laicos que viven en el mundo, insertados en su propio ambiente social, profesional y eclesial.

Es una forma de vida que tiene su referencia en la Encarnación del Hijo de Dios y que implica una plena pertenencia a la historia, vivida al estilo de Jesús, el más humano de los hombres, hijo y hermano de todos, que nos lleva a compartir las mismas situaciones, incluso de precariedad e incertidumbre, de la mayoría de la gente común, a hacernos cargo de los retos, los sufrimientos y las esperanzas de la humanidad.

Como Misioneras Seculares Combonianas estamos integradas, cada una en su propio entorno, en su propia situación, viviendo de su propio trabajo. Esta es nuestra forma de transformar el mundo desde dentro con el espíritu del Evangelio.

En sintonía con las imágenes evangélicas de la sal y la levadura, elementos sencillos de la vida cotidiana que actúan desde dentro, ponemos el acento en ser fermento misionero en cada realidad y situación humana, más que en la visibilidad de la organización, de las obras o de las estructuras. Este es el elemento que nos une a todas en la pluralidad de situaciones de vida, entornos, actividades, edades, y que se manifiesta en una multiplicidad de formas de vivir y expresar la misión.

Cultivamos una actitud de apertura a las situaciones fronterizas en nuestro país o en otros países, dispuestas a ir a las diferentes periferias del mundo. Un «ir» que es ante todo salir de nosotras mismas, de nuestros estrechos límites, para ampliar los horizontes al mundo entero, sobre todo a las personas más pobres, a los últimos…; una actitud que impregna toda nuestra experiencia y que puede concretarse también en la elección de un servicio en contextos o lugares diferentes a los de la vida ordinaria.

Nos anima el deseo de mantener viva en todas partes esa apertura misionera que hace del partir hacia los últimos el criterio, no solo de una auténtica vida evangélica, sino también humana.

Nos sentimos llamadas a vivir en primera persona esta «tensión de salida», siendo testigos de ella también ante los demás de todas las formas posibles, en las relaciones interpersonales, en las diferentes situaciones cotidianas, en las comunidades cristianas y en todos los contextos de vida y compromiso, también a través de iniciativas específicas, abiertas a la colaboración con todas las personas de buena voluntad.

Para más información: secolaricomboniane.it


Laicos Misioneros Combonianos
Coordinación general LMC

Desde los inicios de su misión, San Daniel Comboni llevó con él a laicos que pudieran colaborar en África, que pudieran compartir sus profesiones y así ayudar las comunidades necesitadas de desarrollo. Él decía que los misioneros laicos “contribuyen a nuestro apostolado más de lo que los sacerdotes participan en la conversión, porque los alumnos negros y los neófitos están con ellos durante un período de tiempo bastante largo. Éstos, con el ejemplo y la palabra son verdaderos apóstoles para los alumnos, quienes les observan y los escuchan más de lo que pueden observar y escuchar a los sacerdotes” (E 5831).

Y no solo los misioneros, sino que creía que la formación de los laicos y laicas constituía un elemento central de su manera de hacer misión, el insistía en Salvar África con África: “Todos mis esfuerzos están dirigidos a fortalecer estas dos misiones donde preparamos buenos individuos indígenas de las tribus centrales, para que ellos se conviertan en apóstoles de fe y de civilización en su patria” (E 3293); “he conseguido formar competentes maestros y catequistas negros, además de zapateros, albañiles, carpinteros, etc. y proveer las estaciones de Jartum y Cordofán. Indígenas así formados son indispensables para la existencia de una misión”. (E3409).

Representantes de los LMC en la asamblea de Europa

Representantes de los LMC en la asamblea de América

Representantes de los LMC en la asamblea de África

A la luz de este carisma muchos laicos y laicas que acompañaban a los religiosos en las animaciones misioneras de sus países pidieron también poder ser misioneros y misioneras e ir con esta vocación a otros países. Así, a finales de los años ochenta, surgieron los grupos de Laicos Misioneros Combonianos. Grupos de laicos dispuestos a poner sus competencias profesionales y su vida al servicio de la misión. Comboni nos quería Santos y Capaces, por ello nuestro empeño como cristianos es poder compartir nuestra vida de fe y nuestra experiencia profesional con las personas que más lo necesitan.

LMC de México

Actualmente estamos presentes en 21 países de Europa, América y África colaboramos tanto en comunidades internacionales, donde LMC de diversos países nos unimos para tener una presencia misionera común y compartir nuestra vida con las comunidades que lo necesitan en las periferias de las ciudades o en las zonas rurales donde muchos son olvidados, como en nuestros países de origen donde, como laicas y laicos insertos en la sociedad, intentamos plantear un estilo de vida alternativa y solidario con los excluidos de este mundo.

A modo de ejemplo podríamos contaros lo importante de ofrecer formación en agricultura ecológica en el nordeste de Brasil para desde el acompañamiento y formación de las comunidades hacer frente a los grandes latifundios o a las empresas de minería extractivista.

Lo mismo ocurre en la República Centroafricana, donde acompañamos a la población Pigmea-Aka en sus campamentos, con escuelas de integración y procuramos que se les reconozcan sus derechos como ciudadanos de primera en una sociedad que trata de relegarlos.

En Mozambique también estamos empeñados en la formación profesional de los jóvenes de comunidades rurales, ofreciéndoles una cualificación que les permita acceder al mercado laboral, o acompañando a las innumerables comunidades de la parroquia que viven en el interior, donde casi nada llega.

O en las periferias de las grandes ciudades latinoamericanas (Perú, Brasil, Guatemala…) donde hay tantas personas que intentan sobrevivir y ganarse la vida, personas que migran desde el interior para procurar trabajo en la ciudad, pero que a menudo apenas sobreviven por la precariedad laboral que encuentran.

También en Europa encontramos muchas personas migrantes que acompañar, personas procedentes de los países donde estamos presentes y a las que también acompañamos desde nuestra experiencia misionera de vida en África o América, e intentamos que se sientan tan acogidos como nosotros nos sentimos en sus países; acompañándolas y apoyándolas en su integración en la nueva sociedad.

Y todo ello queremos vivirlo desde nuestras comunidades locales, porque sentimos que nuestra llamada misionera ha sido a vivir esta vocación desde la comunidad; por ello nos reunimos para formarnos, rezar, compartir nuestra vida, nuestros sueños y nuestro compromiso misionero.

Para más información: lmcomboni.org

Una vida con las mujeres sabias

Por Hna. Sonia de Jesús García desde Kaande (Zambia)


Una de las mayores alegrías de la misión es constatar el bien que se hace a las personas. Lo compruebo día a día en las actividades que llevamos adelante las cuatro combonianas de la comunidad de Kaande, en la diócesis zambiana de Mongu. Una hermana se ocupa de la pastoral en general, otra trabaja con los campesinos, otra está comprometida en la educación y yo, que soy enfermera, me ocupo de la pastoral de la salud.

En Kaande las cosas están mejorando poco a poco. Trabajamos con el grupo Promotoras de Salud, integrado por mujeres que han recibido una formación sencilla pero suficiente para acompañar y ayudar en diversos problemas de salud.

La mayoría de estas mujeres, a las que coordino, no pertenecen a la Iglesia católica sino a otros cultos e Iglesias presentes en la zona. Son baptistas, adventistas o de la New Apostolic Church. En el grupo saben que represento a la Iglesia católica con el aprobación de mi superiora provincial, del obispo y del párroco. Un día me sorprendió un comentario suyo: «­Realmente la Iglesia católica es diferente. En nuestras Iglesias nos limitamos a ir al culto, rezamos, cantamos, pero no nos ocupamos de aspectos sociales como ayudar al que lo necesita».

Al tratarse de un grupo interre­ligioso, la gente ve a los católicos desde otra perspectiva e intuyen que detrás de todo lo que hacemos está la importancia que damos a Dios, que se muestra a través del cuidado de las personas. Estoy convencida de que este testimonio de unidad en la diversidad es también un modo de evangelizar.

El trabajo de las promotoras es muy bonito. Han aprendido a cuidar de los bebés y de las mujeres embarazadas y los consejos que dan son muy pertinentes y sabios. Este equipo de mujeres es uno de los logros de nuestra misión.

Debemos enfrentar muchos retos e intentamos hacerlo a través de soluciones que estén al alcance de todos. En los últimos tiempos hemos detectado muchos problemas dermatológicos por falta de higiene. Las familias prefieren comprar comida a un trozo de jabón, que puede ser más caro. Por eso hemos organizado talleres para que la gente aprendan a hacer jabón artesanal.

Hay cosas que me cuesta mucho comprender, como que las familias sigan creyendo que la enfermedad se produce porque alguien «te la da» y que tenga sentido ir al chamán para que te cure. Esto es un problema grave porque las familias gastan mucho dinero y, además, el enfermo no sana.

Visitamos a las familias con frecuencia y tratamos de aconsejarlas e intervenir, pero siempre con el máximo respeto. Es bonito no sentirse aisladas, sino misioneras que sirven, acompañan y sostienen a la gente desde la fe en Jesús. Como decía Comboni, tratamos de «hacer causa común» y que la gente sea protagonista de su propio desarrollo y evangelización.

Misa de funeral

Por: P. Gabriel Uribe, mccj
Desde Chama, Zambia

Funerales y aniversarios luctuosos son siempre ocasiones de presencia obligatoria de todos en la aldea. Amigos y familiares en donde vivan, «cerca lejos», toman parte en el funeral. Las mujeres lloran, los hombres gimen. Nadie debe faltar. Si alguien lo hace se sospechará que es la causa de la muerte sufrida.

En la mentalidad de la aldea, la muerte nunca sucede sin que alguien la provoque. Si se observa que los ojos de alguien están secos, no ha llorado y debió hacerlo, los parientes del muerto pensarán que es un brujo que maldijo al desaparecido. Ideas como éstas quedan muy arraigadas entre la gente. Creencias que sólo se entienden escuchando a las mismas personas. Se busca el porqué del mal. Es fácil decir que es ignorancia; es difícil escuchar con paciencia. Camino largo de recorrer.

Ayer celebramos la misa de aniversario del señor Kabambo K. Mbuzi, uno de nuestros cristianos. Todo el mundo se dio cita en el patio de la casa del finado de acuerdo al llamado de la familia doliente. Estuvieron presentes el jefe tradicional de la aldea, un representante de la autoridad civil, vecinos en general y desde luego representantes de la parentela. Esta concurrencia representativa obedece a que, llegado el momento y en estricto orden jerárquico, a cada uno se le pide expresar su posicionamiento respecto al finado. Abre la ronda de intervenciones el representante de la Iglesia a la que el finado perteneció. Estas intervenciones toman tiempo, pero dejan en claro la preocupación de todos por la paz para el finado y para los vivos.

El equipo pastoral siempre considera la pertinencia formativa de celebrar la eucaristía en medio de la gente, que en su mayoría funge como «espectadora», no siendo católicos, y otros tantos ni siquiera cristianos. Al recibir el reporte y las recomendaciones de los dirigentes de la comunidad cristiana del lugar, se decide celebrar la eucaristía o un servicio alternativo. Entre los presentes es apreciable el tono respetuoso que todos guardan. Hay máxima disponibilidad de escucha al sacerdote misionero.

Nunca en la iglesia se ve tanta gente como en los funerales y misas de sufragio. Ocasiones en las que más de un cristiano insiste al misionero que aproveche para evangelizar y dejar de lado tantas consideraciones secundarias. La fe cristiana, dicen, se vive en la aldea por los pocos cristianos que van a misa. Tienen razón quienes así animan al misio-nero, quien cuestiona el entendimiento de una audiencia tan heterogénea.

De hecho, en el patio los católicos fueron la familia Mbuzi y algunos más. Hay que salir y celebrar la eucaristía en medio de las personas dispuestas a participar; salir y buscar a la gente en sus aldeas. Las personas necesitan escuchar el Evangelio que consuela en este momento de sufrimiento común por la pérdida de un miembro de la comunidad.

La gente necesita ver que la Eucaristía es recibida por los católicos, sin importar cuánto entienden los no católicos. Todos verán que la Eucaristía llega y nutre a los aldeanos bautizados católicos. Al ver su actitud tan atenta, las personas hacen eco de las palabras de Jesús «la mies es mucha, y los obreros pocos» (Mt 9,27). Fueron pocos los católicos en esa misa, pero siempre dispuestos para acompañar al misionero y hacer coro.

Parroquia peregrina y misionera

Al 65 km de la capital gallega, en el llamado Camino francés de Santiago de Compostela, se encuentra la parroquia de San Tirso que los misioneros combonianos gestionan desde 2014.

Texto y fotografías: P. Francisco Javier Ochoa Gracián, mccj
Desde Palas de Rei, España

La parroquia de San Tirso es una unidad pastoral que aglutina 25 parroquias. Está situada en la localidad de Palas de Rei, en la provincia gallega de Lugo. El templo parroquial, de estilo románico, tiene un pórtico medieval y en su interior se equilibran la austeridad y el neoclasicismo.

La comunidad está formada por cuatro sacerdotes misioneros combonianos: dos españoles, un polaco y un mexicano. Todos han trabajado en diferentes países del continente africano e intentan transmitir un espíritu misionero y de esperanza a los feligreses y peregrinos que pasan cada día por la parroquia, sobre todo para participar en la “misa del peregrino”.

La mayoría de los feligreses de esta unidad pastoral son personas mayores. Hay una ausencia muy marcada de jóvenes y niños en las celebraciones eucarísticas. Solo aparecen en fiestas como San Tirso, el 28 de enero; San Cristóbal, en julio y Ecce Homo, en septiembre.

También los días de catequesis de primera comunión y confirmación. Las aldeas se van vaciando poco a poco y no siempre es fácil llevar adelante un programa de evangelización que refuerce la fe y el entusiasmo en Cristo.

En este contexto, el sacerdote mexicano Francisco Javier Ochoa Gracián ha querido compartir con nosotros una anécdota sobre su experiencia personal de misión, trabajando en esta parroquia peregrina de San Tirso.

«Hace algunos meses, un grupo de jóvenes provenientes del pueblo mexicano donde viví y crecí, me hicieron la invitación de hacer la experiencia del Camino de Santiago, a través del “camino portugués”. Mi tarea fue animarlos en la parte espiritual con charlas diarias misas en campo abierto, el rezo del rosario misionero, confesiones y, el último día, con una adoración al Santísimo en agradecimiento a Dios por los días vividos juntos. Fueron días de mucha lluvia, viento, subidas y bajadas, cansancio, paisajes increíbles y encuentros significativos. Esta experiencia única, me ayudó bastante para entender un poco más el espíritu de muchos peregrinos que pasan por nuestra parroquia en búsqueda de algo valioso para sus vidas».

10 días de animación misionera en España

Por: José de Jesús García
desde Palencia, España

La Hna. Sonia De Jesús García (mi hermana), originaria de Chilpancingo, Guerrero, realiza su misión en Zambia, África. En Zambia, la lengua oficial es el inglés.  Sonia al venir de vacaciones para México, tuvo la oportunidad de pasar a España del 25 de agosto al 04 de septiembre para visitarme. Tiempo que aprovechamos para realizar animación misionera visitando comunidades combonianas, amigos e incluso la feria del libro en Palencia.  Al día siguiente de su llegada partimos hacia Granada, al sur de España.

En Granada se encuentra el Escolasticado Comboniano y una Comunidad de las Misioneras Combonianas. El miércoles 27, la Hna. Lilia Karina Navarrete Solís, comboniana mexicana, organizó con las hermanas de su comunidad la Santa Misa y una comida para dar la bienvenida a Sonia.  Lilia y Sonia fueron compañeras de grupo y se prepararon juntas en Roma para su profesión perpetua. En la misa, durante la homilía Sonia, nos compartió su experiencia misionera, en Zambia, todos escuchamos con gran interés. Y durante la comida, las Hnas. Isabel González y Carmen Martín le hicieron muchas preguntas a nuestra misionera visitante, sobre las dificultades y esperanzas en la misión. Sonia les dio respuestas, con la alegría y el optimismo que la caracterizan. 

Posteriormente el viernes 29, partimos de mañana en autobús hacia Palencia. En nuestra comunidad comboniana, Sonia fue recibida con grande alegría. Actualmente vivimos 13 misioneros, la mayoría ya mayores.  El domingo siguiente, me tocó presidir la Santa Eucaristía en nuestra casa y Sonia compartió sus vivencias misioneras durante la misa, estando presentes: el P. Ángel Lafita, el P. José Javier Parladé y el P. José Luis Vale Insua, grandes veranos de la misión. Fue un tiempo oportuno, en que Sonia nos compartió su experiencia reavivando en ellos, los tiempos buenos, en que ellos estuvieron activos en las misiones.

El lunes 1 de septiembre visitamos a la familia Lorenzo Pérez, en Relea de la Loma, ubicada a 70 kilómetros de distancia de Palencia. Una familia, amiga de los combonianos y bienhechora desde hace más de 50 años, fuimos el P. Juan Manuel Rodríguez (español), Sonia y yo. Fue un día muy alegre, para recordar a muchos misioneros que pasaron por Palencia y también en Saldaña (ciudad próxima a Relea), lugar donde muchos años antes, estuvo una casa comboniana, y por falta de personal se tuvo que cerrar. La familia aprovechó para hacer muchas preguntas sobre la misión de Sonia en Zambia. Sonia animó a dicha familia a continuar orando por los misioneros y a no dejar que se apague o enfríe su fe.

El martes 2 de septiembre viajamos de Palencia a Madrid. Nos recibió Sor Elena Hernández González, religiosa de la congregación de las Hijas de María, Madre de la Iglesia, congregación que lleva adelante su pastoral centrada en la educación escolar de niños de primaria y secundaria. El colegio que atienden se llama Colegio San José. Tiene un número aproximado de 300 alumnos. Sor Elena nos compartió parte de lo que es su carisma y también aprovechó para preguntar a Sonia cuales son los retos y desafíos en tierras africanas. Sonia, después de responder a sus preguntas y felicitarla por su trabajo en la educación, la invitó a organizar voluntarios misioneros, que apoyen en la salud o la educación, que estén dispuestos a salir de su pequeño mundo y vean que hay otras realidades de misión que nos esperan.  

El miércoles 3 de septiembre, La Hna. María del Prado Fernández Martín, misionera comboniana, nos invitó a su comunidad. Fue un encuentro muy emotivo. En su comunidad hay 25 misioneras combonianas mayores, de las cuales varias conocen a Sonia, de muchos años atrás, porque habían coincidido en México, Perú, Ecuador, Zambia o incluso en Roma, Italia. La Hna. Prado es consejera de la nueva provincia comboniana: Europa Unida (Italia, España, Portugal, Inglaterra y Escocia). Es también la responsable de los medios de comunicación de su comunidad y de su nueva provincia y también del SCAM (Servicio Conjunto de Animación Misionera a nivel Nacional de España). Aprovechando nuestra visita, pidió entrevistarnos a los dos. Dijo que era un momento especial y único, por estar dos hermanos de sangre misioneros juntos y sobre todo por pertenecer a la misma congregación. Le preguntó a Sonia cómo fue que ella se decidió a ser misionera. Sonia dijo que desde muy pequeña sentía ese deseo e inquietud y que por mucho tiempo estuvo buscando en diferentes congregaciones, donde sentía, que Dios la llamaba. Explicó que hasta que conoció a las misioneras combonianas, se sintió plenamente identificada con el carisma misionero comboniano. Gracias a Dios hoy se está realizando como misionera. Es superiora de la comunidad comboniana ubicada en la localidad de Kaande, situada al sur-oeste del país.

Fueron 10 días intensos, pero llenos de alegría y de esperanza misionera. Hacía más de 10 años que Sonia y yo no nos veíamos en persona, porque por nuestra mamá, que gracias a Dios vive, alternamos nuestras vacaciones y no coincidimos nunca. Escribo este artículo para compartir a nuestros bienhechores, familiares y amigos, esta rica experiencia de ser misioneros. Y sobre todo para agradecerles, por todo lo que ya han hecho por las misiones. Y para pedirles que continúen orando por las vocaciones misioneras y también colaborando para que la buena noticia siga llegando hasta los últimos rincones de la tierra.

Laicos Misioneros Combonianos en Kitelakapel, West Pokot

Kitelakapel pertenece a la parroquia de Kacheliba. Cuenta con 17 aldeas y 17 ancianos, con un jefe que trabaja estrechamente para velar por el bienestar de la comunidad.

El condado de West Pokot es uno de los 14 condados de la región del Valle del Rift. Está situado en el norte del Rift, en la frontera occidental de Kenia con Uganda. Limita con el condado de Turkana al norte y noreste, con el condado de Trans Nzoia al sur, y con los condados de Elgeyo Marakwet y Baringo al sureste y este, respectivamente. El condado tiene una superficie aproximada de 9,169.4 km2. El condado de West Pokot, cuya capital es Kapenguria, está habitado principalmente por la comunidad pokot y la comunidad minoritaria sengwer. Son personas religiosas, en su mayoría cristianas, pero también hay musulmanes. La cultura es rica y la acogemos con entusiasmo.

El condado es conocido por su rico patrimonio cultural, la agricultura y la ganadería. El sector agrícola y ganadero es la columna vertebral de la economía, ya que más del 80% de la población se dedica a la agricultura y actividades relacionadas. El condado se caracteriza por una gran variedad de accidentes topográficos. En las partes norte y noreste se encuentran las llanuras secas, con una altitud inferior a 900 m sobre el nivel del mar. En la parte sureste se encuentran las colinas de Cherangani, con una altitud de 3370 m sobre el nivel del mar. Los paisajes asociados a esta gama de altitudes incluyen espectaculares acantilados de más de 700 m. Las zonas de gran altitud tienen un alto potencial agrícola, mientras que las de altitud media se encuentran entre 1500 y 2100 m sobre el nivel del mar y reciben pocas precipitaciones, además de ser predominantemente tierras de pastoreo. Las zonas de baja altitud incluyen Alale, Kacheliba, Kongelai y Kitelakapel.

Los pokot siempre han estado sólidamente arraigados en sus propias tradiciones y estilo de vida, por lo que solo recientemente han comenzado a valorar la educación escolar, y el nivel general de escolarización sigue siendo bajo. Las familias son principalmente polígamas, las niñas suelen casarse a una edad muy temprana, lo que significa, para las que van a la escuela, abandonar los estudios, como en el caso de los embarazos precoces, que también son bastante comunes.

Las familias están bastante fragmentadas, con casos de divorcios y separaciones, lo que tiene consecuencias inevitables en el comportamiento, los sentimientos y el bienestar de los niños. Entre los jóvenes y los adultos existe un problema generalizado de adicción al alcohol y las drogas, así como de VIH y otras enfermedades de transmisión sexual. La comunidad de Kitelakapel tiene un 90% de personas muy pobres y un 10% de clase media, compuesta principalmente por profesores y funcionarios del gobierno local y unos pocos agricultores dedicados al comercio.

El sector agrícola está creciendo y mejorando gracias a las lluvias favorables y constantes y a la fertilidad del suelo gracias a la aplicación de estiércol de vaca. En su mayoría, plantan maíz y hortalizas en amplias zonas valladas para evitar que los animales en régimen de pastoreo libre las destruyan, y se han introducido animales de cría selectiva en algunas explotaciones para aumentar la producción de leche y carne.

Miembros de KICE-CBO durante la junta general anual «Era un ambiente lleno de alegría, gran unidad, sonrisas para la foto y una buena sensación de pertenencia a una organización comunitaria certificada en uno de los pueblos más pobres y abandonados».

Gracias a la mejora del suelo y a las lluvias constantes, los miembros se dedican plenamente al cultivo de maíz a gran escala, que se utiliza para el consumo doméstico y comercial. Dado que la mayoría tiene mucha tierra, la necesidad de equipos como tractores, suelo fértil y buenas semillas ayudará a la comunidad a disponer de suficientes alimentos que puedan almacenarse y utilizarse en las estaciones secas y de sequía. Dado que el maíz es un cultivo alimenticio y comercial, algunos hogares lo utilizan para criar pollos y otros animales, lo que ha aumentado los ingresos y los alimentos como la carne, los huevos, etc. Gracias a la recuperación de las tierras secas e idóneas mediante el riego, que requiere la disponibilidad de agua bombeada del subsuelo, en las tierras abandonadas están creciendo cebollas, tomates y verduras.

Un nuevo proyecto: la Organización Comunitaria Integrada para el Empoderamiento Comunitario de Kitelakapel (KICE-CBO)

Se trata de una organización comunitaria que hemos creado recientemente en Kitelakapel como instrumento para empoderar a nuestra comunidad y a los hogares familiares. 175 miembros se han inscrito oficialmente y se han unido a la organización comunitaria, y seguimos recibiendo más solicitudes de personas que desean unirse al grupo. Ahora estamos totalmente registrados y certificados por el gobierno, y nos encontramos en la fase de poner en marcha una serie de actividades generadoras de ingresos, como la apicultura, la artesanía, la restauración, la avicultura, etc. También es una cooperativa de ahorro y crédito, por lo que los ingresos se entregarán a los miembros en forma de préstamos, así como intereses por sus ahorros. Esperamos que esto permita a hombres y mujeres, especialmente a aquellos que no tienen ninguna otra fuente de ingresos, participar en actividades económicas que les permitan ser independientes y mantenerse alejados de las adicciones y la violencia. A la gente le encantan los grupos de unidad y autoayuda, a través de los cuales pueden obtener oportunidades, ahorrar dinero, comerciar y participar en actividades socioeconómicas.

El laico misionero comboniano Pius Oyoma muestra el certificado de registro y constitución a los miembros de The Kitelakapel Integrated Community Empowerment-CBO.

Como coordinador de la comunidad internacional de Kitelakapel, miembro del comité de desarrollo parroquial y tesorero de CLMK, con mi profesión de administrador de empresas y contable y mis habilidades en gestión de proyectos, compartir mis habilidades para unir y empoderar a las personas me da satisfacción a través de una influencia positiva e impactante en la población local que necesita mi trabajo. Esto ayudó al grupo a ser certificado y reconocido por el gobierno y la comunidad. La Iglesia católica universal fomenta la unidad y el desarrollo a través de JPIC, CARITAS, el consejo parroquial, el comité de desarrollo y otras ONG.

Los miembros de la junta directiva y los líderes de la KICE CBO.

Otros efectos positivos de la creación de la KICE-CBO:

En mi encuentro durante el primer año, la mayoría de los hombres nunca querían ir a la iglesia, solo se podían encontrar dos, pero después de la campaña “envía a los hombres a la iglesia” a través de CMA y KICE-CBO, hoy celebramos que más de 30 hombres asisten a la iglesia y están entusiasmados por integrarse con las mujeres para trabajar por un objetivo común.

La CWA y la CMA se visitan mutuamente y apoyan a quienes tienen necesidades graves con contribuciones económicas y oraciones.

Reunión de la Asamblea General Anual de la KICE-CBO

La integración y el empoderamiento de la CMA, la CWA, los jóvenes y los no católicos para construir una comunidad sólida supone un cambio radical para Kitelakapel, ya que antes la gente no estaba unida, sino muy separada entre sí.

Pius Oyoma, LMC Kitelakapel (Kenia)