Una mujer del desierto

Por: Hna. Cecilia Sierra, smc

Llegó agitada y cansada. Esta mujer beduina tiene más de sesenta años y había corrido kilómetros para regresar a su aldea, con miedo de encontrarse con los colonos que merodean por la aldea donde vive desde hace más de cuarenta años.

Había salido a comprar medicinas para su marido enfermo. Ella misma padece diabetes y comienza a perder la vista. Durante semanas lo acompañó en el hospital y, mientras él se recuperaba, ella bordaba y hacía camellos de lana. Ahora, después de una operación que hizo temer incluso por su vida, él empieza a recuperar las fuerzas. Ella sonríe. Está cansada, pero contenta.

Su cuerpo, sin embargo, lleva muchas otras historias: hijos sin trabajo, una casa familiar demolida, enfermedades, pérdidas, un embarazo de alto riesgo de la nuera, nietos que se casan, con riesgo al ir a la escuela, y responsabilidades económicas que se acumulan sobre una familia que conoce demasiado bien la fragilidad de la vida.

Y, sin embargo, hay en ella una fuerza serena.

Se casó muy joven. Durante casi cincuenta años ha compartido la vida con el jefe de la aldea. Juntos han atravesado enfermedades, pérdidas y dificultades que podrían haberlos separado. Y siguen allí, cuidándose y sosteniéndose mutuamente.

Su casa ha sido durante años un lugar de encuentro. Allí recibían peregrinos, sobretodo italianos, asi como grupos de judíos mesiánicos y visitantes de muchos lugares. Ella preparaba la comida, servía el café y acogía. Su marido la quería a su lado y le reconocía públicamente un lugar de respeto y dignidad.

Hoy llegan menos visitantes, pero permanece algo más profundo: una casa que fue puente entre mundos diferentes.
Cada vez que llegamos, salen a nuestro encuentro con una sonrisa: “Bienvenidas”. Nos ofrecen café y, con una sencillez que conmueve, nos dicen: “Esta es su casa”. Es la familia que más visitamos y, con el paso de los años, también nosotros hemos llegado a sentir su casa como nuestra: un lugar donde siempre somos esperadas, acogidas y recibidas como parte de la familia.
En ella reconocemos a tantas mujeres beduinas: fuertes sin perder la ternura, heridas sin perder la dignidad, mujeres que sostienen a sus familias, defienden su tierra y preservan su identidad bordando en medio de la dificultad.

Ella es una de ellas: agotada, enferma, valiente y acogedora. Una mujer del desierto que, en medio de tantas adversidades, sigue de pie.