Santísima Trinidad. Año A
“Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por él. El que cree en él no será condenado; pero el que no cree ya está condenado, por no haber creído en el Hijo único de Dios”.
(San Juan 3, 16-18)
Santísima Trinidad
P. Enrique Sánchez, mccj
En la primera lectura de este domingo, el libro del Éxodo conserva unas palabras que nos pueden ayudar a la reflexión sobre la manifestación de Dios como Trinidad. Moisés pide a Dios que se digne venir en medio de su pueblo, aunque sea un pueblo de cabeza dura, indigno y cargado de pecados.
Hace esa petición porque Dios mismo se ha manifestado como el Señor compasivo, clemente, paciente, misericordioso y fiel.
En la segunda lectura, Pablo invita a estar alegres, a trabajar en aquello que nos acerque a la perfección, a vivir en paz y en armonía. Para que el Dios del amor y de la paz esté con nosotros.
Hablar de la Trinidad es acercarnos a uno de los grandes misterios de nuestra fe, que resulta difícil comprender con nuestras formas de pensar y con los criterios que habitualmente usamos para entender lo que está más allá de nosotros.
Decir que en la Trinidad existen tres personas distintas, pero que son un único Dios, simplemente la cabeza no nos da para entenderlo y eso no es algo que tendría que desanimarnos, pues para entender las cosas de Dios hay otros caminos que no son necesariamente los que corresponden a la claridad de nuestras ideas.
Para entender a Dios Trinidad lo que se necesita es entrar en el misterio de su amor, es decir, a Dios se le conoce amándolo. Y si es así, el evangelio nos da la llave de entrada para responder a ese interrogante que nos acompaña desde que tenemos uso de razón.
¿Quién es Dios? Esa es la pregunta que aparece en nosotros cuando empezamos a tomar la responsabilidad de nuestra vida, cuando empezamos a tomar la iniciativa para darle un sentido y un rumbo a nuestra existencia.
Muchos de nuestros contemporáneos cuando llegan a este interrogante no saben qué decir y prefieren ignorar la pregunta, sin darse cuenta de que de ella depende el futuro de lo que seremos en nuestro paso por este mundo.
Es el momento en que se empieza a ser indiferentes a las cosas de Dios y se termina por sacarlo de la vida, como a alguien que no tiene importancia y que no vale la pena considerarlo en lo inmediato de la existencia.
Para muchas personas es el momento en el cual se pretende dar razón de todo considerando que el ser humano puede estar en el centro de la vida.
Ahí es importante lo que se tiene, el dinero del que se dispone, el tiempo que se puede disfrutar al propio antojo; es la hora en la que consideramos que basta ir viviendo y disfrutando el momento presente y ahí, Dios no hace falta, pues tratamos de llenar el vacío de su ausencia con las mil cosas que podemos adquirir.
Pero, si somos honestos con nosotros mismos, nos damos cuenta de que hemos sido creados para ser habitados por la presencia de Dios y nada podrá satisfacer nuestros anhelos y necesidades, sólo Dios podrá colmarlas, porque hemos sido creados para amar y Dios Trinidad es la expresión más perfecta de lo que significa amar.
El Dios de Moisés, cuyo rostro no se atreve a ver cara a cara, es el Señor que se manifiesta, dice el texto del éxodo, compasivo, clemente, paciente, misericordioso y fiel y esto se puede decir con una sola palabra, eso es amor.
Al celebrar hoy a la Santísima Trinidad estamos celebrando y reconociendo a Dios como el amor que nos ha amado y que nos sigue amando, porque sabe que de eso depende nuestra vida y nuestra felicidad en este mundo.
Y el amor de la Trinidad no es una idea o una imagen que reproducimos para poder entenderlo. Es la experiencia de una relación única y profunda que se vive al interior mismo de lo que es Dios.
La Trinidad es el amor del Padre por Jesús y es el amor que se manifiesta en la persona del Espíritu Santo, quien podemos decir que es la personificación de ese amor perfecto que es Dios.
Celebrando este misterio nos damos cuenta de que Dios es amor y que hemos nacido de ese amor y para ese amor.
Dios es ese Padre bueno que, como dice el evangelio: Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna.
Dios, a través del misterio de la Santísima Trinidad, nos ayuda a entender que para saber quién es no hacen falta nuestras grandes ideas, es suficiente con que nos dispongamos a amar. A Dios, por tanto se le conoce y se le descubre, sólo amándolo y dejándose amar por él.
Y, ¿cómo podemos reconocer ese amor en nosotros? San Pablo nos dice en la segunda lectura que vivamos en la alegría, que trabajemos en aquello que nos acerque a la perfección, a vivir en paz y en armonía. Eso es lo que nosotros, con nuestras palabras, muchas pobres y limitadas usamos para definir lo que es el amor. El amor es lo que nos hace vivir, pues es el don que Dios nos ha hecho al entregarse a nosotros en su Hijo.
Tanto nos amó Dios que entregó a su Hijo, a quien más amaba. ¿Para qué? Para que tengamos en él vida eterna, es decir plena, para que seamos felices.
Seguramente, escuchando estas lecturas de la Palabra de Dios hemos sentido que dentro de nosotros se mueve ese gran deseo de vivir para amar y nos damos cuentas de que eso es lo único que puede llenar nuestra existencia.
Podemos alcanzar grandes niveles de seguridad económica, de confort y de comodidad en la vida; podemos vivir obedeciendo a estándares de vida que nos impiden sufrir lo que muchos de nuestros contemporáneos padecen, porque la vida no les ha permitido gozar de las mismas posibilidades… Pero el corazón nos dice que si el amor de Dios no es lo que dirige nuestros pasos, todo resulta inútil y efímero. Son alegrías que duran un momento, pero que se esfuman sin que las podamos retener como quisiéramos.
Amar al estilo de Dios implica desprendimiento de todo, especialmente de lo que trata de apoderarse de nuestro corazón. Tal vez por eso nos damos cuenta de que la verdadera felicidad en nuestra vida no esta en aquello que nos da satisfacciones, sino en la capacidad que tengamos de hacer felices a los demás.
Es por eso que, el Evangelio lo dice claro, Dios no ha querido enviar a su Hijo para condenar al mundo, sino que lo ha enviado para salvarlo y esto significa darle la posibilidad de descubriese amado.
Y amamos de verdad sólo cuando asumimos la misma actitud de nuestro Padre Dios, quien incluso dentro de la Trinidad nos enseña que es verdaderamente Padre
cuando desborda su amor hacia el Hijo. El amor se vive sólo cuando nos ponemos en camino y nos dirigimos a los demás, no para satisfacer nuestras necesidades, sino para vivir la alegría que produce el amar.
Pidamos la gracia de saber amar y que se nos conceda abrir el corazón para que el amor de Dios sea lo que nos mueva en lo cotidiano de nuestras vidas y para que sepamos crear relaciones entre nosotros que sean exigencias de amar y de dejarnos amar por los demás.
La intimidad de Dios
José Antonio Pagola
Si por un imposible la Iglesia dijera un día que Dios no es Trinidad, ¿cambiaría en algo la existencia de muchos creyentes? Probablemente no. Por eso queda uno sorprendido ante esta confesión del P. Varillon: «Pienso que, si Dios no fuera Trinidad, yo sería probablemente ateo […] En cualquier caso, si Dios no es Trinidad, yo no comprendo ya absolutamente nada».
La inmensa mayoría de los cristianos no sabe que al adorar a Dios como Trinidad estamos confesando que Dios, en su intimidad más profunda, es solo amor, acogida, ternura. Esta es quizá la conversión que más necesitan no pocos cristianos: el paso progresivo de un Dios considerado como Poder a un Dios adorado gozosamente como Amor.
Dios no es un ser «omnipotente y sempiterno» cualquiera. Un ser poderoso puede ser un déspota, un tirano destructor, un dictador arbitrario: una amenaza para nuestra pequeña y débil libertad. ¿Podríamos confiar en un Dios del que solo supiéramos que es omnipotente? Es muy difícil abandonarse a alguien infinitamente poderoso. Parece más fácil desconfiar, ser cautos y salvaguardar nuestra independencia.
Pero Dios es Trinidad, es un misterio de Amor. Y su omnipotencia es la omnipotencia de quien solo es amor, ternura insondable e infinita. Es el amor de Dios el que es omnipotente. Dios no lo puede todo. Dios no puede sino lo que puede el amor infinito. Y siempre que lo olvidamos y nos salimos de la esfera del amor nos fabricamos un Dios falso, una especie de ídolo extraño que no existe.
Cuando no hemos descubierto todavía que Dios es solo Amor, fácilmente nos relacionamos con él desde el interés o el miedo. Un interés que nos mueve a utilizar su omnipotencia para nuestro provecho. O un miedo que nos lleva a buscar toda clase de medios para defendernos de su poder amenazador. Pero esta religión hecha de interés y de miedos está más cerca de la magia que de la verdadera fe cristiana.
Solo cuando uno intuye desde la fe que Dios es solo Amor y descubre fascinado que no puede ser otra cosa sino Amor presente y palpitante en lo más hondo de nuestra vida, comienza a crecer libre en nuestro corazón la confianza en un Dios Trinidad del que lo único que sabemos por Jesús es que no puede sino amarnos.
José Antonio Pagola
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La Santa Trinidad:
manantial de misericordia y de misión
Romeo Ballan, mccj
¿Cómo es Dios por dentro? ¿Cómo vive? ¿Qué hace? ¿Dónde habita?… Son preguntas que todo ser humano se hace, por lo menos en algunas etapas de la vida. A estas y a otras preguntas responde, sobre todo para los cristianos, la fiesta de la Santísima Trinidad. Es la fiesta del “Dios uno en Tres Personas”, como enseña el catecismo. Con eso está dicho todo, pero, a la vez, todo queda por ser explicado y ser entendido, acogido con amor y adorado en la contemplación. Este tema tiene una importancia central para la misión. En efecto, se afirma con facilidad que todos los pueblos –incluidos los no cristianos– saben que Dios existe, lo mencionan y lo invocan de diferentes maneras; se afirma igualmente que también los ‘paganos’ creen en Dios. Esta verdad compartida – aunque con diferencias y reservas – hace posible el diálogo entre cristianos y seguidores de otras religiones. Sobre la base de un Dios único común a todos, es posible tejer un entendimiento entre los pueblosincluso no cristianos, con vistas a acciones concertadas: favorecer la paz, defender los derechos humanos, realizar proyectos de desarrollo humano y social, como ya se viene haciendo en muchos lugares.
Sin embargo, para la actividad evangelizadora de la Iglesia, estas iniciativas no son sino una parte del mensaje cristiano. Además, en el Evangelio la familia humana encuentra recursos nuevos e inagotables para su propio subsistir y progreso humano y espiritual: ¡acogiendo la novedad de Cristo! El cristiano no se limita a fundar su vida espiritual solo sobre la existencia de un Dios único, y mucho menos lo puede hacer un misionero consciente de la extraordinaria riqueza del don de Jesucristo, que nos introduce de lleno en el misterio de Dios-Amor. El Evangelio que el misionero lleva al mundo, además de enriquecer la comprensión del monoteísmo, abre al inmenso y siempre sorprendente misterio de Dios, que es comunión de Personas. Aquí la palabra misterio no alude a verdades escondidas, difíciles de entender, sino más bien a verdades siempre nuevas, por descubrir y sobre todo vivir. La fe no es un saber. La fe es experiencia de vida.
En esta materia es mejor dejar la palabra a los místicos. Para S. Juan de la Cruz “Hay mucho que ahondar en Cristo, porque es como una abundante mina con muchos senos de tesoros, que por más que ahonden, nunca les hallan fin ni término, antes van en cada seno hallando nuevas venas de nuevas riquezas acá y allá”. Por su parte, hablándole a la Trinidad, S. Catalina de Sienaexclama: “Tú, Trinidad eterna, eres como un mar profundo, en el que cuanto más busco, más encuentro, y cuanto más hallo, más crece la sed de buscarte. Tú eres insaciable; y el alma, saciándose en tu abismo, no se sacia, porque sigue con el hambre de ti, siempre más te desea, oh Trinidad eterna”.
La revelación de Dios uno y trino lleva a consecuencias inmediatas y renovadoras para la vida del creyente: ofrece parámetros nuevos sobre el misterio de Dios, sobre la manera de tejer las relaciones entre las personas humanas, sobre la relación del hombre con la creación… También el diálogo entre las religiones se enriquece con perspectivas nuevas, aunque difíciles, como lo indican, por ejemplo, las primeras afirmaciones de un diálogo escueto entre un musulmán y un cristiano:
– El musulmán dice: “Dios, para nosotros, es uno; ¿cómo podría tener un hijo?”
– El cristiano responde: “Dios, para nosotros, es amor; ¿cómo podría estar solo?”
Este es tan solo el comienzo de un largo camino para el encuentro; queda el desafío: cómo continuar el diálogo, ante todo en las relaciones interpersonales y sociales, y luego en el nivel doctrinal.
El Dios cristiano es trinitario: es uno pero no solitario; es comunitario. Esta revelación enriquece también al monoteísmo hebraico, islámico y de las otras religiones. En efecto, el Dios revelado por Jesús (Evangelio) es Dios-amor, Dios que quiere la vida del mundo, Dios que ofrece salvación a todos los pueblos (v. 16-17; cfr. 1Jn 4,8). Él se revela siempre como “Dios compasivo y misericordioso… rico en clemencia y lealtad” (I lectura, v. 6); “el Dios del amor y de la paz” (II lectura, v. 11); “Dios rico en misericordia” (Ef 2,4).
Es vana la pretensión humana de explicar a Dios; se le puede seguir, sentir, entrever. La Biblia no nos habla de Dios en lenguaje teórico, sino dinámico; nos presenta la historia, los hechos en los cuales Dios se comunica, se manifiesta. La narración bíblica nos muestra lo que Dios-Trinidad ha hecho por nosotros; y desde sus obras podemos entrever algo de cómo es la Trinidad por dentro. Estamos ante un ‘monoteísmo convivial’: hay un Dios uno en la divinidad, pero diferente en las Tres Personas. Dios es comunión de personas y, al mismo tiempo, custodio de las diferencias. La Biblia nos revela que nosotros estamos hechos a imagen y semejanza de la Trinidad (cfr. Gén 1,26-27): estamos creados, pues, para la vida, la relación, la convivialidad. El desafío para todos nosotros, hombres y mujeres, hechos a imagen de Dios, consiste ahora en declinar entre nosotros, de manera armoniosa, la comunión y las diferencias.
Todos los pueblos tienen el derecho y la necesidad de conocer el verdadero rostro de Dios, que Jesús ha revelado.Y los misioneros tienen el encargo de anunciarlo. Como afirma el Concilio, “la Iglesia peregrinante es misionera por su naturaleza, puesto que tiene su origen en la misión del Hijo y del Espíritu Santo, según el designio de Dios Padre” (Ad Gentes 2). Palabras claras del Concilio sobre el origen y el fundamento trinitario de la misión universalde la Iglesia.
“¿Dónde habita Dios?” Es otra de las preguntas iniciales. El catecismo responde: “Dios está en el cielo, en la tierra y en todo lugar”. Es verdad, pero hay una respuesta aún más vital y personal. Un día el rabí Mendel de Kotzk preguntó a unos huéspedes cultos: “¿Dónde habita Dios?” Ellos reaccionaron diciendo: “¿Cómo? ¿No lo sabes? ¿Acaso el mundo no está lleno de su gloria?” El rabí, en cambio, replicó: “Dios habita allí donde se le deja entrar”. Dios está allí donde hay personas que se aman. Dios busca el encuentro personal, llama a la puerta de cada corazón, ofrece su amistad. Con una intimidad que calienta el corazón, regala vida y gozo y desemboca en la misión.
Fiesta de la Santísima Trinidad
José Luis Sicre
El año litúrgico comienza celebrando cómo Dios Padre envía a su Hijo al mundo. En los domingos siguientes recordamos la actividad y el mensaje de Jesús. Cuando sube al cielo nos envía su Espíritu, tema del domingo pasado. Ya tenemos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Estamos preparados para celebrar a los tres en una sola fiesta, la de la Trinidad.
Esta fiesta surge bastante tarde, en 1334, y fue el Papa Juan XII quien la instituyó. Quizá se pretendía (como ocurrió con la del Corpus) contrarrestar a grupos heréticos que negaban la divinidad de Jesús o la del Espíritu Santo. Así se explica que el lenguaje usado en el Prefacio sea más propio de una clase de teología que de una celebración litúrgica. En cambio, las lecturas son breves y fáciles de entender, centrándose en el amor de Dios.
La única definición bíblica de Dios (Éxodo 34,4b-6.8-9)
La primera lectura, tomada del libro del Éxodo, ofrece la única definición (mejor, autodefinición) de Dios en el Antiguo Testamento y rebate la idea de que el Dios del Antiguo Testamento es un Dios terrible, amenazador, a diferencia del Dios del Nuevo Testamento propuesto por Jesús, que sería un Dios de amor y bondad. La liturgia ha mutilado el texto, pero conviene conocerlo entero.
Moisés se encuentra en la cumbre del monte Sinaí. Poco antes, le ha pedido a Dios ver su gloria, a lo que el Señor responde: «Yo haré pasar ante ti toda mi riqueza, y pronunciaré ante ti el nombre de Yahvé» (Ex 33,19). Para un israelita, el nombre y la persona se identifican. Por eso, «pronunciar el nombre de Yahvé» equivale a darse a conocer por completo. Es lo que ocurre poco más tarde, cuando el Señor pasa ante Moisés proclamando:
«Yahvé, Yahvé, el Dios compasivo y clemente, paciente y misericordioso y fiel, que conserva la misericordia hasta la milésima generación, que perdona culpas, delitos y pecados, aunque no deja impune y castiga la culpa de los padres en los hijos, nietos y bisnietos» (Ex 34,6-7).
Así es como Dios se autodefine. Con cinco adjetivos que subrayan su compasión, clemencia, paciencia, misericordia, fidelidad. Nada de esto tiene que ver con el Dios del terror y del castigo. Y lo que sigue tira por tierra ese falso concepto de justicia divina que «premia a los buenos y castiga a los malos», como si en la balanza divina castigo y perdón estuviesen perfectamente equilibrados. Es cierto que Dios no tolera el mal. Pero su capacidad de perdonar es infinitamente superior a la de castigar. Así lo expresa la imagen de las generaciones. Mientras la misericordia se extiende a mil, el castigo sólo abarca a cuatro (padres, hijos, nietos, bisnietos). No hay que interpretar esto en sentido literal, como si Dios castigase arbitrariamente a los hijos por el pecado de los padres. Lo que subraya el texto es el contraste entre mil y cuatro, entre la inmensa capacidad de amar y la escasa capacidad de castigar. Esta idea la recogen otros pasajes del AT:
«Tú, Señor, Dios compasivo y piadoso,
paciente, misericordioso y fiel» (Salmo 86,15).
«El Señor es compasivo y clemente,
paciente y misericordioso;
no está siempre acusando ni guarda rencor perpetuo.
No nos trata como merecen nuestros pecados
ni nos paga según nuestras culpas;
como se levanta el cielo sobre la tierra,
se levanta su bondad sobre sus fieles;
como dista el oriente del ocaso,
así aleja de nosotros nuestros delitos;
como un padres siente cariño por sus hijos,
siente el Señor cariño por sus fieles» (Salmo 103, 8-14).
«El Señor es clemente y compasivo,
paciente y misericordioso;
El Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas» (Salmo 145,8-9).
«Sé que eres un dios compasivo y clemente,
paciente y misericordioso,
que se arrepiente de las amenazas» (Jonás 4,2).
Como consecuencia de lo anterior, Dios se convierte para Moisés en modelo de amor al pueblo: las etapas del desierto han sido momentos de incomprensión mutua, de críticas acervas, de relación a punto de romperse. Ahora, las palabras de Dios mueven a Moisés a interesarse por el pueblo y a demostrarle el mismo amor que Dios le tiene.
El amor de Dios al mundo (Juan 3,16-18)
Este breve fragmento, tomado del extenso diálogo entre Nicodemo y Jesús, insiste en el tema del amor de Dios llevándolo a sus últimas consecuencias. No se trata solo de que Dios perdone o sea comprensivo con nuestras debilidades y fallos. Su amor es tan grande que nos entrega a su propio hijo para que nos salvemos y obtengamos la vida eterna. «De tal manera amó Dios al mundo…». La palabra «mundo» puede significar en Juan el conjunto de todo lo malo que se opone a Dios. Pero en este caso se refiere a las personas que lo habitan, a las que Dios ama de una forma casi imposible de imaginar. Dios no pretende condenar, como muchas veces se predica y se piensa, sino salvar, dar la vida. Una vida que consiste, desde ahora, en conocer a Dios como Padre y a su enviado, Jesucristo, y que se prolongará, después de la muerte, en una vida eterna. En estos meses de pandemia, que nos han puesto en contacto frecuente con la muerte, las palabras de Jesús nos sirven de ánimo y consuelo.
Nuestra respuesta: amor con amor se paga (2 Corintios 13,11-13)
En la primera lectura, Dios se convertía en modelo para Moisés, animándolo al amor y al perdón. En la carta de Pablo a los corintios, Dios se convierte en modelo para los cristianos. La misma unión y acuerdo que existe entre el Padre, el Hijo y el Espíritu debe darse entre nosotros, teniendo un mismo sentir, viviendo en paz, animándonos mutuamente, corrigiéndonos en lo necesario, siempre alegres.
Esta lectura ha sido elegida porque menciona juntos (cosa no demasiado frecuente) a Jesucristo, a Dios Padre y al Espíritu Santo. En esas palabras se inspira uno de los posibles saludos iniciales de la misa.
Conclusión
«Escucha, Israel: el Señor, tu Dios, es solamente uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser».
