XIII Domingo ordinario. Año A
“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.
El que salve su vida la perderá y el que la pierda por mí, la salvará.
Quien los recibe a ustedes me recibe a mí; y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado.
El que recibe a un profeta por ser profeta, recibirá recompensa de profeta; el que recibe a un justo por ser justo, recibirá recompensa de justo.
Quien diere, aunque no sea más que un vaso de agua fría a uno de estos pequeños, por ser discípulo mío, yo les aseguro que no perderá su recompensa”
(Mateo 10, 37-42)
Desprendimiento total
P. Enrique Sánchez G. mccj
El capítulo décimo del evangelio de san Mateo nos presenta el discurso misionero de Jesús y llegando a estos últimos versículos nos muestra la exigencia radical de parte de Jesús a quienes llama para que lo sigan como colaboradores y continuadores de su misión.
En los domingos anteriores hemos escuchado cómo Jesús llama a los doce apóstoles a seguirlo y entre ellos hay una diversidad extraordinaria de personalidades, caracteres, cualidades y limitaciones. Pero, para cada uno de los llamados hay un lugar que ninguna otra persona puede ocupar.
En la misión hay un lugar para todos y nadie se puede excluir, pues la misión se realiza no tanto con lo que se tiene sino con lo que se es. Podríamos decir que la misión no se hace, se vive día a día en los pequeños y grandes acontecimientos que nos va presentando la vida.
A la misión, que nosotros podríamos bien identificar con nuestro compromiso cristiano, se invita a ir en total libertad y sin cargarse de aquello que pueda hacer el camino y complicar la entrega. Hay que ir ligeros de equipaje y con la seguridad de que nada faltará a quien se entrega con generosidad a la construcción del Reino.
No hay que llevar nada para el camino, sólo la confianza y el abandono en Aquel que nos ha llamado y que se encargará de irnos proporcionando lo que sea necesario para que podamos sembrar su palabra en el corazón de los hermanos.
La misión a la que Jesús invita no se limita a un quehacer que hay que desempeñar o un trabajo con el que hay que cumplir; se trata más bien de una manera de vivir que hace de los discípulos testigos de quien los ha llamado. La misión nos hace presencia del Señor que sirviéndose de lo que somos, de nuestras cualidades y virtudes, así como de nuestros límites y debilidades, sigue mostrando su presencia a todos aquellos que abren su corazón para acogerlo con humildad y gratitud.
Como testigos lo importante será lo que se anuncia o a quien se anuncia y para cumplir con esa tarea será necesario hacerlo sin miedo, con valentía y entusiasmo; aunque nos encontremos en situaciones muchas veces adversas e incluso amenazantes. Simplemente, no hay que tener miedo a comprometerse, porque está la garantía del respaldo del Señor que promete estar siempre con nosotros como alguien que se preocupa por todo lo que nos puede suceder.
Hoy el discurso sobre la misión que nos presenta el evangelio va un poquito más lejos y nos habla de la radicalidad que exige la misión. El Señor cuando llama a seguirlo pide que estemos dispuestos a desprendernos de todo, incluso de lo que más amamos y que nos podría parecer imposible dejar o desprendernos.
Dejar al padre y a la madre podría parecer una exigencia ingrata y sin sentimientos, pero no se trata de ser indiferentes con el amor y el cariño que debemos a los seres que más queremos en la vida.
Lo que el evangelio trata de hacernos entender es que la misión exige otro amor que es requisito esencial para poder ponerse en camino. Y ese amor es el que estamos llamados a tener por Jesús.
No se puede ser verdaderamente misioneros y no partimos de un gran cariño y de una amistad profunda con el Señor. Sólo quien se siente profundamente amado por Jesús y que lo ama con todo lo que puede será capaz de amar a los demás con un autentico cariño.
De hecho, todos los misioneros podemos decir que en el fondo de nuestra vocación está la convicción de que hemos sido amados y por eso el Señor nos ha llamado y es ese amor el que no permite permanecer en la misión.
Cuando se nos habla de misión se nos menciona igualmente que hay una cruz que tiene que ser cargada para poder seguir a Jesús.
Cargar la cruz significa aceptar que la misión está hecha de sacrificios y de renuncias, de entrega cotidiana, de sufrimientos que purifican el corazón para poder mostrar que lo único que nos mueve es el amor a Dios y a los hermanos.
La cruz es lo que hace que no confundamos la misión con un viaje turístico a donde se va como exploradores a descubrir paisajes y costumbres distintos a los nuestros. La misión no es la alternativa para ir a descubrir el mundo en sus lugares más lejanos y exóticos.
La cruz, que significa el sacrificio y la renuncia, la entrega y la muestra más extraordinaria de amor por aquellos hermanos que están más lejos, es la garantía de una misión auténtica. Ella representa la disponibilidad a la entrega total de la vida, porque es en la cruz en donde el Señor ha demostrado hasta dónde llegaba su amor por nosotros.
Por eso Jesús no esconde que el que salve su vida la perderá y el que la pierda por mí, la salvará. Esta es la lógica del evangelio, tan distinta a la nuestra, en la misión se gana perdiendo y la experiencia enseña que es más lo que ganamos que lo que perdemos.
Muchas veces vamos pensando que llevaremos muchas cosas y que transformaremos la realidad con nuestros medios y nuestras ideas, con nuestros proyectos y nuestros recursos y nos damos cuenta de que, cuando volvemos de la misión, es mucho más lo que hemos recibido y hemos vuelto enriquecidos.
En la misión nos damos cuenta que el Señor nos estaba esperando para hacernos crecer para que lo pudiésemos encontrar en todos aquellos hermanos y hermanas que nos estaban esperando.
Entonces nos damos cuenta que cuando hemos tenido el valor de olvidarnos de nosotros mismos, aunque sea un poquito, y nos hemos dejado ganar por la alegría de dar lo mucho o lo poco que somos buscando la felicidad de los demás, ahí es cuando la vida se nos ha presentado como algo que realmente poseemos.
Finalmente, vivir de esa manera dice el evangelio que nos convierte en profetas y el profeta es aquel que habla en nombre de Dios y manifiesta su presencia entre su pueblo. La misión nos hace profetas, presencia de Dios entre nuestros hermanos hoy y eso nos hace merecedores igualmente de las bendiciones que sólo Dios puede dar.
A quien es reconocido como presencia de Dios no se le niega nada de lo que necesita para ejercer su ministerio y es bendecido con más de lo que podría necesitar.
Todos los misioneros hacemos esa experiencia a diario, pues lo que sostiene la misión no son empresas o negocios que reditúen ganancias que garanticen los buenos resultados de la misión.
Todas las misiones se han sostenido siempre con la generosidad de gente pobre y sencilla que, como la viuda del evangelio, se desprenden muchas veces de lo necesario para apoyar la obra que permita llevar el evangelio hasta los extremos del mundo.
Esta última parte del discurso misionero de Jesús, con el cual envía a sus discípulos a llevar la Buena Nueva a la gente de su tiempo, debería ayudarnos a cada uno de nosotros a preguntarnos cómo estamos viviendo nuestro compromiso misionero.
¿Nos sentimos llamados, invitados a continuar con la misión de Jesús en nuestro tiempo y en medio de las realidades en que nos encontramos hoy? ¿Estamos dispuestos a poner al servicio del Señor lo que somos para que nos utilice como instrumentos efectivos para llegar a todos aquellos que no lo conocen o que están alejados de él?
¿Deseamos crecer en nuestra relación personal con el Señor para sentirnos amados y enviados a ser testigos de su amor?
¿Estaríamos dispuestos a cargar la cruz del Señor sabiendo que, como amaba decir san Daniel Comboni, las obras de Dios nacen y crecen a los pies de la Cruz? ¿Nos asusta el sacrificio y la renuncia a todo aquello que nos puede estar dando seguridad o nos dejamos interpelar por las necesidades de nuestros hermanos viendo en eso una posibilidad de amar?
¿Habrá algo en particular de lo que el Señor me está pidiendo que me desprenda para disponer mi corazón a recibir lo que realmente necesito para descubrirme amado y llamado a ponerme a su servicio?
Mirando un poco a mi alrededor, ¿en dónde me está esperando la misión hoy? ¿Quiénes son los destinatarios de mi anuncio, de mi testimonio cristiano, a quienes me está pidiendo el Señor que les entregue mi vida?
Que el Señor nos ayude a responder a la misión con generosidad y con mucho amor.
¡Todo el Evangelio en un vaso de agua!
P. Manuel João Pereira Correia, mccj
El Evangelio de este domingo concluye el discurso apostólico, o discurso de la misión, de Mateo 10. Es un discurso que atañe a todo cristiano: mediante el bautismo se convierte en discípulo de Jesús, en su apóstol y misionero.
El pasaje del Evangelio (Mateo 10,37-42) se articula en dos partes distintas. La primera presenta las condiciones y exigencias para ser discípulos y apóstoles de Jesús:
Quien ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí;
quien ama a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí;
quien no toma su propia cruz y no me sigue no es digno de mí.
Quien haya conservado para sí su vida, la perderá; y quien haya perdido su vida por causa mía, la encontrará.
Estas son quizá las palabras más duras del Evangelio. Son como los «deberes» del discípulo de Jesús. Las conocemos bien, tanto porque se repiten a menudo como por su dureza.
La segunda parte del pasaje es más consoladora. Nos presenta sus «privilegios»:
Quien os recibe a vosotros me recibe a mí, y quien me recibe a mí recibe a aquel que me ha enviado.
Quien recibe a un profeta por ser profeta tendrá la recompensa del profeta;
Quien recibe a un justo por ser justo tendrá la recompensa del justo.
Quien dé de beber, aunque solo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser discípulo, en verdad os digo: no perderá su recompensa.
1. IDENTIDAD: ¿Quién quiero ser?
La primera palabra que quisiera subrayar es el pronombre «quien», que aparece diez veces en el texto. Nos recuerda que la vida está hecha de elecciones. ¿Quién quiero ser? ¿En cuál de las alternativas presentadas por Jesús me reconozco? ¿Entre los que son dignos de él? ¿Entre los que arriesgan su vida por él? ¿Entre los que lo acogen?
2. RADICALIDAD: ¿Soy digno de él?
Las condiciones para ser discípulos de Jesús son ciertamente exigentes. Jesús lo aclara tres veces: «Quien… quien… quien… ¡no es digno de mí!». Él quiere, es más, exige, el primer lugar en los afectos y en los proyectos. Ningún rabino había formulado jamás pretensiones semejantes. Pero solo una gran pasión por Cristo y una entrega total al Reino de Dios pueden sostener una vida de compromiso radical en la construcción de la nueva humanidad.
En estos pocos versículos se repiten varias veces el pronombre y el adjetivo posesivo de primera persona. Quien no lo conociera podría juzgarlo un megalómano y le preguntaría espontáneamente, como los judíos: «¿Quién te crees que eres?» (Juan 8,53). Él nos respondería: «Precisamente lo que os digo» (Juan 8,25).
Él reclama para sí el amor reservado únicamente a Dios: «Escucha, Israel: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Deuteronomio 6,4-5). Jesús no pone en duda el amor al padre, a la madre, al hijo o a la hija; más bien nos cuestiona sobre nuestras prioridades: ¿cuál es el amor más grande de tu vida?
3. ACOGIDA: ¿Tengo un corazón acogedor?
El verbo «acoger» se repite varias veces en el texto: acoger al apóstol, al profeta, al justo y al pequeño. Al acogerlos a todos ellos, acogemos a Cristo y, en él, al Padre.
Tener un corazón acogedor es hoy más necesario que nunca, en una sociedad que cierra puertas y levanta barreras, por egoísmo o por miedo a quien es diferente. La acogida no es solo una obra de misericordia. En la Biblia, además de ser un acto de temor de Dios, era ocasión de recibir una bendición muy deseada, llevada por el huésped. Recordemos a Abraham ante los tres viajeros desconocidos: «Señor mío, si he hallado gracia a tus ojos, no pases de largo sin detenerte junto a tu siervo» (Génesis 18,3). El autor de la Carta a los Hebreos comenta: «No olvidéis la hospitalidad; algunos, practicándola, sin saberlo acogieron a ángeles» (Hebreos 13,2).
En la primera lectura encontramos un bello ejemplo de acogida: el de la mujer que recibe al profeta Eliseo: «Hagamos una pequeña habitación alta, de obra, pongamos en ella una cama, una mesa, una silla y una lámpara; así, cuando venga a nosotros, podrá retirarse allí» (2 Reyes 4).
Me gusta ver aquí, como en un icono, una alusión simbólica a las condiciones esenciales para acoger a Dios en nuestra vida. Cada uno de nosotros necesita esta «pequeña habitación alta» del profeta, «de obra», es decir, sólida y estable, donde cultivar la interioridad y encontrarse con el Señor.
En ella reinan la sobriedad y lo esencial: una cama, una mesa, una silla y una lámpara. La cama nos recuerda la necesidad de un sano equilibrio entre la actividad y el descanso; la mesa y la silla evocan la reflexión; finalmente, la lámpara recuerda la meditación de la Palabra, «lámpara para nuestros pasos» (Salmo 119,105).
4. RECOMPENSA: ¿Cuál será mi recompensa?
Jesús habla tres veces de recompensa. La Sagrada Escritura habla de ella a menudo, y también Jesús vuelve a ella con frecuencia. Todo camino de fe comienza con una promesa: «Tu recompensa será muy grande» (Génesis 15,1). Los apóstoles no dudan en preguntarle a Jesús: «Mira, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué tendremos, entonces?» (Mateo 19,27).
Hoy, sin embargo, casi nos avergonzamos de hablar de recompensa en el ámbito de la fe, como si fuera una traición a la gratuidad del amor. Sin embargo, nuestra dimensión corporal reclama su parte y, si se la ignora, acaba buscándola en el goce inmediato de los sentidos.
Cuán útil es recordar la promesa del Señor: todo pequeño gesto realizado por amor tendrá su recompensa. «Todo el Evangelio está en la Cruz, pero todo el Evangelio está también en un vaso de agua» (Ermes Ronchi).
Nuestro corazón no es «puro», es decir, «de una sola pieza», sino impuro y compuesto. Solo Dios es puro: puro amor. La Palabra de Dios se dirige a nuestra persona en toda su complejidad.
En nosotros está el «esclavo» que teme el «castigo». La Palabra educa a nuestro esclavo para que pase del miedo al temor reverencial de Dios.
En nosotros está el «siervo» que trabaja por el «salario», por interés. La Palabra lo educa para pasar de la mentalidad del «mérito» —idea pagana de la retribución— a la de la promesa de Dios; de la condición de «siervo» a la de «amigo» (Juan 15,15).
Finalmente, en nosotros está el «hijo» que actúa por amor. La Palabra lo educa para que sea cada vez más consciente de estas palabras del Padre en la parábola del hijo pródigo: «Todo lo mío es tuyo»; y para que llegue a ser un hijo adulto, responsable de sus hermanos.
Ejercicio espiritual para la semana
Un posible doble ejercicio para la semana puede consistir en meditar las ocho afirmaciones propuestas por el Evangelio de este domingo y en comprometerse a construir una «pequeña habitación alta, de obra». Concretamente, ¿qué podrían ser, en mi vida, la cama, la mesa, la silla y la lámpara de esa habitación?
Por eso deja el hombre a su padre y a su madre
y se une a Jesucristo, y se hacen una sola cosa
Papa Francisco
Queridos hermanos y hermanas:
La liturgia nos presenta las últimas frases del discurso misionero del capítulo 10 del Evangelio de Mateo (cf. 10, 37), con el cual Jesús instruye a los doce apóstoles en el momento en el que, por primera vez les envía en misión a las aldeas de Galilea y Judea. En esta parte final Jesús subraya dos aspectos esenciales para la vida del discípulo misionero: el primero, que su vínculo con Jesús es más fuerte que cualquier otro vínculo; el segundo, que el misionero no se lleva a sí mismo, sino a Jesús, y mediante él, el amor del Padre celestial. Estos dos aspectos están conectados, porque cuanto más está Jesús en el centro del corazón y de la vida del discípulo, más “transparente” es este discípulo ante su presencia. Van juntos, los dos.
«El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí…» (v. 37), dice Jesús. El afecto de un padre, la ternura de una madre, la dulce amistad entre hermanos y hermanas, todo esto, aun siendo muy bueno y legítimo, no puede ser antepuesto a Cristo. No porque Él nos quiera sin corazón y sin gratitud, al contrario, es más, sino porque la condición del discípulo exige una relación prioritaria con el maestro. Cualquier discípulo, ya sea un laico, una laica, un sacerdote, un obispo: la relación prioritaria. Quizás la primera pregunta que debemos hacer a un cristiano es: «¿Pero tú te encuentras con Jesús? ¿Tú rezas a Jesús?». La relación.
Se podría casi parafrasear el Libro del Génesis: Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a Jesucristo, y se hacen una sola cosa (cf. Génesis 2, 24). Quien se deja atraer por este vínculo de amor y de vida con el Señor Jesús, se convierte en su representante, en su “embajador”, sobre todo con el modo de ser, de vivir. Hasta el punto en que Jesús mismo, enviando a sus discípulos en misión, les dice: «Quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado» (Mateo 10, 40). Es necesario que la gente pueda percibir que para ese discípulo Jesús es verdaderamente “el Señor”, es verdaderamente el centro de su vida, el todo de la vida. No importa si luego, como toda persona humana, tiene sus límites y también sus errores —con tal de que tenga la humildad de reconocerlos—; lo importante es que no tenga el corazón doble —y esto es peligroso. Yo soy cristiano, soy discípulo de Jesús, soy sacerdote, soy obispo, pero tengo el corazón doble. No, esto no va.
No debe tener el corazón doble, sino el corazón simple, unido; que no tenga el pie en dos zapatos, sino que sea honesto consigo mismo y con los demás. La doblez no es cristiana. Por esto Jesús reza al Padre para que los discípulos no caigan en el espíritu del mundo. O estás con Jesús, con el espíritu de Jesús, o estás con el espíritu del mundo. Y aquí nuestra experiencia de sacerdotes nos enseña una cosa muy bonita, una cosa muy importante: es precisamente esta acogida del santo pueblo fiel de Dios, es precisamente ese «vaso de agua fresca» (v. 42) del cual habla el Señor hoy en el Evangelio, dado con fe afectuosa, ¡que te ayuda a ser un buen sacerdote! Hay una reciprocidad también en la misión: si tú dejas todo por Jesús, la gente reconoce en ti al Señor; pero al mismo tiempo te ayuda a convertirte cada día a Él, a renovarte y purificarte de los compromisos y a superar las tentaciones. Cuanto más cerca esté un sacerdote del pueblo de Dios, más se sentirá próximo a Jesús, y un sacerdote cuanto más cercano sea a Jesús, más próximo se sentirá al pueblo de Dios.
La Virgen María experimentó en primera persona qué significa amar a Jesús separándose de sí misma, dando un nuevo sentido a los vínculos familiares, a partir de la fe en Él. Con su materna intercesión, nos ayude a ser libres y felices misioneros del Evangelio.
Angelus 2/7/2017
Indignidad, acogida y recompensa
José Luis Sicre
El largo discurso dirigido a los apóstoles (resumido en los domingos 11-13) termina con una serie de frases de Jesús que son, al mismo tiempo, muy severas y muy consoladoras. Las severas se dirigen a los apóstoles; las consoladoras, a quienes los acogen.
¿Quién no es digno de Jesús?
La sección comienza con tres frases que terminan de la misma manera: “no es digno de mí”. Las dos primeras están muy relacionadas: no es digno de Jesús el que ama a su padre o a su madre más que a él, o el que ama a sus hijos o a su hija más que a él. Estas frases recuerdan lo que se dice en Deuteronomio 33,9 a propósito de los levitas. En un caso de grave conflicto entre los vínculos familiares y la fidelidad a Dios, optaron por lo segundo. Leví, representación de todos los levitas, “dijo a sus padres: ‘No os hago caso’; a sus hermanos: ‘No os reconozco’; a sus hijos: ‘No os conozco’. Cumplieron tus mandatos y guardaron tu alianza.”
Se podría decir que Jesús exige a sus discípulos la misma actitud de los levitas. Pero hay una diferencia importantísima. los levitas se comportaron así por fidelidad a los mandatos de Dios y a su alianza. Los discípulos deben hacerlo por amor a Jesús. Al exigir este amor superior al de los seres más queridos, Jesús se está poniendo al nivel de Dios, al que hay que amar sobre todas las cosas.
Los primeros cristianos, en momentos de persecución, se vieron a veces en la necesidad de optar entre el amor y la fidelidad a Jesús y el amor a la familia. La elección era dura, pero muchos la hicieron, convencidos de que recuperarían a sus padres e hijos en la vida futura.
La frase siguiente (“el que no carga su cruz…”) también se entiende mejor a la luz del texto del Deuteronomio. En él se dice que los levitas, por haber mostrado esa fidelidad a Dios, recibieron un gran premio y dignidad: “Enseñarán tus preceptos a Jacob y tu ley a Israel; ofrecerán incienso en tu presencia y holocaustos en tu altar.” Jesús no promete nada de esto a sus discípulos. Añade una nueva exigencia, mucho más dura: ya no se trata de posponer a los seres queridos sino de renunciar a la propia vida, con la seguridad de recobrarla en el futuro.
Acogida y recompensa
La última parte se dirige a las personas que acojan a los discípulos: recibirlos a ellos equivale a recibir a Jesús y recibir al Padre. Estas palabras los sitúan muy por encima de profetas y justos, los grandes personajes religiosos de la época. La primera lectura cuenta como un matrimonio de Sunám decidió acoger en su casa al profeta Eliseo cuando pasaba por el pueblo; le construyeron una habitación en el piso de arriba y le proporcionaron una cama, una silla, una mesa y un candil. Una gran inversión para aquel tiempo. Pero recibieron su recompensa con el nacimiento de un hijo.
En comparación con Eliseo, los discípulos pueden parecer unos “pobrecillos” sin importancia. A nadie se le ocurrirá darles alojamiento permanente. Pero basta un vaso de agua fresca (algo muy de agradecer cuando no existen bares ni agua corriente en las casas) para que esas personas reciban su recompensa.
Si en la primera parte entreveíamos los grandes conflictos familiares provocados por las persecuciones, en este final intuimos lo que experimentaron muchas veces los misioneros cristianos: la acogida amable y sencilla de personas que no los conocían. De estos últimos versículos, sólo uno tiene paralelo en el evangelio de Marcos. El resto es original de Mateo, que ha querido redactar un final consolador, que deje buen sabor de boca.
Misión como acogida:
de Jesús y de los suyos
Romeo Ballan, mccj
En la conclusión del “discurso misionero” (Mt 10), Jesús invita a sus discípulos a asumir dos actitudes necesarias para cualquier persona enviada a anunciar el Reino: la vocación con sus exigencias y la misión como acogida. Un mensaje que toca de cerca a todo cristiano, no solamente a los misioneros ‘oficiales’. Ante todo,la vocación vivida con amor. En efecto, Jesús habla de amor (v. 37) y de vida (v. 39). Está en juego la opciónpor un amor más grande. El amor a los familiares –deber-derecho-bendición- es preciso verlo junto y comparado con el amor por Jesús. Solamente a la luz del amor y de la vida tienen sentido las exigencias de una vocación de servicio a la misión de Jesús; solo por amor es posible hacer opciones arduas, que resultan incomprensibles para el que esté fuera de esta lógica. Teniendo en cuenta el bien supremo -que es siempre y solamente Dios- se puede dar el justo peso incluso a valores humanos tan importantes como son los afectos familiares o los intereses profesionales, reservando a Dios el primer lugar, la primera opción.
El lenguaje de Jesús (‘tomar la cruz’, ‘perder la vida’) es escandaloso, hasta parece cruel, pero es la única palabra que libera de las ilusiones y que realmente nos hace encontrar la vida (v. 39); la vía de la cruz es la única que desemboca en la vida verdadera: la resurrección. Son siempre actuales las palabras de San Juan Pablo II: -¡No tengan miedo de Cristo! Él no quita nada. Y lo dona todo. El que se entrega a Él, recibe el céntuplo. Sí, abran, abran de par en par las puertas a Cristo y encontrarán la verdadera vida-. Este mensaje vale tanto para el misionero que anuncia el Evangelio como para los que lo escuchan. A esta misma radicalidad nos llama también San Pablo (II lectura): por el Bautismo estamos llamados a “andar en una vida nueva” (v. 4), porque “hemos muerto con Cristo” y “viviremos con Él” (v. 8.11).
El segundo gran tema misionero de este domingo es la acogida. Es ejemplar la hospitalidad que la mujer de Sunem y su marido brindan al profeta Eliseo (I lectura), pero lo es igualmente la gratitud de este ‘hombre de Dios’ hacia aquella pareja estéril: tras hablar con su criado Giezi, Eliseo profetiza que pronto tendrán un hijo. Se trata de un intercambio de dones, ofrecidos en la gratuidad. Jesús ensalza el gesto sencillo, gratuito, del que “dé de beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca” (Mt 10,42). Cabe fijarse en el detalle del agua fresca, particularmente apetecible en los países cálidos. La misión como acogida tiene su fundamento en la identidad que Jesús establece entre Él y los suyos: “El que los recibe a ustedes me recibe a mí” (v. 40); palabras que recuerdan el test del juicio final: “Tuve sed y ustedes me dieron de beber” (Mt 25,35).
Acoger en casa o en el propio país al que pasa necesidades, o al que huye de guerras, o busca en otros países condiciones de vida más dignas para sí y su familia, ha sido siempre una merecedora obra de misericordia, nuevamente según las palabras de Jesús: “era forastero y me han acogido” (Mt 25,35). Hoy en día, lamentablemente, este complejo problema de la acogida a migrantes-refugiados-prófugos se ha convertido en un encendido tema político a nivel nacional, europeo y mundial, materia de continuos debates públicos y privados, cargados a menudo de ideologías contrapuestas. El escaso compromiso de privados, asociaciones y gobiernos en buscar soluciones adecuadas a las migraciones está, por lo menos en parte, en la base de numerosas tragedias y muertes en tierra y mar, incluso de mujeres, mamás y niños.
Se abre aquí el tema de la cooperación misionera a las tareas de evangelización y promoción humana, que es un derecho-deber de todo bautizado, tanto en las formas siempre válidas de la oración, sacrificio, donativos…, como en las modalidades nuevas: información, formación, compromiso por la justicia, derechos humanos… para un mundo más fraterno y solidario.
