XIX Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, inmediatamente después de la multiplicación de los panes, Jesús hizo que sus discípulos subieran a la barca y se dirigieran a la otra orilla, mientras el despedía a la gente. Después de despedirla, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba él solo allí.
Entre tanto, la barca iba ya muy lejos de la costa y las olas la sacudían, porque el viento era contrario. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el agua. Los discípulos, al verlo andar sobre el agua, se espantaron y decían: “¡Es un fantasma!”. Y daban gritos de  terror. Pero Jesús les dijo enseguida: “Tranquilícense y no teman. Soy yo”.
Entonces le dijo Pedro: “Señor, si eres tú, mándame ir a ti caminando sobre el agua”. Jesús le contestó: “Ven”. Pedro bajó de la barca y comenzó a caminar sobre el agua hacia Jesús; pero al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, comenzó a hundirse y gritó: “¡Sálvame, Señor!”. Inmediatamente Jesús le tendió la mano, lo sostuvo y le dijo: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”.
En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en la barca se postraron ante Jesús, diciendo: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios”.

(Mateo 14, 22-33)


No tengan miedo
P. Enrique Sánchez G., mccj

Una vez más el evangelio nos presenta a Jesús que se retira, buscando un espacio de soledad para dedicarse a la oración. Tal vez, porque era solo la oración que podría poner un poco de serenidad en su corazón después  de haber hecho la experiencia de la muerte de  Juan el Bautista.

En esta ocasión invita a sus discípulos a ponerse en camino sobre el lago, como si quisiera alejarlos de aquel ambiente en donde se respiraba la tristeza y el dolor. Y, desafortunadamente, parece que las cosas no son mejores cuando se encuentran en medio del lago y la tormenta se lanza en su contra.

Es incluso probable que los discípulos estuvieran atrapados en el miedo, pues habiendo sabido como había terminado Juan el Bautista, no era improbable que también a ellos empezaran a llegar algunas amenazas. Y lo peor que les podía caer encima era el verse paralizados por el miedo y el temor sobre sus vidas.

Las olas que sacudían la barca podrían representar algunos de los muchos temores que invadían sus corazones y en medio de la oscuridad de la noche resultaba difícil encontrar un camino de salida.

Podría poder entenderse ese escenario también como lo que sucede cuando Jesús no está presente entre ellos o cuando simplemente parece alejarse un poco de sus vidas. La realidad se vuelve confusa e insegura, por no decir temerosa y amenazante.

Pero Jesús nunca los abandonará, toma el camino, en medio de la noche para atravesar las tinieblas y empezar a iluminar sus horizontes y devolverles la confianza necesaria para seguir avanzando en medio de las tinieblas sin dejarse atrapar por el terror.

No tengan miedo, no soy un fantasma, seguramente les gritó el Señor, devolviéndoles la serenidad que les permitirá́ recuperar la tranquilidad y superar los miedos que les  paralizaban y los aterrorizaban.

No tengan miedo, soy yo. Ese “Soy yo” es como el eco de aquellas palabras que ya habían sido pronunciadas en el libro del Éxodo, cuando Moisés tenía que presentarse ante el faraón.

El que es me manda, Dios, el que siempre está presente y en medio de su pueblo, el que no abandona nunca. Ese mismo es quien ahora calma el corazón inquieto de los discípulos que se sienten perdidos en medio de la tempestad.

Esto nos ayuda a pensar en nuestra propia experiencia personal. ¿Cuántas veces no nos encontramos también nosotros atrapados en tantas tempestades que nos impone la vida?

¿Cuántas veces nos resulta difícil ver el futuro con serenidad, porque se nos presenta amenazante y difícil de entender? ¿Cuántas veces sentimos que las olas de las dificultades, de los imprevistos, de lo que no estaba contemplado que tuviese que suceder en nuestras vidas, de repente se presenta como algo que no sabemos cómo integrar o simplemente aceptar?

Todos, quien más o quien menos, pero todos, nos encontramos ante tempestades en la vida que nos asustan cuando pensamos que tenemos que resolverlas con nuestras fuerzas, cuando pensamos o nos sentimos solos, porque nos parece que Dios está ocupado en los asuntos de otras personas y que nuestras angustias podrían ser consideradas poca cosa.

Sin embargo, justo en el momento en que nos puede parecer que todo está perdido, que no hay salida y que todo se hace más oscuro; justo ahí́, aparece el Señor y nos dice con mucha delicadeza y con gran decisión: no tengas miedo, soy yo.

Y, de pronto, nos damos cuenta de que no se trata de un fantasma. Nos damos cuenta de que el Espíritu de Jesús se convierte en fuerza que nos sostiene, en confianza que nos anima ante la dificultad, en luz que disipa nuestras dudas y tinieblas.

Es presencia real que entra en nuestro corazón de manera misteriosa, devolviéndonos la alegría, llenándonos de confianza, despertándonos a una fe más profunda.

Soy yo, es Jesús, que nos toma en sus manos y nos ayuda a entender que nuestros miedos no tienen sentido, que nuestras desconfianzas se pueden diluir y transformar en gestos de abandono, de ese abandono que genera fuerza interior para seguir trabajando y comprometiéndose, haciendo como si todo dependiera de nosotros, pero sabiendo que nada se escapa de su voluntad. Voluntad que no es otra cosa más que deseo de bien, de plenitud y de felicidad para quienes abren el corazón a su presencia.

Ciertamente, muchas veces haremos la experiencia de sentir que nos hundimos, que no sabemos en donde poner los pies para poder seguir avanzando en medio de la realidad que nos toca vivir.

Ahí́ se presentará una gran oportunidad para dejar que el Señor intervenga y haga su obra en nosotros.

En esos momentos, como Pedro, también nosotros tendremos necesidad de decir: Señor, sálvame. Señor conviértete en el protagonista de mi vida, dirige mis caminos por donde tú quieras, sácame de aquello que me tiene atrapado y paralizado en un estilo de vida que no genera confianza.

Señor, sálvame, ayúdame a entender tus caminos, ayúdame a liberarme de los miedos que paralizan y que impiden correr a tu encuentro reconociéndote como la meta de nuestras vidas.

Señor, sálvame, es el grito de la fe que brota de lo profundo de nuestro ser cuando nos damos cuenta de que sin Dios no podemos ir muy lejos en nuestras búsquedas y en nuestros proyectos.

Le gritamos a ese Señor que ha subido a nuestra barca, que nos recuerda de alguna manera a la Iglesia en donde vamos navegando y que va siendo guiada por el Señor hacia puertos seguros.

La mano tendida de Jesús que atrapa a Pedro para que no naufrague en lo profundo del mar, representa la mano con la que Jesús nos sostiene igualmente en nuestras batallas cotidianas, cuando nos volteamos a verlo diciéndole: Señor nos hace falta tu ayuda, nos urge tu presencia, imploramos tu compañía, te pedimos que no nos abandones.

Esa mano tendida representa la disponibilidad del Señor a estar siempre ahí́ en donde solos no podemos llegar a ninguna parte, es la mano que consuela, que perdona, que levanta de  las caídas, que da confianza cuando lo pasos se hacen torpes.

La experiencia de la presencia de Jesús aquella noche de tinieblas, de tormentas borrascosas, de olas contrarias y amenazantes es el escenario que se nos invita a crear en nuestras vidas para poder llegar a decir: verdaderamente este es el Hijo de Dios, verdaderamente Jesús es nuestro salvador.

Ojalá esta palabra nos ayude a dar un pasito más en nuestro camino de fe, que nos ayuden a entender más claramente la voz del Señor que nos invita a poner nuestra confianza en él. Qué nos libere de nuestros miedos y oscuridades y nos abra a horizontes de luz y de alegría. Qué podamos seguir al Señor obedeciendo a su palabra y alejando de nuestro camino todo aquello que nos pueda entretener e impedir dar pasos de verdadera fe.

Que su palabra nos libre del temor y nos dé la valentía de convertirnos en testigos Fieles y en misioneros valientes, disponibles a atravesar todos los mares para llevar la alegría del evangelio a todos aquellos que aún no se han encontrado con él.

No tengan miedo, soy yo, dice el Señor.


«¡Mándame ir hacia ti!»
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

El Evangelio del domingo pasado nos narraba el milagro de la multiplicación de los panes para una gran multitud, en un lugar desierto, que concluyó con la recogida de doce canastos llenos de sobras. A aquel acontecimiento le sigue el conocido episodio de hoy, en el que Jesús camina sobre el mar.

Estos dos milagros —la multiplicación de los cinco panes y los dos peces y el caminar de Jesús sobre las aguas— constituyen una nueva manifestación de la identidad de Jesús. Él se revela como el Mesías —quien, según una tradición, renovaría el prodigio del maná— y como el Hijo de Dios: caminar sobre las aguas, en efecto, era considerado una prerrogativa divina.

Entre ambos episodios, el Evangelio nos presenta a Jesús orando, solo, durante la noche, en el monte.

1. «Sal y permanece en el monte» (Elías, primera lectura)

Ante esta epifanía, pidamos al Señor la gracia de salir de las cavernas en las que nos hemos refugiado, como el profeta Elías, para acoger la novedad del paso de Dios por nuestra vida.

Tal vez Dios ya no se manifieste como «un viento fuerte e impetuoso» —como en nuestra juventud— ni como el terremoto o el fuego de nuestros primeros años de compromiso cristiano, sino como «el susurro de una brisa suave», perceptible únicamente en el silencio del corazón.

2. «Mándame ir hacia ti» (Pedro, en el Evangelio)

a) Empujados hacia la otra orilla

«Después de que la multitud hubo comido, enseguida Jesús obligó a los discípulos a subir a la barca y a adelantársele hacia la otra orilla».

Es significativo que, en este episodio, Jesús «obligue» a los discípulos a partir. Podemos imaginarlo mientras les hace cargar los doce canastos llenos de sobras y los empuja a subir a la barca, a pesar de las protestas de los Doce: ¡es demasiado tarde, el viento es contrario, es imprudente dirigirse hacia la otra orilla del lago, hacia un territorio predominantemente pagano y extranjero! ¿Y por qué dejar solo a Jesús?

Los apóstoles habrían preferido quedarse allí y disfrutar de aquel momento de euforia junto con la multitud. Pero no hay nada que hacer: parten de mala gana hacia la otra orilla, casi como para indicar que también hasta allí deberá llevarse el pan.

¡Así nos sucede también a nosotros, Iglesia a la que Cristo empuja continuamente hacia «la otra orilla»!

b) A merced del mar y de los fantasmas

«Al final de la noche, él fue hacia ellos caminando sobre el mar».

¡A los elementos amenazadores del mar, la noche y el viento se añade ahora un fantasma! Presos del terror, los Doce gritan de miedo. «Pero enseguida Jesús les habló diciendo: ¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!».

El miedo es nuestro compañero habitual; la invitación de Dios a no temer es su antídoto cotidiano. «No tengáis miedo», porque «soy yo»; más aún, «Yo Soy», expresión que evoca el Nombre mismo de Dios.

c) ¡Mándame!

Pedro toma la iniciativa y dice a Jesús: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti sobre las aguas». «Si eres tú…». ¿Se trata de una duda y de una petición de prueba? ¿Del efecto de una emoción incontrolada después del miedo? ¿De una reacción infantil y entusiasta? ¿O de un impulso de confianza en el Señor? ¡Quizá ni siquiera Pedro lo sepa con precisión, como tantas veces nos sucede también a nosotros!

Llama la atención, sin embargo, el modo en que Pedro formula su petición: «Mándame ir hacia ti sobre las aguas». ¡Mándame! No dice: «Haz que vaya…» o «Concédeme ir…». No, pide hacerlo en virtud del mandato de Jesús. Y Jesús accede.

«¡Mándame ir hacia ti sobre las aguas!». Esta puede convertirse también en nuestra petición. Nuestra vida casi nunca es un crucero tranquilo. A menudo se parece a la navegación en una frágil barquichuela a merced de las olas. A veces, además, nos parece que incluso aquella precaria seguridad desaparece bajo nuestros pies. Entonces no nos queda más que la fe desnuda, capaz de caminar sobre las aguas: no por nuestro valor o por nuestra iniciativa, sino por la confianza depositada en el mandato del Señor.

Mándame, y caminaré sobre el mar agitado de la enfermedad o del duelo.
Mándame, y afrontaré las aguas amenazadoras de una crisis matrimonial.
Mándame, y atravesaré la tormenta de una relación difícil con un hijo o una hija.
Mándame, y cruzaré el temporal que ha trastornado mi vida.

d) ¡Sálvame!

La fe es algo tremendamente serio: preciosa y frágil como la vida. El verdadero creyente lo sabe y lo experimenta. Basta apartar por un instante la mirada de Cristo para sentir que uno se hunde.

¡Pobre Pedro y pobres de nosotros! ¿Por qué duda Pedro precisamente en medio del milagro? Tal vez esperaba que las olas del mar se calmaran para poder caminar con toda tranquilidad. Pero no sucede así. Las circunstancias externas no cambian. La fe no nos libra de los riesgos.

Entonces no nos queda más que gritar: «¡Señor, sálvame!». Y el pescador… ¡es pescado!
Hoy parece más difícil gritar: «¡Sálvame!», también porque Cristo no siempre es percibido como el Salvador. ¿Salvarnos de qué?

Es muy elocuente lo que le sucedió a un sacerdote que presidía una celebración eucarística de primeras comuniones. Después de invitar a los niños a formular oraciones espontáneas, quedó sorprendido cuando una niña dijo: «Gracias, Jesús, porque me has salvado… ¡aunque ahora no recuerdo de qué!». Toda la asamblea se rio con ganas. Pero ¿cuántos de los presentes habrían sabido ir más allá de la respuesta formal aprendida en la catequesis?

3. «El gran dolor» (Pablo, segunda lectura)

Quien ha experimentado la mano que salva no puede permanecer indiferente ante quien parece perderse. Este es el sufrimiento que san Pablo confiesa en la segunda lectura: «Tengo en mi corazón un gran dolor y un sufrimiento continuo» a causa de «mis hermanos, los de mi raza según la carne» (Romanos 9,1-5).

Ver a los propios conciudadanos, a la propia familia y a los propios amigos lejos de Cristo es, para el creyente, una espina clavada en el costado. Rezar por ellos no es simplemente una «buena obra», sino una responsabilidad, una respuesta a la pregunta de Dios: «¿Dónde está tu hermano?».

Matta el Meskin, monje cristiano egipcio († 2006), afirma: «Con la oración, el hombre se convierte en sacerdote, en el sentido de que se hace responsable de la salvación de los demás […]. Cargando con el pecado de ellos, gimiendo desde lo más profundo del corazón bajo su peso y haciendo penitencia, se vuelve capaz, haciéndose pecador en su lugar, de pedir perdón y obtenerlo para ellos».

Para reflexionar

  • ¿Cómo me comporto en el momento de la prueba: con ira o con paciencia? ¿Con miedo o con confianza? ¿Con desánimo o con esperanza?
  • En medio de las tormentas de la vida, ¿grito también yo: «¡Mándame! ¡Sálvame, Señor!»?
  • ¿Estoy dispuesto, estoy dispuesta, a tender la mano para agarrar a quien se está hundiendo?

En medio de la crisis
José Antonio Pagola

No es difícil ver en la barca de los discípulos de Jesús, sacudida por las olas y desbordada por el fuerte viento en contra, la figura de la Iglesia actual, amenazada desde fuera por toda clase de fuerzas adversas y tentada desde dentro por el miedo y la poca fe. ¿Cómo leer este relato evangélico desde la crisis en la que la Iglesia parece hoy naufragar?

Según el evangelista, “Jesús se acerca a la barca caminando sobre el agua”. Los discípulos no son capaces de reconocerlo en medio de la tormenta y la oscuridad de la noche. Les parece un “fantasma”. El miedo los tiene aterrorizados. Lo único real es aquella fuerte tempestad.

Este es nuestro primer problema. Estamos viviendo la crisis de la Iglesia contagiándonos unos a otros desaliento, miedo y falta de fe. No somos capaces de ver que Jesús se nos está acercando precisamente desde esta fuerte crisis. Nos sentimos más solos e indefensos que nunca.

Jesús les dice tres palabras: “Ánimo. Soy yo. No temáis”. Solo Jesús les puede hablar así. Pero sus oídos solo oyen el estruendo de las olas y la fuerza del viento. Este es también nuestro error. Si no escuchamos la invitación de Jesús a poner en él nuestra confianza incondicional, ¿a quién acudiremos?

Pedro siente un impulso interior y sostenido por la llamada de Jesús, salta de la barca y “se dirige hacia Jesús andando sobre las aguas”. Así hemos de aprender hoy a caminar hacia Jesús en medio de la crisis: apoyándonos, no en el poder, el prestigio y las seguridades del pasado, sino en el deseo de encontrarnos con Jesús en medio de la oscuridad y las incertidumbres de estos tiempos.
No es fácil. También nosotros podemos vacilar y hundirnos como Pedro. Pero lo mismo que él, podemos experimentar que Jesús extiende su mano y nos salva mientras nos dice: “Hombres de poca fe, ¿por qué dudáis?”.

¿Por qué dudamos tanto? ¿Por qué no estamos aprendiendo apenas nada nuevo de la crisis? ¿Por qué seguimos buscando falsas seguridades para “sobrevivir” dentro de nuestras comunidades, sin aprender a caminar con fe renovada hacia Jesús en el interior mismo de la sociedad secularizada de nuestros días?

Esta crisis no es el final de la fe cristiana. Es la purificación que necesitamos para liberarnos de intereses mundanos, triunfalismos engañosos y deformaciones que nos han ido alejando de Jesús a lo largo de los siglos. Él está actuando en esta crisis. Él nos está conduciendo hacia una Iglesia más evangélica. Reavivemos nuestra confianza en Jesús. No tengamos miedo.


Remando contra viento y marea
José Luis Sicre

La tempestad calmada y el viento en contra

Hay dos episodios en los evangelios bastante parecidos, aunque muy diferentes. Se parecen en el escenario (una barca en medio del lago de Galilea en circunstancias adversas) y en los protagonistas (Jesús y los discípulos). Se diferencian en que, en el primer caso, la barca está a punto de zozobrar y los discípulos corren peligro de muerte; en el segundo, sólo se enfrentan a un fuerte viento en contra que hace inútiles todos sus esfuerzos.

Traducido a la experiencia de nuestros días, la tempestad calmada recuerda a numerosas comunidades cristianas, sobre todo de África y Oriente Medio, que se ven amenazadas de muerte y gritan a Jesús: «¡Señor, sálvanos, que perecemos!» El viento en contra hace pensar en tantas otras comunidades, especialmente de occidente, que luchan contra viento y marea, cada vez con menos fuerzas, y sin ver resultados tangibles.

El primer episodio, la tempestad calmada, tiene un claro paralelo en el Salmo 107 (106), 23-32, donde los navegantes gritan a Dios en el peligro y él los salva; en el evangelio, los discípulos gritan a Jesús y es este quien los salva.

Pero el segundo episodio, el de la barca con viento en contra y Jesús caminando sobre el agua, no me recuerda ningún episodio del Antiguo Testamento. Sin embargo, está tan anclado en la primitiva tradición cristiana que no sólo lo cuentan Marcos y Mateo, sino incluso Juan, que generalmente va por sus caminos. Es muy curioso que Lucas omita esta escena: probablemente pensó que presentar a Jesús caminando sobre el agua y confundido con un fantasma iba a plantear a sus cristianos más problemas que beneficios.

El relato de Mateo

Se inspira en el de Marcos, pero introduciendo cambios muy significativos. Podemos dividirlo en cuatro escenas.

Primera escena: Jesús se separa de los discípulos

Hablando en términos cinematográficos, es un montaje en paralelo. Inmediatamente después de la comida, Jesús obliga a sus discípulos a embarcarse, mientras él despide a la gente. Luego se retira a rezar «a solas» y, al anochecer, «seguía allí solo». Mientras, los discípulos se encuentran «a muchos estadios de tierra» (Juan dice que a unos 25-30 estadios, 5-6 km, lo que supone en mitad del lago). Con esto se acentúa la distancia física de Jesús con respecto a los discípulos; y también la distancia temporal, porque los despide por la tarde y no se dirige hacia ellos hasta el final de la noche. [La traducción litúrgica dice «de madrugada»; el texto griego, «a la cuarta vela», entre las 3 y las 6 a.m.; los romanos dividían la noche en cuatro velas, desde las 6 p.m. hasta las 6 a.m.]. A nivel simbólico, quedan contrapuestos dos mundos: el de la intimidad con Dios (Jesús orando) y el de la dura realidad (los discípulos remando). Ha sido Jesús el que los ha abandonado a su destino.

Segunda escena: Jesús se acerca a los discípulos

Mateo cuenta con asombrosa naturalidad y sencillez algo inaudito: el hecho de que Jesús se acerque caminando sobre el lago. Los discípulos no reaccionan con la misma naturalidad: se asustan, porque piensan que es un fantasma, tienen miedo, gritan. Es la única vez que se usa en el Nuevo Testamento el término “fantasma”, que en griego clásico se aplica a los espíritus que se aparecen, o a «las visiones fantasmagóricas de mis ensueños» (Esquilo, Los siete contra Tebas, 710). Es la única vez que Jesús provoca en sus discípulos un pánico que los hace gritar de miedo. Es la única vez que les dice «¡animaos!». Una escena peculiar sobre la que volveremos más adelante.

Tercera escena: Jesús y Pedro

Quien conoce los relatos de Marcos y Juan advierte aquí una gran diferencia. En esos dos evangelios, Jesús sube a la barca y el viento se calma. Pero Mateo introduce una escena exclusivamente suya, que subraya la relación especial entre Jesús y Pedro. Igual que en otros pasajes de su evangelio, Mateo aporta rasgos de la personalidad de Pedro que justifican su importancia posterior dentro del grupo de los Doce. Pero no ofrece una imagen idealizada, sino real, con virtudes y defectos. Su decisión de ir hacia Jesús caminando sobre el agua lo pone por encima de los demás, igual que ocurrirá más adelante en Cesarea de Filipo. Pero Pedro muestra también su falta de fe y su temor. Incluso entonces, es salvado por la intervención de Jesús. Dentro de la sobriedad de Mateo, esta escena llama la atención por la abundancia de detalles expresivos, que adquieren su punto culminante en la imagen de Jesús alargando la mano y agarrando a Pedro.

Cuarta escena: confesión de los discípulos (32-33)

Marcos termina su relato diciendo que los discípulos «no cabían en sí de estupor, pues no habían entendido lo de los panes, ya que tenían la mente obcecada» (Mc 6,51-52). Mateo introduce un cambio radical: los discípulos no se asombran, sino que se postran ante Jesús y confiesan: «realmente eres Hijo de Dios». Esta actitud y estas palabras significan un gran avance. Anteriormente, en el relato de la tempestad calmada (Mt 8,23-27), los discípulos terminan preguntándose: «¿Quién será éste que hasta el viento y el agua le obedecen?» Desde entonces, el conocimiento más profundo de Jesús ha provocado un cambio en ellos. Ya no se preguntan quién es; confiesan abiertamente que es «hijo de Dios», y lo adoran. Este título no podemos interpretarlo con toda la carga teológica que le dio más tarde el Concilio de Calcedonia (año 451). También el centurión que está junto a Jesús en la cruz reconoce que «este hombre era hijo de Dios». Lo que quiere expresar este título es la estrecha vinculación de Jesús con Dios, que lo sitúa a un nivel muy superior al de cualquier otro hombre. De aquí a confesar la filiación divina de Jesús sólo queda un pequeño paso.

Anticipando la gloria de Jesús resucitado.

Este relato, tal como lo cuenta Mateo, ofrece tres datos curiosos: 1) el cuerpo de Jesús desafía las leyes físicas; 2) los discípulos no reconocen a Jesús, lo confunden con un fantasma; 3) Jesús, a pesar del poder que manifiesta, trata a los apóstoles con toda naturalidad.

Estos tres detalles son típicos de los relatos de apariciones de Jesús resucitado: 1) su cuerpo aparece y desaparece, atraviesa muros, etc.; 2) ni la Magdalena, ni los dos de Emaús, ni los siete a los que se aparece en el lago, reconocen a Jesús; 3) Jesús resucitado nunca hace manifestaciones extraordinarias de poder, habla y actúa con toda naturalidad.

Por consiguiente, lo que tenemos en Mateo (no en Marcos) es algo muy parecido a un relato de aparición de Jesús resucitado. ¿Qué sentido tiene en este momento del evangelio? Anticipar su gloria. Igual que el relato de la muerte de Juan Bautista, contado poco antes, anticipa su pasión, su maravilloso caminar sobre el agua anticipa su resurrección.

Sentido eclesial y personal

Desde antiguo, se ha visto en la barca una imagen de la Iglesia, metida por Jesús en una difícil aventura y, aparentemente, abandonada por él en medio de la tormenta. Este sentido, que estaba ya en Marcos, lo completa Mateo con un aspecto más personal, al añadir la escena de Pedro: el discípulo que, confiando en Jesús, se lanza a una aventura humanamente imposible y siente que fracasa, pero es rescatado por el Señor. En la imagen de Pedro podían reconocerse muchos apóstoles y misioneros de la Iglesia primitiva, y podemos vernos también a nosotros mismos en algunos instantes de nuestra vida: cuando parece que todos nuestros esfuerzos son inútiles, cuando nos sentimos empujados y abandonados por Dios, cuando nosotros mismos, con algo de buena voluntad y un mucho de presunción, queremos caminar sobre el agua, emprender tareas que nos superan. Ellos vivenciaron que Jesús los agarraba de la mano y los salvaba. La misma confianza debemos tener nosotros.

La primera lectura

Ha sido elegida porque en ella Dios se revela en la brisa suave, después del viento huracanado, el fuego y el terremoto. En el evangelio, después de la tormenta, cuando Jesús sube a la barca, el viento amaina. Este paralelismo no impide que la lectura parezca traída por los pelos; es preferible no detenerse en ella.


Oh, Dios, ¿dónde estás para que podamos conocer y revelar tu rostro?
Romeo Ballan, mccj

Las lecturas de hoy nos presentan un tema fundamental. ¿Cómo es Dios? ¿Qué hace con todo su poder? ¿Qué tiene que ver Dios con mi vida? ¿Cómo se manifiesta? Son las preguntas que cada persona se hace, tarde o temprano; de una u otra manera. Inútilmente algunos ‘ateos’ quisieran borrar esta realidad. Las etapas de la manifestación de Dios y los pasos del hombre en la búsqueda de su Señor y Padre van desde la creación a Cristo, al testimonio de los creyentes. Este es el hilo conductor que une las lecturas de hoy. De manera libre y sorprendente, Dios se manifiesta a los hombres: primero en la creación del mundo y de cada persona; luego, por medio de las alianzas y de los profetas; y, finalmente, en el evento único y definitivo de Jesucristo, Dios hecho carne, que acompaña la historia humana

Ante la manifestación gratuita de Dios, normalmente se produce la respuesta del hombre, en una búsqueda a menudo trabajosa e incierta. Todas las religiones y filosofías de los pueblos son un índice y el resultado del deseo profundo que Dios ha inscrito en el corazón de las personas y de las culturas: ¿Quién es Dios? ¿Dónde está? ¿Qué hace?… Las religiones naturales son diferentes según las épocas y las culturas, pero tienen un origen común: la aspiración humana a establecer una relación con la divinidad. Este es el terreno religioso natural en el cual los misioneros encuentran a los pueblos ya desde el primer anuncio del Evangelio.

La teología cristiana, desde sus inicios (s. II, con los santos Justino e Ireneo), enseña a los obreros del Evangelio que han de descubrir las “semillas del Verbo”, es decir, los valores humanos y espirituales presentes en las culturas. Por la acción del Verbo, por medio del cual han sido creadas todas las cosas (cfr. Col 1,15-17), y gracias a la presencia del Espíritu Santo, protagonista de la misión (cfr. RMi 21s), estos valores se encuentran ya en las culturas de los pueblos, aun antes de que se les anuncie la Buena Nueva de Cristo. En virtud de su origen divino, estos valores constituyen una buena preparación para acoger el Evangelio. La presencia del Verbo y del Espíritu, que anteceden la llegada del misionero, crea una especial sintonía entre el Evangelio y las culturas, que en general facilita la recepción del mensaje cristiano. Cristo llega como plenitud de la revelación de Dios, como don gratuito, pero no por eso es algo opcional o alternativo. Viene aquí muy oportuna la invitación del Papa Francisco a buscar y dejarse encontrar por Cristo.

Además de la revelación basada en la creación, Dios se reserva la iniciativa de manifestarse en el modo, en el tiempo y en las personas que Él quiere. En el caso de Elías (I lectura) la manifestación de Dios se da con signos diferentes a la de Moisés, aunque se realice sobre el mismo monte. Elías está regresando de las faldas del monte Carmelo, donde, en un exceso de celo y fanatismo, ha masacrado a los profetas de Baal (cfr. 1Reyes 18); ahora Elías necesita convertirse: reconocer a Dios no a través de signos fuertes (viento huracanado, terremoto y fuego), sino en el “susurro” (v. 12). En el mar borrascoso y entre los gritos de miedo a los fantasmas (Evangelio), Jesús se revela primero como orante solitario sobre el monte (v.23) y luego como portador de paz y seguridad: “¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!” (v.27). Al igual que en otras epifanías de Jesús, la conclusión es la fe de los discípulos (v.33). Más ampliamente, es la comunidad misionera de Mateo la que, probada por las incipientes persecuciones y la “poca fe” (v.31), renueva la adhesión a su Señor resucitado, invocándolo con el título pascual de Kurios, Señor (v. 28.30).

En la historia de las personas y de los pueblos se van alternando a menudo épocas de apertura y de cerrazónante el misterio de Dios, períodos de indiferencia, resistencia, y hasta de rechazo. Ante estas situaciones, el misionero adopta una actitud humilde y orante: la fuerza para la misión procede de la fe y de la oración. Es el caso de Pablo (II lectura), que siente un dolor grande y un continuo sufrimiento (v. 2) por sus hermanos y correligionarios (v. 3). Lamentablemente, la mayoría del pueblo judío, si bien recibió, a lo largo de los siglos, hasta ocho privilegios inestimables (v. 4-5), se ha cerrado al Mesías, que nació “de los patriarcas, según lo humano”: No lo reconocen como el Salvador, muerto y resucitado, como Dios bendito por los siglos (v. 5).

El misterio del pueblo elegido lleva a pensar en la realidad misionera de tantos pueblos que aún no se han abierto al Evangelio, con excepción de unas minorías. Cabe pensar en China, India, Japón, en el mundo budista, islámico… Ciertamente estos pueblos no están fuera de la acción salvífica de Cristo, el único salvador de todos; sin embargopermanece el misterio de su llamada a la Fe en Cristo y de su pertenencia a la Iglesia. También para ellos Dios tiene su proyecto y los tiempos precisos. Nosotros no conocemos los tiempos y los caminos por los cuales el Espíritu realiza el encuentro salvífico de cada persona con Cristo (GS 22). Pero la certeza que este encuentro se realiza, sostiene la esperanza del misionero, incluso cuando la barca está sacudida por las olas (Evangelio) y el viento es contrario (v. 24).