XX Domingo ordinario. Año A

En aquel tiempo, Jesús se retiró a la comarca de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea le salió al encuentro y se puso a gritar: “Señor, hijo de David, ten compasión de mi. Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio”. Jesús no le contestó una sola palabra; pero los discípulos se acercaron y le rogaban: “Atiéndela, porque viene gritando detrás de nosotros”.
Él les contestó: “Yo no he sido enviado sino a las ovejas descarriadas de la casa de Israel”.
Ella se acercó entonces a Jesús y, postrada ante él, le dijo: “¡Señor, ayúdame!”. Él le respondió: “No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos”. Pero ella replicó: Es cierto, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de  sus  amos”. Entonces Jesús le respondió: “Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas”. Y en aquel mismo instante quedó curada su hija.

(Mateo: 15, 21-28)


¡Qué grande es tu fe!
P. Enrique Sánchez G. mccj

Una vez más, el tema de la fe está en el centro de nuestra reflexión. Escuchando estos cuantos versículos del evangelio de san Mateo que nos regala la liturgia de la Palabra este domingo, también hoy somos invitados a dar un pasito más lejos en nuestro camino de fe y de reconocimiento de la presencia de Dios en nuestras vidas.

La palabra de Dios, que estaba destinada de manera particular al pueblo judío, en las lecturas de este día, abren las puertas a otros destinatarios que están más allá de las fronteras del pueblo elegido. Y nos involucran a quienes acogemos con gratitud esta Buena Noticia para seguir en el camino de la fe.

El profeta Isaías en la primera lectura habla de extranjeros que han adherido al Pueblo de Dios y que serán conducidos al monte santo para llenarlos de alegría. San Pablo, en la segunda lectura, se dirige a los que no son judíos para provocarlos y hacer que se abran al anuncio de la buena nueva de Jesús.

En el evangelio, de alguna manera, el personaje central es una mujer cananea, por lo tanto extranjera y considerada lejana de todas las promesas que habían sido hechas al pueblo de Israel. Era alguien que hizo la experiencia de encontrarse con Jesús y humildemente se acercó suplicando ser acogida, aunque se sabía que no tenía derecho a pretender nada de Jesús.

Esta mujer, a quien se le subraya ser cananea y por lo tanto, extranjera, será el ejemplo que Jesús pone ante sus discípulos y ante todos aquellos que lo rodean, para ayudarles a entender que de ahora en adelante lo que dará una identidad a los hijos de Dios ya no será sólo la pertenencia a un pueblo, sino que será una gracia ofrecida a toda persona que sea capaz de reconocer en Jesús al salvador.

Con la llegada de Jesús entre nosotros se abren los horizontes de la salvación y ya nadie puede ser excluido o privado de la posibilidad de reconocerse llamado a ser hijo de Dios.

De ahora en adelante la compasión de Dios está destinada a llenar todos los corazones de quienes se sienten en la necesidad de tener a Dios en sus vidas.

En las palabras de la cananea está el reconocimiento de Jesús como el Mesías, el salvador. Es él aquel hijo de David que Dios había prometido hacer surgir como un brote nuevo del tronco caído y aparentemente destruido en el pueblo de Israel.

Y, justamente, es una mujer venida de lejos quien hace esa confesión de fe que reconoce a Jesús como el hijo de David, en quien Dios manifiesta su presencia en medio de aquellos, que ya no sólo pertenecen a su pueblo, sino a todos los que abren su corazón para reconocerlo como su Dios.

Ante la súplica de la mujer, Jesús parece asumir una actitud de indiferencia y casi de rechazo, pero en realidad de lo que se trata es de una prueba para obligar a sus discípulos a confrontarse con la experiencia de fe que van haciendo estando con él.

A los discípulos les molesta la insistencia de la mujer, que ruega y suplica, convencida de que sólo Jesús puede dar la respuesta necesaria a sus búsquedas y necesidades.

Ella ha llegado al punto de reconocer que Jesús tiene poder sobre la vida y la muerte, pues es Dios, Mesías, presente entre nosotros y, movida por su convicción, no habrá nada que la pueda detener hasta llenar su vida de aquella presencia que le cambiará la existencia, no sólo a ella, sino a lo que más ama.

A la mujer no le molesta importunar y molestar, tal vez porque se ha dado cuenta de que las cosas de Dios no se dan en un momento o inmediatamente, sino que exigen constancia y perseverancia, pues ella vive la experiencia de constatar que Dios tiene sus caminos, sus modos de hacer las cosas y sus tiempos.

Ante eso queda claro que lo importante es saber perseverar, confiar e insistir, pues Dios nunca deja sin respuesta cualquiera que sea el ruego o la súplica que se le presente.

Pasando del texto del evangelio a la experiencia de nuestras vidas, nos damos seguramente cuenta de que muchas veces nos encontramos en la situación de esa mujer extranjera.

A lo mejor nos sentimos sin derecho a pedirle demasiado a Dios, porque justamente nos sentimos o nos descubrimos muy lejos de él, casi como extranjeros y ajenos a lo que Dios nos va mostrando cada día de él.

Vivimos en mundos en donde la realidad, las preocupaciones o los intereses parecen ser muy distintos de lo que descubrimos cuando nos vamos acercando al mundo de Dios y puede ser que nos sintamos hasta torpes a la hora de querer entrar en contacto con él. No sabemos qué decir, qué pedir, qué confiar en sus manos.

Nos sentimos extranjeros, porque nos hemos acostumbrado a hablar un lenguaje que es muy distinto al que usa el Señor cuando entra en contacto con nosotros. Jesús nos habla de confianza, de amor, de fraternidad, de justicia, de servicio, de entrega desinteresada, de pasión por las cosas de Dios.

Nos invita a usar el lenguaje de la oración para comunicarnos con nuestro Padre, nos habla a través de los bello de las celebraciones de los sacramentos, de la comunión que podemos experimentar al sentirnos parte de una comunidad, de la alegría de poder anunciar a otros su palabra…

Nos habla desde un mundo que está muy cercano a nosotros, pero que muchas veces sentimos lejano por las fronteras que hemos elevado quedándonos en lo que nos brinda pequeñas seguridades o comodidades que no acaban por satisfacer lo que el corazón nos reclama desde lo más profundo de nosotros mismos.

La cananea nos enseña igualmente que la experiencia de fe no es algo que surge espontáneamente, sin luchas y sin sacrificios. Tener fe, al final no es sólo adherir a algo que nos convence o que nos parece razonable y confiable.

Es algo mucho más profundo. Se trata de un encuentro con alguien, con quien nos tenemos que confrontar y en cierto modo con quienes tenemos que luchar para convencernos desde el corazón.

Es encuentro en el que se comparten sentimientos, ideas, convicciones, puntos de vista; pero al mismo tiempo es encuentro de apertura, de confianza y de abandono. De lucha interior para dejarnos vencer por algo que nos hace sentir amados y nunca sometidos u obligados.

La cananea supo ponerse delante de Jesús con valentía y con confianza, exponiendo sus urgencias y sus necesidades, pero sin dudar que obtendría lo que realmente sería conveniente en su vida. Sabía que aún las migajas que podían caer de la mesa, viniendo de Dios, se podían convertir en bendiciones que no tenían medida y que Dios nunca se dejará ganar en generosidad.

Y es aquí en donde la experiencia de fe de esta mujer llegada de lejos, esta mujer que se sabe sin derecho a pretender o exigir hace la experiencia de recibir más de lo que estaba pidiendo. Su fe, expresada a través de gestos de sencillez y de humildad hacen, como siempre, posible el milagro de ver realizado lo que ella profundamente deseaba.

¿Cuántas cosas podrían ser distintas en nuestra vida si tuviésemos el reflejo para dejar  actuar la fe en nuestro vivir cotidiano? No es difícil ver cómo muchas veces renunciamos a vivir la experiencia de fe porque nos gana la necesidad de obtener respuestas inmediatas, porque no sabemos entender que Dios ya está trabajando en nuestros proyectos, que, como leímos hace unos días en la Carta de Bernabé, “Cualquier cosa que te suceda, recíbela como un bien, consciente de que nada pasa sin que Dios lo haya dispuesto”.

¿Cuánto ganaríamos en calidad de vida si aprendiéramos a descubrir no sólo las migajas de providencia y de amor que el Señor va dejando caer de su mesa para que se conviertan en abundancia en todas las dimensiones de nuestra vida? Pero nos cuesta ponernos en una actitud de humildad y de sencillez ante el Señor, aceptando que ya hay un plan que tiene por objetivo nuestra felicidad y la realización plena de nuestra vida.

Y no se trata, de ninguna manera, de determinismos o de destinos marcados ante los cuales sólo tendríamos que asumir una actitud de sumisión y de conformismo. Se trata de experiencia de fe profunda, que se construye sobre la confianza y el abandono; pero al mismo tiempo en la búsqueda, en el compromiso personal que implica renuncias y sacrificios personales.

En otras palabras, se trata de creer, abriéndonos a lo inaudito y sorpresivo que puede ser Dios en nuestras vidas.

La mujer cananea supo confiar, supo esperar, supo entrar en la lucha de la confrontación humilde y respetuosa con el Señor; pero decidida y confiada en que al final lo que se manifestaría no serían sus necesidades o sus urgencias, sino la generosidad extraordinaria de Dios que nunca se deja ganar cuando se trata de amar.

Qué bello sería escuchar a Jesús que nos dijera al oído, ¡Qué grande es tu fe! Nunca será tarde para que el milagro se realice también en nuestras vidas.

¿Tendremos el valor de decir como la mujer cananea, “Es cierto, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos”.

Que el Señor aumente nuestra fe y que cumpla lo que nuestro corazón más anhela.


Jesús, arquero de la fe
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

El Evangelio de este vigésimo domingo nos presenta el encuentro de Jesús, fuera de las fronteras de Israel, con una mujer cananea que le suplica que cure a su hija. A primera vista, el episodio puede parecer desconcertante e incluso escandaloso: ante los gritos angustiados de la mujer, Jesús responde primero con el silencio —«no le respondió palabra alguna»—; después, a pesar de la intervención de los discípulos, con un rechazo: «Solo he sido enviado a las ovejas perdidas de la casa de Israel»; finalmente, recurre a una expresión muy dura: «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos». Solo después de esta dramática secuencia Jesús acoge la petición de la mujer y elogia su fe.

El relato se encuentra también en el Evangelio de Marcos, de forma más concisa (Marcos 7,24-30). Lucas no recoge este episodio, quizá porque desarrolla en otros relatos el tema de la apertura a los paganos.

¿Cómo entender este pasaje evangélico? Podemos proponer tres claves de lectura.

  1. Una explicación relacionada con las circunstancias. Jesús se había alejado de Galilea para retirarse con los suyos, después de un durísimo enfrentamiento con los escribas y los fariseos enviados desde Jerusalén sobre la cuestión de lo puro y lo impuro. Deseaba, por tanto, pasar inadvertido. Así lo confirma Marcos 7,24: «No quería que nadie lo supiera, pero no pudo permanecer oculto».
  2. Una explicación metodológica. Durante su ministerio terrenal, Jesús reconoce una prioridad a la misión entre el pueblo de Israel, sin excluir significativas aperturas hacia los paganos.
  3. Una explicación pedagógica. Según una posible lectura pedagógica, mediante este intenso diálogo Jesús conduce a la mujer pagana a manifestar una fe extraordinaria y la presenta como ejemplo a los discípulos y a nosotros. El contraste con Pedro resulta particularmente significativo, pues en el Evangelio del domingo anterior Jesús lo había llamado «hombre de poca fe».

Pero procedamos por etapas.

1. Jesús, un hombre dispuesto a dejarse… interrumpir

Jesús no era un profeta que vagaba sin rumbo, dejándose guiar únicamente por las circunstancias o por encuentros casuales. Había recibido del Padre una misión y la llevaba adelante con constancia y determinación, orientando tanto los lugares —«Es necesario que anuncie también a las otras ciudades la Buena Noticia del Reino de Dios, porque para esto he sido enviado» (Lucas 4,43)— como los tiempos: «Id a decir a ese zorro [el rey Herodes]: “Yo expulso demonios y realizo curaciones hoy y mañana; y al tercer día mi obra estará cumplida”» (Lucas 13,32).

Y, sin embargo, ¡cuántas veces Jesús se dejó «interrumpir» por los acontecimientos y por las personas! Recordemos, por ejemplo, cuando quiso retirarse con los suyos a un lugar solitario, pero cambió sus planes porque se encontró ante una gran multitud y sintió compasión de ella (cf. Marcos 6,30-34). Lo mismo sucede aquí, en el encuentro con la mujer cananea. Algo parecido ya había ocurrido en Caná, cuando María, su madre, lo había instado a actuar antes de que llegara «su hora».

Jesús se deja alcanzar por el sufrimiento concreto de las personas. La suya es una vida abierta a lo imprevisto, hasta la interrupción extrema y dramática de la cruz.

Esto debería hacernos reflexionar sobre nuestra vida —y también sobre la vida de la Iglesia—, a veces tan programada y planificada que no deja espacio para interrupción alguna; ni siquiera para aquella que resulta necesaria a fin de detenerse ante el hombre abandonado, medio muerto, al borde del camino.

2. Jesús, el profeta que… cruza fronteras

La entrada de Jesús en los territorios paganos pone de manifiesto un rasgo característico de su misión: supera las barreras y los cercados producidos por interpretaciones rígidas de la Ley, por ciertas costumbres sociales y por cualquier forma de exclusivismo religioso. Aunque declara que, en aquella etapa de su misión, se dirige a las «ovejas perdidas de la casa de Israel», Jesús no se deja aprisionar por esquemas rígidos y preconcebidos.

Se acerca a quienes la sociedad religiosa considera impuros o pecadores, no divide el mundo de manera simplista entre buenos y malos y sabe reconocer el bien dondequiera que se encuentre. Es como una abeja que recoge el néctar de cada flor y transforma cada encuentro en una oportunidad de vida.

También aquí encontramos un verdadero desafío para nosotros, los creyentes. A menudo «traspasamos los límites» mediante la crítica, las habladurías y la intromisión indebida en la vida ajena; al mismo tiempo, sin embargo, confinamos nuestras relaciones, levantamos cercas, cortamos puentes y cultivamos localismos que crean mundos separados e incomunicados. Jesús nos invita, en cambio, a «cruzar fronteras» mediante el diálogo y el encuentro con quienes son diferentes de nosotros.

3. Jesús, … arquero de la fe

Al comentar el episodio de la mujer cananea, el cardenal Carlo Maria Martini utilizó una imagen que me impresionó: la de un arquero que prueba un arco nuevo y comprueba su resistencia.

Así parece actuar Jesús con la fe de esta mujer, a través de la dramática secuencia de sus tres respuestas: primero el silencio, después la negativa y, finalmente, la comparación entre los hijos y los perritos, que a oídos de la mujer podía sonar humillante. El diálogo parece llevar su fe hasta el límite, casi con el riesgo de quebrarla. Aquella madre podría haberse alejado, indignada por la aparente insensibilidad de Jesús y por la aspereza de sus palabras.

Jesús, en cambio, demuestra que confía en ella y le ofrece el espacio necesario para manifestar toda la fuerza de su fe. La mujer se convierte así en un ejemplo luminoso: «Mujer, ¡qué grande es tu fe!». Su perseverancia, su humildad y su agudeza transforman la confrontación en un encuentro de salvación.

A nadie le gusta ser puesto a prueba. Por eso, en el Padrenuestro pedimos: «No nos dejes caer en la tentación», invocando la ayuda del Padre para no sucumbir en el momento de la prueba. Dios permite que nuestra fe sea probada y, mediante la prueba, la purifica y la hace madurar. El Eclesiástico nos advierte: «Hijo, si te presentas para servir al Señor, prepárate para la prueba» (Eclesiástico 2,1). La conciencia de nuestra debilidad puede hacernos temer la hora de la prueba, pero la fidelidad de Dios nos sostiene y nos abre a la confianza.

Tres puntos para la reflexión

  1. ¿Me dejo «interrumpir» por las personas y por sus necesidades, o soy celoso de mi tiempo y de mis planes? ¿Acojo con disponibilidad y con una sonrisa a quienes interrumpen mis proyectos?
  2. ¿Soy una persona de mente abierta, dispuesta al diálogo y al encuentro, o me aferro rígidamente a mis posiciones?
  3. ¿Cómo reacciono ante las pruebas de la vida: con impaciencia y pesimismo, o con paciencia y confianza?

Khalil Gibran, escritor libanés cristiano maronita (1883-1931), utiliza una metáfora —también iluminadora para nosotros— en la que Dios es el Arquero, los padres son los arcos y los hijos, las flechas:
«Vosotros sois los arcos desde los que vuestros hijos, como flechas vivas, son lanzados. El Arquero ve el blanco en el sendero del infinito y os tensa con su fuerza para que sus flechas vuelen rápidas y lejos. Que sea alegre y gozoso ese ser doblados por la mano del Arquero, pues, así como ama la flecha que lanza, ama también el arco que permanece firme».


Jesús es de todos
José Antonio Pagola

Una mujer pagana toma la iniciativa de acudir a Jesús aunque no pertenece al pueblo judío. Es una madre angustiada que vive sufriendo con una hija “atormentada por un demonio”. Sale al encuentro de Jesús dando gritos: “Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David”.

La primera reacción de Jesús es inesperada. Ni siquiera se detiene para escucharla. Todavía no ha llegado la hora de llevar la Buena Noticia de Dios a los paganos. Como la mujer insiste, Jesús justifica su actuación: “Solo me han enviado a las ovejas descarriadas de la casa de Israel”.

La mujer no se echa atrás. Superará todas las dificultades y resistencias. En un gesto audaz se postra ante Jesús, detiene su marcha y de rodillas, con un corazón humilde pero firme, le dirige un solo grito: “Señor, socórreme”.

La respuesta de Jesús es insólita. Aunque en esa época los judíos llamaban con toda naturalidad “perros” a los paganos, sus palabras resultan ofensivas a nuestros oídos: “No está bien echar a los perros el pan de los hijos”. Retomando su imagen de manera inteligente, la mujer se atreve desde el suelo a corregir a Jesús: “Tienes razón, Señor, pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los señores”.

Su fe es admirable. Seguro que en la mesa del Padre se pueden alimentar todos: los hijos de Israel y también los perros paganos. Jesús parece pensar solo en las “ovejas perdidas” de Israel, pero también ella es una “oveja perdida”. El Enviado de Dios no puede ser solo de los judíos. Ha de ser de todos y para todos.

Jesús se rinde ante la fe de la mujer. Su respuesta nos revela su humildad y su grandeza: “Mujer, ¡qué grande es tu fe! que se cumpla como deseas”. Esta mujer le está descubriendo que la misericordia de Dios no excluye a nadie. El Padre Bueno está por encima de las barreras étnicas y religiosas que trazamos los humanos.

Jesús reconoce a la mujer como creyente aunque vive en una religión pagana. Incluso encuentra en ella una “fe grande”, no la fe pequeña de sus discípulos a los que recrimina más de una vez como “hombres de poca fe”. Cualquier ser humano puede acudir a Jesús con confianza. Él sabe reconocer su fe aunque viva fuera de la Iglesia. Siempre encontrarán en él un Amigo y un Maestro de vida.

Los cristianos nos hemos de alegrar de que Jesús siga atrayendo hoy a tantas personas que viven fuera de la Iglesia. Jesús es más grande que todas nuestras instituciones. Él sigue haciendo mucho bien, incluso a aquellos que se han alejado de nuestras comunidades


La mujer que calló a Jesús
José Luis Sicre

A Jesús nadie era capaz de callarlo. Ni los sabihondos escribas, ni los piadosos fariseos, por no hablar de sacerdotes y políticos. La única persona que lo calló fue una mujer. Y encima, pagana.

Dos reacciones muy distintas ante un texto escandaloso

El evangelio de Marcos cuenta el encuentro de una mujer pagana con Jesús, en el que este responde a su petición de forma fría, casi insultante. Lucas, tan interesado por los paganos, omitió este pasaje en su evangelio. Mateo, igualmente defensor de los paganos, adoptó una postura muy distinta: en vez de omitir el episodio, lo amplió, haciéndolo mucho más dramático.

El Mesías antipático y la pagana insistente

Para entender la versión que ofrece Mateo de este episodio hay que conocer la de Marcos, que le sirve como punto de partida. Marcos cuenta una escena más sencilla. Jesús llega al territorio de Tiro, entra en una casa y se queda en ella. Una mujer que tiene a su hija enferma acude a Jesús, se postra ante él y le pide que la cure. Jesús le responde que no está bien quitar el pan a los hijos para echárselo a los perritos. Ella le dice que tiene razón, pero que también los perritos comen de las migajas de los niños. Y Jesús: «Por eso que has dicho, ve, que el demonio ha salido de tu hija».

Mateo describe una escena más dramática cambiando el escenario y añadiendo detalles nuevos, todos los que aparece en cursiva y negrita en el texto siguiente.

«En aquel tiempo, Jesús se marchó y se retiró al país de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananeasaliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle:
― Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.
Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle:
― Atiéndela, que viene detrás gritando.
Él les contestó:
― Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.
Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió:
― Señor, socórreme.
Él le contestó:
― No está bien echar a los perros el pan de los hijos.
Pero ella repuso:
― Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos.
Jesús le respondió:
― Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.
En aquel momento quedó curada su hija.

Los cambios que introduce Mateo

El encuentro no tiene lugar dentro de la casa, sino en el camino. Esto le permite presentar a Jesús y a los discípulos andando, y la cananea detrás de ellos.

La cananea no comienza postrándose ante Jesús, lo sigue gritándole: «Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.» Pero Jesús, que siempre muestra tanta compasión con los enfermos y los que sufren, no le dirige ni una palabra.

La mujer insiste tanto que los discípulos, muertos de vergüenza, le piden a Jesús que la atienda. Y él responde secamente: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.»

La cananea no se da por vencida. Se adelanta, se postra ante Jesús, obligándole a detenerse, y le pide: «Señor, socórreme». Vienen a la mente las palabras de Mt 6,7: «Cuando recéis, no seáis palabreros como los paganos, que se imaginan que por hablar mucho les harán más caso». Esta pagana no es palabrera; pide como una cristiana. Imposible mayor sobriedad.

Sigue el mismo diálogo que en Marcos sobre el pan de los hijos y las migajas que comen los perritos.

Pero el final es muy distinto. Jesús, en vez de decirle que su hija está curada, le dice: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.»

Estos cambios se resumen en la forma de presentar a Jesús y a la cananea.

1) A Jesús lo presenta de forma antipática: no responde una palabra a pesar de que la mujer va gritando detrás de él; parece un nacionalista furibundo al que le traen sin cuidado los paganos; es capaz de avergonzar a sus mismos discípulos.

2) En la mujer, acentúa su angustia y su constancia. Ella no se limita a exponer su caso (como en Marcos), sino que intenta conmover a Jesús con su sufrimiento: «Ten compasión de mí, Señor», «Señor, socórreme». Y lo hace de manera insistente, obstinada, llegando a cerrarle el paso a Jesús, forzándolo a detenerse y a escucharla.

Ni obstinación ni sabiduría, fe

Jesús podría haberle dicho: «¡Qué pesada eres! Vete ya, y que se cure tu hija». O también: «¡Qué lista eres!» Pero lo que alaba en la mujer no es su obstinación, ni su inteligencia, sino su fe. «¡Qué grande es tu fe!». Poco antes, a Pedro, cuando comienza a hundirse en el lago, le ha dicho que tiene poca fe. Más adelante dirá lo mismo al resto de los discípulos. En cambio, la pagana tiene gran fe. Y esto trae a la memoria otro pagano del que ha hablado antes Mateo: el centurión de Cafarnaúm, con una fe tan grande que también admira a Jesús.

Con algunas mujeres no puede ni Dios

El episodio de la cananea recuerda otro aparentemente muy distinto: las bodas de Caná. También allí encontramos a un Jesús antipático, que responde a su madre de mala manera cuando le pide un milagro (las palabras que le dirige siempre se usan en la Biblia en contexto de reproche), y que busca argumentos teológicos para no hacer nada: «Todavía no ha llegado mi hora». Sólo le interesa respetar el plan de Dios, no hacer nada antes de que él se lo ordene o lo permita.

En el caso de la cananea, Jesús también se refugia en la voluntad y el plan de Dios: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.» Yo no puedo hacer algo distinto de lo que me han mandado.

Sin embargo, ni a María ni a la cananea le convence este recurso al plan de Dios. En ambos casos, el plan de Dios se contrapone a algo beneficioso para el hombre, bien sea algo importante, como la salud de la hija, o aparentemente secundario, como la falta de vino. Ellas están convencidas de que el verdadero plan de Dios es el bien del ser humano, y las dos, cada una a su manera, consiguen de Jesús lo que pretenden.

Gracias a este conocimiento del plan de Dios a nivel profundo, no superficial, Isabel alaba a María «porque creíste» y Jesús a la cananea «por tu gran fe».

En realidad, el título de este apartado se presta a error. Sería más correcto: «Dios, a través de algunas mujeres, deja clara cuál es su voluntad». Pero resulta menos llamativo.

«Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.»

Con estas palabras pretende justificar Jesús su actitud con la cananea. Si los discípulos hubieran sido tan listos como la mujer, podrían haber puesto a Jesús en un apuro. Bastaba hacerle dos preguntas:

1) «Si sólo te han enviado a las ovejas descarriadas de Israel, ¿por qué nos has traído hasta Tiro y Sidón, que llevamos ya un montón de días hartos de subir y bajar cuestas?»

2) «Si sólo te han enviado a las ovejas descarriadas de Israel, ¿por qué curaste al hijo del centurión de Cafarnaúm, y encima lo pusiste como modelo diciendo que no habías encontrado en ningún israelita tanta fe?»

Como los discípulos no preguntaron, no sabemos lo que habría respondido Jesús. Pero en el evangelio de Mateo queda claro desde el comienzo que Jesús ha sido enviado a todos, judíos y paganos. Por eso, los primeros que van a adorarlo de niño son los magos de Oriente, que anticipan al centurión de Cafarnaúm, a la cananea, y a todos nosotros.

Primera lectura y evangelio

La primera lectura ofrece un punto de contacto con el evangelio (por su aceptación de los paganos), pero también una notable diferencia. En ella se habla de los paganos que se entregan al Señor para servirlo, observando el sábado y la alianza. Como premio, podrán ofrecer en el templo sus holocaustos y sacrificios y serán acogidos en esa casa de oración. La cananea no observa el sábado ni la alianza, no piensa ofrecer un novillo ni un cordero en acción de gracias. Experimenta la fe en Jesús de forma misteriosa, pero con una intensidad mayor que la que pueden expresar todas las acciones cultuales.


El Evangelio de la Vida enseña:
¡No excluyas a nadie!
Romeo Ballan mccj

Nadie está lejos, ni mucho menos excluido, del corazón de Dios. El mensaje central de las cuatro lecturas bíblicas de este domingo es claro: Dios ofrece su salvación libremente, sin exclusiones, a cada persona, a todos los pueblos. Esta afirmación, para nosotros, hoy, es clara y sin discusiones. Sin embargo, fue una conquista atormentada para la comunidad de los judío-cristianos, para los cuales Mateo escribió su Evangelio. Es notorio que el judaísmo, tanto en la antigüedad como en tiempos de Jesús, vivía la salvación y la alianza como propiedades privadas, casi exclusivas del pueblo elegido, frente a los “paganos, que a los ojos de los judíos no eran más que perros” (epíteto despectivo), como anota la ‘Biblia de Jerusalén’ en Mt 15,26. El libro de los Hechos de los Apóstoles da cuenta del difícil camino y de la lenta apertura de la primera comunidad cristiana sobre esta cuestión. La complicada gestión del caso de Cornelio para Pedro y para la comunidad (Hechos 10-11), el debate en el Concilio de Jerusalén (Hechos 15), las controversias de Pablo con los judío-cristianos… son testimonios patentes de lo difícil que resultó para la Iglesia primitiva la admisión de nuevos miembros procedentes del mundo pagano, es decir, de origen no judío. Aún más inconcebible era aceptarlos sin que se sometieran a la Ley antigua.

El texto de Isaías (I lectura) ofrece un aliento de universalidad: los extranjeros entran con alegría en la casa de oración, sus sacrificios son agradables a Dios en su templo, que Él abrirá a todos los pueblos (v. 7). Este universalismo, cantado con gozo también por el salmista (salmo responsorial), queda todavía condicionado por la observancia del sábado y de la peregrinación al monte santo (cfr. Is 56,6-7), elementos que perderán validez después de la resurrección de Jesús. El difícil crecimiento hacia la universalidad es patente en el diálogo y el milagro de Jesús con la mujer cananea (Evangelio), natural de la región pagana de Tiro y Sidón (v. 21), en el norte de Palestina. También el evangelista Marcos insiste en presentarla como extranjera, pagana, “sirio-fenicia de nacimiento” (Mc 7,26).

La superación del exclusivismo aparece clara, al final, en la admiración de Jesús por la fe de aquella mujer extranjera y pagana. Ella es consciente de no ser hija, sino perrito, con derecho a alimentarse por lo menos de las migajas de los amos (cfr. v. 26-27); está segura, sin embargo, de tener un puesto en el corazón de Dios. Jesús exalta la fe grande de esa madre: «Mujer, grande es tu fe». Y Jesús la atiende curando al instante a su hija enferma (v. 28). Al final, Jesús llama a aquella extranjera: “Mujer” (gr. ‘gúnai’), titulo dado a las reinas; con la misma palabra Jesús se dirige a su madre en Caná y desde la cruz (cfr. Jn 2,4 y 19,26). Del mismo modo, Jesús había sanado al criado del centurión pagano de Cafarnaúm, alabando su fe como primicia de los nuevos comensales del Reino, que “vendrán de oriente y occidente” (cfr. Mt 8,10-13).

Ante hechos como estos, está claro que la pertenencia al nuevo pueblo de Dios ya no se dará por mera descendencia de sangre (raza), sino por la fe, que es siempre y solo un don gratuito de Dios, Padre misericordioso de todos. Padre de los judíos, primero, y luego de los paganos, como lo explica san Pablo a los Romanos (II lectura): la prioridad histórica de los judíos permanece verdadera: «Que los dones y la vocación de Dios (a Israel) son irrevocables» (v. 29); pero esto no significa exclusión de los demás pueblos. Según Pablo, todos los pueblos han sido igualmente desobedientes, rebeldes e infieles a Dios: en primer lugar, los paganos, y ahora también los judíos; pero Dios quiere tener misericordia de todos (v. 32). Este es el don y el misterio del amor misericordioso de Dios. ¡Con todos! Este es el Evangelio, la buena noticia misionera que siempre el mundo necesita. ¡Para su vida y su gozo! El Papa Francisco exhorta a hacer una pastoral misionera, “que realmente llegue a todos sin excepciones ni exclusiones. (*)

Hoy no se niega, teóricamente, la admisión de todos a la salvación en Cristo, pero, en la práctica, existe el peligro de considerar el Evangelio como propiedad privada, de uso personal. No se llega a negar que todos estén igualmente llamados a conocer a Cristo, pero, de hecho, se hace poco o nada para anunciarlo a los que todavía no lo conocen. Se piensa: ‘¡Sí, tienen derecho, pero pueden seguir esperando, algún día alguien lo hará’… Es preciso descubrir la misión como un don y un compromiso urgente. A ello nos empuja el Evangelio de Mateo: “Vayan, pues, y hagan discípulos a todas las gentes” (28,19).

Jesús no solía hacer elogios, pero los evangelistas nos dan cuenta de tres, y justamente con personas consideradas oficialmente “irregulares”: la pecadora, el oficial romano, la cananea. “La cananea es una mujer que no va al templo, hoy diríamos que no va a la iglesia. Es una pagana, que invoca a otros dioses, o ídolos. Posee la fe de una madre desesperada, que no pide nada para sí, desea tan solo la sanación de su criatura. Es una mujer obstinada, testaruda, que no se resigna ante las primeras dificultades; no se rinde ante los silencios de Dios” (R. Vinco). El episodio de la cananeaacogida por Jesús, así como otros episodios, vuelven a proponer en nuestros días el tema de la acogida de los extranjeros en la sociedad. Merecen, por tanto, apoyo todas las iniciativas que promueven la solidaridad y la integración entre pueblos y grupos diferentes. Porque es justo y necesario afirmar: “¡En mi ciudad nadie es extranjero!

Palabra del Papa

(*) “Una pastoral en clave misionera no se obsesiona por la transmisión desarticulada de una multitud de doctrinas que se intenta imponer a fuerza de insistencia. Cuando se asume un objetivo pastoral y un estilo misionero, que realmente llegue a todos sin excepciones ni exclusiones, el anuncio se concentra en lo esencial, que es lo más bello, lo más grande, lo más atractivo y al mismo tiempo lo más necesario. La propuesta se simplifica, sin perder por ello profundidad y verdad, y así se vuelve más contundente y radiante”.
Papa Francisco
Exhortación apostólica Evangelii Gaudium (2013), n. 35