XXIII Domingo ordinario. Año A

“En aquel tempo, Jesús dijo a sus discípulos “Si tu hermano comete un pecado, ve y amonéstalo a solas, si te escucha, habrás salvado a tu hermano. Si no te hace caso, hazte acompañar de  una o dos personas, para que todo lo que se diga conste por boca de dos o tres testigos. Pero si ni así te hace caso, díselo a la comunidad; y si ni a la comunidad le hace caso, apártate de él como de un pagano o de un publicano.
Yo les aseguro que todo lo que aten en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra quedará desatado en el cielo.
Yo les aseguro también que si dos de ustedes se ponen de acuerdo para pedir algo, sea lo que fuere, mi Padre celestial se lo concederá; pues donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos”.

Mateo: 18, 15-20


Si tu hermano comete un pecado
P. Enrique Sánchez G. mccj

Seguramente todos nos hemos encontrado alguna vez en la situación de ser corregidos o de llamarle la atención a alguna persona con el fin de ayudar a llevar una vida mejor.

Todos nos equivocamos en algún momento y no hay quien pueda presumir de no haber cometido algún error en su vida. A veces por ignorancia o por imprudencia, por negligencia o simplemente por fragilidad humana no ha faltado algo que nos diga que nuestro comportamiento fue incorrecto o inadecuado.

Con la ayuda de los demás podemos salir adelante, también en situaciones que no deberían haberse dado en nuestra vida y nos damos cuenta de que la corrección fraterna no es un juicio o una condena que pretenda hundirnos más en el abismo en que pudimos haber caído.

Corregir y dejarnos corregir

El evangelio de este domingo nos invita a hacer una reflexión sobre la necesidad de corregir a nuestros hermanos y dejarnos corregir por ellos. Jesús, nos hace ver el evangelio, no se asusta ante el pecado, lo que le interesa es que quien ha caído pueda ponerse de pie y volver al camino justo.

Pero, llamar la atención y hacer ver a los demás los errores o fallas en que se encuentran no es siempre fácil y lo más común es que exista un rechazo o una defensa que impide brindar la ayuda a quien lo necesita.

Nosotros mismos, cuando alguien nos hace ver que nos hemos equivocado en algo, es muy fácil que encontremos modos de justificarnos y de defendernos, porque a nadie le gusta que le digan en su cara lo que no ha estado bien o que le remarquen sus límites

Queriendo mantener nuestra imagen en alto e irreprochable es muy fácil que usemos como mecanismo de defensa una actitud que hace que no nos reconozcamos en lo que los demás pueden estar diciéndonos que tenemos que tener cuidado o que tenemos que cambiar.

Casi siempre partimos con la convicción de que a nosotros no hay nada que se nos pueda reprochar y que en líneas generales, estamos bien.

El camino propuesto por Jesús

Teniendo en cuenta esta dificultad, parece que Jesús en el evangelio de hoy nos sugiere una cierta pedagogía para hacer correctamente la corrección fraterna, de manera que no se interprete como una pretensión o critica o de juicio a los demás.

Lo primero que propone Jesús es acercarnos individualmente al hermano haciendo que se sienta que nos movemos en un ambiente de respeto, de discreción o, como decimos muchas veces hoy, en respeto a la privacidad. Se trata de acercarse al hermano movidos por la caridad, queriendo ayudar a que vuelva al orden lo que pudo haber sido afectado.

La corrección tendría que percibirse como una manifestación de cariño profundo. Porque te quiero, me atrevo a hacerte notar que hay algo en tu vida que podría ser mejor o que te  estás alejando de algo que hace de tu vida algo bello.

Si al primer intento no se logra el objetivo, el Señor sugiere ir acompañados de dos o tres testigos, para que se entienda que no se trata de algo personal y que conste que la corrección es una manera de decir que se están acercando a quien lo necesita porque es alguien importante y querido por los demás.

La corrección fraterna tiene sentido, y eso lo entendemos por lo que nos enseña el evangelio, si tiene como fin el ofrecer la calidad de vida que todo hermano se merece y que sabemos que todos estamos, en cualquier momento expuestos a perder. Por lo tanto, este acercarnos al hermano no puede ser un motivo para reprocharle el mal que pudo haber cometido, sino para recordarle el bien en el que está llamado a crecer cada día.

En la propuesta de Jesús se va más lejos y nos recuerda que no es suficiente insistir dos veces, como diciendo, pues si no quieres, arréglatelas como puedas.

Si entre pocos no se logra, hay que recurrir a la comunidad. Esto nos hace entender que en este proceso lo importante no son los resultados inmediatos, sino la paciencia en el acompañamiento.

Claro que la comunidad puede ser más exigente e imponer reglas, a lo mejor más estrictas, pero en realidad lo que está detrás de todo es la convicción que nos enseña la paciencia que tiene Dios con cada uno de nosotros para dejarnos que hagamos el camino y que lleguemos, aunque tarde a donde el nos espera.

Se trata de sumar

Por lo tanto, la lección nos enseña que no se trata de enjuiciar o de condenar cuando vemos que alguien pierde el rumbo y se desbalaga, sino lo que se espera es que sepamos acercarnos con comprensión y cariño a quien lo necesita.

Aquí es cuestión, como nos gusta decir con frecuencia, de sumar y no de restar, de ganar y no de perder, de unir y de favorecer todo lo que nos permita crecer en comunión y en fraternidad.

El evangelio lo dice con palabras que nos pueden parecer fuera de contexto, pero que en realidad son el centro del mensaje. Es cuestión de unir para que todo aquello que es de Dios crezca y se consolide y lo que desune y divide desaparezca y quede en el olvido, porque seguramente no viene de Dios.

Otra lección

Los últimos versículos del evangelio de hoy nos dan otra lección que, justamente, nos permite entender cómo podemos hacer nuestra tarea cuando se trata de acercarnos al hermano que necesita una palabra de nuestra parte.

En primer lugar nos hace entender que ser cristianos nos pone al opuesto de toda mentalidad individualista, en donde nadie puede hacer el camino en solitario. Si dos o tres se ponen de acuerdo, si viven la experiencia de la comunión, de la fraternidad, cualquier cosa que pidan se les concederá.

En segundo lugar, esas pocas palabras nos recuerdan la importancia de la oración. No es con nuestras fuerzas y con nuestras ideas, con nuestros criterios y visiones como podemos acercarnos al hermano que necesita de nuestra corrección. Es abriendo un espacio a Dios  en nuestras mentes y en nuestros corazones para que nos guíe e ilumine, para que nos dé las palabras justas y las actitudes lo suficientemente prudentes para que, a través de nosotros, se manifieste el amor, la paciencia y la misericordia que Dios nos tiene.

La corrección fraterna tiene como finalidad hacer que el hermano que se ha distanciado vuelva a la comunión, que se integre a la comunidad y que redescubra el valor de la fraternidad.

Que vuelva para que haga parte de esos dos o tres en medio de los cuales está el Señor. Para que no se sienta excluido de lo que puede ser la única fuente de su felicidad.

Nuestra reflexión personal

En nuestra reflexión personal podríamos preguntarnos: ¿cuándo he corregido a algún hermano me he sentido movido por sentimientos de caridad o de juicio? ¿Cómo reacciono cuando alguien se acerca para hacerme alguna observación, considerando que algo tendría que cambiar en mi vida? ¿Soy misericordioso y paciente cuando expreso mis puntos de vista sobre las actitudes o comportamientos de los demás?

¿Alguna vez he hecho la experiencia de sentir la presencia de Dios cuando comparto la vida con mis hermanos en comunidad, en familia, en mi parroquia o simplemente con las personas que amo?

¿Me armo, con el Espíritu de Dios, en la oración cuando tengo que corregir o llamarle la atención a algún hermano para que no sean mis criterios los que trate de imponerle?

Si tu hermano comete un pecado, tenle paciencia, al menos un poquito de la paciencia que Dios tiene con nosotros.


¡El chismorreo es una peste más fea que el Covid!
Papa Francisco

El Evangelio de este domingo (cf. Mt 18, 15-20) está tomado del cuarto discurso de Jesús en el relato de Mateo, conocido como discurso “comunitario” o “eclesial”. El pasaje de hoy habla de la corrección fraterna, y nos invita a reflexionar sobre la doble dimensión de la existencia cristiana: la comunitaria, que exige la protección de la comunión, es decir de la Iglesia, y la personal, que requiere la atención y el respeto de cada conciencia individual.

Para corregir al hermano que se ha equivocado, Jesús sugiere una pedagogía de recuperación. Y siempre la pedagogía de Jesús es pedagogía de la recuperación; Él siempre busca recuperar, salvar. Y esta pedagogía de la recuperación está articulada en tres pasajes. Primero dice: «Ve y corrígele, a solas tú con él» (v. 15), es decir, no pongas su pecado delante de todos. Se trata de ir al hermano con discreción, no para juzgarlo, sino para ayudarlo a darse cuenta de lo que ha hecho. Cuántas veces hemos tenido esta experiencia: viene alguien y nos dice: “Oye, en esto te has equivocado. Deberías cambiar un poco en esto”. Tal vez al inicio nos da rabia, pero después se lo agradecemos porque es un gesto de fraternidad, de comunión, de ayuda, de recuperación.

Y no es fácil poner en práctica esta enseñanza de Jesús, por varias razones. Existe el temor de que el hermano o la hermana reaccionen mal; a veces no hay suficiente confianza con él o ella… Y otros motivos. Pero cada vez que hemos hecho esto, hemos sentido que era justo el camino del Señor.

Sin embargo, puede suceder que, a pesar de mis buenas intenciones, la primera intervención fracase. En este caso está bien no desistir y decir: “Que se las arregle, yo me lavo las manos”. No, esto no es cristiano. No hay que desistir, sino recurrir a la ayuda de algún otro hermano o hermana. Dice Jesús: «Si no te escucha, toma todavía contigo uno o dos, para que todo asunto quede zanjado por la palabra de dos o tres testigos» (v. 16). Este es un precepto de la Ley de Moisés (cf. Dt 19,15). Aunque parezca contra el acusado, en realidad servía para protegerlo de falsos acusadores. Pero Jesús va más allá: los dos testigos son requeridos no para acusar y juzgar, sino para ayudar. “Pongámonos de acuerdo, tú y yo, vayamos a hablar con éste, con ésta que se está equivocando, que está quedando mal. Pero vayamos a hablarle como hermanos”. Este es el comportamiento de la recuperación que Jesús quiere de nosotros. De hecho, Jesús considera que también puede fracasar este enfoque —el segundo enfoque— con testigos, a diferencia de la Ley de Moisés, para la cual el testimonio de dos o tres era suficiente para la condena.

De hecho, incluso el amor de dos o tres hermanos puede ser insuficiente, porque él o ella son testarudos. En este caso, añade Jesús, «díselo a la comunidad» (v. 17), es decir, a la Iglesia. En algunas situaciones toda la comunidad está involucrada. Hay cosas que no pueden dejar indiferentes a los otros hermanos: se necesita un amor mayor para recuperar al hermano. Pero, a veces, incluso esto puede no ser suficiente. Y Jesús dice: «Y si ni a la comunidad hace caso, considéralo ya como al gentil y al publicano» (ibid.). Esta expresión, aparentemente tan despectiva, en realidad nos invita a poner a nuestro hermano de nuevo en las manos de Dios: sólo el Padre podrá mostrar un amor más grande que el de todos los hermanos juntos. Esta enseñanza de Jesús nos ayuda mucho, porque —pensemos en un ejemplo— cuando nosotros vemos un error, un defecto, una equivocación, en tal hermano o hermana, habitualmente la primera cosa que hacemos es ir a contárselo a los demás, a chismorrear. Y los chismes cierran el corazón de la comunidad, cierran la unidad de la Iglesia. El gran chismoso es el diablo, que siempre está diciendo cosas feas de los demás, porque él es el mentiroso que busca dividir a la Iglesia, de alejar a los hermanos y de no hacer comunidad. Por favor, hermanos y hermanas, hagamos un esfuerzo para no chismorrear. ¡El chismorreo es una peste más fea que el Covid! Hagamos un esfuerzo: nada de chismes. Es el amor de Jesús, que acogió a publicanos y paganos, escandalizando a las personas rígidas de la época. Por lo tanto, no se trata de una condena sin apelación, sino del reconocimiento de que a veces nuestros intentos humanos pueden fracasar, y que sólo estando ante Dios puede poner a nuestro hermano ante su propia conciencia y la responsabilidad de sus actos. Y si no funciona, silencio y oración por el hermano y la hermana que se equivocan, pero nunca el chismorreo.

Que la Virgen María nos ayude a hacer de la corrección fraterna un hábito saludable, para que en nuestras comunidades se puedan establecer siempre nuevas relaciones fraternas, basadas en el perdón mutuo y, sobre todo, en la fuerza invencible de la misericordia de Dios.

Angelus 6/9/2020


Comunidad misionera para una pastoral de los alejados
P. Romeo Ballan, mccj

¿Cómo acabar con los chismes y reproches? ¿Por qué amonestar al que ha cometido una falta? ¿Cómo corregir a quien está equivocado? Corregir a los demás es un asunto difícil; es un arte que requiere de humildad y sabiduría; es difícil hacerlo y hacerlo bien; es más fácil – y más frecuente, lamentablemente – hablar con otros de los defectos y errores ajenos; o limitarse a humillarlos y ofenderlos con reproches… O bien, ¿por qué no dejarlos con su problema, sin tomarse la molestia de amonestarles? ¿Qué actitud de caridad debemos asumir en esas circunstancias? Muy probablemente, el pasaje del Evangelio de hoy, sobre la ‘corrección fraterna’, es el espejo de situaciones concretas que ya se vivían en la primera comunidad cristiana para la cual Mateo escribía su Evangelio. El pasaje forma parte del llamado ‘discurso eclesiástico’ (Mt 18), en el cual el evangelista recoge varias enseñanzas de Jesús sobre las relaciones en el interior de la comunidad, con los siguientes pasos: la grandeza auténtica consiste en hacerse pequeños y en ponerse a servir (v. 1-5), la gravedad del escándalo a los pequeños (v. 6-11), la búsqueda del que se ha alejado (v. 12-14), la corrección fraterna (v. 15-18), la oración en común (v. 19-20) y, finalmente, el perdón de las ofensas y la reconciliación (v. 23-35).

El objetivo de la corrección fraterna (Evangelio) es la recuperación y la salvación del hermano/hermana que se ha equivocado o se ha descarriado. Para que la amonestación surta el efecto deseado, Jesús invita a proceder por etapas: en primer lugar, a nivel personal, de tú a tú (v. 15); después con la ayuda de una o dos personas (v. 16); y después con el recurso a la comunidad (v. 17). El hecho de que, al final, un hermano/hermana no haga caso de nadie y se le considere “como un pagano o un publicano” (v 17), no conlleva ni autoriza un abandono, sino más bien una atención especial hacia estas personas, como lo hacía Jesús, que era “amigo de publicanos y de pecadores” (Mt 11,19; cfr. Lc 15,1-2). La clave para entender esta terca amistad y preferencia de Jesús está en la parábola del Buen Pastor que deja “en los montes las 99 ovejas, para ir en busca de la descarriada” (Mt 18,12). Jesús concluye la parábola con una afirmación fuerte: “De la misma manera no es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno de estos pequeños” (Mt 18,14).

Esta es la Palabra que antecede inmediatamente al texto sobre la corrección fraterna. Dios tiene más prisa y ganas de perdonar que nosotros de ser perdonados. De veras, Dios cree en la recuperación de las personas. Este es el fundamento y la esperanza de la pastoral misionera hacia los lejanos. Aun con limitaciones, errores y frustraciones, pero siempre con misericordia, porque tal es el verdadero rostro de Dios, que Jesús ha venido a manifestarnos.

Dios rechaza la actitud de Caín al que no le importa su hermano (cfr. Gen 4,9); más bien (I lectura) hace de nosotros centinelas para los demás (v. 7) y pedirá cuentas al que no pone “en guardia al malvado para que cambie de conducta” (v. 8). No se trata de interferir en la vida de los demás, ni de recortar su libertad personal (v. 9), sino de ser una presencia fraterna y amiga, inspirada en el amor y en la búsqueda del auténtico bien del hermano/hermana. Porque el amor mutuo (II lectura) es la mayor obligación hacia los demás; en efecto, “amar es cumplir la ley entera” (v. 10). San Pablo vivía como enamorado de Cristo y, por tanto, estaba preocupado por todas las Iglesias (2Cor 11,28), quería anunciar a todos el Evangelio de Jesús y no tenía miedo a dar fuertes y saludables amonestaciones a sus comunidades. Pero ¡siempre con amor!

El amor mutuo, que tiene como objetivo recuperar la persona que se equivoca, es el fundamento de la corrección fraterna. Incluyendo los riesgos que esta conlleva, sobre todo cuando se ha de llamar la atención a los poderosos de la tierra. El martirio de S. Juan Bautista (ver memoria litúrgica el 29/8), fue la consecuencia extrema de un preciso y valiente reproche a un rey adúltero y corrupto. El mensaje de hoy no atañe solamente a los pequeños contratiempos de la vida familiar o comunitaria, sino que ilumina también la conducta del cristiano (pastores y simples fieles) frente a los responsables de los peores males de la sociedad: leyes inicuas, degradación moral y social, graves injusticias, corrupción, sistemas mafiosos, escándalos públicos…, ante los cuales el silencio y el desinterés equivalen a debilidad, miedo, cobardía, complicidad.

El delicado ministerio de la amonestación-corrección mutua, se omite con excesiva frecuencia, como afirmaba también el Card. Carlos M. Martini (+ 31-8-2012). El difícil servicio de la corrección-reconciliación fraterna, en la verdad y en la caridad, resulta más fácil y eficaz cuando tiene el soporte de una comunidad de hermanos que viven la comunión y la oración, disfrutando así de la presencia del Señor, porque están reunidos en su nombre: “Donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí Yo-Estoy en medio de ellos” (Mt 18,20). Con estas palabras Jesús nos da una de las más hermosas descripciones-definiciones de “Iglesia-comunidad”. ¡Tal es la fuerza misionera y explosiva de una comunidad reconciliada y orante que vive la fraternidad!


Reunidos por Jesús
José Antonio Pagola

Al parecer, el crecimiento del cristianismo en medio del imperio romano fue posible gracias al nacimiento incesante de grupos pequeños y casi insignificantes que se reunían en el nombre de Jesús para aprender juntos a vivir animados por su Espíritu y siguiendo sus pasos.

Sin duda, fue importante la intervención de Pablo, Pedro, Bernabé y otros misioneros y profetas. También las cartas y escritos que circulaban por diversas regiones. Sin embargo, el hecho decisivo fue la fe sencilla de creyentes cuyos nombres no conocemos, que se reunían para recordar a Jesús, escuchar su mensaje y celebrar la cena del Señor.

No hemos de pensar en grandes comunidades sino en grupos de vecinos, familiares o amigos, reunidos en casa de alguno de ellos. El evangelista Mateo los tiene presentes cuando recoge estas palabras de Jesús: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

No pocos teólogos piensan que el futuro del cristianismo en occidente dependerá en buena parte del nacimiento y el vigor de pequeños grupos de creyentes que, atraídos por Jesús, se reúnan en torno al Evangelio para experimentar la fuerza real que tiene Cristo para engendrar nuevos seguidores.

La fe cristiana no podrá apoyarse en el ambiente sociocultural. Estructuras territoriales que hoy sostienen la fe de quienes no han abandonado la Iglesia quedarán desbordadas por el estilo de vida de la sociedad moderna, la movilidad de las gentes, la penetración de la cultura virtual y el modo de vivir el fin de semana.

Los sectores más lúcidos del cristianismo se irán concentrando en el Evangelio como el reducto o la fuerza decisiva para engendrar la fe. Ya el concilio Vaticano II hace esta afirmación: “El Evangelio… es para la Iglesia principio de vida para toda la duración de su tiempo”. En cualquier época y en cualquier sociedad es el Evangelio el que engendra y funda la Iglesia, no nosotros.

Nadie conoce el futuro. Nadie tiene recetas para garantizar nada. Muchas de las iniciativas que hoy se impulsan pasarán rápidamente, pues no resistirán la fuerza de la sociedad secular, plural e indiferente. Dentro de pocos años sólo nos podremos ocupar de lo esencial.

Tal vez Jesús irrumpirá con una fuerza desconocida en esta sociedad descreída y satisfecha a través de pequeños grupos de cristianos sencillos, atraídos por su mensaje de un Dios Bueno, abiertos al sufrimiento de las gentes y dispuestos a trabajar por una vida más humana. Con Jesús todo es posible. Hemos de estar muy atentos a sus llamadas.


¡Qué fácil es criticar, qué difícil es corregir!
José Luis Sicre

La formación de los discípulos

A partir del primer anuncio de la pasión-resurrección y de la confesión de Pedro, Jesús se centra en la formación de sus discípulos. No sólo mediante un discurso, como en el c.18, sino a través de las diversos acontecimientos que se van presentando. Los temas podemos agruparlos en tres apartados:

1. Los peligros del discípulo:
* ambición (18,1-5)
* escándalo (18,6-9)
* despreocupación por los pequeños (18,10-14)

2. Las obligaciones del discípulo:
* corrección fraterna (18,15-20)
* perdón (18,21-35)

3. El desconcierto del discípulo:
* ante el matrimonio (19,3-12)
* ante los niños (19,13-15)
* ante la riqueza (19,16-29)
* ante la recompensa (19,30-20,16)

De estos temas, la liturgia dominical ha seleccionado el 2º, corrección fraterna y perdón, que leeremos en los dos próximos domingos (23 y 24 del Tiempo Ordinario) y el último punto del 3º, desconcierto ante la recompensa (domingo 25).

La corrección fraterna

Como punto de partida es muy válida la primera lectura, tomada del profeta Ezequiel. Cuando alguien se porta de forma indebida, lo normal es criticarlo, procurando que la persona no se entere de nuestra crítica. Sin embargo, Dios advierte al profeta que no puede cometer ese error. Su misión no es criticar por la espalda, sino dirigirse al malvado y animarlo a cambiar de conducta.

En la misma línea debemos entender el evangelio de hoy, que se dirige a los apóstoles y a los responsables posteriores de las comunidades. No pueden permanecer indiferentes, deben procurar el cambio de la persona. Pero es posible que ésta se muestre reacia y no acepte la corrección. Por eso se sugieren cuatro pasos: 1) tratar el tema entre los dos; 2) si no se atiene a razones, se llama a otro o a otros testigos; 3) si sigue sin hacer caso, se acude a toda la comunidad; 4) si ni siquie­ra entonces se atiene a razones, hay que considerarlo «como un gentil o un publicano».

Esta práctica recuerda en parte la costumbre de la comunidad de Qumrán. La Regla de la Congregación, sin expresarse de forma tan sistemática como Mateo, da por supuestos cuatro pasos: 1) corrección fraterna; 2) invocación de dos testi­gos; 3) recurso a «los grandes», los miembros más antiguos e importantes; 4) finalmente, si la persona no quiere corregirse, se le excluye de la comunidad.

La novedad del evangelio radica en que no se acude en tercera instancia a los «grandes», sino a toda la comunidad, subrayando el carácter democrático de la vivencia cristiana. Hay otra diferencia notable entre Qumrán y Jesús: en Qumrán se estipulan una serie de sanciones cuando se ofende a alguno, cosa que falta en el Nuevo Testamento. Copio algunas de ellas en el Apéndice.

Hay un punto de difícil interpretación: ¿qué signifi­ca la frase final, «considéralo como un gentil o un publicano»? Generalmente la interpretamos como un rechazo total de esa persona. Pero no es tan claro, si tenemos en cuenta que Jesús era el «amigo de publicanos» y que siempre mostró una actitud positiva ante los paganos. Por consiguiente, quizá la última frase debamos entenderla en sentido positivo: incluso cuando parece que esa persona es insalvable, sigue considerándola como alguien que en algún momento puede aceptar a Jesús y volver a él. Esta debe ser la actitud personal («considéralo»), aunque la comunidad haya debido tomar una actitud disciplinaria más dura.

¿Qué valor tiene la decisión tomada en estos casos? Un valor absoluto. Por eso, se añaden unas palabras muy parecidas a las dichas a Pedro poco antes, pero dirigidas ahora a todos los discípulos y a toda la comunidad: «Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo.» La decisión adoptada por ellos será refrendada por Dios en el cielo.

Relacionado con este tema están las frases finales. Generalmente se los aplica a la oración y a la presencia de Cristo en general. Pero, dado lo anterior y lo que sigue, parece importante relacionar esta oración y esta presencia de Cristo con los temas de la corrección y del perdón.

El conjunto podríamos explicarlo del modo siguiente. La correc­ción fraterna y la decisión comunitaria sobre un individuo son algo muy delicado. Hace falta luz, hallar las palabras adecuadas, el momento justo, paciencia. Todo esto es imposible sin oración. Jesús da por supuesto -quizá supone mucho- que esta oración va a darse. Y anima a los discípulos asegurándoles la ayuda del Padre, ya que El estará presente. Esta interpretación no excluye la otra, más amplia, de la oración y la presencia de Cristo en general. Lo importante es no olvidar la oración y la presencia de Jesús en el difícil momento de la reconciliación.

Apéndice: la práctica de la comunidad de Qumrán

Nota: En el siglo II a.C., un grupo de judíos, descontentos del comportamiento del clero y de las autoridades de Jerusalén, se retiró al desierto de Judá y fundó junto al Mar Muerto una comunidad. Se ha discutido mucho sobre su influjo en Juan Bautista, en Jesús y en los primeros cristianos. El interesado puede leer J. L. Sicre, El cuadrante. Vol. II: La apuesta, cap. 15.

Los cuatro pasos en la Regla de la congregación

1) «Que se corrijan uno a otro con verdad, con tranquilidad y con amor lleno de buena voluntad y benevolencia para cada uno» (V, 23-24).

2 y 3) «Igualmente, que nadie acuse a otro en presencia de los “grandes” sin haberle avisado antes delante de dos testigos» (VI, 1).

4) «El que calumnia a los “grandes”, que sea despedido y no vuelva más. Igualmente, que sea despedido y no vuelva nunca el que murmura contra la autoridad de la asamblea (…) Todo el que después de haber permanecido diez años en el consejo de la comunidad se vuelva atrás, traicionando a la comunidad… que no vuelva al consejo de la comunidad. Los miembros de la comunidad que estén en contacto con él en materia de purificación y de bienes sin haber informado de esto a la comunidad serán tratados de igual manera. No se deje de expulsarlos» (VII,16-25).

Algunos castigos

«Si alguien habla a su prójimo con arrogancia o se dirige a él groseramente, hiriendo la dignidad del hermano, o se opone a las órdenes dadas por un colega superior a él, será castigado durante un año…»

«Si alguno habló con cólera a uno de los sacerdotes inscritos en el libro, que sea castigado durante un año. Durante ese tiempo no participará del baño de purificación con el resto de los grandes.»

«El que calumnia injustamente a su prójimo, que sea castigado durante un año y apartado de la comunidad.»

«Si únicamente hablo de su prójimo con amargura o lo engañó conscientemente, su castigo durará seis meses.

«El que se despereza, cabecea o duerme en la reunión de los “grandes” será castigado treinta días».