XXIV Domingo ordinario. Año A

“En aquel tiempo, Pedro se acercó a Jesús y le preguntó: “Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?”, Jesús le contestó: “No solo hasta siete, sino hasta setenta veces siete”.
Entonces Jesús les dijo: “El Reino de los cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus servidores. El primero que le presentaron le debía muchos millones. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él, a su mujer, a sus hijos y todas sus posesiones, para saldar la deuda. El servidor, arrojándose a sus pies, le suplicaba, diciendo: ’Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. El rey tuvo lástima de aquel servidor, lo soltó y hasta le perdonó la deuda.
Pero, apenas había salido aquel servidor, se encontró con uno de sus compañeros, que le debía poco dinero. Entonces lo agarró por el cuello y casi lo estrangulaba, mientras le decía: ‘Págame lo que me debes’. El compañero se le arrodilló y le rogaba: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. Pero el otro no quiso escucharlo, sino que fue y lo metió en la cárcel hasta que le pagara la deuda.
Al ver lo ocurrido, sus compañeros se llenaron de indignación y fueron a contar al rey lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: ‘Siervo malvado. Te perdoné toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también haber tenido compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti? Y el señor, encolerizado, lo entregó a los verdugos para que no lo soltaran hasta que pagara lo que debía.
Pues lo mismo hará mi Padre celestial con ustedes, si cada cual no perdona de corazón a su hermano”.

(Mateo: 18, 21-35)


Perdonar de corazón
P. Enrique Sánchez G. mccj

Para una mentalidad calculadora, como la nuestra, es muy fácil pensar que todo se puede pesar, medir y contar. Todo tiene que estar bajo nuestro control, bien calculado y determinado. Que nada escape a nuestro control.

Esa forma de pensar, supuestamente, da seguridad y garantías al deseo de querer estar, lo más posible sobre los demás, sin tener deudas con nadie.

Pero hay muchas realidades en nuestras vidas que no se dejan atrapar en esos esquemas que tratamos de hacer funcionar a nuestra conveniencia. Basta pensar en el amor, ¿de qué color es o cuánto mide? Y la ternura, ¿se puede repartir en envases de cuántas onzas? Y la alegría, ¿se puede medir en centímetros o en pulgadas?

Pues, algo parecido sucede con el perdón, no se puede hacer entrar en la práctica que se agotaría en unas cuantas veces.

Jesús, en el evangelio de este domingo, nos invita a salir de esa mentalidad en donde las cosas esenciales para la vida no pueden ser atrapadas en el simple cumplimiento de unas cuantas reglas o normas establecidas con claridad.

Nuestro espíritu y nuestro corazón han sido diseñados para vivir en una libertad que a cada paso y a cada instante nos pueden sorprender y nos pueden hacer entender que hemos sido pensados para hacer el bien sin límites.

La pregunta que Pedro le hace al Señor no se trata de un cuestionamiento fuera de lugar, al contrario, revela un conocimiento de la ley judía que todo buen practicante tenía que haber adquirido.

Detrás de la pregunta estaba aquello que los sacerdotes y los ancianos o los maestros de la ley conocían perfectamente. Ellos enseñaban que en la práctica de la ley, hasta los más justos estaban expuestos a fallar y a caer, al menos siete veces al día. Casi como para decir que para los seres humanos era imposible cumplir totalmente con las exigencias de la ley.

Si el más bueno, según la ley, peca siete veces al día, ¿será suficiente perdonarlo siete veces, y ası́ todo mundo estará en paz?

Esa era, en cierto modo, la respuesta que Pedro se esperaba de Jesús, pero responder de esa manera hubiese sido quedarse en aquella mentalidad calculadora y fría que le habían aplicado al cumplimiento de la ley.

Bastaba ser observantes, sabiendo que lo torcido del espíritu humano encontraría siempre la manera de darle la vuelta a la ley para interpretarla de acuerdo a los propios intereses. En otro texto Jesús le reprochará a los maestros de la ley que son capaces de decir que lo que tienen es “Corban”, es decir algo destinado para las ofrendas del templo y por lo tanto, imposible de destinarlo para ayudar a los demás. (Marcos 7, 11-15)

En el ejercicio del perdón no funcionan las cuentas porque no se aplica la regla de la conveniencia, sino que se deja que lo que mueva a la acción sea el corazón y el corazón no sabe de medidas.

Perdonar es un ejercicio que tiene su origen en lo más noble que puede existir en el ser humano y es una tarea que estamos llamados a practicar a lo largo de toda nuestra vida. Así, como dice la canción, que nunca es suficiente para amar, ası́ también, la vida nos enseña que nunca será suficiente para perdonar. Y la dinámica del perdón hace que, mientras más perdonamos, más libres somos y más disfrutamos al perdonar.

Un corazón que no perdona vive condenado a cargar sufriendo con el mal o el dolor que le han causado.

Muchas veces hemos conocido a personas que se han amargado muchos años de su vida, porque se negaron a derramar el ungüento del perdón sobre un daño que sufrieron. Pagaron una factura muy alta e hicieron que el mal sufrido se convirtiera en algo personal. Mientras que quienes ocasionaron el mal siguieron su vida muy campantes y, muy frecuentemente, sin recordar más lo que había sucedido.

Perdonar, por otra parte, no significa olvidar o hacer desaparecer de nuestra memoria lo que nos ha sucedido.

El dolor que ha causado una ofensa, un abuso o un maltrato de parte de otra persona hacia nosotros, estará siempre ahí, pero la diferencia consiste en que no viviré para darle culto a ese mal que me han hecho, ni pondré en el centro de mi vida la ofensa que he recibido. Perdonar será dejar que nuestro corazón sea quien nos guíe y no permita entender que vivimos para ser don y para recibir el don que son los demás para nosotros.

Perdonando nos damos la posibilidad de vivir profundamente libres, recordándonos que nuestra existencia no depende de lo que piensen o de lo que quieran los demás de nosotros.

El mal que podemos recibir de los demás no tiene por qué convertirse en la pauta que guíe nuestras vidas y el perdón es justamente lo que nos permite iniciar una y mil veces la aventura de vivir, aunque la vida esté hecha de miles de situaciones que pretenden impedirnos el caminar hacia la meta de la plenitud y de la auténtica felicidad.

Perdonar, contrariamente a lo que podemos pensar, no es algo que nos humilla o que nos hace situarnos por debajo de los demás; al contrario, es nobleza que se ejerce y manifiesta la grandeza que llevamos dentro.

El que perdona siempre gana, porque demuestra estar más allá de lo que pretende aplastar al otro o de lo que busca humillarlo y despreciarlo. Quien perdona demuestra estar viviendo ya a otro nivel, por encima de lo ordinario y pasajero.

Pero perdonar no es algo evidente y espontáneo. La parábola de este domingo nos da un ejemplo muy claro. El servidor del Rey que había hecho la experiencia del perdón lo demuestra.

Todos nos esperaríamos que hubiese actuado en consecuencia con la experiencia que había vivido, pero, al contrario se revela duro, insensible, cruel y despiadado.

Ası́ nos puede pasar a nosotros. Cuando queremos que nos perdonen, hacemos hasta lo imposible para ganar ese don, pero cuando nos toca perdonar, algunas veces se nos olvida lo frágiles y necesitados que pueden estar los demás de nuestra compasión y de nuestro perdón.

Recibir el perdón es casi siempre algo que nos agrada, casi como sintiéndonos con derecho a recibirlo, pero cuando nos toca perdonar, nos puede pasar que le damos muchas vueltas en la cabeza y nos resistimos a usar el corazón.

Se da el caso también, sobre todo cuando nos ponemos en frente del Señor, que nos llena de paz saber que Dios nos ha perdonado, pero nos resistimos a acoger ese perdón.

Nos gana la duda de saber si realmente hamos sido perdonados y nos cuesta perdonarnos a nosotros mismos, aceptando con humildad que el perdón es una oportunidad para ponernos de pie para seguir caminando.

Finalmente, la parábola nos hace reflexionar para que no confundamos el perdón con lo que podría ser una justificación o una disculpa ante las responsabilidades que necesariamente tenemos que asumir ante lo que vamos viviendo cada día .

El perdón que Jesús nos propone tiene como cimientos la verdad y la justicia, al mismo tiempo que nos recuerda la misericordia y la compasión.

Seguramente, en el ejercicio de nuestra vida cristiana, muchas veces nos encontraremos ante el Señor, como el servidor ante su Rey e imploraremos misericordia, paciencia y perdón.

Ojalá que esa misma actitud seamos capaces de ponerla en practica ante aquellos que con humildad se presentan ante nosotros suplicando nuestra comprensión y perdón.

Que el Señor nos dé un corazón grande, para que, desde una profunda experiencia de su amor, podamos vivir en la libertad que nos permita perdonar, sabiendo que siempre recibiremos más de lo que podemos dar.

Que Dios nos enseñe a perdonar con el corazón.


Vivir perdonando
José Antonio Pagola

Los discípulos le han oído a Jesús decir cosas increíbles sobre el amor a los enemigos, la oración al Padre por los que nos persiguen, el perdón a quien nos hace daño. Seguramente les parece un mensaje extraordinario pero poco realista y muy problemático.

Pedro se acerca ahora a Jesús con un planteamiento más práctico y concreto que les permita, al menos, resolver los problemas que surgen entre ellos: recelos, envidias, enfrentamientos, conflictos y rencillas. ¿Cómo tienen que actuar en aquella familia de seguidores que caminan tras sus pasos. En concreto: «Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar?».

Antes que Jesús le responda, el impetuoso Pedro se le adelanta a hacerle su propia sugerencia: «¿Hasta siete veces?». Su propuesta es de una generosidad muy superior al clima justiciero que se respira en la sociedad judía. Va más allá incluso de lo que se practica entre los rabinos y los grupos esenios que hablan como máximo de perdonar hasta cuatro veces.

Sin embargo Pedro se sigue moviendo en el plano de la casuística judía donde se prescribe el perdón como arreglo amistoso y reglamentado para garantizar el funcionamiento ordenado de la convivencia entre quienes pertenecen al mismo grupo.

La respuesta de Jesús exige ponerse en otro registro. En el perdón no hay límites: «No te digo hasta siete veces sino hasta setenta veces siete». No tiene sentido llevar cuentas del perdón. El que se pone a contar cuántas veces está perdonando al hermano se adentra por un camino absurdo que arruina el espíritu que ha de reinar entre sus seguidores.

Entre los judíos era conocido un “Canto de venganza” de Lámek, un legendario héroe del desierto, que decía así: “Caín será vengado siete veces, pero Lámek será vengado setenta veces siete”. Frente esta cultura de la venganza sin límites, Jesús canta el perdón sin límites entre sus seguidores.

En muy pocos años el malestar ha ido creciendo en el interior de la Iglesia provocando conflictos y enfrentamientos cada vez más desgarradores y dolorosos. La falta de respeto mutuo, los insultos y las calumnias son cada vez más frecuentes. Sin que nadie los desautorice, sectores que se dicen cristianos se sirven de internet para sembrar agresividad y odio destruyendo sin piedad el nombre y la trayectoria de otros creyentes.

Necesitamos urgentemente testigos de Jesús, que anuncien con palabra firme su Evangelio y que contagien con corazón humilde su paz. Creyentes que vivan perdonando y curando esta obcecación enfermiza que ha penetrado en su Iglesia.


¿Cuántas veces tiene que perdonarte a ti?
Fray Marcos

El evangelio de hoy es continuación del que leíamos el domingo pasado. Allí se daba por supuesto el perdón. Hoy es el tema principal. Mt sigue con la instrucción sobre como comportarse con los hermanos dentro de la comunidad. Sin perdón mutuo sería imposible cualquier clase de comunidad. El perdónes la más alta manifestación del amor y está en conexión directa con el amor al enemigo. Entre los seres humanos es impensable un verdadero amor que no lleve implícito el perdón. Dejaríamos de ser humanos si pudiéramos eliminar la posibilidad de fallar y el fallo real.

La frase “setenta veces siete“, no podemos entender­la literalmente; como si dijera que hay que perdonar 490 veces. Quiere decir que hay que perdonar siempre. El perdón tiene que ser, no un acto, sino una actitud que se mantiene durante toda la vida y ante cualquier ofensa. Los rabinos más generosos del tiempo de Jesús hablaban de perdonar las ofensas hasta cuatro veces. Pedro se siente mucho más generoso y añade otras tres. Siete era ya un número que indicaba plenitud, pero Jesús quiere dejar muy claro que no es suficiente, porque todavía supone que se lleva cuenta de las ofensas.

La parábola de los dos deudores no necesita explicación. El punto de inflexión está en la desorbitada diferencia de la deuda de uno y otro. El señor es capaz de perdonar una inmensa deuda (270 t. de plata). El empleado es incapaz de perdonar una minucia (400 grs.). Al final del texto, encontramos un ramalazo de AT: “Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo”. Jesús nunca pudo dar a entender que un Dios vengativo puede castigar de esa manera, o negarse a perdonar hasta que cumplamos unos requisitos.

El perdón sólo puede nacer de un verdadero amor. No es fácil perdonar, como no es fácil amar. Va en contra de todos los instintos. Va en contra de lo razonable. Desde nuestra conciencia de individuos aislados en nuestro ego, es imposible entender el perdón de evangelio. El ego necesita enfrentarse al otro para sobrevivir y potenciarse. Desde esa conciencia, el perdón se convierte en un factor de afianzamiento del ego. Perdono (la vida) al otro porque así dejo clara mi superioridad moral. Expresión de este perdón es la famosa frase: “perdono, pero no olvido” que es la práctica común en nuestra sociedad.

Para entrar en la dinámica del perdón, debemos tomar conciencia de nuestro verdadero ser y de la manera de ser de Dios. Experimentando la ÚNICA REALIDAD, descubriré que no hay nada que perdonar, porque no hay otro. Con un ejemplo podemos aproximarnos a la idea. Si tengo una infección en el dedo meñique del pie y me causa unos dolores inaguantables, ¿puedo echar la culpa al dedo de causarme dolor? El dedo forma parte de mí y no hay manera de considerarlo como un objeto agresor. Hago todo lo posible por curarlo porque es la única manera de ayudarme a mí mismo.

Desde nuestro concepto de pecado como mala voluntad por parte del otro, es imposible que nos sintamos capaces de perdonar. El pecado no es fruto nunca de una mala voluntad, sino de una ignorancia. La voluntad no puede ser mala, porque no es movida por el mal. La voluntad solo puede ser atraída por el bien. La trampa está en que se trata del bien o el mal que le presenta la inteligencia, que con demasiada frecuencia se equivoca y presenta a la voluntad como bueno, lo que en realidad es malo. Sin esta aclaración, es imposible entrar en una auténtica dinámica del perdón.

“Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo”. Dios no tiene acciones, mucho menos puede tener reacciones. Dios es amor y por lo tanto es también perdón. No tiene que hacer ningún acto para perdonar; está siempre perdonando. Su amor es perdón porque llega a nosotros sin merecerlo. Ese perdón de Dios es lo primero. Si lo aceptamos, nos hará capaces de perdonar a los demás. Eso sí, la única manera de estar seguros de que lo hemos descubierto y aceptado, es que perdonamos. Por eso se puede decir, aunque de manera impropia, que Dios nos perdona en la medida en que nosotros perdonamos.

Es muy difícil armonizar el perdón con la justicia. Nuestra cultura cristiana tiene fallos garrafales. Se trata de un cristianismo troquelado por el racionalismo griego y encorsetado hasta la asfixia por el jurisdicismo romano. El cristianismo resultante, que es el nuestro, no se parece en nada a lo que vivió y enseñó Jesús. En nuestra sociedad se está acentuando cada vez más el sentimiento de Justicia, pero se trata de una justicia racional e inmisericorde, que la mayoría de las veces esconde nuestro afán de venganza. El razonamiento de que sin justicia los malos se adueñarían del mundo, no tiene sentido.

Nuestro sentido de la justicia se la hemos aplicado al mismo Dios y lo hemos convertido en un monstruo que tiene que hacer morir a su propio Hijo para “justificar” su perdón. Es completamente descabellado pensar que un verdadero amor está en contra de una verdadera justicia. Luchar por la justicia es conseguir que ningún ser humano haga daño a otro en ninguna circunstancia. La justicia no consiste en que una persona perjudicada, consiga perjudicar al agresor. Seguiremos utilizando la justicia para dañar al otro.

Lo que decimos en el Padrenuestro es un disparate. No es un defecto de traducción. En el AT está muy clara esta idea. En la primera lectura nos decía exactamente: “Del vengativo se vengará el Señor”. “Perdona la ofensa de tu prójimo y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas”. Cuando el mismo evangelista Mateo relata el Padrenues­tro, la única petición que merece un comentario es ésta, para decir: “…Porque si perdonáis a vuestros hermanos, también vuestro Padre os perdonará; pero si no perdonáis, tampoco vuestro Padre os perdonará (Mt 6,14). ¿No sería más lógico pedir a Dios que nos perdone como solo Él sabe hacerlo, y aprendamos de Él nosotros a perdonar a los demás?

Para descubrir por qué tenemos que seguir amando al que me ha hecho daño, tenemos que descubrir los motivos del verdadero amor a los demás. Si yo amo solamente a las personas que son amables, no salgo de la dinámica del egoísmo. El amor verdadero tiene su justificación en la persona que ama, no en el objeto del amor y sus cualidades. El amor a los que son amables no es garantía ninguna del amor verdaderamente humano y cristiano. Si no perdonamos a todos y por todo, nuestro amor es cero, porque si perdonamos una ofensa y otra no, las razones de ese perdón no son genuinas.

No solo el ofendido necesita perdonar para ser humano. También el que ofende necesita del perdón para recuperar su humanidad. La dinámica del perdón responde a la necesidad psicológica del ser humano de un marco de aceptación. Cuando el hombre se encuentra con sus fallos, necesita una certeza de que las posibilidades de rectificar siguen abiertas. A esto le llamamos perdón de Dios. Descubrir, después de un fallo grave, que Dios me sigue queriendo, me llevará a la recuperación, a superar la desintegración que lleva consigo un fallo grave. La mejor manera de convencerme de que Dios me ha perdonado es descubrir que aquel a quien ofendí me ha perdonado.


El perdón regenera a la persona y a las comunidades
Romeo Ballan, mccj

El tema central de los cinco textos bíblicos de hoy, incluido el Padre nuestro, es el perdón. Pedro, como hebreo observante de la Ley, pregunta a Jesús cuántas veces debe perdonar y el Maestro le explica la necesidad de perdonar hasta setenta veces siete”, es decir, siempre, como enseña Jesús en el pasaje del Evangelio, que continúa y concluye el discurso eclesial-comunitario (Mt 18) sobre las relaciones entre las personas. Se trata de una enseñanza insistente de Jesús, que va desde el sermón de la montaña con la bienaventuranza de los misericordiosos, hasta el Calvario (Mt 5,7; 6,14-15; 9,2-6; 12,31-32; 18,21-35; 26,28). Después de la palabra, Jesús nos da el ejemplo en la cruz: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”; y más: “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23,34.43). Es lo máximo del amor, el amor sin medida: ¡el perdón de los enemigos! “Mateo quiere sacudir a una comunidad que corre el riesgo de subestimar el compromiso del perdón fraterno; el perdón es signo de la autenticidad de nuestra oración… Para Mateo, es especialmente en la praxis del perdón en donde la comunidad se revela como verdadera y auténtica fraternidad” (C. Ginami).

La Biblia da cuenta de un progreso en la comprensión de la ley y en la praxis del perdón. En los tiempos arcaicos, el brutal Lamec, hijo de Caín, conoce tan solo la represalia cruel, la venganza sin límites, hasta ‘setenta veces siete’ (cfr. Gen 4,23-24). Más tarde, se introduce una reacción más equitativa, con la primitiva ley del talión: “ojo por ojo, diente por diente, mano por mano…” (Ex 21,24). Lo cual no se debe entender como una incitación a devolver el mal recibido, sino como un tope que no se ha de sobrepasar en la respuesta. Se llega, finalmente, al punto más alto en el Antiguo Testamento, con la invitación a rechazar venganzas y rencores, y a amar al prójimo como a sí mismo (cfr. Lv 19,18); el texto del Eclesiástico (I lectura) refleja esta postura. Los rabinos del tiempo de Jesús limitaban el perdón hasta tres veces. Pedro llega hasta siete (Mt 18,21), pero Jesús no admite topes: “hasta setenta veces siete”. El perdón debe ser sin medida, así como la misericordia del Padre es infinita, sin medida (Lc 6,36). Realmente, ¡el perdón es un “híper-don”, un súper-don! Porque Dios es perdón. El perdón va más allá de la justicia y del derecho humanos. Perdonar tiene algo extraordinario, “divino”; nos hace más semejantes a Dios.

Las lecturas presentan varios fundamentos del perdón. La parábola de Jesús(Evangelio) pone de manifiesto la inmensa distancia entre el corazón de Dios, que lo perdona todo y siempre (Salmo responsorial), y el corazón del hombre, que a menudo es estrecho y mezquino (Mt 18,33). El Eclesiástico (I lectura) amonesta severamente: “Piensa en tu fin… en la muerte” (v. 6). La agresividad vengativa se diluye cuando se piensa en las limitaciones humanas. “Puede parecer un axioma banal, pero tiene una profundidad sicológica: el rechazo de la muerte está en la raíz de la violencia… Rechazar el sentido de la finitud humana significa haber puesto en nuestras raíces las premisas de todos los sin sentidos” (E. Balducci). El apóstol Pablo (II lectura) invita a la acogida y a la comprensión mutua, poniendo en el centro de la vida no al yo egoísta sino a Cristo, que ha muerto y ha resucitado por todos (v. 9), el único que da sentido y valor a la vida y a la muerte (v. 7). La experiencia de la misericordia del Señor que perdona y regenera nos empuja a vivir por Él. Sentirnos perdonados nos hace capaces de perdonar, de comprometernos en la misión, para invitar a todos a abrir de par en par el corazón a Cristo.

¿Por qué perdonar? ¿Qué quiere decir? Con la parábola de hoy Jesús nos dice que perdonar significa tomar conciencia de que todos nos equivocamos, cometemos errores, todos somos deudores, necesitados de que se nos perdone. Solo el perdón logra romper la cadena de la venganza y la violencia. Pero perdonar no significa ser ingenuos, dejar correr las cosas; es bien compatible con la exigencia de una justa compensación. Además, perdonar no significa olvidar el pasado, cosa, a menudo, psicológicamente imposible. Perdonar es una opción cristiana difícil y sufrida, que produce frutos preciosos: libera el corazón de sentimientos de odio y venganza; abre a un futuro de libertad y paz; da confianza al que se ha equivocado, para que pueda corregirse. El perdón es una terapia benéfica para quien lo ofrece, para quien lo recibe y para la comunidad humana.

El perdón regenera interiormente a la persona y a las comunidades, en todo nivel; las hace semejantes a Dios, a su imagen; libera de tensiones y agresividades que a menudo contaminan las relaciones interpersonales y sociales; rompe la cadena de venganzas; pone de manifiesto la grandeza de ánimo de una persona y de una institución. El perdón es creativo, porque es capaz de abrir caminos que parecían cerrados. Además del ámbito interpersonal y doméstico, el perdón cristiano tiene dimensiones y aplicaciones sobre todo en los grupos, sociedades y naciones; es, a menudo, un criterio y un camino de solución de las tensiones entre los pueblos. “El perdón tiene también un valor civil y político. Mientras no se llegue a renunciar a algo a lo que se tendría teóricamente derecho, si se exige a toda costa lo que corresponde, lo que es de derecho propio, y se siguen enumerando las razones de cada uno, nunca se llegará a la paz, porque no se quiere pagar nada. La paz, en cambio, tiene su costo… La paz supone una constante voluntad de perdón: en las familias, en el seno de las comunidades, en las Iglesias entre sí, y aún más en el contexto civil” (Carlos M. Martini). La paz y el perdón son mensajes prioritarios de la misión: perdonar de corazón (Mt 18,35) y amar a los enemigos (Mt 5,44) son Evangelio puro, la novedad cristiana.

La literatura mundial ofrece un florilegio de expresiones sobre el tema del perdón, tanto el de Dios como el del hombre. He aquí algunas. “¡Dios perdona muchas cosas por una obra de misericordia!” (A. Manzoni). – “El perdón no cambia el pasado, pero dilata el futuro” (Boros S.). – “Solo el que es fuerte es capaz de perdonar” (Gandhi). – “Perdonen enseguida: ahorrarán un tiempo precioso, y harán mejor su digestión” (Card. O’Connell).