XXV Domingo ordinario. Año A
” En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: “El Reino de los cielos es semejante a un propietario que, al amanecer, salió a contratar trabajadores para su viña. Después de quedar con ellos en pagarles un denario por día, los mandó a su viña. Salió otra vez a media mañana, vio a unos que estaban ociosos en la plaza y les dijo: ‘Vayan también ustedes a mi viña y les pagaré lo que sea justo’. Salió de nuevo a medio día y a media tarde e hizo lo mismo.
Por último, salió también al caer la tarde y encontró todavía a otros que estaban en la plaza y les dijo: ‘¿Por qué han estado aquí todo el día sin trabajar?’. Ellos le respondieron: ‘Porque nadie nos ha contratado’. Él les dijo: ‘Vayan también ustedes a mi viña’.
Al atardecer, el dueño de la viña le dijo a su administrador: ‘Llama a los trabajadores y págales su jornal, comenzando por los últimos hasta que llegues a los primeros’. Se acercaron, pues, los que habían llegado al caer la tarde y recibieron un denario cada uno.
Cuando les llegó su turno a los primeros, creyeron que recibirían más; pero también ellos recibieron un denario cada uno. Al recibirlo, comenzaron a reclamarle al propietario, diciéndole: ‘Esos que llegaron al último sólo trabajaron una hora, y sin embargo, les pagas lo mismo que a nosotros, que soportamos el peso del día y del calor’.
Pero él respondió a uno de ellos: ‘Amigo, yo no te hago ninguna injusticia. ¿Acaso no quedamos en que te pagaría un denario? Toma, pues, lo tuyo y vete. Yo quiero darle al que llegó al último lo mismo que a ti. ¿Qué no puedo hacer con lo mío lo que yo quiero? ¿0 vas a tenerme rencor porque yo soy bueno?’.
De igual manera, los últimos serán los primeros, y los primeros, los últimos”.
(Mateo: 20, 1-16)
La generosidad y la bondad del Señor
P. Enrique Sánchez G. mccj
Leyendo esta página del Evangelio me vino espontáneo hacerme la pregunta ¿cuántas veces habrá pasado el Señor por mi vida invitándome a ir con él? ¿Cuántas veces me habrá dicho, ve tú también a mi viña? Ve y participa de lo que soy y de lo que tengo para ti.
Y la respuesta, también inmediata y sin mucho que pensar ha sido: el Señor ha pasado infinidad de veces y lo sigue haciendo hasta en este momento en que me detengo para dejar que su palabra vaya a lo profundo de mi corazón.
El Señor está pasando por nuestras vidas
Una primera reflexión que podríamos hacer acogiendo este evangelio como buena noticia para quienes nos ponemos a su escucha es simplemente constatar que Dios está pasando continuamente por nuestras vidas y nos encuentra en situaciones muy variadas.
Nos podemos dar cuenta que ha pasado en la primavera de nuestras vidas, cuando iniciábamos la aventura de ponernos en camino, a lo mejor con el corazón lleno de ilusiones, de metas y de proyectos. Pasó cuando todo parecía decirnos que teníamos las energías suficientes para comernos el mundo entero. Era el momento en que no sabíamos de miedos y nos parecía que todo estaba a nuestro alcance.
Era la mañana del largo día de nuestra vida que nos invitaba a ponernos en camino con la promesa de un futuro en donde nada nos faltaría. Era el momento en que nuestras capacidades y energías nos susurraban al oído que nada nos podía vencer y que todo nos pertenecía.
Con el pasar del tiempo, la vida nos ha ido pasando sus facturas y los entusiasmos iniciales han ido tomando matices que nos obligaron a ser más prudentes, menos impulsivos y más considerados.
El tiempo se ha ido encargando de ponernos en el lugar que nos conviene, aceptando que los protagonismos no sirven de mucho y que la sencillez y la humildad son maestras necesarias para ayudarnos a aprender que la vida, ciertamente se conquista, pero más aún se recibe como don. Es decir, se recibe para ser puesta al servicio de los demás, para ser donada. Y se necesitan varios años para entenderlo y para aceptarlo.
A la mitad del día
A la mitad de la jornada, que bien podría representar la mitad de nuestras vidas, a lo mejor, nos hemos ido dado cuenta de que ya no somos tan protagonistas y que para encontrarle sentido a la vida tenemos que descubrir y aceptar que hay Alguien más que nos va guiando. No todo sale como lo habíamos pensado o planeado y ese Alguien se va encargando de que todo resulte para bien. Quienes somos cristianos empezamos a entender que estamos en las manos de Dios y que es él el buen pastor que nos va guiando.
Es el momento de la confianza que nos permite asumir nuestros límites, nuestros primeros errores o, incluso, nuestros primeros fracasos, pues lo humano que somos nos recuerda que omnipotente y todo poderoso sólo hay uno. Sólo Dios.
Con sencillez nos rendimos, en el mejor de los casos, a la evidencia de que no somos los protagonistas de nuestro destino, sino que hay Alguien que ya se ha encargado de asegurarnos un buen camino. Y la fe, por pequeña que sea, nos ayuda a sentir que somos bendecidos.
El Señor pasa al mediodía de nuestras vidas para confirmarnos su presencia y para asegurar con su fidelidad que con su presencia compensa nuestras pérdidas de energías. Pasa para poner en su lugar nuestras pretensiones de protagonismo y para que nos demos cuenta de que en su corazón siempre hay un lugar reservado, sin importar la hora, aunque se haga sentir el calor del medio día.
Y quienes aceptan su presencia se dan cuenta de que hay una calidad de vida que se alcanza no tanto con lo que somos capaces de hacer, sino con la conciencia de descubrir que somos algo o alguien en la medida en que aceptamos que la vida se nos va dando, sin merecerla y sin medida.
Al caer de la tarde
Y el Señor se vuelve a hacer presente en el atardecer de nuestra jornada, cuando todo parece irse apagando y cuando lo verdaderamente auténtico empieza a resplandecer.
El Señor aparece cuando ya no podemos presumir de nosotros mismo. Cuando lo único que ilumina las sombras de la tarde es la sabiduría que nos han dejado los años. Cuando lo que nos hace felices no está en lo mucho que podemos hacer con nuestras manos, sino estar en su presencia dejándonos contemplar para sentirnos amados.
El Señor vuelve a pasar, cuando nos tocará recoger lo que la vida nos ha ido dando y en ese momento no podremos más que reconocer que todo ha sido una bendición, que la vida no ha sido más que una oportunidad para descubrir cuánto hemos sido amados y cuánto nos ha hecho felices amar a los demás.
Al final de la jornada, cuando al parecer no queda mucho por hacer, es cuando más apreciada será la presencia del Señor porque nos daremos cuenta que nos busca no tanto por lo que podamos hacer por él, sino por el único deseo y el gusto de estar con nosotros.
En el atardecer de la vida el Señor nos invitará para ayudarnos a entender que lo importante para él no está en lo que podamos producir o rendir a sus intereses, pues él ya tiene lo que necesita y a nosotros siempre nos faltará lo que sólo él puede dar y nos puede satisfacer.
¿No puedo hacer con lo mío lo que yo quiero?
La parábola que hemos leído y sobre todo las últimas palabras nos ponen ante una realidad que nos acompaña hasta nuestros días.
En un mundo en donde lo que importa es producir, enriquecer, rendir, ganar, es normal que la lógica del primer invitado a ir a la viña lo haga sentirse desconcertado, al no recibir lo que se había imaginado.
En nuestro mundo, el que más se esfuerza, quien más invierte, quien muestra mayor dedicación, sacrificio y astucia, aparentemente, es quien tiene derecho a recibir una mayor recompensa.
Esta es la lógica que pone en el centro la ganancia como criterio para medirlo todo y a todos. Quien no produce o quien no rinde en un negocio está condenado a ser descartado,
despedido y quien más se empeña y mejor gasta sus fuerzas, mayor recompensa o salario recibirá.
Cuando sucede esto, se termina siendo esclavos del trabajo y a el se le sacrifica muchos otros valores que son los que realmente le dan sentido a la vida.
Quien vive sólo para trabajar porque tiene que ganar cada día más, termina por olvidarse de la familia, de su comunidad, de disfrutar del descanso necesario para vivir. Ya no hay tiempo para convivir con los demás, para aprovechar de la belleza del mundo, para rezar o para compartir la fe con la comunidad.
Ganar y ganar más es la meta de la vida y eso no permite entender que hay muchas cosas que se alcanzan gratuitamente, porque es Dios quien nos las da.
En la cabeza del primer invitado a la viña estaba dado por descontado que recibiría más que los demás, porque su esfuerzo había sido mayor, pero se olvidó que la generosidad de Dios no se alcanza o no se mide con horas de trabajo. Es bendición que se recibe, simplemente porque Dios es bueno y porque a él nadie le gana en generosidad.
Dios tiene sus tiempos y él sabe muy bien a qué hora tiene que llegar a nuestras vidas. Él pasa y nos invita a la hora menos pensada y lo que ofrece es lo mismo, para todos, sin hacer distinciones y por igual.
Si pretendemos aplicarle al Señor nuestros criterios, por supuesto que aparecerá como injusto, pues aplicando el principio del mérito tendría que recibir más quien aparentemente se ha sacrificado más. Pero en la manera de pensar del Señor eso no funciona y sólo él sabe quién necesita más.
Lo que está en lucha en este evangelio es, por una parte, la mentalidad de quien se empeña pensando el la ganancia que podrá obtener y por otra parte, la generosidad de Dios que no se deja ganar en bondad.
Por eso la respuesta del Señor es tan directa: ¿qué no puedo hacer con lo mío lo que yo quiero? Pues en eso no hay injusticia, porque en su acción nunca existirá la voluntad de perjudicar, siempre lo moverá su generosidad.
Y a nosotros, ¿qué nos tocará?
Tal vez, ante esta palabra, podemos hacernos algunas preguntas para abrir el corazón a todo lo que el Señor nos quiere dar.
¿Cómo vivo mi relación con el Señor, le doy y me sacrifico para que él me recompense en consecuencia?
¿Siento que en este momento el Señor me está invitando a ir a su viña prometiéndome lo que es justo y necesario para que viva con dignidad y en plenitud?
¿Le reclamo a Dios, reprochándole que no me da lo que veo que le otorga a los demás, casi sintiendo que es injusto conmigo?
¿Me siento agradecido con el Señor cuando recibo de él algo que no me esperaba?
Un momento de alegría, una palabra de esperanza, una luz en lo obscuro de un problema que estoy viviendo, una consolación en medio de mis muchos problemas, un logro entre tantos sacrificios.
¿Reconozco que Dios es bueno conmigo? ¿ En dónde veo manifestada su bondad en mi vida?
¿ Qué motivos tendría para ser agradecido con el Señor hoy, en esta hora que me está tocando vivir en mi paso por esta vida?
Que no nos cansemos de reconocer la generosidad y la bondad de Dios, hoy y siempre.
Bondad escandalosa
José Antonio Pagola
…Porque soy bueno
Probablemente era otoño y en los pueblos de Galilea se vivía intensamente la vendimia. Jesús veía en las plazas a quienes no tenían tierras propias, esperando a ser contratados para ganarse el sustento del día. ¿Cómo ayudar a esta pobre gente a intuir la bondad misteriosa de Dios hacia todos?
Jesús les contó una parábola sorprendente. Les habló de un señor que contrató a todos los jornaleros que pudo. Él mismo vino a la plaza del pueblo una y otra vez, a horas diferentes. Al final de la jornada, aunque el trabajo había sido absolutamente desigual, a todos les dio un denario: lo que su familia necesitaba para vivir.
El primer grupo protesta. No se quejan de recibir más o menos dinero. Lo que les ofende es que el señor «ha tratado a los últimos igual que a nosotros». La respuesta del señor al que hace de portavoz es admirable: « Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?».
La parábola es tan revolucionaria que, seguramente, después de veinte siglos, no nos atrevemos todavía a tomarla en serio. ¿Será verdad que Dios es bueno incluso con aquellos y aquellas que apenas pueden presentarse ante él con méritos y obras? ¿Será verdad que en su corazón de Padre no hay privilegios basados en el trabajo más o menos meritorio de quienes han trabajado en su viña?
Todos nuestros esquemas se tambalean cuando hace su aparición el amor libre e insondable de Dios. Por eso nos resulta escandaloso que Jesús parezca olvidarse de los «piadosos» cargados de méritos, y se acerque precisamente a los que no tienen derecho a recompensa alguna por parte de Dios: pecadores que no observan la Alianza o prostitutas que no tienen acceso al templo.
Nosotros seguimos muchas veces con nuestros cálculos, sin dejarle a Dios ser bueno con todos. No toleramos su bondad infinita hacia todos. Hay personas que no se lo merecen. Nos parece que Dios tendría que dar a cada uno su merecido, y sólo su merecido. Menos mal que Dios no es como nosotros. Desde su corazón de Padre, Dios sabe entenderse bien con esas personas a las que nosotros rechazamos.
Stop a los ociosos.
¡Todos en Misión! Hay trabajo para todos
Romeo Ballan, mccj
La meritocracia – hoy tan de moda – parece no estar en línea con los criterios de Dios. En la parábola de hoy Jesús presenta la actitud desconcertante, ‘irracional’, provocadora del dueño de la viña, que paga a todos los obreros de la misma manera. Pero, ¿cuál es el mensaje? El texto de Isaías (I lectura) nos ofrece una clave de lectura para entender la parábola de Jesús: “Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos” (v. 8). El salmo responsorial exalta al Señor que es clemente y misericordioso, bueno con todos, es incalculable su grandeza. Solamente con estos parámetros es posible acercarse al misterio de Dios y de sus planes. Para captar el mensaje de Jesús (Evangelio), es preciso salir de una lógica sindical y económica, dejar de lado la mentalidad del contador, optar por la gratuidad, adoptar la lógica del corazón grande y del amor hacia todos, sin exclusiones. Jesús desbarata la tan extendida doctrina del ‘mérito’, según la cual la salvación se convertiría en un derecho para quien ha “aguantado el peso del día y el bochorno” (v. 12), en un salario debido a quien cumple determinadas obras. Y, por tanto, el que más obras cumple más se merece el favor divino. Las protestas contra el amo (v. 11-12) provienen de personas observantes pero mezquinas, envidiosas, como el profeta Jonás (Jon 4,1-2) o el hijo mayor de la parábola (Lc 15,29-30), incapaces de comprender el amor del Padre, celosos e irritados por la acogida y el perdón concedidos al pueblo de Nínive y al hijo menor… A menudo somos nosotros los envidiosos de la parábola.
El Reino de Dios y la salvación que Él ofrece tienen las dimensiones misioneras de la universalidad, son dones abiertos a todos, incluidos especialmente los últimos, los pecadores, los humildes. “El estilo de Jesús es idéntico para todos, judíos y paganos, justos y pecadores. La antigua alianza basada sobre el derecho y la justicia es reemplazada por la nueva, fundada exclusivamente sobre la gracia. El Reino es un don de Dios y no un salario por las obras de la Ley; la salvación no es una recompensa debida casi por contrato; es, ante todo, una iniciativa divina hecha de amor y de comunión, en la que el hombre es invitado a tomar parte con gozo y sin restricciones” (G. Ravasi). Incluidos los pobres, los desamparados, porque Dios cuida en particular de aquellos a los que nadie ha contratado (v. 7); porque también ellos tienen que mantener una familia e hijos. Dios es un amo bondadoso: acoge a todos sin rechazar a nadie, pero es libre de tener sus preferencias (v. 15). Él revela un nuevo estilo de relaciones con las personas, una jerarquía desconcertante, que desbarata los criterios humanos (I lectura). Es la jerarquía definitiva del Reino.
El amo de la viña es una imagen de Dios, que llama a todos a trabajar por el Reino: llama a cada hora, a cualquier edad y condición; llama uno por uno, para tareas diferentes… Aprecia también al que puede dar tan solo un aporte menor, o incluso mínimo. Es un amo con un corazón grande; pide tan solo que los obreros confíen en Él, trabajen por su Reino, por amor, con gratuidad. Él llama a algunos a ser obreros y misioneros de la primera hora: los asocia desde el amanecer al trabajo por el Reino. En la oración colecta, pedimos al Padre que sepamos apreciar el impagable honor de trabajar en la viña desde el amanecer. Para el que ha entrado en la lógica del amor, del servicio, de la gratuidad, el peso del día y el bochorno no son un castigo, sino un privilegio. La Misión a la que Jesús nos llama es diferente en sus formas; está en todo lugar, siempre, sobre todo entre los más lejanos, cerca de los últimos. “Hoy en día todavía hay mucha gente que no conoce a Jesucristo. Por eso es tan urgente la misión ad gentes, en la que todos los miembros de la Iglesia están llamados a participar” (Papa Francisco). Así lo había entendido San Pablo (II lectura), para el cual “la vida es Cristo” (v. 21) y, por tanto, estaba decidido a seguir trabajando por sus hermanos (v. 24).
“Los últimos serán los primeros”
Fray Juan José de León Lastra O.P.
La llamada al Reino
El texto evangélico expone una de las parábolas que se llaman del Reino. Por eso hemos de considerar que Jesús la pronuncia pensando en el mundo judío, desde tanto tiempo pueblo de Dios, llamado a trabajar en la viña desde el amanecer como pueblo. Más es la llamada de Dios la que les convierte en su pueblo. Pero Cristo amplia la llamada a más pueblos. Lo entendieron bien los primeros cristianos que eran judíos. Dudaban de los que se incorporaban tarde al Reino, después de estar tiempo al margen de él: ¿podían ser pueblo que trabajara codo con codo con ellos en la “viña del Señor”?; ¿su trabajo podía ser tan reconocido como el de los de la “primera hora”? Cuando estas preguntas se planteaban es cuando se escribe el texto del evangelio que da a entender cuál es el pensamiento de Jesús. Esta parábola refrendaba la tesis de Pablo, la que se impuso, de que aquellos que no tenían la “tradición judía” tenían las puertas abiertas del Reino, pertenecería él con los mismos derechos y beneficios –salario- que los judíos.
Una pretensión del ser humano: que Dios tome partido por unos frente a otros
No pocas veces se ha pretendido que Dios tome partido por un grupo humano cuando está en lucha contra otro. Dios sería el encargado de castigar a los que, a juicio de uno de los grupos, habían actuado perversamente. El Dios en el que creían era el de la justicia vindicativa o justiciera. Su justicia no podía ser distinta del concepto que ellos tenían de ella y de cómo había que aplicarla. En general se abogaba por una justicia que estaba al margen de la misericordia cuando se juzgaba cómo había que tratar a los otros. La misericordia, aunque no siempre se confesara, Dios la tendría reservada para ellos. Hacen a Dios a su imagen. Pero, “gracias a Dios”, los planes de Dios, sus caminos, como dice Isaías en la primera lectura, no son como los nuestros. Y no son como los nuestros porque Dios da más de lo que merecemos, como aparece en el texto del evangelio, frente al apego que en nosotros existe a ceñirnos, en el mejor de los casos, a que la generosidad deje sitio a la estricta justicia.
La estricta justicia
La verdad es que la estricta justicia nuestra no es tan estricta ni tan justicia. Dios nos dice que si fuéramos tratados en estricta justicia por Él –y también por los hombres -, tendríamos menos de lo que tenemos, seríamos menos de lo que somos en la sociedad. A todos nosotros nos ha llegado la generosidad desbordante de Dios, por lo que es farisaico molestarse porque esa generosidad llega a otros. Mejor que protestar por la generosidad de Dios ante el hermano y dejarnos llevar por la envidia, debemos imitar su manera generosa de actuar, tratar de que nuestros planes se acomoden cada vez más a los suyos. Eso es la justicia verdadera.
Para Dios nunca es tarde
Dios no está sometido al tiempo: no hay últimos ni primeros. Ese es un asunto nuestro. Lo que Dios quiere es que se responda a su llamada, “al amanecer” o a “media tarde”. Lo que sí pide que se sea fiel a lo que Dios quiere de cada uno y realicemos lo que se les pide; sin pedir cuantas a Dios por su actitud con los demás. Pues los planes de Dios no son nuestros planes; sus “caminos son más altos que los nuestros”. Desde lo alto Dios tiene una perspectiva más amplia que la nuestra. Hemos de esforzarnos en hacer nuestra esa visión de Dios. San Pablo decía que teníamos que captar la mente de Cristo, pensar como él pensó en su tiempo histórico, tal como nos lo relatan los evangelios. Y el evangelio de este domingo descubre ese pensamiento de Jesús de Nazaret, que supera la pequeñez del nuestro.
