Campamentos de verano en Cisjordania

Texto y fotos: Hna. Cecilia Sierra
Desde Jerusalén

“¿Vamos a ir al paseo?” Es la primera y crucial pregunta de los niños beduinos al comenzar el campo de verano. Bajo un sol abrasador que supera los 40 °C, un único árbol en el patio del kínder se convierte en oasis de juegos, risas y aprendizajes. Allí, los pequeños tejen recuerdos felices en medio de un desierto que es su hogar y que hoy corre el riesgo de serles arrebatado.

En los diez campamentos que tenemos planeados, las dinámicas se centran en la paz, la esperanza y la resiliencia. Son semillas que, aún en tierra árida, pueden florecer para sostener la dignidad y los sueños de estos niños y niñas palestinos que crecen en medio de la incertidumbre.

Hoy el tema era la esperanza. En el campamento beduino, el aire estaba lleno de risas. Risas que brotaban de niños cuyos ojos, a pesar de reflejar la dureza del desierto y la incertidumbre de su futuro, brillaban con una vitalidad desbordante. Su deseo de vivir, su creatividad, el gusto por la vida, las ansias de aprender y, sobre todo, de ser tomados en cuenta, se convirtieron en el mejor reflejo de lo que significa la esperanza en Cisjordania.

Viven en medio de la amenaza constante de que su hogar y su aldea —el único mundo que han conocido— puedan ser borrados del mapa para siempre. Sin embargo, ayer, sentados sobre el pasto sintético y polvorientas, bajo la sombra de un arbol, en medio del desierto, hablamos de algo poderoso: la actitud positiva ante la adversidad, la resiliencia, la fuerza de no rendirse incluso cuando todo alrededor parece invitarlos a hacerlo.

Khalil Gibran escribió: “La esperanza es la mitad de la felicidad.” Quizá por eso, cuando vi a esos pequeños lanzar globos al cielo —globos en los que habían escrito sus sueños, sus oraciones y lo que para ellos hace que la vida valga la pena— sentí que la esperanza tomaba forma entre sus dedos. Sabían que sus globos no eran de helio y que muchos caerían pronto, destrozándose contra las piedras ásperas del desierto. Y, en efecto, algunos cayeron demasiado rápido. Pero otros lograron elevarse, desafiando el aire caliente, hasta perderse en el azul infinito.

Así es la esperanza: no todas sobreviven intactas, pero basta con que una se eleve para recordarnos que un futuro digno es posible y merece ser protegido.

En este desierto árido y abrasador de Tierra Santa, estos niños nos muestran que la esperanza no es una ilusión frágil, sino una fuerza terca, tenaz, que brota incluso entre las rocas. Por eso estamos aquí: para unirnos a sus plegarias, para acompañarles en el cuidado de sus sueños, para decirles con nuestra presencia que no están solos.

Y cuántas más manos y corazones deberían sumarse… para que ningún viento, por más violento que sea, logre arrancar del cielo las esperanzas que a estos niños les pertenecen y tienen derecho.

Los subestimamos. Pensamos que, tras un año sin escuela, su atención sería fugaz, su interés limitado. Pero su activa y ferviente participacion superó nuestras expectativas. Niños beduinos, acostumbrados a la inmensidad del desierto y a la ausencia de reglas, espíritus libres que cada día nos enseñan lecciones de resiliencia. El autobús a Anata dejó de llegar; las distancias se volvieron imposibles. Perdieron clases, sí, pero no perdieron el hambre de aprender ni la alegría de vivir.

A las 7 de la mañana ya están allí, bajo el árbol del kinder, con corazones abiertos, ojos grandes, listos para jugar, reír, y absorber cada palabra, cada gesto. En este campamento de verano hablamos de respeto, esperanza, paz. Mientras tanto, ráfagas de aire cargado de arena barren el espacio arenoso. La aldea se llama Kasarat, “romper”, por la cantera cercana que quiebra piedra… y también pulmones. El sol abrasa, pero ellos no se detienen: corren, saltan, ríen. Aquí nadie queda fuera. Un niño con capacidades diferentes participa con entusiasmo y es acogido como el más ágil.

“¿Quieres que te lea una historia?”, me dice Rafig, con su vocecita aguda y una seguridad que desarma. Sujud, a su lado, se levanta para ofrecerme una silla, y luego un globo: “Para ti también”, dice con una sonrisa. Participativa, vivaz, servicial… Sujud contesta a todas las preguntas de la maestra. Tiene ocho años y hace pulseras de bisutería. Me regala una. Luego otra para las maestras.

“Gracias por su paciencia, por estar con nosotros estos días”, dice en nombre del grupo, con una madurez que sorprende. Recoge la basura, ayuda en todo, juega, se divierte. En sus ojos hay un fuego: un profundo deseo de vivir, de ser, de libertad… incluso en este desierto incandescente y cada día más ardiente.

La historia de Qais

Lo más hermoso de este día, dijo un niño beduino al evaluar el segundo día del campo de verano, “es que ayudamos a Qais y jugamos con él”.

Hace casi tres años conocimos a Qais, con sus grandes ojos llenos de vida pero sin poder moverse. Su mamá, dulce y fuerte, nos decía con preocupación: “No crece, no se mueve”. Hoy lo vimos lanzar la pelota lentamente y jugar con su hermano, sentarse en el círculo, reír y jugar a la lotería con los demás. Yo estaba extasiada, viendo cómo el amor y la inclusión abren caminos de esperanza.

En diciembre una amiga le consiguió una carriola doble para él y su hermanita mas pequeña, porque la mamá no podía cargar con los dos. Los niños lo cuidan, lo besan, le dan abrazos en medio de sus juegos y risas. Aquí juegan, aprenden, se apoyan. Hoy el valor que compartimos es la resiliencia, y eso es lo que Qais, estos niños y sus comunidades beduinas del desierto en  cisjordania encarnan cada día.

En un entorno marcado por una creciente violencia, evacuaciones forzadas y el sol abrasador del desierto, ellos nos enseñan que la resiliencia no es solo resistencia, sino también la capacidad de seguir jugando, riendo y soñando, vulnerables como son  en medio de la adversidad.

El segundo campamento

¿De dónde salieron estos niños? Llegaron muy temprano, con los pies llenos de polvo y el corazón rebosante de ilusión. Bajo la tienda improvisada de lonas y telas en medio del desierto, sus risas son más fuertes que el silencio árido que los rodea. Son pequeños, muy pequeños, pero saben esperar; este es apenas el segundo campamento de verano en sus cortas vidas, y lo esperan como se espera el agua en tierra sedienta.

A su alrededor, los asentamientos de colonos crecen como heridas abiertas en la tierra. Cercan, limitan, ahogan. Aquí no hay kinder. Nos lo han pedido tantas veces… pero aún no es posible. Primero deben reunirse los jefes de la aldea, decidir y preparar un lugar. Pero ¿dónde? Las casas, hechas de zinc y mantas, se apiñan unas contra otras, sin espacio para soñar. No pueden construir con cemento. No pueden ampliar el terreno. Hasta las ovejas viven pegadas a las casas, compartiendo ese pequeño y frágil rincón de existencia.

Y sin embargo, aquí están. Los niños juegan, aprenden, sueñan. Sus ojazos inmensos, llenos de gratitud, me atrapan y no me dejan mover. Hay calor, hay carencias, hay límites por todas partes… pero dentro de esta tienda late la vida. En medio del ardiente desierto de Cisjordania, los niños beduinos resisten jugando, aprendiendo, soñando. Porque mientras sueñen, hay futuro. Y mientras rían, hay esperanza.

Paciencia, Esperanza, Resiliencia y Alegría

Contra todo pronóstico, hemos logrado llevar a cabo ya  siete campamentos de verano en aldeas beduinas. Aún faltan tres, pero ya celebramos con gratitud lo que parecía imposible. La situación en estas comunidades es cada vez más compleja, y temíamos que este año los niños no pudieran tener un espacio para jugar, encontrarse, respirar.

A pesar del calor agobiante y las tensiones diarias, las risas de los niños han sido más fuertes que el miedo. Muchos de ellos nunca han ido a la escuela. Por eso, verlos jugar, aprender, expresarse… ha sido un regalo inmenso. Su alegría se ha convertido en nuestra fuerza.

Esta semana, en uno de los campamentos, un grupo de colonos israelíes llegó durante dos días consecutivos. Incluso entraron en una de las casas donde las mujeres trabajaban con dedicación en el bordado palestino. No quedó claro qué buscaban. “Me temblaban las piernas”, confesó la maestra cuando se marcharon. También los niños estaban asustados. Pero una vez que se fueron, volvieron a sonreír, refugiándose en esa ligereza que solo la infancia sabe preservar.

Nos sentimos profundamente agradecidas: siete aldeas han podido saborear, al menos por unos días, el gusto de la esperanza. Pero también seguimos preocupadas. El temor a evacuaciones forzadas sigue presente. Y en medio de tanta incertidumbre, seguimos apostando por la vida. Por estos pequeños que, incluso en el corazón del desierto, logran florecer con una resiliencia que nos toca lo más profundo del alma.

Huyendo de la guerra

Hna. Elena Balatti
Misionera Comboniana en Sudán del Sur

Me llamo Elena Balatti y soy Misionera Comboniana. Trabajo como directora de Cáritas de la diócesis de Malakal.

Malakal es una ciudad situada a orillas del Nilo y está muy cerca de la frontera. El gobernador de la región ha abierto aquí un gran campamento para los refugiados. Desde hace dos años hay una guerra muy fuerte en Sudán y muchas familias han tenido que abandonar ese país y desplazarse hasta Sudán del Sur. 

Los padres y sus hijos llegan a la frontera y se dirigen en grandes barcazas por el río Nilo hasta Malakal. El barco puede transportar hasta 500 personas. El número de personas que llegan en barcazas es muy grande, y el campo acoge a veces a más de 5.000 personas que han llegado de Sudán o que son desplazados.

Cuando las barcazas llegan al campamento de Malakal, empieza entonces nuestro trabajo. Los niños y sus padres vienen de un largo viaje en el que muy a menudo no han tenido suficiente comida. Además, los padres y las madres se han gastado casi todo el dinero para pagar el viaje desde Jartum, que es la capital de Sudán, hasta Sudán del Sur, por lo que no pueden conseguir buenos alimentos en el mercado. Por eso, nada más llegar, las personas que trabajan en la oficina de Cáritas organizan inmediatamente una distribución de alimentos.

El Programa Mundial de Alimentos (PMA) ofrece ayuda a todos los desplazados durante una semana, pero muchas veces la gente se queda en el campamento más tiempo. Los miembros de cada familia reciben una pequeña tarjeta de papel donde se registra su nombre. A los que no pueden abandonar el campamento en una semana, la oficina de Cáritas les proporciona una ración de comida cada día. Consiste en alimentos muy sencillos: harina de sorgo, con la que se hacen una especie de gachas y que forma parte de las comidas principales, y también lentejas, aceite y sal.

En estos campamentos siempre hay muchos niños. Mi deseo es que se queden en el campamento pocos días y puedan encontrar un transporte que los lleve a los pueblos o ciudades donde sus familias quieren ir. De hecho, mientras están en el campamento no pueden ir a la escuela y se pasan el día jugando, esperando la hora de su comida diaria, a menudo sólo una al día.

Además de la cuestión escolar, los niños que vienen de Sudán hablan árabe y, cuando quieren ir a la escuela en Sudán del Sur, tienen que aprender inglés. Es cierto que los niños aprenden rápido un nuevo idioma, pero algunos de ellos que ya estaban en quinto curso en Jartum, cuando llegan a Sudán del Sur, como no saben inglés, tienen que empezar de nuevo, por ejemplo, en segundo o tercer curso, porque les falta inglés. Es un gran desafío para ellos.

Siempre me asombra la paciencia que tienen los niños que llegan de zonas de guerra y esperan en el campamento hasta que por fin llega el día de partir hacia su destino final. Un día, por ejemplo, vi a un niño pequeño que estaba con su padre esperando su pequeña ración diaria de comida. Acompañaba a su padre, que llevaba muletas y no podía estar en la cola con los demás. Así que, cuando le tocaba a papá recibir la comida, era el hijo, de unos siete años, quien iba a recoger el paquete. Luego los dos volvían juntos a la tienda, donde la mamá les esperaba para cocinar.

Como misionera, me alegra que junto con otras personas podamos ayudar a estas familias. Recordamos que el Señor nos dijo: ‘Tuve hambre y me disteis de comer’, e intentamos hacer precisamente eso en el campamento de Malakal. En los niños y sus familias vemos a Jesús diciéndonos estas palabras: Estoy aquí y te necesito.

Misioneras Combonianas España

Campo misión 2025. Jubileo de la esperanza en Metlatonoc, Guerrero. México

Por: Tadeo, Felisa, Mariana, Beatriz, LMC de México y Carol LMC de Costa Rica

Una vivencia con esperanza en común de los LMC que participaron del Campo Misión de Semana Santa en la Parroquia de San Miguel Arcángel, descubrir cómo nos recibirían las personas de las colonias donde participamos ya que era la primera vez que tendrían LMC en las colonias de la parroquia. En nuestro pensamiento era algo complicado pero la realidad cambio nuestra visión ya que al estar ahí la experiencia fue llevadera, fructífera y de mucha enseñanza para todos. Nosotros compartimos nuestra fe desde nuestra experiencia aún con la dificultad y limitación de no conocer el idioma ni las costumbres; ellos nos abrieron su corazón, con su atención y participación; manifestaron también a cada uno de nosotros en diferentes momentos su agradecimiento.

Los obstáculos que encontramos fueron diversos, el principal era la lengua, algunos nos enfermamos, el material que llevamos, desconocer las costumbres y la cultura. Afortunadamente hay algo que nos une, la Fe que tenemos en Jesucristo vivida en esta Semana Santa 2025 año jubilar en la cual pudimos compartir con las personas dentro de una sana convivencia, temas en las colonias, procesiones, oración y eucaristía siempre con algo característico de cada día de la Semana Mayor.

Por eso como LMC creemos que debemos tener en cuenta: el sabernos escuchar, conocer sin juzgar, dejarnos enseñar por las personas que nos reciben, enriquecer nuestros valores, resaltar la riqueza que descubrimos, disponibilidad a los cambios que se puedan presentar, trabajar la obediencia y respeto a los lideres que encontramos, olvidarse de lo que te pueda distraer y vive la MISIÓN, sobre todo sin dejar atrás el Ideal Comboniano, Evangelizando a los más pobres y abandonados, Amando nuestra Cruz sin desanimarte por las circunstancias que puedas encontrar, problemas o adversidades, recordando siempre a quien servimos y por quien estamos aquí, haciendo todo con Amor para dar Gloria a nuestro Señor Jesucristo.

Sigamos caminando juntos hacia más vida

El Año Comboniano de Formación Permanente (ACFP) es una iniciativa que el Instituto Comboniano ofrece a los hermanos que ya han cumplido 10-15 años de servicio misionero. En vísperas de la conclusión del curso, los dieciocho participantes del 21 ACFP 2024-25 escriben: «Nos sentimos felices del camino que hemos recorrido juntos, humana y espiritualmente serenos, animados a afrontar las tareas venideras con mayor responsabilidad y nuevos conocimientos».

Queridos hermanos

El Año Comboniano 2024-2025 está llegando a su fin. Antes de regresar a nuestras respectivas provincias, queremos compartir con vosotros lo que ha sido para nosotros este tiempo especial de formación permanente.

Hemos llegado a Roma después de un período, en promedio, de 15 años de misión, en el que hemos experimentado la belleza de nuestra consagración a Dios y a los más pobres y abandonados en tantas realidades misioneras diferentes, y también nos hemos encontrado cara a cara con los límites y la fragilidad de nuestra humanidad.

Algunos de nosotros llegamos heridos por experiencias comunitarias difíciles, otros sacudidos por los cambios que se estaban produciendo tanto en la sociedad en general como en nuestro Instituto, de tal manera que se cuestionaban el sentido y el futuro de su misión y consagración.

Muchos de nosotros habíamos oído hablar erróneamente del Año Comboniano, descrito a veces como un período destinado sólo a personas «problemáticas» o «en crisis», y por eso habíamos llegado a Roma con muchas dudas e interrogantes.

Ahora que nos acercamos al final del curso, queremos compartir con vosotros nuestra alegría. Hemos caminado juntos como una comunidad orante de hermanos que se aman y se preocupan por sus propias vidas y vocaciones y por las de los demás. Las heridas que llevábamos en el cuerpo y en el corazón se convirtieron en «rendijas», destellos de luz que revelaban discreta pero claramente la gracia de Dios que continuamente nos elige, nos hace suyos y, a través de su Palabra y de su Espíritu, nos resucita y nos envía de nuevo.

Juntos hemos crecido en el conocimiento de nosotros mismos, en el diálogo entre nosotros, con el Instituto y con la realidad que nos rodea y nos interpela. Sobre todo, nos ha reconfortado el contacto profundo con la persona y la espiritualidad de nuestro fundador, San Daniel Comboni, gran compañero durante este año. En resumen, ¡estamos listos para partir de nuevo!

Queremos agradecer de corazón al Instituto por habernos permitido vivir este tiempo de gracia, así como a las comunidades combonianas de la provincia italiana que nos han acogido fraternalmente. Gracias también a las personas que nos han iluminado con su sabiduría y experiencia, y a los coordinadores del curso que nos han guiado y acompañado.

El curso ha resultado ser un camino que realmente recomendamos a todos, sin miedos ni prejuicios. Vivimos un verdadero cambio de época, y esto exige creatividad y espíritu de adaptación. Sin embargo, somos conscientes de que sólo podremos responder a los múltiples desafíos de hoy a través de un arraigo cotidiano y fiel en Dios, con un corazón reconciliado y capaz de comunidad, y con una pasión misionera radicalmente comboniana.

Nos sentimos felices del camino recorrido juntos, humana y espiritualmente serenos, animados a afrontar las tareas venideras con mayor responsabilidad y nuevos conocimientos.

Quisiéramos concluir este breve escrito a la manera de nuestro querido y llorado Papa Francisco: «No se olviden de rezar por nosotros». Contamos con ello.

Los participantes en el curso

Fiesta del señor de los trabajos – parroquia de San Miguel Arcángel

Por: Mariana Meléndez Cándido

La tradición de un pueblo fortalece mi fe, el primer Viernes de Cuaresma me tocó vivir el novenario del Señor de los Trabajos en Metlatónoc, donde próximamente haré mi experiencia de misión. Fue algo que me ayudó a conocer un poco de este pueblo al que seré enviada.

Fuimos invitados por el párroco, P. Miguel Navarrete Arceo, misionero comboniano, a la fiesta del Primer Viernes de Cuaresma, para que nos presentara con el Obispo Monseñor Dagoberto; así como participar del Retiro con las personas que recibieron el Sacramento de la Confirmación. Me dio mucha alegría encontrar a jóvenes de la comunidad de Xacundutia que comenzaron su formación en el Campo Misión 2024 donde yo participé.

Puedo decir que hay algunas novedades que encontré a lo que yo he vivido con mi familia. Por ejemplo, cuando llega la peregrinación a la parroquia antes de entrar rezan en los cuatro puntos que hay señalados en el atrio, dan mayor importancia a la Víspera de la Fiesta que al mero día, tienen la costumbre de llevar la ofrenda de flores y las velas encendidas en la peregrinación, rezan el rosario en latín acompañado de la banda de viento. Una vez que terminan sus ritos se llevan a casa alguna de las flores ofrecidas ya bendecidas siendo como una reliquia que ayuda a la persona en sus necesidades.

LMC Mexico

 Aquí no se tienen la costumbre de participar en la Eucaristía diaria, pero si le piden al sacerdote que haga la intención de su necesidad en la misa y que rece por ellos. Se ha estado haciendo conciencia con las personas sobre la importancia de su participación dominical en la Eucaristía.

Esta comunidad parroquial me ayuda a comprender mejor los temas que estoy recibiendo en la experiencia de comunidad, abriendo mi horizonte a nuevas realidades, sin juzgar la vivencia de Dios en los pueblos originarios, estando dispuesta a vivir tradiciones y costumbres sin perder mi esencia de quién soy, de dónde vengo y a dónde me envía Dios; enriqueciendo mi Fe y Fortaleciendo mi Vida para la Misión.

De México a Colombia. Retos y alegrías de la misión

El sacerdote comboniano Guillermo Aguiñaga Pantoja, ha realizado su actividad misionera en Polonia, Sudán del Sur y México. A inicios de febrero pasado, el padre Guillermo se incorporó al trabajo de la parroquia María Madre del Buen Pastor en la comunidad de Charco Azul, en Cali, Colombia. De 2018 a 2024, vivió entre los indígenas de la sierra de Zongolica, en el estado de Veracruz, experiencia que nos comparte en este texto.

Por: P. Guillermo Aguñaga Pantoja, mccj
Desde Cali, Colombia

No cabe duda de que el Señor sigue confiando en uno. Después de 40 años como religioso misionero comboniano, y 35 años como sacerdote, no queda más que decir gracias. Las fuerzas, la edad, los trabajos, la entrega y tantas otras cosas ya no son las mismas, pero la fidelidad y bondad de Dios siempre están ahí. Él se sigue fijando en mí para continuar con la misión que me ha encomendado y que yo libremente acepté.

Reconozco que no ha sido del todo fácil. He tenido pruebas, retos, dificultades, miles de sorpresas, aventuras, tristezas, alegrías y momentos grises y brillantes, pero Él nunca me ha dejado solo. Cómo olvidar a tanta gente que Dios ha puesto en mi camino: mis padres, mis hermanos, familia, amigos, bienhechores, compañeros y un sinnúmero de fieles y personas que he encontrado en los diferentes lugares donde he estado compartiendo mi vida y mi fe… Si les hablara de todas y cada una de estas experiencias no terminaría, pero sí me gustaría decir que aprecio y valoro cada una de ellas y las asumo como una gran bendición. De todas he aprendido a crecer y aceptar mis límites y toda clase de retos y de pruebas.

Misión de Comalapa, en la Sierra de Zongolica

Luego de tantas experiencias misioneras durante 29 años, en 2018 el Señor me concedió un nuevo reto: trabajar en la misión de la Sierra de Zongolica, en el bello estado de Veracruz. La parroquia, dedicada a san José, está situada en el poblado de Comalapa, perteneciente a la diócesis de Orizaba. Comalapa está rodeado de bellas montañas y acantilados; para llegar ahí hay que viajar unas dos horas por carreteras sinuosas y grandes pendientes. La parroquia está compuesta por 50 localidades o pueblitos y casi el 90 por ciento de su población es de origen náhuatl, aunque un buen número habla español. La población total suma unas 17 mil personas.

Quiero compartirles esta última experiencia misionera, no porque sea más importante que las otras que Dios me ha concedido, sino porque aún está fresca en mi mente y porque ha representado una gran oportunidad para reinventarme y volver a conocer mejor las raíces de la cultura y sus tradiciones. Así es, en la parroquia se sentía un ambiente sagrado, lleno de mucha fe, tradiciones, costumbres y ritos que aún se mantienen vivos.

Fue bonito recorrer los caminos, veredas y senderos a través de las montañas para llegar a cada una de las comunidades, visitar a las familias en sus casas o atender a los enfermos. Cualquier celebración se convierte en fiesta, a la que todos están invitados a participar. Es impresionante la cantidad y variedad de alimentos que preparan. Todos cooperan y alcanza para todos, incluso para llevar a casa.

Ritos y celebraciones

Fue motivo de gran alegría y satisfacción vivir entre esa gente humilde y sencilla. Sus danzas y ritos enriquecían cada uno de nuestros actos litúrgicos y celebraciones. Cómo olvidar el Xochikoscatl o rito de purificación dado por los ancianos del pueblo, que te llenaban de incienso y te ponían un collar, una corona y un ramo de flores, que representan la dignidad, el respeto y el poder para proclamar y celebrar sagradamente la eucaristía. Es la bendición que te otorgan para entrar al recinto sagrado.

También celebran el Xochitlali, un rito en el que se utilizan varios elementos, como comida (mole, tamales, sopa, tortillas y pan) y bebidas (atole, café, champurrado, licor, tequila, cerveza, etcétera) y otras cosas. Todas estas ofrendas se meten en un pequeño hoyo después de haber rezado e invocado a Dios en la lengua local. A continuación se cubre el agujero con la misma tierra y se vuelven a poner flores. Este ritual se utiliza para pedir permiso al Creador por una nueva obra, por un año de bendiciones, para pedir perdón por situaciones adversas, para pedir lluvia o una buena cosecha. Con todo esto demuestran una profunda y auténtica fe que manifiestan orgullosamente. Aunque algunos no profesen la religión católica o estén alejados, no se pierden las fiestas y las grandes celebraciones.

Todo esto parecería folclor, pero para quien lo vive y experimenta constituye una gran riqueza y bendición, porque logras renovarte y transformarte de manera increíble. Me siento agradecido con Dios porque esto me llenó de alegría, tocó mi vida y renovó mi vocación misionera.

También agradezco al obispo de Orizaba, Eduardo Cervantes Merino, que nos concedió colaborar y llevar nuestro carisma comboniano a ese lugar y por haberme hecho sentir como hermano entre el presbiterio diocesano. Mi aprecio y cariño a todos esos fieles por haberme aceptado como uno de ellos. A pesar de mis límites, siento haber dado todo lo mejor de mí y haberme entregado en esa bella misión de Comalapa.

Nueva misión en Colombia

Ahora que estoy mayor, y cuando pensaba que me iba a dormir en mis laureles, recibí un llamado para salir a una nueva misión. Se me presentaron varias opciones y al final me propusieron ir a Colombia. Parece fácil, quizá porque es la misma lengua y con cosas más o menos similares a mi país, pero mirándola fijamente, también hay diferencias y nuevas cosas que aprender. Con todo esto, siento que el Señor me ha consentido, siempre camina a mi lado y me da nuevos bríos para comenzar esta nueva aventura.

Me recibieron de maravilla todos mis hermanos combonianos que trabajan acá. Me siento en casa y como un niño que aprende y mira con curiosidad y admiración todas las cosas, personas, lugares, historia, cultura y costumbres de este país. Mi nuevo destino es la parroquia María Madre del Buen Pastor, entre la población de mayoría afrocolombiana.