Vivir la fraternidad con el pueblo afro de Guayaquil

En 1980, los Misioneros Combonianos fundaron el Centro Cultural Afro de Guayaquil, una ciudad en la costa ecuatoriana del Pacífico. El de Guayaquil fue el primer Centro —en toda América Latina— dedicado exclusivamente al acompañamiento pastoral de los afrodescendientes, quienes hasta el día de hoy representan la parte más pobre y discriminada de la población del Ecuador. De hecho, el rechazo, la exclusión y la falta de oportunidades son la experiencia cotidiana de muchos negros que viven en esta ciudad.

Por: Hno. Alberto Degan, mccj
Desde Guayaquil, Ecuador

Con nuestro servicio misionero, queremos impulsar a las Instituciones y también a la Iglesia a valorar a la persona afrodescendiente y su cultura; al mismo tiempo, queremos que los afroecuatorianos crean en su propia belleza y en sus propios talentos.

Yo tuve la gracia de vivir mi vocación misionera en Guayaquil del 2002 al 2010 y del 2020 al 2024. Como Hermano comboniano me siento comprometido, sobre todo, con la Promoción Humana. Sin embargo, cuando hablamos de Promoción Humana, no nos referimos solo al desarrollo técnico-científico, porque un desarrollo técnico desvinculado de una espiritualidad de la fraternidad y de la justicia aumenta —en lugar de disminuir— la deshumanización. Lo vemos también hoy: los horrores de la guerra se centuplican con el desarrollo de tecnologías avanzadas.

Por eso creemos que Promoción Humana significa —antes que nada— promover la humanidad, valorar las riquezas humanas de nuestra gente y formar personas humanas según el proyecto de Dios, que vino al mundo como “primogénito entre muchos hermanos” (Rom 8, 29) para enseñarnos a vivir la fraternidad. Queremos, por lo tanto, valorar las bellezas humanas y espirituales de las personas que la sociedad margina y no toma en cuenta: los afro, los habitantes de las periferias urbanas, los drogadictos, etc.

En el centro de la foto: Hno. Alberto Degan, misionero comboniano italiano, en Guayaquil (Ecuador).

Un triste récord

Lamentablemente, en estos últimos años Guayaquil ha conquistado un récord no muy envidiable: entró en el top-ten de las diez ciudades más violentas del mundo, con una tasa de 80 homicidios por cada 100.000 habitantes (casi 50 veces la tasa de homicidios que hay en Italia).

De hecho, hoy Ecuador es uno de los países con la tasa de violencia más alta, y esto se debe principalmente a los carteles mexicanos del narcotráfico que, a partir de 2017, entraron en nuestro país, el cual se convirtió en una de las principales tierras de comercializaciòn de droga, gracias también a innegables complicidades con las altas esferas políticas. Y así, ahora, casi todos los barrios de nuestra ciudad están en manos de bandas vinculadas a los carteles. Estas bandas imponen una “vacuna” (extorsión) a todos los pequeños comerciantes, incluso a aquellos que ganan apenas lo suficiente para sobrevivir. Y así, muchos renuncian a los pequeños emprendimientos que habían comenzado (por ejemplo, la venta de “almuercitos”), porque con la “vacuna” no obtendrían casi ninguna ganancia.

A veces, además, nacen disputas internas dentro de la misma banda, causando grandes matanzas. El año pasado, por ejemplo, en el barrio periférico de Socio Vivienda, fueron asesinadas 23 personas —en su mayoría jóvenes— en una sola noche. También en otros barrios ocurren balaceras con frecuencia, por lo que a las 7 de la noche la gente decide encerrarse en sus casas.

¿Quién tiene derecho a una vida buena?

Al azote de la violencia se suma el de la injusticia social: en Ecuador las desigualdades siguen creciendo. En la localidad de Samborondón, justo a las afueras de Guayaquil, se han refugiado muchos ricos: a salvo en sus ciudadelas “fortificadas” y protegidas, no se sienten tan amenazados por la violencia que, en cambio, azota a los barrios populares. Quien vive allí tiene todas las comodidades y goza de todos los derechos.

Por ejemplo, en Ecuador sòlo quien puede permitirse pagar un seguro privado, recibe una atenciòn mèdica excelente. Lamentablemente, muchos niños de los barrios populares no tienen un seguro médico, porque sus padres no pueden pagarlo. Benjamín, por ejemplo, un niño del barrio Nigeria, estuvo muy enfermo el año pasado (con problemas de parásitos, gastritis, etc.), pero su papá —padre de seis hijos— no siempre tenía el dinero para llevarlo al médico. Y así, objetivamente, Benjamín no goza de los mismos derechos que un niño que vive en Samborondón.

Pero nuestra sociedad ha hecho las paces con esta injusticia. ¿Quién tiene derecho a una vida buena? Parece que nos hemos resignado a la idea de que no todos tienen derecho a ella, y que la vida de algunos niños vale menos que la de otros.

Vivir una vida buena en un mundo violento

¿Es posible vivir una vida buena cuando se vive en una sociedad injusta? ¿Es posible ofrecerle a mi hijo una vida bella en una ciudad dominada por la violencia? Esta es una pregunta que està presente en el corazón de muchos guayaquileños. Y es conmovedor ver cómo tanta gente lucha por vivir una vida buena incluso en un contexto tan difícil. Yo creo que precisamente en esto consiste la grandeza del ser humano: en no renunciar nunca a buscar la belleza y la bondad, incluso cuando todo parecería empujarte a rendirte.

Y aquí está, entonces, mi respuesta: sí, incluso en una ciudad violenta como Guayaquil es posible vivir una vida bella. ¿Cómo se fundamenta esta afirmación? De manera desarmante, respondería Jon Sobrino: esto es lo que vemos y experimentamos, esto es lo que sucede entre los pobres.

Pequeños maestros

Sabemos que Jesús nació en una sociedad muy cruel, en la que se perpetraban masacres y muchos condenados a muerte vivían la terrible agonía de la crucifixión. Cristo vino a enseñarnos a vivir una vida bella en un mundo violento, y en Ecuador ha encontrado muchos discípulos que, en su sencillez, se transforman en nuestros pequeños maestros.

Mis primeros maestros son las Misioneras y los Misioneros afro, laicos afro – Bernardo, Amèrica, Juan Carlos, Carmen, Dominga, Marcia, etc. – formados en la espiritualidad comboniana de “Salvar a África con África”, que evangelizan a partir de la cultura y la espiritualidad propias del pueblo negro. A pesar de vivir en los barrios más violentos de la ciudad, Gloria, Estela, Tomasa, Palmenia, Yudi, Francisco, Norma y Carlos siguen organizando en sus casas los “palenques” infantiles. No olvidemos que los mafiosos vinculados al narcotráfico intentan reclutar incluso a niños de 6 o 7 años. Estos palenques, por lo tanto, son espacios alternativos en los que esperamos educar a los constructores de un futuro diferente, dándoles una formación cristiana, enraizada en su espiritualidad afro. En otras palabras, queremos salvar a estos niños de la cultura de la violencia para que, cimentados en Jesús, no se dejen tentar por las sirenas del dinero fácil vinculado a la delincuencia del narcotráfico.

Otra de mi maestras es Orfilia. Fui yo, hace 20 años, quien le dio a conocer los barrios periféricos de Guayaquil donde vive la mayoría de la población negra. Al principio era ella quien me seguía a mí, un poco temerosa. Cuando regresé a Guayaquil, diez años después, era ella quien a menudo me acompañaba a barrios periféricos donde pocos se atreven a entrar. Orfilia, que trabaja como contadora, con la colaboración de algunos amigos ha desarrollado desde hace años un programa de becas de estudio para niños y adolescentes afro, y dedica una buena parte de su tiempo a hacer el seguimiento del rendimiento escolar de estos niños, organizando también para ellos espacios de refuerzo escolar.

Otro de mis maestros es Rodrigo, quien me invitó a colaborar con un centro de rehabilitación para drogadictos dirigido por una iglesia evangélica. Es hermosa esta colaboración con los evangélicos. De hecho, una de las cosas que más me entristece es ver que a todos los problemas que estamos viviendo se suma también el de la “rivalidad” entre las diferentes denominaciones religiosas, lo que causa tanta división en medio de nuestra gente, precisamente en un momento en que se necesitaría mayor unidad y fraternidad. Con estos jóvenes que están luchando por dejar el “vicio” de la droga, buscamos el camino que lleve a un cambio fundamental en nuestra vida, un cambio que es imposible llevar adelante solo con nuestras fuerzas, pero que se vuelve posible si nos ponemos en las manos de Dios. Rodrigo, joven padre de familia, dedica gran parte de su tiempo a estos jóvenes.

Otra de mis maestras es Karen, quien vive en Trinipuerto, uno de los barrios más violentos de la ciudad. Ella trabaja y se dedica a sus dos hijos, pero a pesar de esto —fiel y perseverante— también encuentra tiempo para reunirse con los niños del barrio y con los jóvenes de la Pastoral Afro: lee con ellos la Palabra de Dios y ha logrado consolidar un espacio sano y solidario en un contexto tan problemático. Karen quiere salvar a estos jóvenes de la cultura de la violencia y de la resignación, dándoles herramientas para seguir caminando, luchando y esperando.

Un gran futuro para el Ecuador

Para mí ha sido una verdadera gracia ser parte de la vida, de las esperanzas y de los sufrimientos de este pueblo maravilloso. A menudo vuelvo a mirar las fotos tomadas en estos últimos años en Guayaquil y me digo: ¡pero qué belleza en estos encuentros, en esta gente! ¡Qué belleza en estas ganas de seguir luchando y caminando con esperanza en medio de tantas dificultades!

Una vez, unos amigos italianos mi preguntaron: pero ¿hay esperanza para el Ecuador, que parece oprimido por la violencia? Y yo respondo: sí, mientras haya personas como Rodrigo, Orfilia, Carlos, Elìas y Karen, que siguen testimoniando la belleza del Evangelio en un contexto tan difícil, yo veo un gran futuro para este país.

Sentirse amados

Nosotros, los Hermanos combonianos, acompañamos y nos sentimos acompañados por estas personas: frente a una realidad tan dura nos apoyamos los unos a los otros, y en esta fraternidad sentimos amor y consuelo mutuo. De este modo, Dios nos da la fuerza para seguir caminando y esperando.

Como afirma el padre Glenday: “Si vives la misión como amor, experimentas la transformación. Por un lado, el misionero crece como signo visible de la presencia amorosa de Dios. Por el otro, quienes son acompañados se vuelven más conscientes de su propia dignidad como hijos amados de Dios. Se sienten amados. Así, la misión se convierte en algo recíprocamente generador de vida”.

Yo pienso que esto es lo más importante de la misión: que las personas —sobre todo aquellas que generalmente son marginadas y descartadas— se sientan amadas y valoradas en sus riquezas humanas. Esto es lo que he experimentado en Guayaquil. Y por ello le agradezco a Dios infinitamente.

Hno. Alberto Degan, MCCJ

La quema de gas en Ecuador aumenta pese a la sentencia que obliga el cierre de mecheros de los campos petroleros

Las operaciones de los mecheros generan riesgos para la salud de las personas asentadas en las comunidades aledañas a las estructuras. La quema de gas, producto de la extracción de petróleo, ha generado una serie de movilizaciones antes, durante y después del proceso que concluyó con el fallo judicial que obligaba al cierre de más de 400 torres. Hoy se sigue abogando por el cumplimiento del fallo y el respeto de la vida de quienes se ven impactados y por quienes se movilizan en defensa de los pueblos.

Por: Equipo de Comunicaciones de REPAM
Fotos: REPAM Ecuador

Una publicación realizada por Mongabay ha recapitulado la situación de los mecheros que queman gas en la Amazonía ecuatoriana. La nota recoge la base legislativa que ordena el cierre de 424 torres de gas con plazo máximo al año 2030; según Petroecuador, hasta noviembre de 2025 se habían eliminado 170 mecheros en el cumplimiento de la sentencia. Sin embargo, el Banco Mundial ha señalado que la quema de gas habría aumentado desde el año 2021, luego de la emisión del fallo. Además, comunidades como Nueva Esperanza, en la Amazonía ecuatoriana, se ven afectadas por la proximidad de los mecheros a las viviendas (a más o menos 30 metros), un punto que fue considerado en la decisión judicial y que se estaría incumpliendo al no retirar las estructuras.

Entre 2020 y 2021, nueve niñas de las provincias de Orellana y Sucumbíos llevaron al poder judicial una denuncia que exponía las consecuencias ambientales y de salud que generan los mecheros de los campos petroleros. En un primer momento, la Corte Provincial de Sucumbíos falló en favor de las menores y posteriormente la Corte Constitucional del Ecuador avaló la gestión; por ello, el proceso es considerado una sentencia histórica y una gran victoria en la lucha que levantan las comunidades por la defensa del territorio, el medio ambiente y la vida.  

Los mecheros y la salud

Según Mongabay, desde la coordinación jurídica de la Unión de Afectados por Texaco (UDAPT), se explica que “aunque se han eliminado los mecheros se sigue quemando la misma cantidad de gas, porque este es trasladado a mecheros más grandes”. La publicación “The Apaguen los Mecheros campaign: Supporting climate justice in the Amazonian cities of Ecuador by estimating the health risks of gas flaring” recoge una serie de estudios científicos que exponen aspectos fundamentales sobre el impacto en la salud que tiene la quema de gas; los niveles máximos y mínimos de la emisión de óxido de nitrógeno y monóxido de carbono son puntos a considerar en un radio de por lo menos 5 kilómetros, respecto a la instalación de torres para la quema de gas.

Dicha publicación enuncia que “casi la totalidad de los mecheros ponen en riesgo la salud humana (siendo un número reducido las torres que no tienen impacto sustancial)”. También, el análisis científico establece la existencia de 294 mecheros de riesgo moderado, 262 de riesgo alto y 90 de riesgo muy alto; todos llamados a ser clausurados para evitar impactos negativos en la salud de pobladores de comunidades locales. Los excesos de óxidos de nitrógeno, monóxido y dióxido de carbono, metano y dióxido de azufre (generados en el proceso de quema) conllevan a afecciones respiratorias crónicas (bronquitis y asma) y a la reducción de capacidad de la sangre para el transporte de oxígeno. A ello, se suma la emisión de contaminantes altamente tóxicos como el benceno, el etilbenceno y el formaldehído, cuya exposición se vincula al cáncer, la anemia, los daños cerebrales, distintos tipos de malformaciones y trastornos en los procesos reproductivos y de desarrollo.

Apaguen los mecheros

La lucha contra los mecheros ha sido abanderada por la acción de las nueve jóvenes, cuya acción tuvo esa importante victoria en 2021. Pero, es necesario rescatar el accionar de distintos actores comprometidos con la vida y el medio ambiente. En marzo de 2024, habitantes de las comunidades indígenas y activistas ambientales se movilizaron en Quito para exigir el cumplimiento de la sentencia; en dicha acción miembros de las fuerzas armadas retuvieron a una de las jóvenes demandantes, 4 menores más y manifestantes de las comunidades impactadas por las torres. No podemos olvidar la lucha constante de quienes acompañan la campaña “Apaguen los Mecheros”; movilizaciones, plantones, manifestaciones durante audiencias judiciales y actos simbólicos han acompañado el clamor de las comunidades en su lucha.

Es importante preguntarnos ¿vasta una determinación del poder judicial para cambiar la realidad? La respuesta es evidente: estamos lejos de ejecutar en la realidad lo que determinan los documentos judiciales. Alrededor de la extracción de hidrocarburos existen intereses de diversos sectores que, en la mayoría de los casos pasan por encima de la vida y dignidad de los más vulnerables. Actualmente, las cifras de cierre de los mecheros rondan el 40% del total determinado en la sentencia; sin embargo, las amenazas, persecuciones y los daños a la salud humana siguen vigentes en un territorio que en el papel cuenta con garantías y derechos.

REPAM Ecuador

Apertura de la causa de beatificación del P. Alberto Ferri Garavelli

El 22 de octubre se abrirá en Portoviejo (Ecuador) la causa de beatificación del misionero comboniano P. Alberto Ferri Garavelli (1935-2009). La decisión fue comunicada por la curia de la archidiócesis de Portoviejo, tras un minucioso trabajo de recopilación de datos y testimonios, mediante decreto del arzobispo monseñor Edoardo Castillo el pasado 15 de septiembre.

Originario de Cologno al Serio, en la provincia de Bérgamo, el P. Alberto Ferri Garavelli ejerció su ministerio en Ecuador, en las parroquias de Limones y Viche (Vicariato de Esmeraldas) y, posteriormente, en diversas comunidades de la archidiócesis de Portoviejo, provincia de Manabí. A su muerte, acaecida en Cologno al Serio el 16 de octubre de 2009, por deseo de los fieles que lo habían conocido y amado, su cuerpo fue trasladado a Ecuador y enterrado en la iglesia de Honorato Vásquez (Manabí), donde había dedicado trece años de su vida visitando y formando numerosas comunidades cristianas.

La gente sigue recordándolo con gran afecto y dando testimonio de su santidad. Por ello, el 22 de octubre, Mons. Castillo abrirá la fase diocesana de la causa, en presencia de numerosos fieles, sacerdotes y una delegación de la provincia comboniana de Ecuador.

Con gratitud al Señor por su vida y testimonio misionero, invocamos para todo el Instituto la gracia de renovar, a la luz de su ejemplo, la pasión misionera que lo animó.

Fecha de nacimiento: 05/09/1935
Lugar de nacimiento: Cologno al Serio/BG/I
Votos temporales: 09/09/1954
Votos perpetuos: 09/09/1960
Fecha de ordenación: 18/03/1961
Fecha de fallecimiento: 16/10/2009
Lugar de fallecimiento: Cologno al Serio/Bergamo/I

«Ánimo y adelante en el Señor, trato de aceptar todo por voluntad de Dios y por la esperanza de volver pronto a la misión. Gracias, P. Ravasio, por los contactos que mantienes por mí con los superiores mayores, que me ayudan a sentirme parte viva de nuestro Instituto». Estas son las últimas frases de una carta, quizá una de las últimas, enviada desde Bérgamo al P. Pietro Ravasio. En estas palabras se pueden ver los dos grandes principios que motivaron la vida y la misión del P. Alberto: la pasión por la evangelización y la pertenencia al Instituto.

El P. Alberto Ferri nació el 5 de septiembre de 1935 en Cologno al Serio, cerca de Bérgamo, tierra de familias llenas de fe y amor a la Iglesia. Era el primogénito de una familia de clase media y su padre quería que continuara su trabajo en la empresa familiar. Tras vencer la resistencia inicial de su padre, el joven Alberto ingresó en la escuela apostólica de Crema: en aquellos años, un numeroso grupo de jóvenes respondía a una eficaz animación misionera de la diócesis de Bérgamo. Alberto emitió sus primeros votos en el noviciado de Florencia el 9 de septiembre de 1954 y comenzó el escolasticado en Verona, pasando luego, para el curso de teología, a Venegono. Emitió sus votos perpetuos el 9 de septiembre de 1960 y fue ordenado sacerdote por el cardenal Giovanni Battista Montini, en la catedral de Milán, el 18 de marzo de 1961.

Su primer destino fue España, donde colaboró con el P. Enrique Faré en la administración de nuestras revistas.

Enviado, después de dos años, a Ecuador, comenzó su apostolado en Quito ocupándose de los indígenas de la periferia de la ciudad. Mientras tanto, el norte de Esmeraldas necesitaba misioneros generosos y atentos a las necesidades de los pobres. El P. Alberto fue enviado a Limones, una isla del Pacífico, donde realizó su labor pastoral con el P. Luigi Zanini, el P. Alberto Vittadello, el P. Lino Campesan y el P. Rafael Savoia. Desde Limones, repartiéndose el trabajo, atendían a las numerosas comunidades de afrodescendientes de los ríos Onzole y Santiago. Permaneció en Limones hasta 1972. Después de las vacaciones y del Curso de Renovación en Italia, que le impulsó a profundizar en el estudio de los documentos conciliares y de la nueva eclesiología de comunión, fue enviado por el obispo Mons. Angelo Barbisotti a Viche, en la carretera de Quinindé, para iniciar una nueva parroquia.

Todas las cartas de este período se recogen en un libro publicado por EMI, 1976, «Una Iglesia sobre los ríos». Reproducimos dos breves extractos, de los que se puede entender el estilo muy personal que el P. Alberto adoptó, desde los primeros años, como su metodología misionera permanente.

Viche, 8 de abril de 1978: «El Sábado Santo, durante la celebración de la Vigilia de Resurrección, bauticé a unos treinta nuevos cristianos, muchos de ellos adultos… El Señor ha resucitado verdaderamente y esto lo cambia todo. Lo anuncié el día de Pascua en tres zonas: Viche, Male y Lagartera. Me da mucha alegría y esperanza ver también en este mundo la victoria sobre la muerte, el mal, la injusticia, la miseria, el hambre, sobre todo lo que el Señor ya ha vencido con su resurrección».

Chigue, 3 de junio de 1972: «Aquí seguimos talando árboles para poder empezar a sembrar… He visitado zonas en las que nunca había estado, caminando por los ríos, pasando de cabaña en cabaña y reuniendo a la gente por la noche en un lugar preestablecido, llevándoles el poco consuelo que puedo, con medicinas y algunas risas… Para visitar una nueva capilla, estuve tres horas con el barro hasta las rodillas y con la mochila a la espalda, y creo que nunca había sudado tanto, y eso sólo para llegar a la primera cabaña. Toda mi vida es así: un continuo anunciar al Señor y un continuo despertar a esta pobre gente aislada».

En 1978 formó parte del primer grupo de combonianos que, fieles al carisma y atentos a las necesidades de otras diócesis, se prestaron a salir de Esmeraldas para iniciar una nueva experiencia misionera en la diócesis de Portoviejo, mucho más extensa que Esmeraldas y que contaba con muy pocos sacerdotes. Eligió la difícil zona de Honorato Vásquez donde, junto con el P. Livio Martini, dedicó trece años de su vida visitando y formando numerosas comunidades cristianas.

Tenía una metodología que nosotros, los combonianos en Ecuador, hicimos nuestra y que dio muchos frutos pastorales. Consistía en involucrar y comprometer a la gente: a los laicos locales, no sólo a ser fieles a las promesas bautismales, sino también a comprometerse con la construcción y el crecimiento de su comunidad cristiana. De esta atención surgieron los diversos ministerios, con personas que seguían los distintos cursos de formación para convertirse en guías de comunidad, catequistas, ministros de la Eucaristía, ministros de la salud, ministros de la capilla y de los pobres. El P. Alberto también supo responsabilizar a los laicos en la administración del dinero de la comunidad, hasta el punto de iniciar, como su última obra, una cooperativa de ahorro.

De esta implicación de la gente, pero sobre todo de su ejemplo y de su estilo de vida, nacieron las primeras vocaciones a la vida religiosa, misionera y diocesana en una tierra donde era difícil prever tanta riqueza. Además, precisamente en este período y en línea con el fuerte compromiso que el P. Alberto pedía a los cristianos, nació el grupo de las «misioneras laicas», chicas que se comprometían al servicio de la Iglesia local para una actividad misionera en las zonas de la diócesis que, por diversas razones, requerían una presencia misionera. Este grupo se fue definiendo cada vez mejor, hasta convertirse en una asociación de personas consagradas, aprobada por el obispo.

Recordemos que Mons. Mario Ruiz, arzobispo de Portoviejo, repetía siempre que la metodología del P. Alberto era «admirable», pero no «imitable».

De hecho, era extremadamente meticuloso y exigente a la hora de programar las visitas a las comunidades sin dejar ninguna de lado y, sobre todo, a la hora de ser fiel, a cualquier precio, al compromiso adquirido con Dios, con la gente y con el Instituto. Había hecho suyo el lema de Comboni: «Tengo una vida, ojalá tuviera mil para entusiasmar al mundo con las misiones».

Honorato Vásquez lo envió, con gran sufrimiento por su parte, a El Carmen, para continuar la labor pastoral en las numerosas comunidades rurales, donde permaneció siete años. Sin embargo, el P. Alberto quería ocuparse de «Manga de cura», donde los cristianos eran más numerosos, y así, desde 1988 hasta su muerte, permaneció en esa zona, con el P. Antonio Mangili. Fundó la parroquia de La Bramadora y El Paraíso-La 14 y también tenía en proyecto las parroquias de Santa Teresa y Santa María.

Durante todos estos años, se construyeron numerosas capillas e iglesias con la colaboración de la gente, muchas aulas de catequesis y edificios para albergar los cursos de formación de sus colaboradores. En muchas capillas, la comunidad crecía con tanto fervor que dejó allí la Eucaristía.

En 2008, los médicos le diagnosticaron un tumor en el páncreas, pero después de un ciclo de quimioterapia, el P. Alberto quiso volver a su misión de La 14 para ayudar a los jóvenes sacerdotes de la archidiócesis a continuar su labor pastoral.

En abril de 2009 pidió a la Dirección General permanecer en familia para recibir cuidados en la casa de su hermano Mario, en Bérgamo, cerca del hospital «Beato Luigi Palazzolo». En las últimas semanas, su hermana quiso llevarlo cerca de su madre, de 103 años, también gran misionera como su hijo. Murió serenamente, abrazando al P. Enea Mauri, que había ido a visitarlo, en la tarde del 16 de octubre en Cologno al Serio, en la casa paterna.

Sólo la insistencia de los obispos locales y de la gente impulsó a los familiares a aceptar que el cuerpo del P. Alberto regresara a tierra manabita para permanecer allí y ser un «punto de referencia misionero y sacerdotal para los obispos, el clero y los fieles manabitas», en particular durante este año sacerdotal.

El P. Alberto fue un verdadero hijo de San Daniel Comboni. Se le puede aplicar lo que se escribió sobre el Fundador en los documentos para la canonización: «Desde que tomó conciencia de la autenticidad de su vocación misionera, toda su vida se convirtió en una dedicación sin reservas, coherente y constante frente a todas las dificultades. Su celo parecía sostenido constantemente por la fe en el valor universal del sacrificio de Cristo y por la urgencia de su mandato de evangelizar a todos los pueblos».

Tomado del Mccj Bulletin n. 242 suppl. In Memoriam, octubre de 2009, pp. 70-76.

70 años de presencia comboniana en Esmeraldas

Los Misioneros Combonianos llegaron a Ecuador el 2 de abril de 1955. De inmediato – 11 días más tarde – asumen el trabajo pastoral de la Prefectura de Esmeraldas. El Papa Pio XII había invitado a los Combonianos a abrir esta nueva misión, fue, movido por la situación de extrema pobreza social y religiosa de los grupos afrodescendientes. Hoy, 70 años después de la llegada a Esmeraldas, el Consejo General ha enviado un mensaje a los misioneros combonianos que trabajan en Ecuador, que publicamos a continuación. (En la foto, Mons. Eugenio Arellano, obispo emérito de Esmeraldas).

Mensaje del Consejo General

Entren por sus puertas con acción de gracias; vengan a sus atrios con himnos de alabanza;
denle gracias, alaben su nombre.
” (Salmo 100,4)

Queridos Cohermanos,
reciban nuestro saludo fraterno en esta memorable celebración del 70 aniversario de nuestra llegada a las hermosas tierras de Esmeraldas en Ecuador.

Ha sido un largo y fructífero camino de presencia misionera comboniana iniciado con una inspiración del Espíritu Santo, Quien a través de la invitación fraterna del Papa Pío XII invitó a los Misioneros Combonianos a tomar la misión de Esmeraldas.

La actividad pastoral en la Prefectura de Esmeraldas, iniciada bajo el liderazgo de Monseñor Angelo Barbisotti, ha sido siempre una oportunidad para servir al Señor, caminando con el pueblo de Dios en estrecha comunión con los pastores, que fueron también Misioneros Combonianos, Mons. Enrique Bartolucci y Mons. Ezequiel Eugenio Arellano. Particular atención en el servicio misionero se ha prestado siempre a las diversas zonas y etnias del Vicariato, especialmente afro e indígenas. Al estilo de San Daniel Comboni, nuestros misioneros se esforzaron siempre por hacer causa común con la gente. Por ello la pastoral afro nació en Esmeraldas y a partir de Esmeraldas se ha expandido a toda América Latina. El reconocimiento ofrecido por la Universidad Católica a nuestro cohermano P. Raffaello Savoia por su compromiso en el campo de la pastoral afro, atestigua que el corazón de Comboni sigue alimentando un gran amor y cuidado pastoral por los afros a través de sus misioneros.

La misión continúa y nuestra presencia actual en las parroquias de La Merced, de Borbón y de San Lorenzo son un signo claro de nuestro humilde servicio en el Vicariato. Renovamos nuestro compromiso de seguir trabajando junto a muchos laicos comprometidos que comparten con nosotros la pasión de San Daniel Comboni.

A toda la familia comboniana, a las personas que caminan con nosotros y al Vicario Apostólico Antonio Crameri, SSC, nuestra gratitud de corazón.

Que el Señor de la Misión siga concediendo a todos el don del Espíritu Santo en un renovado entusiasmo por la misión en el Vicariato de Esmeraldas.

Fraternalmente,
El Consejo General
Roma, 4 de junio 2025

comboni.org

Misioneras de la dignidad humana, sembradoras de paz

El pasado 12 de mayo fallecía en Santa María de los Cayapas (Ecuador) la Hna. Amparo Flores Torres,  misionera comboniana mexicana (en el centro de la foto). En su memoria publicamos este pequeño artículo de otra comboniana, la Hna. Gabriella Botani, en el que nos comparte la realidad de la misión en la que vivió y murió la Hna. Amparito.

comboniane.org

 “Madre”. Oí repetir esta palabra cientos de veces mientras visitaba la comunidad de las Hermanas Misioneras Combonianas en Santa María de los Cayapas. La comunidad de las Hermanas es un lugar de encuentro, un espacio para ser escuchado, para encontrar a alguien en quien confiar. A Santa María, en el río Cayapas, se llega en poco más de dos horas de canoa a motor. Las Hermanas Misioneras Combonianas llegaron aquí hace más de cincuenta años y desde entonces se dedican a la formación de la comunidad cristiana, formando líderes comunitarios como catequistas y diáconos permanentes, promoviendo la educación y la salud, y prestando especial atención a las mujeres. No lejos de la frontera con Colombia, la región está habitada por las comunidades indígenas del pueblo Chachi y afrodescendientes, que han vivido pacíficamente en este territorio durante cientos de años. Esta tierra es rica en agua, vegetación y minerales.  En este contexto, que hoy está profundamente marcado por la falta de oportunidades para los jóvenes, la contaminación de las aguas debido a la explotación ilegal de las minas, los combonianos continúan su presencia misionera privilegiando su compromiso con la pastoral educativa formal en la escuela: que acoge a alumnos de primaria y estudiantes hasta la graduación de bachillerato, con dos cursos superiores de perito agrícola e informático. En estas zonas de difícil acceso, el principal reto es ofrecer una escuela de calidad que permita a los alumnos acceder a estudios universitarios. Escuchar los sueños de los jóvenes de la escuela Santa María es maravilloso: Yo sueño con ser veterinaria, yo profesora de idiomas, yo azafata…. Y pensar que hasta hace unos años, los jóvenes de aquí no soñaban. Hay muchos alumnos de Santa María que han ido a la universidad, entre ellos muchos de los profesores de la escuela. Otros dos éxitos registró esta pequeña escuela en 2023/24: un alumno obtuvo el primer puesto como mejor estudiante de todas las universidades católicas del Ecuador; la escuela, por el curso de perito agrícola, ganó un importante premio por un proyecto que hizo autónoma a la ciudad de Santa María para la producción de esquejes de cacao, un cultivo particularmente apreciado en la región.

Estamos en el vicariato de ‘Esmeraldas’, que corresponde al distrito administrativo, cuya capital y sede episcopal lleva el mismo nombre del distrito. Llegué aquí bajando de los Andes ecuatorianos hacia la costa norte del país. Estamos en la “provincia verde esmeralda”, de ahí el nombre de esta región Esmeraldas. Aquí llegaron las Hermanas Misioneras Combonianas a mediados de los años cincuenta para colaborar con los Misioneros Combonianos del Corazón de Jesús, a quienes el Papa Pío XII había confiado el vicariato.

Con vistas al océano Pacífico en la costa norte del país, hasta la frontera con Colombia, esta tierra está habitada por descendientes de africanos traídos a estas tierras como esclavos y por comunidades indígenas, que han coexistido pacíficamente durante siglos.

Desde sus inicios, los Padres, Hermanos y Hermanas Combonianos han recorrido el territorio en canoa, a pie, en coche y otros medios de transporte para organizar comunidades cristianas y formar catequistas, respetando la realidad cultural local. La familia comboniana ha marcado la formación de la Iglesia y la Sociedad en Esmeraldas: San Daniel Comboni es reconocido como el padre fundador de la Iglesia y las Misioneras y Misioneros como verdaderos testigos del Evangelio, mujeres y hombres comprometidos con el anuncio de la Palabra de Dios y la promoción del desarrollo humano integral, construyendo escuelas y centros de salud, e impulsando procesos para contrarrestar la discriminación que vive la población afrodescendiente. Hoy, las Hermanas Combonianas viven el gran desafío de la creciente violencia causada por la penetración de grupos armados y del narcotráfico en el territorio, continuando con el mismo compromiso y pasión. La presencia de las “Madres”, mujeres del Evangelio, es una presencia profética, testigos y sembradoras de paz.

Gabriella Botani, smc
Coordinación General de Misiones

I Asamblea internacional ECOPAX

Del 19 al 21 de enero de este año 2024 se encontraron 46 laicos de diversos lugares de México, Ecuador y Estados Unidos, comprometidos en la Misión Social de Paz inspirados en los principios misioneros de San Daniel Comboni.

El encuentro se realizó en la ciudad de Sahuayo Michoacán teniendo como sedes el Centro Cultural de Paz que anima ECOPAX-Sahuayo y el Seminario Misionero Comboniano del mismo lugar.

Este encuentro, organizado y animado por ECOPAX-Sahuayo tuvo como finalidad compartir experiencias, iniciativas y procesos de paz en los diferentes contextos en los que desarrollan esta misión social los animadores y animadoras de ECOPAX para fortalecerse y animarse mutuamente en esta tarea misionera en ámbito social que se siente cada vez más necesaria y urgente en todos los ámbitos de convivencia humana.

El encuentro terminó con la definición de compromisos y metas comunes para este año 2024 a nivel local e internacional. Se concluyó con la misa de acción de gracias en el seminario comboniano y una comida que ofrecieron las personas beneficiarias del Centro Cultural de Paz de Sahuayo y sus familias, como agradecimiento por los beneficios que reciben de ECOPAX.