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La Familia comboniana en el mundo

Cuando se cumplen 195 años del nacimiento de nuestro fundador, San Daniel Comboni, les presentamos este dossier sobre la Familia Comboniana, formada por los Misioneros Combonianos, las Misioneras Combonianas, las Misioneras Seculares Combonianas y los Laicos Misioneros Combonianos. Son diferentes maneras de vivir el carisma dado a la Iglesia a través de un gran hombre y un santo misionero.
La Familia Comboniana

La Familia Comboniana es una comunidad de personas que nace en torno a la figura de un misionero, San Daniel Comboni, un hombre nacido hace casi dos siglos, el 15 de marzo de 1831, en un pequeño pueblecito a orillas del lago de Garda, Limone.

Desde Limone sul Garda, Daniel partió para estudiar en Verona, en el Instituto de Don Mazza, y para comprender, con una visión de futuro aún no apagada, cómo un continente lejano como África, desde entonces y aún hoy expoliado de sus riquezas naturales y humanas, tenía la necesidad de emprender un camino que partiera de sí mismo, de su gente.

Daniel invocaba entonces una misión y una Iglesia capaces de unir fuerzas para la salvación de África y de sus pueblos. Es el mismo anhelo que mueve hoy a la Familia Comboniana.

En ese Plan para la regeneración de África que Comboni, por una intuición carismática, comienza a soñar a los pies de la tumba de San Pedro el 15 de septiembre de 1864, se dibuja un mundo diferente que se resume en un lema: «Salvar África con África». Un lema que sueña con convertir a las personas en protagonistas de su presente y su futuro a partir de las realidades cotidianas en las que viven, de las esclavitudes antiguas y modernas que les son impuestas por una riqueza occidental cada vez más ávida.

Comboni sabe que la primera herramienta para la salvación es la educación. Se dedica, ante todo, a la formación de maestros y artesanos, así como de catequistas, religiosas y sacerdotes, para que cada persona, dentro de su propia comunidad, encuentre su manera de vivir el Evangelio, la cercanía y el compartir. Así nace el embrión de un movimiento misionero que reúne a religiosos y laicos, hombres y mujeres, autóctonos y expatriados, capaces de compartir necesidades e intereses en la complementariedad de un objetivo que parte de la conciencia de que cada persona se salva si todos se salvan, que cada persona puede llegar a ser lo que es si los demás tienen la misma posibilidad. Es un proyecto de humanidad que no se limita al continente africano, sino que extiende su huella a toda Europa, que debe conocer esa tierra lejana y contribuir a la salvación.  Comprendiendo la importancia no sólo de la formación, sino también de la información, Comboni piensa en una revista: «Gli Annali del Buon Pastore» (Los Anales del Buen Pastor).

Es una época de trata de esclavos, de grandes discriminaciones basadas en el color y en las diferencias religiosas, Comboni comprendía la necesidad de unir los mundos del saber de entonces, el mundo civil, cultural y político, tendidos hacia una causa común. Su sueño transcendió el tiempo, su sueño sigue siendo actual, no sólo porque se ha cumplido la frase que él mismo pronunció: «Yo muero, pero mi obra no morirá», sino porque aún hoy vivimos una época de esclavitud y de pensamientos de supremacía.

La obra de Daniel vio nacer los institutos religiosos de las Hermanas Misioneras Combonianas y los Misioneros Combonianos y, en tiempos más recientes, las Misioneras Seculares Combonianas y los Laicos Misioneros Combonianos. Así, su anhelo –«si tuviera mil vidas, las daría todas por la misión»– ha seguido manifestándose a lo largo del tiempo, en las vidas de quienes han elegido continuar el Plan, traducirlo en el camino de una familia, la Familia Comboniana.

Somos hombres y mujeres capaces de ampliar los horizontes geográficos de ese sueño, abriéndonos a servir a los más pobres y abandonados presentes tanto en África como también en Europa, América y Asia; en esos lugares fronterizos, en las periferias de un mundo global que se convierte en Casa común, esa Casa que la Familia Comboniana habita allí donde vive su cotidianidad.

Les presentamos, pues, nuestra Familia, una Familia que sigue las huellas de San Daniel Comboni, con la esperanza de que quieran formar parte de un grupo de personas que va más allá de estar físicamente en el mismo lugar haciendo las mismas cosas. Somos una Familia que quiere compartir y acoger la riqueza que reside en la singularidad de cada persona, donde la diversidad del otro se convierte en un don que nos ayuda a comprender mejor nuestra propia identidad.


Misioneros Combonianos
Consejo General de los Misioneros Combonianos

Los Misioneros Combonianos somos una institución misionera católica presente hoy en más de 40 países, en todos los continentes. Nuestra misión es anunciar el Evangelio de Jesucristo, especialmente a los pueblos y grupos humanos que aún no lo conocen.

Todos los misioneros nos consagramos a Dios para esta misión: somos unos 1.500 en total. La mayoría son sacerdotes, aunque todavía hay un número significativo de hermanos, que participan plenamente en la misma misión a través de las más diversas competencias profesionales. Juntos, nos esforzamos por estar atentos a las necesidades concretas de las poblaciones a las que somos enviados, especialmente en el ámbito de la promoción humana, la educación, la salud, las comunicaciones y el desarrollo integral.

Procedentes de Europa, África, América y Asia, los Misioneros Combonianos trabajamos prioritariamente en contextos marcados por la pobreza, la marginación, la injusticia y formas nuevas y antiguas de esclavitud. En estos entornos nos preocupamos de formar comunidades cristianas vivas, capaces de ser fermento de promoción humana y transformación social. Nuestro servicio está animado por la esperanza de contribuir a la construcción de un futuro en el que la humanidad pueda vivir en armonía con la Madre Tierra, en paz entre los pueblos, reconociéndose en la dignidad común de hijos e hijas de Dios.

Fundados por San Daniel Comboni a mediados del siglo XIX, con el sueño de llevar el Evangelio y un desarrollo integral a los pueblos de África, los Misioneros Combonianos trabajamos hoy en todos los continentes. Estamos presentes tanto donde es necesario iniciar nuevas comunidades cristianas, como donde es necesario acompañar y apoyar a las Iglesias locales jóvenes, aún en fase de crecimiento y consolidación.

En el contexto del fuerte aumento de los flujos migratorios de nuestro tiempo, los Misioneros Combonianos desempeñamos hoy una parte significativa de nuestra misión también en el hemisferio norte, en particular en las periferias humanas y sociales de las grandes ciudades. En estos entornos compartimos la fe cristiana como fermento de fraternidad, diálogo intercultural y amistad social entre personas de diferentes pueblos, culturas y religiones.

El lema que guio a San Daniel Comboni, «Salvar África con África», sigue inspirando profundamente a los misioneros y misioneras combonianos. Se traduce en el compromiso de responsabilizar y emancipar a las personas y comunidades locales, para que sean protagonistas de su propio crecimiento cristiano, social y humano. Este estilo misionero se expresa de manera particular en la formación de líderes locales, tanto en las comunidades eclesiales como en los proyectos de desarrollo y justicia social.

En el corazón de cada misionero comboniano sigue «ardiendo la llama» que san Daniel vio salir del corazón abierto de Cristo en la cruz, en un momento contemplativo especial, en la basílica de San Pedro, en Roma, el 15 de septiembre de 1864: es el amor recibido del Corazón de Cristo, Buen Pastor, que aún hoy nos impulsa a ir al encuentro de los más pobres y abandonados. Dondequiera que seamos enviados, esta llama de amor nos anima a entablar un diálogo respetuoso con todos, para compartir la fe y promover caminos de fraternidad que reaviven la esperanza en un mundo reconciliado y en paz.

El carisma misionero donado por Dios a San Daniel Comboni es hoy compartido por diferentes realidades que, en su conjunto, constituyen la Familia Comboniana. Por ello, siempre que es posible, colaboramos estrechamente con las Hermanas Misioneras Combonianas, las Misioneras Seculares Combonianas y los Laicos Misioneros Combonianos. Cada grupo vive y encarna, según su vocación específica, el mismo espíritu misionero que animaba al Fundador.

El carisma de San Daniel Comboni es un don para toda la Iglesia y está abierto a múltiples formas de participación. Parte de la misión de las comunidades combonianas es también compartir este espíritu con las Iglesias de antigua fundación, para que puedan renovar su impulso misionero y colaborar activamente en el anuncio del Evangelio y en gestos concretos de solidaridad, justicia y paz, signos visibles del amor de Dios por toda la humanidad, sin distinción alguna.

Para más información: comboni.org


Misioneras Combonianas
Consejo General de las Misioneras Combonianas

Nacimos de un gran sueño de San Daniel Comboni, de un ideal que nos llena el corazón. Comboni nos dejó una herencia que es gracia y responsabilidad, don y conquista. Veía en nuestra identidad de mujeres misioneras la imagen de las mujeres del Evangelio, como escribió en una de sus cartas: «Si no tuviera tantas ocupaciones, me gustaría darles una idea del apostolado de estas hermanas, la verdadera imagen de las antiguas mujeres del Evangelio» (E. 3554).

Desde entonces, el testimonio de María Magdalena, de las mujeres que llevaban los aromas, de la samaritana, de la mujer que amasa el pan, de las mujeres estériles y hechas fértiles, junto con el de las otras discípulas de Jesús, ilumina nuestro camino y nuestra dedicación misionera como hermanas combonianas.

Como María Magdalena, María la de Santiago y Salomé, que preparando perfumes y movidas por el Amor, van al sepulcro para ungir el cuerpo del Maestro, como estas tres mujeres, pequeña comunidad como muchas de nuestras comunidades, nos sentimos animadas a ponernos en camino cuando aún es de noche, con los ojos y los oídos atentos a los gemidos de la humanidad y del cosmos, a cuidar de la vida más herida, de todas las formas de vida y también de la muerte; a realizar gestos que parecen carecer de sentido; a cuidar de lo que otras personas han abandonado; a reconocer los signos de renacimiento presentes en la historia y ser nosotras mismas generativas; a ser amantes de la Vida y tener el valor y la docilidad de penetrar en el Misterio y dejarnos transformar por Él.

Muchas de nosotras conocemos tierras áridas, aparentemente sin vida, pero la experiencia nos dice que incluso el desierto tiene un potencial generativo, al igual que las mujeres estériles de la Biblia guardan en sí mismas una fecundidad que nadie les puede quitar. Es precisamente en los desiertos geográficos y existenciales donde anunciamos la Fuente de agua viva. A menudo, las realidades a las que somos enviadas parecen tierras áridas, convertidas en tales por la explotación y la violencia sufrida, pero están abiertas a acogernos, con la esperanza de un renacimiento.

Nuestra misión es ser pan, alimento y alegría; existencia entregada para aliviar el sufrimiento humano, para vivir el compartir y movilizar relaciones auténticas y humanizadoras. La mujer de la parábola une la harina, el agua y la levadura; nuestras manos mezclan nuestros conocimientos con los conocimientos de los pueblos a los que somos enviadas. Amasamos el pan de la existencia en sinergia con las fuerzas de otras mujeres y hombres, de organizaciones religiosas y civiles, para construir relaciones comunitarias y solidarias.

Los caminos recorridos son muchos: desiertos y bosques, periferias y fronteras, caminos de tierra, ríos y asfalto, pueblos y ciudades. Nos expresamos a través de diferentes ministerios, pero con un único deseo: cuidar de la vida, de la vida empobrecida y explotada que incluye los cuerpos humanos, pero también los cuerpos-territorio de la tierra, el agua, los bosques, igualmente empobrecidos y explotados. El cuidado es un camino de reciprocidad, porque al cuidar nos sentimos cuidadas, y también porque cuando un ser es violado, toda la red de la vida sufre. El cuidado es un acto comunitario y político. Es ternura, pero también transgresión contra un sistema dominante.

La mujer sin nombre que dialoga con Jesús, la Samaritana, nos recuerda la capacidad de ir más allá de nuestros límites y fronteras, de establecer relaciones en las que circula el poder, de reconocernos capaces de abandonar nuestras seguridades y convicciones para lanzarnos hacia caminos inéditos. La mujer samaritana y el hombre judío que la encuentra en el pozo nos hablan del encuentro posible entre etnias diferentes y de la superación de los prejuicios que separan a hombres y mujeres. Su diálogo pasa de la esfera material a la espiritual, como suele ocurrir en la misión cuando, tras satisfacer las necesidades primarias, se llega, con humildad, a hablar del Misterio, a dar testimonio del Dios-Presencia que rompe todos los esquemas en los que intentamos encerrarlo.

«La Sabiduría clama por las calles, en las plazas hace oír su voz»; Jesús anuncia en las calles y en las casas; Comboni se adentra en los patios y en los desiertos. Alimentados por una espiritualidad femenina, bíblica y místico-política, nuestros pasos siguen sus huellas, anunciadoras de relaciones de reciprocidad, de una humanidad reconciliada consigo misma y con toda la creación.

Para más información: misionerascombonianas.org


Misioneras Seculares Combonianas

«El Señor también os ha elegido para colaborar con la oración, la entrega total de vosotras mismas y la obra del apostolado, incorporándoos a la misma familia fundada por nuestro padre monseñor Daniel Comboni». Esta expresión del padre Egidio Ramponi –a quien se debe la idea fundacional de nuestro Instituto– dirigida a las cuatro primeras jóvenes que el 22 de agosto de 1951 que se entregaron al Señor en lo que sería el Instituto Secular de las Misioneras Combonianas, contiene el núcleo esencial de nuestra vocación y pertenencia a la Familia Comboniana.

La aprobación pontificia del 22 de mayo de 1983 fue una etapa importante para nuestro Instituto, un punto de llegada de una historia que ha ido evolucionando, pero también un punto de partida para un camino que nos ha llevado a enfocar mejor nuestra identidad, hasta hoy. La reciente aprobación de las Constituciones actualizadas, fruto de un largo período de reflexión, es una señal de ello.

Nuestro propio nombre, Misioneras Seculares Combonianas, expresa la identidad de nuestra vocación, que se fundamenta en la misma experiencia de Cristo vivida por Comboni, en su amor por los últimos y en «hacer causa común con ellos». Compartir su pasión por Cristo y por la humanidad se traduce en la entrega total de nosotras mismas en respuesta a la llamada, a través de la profesión de los consejos evangélicos.

Una pasión que se alimenta del encuentro personal con el Señor, del que brota el deseo de compartir con todas las personas, y en particular con las más alejadas, la Buena Nueva del Evangelio, para que todos puedan conocerlo, encontrarlo y tener vida en abundancia (cf. Jn 10, 10).

La «secularidad» es la dimensión que caracteriza el espíritu y la forma en que encarnamos el don del carisma comboniano; esto nos une a la condición de todos los cristianos laicos que viven en el mundo, insertados en su propio ambiente social, profesional y eclesial.

Es una forma de vida que tiene su referencia en la Encarnación del Hijo de Dios y que implica una plena pertenencia a la historia, vivida al estilo de Jesús, el más humano de los hombres, hijo y hermano de todos, que nos lleva a compartir las mismas situaciones, incluso de precariedad e incertidumbre, de la mayoría de la gente común, a hacernos cargo de los retos, los sufrimientos y las esperanzas de la humanidad.

Como Misioneras Seculares Combonianas estamos integradas, cada una en su propio entorno, en su propia situación, viviendo de su propio trabajo. Esta es nuestra forma de transformar el mundo desde dentro con el espíritu del Evangelio.

En sintonía con las imágenes evangélicas de la sal y la levadura, elementos sencillos de la vida cotidiana que actúan desde dentro, ponemos el acento en ser fermento misionero en cada realidad y situación humana, más que en la visibilidad de la organización, de las obras o de las estructuras. Este es el elemento que nos une a todas en la pluralidad de situaciones de vida, entornos, actividades, edades, y que se manifiesta en una multiplicidad de formas de vivir y expresar la misión.

Cultivamos una actitud de apertura a las situaciones fronterizas en nuestro país o en otros países, dispuestas a ir a las diferentes periferias del mundo. Un «ir» que es ante todo salir de nosotras mismas, de nuestros estrechos límites, para ampliar los horizontes al mundo entero, sobre todo a las personas más pobres, a los últimos…; una actitud que impregna toda nuestra experiencia y que puede concretarse también en la elección de un servicio en contextos o lugares diferentes a los de la vida ordinaria.

Nos anima el deseo de mantener viva en todas partes esa apertura misionera que hace del partir hacia los últimos el criterio, no solo de una auténtica vida evangélica, sino también humana.

Nos sentimos llamadas a vivir en primera persona esta «tensión de salida», siendo testigos de ella también ante los demás de todas las formas posibles, en las relaciones interpersonales, en las diferentes situaciones cotidianas, en las comunidades cristianas y en todos los contextos de vida y compromiso, también a través de iniciativas específicas, abiertas a la colaboración con todas las personas de buena voluntad.

Para más información: secolaricomboniane.it


Laicos Misioneros Combonianos
Coordinación general LMC

Desde los inicios de su misión, San Daniel Comboni llevó con él a laicos que pudieran colaborar en África, que pudieran compartir sus profesiones y así ayudar las comunidades necesitadas de desarrollo. Él decía que los misioneros laicos “contribuyen a nuestro apostolado más de lo que los sacerdotes participan en la conversión, porque los alumnos negros y los neófitos están con ellos durante un período de tiempo bastante largo. Éstos, con el ejemplo y la palabra son verdaderos apóstoles para los alumnos, quienes les observan y los escuchan más de lo que pueden observar y escuchar a los sacerdotes” (E 5831).

Y no solo los misioneros, sino que creía que la formación de los laicos y laicas constituía un elemento central de su manera de hacer misión, el insistía en Salvar África con África: “Todos mis esfuerzos están dirigidos a fortalecer estas dos misiones donde preparamos buenos individuos indígenas de las tribus centrales, para que ellos se conviertan en apóstoles de fe y de civilización en su patria” (E 3293); “he conseguido formar competentes maestros y catequistas negros, además de zapateros, albañiles, carpinteros, etc. y proveer las estaciones de Jartum y Cordofán. Indígenas así formados son indispensables para la existencia de una misión”. (E3409).

Representantes de los LMC en la asamblea de Europa

Representantes de los LMC en la asamblea de América

Representantes de los LMC en la asamblea de África

A la luz de este carisma muchos laicos y laicas que acompañaban a los religiosos en las animaciones misioneras de sus países pidieron también poder ser misioneros y misioneras e ir con esta vocación a otros países. Así, a finales de los años ochenta, surgieron los grupos de Laicos Misioneros Combonianos. Grupos de laicos dispuestos a poner sus competencias profesionales y su vida al servicio de la misión. Comboni nos quería Santos y Capaces, por ello nuestro empeño como cristianos es poder compartir nuestra vida de fe y nuestra experiencia profesional con las personas que más lo necesitan.

LMC de México

Actualmente estamos presentes en 21 países de Europa, América y África colaboramos tanto en comunidades internacionales, donde LMC de diversos países nos unimos para tener una presencia misionera común y compartir nuestra vida con las comunidades que lo necesitan en las periferias de las ciudades o en las zonas rurales donde muchos son olvidados, como en nuestros países de origen donde, como laicas y laicos insertos en la sociedad, intentamos plantear un estilo de vida alternativa y solidario con los excluidos de este mundo.

A modo de ejemplo podríamos contaros lo importante de ofrecer formación en agricultura ecológica en el nordeste de Brasil para desde el acompañamiento y formación de las comunidades hacer frente a los grandes latifundios o a las empresas de minería extractivista.

Lo mismo ocurre en la República Centroafricana, donde acompañamos a la población Pigmea-Aka en sus campamentos, con escuelas de integración y procuramos que se les reconozcan sus derechos como ciudadanos de primera en una sociedad que trata de relegarlos.

En Mozambique también estamos empeñados en la formación profesional de los jóvenes de comunidades rurales, ofreciéndoles una cualificación que les permita acceder al mercado laboral, o acompañando a las innumerables comunidades de la parroquia que viven en el interior, donde casi nada llega.

O en las periferias de las grandes ciudades latinoamericanas (Perú, Brasil, Guatemala…) donde hay tantas personas que intentan sobrevivir y ganarse la vida, personas que migran desde el interior para procurar trabajo en la ciudad, pero que a menudo apenas sobreviven por la precariedad laboral que encuentran.

También en Europa encontramos muchas personas migrantes que acompañar, personas procedentes de los países donde estamos presentes y a las que también acompañamos desde nuestra experiencia misionera de vida en África o América, e intentamos que se sientan tan acogidos como nosotros nos sentimos en sus países; acompañándolas y apoyándolas en su integración en la nueva sociedad.

Y todo ello queremos vivirlo desde nuestras comunidades locales, porque sentimos que nuestra llamada misionera ha sido a vivir esta vocación desde la comunidad; por ello nos reunimos para formarnos, rezar, compartir nuestra vida, nuestros sueños y nuestro compromiso misionero.

Para más información: lmcomboni.org

Cuaresma, Ramadán… Tiempo de ayuno, tiempo de desierto

Por: Hna. Cecilia Sierra, smc

Como Jesús, también nosotras fuimos conducidas al desierto, al mismo desierto de Judea.

Nos esperaban. Sin maquillaje, con ojos cansados, labios resecos y manos agrietadas. Las mujeres beduinas —que suelen llegar con vestidos vivos y un delicado toque que realza la dignidad de sus rostros— hoy estaban distintas. Es el primer día de Ramadán y el ayuno ya se siente: nada de comida ni agua desde el alba hasta el ocaso.

El Ramadán transforma el ritmo de estas tierras. Antes del amanecer, las familias comparten el suhoor; luego el día se vuelve lento y silencioso. Hacia la tarde el cansancio se hace visible y muchos regresan con prisa para preparar el iftar. El hambre revela la fragilidad humana. Al caer el sol, la oración abre el momento sagrado de romper el ayuno con agua y dátiles.

En el desierto de Judea, entre mantas gastadas y láminas de zinc que crujen al viento, el ayuno es más austero. Vulnerables, sin servicios básicos, el sacrificio es concreto y cotidiano.

Coinciden las fechas: comienza el Ramadán y la Iglesia inicia la Cuaresma. “¿Ayunan ustedes?”, preguntan incluso los niños. Amir, beduino de siete años, ya ayuna. “Su espíritu se fortalecerá”, afirma su madre con la firmeza de quien ha aprendido a resistir.

Pronto emerge lo más doloroso: una situación agravada, una incertidumbre que pesa más que el hambre. Nuestra presencia se vuelve encuentro, espacio para compartir lo que nos une y reconocemos como sagrado. Caminos distintos, una misma sed, un solo Dios. El Espíritu conduce al desierto. En su inmensidad, la necesidad de lo divino se hace más honda. Dios habita también la intemperie.

Quizás el desierto no sea el lugar donde todo falta, sino ámbito de discernimiento. La aridez enseña a custodiar lo esencial, lo nuevo y lo santo; a abrir espacio para que su Palabra desenmascare engaños y sostenga la virtud.

El Espíritu nos conduce al desierto para que el ayuno no sea solo privación, sino fortaleza y solidaridad; para que la oración sea escucha y tu vida y la mía se vuelvan presencia cercana y consuelo para quien clama a Dios compasión y misericordia. Por eso, como a Jesús, el Espíritu sigue llevándonos al desierto.

Fallece la Hna. Conchita Vallarta, primera comboniana mexicana

Ayer, 17 de diciembre, falleció en la Ciudad de México la Hna. Concepción Vallarta Marrón, la primera misionera comboniana originaria de México. Tenía 90 años, de los cuales pasó 25 en Eritrea como misionera. Desde hace unos años residía en la comunidad de las misioneras combonianas en la colonia Lindavista, donde recibía los cuidados necesarios debido a su edad y estado de salud. En su memoria, reproducimos una entrevista que le hizo Esquila Misional el pasado mes de marzo. Descansa en paz, querida Conchita.

Hna. Conchita Vallarta, primera comboniana mexicana

10 días de animación misionera en España

Por: José de Jesús García
desde Palencia, España

La Hna. Sonia De Jesús García (mi hermana), originaria de Chilpancingo, Guerrero, realiza su misión en Zambia, África. En Zambia, la lengua oficial es el inglés.  Sonia al venir de vacaciones para México, tuvo la oportunidad de pasar a España del 25 de agosto al 04 de septiembre para visitarme. Tiempo que aprovechamos para realizar animación misionera visitando comunidades combonianas, amigos e incluso la feria del libro en Palencia.  Al día siguiente de su llegada partimos hacia Granada, al sur de España.

En Granada se encuentra el Escolasticado Comboniano y una Comunidad de las Misioneras Combonianas. El miércoles 27, la Hna. Lilia Karina Navarrete Solís, comboniana mexicana, organizó con las hermanas de su comunidad la Santa Misa y una comida para dar la bienvenida a Sonia.  Lilia y Sonia fueron compañeras de grupo y se prepararon juntas en Roma para su profesión perpetua. En la misa, durante la homilía Sonia, nos compartió su experiencia misionera, en Zambia, todos escuchamos con gran interés. Y durante la comida, las Hnas. Isabel González y Carmen Martín le hicieron muchas preguntas a nuestra misionera visitante, sobre las dificultades y esperanzas en la misión. Sonia les dio respuestas, con la alegría y el optimismo que la caracterizan. 

Posteriormente el viernes 29, partimos de mañana en autobús hacia Palencia. En nuestra comunidad comboniana, Sonia fue recibida con grande alegría. Actualmente vivimos 13 misioneros, la mayoría ya mayores.  El domingo siguiente, me tocó presidir la Santa Eucaristía en nuestra casa y Sonia compartió sus vivencias misioneras durante la misa, estando presentes: el P. Ángel Lafita, el P. José Javier Parladé y el P. José Luis Vale Insua, grandes veranos de la misión. Fue un tiempo oportuno, en que Sonia nos compartió su experiencia reavivando en ellos, los tiempos buenos, en que ellos estuvieron activos en las misiones.

El lunes 1 de septiembre visitamos a la familia Lorenzo Pérez, en Relea de la Loma, ubicada a 70 kilómetros de distancia de Palencia. Una familia, amiga de los combonianos y bienhechora desde hace más de 50 años, fuimos el P. Juan Manuel Rodríguez (español), Sonia y yo. Fue un día muy alegre, para recordar a muchos misioneros que pasaron por Palencia y también en Saldaña (ciudad próxima a Relea), lugar donde muchos años antes, estuvo una casa comboniana, y por falta de personal se tuvo que cerrar. La familia aprovechó para hacer muchas preguntas sobre la misión de Sonia en Zambia. Sonia animó a dicha familia a continuar orando por los misioneros y a no dejar que se apague o enfríe su fe.

El martes 2 de septiembre viajamos de Palencia a Madrid. Nos recibió Sor Elena Hernández González, religiosa de la congregación de las Hijas de María, Madre de la Iglesia, congregación que lleva adelante su pastoral centrada en la educación escolar de niños de primaria y secundaria. El colegio que atienden se llama Colegio San José. Tiene un número aproximado de 300 alumnos. Sor Elena nos compartió parte de lo que es su carisma y también aprovechó para preguntar a Sonia cuales son los retos y desafíos en tierras africanas. Sonia, después de responder a sus preguntas y felicitarla por su trabajo en la educación, la invitó a organizar voluntarios misioneros, que apoyen en la salud o la educación, que estén dispuestos a salir de su pequeño mundo y vean que hay otras realidades de misión que nos esperan.  

El miércoles 3 de septiembre, La Hna. María del Prado Fernández Martín, misionera comboniana, nos invitó a su comunidad. Fue un encuentro muy emotivo. En su comunidad hay 25 misioneras combonianas mayores, de las cuales varias conocen a Sonia, de muchos años atrás, porque habían coincidido en México, Perú, Ecuador, Zambia o incluso en Roma, Italia. La Hna. Prado es consejera de la nueva provincia comboniana: Europa Unida (Italia, España, Portugal, Inglaterra y Escocia). Es también la responsable de los medios de comunicación de su comunidad y de su nueva provincia y también del SCAM (Servicio Conjunto de Animación Misionera a nivel Nacional de España). Aprovechando nuestra visita, pidió entrevistarnos a los dos. Dijo que era un momento especial y único, por estar dos hermanos de sangre misioneros juntos y sobre todo por pertenecer a la misma congregación. Le preguntó a Sonia cómo fue que ella se decidió a ser misionera. Sonia dijo que desde muy pequeña sentía ese deseo e inquietud y que por mucho tiempo estuvo buscando en diferentes congregaciones, donde sentía, que Dios la llamaba. Explicó que hasta que conoció a las misioneras combonianas, se sintió plenamente identificada con el carisma misionero comboniano. Gracias a Dios hoy se está realizando como misionera. Es superiora de la comunidad comboniana ubicada en la localidad de Kaande, situada al sur-oeste del país.

Fueron 10 días intensos, pero llenos de alegría y de esperanza misionera. Hacía más de 10 años que Sonia y yo no nos veíamos en persona, porque por nuestra mamá, que gracias a Dios vive, alternamos nuestras vacaciones y no coincidimos nunca. Escribo este artículo para compartir a nuestros bienhechores, familiares y amigos, esta rica experiencia de ser misioneros. Y sobre todo para agradecerles, por todo lo que ya han hecho por las misiones. Y para pedirles que continúen orando por las vocaciones misioneras y también colaborando para que la buena noticia siga llegando hasta los últimos rincones de la tierra.

Campamentos de verano en Cisjordania

Texto y fotos: Hna. Cecilia Sierra
Desde Jerusalén

“¿Vamos a ir al paseo?” Es la primera y crucial pregunta de los niños beduinos al comenzar el campo de verano. Bajo un sol abrasador que supera los 40 °C, un único árbol en el patio del kínder se convierte en oasis de juegos, risas y aprendizajes. Allí, los pequeños tejen recuerdos felices en medio de un desierto que es su hogar y que hoy corre el riesgo de serles arrebatado.

En los diez campamentos que tenemos planeados, las dinámicas se centran en la paz, la esperanza y la resiliencia. Son semillas que, aún en tierra árida, pueden florecer para sostener la dignidad y los sueños de estos niños y niñas palestinos que crecen en medio de la incertidumbre.

Hoy el tema era la esperanza. En el campamento beduino, el aire estaba lleno de risas. Risas que brotaban de niños cuyos ojos, a pesar de reflejar la dureza del desierto y la incertidumbre de su futuro, brillaban con una vitalidad desbordante. Su deseo de vivir, su creatividad, el gusto por la vida, las ansias de aprender y, sobre todo, de ser tomados en cuenta, se convirtieron en el mejor reflejo de lo que significa la esperanza en Cisjordania.

Viven en medio de la amenaza constante de que su hogar y su aldea —el único mundo que han conocido— puedan ser borrados del mapa para siempre. Sin embargo, ayer, sentados sobre el pasto sintético y polvorientas, bajo la sombra de un arbol, en medio del desierto, hablamos de algo poderoso: la actitud positiva ante la adversidad, la resiliencia, la fuerza de no rendirse incluso cuando todo alrededor parece invitarlos a hacerlo.

Khalil Gibran escribió: “La esperanza es la mitad de la felicidad.” Quizá por eso, cuando vi a esos pequeños lanzar globos al cielo —globos en los que habían escrito sus sueños, sus oraciones y lo que para ellos hace que la vida valga la pena— sentí que la esperanza tomaba forma entre sus dedos. Sabían que sus globos no eran de helio y que muchos caerían pronto, destrozándose contra las piedras ásperas del desierto. Y, en efecto, algunos cayeron demasiado rápido. Pero otros lograron elevarse, desafiando el aire caliente, hasta perderse en el azul infinito.

Así es la esperanza: no todas sobreviven intactas, pero basta con que una se eleve para recordarnos que un futuro digno es posible y merece ser protegido.

En este desierto árido y abrasador de Tierra Santa, estos niños nos muestran que la esperanza no es una ilusión frágil, sino una fuerza terca, tenaz, que brota incluso entre las rocas. Por eso estamos aquí: para unirnos a sus plegarias, para acompañarles en el cuidado de sus sueños, para decirles con nuestra presencia que no están solos.

Y cuántas más manos y corazones deberían sumarse… para que ningún viento, por más violento que sea, logre arrancar del cielo las esperanzas que a estos niños les pertenecen y tienen derecho.

Los subestimamos. Pensamos que, tras un año sin escuela, su atención sería fugaz, su interés limitado. Pero su activa y ferviente participacion superó nuestras expectativas. Niños beduinos, acostumbrados a la inmensidad del desierto y a la ausencia de reglas, espíritus libres que cada día nos enseñan lecciones de resiliencia. El autobús a Anata dejó de llegar; las distancias se volvieron imposibles. Perdieron clases, sí, pero no perdieron el hambre de aprender ni la alegría de vivir.

A las 7 de la mañana ya están allí, bajo el árbol del kinder, con corazones abiertos, ojos grandes, listos para jugar, reír, y absorber cada palabra, cada gesto. En este campamento de verano hablamos de respeto, esperanza, paz. Mientras tanto, ráfagas de aire cargado de arena barren el espacio arenoso. La aldea se llama Kasarat, “romper”, por la cantera cercana que quiebra piedra… y también pulmones. El sol abrasa, pero ellos no se detienen: corren, saltan, ríen. Aquí nadie queda fuera. Un niño con capacidades diferentes participa con entusiasmo y es acogido como el más ágil.

“¿Quieres que te lea una historia?”, me dice Rafig, con su vocecita aguda y una seguridad que desarma. Sujud, a su lado, se levanta para ofrecerme una silla, y luego un globo: “Para ti también”, dice con una sonrisa. Participativa, vivaz, servicial… Sujud contesta a todas las preguntas de la maestra. Tiene ocho años y hace pulseras de bisutería. Me regala una. Luego otra para las maestras.

“Gracias por su paciencia, por estar con nosotros estos días”, dice en nombre del grupo, con una madurez que sorprende. Recoge la basura, ayuda en todo, juega, se divierte. En sus ojos hay un fuego: un profundo deseo de vivir, de ser, de libertad… incluso en este desierto incandescente y cada día más ardiente.

La historia de Qais

Lo más hermoso de este día, dijo un niño beduino al evaluar el segundo día del campo de verano, “es que ayudamos a Qais y jugamos con él”.

Hace casi tres años conocimos a Qais, con sus grandes ojos llenos de vida pero sin poder moverse. Su mamá, dulce y fuerte, nos decía con preocupación: “No crece, no se mueve”. Hoy lo vimos lanzar la pelota lentamente y jugar con su hermano, sentarse en el círculo, reír y jugar a la lotería con los demás. Yo estaba extasiada, viendo cómo el amor y la inclusión abren caminos de esperanza.

En diciembre una amiga le consiguió una carriola doble para él y su hermanita mas pequeña, porque la mamá no podía cargar con los dos. Los niños lo cuidan, lo besan, le dan abrazos en medio de sus juegos y risas. Aquí juegan, aprenden, se apoyan. Hoy el valor que compartimos es la resiliencia, y eso es lo que Qais, estos niños y sus comunidades beduinas del desierto en  cisjordania encarnan cada día.

En un entorno marcado por una creciente violencia, evacuaciones forzadas y el sol abrasador del desierto, ellos nos enseñan que la resiliencia no es solo resistencia, sino también la capacidad de seguir jugando, riendo y soñando, vulnerables como son  en medio de la adversidad.

El segundo campamento

¿De dónde salieron estos niños? Llegaron muy temprano, con los pies llenos de polvo y el corazón rebosante de ilusión. Bajo la tienda improvisada de lonas y telas en medio del desierto, sus risas son más fuertes que el silencio árido que los rodea. Son pequeños, muy pequeños, pero saben esperar; este es apenas el segundo campamento de verano en sus cortas vidas, y lo esperan como se espera el agua en tierra sedienta.

A su alrededor, los asentamientos de colonos crecen como heridas abiertas en la tierra. Cercan, limitan, ahogan. Aquí no hay kinder. Nos lo han pedido tantas veces… pero aún no es posible. Primero deben reunirse los jefes de la aldea, decidir y preparar un lugar. Pero ¿dónde? Las casas, hechas de zinc y mantas, se apiñan unas contra otras, sin espacio para soñar. No pueden construir con cemento. No pueden ampliar el terreno. Hasta las ovejas viven pegadas a las casas, compartiendo ese pequeño y frágil rincón de existencia.

Y sin embargo, aquí están. Los niños juegan, aprenden, sueñan. Sus ojazos inmensos, llenos de gratitud, me atrapan y no me dejan mover. Hay calor, hay carencias, hay límites por todas partes… pero dentro de esta tienda late la vida. En medio del ardiente desierto de Cisjordania, los niños beduinos resisten jugando, aprendiendo, soñando. Porque mientras sueñen, hay futuro. Y mientras rían, hay esperanza.

Paciencia, Esperanza, Resiliencia y Alegría

Contra todo pronóstico, hemos logrado llevar a cabo ya  siete campamentos de verano en aldeas beduinas. Aún faltan tres, pero ya celebramos con gratitud lo que parecía imposible. La situación en estas comunidades es cada vez más compleja, y temíamos que este año los niños no pudieran tener un espacio para jugar, encontrarse, respirar.

A pesar del calor agobiante y las tensiones diarias, las risas de los niños han sido más fuertes que el miedo. Muchos de ellos nunca han ido a la escuela. Por eso, verlos jugar, aprender, expresarse… ha sido un regalo inmenso. Su alegría se ha convertido en nuestra fuerza.

Esta semana, en uno de los campamentos, un grupo de colonos israelíes llegó durante dos días consecutivos. Incluso entraron en una de las casas donde las mujeres trabajaban con dedicación en el bordado palestino. No quedó claro qué buscaban. “Me temblaban las piernas”, confesó la maestra cuando se marcharon. También los niños estaban asustados. Pero una vez que se fueron, volvieron a sonreír, refugiándose en esa ligereza que solo la infancia sabe preservar.

Nos sentimos profundamente agradecidas: siete aldeas han podido saborear, al menos por unos días, el gusto de la esperanza. Pero también seguimos preocupadas. El temor a evacuaciones forzadas sigue presente. Y en medio de tanta incertidumbre, seguimos apostando por la vida. Por estos pequeños que, incluso en el corazón del desierto, logran florecer con una resiliencia que nos toca lo más profundo del alma.

Hna. Conchita Vallarta, primera comboniana mexicana

La hermana Concepción Vallarta Marrón fue la primera comboniana de origen mexicano, cuando aún la congregación religiosa no aterrizaba en nuestro país. Entonces, ¿cómo llegó a convertirse en misionera? Esta es una entrevista a la hermana Conchita, como la conocen familiarmente, quien nos invita a adentrarnos a su aventura evangelizadora en tierras extranjeras, regalándonos así, un mensaje misionero para cada uno de nosotros.

Entrevistó: Hno. Raúl A. Cervantes Rendón, mccj
Las fotos son del archivo personal de la Hna. Conchita.

Ella nació el 4 de julio de 1935 en la Ciudad de México. Realizó su profesión de votos en 1962. Llegó a Eritrea, su primera misión, el 3 de octubre de 1963. Actualmente reside en la casa de las Misioneras Combonianas en la Ciudad de México, y hasta ahí fuimos a conversar con ella.

¿Cómo comenzó su interés por la vida misionera?

– Hasta los 23 años, con la revista Esquila Misional, yo dije, quiero ser misionera. Entonces, ya estaba el padre Pini, que en paz descanse. Mis papás querían saber más de la congregación y todo. Mi papá era abogado y mi mamá era ama de casa. El padre Pini me dijo: «Bueno, entonces vamos a ver con las madres». Me dijeron que me fuera a Italia a hacer la formación, porque aquí en México estaban sólo los combonianos. También invitaron a mis papás a comer, para que conocieran la congregación. Ellos me dijeron: «Mira, tú ve y prueba. Si sientes que es tu vocación, pues ya, te ayudamos». Fui a Verona en 1960, y ahí hice el postulantado y noviciado. Yo quería ser misionera, pues mis papás eran muy católicos. Ellos fueron a mi profesión religiosa a Italia.

La Hna. Conchita con sus papás, el día de su profesión religiosa.
¿Cómo fue su primera experiencia misionera?

– Me mandaron a Eritrea. Teníamos universidad y me destinaron a la biblioteca, que era muy grande. Yo trabajaba con las muchachas que venían para consultar libros. Las ayudaba. Me gustó mucho la misión de Eritrea. Íbamos a visitar a las familias. También enseñé, por ejemplo, español, porque como era universidad, teníamos actividades académicas.

En la nave “África”, en el mar Rojo. Octubre 1963.
¿Qué idiomas aprendió?

– Nada más el italiano, porque el tigriña es muy difícil. Ya en aquel tiempo ninguna hermana hablaba tigriña, es decir, sólo las nativas; la universidad era italiana. Tampoco nos favorecían tanto (en esos años), no me dieron chance para aprender un idioma muy difícil. No se acostumbraba que las europeas aprendieran el tigriña. Entonces, no aprendimos porque como estábamos en la universidad, teníamos que hablar inglés o italiano.

Asmara, 26/01/1967. Inauguración de la Universidad de Asmara. La Hna. Conchita recibiendo la toga de manos del emperador Haile Sellassie I.
¿Qué es lo que más le gustó de Eritrea?

– La gente es muy sociable, muy buenas personas que te ayudan también para el idioma, y te ayudan mucho. Son generosas. Estuve como veintitantos años ahí. Como de los 60’s a los 80’s.

¿Cómo fue su contacto con las combonianas de México?

– Por ejemplo, Rosa María Basavega, la segunda comboniana mexicana. Ella está aquí, en esta casa. Y luego, ¿qué otras? Algunas ya fallecieron. Así, las que más me acuerdo son Rosa María. Se me va borrando la memoria.

¿Qué se siente ser la primera misionera comboniana de México?

– Mucho orgullo, ¿no? De pertenecer a las «Hermanas Misioneras Pías Madres de África». Ahora nos dicen Misioneras Combonianas, pero eran «Pie Madri». A mí me gustó mucho, mi formación y todo. Eso era lo que me tocó vivir, la experiencia de las combonianas. Tenemos que adaptarnos al tiempo y a las personas y a todo. Y yo he sido muy feliz en la vida misionera, aunque con muchas lagunas, porque no sabía el idioma.

Asmara 1977
¿Qué le inspiró Comboni en su vocación?

– Una entrega a los más pobres y abandonados. Es lo que fue mi ideal, ayudar. Hay mucha gente pobre y nosotras ya estábamos con la que necesitaba nuestra ayuda, sea en la escuela, en diversos campos. Así que, más o menos, así es mi vida. Uno tiene que adaptarse a lo que te tocó vivir, a lo que te destinaron. Es bonito que uno esté abierto a otros idiomas, a otro continente. Me gustó mucho mi experiencia misionera. ¿Estoy frustrada? No.

¿Cuál sería su mensaje para las jóvenes que están en formación o que no saben qué hacer con su vida?

– Que no tengan miedo de enfrentar cualquier estado de vida, en matrimonio, o solteras, o en el trabajo. Uno tiene que echarle ganas. Hay que tener un ideal. No se puede nada más así, a ver qué. Si tú tienes el ideal misionero, entonces te abres camino. Luchas, no te dejas vencer, sino que hay que luchar por el ideal. Y si alguna joven siente que Dios la llama, tiene que echarle ganas: hay que luchar.

Muchas gracias, hermana Conchita. ¿Quiere agregar algo más?

– Hay que ser valientes. Si Dios te llama a la vida misionera y consagrada, uno tiene que luchar por ese ideal.

El día de sus votos. 29/09/1962
Profesión religiosa. 29/09/2962. Con su papá.
De izquierda a derecha: Hna. Emma Gazzaniga, Hna. Conchita, su papá, P. Agustín Pelayo, P. Héctor Villalva.
La Hna. Conchita durante la entrevista. Vive en la casa de las Misioneras Combonianas de la colonia Lindavista, en la Ciudad de México.