Cuando la cultura se convierte en frontera: el desafío interior del misionero

«El misionero no es arquitecto, es jardinero. Su tarea no es construir, sino cuidar. No está ahí para reemplazar, sino para acompañar. No es quien modela, sino que es iluminador», escribe padre José Miguel Córdova Alcázar [al centro en la foto], comboniano peruano que trabajó una docena de años en Etiopía, sobre todo entre el pueblo Guji.

Por: Abba Mikael Córdova, mccj

La misión siempre comienza con un desplazamiento dinámico: salir de un lugar para entrar en otro. «Todos nosotros, misioneros combonianos, lo hemos hecho, lo estamos haciendo o nos estamos preparando para vivir esta experiencia.» Pero el desplazamiento más difícil no es geográfico, sino cultural.

El misionero llega a un pueblo con el sincero deseo de amarle, servirle y formar parte de su vida. Sin embargo, lleva dentro una historia, algunos símbolos, una forma de sentir e interpretar el mundo que no puede dejar en el aeropuerto. Su propia cultura viaja con él, aunque no quiera.

Identidad cultural

Esta tensión —entre la cultura que se aporta y la cultura que es bienvenida— es una de las más delicadas y menos comentadas en la vida misionera.

En el ámbito de la misión cristiana hablamos siempre de “inculturación”: adentrarse en una cultura hasta amarla desde dentro, hasta hacer que el Evangelio eche raíces en ella en su propia forma y color. Pero este ideal a menudo choca con un límite humano: la identidad cultural del misionero es fuerte, persistente e inconsciente.

No se trata solo de costumbres visibles, sino de la forma de entender el tiempo, la manera de relacionarse entre nosotros, la sensibilidad al dolor, la forma de organizar la comunidad, la relación con la autoridad, la manera de celebrar, de rezar, de comunicarse.

La cultura es una segunda piel. Y cuando el misionero intenta “dejarla”, a menudo solo consigue ocultarla, pero no transformarla.

Muchos misioneros entran en una nueva cultura con humildad y respeto. Pero, aun así, la propia cultura se filtra en decisiones pequeñas y grandes que se hacen presentes en la labor pastoral que se realiza con la comunidad. Y entonces aparece un fenómeno sutil pero peligroso: la imposición involuntaria.

No es una imposición agresiva, sino una infiltración: en la forma de resolver conflictos, en la forma de hacer catequesis, en la estética de la liturgia, en la planificación de proyectos, en la relación con el tiempo y la eficiencia.

El misionero cree que está ayudando, pero en realidad se está reformando según su plan mental. Y el resultado es una especie de “híbrido cultural” que no pertenece enteramente a nadie: no es completamente del pueblo, ni del misionero.

Esto conduce a confusión, dependencia y, a veces, a una sensación de pérdida de identidad en la comunidad local.

Siempre un invitado

Desde un punto de vista psicológico, el misionero atraviesa un proceso complejo: debe aprender a poner a la gente en el centro, pero sin cancelarse a sí mismo. Si se cancela, pierde autenticidad. Si se impone, pierde la comunión.

La propia cultura de cada uno da seguridad. Renunciar a ello causa parcialmente vulnerabilidad. Esta vulnerabilidad es necesaria, pero también dolorosa.

No puede ser “nativo” de una cultura adoptada. El misionero siempre será un invitado, un hermano que viene de fuera. Aceptar esta realidad en la vida del misionero es un acto de madurez.

Pastoralmente, la misión auténtica no consiste en “crear” una nueva cultura cristiana, sino en hacer florecer la fe en la cultura que ya existe. El misionero no es arquitecto, es jardinero. Su tarea no es construir, sino cuidar. No está ahí para reemplazar, sino para acompañar. No es quien modela, sino que es iluminador.

Cuando el misionero entiende esto, entonces, deja de querer “hacer cosas” y empieza a hacer crecer a la gente.

La misión es un arte. Un arte de la presencia, de la escucha, de la humildad. Un arte que requiere renunciar a la necesidad de controlar y abrazar la belleza de dejar que el otro sea él mismo.

El misionero que logra esto no pierde su identidad. La convierte en un servicio. Y la gente no pierde su cultura. La transforma en “Evangelio Encarnado.”

Esta es la misión más pura: hacer que la fe arraigue sin desarraigar a nadie.

Cuando esto ocurre, la cultura del misionero se vuelve transparente: presente, pero no dominante; fértil, pero no protagonista.

Habitar el misterio

«Quítate las sandalias, porque el lugar donde estás es tierra sagrada» (Éxodo 3:5-10). Hay un momento en la vida del misionero, en el que se descubre que la misión no consiste en “hacer cosas”, sino en habitar un misterio: el misterio de un pueblo, de una historia, de una forma de sentir y vivir que no es suya. Ese misterio es la cultura. Y la cultura es terreno sagrado.

San Daniel Comboni intuyó esto con sorprendente claridad para su época. Cuando dijo «Salva África con África»no se refería solo a la estrategia misionera. Habló de un acto de fe: creer que el pueblo tiene dentro de sí la fuerza, sabiduría y dignidad para ser los protagonistas de su propia salvación.

Esto significa que la cultura del pueblo no es un obstáculo, sino el lugar donde Dios ya está obrando.

Misión es amar

Todavía recuerdo, como si hubiera sido ayer, las palabras de un misionero comboniano con mucha experiencia misionera, sabiduría humana, pero sobre todo con una gran experiencia del amor de Dios en su propia vida. Hace 26 años, cuando dejé mi país para ir a “la misión”, este misionero, —cuyo nombre no es necesario decir porque sé muy bien que recordará el momento cuando me dijo«Mira Pepe, —porque así me llaman en mi país—, recuerda que lo más importante que tienes que hacer cuando estás en la “misión” es amar a las personas a las que has sido enviado. Nunca lo olvides.»

Cuando un misionero llega a un pueblo, trae consigo una cultura que le ha dado identidad, seguridad y sentido. Y esto no puede olvidarse ni dejarse de lado. Pero la misión le pide hacer algo difícil: descentrarse. No para renunciar a quién es, sino para renunciar a ser el centro.

La cultura del misionero es una luz, pero no es “La Luz” que debe iluminar al pueblo. Su luz, es solo un servicio, es compañía, es presencia.

La cultura del pueblo es la casa. La del misionero es la mochila.

San Daniel Comboni lo expresó con una frase que se convierte en un programa espiritual: «Se han adueñado de mi corazón que vive solamente para ellos» (Escritos. 941).

Y sin ninguna duda podemos decir que esta frase no surge solo por el amor que siente por la gente, su “amado pueblo” por quien ha decidido dar su vida. Es reconocimiento. Es reverencia.

El misionero que ama a un pueblo descubre que su cultura es un tesoro que no necesita ser corregido, purificado o reemplazado. Solo necesita ser recibido, comprendido y hecho fructífero por el Evangelio.

Transparencia misionera

La cultura es el idioma con el que la gente habla con Dios. Cambiarla es silenciarle.

Cuando el misionero no es consciente de la fuerza de su propia cultura, puede acabar creando una especie de “híbrido” que no pertenece a nadie: ni al pueblo, ni a sí mismo.

Esto ocurre cuando organiza la comunidad según esquemas culturales personales, introduce la estética litúrgica de otros, prioriza valores que no son universales, interpreta la fe desde su propia sensibilidad cultural.

Sin querer, el misionero puede confundir identidades y generar dependencia. Puede construir una comunidad que no sea realmente del pueblo, sino una proyección inconsciente de su propia historia.

San Daniel Comboni lo vio claramente: la misión no es colonización espiritual.

El misionero maduro no quiere “crear” una nueva cultura cristiana. Quiere que la fe eche raíces en la cultura que ya existe. El misionero maduro debe saber que está presente en un pueblo: porque, como dije antes, no es el arquitecto: es el jardinero; no es quien construye: es quien cuida; No es quien modela: sino quien acompaña; No reemplaza ni opaca: es quien está llamado a iluminar. «Vosotros sois la luz del mundo» (Mateo 5:14).

Cuando el misionero actúa de esta manera, la cultura del pueblo florece con su propia forma, su propio color y su propia dignidad.

Por tanto, la misión alcanza su plenitud cuando el misionero puede decir: «Lo que nace aquí no es mío.» Y al mismo tiempo, la gente puede decir: «Esto es nuestro, aunque el misionero nos haya ayudado.»

Esto es transparencia misionera: ser necesario sin ser el protagonista, estar presente sin ser central, ser una semilla sin ser un árbol.

Por lo tanto, debemos saber que la cultura no es un campo de evangelización. Es un campo donde Dios ya ha sembrado. El misionero no lleva a Dios a la gente. El misionero descubre a Dios en el pueblo. Entonces, la misión se convierte en un acto de profunda humildad: honrar lo que es el pueblo, porque ahí es donde el Evangelio quiere hacerse carne. «Y la Palabra de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros» (Juan 1:14).

Fui enviado

Sí, han tenido que pasar 26 años, para poder entender esto, y harán falta unos años más para poder comprenderlo completamente. Recuerdo como si hubiera sido ayer el día en que me enviaron el documento con mi primera destinación misionera, el famoso “destinatus est”. Y, recuerdo también al consejero general a quien le dije «que prefería otro lugar y no el que habían pensado para mí» —(Sé que vas a leer este artículo)— y «Me dijiste: Mira, Miguel, lo pensaremos y te llamaré.»

Sigo aún esperando la llamada, pero, aunque es cierto que no me llamó, lo que sí hizo fue enviarme un libro que había escrito sobre el país donde yo sería enviado para mi primera experiencia de misión.

Hoy doy gracias a Dios, por el hecho que no fui a donde quería ir, la realidad es que fui enviado. No elegí el puesto de la misión; fue un regalo precioso de Dios, en mi vida misionera y solo puedo decir: Gracias, Papá y Mamá, Juan, Jorge y Rosita, y a todos los que han hecho posibles estos 26 años de servicio a la misión.

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Abune Tesfaye, instalado como nuevo arzobispo de Addís Abeba

El domingo 6 de septiembre de 2026, monseñor Tesfaye Tadesse Gebresilasie, nombrado arzobispo de Addis Abeba el pasado 12 de junio, fue instalado como nuevo responsable de la Arquidiócesis Católica de Addis Abeba, Etiopía, durante una emotiva celebración litúrgica que duró más de cuatro horas. [Fotos: Pax CTV Ethiopia]

La ocasión marcó un día histórico para la Iglesia católica en Etiopía y, en particular, para la Arcieparquía de Addis Abeba. Después de casi 27 años de liderazgo pastoral, el cardenal Berhaneyesus Demerew Souraphiel entregó el ministerio pastoral de la Arcieparquía al recién nombrado Arcieparca Metropolitano, Abune Tesfaye (Tesfasilasie) Tadesse Gebresilasie.

Entre los presentes en la Eucaristía de toma de posesión se encontraban el Nuncio Apostólico en Etiopía, Somalia y Yibuti, arzobispo Brian Udaigwe; numerosos obispos etíopes; sacerdotes, hermanos y hermanas que trabajan en Addis Abeba y en otros lugares; así como miembros de la familia comboniana, entre ellos el Hermano Alberto Lamana, Asistente General.

También estuvieron presentes un obispo y el secretario del Patriarca de la Iglesia Ortodoxa, representantes de otras Iglesias y de varias organizaciones internacionales asociadas a la Iglesia, así como benefactores, familiares y amigos de Abune Tesfaye.

El traspaso del ministerio pastoral se celebró bajo el lema: «Mirando atrás con gratitud, caminando hacia adelante con esperanza».

Una solemne celebración en el rito católico etíope

La solemne Eucaristía, celebrada según el rito católico etíope, comenzó aproximadamente a las 8:00 de la mañana bajo la presidencia del cardenal Berhaneyesus. Tras la homilía y el traspaso formal de la responsabilidad pastoral, Abune Tesfaye continuó presidiendo la celebración.

En su homilía, arzobispo Brian Udaigwe señaló que tenía pocos consejos que ofrecer al nuevo Arcieparca, dado que Abune Tesfaye ya contaba con una considerable experiencia como obispo.

Mons. Tesfaye es obispo desde febrero de 2025.

Sin embargo, el Nuncio Apostólico lo invitó a mantener la mirada fija en Jesucristo, el Buen Pastor y modelo de todos los pastores. Recordó que Jesús no vino a liberar a su pueblo mediante el poder de las armas, como muchos israelitas esperaban, sino mediante el amor y, en última instancia, a través de la Cruz.

«Él nos dio ejemplo de cómo guiar y gobernar al pueblo», afirmó el Nuncio.

Monseñor Udaigwe explicó que un pastor está llamado a caminar delante del rebaño para mostrar el camino, en medio del rebaño para mantenerlo unido y detrás del rebaño para asegurarse de que nadie se quede atrás.

También animó a Abune Tesfaye a duc in altum —«rema mar adentro»— sin miedo. Dirigiéndose al clero y a los fieles, el Nuncio los exhortó a colaborar estrechamente con su nuevo obispo.

Concluyó su homilía agradeciendo a la familia comboniana por ofrecer a uno de sus miembros a la Iglesia para un servicio tan noble.

Una llamada a la renovación y a la esperanza

En su mensaje de gratitud y bienvenida, la Arcieparquía de Addis Abeba invitó a los fieles a considerar la toma de posesión no simplemente como un acto ceremonial, sino como una oportunidad de renovación espiritual:

«Que esta toma de posesión y el traspaso del ministerio pastoral sean más que una ceremonia. Que sean una renovación de nuestro compromiso bautismal. Que sea un momento en el que cada católico se pregunte: ¿Qué me pide Cristo ahora? ¿Adónde me envía? ¿A quién estoy llamado a servir? … Que la Iglesia católica en Etiopía continúe su servicio con confianza: agradecida por el pasado, atenta al presente y valiente ante el futuro».

La celebración concluyó aproximadamente a las 12:15. A continuación, tuvo lugar una comida fraterna y diversas actuaciones culturales a cargo de diferentes grupos religiosos y participantes. También se presentaron regalos al nuevo Arcieparca como signo de bienvenida y apoyo a su nueva misión pastoral.

Padre Hippolyte Awoumessi Apedovi, mccj

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Entre la distracción y la abstracción

Texto y foto: P. Juan G. Núñez, mccj
Desde Shafina, Etiopía

Hoy me he dejado alimentar por los recuerdos en la misión de Shafina, mientras asistía a la ordenación sacerdotal de Daniel Dawit, nacido en esta parroquia. Más que distraído, casi diría que estuve abstraído, dejando que mi mente reconstruyera episodios relacionados con esta misión, con el Vicariato de Awasa y con mis 50 años en Etiopía. 

Shafina es anterior a mi llegada. Se remonta casi a los comienzos del Vicariato, en diciembre de 1964. «Comienzos» no es una palabra dicha al azar. Awasa comenzó con dos padres combonianos a quienes se les había confiado un territorio con ocho millones de habitantes y ningún católico. Luego, de prisa, cada año nuevos misioneros y nuevas misiones. Shafina fue la cuarta, abierta en 1968. Estaba situada en un lugar frondoso y fértil, donde crecía el café y todo lo que plantaras de frutas y hortalizas, sin mucho frío ni mucho calor. Casi el paraíso terrenal.

Mi primera visita fue en 1977 por motivos más bien sentimentales. Había hecho el curso de amárico junto a un comboniano que llegó a Etiopía al mismo tiempo que yo. Al terminar la formación, a él lo destinaron a Shafina y a mí a Dilla, dos misiones no muy lejanas. En 1977 vine a verlo para consolarnos mutuamente contándonos nuestras historias. Ambos hemos cumplido 50 años en Etiopía. Él acaba de ser destinado a Italia para ser superior de una comunidad nueva, mientras que yo sigo aquí.

Tras cinco años en Dilla, fui llamado a abrir el seminario mayor interdiocesano en Adís Abeba. Allí me llegaron, en su momento, tres candidatos de Shafina. Todos fueron ordenados sacerdotes, aunque dos de ellos lo dejaron al poco tiempo. Esto fue lo que pasó con bastantes de los que llegarían al sacerdocio a lo largo de estos años.

A Daniel lo he conocido recientemente y lo he seguido, aunque de lejos, en mi período de administrador apostólico del Vicariato. Pequeño y delgado, discreto, pero no apocado. Hoy está a los pies del altar ante el nuevo obispo de Awasa, que le impondrá las manos. Y todos los muchos sacerdotes que estamos concelebrando se las impondremos, implorando la fuerza del Espíritu sobre él, Espíritu que suplican también las más de 1 000 personas que abarrotan la nueva y espaciosa iglesia de Shafina. Dios le necesita para mantener viva esta iglesia de Awasa con sus 300 000 católicos.

Yo imploro y recuerdo. Comencé mi vida misionera aquí, en la misión de Dilla, durante cinco años. Luego me fui, aunque sin perder nunca el contacto con ella, hasta que, 40 años más tarde, cojo de oído y manco de vista, fui llamado para dirigirla, haciendo por cuatro años de obispo sin serlo. Y ahora aquí estoy de nuevo, prestando algún servicio en la medida de mis fuerzas. Mañana celebraré en la catedral las dos misas del domingo, cada una de más de dos horas. Parece tarea titánica, pero no lo es. Es cuestión de relajarse y disfrutar de lo que allí se realiza. La mayoría del tiempo lo ocupan los cantos, que son muy hermosos. Otra buena parte se la llevan los comentarios a las lecturas, algunos casi homilías. Lo mío es lo estrictamente reservado al sacerdote y una homilía que, siguiendo los consejos del papa Francisco, intento que sea breve y jugosa. Y hasta que Dios quiera.

Mundo Negro

Mons. Tesfaye Tadesse, nuevo arzobispo de Addis Abeba

El misionero comboniano, Mons. Tesfaye Tadesse, ha sido nombrado en el día de hoy, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, como nuevo arzobispo metropolitano de Addis Abeba, en Etiopía. Mons. Tadesse era hasta hoy obispo auxiliar de esta archieparquía etíope.

El papa León XIV nombró esta mañana a Mons. Tesfaye Tadesse, misionero comboniano, arzobispo titular de la archieparquía de Addis Abeba, Etiopía.

Mons Tadesse fue elegido Superior General de los Combonianos en el Capítulo de 2015 y reelegido para un nuevo mandato de seis años en el Capítulo de 2022. De 2017 a 2022 fue Vicepresidente y Presidente de SEDOS y de 2018 a 2021 miembro del Consejo Ejecutivo de la USG (Uniones de Superiores Generales); participó en la primera y segunda sesiones del Sínodo sobre la Sinodalidad (octubre de 2023 y 2024) como delegado electo de la USG.

El 6 de noviembre de 2024 el papa Francisco lo nombró obispo auxiliar de la Archieparquía de Addis Abeba, Etiopía, asignándole la sede titular de Cleopátide. Este nombramiento hizo que los combonianos tuviesen que elegir un nuevo superior general. El 24 de junio de 2025, el papa León XIV lo nombró miembro del dicasterio vaticano que se encarga de todo lo relacionado con los institutos religiosos y las sociedades de vida apostólica.

En el día de hoy, el Santo Padre aceptó la renuncia al gobierno pastoral de la Arcieparquía de Addis Abeba (Etiopía) presentada por Su Eminencia el Cardenal Berhaneyesus Demerew Souraphiel, C.M. y nombró Arzobispo Metropolitano a Mons. Tesfaye Tadesse Gebresilasie.

www.press.vatican.va

Nuevo sacerdote etíope, misionero para Brasil

El 2 de agosto de 2025 tuvo lugar un acontecimiento significativo en el Vicariato Apostólico de Harar en Jijiga, ubicado en la región somalí de Etiopía, cuando el diácono comboniano Mintesnot Simeneh Lemessa fue ordenado sacerdote. La ceremonia contó con la presencia del Vicario Apostólico de Harar, SE Mons. Angelo Pagano, OFM Cap., y del Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de Addis Abeba, SE Mons. Tesfasilasie Tadesse, MCCJ. El nuevo sacerdote ha sido destinado a Brasil.

Durante su homilía, el obispo ordenante, Monseñor Tesfaye Tadesse, destacó la belleza del ministerio sacerdotal, enfatizando la sagrada responsabilidad que conlleva servir a la Iglesia y a la comunidad.

El evento fue solemnizado por una gran reunión de sacerdotes y religiosas, incluyendo representantes de los Misioneros Combonianos y las Hermanas Combonianas. La parroquia de San José, bendecida con la presencia de misioneros durante más de un siglo, celebró esta ocasión especial con júbilo y un profundo sentido de plenitud espiritual.

Mintesnot Simeneh, quien completó sus estudios teológicos en Brasil y fue ordenado diácono, ha sido destinado para ejercer su ministerio en el país sudamericano. El provincial, en un mensaje de agradecimiento, destacó la designación del nuevo sacerdote como una contribución misionera de la parroquia de San José, el Vicariato Apostólico de Harar, los Misioneros Combonianos en Etiopía y la Iglesia Católica Etíope en su conjunto.

El día de celebración concluyó con una comida festiva preparada en el salón parroquial, simbolizando la unidad, la alegría y las bendiciones de un nuevo capítulo en la vida de Minstesnot Simeneh mientras emprende su viaje como sacerdote recién ordenado al servicio de los fieles en Brasil.

Padre Asfaha Yohannes, mccj

Desaprender para aprender

Texto y fotos: P. José Vieira
Desde Quillénso, Etiopía

El servicio misionero, especialmente en un nuevo contexto lingüístico-cultural, comienza con un proceso de (des)aprendizaje para preparar el camino hacia el nuevo mundo de la cultura anfitriona donde el enviado debe insertarse.

En este proceso inicial de deconstrucción, Cristo Jesús, el misionero del Padre, es el paradigma. Un himno cristológico de la Iglesia naciente proclama que «Él, siendo por naturaleza Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó de sí mismo, tomando la naturaleza de siervo, haciéndose semejante a los hombres. Siendo hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» ( Filipenses 2:6-8).

Al inicio de cada envío misionero está este proceso de humilde despojo de experiencia humana y cristiana, de referencias para abrazar un nuevo modo de ser persona y de creer, a través de la lengua y de la cultura, de vivir.

Confieso que es difícil para un adulto aceptar volver a ser niño y reaprender la vida casi desde cero. Sin embargo, sin este “salto”, es imposible emprender una misión inculturada y aceptar al pueblo anfitrión como su nueva patria.

Tenía casi 33 años cuando llegué a Etiopía el 9 de enero de 1993. Robe, maestro de primaria en la misión Qillenso, me dio mis primeras clases de guji. Tras comprender la mecánica del idioma, cambié sus lecciones por socializar con los niños, quienes, a diferencia de los adultos, no tuvieron ningún problema en corregir y burlarse de mis errores gramaticales.

Me costaba balbucear “buenos días” en guji —que literalmente significa “¿Tuviste una buena noche?”— con las palabras jugando al escondite en mi memoria… Una vez, viajaba a Adís Abeba (la capital de Etiopía), casi 450 kilómetros, por una mezcla de tierra y asfalto. A mitad de camino, sediento, paré en una tienda de carretera. Quería pedir un refresco (lasselasse) y me dieron un Trinity (Selassie). Me di cuenta de la confusión al ver la cara de asombro del vendedor.

Para aprender un idioma, es necesario superar el miedo a cometer errores e intentar pensar en el idioma local en lugar de realizar una traducción mental simultánea. El proceso requiere tiempo y una ruptura radical con la lengua materna. Esto dificulta que los “nativos digitales” —que pasan gran parte de su tiempo en línea en su propio idioma— aprendan el idioma anfitrión.

La evangelización inculturada requiere conocimiento de la cultura local. Ilustrar el mensaje del Evangelio con un proverbio o una historia es muy útil. Un anciano, vecino de la misión de Haro Wato, mi segundo hogar en Etiopía, fue un apoyo fundamental. Al preparar la homilía dominical, lo visitaba, leíamos juntos el Evangelio y luego le preguntaba si había algún dicho similar al mensaje de Jesús. Sigo haciéndolo hoy, con la ayuda de la cocinera —quien, cuando no sabe, le pregunta a su padre— y de una pequeña colección de proverbios publicada por un colega mexicano.

Otra experiencia estimulante es aprender cómo se habla de Dios en su propia cultura. Los guji comienzan sus oraciones tradicionales evocando a Dios como «nuestro padre y madre, nuestro abuelo y abuela, nuestro bisabuelo, quien nos dio la vida». Y tienen muchas historias y proverbios sobre Dios. El uso de este lenguaje localiza el mensaje del evangelio, diluyendo su impronta extranjera.

El proceso de aprendizaje también es físico. Soy de Cinfães, un pueblo en medio de la sierra de Montemuro, en Portugal. Pensaba que era demasiado alto. Qillenso, mi hogar en Etiopía, está a 2300 metros sobre el nivel del mar, y mi cuerpo tardó casi un año en adaptarse al aire enrarecido y húmedo del bosque donde vivimos. Después de doce años en estos lugares, todavía me siento un poco mareado cuando celebro en la capilla de Gosa, a 2800 metros.

Hay otras cosas que aprender: el ritmo de vida (cuando no había luz, nos acostábamos con las gallinas y nos levantábamos con los gallos); hacer tiempo para las reuniones con la gente en lugar de para la agenda (en África, el tiempo no se cuenta, se crea); descubrir nuevos conceptos de justicia y equidad (en un proceso de reconciliación tradicional, nadie es completamente culpable ni nadie es completamente víctima); ralentizar la rutina diaria; los alimentos locales (que a veces provocan algún malestar intestinal).

Se dice que la paciencia es el mayor escudo del misionero. Es cierto: la paciencia se aprende y se practica en los diversos procesos en los que participamos. Un proverbio africano enseña que solos vamos más rápido, ¡pero juntos llegamos más lejos! Los gujis dicen que «el huevo caminó lentamente» para explicar que el proceso de crecimiento (de huevo a pollito) lleva tiempo.

La gramática del (des)aprendizaje puede parecer hecha de pérdidas, luchas y sacrificios. Sin embargo, esto es lo que hace de la vida misionera la aventura más privilegiada de todas, una experiencia humanizadora que lleva al misionero a abrazar nuevas formas de ser humano y experimentar a Dios. Al fin y al cabo, ¡lo que nos falta es lo que tenemos!

Fuente: agencia.ecclesia.pt