«La vocación se sostiene en la fidelidad»

Estoy convencido de que el camino más seguro para encontrar la felicidad y la paz interior que todos anhelamos no se encuentra en la posesión de abundantes bienes materiales o en tener una buena posición social. Se encuentra, más bien, en poner nuestra confianza en el Señor y entregar la vida al servicio de los demás.

Nuestra protagonista es una religiosa filipina, la Hna. Rose Guevara. Ingeniera de profesión, disponía de trabajo estable en una multinacional con sede en Manila, la capital de su país, pero una inquietud profunda y una sensación de vacío inundaba a veces su corazón. Diferentes situaciones y encuentros la llevaron a conocer a las Hermanas Carmelitas. Tras vencer muchas resistencias, decidió hacerse una de ellas. Desde hace 21 años, la Hna. Rose es misionera en Malaui, un país donde se siente «en casa». Esta es su historia vocacional.

Por: Hna. Rose Guevara
Coordina: P. Zoé Musaka

Mundo Negro



Soy una misionera carmelita originaria de Filipinas. En casa era la menor de tres hermanos. Mi formación como ingeniera me condujo a desempeñar mi labor profesional durante algunos años en una multinacional en Manila. Sin embargo, en medio de aquella estabilidad laboral, comenzó a crecer en mí una inquietud profunda. Tenía la sensación de que me faltaba algo esencial para dar pleno sentido a mi vida. En un primer momento pensé que la respuesta podría encontrarse en mejores oportunidades laborales o en una mayor seguridad económica, pero, aun habiendo alcanzado aquello que muchas personas consideraban como un éxito, dentro de mí experimentaba un vacío que el dinero no lograba colmar. 

En una ocasión, yendo de camino a ver a unas amigas, experimenté una extraña llamada interior que me invitaba a entrar en una iglesia. Sin embargo, me resistí. Me repetía una y otra vez que no tenía una inclinación natural hacia lo religioso. Pensé entonces que, tal vez, lo que necesitaba era buscar nuevos horizontes, algo más acorde con mi espíritu aventurero, como la práctica del montañismo, que tanto me atraía.

La segunda vez que sentí aquella invitación a entrar en una iglesia no pude resistirme. En mi trabajo, después de una reunión en la que se cuestionó mi integridad, salí enfadada de la oficina y mis pasos me condujeron a la iglesia de San Lorenzo, en Manila. Allí, en silencio, comenzó a abrirse en mí una nueva actitud. En aquel templo vi unos carteles que proponían un «desafío». Aquella palabra tocó algo profundo en mí, quizás por la escalada, porque siempre me han atraído los retos, las experiencias que exigen entrega y superación. Entre las imágenes que se mostraban en aquellos carteles había una en particular en la que se veía a niños africanos siguiendo a un misionero montado a caballo. Anoté un número de teléfono y llamé sin saber muy bien por qué. Me dieron información sobre el próximo encuentro de orientación vocacional que tendría lugar en el Scout Madriñan, en Quezon City. Así comenzó mi camino vocacional. Esto sucedió en el mes misionero por excelencia, en octubre de 1994. 

El camino hasta aquel lugar no fue sencillo. A pesar de conocer bien la ciudad de Manila, me perdí varias veces. Tras cambiar de transporte en varias ocasiones, me dije a mí misma que aquel sería el último intento. Si no encontraba el lugar, regresaría a casa y lo olvidaría todo. Pero en ese trayecto, una joven sentada a mi lado resultó providencial, porque ella también iba al encuentro. Llegamos juntas a la comunidad de las Hermanas Misioneras Carmelitas.

Al entrar, mi primera impresión fue de desconcierto. Ver a tantas religiosas en oración era algo que no encajaba con lo que yo imaginaba para mi vida. Pero algo cambió en mi interior y me envolvió una profunda serenidad. Escuché el testimonio de una hermana que contó su experiencia misionera en Kuwait, cómo huían y se escondían durante la guerra. Aquellas palabras despertaron en mí una atracción inesperada. Por primera vez pensé que quizás esa fuera la vida que estaba buscando. Terminado el encuentro, aquella joven con la que había llegado se convirtió en mi compañera de camino.

Semanas después, en diciembre, me invitó a participar en otro encuentro en Calambá, al sur de Manila. Le pregunté en qué consistía y me respondió que nos dirigíamos a la montaña. Pensé que se trataba de una simple excursión, pero una vez allí, una carmelita me descolocó con una pregunta directa: «¿Por qué quieres ser hermana?». Mi respuesta fue inmediata y sincera: «¿Yo? No, no quiero ser religiosa, aunque me atrae vuestro estilo de vida». Al finalizar el encuentro, en medio del desconcierto, empecé a intuir que tal vez debía dar un paso más, abrirme a la posibilidad y ver hasta dónde me conducía aquel camino.

Admisión del hospital de Kapiri. Fotografía: Boniface Gbama

Reacción de la familia

No fue fácil comunicar la decisión a mi familia. Mis padres reaccionaron con sorpresa y oposición. Mi madre, por ejemplo, no aceptaba perder a su única hija: «Quiero tener nietos contigo», me decía. Mi padre guardó silencio. Solo mi hermano mayor me ofreció su apoyo: «No te preocupes, hermana, sigue el deseo de tu corazón, yo te apoyaré». Aquellas palabras me dieron la fuerza necesaria para continuar. Esa noche terminamos cenando en silencio hasta que todo el mundo se fue a su habitación sin pronunciar palabra.

Poco después recibí la carta de aceptación. Era enero y tuve que unirme a las hermanas en mayo en Laguna. En el ámbito laboral, se abría ante mí una prometedora promoción como gerente de la empresa. Sin embargo, opté por seguir la llamada que había comenzado a tomar forma en mi interior, así que presenté mi dimisión al responsable de la compañía. Se mostró sorprendido y me confesó con franqueza que no percibía en mí signos de una vocación religiosa. Con serenidad, le pedí un año para discernir y probar este camino. Si no era el mío, regresaría. Aceptó, e incluso me ofreció el sueldo de un año sabiendo que no tendría ingresos con las hermanas.

Los inicios en la comunidad no estuvieron exentos de dificultades. La vida cotidiana estaba marcada por tareas domésticas: hacer la limpieza, trabajar en el jardín, lavar y planchar la ropa… Éramos 23 jóvenes, además de las hermanas. Al cabo de una semana me puse enferma, ya que no estaba acostumbrada a un ritmo tan exigente de trabajo. En Manila nunca había realizado labores de ese tipo. Después de dos semanas, agobiada por el servicio en la comunidad, expresé a las hermanas mi desánimo. Sentía que aquella no era mi vocación. Como al día siguiente estaba prevista la jornada de visitas, comuniqué a las hermanas mi decisión de regresar a casa con mis padres. Ellas, con serenidad, me invitaron a descansar y a llevar esa inquietud a la oración. Aquella noche dije: «Señor, esta no es la vida que yo esperaba». A la mañana siguiente, las hermanas me preguntaron a qué hora llegarían mis padres y si ya había preparado mis cosas. Mi respuesta fue: «¿Para qué?». Me avergonzaba reconocer que quería abandonar por algo tan sencillo como las tareas domésticas. Decidí permanecer porque comprendí que la vocación no se sostiene en ideales románticos, sino en la fidelidad cotidiana.

La Hna. Rose delante de una pequeña tienda que las religiosas han abierto para cubrir las necesidades de los familiares de los ingresados en el centro sanitario. Fotografía: Boniface Gbama

África y un hospital

Con el paso del tiempo fui dando pasos firmes. La primera profesión fue en 1999, y la profesión perpetua en 2005, en Manila. Poco antes de esta última, expresé mi deseo de ser enviada a África. Era un sueño que llevaba en el corazón desde pequeña, así que cuando la superiora me comunicó el destino, lo acogí con alegría. Mi llegada al continente marcó un antes y un después. En julio de 2005, tras una breve estancia en Kenia y Tanzania, fui destinada a Malaui, a la comunidad de Kapiri. Cuando llegué, asumí la responsabilidad de la administración del hospital, una tarea para la que no me sentía preparada. Entre mis responsabilidades se encontraba la adquisición de medicamentos y del equipamiento sanitario. No tenía la más mínima idea de por dónde empezar. Fue, una vez más, el estudio lo que me permitió formarme y responder, con el tiempo, a las necesidades con-cretas del hospital. Los desafíos fueron numerosos: el idioma, la cultura, la falta de recursos o las limitaciones materiales. Fui enviada a estudiar chichewa, pero la urgencia en el hospital hizo que, apenas dos días después, tuviera que incorporarme a las tareas asistenciales. Al final, lo aprendí de manera autodidacta, con los medios disponibles, leyendo libros, porque aún no había Internet.

En Kapiri, donde continúo, la realidad socioeconómica de la población es precaria. La gente vive, en gran medida, de la agricultura de subsistencia, lo que condiciona incluso el acceso a la atención médica. No son pocos los casos en los que los pacientes no pueden hacer frente a los costes del hospital porque aún están a la espera de la cosecha. Ante esta situación, optamos por atenderles y esperar a que vendan la cosecha para que puedan abonar la atención que les hemos prestado. A pesar de las dificultades, amo profundamente Malaui y a su gente. Aquí me siento en casa. Tras 21 años de presencia en el país, he experimentado con claridad que mi vocación está ligada a esta tierra. No obstante, mantengo el corazón abierto a cualquier destino al que mi congregación considere oportuno enviarme.

A los jóvenes que se encuentran ante decisiones importantes en sus vidas, quisiera decirles que permanezcan abiertos a la llamada del Espíritu Santo. Es importante que no tengan miedo. A mí me sirvieron las palabras de nuestro fundador, Francisco Palau: «Iremos adonde la gloria del Señor nos llame, y mi vida es lo mínimo que puedo ofrecer en respuesta a su amor».   

¡Siempre recordaré a los Combonianos!

Por: Hna. Mary Ortiz, hpssc

Soy Mary Ortiz, originaria de Torreón, Coahuila. Nací el 20 de septiembre de 1962.  Soy religiosa de la congregación de Hermanas de los Pobres, Siervas del Sagrado Corazón (HPSSC), de Zamora, Michoacán, y actualmente radico en la ciudad de Querétaro en la Casa de Oración.

Hace muchos años, cuando yo era adolescente y estudiaba la secundaria en el colegio La Luz que dirigían entonces las Hijas del Corazón de María y luego en el colegio La Paz de las Hermanas del Verbo Encarnado, conocí al hermano Pedro García, español, comboniano y misionero de corazón, gracias a la comunidad de Carmelitas Descalzas de San José de Ávila, de Celaya, Guanajuato, en donde tenía una tía, hermana de mi papá.

A Dios y al hermano Pedro debo mi vocación misionera, mi amor por la misión ad gentes y por África, muy especialmente por el Chad, a donde fui enviada por mis superiores como una gracia del Señor.

Empecé a participar en algunas jornadas de vida cristiana y misionera que organizaba el Padre Enzo Canonici, también comboniano, quien tenía contactos en Torreón y organizaba sus retiros en Casa Íñigo. Ahí fue despertando algo, sin embargo, terminaban las jornadas y seguía mi vida ordinaria. Fue hasta que mi tía invitó al hermano Pedro, quien quería ir a Torreón a hacer promoción vocacional, a quedarse con nuestra familia. Nosotros lo veíamos poco, él salía temprano y llegaba tarde, solo mi madre y yo lo esperábamos para ofrecerle la cena. Celebró su cumpleaños con nosotros, le hicimos una fiesta, éramos todos unos niños, él se emocionó mucho y entonces vino lo bueno, sacó su proyector y nos enseñó unas filminas de su misión en Ecuador compartiendo lo bello que era entregar la vida y llevar el Evangelio y el Rosario a los lugares más alejados.

El Hno. Pedro García, mccj

Pedro terminó su apostolado en Torreón y se fue, pero se quedó la emocionante y desafiante motivación que despertó en mí. Comenzamos a escribirnos y él entabló una amistad conmigo (creo vivía en un pueblo de Guanajuato); me enviaba rosarios misioneros, libros para leer, como la vida de Daniel Comboni, el Héroe de Molokai, San Agustín, etc. No tuve más contacto con misioneros ni misioneras combonianas porque en Torreón ellos no tenían obras, evangelizaban a través de la revista Esquila Misional.

Cada año, íbamos a Zamora a visitar a mis tías, hermanas de mi papá, de las cuales dos pertenecían al instituto al que pertenezco yo ahora. Yo sentía algo de inquietud en mi corazón, y la invitación que Dios me hacía a través del hermano Pedro dejó una huella profunda en mi corazón.

En 1979 conocí a la Hermana Silvia del Carmen Fernández HPSSC. Trabajaba en Torreón en una escuela que tenían con los jesuitas. Sólo nos veíamos en la iglesia de San José, en misa los domingos. Ella me invitó a una jornada vocacional a Zamora y Dios tuvo a bien llamarme a su servicio para esa comunidad. Mi primera experiencia en la misión ad gentes fue en el Perú, en el departamento de Cajamarca y en el vicariato apostólico de San Francisco Javier que dirigían los jesuitas.

Con el tiempo, nuestras superioras respondieron (como un regalo de Dios) a la invitación de Monseñor Michele Russo, obispo comboniano, para ir a su diócesis en Chad, en donde próximamente cumpliremos 25 años de presencia..

Fui feliz en el Chad, en las misiones de Maybombay y de Mbikou durante 15 años, conocí gente maravillosa, tengo experiencias inolvidables de gente que me hizo gozar la vida con muy poco y vivir el momento presente, con fe inmensa, con el corazón incansable. Ahí volví a tener contacto con los misioneros y misioneras combonianos. Pregunté por el Hermano Pedro García. Nos volvimos a poner en contacto. Creía que volvería a encontrarme con él personalmente, pero Dios tenía otros planes. El Hermano me invitó a su casa en Madrid, él iría por mí al aeropuerto, pero el Señor Jesús quiso llamarle a su presencia un día antes de que pudiéramos vernos.

No puedo dejar de agradecer a Dios el haber puesto a Pedro en mi camino; gracias a Monseñor Russo, hombre de paz y de generosa bondad, a los combonianos por su labor evangelizadora y gracias a mi congregación por haberme regalado la oportunidad de compartir mi vida en África.

Votos perpetuos y diaconado de Emmanuel Likonye. “Un tesoro en una vasija de barro”.

El 16 de agosto de 2024, la Provincia Sudafricana de los Misioneros Combonianos fue testigo de la profesión de los votos perpetuos del Escolástico Emmanuel Likonye, que actualmente está haciendo su servicio misionero en la parroquia de Acornhoek, diócesis de Witbank, en la República de Sudáfrica. El domingo 17 fue ordenado diácono en la misma parroquia por el obispo Thaddeus Xolelo Kumalo, de la diócesis de Witbank. (En la foto, Emmanuel Likonye y el P. John Baptist Opargiw, Superior Provincial de Sudáfrica).

Por. P. Robert Ndungu, desde Akornhoek, Sudáfrica
comboni.org

El P. John Baptist Opargiw, Superior Provincial, presidió la Santa Misa y, en nombre del Superior General, recibió los votos perpetuos de Emmanuel en presencia de otros cohermanos que trabajan en la zona de Lowveld, dos religiosas y algunos feligreses de la parroquia Maria Assumpta de Acornhoek.

En su homilía, el P. John Baptist recordó a todos los presentes que la celebración de la consagración religiosa «es realmente un gesto gratuito e inmerecido del amor de Dios por nosotros y por Emmanuel. Es, en efecto, una gracia, un don que es un tesoro en vasija de barro». Reiteró la necesidad de renovar nuestro «Sí» a Dios cada día de nuestra vida. Y tomando prestada la lectura de la Escritura sobre la llamada de Samuel, el P. JB subrayó que Dios nunca ha dejado de llamar a la gente a servirle. En efecto, Emmanuel puede situar su propia llamada entre los relatos bíblicos e históricos de grandes figuras como Abraham, Moisés, Pedro, Pablo, Mateo, Comboni y muchos otros. De hecho, la profesión perpetua de Emmanuel es un recordatorio continuo para todos los presentes de que estamos invitados a ofrecer a Dios lo mejor, un sacrificio vivo, puro y sin mancha.

El P. Opargiw lo expresó muy bien: «La profesión religiosa que celebramos hoy es una cuestión de amor. La calidad de nuestro amor a Dios y a nuestros hermanos y hermanas nos ayudará a vivir la Castidad como una entrega total por el bien de los demás; también nos ayudará a vivir la Obediencia priorizando humildemente la voluntad de Dios y el bien común sobre nuestros deseos personales y, finalmente, nos ayudará a vivir la Pobreza como una experiencia de una buena ética del trabajo, del compartir, del desapego de las posesiones materiales y de la dependencia de Dios y de la comunidad».

Después de la misa, todos los presentes participaron en una comida preparada por la comunidad comboniana de Acornhoek.

Al día siguiente, domingo 18, Emmanuel fue ordenado diácono en una misa en la misma parroquia presidida por el obispo Thaddeus Xolelo Kumalo, de la diócesis de Witbank a la que asistió una gran muchedumbre. El nuevo diácono permanecerá en la parroquia de Acornhoek hasta diciembre para ejercer su ministero diaconal.

De pastor de cabras a pastor de la Iglesia

Como miembro de una comunidad de pastores, podría haber seguido tranquilamente cuidando las cabras como cualquier otro muchacho. Pero su sueño de convertirse en sacerdote misionero comboniano lo llevó a tomar un camino diferente. El padre Joseph Etabo Lopeyok habla del recorrido de su vocación. [ Comboni Missionaries ]

El nombre Lopeyok, que me dio mi difunta abuela cuando nací el 19 de enero de 1989 en Lokichar, tiene un significado importante. En esa época, mi abuela tenía muchas visitas, por lo que ordenó que me llamaran Lopeyok, que significa “el dueño de las visitas o de la gente”. Este nombre jugó un papel clave en la configuración de mi trayectoria profesional.

Soy el tercero en una familia católica convertida. Inicialmente protestantes y miembros de la Iglesia Reformada de África Oriental (RCEA), mis padres abrazaron más tarde la fe católica y su matrimonio fue bendecido por la Iglesia Católica.

Mi decisión de estudiar fue motivada únicamente por mi deseo de ser sacerdote. Como provenía de la comunidad de pastores de Turkana, me conformaba con pastorear cabras y no tenía ningún interés en ir a la escuela. Pero un día, durante la misa, me cautivó la homilía de un misionero comboniano. Hablaba bien en suajili, mi lengua. A partir de ese momento, le pedí a mi padre que me llevara a la escuela y le expresé mi deseo de ser sacerdote.

Este fue el comienzo de mi trayectoria académica, que comenzó en la escuela primaria mixta de Lokichar. Al mismo tiempo, participé activamente en clases de catecismo y serví como monaguillo. Terminé la escuela primaria en 2005 y terminé la escuela secundaria en 2009.

Durante mis años de escuela primaria, el recinto de la iglesia se convirtió en mi lugar favorito para socializar con otros niños. Nuestro catequista recalcó en sus enseñanzas que el Bautismo, la Primera Comunión y la Confirmación nos convierten en miembros plenos de la Iglesia Católica y en hijos de Dios.

Estos hitos sacramentales dejaron una impresión duradera en mí y fortalecieron mi sentido de pertenencia a la Iglesia. Mis años de escuela secundaria fueron otra oportunidad para el desarrollo personal, especialmente en mi identidad como joven estudiante católica. A través de mi participación activa en la Asociación Católica y mi papel como líder, mi fe continuó floreciendo durante este tiempo.

Procedente de la parroquia de Cristo Rey, en Lokichar, dirigida por los Misioneros Combonianos, mi admiración por ellos se hizo más profunda al ser testigo de su forma compasiva de vivir entre la gente. Su amabilidad y atención a todos, especialmente a los necesitados, me inspiró a considerar seguir sus pasos.

En mayo de 2011 me invitaron a un  seminario de “Ven y mira”  en Nairobi. En agosto de ese año, comencé mi experiencia de prepostulantado en Huruma, Nairobi. Esta enriquecedora experiencia implicó enseñar en la escuela primaria S. Martin de Porres mientras participaba activamente en las actividades pastorales de la parroquia Holy Trinity Kariobangi. Me ayudó a identificarme más con el carisma comboniano de trabajar con los pobres y desfavorecidos.

En 2012 continué mi camino. Entré en el postulantado en Ong’ata Rongai, Nairobi, donde estudié filosofía en el Instituto de Filosofía de la Consolata. Fue una época de gran crecimiento, no solo espiritual sino también humano, en la que crecí en conciencia de mí mismo y en el sentido de la responsabilidad personal.

En 2015, tras finalizar mis estudios de filosofía, me trasladé a Lusaka (Zambia) para realizar el noviciado y, a continuación, realizar una experiencia comunitaria y pastoral en Malawi. Este tiempo lo dediqué a profundizar mi relación con Cristo y a conocer mejor a nuestra Congregación y a su fundador, san Daniel Comboni, a través de la oración y el trabajo.

El 6 de mayo de 2017 hice mis primeros votos, sentando las bases para mis estudios teológicos en Lima, Perú. La experiencia en Perú, inmersa en una nueva cultura, rodeada de personas, ambientes y comunidades diferentes, se convirtió en un segundo hogar donde dejé una parte de mi corazón.

Al regresar a Kenia después de mis estudios de teología, comencé mi experiencia misionera en Utawala, Nairobi. Me pidieron que ayudara en el secretariado de Misiones y Vocaciones. También contribuí a las actividades parroquiales, trabajando con jóvenes y visitando pequeñas comunidades cristianas, promoviendo la esperanza y el don de la amistad.

El 10 de febrero de 2023 hice mis votos perpetuos. El 11 de febrero de 2023 fui ordenado diácono. La alegría llenó mi corazón al cumplir mi deseo de ofrecer mi vida a Dios para su misión. El 25 de agosto de 2023 recibí la gracia y el don del sacerdocio. Fui ordenado sacerdote en nuestra parroquia, Cristo Rey, Lokichar.

Ahora, mi primera misión me ha traído a México y me llena de felicidad. Al igual que nuestro padre en la fe, Abraham, confío en la guía del Señor y estoy dispuesto a ir a donde Él me envíe para su misión de amor.

El llamado de Moisés: Vocación y respuesta de fe

La Biblia nos cuenta la vocación de distintas personas, es decir, nos dice cómo Dios ha llamado a hombres y mujeres a lo largo de la historia para una misión especial. Desde la vocación de Moisés, pasando por los profetas, llegando a María y los discípulos, es posible percibir características comunes entre los llamados. Por eso, todo aquel que se siente invitado a una realización específica, debe hacer un discernimiento a la luz de la Palabra de Dios, pues aunque ésta es personal, forma parte de una historia de salvación que muchos santos también vivieron.

Por: P. Wédipo Paixão, mccj

Por ejemplo, el libro del Éxodo nos habla sobre la vocación y misión de Moisés; su nacimiento y cómo lo halla en el río la esposa del Faraón; su formación como «príncipe en Egipto» y cómo Dios lo encuentra en el desierto. Para quienes tienen fe, a pesar de todo lo que pudo haber pasado, esta historia personal sigue un designio misterioso del Padre.

Ante el lamento de los hijos de Israel oprimidos en Egipto, Dios se acordó de su alianza con Abrahán, Isaac y Jacob, y escogió a Moisés para liberar a su pueblo de la esclavitud. El Señor interviene de nuevo en la historia para ser fiel a su promesa. «Moisés pastoreaba el rebaño de Jetró, su suegro, sacerdote de Madián, (…) y ahí se le manifestó el ángel del Señor, bajo la apariencia de una llama que ardía en medio de un arbusto. Al fijarse, vio que la zarza estaba ardiendo, pero no se consumía. Entonces él se dijo: “Me acercaré para contemplar esta maravillosa visión y ver por qué no se consume la planta”. Cuando el Señor vio que se acercaba para mirar, lo llamó desde la zarza» (Ex 3,1-4).

La vocación de este personaje bíblico nos permite apreciar los elementos fundamentales hallados en toda invitación para asumir los planes de Dios: la iniciativa divina, la autorrevelación de Dios, la encomienda de una misión y la promesa del favor divino para llevarla a término.

Dios se abre camino de modo sorprendente, a la vez que se acomoda a su interlocutor: suscita su asombro ante la zarza incandescente para, a continuación, llamarlo por su nombre: ¡Moisés, Moisés! La repetición del nombre acentúa la importancia del acontecimiento y la certeza del llamado.

En toda vocación aparece esa conciencia de pertenecer a Dios y de estar en su mano que invita a la paz. Así lo expresa el profeta Isaías en un himno, cuando dice: «No temas, que te he redimido y te he llamado por tu nombre: tú eres mío».

Cuando Dios llama, el ser humano percibe que la vocación no es una quimera o el fruto de su imaginación. La vocación del libertador de los israelitas muestra este segundo aspecto de la invitación haciendo hincapié en cómo el Señor se presenta: «Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob», el mismo en el que han creído tus antepasados.

Toda llamada divina lleva consigo esta iniciativa de intimidad en la que el Señor se da a conocer. Sin embargo, podría sorprender la reacción de Moisés: a pesar de haber visto el prodigio de la zarza ardiente, a pesar de la certeza de lo que está sucediendo, se excusa: «¿Quién soy yo para ir con el faraón y sacar de Egipto a los israelitas?».

Él intenta evitar lo que el Señor le pide –la misión encomendada–, porque es consciente de su propia insuficiencia y de la dificultad del encargo. Su fe es aún débil, pero el miedo no lo aleja de la presencia de Dios. Dialoga con Él con sencillez, le dice sus objeciones, y permite que el Señor manifieste su poder y dé consistencia a su debilidad.

En ese proceso, Moisés experimenta en primera persona el poder de Dios, que empieza realizando en él algunos de los milagros que después efectuará ante el faraón. Así, toma conciencia de que sus limitaciones no importan, porque Él no lo abandonará; percibe que será el Señor quien liberará al pueblo de Egipto: lo único que le toca hacer es ser un buen instrumento. En cualquier llamada a una vida cristiana auténtica, Dios asegura al ser humano su favor y le muestra su cercanía: «Yo estaré contigo», estas palabras se repiten en todos aquellos que han recibido una tarea difícil a favor de la humanidad. Es también la promesa de Jesús a sus discípulos: «Yo estaré con ustedes todos los días hasta el final».

Ordenación diaconal del comboniano Mynor Chávez Ixchacchal en Costa Rica

“Yo no he venido a ser servido sino a servir.” Recalcando este aspecto de Cristo ante sus discípulos y el pueblo, fuimos entrando en la celebración de una ordenación diaconal en la parroquia de la Medalla Milagrosa, en San José, Costa Rica. Decir: Jesús servidor es reafirmar a Jesús como el diácono, nos motivaba nuestro celebrante.

Esas palabras iniciales de Mons Vittorino Girardi, Comboniano, motivaron el inicio de la celebración de ordenación como diácono de Mynor Rolando Chávez Ixchacchal, joven comboniano guatemalteco, quien después de sus años de formación en Costa Rica, México y Sudáfrica, ve que el camino de su vocación misionera va culminando, pero al mismo tiempo es un continuo “siempre andar.” El sábado 15 de junio fue ordenado diácono, ante la presencia de sus papás y uno de sus hermanos, llegados desde Guatemala. De familia numerosa, Mynor agradeció la educación recibida en valores y en la fe, porque es a partir de la familia que se forjaron su vocación y llamado a la misión. Cada lugar y cada persona, han sido importantes en su vida, afirmó.

Y eso fue notable con la presencia de los Misioneros Combonianos y de familiares de los mismos en Costa Rica; de las Misioneras Combonianas y religiosas de las congregaciones religiosas que trabajan en el lugar, así como Seculares Combonianas y Laicos. El pueblo fiel de nuestra parroquia, los bienhechores, los servidores y amigos de la misión, todos, hicieron posible que la ceremonia fuera emotiva y solemne. Entre cantos vocacionales, entre sonrisas, abrazos y algunas lágrimas de alegría, nos llenamos de emoción, observando a quien, por primera vez, se colocaba a la derecha del Obispo, como diácono/servidor del altar, para ser también servidor del pueblo.

La Provincia de Centro América se alegra porque un joven más de nuestras tierras se consagra a la misión y se encamina al sacerdocio. Como dijo Mons Vittorino a Mynor, ya diácono: “que tu alegría contagie a otros jóvenes a la misión y a pensar que ese camino de entrega vale la pena.” Seguros de ello, sentimos que Cristo, quien nos llama a lanzar nuestras redes, nos sigue motivando a hacer lo mejor de nuestra vida en la misión y por el anuncio del Evangelio.