Consejo General de las Misioneras Combonianas

Nacimos de un gran sueño de San Daniel Comboni, de un ideal que nos llena el corazón. Comboni nos dejó una herencia que es gracia y responsabilidad, don y conquista. Veía en nuestra identidad de mujeres misioneras la imagen de las mujeres del Evangelio, como escribió en una de sus cartas: «Si no tuviera tantas ocupaciones, me gustaría darles una idea del apostolado de estas hermanas, la verdadera imagen de las antiguas mujeres del Evangelio» (E. 3554).

Desde entonces, el testimonio de María Magdalena, de las mujeres que llevaban los aromas, de la samaritana, de la mujer que amasa el pan, de las mujeres estériles y hechas fértiles, junto con el de las otras discípulas de Jesús, ilumina nuestro camino y nuestra dedicación misionera como hermanas combonianas.

Como María Magdalena, María la de Santiago y Salomé, que preparando perfumes y movidas por el Amor, van al sepulcro para ungir el cuerpo del Maestro, como estas tres mujeres, pequeña comunidad como muchas de nuestras comunidades, nos sentimos animadas a ponernos en camino cuando aún es de noche, con los ojos y los oídos atentos a los gemidos de la humanidad y del cosmos, a cuidar de la vida más herida, de todas las formas de vida y también de la muerte; a realizar gestos que parecen carecer de sentido; a cuidar de lo que otras personas han abandonado; a reconocer los signos de renacimiento presentes en la historia y ser nosotras mismas generativas; a ser amantes de la Vida y tener el valor y la docilidad de penetrar en el Misterio y dejarnos transformar por Él.

Muchas de nosotras conocemos tierras áridas, aparentemente sin vida, pero la experiencia nos dice que incluso el desierto tiene un potencial generativo, al igual que las mujeres estériles de la Biblia guardan en sí mismas una fecundidad que nadie les puede quitar. Es precisamente en los desiertos geográficos y existenciales donde anunciamos la Fuente de agua viva. A menudo, las realidades a las que somos enviadas parecen tierras áridas, convertidas en tales por la explotación y la violencia sufrida, pero están abiertas a acogernos, con la esperanza de un renacimiento.

Nuestra misión es ser pan, alimento y alegría; existencia entregada para aliviar el sufrimiento humano, para vivir el compartir y movilizar relaciones auténticas y humanizadoras. La mujer de la parábola une la harina, el agua y la levadura; nuestras manos mezclan nuestros conocimientos con los conocimientos de los pueblos a los que somos enviadas. Amasamos el pan de la existencia en sinergia con las fuerzas de otras mujeres y hombres, de organizaciones religiosas y civiles, para construir relaciones comunitarias y solidarias.

Los caminos recorridos son muchos: desiertos y bosques, periferias y fronteras, caminos de tierra, ríos y asfalto, pueblos y ciudades. Nos expresamos a través de diferentes ministerios, pero con un único deseo: cuidar de la vida, de la vida empobrecida y explotada que incluye los cuerpos humanos, pero también los cuerpos-territorio de la tierra, el agua, los bosques, igualmente empobrecidos y explotados. El cuidado es un camino de reciprocidad, porque al cuidar nos sentimos cuidadas, y también porque cuando un ser es violado, toda la red de la vida sufre. El cuidado es un acto comunitario y político. Es ternura, pero también transgresión contra un sistema dominante.

La mujer sin nombre que dialoga con Jesús, la Samaritana, nos recuerda la capacidad de ir más allá de nuestros límites y fronteras, de establecer relaciones en las que circula el poder, de reconocernos capaces de abandonar nuestras seguridades y convicciones para lanzarnos hacia caminos inéditos. La mujer samaritana y el hombre judío que la encuentra en el pozo nos hablan del encuentro posible entre etnias diferentes y de la superación de los prejuicios que separan a hombres y mujeres. Su diálogo pasa de la esfera material a la espiritual, como suele ocurrir en la misión cuando, tras satisfacer las necesidades primarias, se llega, con humildad, a hablar del Misterio, a dar testimonio del Dios-Presencia que rompe todos los esquemas en los que intentamos encerrarlo.

«La Sabiduría clama por las calles, en las plazas hace oír su voz»; Jesús anuncia en las calles y en las casas; Comboni se adentra en los patios y en los desiertos. Alimentados por una espiritualidad femenina, bíblica y místico-política, nuestros pasos siguen sus huellas, anunciadoras de relaciones de reciprocidad, de una humanidad reconciliada consigo misma y con toda la creación.

Para más información: misionerascombonianas.org

  • Llegaron a México oficialmente en 1971. La primera comboniana en llegar fue la Hna. Emma Gazzaniga.
  • La primera comboniana mexicana es la Hna. Concepción Vallarta Marrón.
  • Actualmente están presentes en Ciudad de México, Guadalajara, Cerro de la Esperanza (Oaxaca) y Tapachula (Chiapas). A la Provincia Mexicana pertenece también la comunidad presente en Costa Rica.
  • Dos misioneras de la Provincia forman parte de la CIM (Comunidad Intercongregacional Misionera), presente en Haití y República Dominicana.

Para saber más acerca de las Misioneras Combonianas, AQUÍ



Novicias combonianas

El noviciado internacional de las Misioneras Combonianas en Brescia (Italia) acoge a siete jóvenes que se preparan para ser futuras religiosas misioneras. Ellas son (de izquierda a derecha): Napoliana Vagmaker (Brasil);Tireza Itana (Etiopía); Merline Abompi (RDC); Nenita Basilio (Mozambique); Carmen Francisco (Mozambique); Giselle Remadji (Chad); Françoise Mediane (RDC).

En el vídeo nos hablan de su experiencia, de su elección y de su preparación para la misión siguiendo a Jesús según el carisma de San Daniel Comboni.


Hna. Lilia Karina Navarrete, del cólera en África al Covid en Italia,
la misionera que salva vidas


Hna. Lucía Fonts, misionera comboniana en Centroáfrica


Hna. Benjamine Kimala, misionera comboniana en Perú y Chad


El sentido maternal de las Misioneras Combonianas

De Togo a Tapachula

Un picnic en el desierto

Hay esperanza, el desierto florece

¿Y si la edad es relativa?


Tres mexicanas en Tierra Santa

Cecilia Sierra, Lorena Sesatty y María Lourdes García son misioneras combonianas. Las tres son mexicanas y las tres viven y trabajan en Palestina, la tierra de Jesús. Allí son instrumento del amor de Dios en medio de un pueblo que sufre.


La hna. Lorena Sesatty, comboniana mexicana, nos presenta una mirada desde las misioneras combonianas que residen en Jerusalén y su opción por ser puente y conexión entre los pueblos que más sufren. Nos cuentan sobre el trabajo realizado como apoyo a las familias palestinas y un llamado a que sigamos construyendo la paz para nuestros pueblos donde nadie se quede atrás.

25 años de consagración a Dios para la Misión Comboniana

Dos vidas consagradas a la misión

Profesión perpetua de la Hna. Ana Rosa Herrera Cisneros

La Palabra en la periferia

Misioneras en las periferias existenciales: Nuevo medio digital de las Hermanas Misioneras Combonianas

Hna. Tere Soto habla de su misión en el Chad

Misioneras Combonianas, 150 años al servicio de la Misión

Misioneras Combonianas, 50 años de presencia en México

50 años de presencia en México

Felicitamos a la Hna. Conchita Vallarta, primera comboniana mexicana,
que acaba de celebrar sus 60 años de vida religiosa.